TE PERDONO
El que aprendió a perdonar
lo aprendió todo
TE PERDONO
Copyright © 2011 Marcelo Laffitte
marcelolaffitte@[Link]
Editorial Amplitud
Primera edición: Año 2004
Segunda Edición: Año 2011
Tercera Edición: Año 2013
Buenos Aires, Argentina.
Todos los derechos reservados conforme a la ley.
Prohibida la reproducción de esta obra,
salvo en segmentos pequeños,
sin la debida autorización de la autora o la editorial.
ISBN 987-21334-4-1
Diseño & Diagramación
Estudio Qaio. DG. Pablo Gallo
Impreso en Argentina.
Printed in Argentina.
Esta edición se terminó de imprimir en Ghione Impresores SRL.
DIOS BENDICE
A LOS PERDONADORES
SIEMPRE DIGO QUE SI EL EVANGELIO
QUE VIVIMOS Y PREDICAMOS
NO SE LLAMARA
EL “EVANGELIO DE JESUCRISTO”,
SE LLAMARÍA
EL “EVANGELIO DEL PERDÓN”,
PORQUE TODO EN LA BIBLIA,
GIRA EN TORNO
A LA PALABRA PERDÓN.
EL PERDÓN QUE DIOS ME PROPICIA,
EL PERDÓN QUE YO LE OFREZCO
AL QUE ME OFENDIÓ,
Y EL PERDÓN QUE MI PRÓJIMO
ME BRINDA CUANDO HUMILDEMENTE
LE PIDO QUE ME PERDONE.
TODO BROTA DEL AMOR DE DIOS
Y DEL PERDÓN QUE ÉL NOS DA.
Contenido
• Perdonar es el gran verbo ................................................................. 07
• La meta suprema .............................................................................. 09
• El perdón que Dios aprueba ............................................................... 11
• El abuelo y el nieto ............................................................................ 13
• Jesús perdonaba por iniciativa propia ................................................ 17
• Nada de diálogo ................................................................................ 19
• La prostituta con Jesús ...................................................................... 21
• En el madero .................................................................................... 23
• La carta de un asesino ...................................................................... 25
•¡Yo no quiero perdonar! ...................................................................... 29
• Perdona y serás libre ......................................................................... 33
• Cuando no perdono soy esclavo del que me ofendió ........................... 37
• Cuando no perdono, no puedo ser perdonado .................................... 41
• Así actúan los que están llenos de luz ............................................... 47
• La ofensa: un cincel que nos modela .................................................. 51
• “Mía es la venganza”, dice el Señor .................................................... 55
•¿Y si fui yo el que ofendió? .................................................................. 61
• Consecuencias de una conciencia sucia ............................................ 65
• Excusas para no pedir perdón ............................................................ 75
• Aquel carrito rojo ............................................................................... 77
•¡Más excusas para no pedir perdón! .................................................... 81
•¿Cómo conseguir una conciencia transparente? .................................. 85
• Formas incorrectas de pedir perdón ................................................... 89
• Accidentado campamento de jóvenes ................................................ 91
•¿Ha visto mi programa alguna vez? ..................................................... 95
PERDONAR
ES EL GRAN VERBO
Sería bueno que cada cristiano tuviera un “cementerio” especial
donde pudiera enterrar los defectos y errores de amigos y seres
queridos.
He notado muchos conflictos y hasta divisiones en iglesias locales
por falta de perdón. Creo que esa falta de perdón no solamente
genera problemas espirituales muy serios en las personas, sino
que también provoca daños físicos, sociales y emocionales.
Pero no solo quiero hablar de “perdonar a quienes nos ofenden”,
sino también “cómo pedir perdón cuando somos nosotros quie-
nes ofendemos”.
Todos –sin excepción- hemos sido, somos y seremos ofendidos.
En las difíciles relaciones interpersonales, la ofensa es moneda
corriente. Hoy nos ofenden, mañana ofenderemos nosotros. Por
eso digo que la vida de los cristianos tendría que ser un inter-
cambio permanente de perdón, amor y humilde comprensión.
Porque ese perdón que hoy otorgamos, mañana vamos a nece-
sitarlo para cubrir algún daño que nosotros provoquemos.
El ser humano es muy susceptible, muy sensible, cualquier pe-
queñez puede ofenderlo. Alguien no nos saluda como lo hace
habitualmente, y ya nos enojamos. Ni qué hablar cuando nos
insultan, nos rechazan o nos critican. Podemos dejar de hablar-
nos y hasta retirarle el saludo a una vecina, sencillamente porque
sus hijos escuchan música fuerte o porque alguna vez, al lavar la
acera, nos arrojó un poco de agua en el frente de nuestra casa.
Hay otras ofensas un poco más severas que ocurren muy a me-
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nudo: ese amigo que nos pide dinero y nunca más nos lo de-
vuelve, o ese familiar que nos traiciona con una herencia. Y ni
qué hablar del dolor que genera un adulterio. Como decíamos
al comienzo, tristemente también se ve la ausencia de perdón
en algunas congregaciones, generada, fundamentalmente, por
razones de poder.
La buena noticia es que, como hijos de Dios, estamos capacita-
dos para perdonar aún las ofensas más graves que pueda hacer-
nos el hombre, y vivir una vida realmente libre de las opresiones
que general el rencor.
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LA META SUPREMA
Si hoy recibieras una carta de Dios de manos del arcángel Ga-
briel, donde Cristo te revelara cuál es su meta suprema para tu
vida, ¿Qué crees que te diría? ¿Cuál piensas que es el objetivo
mayor del Señor para nosotros?: ¿ser salvos? ¿Ir al cielo? ¿Ser
santos? ¿Serle fieles? ¿Ganar a los perdidos? ¿Tener una comu-
nión íntima con Él? ¿Dar gloria a Dios?
Él nos diría en esa carta: “Quiero que seas como yo, que tengas
mi imagen”. Todo lo que podamos hablar sobre perdonar o pedir
perdón está dentro de esta sencilla meta.
Nuestra meta suprema es ser como Cristo. Por el amor y la gra-
cia de Dios, todo lo que Él permite que suceda en nuestras vidas
es usado por nuestro Dios para modelarnos a su imagen.
Esta es la meta más alta de un cristiano. Todas las otras metas
están incluidas dentro de esta: “si soy como Cristo entonces soy
salvo”, “si soy como Cristo iré al cielo”, “si soy como Cristo seré
santo”, “si soy como Cristo seré fiel”, “si soy como Cristo amaré
al prójimo”, “si soy como Cristo daré gloria a Dios con mi vida”.
Todas las metas están incluidas en esa meta: la salvación, la
justificación, la santificación, el crecimiento en gracia, la glori-
ficación, todo esto será una realidad en nosotros si crecemos
conforme a la imagen de Jesucristo.
Si vivo en la carne las consecuencias de ese estilo de vida serán:
“Inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería;
odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensio-
nes...” (Gálatas 5:19-20, NVI)
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Si en cambio logro, pese a mis imperfecciones, llevar mi vida por
carriles espirituales, los frutos serán otros: “Amor, alegría, paz,
paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio
propio...” (Gálatas 5:22, NVI)
¿Podemos perdonar si estamos llenos de odios, de celos y de
arrebatos de ira?
En cambio, qué distinta puede ser nuestra forma de reaccionar
ante los errores de los demás, si nuestra vida está impregnada
de amor, de paciencia y de dominio propio.
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EL PERDÓN
QUE DIOS APRUEBA
Pedro interrogó al Señor de una manera que más de uno de no-
sotros quisiera hacerlo:
-Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque con-
tra mí? ¿Hasta siete?
-No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete, le contestó
Jesús (Mateo 18.21).
¿Qué quiso decirle con “setenta veces siete”? Le quiso signifi-
car: “Debes perdonar siempre, Pedro”
Jesucristo no solo predicaba y enseñaba esto, sino que también
lo practicaba. Si miramos el Nuevo Testamento nos damos cuen-
ta que se pasó la vida perdonando y perdonando. Pero lo inte-
resante es ver, si analizamos los pasajes donde perdonaba, que
Jesús lo hacía siempre de una manera muy particular: perdona-
ba por iniciativa propia.
El perdón por iniciativa propia es, justamente, el que Dios aprue-
ba, es el perdón bíblico. ¿Y cómo es?
Tiene tres características muy claras: En primer lugar, es el per-
dón que se otorga por misericordia, sin que la otra persona tenga
que venir a humillarse para pedir perdón.
En segundo lugar –y preste atención a esto- es el perdón que se
brinda por amor, sin que la otra persona se lo merezca.
Y en tercer lugar, es el perdón que se da, por compasión, sin
que la otra persona ni siquiera se dé cuenta que tiene que pedir
perdón.
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En el primero de los casos, perdonar cuando vienen a rogar-
nos que les perdonemos es lo que hacen muchas personas del
mundo, no cristianas. Eso es fácil. Pero que el perdón surja de
nosotros como expresión de un corazón lleno de luz, eso sí que
es valioso.
El segundo punto es quizá el más difícil para nuestra naturale-
za caída. Se requiere mucha grandeza para perdonar a alguien
que realmente no merece ese perdón. Pero cuando el bendito
Espíritu Santo gobierna nuestros actos, es posible. Y a la vez
maravilloso.
Y el tercer caso se refiere a ese tipo de personas que quizá sin
darse mucha cuenta nos lastiman fuertemente con una frase,
con una actitud o con una crítica. No han tomado conciencia
del dolor que nos han provocado y, por ende, jamás vendrían a
pedirnos perdón. En estos casos, antes que crezca en nosotros
una raíz de amargura, debemos perdonar por iniciativa propia.
El Señor nos enseña: “En lo que dependa de vosotros, estad en
paz con todas las personas” Romanos 12:18.
Habrá veces en que nuestra actitud de perdonar no será recibida
por la otra parte. Será penosa esa situación, pero ya habremos
hecho lo que Dios nos pide, o sea, lo que depende de nuestra
acción.
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EL ABUELO Y EL NIETO
Un sábado a la mañana, don Jerónimo, un hombre de unos 65
años, le pidió a su hija Marta que le permitiera sacar a pasear a
Matías, si nietito de seis años.
Era un día soleado en la ciudad de Buenos Aires. Don Jerónimo
había proyectado llevar al niño a desayunar unas ricas tortas y
luego invitarlo a ver un partido de fútbol, el deporte favorito del
pequeño.
Pero nada de eso se cumpliría porque les aguardaba una trage-
dia.
Al cruzar una calle, un vehículo que venía a gran velocidad, los
arrolló y mató a los dos.
Como una estocada fatal, en aquel minuto, Marta perdió a dos
de sus seres más queridos: su hijo y su padre.
No pasó mucho tiempo para que la policía ubicara aquel au-
tomóvil. El propietario ya lo había reparado para disimular las
averías provocadas por el choque.
El conductor, que fue detenido por la justicia, no resultó ser ni un
joven alocado ni una persona drogada. Era Francisco, un hom-
bre de unos 45 años, padre de familia, una persona de bien, que
había salido a hacerle algunas compras a su esposa.
En su declaración dijo que cuando vio, por el espejo retrovisor,
los cuerpos caídos, se asustó mucho y el miedo lo indujo a huir,
y luego a ocultar el vehículo.
Al poco tiempo este hombre fue dejado en libertad, pero Marta
se llenó de dos venenos terribles: un dolor insoportable y un tre-
mendo deseo de venganza.
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José, el padre de Matías y esposo de Marta, decidió huir de la
angustia: se entregó a las drogas.
Pero luego de un año de este episodio, alguien –Dios siempre
envía a alguien en los momentos límites- le habló a Marta de
Jesús.
Ella y su esposo José se entregaron al Señor de inmediato. Toma-
ron la fe como un compromiso profundo. Al poco tiempo, José
abandonó las drogas. Marta –me lo dijo personalmente- comen-
zó a sentir que si bien el dolor persistía, ya no abrigaba odio por
Francisco, el conductor.
Se hicieron miembros de una iglesia y comenzaron a estudiar La
Biblia casi con desesperación.
-Me hace mucho bien leer la Palabra –me contó Marta.
Al poco tiempo quedó embarazada y llegó Manuel como un re-
galo del cielo.
Un domingo, cuando servían la Santa Cena, Marta le dijo al pas-
tor que no quería tomarla, que el Espíritu Santo le decía que
necesitaba ir a perdonar a Francisco.
El pastor César Soriano, diligente, hizo los arreglos necesarios y
a primera hora del lunes, él, Marta y su esposo golpearon en la
puerta de la casa de Francisco.
Aquel hombre se asombró mucho y los hizo pasar. Marta usó
muy pocas palabras:
-Dios me ha pedido que venga a perdonarte. Y quiero obedecerle.
Francisco rompió a llorar. Esa fue toda su respuesta. Lloró, con
gemidos, por más de cinco minutos, según el relato que me hizo
el pastor.
