¿Por qué los productos electrónicos duran cada vez menos?
¿Cómo es posible que en 1911 una bombilla de luz tuviera una duración certificada de 2500 horas
y cien años después su vida útil se haya visto reducida a la mitad?
Las respuestas giran entorno al concepto de "obsolescencia programada".
Conocé algunas cifras alarmantes sobre el tema...
La obsolescencia programada/ planificada es la planificación o programación del fin de la vida útil
de un producto o servicio, de modo tal que tras un período de tiempo calculado de antemano por
el fabricante, éste se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible.
Esta práctica se desarrolla en un contexto caracterizado por una producción mundial de 50
millones de toneladas de desechos electrónicos por año, con habitantes que producen en
promedio 3,5 kg de chatarra tecnológica por día.
Esto afecta a todos los seres que habitamos el planeta. Mientras los aparatos están en
funcionamiento no presentan ningún tipo de riesgo, salvo el dióxido de carbono que puedan
producir, pero al ser desechados en basurales comunes estos artefactos reaccionan con el agua y
la materia orgánica liberando tóxicos al suelo y a las fuentes de aguas subterráneas.
……
Obsolescencia programada: ¿realmente
“conspiran” las empresas tecnológicas
para hacer productos que duren poco?
"Ya no las fabrican como antes", es una frase que se escucha frecuentemente. En el caso de
la llamada "Bombilla Centenaria" luce muy acertada.
115 años después de haber sido encendida, aun brilla tenuemente en una estación de
bomberos en Livermore, [Link].
La "Bombilla Centenaria" suele mencionarse como evidencia de una supuesta
siniestra estrategia de negocios conocida como "obsolescencia programada" o
planificada.
Muchos creen que las bombillas y otros productos de la tecnología podrían fácilmente durar
décadas, pero es más rentable introducir una vida útil artificial para que las compañías
obtengan ventas repetidas.
"Es la teoría conspirativa de la obsolescencia programada", dice Mohanbir Sawhney,
profesor de Mercadeo de la Northwestern University de [Link].
Y es algo que existe, sí; pero con matices. Más allá de la cruda caricatura de compañías
codiciosas deliberadamente desplumando a sus consumidores, la práctica tiene
algunos puntos positivos.
● 6 aparatos obsoletos (pero no tan viejos) que se venden a precios exorbitantes en internet
En respuesta a los consumidores
Hasta cierto punto, además, es una consecuencia inevitable de que existan empresas
sostenibles que le dan a la gente los productos que desean.
"Básicamente, están reaccionando al gusto de los consumidores", dice Judith Chevalier,
profesora de Finanzas y Economía de la Universidad de Yale ([Link].).
Creo que hay casos en los que en cierta forma engañan al cliente, pero hay otras situaciones
donde la culpa puede recaer en el consumidor"
Judith Chevalier, experta
"Creo que hay casos en los que en cierta forma engañan al cliente, pero hay otras
situaciones donde la culpa puede recaer en el consumidor".
Como producto, las bombillas proporcionan un ejemplo práctico muy emblemático de
obsolescencia programada.
Thomas Edison inventó las bombillas eléctricas comercialmente viables alrededor de 1880.
Esas primeras lámparas incandescentes -incluyendo la "Bombilla Centenaria"- eran de
filamentos de carbono y no del tungsteno que se utilizaría extensamente 30 años más tarde.
Al ver que los consumidores no estaban dispuestos a pagar por reponerlas, las
empresas de iluminación buscaron producir bombillas que durarán el mayor tiempo
posible, dice el sitio especializado en antigüedades "Collector's Weekly".
Sin embargo, el modelo de negocios cambió cuando la base de clientes creció. Las
compañías vieron que podían ganar más dinero haciendo unidades desechables, pasando el
costo de reemplazarlas a los consumidores.
