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Padres Por Sorpresa - Ella Valentine

Este documento es el capítulo 1 de una novela que presenta a Isabella y Noah. Isabella viaja a la casa de la familia Murray para asistir a la lectura del testamento de su mejor amiga Hannah, quien murió recientemente en un accidente junto a su esposo Owen. Noah, el hermano de Owen, se siente abrumado por la pérdida mientras contempla el futuro de criar solo al hijo pequeño de la pareja, Julian.

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Padres Por Sorpresa - Ella Valentine

Este documento es el capítulo 1 de una novela que presenta a Isabella y Noah. Isabella viaja a la casa de la familia Murray para asistir a la lectura del testamento de su mejor amiga Hannah, quien murió recientemente en un accidente junto a su esposo Owen. Noah, el hermano de Owen, se siente abrumado por la pérdida mientras contempla el futuro de criar solo al hijo pequeño de la pareja, Julian.

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Padres por sorpresa

Emma Winter y
Ella Valentine
Índice
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
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Epílogo
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1
Isabella

Isabella subió los cinco escalones que llevaban hacia la puerta


de entrada de la casa de la familia Murray. ¿O debería ser más
informal y llamarla “casa de Owen y Hannah?” Eso era demasiado
raro, teniendo en cuenta las circunstancias.

Se fijó en la campanita que había justo al lado de la puerta y


pensó en su amiga. Le encantaban las campanas. Solía decir que si
todo el mundo pusiera una en su casa, en vez de un timbre, los
vecindarios serían lugares mucho más armónicos. Isabella nunca
pudo quitarle la razón en eso.

Sujetó la cadena que movía el pequeño badajo y lo hizo tintinear


con fuerza. Se estremeció cuando oyó el ruido interior y, apenas
segundos después, cuando la puerta se abrió y una mujer de entre
cincuenta y sesenta años la saludó, se obligó a templar sus nervios.
No podía perder la compostura de cualquier modo en algo tan
importante como aquello.

—Buenas tardes, soy Isabella De Luca.


—Oh, querida, pasa, te estábamos esperando. —La mujer
sonrió, pero era una sonrisa tremendamente triste que hizo que a
Isabella se le encogiera un poco el corazón—. ¿Cómo ha ido el
vuelo?
Isabella tragó saliva. El vuelo desde Japón, donde había vivido
los últimos tiempos, había sido un infierno, pero pensó que no
estaba en posición de quejarse, así que sonrió y se apartó de la
cara un mechón que había logrado escapar de la trenza informal
que se había hecho en el cabello.

—Todo bien, gracias.

—¿Quieres tomar algo? Tenemos té, pero puedo preparar…

—Un té será perfecto —la interrumpió justo cuando llegaban al


salón, donde varias personas aguardaban su presencia.

Tragó saliva. No era fácil enfrentarse a aquello. De hecho,


Isabella había tenido que recurrir a la meditación en repetidas
ocasiones desde que supo la noticia. Estaba convencida de que, sin
eso, y sin todas las gotas que había tomado de extracto de
amapolas antes de coger el vuelo, estaría muchísimo más nerviosa.
Todavía la maravillaba de un modo especial que la naturaleza y su
propia mente pudieran ayudarla de un modo tan vital en un
momento como aquel.
—Ella es Isabella de Luca.

—Nos conocemos. —Noah Murray, el hermano de Owen, se


levantó y estiró su mano para apretar la de ella—. ¿Qué tal?
Isabella se quedó un poco cohibida. No era la primera vez que
le ocurría y se decía a sí misma que era lógico quedarse
momentáneamente sin habla ante un hombre tan increíblemente
guapo. Ella no se consideraba superficial en lo más mínimo, pero
Noah tenía unos ojos rasgados y castaños que eran, al mismo
tiempo, iguales y distintos a todos los que ella había visto nunca,
incluido su hermano, Owen, que también era atractivo pero no tanto.
Su nariz era recta, perfectamente definida. Tenía los pómulos altos,
la boca llena y perfecta y una sonrisa alineada y resplandeciente.
Esto último lo sabía por el recuerdo que mantenía de las pocas
veces que se habían cruzado, porque en aquel momento no sonreía
y no podía culparlo.

—Bien, gracias.

—Toma asiento, por favor.

Le señaló un sillón al lado del sofá en el que estaban los padres


de Owen. Isabella se sentó y miró alrededor: no había nadie por
parte de Hannah, aparte de ella, pero eso no la sorprendía. Siempre
había sabido que su amiga y ella estaban solas en el mundo. Por
eso tampoco le había extrañado la llamada de su abogado
informándola de que Hannah había dejado algo importante para ella
en el testamento.

Hannah, su mejor y única amiga verdadera, había muerto en un


trágico accidente junto a su marido, Owen.

El corazón de Isabella bombeó varias veces con fuerza, como si


pretendiera tocar un tambor en honor a su querida amiga. Todavía
no podía creer que ya no estuviera en su vida. Sí, era cierto que
Isabella vivía en Japón y, antes de eso, pasó un tiempo en Bali, y
antes de eso en…

Bueno, daba igual. Lo importante era que, pese a la distancia,


Isabella siempre había podido contar con Hannah. Siempre desde
que se conocieron, tiempo atrás, cuando Isabella aún era soltera y
no sabía bien qué hacer con su vida. Hannah tampoco. Eran dos
almas perdidas que habían tenido infancias similares. Su amiga era
preciosa, no solo por fuera, sino también por dentro. Poseía una
dulzura impropia en alguien que había tenido que sufrir tanto. Se las
ingeniaba para parecer contenta siempre, incluso cuando Isabella
sabía que sufría por algo. Era una romántica empedernida y, aunque
Isabella siempre se mostró mucho más escéptica en el amor,
Hannah acabó encontrando a Owen. Verlos juntos era como ver
crecer un arcoíris. Se entendían a la perfección, eran una de esas
parejas que todo el mundo quiere imitar. Su amiga por fin había
encontrado lo que siempre había querido. Se casó con el hombre de
su vida, tuvo un bebé con él y luego… luego murió en un accidente,
dejando huérfano a un pobre niñito y a una familia destrozada,
probablemente.
Miró de nuevo a los presentes. El hermano de Owen, Noah,
lucía profundas ojeras, pero mantenía la compostura del mismo
modo que lo hacía su padre. Isabella sabía que para ellos el trago
estaba siendo muy amargo, pero también sabía por Hannah que era
gente de dinero poco dada a mostrarse emocional en público. La
madre de Owen, en cambio, sí que parecía destrozada. Lloraba e
intentaba disimularlo, pero es imposible disimular un dolor como
ese. Frente a ella, el abogado de Owen y Hannah la saludó con una
sonrisa educada, abrió la carpeta y comenzó la lectura del
testamento.

Isabella se preparó para oír la cruda verdad: su amiga del alma


había muerto y a ella ya no le quedaban lazos emocionales
importantes con nadie.
2
Noah

El salón de casa de su hermano nunca le había parecido tan


triste y desolador. Era un escenario, incluso, macabro. Noah había
estado allí hacía solo unos días para ver a su sobrino, Julian, y de
pronto todo lo que quedaba de su hermano y su cuñada eran las
fotos de los portarretratos y el ambientador de musgo que no había
olido en ningún otro lugar y tanto relacionaba con ellos. Por lo
demás… era como si todo hubiera cambiado para siempre y, al
mismo tiempo, el escenario siguiera siendo el mismo. Como una
pesadilla de la que no sabía bien cómo salir.

Noah miró a su madre, que no dejaba de llorar, ni tampoco


dejaba de intentar fingir que no lloraba. Eso tampoco lo había
entendido nunca. Él no había llorado por la muerte de Owen y
Hannah, pero eso era porque Noah creía que estaba en shock.
Estaba convencido de que, en algún momento, el dique de
contención se rompería y podría llorar sus muertes. Posiblemente
con el paso de los días, cuando fuese tomando consciencia de la
realidad. Sin embargo, su madre, que parecía ser ya consciente, se
seguía preocupando por mantener una imagen serena. Y Noah no lo
comprendía. Era una de las cosas que nunca había entendido.
Quizás el egoísta era él por criticar la forma en que cada miembro
de su familia vivía el dolor. Tal vez haber tenido una vida llena de
privilegios lo había incapacitado para ver la realidad de las cosas.
Había tenido desde siempre dinero, lujos y todo lo que pudiera
desear, pero ahora su hermano se había muerto y él solo podía
pensar en Julian, el pequeño bebé que se había quedado solo.

Miró a su madre de nuevo. Por más que lo intentara con


cirugías estéticas y se mantuviera vital, tenía una edad y no la veía
muy capaz de empezar a criar a un niño de nuevo. Siendo
completamente sincero, ni siquiera se había ocupado al cien por
cien de su propia crianza, o la de su hermano, puesto que siempre
habían tenido niñeras. Tampoco tenía nada que reprocharle en ese
sentido. Era una mujer ocupada y ellos siempre estuvieron bien
cuidados. Cuando ella o su padres estaban con ellos eran padres
cariñosos, aunque algo fríos, pero eso tampoco le parecía un
defecto.

En cualquier caso, era más que evidente para Noah que sus
padres no podían hacerse cargo del pequeño Julian. Se quedaría a
su cargo y, aunque estaba más que dispuesto a aceptar esa
responsabilidad, lo cierto era que también estaba acojonado. No
tenía ni idea acerca de bebés. Tendría que contratar a una niñera
cualificada y rezar para que Julian fuese algún día un hombre hecho
y derecho. Conseguir que, desde donde sea que estuvieran su
hermano y su cuñada, si es que había un más allá, se sintieran
orgullosos de su trabajo como padre sustituto.
Padre sustituto sonaba fatal. También tenía que empezar a
cambiar eso.

También pensó en el cambio radical que darían otros aspectos


de su vida. Noah había sido un mujeriego desde que tenía uso de
razón. Se había negado a comprometerse con nadie, porque le
atosigaba la idea de pasar sus días contando con otra persona. Era
demasiado egoísta para eso. No quería que nada entorpeciera su
trabajo, su ocio o, incluso, su tiempo de descanso. Al contrario que
mucha gente, él adoraba llegar a su casa y que no hubiera nadie. El
silencio lo reconfortaba, lo ayudaba a desconectar y descansar.
Después de un largo día de trabajo, llegar a casa, servirse una copa
y sentarse en el sofá a, simplemente, recrearse en el silencio, para
Noah era un regalo.

Una mujer cambiaría todo eso. Sí, sabía que mucha gente
soñaba con llegar a casa y poder hacer la cena con su chica, pero él
no era de esos. No quería cenas compartidas, tener que contar su
día cuando no le apetecía hablar o, simplemente, tener a alguien en
su cama sin el propósito de follar como animales. Era un cerdo,
sonaba como un cerdo y no le importaba lo más mínimo.

Al menos, no le había importado hasta ese momento. Julian lo


cambiaría todo. Era evidente que el silencio se había acabado y,
aunque no le importaba, también tenía que pensar en que su vida
sexual tendría que limitarse a hoteles o casas ajenas y ser mucho
más discreta.

Había llegado el momento de comportarse como un hombre.

Observó a Isabella, que no pudo aguantar las lágrimas al ver


llorar a su madre. En realidad, Noah no entendía bien a qué venían
tantas lágrimas, si ella apenas pasaba por casa. Bueno, para ser
sincero, nunca había comprendido la devoción de su cuñada con
ella. No había comida, cena o evento en el que su nombre no saliera
a la luz. Si Isabella prometía ir a una fiesta de Hannah en Navidad y
al final no se presentaba por estar haciendo algo tan importante
como meditar en la montaña más remota del mundo, Hannah se
ponía tan triste que Noah se molestaba. No con su cuñada, que
siempre fue un ángel, sino con Isabella por faltar a su palabra. Es
cierto que eso ocurrió muy pocas veces y luego ella siempre fue a
esa casa para hacerse perdonar, pero Noah seguía sin comprender
esa unión tan extraordinaria que parecían tener.
Hannah solía decir que Isabella era un ser de luz demasiado
bueno para este mundo y que le encantaría parecerse un poco más
a ella. En opinión de Noah, Isabella no era más que una mujer
inmadura que había optado por viajar y ver mundo porque eso la
ayudaba a no asentarse ni pensar en algo sólido, que era lo que
debía hacer con su edad. La miró, con aquel semi recogido de
trenzas en el cabello, y pensó que, pese a su vestido del color del
vino, sus pulseras tintineantes y sus preciosos ojos (en realidad,
toda ella era preciosa), debería dejar de lado esa vena tan happy
flower y empezar a hacer algo serio con su vida.

Se preguntó qué demonios habría dejado Hannah a su nombre.


Debía ser importante, porque el abogado había insistido en que, sin
su presencia, no podían proceder a la lectura del testamento.
Lo cierto era que Noah solo quería que aquel trámite burocrático
acabara. Había asistido al reconocimiento de los cuerpos, al funeral,
al entierro, al servicio conmemorativo en casa de su hermano y, a
esas alturas, Noah solo quería que todo acabara y poder irse a casa
con Julian. Empezar a asumir la muerte de su hermano y su cuñada
y dejar de ver llorar a su madre. Era un capullo por pensarlo, pero
no lo soportaba. No soportaba verla sufrir y, si para eso tenía que
alejarse de ella, que así fuera.

En realidad, sabía que había algo insano en ese pensamiento.


Noah no era muy dado a mostrar sus sentimientos, pero tampoco a
verlos en otra persona en todo su esplendor. Le incomodaba. No era
un hombre de sentimientos sino de actos. No se consideraba de
piedra, tampoco, pero no quería que lo que sentía interfiriera en su
vida. Le parecía que lo complicaba todo. Por eso, cuanto antes
saliera de allí antes empezaría a poner en marcha su plan práctico
para cuidar de Julian. Eso lo distraería, pensó. Tener una tarea y un
objetivo era algo positivo para él. Desde ese mismo día, su tarea
sería cuidar de su sobrino y su objetivo no cagarla demasiado.

Y justo en eso pensaba cuando se sobresaltó al oír que el


abogado decía el nombre de Julian. Había estado tan ensimismado
en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que la lectura
había comenzado. O sí, porque había visto al abogado hablar de
leyes y demás, pero fue al oír el nombre de su sobrino cuando supo
que debía prestar atención.
—¿Perdón? —preguntó para que el abogado repitiera.

—Sí, decía que la tutela del único hijo de la pareja, Julian


Murray, pasará a manos de Isabella de Luca y…

No.

Imposible.
No. No. No. No. No.

¡Eso no podía ser de ninguna de las maneras!


3
Isabella

No podía ser, Isabella estaba convencida de que tenía que


haber algún tipo de error en lo que el abogado acababa de decir.
¿Cómo iba a quedarse ella con la tutela de un bebé cuando no
sabía nada de bebés? Demonios, si ni siquiera sabía nada sobre
adultos. Su vida era demasiado caótica como para pensar en
incorporar los cuidados de un niño en ella.

Por supuesto que adoraba a Julian. Lo había adorado desde el


principio, cuando sus ojos grandes y despiertos, tan parecidos a los
de Hannah, la habían mirado por primera vez. Pero que adorara a
Julian no significaba que se sintiera capacitada para quedarse con
él. Ni siquiera había escuchado la llamada de la maternidad aún a
sus treinta y un años, y dudaba que algún día lo hiciera. Por otro
lado, en unos días tenía programado viajar al Tíbet para un retiro en
un templo budista, quedarse con el bebé significaba renunciar a ello.

Observó de reojo a los presentes. Todos parecían sorprendidos


ante aquella revelación tan inesperada. Sobre todo Noah, quién
después de pedir al abogado que repitiera lo que acababa de decir
abandonó su expresión estoica para mostrarse visiblemente
alterado, algo que no tardó en demostrar también con palabras.
—Señor, discúlpeme por interrumpirle, pero eso no tiene ningún
tipo de sentido. ¿Cómo puede Isabella de Luca hacerse cargo del
bebé cuando ni siquiera pertenece a esta familia? —Hizo la
pregunta en un tono de voz agresivo que no pasó inadvertido a
nadie—. Además, sinceramente, dudo que ella pueda encargarse de
otro ser humano cuando es obvio que apenas puede encargarse de
sí misma. Es una persona inmadura sin objetivos claros en la vida.
Estoy convencido de que sería una madre nefasta para nuestro
Julian.

Isabella no solía alterarse en muchas ocasiones. Durante los


últimos años había aprendido a contener sus emociones, a
validarlas, entenderlas y actuar siempre de forma calmada y serena
ante los conflictos. Sin embargo, las palabras de Noah dolieron tanto
y le parecieron tan injustas que no pudo evitar alzar la voz también:

—Con todos mis respetos, Noah, ¿con qué derecho emites un


juicio así sobre mi persona? Ni siquiera me conoces.

—Te conozco lo suficiente para saber que no me equivoco. ¿O


he dicho algo que no sea cierto? —atacó, mirándola con la ira
brillando en sus iris castaños—. ¿Quién en su sano juicio dejaría un
bebé en manos de alguien que tiene como concepto de vida viajar
sin parar?

—Mi concepto de la vida es tan válido como cualquier otro.

—Cuando tienes veinte años, no a los treinta.

—¿Y eso quién lo dice?

—Yo y cualquier persona con dos dedos frente. Ser adulto


significa asentarse en un lugar, asumir responsabilidades y
pertenecer al lado de los tuyos cuando lo necesitan. ¡Ni siquiera
asististe al funeral! —dijo con un tono de reproche que le dolió,
porque eso era algo que le pesaba en lo más profundo. Hannah y
Owen murieron en uno de sus retiros espirituales y no se enteró de
lo sucedido hasta que regresó a la civilización días después—.
¿Qué tipo de vida puedes ofrecer tú a un niño, Isabella?

—Noah, querido, cálmate —le pidió su madre.

Pero para entonces ya era demasiado tarde, porque el orgullo


de Isabella ya estaba herido. Si en algún momento Isabella se había
planteado la posibilidad de rechazar la custodia de Julian esta había
desaparecido en el momento que Noah había decidido atacarla de
aquella manera.

—Debería ser yo quién asumiera su tutela —prosiguió Noah sin


dejar de mirarla con desprecio—. Es mi sobrino, sangre de mi
sangre, y puedo ofrecerle un futuro mejor del que podría ofrecerle
ella. Yo puedo ser un buen padre para Julian.

Antes de que Isabella pudiera poner en duda que alguien capaz


de hablar con tanta ligereza de otra persona sin conocerla pudiera
ser un buen padre, el abogado carraspeó obligando a todos a
prestar atención a lo que fuera que tuviera que decir.

—Señor Murray, lamento tener que interrumpirle, pero creo que


ha habido un terrible malentendido. La custodia de Julian no recae
solamente en Isabella de Luca. Si me hubiera dejado terminar la
lectura del testamento, sabría que hay un segundo tutor y ese
segundo tutor es usted. —Ante la expresión de estupefacción de
Noah, el abogado se apresuró a añadir—: Podrán criarlo juntos, con
custodia compartida o, previo contrato, quedarse solo con uno. Eso
dependerá del acuerdo al que lleguen ambos.
—Pero eso es una locura —rugió Noah dirigiendo su ira esta
vez al abogado—. Mi hermano nunca dejaría a su hijo un futuro tan
inestable.

—Probablemente esté en lo cierto, pero Owen y Hannah no


creyeron que fueran a morir tan jóvenes. Hicieron el testamento
como un mero trámite. No obstante, tomaron sus decisiones
pensando en el bienestar de Julian. Espero que ustedes hagan lo
mismo.

Isabella notó un peso en el estómago. Era el peso de la


responsabilidad. Puede que ella nunca hubiera tenido instinto
maternal ni sentido la llamada de la maternidad, pero si Hannah y
Owen habían decidido confiarle su bien más preciado, su hijo Julian,
no pensaba decepcionarles. No sabía si lograría ser una buena
madre, pero se esforzaría cada día para intentarlo. Ahora solo le
faltaba convencer a Noah Murray de que, a pesar de todos sus
prejuicios, podría desempeñar ese papel. Iba a costarle un poco,
teniendo en cuenta la forma en la que este fruncía el ceño en su
dirección, pero estaba segura de que con tiempo y palabras
conseguirían entenderse. Al fin y al cabo, Isabella de Luca siempre
conseguía sus propósitos. O casi siempre...
4
Noah

—Entonces, ¿no eres el único tutor de Julian? —Levi, su mejor


amigo y socio en la empresa que habían fundado juntos lo miró
sorprendido a través de la pantalla de su teléfono móvil de última
generación.

Hacía horas que la lectura del testamento había terminado. El


abogado y sus padres ya habían abandonado la casa, pero Isabella
se resistía a marcharse. De hecho, en cuanto Julian despertó de su
siesta lo cogió en brazos y se marchó con él al jardín trasero con la
excusa de que le diera un poco de aire. Ese había sido el primer
motivo de discusión entre ambos, ya que en opinión de Noah hacía
demasiado frío para un bebé, a lo que Isabella había replicado que
era un exagerado y que tapado con la manta, en sus brazos, iba a
estar la mar de calentito.

La cosa entre ambos no pintaba halagüeña. Aquella chica era


todo lo contrario a él, seguía sin comprender en qué momento su
hermano y su cuñada habían creído que ambos podrían criar juntos
a un bebé. Supuso que el abogado había estado en lo cierto al decir
que aquel testamento había sido concebido como un mero trámite y
no como algo que hubieran meditado detenidamente. ¿Sería posible
revocarlo? Quizás hubiera alguna laguna legal que le permitiera
hacerlo…

—Pues yo creo que no es tan malo como lo pintas, Noah —


intervino Darcy, su otra amiga y socia de la empresa. Había hecho
una videollamada a tres bandas para explicarles la situación—.
Cuidar a un bebé no es sencillo. Tener un punto de apoyo puede ser
bueno en estas circunstancias. Por muy distintos que seáis, quizás
podáis llegar a un punto medio por el bien de Julian.

—No creo que eso sea posible, somos polos opuestos. Además,
no quiero que alguien como ella crie a mi sobrino. A saber que ideas
ingenuas sobre la vida es capaz de inculcarle esa hippie adicta a las
hierbas y a la meditación…

—Claro, es mejor que piense que el mundo es un lugar


inhóspito y cruel del que es mejor protegerse —ironizó Levi con una
media sonrisa, haciendo que sus ojos rasgados, herencia de su
padre de origen coreano, se achicaran un poco más de lo habitual.

—No digo que haya que ser extremista, pero sí realista. Y esa
chica no tiene pinta de vivir con los pies en la Tierra.

—Yo lo que creo que pasa es que estás devastado por la


muerte de Owen y eso hace que pagues tu frustración con esa
pobre muchacha —dijo Darcy frunciendo sus rubias cejas, a
conjunto con su media melena también rubia.

—¿Cuándo te sacaste la carrera de psicología, Da? Porque


menudo psicoanálisis acabas de marcarte en dos segundos de
conversación.
Irritado, Noah se acercó a una de las ventanas que daban al
jardín trasero y miró a través de ella. Isabella se deslizaba despacio
con el bebé en brazos y por la forma en la que movía los labios
parecía estar canturreando una canción. En otro instante, aquella
imagen le hubiera parecido tierna, incluso le hubiera transmitido paz
por la forma en la que el sol se filtraba a través de los árboles
cercanos aportando a la estampa un aura de pureza, pero no estaba
en un estado anímico adecuado para sentir algo así. De hecho, se
sentía en el extremo contrario. Ver a Isabella tan apegada a Julian
hacía que su estómago ardiera.

—Yo solo digo que deberías darle una oportunidad, la acabas


de conocer —dijo Darcy sin alterarse, a pesar de que por la forma
en la que él le había hablado se merecía que le diera una patada en
el culo. Estaba convencido de que en otras circunstancias lo hubiera
hecho, porque Darcy era una mujer con un carácter fuerte y
decidido. Tenía suerte de que sus dos amigos hubieran decidido
hacer concesiones, conscientes de que su mal humor no era más
que una consecuencia derivada por el duelo—. Habla con ella de
forma calmada e intenta llegar a un acuerdo que os beneficie a los
dos.

—Estoy de acuerdo con Darcy —asintió Levi—. Al menos


deberías concederle el beneficio de la duda.

—Hay que joderse. Os llamo para que me apoyéis y en lugar de


eso me aleccionáis.

Levi escondió una sonrisa y Darcy rio abiertamente.

—Somos tus amigos, no vamos a darte la razón solo para


hacerte sentir mejor —dijo la rubia.
—Lo que me hace replantearme seriamente un cambio de
amigos.
Tras una ristra de risas más por parte de Levi y Darcy, Noah
colgó la videollamada y esperó que Isabella entrara en la casa. Lo
hizo unos minutos más tarde, con Julian otra vez dormido en sus
brazos y los ojos aún enrojecidos e hinchados por las lágrimas
derramadas horas antes. Seguía sin entender porque esa chica se
esforzaba tanto en exteriorizar su pena. No lo entendía porque
seguía dudando de que su vínculo con Hannah fuera tan fuerte
como para que se sintiera así. Si hubiera sido así, Isabella hubiera
estado más presente en la vida de su cuñada, cosa que no hizo
porque siempre estaba ocupada viajando por el mundo.

—¿Por qué has dejado que se duerma? —preguntó Noah


reprobatoriamente.

—¿Perdón?

—Si duerme ahora no tendrá sueño por la noche.


—Pero… estamos hablando un bebé. Duermen cuando tienen
sueño y se despiertan cuando no lo tienen.

—No tienes ni idea… —masculló con desprecio.

—Agradecería que dejaras de usar conmigo ese tono tan


prepotente —dijo Isabella con calma, sin dejar de acunar al bebé—.
Estamos juntos en esto, debemos entendernos.

Noah soltó un suspiro profundo. Se sentía cansado. Cansado y


frustrado.
—No tienes por qué hacer esto, Isabella. No tienes por qué
quedarte, nada te ata a este lugar. Ambos sabemos que esto no va
a funcionar —dijo frotándose las sienes que le palpitaban, aunque
intentó moderar el tono tal y como ella le había pedido—. El
abogado ha dicho que uno de nosotros puede quedarse con el bebé
bajo previo acuerdo. Yo soy su tío, lo más sensato es que sea yo
quién lo haga. Mañana mismo llamaré a mi abogado y le preguntaré
la mejor forma de…
—Pierdes el tiempo. No pienso renunciar a la tutela de Julian —
dijo Isabella sin apartar sus ojos del bebé—. Te equivocas en una
cosa. Sí que hay algo que me ata aquí y ese algo tiene que ver con
lo que Hannah y Owen querían para su hijo. Por algún motivo,
creyeron que la mejor opción, en caso de que les ocurriera algo, era
que tú y yo nos hiciéramos cargo del bebé. Sé que no te gusto, tú
tampoco a mí, pero eso no es relevante; tenemos la obligación de
satisfacer sus deseos.

Noah observó a Isabella con recelo.


—¿Y qué propones? ¿Que vivamos todos juntos como una
familia feliz cuando ni siquiera nos soportamos?

—Yo no diría que no te soporto. De hecho, no te conozco lo


suficiente para emitir un juicio de valor sobre ti, aunque lo que me
has dejado ver por ahora no me agrade y emanes una vibración un
tanto… inquietante.

—¿Una vibración? ¿Acaso soy un teléfono móvil?

Isabella puso los ojos en blanco.


—No me refiero a ese tipo de vibración, me refiero a la vibración
que emite tu alma. Está claro que tienes los chakras desalineados.

—¿Los… chakras? —Noah la miró desubicado, como si en vez


de hablar el mismo idioma hubiera empezado a hacerlo en chino
mandarín.

—Una sesión de meditación para limpiarlos y desbloquearlos te


iría bien.
—No entiendo, ¿qué se supone que tengo que limpiar y
desbloquear?

—¡Tus chakras! —exclamó Isabella entornando los ojos con


desesperación.
—Mis chakras —repitió con los ojos entrecerrados, cada vez
más perdido.

—Y un poco de reiki no te vendría nada mal tampoco. Necesitas


armonizar tu energía.

Noah entrecerró los ojos un poco más intentando comprender lo


que aquella chica quería decir, no lo consiguió. En verdad, Noah
nunca había sentido el mínimo interés por ese tipo de cosas. Era un
ser racional que se movía por los dictados de la ciencia, la
espiritualidad le parecía el consuelo que tenían los ingenuos para
sobrellevar los obstáculos de la vida. Sabía por Hannah que Isabella
era ese tipo de persona, pero oírle decir aquello no hizo más que
evidenciar lo opuestos que eran.

—Eh… volviendo al tema que nos concierne —Noah carraspeó


—, ¿qué se supone que debemos hacer?
—No lo sé —admitió Isabella—. Supongo que necesitamos
tiempo para encontrar una solución que nos agrade a los dos.

—Pero tiempo es lo que no tenemos. El bebé está aquí, uno de


los dos tiene que quedarse con él esta noche.

—Lo haré yo. —Isabella lo miró como si fuera evidente que esa
era la mejor opción—. Tú tienes tu propia casa en la ciudad, puedes
dormir allí y regresar por la mañana.

—No pienso dejarte sola con el bebé. Aún no he decidido si


puedo confiar en ti.

—Pues yo tampoco pienso marcharme a ningún lado —espetó.

Noah se frotó las sienes de nuevo, sintiendo como estas


palpitaban cada vez con más intensidad. Necesitaba descansar,
desconectar.

—Está bien, hagamos una cosa, pasemos los dos la noche aquí
y mañana ya veremos.

—Me parece bien —aceptó ella—. ¿Repartimos las


habitaciones?
5
Isabella

Una cosa era que Isabella no tuviera instinto maternal y otra


muy distinta que no tuviera firmes ideas acerca de cómo debía ser la
crianza de un bebé. El problema era que las ideas de Noah parecían
ser igual de firmes, pero en el sentido opuesto de la crianza.

