0% encontró este documento útil (0 votos)
789 vistas201 páginas

Villarroel Un Anhelo Truncado PDF

Este documento es un libro escrito por Gustavo Rodríguez Ostria sobre Gualberto Villarroel López, presidente de Bolivia entre 1943 y 1946. El libro contiene 11 capítulos que analizan la masacre de Catavi de 1942, la vida y carrera política de Villarroel, el sindicalismo revolucionario, el mundo indígena, la respuesta obrera al capitalismo minero, la prensa durante su gobierno, las mujeres, el asesinato de Villarroel y la rebelión indígena de 1946-1947.

Cargado por

demian
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
789 vistas201 páginas

Villarroel Un Anhelo Truncado PDF

Este documento es un libro escrito por Gustavo Rodríguez Ostria sobre Gualberto Villarroel López, presidente de Bolivia entre 1943 y 1946. El libro contiene 11 capítulos que analizan la masacre de Catavi de 1942, la vida y carrera política de Villarroel, el sindicalismo revolucionario, el mundo indígena, la respuesta obrera al capitalismo minero, la prensa durante su gobierno, las mujeres, el asesinato de Villarroel y la rebelión indígena de 1946-1947.

Cargado por

demian
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Villarroel

Un anhelo truncado

La Paz, Bolivia
2021
Gustavo Rodríguez Ostria

VILLARROEL
Un anhelo truncado
Rodríguez Ostria, Gustavo
VILLARROEL: un anhelo truncado / Gustavo Rodríguez Ostria - La Paz :
Vicepresidencia del Estado Plurinacional, 2021.
198 p. ; 23 cm –
ISBN xxx-xxxxx-xx-xx-x
DL.4-1-356-2021 P.O.

GUALBERTO VILLARROEL LÓPEZ / POLÍTICA SOCIAL / REVOLUCIÓN /


ANÁLISIS POLÍTICO / REBELIÓN INDÍGENA / SINDICALISMO

Cuidado de edición: Rosa Mónica Salinas


Diseño y diagramación: Mariana Villarroel Rodriguez
Imagen de cubierta: Derechos reservados, imagen descargada de :
https://historias-bolivia.blogspot.com/2018/03/gualberto-villarroel-el-presidente.html
© 2021 Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia
Calle Mercado n.o 308
La Paz, Bolivia (591 2) 2142000
Casilla n.o 7056, Correo Central, La Paz
Edición en esta colección: noviembre de 2021
1350 ejemplares
DL: 4-1-356-2021 P.O.
Imprenta: Editorial del Estado
Impreso en Bolivia
Índice

Aclaración necesaria 7

Prólogo 9

Prefacio 13

i La masacre de Catavi 17

ii Gualberto Villarroel López 39

iii Forja del sindicalismo revolucionario y clasista 53

iv El mundo indígena 63

v La respuesta obrera al capitalismo minero 81

vi La prensa y Villarroel 89

vii Mujeres 105

viii El asesinato de Villarroel 119

ix Reconstrucción fallida 139

x Los mineros: rumbo a la revolución 143

xi La rebelión indígena, 1946-1947 169

Bibliografía 187

5
Aclaración necesaria
A fines de octubre de 2020, casi al límite de sus fuerzas, Gustavo
Rodríguez Ostria nos solicitó colaboración para revisar el libro en el
que él estaba trabajando en ese momento: el presente volumen. En el
entendido de que la tarea sería no solo compartida sino, ante todo,
supervisada por él mismo, aceptamos el reto. Pero los días de Gustavo
estaban más cerca de lo que podíamos imaginar. A poco más de dos se-
manas de aquella gentil solicitud que nos hiciera, Gustavo había falle-
cido. Nos quedamos con la tristeza de su pérdida, con la preocupación
de tener el texto original en nuestras manos y con la clara conciencia
del compromiso adquirido. Afortunadamente, con la extraordinaria
entereza y fortaleza de ánimo que el momento requería, María Dolores
Zabala, Lula, compañera de Gustavo, nos animó a continuar y nos
brindó el aliento y decidido apoyo sin el cual no hubiera sido posible
seguir adelante con el proyecto.
Tras una primera lectura nos dimos cuenta de que si bien el libro
estaba terminado, por decirlo de alguna manera, aún estaba en ciernes.
No iba a ser suficiente solo un trabajo de revisión; sería necesario pulir
el texto e incluso reescribir algún capítulo. Particularmente difícil re-
sultó la tarea de conciliar citas y trozos de relatos con sus referencias,
dado el marcado interés que tenía el autor por ilustrar los hechos his-
tóricos narrados con su correlato referencial. Hemos querido en todo
momento que el resultado estuviera a la altura de las expectativas que
hubiera tenido el autor. Esperamos haberlo conseguido. Estamos con-
vencidos de que algunas mínimas imperfecciones no podrán mermar
la extraordinaria calidad de una obra de lectura imprescindible.
A. B. L.

7
Prólogo
“La vida –decía García Márquez– no es la que uno vivió, sino la que
uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” Siguiendo este hilo
argumental podríamos decir que la historia no son los hechos, sino su
narración.
Si se trata de Bolivia la cuestión es más complicada pues su historia
tiene un correlato casi perfecto en lo que René Zavaleta llamó nues-
tra “formación social abigarrada”; entendiendo como lo abigarrado no
solo lo diverso de sus culturas, etnias, lenguas, ritos, mitos, etc., sino
también, “... la coexistencia de varios tiempos históricos, de varios mo-
dos de producción, de distintas formas de gobierno, de cosmovisiones
diferenciadas” (C. Toranzo Roca). Al parecer, la cohabitación de estos
múltiples factores, sumados a las raíces particularmente clasistas y ét-
nicas de las tensiones sociales perennes en nuestro país, han signado
a lo largo de nuestro devenir histórico nuestro destino como sociedad
y la índole de nuestro Estado y nuestra nación, tal como hoy mismo,
no sin dificultad, podemos entender. Zavaleta observó que nuestra he-
terogénea realidad, en gran medida heredada de las formas coloniales
de dominio y coerción, sometía al Estado a un permanente desafío al
no poder conciliar los intereses y expectativas de todos los actores que
conviven y compiten en un mismo espacio o territorio por el poder y el
deseo de prevalecer; definió tal estado de cosas como una circunstancia
de nuestro ser nacional, que condicionaba una forma caótica de existir,
una disposición a una “permanente desorganización [con tendencia] a
tensionar al Estado y la sociedad de forma sostenida” (R. Abruzzese).
Por otra parte, la densidad de los “eventos históricos” que se producen
en el país con tan inusitada frecuencia, hace que sea extraordinaria-
mente difícil la exposición de estos hechos de forma fidedigna, clara y
analítica, máxime cuando (si Zavaleta tenía razón), estos se producen
en diferentes planos culturales, étnicos y políticos, por mencionar solo
unos pocos. La tarea de darle cohesión interna al relato histórico de
nuestro país es, sin duda, colosal.

9
VILLARROEL: un anhelo truncado

De ahí la extraordinaria importancia del conjunto de la obra del


autor del presente volumen, Gustavo Rodríguez Ostria.
Con este libro sobre Villarroel se cierra brillantemente, de forma
póstuma, el ciclo de revisión sobre episodios y personajes de nuestra
historia, desarrollado con gran esfuerzo, pero con no menos convic-
ción y maestría, a lo largo de décadas de proficua labor. Rodríguez
Ostria deja tras de sí, para las presentes y futuras generaciones, un
importante legado historiográfico, fruto de su incansable interés por
investigar de forma profusa y detallada cada uno de los hechos a los
que alude en sus relatos. Su particular afán por acercar al lector a las
propias fuentes documentales, no solo robustece su pormenorizado re-
lato, sino también nos habla de su honradez intelectual.
Sin duda, el autor del presente ensayo histórico, por derecho pro-
pio, ha pasado a formar parte de esa pléyade de nuevos historiadores
e historiadoras que, huyendo de los tradicionales y acartonados esque-
mas de relatos de episodios del pasado, aspiran a exponer los hechos
mediante descripciones novedosas; proponiendo nuevos desarrollos
que suscitan un renovado interés y aportan esa extraordinaria vitalidad
que nos demuestra, en buena medida, hasta qué punto es necesaria e
inagotable la descripción de los mencionados hechos o episodios, en
todos sus variados y múltiples aspectos. Tal como apuntara Lenin: “La
historia en general […] es siempre más rica en contenido, más variada,
más multilateral, más viva y sutil de lo que incluso el mejor historiador
y el mejor metodólogo pueden imaginar.”
Creemos no equivocarnos al asumir que el interés del autor por la
señera figura de Villarroel surgió en razón de lo que este representa:
por una parte, el trágico devenir de nuestra historia, pero, por otra, el
punto de inflexión y de no retorno tras el cual cambia para siempre el
rumbo de la nave patria y de nuestro desarrollo y destino como nación.
De la misma manera que lo sucedido con otros mártires de la histo-
ria, Villarroel fue un fracasado para sus verdugos. Apenas pudo gober-
nar y en la práctica no llegó a cumplir sus objetivos; no pudo plasmar,
ni tan siquiera atisbar, su sueño de una patria nueva. Su proyecto, más
que político fue ético y más que intelectual, intuitivo. Quería adecentar
el país y por eso buscaba la unidad y la cohesión, porque pensaba que
no podía haber un país cohesionado y decente mientras existiera una
clase explotadora y otra explotada en condiciones de semiesclavitud.
Su herencia intelectual ha quedado plasmada en apenas una sola frase
que, sin embargo, ilumina su ideario humanista: “No soy enemigo de

10
Prólogo

los ricos, pero soy más amigo de los pobres”. No obstante, Villarroel,
cuyo sacrificio llegó hasta la inmolación, contribuyó de manera deci-
siva a desencadenar el proceso de cambio que transformaría Bolivia.
Setenta y cinco años después de su trágica muerte, el lento proceso aún
no ha concluido.
Quizás, “... la mayor lección que nos da la historia, es que demues-
tra la complejidad de los cambios humanos, y el carácter impredecible
de las últimas consecuencias de cualquier acto o decisión de los hom-
bres.” (H. Butterfield). La historia, más allá de las potentes corrientes
revisionistas que hoy comienzan a echar por tierra relatos que parecían
incontrovertibles, siempre está por reescribir; siempre hay y habrá ma-
tices que no habían sido tomados en cuenta, y datos nuevos que los
investigadores aportan no solo para abundar en lo ya conocido sino,
a veces, para cambiar radicalmente nuestra percepción de los hechos
y su interpretación: esa es la razón por la que debemos agradecer el
trabajo de Gustavo Rodríguez Ostria.
Alfonso Bilbao Liseca
Huelva, julio de 2021

11
Prefacio

“No soy enemigo de los ricos –había dicho Villarroel– pero


soy más amigo de los pobres.” Pero en la mañana del 21
de julio, su cadáver colgaba de un farol en la Plaza Muri-
llo, trofeo mórbido de la venganza oligárquica, lábaro de
combate del nacionalismo. Estaba visto que, ya entonces, la
única manera de ser amigo de los pobres era, precisamente,
constituirse en enemigo armado de los ricos.

René Zavaleta Mercado. La formación de la conciencia


nacional, 1967

En marzo de 1940 el general Enrique Peñaranda, con el prestigio de


su participación en la guerra del Chaco (1932-1935) y el apoyo de la
llamada Concordancia, la alianza de partidos de derecha integrada por
el Partido Liberal, el Republicano Genuino y el Republicano Socialista,
ganó el sufragio por amplia mayoría. En una elección signada por mu-
chas irregularidades, su único oponente fue el candidato de izquier-
da marxista, el abogado y catedrático cochabambino José Antonio
Arze, exponente del Frente de Izquierda Boliviana (fib), quien tenía
como aval el haber sido uno de los principales gestores de la Reforma
Universitaria de 1928 pero que, sin embargo, cargaba con el lastre de
no haber participado en la contienda del Chaco. Este obtuvo 7.645 vo-
tos, un 11,32% del total; pocos contra los 58.060 o el 85,99% de su con-
trincante y vencedor, el general Peñaranda. La propuesta radical y mar-
xista de Arze, que por primera vez se presentaba en el campo electoral,
suponía una alerta a la oligarquía tradicional en sentido de que nuevas
ideas se apoderaban de sectores de clase media y de los trabajadores
que podían ejercer el voto (y también de aquellos que no contaban con
ese privilegio). Debe considerarse además, como prueba de lo anterior,
que triunfaron las candidaturas regionales para diputados de impor-
tantes líderes marxistas como Ricardo Anaya (Cochabamba) o (pro)
nacionalistas como Víctor Paz Estenssoro (Tarija) y Wálter Guevara
Arze (Cochabamba).

13
VILLARROEL: un anhelo truncado

Las preferencias políticas en el país dejaban atrás aquellos años


cuando las bancadas de liberales o republicanos se turnaban en alter-
nancias sucesivas, para llenar el hemiciclo de la Cámara Baja o Alta.1
Nunca antes en Bolivia las fuerzas de la renovación social habían con-
tado con una representación semejante, ni en calidad, ni en número.2
Una desavenencia, sin duda definitiva, se estaba operando parcial-
mente en el seno de las pequeños núcleos de élites letradas criollas y
blancas y reformistas/revolucionarias, pero que también involucraba a
sectores populares de trabajadores e indígenas.
La política de Peñaranda se desarrolló bajo la presión de la Segunda
Guerra Mundial (1939-1945) y la subsiguiente polarización de fuerzas
a nivel mundial, que discursivamente se planteará en la antinomia de-
mocracia o fascismo. En ese escenario, inicialmente Inglaterra y luego
Estados Unidos al entrar en la contienda en diciembre de 1941, después
de producirse el artero ataque japonés a Pearl Harbor, desplegaron to-
das sus artes de persuasión sobre Bolivia. Tampoco descuidaron como
dispositivo los chantajes; todo para conservar en su constelación al país
minero. Requerían del concurso del principal productor del vital mine-
ral de estaño, extrayéndolo de sus minas en cantidades apreciables y
adquiriéndolo a costo conveniente y subvencionado para apuntalar su
esfuerzo bélico. De talante conservador, la presidencia de Peñaranda se
desprestigió, por una parte, por su incapacidad para detener la elevada
inflación que desde el fin de la contienda con el Paraguay desordenaba
la economía boliviana y carcomía día a día los ya magros salarios labo-
rales, y, por otra, por la forma dura y sangrienta con la que enfrentó el
conflicto con los trabajadores de la mina de estaño de Catavi.
Al finalizar la cuarta década del siglo pasado, el mundo comen-
zó a vivir una guerra de alcance mundial. Las potencias opositoras
a Alemania, Italia y Japón, particularmente los Estados Unidos e
Inglaterra, deseaban más estaño para alentar su producción bélica y
controlar su precio en el mercado internacional, que por aquel enton-
ces y en la práctica había dejado de operar; por otra parte, Japón había
ocupado Malasia y otras zonas con importantes minas de estaño, desti-
nando lo que estas producían para paliar sus propias necesidades. Las
empresas bolivianas decidieron vender toda su producción al imperio
del norte, que montó una fundición en Texas.

1 Gallego, Ferrán, 1987: 229-254.

2 Klein, Herbert S., 1968: 388-389.

14
Prefacio

La presencia de Peñaranda en el Palacio de Gobierno no detuvo la


belicosidad de los trabajadores mineros, grupo que concitaba cada vez
más la atención de personalidades y sectores de izquierda tales como
el del filotrotskista Tristán Marof (Gustavo Navarro) o aquellos de los
marxistas cochabambinos José Antonio Arze y Ricardo Anaya, que
promovían reuniones a fin de captar militantes y formar cuadros. En
ese marco, el 25 de agosto de 1940 estalló una huelga en la mina de
Siete Suyos, en el sur de Bolivia, a raíz de la detención de un dirigente.
Según la prensa, allí se habrían cometido actos de “depredación y sabo-
tajes”. Por otra parte, en Colquiri, la fundación del sindicato de mine-
ros, el día 1 de mayo de 1941, condujo a una represalia patronal con la
detención de sus líderes a los que despidió y expulsó del campamento.
El 26 de octubre de ese mismo año, en la mina Cataricagua, próxima
a Huanuni, se produjo una asonada. Los mineros pararon el ingenio
y atacaron a los empleados y administradores. Tomaron la pulpería y
repartieron las mercancías a mujeres, niñas y niños.
Desde lo alto de su soberbia y con estrechez de miras, la oligarquía
boliviana, su Estado y el Gobierno de Peñaranda, atribuían el soca-
vamiento de las bases de su dominación a la perseverancia de unos
cuantos agitadores calificados de “comunistas” que luchaban contra
la democracia liberal imperante, en el contexto de una conflagración
mundial; no consideraban las profundas causas emanadas del desen-
cuentro entre el estilo excluyente y desigual de la sociedad señorial que
ella representaba y las aspiraciones de enormes capas de la población.
Creía que su salvación como casta dependía de su capacidad de cons-
treñir la acción social dentro los muros del orden jerárquico. Para ello,
estaba obsesivamente dispuesta a ir hasta el final de las cosas. La des-
esperación, que no siempre es la mejor consejera, logró que la derecha
boliviana no se percatara, porque no se encontraba en plena capacidad
de comprenderlo, que las transformaciones que habían ocurrido du-
rante el llamado “socialismo militar” que acababa de colapsar, distaban
mucho de ser un fenómeno de simple coyuntura cuyo recuerdo podría
fácilmente aplacarse con el uso de la fuerza descarnada y beligerante.

15
i
La masacre de Catavi
En el difícil contexto de una guerra mundial e importantes cambios so-
ciales internos, se desenvolvieron los hechos centrales que desemboca-
ron en los trágicos sucesos del 21 de diciembre de 1942, dentro los lin-
deros de la Patiño Mines (Patiño Mines and Enterprises Consolidated
Incorporated, pmeci), la mayor mina de estaño del país, propiedad del
magnate boliviano Simón I. Patiño, que por entonces contaba con unos
7.700 trabajadores, y donde las protestas obreras eran consideradas
“endémicas” por sus administradores. Fue un punto de quiebre para
toda una generación.
Esta masa minera fluctuaba entre los 16 y los 50 años, siendo la
edad promedio cuando se incorporaron a la mina de unos 25 años.
Aproximadamente un 61% de los trabajadores declararon ser solteros.
Solamente un 10% procedía de los distritos mineros, un 80% de zonas
rurales y un 10% de algún pueblo o ciudad.3 Una imagen demográfica
no muy diferente a la que prevalecía en el siglo anterior. El mundo ru-
ral seguía abasteciendo de fuerza de trabajo a los socavones e ingenios.
Aún existía una alta rotación laboral, pero también una ruptura cada
vez mayor con los lugares de origen y una permanencia en la mina
como condición de vida, base de la proletarización y la afirmación de
una identidad proletaria pero con fuertes anclajes rurales y andinos.
El primer toque de alarma resonó casi un año antes, el 19 de sep-
tiembre de 1941, en el asiento minero de Siglo xx, a poco de celebrarse
las fiestas patrias, que supusieron que el trabajo parara una semana y
que los obreros sacaran más víveres y bebidas que de costumbre de la
pulpería. Un “tumulto” originado por la rebaja de salarios a los traba-
jadores de la sección Ánimas provocó que estos, apoyados por miem-
bros de otras secciones de la mina de Siglo xx, sin conocimiento de su
sindicato y en número aproximado de 3.000, tras salir del socavón a las

3 Datos procedentes de una encuesta de 104 casos de la Patiño Mines relativa a


los años de 1936 a 1940. Woude, Eva Maria van der, 2015: 30-33.

17
VILLARROEL: un anhelo truncado

16 horas cercaron las oficinas de la superintendencia de la pmeci bus-


cando a Luis Nogales –ingeniero boliviano graduado en los EE.UU.–,4
que se desempeñaba como ayudante del Gerente de la mina, el nortea-
mericano Michaelson, que se encontraba fuera de Bolivia de vacacio-
nes. Manuel Aguado, Secretario General del sindicato, intentó sin éxito
apaciguar los ánimos. Los mineros acusaban a Nogales (más tarde se
vería que injustamente) de haberlos engañado en sus salarios. “[L]o
atacaron con piedras, barretas y barrenas.”
Federico Escóbar Zapata, con el transcurso de los años, histórico
dirigente minero, relataría el acontecimiento que presenció a sus casi
18 años de edad:
Los obreros mineros hablaban la verdad desnuda sobre la vida, exponían
sus puntos de vista francamente, sin temor. Yo estaba mudo y pasmado de
estas cosas que no se conocen en la escuela o en el colegio. Y un buen día
no tardé en verlos rebelarse como tigres recién despertados. Yo me encon-
traba trabajando de timbrero en el Cuadro Beza y los obreros me dijeron
que les acompañara en su lucha, que la unidad hacía la fuerza. ¡Adelante!,
respondí yo. Entonces me vi mezclado entre mis compañeros de trabajo re-
belándome también contra las injusticias. Me trasladé junto a ellos hasta la
bocamina de Siglo xx. En la muchedumbre airada, nos mirábamos los unos
a los otros y nadie retrocedía: ¡Adelante! ¡Adelante! Todos nos habíamos
insubordinado contra los abusos de Huatapaco Nogales, que ahora ocupa
el cargo de Gerente en Colquiri. Al Huatapaco Nogales lo buscábamos por
todas partes, desesperados, y lo encontramos en la Superintendencia de
la Mina. Uno de mis compañeros lo golpeó con un barreno en la cabeza
y el cuerpo del Huatapaco se desplomó al suelo sin conocimiento. El se-
ñor Roberto Arce consiguió salvarle la vida pidiendo clemencia a los tra-
bajadores enfurecidos. Fueron desmanteladas las oficinas de Ingenieros y
Geología. Como recuerdo de estos hechos, el Huatapaco Nogales tiene una
cicatriz en la frente.5

El motín, que duró unos 15 minutos, solo concluyó cuando los tra-
bajadores dieron por muerto a Nogales, en verdad una víctima propi-
ciatoria.6 Durante el operativo destruyeron las oficinas de Ingeniería y

4 Contreras C., Manuel E., 1994: 99.

5 Escobar Zapata, Federico, 1964: 25.

6 Nogales sobrevivió.

18
La masacre de Catavi

las saquearon. A la Superintendencia arrojaron un “cachorro” de dina-


mita que perforó el piso de madera e hizo volar un escritorio.7
El arribo de un oficial de ejército con una fracción del Regimiento
Sucre acompañado de una treintena de soldados colaboró al retorno de
la calma. Una situación de rutina, con el Ejército como brazo armado
de las empresas mineras, que pagaban los gastos de traslado, alimen-
tación y gratificaban a los oficiales con regalos y otros privilegios. El
día 20 las labores se realizaron sin interferencias y lo mismo ocurrió al
momento de recibir sus salarios. Este hecho motivó reiteradas solicitu-
des de la pmeci, al parecer nunca bien atendidas, para que el Gobierno
retire de Llallagua a los “agitadores” en consonancia con las disposicio-
nes legales en vigencia.
Este suceso de agitación laboral, que recuerda casi paso por paso
todos los motines obreros previamente descritos por nosotros, permite
detectar la carga de espontaneidad –tan combatida en los textos clá-
sicos del leninismo– prevaleciente aún en la conducta de los mineros
de Llallagua, que en buenas cuentas resumía una explosión de odio de
antigua data. Como rememoraría Enrique Encinas, un cochabambino
hijo de un ex colono de hacienda, quien trabajó en la pmeci muy pocos
años más tarde:
Yo no tenía miedo y trabajaba nomás, pero yo era medio loco; como loco yo
recordaba al patrón, recordaba a mi papá, a mi hermano y entonces quería
matar a cualquier gringo, cualquier capataz; yo quería matar, matar con
barreno.8

Luego del motín de septiembre la situación pareció calmarse. Pero a


fines de 1941, dos sindicatos de la pmeci, el de Oficios Varios de Catavi
y el de la mina Siglo xx (Llallagua), solicitaron un aumento de sueldos
y salarios en diversas escalas y la estabilidad de los precios de las pul-
perías. El 8 de noviembre Catavi, mediante un pliego firmado por José
Santos Díaz, secretario general, y Timoteo Pardo, de Relaciones, exigió
un aumento general del 40% y estabilidad de precios de la pulpería.
Llallagua, por su parte, requirió un incremento de jornales y bonos
diferenciados, que iba del 10% al 60% de acuerdo con las categorías

7 “Informe que presenta el suscrito capitán José Antonio Ugarte, jefe de la poli-
cía minera de Oruro […] con motivo del ataque a las oficinas del asiento mine-
ro de Siglo xx”, Oruro, 22 de septiembre de 1941. Archivo de Patiño Mines and
Enterprises Consolidated Incorporated (pmeci).

8 Testimonio de Enrique Encinas. Encinas, Mayorga y Birhuet, 1989: 35.

19
VILLARROEL: un anhelo truncado

laborales, además de que se mantuvieran los precios de las pulperías


sin incrementos. El pliego de peticiones llevaba la rúbrica de Samuel
Aguado, secretario general, y Jacinto Espejo, de Relaciones.
Eran las respuestas al deterioro de los salarios reales y a la insufi-
ciente provisión de las bodegas, que llevaba a los trabajadores a buscar
el auxilio del mercado a precios más elevados, o a comprarlos en la
tienda del campamento a importes también subidos.
Los sindicalistas argüían en su justificación que, con la guerra en
todo el orbe, la situación de las empresas era “inmejorable” por la ma-
yor demanda y la devaluación de la moneda boliviana frente al dólar.
[D]ía a día aumentan nuestras necesidades que requieren mayor atención,
y por el contrario, los salarios son de hambre, nuestros hogares desmante-
lados, por todas partes se ve hambre y miseria que aterroriza; son factores
y para la tuberculización de los brasos (sic) productores y, para el índice
subido de mortalidad infantil.9

Un discurso típicamente proletario, de quienes dependían ahora


únicamente del salario real para vivir el día a día y salvaguardar la pre-
caria subsistencia de su familia.
Luego de algunos regateos, el 16 de diciembre, por intermedio de
un “Tribunal Especial” integrado por representantes gubernamentales,
empresariales y laborales se llegó a un acuerdo que fuera propuesto
por la empresa. Por medio del convenio, la pmeci se comprometía a
otorgar un incremento generalizado en una escala entre el 10% y el
30%, sin que el aumento afectara los precios de los 22 artículos de pri-
mera necesidad que se ofertaban en la pulpería de la empresa.10
La momentánea tranquilidad salarial no suponía que conflictos en
otro orden de cosas no pudieran presentarse en la pmeci. Hacía tiem-
po, en efecto, que los mineros, en la medida en que se proletarizaban
más, habían aprendido a contabilizar el tiempo y su uso como un valor;
fruto de ello fueron las luchas por la jornada de ocho horas de traba-
jo desarrolladas en los años 20, que se analizó anteriormente. Sabían,
producto de la experiencia, moverse dentro las reglas del mercado de la
fuerza de trabajo; negociar y calcular el valor de su tiempo de trabajo y
el libre. No debe extrañar, por tanto, que en marzo de 1942 los mineros

9 Pliego de peticiones que el Sindicato de Trabajadores Mineros de Llallagua


eleva a la gerencia de la Patiño Mines and Enterprises Cons. Inc. (pmeci), 13
de noviembre de 1941. Archivo pmeci.

10 Delgado Gonzáles, Trifonio. 1984: 150-155.

20
La masacre de Catavi

de Siglo xx tuvieran la oportunidad de demostrar su rechazo al uso


capitalista del tiempo, defendiendo el sábado inglés que la empresa
intentaba suprimir unilateralmente.
En 1938, cuando la demanda de estaño decaía, antes del estallido
de la Segunda Guerra Mundial, y los trabajadores abundaban en el
mercado, la empresa decidió pagar como una “mita” (turno) completa
la media jornada de los sábados, pero en marzo de 1942, cuando la
guerra exigía “sacrificios” de Bolivia para salvaguardar al mundo de
la amenaza del nazismo, se comunicó a los trabajadores de la mina,
mediante afiches pegados en lugares visibles y estratégicos, que tal pri-
vilegio quedaba suspendido para todos aquellos sábados del mes que
no fueran de pago. Prometían, a cambio, que se cancelaría una prima
a todos los mineros que no tuvieran falta alguna a lo largo del mes, con
el obvio propósito de incentivar su presencia permanente.
La repentina disposición atacaba ancestrales puntos neurálgicos de
la cultura minera depositada en su memoria como un derecho adquiri-
do, como era el del tiempo libre y los límites de la disciplina que las em-
presas podían exigir. El proyecto en aras de una abstracta democracia
que, paradójicamente, el país no concedía a sus propios habitantes, no
habría de instalarse sin una respuesta laboral. En efecto, el 9 de marzo
el sindicato reclamó por la medida, y ante la falta de contestación a
un punto considerado crucial por los mineros, que venía a sumarse al
silencio que la pmeci guardaba frente a otro pliego petitorio presenta-
do el 5 del mismo mes, que contenía demandas de mejoras salariales
y de condiciones de vida, se anunció el día 30 un paro general de labo-
res que estallaría el 6 de abril. La amenaza, sin embargo, fue conjura-
da nuevamente con la intermediación del Gobierno, llegándose a un
acuerdo aparentemente satisfactorio entre trabajadores y la empresa
de Patiño. El equilibrio era, sin embargo, inestable, y era improbable
que la situación quedara en ese precario estado. Por las razones que
fuera, el norteamericano e ingeniero de minas Percy E. Holme, gerente
general de la pmeci, había llegado a la conclusión definitiva de que el
sindicato de Llallagua tenía “en su Directiva varios agitadores profe-
sionales obreros”, por consiguiente era imprescindible que el Gobierno
“aleje de este [centro] minero a todos aquellos obreros que no solamen-
te han dado pruebas de ser agitadores profesionales, sino que han plan-
teado amenazas concretas contra altos Jefes de esta empresa”. Recién a
mediados del mismo año sus expectativas pudieron cumplirse cuando,
gracias a supuestos o reales malos manejos de fondos sindicales, el

21
VILLARROEL: un anhelo truncado

Gobierno dispuso la disolución del Sindicato de Trabajadores Mineros


de Llallagua y “alejó” a quienes intentaban reorganizarlo, atendiendo
la solicitud de la pmeci.11
La salida de fuerza era más bien reiterativa. La empresa de Simón
I. Patiño poseía una larga y tortuosa experiencia para desarticular de
cuajo la organización minera contando con la represiva colaboración
gubernamental. Lo había intentado sobradamente en Uncía, en el pe-
riodo 1923-27, y lo haría nuevamente, apoyada en las prerrogativas
políticas que empezaba a saborear otra vez en la mina de Oploca (sur
potosino) a principios de los años cuarenta. Entonces, sin mediar otra
justificación que su animadversión, desbarató al Sindicato Obrero de
Siete Suyos con el “retiro de 12 obreros principales agitadores y garan-
tía de buen comportamiento para 18 restantes complicados en distur-
bios.”12 Igual suerte corrió en marzo de 1942 el Sindicato Industrial
Minero de Chocaya. Ambos en el sur del país, y los dos de propiedad
de Patiño.13
Quedaba claro entonces que en el balance empresarial se asumiera
que el primer round había sido ganado, aunque a costa de profundizar
las tensiones laborales. Antes del éxito final todavía quedaba, empe-
ro, superar el “obstáculo” de Catavi. La oportunidad estaba más cerca
de lo pensado. El 28 de septiembre, el Sindicato de Oficios Varios de
Catavi elevó un “pliego petitorio” a la pmeci solicitando un incremento
del 100% en los salarios en consideración a la elevación del costo de
vida. El sindicato justificó adicionalmente esta medida por los mayo-
res ingresos recibidos por la Empresa derivados del incremento en el
precio internacional del estaño. Asumía que los mayores ingresos de la
empresa podrían, en un sentido de reciprocidad, ser compartidos con
sus trabajadores.
A primera vista, la demanda sugería un tradicional pliego petitorio
relacionado con salarios, exigiendo una respuesta patronal para pre-
servar hasta donde fuera posible el nivel de vida. No era de extrañar el
contenido del reclamo, dados los cambios en el mercado laboral, que
paulatinamente habían reducido la importancia de la mano de obra

11 Querejazu, Roberto, 1977: 244.

12 Telegrama del Administrador General de Oploca a patinyotin, La Paz-Oploca,


4 de septiembre de 1940. apmeci.

13 Administrador general Compañía Minera y Agrícola de Oploca a Patiño Mines,


La Paz, 4 de septiembre de 1942.

22
La masacre de Catavi

estacional reclutada entre indígenas de comunidades. En consecuen-


cia, la pmeci poseía un buen contingente de trabajadores profesionales
“establecidos” en los pueblos mineros; una masa, como se adelantó, ya
no trashumante, sin nexos con la agricultura, y que dependía del salario
para sobrevivir. Por esta razón, situaciones de demandas y disputas por
salarios y pulperías no eran particularmente extrañas a ningún centro
minero boliviano. De hecho, gradualmente se habían transformado en
una verdadera constante en la protesta laboral y en una pesadilla para
las empresas.
Sin embargo, pese a la existencia de un núcleo proletario especiali-
zado y asentado en los campamentos, todavía perduraba una importan-
te corriente laboral, estimada en un 40% del total de la fuerza laboral
de la pmeci, que ingresaba y salía luego de meses del trabajo minero.
“Enganchadores” que, como antaño, recorrían campos y villorrios para
contratarlos, inicialmente por tres meses, proveían de carne de trabajo
a las empresas. Lo singular de eso años es que estas se habían reparti-
do los espacios geográficos para no competir entre ellas elevando las
exigencias con los conchabados. Solo el magnífico reservorio que era
Cochabamba constituía un territorio libre.14 El mayor nivel salarial y
la promesa de un progreso personal atraían, como en el siglo xix, a
campesinos e indígenas en un número más amplio que en aquel perio-
do. De ahí que minas importantes como las de la pmeci no presentaran
bruscas fluctuaciones en la provisión de mano de obra, pues el “cerco
agrario” que había limitado la afluencia de fuerza de trabajo en el si-
glo xix se debilitaba.15 Es necesario establecer esta distinción entre
trabajadores permanentes, muchos trabajando a destajo o “pirquin”, y
aquellos que no tenían una adscripción a la mina y que, por tanto, no
necesariamente compartían ni los intereses de asalariados y contratis-
tas, ni tampoco se habían hecho a fondo parte de la cultura minera.
En el conflicto de 1942 existía algo más que una prosaica deman-
da por niveles salariales.16 Estaba en juego mucho más: un derecho
o una costumbre que, siguiendo al historiador marxista inglés E. P.

14 Entre 1934 y 1937, por ejemplo, un 35,5% de los reenganchados procedió de


esa región, seguido de Llallagua, con un 17,90%. El promedio anual de reclu-
tados fue de 1.420 anualmente. Contreras, 1989: 12-13. Véase también Woude
van der, op. cit.: 49-50.

15 Ibid.: 23.

16 En la mina, en todo caso, el salario real era una combinación de salario nomi-
nal y precios en pulpería.

23
VILLARROEL: un anhelo truncado

Thompson, podríamos llamar la economía moral de la multitud. Las


reglas de la reciprocidad y la costumbre tradicional exigían, en el ima-
ginario de los trabajadores, que la empresa compartiera con ellos sus
nuevos beneficios, tal como había ocurrido en el pasado, cuando con
cada época de auge se llevaba a efecto una redistribución de beneficios,
tanto porque el robo de mineral aumentaba como porque los salarios
se incrementaban. Desde la conciencia minera, que se aproximaba más
a la ética del “salario justo” que a la teoría de la explotación y la plus-
valía marcada por Karl Marx, no era, pues, posible aceptar que la com-
pañía transnacional aprovechara solo para sí los inesperados réditos y
utilidades a costa del sacrificio de sus miles de obreros y sus familias,
que vivían en pocilgas, hacinados y con bajos salarios.
La pmeci tenía, empero, otras ideas sobre el asunto. Con una eco-
nomía política regida por la valorización del capital, estaba lejos de
respetar la tradición y la costumbre que había ido practicando en los
albores del siglo xx, cuando todavía era una empresa mediana y en
vías de crecimiento. Además, y por si fuera poco, se creía perseguida
por oscuras conspiraciones “políticas” que tenían en los trabajadores
sus principales actores. De ahí que de inmediato diseñara una estra-
tegia de respuesta cuyos componentes básicos no variaron a lo largo
del conflicto: en primer lugar, sostuvo que la actitud sindical era ile-
gal, en virtud del Decreto del 20 de octubre de 1941; en segundo lugar,
argumentó que la situación obedecía “principalmente a influencia de
elementos agitadores”.
Con esta lectura, la dirección de pmeci, incluyendo a Patiño, no esta-
ba para acuerdos y concesiones. Por tal virtud, aunque el 9 de noviem-
bre el Sindicato comunicó a los directivos de la empresa que entrarían
en huelga desde la jornada del 16, de no mediar una respuesta favora-
ble a sus sentidas demandas, se dejó llevar por sus temores a la revuelta
y, paradójicamente, por la inseguridad de su propia fortaleza frente a
sus adversarios. No dio pues, señales de apertura, e incluso se negó a
comparecer ante la Junta de Conciliación convocada para reunirse en
La Paz el 30 de noviembre, pese a que las disposiciones legales así lo
exigían, sumadas a las frecuentes exhortaciones gubernamentales.
Puesto en brete, el poder ejecutivo y la administración del presidente
Peñaranda, cuya autoridad estaba retada y señalada en duda por la con-
ducta de la Patiño Mines, buscó unilateralmente una transacción con
los delegados mineros que arribaron a La Paz, ofreciéndoles aprobar

24
La masacre de Catavi

el “Código Busch”17 que se encontraba en debate en el Parlamento, a


cambio de que levantaran la huelga.
Pese a la aceptación inicial de los delegados, una asamblea reali-
zada el 7 de diciembre determinó efectuar el paro desde el 14 de ese
mes, a fin de ratificar la demanda de incremento salarial y como ins-
trumento de presión para que el Gobierno promulgara efectivamente
el Código del Trabajo.18 La mala noticia fue comunicada a la pmeci
el 9 de diciembre, el mismo día que desde Oruro arribaba a Catavi el
Comandante de la Región Militar Número 3, el coronel Luis A. Cuenca,
“refuerzo” que la pmeci estaba reclamando hacía tiempo. La irrupción
castrense envalentonó a la empresa que, en carta suscrita por Percy
E. Holme, su gerente general, señaló sin tapujos que “El sindicato de
Oficios Varios de Catavi no puede actuar en personería ni representa-
ción de los obreros por no contar con el 50% de los trabajadores (afi-
liados).”19 El nuevo e inesperado giro, que desconocía la organización
laboral, sancionaba otra ruptura de la Patiño Mines en las relaciones
empresa-trabajadores, al menos tal como estas se habían venido nor-
mando desde que gobernara el “socialismo militar”.
Cuenca informaría sobre su misión:
El 8 de diciembre el señor Ministro de Defensa me ordenó que viajase al
distrito minero, impartiéndome instrucciones verbales para que notificara
a la directiva del sindicato la vigencia de los decretos de 12 y 27 de diciem-
bre de 1941. 20

17 Promulgado por el entonces presidente Germán Busch el 24 de mayo de 1939,


contenía una amplia gama de derechos laborales, como el derecho a la huelga,
a la sindicalización, la seguridad social, etc.

18 Telegrama patinyotin. La Paz 9 de diciembre de 1942. Querejazu señala, sin


fundamento alguno, que los mineros levantaron la amenaza de huelga y una
vez promulgado el Código de Trabajo la volvieron a convocar. Pero los miem-
bros del sindicato no conocieron la resolución gubernamental sino el 10 de
noviembre; por tanto, decretaron la huelga independientemente del resultado
a que llegara el parlamento respecto al Código de Trabajo. Al respecto, véase
“MinDefensa Tgral Miguel Candia a Coronel Cuenca. Telegrama recibido de
Oruro 10 de diciembre de 1942 y Balcazar MinTrabajo a Timoteo Pardo-Pedro
Ajhuacho 11 de diciembre de 1942”. apmeci.

19 Percy E. Holme, gerente general pmeci al secretario general del Sindicato de


Oficios Varios de Catavi. Catavi, 11 de diciembre de 1942. apmeci.

20 Querejazu Calvo, Roberto, op. cit.: 250.

25
VILLARROEL: un anhelo truncado

Entre el 9 y el 14 de diciembre, el oficial, pragmático y cauto, pues


sabía dónde se sustentaba el poder real de los trabajadores, y convenci-
do de que la huelga era un “asunto de estómago” y no de política, buscó
negociar con el sindicato. Al principio encontró acogida. El viernes 12
los dirigentes le manifestaron su voluntad de retirar la solicitud de au-
mento del 100% de los salarios y suspender la huelga a cambio de que
la empresa concediera un aguinaldo a todos los obreros por una suma
a fijar por la pmeci. El militar quería, por voluntad propia, dejar una
puerta abierta para solucionar el conflicto que la empresa se apresura-
ría a clausurar, pues a su entender la “solución aguinaldo representará
imposición de obreros para suspender la huelga y premio actitud sub-
versiva y precipitada [de] estos, siendo muy peligroso por precedente
podía establecerse.”21
Con la negativa de la empresa, que jugaba un reto con los trabajado-
res, la tensión se incrementó de ambas partes. El día 13 de diciembre se
presentaron las primeras escaramuzas serias, cuando el militar Cuenca
dispuso en un vuelco lamentable, el apresamiento de los dirigentes sin-
dicales. Unos 200 trabajadores se arremolinaron para pedir su libertad,
lo que motivó que los carabineros disparasen dejando como saldo un
trabajador herido. Un poco más tarde, los miembros del sindicato, ya
en libertad, tomaron contacto con los trabajadores de la mina de Siglo
xx “que no tomaban parte de las demandas de aumento” logrando su

apoyo formal para la huelga anunciada.


Desde el día 14 la huelga fue total, incluyendo a Siglo xx, trans-
curriendo pacíficamente hasta que, por instrucciones del propio pre-
sidente, general Peñaranda se tomó la determinación de no cancelar
salarios. El sábado 19, día de pago, miles de trabajadores se arremoli-
naron exigiendo la entrega de papeletas. Cuenca y la empresa tuvieron
que ceder y cancelar los sueldos, pero las pulperías, única posibilidad
de adquirir alimentos, estaban cerradas.
Julio Loredo Fiorilo recordaría:
Llegó el mes de diciembre y el 20 de ese mes, un día antes de la masacre, me
invitaron –en la calle Campero de Llallagua– bajar hasta Catavi y pedir una
respuesta a nuestra solicitud. Así lo hicimos. Todo fue infructuoso. Desde
el 18 estaban cerradas las tiendas y pulpería para no vendernos ningún ali-
mento –No había dónde comprar un pan–. Nuestros hijos tenían hambre.
Ya no podíamos soportar más tanta miseria a que nos sometía la Patiño

21 Id.

26
La masacre de Catavi

Mines. Esa fue la causa principal y la única del paro.”22 La mañana del 21,
en medio de un clima muy tenso, una muchedumbre, que incluía mujeres,
palliris y familiares de los obreros, protestó nuevamente por el cierre de las
pulperías, fuente de su alimentación y donde podían obtener crédito o avío.
La multitud fue dispersada a tiros con el saldo de cuatro muertos y 19 he-
ridos y heridas. La masa continuó concentrándose sin amedrentarse. Unas
7.000 personas avanzaron hacia Catavi. Los “soldados debieron disparar”,
informó el coronel Cuenca, como si no hubiera existido otra posibilidad.

Loredo, nuevamente:
Todos creímos, a un comienzo, que nos disparaban con cartuchos de fo-
gueo. ¿Cómo íbamos a imaginar que nos matarían? Sin hacer caso, se-
guimos avanzando y, me acuerdo que muchos entonábamos en aquellos
instantes el Himno Nacional. Sorprendidos comprobamos que los Stockes,
metralla y fusiles hacían bajas en la masa trabajadora. Cayeron centenares,
a montones, con las piernas trituradas, los labios sangrantes, los ojos fuera
de las órbitas. Entonces, al ver que caían tantos obreros, mujeres y niños,
la masa comenzó a dispersarse. Unos corrieron a los cerros. Las mujeres se
hincaron en el suelo levantando sus pañuelos. Siguió el tiroteo. Sin compa-
sión. Sin misericordia [...].23

En su abrupta retirada, los mineros cortaron los cables de alta ten-


sión y atacaron el convoy de ferrocarril en la estación de Llallagua, y
también incendiaron una ambulancia perteneciente a la pmeci.
Cuenca, por su parte, con afán de justificación, aunque no sin cier-
ta dosis de crudeza, reportaría el 2 de febrero de 1943 al Ministro de
Defensa y al Jefe de Estado Mayor:
[El Mayor] Bustamante, al salir del lugar, impartió órdenes para la ubica-
ción de 4 líneas de centinelas en la calle principal de Catavi, con intervalos
de 40 metros. Varias mujeres que habían sobrepasado los puestos de cen-
tinelas más avanzados se presentaron ante el último cordón de soldados,
armadas de cuchillos y palos, pidiendo libre ingreso a Catavi para adquirir
víveres. Se las pudo contener por medios persuasivos pacíficos. Entre tanto,
en Uncía, Siglo xx y Cancañiri, se reunían grupos cada vez más numerosos.
A horas 8:15, en momentos en que las mujeres antes mencionadas insistían
en ingresar a Catavi, se pudo observar que alrededor del local del sindicato
se efectuaba una concentración de obreros. Este grupo llevaba delante una
bandera roja y avanzó en dirección al primer grupo de centinelas, dispuesto
a atropellarlo. Las fracciones que resguardaban el cuartel (escuela) bajo la

22 Soliz G., Rodolfo, 1944: 20.

23 Ibid.: 22.

27
VILLARROEL: un anhelo truncado

vigilancia directa del mayor Bustamante y los tenientes Carlos Sánchez y N.


Ávila, se vieron obligadas a romper fuego. Los primeros disparos fueron al
aire, pero en vista de que la muchedumbre envalentonada continuó avan-
zando en forma cada vez más agresiva, los siguientes disparos hicieron 4
muertos y 19 heridos, que fueron recogidos por la ambulancia y llevados
al hospital. La gente se dispersó y volvió una calma aparente a Catavi. Los
oficiales destacados en el pueblo de Llallagua, Uncía, Siglo xx y Cancañiri,
avisaron por teléfono que seguía concentrándose la gente. Los diferentes
grupos se unieron y un total de unos 7.000, con un 10 por ciento de mujeres
y niños, avanzó hacia Catavi.24

Los militares actuaron decididos:


El Regimiento Ingavi, con todo su efectivo y material, con excepción de
dos grupos que quedaron en la escuela con el capitán Camacho, tomó po-
sesión de la parte superior de Catavi, bajo la dirección de su comandante.
Impartí instrucciones de que debía contenerse a la multitud a unos 800
metros, haciendo disparos al aire, pero que en caso de que persistieran en
el avance, procedieran con mesura. El efectivo del regimiento apostado allí
era de 200 hombres y 3 oficiales. Ordené que una compañía del regimiento
Sucre, que se encontraba en Uncía como reserva, se aproximase a Catavi.
Desde mi puesto de observación constaté el cumplimiento de mis órdenes.
La muchedumbre desenfrenada avanzó arrojando cartuchos de dinamita.
Los soldados hicieron fuego alto para amedrentarla. Como la gente siguiera
aproximándose, los soldados tuvieron que disparar bajo procurando hacer
el menor número de bajas. En vista de esta actitud de la tropa, la multitud
retrocedió sobre el pueblo de Llallagua, llevando sus muertos y heridos.
Los agitadores cortaron la corriente eléctrica que llegaba a Catavi. En Siglo
xx, una mujer arrojó un cartucho de dinamita con la mecha encendida

al capitán Portugal. Intervino un carabinero que recogió el cartucho y lo


arrojó lejos, salvando la vida del oficial. Impartí instrucciones para que la
ambulancia de la empresa, con 4 enfermeros, fuera a recoger a los heridos.
Los huelguistas se encontraban tan exaltados que atacaron el vehículo, des-
trozándolo con cartuchos de dinamita. Después de incendiarlo lo arrojaron
a un barranco. El chofer y los enfermeros escaparon con heridas de piedra
en la cabeza. En este segundo incidente entre el ejército y la masa laboral
se tuvo que lamentar 9 muertos 517 heridos. De estos, 4 fallecieron en el
kiosco de la plaza de Llallagua. Posteriormente la empresa pudo conseguir
que todos los heridos fuesen trasladados al hospital.25

24 Querejazu Calvo, R., op. cit.: 250-257.

25 Id.

28
La masacre de Catavi

¿Qué motivó a que la abigarrada masa continuara avanzando pese


al inminente riesgo de que el ejército disparase? ¿Acaso la victoria so-
bre Cuenca y la empresa del día de pago la llevó a suponer que habían
ganado la moral de los uniformados y que, por tanto, podrían actuar
con libertad y sin esperar respuesta punitiva? Es posible. Con Eduardo
Devés, que se hizo la misma pregunta sobre la brutal masacre de la
escuela Santa María de Iquique en diciembre de 1907, se podría decir
que “tal vez la clase obrera no había sufrido aún lo bastante, no había
madurado lo suficiente para discernir lo que debe creerse y lo que no
a las autoridades, para discernir lo que resisten los diversos tipos de
cuerdas.”26
Al día siguiente de la matanza de Catavi, y esperando “romper” la
huelga, la empresa ofreció un premio de 100 bolivianos a los traba-
jadores que retornaran a sus labores, lo que hicieron unos 1.500. Al
otro día la oferta llegó a 50 bolivianos e ingresaron 5.218. Ya el viernes
25 llegaron a 7.722, casi toda la planilla de la empresa. La pmeci, que
nunca tuvo intención de negociar con el Sindicato de Oficios Varios;
finalmente se había impuesto.
Que su objetivo final era liquidar el sindicalismo utilizando como
pretexto el conflicto salarial, lo corrobora una carta de Simón I. Patiño
fechada en Nueva York el 31 de diciembre de 1942, dirigida a sus repre-
sentantes en Bolivia.27
He autorizado a ustedes, conforme a su sugestión un aumento promedio
del 15% [...] con la recomendación de que no debe intervenir ningún sindi-
cato y que la empresa se reserva fijar la cuantía del aumento de jornal según
la clase al mismo tiempo los elementos que se han comprobado suavizar las
demandas laborales en aras de mantener la producción de estaño como una
contribución boliviana a la victoria de la “democracia mundial”.28

El 18 de diciembre de 1942, el sindicato de Oficios Varios fue disuel-


to por el Gobierno de Peñaranda, con el beneplácito de los empresarios
y el Gobierno de los Estados Unidos, aduciendo –recurso manido– que
no reunía “condiciones legales para su personería”. Varios dirigentes
sindicales fueron “residenciados” o exilados en zonas alejadas e insa-
lubres de Bolivia. Timoteo Pardo, el secretario general del sindicato

26 Cfr. Devés, Eduardo, 1988: 207.

27 Casi en el mismo lapso de tiempo en que transcurría el conflicto en Catavi se


arreglaron otros reclamos laborales mineros.

28 Anaya, Ricardo y otros, 1943.

29
VILLARROEL: un anhelo truncado

de Catavi, fue enviado a la isla de Coati en el Lago Titicaca, junto a


N. Solano, secretario de Relaciones de la misma entidad. La medida
alcanzó a otros trabajadores y dirigentes que no pertenecían a la mina
de Catavi, como Waldo Álvarez, secretario general de la Confederación
Sindical de Trabajadores de Bolivia (cstb) y otros altos integrantes de
la misma organización, que fueron enviados presos a Pelechuco, en el
altiplano andino, a unos 380 kilómetros de La Paz. El joven Guillermo
Lora fue a dar a Puerto Pérez, pequeño poblado en las frías orillas del
Lago Titicaca.29

Impacto de la masacre

El saldo de la masacre para las estimaciones oficiales fue de diecinueve


muertos y cuarenta heridos –las cifras extraoficiales son mucho mayo-
res y bordean los cuatro centenares entre fallecidos y heridos–. De los
diecinueve muertos reconocidos por la pmeci, cinco eran trabajadores
de Catavi, diez de Siglo xx y cuatro mujeres. Una de ellas era una ex
obrera de la Sección Azul; otra, hija de una trabajadora de Ánimas;
otra, esposa de un peón de Catavi, y la última era María Barzola, madre
de un trabajador de Ánimas, que en los años venideros se convertiría
en un verdadero icono minero y popular.30 Exacta representación del
mundo minero femenino: esposas, madres, trabajadoras y ex trabaja-
doras. Ellas, hijos e hijas, junto a varones trabajadores se habían con-
gregado cuando la empresa dispuso cerrarles los canales de abasteci-
miento de alimentos.
La presencia emblemática de María Barzola permite analizar el
comportamiento femenino en un momento épico.
El testimonio, procedente de Sinforoso Rivas, entonces empleado
de Catavi y, luego uno de los más importantes dirigentes campesinos
en Cochabamba posterior a 1952, dará cuenta de ello:
Pasaban los días y no había diálogo ni acuerdos, los mineros se pusieron
firmes en su posición de solicitud de aumento de sueldos […]. Los obre-
ros y empleados se proveían de las pulperías, como decir tiendas de aba-
rrotes y de mercancías. El único lugar donde podían comprar artículos de

29 Kyne, Martin, s/f: 36-37.

30 “Nómina de los fallecidos en los sucesos de la huelga de diciembre de 1942 y


las indemnizaciones pagadas”. pmeci. Catavi, 27 de julio de 1943. Los nombres
de las mujeres eran: Eleuteria G. de Nina, Carmen Rioja, Melchora Rodríguez
y María Barzola respectivamente. apmeci.