Eso dio origen en la década de los 20 al tristemente célebre "Cartel Phoebus" con
fabricantes como Osram, de Alemania, Associated Electrical Industries, de Reino Unido, y
General Electric (GE) en Estados Unidos, que confabularon para reducir artificialmente
la vida útil de las bombillas a 1.000 horas.
La práctica se generaliza
Los detalles de la trama aparecieron décadas más tarde en investigaciones gubernamentales
y periodísticas.
Para Giles Slade, autor del libro "Made to Break", (Hecho para romperse) "el cartel es el
ejemplo más obvio" de los orígenes de la obsolescencia programada "porque esos
documentos fueron encontrados".
Y esa práctica afloró en otras industrias.
Por ejemplo, la competencia en el naciente mercado automovilístico de los años 20 hizo
que General Motors introdujera el ahora familiar cambio anual de modelos en sus
vehículos.
Aunque el término "obsolescencia programada" no comenzó a usarse hasta la década de los
50, para entonces ya había permeado las sociedades de consumo.
Y de distintas formas, sutilmente o no, aun existe en la actualidad.
Desde la llamada durabilidad artificial, en la que componentes frágiles caducan y repararlos
cuesta más que reemplazar los productos, hasta las actualizaciones estéticas, los
fabricantes cuentan con suficientes artimañas para seguirle sacando dinero a sus
clientes.
La situación en tecnología
Un ejemplo son los teléfonos inteligentes, que suelen ser desechados después de apenas
un par de años de uso.
Las pantallas o los botones se parten, las baterías mueren o sus sistemas operativos y
aplicaciones repentinamente ya no se pueden actualizar.
Sin embargo, una solución está siempre a la mano: nuevos aparatos lanzados más o
menos cada año y ofrecidos como el "mejor de la historia".
Y Slade menciona los cartuchos de impresión como otro ejemplo de descarada
obsolescencia programada.
Los microchips, sensores de luz o baterías pueden inutilizar un cartucho mucho antes de
que toda la tinta haya sido usada, obligando a los consumidores a comprar unidades
completamente nuevas.
En una escala macroeconómica, la rápida renovación de productos potencia el crecimiento,
crea empleos y tiende a fomentar la innovación y mejorar la calidad de los productos"
Según Cartridge World, una compañía que recicla cartuchos de impresión y ofrece
recambios baratos, solo en América del Norte 350 millones de cartuchos (ni siquiera
vacíos) terminan en vertederos cada año.
Visión matizada
A pesar de esos notorios casos resulta demasiado simplista condenar la práctica de la
obsolescencia planificada.
En una escala macroeconómica, la rápida renovación de productos potencia el crecimiento,
crea empleos y tiende a fomentar la innovación y mejorar la calidad de los productos.
"Sin ninguna duda, como resultado de nuestro modelo de consumo hoy más gente que
nunca cuenta con una mejor calidad de vida", dice Slade.
"Desafortunadamente, la obsolescencia programada es también responsable por el
calentamiento global y los desechos tóxicos", agrega.
A menudo, la obsolescencia planificada no es manifiestamente explotadora ya que
beneficia tanto al consumidor como al fabricante.
Chevalier destaca que las compañías ajustan la durabilidad de sus productos a las
necesidades del cliente y sus expectativas, y pone como ejemplo la ropa infantil.
"¿Quién compra trajes súper duraderos a sus hijos?", se pregunta. Con tal y de que no sean
caros no importa si se manchan o pasan de moda ya que, en muchos casos, no les servirá a
los niños por mucho tiempo.
La cultural del desecho
El mismo argumento se puede aplicar a productos electrónicos.
"Si alguna vez ha habido una verdadera obsolescencia, es en tecnología", dice Howard
Tullman director ejecutivo de la incubadora de startups 1871.
"Es casi como si la tecnología se cuidara a sí misma. Esto quedará obsoleto quieras o no".
