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Evolución del Feudalismo a la Propiedad

Este documento presenta la tesis doctoral de Minerva Eufrosina Acosta Pérez sobre la evolución de la sociedad medieval europea desde el orden feudal trifuncional hasta el surgimiento de la propiedad privada como derecho natural. La tesis analiza el sistema de estratos medieval, incluidos los órdenes de los oratores, bellatores y pauperes, así como las tensiones que llevaron al cambio social y económico. Finalmente, examina el paso de la economía rural a la comercial y el surgimiento de la burguesía.

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Evolución del Feudalismo a la Propiedad

Este documento presenta la tesis doctoral de Minerva Eufrosina Acosta Pérez sobre la evolución de la sociedad medieval europea desde el orden feudal trifuncional hasta el surgimiento de la propiedad privada como derecho natural. La tesis analiza el sistema de estratos medieval, incluidos los órdenes de los oratores, bellatores y pauperes, así como las tensiones que llevaron al cambio social y económico. Finalmente, examina el paso de la economía rural a la comercial y el surgimiento de la burguesía.

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DEPARTAMENTO DE DERECHO CONSTITUCIONAL, ADMINISTRATIVO Y

FILOSOFÍA DEL DERECHO

DE LA DISOLUCIÓN DEL FEUDALISMO A LA


PROCLAMACIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA
COMO DERECHO NATURAL

Tesis doctoral presentada por la doctoranda:

Minerva Eufrosina Acosta Pérez

Directores

Dr. Francisco Javier Caballero Harriet


Dr. Francisco Javier Ezquiaga Ganuzas

Septiembre-2021

© 2021 Minerva Acosta Pérez


“El principal fin que mueve a los hombres a
unirse en comunidades económicas y a
someterse a un gobierno es la conservación
de su propiedad individual.”

John Locke
DEDICATORIA

A mi hijo Xavier: Mi inspiración para avanzar.

A mis padres, Cruz Celis y Francisco: por cimentar en mí las inquietudes

intelectuales.

A mis hermanos Frank, Oscar y Dant: por ser las columnas transversales de mi

formación profesional.
AGRADECIMIENTOS

A LA UNIVERSIDAD DEL PAIS VASCO (UPV):

Por la iniciativa de implementar la RED DE MÁSTER Y DOCTORADO

LATINOAMERICANA, posibilitando con esto la realización de proyectos

importantes de investigación con impacto social, académico y desarrollo personal.

Y en ella, a los PROFESORES del Programa doctoral LA GLOBALIZACION A

EXAMEN: RETOS Y RESPUESTAS INTERDISCIPLINARES, por la alta

calidad de la docencia, por su disponibilidad y asesoría permanente. Igualmente, AL

PERSONAL ADMINISTRATIVO vinculado al programa, en especial a IRENE

ZAPIRAIN Y ANA REGIDOR que, con sus pacientes, oportunas, amables

atenciones y orientaciones, facilitaron la realización de mi labor.

A LA UNIVERSIDAD AUTONOMA DE SANTO DOMINGO (UASD):

La Primada de América. Mi querida Alma Mater, manantial de

conocimientos inagotable, donde se sacian las diversas inquietudes


intelectuales, gracias por permitirme la realización de mi más

importante meta académica.

AL PROFESOR DR. FRANCISCO JAVIER CABALLERO HARRIET:

Eskarrik asko, querido Profesor, no pude haber tenido mejor asesor en este largo

recorrido, la consistencia de su concepción política y su gran visión como intelectual

despertaron mi interés e inspiraron en el tema. Debo confesar que cuando inicié esta

labor tenía un enfoque distinto, un tanto reduccionista, a través de los diálogos con

usted y de los resultados de la investigación pude reinterpretar los conceptos y

modelos, ampliar los horizontes del conocimiento. Confieso, también, haber

madurado intelectualmente.

Eskarrik asko, igualmente, por su confianza para avanzar hasta la meta, gracias por

sus aportes, por sus esfuerzos y disponibilidad permanente, por facilitarme su

bibliografía, por sus sabias reflexiones.

A LA PROFESORA MARÍA VICTORIA ITURRALDE SESMA:

Eskarrik asko por su disponibilidad y atención.


AL PROFESOR, DR. FRANKLIN GARCIA FERMÍN:

Gracias, querido profesor. Usted me abrió las puertas a este Doctorado, al mismo

tiempo que se constituyó en un referente para perseverar en la consecución de la

meta.

A LOS AUTORES QUE ME HAN INSPIRADO

Son muchas las lecturas realizadas a lo largo de mi profesión académica y muchos

los autores que han sido objeto de mi interés en algún momento. A todos ellos mi

gratitud. No obstante, quisiera destacar a cuatro de entre ellos para quienes siento la

necesidad de mostrar un agradecimiento especial. Se trata de Jacques Le Goff,

Georges Duby, Francisco Javier Caballero Harriet y Helena Itziar Caballero Camino,

cuyas obras: La Civilización del Occidente Medieval; Tres Órdenes o lo Imaginario

del Feudalismo; Algunas claves para otra mundialización y La Genética del

Constitucionalismo Moderno respectivamente, alimentaron mi formación intelectual

y están presentes en los cimientos que sirvieron de base para desarrollar la estructura

de esta tesis doctoral.


INDICE

INTRODUCCIÓN ...................................................................................................8
MÉTODO Y CAMBIO SOCIAL .........................................................................18
.
PRIMERA PARTE
EL ORDEN TRIFUNCIONAL FEUDAL ...........................................................24
CAPÍTULO PRIMERO
LA EUROPA DE LOS SIGLOS XI Y XII ..........................................................25
1.1.1 Una cultura unitaria, uniforme y jerárquica.................................................25
1.1.2 Los mejores tiempos. ..................................................................................26
1.1.3 El crecimiento demográfico y su impacto. ..................................................27
1.1.4 Los cambios económicos. ............................................................................29
1.1. 5 La generalización del uso de la moneda. ..................................................30
CAPÍTULO SEGUNDO
EL CORPUS CHRISTIANUM ............................................................................32
1.2.1 El papado como autoridad suprema de la gens latina. ................................32
1.2.2 El futuro de la estructuración estamental en tres órdenes queridos por
Dios. ......................................................................................................................33
1.2.3 Evolución del orden tridimensional. ............................................................34
CAPÍTULO TERCERO
COMIENZO DE LAS TENSIONES: LOS ORATORES ...................................36
1.3.1 Los tiempos de plena Reforma Gregoriana. ................................................36
1.3.2 El orden de los oratores: Una primera tensión. ...........................................36
1.3.3 El orden de los oratores: visiones discrepantes internas. ............................37
1.3.4 El orden de los oratores: Algún fenómeno singular. .................................38
1.3.5 El orden de los oratores y la proliferación de nuevas casas religiosas. .....40
1.3.6 El orden de los oratores en crisis. ..............................................................41