30
La masacre de Catavi

subsistencia era el pueblo de Llallagua. El ejército impidió completamente


el paso a Llallagua, tanto a los habitantes de Siglo xx como a los de Catavi.
Entonces, día que pasaba el hambre recrudecía. Cuando la situación se tor-
nó insoportable, un grupo de habitantes de Catavi se reunió en la puerta del
ingenio. El único motivo de las amas de casa y de sus esposos para consti-
tuirse en ese lugar era solicitar una orden de salida a Llallagua para hacer
compra de artículos de subsistencia. La respuesta de los militares fue una
ráfaga de ametralladora que abatió a dos personas.31

La multitud se reagrupó y salió en marcha desde casas y socavones:


En el campamento Uno la mayoría de las mujeres trabajadoras vivían en
Sinkflot,32 cerca de sus habitaciones. A partir de ese momento las mujeres
encabezaron la marcha […]. Llegamos a la cancha de fútbol, donde empie-
za la línea férrea que va a Catavi y donde el terraplén es profundo. Ocho
regimientos del ejército habían estado parapetados alrededor del cemen-
terio; la columna de trabajadores huelguistas ya era larga y las mujeres
que encabezaban estaban llegando al cruce del camino que viene de Uncía
a Catavi. La mujer que marchaba al frente con una bandera boliviana se
llamaba María Barzola.33

Décadas más tarde, otro testigo, Narciso Aguilar, que en 1942 contaba
con nueve años, relataría:
He visto la masacre, de niño era muy curioso y por eso les he seguido a la
gente; algunas señoras hablaban que había gente herida en Catavi. Yo le he
visto a doña María Barzola, era una señora alta, media blancona, las muje-
res pedían abastecimiento de pulperías, han bajado las mujeres, detrás de
las señoras caminaba. En la marcha había mucha baleadura. Una señora
me ha gritado –agachate– me ha dicho; encima de un muerto me ha em-
pujado, arrastrate diciendo por el río nos hemos venido […]. Doña María
era guapa, media blancona y alta, antes de la matanza le he visto, muchas
balas había; otra señora me ha gritado, diciendo agachate, como era niño, 9
años tenía, yo miraba y escuchaba, ella estaba agarrando la bandera, desde
la plaza hemos ido todos, pero después he aparecido casi al último, mucha
gente estaba en la marcha, mucho alboroto, después fue la baleadura, las
mujeres gritaban. Matanza era.34

31 Rivas Antezana, Sinforoso, 2000: 30-31.

32 Sink and Float, planta de tratamiento de preconcentración de descartes y des-


montes.

33 Rivas Antezana, S., 2000: 30-31.

34 Comibol.gob.bo/noticia/340

31
VILLARROEL: un anhelo truncado

Barzola se convertiría al poco tiempo en un símbolo popular. Rescatado


por el mnr, representará la energía popular, encarnada en mujeres a
las que la política oligárquica negaba todo derecho. Sus Comandos
Femeninos tomarían ese nombre como cobertura.35 Desde aquel di-
ciembre de 1942, e incluso mucho antes, las mujeres que habitaban los
centros mineros, en toda la gama de participación, involucradas con
el mundo obrero, actuaron reaccionando frente a la vulneración de un
derecho elemental: el de la vida, la suya y la de los suyos. Se aferraban
a la solidaridad de clase, subsumiéndose en una identidad de esposa y
madre y dejando atrás mandatos de género; por lo demás, no presentes
en las reflexiones colectivas de la masa trabajadora. Ausentes las guar-
derías, descargado todo el trabajo de socialización sobre las mujeres, el
trabajo minero y la jornada hogareña no tenían distinción en el espacio
y el tiempo de las palliris. En 1925, pero la figura no había cambia-
do para 1940, “Conciben, lactan, crían y forman en la mina”, según el
prefecto (gobernador) de Oruro, “un sentimiento de amargura brotaba
del espíritu”36 al observarlas. Recién en 1929 les reconocieron licencias
pre– y post natal. Y solo en 1940 se dispuso, por Ley de la República,
aunque la práctica demoró más, la dotación de casas cuna para empre-
sas de más de 50 obreros.37
Para los efectos políticos de la coyuntura y momento histórico,
a diferencia de la posterior contabilidad positivista del historiador,
las cifras exactas, pese a su rastro de sangre y dolor, fueron aquellos
años menos sustantivas que el sentimiento extendido de que la Patiño
Mines, con la complicidad del Gobierno de Peñaranda, ocultó el núme-
ro de fallecidos y enterró sus cuerpos con la colaboración del Ejército
en las oscuras profundidades de las minas o los cremó para ocultar los
rastros de su crimen.
Aunque aparentemente la represión había roto la columna vertebral
de la protesta minera, resquebrajando su organización sindical, la vic-
toria sería más bien pírrica y la tranquilidad para los capitalistas de la
minería no podría consolidarse definitivamente. En adelante, los gran-
des propietarios capitalistas, Patiño, pero también Avelino Aramayo

35 Con los años, incluso entre la población minera, el apelativo se cargará de con-
notaciones negativas usado como un insulto de desorden y mujeres que acatan
ordenes partidarias para desbaratar al movimiento popular.

36 Sierra, J., 1926. “Por la Clase Obrera”. La Prensa, Oruro.

37 Boletín del Ministerio de Trabajo, 1937: 83 (septiembre). La Paz.

32
La masacre de Catavi

y Mauricio Hochschild, cargarían con los cuestionamientos laborales


de distintos sectores sociales.38 Algo en verdad se había roto, pues el
proletariado minero, cargando la memoria de sus muertos y muertas,
confirmó que nada podía esperar del Estado oligárquico y que, por el
contrario, este era su adversario irreconciliable al cual habría que res-
ponder con la fuerza y la explosión de la dinamita.
En distintos espacios públicos se agitaba la acre crítica de la po-
lítica tradicional que favorecía a los llamados “barones del estaño” y
sus incondicionales aliados, los terratenientes. Un sector de intelectua-
les y políticos procedentes de sectores sociales encumbrados, signo de
la crisis que empezaba a agrietar al sector dominante, embebidos de
doctrinas marxistas y nacionalistas empezaron a cuestionar el sistema
excluyente de la sociedad boliviana. Efectivamente, en agosto de 1943
empezaron las interpelaciones parlamentarias al gabinete nacional
motivadas por los dramáticos sucesos de Catavi. Entonces, agresivos
parlamentarios del pir (Partido de Izquierda Revolucionaria) y del mnr
(Movimiento Nacionalista Revolucionario) lograron poner en jaque al
Gobierno de Peñaranda, contribuyendo a erosionar la confianza y el
liderato del que gozaba entre empresarios mineros, terratenientes, cla-
ses medias y sectores conservadores del Ejército. La masacre, en un
efecto búmeran, terminó por hacer trizas moral y políticamente los
acuerdos partidarios y sociales que sustentaban al presidente Enrique
Peñaranda y colocaron en jaque a la burguesía minera, sentada, por
primera vez en la historia de Bolivia, en el banquillo de los acusados.
Salieron a relucir al amplio público los secretos que los “barones
del estaño” y sus congéneres no querían reconocer: salarios de miseria;
covachas malolientes en los campamentos, llamadas eufemísticamente
casas concedidas por las empresas: asistencia médica precaria; dece-
nas de muertos por silicosis o los inseguros socavones convertidos en
“tumbas subterráneas”. La situación era ciertamente inédita y templa-
ba los ánimos de la resistencia popular. La prensa opositora como La
Calle, afín al mnr, se explayaba en comunicar las intervenciones de sus
diputados; la radio transmitía fragmentos de ellas y en los corrillos de
las fábricas y minas, no se hablaba de otra cosa.

38 Un balance de la situación y los efectos de la masacre pueden verse en Knud-


son, Jerry W. (1970). “The Impact of the Catavi Mine Massacre of 1942 on
Bolivian Politics and Public Opinion”. The Americas, vol. 26, núm. 3, enero de
1970: 254-276.

33
VILLARROEL: un anhelo truncado

En la 15ª Sesión Ordinaria del Parlamento Nacional, del 25 de agos-


to de 1943, Gabriel Moisés, diputado por el pir, pero de larga militan-
cia anarquista previa, habló en un estremecedor lenguaje a favor de
una abierta confrontación, llamando a una lucha de clases sin treguas
y a tomar la justicia por sus propias manos.
He hablado de venganza y no de justicia. Y lo he hecho deliberadamente
porque los grandes crímenes históricos, los crímenes contra pueblos in-
defensos, los asesinos en masa de niños, mujeres y ancianos inocentes, no
solo claman justicia, sino exigen venganza. La justicia puede ser benigna.
La venganza es necesariamente implacable. Y la sangre inocente y la sangre
humilde. La sangre proletaria derramada a torrentes el 21 de diciembre de
1942, exige venganza. Una venganza implacable y terrible, como es siempre
la venganza y el castigo de los pueblos.
[…]
Y es la clase trabajadora y la propia víctima, es la que debe aplicar el castigo
inmisericorde y terrible a los masacradores de los pueblos, cuando llegue
la hora.39

Palabras de fuego que nunca antes habían llegado al dominio públi-


co salieron del hemiciclo de la Plaza Murillo, justo frente al palacio de
gobierno más conocido como “Palacio Quemado”.
Por su parte, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr),
fundado en 1940, en su presentación en la sociedad política, fue más
cauto y medido, pero igual de demoledor. Víctor Paz y Hernán Siles
llevaron la interpelación con sendas denuncias apoyados en datos y
análisis estadísticos.
Paz, líder visible de esta entidad política, señaló:
Nosotros, los Diputados del Movimiento Nacionalista Revolucionario
(mnr), no somos simples anotadores de lo que ocurre en la política. Esa
es una labor de quienes acumulan datos para la historia. Nosotros somos
políticos militantes y preferimos hacer historia. Para terminar, yo declaro,
señores representantes, que si no se sanciona al general Peñaranda y a sus
ministros por la masacre de Catavi, el pueblo boliviano habrá remachado
las cadenas de su esclavitud.40

La interpelación fue la primera oportunidad en que se produ-


jo una conexión de esa intensidad, entre los sectores obreros, sus

39 Redactor de la H. Cámara de Diputados de agosto de 1944, t. i. La Paz: Imp.


Salesiana, 1944: 388.

40 Ibid.: 391.

34
La masacre de Catavi

reivindicaciones y los diputados y senadores de partidos políticos, que


enarbolaban las banderas de la reforma/revolución. De esa manera, el
parlamento comenzó a ser percibido, desde los sectores sociales ex-
cluidos, como una tribuna más para la lucha, a la par de las calles, las
minas o el campo. Si a la postre correspondió al mnr sacar ventaja
de la interpelación, no fue tanto por su eficacia y lenguaje durante su
desarrollo, sino por su conducta posterior. Mientras el pir se afincaba
en sectores mineros, como en los sindicatos de Oruro y Potosí, el mnr
labraba una alianza con los jóvenes militares. Además de su ductilidad,
tenían la ventaja de ser excombatientes, hombres de la patria, en tanto
los principales integrantes del pir no habían luchado en las desoladas
arenas del Chaco.
La masacre produjo una conmoción social al revelar la brutalidad
del antiguo orden para encarar las tensiones sociales. Existía en Bolivia
una larga tradición de sofocar demandas laborales acudiendo a la fuer-
za, como había ocurrido, por ejemplo, en Uncía en 1923; esta vez, em-
pero, flotaba en el ambiente político un clima diferente tras el ascenso
de fuerzas de izquierda a la escena política. El Gobierno y su minis-
tro del Interior, Pedro Silvetti Arce, tuvieron que afrontar, sin hallar ni
modo ni argumentos convincentes para enfrentar la arremetida popu-
lar tanto en las calles como en el hemiciclo parlamentario, ejercida por
representantes de la oposición mnr y pir, a los que se sumaron también
integrantes de los partidos tradicionales de oposición.
Incluso el conservador Demetrio Canelas, fundador en 1943 del pe-
riódico Los Tiempos, se sumó a las críticas revelando que ellas incluían
a amplios sectores sociales, y demandó la inmediata investigación
de lo sucedido. El 22 de enero de 1943, a nombre suyo y del Partido
Republicano Genuino, junto a otras seis bancadas de toda orientación
ideológica, se pronunció en ese sentido. Posteriormente, durante la in-
terpelación al ministro Silvetti, realizada el 21 de agosto en presencia
del gabinete en pleno, cuestionó al alto funcionario; también exigió que
el presidente Peñaranda diera explicaciones convincentes de su actitud
represiva en Catavi, a la que calificó de “abominable carnicería”.
Preguntó al ministro, cuán satisfactoria era la situación alimentaria
y de albergue de los trabajadores y por qué el Gobierno no atendió
oportunamente el petitorio laboral: “Entiendo que la misión capital del

35
VILLARROEL: un anhelo truncado

Gobierno es defender a las masas populares, porque ellas constituyen


el verdadero capital, más valioso que las vetas de minerales.”41
Hombre de filiación conservadora, no concordaba con la línea po-
lítica que hacía de los trabajadores un sujeto histórico revolucionario,
que amenazaba con romper las relaciones entre el capital y el trabajo.
Canelas argumentó que si el Gobierno de Peñaranda hubiera cumplido
con su deber: “No habría sido posible así, que niños, mujeres y obreros,
seducidos por políticos demagógicos y por las doctrinas de Marx, se
lancen en la forma que ha originado el conflicto de Catavi.”42
El 10 de septiembre, al finalizar la interpelación ministerial, Canelas,
junto a otros 47 diputados, votó por la moción de censura al gobierno.
Ese día no se hallaba presente, pues gozaba de licencia, quizá con el
fin de dar las últimas puntadas a la organización del periódico Los
Tiempos, pero dejó su voto escrito, fechado en La Paz el 26 de agosto.
Justificó su decisión contra los ministros interpelados.
Por no haber sabido mediar con eficacia, justicia y oportunidad en las di-
vergencias surgidas en el asiento minero de Catavi, entre patronos y obre-
ros […]. La censura se funda, además, en no haber los citados señores mi-
nistros inspirado su política en el deber de mejorar el estándar de vida de
las clases obreras, ocasionando con ello el conflicto […].

Canelas, cuya condena fue más bien moral, expresaba también su


molestia por la pésima administración gubernamental del conflicto, ya
que no se identificaba para nada con estas tendencias políticas; vio por
conveniente establecer claras distancias con ellas: “Este voto no debe
ser considerado como prueba de solidaridad alguna de parte del dipu-
tado firmante con los señores políticos interpelantes.”43
Los mentores e impulsores de la censura fueron Ricardo Anaya
Arze, del pir y Víctor Paz Estenssoro del mnr, oradores pertenecien-
tes a corrientes doctrinales opuestas, Anaya Arze a las de filas de la
izquierda marxista, y Paz Estenssoro a las del nacionalismo revolucio-
nario. El Gobierno obtuvo el apoyo de 48 parlamentarios que sufraga-
ron por el “Orden del Día Puro y Simple”; es decir, por su absolución.
Un solo y extraño voto, el del diputado Eduardo Mesutti Roca, que se
pronunció de forma escrita por la censura, pero cuyo contenido fue

41 Los Tiempos. Cochabamba, 23 de enero de 1943.

42 Id.

43 Redactor de la H. Cámara de Diputados de 1943, t. i (agosto y septiembre). La


Paz: Tipografía Salesiana, 1944: 818.

36
La masacre de Catavi

adulterado por el oficialismo mediante el secretario de la cámara, di-


putado Francisco Lezcano Soruco, reflejando una posición contraria,
salvó al gabinete de Peñaranda de la censura, pero no de la ácida crítica
social.

37
ii
Gualberto Villarroel López
El tono crítico de la interpelación parlamentaria y el saldo negro de
muertos y heridos sin justicia ganó los titulares de la prensa y concitó la
expectativa y repudio público. Enorme caldo de cultivo que contribuirá
a afianzar la proyección política de los trabajadores mineros y a empu-
jar a la acción política en las calles a una parte de los sectores medios,
agrupados en el mnr, el pir y el por (Partido Obrero Revolucionario).
El 28 de abril de 1942 Bolivia suscribió la Declaración de las Naciones
Unidas, instrumento ratificatorio de la Carta del Atlántico, en la que los
países signatarios se comprometieron a utilizar todos sus recursos y a
prestar su apoyo material y militar en favor de aquellos que se hallaren
en guerra contra los miembros del Eje: Alemania, Japón e Italia y sus
adherentes. El 28 de enero de 1943 Bolivia rompió relaciones con los
tres países y el 7 de abril declaró que ingresaba en estado de guerra
con las llamadas “potencias del Eje.”44 Nueve días más tarde expidió el
Decreto de Seguridad del Estado, que permitía intervenir y suprimir de
facto toda acción que considerara tendiente a afectar “directa o indi-
rectamente, a perjudicar el sistema social, el régimen constitucional, el
régimen económico”. Aunque los destinatarios de la amenaza y la pu-
nición eran los sectores laborales, campesinos e indígenas, los grupos
tradicionales expresaron su temor y, a la postre, no se verían tampoco
libres de sus consecuencias.
Demetrio Canelas rememoraría posteriormente (1950) aquellos
tiempos de alta temperatura política:
Entre tanto, tres elementos de efervescencia habían entrado a actuar en
la vida nacional. El primero de ellos obraba activamente en el seno de la
institución armada, era el resentimiento de la oficialidad joven, por la in-
justicia y la inversión de valores, en el hecho mismo de que los generales,
que habían conducido al Ejército a los desastres del Chaco, se hubieran
hecho amos de los destinos políticos del país. El segundo de ellos era la

44 Demetrio Canelas había combatido el decreto, por considerarlo inconsulto.

39
VILLARROEL: un anhelo truncado

insurgencia de las doctrinas revolucionarias, de tipo comunista y nazi-fas-


cista, en las masas populares y en los círculos intelectualizados. El tercero,
que contribuyó a inflamar la atmósfera, fue la matanza de Catavi, ocurrida
en diciembre de 1942.45

Era época de guerra contra la Alemania de Adolfo Hitler y el progra-


ma Nazi, de manera que cualquier sospecha de apoyo al jerarca alemán
en Sudamérica, era vista con sospecha y combatida sañudamente. El
Gobierno de Villarroel y los militantes del mnr serían más tarde tilda-
dos de fascistas y combatidos en cuanto tales.46
Sin duda, esta situación no afectó ni colaboró a mermar de inme-
diato la confianza que reflejaba el periódico Los Tiempos, dirigido por
Canelas, en el nuevo Gobierno, pues en sus páginas descartó que los
integrantes del mnr presentes en el poder ejecutivo, “puedan desviar la
política boliviana hacia una colaboración al Eje”.47
El 20 de noviembre de 1943, casi exactamente un año después de la
masacre en los campos de Catavi, se produjo un bien preparado golpe
de Estado que no causó víctimas. Fue fruto de una coalición entre mi-
litares nacionalistas agrupados en la logia Razón de Patria (radepa),
una logia militar formada entre 1934 y 1935 en Paraguay por oficiales
bolivianos prisioneros de guerra48 y el mnr, partido fundado en 1941
por intelectuales y profesionales, la totalidad de los cuales concurrió a
la contienda con el vecino país.
Fue un golpe de mano maestro, fina y fríamente calculado y bien
ejecutado. La rápida acción llevó al palacio presidencial (Palacio
Quemado) en La Paz al hasta entonces políticamente desconocido
–que apenas tuvo un rol protagónico durante la guerra del Chaco– ma-
yor Gualberto Villarroel, militar nacionalista oriundo de Villa Ribero
(Cochabamba). De 35 años recién cumplidos, era la expresión viva de
los jóvenes oficiales reformistas, quien, como gran parte de su gene-
ración, también había nacido a la política desde las trincheras de fue-
go y de los ásperos arenales del sudeste de Bolivia durante la confla-
gración con Paraguay, entre junio de 1932 a junio de1935. Villarroel
iniciaría una nueva forma de relación con los sectores excluidos de

45 Canelas, Demetrio, 1992 [1950]: 248.

46 Ostria Gutiérrez, Alberto, 1944.

47 Los Tiempos. Cochabamba, 11 de enero de 1944.

48 Barrero U., Francisco, 1976.

40
Gualberto Villarroel López

trabajadores, campesinos e indígenas. “No somos enemigos de los ri-


cos; pero somos más amigos de los pobres”, había dicho una vez esta-
blecido en el Palacio de Gobierno de La Paz. Su instalación fue recibida
con alborozo en los principales centros mineros donde tuvieron lugar
concentraciones de masas. Intentó retomar las ideas modernizadoras y
populistas del “socialismo militar”, ideas que habían quedado truncas,
dejando un vacío, tras la intempestiva muerte del presidente Germán
Busch el 23 de agosto de 1939.
La logia radepa y el mnr, entidades que debutaban en la adminis-
tración estatal, pese a las diferencias de énfasis respecto al horizon-
te político a construir, pugnaban por reformas políticas que acabaran
con el viejo orden, calificándolo de socialmente excluyente. Como años
más tarde diría el escritor cochabambino Augusto Guzmán, milita-
res e integrantes del mnr cabalgaban “en un mismo corcel de hierro y
fuego”.49 Bregaban por la construcción de un Estado Nacional basado
en la democratización, la inclusión social y la unidad entre regiones
y sectores étnicos, para armar en un solo cuerpo o argamasa social,
la llamada nación. La composición del gabinete solo se supo más tar-
de. La logia radepa, que actuaba en secreto, contaba con tres minis-
tros, Pinto, Ponce y Calero y Gustavo Chacón de Estrella de Hierro.
Completaba el equipo, un cuarteto del mnr, Carlos Montenegro, encar-
gado de Agricultura; Augusto Céspedes, Secretario General; Víctor Paz,
de Hacienda, y Víctor Andrade como Ministro del Trabajo, Higiene y
Previsión Social; el general Taborga, independiente afín al presidente y
el mayor Alberto Taborga, en idéntica situación.
Los Tiempos señaló al día siguiente de la asunción de Villarroel, que
si bien un golpe de mano no era el mejor camino, en “situaciones ex-
tremas” como las que vivía la institucionalidad en el país, era necesario
acudir (y probablemente también era justo) a recursos igualmente ex-
tremos. Editorializó, asimismo, que aunque en ese momento no se co-
nocía el programa de los nuevos titulares del Gobierno, se entendía que
trata[ba] de imprimir normas de saneamiento en la vida institucional y
administrativa de la nación.50 El propio mnr fue visto inicialmente con
expectativa positiva. La novel entidad política terminó participando
con cuatro ministros en el poder ejecutivo, incluyendo a su líder, Víctor
Paz Estenssoro, como titular de la cartera de Hacienda.

49 Guzmán, Augusto, 1986: 50.

50 Los Tiempos, 21 de diciembre de 1943.

41
VILLARROEL: un anhelo truncado

Los mentores del recientemente fundado periódico cochabambino


aspiraban a que el Gobierno de Villarroel pusiera en ejercicio pleno la
Constitución Política del Estado, aprobada en 1938 y, con esta medida,
asegurar que la libertad de prensa quedara firmemente instalada. Poco
después, el 11 de enero de 1944, y al filo de preguntarse si el nuevo po-
der ejecutivo convocaría a elecciones y cuándo, y si además devolvería
la libertad de prensa, el matutino aseguró: “La Junta no tiene un cami-
no muy claro. Aun cuando la impresión general que el mayor Villarroel
es una joven figura militar animada de los mejores propósitos, impre-
sión que este diario se complace en compartir”.51
Tiempo después, sin embargo, matizaría contundentemente su ini-
cial impresión, pues junto a la política del día a día, iba descubriendo
cómo primaba la improvisación en la gestión gubernamental, mientras
la alta inflación carcomía las reservas de la sociedad y de los trabaja-
dores. De ahí que su tímido apoyo de los primeros días comenzara a
dar un giro de ciento ochenta grados a pasos acelerados, en la medida
en que el Gobierno de Villarroel, empeñado en confrontar abiertamen-
te y por cualquier motivo, con la “oligarquía” y el antiguo régimen,
emergía para los propietarios del matutino cochabambino como un
orden político secante, caótico y unilateral, introduciendo un efecto
que reorientaría la percepción del mismo sobre la coyuntura política y
la administración gubernamental.
El nudo del debate, al calor de la situación imperante, giraba, a su
entender, en torno a la preservación de las libertades constitucionales,
sobre todo el ejercicio del derecho de la prensa para evaluar y cues-
tionar al poder político. Años más tarde, Demetrio Canelas evocaría
y sistematizaría los dilemas y problemas apremiantes que a sus ojos
enfrentaba el país y el nuevo Gobierno, en aquellos momentos. Incidió
en las pesadas cargas de las que tendría que liberarse: a) el proble-
ma social minero, como emergencia del contraste entre aspiraciones
salariales y crudas realidades de hambre, sumado a la radicalización
del movimiento minero; b) desorganización política, pues mientras los
antiguos partidos ya no respondían a las ansiedades que les exigía la
sociedad civil, las nuevas agrupaciones que se autodenominaban revo-
lucionarias, eran “todavía pelotones improvisados y traían en su ba-
gaje esperanzas mezcladas de peligros” y, c) finalmente, la jerarquía
del Ejército se hallaba moralmente desarticulada. Consideraba que los

51 Los Tiempos, 11 de enero de 1944.

42
Gualberto Villarroel López

generales, ellos solos o en alianzas con civiles, ya no podrían gobernar


una nación derrotada. Además, la disciplina interna se había roto en la
institución, pues los subalternos u oficiales de menor grado, ahora en
el poder, mostraban una desarmonía en “algunos casos intolerable con
los galones”.52
Ese parecía ser el diagnóstico de una profunda crisis, la que empe-
ro, aún no se había desplegado ni desatado del todo, como se verá más
adelante. Para Demetrio Canelas, Villarroel y el mnr se habían preci-
pitado en tomar el poder. El juicio fue escrito en 1960 a varios años de
distancia, y con la posibilidad de juzgar el proceso por sus resultados
finales. Empero, en el cenit de 1943, los propietarios y directivos de Los
Tiempos inicialmente tenían, como se señaló, una mirada más atenta y
hasta complaciente frente al nuevo orden de cosas. En sus páginas no
dudaron en señalar que “auspiciaban” al nuevo régimen, ya que a su
entender se había sustituido a “uno de los Gobiernos más desacredita-
dos de la historia”, en clara alusión a Peñaranda.
Esta confianza inicial era también compartida por los diplomáti-
cos americanos acreditados en La Paz, que informaron al presiden-
te Franklin D. Roosevelt que los integrantes del nuevo Gobierno eran
“patriotas sinceros” y que “representaban las aspiraciones de ciertos
sectores sociales”. A despecho de estas opiniones, los ee.uu. decidieron
no reconocer al nuevo Gobierno emergente de la fuerza y con fuer-
tes sospechas de ser antinorteamericano y de prodigar una política de
corte fascista. Todos los Estados del continente, excepción hecha del
argentino decidieron no reconocer a la Junta de Gobierno presidida
por Villarroel.
Se basaron en un Memorándum confidencial emitido el 10 de enero
de 1944 por el Secretario de Estado de los ee.uu., Cordell Hull, quien
acusó a los integrantes del “régimen revolucionario de Bolivia” de estar
“bajo la influencia nazi” y de haber recibido “soporte financiero” de
esa corriente. Específicamente señaló al de ser hostil a los “intereses
del continente” y de descuidar la “amenaza a la seguridad de hemis-
ferio por parte de la Alemania Nazi”, en clara alusión a la contienda
que vivía el mundo. “Ellos desprecian la democracia, son antisemitas
y glorifican el principio del liderazgo y del Estado todopoderoso […]”.
Agregó que, según sus informes, los oficiales vinculados al Gobierno
poseían nexos e influencia nazi y que las relaciones con el Gobierno de

52 Los Tiempos, 30 de enero de 1944.

43
VILLARROEL: un anhelo truncado

Hitler, adversario de la coalición guerrera usa-Inglaterra, y que fueron


rotas durante la presidencia de Peñaranda, aún perduraban. De ahí la
necesidad de un control estratégico sobre su Gobierno, sus políticas y
los integrantes del sistema político.53
Hull no dudó en atribuir que la influencia nazi provenía de ser
“seguidores del célebre mayor Elías Belmonte”, a quien mencionó y
acusó no una sino dos veces. Nacido en Irupana, el oficial y fervoroso
nacionalista protagonizó involuntariamente un sonado caso. Durante
el Gobierno de Peñaranda, la inteligencia norteamericana “descubrió”
una carta que el 9 de junio de 1943 Belmonte Pabón habría enviado
al embajador de Alemania en La Paz, Ernest Wendler. El 18 de julio,
el embajador de los ee.uu. se la entregó en La Paz al canciller Alberto
Ostria Gutiérrez. En ella se hablaba de un próximo golpe nazi en
Bolivia, de anular la venta de minerales a los ee.uu. y de colaborar
con próximos Gobiernos de similar orientación que se instalarían en
Sudamérica. Al día siguiente, sin mediar ninguna otra investigación o
explicación, el embajador alemán fue expulsado de Bolivia y quedaron
rotas las relaciones bilaterales. Belmonte, que se hallaba como agre-
gado militar en Alemania, fue dado de baja del Ejército. Prominentes
militantes del mnr fueron residenciados en lugares alejados. Años más
tarde, se descubrió que el documento había sido fraguado por los ser-
vicios ingleses de espionaje para influir en la ruptura de relaciones con
el Gobierno de Adolf Hitler.54 Por su parte, Peñaranda, que dictó estado
de sitio, pudo deshacerse de la oposición nacionalista, cuyos diarios,
La Calle, entre otros, fueron clausurados. En 1979, Belmonte Pabón
fue reincorporado al Ejército con el grado de General. Necesaria y justa
reparación, pero la falacia había cumplido su propósito en los años de
la Guerra Mundial.
Bajo la influencia de Hull, Inglaterra, paradójicamente la autora de
la falsa misiva, se sumó a la campaña, de manera que todos los países
del continente, con la excepción de Argentina, negaron su reconoci-
miento al Gobierno de Villarroel, colocándolo en una situación compli-
cada y de aislamiento.

53 Kenneth Lehman, 1999.

54 Gallego, Ferrán, 1987 y 1996. Véase también su libro Secret intelligence agent,
publicado en 1982.

44
Gualberto Villarroel López

Como bien señaló un historiador norteamericano:


La necesidad más apremiante que enfrentó el Gobierno de Villarroel du-
rante sus primeros seis meses en el poder fue la normalización de las rela-
ciones diplomáticas con el principal socio comercial de Bolivia, los Estados
Unidos.55

La negociación para fijar el precio del estaño, el principal producto


de exportación de Bolivia, cuyo contrato había expirado en junio de
1943, quedó congelada con los peligros consiguientes para la economía
y el presupuesto fiscal. El país también exportaba toda su producción
de goma elástica, cuyo volumen se había expandido, hacia los Estados
Unidos, con la excepción de 250 toneladas con destino a la Argentina,
donde alcanzaba altos precios (lo que dio lugar a un fuerte contraban-
do). El Gobierno de Villarroel designó a Enrique Sánchez de Lozada
–padre de Gonzalo, futuro presidente de Bolivia– como el encargado de
intentar desbloquear las reticencias de los ee.uu.
El pir, partido marxista fundado el 26 de julio 1940, por voz de
su principal dirigente, José Antonio Arze, propuso a Villarroel que se
deshiciera del mnr e incorporara a su partido, el pir, en su reemplazo.
La movida no fue bien vista por los integrantes de radepa, que consi-
deraba a los militantes del pir como comunistas y representantes de
una doctrina foránea que atentaba a sus principios ultranacionalistas.
Además, Arze era el abanderado de quienes habían rehuido concurrir
a los campos de batalla del Chaco, el crisol donde, a su entender, se
forjó la nueva Bolivia. Un remiso no podía ser considerado un aliado,
y desecharon el acuerdo.
El pir quedó fuera de la esfera oficial de la política, y pasó definitiva-
mente al campo opositor. Como la entidad contaba con una importante
representación y militancia en el magisterio, universidad, trabajadores
fabriles y artesanales, y sectores indígenas, su decisión cambiaba la co-
rrelación de fuerzas y agregaba un importante y aguerrido contingente
a la oposición. No puede decirse que lo hizo solamente por una cues-
tión de despecho y una reacción contra el mnr, con el cual mantenía
una disputa por el liderazgo en la conducción de la transformación de
Bolivia.
Las razones eran más profundas, de doctrina. En el marco de la
contienda mundial, esta entidad política declarada “estalinista”, es
decir, seguidora de las ideas del jefe soviético Josef Stalin, se afilió a

55 Holtey, Joseph, 1980: 40.

45
VILLARROEL: un anhelo truncado

la política de la urss que, acorde a lo señalado en el vii Congreso de


la Internacional Comunista, realizado en 1935, instruyó la formación
de frentes populares para enfrentar al fascismo en Alemania e Italia y
sustituyó la consigna de “clase contra clase” por la de colaboración de
clases, la pervivencia de la democracia parlamentaria y el antifascismo.
El pir, aunque no perteneció a la Internacional Comunista, entidad di-
suelta en 1943, también propugnaba, al igual que los partidos comunis-
tas de países vecinos,56 la revolución por etapas promovida por Stalin y,
consiguientemente, el advenimiento en Bolivia de una revolución “de-
mocrático burguesa”. Siguiendo estos lineamientos buscaron alianzas
interclasistas con partidos de centro derecha y de centro izquierda para
luchar contra lo que calificaban de amenaza de un proyecto autoritario
y una contrarrevolución pese a su entorno popular. Su actitud, por otra
parte, contribuyó a que los comunistas de todo el continente cerraran
también filas contra Villarroel.

Mineros en apronte y avance

Desde 1937, los sindicatos de trabajadores mineros, principalmente del


estaño, aprovechando las disposiciones legales dictadas entre 1937 y
1939 se habían reorganizado, pero su presencia pública y organizada
era limitada. La determinación de los ee.uu. y el resto de países que
aislaba a Bolivia, motivó concentraciones obreras y populares, para
apoyar al nuevo régimen. Muchas se desarrollaron en las minas, en
buena parte organizadas por activistas del mnr. La historia del sindi-
calismo minero y los denodados esfuerzos de los trabajadores de los
socavones y los ingenios de tratamiento del mineral, arrancó a fines de
la segunda década del siglo xx, pero fue sistemáticamente desmante-
lada por los propietarios de minas con la complicidad y la fuerza del
Estado. Aunque aparentemente la represión de Catavi había roto la co-
lumna vertebral de la protesta minera y resquebrajado su organización
sindical, la victoria sería más bien pírrica y la pax empresarial no po-
dría consolidarse definitivamente; en adelante, los propietarios carga-
rán con los cuestionamientos laborales de distintos sectores.57 Algo en
verdad se había roto, pues el proletariado minero confirmó que nada

56 Amaral, Santiago, 2008.

57 Un balance de la situación y los efectos de la masacre pueden verse en: Knud-


son, Jerry W, 1970: 254-276.

46
Gualberto Villarroel López

podía esperar del Estado y que por el contrario este era su adversario
irreconciliable.
Los trabajadores no habían sido protagonistas del derrocamiento
del Gobierno de Peñaranda, pero se la tenían jurada, además que su
fino olfato les permitía captar que la coyuntura se modificaba a su
favor por lo que no podían quedarse pasivos. La tarde del 20 de enero
de 1944, en la plaza Incalaya del centro minero de Colquiri se reunió
una “manifestación cívica” que daba ¡Glorias! a los caídos de Catavi y
¡Vivas! a la Revolución del 20 de Diciembre. Concurrieron trabajadores
de interior mina, talleres e ingenio.58 Ese mismo día hubo concentra-
ciones similares en Huanuni y Potosí.59 En La Paz, esa movida jornada,
tras una importante concentración social y obrera en la que desfiló
una abigarrada multitud de mineros, Villarroel se reunió en el Palacio
Quemado, junto a varios ministros, con delegaciones laborales de la
Chojlla, Milluni, Palca, Catavi y Siglo xx.
Uno de ellos, al darse cuenta de que antiguas fronteras de fuerza
y clase se diluían, y venía un tiempo nuevo, donde Estado y sindicato
podían mirarse de igual a igual, expresó:
Nosotros pobres obreros no habíamos pensado jamás ser recibidos con
cordialidad y menos que pisaríamos el Palacio de Gobierno […]. Los traba-
jadores son dobles héroes, porque defienden su libertad y trabajan por el
engrandecimiento de su patria y su hogar.60

Los apoyos al Gobierno continuaron en Uncía el 24 del mismo mes.


Por su parte, el poder ejecutivo buscó legitimarse condenando a los
autores materiales e intelectuales de la matanza de 1942; resarciendo a
sus víctimas y sus deudos61 y anunciando el respeto a los derechos sin-
dicales. Aprovechando este “paraguas” estatal, los mineros y militantes
del partido de Gobierno se dieron asiduamente a la tarea de reparar
las maltrechas entidades sindicales y facilitar la organización de otras
nuevas. Gracias a esta iniciativa, el 15 de enero de 1944, por ejemplo,
se organizó el sindicato de Corocoro, compuesto por trabajadores de
la American Smelting. Pocos días más tarde, concretamente el 20, en

58 La Calle, La Paz, 21 de enero de 1944.

59 La Calle, La Paz, 23 de enero de 1944.

60 La Calle, La Paz, 21 de enero de 1944.

61 La Calle, La Paz, 20 de enero de 1944.

47
VILLARROEL: un anhelo truncado

Colquiri, con la “colaboración” de algunos “jóvenes políticos del mnr”62


se estructuró el “Sindicato Mixto de Mineros Colquiri”.
El 24 de marzo, continuando con la tendencia organizativa, se es-
tructuró el sindicato de la mina Urania, y entre abril y mayo de ese
mismo año, Emilio Carvajal, empleado de la Tin and Tungsten Mines
y vinculado al mnr, reorganizó las entidades laborales en las minas
de Playa Verde y Huanuni.63 Casi al mismo tiempo, se pondrían nue-
vamente en pie o se reorganizarían los sindicatos mineros de Catavi,
Llallagua, Milluni, entre otros, muchos de ellos contando también con
el significativo aporte de militantes del mnr, que buscaba organizar
una clientela política y electoral en disputa con otras entidades, como
el pir, opuestas al gobierno de Villarroel y que estaba bien establecido
en los centros mineros de Oruro y el Cerro de Potosí.
En abril, aprovechando la nueva coyuntura, los sindicatos de la
Patiño Mines solicitaron que se estudie la posibilidad de establecer un
salario mínimo, se fijen precios estables a los contratistas de interior
mina y se construyan más habitaciones en sus hogares.64 Otras entida-
des laborales del subsuelo, para afirmar sus derechos de ciudadanía y
participación política, demandaron que se establecieran distritos elec-
torales próximos a su lugar de trabajo y vivienda. Argumentaron que
debían trasladarse largas distancias para ejercer su voto; de la mina
Chojlla, por ejemplo, hasta Chulumani.65
A todas luces, el mnr parecía decidido a colocar a las institucio-
nes laborales bajo su padrinazgo y subordinación. Precisamente lo
ocurrido en la ya nombrada mina de wólfram o tungsteno denomi-
nada La Chojlla, que contaba con unos 700 trabajadores, situada en
Yanacachi, Sud Yungas, La Paz, a unos 90 kilómetros de la ciudad sede
del Gobierno de Bolivia, constituye un revelador ejemplo de este mo-
delo de relacionamiento clientelar. El sindicato de esta mina, propie-
dad de la empresa norteamericana Grace, fue fundado el 29 de marzo
de 1944 con la asistencia de la Federación Obrera del Trabajo (fot),
entidad con sede en La Paz y vinculada por entonces al mnr. La enti-
dad laboral, que contaba en su seno a varios simpatizantes y militantes
de esa tienda política, pocos días después nombró a Federico Álvarez

62 Delgado Gonzáles, Trifonio. 1984: 167.

63 Id.

64 La Calle, La Paz, 20 de abril de 1944.

65 La Calle, La Paz, 23 de abril de 1944.

48
Gualberto Villarroel López

Plata, un abogado y alto miembro del nacionalismo revolucionario que


había tenido importante influencia en su conformación; su abogado
ad honorem. La nueva organización laboral buscaba claramente un in-
termediario con el poder que le garantizara su propia supervivencia,
que la colaborara en sus trámites burocráticos y le prestara asistencia
legal.66 El 26 de abril lo proclamó su candidato a diputado “en mérito
a los grandes servicios que prestó” (al sindicato).67 Álvarez, de 26 años,
que pertenecía a un sector de clase alta vinculado al proceso de trans-
formaciones nacionalistas, no fue electo pese a los esfuerzos desplega-
dos por el sindicato, quizá a causa de que la delimitación territorial de
las diputaciones no favoreció el voto minero.
En el otro ángulo del espectro político, el opositor pir, por interme-
dio de la Confederación Sindical del Trabajo de Bolivia (cstb), en la
cual contaba con importante influencia en sectores laborales de traba-
jadores fabriles y artesanos, hacía también esfuerzos por consolidar su
propia red entre los mineros, espacio en el que contaba con no pocos
adherentes. Sin embargo, sus esfuerzos por consolidar y ampliar su
base en las minas fueron mucho menos exitosos que los de su adver-
sario, el mnr. Su radical oposición al gobierno de Villarroel, al que
calificaba, como se dijo, de “nazi-fascista” y en el que participaba el
nacionalismo revolucionario, menguaría a la postre la credibilidad de
la agrupación de izquierda marxista, y su cotización política cayó hasta
su límite históricamente más bajo.
Los mineros, más convencidos por el avance en sus derechos socia-
les y laborales, continuaban apoyando a Villarroel, pese a las prédicas
disuasivas del pir. Por ejemplo, el 15 de abril de 1944, cuando se reor-
ganizó en “gran asamblea” el Sindicato de Trabajadores de Pulacayo,
Juan Oroza, su secretario general recientemente electo, presentó al de-
legado de la cstb, quien saludó a los asistentes a nombre de aquella
entidad donde el pir contaba con muchos militantes y cuadros sindi-
cales. Este apadrinamiento no fue óbice, sin embargo, para que el 4
de mayo el mismo sindicato minero enviara un sentido telegrama al
presidente Villarroel manifestándole el “apoyo unánime e incondicio-
nal” de la clase trabajadora. El saludo, que expresaba algo más que un
acto de cortesía, fue sintomáticamente acordado y emitido en un mitin
celebrado el 1 de mayo para conmemorar el Día del Trabajo. El acto

66 Boeger, Andrew, 1995: 8, 9.

67 Documentación del sindicato de La Chojlla, t. 16 (1944). sidis. La Paz.

49
VILLARROEL: un anhelo truncado

de masas condenó, además, los intentos para derrocar a Villarroel, en


los que ya estaban empeñados la cstb y el pir, un partido marxista con
amplia recepción en sectores laborales y sociales.
Existen otros indicios ciertos que permiten afirmar que la contra-
dicción se presentó entre la adhesión al pir, que llamaba a combatir
al presidente nacionalista Villarroel, y el sentido común, tamizado por
la experiencia de los mineros que apreciaban los avances en derechos
laborales y el respeto a sus organizaciones que aportó el presidente
militar. Antinomia que se resolvió a favor de apoyar al mandatario
Villarroel. De ahí que la progresiva erosión del otrora poderoso partido
marxista y la ocupación de sus espacios sindicales por el reformismo
nacionalista revolucionario llegara a varias minas, quizá con menor
energía que en otras latitudes, como por ejemplo al Cerro de Potosí,
tradicional base del pir. En efecto, el 12 de febrero de 1944, el sindicato
Central de Mineros y Metalúrgicos de Potosí hizo conocer un manifies-
to aprobado en asamblea, en el que comunicaba su “completa solidari-
dad con la Junta de Gobierno” presidida por Villarroel.68
En resumen, los militantes del mnr aprovecharon en sus primeros
meses de gobierno todas las facilidades que les otorgaba el paraguas es-
tatal tomando astutamente la iniciativa para entronizarse en el sector
minero. Sus ideólogos habían descubierto el potencial contestatario
del proletariado minero no en los libros o manuales doctrinales, sino
gracias a mucho pragmatismo y fino olfato táctico. No tenían tampoco
un ápice de idealización, y en su realismo concebían a los trabajadores
“del subsuelo” no como una clase destinada a desarrollar poderes om-
nímodos, sino como parte solidariamente integrante de un movimiento
reformista y nacional de ancha base social, pero conducido por la clase
media intelectual emparentada por sangre y apellido con los sectores
tradicionalmente dominantes.69
Simultáneamente, las marchas mineras ocupaban calles y plazas en
amparo de un Gobierno con el que empezaban a identificarse. Por su
parte, Villarroel movía piezas para anular la reticencia norteamerica-
na. En primer lugar, el 20 de marzo, se convocó a elecciones parlamen-
tarias para el 2 de julio, con el aditamento de que los congresistas elec-
tos, diputados y senadores, desde el 1 de agosto y por 90 días, fungirían
como constituyentes para reformar la Carta Magna. Además, elegirían

68 Antezana Ergueta, Luis: 1987, t. 3: 776.

69 Cfr. Zavaleta, René, 2013, t. 2: 25-96.

50
Gualberto Villarroel López

al presidente y vicepresidente de la República. La segunda medida con-


sistió en separar a los integrantes del mnr del poder ejecutivo. A inicios
de febrero, Montenegro y Céspedes renunciaron, se dice que por pre-
sión del ala dura de radepa y la embajada de los ee.uu. Fueron rem-
plazados por Wálter Guevara Arze y Rafael Otazo, quienes a su turno
dimitieron en marzo. Adujeron que la intención era participar en los
comicios, pero su desplazamiento formaba parte de las condiciones
impuestas por los ee.uu. para dar lugar a un posible reconocimiento.
Renunció también el ministro Taborga, y Paz Estenssoro tomó el mis-
mo camino el 4 de abril. El mnr quedó sin representación en el poder
ejecutivo.
La potencia del norte, decidió dar una nueva mirada a la situación
boliviana, cuya provisión de estaño, wólfram y otros minerales les era
vital para alimentar su esfuerzo bélico y su industria de guerra. Avra
Warren, a punto de entrar a cargo de la embajada en Panamá, luego de
servir en Santo Domingo, se trasladó como enviado especial a princi-
pios de mayo de 1944 a La Paz, donde llegó el día 6. Se reunió, empe-
zando por José Antonio Arze, con dirigentes políticos, sindicalistas, pe-
riodistas, parlamentarios y miembros del Gobierno, además de asistir
a varias reuniones sociales. El 23 de ese mes presentó las conclusiones
de su vista a Bolivia a altos funcionarios del Departamento de Estado.
De acuerdo a aquellas, los ee.uu. podían reconocer al Gobierno boli-
viano pues este, a su juicio, demostró “con sus actos, estar del lado de la
causa de los Aliados”, además de ostentar un control efectivo del país.70
Durante su visita, como otra prueba de buena voluntad, Villarroel dis-
puso la deportación y envío en aviones dc3 de Estados Unidos, hacia
campos de concentración en ese país, de 52 alemanes y 29 japoneses
residentes en Bolivia; el 18 de mayo, vía Panamá, partieron, muchos
con sus familias. El 23 de junio se restablecieron las relaciones diplo-
máticas con los 19 gobiernos que la habían negado.
La determinación norteamericana fue considerada un triunfo por el
alicaído Gobierno de Villarroel, que pudo renegociar un nuevo contra-
to para la venta de estaño y wólfram. Tras varios meses de negociación,
se suscribió un nuevo contrato el 3 de marzo de 1945. ee.uu. accedió
a incrementar 3,5 centavos de dólar por libra fina, respecto al valor es-
tablecido cinco años atrás. Además, se acordó un bono como incentivo
equivalente a 1,5 centavos, con lo que el monto se incrementó en cinco

70 Foreign Relations of the United States, frus, 1944, vol. VII.

51
VILLARROEL: un anhelo truncado

centavos. En otra cláusula se señaló un incremento retroactivo de junio


a diciembre de 1944 de dos centavos por libra. Se introdujo una cláu-
sula que comisionaba al presidente Villarroel a otorgar un monto adi-
cional al salario minero procedente de las ganancias derivadas del au-
mento del precio del estaño.71 La conflagración mundial acabó pocos
meses después y con ella el incremento en la demanda de minerales, y
de estaño en particular, por parte de los ee.uu. Pese a las promesas de
este país, los nuevos precios pactados bajaron, según se estableció el
13 de septiembre de 1945, a 63,5 centavos declinando progresivamente
hasta 58,5 centavos. Sus efectos negativos se harían sentir en 1946 en
las arcas fiscales y en la posesión de moneda extranjera.

71 Holtey, Joseph Charles, op. cit.: 155.

52
iii
Forja del sindicalismo revolucionario y
clasista
A principios de 1944 las tensiones sociales se habían agravado en
Bolivia y el panorama político mostraba una gran polarización en-
tre fuerzas antagónicas de la oposición y el Gobierno de Gualberto
Villarroel. No cabían, al parecer, opciones intermedias o posibilidades
de negociación entre el reformismo civil-militar y los poderes políti-
cos y económicos tradicionales. La prensa atacaba continuamente al
Gobierno de Villarroel y una parte de la izquierda marxista no cesaba
de calificarlo de nazifascista. La Segunda Guerra Mundial aún estaba
en curso y la Unión Soviética estaba asociada con los Estados Unidos
y, por tanto, quienes seguían la línea de Josef Stalin en Bolivia creían
su deber aliarse con la derecha frente a un Gobierno que, si bien tenía
rasgos autoritarios, como se verá más adelante, ampliaría la esfera de-
mocrática a un espacio nunca antes alcanzado en Bolivia. Por su parte,
los grupos obreros organizados habían mostrado su fuerza en las calles
y su capacidad de movilización; de ahí que cada bando pugnara para
atraerlos a su vereda (o al menos neutralizarlos) y con su concurso de-
finir la coyuntura política a su favor.
El mnr, ya fuera del Gobierno pero apoyándolo, se dedicó a organi-
zar y ampliar su base social. Entre el 27 y el 29 de abril realizó en La
Paz su Primera Convención Nacional a fin de definir su línea política
en la coyuntura. En su intervención, Paz Estenssoro definió el rol de
la nueva tienda política con la pretensión de dotarla de una autonomía
relativa respecto al Estado, considerando que este estaba capturado
por los intereses particulares de los empresarios mineros:
Hay una diferencia entre el régimen anterior y el actual: que el anterior
estaba al servicio de las empresas y contra los trabajadores; y el actual ya
no es sirviente de los Patiño, Aramayo y Hochschild, sino una esperanza
para el pueblo. El mnr, en el Gobierno y en el llano, está contra la rosca que
representa la explotación del pueblo.

53
VILLARROEL: un anhelo truncado

Luego arremetió contra el capitalismo minero, al que acusó de em-


pobrecer a Bolivia.72
Por su parte, la oposición daba también pasos para afianzarse e
incidir en el curso político. El 24 de mayo se estructuró la “Unión
Democrática Boliviana”, compuesta por el pir, el Partido Socialista, el
Partido Republicano Genuino y el Partido Republicano Socialista, una
extraña amalgama entre sectores de izquierda y conservadores, cuya
misión principal era la “extirpación del Nazifascismo”, la “constitucio-
nalización del país” y el “respeto a las libertades sindicales”.73

Tejiendo la fstmb

En ese marco, era comprensible la imperiosa necesidad del mnr de


aglutinar al único sector laboral que tenía masivamente a su favor.
Enlazando los requerimientos históricos y la experiencia política de los
sindicatos mineros de contar con una sola entidad matriz, dio origen,
como la consecuencia más lógica en el Congreso realizado en Huanuni,
a la fundación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de
Bolivia (fstmb).
Al acontecimiento, celebrado entre el 10 y el 13 de junio de 1944,
asistieron 19 delegaciones laborales.74 El número, sin embargo,
es impreciso. Otras fuentes afirman que fueron 25 las representa-
ciones. En la prensa se registra como asistentes a los sindicatos de:
Colquiri, Llallagua, Chojlla, Pacuni, Urania, Unión, Milluni, Pulacayo,
Morococala, Metalúrgicos de Potosí, Cajchas de la Unificada, Cajchas
y Palliris de Potosí, Compañía Minera de Oruro, Viloco, Huanuni, Siete
Suyos, Machacamarca y Santa Fe.
No puede negarse que el mnr, si solamente se mira la coyuntura
de esos meses, tuvo a no dudarlo un papel descollante en la organiza-
ción del evento y en lograr la benevolencia gubernamental. Empero,
si se cambia de perspectiva y se mira los mismos sucesos de junio de
1944 desde la perspectiva de larga duración, advertimos que este cul-
minaba más bien en la acumulación histórica minera iniciada desde
los años veinte con la conformación de Federaciones y Ligas Obreras,

72 La Calle, La Paz, 30 de abril de 1944. Citado en Antezana Ergueta, Luis, 1987,


t. 3: 581-590.