Es casi como si la tecnología se cuidara a sí misma. Esto quedará obsoleto quieras o no"
Howard Tullman, empresario
A muchos clientes, por lo tanto, no les importa pagar menos por un teléfono en el que la
batería no tendrá una carga útil en tres años porque igualmente la tecnología avanzara
demasiado rápido.
Mientras tanto, hay formas de estimular a los fabricantes para que extiendan la vida de
sus productos.
En el mercado automovilístico, por ejemplo, Chevalier dice que "todo el mundo piensa y
averigua en cuanto tiempo un auto se va a depreciar en comparación con otro".
De hecho, los automóviles se mantienen ahora en circulación mucho más tiempo que antes.
A reciclar
A medida que ha aumentado la conciencia ecológica puede que los productos también
se vuelvan menos desechables.
El Proyecto Ara de Google, por ejemplo, está desarrollando teléfonos inteligentes para
cambiar componentes tecnológicos que queden obsoletos, en vez de tener que tirar a la
basura el aparato antiguo.
Un enfoque empresarial hacia el reciclaje y la reutilización está dejando una gran
huella, dice Sawhney.
Por ejemplo el fabricante de automóviles electrónicos Tesla tiene pensado devolver las
baterías usadas en los autos de sus clientes y readaptarlas para almacenar energía en el
hogar.
La compañía también auto-descarga y actualiza el software en los autos de sus clientes
mientras los vehículos se cargan durante la noche.
Sawhney, quien es dueño de un Tesla, dice que la compañía planifica con antelación esos
tipos de actualizaciones al incluir sensores "esencialmente a prueba de futuro" y hardware
en el vehículo.
"En vez de venderme modelo tras modelo del auto, (Tesla) simplemente cambio el
software", dice Sawhney. "Es un antídoto a la obsolescencia programada".
"En cierta forma hace que la obsolescencia sea obsoleta".
…..
El concepto de obsolescencia programada tomó fuerza en 1932. En un principio, su objetivo era
obligar a las fábricas a producir bienes que se deterioraban fácilmente y, por consecuencia,
tuvieran que ser sustituidos. De esta forma, se lograba aumentar la demanda.
Existen varios ejemplos de productos que, en un principio, se fabricaban de un material
duradero y que, en la actualidad, no es así. Es el caso de las medias de las mujeres que, en
un primer momento, duraban años. Cuando las ventas descendieron, sus fabricantes
decidieron que les convenía fabricar un producto menos duradero.
La obsolescencia programada representa un verdadero problema que impacta en el
bolsillo de los consumidores, pero sus consecuencias van más allá. Y es que esta conducta
genera enormes desperdicios de materiales, que son tirados a la basura con poco tiempo de
uso. Esto produce un gran impacto en el medio ambiente, ya que algunos países están
siendo utilizados como vertederos de productos desechados.
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Obsolescencia programada: tipos y formas
No podemos negar que la durabilidad de los productos utilizamos es muy importante
desde el punto de vista ambiental. Como hemos visto en otras ocasiones, hasta la segunda
mitad del siglo pasado los equipos y bienes de consumo se consideraban algo que debía
durar ya que se invertía mucho dinero en ellos y debían estar en uso tanto tiempo como
fuera posible.
Pero fue en los años XX del siglo pasado cuando se empezó a fraguar lo que conocemos en
la actualidad como la obsolescencia programada.
Podemos definir la obsolescencia programada como el intento por parte del fabricante de
un bien de reducir el ciclo de vida de un producto para que el consumidor se vea obligado
a adquirir otro similar
Uno de los primeros en estudiar este fenómeno fue Vance Packard en su obra The Waste
Makers. En ella podemos encontrar la una clasificación por tipos de la obsolescencia
programada.
Para este autor son tres:
Obsolescencia de función
Se da cuando un producto sustituye a otro por su funcionalidad superior.
Obsolescencia de calidad
Se da cuando el producto se vuelve obsoleto por un mal funcionamiento programado.
