Egipto
Resumen
Prehistoria y Período Tinita - Sanmartín y Serrano
La continuidad cultural de la prehistoria/protohistoria y del período dinástico
más antiguo (la Época Tinita, Dinastías I y II) justifica su estudio en un mismo
capítulo. El uso de la escritura es muy escaso; han quedado pocas inscripciones y
textos, breves y complicados para su traducción e interpretación. De hecho, los
propios egipcios ignoraban casí todo con respecto a ese remoto período de su
pasado. Los mayores conocimientos sobre el Egipto Arcaico o Tinita se deben a
la Antropología, a través de yacimientos de Sakkarah, Abidos o Heluán, tan
interesantes como espectaculares. Se trata de un período largo, de más de cuatro
siglos, muy dinámico y con serios problemas para mantener la unidad y el
incipiente estado. Pero es también el tiempo en el que se elaboran y se fijan
muchos de los elementos ciásicos de la civilización egipcia: la concepción divina
y sagrada de la monarquía faraónica, el ideal cortesano típicamente egipcio, la
vocación rural y las bases de la religión tradicional, del arte y la arquitectura, y
del propio sistema de escritura.
El valle del Nilo importó las prácticas agrícolas y ganaderas casi seguramente a
través del Sinaí, aunque también es posible que la domesticación de animales,
quizás del vacuno, pudo haberse dearrollado de forma independiente en la zona
sahariana. El analisis de la neolitización de Egipto pone cada vez más énfasis en
los influjos occidentales (saharianos) y meridionales (río arriba hacia el Sudán).
Aquí es particularmente interesante el Neolítico de Jartum, que hunde sus raíces
en el VII milenio AC, y afecta claramente a la Baja Nubia y los oasís occidentales;
de allí a Egipto hay un paso.
Las primeras comunidades neolíticas egipcias aparecen entre el VI-V milenio AC
fundamentalmente en el norte, en el Fayum y en los bordes occidentales del
delta, en zonas donde desembocan pistas y rutas que conectan con los oasis y el
contexto sahariano en general. En el Fayum se han identificado dos niveles
neolíticos (A y B). Fayum B ilustra las tradiciones más arcaicas, mientras que
Fayum A es la primera gran cultura neolítica egipcia. Se cultiva trigo, al menos
tres tipos diferentes de cebada, lino y de algunas gramíneas; en cuanto a
ganadería, hay atestiguados cabras, ovejas, algo de ganado mayor, cerdo (de fácil
crianza en el húmedo ambiente del Fayum), perros, etc. Más importante aún es
la caza y la pesca (percas del Nilo, moluscos, caracoles).
Si bien la falta de estructuras de poblado podrían indicar un modo de vida aún
seminómada, se han encontrado cientos de silos subterráneos, consistentes en
agujeros de un diámetro de entre 1 m y 30 cm, hundidos hasta una profundidad
de un metro, y algunos recubiertos con trabajo de cestería. La industria lítica
asociada a estos yacimientos es de clara influencia sahariana. La cerámica es
poca y de baja calidad, y excepcionalmente se han encontrado elementos de
influencia sudanesa en Fayum A. No hay, en cambio, ningún indicio que permita
identificar costumbres referentes a enterramientos o ritos funerarios.
En el borde oriental del delta, algo más al norte de El Cairo, surge el yacimiento
neolítico de Merimde beni Salameh, con distintas fases o niveles de habitación,
alcanzando su máxima expresión en casas o chozas ovales de barro, con
cubiertas de tipo vegetal y entradas consolidadas por vigas de madera o incluso
una tibia de hipopótamo. Las pequeñas dimensiones de las viviendas
(aproximadamente unos 3 m de diámetro) llevan a suponer que difícilmente
vivieran familias completas. Se observa además cierto atisbo de urbanismo en la
alineación de las cabañas en torno a espacios abiertos de tipo circular, como así
también algunos enterramientos muy simples en fosas ovales, en las que se
depositaba al difunto en la típica posición encogida o fetal, acostado sobre el
lado derecho, con la cabeza hacia el sur y la cara normalmente al oriente, lo que
sugiere creencias religiosas que valoran los lugares de donde procede la crecida
del río (el sur) o por donde sale el sol (el este). Los ajuares son escasos y pobres:
útiles líticos, depósitos de cereal, pendientes o cuentas, etc.
En el sur aparece la Cultura Badariense, nombre proveniente del yacimiento de
El Badari, antecedente de una serie de importantes culturas prehistóricas del
Alto Egipto que se van a suceder hasta la llegada de los tiempos faraónicos. El
esplendor de la cultura Badariense es un buen ejemplo de la compleja red de
influencias que caracterizan la prehistoria egipcia: los ajuares con conchas del
Mar Rojo y turquesas y cobre procedentes del Sinaí denotan un contacto
importante con las rutas y wadis del desierto oriental y, a partir de ellos, con el
mar; no hay en cambio restos badarienses en el Delta. Esto refuerza la teoría de
un influjo meridional, nubio o sudanés. También aparecen las primeras paletas
de piedra dura, lisas y sin decoración, antecedente directo de una larga tradición
de objetos rituales que tomarán un extraordinario valor histórico al final del
Predinástico. Por el contrario, la industria lítica badariense es de escasa calidad:
desprecia el excelente sílex tubular que en forma natural es tan abundante en el
Alto Egipto. La cerámica, sin duda una de las más originales y de más alta calidad
de todo el Predinástico egipcio, es de paredes finas, decoración bruñida y muy
cuidada en la que destaca una particular bicromía: el exterior de los vasos era de
un rojizo brillante, en tanto que el borde y el interior eran negros. También se
destaca la producción artística del Badariense, apareciendo las figurillas
femeninas, con la característica obesidad y con los rasgos sexuales muy
marcados, además de modelos que representan animales, gacelas, escarabajos,
hipopótamos, etc. Con respecto a las prácticas funerarias, las tumbas
badarienses eran simples fosas ovaladas, en las que se depositaba el cuerpo
contraído, cubierto por una tela o envuelto en una piel, con la cabeza hacia el sur
pero con el rostro vuelto hacia el occidente, lo que se ha relacionado con la
creencia de los egipcios de época histórica de que el poniente era la tierra de
residencia de los difuntos. La diferencia entre tumbas sin ajuar y unas pocas con
una gran acumulación de objetos puede ser indicio de la existencia de jerarquías
bien marcadas y, quizás, de liderazgos y caudillajes fuertes.
Ya avanzado el Predinástico, a fines del V milenio AC, el Alto Egipto fue marco de
una sucesión de importantes culturas que protagonizaron el proceso que dio
paso al nacimiento del estado faraónico. Ya comenzado el IV milenio, surge la
cultura Amratiense o de Naqadah I, que toma su nombre del yacimiento de
Naqadah, emplazado en el gran bucle que el Nilo forma en la zona de Koptos y
próximo a la ruta del wadi Hammamat, que comunica con el Mar Rojo. Esta
cultura se difundió por el Egipto Alto y Medio, aproximadamente hasta Assiut,
por lo cual el delta parece haber quedado fuera de su influencia. Al igual que en
el Badariense, el cobre es poco utilizado, destacándose la industria lítica, con
cuchillos de sílex de doble filo, de gran tradición durante el resto del
Predinástico, con hojas romboidales y en forma de cola de pez. También
abundan los vasos de piedra de modelos claramente mesopotámicos, con una
función posiblemente funeraria y ritual. En contexto con el desarrollo de las
técnicas líticas, hay un importante auge en el arte de las paletas. Se mantienen
las formas geométricas básicas, sumándose modelos ovales y romboidales. La
figura del rombo ha sido relacionada por algunos con el elemento simbólico que
representaba al dios Min. Pero las paletas más abundantes fueron las zoomorfas:
peces, tortugas, hipopótamos, cocodrilos (importancia de la fauna fluvial), aves,
antílopes, elefantes, etc., que sugieren la asociación con los típicos cultos
egipcios. Otro aspecto de gran importancia es el arte de las estatuillas
antropomorfas, cuyo sentido y funcionalidad no está claro, aunque su
localización en tumbas hace presumir un valor cultual o religioso.
Con relación a la alfarería de Naqadah I, es muy apreciable cultural e
históricamente, con motivos geométricos y decorativos trazados a base de líneas
en color blanco sobre fondos rojizos. Son frecuentes los temas animalísticos:
bóvidos, gacelas, aves, cocodrilos, hipopótamos, etc. Las figuras humanas son
escasas, y cuando aparecen, se las representa en forma muy esquemática, a
veces en actitud de baile o danza. Finalmente, el arte funerario en general sigue
las tradiciones del Badariense.
Entre el 3600 y el 3500 AC se desarrolla la Cultura Gerzeense o Naqadah II, la
última y más brillante fase del Predinástico egipcio, que incluirá a todo Egipto en
un mismo horizonte cultural. Es una de las fases más atractivas y estudiadas de
la prehistoria egipcia; incluso se ha definido una subfase llamada Naqadah III (o
a veces sencillamente Protodinástico) entre el 3200 al 3000 AC, en la que se
establecieron la unificación y la monarquía faraónica. En este lapso se
acentuarán los intercambios y relaciones en función de la mayor concentración y
densidad de la población, desarrollándose procesos de concentración de poder
en manos de unas elites y caudillos de tipo militar que cada vez tendrán más
carisma y autoridad, auspiciando el surgimiento de unidades territoriales más
complejas que serán adecuada antesala para el estado faraónico. Al hilo de esta
evolución, los contactos con el mundo exterior se intensifican, particularmente
con las culturas del Próximo Oriente, la franja sirio-palestina y también
Mesopotamia, que en estos momentos es un hervidero de cambios e
innovaciones.
La cultura de Naqadah II se caracteriza por un notable desarrollo del cobre.