73 Ibid.: 604-606.

74 La Calle, La Paz, 15 de junio de 1944.

54
Forja del sindicalismo revolucionario y clasista

apuntalada, además, por la experiencia sindical de fines de los años 30


y los albores de los años 40. En rigor, si el mnr pudo contribuir me-
diante sus activistas a “crear” con relativa facilidad la fstmb y su red
sindical fue porque contó con la ventaja de las favorables condiciones
de recepción para su discurso y práctica sindical, históricamente ya
establecidas en varias décadas de lucha obrera.
En la convocatoria al Congreso se establecieron sus objetivos y prio-
ridades:
a. Fundación de la Confederación Nacional de Mineros, con el funciona-
miento de una Secretaría Permanente que, posiblemente tendrá como
sede la ciudad de Oruro, y que será encargada de la tramitación legal
de todos los asuntos o conflictos que tuvieran los sindicatos ante el
Supremo Gobierno o bien ante las empresas productoras.
b. Fijación del 2l de diciembre como “Día del Trabajador Minero”, en con-
memoración y homenaje a la masacre de Catavi.
c. Ejecución del contrato colectivo, conquista que se halla ya legislada en
el Código Busch en actual vigencia y que, sin embargo, hasta la fecha no
ha sido puesta en práctica.
d. Precios de pulpería uniformes en todos los distritos mineros de la
República con salarios mínimos también unificados en todas las empre-
sas.

Como puede observarse, fuera del primer enunciado que es organi-


zativo, los otros tres tienen que ver con la cotidianidad y la reproduc-
ción de la vida del proletariado minero.
Uno de los principales impulsores de la reunión sindical fue Emilio
Carvajal C. que, como se señaló, era empleado (quizá tenedor de li-
bros) de la Gerencia de la Bolivian Tin & Tungsten Mines Corporation
(Tinco) con sede en Huanuni. Fungía de alto dirigente del Sindicato
Mixto de Obreros y Empleados de esa empresa y militante (algunos
afirman que solo simpatizante) del mnr. Carvajal y otros dirigentes,
como Nicanor Villalba y Roberto Loma, coadyuvados por Adán Rojas
de Colquiri y Roberto Murguía de Urania,75 recorrieron varios distritos
mineros alentando su presencia en la reunión de Huanuni. Hallaron
en ellos un cierto desorden organizativo y político. En algunos casos
tropezaron con problemas, como en Potosí, donde la policía de la com-
pañía minera los arrestó por unas horas.

75 El Diario, La Paz, 23 de mayo de 1944.

55
VILLARROEL: un anhelo truncado

Lo significativo fue que el Congreso de junio de 1944, realizado en


un ambiente favorable y sin la conocida represión gubernamental que
en el pasado había desbaratado, la mayor parte de las veces con sangre
obrera, los intentos de organización de los trabajadores mineros, se
configuró una dirección sindical digitada por el aparato burocrático
del mnr, confirmando el ciclo iniciado en la post guerra del Chaco,
caracterizado por la intromisión externa y partidaria en el mundo del
trabajo. Claramente, el nacionalismo revolucionario requería, para
afianzarse en la arena política, del sustento de sectores laborales. En
el pensamiento de esta organización política, el sindicato fungía como
simple apéndice del Estado-Partido y, a lo sumo, de interlocutor de las
reivindicaciones laborales dentro de una alianza interclasista conduci-
da por la clase media, mientras se reservaba para el sistema político y
el Estado el rol y el derecho a ejercer la gran política.
El emergente sindicalismo minero quedaría así marcado por un dis-
curso y una práctica que se limitaba a plantear sentidas reivindicacio-
nes en el estricto campo salarial o asistencial, sin ingresar nítidamente
en la esfera política de la lucha de clases.
Las principales conclusiones del Congreso fueron:
1. Declaración del 21 de Diciembre como día del trabajador minero, en
homenaje a las víctimas de la masacre de Catavi.
2. Protesta por el no reconocimiento al Gobierno de Gualberto Villarroel
por los ee.uu.
3. Demanda de indemnización a favor de los dirigentes perseguidos a raíz
de la huelga de Catavi de 1942.
4. Iniciativa en materia de política social, como el establecimiento del con-
trato colectivo de trabajo, la escala móvil de salarios.

Al final del Congreso, se eligió la primera directiva de la f.s.t.m.b.


Quedó integrada de la siguiente manera: Emilio Carvajal (secreta-
rio general), Arturo Ruescas (secretario de relaciones), Juan Lechín
Oquendo (secretario permanente), Nicanor Burgoa (secretario de ha-
cienda), Mario Torres (secretario de actas), Juan Rodríguez (secretario
de agitación y propaganda), Cesar Toranzo Valderrama (secretario de
conflictos)76, Luis Benavides (organización sindical), Antonio Gaspar
(secretario de deportes) y Pío Nava (vinculación femenina).
Lo significativo del caso es que ninguno de quienes ocuparon
las tres principales carteras, Carvajal, Ruescas y Lechín, laboraban

76 Trabajador de la mina de Milluni, que laboraba en el Ministerio de Trabajo.

56
Forja del sindicalismo revolucionario y clasista

propiamente como mineros de socavón o de ingenio. Carvajal era


oficinista, Ruescas transportista de la Mina Unión (zona del Huayna
Potosí), propiedad de la Fabulosa Mines, y Lechín subprefecto de
Uncía. El carácter de Lechín y su desempeño como trabajador minero
servirán posteriormente para desatar una agria disputa con sus adver-
sarios quienes le negaron esa condición. Empero y según su propio
testimonio fue planillero, trabajador de almacén y finalmente perfo-
rista en la mina de Catavi, antes de ser designado como autoridad de
la importante población minera. Sus relaciones sociales con militantes
del mnr –conocía a Hernán Siles Zuazo, su compañero de estudios en
el selecto colegio Americano de La Paz– le sirvieron para dar este salto
a la burocracia gubernamental.
Se desempeñó con autonomía en un cargo donde los anteriores
Subprefectos figuraban en las planillas de las empresas mineras y aca-
taban sus órdenes como meros apéndices del dominio capitalista. El
Estado, en rigor, no tenía presencia ni autoridad en las minas, y qui-
zá tampoco deseaba hacerlo, en las poblaciones mineras, donde las
compañías controlaban y reglamentaban todos los aspectos de la vida
productiva y social. De ahí que el pequeño acto de Lechín de convocar
por la fuerza al gerente de la pmeci, fuera visto y valorado por los tra-
bajadores como desafío y un accionar de modo independiente frente a
un poder considerado abusivo y arbitrario.
El testimonio de Nelson Capellino, que luego integraría el directorio
de la fstmb, da cuenta de que efectivamente fue Siles Zuazo, importan-
te dirigente del mnr, quien envió una esquela a Carvajal para que in-
corporara a Lechín y Ruescas como delegados. Correspondió a Serafín
Rodríguez, líder de los mineros de Siglo xx, agregar a Lechín en su
comisión. Durante la votación para elegir al secretario permanente am-
bos empataron; Carvajal dirimió el empate a favor de Lechín. El terce-
to Carvajal-Ruescas-Lechin se complementaba con viejos luchadores
mineros como Serafín Rodríguez, secretario general del sindicato de
Siglo xx, Antonio Gaspar del Sindicato de Oficios Varios de Catavi y
Pío Nava de la Unificada de Potosí. Mario Torres Calleja, que pronto
cobraría un rol preponderante, provenía de la mina San José de Oruro.

Elecciones y golpes

La presencia de figuras como la de Carvajal y Ruescas se apagaría muy


pronto en el ámbito sindical. El primero fue electo diputado por el

57
VILLARROEL: un anhelo truncado

mnr de la provincia Dalence (Oruro) en los comicios del 2 de julio de


1944, y el segundo se hizo funcionario del Ministerio de Trabajo. Con
las elecciones, el régimen de Villarroel daba un paso hacia la recupe-
ración de la formalidad democrática. En los comicios, militantes del
mnr fueron recompensados por el voto minero agradecido por su aper-

tura a las demandas sociales y su apoyo a la (re)organización sindical.


Desplazaron a los militantes de la izquierda marxista agrupada en el
pir, que se empeñaba en combatir a Villarroel y adoptaban políticas

acordes a los intereses continentales de la urss. En las concentraciones


mineras ganó Augusto Céspedes, periodista e ideólogo del mnr, electo
por Bustillos, sede de Siglo xx, Llallagua y Uncía. Lo propio ocurrió
con Félix Eguino Zaballa, un antiguo izquierdista ligado ahora al mnr,
por Pacajes, influida por la mina de cobre de Corocoro.
A nivel nacional, el oficialismo obtuvo un importante triunfo, pues
el mnr y los aliados del Gobierno se alzaron con 66 representantes
contra 40 de la oposición; mientras que los independientes sumaban
31; resultados que en apariencia consolidaron a Villarroel, quien el 4
de agosto fue designado por la Convención Nacional como Presidente
Constitucional. Su triunfo no cambió empero la visión y calificación
de sus enconados enemigos. Para sus rivales, Villarroel representaba el
autoritarismo a ser derrotado y un peligro para su dominación; para
los adherentes del militar, su política antioligárquica era una esperan-
za de liberación y redención social. Y entre estas dos visiones polares
no existía un punto de encuentro o negociación; la confrontación sin
tregua estaba servida.
El regreso del Parlamento a sus habituales lides en la política no im-
pidió, empero, que el estigma autoritario que acompañaba al Gobierno
de Villarroel desapareciera. Tampoco favoreció la circunstancia de una
serie de actitudes de fuerza ocurridas, si no con el beneplácito guberna-
mental, al menos con su condescendencia, pues las investigaciones no
prosperaron. La madrugada del 9 de julio de 1944, apenas finalizada
la elección, se atentó contra la vida de José Antonio Arze, que fuera
candidato del opositor pir y senador electo, hiriéndolo en el cuello y un
pulmón, cuando se retiraba a su domicilio en La Paz. Permaneció mal
herido varios días en La Paz; luego fue trasladado a los Estados Unidos.
Tras su recuperación, retornó a Bolivia en julio de 1946.
Días más tarde, el domingo 30 de julio de 1944, el potentado mine-
ro argentino de origen judío Mauricio Hochschild y su gerente Adolfo
Blum fueron secuestrados también en La Paz. Su empresa ofreció una

58
Forja del sindicalismo revolucionario y clasista

recompensa de un millón de bolivianos a quien dé con su paradero y


lo retorne a su hogar. El empresario fue condenado a muerte. A du-
ras penas ambos fueron liberados el 16 de agosto por mediación de
Villarroel, y a cambio de un jugoso rescate que fue entregado de forma
misteriosa al parecer a los captores directos.77
Más tarde se sabría que los mentores intelectuales del plagio fueron
integrantes de la logia radepa o, si se quiere de su ala más dura, y en
especial el capitán Jorge Eguino, director de la policía junto con el
capitán José Escobar, que ostentaba el alto puesto de Jefe de Policía.
Para los editores del periódico Los Tiempos estas medidas de fuerza
eran pruebas suficientes de que el mnr, sustento doctrinal del régimen
militar, era indiscutiblemente un partido saturado de nacionalsocialis-
tas de Mussolini y Hitler.78 El propio presidente Villarroel quedó cali-
ficado en las páginas del matutino de ejercer un “Gobierno de odio”,
pues atacó sin pausa ni tregua a un trío de adversarios compuesto por
la “Rosca”, los partidos tradicionales y el rival político de turno.79 Es
decir que, a sus ojos, fungía como una suerte de réplica hitleriana, pero
con rostro y características locales.
La oposición, por su parte, conspiraba y usaba también todos los
resquicios posibles, unos legales y otros no tanto, para ver cómo des-
hacerse del régimen. En sintonía con Los Tiempos, desde la prensa de
La Paz, particularmente desde La Razón, se atacaba al Presidente y
sus aliados haciéndose eco también del rumor anónimo, los panfletos
o pintadas en las calles, para demonizar al Gobierno. En ese agitado e
inestable clima, para sus rivales, Villarroel, como se dijo, representaba
el autoritarismo a ser derrotado en Bolivia y el orbe, mientras que para
sus adherentes su política antioligárquica era una esperanza de libe-
ración y redención social, sin ninguna posibilidad de acercar ambas
visiones.
El 19 de noviembre, la violencia llegó a su punto más alto, cuando
fracasó un golpe de Estado en el que estaban comprometidos militares
y civiles de los partidos tradicionales; en ese momento también se acu-
só al pir, extremo que fue negado por sus dirigentes. Debió iniciarse en

77 Adrian, Luis, Secuestro Hochschild. Blum, Adolf, Bolivian incident. https://


archive.org/details/moritzhochschild, La Razón, La Paz, 10 de septiembre de
1946.

78 Los Tiempos, 1 de septiembre de 1949.

79 Id.

59
VILLARROEL: un anhelo truncado

Oruro, liderado por los coroneles Ovidio Quiroga y Melitón Brito y los
civiles Armando Rengel y Héctor Díez de Medina, pertenecientes a sec-
tores de la elite boliviana. Tenían planeado que se extendiese por todo
el país, pero no logró apoyo y fue desmantelado antes de consolidarse.
Como respuesta, nunca se sabrá si con aquiescencia presidencial,
integrantes oficialistas asesinaron en Challacollo (Oruro) y Chuspipata
(La Paz) a nueve opositores, tanto civiles, como militares, vinculados a
familias de la élite, acentuando el temor en su seno. Por primera vez en
la historia boliviana, como diría más tarde Juan Lechín, “los muertos no
eran del lado de los pobres”. Durante décadas los propietarios de minas
y haciendas habían usado ese poder del Estado para perseguir, sancio-
nar y suprimir a quienes osaran desafiarlos. Desde aquel noviembre de
1944, una sensación de desamparo, fragilidad y deseo de venganza se
apoderó de los opositores; aquella extraña mezcla de eximios derechis-
tas y desorientados izquierdistas algo atemorizados, que no cejaron en
su resistencia, por el contrario la incrementaron conscientes de lo que
ahora se jugaban: sus vidas, sus minas y sus haciendas.
Quizá por ello, asumiendo que se venía una ofensiva el Gobierno
necesitó y recibió nuevas muestras de apoyo en los centros mineros.
La conformación de la fstmb, colaboró en dar un sentido de identidad
y fortaleza a los trabajadores mineros que ahora además podían rela-
cionarse con el poder político, en una situación inédita. Los conflic-
tos arreciaron, aunque con la intervención de la recientemente creada
fstmb y las autoridades del ministerio de Trabajo, fueron menguando

los hechos de violencia. El 30 de octubre, por ejemplo, los trabajadores


de Colquiri solicitaron un incremento de salarios del orden del 60%,
la construcción de viviendas y la organización de un servicio de sa-
lud, entre otras solicitudes. El 22 de enero de 1945, con la presencia
de Carvajal y Lechín y dos diputados afines al Gobierno, cerca de un
par de millares de mineros “improvisaron una manifestación de apoyo
y adhesión decidida al Gobierno del Tcnel. Villarroel y al mnr.”80 El
2 de febrero, tras un laudo arbitral, el poder ejecutivo estableció un
reajuste salarial entre el 5% y el 25%, que atendía, aunque fuera par-
cialmente, las otras demandas. Los acuerdos no lograron contener la
protesta, de modo que el mismo viernes 2 estalló la huelga. A diferen-
cia de lo que ocurría en el pasado reciente, cuando predominaba una
tendencia a la espontaneidad y la acción directa, el Sindicato planificó

80 El Diario, La Paz, 23 de enero de 1945.

60
Forja del sindicalismo revolucionario y clasista

la movilización y organizó comisiones de control. Al día siguiente arri-


baron Carvajal y Lechín, los que según la prensa opositora tuvieron un
desempeño preponderante, activo y eficaz. La fstmb lograba colocarse
como un intermediario creíble entre los trabajadores y el Gobierno.
Este por su parte, accedió a un incremento mayor al previsto por la
empresa, que fluctuó entre el 20 y el 10 por ciento, según la categoría
de trabajador. A las 7 de la madrugada –primera punta– del día 6 de ese
mes de febrero los mineros regresaron al trabajo.81 La calma no volvió,
sin embargo, a los campamentos mineros, pues las situaciones críticas
y confrontaciones con las empresas persistieron. En abril, en las minas
de Japo, Colquechaca y Morococala, se produjo un lock out patronal y
el despido de los trabajadores. Los mineros ocuparon esta última mina.
En mayo, en la Patiño Mines se produjo otro conflicto por incremento
de salarios, que fue resuelto con la mediación de la fstmb.
Aunque mediante el diálogo el Gobierno amenguaba los conflictos
en las minas, las disputas sociales y políticas se hicieron aún más duras
en la sociedad civil y las posiciones políticas se revelaron una vez más
irreconciliables.82 En enero de 1945, el mnr, para reforzar al cuestio-
nado Villarroel, había retornado al poder ejecutivo del que se había
alejado a principios del año anterior, ocupando esta vez tres ministe-
rios. El de Economía quedó a cargo de su principal dirigente, Víctor
Paz Estenssoro. Entre tanto, los opositores, agrupados en el Frente
Democrático Antifascista (fdb), en el que se incluía el pir, no cejaban
en desacreditar al régimen y sus altos funcionarios; había en sus filas
–por qué no decirlo– un ánimo de venganza por lo acaecido en noviem-
bre. El poder ejecutivo, por su parte, pretendía desbaratar y silenciar
a sus adversarios y, para contrarrestarlos, promovía nuevos pactos con
los sectores subalternos, tradicionalmente excluidos de la escena polí-
tica y además repudiados por los partidos tradicionales y los sectores
dominantes, desde que en 1825 se fundó la República de Bolivia.

81 El Diario, La Paz, 7 de febrero de 1945.

82 Los Tiempos, Cochabamba, 3 de abril de 1945.

61
iv
El mundo indígena
Así como la fundación de la fstmb fue un hito en las tradicionales y
autoexcluyentes relaciones del Estado con los mineros, para la clase
campesina, fue la convocatoria, desde esferas oficiales, al Congreso
Indigenal celebrado en mayo de 1945, al cual concurrirían delegacio-
nes de todos los departamentos de Bolivia; vuelco sin precedentes que
generó amplias expectativas entre el sector campesino e indígena. Era
la primera vez que desde el Estado se aceptaba abordar temas relativos
a la secular situación de opresión, explotación y exclusión de las em-
pobrecidas zonas rurales, las mismas que en la república aristocrática
nunca habían sido integradas en las políticas de reconocimiento estatal
o de ciudadanía. Más que una mera iniciativa gubernamental paterna-
lista –que sin duda también existía–, el Congreso aparecía como la cul-
minación de las luchas e intentos de organización de los trabajadores
del campo que, como se vio, se fueron desarrollando desde el fin de la
guerra con el Paraguay y aún antes, de las ancestrales demandas por el
reconocimiento de derechos, que provenía de siglos atrás.
La inauguración del Congreso, convocado este para “resolver cues-
tiones propias sobre la situación, vida, trabajo y educación del indio”,
fue inicialmente prevista para el 25 de diciembre de 1944, fecha de
Navidad. Luego se postergó para el 2 de enero de 1945, día de la Virgen
de la Candelaria a quien Luis Ramos, Secretario General del Comité
Organizador, veneraba. Finalmente, tampoco pudo celebrarse en esa
fecha y se volvió a postergar sine die.
La prórroga de la reunión, generó inquietud entre indígenas y cam-
pesinos ante la posibilidad de que fuera suspendido definitivamente y
que los latifundistas retomaran el control de la política agropecuaria.
Una extensa e intensa ola de rumores y protestas se extendió por toda
la región de Cochabamba y el resto del país. El 24 de enero se infor-
mó que los indígenas de Ventilla, Tacopaya y Bolívar, en las alturas
de Cochabamba, convencidos de que el Gobierno “apoyará la absoluta
desobediencia […] y el incumplimiento de toda obligación”, iniciaron

63
VILLARROEL: un anhelo truncado

una huelga de brazos caídos. En el Altiplano de La Paz se reproduje-


ron situaciones similares. En Peñas se denunció que el cacique Willca
–sugestivamente el mismo nombre del dirigente de la sublevación de
1899– recorría fincas y comunidades recaudando 20 bolivianos para un
juicio contra los hacendados.
Los que en breve serán desplazados y todas las fincas serán comunidades
y hay que volver al tiempo de los incas en que no había españoles que hoy
no deben haber blancos bajo cuya idea surge la alarma de que atacarán los
pueblos.83

El ambiente social se tensó. A principios de febrero, el “Comité de


Propietarios” de la provincia de Tapacarí (Cochabamba) denunció,
apelando a un tema atávico, que se preparaba una sublevación indi-
genal “para exterminar gente blanca”. El 5 de marzo se insistió que
en el Cantón Ramadas, de la misma jurisdicción, que indígenas desa-
rrollaban “labores disociadoras” en sentido de que “las tierras deben
ser repartidas” e incitando (a los colonos) “a no trabajar de acuerdo
a las costumbre establecidas”.84 Por los mismos días, en la propiedad
Chacapaya, provincia de Quillacollo, se produjo una huelga de “brazos
caídos”. En el otro extremo del departamento, la situación era similar:
caracterizada por la inestabilidad y la protesta de los colonos. El 23
de marzo, la Prefectura del Departamento conoció la denuncia desde
Mizque de que varios “elementos indígenas” realizaban la recolección
de colectas o “ramas” con “objeto de subvertir el orden público.”85 El
4 de abril se tuvo que enviar a Leque, Tapacarí, una fuerza de 13 ca-
rabineros para “asegurar la vida de propietarios”. En la hacienda de
Uchu-Uchu, alturas de Quillacollo, ocurrió lo propio para enfrentar
una paralización del trabajo campesino.
Finalmente, en medio de esas protestas que amenazaban con subir
de tono y estallar en belicosas protestas, el poder ejecutivo dio la fecha
definitiva: el 10 de mayo, no sin antes afrontar una sistemática arreme-
tida de los trabajadores agrarios con el fin de presionarlo. En efecto,
mientras el Gobierno vacilaba, los indígenas impulsaban la ejecución
del Congreso mediante el Comité Indígena Nacional (cin), fundado en

83 alp/ep, caja 466. Mendieta, Pilar, 2007: 225.

84 Capitán Guillermo Ariñez al Prefecto del Departamento de Cochabamba, 5 de


marzo de 1945, ahpd, Archivador Prefecturas 1945.

85 Telegrama No. 1137/45. “3 de marzo de 1945”. ahpc, Archivador Prefectura


1945.

64
El mundo indígena

Oruro en 1939. En Cochabamba, entre sus miembros, y ocupando el


importante cargo de secretario general, destacaba la figura del ya alu-
dido Luis Ramos Quevedo, alias el Rumisonqo –corazón de piedra, en
quechua–. Dionisio Miranda, indígena de 60 años, jugó igualmente un
papel descollante.
Ambos dirigentes eran oriundos de la estancia Chacapaya, en las
alturas del Cantón Sipe Sipe, aunque procedían de un origen social
distinto: el primero, de un hogar pequeño propietario (aunque algunas
fuentes afirman que trabajó casi siete años en un latifundio) y el segun-
do, colono de hacienda de 60 años, que había participado junto con
Ramos organizando a los campesinos e indígenas en varias haciendas.
Otras fuentes señalan que Ramos, descrito como de “lentes amarillos y
aspecto proletario”,86 probablemente era un mestizo y profesor de es-
cuela. Ramos contaba con contactos estratégicos en las ciudades; con
militantes y abogados de izquierda. Sus alianzas se extendían más allá
de Cochabamba e incluía a trabajadores mineros, que en esos mismos
años, como se señaló, empezaban a estructurar un sindicalismo de cor-
te radical, con la fundación en 1944 de la fstmb.
Ramos participaba igualmente de la red de caciques-apoderados de
La Paz, integrada también por el emblemático dirigente aymara Santos
Marka Tola, y con quienes planificaban acciones conjuntas. La articu-
lación consistía en emprender una lucha de carácter legal en demanda
de la restitución de las tierras comunales, despojadas tras la Ley de
Exvinculación. Su estrategia, usando los resquicios de la ley liberal,
consistía en obtener en el Archivo Nacional de Bolivia (Sucre) y dis-
tintas notarías, documentos de origen colonial que avalaran que tales
tierras fueron compuestas o compradas a las autoridades españolas.
Así, al rechazar implícitamente la legislación republicana, se reafirma-
ba el derecho de las comunidades indígenas. Por ejemplo, durante los
conflictos ya señalados en la hacienda de Sacabamba, uno de los cabe-
cillas, Valentín Camacho, aseguraba que disponía de papeles desde la
época del imperio incaico y que, por el derecho que emanaba de ellos,
los terrenos pertenecían a los colonos indígenas.
Por su parte, Ramos, quien se había autodefinido simbólicamente
como “un pongo de los indígenas” para subrayar que les servía y que no
se servía de ellos, hacía circular un pequeño periódico en el cual pre-
sentaba un programa de reformas y donde se lo veía con el presidente

86 El País, Cochabamba, 9 de febrero de 1945.

65
VILLARROEL: un anhelo truncado

Villarroel, lo que proporcionaba un halo de autoridad a su publicación.


Ramos no era ajeno en todo caso al propio aparato de Gobierno, pero
sus objetivos de transformación iban mucho más allá de los limita-
dos objetivos nacionalistas. Desde Oruro, enviaba pronunciamientos
e instrucciones a los indígenas de toda la república, aleccionándolos
a participar en la reunión y dando instrucciones sobre cómo elegir a
los delegados.87 Ramos señaló que antes de concurrir al Congreso, los
delegados debían realizar reuniones “entre los compañeros de la ha-
cienda y la comunidad”. Cada una de ellas debía enviar dos delegados,
y cada uno de ellos debía concurrir “con su mujer”,88 en clara alusión
a la complementariedad andina hombre-mujer expresada en el chacha
warmi.
La concepción política de Ramos se hallaba contenida en su trilogía
de “Tierra, libertad y civilización”. La primera, en obvia referencia a
una futura reforma agraria; la segunda, por la anulación del régimen
colonial y, la tercera, finalmente, por la difusión de la escuela y la ad-
quisición de conocimientos modernos, sin descuidar la presencia de la
tradición. En efecto, el “Comité Indigenal Bolivia”, del que, como se
señaló, Ramos era secretario general, postulaba que en la escuela al
estudiante indígena “se le enseñe castellano, sin descuidar llevarle al
perfeccionamiento de la lengua nativa”.89 Ramos se las ingenió tam-
bién para falsificar credenciales de delegados al Congreso y así intentar
burlar el control oficial. A mediados de marzo, intentó, como en otras
oportunidades, trasladarse a La Paz de forma clandestina, aunque fue
detectado por las autoridades gubernamentales. El 27 de ese mes, es-
tas informaron al prefecto de Cochabamba, coronel Alberto Arauz, que
Ramos pasó por Tapacarí “disfrazado de Indio, muy bien custodiado;
indígenas pasaban de 500.”90 Antes de partir dejó instrucciones en va-
rias haciendas: que cesaran sus trabajos hasta que se desarrollara el
Congreso. Miranda, por su parte, antes de trasladarse a La Paz dejó ins-
trucciones similares de paralizar el trabajo, mientras por esos mismos
días, acompañado de 15 “cabecillas indígenas” partió hacia el impor-
tante acontecimiento. Ramos no pudo participar en las deliberaciones
del Congreso. Fue detenido en la ciudad de La Paz a fines de abril,

87 Choque Canqui, Roberto, 2005: 119-110.

88 El País, Cochabamba, 31 de enero de 1945.

89 El País, Cochabamba, 16 de febrero de 1945.

90 Telegrama 748/45. Prefectura No 45J. ahpd.

66
El mundo indígena

acusado por el Gobierno “de agitación con eslóganes extremistas”. Lo


desterraron al Beni, de donde habría huido a Brasil. Su rastro desapa-
reció en los años posteriores, aunque se dice que retornó a sus labores
sindicales en el seno de la Federación Obrera Local de La Paz. En 1947,
presentó al iv Congreso de Trabajadores Mineros, reunidos en la mina
de Colquiri, un documento titulado “La salvación de Bolivia y la felici-
dad del Pueblo”. Murió en 1974.
Cochabamba acreditó cerca de sesenta delegados, entre colonos y
comunarios. No hay constancia de cómo fueron electos estos repre-
sentantes, pero no se advierte una manipulación gubernamental, por
lo que es altamente presumible que representaran efectivamente a sus
bases y mandantes. La Prefectura del Departamento les entregó cre-
denciales, pero cuidó celosamente que ningún otro representante no
autorizado por ella llegara hasta La Paz. Por ejemplo, en Capinota,
a unos 40 kilómetros de la ciudad capital del departamento, posible-
mente en la estación del tren, fueron arrestados seis indígenas cuando
intentaban viajar sin credenciales hasta la sede del Gobierno Nacional.
Otros fueron impedidos en La Paz de ingresar a las deliberaciones adu-
ciendo que no eran delegados o delegadas.

Impacto, consecuencias y efectos del Congreso Indigenal


En un clima de dudas y presiones, el 10 de mayo de 1945 se inauguró
en La Paz el Primer Congreso Indigenal, que se extendió hasta el 15
del mismo mes. La reunión congregó a unos mil delegados de todo
el país y permitió desde el Estado, que asistió a la inauguración con
sus altos dignatarios, bosquejar una política de reconocimiento de los
pueblos indígenas al estatuto de la nación. Villarroel, en un mensa-
je en castellano, quechua y aymara, cargado de simbolismos y remi-
niscencias, enarbolaba por primera vez durante la era republicana un
discurso paternalista para los campesinos e indígenas, proponiéndoles
una inédita alianza entre ellos y el Estado. El discurso oficial mezcla-
ba, por una parte un llamado a su incorporación, bajo tutela estatal,
a la moderna esfera de la ciudadanía, negada hasta entonces por la
democracia censitaria restringida prevaleciente, en la cual el indíge-
na carecía en la práctica de derechos políticos. “El campesino –afirmó
Villarroel en la inauguración– es igual hijo de esta bandera (la bolivia-
na) como cualquier hombre de esta tierra y como hijo ha de ser tratado
por el Gobierno”. El presidente enarboló, por otra parte, el recuerdo

67
VILLARROEL: un anhelo truncado

bondadoso del pasado incaico, de la tradición indígena y levantó la


trilogía del “Ama Sua, Ama Llulla y el Ama Quella”, como un código de
conducta colectiva.
En su discurso de respuesta, el presidente del Congreso, Francisco
Chipana Ramos, perfiló el marco de la posición campesina e indígena,
y su identidad:91 “Somos hijos del Inca y como tal debemos hablar”.
Luego de siglos de silencio y exclusión por parte de la esfera oficial,
Chipana Ramos, un indígena aymara de 29 años, oriundo del cantón
Escoma (provincia Camacho) y ex combatiente de la guerra del Chaco,
continuó señalando que aspiraban a una revolución, la que con fuer-
za, describió “como el viejo cóndor de los altos cerros con su pena-
cho blanco y que nos ha de cobijar a todos con sus poderosas alas.”92
También diría, que “ahora no ha de permitirse más abusos de nadie
contra nadie.”93 Concluyó reclamando la mecanización del agro y es-
cuelas –una antigua demanda indígena– para leer y escribir.94
Las deliberaciones durante cuatro plenarias que sesionaron por las
tardes se realizaron en castellano, aymara y quechua. En ellas se pre-
sentaron las ponencias, peticiones y trabajos, una vez realizado el in-
forme de las comisiones respectivas. El grueso del debate se centró en
la educación y el fomento de la actividad campesina.95
La prensa fluctuó entre el paternalismo y el franco rechazo. La Calle
(La Paz), que apoyaba al Gobierno de Villarroel, trató de reducir el
impacto sobre la clase dominante y media criollas e incluso en ciertos
sectores obreros educados en el temor y rechazo atávico al mundo in-
dígena. Prueba de ello es que las familias consideradas de alcurnia de
La Paz guardaron sus joyas y platería en lugares seguros y buscaron
recónditos lugares donde esconderse. Exactamente la misma actitud
que su antecesores y antecesoras tomaron durante los cercos indígenas
de 1781, 1811 y 1814. Sin duda, el racismo presentaba una continuidad
de larga duración. El matutino presentó a los hombres y las mujeres
protagonistas del Congreso como un grupo “ordenado y pintoresco”,

91 Los Tiempos, Cochabamba, 13 de mayo de 1945.

92 Rocha, José Antonio.

93 La Calle, La Paz, 11 de mayo de 1945.

94 El Diario, La Paz, 11 de mayo de 1945.

95 Choque Canqui, Roberto, 2005: 115.

68
El mundo indígena

“sobrios y disciplinados; tan educados como los ingleses”.96 En con-


traste, el conservador y opositor Los Tiempos (Cochabamba), que cu-
brió abundantemente las deliberaciones del Congreso, manifestó su
escepticismo por los resultados y los descalificó porque, afirmó, pro-
cedían de políticos profesionales y no de indígenas de carne y hueso;
además de que carecían de nociones y sustento técnico: “La voz del
indio no se ha dejado escuchar en este congreso. Las discusiones han
sido vaciadas en un molde de superficialidades, que tiene su origen en
asesores letrados”.97
El día de la clausura, el 15 de mayo, el Gobierno presentó cuatro de-
cretos, con los números 318, 319, 320 y 321, que no afectaban a la pro-
piedad de la tierra y buscaban suavizar las relaciones coloniales de ex-
plotación de la fuerza de trabajo indígena. El cuarteto de disposiciones,
a tono con las resoluciones del Congreso, pretendía normar las relacio-
nes entre patrones y colonos, para evitar abusos y limitar el excedente o
renta extraída de la fuerza de trabajo indígena. En sus principales pun-
tos, los decretos prescribían que ni los colonos ni sus familias estaban
ya obligados a prestar trabajos ajenos “a las faenas propiamente agrope-
cuarias sin su previo consentimiento y justa remuneración”. Tampoco
las autoridades militares, eclesiásticas y gubernamentales podían obli-
gar a los indígenas a “prestar servicios gratuitos”. La jornada de trabajo
obligatorio y gratuito que los colonos entregaban a los hacendados no
podía exceder de 4 días a la semana. Los colonos tampoco podían ser
enviados, contra su voluntad, a trabajar en otras haciendas distintas a
aquellas donde vivían, práctica por entonces muy corriente.
El pir descartó y repudió los resultados de la reunión:
“El Gobierno de Villarroel, actuando con la demagogia habitual al nazifas-
cismo, se apresuró a propiciar un congreso indígena […] pero el congreso
no dio a los campesinos ni la más remota esperanza de que sus demandas
serían satisfechas, pues el Gobierno, lejos de constituirse en el propulsor de
las reivindicaciones campesinas, como había pretendido hacer creer en rei-
teradas ocasiones, actuó como obstáculo para las mismas e impidió que los
delegados indígenas tuvieran el más leve contacto con la prensa y dirigentes
políticos.”98

96 Mendieta, Pilar, 2015: 226-227.

97 Los Tiempos, 16 de mayo de 1945.

98 El Siglo, 21 de septiembre de 1945, citado en Fernández Abara, Joaquín:


2013:16.

69
VILLARROEL: un anhelo truncado

En sus escritos, Arze fue contundente al señalar que las medidas


no anularían “la miseria feudal de los Indios”. Otro tanto salió de las
páginas de Ricardo Anaya, descalificando al “demagógico” acto reali-
zado para evitar una eclosión y que fue regulado por el Gobierno para,
abandonando la “cuestión de la tierra”, conciliar y regular las relacio-
nes “entre patrones e indígenas colonos.”99 De manera ciertamente ex-
traña, ambos dirigentes no tenían reparos en concordar a la vez para
formar un frente con los terratenientes e intentar el derrocamiento de
Villarroel.
Aunque los resultados del Congreso fueran limitados y reformistas,
pues se circunscribieron a anular las formas más groseras y ominosas
de la explotación indígena, produjeron una mayor desafección de la
élite criolla contra Villarroel y el mnr. La sola mención de los cambios
que se anunciaban para liberar a las clases oprimidas de las formas más
terribles de sumisión, produjo una fuerte resistencia de los hacendados
organizados. Por ejemplo, la “Federación Rural de Cochabamba”, ad-
virtió que veía venir lo peor y que traducía en severos cuestionamien-
tos a la propiedad latifundista. En todo caso, el Congreso representó
un contrato entre Villarroel y los campesinos e indígenas y un tácito
reconocimiento de su cualidad de ciudadanos y ciudadanas, con todos
sus derechos.100 La situación era francamente inédita y fue interpre-
tada por los delegados y delegadas como una auténtica revolución y
como una señal que les permitía, amparándose en las disposiciones
alcanzadas, darles un sentido radical desde la perspectiva del mundo
indígena, que luego podría servir para desbordar los estrechos límites
en los que el Gobierno de Villarroel intentaba encajonarlos bajo un
manto paternal.
Por táctica o por acuerdo con el Gobierno militar, que para disipar
temores anunció que había “desechado toda idea sobre la reversión
de tierras”, los indígenas decidieron no incluir la demanda de tierras
en las deliberaciones del Congreso, el mismo que no emitió ninguna
resolución en ese sentido. Sin embargo, es posible documentar que for-
maba parte de los objetivos estratégicos de los trabajadores de los lati-
fundios y las comunidades. En efecto, en los documentos que Ramos
Quevedo hacía circular en las zonas rurales de Cochabamba, uno de los

99 Soliz, Carmen, 2012: 37-38. Según la autora, tampoco el pir apuntaba a una
expropiación de las tierras hacendales.

100 Shesko, Elizabeth, 2010: 5-10.

70
El mundo indígena

puntos capitulares era: “Que las tierras sean de los indios y todos los
terrenos vuelvan a las comunidades.”101

De regreso a la hacienda

En ese clima adverso, el retorno de los delegados, pese a que estaban


amparados por el Gobierno y la legitimidad obtenida tras la masiva
reunión, no fue fácil ni exento de persecuciones. Los patronos los
acosaron e intimidaron para que no transmitieran su experiencia al
resto de los indígenas y campesinos. Un ejemplo es lo acontecido con
Pedro Sejas Sánchez, colono de la hacienda Llocke Mayu, de la zona de
Tuti Mayu (Sacaba) en Cochabamba. Sejas denunció que por el “solo
hecho de haber asistido al Congreso Indigenal” su patrono Nemesio
Villarroel, con la complicidad del Intendente y Subprefecto, logró que
lo apresaran y lo encerraran por cuatro días sin alimentación. Acusó
igualmente al homónimo del presidente, de arrebatarle sus productos
agrícolas y que, finalmente, lo desahució de su parcela y lo expulsó de
la hacienda.102
La mayor parte de los delegados, sin embargo, lograron llegar en
pocos días sanos y salvos a sus residencias, y una vez allí difundieron
la buena nueva entre sus congéneres. En Cliza, por ejemplo, demora-
ron poco menos de tres días en retornar desde La Paz a su terruño na-
tal. De manera que el 19 de mayo, los representantes Emeterio Claros
(La Loma), Saturnino Obando (Huasacalle), Ambrosio Cortez y Pablo
Verduguez, declararon frente a la palpitante masa campesina que en el
Congreso habían: “Recibido instrucciones verbales del Presidente de la
República y ministros [y que] han venido a hacer suspender servicios,
pongueajes y mitanaje. […].”
El Subprefecto de la zona informó al respecto que estos y otros de-
legados cumpliendo aquel mandato, “recorren haciendas incluso sa-
cando a los servicios de [las] casa[s] de hacienda con amenazas”. Así
ocurrió cuando a pocos días de su retorno, Rufino Ureña, delegado de
Banda Abajo, se presentó en una hacienda donde afirmó a la asustada
propietaria “vengo a sacarlos a los pongos, que ya no existe.”103 En La

101 El País, Cochabamba, 9 de febrero de 1945.

102 “Ministro de Gobierno al Prefecto del Departamento de Cochabamba”, La Paz,


19 de julio de 1945. Prefectura No. 45J. ahpc.

103 Radiograma al Ministerio de Gobierno, 22 de marzo de 1945. Prefectura 45J.

71
VILLARROEL: un anhelo truncado

Paz ocurrió una situación similar en la hacienda Tocopa, ubicada en


la comarca de Copacabana. Su “patrón”, Vicente Mendoza López, ex
ministro de Busch, acusó a los delegados de propagar la sentencia de
que “había llegado la hora de recuperar sus tierras […] y que los blan-
cos o propietarios no tendrían derecho a un palmo más de terreno”.
En complicidad con autoridades locales civiles y militares, Mendoza
hizo arrestar a los dirigentes y confiscó documentos referentes a la
educación indigenal. Amenazante, señaló que se “reía del Gobierno de
Villarroel porque él era conocido en todos los países como gran señor
que era capaz de hacer lo que le convenía en gana.”104 En Inquisivi,
La Paz, en otra hacienda, dos colonos, Sebastián Mamani y Claudio
Fernández, a su retorno de La Paz señalaron a sus compañeros que
“solamente dos días deben trabajar para la hacienda y no como de cos-
tumbre […] y manifiestan que las fincas se volverán comunidades.”105
Aunque los propietarios lograron movilizar a su favor a las auto-
ridades locales tanto de provincia y de cantón para obligar a los indí-
genas a cumplir con las antiguas prestaciones, situaciones como las
descritas causaron pánico entre los racistas latifundistas. Si bien los
mencionados decretos no afectaban el núcleo del modo de producción,
cambiaban las reglas de juego en el espacio rural al empoderar a in-
dígenas quienes, asumiendo que por primera vez tenían el Gobierno
y la ley de su lado, desafiaban a los propietarios, alzaban la voz y se
negaban a trabajar en las condiciones anteriores y, al entender de los
terratenientes, preparaban una ofensiva mayor, cuya expresión en las
voces indígenas era la recuperación de tierras, anunciando que a los
blancos se les expropiaría aquellas que detentaban.
Este ambiente, mezcla de resistencia y ofensiva indígena, hizo que
los propietarios de tierras pusieran reparos y se aprestaran a defen-
der sus latifundios y la propiedad privada de la tierra. Reunidos en
Cochabamba como “Federación Rural” entre el 12 y el 20 de agosto
del año 1945, decidieron dirigirse al Gobierno con algunas reclamacio-
nes sobre las decisiones emanadas del Congreso Indigenal. Por ejem-
plo, argüían, que el trabajo de los campesinos en las haciendas, no
podía limitarse al trabajo de la tierra, sino que, por el contrario, debía

ahpc.

104 Citado en Choque Canqui, Roberto, 2016: 249-259.

105 Mendieta, Pilar, “El congreso indígena de 1945 en la ciudad de La Paz”. Histo-
rias núm. 3. Revista de la Coordinadora de Historia. La Paz, s/f.

72
El mundo indígena

incluir los trabajos que estaban obligados a prestar en el mantenimien-


to de las instalaciones, graneros e incluso la vivienda del propietario.
Rechazaron igualmente que se limitara a solamente cuatro días a la
semana el trabajo gratuito del colono y que se circunscribiera su tra-
bajo solamente a sus parcelas, con lo que se prohibía que se los trasla-
dara, como era costumbre, más allá de las fronteras hacendales.106 En
el fondo, de cara a la experiencia histórica, preveían que la ofensiva de
los indígenas no iba a quedarse detenida en el marco de los limitados
decretos, sino que, por el contrario, continuaría más allá, ocasionado
agrias y agudas disputas por la propiedad de la tierra, a la par que abri-
ría la puerta a una posible y temida reforma agraria. Confrontados con
el Gobierno de Villarroel, los latifundistas y sus aliados se sumarían
ahora con más furia, recursos y disposición que antes a las fuerzas que
propugnaban su derrocamiento.

Crisis latifundista en Mizque y Aiquile


En ese clima adverso, la aplicación de las mencionadas disposiciones
legales tornó inestable y conflictiva la situación en el agro cochabambi-
no, convirtiéndolo en un verdadero campo de guerra de clase y étnico. A
fines de 1945, la tensión creció en varias zonas rurales de Cochabamba,
como en las de Tiraque, Aiquile, Mizque y Ayopaya. En diciembre, en
las haciendas de las alturas de Tiraque se produjeron sendas huelgas de
hambre, mientras que los latifundistas de Capinota eran amenazados
y/o retenidos por la fuerza en sus propiedades.107 “Situados frente a la
oficina del corregimiento a viva voz pidieron la presencia del suscrito
corregidor, imponiendo les sean leídos los nuevos decretos que traían
sus cabecillas desde la ciudad de La Paz.”108
Los patrones y las autoridades locales intentaron por todos los me-
dios impedir este flujo de información y acción rebelde. Por ejemplo,
en Novillero (provincia Campero), Víctor Rivera, que se movía por
las haciendas de aquella jurisdicción “recolectando ramas” –es decir,

106 Federación Rural de Cochabamba. Memoria de la Tercera Conferencia Nacional


de Agricultura, Ganadería e Industrias Derivadas realizada en Cochabamba del
12 al 20 de agosto de 1945. Cochabamba, Editorial Atlantic, 1946.

107 El País, Cochabamba, 29 de diciembre de 1945.

108 Documentos del Archivo Prefectura de Cochabamba. 1945. ahpc. Dandler y


Torrico, 1990: 172.

73
VILLARROEL: un anhelo truncado

recursos económicos– fue detenido el 13 de octubre de 1945 y traslada-


do preso a la ciudad de La Paz.
El análisis de lo ocurrido en la provincia de Mizque109 puede con-
tribuir a explicar los impactos y efectos del Congreso Indigenal. En
esta región, los hacendados ejercían un mayor control de las autori-
dades locales encargadas de hacer cumplir los decretos (corregidores,
subprefectos), lo que permitió a los hacendados mayores posibilidades
de evadirlas. Además, las reglas de explotación de la fuerza de trabajo
eran más rígidas, y las posibilidades de evadirlas mediante la adquisi-
ción de una parcela de tierra, mucho menores que en los tres prósperos
valles cerealeros del centro de la región, como Cliza y Tarata, lo que
tornaba la situación de los colonos y sus familias mucho más oprobio-
sa y desesperante. La campiña en estas regiones periféricas se pobló de
rumores y movimientos sigilosos, que se acentuaban a medida que los
organizadores indígenas recorrían furtivos las haciendas recaudando
fondos (ramas) para contratar abogados litigantes y para organizar la
resistencia activa.
Mizque (dulce en quechua) se caracterizaba por una estructura agrí-
cola constituida mayormente por haciendas y esto ofrece un excelente
panorama para analizar estas confrontaciones interclasistas e interét-
nicas. Aunque ya no gozaba de su antiguo esplendor colonial basado en
la producción de vino, se reconocía su potencial agrícola. “Abundante
en toda clase de productos; en su mayor parte posee hermosos valles,
sin faltarle lugares de punas”, señaló Federico Blanco en su Diccionario
Geográfico de Cochabamba (1901). Tierra extensa, pero despoblada; su
principal producto de exportación era el ají, con una importante pro-
ducción de maíz y trigo. La lana de oveja también formaba parte de los
recursos explotados.
Los datos no son contrastables. No existe ningún registro de propie-
dades menores a una hectárea, siendo tan frecuentes en los valles, y si
el rango incluso se extiende hasta las 49 hectáreas, el número de pro-
pietarios es significativo (15,9%), pero no determinante. La tenencia de
la tierra, en cambio, está claramente determinada por las propiedades
de más de 100 hectáreas, que sumaban, según diferentes fuentes, entre
el 80% y el 90% de la absolutamente desigual propiedad de la tierra, en
manos de poderosos latifundistas.

109 En 1899, la antigua provincia colonial de Mizque se dividió en la de Campero


y la de Mizque.

74
El mundo indígena

El largo inmovilismo de Mizque puede explicarse por su lejanía y su


clima malsano, y también por la pérdida o la inexistencia de mercados,
razón por la que no era una exigencia una agricultura de explotación
intensiva. Durante el coloniaje sus redes comerciales la unían al circui-
to minero potosino, pero durante la república este nexo se fue tornan-
do marginal. El auge de la plata y el estaño no revirtieron la situación,
que continuó aún durante las primeras décadas del siglo xx.110 En la
década de los años treinta de esa misma centuria, el arribo del ferro-
carril desde Cochabamba, al que se unía la ruta carretera hasta Santa
Cruz, revalorizó las tierras y haciendas de Mizque, pues les dio acceso
a un importante mercado.111 Es presumible que para responder a esta
demanda, los hacendados abandonaran rasgos paternalistas e incre-
mentaran el ritmo de la explotación de la fuerza de trabajo, generando
rechazos y problemas por parte de los colonos quechuas, que estalla-
rían pocos años más tarde. Este descontento también se asoció a las
transformaciones en el escenario político tras el ascenso al Gobierno de
los militares nacionalistas, particularmente al de Gualberto Villarroel.
A mediados de la década de los cuarenta del siglo xx, Manuel Andia,
el “Quilqi” Manuel, el dirigente campesino más importante de Mizque,
recorría las propiedades de La Laguna, Calamita, Kehuiñal y otros la-
tifundios de aquella provincia, hablando de la situación indígena de
opresión y de cómo superarla. Junto a otros ocho delegados de Mizque,
había asistido al Congreso de 1945. A su retorno había asumido plena-
mente sus propósitos y sus objetivos y estaba decido a ir mucho más
allá de sus limitados postulados. En septiembre, hubo un intento de
detenerlo con la fuerza pública. No tuvieron éxito y siguió desarrollado
su labor de agitación, moviéndose de una hacienda a otra, entre los
territorios de Mizque y Campero.
Andia evadió y retó constantemente a las fuerzas policiales. El 27 de
septiembre, de ese mismo año de 1945, él y sus partidarios se presen-
taron en la finca Laguna; degollaron corderos y sembraron pánico. El
administrador de la hacienda disparó su escopeta contra Andia, pero
una masa de aproximadamente 200 indígenas impuso su autoridad y
defendió a Andia. Al parecer el “Quilqi” Manuel fue apresado pocos
días después, pero otros 400 indígenas lo liberaron. Dos indígenas que
declararon contra Andia, fueron muertos en actitud de represalia y

110 Rojas, Luis y Claudio Montaño, 1988.

111 Flores Vargas, Walter: 2002: 45-53.

75
VILLARROEL: un anhelo truncado

amedrentamiento a posibles émulos. En octubre promovió una huelga


de brazos caídos que solo concluyó a mediados de diciembre, cuando
se hizo presente el propio ministro de Gobierno y se apresó a 15 indíge-
nas. No exageraba el Subprefecto de Aiquile cuando en noviembre in-
formó al Prefecto de Departamento que Andia, considerado un “cons-
tante instigador y agitador de colonos” hacía suspender las siembras de
patatas y maíz, en las comarcas mencionadas.
No era el único en las tareas de agitación, otros dirigentes cubrían
de un extremo a otro la provincia. En Ayapampa, Elmo Guillen, según
informes de autoridades locales que constan en los archivos prefectu-
rales, recogía dinero, afirmando a los indígenas, que “en poco tiempo
recogerán sus propiedades con títulos, ya que tienen derecho […] a las
tierras [para lo que] tienen abogados ya pagados.”112 Paralelamente,
en Tin Tin, Julián Iriarte y Francisco Surita trataban de sublevar a los
colonos recolectando ramas, “nombrando autoridades por su cuenta y
mojonando tierras”.113 La situación empeoró en enero de 1946, apenas
pasado el Congreso de 1945. “Hay desobediencia y no cumplen (los
colonos) con sus deberes, perjudicando la agricultura, tanto que desde
junio (de 1945) no han trabajado en la mayor parte en las haciendas”,
informó el prefecto de Cochabamba. En febrero, la misma autoridad
señaló que en Calamarca, coincidentemente con el carnaval se prepa-
raba una rebelión. Calamarca era una zona de pequeños propietarios
indígenas a quienes Andia seguramente organizaba para tomar las ha-
ciendas contiguas, bajo la idea de restitución territorial y, al parecer, el
retorno a la comunidad andina perdida.
Andia, natural de Sunchu Kasa, Raqaypampa, vivía en Calamarca,
de donde era originaria su mujer.
Él era piquero. Él ha sido el primero que se ha movilizado y así a todos nos
ha movilizado. Él iba a La Paz. No sé cuántas veces ha ido. […]. Cuando
llegaba de sus viajes nos contaba todo lo que pasaba y averiguaba. Pero
nosotros campesinos asustados ni caso le hacíamos. Tampoco le creíamos:
¿acaso este hombre va a poder enfrentarse a los patrones? Algunos nos dá-
bamos cuenta y estábamos con el Qulli Manuel.114

112 Los Tiempos, Cochabamba, 11 de diciembre de 1945.

113 Telegrama del Intendente de Tin Tin, al prefecto de Cochabamba, 24 de no-


viembre de 1945. Vallejos, Fermín (Tata Fermin), 1995: 12.

114 Id.

76
El mundo indígena

En su calidad de piquero (arrendatario), y no de colono, gozaba de


libertad para moverse en la zona y realizar largos viajes a otras regio-
nes sin necesidad de recabar autorización de su “patrón”. Sindicado de
“instigador y agitador”, afirmaba ser heredero de Atahuallpa y se hacía
otorgar el título de Inca.
Los sectores tradicionales buscaron recuperar el poder local que se
les iba de las manos. En la memoria histórica colectiva se afirma que
Andia, en una fecha no determinada, pero probablemente a principios
de 1947, ya asesinado Villarroel, fue muerto por instigación de los ha-
cendados locales. Un registro oficial del 7 de abril de 1947 señala que
había retornado a Calamarca. Se lo sindicó de estar preparando una
sublevación en alianza con indígenas de Potosí. “Convendría a fin pre-
venir posible alzamiento general destacar una comisión de la policía
al cantón Molinero para capturar principales cabecillas”, instruyó el
Prefecto de Cochabamba al jefe de Policía.
¿Cayó entonces Manuel Andia? En la remembranza histórica de
Raqaypampa se registra que ingresaron por tren, procedentes de la
ciudad de Cochabamba hasta Tin Tin, soldados y policías fuertemente
armados. Andia fue capturado y le habrían cortado la lengua. Huyó
nuevamente con el concurso de sus seguidores, para caer nuevamente
preso. Amarrado, fue llevado a Molinero, donde los hacendados pren-
dieron fuego al cuarto en el que estaba recluido. Cuando intentaba
huir, la policía lo habría matado a tiros.115 Dejó un legado mesiánico:
“Todo ya está tramitado. Las leyes están a nuestro favor, tal vez muera
yo, pero las leyes no han de morir”, señaló a sus seguidores.116
No fue el único insurrecto en Cochabamba. Durante todo el trie-
nio rebelde, en aquella zona floreció la simbología y el poder indíge-
na ancestral, que se remontaba más allá del tiempo presente, aunque
hubieran recurrido a figuras políticas del presente, más inteligibles
para quien quisiera oírlos. “Soy yo el presidente, soy el tenedor de las
leyes”, increpó, por ejemplo, Valentín Camacho en Sacabamba a los
esbirros que intentaban capturarlo. Otro comportamiento similar es el
de Octavio Ferrufino en Aiquile. Se auto proclamaba Inca Segundo y,
a principios de abril de 1946, fue detenido por la policía. Ferrufino era
reconocido como sucesor de Andia, cuya red no se había desbaratado.