1
1.3.7 Las órdenes mendicantes, ¿la solución a la crisis? ......................................42
1.3.8 Procedencia de los integrantes de estas nuevas órdenes. ..........................43
CAPÍTULO CUARTO
LAS ÓRDENES MENDICANTES, LA HEREJÍA Y LA INQUISICIÓN ......44
1.4.1 Las órdenes mendicantes y el momento. .....................................................44
1.4.2 ¿En qué consistió la herejía?........................................................................45
1.4.3 El movimiento herético y sus efectos sobre la cristiandad. .......................48
1.4.4 La Inquisición y los otros medios. ...............................................................50
CAPÍTULO QUINTO
LAS CRUZADAS, LAS ÓRDENES MILITARES Y LA GUERRA SANTA .51
1.5.1 Las Cruzadas Orientales y su razón de ser. .................................................51
1.5.2 ¿Las cruzadas eran Guerras Santas? ...........................................................53
1.5.3 Las órdenes militares cruzadas. ...................................................................54
1.5.4 Las órdenes militares y el orden trifuncional. ............................................56
1.5.5 El balance final… ........................................................................................57
CAPÍTULO SEXTO
LOS BELLATORES FRENTE A LOS ORATORES ..........................................59
1.6.1 El orden de los bellatores y la tensión con los oratores.............................59
1.6.2 El orden de los bellatores y el de los oratores: ¿un problema de encaje? ..61
1.6.3 El orden de los bellatores: La crisis de las investiduras y sus efectos. .......62
1. 6.4 La caballería como nobleza caballeresca....................................................64
CAPÍTULO SÉPTIMO
LOS PAUPERES: ESOS INVISIBLES ...............................................................67
1.7.1 La vida de los pauperes…, esos invisibles. .................................................67
1.7.2 Los pauperes en ebullición. .........................................................................68
1.7.3 Evolución del mundo laboral. .....................................................................69
1.7.4 Preocupación por el movimiento, desconcierto ante la diversidad. ............71
CAPÍTULO OCTAVO
LA GRAN “CASI INEXISTENTE” ....................................................................73

2
1.8.1 La mujer en esta sociedad medieval. ..........................................................73
1.8.2 ¿Tuvo la mujer algún protagonismo? .........................................................74
CAPÍTULO NOVENO
UN DIAGNÓSTICO DE LA SITUACIÓN .........................................................77
1.9.1 Un diagnóstico de la situación del orden tridimensional............................77
1.9.2 ¿Y, en el orden de los bellatores? ...............................................................78
1.9.3 ¿Y en el orden de los pauperes? ..................................................................80
.
SEGUNDA PARTE
DEL CAMPO A LA CIUDAD ..............................................................................81
CAPÍTULO PRIMERO
DE LA ECONOMÍA RURAL A LA ECONOMÍA COMERCIAL .................82
2.1.1 La explosión definitiva del orden de las tres funciones. .............................82
2.1.2 El comerciante un extraño en la sociedad medieval. ...................................83
2.1.3 La economía comercial suplanta a la economía rural.................................84
2.1.4 De la producción agrícola: De la subsistencia al beneficio. ........................86
2.1.5 La economía comercial y elementos que la posibilitaron. ..........................87
2.1.6 El efecto de las invasiones árabes sobre el comercio. ................................89
CAPÍTULO SEGUNDO
EL MAPA DE LAS INFRAESTRUCTURAS PARA EL COMERCIO ..........91
2.2.1 Cambio del mapa de las infraestructuras. ...................................................91
2.2.2 La habilitación de las vías fluviales. ............................................................93
2.2.3 La navegación marítima en el Mediterráneo y el Atlántico. ......................95
2.2.4 Las infraestructuras facilitaron el cambio en la sociedad medieval. ..........96
CAPÍTULO TERCERO
EL MERCADER Y SU INSERCIÓN SOCIAL .................................................99
2.3.1 La cada vez mayor presencia social del mercader. ....................................99
2.3.2 Las estructuras medievales habían cambiado. ..........................................100
2. 3.3 La convivencia de la nobleza con el mercader .........................................102
2.3.4 La Iglesia y el proceso de transformación. ...............................................103

3
CAPÍTULO CUARTO
LA IGLESIA EN LA ENCRUCIJADA .............................................................106
2.4.1 La Iglesia y su contradicción. ....................................................................106
2.4.2 El nacimiento del purgatorio, ¿Un movimiento adaptativo de la Iglesia?
.............................................................................................................................109
2.4.3 El nacimiento del Purgatorio ¿una solución de emergencia? ....................113
2.4.4 Los canonistas y los teólogos y el problema del comerciante. .................115
CAPÍTULO QUINTO
LA IGLESIA Y LA “UTILIDAD” DEL MERCADER ...................................119
2.5.1 Ante la situación del momento, ¿Qué puede hacer la Iglesia? ..................119
2.5.2 La Iglesia ante sus principios. ....................................................................120
CAPÍTULO SEXTO
Y, FINALMENTE…, EL ABSOLUTISMO Y LA REFORMA .....................125
2.6.1 La profunda transformación social y sus implicaciones. ...........................125
2.6.2 El absolutismo de los siglos XV, XVI y XVII como respuesta la crisis
feudal...................................................................................................................129
3
TERCERA PARTE
EL PARLAMENTO Y EL PODER ...................................................................133
CAPÍTULO PRIMERO
LA LLAVE DEL PARLAMENTO ....................................................................134
3.1.1 La llave del Parlamento, clave de la erosión del poder real. .....................134
3.1.2 La eterna lucha por el poder. .....................................................................135
CAPÍTULO SEGUNDO
EL PARLAMENTO SEGÚN R. FILMER........................................................138
3.2.1 El origen asambleario ................................................................................138
3.2.2 Robert Filmer y los reyes usurpadores. ....................................................140
CAPÍTULO TERCERO
EL PARLAMENTO Y SU EMPODERAMIENTO .........................................145
3.3.1 Camino de la conformación: El Parlamento por elección .........................145

4
CAPÍTULO CUARTO
EL PARLAMENTO VISTO DESDE LA ÓPTICA TOTALITARIA............149
3.4.1 Filmer y el estado de la cuestión desde la visión de un totalitario. ...........149
CAPÍTULO QUINTO
UN PARLAMENTO SUMISO ...........................................................................151
3.5.1 El Parlamento en la época Tudor ...............................................................151
3.5.2. Los primeros Estuardo ..............................................................................154
A. JACOBO I ......................................................................................................154
B. CARLOS I. .....................................................................................................157
CAPÍTULO SEXTO
EL FRACASO DE LA REPÚBLICA ................................................................169
3.6.1 Cromwell: ¿fracaso real o aparente?..........................................................169
CAPÍTULO SEPTIMO
EL PARLAMENTO, UN OBSTÁCULO PARA DOS REYES ......................173
3.7.1 Los últimos Estuardo. ................................................................................173
A. CARLOS II. ...................................................................................................175
B. JACOBO II.....................................................................................................176
CAPÍTULO OCTAVO
LA TEORÍA SACADA DE LA EXPERIENCIA .............................................178
3.8.1 Creación de un nuevo modelo de Estado...................................................178
3.8.2 Locke y los poderes delegados. .................................................................180
3.8.3 El legislativo, máximo poder delegado. ...................................................182
3.8.4 De las convocatorias y cierres del Parlamento. ........................................183
3.8.5 La representación y el paso del tiempo. ....................................................187
4
CUARTA PARTE
JOHN LOCKE: CAMINO HACIA LA PROPIEDAD PRIVADA ...............189
CAPÍTULO PRIMERO
JOHN LOCKE: PRIMERA ÉPOCA ................................................................190
4.1.1 Las diferentes caras de John Locke. ..........................................................190