Obsolescencia de deseo
Ocurre cuando el producto, aun siendo completamente funcional y no habiendo sustituto
mejor, deja de ser deseado por cuestiones de moda o estilo, y se le asignan valores
peyorativos que disminuyen su deseo de compra y animan a su sustitución.
Así mismo, podemos encontrar tres formas de obsolescencia programada:
Obsolescencia incorporada
La primera de ellas, podría fácilmente ser considerada como un delito, ya que provoca un
perjuicio económico a los usuarios que adquieren el producto con expectativas de duración
y disponibilidad. Es fuente de controversia y es la forma más tratada en todas las fuentes de
información.
Obsolescencia psicológica
Un gran número de electrodomésticos, especialmente los que se conocen como PAE
(Pequeño Aparato Electrodoméstico), no duran tanto como en el pasado, y ¡todos tenemos
experiencias recientes a este respecto! Además los fabricantes promueven nuevos
productos en función de la moda y el lujo, haciendo que los modelos anteriores no sean
atractivos.
La Obsolescencia Psicológica es común en la industria de la moda, y cada vez más, en la
los bienes de consumo
Obsolescencia tecnológica
Otra forma de obsolescencia programada es la actualización continua y rápida de
productos como ordenadores, de entretenimiento, telefonía móvil.
La obsolescencia programada genera compras de sustitución e ingresos para las compañías
Este fenómeno es parte de la lógica del esquema extraer – fabricar – eliminar de las
sociedades de consumo del siglo XX y comienzos del XXI. Ante estos planteamientos
aparecen conceptos como el de Economía Circular, ya tratado en ecointeligencia y uno de
nuestros preferidos.
Y no nos olvidemos que la extensión de la vida del producto es la antítesis de la
obsolescencia programada. La oferta de producto de alta durabilidad y de servicios
complementarios relacionados con el producto para su uso adecuado, su mantenimiento y
su reparación es otro de los enfoques clave hacia un uso más sostenible de los productos
que adquirimos.
En nuestras manos como consumidores está cambiar esta tendencia.
…………….
Obsolescencia programada: ¿oportunidad
o fraude?
Consumo y tecnología no van a la misma velocidad. Un ejemplo en el que nos podemos ver
reflejados: La impresora ha dejado de funcionar. Es imposible imprimir y en el servicio
técnico nos dicen: “será difícil encontrar las piezas para repararla. Repararla no le saldrá
a cuenta”. “Llévate ésta que además está en promoción”. Si cedemos, seremos víctimas
una vez más de lo que conocemos como obsolescencia programada.
Thomas Alva Edison quería crear una bombilla que iluminara el mayor tiempo posible. En
1881 puso a la venta una que duraba 1.500 horas. En 1924 se inventó otra de 2.500 horas.
Con la sociedad de consumo en ciernes, aquello no era una buena noticia para todo el
mundo. Diversos empresarios empezaron a plantearse una pregunta inquietante: “¿Qué
hará la industria cuando todo el mundo tenga un producto y este no se renueve?”. Una
influyente revista advertía en 1928 de que “un artículo que no se estropea es una tragedia
para los negocios”.
Un poderoso lobby presionó para limitar la duración de las bombillas. En los años cuarenta
consiguió fijar un límite de 1.000 horas. No salió al mercado ninguna de las patentes que
duraban más, existiendo un diseño de bombilla con una duración de 100.000 horas. Este
enlace se puede ver una bombilla centenaria con unos 110 años de funcionamiento
ininterrumpido.
Otro ejemplo destacado es el de la cadena de montaje de Henry Ford. El coche modelo T
fue un éxito para la industria automovilística americana, pero tenía un problema que en los
locos años veinte era todavía incongruente: estaba concebido para durar. Ese fue su punto
débil. Desde la competencia, General Motors, consciente de que no derrotaría a su rival en
ingeniería, apostó por el diseño. Dio retoques cosméticos a sus coches, lo que le permitió
que los clientes cambiaran de utilitario muy a menudo. En 1927, tras vender 15 millones de
unidades, Ford retiró el modelo T.
