MICROFICCIONES
1
Agujero negro
En la oscuridad confundo un montón de ropa sobre una silla con un animal informe que se apresta
a devorarme. Cuando
El hombre prendo
pasea por la
la luz, mesolitaria
playa tranquilizo, pero ya estoy
y encuentra, desvelada.
depositada en laLamentablemente,
orilla por las olas, ni siquiera
una botella
puedo leer.
de Con la camisa
cristal negro, celeste
con una clavándome
señal muylosextraña
dientesimpresa
en el cuello
en sumetapón.
resulta Mientras
imposibleloconcentrarme.
desenrosca, el
hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la
botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, Ana Maria Shua
la playa, las
montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la
Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la
botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado
descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la
historia del hombre que pasea por la playa solitaria.
José María Merino
El hambre 1
A la salida de San Salvador, y yendo hacia Guazapa, Berta Navarro encontró una
campesina desalojada por la guerra, una de las miles y miles de campesinas desalojadas por
la guerra. En nada se distinguía ella de las muchas otras, ni de los muchos otros, mujeres y
hombres caídos desde el hambre hasta el hambre y media. Pero esa campesina esmirriada y
fea estaba de pie en medio de la desolación, sin nada de carne entre los huesos y la piel, y
en la mano tenía un pajarito esmirriado y feo. El pajarito estaba muerto y ella le arrancaba
muy lentamente las plumas.
Eduardo Galeano
Sola
2 y su alma
Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo:
Despiértese,todos lostarde,
que es otrosme
seres han
grita muerto.
desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta
le hace, le contesto Golpean la muy
yo. Pero el puerta.
obstinado me sigue soñando.
Thomas Bailley Aldrich
Ana Maria Shua.
El cautivo
En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció después de un
malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo buscaron inútilmente; al cabo
de los años, un soldado que venía de tierra adentro les habló de un indio de ojos celestes que
bien podía ser su hijo. Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no
quiero inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el desierto y
por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua natal, pero se dejó conducir,
indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró
la puerta, como sin entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán
y los dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la ennegrecida
campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido ahí, cuando chico. Los
ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre paredes y un
día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el
pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en
aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la
casa.
Jorge Luis Borges
10
La cueva
Con petiverias, pervincas
Cuando y espinacardos
era niño mejugar
me encantaba entretengo
con misen el bosque:
hermanas las petiverias
debajo son olorosas,
de las colchas
las pervincas de
sonlaazules,
cama delosmis
espinacardos parecen
papás. A veces valerianas.
jugábamos a quePero
erapasan las horas
una tienda y el loboyno
de campaña viene. ¿Qué
otras
tendrá mi abuelita que a mí me falte?
nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de
la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesaAna María
de Shúa
noche y les dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio
se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les
hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era
enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han
pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar
amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.
Fernando Iwasaki
El Paraíso imperfecto
-Es cierto –dijo melancólicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la
chimenea aquella noche de invierno- en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo
de irse al Cielo es que desde allí el cielo no se ve.
Augusto Monterroso
Y entonces cada punto final que estampamos resulta un engaño.
Luisa Valenzuela
Historia verídica
A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar
con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan
muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto. Ahora este
señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una
advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en
seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud.
Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre
que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los
designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido
ahora.
Julio Cortazar
Hay amores que matan
Ante lo sublime del paisaje él sintió la necesidad de expresar sin palabras lo que resonaba en su
corazón desde que la conoció. Estaban en lo más alto del monte, a sus pies se encadenaban los lagos y frente
a ellos, tras los lagos, la cordillera se erguía majestuosa y nevada.
Él buscó por el suelo rocoso alguna mínima flor, no digamos ya un edelweiss, y sólo encontró una