Etnografía y Teorización en Iztapalapa
Etnografía y Teorización en Iztapalapa
Cómo citar esta entrevista: Restrepo, E. & Parrini, R. (2021). Etnografía y producción conceptual:
de la descripción densa a la teorización singular. Conversación con Rodrigo Parrini.
Tabula Rasa, 38, 329-362. [Link]
Tabula Rasa. Bogotá - Colombia, No.38: 329-362, marzo-junio 2021 ISSN 1794-2489 - E-Issn 2011-2742
Luna
Leonardo Montenegro
Tabula Rasa
No.38, marzo-junio 2021
Posetnografía
Estoy trabajando una noción que he llamado posetnografía (Parrini, 2021), es
decir, aquellos intervalos que existen entre el fin de un trabajo de campo y el
inicio de otro ¿Cuándo inicia una etnografía?, ¿cuándo termina?, ¿cómo se cierra
una etnografía? La posetnografía interroga el intervalo entre el campo y la escritura
y cómo se constituye ese espacio.
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Etnografía y producción conceptual: de la descripción densa a la teorización singular. Conversación con Rodrigo Parrini
Uno de los fantasmas que recorren esta escena posetnográfica es que uno ha
participado en un campo a través de algunas técnicas de investigación y también
de su propia presencia corporal, psíquica, subjetiva, viviente, en un determinado
lugar. En mi caso, trabajo en un proyecto etnográfico de largo plazo que llamo
Deseografías, que inició el año 2006 en Tenosique, una localidad de la frontera de
México con Guatemala. Empecé con un grupo de la diversidad sexual que encontré
de manera muy azarosa. Se llamaba –porque ya se disolvió– Club Gay Amazonas.
Trabajé desde el 2006 hasta el 2012 con ese colectivo; después, desde el año 2013
comencé a investigar los procesos migratorios: esta localidad se transformó en un
punto importante de entrada al país de migrantes centroamericanos, especialmente
hondureños, que se dirigen a los Estados Unidos y cruzan México para arribar a ese
país. No sé si conozcan un poco la situación, pero es gente que viaja indocumentada,
sin permiso, por México. Entonces, de ese proyecto que llamo Deseografías ya se
publicó en un primer volumen (Parrini, 2018) de lo que espero sean tres. En estos
momentos, estoy trabajando en el segundo libro que se titularía Tecnologías del
deseo, y pensando otro: Imágenes del deseo, retomando los planteamientos de Walter
Benjamin y Ernst Bloch sobre los deseos colectivos y las utopías.
Este proceso etnográfico, que ha sido muy complejo, empezó como una
etnografía muy apegada al lugar, la descripción de un grupo y de un colectivo
in situ, digamos, donde mi presencia era fundamental, y luego se transformó
en algo que hoy en día no sé muy bien qué es y estoy tratando de pensar: ¿cuáles
serían sus coordenadas?, ¿cómo localizar algo que no necesariamente sucede,
por ejemplo, hoy día en ese lugar o en lugar alguno? Este proceso comenzó
a comprometer muchos materiales, diversos, que no tienen un origen en la
observación participante ni en mi presencia, sino que, más bien, se producen
en –decía– una diseminación del fenómeno migratorio o sexual. Hoy en día,
el tema migratorio no solo emerge dentro de las coordenadas de un lugar, de
una sociedad o de un espacio social determinado, sino que está configurado
por movimientos sociales, medios de comunicación, militarizaciones,
políticas estatales y también por los tuits de Donald Trump: cuando se inicia
la última gran caravana migrante, en octubre del 2018, Trump se refiere a sus
integrantes como «animales».
Entonces, hay todo un trabajo de recopilación de esos materiales relacionados
con la etnografía, pero no con mi presencia en un lugar. Eso quisiera explicarlo
en primera instancia. Si bien no estoy ahí, sigo trabajando las coordenadas de
ese acontecer histórico que está relacionado con lo que sucede en Tenosique, que
sería como el punto geográfico e histórico que investigo. Por ejemplo, me tocó ver
partir en abril de 2014 –fue una casualidad– la primera marcha de migrantes en la
historia de la migración centroamericana en México desde Tenosique, organizada
por activistas de derechos humanos, por medios de comunicación, en fin.
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Deseografías, por el tipo de grupo con el que trabajé, formado por hombres
gay muy afeminados, casi travestidos, aceptados pero excluidos a la vez, mi
observación fue siempre una observación lateral, veía al mundo desde la posición
en la que ellos estaban.
Creo me di cuenta de que veía el mundo lateralmente como –y con– ellos cuando
me invitaron al funeral del hermano de uno de los integrantes del Club. Llegamos
con varias personas a su casa, de esas casas cuyas puertas dan directo a la calle.
El funeral se realizaba en la sala de la casa y había unas sillas en la calle, en el
frontis. Entonces, toda la gente del Club se sentó en esas sillas y, de pronto, observé
que las mujeres estaban dentro de la casa rezando, los gays sentados en el frontis,
riéndose y conversando, y los hombres, siguiendo la clasificación de género y sexual
de ese lugar, estaban detrás, en silencio, apoyados en unos carros. Este mapa no era
un mapa casual, sino que era casi una estructura, constituía una antropología del
espacio y también de los cuerpos, era una distribución de los sujetos según ciertas
marcas y clasificaciones. Esto se repitió muchísimas veces, es decir, no estaba frente
a una casualidad, pero tampoco ante una estructura levi-straussiana, sino que me
encontraba con una topología de la distribución de las identidades, los cuerpos y los
deseos, pero también de las moralidades, porque no solo había espacios distintos,
sino que también existían fronteras entre esos espacios.
A partir de ese momento, me comencé a dar cuenta de que eso se repetía y que
esto significaba, o lo leo así, que la etnografía era lateral. Yo también estaba
lateralmente ubicado con ellos en ese espacio social y en esa forma de vivir. La
lateralidad no es un concepto del campo, sino que es una conceptualización
del propio trabajo etnográfico. No es que alguien, un informante, me dijera:
«¿sabes? Nosotros nos sentamos acá porque vivimos lateralmente». No. No es
emic. Es una reflexión producida en el propio campo. Tal vez la lateralidad no
sea un concepto muy sólido aún, pero lo puedo ensamblar, por ejemplo, con
el pensamiento feminista en la antropología y las metodologías feministas, que
argumentan que las investigadoras mujeres, por su localización en la estructura
de género y en las relaciones de poder, siempre están situadas de un determinado
modo. No pueden ser unas voces neutrales, como acostumbramos a dotar de voz
a los cuerpos masculinos. Entonces, la lateralidad también es, en algún sentido,
herencia, o puede pensarse a través de la noción de «conocimiento situado», de
Donna Haraway (1995).