Tras el crash del 29, Bernard London introdujo el concepto de obsolescencia programada y
propuso poner fecha de caducidad a los productos con el fin de animar el consumo. En los
años cincuenta la sociedad de consumo se había instalado en todo Occidente. El diseñador
industrial Brooks Stevens sentó las bases de esa obsolescencia programada, donde ya no se
trata de obligar al consumidor a cambiar de tecnologías, sino de seducirlo para que lo haga.
El caso de las medias de nylon es bastante relevante.
Pero en nuestros días, la era de la informática ha creado al consumidor rebelde. La abogada
Elisabeth Pritzker demandó a Apple tras descubrir que las baterías de litio de los
reproductores de música iPod estaban diseñadas para tener una duración corta.
Los bienes que desechamos se convierten en residuos y se reciclan, destapando a su vez
malas prácticas. En Africa los niños queman el plástico que recubre los cables para
recuperar el metal que está en su interior. El material entra en estos países como producto
de segunda mano, pero sólo el 20% se aprovecha, quedando el resto allí como basura.
Podemos concluir que la obsolescencia programada es un recorte deliberado de la vida de
un producto para incrementar su consumo. Es la lucha del negocio contra la tecnología, y la
ética contra el capitalismo.
Os dejamos con el avance del documental Comprar, tirar, comprar, dirigido por la
alemana Cosima Dannoritzer, donde se denuncia esta práctica común en la sociedad de
consumo desde hace cerca de un siglo. Además aparece Michael Braungart explicando el
paradigma cradle to cradle. No os perdáis el documental completo.
……
La obsolescencia programada y las
bombillas
Quizás sea el consumo desmesurado uno de los principales factores que nos han llevado a
la actual falta de sostenibilidad, tanto en su vertiente económica como social y
medioambiental. Ya en 1928 la revista de publicidad Printer’s Ink advertía que un artículo
que no se desgasta es una tragedia para los negocios. Y de ahí que hayamos acuñado un
término para denominar al deseo del consumidor de poseer algo un poco más nuevo, un
poco mejor, un poco antes de lo necesario. Lo denominamos obsolescencia programada.
Y uno de los ejemplos más claros, y que se puede estudiar en un periodo de tiempo muy
amplio, son las bombillas de incandescencia. Ya vimos que en Livermore (California –
EEUU) se encuentra en funcionamiento, en el cuartel de bomberos de la ciudad, la bombilla
más antigua del mundo. Una bombilla instalada en 1901 fabricada en Shelby (Ohio -
EEUU) alrededor de 1895. Y este no es el único caso de bombillas de larga duración
longevas.
Pero, ¿sabemos por qué la bombilla fue la primera víctima de la obsolescencia
programada?
En Ginebra en la Navidad de 1924 se creó en secreto el primer cártel mundial para
controlar la producción de bombillas y repartirse así el pastel de las ventas del mercado
mundial. Phoebus, así se denominaba el cártel, incluía a los mayores fabricantes de
bombillas y lámparas de Europa y de Estados Unidos. Su objetivo era intercambiar patentes
de invención y fabricación, controlar la producción y al consumidor. Querían que la gente
comprara lámparas y bombillas con regularidad. Si las lámparas duraban mucho, era una
desventaja económica.
Un año después de la creación de este cártel se creó el Comité de las 1.000 horas de Vida,
cuyo objetivo era reducir técnicamente la vida útil de las bombillas. Casi un siglo después
existen registros en los documentos internos que demuestran la existencia y actividad de
este comité. Empresas como Philips en Holanda, Osram en Alemania y Lámparas Zeta en
España formaban parte de este comité. Presionados por el cártel Phoebus, todos los
fabricantes realizaron experimentos para crear una lámpara más frágil que cumpliera con la
nueva norma de las 1.000 horas.