El primer problema al que tuvieron que hacer frente fue algo


que, en opinión de Isabella, era una tontería: ella estaba convencida
de que debía dormir con el bebé en la misma habitación, por si
Julian despertaba poder atenderlo o que no se asustara al verse
solito. Noah, en cambio, estaba empeñado en asegurarle que Owen
y Hannah habían llevado unas pautas muy estrictas para enseñarlo
a autorregularse y Julian debía dormir solo en su habitación, que
para eso la tenía. Isabella no pudo contenerse más.
—¡Un bebé no sabe autorregularse! ¿Tienes idea de lo
espantoso que es lo que dices? —preguntó consternada mientras
abrazaba más al pequeño—. Es un bebé indefenso y debería dormir
con sus padres.

—Eso es un problema, porque sus padres están muertos.

Isabella se quedó en shock momentáneamente.


—Eres un insensible, Noah Murray. ¿Sabes qué? Puedes dormir
donde quieras, pero yo voy a dormir con el bebé.

—Julian dormirá en su cuna, en su cuarto. Solo.

—¡Tiene seis meses!

—¡Y llevan desde los tres enseñándole que…!

—¿Desde los tres? ¿Me puedes explicar qué se puede


aprender a los tres meses?
—Los bebés son inteligentes —insistió Noah.

—Con tres meses todo lo que un bebé quiere es que su madre


esté con él, lo amamante y su padre lo abrace.
—Julian toma biberón desde el primer mes.

Isabella lo sabía y lo respetaba. Había dicho amamantar solo


porque es la forma natural de alimentación, pero no tenía problemas
en que fuera un niño de biberón. Nunca se metería en cómo una
madre educa a sus hijos pese a tener sus propios ideales.

—Noah, sé razonable, por favor.


—Lo estoy siendo. No vamos a tirar por la borda los esfuerzos
de mi hermano y Hannah solo porque tú quieres implantar un
sistema que no funciona.

—¿Quién ha dicho que no funciona? El apego seguro ha


demostrado ser eficaz y…

—Isabella, no va a dormir contigo. Ni conmigo.

Isabella automáticamente se aferró más al bebé.


—Eso lo veremos. Duerme donde elijas, Noah, pero este bebé
no va a separarse de mí.

Noah pareció estar a punto de responder algo, pero de pronto


guardó silencio y alzó las manos en señal de rendición.

—¿Sabes qué? Tienes razón, duerme tú con él en su


habitación.
Se fue sin mediar más palabras e Isabella sintió que había
ganado una pequeña batalla. Noah se encerró en el dormitorio que
había sido de su hermano y Hannah y ella agradeció aún más poder
dormir con el bebé, porque sería incapaz de dormir en la misma
cama en la que su amiga había estado solo unos días atrás. No
podría dejar de pensar en ella y eso la llevaría a un desvelo que no
necesitaba.

Fue con Julian a su habitación y se dio cuenta, nada más entrar,


del motivo por el que Noah había claudicado. No había ninguna
cama. Solo estaba la cuna del pequeño. Isabella había pensado que
quizás dormiría en una de esas camas con barrera. La realidad era
que no tenía mucha idea de cómo criar a un bebé y eso le llevaba a
pensar si no debería dejar las riendas en manos de Noah. Luego
recordaba que él había intentado que el niño se durmiera solo y se
le pasaba el impulso.

Salió de la habitación, negándose a dormir en la butaca que


había junto a la cuna, y fue al cuarto de invitados. Había dormido
una vez en él. La cama no era de las más grandes, pero sí sería
suficiente para ellos dos. El problema era que estaba en el centro,
no había barrera e Isabella temía que el niño rodara y se cayera.
¿Con seis meses podía ya rodar? ¿Gateaba? No tenía ni idea así
que, ante la duda, colocó al bebé sobre una manta encima del suelo
de moqueta y empujó, no sin esfuerzo, la cama hacia la pared de
enfrente, junto a la ventana. Allí colocó las almohadas junto a la
pared, para que Julian no sintiera frío, y solo entonces puso al bebé
y se tumbó a su lado, dispuesta a dormir algo.

Julian no tardó demasiado en dormirse e Isabella se quedó allí,


a su lado, mirándolo descansar y preguntándose cómo iba a
conseguir ella hacerlo crecer y ayudarlo a convertirse en un adulto,
sobre todo teniendo en cuenta que Noah parecía tener un modelo
de crianza totalmente opuesto al suyo.

Ella no quería discutir con él. Isabella solo quería hacer lo mejor
y, precisamente porque Hannah la había elegido a ella, pensó que lo
mejor no era renunciar a su modo de pensar. Su amiga sabía cómo
era y, aun así, la eligió: ¿debería entonces comportarse del modo
que Noah quisiera solo para contentarlo? La respuesta era clara y
concisa: no.
Ella debía ser ella misma, no solo para sentir esa gratificación
que sentía al sentirse honesta y coherente, sino por su amiga.
Porque Hannah así lo había querido.

Ahora bien, tampoco quería meterse en una guerra con Noah


que no llevaría a nada a ninguno de los dos. Ambos debían poner al
bebé por delante y por encima de todo. Julian era la prioridad
absoluta y, para eso, ellos tendrían que llegar a un entendimiento,
les gustara o no.

Para empezar, Isabella tenía que hacer autocrítica y admitir que


no siempre tenía un carácter fácil. Ser una mujer decidida y segura
de sí misma estaba muy bien, pero debía tener cuidado de no cruzar
la línea de la intransigencia. Para la felicidad y seguridad de Julian,
era igual de importante que ella supiera ceder en ciertos momentos.
No podía tener la razón siempre, sobre todo cuando Noah era tan
distinto.

A veces ganaría ella, como esa noche, que estaba durmiendo


con el bebé, y otras ganaría él. Tenía que ser así, no podía obligar a
Julian a vivir según su propio criterio porque Hannah y Owen
también habían elegido a Noah.

Miró a Julian suspirar profundamente y lo envidió.

—Ojalá yo pudiera dormir con esa calma —le susurró al bebé,


acariciando la pelusa que tenía por pelo—. Y ojalá supiera el modo
correcto de hacer las cosas para evitar que tú sufras. Ojalá, ojalá,
ojalá pudiera asegurarme que no vas a sufrir nunca, pero algo me
dice, pequeño, que tu infancia va a ser muy movida.

Cerró los ojos y se obligó a dormir. Al día siguiente tendría que


tratar con Noah un montón de aspectos y, con la cabeza tan
embotada como la sentía en aquel momento, sería imposible.
Rezó para que Julian tuviera una buena noche y, finalmente, se
abandonó al sueño.
6
Noah

Noah amaneció en el sofá del salón, con algo clavado en la


lumbar y tan cansado que no era capaz de quitárselo. Metió las
manos a duras penas y sacó un sonajero. Genial. Tenía que
empezar a acostumbrarse a todas esas cosas de bebé que rodaban
por casa.

Se sentó con el pelo disparado en todas las direcciones y


agotado. La noche anterior había sido incapaz de dormir en la cama
de su hermano. De hecho, nada más taparse con el edredón las
lágrimas acudieron a sus ojos y, por primera vez en mucho,
muchísimo tiempo, Noah había llorado. No lo había hecho ni
siquiera en el velatorio, o el entierro, pero estar allí tumbado
sabiendo que no lo vería nunca más, ni a él ni a su cuñada, a la que
adoraba, era demasiado para él. Las sábanas todavía olían a ellos.
Toda la maldita casa lo hacía. En la mesita de noche había dos
marcos de fotos: uno con la foto de la boda y otro con una
instantánea hecha en la sala de partos, en blanco y negro, donde se
veía el primer plano de Hannah llorando y besando a Julian y la
sonrisa de Noah, que era quien había disparado el selfie. Era
preciosa por todo lo que significaba. El comienzo de una nueva vida.
Tenían tanto por vivir aún… No era justo. Noah no podía pensar en
aquellos instantes en algo menos justo que dejar huérfano a un
bebé. Irse del mundo antes de tiempo, porque estaba convencido de
que aún no había llegado la hora de ellos. No era el momento. Ellos
tendrían que haber vivido una vida larga y plena. Deberían haber
visto crecer a Julian, tendrían que haberle visto dar sus primeros
pasos, llevarlo al cole por primera vez, verlo graduarse y hacerse un
hombre. Se habían perdido demasiadas cosas, no solo ellos, porque
al otro lado estaba Julian, que había perdido de un plumazo a dos
padres maravillosos.

Lloró por todo eso, pero también egoístamente por haber


perdido a un hermano que siempre lo había apoyado al cien por
cien. No es que la relación de Noah con sus padres fuera mala, pero
ellos eran más fríos. Pretendían que Noah siguiera los pasos de la
familia y, cuando se desentendió y decidió crear su propia empresa,
no lo tomaron bien. Tampoco es que el drama durase mucho, pero
Owen fue quien estuvo ahí para él. Él y Hannah decidieron poner su
casa para que quedara allí con sus socios y juntos avanzaran
mientras sus padres pensaban que estaba cometiendo un error. Lo
animaron a buscarse la vida por sus propios medios y, cuando lo
consiguió, guardó para siempre en su corazón las caras de orgullo
de su hermano y su cuñada. Al darse cuenta de que no vería más
esas caras, ni esas sonrisas orgullosas y, peor aún, que Julian no
las vería y se perdería a unos padres que sí estarían dispuestos a
apoyarlo en todo, se derrumbó. Lloró por todo lo que faltaba por vivir
y se permitió caer hasta lo más hondo del dolor. Regodearse en lo
bonito que habría sido ver a Owen y Hannah mostrar el buen
camino a Julian.

Cuando sintió que los ojos le escocían, la nariz tenía el doble de


su tamaño y el dolor de cabeza amenazaba con matarlo, salió de la
cama y del dormitorio y se fue al salón. Se sentó en el sofá, a
oscuras, y miró los juguetes de su sobrino preguntándose cómo
demonios iba a hacer aquello de un modo que hiciera que su
hermano y Hannah, allá donde estuvieran, se sintieran orgullosos.
Dio vueltas y vueltas sobre el mismo tema, incluyendo la
variante de Isabella, que lo obligaba a pensar en lo difícil que sería
criar a Julian con ella. Incluso pensó en ofrecerle una buena
cantidad de dinero para que se desentendiera del bebé, pero Noah
no necesitaba conocerla demasiado para intuir que, siendo tan hippy
como era, el dinero no le resultaba tan importante como a la
mayoría de las personas. Para ser sincero, podía imaginarla
perfectamente poniendo el grito en el cielo y acusándolo de ser el
peor ser humano de la historia.

Solo consiguió cerrar los ojos cuando el amanecer daba sus


primeros coletazos a través de la ventana. Lo hizo sentado, sin
atreverse a tumbarse, y seguramente por eso había caído de lado
en algún momento del sueño. No se dio cuenta del sonajero clavado
en su espalda hasta que hubo recuperado un poco de fuerzas y el
subconsciente le avisó de lo incómoda que era su postura. Se irguió
de nuevo, mirando otra vez a las ventanas, con el mismo dolor de
cabeza con el que se había dormido y la garganta seca de tanto
como había llorado.

Esa casa y sus recuerdos acabarían con él.

Decidió darse una ducha antes de que Isabella lo viera así. Ella
había dormido toda la noche con el bebé en el cuarto de invitados y
Noah no había oído a Julian llorar. De haber sido así, habría entrado
sin importarle lo más mínimo ella.
Se duchó, se puso un pantalón de chándal y una camiseta de su
hermano y, al verse en el espejo, la nostalgia volvió a morderle el
corazón. La pena iba a matarlo si no lograba reponerse.
Bajó las escaleras, se metió en la cocina y encendió la cafetera.
Quizás no era la mejor idea del mundo tomar café, porque tenía los
nervios de punta, pero es que sin él sería un ogro todo el día y eso
tampoco era una gran idea. Sobre todo si tenía que negociar con
Isabella acerca de la crianza del bebé.

Intentaría ir con calma. Tenía una empresa y sabía de negocios


más que nadie. Posiblemente más que ella. La cuestión era que no
podía avasallarla o plantarse firme y cabrearla, porque algo le decía
que, por muy zen que fuera Isabella, sabía muy bien cómo plantarse
y no dar su brazo a torcer.

La convencería, por las buenas, de que era una tontería que se


quedara allí con ellos cuando su vida estaba lejos, viendo mundo y
haciendo lo que sea que hiciera la gente hippy como ella.

Tenía que mantener la compostura y hacer las cosas en frío,


con cabeza y calma.
Pero entonces ella bajó las escaleras y entró en la cocina con el
pelo suelto, descalza y el bebé en brazos. SU bebé en brazos. La
rabia que le brotó dentro no se podía comparar con nada más. Se lo
comía de los pies a la cabeza. Que pareciera tan tranquila cuando él
había pasado la peor noche de su vida pudo con él.

No iba a soportar aquello. Era inconcebible.


Ese niño era suyo y ella tenía que irse.

No había más opciones.


7
Isabella

Aquella noche Isabella apenas durmió. Primero fue porque le


costó mucho coger el sueño. Era imposible hacerlo cuando los
recuerdos de su mejor amiga y Owen no hacían más que acudir a
su mente. Aún no había pasado del todo la fase de negación y le
costaba aceptar que su muerte fuera real y que ya no volvería a
verlos. En otras circunstancias hubiera tomado una de sus
infusiones contra el insomnio y listo, pero no había traído sus
infusiones con ella, y tampoco sabía hasta qué punto era
recomendable tomar algo que la durmiera profundamente cuando
compartía cama con un bebé tan pequeño. La idea de aplastarlo sin
querer la atormentaba. Así que meditó un rato hasta que consiguió
cerrar los ojos y quedarse dormida. Aquello no duró mucho, porque
Julian rompió en llanto antes de que pudiera completar el primer
ciclo de sueño.

Dejándose llevar por lo poco que sabía de bebés, lo cambió,


preparó un biberón siguiendo las instrucciones del envase
correspondiente y lo acunó, pero tal como Noah había pronosticado
aquella misma tarde, Julian no parecía tener nada de sueño e
Isabella se pasó la noche en vela, con el bebé en brazos y el sueño
acumulado haciendo mella en los párpados. Llevaba más de 48
horas despierta. No había podido dormir durante el vuelo y había
llegado justo a tiempo para la lectura del testamento, por lo que
tampoco pudo hacerlo en el hotel antes de ir a casa de Hannah y
Owen.
El punto era que Isabella se sentía exhausta, y siguió exhausta
después de dormir las dos horas que el pequeño Julian le permitió
hacerlo aquella noche. Tampoco podía culparlo por tener el biorritmo
alterado. Estaba convencida de que, a pesar de no tener
consciencia del mundo como tal todavía, Julian echaba de menos a
sus padres. Al fin y al cabo ellos habían sido todo su mundo durante
aquellos primeros seis meses de vida y debía notar su ausencia de
una forma instintiva y animal. Aquel pensamiento punzante se clavó
como un aguijón en el corazón de Isabella. Por mucho que ella se
esforzara en ser una buena madre, nunca sería Hannah, y eso
Julian podía notarlo en su olor, la cadencia de su respiración o el
timbre de su voz. Puede que al crecer no recordara nada de ella ni
Owen, pero eso no hacía que su sufrimiento actual fuera menos
importante.

Por ello, aquella mañana, cuando Julian la despertó dos horas


después de haber conseguido dormirse con un llanto desesperado,
decidió no exteriorizar su cansancio y malestar. En aquel momento
tenía entre sus manos algo mucho más importante que su bienestar:
el bienestar de Julian. Así que se puso un kimono de seda encima
del pijama y bajó a la planta baja para preparar un poco de té y un
nuevo biberón para Julian. La tarde anterior la madre de Owen le
había explicado que el bebé solo tomaba biberones por ahora, que
tenían una cita con el pediatra la semana siguiente para empezar
con la introducción de alimentos. Isabella había asentido un poco
abrumada, pero con el paso de las horas empezó a darse cuenta de
hasta qué punto su vida iba a cambiar en los próximos meses. Si ya
la situación le parecía complicada por sí sola, había un factor que
parecía estar dispuesto a complicársela aún más. Ese factor se
llamaba Noah Murray y estaba sentado en la mesa de la cocina
dedicándole una mirada tan fría que podría haber congelado con
ella a cualquier ser vivo a menos de un kilómetro de distancia.

—Buenos días —susurró ignorando completamente la forma en


la que sus fosas nasales se hincharon al verla llegar.

Con Julian apoyado en sus caderas, se puso de puntillas y abrió


un armario en busca de algún té que le ayudara a afrontar el nuevo
día. Noah tomaba café sentado en la isleta y la cafetera eléctrica
estaba llena, pero Isabella hacía años que había decidido dejar de
beber aquel brebaje que lo único que hacía era aumentar su
ansiedad y destruir su flora intestinal.
—Es difícil que sean buenos teniéndote aún aquí —masculló él
de mala gana.

Aún de puntillas, Isabella se giró para enfrentarlo.

—¿Es necesario que seas tan ofensivo?

—No soy ofensivo, solo sincero. —Noah se frotó los hombros


como si quisiera disipar la tensión que había acumulada en ellos. No
lo consiguió. Isabella podía sentir la tensión ocupando cada
centímetro a lo ancho y alto de su cuerpo—. Creo que debemos
sentarnos y hablar del futuro, porque está claro que una crianza
compartida no va a funcionar.

—Desde luego no va a funcionar si sigues comportándote como


un energúmeno —dijo Isabella intentando no perder los estribos.
Haciendo una respiración honda, abrió un nuevo armario con la
intención de conseguir su té y marcharse de allí lo más rápido
posible. Estaba demasiado cansada como para resistir los embates
de la lengua mordaz de Noah. Tuvo suerte en esta ocasión ya que
encontró una caja de latón llena de sobres con té en la balda
superior. La cogió y dejó que Julian tocara fascinado los dibujos
ribeteados en su superficie. Era una caja preciosa, de colores vivos,
que imitaba la forma de un carrusel. Eligió uno de los tés, puso un
vaso de agua en el microondas y fijó los ojos en el temporizador de
la parte superior con el deseo intenso de que el tiempo volara.
—Quiero la custodia completa de Julian —dijo Noah
calmadamente en el mismo instante que el timbre del microondas
sonó.

Isabella cerró los ojos con fuerza, como si las palabras de Noah
le hubieran causado un dolor insoportable. Estaba de espaldas a él,
así que no podía verla. Se esforzó por forzar una sonrisa cuando se
giró para enfrentarlo de nuevo, con la taza de agua caliente a la que
había añadido el sobre de té entre las manos.
—Eso no va a pasar. Ya te dije ayer que no pienso renunciar a
él.

—Deberías reconsiderar tu decisión, Isabella. Entiendo que te


sientas con el deber moral de cuidar de Julian, pero ambos
sabemos que esto no es lo que quieres. Tarde o temprano sentirás
la necesidad de recuperar tu vieja vida de hippy viajera, y ¿entonces
qué? ¿Qué pasará con Julian? Sufrirá innecesariamente.

—No pienso marcharme a ninguna parte, no hasta que Julian


crezca y deje de necesitarme.
—Eso dices ahora, pero con el tiempo…

—He tomado mi decisión de forma consciente, Noah —le cortó


dejando la taza sobre la encimera, porque se estaba alterando y
algo le decía que, de seguir así, la taza y su contenido terminarían
en la cara de Noah—, y conozco todas las renuncias que esta
decisión comporta, así que deja de utilizar mi forma de vida como
excusa para alejarme, porque no lo haré.

La mandíbula de Noah se tensó.


—Pero Julian es mío, es mi sobrino y, por tanto, de mi
propiedad.

—¿De tu propiedad? ¿Pero tú te escuchas? Estamos hablando


de un ser humano, no de una casa o un coche del que te puedas
apropiar. Julian solo se pertenece a sí mismo.
—Julian tiene seis meses y como no puede decidir qué es lo
mejor para él, necesita que un adulto con la cabeza bien amueblada
lo haga en su lugar.

—¿Y se supone que esa persona eres tú?

—Por supuesto, ¡es mi sobrino!

—Y el hijo de mi mejor amiga. De alguna manera también es mi


sobrino.
—No, no lo es. No compartís carga genética ni sangre, lo único
que tenéis en común es tu vínculo con Hannah, y resulta que ese
vínculo ya no existe porque Hannah está muerta. —Sus palabras
duras hicieron que el corazón de Isabella se rompiera un poco más
—. Yo soy su tío, puedo ofrecerle un hogar y la educación necesaria
para convertirlo en un adulto productivo para el mundo.

—¿Y cómo lo harás si te pasas media vida en el trabajo?

—El negocio es mío, me acogeré a una reducción de jornada y


contrataré a una niñera cualificada que se encargue de su cuidado
mientras yo no esté.
Una sonrisa amarga ocupó el rostro de Isabella.

—O sea, prefieres dejar que una persona desconocida se


encargue de Julian a que lo haga yo. Realmente debo desagradarte
mucho.
Noah se encogió de hombros.

—Solo estoy siendo racional. Somos demasiado opuestos para


plantear una crianza a medias, ¿para qué empezar algo abocado al
fracaso?

—Pues Hannah y Owen sí que lo creyeron posible, así que, a


no ser que consigas una orden judicial, no voy a separarme de
Julian. —Isabella recolocó el bebé sobre su cadera, cuadró los
hombros con altivez, cogió la taza de té y se dirigió hacia la puerta
con intención de largarse de allí. Justo antes de salir por ella, se giró
para lanzarle una mirada llena de resentimiento—: Dado que existe
falta de consenso, creo que lo más sensato hasta nueva orden es
que nos encarguemos de Julian días alternos, excepto las horas que
tengas que trabajar, en las que asumiré su cuidado con gusto hasta
tu regreso.

Noah la escuchó en silencio, sin moverse ni un ápice, con la


tensión haciendo vibrar los puños cerrados que permanecían
visibles sobre la superficie de la isleta. Isabella estaba convencida
de que su propuesta le gustaba tan poco como ella misma. No le
importó. Estaba empezando a comprender que con Noah Murray los
próximos meses iban a ser siempre así, frustrantes y desesperantes
a partes iguales.
8
Noah

Diez días más tarde, Noah entró en la sala de juntas con la


sensación de hacerlo levitando en lugar de andando. La falta de
descanso le hacía estar en un estado de aturdimiento permanente.
Sentía la cabeza embotada y una neblina espesa aturullando sus
sentidos. Noah no era una persona de dormir mucho. Consideraba
que dormir era una forma de desperdiciar el tiempo y con 5 horas de
sueño nocturno tenía suficiente para aguantar con energía todo el
día. Sin embargo, aquella noche no había pegado ojo. Le había
tocado quedarse con Julian y la experiencia no había sido
precisamente agradable.

Tal como Isabella propuso, se turnaban para estar con el bebé.


Un día uno, un día otro. La cosa no estaría tan mal si no fuera
porque Isabella había hecho que todas las rutinas de Julian saltaran
por los aires. Desde su llegada, el bebé parecía vivir en la anarquía
más absoluta. Dormía por la tarde y luego permanecía despierto
hasta las tantas durante la madrugada. Además, no había forma de
que pudiera dejarlo en la cuna. Cada vez que conseguía dormirlo,
cosa que le costaba muchísimo, y lo colocaba en su cunita, tardaba
alrededor de cinco minutos en despertar llorando desconsolado.
Noah culpaba a Isabella de todos sus males. Ella lo había
malacostumbrado a dormir en la cama con ella y claro, ahora el
bebé no quería dormir solo. Ya habían tenido una desagradable
discusión sobre este tema en el que ella le echó en cara que fuera
una persona insensible, que era obvio que el bebé echaba de
menos a sus padres y que por eso necesitaba el calor humano de
una forma tan intensa, para sentirse protegido y amado. Al final
ninguno de los dos había cedido, por lo que Isabella seguía
durmiendo con el bebé en la cama de la habitación de invitados y él
se quedaba intentando que se quedara en su cuna aunque eso
significara que amaneciera todas las mañanas en la butaca que
había a su lado con Julian dormido sobre su pecho. Al menos la
butaca era reclinable.
—¿Otra noche en blanco? —preguntó Levi cuando se dejó caer
en un sillón apostado a su lado.

Tenían una reunión para hablar de los proyectos en curso y de


posibles proyectos futuros, pero lo cierto es que Noah en lo único
que pensaba era en llegar a su despacho para cerrar las cortinas
que daban a las paredes acristaladas y dormir un rato tumbado en el
sofá.

Como respuesta a la pregunta de Levi, Noah resopló.

—Deberías tomarte una excedencia. Aunque no te lo creas


podemos sobrevivir sin ti. —Darcy, que estaba enfrente, apoyó los
codos sobre la mesa acristalada para inclinarse hacia delante.

—¿Y quedarme encerrado en esa casa con Isabella todo el día?


Ni hablar. No podría soportarlo.

—Esa Isabella debe ser todo un personaje si es capaz de


alterarte de esta manera. Hacía mucho que no te veía tan
desquiciado. Tengo ganas de conocerla —dijo Levi con una sonrisa
burlona.

—Y yo. Algo me dice que me caería bien. —Darcy se rio entre


dientes provocando que Noah le lanzara una de sus mejores
miradas asesinas.

Tras un breve y tenso silencio, Noah preguntó:


—¿Empezamos ya o vamos a seguir perdiendo el tiempo
haciendo comentarios insidiosos sobre mi vida privada?

Después de un asentamiento compartido, la reunión dio


comienzo.

Levi, Darcy y Noah eran socios en una empresa especializada


en el desarrollo de proyectos de Inteligencia Artificial llamada NIA
tech (New Inteligence Artificial Technologies). La empresa fue
fundada poco después de que Levi y Noah terminaran sus estudios
como ingenieros informáticos, carrera en la que ambos se
conocieron e iniciaron su amistad. Darcy fue incorporada al equipo
pocas semanas después de su fundación, cuando ambos
comprendieron que su perfil como desarrolladores era muy útil para
iniciar proyectos pero no para buscar inversores interesados en
ellos. Darcy fue la primera persona a la que entrevistaron en busca
de una socia con un perfil comercial que pudiera encargarse de esa
parte del negocio. Les bastó cinco minutos de entrevista para saber
que ella era la persona idónea para cubrir esa vacante. Era resuelta,
tenía iniciativa y una gran capacidad de persuasión y tardó menos
de un semestre en detener las pérdidas iniciales y conseguir los
primeros beneficios.
En pocos años NIA tech se había convertido en una empresa
líder de la IA en Nueva York y todos Estados Unidos. Su crecimiento
había sido tan bestial que en pocos meses pudieron abandonar la
casa que Owen y Hannah les habían prestado como sede para
alquilar una bonita oficina de paredes acristaladas en uno de los
edificios más representativos del Upper East Side. Además, tenían
una plantilla de 30 trabajadores a su cargo, más muchos otros
colaboradores externos que trabajaban como freelance desde sus
hogares.
Noah se sentía muy orgulloso de todo lo conseguido con NIA
Tech. No solo eran referentes dentro del sector por sus proyectos
comerciales, sino que además tenían una línea de negocio enfocada
en las causas sociales con la intención de mejorar la vida cotidiana
de la gente, como por ejemplo Proyecto Sadie, una app pensada
para los discapacitados auditivos e inspirada en la hermana de
Levi, llamada Sadie, quién perdió la capacidad auditiva tras una
enfermedad.

La reunión de aquella mañana sirvió para repasar los avances


de los últimos proyectos que se estaban llevando a cabo en ese
momento y para que Noah pudiera centrar sus pensamientos en
algo concreto y dejara de divagar.
Al terminar, los tres socios parecían satisfechos.

—¿Almorzamos juntos? —preguntó Levi tras abandonar la sala


de juntas.

—Lo siento, chicos, pero yo no puedo, he quedado con Kayden


y debe estar ya esperándome —dijo mirando la hora en la pantalla
de su teléfono móvil.
Kayden era el mejor amigo de Darcy desde su más tierna
infancia y Noah lo conocía de alguna que otra ocasión en la que
Darcy lo había traído con él en alguna de sus salidas. Era un tipo
majo, la clase de persona que cae bien sin proponérselo, no como él
o Levi que de primeras podían parecer un tanto inaccesibles por su
forma de ser. Noah por su carácter directo y su sinceridad
abrumadora. Levi por su carácter reservado y su seriedad inicial.
Darcy se despidió de ellos dirigiéndose hacia el vestíbulo donde
se encontraban los ascensores.

—Y tú, ¿te vienes? —preguntó Levi centrando su mirada en


Noah.

—La verdad es que prefiero echarme un rato. No te importa,


¿verdad?

—Nah, pediré que me suban algo de la cafetería y aprovecharé


para llamar a mamá, a ver si puede explicarme algo sobre la cita a
ciegas que mi padre me ha preparado este fin de semana.
—¿Te han concertado una nueva cita?

Levi asintió con fastidio. Su padre parecía obsesionado en


casarlo desde que sobrepasó los 30 y no hacía más que presentarle
mujeres de origen coreano para que, según le dijo él mismo,
conservara sus raíces, lo que era bastante sarcástico teniendo en
cuenta que él se había enamorado y casado con una
estadounidense.
—No de forma oficial, pero quiere que vaya a verles el sábado
para presentarme a una amiga de la familia que viene de Seúl a
pasar unos días.
—No parará hasta que te comprometas

—Cosa que no ocurrirá en un futuro próximo porque no entra en


mis prioridades…

Tras una mirada llena de comprensión y camaradería, y tras


desearle suerte con esa llamada, Noah se despidió de Levi y entró a
su despacho. Bajó los estores que daban al exterior ofreciéndole
una hermosa panorámica de Manhattan para oscurecer el espacio e
hizo otro tanto con los interiores, aislando las paredes acristaladas
de los pasillos circundantes. Luego, se tumbó en el sofá, deseoso
de un momento de desconexión y descanso. Apenas hubo cerrado
los ojos cuando el teléfono móvil vibró dentro de sus pantalones.
Con un resoplido, lo cogió. Era un número oculto, pero aun así
respondió la llamada entrante.

—¿Señor Murray? Soy Ben Turner, ¿quería hablar conmigo?

Ben Turner era el detective privado que usaban en la empresa


cuando necesitaban verificar información sobre algún proyecto. Lo
había llamado hacía días al número de contacto habitual, pero en
lugar de responderle él lo había hecho otra persona explicándole
que Ben estaba metido en un asunto algo complicado y que lo
llamaría en cuánto volviera a estar libre. No tenía muy claro si la
forma de trabajar de Ben era del todo legal, tampoco le importaba.
Conseguía siempre lo que le pedía y eso era lo importante.

