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JUAN LLAMBIAS DE AZEVEDO (1907-1972) Llambias de Azevedo es «... uno de los fildsofos del derecho més destacados y originales de la América hispana de nuestros dias», como reconoce J. L. Kunz en su obra Latin American Philosophy of Law in the Twentieth Century (Harvard, 1950). La importancia de Llambfas en el pensamiento latinoamericano, sin embargo, no se res- tringe a la filosofia del derecho. Ha contribuido sustancialmente a la especulacién: axiolégica bajo la influencia reconocida de Scheler y Hartmann, manteniendo asimismo su fidelidad a los principios ge- nerales de la filosofia catdlica en conformidad con su fe. Nace en Montevideo en 1907. Se doctora en Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad de la Repiblica (Montevideo) en 1932 y dos afios mas tarde es nombrado profesor agregado de Filosofia del Derecho de la misma Facultad. Su labor docente se ve interrumpida durante 1938-41, periodo en que desempefia el cargo de Subsecretario de Industria y Trabajo. En 1946 se hace cargo de la catedra de Filo- soffa de la Facultad de Humanidades y Ciencias fundada en el mismo afio, Desde entonces participa activamente en varios congresos inter- nacionales de filosofia, dictando ademds conferencias y cursos en universidades de Argentina, Brasil, Ecuador y México, Durante el afio 195455 viaja a Europa en misién oficial de la Universidad y vi- sita a Heidegger y Jaspers. A su regreso al Uruguay, funda con otros pensadores uruguayos la Sociedad Uruguaya de Filosofia. En 1966 es nombrado miembro de la Academia Nacional de Letras del Uruguay. Muere el 10 de mayo de 1972. Su Eidética y aporética del derecho (1940) ha recibido atencién internacional. Es uno de los cinco tratados incluidos en la antologia norteamericana sobre filosofia del derecho en la América latina titu- lada Latin American Legal Philosophy (Harvard, 1948). Digno de men- cin especial es también su optisculo El sentido del derecho para la J. LLAMBIAS DE AZEVEDO 243 vida humana (1943), ademés de varios trabajos eruditos sobre Grocio, Dante, Aristételes y Heidegger. Su doctrina objetiva del valor recibe especial atencién en uno de sug tltimos articulos, que reproducimos en parte: «La objetividad de los valores ante la filosofia de la existencia» (1952). Alli intenta de- fender el objetivismo scheleriano de los ataques existencialistas, aun- que también critica aspectos de la teoria del valor como cualidad de Scheler. Las bases de su objetivismo son de corte mas tradicional: «Y asi como en el ente finito existencia, esencia y valor no poseen un ser aislado para si, sino que son tres momentos de su interna unidad, asi tampoco son tres fundamentos separados lo que es exis- tencia por si, lo que es esencia por sf, lo que es valor por si, sino que son uno y el mismo Ens a se y el Summum Bonum. El Valor Absoluto es otro nombre de Dios.» iG. LA OBJETIVIDAD DE LOS VALORES * El fendémeno del valor. La existencia de los valores como fenémenos de nuestra conciencia es indiscutible. Se puede negar el nombre pero no la cosa. ‘Como tenemos conciencia de blanco-y rojo, de pesado y liviano, de estrella y paloma, de un juicio o raciocinio que pensamos, de una noticia que leemos en el diario, asi también tenemos conciencia de util e imitil, de noble y vulgar, de bello y feo, de bueno y malo, de santo y profano. Templanza, justicia, fide- lidad, orden, paz, tacto, decoro, tragico, sublime, cémico, ridiculo, gracia, ino- cencia, dignidad, heroicidad, etc., son datos de que nos da cuenta nuestra conciencia. Juzgamos a un paisaje hermoso, a un caballo, noble, a una ley, justa, a una coexistencia social, pacifica, a una accién, valiente, a una actitud, decorosa, a un gesto femenino, gracioso, a un drama, sublime, a un hombre, bondadoso, a un escritor, genial, a un asceta, santo. Apenas hay ente u objeto que no sea susceptible de un predicado de’ valor. Pero los juicios de valor no son el dato primero de la conciencia valorante. Antes bien, ellos explicitan en una formacién légica lo que previamente ha sido ya aprendido como valor. ‘Mas profunda y originaria que el juicio de valor es la vivencia del valor, el sentimiento de lo valioso, que no siempre desemboca en un juicio, sino que puede manifestarse