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La Familia, Santuario de La Vida

Este documento habla sobre el papel fundamental de la familia en la protección y promoción de la vida humana según las enseñanzas de Juan Pablo II. La familia es llamada a ser un "santuario de la vida" donde los niños pueden desarrollarse de manera adecuada y ser educados en valores como el respeto, la justicia y la solidaridad. También celebra y sirve el Evangelio de la vida a través de la oración, el cuidado de los ancianos, y la adopción de niños. Se necesita apoyar a las famil
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La Familia, Santuario de La Vida

Este documento habla sobre el papel fundamental de la familia en la protección y promoción de la vida humana según las enseñanzas de Juan Pablo II. La familia es llamada a ser un "santuario de la vida" donde los niños pueden desarrollarse de manera adecuada y ser educados en valores como el respeto, la justicia y la solidaridad. También celebra y sirve el Evangelio de la vida a través de la oración, el cuidado de los ancianos, y la adopción de niños. Se necesita apoyar a las famil
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Evangelium vitae de Juan Pablo II (25 /03/1995, #92-100)

La familia, santuario de la vida.

92. Dentro del « pueblo de la vida y para la vida », es decisiva la responsabilidad de la
familia: es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza —la de ser comunidad
de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio— y de su misión de « custodiar, revelar
y comunicar el amor ».117 Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como
intérpretes en la transmisión de la vida y en su educación según el designio del Padre
son los padres. 118 Es, pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la
familia cada uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno
más necesitado, la atención hacia él es más intensa y viva.

La familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros, desde el


nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente « el santuario de la vida..., el
ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada
contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las
exigencias de un auténtico crecimiento humano ». 119 Por esto, el papel de la familia en
la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible.

Como iglesia doméstica, la familia está llamada a anunciar, celebrar y servir


el Evangelio de la vida.  Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos,
llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del significado de la
procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida
humana es un don recibido para ser a su vez dado. En la procreación de una nueva vida
los padres descubren que el hijo, « si es fruto de su recíproca donación de amor, es a su
vez un don para ambos: un don que brota del don ».120

Es principalmente mediante la educación de los hijos como la familia cumple su misión


de anunciar el Evangelio de la vida. Con la palabra y el ejemplo, en las relaciones y
decisiones cotidianas, y mediante gestos y expresiones concretas, los padres inician a
sus hijos en la auténtica libertad, que se realiza en la entrega sincera de sí, y cultivan en
ellos el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el
servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un
don. La tarea educadora de los padres cristianos debe ser un servicio a la fe de los hijos
y una ayuda para que ellos cumplan la vocación recibida de Dios. Pertenece a la misión
educativa de los padres enseñar y testimoniar a los hijos el sentido verdadero del
sufrimiento y de la muerte. Lo podrán hacer si saben estar atentos a cada sufrimiento
que encuentren a su alrededor y, principalmente, si saben desarrollar actitudes de
cercanía, asistencia y participación hacia los enfermos y ancianos dentro del ámbito
familiar.

93. Además, la familia celebra el Evangelio de la vida con la oración


cotidiana, individual y familiar: con ella alaba y da gracias al Señor por el don de la
vida e implora luz y fuerza para afrontar los momentos de dificultad y de sufrimiento,
sin perder nunca la esperanza. Pero la celebración que da significado a cualquier otra
forma de oración y de culto es la que se expresa en la vida cotidiana de la familia,  si es
una vida hecha de amor y entrega.
De este modo la celebración se transforma en un servicio al Evangelio de la vida, que
se expresa por medio de la solidaridad, experimentada dentro y alrededor de la familia
como atención solícita, vigilante y cordial en las pequeñas y humildes cosas de cada día.
Una expresión particularmente significativa de solidaridad entre las familias es la
disponibilidad a la adopción o a la acogida temporal de niños abandonados por sus
padres o en situaciones de grave dificultad. El verdadero amor paterno y materno va
más allá de los vínculos de carne y sangre acogiendo incluso a niños de otras familias,
ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo. Entre las formas de
adopción, merece ser considerada también la adopción a distancia, preferible en los
casos en los que el abandono tiene como único motivo las condiciones de grave pobreza
de una familia. En efecto, con esta forma de adopción se ofrecen a los padres las ayudas
necesarias para mantener y educar a los propios hijos, sin tener que desarraigarlos de su
ambiente natural.