115 Arias, Juan F., en Vallejos, 1995: 63-75. Otra versión menciona la participación
de los colonos de Molinero en la captura y muerte de Andia.

116 Rojas, Luis y Claudio Montaño, 1988.

77
VILLARROEL: un anhelo truncado

Todavía en 1949 continuaba operando Joaquín Castro, “secuaz del fa-


moso cabecilla Manuel Andia”, según las autoridades y su “vicepresi-
dente”, de acuerdo a los indígenas. Este creaba zozobra en la zona de
Lerihuañusca, en acuerdo con indígenas clandestinos de las zonas de
Potosí y Sucre.
Detengámonos en estas últimas presencias que nos ilustran sobre
las concepciones que sustentaban los líderes indígenas y sus vínculos
rituales y simbólicos con sus bases.
Primero, el caso de Guillen, revela que el objetivo indígena era cla-
ramente la propiedad de la tierra, para lo cual no descartaban medidas
legales. Los casos de Andia y Ferrufino, por su parte, evidencian otro
rostro del movimiento indígena. Su autoproclamación de Inca debe
entenderse, por una parte, en el marco de la dualidad indígena y de la
llamada “dos repúblicas”, la de los blancos y la de los indígenas. Andia,
al parecer pertenecía o estaba influido por los llamados “Apoderados
Espiritualistas”, con base en Chuquisaca.117
Estos, al igual que otros indígenas, consideraban que, a la usanza
colonial, los criollos estaban sujetos a otro fuero y una ley distinta. Los
indígenas, en consonancia, no debían acatar las normativas criollas ni
someterse a sus tribunales. Cada república o nación, contaba con su
propios presidente o inca, aunque existía una conexión al nivel más
alto de la estructura política.
El retorno del Inca, por otro lado, fundamentada en el mito del
“Inkarri” en una “reinvención de la tradición” (Eric Hobsbawm), for-
maba parte de una cultura mesiánica y utópica en la cual la vuelta de
los orígenes y el tiempo primigenio de los Incas, estaría acompañado
de bienestar, armonía y justicia y un nuevo orden que coloque el mun-
do al revés o pacha kuti (aymara, kuti dar la vuelta, pacha, tierra); es
decir, retornar con un enfoque milenarista al punto antes de la conquis-
ta española. La tradición del retorno o el renacer del Inca, se remonta
al Siglo xvi e implica el regreso a un orden cósmico, bienaventurado
y sin explotación, que supuestamente existió antes de la llegada de los
españoles, y que estos destruyeron.
En esa lectura mítica, Gualberto Villarroel sería asumido y recor-
dado en la memoria colectiva como un nuevo Inca y por tanto sus le-
yes eran emanadas con la fuerza de un edicto divino, como veremos
más adelante al analizar la rebelión de Ayopaya en febrero de 1947. La

117 Arias, Juan Félix, 1994.

78
El mundo indígena

memoria indígena se apropiaba de la ley y los decretos de Villarroel


como imperativo poderoso, tal si emanara del propio soberano indí-
gena, que habría retornado y al que el Presidente era simbólicamen-
te equiparado: “Inca Abuelo e Inca Presidente son iguales; un trabajo
igual llevaban […]. Igual ley Inca hay con el presidente.”118
Manuel Andia y otros que marchaban con él no eran dirigentes
aislados, sino piezas de un orden colectivo mayor. En el movimiento
indígena del Sur de Cochabamba (Mizque y Campero) pesó la influen-
cia del indígena uru, Toribio Medina, quien “[...] había elaborado una
singular ideología endógena orientada a la restitución de tierras a los
colonos de hacienda que los indígenas habían soportado en el primer
siglo de la invasión española”.119
Miranda, que había colaborado con los reconocidos dirigentes in-
dígenas aymaras de La Paz, como Zárate Willka y Santos Marka Tula,
propugnaba la creación de escuelas particulares, aprovechando los
decretos de Germán Busch de 1936, que obligaban a cada hacienda
a establecer centros educativos. La escuela a la manera de Miranda
no reproducía la propuesta educativa oficial modernizante, sino que
hacía de ella un espacio de reproducción ideológica de la visión indi-
genista. Pagadas por los propios colonos, que contrataban a los maes-
tros, servían para reafirmar los derechos culturales y territoriales de
los indígenas quechuas. Entre 1936 y 1945 se crearon varias “Escuelas
Particulares” en diversas haciendas de Mizque. Muchas de las cuales
fueron clausuradas por los hacendados tras la caída de Villarroel120 y el
vuelco represivo en la conducta estatal, cuyas consecuencias en otros
escenarios analizaremos a continuación.

118 Moore, Winston, 1979 (Moore recogió esta versión en 1979).

119 Arias, Juan Félix, 1994: 67.

120 Ibid.: 68-69.

79
v
La respuesta obrera al capitalismo
minero
La realización del “Primer Congreso Indigenal” generó pavor y furia en
los sectores dominantes y también en entidades que se proclamaban de
la izquierda. Como ya se mencionó, los resultados del Congreso fueron
limitados y reformistas, ya que se circunscribieron a anular las formas
más groseras y ominosas de la explotación indígena como el ponguea-
je, sin tocar el tema crucial de la propiedad latifundista de la tierra. No
obstante, produjo una mayor desafección de la élite contra Villarroel.
En los hechos ya se vio que los indígenas y campesinos, concluida la
reunión y al retornar a las haciendas, tomaron acciones de hecho de-
mandando el cumplimiento de los mandatos del Congreso e incluso
yendo más allá para cuestionar la propiedad latifundista de la tierra.
Entre 1945 y 1946, el agro boliviano se convirtió en un espacio de
batallas que anunciaban una guerra mayor. En las minas también la
confrontación y la resistencia llegó a los graves niveles de años ante-
riores. Los patrones continuaron ejerciendo su poder y resistieron a
la ofensiva de sus trabajadores. El 18 de junio de 1945, por ejemplo, a
raíz del apresamiento del secretario general y el secretario de conflic-
tos de Siete Suyos, José Peñarrieta y David Higueras respectivamente,
que fueron trasladados al poblado de Tupiza, se produjeron huelgas de-
mandando su libertad. Los mineros tomaron de rehén al gerente e in-
geniero Julio F. Gumucio Valdivieso. Durante el motín murió un obrero
y posteriormente Manuel Quintana, secretario de la Administración de
la empresa, y nervioso victimario de aquel, fue muerto a golpes por la
multitud.121
En ese áspero clima laboral, y en el marco de una abierta confronta-
ción con el Gobierno de Villarroel por parte de una antinatural alianza

121 Declaración escrita prestada por el Administrador General de la Compañía


Minera y Agrícola Oploca de Bolivia, ante los comisionados del Supremo Go-
bierno de la asonada del 18 de junio de 1945. apmeci

81
VILLARROEL: un anhelo truncado

de las fuerzas opositoras de izquierda y derecha, se realizó el Segundo


Congreso de la fstmb, celebrado en la ciudad de Potosí en los primeros
días de julio de 1945, con la concurrencia de 24 sindicatos. La reunión
demostró el buen clima imperante entre el Gobierno y la clase obrera,
aunque no la dependencia de esta clase que comenzaba cada vez más a
moverse tras sus propios objetivos. En la inauguración participaron el
ministro de Trabajo y uno de los fundadores del mnr, Germán Monroy
Block, además de dos parlamentarios de la misma agrupación. Fueron
recibidos con aplausos por los convencionales.122
Durante las deliberaciones, la retórica discursiva no se apartó ma-
yormente de la nomenclatura del año precedente. Salvo la solicitud de
amnistía general para dirigentes obreros, el resto se llevó al campo de
las reivindicaciones económicas y sociales: reajustes salariales, descan-
so sabatino y cancelación de autonomía de la Caja de Seguro y Ahorro
Obrero, fueron los ejes principales de las demandas laborales. Temas
modestos, sin duda, particularmente si se los juzga desde el posterior
desarrollo programático minero, pero significativos y atrevidos desde
la perspectiva de los años veinte o treinta. Reivindicaciones como esas,
incluso más tímidas, habían costado en el pasado reciente decenas de
muertos en las filas obreras.
A su retorno, Monroy Block, que pudo auscultar y calibrar el ánimo
minero, señaló satisfecho que tal vez el éxito de la reunión radicaba
precisamente en que: “[E]sta clase de agrupaciones van desligándose
de la política, para dedicarse íntegramente a las cuestiones sociales,
cuya solución beneficiaría no solo a los de su ramo, sino también a los
trabajadores en general”.
El Congreso, mediante pronunciamiento de los sindicatos y no me-
diante los delegados acreditados a este encuentro, eligió directamente
a Lechín Oquendo para el nuevo cargo recientemente creado –y a su
medida– de secretario ejecutivo, y a Mario Torres Calleja, esta vez por
los sufragios de los convencionales presentes, como secretario gene-
ral.123 Dupla que se mantendrá intacta hasta el xii Congreso, realizado
en 1963.

122 La Razón, La Paz, 7 de julio de 1945. Poco antes, durante la Convención Nacio-
nal del mnr, realizada en Cochabamba del 21 al 28 de junio, había intervenido
Pedro Ajhuacho, exdirigente de Catavi en 1942, que cinco meses más tarde
murió de silicosis, enfermedad de los pulmones contraída en las minas.

123 Torres Calleja, conocido como “El Loco”, fue ministro de Minas y Petróleos y
vicepresidente del Senado. Murió en Santiago de Chile en 1974.

82
La respuesta obrera al capitalismo minero

Ingreso a la política

Para el mnr los mineros eran un apéndice en su propio esquema


de poder, pero no protagonistas ni sujetos históricos autónomos en la
lucha por ese poder. Sin embargo, sus esperanzas de confinar a las
entidades laborales al ámbito meramente reivindicativo no duraron
demasiado tiempo. Como actor social, los mineros retomaron su auto-
nomía y, tras reivindicar la tradición de lucha que ya llevaba al menos
dos décadas, se convirtieron cualitativamente en actores diferentes.
Desarrollando huelgas de apoyo, paros nacionales escalonados e im-
plementando un programa común y un lenguaje “de clase”, la fstmb en
acción había ayudado a compenetrar las problemáticas de un distrito
con las de otro, permitiéndoles que comenzaran a tejer redes mutuas
de solidaridad y a comprender que su suerte dependía también de las
acciones de los demás. En fin, los trabajadores comenzaron a sentir la
fortaleza y el orgullo de ser parte de una clase social compacta, fuerte,
distinta y capaz de moverse casi al unísono en defensa de sus intere-
ses colectivos. En ese marco, el discurso minero comenzó a marcar
nítidamente un cambio de tono y objetivos. Hacia fines de 1945, del
lenguaje salarialista y reivindicativo que había predominado hasta en-
tonces, pasó paulatinamente a manifestarse y a actuar con sentido de
poder, moviéndose a reafirmar su presencia independiente en la arena
política y con capacidad de desnudar y denunciar la estructura social
capitalista.
En su memoria histórica los mineros conservaban el registro de una
desconfianza al Gobierno de turno, como fruto de las lecciones de un
pasado de confrontación con el poder, extremo que se acentuó tras los
sangrientos acontecimientos de Catavi en 1942. Esta perspectiva y lec-
tura de clase se hará mucho más evidente a partir del Tercer Congreso,
realizado en las emblemáticas poblaciones mineras de Siglo xx. Catavi
y Llallagua, entre el 16 y el 22 de marzo de 1946, cuando las temáticas
centrales se estructuraron, por decirlo de alguna manera, en torno a
las necesidades tácticas y estratégicas del proletariado minero; aunque,
no por esta definición se abandonaran los temas salariales y gremiales,
pese a que, sin embargo, sufrían una degradación en sus prioridades y
terminaran atados a la necesidad de la acción política en la lucha por
el poder.
El Congreso fue auspiciado por el Sindicato de Trabajadores
Mineros de Llallagua y el Sindicato Mixto de Trabajadores de Oficios

83
VILLARROEL: un anhelo truncado

Varios de Catavi.124 En horas de la mañana del sábado 16, los delegados


de 45 entidades laborales fueron recibidos en la Estación de Cancañiri
por los integrantes del Comité Organizador. La inauguración se realizó
el mismo día a las 21 horas. Al día siguiente, como afirmación de la
construcción de un verdadero ritual minero, se celebró a las 8:30 a.m.,
una misa de campaña en el campo llamado “María Barzola” en “ho-
menaje y recordación” a los caídos en el asesinato colectivo del 21 de
diciembre de 1942.
El temario ya anunciaba el curso del debate. El documento suscrito
por Juan Lechín, Mario Tórrez y Nelson Capellino, con fecha 10 de fe-
brero de ese año, señalaba en sus tres primeros puntos:
1. Posición de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia
frente a la c.s.t.b., partidos políticos y otras organizaciones de trabaja-
dores. Trabajo de propaganda y organización de bases obreras.
2. Por una Central obrera que sostenga un política de clase.
3. ¿Qué actitud debe tomar la Federación en las próximas elecciones? Es
posible formar un bloque minero en el parlamento (sic).

Luego venían otros siete asuntos relativos a demandas y derechos


sociales y salariales.125 En anteriores oportunidades estas últimas rei-
vindicaciones dominaban el panorama.
El temario iba acompañado de una explicación de tres carillas de
cada punto considerado en el mismo, a fin de favorecer la discusión
interna “dentro de un amplio concepto de democracia”. Ya desde hacía
años que las direcciones operaban como receptáculo de las asambleas
y reuniones donde el debate era fuerte y las resoluciones se tomaban,
tras arduos debates, por consenso, fuente de su apreciada democracia
minera.
En un remezón de proporciones gigantescas, el Congreso, inaugu-
rado en el Teatro Luzmila Patiño –designado en honor a la hija del po-
tentado y propietario de la pmeci– abordó aspectos nunca vistos ni to-
cados con anterioridad: la posición que debía sostener la fstmb frente
a los partidos políticos y su conducta frente a las venideras elecciones
anunciadas para mayo de 1946. Se trató también de la conformación
de una “Central Obrera que sostenga una política de clase” y la esca-
la móvil de salarios y horas de trabajo. En el ánimo de los primeros

124 “iii Congreso Nacional de Trabajadores Mineros de Bolivia. Sede Llalagua (Si-
glo xx, Catavi). Fecha del 16 al 22 de marzo de 1946”.

125 El punto 8 señalaba “Bloque Obrero”.

84
La respuesta obrera al capitalismo minero

postulados subyacía la imperiosa necesidad de conformar un sindica-


lismo dotado de una “completa independencia […] con referencia a los
patronos y las organizaciones gubernamentales”. El último dardo es-
taba dirigido al mnr, pero la idea de un sindicalismo clasista apuntaba
también a desbancar a la cstb operada por el pir y acusada de ser una
mera representación de los sectores artesanales y no proletarios, como
se iban identificando a sí mismos los mineros. La influencia trotskista
fue notoria.
Fue la primera vez que el joven Guillermo Lora (23 años)126 que
“no era ciertamente un obrero, sino un intelectual que descendió de
su pedestal y de las bibliotecas polvorientas para confundirse con los
explotados” –como él mismo se define– habló frente al público minero
como asesor de la fstmb y con la aquiescencia de Lechín. Condenó la
propiedad privada, el poder imperialista y propuso una alianza prole-
taria para contrarrestar el acuerdo de los partidos liberales. Sería la
“revelación del Congreso”, según calificación del matutino de La Paz,
La Razón, órgano de prensa ligado a los intereses de la gran minería.
Lora mantuvo un acre duelo verbal con funcionarios gubernamentales
respecto a la validez de sus credenciales y su presencia.
Subyacía en el lenguaje y el ambiente de la reunión, como se veri-
ficaría nuevamente meses más tarde en el Congreso Extraordinario de
Pulacayo, la idea de una participación autónoma minera en la arena
política e incluso parlamentaria. Refiriéndose críticamente a los anar-
quistas y los meramente gremialistas, el documento preliminar señaló:
Existe una tendencia sindicalista que niega la eficacia de la lucha parla-
mentaria. No estamos de acuerdo con tal extremo, pues sostenemos que la
liberación de los trabajadores exige que la lucha se la plantee en todas las
manifestaciones de la vida social, y entre ellas el parlamento.
[…] La actuación parlamentaria trae ventajas para los obreros si los parla-
mentarios son verdaderos revolucionarios, es decir no defienden los privile-
gios del capitalismo desde ningún punto de vista.127

El documento, de clara orientación trotskista, proponía igualmente


la organización de comités de defensa sindical, para enfrentar a la pa-
tronal y sus “provocadores”.

126 Nació en Uncía el 31 de octubre de 1922.

127 “iii Congreso de Trabajadores Mineros de Bolivia”. Sede Llallagua (Siglo xx-
Catavi), Fecha del 16 al 22 de marzo de1946. Policopiado. Archivo del autor.

85
VILLARROEL: un anhelo truncado

El uso de la fuerza, de la acción directa y sin mediaciones guberna-


mentales; de la independencia de clase, era una larga demanda y hori-
zonte de acción directa procedente de la memoria minera introducida
por los anarquistas, que sustraía a los trabajadores del juego político
partidario y de su dependencia a un determinado orden institucional,
pero que no los distraía de la lucha por el poder, camino que querían
recorrer con celosa independencia. Con el Gobierno de Villarroel pac-
tando y cediendo a las demandas mineras, poco a poco ese mecanismo
había entrado en desuso dando lugar a una suerte de sindicalismo “pa-
raestatal” influido desde el exterior de la propia clase trabajadora por
instancias gubernamentales, ministerios, subsecretarias o parlamen-
tarios oficialistas. No debe olvidarse para nada que la propia creación
de la fstmb, pese a los fuertes antecedentes organizativos que acumu-
laba la memoria minera, requirió que fuese apoyada por el Estado.
Tampoco hay que descuidar el señalar que las relaciones entre el poder
ejecutivo y los mineros se basaban en un sistema de apoyo y tolerancia
mutua que contribuía seguramente a limar asperezas y desencuentros
radicales e irreversibles.
Pese a ello, no es gratuito preguntarse ¿cuánto de la larga tradi-
ción de independencia de clase perduraba en la memoria colectiva de
los trabajadores del subsuelo, frente a un Gobierno paternalista y pro
laboral como el de Villarroel? ¿Hasta qué punto había penetrado de-
finitivamente en ellos la confianza en el aparato estatal, de modo que
decidieran entregarse a su protección sin ningún resquemor y mira-
miento? No es sostenible, como se vería en el Congreso, que los vastos
antecedentes de conflictos entre el proletariado minero y el Estado,
que con frecuencia se saldaba con muertes de obreros y una sostenida
represión a sus dirigentes, pudiera vaciarse rápida y totalmente en los
escasos tres años del “socialismo militar” de Toro y Busch o en el año y
medio del Gobierno nacionalista de Villarroel.
Es en este contexto que la alianza del trotskista por con la fracción
de Lechín, establecida desde mediados de 1945, actuó por vez primera
durante las deliberaciones del Tercer Congreso. Hasta entonces, aquel
partido no pasaba de constituir una pequeña entidad de jóvenes acti-
vistas con precaria inserción social, salvo en algunas universidades,
como las de Cochabamba y Sucre.128

128 Sandor S., John, 2009: 86-92.

86
La respuesta obrera al capitalismo minero

Un misterio envuelve los orígenes de la relación entre Lora y el ca-


rismático Lechín, pero lo más seguro es que se produjo en los primeros
meses de 1945. Incluso compartieron vivienda por aproximadamente
medio año. Estos nexos, no exentos de contradicciones, otorgaron un
renovado tinte discursivo a la fstmb e incluso nuevos razonamientos
sobre lo que esta debía y podía hacer en adelante en el terreno político.
Pero de allí a sostener que la luz para los mineros se hizo gracias al por
hay una enorme e insalvable distancia. No se puede, sin graves riesgos,
escamotear las condiciones históricas de recepción de los discursos po-
líticos vertidos en el Congreso de Catavi. Esos discursos políticos, al
igual que el resto de las propuestas partidarias, no se tejieron en el aire
o al margen de la historia minera ni de la acumulación de su memoria.
Sin duda, los miembros de la fstmb y el por eran la punta de lanza más
“consciente” –si el término corresponde– y los que mejor comprendían
el rol que deberían jugar los mineros en la coyuntura próxima, pero
igualmente existía un ambiente de maduración en las bases, fruto de
las victorias, frustraciones y experiencias colectivas, que habían con-
tribuido a romper con parte de sus antiguas creencias. No podemos,
por lo tanto, suscribir con plena convicción que la masa se embebió
anhelante solo de la voz autorizada del por, pero sí que estaba inmersa
en un ambiente de vaciamiento ideológico y disponibilidad colectiva
para oír y filtrar, a la luz de la acumulación de su experiencia histórica,
los nuevos elementos discursivos que este partido u otro les propusiera.
Tras el Tercer Congreso y la consolidación de la fstmb en distritos
que, como las minas del sur potosino, tenían escasa tradición sindical
y se caracterizaban por un fuerte tutelaje patronal que aminoraba las
mínimas reivindicaciones laborales, crearon sus propias entidades sin-
dicales o las volvieron a poner en funcionamiento luego de un obligado
receso. Es así que el 27 de marzo de 1946 se fundó el Consejo Central
Sud de Trabajadores Mineros (ccs), una Federación de Sindicatos, in-
tegrada por la Federación de Sindicatos de Chocaya Animas, traba-
jadores de la Compañía Aramayo de Minas en Bolivia, S.A., que la-
boraban en las empresas de Chorolque, Quechisla, Nor Chichas, Sala
Sala, Tasna, Telamayu, Caracoles, que se afilió a la fstmb. La entidad
sindical amparó su creación en el artículo 128 de la Constitución y los
numerales 133 y 134, correspondientes al Decreto Reglamentario del
23 de agosto de 1943. Algunos de sus integrantes habían sido fundados
con anterioridad, como el Sindicato de Telamayu, el 19 de noviembre
de 1944 y Chorolque/Santa Bárbara el 29 de mayo de 1945. Otros, en

87
Villarroel. Un anhelo truncado

cambio, como el de Quechisla, serían estructurados recién tras la con-


formación del ccs el 16 de abril de 1946. La entidad se definió como
“una Federación de Sindicatos”, con la misión de “constituir un solo
bloque unificado de trabajadores mineros e intelectuales […] para la
defensa de sus derechos y en cumplimiento de prescripciones consti-
tucionales”. En uno de sus articulados se dejó constancia que “Se ob-
servará una estricta línea sindical alejada y extraña a todo partido.”129

129 Estatutos de la Federación de Sindicatos Mineros constituida bajo el nombre


de “Consejo Central Sud de Trabajadores Mineros” de la Compagnie Aramayo
de Mines de Bolivie S.A”. Lleva la firma de Miguel Burke como secretario ge-
neral; Grover Arancibia de Relaciones y Diego Bolívar como Control Agrario.
Copia en archivo del autor.

88
vi
La prensa y Villarroel
Para el Gobierno de Villarroel, la razón de Estado y la fidelidad in-
controvertible con su persona era el locus de su política. En su lectura
política de amigo/enemigo –o dicho de otro modo: o estás conmigo
o estás contra mí– la disidencia no contaba como derecho, ni como
práctica positiva. De ahí que desde la Presidencia de la República, por
medio de la Dirección de Propaganda, se acosó con furia y sin tregua a
los medios de comunicación opositores e independientes, aunque sin
llegar a suprimir definitivamente la libertad de prensa. Estos fueron
acusados de complicidad con el viejo régimen oligárquico y de acom-
pañar a sus representantes políticos en su intento de retornar a las
esferas del poder.
El caso del periódico Los Tiempos, puede ayudarnos a comprender
esas confrontaciones.
Tras el golpe de diciembre de 1943 y el posterior cierre del
Parlamento, Demetrio Canelas dejó de ser diputado y volvió a la vida
civil. El 15 de febrero de 1944, asumió la dirección de Los Tiempos en
reemplazo de su hermano Julio César, que lo había regentado desde su
fundación. Esa misma jornada, y en su primer editorial, señaló e hizo
pública de manera concluyente la tensión que advertía en el país y la
ausencia de una conducción política clara y previsora:
La transformación que Bolivia está esperando desde el fin de la guerra del
Chaco, no es una empresa fácil y requiere de una parte una voluntad de
acero y de otra, una visión genial del proceso boliviano. No sabríamos decir
si estos requisitos están reunidos en la Junta del 20 de diciembre.”130

Dos días más tarde hizo una evaluación de la libertad de pren-


sa, apuntando a aquel nudo capitular de su pensamiento, el mismo
que cuando, hacía décadas, se había iniciado en el oficio de escribir
en Oruro. Para él, y más aún ahora, en la coyuntura política de un
Gobierno militar, que la familia Canelas consideraba como autoritario,

130 Los Tiempos, Cochabamba, 15 de febrero de 1944.

89
VILLARROEL: un anhelo truncado

la libertad de expresión era la base de la independencia política. Solo


ella garantizaba la posibilidad de empoderar a la ciudadanía desde la
prensa escrita, la misma que habría de actuar como un fiscalizador
colectivo del Gobierno.
Su comunicación surgió como respuesta y a la vez interrogante a la
declaración del nuevo ministro de Gobierno, teniente coronel Alfredo
Pacheco, que proclamaba y afirmaba la existencia de la libertad de in-
formación y de opinión. Situación que a ojos del matutino y su director,
contrastaba con la situación palpable de varios periódicos que se veían
inducidos a imponerse una “patriótica autocensura”. Los periodistas y
editores eran libres pero, en rigor, solo a condición de autoamordazar-
se, advirtió Canelas, situación que, a su juicio, no era sino una forma
disimulada e intolerable de “pongueaje espiritual voluntario.”131
Los días siguientes, el periódico permaneció martillando el mismo
tema, pero, quizá para eludir confrontaciones con el Gobierno, usó
una cauta vuelta y no se refirió directamente a Bolivia, sino, usando
un recurso o un argumento lateral, a la Argentina. En el vecino país,
desde el 7 de junio de 1943, gobernaba el general, filonacionalista y
dictador Pedro Pablo Ramírez, a quien los norteamericanos acusa-
rían de haber alentado, e inclusive financiado, el golpe de Villarroel.
Ramírez aplicaba, con un leguaje vertical, restricciones a los medios de
comunicación. El 21 de octubre de 1943, para regularlos, había crea-
do la Subsecretaría de Informaciones y Prensa como dependencia del
Ministerio del Interior, entidad similar a la que operaba en Bolivia. Por
esta circunstancia singular podía leerse que, al hablar del país vecino,
en un juego de espejos, Demetrio Canelas lo hacía implícitamente del
suyo.
De todas maneras, Los Tiempos, tratando de no levantar resquemo-
res gubernamentales, se abstenía de pronunciarse abiertamente sobre
la política nacional, prefiriendo sus propietarios el escenario de reunio-
nes sociales o tertulias familiares para expresar su distancia crítica con
el Gobierno. Incluso se optó por la autocensura, emulando la actitud de
otros órganos de prensa. Pero no callaron por largo tiempo.
Canelas dejó pronto en claro su posición frente al Gobierno de
Villarroel. Entre tanto, los combates y embates políticos se hacían en
el país más frecuentes y en tonos duros, con posiciones cada vez más
recalcitrantes. El director de Los Tiempos se sentía preocupado por la

131 Los Tiempos, Cochabamba, 17 y 19 de febrero de 1944.

90
La prensa y Villarroel

falta de consistencia de los proyectos partidarios en curso; no solamen-


te los gubernamentales, sino principalmente aquellos procedentes del
campo opositor. “Bolivia es ahora y desde hace unos años un hospital
político”, afirmaba.
A principios de marzo de 1944, y grabada a fuego, selló con esta
percepción su línea editorial. Comprendía, además, que debía concen-
trar su mirada en la política nacional, renunciando incluso a auscultar
y pronunciarse sobre la situación regional de Cochabamba y sus pro-
blemas. Paso que, además, correspondía con la tónica que quería dar
al matutino, proyectándolo más allá de los límites departamentales e
incidiendo en el espacio nacional, que en aquel entonces no era otro
que La Paz, la centralista sede del Gobierno.
Desde las páginas de Los Tiempos se propugnaba un nuevo resur-
gimiento nacional, denotando la necesidad de una radical renovación
moral, y en la coyuntura, el fin del estado de sitio y la plena vigencia
de la libertad de prensa. De ahí que tuviera severas (y fundadas) dudas
de que el futuro le deparara al país esta situación deseada, bajo la ad-
ministración de Villarroel,. “(L)o que parece no estar suficientemente
aclarado –escribió– es la disposición del actual Gobierno para gober-
nar conforme a los principios democráticos.”132
El 4 de marzo de 1944, –Los Tiempos estaba por cumplir medio año
de existencia– Demetrio Canelas, como para que pudiera comprobar su
vaticinio, fue aprendido en su oficina de la calle España y trasladado
bajo vigilancia de la Policía. Lo recluyeron, siempre bajo custodia, en
una habitación de la Pensión Rheingold, de propiedad de un súbdito
alemán. Quizá hubiera la intención de retenerlo por más tiempo, pero
la casual presencia del ministro de Economía, Gustavo Chacón, que
era conocido suyo, permitió su liberación. Aunque se le dijo como dis-
culpa que fue un error transmitido desde La Paz, el capitán Guillermo
Ariñez, Prefecto accidental de Cochabamba, no perdió la oportunidad
de recriminarle y llamarle la atención por las publicaciones que rea-
lizaban y que a su entender, en “forma injustificada atacan al actual
régimen”.
Tres días más tarde, el director de Los Tiempos, mediante carta, advir-
tió y replicó al capitán Ariñez que la sección editorial del matutino, en la
cual debía dar sus opiniones, había sido suprimida. Agregó además, que
rechazaba la insinuación que desde su periódico se arremetiera contra

132 Los Tiempos, Cochabamba, 20 de febrero de 1944.

91
VILLARROEL: un anhelo truncado

el Gobierno, pero, si tal extremo ocurriera, que aceptaba su responsabi-


lidad, siempre y cuando se aplicara una evaluación de sus palabras de
acuerdo a las leyes en vigencia y por autoridades facultadas para este fin.
En la parte final de la misiva consultó si Villarroel López pensaba
conculcar la libertad de prensa; se resistía –aseguró– a admitirlo, pero
“prefería saberlo claramente”.
Dentro del concepto que abrigo de mi propio papel, como periodista y ciu-
dadano, no puedo ahora que llego a la vejez, [renunciar] a la defensa de una
libertad por la cual he luchado durante mi vida.133

El Gobierno arremetió contra el matutino nuevamente el 10 de


abril. En respuesta, Canelas, argumentó: “La censura es una de las he-
ridas sangrantes de la presente situación revolucionaria y el Gobierno
haría muy bien en suprimirla completamente.”134
El 13 de mayo, en ocasión de la celebración en La Paz del “Día del
Periodista”, el presidente Villarroel, para salir al paso a reiteradas de-
mandas y críticas desde los medios de comunicación, ofertó suspen-
der la censura de prensa y dar libertad a los periodistas detenidos.
Demetrio Canelas aprovechó la ocasión de pasar nuevamente revista a
la situación de la prensa en el país. En La Paz, señaló, existían varios
detenidos, y en Cochabamba, sufrían la misma penalidad dos redacto-
res de La Época, órgano estrechamente ligado al pir. Este órgano de
prensa, un denodado adversario del Gobierno, además había sido clau-
surado. El Director de Los Tiempos, develó por esos días la existencia
de un pacto implícito entre el Gobierno, que no deseaba ser perturbado
por las críticas periodísticas, y los directores, que a su vez, no querían
ser molestados ni perseguidos por sus opiniones. Este modus vivendi,
establecido en Cochabamba con el prefecto Rafael Gumucio Irigoyen,
hombre emparentado con la clase alta local, incluyó la conformación
de un comité de periodistas, que velara por el cumplimiento del acuer-
do de los periodistas de no formular críticas a los actos del Gobierno.
La transacción es en síntesis, un pecado mortal más leve de lo que parece.
Alivia al periódico de la molestia de sostener su material cotidiano a los
censores. Alivia a las autoridades locales del ingrato papel de buscar agen-
tes encargados de sofocar el pensamiento ajeno.135

133 Canelas, Demetrio, op. cit.: 31.

134 Los Tiempos, Cochabamba, 11 de abril de 1944.

135 Los Tiempos, Cochabamba, 14 de mayo de 1944.

92
La prensa y Villarroel

Era claro que los conductores de Los Tiempos no se sentían cómo-


dos con la situación imperante, pero contemporizaban obligados por
las circunstancias. Advertían empero, que si esta situación era nociva
para los periodistas, más afectaría al Gobierno, pues invitaba a toda la
gente de pluma “a alistarse en filas hostiles”.136 Y no se equivocaban.
La oposición, entre la que se contaban varios periodistas de pres-
tigio, se constituía a pasos firmes. El 24 de mayo de 1944 fue confor-
mada la Unión Democrática Boliviana (udb), integrada por los parti-
dos Republicano Socialista, Republicano Genuino, Socialista y de la
Izquierda Revolucionaria, una amplia amalgama de orientaciones y
tendencias políticas diversas y hasta contradictorias, desde marxistas
hasta liberales, pero que convergían de momento y llevarían la conduc-
ción de la disputa contra el presidente Villarroel López.
El campo gubernamental y popular, para contrarrestar a los secto-
res conservadores, también se organizó. Se fundó, como ya vimos, la
Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (fstmb), que
tendría enorme peso en la arena política. Si bien el presidente Villarroel
López no fue su mentor, pues la organización minera se basaba en lar-
gos antecedentes que se remontaban a la segunda década del siglo xx,
el mandatario permitió la existencia de la importante organización
sindical, a diferencia de Gobiernos anteriores que, usando la fuerza
pública, desbarataron desde sus inicios todo intento de organización
laboral.
En contraste con esta apertura hacia los sindicatos, simultánea-
mente, y sin advertir con ello una contradicción en su conducta, el
Poder Ejecutivo apuntaba a una restricción a las libertades y medios
de expresión de sus adversarios, sobre todo a los integrantes de los po-
derosos sectores de propietarios de tierras y minas, pero también a in-
telectuales y clases medias que tradicionalmente habían administrado
desde los tres poderes del Estado, la política y la vida nacional.
En ese clima, el 2 de julio de 1944, se celebraron elecciones parla-
mentarias y la presión sobre la prensa, como ameritaba el caso, amai-
nó. Con los comicios el régimen de Villarroel daba un paso hacia la
recuperación de la formalidad democrática. Su solo anuncio, además
de la confiscación de los negocios de japoneses y alemanes que vivían
en Bolivia, permitió el reconocimiento de los ee.uu. a su Gobierno.

136 Los Tiempos, Cochabamba, 13 de mayo de 1944.

93
VILLARROEL: un anhelo truncado

Pero, como mencionamos líneas arriba, en Challacollo (Oruro) y


Chuspipata (La Paz), sin que jamás se supiera si fue o no con asen-
timiento presidencial, miembros del oficialismo asesinaron a nueve
opositores, militares y civiles, pertenecientes a familias de la élite y
cuya aniquilación fue considerada por sus autores una causa justa que
restablecería el equilibrio político. Tres de las víctimas estaban vin-
culadas a las élites de Cochabamba: los senadores Luis Calvo y Félix
Capriles Sainz –cuyo nombre llevará luego el estadio departamental
de Cochabamba– y el coronel Eduardo Paccieri Blanco. Tras el hecho
luctuoso, fue en ese contexto que el líder minero Juan Lechín Oquendo
pronunciaría aquella frase memorable: “Por primera vez en la historia
boliviana los muertos no son del lado de los pobres”.
Justamente por ello causó gran alarma e incertidumbre entre el
bando que ahora contaba los muertos. En una protesta sin preceden-
tes, grandes sectores de las capas dominantes, se lanzaron a liderar la
protesta en las calles, en las que, de modo también inédito, se contaba
con la presencia de una buena proporción de mujeres.
Como bien señala un analista de aquel periodo:
Este recurso a la violencia contra los intelectuales y políticos de clase media
era nueva en la política boliviana, dividiendo profundamente a la nación y
volviendo inútiles la mayor parte de las iniciativas reformistas, pues la ma-
yoría de los miembros de la élite conceptuó al régimen como gansterismo
y fascismo.137

En esa atmósfera cargada de temores, Los Tiempos fue clausurado


por 20 días; sin duda, para que no informara sobre las ejecuciones y sus
repercusiones en el tejido social. Las órdenes provinieron de las más
altas autoridades políticas con sede en La Paz, mientras su director
era acusado desde La Calle, órgano del mnr, como “representante del
feudalismo más recalcitrante y aliado del coloniaje”.
“El corcel de hierro y fuego se había desbocado hacia el abismo”,
escribiría años más tarde el novelista cochabambino Augusto Guzmán.
Desde aquel noviembre de 1944, una sensación de desamparo y fra-
gilidad se apoderó de los opositores, pero no cejaron, y en verdad au-
mentó su resistencia, conscientes de lo que ahora se jugaban: vidas y
haciendas.
En efecto desde los albores de 1945, bajo ese manto, las disputas
sociales y políticas se hicieron aún más duras y las posiciones políticas

137 Klein, Herbert, 1982: 268.

94
La prensa y Villarroel

irreconciliables.138 En enero de ese año, el mnr, para reforzar al cues-


tionado Villarroel, retornó con tres ministros139 al poder ejecutivo del
que se había alejado a principios de 1944, con el propósito de que men-
guaran las críticas al Presidente debido a su presencia. Entre tanto, los
opositores, no cejaban de desacreditar al régimen y sus ministros en
todas las formas posibles; había en sus filas –por qué no decirlo– un
ánimo de venganza por lo acaecido en noviembre de 1944.
El Ejecutivo, por su parte, pretendía desbaratar y silenciar a sus
adversarios, y para contrarrestarlos promovía nuevos pactos con los
sectores subalternos, tradicionalmente excluidos de la escena política,
desde que en 1825 se fundó la República, y repudiados por los partidos
tradicionales y por las élites criollas. También, a fines de 1944 y a ini-
cios de 1945, arremetió contra la prensa, la que a su vez entendía que
las restricciones que se le imponían, eran otra prueba del afán autori-
tario gubernamental y de un comportamiento escasamente proclive a
una prensa libre. Este último año se inició con una agria polémica con
el escritor y entonces parlamentario Franz Tamayo, que había movido
en ambas Cámaras de Representantes la aprobación de una ley, que
obligaba a identificar al autor de un comentario o editorial, donde se
tratara aspectos públicos o relativos a las personas. Tamayo solía afir-
mar que “Todo anónimo es un rufián, todo rufián busca el anónimo”.
La Ley fue aprobada en el Hemiciclo el 30 de diciembre de 1944 y el 18
de enero de 1945 fue sancionada por el Poder Ejecutivo.
Los Tiempos, que por entonces publicaba una columna denomina-
da “Apostillas”, que hacía las veces de editorial, calificó la disposición
gubernamental de “Ley absurda” y de “Lamentable engendro” porque
consideraba que atentaba contra “la libertad de trabajo” y la “belleza
del anonimato”.140 Especificó que se oponía a ella, “No porque hubiera
alguno de esta redacción que no respondería a sus opiniones, sino por-
que el periodismo, en todas partes, constituye un reflejo de la opinión
general”. Agregó, a continuación, que la palabra: “Tiene mayor autori-
dad cuando se la hace a nombre del pueblo, que simplemente con el
nombre y apellido del redactor”.141

138 Los Tiempos, Cochabamba, 3 de abril de 1945.

139 El Ministro de Economía era Víctor Paz Estenssoro

140 Los Tiempos, Cochabamba, 17 y 24 de enero de 1945.

141 Los Tiempos, Cochabamba, 16 de enero de 1945.

95
VILLARROEL: un anhelo truncado

En el ínterin, la política nacional promovida desde el poder ejecuti-


vo, en contraste con los Gobiernos de la oligarquía, seguía cambiando
de rumbo y de actores sociales (‘movimientos’, como se diría ahora)
desplazando a los tradicionales. Como se analizó con anterioridad, en-
tre el 10 y 15 de mayo de ese mismo año se llevó a cabo en La Paz el
“Primer Congreso Indigenal”. Los Tiempos, que cubrió abundantemen-
te las deliberaciones del mismo, manifestó algunas opiniones que refle-
jaban un profundo escepticismo por sus resultados, descalificándolos
al afirmar que procedían de políticos profesionales y no de indígenas
de carne y hueso, además de que carecían de nociones y sustento téc-
nico. “La voz del indio no se ha dejado escuchar en este congreso. Las
discusiones han sido vaciadas en un molde de superficialidades, que
tiene su origen en asesores letrados”.142
En los meses sucesivos, como obvia consecuencia del “Congreso
Indigenal” de mayo de 1945; de los avances de la organización mine-
ra y de la memoria larga de la resistencia popular, la estabilidad po-
lítica, a ojos de empresarios y terratenientes, se veía amenazada. La
presencia de nuevos actores sociales, generó más dudas y tensiones
tanto en la prensa como en filas opositoras, que a menudo actuaban al
unísono. En esa atmósfera, y sintiéndose acosado por la oposición, el
Gobierno de Villarroel arreció nuevamente sus ataques contra los me-
dios de comunicación, en su gran mayoría declaradamente adversos a
su ejercicio presidencial. El 28 de mayo, el matutino Los Tiempos fue
multado con 20.000 bolivianos acusado de “realizar labor demagógica
en desprestigio del Supremo Gobierno”, la que fue finalmente dejada
sin efecto, gracias a la intervención de personalidades locales.
De todas maneras, al periódico la sanción le parecía un contrasen-
tido por el hecho de que el 8 de mayo Alemania se había rendido a los
Aliados y la guerra europea había concluido, (aunque aún por pocos
meses continuaría en Asia oriental, hasta la capitulación de Japón el 15
de agosto de 1945). Los Tiempos anunció en sus editoriales que pasada
la conflagración en el Viejo Mundo y habiendo triunfado la “libertad”,
en Bolivia debería respirarse un nuevo aire para la prensa sofocada por
la (auto) censura. A mediados del año se concedió, en efecto, una cierta
apertura, pero el jefe de Policía de Cochabamba, coronel Araúz, dejó
el 19 de julio muy en claro a los editores Canelas que ella (la libertad

142 Los Tiempos, Cochabamba, 16 de mayo de 1945.

96
La prensa y Villarroel

de expresión) no podría ejercerse para “alentar la subversión del orden


público”.143
El presidente Villarroel, como no podía ser de otra manera, tenía
las mismas y tajantes ideas. Ensalzaba una prensa “veraz y justa”, ad-
virtiendo empero que: “Cualquier desviación o abuso de la libertad de
prensa […] habrá de merecer una intervención para encaminar esa li-
bertad porque el plano del respeto, la mesura y el patriotismo que así
lo exigen.”144
En ese contexto de prevenciones y animosidades, a las cuatro de la
tarde del 1 de agosto, Julio César Canelas fue apresado nuevamente en
la puerta de su domicilio. De inmediato fue conducido a la Central de
Policía. Un par de horas antes había corrido la misma suerte el subdi-
rector de Los Tiempos, Juan Antonio Barrenechea. Los interrogaron y
les imputaron de “actividad subversiva”. El capitán Guillermo Ariñez,
comandante de la Brigada Departamental de Policía, los acusó a ellos
y a su órgano de prensa de tener “un afán de desprestigiar al supre-
mo Gobierno”. El oficial, como justificativo del acto punitivo, dijo que
se llegó “a decir públicamente que el Gobierno del teniente coronel
Villarroel había traicionado a la ciudadanía”.
En efecto, días atrás, Los Tiempos había opinado que la obra reali-
zada por el poder ejecutivo “no ha satisfecho los anhelos ciudadanos”,
añadiendo que durante su gestión “se realizaron actos condenados por
la democracia”.145 Un dictamen de claro signo acusatorio, pero que
para sus editores era una fundada y descriptiva expresión de la situa-
ción por la que atravesaba Bolivia. Esa misma noche, y por los dos días
siguientes, se produjo una censura policial del contenido del matutino;
había agentes que vigilaban cada palabra antes de autorizar que fuera
impresa.
El castigo, que parecía excesivo y una muestra de nueva intole-
rancia, remataba con los apresamientos de Canelas y Barrenechea. A
las 13:30 horas del 3 de agosto, ambos detenidos fueron trasladados
en avión a la ciudad de La Paz. Las autoridades hicieron caso omi-
so de un habeas corpus a su favor, declarado procedente por la Corte
Superior del Distrito de Cochabamba. Tras pernoctar en una celda de la
Prefectura en la calle Murillo y a escasos metros del Palacio Quemado,

143 Los Tiempos, Cochabamba, 20 de julio de 1945.

144 Orduna Sánchez; Víctor y Gustavo Guzmán Saldaña, 2006: 40-41.

145 Los Tiempos, Cochabamba, 29 de julio de 1945.

97
VILLARROEL: un anhelo truncado

los condujeron en una camioneta por el altiplano andino. Luego los


subieron a una pequeña embarcación a remo rumbo a la isla de Koati,
en el lago Titicaca, convertida en un campo de concentración para opo-
sitores.
Allí encontraron que también se hallaban recluidos e incomuni-
cados presos de partidos tradicionales, pero también de la izquierda
marxista, pertenecientes al por y el pir. En el islote, como se dijo, en
1937 también había permanecido Demetrio Canelas en calidad de
residenciado. A los pocos días, Berrenechea fue liberado y regresó a
Cochabamba para hacerse cargo de la dirección de Los Tiempos en for-
ma interina y por tiempo breve; lo sustituyó Demetrio Canelas, que re-
gresaba a las lides de prensa en un momento tenso tanto familiar como
nacional. Entre tanto, su hermano Julio César permanecería en la isla
hasta el viernes 17 de agosto. Ese día, debido a su salud resentida, ya
que padecía asma, fue trasladado a Copacabana y luego a Sorata, un
lugar de clima más benigno.
El 30 de agosto, cuando aún Julio César Canelas se hallaba con-
finado en esa localidad paceña, su hermano Demetrio publicó en su
periódico y bajo el título de “Un testimonio”, un sólido manifiesto en
defensa de la libertad de expresión. Reconoció que el Director de Los
Tiempos había sido bien tratado durante su reclusión y confinamiento.
Admitió también que el matutino: “[N]o pudo abstenerse de publicar,
una que otra vez, críticas a determinados actos de Gobierno, [...] su
posición habitual, impuesta por el instinto de conservación, ha sido
evasiva, como lo es la de la prensa boliviana”.
Su estrategia, continuó señalando, fue la de retrotraerse de las pri-
meras líneas y asumir una conducta prudente, permitió que el “diaris-
mo” deserte de sus deberes cívicos, en medio de una profunda crisis
social y política, justo cuando más se necesitaba su voz. Artimaña que
tampoco, como dejó en claro Los Tiempos, salvaguardó a la prensa de
la punición y de las hostilidades. Se la perseguía, aducía el matutino,
para generar un efecto de temor y una conducta de silencio:
“La aplicación de una política de persecuciones a los periodistas, en medio
de este cuadro de atonía y renunciamiento cívico, amenaza borrar hasta los
últimos rasgos de valor moral y de integridad de carácter, que puedan haber
quedado en el fondo del alma boliviana.
Esta empresa de destrucción del alma nacional, requiere, para ser lleva-
da a término, el desconocimiento del régimen legal existente. Los preceptos
cardinales de la Constitución son ostentosamente violados. Los mandatos

98
La prensa y Villarroel

del poder judicial son despreciados. Esto conduce a hacer de Bolivia un


conglomerado baldío, en que cada hombre está despojado de la conciencia
de sus derechos y queda librado a la voluntad arbitraria del que manda. Un
pueblo reducido a esta condición, privado aún de la reacción instintiva de
lanzar un grito de dolor, cuando es herido, pierde, o está a punto de perder,
el derecho a ser calificado como nación”.146

Las autoridades no aceptaron el contenido del Editorial y tomaron


represalias de inmediato. Por sola orden del Ministro del Interior, y
sin intermediación ni condena judicial, Demetrio Canelas fue detenido
a las 11:25 del mismo jueves 30 en su domicilio de la calle Baptista.
Embarcado en un camión de la Policía y vigilado por un oficial de cara-
bineros, fue conducido a Quillacollo, a una docena de kilómetros de la
capital departamental. Lo encerraron en la cárcel de presos comunes.
En la tarde, a demanda de su padre Manuel J. Canelas y el fundamento
del jurisconsulto José Rafael Canedo, se presentó un recurso de habeas
corpus en la Corte Superior de Distrito. En medio de una gran expec-
tativa fue declarado procedente a las 17:30 horas. A las 22:00 horas, y
en cumplimiento de la orden judicial, el capitán Ariñez, que esta vez no
tuvo otro recurso, ordenó la libertad de Canelas.
Al amanecer del día siguiente, el periodista fue devuelto al domi-
cilio de su hermano. Sin embargo, las represalias contra su persona
no cesaron, aunque tomaron nuevas formas, encuadradas dentro de
la cultura política prevaleciente. El mismo 31, el capitán de Ejército
Winsor López Videla, subjefe de policía, lo retó a duelo, al considerar
que fue ofendido por Canelas en un artículo de prensa. Lo significativo
del caso, expresión de una época signada por la violencia como método
aceptado para la resolución de conflictos personales y sociales, fue que
dos ministros de Estado, el de Gobierno, mayor Salomón Nogales, y el
de Defensa, mayor José C. Pinto, justificaran el pedido de su subalterno
de acudir a un duelo.147
La práctica de saldar el honor no era infrecuente entre las élites y
los políticos bolivianos. Eran posibles desafíos de ciudadanos que se
sentían ultrajados e injuriados en las páginas de los periódicos. Por
ejemplo, cinco años atrás, en La Paz, el 18 de septiembre de 1940, el ca-
pitán Jorge Henrich se batió contra Hernán Siles Zuazo, dirigente del
nacionalismo revolucionario y luego dos veces presidente de Bolivia.

146 Los Tiempos, Cochabamba, 20 de agosto de 1945.

147 Los Tiempos, Cochabamba, 5 de septiembre de 1945.

99
VILLARROEL: un anhelo truncado

Con pistolas Colt y después de dos disparos a 25 pasos que no dieron


en el blanco, sus representantes acordaron, a salvo el honor y el cuerpo,
no hacer un tercer disparo.148 Esta vez, y en la Cochabamba del año de
1945, los padrinos llegaron a un acuerdo que salvó la dignidad de am-
bos y evitó un lance a tiros de consecuencias imprevisibles.149
Sintiéndose asediado, Demetrio Canelas pensó seriamente en poner
en venta Los Tiempos. El mismo día que fue liberado dispuso que el 30
de octubre de 1945 se llevara a cabo el remate en subasta pública de
todas sus instalaciones y sus maquinarias, medida en la que finalmente
no persistiría. El 5 de septiembre, con su hermano Julio César confi-
nado, reasumió la dirección del matutino, pues el corto interinato de
Juan Antonio Barrenechea, apenas duró dos días.
Once jornadas más adelante, el periódico, que atravesaba situacio-
nes adversas recurrentes, celebró su tercer aniversario y su Nº 598.
Su mirada al pasado inmediato no era halagüeña: “Los obstáculos
y peligros que rodean en estos tiempos a la industria y la profesión pe-
riodística, han sembrado de dificultades la existencia de este diario en
los dos primeros años de existencia”.150
Esa lectura le permitía comprender que eran tiempos de dura lucha
para sobrevivir, los periodistas opositores arriesgaban su vida y su li-
bertad, y los propietarios su capital invertido.
El 25 de septiembre de 1945, a las 16:00 horas, Julio César Canelas
fue puesto en libertad en la ciudad de La Paz. Dos días antes había sido
trasladado a esa ciudad procedente de Sorata. No obstante, no regresó
de inmediato a Cochabamba. A fines de diciembre se hizo cargo de
la dirección de El Diario, aunque su presencia fue realmente efectiva
desde el 1 de enero de 1946. El Gobierno había presionado sin éxito
a los propietarios para que lo retiraran del cargo. Bajo su mando, el
matutino de La Paz, perteneciente a la importante y oligárquica familia
Carrasco, se convirtió en “una tribuna cívica que vapuleaba los vicios y

148 La Razón, La Paz, 19 de septiembre de 1940. http://javierbadani.blogspot.


com/2013/04/siles-zuazo-un-duelo-de- honorsaldado.html. Uno de los testigos
por parte de Siles Suazo fue Carlos Montenegro. El 10 de septiembre de 1943,
Guillermo Gutiérrez Vea Murguía de La Razón se enfrentó con el director de
Tránsito, mayor Alberto Taborga. Intercambiaron dos disparos por lado, sin
consecuencias. Guzmán.