—Ben, me alegra que me hayas llamado, porque hay algo que


necesito.

—Tú dirás.
—Quiero que investigues a una persona.
—Ajá. Dime su nombre y lo que necesitas encontrar de ella y
me pondré en cuanto tenga un hueco libre en la agenda.

—Se llama Isabella, Isabella de Luca, y quiero saberlo todo


sobre ella.

Escuchó a Ben garabatear algo en su agenda y luego le hizo


unas cuantas preguntas sobre Isabella que Noah apenas pudo
responder, porque desconocía por completo su pasado, más allá de
lo que Hannah le había contado, que no era mucho.

Al colgar el móvil se sintió algo culpable. Sabía que contratar un


detective privado para investigar a Isabella en busca de algún trapo
sucio que usar en su contra de cara a un juicio para quedarse con la
custodia de Julian no era jugar limpio, pero estaba desesperado.
Isabella y él eran demasiado distintos para convivir, y por mucho
que había intentado convencerla para que se marchara, esta seguía
en sus trece. Así que no le había dejado alternativa. Se había visto
obligado a usar la carta de Ben.

Con la culpabilidad aun recorriendo su sistema nervioso, Noah


volvió a recostarse en el sofá. Esta vez consiguió dormir un rato
antes de que el móvil volviera a vibrar de nuevo. Medio adormilado
decidió ignorarlo, pero apenas hubo cesado la vibración volvió a
emitirla de nuevo. Se frotó los ojos, comprobó el remitente en la
pantalla y se despertó de golpe al ver el nombre de Isabella en ella.
Respondió con la voz tomada por el sueño.

—Noah… —La voz de Isabella sonó estrangulada por el llanto


—. Estoy en el hospital.

—¿Qué ha pasado?
—Se trata de Julian…
No necesitó más información para levantarse del sofá y ponerse
en marcha. Le pidió el nombre del hospital y salió disparado hacia
allí con la sensación de que el cuello del jersey que se había puesto
aquella mañana le apretaba. La simple idea de que a Julian le
hubiera ocurrido algo le oprimía el pecho.

Con los dientes apretados, robó el taxi a una señora pidiéndole


disculpas por adelantado y le dijo al taxista que condujera lo más
rápido posible hasta el hospital correspondiente. Se sentía
preocupado y muerto de miedo a la vez que una rabia intensa
recorría su espina dorsal. Porque estaba convencido de algo: fuera
lo que fuera que le hubiera ocurrido a Julian, la culpa era de
Isabella, e iba a pagarlo caro. Muy caro.
9
Isabella

Isabella nunca habría imaginado que era tan fácil que un bebé
se hiciera daño. La culpabilidad le mordía la nuca como si se tratase
de un monstruo susurrante, dispuesto a devorarla en cuanto ella
llegara al límite. Y, si tenía que ser sincera, estaba bastante cerca de
llegar y sobrepasarlo. No podía sacarse de la cabeza el llanto
desesperado de Julian al caer de la cama. En realidad, no podía
sacarse de la cabeza la escena completa. Había mil maneras de
hacer las cosas e Isabella había elegido la incorrecta. Lo había
colocado en el centro de la cama para cambiarle el pañal, como
hacía siempre, pero no había contado con que Julian, cada vez más
despierto y curioso con el mundo que le rodea, practicaría el modo
de rodar como una pequeña pelota. Isabella lo había animado a
darse la vuelta en su alfombra de juegos cada día, practicaba con él
algunos ejercicios de estiramientos y hasta se tumbaba a su lado
para que la mirara y copiara su forma de estirarse o ponerse a
cuatro patas, con la intención de que Julian aprendiera a gatear. Le
parecía precioso enseñar a un bebé algo tan básico como el
movimiento, pero no contó con el instinto de Julian, que le
reclamaría moverse también cuando no era adecuado o
recomendable. Aquella mañana, sin ir más lejos, en cuanto Isabella
se dio la vuelta para buscar la cremita, Julian rodó y cayó de la
cama. Isabella nunca podría olvidar el ruido tan espantoso que
sonó, y eso que el suelo era de moqueta. La explosión de llanto de
Julian la acompañaría siempre, estaba segura.
—De verdad, cálmese —repitió el médico mientras revisaba la
radiografía que le habían hecho a Julian en la cabeza—. No hay
absolutamente nada preocupante.

—¿Está seguro? Cayó desde la cama y es una cama muy alta


—dijo ella a punto de echarse a llorar de nuevo.

El médico sonrió, lo que dio una idea a Isabella de la cantidad


de padres que acudían a urgencias con problemas similares al suyo.
Y sin embargo, ninguno le parecía tan importante como el que
atañía al pequeño Julian.

—Le prometo que Julian está perfectamente. Se ha asustado


mucho y sí, el golpe le habrá dolido, pero no hay nada interno.
Lucirá ese pequeño chichón unos días y luego todo volverá a la
normalidad.

Isabella vio la frente de Julian abultada y sintió, otra vez, que


era la peor madre sustituta del mundo.

—Es tan pequeño… —susurró más para sí misma que para el


médico.
Y aun así, él le contestó.

—Le aseguro que no hay semana en la que no atienda a algún


bebé por casos similares. Caen de la cama, el sofá e incluso los
carros de paseo. Empiezan a moverse y es una etapa preciosa,
pero también estresante. Ha sido un accidente y no debería darle
más vueltas pero, aun así, voy a darle unos folletos de las medidas
que puede tomar en casa para evitar accidentes domésticos. Nada
demasiado costoso. Proteger esquinas de sillas y mesas, bloquear
las puertas para que no puedan cerrarse con sus deditos dentro,
tiradores a prueba de bebés y… —El médico dejó de hablar al
fijarse en la cara de horror de Isabella—. Mejor le traigo los folletos y
cuando esté más tranquila le echa un ojo.

Isabella simplemente asintió. No tenía ni idea de que un bebé


podía sufrir de tantas horribles maneras en una casa aparentemente
segura. Auguraba una noche muy movida, no por los desvelos de
Julian, sino por el montón de información que pensaba buscar en
internet al respecto. Pensaba convertir la casa en un santuario en el
que absolutamente nada pudiera herir a Julian. Lo vigilaría
veinticuatro horas y dejaría de dormir, si era preciso, con tal de
proteger a ese ser indefenso que estaba a su cargo.

Cuando tuvo toda la información salió con Julian al pasillo,


donde el doctor le había recomendado aguardar media hora más,
aproximadamente, solo por si el bebé daba muestras de tener algo
más aunque era prácticamente imposible, según sus propias
palabras.

En realidad, Isabella lo agradeció, porque en cuanto salió al


pasillo se sentó y dio, de este modo, algo de estabilidad a su
cuerpo. Las piernas le temblaban tanto como la gelatina y sentía frío
y calor al mismo tiempo. Julian, en sus brazos y ajenos al drama
que acababan de vivir, mordisqueaba los cordones de la capucha de
su sudadera. En otras circunstancias Isabella no lo habría dejado
pero estaba demasiado aturdida para hacer algo más que abrazarlo
y mirar, de modo casi fijo, el chichón que se había formado en su
frente.
No era de extrañar que, en ese estado, se sobresaltara al
máximo y mirara a Noah como quien mira a su asesino. No podían
culparla, sobre todo, por el modo en que Noah caminaba hacia ella.
Todo su cuerpo emanaba furia. Era un hombre impecablemente
vestido, increíblemente atractivo e indudablemente cabreado con
ella.

Isabella tragó saliva justo cuando Noah llegó a su altura y le


quitó a Julian de los brazos. Primero lo acurrucó contra su pecho,
cosa que Isabella tuvo que valorar pues, aunque Noah era un
capullo, nadie podría decir que no adoraba a su sobrino. Ni siquiera
ella. Finalmente, después de abrazarlo unos instantes, lo separó de
su cuerpo y miró su carita en busca de señales de alarma. Isabella
fue plenamente consciente del momento en que vio su frente.
También fue consciente de que iba a descargar toda su ira sobre
ella pero, por primera vez, no se sentía con fuerzas de defenderse.
Principalmente porque ella misma se sentía increíblemente culpable
por lo que había ocurrido.
—¿Qué le has hecho?

—No le he hecho nada —dijo con cansancio—. Lo puse en la


cama un segundo mientras le cambiaba el pañal, me di la vuelta y…

—Eres una irresponsable —la interrumpió él—. Una cosa es


que seas nefasta poniéndole horarios o planteando una mínima
rutina para él, pero le has hecho daño, Isabella. Por tu culpa está
herido y quien sabe si no podría haber acabado como sus padres.
Eres un jodido peligro para este niño.
—Noah… —comentó con la voz rota.

—Lo he intentado, de verdad. He intentado tener paciencia pero


no comprendo qué demonios haces aquí con un niño que ni siquiera
es de tu familia. Deberías estar donde demonios sea, pero lejos de
Julian. Y lejos de mí.

Había tantas maneras de herirla que, en realidad, lo que


sorprendió a Isabella fue que consiguiera tocar todos los palos. No
se dejó ni uno. Tocó todos y cada uno de los palos que podían
hundirla emocionalmente. Quizás por eso no lo soportó más, las
lágrimas brotaron de sus ojos y, simplemente, dio un paso atrás.
Fue levemente consciente de que los ojos de Noah se abrían con
cierta sorpresa, no sabía si por sus lágrimas o porque de verdad
estuviera haciendo, por primera vez, algo que le dijera él, pero en
cualquier caso dio igual, porque el primer paso fue el preludio.
Luego dio otro, y otro más, y finalmente se giró y salió corriendo del
hospital, incapaz de soportar más la culpa.
Incapaz de soportar las acusaciones de Noah.

Ella nunca quiso dañar a Julian. Daría la vida gustosamente por


él, pero quizás eso no bastaba. Cogió un taxi sin dirección fija y se
bajó en el centro de la ciudad, después de darse cuenta de que, de
seguir así, ni siquiera podría pagarlo.

No tenía trabajo, no tenía ingresos fijos y, al parecer, tampoco


tenía los reflejos necesarios para hacerse cargo de un bebé.

Y aun así estaba desesperada por quedarse con Julian. Porque


era lo que Hannah quería, sí, pero también porque adoraba a ese
bebé. Era algo instintivo. Algo dentro de ella lo veía y pensaba en
que era suyo, lo que era una mierda porque Isabella era una fiel
defensora de que nadie pertenecía a nadie, ni siquiera los bebés.

Empezaba a preguntarse si en realidad su afán de cuidar de


Julian no era puro egoísmo. Quizás debería hacerse a un lado. Tal
vez Noah tuviera razón y lo mejor que podía hacer por Julian era
apartarse y dejar que se criara con su tío y familia directa.

Después de todo ¿qué podía ella aportar en la vida del


pequeño?

Se metió en un pub cualquiera. No miró el nombre, pero una vez


dentro se fijó en que estaba decorado de un modo precioso. En
realidad, no le importaba. Lo único que le importaba era beber.
Isabella no era de tomar alcohol, pero pensaba que había
momentos en la vida en que todo estaba justificado.

Ese, sin duda, era uno de ellos.


10
Noah

Tres horas fue aproximadamente el tiempo que tardó Noah en


darse cuenta de que había cometido un error. Ya en casa, Julian no
dejaba de llorar, estaba tan colorado que Noah se preguntó
seriamente si un bebé podía explotar a base de llanto continuo y,
salvo un momento en el que le dio un fular de Isabella y pareció
calmarse, el resto del tiempo lo miraba con odio. Estaba seguro de
que Levi y Darcy se reirían muchísimo de él si dijera este
pensamiento en voz alta pero la realidad era que Julian lo miraba
como si le cayera mal. Y podía entenderlo. Cada vez que
rememoraba la conversación que había tenido con Isabella, si es
que a eso se le podía llamar conversación, algo dentro de él le
acuchillaba, recordándole lo mal que se había portado. Y no es que
ya no estuviera enfadado con ella, porque no podía evitar sentir
cierto resquemor, pero era muy consciente de que había dicho
demasiadas cosas hirientes, incluso tratándose de él. Se había
pasado y mucho.

En realidad, Noah se sentía mal por todo lo que le había dicho,


porque no era cierto. Era consciente de que, aunque Julian tuviera
un lazo de sangre con él, adoraba a Isabella y se entendía bien con
ella. Sí, se había caído y sí, tenía un chichón enorme, pero nada
más. Había hablado con el doctor y este le había dicho que, tal y
como le había dicho a su esposa, Julian estaba perfectamente.
Noah no lo sacó de su error, porque estaba demasiado preocupado
por el bebé. Ya en casa, reflexionó acerca de lo ocurrido y, al menos
para sí mismo, reconoció que lo que le había pasado era algo que
podría haberle ocurrido a cualquiera. Incluso a él. No tenía excusas,
le pudo el momento y la angustia. Ver a su sobrino herido, aunque
fuese mínimamente, había despertado en Noah una ira que incluso
a él le había sorprendido. Lo había enfocado todo mal y, cuando
Isabella volviera a casa, hablaría con ella y se disculparía. Seguía
pensando que Julian debía ser solo para él pero no era ningún
energúmeno y sabía cuándo se había pasado.
Claro que, para poder disculparse, ella tendría que volver a casa
y ya iban más de tres horas sin que eso sucediera.

Justo mientras lo pensaba le llegó una llamada al teléfono. Lo


cogió el ceño fruncido, pues era el móvil del Isabella.
—¿Sí?

—¿Noah? —Se sorprendió al oír la voz de un hombre y


enseguida se puso en tensión. ¿Qué hacía un hombre con el móvil
de Isabella?

—¿Quién es usted y dónde está Isabella?

—¿La conoce? Menos mal. Soy el camarero del pub en el que


se encuentra Isabella. Es usted el último contacto al que llamó. No
me gusta tocar las pertenencias de mis clientes, pero esta mujer
está en unas condiciones un tanto lamentables.

—¿Qué le ocurre? ¿Está enferma?


—No, señor, está borracha. Muy borracha, en realidad. Tanto
como para farfullar cosas incoherentes y apenas tenerse en pie.

¿Isabella borracha? Eso sí que era nuevo. Ni siquiera bebía


café porque decía estupideces como que le alteraban el biorritmo.
No había visto nunca a nadie tan mimoso con su propio cuerpo, no
en un sentido estricto sino espiritual y emocional. Que Isabella se
emborrachara no era bueno, Noah no era tonto. Era prácticamente
un atentado contra sí misma. Por su culpa. Eso no le gustó ni un
poco.

—¿Puede darme la dirección? —preguntó sin rodeos.

El camarero se la dio y él no lo pensó. Llamó a Levi, puesto que


no podía llevarse a Julian, y le contó lo sucedido. Su amigo estuvo
en su casa en menos de media hora que a Noah le parecieron
horas.

—Volveré enseguida. En cuanto la recoja.

—Tranquilo. Aunque es raro… ¿Habéis discutido?

—¿Por qué lo dices? —preguntó Noah poniéndose la chaqueta.

—No sé, Isabella no parece de esas.

Noah no respondió. ¿Qué podía decir? ¿Que era culpa suya?


No tenía sentido, así que salió de casa, cogió el coche y rezó para
que Isabella no hubiese decidido cambiar de pub en el tiempo que él
tardaría en ir a buscarla.

Aparcó en la puerta sobre un bordillo, muy consciente de que


podían multarle si alguien pasaba por allí, pero no quería perder
más tiempo. Entró en el pub y la vio casi de inmediato, pero eso no
era bueno. Era fácil verla porque estaba echada sobre la barra y
prácticamente parecía una muñeca de trapo dejada de caer sobre la
madera. Noah se acercó a ella de inmediato, la asió del hombro y se
asustó cuando ella se dejó caer contra él, prácticamente
inconsciente.

—¿Es usted Noah? —preguntó el camarero.

—Sí —dijo él, enseñándole en el móvil la llamada perdida. El


camarero asintió.
—Le sorprendería la de moscarrones que hay que espantar de
una mujer en su estado.

La ira arrasó a Noah de un modo tan violento como rápido. No


soportaba la idea de imaginar a Isabella a merced de hombres que
deberían ser llamados de todo, menos hombres. En realidad, no
soportaba la idea de pensar en el tipo de hombres que buscaban a
mujeres en este estado para aprovecharse de ellas. La cogió en
brazos sin miramientos después de pagar la cuenta y, ya fuera,
cuando la brisa dio en la cara de Isabella, esta abrió los ojos lo
suficiente para protestar.
—Suéltame ahora mismo.

—Lo haré encantado en cuanto estés en el coche y a salvo.

—¿A salvo? Puffff —soltó una risa irónica y borracha. Muy


borracha—. Tú no tienes ni idea de lo que es estar a salvo. Ni en
peligro. ¡Tú no tienes ni idea de nada!

—De acuerdo, no tengo ni idea.


—¡Porque no la tienes!
—Ajá.

Isabella volvió a insultar a Noah y este, consciente de que no


estaba en sus cabales, simplemente la dejó desahogarse. Y lo hizo,
estuvo todo el camino hasta la casa diciéndole todos los motivos por
los que creía que era un cretino. Algunas cosas entendía y otras no
pero lo que era indiscutible es que, cuando por fin llegaron a casa, a
Isabella se la entendía mucho mejor.

—¿Crees que soy horrible? Tendrías que conocer a mis padres.


Eso sí son unos padres horribles.

Noah estaba a punto de sacarla del coche, pero algo en la


tristeza que había en su mirada lo detuvo.

—¿Eran malos padres? —preguntó con curiosidad, siendo


consciente por primera vez de que no sabía nada de su pasado.
—Dímelo tú: mi madre era adicta al crack y al alcohol. En
realidad, era adicta a todo lo que costara un dinero que no
teníamos. Mi padre era un borracho que se marchó cuando yo era
adolescente. En realidad, fue lo mejor que pudo hacer, porque
cuando los dos estaban juntos los tres vivíamos en una espiral de
autodestrucción imposible de sostener.

Sus lágrimas habían comenzado a brotar libremente y Noah se


sintió como un miserable al darse cuenta de que, por su culpa, ella
estaba reviviendo su pasado. Un pasado que para él era
inimaginable, porque, como niño, había tenido todas sus
necesidades cubiertas. Más que eso, había sido un niño privilegiado
y lo sabía. Pensaba que siempre había sido consciente pero viendo
a Isabella llorar se dio cuenta de que eso no era del todo cierto. Es
fácil pensar que tienes los pies en la tierra cuando realmente nunca
has tenido que luchar por algo importante.

—Imagino lo duro que fue vivir en un ambiente como ese y tener


una figura paterna y materna tan mala —le dijo con total sinceridad.

Ella bufó. Al parecer, estaba dispuesta a burlarse de cada cosa


que él dijera y Noah no podía ofenderse. No, después de cómo la
había tratado.
—¿Figuras paternas? ¿Qué es eso? —Se rio, pero no era una
risa alegre, ni muchísimo menos—. Oye —Isabella apoyó la cabeza
en el reposacabezas del coche y cerró los ojos un instante—. Lo sé,
¿Vale? Sé que no soy el mejor ejemplo para el bebé. Sé que
prácticamente cualquier mujer del mundo sería mejor madre que yo,
pero Hannah era como mi familia. Mi familia de verdad. Ella fue la
luz que guio mi camino cuando era niña, la única persona a la que
puedo considerar parte de mí, aunque no compartamos sangre. Le
debo esto: le debo cuidar de su hijo.

Noah intentó decir algo, la culpabilidad le agujereaba el pecho,


pero Isabella fue más rápida, de nuevo. Para ser una mujer ebria, lo
cierto era que había conseguido alcanzar un nivel de expresividad
increíblemente bueno.

—¿Sabes lo que más me molesta? Saber que sí, tienes razón,


tengo un modo de vida poco convencional, viajo y vivo sin ataduras
pero no es porque nada me importe lo suficiente, sino porque no
tengo un hogar al que regresar. No hay nada que me ate a ninguna
parte. Julian es lo único que me ha atado en toda mi vida para bien.
Lo único que me ha aportado algo de estabilidad y ahora me doy
cuenta de que eso no debería ser motivo para ser egoísta. No
debería estar con él siendo tan mala cuidadora.

Hay momentos en la vida en los que un hombre siente sobre los


hombros el peso de todos sus errores. El momento de Noah
transcurrió en ese coche, mirando a Isabella, dándose cuenta de
hasta qué punto se había equivocado con ella. Hasta qué punto la
había juzgado sin conocerla. Aquel saco de verdades cayó sobre él
con tanta fuerza que tuvo que salir del coche, incómodo con los
recuerdos del modo en que la había tratado horas atrás. Abrió la
puerta de Isabella, la ayudó a salir y, cuando ella tropezó, volvió a
cogerla en brazos. Era consciente de que no le había respondido
nada a su diatriba. Suponía que Isabella también lo era, pero no
podría asegurarlo, porque había cerrado los ojos y apoyado la
cabeza en su pecho. Que no luchara contra él ya era algo de
agradecer.

En casa, Levi los miró entre la sorpresa y la curiosidad.

—Voy a dejarla en la cama —le murmuró Noah.

—Claro, yo me marcho ya, Julian está dormido en su cunita.


Noah asintió, consciente de que en algún momento debería
tener una conversación con su amigo, pero de momento lo que más
le importaba era acostar a Isabella. Eso, y tener un poco de espacio
para pensar en su modo de actuar de ahora en adelante, porque
estaba claro que tendrían que cambiar muchas cosas. Para
empezar, debería ser más indulgente con ella. Mucho más. Se
había portado como un capullo y era hora de tomar cartas en el
asunto. Debía dejar de ser cruel e hiriente. Era algo que no hacía
bien a ninguno de los dos.
Depositó a Isabella en la cama con cuidado, destapó la colcha y
la tapó, no sin que ella murmurara algunas cosas en duermevela.
Cosas que él no comprendió y casi lo prefería así. Ya había
averiguado demasiado en una noche y algo le decía que ella no
estaría orgullosa de haber confesado todo su pasado en medio de
una borrachera. No quería que tuviera más cosas de las que
arrepentirse a la mañana siguiente, así que se preparó para
abandonar la habitación.

Prendió la lámpara de la mesita de noche y, justo antes de dar


un paso atrás, ella abrió los ojos y suspiró largamente.

—Es una lástima que seas tan atractivo y, a la vez, tan capullo.
Eso afea mucho tu belleza ¿sabes?
A Noah se le escapó una sonrisa. Fue fugaz e intentó
contenerse de inmediato, pero lo cierto era que aquellas palabras,
en vez de resultar insultantes, lo halagaron. Isabella volvió a cerrar
los ojos y, esta vez, fue inevitable que Noah se fijara en el modo en
que sus labios mullidos se entreabrían cuando ella respiraba.
Observó su pequeña nariz, sus espesas pestañas y aquel largo y
sedoso cabello esparcido por la cama. Fue la primera vez que Noah
Murray pensó de verdad en lo hermosa y dulce que resultaba
Isabella De Luca.

Y con ese pensamiento tan extraño y poco apropiado salió de la


habitación, listo para ocuparse toda la noche de Julian y pensar en
cómo quería enfocar su relación con Isabella. Se avecinaba una
noche muy larga.
11
Isabella

Cuando Isabella abrió los ojos al día siguiente un fuerte dolor de


cabeza arremetió contra sus sienes. Hacía muchos años que no
sentía los efectos devastadores de una resaca. De joven, mucho
antes de que asumiera su estilo de vida actual, solía despertar
muchas mañanas de la misma manera. Tuvo una adolescencia
difícil, marcada por la ausencia de su padre y el estado comatoso de
su madre por culpa de sus múltiples adicciones, así que al cumplir la
mayoría de edad, decidió marcharse de casa y entró en una espiral
autodestructiva bastante dura y difícil de detener. Bebía por la
noche, dormía por el día y trabajaba por las tardes en una tienda de
barrio para poder sobrevivir en el diminuto y viejo apartamento en el
que vivía. Tuvo suerte de tener a Hannah, quién muchas veces la
socorría cuando lo necesitaba. Ella estuvo allí incluso cuando se
convirtió en su peor versión, como la luz de un faro que sigue
brillando en la noche más oscura.

Dicen que los hijos muchas veces están condenados a cumplir


los errores de los padres. En un principio, ese pareció ser el destino
de Isabella, hasta que una mañana un policía llamó a su puerta para
anunciarle que su madre había muerto hacía unos días por una
sobredosis y su concepto sobre la vida y la muerte cambió. Ese fue
el gran punto de inflexión en su vida, el antes y después que la
convertiría en la persona en la que se había acabado convirtiendo.

Fue así como empacó sus cosas, compró un billete al primer


destino exótico que encontró navegando por internet y se marchó en
el que sería el viaje de su vida, aquel que la llevaría a experimentar
la sanación emocional en su máxima plenitud. Viajando a otros
países, descubriendo otras culturas y otras maneras de vivir,
Isabella comprendió que podía reinventarse, que podía huir de ese
futuro que la perseguía como una sombra pegada a sus talones.
Decidió desprenderse de lo material y concentrarse en lo espiritual,
algo muy arraigado a las tradiciones orientales que aprendió en sus
múltiples retiros a templos budistas. Su razón de ser empezó a
coger una dirección distinta a lo esperado, con una premisa muy
clara: no convertirse nunca en su madre.

Había pasado una década desde la última vez que Isabella


bebió hasta perder la consciencia. Una década de superación
personal que Isabella tiró a la basura la noche anterior al pedir la
primera copa. No recordaba ni siquiera cómo había llegado hasta la
casa, lo último que podía rescatar de la bruma de su mente era el
rostro del camarero del pub preguntándole si quería que llamara a
alguien para que fuera a buscarla. A partir de ahí, no había nada
más que oscuridad.
Una punzada de culpabilidad le atravesó las costillas al pensar
en lo decepcionada que se sentiría Hannah al saber que había
vuelto a sucumbir a sus viejos instintos. Su amiga había celebrado
con ella cada pequeño paso y avance de su viaje interior con
orgullo, a pesar de que por culpa de eso apenas podían verse ni
pasar tiempo juntas.

Pensar en Hannah le llevó a pensar en Julian y la necesidad de


verlo y sostenerlo entre sus brazos para oler su cabecita de bebé le
sobrevino de golpe. Ignorando el miedo que le producía volver a ver
a Noah después de el encontronazo del día anterior, se dirigió hacia
su cuarto y abrió la puerta. La estampa que se encontró dentro hizo
que todas sus defensas bajaran. Noah dormía en el sillón reclinado
con Julian sobre su pecho. Aquella imagen transmitía una dulzura
impropia en alguien como Noah que se pasaba el día malhumorado
y con el ceño fruncido. Dormido, con las facciones relajadas, parecía
otra persona. Incluso parecía agradable.

Isabella no sabía cuánto tiempo llevaba observando la escena


cuando los ojos de Noah se abrieron y la pillaron mirándolos
embobada, la cuestión es que lo hizo y el susto que se llevó fue tal
que dio un respingo. Con los ojos adormilados, Noah le pidió que no
hiciera ruido llevándose un dedo a los labios. Tras esto, cogió al
bebé entre sus grandes manos y lo depositó sobre la cuna con tanta
delicadeza que, en lugar de un bebé dormido, parecía estar
manipulando un artefacto explosivo. Luego, cogió el
intercomunicador para escucharlo en caso de llanto, se dirigió hacia
ella, le pidió con la cabeza que salieran al pasillo y cerró la puerta
tras de sí, soltando un largo suspiro una vez hubo finalizado con
éxito todo el proceso sin que Julian hubiera despertado. Después de
eso, ambos se quedaron mirando en silencio lo que a Isabella le
pareció una eternidad tortuosa, no solo porque seguía sintiéndose
mal por todo lo ocurrido el día anterior, sino también por el dolor de
cabeza que le martilleaba los sesos como si alguien se los estuviera
estrujando con fuerza.
A pesar de que hubiera preferido tener más tiempo para
recomponerse y pensar mejor cómo afrontar la situación, Isabella
decidió aceptar su culpa ante Noah.

—Respecto a lo de ayer… —balbuceó con la mirada fija en sus


manos.
—Mejor hablemos abajo —propuso Noah en un susurro,
mostrándole el monitor donde se veía a Julian dormido en su cunita
con una pequeña sonrisa.

Isabella asintió algo confusa, ¿Noah había sonreído de verdad o


había sido un desvarío propio del alcohol que seguramente seguía
corriendo por sus venas? Fuera lo que fuera, decidió seguir a Noah
escaleras abajo hasta la cocina, donde le sirvió una taza de café.
—Yo no bebo… —empezó a decir.

—No bebes café, lo sé —le dijo antes de que ella pudiera


acabar la frase—, pero te irá bien para aliviar la resaca

—¿Cómo sabes que tengo resaca? —preguntó con la boca


pequeña, dando un sorbo al café diciéndose que no pasaría nada
por tomar un poco.

—Bueno, dado tu estado lamentable de ayer noche es fácil


suponerlo.
—¡¿Me viste ayer?! —exclamó Isabella llevándose las manos a
la boca con horror.

Noah asintió despacio.


—Es que… ¿no recuerdas lo que pasó?

Isabella negó con la cabeza y buscó en el calor que emanaba la


taza un poco de confort ante su confusión actual. ¿Noah la había
visto borracha? Oh, Dios, eso era lamentable. Intentó bucear en su
mente en busca de algún recuerdo que arrojara un poco de luz al
asunto, pero no encontró nada más que oscuridad.

—Me llamaron del pub donde estabas, fui a buscarte y te traje a


casa —explicó Noah.
Los ojos de Isabella se abrieron de par en par.

—¿Fuiste a buscarme?
—Estabas prácticamente inconsciente, Isabella —Noah usó un
tono lúgubre que la sorprendió de nuevo—. Sabe Dios qué podía
haberte ocurrido si el camarero de ayer no hubiera sido un tipo
considerado. No sabes la de energúmenos capaces de
aprovecharse de una mujer en estado de embriaguez.