5
4.1.4 Una ironía del destino. ...............................................................................194
4.1.5 John Locke conservador ............................................................................197
CAPÍTULO SEGUNDO
JOHN LOCKE: SEGUNDA ÉPOCA ................................................................199
4.2.1 John Locke a partir de 1667.......................................................................199
4.2.2 Tiempos difíciles: Efectos de la Reforma. .................................................200
4.2.3 La Carta sobre la Tolerancia, punto de inflexión. ....................................203
4.2.4 Primeros rasgos de una nueva concepción política. ..................................205
4.2.5 A modo de paréntesis: Algunas consideraciones. .....................................209
CAPÍTULO TERCERO
LOCKE Y SIDNEY CON FILMER AL FONDO ............................................217
4.3.1 Algernón Sidney: El otro azote de Filmer. ...............................................217
4.3.2 Locke y Sidney: Vidas paralelas con distinto final. ..................................219
4.3.3 Camino hacia la propiedad. .......................................................................223
4.3.4 Las fuentes de autoridad: la razón y las Escrituras. ...................................225
4.3.4 De una donación en común a una teoría del poder. ...................................227
CAPÍTULO CUARTO
LA PROPIEDAD PRIVADA: LA CLAVE .......................................................230
4.4.1 La propiedad privada: piedra angular. .......................................................230
4.4.2 La propiedad privada, el problema. ...........................................................233
4.4.3 La propiedad privada y los males de la humanidad ..................................235
4.4.4 La propiedad por el trabajo. .......................................................................239
4.4.5 De derecho innato a derecho materializado. ..............................................241
4.4.6 De derecho compartido a derecho privado limitado. .................................244
4.4.7 El ejemplo confuso del agua. .....................................................................249
CAPÍTULO QUINTO
DEL DINERO AL CAPITAL .............................................................................251
4.5.1 La medida de la apropiación: Aclarando los límites. ................................251
5.5.2 El dinero en la propiedad privada de Locke. .............................................253

6
4.5.3 El trabajo, la diferencia de valor. ...............................................................256
4.5.4 De la propiedad por convenio positivo al uso del dinero. .........................259
CAPITULO PRIMERO
DEL ESTADO DE NATURALEZA… ..............................................................270
5.1.1 Hugo Grocio, el punto de partida. .............................................................270
5.1.2 El Estado de naturaleza y el contrato social. .............................................275
5.1.4 John Locke y sus fantasmas. ......................................................................279
5.1.4 El estado de Naturaleza en Locke. .............................................................282
CAPITULO SEGUNDO
…AL CONTRATO SOCIAL..............................................................................286
5.2.1 Finalidades de la sociedad política. ...........................................................286
5.2.2 El objetivo que Locke tiene claro. ............................................................289
5.2.3 El Contrato político de Locke. ...................................................................291
5.2.4 La división de poderes y la opinión de Hobbes. ........................................292
5.2.5 La separación de poderes en Locke. .........................................................294
CONCLUSIONES................................................................................................309
BIBLIOGRAFÍA..................................................................................................322

7
INTRODUCCIÓN

Complejidad del proceso histórico.

Rodolfo Mondolfo en su obra Problemas y Métodos de investigación en la Historia

de la Filosofía, califica todo proceso histórico como “complejo”. En principio,

parece una obviedad pero en la realidad no lo es tanto. En principio, lo que el autor

parece querer decir es que, para comprender un hecho histórico, la propia historia no

es suficiente. Que ella necesita de otras perspectivas del mundo de la cultura como

la antropológica en general y, más concretamente de la ética, la sociológica, la

psicológica…, que le auxilie en la reconstrucción del hecho. Y que, además, todas

esas lecturas complementarias, deben ser realizadas en el marco de la historia

universal.

A parte de su dependencia de otras disciplinas para la auténtica lectura de los hechos

sociales, la complejidad de los procesos históricos viene dada porque la propia

historia no es el resultado de un sumatorio de compartimentos estancos

incomunicados sin relación los unos con los otros que pudieran ser analizados de

manera autónoma, sino que, por el contrario, “tiene una continuidad de desarrollo,

8
en la cual el pasado nunca se vuelve extraño al espíritu presente, ni el presente puede

ser jamás una novedad absoluta sin ninguna relación con el pasado”1.

La contemporaneidad de la historia.

Esta concepción de la historia que Mondolfo entiende como una “unidad de

desarrollo”2 está vinculada con lo que Benedetto Croce llamó, en su obra Teoría e

storia della storiografia, “la contemporaneidad de la historia”. Croce es un filólogo

que se revela contra la historia filológica y toma del IV libro del Emilio de Rousseau

la frase adecuada para su demolición: la historia filológica es “el arte de elegir, entre

varias mentiras, la que más se parece a la verdad”3.

1
MONDOLFO, R., Problemas y métodos de la investigación en la Historia de la Filosofía,
EUDEBA, Buenos Aires, 1969, p. 93.
2
Similar a la concepción expresada por COLLINGWOOD, R. G., Autobiografía, Fondo de
Cultura Económica, México, 1974, p. 100 al narrar que: “Alrededor de 1920 formulé mi primer
principio de filosofía de la historia: que el pasado que un historiador estudia no es un pasado
muerto, sino un pasado que, en algún sentido, vive todavía en el presente. Por aquel entonces, lo
expresé diciendo que la historia se ocupa no con “sucesos” sino con “procesos” y que los
“procesos” no son cosas que empiezan y acaban, sino que se convierten en otras; y que si un
proceso P1 se convierte en un proceso P2, no hay línea divisoria en la que acaba P1, y acaba P2;
P1 nunca acaba sino que continúa en la forma P2; y P2 nunca empieza, ya que ha estado
funcionando antes en la forma anterior P1. En la historia no hay ni principios ni finales. Los libros
de historia principian y acaban, pero los sucesos que describen no”.
3
Contenido en ROUSSEAU, J. J., Émile, O. C., IV. éd. De la Pleiade, p. 528.

9
Para el autor italiano, el término “contemporánea” quiere decir que tanto el pasado

como el presente viven en nosotros porque, en el fondo, “la historia constituye una

serie de formas mentales que deben considerarse todas fisiológicas o sea verdaderas

y racionales”4. De la mano de Croce, Mondolfo concluirá que “la historia, si se

reflexiona hondamente sobre su desarrollo, ofrece el proceso de nuestra formación

espiritual, que llega hasta nuestra época y actúa en nuestro interior, y que por esta

acción persistente vive todavía en nosotros”5.

Sin duda, resulta fácil entender, según esta concepción de la historia que, por

ejemplo, “todo filósofo padece el influjo del pensamiento anterior aun cuando no

tenga conciencia completa de ello”. En este sentido, Mondolfo, explica que “en

primer lugar, aun cuando oponga su pensamiento a otro como negación, es decir,

como antítesis de una tesis, conserva siempre una vinculación con esta tesis; la

misma vinculación que en una lucha tiene cada luchador con su adversario, de cuyos

movimientos depende su acción. Así, en la discusión filosófica, el filósofo que

quiere oponerse a una determinada orientación filosófica debe considerarla en su

4
MONDOLFO, R., Problemas y métodos de la investigación en la Historia de la Filosofía,
EUDEBA, Buenos Aires, 1969, p. 23.
5
MONDOLFO, R., Problemas y métodos de la investigación en la Historia de la Filosofía,
EUDEBA, Buenos Aires, 1969, p. 94.