No estaba en el funeral pensando en Haraway. No era necesario. No se trataba de
una experiencia teórica, en el sentido de una lectura que estoy conceptualizando,
pero sí era un mundo que había que develar, por así decirlo. Y que había que
describir, no solo a partir de sus propias coordenadas, creo, sino que también
a partir de coordenadas que nos permitieran vincularlo con otros trabajos
antropológicos y otros desarrollos conceptuales. Hay una cita muy interesante
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¿Dónde es ahí?
Pregunta Público (PP). Usted dijo hace un rato que el investigador no está ahí.
Entonces, a mí me surgen como tres ideas que pudieran ser la explicación de
ese no estar ahí. No está ahí, por ejemplo, porque no está transitando el género;
entonces, ellos y ellas sí están ahí. No está ahí porque no es su espacio, sino que es
un espacio prestado. Es decir, tú aterrizas ahí, te relacionas con la gente y te vas.
No sigues en ese espacio. Y la tercera noción de «no está ahí» es porque tampoco
tenías esas preguntas. Es decir, las preguntas surgen en el mismo momento en que
uno se encuentra con la gente, y uno dice: «¡Mierda!, ¿qué está pasando aquí?»
Entonces, busca respuestas. Entonces, no sé si te refieres a algunos de esos «no
estar ahí», ¿o el tuyo es otro?
RP. La distinción «estar ahí»/«estar acá» no es tan clara, en este caso. Creo que ahí
hay algo en juego. O sea, lo digo a partir de mi propia investigación: Deseografías
está sustentada en un sueño. Luego de seis años de trabajo de campo, tuve el primer
sueño que logré recordar en Ciudad de México con ese lugar, Tenosique. Cuando
sueño, no estoy «ahí»; estoy acá, en el «acá» de mi vida cotidiana. Pero cuando
aparece ese sueño, en el que sueño con la gente de Tenosique, la pregunta que me
hice fue: ¿dónde está la etnografía?, ¿está en los procesos de mi inconsciente? No
en los míos, sino ¿en los procesos del inconsciente que están emergiendo a través
del sueño?, ¿o solo se está jugando mi presencia corporal en ese lugar?
Para la observación participante, «estar ahí» es un requisito, pero si integramos al
campo otras dimensiones de lo que puede suceder, por ejemplo, los procesos del
inconsciente, el «estar ahí» no es algo tan definitivo. Entonces, digamos, el sueño
abre una especie de interludio entre el «ahí» de la observación participante y el
«acá» de la elaboración de la observación participante. Porque hay algo que tú
decías: «no es mi espacio», pero uno abandona el espacio y deja de estar.
Tengo la sensación, al menos desde mi experiencia –no sé si te pasará a ti,
Eduardo– de que uno nunca abandona la etnografía y que la etnografía se
comienza a transformar en una especie de sombra, aunque dejes de ir al campo.
Y ahí hay un proceso muy interesante de desplazamiento en el que, incluso, «no
estar ahí» forma parte, tal vez, del proceso de investigación. No lo quiero reducir
todo a eso.
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ER. Sí. Rodrigo está problematizando esa distinción tradicional de los antropólogos
de «estar allá» y «estar acá». Entonces, él está rompiendo con esa imagen que se
instala en el sentido común antropológico para entender la etnografía. Plantea,
entonces, como una especie de presencia onírica, incluso, del «estar allí» estando
acá. Es muy interesante.
RP. Yo, en algún momento del 2015, bastante tiempo después del sueño, estaba
trabajando de lleno con migrantes en un lugar que se llama Hogar Refugio para
Migrantes La 723. Es un espacio que en un año puede recibir a 15 mil o 18 mil
migrantes, gente en condiciones de mucha vulnerabilidad, etc. Era septiembre
de ese año. Al regresar a Ciudad de México leí una nota del diario El País que
relataba que descendientes (hijos o nietos) de refugiados españoles en el sur de
Francia reclamaban que iban a demoler los últimos rastros de los campos de
concentración donde estuvieron presos los republicanos españoles luego de huir
del país tras la Guerra Civil, en 1939. Justamente en uno de esos campos de
concentración, Bram, estuvo mi abuelo materno.
En ese momento hice la conexión y me pregunté: ¿qué estoy haciendo yo, tantos
años después, en algo parecido a un campo de concentración, en un refugio de
migrantes? También estaba en una frontera y en una situación de guerra –no la
Guerra Civil Española, pero sí esta guerra de baja intensidad que ocurre en el sur
de México y en Centroamérica, especialmente en los países del Triángulo Norte
(Guatemala, Honduras y El Salvador). La pregunta que surgió en ese momento
era quién estaba investigando aquí: ¿estoy investigando yo, como sujeto soberano
de mi propia conciencia?, ¿o están investigando generaciones de desplazados que
pasan por mi cuerpo y por mi escritura? Claro, cuando lo advertí –no era tan
difícil darse cuenta, pero no sé por qué no lo había hecho– me llevé una sorpresa
y pregunté qué tipo de trabajo es este, ¿tiene que ver mi historia personal, estas
historias colectivas de desplazamiento, con mi interés por la migración y el refugio
entre los desplazados centroamericanos? Aparentemente, no. Pero leyendo el campo
con estos otros materiales, que también creo que vuelven a ser del inconsciente, de
la historia personal, pero también de la historia social y colectiva, parece que sí.
Algunas preguntas que he tratado de desplegar son: ¿qué tiene que ver Bram
con Tenosique?, ¿qué tiene que ver un campo de concentración con un refugio
para migrantes? Tenosique no es campo de concentración, pero es un campo de
refugiados: hay gente desplazada, mucha de ella amenazada de muerte. Digamos
que la muerte sería su destino si se quedaran en sus países, como le habría sucedido
a mi abuelo republicano. Si hubiese regresado a España, lo habrían fusilado los
franquistas. Eso era muy claro.
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Tiene este nombre en conmemoración de la primera masacre de migrantes en México, sucedida en junio
del 2010 en San Fernando, Tamaulipas. La responsabilidad se atribuyó a una célula de narcotraficantes.
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Etnografía y especulación
Ingold describe a la antropología como una disciplina especulativa, como la filosofía,
pero que a diferencia de ella sus reflexiones se producirían en el mundo en conversación
con sus diversos habitantes y no dentro de un canon literario. Y ahí yo me pregunto,
¿con quiénes podemos establecer esas conversaciones?, ¿establecemos conversaciones
solo con sujetos existentes y vivos?, ¿o también lo hacemos con sujetos no existentes
o muertos? Por ejemplo, ¿establecemos conversaciones con sujetos corporales o
establecemos conversaciones con sujetos históricos?, ¿podemos establecer todo ese
espectro de conversaciones si abrimos nuestra imaginación investigativa, que es
también un tema de escritura?, ¿o solo conversamos con aquellos que conocemos o
vemos? Añadiría que hay una dimensión de la observación participante que supone
esta relación con el otro inmediato, pero también con otros que habitan mundos
distintos y plurales o que hablan de formas incomprensibles, a veces.