Isabella sintió que las mejillas le ardían. Sabía perfectamente


que eso era así pues en su época más baja ella había despertado
más de una mañana en una cama ajena sin recordar cómo había
llegado allí pero con la intuición de no haberlo hecho por voluntad
propia.
—Lo… lo siento. Siento que tuvieras que ir a rescatarme como
si fuera una damisela en apuros. Me imagino que fue duro para ti
verte obligado a ayudar a alguien al que detestas.

—No te detesto, Isabella, y nadie me obligó a ir en tu ayuda. Lo


hice porque en el fondo sabía que yo había provocado esa situación
con mis palabras injustas. Si hay alguien que deba disculparse aquí,
esa persona soy yo. Sé que quieres a Julian casi tanto como yo y
que nunca le harías daño a propósito. Siento todas las cosas
horribles que te dije, no te las mereces.

—No dijiste nada que no fuera cierto, soy una irresponsable,


tenía que haber sido más cuidadosa y…

Noah negó con un movimiento de cabeza.


—A cualquiera le habría podido pasar lo que te pasó a ti.

—Pero si hubiera prestado más atención, yo…

—Julian decidió aprender a darse la vuelta en el momento más


inesperado. ¿Quién puede prever algo así?

Isabella entrecerró los ojos con sospecha. Llevaba dos semanas


conviviendo con Noah y era la primera vez que no usaba un tono
desagradable al hablar con ella.

—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? Pensé que


aprovecharías este incidente para echarme de aquí. De hecho, me
sorprende que ayer por la noche me trajeras a casa en vez de
llevarme al aeropuerto y subirme al primer avión disponible con un
destino remoto para perderme de vista.

—¿De verdad me crees capaz de algo así? No soy un


sociópata. —Noah la miró ofendido.
—Desde que nos conocemos no has hecho otra cosa que
recordarme que quieres quedarte con la custodia de Julian para ti
solo, entiende que ese cambio de actitud me sorprenda.

—No he cambiado de opinión respecto a eso. Sigo creyendo


que criar a un bebé entre dos personas tan opuestas como tú y yo
es una locura, pero supongo que podemos intentar que la cosa
funcione durante un tiempo. —Noah se encogió de hombros,
soltando un bostezo que junto a las ojeras que lucía bajo sus ojos
ponían de manifiesto lo poco que había dormido—. Julian te adora.
Ya ha perdido muchas cosas valiosas en esta vida, no puedo
quitarle una más.
—Gracias por la confianza, Noah. —Los ojos de Isabella se
empañaron en lágrimas por la emoción de sentirse finalmente
aprobada.

Saber que Noah dejaría de intentar apartarla de Julian fue un


bálsamo sanador que le hizo sentirse mejor al instante. Le
quedaban muchos desafíos a los que enfrentarse y tenía que
intentar afrontarlos con serenidad. No podía volver a caer en las
garras del alcohol, por muy duras e injustas que fueran las
circunstancias. Si quería ser una buena madre, tenía que dar lo
mejor de sí misma.

—También he pensado que voy a empezar a teletrabajar unos


días, de esta forma podré estar más en casa y ayudarte con Julian.
Quiero estar más presente en su crianza y de esta forma podré
conciliar mejor.

—Oh, eso sería genial, pero ¿ya les parecerá bien a tus socios?

—Sí, es lo bueno de tener un negocio con tus mejores amigos


—dijo con una sonrisa arrebatadora que disparó el pulso de Isabella.

Que Noah era un hombre atractivo era tan cierto como que el
sol siempre salía por el este y se ponía por el oeste, pero nunca
antes había sido tan consciente de lo peligroso que era este
atractivo hasta ese día, cuando su sonrisa le provocó un hormigueo
en el estómago que descendió hasta sus muslos sin poder hacer
nada por evitarlo.

Desconcertada, Isabella se dijo que a partir de ahora tendría


que vigilar con eso, porque había algo muy claro en todo ese
asunto: sentir cosas por Noah Murray era algo que no se podía
permitir.
12
Noah

Un mes más tarde, una especie de rutina implícita había


empezado a asentarse en la casa donde Noah e Isabella convivían.
Era fascinante descubrir la capacidad de adaptación del ser
humano. Sin necesidad de exigencias ni mano dura, el pequeño
Julian había empezado a seguir unos horarios más o menos fijos.
Solía despertar siempre a la misma hora, sobre las nueve, luego
hacía una pequeña siesta antes del mediodía y otra más larga por la
tarde para caer rendido a la nueve de la noche después de tomarse
el biberón que precedía la cena. Aún despertaba en ocasiones de
madrugada, pero ya no era lo habitual. Se notaba que a sus siete
meses el sueño de Julian estaba madurando en el buen sentido.

No solo Julian había adquirido unos nuevos hábitos en aquel


mes, Noah e Isabella también lo habían hecho. Ambos se
despertaban muy temprano a la mañana para aprovechar el tiempo
antes de que Julian los acaparase con su desbordante energía.
Mientras Noah salía a correr, Isabella practicaba Yoga y Pilates en el
salón. Luego, tras una ducha, ambos coincidían en la cocina para
desayunar; Noah café con huevos revueltos, Isabella té y fruta con
yogur y semillas de chía. Después de una conversación cordial
donde trataban algún tema en el que la mayoría de las ocasiones
estaban en desacuerdo, Noah se encerraba en el despacho de
Owen para trabajar e Isabella se quedaba en el salón consultando
mensajes pendientes en el portátil hasta que Julian despertaba.
Entonces el día simplemente volaba. Normalmente, Isabella se
quedaba con él toda la mañana y parte de la tarde, excepto los ratos
que Noah se escapaba para jugar con él y ella podía descansar.
Luego era Noah quién le cogía el relevo, y se encargaba de
ducharlo, darle la cena y el biberón. Seguían alternándose a Julian
por la noche, lo que era un beneficio para todos, ya que si alguna
era especialmente mala tenían la siguiente para recuperar el sueño
acumulado.
Noah siempre había pensado que le costaría mucho más
hacerse con esa nueva vida. Sin embargo, ya estaba acostumbrado.
Había leído en alguna parte que solo se necesitan 21 días para
alcanzar un hábito, y la experiencia le había demostrado que era
verdad. En solo un mes su vida había cambiado tanto que a veces
tenía la sensación de ser otra persona, como si con la muerte de
Owen y Hannah también hubiera muerto un poco el Noah que era
antes.

Aquella mañana, como todas las mañanas, tras haber corrido


diez kilómetros por los alrededores, Noah regresó a casa con el
sudor impregnado en su ropa deportiva. Nada más abrir la puerta y
pasar al salón, se encontró a Isabella tumbada en el suelo sobre la
esterilla haciendo una de sus posturas habituales, una de esas en
las que levantaba el culo con las piernas flexionadas y los brazos
estirados a lado y lado de su cuerpo. No pudo evitar mirarla, porque
era imposible no hacerlo cuando lucía sobre su cuerpo una ropa tan
ajustada que era fácil adivinar lo que había debajo. No era la
primera vez que se quedaba parado como un pasmarote frente a
ella cuándo la encontraba en una de esas poses tan sugerentes. La
primera vez que lo hizo, tuvo una erección. Sí, una erección. Al fin y
al cabo hasta entonces no podía imaginar que debajo de sus
vestidos holgados Isabella escondiera un cuerpo digno de una
modelo de ropa interior. Desde entonces había aguantado el tipo
con estoicismo, a pesar de que el morbo que le despertaba verla así
era superior a su propio autocontrol.

Con la mirada fija en su culo prieto y respingón, Noah tropezó


con un juguete de Julian que estaba tirado por el suelo. Estuvo a
punto de caer de bruces sobre la alfombra, pero en el último
momento recuperó el equilibrio, librándose así de hacer un ridículo
espantoso delante de Isabella. Al menos había podido mantener su
dignidad intacta.

—¿Va todo bien? —preguntó ella.


Noah cogió el juguete que había perpetuado el intento homicida
y se lo enseñó.

—Deberíamos intentar mantener el espacio ordenado. Hoy he


sido yo, otro día puede ser Julian y abrirse la cabeza.

—Bueno, eso es poco probable por ahora dado que aún no


sabe ni gatear, pero entiendo el punto, así que siéntete libre de
ordenador todo lo que quieras —dijo Isabella ofreciéndole una
sonrisa conciliadora.

Noah gruñó como respuesta y se fue directo a la ducha donde


abrió el grifo de agua fría y se metió debajo. Estaba claro que
necesitaba darle un escarmiento a sus hormonas. Después de
vestirse y adecentarse, bajó a la cocina con intención de tomar un
café bien cargado que le ayudara a empezar el día con energía. Su
intención quedó frustrada cuando se sentó en la isleta e Isabella
colocó una taza humeante de color verdoso que olía a pies frente a
él.

—Hoy me he tomado la libertad de prepararte el desayuno —


explicó Isabella antes de que él pudiera preguntarle qué demonios
era ese brebaje—. Te he preparado una infusión que te ayudará con
el estrés y unas tostadas con aguacate y espinacas que favorecerán
tu tránsito intestinal.

Quiso quejarse cuando vio el plato con dichas tostadas


cubiertas con tanto verde, pero la sonrisa satisfecha de Isabella se
lo impidió. Al menos también se había duchado y en lugar de las
mallas y el top de deporte llevaba un vestido amplio de color
turquesa. Eso al menos evitaría nuevos incidentes.

—No hacía falta que hicieras esto por mí, pero gracias.

—Últimamente pareces un poco estresado. Deberías dejar el


café y cambiar tu alimentación. Sé que esta infusión huele un poco
raro de primeras, pero está rica. Pruébala y verás —lo animó ella.
Haciendo de tripas corazón, Noah dio un trago al líquido
caliente. Isabella tenía razón, no sabía tan mal como olía, pero tildar
aquello de rico era pasarse de optimista.

—¿Qué tal? —insistió ella ante su silencio.


—Eh… bueno, no está mal, aunque no es mi estilo. —De hecho
se moría por servirse una taza de café.

—En cuanto le des unos cuantos sorbos más y el paladar se


acostumbre a su sabor la cosa mejorará.
Noah miró a Isabella con escepticismo, dudaba que tomar más
cantidad de aquella cosa horrenda fuera a mejorar su sabor, pero se
esforzó por satisfacerla. Por algún extraño motivo satisfacer a
Isabella le satisfacía a él también. Quién hubiera dicho que eso
fuera posible después de su fatal comienzo.
—¿Vas a alguna parte? —preguntó Isabella señalando su
atuendo. Se había puesto un traje, no la ropa cómoda que usaba
para trabajar desde casa.

—Hoy tengo reunión presencial en la oficina. Volveré después


del almuerzo.

—Oh, vaya. —Hizo un mohín que Noah no supo interpretar—.


Julian te echará de menos.

Entonces, los ojos de Noah se enredaron con los de Isabella de


una forma tan extraña e intensa que sintió un tirón en el estómago.
Parecía como si un hilo invisible conectara sus miradas y fuera
incapaz de desatar el nudo que las unía. El mundo entero quedó
reducido a esos ojos castaños que se volvían mostaza al acercarse
a la pupila. Unos ojos que parecían contener un mundo entero en su
interior.

Tragó saliva con fuerza. Ella también lo hizo. Pero antes que
ninguno de los dos pudiera decir o hacer algo para dar sentido a
aquel instante, el intercomunicador se encendió emitiendo el
gorgoteo matutino de Julian, lo que significaba que acababa de
despertarse.

—Voy a… voy a buscarlo —musitó ella levantándose de la silla


con actitud dispersa.
Aquella mañana Noah se fue al trabajo con la inquietud
acomodada en la boca de su estómago. Aquella mirada compartida
con Isabella lo había dejado como atontado, y atontado asistió a la
reunión con Levi y Darcy. Ni siquiera se inmutó cuando Levi les
contó que ese mismo viernes tenía que hacer frente a una nueva
cita a ciegas organizada por su padre. Estaba demasiado ocupado
mirando las fotos que tenía en el móvil, fotos donde Isabella y Julian
eran los protagonistas, como para prestar atención a nada más. De
hecho, solo abandonó el letargo cuando Darcy salió de la sala para
responder una llamada y regresó hecha una furia. Era imposible
mantenerse impasible ante tal ataque de ira.
—Chicos, lo siento pero voy a tener que irme —dijo recogiendo
sus cosas a toda prisa.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó Levi ayudándola a meter


las hojas dentro de la carpeta correspondiente.
—Me ha llamado el portero de mi edificio preguntándome si
conocía a una tal Ginger Johnson. Por lo visto mi querida hermana
pequeña se ha presentado sin avisar y le ha pedido que le abriera la
puerta de mi apartamento. —Noah no conocía a la hermana de
Darcy lo suficiente como para tener una opinión formada de ella,
pero según palabras de su amiga, se trataba de una chica alocada e
impulsiva que solía liarla con demasiada facilidad—. Obviamente le
he dicho que me dejara hablar con ella antes de nada y después de
tragarme un monólogo de 10 minutos sobre el sentido de la vida, me
ha soltado que ha dejado la universidad, que quiere ser actriz y que
va a probar suerte en Broadway.
—Vaya… —soltó Noah incapaz de decir nada más acorde a la
situación.

—Y eso no es lo peor. Lo peor es que pretende quedarse en mi


casa. Quiere que la mantenga mientras ella se dedica a presentarse
a castings.

Darcy soltó un exabrupto en voz alta, se colgó el bolso del


hombro y cogió la carpeta con todos los dossiers y papeles del
trabajo.

—¿Estás segura de querer ir a casa en ese estado de nervios?


—preguntó Levi con perplejidad.

—Tengo que hacerlo. No puedo dejar que acampe a sus anchas


en mi apartamento sin hablar claro con ella antes —bufó—. Cuando
mis padres se enteren van a poner el grito en el cielo. Esta es la
tercera carrera que abandona a medias.

Chasqueó la lengua contra el paladar, se dirigió hacia la puerta,


les dijo adiós con un movimiento de mano y se marchó de la sala
dando un portazo. Debía estar muy cabreada para cerrar la puerta
con tal mala leche.

—¿Crees que estará bien? —preguntó Levi rascándose la


barbilla.

—¿Quién? ¿Darcy?

—No, Ginger. Me preocupa que esto acabe en un homicidio.

Noah rio entre dientes.


—A mí me preocupa que Darcy pague con nosotros su
malhumor en los próximos días. Cuando se enfada, el mundo se
convierte en un lugar inhóspito.
Levi asintió y ambos se quedaron mirando la puerta que Darcy
había cerrada unos segundos antes. Darcy era genial en muchos
aspectos, pero tenía un carácter de mil demonios cuando las cosas
no salían como esperaba.

Dado que no podían seguir la reunión sin Darcy, ambos


acordaron retomarla en otro momento, así que Levi regresó a su
despacho y Noah decidió volver a casa. Tenía ganas de ver a Julian.
Aunque, para ser sincero consigo mismo, no era a la única persona
a la que se moría de ganas de ver…
13
Isabella

Los ocho meses de Julian llegaron acompañados de un dolor de


cabeza permanente para Noah e Isabella, pues el pequeño había
comenzado a gatear y no había mueble que no supusiera un reto
para él. Se subía a las sillas, al sofá, a la mesa e, incluso, Noah le
contó una vez que lo había pillado intentando meterse en la bañera.
De hecho, llevaba unos días intentando ponerse de pie, lo que hacía
sospechar a Noah e Isabella que la cosa iba a ponerse cada vez
más interesante. Era un pequeño torbellino que adoraba comer,
moverse y poner a prueba su infinita energía. Era, en definitiva, un
niño sano y feliz.
O así había sido hasta un par de días antes, cuando comenzó a
gruñir y alterar de nuevo sus ritmos de sueño sin razón aparente.
Seguía comiendo con apetito, no tenía fiebre, pero Isabella no
comprendía por qué lloraba tanto. Julian no había sido un bebé
gruñón antes. Y no era solo un pensamiento recurrente en su
mente. El propio Noah le dijo la noche anterior que estaba un tanto
preocupado, porque no había forma de poner al niño en la cuna sin
que despertara y montara un drama inmenso. Había pasado de
tener su rutina bien asentada a romperla de nuevo y exigir estar en
la cama de Isabella o Noah. O más que exigir, necesitar. A Isabella
no le gustaba pensar en un bebé indefenso exigiendo nada. Se
comportaba así por puro instinto y era responsabilidad de ellos, los
adultos, averiguar qué le ocurría. Por eso aquella mañana Noah le
dijo que lo mejor era llevarlo al médico. Por fortuna, el médico de
Julian era uno de los mejores de la ciudad, algo bueno debía tener
el dinero que ganaba Noah, y le hicieron un hueco sin problema.
Después de revisarlo durante varios minutos que a Isabella se le
hicieron eternos, el doctor confirmó que Julian seguía siendo un
bebé super sano, pero estaba a punto de salirle el primer diente y
eso solía volver a los bebés irritables, de modo que volvieron a casa
mucho más tranquilos y con una lista de cosas que podían hacer
para ayudarle con su encía inflamada.
Esa misma noche, Isabella metió en el congelador algunos
politos hechos con leche de fórmula para que Julian los comiera al
día siguiente. Eso sí, en cuanto el bebé se quedó dormido ella no lo
pensó y se fue a la cama, completamente segura de que aquello
duraría poco.
Así fue. Apenas eran las dos de la madrugada cuando Julian se
despertó desconsolado. Ella se lo acercó más, intentó ponérselo
cerquita de su corazón para que se calmara, pero el bebé no
atendía a ningún tipo de mimo o razón. Estaba histérico y,
finalmente, Isabella decidió colgárselo en la mochila y pasearlo por
el dormitorio. Eso sí pareció calmarlo lo bastante como para dormir
un poco, pero aun así Isabella aguantó unos minutos más
paseándolo. Le daba pavor soltarlo en la cama y que se despertara.
Decidió hacerse una infusión relajante, porque algo le decía que
cuando volviera a la cama iba a necesitar una ayuda para recuperar
el sueño placentero, y al bajar al salón se encontró con Noah en el
sofá, trabajando en el portátil.
—¿Te hemos despertado? —preguntó extrañada, pues era
tardísimo.
—No, tranquila. Hemos tenido un problema con el servidor de
una de las aplicaciones, pero ya está solucionado. Escuché a Julian,
pero no podía dejar esto de lado, perdona.
—No te preocupes, es mi noche, ¿recuerdas? Tú puedes hacer
lo que te plazca.
—No me place mucho trabajar a estas horas —admitió Noah
con una pequeña sonrisa.
Estaba guapo. A Isabella le daba cosa incluso pensarlo, pero lo
cierto es que Noah estaba muy atractivo con los ojos soñolientos y
el pelo despeinado. Tenía un aspecto más… hogareño. Menos
estirado que durante el día. Casi parecía un ser humano normal y
corriente.
—Iba a tomar una infusión, ¿te apuntas?
Isabella estaba preparada para el “No”, porque sabía bien que a
Noah no le había entusiasmado la idea de tomar sus infusiones,
pero milagrosamente él aceptó, la acompañó a la cocina y, una vez
allí, con Julian aún completamente dormido entre sus brazos, Noah
habló entre susurros.
—Parece mentira que hayan pasado tres meses desde que…
—Sí —Isabella lo cortó, sabiendo que para él era difícil hablar
de la muerte de Hannah y su hermano—. Increíble cómo nos ha
cambiado la vida, ¿no?
—Sí. Y dime, Isabella: ¿Qué planes tienes de futuro? —Cuando
ella lo miró sin entender, él se lo aclaró enseguida—. No hablo de
que te vayas. Es solo que llevas tres meses en la ciudad y no has
empezado a trabajar. No sé si lo tienes planeado o si aún te quedan
ahorros, pero si estás interesada, podría tirar de contactos,
dependiendo de lo que busques, e intentar ayudarte.
Isabella lo miró un poco sorprendida por su ofrecimiento. No le
parecía borde que él le hablara de buscar trabajo, lo cierto era que
sus ahorros estaban menguando y, aunque era una mujer de vida
sencilla, Julian conllevaba muchos más gastos de los que ella había
previsto en un principio. Y, aun así…
—Julian es tan pequeño que no quiero dejarlo solo en ninguna
escuela infantil —admitió de viva voz, acariciando la cabecita del
bebé—. Se que debería trabajar ya, pero no sé, supongo que puedo
mantenerme a flote unos meses más. Además…
Se quedó en silencio, pero Noah no perdió la oportunidad de
interrogarla.
—¿Sí?
—Bueno, es que hace unos días vi un local cerca de casa. No
es muy grande, en realidad, pero pensé que sería un buen sitio para
impartir pilates, yoga y vida sana. Este es un barrio residencial y, no
sé, pensé que quizás muchas familias querrían tener ese tipo de
actividades por aquí. Tendría que reunir el dinero, claro, lo que
implicaría trabajar antes para conseguirlo, pero quizás en un
futuro… No sé. En realidad, es hablar por hablar.
—No es mala idea. Si sobra en este barrio es gente estresada,
según he podido ver. Los padres de familia tienen mucha carga
encima, las madres, aún más, porque aquí son muchas las que se
quedan en casa al cargo de todo. Si te lo montas bien, yo creo que
sería factible. Podría ayudarte con un estudio de mercado, llegado el
momento.
—¿Harías eso?
—Sí, claro, ¿por qué no? Si es viable, no veo por qué no
puedas o debas hacerlo.
Isabella pensó en lo mal que su relación había comenzado. En
aquellos tiempos había dado un giro de 180 grados. Ya no se
gritaban ni trataban mal, pero aquel gesto tan amistoso la conmovió.
—Muchas gracias, Noah. Eres una buena persona.
—Eso piensas de todo el mundo —dijo él con una pequeña
sonrisa—. Todavía siento curiosidad por saber cómo llegaste a
adquirir esa filosofía de vida. Cómo conseguiste llegar a pensar que,
de primeras, todo el mundo es bueno.
—Oh, bueno, no fue fácil, créeme.
Isabella dudó unos instantes, pero al final le habló de todo. Su
infancia, la muerte de su madre, la revelación que aquello supuso y
el modo en que emprendió un viaje de ida para intentar conocerse a
sí misma y hacer las cosas mejor. Para intentar ser mejor.
Le habló de las técnicas de relajación y meditación que había
adquirido, de los templos que había visitado y la filosofía oriental
que había adquirido a lo largo de los años. De la sanación
emocional que encontró en todo eso, junto con el pilates y el yoga
para mantener cuerpo y alma conectados.
—De hecho, cuanto más te veo, más convencida estoy de que
necesitas practicar una de las dos cosas para librarte de todo ese
estrés que tienes. Podrías ser mi primer cliente. Prometo no
cobrarte.
—No estoy hecho para ese tipo de deportes. Lo mío es más
correr hasta que mis músculos protestan.
—Te aseguro que después de una buena sesión de yoga tus
músculos protestarán mucho. De hecho, ha dejado de ser un
ofrecimiento y ha pasado a ser una pequeña orden. Mañana
comenzaré a darte clases.
Milagrosamente Noah no protestó, lo que siguió sorprendiendo
a Isabella, que esa noche se fue a dormir con una pequeña sonrisa
de la que no fue consciente hasta que besó la cabecita de Julian, ya
en la cama, y cerró los ojos lista para dormir un poco más antes de
afrontar un nuevo día.
14
Noah

Noah bajó las escaleras de casa trotando, aún en pijama y con


la esperanza de tomar café antes de ir a correr y, por lo tanto, antes
de que Isabella lo viera. Si tenía suerte, ella aún estaría en la
habitación y no tendría que buscar una excusa. Estaban empezando
a llevarse bien y a Noah le encantaba que la noche anterior hubiera
confiado en él y le hubiese contado toda su vida, pero eso no
significaba que el café hubiera dejado de ser importante en su vida.
No, eso no pasaría fácilmente. Lo necesitaba para vivir y, si tenía
que esconderse para tomarlo, iba a hacerlo sin ningún tipo de
remordimiento.
El problema es que, nada más llegar al salón, Noah se encontró
con Isabella esperándolo con dos esterillas en el suelo y una
inmensa sonrisa.
—¡Quería estar lista para darte la sorpresa! ¿Qué te parece si
hoy hacemos un poco de yoga?
—Pero iba a ir a correr… —murmuró Noah.
—Puedes hacerlo luego. Prometo quedarme esta tarde más
tiempo con Julian, pero creo, de verdad, que vas a sacar tantos
beneficios de esto que al final serás tú quién no pueda vivir sin
practicarlo.
Noah lo dudaba muchísimo, pero su sonrisa… había algo ahí. El
modo en que ella esperaba que él aceptara era dulce y le pareció
que negarse sería ofenderla. Después de todo, intentar practicar
yoga no iba a matarlo, ¿no?
—Está bien, tú ganas. —Isabella se puso a aplaudir y Noah no
pudo contener la risa—. Vale, vale, antes de aplaudir es mejor que
esperes, porque cuando veas el desastre de alumno que soy se te
borrará esa sonrisa de la cara.
—Estoy segura de que no. Ya tienes un cuerpo atlético y
entrenado. Solo tenemos que dominarlo para que se rinda al yoga.
Noah no respondió. Lo cierto es que seguía mostrándose un
tanto escéptico así que se puso sobre la esterilla que le indicó
Isabella y, después de los primeros estiramientos, se dio cuenta de
que aquello no era tan fácil como parecía.
No iba a reconocerlo en voz alta, claro, su orgullo se lo impedía,
pero lo cierto era que para Noah estaba siendo sumamente difícil no
caerse. Ella, en cambio, parecía como si siempre hubiera hecho
eso. Su cuerpo era tan flexible como un elástico y Noah se debatía
todo el tiempo entre mirarla y babear o concentrarse en sus propios
ejercicios, que estaban teniendo un resultado nefasto.
El resultado debió estar claro para los dos desde el principio y,
aun así, cuando Noah tropezó y cayó, los dos se sorprendieron al
mismo tiempo. Al principio intentó no perder el equilibrio, pero fue
imposible conseguirlo. Cayó sobre ella y, por si eso no fuera lo
suficientemente malo, en el momento en que sus cuerpos entraron
en contacto una erección comenzó a cobrar vida entre sus
pantalones. ¡Genial! Era justo lo que necesitaba. Noah intentó salir
ileso de aquella humillación, pero supo exactamente el instante en
que ella había notado su estado de excitación. Lo supo por la forma
en que enrojeció, lo que solo contribuyó a que Noah se excitara
más. Y, aun así, en un momento dado, cuando ella lo miró
directamente a los ojos, en vez de vergüenza solo sintió deseo. Un
deseo abrasador que le pedía urgentemente que la besara. No lo
hizo, pero por poco, y en cuanto recobró la compostura se puso en
pie murmurando un montón de disculpas absurdas.
—No deberías avergonzarte. En realidad, es bastante común lo
que te ha ocurrido. Al fin y al cabo, las erecciones forman parte de
las manifestaciones naturales del cuerpo humano.
—Eso y que hace demasiado tiempo que no tengo sexo con
nadie.
—Oh, ¿en serio?
—Desde que murieron Owen y Hannah.
Isabella se sorprendió, pero no fue la única persona. El propio
Noah se quedó sorprendido al comprender hasta qué punto cambió
su vida al hacerse cargo de Julian. No era normal en él, desde
luego, que solía tener una vida sexual activa. No le importaba
reconocer que durante toda su vida Noah había sido un privilegiado
también en el trato con las mujeres. No le costaba tener amantes y,
por lo general, todas acababan contentas con él, no solo en el plano
sexual sino a la hora de acabar con los encuentros, porque si algo
tenía claro Noah era que lo primero era su carrera. No quería que
nada ni nadie robara tiempo a sus sueños. Al final, por cuestiones
del azar, había acabado teniendo una especie de familia
desestructurada, lo que demostraba que el destino podía ser
sumamente irónico.
Cuando le tocó quedarse con Julian, Noah ni siquiera pensó en
el ámbito sexual. Lo importante era cuidar al bebé y aclarar la
situación legal con su tutela, así que no era de extrañar que su
cuerpo, en un segundo plano, hubiese ido acumulando deseo. Sí,
había tenido pensamientos o sueños perturbadores con Isabella,
pero Noah no había prestado atención. No había hecho caso
porque, simplemente, no podía permitirse tener nada con ella. Los
dos cuidaban a Julian y no podían permitirse enrarecer su situación
por culpa del sexo. Si las cosas salían mal, y Noah tenía que
reconocer que había muchas probabilidades de que salieran mal,
sería un desastre y el más perjudicado sería Julian.
Por eso se despidió de un modo algo torpe de Isabella y subió a
darse una ducha. Se colocó un traje y se marchó a la oficina. No
tenía por qué, pero prefería con mucho estar allí distraído y lejos del
recuerdo de Isabella. Otra cosa era que consiguiera olvidar cómo se
sentía su cuerpo debajo del de él.
Maldijo mientras entraba al edificio y, una vez allí, encontró a
Darcy, agobiada y bastante irritable.
—Debo suponer que la situación con tu hermana sigue siendo
tensa.
—¡Supones bien! —exclamó ella dejándose caer en el sillón de
su oficina—. Ginger ha convertido mi casa en un caos. Se pasa el
día leyendo textos para audiciones en voz alta y eso no es lo peor:
lo deja todo tirado. No tiene ni un mínimo sentido del orden, Noah.
Había olvidado lo exasperante que puede llegar a ser. Pone la
música demasiado alta, ensaya con voz demasiado alta y, en
definitiva, toda ella es una bola de caos, ruido y desorden imposible
de soportar. Para colmo… ¿Noah? ¡Noah!
Noah se sobresaltó al darse cuenta de que no había estado
prestando suficiente atención.
—Discúlpame —murmuró, intentando concentrarse después de
haber estado pensando en Isabella… ¡Otra vez!
—¿Se puede saber qué te ocurre?
Noah guardó silencio unos instantes. Darcy era una de sus
mejores amigas, si podía abrirse con alguien, era con ella o con
Levi, que no estaba en aquel momento.
—¿Alguna vez te has sentido atraída por alguien que no
debías?
Para sorpresa de Noah, Darcy no contestó de inmediato, ni lo
interrogó. De hecho, sus ojos se perdieron en algún punto y Noah
habría jurado que, en realidad, no estaba mirando a nada en
concreto. Finalmente, cuando él estaba a punto de interrumpirla, ella
suspiró y asintió.
—Sí.
Noah intentó apartar su curiosidad. Debía recordar que su
amiga no era dada a hablar de sus sentimientos y, si le había hecho
esa pregunta, era porque quería un consejo para sí mismo, sin que
eso significara indagar en la vida de su amiga.
—¿Y qué hiciste?
—Pensé en si merecía la pena fastidiarlo todo. Cuando supe la
respuesta, guardé todo lo que sentía en una caja hermética para
que esos sentimientos no puedan escapar nunca. Da igual cuánto
crea que podría hacerlo, porque la realidad es que no deben salir de
ahí por el bien común. ¿Lo entiendes?
Noah se quedó impactado con sus palabras, pero, aun así,
asintió lentamente. En el fondo, siempre había sabido que eso era lo
correcto.
Debía olvidarse de Isabella, tenía que dejar que su deseo
perdiera fuerza y esforzarse por recordar que, más allá de sus
instintos más básicos, había un bebé que no se merecía perder a
más gente. Julian ya había sufrido demasiado en la vida y si Noah
podía remediar más sufrimiento, haría lo necesario. Aunque eso
pasara por ocultar cuánto deseaba a Isabella.
Aunque se consumiera por ella en sus momentos más oscuros.
15
Isabella