10
realidad, tener en cuenta cómo ha planteado y solucionado los problemas, debe

afrontarla en su terreno. Por ejemplo, cuando en la Edad Media encontramos la

oposición entre el tomismo y la orientación agustiniana y franciscana que predomina

en Oxford vemos que los agustinianos de Oxford no pueden ignorar a Santo Tomás,

sino que deben estudiarlo para oponerle las soluciones que consideran más

adecuadas, ofrecidas por la tradición agustiniana”6.

La historia y el mundo de la cultura.

El propio Mondolfo me puso en la pista para realizar esta investigación sobre el

derecho de propiedad individual como derecho natural, al afirmar que “no faltan

pruebas de la vinculación (en un proceso social dado) de la historia de la filosofía

con la de otros sectores del mundo de la cultura. Por ejemplo, el proceso histórico

de la disolución del feudalismo con sus derechos hereditarios de castas, que estimula

el nacimiento y florecimiento de la escuela filosófica del derecho natural, la cual

inspira a su vez las históricas declaraciones de los derechos del hombre, en las

revoluciones de Europa y América”7.

6
MONDOLFO, R., Problemas y métodos de la investigación en la Historia de la Filosofía,
Eudeba, Buenos Aires, 1969, p. 66.
7
MONDOLFO, R., Problemas y métodos de la investigación en la Historia de la Filosofía,
Eudeba, Buenos Aires, 1969, p. 101.

11
La forma de entender la historia de Mondolfo, sin duda, cercana a la conocida

escuela de la historia de las mentalidades, que comprende autores como Lucien

Fabvre, Marc Bloch, Jacques Le Goff, George Duby entre otros, me animó a

pretender entender, el surgimiento, en el siglo XVII, de la propiedad privada, en

tanto que derecho Natural imbricado en la propia naturaleza del hombre, como un

producto maduro que se había ido cociendo, a fuego lento, en el horno de las

contradicciones, luchas, ambiciones de poder… del feudalismo8, del mercantilismo

y de los inicios del capitalismo. Y, llegado el momento, emergido, con el rango de

derecho natural y sin duda, piedra filosofal, de las propias entrañas medievales en

plena descomposición.

La historia instrumental.

Bien es verdad que existe, depositada en el imaginario popular, la idea de que la

descomposición de los pueblos, de las sociedades en general, de los imperios… fue

causada por la degradación de las costumbres, los vicios y la molicie que, con el

transcurrir del tiempo y llegado un momento, se instalaron en ellos. Sin duda, ha

existido una tendencia histórica a presentar los éxitos como el resultado de la virtud

8
Para conocer la sociedad feudal, es de interés especial la obra de BLOCH, M., La sociedad
feudal, (2 v.), Uteha, México, 1958.

12
de los triunfadores y las derrotas como la consecuencia de la degradación moral de

los perdedores. Esto tiene que ver con uno de los roles que le ha tocado jugar a la

historia. No debemos olvidar que, entre las muchas funciones que se le han exigido

a la historia está el hecho de ser parámetro de ejemplaridad. Así pues, en la historia

de las religiones, por ejemplo, las biografías de los santos presentadas como vidas

ejemplares, han tenido como principal objetivo ser objeto de imitación. Por esa vía

han dejado de ser historia para convertirse en tratados de moral. Otro ejemplo, en la

historia político militar, los grandes logros bélicos, mediante el ensalzamiento de sus

hazañas y la glorificación de los personajes se ha pretendido estimular y asentar con

bases firmes el espíritu nacional.

Por esa vía la historia, ha contribuido a la formación de las ideologías. La lista de

los campos en los que la historia cumple funciones que podríamos enmarcarlas

dentro de la psicología social podría ser enorme. La propia Biblia, considerada por

los iusnaturalistas racionalistas de los siglos XVII y XVIII como la verdadera

historia9, desprendida de su aura sagrada, no deja de ser una versión de la historia de

9
CASSIRER, E., Filosofía de La Ilustración, Fondo de Cultura Económica, México, 1972, p. 232,
dice: “Toda autoridad de los hechos, de lo efectivamente histórico, se funda, para Bossuet, en la
autoridad literal de la Biblia; pero esta misma tiene que montarla sobre la autoridad de la Iglesia
y, con ella, de la tradición. De este modo, se convierte la tradición en el fundamento de toda certeza
histórica, pero no es posible fundar ni demostrar su propio contenido y valor más que mediante
testimonios históricos. Baile es el primer pensador moderno que pone al descubierto, con un rigor

13
buenos y malos, del enfrentamiento entre el bien contra el mal, de la Jerusalén celeste

y victoriosa frente a las Sodoma y Gomorra corrompidas y proscritas. De la

degradación moral y social y la miseria material como forma de explicar los ciclos

históricos.

No voy a decir que la Historia no ha tratado de contar la verdad porque, en muchos

casos, no sería cierto. Lo que sí me atrevo a decir es que, con frecuencia, ha sido

instrumentalizada. A las dificultades que introduce el hecho de escribir sobre el

pasado y la exigencia de identificarse con los problemas de la época sobre la que se

escribe, hay que añadir lo que sobre esa cuestión histórica ha quedado depositado en

el imaginario actual además de las propias convicciones y prejuicios personales del

autor. Volver a vivir los momentos pasados es, sin duda, el mayor reto al que se

enfrenta un investigador de la Historia y no siempre lo logra.

Descubrir en el proceso de nuestra formación espiritual.

Como señalé más arriba, este trabajo no pretende contar la evolución de la época

feudal y su descomposición y el surgimiento del capitalismo y su consolidación

critico implacable, este círculo vicioso y que llama la atención constantemente sobre sus fatales
consecuencias”.

14
como el resultado de un relato cronológico de sucesos y aconteceres. Mi objetivo es

el de tratar de intentar explicar el surgimiento de la institución de la propiedad

privada como derecho natural partiendo de la descomposición de la sociedad feudal

como consecuencia de sus propias contradicciones y su incapacidad de recreación.

La primera pregunta que viene a la mente de quien se enfrenta al estudio del medievo

es: ¿Cómo un orden tan perfecto como el del modelo tridimensional-feudal, pudo

descomponerse?

Se trataba del orden querido por Dios en el que todo lo que en él ocurría era obra de

su Voluntad. Se trataba de un orden terreno hecho a imagen y semejanza del orden

celestial. Se trataba de un orden en el que sus moradores oratores, bellatores y

pauperes caminaban al paso como las legiones romanas aspirando al Creador.

¿Cómo ese orden de “naturaleza cuasi celestial” pudo entrar en trance de

descomposición y alumbrar uno nuevo en el que ya no fuera Dios sino el individuo

racional, libre y propietario el eje de su estructuración?

