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La Índole Secular y La Misión de Los Laicos

El documento describe la naturaleza secular de los laicos según la constitución Lumen Gentium. Los laicos están llamados por Dios a vivir en el mundo y a santificarlo desde adentro como fermento, ordenando las realidades temporales según Dios. Su vocación es distinta a la de los religiosos y clérigos. El Catecismo y la Exhortación Christifideles Laici también destacan que los laicos deben sanear estructuras del mundo que inciten al pecado y promover valores morales en la cultura a través de su trabajo.
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La Índole Secular y La Misión de Los Laicos

El documento describe la naturaleza secular de los laicos según la constitución Lumen Gentium. Los laicos están llamados por Dios a vivir en el mundo y a santificarlo desde adentro como fermento, ordenando las realidades temporales según Dios. Su vocación es distinta a la de los religiosos y clérigos. El Catecismo y la Exhortación Christifideles Laici también destacan que los laicos deben sanear estructuras del mundo que inciten al pecado y promover valores morales en la cultura a través de su trabajo.
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LOS LAICOS Y LA ÍNDOLE SECULAR

A) CONSTITUCIÓN “LUMEN GENTIUM” n. 31

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado,
aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una
profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por
razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado,
proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser
transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos
corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los
asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y
cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la
vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados
por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico,
contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así
hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su
vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a
ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están
estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a
Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

A) CONSTITUCIÓN “LUMEN GENTIUM” n. 36

Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y
su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse
mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu
de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el
cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado. Por
ello, con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad elevada desde dentro
por la gracia de Cristo, contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con
el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo
humano, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción;
sean más convenientemente distribuidos entre ellos y, a su manera, conduzcan al
progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros
de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.

Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes
del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a
las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las
virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones
humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para
la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas
por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.

B) CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

909 "Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las
estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus
costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la
justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así,
impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas"
(LG 36).
C) EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “CHISTIFIDELES LAICI”

Precisamente para poder captar completa, adecuada y específicamente la condición


eclesial del fiel laico es necesario profundizar el alcance teológico del concepto de la índole
secular a la luz del designio salvífico de Dios y del misterio de la Iglesia.

Como decía Pablo VI, la Iglesia «tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su
íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y
se realiza de formas diversas en todos sus miembros»[30].

La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cf. Jn  17, 16) y es
enviada a continuar la obra redentora de Jesucristo; la cual, «al mismo tiempo que mira
de suyo a la salvación de los hombres, abarca también la restauración de todo el orden
temporal»[31].

Ciertamente, todos los miembros  de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular;


pero lo son de formas diversas.  En particular, la participación de los fieles laicos  tiene una
modalidad propia de actuación y de función, que, según el Concilio, «es propia y peculiar»
de ellos. Tal modalidad se designa con la expresión «índole secular»[32].

En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos indicándola,


primero, como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios: « Allí son llamados por
Dios»[33]. Se trata de un «lugar» que viene presentado en términos dinámicos: los fieles
laicos «viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y
trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de la que su
existencia se encuentra como entretejida»[34]. Ellos son personas que viven la vida
normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales,
profesionales, culturales, etc. El Concilio considera su condición  no como un dato exterior
y ambiental, sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su
significado[35]. Es más, afirma que «el mismo Verbo encarnado quiso participar de la
convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares,
donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes
de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región»[36].
De este modo, el «mundo» se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana
de los fieles laicos,  porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. El
Concilio puede indicar entonces cuál es el sentido propio y peculiar de la vocación divina
dirigida a los fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el
mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo:
«Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que se encontraba
cuando fue llamado» (1 Co 7, 24); sino que les confía una vocación que afecta
precisamente a su situación intramundana. En efecto, los fieles laicos, «son llamados por
Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del
mundo  mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y
así manifiestan a Cristo ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con
el fulgor de su fe, esperanza y caridad»[37]. De este modo, el ser y el actuar en el mundo
son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y
específicamente, una realidad teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su
designio en su situación intramundana, y les comunica la particular vocación de «buscar el
Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios»[38].

Precisamente en esta perspectiva los Padres Sinodales han afirmado lo siguiente: «La
índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino
sobre todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto
creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para
que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen
en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas
actividades sociales»[39].

La condición eclesial  de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por


su novedad cristiana y  caracterizada por su índole secular  [40].

Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se refieren


indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una aplicación específica a
los fieles laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo
expresan la plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el
mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y
la originalidad de esta inserción y de esta participación, destinadas como están a la
difusión del Evangelio que salva.

17. La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se
exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación
en las actividades terrenas.  De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo cuanto
hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias
por su medio a Dios Padre» ( Col  3, 17). Refiriendo estas palabras del apóstol a los fieles
laicos, el Concilio afirma categóricamente: «Ni la atención de la familia, ni los otros
deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida» [45]. A su
vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran
importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional y social ordinaria.
Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las
actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su
voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión
con Dios en Cristo»[46].

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