Por ejemplo, una de las preguntas de mi trabajo de campo es: ¿qué hacer con los
muertos que le hablan a la gente? La gente te dice que les están hablando, que sueñan
con ellos, que los escuchan. Todo eso forma parte de las tradiciones populares, y yo
no voy a discutir su verdad epistemológica, pero ¿esos muertos son «informantes», en
términos clásicos? Incluso, ¿se les podría entrevistar? Se puede considerar que allí hay
un lugar de enunciación, no equivalente al de los vivos, pero que está produciendo
un cierto saber sobre lo social y desde una cierta posición. Yo creo que, por ejemplo,
para los/as colegas que trabajan en los campos de la religión, la magia, o con prácticas
culturales diversas, esto es un dilema que siempre está presente, por lo que sé. ¿Son
los espíritus que poseen a alguien –digamos, en un culto afrobrasileño, afrocubano o
afrocolombiano– sujetos de la investigación?, ¿son «informantes» de la etnografía?,
¿se puede hablar con ellos? En estos casos, entendemos «hablar» como una práctica
de hacer preguntas, por ejemplo, más que de conseguir respuestas, puesto que no
sabemos si respondan, pero al menos sabemos que sí podemos preguntar.
Ingold considera que la especulación en el campo de la antropología correspondería
al momento del conocimiento antropológico. Entonces, una pregunta que yo me
haría, ante todo como una provocación, sería si podemos pensar la etnografía
como una práctica especulativa también. Porque, claro, aunque tengamos muchos
datos (entrevistas, observaciones participantes, notas del campo, documentos y
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PP. ¿Por qué estás planteando la idea de «especulativo», por ejemplo, pudiendo
pensar que es «interpretativo»? Yo pienso que todo lo interpretativo es especulativo,
pero ¿por qué tu énfasis en decir que hay un nivel especulativo acá?
PP. Es que «especulativo» también tiene que ver con el encuentro y el acaecer de
los mundos que se suceden en ese momento y que se configuran con la ayuda de
un aparato conceptual. Lo especulativo está marcado por ese «autohacerse» del
mundo o acaecer también. Es esa movilización.
ER. Entonces, ¿es especulativo o interpretativo también? ¿O especulativo en el
sentido de los mundos que confluyen?
PP. Yo tengo una pregunta por las redes afectivas. Tú hablas de la posetnografía como
ese lugar en el que no estás –o, por ahora, ese es el nombre que le das– pero que sigue
ocurriendo. Y ahí hay muchos encuentros: hay noticias, están los tuits, lo que sea
que está; ahí está tu actividad entrando en lo que rechazas y en lo que coges, en lo
que agarras… Y entonces, ¿cómo es ese encuentro también? ¿Cómo sistematizas eso?
¿Cómo lo vives, lo organizas, lo ordenas? ¿Cómo escoges uno y no el otro?
ER. Para darle fuerza a eso, es una pregunta por el lugar del deseo en la etnografía,
que es central en tu trabajo. ¡Es maravilloso! No solamente los afectos sino
también el deseo…
RP. Bueno, yo creo que se podría pensar la especulación como una interpretación un
poco desmedida. O sea, diría que la especulación es siempre sobreinterpretación (luego
ajustaremos la respuesta). Pero también «especulación», en la forma que lo planteas
tú [un miembro del público], tan interesante, como una forma de encontrarse con
el otro, porque también el otro está especulando sobre uno. O sea, especulando no
en un sentido despectivo, sino «especulando» porque estoy imaginando quién es el
otro o qué puede pasar con el otro. Es un encuentro que se autoforma en esa medida,
aunque la especulación nunca sea explícita ni, tampoco, sea interrogable; o sea, yo no
te puedo preguntar ¿qué especulas?, ¿qué imaginas? Es una pregunta poco eficiente,
pero puedo suponer que estás especulando o que yo lo estoy haciendo.
También creo que es una especulación en el sentido filosófico, o sea apodíctico,
que estoy pensando más allá de los datos. ¿Por qué? Porque creo que, si solo
empezamos con los datos, pensamos corto; si empezamos también con conceptos,
pensamos más largo, por decirlo de algún modo.
ER. ¿Y cómo separas «conceptos» de «datos»?
RP. Yo, por ejemplo, pensaba en lo que Eduardo plantea y es que uno no «sabe»,
o sea, la posetnografía es, más bien, asumir que la etnografía trabaja después, es
decir, que uno llega después a la etnografía, que la reflexión es post. Al menos,
yo no he encontrado una forma de administrar eso: de decir «voy a observar tales
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afectos, voy a sentir tales cosas, voy a conectarme con tales personas». No. Más
bien, todo lo que sucedió, y que estaba casi siempre fuera de mi control, comienza
a elaborarse a través de recursos y superficies de conocimiento diversas, que pueden
ser asociaciones del inconsciente o noticias de Internet. Creo que el problema de eso
es que sucede posteriormente. Yo hice una pausa en mi etnografía, en términos del
«estar ahí», que ya dura tres años. Estaba completamente saturado, no quería saber
nada del campo, no podía ir y, además, experimentaba una reacción casi corporal:
me enfermaba. Además, era muy extraño porque si mi apuesta es construir una
antropología del deseo, debo decir que no tenía ningún deseo de ir, ni de hablar con
la gente, ni de verlos. Los deleuzianos dirían que experimentaba un contra-deseo
porque no produce, más bien suspende. Bueno, yo me quedé con esa suspensión,
diciendo «tengo que ver qué es lo que está pasando y qué etnógrafo soy en estas
condiciones», digamos, «¿qué etnografía es esta?» Tal vez no vuelva más. Pues podría
decir «esto se acabó», pero eso solo lo he podido pensar luego de, no durante, lo que
es parte de nuestra fragilidad epistemológica y también corporal, afectiva. Bueno,
tal vez haya gente a la que le va mejor en esto. Lo sitúo en mí. No podía conocer
eso mientras sucedía, sino que lo fui entendiendo, o interpretando, luego de que
sucedió. Incluso, siete o diez años después. O sea, «luego» no es una semana.
Ante este «momento especulativo» quisiera traer un ejemplo. En Deseografías hay
un capítulo que se llama «El abandono y su aura» (Parrini, 2018, pp.367-420).