149 Canelas fue representado por Enrique Arze y Rafael Gumucio.

150 Los Tiempos, Cochabamba, 6 de septiembre de 1945.

100
La prensa y Villarroel

los crímenes del Gobierno Villarroel-Paz Estenssoro”151 y su perspecti-


va se acopló a la de Los Tiempos. De esta manera, el pensamiento de los
dos hermanos Canelas, al dirigir, en una singular coyuntura histórica,
los dos periódicos más importantes del país, se constituyeron en un
innegable referente para quienes confrontaban con el Gobierno.
Luis Fernando Guachalla, acérrimo adversario de Villarroel y con-
ductor del Partido Liberal, rememoraría años más tarde aquellos pe-
riódicos en apronte de combate:
La prensa salía a la palestra con todo vigor. En El Diario tomaba relieves
de paladín de la libertad un hombre austero y valiente, Julio César Canelas,
que daba curso a lo que venía de fuera sin importarle el peligro que lo
amenazaba. Así dieron noticias sobre el libro de [Alberto] Ostria “Una re-
volución tras los Andes”, la carta abierta a Villarroel de [Pedro] Silvetti y
su libro “Bajo el signo de la barbarie”, el llamado de Julio Alvarado a los
militares, las advertencia del general Peñaranda y de José Antonio Arze, y
otros papeles más entre los que podía contarse mi carta Abierta al Jefe del
Poder Ejecutivo.152 Con razón, escribía Ostria: “Ha renacido el coraje y la
opinión ha pasado de la defensiva a la ofensiva, por lo menos en el terreno
de la prensa [Guachalla, 1946153].

Fue notorio, por otra parte, que la arremetida de los partidos tradicio-
nales como el Liberal, en asociación con sectores de izquierda encabe-
zados por el pir, además de agrupaciones sindicales y estudiantiles, se
incrementara a principios de 1946.
Un editorial del 27 de enero de 1946 en Los Tiempos decía: “Han sido
depuestas las divergencias doctrinales, han sido olvidados los agravios
del pasado y se ve ahora reunidos bajo el mismo techo, a enemigos
irreconciliables del pasado”.154
La exilada oposición se concentró en Santiago de Chile y Buenos
Aires. El 14 de abril (1946) se suscribió el programa del Frente
Democrático Antifascista (fda), signado por José L. Lanza por el Partido
Liberal; Enrique Hertzog, por el Partido Republicano Genuino; Waldo
Belmonte, por el Partido Republicano Socialista; Francisco Lazcano

151 Los Tiempos, Cochabamba, 6 de agosto de 1946.

152 Se refiere a una larga carta a Villarroel, con duras críticas y propuestas de
Guachalla para retornar al amparo de la Constitución, que fue publicada en El
Diario en enero de 1946.

153 Obra concluida en Santiago de Chile en 1960. Los paréntesis nos pertenecen.

154 Los Tiempos, Cochabamba, 27 de enero de 1946.

101
VILLARROEL: un anhelo truncado

Soruco, por el Partido Socialista; Alfredo Arratia por el pir; Alberto


Trujillo, secretario general de la Federación Universitaria Boliviana
(fub) y José Orellana de la cstb. Su propósito principal era la restau-
ración y goce de las libertades, derechos y garantías establecidas en la
cpe.155

El trasfondo de este estado mayor opositor iba mucho más allá.


Fuerzas de izquierda y de derecha convergían en el mismo objetivo:
sustituir a Villarroel y el mnr. Bajo el amparo del discurso de la contra-
dicción entre democracia y fascismo como eje ordenador y la conduc-
ción del fda. La oposición levantó consignas salarialistas para pertur-
bar al Gobierno, se rumoreaban muertos y prisioneros inexistentes. Se
vivía un clima de guerra civil; las calles y las palabras eran el escenario
de confrontaciones diarias. En abril, y como una nueva advertencia
para que cesara en su conducta crítica, Julio César Canelas sufrió un
atentado callejero. Mas, si el propósito era infundir temor en él, su
familia y medios de comunicación, en la lectura de Los Tiempos se ob-
tuvo todo lo contrario. De acuerdo con este matutino: “toda la prensa
ha vibrado de protesta. A la prensa se le ha unido una fuerte masa de
opinión”.156
La crítica de los medios de comunicación colaboraba a que la esta-
bilidad del régimen de Villarroel López se deteriorara irreversiblemen-
te con el pasar de los días. Preso de contradicciones y confrontaciones
internas y externas, el Presidente y sus colaboradores daban manota-
zos contra las universidades, acaparadas por el pir, y la prensa, tratan-
do de acallarlas. Una muestra de lo que sucedía fue que el 30 de mayo,
en las primeras horas de la madrugada, Julio César Canelas y Jorge
Canedo Reyes, director del periódico Última Hora, fueron detenidos
en La Paz por la Policía. Los mencionados y una treintena de perso-
nas más, fueron acusados de participar en un golpe de Estado que, se
arguyó, estaba programado que estallara el lunes 27 de mayo de 1946.
Según Los Tiempos, en aquella época era un recurso manido el acu-
sar a la prensa de estar comprometida en trajines subversivos:
El escritor cumple su papel de crítica en ejercicio de la emisión del dere-
cho de libre pensamiento […]. El efecto que las críticas de la prensa diaria
producen en los pueblos civilizados, es que los Gobiernos rectifican sus
errores […]. Entre nosotros la misión fiscalizadora [que] la prensa tiene es

155 Arze, José Antonio, 1945.

156 Los Tiempos, Cochabamba, 3 de abril de 1946.

102
La prensa y Villarroel

sancionada con la cárcel, los ultrajes, las sevicias personales y a veces tam-
bién con la pérdida de la vida misma.157

Como protesta, periodistas y gráficos de La Paz decretaron un paro el


8 de junio. Los periódicos no salieron ese día.
Entre tanto, Julio César Canelas continuaba como detenido políti-
co siendo, al principio, su paradero incierto y desconocido por varios
días. En su periplo había recorrido primero por la Escuela Nacional de
Policías, luego por el cuartel de Viacha, de donde el viernes 31 de mayo
partió para la localidad rural de Quime. Recién el 5 de junio se supo
que, desde dos días antes, se hallaba “residenciado” en Quime, pequeña
población minera situada al sureste de La Paz, en la parte posterior del
nevado Illimani.158
Detrás de esta prisión, y como antecedente, había una larga historia
personal de marchas y residencias forzadas, fuera y dentro de Bolivia.
Para él se trataba de la cuarta vez “de su historia personal” que era
perseguido, apresado y confinado.159 Desbaratado el “golpe”, finalmen-
te, el 4 de julio, fue trasladado al Panóptico de La Paz, ubicado en la
céntrica zona de San Pedro; ya en reclusión, se encontró con varios
conocidos, detenidos a partir del 13 de junio y días posteriores.

157 Los Tiempos, Cochabamba, 5 de junio de 1946.

158 Los Tiempos, Cochabamba, 5 de junio de 1946.

159 Id. El texto original señala la fecha de exilio a Chile para el año de 1920, pero
ocurrió en propiedad en 1922.

103
vii
Mujeres

Conservadoras y agitadoras

En 1947, una minoría de mujeres llamadas letradas, en el sentido que


por entonces se les daba a las personas que sabían leer y escribir, vo-
taron por primera vez en unas elecciones municipales, tal como fue-
ra aceptado en la Convención Nacional de 1945, gracias al apoyo de
parlamentarios del mnr y seguidores de Villarroel. Hasta entonces, la
tradición republicana apenas había cambiado los fundamentos de los
cánones coloniales con respecto a las mujeres, salvo con algunas pocas
medidas, como la adopción de una ley que permitía el divorcio, apro-
bada en 1932. No obstante, la participación de la mujer, limitada y a
prueba, en unas elecciones municipales, con ser un pequeño avance,
no fue recibida con entusiasmo por el sector femenino de clase alta y
media; en parte, porque tenía su origen en el Gobierno de Villarroel,160
promotor y autor de la introducción de polémicas medidas legales que
buscaban cambiar la situación de las familias y la condición y derechos
políticos de las mujeres.
Se trataba en general de medidas desarrolladas desde arriba, y pre-
sentadas principalmente por parlamentarios del mnr en una suerte de
revolución pasiva. Paradójicamente, dichas medidas no lograron movi-
lizar a las mujeres en apoyo de Villarroel; sino, más bien, sirvieron para
que sectores femeninos conservadores expresaran su franca oposición
al Gobierno, cuyo derrocamiento priorizaron, muy por encima de po-
sibles reivindicaciones de género.
La política con respecto a los derechos de las mujeres es quizás la
parte menos conocida de la política de inclusión social de Villarroel.
En aquel Gobierno, por ejemplo, se tomó la decisión de amparar los
derechos de las mujeres y de sus hijos e hijas no nacidos dentro del

160 Álvarez Giménes, María Elvira, 2011.

105
VILLARROEL: un anhelo truncado

matrimonio católico, y no reconocidos por el padre, permitiéndoles,


de esta manera, adquirir el derecho a heredar. Esto llevó a que se pro-
dujeran manifestaciones de protesta de sectores femeninos en La Paz
y otras ciudades, encabezadas por mujeres de clase alta católica.161
Entre las organizaciones que habitualmente expresaban su desacuerdo
se hallaban la Acción Católica Boliviana, la Cruz Roja, La Liga de la
Moral, Acción Social del Apostolado, Consejo Arquidiocesano de La
Paz, Unión de Mujeres Católicas y otras. Aparte de la crítica a la po-
lítica en general y de las acusaciones de autoritarismo y dictadura al
Gobierno, manifestaban su desacuerdo con las políticas de igualdad
femenina, sobre todo cuando estas amenazaban con trastocar el rol
sacrosanto de la familia y el hogar.
Cuando en 1945 se anunció que la Convención trataría el espinoso
tema del concubinato y las uniones de hecho, los grupos femeninos de
orientación conservadora, y la propia Iglesia, arremetieron contra la
normativa. Una de las promotoras más visibles de estas acciones fe-
meninas, en verdad la cabeza visible contra Villarroel –un Gobierno al
que calificaba de autoritario y “nazifascista”– fue la aguerrida maestra
María Teresa Solari Ormachea, conservadora católica, ferviente anti-
comunista y pariente del polémico y opositor rector de la universidad
local. Se describía a sí misma como soltera de 43 años, formada como
maestra titulada con una veintena de años de servicio, escritora y poe-
tisa y a cargo de una academia de su propiedad destinada a formar
en temas culturales. Según afirmó, y no casualmente el 18 de agosto
de 1945, fecha en la que fue aprobado el concubinato, y a “invitación
de las señoras presidentas de distintas instituciones femeninas de la
localidad,162 se había decidido incursionar en la arena política”. Desde
enero de 1946 presidiría la “Unión Cívica Femenina” (ucf) y adhirió
públicamente al Frente Democrático Antifascista (fda).
Si bien el proyecto del mnr y Villarroel “ponía el acento” en el tra-
bajo productivo de las mujeres en lugar de concentrarse es sus “debe-
res reproductivos” y, como dice de manera crítica Laura Gotkowitz,163
presentaba una imagen de las mujeres del pueblo como “cholas decen-
tes”, en una sociedad señorial y de fuertes horizontes racistas, eso fue

161 Gotkowitz, Laura, 2011: 243-245.

162 El Diario, La Paz, 13 de agosto de 1946.

163 Un relato basado en los expedientes judiciales se halla en Gotkowitz, Laura,


2011: 239-245.

106
Mujeres

motivo suficiente para producir incomodidad y una reacción por parte


de las mujeres blancas de cierta prosapia, que la historiadora nortea-
mericana elude analizar.
El 16 de julio de 1945, en la ciudad de La Paz se realizaron ma-
nifestaciones de mujeres católicas, damas de beneficencia y sectores
culturales, que marcharon por la Plaza Murillo y calles adyacentes para
mostrar su “franco repudio” a la aprobación de las artículos 131 y 132
de la nueva cpe.164 También en otras ciudades, como Cochabamba, se
realizaron protestas similares. En La Paz, el trío de oradoras estuvo
integrado por damas de alcurnia: Irene Gutiérrez de Bailey, Isabel vda.
de Haillot y, finalmente, la “señorita” María Teresa Solari. La segunda,
centró sus palabras en la defensa de la familia, “lo más caro en la vida
de la mujer” y la tercera impetró a los convencionales: “respetad la fa-
milia boliviana.”165
El 6 de septiembre del mismo año, se realizó una reunión extraor-
dinaria de la “Unión de Madres Católicas y Cruzada del bien Social”,
presidida por el Arzobispo de La Paz y el directorio de la ucf. Leticia
Antezana de Alberdi habló entonces enfáticamente de la “sagrada y
milenaria institución de la familia”, que consideraba agredida por las
“leyes atentatorias”. Solari, por su parte, se empeñó en promover una
cruzada de moralidad e hizo una comparación entre el matrimonio
religioso y el concubinato, analizando las diferencias entre hijos de dis-
tinto origen. Al día siguiente, en Chuquisaca (Sucre) la matronas de
la clase alta se reunieron para rechazar las “inmorales reformas” que
generarían “caos en la familia”.166
La Convención, a contrapelo de las protestas, aprobó dos artículos:
Art. 131

Se establece la igualdad jurídica de los cónyuges.


Se reconoce el matrimonio de hecho en la unión concubinaria, con solo el
transcurso de dos años de vida en común, verificada por medios de prueba
o el nacimiento de un hijo, siempre que las partes tengan capacidad legal
para contraer matrimonio.

164 El Diario, La Paz, 13 de agosto de 1946.

165 La Razón, La Paz, 17 de agosto de 1945.

166 La Razón, La Paz, 9 de septiembre de 1945.

107
VILLARROEL: un anhelo truncado

Art. 132

No se reconoce desigualdades entre los hijos, todos tienen los mismos de-
rechos y deberes.167

Aquellas mujeres que vivían en barrios “residenciales” de La Paz


sentían que con la política de Villarroel su orden social se trastocaba al
ser ocupado por indígenas, trabajadoras y sus congéneres a quienes se
etiquetaba como “cholas” aupadas y protegidas desde el Estado. Esas
mujeres de clase alta, como reacción, se dedicaban a esparcir rumores
y distribuir volantes contra Villarroel. Visitaban los barrios populares
de La Paz trasladando grandes ollas de comida que distribuían a los
vecinos y vecinas aprovechando para criticar al Gobierno e incitar a
una revuelta.168
En ese marco, Teresa Solari, con el apoyo de aquel grupo de muje-
res, incluyendo a hijas de los asesinados en noviembre de 1944, como
Ana Calvo –aunque con esta última mantenía discrepancias–, acumuló
gran poder político; tanto, que en los álgidos días de julio de 1946 se
convirtió en interlocutora con sectores militares a la cabeza de los que
se encontraba el influyente ministro de Defensa Celestino Pinto. Los
militares visitaron a Solari en su domicilio el día 19 de julio del año
1946, apenas dos días antes de la asonada que acabaría con la vida de
Villarroel. Ella les entregó un pliego de peticiones, según dijo aprobado
en asamblea por cuatro centenas de mujeres de “toda clase social”, en
el cual pedían la conformación de un nuevo gabinete “de hombres hon-
rados” con la misión de convocar a nuevas elecciones legislativas.169
Ella, empero, no estaba a favor del voto femenino y los derechos polí-
ticos de la mujer, como en cambio manifestaba el Frente Democrático
Antifascista (fda).
En la Convención Nacional de 1938 ya se había debatido entre los
congresistas varones la posibilidad de otorgar el voto a la mujer letra-
da. La polémica, que duró cuatro días, fue acompañada por la vigilan-
cia de organizaciones de mujeres, pero la decisión de la mayoría de los
constituyentes rechazó la posibilidad por 55 a 35 votos, argumentando
que la irrupción de la mujer en la política destruiría los matrimonios

167 Bolivia: Constitución Política de 1945, 24 de noviembre de 1945.

168 Seoane de Capra, Ana María. Los últimos días de Gualberto Villarroel y el papel
de las mujeres. Historias de Bolivia - Archivos Históricos. FaceBook.com. s/f.

169 Id.

108
Mujeres

y su rol de madre o que ella no estaba capacitada para ejercer este au-
gusto rol.170
Como antecedente de lo anterior estaba la “Conferencia
Interamericana sobre los Problemas de la Guerra y la Paz”, realizada
del 21 de febrero al 8 de marzo de 1945 en Chapultepec, México, y que
se tradujo en las llamadas Actas de Chapultepec, fruto de una amplia
reunión de representantes gubernamentales, entre los cuales estaban
los de Bolivia (Carlos Montenegro, Víctor Paz y otros) que se com-
prometieron a hacer efectivo el voto femenino. Ahora bien, la amplia
mayoría de quienes votaron a favor de un voto limitado, lo hicieron
condicionando el voto de la mujer a su calidad de letrada, es decir, que
supiera leer y escribir.
Las reformas constitucionales incorporadas por la Convención de
1938 hicieron posible que en 1942 se sancionara la Ley Orgánica de
Municipalidades que permitía participar a las mujeres siendo electoras
y elegidas, pero bajo la condición de estar “capacitadas”, lo cual venía a
significar que hubieran vencido la instrucción primaria; es decir, supie-
ran leer y escribir y además, que hubieran cumplido 21 años de edad.
Al hilo de lo anterior, en noviembre de 1945, con objeto de incorpo-
rar modificaciones sustantivas a la Constitución de 1938, se conformó
una comisión legislativa que en sesión extraordinaria trató el tema de
la incorporación de la mujer, con plenos derechos, a su participación
en la conformación de la institución municipal, en calidad tanto de
electoras como de elegidas.
La recomendación de la Comisión Legislativa rezaba así:
“Para la formación de municipalidades se otorgará el derecho de sufragio
a la mujer de nacionalidad boliviana que hubiera vencido la instrucción
primaria y cumplido los 21 años de edad.”

El debate de la comisión fue arduo y debido a la falta de consen-


so se prolongó por espacio de cuatro días, produciéndose acaloradas
discusiones en las que se vertían opiniones variopintas. Unos a favor y
otros en contra de las recomendaciones de la comisión, desgranaban
las ideas y los argumentos que cada uno de los representantes tenía
sobre la participación de la mujer en la vida pública y en la política.
El poeta y representante Raúl Otero Reiche, al hablar en el seno de
la comisión legislativa sobre lo que él denominaba la “emancipación
del bello sexo”, dijo:

170 Revollo Quiroga, Marcela, 2001.

109
VILLARROEL: un anhelo truncado

Y si es un factor social ponderable y eficiente, si sobre este punto nadie


puede discutir ya después de su contingente social puesto al servicio de la
patria en la última guerra mundial, si nosotros comprobamos esta misma
ponderación en la guerra contra el Paraguay, no creo por qué se le puede
negar sus derechos políticos [...].171

Por su parte, el diputado por Omasuyos, el convencional Alberto


Mendoza López, que fungía como presidente de la comisión, manifes-
tó:
[…] vivimos una época política social […] si las mujeres pueden determinar
la marcha política de un pueblo, por qué no se les ha de permitir que fran-
camente entren a sufragar en las urnas electorales, por qué no se les ha de
abrir las puertas para que ellas tomen parte de las actividades políticas al
lado de los varones. ¿Cuál es la razón? ¿Cuál el fundamento?172

El convencional Hernán Siles Suazo, diputado por La Paz, y que


una década después llegaría a la primera magistratura del país, decla-
raba haciendo gala de una visión pragmática:
Se trata de legislar constitucionalmente en sentido de dar igualdad de dere-
chos a las mayorías. Para la formación de las municipalidades se otorgará
el derecho de elección y de elegibilidad a la mujer boliviana en las mismas
condiciones del hombre.

Pero no todos tenían el mismo criterio progresista. Algunos, como


el diputado por Tarata, Héctor Fernández, opinaban:
Yo digo simplemente que la familia es la piedra angular de la patria, y quien
dirige la familia, quien hace el alma de los hijos es la mujer, tiene una visión
más importante que el hombre en la vida, cual es la de crear el alma de los
hijos, el alma de los ciudadanos que deben dirigir la patria. Si sacamos a la
mujer de su hogar y la llevamos a las luchas mezquinas de la política ¿qué
sucederá de ese hogar y de la educación de sus hijos? […] ¿qué va a ser
de los hijos, cuando los esposos y esposas se vayan a la calle a las luchas
políticas?

O lo que, en la misma línea del constituyente Fernández, expresaba el


convencional por Sica Sica, Alfonso Finot, en sentido de que la política
terminaría por romper el rol tradicional de la mujer:

171 Archivo del Congreso de La Paz. Redactor de 1945, t. i (sesiones extraordina-


rias).

172 Ibid.

110
Mujeres

Un hombre trabaja en la fábrica, desde las seis u ocho de la mañana, regre-


sa a su hogar, con el ánimo de encontrar descanso o reposo, esperando que
su mujer le haya preparado el alimento y se encuentra con la triste realidad
que su compañera de hogar, está en un comité político, sesionando sobre
las altas cuestiones del Estado […]. La mujer de Bolivia está en manos del
clericalismo de las Acciones Católicas, que están perfectamente organiza-
das y constituidas por un selecto grupo de señoras, y señoritas y muchachas
cultas. El voto concedido a la mujer es claramente contrarrevolucionario
[…] la mujer no se encuentra con clara facultad política, a excepción de un
selecto número de damas.

El beniano Rómulo Arano Peredo, no sin cierta lógica, se preguntaba:


“¿Qué diferencia hay entre las elecciones municipales y las elecciones
para representantes [de la Convención]?” Otras, como opiniones tos-
cas e indelicadas que fueron, quizás simplemente no requieran ningún
comentario (“[...] antes de tener una mala política, prefiero tener una
buena esposa, una buena madre”; “La mujer boliviana no ha alcanzado
una cultura apreciable”).
Lo cierto es que tras días de difícil y por momentos accidentado
debate, el proyecto presentado por el asambleísta Ortiz Taborga, con
el apoyo de sus pares, Edmundo Roca, Vito Prado, Fausto Reinaga y
otros, fue sometido a voto. De los 73 constituyentes presentes, 43 vota-
ron a favor de aprobar la enmienda y 30 votaron en contra. Muchos del
primer grupo pertenecían al Movimiento Nacionalista Revolucionario
(mnr) y en mucho menor número al Partido Socialista. Fueron, pues,
los nacionalistas que apoyaban al Gobierno de Villarroel quienes logra-
ron que la reforma propuesta fuera incluida en el texto constitucional
de la manera siguiente:
Ley de 24 de noviembre de 1945

Artículo 46.- Para la formación de las Municipalidades se reconoce el de-


recho de elección y elegibilidad a la mujer boliviana, en las mismas con-
diciones que al hombre, con más el derecho ciudadano a que se refiere la
segunda parte del artículo 43 de esta Constitución.

El mencionado artículo 43, disponía que:


La ciudadanía consiste:

1. En concurrir como elector o elegido a la formación o el ejercicio de los


poderes públicos.

111
VILLARROEL: un anhelo truncado

2. En la admisibilidad a las funciones públicas, sin otro requisito que la


idoneidad, salvo las excepciones establecidas por la ley.

Según la autora Marcela Revollo Quiroga, en su libro Mujeres bajo


prueba: la participación electoral de las mujeres antes del voto universal,
1938-1949 (2001), lo que se había logrado no era más que “una ciuda-
danía parcial” y un voto “restringido al gobierno municipal”, además
“a prueba”, ya que exponía a las mujeres al examen de su capacidad
política, y dejaba abierta la posibilidad de que fuera revertida en caso
de que su idoneidad estuviera en entredicho.173
Es de advertir que, a diferencia de lo que ocurrió en 1938, cuando
el debate en el hemiciclo estuvo acompañado por la presencia de enti-
dades femeninas que lo siguieron de cerca, observando y presionando
a los varones que debatían desde sus escaños; lo ocurrido en 1945, se
caracterizó por la total ausencia de mujeres, tanto en la calle como en
el hemiciclo. Las mujeres, tanto las consideradas de “abolengo” como
las de clase media, habían priorizado su confrontación con Villarroel
por encima de cualquier avance en sus derechos, por emanar estos del
odiado Gobierno.
El periódico El Diario, matutino opositor que se publicaba en La
Paz, editorializó:
Reciben las mujeres esta reforma en un ambiente de plena indiferencia.
Podría afirmarse que la mayoría de ellas, a quienes precisamente se quiere
beneficiar, persiste en mostrarse marginada de estas inquietudes. Las ma-
nifestaciones en favor del sufragio han sido demasiado pequeñas, insignifi-
cantes. Podía, en verdad, haberse esperado otra actitud, un movimiento de
entusiasta adhesión al proyecto. No hubo pues nada de eso.174

En los días posteriores al derrocamiento de Villarroel, la prensa,


principalmente la editada en La Paz, se esforzó en presentar a las mu-
jeres como protagonistas centrales de la asonada. Exaltó su participa-
ción, su heroísmo y su entrega, incluso cuando la confrontación había
adquirido tintes violentos. Se dijo de ellas que habían marchado por
las calles, alimentado y curando las heridas a los manifestantes, a los
que también proporcionaban proyectiles. Se aseguró incluso que algu-
nas combatieron “con el fusil en ristre”. Varias fotografías muestran,
en efecto, la presencia de mujeres en los grupos de combate; también

173 Revollo Quiroga, Marcela, op. cit.: 80.

174 El Diario, La Paz, 22 de julio de 1946.

112
Mujeres

se pudo ver otras imágenes de dos mujeres armadas con fusiles junto
a una treintena de varones, haciendo guardia en la puerta del Palacio
Quemado o de otras portando fusiles y desfilando el día 21 de agosto,
durante los actos de recordación de la caída de Villarroel. La exalta-
ción, incluyendo la de la “chola paceña” como símbolo de “altivez y
abnegación”,175 era inédita, aunque la presencia de mujeres en armas
y participando en revueltas y desórdenes internos no era nada nuevo
en los anales de nuestro país; bastaba con recordar a las guerrilleras de
la independencia o a las rabonas, en los sucesivos episodios de nuestra
historia. Lo llamativo en julio de 1946 y los meses posteriores es que el
hecho ganara las primeras planas, copara los corrillos públicos y aca-
parara la atención y bendición de los sectores oligárquicos y de poder,
los que siempre habían profesado un acentuado machismo y racismo.
El 22 de julio, Última Hora, otro de los periódicos opositores, desta-
có en su página editorial: “Las mujeres pelearon junto a los hombres”,
y aunque el contenido de la nota no correspondía al título, en un párra-
fo aparte se ponderó la actividad de la “señora doña”–notable puesta
en escena de la “alcurnia” de la mencionada– Julia Reyes Ortiz vda.
de Canedo, quien desde la radio realizó “campañas de franca oposi-
ción al Gobierno derrocado.”176 Ella, como otras mujeres de clase alta,
abandonando la comodidad de sus lujosos hogares, fueron muy activas
combatiendo al Gobierno de Villarroel. Se volvió a exaltar la figura
de la ya mencionada Ana María Calvo, hija de Luis Calvo, uno de los
asesinados en Chuspipata y cuyo esposo, Fernando Echenique Dorado,
teniente de aviación, se hallaba detenido desde el 29 de mayo, diciendo
de ella que “se la vio en todas las manifestaciones populares que reco-
rrieron las calles de la ciudad de La Paz, pidiendo con indignación el
fin del régimen despótico.”177
Otra de las mujeres que fue destacada por los medios de comuni-
cación, fue la atractiva Hortensia Taboada B., que también desde me-
ses atrás, había participado activamente en las movilizaciones que se
dieron tras los asesinatos de noviembre de 1944. Se recordó y destacó
el encendido discurso que pronunciara en el entierro de Raúl Zavala
y Carlos Lopera, muertos durante la asonada de junio de 1946, pese
al estado de sitio imperante. También se dijo de ella que durante las

175 El Diario, La Paz, 22 de julio de 1946.

176 Última Hora, La Paz, 22 de julio de 1946.

177 El Diario, La Paz, 4 de agosto de1946.

113
VILLARROEL: un anhelo truncado

acciones del jueves 18 recorrió las zonas de combate distribuyendo


municiones. En el vehículo la acompañaban su esposo, Juan Ibañez, y
la enfermera Alicia Von Borries. Perseguida, buscó refugio en la emba-
jada de Chile.178
Tanto la prensa como las entidades femeninas y religiosas que par-
ticiparon en las manifestaciones y protestas que condujeron al derro-
camiento de Villarroel se empeñaron en resaltar la variopinta multitud
involucrada en las movilizaciones, y exaltaron también a las mujeres po-
pulares. Un caso relevante fue el de la “heroína” Amanda Juana Vargas,
de 26 años, madre de un hijo de nueve años. Era oriunda de la provincia
Larecaja; nacida en una familia de bajos ingresos y posiblemente de tipo
mestizo o quizás indígena. Según los relatos de aquel episodio, la tarde
del 20 de julio, Amanda Juana, con el cuerpo cubierto por una bandera
nacional, junto con Ana María Soux encabezaba una marcha cuando
habría sido alcanzada por dos disparos de arma de fuego que acabaron
con su vida. El hecho ocurrió justo frente al Palacio de Gobierno.179
Más tarde, tras el asesinato de Villarroel, se evidenciarían algunas
profundas discrepancias en los grupos que se cobijaban bajo el para-
guas del movimiento femenino que había contribuido al derrocamien-
to del 21 de julio. Estos desacuerdos se hicieron patentes con ocasión
de la “Convención Femenina Nacional” convocada por la acf y que se
llevó a cabo entre el viernes 25 y el domingo 27 de octubre.
Al acto habían sido invitadas algunas damas del Cuerpo Diplomático
y también distinguidas damas de la sociedad. La Convención esta-
ba integrada por representantes de todas las Entidades Femeninas y
Sindicatos de la Mujer Obrera. En las Asambleas solo las delegaciones
tenían derecho a voz y voto. Para cada asamblea, fueron presentados
los temas y cuestionarios que serían debatidos,180 con la clara adver-
tencia de que la Convención no trataría temas políticos, sino cívicos.181
No obstante, de los tres tópicos que figuraban en el programa: a) de-
sarrollo personal; b) el voto femenino, y c) Sugerencias cívicas para la
administración estatal, al menos dos parecían tener claras connotacio-
nes políticas.182

178 Última Hora, La Paz, 24 de julio de 1946.

179 Ibid. La información proviene de un discurso de María Teresa Solari.

180 El Diario, La Paz, 26 de octubre de 1946.

181 La Razón, La Paz, 23 de octubre de 1946.

182 El Diario, La Paz, 23 de octubre de 1946.

114
Mujeres

Como era previsible, una vez constituida la directiva de la


Convención, Solari ocupó la presidencia y lógicamente le corresponde-
ría dar el discurso central. Como vicepresidenta fue nombrada la dele-
gada del Ateneo de Cochabamba, “la señora” Fidelia Corral de Sánchez;
Alfonsina Paredes quedó en la Secretaría de Prensa y Propaganda y Paz
Nery de Lucsik, en la de Actas. Las dos últimas eran militantes del pir,
y Paredes, además, vinculada a la fos, de tendencia trostskista.
Desde el primer momento, la férrea dirección de Solari marcó la
orientación conservadora de la reunión. Máxime cuando el desarrollo
del tema inicial, el “desarme espiritual”, convocó a los colectivos cató-
licos a esgrimir como programa de “acción” las enseñanzas de Cristo
y a la exhortación de que “todos los hombres deben ir al desarme po-
lítico abandonando sus partidos y pensando en un solo ideal que es la
patria, guiados por una sola enseña que es la bandera nacional”. Las
conclusiones de esta primera mesa armonizaban perfectamente con
el derrotero tradicionalista y católico que había seguido el debate, pa-
sando a “solicitar con carácter obligatorio las enseñanzas de la moral
y la religión” en el sistema educativo. También determinaron pedir a
los trabajadores intelectuales y manuales de la República que por prin-
cipio ético de civismo, en sus diferentes empresas se sometieran a los
fundamentos de la Ley General del Trabajo, agotando todos los medios
conciliatorios posibles, laudos, arbitrajes, etc., adoptando solo en caso
extremo el derecho de huelga. Esto, se dijo, es lo que debería hacerse en
defensa del orden social, en aras de un desarme espiritual y colectivo y
de la conservación de la paz en esta hora por la que atraviesa Bolivia.183
La conciliación de clases y la renuncia a su rol sindical, era mucho
más de lo que la representación laboral podía aceptar y tolerar. El día
26, las delegadas de la fos abandonaron el recinto y rompieron con los
sectores conservadores. En su mayoría eran militantes del pir y, en me-
nor grado, del por y sindicalistas independientes y anarquistas, como
posiblemente fuera el caso de la poetisa Hilda Mundy, precursora y re-
ferente actual del feminismo boliviano. Las dimisionarias esgrimieron
los siguientes motivos:
1. Por la actitud hostil que han demostrado las delegaciones feme-
ninas contra las representaciones de las clases trabajadoras.

183 La Razón, La Paz, 26 de octubre de 1946.

115
VILLARROEL: un anhelo truncado

2. Porque todos los puntos de vista expuestos por las delegaciones


obreras no han sido tomados en cuenta en la primera sesión
efectuada el día de hoy.
3. Porque las conclusiones del temario de esta Convención son ele-
vadas por la “Unión Cívica Femenina” y aprobadas sin lugar a
que se sometan a las deliberaciones legales y justas.
La fos, calificó de “provocaciones de la burguesía” la actitud del
grupo conservador de la Convención y convocó a un manifestación de
protesta para el domingo 27 en horas de la tarde.184
Las convencionales conservadoras intentaron buscar el retorno de
“la clase obrera” y nombraron una comisión para el efecto, pero sin
conseguir resultados satisfactorios.
La tarde del sábado 26, ya sin las representantes laborales, se abor-
dó el álgido tema del voto femenino. Según la prensa, “La sesión fue
intensa y por momentos muy delicada”. Las intervenciones mostraron
opiniones claramente divergentes. Solo después de “una acalorada dis-
cusión”, dos fórmulas fueron sometidas a voto por escrito preguntan-
do:
1. Si se postergaba el voto hasta la culturización de la mujer, o
2. Si se organizaba un comité para estudiar la cuestión del voto.
La primera propuesta obtuvo 40 votos y la segunda solo 19.185 Las
convencionales no aceptaron siquiera la propuesta de la delegada de
las mujeres universitarias, Blanca Sfeir Cavero, de poder ejercer el voto
en los municipios “para poner un medio de ensayo para poder ver el
resultado dentro la culturización de la mujer.”186
El rechazo al voto marcaba la distancia entre las mujeres de clase
alta y media y las izquierdistas y obreras. Aquellas también señalaban
que no tenían deudas con el Gobierno de Villarroel y por supuesto, que
no deseaban recibir su herencia.
Las primeras elecciones municipales con presencia femenina se ce-
lebraron en diciembre de 1947. La mayoría de las postulantes era de
tendencia conservadora y la campaña se basó en temas como la im-
portancia de la maternidad o el espíritu maternal, para proteger a los
hijos del pueblo. Por otra parte, dadas las funciones que cumplían las

184 El Diario, La Paz, 26 de octubre de 1946.

185 El Diario, La Paz, 28 de octubre de 1946.

186 Id.

116
Mujeres

alcaldías en relación a la salud, la seguridad o el control de los mer-


cados, se las asimilaba a un gran hogar o a un gran vientre materno
donde las mujeres podían desarrollar tanto su instinto protector como
sus labores domésticas y del hogar. Frente a la violencia imperante en
la política boliviana, la impronta del discurso maternal y femenino se
postuló con un afán tranquilizador que promovía la paz social. La res-
ponsabilidad patriótica y el compromiso de ciudadanía fueron otros de
los argumentos enarbolados.
Tras desarrollar una concienzuda y amplia campaña electoral, lo-
graron movilizar a amplios sectores del electorado femenino y consi-
guieron un importante registro de electoras. Finalmente fueron electas
ocho, es decir un 7,40% del total de votos, quedando el mayoritario
92,60% en manos de los varones. Su ciudadanía estaba restringida a
comicios municipales como un ejercicio previo de aprendizaje. Como
expresara María Lourdes Zabala, ellas “vieron aquel ensayo como algo
prestado, como una conquista no buscada y casi incómoda” (comuni-
cación personal).
Las mujeres de clase media y alta tenían un fino olfato de clase que
orientó y definió su confrontación irreductible con Villarroel. Los mi-
neros y los indígenas, en cambio, respondieron afirmando su identidad
de clase y etnia. Ambos, antes de Villarroel, tenían una larga historia
de motines, sublevaciones, huelgas, marchas y también muertos y ase-
sinados por las fuerzas gubernamentales. Ellos tomaron del Gobierno
de Villarroel la experiencia de sentirse mirados y reconocidos simbóli-
camente como iguales. Fue una de las pocas veces en la historia, en las
que el Estado, sensible a la discriminación y opresión de las mayorías,
desarrolló gestos de identificación en un conglomerado multiétnico y
multicultural como es Bolivia.

117
viii
El asesinato de Villarroel
En la madrugada del 13 de junio –algunos testigos fijan el punto de
partida en las siete de la mañana– detonó una asonada promovida por
sectores del Ejército y la aviación, en connivencia con personalidades
civiles. La madrugada de aquel día invernal, el complot civil y militar
logró tomar brevemente la Base Área de El Alto, mientras que se pro-
ducían tiroteos en la ciudad de La Paz. Durante algunos momentos los
golpistas lograron copar el regimiento Calama de Carabineros, en el
centro de la ciudad de La Paz, considerado el centro de la represión de
opositores. La herida sufrida por el mayor Carlos Lopera, que coman-
daba el operativo, lo desarticuló y condujo al fracaso. Otro grupo tomó
dos aviones en la base área en las alturas de la ciudad –hoy El Alto–; con
ellos, bombardearon el Palacio de Gobierno y la Alcaldía, pero, para su
sorpresa, las bombas no estallaron; alguien –se dice que fue un mecá-
nico de nombre David Prado– militante del mnr y adepto a Villarroel
había despojado de su espoleta a los proyectiles. El comandante de la
base la retomó y los dos pilotos, los tenientes Eric Ríos Bridoux y Hugo
Justiniano, huyeron con sus naves a Arequipa, Perú, donde aterrizaron.
Los civiles, los hermanos Jorge y Arturo Ballivián y el periodista Raúl F.
Zabala murieron, además del cabo Walter Vargas y el soldado Augusto
Cabero. También fue herido otro de los protagonistas, nada menos que
el director de La Razón, Diputado electo el 5 de mayo y ex combatiente
de la guerra del Chaco, Guillermo Gutiérrez Vea Murguía, que se sumó
al complot junto a varios de sus reporteros.187
El mnr, convocado por Paz Estenssoro, movilizó a su militancia
y le dotó de algunas escasas armas. En las minas hubo angustias y
protestas. Lechín instruyó a Mario Torres: “Envíen telegramas a las mi-
nas y hagan manifestaciones. Hay que estar preparados, si es necesario

187 Un relato novelado pormenorizado en Rivero A., Raúl (2014). Memorias bajo
fuego. Cochabamba/La Paz: Los Amigos del Libro.

119
VILLARROEL: un anhelo truncado

tomando polvorines; defender la revolución, si es necesario con nues-


tras vidas antes que volver a la esclavitud.”188
No fue necesario, porque el golpe se desarmó y se apagó sin apoyo
social. La Calle publicó un número extraordinario alabando que la “sub-
versión rosquera fue aplastada” Villarroel decretó estado de sitio y la
(auto) censura de prensa bajo vigilancia policial. El periódico La Razón,
de propiedad del importante capitalista minero Carlos Víctor Aramayo,
fue confiscado. Última Hora corrió la misma suerte, aunque otros im-
portantes matutinos opositores como Los Tiempos no fueron tocados.
Varios periodistas y políticos fueron apresados y confinados a lugares
alejados. Se arrestó en Cochabamba a integrantes de la élite regional
y a varios comunicadores; entre ellos, a Juan Antonio Barrenechea
y Eduardo Ocampo Moscoso, militante del pir y Subdirector de Los
Tiempos. Se los acusó de “actividades políticas”, según refirió el capi-
tán Eduardo Rivas Ugalde, jefe de Policía de Cochabamba.189 Ocampo
Moscoso permaneció extrañado nueve días en la hacienda El Rosal, en
la zona de Punata.
El fallido golpe de estado dejó enseñanzas a los opositores, que com-
prendieron que tendrían que contar con el apoyo o la omisión militar,
pero también movilizar a sus cuadros armados y, sobre sus espaldas,
estructurar un alzamiento popular que escondiera el carácter clasista
de la acción de armas. La asonada comenzó con una huelga general de
maestros y maestras que pedían un incremento mensual del 50%, la
mitad del que ofertaba el Gobierno.
El sábado 13 de julio se produjo un masivo entierro simbólico de
Bergel Camberos, un estudiante muerto en una manifestación del día
10. Asistieron miles de personas. En la Plaza Alonso de Mendoza, ca-
mino al Cementerio General de La Paz, se pronunciaron discursos:
Stael Atristán, Pedro Pérez, Javier Torres Goitia, universitario en Sucre
y militante del pir, Abraham Valdez Salgueiro, un intelectual de iz-
quierda muy ligado al pir y Alfonsina Paredes, integrante del por. Ya
en el cementerio, lo hicieron Ruben Terrazas, hijo de un asesinado en
Chuspipata y el ingeniero y adherente del pir José Nuñez Rosales. La
variopinta representación, en términos de género y sociales, mostra-
ba la punta de lanza, con la fuerte presencia del pir; que ya estaba

188 Nota del editor (ne): referencia no encontrada en el texto original.

189 Los Tiempos, Cochabamba, 18 de junio de 1946.

120
El asesinato de Villarroel

armada contra Villarroel y que muy pronto habría de arremeter contra


el Palacio Quemado.
El Gobierno decidió suspender el “Desfile de Teas” del 16, tradicio-
nal acto cívico en conmemoración de acontecimientos regionales liga-
dos al levantamiento independentista de julio de 1809. Sin embargo, se
realizó el Te Deum y la procesión respectiva. En medio del olor a incien-
so, el alcalde Gutiérrez Granier, fue rechiflado. Lo propio ocurrió con el
batallón “Sucre”, que era la guardia presidencial. La madrugada del 17,
un grupo de militantes del mnr, quizás ebrios, cometieron la torpeza
de apedrear la universidad de La Paz. A la cabeza del grupo iban los mi-
nistros Julio Zuazo Cuenca y Germán Monroy Block. Probablemente
los daños materiales causados fueron bastante menores a los atribui-
dos por las autoridades de la casa de estudios superiores, pero enojó
y embraveció a docentes y estudiantes, que hallaron otro motivo para
movilizarse. Pero el carácter de la confrontación, y todos lo sabían, ya
no era de voces y caminatas, de manera que empezaron a armarse.
Las protestas fueron creciendo y el “Comité Tripartito” constituido
por maestros, fabriles y universitarios, donde el pir tenía clara injeren-
cia, decretó, a las 20:00 horas del día 17 de julio, una huelga general.
Aunque no logró paralizar la ciudad, sí pudo parar varias actividades
y contribuir a enrarecer el ambiente político. Al mismo tiempo, se pro-
dujo la renuncia de tres ministros del gabinete de Villarroel, todos ellos
pertenecientes a la logia radepa: el My. José C. Pinto , el My. Antonio
Ponce y el My. Jorge Calero.
La previsión realizada por el periódico Los Tiempos a inicios de ese
mismo año, estaba a punto de cumplirse. Centenares de estudiantes,
trabajadores y maestros, que formaban el comando “Tripartito”, ga-
naban las calles en son de protesta contra Villarroel, mientras que la
prensa descalificaba permanentemente el accionar gubernamental. El
distanciamiento, en verdad ruptura, entre los medios de comunicación
y el presidente militar, era en verdad irreconciliable. Salvo el periódi-
co La Calle, órgano del mnr y la radio oficial, nadie en los medios de
comunicación parecía dispuesto a defenderlo. En contraste, cuestiona-
ban ásperamente su forma de ejercer el poder y lo acusaban de usarlo
sin freno, así como de promover la ausencia de una división de poderes
y, finalmente, aunque no en ese orden de importancia, de colocar cor-
tapisas a la libertad de prensa y de expresión.
Ese mes, arreciaron en La Paz las protestas. La Universidad de San
Andrés era el centro operativo de las movilizaciones. Estas también

121
VILLARROEL: un anhelo truncado

contaban con la presencia de mujeres de todos los sectores sociales,


aunque la mayoría procedía de clase altas –algunas eran familiares de
las víctimas de noviembre de 1944– agrupadas principalmente en la
“Unión Femenina Cívica” y otras entidades similares que se manifesta-
ban bulliciosamente en las calles, junto a preceptores, artesanos y es-
tudiantes en contra de un Gobierno que en verdad vivía sus últimos es-
tertores. Los dirigentes opositores ya se habían trazado su objetivo: la
renuncia de Villarroel, pues ya no les parecía suficiente que el mnr fuera
desplazado del Poder Ejecutivo. El teniente coronel Enrique Camacho,
por entonces presidente de la Corporación Boliviana de Fomento (cbf),
relataría, que a eso de las18 horas del sábado 20 de julio se reunió
con una parte del Estado Mayor de la Oposición: Alfredo Mendizábal,
alto dirigente del pir; Roberto Arce, un ingeniero estrechamente ligado
a Simón Patiño; Gastón Arduz Eguía, ligado a la empresa del poten-
tado minero Carlos Víctor Aramayo; estos dos últimos militaban en
el pequeño Partido Socialdemócrata. Estaban, también, Julio Valdez
Trujillo, José Jiménez Vega universitario del pir, Gonzalo Romero y
José Romero; con quienes concordó en que la dimisión presidencial
era un condición ineludible para ”buscar la paz y la tranquilidad”.190
Otros militares también se reúnen con los mismos portavoces y trans-
miten el mismo imperativo: dimisión del Presidente, convocatoria a
elecciones, y la formación de una junta que gobierne en reemplazo de
Villarroel.
A mediodía juró el nuevo gabinete enteramente militar. Poco más
tarde se instruyó que los tanques de guerra se retiraran a la Región
Militar, a pocas cuadras del Palacio. Como entre las 16 y 16:30, una bu-
lliciosa y agresiva multitud, precedida por mujeres que portaban ban-
deras bolivianas, recorrió el centro de la ciudad y pasó por las puertas
del palacio. De ella se desprendió un grupo de docentes y estudiantes
de medicina, presididos por el catedrático Manuel García Capriles.
Exigieron y obtuvieron reunirse con Villarroel al cual solicitaron per-
miso para realizar una asamblea universitaria y su dimisión. Ambas
fueron negadas.
Al anochecer de esa jornada, altos mandos militares se reunieron
con Villarroel en el Salón Rojo del palacio presidencial. Muchas vo-
ces se alzaron pidiendo la renuncia de Villarroel que fue defendido
por miembros de radepa y varios oficiales adeptos a la revolución de

190 La Razón, La Paz, 21 de agosto de 1946.

122
El asesinato de Villarroel

diciembre de 1943. La reunión, a la que asistieron poco más de una


cuarentena de jefes y oficiales, fue áspera; llena de gritos y amenazas,
duró hasta las 5 de la madrugada del domingo 21. Villarroel no re-
nunció y el cuerpo militar quedó profundamente dividido. Una buena
mayoría decidió no intervenir ni salir a las calles a reprimir las movili-
zaciones antigubernamentales.