Era curioso lo relativo que podía ser el tiempo en el cuidado de


un bebé. En uno de sus paseos diarios, alguien le había dicho a
Isabella, tras ver su rostro demacrado por la falta de sueño, que
aprovechara ahora que Julian aún era pequeño, que durante la
infancia los días parecían eternos pero los años pasaban volando.
Respondió a ese comentario con una sonrisa educada, sin acabar
de comprender lo que había querido decir con eso. Ahora, en
perspectiva, Isabella no podía estar más de acuerdo con esa mujer.
Si bien había días en los que las horas parecían pegajosas como
chicles y no terminaban nunca, la realidad era que en un abrir y
cerrar de ojos ya habían pasado casi cuatro meses desde su llegada
a Nueva York y Julian acababa de cumplir los 9 meses.
Quién le hubiera dicho cuando preparaba la mochila para volar
a su ciudad natal que se quedaría a vivir en ella sin perspectivas de
marcharse en un futuro próximo. Había tenido que pedir a unos
conocidos de Japón que empaquetaran sus cosas y se las
mandaran por mensajería urgente. No es que tuviera muchas
pertenencias, hacía tiempo que había decidido vivir una vida sencilla
desligada de lo material, pero sí que había libros y ropa que
necesitaba para el día a día. Ya hacía tiempo desde entonces y la
verdad es que no echaba de menos Japón como había creído que lo
haría. Tampoco había echado en falta los viajes ni los retiros.
Aquella nueva vida que se había visto obligada a asumir la tenía tan
absorbida que no quedaba espacio para nada que no fuera Julian y
su felicidad.
Bueno, eso tampoco era del todo cierto. No solo Julian ocupaba
sus días. También lo hacía Noah, con quién la convivencia había
mejorado sustancialmente en las últimas semanas. No sabía muy
bien cuál había sido el punto de inflexión, solo sabía que la relación
con él estaba pasando por uno de sus mejores momentos.
Sentada en el balancín del porche de la casa con Julian
mordisqueando con ansias una de las paletas de leche de fórmula,
recordó con una sonrisa el incidente sucedido una semana atrás,
cuando ella le sugirió hacer una sesión de yoga. Nunca hubiera
dicho que Noah Murray fuera tan patoso. Había caído sobre ella sin
darle opción a apartarse y, luego, había notado su erección
clavándose en su costado. Nunca lo admitiría en voz alta, pero
notarlo tan excitado la excitó a ella también. Ese tipo de caídas eran
habituales en las clases de principiantes. Ella, como instructora,
había presenciado y sufrido muchas. Tampoco era la primera vez
que alguien se empalmaba en una de sus sesiones. Nunca le daba
importancia porque entendía que ese tipo de reacciones físicas eran
difíciles de controlar. Sin embargo, era la primera vez que respondía
a una erección excitándose también. En aquel momento dio gracias
de que la naturaleza femenina fuera mucho más sutil que la
masculina por no ponerla en evidencia.
Desde aquel día, Isabella no había vuelto a pedirle a Noah que
se ejercitara con ella. Ya le resultaba difícil gestionar la creciente
atracción que sentía por él como para ponérselo aún más difícil con
situaciones evitables.
Estaba claro que Noah empezaba a gustarle. Isabella era
demasiado consciente de sus emociones y de sí misma como para
no aceptar la existencia de esos sentimientos. Sin embargo, estaba
dispuesta a contenerlos y mantenerlos a raya por el bien común. No
se podía permitir sentir nada por Noah por mucho que el corazón le
palpitara más rápido cuando él estaba cerca.
En medio de aquellos pensamientos un tanto difusos, Isabella
reconoció el coche de los padres de Noah aparecer por la avenida y
detenerse frente a la casa. Cuando vio al señor y la señora Murray
bajar del vehículo y saludarla comprendió que no se había
equivocado. Eran ellos.
—Querida, qué gusto verte —dijo la mujer acercándose a ella
con una sonrisa amable.
Si algo había aprendido en aquel tiempo era que la madre de
Noah era una persona muy maternal, el tipo de persona capaz de
hacerte sentir bien y a salvo con una sonrisa. Se preguntó si algún
día ella podría convertirse en esa clase de persona para Julian.
—Lo mismo digo, señora Murray.
—Llámame Caroline, cielo. Somos casi familia.
—Tienes razón, Caroline —dijo levantándose del balancín e
invitándolos a entrar en la casa—. ¿Les apetece tomar un té?
Tras previo asentimiento, dejó a Julian sobre la alfombra de
juegos en el salón, sirvió el té y fue a buscar a Noah que estaba
trabajando en el despacho.
—Papá, mamá, ¿qué hacéis aquí? No os esperaba. —Noah se
sentó en el sofá frente a sus padres que sostenían a Julian entre
sus brazos, haciéndole reír con muecas, carantoñas y cosquillas.
—Hemos venido a ver a Julian y a proponeros algo —dijo su
madre.
Noah la miró intrigado.
—Tú dirás.
—Hemos pensado que lleváis mucho tiempo cargando con la
crianza de Julian vosotros solos. ¿Qué os parece si nos lo llevamos
esta noche y así podéis descansar un poco? Os lo traeremos
mañana a primera hora sin falta.
El ceño de Noah se arrugó demostrando contrariedad.
—Pero ¿ya podréis con él? Es un bebé muy movido y vosotros
ya tenéis una edad.
—Jovencito, somos mayores pero no inútiles. Puede que no
tengamos la energía de antaño, pero ya nos tocó lidiar con dos
niños movidos en su día. Owen y tú no eráis precisamente unos
angelitos.
Noah miró a Isabella de forma instantánea en busca de
aprobación. Ella no supo qué responder. A decir verdad no le
apetecía nada separarse del bebé. En aquellos meses no había
habido un solo día en el que no hubieran dormido bajo el mismo
techo. Sin embargo, también era consciente de que los Murray eran
sus abuelos y que se merecían como tal pasar tiempo con su nieto.
Habían sido muy considerados todo aquel tiempo al no
entrometerse, pero Julian empezaba a ser consciente del mundo
que le rodeaba y debía crear vínculos afectivos con más personas
además de Noah y ella.
—Por mí no hay problema y estoy segura de que Julian
agradecerá pasar un rato con sus abuelos. —dijo al fin Isabella tras
su breve reflexión.
El señor y la señora Murray celebraron aquella concesión con
una muestra de alegría y regocijo tan desmedida que Isabella y
Noah se contagiaron con sus risas. Mientras Isabella preparaba una
bolsa con todo tipo de enseres del pequeño, Noah se encargó de
mover la sillita del coche de su vehículo al de sus padres. Poco
después, con Julian sentado en el asiento trasero, se marcharon de
allí dejando a Isabella una sensación extraña en la boca del
estómago.
—¿Crees que nos echará de menos? —preguntó Isabella a
Noah mientras ambos fijaban su mirada en el coche convertido en
un puntito oscuro que se alejaba avenida abajo.
—Supongo que sí, aunque le irá bien un pequeño cambio de
aires.
—Yo también lo creo.
Ambos sonrieron a la vez y entraron a la casa que, ahora sin
Julian, parecía más vacía que nunca.
—¿Es raro que yo ya lo eche de menos? —Noah se sentó en el
sofá y miró la manta de juegos con un mohín triste.
—Para nada. Yo estoy igual. Ni siquiera sé qué hacer con el
tiempo libre que nos han dado. Hace tanto tiempo que mi vida se
limita a cuidar de Julian que he olvidado lo que hacía antes de eso
—dijo Isabella sentándose a su lado.
—Comparto ese sentimiento. No sabía que ser padre era tan
sacrificado. —Isabella y Noah asintieron a la vez. Después de eso,
Noah la miró como si una idea genial acabara de sobrevenirle—.
¿Sabes qué? Deberíamos aprovechar la ocasión para salir a cenar
por ahí y divertirnos. Nos lo merecemos. ¿Qué me dices?
Isabella no necesitó pensarlo demasiado para aceptar. Hacía
tanto que no salía que la idea de hacerlo le emocionó un poco,
aunque en su interior sintiera la ausencia de Julian con una
intensidad que quemaba. ¿Así de contradictoria iba a ser su vida a
partir de ahora?
Acordó con Noah verse en la entrada a las siete, cuando él
hubiera terminado todo el trabajo pendiente, y subió a su habitación
con la intención de dormir un poco y descansar para disfrutar al
máximo de aquellas horas de libertad.
16
Noah

Después de cenar en un japonés que Levi le había


recomendado, Noah llevó a Isabella a uno de sus pubs favoritos.
Era un pub irlandés con dueños irlandeses y ambiente irlandés. Las
paredes, techos y suelos eran de madera, había mesas y sillas
dispuestas por todas partes, la iluminación era tenue y procedía de
unas lámparas retro muy vistosas y la música celta sonaba por
encima del ruido de las conversaciones. Aunque lo que a Noah más
le gustaba de aquel lugar eran los cuadros de Irlanda y de famosos
irlandeses que ocupaban prácticamente cualquier espacio libre en
las paredes, es una especie de collage desordenado.
—¿Estás segura de que no quieres una cerveza? —preguntó
Noah por enésima, cuando pidió al camarero su segunda Guinness
de la noche.
Isabella negó con la cabeza mientras jugaba distraída con la
pajita de su combinado sin alcohol.
—No bebo alcohol.
—¿Nunca? —preguntó sorprendido.
—Al menos lo intento. —Isabella lo miró y pudo discernir la
tristeza en sus pupilas—. Sé que suena un poco raro viniendo de
alguien que se emborrachó hasta la inconsciencia hace unas
semanas, pero lo cierto es que antes de eso llevaba años sin beber.
Las palabras de Isabella le dejaron en shock.
—Yo… lo siento. Aquello fue culpa mía. Yo no tenía ni idea que
tú…
—No fue culpa tuya —lo cortó Isabella con una sonrisa—. Tú no
me diste una botella de alcohol y me pediste que me la bebiera. Eso
lo hice yo solita.
—Pero si no te hubiera dicho todas aquellas cosas horribles…
Isabella se encogió de hombros con suavidad.
—El problema no fue lo que me dijiste, sino la forma en la que
yo gestioné mis emociones entonces. Es fácil adoptar la actitud de
víctima y achacar nuestros errores a los demás, pero lo cierto es
que los únicos responsables de lo que hacemos, para bien o para
mal, somos nosotros.
—Vaya, eso suena muy maduro.
—Cuando creces en un ambiente como el que crecí yo,
aprendes rápido que no puedes echar la culpa de todo lo que te
pasa a las circunstancias, hacerlo te empuja directamente a la
autodestrucción. Por eso no bebo. He visto de cerca como las
adicciones te consumen hasta convertirte en alguien ajeno a ti
mismo.
En aquel momento el camarero le sirvió la cerveza,
interrumpiéndolos. Noah aprovechó aquel lapso de tiempo para
pensar en Isabella y en todo lo que le contó aquella noche estando
ebria. No sabía si ella recordaba el episodio, pero una parte de él
necesitaba transmitir a aquella chica de mirada franca y gran
fortaleza que podía confiar en él. Que podía mostrarle todos sus
monstruos porque él estaba dispuesto a luchar con ella para
destruirlos. Por eso, escogió aquel momento para decirle:
—Isabella, la noche que te emborrachaste, me explicaste
algunas cosas sobre tu infancia… —Le resumió por encima todo lo
que le contó en aquella ocasión: las adicciones de su madre, la
ausencia de su padre, lo complicado que había sido crecer en un
entorno así, e Isabella lo escuchó sin mediar palabra, aunque podía
notar por la forma en la que sus hombros se tensaron que, tal como
había adivinado, no recordaba aquel episodio.
—Una de las razones por las que no bebo: cuando bebo me
vuelvo una bocazas —masculló en voz baja cuando él terminó de
hablar, más para sí que para que él la escuchara.
—Me gustó conocer esa parte de ti. Me di cuenta de hasta qué
punto me había dejado llevar por los prejuicios al juzgarte sin
conocerte —confesó llevándose la cerveza a la boca para darle un
trago.
—¿Y no te parecí patética?
—¿Patética? —Noah abrió los ojos sorprendido por el uso de
aquel adjetivo—. Tuviste una infancia muy dura y conseguiste
dejarla atrás y reinventarte. Para nada me pareciste patética, me
pareciste digna de admirar.
Isabella bajó la mirada a sus manos, azorada y, ante su silencio,
Noah añadió:
—Me ayudaste a comprender hasta qué punto soy afortunado
con la familia y la vida que tengo. No siempre ha sido fácil, y no
siempre he contado con el apoyo de mis padres en cada decisión
que he tomado, pero nunca me ha faltado amor, cariño y un hombro
sobre el que llorar.
—A mí tampoco, tenía a Hannah —dijo Isabella con la voz
temblorosa.
—Lo sé, y ahora comprendo por qué ella quería que tú cuidaras
a Julian en su falta. Has pasado por mucho, y, aún así, sigues
teniendo amor para repartir.
Isabella levantó la mirada de pronto y la enredó en la suya con
tanta intensidad que apenas pudo sostenerla más que unos
segundos.
—Noah Murray, puedes ser muy tierno cuando te lo propones.
Aquello le hizo sonreír.
—Por suerte me lo propongo poco. Tengo una reputación que
mantener.
Ahora fue Isabella quién sonrió.
Él ambiente entre ellos se había vuelto íntimo y cómodo. Noah
no recordaba la última vez que había estado así con una mujer. De
hecho, estaba convencido que era la primera vez que sentía una
conexión tan fuerte con nadie. Puede que pasar juntos por el duelo
de la muerte de Owen y Hannah pese a sus diferencias hubiera
ayudado a forjar una complicidad tan profunda y honesta, a pesar de
sus diferencias.
Cambiaron de tema y hablaron de cosas más triviales, de
cuestiones que no estuvieran tan cerca del hueso, que no dolieran
tanto. Fue en medio de una de estas conversaciones que Isabella le
dijo:
—No te gires, pero hay una chica justo detrás tuyo que te está
comiendo con los ojos. Algo me dice que no le importaría nada
ayudarte a terminar con tu sequía.
Como siempre pasa en estas ocasiones, el “no te gires” hizo
que se girara al instante. Tenía razón, una chica muy guapa, de ojos
azules, cabello rojizo y grandes pechos lo miraba fijamente como si
fuera una piruleta que quisiera lamer de arriba a abajo.
—No está mal —murmuró volviendo a girarse.
Frente a él, Isabella lo miraba con expresión burlona.
—¿No está mal? Es muy guapa.
—Ya, pero no es la chica con la que quiero terminar mi sequía.
—Noah no fue consciente de las connotaciones de lo que acababa
de decir hasta que percibió un brillo extraño en la mirada de
Isabella.
Había soltado aquello sin ningún tipo de doble sentido, pero ver
como se sonrojaba y rehuía su mirada hizo que se diera cuenta de
que, en realidad, deseaba que su sequía terminara con ella. Por
mucho que hubiera luchado todo aquel tiempo con sus propios
sentimientos, estos se habían propagado con tanta rapidez que su
corazón solo tenía espacio para ella.
—Isabella… —la llamó cuando esta se mordió el labio en un
gesto inconsciente. Se acercó un poco más a ella y empujó con
suavidad su barbilla hacia arriba con el dedo pulgar, obligándola a
mirarlo.
—Noah…
Isabella entreabrió los labios y Noah tragó saliva,
preguntándose qué ocurriría si vencía los centímetros que los
separaba y la besaba. Se moría de ganas de presionar sus labios
contra los de ella, de penetrar su boca con la lengua y hacerla suya
durante el tiempo que durase aquel beso.
Antes de que pudiera tomar una decisión, el móvil empezó a
sonar sobre la mesa rompiendo aquel momento de tensión
abrasador. Lo hubiera ignorado de no ser porque la pantalla
parpadeante mostraba el nombre de su madre.
Lo cogió inmediatamente.
—Noah, cariño, siento molestar —dijo con la voz un tanto
temblorosa—, pero Julian no se encuentra bien. Creo que tiene
fiebre y no deja de llorar. ¿Qué hacemos?
17
Isabella

Isabella abrió la puerta de casa y se hizo a un lado para que


Noah pasara con el pequeño Julian en brazos. Después de más de
dos horas en urgencias, el doctor que los atendió revisó a Julian de
arriba abajo y le mandó un antitérmico porque, al parecer, solo tenía
un virus. “Solo” era un concepto que a Isabella no le encajaba bien
para aquel tema, porque su pequeño se sentía mal y para ella eso
era lo peor del mundo. Jamás habría imaginado que llegaría a
querer tanto a otro ser humano como para querer
desesperadamente que el dolor de él pasara a ella. Atravesaría
cualquier enfermedad con todo el gusto si con eso Julian salía ileso
de cualquier daño, por mínimo que fuera.

Sabía que eso no podía ser, desgraciadamente, pero aun así


estaba agotada y triste cuando entraron en casa. Noah no parecía
llevarlo mucho mejor. Subieron las escaleras mientras él no dejaba
de acariciar suavemente la espalda del pequeño y, una vez arriba,
se quedaron parados en el pasillo, mirándose.

—No quiero separarme de él —susurró Noah—. Sé que te toca


a ti, pero no soporto estar lejos de él cuando está así. ¿Te importa
si… si me quedo con vosotros? Dormiré en el sillón. Solo quiero
estar cerca.
—No tienes que dormir en el sillón —dijo ella sinceramente—.
Podemos dormir los tres en la cama.

No había ninguna implicación sexual en esa frase y Noah lo


sabía, porque asintió de inmediato y sus miradas en ningún
momento fueron de deseo. Los dos estaban demasiado
preocupados por Julian como para eso, así que se descalzaron,
pusieron al bebé en el centro de la cama y se acostaron así, como
estaban, vestidos después de salir a cenar. Debería darse una
ducha, ponerse el pijama y sentirse así más cómoda pero era
incapaz de separarse del pequeño. Quizás estaba siendo
exagerada, no sabía cómo manejar aquello y a menudo se
preguntaba si el resto de las madres primerizas también se sentían
como ella. No lo sabía, pero lo que sí sabía es que no pensaba
moverse del lado de Julian hasta que la fiebre le bajara hasta
regularse.

Consiguió dormirse tarde y a saltos, y quizás por eso se


despertó sobresaltada, con un sentimiento tremendo de culpa y
urgencia. Como si hubiera cometido un crimen por dormirse. Tentó
la frente de Julian de inmediato y respiró aliviada al comprobar que
no tenía fiebre. De hecho, dormía plácidamente con la cabeza
apoyada en el pecho de Noah, que se había aflojado la corbata lo
bastante para estar un poco más cómodo y también parecía dormir
a gusto. Llevaba un traje de firma, Isabella había pensado que
estaba guapísimo cuando lo vio. Noah era un hombre elegante y
amante de los trajes buenos y se notaba. En aquel momento, con
Julian sobre él, durmiendo y abrazándolo por puro instinto, Isabella
sintió tal sentimiento de ternura y amor que se sobrecogió,
aterrorizada, al darse cuenta del camino que habían tomado sus
pensamientos.

Se levantó de la cama, y bajó a la planta inferior, dejando su


almohada al lado de Julian para que no tuviera posibilidad de caerse
si le daba por rodar. Después de tanto tiempo sintiéndose a la
deriva, sin destino y sin hogar, había empezado a ver en Julian y
Noah una familia. Los quería, en plural. No solo quería al pequeño,
también quería a Noah y eso… eso la asustaba como nada más en
el mundo porque ella había tenido claro que no quería ataduras. No
quería darle a nadie la posibilidad de herirla. Eso ya había ocurrido
en innumerables ocasiones en el pasado. Isabella se había dado
una y otra vez y, salvo Hannah, todo el mundo había terminado
sacando provecho de ella. Había aprendido del peor de los modos
que entregarse demasiado dolía y dolía mucho. Y aun así, nada de
aquello la preparaba para sufrir del modo en que lo haría cuando
Noah se diera cuenta de lo que ella sentía y no la correspondiera.
Podía desearla, sí, pero una cosa era eso y otra lo que ella estaba
sintiendo. Ella… ella quería más. Quería que fueran una familia. Las
lágrimas salieron a borbotones cuando se dio cuenta de que,
imperceptiblemente, había puesto en ellos sus esperanzas de tener,
por fin, una familia que la quisiera y sostuviera en los malos
momentos. Alguien a quien abrazar cuando la tristeza la embargara.
Alguien que quisiera abrazarla a ella en un mal día.

Ni siquiera la infusión que se preparó la calmó y, cuando pasado


un rato, sintió los pasos de Noah detrás de ella en la cocina, intentó
recomponerse a toda prisa, pero había llorado demasiado y, por
alguna razón, parecía incapaz de detenerse. Tenía los ojos
hinchados y aun así era incapaz de parar. Detestaba eso. Sus
emociones solían ser suaves, pero cuando se descontrolaba, las
pocas veces que le ocurría, le costaba mucho volver a encauzarlas.
—Eh, ¿qué pasa, Isabella? —Él la abrazó de inmediato y,
aunque Isabella sabía que no debía, se abrazó a él temblando y
llorando—. Vamos, tranquila, cielo. Julian está bien. Ya no tiene
fiebre y la medicación hará su parte, estoy seguro.

—No es eso —gimió ella contra su pecho.


—¿Entonces? —Isabella lloró con más fuerza y Noah la separó
de él para poder mirarla a la cara—. ¿Qué ocurre? Tiene que ser
algo grave para ponerte así.

—No quiero volver a sentirme abandonada. —Julian la miró sin


entender y ella intentó explicarse—. Tal vez ha llegado la hora de
marcharme. No quería que ocurriera esto, no quería sentir cosas tan
fuertes por Julian y mucho menos por ti, pero no he podido evitarlo.
He intentado convencerme todo el tiempo de que Julian no era mi
hijo pero en realidad ya lo siento así: lo siento mío. Y no solo me
pasa con él. Yo… yo siento cosas por ti, Noah. Cosas fuertes e
incontrolables. He intentado con todas mis fuerzas frenarlo pero
ahora ya no sé cómo hacerlo y quizás, la única forma de solucionar
esto y pararlo antes de que explote es alejarme de vosotros.
Quitarme del med…

Guardó silencio cuando Noah tapó su boca con su dedo índice.


La miraba serio, casi como si estuviera siendo herido por las
palabras de Isabella.

—No vas a marcharte de esta casa, ni de nuestras vidas,


Isabella. Ni lo sueñes.
—Pero, Noah, ¿acaso no me has oído?

—Perfectamente. Estás empezando a sentir cosas por mí, pero


siento decirte que no vas ganando esa carrera. —Esta vez Isabella
lo miró sin entender y Noah la estrechó de nuevo entre sus brazos,
solo que se aseguró de seguir mirando su cara—. No eres la única
que está experimentando sentimientos profundos hacia el otro.
Puede que seamos polos opuestos y sí, puede que al principio no te
soportara, pero nada de eso ha impedido que me enamore
perdidamente de ti en estos tres meses compartiendo techo.

—¿Enamorado? ¿De mí? —preguntó ella con un hilo de voz.

Noah sonrió. Era una sonrisa dulce, pero también seductora.

—Eres buena, inteligente, compasiva, paciente e increíblemente


bella. ¿Cómo no iba a hacerlo? Creo que, en realidad, me enamoré
perdidamente de ti hace mucho tiempo y quizás por eso me
enfadara tanto. No entendía lo que me pasaba y sobre todo, me
reprochaba a mí mismo desarrollar sentimientos por ti, porque sé
que puede complicarlo todo, pero tú estás hablando de que sientes
lo mismo y de irte y… no puedes hacerlo, Isabella. Si tú te vas,
Julian quedará destrozado, pero no será el único. No nos rompas el
corazón, por favor.
18
Noah

A Noah le habría encantado hacer las cosas de otro modo. Un


poco más despacio, meditando bien sus sentimientos e intentando
no asustar a Isabella, pero se había visto atrapado en una de esas
situaciones en las que las únicas alternativas son meterse de lleno
apostando fuerte o callar para siempre. Y Noah no quería callar. Se
había enamorado de ella. Era una locura y estaba seguro de que
Levi y Darcy iban a poner el grito en el cielo, pero por el momento
no le importaba. Isabella lo miraba con sus enormes ojos hinchados
por el llanto y él… se derretía por ella. Quería abrazarla, besarla y,
joder, quería hacerle el amor y demostrarle con hechos y no
palabras que lo que decía iba en serio, pero le daba miedo dar un
paso en falso y que ella saliera corriendo, por eso besó primero su
frente suavemente. Dejó sus labios ahí unos instantes, como si
quisiera grabar el tacto a fuego en su piel. Luego besó sus mejillas,
su barbilla y, finalmente, se acercó a sus labios, pero no dio el paso
definitivo. Era ella la que estaba mal. Era ella la que debía
responder, si no con palabras, con hechos, a todo lo que Noah le
había confesado. Quería que ella lo besara, sí, pero más que eso,
quería que le prometiera que no iba a marcharse jamás, porque la
sola idea cuando ella lo había mencionado había logrado que el
corazón de Noah se estrujara de un modo que no quería volver a
sentir. El miedo le había atenazado el cuerpo por completo durante
unos instantes al pensar que ella iba a marcharse y él tendría que
vivir en un mundo donde Isabella no estuviera llenando el espacio
con sus inciensos, hierbas medicinales, yoga y esos pensamientos
tan emocionales que a él le ponían el pelo de punta pero también le
atraían como el polen a los insectos.
—Prométeme que no te irás —susurró de nuevo desesperado
por una respuesta de ella.

—Yo no sabía… nada.


—Y ahora que lo sabes, ¿qué harás?

La respuesta de Isabella llegó en forma de beso. Un beso lento,


suave y maravillosamente dulce que hizo que Noah viera las
estrellas. La abrazó con fuerza, recreándose por fin en su boca. Sus
labios eran tiernos y se amoldaban a los de él de tal modo que Noah
pensó que nunca antes había besado a alguien así. No le había
gustado jamás besar de ese modo. No era un beso erótico, pero era
mucho mejor: era un beso de ellos, de Noah e Isabella y eso, para
él, fue como si lanzasen dentro de su cuerpo un sinfín de fuegos
artificiales.

Enmarcó su rostro entre las manos y ladeó más la cara para


poder besarla más profundamente. Quería empaparse de ella tanto
como se lo permitiera. Isabella no solo accedió, sino que adaptó su
cuerpo al de él, lo que significaba que su erección, más que
evidente a esas alturas, estaba clavándose deliciosamente en su
estómago, lo que hizo a Noah gemir y a Isabella jadear en respuesta
y apretarse más justo en esa zona. Bien, lo había notado, joder,
quería que lo notara.
Quizás le habría gustado entregarse a ella y declararse en una
noche más tranquila, donde ninguno de los dos se hubiera llevado
un susto con Julian, pero el pequeño dormía plácidamente y sin
fiebre, no tenía nada grave y él… él necesitaba demostrarle hasta
qué punto se había vuelto loco por ella.

Isabella, al parecer, sentía lo mismo, porque de pronto tiró de su


corbata, aflojándola del todo y sacándola por su cabeza. Era solo
una corbata, no tenía por qué significar más, salvo porque ella
empezó a desabotonar su camisa mientras no dejaba de besarlo.

—Te deseo —gimió arqueándose contra él.

El modo en que Isabella se entregaba, incluso en el sexo, hacía


que Noah se sintiera el puto amo del mundo. Ella no temía
enfrentar sus sentimientos, ni siquiera cuando eran de deseo o
lascivia. Aceptaba lo que sentía con una naturalidad que cautivaba
completamente a Noah. La alzó en brazos, sin saber muy bien hacia
dónde iba a llevarla pero teniendo claro que no tendrían su primera
vez en la cocina. Sin embargo, le parecía que las habitaciones
quedaban demasiado lejos y, al mismo tiempo, demasiado cerca de
Julian. Si se quedaban abajo podrían oírlo en caso de que los
necesitara pero él no tendría que escucharlos a ellos. La llevó al
sofá y, una vez allí, aprovechó que la tumbó con delicadeza para
apoyar una rodilla en el sofá, entre sus piernas, y sacarse la camisa
a tirones. Dejó su torso al descubierto y sintió los dedos de Isabella
recorriéndole las abdominales.

—Eres tan guapo…

Noah nunca imaginó que sentiría ganas de ruborizarse ante el


cumplido de una mujer, pero Isabella lo decía en serio, podía verlo
en sus ojos, y solo pudo tragar saliva, agacharse y besar sus labios.

—No es nada en comparación a ti. Bella, bella, bellísima


Isabella.