Tomo el concepto de abandono, fundamentalmente, de la filosofía de Giorgio
Agamben (2006). El filósofo italiano hace una genealogía del concepto y dice
que «abandono», en su origen etimológico, viene de la voz francesa «bann», que
se relaciona con «abandono» y «bandido»; en español, la noción contemporánea
de «bandido» tiene su origen ahí: alguien que ha sido excluido, pero puede ser
asesinado como el Homo sacer.
Ante esa inclusión excluyente, que le interesa tanto a Agamben, la pregunta era
cómo se la podía leer etnográficamente. Entonces, dos pasos: desde Agamben –que
es alta filosofía, no sé si servía para hablar de Tenosique, no es su mundo– creo que
las formas de la nuda vida (Agamben, 2006) eran rastreables etnográficamente,
o sea, esas vidas expuestas a la muerte. A partir de esa noción conecto con dos
etnógrafos y antropólogos:
1) João Biehl, un antropólogo brasileño que trabaja en Princeton, escribió una
etnografía muy interesante que se titula Vita. Vida en una zona de abandono
social (Biehl, 2007). Este antropólogo investiga un lugar que es una especie
de depósito de individuos sobrantes llamado Vita, localizado en Porto Alegre
(Brasil) y que describe –siguiendo a Agamben, aunque no profundiza mucho
conceptualmente– como una «zona de abandono». Ahí se llevan a las poblaciones
que, en la expulsión biopolítica del neoliberalismo, no importa si viven o mueren
porque ni siquiera son asesinadas.
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Denomino epistemes locales «a las formas en las que una comunidad o localidad específica piensa,
que surgen de la intersección histórica, pero local, de redes de significación y formaciones discursivas»
(Parrini, 2018, p.101), «Arqueologías de la sexualidad. Epistemes locales, formaciones discursivas y redes
de significación» (Parrini, 2018, pp.101-160).
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Caníbal situado
ER. Lo que a mí me impresionó mucho de tu libro, y creo que es la potencia de
la etnografía, es que tú estás muy situado: estás hablando de Tenosique, del Club,
de los migrantes por ahí, pero estás discutiendo conceptualmente a Foucault, a
Deleuze, o sea… ¿cómo podrías hablarnos de eso? Porque mucha gente siente
que el asunto es un caso al que se le aplica una teoría. Y me parece que tu trabajo
en Deseografías es mostrar la potencia de estar parado en un lugar, lo que decía
Clifford Geertz de «estudiamos en aldeas, pero no aldeas», y discutimos grandes
palabras de los filósofos, pero de otra manera.
RP. No podría explicar cómo hacer eso, ¿no? O sea, no es que yo diga «a ver,
haga esto primero y después lo otro». No. Más bien, mi pregunta era qué podía
hacer con Foucault, Deleuze y Guattari, con Butler, Braidotti y Anne Tsing o
con Agamben y Sloterdijk, para pensar el mundo que tenía al frente y en el que
estaba viviendo. No me interesaba replicarlos a ellos o ellas. Eso no me interesa
para nada. O sea, para eso, mejor los/as leen a ellos/as, no necesitan leerme a
mí. Se trataba de comenzar a pensar antropológicamente lo que ellos/as están
proponiendo, lo que significa, también, pensar en sus límites.
ER. Sí, es llevarla a otro lado. Por ejemplo, la noción de «aura» de Benjamin.
RP. O sea, acá tenemos dos opciones: o hacemos una especie de panteón de
conceptos, donde vamos todos a rendir honores y replicamos una y otra vez los
miles de comentarios, algunos muy buenos y súper interesantes, sobre el aura
en Benjamin, sobre el poder en Foucault, sobre el Homo Sacer en Agamben; o
nos transformamos en caníbales conceptuales que estamos procesando, incluso,
corporalmente esos conceptos o esas ideas. En mi caso, no puedo canibalizar a
Pierre Bourdieu, reconozco su importancia como antropólogo, pero no lo puedo
incorporar a mis propias tramas de pensamiento y a las prácticas de investigación
que realizo. Habrá otra gente a la que Agamben o Butler no les haga ningún sentido.
Yo creo que en ese momento de mi trabajo –tal vez, es algo que tengo claro ahora–
todavía era un adepto a la gran teoría europea. Ahora ya no. Creo que hay que
elaborar… No quiero entrar en tópicos de lo poscolonial y lo decolonial, sino más
bien hacer una pregunta: ¿cómo pensar desde donde estoy, en estas coordenadas
históricas, en estas condiciones sociales, frente a lo que estoy viviendo? Este sujeto,
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que no piensa en francés ni en inglés sino en español, desde una academia periférica.
Y que está pensando con estos autores no para ser europeo. Yo no quiero ser europeo.
Yo quiero seguir siendo un tipo latinoamericano, marginal, digamos, en ese sentido;
que trata de pensar mundos que son bastante difíciles de pensar, además. O sea,
Tenosique no es un lugar transparente, para nada. Al menos, para mí, es bastante
opaco. Entonces, en ese sentido, ¿cómo ser un caníbal situado?
PP. Estaba pensando, justo, que cuando hablabas de lo especulativo, que puede ser
el campo y que, por supuesto, el campo te va dando un montón de entradas que no
tienes claras antes de ir, y bueno, en fin; pero, respecto a lo que tú dices, me reafirma
lo que dicen muchos etnógrafos sobre que uno no hace etnografía inocentemente.
Es decir, uno va a campo con un montón de teoría en la cabeza y, seguramente,
si muchos de nosotros vamos a Tenosique, vamos a interpretar lo mismo que tú
viste de otras maneras y desde otros lugares teóricos. Entonces, me parece que
eso es muy importante, porque vemos ciertos registros de la realidad, de acuerdo
también con nuestras propias experiencias teóricas y experiencias vitales, como tú
lo mencionabas, y eso no es inocente. O sea, hacemos etnografía, observamos y
tomamos fotografías de la realidad, dejando por fuera otro montón de cosas, de
acuerdo con nuestra propia experiencia vital y eso es importantísimo. Quizás, por
ejemplo, esta experiencia que tú cuentas en el texto de tu sueño, para mí hubiese
sido insignificante, seguramente, porque no tengo una formación en psicología o
en psicoanálisis, qué sé yo. Entonces, claramente, vemos particularidades, vemos
situadamente también desde nuestra propia experiencia. Eso me parece clave. Y
en ese sentido, pues sí es «especulativa» en cierto sentido, pero en otro sentido no.