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Cuando pudo hablar, recién al otro día, le contó al pastor que esa
fue la primera noche que pudo dormir desde que había sucedido
el accidente, que había perdido veinte kilos de peso; que había
sido despedido de su trabajo; y que su familia –su esposa y tres
hijos- se había desunido.
El pastor le dijo que Cristo podía restaurar todo. Francisco recibió
al Señor. Confesó que jamás imaginó que Marta podría perdonar-
lo y que ahora había quedado impresionado por ese amor, por
esa actitud.
El final de esta historia, que solo puede concebirse en el contexto
del Reino de Dios, es que un domingo el pastor César Soriano
me invitó a predicar la Palabra en su iglesia. Lógicamente, hablé
sobre el perdón. Pero grande sería mi sorpresa y mi gozo cuando
vi, en un mismo banco, a Marta, su esposo José con Manuelito
en brazos, y junto a ellos a Francisco, con toda su familia.
-El día en que fui a perdonarlo sentí un gozo tan grande... solo
comparable al momento en que tuve a Manuel– me confesaría
después Marta.
Francisco no le había pedido perdón a Marta. El perdón llegó por
iniciativa propia.
Francisco quizá no se merecía el perdón, por haber huido sin
auxiliar a las víctimas, pero igualmente Marta lo perdonó por ini-
ciativa propia.
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Jesús perdonaba
por iniciativa propia
Todos conocemos ese pasaje del Evangelio de Lucas, (5:17-26)
donde Jesucristo sanó a un paralítico.
Allí se cuenta que unos jóvenes, enterados que Jesús estaba en
su pueblo, decidieron –llenos de misericordia- llevar a su amigo
paralítico para que lo sanase.
La noticia que Jesús sanaba y liberaba a las personas había co-
rrido, así que donde iba lo seguían multitudes.
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Nada de diálogo
Me imagino que aquellos hombres armaron un rústico lecho con
algunas ramas y cueros, subieron al joven paralítico e intentaron
llegar a Jesús. Pero no se podía. Había tantas personas rodeán-
dolo, que se hacía imposible.
Me gusta pensar que en el diccionario de aquellos muchachos
no figuraba la frase: “No se puede”. Insistieron por un lugar, lue-
go por otro, y al ver que esos intentos eran en vano, dice la Biblia
que subieron al terrado, al techo –se nota que el Señor atendía a
la gente debajo de una especie de galería- hicieron un agujero en
ese techo que sería de paja y barro, y, trabajosamente, lograron
bajar aquella “camilla” y colocarla justo delante del Señor.
Lo que se advierte es que no se produjo ningún diálogo entre los
hombres que trajeron al paralítico y Jesús. Ellos no le dijeron:
“Sabemos que tienes poder para sanar a las personas, pon, por
favor, tus manos sobre nuestro amigo y hazlo caminar”. Nada de
eso. La Escritura no registra palabras.
No me cuesta creer que Jesús miró con mucho agrado la fe y la
actitud de aquellos jóvenes, luego miró con profunda compasión
al paralítico y solo dijo:
-Ten ánimo hijo, tus pecados te son perdonados (Mateo 9:2).
Y tras perdonarlo, lo hizo caminar.
El paralítico no le había pedido perdón al Señor. El perdón se
brindó por iniciativa propia del perdonador.
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La prostituta con Jesús
Hay otro caso en la Biblia, que me conmueve, porque me mues-
tra el infinito amor de Jesús y esa ausencia de condenación que
tienen todos sus actos.
Jesús comía en la mesa de Simón, el fariseo. De pronto, según
narra Lucas 7: 36-50, entró en ese lugar una mujer pecadora.
Pienso que se trataba de una prostituta, una mujer que vendía
su cuerpo al mejor postor; una mujer con la cual no quisiéramos
ni cruzarnos en la calle, para que no manche nuestro testimonio.
Hay un dicho popular que puede llegar a tener algo de cierto,
pero en realidad a mí no me gusta mucho. Es ese que dice:
“Dime con quién andas y te diré quién eres”.
Yo miro la Biblia y veo que Jesucristo andaba con los pecadores.
Conversaba con ellos, entraba en sus casas, participaba de sus
fiestas. Él detestaba claramente el pecado, pero amaba a los
pecadores.
Si le huimos a los impíos, si nos alejamos de los pecadores la
Palabra de Dios nos gritará: “¿Cómo oirán si no hay quien les
predique?” (Romanos 10:14).
Pienso en esa escena, Jesús y la mujer pecadora frente a frente.
La blancura inmaculada de la santidad de un lado y la negrura
del pecado del otro.
Me cuenta la Escritura que al verlo a Jesucristo, ella se hincó de
rodillas y comenzó a lavarle los pies con sus propias lágrimas.
¡Qué profundo sería su llanto! Amorosamente se los perfumó
volcando sobre ellos una fragancia que llevaba en un frasco de
alabastro. Luego, en lo que interpreto como un acto de supremo
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arrepentimiento, comenzó a secárselos con sus cabellos a la par
que se los besaba con ternura.
Otra vez, no hay diálogo entre la prostituta y Jesús.
Hay situaciones en la vida donde evidentemente las palabras
están de más.
El Señor miró a esta mujer con enorme misericordia y solo rom-
pió el silencio para decirle:
-“Tus pecados te son perdonados. Vete en paz” (Lucas 7:48).
Aquella pecadora no le había pedido perdón. Otra vez, el perdón
brotó por iniciativa propia del perdonador.
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En el madero
Pero entiendo que el ejemplo más contundente que presenta la
Palabra de Dios en esto de perdonar sin que lo soliciten y sin que
merezcan el perdón, es aquel que Jesús ofrendó cuando estaba
clavado en el madero.
Aquellos mercenarios romanos estaban no solamente crucifican-
do al Salvador, sino que burlándose de Él; lo injuriaban, lo humi-
llaban, lo degradaban al grado sumo.
Me parece oír las carcajadas. Me parece ver el momento terrible
en que le quitaron las pocas ropas para sortearlas entre ellos.
El Señor clamó por un poco de agua, y con una caña y una es-
topa le pusieron un líquido amargo en la boca. Alguien le clavó
una lanza entre las costillas.
La vida de Jesús se iba apagando lentamente. Sin embargo,
pese al dolor extremo y a la crueldad sin límites de los soldados,
usó el último minuto para pronunciar aquellas ocho palabras que
han conmovido a la humanidad: “Padre, perdónalos porque no
saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Los soldados no le imploraron perdón a Jesús, ellos no le dijeron
“Somos soldados que estamos cumpliendo órdenes, no hace-
mos esto porque queremos, perdónanos” Todo lo contrario, lo
que se advierte es una terrible ferocidad por parte de ellos. Pero,
de igual forma, el perdón volvió a salir por amor de la boca del
perdonador.
La Palabra nos enseña: “Nunca digas: ¡Me vengaré de ese daño!
Confía en el Señor, y él actuará por ti” (Proverbios 20:22).
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Piensa ahora si has roto relaciones con un familiar, si has dejado
de hablarte con un cuñado, con un hermano de sangre, con
algún primo... si te has enemistado con un vecino –por culpa
del vecino quizá- y desde hace meses o años no se dirigen la
palabra; si has tenido una discusión con un compañero de tra-
bajo y notas que el aprecio de muchos años se ha diluido y hasta
sientes rechazo cada vez que lo ves; si antes tenías un amigo
“de oro”, con el cual vivieron muchas experiencias juntos, y te
enteraste que te criticó duramente y terminaron hasta gritándose
todo tipo de insultos y agravios; si tienes algún pleito con un her-
mano de la iglesia y ya no puedes mirarlo a los ojos como antes
y tratas de esquivarlo.
Si te encuadras dentro de alguna de estas situaciones, sigue el
ejemplo de Jesús: perdona a esa persona hoy mismo por iniciati-
va propia. O pide perdón si el que actúo mal fuiste tú.
No interesa cuán grave es el hecho que haya sucedido. No im-
porta quién haya tenido la culpa. Primero, perdónalo ahora mis-
mo en tu corazón. Pero no lo dejes allí. Si solamente haces eso,
el perdón estará incompleto. Vete a ver a esa persona, como hizo
Marta con Francisco, y arregla la situación. Dios va a proveerte
de la fuerza y el amor suficientes.
No esperes que esa persona clame a ti por perdón.
Sé que cuesta mucho, pero serás el primero en sentirse libe-
rado. ¿Recuerdas las palabras de Marta? (“Cuando perdoné a
Francisco sentí un gozo comparable al que experimenté cuando
nació mi nuevo hijo.”)
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La carta de un asesino
Como Director del periódico cristiano “El Puente”, de la Argenti-
na, recibí una carta muy especial.
La di vuelta para saber quién me la enviaba y cuando leí ese
nombre me quedé frío. El que escribía era nada menos que Car-
los Robledo Puch.
Puch es muy conocido en la Argentina. Ese hombre adquirió
notoriedad por sus múltiples asesinatos.
No exagero si digo que fue el delincuente más tristemente céle-
bre en la historia policial de este país.
Cuando comenzó con sus fechorías yo trabajaba como periodista
secular, así que seguí su sangrienta campaña muy de cerca.
Por ese entonces, Robledo Puch era un jovencito carilindo de
un barrio alto de Buenos Aires. Sus padres eran gente muy ho-
norable de origen alemán. Pero Carlos tenía nada menos que
vocación de criminal.
Salía por las noches y dejaba a su paso un reguero de sangre. Va-
rias de las muertes que provocó fueron incomprensibles, como si
experimentara placer por el solo hecho de matar. Todas las per-
tenencias de los muertos estaban intactas, no les robaba nada.
Recuerdo como si fuera ayer un título muy grande, en el dia-
rio, que rezaba: “Otra víctima más del Ángel de la muerte”.
La prensa ya lo había bautizado de esa manera por sus lindas
facciones y su pelo rubio caído sobre la frente. Era muy joven,
tendría por entonces unos veinte años.
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Cuando la policía logró apresarlo, acababa de asesinar a su pro-
pio compinche de correrías.
Fue condenado a cadena perpetua, acusado de once homici-
dios. Este hombre, que lleva más de treinta años preso, es el que
me escribía desde la cárcel.
Abrí el sobre. Era una carta muy extensa, de unas cinco o seis
hojas escritas con máquina. Generalmente los presos escriben
muy largo, tienen mucho tiempo.
Comencé a leerla y me sobrecogió. No recuerdo todo lo que de-
cía, pero los primeros y los últimos renglones jamás podré borrar-
los de mi memoria.
Al comienzo decía:
“Querido hermano Marcelo: Le escribo estas líneas para decirle
que he recibido a Jesucristo como mi Señor y Salvador, y aunque
sé que voy a estar detrás de estas rejas por el resto de mis días,
sé también que Él ya me ha liberado a través del perdón de su
sangre preciosa”
La carta seguía relatando detalles de lo que me sonaba como
una genuina conversión. Y al final cerraba con estas palabras:
“Hermano, no sé si alguna vez podremos estrecharnos la mano,
pero estoy seguro que un día nos encontraremos en las Bodas
del Cordero.”
Me quedé varios minutos mirando la carta. Pensando en la forma
magnífica que este hombre había entendido el perdón de Dios.
Para el Señor no hay pecado –por más negro que sea- que Él
no pueda perdonar. Solo hace falta un arrepentimiento genuino.
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A quienes me criticaron por haber publicado esa carta aducien-
do que muchos delincuentes toman ese fácil atajo de buscar a
Dios, después de haber cometido sus maldades, les dije que no
fue idea mía: Dios lo estableció así. La Biblia está llena de ejem-
plos de asesinos o impíos que fueron totalmente perdonados. Les
aclaré que ser perdonados por Dios no significa que tienen que
salir de la cárcel. Deben cumplir con la justicia de los hombres.
Hay muchas personas en nuestras iglesias que son perdonadas
por el Señor, pero que al mirar su feo pasado no se perdonan a
ellas mismas. Y se sienten incapaces de ser cristianas.
Este es un serio error. Cuando Dios nos perdona nos hace nue-
vas criaturas y nos dice: “Las cosas viejas pasaron, ahora son
todas hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Acto seguido, dice La
Biblia, arroja todos nuestros pecados en el fondo del mar para no
recordarlos nunca más. Y alguien dijo con gracia que allí mismo
Dios coloca un cartel: “Prohibido pescar”.
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¡Yo no quiero perdonar!
En Efesios 4:31-32 Pablo nos aconseja: “Quítense de vosotros
toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia y toda malicia.
Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonán-
dose unos con otros, como Dios también os perdonó a vosotros
en Cristo.”
¿Qué nos quiere decir Pablo con la última frase? ¿Cómo nos per-
donó “Dios en Cristo”?
La respuesta la encontramos en Romanos [Link] “Dios muestra
su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo
murió por nosotros”.