Abundan los cuchillos, las hachas y los cinceles -dirigidos fundamentalmente a
las nuevas elites- como así también los vasos de piedra que imitan formas
cerámicas o animalísticas (peces, ranas e hipopótamos). Las paletas van
adoptando un aspecto escutiforme y se van llenando de representaciones en
relieve de animales y finalmente de escenas humanas que recuerdan
acontecimientos de valor histórico para reconstruir el proceso concreto de la
unificación. En lo referente a la cerámica de Naqadah II, muestra una clara
continuidad con Naqadah I, pero con notables variantes en la decoración: hay
vasos de tono anaranjado sobre los que la decoración se traza en rojo. Continúan
los elementos geométricos o paisajísticos, pero con destacables
representaciones de escenas humanas que muestran la importancia del río y el
medio fluvial para esta civilización, en un contexto eminentemente funerario.
Las necrópolis de Naqadah II y III reflejan las nuevas situaciones de
jerarquización y de estratificación social, como se ve en la célebre Tumba
número 100 de Hierakómpolis, yacimiento fundamental de este período. La
decoración pictórica, similar a de las cerámicas, pasa a ocupar buena parte de las
paredes del mausoleo. La población comienza a concentrarse en núcleos con
casas rectangulares, calles, edificios de tipo público (templos y quizás palacios),
elementos que demuestran una mayor complejidad urbanística. Este momento
final del Predinástico desemboca de forma directa en los tiempos históricos:
comienza la llamada Dinastía 0.
La unificación egipcia fue resultado de la victoria del Alto Egipto sobre el Bajo,
que fue anexionado. Esto se ajusta a muchos elementos del ritual y del protocolo
del faraón, donde siempre se resalta el carácter de monarquía doble, y de
precedencia y prioridad de los atributos simbólicos o emblemáticos del Alto
Egipto. También concuerda con la información de la Piedra de Palermo, que
antes de la Dinastía I incluye dos listas paralelas de reyes predinásticos del Alto
y Bajo Egipto, respectivamente. Por otro lado, se ha vinculado esta dualidad
protohistórica al mito de la oposición y lucha de Horus y Seth, siendo el primero
encarnación del Bajo Egipto y el segundo dios patrono y señor del Alto Egipto.
En la Paleta de Narmer, este soberano se ciñe igualmente la corona Blanca en
una cara pero también la corona Roja en la otra; se trata, pues, de un soberano
del Alto y Bajo Egipto. El modelo iconográfico e ideológico del faraón
masacrando al enemigo, ya presente en la Tumba 100 de Hierakómpolis, se
consagra definitivamente en la Paleta de Narmer. La existencia misma de las
mazas decoradas es otro testimonio más del valor y del protagonismo que tiene
la actividad bélica. La población se concentra en lo que ya puede calificarse como
ciudades, en un proceso de difusión del modelo urbano que constituye uno de
los rasgos más importantes del final del Predinástico.
A comienzos del III milenio AC el valle del Nilo aparece finalmente como un
estado unificado bajo una sola autoridad, aparentemente bien asentada y fuerte,
y dotado además de todos los elementos que caracterizan a una civilización
superior (como la escritura), integrada ya en el desarrollo histórico. Pero el
hecho de que la escritura exista y se conozca no implica su difusión o uso
generalizado. La capital en Tinis identifica a este período con el nombre de
época Tinita.
El primer faraón atestiguado de la Dinastía I es Aha, con quien aparece
vinculada una importante figura femenina, Neith-Hotep, en quien algunos ven a
su esposa, o a su madre (quizás entonces mujer de Narmer). Pero el reinado
mejor conocido y más importante fue el de Den (también conocido por el
nombre de Udimu), gracias a la información que proporciona la Piedra de
Palermo. Den quedó como modelo de soberano eficiente y piadoso: varios
capítulos de los textos funerarios de épocas posteriores (por ejemplo, del Libro
de los Muertos) se remontan a su reinado.
El final de la Dinastía I es complejo y refleja una situación de tensión que pudo
hacer que se resintiera la unidad del país. En todo caso es significativo que el
primer faraón de la Dinastía II se llame Hotepsejemuy (“Los Dos Poderes están
apaciguados”). La historia de este nuevo período está sin embargo marcada por
problemas que afectaron especialmente al mantenimiento del estado unificado.
Sin embargo, la dinastía se cerró con una recuperación de la unidad luego de
violentos enfrentamientos entre norte y sur. El último soberano de la dinastía,
que cierra la Época Tinita, Jasejemuy (“Los Dos Poderes aparecen en gloria”),
muestra en su nombre la restauración de la situación.
A partir del período Tinita, la figura del faraón sustenta al estado egipcio, que se
centra en una ideología monárquica que ya muestra varios rasgos clásicos y
tradicionales que permanecerán a lo largo de toda la historia de Egipto:
vestimenta, símbolos como la doble corona, rituales, ceremonias, nomenclatura,
etc. El palacio es el auténtico centro político del país. Bajo el rey y su familia se
encontraban ministros muy próximos al faraón -aunque todavía no aparece el
Visir- y también funcionarios con títulos puramente honoríficos. Es probable
que, en función de la naturaleza dual de la monarquía, la administración
estuviera desdoblada, con funcionarios del Alto y del Bajo Egipto, entre los que
se destaca el “Excavador de Canales” (ady-mer), sin duda el precedente de lo que
luego será (ya en el Imperio Antiguo) el nomarca. La sociedad de este período
consagra ya los dos grandes grupos tradicionales del mundo egipcio: por un
lado, una aristocracia cortesana con una vocación de elite muy marcada y
centrada en la figura del soberano, y por otro, una masa campesina de la que
poco o nada nos ha quedado en las fuentes. También surgió un sector artesanal
especializado para atender a las necesidades de esta nueva elite política, de la
monarquía y de la nobleza, para elaborar las tumbas y los ajuares. Este grupo es
el responsable del esplendor de la cultura material de la Época Arcaica. Con
respecto a los contactos externos, tenían una finalidad fundamentalmente
comercial: madera y cerámica de Siria y Palestina, turquesa y cobre del Sinaí, los
productos africanos a través de Nubia, etc.
La religión, finalmente, no ha dejado vestigios importantes de templos, ni
grandes recopilaciones de textos, ni siquiera en las necrópolis reales. La
magnitud y calidad de los sepulcros de los soberanos demuestran la condición
divina del soberano, al que se rendía culto, a veces en un templo adjunto. Son
típicos de este período los “enterramientos subsidiarios” de miembros de la
corte o de la nobleza, servidores y artesanos que rodean las tumbas reales, junto
al faraón-dios difunto. El culto solar, específicamente a Ra, se halla bien
establecido, con su centro en Heliópolis.
Surgimiento del Estado – Marcelo Campagno
Campagno remarca la vigencia de la definición de Trigger respecto al
surgimiento del Estado en el valle del Nilo, en la que se destaca la evidencia de
intercambios de larga distancia y de conflictos documentadas en el Alto Egipto,
en los últimos tramos de la fase Nagada II, y detalla una serie de tres argumentos
teóricos y de indicios empíricos que la sostienen.
El primero de ellos es el parentesco, que se presenta como el principal eje de
articulación y organización social. Allí donde el parentesco domina, proporciona
el esquema de relaciones posibles en el interior de la sociedad, de modo que
toda práctica social habla el idioma del parentesco. Pese a que la evidencia
resulta muy escasa en el valle del Nilo en tiempos pre-estatales, el ámbito
funerario proporciona algunas claves que permiten considerar esa idea, en
cementerios pre-dinásticos como Badari, Armant, Nagada o Naga-ed-Der, donde
se ven tumbas diferenciadas en función del tipo de ajuar funerario para los
difuntos. Descartada la idea de que tales agrupamientos sean resultado de una
diferenciación sociopolítica, profesional, etaria o sexual, los especialistas
coinciden en que podrian reflejar distintos grupos de descendencia dentro de
cada comunidad. Este sería un indicio de la presencia del parentesco como
modelo subyacente para la realización de las prácticas funerarias.
En segundo lugar, Campagno traza un paralelo entre el formato de las tumbas y
las viviendas aldeanas. Hasta Nagada I, el formato típico tanto de unas como de
otras era oval o redondeado; a partir de Nagada II, tanto las viviendas como los
enterramientos tienen un mismo patrón cuadrangular: una transformación en
uno de ellos debía impeler un cambio similar en el otro espacio. ¿Por qué
concebir dos ámbitos diferentes del mismo modo? Porque se los consideraba
como el mismo ámbito. La muerte no implicaba la desvinculación del difunto de
su comunidad, sino que continuaba siendo un miembro de pleno derecho. Esta
concepción de los muertos como integrantes de la comunidad está íntimamente
vinculada a la existencia de la práctica del parentesco como principio social
organizador: los lazos parentales persisten por sobre la desaparición física de
los individuos.
En tercer lugar, las sepulturas del predinástico tenían una creciente cantidad de
ofrendas, consistentes en alimentos y herramientas, que indican la creencia en la
vida de ultratumba. Así, en la medida que la muerte no disolvía los vínculos con
la comunidad, los antiguos habitantes del Nilo consideraban que sus muertos
debían ser sepultados en “residencias” similares a las de sus descendientes
vivos. De este modo, el registro arqueológico permite suponer que el parentesco
debió constituir la práctica dominante en las comunidades de aldea del Nilo
predinástico.
Pero como sabemos, el parentesco impide la constitución de prácticas que
pudieran estar en contradicción con los principios en los cuales se sustenta. El
principio básico es la norma moral de reciprocidad. Esto significa que el
parentesco implica un límite que impide la estructuración de una diferenciación
social fuerte en el interior de cada comunidad: el de la imposibilidad estructural
del monopolio de la coerción física, condición sine qua non para la existencia del
Estado. Por lo tanto, la clave del surgimiento del Estado en el Antiguo Egipto
pasa por los intercambios con el exterior, por fuera de la sociedad, ya que en su
interior el parentesco impide las diferencias sociales. Fuera de la comunidad, el
parentesco no puede extender su red; las relaciones se basan en la desconfianza
al otro, al extraño, al no-pariente. Ese espacio intersticial entre comunidades,
donde el parentesco no rige, constituye el único ámbito que no impide -y por
ende, donde es posible- la aparición de una práctica no compatible con las
normas parentales. Allí y sólo allí puede surgir el Estado.