en una exclamacién, en un gesto del rostro, en una actitud del cuerpo, en el tono de una comunicacién, en el pathos de una frase. Incluso puede ocurrir que la conciencia del valor ‘conduzca a una represién de toda manifestacién, y provoque un acto de autodominio: el silencio, la disimula- cién, Pero sea que se manifieste 0 que se oculte, que se exprese abiertamente © que se reprima penosamente, el sentimiento del valor es un dato evidente de la conciencia al que ningin hombre puede sustraerse en la actitud ingenua. Una voluntad de extirpacin es siempre posterior a la. vivencia del valor y la supone, * ala objetividad de los valores ante 1a filosofia de 1a existencian, Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias, vol. 9, 1952, pp. 39-40, 43-45, 48-60. 244 FILOSOFIA LATINOAMERICANA SIGLO XX: LOS VALORES El progreso de las ciencias est condicionado por puntos de vista de valor, que han incitado a la investigacién. Nadie podria pretender que la ciencia Jo ha investigado todo. A pesar de la riqueza de datos y de leyes que hoy poseemos, a pesar de que hemos Ilegado a verter en la conceptuacién cienti fica grandes sectores del universo, es inimaginable todo lo que atin permanece en el limbo de lo ignorado. Pero 10 investigado, Io que en cada época preocupé como problema y fue objeto de una operacién selectiva, lo fue porque de algun modo se consideré valioso para el hombre. La medicién de los campos y de las pirdmides foment6 la geometria; la agricultura fomenté Ja artronomia y In meteorologia; el cuidado de Ja salud, la medicina, y ésta, la antropologia y sus diversas ramas; la paz social, fomenté la politica y la sociologia. Alguna Yez el punto de vista de valor resuité inalcanzable, como en Ja busqueda de la piedra filosofal, pero aun entonces fue fecundo, conduciendo al través de Ja alquimia a los descubrimientos de la Quimica moderna. Y en la historia contemporaénea es una conexién archiconocida que las necesidades de la téc- nica bélica han conducido a enormes progresos en la fisica y en la quimica. ‘Asi, pues, a conciencia del valor es impulso eficaz de la misma ciencia positiva’ que, Iuego, por exigencias de su interno método, se ve obligada a eliminarla, Entretanto, segtin declaracion undnime de los filésofos, el valor no se puede defini. Pero esto no puede motivar la desconfianza sobre 1a existencia del fenémeno comprobado. Tampoco pueden definirse el ser, ni la esencia, ni la existencia, ni el color en general, ni un color en especial. Las categorias pri- meras y las cualidades sensibles son indefinibles, las unas, porque no admiten ‘subsuncién en conceptos mas generales, las otras, porque la diferencia espe- cifica es un elemento concreto s6lo intuible. ‘Unas y otras son datos tiltimos. El valor también es un dato ultimo. Pero asi como ‘podemos circunscribir una cualidad sensible por referencia al modo de conciencia en que nos es dada, y decir, por ejemplo, que el sonido es aquel dato que se da por el érgano del ‘Sido o por la conciencia auditiva, de modo andlogo podemos circunscribir el valor por su correlato subjetivo, como aquel dato que se presenta en el area emocional de la conciencia, en los sentimientos, 0, més exactamente, en el sentir (Fiihlen). Recordemos aqui, porque es importante para lo que sigue, que esto fue evidenciado por Scheler, comparando el contenido de los senti- tientos como estados con las modalidades del sentir como funciones en que esos estados se nos dan (Formalismus, Jahrbuch. II, p. 118 ss.), ¥ luego por Hildebrand, mostrando que, no sélo el valor en general provoca una reaccién emocional en el sujeto que lo aprehende, el cual no puede quedar en la indi- ferencia o impasibilidad, sino que cada valor provoca una reaccién especifica, la Hamada erespuesta al valor» (Die Idee der sittlichen Handlung. Jahrbuch. Ii, pp. 162 ss.) La correlacién entre sentir y valor halla una contraprucba en otro fenémeno estudiado por Hildebrand, la ceguera o el embotamiento para el valor, de los que son casos particulares la falta de sentido artistico o de sen- tido moral, que pueden presentarse en hombres de aguda inteligencia y de gran cultura (Sittlichkeit und ethische Werterkenntuis. Jahrbuch, V, pp. 481 y siguientes). Pero el hecho de que el valor se dé en el sentir