Es decir que Cristo no esperó a que nos hiciésemos buenos para
perdonarnos. Igualmente nos perdonó cuando estábamos en
medio del barro del pecado.
Así debemos perdonar: por iniciativa propia y aún sin que los
que nos ofendieron se merezcan el perdón.
Muchas veces nos resentimos y hasta rompemos relaciones por
problemas muy pequeños; o porque alguna vez hicieron un mi-
núsculo comentario sobre nosotros, que no nos gustó; o porque
no nos saludaron para nuestro cumpleaños; o porque nuestros
hijos tuvieron una pelea propia de niños.
Alguna vez, quizás sin darse cuenta, nos fallaron y nosotros les
aplicamos todo el peso de “nuestra ley”.
Esto es típico de aquellos que nos ponemos en el rol de jueces.
Llegamos a la conclusión que nos han ofendido y que no se
merecen el perdón. Mucho menos si no se humillan y vienen a
rogarnos que los perdonemos.
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Pero Jesús no quiere jueces. No quiere que actuemos así. Él
quiere perdonadores.
Creo que la vida tendría que ser para nosotros un permanen-
te intercambio de perdón y de comprensión con las personas,
sencillamente porque ese perdón que hoy otorgamos a otros,
mañana vamos a necesitarlo nosotros, porque seremos preci-
samente nosotros quienes ofenderemos a otros. Y uno va por la
vida cosechando lo que siembra.
Tuve el privilegio de ser amigo de Felipe Saint y de toda su fami-
lia.
Felipe fue un misionero estadounidense que sirvió más de la
mitad de su vida en la Argentina. Llegó a ser un hombre muy
querido.
Era hermano de Natanael Saint, “Nate”, aquel intrépido aviador
que perdió su vida en la selva ecuatoriana cuando trataba de
evangelizar a los indígenas aucas.
Esta historia –hecho relatado en el libro “Portales de esplendor”-
de los cinco misioneros que regaron con su sangre aquel remoto
lugar de Sudamérica acribillados por las lanzas de los nativos,
dio la vuelta al mundo.
Pero quizás pocos han rescatado que detrás de la epopeya mi-
sionera de estos hombres, dos mujeres protagonizaron después
un inmenso gesto de perdón que fue coronado por Dios de una
manera excepcional.
Ellas fueron Elizabeth Elliot y Raquel Saint. La primera, esposa
de uno de los misioneros muertos, y la segunda, hermana de
Nate Saint.
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Pese al profundo dolor por la pérdida de sus seres queridos, ellas
decidieron no dejar trunca aquella noble intención de evangeli-
zar a los aucas, y tomaron una determinación increíble: ir a vivir
con ellos en el medio de la selva. Elizabeth fue con su pequeña
hija.
Olvidando la angustia y reprimiendo el rencor, aquellas mujeres,
que jamás habían abierto un libro de misionología, se integra-
ron a los indígenas a través del amor, del perdón y del servicio.
Aprendieron su dialecto y lograron el gran objetivo: cientos de
aucas recibieron a Cristo en sus corazones. Hasta el hombre que
había asesinado con su lanza a Nate Saint, terminó siendo en el
pastor de aquella creciente comunidad cristiana.
Hoy en la bandera del Evangelio flamea intensamente en la
selva ecuatoriana.
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Perdona y serás libre
Si practicamos el perdón que Dios tanto nos aconseja, si tene-
mos la grandeza de “pasar por alto la ofensa”, si expresamos
una actitud de comprensión para aquellos que nos lastiman y
persiguen, tendremos una vida libre y bendecida.
El mundo es incapaz de destruir una congregación. La Palabra
afirma que el infierno nunca prevalecerá sobre ella, pero lo que
sí puede debilitar y aún derrumbar a una iglesia, es la falta de
perdón entre sus miembros y hacia quienes quisieran dañarla
desde afuera.
En la ciudad de Buenos Aires se realizó hace un tiempo un Con-
greso Mundial Bautista. El propio presidente de la Nación tuvo a
su cargo la apertura.
Había miles de creyentes llegados de muchos lugares del pla-
neta. Uno de los organizadores era el pastor Paulo Bottari, un
italo-argentino con un profundo conocimiento de la Biblia y un
gran compromiso con el Señor.
Bottari, en ese congreso, tenía la tarea de orar y ungir con aceite,
junto a varios pastores, al finalizar las exposiciones plenarias.
Cuando terminaban los mensajes, todos aquellos que necesita-
ban oración pasaban al frente y allí eran bendecidos por estos
pastores.
El propio Bottari me contaba: “Un día se me acercó un matri-
monio de color. Eran de los Estados Unidos. Él era pastor. Y allí
comenzó algo que jamás olvidaré en mi vida.”
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Me relató que el pastor negro le pidió oración porque padecía de
intolerables dolores en la zona abdominal. Dijo que con su espo-
sa habían realizado un enorme esfuerzo económico para estar en
ese congreso, pero que aquellos dolores eran tan intensos que le
impedían escuchar los mensajes y disfrutar del evento.
-¿Y a qué se deben esos dolores?– preguntó el pastor argentino.
-Tengo cáncer en los intestinos– respondió aquel hombre.
-¿Usted tiene un cáncer en el abdomen y solo quiere que oremos
a Dios por sus dolores? ¿Realmente no se anima a ir un poco más
allá? ¿No cree que tenemos un Dios que puede hacer mucho
más que quitarle sus padecimientos?
-Sí...sí... me gustaría – respondió tímidamente.
Bottari lo miró fijamente a los ojos y preguntó con seguridad:
-¿Usted tiene algún problema de rencor en su vida?
El norteamericano contestó con sinceridad:
-Debo confesar que sí... yo siento, desde hace muchos años un
profundo rencor por mi padre; él lastimó a mi madre de una
manera inconcebible.
Relató sintéticamente que fue testigo de una golpiza atroz que
su padre le propinó a su madre, y que desde ese día los dos
abandonaron la casa y se fueron a vivir a otro lado. Remarcó que
desde entonces, hacía de esto veinte años, jamás habló más con
su padre.
El pastor argentino volvió a mirarlo fijamente a los ojos.
-¿Desea sanarse?
El hombre respondió afirmativamente con la cabeza.
-Entonces debe perdonar a su padre– sentenció.
De inmediato, como quien ya sabe la respuesta de antemano
aquel hombre replicó con decisión:
-Debo decirle esto: yo siempre he tratado de ser muy honesto
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con los demás y conmigo mismo. Por eso quiero que sepa que
yo no siento perdonar a mi padre.
Bottari le dijo entonces:
-En el evangelio de Jesucristo no se trata de sentir, sino de obe-
decer. Los sentimientos no cuentan, lo que vale es hacer la vo-
luntad de Dios, Él dice que debemos honrar a nuestro padre y
a nuestra madre, y a que de esa manera tendremos una larga
vida sobre la tierra. –Y agregó-: La Biblia no aclara que debemos
honrar a nuestros padres siempre y cuando sean buenos y no
cometan errores, no; dice hónralos, sean como fueren.
El pastor negro sintió como una cachetada la autoridad de la
Palabra, y se derrumbó anímicamente. Como un niño alcanzó a
susurrar: -Dígame por favor, ¿qué puedo hacer?
Pablo le hizo repetir una oración de perdón para su padre que
aquel hombre pronunció con sinceridad. Luego lo ungió con
aceite, mientras su esposa lloraba junto a él.
Aquel perdón, dicho en voz baja en un rincón de Buenos Aires,
por esos misterios del Reino, cruzó los mares y llegó a donde
tenía que llegar.
Pablo lo abrazó fuertemente y le murmuró al oído:
-Usted ha hecho lo que a Dios le agrada.
Como seis meses después de aquel episodio, Bottari me llamó
por teléfono a la redacción de nuestra editorial.
-Marcelo ¿recuerda la historia que le conté de aquel pastor ne-
gro?
Le respondí que la tenía muy fresca en mi memoria.
-¡Me escribió!
-¿Qué dice en su carta?– pregunté ansioso. Y me contó:
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-Dice que ha decidido dedicar el resto de su vida a recorrer cada
ciudad de Estados Unidos contándole a la gente la sanidad que
genera el perdón otorgado. Me contó que cuando llegó a su país,
lo primero que hizo fue a ver a su padre, ya muy ancianito, y
que, sin mediar palabra alguna, lo estrechó en un largo abrazo
de perdón. Dice que desde entonces nunca se sintió tan sano y
tan fuerte.
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Cuando no perdono
soy esclavo del que me ofendió
Cada vez que yo no perdono a quien se ha levantado contra mí y
me ha ofendido, o que clama para ser perdonado de una deuda
insignificante, yo mismo genero una atadura para mi persona.
¿Por qué? Porque al enfocar todas mis emociones en esa per-
sona que me falló, pierdo mi libertad y mi gozo, y me vuelvo es-
clavo de ella. Mi mente se queda sintonizada en el daño que me
causó, pienso todo el día en eso, sufro al recordar aquel insulto y
todo mi ser se torna dependiente de ese hecho.
Estoy comiendo y me vienen esas palabras hirientes. Me dispon-
go a leer y de pronto siento que me voy del libro para sumergirme
de nuevo en la figura de aquella persona. Sin darme cuenta, por
esa actitud de no perdonar y permitir que el rencor arroje raíces
dentro de mí, esa persona termina adueñándose de mis emocio-
nes, de mi mente, de mis pensamientos, y entonces al dolor que
me causó, ahora le sumo otro más grave: me he esclavizado tras
las rejas del odio y del rencor.
Esto genera un gasto enorme de energía, que en muchos casos
desencadena serios problemas físicos. Esa lucha interna que se
ha desencadenado dentro de mí después que esa persona me
hirió, me cansa, me deja exhausto y finalmente me deprime.
Cuando la depresión se instala dentro de nosotros se genera más
depresión. Es un círculo vicioso. Un ciclo que se retroalimenta.
Cuando hablo de los problemas físicos que produce la falta de
perdón, siempre viene a mi memoria un señor que padecía una
fuerte alergia. Luego de hacerse estudios médicos le informaron
que sufría alergia al maíz, a la papa, a la carne de pollo, a la le-
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chuga, a la cebolla... Todo lo que comía le generaba horrendas
ronchas y picazones.
Probó una gran cantidad de medicamentos, pero nada dio re-
sultado. Finalmente, ya agotado de intentar tratamientos de todo
tipo y no obtener resultados positivos, el médico, extrañamente,
le sugirió esto:
-Sinceramente ya no se más qué hacer contigo. Yo te aconsejaría
que vieras a tu pastor.
-¿Ver a mi pastor? – Replicó aquel hombre-. ¿Cómo ver a mi pas-
tor si esto que tengo es un problema físico y no algo espiritual...?
¡Usted debería curarme!
Finalmente fue a plantearle su problema al pastor y este le pre-
guntó: -¿Tienes algún rencor contra alguien? ¿Podrías decirme
con toda sinceridad si guardas alguna raíz de amargura contra
alguna persona?
Y aquel hombre confesó:
-Sí, tengo mucho rencor contra un hermano mío que me robó la
herencia que nos dejó nuestro padre. Junto a un sucio abogado
logró quedarse con la parte que me correspondía de esa heren-
cia.
-¿Y cómo está tu hermano? – indagó el pastor.
-El está bien, pero en realidad yo me siento mejor que él. Aunque
estoy sin la herencia, no cabe duda que estoy mucho mejor que
él. Pero me da mucha rabia y considero un acto incorrecto lo que
él ha hecho.
Entonces el pastor lanzó su consejo:
-Si dices que tu hermano, aún con todos los bienes de tu padre
en su poder está peor que tú, entonces, ¿por qué no lo perdonas?
Y le explicó la forma de hacerlo:
-Escríbele una carta y dile que lo felicitas por su familia, que
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quieres que Dios lo bendiga y que deseas que disfrute de la he-
rencia con ella.
Él mismo relató que en el preciso momento en que la carta fue
depositada en el correo, se sanó completamente de todos sus
problemas físicos.
¿Pensó usted alguna vez que muchas afecciones físicas como
úlceras, problemas digestivos, nerviosismo, migraña y tantos
otros inconvenientes que acusa el cuerpo están generados por
el desgaste interior que producen los rencores y los odios que
persisten?
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Cuando no perdono,
no puedo ser perdonado
¿Qué más sucede cuando no perdono? Las Escrituras claramen-
te te dicen que “no puedo ser perdonado por Dios”.
(Mateo 6:14-15) De todas las consecuencias, esta es la peor.
Si miramos las consecuencias podemos darnos cuenta de esto:
ni la esclavitud que provoca el estar permanentemente enfoca-
dos en la persona que nos dañó, ni tener las emociones daña-
das, ni padecer problemas físicos, son tan graves como esta;
porque me lleva al infierno. Si no soy perdonado, ¡pierdo mi alma!