Y la fabricación estaba rigurosamente controlada para que se cumpliera esta norma: se
montaban estantes con muchos portalámparas en los que se enroscaban muestras de cada
serie producida. Compañías como OSRAM registraban meticulosamente la duración de las
bombillas. A la vez, el cártel creó una intrincada burocracia para imponer sus reglas: los
fabricantes eran multados severamente si se salían de las normas establecidas de las 1.000
horas. A medida que esta medida tomaba efecto, la vida útil de las lámparas comenzó a
caer. En poco menos de 2 años pasó de 2.500 horas de vida útil a menos de 1.000.
Para los años 40, el cártel Phoebus había conseguido su objetivo: una lámpara estándar
duraba 1.000 horas
Aunque en los años siguientes se patentaron muchísimas nuevas lámparas, incluso algunas
superando las 100.000 horas útiles, ninguna llegó a comercializare, y si bien Phoebus nunca
existió oficialmente su rastro nunca ha desaparecido. Su estrategia era ir cambiando de
nombre: se llamó Cártel Internacional de Electricidad y luego volvieron a cambiarlo. Y
sigue hasta el día de hoy vaya a saber bajo qué nombre.
Sin embargo, alejados del Occidente consumista, no existía tal obsolescencia programada.
La economía comunista no estaba pensada ni regulada por el libre mercado, sino por el
Estado. Sin ir más lejos, en la Alemania del Este las normas de fabricación estipulaban que
una nevera debía durar al menos 25 años. En 1981 una fábrica de Berlín este comenzó con
la fabricación de una lámpara de larga duración y la presentaron en la feria internacional
Hannover en busca de compradores occidentales pero los del Occidente rechazaron la
bombilla, a pocos años el Muro de Berlín cayó, la economía pasó a ser de consumo, la
fábrica Narva cerró y la lámpara de larga duración dejó de producirse. Unos años después,
Narva volvió a funcionar ofreciendo productos duraderos y preocupados por la
sostenibilidad.
Es curioso pero el biznieto de Philips, Warner Philips, reniega de los planteamientos del
oscuro cártel y sostiene que mercado y sostenibilidad son posibles. No podemos seguir
comportándonos de la manera que los hacemos: consumiendo y tirando. Warner es el
responsable de la lámpara de LEDs Philips de 25 años de duración través de Lemnis
Lighting.
Sin duda, la obsolescencia programada es un asunto que afecta a la sostenibilidad de
nuestro estilo de vida. Os dejamos con un documental imprescindible sobre este asunto:
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Fabricados para no durar
● TVE emite Comprar, tirar, comprar, documental sobre caducidad
programada
● Desde los años 20 se fabrican productos para que tengan una
duración limitada
● La versión extendida del documental se verá el 20 de abril en La 2 y
[Link]
● Su directora, Cosima Dannoritzer, respondió vuestras preguntas
Ver también: Especial Comprar, tirar, comprar en [Link] | Otros documentales de TVE
Baterías que se 'mueren' a los 18 meses de ser estrenadas, impresoras que se bloquean al
llegar a un número determinado de impresiones, bombillas que se funden a las mil horas...
¿Por qué, pese a los avances tecnológicos, los productos de consumo duran cada vez
menos?
La 2 de Televisión Española y [Link] emiten "Comprar, tirar, comprar" un documental
que nos revela el secreto: obsolescencia programada, el motor de la economía moderna.
Rodado en España, Francia, Alemania, Estados Unidos y Ghana, Comprar, tirar, comprar,
hace un recorrido por la historia de una práctica empresarial que consiste en la reducción
deliberada de la vida de un producto para incrementar su consumo porque, como ya
publicaba en 1928 una influyente revista de publicidad norteamericana, "un artículo que no
se desgasta es una tragedia para los negocios".