En tal sentido, Campagno señala que una guerra de conquista, cuyo objetivo
apuntara al control permanente de los vencidos, implica la eliminación de los
competidores; por lo tanto, podía ser una estrategia útil para asegurar la
obtención de ciertos bienes, como los de prestigio. Tal conquista implicaría el
establecimiento permanente y continuo de ese vínculo entre no-parientes,
basado en el monopolio de la coerción detentado por los vencedores, y en
consecuencia, un nuevo ordenamiento social, organizado por una nueva lógica:
la estatal.
En poco tiempo, la consolidación de esa práctica en aquellos núcleos del valle
condujo el conflicto -o incluso las posibles alianzas- a una nueva escala: la
colisión entre Hieracómpolis, Nagada y Abidos fue ya un encuentro entre
Estados, y el establecimiento de un único Estado para todo el Alto Egipto a
comienzos de Nagada III fue, entonces, un acontecimiento consecuentemente
posterior al momento en que había sido atravesado el punto de no-retorno.
Reyes y Dioses - Henri Frankfort
El Oriente Próximo Antiguo consideraba a la realeza como la base misma de su
civilización: solo los salvajes podrían vivir sin un rey. La función del gobernante
era defender la seguridad, la paz y la justicia de su comunidad. La realeza, como
institución política egipcia, logró la construcción de las pirámides por medio del
trabajo forzado y guerras incesantes del paisanaje, con el total consentimiento
de los gobernados. Esta concepción es válida para todo el Oriente Próximo
Antiguo y muchas otras regiones, pero entre Egipto y Mesopotamia hubo
criterios totalmente diferentes con respecto a la naturaleza de su rey y el temple
del universo en el que se movía.
En Egipto se reflejaba el ritmo natural de las estaciones a lo largo del año, con
festivales anuales en relación con la crecida del Nilo, y al término de la
inundación, con la resurrección de Osiris y la terminación de la cosecha. Los
festivales eran la ocasión de reafirmar que todo estaba bien, porque
consideraban al universo como algo estático, y mantenía el orden estricto
establecido de una vez y para siempre en el período de la creación. Aunque
podría ser trastocado en ocasiones, y las fuerzas del caos nunca eran
aniquiladas, sino dominadas y las rebeliones apaciguadas. La protección
geográfica natural con que contaban en el valle, rodeados de montañas y con el
río Nilo siempre corriendo -con sus eventuales inundaciones que lo hacían
próspero-, les brindaba una seguridad que se hacía notar en todos los aspectos
de sus vidas.
Tanto en Mesopotamia como en Egipto la religión se centró en torno al problema
de sustentar la vida. Pero en Mesopotamia no se cuestionaba la inmortalidad del
individuo, mientras que en Egipto se creía que la vida era eterna; por lo tanto, la
realidad de la muerte se negaba. El cuerpo dejaba de funcionar, pero el hombre
sobrevivía. La paradoja que presentan estas creencias pasan por que el alma no
podía ser sacada del cuerpo, por lo que, para obtener la vida eterna, debía
mantenerse el cuerpo. De aquí surgen el desarrollo de la escultura egipcia, la
momificación, y los ajuares funerarios compuestos de elementos necesarios para
la vida cotidiana. Aunque la paradoja mayor era que el Faraón era un dios
descendido al reino de los hombres, un dios encarnado; por lo tanto, no era un
mortal divinizado.
En el Predinástico no se pintó a los reyes ni a los jefes; pero a partir de la
unificación bajo el primer Faraón, el rey comenzó a aparecer como
representante de la comunidad. Por ejemplo, en la Paleta de Narmer se ve al rey
en una representación jerárquica, como figura claramente dominante, y esta
característica no tiene que ver con el método de perspectiva, sino con una
actitud emocional que se quiere hacer notar, tanto en él como en los súbditos.
Probablemente muestre una victoria decisiva antecesora de la unificación,
representando a los enemigos con elementos del Bajo Egipto. El rey aparece solo
contra el enemigo, dominando la situación maza en mano, símbolo de poder.
En el Reino Nuevo, Tutmosis III sostiene con la mano un montón de desvalidos
cautivos que sirven para hacer resaltar la figura sobrehumana del rey. El Faraón
no necesita asistencia porque no hay enemigo que se atreva a amenazarlo; la
imagen de los ejércitos es decorativa. Es invencible, inatacable e intangible y no
pertenece al género humano, sino al de los dioses.
Imperio Antiguo - Joaquín Sanmartín y José Miguel Serrano
El Egipto Antiguo se abre con la Dinastía III en 2675 AC y llega hasta la V (o la
VI, según algunos autores). Las pirámides de Guizah, una de las Siete Maravillas
del mundo Antiguo, o la pirámide Escalonada, sitios sagrados y de especial
veneración, hablan por sí solas de la grandeza de esta época. De hecho, el estilo y
el arte de esta época se convertirán en punto de referencia en épocas difíciles o
de crisis, cuando sea necesario volver la vista a la grandeza pasada. Pero en
otros aspectos, el Imperio Antiguo es un gran desconocido, por la escasez de
fuentes escritas. Los papiros son pocos y las inscripciones son breves y escuetas,
al menos hasta la Dinastía V, cuando el uso de la escritura y una administración
más compleja y sofisticada incrementa los registros. Es durante la Dinastía V que
se ponen por escrito los anales incluidos en la célebre Piedra de Palermo, y es en
el monumento funerario de Unas, el último soberano de este período V, donde
aparece la versión más antigua de los Textos de las Pirámides.
El tránsito entre la Dinastía II y la III siguió una dinámica basada en la
inexistencia de heredero legítimo de la rama principal, que permitió el acceso al
trono de una rama secundaria. Esto se repetiría con frecuencia en la historia
egipcia, no siempre de forma pacífica. El primer soberano será Sanajt, de quien
apenas se conoce el nombre. Djeser, su sucesor, marca un punto claro de
inflexión histórica, por lo cual es considerado el auténtico fundador del Imperio
Antiguo: de hecho, el Papiro de Turín tiene su nombre resaltado en tinta roja. Su
obra está inevitablemente unida a su conjunto funerario, la gran pirámide
escalonada de Sakkarah y los patios, capillas y edificaciones varias que la rodean
y que hacen de él uno de los mausoleos reales más interesantes de toda la
historia egipcia. Su ministro y consejero, Imhotep, fue relacionado con las artes,
las ciencias, y la medicina, y fue además una especie de héroe civilizador que
enseñó a los egipcios la técnica de construir en piedra. Incluso en la Época
Tardía se le rindió culto; su tumba, aún no localizada pero sin duda próxima a la
de Djeser, se convirtió en un importante centro de culto y de peregrinación. El
complejo de la pirámide escalonada, por otra parte, tiene un plan arquitectónico
y espacial cuyos objetivos y finalidad exceden con mucho lo que estrictamente
sería una tumba: demuestra además que el soberano, rey-dios, ocupa la cúspide
de un sistema de gobierno posiblemente absoluto y con una solidez ideológica
que sín duda constituye uno de los rasgos más destacados de todo el Imperio
Antiguo.
La Dinastía IV (2625-2500 AC) aparece asociada a la construcción de sus
famosas pirámides, pero su historia interna y la evolución política en general
son mal conocidas y presentan grandes vacíos. La evidencia artística y
monumental resalta sin duda la concentración del poder en manos de los
soberanos, dotados de gran carisma y autoridad. La familia real acapara en
buena medida los más altos cargos de la administración y del gobierno y de
acuerdo con esta situación se producen también agitados momentos en una
historia muy centrada en la corte, en problemas de sucesión al trono y de
legitimidad, que pudieron enfrentar a las distintas ramas principescas, lo que
por otra parte es propio de sístemas monárquicos absolutos o de poder
fuertemente centralizados.
Quizás el soberano mejor conocido sea Snofru, fundador de la Dinastía, rey
generoso, humano, abierto y próximo a los súdbitos, que es quizás el mayor
constructor de la historia de Egipto. Su sucesor, Keops, es poco conocido más
allá de haber construido la pirámide mayor de Egipto, en torno a la cual se
despliega una auténtica ciudad de los muertos, con sus calles y manzanas,
ordenada de tal forma que la situación de las tumbas supone un reflejo de la
estructura social. Así, en la tumbas más próximas a la pirámide de Keops se
entierran las reinas, los hijos del rey y los más altos notables. Similar en
grandeza y dimensiones es la pirámide de Kefrén, segunda en cuanto al tamaño,
pero que, además del templo subsidiario, incorporaba ya otro santuario en el
límite de las tierras cultivables, el llamado “templo del valle”. A este soberano se
le atribuye la célebre esfinge, monumental figura del rey deificado con cuerpo de
león, excavada aprovechando un peñón natural de la meseta de Guizah.
Finalmente, y luego de un período de desorganización, está la tercera pirámide
de Ghizah, la de Micerino, que refleja estos problemas en la disminución de su
dimensión y volumen. El último soberano del período, Chepseskaf, se hizo
enterrar en una monumental mastaba en la vieja necrópolis de Sakkarah, lejos
de Guizah y su modelo de pirámides.
La Dinastía V (2500-2350 AC) aparece ligada a los problemas sucesorios de la
dinastía previa, y sobre todo por una figura femenina que, a juzgar por como se
refieren a ella las fuentes y por el espléndido mausoleo que se le dedicó,
desempeñó un papel muy relevante en el tránsito dinástico. Se trata de Jentjaus,
que según algunos era hija de Micerino y que estuvo casada o bien con
Chepseskaf o con Userkaf, el primer faraón de la Dinastía V. Esta Dinastía trae
importantes cambios en lo religioso y lo político. Se abandona la meseta de
Guizah, trasladándose la necrópolis real a Abusir, y se multiplican los elementos
y los indicios del éxito y auge de la religión solar a Ra. Casi todos los
antropónimos de la dinastía son teóforos, que contienen el nombre de esta
divinidad: Sahure, Neferirkare, Chepseskare, Neferefre, Niuserre, Djedkare. Todo
esto afecta obviamente a la definición ideológica o religiosa de la monarquía. Las
pirámides se hacen más pequeñas, y adquieren más entidad y protagonismo
los templos funerarios y, sobre todo, los santuarios solares, donde el faraón
es asociado con la divinidad solar. El último faraón de la dinastía, Unas, dejó
para la historia los llamados Textos de las Pirámides, miles de líneas escritas en
las paredes y techos de los pasillos y cámaras de su pirámide, en Sakkarah, en lo
que resulta ser el más antiguo corpus de literatura religiosa y funeraria egipcio.