Las palabras del Señor Jesús en Mateo 6:12-15 son contun-
dentes: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en
tentación, sino líbranos del maligno. Porque si perdonan a otros
sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial.
Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco el Padre les
perdonará a ustedes.”
Si no perdono, Dios no va a perdonar mis pecados. El Padre-
nuestro nos enseña a pedir perdón y a perdonar.
Cuando catalogamos como muy grave lo que nos ha hecho una
persona y decidimos no perdonarla nunca más, en realidad lo
que provocamos es una atadura personal, porque esa persona
vive tranquila, duerme tranquila y ni siquiera piensa en ese su-
ceso que tanto daño nos causó. En cambio, nosotros comen-
zamos a enfermarnos, porque el rencor es como un tumor que
se instala dentro de nosotros. La amargura empieza a carcomer
nuestros huesos.
Hemos calificado como grave lo que nos ha hecho esa persona
y hemos decidido castigarla, no perdonarla nunca más, pero en
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verdad lo que hemos hecho es castigarnos a nosotros mismos.
Ese castigo tiene una consecuencia muy negra: perdemos la sal-
vación.
Este no es un tema menor: “No podré recibir la gracia de Dios
y su perdón si no decido perdonar siempre las cosas malas que
las personas cometan contra mí”. Y subrayo la palabra siempre.
“Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces
perdonaré a mi hermano que peca contra mi? ¿Hasta siete?” “No
te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”, le contestó
Jesús (Mateo 18:21-22).
Cuando el Señor le habló de perdonar setenta veces siete, en
realidad le quiso decir: “Debes perdonar siempre, Pedro”.
A veces pensamos que Jesús se refiere literalmente a múltiples
ofensas cometidas contra nosotros por un mismo ofensor. ¡Pro-
bablemente no es que esa persona continúa ofendiéndonos 490
veces! Es que la ofensa original fue tan dolorosa que me lleva a
revivir las palabras, el tono de voz, el dolor. Cada vez que recor-
damos la ofensa en nuestra memoria y espíritu, Cristo nos llama
a perdonar vez tras vez.
El Señor dejó por escrito el caso de un hombre que le debía mu-
cho dinero al rey. Este lo mandó a llamar y le reclamó duramente
el pago de la deuda. Aquel hombre clamó al rey que le tuviera
paciencia, que en algún momento le pagaría todo. Al ver al hom-
bre postrado y humillado, el rey tuvo misericordia, le perdonó la
deuda y lo dejó en libertad.
Pero sigue relatando la Escritura que al salir aquel hombre del
palacio con su enorme deuda ya perdonada, se encontró con un
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compañero que le debía unas pocas monedas. Lejos de disfrutar
de la bondad recibida tuvo una actitud increíble: comenzó a es-
trangularlo a la vez que le gritaba que le pagara lo que le debía.
Su compañero se postró delante de él y le rogó que le tuviera
paciencia, que le pagaría. Pero se negó. Y no solo eso, sino que
fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que cumpliera con su pago.
Al enterarse el rey de la reacción de este mal hombre, volvió a
llamarlo y lo increpó; “¡Siervo malvado! Te perdoné toda aquella
deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte
compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de
ti? Y enojado, su Señor lo entregó a los carceleros para que lo
torturaran hasta que pagara todo lo que debía. Así también mi
Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno per-
done de corazón a su hermano” (Mateo 18:23-35).
¿Por qué crees que Dios colocó este relato en la Biblia? ¿Para
que sencillamente tuviera más páginas?
Él dejó escrito este relato porque nos deja una enseñanza muy
profunda: “Ese hombre que perdonado de tanto fue incapaz de
perdonar tan poco,... representa a cada uno de nosotros”. Fui-
mos perdonados por el Señor de tantas miserias, fuimos limpia-
dos de tanto barro y, sin embargo, basta que alguien nos haga
una pequeñez para enojarnos y retirarle el saludo.
Perdona siempre. Dios ama y bendice
a los perdonadores
No lleves la cuenta de las veces que tal o cual persona te ha
ofendido. No computes todas las veces que las has perdonado.
No escribas en una libreta todas las ocasiones en las que has
sido benévolo y las has tolerado. No. Sencillamente, cada vez
que una persona te ofenda, perdónala. Aunque tu carne te diga
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que es injusto, estarás obedeciendo a Dios.
¿Qué significa perdonarla? Soltarla para que se vaya, y poner
todo ese episodio y esa persona en las manos de Dios. Esta man-
sedumbre no debe confundirse. No somos tontos al colocar tan-
tas veces la mejilla.
Solo obedecemos a Dios y dejamos que nuestro Abogado, aquel
que desde el cielo atiende todos nuestros asuntos, se encargue
de colocar, a su tiempo, cada cosa en su justo lugar.
Nuestro rol no es vengarnos. “Mía es la venganza”, dice el Señor
(Deuteronomio 32:35). Nuestro rol es perdonar.
Cuando alguien te haya ofendido, o traicionado, o criticado o
defraudado, una mala memoria es tu mejor respuesta.
El perdón trae sanidad y limpieza interior. Por eso el Señor, que
nos ama tanto, nos dice en Mateo [Link] “Ponte de acuerdo con
tu adversario pronto”.
No podemos cometer error más grande que guardar en un lugar
de nuestra memoria aquel hecho que nos lastimó tanto.
Hay personas que tienen en su alacena la “fotografía” de aquella
persona que hace diez años se levantó contra ellas. Permanen-
temente van a mirarla. Al mirarla reflotan las palabras dichas en
aquel momento, los detalles de aquella traición, la expresión y la
mirada de esa persona. Miran y vuelven a revivir todo. Las heri-
das se reabren como si todo hubiese sucedido ayer.
No hay peor error que hacer esto.
Lo que debes hacer es perdonar definitivamente a esa persona,
para que tu enfoque ya no esté más en ella, sino en Cristo Jesús.
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El Señor nos enseña a no dejarnos enredar el alma por las perso-
nas que nos hacen daño.
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Así actúan
los que están llenos de luz
Admiré y aprecié enormemente al pastor Samuel Libert (hoy ya
fallecido). Lideró por mucho tiempo una iglesia en la enorme
ciudad de Rosario, en la Argentina.
Lo admiré porque era un hombre que siempre vivió el cristianis-
mo. Lo predicaba muy bien, pero lo vivía mejor. Nunca pude ver
en él un divorcio entre lo que decía creer y lo que hacía.
Lo admiré también por ser un periodista brillante. Un maestro
para mí. Dejó muy bien al Señor y a la Argentina en todos los
foros del mundo donde fue invitado a levantar su voz clara y llena
de sabiduría. En fin, mi admiración tuvo motivos de sobra.
Pero esa admiración y ese respeto crecieron a su punto máximo
cuando me enteré de una actitud que don Samuel protagonizó
durante un doloroso episodio de su vida.
Él tenía un hermano de sangre en otra ciudad de la Argentina.
Un hermano al que quería mucho.
Un día, ese hermano transitaba por una ruta con su automóvil
nuevo, alguien, con la intención de robárselo, le disparó en la
cabeza y lo mató.
Al poco tiempo, el asesino fue detenido. Resultó ser un mucha-
cho de unos 25 años. Fue juzgado y condenado.
Cuando fue llevado a la cárcel, la actitud del pastor Samuel Libert
conmovió a muchos, porque fue absolutamente inusual. Propia,
solamente, de aquellas personas llenas de luz, llenas de Dios.
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Solicitó en el penal poder ver al asesino de su hermano. El pe-
dido le fue negado. En esos casos, las autoridades temen actos
de venganza.
Libert no se rindió fácilmente. Envió otra carta ofreciendo todas
sus referencias y explicando que visitaría a ese joven como pas-
tor. Pero recién en el tercer intento obtuvo el permiso.
Cuando llegó a la cárcel, lo custodiaron con una guardia muy
fuerte. Hasta el propio director del penal lo acompañó hasta
aquella celda donde se alojaba el hombre que le había quitado la
vida a su querido hermano.
Creo que muchos de nosotros, en la misma situación que
Samuel, no quisiéramos ver nunca más a ese tipo de asesinos.
Pero los que están llenos del Espíritu Santo actúan de manera
muy diferente.
Cuando estuvo frente a frente con aquel criminal, el pastor, tras
presentarse, tomó al muchacho del hombro, como un padre, y
le dijo simplemente: “He venido a perdonarte en el nombre de
Jesús... te perdono, te amo”.
Con esas pocas palabras, le predicó todo el evangelio. Desde
Génesis hasta Apocalipsis.
Y ante esa inmensa muestra de amor, dicha con tanta sinceridad
sucedió lo único que podía suceder: aquel joven, bañado en
lágrimas, recibió a Cristo en su corazón.
Otra vez, el perdón por iniciativa propia generó sus frutos.
Samuel Libert no dejó el tema allí. Siguió en contacto con el pre-
so por carta, lo hizo su discípulo, y al tiempo éste se dedicó a
predicar y a hacer discípulos a otros en la cárcel.
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Perdonar a personas que nos han hecho tanto daño, perdonar-
las por nuestra propia cuenta, sin ni siquiera que ellos nos lo
pidan, no es fácil. La respuesta del hombre sin Dios consiste en
demandar justicia, en odiar; y en sentir que ese resentimiento
está justificado.
Pero los hijos de Dios somos llamados a perdonar siempre.
Dios no se agrada de los que asumen el rol de jueces. Él no quie-
re jueces, quiere perdonadores. Gálatas 5:15 en la versión “La
Biblia Traducción en Lenguaje Actual” dice: “Les advierto que
si se pelean y se hacen daño, terminarán por destruirse unos a
otros”.
Si la otra persona se merece o no el perdón, no es asunto nues-
tro. Si la otra persona lo acepta o no, tampoco debe interesarnos.
Hagamos nuestra parte que es perdonar. El Señor nos aconseja
que en lo que dependa de nosotros, estemos en paz con todas
las personas, “con todas”. Aún con aquellas que nos han lasti-
mado.
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La ofensa:
un cincel que nos modela
Debemos ver la ofensa como una herramienta en las manos de
Dios. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les
ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son
llamados”. (Romanos 8:28).
Dios permite que nos pasen determinadas situaciones difíciles,
que suframos algunas pruebas y que derramemos algunas lágri-
mas, para hacernos bien.
Dios nos modela a través del sufrimiento. Está comprobado que
no hay mejor escuela que la “Universidad del Desierto”.
Tampoco debemos culpar a la mala suerte cada vez que sufri-
mos un ataque o una ofensa, como si fuésemos personas des-
graciadas a las que les pasan todas las calamidades. Al contra-
rio, no deben extrañarnos los dolores que el Señor permite que
padezcamos en la tierra: “Amados, no os sorprendáis del fuego
de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña
os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los
padecimientos de Cristo” (1 Pedro 4:12).
Si logramos entender que el sufrimiento es normal en la vida del
cristiano, entonces ni nos extrañaremos cuando algo nos suce-
da, ni culparemos a la mala suerte, ni nos enojaremos con Dios.
Realmente, el sufrimiento y el dolor son el denominador común
de toda la raza humana. Todos se mojan cuando llueve y to-
das las casas tiemblan durante un terremoto. Lo increíble es ver
cómo Dios, con su divina creatividad y poder puede transformar
lo más vil, lo más triste, lo más injusto en algo dulce y precioso.
Dios usa todo el dolor y la pena en la vida del cristiano para trans-
formarnos cada vez más a la preciosa imagen de Cristo. ¡Esa es
nuestra meta suprema!
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Cuando nos suceden pruebas es para bien. Recordemos esto.
Sepamos que Dios maneja las ofensas como herramientas, para
modelarnos a su imagen.
Si nuestra meta es ser como Cristo, todo lo que nos suceda
obrará en nuestro beneficio. Si nuestra meta fuera ser ricos, no
todo obraría para bien, porque un solo ladrón podría arruinar esa
meta. Si nuestra meta suprema fuera tener buena salud, un solo
microbio podría acabar con ella. Si nuestra meta fuera tener una
linda familia, un hijo rebelde podría destruir ese sueño.
Pregúntese ahora: ¿Cuál es mi meta? Si mi meta suprema es ser
como Cristo, no importa lo que suceda en mi vida, pues todo
obrará para bien. ¿Y cuál es ese bien? Precisamente, parecerme
cada vez más a Cristo. “Conforme a tu fidelidad me afligiste”
Salmos 119:75 ¿Había meditado en este pasaje?
Ir pareciéndonos cada vez más a Cristo nos permitirá notar que
crece en nosotros el amor, el gozo, la paciencia, la benignidad,
la bondad y la fe; es decir, que crece el fruto del Espíritu Santo, y
cuando esto sucede nuestras reacciones ante las cosas adversas
que nos suceden son mucho más cristianas.
Veremos a las ofensas como herramientas en las manos de Dios
para transformaros cada vez más a su imagen, nos ayudará mu-
cho a no errar el blanco con nuestras reacciones.