No es especulativa en el sentido que te digo: tú vas con un equipaje, con una
maleta conceptual así no lo quieras. Luego, seguramente, vas a rastrear otras
cosas, cuando regresas de campo, pero inicialmente tú sí llevas ya un equipaje
conceptual. Es decir, no gratuitamente tú estás utilizando todos estos autores,
ahora dices que no quieres ser tan europeo, bueno… En ese sentido, creo que no
es tan especulativa lo que una o uno, como etnógrafo, va a ver; no es inocente lo
que vas a ver; o sea, tú también vas con unas preguntas… Es decir, el campo sí te
da muchas cosas nuevas… Es como eso lo que estaba pensando.
ER. Yo profundizaría dos puntos ahí: ¿Qué es «campo» y qué no es «campo»? Ya de
entrada, no es un corte inocente; entonces, está Tenosique, pero están otras cosas.
Pero lo otro es: a mí no me acaba de cerrar la idea de «dato» porque pareciera que
hubiera un afuera, una exterioridad de la categoría o de la elaboración.
PP. Tres comentarios. El primero, cuando hablábamos de Foucault, también es un
planteamiento de las heterotopías, que creo que hay otros lugares; que lo plantea
mucho también desde la propuesta de Borges que es, digamos, esa posibilidad de
alterar el orden alfabético para que entren otros posibles, otros lugares.
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Pensaba mucho en eso de las heterotopías y también en la relación con las artes,
cuando hablabas de que hay experiencias muy enriquecedoras, pero descripciones
pobres. Pensaba, entonces, qué papel jugarían las artes en su manera de describir,
en su manera de pensar los registros de lo real, no necesariamente como algo que
tiene que presentarse como «inalterado», digámoslo así, sino que vale el esbozo,
vale que no esté terminado, vale el fragmento, vale la dispersión. Entonces, pensaba
también que sería muy bueno que los etnógrafos fueran un poquito vagos, es
decir, que tuvieran la posibilidad también de tener derivas, una mirada vaga; no
necesariamente ir con la idea de «tengo este objetivo y voy a mirar esto», sino de
decir, «voy a caminar por aquí, no sé para dónde voy», un poco como el perrito que
va oliendo y encontrando cosas; entonces, pensaba que el arte tiene mucho de eso,
de la deriva y de la mirada vaga. Pero también me he enfrentado a la academia y
siempre me preguntan «¿y eso para qué?» Es como ir al encuentro de algo que uno
no sabe si lo va a encontrar o no. Siento que es difícil, en lo académico, pensárselo
así, como ¿para qué voy a hacer todo eso si no se sabe para qué?
Por último, a propósito del concepto postetnografía, ¿qué piensas tú del término
«etnografía multisituada»?
RP. Llevo seis años trabajando con colectivos de teatro en México. Ha sido una
experiencia interesante porque debo decir que sí creo que en la antropología
el campo de asociación es más limitado que en el arte. Entonces, por ejemplo,
trabajamos adivinación. Y los actores relacionan el Eleusis, los 40 tipos de mago
del mundo náhuatl y los lectores de tarot contemporáneos. Yo esas asociaciones
no las puedo realizar porque las genealogías culturales que emergen son lo
suficientemente densas y singulares como para suponer que son homólogas.
Ellos sí; yo no. O, si quieren, yo creo que no las puedo plantear. Entonces,
diría que el arte es un campo de asociación abierto que no está sometido al
«dato», como sí lo están aquellos materiales por los que nos preguntamos en
una etnografía. Entonces, yo no sé si una persona agonizando en una camilla es
un «dato». Sin duda que no. Pero sí es un material antropológico y etnográfico
al que yo creo que debo responder y que formula ciertas preguntas que también
creo, y siento, debo pensar.
No sé si es un «dato» en cuanto un elemento objetivo que sea independiente de
mi percepción y de mi propia configuración cognitiva, creo que no; sin embargo,
creo que existe como algo distinto de mí. Eso me parece importante. No es mi
imaginación, sino que es algo que también estoy experimentando con el otro: el
otro enfermo/yo no; el otro en una camilla/yo no; el otro sin atención médica/
yo con seguro médico. O sea, esas son las condiciones de la observación, si se dan
cuenta. Yo no soy mexicano, pero voy a Tenosique y tengo residencia. A mí no
me detiene la policía y si me detiene le muestro mi tarjeta de residencia y no me
molestan más. Esas son las condiciones de la observación.
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Pero, quería insistir en una pregunta que Eduardo hizo y es sobre el deseo. Tu deseo,
digamos, como implicación. Y lo pienso en el sentido de casi hacerte una pregunta
un poco metiche: ¿y cómo se encarga, alguien como tú, de su propio deseo en
este proceso? Porque tuve la fortuna de verte en algunos momentos, en Ciudad de
México, compartir con tus amigos de Tenosique, y hay un exceso de excesos, de
deseo de ellos, entre ellos, hacia ellos, hacia la sociedad. Está a flor de piel. Yo en esa
escena decía: «¡Mierda! ¿Cómo se encarga uno de este exceso?» No del de ellos, el de
uno. Me parece que en tu trabajo lo anuncias, pero como que no hay un momento
en que nos lo cuentes. Entonces, creo que aquí, para mí, es la oportunidad.
Y lo pienso, también, ¡claro!, el deseo, por lo menos, desde el psicoanálisis, no
es una cosa pulsional e instintiva pura; tiene también relación con el lenguaje.
O sea, uno sueña locamente, pero sueña en la gramática de su propio lenguaje.
Entonces, sí, de alguna manera, discute con la representación.
Entonces, algo que a mí me llamó la atención de tu trabajo en Tenosique es que, por
ejemplo, tú los enuncias en ese momento como «mis amigos», en muchos momentos
yo te vi decir «mis amigos de Tenosique», pero al leer tu trabajo de Deseografías, resulta
que no es un amigo, no es un parcero escribiendo sobre otros parceros; que hay un
lugar, digamos también lateral, en decir: «sí, hago investigación; sí, estoy parado
desde una cierta narrativa», lo cual no obvia –y no lo estoy diciendo en sentido
peyorativo– la puesta en escena y en la piel misma de tu propio deseo. Entonces, mi
pregunta es ¿cómo lidiaste con ese exceso propio y ajeno? ¿Y cómo lidiaste con eso
en relación al lenguaje mismo de las gramáticas en que te inscribes? Me parece que
los ejemplos que has dado hoy son clarísimos de eso. Voy a ser muy grosero: llegó la
policía, ve a todo el grupo, ¿qué ve ahí? Ve una bola de maricas, de jotos, etc.