no significa que sea una posicién arbitraria del sujeto, o que el sentimiento y sus variaciones constitu: yan el efecto ciego de factores causales fisicos, biolégicos o ps{quicos. Justa J. LLAMBIAS DE AZEVEDO 245 mente uno de los grandes aciertos de Scheler fue el de haber descubierto y mos- trado que la esfera afectiva de la conciencia, por lo menos en la capa de los sentimientos superiores, posee, como los actos del intelecto y de la razén, caracter intencional, tiene un correlato objetivo al cual ilumina y aprehende. Esta tesis no es irracionalismo en el sentido en que generalmente se afirma. No niega el poder cognoscitivo del intelecto y de la raz6n para trasladarlo a una oscura conciencia vital como hacfa el biologismo, o a los estados de animo (Stimmungen), como ahora quiere Heidegger. Més bien la tesis de Scheler cons- tituye una ampliacién de la capacidad cognitiva del hombre: se mantiene el valor de la inteligencia para cierta esfera de objetos, pero se eleva a su lado al sentir como funcién aprehensora de otra esfera. Esto significa en lo meta- fisico: el espfritu no es sélo inteligencia y voluntad, sino también sentimiento; su aptitud de participacién en la verdad del ser no es la aptitud de una parte, sino de todo el espiritu. Es decir, que si el hombre fuera un ente dotado de entendimiento y voluntad pero careciera de sentimientos, no tendria conciencia del valor. En el sentimiento del valor se ofrece un aspecto muy significativo. Al sentir un valor, al mismo tiempo, lo preferimos a otro valor A y lo posponemos a otro valor B. Al sentir la bondad de una accién, por ejemplo, intuimos simul- téneamente que hay un grado de bondad superior y otro de bondad inferior al de ella. El valor no es dado nunca aisladamente. Sentir el valor y preferirlo © posponerlo es un solo acto. Este rasgo tan caracteristico de la aprehensién valorativa ilumina la nota peculiar del valor mismo. Lo propio del valor es que constituye un grado, una altura en una escala; en él hay un apunte a otros contenidos de valor que son mas altos o mds bajos que él. Los valores forman, pues, un orden jerarquico, que posee, por lo menos, la dimensién de lo superior a lo inferior, dimensién que no consiste en una diferencia de canti- dad, sino en un desnivel del «quale» que constituye la materia de cada valor. Sin embargo, no todo lo que integra a un valor se presenta en el sentir. Ya Hartmann (Ethik, 3+ ed., 1949, pp. 148 y ss.) hizo notar, corrigiendo a Sche- ler, que en el valor hay que distinguir dos elementos: el contenido material y la valiosidad. Uno es el contenido valioso, otra la valiosidad del contenido. El contenido es una determinada estructura éntica que, como tal, es intuible y analizable por el intelecto. La valiosidad es lo propiamente axiético y lo que, déndose sélo en el sentir, es inanalizable y no fundable de otro modo. Dis- cernimos por el intelecto que son dos contenidos diferentes pagar una cuenta y ensefiar espontaneamente al que no sabe. Pero que la segunda sea una con- ducta més valiosa que la primera, es lo que sélo se da en el sentimiento. En Ia aprehensién de la integridad del valor cooperan, pues, el sentir y el intelegir, pero la valiosidad misma, el grado o altura, que es lo especifico del valor, es lo que sdlo el sentir denuncia. La objetividad det valor. En el caracter intencional del sentir, est4 ya pos- tulada Ia objetividad de los valores. Pero no vamos a desarrollar aqui los argumentos de Rickert, Scheler o Hartmann para demostrarla; son bien co- nocidos. Lo que nos interesa es defenderla frente a las posiciones de la filosofia de la existencia. Ciertamente que hay valores subjetivos, como lo agradable o lo util para nosotros. Pero hay un extenso grupo, en el que se hallan los valores espiritua- les, al que pertenece el cardcter de la objetividad. 