La política exterior y las relaciones internacionales durante el Imperio
Antiguo debió de seguir la tónica de prosperidad general de este período, en el
que Egipto goza de una posición privilegiada, con un estado bien gobenado y
organizado y con sistemas eficientes de información y de administración. Por
supuesto que las relaciones egipcias con otras regiones se mantenían con el fin
de obtener los productos extranjeros que naturalmente no tenía. La zona de
expansión egipcia será nuevamente Nubia, documentada en la Piedra de
Palermo. Durante el reinado de Snofru se registra una importante victoria sobre
los nubios. Pero quizás la gran apertura exterior se debería sítuar durante la
Dinastía V, en el reinado de Sahure, cuando los egipcios llegan a la altura de Abu-
Simbel y se abre la ruta que comunicaba con el País del Punt, de localización
incierta, que quedaba hacia el sur y al que se llegaba posiblemente por el Mar
Rojo. Con respecto a Palestina, durante el Imperio Antiguo la presencia egipcia
parece haber sido ocasional y de tipo militar.
La administración y el gobierno monárquico han sido la piedra angular de la
organización estatal egipcia, pero también de su sistema religioso y de
comprensión del mundo, sobre todo durante el Imperio Antiguo, uno de los
períodos de mayor vitalidad de la realeza faraónica. Si bien el faraón siempre fue
visto como divino, nunca fue tan “dios viviente” como en los tiempos del Imperio
Antiguo, en que encarnó a la divinidad (Ra, Horus, Osiris, Atum o Geb); y una vez
muerto, el faraón recibía un culto que, en ciertos casos, se mantuvo vigente
durante siglos.
Sin embargo, la concepción de la monarquía evolucionó durante el Imperio
Antiguo. Mientras que en la Dinastía III y la primera mitad de la IV la posición
del faraón había sido central, tanto en el aspecto político y social como en el
religioso, el devenir de la Dinastía V muestra una disminución del carisma, y
quizás una pérdida de autoridad, posiblemente en beneficio de sectores
sacerdotales y funcionariales. Al mismo tiempo que las tumbas reales se
hacen más pequeñas y modestas, las mastabas de los altos cortesanos y
funcionarios se amplían y enriquecen. Esto es un indicio de que la
disminución de la distancia que separaba al soberano de sus súdbitos. En los
textos de inicios del Imperio Antiguo da la impresión de que el faraón lo es
todo; a finales de este período, es un elemento más de un estado en el que
hay otros protagonistas que también reclaman un papel (nobles cortesanos,
gobernadores provinciales, sacerdotes, etc.). La estructura administrativa se
hizo cada vez más compleja, sofisticada y funcional, estando constituida por un
ejército de cortesanos, notables y escribas. A los departamentos ya existentes
desde la Epoca Tinita, se agregan otros como el “Superior de las Grandes
Mansiones”, el “Supervisor de los Documentos (o Decretos) Reales”, el “Jefe de
las Obras (del rey)”, entre otros; pero sin duda el personaje central de la
administración del Imperio Antiguo es el Visir. Se trata del ministro principal,
muy próximo y de plena confianza del soberano -por lo que muchas veces era un
puesto ocupado por uno de sus parientes o familiares próximos-. El Visir tiene
muy amplias funciones, que lo colocan en posición de controlar y supervisar
toda la estructura administrativa. Asimismo, la administración provincial
presenta ya en este período la típica división del país en nomos. En el
transcurso de la Dinastía V se aprecia no sólo un poder paulatinamente más
autónomo de los nomarcas, sino además la formación de una nobleza provincial
que terminará patrimonializando el gobierno y estableciendo linajes de ámbito
local. Pero los vicios que derivaron de estas prácticas fueron muchos y en ellos
está una de las claves del progresivo declive del estado faraónico en el camino
que llevará a la crisis del Primer Período Intermedio. La monarquía egipcia va a
ser así víctima de una sangría económica que la privará de buena parte de sus
riquezas, de sus rentas y del control de amplias zonas productivas del país.
Además, la creciente autonomía de las familias gobernantes locales va a agudizar
este conflicto. La proliferación y acumulación de títulos a fines de la Dinastía V (y
en la VI) terminaron por vaciarlos de contenido.
Así se llega al Primer Período Intermedio (2350-2008 AC), comprendido
entre las Dinastías VI y XI. A finales del III milenio AC, Egipto atravesó una de las
más grandes crisis de su historia. Se trata de un período que se presenta
normalmente como una “época oscura”, realzándose el fuerte contraste con la
prosperidad y estabilidad del Imperio Antiguo. Pero no debe compararse con la
edad oscura del mundo griego. La arqueología refleja una imagen en general de
continuidad, y hay abundancia de fuentes escritas o literarias, que alcanzan su
forma clásica y que se hacen largas y llenas de datos de valor histórico,
documentando una época compleja y agitada. Este período comienza con la
Dinastía VI, que aunque algunos historiadores la ubican en el Imperio Antiguo,
supone un tránsito hacia la crisis. Las dificultades de la monarquía se hacen
patentes y se agravan. A la muerte de Pepi II, al cabo de un larguísimo reinado
de casi un siglo, se produce el colapso de la monarquía. Las Dinastías VII (que
algunos ponen en duda) y la VIII, son meras sombras, con faraones de reinados
efímeros. En muchas provincias o nomos y en determinadas comarcas del valle
del Nilo se conformaron pequeños principados controlados por enérgicos linajes
locales. Algunos de ellos llegaron a reclamar la dignidad real, proclamando su
intención de restaurar el gobierno faraónico centralizado. El primer intento
serio fue protagonizado por una familia de Heracleópolis (en la zona de El
Fayum), que constituyó lo que se llama Dinastías Heracleopolitanas (IX y X), con
capital en principio en esa localidad y luego trasladada a Menfis. Pese a que la
Dinastía X llegó a controlar hasta Tinis, terminaron por aceptar la división.
En el sur se desarrolló un proceso análogo de concentración de poder, en este
caso en torno a Tebas, que por primera vez en la historia de Egipto aparece con
un protagonismo claro, liderando la oposición y competencia con los
heracleopolitanos, sobre todo en la zona del Egipto Medio, donde se desarrollará
buena parte de esta auténtica guerra civil. Fue Mentuhotep II quien, con su
triunfo, restableció la unidad egipcia y le dio fin al Primer Período Intermedio,
fundando la Dinastía XI y, con ella, la etapa del Imperio Medio.
Pero este no es el único cambio de fines del III milenio AC en Egipto. El
progresivo descenso del nivel de humedad y de disponibilidad de recursos
hídricos registrado desde el inicio del Neolítico en el Próximo Oriente y el norte
de África alcanzó uno de sus puntos más agudos justamente en este tiempo.
Esto se manifestó en una sequía prolongada que se extendió durante varios
siglos. La Piedra de Palermo refleja una clara tendencia descendente entre las
Dinastías I y V, y los paisajes que decoran las tumbas reflejan un ambiente más
árido a partir de la Dinastía VI; las fuentes literarias son aún más evidentes,
aludiendo con frecuencia a la escasez de agua, a la sequía y al avance del
desierto. Esta situación produjo carestía, hambre y crisis de subsistencia, sobre
todo en el Alto Egipto, donde la relación del hombre y el río es más precaria y el
valle es más estrecho. Las poblaciones de los desiertos Líbico y Arábigo, así
como de la Baja Nubia, territorios donde el agua es escasa y preciada, fueron
empujadas hacia el valle del Nilo. La desaparición de una autoridad central
fuerte agravó aún más el problema, y los abusos e injusticias proliferaron. Las
inscripciones del Primer Período Intermedio aluden a la honradez, a la equidad y
a la virtud de no haber oprimido al débil. Vale recordar el texto de Rosenvasser
de “Los reproches a Ra” y la “literatura de disputa”, género que nació y alcanzó
su auge hacia el final del Primer período Intermedio egipcio (2423-2065 AC),
que denunciaba el desorden social y político en aquel contexto en el que los
repetidos saqueos de los monumentos funerarios produjeron gran escepticismo
sobre el valor de la vida póstuma. Esto implicó una notable convulsión en la
mentalidad egipcia, su concepción del mundo y del orden establecido, que
tuvieron su correlato en el Imperio Medio. Tal vez la más importante fue la
concepción de la monarquía faraónica, que convertía al soberano en responsable
del buen orden y funcionamiento del Universo; el Imperio Medio verá un rey
“como buen pastor”, justo, humano y más próximo a sus súbditos.
Otro cambio notable se vio en las formas de vida religiosa. La concepción del
Imperio Antiguo contemplaba que el mantenimiento del orden universal
dependía de que el soberano cumpliera con su papel de intermediario para con
los dioses, responsable de la liturgia y del culto. Esto explica que, ante la crisis,
una de las primeras y más comprensibles reacciones fue acusar a los soberanos
de impiedad y de abandono de sus responsabilidades cultuales (Lamentaciones
de Ipuwer). Esta pérdida de prestigio religioso del soberano benefició a las
deidades que hasta entonces habían desempeñado discretos papeles locales:
Min de Koptos, Montu de Armant, Amón de Tebas, etc. Asimismo pasaron a ser
objeto de particular veneración las divinidades relacionadas con la fertilidad de
la tierra y con la crecida del Nilo, como Hapy o el propio Osiris.