Ella se emocionó y él volvió a besarla. Necesitaba que ella fuera


tan feliz como fuese posible. Necesitaba demostrarle que aquello no
era solo sexo.
19
Isabella

Iba a ocurrir. De verdad iba a tener sexo con Noah. Pero no era
solo sexo, ella lo sabía y él, por el modo en que la miraba y la
trataba, también. Isabella iba a entregarse del todo una vez más. Iba
a apostar por alguien otra vez y, tan aterrorizada como estaba, algo
en su interior le gritaba que esta vez sería distinto. Que Noah sabría
dar a sus sentimientos una respuesta adecuada. Que él no iba a
abandonarla como habían hecho todos antes. Lo sabía del mismo
modo que había sabido en el pasado que Hannah siempre sería una
gran amiga para ella.

Podía parecer un tanto ridículo que ella se sintiera así de


segura, pero Isabella había viajado mucho en busca de entender
mejor sus emociones y, ahora, por fin, podía decir que todo eso
había servido para algo. Todo lo aprendido en los mejores templos,
con los mejores maestros, había tenido un gran sentido en su vida.
No es que todo girara en torno a Noah, pero después del momento
de terror, o más bien a través de él, había sido capaz de discernir lo
que quería. Y quería entregarse a él sin tapujos ni mentiras.
Desnudarse en cuerpo y alma para él y darle la oportunidad de
amarla o dejarla destrozada. Algo le decía que haría lo primero, pero
el hilo de miedo seguía ahí, en segundo plano, al acecho.
—Desnúdame, Noah —le rogó.

Su mirada se oscureció, sus manos volaron hacia sus costados,


ávidas por alzarla y despojarla de su vestido. Isabella colaboró en lo
que pudo, pero dejó que fuera él quien se deshiciera de todas las
prendas, una por una. Y Noah lo hizo con tal dulzura que ella se
sintió más querida que nunca antes en su vida. Él besó cada tramo
de piel que dejaba al descubierto, lamió sus pezones cuando estos
quedaron expuestos, endureciéndolos en el acto, y cuando se libró
de sus braguitas acarició los suaves rizos de su entrepierna con
devoción, como si se sintiera privilegiado por poder hacerlo.

Ella se arqueó cuando sus dedos no se conformaron con


acariciarle el vello y exploraron su intimidad, haciendo que abriera
las piernas por inercia. Las yemas de sus dedos índice y corazón
recorrieron sus pliegues hasta llegar a su hendidura y, una vez allí,
la penetraron suavemente, enterrándose de un modo delicioso en
ella, que gimió y se arqueó, recibiéndolo feliz, llena de deseo y
enamorada. Lo miró a los ojos y solo pudo ver amor en ellos. Se
inclinó para besarlo y Noah le facilitó la labor, tumbándola de nuevo
y echándose sobre ella, sin dejar de meter y sacar sus dedos de su
cuerpo.

Ella lo acarició sobre el pantalón y Noah gimió en cuanto su


mano se deslizó por la longitud de su polla. Isabella no tardó en
meter la mano dentro por la cinturilla y buscarlo para sentirlo piel
con piel. Noah temblaba sobre ella, pero no dejaba de acariciarla y
besar su cuello, sus pechos y sus labios. Estaba tan centrado en
ella que ni siquiera reparaba en quitarse la ropa, por eso ella lo
empujó suavemente y se lo pidió. Quería tocarlo sin barreras y
hacerlo cómodamente. Noah quitó el pantalón junto con el bóxer a
toda prisa. Habría sido cómico, de no ser porque Isabella
comprendía perfectamente su urgencia. Una vez desnudo, como
ella, volvió a su posición, entre sus piernas. Solo que, esta vez,
cuando se tumbó sobre ella, Isabella pudo sentir su erección
aposentarse sobre su piel y no pudo evitar un gemido prolongado
fruto de la excitación que la dominaba por sentirlo así, piel con piel.

—Espera, espera un segundo —jadeó él cuando ella comenzó a


acariciarse con su erección, frotando con su glande toda su
entrepierna—. No tengo condones aquí.

Isabella se quedó cortada. Ni siquiera había caído en el tema de


los condones. Ella llevaba tanto tiempo sin sexo y, además, había
sido todo tan espontaneo que no se le ocurrió. Lo miró a los ojos, un
tanto insegura.
—Tomo la píldora y hace mucho que no tengo relaciones. Sé
que tú también, pero si quieres parar…

Como si hubiese sido algún tipo de señal, Noah se echó un


poco hacia atrás, pero solo para alojarse en su entrada e invadir su
cuerpo con una penetración larga y profunda. Lenta, pero sin
detenerse.

Para Isabella fue como llegar al paraíso. Nunca había


mantenido relaciones sin condones con ningún hombre, pero
tampoco nunca había sentido ese grado de intimidad. Sentía a Noah
suyo, tanto como ella se sentía de él. Sabía que, en términos
normales, jamás hablaría de que las personas fueran propiedad de
otras, pero había una parte de ella que se había entregado a él sin
salvavidas. Se había tirado de cabeza a la piscina y ahora sabía que
él se sentía igual.
No era cualquier hombre, era Noah, el hombre con el que había
formado una familia. No había sido el modo tradicional, cierto, pero
eso no importaba. Lo que importaba era el resultado, y en su
corazón, él ya era parte de ella, por eso cuando comenzó a
moverse, solo pudo acoplarse a él y mover sus caderas al ritmo de
sus penetraciones constantes.

La respiración de ambos se alteró hasta el punto en que solo


podían jadear, Isabella nunca se había sentido tan excitada y bastó
que él cambiara un poco el ángulo para alcanzar un orgasmo
glorioso que hizo que sus músculos vaginales se apretaran en torno
a la polla de Noah.

Aun así, él no alcanzó el clímax, lo que decía mucho de su


aguante, pues sabía bien lo mucho que la deseaba y el tiempo que
llevaba sin tener sexo. No pudo evitar sonreír, acariciar su torso con
las uñas y pasar a abrazarlo con fuerza antes de besarlo y pedirle
que parara. Noah la miró desconcertado, pero paró de inmediato, lo
que solo hizo que Isabella lo amara más.

—Quiero cabalgarte —confesó.

Sintió el efecto de sus palabras en Noah. Se estremeció tanto


que Isabella casi pensó que alcanzaría el clímax, pero no lo hizo. Se
sentó en el sofá y la instó a subir sobre él. Una vez acomodada,
Isabella fue la encargada de coger su erección e ir introduciéndola
poco a poco en su cuerpo. Noah solo la miraba como si ella fuera…
una Diosa. Así era exactamente como se sentía. Como si él la
adorara por estar haciendo algo tan básico y primitivo como
montarlo.

—Eres tan bonita. Tan tan tan bonita —susurro él cuando ella
comenzó a moverse.

Isabella gimió, en parte por la excitación, pero también por sus


palabras. Y sobre todo por lo que veía en sus ojos. Movió las
caderas adelante y atrás y sintió el modo en que Noah clavaba los
dedos en sus muslos, como si el placer fuera incontrolable. Y aun
así, encontró el modo de echarse hacia adelante y lamer,
mordisquear y chupar sus pezones hasta que Isabella se sintió en
una montaña rusa de nuevo.

Noto el orgasmo antes de que llegara, la sacudió por la espalda


y se concentró en su pelvis, arrancándole un gemido tan prologado
que tuvo que echar la cabeza hacia atrás y confiar en que Noah la
sujetara para sentir con libertad su placer.

Y esta vez, él no fue capaz de soportarlo más. Isabella sintió


cómo temblaba el cuerpo de Noah y apenas instantes después de
sus convulsiones, se sintió maravillosamente llena de él.
Noah la abrazó con fuerza, como si no quisiera dejarla ir, en ese
momento más que nunca, e Isabella sintió que, pasara lo que
pasara, por fin tenía un lugar al que llamar hogar.

Por fin tenía un lugar en el mundo, junto a él y su precioso bebé.


—Te quiero, Noah Murray —susurró entre jadeos.

Noah alzó la cabeza, que tenía enterrada en su cuello, y sonrió


de un modo que hizo que Isabella se derritiera.
—Te quiero, Isabella de Luca.

Isabella pensó en ese instante que no sería capaz de dejar de


sonreír nunca después de aquello.
20
Noah

Al día siguiente, Noah despertó con una sonrisa en la boca y la


sensación de tener el mundo a sus pies. Somnoliento, se fijó en el
bebé y la mujer que yacían a su lado, aún dormidos. Después de la
sesión de sexo más alucinante de su vida, Isabella y Noah habían
regresado a la cama junto a Julian. Su sonrisa se amplió al recordar
la forma en la que Isabella gimió entre sus brazos. No era la primera
vez que disfrutaba y hacía disfrutar a una mujer de esa manera,
pero sí era la primera vez que aquello significaba algo. Lo que
sentía por Isabella llenaba su corazón de tal manera que sentía que
este podía explotar en cualquier momento, lo que era una locura
teniendo en cuenta lo mucho que le había costado aceptarla en un
inicio.

Se levantó de la cama con cuidado de no hacer mucho ruido y


bajó las escaleras con la sensación de felicidad galopando en su
estómago. A medio camino se detuvo para mirar las fotos que
colgaban en la pared. Había muchas, pero se fijó en una en
concreto, una hecha poco después de que Owen y Hannah se
conocieran.

Noah aún recordaba el día en el que su hermano fue a verle al


salir del trabajo para explicarle que había conocido a la mujer de su
vida. Había sido un encuentro casual; dos personas chocando sin
querer en una calle concurrida. Owen se había quedado tan
prendado de la belleza de Hannah que le pidió el número de
teléfono antes de dejarla marchar. Después de un par de citas lo
tenía claro: iba a casarse con ella. Noah se burló de él pensando
que estaba exagerando cegado por un enamoramiento fugaz, pero
cuando Owen le presentó a Hannah, pudo ver con sus propios ojos
que era cierto. Nunca antes había conocido a dos personas que se
complementaran tan bien como ellos dos. Fue bonito verlos crecer
juntos, superando adversidades y cumpliendo sueños, de forma
individual y colectiva.
Noah estaba convencido de que su amor era un rara avis, como
uno de esos cometas que se ven cada mucho tiempo; es decir, algo
bello pero muy difícil de encontrar. Owen, en cambio, solía decirle
que algún día él también conocería a una mujer que haría temblar
todos sus cimientos de arriba a abajo. Esa afirmación siempre lo
hacía reír. ¿Enamorarse? ¿Él? Para Noah, su amor verdadero era el
trabajo. O al menos lo había sido hasta ese momento. Quizás Owen
estaba en lo cierto y sí existía una mujer para él.

¿Y si Isabella era su cometa?

Miró una última vez la foto y siguió bajando las escaleras hacia
la planta baja. Tenía pensado preparar el desayuno a Isabella para
que pudiera recuperar fuerzas; lo necesitaría después de todos los
esfuerzos realizados la noche anterior. Cómo sabía que a Isabella le
encantaba el pan de espelta y chía que cocían en una panadería
ecológica cercana, se vistió con ropa cómoda y se dirigió hacia allí a
paso ligero. Aquella mañana se saltaría su sesión matutina de
running. Regresó a casa un rato después, no solo con el pan, sino
con unos tomates, aguacates y espinacas que había comprado con
la intención de preparar sus tostadas preferidas.
Apenas hubo llegado a la cocina para dejarlo todo sobre la isleta
cuando alguien llamó a la puerta. Noah comprobó la hora en su
teléfono móvil. Solo eran las nueve de la mañana, ¿quién podía ser
a esas horas? El timbre de la entrada volvió a sonar y se dirigió
hacia allí a toda prisa, porque a ese paso acabaría despertando a
Julian e Isabella que aún dormían.

Abrió la puerta y se encontró a Darcy al otro lado. Llevaba el


pelo rubio revuelto y vestía de una forma un tanto peculiar para
alguien tan coqueta como ella: llevaba unos pantalones deportivos
de color rojo y una blusa de vestir blanca con topos negros. Para
rematar, había completado el look con unas botas de cowboy. Era
como si la hubiera vestido un mono borracho con un pésimo gusto
para la moda.

La forma en la que lo miró al pasar por su lado sin esperar


invitación previa le dejó claro que estaba enfadada. Muy enfadada.

—No la soporto más, Noah. Ginger es inmadura y egoísta hasta


decir basta. Tiene mi casa manga por hombro. Hay cosas suyas por
todas partes, no ordena ni limpia nada, coge mis cosas sin
preguntar y ayer descubrí que ha estado comprando cosas desde mi
cuenta de Amazon a escondidas. Y no cosas razonables, no, ha
estado comprando productos inútiles de teletienda, como un
enfriador de sandías o una máscara de abdominales para la cara.
¡Ya no sé qué hacer con ella!
Noah cerró la puerta y la miró sin intención de pedirle que se
pusiera demasiado cómoda. Lo último que necesitaba era tener a
Darcy en casa. Y no se trataba de cualquier versión de Darcy. Se
trataba de la Darcy enfadada, que era la peor de todas.

—Deberías hablar con ella, Da. Dile que se busque un


apartamento y te deje tranquila —dijo con ánimo de que siguiera su
consejo y se marchara de allí.

—Ojalá pudiera hacerlo, pero eso significaría discutir también


con mis padres —bufó, sentándose en el sofá con aire cansado—.
El otro día me pidieron expresamente que cuidara de Ginger hasta
que se le pasara esta fase de querer convertirse en artista, y lo
hicieron riéndose de la situación, como si las locuras de su hija
pequeña no nos llevaran a todos de cabeza. Si no la tuvieran tan
mimada, dejaría de tomarse la vida como un chiste constante. Ya
tiene una edad para responsabilizarse de sus decisiones.

—Tienes toda la razón, por eso te emplazo a que te vayas a


casa y razones con ella —insistió Noah sin moverse de al lado de la
puerta, convencido de que con un empujoncito más conseguiría que
Darcy se marchase.

—Paso. Hablar con ella es como hablar con la pared. Prefiero


quedarme aquí un rato y desconectar del caos que es mi casa ahora
mismo. ¿Dónde está Julian? ¿E Isabella? Tengo mucha curiosidad
por conocerla.

Noah suspiró. Echarla sería más difícil de lo que había previsto.


Refunfuñando, se alejó de la puerta y se sentó en el sofá.

—Aún duermen, así que intenta hablar un poco más bajo.


—Oh, perdón —dijo en un susurro, haciendo el gesto de
cerrarse la boca con una llave.

—Julian ha pasado muy mala noche.

—¿Y eso?
—Un virus. Según el pediatra en tres días la fiebre tendría que
empezar a remitir.

—Ay, pobre. Los bebés pillan virus constantemente. Recuerdo


que Ginger de pequeña se pasaba la mitad del invierno
encadenando un virus con otro virus.

Noah lo sabía, había leído en un libro sobre el periodo de


inmunización en los bebés y niños pequeños. Por lo visto en cuanto
empezaban a ir a la escuela infantil o el colegio la enfermedad se
convertía en un miembro más de la familia. Por suerte, aún no
tenían pensado escolarizar a Julian. Isabella le había dicho que
quería esperar un tiempo antes de empezar a trabajar, lo que era un
alivio en cierta forma, ya que Julian aún era muy pequeño.

Justo en aquel momento, en medio de aquellos pensamientos,


el timbre volvió a sonar. No una, sino tres veces seguidas, como si
la persona que llamaba tuviera mucha prisa para que abrieran la
puerta. Noah lo hizo con ganas de asesinar a esa persona, quién
resultó ser Levi.
—Esto es un desastre, ¡un desastre! —exclamó su amigo
resoplando.

Al igual que Darcy, entró en la casa sin pedir permiso.


—¿Hoy es el día internacional de molestar a Noah? —masculló
entre dientes, cerrando la puerta tras de sí.

Levi siguió hablando sin prestarle atención:

—Mi padre está empeñado en concertarme citas a ciegas con


todas las mujeres coreanas de su entorno hasta que elija a una para
casarme. Esta mañana al despertar he visto que me ha mandado
hasta un calendario con la agenda para los próximos tres meses y…
¡tengo citas prácticamente a diario! —dijo muy nervioso, algo poco
habitual en una persona tranquila y sosegada como Levi. Al ver a
Darcy, la expresión de Levi cambió del enfado a la sorpresa—. Eh,
¿qué haces tú aquí?

Darcy lo saludó con un movimiento de mano.

—Escapar de mi hermana.
—¿Tan mal está la situación?

—Creía que sí hasta que te he oído hablar de tu padre. Colega,


tú sí que tienes un problema.

Levi se dejó caer en el sofá escondiendo el rostro entre las


manos.

—Debería escoger una mujer al tuntún para que me dejara en


paz.
—Es tan victoriano lo tuyo —dijo Darcy riendo.

—¿Verdad?

—Oye, chicos, os agradecería que bajarais un poco el volumen


de la conversación, Isabella y Julian siguen durmiendo —recordó
Noah señalando el piso superior con un dedo.

Alguien carraspeó a sus espaldas y Noah se giró justo a tiempo


de escuchar decir a Isabella, mirándolo con una sonrisa desde las
escaleras con Julian en brazos:

—Creo que ya no, es difícil hacerlo con tanto escándalo.


21
Isabella

Isabella sintió como el corazón daba una voltereta dentro de su


pecho cuando sus ojos y los de Noah conectaron. Daba igual que
hubiera dos personas desconocidas sentadas en el sofá, o que
sostuviera a Julian entre los brazos, en aquel momento solo importó
una cosa: sus miradas reconociéndose, recordando al unísono lo
sucedido la noche anterior.

Isabella siempre había vivido el sexo de una forma natural y sin


prejuicios, pero lo que experimentó junto a Noah había ido un paso
más allá. Quizás fue el hecho de hacerlo sin condón, o quizás fue el
hecho de que en esta ocasión los sentimientos habían jugado un
papel muy importante. Fuera como fuera y pasara lo que pasara de
ahora en adelante, siempre recordaría aquella noche de una forma
especial. Y por la manera en la que Noah la miraba, con el anhelo
impregnado en sus ojos, estaba convencida de que aquello era algo
compartido. La noche anterior se habían dicho “te quiero”, habían
aceptado sus sentimientos al fin y habían escrito el primer capítulo
de algo que aún estaba por determinar. Tenían mucho de lo que
hablar, pero eso sería en otro momento.

Acabó de bajar las escaleras y saludó a sus invitados con una


enorme sonrisa.
—Yo soy Isabella. Imagino que vosotros debéis ser Levi y Darcy.

Ambos asintieron. Isabella no los conocía en persona, pero sí


había visto sus caras en alguna de las fotos que Noah había puesto
en el despacho desde el que teletrabajaba con intención de hacerse
el espacio un poco más suyo.

—Tú y yo ya nos hemos visto antes —dijo Levi con una sonrisa.

—¿Seguro? —preguntó Isabella mirándolo con los ojos


entrecerrados. Realmente no conseguía ubicarlo en su memoria.

—Bueno, fue hace unas semanas y tú no estabas muy… eh…


muy consciente.

Las mejillas de Isabella enrojecieron y le bastó mirar a Noah


para comprender que Levi se refería al día en el que se
emborrachó.

—¿Tenías que mencionarlo? —Noah lo atravesó con la mirada.

Levi levantó las manos a modo de disculpa.

—Lo siento, no pensé que fuera un tema tabú.

—Y no lo es —dijo Isabella con una sonrisa apaciguadora—. No


recuerdo mucho de aquella noche, lo siento.

—¿Estáis hablando de la noche en la que ella se emborrachó


porque Noah se comportó como un capullo? —preguntó Darcy sin el
mínimo sentido de la sutileza.

Los ojos de Noah volaron de Levi a Darcy como si tuviera rayos


láser en la retina y quisiera fulminarla con ellos. A Isabella le hizo
gracia que Noah fuera tan sobreprotector con ella. Lo había visto
actuar así respecto a Julian, pero el hecho de que ahora también lo
hiciera con ella era una demostración más de que algo había
empezado a cambiar entre ellos.
—Están hablando justo de esa noche —admitió Isabella sin
dejar de sonreír—. Aunque yo no diría que Noah se comportase
como un capullo.

Guiñó un ojo a Noah y eso bastó para que sus facciones se


relajaran.

—¿Tenéis hambre? Antes de que asaltarais esta casa sin previo


aviso estaba a punto de preparar el desayuno —dijo Noah
dirigiéndose hacia la cocina.

Tras un asentimiento general, terminaron sentados en la isleta


de la cocina. Fue así cómo Isabella descubrió el motivo por el que
Darcy y Levi estaban allí. Por lo visto, ambos tenían problemas con
un miembro de sus respectivas familias. Darcy con su hermana
pequeña y Levi con su padre.
Ella hacía años que no tenía una familia y escucharlos hablar
así de las suyas le hizo sentir una punzada de añoranza. Puede que
lo hicieran en tono negativo, pero podía notar el cariño de fondo.
Ella hacía tanto tiempo que se tenía solo a sí misma que no sabía lo
que era discutir con alguien por cosas así. Todo lo bueno y lo malo
que le pasaba le pertenecía únicamente a ella. También había
pertenecido a Hannah, claro. Aunque Hannah y ella siempre habían
estado tan conectadas que a veces parecía que fueran la misma
persona. Pensar en ello hizo que su corazón se arrugara un poco.
Seguía echando mucho de menos a su amiga. Puede que en el
transcurso de su relación se hubieran pasado largas temporadas sin
hablar por unas circunstancias y otras, pero la vida le pesaba menos
cuando sabía que ella existía en algún punto del globo terráqueo.
Ahora que no era así, un dolor lacerante la perseguía siempre como
una sombra.

Miró a Noah, que preparaba el desayuno tras ellos, y se


preguntó con anhelo si algún día ellos dos podrían formar una
familia.

Unos minutos más tarde, pudieron degustar la deliciosa comida


que les había preparado Noah: tostadas con tomate, aguacate y
espinacas; sus favoritas. No dudó en darle las gracias por eso y por
el té de hierbas que le sirvió también.

—¿No huele aquí un poco raro? ¿Como a pies? —dijo Darcy


arrugando un poco la nariz.

—Es mi bebida, aunque prometo que no sabe tan mal como


huele —dijo Isabella ignorando la risa burlona de Noah a su lado.
—¿No tomas café? —preguntó Darcy con curiosidad.

Isabella negó con un movimiento de cabeza.

—Hace años que decidí dejar la cafeína.

—Buah, yo no podría, soy adicta total. —Darcy cogió entre sus


manos la enorme taza que Noah había preparado para ella y la
apretó con fuerza, como si temiera que alguien pudiera robársela.
—Pues con más razón deberías intentar pasar una temporada
sin él. Al principio cuesta por el mono, pero una vez superada esa
fase te das cuenta de que vives mejor, con menos tensión y más
relax.
Darcy la miró escéptica. Todo el mundo lo hacía a priori, al fin y
al cabo, no es fácil cambiar hábitos.

Hablaron un poco más, e Isabella pudo comprobar que Darcy y


Levi eran tan geniales como Noah le había dicho. Ambos tenían una
energía muy bonita. La de Darcy era fuerte y enérgica como la de
uno de esos rayos que parten el cielo en dos en medio de una
tormenta, la de Levi suave y confortable como una de esas luces
auxiliares que uno pone en la mesita de noche para iluminarse en
caso de necesidad.

—Chicos… —dijo Noah una vez hubieron terminado de


desayunar—, si no os importa, ¿podéis quedaros con Julian un
rato? Isabella y yo tenemos una conversación pendiente.

Noah no esperó a que nadie respondiera, cogió a Isabella de la


mano y tiró de ella hacia el piso superior. Habían ido tan deprisa que
Isabella no pudo fijarse en la expresión de Darcy y Levi ante sus
manos entrelazadas. Estaba convencida de que aquello les habría
pillado por sorpresa.

Noah abrió la puerta de una de las habitaciones al azar y la


empujó dentro. Antes siquiera de que pudiera preguntarle de qué
quería hablar, Noah cubrió sus labios con los suyos y ronroneó
contra su boca:

—No sabes lo loco que me estaba volviendo por no poder hacer


esto… mi bella Isabella…
22
Noah

Besarla se había convertido en una necesidad. Ya no era solo


que Noah hubiese aclarado sus sentimientos por ella, sino que, al
hacerlo, sentía que todos los besos y caricias que no había dado a
Isabella creaban una necesidad en él. Como si quisiera resarcirse
por el tiempo en el que fue tan capullo con ella.

Isabella dejó que la besara durante varios minutos antes de


mordisquear su labio inferior y reírse de su gemido.
—No podemos hacerlo con gente en la casa.

—¿No podemos? —preguntó él con un leve puchero.


—No, aunque me gustaría mucho, pero estoy segura de que
eso nos ayudará a hacer de la hora de la siesta de Julian algo
más… interesante.

—No deberías haber dicho eso. Ahora no dejo de desear que


Darcy y Levi se larguen y Julian se quiera dormir la siesta.
Isabella volvió a reír y Noah se prometió ahí mismo que
buscaría cada día un montón de motivos para verla así, sonriendo y
feliz.

—Deberíamos bajar y atender a nuestros invitados.


—Sí, deberíamos —farfulló Noah.

Isabella volvió a reír, como si él en realidad utilizara ese tono en


broma, pero lo cierto era que se sentía un poco enfurruñado con
tener que compartir con sus amigos una mañana tan especial. Pero
al fin y al cabo si algo tenía claro Noah es que la vida real no era
como las películas. No podía pretender pasar una mañana idílica
porque, entre otras cosas, Julian seguía un poco pachucho y muy
demandante, así que besó de nuevo a Isabella y bajaron a la planta
inferior, donde Darcy y Levi cantaban una canción acerca de unos
animales en la granja. Noah se derritió un poco. Era bonito ver a sus
amigos tan implicados con Julian. Lo conocían desde que nació,
claro, porque eran parte de la vida de Owen y Hannah, pero ahora
que el bebé era suyo se comportaban de un modo aún más intenso.
Como si ya no fuera solo el hijo de un amigo, sino el de un familiar.
El de un hermano. Noah tragó saliva, un poco emocionado. Era un
hombre con mucha suerte por estar tan bien rodeado.

—Eh, chicos, ya estamos aquí.

Darcy y Levi alzaron los ojos hacia ellos y fue su amiga, como
siempre, la primera en lanzarse a la piscina. A Noah no le pilló por
sorpresa, pues Levi era mucho más comedido y discreto.

—¿Qué tal ha ido la sesión de magreo?

Noah iba a matarla. ¿De verdad tenía que decir las cosas así?
Con Darcy todo era claro o negro. Era una mujer que podía llegar a
resultar abrumadora porque su sinceridad podía resultar, incluso,
apabullante. Sin embargo, Isabella rio abiertamente y se acercó a
ella para coger a Julian en brazos.
—Oh, satisfactoria, aunque tanto como si hubiésemos tenido
tiempo, una cama y una casa libre de invitados.

Darcy rio y Levi la señaló con un dedo mientras miraba a Noah.

—Me gusta esta chica, tío.

—A mí también —se le escapó a Noah antes de poder


controlarse.

Isabella sonrió tan agradecida que a Noah le dolió el corazón.


Ella ya le había contado cómo había sido su vida pero, de no
haberlo hecho, le habría quedado claro en gestos como ese, donde
ella parecía genuinamente sorprendida de que alguien expresara
cariño por ella con tanta naturalidad. Noah odió con cada porción de
su ser a todo el que le hizo tanto daño y se prometió a sí mismo
cuidarla y demostrarle siempre que él no pensaba abandonarla.
Pero además de prometérselo a él mismo, quería hacerlo con ella y
para eso era primordial que sus amigos se fueran de la casa. En
serio, los adoraba pero tenían que largarse.
Por desgracia, ellos tenían otros planes, porque se quedaron
jugando con Julian y hablando con Isabella un rato más. Al final,
Noah también se sumó y, cuando estuvo seguro de que ellos se
quedarían a comer, Darcy se levantó y dijo que prefería volver a
casa y vigilar que su hermana no hubiera quemado el apartamento.
Levi, por su parte, se excusó diciendo que quería descansar un
poco.

Noah supo de inmediato que los dos estaban dejándole espacio


para que afianzaran un poco más lo que había ocurrido la noche
anterior. O al menos eso era lo que pretendía hacer Noah, por eso
cuando por fin se marcharon y Julian durmió la siesta, no dudó en ir
en busca de Isabella, rodearla con los brazos y besarla suavemente.
—Mmm ¿Vamos a la cama?

—Aunque me gustaría mucho, y créeme, me encantaría, creo


que debemos aprovechar la calma de que Julian esté durmiendo
para tener una conversación sin interrupciones.
—¿Un hombre que prefiere tener una charla al sexo? Vaya,
pues sí que me ha tocado la lotería.

Noah se rio mientras los dos preparaban unas tazas, la de él de


café y la de ella de infusión, y se sentaban en el sofá, con las
rodillas rozándose pero intentando mantener la compostura.
—Tú dirás —susurró ella.

Noah se sintió repentinamente nervioso y se odió por ello. No


era un hombre acostumbrado a las inseguridades pero, al parecer,
estar enamorado de Isabella venía con un plus enorme de ese
sentimiento y tendría que acostumbrarse. Noah supuso que era lo
que ocurría cuando querías tanto a alguien como para temer
perderlo.

—Lo que ha pasado, esto que hay entre nosotros, Isabella…


esto no es solo una aventura, ¿verdad?

La dulzura se instaló en los ojos de ella mientras negaba con la


cabeza.
—No para mí.

—Tampoco para mí —dijo con un suspiro de alivio—. Yo… te


quiero. Te quiero de verdad, y quiero que sepas que, aunque no sea
perfecto, voy a intentar ser el hombre que tú mereces. El padre que
Julian también merece.

—Oh, Noah, ya eres el padre que Julian merece. Y estoy segura


de que serás un buen compañero.

—¿Compañero?
—Siempre me ha gustado más esa palabra que la palabra
“novio”. Además, es extraño llamarlo así cuando realmente vivimos
juntos y tenemos un bebé juntos. ¿No te parece?

—Compañero… —susurró él.

—Alguien que está ahí siempre. Un igual a la hora de criar a un


hijo, un amigo, un hombro sobre el que llorar y un gran amante.

—¿Un gran amante? —murmuró él.