Pero también es muy bueno ver la ofensa como señal de dolor de
la persona que nos ofende.
Hay un pasaje muy ilustrativo donde Pablo es hostigado por una
mujer endemoniada. Esta mujer era una esclava y molestaba
al apóstol mientras este plantaba iglesias o cuando ministraba.
Permanentemente lo interrumpía. Finalmente, molesto, Pablo se
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detuvo, la miró como si fuera por primera vez y notó que esta-
ba atormentada por los demonios. Entonces, la liberó y la mujer
comenzó a vivir como si realmente fuera una nueva persona.
Los dueños de aquella esclava se enojaron mucho con Pablo y
lo expulsaron de esa comunidad, donde ya había plantado una
iglesia.
Existirán veces en que si una persona nos hiere o nos hace daño,
no habrá que mirar ni prestar atención a la ofensa, sino que
habrá que poner los ojos en la persona que nos ofende. Tratar
de ver qué dolor, qué angustia o qué frustración la mueven para
tratar de perjudicarnos. Esa sería una mirada profundamente
cristiana.
Quizás puedas discernir que esa persona no quiere hacerte daño,
sino que, presa del sufrimiento de su alma, se siente impulsada a
actuar de una manera que no quisiera. Comúnmente las perso-
nas que nos hieren u ofenden viven con gran dolor en su propia
vida. Todo lo nocivo y tóxico que emiten es testimonio de lo que
sienten en su alma. En vez de atacarlos, debemos enfocarnos
menos en la ofensa y con compasión ver a la persona como al-
guien muy necesitado del amor de Dios, y tratar de brindárselo
nosotros. No es una tarea fácil, pero es lo que al Señor le agrada.
Si haces esto, en más de una oportunidad comprobarás que ese
hombre o esa mujer es una criatura amada por Dios, que ne-
cesita cariño y que se comporta de esa manera por el profundo
sufrimiento interno que le genera la ausencia de amor.
Pidámosle a Dios que nos dé un corazón lleno de misericordia y
gracia por la persona que nos ofende. No seamos como aque-
llos que parecen jueces, que todo lo que hacen es juzgar a los
demás.
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“Mía es la venganza”, dice el Señor
Hemos visto que podemos perdonar, ver la ofensa como una
herramienta en las manos de Dios, y ver también la ofensa como
señal de dolor de la persona que me ofende. Cuando actuamos
de esta manera se abren las puertas para ministrar a esa per-
sona. En cambio, cuando juzgamos o atacamos, se pierde toda
posibilidad de acercamiento.
Pero surge una pregunta: ¿No defendernos de las agresiones
de la gente no nos vuelve tontos? Y si nos ven tan débiles y tan
inofensivos, ¿no volveremos a ser lastimados una y otra vez? No.
De ninguna manera. Dios afirma que tenemos un Abogado en
los cielos, Jesucristo, que atiende todos nuestros conflictos y que
tarde o temprano colocará las cosas en su justo lugar con las
personas que nos dañen.
Esto significa que ni siquiera debe pasar por la mente de un cris-
tiano la idea de la venganza.
La venganza debo dejarla en manos de Dios. Dios es el único que
puede hacer justicia perfecta, solo Él, nadie más. Si yo pongo a
esa persona que me lastima en manos del Señor, puedo tener la
certeza que se hará con ella una justicia perfecta. En cambio, la
justicia humana es muy frágil e imperfecta.
Romanos 12:17-20 dice: “No paguéis a nadie mal por mal; pro-
curad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en
cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hom-
bres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad
lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo
pagaré, dice el Señor.
Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere
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sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amon-
tonarás sobre su cabeza”.
Como vemos con claridad, el juicio final es un rol exclusivo del
Señor. No es nuestra tarea ni responsabilidad. Él dará el veredic-
to final. Él tendrá la última palabra.
Cuando amontono ascuas sobre la cabeza de mi enemigo con
mi actitud pacífica, no lo hago para que se queme más rápido en
el infierno, sino por el contrario, para que llamas de convicción
despierten su alma y se arrepienta. Es decir que le estoy hacien-
do bien a alguien que me hizo mal. Me insulta y yo le hablo con
cariño; me trata mal y yo replico con paciencia y amor de Cristo.
Cuando actúo de esa manera, ¿qué sucede? Empieza el remordi-
miento en esa persona y eso lo empuja a conocer a Cristo.
No dejemos de cumplir nuestra responsabilidad de defender
a nuestros seres queridos y actuar en beneficio del pobre y el
oprimido. Cristo nunca luchó por sus derechos propios pero ac-
túo con fuerte emoción para defender a los explotados. No debo
quedarme mudo cuando veo injusticias cometidas. Levantaré mi
voz y tomaré acción para defender al menesteroso de la mano
opresora. Jesús enmudeció cuando se trataba de Él dejando todo
en manos de Dios Todopoderoso, pero jugó un papel profético a
favor del oprimido.
Algo que también debemos hacer es ver al ofensor ante el juicio
final. El día del juicio final, ¿esa persona irá al infierno por lo que
me hizo? Si yo tuviera que definir con mi voto que vaya al infierno
o que sea perdonada, ¿qué votaría? Todo depende de ese voto.
La eternidad me mira, el que me ofendió está ahí y yo debo de-
cidir con mi voto. ¿Lo condeno? ¿Lo perdono?
Ahí yo pienso: “Bueno, Dios... él realmente fue duro conmigo,
pero no fue para tanto, está bien que lo perdones como un día
me has perdonado a mi”.
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Es decir que cuando vemos al ofensor ante el juicio final, vamos
a comprobar que nuestro corazón se llena de misericordia y ac-
tuamos como el Padre actúo con nosotros.
Damos misericordia porque hemos recibido misericordia. Y al
perdonarlo, colaboramos con Dios en la obra que hace en esa
vida, porque Dios trabaja en las ovejas perdidas. Trabaja en sus
mentes, en sus corazones, en su ambiente. Son los hijos pró-
digos. Son las monedas perdidas. Son como la oveja que se
extravió. Dios quiere salvarlos y nosotros, con nuestro gesto de
perdón, colaboramos. Somos herramientas. Somos el medio de
gracia que el Señor usa para acercar a las personas al amor de
Cristo.
Muchas veces cuando alguna persona se levanta contra noso-
tros, sentimos en nuestro interior un deseo, un impulso a reac-
cionar carnalmente. La amargura gana nuestros sentimientos y
en nuestro corazón se generan reacciones de odio, de venganza.
Esto nos pasa a todos.
Pero cuando se trata de un cristiano santificado, lleno del Espí-
ritu, ese deseo interior no se exterioriza. Porque descubre que
allí, en la raíz de su alma, Dios ha colocado amor, gozo, paz,
paciencia y benignidad. Entonces, al no contestar el insulto, al
no practicar el ojo por ojo y diente por diente, impedimos que el
diablo pueda sembrar dentro de nosotros raíces de amargura.
Cuando tenemos la grandeza de confesar a Dios y a esa persona
que tenemos amargura en nuestra alma, que el resentimiento
nos domina, pero que deseamos actuar cristianamente, gana-
mos la batalla porque estamos dando el primer paso hacia el
perdón.
La Biblia es clara: “Quítese de vosotros toda amargura, enojo, ira,
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gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos
con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como
Dios también perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:31-32).
¿Y cómo nos perdonó Dios a nosotros en Cristo?
Hallamos una buena respuesta en Romanos [Link] “Más Dios
muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún peca-
dores, Cristo murió por nosotros”. Subrayo la palabra aún, que
significa “todavía”. Dios no nos perdonó cuando nos habíamos
hecho buenos. Nos perdonó cuando estábamos en medio del
barro. ¡Cuánto amor el de nuestro Señor!
Necesitamos perdonar. Hemos sido llamados a ser perdona-
dores, no jueces. Y cuando logro perdonar a esa persona que
me dañó, ya puedo concentrarme. ¿En quién? En Cristo Jesús.
“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual
por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciado el
oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12.2)
¿Qué me dice la Palabra? ¿Que coloque mis ojos en la persona
que me ha fallado? No. Nuestros ojos deben estar en Jesús.
He perdonado. Ahora puedo colocar mi emoción, mi enfoque,
mi pasión, mi entusiasmo, todo en Cristo Jesús. Mientras yo no
perdone, mi enfoque y mi concentración estarán atados nega-
tivamente a esa persona que me ofendió y tristemente me iré
convirtiendo cada vez más como esa persona.
¡No! Mi deseo es ser como Cristo y, para lograrlo debo perdonar
al que me ofende, debo ponerlo en manos de Dios para librar mi
alma de esa persona. ¡Con entusiasmo debo poner todo mi enfo-
que emocional y espiritual en Jesús, mi meta y mi Señor!
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¿Y si fui yo el que ofendió?
Perdonar al que me ofendió testifica de mi profunda gratitud por
el perdón inmerecido que he recibido del Señor. Pero no se trata
de perdonar. ¿Qué debo hacer si yo soy el que hirió u ofendió?
En la iglesia somos buenos para ir al altar y decirle al Señor: “Tú
sabes muy bien que yo he pecado. Te pido que me perdones”.
Esto es correcto, pero falta algo muy importante.
“Tu Señor conoces lo que le he hecho a Pedro... ¡perdóname por
favor!”
¿Será que en el altar todo se resuelve de una manera tan senci-
lla? Sabemos que Dios perdona al pecador penitente. Pero ¿cuál
es el paso que sigue?
El error que observo en muchas iglesias, es que la gente llega al
altar para ser perdonada de todas sus ofensas, pero jamás ha ido
a la persona ofendida a pedirle perdón.
Esto no es una omisión menor. Es un tema serio.
Por esto la iglesia de hoy sufre de debilidad en su testimonio, en
su fortaleza y aún en su identidad, porque el cristiano no tiene la
grandeza de humillarse y pedir perdón al ofendido. Nuestro arre-
pentimiento solo llega hasta pedir perdón al Señor, pero nuestro
orgullo nos impide hacer el resto de la tarea.
Necesitamos tener una conciencia transparente. Esto no es un
requisito más para el cristiano. Es el gran requisito.
La Escritura enfatiza mucho sobre este tema: “Si confesamos
nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros peca-
dos, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9)
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El primer paso para lograr una conciencia transparente es humi-
llarme delante de Cristo, confesar mis pecados y recibir el perdón
que me ofrece por gracia. No porque lo merezca o lo compre.
No. Es por gracia que nos perdona.
Ahora, si paso al altar y allí presento mi vida, y me doy cuenta
que tengo algo en mi corazón contra alguna persona, yo lo per-
dono allí mismo. Pero ¿qué debo hacer, si al llegar al altar, me
doy cuenta que alguien tiene algo contra mí? En el altar recuerdo
que hay alguien que con su dedo acusador me dice: -Tu actitud
no fue cristiana. Tu palabra y tu conducta no fueron correctas.
Entonces debo dejar mi ofrenda, levantarme del altar y actuar
como lo enseña el Señor: pedir perdón personalmente, corregir
esa situación y luego volver al altar. Hacer esto es tomar el Evan-
gelio en serio.
Dios en su Palabra lo dice de esta manera: “Pero yo os digo que
cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de
juicio; cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable
ante el concilio y cualquiera que le diga: fatuo, quedará expuesto
al infierno de fuego. Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí
te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu
ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu her-
mano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:22-24)
En su defensa ante el gobernador Félix, el apóstol Pablo nos da
una perfecta definición de lo que es una conciencia transpa-
rente. ¿Qué es? Es no tener nada pendiente delante de Dios y
tampoco delante de los hombres. Lo dice así: “Y por esto procu-
ro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los
hombres” (Hechos 24:16).
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Pablo escribió al joven Timoteo y le advirtió de la importancia
suprema de mantener la fe y la buena conciencia: “Este manda-
miento, hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profe-
cías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la bue-
na milicia, manteniendo la fe y la buena conciencia, desechando
la cual naufragaron algunos en cuanto a la fe” (1 Timoteo 1:18-
19). La conciencia transparente es la herramienta que, junto a la
fe, nos hace poderosos en la milicia de Jesucristo.
Finalmente, cuando Pedro le escribió a la iglesia, le dijo algo vi-
tal: “Teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran
de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que
calumnian vuestra buena conducta en Cristo” (1 Pedro 3:16).
A pesar de lo que la gente diga de mí, mi conciencia transparen-
te no permite que me afecten esas calumnias, y puedo perma-
necer fuerte, siguiendo a Cristo.
Siendo un pastor joven en una Iglesia del Nazareno en el sur
del Estado de Texas, Estados Unidos., asistí a una conferencia
sobre conflictos juveniles expuesta por el Rev. Bill Gothard. Parte
del bosquejo y algunas de las siguientes anécdotas surgieron de
aquel importante taller.
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Consecuencias
de una conciencia sucia
¿Cuáles son las consecuencias de una conciencia sucia?