Imperio Medio - Joaquín Sanmartín y José Miguel Serrano
Tebas, localidad situada en una posición estratégica del Alto Egipto, era la capital
del nomo IV, donde comenzó a destacarse una familia de enérgicos
gobernadores locales que fue aglutinando el liderazgo de todo el sur egipcio
para luego enfrentarse a las Dinastías heracleopolitanas. A las hambrunas se le
sumó entonces la guerra civil, que culminó con el surgimiento de los príncipes
tebanos Mentuhotep I, y Antef II y III, que asumieron la dignidad faraónica y
consolidaron la aparición brillante de Tebas en la historia de Egipto.
La reunificación fue obra de Mentuhotep II, uno de los más grandes soberanos
del período, que dejó una profunda huella como iniciador de un nuevo ciclo
histórico; la Dinastía XI. Si bien ha habido confusión en torno a su persona, ya
que cambió varias veces de nomenclatura, con la victoria y la unificación
definitiva se hizo llamar “Aquel que ha unido las Dos Tierras”. Sin embargo,
debió desplegar una intensa actividad política y militar para asegurar las
fronteras y hacer que los pueblos vecinos de Egipto volvieran a aceptar y a
respetar la tradicional supremacía faraónica. Desplegó también una importante
actividad de reconstrucción interior; volvió a aparecer el Visir y otros títulos de
raigambre faraónica, así como la celebración de la Fiesta-Sed. Su tumba, un vasto
conjunto arquitectónico, fue la primera de importancia construida desde la
Dinastía VI, en la que se rindió culto a Ra, además de al propio soberano y a las
divinidades tebanas Montu y Amón. Sus sucesores, sin embargo, son poco
conocidos; el personaje más conocido hacia el final de la Dinastía XI fue, durante
el reinado de Mentuhotep IV, su Visir y Jefe de las Obras, Amenemhat, de gran
poder e influencia en el difícil momento en que se extinguió la Dinastía XI y
aparentemente tomó el poder: el primer faraón de la Dinastía XII se llamó,
precisamente, Amenemhat I, que logró afirmarse en el trono gracias a los
apoyos de poderosas familias de la aristocracia local. Fundó una nueva capital en
Ichi-Tauy (que significa “El que Conquista las Dos Tierras”), entre Menfis y El
Fayum, en el lugar llamado Ichi-Tauy, más apropiado para gobernar el Egipto
unificado, aunque también es posible que el ambiente en Tebas no fuera
especialmente propicio para Amenemhat I, que al fin y al cabo era un usurpador.
Tal vez por ello asoció al trono a su hijo y sucesor, Sesostris I, recurso ya
utilizado en la Dinastía VI, en un momento de inestabilidad en el trono. Esto fue
muy oportuno, pues Amenemhat I fue asesinado poco después víctima de un
complot en el que estaban involucrados miembros de la propia familia real.
Sesostris I actuó con gran celeridad reprimiendo la conspiración y castigando a
los implicados, iniciando en solitario un largo y próspero reinado, para muchos
el más importante del Imperio Medio. Consolidó la monarquía insistiendo en la
cuestión de la legitimidad, que justificó especialmente en el terreno religioso,
quizás aleccionado por lo que le sucedió a su padre. Restauró además el gran
santuario de Atum-Ra en Heliópolis, situándose en la tradición político-religiosa
de los grandes faraones del Imperio Antiguo y atrayendo al mismo tiempo a las
gentes del Delta y del Bajo Egipto en general, que tenían su gran centro de
peregrinación en Heliópolis. El gobierno y la administración de Egipto
mejoraron en eficiencia y calidad. La influencia egipcia se hizo particularmente
importante en ciudades como Biblos, cuyo príncipe semita ostentaba títulos
egipcios, y Nubia, donde aseguró un control militar directo.
Los soberanos que suceden a Sesostris I, Amenemhat II, Sesostris II y
Sesostris III mantienen las líneas políticas propias de la dinastía. El dominio
egipcio en Nubia se consolida ya de forma eficaz y permanente, estableciéndose
firmemente la frontera egipcia a la altura de la II Catarata por medio de una serie
de impresionantes fortalezas (Semnah, Kumnah, Buhen, etc.). Este inmenso
dispositivo militar tenía sentido porque mientras el Imperio Medio se
consolidaba en Egipto, se desarrollaba en Nubia la llamada Cultura de Kerma,
localidad ubicada en la zona de la III Catarata, en torno a la cual se había
conformado un auténtico estado de una civilización con una fuerte personalidad,
aunque con notables influencias egipcias.
Menos conocida es la actividad reformadora de la administración que se suele
atribuir a Sesostris III. Según algunos, eliminó la organización provincial que
reposaba en los nomos, suprimiendo incluso el cargo de nomarca, y dividió
Egipto en tres grandes circunscripciones (llamadas genéricamente uaret): Uaret
del Norte (el Delta), Uaret del Sur (Egipto Medio), y Uaret del Extremo del Sur
(Alto Egipto), cada uno con un gobernador al frente, auxiliado por subalternos y
por un consejo de justicia. Sin embargo no está claro que esta reforma se pusiera
plenamente en marcha con anterioridad a la Dinastía XIII, aunque es verdad que
en el reinado de Sesostris III se afianza notablemente la autoridad del monarca,
desapareciendo muchos cargos provinciales, centrándose cada vez más el
gobierno y el poder efectivo en la corte y el faraón.
Su sucesor, Amenemhat III, no teniendo que preocuparse por las fronteras y en
y un contexto próspero en cuanto al gobierno y la administración, desplegó una
intensa labor arquitectónica y de mejoras internas. En su tiempo se desarrolla
una actividad sín parangón en las minas de cobre y turquesas del Sinaí y en el
extremo sur, donde se realizaron trabajos de consolidación y registro de las
crecidas del Nilo. Por ello resulta paradójico que el núcleo histórico del Imperio
Medio, la Dinastía XII, llegara a su fin con este gran reinado. Como suele suceder,
conocemos mal el desarrollo de los acontecimientos. Aparentemente una reina,
Nefrusobek, asume el trono por extinción de la línea masculina de sucesión y da
comienzo a la Dinastía XIII, el inicio del camino hacia la oscuridad del Segundo
Período Intermedio (1759-1630 AC).
Si bien suele asociarse esta Dinastía con esos tiempos oscuros, se trata de un
período de más de un siglo, en el que el rasgo más llamativo al menos en su
primera mitad es la continuidad. No pocas obras de arte y objetos de valor que
se han atribuido a la Dinastía XII pertenecen en realidad a la XIII, y evidencian el
mantenimiento de los valores culturales tradicionales. Hay además una muy rica
documentación de papiros y textos en general, resultado del mantenimiento de
la administración. Los nombres de los faraones denotan la voluntad de
continuidad y de asociarse a los grandes soberanos precedentes: Antef,
Mentuhotep, Amenemhat, Sesostris, a los que se unen otros nombres nuevos,
como Sobekhotep. Pero a medida que el tiempo avanza, se observan
monumentos más pequeños, un arte de menor calidad y una sucesión de
monarcas de reinado breve con el mismo visir, lo cual denota que la monarquía
se había convertido en un instrumento de importantes familias cortesanas, lo
que implicaba que eran quienes realmente controlaban el poder. Tal como
sucedió al final del Imperio Antiguo, el deterioro del poder real, en combinación
con otro detalle decisivo, terminó traduciéndose en una desintegración del país.
El Segundo Período Intermedio constituyó el mayor oprobio de su historia,
en el más vergonzoso recuerdo que acuñaba su conciencia del pasado. Esta
etapa, marcada por la presencia de los hiksos es una de las más oscuras de toda
la historia de Egipto. Como sucedió en el Primer Período Intermedio, la ruptura
de la unidad del país y las disputas internas dieron paso a distintas dinastías: la
Dinastía XIV del delta Oriental (Xois) y las Dinastías XV y XVI de soberanos y
jefes hiksos, hasta la llegada de la Dinastía XVII, de los príncipes tebanos que
reconstruirán finalmente la unidad egipcia.
La escasez de documentos escritos va de la mano de la visión negativa que los
egipcios guardaron de estos tiempos, hasta el punto de pretender borrarlo de la
memoria, como si jamás hubiera existido. Para ellos, la invasión de los hiksos fue
un duro golpe a la tradicional seguridad egipcia frente al exterior, golpe que les
infundió temor y les empujó a convertirse en una auténtica potencia militar y a
involucrarse en el Próximo Oriente, en un proceso que obviamente ya no podía
tener retorno, como quedaría demostrado con el imperialismo de las Dinastías
XVIII y XIX.
La llegada de los hiksos a Egipto fue violenta y dramática. El término deriva de
las palabras egipcias jeka (“jefe”, o incluso “rey”) y de jaset (“desierto”, o
genéricamente “país extranjero”), con lo que la traducción correcta es la de
“jefes de tierras extranjeras”. Se trata de una expresión bien conocida en el
Imperio Medio y que se utilizaba para referirse a las poblaciones beduínicas de
los desiertos colindantes con Egipto, lo que nos da una pista con respecto a qué
tipos de gentes serían los hiksos. La opinión más generalizada es que eran un
conglomerado de pueblos de componente fundamentalmente semítica, en
buena medida emparentados con las poblaciones de la zona palestina y de las
tierras orientales cercanas al valle del Nilo. Entre 1675 y 1650 AC tomaron
Menfis e Ichi-Tauy, extinguiendo oficialmente la Dinastía XIII; los extranjeros se
arrogaron el protocolo faraónico dominando efectivamente el delta y parte del
valle pero imponiendo su autoridad por todo el país.