Isabella acortó la distancia entre ellos para besarle los labios.

—Gran gran amante, al menos lo que he podido vislumbrar.

—¿Qué te parece si determinamos que somos compañeros, tú


eres la mujer de mi vida y esto es, a todas luces, una familia?
—¿Una familia?

—Nuestra familia.

Isabella se emocionó y esta vez fue Noah quien acarició su cara


y besó sus labios.

—Me encanta tener una familia contigo, Noah. Me encanta ser


tu familia.
—Y a mí me encanta ser tu familia. Y me encantas tú. Toda tú.
—Y ahora que todo está claro… ¿Qué te parece si
aprovechamos el tiempo en una cama de verdad y brindamos por el
futuro? Solo que, en vez de copas, usaremos nuestros cuerpos…

—Querida, creo que es la mejor idea que has tenido en tu vida.

Rieron y subieron los escalones de la casa como dos


adolescentes que huyen a hurtadillas para hacerlo a escondidas.
Sabían que tenían que ser rápidos y silenciosos, pero a Noah no le
importaba, porque también sabía que tenía una vida entera para
experimentar con ella todos los tipos de sexo, amor y unión que
existían.

Y lejos de asustarse, estaba ansioso por ver qué les tenía


deparado el futuro.
23
Isabella

—¿De verdad crees que es adecuado?

Isabella miró a Noah y odió sentirse tan insegura. Ella


normalmente estaba a gusto con su cuerpo y el modo en que se
vestía pero quería causar una impresión. Y de todos modos, Noah
había resultado ser muy paciente en ese aspecto, porque solo
sonrió y pellizcó su trasero.
—Estás preciosa. —Ella se mordisqueó el labio y él gimió—.
Dios, no hagas eso o me pasaré todo el tiempo deseando que esta
gente se vaya para meterte en la cama.

Isabella rio, mucho más relajada solo por ese comentario, y se


dio cuenta de que posiblemente Noah lo hubiera hecho, en parte,
para ayudarla a relajar la tensión que se había instalado en su
cuerpo.

Se había puesto un vestido que mezclaba el color rojo y naranja


de un modo tan bonito que parecía que estuviera estampado en
fuego. Llegaba a los tobillos y tenía una cadena en la cintura. Era
mucho más primaveral de lo que acostumbraba últimamente, pero el
tiempo por fin había llegado y el frío parecía ser, cada día más, cosa
del pasado. Estaban celebrando su primera barbacoa oficial como
dueños de la casa y padres de Julian y los sentimientos eran un
poco extraños.

En su mayoría todos eran de felicidad, porque Julian cada día


estaba más espabilado, su relación con Noah marchaba a las mil
maravillas desde que comenzara días atrás y ella se sentía feliz y
realizada, pero había una parte de ella, pequeña y testaruda, que se
empeñaba en convencerla de que estaba viviendo una vida que no
le pertenecía. Era como si, por momentos, se sintiera usurpando la
vida de Hannah. Era absurdo, ella lo sabía y por eso no le había
comentado nada a Noah, porque sabía que solo era una cuestión de
adaptarse con cada día que pasara. El duelo no era algo que se
viviera en un día o dos. Ni siquiera en un mes. Tenía sus fases y,
aunque Isabella estaba bien la mayor parte del tiempo, no podía
evitar que la tristeza la embargara en algunos momentos.

Aun así aquel era un día feliz y no se dejó llevar por esa
nostalgia. Sabía de sobras que si su amiga Hannah estaba viéndola
desde alguna parte nada le haría más feliz que ver cómo disfrutaba
de la vida y se esforzaba, no solo por hacer feliz a Julian, sino en
ser feliz ella misma. Así que besó a Noah, salió al jardín y se fue
directa hacia Darcy, que había sido la primera invitada en llegar.
Para su sorpresa no lo hizo sola, sino que la famosa Ginger la
acompañaba. También había un hombre increíblemente atractivo
que Darcy le presentó como Kayden, su mejor amigo. Kayden era
piloto de avión y viajaba muchísimo, por eso no lo había conocido
antes, pero sí que había oído hablar de él, no solo a Darcy sino a
Noah, que le explicó que su amiga y él tenían una relación basada
en años de confianza y amistad. A Isabella le pareció absolutamente
encantador y, además, irradiaba una energía muy positiva. También
tuvo ciertas impresiones con respecto a él, todas buenas pero
curiosas. Eso sí, se las guardó para sí misma porque no era dada a
los cotilleos ajenos. Había sacado ciertas suposiciones y el único
modo de averiguar si iban a cumplirse sería esperar y ver con sus
propios ojos cómo se desarrollaba todo.

Ginger también despertó ciertos sentimientos positivos en


Isabella, pero de un modo distinto. Era extremadamente enérgica y
ávida de emociones fuertes. No había más que verla para saber que
quería comerse el mundo y no sabía por dónde empezar. Era como
un niño que aprende a caminar y, de pronto, descubre que puede
llegar por sí solo a todas partes pero no sabe bien a dónde quiere ir.
Isabella la oyó parlotear acerca de hacerse famosa, rica y vivir en
una mansión, pero algo le decía que, en el fondo, Ginger solo quería
encontrar su sitio en el mundo.

Le gustaba aquello. Le encantaba estar en el jardín de casa con


amigos, haciendo suposiciones positivas sobre ellos y sabiendo que
el futuro también estaba lleno de escenas a su lado. Parecía una
obviedad, pero para Isabella el mero hecho de celebrar algo con un
grupo de personas a los que considerar amigos era extraordinario.

Llevaban ya un ratito charlando cuando Levi llegó, tarde, con


mala cara y una chica coreana y muy guapa como acompañante.

—Ella es Eun—Ji —dijo Levi para presentarla.

La chica en cuestión apenas hizo un asentimiento de cabeza y


los saludó con un gesto frío y distante, dejando claro que no los
consideraba amigos y tampoco estaba muy dispuesta a hacerlo
próximamente. Levi se veía incómodo, pero Isabella no supo bien
qué pensar. Por un lado, era un hombre educado y discreto, algo
que hacía que nunca destacara demasiado en las reuniones. No era
como Darcy, por ejemplo, que sí hablaba y gesticulaba al suficiente
volumen como para llamar la atención. Lo de Levi era más de estar
a su lado sonriendo y hablando en un tono de voz lo suficientemente
alto como para hacerse oír pero sin gritar ni un ápice. Isabella
pensaba que ahí residía su magnetismo. Bueno, ahí, en lo guapo
que estaba con traje (y posiblemente aún más sin él) y en esa
actitud un tanto fría que tanto atraía a muchas mujeres. Pero ella,
que ya lo iba conociendo, sabía que no era frialdad, sino precaución.
Era comedido y prefería observar a ser el centro de atención. En
opinión de Isabella era un rasgo muy sexy. Aquel día, en cambio, no
parecía simplemente comedido. Estaba incómodo y tenso,
seguramente porque Eun—Ji era otra de las citas concertadas por
su padre y se había visto obligado a llevarla a una reunión de
amigos, pero ella no quería que estuviera incómodo, así que le
sugirió a Ginger que le sacara tema de conversación.

Se lo dijo a Ginger porque era un completo terremoto. Tenía


tanta labia como ganas de socializar e Isabella fue testigo de cómo
la chica se acercaba a Eun—Ji en un intento de integrarla en la
conversación que, en aquel momento, mantenía el grupo. La
respuesta, en cambio, fue monosilábica y fría en todo momento.
Después de varios intentos, Ginger miró a Isabella, encogió los
hombros y le dejó claro que no iba a intentarlo más.

—Ni siquiera entiendo qué hace Levi saliendo con una chica con
la personalidad de un palo.

—Oh, creo que él no diría la palabra “salir” —aclaró Isabella.


Darcy lo miró sin entender y ella se sorprendió—. ¿No te ha contado
tu hermana lo que ocurre con Levi y su padre?

—Oh, mi hermana no me cuenta nada. Nuestra relación se basa


en que yo se lo cuento absolutamente todo, me gasto su dinero, me
alojo en su casa y desquicio sus nervios y ella sobrevive sin
contarme básicamente nada de su vida. Sé que Levi es un gran
amigo, como Kayden, pero no sé mucho más, aunque suene raro.

—Oh, ¿y te parece bien eso? —preguntó Isabella.


—¿El qué?

—Que no se abra más contigo.

—Soy su hermana pequeña. Un incordio para ella. Es normal.

Ginger encogió los hombros pero a Isabella le dio pena, porque


algo le decía que, en el fondo, la chica ansiaba ganarse el respeto
de su hermana mayor. Quizás por eso hizo algo que no le gustaba:
hablar de los demás.

Se dijo a sí misma que no era cotilleo como tal, pero puso al día
a Ginger de la vida de Levi y cómo su padre intentaba casarlo con
una coreana a toda costa. Al parecer, tocó la tecla correcta porque
Ginger se divirtió muchísimo con todo aquello y, cuando acabó, puso
aún más empeño en dar tema de conversación a Eun—Ji.

No funcionó, claro, se necesitan dos personas dispuestas para


crear una relación de amistad, pero al menos todo aquello sirvió
para que todos se entretuvieran, incluido Levi, que consiguió
tomarse una cerveza alejado de Eun—Ji gracias a que Ginger se
empeñó en mostrarle cómo interpretaba el papel de Julieta.
—¿Has tenido algo que ver con eso? —preguntó Noah
abrazándola por detrás mientras se reía y señalaba el modo en que
Ginger hacía aspavientos con las manos frente a la chica coreana,
que ni siquiera sonreía por educación.
Miró en derredor, Kayden apenas podía soportar la risa, Darcy,
pese a lo que dijera, miraba a su hermana con un cariño
sobreprotector y Levi… Levi aprovechaba para comer y beber a
gusto sin tener que estar pendiente de alguien.

—Puede ser —admitió—, pero prometo que solo lo he hecho


por el bien de nuestros amigos.

—Nuestros… Dios, me encanta como suena todo cuando


hablas de nosotros como uno solo. Una gran familia unida.

—Es lo que somos, ¿no?


Noah besó su cuello, estremeciéndola, y la abrazó con más
fuerza.

—Es lo que somos, bella mía. Una gran familia unida. Tu gran
familia unida.

Isabella se emocionó, apoyó la cabeza en el hombro de Noah y


pensó en lo maravilloso que era encontrar, por fin, su lugar en el
mundo.
24
Isabella

Isabella amplió la foto de Pinterest y sonrió. Era la foto de una


fiesta de cumpleaños con temática de animales, justo lo que
buscaba para celebrar el primer aniversario de Julian. En unas
semanas, su pequeño cumpliría un año, lo que le hacía darse
cuenta de hasta qué punto el bebé indefenso que había conocido al
llegar a Nueva York había dejado paso a un bebé cada vez más
autónomo que ya andaba solo y hacía valer sus necesidades
mediante gestos y gruñidos. Aún no hablaba. Ni una sola palabra.
En la última revisión el pediatra les había dicho que aún era pronto
para preocuparse. No era un problema auditivo, ya que sí respondía
a su nombre y prestaba atención cuando le hablaban, por lo que era
probable que se tratara de un tema madurativo.

Isabella también creía que era cuestión de tiempo, pero a Noah


le preocupaba.

Sonrió al pensar en Noah y en las últimas semanas vividas


juntos. Después de que ambos confesaran sus sentimientos y
decidieran dar una posibilidad a lo suyo, habían vivido su relación al
límite, todo al límite que se puede llevar una relación con un bebé a
cargo. Sus citas eran en casa en su mayor parte, excepto cuando
los padres de Noah, que vivían su idilio casi más ilusionados que
ellos mismos, se quedaban con Julian, y hacer el amor siempre
tenía como riesgo la no culminación, pues más de una vez el
pequeño les había interrumpido en el momento más inoportuno,
como aquella vez que Noah empezó a hacerle el mejor cunnilingus
de su vida sobre la encimera de la cocina y tuvieron que dejarlo
porque Julian decidió despertarse media hora antes de lo habitual…
A pesar de todas esas dificultades, Isabella no podía ser más
feliz. Amar a Noah era nuevo, y hermoso, nunca antes hubiera
creído que el amor pudiera ser capaz de llenarla de tanta paz y
calma interior. Quizás fuera porque la relación entre sus padres
siempre había estado marcada por el desprecio mutuo, o porque
nunca había conocido a nadie capaz de derribar todas sus barreras,
el caso era que Isabella estaba convencida de que, por primera vez,
estaba donde tenía que estar. Después de años sin rumbo, a la
deriva, había un lugar en el mundo al que podía llamar hogar. Al fin
y al cabo, un hogar no lo hace las cuatro paredes que lo forman,
sino las personas que viven en él, y para Isabella, Noah y Julian era
el suyo. Su hogar.

Esta reflexión le provocó una nueva sonrisa. Sin desprenderse


de ella, intentó concentrarse de nuevo en la pantalla del ordenador,
donde aún podía verse la foto de Pinterest que Isabella quería
imprimir junto al resto para empezar a organizar la fiesta de
cumpleaños de Julian. Quería llenarlo todo de animalitos de la selva,
que eran sus preferidos, en especial de jirafas, ya que estas se
habían convertido en su actual obsesión.

Tras seleccionar unas cuantas fotos más y guardarlas en una


carpeta, enchufó el pendrive que quería usar para imprimir las fotos
desde el ordenador que Noah tenía en su despacho, pero no
funcionó. Su portátil parecía negarse a reconocer el dichoso USB.
Lo intentó varias veces, pero no tuvo éxito en ninguna de ellas, así
que no le quedó más remedio que buscar un sustituto. Como ella no
tenía ningún otro, decidió coger prestado uno a Noah.

Como Noah no estaba en casa, ya que había salido a dar un


paseo con Julian, en lugar de pedírselo entró en el despacho para
cogerlo ella misma. Estaba convencida de que a Noah no le
molestaría.

Se sentó en la silla y sonrió al fijarse en la foto que Noah había


puesto sobre la mesa, al lado de la que tenía de sus colegas de NIA
Tech. Era una foto de los tres. Noah, Julian y ella sonreían a la
cámara y su felicidad era tan real que traspasaba y contagiaba. Sin
dejar de sonreír empezó a abrir los cajones del escritorio en busca
de un pendrive que poder utilizar.

Nada en el primero.

Tampoco en el segundo.

Al abrir el tercer cajón reparó en algo: en una carpeta de tapas


azules que tenía una etiqueta con su nombre. Alzó las cejas un poco
sorprendida ante el hallazgo y la cogió.

Un sentimiento desagradable le lamió la nuca. Algo le decía que


lo que iba a encontrar dentro de esa carpeta no sería nada bueno.
Estuvo tentada de dejarla en el lugar donde la encontró y hacer ver
que nunca la había visto, pero la curiosidad fue más fuerte que la
cautela. Destapó la carpeta y nada más leer el título vio como todo
lo que había construido en los últimos meses se desmoronaba como
un castillo de naipes tras un golpe de tregua: “Informe sobre Isabella
de Luca para invalidar la custodia compartida”.
25
Noah

—Eh, campeón, cuidado con eso —alertó Noah cuando Julian


estuvo a punto de tirarse encima una estantería repleta de perfumes
que se encontraba en su paso en el supermercado.

Desde que había empezado a andar, mantenerlo dentro del


carrito o en la mochila era misión imposible, lo que hacía que un
paseo corto al super acabara transformándose en una experiencia
interminable y llena de peligros. A su paso, varias personas lo
señalaban y reían, haciendo hincapié en lo mono que era. Y lo era.
Por supuesto. Julian era monísimo. Pero también un jodido
kamikaze capaz de convertir cualquier objeto cotidiano en algo
potencialmente mortal.

Apartó a Julian de la estantería de perfumes, lo cogió de la


mano y lo llevó hasta la caja, donde dejó todos los productos de la
cesta sobre la cinta a la espera de ser atendido. En aquel lapso de
tiempo, Julian cogió una de las cajas de chocolatinas que había en
un expositor, le dio la vuelta, y esparció todo su contenido por el
suelo con una sonrisa traviesa que acompañó junto a varias
palmadas.

—Julian, ¡eso no se hace! —exclamó poniéndose a su altura,


pero la sonrisa de Julian no se desvaneció en ningún momento.
Podría pensarse que no entendía lo que decía, pero estaba
convencido de que sí lo hacía.

Cuando hubo recogido todo, cogió a Julian en brazos y se


disculpó ante la vendedora que había empezado a pasar toda la
compra por el sensor de precios.

—No te preocupes, son cosas de niños. —La cajera guiñó un


ojo a Julian y como respuesta este aplaudió de nuevo, lo que
provocó que la mujer se riera—. A estas edades están para
comérselos. Luego crecen y te arrepientes de no habértelos comido.
Yo tengo tres hijos, y te aseguro que cuando llegan a la
preadolescencia echas de menos a los bebés que un día fueron.

Noah se preguntó si eso también le pasaría a él. Era cierto que


la crianza de Julian había resultado ser mucho más compleja de lo
que había previsto. Quizás porque había asumido un rol mucho más
activo del que en un momento pensó. Ser padre no era fácil, de
hecho, era un trabajo mucho más duro del que hacía en NIA Tech,
pero mucho más satisfactorio también. Nada lo hacía más feliz que
regresar a casa los días en los que le tocaba ir a trabajar
físicamente en la oficina y que Julian fuera corriendo a recibirle con
los brazos abiertos. No se imaginaba lo duro que sería el día en el
que eso dejara de pasar porque la tele o el móvil fueran más
interesantes que él.

Pagó la compra y cogió la bolsa con la mano libre.

Al salir al exterior, Julian empezó a quejarse y a revolverse entre


sus brazos, así que no le quedó más remedio que dejarle bajar. Aún
no caminaba con mucha estabilidad, pero lo hacía a toda prisa, lo
que hacía que caminar con él por la calle fuera un estrés constante.
A pesar de que sus nervios acababan resentidos, Noah era bastante
permisivo, pues Isabella había insistido mucho en lo favorable que
era para Julian explorar el mundo por sus propios medios. No le
hacía mucha gracia que lo tocara todo, se sentara en el suelo o se
frotara contra los sitios, pero sabía que debía hacer de tripas
corazón y dejarle experimentar.

Pasaron por delante del vivero y cómo siempre, Julian se detuvo


para mirar fascinado las plantas expuestas en el exterior. Había
muchas, de muchos tipos y colores distintos. Pensó en Isabella.
Sabía que no era una mujer a la que poder comprar flores, pues
para ella una flor era un ser vivo que merecía poder seguir viviendo
en lugar de formar parte de un ramo, pero estaba convencido de
que le haría ilusión recibir como obsequio una de esas macetas. Por
lo que le había contado, en su piso de Tokio había plantado muchas
flores en su mini balcón para sentirse acompañada. Noah sonrió al
imaginarse a Isabella hablando con las plantas, estaba convencido
de que era el tipo de persona que hacía esas cosas.

Eligió unas camelias por su significado de fortuna y amor y


siguió el camino de regreso a casa. Al dejar atrás la zona comercial
y entrar en la urbanización formada por casas unifamiliares y
pequeños jardines, Noah reflexionó sobre lo mucho que le gustaba
el barrio. Había buenos colegios, parques y zonas verdes.
Realmente Hannah y Owen habían acertado al elegir aquel barrio
para vivir, pero empezaba a pensar que no podían seguir
quedándose en su casa. Tenía la sensación de que había llegado el
momento de comprarse una propia, una que fuera suya y que no le
hiciera pensar que estaba suplantando constantemente la vida de su
hermano. La casa de Owen algún día pasaría a Julian, pero Isabella
y él necesitaban elegir el lugar idóneo donde pasar el resto de su
vida juntos. Porque sí, eso es lo que Noah pretendía en un futuro no
muy lejano: pedirle matrimonio y casarse con ella para convertirse
en una familia en ciernes.

Vio algunos letreros de “se vende” de camino, y se dijo que


aquel sería un tema para tratar con Isabella en un futuro próximo. Le
hacía ilusión la idea de ir con ella en busca de la casa perfecta para
la familia que formarían los tres. Bueno… los tres y los bebés que
llegaran después. Puede que ser padre no fuera la panacea, pero le
gustaba la idea de tener un par de retoños más a los que también
perseguir sulfurado por el supermercado.

Lo primero que notó cuando llegó a casa y soltar la compra fue


el inusual silencio tras su “ya estamos en casa”. Por norma general,
Isabella siempre iba a recibirlos. Pensó que estaría con los
auriculares escuchando música y que no los había oído llegar, así
que fue buscándola por la casa, habitación por habitación, con
Julian en brazos que se tomó aquello como un juego.
No la encontró en el piso superior, tampoco en el inferior.
¿Habría salido?

Comprobó el móvil, pero no tenía ningún mensaje ni ninguna


llamada suya. Intento llamarla él, pero tenía el teléfono
desconectado. ¿Qué demonios estaba pasando?

Sintió como la garganta se le cerraba de golpe ante un


presentimiento. Volvió a subir al piso superior, abrió la puerta de la
habitación que compartía con Isabella desde hacía semanas y luego
abrió el armario que también compartían con la necesidad de
demostrarse a sí mismo de que sus sospechas eran infundadas,
pero eso no fue lo que ocurrió, porque tal como había temido el
espacio de Isabella estaba vacío.

Sintió una gota de sudor frío bajando de su frente y Julian


empezó a revolverse nervioso entre sus brazos. Estaba convencido
de que empezaba a contagiarse de su propia angustia. Volvió a
intentar llamarla, pero su teléfono seguía apagado o fuera de
cobertura.

¿Isabella se había ido? ¿Sin más? ¿Sin avisar?


Eso no tenía sentido, ella nunca haría algo así de forma gratuita.

Buscó de nuevo por toda la casa, intentando encontrar alguna


nota, una carta, algo que le explicara lo que había ocurrido. Fue al
abrir el despacho y mirar sobre su mesa cuando lo comprendió todo.
Ahí se encontraba el informe que el detective privado que contrató le
hizo cuando tenía planeado quedarse con la custodia de Julian. No
le costó demasiado comprender lo que Isabella había deducido de
ese informe datado de hacía poco menos de dos semanas, que fue
cuando el detective se lo entregó, por mucho que Noah le dijera que
ya no lo necesitaba.
Sintió el pulso martilleando con fuerza sus sienes. ¿Como había
sido tan imbécil de dejar aquello en un lugar accesible? Ni siquiera
lo había leído, tal cual llegó a casa lo dejó en uno de los cajones de
su escritorio con la intención de destruirlo. No lo hizo porque tenía la
cabeza en mil frentes distintos, y ahora… ahora ella pensaba que
había querido traicionarla.

Como si Julian comprendiera el significado de aquella verdad,


rompió a llorar desolado. ¿Lo peor de todo? Noah no sabía cómo
podría consolarlo cuando él mismo se sentía igual: desolado y
perdido.
26
Isabella

Isabella avanzó un poco más en la cola del mostrador de la


aerolínea que había elegido al azar. Hacía rato que su mente se
había vaciado de cualquier pensamiento coherente. Leer el informe
que Noah tenía en su poder había conseguido alienarla del mundo.
Ahí, por escrito, se había enfrentado a su pasado de una forma tan
detallada que sintió vergüenza de sí misma al ser consciente de lo
patética que había sido su existencia. Era un informe orientado a
evidenciar su nula capacidad como madre, usando como motivos el
hecho de que hubiera crecido en el seno de su familia
desestructurada donde las drogas y la falta de apego habían sido
una constante. También había los apuntes de una psicóloga que
aseguraba que, su necesidad de viajar y su negación a asentarse en
un sitio, era una prueba más de la inestabilidad emocional que
sufría, lo que la convertía en una persona poco fiable para el
cuidado de un bebé.

Leer aquel informe fue como una bofetada de realidad que le


bajó de la nube de felicidad en la que llevaba semanas inmersa.
¿Como había sido tan ingenua de creer que Noah la amaba de
verdad? Que a su lado podría construir un lugar que le perteneciera,
que le hiciera sentir segura y aceptada. Después de leer aquello no
le quedaba ninguna duda de que había estado jugando con ella,
dándole esperanzas para que a la hora de la verdad resultara más
fácil deshacerse de ella.

No le había quedado otra opción que escapar. Estaba claro que


Noah conseguiría sus objetivos en cuanto entregara aquel informe al
juez, tenía las de ganar y a Isabella no le quedaban fuerzas ni ganas
para luchar. Amaba a Julian, por supuesto, más que a sí misma,
pero después de todo lo vivido, después de haber entregado su
corazón y su alma como lo había hecho… no podía enfrentarse a
Noah. Hacerlo la destruiría. Por ello había metido todo lo
imprescindible en la maleta y huido de la casa con intención de
coger un vuelo hacia algún lugar remoto y lejano, como aquella
primera vez hacía ya más de una década que decidió dejar atrás su
vida decadente para construir una nueva.

La cola que tenía frente a ella era cada vez más corta y seguía
sin saber a dónde ir en esta ocasión. No quería volver a Japón, al
menos no todavía. Necesitaba vaciarse de todas las experiencias
vividas en Nueva York para poder volver a empezar y llenar de
nuevo su vida de cosas bonitas. Quizás, solo quizás, algún día
podría recordar a Noah y Julian sin que el corazón se le quebrase
cuando lo hiciera.

En aquel instante, a su lado, una pareja llevaba a un bebé de la


edad de Julian en un carrito mientras miraban con atención el panel
luminoso donde se anunciaban los vuelos. Aquello le hizo pensar en
Julian y se preguntó si el pequeño la echaría de menos. Suponía
que sí, al principio, de la misma manera que echó en falta a sus
padres durante las primeras semanas, pero pronto se adaptaría a la
nueva situación. Los niños pequeños tenían la suerte de ser muy
resilientes, y en unos meses ni siquiera se acordaría de ella; pasaría
a ser una extraña. Ella, en cambio, jamás podría olvidarse de su olor
de bebé, sus manitas regordetas, su sonrisa traviesa y esa forma de
mirarla, como si fuera el centro de su universo.
Sintió como el corazón le subía a la garganta impidiéndole
respirar. Dios, sin Julian sentía como si le hubieran arrancado un
miembro de su propio cuerpo. Se sentía… incompleta. ¿Algún día
dejaría de sentirse así?

—Señorita, es su turno. —La mujer frente al mostrador de la


aerolínea, le hizo un gesto con la mano para que se acercara—.
¿Dónde quiere viajar?

La pregunta quedó flotando en el aire e Isabella tardó varios


minutos en responder, convencida de que, fuera donde fuera,
ningún lugar le haría sentir tan feliz como lo había estado en Nueva
York esos últimos meses.
27
Noah

Noah nunca que había sentido desquiciado. Había usado la


palabra a la ligera y se daba cuenta mientras el terror le congelaba
las extremidades y en su cabeza transcurrían todo tipo de imágenes
trágicas. Aquello era estar desquiciado, acorralado, sin encontrar
una salida. Lo primero que hizo nada más darse cuenta de que
Isabella se había marchado había sido tan estúpido y, en cambio,
necesario…
Había subido a Julian al coche y había recorrido cada calle del
barrio en busca de un vestido de colores vivos y una melena larga y
castaña hondeando al viento. Era absurdo, si lo sabía, ella no se
había ido andando, pero tenía que asegurarse antes de dar el
siguiente paso.
Y el siguiente paso fue, obviamente, sentarse en el sofá e
intentar asimilar los nuevos hechos. Isabella se había ido dolida y,
sabiendo que conocía buena parte del mundo y su tendencia a
buscar la calma, podía ser perfectamente que fuera camino de
Japón. Y lo peor es que no podía enfadarse con ella, porque
entendía perfectamente las razones que la habían llevado a huir.
Para alguien que había pasado toda su vida intentando encontrar su
lugar en el mundo y buscando a alguien que no la abandonara a la
mínima de cambio, era difícil asimilar que aquello no iba a ocurrir.
Mucho más si había claros indicios de que sí estaba ocurriendo.
Indicios, se recordó Noah. Indicios nunca era lo mismo que
realidad y, cuando el pánico no lo dominaba, era capaz de pensar
que no pasaba nada. La buscaría por todo el mundo si era
necesario, pero daría con ella y le explicaría lo sucedido. Ella lo
entendería, como la mujer razonable y maravillosa que era, y todo
volvería a ser como antes. Celebrarían el primer cumpleaños de
Julian y ahí mismo Noah le pediría que se casara con él porque,
después de aquel susto, necesitaba demostrarle de todas las
maneras existentes cuánto la amaba.
La noche se le fue así, en vela y derivando entre lo catastrófico
y la esperanza. Cuando amaneció y después de llamar cientos de
veces al número de Isabella recibiendo a cambio la noticia nada
sorpresiva de que el teléfono estaba apagado, supo que era hora de
llamar a la caballería pesada.
Primero marcó el número de su amiga Darcy y, cuando ella lo
cogió, fue consciente de lo desesperado que estaba, porque no era
capaz de aclararse lo bastante como para contarle lo ocurrido.
—Noah, tienes que respirar, es demasiado pronto y tú estás
hablando demasiado rápido. ¿Qué ha pasado con Isabella?
Noah le contó la historia por encima, sin entrar en detalles, y
cuando acabó supo que su amiga estaba lista para ir a su casa.
—Darcy…
—No quiero que te preocupes por nada, ¿de acuerdo? Yo llamo
a Levi. Tú solo… quédate ahí y no hagas nada.
No hacer nada era horrible, de verdad. El sentimiento de
inutilidad que se empezó a apoderar de él conforme las horas
pasaban hacía que le costara trabajo incluso respirar.
Levi y Darcy llegaron y no lo hicieron solos. Ginger y Kayden
venían con su amiga. Al principio Noah se desesperó, porque no
tenía la paciencia suficiente para soportar a Ginger y su intensidad
en aquellos instantes, pero finalmente resultó ser una canguro
maravillosa.
Por su lado, Kayden pidió a Noah todos los datos de Isabella
para intentar averiguar si había cogido un vuelo. En su condición de
piloto, si había volado con su compañía, lo que sería un milagro,
podría averiguarlo.
El primer día nada dio resultado.
El segundo, tampoco, y Noah se desesperó pensando en
Isabella, en cómo se sentiría, en la soledad que estaría
embargándola y en la tristeza que seguramente sentiría por no tener
a Julian a su lado. Eso era lo que más dolía a Noah: saber que la
había empujado a alejarse de su hijo, porque si algo había quedado
claro en aquellos meses es que Isabella no había parido a Julian,
pero lo sentía y trataba como a un hijo. Exactamente igual que él.
Noah sabía que ella jamás lo abandonaría por algo poco
importante. La desolación que debió sentir fue suficiente como para
impulsarla a pensar que debía estar lejos de ellos y Noah sabía que
no bastaría una sola vida para perdonarse por hacerle aquello,
aunque hubiera sido fruto de una confusión.
—Tienes que dejar de martirizarte —le dijo Darcy en un
momento dado—. Ha sido un malentendido y, cuando todo se
aclare, tenéis que llegar a un acuerdo, Noah. No puede ser que,
ante el más mínimo problema, salga corriendo.
—Tú no lo entiendes —le dijo él—. ¿Imaginas lo que es vivir
una infancia en la que no le importes a nadie? —Darcy lo miró con
lástima—. Te quejas de Ginger pero lo cierto es que, sin ella,
estarías mucho más sola. Sabes lo que es que una persona te
abrace cuando estás triste. Incluso tienes a Kayden, que te sostiene
en los peores momentos. Isabella solo tuvo a Hannah y ella murió.
Lo único que le quedó fue Julian y ahora mismo piensa que yo la
engatusé y me acosté con ella para que se confiara y así poder
quitárselo. ¿Lo has pensado así, Darcy?
Su amiga lo miró emocionada y lo abrazó de inmediato.
—La quieres mucho.
—Es mi vida entera y, si no aparece, voy a volverme loco. Y
nunca voy a perdonarme que Julian haya perdido a una madre
maravillosa por mi culpa.
—La vamos a encontrar, te lo prometo.
Noah quiso creerla, pero la verdad era que, con cada hora que
pasaba, sentía que Isabella se alejaba más y más de él.