Domingo trágico

La protesta callejera, que tenía fines netamente políticos, se iba agudi-


zando conforme pasaban las horas; esta vez lo que estaba en juego no
era una reivindicación más, sino el poder. El domingo 21, poco antes
de que el reloj de la Plaza Murillo marcara las siete de la madruga-
da, Elena López, esposa de Presidente abandonó el Palacio Quemado.
Estaba embarazada e iba acompañada de sus dos hijas pequeñas. El
Presidente las despidió rumbo a su refugio en un residencia amiga
ubicada en el barrio de Sopocachi. Nunca más volverían a verse. Si
este desplazamiento familiar pudo haber significado una prueba de la
incertidumbre reinante, poco después, como si aún nada hiciera pre-
sagiar la tormenta que se avecinaba, la guardia de honor presidencial
izó la bandera boliviana con la misma rutina dominguera de siempre.
Casi a la misma hora, las fuerzas opositoras comenzaban a movili-
zarse en su última ofensiva. Carlos López Arce, abogado cincuentón, ex
combatiente en la contienda con Paraguay, ex funcionario de la Patiño
Mines, y ex diputado, al clarear el día llegó decidido a la residencia de
un coronel jubilado de apellido Schucraff, situada en la calle Fernando
Guachalla, en el barrio de Sopocachi de la ciudad de La Paz. Arribó
en el mismo momento en el que salía un grupo de militantes del PIR,
encabezado por Valerio Arellano, uno de sus altos dirigentes. Iban ar-
mados con “ametralladoras livianas, fusiles, revólveres y hasta garro-
tes”. “Vamos a derrocar a Villarroel” dijo Arellano al recién llegado. Si
la columna –cuyo número es desconocido– podía moverse con cier-
ta libertad es porque estaba informada de que las tropas no saldrían
a confrontarlas. Según Arce, la primera acometida la realizaron a la
Dirección de Investigaciones, situada en la calle Aspiazu, justo frente a
la Embajada de Chile (actualmente Club de la Unión). La tomaron tras
un intenso tiroteo. Apresaron al teniente Claudio San Román, que años
más tarde jugaría un importante y similar rol en la represión política

123
VILLARROEL: un anhelo truncado

en Bolivia y capturaron tres o cuatro fusiles. Luego continuaron hacia


el Palacio de Gobierno.
Probablemente a esa misma hora ingresaban a la sede del poder gu-
bernamental varios altos oficiales del Ejército: los Teniente generales
Ángel Rodríguez, Dámaso Arenas, el coronel Francisco Barrero, el te-
niente coronel Miguel Ayllón y los mayores Clemente Inofuentes y Julio
Prado Montaño. En unas pocas horas la mayoría se jugaría la vida en
el pétreo recinto. Algo más tarde ingresó el teniente coronel Edmundo
Nogales que, presa de gran agitación, transmitió las malas nuevas. La
Alcaldía Municipal, a unos trecientos metros de distancia, había caído
en manos sediciosas.
El polémico Carlos Meyer Aragón, integrante de las filas oposito-
ras, declaró que todo lo anterior ocurrió alrededor de las 09:45 de la
mañana –otros testimonios en cambio sitúan la hora en las 10:30 a.m.
–Meyer y un grupo de personas charlaban animadamente en la Plaza
Venezuela, cuando conocieron, gracias a unas muchachas que llega-
ron jadeantes tras recorrer algunos centenares de metros, la ocupación
de las instalaciones del Palacio Consistorial. Lo ocurrido en el recinto
municipal, formará parte del misterio y las polémicas del aciago 21
de julio. Se ha dicho que las puertas estaban abiertas y que tampoco
hubo defensa alguna. Se habló de un tablero de anuncios dejado en la
puerta por sus antiguos ocupantes, el mismo que invitaba a la pobla-
ción a ingresar para verificar que no había cuerpos ni cadáveres, como
las radios opositoras –América y Cóndor– habían anunciado y que el
rumor callejero expandía. El alcalde Gutiérrez Granier relató una ver-
sión diferente. La noche del 20 al 21 de julio, aduce, pernoctó en su
despacho, al cual fue convocado por el ministro de Gobierno, Tcnl.
Nogales. Al conocer que Nogales se hallaba en el Palacio Quemado,
Gutiérrez se dirigió allí como a las 8:45 am. En la sala del Jefe de la
Casa Militar, halló a Nogales departiendo con el presidente, junto a
otros oficiales. Iba vestido de civil y lucía cansado. El burgomaestre,
luego de intercambiar opiniones con el mandatario, se retiró. Según su
relato publicado en septiembre de 1946, Nogales le dijo que considera-
ba que “todo estaba perdido” y le aconsejó a él y al jefe de su partido,
Paz Estenssoro, que sería mejor que buscaran refugio. Con esa reco-
mendación en mente entre las 10:30 y las 11:00 a.m. Gutiérrez solicitó
y obtuvo protección en la embajada de Perú, donde su familia ya se
encontraba desde hacía un par de días. Gutiérrez negó que dejara su
institución abierta, pero admitió que se hallaba sin protección. Todas

124
El asesinato de Villarroel

las fuentes disponibles coinciden que allí se halló armamento, pero no


están de acuerdo ni en el tipo ni en la cantidad. Ostria Gutiérrez habla
de “un gran depósito de armas y municiones” y agrega que “Todos los
que pudieron salieron llevando ametralladoras y fusiles”. Para Meyer
en cambio no pasaban de una cincuentena entre “automáticas y fusi-
les”. El burgomaestre por su parte señaló que los fusiles no pasaban de
27 y que se tuvo la precaución de despojar y enterrar el cerrojo para
inutilizar, tanto los fusiles como las ametralladoras; no especificaba
cuántas ametralladoras había.
Llama la atención un protagonista del primer momento. El pintor
Félix Edmundo Valdez, días antes había instalado una exposición de
sus obras en el municipio y preocupado por la suerte de sus obras llegó
al local mencionado. Lleno de ardorosa iniciativa se habría dado mo-
dos de arrebatar una ametralladora e intimidar con ella a una decena
de guardias, lo que quiere decir que el recinto no estaba desamparado.
A gritos convocó a gente que se hallaba expectante en las afueras, la
que “en loca algarabía” se apoderó de más o menos veinte fusiles, cifra
aproximada a la mencionada por Gutiérrez. Siguiendo con osadía sus
acciones, Valdez encontró además un “pequeño arsenal de municio-
nes”.191
¿Fueron estas armas las que alentaron el ataque de la Dirección
General de Tránsito en la avenida Mariscal Santa Cruz, ubicada a unas
cuatro cuadras? Según Valdez, ahí mismo y sin responder a un plan
premeditado, se conformó un comité que se puso al frente de unas
150 personas que decidieron, como primera medida, apoderarse de las
instalaciones de Tránsito. Para cumplir con su cometido, los atacantes
contaban con mayor cantidad de armas de las que se habían tomado
en el municipio; armas de procedencia desconocida. Meyer, al respec-
to, refiere que lanzó una bomba –quizá una molotov– por dos veces, lo
que quiere decir que funcionaba una logística de combate para proveer
a los amotinados.
Tras un intenso tiroteo lograron ingresar por una ventana lateral y
ocupar el local. Otros relatos refieren que se trató de un ataque espontá-
neo, provocado por los desafíos de los propios ocupantes, llamados po-
pularmente “varitas”. En el recinto, entre tropa y oficiales no eran más
de unas quince personas. Conquistadas las dependencias del Tránsito,
la muchedumbre avanzó hacia el Instituto Geográfico Militar, en la

191 El Diario, La Paz, 13 de agosto de 1946.

125
VILLARROEL: un anhelo truncado

calle Colombia del barrio de San Pedro, que claudicó prácticamente


sin resistencia. Una parte de los integrantes se dirigió hacia la Plaza
Murillo, mientras otra parte de enfervorizados atacantes, tras tomar
la Policía Sanitaria a pocas manzanas, se dirigió hacia el Panóptico
Nacional, la cárcel en la plaza de San Pedro, donde estaban recluidos
detenidos políticos y delincuentes comunes. En las proximidades de
la calle cañada Strongest, se ubicaba el cuartel principal del tránsito.
Ambas cayeron en manos de los atacantes. Los militantes y disidentes
políticos fueron liberados, entre ellos Julio César Canelas; aprovecha-
ron para huir entre 60 y 100 reos por delitos comunes. El oficial de
ejército, Max Toledo Arellano, director de Tránsito, logró huir del cuar-
tel pero fue reconocido y colgado cerca de las 11:00 a.m. en la Plaza de
San Pedro. Fue la primera víctima.
Entre tanto, en el palacio gubernamental se vivía en la incertidum-
bre. Como a las 9:30 a.m., o quizá un poco más tarde del domingo 21
llegaron en un jeep un terceto de oficiales de aviación: el mayor Alberto
Alarcón y los capitanes Juan Moreira y Desiderio Carrasco. Su arribo,
muestra que todavía era posible transitar en las proximidades de la
Plaza Murillo, aunque el cerco se iba cerrando. Hablaron a Villarroel y
le ofrecieron conducirlo a la Base Aérea de El Alto, todavía custodiada
por fieles al presidente, y de allí trasladarlo en una nave militar donde
fuese necesario. Al respecto, difieren los recuerdos y la memoria de al-
gunos de los que estaban presentes. Para el coronel Francisco Barrero,
Villarroel aceptó ser trasladado hacia la base militar, pero luego se des-
dijo y se negó. Para el teniente La Faye simplemente la rechazó de
inicio. “Que me maten”, habría sentenciado.
Villarroel intentó tender un puente hacia la oposición y pidió a los
hermanos Arturo y Eduardo Montes que lo visitaran. El primero repre-
sentaba a los sectores de latifundistas y el segundo era jefe del Partido
Liberal y conocía al Presidente desde la época de la guerra del Chaco.
Le plantearon, luego de examinar la situación, que renunciara. Tras
esperar una media hora y no hallar respuesta afirmativa se retiraron.
En la calle los disparos e imprecaciones se oían cada vez más fuertes y
cercanas. El círculo se iba estrechando.
La toma del Palacio Quemado fue el componente principal en la
estrategia de la dirección de los revoltosos e hizo que sobre aquel con-
vergieran distintos grupos armados. La columna en la que iba López
Arce ingresó, “en medio de un intenso combate”, a la Plaza Murillo, por
la esquina del Hotel París, justo al frente del Palacio Quemado. Logró

126
El asesinato de Villarroel

situarse a la altura del Congreso, a unos treinta o cuarenta metros de


la sede presidencial cobijándose en un pretil de piedra. Encontró en
disposición de combate al coronel Ángel Tellería Gutiérrez, al teniente
Héctor Valdivieso (que fallecería poco después al calor del combate),
a José Jiménez Vega, universitario, militante del pir conocido como
“Puro” que pertenecía a otra partida armada de esta organización de iz-
quierda. López halló también otros alzados que disparaban con “ame-
tralladoras livianas, fusiles y revólveres”. Es probable que también
convergieran en la Plaza otros contingentes sin organización previa
ni comando definido con antelación.192 Desde la mañana del domingo
21 tres repetidoras de la radio de los insurrectos, autodesignada como
“Clandestina” –lo que revela la logística no necesariamente espontánea
de la protesta–, se dedicaba a estimular “mayor eficacia y mayor estí-
mulo en el ánimo del valeroso pueblo en armas” La emisora situada en
casas privadas hablaba a nombre de los universitarios.
En su afán de resaltar que la ofensiva fue únicamente civil, López
Arce no relata el decisivo papel que tuvo el ataque al reducto presiden-
cial de militares del regimiento “Loa” 4 de Infantería, con las gorras
dadas la vuelta con fines de identificación. Dicho regimiento estaba
asentado en Corocoro, pero fue trasladado a La Paz con la pretensión
inicial de defender al Gobierno de Villarroel. Según su reporte, el ini-
cio del ataque se produjo entre las 12:30 y las 13:00 horas. Emplazó
cinco ametralladoras pesadas en el Hotel París y otras tres en la Plaza
Murillo. Desde estos emplazamientos y con tropas que se trasladaban
entremezcladas con civiles, batió las instalaciones presidenciales, de-
fendidas por un número escaso de soldados y oficiales, quizá no más de
una treintena. El teniente La Faye los observó avanzando por la Plaza
con sus gorras dadas la vuelta para diferenciarse de las tropas defenso-
ras del Gobierno. Entre tanto, la arremetida continuaba en otros fren-
tes, el Ministerio de Gobierno, en la calle Junín, fue tomado tras una
corta resistencia. Algunas fuentes aseguran que en sus instalaciones se
halló un gran número de ametralladoras livianas y pesadas, fusiles y
abundante munición. Tras la nueva conquista, un grupo, con armas en
ristre, se dirigió al cercano Palacio de Gobierno, y otros hacia la radio
gubernamental Illimani, que estaba ubicada en la calle Ingavi y Plaza
Murillo, al frente de la Cancillería.

192 Declaración del coronel Alfredo Santalla Estrella, Última Hora, 26 de julio de
1946.

127
VILLARROEL: un anhelo truncado

Por propia voluntad, las circunstancias o el destino, el presidente


Villarroel quedó dentro de las instalaciones del Palacio Quemado. En
algún momento, cuando el combate arreciaba, decidió renunciar y sin
mayores ceremonias ni discursos entregar el mando al coronel Arenas.
Era cerca del mediodía y los proyectiles atacantes rompían vidrios y
ventanas e impactaban en la tropa. La fachada del ceremonial edificio
quedó herida por centenas de cráteres de todo tipo y calibre, fruto del
vendaval de fuego. Una bandera blanca se elevó desde el Palacio, el
coronel Chávez habló por radio e incluso bajó a la puerta principal de
Palacio para informar a gritos de la dimisión. Fue inútil, no hubo modo
de comunicarla.
El teniente general Rodríguez señaló, en cambio, que como a las
11:15 de ese mismo día recibió en el edificio presidencial una llamada
telefónica de la señora Leticia de Alberdi, integrante de los grupos fe-
meninos opositores, para recordarle que “las damas pedían la renun-
cia del presidente”. Cuando esta se produjo, entre las 12 y 13 horas,
ya no pudo comunicarla, pues la comunicación había sido cortada.193
Considerando que la central telefónica en la calle Colón, junto con las
instalaciones municipales se hallaba en manos de los rebeldes desde
las 11 a.m., aproximadamente, solo ellos pudieron dejar aislados a
Villarroel y su gente. Ivan Finot, pocos años más tarde, insistió en que
las comunicaciones del Palacio de Gobierno habían sido cortadas por
su partido, el mnr, y que este lo había hecho en la madrugada del 21 de
julio para vengarse de Villarroel. No es posible dilucidar si así fue.194
El tiroteo se tornó más intenso; las balas llegaban de todas partes,
todos corrían de un lado a otro. Según el general Ángel Rodríguez, en
uno de esos dramáticos momentos vio a Villarroel parado en las gra-
das, triste y quizá desengañado del desenlace que tomaban las cosas
y frustrado porque nadie acudía a socorrerlo.195 La reducida tropa al
mando de Monje Roca y La Faye bajó las gradas precipitadamente para
cubrir la retirada del presidente y sus dos o tres acompañantes. Cruzó
el hall y bajó las gradas para alcanzar la puerta hacia la calle Ayacucho,
pero no los seguían. Se detuvieron en las oficinas del Departamento de

193 Rodríguez, Ángel, “Las últimas veinticuatro horas del Gobierno de Villarroel”,
La Razón, 31 de julio de 1946.

194 Finot, Alfonso, 1966, “Así cayó Villarroel y defensa de mi relato: Así cayó Villa-
rroel”, Novedades, La Paz.

195 El Diario, La Paz, 10 de agosto de 1946.

128
El asesinato de Villarroel

Eficiencia Administrativa. Según su relato, La Faye volvió sobre sus


pasos y halló a Villarroel confrontando con la gente de los Motorizados,
señalándoles que “No saldría porque no había hecho daño a nadie y
su puesto como gobernante era ese”.196 Convencidos de que ya nada
había que hacer, los oficiales dispusieron que un puñado de sus solda-
dos, no más de una treintena, regresara a sus puestos de combate en
los pisos superiores. La versión del Tcnl. Luis Arce Pacheco, Jefe de la
Casa Militar, es diferente, pues de acuerdo a su testimonio él y otros
oficiales llevaron a Villarroel a esas oficinas para protegerlo del tiro-
teo que sacudía los pisos más altos.197 En cambio, para Corsino Soria,
amigo y asesor de Villarroel, la iniciativa vino del propio Presidente.
Como fuese, todos afirman que el destino fue el mismo: las dependen-
cias administrativas –cuya actual ubicación no es posible establecer
con precisión–, y donde el mandatario solía pasar buen tiempo hacien-
do ejercicios de matemáticas, una de sus pasiones. Y allí quedó, junto
a su edecán, Waldo Ballivián, y su secretario privado, Luis Uría de la
Oliva cuando empezó el asalto definitivo al Palacio.
Este se inició a eso de las 14 horas, cuando un tanque Sherman,
reliquia de la guerra con Paraguay, manejado por militares y detrás del
cual se parapetaron civiles, atacó la puerta de hierro del Palacio y des-
pejó la entrada.198 Golpeó el gran portón de hierro varias veces hasta
hacer saltar sus candados y daño las ventanas vecinas; luego disparó
ráfagas de ametralladora al interior. No fue fácil, sin embargo, penetrar
en las instalaciones ni aproximarse a la gris edificación por el fuego
cruzado de los defensores y el de los atacantes. Varios, no obstante,
se arriesgaron. López Arce, obviando la puerta principal, se aproximó
por la puerta lateral y secundaria que daba a la calle Ayacucho. Tras
abatir a tiros la cerrajería, seis o siete personas calificados de “obreros”
ingresaron por ella. Serían los primeros, pero López no los siguió. En
cambio, dando un rodeo de unos cincuenta metros por el contorno del
edificio, llegó, frente a la Plaza Murillo y a pasos del portón principal,

196 La Faye, Federico, op. cit.: 216.

197 Díaz Arguedas, Julio, 1947: 220.

198 Alfredo Santalla E. “La verdad sobre la captura de la muralla de Villarroel”,


Última Hora, La Paz, 23 de julio de 1946. Otro tanque, tomado por civiles y
manejado por un ex soldado de regimiento motorizado, Neptalí Murillo Sal-
cedo, acompañado de un civil, deambuló por el centro de la ciudad y, salvo
por llenar de euforia a los atacantes, no incidió en el resultado de la refriega.
Última Hora, La Paz, 23 de julio de 1946.

129
VILLARROEL: un anhelo truncado

hasta una ventana cuya reja de hierro estaba levantada y retorcida por
el golpeteo del motorizado de guerra. Esta vez ingresó, junto a otros
atacantes y atravesó corriendo el primer piso, en medio de soldados
muertos y sangre fresca, logrando hacerse de una “Pistam” abandona-
da, una suerte de pequeña pistola ametralladora.
Nadie disparó contra él por lo que pudo tomar las gradas y trepar
sin interferencia al segundo piso y luego al tercero. Allí encontró ex-
hausto y empapado en sudor al teniente La Faye y aproximadamente
una decena de soldados, tan mojados y temblorosos como su oficial.
Desde hacía angustiosos minutos se hallaban allí en posición de de-
fensa, observando el ingreso, primero, de unos cuantos y, después, de
decenas más. La Faye solicitó ayuda, o quizá la imploró a López de
modo que este gritó a los nuevos contingentes de insurrectos que iban
llegando “déjenlos pasar”. Extrañamente así fue. Luego de varias peri-
pecias todos se salvaron.
López Arce ingresó luego al recinto de donde salió La Faye y halló
al general Arenas enfundado en su traje militar de charreteras doradas,
poco apto para el combate y muy visible en momentos en que la opa-
cidad era una seguridad. Formalmente, tras la renuncia de Villarroel,
él era el Presidente de Bolivia, lo cual constaba en un documento que
le presentó a López. El escrito, si bien formalmente tenía valor jurídi-
co, carecía en absoluto de valor político. En medio del caos reinante y
como abogado, López hizo rubricar a Arenas otro escrito parecido que
según él traía para hacerle firmar a Villarroel. Nunca preguntó a nadie
sobre el general Arenas y, siguiendo el hilo de su relato, tampoco supo
de la suerte que este corrió hasta mucho después. Quizá consideró que
el general Arenas era una pieza muy valiosa, tanto, que arriesgando su
integridad lo sacó disfrazado del Palacio y lo dejó sano y salvo, libre
en un domicilio de la calle Ayacucho frente a las oficinas del Correo de
entonces, hoy llamado Palacio Chico.
No se ha podido saber en qué momento, un reducido grupo de mi-
nistros y altas autoridades militares pudo huir y esconderse en la resi-
dencia de un sastre judío, cercana a aquella donde López hizo cobijar
al general Arenas. Todas las cronologías de los recuerdos y memorias
están trastocadas. En aquellos momentos feroces, el desbocado paso
del tiempo era lo menos importante; salvar la vida era lo decisivo. Un
relato del entonces coronel Francisco Barrero refiere que por una grie-
ta en la pared advirtieron una antigua ventana mal tapada, la misma

130
El asesinato de Villarroel

que derrumbaron a culatazos.199 Por aquel boquete saltaron desde una


altura considerable y cayeron a un patio interior, mientras –continúa
su relato- desde el propio boquete les disparaban. Tras cruzar el patio
de lo que vino a ser una casa aledaña al Palacio Quemado, ingresa-
ron bruscamente en aquel domicilio cuyos habitantes los cobijaron.
Tras todas estas peripecias de aquellos tiempos tensos y trágicos, to-
dos lograron evadirse y finalmente Barrero se asiló en la nunciatura
Apostólica. La masa que iba destrozando todo aquello que encontra-
ba en su camino, también se apoderaba de otras cosas como trofeo;
husmeaba buscando el rastro de los adversarios ocultos. Hallaron al
general Rodríguez y al mayor José Escóbar, jefe de Policía de La Paz
cuando procuraban ocultarse en algún recoveco. Mientras, como con-
cuerdan los testigos Luis Arze y Corsino Soria, por separado; Villarroel
junto a dos de sus acompañantes, se mantuvo oculto dentro un arma-
rio empotrado. Arze declaró que, en compañía de otro oficial fueron a
buscar una ruta para evadirse todos, pero cayó gravemente herido en
el intento. Soria, en cambio, al observar la irrupción de adversarios en
el Palacio, decidió escabullirse al segundo piso, para no llamar la aten-
ción. Ninguno, en suma, pudo observar lo que pasó en el recinto donde
se encontraba Villarroel.
Hoy, transcurridas más de siete décadas de aquel episodio trágico,
aún no se conoce con exactitud qué fue lo que pasó. Tal como ocurriría
con el Che Guevara años más tarde, los autores del asesinato nunca lo
reivindicaron ni hablaron del mismo públicamente. En aquellos mo-
mentos posiblemente habrían sido bien vistos, incluso aplaudidos y
recompensados. Habrían, quizás llegado a la gloria. Pero es posible que
también fueran apenas tentáculos de intereses poderosos, de capitalis-
tas pétreos del mineral, de terratenientes de látigo y caballo, de damas
de alcurnia, de rosario y comunión diaria. A Villarroel aún le quedaban
varias muertes en manos de los intentos reconstructivos de la memo-
ria. La del cobarde que imploró perdón, la de aquel que cayó alcanza-
do por una ráfaga oculto en un ropero sin que sus autores supieran a
quién disparaban o la del héroe que enfrentó al destino, desafiando a
sus homicidas. Pero en realidad, su verdadera muerte fue la que sufrió
ya exánime bajo las balas de aquellos ignotos sediciosos. Su cuerpo
cruzado de balas y golpes, fue arrojado desde uno de los balcones del

199 El relato del hallazgo proporcionado por La Faye es diferente, pero es coinci-
dente que por allí fugaron Barrero y varios otros.

131
VILLARROEL: un anhelo truncado

Palacio y cayó pesadamente a la calle, donde nuevamente lo ultrajaron.


No faltaron manos que tensaron la sucia cuerda que lo arrastró hasta
lo alto de un farol y que también lo condujo a la eterna memoria de
los más pobres. Como Cristo en su cruz, moriría para renacer en su
recuerdo.
En la oficina administrativa, junto a Villarroel, estaban su amigo
Waldo Ballivián y también Soria Galvarro y Luis Uría de la Oliva. Todos
fueron muertos y posteriormente colgados en sendos postes de luz. El
mismo atroz escarnio lo sufrió Roberto Hinojosa, director del periódi-
co Cumbre y asesor de Villarroel. Oculto en el Hotel París, desde donde
se dice que disparaba a la multitud, trató de huir por los techos poco
antes de la caída del Palacio, pero fue delatado y muerto por un veci-
no, en cuya casa buscaba refugio.200 “Sembrador de odios”, dijo de él
Los Tiempos que, además, publicó una profusa colección de fotos de lo
acaecido el 21 de julio, incluyendo una borrosa imagen del Presidente
colgado.
Los Tiempos narró cómo se conoció la noticia en Cochabamba. El
prefecto capitán Eduardo Rivas Ugalde, fue el primero en enterarse
por medio de la radioemisora del Ministerio de Defensa, que había sido
tomada por universitarios, que propalaban: “Ha caído el Gobierno de
Villarroel. La hora de la liberación ha llegado”. La comunicación fue
también conocida por Demetrio Canelas y su hermano Carlos, que sa-
lieron a “ambular por las calles”. En esas circunstancias se informaron
de que a las 14:00 horas, Rivas Ugalde deliberaría con dirigentes loca-
les del fda. A la misma hora, “la asamblea de notables se reunió en el
palacio prefectural”. Tras la renuncia de Rivas Ugalde se decidió no
proceder a su reemplazo por otro militar, y nombrar al médico inter-
nista y profesor universitario Carlos Araníbar Orozco, como prefecto
interino. Entre tanto, patrullas civiles armadas empezaban a recorrer
la ciudad.
La tarde del martes 23, se realizó un mitin en la Plaza de Armas de
Cochabamba al que concurrieron cerca de 4 mil personas, una multitud
variopinta y en número significativo para una ciudad que bordeaba por
entonces los 70.000 habitantes. Habló, entre otros, Eduardo Ocampo,
militante del pir, reportero de Los Tiempos, pero lo hizo a nombre de
la Asociación de Periodistas de Cochabamba. Por otra parte, con la

200 El Diario, La Paz, 1 de agosto de 1946. Sobre Hinojosa, puede consultarse:


Schelchkov, Andrey, 2008. “Roberto Hinojosa: ¿Revolucionario nacionalista o
Goebbels criolllo?”, Revista Izquierdas, Santiago de Chile, núm. 2/2008.

132
El asesinato de Villarroel

firma de la jefatura local del fda, entre ellos Arturo Urquidi, hombre
del pir, José Rico Toro y Fidel Anze, ambos militantes de los parti-
dos tradicionales, se saludó “la gloriosa página de nuestra historia”.
Desde Santiago, lugar de exilio de importantes políticos opositores,
José Antonio Arze y Ricardo Anaya por el pir, el ex canciller y embaja-
dor en ese país, Alberto Ostria Gutiérrez, (…) Una parte de la izquierda
agrupada en el pir y sectores trotskistas, como es el caso del cochabam-
bino Ernesto Ayala Mercado, también vieron en el derrocamiento del
reformismo militar una oportunidad para deshacerse del nacionalismo
revolucionario y profundizar la perspectiva marxista. Se equivocarían
de plano, tras aquel periodo vendría un régimen conservador.
El miércoles 24 reapareció Los Tiempos que, en un desacertado acto
de celo, había sido clausurado durante dos días por civiles armados,
integrantes de las patrullas adversas a Villarroel.
Tituló en primera plana: “Revolución sin armas, sin caudillo, sin
dinero, ha triunfado el domingo en La Paz.”201
Su editorial no dejó dudas sobre la satisfacción que embargaba a
quienes dirigían aquel periódico:
El pueblo de La Paz ha ganado esta vez un título de gloria inmarcesible, de
haber destruido, a base de valor y perseverancia, un sistema de gobierno,
que había planeado el dominio indefinido de Bolivia por medio del terror.202

La prensa opositora de La Paz también se regocijó. La Razón, por ejem-


plo, bajo la dirección de Guillermo Céspedes Rivera, tituló en primera
plana: “La tiranía que masacró mujeres y niños cobardemente ha sido
aplastada”. Por su parte, Julio César Canelas, de quien se dijo que veía
emocionado que su obra concluyera con la derrota de lo que él consi-
deraba una dictadura,203 salió en libertad esa misma jornada, cuando
una multitud tomó el Panóptico y liberó a los presos políticos. Los días
siguientes, recibiría sendos homenajes de los sectores de la élite paceña
y cochabambina, el 5 de agosto en la ciudad sede de Gobierno y el 11
en Cochabamba, su ciudad natal.
Durante el homenaje en La Paz, Canelas señaló, sintetizando su opi-
nión y la de Los Tiempos: “[Al] haber destruido la sólida plataforma

201 Los Tiempos, Cochabamba, 24 de julio de 1946.

202 Id.

203 Los Tiempos, Cochabamba, 3 de agosto de 1946.

133
VILLARROEL: un anhelo truncado

que levantó en nuestro suelo el despotismo y al haber aplastado a sus


fanáticos ocupantes, no hemos realizado sino un acto de liberación.”204
Por su parte, confirmando que la prensa jugó un rol principal en
crear el ambiente que desató las jornadas del 21 de julio, la Asociación
de Periodistas de Cochabamba, se manifestó aplaudiéndolas. El 1 de
agosto, con la rúbrica, entre otras, de Eduardo Ocampo Moscoso,
Nivardo Paz Arze, José H. Gordillo y Juan Pereira Fiorilo –el primero y
el último vinculados a Los Tiempos y el segundo al pir– se proclamaron
junto a sus colegas de otros departamentos, la “principal avanzada de
la revolución popular. Igualmente saludaron el advenimiento del pe-
ríodo de garantías e institucionalidad que ofrece a la prensa la Junta
Revolucionaria de Gobierno.”205 En ese mismo sentido, se pronunció
–no podía ser de otra manera– la Federación Rural de Cochabamba,
que aglutinaba a los terratenientes, que se sentían amenazados por la
política agrarista de Villarroel y la insurgencia campesina e indígena.
Contrastando con los pogromos “antifascistas” en las ciudades y el
criminal desenfreno y la euforia urbana que culminó con el asesinato
y posterior colgamiento del Presidente Villarroel y de sus inmediatos
y jóvenes colaboradores en la plaza Murillo, en las minas se vivió en
una atmósfera cargada de frustración. Ese lúgubre ambiente, estaba
motivado por la sensación de desamparo emanada de la certeza de que
la muerte del Estado paternalista, como en otras oportunidades, solo
traería nuevas desgracias. La desesperación no encontró su límite úni-
camente en la congoja, sino que se convirtió en ira prolongada. En
varios distritos mineros, como el de Oruro, se declararon huelgas y se
asaltaron puestos de policía o patrullas del Ejército en busca de arma-
mento, mientras los trabajadores procuraban medios para trasladarse
a la ciudad de La Paz en un postrero intento de defender a Villarroel,
el “tata” de los indios o el “amigo” de los mineros. Años más tarde,
Alberto Jara, dirigente sindical y de la fstmb, recordaría lo ocurrido en
la mina de Pulacayo:
Cuando sobrevino el infausto colgamiento del presidente Villarroel (21 de
julio de 1946), todos lloraron, los niños, los hombres y las mujeres, por esta
tragedia. […] Para reivindicar esta injusticia decidieron marchar a la ciu-
dad de La Paz. Tomaron un carrito, denominado manilla, cargado de seis

204 Los Tiempos, Cochabamba, 6 de agosto de 1946.

205 Ocampo Moscoso, Eduardo, 1978: 605-606.

134
El asesinato de Villarroel

cajones de dinamita, más un rollo de mecha encendida. Esta carga explotó


en las proximidades de Uyuni causando un estrepitoso ruido.206

Para percibir mejor el significado real y simbólico de estos aconteci-


mientos, veamos lo sucedido en las minas de Uncía. El mismo domingo
21 cerca de las 5 de la tarde, los mineros y sus familias que salían de un
espectáculo deportivo se percataron, a través de las noticias que llega-
ban por radio, de la trágica suerte del Presidente. Convocada la multi-
tud “al toque de la sirena” desarmaron a la policía de Uncía y Llallagua;
luego bajaron hasta el Cuartel de la Guardia de Carabineros al que ata-
caron con tiros de fusil y cargas de dinamita tomando como botín todo
su armamento. Poco después encontraron dos camiones con soldados
y los desarmaron. Al día siguiente, a las primeras horas de la mañana,
se reunieron los trabajadores de la mina y del ingenio en el estadio de
Llallagua. De allí partió un grupo de unas 700 personas que al bajar
hacia Catavi con el fin de tomar el Ferrocarril Machacamarca-Uncía y
la gerencia de la pmeci, fueron detenidos por sus dirigentes. Los con-
vencieron de que esperaran el arribo de Juan Lechín, antes de tomar
mayores determinaciones.207
Lechín relataría que se enteró del asesinato en Oruro, donde asistía
a una reunión con trabajadores de la mina San José, mina que la em-
presa quería cerrar. Fue tomado preso el mismo domingo 21 de julio.
La protesta de los mineros logró que lo liberaran pero al pasar por la
Plaza de Armas lo reconocieron y casi lo cuelgan. Un trío de universi-
tarios armados, integrantes del pir, lo llevaron a la policía y luego a la
Prefectura. Tras la noticia de que venían mineros desde las serranías,
lo soltaron, pero al pasar nuevamente por la plaza se arremolinó una
multitud vociferante de un millar de personas, que estuvieron a punto
de colgarlo. Por fortuna para Lechín, unos estudiantes del pir volvieron
a rescatarlo y lo escoltaron hasta la universidad. Al percatarse de que
venían trabajadores lo liberaron.
Tenso, esa noche Lechín no pudo dormir. Al día siguiente, buscando
refugio, se trasladó a Catavi. A las 19 horas llegó al poblado encontrán-
dose con un ambiente de efervescencia.

206 http://giorgetta.ch/historia_social.htm

207 Informe sobre los movimientos ocurridos en la empresa como consecuencia


de los sucesos revolucionarios en La Paz. Catavi, 1 de agosto de 1946. Jefe de
Bienestar. apmeci.

135
VILLARROEL: un anhelo truncado

Los mineros daban vivas a Villarroel y mueras a la rosca […] Yo me


di cuenta que la situación era muy difícil. Los iban a acribillar en los
vagones. Era un suicidio que iba a terminar en masacre. Les hablé y
les dije que era inútil. Ellos me dijeron que había caído un amigo y que
querían agradecerle de ese modo, qué importaba si ellos también mo-
rían. Tuve que discutir muchas horas hasta convencerlos.208
Luego, hizo un recorrido, acompañado de integrantes de la fstmb
y dirigentes trotskistas; verificó que el ánimo de los trabajadores era
de beligerancia contra el nuevo Gobierno, pues deseaban pasar a la
acción de manera combativa y radical, esgrimiendo consignas revolu-
cionarias.
Si reparamos en episodios anteriores, hay un evidente contraste for-
mal entre las declaraciones anticapitalistas y las críticas al reformismo
de Gualberto Villarroel que emanaron de las propuestas de la fstmb
en su Tercer Congreso, y la conducta intuitiva de la base minera en la
defensa del Gobierno depuesto y el temor por la previsible pérdida de
espacios de poder que ello significaba. Aunque el trotskista Guillermo
Lora intentará explicar que el “mito de Villarroel” simplemente patenti-
zaba una confusión (falsa conciencia o pérfida ideología) entre la letra
(muerta) de los documentos y la experiencia (viva) de la masa,209 las
cosas podrían formularse exactamente de otra manera. No hubo, en
rigor, ninguna confusión, sino astucia y correcta ubicación en la coyun-
tura política de una masa que había realizado una nueva experiencia
de relacionamiento con el poder político, que le permitió conocer su
propia potencialidad social definiendo a sus enemigos y a sus posibles
aliados, más allá de los límites estrechos del campamento. Lo que allí
se percibía, era una masa cuya beligerante combatividad traducía un
deseo de mayores demandas democráticas de participación, en lugar
de una radical supresión del modo capitalista de producción.
El pir y los sectores trotskistas o anarquistas que participaron en
el derrocamiento, apostaron a que la caída del “nazifascismo criollo”,
encarnado a su juicio por la coalición radepa-mnr, sería el medio
que les abriría las anchas puertas a la “verdadera” revolución social.
Hay indicios de que sectores obreros y populares se movilizaron el
21 de julio, seguramente convocados por el pir o la fos (Federación
Obrera Sindical). Lo mismo ocurrió con algunos hombres y mujeres

208 Cajías, Guadalupe. Op.cit.: 70.

209 Lora, Guillermo, 1980, t. iv.

136
El asesinato de Villarroel

anarquistas que mantenían una disputa con Villarroel al considerarlo


un enemigo de la libertad individual. Solo, como ya vimos, fueron los
proletarios mineros quienes ensayaron en sus alejados campamentos
una resistencia para defenderlo e intentaron vanamente trasladarse a
La Paz; la indeleble marca de su conducta quedará impresa en la me-
moria de diversos sectores populares.
El resultado objetivo de la defenestración real de Villarroel y su
Gobierno será el retorno de la “rosca” y las fuerzas de la derecha a las
esferas del poder.

137
ix
Reconstrucción fallida
Hubo controversia y falta de unanimidad en el relato de si Villarroel fue
derrocado y muerto por un tradicional golpe militar, orquestado por
la oligarquía boliviana en complicidad con el imperialismo norteame-
ricano, como apuntaban las corrientes nacionalistas y de izquierda o,
por el contrario, fue el resultado de una asonada popular, espontánea
y sin dirección, con la participación de una multitud, pero sin ser un
golpe de Estado. Los militares no intervinieron en forma proactiva ni
ocuparon la presidencia como en los tradicionales pronunciamientos
y derrocamientos, pero no cabe duda de que su actitud pasiva fue de-
terminante al no reestablecer el orden ni proteger al Gobierno ni al
Presidente. Finalmente la presidencia y el poder quedaron en manos
de civiles, representantes del poder judicial, lo que le otorgaba al golpe
una débil pátina de legitimidad al presentar ciertas características de
ser una transición democrática y constitucional que pronto llamaría a
elecciones generales.
Depuesto y muerto Villarroel, ocupó la presidencia con carácter in-
terino y por pocos días, el abogado Néstor Guillén Olmos, ministro
de la Corte Superior de Distrito de La Paz. El 15 de agosto asumió la
primera magistratura otro jurista, Tomás Monje Gutiérrez, presidente
de la Corte Superior de Distrito de La Paz.
En días posteriores al 21 de julio, la prensa oral y escrita, y los inte-
lectuales y políticos ahora en el Gobierno, iban a presentar y denunciar
casos emblemáticos de mujeres de clase media del sector popular, va-
rones estudiantes de clase alta y trabajadores de fábrica y artesanos por
cuenta propia, muertos y heridos en la jornada trágica del 21 de julio.
El propósito manifiesto era mostrar una variopinta multitud arriesgan-
do todo contra la dictadura fascista de Villarroel y el mnr.
Tales narrativas ignoran deliberadamente que existió un grupo de
coordinación del fda que contaba con columnas armadas y que al me-
nos un batallón (el Loa), jugó un papel decisivo en la toma del Palacio
Quemado. El fda había establecido acuerdos con los militares e influyó

139
VILLARROEL: un anhelo truncado

sobre los mismos para que se declararan neutrales y se replegaran a sus


cuartes. Sin esa seguridad, los grupos civiles hubieran dudado en lan-
zarse al combate. El repliegue castrense les dio la certeza de que para
tomar el Palacio Quemado, capturar y matar a Villarroel, solo tendrían
que vencer la resistencia del cuerpo de guardia de palacio, constituido
por no más de 50 personas. Fue el pir, un partido de filiación marxista,
el que jugó un rol determinante en las movilizaciones. Lo integraban
aguerridos grupos de activistas insertos en distinta entidades laborales
y estudiantiles. Con presencia y fuerza en la universidad, en el magis-
terio y en grupos de trabajadores fabriles y artesanos, y también en las
direcciones sindicales de la cstb y la Federación Obrera Sindical (fos).
La caída y asesinato de Villarroel, trajo una reacción en cadena
contra sus adherentes. Las casas de varios movimientistas y militares
oficialistas fueron saqueadas en La Paz, y en Cochabamba la del jefe
de Policía, Guillermo Ariñez. Los principales dirigentes del mnr, al
igual que los miembros de radepa, fueron perseguidos y encarcelados.
Víctor Paz se asiló en la Embajada de Paraguay, mientras que el perió-
dico La Calle, vocero del movimientismo, fue ocupado y sus ediciones
clausuradas.
El 28 del mismo mes de julio, en reconocimiento a su aporte a la caí-
da de Villarroel, Julio César Canelas fue designado Ministro de Defensa
por el presidente interino Monje Gutiérrez.210 Permaneció en el cargo
hasta el 10 marzo de 1947, al iniciarse la gestión del nuevo Gobierno de
Enrique Hertzog, médico de ascendencia alemana, que asumió el cargo
ese día. Canelas luego sería designado Embajador Plenipotenciario en
Perú, cargo que desempeñó hasta septiembre de 1948.
Los Tiempos, pese a su apoyo explícito al nuevo orden político, no
dejó de manifestar sus dudas tanto del proceso inmediato como del
más lejano, que vendría más adelante. Entendía que el derrocamiento
de Villarroel López había sido un inicio pero que no aseguraba un final
grato ni tampoco con resultado anunciado. Pese al clima de euforia
que flotaba en el ambiente, tras la traumática experiencia, sus conduc-
tores percibían como un gran obstáculo para el nuevo renacimiento
del país la ausencia de un caudillo y la crisis de los partidos políticos.

210 El sábado 3 de agosto, trecientas personas, hombres, seguramente los más, y


mujeres de alta alcurnia de La Paz brindaron un almuerzo a Canelas en ho-
menaje “al valor y la libertad en el país”, ponderando el coraje “que tuvo para
combatir la pasada tiranía desde esta casa periodística (El Diario)”. El Diario,
La Paz, 4 de agosto de 1946.

140
Reconstrucción fallida

Además estaban como barreras los graves problemas económicos, deri-


vados del déficit público, la inflación y la caída del valor adquisitivo de
los salarios que se arrastraba desde la guerra del Chaco.211 De ahí que
recomendaba “reconstruir el orden, sobre la base de un justo equilibrio
entre la libertad y la autoridad”.212
Si alguna de ellas llegara a faltar o no pudiera extenderse un sólido
vínculo entre ambas, todo el andamiaje colectivo se desmoronaría.
El 21 de agosto, para recordar el primer mes del nuevo Gobierno,
se realizó en La Paz una concurrida marcha. Luis Fernando Guachalla,
uno de los protagonistas de la oposición desde el exilio y frustrado can-
didato electoral en 1947, luego del vendaval de abril de 1952, cuando
los artesanos y trabajadores fabriles, tras las lecciones aprendidas de
julio de 1946, se constituyeron en el puntal de la lucha armada que de-
rrotó a la oligarquía que gobernaba desde aquellas trágicas jornadas;
escribía en sus memorias:
La gigantesca manifestación del 21 de agosto vino a significar un apoyo
macizo a la Junta de Gobierno. Algunos, sin embargo, hicieron notar la
ausencia, en parte, del obrero propiamente hablando y, agregaban que en
la luchas de julio, tampoco estuvo presente con todos sus cuadros. En esos
días la observación pasó inadvertida.213

211 Los Tiempos, Cochabamba, 27 y 29 de julio de 1946.

212 Los Tiempos, Cochabamba, 25 de julio de 1946.

213 Guachalla, Luis Fernando, 1999.

141
x
Los mineros: rumbo a la revolución
Como ya vimos, los trabajadores mineros fueron los únicos que organi-
zadamente intentaron resistir al golpe civil militar y acudir en defensa
de Villarroel. Ellos sufrieron en carne propia los efectos del cambio de
Gobierno y del advenimiento de un Gobierno conservador, procapita-
lista y pronorteamericano. Se prepararon, pues, para resistir.
Analicemos el significado de lo que fue la acumulación de experien-
cias, el desarrollo de la organización y la doctrina de clase entre 1946
y 1947.
A principios de noviembre de 1946, en el distrito minero de
Pulacayo, situado en un estrecho cañadón, a 22 kilómetros de Uyuni,
se celebró el Primer Congreso Extraordinario de trabajadores mineros.
Campamento de larga historia de resistencias y luchas, sus obreros y
pobladores también habían intentado resistir a la asonada del 21 de ju-
lio de 1946. La conferencia se reunía, pues, en circunstancias políticas
verdaderamente excepcionales, emergentes a raíz del derrocamiento
de Villarroel. Ello demandaba un balance y toma de posiciones de los
sindicalistas mineros. Por una parte, estaba la desarticulación, aunque
a la postre se revelaría como transitoria, del caído mnr, cuya militancia
sufría una aguda persecución. Por otra, se hallaba la defección del pir
que en el pasado reciente había logrado la adhesión de muchos traba-
jadores pero que, al haber combatido al Gobierno de Villarroel, había
perdido casi toda su presencia orgánica entre la clase minera.214 Este
contexto contribuyó a crear un vacío de conducción hábilmente apro-
vechado por el trotskista por. También la caída del precio del estaño,
el congelamiento de los salarios y, lo que es más importante, el intento
patronal de cerrar varias minas, puso nuevamente en alerta al movi-
miento minero. En efecto, al momento de efectuarse el Congreso pesa-
ba esta última amenaza en la Compañía Minera de Oruro, la Bolivian

214 Ricardo Anaya. Comunicación personal. Cochabamba, 25 de julio de 1989.


Véase también, Arze, José Antonio, 1989: 14.

143
VILLARROEL: un anhelo truncado

Tin and Tungsten (Huanuni) y la Compañía de Oploca, estas dos últi-


mas de propiedad de Simón I. Patino.215 También se tramitaban los
pliegos petitorios de Colquiri y Pulacayo.216
El mismo hecho de que la fstmb se viera urgida de analizar el rum-
bo de la coyuntura y considerar la gama de opciones y posibilidades
que se iban a presentar para su futuro próximo, es claramente indica-
tivo de la importancia que atribuía a la evolución del sistema político
y el impacto que de ello se derivaría para la vida de los trabajadores.
A todas luces la dirección minera no estaba decidida a esperar pasiva-
mente que la oligarquía se reestructure; por el contrario, pesaba en su
ánimo recobrar la iniciativa y la voluntad de disputar palmo a palmo el
dominio del espacio político-social.
A las tres de la tarde del día 5 de noviembre Lechín arribó a Pulacayo
donde fue recibido “calurosamente”. Tres horas más tarde, en una po-
blación embanderada con la tricolor boliviana, una “grandiosa” ma-
nifestación estimada en unas 4.000 personas recorrió las polvorosas
calles de la pequeña villa minera. Hablaron Rodolfo Morales, dirigente
de Pulacayo y Guillermo Lora, que asistía como delegado de un ficticio
Sindicato de Desempleados. Lechín en su “emocionante discurso”, se
congratuló de que la “rosca” no hubiera podido destruir a la fstmb y
trazó el rumbo del proletariado minero: “destruir al capitalismo”.217
A las nueve de la noche, en el teatro Luis Solar, ante 2.000 enfer-
vorizados asistentes, hombres y mujeres, se inauguró el Congreso
Extraordinario. Entre los invitados especiales se hallaba, seguramen-
te bastante preocupado, el gerente de la mina, Charles D. Clarke y
Alejandro Arzabe, Inspector General del Trabajo, posiblemente con
similar talante. El ministro Aurelio Alcoba Aramayo, sindicalista y mi-
litante del pir, envió un mensaje de salutación, pidiendo “cordura” en
las deliberaciones.218
Asistieron 45 sindicatos, que recibieron el informe de Mario Torres
Calleja de lo ocurrido desde el II Congreso. Concluida y aprobada la
rendición de cuentas, propuso la conformación de una Central Obrera,

215 La Razón, La Paz, 13, 27 de octubre y 7 de noviembre de 1946.

216 La Razón, La Paz, 10, 19 y 26 de noviembre de 1946.

217 Los Tiempos, Cochabamba, 6 de noviembre de 1946.

218 El Diario, La Paz, 9 de noviembre de 1946.

144
Los mineros: rumbo a la revolución

como “entidad máxima” del proletariado.219 Hasta entonces, otros pro-


yectos similares habían fracasado, además que contaban con una fuer-
te presencia de trabajadores artesanales. En el discurso que prevalecía,
se empezaba a otorgar al proletariado un rol conductor. La mentada
Central Obrera terminaría por organizarse, bajo la égida minera, re-
cién el 17 de abril de 1952.
El ambiente reinante seis años atrás había sido de franca confronta-
ción con el nuevo Poder Ejecutivo. Nelson Capellino, joven secretario
de actas de la fstmb, acusó al pir de traición y de querer entregar a
los trabajadores “maniatados a la burguesía”. El delegado de Llallagua
Oscar Flores, a su turno, expuso su programa de “ocupar las minas”.
Juan Lechín cerró el rol de oradores condenando al Poder Ejecutivo
porque, argüía, se hallaba “entregado a la rosca”. Advirtió que los obre-
ros no apoyarían a “Gobiernos que no fueran obreros”.
No podemos seguir traidoras directivas que buscan un equilibrio de capital
y trabajo, nuestro único camino es el Frente Único Proletario.
[…]
Somos marxistas revolucionarios y solo la muerte nos arrancará de la lucha
que nos hemos impuesto. Es inevitable el triunfo del socialismo en el mun-
do y entonces se dirá que no hay explotados en el mundo.
[…]
La ocupación de las minas es un objetivo inmediato nuestro, porque sa-
bemos que para derrotar a la fstmb, las grandes empresas llegarán a los
extremos de cerrar sus instalaciones, aduciendo pérdidas.220

Lechín certificó el camino, en principio trazado para una entidad


sindical, pero cuyo lenguaje traducía una clara proyección política:
“Estamos superando la etapa prerrevolucionaria con la revolución pro-
letaria, cuando arrojemos del poder a los burgueses, el Gobierno será
constituido en una dictadura proletaria”.221
Otro punto en la mesa de debate fue la estrategia electoral en vista
de la próxima renovación parlamentaria y la designación en las urnas
de un nuevo presidente. Lechín fue proclamado candidato a ese cargo
por 40 votos de otros tantos sindicatos contra solo cuatro en contra
y uno en blanco. La fórmula usada en la votación fue: “Lechín o la

219 La Razón, La Paz, 7 de noviembre de 1946.

220 Id.

221 Ibid.; véase también La Razón, La Paz, 8 de noviembre de 1946.

145
VILLARROEL: un anhelo truncado

traición al pueblo”.222 El dirigente no aceptó la designación y reconvi-


no más bien a los delegados advirtiendo, en un lenguaje marxista, que
“El proletariado no llegaría al poder por elecciones sino por la acción
revolucionaria”.223
Finalmente, se concluyó votar en blanco en la papeleta de Presidente
y Vicepresidente e impulsar las candidaturas obreras a senadores y di-
putados del Frente Único Proletario (fup), que los trotskistas propug-
naban. La intención era “llevar al Parlamento revolucionarios proba-
dos” y usar el hemiciclo como una “tribuna revolucionaria”; la moción
fue aprobada por unanimidad el jueves 7 de noviembre.224 También, en
similar determinación, se incluyó al pir entre los partidos reacciona-
rios y tradicionales y así se terminó por descalificarlo como referente
de la izquierda.225
En este trayecto, y como es sabido, el resultado más conocido y
controvertido del Congreso de Pulacayo fue el documento presentado
por el Sindicato de Llallagua, redactado por Guillermo Lora y otros
dirigentes trotskistas.226 El documento, más adelante conocido como
la “Tesis de Pulacayo”, buscó aplicar a las particularidades locales el
trotskista “Programa de Transición”. Definía a Bolivia como una for-
mación social capitalista, pese a que coexistían los más diversos esta-
dios y modos de producción, lo que le dio pie para afirmar la capaci-
dad revolucionaria per se del proletariado, “incluso” en Bolivia, en las
tareas combinadas e ininterrumpidas de la revolución democrática y
la revolución socialista. Adicionalmente, insistía en la necesidad de ar-
mar al proletariado en la ocupación de las minas, en respuesta al lock
out patronal, y en la participación en las elecciones bajo el comando
del fup, y subordinaba las mínimas reivindicaciones gremiales, salaria-
les y semejantes a la lucha por el poder.

222 La Razón, La Paz, 9 de noviembre de 1946.

223 El Diario, La Paz, 9 de noviembre de 1946.

224 Los Tiempos, Cochabamba, 8 y 9 de noviembre de 1946.

225 Los Tiempos, Cochabamba, 13 de noviembre de 1947. El pir solo mantenía


cierta influencia en cuatro sindicatos.

226 Según el testimonio de Elsa Cladera, esposa de Fernando Bravo, ambos mili-
tantes del por, la Tesis fue redactada en Oruro en la casa familiar ubicada en
la calle Ayacucho, casi Presidente Montes. Participaron Lora, Oscar Barrientos
(Warqui) y por momentos Bravo. Cladera copió a máquina el documento. Bra-
vo Cladera, Elsa N., 2013: 60-61.

146
Los mineros: rumbo a la revolución

Pese a su andamiaje clásicamente marxista, la Tesis recogía, tal vez


sin ser consciente de ello, buena parte de la tradición acumulada en el
seno de la clase minera, principalmente desde los acontecimientos de
1923 y 1942. De allí que pudiera ser aceptada con relativa facilidad y
ser usada como punto de referencia en las futuras confrontaciones mi-
neras.227 No es que los trabajadores de minas y socavones emergieran
recién como actores sociales, pero fue en la coyuntura del bienio 1945
y 1946, cuando comenzaron a pensarse como clase y actuar colecti-
vamente; política, social y discursivamente, enarbolando un proyecto
emancipatorio. Para su vanguardia, que se engrosaría como masa al
calor de la lucha, atrás quedarían, pero no se abandonarían, las luchas
meramente salariales, para abrirse hacia la disputa por el poder políti-
co y la lucha de clases entre burgueses y proletarios.
Años más tarde, Juan Lechín sintetizó muy bien el ambiente que
reinaba en esa época, al rememorar:
No era que el por tuviera muchos seguidores, era por su capacidad teóri-
ca que logró apoyo. Pero los hechos eran anteriores a esa teoría, desde la
importante influencia del anarcosindicalismo, que creó las organizaciones
sindicales en Bolivia. Primero hacíamos acciones espontáneas, luego to-
mamos conciencia de clase. Los obreros pedían solo aumento de salarios,
pero el Gobierno mandaba el Ejército y se produjeron masacres en defensa
de las empresas. Entonces se daban cuenta que no solo el patrón era el
enemigo.228

Sea como fuere, para el curso de los acontecimientos que buscamos


analizar, importa menos la letra muerta de la Tesis, a la que se han diri-
gido la mayor parte de las adhesiones y críticas, que la forma en la que,
a la luz de su memoria histórica, se hizo inteligible para los trabajado-
res mineros. Ya Lora nos hizo saber su desencanto, porque los mineros
“confundieran” la Tesis con el programa del mnr, lo que constituye un
certero indicativo de que la masa tomó finalmente un derrotero dis-
tinto al consignado en Pulacayo, aunque por razones diametralmente
opuestas a las esgrimidas por el escritor trotskista.
En términos más bien generales, la Tesis de Pulacayo colocó a los
mineros entre fuegos aparentemente contradictorios, pero que en el

227 El Diario, quizá tratando de desacreditarla e infundir temor, la publicó íntegra


en su edición de domingo 8 de noviembre de 1946; paradójicamente, contribu-
yó a difundirla.

228 Cajías, Guadalupe. Op.cit.: 77.

147
VILLARROEL: un anhelo truncado

fondo se hallaban unidos por un fuerte lazo: por una parte, terminó de
cristalizar un ambiente de “ciudadanía colectiva” en su manejo políti-
co; por otra, reforzó un sentido de oposición violenta y decidida contra
el sistema oligárquico de poder.
Entre tanto, en la frígida mina de Pulacayo, a casi 4.000 metros de
altura, el por establecía el futuro derrotero minero; en La Paz, la sede
del Gobierno boliviano, el domingo 10 de noviembre, el pir iniciaba
su Congreso con delegaciones procedentes de todos los departamen-
tos. Este concluyó una semana más tarde con la aprobación de una
línea de “Unidad Nacional”, anunciada por Ricardo Anaya, uno de sus
jefes. La concibieron para salvar a “Bolivia del nazifascismo criollo”,
metiendo en el mismo saco tanto al mnr como a los trotskistas, a quie-
nes calificaba de “agitadores”. Mientras el por postulaba la revolución
permanente, el pir, que fue incluido en el congreso minero entre los
partidos tradicionales y, por tanto, en el campo adversario, proclamaba
desde la clara influencia del comunismo promovido por la urss, la re-
volución por etapas democrático burguesa, dado el carácter semifeudal
que atribuían a Bolivia.229 Dos vías irreconciliables, entre trotskistas
y estalinistas, se presentaban marcando divisiones conceptuales y de
intereses de la izquierda mundial que llegaban con fuerza y conflicto
hasta Bolivia.
Apenas concluido el Congreso, arreciaron las demandas mineras,
como si se quisiera mostrar que lo ocurrido el 21 de julio no arredra-
ba a las fuerzas laborales. Estaban latentes los conflictos en Colquiri,
Oploca y San José. El desenlace, principalmente en las dos últimas
minas, sería la prueba de fuego de la Tesis recientemente aprobada.

Consciencia de ciudadanía, clase y sindicato


El Congreso de Pulacayo aprobó la necesidad de conformar un frente
electoral que permitiera —a la manera de los postulados leninistas—
usar al parlamento como una caja de resonancia, sin quedar anclados
en sus curules; votando por sus propios candidatos, nombrados con
aval sindical. Una experiencia de resistencia y ataque que no había ocu-
rrido nunca antes. En los años 20 el voto minero se concentraba en los
republicanos, como una década antes lo había hecho en los liberales,
a quienes, por su enfoque social y ciertas propuestas en favor de los

229 Disertación de Sergio Almaraz en La Paz. El Diario, La Paz, 31 de diciembre de


1946.