La solidaridad, entendida como « determinación firme y perseverante de empeñarse por


el bien común »,121 requiere también ser llevada a cabo mediante formas
de participación social y política. En consecuencia, servir el Evangelio de la
vida  supone que las familias, participando especialmente en asociaciones familiares,
trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo el
derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y
promuevan.

94. Una atención particular debe prestarse a los ancianos. Mientras en algunas culturas


las personas de edad más avanzada permanecen dentro de la familia con un papel activo
importante, por el contrario, en otras culturas el viejo es considerado como un peso
inútil y es abandonado a su propia suerte. En semejante situación puede surgir con
mayor facilidad la tentación de recurrir a la eutanasia.

La marginación o incluso el rechazo de los ancianos son intolerables. Su presencia en la


familia o al menos la cercanía de la misma a ellos, cuando no sea posible por la
estrechez de la vivienda u otros motivos, son de importancia fundamental para crear un
clima de intercambio recíproco y de comunicación enriquecedora entre las distintas
generaciones. Por ello, es importante que se conserve, o se restablezca donde se ha
perdido, una especie de «pacto» entre las generaciones, de modo que los padres
ancianos, llegados al término de su camino, puedan encontrar en sus hijos la acogida y
la solidaridad que ellos les dieron cuando nacieron: lo exige la obediencia al
mandamiento divino de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20, 12; Lv 19, 3). Pero hay
algo más. El anciano no se debe considerar sólo como objeto de atención, cercanía y
servicio. También él tiene que ofrecer una valiosa aportación al Evangelio de la
vida.  Gracias al rico patrimonio de experiencias adquirido a lo largo de los años, puede
y debe ser transmisor de sabiduría, testigo de esperanza y de caridad.

Si es cierto que « el futuro de la humanidad se fragua en la familia »,122 se debe


reconocer que las actuales condiciones sociales, económicas y culturales hacen con
frecuencia más ardua y difícil la misión de la familia al servicio de la vida. Para que
pueda realizar su vocación de «santuario de la vida», como célula de una sociedad que
ama y acoge la vida, es necesario y urgente que la familia misma sea ayudada y
apoyada. Las sociedades y los Estados deben asegurarle todo el apoyo, incluso
económico, que es necesario para que las familias puedan responder de un modo más
humano a sus propios problemas. Por su parte, la Iglesia debe promover
incansablemente una pastoral familiar que ayude a cada familia a redescubrir y vivir con
alegría y valor su misión en relación con el Evangelio de la vida.

« Vivid como hijos de la luz » (Ef 5, 8): para realizar un cambio cultural

95. « Vivid como hijos de la luz... Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no
participéis en las obras infructuosas de las tinieblas » (Ef 5, 8.10-11). En el contexto
social actual, marcado por una lucha dramática entre la « cultura de la vida » y la «
cultura de la muerte », debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los
verdaderos valores y las auténticas exigencias.

Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para


poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos
construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver
los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida
con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda
suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos. La urgencia de este cambio
cultural está relacionada con la situación histórica que estamos atravesando, pero tiene
su raíz en la misma misión evangelizadora, propia de la Iglesia. En efecto, el Evangelio
pretende « transformar desde dentro, renovar la misma humanidad »; 123 es como la
levadura que fermenta toda la masa (cf. Mt 13, 33) y, como tal, está destinado a
impregnar todas las culturas y a animarlas desde dentro, 124 para que expresen la verdad
plena sobre el hombre y sobre su vida.

Se debe comenzar por la renovación de la cultura de la vida dentro de las mismas


comunidades cristianas.  Muy a menudo los creyentes, incluso quienes participan
activamente en la vida eclesial, caen en una especie de separación entre la fe cristiana y
sus exigencias éticas con respecto a la vida, llegando así al subjetivismo moral y a
ciertos comportamientos inaceptables. Ante esto debemos preguntarnos, con gran
lucidez y valentía, qué cultura de la vida se difunde hoy entre los cristianos, las familias,
los grupos y las comunidades de nuestras Diócesis. Con la misma claridad y decisión,
debemos determinar qué pasos hemos de dar para servir a la vida según la plenitud de su
verdad. Al mismo tiempo, debemos promover un diálogo serio y profundo con todos,
incluidos los no creyentes, sobre los problemas fundamentales de la vida humana, tanto
en los lugares de elaboración del pensamiento, como en los diversos ámbitos
profesionales y allí donde se desenvuelve cotidianamente la existencia de cada uno.

96. El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en
la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable e inviolable de
toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre vida y
libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba también por ser
violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida
plena sino en la libertad. Ambas realidades guardan además una relación innata y
peculiar, que las vincula indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don
sincero de sí, 125 es el sentido más verdadero de la vida y de la libertad de la persona.