246 FILOSOFIA LATINOAMERICANA SIGLO XX: LOS VALORES En todo caso, hay que advertir desde ahora que, cualquiera que sea la solucién que merezca el problema, tiene que ser la misma para los valores y para su jerarquia. No es posible que los valores sean objetivos y la jerarquia subjetiva, ni viceversa. Si el valor significa ser un grado en una escala, ningun valor puede denunciar su altura, si no es apuntando a grados nuperiores 0 inferiores de la misma escala. No hay aqui, pues, dos, sino uno solo y el mismo problema. Ahora bien, se puede mostrar que los propios filésofos de la existencia tie- nen que reconocer la objetividad de algin valor. A) Supongamos un filésofo como Jaspers. Ha Ilegado a concluir que no hay una imagen total del mundo, que el problema fundamental del hombre es aclarar su propia existencia, que las valoraciones no se fundan en valores materiales objetivos, que ademds de las verdades de la ciencia, constringentes, hay otras que sdlo valen para la existencia en su situacién histérica, que hay situacioneslimites, que el hombre puede abrirse a la Trascendencia, etc. Cuales- quiera que sean sus tesis, refiéranse o no a los valores, Jaspers las tiene por verdaderas, y porque las tiene por tales escribe su libro para convencer a los demas de ellas. Al proceder asf, supone que hay, por lo menos, un valor que tiene validez objetiva, y es el que radica en el conocimiento de la verdad. Es preciso no caer aqui en una confusidn. La verdad, en s{ misma, no es un valor, como sostenfa la escuela de Baden. Pues la verdad es una relacién gnoseolégica que se da en Ja inteligencia y no en el sentimiento que, como hemos visto, es el correlato subjetivo que permite determinar la esfera axiolégica. Pero nadie puede negar que la posesin de la verdad que se da en el conocimiento verdade- ro sea un valor, que el vacio de la ignorancia o el desajuste del error que se ofrece en el conocimiento falso, sean un desvalor. En otras palabras, que es més valioso poseer la verdad que Ia ignorancia o el error. Porque el fildsofo Jaspers esté convencido de esto, escribe su libro para extirpar en los demés los que él cree errores, y hacerlos coparticipes, coposeedores, del valor de los co- nocimiento que él ha descubierto en la propia reflexién; B) Otro valor, y esta vez un valor moral, tiene que reconocer el fildsofo de la existencia en su objetividad. Su lector u oyente quizé no quede conven- cido de su doctrina y la rechace por falsa. Pero aun entonces el filésofo exigiré que se reconozca, por lo menos, que él est intimamente convencido de ella, que sus palbras son la expresién nincera y veraz de su propia pensamiento, que él esta de acuerdo consigo mismo. Considera, pues, de hecho, al valor de Ia veracidad, de la sinceridad, con validez objetiva. El es veraz y sincero y exige que esto sea reconocido por los demas en su valor. El valor, el ser y el ente. La pretensién. de valor de todo filosofar y el testimonio de Ia soberbia s6lo demuestran Ia objetividad de los valores enten- dida como validez universal. Objetividad equivale aqui a intersubjetividad. El problema es ahora si la intersubjetividad se funda en un ser en si de los va- lores. Pues no se puede descartar Ia posibilidad de que esa objetividad sea el resultado de una objetivacién del hombre y que haya que admitir la doble explicacin de Heidegger, esto es: a) que los valores sean la objetivacién de los fines de las necesidades que surgen en el hombre como compensacién de la pérdida de ser que ha sufrido el ente en Ia filosofia moderna por haber J. LLAMBIAS DE AZEVEDO 247 concebido el mundo como imagen; ) que los valores sean la condicién de realizacién de la voluntad de poderio y, por consiguiente, una objetivacién que tiene su ultimo fundamento en ésta. Pero en esta doble explicacién sorprende ante todo su discordancia inter- na, Ambas se excluyen. Pues la primera es histdrico-cultural: hace del pensar en valores el resultado de una filosoffa surgida en cierta época y motivada por una concepcién del mundo también filosdfica. La objetividad de los valores es el producto de una situacién temporal de la filosofia. La segunda es antro- poldgico-bioldgica: concibe a los valores como una posicién de las condicio- nes de conservacién y acrecimiento de la vida y, por consiguiente, como esen- cialmente ligada a toda actividad vital que pueda hacerse consciente e inde- pendiente de la situacién histérica y del pensar filoséfico. La primera explicacién es incompatible con la aprioridad y universalidad de la conciencia del valor, con la intersubjetividad de su validez, y con su aparicién ya en el pensamiento antiguo, que hemos mostrado més arriba. Ante estos hechos tiene que ceder la afirmacién de