«Todos somos iguales», pero unos más que otros, entonces, en la medida en que
unos son jotos con papeles, jotos con créditos académicos, somos otros, de alguna
manera. Pero también está nuestro deseo ahí. Creo que a todos y todas nos ha
pasado con todo. No sé, en las asambleas con los excombatientes yo les hablo:
«camaradas, ¿cómo llegaron?» Porque de alguna manera su deseo también está
ahí. O, cuando hemos trabajado con personas trans también…
RP. Creo que eso también tiene que ver con ciertas pulsiones contemporáneas
en el campo de la investigación, que veo especialmente entre gente muy joven en
México –no hablo de Colombia–, de tratar de vivir la experiencia del otro. Por
ejemplo, cada cierto tiempo hay alguien que se sube al tren y acompaña a unos
migrantes en su viaje. Bueno, pero ¿en qué calidad los acompaña?, ¿los acompaña
en calidad de un indocumentado que no es?, ¿los acompaña asumiendo los
riesgos que, en realidad, no son sus riesgos? O sea, esos riesgos los estás pidiendo
prestados, y eso es un acto que me parece más de narcisismo que de conocimiento
del otro. O sea, yo no me subiría al tren ¡Yo tengo pasaporte! Salgo y entro de
México. No soy un indocumentado ¿Qué hago en el tren?
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¿Qué tengo que saber yo, como sujeto corporal, de esa experiencia?, ¿qué añade
ese saber a lo que el otro está diciendo cuando no estoy, en ningún momento, en
sus coordenadas? No me subo en el tren, primero, por respeto, creo.
¿Qué significa ese acto de estar con el otro? Creo que hay algo que, me parece,
es relevante pensar –no es la ocasión, pero dejo la pregunta–: es uno el que tiene
que pensar los actos etnográficos y los actos antropológicos. Con respecto a esto,
estoy intentado trabajar un texto a partir de una etnología que hizo Philippe
Descola (2005), una de las últimas grandes etnologías, yo creo, entre los achuar
de la Amazonía ecuatoriana, a finales de los años 70 y principios de los 80 del
siglo pasado. Él fue un discípulo de Lévi-Strauss.
En ese libro, cuando Descola habla de la muerte entre los achuar, dice que
no hay ninguna memoria de la muerte –lo estoy diciendo de una manera un
poco tosca–. Cuando alguien muere, lo entierran sin túmulo, nada y, después,
se mudan y abandonan el lugar de los muertos. Entonces, cuando los achuar
comenzaron a escuchar las prédicas de los protestantes cristianos, que hablaban
de la resurrección de los muertos, eso les pareció algo de lo más espantoso que
podían imaginar y podía suceder. Entonces, eso lo vincula con una dificultad que
Descola plantea en el epílogo de su etnología: «nunca pude entender la estructura
del tiempo, su estructura del tiempo. Venía del francés, que es un lenguaje lleno
de pasados, futuros, presentes, etc., a aprender achuar, que es un lenguaje casi sin
tiempos gramaticales».
Pero hay una escena que a mí me pareció fantástica: Descola llevaba una de esas
viejas grabadoras de cinta magnetofónica y había grabado conversaciones con
algunos de sus compañeros, llamémoslos «informantes», aunque él habla de
«amigos»; incluso, hasta de «familiares», porque lo adoptan. Cuando asesinan a
uno de sus informantes/amigos más importantes –los achuar tenían un sistema
de venganza que no sabría explicar–, su «familia» le pide escuchar las cintas
donde estaban grabadas algunas conversaciones que Descola sostuvo con el
difunto. Entonces Descola les dice: pues, escuchemos la cinta y escuchemos su
voz. No se da cuenta de que está inaugurando el duelo en esa cultura y de que
está introduciendo la estructura temporal de los aparatos y de las tecnologías
modernas en una sociedad que rechazaba cualquier recuerdo de la muerte. O sea,
ofrece una resurrección tecnológica de los muertos. Mientras la de los misioneros
era teológica, esa era una resurrección tecnológica.
A mí me parece que ese es un dato antropológico tan potente como la lección
de escritura que Lévi-Strauss describe en Tristes trópicos (2011 [1955]): «Los
nambikwara me ven escribir y ellos mismos comienzan a trazar líneas sobre papeles
blancos», dice. Es una escena preciosa, que retoma de manera célebre Derrida en
De la gramatología (2003 [1967]). Lévi-Strauss se da cuenta que está transformando
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sentido cuando el que lo lee se lee y dice: «¡mierda! ¡claro! ¡eso es lo que yo hago!»
Y, entonces, me gustaba como ese cierre que tú hacías: que mandan el libro, y el
otro dice «oh, sí, ese soy yo». Porque yo creo que ahí es que tiene sentido nuestro
trabajo, cuando el otro, a través mío, también tiene una elaboración sobre su
propio acto. Es decir, él tiene su acto pero no se lo piensa y no le da significancia a
ese acto que, por ejemplo, es un acto identitario, es un acto de vivir el cuerpo, de
una manera de vivir las relaciones, que no eran importantes; y, entonces, cuando
la gente encuentra el texto y encuentra otras cosas, por ejemplo, lo que digo
yo siempre, yo trato de mirar cómo afecta la institución salud, cómo afecta la
institución religiosa, cómo afecta la institución jurídica en la práctica de la gente
para definirse «homosexual» o «marica» o «trabajador sexual». Ellos empiezan a
asumir esos otros elementos de la interpretación para reinterpretar su propio acto.
Susurros y alteridad
RP. Quisiera citar otro ejemplo «fallido» de etnografía. Hay una etnógrafa
norteamericana, Ruth Behar, que publica un libro, primero en inglés y luego
en español, que se llama Cuéntame algo, aunque sea una mentira (Behar, 2009),
una extensa etnografía con una mujer indígena de San Luis Potosí. Tiene un
capítulo muy interesante en el que esta mujer, amiga de la etnógrafa, va con una
curandera, la comadre Chencha. La etnografía es de los años 90. Entonces, Ruth
Behar, a pesar de que es una antropóloga feminista –de hecho, teoriza la relación
entre antropología, etnografía y feminismo (Behar & Gordon, 1996) –, dice: la
comadre Chencha es alguien que desconozco si es hombre o mujer. Y, en alguna
medida, expresa el desagrado de no poder clasificarlo/a. Hoy día sería muy difícil
que alguien, en el campo de la antropología de la sexualidad y del feminismo,
dijera eso. Sería bastante ofensivo, pero no lo era en ese momento.
Entonces, la comadre Chencha, que no sabemos, a través de Ruth, si es hombre
o mujer, y en realidad, más bien la pregunta no es si ella lo tenía que definir,
sino, más bien, ¿quién es ese personaje?, ¿quién es ese sujeto? Es una curandera
que sana a través de posesiones. Entonces, llega la gente popular de San Luis
Potosí, un estado del norte de México, y ella comienza a recibir espíritus. Y recibe
uno muy importante que es Pancho Villa. Él tiene una característica central: es
el único extranjero que ha invadido los Estados Unidos. Entonces, la comadre
Chencha, poseída por Pancho Villa, comienza a dirigir una especie de coreografía
en la que habla a sus soldados y la gente le responde, marchan y cantan el himno
nacional, etc. Y, luego, la gente cae como en una especie de trance y se cura, según
el relato de Behar.