No menos decisivo en la formación de la conciencia es el descubrimiento del vínculo


constitutivo entre la libertad y la verdad. Como he repetido otras veces, separar la
libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos de la persona
sobre una sólida base racional y pone las premisas para que se afirme en la sociedad el
arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder público causante de
la muerte. 126

Es esencial pues que el hombre reconozca la evidencia original de su condición de


criatura, que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea. Sólo admitiendo esta
dependencia innata en su ser, el hombre puede desarrollar plenamente su libertad y su
vida y, al mismo tiempo, respetar en profundidad la vida y libertad de las demás
personas. Aquí se manifiesta ante todo que « el punto central de toda cultura lo ocupa la
actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios
».127 Cuando se niega a Dios y se vive como si no existiera, o no se toman en cuenta sus
mandamientos, se acaba fácilmente por negar o comprometer también la dignidad de la
persona humana y el carácter inviolable de su vida.

97. A la formación de la conciencia está vinculada estrechamente la labor


educativa, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre, lo introduce siempre más
profundamente en la verdad, lo orienta hacia un respeto creciente por la vida, lo forma
en las justas relaciones entre las personas.

En particular, es necesario educar en el valor de la vida  comenzando por sus mismas


raíces. Es una ilusión pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida
humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda
la existencia según su verdadero significado y en su íntima correlación. La sexualidad,
riqueza de toda la persona, « manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia
el don de sí misma en el amor ». 128 La banalización de la sexualidad es uno de los
factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor
verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer sobre
todo a los adolescentes y a los jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del
amor,  una educación que implica la formación de la castidad, como virtud que favorece
la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado « esponsal » del
cuerpo.

La labor de educación para la vida requiere la formación de los esposos para la


procreación responsable. Esta exige, en su verdadero significado, que los esposos sean
dóciles a la llamada del Señor y actúen como fieles intérpretes de su designio: esto se
realiza abriendo generosamente la familia a nuevas vidas y, en todo caso,
permaneciendo en actitud de apertura y servicio a la vida incluso cuando, por motivos
serios y respetando la ley moral, los esposos optan por evitar temporalmente o a tiempo
indeterminado un nuevo nacimiento. La ley moral les obliga de todos modos a encauzar
las tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas inscritas en
sus personas. Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad en la
procreación, el recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad: éstos han
sido precisados cada vez mejor desde el punto de vista científico y ofrecen posibilidades
concretas para adoptar decisiones en armonía con los valores morales. Una
consideración honesta de los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía
muy difundidos y convencer a los esposos, y también a los agentes sanitarios y sociales,
de la importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está agradecida a
quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia ignorada trabajan en la
investigación y difusión de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una
educación en los valores morales que su uso supone.
La labor educativa debe tener en cuenta también el sufrimiento y la muerte. En realidad
forman parte de la experiencia humana, y es vano, además de equivocado, tratar de
ocultarlos o descartarlos. Al contrario, se debe ayudar a cada uno a comprender, en la
realidad concreta y difícil, su misterio profundo. El dolor y el sufrimiento tienen
también un sentido y un valor, cuando se viven en estrecha relación con el amor
recibido y entregado. En este sentido he querido que se celebre cada año la Jornada
Mundial del Enfermo, destacando « el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio
que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia misma de la redención
».129 Por otra parte, incluso la muerte es algo más que una aventura sin esperanza: es la
puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad y, para quienes la viven en
Cristo, es experiencia de participación en su misterio de muerte y resurrección.

98. En síntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado aquí exige a todos el
valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento
de las decisiones concretas —a nivel personal, familiar, social e internacional— la justa
escala de valores: la primacía del ser sobre el tener, 130 de la persona sobre las cosas.

 Este nuevo estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés por el
131

otro y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que


defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que
amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia.

En la movilización por una nueva cultura de la vida nadie se debe sentir excluido: todos
tienen un papel importante que desempeñar. La misión de los profesores y de
los educadores es, junto con la de las familias, particularmente importante. De ellos
dependerá mucho que los jóvenes, formados en una auténtica libertad, sepan custodiar
interiormente y difundir a su alrededor ideales verdaderos de vida, y que sepan crecer en
el respeto y servicio a cada persona, en la familia y en la sociedad.