Vale recordar el contexto histórico general del Próximo Oriente, en el que están
teniendo lugar grandes cambios en los primeros siglos del II milenio AC. Es un
momento en el que el panorama étnico, lingüístico e histórico de la zona está
cambiando de forma muy notable, con la continua afluencia de poblaciones
amorritas que lograrán establecer dinastías brillantes en Babilonia y Assur. En
Anatolia los hititas, indoeuropeos, hacen acto de presencia, al igual que los
hurritas en la Alta Mesopotamia y en Siria, donde a partir del siglo XVI AC
constituyen el poderoso estado de Mitanni. La llegada de los hiksos a Egipto
fue resultado de las convulsiones demográficas y políticas de este contexto,
que produjo desplazamientos de pueblos en la franja sirio-palestina en dirección
al valle del Nilo, incapaz de ofrecer resistencia. Así llevaron adelante un gobierno
que, además, estuvo apoyado por buen número de funcionarios egipcios en
función de las sólidas estructuras administrativas heredadas del Imperio Medio,
a las cuales los hiksos agregaron sus propias costumbres traídas de Siria-
Palestina, zona de ciudades de alto nivel de autonomía. Así fue como la Dinastía
XVI, llamada de los “Pequeños Hiksos” permitió la existencia de un foco de poder
local en Tebas que terminaría siendo la que expulsaría a los hiksos y recuperaría
la independencia.
La realidad cultural del Segundo Período Intermedio es francamente compleja,
resultado de la mezcla de los elementos tradicionales de la civilización egipcia,
ya milenaria, con los aportes de los hiksos, fuertemente vinculados a los círculos
sirio-palestinos; los hiksos hicieron de Egipto su nueva patria, y se adaptaron en
buena medida a lo que encontraron: modelos artísticos, la escritura jeroglífica, la
propia forma de vida y de vestir, pero sobre todo en lo que respecta a la
monarquía y a la religión. Por otro lado, las novedades o aportaciones que
aparecen en Egipto con los hiksos no son desdeñables. Instrumentos musicales
de origen asiático, formas cerámicas, mejoras en la calidad del bronce, aparición
del telar y del shaduf, instrumento de elevación de aguas que se implantará
definitivamente a partir de este período. Hay también innovaciones en las armas
y técnicas militares: hachas, espadas (de tipo curvo o cimitarra) y el temible arco
compuesto asiático, capaz de arrojar flechas que podían atravesar chapas de
metal.
La lenta expansión del linaje meridional de Tebas, que llegó a controlar
efectivamente desde Elefantina hasta Abidos gobernando según las tradiciones
del Imperio Medio, terminaría por convertirse en la Dinastía XVII, que le dio fin
al dominio de los hiksos y al Segundo Período Intermedio. La confrontación con
los hiksos fue violenta, tal como se observa en las graves heridas que registra el
cuerpo momificado de Sekenenre Taa II, convenientemente apodado “El
Bravo”. Su hijo Kamosis protagoniza la segunda etapa de la contienda, la mejor
conocida gracias a dos estelas paralelas que el soberano hizo erigir en Tebas. Los
egipcios tebanos tomaron agresivamente la iniciativa, anticipando el espíritu
agresivo que será característico del Imperio Nuevo. Es importante dejar en claro
que la liberación no tenía un apoyo unánime entre los mismos egipcios, muchos
de los cuales fueron fieles a la autoridad del soberano hikso, sobre todo en el
delta Oriental y su capital, Avaris, a la que Kamosis saqueó, consagrando tal
victoria al dios Amón, que aparece aquí como adalid divino de la lucha contra los
hiksos y patrono de la actividad imperialista, papel que se afirmará sólidamente
a lo largo del Imperio Nuevo. Es posible que Kamosis muriera en la guerra, ya
que su sucesor, Ahmosis, era su hermano, bajo cuyo reinado se concretó la
derrota y expulsión definitiva de los hiksos de Egipto, episodios de los que no
existen documentos. De hecho, los hiksos desaparecen de la historia tan
bruscamente como entraron en ella, quizás absorbidos y diluidos en el
complejo mundo sirio-palestino y de los desiertos orientales. Mientras tanto, en
Egipto comenzaba el Imperio Nuevo.
Egipto y Kerma - Flammini
Flammini detalla las prácticas que el Estado Egipcio implementó para asegurar
la provisión de bienes de prestigio durante el Reino Medio, iniciando para ello
un lento avance a partir de la reunificación sobre el área de frontera meridional
hasta la Baja Nubia, al que describe a través de la instalación de fortalezas y
otras construcciones, como así también del modo que fueron controladas y
administradas, detallando en particular el sistema de sellado implementado a tal
fin También detalla el centro de Kerma, a la altura de la tercera catarata, donde
si bien el Estado Egipcio no ejerció dominación alguna durante este período, se
impusieron ciertas prácticas como el sistema de sellos o la aparición de cerámica
egipcia. En base a este análisis, Flammini le asignó a Kerma la categoria de
“periferia” en función de una relación asimétrica a favor del área central de
Egipto.
Imperio Nuevo - Joaquín Sanmartín y José Miguel Serrano
El Imperio Nuevo comprende las Dinastías XVIII, XIX y XX, que constituyeron
uno de los más brillantes períodos de la historia de Egipto: casi cinco siglos
(1539-1075 AC) que han sido considerados típicamente representativos de lo
que fue y significó la civilización egipcia en su conjunto. Fue un período de
expansión, que gozó de una coyuntura positiva en lo político, lo económico y lo
cultural. En estos tiempos aparecen personalidades como Ajenaton, Ramsés II
o el propio Tutanjamon, además de situarse el Éxodo. Con respecto a las
fuentes, el Imperio Nuevo está relativamente bien documentado, con
abundantes referencias escritas o literarias y con una arqueología rica y
significativa, más allá de algunos interrogantes como la transmisión dinástica del
poder y la legitimidad en la sucesiasión imperial, a través de la cual el estado
egipcio se convirtió en una de las grandes potencias del Oriente Próximo y del
Mediterráneo oriental. Tal como le sucedió a Grecia tras las Guerras Médicas y a
los reinos hispanos tras la reconquista, Egipto trascendió todas sus fronteras
luego de la derrota y liquidación histórica de los hiksos. Esta expasión es sin
duda la gran marca de identidad del Imperio Nuevo.
1. Evolución histórico-política
1. 1. La Dinastía XVIII (1539-1295/1292 AC)
Luego de la expulsión de los hiksos, Ahmosis continuó desarrollando una
actividad bélica importante en Nubia, con el objetivo de asegurar la otra gran
frontera, llevando su acción más allá de la II Catarata. Pero es importante
resaltar que tuvo que enfrentarse a una fuerte oposición interior. No todos los
egipcios, en especial del Medio y Bajo Egipto, aceptaron a la nueva dinastía
tebana. Pero Ahmosis acabó por imponerse y a partir de ahí su reinado fue en
general pacífico, obligado como estaba obviamente por la necesidad de
reconstruir el país y de dotarlo de un gobierno y de una administración estable y
eficaz, fundamentalmente de la tierra y su explotación, base fundamental de la
riqueza de Egipto.
Es importante mencionar también a las mujeres de la familia real, que
desempeñaron un papel decisivo a principios de la Dinastía XVIII: Teti-Cheri,
abuela de Ahmosis, Ahhotep, su madre, que posiblemente fue regente durante la
minoría del faraón, y Nefertary, se esposa, primera en asumir el título de
“Esposa del Dios (Amón)”. Así aparece otra característica del Imperio Nuevo: el
trascendente papel femenino, en especial de la reina, importante como
transmisora de legitimidad. A ello se añade que, en general, los soberanos de la
Dinastía XVIII protagonizaron reinados cortos, dejando herederos jóvenes, lo
que propiciará que el poder quede en manos de la reina viuda a través de la
regencia (por ejemplo, de Hatshepsut).
Los dos soberanos siguientes, Amenofis I y Tutmosis I, consolidaron la
recuperación del país y el establecimiento del imperio. El primero fue el primer
faraón que separó su tumba de su templo funerario, inaugurando una práctica
seguida en general por los soberanos del Imperio Nuevo. Además priorizó la
arquitectura, las bellas artes, la ciencia y la religión. Tutmosis I, por su parte, es
sin duda uno de los grandes conquistadores del período. Soberano guerrero,
agresivo y heroico, se convirtió en referente en los reinados siguientes. Llevó los
límites del Imperio más allá de la IV Catarata, dominando Nubia y completando
la liquidación de la civilización de Kerma. En Asia, llega al “Gran Río”, según
algunos el Éufrates, aunque es más razonable identificarlo con el Orontes, en
Siria. A su muerte surge el protagonismo de su hija Hatshepsut, que ejerció
especial influencia durante el reinado de su esposo Tutmosis II., cuya
prematura muerte le permitió emprender su propia trayectoria como
gobernante, en principio como regente del nuevo soberano, Tutmosis III. Pero a
partir de un determinado momento Hatshepsut se arrogó la dignidad faraónica,
adoptó las insignias, distintivos, títulos y nomenclatura de la realeza,
constituyendo una auténtica corregencia nominal. Se ha insistido en el pacifismo
de su reinado, atribuyéndolo a su feminidad, pero la realidad es que las
relaciones exteriores estaban estabilizadas y que las empresas militares no eran
necesarias. Lo particular de Hatshepsut es la ostentación que hizo de su poder y
la insistencia en su legítimo derecho al trono, que ocupó por más de veinte años,
hasta desaparecer repentinamente de la escena política, sin conocerse si esto se
debió a su fallecimiento o si cedió voluntariamente el poder. Tutmosis III inicia
entonces su reinado en solitario, en el que se vuelca en una actividad militar que
lo convierte en uno de los mayores conquistadores de la historia egipcia,
registrada en los célebres Anales de Tutmosis III, grabados en el templo de
Karnak. Alcanzó el norte de Siria, y se enfrentó a Mitanni, por entonces la gran
potencia de la zona. Tutmosis III fue, además, un soberano culto y letrado,
preocupado por la ciencia y el conocimiento, rasgos que lo hicieron acreedor de
cierta idealización de diversos egiptólogos que lo consideraron “el más grande
faraón que jamás ocupara el trono de Egipto”.
