Capítulo VIII: Quebrada Honda
Una vez en el Colegio, el Padre Director castiga a Ernesto. Los azotes no doblegan su
espíritu; cuando el Padre le pregunta si cantaba con las forajidas mientras se dirigían a
Patibamba, Ernesto responde que sí, que cantaban mientras llevaban la sal para los pobres.
El fraile destaca que lo robado es robado incluso si se trata de los pobres, y castiga al joven
prohibiendo sus salidas los domingos. Ernesto se va a dormir aturdido por los eventos del
día y se cubre la cabeza con la frazada para esconderse de sus compañeros, que quieren
saber todo sobre su aventura.
Al día siguiente, el Padre lo obliga a ir con él a la misa de la hacienda Patibamba. Ernesto
escucha el sermón en quechua. El Padre Director remarca, ahora para los indios, que nada
justifica el robo. Les dice a los colonos que se alegra de que hayan devuelto la sal; recibirán
más aún por ese gesto. Todos comienzan a llorar, se arrodillan y rezan. Todos menos
Ernesto. El Padre, ofuscado, lo manda nuevamente al Colegio.
El mayordomo de la hacienda es quien lleva a Ernesto hasta Abancay en su caballo. Allí
conversan, y el joven aprovecha para preguntarle por la mujer que el día anterior lo cuidó
en su sueño y se preocupó por él. El mayordomo le responde que partirá al día siguiente,
temerosa por la llegada del ejército. Ernesto no comprende, hasta que el mayordomo usa
la palabra “escarmiento”, que resuena con un escalofrío en la memoria de Ernesto. El
ejército vendrá a “poner orden”.
Una vez en el Colegio, a Ernesto lo recibe el Hermano Miguel. Ántero llega también al rato,
con un regalo especial para su amigo: un zumbayllu muy particular. Es un zumbayllu winku.
Winku es la deformidad de los objetos que deberían ser redondos. Esto le da un carácter
especial al zumbayllu, además de un sonido particular. A la vez es laik’a, brujo. Ántero le
dice a Ernesto que puede mandarle un mensaje a su padre a través del winku, porque su
canto viaja leguas.
El Hermano Miguel, que ha ido a tender la red de vóley para jugar con los estudiantes,
grita. Ordena al Lleras a caminar de rodillas. A Lleras le sangra la nariz; el Hermano le dio
un puñetazo. En medio del alboroto llega el Padre Director, ante quien Lleras se lanza
gritando que el “negro abusivo” lo golpeó, pero los jóvenes saben que Lleras le dijo “negro
e mierda”. Valle, arrogante, señala que, efectivamente, el Hermano Miguel es negro. Otro
estudiante, Chipro, señala la cobardía de Valle y lo desafía.
Mientras tanto, el ejército avanza hacia Abancay. El portero les brinda un panorama oscuro
para el futuro, pero el Padre Director intenta transmitir tranquilidad. Forma a todos los
estudiantes como para misa y llama al Hermano Miguel. También a Lleras y Añuco. Lleras
comienza a pedir perdón, pero a la mitad de las disculpas se interrumpe y alega que no
puede. Grita que no, que es negro, y agrega, ofensivo, una interjección de asco en
quechua: atatauya. Se va corriendo.
Añuco, por el contrario, sí le pide perdón al Hermano Miguel. El Hermano los perdona y se
disculpa a su vez; luego los invita a la capilla, donde dice unas hermosas palabras. Una vez
allí, incluso Chipro y Valle, enemistados antes, se sonríen. Ernesto se pregunta cómo puede
ser que siendo negro el Hermano pueda pronunciar tan bello discurso. Después se acerca
al Añuco, que está muy compungido, y lo invita a jugar con el winku laik’a. En un impulso
de alegría, se lo regala. Todos los estudiantes rodean el trompo mágico.
Capítulo IX: Cal y Canto
Desde el Colegio, los estudiantes oyen la llegada del ejército. Los soldados organizan el
cuartel en un edificio abandonado y ocupan las calles de Abancay. Ernesto conversa al
respecto con el Padre Director. Angustiado, le pregunta por Felipa y le pide que le permita
ir con el Hermano Miguel a buscarla, para pedirle las armas. El Padre lo manda a jugar, pero
Ernesto no sale de su preocupación por la cabecilla de la revuelta.
El Padre Linares le ha dicho a Ernesto que su padre ya no está en Chalhuanca; que se ha
ido a Coracora, un pueblo muy alejado del cauce del Pachachaca. El joven se lamenta
porque el canto del winku se ha perdido con el mensaje a su padre, por la bendición del
Hermano Miguel. Desesperado, le pide a Romero que toque su rondín. Tal vez, entre el
rondín y el zumbayllu puedan mandarle otro mensaje. Juntos lo hacen, a través de un
carnaval que toca Romero, y otros estudiantes se suman al canto.
Luego comentan los rumores de Abancay: el Lleras ha partido con una chichera hacia
Cuzco. Ernesto comenta que el sol lo derretirá al pasar por el río Apurímac. También dicen
que las rebeldes son azotadas en el cuartel por los soldados delante de sus maridos, a
quienes han hecho limpiar las calles. A pesar de que incluso les han metido excremento
por la boca, ellas no dejan de responder a los militares con insultos groseros. Por su parte,
se comenta que Felipa ha cruzado el Pachachaca. Hay en el puente una cruz de piedra con
su rebozo encima, a modo de provocación, y las tripas de una mula cortan el paso del
puente. El temor del pueblo es que Doña Felipa vuelva con las rebeldes a quemar las
haciendas.
Ante esta situación, Ernesto se sorprende de que Ántero diga que, en caso de una revuelta,
no estaría del lado de los indios. Ernesto, por su parte, deja en claro que él estaría del lado
de Doña Felipa y los colonos oprimidos. Luego de esta conversación deciden ir a ver
a Salvinia, la enamorada de Ántero, y su amiga Alcira. Una vez allí, Ernesto se acobarda,
saluda a las muchachas y huye sin mirar atrás. Siente el impulso de ir al Pachachaca a ver
la cruz con el rebozo de Felipa, las tripas de la mula, el río. Pasa por las chicherías de
Huanupata, ahora llenas de soldados bebiendo; se mete a la chichería de Felipa y pregunta
por ella. Un soldado borracho le dice que está muerta, pero él no lo cree.
Al llegar al Pachachaca, Ernesto ve que cruzan el puente el Padre Augusto seguido por “la
opa” Marcelina. Ella se frena frente a la cruz, trepa, y roba el rebozo naranja que Felipa dejó
allí como marca. Luego siguen su camino. Ernesto decide cortar senderos para llegar a
Abancay antes que ellos y no ser descubierto por el Padre Augusto. Al llegar al Colegio se
entera de que Añuco partirá al día siguiente hacia Cuzco.