El documental, dirigido por Cosima Dannoritzer y coproducido por Televisión Española, es
el resultado de tres años de investigación, hace uso de imágenes de archivo poco conocidas;
aporta pruebas documentales y muestra las desastrosas consecuencias medioambientales
que se derivan de esta práctica. También presenta diversos ejemplos del espíritu de
resistencia que está creciendo entre los consumidores y recoge el análisis y la opinión de
economistas, diseñadores e intelectuales que proponen vías alternativas para salvar
economía y medio ambiente
Una bombilla en el origen de la obsolescencia programada
Edison puso a la venta su primera bombilla en 1881. Duraba 1500 horas. En 1911 un
anuncio en prensa española destacaba las bondades de una marca de bombillas con una
duración certificada de 2500 horas. Pero, tal y como se revela en el documental, en 1924 un
cártel que agrupaba a los principales fabricantes de Europa y Estados Unidos pactó limitar
la vida útil de las bombillas eléctricas a 1000 horas. Este cártel se llamó Phoebus y
oficialmente nunca existió pero en Comprar, tirar, comprar se nos muestra el documento
que supone el punto de partida de la obsolescencia programada, que se aplica hoy a
productos electrónicos de última generación como impresoras o iPods y que se aplicó
también en la industria textil con la consiguiente desaparición de las medias a prueba de
carreras.
Consumidores rebeldes en la era de Internet
A través de la historia de la caducidad programada, el documental pinta también un fresco
de la historia de la Economía de los últimos cien años y aporta un dato interesante: el
cambio de actitud en los consumidores gracias al uso de las redes sociales e Internet.
El caso de los hermanos Neistat, el del programador informático Vitaly Kiselev o el catalán
Marcos López, dan buena cuenta de ello.
África, vertedero electrónico del primer mundo
Este usar y tirar constante tiene graves consecuencias ambientales. Tal y como vemos en
este trabajo de investigación, países como Ghana se están convirtiendo en el basurero
electrónico del primer mundo. Hasta allí llegan periódicamente cientos de contenedores
cargados de residuos bajo la etiqueta de 'material de segunda mano' y el paraguas de una
aportación para reducir la brecha digital y acaban ocupando el espacio de los ríos o los
campos de juego de los niños.
Más allá de la denuncia, el documental trata de dar visibilidad a emprendedores que
ponen en práctica nuevos modelos de negocio y escucha las alternativas propuestas por
intelectuales como Serge Latouche, que habla emprender la revolución del 'decrecimiento',
la de la reducción del consumo y la producción para liberar tiempo y desarrollar otras
forma de riqueza, como la amistad o el conocimiento, que no se agotan al usarlas.
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Hasta enero de 2011 muy pocos sabían qué era eso de la 'obsolescencia programada'. Sin
embargo, la emisión del documental Comprar tirar comprar hizo que el término entrara
con fuerza en el diccionario colectivo y que todo el mundo hablara de esos productos
‘fabricados para no durar’. El debate se trasladó a las redes sociales y llegó a convertirse en
trending topic mundial.
Pero a través del documental no solo conocimos esa estrategia de las grandes empresas de
reducir deliberadamente la vida de un producto para incrementar su consumo, también
supimos de la existencia de emprendedores que intentaban poner en marcha nuevas
alternativas de negocio que hicieran frente a la obsolescencia programada; una
corriente que cada día encuentra más seguidores.
Negocio con filosofía "cradle to cradle"
La filosofía del "Cradle to cradle" (de la cuna a la cuna, en español) propone una
transformación de la industria basándose en el diseño ecológicamente inteligente. En el
documental Comprar, tirar, comprar conocimos este movimiento de la mano de su
creador, Michael Braungart.
Ignasi Cubiñá, director de Eco Intelligent Growth, una consultora pionera en la
implantación de la filosofía "De la cuna a la cuna" en España, nos explica qué impulsa su
trabajo: "La idea no es tanto que la producción económica tenga que disminuir. Lo que
proponemos es que debemos producir de otra manera".