También los intelectuales pueden hacer mucho en la construcción de una nueva cultura


de la vida humana. Una tarea particular corresponde a los
intelectuales católicos, llamados a estar presentes activamente en los círculos
privilegiados de elaboración cultural, en el mundo de la escuela y de la universidad, en
los ambientes de investigación científica y técnica, en los puntos de creación artística y
de la reflexión humanística. Alimentando su ingenio y su acción en las claras fuentes
del Evangelio, deben entregarse al servicio de una nueva cultura de la vida con
aportaciones serias, documentadas, capaces de ganarse por su valor el respeto e interés
de todos. Precisamente en esta perspectiva he instituido la Pontificia Academia para la
Vida  con el fin de « estudiar, informar y formar en lo que atañe a las principales
cuestiones de biomedicina y derecho, relativas a la promoción y a la defensa de la vida,
sobre todo en las que guardan mayor relación con la moral cristiana y las directrices del
Magisterio de la Iglesia».132 Una aportación específica deben dar también
las Universidades, particularmente las católicas, y los Centros, Institutos y Comités de
bioética.

Grande y grave es la responsabilidad de los responsables de los medios de


comunicación social, llamados a trabajar para que la transmisión eficaz de los mensajes
contribuya a la cultura de la vida. Deben, por tanto, presentar ejemplos de vida elevados
y nobles, dando espacio a testimonios positivos y a veces heroicos de amor al hombre;
proponiendo con gran respeto los valores de la sexualidad y del amor, sin enmascarar lo
que deshonra y envilece la dignidad del hombre. En la lectura de la realidad, deben
negarse a poner de relieve lo que pueda insinuar o acrecentar sentimientos o actitudes de
indiferencia, desprecio o rechazo ante la vida. En la escrupulosa fidelidad a la verdad de
los hechos, están llamados a conjugar al mismo tiempo la libertad de información, el
respeto a cada persona y un sentido profundo de humanidad.

99. En el cambio cultural en favor de la vida las mujeres tienen un campo de


pensamiento y de acción singular y sin duda determinante: les corresponde ser
promotoras de un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos
«machistas», sepa reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las
manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda
forma de discriminación, de violencia y de explotación.

Recordando las palabras del mensaje conclusivo del Concilio Vaticano II, dirijo también
yo a las mujeres una llamada apremiante: « Reconciliad a los hombres con la
vida  ».133 Vosotras estáis llamadas a testimoniar el significado del amor auténtico, de
aquel don de uno mismo y de la acogida del otro que se realizan de modo específico en
la relación conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relación interpersonal. La
experiencia de la maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia las
demás personas y, al mismo tiempo, os confiere una misión particular: « La maternidad
conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la
mujer... Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a
su vez una actitud hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre
en general, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer ». 134 En
efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece
el espacio necesario, respetándolo en su alteridad. Así, la mujer percibe y enseña que las
relaciones humanas son auténticas si se abren a la acogida de la otra persona,
reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona y no de otros
factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud. Esta es la
aportación fundamental que la Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la
premisa insustituible para un auténtico cambio cultural.

Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al
aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra
decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e
incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es
verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os
dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo
ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y
confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su
perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a
vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Ayudadas por el consejo y la
cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso
testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por
medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento
de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más
necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

100. En este gran esfuerzo por una nueva cultura de la vida estamos sostenidos y
animados por la confianza de quien sabe que el Evangelio de la vida,  como el Reino de
Dios, crece y produce frutos abundantes (cf. Mc  4, 26-29). Es ciertamente enorme la
desproporción que existe entre los medios, numerosos y potentes, con que cuentan
quienes trabajan al servicio de la « cultura de la muerte » y los de que disponen los
promotores de una « cultura de la vida y del amor ». Pero nosotros sabemos que
podemos confiar en la ayuda de Dios, para quien nada es imposible (cf. Mt 19, 26).

Con esta profunda certeza, y movido por la firme solicitud por cada hombre y mujer,
repito hoy a todos cuanto he dicho a las familias comprometidas en sus difíciles tareas
en medio de las insidias que las amenazan: 135 es urgente una gran oración por la
vida,  que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada
grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con
iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a
Dios, Creador y amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la
oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal
(cf.  Mt  4, 1-11) y ha enseñado a sus discípulos que algunos demonios sólo se expulsan
de este modo (cf. Mc 9, 29). Por tanto, tengamos la humildad y la valentía de orar y
ayunar para conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer los muros del engaño
y de la mentira, que esconden a los ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros la
naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la vida, y abra sus
corazones a propósitos e intenciones inspirados en la civilización de la vida y del amor.

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