Pasaron dos días más en los que la gente dejó de aparecer por
su casa y su madre dejó de preguntar qué había ocurrido. Noah no
quiso contarle a nadie lo que había pasado. Nadie exceptuando a
sus amigos, claro, que estaban al día de todo. Sabía que, de no ser
por Julian, ya habría entrado en una espiral de autodestrucción. Por
fortuna tenía a su pequeño, al que se abrazaba cada noche para
poder soportar la tristeza.
Esa mañana estaba preparando café después de otra noche sin
dormir profundamente cuando llamaron a la puerta. Sabía que Darcy
y Levi no serían, pues tenían reunión con unos inversores a primera
hora de la mañana y ya estarían en la oficina central. Se sorprendió
al encontrarse cara a cara con Kayden, el mejor amigo de Darcy.
Intentó saludar, pero no reaccionó a tiempo y cuando quiso
darse cuenta Kayden había entrado en la casa como llevado por un
huracán. De haber estado algo más despierto Noah se habría fijado
primero en la gran sonrisa que lucía.
—He hecho más llamadas, Noah. Sé dónde está Isabella.
—¿Qué? —preguntó completamente consternado.
—Bueno, al menos sé cuál ha sido su primer destino. Ha cogido
un vuelo hacia Nepal.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente. Son datos oficiales así que te pediría que no
comentaras nada acerca de cómo los he conseguido. Información
personal e intransferible y…
—¡Necesito un vuelo a Nepal! —exclamó Noah fuera de sí, sin
atender a todo lo que Kayden seguía diciendo.
El hombre se quedó impactado, pero solo le duró unos
segundos. Después de todo era un piloto enamorado del cielo y
conocía bien los motivos por los que un hombre se veía llamado a
viajar en un impulso. Y si no lo entendía tampoco le importaba
porque Isabella estaba en Nepal y él… él tenía que encontrarla.
Tenía que traerla de vuelta a casa.
28
Isabella

La cordillera del Himalaya era un regalo para los ojos. Desde el


valle donde se encontraba, podía apreciar la belleza de los picos
nevados elevándose hacia el cielo como si quisieran fundirse con él.
Viajar a Nepal siempre era una opción segura. No había mejor sitio
para conectar con su lado espiritual y expiar el dolor.
En esa ocasión había decidido hacer su retiro en uno de los
templos budistas más alejados de la civilización. Había tardado
alrededor de seis horas en llegar subida a una camioneta desde
Katmandú. La camioneta la había dejado en la parte baja de la
colina y tardó alrededor de una hora más en alcanzar la cima. Lo
hizo completamente agotada, pues la pendiente del camino se
empinaba durante el ascenso, y el último tramo estaba formado por
un total de 365 escalones, lo que dificultó aún más la subida. Aun
así, supo que el viaje había valido la pena cuando los ojos de buda
sobre la estupa coronada con una bellota de oro le dieron la
bienvenida. Las instalaciones del templo eran mucho más grandes
de lo que había imaginado. Además de la estupa y el templo, había
santuarios, cobertizos, un monasterio y una biblioteca.
Nada más verla llegar y hablar con ella, los monjes del templo la
aceptaron y le ofrecieron un lugar donde alojarse. No era la única
forastera en aquel remanso de meditación y paz. Había gente de
varias nacionalidades que, al igual que ella, luchaban sus propias
batallas internas.
El día en el templo era rutinario, tranquilo, sin estrés, marcado
por la meditación y la introspección interior. Sin internet,
ordenadores ni teléfonos móviles, Isabella pudo concentrarse en sí
misma, en sanar heridas y recuperarse del dolor. Los retiros
espirituales siempre la habían ayudado a recargar pilas, pero en
aquella ocasión supo que no sería tan sencillo conseguirlo.
Necesitaría mucho tiempo y mucha meditación para superar el duelo
de la pérdida de la familia que había creído que formaba junto a
Noah y Julian. Pensar en ellos aún le producía un dolor punzante
que le desgarraba y retorcía las entrañas.
Aquella tarde, después de dos horas de trabajo desinteresado
limpiando parte del suelo de uno de los santuarios, decidió tomarse
un descanso e ir a dar un paseo por la zona. Solía hacerlo a
menudo. Le gustaba disfrutar del paisaje, del aire puro que se
respiraba en aquel lugar, que parecía más puro que en ningún sitio,
y de la sensación de magnitud que la embargaba rodeada de tanta
inmensidad. Era fácil darse cuenta de lo insignificante que era uno
teniendo el Himalaya delante.
Durante aquellos días recordaba con más facilidad el pasado.
Era como si leer el informe que Noah guardaba en el cajón hubiera
abierto una fisura en el dique de contención donde aquellos
recuerdos llevaban años enterrados. Un dique que le había costado
mucho en su día cerrar y cuya fuga ahora era constante y dolorosa.
La meditación le ayudaba a mantener a raya esos recuerdos, pero
cuanto su cabeza conectaba con la realidad, estos volvían a
sobrevolarla como una de esas moscas molestas que son
imposibles de espantar por mucho que te esfuerces.
Había comentado aquello con uno de los monjes, y este le
había dicho que el problema de base era intentar reprimir los
recuerdos, que si de verdad quería superarlos, debía aceptarlos y
dejarlos fluir con naturalidad. Sabía que estaba en lo cierto, los
monjes pocas veces se equivocaban, nunca había conocido a seres
de luz tan llenos de verdad como aquellos hombres.
Cuando el sol empezó a esconderse tras la montaña y unas
llamas anaranjadas lamieron sus picos en un espectáculo natural
que siempre la dejaba sin aliento, Isabella decidió regresar a las
instalaciones del templo.
De camino saludó a una mujer italiana que había ido al templo
para recuperarse de la muerte de su esposo, con el que llevaba
casada más de media vida. También saludó al hombre que la
acompañaba, algo más joven, quién hacía unos años había perdido
a su mujer y a su hijo en un accidente de tráfico en un vehículo que
él mismo conducía. Estar en el templo y conocer las historias de los
demás le hizo darse cuenta de que todo el mundo, en todas partes,
en mayor o menor medida, sentía dolor. Ya fuera un dolor físico, un
dolor emocional o un dolor espiritual, el dolor existía y formaba parte
de la existencia humana. Igual que la pérdida. Al fin y al cabo, ¿qué
es la vida sino una sucesión de ganancias y pérdidas constantes?
Una vez dentro de las instalaciones del templo, visitó la sala de
meditación para desconectar la mente un rato y, después, se dirigió
hacia su habitación. Al día siguiente debería despertarse a las 4.30
cuando sonaran las campanas, lo que hacía que la hora de dormir
se adelantara mucho en su reloj biológico.
Llegando al cobertizo donde se encontraba su habitación, se
encontró a uno de los monjes del templo que pareció aliviado al
verla. Era uno de los pocos occidentales. Contrastaba con el resto
por su tez blanca y sus ojos azules. Sus cejas rubias le hacían
suponer que su pelo también hubiera sido rubio de no haber estado
rapado. Además, hablaba inglés a la perfección, con un acento de
Gran bretaña muy marcado.
—Isabella, iba en tu busca. Hay alguien esperándote.
—¿Qué? ¿Dónde? —Isabella parpadeó desconcertada.
—En tu dormitorio. Apresúrate. Las horas de visitas turísticas ya
han terminado, y la persona en cuestión no cumple con los
estándares del templo para quedarse. Lo he dejado pasar porque…
bueno, ya lo entenderás.
Isabella sintió una opresión en el pecho ante aquella revelación.
¿Alguien había ido hasta el templo a buscarla? Pero ¿quién? Le dio
las gracias al monje por todo y salió corriendo, con el corazón
desbocado y el pulso martilleándole las sienes. Tenía una
corazonada… una corazonada esperanzadora.
Entró en el cobertizo, abrió la puerta de su dormitorio y… supo
que su corazonada se había cumplido.
De espaldas, mirando a través de la ventana de aquella
habitación pequeña y sencilla formada únicamente por una cama,
una mesita de noche y un armario ropero, había un hombre alto, de
espaldas anchas y cabello algo revuelto. Podría reconocer a ese
hombre a kilómetros de distancia, pues solo había una persona en
el mundo capaz de llenar una habitación con su presencia, y esa
persona era…
—¿Noah?
29
Noah

No había sido fácil. Llegar hasta allí, probablemente, había sido


lo más difícil que había hecho en su vida. Viajar en un vuelo
intercontinental con un bebé y enfrentarse a las diferencias
culturales que suponía visitar por primera vez un país tan distinto
como el Nepal, había sido realmente un trabajo arduo. Noah no era
el tipo de persona que disfrutaba con las novedades ni los
imprevistos, a él le gustaba enfrentarse a cosas que pudiera
controlar, como cuando lo hacía con un código numérico de
programación en la pantalla del ordenador. Hacer aquel viaje lo
obligó a salir de su zona de confort, y después de días de búsqueda
e incertezas, consiguió localizar a Isabella por un golpe de suerte.
Fue en un hotel de Katmandú donde se gestó la coincidencia de
su vida. Llevaba días buscando a Isabella por todos los templos de
los alrededores. Hasta la fecha no había tenido suerte. Sabía, al
hacer aquel viaje, que era muy poco probable que la encontrase
porque el Nepal era un territorio inmenso y tenía templos repartidos
por los lugares más recónditos, pero estaba dispuesto a intentarlo.
Estaba convencido de que había ido hasta allí para realizar uno de
sus retiros espirituales y que intentar llamarla o contactar con ella
por correo electrónico era absurdo porque ella le había contado que
en esos templos el uso de la tecnología estaba prohibido.
Obviamente, aquello lo dificultaba todo aún más. Cuando ya
empezaba a pensar que nunca lo lograría, una noche, en el
restaurante de aquel hotel, conoció a un hombre estadounidense y
contento de encontrarse con un compatriota, empezó a hablar con
él. El hombre le contó que había estado en un templo alejado en un
retiro de varias semanas que había llegado a su fin porque debía
regresar al trabajo. Noah le preguntó por Isabella sin muchas
esperanzas. Era un tipo práctico que se guiaba por el dictado de las
probabilidades y la probabilidad que Isabella estuviera en el mismo
templo que aquel hombre eran escasas. Demasiado escasas. Pero
a veces la vida nos recuerda que las estadísticas están para
romperse, y eso es lo que ocurrió en aquella ocasión.
—¿Isabella de Luca? ¿También estadounidense? Sí, hace unos
días que se hospeda en el templo. Parecía devastada cuando llegó.
Saber que la había encontrado fue como ver salir el sol después
de semanas de lluvia y días grises. Gracias a esa coincidencia,
pudo saber no solo dónde estaba sino también como podía llegar
hasta ella.
El viaje en camioneta se le hizo interminable.
Sorprendentemente, Julian estuvo tranquilo todo el trayecto. Era
como si, de alguna manera, supiera lo que le esperaba al acabar
aquel camino. Más complicado fue subir la colina hasta su cima,
sobre todo al llegar a los escalones de la última parte. Suerte que se
ejercitaba a menudo y tenía buen fondo, de lo contrario no hubiera
superado aquel tramo. Una vez arriba, las vistas del templo con las
montañas de fondo le dejaron más sin aliento de lo que ya estaba.
Incluso Julian abrió la boca admirado ante la belleza de aquel lugar.
En la entrada del templo les recibió un monje que no parecía tal
a juzgar por sus facciones occidentales. El horario de visita había
terminado hacía un rato y le aconsejaba encarecidamente que
volviera al día siguiente. Noah no se rindió, le habló de Isabella, de
su necesidad de verla y de todas las cosas que necesitaba decirle
con urgencia. De alguna forma sus palabras lo conmovieron, y lo
acompañó hasta la que supuestamente era su habitación con la
promesa de que se marcharía en cuanto hablase con ella.
Minutos después, la puerta se abrió a sus espaldas y escuchó la
voz de Isabella:
—¿Noah?
Se giró y la miró desbordado por las emociones que campaban
sin ton ni son por su interior. Frente a él, mirándolo con sus enormes
ojos castaños brillando más que nunca, se encontraba Isabella. Su
Isabella.
Iba vestida con el mismo hábito que los monjes y las personas
que había visto en el exterior, una especie de túnica naranja que se
enrollaba sobre sí misma, y llevaba el cabello recogido en un moño
bajo tras la nuca.
Los ojos de Isabella enseguida abandonaron los suyos para
centrar la mirada en el bebé que dormía con la cabecita apoyada en
su pecho dentro de la mochila de porteo. Los rizos morenos que
Julian había heredado de Owen le cubrían la frente y todas sus
facciones transmitían ese tipo de paz que solo transmiten los niños
cuando están dormidos.
Isabella gimió y se llevó las manos a la boca. Sus ojos se
llenaron de lágrimas al instante. Después de eso, unas lágrimas se
desprendieron de sus ojos.
—Pero ¿qué haces aquí con Julian? ¿Cómo se te ocurre hacer
algo así? ¡¿Te has vuelto loco?! —exclamó sin moverse del sitio,
con las lágrimas rodando por sus mejillas y la emoción haciendo
temblar su voz.
Al ver que Isabella no tenía intención de acercarse, fue él quien
avanzó hacia su dirección, hasta que sus cuerpos estuvieron tan
cerca que pudo percibir el calor y la tensión que desprendía.
—Sí, me he vuelto loco. Llevo semanas volviéndome loco. He
enloquecido por momentos desde que te marchaste, Isabella.
—Noah…
—Te buscamos desde hace días, y nos ha costado mucho dar
contigo. ¿No vas a decirnos lo mucho que te alegras de vernos?
Isabella dio un paso hacia atrás, como si estuviera
preparándose para la huida. Sus ojos aún estaban enrojecidos y
llenos de lágrimas.
—No juegues conmigo, Noah. Vi el informe. Sé que pretendías
deshacerte de mí para quedarte con la custodia de Julian. Yo solo
me quité de en medio.
Noah chasqueó la lengua consciente de lo capullo que había
sido al pedir aquel informe.
—Admito que cometí un error, pero eso fue al inicio de todo,
antes de conocerte, antes de enamorarme de ti y antes de saber
que eras la mujer de mi vida —dijo intentando imprimir en su voz la
envergadura de su amor hacia ella—. Entiéndeme, apenas sabía
nada de ti. Acababa de perder a mi hermano y me vi en la tesitura
de tener que compartir la custodia de mi sobrino con una
desconocida a la que apenas había visto dos o tres veces en mi
vida. Eso no entraba en mis esquemas, Isabella. Tú no entrabas en
mis planes. Y, aún así, doy gracias al cielo todos los días por
haberte cruzado en mi camino.
Isabella lo miró unos segundos en silencio, como si dudara de la
veracidad de sus palabras.
—¿Y si ese informe está en lo cierto y no soy adecuada para
Julian?
—Al cuerno lo que decía ese informe, Isabella. Ni siquiera lo leí.
Si tú no eres adecuada, nadie lo es, porque no conozco a nadie en
el mundo más dispuesta a amar y dejar que la amen que tú.
Frente a él, Isabella tembló. Tembló segundos antes de
desplomarse sobre el suelo y romper a llorar esta vez de una forma
tan desgarradora que el corazón de Noah se partió en dos. Se
agachó frente a ella, le mesó el cabello y le pidió disculpas de nuevo
mientras le aseguraba que nunca jamás volvería a hacerle daño.
Dentro de la mochila, Julian empezó a removerse. Tardó
segundos en desperezarse y despertar.
—Eh, colega, ¿has visto a quién tenemos aquí? —Los ojos de
Julian volaron de Noah a Isabella llenándose de reconocimiento.
Durante unos segundos la miró en silencio, con cautela. Luego,
sus labios se entreabrieron un poco y un sonido agudo, típico de
bebé, resonó en la habitación:
—¿Mamá?
Isabella dejó de llorar de golpe y miró a Julian con desconcierto.
Noah se sentía tan desconcertada como ella, al fin y al cabo, era la
primera vez que escuchaba a Julian decir una palabra entendible.
—¿Ha dicho…? —preguntó Isabella con la voz un poco tomada.
—Creo que sí.
—Mamá —volvió a decir el pequeño, esta vez abriendo los
brazos hacia su dirección.
Noah lo bajó de la mochila, lo dejó en el suelo y disfrutó del
momento en el que Julian venció el espacio que lo separaba de
Isabella para abrazarla con fuerza. Isabella rio, rio entre las
lágrimas, y lo apretó entre su pecho con ese amor que solo una
madre de verdad es capaz de ofrecer.
Fueron minutos bonitos, tiernos, dulces, eternos.
Esperó hasta que los besos y achuchones cesaron, y, entonces,
cuando Julian decidió que había llegado el momento de explorar el
espacio, ayudó a Isabella a ponerse en pie y la abrazó.
—Es mi turno —susurró, enterrando su rostro en el arco de su
cuello y disfrutando de su olor.
—Te he echado de menos. —Su voz sonó temblorosa.
—Yo también. —Se separó un poco de ella para mirarla a los
ojos—. Prométeme que no volverás a marcharte nunca. Yo prometo
no volver a darte motivos para que lo hagas.
Isabella sonrió.
—Te lo prometo.
—Y prométeme también que vas a regresar con nosotros a
casa.
Como respuesta, Isabella rodeó su cuello con los brazos y lo
besó. Fue un hueso corto, fugaz, pero perfecto. La clase de beso
que sella un pacto, que habla de amor, de confianza, de futuro. De
familia.
Poco después, se marcharon de allí despidiéndose de las
montañas y el templo con la certeza de que ese día quedaría
grabado en su memoria por siempre jamás.
Epílogo
Isabella

Isabella recorrió el pasillo de la pequeña capilla agarrada al


brazo del padre de Noah. Delante de ella, Darcy y Ginger abrían el
camino hacia el altar haciendo de damas de honor. Y aún más
adelante, el primero, iba Julian con paso inestable y su objetivo fijo
en llegar hasta Noah, que lo recibió en brazos con una sonrisa
enorme y ojos emocionados. No podía culparlo, ella estaba a punto
de echarse a llorar y, si no lo hizo, fue porque el padre de Noah
apretó su brazo con cariño, en señal de apoyo.
—Estás preciosa, cielo —murmuró justo antes de llegar hasta su
hijo—. Cuídala bien. Te llevas un tesoro, hijo.
—No tengo la menor duda de eso —dijo Noah visiblemente
emocionado.
Se situó frente a él y miró a conciencia su traje. Estaba
guapísimo. Él debía pensar lo mismo, porque observó su vestido de
color crema y corte tradicional antes de sonreírle con tal calidez que
Isabella se derritió.
—Absolutamente perfecta —susurró.
Isabella se emocionó. Si años atrás, cuando sobrevivía a duras
penas, alguien le hubiera dicho que llegaría el día en el que se
casaría con un hombre maravilloso que la amaría por encima de
todo y todos, se habría reído hasta que el vientre le doliera.
Después de todo Isabella siempre había estado convencida de que
no había nada para ella más allá de la supervivencia.
Pero ahí estaba, a punto de casarse con un hombre guapo,
inteligente y bueno que la adoraba y con un hijo, que seguía en
brazos de él, negándose a irse con ninguno de los invitados, pues
en cierto modo sabía que también era el protagonista de aquella
celebración.
Isabella vio a la madre de Noah llorar y se emocionó con ella.
Hacía solo dos meses que habían vuelta del Nepal y, cuando
anunciaron que se iban a casar, la madre de Noah le aseguró que
había conseguido lo impensable: dar un motivo de celebración a una
mujer que había perdido un hijo y una nuera. Isabella lloró
muchísimo aquel día, porque se dio cuenta de que, con la unión que
firmaba con Noah entraban también ellos y eso era maravilloso.
Quizás por eso, cuando la madre de Noah comenzó a hablar de
casarse en la misma capilla en la que se casó ella y, más tarde,
Owen y Hannah contrajeron matrimonio, ella no se negó. Noah se
mostró más reacio, pero Isabella sabía que, al fin y al cabo, aquello
solo era una ceremonia oficial. Era importante, claro, pero no lo era
más que los votos que había hecho la noche anterior sobre la boca
de Noah mientras él entraba en ella. No sentía que su boda fuera a
ser peor si se casaba en una capilla que si se casaba en un templo
budista. Si algo había aprendido recorriendo mundo es que, al final,
la fe de cada uno está en el interior y el resto, lo material, solo son
adornos.
Además, era una capilla bonita y le aseguró a Noah que lo más
importante era dar el “sí, quiero” para poder comenzar su vida como
matrimonio. Cuando él logró entender lo que pretendía explicarle, no
solo estuvo de acuerdo, sino que le agradeció inmensamente tener
tan en cuenta los sentimientos de sus padres.
También accedió a ponerse el vestido que a la madre de Noah
le había gustado y, de nuevo, no sentía que estuviera perdiendo
personalidad, porque ya tenía uno listo para el baile, de corte hindú
y mucho más colorido, con tonos azul eléctrico, amarillos y distintos
rojos. ¿Por qué tenía que elegir solo una opción, pudiendo tener las
dos? Sorprendería a sus invitados entrando en su celebración como
una novia tradicional y, antes del primer plato, entraría al vestuario y
saldría convertida en la verdadera Isabella. Los padres de Noah
estarían felices y ella, al sentir que en parte era por ella, más.
La gente tiene un concepto totalmente equivocado de la
dignidad. A menudo las personas hablan de no renunciar a su
propia esencia por nadie sin entender que, en realidad, todos
podemos tener varias esencias. No tenemos que encasillarnos en
un único pensamiento. Las personas evolucionamos y somos
capaces de elegir qué nos hace bien, qué nos hace mal y qué
camino queremos continuar.
—Adelante. —Isabella oyó la voz del pastor, que daba paso a
Noah para que pronunciara sus votos.
—Podría decir que prometo amarte y respetarte en las buenas y
las malas, en la salud y la enfermedad durante todos los días de mi
vida, pero tú eso ya lo sabes, así que voy a ir más allá. Isabella,
prometo amarte y seguir aquí, a tu lado, cuando pienses que todo el
mundo se ha ido. Prometo ser tu espacio seguro durante toda la
vida o hasta que te canses de mí, porque ten por seguro que yo
nunca me cansaré por ti.
Algunos invitados rieron, pero Isabella se emocionó hasta las
lágrimas. En realidad, la noche anterior Noah ya había hecho las
promesas más preciosas del mundo, igual que ella, así que lo besó,
sin importarle que la tradición fuera que el novio besara a la novia ni
que ella aún no hubiera pronunciado sus votos. Eso arrancó más
risas entre los asistentes y, cuando los ánimos se calmaron y el
pastor le dio el turno, habló con voz sorprendentemente temblorosa,
dejando constancia de lo nerviosa que estaba.
—Formar contigo una familia ha sido lo más complicado y
maravilloso que he hecho nunca. Y aunque ya lo sabes, agradezco
cada día la fortuna de tenerte en mi vida. Nos unimos en uno de los
peores momentos de nuestras vidas pero estoy convencida de que,
en alguna parte, Owen y Hannah celebran este día tanto como
nosotros. Voy a estar para ti siempre, Noah, aun cuando creas que
todo está oscuro y no me ves, solo tienes que estirar el brazo y ahí
me tendrás. Prometo no estar nunca más lejos que esa distancia.
Te quiero.
Esta vez fue Noah quien la besó sin esperar que el pastor lo
“mandara” y los invitados, que a esas alturas se habían olvidado por
completo del protocolo, aplaudieron celebrando una unión que, con
suerte, duraría toda una vida.
Se entregaron los anillos, abrazaron a Julian y, al salir de la
capilla, se dejaron bañar por una nube de pétalos mientras los
vítores de sus amigos y familiares llegaban a sus oídos. Isabella
miró al cielo y, en silencio, agradeció a Hannah el precioso regalo de
la vida, porque estaba convencida de que su amiga, aún desde el
más allá, se las había ingeniado para no dejarla sola. No por nada le
había hecho el regalo más valioso del mundo al dejar a su hijo en
sus manos.

La celebración fue increíblemente divertida por varios motivos,


aunque tuvo mucho que ver que Ginger se empeñara en cantar
cuando, desgraciadamente, no tenía voz para ello. En realidad,
según palabras textuales de Levi: cualquier ser humano racional
preferiría arrancarse los oídos antes que oír una sola nota más
salida de esa garganta. Y lo dijo tan serio, en su papel formal y
educado, que Isabella y Noah tardaron unos instantes en empezar a
reírse a carcajadas.
Aquellos dos meses desde su vuelta del Nepal habían servido
para sacar en claro varias cosas.
1 Ginger conseguía sacar de sus casillas a todo el mundo, pero
parecía tener un don especial para hacer que Levi perdiera la
compostura y eso era un gran logro.
2 Darcy iba de dura con todo el mundo pero era completamente
incapaz de ponerse firme con su hermana y se había dejado
gobernar de tal modo que, incluso en alguna ocasión, había
confesado que Ginger había dormido en su cama y ella, en el sofá.
3 Noah podía manejar los preparativos de boda con tanta
soltura como una de sus reuniones. No la dejó sola en ningún
momento y, más que eso, insistió en probar diferentes menús hasta
elegir el servicio de catering que más se adecuaba a sus gustos y
necesidades. Se mostró implicado y corresponsable en todo
momento, demostrándole, tal como ya había hecho con la
paternidad, lo bien que había elegido al enamorarse de él.
4 Julian era capaz de decir una cantidad ingente de palabras
cuando insistías en ello más de dos veces. Tan preocupados como
habían estado por que no hablara, y ahora el problema era que
resultaba imposible que se mantuviera en silencio más de cinco
minutos.
En definitiva, la vida se había vuelto caótica, estresante y, en
muchas ocasiones, una locura, pero Isabella no cambiaría nada de
aquello. Ni a sus amigos, ni a la familia de Noah, ni por supuesto al
propio Noah. Mucho menos a su pequeño tesoro, Julian.
Era una mujer que lo había perdido todo en su infancia, y de
algún modo, había sido recompensada con una segunda
oportunidad de adulta. Una oportunidad que no pensaba
desaprovechar.
—Deberías lanzar el ramo —dijo Noah cerca de su oído en un
momento dado—. Me muero por sacarte de aquí y llevarte a un
lugar más privado, querida esposa. Tengo algo que hablar contigo.
Isabella sonrió como una tonta imaginando lo que Noah
pretendía, pero, por supuesto, no se negó, sino todo lo contrario.
Avisó a su suegra de que quería lanzar el ramo y de inmediato se
juntó un corro de mujeres, algunas a las cuales no conocía, porque
también había claudicado con eso de invitar a gente conocida de
sus suegros. Incluso Noah había tenido que invitar a algunos
trabajadores que eran imprescindibles en la empresa. Isabella se
subió al pequeño escenario y se giró de espaldas para no ver a
todas las invitadas esperando. Cogió su ramo de flores, lo olió para
despedirse de él y lo lanzó con todas sus fuerzas, girándose
inmediatamente después para ver el resultado.
Lo que no habría imaginado ni en sus mejores sueños es que el
ramo, saltándose al grupo de mujeres que esperaban ansiosas,
había sobrevolado sus cabezas y había ido a caer al plato de
gambas de Darcy, que fiel a su estilo se había negado a colocarse
junto a las demás. Se quedó ahí, mirando el plato de gamas, ahora
lleno con su ramo, con el vestido manchado por lo que había
salpicado y con un Kayden al lado partiéndose de risa mientras
Darcy lo miraba como si fuera el culpable de todos sus males.
—Ups —susurró Isabella justo cuando su amiga clavó en ella
unos ojos llenos de rencor.
—Oh, venga, Darcy. ¡Vas a encontrar el amor! ¿No es
maravilloso? —preguntó Noah por el micrófono.
Y tal fue la mirada que su mejor amiga le lanzó que cogió a
Isabella de la mano, tiró de ella y juntos corrieron hasta salir del
salón en el que se celebraba su boda, amparados por las risas de
los invitados que sabían, obviamente, que acababan de aprovechar
la oportunidad para fugarse.
—Por fin te tengo, Bella mía —murmuró Noah abrazándola
cuando se cercioraron de que estaban solos.
—Para siempre —susurró ella emocionada.
—Para siempre —repitió él haciéndola la mujer más feliz del
mundo.
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