148
Los mineros: rumbo a la revolución

trabajadores realizadas por el presidente Bautista Saavedra, confiaban


la demanda de sus problemas laborales o simplemente vendían su voto
víctimas del cohecho y la presión. Tras el disloque producido por la
guerra, como se vio, el voto se desplazó hacia intelectuales progresis-
tas, según la coyuntura. Pero ahora se aspiraba a un voto de clase,
consciente y revolucionario.
En las elecciones del 5 de enero de 1947 terció el Frente Único
Proletario (fup) en una alianza entre el por y la fstmb, que ganó dos
bancas para senadores, Juan Lechín y el abogado y profesor universita-
rio Lucio Mendivil, ambos por Potosí y además siete diputados: Mario
Torres (Quijarro), Guillermo Lora (Bustillos), Jesús Aspiazu (Loayza),
Alberto Costa de la Torre (Pacajes), Aníbal Vargas (sud Chichas), Adán
Rojas (Inquisivi) y Humberto Salamanca (Dalence). Una mezcla entre
dirigentes políticos trotskistas, como Lucio Mendivil y Lora, y antiguos
dirigentes sindicales, como Torres.
En muchos casos, su victoria fue contundente, pese a la demo-
cracia censitaria y oligárquica que restringía el derecho de voto y re-
presentación a los varones letrados.230 Lechín logró 9.389 votos en
Potosí a gran distancia de sus contrincantes. En la provincia Dalence
(Oruro) —integrada por los centros mineros de Huanuni, Morococala
y Machacamarca— el candidato del fup, Humberto Salamanca, obtuvo
la friolera de 1.229 votos contra 107 del liberal Carlos Donaldson. En
Bustillos (Potosí) —Uncía, Llallagua— Guillermo Lora fue elegido di-
putado con 2.587 votos contra escasos 663 del independiente Calvo.231
En otros casos los resultados fueron más ajustados, aunque importan-
tes, como en el de Torres, que venció en Quijarro por 1.813 votos cuan-
do su opositor obtuvo 1.537, o de Vargas en Sud Chichas, que venció
con 893 boletas contra 586 de su antagonista.232
La elección fue favorecida por el sistema que prevalecía —uninomi-
nal, como se llamaría en términos actuales— e imperaba en la demo-
cracia censitaria, por el cual cada diputado era electo en una circuns-
cripción territorial que coincidía con una provincia. Los resultados
fueron contundentes e inapelables. Prácticamente no hubo distrito
minero donde la fórmula del fup no alcanzara amplios triunfos. Aún
en las capitales de departamento, como Oruro y Potosí, donde el voto

230 Un buen balance en Whitehead, Laurence, 1981: 313-334.

231 La Razón, La Paz, 11 y 18 de enero de 1947.

232 El Diario, La Paz, 10 de enero de 1947.

149
VILLARROEL: un anhelo truncado

minero se confundía con el de los artesanos, sectores medios y las élites


que tenían otras preferencias electorales, el sufragio no fue de ningún
modo despreciable para el fup.
Si se toman en cuenta las restricciones de la democracia oligárqui-
ca, que limitaba el voto a los varones que sabían leer y escribir, los
anteriores resultados parecen a todas luces excepcionales,233 fruto de
una caldeada coyuntura. En parte lo eran, pero la capacidad minera
para utilizar colectivamente los mínimos resquicios electorales venía
de antigua data. Los mineros habían aprendido gradualmente a usar
certeramente su voto para sancionar a la “rosca” y encumbrar a quie-
nes suponían que representarían sus intereses. Esta ruptura con las
tradiciones de manipulación clientelista, así como la capacidad para
definir por cuenta propia como clase su norte electoral, simbolizaba la
erosión del control oligárquico sobre los mecanismos electorales, dise-
ñados precisamente para ayudarle a conservar el uso del poder.
En efecto, si se revisan los resultados electorales de las distintas
regiones mineras entre 1940 y 1947 se podrá ver que pocas, realmente
contadas, fueron las veces que perdieron los candidatos apoyados por
los sindicatos o que representaban opciones distintas al sistema de la
rosca minera. En la provincia Dalence, por ejemplo, escenario de im-
portantes concentraciones mineras, como Huanuni, Machacamarca y
Morococala, nunca, en las cuatro elecciones que mediaron entre 1940
y 1947, pudo vencer el candidato de la patronal. Otro tanto sucedió
en la provincia Bustillos, sede de los asientos electorales de Uncía y
Llallagua, con la única excepción de las elecciones para la renova-
ción parlamentaria de 1942, cuando el voto minero se dispersó entre
Augusto Céspedes (mnr), apoyado por el sindicato de Catavi y Raúl
Ruiz González (pir), postulado por el de Llallagua, facilitando así el
triunfo de la tendencia oficialista.234
En un rasgo particularmente notable y que pesará en las conductas
futuras, la nueva “consciencia de ciudadanía” minera en germen, no
presuponía la individualización ni la fragmentación política. Para de-
cirlo en otros términos, no se votaba como Juan o Pedro, sino con una
compacta consciencia de clase, organizada y orientada por las formas

233 Es muy difícil establecer cuántos mineros cumplían con los requisitos electo-
rales exigidos por una democracia de tipo censitario, donde el voto dependía
de ser letrado, varón y asegurar independencia económica. Posiblemente entre
el 20% al 30%.

234 Augusto Céspedes, op. cit.: 57.

150
Los mineros: rumbo a la revolución

orgánicas sindicales. Así acaeció, por ejemplo, en la contienda electoral


de enero de 1947, cuando una comisión de la fstmb recorrió las minas
presentando a los (sus) candidatos. Los mineros, pese a que no cono-
cían a muchos de ellos votaron masivamente a su favor, confiados en el
buen criterio de “su” Federación.
En 1944, en la mina Chojlla se había votado masivamente por
Federico Álvarez Plata, militante del mnr y gestor del sindicato ante
las autoridades gubernamentales. Esta figura ilustra lo que ocurrió
reiteradamente en otros distritos mineros. A fines de 1946, se presen-
taron varios miembros de la Comisión de Coordinación de la fstmb,
entre ellos Oscar Flores, Nelson Capellino y Felipe Bernal, con el pro-
pósito de dar explicaciones sobre los objetivos político-electorales de la
Federación. Luego de oírlos y en “gran asamblea” los mineros decidie-
ron por unanimidad sufragar por Ernesto Ayala Mercado, militante del
por, bajo la fórmula “Ayala al parlamento en representación del pro-

letariado oprimido o traición a las clases trabajadoras”. El resultado


de la votación del 5 de enero fue por demás elocuente: Ayala Mercado
recibió 126 votos contra 67 de Humberto Fosatti y 12 de Luis Ampuero,
ambos candidatos oficiales o de la oposición permitida. Los resultados
obtenidos por Juan Lechín, candidato a Senador, fueron casi similares:
128 votos contra 60 de P. M. Elío, su más inmediato contrincante.235
Lo significativo del caso es que Ayala Mercado era prácticamente
un desconocido en La Chojlla, y obviamente solo la confianza que los
mineros depositaban en la fstmb y la autoridad de la entidad matriz,
lograron determinar el resultado favorable. Ayala, sin embargo, no fue
electo por los resultados adversos en otras localidades, donde la in-
fluencia minera no era tan patente, de modo que triunfó Luis Ampuero
en la provincia de Sud Yungas. Solo en el deleznable terreno de las
hipótesis podríamos hablar de las consecuencias que provocaron estos
acontecimientos y en cómo influyeron en el imaginario colectivo mi-
nero. Es posible, si nos atenemos a la tradición leninista que esgrimía
el autor de la mentada Tesis de Pulacayo, que el fup contribuyera a
cambiar el orden del tradicional relacionamiento partido-sindicato que
recomendaban los libros marxistas de texto. Los sindicatos terminaron
prevaleciendo sobre los partidos y no a la inversa. En lo sucesivo, el
propio por, pese a que arrastraba su trotskismo a cuestas, debió dar

235 Votación en La Chojlla. 5 de enero de 1947. Archivos sidis. La Paz, t. 17. La


Chojlla, 1947-51.

151
VILLARROEL: un anhelo truncado

cuenta de sus actos y justificarlos puntualmente frente a las entidades


sindicales. Como resultado, y si no nos equivocamos, ello contribuyó
a otorgar al actor sindical su propia legitimidad política, con casi to-
tal independencia respecto al radio de acción de los partidos, permi-
tiendo de esta manera que los sindicatos empezar a mirar cara a cara
al sistema político-estatal y desarrollar sus propios intereses grupales.
Este “lechinismo” preliminar —término que mejor describe a aquella
escuela sindical— todavía embrionario en 1947, estimulaba una mayor
lealtad a la configuración y estructura del sindicato que a la forma
de partido. Como ha observado correctamente una autora, ello podría
atribuirse a la virulencia que la confrontación sindicato-empresa-Es-
tado habría adquirido en Bolivia.236 Sin una excepcional adhesión y
solidaridad con los postulados sindicales, las conquistas laborales y
políticas hubieran sido prácticamente imposibles.
En cambio, en este mismo áspero escenario, era muy poco lo que
podían aportar los partidos, incluso los de la izquierda marxista.237
A diferencia del caso chileno, por ejemplo, los mineros bolivianos
hicieron su ingreso al sistema electoral vía sindicato y no mediante la
única intermediación de partido; ello marcaría su historia futura. Fue,
en rigor de verdad, la urdimbre sindical la que se encargó de procesar
y canalizar las demandas laborales hacia el sistema político y no a la
inversa. Un resultado totalmente diferente al esperado (y soñado) por
la Tesis de Pulacayo, que tendría consecuencias posteriores en el des-
empeño del proletariado minero.

Oploca: la utopía en cuestión


El predominio inicial del sindicato sobre el partido, remató vigorosa-
mente en el cogobierno cob-mnr (1952-56). Este define, en efecto, uno
de los campos de transgresión a la letra de la Tesis de Pulacayo; el otro
pertenece a un espacio de aplicación más directo y relacionado con el
comportamiento minero en la coyuntura concreta.

236 Vivian Arteaga. op. cit.: 80-85.

237 Se ha creado otra leyenda en torno a la implantación del cogobierno cob-mnr


en 1952. Muchos “teóricos” y partidos reclaman su paternidad, pero es eviden-
te que sus bases sólidas hay que buscarlas en los acontecimientos del sexenio
1946-52. Y más como una astucia de los mineros que, nuevamente, como dic-
tado exterior de alguna organización política externa.

152
Los mineros: rumbo a la revolución

La Compañía Agrícola y Minera Oploca de Bolivia, de capital chi-


leno aunque con un fuerte paquete accionario en manos de Simón
Patiño, habría de convertirse en la prueba de fuego, conjuntamente
con la Mina de San José, para los postulados de Pulacayo y su política
de ocupación de las minas. Efectivamente, por cerca de tres meses la
expectativa nacional estuvo puesta en la resolución del conflicto que
afectaba a los trabajadores de la mina de Siete Suyos y el ingenio de
Santa Ana.
Oploca, productora de estaño, enclavada en Sud Lípez en el sur de
Bolivia, había sido sede, como se vio, de otros conflictos en 1945, cuan-
do la empresa desbarató los intentos de organización sindical. Un año
más tarde, casi paralelamente al desarrollo del evento de Pulacayo, se
supo que la Compañía Oploca había decidido despedir a parte de su
personal alegando altos costos de producción. El 7 de noviembre llegó
a Siete Suyos una comisión enviada por el congreso minero celebra-
do en Pulacayo. Tras las primeras asambleas reinaba un ambiente de
euforia y confianza. Los mineros creían en su potencialidad y en la
solidaridad sin límites de sus compañeros de clase, y se sentían capaces
de tomar el cielo por asalto. En las asambleas “hablaban de su fuerza
y trata[ban] de hacer consentir de la debilidad del Gobierno actual, la
falta de armamento del ejército, etc.”238
El 10 de noviembre, Mario Torres Calleja, alto dirigente de la fstmb,
y su segundo hombre, empezó su discurso en el teatro del ingenio de
Santa Ana afirmando en tono desafiante: “En el congreso de Pulacayo
ha sido acordado y aprobado sentenciar el fin de la rosca.”239
Continuó Torres:
También se acordó apoderarse de las minas en caso de cierre con la cola-
boración de otros mineros de Bolivia […] Nosotros los mineros de Bolivia
que formamos la integridad nacional, hemos acordado en el congreso de
Pulacayo hacernos respetar por nuestras propias fuerzas. Los capitalistas
creen que los hombres de la Federación, somos unos hombres débiles, lo-
cos, que estamos pensando tomar las minas, una propiedad que no es de
nosotros, una propiedad privada como prescribe la constitución Política
del Estado, pero sin embargo la tierra de Bolivia es nuestra, todos los

238 John Worcester, Administrador General, a la Presidencia de la Compañía Mi-


nera y Agrícola Oploca de Bolivia, 8 de noviembre de 1946. apmeci.

239 John Worcester a C.L. Kemper Subgerente General de la Compañía Aramayo


de Mines en Bolivie. Chocaya, 11 de noviembre de 1946. apmeci.

153
VILLARROEL: un anhelo truncado

bolivianos somos los dueños propios de manera que no será tomar una
propiedad privada.

[…] Los contratos que ahora existen ahora son un engaño, no ha de ha-
ber más contratos, no pueden venir a mandarnos un vaquero y un carni-
cero americano y nosotros no hemos de permitir ni hemos de obedecer.
(...) También tenemos señalados a todos los colaboradores de gringos, ya
sabrán de los postes que los esperan (…).240

Su intervención y amenaza clara y contundente constituyó una pie-


za medular del lenguaje revolucionario que impregnaba a las direccio-
nes mineras y se transmitía a sus bases. Apeló a la antigua y sentida
animadversión al personal extranjero y a que era necesario compren-
der, como ya fuera advertido en las minas durante los motines de me-
diados del siglo xix, de que explotaban recursos irremplazables que
pertenecían en verdad al pueblo-nación; dejando solo miseria y deso-
lación a cambio, como podían comprobar los trabajadores en carne
propia. Apelaba igualmente a la fuerza de choque y a la acción directa
y colectiva, que no era extraña en la cultura minera cargada de espon-
taneísmo y decisiones abruptas, e intentaba conducirlos a una lucha
permanente contra el capital y el imperialismo.
Estas ideas flotaban en el ambiente y en los sectores de vanguardia.
En otra asamblea, Terceros, dirigente de las minas de Telamayu de la
Compañía Aramayo, colindantes con Oploca, señaló: “estamos en pie
de una guerra civil”. Como para confirmar el ambiente bélico, el sindi-
cato de Siete Suyos procedió a desarmar a la policía del campamento.
Incluso se llegó a formar un “Ejército Proletario” al mando de Abelardo
Melgar Rivera, un militante del mnr que vivía en el campamento de
Assllani, pero que no trabajaba en ninguna de las minas de la región.
A principios de diciembre, en ese clima adverso para sus intereses,
la empresa anunció su voluntad de cerrar la mina desde el 4 de fe-
brero de 1947. No tenía razones técnicas o económicas de peso para
ello, por lo que más sonaba como un intento de pulsar fuerzas con los
mineros. Amenazas como estas eran comunes en esos días, con moti-
vos reales o supuestos. Las empresas, confiadas en que tras el derroca-
miento de Gualberto Villarroel y con el apoyo del Gobierno provisio-
nal de Tomás Monje Gutiérrez, podrían deshacerse de los trabajadores

240 Esta intervención fue enviada por John Worcester, Administrador General de
Oploca a C. L. Kemper, subgerente de la Cia. Aramayo, en fecha 11 de noviem-
bre de 1946. apmeci.

154
Los mineros: rumbo a la revolución

“problemáticos”, se negaban a acatar los laudos arbitrales. En algunos


casos, sin embargo, el Poder Ejecutivo debió retroceder, como sucedió
en Colquiri. Cuando la empresa de Hochschild rechazó el laudo que
incluía un incremento del 30% en los salarios, la fstmb anunció que se
“aplicarían las determinaciones del congreso de Pulacayo; es decir, la
incautación de la mina”.241 La Compañía persistió en su empeño hasta
que el Gobierno declaró obligatorio el laudo a fines de diciembre de
1946.242
En suma, el asesinato de Villarroel, si bien había enrarecido el am-
biente político y endurecido las reglas del juego, no logró detener la ra-
dicalización del movimiento minero pues, por el contrario, este se in-
miscuyó más aún en la escena política contando con una doctrina que
sin homogeneizar totalmente sus fines, permitía definir un perfil de
confrontación contra los grandes propietarios de minas y la sociedad
oligárquica y establecer lazos de relacionamiento con otros sectores al
perfilarse como una vanguardia del movimiento social, como se verá
pocos años más tarde.

La masacre de Potosí
Dada la cerrada disputa voto a voto entre Enrique Hertzog y Luis
Fernando Guachalla en las elecciones realizadas el 3 de enero de1947,
crecía la incertidumbre por los resultados de la elección presidencial.
Mientras tanto, las autoridades provisionales arremetían contra parti-
darios del régimen caído y los sectores laborales organizados. El martes
28 de enero de 1947, por instrucciones del prefecto de Potosí, Abelardo
Villalpando, militante del pir, que seguramente las recibió a su vez del
Ministerio de Gobierno, se procedió a la detención de varios militan-
tes y dirigentes del mnr. Ninguno era trabajador minero, sin embargo,
un número indeterminado de proletarios del subsuelo, cuyo número,
según las fuentes, podía ser de entre treinta y una centena, bajaron de
los socavones del Cerro Rico hasta la jefatura de policía pidiendo entre-
vistarse con el mandamás, Gualberto Pedrazas, otro integrante del pir.
Estaban convencidos que entre los presos habían dirigentes sindicales.
No fueron recibidos e intentaron ingresar a las dependencias policiales
por la fuerza, siendo repelidos, incluso con disparos de armas de fuego.
Cayeron dos trabajadores heridos. El episodio debilitó aún más al pir:

241 La Razón, La Paz, 19 de noviembre de 1946.

242 Ibid., 26 de diciembre de 1946.

155
VILLARROEL: un anhelo truncado

La masa se replegó precipitadamente atacando varios edificios gu-


bernamentales y gritando: “Dinamiteros, vamos a armarnos de dinami-
ta”, la única arma a su alcance, que usaban cotidianamente en sus labo-
res mineras y manejaban como una verdadera prolongación de su mano.
Subieron hacia el campamento Pailaviri, perteneciente a la Compañía
Minera Unificada, de propiedad de Hochschild. Luego, atacaron el pues-
to policial donde se apoderaron de cientos de cartuchos de dinamita de
los dos polvorines de la empresa. La prensa exageraría posteriormente
hablando de nada menos que 300.000 unidades, es decir casi una to-
nelada. Lora precisaría que fueron varios cajones de dinamita. Había
mujeres que repartían las cargas. Los varones tomaron una porción que
introdujeron en recipientes de hojalata para armar cachorros, en cuyo
manejo eran diestros. Un arma de trabajo servía para trabarse en com-
bate.
Así dotados, a eso de las once de la noche, bajaron a la ciudad. Algunas
fuentes elevan su número hasta el medio millar. Según el conservador
matutino La Razón de La Paz, gritaban: “¡Viva el mnr. Viva Lechín. Viva
Torres!” y en la Plaza de Armas arrancaron de cuajo una placa de home-
naje al 21 de julio de 1946 y el triunfo sobre Villarroel, ambas pruebas
contundentes de su antioficialismo y su protesta por el derrocamiento
del “Presidente Mártir”.
Entretanto, en la ciudad de Potosí, cuyos sectores de propietarios,
funcionarios y clases medias, se hallaban temerosos por lo que con-
sideraban un ataque inminente por parte de los mineros, a quienes
despreciaban por “cholos e indios” y respecto de los cuales abrigaban
antiguas aprehensiones y temores de que harían saltar las compuertas
de las lagunas circundantes para inundar la ciudad. Aproximadamente
medio millar de milicianos armados, muchos integrantes del pir, apo-
yados por tropa del Regimiento de Carabineros “Mayor Zurita”, do-
tados de armas proporcionadas por autoridades militares, aunque el
ejército no participó en las acciones posteriores, ocuparon sitios estra-
tégicos. A eso de las 10 de la noche, se produjo un combate entre mine-
ros y carabineros y civiles, armados, estos últimos con ametralladoras
y fusiles. Los mineros se defendieron con “cachorros” que lanzaban por
las bocacalles y excepcionalmente a entidades públicas y policiales. “A
las detonaciones de dinamita respondía el estampido de los fusiles”.243

243 La Razón, La Paz, 9 de febrero de 1947.

156
Los mineros: rumbo a la revolución

Los disparos de armas de fuego causaron varias víctimas, muertos y


heridos, entre los trabajadores. Tras una media hora de recio combate,
los trabajadores se replegaron hacia sus campamentos y los “cerros
circunvecinos” de Kari Kari y las faldas del Cerro Rico, perseguidos por
fuerzas policiales y parapoliciales, integradas estas últimas por civiles.
La ciudad amaneció el día 29 todavía bajo el ruido de explosiones de
dinamita. Por su parte, las fuerzas oficiales ocuparon el campamento
de Pailaviri, donde saquearon, golpearon, hirieron y dieron muerte a
varios trabajadores y transeúntes. Entre tanto, se realizaba una nueva
reunión de civiles y militares en el despacho del prefecto Villalpando.
Se organizó un Comité de Defensa integrado por representantes del
Comercio, la Industria, la Universidad Tomás Frías, el clero, círculos
de intelectuales, además de jefes y oficiales de la Región Militar No.
2.244 Analizaron el abastecimiento de la población, la asistencia sani-
taria y la “defensa de la plaza”. Con temor, consideraron nuevamente
la posibilidad de que los mineros alzados volaran las lagunas de San
Sebastián y San Idelfonso para anegar la ciudad. No sucedió, aunque,
al parecer, según acusaciones oficiales posteriores, los trabajadores hi-
cieron estallar cargas de dinamita en las compuertas sin abatirlas.
A las 17 horas se reportó que se había suspendido “el hostigamien-
to”.245 El vecindario citadino pasó la noche sin mayores alarmas ni
contratiempos, mientras el temor y la represión persistían en los ho-
gares mineros. El reporte oficial habló de 17 muertos y 58 heridos. El
ministro de Gobierno, el abogado Roberto Bilbao La Vieja, pretendió
que la mayoría murieron por causa de las explosiones de dinamita.
La verdad es que cayeron víctimas de disparos. La distribución social
de los heridos proporciona una pista de dónde se concentró el fuego y
quién llevó la peor parte: un porcentaje alto eran mineros (34) contra
solamente dos que procedían de la policía.246 Los rumores de un mayor
número de muertos obreros persistirían durante años, sin que nunca
se hubiera realizado una investigación definitiva para esclarecerla. La
fstmb, por boca de Lechín y otros dirigentes, negarían que lo ocurrido

respondiera a un plan de la entidad sindical, pero respaldaron a los tra-


bajadores y exigieron en sendos y duros comunicados sanciones para

244 Los Tiempos, Cochabamba, 21 de enero de 1947.

245 La Razón, La Paz, 30 de enero de 1947.

246 La Razón, La Paz, 1 de febrero de 1947.

157
VILLARROEL: un anhelo truncado

los culpables de la “sangrienta asonada de Potosí” y la renuncia de las


autoridades locales.247
La sensación de que detrás de la represión estaban militantes del
pir, que controlaban el aparato oficial y policial en Potosí, se exten-

dería como un reguero de pólvora. Las intervenciones de Guillermo


Lora en la Cámara de Diputados a fines de 1948, ayudarían a reforzar
esta impresión. Aunque los detalles de lo acontecido aún permanecen
imprecisos, lo ocurrido en el Cerro de Potosí a poco del derrocamiento
de Villarroel y junto el desbande laboral de Oploca, permite dar una
idea del estado de indignación y desesperación que prevalecía entre los
trabajadores mineros frente al nuevo orden político adverso a ellos, y a
la vez remarcaba su impotencia política y de fuerza en las calles para
obtener resultados favorables.

Las minas Siglo xx y Catavi: la razón armada


La secuela de las derrotas mineras en Oploca, y la “masacre de Potosí”
habían devuelto la confianza a los empresarios mineros, apoyados
por el nuevo Gobierno encabezado por el galeno conservador Enrique
Hertzog, que asumió la presidencia el 10 de marzo de 1947. Incluso
en Oruro, en la mina de San José248 del Grupo Hochschild, situada en
pleno radio urbano, al contrario de lo que parecía una promesa alcan-
zable, no había sido posible tomarla y hubo que contentarse con que el
Estado la arrendara a sus anteriores propietarios, quienes pretendían
cerrarla aduciendo su baja producción y el agotamiento de sus vetas.
Tras un efervescente periodo de asedio, de movilizaciones, huelgas
y revueltas armadas, a fines de 1946 los mineros estaban nuevamen-
te arrinconados. Y lo que es peor: su tesis de autodefensa armada y
ocupación de las minas parecía estar desacreditada. Al margen de la
retórica de Pulacayo y su imposible materialización, los mineros se
enfrentaban a un Gobierno fuerte tras la “victoria” del 21 de julio, y que
no daba trazas de conciliación alguna. Mientras tanto, los empresarios
intentaban sacar el máximo provecho de la favorable coyuntura “pur-
gando” las minas de los trabajadores potencialmente peligrosos.
La ocasión vendría como por encargo en la mina de Catavi. El 15
de octubre de 1946 los trabajadores integrantes del Sindicato Mixto de

247 Los Tiempos, Cochabamba, 2 de febrero de 1947.

248 Y el Ingenio Machacamarca.

158
Los mineros: rumbo a la revolución

Catavi y de Siglo xx pertenecientes a la pmeci presentaron un pliego


de peticiones solicitando el pago de las primas correspondientes a los
años 1944-1945, el incremento de los salarios y los reajustes en los ha-
beres de los contratistas. Para atender la demanda, se creó una Junta
de Conciliación integrada por los sindicatos y la pmeci. El 30 de enero,
el sindicato de Catavi protestó por una Resolución de la Corte Suprema
de Justicia que consideraba adversa, pidiendo además la renuncia de
los magistrados y solicitando a la fstmb que decrete un paro general,
el mismo que finalmente no se produjo.249
El reclamo, típico de una cultura minera salarialista, quedó en sus-
penso hasta el 30 abril de 1947, cuando se emitió un laudo conciliato-
rio por un tribunal presidido por Alipio Valencia Vega. Diez días antes,
en Buenos Aires, había muerto Simón I. Patiño cuando estaba a punto
de cumplir los 87 años. El dictamen dispuso que no se cancelarían las
primas anuales entre tanto no se dictara una ley interpretativa y, ade-
más, que el incremento de los salarios sería menor al solicitado —se
había solicitado un incremento del 60%; se les concedió entre el 20%
y el 30%, según la función laboral—. Los trabajadores, dados los ante-
cedentes de izquierda del jurista Valencia Vega, “elemento de inclina-
ciones proletarias”, habían esperado una resolución favorable, pero no
fue así. Una vez que el documento fue público, los sindicatos de Catavi
y Llallagua, que lo hallaban insatisfactorio y una “burla”, lo rechazaron
de plano el 2 de mayo y se aprestaron a iniciar una huelga a partir del
día 8.
El masivo paro duró hasta el 17 de mayo. Cuando los mineros retor-
naron, se encontraron con que las puertas habían sido cerradas por la
empresa, que decretó un lock out. El día 20, las actividades se normali-
zaron, pero bajo un tenso clima. La empresa, bajo la aquiescencia gu-
bernamental, deseaba despedir a varios “elementos agitadores” y que
se procediese de “inmediato” a la “disolución y desarme” de la “policía
sindical”,250 organizada por los trabajadores con fines de control y de-
fensa.
El 26 de mayo viajaron a Catavi los ministros de Trabajo, Alfredo
Mendizabal, integrante del pir y el ministro de Gobierno, Luis Ponce
Lozada, ex militante de la misma organización. En Llallagua anun-
ciaron que se iniciarían labores de inmediato, pero con la condición

249 Los Tiempos, Cochabamba, 30 de enero de 1947.

250 La Razón, La Paz, 27 de mayo de 1947.

159
VILLARROEL: un anhelo truncado

“indispensable” de que los trabajadores Alberto Dávila, Grover Araujo,


N. Melgar y N. De la Riva serían retirados y trasladados a La Paz. Al es-
cuchar los nombres: “Se produjo una fuerte oposición por parte de los
demás dirigentes”. Los enviados gubernamentales debieron retornar
sin lograr que las labores se reanudaran y sin conseguir el visto bueno
de los trabajadores para el despido de sus dirigentes.251
El mal resultado no detuvo la ofensiva patronal-gubernamental.
Las labores se reanudaron el día 27 a las 13:30, coincidiendo con el
segundo turno o “segunda punta”. El 10 de junio, por otra parte, la
pmeci despidió a empleados y principalmente trabajadores, entre ellos

ex dirigentes y dirigentes en activo. Algunos de ellos se aposentaron


en Oruro y otros se retiraron a Cochabamba.252 En total fueron 123
los cesados, incluyendo los delegados al iv Congreso de Trabajadores
Mineros, que ese día se celebraba en Colquiri, a 4.200 metros de altura,
cerca de La Paz.

Colquiri o el inicio del retroceso


El iv Congreso de Trabajadores Mineros se inició justo cuando los con-
flictos en Catavi y Siglo xx llegaban a su punto culminante, pero tam-
bién con el desasosiego de la pesada carga del fracaso de Oploca, la
masacre de Potosí y la incierta situación en la mina de San José, sobre
la que pendía la amenaza de cierre.
No obstante, el ánimo era belicoso y el lenguaje también.253 Los
obreros de Colquiri recibieron al militante del pir y ahora ministro
de Trabajo, Alfredo Mendizábal, con glorias a Villarroel y mueras al
Gobierno de Unidad Nacional. Las masas vociferaban: “¡Abajo el
Gobierno burgués. Abajo Unidad Nacional!”, voces que evidenciaban
el ánimo de la reunión obrera. En su discurso, Mendizábal reconvino
a los mineros por adoptar posiciones a su juicio radicales. Claramente
su objetivo era deslegitimar la Tesis de Pulacayo.
El proceso democrático que pretendemos alcanzar, no se presta a la de-
magogia ni a la prédica de folletines revolucionarios. Con el signo de la
dictadura proletaria y la guerra interna, contrariamente a todo principio
de táctica revolucionaria, se ha ahogado el ambiente obrero para precipitar

251 Ibid.

252 La Razón (La Paz) 10 y 11 de junio de 1947.

253 Antonio Alvarez Mamani, dirigente campesino, asistió al Congreso minero.

160
Los mineros: rumbo a la revolución

a las masas en levantamientos anarquizantes que socavan la estabilidad


nacional.254

Juan Lechín, por su parte, denunció que el presidente Hertzog pre-


paraba un ambiente contrario a los mineros: “La burguesía se juega
la última carta y los mineros deben jugar la última carta”. Durante la
reunión, trabajadores adictos al pir presentarían una réplica a la Tesis
de Pulacayo aprobada un año atrás. Fue presentada por Adán Rojas,
Secretario General de Colquiri; propugnaba la revolución democrático
burguesa y apoyaba al Gobierno de Hertzog sustentado por el pir en
unidad con partidos de centro derecha. También reconocía que “La
Federación había fracasado en sus gestiones relacionadas con los con-
flictos de Huanuni, Oploca y otros”.255
Lechín por su parte y en tono exultante, defendió el documento de
Pulacayo. Allí, recordó a los delegados:
[N]o formar parte de Gobiernos burgueses. En Pulacayo ya hemos di-
cho que nuestra guerra es contra la burguesía, es una guerra a muerte.
¿Debemos modificar la Tesis? De ningún modo. Dicho programa es un aná-
lisis de la bancarrota nacional del capitalismo, es un balance de la lucha
proletaria y marca un claro derrotero que nos permitirá conseguir nuestra
completa liberación.
El Congreso debe, conforme a la línea general de la Tesis de Pulacayo, de-
mostrar su identificación con las aspiraciones indígenas y decir que un
Gobierno que asesina a innumerables indios, por el delito de pedir un pe-
dazo de tierra, es un Gobierno esencialmente reaccionario y enemigo de las
grandes mayorías nacionales.256

La reunión obrera aprobó un documento redactado por los inte-


grantes del por que llevaba el título de “Consejos Tácticos (cómo retro-
ceder sin ser destrozados)”, el que fue posteriormente profusamente
difundido en los medios obreros.
Guillermo Lora comenzó indicando que la táctica de lucha debe su-
bordinarse a la situación política del momento y que es preciso recha-
zar el prejuicio de que hay al respecto recetas universalmente válidas:
La correlación de las fuerzas en pugna determina el carácter peculiar de
una situación política dada. La táctica de la clase proletaria en general y de

254 Alfredo Mendizábal, La Razón, 10 junio de 1947.

255 El Diario, La Paz, 11 de junio de 1947.

256 Cajías, Lupe, 1994.

161
VILLARROEL: un anhelo truncado

los mineros en particular, debe inspirarse en las características diferencia-


les de un determinado momento político. No pueden darse recetas tácticas
universalmente válidas y que conserven su fuerza en todas las épocas.

La tesis constata que el iv Congreso se reunía en un momento en


que la situación política del país sufría una profunda modificación:
Nos encontramos ante la necesidad imperiosa de modificar la táctica segui-
da por la fstmb hasta ahora, en vista de que la situación política es comple-
tamente diferente a la que imperaba en Pulacayo [...] ¿Cómo caracterizar el
presente momento político? El Gobierno de Hertzog es innegablemente un
Gobierno de “unidad nacional” (Alianza de la Unión Socialista Republicana,
Partido Liberal y pir). Dicha alianza política da una momentánea estabili-
dad al Gobierno. Cuando el pir realizaba su “oposición constructiva” la
situación de los mineros era de verdadero privilegio, la acentuada pugna
política acrecentaba nuestra importancia en la vida nacional. De esa época
datan los intentos de opositores y gobernantes por arrastrar detrás de sí a
la fstmb, que si hubiese logrado cristalizar tal deseo habría inclinado la ba-
lanza política en su favor. ¿Para qué y contra quién se organizó el gabinete
de “concertación nacional”? La prensa de la reacción lo ha manifestado cla-
ramente, contra el fantasma del movimiento minero y, por esto, su misión
principal consiste en destruir tal movimiento.

Lechín fue reelecto por voto de cada sindicato, emitido antes del
Congreso, según la costumbre de democracia obrera al uso por enton-
ces. Contó con el apoyo de 40 sindicatos.257 Mario Torres, conocido
como “El Loco”, fue nuevamente electo como segundo hombre. El
Congreso concluyó el 14 de junio.

La masacre blanca
La estrategia gubernamental, apoyada por el pir, de eliminar la Tesis
de Pulacayo y de desplazar a Lechín, había fracasado. Su ofensiva con-
tinuó, sin embargo, en otros territorios obreros. En San José se des-
ahució a los trabajadores, aunque estos lograron que la mina siguiera
operando bajo administración gubernamental.258
En relación a Catavi, donde el conflicto se agudizaba, el 23 de julio
el presidente Hertzog amenazó: “Serán desplazados de sus puestos de

257 Los Tiempos, Cochabamba, 19 de junio de 1947.

258 Los Tiempos, Cochabamba, 9 de julio de 1947.

162
Los mineros: rumbo a la revolución

trabajo los que agitan en las minas”.259 Con ese aval, la pmeci cambió
de táctica y decidió separar a todos los trabajadores de Catavi para pos-
teriormente recontratarlos selectivamente, pasándolos por su propio
tamiz. El 24 de julio presentó al Gobierno un plan destinado a “acabar
con la interferencia sindical, la indisciplina y el crecimiento del robo”.
Se despediría a todos los empleados y obreros pagándoles sus des-
ahucios e indemnizaciones y, luego, se los recontrataría. La noticia se
hizo pública el 28.260 Al día siguiente, Lechín y Lora —parlamentarios
del Bloque Minero— se reunieron con el Presidente de la República.
Acusaron a la pmeci de burlar las leyes sociales, aseguraron que la em-
presa deseaba destruir al movimiento sindical y defendieron la Tesis de
Pulacayo.261 Ya durante el Congreso de Colquiri se había denunciado
que entre los retirados por la empresa de Patiño figuraban dirigentes
y ex dirigentes, como Téofilo Rivera, Carlos Flores, Federico Escobar
Zapata262 y otros. Se había pedido la intervención gubernamental para
su restitución.263
Entre el 2 y 5 de agosto, una comisión del Colegio de Abogados
de La Paz visitó las minas en conflicto, Catavi, Siglo xx y el ingenio
de Miraflores. Constató que las viviendas obreras eran “apenas unos
tugurios insalubres… en una morada conviven apiñadas de 5 a 10 per-
sonas”. Concluyó que la protesta no tenía tintes políticos.264 Era por
demás evidente que en el cernidor, si la pmeci podía cumplir su amena-
za, quedarían atascados los dirigentes y los considerados “agitadores”.
Esta vez, a diferencia de lo que sucedía durante el siglo xix, indisci-
plina no significaba fiestas, faltas o retirarse de la mina al influjo del
“cerco agrario”. El propio concepto de huelga había cambiado de signi-

259 Los Tiempos, Cochabamba, 24 de julio de 1947.

260 Los Tiempos, Cochabamba, 29 de julio de 1947.

261 El Diario, La Paz, 29 de julio de 1947.

262 Conocido como “Macho Moreno”, nació en Oruro en 1923 y trabajaba en Ca-
tavi desde 1940. Fue militante del pir y luego del Partido Comunista de Bolivia
y, desde su división en 1965, perteneció al sector maoista (pc-ml). Murió luego
de una operación, el 8 de noviembre de 1966. Existen sospechas sobre la verda-
dera causa de su muerte, ocurrida durante el Gobierno antiobrero del general
René Barrientos Ortuño. Véase al respecto Escobar Chavarría, Hernán (2010).
Los bolivianos jamás hemos tenido alma de esclavos. Cochabamba: Kipus.

263 La Razón, La Paz, 17 de junio de 1947.

264 Los Tiempos, Cochabamba, 17 de agosto de 1947.

163
VILLARROEL: un anhelo truncado

ficado; en aquellos tiempos antiguos suponía fiesta o no trabajo como


recurso de defensa a la proletarización. Ahora, en cambio, se colocaba
en el centro del reclamo proletario y la lucha de clases, para la defensa
de sus derechos salariales y sindicales y como un camino en la lucha
por el poder.
Mediante el soborno de algunos dirigentes sindicales, apoyándose
en comerciantes de los pueblos aledaños a las minas, interesados en
las demandas adicionales que les proporcionaría el gasto de las “liqui-
daciones”, y contando con la desmoralización de sectores de trabaja-
dores, se logró dar la falsa impresión de que la mayoría de los mineros
pedían voluntariamente su desahucio, sobreponiéndose frente a una
pequeña minoría que se oponía.
Es verdaderamente difícil conocer las proporciones de los que se
afiliaban a uno u otro bando. No se debería, sin embargo, concluir
que la confrontación interna entre los mineros era solo una cuestión
de ideología. Es seguro que también influían, como en casi todos los
conflictos mineros, las diversas percepciones e intereses materiales que
separaban a los trabajadores “volantes” (eventuales) de aquellos “per-
manentes” que vivían plenamente del laboreo minero. Los trabajadores
estacionales no sólo recibirían proporcionalmente mayores beneficios
con el despido colectivo, sino que es dudoso que comprendieran a ca-
balidad el significado del sindicato para resguardar sus intereses. De
ahí que estuvieran emocionalmente más propensos a aceptar las con-
diciones de la pmeci.
La empresa, en todo caso, montó una ofensiva a través de los me-
dios de comunicación. Los Tiempos de Cochabamba señaló, por ejem-
plo, que: “Fue solucionado el conflicto minero. Los mismos trabajado-
res pidieron la liquidación y el Gobierno adoptó el criterio”.265
Agregó, tomando una noticia de la gubernamental Dirección General
de Informaciones, que cinco mil trabajadores “organizaron una mani-
festación repudiando a sus dirigentes y la fstmb”. Lora, por su parte,
señalaría que solamente fueron mil, en su mayor parte empleados y
“algunos obreros indígenas”.266
Enrique Encinas, trabajador, relatará como se armó el ardid empre-
sarial:

265 Los Tiempos, Cochabamba, 5 de septiembre de 1947.

266 Probablemente trabajadores temporeros; Lora no especifica a quiénes se refie-


re. Los Tiempos, Cochabamba, 6 de septiembre de 1947.

164
Los mineros: rumbo a la revolución

“Un día, nosotros estábamos trabajando y hasta mientras habían bajado a


Catavi unos cincuenta trabajadores a decir que necesitaban indemnizacio-
nes. Ni siquiera alcanzaba a cincuenta pero los comerciantes se han meti-
do, porque siempre hacen negocio en días de feria cuando hay pago y ven-
día bien toda la mercancía. Entonces, para ganar otra vez los comerciantes,
ha llevado a los mineritos y también a agentes de la Patiño Mines y a los
serenos, reuniéndose una cosa de mil.”267

El testimonio subraya el rol ambiguo de los comerciantes duran-


te este y otros conflictos, pues su mayor preocupación era que no se
cortara el flujo de dinero que recibían los trabajadores —mejor si este
monto aumentaba. En otras oportunidades, habían coadyuvado a las
protestas mineras por el mismo motivo, pero también porque mante-
nían lazos familiares y sociales con ellos.
El testimonio de un minero da cuenta de la reacción de la masa:
Cuando salimos nos avisaron unos compañeros que estaban esperando en
la bocamina. Nos han contado y después hemos bajado así con ropa de
trabajo hasta Catavi. En Catavi hemos dicho: “Nosotros no queremos in-
demnización. Queremos nuestro trabajo”.268

El 5 de septiembre de 1947, el gobierno de Hertzog, que obvia-


mente actuaba de consuno con la Patiño Mines, aceptó mediante una
Resolución Suprema la solicitud de “liquidación” del 100% de los tra-
bajadores. Argumentó que:
Concluido el conflicto suscitado entre los trabajadores de Catavi, Llallagua
y Siglo xx con la empresa Patiño Mines, por desistimiento de los primeros,
aceptándose la solicitud de liquidación que han formulado dichos trabaja-
dores y de conformidad a las bases que serán aprobadas por el Gobierno.

Frente al evidente ataque a los derechos laborales, posiblemente


asustados por las consecuencias de la medida y tal vez también enfren-
tados a un conflicto personal al pertenecer a una entidad política que
todavía consideraban un “partido proletario”, ese mismo día los dos
ministros del pir, Alfredo Mendizábal de Trabajo y Gustavo Henrich,
de Obras Públicas, renunciaron al gabinete, aduciendo que Hertzog
no quería poner en vigencia el laudo arbitral del 30 de abril. Habían
permanecido en el Gobierno poco menos de cuatro meses, desde el 14

267 Encinas, Enrique, Fernando Mayorga y Enrique Birhuet (1989). Jinapuni, tes-
timonio de un dirigente campesino. Págs. 21-22. La Paz: Hisbol.

268 Ibid.: 22.

165
VILLARROEL: un anhelo truncado

de mayo. Pero para su partido ya fue tarde, su prestigio entre los traba-
jadores continuó cayendo.
Superada por los acontecimientos, la fstmb pudo apenas responder
a media fuerza. Había convocado a partir de las 7 a.m. del martes 16 de
septiembre a un paro nacional minero. Demandaba la revocatoria de la
Resolución Suprema de Hertzog; la libertad de sindicalistas detenidos
y el retiro de las tropas de Catavi y Siglo xx.269
Tuvo escasa repercusión. Únicamente cuatro minas, Huanuni,
Pulacayo, Colquiri y Caracoles, acudieron en apoyo de Catavi y Siglo
XX. El 22, Colquiri y Huanuni debieron suspender la protesta. Para
entonces eran los únicos centros mineros que la mantenían.270
En estas circunstancias, privados de solidaridad externa y enfren-
tando tensiones internas, los sindicalistas de la Patiño Mines poco pu-
dieron hacer para detener los planes de la patronal. Cuando terminó
el proceso de depuración 7.165 trabajadores entre empleados y obre-
ros habían sido recontratados nuevamente, pero otros cuatrocientos
debieron dejar definitivamente la Patiño Mines. Todos ellos fueron
catalogados como dirigentes o elementos “peligrosos”. Recibieron la
siguiente notificación:
Por convenir así a la empresa, no será usted recontratado después de la
presente liquidación. En consecuencia, sírvase desocupar su vivienda en
el campamento dentro de las 48 horas de recibir esta notificación. Caso
contrario será necesario dar aviso a las autoridades. Se le proporcionarán
boletos de ferrocarril para usted, su esposa y sus hijos, como una colabora-
ción voluntaria de la compañía.

Muchos regresaron a sus lugares de origen o a las localidades de


donde, en los albores del siglo xx, habían partido sus progenitores para
enrolarse en el trabajo de los socavones de estaño. Su experiencia sin-
dical adquirida en las minas les servirá para organizar y dirigir a los
campesinos e indígenas en su lucha por la tierra y la ciudadanía.
Nos pagaron nuestros finiquitos, aguinaldo, todo; con esa platita nos he-
mos ido a Cochabamba, otros a sus casas seguramente […] de nuevo llama-
ron a la reincorporación.271

269 Los Tiempos, Cochabamba, 19 de septiembre de 1947.

270 Los Tiempos, Cochabamba, 23 de septiembre de 1947.

271 Los Tiempos, Cochabamba, 26 de septiembre de 1947.

166
Los mineros: rumbo a la revolución

Miguel Encinas, uno de los despedidos, refiere que el filtro era per-
meable pero que él logró pasar, aunque se encontró con que la situa-
ción había cambiado.
Bueno carajos indios. Ahora ya no hay sindicatos para hacer reunión, para
hacer chillar contra el Gobierno, contra la Patiño Mines, contra todos.
¡Carajo! Si algún indio habla aquí lo vamos a botar de su trabajo y lo vamos
a llevar a la cárcel, diciendo.272

La “Masacre Blanca” de Catavi, Llallagua, y Siglo xx tras la huelga


emprendida en esa misma época en la mina de Colquiri, parecía con-
firmar el cuadro de derrota minera y de la estrategia ofensiva adoptada
en Pulacayo. En todos estos casos la fstmb y los sindicatos locales se
mostraron impotentes para detener la ofensiva empresarial, y ya no
digamos lograr objetivos mayores. La oligarquía, y el capitalismo mi-
nero en particular, parecían afianzar su poder y volvían a reinar en las
minas. La euforia aún duró cuando se produjo la Revolución Nacional
en abril de 1952; entonces los mineros jugaron un importante papel en
los combates callejeros contra el Ejército en La Paz y Oruro y fueron
el pivote para la fundación de la poderosa Central Obrera Boliviana
(cob), el 15 de abril de ese mismo año.

272 ne: Referencia no encontrada en el original.

167
xi
La rebelión indígena, 1946-1947
A medida que evolucionaba la coyuntura política, y la sociedad bolivia-
na entraba en un periodo de tensiones y nerviosismo, los sectores de
trabajadores e indígenas se iban escorando hacia la izquierda y hacia
el nacionalismo revolucionario; la organización y la protesta campesi-
na se incrementaba en todo el país. El recuerdo del asesinado militar
nacionalista y la memoria de sus decretos, leídos y reinterpretados en
códigos ancestrales y, al calor de los acontecimientos que se iban suce-
diendo, tuvieron la virtud de alimentar la revuelta en el agro, hasta el
momento en el que los patrones creyeron que había llegado la hora de
poner las cosas en su lugar; sancionar a los cabecillas y así restablecer
su inveterado y ominoso poder.
Los indígenas no habían participado en la defensa de Villarroel y su
Gobierno; quizás porque se habían dado cuenta tardíamente, pero en
los meses que siguieron a su derrocamiento, en 1946 y 1947, tomando
como referencia y releyendo a la luz de su propia historia lo ocurrido
en el Congreso de mayo de 1945, se lanzaron en protesta y combate
contra los hacendados, a quienes consideraban beneficiarios y autores
del asesinato del Presidente.
Como bien dice la historiadora Laura Gotkowitz:
El congreso indigenal de 1945 fue el catalizador clave de la agitación social
en Ayopaya y otras provincias de Cochabamba. Facilitó la transmisión de
leyes, consignas, profecías desde y hacia el Gobierno y las comunidades
rurales; también incrementó el contacto entre las propias comunidades ru-
rales.273

Veamos algunas consideraciones de los acontecimientos ocurridos


en el bienio 1946-1947.
Los hacendados, al socaire de su reciente triunfo, se prodigaron en
amenazas a sus colonos, hasta entonces envalentonados por el apo-
yo estatal. Muchos años más tarde, uno de ellos recordaría las duras

273 Gotkowitz, Laura, 2011: 323.

169
VILLARROEL: un anhelo truncado

expresiones que escuchó de niño en el poblado de Arani (Cochabamba),


al día siguiente de la muerte de Villarroel:
Ahora pues se ha muerto su padre, su protector. Ahora incluso sus huesos
de ustedes de estacas van a servir y van a sufrir […] Ah, ustedes serán como
ovejas, su papá ha muerto, como un rebaño que son van a desaparecer uno
a uno.274

El impacto del dramático derrumbamiento del Gobierno nacio-


nalista no tuvo en las zonas campesinas analizadas un único sentido.
Mientras en unas alentó nuevos ciclos de protestas, en otras fue reci-
bido con complacencia, rayana en la complicidad. Muestra, sin duda,
de la heterogeneidad indígena y campesina, tamizada por condiciones
socioeconómicas, experiencias y acumulaciones históricas también di-
versas.

Cliza, la conservadora
En Cliza, zona de características mestizas y con fluidos contactos con
el mundo intelectual y político de la izquierda antinacionalista, los diri-
gentes del sindicato campesino no rompieron su anterior alianza con el
pir, pese a la abierta participación de este partido en el derrocamiento

de Villarroel. Incluso, se dice, desfilaron en esos días con el puño iz-


quierdo en alto, celebrando su destitución y muerte. Es probable que
esta actitud fuera una respuesta a la falta de iniciativa del Gobierno del
presidente derrocado, para resolver el enfrentamiento que el sindicato
tenía con las monjas de Santa Clara. Al estar influido por militantes
del pir, abiertos adversarios del mnr en el Gobierno, los poderes del
Estado no hicieron nada para revertir los decretos de 1939 que permi-
tían las venta de la hacienda y limitaban el acceso a la tierra por parte
de los colonos sindicalizados.
La colaboración del pir con el Sindicato continuó, pues, indemne.
A principios de diciembre de 1946, Primitivo Pinto, Eduardo Sedeño
y José Rojas, directivos de esta entidad, proclamaron al periodista
Nivardo Paz, candidato del pir a la diputación por Cliza en los comi-
cios de enero de 1947.275 Les prometió que presentaría en el parlamen-
to una propuesta de ley que permitiría la expropiación de la extensa

274 Testimonio de Cecilio Higuera, campesino de Mizque. En Vallejos, Fermín


(Tata Fermin), 1995.

275 El País, Cochabamba, 4 de diciembre de 1946.

170
La rebelión indígena, 1946-1947

hacienda del monasterio de Santa Clara, de modo que sus colonos tu-
vieran el derecho exclusivo para comprarlas. Fue electo y aunque pre-
sentó el proyecto, este fue rechazado por el parlamento.276
El pir, pese al revés, continuó manteniendo presencia entre los cam-
pesinos del Valle Alto, aunque en franco declive, por lo menos hasta
1952. En 1948, el dirigente José Rojas, tuvo que huir a la Argentina en
un virtual autoexilio. No volvería hasta que la insurrección nacional del
9 de abril del 52 terminara por crear un nuevo escenario político. Rojas
se convertiría en uno de los dirigentes campesinos más importantes de
Cochabamba, aunque ahora afiliado a los nacionalistas revoluciona-
rios. La ruptura se produjo cuando el pir inició un viraje hacia la dere-
cha, lo que condujo a su división y a la posterior fundación del Partido
Comunista de Bolivia (pcb) en 1950.
En las zonas de mayor presencia indígena y con escasa intermedia-
ción de sectores urbanos de izquierda, y en las cuales Villarroel había
sido asumido como una especie de Inca renacido, en contraste con lo
ocurrido en Cliza, el impacto fue mayor, lo que contribuyó a la mayor
deslegitimación del orden político establecido. El presidente naciona-
lista representaba además el único canal de aproximación a la socie-
dad política y a los beneficios de la protección estatal, los que al haber
sido cercenados tras su muerte dejaba a los indígenas sumidos en un
ambiente de aislamiento. De ahí, como veremos al analizar el caso de
Ayopaya, que la desazón, la rabia y el deseo de venganza acumulados
fueran muy intensos.
Los hacendados eran conscientes de que la coyuntura política se ha-
bía modificado y que tenían una buena oportunidad para utilizarla a su
favor. Durante los Gobiernos provisionales de Nicolás Guillén y Tomas
Monje (22 de julio 1946 - 10 de marzo del 1947), intentaron volver a la
antigua situación y reforzar el dominio que empezaban a perder en sus
propiedades. Exigían, amparados por el respaldo gubernamental, re-
cuperar aquellas antiguas prestaciones serviles que para los indígenas,
tras la experiencia política de agitación, organización y las promesas
del Gobierno de Gualberto Villarroel de establecer un pacto entre ellos
y el Estado, ya carecían de todo sustento legal y moral.
La confrontación, de por sí ya históricamente latente, se acrecentó
con la conducta de revancha que esgrimieron los sectores latifundis-
tas. La Federación Rural de Cochabamba, entidad que representaba los

276 Dandler, Jorge, 1983.

171
VILLARROEL: un anhelo truncado

intereses de los hacendados, como no podía ser de otra manera, apoyó


con euforia la “causa revolucionaria” del 21 de julio277 y se preparó,
bajo su abrigo protector, a cortar de raíz una situación en la cual, a su
modo de ver, se generaba un escenario adverso:
El agro está desorganizado, perturbada la relación entre los propietarios y
los colonos, faltando garantía para la vida y la propiedad. Todo eso como
consecuencia de medidas insanas tomadas por los tartufos de la política,
mostrándonos injustamente como sus enemigos.278

Ante la modificación del cuadro político, los dirigentes indígenas


cochabambinos reclamaron al Ministro de Trabajo la preservación de
la norma legal, pues acusaron a los hacendados de pretender que:
Todas las leyes y medidas proteccionista sancionadas con motivo del
Congreso Indigenal en el pasado régimen, quedaban sin valor. Que ellos
estaban autorizados para revivir las antiguas costumbres, el pongueaje, el
mitanis, el mukeo, el pasturaje, transportes y contribuciones en especie.
[…]
Finalmente, que para conseguir nuestra sumisión a este nuevo orden de
cosas, nos han dicho que están autorizados a manejarnos a látigo, si es que
no queremos servir de buen grado, que inclusive el nuevo Gobierno les ha
provisto de armas y municiones para hacerse respetar […].279

La normativa de 1945 no fue abolida, pero las condiciones de su apli-


cación se diluyeron. Las autoridades locales hicieron muy poco para
aplicarla, mientras que el movimiento indígena era sistemáticamente
descabezado. En 1947 se creó la Policía Rural. Se pretendía con ella
alcanzar mayor vigilancia y capacidad de sanción en el sector campe-
sino e indígena, aunque por sus limitaciones operativas solamente era
una pretensión. Las represalias alcanzaron sin embargo a dirigentes y
a los ex delegados al Congreso Indigenal, los que fueron perseguidos.
Algunos de ellos fueron detenidos y confinados al malsano Chapare
Tropical (Todos Santos y Chimoré) y otros obligados a ingresar en la
clandestinidad.
El cambio en el rol del Gobierno, que abandonó su proteccionismo
y giró hacia anteriores posiciones que reproducían el imperativo corte
colonial, produjo un rechazo entre la masa indígena.