15
Trataremos de ver cómo la proclamación de la propiedad privada, como derecho

natural, forma parte de un momento puntual en el proceso continuado de nuestra

formación espiritual. Seguiremos el consejo de Cassirer cuando dice que: “No

sigamos limitando nuestra atención, dentro de la historia, exclusivamente a los

acontecimientos políticos, a la prosperidad y a la decadencia de los grandes reinos,

a la suerte de los tronos, Debemos fijarnos en el género humano y la expresión homo

sum debía ser el lema de todo historiador. En vez de hacer esto, se han dedicado a

describir puras batallas”10. Y, de la mano de Voltaire, continúa diciendo: “en lugar

de acumular una serie de hechos de los que el uno es destruido por el otro, habría

que escoger los más importantes y seguros para proporcionar al lector un hilo y

colocarle en situación de que pueda formar un juicio sobre la extinción, renacimiento

y progresos del espíritu humano y de que aprenda a conocer el carácter de los pueblos

y sus costumbres.”11

Hemos partido de la negación o más bien de la inexistencia externa de la propiedad

privada. Es por ello que, nuestro punto de partida, ha sido el orden trifuncional feudal

10
CASSIRER, E., Filosofía de La Ilustración, Fondo de Cultura Económica, México, 1972, p.
243.
11
VOLTAIRE, Oeuvres Completes. Remarques pour servir de suppément. L’Essai sur les Moeurs
et l’Esprit des Nations et sur les principaux faits de L’Histoire depuis Charlemagne jusqu’a la
mort de Louis XIII, Chez Lequien, Paris, 1821, p. 437.

16
donde la negación intrínseca de la propiedad privada viene del hecho de que todo

pertenece al Creador. Siete siglos más tarde, la propiedad privada como derecho

natural, va a aparecer como fruta madura en el siglo XVII de la mano de John Locke,

y se convertirá, junto con la vida y la libertad, en la piedra angular del nuevo edificio

social, el capitalismo.

17
MÉTODO Y CAMBIO SOCIAL

Los grandes cambios históricos no se han producido en la epidermis de la sociedad,

sino que su calado es mucho más profundo. Los verdaderos cambios sociales tienen

que ver con lo íntimo de la humanidad, con los valores humanos. De ahí que

entendamos por cambio, aquel que acaba produciéndose, como consecuencia de las

interacciones de todo tipo que tengan lugar en la estructura social, en el imaginario

colectivo.

Se podría pensar que son sucesos concretos, tales como accidentes en la naturaleza,

terremotos apocalípticos, tsunamis aniquiladores, volcanes arrasadores o, en los

tiempos actuales, los devastadores efectos del cambio climático12, los que han

causado o pueden deparar cambios tras la sensibilización social provocada por los

impactos emocionales sostenidos en el tiempo.

12
Es muy difícil que exista unanimidad de criterio a la hora de evaluar cualquier tema que se
presente ante la sociedad como problema. En los dos extremos del espectro posicional siempre se
sitúan los partidarios del bien común, del interés general, de la defensa de la salud, de los derechos
humanos…, por un lado y, por el otro, los negacionistas pro sistemas, defensores de intereses que,
ellos, estiman tan legítimos como los otros. Dicho de una manera tan simple, esto es lo que ocurre
con lo que se ha dado a llamar el problema del cambio climático que más allá de la concienciación
que pueda haber entre los primeros, siempre existirá la otra mitad a la que se agregará un número
no desdeñable de aquel primer grupo por las razones más diversas (todas ellas encuentran su
común denominador en el miedo: miedo al desempleo, miedo a la pérdida de estatus, miedo a la
marginación social, miedo a la represión del sistema…).

18
Pero, no es así. En lo que respecta a la llamada gran plaga de Justiniano según los

historiadores J. Le Goff y J.-N. Biraben “determinó un giro del centro de gravedad

económico de Occidente”13. Esta afirmación trata de poner en cuestión la conocida

tesis de H. Pirénne que sostiene que fue el Islam el que produjo tal efecto y que “sin

Mahoma, Carlomagno no hubiera existido”14. Quizás, a la peste proto-medieval haya

que concederle la categoría de excepción por su terrible balance de imposible

valoración cuantitativa. Pero aceptando que fue ella la que produjo el

desplazamiento del centro nuclear de la economía hacia el norte de Europa, tuvo que

producirse, la irrupción en la Europa mediterránea del Imperio musulmán, para que

ese centro económico se transformase a través de la translatio imperii en un

elemento más dentro del sistema feudal.

13 CONTAMINE y otros, La economía medieval, Ed. Akal, Madrid, 2000, p. 43, dice:
“Precisamente es del norte de Europa de donde llegaría la renovación económica de Occidente
durante el siglo VII. Por consiguiente, podría pensarse, en conformidad con Jacques Le Goff y
Jean -Noël Biraven y en discrepancia con la vieja tesis antaño propuesta por Henri Pirenne, que
no fue el Islam sino la gran peste proto medieval, la que, junto con el cortejo de males que la
acompañó, determinó el giro del centro de gravedad económico de Occidente, al destruir una parte
de la población meridional, desorganizar las redes de circulación y los circuitos de producción y
al apartarlo durante un largo tiempo de su trasfondo mediterráneo”.
14
PIRENNE, H., Las ciudades de la Edad Media, Ed. Alianza, Madrid, 2015, p. 27, dice: “Sin el
Islam, sin duda no hubiera existido el Imperio Franco, y Carlomagno resulta inconcebible sin
Mahoma”.

19
Los grandes cambios sociales obedecen a razones más profundas que las que pueda

significar un accidente natural coyuntural, una guerra de mayor o menor duración en

la que se dilucida el posterior disfrute del poder o una epidemia de dimensiones

globales. Se han producido muchos desastres naturales, multitud de guerras locales,

nacionales e internacionales, múltiples catástrofes sanitarias y, ninguno de todos

esos hechos, por sí solos, ha producido un verdadero cambio sistémico. Y, es que,

para que esas razones profundas comiencen a operar, se requiere de la convergencia

de factores que pocas veces se ha dado en la historia de la humanidad en un mismo

momento. Los auténticos cambios tienen que ver con lo axiológico y suponen la

transformación de valores en la conciencia colectiva.

G. B. Vico y su teoría de los ciclos15 y C. H. de Saint Simon con su concepción

binaria de los sistemas sociales son dos buenos ejemplos para mostrar que los

verdaderos cambios sociales requieren más que el accidente en el más amplio

sentido o la oportunidad. G. B. Vico desde una concepción evolutiva y determinista

de las civilizaciones (que evoluciona de forma cíclica desde lo espontaneo-irracional

a la reflexión), afirma que cada una de ellas avanza, arrancando desde una etapa

Divina (regida por gobiernos divinos y ordenado todo por auspicios y oráculos) y

15
VICO, J. B., Sinopsis de principios de una ciencia nueva: En torno a la naturaleza común de
las naciones, Fondo de Cultura Económica, México, 2008.

20
pasando por un estadio Heroico (regido por los héroes mediante repúblicas

aristocráticas en las que se establece la diferencia entre aristócratas y plebeyos),

hasta llegar a una etapa Humana (regida por repúblicas populares y luego por la

monarquía en un marco de reconocimiento de la igual naturaleza de todos los

hombres) para, finalmente, retornar en sentido inverso hasta la situación inicial en la

que, en lugar de producirse una “barbarie de los sentidos” como en la etapa

primigenia ahora tendrá lugar la “barbarie de la reflexión”.