que el pensar en valores es un producto de la filosoffa moderna, porque ellos revelan que es, a la vez, prefi- loséfico y premoderno. Con esto, empero, no se excluye que el valor pueda ser una objetivacion y que sea cierta la segunda explicacién, es decir, que los valores constituyan una posicién de la voluntad de poderfo. En un primer punto tiene Heidegger raz61 nada es objetivo pura y simplemente; la mera objetividad no existe, no se sos- tiene por sf; es, al contrario, siempre, el punto terminal de una objetivacién. Pero la palabra «objetivacién> es equfvoca, encierra un doble sentido que rara vez se descubre, porque uno de ellos queda generalmente sacrificado al otro. Comin a toda objetivacién es ser un acto del sujeto. Pero con este rasgo esencial se confunde otro que no lo es: que la objetivacién sea la posicién de un contenido del sujeto en las cosas. Se confunde, asi, la procedencia del acto de objetivacién con su direccién motriz y el origen de su contenido. Objetivar es una operacién del sujeto. La objetividad no sélo ocurre en él, sino que pro- cede de él. En este sentido toda objetivacién es una subjetivacién.. Pero esto no vale sélo para los valores, sino para todos los objetos del conocimiento, sean cosas 0 personas, sustancias o accidentes, lo real o lo ideal. Sin embargo, con Ia procedencia del acto no se ha dicho nada atin sobre su direccién. motriz y el origen de su contenido. Desde este nuevo punto de vista, la objetivacién puede entenderse en dos sentidos: como proyeccién de un contenido de con- clencia en el ente exterior, 0 como retroyeccién de algo del ente exterior en la esfera de la conciencia. Proyeccién es la que ejecuta el pocta al trasladar a la palabra hablada o escrita sus sentimientos y fantasfas. Retroyeccién es a que ejecuta el quimico cuando analiza la constitucién de un cuerpo y conoce sus elementos. En la proyeccién el origen del contenido objetivado esta en el sujeto y la direccién de la objetivacién es hacia fuera. En la retroyeccién el origen del contenido objetivado esté en un ser en sf, y Ia direccién de la objetivacién es hacia dentro. El idealismo no conoce més que la primera; para 4, toda objetivacién es una proyeccién, porque confunde la procedencia del acto con el origen de su contenido. Pero éste no es el caso de Heidegger, ni el de Jaspers. Ambos admiten el ser en sf del ente real, por lo menos, en su existen- cia bruta, Desde este punto de vista, la objetivacién del ente es una retro- yeccién. 248 FILOSOFIA LATINOAMERICANA SIGLO XX: LOS VALORES Ahora bien, si lo que es en su ser no se agota en su ser objeto, lo mismo ha de ser cierto para el valor, si se demuestra que tiene un ser en sf. Que el valor sea objetivado en el sentir o en el querer no significaria, entonces, que fuera «s6lo objeto», sino el término de una retroyeccién desde su ser en si. Entretanto, Heidegger, asumiendo la concepcién de Nietzsche, considera la ob- jetividad del valor como proyeccién, puesto que la explica como fundada en la voluntad de poderfo. EI ser en sf del valor resulta de la relacién de adecuacién entre los valores y la realidad. No s6lo podemos sentir e intuir los contenidos valiosos en ‘abstracto, en el seno del propio pensar, sino que Io sentimos e intuimos tam- bién en ia esfera de lo real. Cuando enunciamos juicios de valor sobre las cosas 0 las personas, el sentido de estos juicios no es que el concepto de esos entes sea lo valioso, ni nuestro sentir 0 juzgar sobre ellos, sino los entes mismos, Decimos que tal instrumento es util, mds 0 menos util que tal otro, que este ejemplar de animal es noble, que aquella accién humana es justa. Esto demuestra que entre las categorias de valor y la realidad hay una interna congruencia, que las estructuras de valor valen también para los entes reales. La contraprueba esta en que no podemos aplicar indiferentemente cualquier valor a cualquier cosa: no podemos decir que una rueda es valiente o que un soneto es util. No son ésas las estructuras de valor que les convienen. Pero otras les convienen exactamente. Ahora bien, desde que los entes reales tienen un ser en sf (lo que aqui no hay que demostrar, porque lo admite Heidegger, como todo filésofo no idea- lista) también Jos valores lo han de tener. De lo contrario, seria