277 El País, Cochabamba, 29 de julio de 1946.

278 El País, Cochabamba, 17 de agosto de 1947.

279 El Pueblo, Cochabamba, 8 de febrero de 1947. Cit. 195- 196.

172
La rebelión indígena, 1946-1947

Como bien advierte un analista informado:


Los campesinos creían estar en su derecho de reclamar el cumplimiento de
Decretos aprobados por Villarroel. Es más, suponían que, estando la lega-
lidad y justicia de su lado, se justificaban plenamente diferentes modalida-
des de protesta, entre las que destacaba indudablemente la huelga de bra-
zos caídos. Desde otro ángulo, los hacendados asumían que el trágico fin
de Villarroel y su régimen los autorizaba decididamente a emprender una
ofensiva aleccionadora destinada a frenar, de una vez y para siempre, las ex-
pectativas campesinas en relación al sistema de trabajo, por eso optaron sin
reservas por la restitución violenta de viejas obligaciones [a sus colonos].280

En efecto, tras la caída de Villarroel, pese al agresivo panorama an-


teriormente descrito montado por los terratenientes, no pudieron de-
tenerse las respuestas y el rechazo indígena a las pretensiones de los
hacendados, las mismas que continuaron, aunque de manera aislada
y espasmódica a lo largo y ancho del todo el país. No respondían a un
mando único, aunque en varios casos existían trazos de coordinación y
vínculos entre los dirigentes.281

Ayopaya, fuego rebelde


En el caso de Cochabamba, la insurgencia indígena volvió a centrarse
en Ayopaya. Pero se requeriría un estudio más detallado para saber
por qué se produjo una acción recurrente en estas zonas y no ocurrió
lo propio en otras; como, por ejemplo, en los tres ricos valles principa-
les que rodean a la ciudad capital del departamento de Cochabamba.
Entre los varios factores que pudieran dar una explicación al hecho,
pueden señalarse la naturaleza más o menos intensa de las relaciones
interétnicas y el mayor o menor predominio del sistema de hacienda.
En relación al primer punto. Se observa que la presencia indíge-
na era dominante. El mestizaje, fenómeno característico de los valles
mencionados, se dio en mucha menor medida. Los contactos con el
mundo del mercado eran limitados y los sectores urbanos de izquierda
prácticamente ausentes. Las redes en las que se movían los dirigentes
eran fundamentalmente autorreferidas dentro de su propio circuito
étnico. Los indígenas estaban, por tanto, más dispuestos a actuar de
acuerdo a su memoria histórica y a su tradición de respuesta desde sus

280 Ponce Arauco, Gabriel, 1989: 109. El paréntesis nos pertenece.

281 Rivera, Silvia, 1984: 69.

173
VILLARROEL: un anhelo truncado

comunidades, que consistía en la acción directa y de asedio incesante


a las haciendas, en lugar de utilizar recetas más cautas o negociadas.
Por otra parte, el debate agrario se trasladó a las altas esferas de la
política y el parlamento. El mnr y con mayor contundencia el pir pug-
naban por una reforma agraria modernizante. Particularmente el pir,
que hacía referencia a la experiencia de Cliza, hablaba de una distribu-
ción de la tierra. El pir no reconocía dimensiones culturales ni étnicas
en las demandas campesinas e indígenas y reducía todo a la dotación
de parcelas. “El problema del indio, es el problema de la tierra”, so-
lía decir uno de sus principales ideólogos, el marxista cochabambino
Ricardo Anaya.
La beligerancia desatada en Ayopaya a principios de 1947, ayuda a
entender este comportamiento indígena.
Distintas fuentes históricas señalan que dos grupos indígenas de
origen aymara poblaron la zona de la actual provincia de Ayopaya, en
las alturas de los valles, al noroeste de Cochabamba. Como parte de las
políticas incaicas de asentamiento poblacional impulsado por Tupac
Yupanqui y Huayna Capac entre fines del siglo xv y las dos primeras
décadas del xvii, los Soras de Caracollo y los Inca Yungas, fueron tras-
ladados como mitimaes por los incas desde la costa del Pacífico al valle
de Sipe Sipe. Así, el territorio de Ayopaya fue, en cierto sentido, una
extensión de la organización productiva del Valle Alto, pero estos lazos
fueron rotos por el dominio español.282 En Ayopaya la hacienda colo-
nial, de carácter más extenso que en los valles, se introdujo temprana-
mente, aunque en su interior las estructuras comunales sobrevivieron.
La región se caracterizaba por la ausencia de comunidades indígenas
con acceso a la tierra y por un antiguo y férreo dominio del sistema
latifundista, con control del territorio, la tierra y el acceso al agua.
Una de las haciendas de más valor en la zona era la de Yayani, de
propiedad del Monasterio de Santa Teresa, aunque, como solía ser fre-
cuente en relación a los establecimientos religiosos. A fines del siglo
xix, la hacienda fue descrita, como: “Espaciosa, con sus graneros y

huerta de alfalfas. Una huerta de chirimoyos y otros árboles frutales


en la vega con el nombre de Miraflores. Existen dos molinos tempora-
les.”283

282 Rojas Vaca, Luis, 2000: 32-37.

283 Catastro. Matrícula de predios rústicos. Ayopaya, 1881. ahpc.

174
La rebelión indígena, 1946-1947

La hacienda, de unas 15.000 hectáreas de superficie y con 180 co-


lonos, contaba con cuatro “suyos”: La Loma, Yayani, Huallata y Titira,
era una de las más ricas de la región por la calidad y la extensión de
sus tierras, que comprendía “valle, vega y puna”. Sus principales pro-
ductos eran el maíz, el trigo, la cebada y la papa. En los años treinta y
cuarenta del siglo xx, la explotación de la fuerza de trabajo indígena
se habría acentuado como resultado de las exigencias de los patrones,
para incrementar su participación en el mercado de la papa debido al
aumento de la demanda en las ciudades y los centros mineros.284 La
producción era transportada por los colonos hasta la plaza mercantil
de Quillacollo y desde allí embarcada por tren por “rescatistas” hasta
las regiones mineras del estaño de Oruro o hasta la ciudad de La Paz.
Yayani estaba enclavada en territorio dominado por hacendados
que, aunque enfrentaran situaciones de crisis, no estaban tan urgi-
dos como sus homólogos de los valles de despojarse de sus tierras.
Situación que, entrados los siglos xix y xx, impidió la existencia de
espacios de movilidad social y de contactos interculturales entre cam-
pesinos y sectores urbanos, que sí existían en los mismos valles, como
ya hemos señalado. Carentes de alternativas para adquirir pequeñas
parcelas y librarse de la explotación del “patrón”, el régimen de colo-
nato se tornó en Ayopaya más duro y opresivo que en otras regiones
del departamento. Además, los colonos (indígenas) estaban cargados
de excesivas prestaciones personales y gratuitas o sin coste para los
patronos, que los envilecían y los tornaban más brutales. Se entiende
entonces, que en ese contexto, los decretos de mayo de 1945 emitidos
por el presidente Villarroel, que eliminaban las cargas personales que
pesaban sobre ellos y sus familias, les generaran fuertes expectativas
al ser transmitidos por los delegados que concurrieron al Congreso
Indigenal. La hacienda de Yayani tenía el bien ganado prestigio de re-
sistencia histórica al poder estatal y de los hacendados, por lo que era
considerada por las autoridades departamentales como el “centro de la
sublevación indígena”. Con bastante frecuencia, los cabecillas indíge-
nas hacían circular rumores y vaticinios que hacían estremecer a los
propietarios pues les auguraban un lúgubre destino para su latifundio
que “dicen se repartirán”. Fue precisamente de esta zona que, en marzo
de 1945, Luis Ramos Quevedo partió hacia un destino desconocido,
posiblemente La Paz, dejando claras instrucciones de suspender los

284 Dandler, Jorge y Juan Torrico, 1990.

175
VILLARROEL: un anhelo truncado

trabajos agrícolas. La medida de fuerza se cumplió en Yayani, Corata,


Parte Libre y otros latifundios del Cantón Morochata, obligando a las
autoridades regionales a interceder a mediados de abril entre los pro-
pietarios y los colonos.
En el caso de Yayani, como resultado de aquel acuerdo, las obli-
gaciones de los indígenas se redujeron. Previamente éstos trabajaban
en turnos de seis días para la hacienda y dos para ellos, quedando la
nueva jornada tras el acuerdo, en cinco días para la hacienda y tres
para los colonos. Triunfos parciales y circunstanciales. El arrendata-
rio de la hacienda, de todos modos se negaba a cumplir los decretos
mencionados, lo que generaba frecuente tensiones con los indígenas,
que exigían el reconocimiento de estos nuevos derechos. En estas cir-
cunstancias, los presagios —armas de los débiles— se extendían, con la
virtud de crispar los ánimos propietarios y a las fuerzas de seguridad.
A fines de diciembre de 1945, corrió, por ejemplo, el rumor de que la
noche del 24, día de navidad, los indígenas atacarían en “masa” tanto
Yayani, como Carapaya, Uchu-Uchu y otras haciendas colindantes. No
sucedió nada remarcable en aquella oportunidad. La presión de los
colonos continuó.285 En abril y mayo de 1946 habían demandado, con
medidas de hecho, que los conductores de la hacienda de Yayani y de
las vecinas, como Parte Libre, cumplieran los decretos y que incluso
introdujeran nuevas modalidades de distribución de los productos, que
los beneficiaran.286
La conflictividad en el agro cochabambino se incrementó en los me-
ses inmediatamente posteriores al asesinato del presidente nacionalis-
ta, precisamente cuando los hacendados intentaban retornar al viejo
orden. Como en otras haciendas vecinas, los conductores de Yayani
buscaron reforzar los lazos de explotación y dominación sobre los co-
lonos. “[L]os patrones querían a todo trance burlarse de los beneficios
que nos otorgaban los últimos decretos expedidos por el Gobierno de
Villarroel”, diría Hilarión Grájeda, líder de los trabajadores indíge-
nas de Yayani, quien en representación de aquellos había asistido al
Congreso Indigenal.
Los colonos intentaron protestar y acudir al amparo de las autori-
dades locales, sin éxito. Agotadas las posibilidades de encontrar una

285 “Prefecto al jefe de la policía de seguridad”, Cochabamba 16 de diciembre de


1945, Prefecturas 1945J, ahpc.

286 El País, Cochabamba, 17 de mayo de 1946.

176
La rebelión indígena, 1946-1947

interlocución en los aparatos regionales del Estado, la protesta se ca-


nalizó por lo que en realidad podría considerarse una vía alternativa: la
vía de la fuerza. La noche del 4 de febrero de 1947, la revuelta se inició
en la hacienda de Yayani, y se prolongó por cinco álgidos y sangrientos
días, comprometiendo la seguridad de otros latifundios vecinos. Era
la tercera vez —las otras dos ocurrieron en la sublevación 1781 y la
guerrilla patriota entre 1813-1825— que Ayopaya se veía envuelta en el
torbellino de la violencia y la lucha desnuda por el poder.
Los acontecimientos ocurrieron de este modo:
A eso de la medianoche de aquel 4 de febrero, mientras sonaban los
pututus (cuernos de bovino perforados), síntoma de que se aproxima-
ba un cerco o asedio, se escucharon detonaciones de dinamita en el
entorno de la casa de hacienda de Yayani. A continuación, una masa
de indígenas, pertenecientes al latifundio y otros vecinos, estimada en
unas quinientas personas, irrumpió en las habitaciones en las que se
encontraban los militares, el Teniente coronel José Mercado y el mayor
Carlos Zabalaga, además del arrendatario de la hacienda Arze. Estos
huyeron despavoridos, pero los indígenas lograron atrapar y dar muer-
te a Mercado; paradójicamente, un militar nacionalista y adepto al pre-
sidente Villarroel, sin ningún vínculo con la hacienda.287 Zabalaga con-
siguió huir herido. La hacienda fue saqueada y parcialmente quemada.
El Gobierno envió un contingente de carabineros, que llegaron a la
zona del conflicto a la una de la madrugada del 5 de febrero. La pre-
sencia de la fuerza pública no disuadió a los rebeldes. La ola de ataques
se extendió hacia Parte Libre, Pumacachi, Quirquiri y otras haciendas
aledañas. Paralelamente, hacia el sur este, en otro horizonte geográfi-
co, en las estancias de Uchu Uchu, Chocopaya y otras de las alturas del
Cantón Sipe Sipe, también se reportaban acciones indígenas, sin que se
pudiera establecer si estaban conectadas con lo que ocurría en Yayani.
Al retirarse los insurrectos de Yayani desplegaron una estrategia
para amedrentar a las tropas: los perturbaban con sonidos de pututus
y haciendo flamear banderas rojas en los cerros; justo en el espacio
donde moran los achachilas protectores. Un simbolismo igual al que
acompañó las movilizaciones indígenas en febrero y marzo de 1781,
en la misma zona de Ayopaya. Otra táctica que utilizaron los indíge-
nas consistió en dispersar sus fuerzas y acosar a su adversario y luego

287 José Mercado pertenecía a la logia militar nacionalista Razón de Patria


(radepa) y, evadiendo la persecución, se hallaba refugiado en Yayani.

177
VILLARROEL: un anhelo truncado

retirarse refugiándose en el abrupto y empinado territorio. En una


maniobra para impedir la acción de las fuerzas militares destruyeron
en pequeño puente sobre el río Yacacu, que comunicaba Yayani con
Morochata. Luego, en la madruga del 7, llegaron a la hacienda Llacma,
mataron a su propietario José María Coca, abogado de 55 años y oriun-
do de Cochabamba, quién fue alcanzado en el pecho por un disparo de
fusil máuser; también murió el encargado de la administración de las
tierras. Luego, saquearon, quemaron documentos y destruyeron obje-
tos de la casa de hacienda.288 Según versiones recogidas por la pren-
sa local, el dirigente Mariano Vera, de la zona Quiriquiri, sentenció:
“Hemos dado muerte a un rosca,289 así acabaremos con todos los pro-
pietarios[.] Ya pronto [..] distribuiremos las tierras.”
Vera coincidía con otro protagonista de primera línea, el ex traba-
jador minero, Gabriel Barrios, que afirmaba que la “ley nos autoriza
a colgar a los patrones que son abusivos y son de la rosca”. Conocido
también con el apellido de Muñoz, habría dicho a Grájeda y otros di-
rigentes, que existía una (inexistente) orden o una ley presidencial de
aniquilar a “todos los patrones y repartir la tierra entre todos los indios,
porque era propia de los indios, y que desde esa fecha ya no debíamos
trabajar en las haciendas”.290 Antonio Ramos, el segundo en importan-
cia en la dirección rebelde, se expresó, según un testigo, en términos si-
milares: “Seremos dueños de terrenos, todos los bienes serán comunes,
en el campo para los indios y en el pueblo las tiendas y las cosas para
los blancos en común”.291
Un antiguo deslinde, entre la República de los Indios y la República
de los Blancos, que recordaba las demandas de Pablo Zárate Wilka,
en la insurrección de 1899. Hilarión Grájeda, y Antonio Ramos, colo-
nos analfabetos de las haciendas de Yayani y Parte Libre, respectiva-
mente, reconocieron posteriormente la influencia de Gabriel Barrios
Mosquera. Este era ex trabajador de la mina Unificada de Potosí y mi-
litante del mnr. Por su parte, Grájeda, de 51 años, había asistido como

288 Un relato basado en los expedientes judiciales se halla en Gotkowitz, Laura,


2011: 311.

289 Término de uso popular para aludir a la oligarquía de capitalistas mineros y


terratenientes pre-capitalistas.

290 Declaración de Grájeda en el juicio que se le siguió y por el cual estuvo preso
hasta 1952. En Gotkowitz, Laura: 2011: 316.

291 Gotkowitz, Laura, op.cit., p. 319.

178
La rebelión indígena, 1946-1947

delegado al Congreso Indígenal de 1945 y, casualmente presenció en La


Paz el derrocamiento de Villarroel al año siguiente, lo que lo impactó
fuertemente.
Aunque ambos dirigentes indígenas relataron que el encuentro con
Barrios fue casual, hay razones suficientes para sostener que sus con-
tactos con los sindicalistas mineros fueron anteriores y profundos; po-
siblemente databan de la época del Congreso Indigenal. Estos nexos
con sectores de trabajadores contribuyeron a dar un nuevo sentido
político a las demandas de los indígenas de Yayani y de las hacien-
das vecinas y a involucrar a los colonos en una sublevación de largo
alcance, que probablemente implicaba a sectores mineros. En lo que
puede llamarse el primer paso en la constitución de una clase en sí, los
mineros, como se señaló, habían aprobado en noviembre de 1946 en el
distrito de Pulacayo la famosa Tesis que lleva ese nombre, que llamaba
a la confrontación abierta contra el sistema.
Ahora bien, el uso recurrente de la violencia y la presencia en forma
de tropel o de jacquerie292 no eran desconocidas en el mundo indígena.
Habían acaecido en la propia Ayopaya en 1781 y luego otras tantas
veces en distintas zonas. En 1947, se hizo más intensa y visible porque,
con el asesinato de Villarroel y el fin de su Gobierno protector, se ce-
rraron para los indígenas todos los marcos institucionales capaces de
procesar sus demandas. Como respuesta, fueron los mismos indígenas
quienes enarbolaron sus propias concepciones de ley y de justicia por
mano propia. Grájeda explicaría y justificaría posteriormente la acción
de fuerza, aduciendo que los propietarios “no cumplen los decretos
nunca nada” y sujetaban a los colonos y sus familias a una “esclavitud
fatal […] nos hacían trabajar sin descanso y por cualquier cosa insigni-
ficante nos quitaban nuestro ganado.”293
El mismo 7 de febrero, todavía dentro del Gobierno provisional de
Monje Gutiérrez, llegaron a la zona nuevos refuerzos policiales y al día
siguiente entraron en la población de Morochata, soldados del regi-
miento de Clases “Maximiliano Paredes” con asiento en Cochabamba.
Acudieron al llamado de la población civil de la pequeña población
que se sentía atemorizada y desconfiaba que los indígenas podrían

292 ne: La Grande Jacquerie, fue una revuelta campesina de la Edad Media que
tuvo lugar en el norte de Francia en 1358, durante la Guerra de los Cien Años.

293 Los Tiempos, Cochabamba, 3 de abril de 1947 y documentos judiciales, en


Gotkowitz, Laura, op. cit.: 315.

179
VILLARROEL: un anhelo truncado

invadirla en cualquier momento. Paralelamente, como parte de un mo-


vimiento envolvente, procedentes de las poblaciones de Independencia
y de Tapacarí se incorporaron más carabineros y tropas. Los dos at-6,
aviones militares que tenían órdenes de bombardear a los insurrectos,
no pudieron operar debido a la escasa visibilidad a raíz de la nubosi-
dad.
Los que participaban en la rebelión de Yayani, anhelaban que emer-
gieran otros focos de agitación indígena tanto en Totora como en el
Valle Alto, pero entre tanto se replegaban rumbo a Challa y Tapacarí,
con la intención de dirigirse a Oruro donde esperaban seguramente en-
contrar apoyo de los trabajadores mineros. Una partida, en la que iba
Grájeda, fue detenida en medio camino, en la zona de Challa; otro gru-
po, de aproximadamente cincuenta indígenas, llegaron hasta la locali-
dad minera, donde también cayeron en manos de la policía. Por esos
mismos días en Oploca, yacimiento del sur, los mineros enfrentaban a
la empresa de modo abierto, aunque sin resultados remarcables, lo que
puede entenderse como una derrota.294 De manera que no estaban en
condiciones de atender ni socorrer al frente indígena.
El Gobierno nacional reprimió la sublevación con violencia. Sus
principales dirigentes, 19 en total, entre ellos Hilarión Grájeda, fue-
ron apresados, juzgados y condenados a muerte.295 La sentencia no
se cumplió porque Grájeda huyó durante la guerra Civil de 1949. No
obstante, luego fue recapturado y él y otras decenas de campesinos
permanecerían presos en la cárcel de Cochabamba hasta la Revolución
de Abril de 1952. Fue liberado tras la insurrección popular, en septiem-
bre de ese mismo año. Volvió a las luchas sindicales, organizando a los
campesinos de Ayopaya, esta vez sin restricciones ni persecuciones.
La revuelta de Ayopaya constituyó la primera en la región posterior
a la guerra del Chaco, en la cual los campesinos actuaron en alianza
con sectores urbanos e incluso mineros y donde el tema de la distribu-
ción de la tierra a favor de los colonos emergería con mayor nitidez.
Los nexos con los mineros, militantes del mnr y vinculados a su vez
con la Federación Sindical Trabajadores Mineros de Bolivia (fstmb),
son innegables; aunque las proclamas revolucionarias mineras adqui-
rieron un nuevo significado a la luz de la experiencia y la memoria
histórica indígena.

294 Rodríguez Ostria, Gustavo, 2014.

295 ne: Referencia no encontrada en el original.

180
La rebelión indígena, 1946-1947

Tras la represión a los indígenas alzados, una tensa calma retornó


al sector rural cochabambino, pero los procesos acaecidos desde 1935
y en particular entre 1945 y 1947, sumados a la memoria histórica de
larga duración, estaban a punto de desencadenar una confrontación
mayor entre 1952 y 1953, en la cual los campesinos e indígenas emer-
gerían victoriosos. Luego de los dramáticos acontecimientos de Yayani
y hasta abril de 1952, las voces campesinas de protesta se silenciaron,
aunque no desaparecieron. Otros actores, como el proletariado minero
y la clase media fueron ocupando la escena política a medida que los
Gobiernos se tornaban más represivos en un vano intento de enfrentar
la crisis de Estado. En el agro, la situación era particularmente difícil
por el empeño que las autoridades locales habían puesto para suprimir
espacios de protesta. Los principales dirigentes campesinos si no esta-
ban presos, se hallaban en la clandestinidad o en el exilio. Las protestas
estallaron esporádicas y sin la fuerza de la década precedente. En 1951,
por ejemplo, en las haciendas de Huerta Mayu, La Maica y Duranuni,
en Tarata (Cochabamba), se resistían a laborar. En Isata, en la misma
Tarata, los colonos acusaron a los hacendados porque pretendían que
aquellos trabajaran “bajo las mismas condiciones de hace años”.296
Solamente luego de la insurrección de abril de 1952, que dio al tras-
te con el sistema de poder dominante y se desestructuró el Ejército, el
mismo que fue sustituido por milicias populares obreras y campesinas,
fructificó la demanda por la tierra. Para entonces, Cochabamba se ve-
ría inmersa en una verdadera guerra campesina, que condujo hacia la
Reforma Agraria de 1953 y al fraccionamiento de las haciendas.297

El insurrecto Altiplano de La Paz


Cochabamba no fue el único centro de agitación indígena en relación a
lo que Silvia Rivera llamaría con justeza el “Ciclo Rebelde de 1947”.298
En La Paz, zona de comunidades indígenas pero también de extensas
haciendas, incluso algunas de reciente creación (como resultado de la
expoliación de las ancestrales tierras aymaras debida a la liberal Ley de
Exvinculación de 1874), se sucedieron también una amplia ola de re-
vueltas, huelgas de brazos caídos, toma de haciendas y protestas. Una

296 Prefectura.1951. ahpc.

297 Gordillo Claure, José, 2000.

298 Rivera, Silvia, 2010: 121-129.

181
VILLARROEL: un anhelo truncado

diferencia a ser remarcada en relación a lo ocurrido en Cochabamba, es


el acercamiento entre los hombres y las mujeres indígenas con los inte-
grantes de la Federación Obrera Local (fol) de corte anarquista, com-
puesta de obreros y artesanos aymaras, la misma que en mayo de 1946,
como parte de su estrategia política de ofensiva contra el Gobierno de
Villarroel decidiera extender sus actividades hacia las zonas rurales,
principalmente. A fines de ese año colaboraron con la organización
de sindicatos en distintas localidades rurales en el área circundante al
lago Titicaca, las provincias Pacajes, Omasuyos y los Andes. El 22 de
diciembre del mismo año, sus dirigentes se reunieron en La Paz con su
contraparte rural, la Federación Agraria Departamental (fad), con la
que decidieron unirse en un pacto de solidaridad, basado en los prin-
cipios del socialismo libertario y las demandas de derechos sindicales,
la construcción de escuelas y la abolición del trabajo forzoso.299 El 8
de enero de 1947, cerca de 4000 indígenas se reunieron en la hacienda
Carapata (Los Andes) y eligieron a 200 delegados para redactar y en-
viar un carta al presidente Tomás Monje. El tema central del petitorio
eran las escuelas y la abolición del pongueaje. Las luces del Congreso
de 1945 estaban presentes.
Para mayo de 1947 ya se contaba con al menos 20 sindicatos organi-
zados en las provincias Pacajes y Los Andes con un estimado de 20.000
integrantes, mientras que la fol había organizado y puesto a funcionar
al menos medio centenar de escuelas en las provincias Pacajes y Los
Andes, que serían administradas por las uniones sindicales de trabaja-
dores del agro o “Labriegos”.300
A principios de enero de ese mismo año, aparecieron noticias en
la prensa sobre la existencia de protestas y revueltas en varias zonas
del Altiplano. El 20, el corregidor del cantón Porvenir de la provincia
Loayza informó que los colonos se negaban a cumplir sus tareas, las
cuales deberían realizarse por un lapso de cuatro días a la semana en
tierras del hacendado. El 27 del mismo mes, desde Guaqui se informó
que los indígenas, influidos por “agitadores profesionales” amenaza-
ban con invadir el poblado. La fuerza pública respondió trasladando
un contingente de carabineros a Pucarani, zona que se había converti-
do en “uno de los centros de agitación indígena más importantes de La
Paz”. El temor cundió en los propietarios tras los amagos y anuncios

299 Young, Kevin, 2016. Maldonado Rocha, Marcelo, 2015: 11-34.

300 Maldonado Rocha, Marcelo, 2017: 21-68.

182
La rebelión indígena, 1946-1947

de rebeliones en Pacajes, Aroma, Ingavi, Los Andes y Camacho. Según


las autoridades de las Prefecturas, los indígenas de la comunidad de
Jesús de Machaca atacaron el latifundio de Corpa. La hacienda de
Puma Amaya, en la misma zona, fue asaltada por colonos de propie-
dades vecinas, lo propio ocurrió en la de Qina Amaya. Los cabecillas
e indígenas participantes fueron arrestados y castigados. Uno de los
casos más destacados por la prensa ocurrió en los Yungas, en abril de
1947: en la propiedad en Coripata perteneciente a Sociedad Agrícola
Industrial (saci) se acusó al indígena Faustino Ortiz de inducir a los
colonos a organizar un sindicato, señalando a los campesinos que de-
jaran de trabajar y prometiéndoles que las tierras les serían devueltas
y los patrones –que designaba como mistis– serían expulsados. Al igual
que en Ayopaya ya no solo estaba en juego el cumplimiento de los dere-
chos adquiridos en el Gobierno de Villarroel, sino el poder local y la es-
tructura agraria. El 8 del mismo mes, y no por casualidad, la Sociedad
Rural Boliviana solicitó garantías y presencia de las fuerzas policiales
para evitar alteraciones del orden público. Según aducían, en días an-
teriores se habían reunido integrantes de la fol con los de la fad en
Viacha para establecer condiciones para la sindicalización de hombres
y mujeres del campo pero, sobre todo, para continuar con la agitación,
según acusaron.
Otro caso que atrajo la atención de la prensa y el Gobierno se desa-
rrolló a mediados de mayo en la hacienda Anta en Pacajes, donde los
colonos mataron al administrador de la propiedad y saquearon la casa
de hacienda. Lo que sucedió en la hacienda Taconoca, en Los Andes,
tras las muertes del propietario Agustín Prieto y su sobrina Ana Vilela,
en los primeros días de junio, desató todavía más inseguridad entre los
propietarios y esferas gubernamentales. La agitación indígena tuvo el
apoyo de la fad, cuyos integrantes, por ejemplo, se presentaron en la
hacienda Titijuni en la zona de Desaguadero, fronteriza con Perú, para
instruir que “no trabajen las mujeres colonas y solo los hombres dos
días”. La fad, que se dirigía a los colonos de las haciendas sugestiva-
mente como “compañeros obreros”, no mencionaba en su manifiesto
de abril de 1947 –que difundió profusamente en el agro– los decretos
emanados del Congreso Indigenal ni se refería a Villarroel. Se acogió,
en cambio, a la letra y al espíritu de la Constitución Política del Estado
y a otras leyes que amparaban a los indígenas, a los que aludían ge-
néricamente pero no especificaban. Quizás esta omisión se debía a
que se habían confrontado con Villarroel y porque desde su doctrina

183
VILLARROEL: un anhelo truncado

autónoma y libertaria no querían conceder virtudes al poder estableci-


do, y menos a un Gobierno que buscó fortalecer el rol del Estado.
El documento de la Federación Agraria Departamental presenta
varias demandas concretas; en primer lugar la inalienabilidad de los
hogares; otros postulados reivindicativos mencionaban la libertad de
organizarse, la abolición del pongueaje, o la creación de escuelas indí-
genas en todas las fincas y haciendas, pagadas por los hacendados y el
Estado.301
Uno de los asuntos más emblemáticos de las actividad de la fad
fue la “Unión Sindical de Labriegos” en el cantón Topohoco (La Paz),
la segunda filial anarquista en el Altiplano; la primera fue en Aigachi,
creada en noviembre de 1946.
Al finalizar mayo, el subprefecto de Los Andes, Luis Lahore Monje,
hizo un telegrama a las autoridades asentadas en La Paz:
Desde el mes de enero se viene atravezando (sic) una serie de dificultades
en toda la provincia Los Andes, en virtud de encontrarse toda la indiada en
actitud de subversión, amenazando continuamente desencadenar sobre la
totalidad del Altiplano para luego ingresar hasta la ciudad de La Paz, una
sublevación total hasta destruir todos los pueblos especialmente de esta
provincia para luego repartirse las tierras de haciendas y nombrar esos sus
autoridades.302

Incluso se anunció una sublevación de amplio alcance que debía


estallar el 5 de enero, pero que finalmente no se produjo. Mencionó
en particular, una hacienda ubicada en Cocapata, cerca de la rivera
este del Lago Titicaca. Afirmó, además, contar con pruebas del “directo
contacto” entre los sublevados y la fol. Quizá la magnitud de la fuerza
y extensión del ataque fueron exagerados por efecto del pánico y el
miedo de los terratenientes y la gente de los pueblos, frente a la presen-
cia indígena, siempre dispuesta, al parecer, a romper con las estructu-
ras existentes y arrebatarles tierra y poder.
En 1947, en medio de una aparente calma, estalló una revuelta en
las haciendas de Carapata y Tacanoca, provincia Los Andes, cantón
Pucarani y Tana, que ha sido considerada por los historiadores, como
una de las más importantes del país, con una contundencia similar a
la de Ayopaya. Al parecer, el origen de esa revuelta pudo haber sido la
demanda de decenas de caciques aymaras para poder sindicalizarse y

301 Gotkowitz, Laura, op. cit.: 330-332.

302 Archivos prefecturales 1946-47, alp.

184
La rebelión indígena, 1946-1947

la de contar con escuelas. Entre el 9 y el 11 de enero se movilizan los


indígenas y hay amenazas, según la prensa, de posibles asaltos a los
pueblos de Puerto Pérez, Pucarani y Aygachi, por cientos de indígenas
armados. El 12, son apresados una veintena de indígenas en Pucarani
a quienes la patrulla militar confiscó documentos del sindicato de
Aygachi.
Que se funden escuelas para la culturización de la clase indígena.

Que se autorice la organización de sindicatos de labradores y se les reco-


nozca personería jurídica

Que se les proteja contra los abusos de determinados patrones.

Demandas que pertenecen a distintos tiempos y horizontes históri-


cos. Las escuelas nos llevan a inicios del siglo xx.303 El sindicalismo, a
la influencia del anarquismo, desde 1946, y los abusos de los patrones,
al Estado protector de Villarroel y al Congreso de 1950.
En ambas haciendas, al no llegar a acuerdos entre latifundistas y
colonos, se sentía el malestar por el incumplimiento patronal a los de-
cretos del 15 de mayo de 1945. En la hacienda Carapata, la escuela fue
otro motivo de confrontación, dado que los patrones se negaban a que
existiera una escuela “para alfabetización de nuestro hijos”, demanda
que viene de 1945.
A finales de mayo de 1947 ocurrió un levantamiento indígena, cuan-
do un millar de ellos tomó la hacienda Anta (Pacajes) y mató al admi-
nistrador Andrés Montes y al profesor Andrés López. Montes se ha-
bía opuesto al establecimiento de una escuela y a cumplir los decretos
emitidos por el Gobierno de Villarroel. Poco después, la represión fue
brutal; hubo apresamientos, prisiones y amenazas a las familias indí-
genas y la detención de dirigentes.304 A inicios de junio, en la hacienda
Tacanoca,305 situada en el Altiplano norte, provincia Los Andes, se pro-
ducirá un sublevación cuyas repercusiones serán intensas en los sec-
tores medios y altos. En La Paz hubo marchas de protesta cargadas de
racismo y se difundió el temor entre las señoras de clase alta. Según un
informe de la policía, en las semanas previas se habían presentado por

303 Choque Canqui Roberto y Cristina Quisbert, 2006. También, Mamani, Carlos,
1991.

304 Fernandez, Roberto, Tesis de Licenciatura en Historia (s/f).

305 Antezana Ergueta, Luis y Hugo Romero Bedregal, 1973.

185
VILLARROEL: un anhelo truncado

la zona algunos integrantes de la fol incitando a la toma de haciendas.


Debido a las características trágicas de lo ocurrido en aquella hacien-
da, se desató una sañuda represión contra los indígenas. Ciento treinta
fueron deportados a la cálida localidad de Ichilo, en Santa Cruz, donde
según el Gobierno de Hertzog formarían parte de un plan de coloni-
zación agrícola. Al menos 39 murieron afectados por las condiciones
ambientales y climáticas de la zona. A 270 de los detenidos, varios de
ellos apresados el 23 de mayo en las instalaciones de la fol, se les dio
traslado a la justicia ordinaria. La policía realizó una redada en la que
detuvo a importantes dirigentes de la fol. En Caquiaviri fueron dete-
nidos unos 198 indígenas. El Gobierno creó una policía rural integrada
por 300 hombres y desplazó tropas por el Altiplano.
El ciclo de agitación de 1947 representó una arremetida a gran es-
cala contra el poder terrateniente, con agresiones aún más directas en
contra de los hacendados, sus propiedades y sus agentes, que las que
caracterizaron la agitación rural en la época de Villarroel. El alcance
y las dimensiones del conflicto no se volverán a repetir sino hasta des-
pués de la revolución de 1952.306
En efecto, a fines de 1947 las movilizaciones indígenas habían
amainado como resultado de la violencia física y verbal ejercida contra
ellos. Sin embargo, todo ese traumático proceso resultó en una acu-
mulación de fuerzas y experiencias de décadas para los indígenas y
los mineros. Al recorrer ese árido camino se fue forjando lentamente
el bloque social de abril de 1952. Ya en el Gobierno, el mnr se empeñó
en reconstruir y difundir la memoria de Villarroel y presentarlo como
una víctima de los grandes intereses del poder en Bolivia. En la ciudad
de La Paz hay una plaza con el nombre del presidente mártir, donde se
levanta un monumento conmemorativo en el que reposan los restos de
Gualberto Villarroel junto a los de Germán Busch y Juan José Torres.
Justo homenaje a quien una vez dijera “no soy enemigo de los ricos,
pero soy más amigo de los pobres”.

306 Gotkowitz, Laura, op. cit.: 341.

186
Bibliografía

Archivos
alp (Archivo de La Paz)
ahcnb (Archivo Histórico del Congreso Nacional de Bolivia, La Paz)
ahpc / ahpd (Archivo Histórico de la Prefectura del Departamento de
Cochabamba)
apmeci (Archivo de Patiño Mines and Enterprises Consolidated
Incorporated)
sidis (Sistema de Información y Documentación Sindical, archivo de
la fstmb)

Periódicos de Bolivia
La Calle, La Paz
1944 20, 21, 23 de enero; 20, 23 de abril; 11 de mayo; 15 de
junio.

El Diario, La Paz
1944 23 de mayo.
1945 23 de enero; 7 de febrero; 11 de mayo.
1946 enero; 22 de julio; 4, 13 de agosto; 23, 26, 28 de octubre;
8, 9 de noviembre; 31 de diciembre.
1947 10 de enero; 11 de junio; 29 de julio.

Los Tiempos, Cochabamba


1943 23 de enero; 21 de diciembre.
1944 11, 30 de enero; 15, 17, 19, 20 de febrero; 11 de abril; 13,
14 de mayo.
1945 16, 17 24 de enero; 16 de mayo; 20, 29 de julio; 6, 20 de
agosto; 5, 6 de septiembre.
1946 27 de enero; 3 de abril; 5, 18 de junio; 24, 25, 27, 29 de
julio; 3, 6 de agosto; 6, 8, 9 de noviembre.
1947 21, 30 de enero; 2 de febrero; 3 de abril; 19 de junio; 9,
24, 29 de julio; 17 de agosto; 5, 6, 19, 23, 26 de septiem-
bre; 13 de noviembre.
1949 1 de septiembre.

187
VILLARROEL: un anhelo truncado

La Razón, La Paz
1940 19 de septiembre.
1945 7 de julio; 17 de agosto; 9 de septiembre.
1946 31 de julio; 21 de agosto; 13, 23, 26, 27 de octubre; 7, 8,
9, 10, 19, 26 de noviembre.
1947 11, 18, 30 de enero; 1, 9 de febrero; 27 de mayo; 10, 11,
17 de junio.

Última Hora, La Paz


1946 30 de mayo; 22, 23, 24, 26 de julio.

La Prensa, Oruro
1926.

El País, Cochabamba
1956 31 de enero; 9, 16 de febrero; 29 de diciembre.
1946 17 de mayo; 29 de julio; 4 de diciembre.
1947 17de agosto.

El Pueblo, Cochabamba
1947 8 de febrero.

Libros y revistas
Adrian R., Luis
1951 Secuestro Hochschild. s. e.

alp/ep, caja 466


s/f alp/ep, caja 466. En Mendieta Parada, María del Pilar, p. 225.1

Alvarez Giménes, María Elvira


2011 “Movimiento feminista y derecho al voto en Bolivia (1920-1952)”.
Fuentes, Revista de la Asamblea Legislativa Plurinacional. La
Paz: vol. 5, núm. 15, agosto.

Amaral, Santiago
2008 La renuencia de las masas: el Partido Comunista ante el pero-
nismo, 1945-1955. Buenos Aires: Universidad del ceme.

Anaya, Ricardo; Alfredo Arratia y otros


1943 Al Ministerio de Gobierno. La Paz: s. e., 7 de enero.

1 ne: Referencia mencionada de este modo en el original.

188
Bibliografía

Antezana Ergueta, Luis


1987 Historia secreta del mnr, t. iii. La Paz: Juventud.

Antezana Ergueta, Luis y Hugo Romero Bedregal


1973 Historia de los sindicatos campesinos. La Paz: Consejo Nacional
de Reforma Agraria, cnra.

Arias, Juan Félix


1995 “La política y sus modelos de relación. Estado Boliviano y el
movimiento indígena del sur de Cochabamba (1936- 1947)”.
Memoria viva de un Yachaq, Fermín Vallejos (autor), pp. 63-75.
Cochabamba: cenda.
1994 Historia de una esperanza. Los apoderados espiritualistas de
Chuquisaca 1936-1964: un estudio sobre milenarismo, rebelión,
resistencia y conciencia campesino-indígena. La Paz: Aruwiri.

Arze, José Antonio


1945 Bolivia bajo el terrorismo nazifascista: un llamado a la ciudada-
nía boliviana y a la conciencia democrática internacional. Lima:
Ed. Peruana.
1989 “Panorama de los partidos políticos en Bolivia (1947)”. Temas
Sociales, núm. 14, p. 14. La Paz: umsa.

Augusto Céspedes
s. e.

Barrero U., Francisco


1976 RADEPA y la Revolución Nacional. La Paz: Ed. Urquizo.

Blum, Adolf
1946 “Bolivian incident”, Moritz Hoschschild Collection 1881-2002
https://archive.org/details/moritzhochschild, La Razón, La Paz,
10 de septiembre de 1946.

Boeger, Andrew
1995 “Resistencia y dependencia. El caso de la mina Chojlla 1944-
1952”. Revista Musef, núm. 5, pp. 8-9.

Bravo Cladera, Elsa N.


2013 Elsa Cladera de Bravo. Maestra de profesión y de revolución. La
Paz: cima.
Cajías, Lupe
1994 Juan Lechín: historia de una leyenda. Cochabamba / La Paz: Los
Amigos del Libro.

189
VILLARROEL: un anhelo truncado

Canelas, Demetrio
1992 Dictadura y democracia en Bolivia. Cochabamba: Editorial
Canelas, 248. [1950]

Choque Canqui, Roberto


2005 Historia de una lucha desigual, La Paz: Unidad de Investigaciones
Históricas-unih Pakaxa. Pp. 119-110.

Choque Canqui, Roberto


2016 “República de indios y república de blancos”. Diálogo Andino,
núm. 49, pp. 249-259.

Choque Canqui, Roberto y Cristina Quisbert


2006. “Escuela indigenal en Bolivia. Un siglo de ensayos educativos
y resistencias patronales” La Paz: Unidad de Investigaciones
Históricas Unih-Pakaxa.

Contreras C., Manuel E.


1994 Tecnología moderna en los Andes. Minería e ingeniería en el siglo
xx. La Paz: Biblioteca Minera Boliviana.
1989 La mano de obra de la minería estañífera: Aspectos cuantitati-
vos, 1935-1945 (mimeo). La Paz: s. e.

Dandler, Jorge
1983 Sindicalismo campesino en Bolivia: cambios estructurales en
Ucureña (1935-1952). Cochabamba: ceres.

Dandler, Jorge y Juan Torrico


1990 “El congreso indígenal en Bolivia y la Rebelión de Ayopaya
(1947)”. Resistencia, Rebelión y Conciencia Campesina en los
Andes. Lima: Instituto de Estudios Peruanos iep.

Delgado González, Trifonio


1984 1910-1977: 100 años de lucha obrera en Bolivia. La Paz:
Ediciones Isla, p. 167.

Devés, Eduardo
1988 Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre: Escuela
Santa María de Iquique, 1907. Santiago de Chile: Documentas.

Díaz Arguedas, Julio


1947 El derrumbe de una tiranía. La revolución de julio de 1946. La Paz.

Encinas, Enrique; Fernando Mayorga; Enrique Birhuet


1989 Jinapuni. Testimonio de un dirigente campesino. La Paz: Hisbol.

190
Bibliografía

Escobar Chavarría, Hernán


2010 Los bolivianos jamás hemos tenido alma de esclavos. La Paz:
Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social (Biblioteca
laboral, núm. 39).

Escobar Zapata, Federico


1964 “Mi vida” (penitenciaría de San Pedro, La Paz). Los bolivia-
nos jamás hemos tenido alma de esclavos. Hernán Escobar
Chavarría (autor, 2010). La Paz: Ministerio de Trabajo, Empleo
y Previsión Social (Biblioteca laboral, n° 39). [21-31]

Federación Rural de Cochabamba


1946 Memoria de la Tercera Conferencia Nacional de Agricultura,
Ganadería e Industrias Derivadas realizada en Cochabamba del
12 al 20 de agosto de 1945. Cochabamba: Atlantic.

Fernández, Roberto
s/f Tesis de licenciatura en Historia.

Finot; Alfonso
1966 Así cayó Villarroel y defensa de mi relato: Así cayó Villarroel. La
Paz: Novedades.

Foreign Relations of the United States, frus


1944 Diplomatic Papers. The American Republics, vol. vii, pp. 383-
510.

Gallego, Ferrán
1987a “Notas sobre el gobierno de Enrique Peñaranda en Bolivia
(1940-1943)”. Ibero-amerikanisches Archiv, Neue Folge, Vol.
13, n°. 2, pp. 229-254.
1987b The Unseen War in Europe: Espionage and Conspiracy in the
Second World War. Waller, John H. I. B. Tauris, Londres - Nueva
York. Tauris.
1996 Secret intelligence agent. El autor fue el agente británico Harford
Montgomery Hyde.

Giorgetta, Mario
http://giorgetta.ch/historia_social.htm (consultado: noviembre de 2021)

Gordillo Claure, José


2000 Campesinos revolucionarios en Bolivia. Identidad, territorio y
sexualidad en el Valle Alto de Cochabamba, 1952-1964. La Paz:
Plural editores.

191
VILLARROEL: un anhelo truncado

Gotkowitz, Laura
2011 La revolución dentro la revolución. Luchas indígenas por tierra y
justicia en Bolivia 1880-1952. La Paz: Plural editores.

Guachalla, Luis Fernando


1999 La democracia puesta a prueba. (La elección presidencial de
1947. Diciembre de 1943 - septiembre de 1947). La Paz: Huellas
(impr.).

Guzmán, Augusto
1986 Paz Estenssoro. Cochabamba-La Paz: Los Amigos del Libro. [p.
50]

Holtey, Joseph
1980 The mnr party and the Villarroel admistration: 1943-1946. Tesis
de doctorado, Universidad de Arizona, p. 40; p. 55.

Klein, Herbert S.
1968 Orígenes de la revolución nacional boliviana: la crisis de la gene-
ración del Chaco. La Paz: Juventud.

Knudson, Jerry W.
1970 “The Impact of the Catavi Mine Massacre of 1942 on Bolivian
Politics and Public Opinion”. The Americas, vol. 26, núm. 3,
enero de 1970, pp. 254-276.

La Faye B., Federico


1987 ¡Villarroel! 21 de julio de 1946 ¡A bala! Una verdad histórica bo-
liviana. La Paz: Urquizo.

Lehman, Kenneth
1999 Bolivia and the United States: A Limited Partnership. Georgia:
Athens University of Georgia Press.

Lora, Guillermo
1980 Historia del Movimiento Obrero Boliviano, t. iv, 1933-1949.
Cochabamba: Los Amigos del Libro.

Maldonado Rocha, Marcelo


2017 Esbozos de pedagogía libertaria en el Altiplano. La Paz: Campaña
Boliviana por el Derecho a La Educación / prod. Plural edito-
res.
2015 “Katari irrumpiendo La Paz”. La escuela de Quilluma, el sueño catas-
trófico de la Federación Agraria Departamental (huelgas de coerción
anarquista y escuelas rurales)”. Integra Educativa, vol. vii, núm. 4.

192
Bibliografía

Mamani, Carlos, Taraqu


1991 1866-1935: masacre, guerra y “renovación” en la biografía de
Eduardo Leandro Nina Quispe. La Paz: Taller de Historia Oral
Andina - thoa, Ed. Aruwiri.

Martin Kyne
s/f Informe al cio2 sobre las condiciones de trabajo en Bolivia. La
Paz.

Mendieta, Pilar
2008 Indígenas en política. Una mirada desde la historia. La Paz:
Instituto de Estudios Bolivianos de la umsa (iebumsa), pp. 226-
227.
s/f “El congreso indígena de 1945 en la ciudad de La Paz”.
Historias, núm. 3. Revista de la Coordinadora de Historia. La
Paz.

Moore, Winston
1979 Política y Visión en los Andes Bolivianos. Cochabamba: iese-
umss.

Ocampo Moscoso, Eduardo


1978 Historia del periodismo boliviano. La Paz: Urquizo.

Orduna Sánchez; Víctor y Gustavo Guzmán Saldaña


2006 Del periodismo y sus memorias: 1929-2009: 75 años de historia.
La Paz: Asociación de Periodistas de La Paz.

Ostria Gutiérrez, Alberto


1944 Una revolución tras los Andes. Santiago de Chile: Nascimento.

Ponce Arauco, Gabriel


1989 Los alzamientos campesinos de 1947. Cochabamba: iese-umss
núm. 1 (p. 109).
Querejazu Calvo, Roberto
1977 Llallagua. Historia de una montaña. La Paz/Cochabamba: Los
Amigos del Libro.

Revollo Quiroga, Marcela


2001 Mujeres bajo prueba: la participación electoral de las mujeres an-
tes del voto universal (1938-1949). La Paz: Eureka Ediciones.

2 ne: cio es el acrónimo de Confederación Internacional de Organizaciones Sindi-


cales Libres.

193
VILLARROEL: un anhelo truncado

Rivas Antezana, Sinforoso


2000 Los hombres de la revolución: memorias de un líder campesino.
La Paz: Plural editores.

Rivera, Silvia
1984 Oprimidos pero no vencidos. Luchas del campesinado aymara y
qhechwa 1900-1980. La Paz: Hisbol/csutcb.

Rivero A., Raúl


2014 Memorias bajo fuego. Cochabamba-La Paz: Los Amigos del
Libro.

Rocha, José Antonio


2018 Desde el maizal... Ensayos de antropología socio-cultural boli-
viana. Cochabamba: Ed. verbo divino.

Rodríguez Ostria, Gustavo


2014 Capitalismo, modernización y resistencia popular, 1825-1952.
La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional, Centro de
Investigaciones Sociales cis.

Rojas, Luis
2001 Población y territorio: una perspectiva histórica, Mizque y
Ayopaya. Cochabamba: Centro de Comunicación y Desarrollo
Andino (cenda).

1988 “Haciendas de Campero (crisis y expansión)”. Revista Estudios,


umss, Año i, núm. 2. Cochabamba: umss.

Sandor S., John


2009 Bolivia´s Radical Tradition. Permanent Revolution in the Andes.
Tucson: The University of Arizona Press, (pp. 86-92).

Schelchkov, Andrey
2008 “Roberto Hinojosa: ¿Revolucionario nacionalista o Goebbels
criolllo?”. Revista Izquierdas, Santiago de Chile, núm. 2/2008.

Seoane de Capra, Ana María


S/f “Los últimos días de Gualberto Villarroel y el papel de las muje-
res”. Historias de Bolivia - Archivos Históricos. FaceBook.com.

Shesko, Elizabeth
2010 “Hijos del Inca y de la Patria: representaciones del indígena

194
Bibliografía

durante el congreso indigenal de 1945”. http://www.revistasbo-


livianas.org.bo/pdf/fdc/v4n6/a03.pdf

Soliz G., Rodolfo


1944 Masacres obreras en Bolivia. La Paz: Ed. Libertad.

Soliz, Carmen
2012 “La modernidad esquiva: debates políticos e intelectuales sobre
la reforma agraria en Bolivia (1935-1952)”. Ciencia y Cultura,
núm. 29, pp. 37-38. La Paz.

Vallejos, Fermin. Tata Fermín


1995 Memoria viva de un Yachaq. Cochabamba: cenda (p.12).

Vivian Arteaga
s. e.

Woude, Eva Maria van der


2015 Identity and ideology. The making of a revolutionary miner.
Bolivia 1935-1952. Tesis de maestría en Historia, Universidad
de Leiden, La Haya.

Young, Kevin
2016 “The Making on an interetnic coalition: urban and rural anar-
chists in La Paz, Bolivia, 1946-1947”. Latin American and
Caribbean Ethic Studies, No. 2.

Zavaleta, René
2013 “Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia (1932-
1971)”. Obra Completa, t. ii. La Paz: Plural editores.

195
La presente edición se terminó de imprimir en noviembre de 2021 en la
Editorial del Estado. La edición cuenta con 1350 ejemplares.
La Paz, Bolivia

Villarroel
Un anhelo truncado
La Paz, Bolivia
2021
Gustavo Rodríguez Ostria
VILLARROEL
Un anhelo truncado
Cuidado de edición: Rosa Mónica Salinas
Diseño y diagramación: Mariana Villarroel Rodriguez
Imagen de cubierta: Derechos rese
5
Índice
Aclaración necesaria	
7
Prólogo	
9
Prefacio	
13
i	
La masacre de Catavi	
17
ii	 Gualberto Villarroel López	
39
iii
7
Aclaración necesaria
A fines de octubre de 2020, casi al límite de sus fuerzas, Gustavo 
Rodríguez Ostria nos solicitó cola

También podría gustarte