En primer lugar
no podemos testificar
Un jugador de fútbol, de mucho carácter, cada vez que se enoja-
ba en los partidos decía palabras muy groseras. Su lenguaje era
muy vulgar y en ese terreno dejaba mucho que desear. Un día
se convirtió a Cristo. Sin embargo, cada vez que alguna jugada
le salía mal o un jugador lo golpeaba, explotaba de rabia y volvía
con sus feas expresiones. Es decir que, aunque ya había recibi-
do al Señor, su vocabulario no se había modificado. Esto, cada
vez que intentaba testificar a sus compañeros de equipo, se le
levantaba como una gran traba. Sus compañeros le decían en la
cara: “¿De qué cambio de vida nos hablas, si sigues tan descon-
trolado como cuando no eras cristiano?”
Una conciencia sucia nos tapa la boca. Nos anula en la tarea de
evangelizar. Es verdad aquel viejo refrán que reza: “Tus hechos
hablan tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”.
Muchos, una vez convertidos, quisieran ganar a otros para Cris-
to. Pero saben que están invalidados porque tienen una concien-
cia impura. Sus familiares, amigos, compañeros de trabajo o de
estudio saben de su conducta inapropiada. Nunca han pedido
perdón por la ofensa y por ende sufren de una conciencia sucia.
Eso los priva de tener la dicha de poder hablar al vecino de Cristo
o invitar a la iglesia a un compañero de trabajo.
La gente se da cuenta con mucha facilidad cuando la forma de
vivir está divorciada del testimonio.
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El cristiano que realmente impacta a quienes lo rodean es el que
vive lo que dice creer.
Por eso, si sabemos que nuestra conciencia está contaminada
por algún altercado con alguien, debemos corregir sin pérdida
de tiempo esa situación, entonces sí podremos volver a testificar.
(“Ponte de acuerdo con tu adversario pronto” Mateo 5:25). Si
conocemos que algo en nuestra forma de vivir es desagradable
a los ojos de Dios, debemos dejarlo, debemos arrepentirnos de-
lante de Dios y de los que nos rodean y abandonar esa práctica.
Nuestra conciencia volverá a estar limpia y, en consecuencia,
nuestra vida respaldará nuestros dichos.
Esto es precisamente lo que finalmente hizo aquel futbolista: pi-
dió perdón a sus compañeros y les aseguró que a partir de ese
momento nunca más le oirían proferir groserías. Así fue y, como
resultado de ese cambio, varios recibieron a Cristo en sus cora-
zones.
Recuerdo una experiencia similar cuando estudiaba para ser mi-
nistro evangélico. Conseguí empleo en una fábrica para cubrir
los gastos de mis estudios y les dije a los compañeros de trabajo:
“Me estoy preparando para el ministerio cristiano y les quiero
pedir un gran favor. Si en algún momento ustedes notan que
mis palabras, actitudes o conducta no cuadran con el camino
de Jesucristo, les pido me lo señalen inmediatamente. Yo quiero
madurar en el camino cristiano y parecerme cada vez más a
Cristo. Ustedes pueden ayudarme marcándome cualquier falla.
Nunca olvido cómo estos amigos narraban sus trágicas anéc-
dotas de sus adulterios y sus vidas pecaminosas; pero al mismo
tiempo con gran facilidad me señalaban cualquier palabrita o
reacción no cristiana. ¡Me ayudaron a madurar en mi vida cris-
tiana sin ellos ser cristianos!
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La gente que nos rodea sabe muy bien cómo debe vivir y actuar
un cristiano auténtico. Cuando nos ven actuando mal y no nos
humillamos para reconocerlo y pedir perdón, dudan de nuestra
vida cristiana y no tendrán ningún interés de escuchar nuestro
testimonio.
¡Qué grandeza se manifiesta en las personas cuando con hu-
mildad y sinceridad de corazón admiten sus errores y piden
perdón! Ese acto de humillación se ve muy poco en el mundo,
pero felizmente es común observarlo en el contexto del Reino de
Dios.
Actitudes de esta naturaleza abren puertas para predicar, porque
marcan una diferencia con el resto de la gente.
El mundo aprecia mucho la modestia, la humildad. En cambio, si
nos presentamos como los “súper espirituales”, hablamos con
frases religiosas y nos subimos a un escalón más alto, la gente
no tardará en detectar nuestras debilidades y rechazará nuestro
testimonio.
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En segundo lugar
No podemos tomar decisiones objetivas
¿Qué significa esto? Sencillamente, que en el momento de tomar
alguna decisión vamos a sentir una fuerte presión de nuestra
conciencia impura.
Un señor, dueño de una ferretería, manejaba por una carretera
mojada en las montañas de Kentucky, EEUU. De repente, al to-
mar una curva, le apareció imprevistamente un niño en una bici-
cleta e involuntariamente –por supuesto- lo atropelló y lo golpeó
fuertemente.
En ese momento tuvo que tomar una decisión: “¿Qué hago? ¿Me
bajo del automóvil y lo atiendo? ¿O sigo el viaje y lo dejo abando-
nado a su suerte?” Tomó esta última determinación: huyó. Dejó
al pequeño tirado en la ruta por el temor a las consecuencias
que, como causante del accidente, podría sufrir.
Cuando llegó a su casa, se acostó casi sin hablar, pero no pudo
dormir en toda la noche.
A la mañana la esposa, mientras le servía un café, le dijo que la
televisión había informado de un niño que había sido atropellado
en la zona y que, debido a que el conductor huyó, otro vehículo
volvió a golpearlo. Lejos de saber que le estaba hablando justa-
mente al autor de aquella increíble acción, le preguntó: “¿Cómo
puede un ser humano hacer una cosa así?”.
De pronto entró su hijo pequeño y le preguntó:
-¿Papá que le pasó al automóvil que tiene roto el farol derecho?
-Lo que sucedió hijo es que... anoche al entrar al garaje golpeé
contra la pared y lo dañé.
Ese día subió a su auto para ir al trabajo, y no pudo. Estuvo como
extraviado dando vueltas a la ciudad. Al fin se entregó a la policía.
Fue condenado por asesinato.
Un periodista que pudo hacerle un reportaje le preguntó cómo,
un hombre como él, con buena reputación en la comunidad,
había podido cometer semejante acto.
Y confesó:
-Desde que tengo siete años he pasado ignorando mis responsa-
bilidades. Esa es una faceta de mi personalidad que he ocultado
por años.
Y contó un hecho de su niñez para ilustrar lo que estaba dicien-
do:
-Papá tenía en una gaveta un reloj de cadena muy valioso, que
era de su abuelo. Para cuidarlo lo tenía envuelto en un pañue-
lo. Cuando algún amigo lo visitaba, él sacaba con orgullo aquel
reloj y lo exhibía. Nos había prohibido terminantemente que lo
tocáramos, ya que ni él lo usaba, para no dañarlo. Era un objeto
muy apreciado. Sin embargo, cuando yo tenía siete años, un día,
a escondidas de papá, tomé el pañuelo con el reloj y me lo llevé
a la escuela para mostrárselo a mis compañeros de clase. Todos
mis amigos querían verlo. Les decía: “Es un reloj muy caro que
perteneció a mi bisabuelo”. De pronto, mientras el reloj pasaba
de mano en mano se cayó y se hizo mil pedazos. Tomé los pe-
dazos, los coloqué en el pañuelo y nuevamente a escondidas, lo
coloqué en la gaveta de nuestra casa. Papá, que sufrió mucho al
descubrirlo roto, jamás pudo saber que yo había sido el culpable.
Pero desde ese día, esa “trampa”, que se grabó adentro de mí,
me llevó a otras irresponsabilidades.
La conciencia sucia y triste lo había impulsado a esquivar las
obligaciones. A huir de las responsabilidades.
Como consecuencia de ese pasado, cada vez que ha tenido que
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tomar una decisión, la conciencia lo ha llevado siempre por ca-
minos de injusticia y le ha impedido poder tomar decisiones co-
rrectas. Ahora su vida está arruinada para siempre.
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En tercer lugar
No podremos vencer
ante las tentaciones
Si nuestra conciencia está cargada por nuestro pecado y no le
hemos pedido a Dios ni al prójimo que nos perdone, esa carga
nos hará caer fácilmente otra vez en el mismo camino. El ser
humano forma hábitos que luego lo gobiernan. La primera men-
tira no parece ser tan grave, pero esa falsedad requiere otras
mentiras para cubrir la primera. Al pasar el tiempo la persona se
hace habitualmente mentirosa. Si me he humillado sinceramen-
te delante de Dios y le he pedido que perdone más pecados; y
si de igual manera me humillé ante Pedro o Juana y he pedido
que perdonen mi ofensa contra ellos, es más difícil que el diablo
me lleve otra vez por ese camino. Humillarme radicalmente ante
Dios y otras personas tiende a fortalecer mi decisión de no volver
por allí. Si al contrario, solo oré una oración a Dios pero nunca
pagué el precio de arrepentirme ante mi prójimo, será más fácil
que el enemigo de nuestras almas nos tiente a volver a hacer lo
mismo otra vez. Una conciencia sucia tiende a conducirse otra
vez por el mismo mal camino.
Estafadores profesionales han aprendido que si pueden lograr
que su víctima participe en algún proyecto algo turbio para ga-
narse un poco de dinero, dicha persona caerá fácilmente otra
vez. Luego, los estafadores simplemente desaparecen llevándo-
se un gran monto de dinero que supuestamente iba a invertirse
en un proyecto con gran ganancia, pero que estaba un poco al
margen de la ley. Si la víctima, al ver el monto elevado, se negaba
a participar la segunda vez, el estafador simplemente le hacía
recordar: “Estamos en este asunto juntos. Yo me he arriesgado
para producir la ganancia que te brindé la vez pasada. Ahora
tienes que seguir conmigo en esta increíble oportunidad”. Usan
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la conciencia sucia para hacer caer otra vez a la víctima.
Caer en pecado y no pedir perdón es quedar atado al diablo,
quien volverá a hacernos vivir las mismas situaciones, pues sabe
que sucumbiremos ante ellas, ya que no hemos pagado el pre-
cio.
Pagar el precio es cambiar nuestra conducta, ayudados por la
gracia de Dios.
No poder ser testigos de Jesús, no poder tomar decisiones co-
rrectas y no poder vencer ante las tentaciones, son las conse-
cuencias de tener una conciencia sucia.
Excusas para no pedir perdón
“¡No voy a pedir perdón!” Es una frase que escuchamos con
mucha frecuencia.
Somos expertos en encontrar todas las razones para no humillar-
nos y pedir perdón. Cuando nos preguntan por qué no vamos a
hacerlo aparecen excusas muy conocidas.
1) Porque ya pasó mucho tiempo. Si es que ya paso tanto tiem-
po, ¿por qué no te olvidas?
2) Porque ya se mudó. No tiene sentido ahora que vive tan lejos,
o no se dónde vive ahora. Si se mudó y tienes interés en restau-
rar la relación, pues pídele a Dios que lo traiga otra vez y puedas
cruzarte con él. Hay historias muy lindas de personas que han
decidido pedirle perdón a alguien, y no saben dónde está, a qué
sitio se ha mudado. Sin embargo, le plantean el asunto al Señor
y a los pocos días... ahí encuentran al perdido. Dios siempre nos
ayudará cada vez que decidimos humillarnos y pedir perdón.
3) ¡Es un hecho insignificante, no vale la pena pedir perdón! Si
es tan pequeño como dices, ¿por qué vuelve a tu memoria con
tanta frecuencia?
4) No voy a pedirle perdón porque ya no hace falta: la relación
ha mejorado mucho. Ya hemos empezado a hablar, estamos mu-
cho mejor. ¿Por qué no piensas que Dios al ayudarte a limar las
asperezas ha preparado el camino para que puedas pedir per-
dón? No dejes pasar esa oportunidad. La buena relación es para
que ahora vayas y te humilles delante de esa persona.
5) ¡No!... esa persona no va a entender mi pedido de per-
dón. Soy un pastor y no va a entender que justamente yo le pida
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perdón... Sí va a entender. Va a entender que eres un verdade-
ro cristiano que, más allá de los títulos, eres alguien que desea
agradar a Dios.
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Aquel carrito rojo
Hay un hecho real que parece increíble, pero que ilustra muy
bien lo que acabamos de decir.
Un evangelista viajó a una ciudad para predicar en una campa-
ña. Era la ciudad donde había vivido sus primeros años. Quiso
volver a ver la casa donde se había criado. Tomó su auto y fue.
Ya no vivían sus familiares allí, sino otra gente. Se detuvo un largo
rato a observarla y a rememorar. De pronto, cuando vio el patio,
recordó que a los diez años él le robó un carrito rojo a su vecinito,
un niño con el que siempre jugaba.