Ruth Behar, cuando ve esto, a mí me parece interesante, lo describe a partir de las
coordenadas más tradicionales de la descripción, que es «esto vi». Y, entonces, tú
dices: la comadre Chencha, que es un sujeto de género muy singular, que, además,
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tiene que ver con un montón de tradiciones donde estas liminaridades subjetivas
y corporales se relacionan con poderes sobrenaturales, no es nada menos que un
personaje poscolonial capaz de encarnar a Pancho Villa frente a una gringa para
volver a invadir/la. Creo que no se da cuenta de eso o no lo contempla. Una
parte de la curación tiene que ver con el dólar. En el momento en que ella hace
la etnografía había una crisis económica muy intensa en México, posterior al
acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá. Entonces, hay una
conexión entre las curaciones, la posesión de Pancho Villa y la crisis económica.
Y aunque menciona todos estos elementos, no los interpreta.
ER. Pero tú puedes verlo. Ella no ve y describe de una manera muy plana, pero
esa descripción plana te permite a vos ver otras cosas que ella ni siquiera vio y
sintió. Entonces, es muy interesante eso también.
RP. Sí, claro, pero cuando me preguntan: «¿cuáles son sus compromisos
epistemológicos y escriturales que le impiden ir más allá de esa descripción?»
Digamos, ir más allá de algo que, además, es una descripción. O sea, si
pensara las relaciones, ¿qué significa Pancho Villa en la historia de México? No
necesariamente dejaría de describir, trazaría relaciones. Y eso no necesariamente
es una teorización; es como la apertura a un diagrama de relaciones. Sí, como
una cartografía. Decir: «bueno, Pancho Villa, que invade y que no sé qué, etc.».
Entonces, digo, lo que me parece es que si eso no se vuelve a interpretar, esa
etnografía se muere, se transforma en un documento histórico muy rápidamente.
ER. Claro, pero lo que yo estaba pensando es algo que dice Mariza Peirano que
me parece súper interesante. En el artículo «En defensa de la etnografía» (Peirano,
1995), discute con los gringos de los 80 que estaban considerando la etnografía
como un asunto posmoderno, y lo que ella dice es que las buenas etnografías
trascienden incluso las «fallidas» elaboraciones del etnógrafo. Entonces, el hecho
de que se haya descrito esto prosaicamente, logra que otros puedan transitar esos
textos y trazar otras cartografías. Por ejemplo, tú estás trazando otra cartografía.
Lo que dice ella trasciende incluso sus cegueras y limitaciones.
PP. Pero, también depende del momento histórico para hacer esa interpretación.
RP. Sí, claro. Aunque, también, hay que asumir una cierta convención disciplinaria
que es «describe, pero no interpretes».
PP. Y así se está haciendo ahora la historia del conflicto en Colombia.
RP. Sí, pensemos que en aquel momento hay un impedimento dentro del gremio,
del canon. Hoy día, ya no; tal vez. Al menos, está más abierto. Pero cuando lo
hace Behar, creo que no. A pesar de que ella estaba en la crítica textual.
ER. Sí, y es una mujer feminista…
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Etnografía y producción conceptual: de la descripción densa a la teorización singular. Conversación con Rodrigo Parrini
(2008), por los objetos, las materialidades, los fantasmas, los espíritus, etc. Todo
eso también, que está convocándonos y que está, quizás en algún momento,
susurrándonos. A veces son puros susurros. Eso requiere de mi cuerpo y de mi
subjetividad como superficies, pero de rebote, por eso es especular también en el
sentido de espejo. O sea, que rebota, pero no para ir hacia mí, sino para ir hacia
el otro, a esa alteridad.
Yo acabo de terminar un artículo (Parrini, en prensa) donde hago una pregunta:
¿cómo se etnografía la fantasía? Entonces, trabajo con una serie de episodios
etnográficos, especialmente, con un Niño Dios.
Un amigo de Tenosique me regaló un Niño Dios. Yo no soy católico. Asumí los
rituales y comencé a poner pesebre en mi casa, a vestir al Niño con tales atuendos
y llevarlo a misa el 2 de febrero para el día de La Candelaria. Me comprometí con
esas prácticas por el regalo. Entonces, una vez que lo llevo a misa coincide con el
momento en que en México se discute el matrimonio entre personas del mismo
sexo, por llamarlo así. En una de las misas, el cura dice: «nosotros estamos aquí
rememorando y conmemorando el acto de la presentación de Jesús Niño ante el
templo, en el templo». Estoy parafraseando porque, claramente, no me aprendí de
memoria lo que dijo el cura: «y esto lo hacemos en un momento en que la familia
está bajo ataque, porque imagínense que hasta los hombres se pueden casar». Yo no
tengo hijos, ni soy casado, ni soy heterosexual, ni quiero serlo, ¿qué estoy haciendo
yo con un Niño Dios en ese sitio? No solo porto el objeto y el compromiso con una
persona a la que quiero, sino que también una fantasía social de heterosexualidad.
Entonces, lo que me parecía interesante de esa práctica, en la que me sentía un poco
como un infiltrado, era que el Niño me permitía explorar las fantasías de los otros,
que yo no puedo interrogar directamente porque la fantasía no se puede inquirir.
«¿Cuáles son tus fantasías?» Es absurdo preguntar eso.
Pienso que ese Niño es como una especie de máquina epistémica que va por mí
a hacer la etnografía, por decirlo así. Es como una especie de maquinita, un poco
como los telescopios y los microscopios que nos permiten ver cosas que no vemos
con nuestros propios sentidos. Esos son, para mí, los bordes de la etnografía.
No sé si se puede etnografiar la fantasía. Solo me pregunto y reconstruyo este
ejercicio, lo relato, y también digo: no es que yo esté en Ciudad de México y
ellos en Tenosique; es que la etnografía se diseminó en prácticas culturales, en
momentos y en relaciones que no se limitan a aquí o allá. El Niño viene de
«allá», pero lo llevo a misa «aquí». Aquí en Ciudad de México. El Niño me lo
regaló alguien católico, yo no lo soy, ¿qué estoy haciendo al asumir los rituales del
catolicismo vernáculo mexicano?