A simple vista, se puede observar que el paso de una etapa a otra, requiere de algo

más que de un suceso sobrevenido, un accidente natural o un cataclismo sanitario,

exige un cambio ni más ni menos que de las relaciones de poder esto es una

transformación de la estructura social y del imaginario social, en definitiva, de la

concepción del mundo y de la vida.

Por su parte, Saint Simon en la misma línea de la teoría evolutiva, partiendo de la

idea de que el hombre puede controlar su destino, afirmará que “en la práctica no

hay, ni puede haber, más que dos sistemas de organización social realmente

distintos, el sistema feudal o militar, y el sistema industrial; y en lo espiritual, un

sistema de creencias y un sistema de demostraciones positivas. Toda la historia del

21
género humano se divide entre estos dos grandes sistemas de sociedad” 16. Si bien,

en la teoría de G. B. Vico, el hombre puede controlar su propio destino con la

aquiescencia de la Providencia17 en la teoría de H. de Saint Simon, al igual que en

las de Condorcet, Comte y Marx, el hombre puede ser siempre libre, prudente y

racional y elaborar e influir en su destino18 por sí mismo. No obstante, ambas teorías

evolutivas formuladas a partir de la observación, en lo que tienen de prospectivas,

es evidente que no son susceptibles de comprobación en este momento. El tiempo lo

dirá.

En lo que respecta a la evolución de la sociedad Occidental hasta el momento en el

que fueron formuladas, ambas reflejan, en términos de sistema, lo que había ocurrido

y, a partir de ahí teorizan o más bien pronostican. Pero para el objetivo de conocer

el por qué, el cómo y el cuándo del nacimiento del sistema feudal, así como el saber

del aquí y ahora genético del sistema capitalista ninguna de ellas nos resulta de

utilidad. No obstante, no se debería dejar de lado la máxima de Saint Simon que dice

16
SAINT SIMON, H. Du Système Industriel, Éd. Antoine-Agustin Renouard, Paris-1821, p. X.
17
BERLIN, I., Vico y Herder: Dos estudios en la Historia de las ideas, Ed. Anaya, Madrid, 2000,
p. 105, dice: “este ciclo de los corsi e recorsi “no es una necesidad impuesta a las almas y los
cuerpos de los hombres desde el exterior (…). Es el modelo a partir del cual se define la propia
naturaleza humana, natura como nascimento – nacimiento y desarrollo”.
18
BERLIN. I., Vico y Herder: Dos estudios en la Historia de las ideas, Ed. Anaya, Madrid, 2000,

22
que “para que un sistema social cambie realmente, es preciso que se modifique el fin

de la actividad general. Cualesquiera otros perfeccionamientos, por importantes que

puedan ser, no son más que modificaciones, es decir cambios de forma y no de

sistema”19. Si queremos conocer un verdadero cambio social deberemos conocer la

estructura del sistema social y el fin que persigue. Dicho de otra manera, conocer el

estado de las relaciones entre la estructura del sistema y el imaginario colectivo en

la evolución de las sociedades.

A los fines de esta labor de investigación se debe comenzar por someter a análisis el

sistema feudal, teniendo en cuenta que, de una u otra forma el pasado vive en el

presente y es responsable de haber “creado” los fundamentos del sistema capitalista.

Ese sistema que Max Weber lo define como “un cosmos inmenso en el que el

individuo se encuentra desde que y que para él (al menos como individuo) está dado

como una casa de hecho inalterable en la que tiene que vivir. Este cosmos impone al

individuo, en la medida en que está enredado en el nexo del mercado, las normas de

su actuación económica”.20

19
SAINT SIMON, H. Du Système Industriel, Éd. Antoine-Agustin Renouard, Paris-1821, p. X.
20
MAX WEBER, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Akal, Madrid, 2013, p. 111.

23
.
PRIMERA PARTE
EL ORDEN TRIFUNCIONAL FEUDAL

24
CAPÍTULO PRIMERO
LA EUROPA DE LOS SIGLOS XI Y XII

1.1.1 Una cultura unitaria, uniforme y jerárquica.

Una cultura unitaria, uniforme, jerárquica y eclesiástica sobre un espacio geográfico

que tenía como núcleo central Francia, Alemania, el oeste del Elba y el norte de

Italia, es decir el Imperio carolingio había dado como resultado en el siglo XI, un

imaginario colectivo, presumiblemente querido por Dios, conformado por tres

órdenes, los que rezan, los que batallan y los que trabajan, al que, a partir de este

momento, se conocerá con el término genérico de la cristiandad21.

Si a todo esto añadimos lo que nos dice el cronista de la época Raúl Glaber en una

cita archi-reproducida, tendremos la fotografía correcta del momento: “Al acercarse

el tercer año siguiente al año mil se asistió en casi toda la tierra, pero sobre todo en

21
BOUTRUCHE, R., Señorío y feudalismo. Primera época: Los vínculos de dependencia, Siglo
XXI, México, 1976, p. 190, dice: “En la historia de la primera edad feudal, dividida a su vez en
dos etapas -orígenes y formación-, el periodo que transcurre del siglo IX al segundo tercio del XI
representa la fase decisiva en la que se unieron elementos claves, hasta entonces dispersos. La fase
política e, institucional más aún que la fase social, en razón de la reticencia manifestada por un
sector de las altas clases ante el ingreso a la dependencia. En modo más preciso, el proceso se
definió durante los reinados de Carlos el Calvo y sus sucesores inmediatos, por lo menos en las
regiones de vanguardia extendidas desde el Loira hasta las comarcas renanas. Se conocen los
resultados: concreción de un vocabulario feudal, extensión de los vínculos privados, tendencia
hacia la práctica de la herencia, vasallaje múltiple, acentuación de las características territoriales y
militares de una aristocracia madura para la caballería”

25
Italia y en la Galia, a la reedificación de La ninguna necesidad, una auténtica

emulación impelía a cada comunidad cristiana a tener una más suntuosa que la de

los vecinos. Pareciera que el mundo mismo se sacudía para despojarse del ropaje

vetusto y se vestía por doquier con un manto blanco de iglesias. Así fue como casi

todas las iglesias de las sedes episcopales, las de los monasterios, consagradas a toda

suerte de santos, incluso las más insignificantes capillas de las aldeas fueron

reconstruidas por los fieles, más hermosas que antes”22.

Sin duda, una construcción aparentemente tan sólida, para quienes vivían en su

interior, o asistían a los oficios, debía ofrecer la sensación de eternidad, de

trascendencia en el tiempo. Para las gentes de la época, el término demolición era

inimaginable.

1.1.2 Los mejores tiempos.

Los siglos XI, XII Y XIII fueron, según muchos autores, los mejores que ha vivido

la cristiandad. Polonia, Hungría, Suecia, Noruega y Dinamarca se incorporan al

núcleo inicial ya avanzado el siglo X. Portugal se adhiere con la toma de Lisboa por

22
GLABER, R. Historiae, III, 4,

26
los cruzados del norte en 1147. Para 1265 gran parte de la Península Ibérica había

sido recuperada por los reyes cristianos. Más tarde, entre otros, se sumarán fruto de

la perseverante evangelización, superado el siglo XIII, los lituanos y los prusianos.

Sin olvidar las incorporaciones que se produjeron durante las Cruzadas, el listado

sería prolijo. Se podría decir que la expansión de la cristiandad fue tanto una cuestión

de ampliación de la cristiandad latina, como de ampliación territorial de un cierto

modelo de sociedad.