Los sucesores de Tutmosis III ilustran el momento más clásico y próspero de
todo el Imperio Nuevo. Su hijo Amenofis II, de gran fortaleza física y destreza,
continuó las campañas asiáticas y los enfrentamientos militares con Mitanni,
destacándose sus hazañas como jinete, arquero o remero. Tutmosis IV, por el
contrario, presenta importantes cambios: ante la sostenida expansión de los
hititas, Mitanni y Egipto dejan de lado la enemistad, se reparten pacíficamente
Siria y Palestina y aproximan posiciones, incluso hasta el punto de concertarse el
matrimonio del faraón con una hija del rey mitannio. Más brillante aún fue el
pacífico y próspero reinado de Amenofis III, uno de los más largos del Imperío
Nuevo (38 o 39 años). Las relaciones con Mitanni, que enviará dos princesas
(Gilu-Jepa y Tadu-Jepa) al harén real, son excelentes, y las riquezas de Nubia
afluían sin problemas, lo que permitió que el soberano se dedique a una
actividad edilicia de un brillo y esplendor sin precedentes: Karnak, el templo a
Amón en Luksor, los célebres Colosos de Memnón, el templo de Soleb en Nubia,
entre muchas otras construcciones.
Es conocido que todo soberano egipcio era por definición un dios, pero la
veneración de la que gozó Tutmosis III en vida fue extraordinaria veneración de
que goza Amenofis III en vida. Posiblemente el final de su largo reinado estuvo
complicado por problemas de salud: el estudio de su momia muestra indicios de
importantes dolencias, lo cual se condice con la gran cantidad de estatuas de la
diosa Sekhmet, en su calidad de divinidad profiláctica, o con que el rey de
Mitanni le enviara una estatua sanadora de Ishtar de Nínive. Incluso algunos
estudiosos creen que la gran epidemia que, desde Siria, azotó a todo el Próximo
Oriente en el siglo XIV AC pudo haber afectado al soberano.
Los faraones de la Dinastía XVIII comenzaron a mostrar una atención especial
por el Bajo Egipto, por razones políticas y estratégicas, pero también religiosas:
allí se encuentran las grandes centros de culto a divinidades solares como Ra o
Harajty (Heliópolis, Menfis y sus necrópolis, etc.). Esta tendencia culminará en la
época Ramésida. Con el Imperio Nuevo comienzan a aparecer profundas
creencias en donde el destino aparece vinculado especialmente al ciclo de eterno
retorno de Ra (el sol). Atón aparece desempeñando un importante papel en este
proceso. Incluso algunas unidades del ejército se ponen bajo la advocación del
Atón. El arte y las fórmulas iconográficas derivan hacia lo que ha dado en
llamarse el “estilo de Amarna”, un nuevo lenguaje, una forma diferente de
referirse al dios, de una manera más íntima o mística, por la preeminencia de
Amón de Tebas. De hecho, su culto, las riquezas que concentra y la influencia de
sus sacerdotes pudieron ser sentidas por algunos soberanos como Amenofis IV,
como un rival para la monarquía faraónica.
Este faraón había ejercido de corregente durante los últimos años de vida de su
padre. Al principio su actitud se ajustó a la norma de sus predecesores: reside en
Tebas, es representado en adoración ante Amón, e incluso en algún texto se le
denomina “Aquel a quien Amón ha escogido entre millares”. Emprendió una
intensa actividad arquitectónica, con varios templos dedicados al Atón o a
elementos solares, con originales relieves y esculturas, y que además rompe con
la tradición constructiva precedente, al edificar con bloques de piedra pequeños,
más fáciles de cortar, transportar y tallar. Al quinto año de su reinado, seleccionó
un lugar en el Egipto Medio, en la orilla oriental del Nilo, para edificar lo que será
no sólo una nueva capital, sino también la base de operaciones y el foco desde el
que irradiará la reforma religiosa. Amenofis IV buscó un lugar virgen, libre de la
presencia de otras divinidades, para consagrar la ciudad, a la que llamó Ajetatón
(“El horizonte de Atón”); en ese contexto, el faraón cambió también su propio
nombre por el de Ajenatón (“Benéfico para Atón”). Su corta vida como capital y
su posterior abandono total preservó relativamente bien a esta ciudad hasta
hoy. Pero luego de una gran recepción en la que los príncipes extranjeros y
gobernadores de los territorios imperiales egipcios presentaron sus respetos y
tributos y la corte y el pueblo aclamaron al faraón, la información se diluye.
Varios miembros de la familia real mueren, posiblemente a causa de una
epidema, aunque también Sin duda, marca uno de los momentos cenitales de su
reinado.
A partir de ahí la información se vuelve más escasa y confusa. Se producen
acontecimientos dramáticos en la familia real, varios de cuyos miembros
mueren quizás a causa de una epidemia. Se ha apuntado la posibilidad de
discrepancias entre Ajenatón y la propia reina (la célebre Nefertiti, con quien se
había casado antes de ser coronado), que aparece en relieves y pinturas asociada
al faraón, con la misma talla y como copartícipe en los actos reales, llegando
incluso en ocasiones a oficiar sola, cumpliendo una notable función simbólica e
ideológica al agregar a su nombre otro claramente connotativo (Nefer-Neferu-
Atón). Lo que está documentado es el inicio de una persecución de todo el
panteón egipcio tradicional. Sus templos fueron dañados y sus imágenes
destruidas o incluso mutiladas, con el nombre de alguna borrado a martillazos.
La religión de Ajenatón -citado por Kemp como el primer reformador religioso
de la historia registrada- se centraba en el culto al Atón, el disco solar,
considerándolo padre y madre de todas las criaturas, con el soberano como
intermediario único, divinizado y privilegiado, en detrimento de todas las otras
deidades. Este carácter exclusivista condujo a autores tan prestigiosos como
Aldred (1988, p. 253) y Redford (1984, p. 158) a utilizar el concepto de
monoteísmo, considerando que la preferencia por el Atón hace incompatible la
aceptación o el mantenimiento del panteón tradicional: grandes dioses egipcios
como Amón, Mut y Osiris, fueron silenciados; incluso en los textos se evitaba
expresamente el plural “dioses”, modificado en títulos y nombres, para no
distraer la atención hacia la única divinidad digna, el Atón. En este contexto, el
faraón no sólo era el auténtico “sacerdote”, capaz de llevar adelante los rituales
que satisfacen al Atón, sino que además era el único intérprete de su voluntad y
quien, gracias a su actuación, puede repartir los beneficios naturales y
sobrenaturales que en última instancia remontan al dios creador. Esto se aprecia
particularmente en el mundo funerario, donde desaparecen las referencias y
representaciones osirianas, reemplazadas por figuraciones del Atón y, sobre
todo, del rey y de la reina.
La muerte de Ajenatón, en una fecha desconocida, dio paso a un breve período
muy confuso y difícil de reconstruir, sucediéndose en el trono, en un corto lapso,
dos o tres faraones, cuyo parentesco con Ajenatón son inciertos. El más famoso
de ellos es sin duda Tutanjamón, evidentemente por la fama del descubrimiento
de su tumba, prácticamente intacta, en lo que fue uno de los hallazgos más
espectaculares de la egiptología y de la arqueología en general. Tutanjamón fue
el soberano que dio los primeros pasos para volver a la ortodoxia y normalizar
la situación tras el paréntesis de Amarna, posiblemente por influencia de grupos
de presión de notables y familiares. Se sabe poco sobre su filiación; para algunos
era hijo del propio Ajenatón y de una esposa secundaria; para otros, un miembro
indirecto de la familia, y hay quienes creen que sería hijo de Amenofis III, y, por
lo tanto, hermano o medio hermano del propio Ajenatón. Independientemente
de ello, Tutanjamón llevó adelante un reinado corto pero lleno de dinamicidad:
abandonó Ajetatón, volvió a la tradición de los enterramientos reales en el Valle
de los Reyes y, lo más importante, inicia, aunque sin abandonar el atonismo, la
restauración de la ortodoxia tradicional religiosa egipcia, cambiando su nombre
inicial de Tut-Anj-Atón por el de Tut-Anj-Amón (literalmente “La imagen
viviente de Amón”). También reactivó la política exterior con campañas en Asia
dirigidas por Horemheb (luego faraón), pero no tuvo tiempo para más; murió
joven, quizás a consecuencia de una herida (se han barajado las hipótesis de un
accidente o de un atentado), siendo momificado apresuradamente, lo que ha
generado que no se conserve bien y su estudio se dificulte.
El célebre episodio de la carta enviada por una reina viuda egipcia a
Supiluliuma, el soberano hitita, demandándole un príncipe real para hacerlo su
esposo y faraón de Egipto, pudo haberse producido en estos tiempos. Este
petición rompía con todas las tradiciones y tabúes que rodeaban desde hacía
milenios a la monarquía egipcia, por lo cual sólo puede comprenderse en el
contexto de conflictividad dinástica que cierra la época de El Amarna. La casa
real egipcia difícilmente aceptaba sangre extranjera, y mucho menos un varón
que pudiera convertirse en faraón. Igualmente extrañado debió de quedar el
monarca hitita, soberano del principal rival político de Egipto en el Próximo
Oriente, a pesar de lo cual envió a un príncipe; pero el insólito intento fracasó, ya
que fue asesinado antes de llegar a Egipto.
La dinastía termina con el acceso al trono del ya mencionado Horemheb, que en
las sombras venía manejando los destinos de Egipto durante esos tiempos
confusos posteriores a la muerte de Ajenatón. Funcionario de carrera y militar
experimentado, parecía ser el personaje que se necesitaba en esos delicados
momentos. Es significativo el famoso Decreto de Horemheb, donde insiste en la
reorganización a través de la corrección de los abusos tributarios (viciados
desde la época de Ajenatón), cuidadosa selección de los sacerdotes y
funcionarios, y la recuperación del puesto de juez supremo del Visir (con dos
titulares, uno en Menfis y otro en Tebas). Emprende también una reforma del
ejército, cuya falta de disciplina y de autoridad habían causado problemas, y una
importante actividad arquitectónica, especialmente en Menfis y Tebas. Pero tal
vez el más grande acierto de su reinado fue dejar bien asegurada la sucesión.