Claro, eso no obligatoriamente necesita teorización, pero sí me permite entrar, en
este caso, con las nociones de fantasía que Slavoj Žižek plantea en El sublime objeto
de la ideología (1992): todo orden social, dado sus antagonismos, está sostenido
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en fantasías que los niegan. Eso se ha transformado en una idea clásica de las
ciencias sociales en los últimos 30 años. O sea, la fantasía elabora el antagonismo,
negándolo. Por ejemplo, cuando los políticos dicen: «es que nos tenemos que
unir». Eso es pura fantasía, porque esta sociedad es una sociedad de antagonismos
muy profundos, de clase, raciales, de género, etc. Y los usos queer de esa noción, la
posición queer se tiene que pensar como negativa ante la fantasía dominante, que
visibiliza el antagonismo y no trata de resolverlo, digo siguiendo a Lee Edelman
(2004). Tal vez todo esto habría que explicarlo con mayor detalle.
Entonces, creo que la descripción de la misa no tiene mucho sentido si no
atravieso estos conceptos o datos conceptuales. O sea, cuando yo voy a misa y
el cura dice: «tú no debieras estar aquí», yo estoy viviendo mi propia fantasía y
también la fantasía de toda esa gente, cientos de personas en una iglesia cargando
niños de yeso, como si llevaran a Jesús. Y suponiendo que todo eso es una escena
heterosexual y heteronormativa. Entonces, esto no lo propongo como ninguna
metodología, porque sería cuidadoso, pero eso ya es un experimento. Hay un
acto intencional de creación de una escena, por decirlo de algún modo. Ya no es
la descripción de lo que está sucediendo como si fuera distinto de mí. Ahora, la
pregunta es: ¿tengo que enunciar mi deseo para hablar de eso?
PP. Pero la performance te permite acercarte, de alguna manera, a hacerte preguntas
sobre la interpretación de los otros.
PP. Y te lo pregunté no como un capricho metiche, sino porque en tu libro
cuentas tus sueños, tú dices «me sueño con». Y, entonces, mandas a lo onírico.
Cualquiera de los lectores que hayamos tomado medio día de psicoanálisis,
diríamos: «hombre, ¿y su deseo?» Es en ese sentido.
RP. Sí, pero también en el sentido de Reinhardt Koselleck cuando trabaja con los
sueños que Charlotte Berardt (Koselleck, 1993) registró durante los primeros años
del nacionalsocialismo en Alemania. Koselleck, que es un teórico y epistemólogo
de la historia, dice: como datos, no son los documentos históricos que reclama
la historia, pero como descripción de lo que sucedía, de lo que experimentaban,
especialmente, los judíos durante los primeros años del Tercer Reich –dice–
, no hay documento histórico más intenso y más verdadero que esos sueños.
Entonces, ahí, lo que me interesa es que el sueño tendría un carácter histórico;
no psicoanalítico. O sea, no es mi interpretación, sino que es la interpretación
del mundo que estaría disponible en él, potencialmente. O sea, esa fue una ruta
que yo no planteé en Deseografías porque no conocía estos textos, pero que ahora
trabajaría desde ahí.
PP. Estoy pensando mucho en una cosa, que me lleva a pensar lo que estás hablando,
que es la etnografía de la etnografía. Y, digamos, situarse históricamente en la
etnografía también, que para mí es llevar la discusión del conocimiento situado
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RP. Por eso, en el tema de la etnografía no es tanto el «yo situado», sino que es esa
situalidad radical de mi propio cuerpo y mi subjetividad en las tramas sociales e
históricas en las que estoy participando.
ER. Y, en esa dirección, yo creo que hay una especie de ilusión cuando se habla
de la etnografía en el sentido de que se la piensa robinsonianamente como si
fuera un asunto de individuos; y no se piensa que la etnografía nos habla y, en
ese sentido, es fundamentalmente una relación social situada históricamente,
que implica un aparato que nos trasciende y que nosotros no vemos. El
etnógrafo no es un individuo incoloro, insaboro e inoloro, por fuera de la
historia, sino que la etnografía es una forma de producción y de consumo y de
intervención de conocimientos de cierta manera, que implica todo el aparato
incluso de autorización, de autoridad, y no solamente del etnógrafo sino de
lo etnografiado, que es producido etnográficamente, y de quiénes consumen
la etnografía, no solamente los académicos sino el mercado, el Estado y los
imaginarios sociales. Entonces, si pensamos la etnografía como un dispositivo,
como una relación social, ahí invocamos al Marx de la Introducción a la crítica
de la economía política: los seres humanos son relaciones sociales. Yo creo que
eso le da más potencia y mucha fuerza, y es lo que tú estás diciendo. O sea,
cuando tú afirmas: «cuando yo estoy viendo a otro ahí, cuando me implico, yo
estoy pensando en una dimensión de la relación social». Entonces, la etnografía
no es inocente, y me parece esa expresión muy potente, en el sentido que es un
dispositivo históricamente situado.
RP. Ahora, la pregunta es si es culpable. O sea, si la etnografía no es inocente, ¿hay
que asumir culpas?
ER. Sí. Tenemos que ser culpables de nuestros privilegios.
RP. Sí, tal vez hay también culpas situadas en ese contexto.
PP. Yo veo que se está hablando de las transiciones dentro de la etnografía:
interpretación, especulación, deseo, afecto. Hay como unos campos
borrosos, en tensión, de lo que está sucediendo, de cómo está históricamente
transformándose la etnografía. Y tú estás introduciendo no una visión de
interpretación y reflexión, sino más una cuestión que tiene que ver con lo que
Haraway llama la difracción, que es entender lo multidimensional en lo que
estamos implicados, los diferentes registros afectivos, corporales que estamos
viviendo entre las pérdidas, la lengua y todo eso de lo que estabas hablando.
Entonces, esa tensión es de lo que estamos hablando.
PP. La versión de «campo» ahí se amplía totalmente, porque «el campo» es todo
eso. Es donde estoy yo situado históricamente, atravesado por ciertos aparatos, es
un conocer de cierta manera.
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ellos, digamos, pero tienen una existencia material en el mundo, son presencias, no
especulaciones. Entonces, en ese sentido, creo que ese es un momento de ruptura,
porque siento que después la investigación comienza a aparecer en muchos lugares
distintos, en materialidades distintas y de formas diversas, que no eran las que
puedo registrar a través de la observación participante. Por ahora, llamaría una
«diseminación» a eso. Creo que hay que hacer una intervención conceptual ahí.
PP. Pero es algo que tú estás elaborando.
RP. Lo estoy elaborando. Primero me pasa etnográficamente; luego, conceptualmente.
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Eduardo Restrepo & Rodrigo Parrini
Etnografía y producción conceptual: de la descripción densa a la teorización singular. Conversación con Rodrigo Parrini
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