Revivió la escena en que tomó rápidamente el carrito en un mo-
mento en que su amigo se descuidó. Lo ocultó, luego se lo llevó
a su casa y nunca más se lo devolvió.
Esa noche, mientras predicaba en la campaña, el Espíritu Santo
comenzó a inquietarlo diciéndole:“Debes pedir perdón a quien
le robaste ese carrito. Si no lo haces sigues siendo un ladrón”.
En su mente el evangelista comenzó a excusarse: “Esto es ridí-
culo...una cosa tan pequeña... y hace tanto tiempo, pasaron más
de treinta años...”.
La voz del Espíritu Santo parecía sonar cada vez más fuerte: “De-
bes pedir perdón y restaurar lo robado”
Entonces este hombre tomó una determinación: fue a la juguete-
ría y compró un carrito rojo muy parecido al que había robado, y
con él golpeó en la casa donde vivía su “amiguito”.
Él mismo salió a atender la puerta.
Le recordó quién era. Aquel hombre se puso muy feliz de volver
a reencontrarlo y lo invitó a pasar.
Conversaron animadamente recordando viejos tiempos, y de
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pronto el dueño de casa le preguntó: ¿A qué te dedicas?
-Soy evangelista
-Pero qué bien... ¡así que eres un predicador!
-Sí, en mi familia somos todos cristianos. ¿Ustedes van a la igle-
sia?
-No. Nosotros no asistimos a la iglesia. Siendo sincero debo de-
cirte que no creemos en eso... ¡Pero jamás me hubiese imagina-
do que mi amiguito se convertiría en un predicador!
Antes de despedirse, cuando ya estaban en la puerta de calle, el
evangelista se detuvo y le dijo:
-Quizás lo que voy a decirte te suene extraño, pero debo confe-
sarte algo: he venido a pedirte perdón.
-¿Perdón?... ¿Por qué debes pedirme perdón?
-¿Recuerdas por casualidad aquel carrito rojo que tú tenías cuan-
do eras niño con el cual jugabas conmigo?
-No, en realidad no recuerdo ningún carro rojo.
-Bueno, debo decirte que yo sí recuerdo aquel juguete, porque
te lo robé y aquella noche lo escondí debajo de la almohada.
Desde aquel día jugué muchas veces en secreto con tu carrito y
nunca más te lo devolví. Ahora vine a pedirte perdón porque he
actuado como un ladrón. Te he comprado este carro similar... no
sé si para tus hijos o para tus nietos. ¿Me perdonas?
El amigo se quedó en silencio. Le pidió que volviera a entrar a la
casa, que no se fuera.
-La actitud que acabo de ver en ti es increíble. Por favor, me inte-
resa saber más sobre la vida cristiana que practicas. Explícame
por favor, ¿qué es lo que te impulsó a tomar esta determinación
casi ridícula de querer devolver algo tomado hace más de treinta
años? Realmente no entiendo nada...
Cuando terminó de explicarles, aquella familia se entregó a Cristo
ese mismo día.
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Más excusas para no pedir perdón.
6) “Por favor Señor... ¡como voy a ir a pedir perdón a una per-
sona impía siendo yo un evangélico! ¡No va a entender nada!”.
Sí va a entender –y de hecho entenderán, como esta familia, que
tú realmente eres un cristiano auténtico. Un cristiano que vive lo
que predica y enseña.
7) “¡Pero cómo voy a pedir perdón, si eso sucedió antes de mi
conversión!” No importa. Has dejado la huella digital del ofensor.
Aquella misma huella marcada sobre el carrito es tu huella hoy.
Tú lo hiciste. Asume tu responsabilidad, y serás bendecido.
En México prediqué en una campaña para jóvenes. Uno de los
muchachos escuchó este mismo episodio del carrito rojo y re-
cibió a Cristo. Pero dijo: -¡Ay, pastor... ¿Cómo voy a hacer para
pedirle perdón a tanta gente? Yo integraba una pandilla de ladro-
nes y prácticamente le hemos robado a toda la comunidad. ¿Por
dónde comienzo?
Le respondí de esta manera: -Recuerda, busca en tu memoria
el robo más grande que hayas cometido, la peor ofensa que ha-
yas realizado. Ve primero a esa persona, toca su puerta y pídele
perdón. Toma tu responsabilidad personalmente sin necesidad
de nombrar a los otros de la pandilla. -¡Pero podrían enviarme a
la cárcel!
-Bueno, es posible que vayas a la cárcel. Pero si vas, segura-
mente allí podrás tener un gran ministerio. Creo que solamente
por contar por qué estás entre rejas, podrías llevar a muchas
personas a conocer a Cristo.
Es mejor una conciencia limpia en la cárcel, que una conciencia
sucia en la calle.
8) ¡Lo que pasa es que debo restaurar un daño material y no
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tengo dinero para hacerlo! Pues... ¡paga en mensualidades! Es
mucho mejor tener la pequeña carga de una cuota que la tre-
menda carga que produce tener impura la conciencia.
9) ¡Pero ya es imposible, la persona a la que le hice el mal ya
falleció! Busca a los familiares más cercanos y pídeles perdón.
Esto servirá de gran testimonio a ellos y podrás pedir perdón por
lo que hiciste.
10) No voy a pedir perdón porque yo me conozco y volveré a
cometer la misma ofensa. Dos hermanas se peleaban mucho
por la ropa y por el uso del baño. Cuando se les enseñó que de-
bían pedirse perdón, la reacción fue inmediata:
-¡No, no voy a pedir perdón porque estoy segura que mañana
volveremos a pelearnos y nos pasaríamos repitiendo la ofensa!
¡No quiero ser hipócrita y pedir perdón cada día por lo mismo!
Si pedimos perdón correctamente, esa actitud genera tanta ver-
güenza, tanta humillación, tanta amargura, que se convertirá en
un antídoto que ayudará a cambiar la conducta.
11) ¡No, no voy a pedir perdón porque nadie es perfecto! No
seas ridículo. Ese argumento es absurdo. Se sabe que nadie es
perfecto. Te invito a que eleves tu definición de lo que es la vida
cristiana. No habla bien de ti que te des permisos que no agra-
dan a Dios. Si alguien tiene algo contra ti y no te has humillado
para pedirle perdón, no eres entonces un cristiano que sigue lo
que Dios enseña.
¿Difícil? ¡Claro que sí! Pero el precio es mucho menor que tener
una conciencia sucia.
12) Mañana voy a hacerlo... ¡mañana iré a pedirle perdón! Res-
puesta muy latina: algún día iré a pedirle perdón a la gente que
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he ofendido. Hoy es el día aceptable. ¡Hazlo ya!
13) No es que yo no tenga culpa, ¡pero él empezó el problema y
yo solo reaccioné y me defendí un poco! ¡Él tiene más culpa que
yo! Te invito a que tomes responsabilidad por cualquier palabra
o actitud que no sea correcta, que no sea digna de un cristiano,
aunque eso signifique el diez por ciento de la culpa. Pide perdón
por lo que a ti te corresponde en ese pleito sin involucrar en la
culpa a la otra persona, y esa forma de actuar te abrirá puertas
para evangelizar. El diablo siempre nos ofrecerá excusas, porque
es un experto en tranquilizar nuestra conciencia. Pero lo hace al
precio de manchar nuestras almas.
Nuestra conciencia se adormece cuando podemos señalar las
ofensas de otros contra nosotros. “Yo no actúe muy bien, pero
él o ella hicieron más que yo”. Mi conciencia no es transparente
pero sí tranquila por poder justificarme por el mal que ellos me
hicieron.
Dios quiere que tomemos responsabilidad y pidamos perdón por
lo nuestro, que logremos así una conciencia pura y limpia.
El diablo es tan astuto que podría inventar miles de excusas con
tal que no hagamos aquello que Dios pide: humillarnos y pedir
perdón.
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¿Cómo conseguir
una conciencia transparente?
Existe una forma eminentemente práctica para limpiar tu con-
ciencia y quitarte la tremenda carga que eso significa.
Piensa detenidamente en las personas que ofendiste con pala-
bras, actitudes o acciones equivocadas. Haz una lista de esas
ofensas, coloca las más importantes primero. No importa si los
hechos sucedieron hace mucho tiempo, si fuiste a vivir lejos, si
ya te has reconciliado, o incluso si esa persona ha muerto. La
lista debe ser completa.
Pídele a Dios que te ayude a recordar aún las más pequeñas
ofensas que has provocado. El Señor traerá a tu mente todos los
recuerdos. Y aunque eres un cristiano lleno del Espíritu Santo,
santificado, comprometido y fiel, si comienzas a elaborar esa lis-
ta, lo estarás demostrando. Todos hemos ofendido. En algún mo-
mento nos hemos levantado contra alguna persona y la hemos
herido. A alguien hemos defraudado. Quizás hemos estafado, o
traicionado o insultado.
Si realmente nos interesa tener una conciencia transparente, de-
bemos decidir pedir perdón a quien corresponda. Esto significa-
rá humillación y mucha vergüenza, porque quizás nunca antes
habíamos admitido que fuimos nosotros los autores de ese daño.
Quizás signifique ser catalogados de ridículos. No debe impor-
tarnos. El valor de tener una conciencia pura es demasiado alto.
Aunque algunos quizás se rían de nosotros, Dios nos aprobará.
Debemos hacerlo.
Si yo he pensado algo malo de un hermano de la iglesia, pero
él nunca lo supo, no voy a ir a esa persona a decirle: “Hermano
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quiero pedirte perdón porque en mi imaginación he pecado de
forma grosera contra ti”. Esto es incorrecto. Esto no debe ha-
cerse. Aquí lo que corresponde es pedirle perdón a Dios por el
pecado en mi espíritu. Con sinceridad de corazón debo decirle al
Señor que estoy arrepentido y que trataré de nunca más pensar
cosas tan feas de mi hermano en la fe.
Tampoco, si herí a una persona en acción o en palabra, debo
ir a contárselo a la esposa. Debo hacerlo solo a la persona que
ofendí. No es sabio involucrar a otros.
Si he hablado mal de alguien en presencia de algunas personas
y alguien le cuenta, debo pedirle perdón a esa persona en pre-
sencia de esos testigos.
Si ofendí a toda la iglesia, a toda la iglesia debo pedirle perdón. Si
ofendí a una familia, a esa familia debo pedirle perdón. Es decir,
el círculo de personas a quien le pido perdón debe ser el mismo
círculo de las personas que conocen y sintieron el daño de mis
ofensas.
Buscaremos el mejor lugar y el mejor momento. Generalmente
el mejor momento es después de comer algo, después de algo
sabroso, de un café, es decir cuando los ánimos están relajados.
Entonces allí, cara a cara, pediremos perdón.
Esa es la mejor de las maneras: frente a frente. Si esto es impo-
sible, hagámoslo por teléfono, para que escuchen nuestra voz y
perciban la humillación y la tristeza. Y si no puede hacerse tam-
poco por teléfono, el recurso menos recomendable es hacerlo
por carta o por correo electrónico, ya que la escritura no trasmite
muy fielmente la sinceridad de nuestras palabras.
Debo preparar mi confesión palabra por palabra, como hizo el
hijo pródigo. Antes de hablar con su padre practicó con los cer-
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dos todo lo que iba a decir. Allí estaban los cerdos y el muchacho
repitiendo: “He pecado contra el cielo y contra ti... no soy digno
de ser llamado tu hijo... hazme como uno de tus jornaleros” (Lu-
cas 15:19). Pero cuando se encontró con su padre y empezó a
repetir las palabras aprendidas, su padre le tapó la boca y le dijo:
“No hables más... has regresado... eres mi hijo”.
No es una pequeñez aprender las palabras de la confesión con
cuidado. Porque de hacerlo mal podríamos agregarle gasolina a
un antiguo fuego que quizás mantiene algunos carboncitos en-
cendidos. Puedo volver a dañar a la otra persona, y entonces la
intención original se distorsiona completamente.
Pero lo realmente importante es saber que Dios ama a los res-
ponsables. A los que asumen la culpa cuando la tienen. A los
que tienen la grandeza de humillarse.
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Formas incorrectas
de pedir perdón
Hay formas comunes de pedir perdón que debemos evitar. Vea-
mos tres ejemplos.
1) Si me dirijo así a un hermano:
-Hermano Carlos, yo le hice mal y le pido disculpas... pero usted
también me dañó.
Realmente vamos a lograr muy poco si abordamos el tema de
esta manera. Quizás lo único que consigamos es abrir la puerta
para otra pelea.
2) Si voy al que ofendí y le digo:
-Hermano, siento mucho lo que ha sucedido entre nosotros.
El ofendido bien podría responder:
-¿Lo sientes?, pues yo lo siento mucho más que tú.
Son palabras poco inteligentes, poco sabias, poco pacíficas.