Consciente de que a su muerte Egipto tenía que enfrentarse a un nuevo período
dinástico, ungió a un militar de sangre no real, pero con hijos adultos, para
asegurar que no se repitieran los problemas dinásticos que habían terminado
con la Dinastía XVII. Así nació la Dinastía XIX, con Ramsés I.
De origen septentrional, Ramsés I fijó la capital precisamente en el delta
Oriental, paradójicamente en la zona en donde estuvo la capital de los hiksos
(Avaris). Tebas, en el Alto Egipto, estaba demasiado alejada del teatro de
operaciones y de intereses del frente asiático. También cuidó los lazos
familiares, consciente de los crónicos problemas sucesorios de las dinastías
anteriores. Los altos cargos de esta época fueron ocupados con frecuencia por
familiares cercanos del soberano, y se aseguró la sucesión asociando al heredero
al trono. Ramsés I reinó muy poco tiempo, ya que fue coronado con una edad
avanzada, pero precisamente por ello tenía hijos adultos que aseguraban la
continuidad de la dinastía. Su hijo y sucesor Seti I, entonces, se convirtió en
soberano ya adulto, con una excelente preparación y apego a la religión
tradicional, a partir de las cuales comenzó la anatematización de la herejía
atoniana destruyendo y abandonando sus monumentos y tumbas, así como la
eliminación sistemática de sus nombres de los documentos e inscripciones: de
Amenofis III se saltaba hasta Horemheb. Hábil político, intentó mantener
equilibradas relaciones con el Alto y Bajo Egipto, y emprendió una enérgica
política exterior destinada a reconstruir el imperio egipcio en Asia,
restableciendo la frontera de la influencia egipcia en el norte de Siria, en
detrimento de los hititas. La tumba de Seti I, en el Valle de los Reyes, es una de
las más ricas y más bellamente decoradas, reflejo adecuado del gran reinado de
este faraón.
A primera vista podría haber parecido difícil que a la muerte de Seti I Egipto
encontrara un sucesor que lo igualara o superara. Y sin embargo ése fue
precisamente el caso, pues quien ascendió al trono, Ramsés II, fue uno de los
más grandes faraones, cuya huella en el país y en la historia egipcia tiene difícil
parangón, y cuya popularidad y fama ha llegado hasta nuestros días. Desde la
nueva capital que construyó en el delta Oriental, Pi-Ramsés, proyectó su
personalidad e indiscutibles dotes de gobierno por todo Egipto y sus dominios
exteriores. Su esposa principal, Nefertary, famosa por su tumba tebana
recientemente restaurada, desempeñó un activo papel. Juntos emprendieron
notables trabajos de restauración edilicia, como las pirámides en Gizah y
Sakkarah. Se preocupó especialmente de asegurar el imprescindible
abastecimiento de agua, realizó campañas contra los libios y otros pueblos que
rondaban las costas del Delta y construyó en Nubia templos colosales como Abu
Simbel. Pero, sobre todo, el gran foco sobre el que proyectó su actividad militar
y su política exterior fue Asia, particularmente la franja sirio-palestina, que
disputó con el Imperio Hitita. En el curso de este enfrentamiento se produce la
famosa batalla de Kadesh, el hecho de armas mejor conocido de la historia
egipcia, representado en relieves acompañados de texto en Luksor, Karnak,
Abidos, Abu Simbel, y en su propio templo funerario, el Rameseum.
Sin embargo, y más allá de esto, la zona de Oriente Próximo estaba atravesando
grandes transformaciones: Asiria comenzaba su expansión arrebatando a los
hititas buena parte del ya desaparecido territorio de Mitanni, en tanto que se
dejaban ya sentir los primeros movimientos de ese fenómeno histórico
denominado los Pueblos del Mar. El imperio hitita, por su parte, se veía afectado
por graves problemas dinásticos que lo hacían especialmente vulnerable, razón
por la cual el rey Hattusil III firmó con Ramsés II un gran tratado de amistad,
uno de los más antiguos y mejor preservados documentos de este tipo. En este
acuerdo solemne se sella la amistad de las dos potencias, con concretas medidas
de apoyo mutuo, con intercambio de regalos y obsequios, fijando además las
respectivas zonas de influencia, ya definitivamente, en Siria-Palestina. Se
inaugura así un período pacífico de prosperidad para la zona, que contempla el
auge de Biblos o Ugarit. La cordialidad y amistad entre las dos casas reales se
hace patente: Nefertary y la reina hitita intercambian cartas y buenos deseos, y
el propio Ramsés Il contraerá matrimonio sucesivamente con dos princesas
hititas.
El destino póstumo de Ramsés II fue glorioso, sirviendo de indiscutible modelo e
ideal a sus inmediatos sucesores y, en general, para la siguiente Dinastía, la XX.
Sin embargo su sucesor, Mineptah, debió enfrentar serios problemas de
seguridad nacional derivados de la presión de pueblos cuya intención es
establecerse en Egipto. Por ello, la política exterior de este soberano se
caracteriza por estar a la defensiva, lo que rompe la tendencia expansionista del
Imperio Nuevo. Así fue como Mineptah se vio obligado a hacer frente a una
auténtica invasión libia, tanto en el delta Occidental -tradicionalmente la zona
del país egipcio más expuesta a influencias libias- como a través de los oasis
occidentales. Mineptah intervino también en el sur de Palestina, tal y como
atestigua la famosa Estela de Israel, documento en el que por primera vez se
menciona a Israel entre los asiáticos vencidos por Egipto. Esto ha servido de
argumento para situar el Éxodo en los tiempos Ramésidas; algunos incluso han
identificado a Mineptah como el faraón del episodio bíblico. La muerte de
Mineptah abrió una profunda crisis que provoca el final de la dinastía. Sin
sucesores nombrados, una mujer asume temporalmente la realeza (Tausert), y,
según el Papiro Harris I, Egipto cayó en la anarquía y en la miseria.
La Dinastía XX está marcada por la personalidad y la actividad de Ramsés III,
para muchos el último gran soberano del Imperio Nuevo, que significativamente
tuvo como modelo y guía a Ramsés II, a quien imitó artísticamente en su templo
funerario en Medinet-Habu, la última construcción importante del período. Este
estilo fue seguido por los grises soberanos que lo sucedieron, todos homónimos,
siendo Ramsés XI el último de ellos. Ramsés III tuvo que vérselas con graves
intentos de invasión. Vencedor otra vez de los libios, que no obstante se estaban
infiltrando irremediablemente en Egipto, aunque sólo sea como prisioneros y
mercenarios, su gran empresa será la célebre contienda con los Pueblos del Mar,
a los que derrota por tierra y sobre todo en un gran combate naval en las bocas y
canales del delta del Nilo, salvando posiblemente a Egipto de seguir la suerte de
otras potencias del Próximo Oriente, como los hititas, que desaparecen de la
historia. Hay que encuadrar bien estos acontecimientos: a finales del II milenio
AC el Mediterráneo Oriental y el Próximo Oriente en general están viviendo una
situación de cambio y crisis; el mundo del Bronce desaparece, y nuevos pueblos
asoman. Se trata de un gran movimiento de pueblos, de lenguas y culturas del
que saldrá un mapa bastante diferente del Oriente Antiguo a comienzos del I
milenio AC. Hititas, mitanios y casitas pierden protagonismo e incluso
desaparecen, apareciendo nuevos pueblos en Anatolia (frigios, carios, etc.), en
Siria-Palestina y Mesopotamia, muy afectadas por la penetración de arameos, y
en el Egeo, donde el colapso del mundo micénico da pie a lo que se ha dado en
llamar la “llegada de los griegos”, o como dicen las propias fuentes helenas, las
invasiones dorias y el consiguiente inicio de la Edad Oscura. Egipto no fue ajeno
a ese período de turbulencias, pero a victoria de Ramsés III sobre los Pueblos del
Mar conservó la independencia egipcia y cierta preservación étnica, lingüística y
cultural.
Sin embargo, en el plano interno, la administración egipcia afrontaba problemas
cada vez más acuciantes. La autoridad y del control de los recursos había caído
en grupos familiares y funcionariales cuya eficacia, honradez y fidelidad eran
más que dudosas. Esto llevó a descontentos y revueltas. El final del reinado de
Ramsés III se enturbió por conspiraciones y conflictos palaciegos que llegaron
incluso a poner en peligro su vida; una conjura en el interior del harén, alentada
por una esposa secundaria con la intención de colocar a su hijo en el trono, fue
descubierta y derivó en un proceso judicial testimoniado a través del Papiro
Jurídico de Turín y de otros documentos, datados ya en el reinado de Ramsés IV.
La Dinastía XX, y con ella el Imperio Nuevo, se extingue con una larga lista de
reyes, todos ellos con el nombre de Ramsés, hasta el XI, con los se agudizan y se
hacen insostenibles los problemas que precipitaron el final de este brillante
período. A partir del reinado de Ramsés VI comenzaron a expoliarse
sistemáticamente y con la connivencia de guardias y autoridades, las tumbas no
sólo de los nobles, príncipes o reinas, sino incluso las de los grandes soberanos
de las Dinastías XVIII y XIX. Más allá de los juicios y castigos ejemplares, nada
sirvió, llegando a la decisión extrema de sacar los cuerpos reales (a veces ya
lastimados por el expolio) y agruparlos en una serie de escondrijos
(denominados en la actualidad cachettes) que, por fortuna, cumplieron su
cometido hasta nuestros días, permitiendo la conservación y el estudio de buena
parte de los cuerpos de los grandes faraones del período. La desintegración
egipcia era cuestión de tiempo; ya en los últimos años de gobierno de Ramsés XI,
el Sumo Sacerdote de Amón, Herihor, se instaló como gobernante efectivo en el
Alto Egipto, mientras que un militar, Smendes, estableció un linaje paralelo en
Tanis. Nubia y Asia se habían perdido y las estructuras sociales y políticas se
habían hecho pedazos. El Imperio Nuevo había terminado.