De este modo, la Respublica Christiana, sin olvidar el cisma, que en el 1054, separó

la Iglesia romana de la Iglesia oriental, constituía un espacio mucho más amplio que

el inicial del sacro Imperio Romano Germánico. La evangelización, aunque lenta y

de manera discontinua, seguía dando sus frutos.

1.1.3 El crecimiento demográfico y su impacto.

Todos los indicios apuntan a que se produjo un crecimiento demográfico importante

aunque no se puede hablar de “explosión”. No existen datos fiables23 pero signos

23
CONTAMINE y otros, La economía medieval, Ed. Akal, Madrid, 2000, p. 128, dice: “Basadas
en algunos datos regionales extrapolados, las estimaciones globales relativas a todo el continente
o al conjunto de un país no dejan de ser aventuradas, ya que las diferencias entre una zona y otra

27
como los del aumento de tierras cultivadas, crecimiento de nuevos asentamientos

poblacionales rurales, creación de nuevas parroquias, ampliación de ciudades sobre

viejos asentamientos y creación de urbes de nueva planta conformando nuevas

urbanizaciones,24 pueden ser indicadores que avalen la tesis de un notable

crecimiento poblacional.

También se produjeron movimientos migratorios significativos en el interior del

Occidente cristiano que obedecieron a razones de índole varia. A partir del más

común que, como siempre ocurre, es el de la migración del campo a la ciudad, para

J. Le Goff, “la más importante es, sin lugar a duda, la colonización alemana del este.

Esta colonización contribuyó al cultivo de nuevas regiones, dio cuerpo y transformó

la red urbana”25. En general, la propia expansión territorial de la cristiandad

conllevó, simultáneamente, migraciones hacia los nuevos espacios anexionados. Por

ejemplo, la Reconquista española sirvió de pretexto para que pobladores francos se

son muy profundas. Según Josuah C. Russell, Europa habría contado con 22,6 millones de
habitantes en el 950 y 54,4 millones a finales del siglo XIII. Según M. K. Bennett, hay que hablar
de 43 millones en el año mil y de 61 millones en el año 1200”. Como se ve, existió crecimiento
demográfico pero las cifras son muy dispares de un autor a otro.
24
Ver PIRENNE, H., Las ciudades de la Edad Media, Ed. Alianza, Madrid, 2015, págs. 48 y ss.
25
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, Ed. Paidós, Barcelona, 1999, págs. 59 y
60, dice: “Pero la expansión germánica es a la vez política. Los logros más espectaculares en este
sentido son los de Alberto el Oso, que se convierte en 1150 en margrave de la nueva marca de
Brandeburgo y los de los caballeros teutónicos que conquistaron Prusia entre el 1226 y 1283”.

28
fueran asentando en la Península. Por otro lado, en muchos casos las presiones

demográficas que ejercían las grandes concentraciones poblacionales “invitaban” a

emigrar para buscar una vida mejor. Además, los contratos de colonización o

llamadas a la repoblación que se fueron realizando tanto por parte de las autoridades

religiosas como de los señores feudales fueron estímulo importante para la

movilidad.

De todas formas, las migraciones en el interior del Occidente cristiano se realizaron

en todas las direcciones, obedecieron a múltiples razones y fueron continuas entre

los siglos XI y XIII. Sin duda este fue uno de los síntomas de vitalidad de los

tiempos.

1.1.4 Los cambios económicos.

Se debe recordar que la doctrina económica de la Iglesia, que se correspondía con el

orden trifuncional, sintonizaba con fundamentos tradicionales y conservadores. Se

trataba de la economía natural para un mundo estático en el que la división del

trabajo obedecía al designio divino y todo oficio era, pues un cargo en el que se

estaba al servicio del todo. “La idea de la ética económica eclesiástica y la

29
concepción eclesiástica de la sociedad vienen al encuentro de las necesidades

económicas efectivas del orden social existente”26. Se trataba de un mundo de

producción agraria limitada a la subsistencia casi ajeno a la economía monetaria.

No obstante, el crecimiento demográfico juntamente con el despertar tecnológico,

el desarrollo de centros poblacionales y el aumento de las superficies dedicadas al

cultivo de cereales y a la viticultura son los mensajeros de los primeros cambios en

la economía. Después, el desarrollo de la metalurgia, la construcción y la artesanía

textil generan actividades de transformación y provocan nuevas formas de

intercambio27 en los mercados que se van instalando en el marco del fenómeno de

creación de nuevas ciudades. Este fenómeno estará íntimamente relacionado con la

evolución del comercio y, por tanto la aparición del mercader.

1.1. 5 La generalización del uso de la moneda.

Lugar aparte requiere la generalización del uso de la moneda que está vinculada

estrechamente con el avance del periodo urbano. El uso de la moneda viene de

26
VON MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, p. 51.
27
Ver, VAN VERWEKE, H., “Monnaies, lingots ou marchandises. Les instruments d’échange
aux XI et XII siècles”, Annales d’histoire économique et sociale, 1932.

30
antiguo y compartió su función, durante siglos con el pago en especie o con

prestaciones laborales. Sin embargo, su generalización tuvo dos fases que coincidió,

en el siglo X, con el inicio de la explotación de las minas de Rammelsberg en

Alemania, la primera y la segunda, a partir de 1160 con la fundación de la ciudad

sajona de Freiberg y, el simultáneo hallazgo de los filones argentíferos de

Schauinsland. La extensión del uso de la moneda28, sin ánimo de exageración,

supuso la herida de muerte de la economía natural. Con la difusión de la moneda no

solo se generaliza su utilización en el mercadeo. El crecimiento demográfico

juntamente con el despertar tecnológico, el desarrollo de centros poblacionales y el

aumento de las superficies dedicadas al cultivo de cereales y a la viticultura son los

mensajeros de los primeros cambios en la economía. Después, el desarrollo de la

metalurgia, la construcción y la artesanía textil generan actividades de

transformación y provocan nuevas formas de intercambio en los mercados que se

van instalando en el marco del fenómeno de creación de nuevas ciudades. Este

fenómeno estará íntimamente relacionado con la evolución del comercio y, por

tanto, la aparición del mercader”29.

28
BLOCH, M., Esquisse d’une histoire monétaire de l’Europe, Armand Colin, Paris 1954.
29
VON MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, p. 37.

31
CAPÍTULO SEGUNDO
EL CORPUS CHRISTIANUM

1.2.1 El papado como autoridad suprema de la gens latina.

Evidentemente el papado lidera una institución espiritual inordinada en el

organismo colectivo del corpus christianum que, dentro de su concepción

conservadora del mundo, siendo emprendedora e “innovadora” trata de sacar

provecho evitando que las transformaciones que se producen en sus dominios,

escapen de su control. “Los grandes papas de los siglos XI, XII y XIII persiguieron

conscientemente el objetivo de “ampliar las fronteras de la iglesia”, pero lo hicieron

en un mundo donde la dinámica del crecimiento material ya se había puesto en

marcha”30.

30
BARTLETT, R., La formación de Europa, Ed. PUV, Valencia, 2003, p. 39.

32
1.2.2 El futuro de la estructuración estamental en tres órdenes
queridos por Dios.

Toda sociedad es un organismo vivo y, por ende, la sociedad feudal también lo era.