¿En qué consiste producir de otra manera? La idea es sencilla, se trata de utilizar materiales
reutilizables o que se puedan reciclar facilmente sin que pierdan calidad.
En España, la puesta en marcha de negocios que trabajen bajo estas premisas es reciente.
Uno de los pioneros en seguir los dictámentes del cradle to cradle en nuestro país es el
Hotel Empúries. El del hotel, es el primer spa de Europa que está construido
enteramente con materiales reciclados o reciclables, aprovecha el agua de lluvia, utilizan
placas solares para abastecerse de energía y sus tejados están cubiertos por plantas que
protegen del calor y el frío.
Materiales reciclados para ropa reciclable
Los polares, chaquetas y chalecos de la marca Patagonia están fabricados a partir de
materiales reciclados. Además, a traves de su programa Common Threads Initiative, la
empresa intenta hacer más sencillo el camino hacia su lema de "Reduce, reutiliza, repara
y recicla".
¿Cómo? Primero, instando a sus clientes a comprar aquello que realmente necesiten.
Segundo, donando todos sus excedentes a organizaciones benéficas para que la ropa no
acabe amontonada en un almacén. Tercero, arreglando las prendas más desgastadas de sus
clientes para que las sigan utilizando y, por último, recogiendo la ropa que ya no se utilice
para reciclarla y crear nuevos modelos.
No lo tires, repáralo
Una de las máximas de la obsolescencia programada es que un producto no puede ser
reparado, o mejor dicho, la reparación debe resultar tan costosa que el consumidor prefiera
comprarse uno nuevo.
Contra este principio intenta luchar Kyle Wiens, que desde 2004 promueve la reparación
"hazlo tú mismo" de toda clase de artículos. En su página web, IFixit, podemos encontrar
una amplia variedad de manuales que nos permitirían arreglar casi cualquier cosa: desde un
coche, hasta una cámara de fotos, pasando por un IPhone o una tostadora.
La idea básica que defiende Wiens es que reparar es mucho más ecológico que reciclar
y, además de ser bueno para el planeta, también lo es para el bolsillo del consumidor.
Los trabajadores de HP, en su filial de de Sant Cugat del Vallés, también intentaron 'echar
una mano' a los consumidores para que pudieran alargar la vida de sus impresoras. Según
apareció publicado en el Semanario de Comunicación Directa, los propios trabajadores
habrían filtrado un documento en el que detallaban como resetear las impresoras HP y
acabar con su obsolescencia programada.
El decrecimiento como forma de vida
El decrecimiento nace como crítica al crecimiento ilimitado en un mundo con recursos
limitados. La tesis defendida por sus partidarios es sencilla, debemos vivir con menos,
pero vivir mejor, y el camino para conseguirlo pasa por reducir los niveles de producción
y consumo.
Estos y otros pasos a seguir, como "reducir las dimensiones de las infraestructuras
productivas, administrativas y de transporte; primar lo local frente a lo global; u optar por la
la sobriedad y la simplicidad voluntaria", se recogen en publicaciones como En defensa del
decrecimiento de Carlos Taibo.
Reparar, reciclar, frenar el consumo... todo vale para luchar contra la obsolescencia
programada. Y tú, ¿cómo lo haces? Comparte con nosotros tus iniciativas. También
puedes a través de Twitter utilizando el hashtag #YoNoTiro
…………. Después vino un documental que asombró al mundo entero: “La conspiración de
LightBulb”.
La respuesta más completa a esa pregunta la da la teoría de la obsolescencia programada.
La voz de alarma la dio el escritor y periodista Giles Slade en 2006, cuando publicó su libro “Hecho
para romperse”. En él planteaba un fenómeno que todos conocemos: los artefactos eléctricos y
tecnológicos duran menos de lo que deberían. Lo novedoso es que Slade mostró evidencias de que
esto comenzó a ocurrir desde los años 20 y después de unas misteriosas reuniones de las grandes
multinacionales en Europa.