un enigma la adecuacién de las estructuras axidticas a las énticas. La atribucién de un ser en si a Jos valores no significa considerarlos sus- tancias 0 entes en s{ independientes, como erréneamente se interpreta, con frecuencia, ese cardcter. Hay un ser en si gnoseolégico y un ser en si ontoldgico. FI ser en’s{ gnoseolégico es slo la independencia del ser con respecto al su- jeto cognoscente. El ser en si ontolégico, es la independencia del ente en cuanto ente, la subsistencia para si. Uno y otro ser en s{ de ninguna manera se equi- valen. La extensién de una cosa, por ejemplo, posee un ser en si gnoseolégico: su ser, su estructura, sus leyes son independientes del sujeto; pero no posee un ser en si ontoldgico, puesto que la extensién sélo existe en la cosa. Lo mismo ocurre con los valores. Estos tienen un ser en si gnoseolégico, pero este cardcter no debe Ilevar a la conclusién de que poseen también un ser para sf. Ciertamente que el ser de los valores es un ser ideal, como el de las formas matematicas y el de las esencias. Y el ser ideal es distinto del ser real. La distincién, empero, de ambas maneras de ser, no entraiia su separacién, su aislamiento. Esto conduciria a una inadmisible hipéstasis de la idea en sen- tido platénico. La irrealidad, la idealidad no puede flotar en el aire, tiene que apoyarse en un ente real. El valor es siempre valor de un ente. Pero de aqui no se sigue, como pretende Heyde, que el valor sea una relacién. También el color es siempre color de algo, y sin embargo, no es relacién, sino cualidad. ‘Més bien, el valor es un extremo en el que se funda una relacién. Ni tampoco podemos reducir el valor a la cualidad. En este punto la doc: trina de Scheler tiene que ser rectificada. Sin duda que todo valor tiene una cualidad, en cuanto cada uno de ellos posee una materia, un contenido propio, J. LLAMBIAS DE AZEVEDO 249 diferente del de los otros. Pero también las esencias tienen una materia, un contenido propio, y no son cualidades, Las cualidades tienen también su esen- cia y su valor, y’si esencia y valor fueran cualidades, habria que admitir cua- lidades de cualidades. Por otra parte, objetos de diferentes cualidades pueden tener el mismo valor y, viceversa, objetos de diferente valor pueden tener las mismas cualidades. El valor es algo mas {ntimo y més profundo en el ente que las relaciones, que las cualidades y que toda otra categoria. El valor es un momento del ser mismo del ente como tal, La ontologia suele admitir dos momentos del ente: la esencia y la existencia, o bien el ser-asi (Sosein) y el ser-ahi (Dasein). Esta distincién es exacta, pero incompleta. Los momentos del ser son tres: esencia, valor y existencia. La esencia fija la especie; Ia existencia Ia actualiza indivi- dualizdndola; el valor coloca al ente como grado de una escala axidtica ascen- dentedescendente que abarca tanto la esencia como la existencia, porque no sélo determina el grado de la esencia dentro del ser, sino también el grado de cada individuo dentro de la misma especie. La esencia de dos caballos es la misma en ambos, pero desde el punto de vista del valor, uno puede ser mas noble que el otro. Un algo, visto desde la existencia, es un ente; visto desde el valor, es un bien. La determinacién del valor como momento del ser junto a la esencia y a la existencia resulta ya indirectamente de las exclusiones anteriores. Pero la prueba directa radica en que todas las categorias del ente poseen un momento axiético. No sélo las cosas y los vivientes, las personas y las formaciones cul- turales son susceptibles de predicados de valor, sino también las cantidades, Jas cualidades y las relaciones, las acciones y las pasiones, los habitos y las situaciones. Asi como cada caso particular de una categoria tiene su esencia y su existencia, tiene también su valor. Por consiguiente, como la esencia y la existencia no son categorfas, sino momentos del ser, comunes a todas ellas, asi también el valor. Esta triplicidad de los momentos del ser encuentra una confirmacién en su correspondencia con Ia triplicidad de las funciones aprehensivas del espfritu humano. El hombre no conoce al ente sdlo por el intelecto. Con éste intuye la esencia del ente, pero no su existencia ni su valor. La existencia bruta es