Si vamos a pedir perdón no hablemos de nuestras emociones
ni de nuestros sentimientos. Yo soy el ofensor, he ofendido a al-
guien y debo humillarme tratando de sentir lo que él o ella sintió,
y no hablar de lo que yo sentí. Ese es el camino que funciona.
3) Tampoco esta es la actitud correcta:
-Si he ofendido a alguien de ustedes, por favor perdónenme.
Esto es lo que dijo un joven a un grupo de hermanos en la iglesia.
Entonces el líder le dijo:
-Pero ¿de qué pides perdón? Explícanos. Dinos qué hiciste y a
quiénes se lo hiciste, y te perdonaremos.
Pero aquel joven, con una postura un tanto absurda, respondió:
-Realmente no tengo la menor idea si es que he ofendido a al-
guien, pero lo dije por si acaso he hecho algo malo...
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Lo que interpreté es que en realidad estaba diciendo: “Yo no
hice nada, pero ustedes son tan infantiles, tan inmaduros, que
seguramente se han molestado por una tontería que ni sé que
es, pero me voy a mostrar como humilde, rogándoles que me
perdonen si hice algo contra alguno”.
Eso es malgastar energías y actuar con poca sensatez.
La mejor forma para pedir perdón es sencillamente como esto:
“José, reconozco que actué mal. ¿Me perdonas por favor?” Afir-
mo claramente cual fue mi falla y pido perdón a las personas que
correspondan.
Debemos ser precisos.
Y debemos escuchar la respuesta: “Sí, te perdono”.
Si la otra persona “se va por las ramas” y nos responde por ejem-
plo: “Quédate tranquilo eso sucedió hace mucho tiempo... fue
muy pequeño, casi ni me di cuenta”, debemos buscar que nos
perdone concretamente e insistir con amor: “¿Me perdonas, por
favor?”.
A veces la persona no quiere perdonarnos porque quedaría con
toda la culpa. Comúnmente cuando nos perdonan agregan: “Te
perdono pero con la condición de que también me perdones a
mí”. Nuestra humillación puede llevar a que ellos se humillen.
Si alguien, luego de humillarnos y pedir perdón, nos responde
que nunca perdonará lo que le hemos hecho, ya no podemos
hacer nada más. Ya hicimos todo lo que pudimos. Nuestra con-
ciencia ya está limpia porque hicimos lo que Dios manda.
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Accidentado campamento
de jóvenes
Nunca pensé que en aquel campamento de jóvenes en Indiana,
EEUU., pasaría lo que pasó.
Estaba ministrando y de pronto un joven pelirrojo pasó al altar. Yo
lo observaba y vi en su cara algo extraño. Pude ver que estaba
muy angustiado.
Se quedó orando un largo rato. Cuando terminó lo invité a dar
una vuelta bajo los árboles. Conversamos unos momentos y de
pronto comenzó a contarme lo que le ocurría.
El día anterior, un domingo, él y dos amigos estaban tan aburri-
dos que fueron al pueblo. Todos los negocios estaban cerrados.
Así que, como una forma de entretenerse, tocaban cada puerta
como intentando abrirlas. Pero sucedió que uno de los negocios
no estaba con llave y la puerta se abrió.
Sin testigos a la vista, porque la tienda estaba desierta, estos tres
jóvenes cristianos, que participaban de un campamento que les
ayudaría a ser mejores personas, cuando se encontraron ante
tantos objetos, no lo dudaron. Al grito de: “¡Tomemos todo lo que
nos guste!”, comenzaron a llenar sus bolsillos de navajas, relojes,
lapiceras... y cuanta cosa les llamaba la atención.
-¡Qué bueno que está esto, podemos llevarnos todo sin pagar
nada!– gritaban emocionados.
Cuando ya no cabía más nada en sus bolsillos, salieron a la calle
y escaparon corriendo a toda velocidad.
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Ahora, el pelirrojo, uno de los ladrones estaba junto a mí. Se le
había pasado la emoción. Ahora tenía desesperación.
-¡Yo no sé que voy a hacer ahora pastor!– me dijo entre sollozos.
Le conté la historia de ese señor que había atropellado al niño;
del reloj roto. De la marca que le quedó para toda la vida. Le
enfaticé que a raíz de aquella acción no corregida, vivió toda
la vida haciendo decisiones incorrectas y terminó en la cárcel.
Finalmente le dije:
-Tú tienes que corregir esto. Habla con tus cómplices, no me
digas sus nombres, pero trata de convencerlos para que vengan
a hablar conmigo y veremos qué puede hacerse.
Llegó el segundo, pero el que faltaba no quería venir. Finalmente,
llegó el tercero. Estaba muy asustado, porque sabía que su pa-
dre reaccionaría muy mal con lo que había hecho.
Ahí estaban los tres culpables. Primero hablé un buen rato, lue-
go oré por ellos y les dije que debían prepararse para enfrentar
la situación.
A esa altura ya todos los jóvenes en el campamento se habían
enterado de lo ocurrido. Eso es un clásico: en los campamentos
no pueden guardarse secretos, todo se sabe tarde o temprano.
Les dije que si querían corregir lo que habían hecho, debíamos
ir a la tienda, asumir la culpa, devolver lo robado y pedir perdón.
Fue emocionante ver a todo el campamento orar en la capilla cla-
mando a Dios para que el dueño de la tienda tuviera misericordia
de sus tres amigos mientras ellos iban a confesar su delito.
Cuando llegamos al negocio, tal como habían acordado, el peli-
rrojo llevó la voz cantante. Él sería el vocero de los tres. Pero los
nervios casi no lo dejaban hablar.
Allí había una mujer y a ella se dirigió:
-Señora... queremos... ver... al dueño... por favor– dijo con un
hilo de voz.
-El dueño está en Chicago, pero si quieren los atiendo yo, soy su
esposa– respondió.
-¡No hay dueño, no está... vámonos!– dijo el pelirrojo como ha-
llando una salida.
De inmediato repliqué:
-No nos vamos, la esposa puede atenderte muy bien.
Fue allí que tartamudeando el joven confesó:
-Mire... no sé por qué señora... pero el domingo hemos entrado
en su negocio... y le hemos robado un montón de cosas...
Y pusieron todos los objetos sobre el escritorio.
-Todo esto... hemos robado... y... queremos que nos perdone...
por favor– suplicó temblando -queremos pagarle cualquier daño.
Miré a la señora y noté que las lágrimas le caían por las mejillas.
Y dijo:
-Sí, yo cometí el error de cerrar mal la puerta el sábado, por eso,
el lunes cuando llegué me di cuenta que algo había pasado. Hi-
cimos un inventario y enseguida supimos todo lo que nos faltaba.
Le comenté que estábamos de campamento allí cerca.
Ella reaccionó:
-Siempre me he preguntado qué harán en ese campamento. Veo
a tantos jóvenes llegar allí y nunca pude saber qué hacen o qué
estudian allí.
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Le expliqué que allí se les enseña a ser honestos, a amar más a
Dios, a confesar sus pecados, a ser mejores personas.
La mujer expresó:
-¡Qué hermoso es todo esto que usted me cuenta. Qué bueno es
tener un centro así en la zona. ¡Eso es muy necesario!– Y acotó
tiernamente-: Yo los perdono. Olviden lo sucedido.
-No– dije yo -estos chicos quieren pagar los daños porque cuan-
do corrieron arrojaron algunas cosas que les pesaban mucho en
una plantación de maíz. Las buscaron y no pudieron encontrar-
las, así que están dispuestos a abonarlas porque se han arre-
pentido y no quieren ser ladrones, me han confesado que nunca
más robarán nada y que se sienten muy humillados.
En realidad no podían pagar nada. Así que yo me hice cargo de
la cuenta. Pero les dije que como pudieran me fueran restituyen-
do ese dinero.
Por meses me llegaron pequeños cheques a Texas donde yo
pastoreaba, hasta que los jóvenes pudieron saldar la deuda.
No me cabe ninguna duda que aquellos chicos cambiaron para
siempre.
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¿Ha visto mi programa
alguna vez?
Cuando yo era Director Regional de la Iglesia del Nazareno en
Guatemala, recibí un día la invitación de un evangelista interde-
nominacional de mucho renombre, para predicar en su progra-
ma de televisión.
Yo no lo conocía personalmente, pero cuando llegué a la emisora
me dio un fuerte abrazo. Tomé mi Biblia y prediqué un sermón
muy fuerte, muy apelativo. Este hombre se mostró extremada-
mente satisfecho con mi mensaje, así que allí mismo me propu-
so:
-¿Tienes tiempo para grabar otro mensaje? Acepté.
Me dio otro abrazo y me contó algunos preciosos testimonios de
su ministerio y me lanzó la pregunta:
-¿Has visto alguna vez mi programa?
No sé qué me pasó en ese momento. Creo que no quise ser
descortés diciéndole la verdad de que jamás lo había visto. En-
tonces, para quedar bien le mentí:
-Sí, claro... que lo he visto... y te felicito, ¡está muy bueno!
En realidad aquel programa era muy popular. Muchas personas
habían recibido a Cristo por su intermedio y una cantidad enor-
me de nuevos creyentes asistían, gracias a él, a distintas iglesias,
incluso a la nuestra.
Le di otro abrazo y me fui.
Mientras volvía en mi vehículo por las calles de Guatemala, el
Espíritu Santo se sentó en mi hombro y me habló en voz baja:
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-¿Cuándo viste el programa?
Yo dije:
-No... Esta preocupación es ridícula... no, Señor, fue nada más
que una mentirita blanca, una mentira piadosa como para mi-
mar al hermano que fue tan gentil conmigo.
El Espíritu Santo me habló de nuevo:
-¿Cuándo viste ese programa?
Yo empecé a luchar con Dios y decía:
-Si realmente eres tú Señor, el que me está hablando y no el
diablo, pon a este hermano en mi camino, y si haces que me
cruce con él, voy a pedirle perdón. Pero si tú no haces que me
encuentre con él, voy a entender que es solo una idea rara que
se me ha metido en la cabeza y seguiré el camino como un buen
cristiano, sabiendo que fue un hecho insignificante.
Menos de una semana después estaba yo predicando en un sa-
lón repleto de líderes que organizaban la Alianza Evangélica de
Guatemala... ¿quién creen que entró tarde mientras yo daba mi
sermón? ¡El evangelista!
Cuando terminé me acerqué a él. Quise ser obediente al Espíritu
Santo y le dije la verdad:
-Hermano, quiero que me perdones porque te mentí. Dije que
había visto tu programa y en realidad nunca lo había visto, solo
había escuchado muy buenos comentarios sobre tu ministerio.
Pero, por favor, perdóname hermano, no quiero ser un mentiro-
so.
¿Cómo puede haber sido la reacción de este evangelista?
No me dijo: “Realmente me causa mucho dolor lo que me dices.
Ya no te amo más. Resultaste ser un embustero...”.
¡No! ¡Nada de eso! Me abrazó fuertemente y lloramos juntos.
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Hubo allí un momento de intimidad muy profunda y preciosa.
Si somos santos, demostrémoslo. Este tipo de actitudes tendrían
que ser comunes y frecuentes entre hermanos. No debemos
permitir que quede nada dentro de nosotros que nos manche la
conciencia y, sobre todas las cosas, ser obedientes a los dictados
del Espíritu Santo.
Si alguien te ha ofendido, perdónalo completamente. Deja pasar
la ofensa. Déjala que se vaya. Es como soltar un cabrito para que
corra al desierto. Eso es perdonar. Deja a esa persona en manos
de Dios, Él sabrá qué hacer.
También debemos darle vuelta a la moneda. Debemos pedir per-
dón al que hemos ofendido. Para que nuestras palabras y nues-
tros hechos vayan de la mano. Para que no haya divorcio entre lo
que decimos creer y lo que vivimos. Una conciencia trasparente
nos permitirá ser poderosos en nuestra vida cristiana para la glo-
ria de Dios.
Por la gracia de Dios podemos vivir humildemente y en paz, per-
donando a quienes de levanten contra nosotros y pidiendo per-
dón cada vez que dañemos a alguien. Esto es el Evangelio de
Jesucristo.
En el mundo impera el orgullo, pero el cristianismo es una con-
tracultura. Dios nos manda a erradicar el orgullo de nuestras vi-
das y humillarnos como Él lo hizo, que lo llevó hasta la muerte,
por nosotros.
Humillémonos entonces, esa es la actitud clave en la vida de un
hijo de Dios. Humillémonos unos delante de otros sin exigir nada,
sin demandar nada, sin criticar nada. Amémonos.
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Toma hoy mismo la trascendental decisión de perdonar a esa
persona que alguna vez te falló. No pienses si esa persona se me-
rece el perdón. Esto no significa que esa persona mala no debe
ser juzgada, sino que ese juicio le corresponde a Dios, no a ti.
Obedece a Dios y perdona. El primero en sentirse liberado y
bendecido serás tú.
Perdonar y pedir perdón. Ese es el glorioso evangelio en acción.
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