inde- mostrable por el intelecto. La esencia de la rosa es la misma en una rosa real © en una representada en la fantasia. Es la resistencia que encuentran las deci- siones de nuestra voluntad al ejecutarse, lo que nos denuncia Ia existencia como tal. En cambio, la voluntad es ciega para la esencia y para el valor. Por su parte, el valor se da en un sentir, como antes hemos visto, pero el sentir no puede aprehender ni la esencia ni 1a existencia. Asi, pues, el conocimiento completo del ente exige en el hombre el ejercicio de las’ tres funciones de su actuar espiritual: por el intelecto se nos da la esencia, por el sentir se nos da el valor, por la voluntad se nos da la existencia. Si, pues, el valor posee un ser en sf y es un momento del ser del ente en cuanto tal, su objetivacin en el conocimiento no es una subjetivacién del ente con respecto a su contenido, porque no es una proyeccién, sino una retro- yeccién, Es injusto, pues, afirmar que el pensar con valores hace del ente 250 FILOSOFIA LATINOAMERICANA SIGLO XX: LOS VALORES un «mero» objeto para la apreciacién del hombre. Desde luego que el valor, en cuanto es contenido intencional del sentir del sujeto, es hecho objeto. Pero el ser del valor desborda por todos lados a su mero ser objeto. Asi como los otros momentos del ser no se agotan en su ser objeto, as{ tampoco el valor. En cada situacién histérica se descubren ciertos aspectos de él, mientras otros quedan encubiertos, Esto vale no sdlo para la conciencia primaria del valor. sino también para su consideracién filosdfica. Elente en general y, por consiguiente, el valor, se comportan con el sujeto como se comportarfa frente a un hombre una esfera con dibujos en su super- ficie que girara sobre su eje con un ritmo mucho mis lento que el de todos los aiios de su vida. Se presentarfa siempre ante él, pero nunca con el mismo ‘aspecto. Si afiadiéramos que la esfera pasa alternativamente por zonas de luz y de sombra, la comparacién seria atin mds exacta. Este desborde inabarcable del ser del valor respecto a_su objetivacién ex: plica el cambio de los ideales en la historia de la cultura. Epoca tras época se invocan la justicia, la belleza, la sobriedad, el decoro. Pero las exigencias de esos valores y sus Tealizaciones en comportamientos, obras, instituciones varia de una época a otra, porque a cada una sélo se le descubre un sector limitado de Ja totalidad del ser de cada valor, El cambio de los ideales, pues, no significa relatividad histérica de los valores, pero es, a la vez, el signo y el efecto de la angostura de la conciencia humana, que no puede objetivar de una vez la plenitud de las exigencias axiéticas. VALOR Y EXISTENCIA Las posibilidades de la existencia no excluyen las exigencias de los valores. Més bien, hay una correlacién entre valores y existencia que se muestra en que, por un lado, el deber ser ideal del valor est4 dirigido hacia el futuro, y, por otro, en que una nota de la existencia es su posibilidad, que es también una direccién hacia el futuro. La existencia es anticipacién de si misma, es su «todavia no», como dice Heidegger, que se manifiesta en el proyecto. Deber ser y existencia son ambos proyectos. El deber ser es el proyecto objetivo, la existencia es el proyecto subjetivo de s{ mismo. Cuando el hombre realiza un valor, en su acto coinciden proyeccién y retroyeccién. Es sabido que este aspecto de la filosofia de la existencia tiene su origen en las reflexiones de Kierkegaard sobre el sacrificio de Abraham. Pero en el caso de Abraham, como en el de Oseas, habia un mandato expreso de Dios. Donde éste no se da, la excepcionalidad de la decisién de la existencia frente a los valores universales s6lo puede justificarse en la forma propuesta por Scheler. Ademés de los valores de exigencia universal, hay otros de exigencia individual, no menos objetivos que los primeros, pero que presentan su_exi- gencia, no a todos, sino a determinado individuo. Ciertos valores son un bien en si, pero s6lo para mi, en cuanto en ellos hay un amado a mf dirigido, con indiferencia de si Ilaman también a otro o no. Ellos me Ilaman con un signo para que yo los:realice, y en el cumplimiento de este llamado encuentro mi auténtico destino y mi

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