Frente a esta realidad, la Iglesia que pretendió hacer de la cristiandad un cosmos

cerrado e inmóvil sobre verdades eternas, tenía dos opciones: no hacer nada o

ralentizar obstaculizando el proceso de evolución. Optó por la segunda opción. No

se trata tanto que hiciera oposiciones expresas al progreso, que las hizo, sino de una

actitud, en primer término de permanente recelo y sospecha frente a toda innovación.

Todo cambio era sometido a la criba moral eclesiástica y su posición se correspondía

con el efecto positivo o negativo que tuviese sobre la estructura tridimensional del

populus cristiano. En cada uno de los órdenes pronto aparecieron tensiones que unas

veces fueron solucionadas a través del acuerdo pero otras muchas apelando a la

auctoritas de la jerarquía. “Esta clase de concepción del mundo desaparecerá en la

misma medida en que los estamentos antes directores cesen de realizar su función.

(…) Por este camino se llegará a una transformación del propio estilo mental, que se

hará entonces individualista (en vez de estamental), económico (en vez de social),

33
mundanal (en vez de religioso), y cuyo lema será, no ya el ser, sino la obra

realizada”31.

1.2.3 Evolución del orden tridimensional.

El orden de los oratores, juntamente con el de los bellatores, del papa Gelasio

contempla la existencia de dos poderes el de la cruz (superior) y el de la espada

(subordinado). Nada se dice, porque ni tan siquiera lo contempla, del poder del

populus. En el modelo de los obispos Adalberón de Laon y Gerardo de Cambray,

juntamente con los dos primeros, aparece un tercero, el de los pauperes. Si bien los

dos primeros, en uno y otro modelo, obedecían a los mismos componentes, los

tiempos requerían la incorporación del tercer orden que, siendo sustancialmente

mayoritario, no se le reconocía poder alguno, pero sí se le consideraba parte de los

miembros del corpus Christianum.

Toda la cristiandad era una especie de comunidad “latina” atomizada32. Cada átomo

era una diócesis. Al frente de cada diócesis estaba el prelado, es decir el obispo y

31
VON MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, p. 68.
32
VON MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, p. 45, dice: “La Iglesia, al colocar la
comunidad de fe por encima y en contra de la comunidad y la oposición de sangre, despertó y
favoreció sistemáticamente una conciencia unitaria de impronta eclesiástica. Es de advertir que
esta idea convergía con la estructura étnico-cultural de los pueblos germánico-románicos. Todos

34
con él varios clérigos que atendían a una iglesia construida bajo la advocación de un

santo. Para el sustento de los miembros de la diócesis tenía una dotación de tierras

con límites definidos. Hacia el año 1200 el número de diócesis era de unas

ochocientas bajo la autoridad del papado y que celebraban la liturgia latina 33.

Quizás no sea correcto tratar de ver la evolución de cada uno de los órdenes de forma

individualizada porque ellos forman un todo. De todas formas, por razones

didácticas, me tomaré la licencia de analizarlos por separado.

ellos, dada la mezcla de sangres ya en amplia medida consumada, tenían conciencia de un


parentesco étnico”. En el mismo sentido, BARTLETT, R., La formación de Europa, p. 38, dice
que “el componente “latino”, era en realidad, el que permitía que los fieles de la Iglesia occidental
se identificaran a sí mismos. (…). Llegó a tener un matiz cuasi étnico como en la frase gens latina,
“el pueblo latino...”
33
BARTLETT, R., La formación de Europa, p. 22.

35
CAPÍTULO TERCERO
COMIENZO DE LAS TENSIONES: LOS ORATORES

1.3.1 Los tiempos de plena Reforma Gregoriana.

Avancemos que son los tiempos de Reforma Gregoriana. Que la propia Reforma

trajo, evidentemente, enfrentamientos entre el poder espiritual (la cruz) y el poder

terreno (la espada). Entre oratores y bellatores. Ejemplo de ello fue el conflicto de

las investiduras que confrontó al Imperio y el Papado y que finalizó con el

Concordato de Worms de 1122. En los tres órdenes del modelo de Adalberon y

Gerardo el elemento común fue el de la dialéctica. Entre ellos y en el interior de

todos ellos, se produjeron tensiones que requirieron de soluciones coyunturales para

su mantenimiento. Cuando estas dejaron de encontrarse, el edificio comenzó a

desmoronarse.

1.3.2 El orden de los oratores: Una primera tensión.

En el orden de los oratores, existió una primera tensión entre la Iglesia como

Institución y uno de los estatus internos, el status monasticus. La tensión derivaba

de la diferente concepción que ambas tenían de la función que, aquella debería

cumplir sobre la tierra. Para la Iglesia su objetivo era imperar sobre el mundo. Para

36
el espíritu monástico su razón de ser es la negación del mundo distanciándose de él

y practicando la vida de piadosa santidad preservando la pureza del espíritu34. Al

margen de que prevaleciese la concepción de la Institución como imperio religioso

del mundo frente a la ascesis monástica, la dialéctica siempre estuvo latente.

1.3.3 El orden de los oratores: visiones discrepantes internas.

En el interior del orden, entre las propias órdenes monásticas existieron

discrepancias importantes inspiradas en los vientos de Reforma del siglo XII. Una

de ellas, estuvo en la oposición existente entre la vieja35 y la nueva concepción del

monaquismo una de cuyas versiones estuvo encarnada en la polémica entre el abad

del monasterio de Cluny y el de la abadía de Claraval. Pedro el Venerable defendía

la mística pura, el servicio divino, la vida señorial en tanto Bernardo de Claraval

sostenía que debían combinarse la oración y el trabajo manual. Mientras Cluny

defendía la procedencia noble del monje, el esplendor del ritual y de las formas, la

34
VON MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, p. 87, dice: “Los conventos benedictinos,
de carácter feudal, se levantaban de preferencia sobre las alturas, semejando no pocas veces
castillos. “Para el pueblo sencillo, el convento seguía siendo tan sublime como el castillo señorial
(Harnack)”.
35
Con respecto a la vieja concepción del monaquismo es ilustrativa la opinión de Erasmo de
Roterdam al afirmar que “en los conventos nobles de la época, Cristo no podría haber sido admitido
sin dispensa”.

37
opulencia de las iglesias…, Claraval sublima la sencillez y censura con dureza la

ornamentación pomposa. En definitiva la mentalidad estamental y aristocrática de

Cluny se contraponía a la más concordante con los tiempos, más militar, agresiva e

inquieta del Císter.

1.3.4 El orden de los oratores: Algún fenómeno singular.

En el exterior del orden, pero en relación con el mismo surgen a finales del siglo XI

y comienzos del XII varios fenómenos religiosos que tienen como común

denominador mostrar la insatisfacción con los derroteros por los que transita un

mundo corrompido y el deseo de encontrar los verdaderos valores de vida. Los más

destacables fueron el de los eremitas y los mendicantes.

De los eremitas, dirá J. Le Goff, que “son personajes marginales, anarquistas de la

vida religiosa, que fomentan durante todo el periodo las aspiraciones de la masa

hacia lo puro. (…) Son los eremitas modelos no corrompidos por la política del clero

organizado, directores de conciencia de ricos y de pobres, de almas en pena y de

amantes. Con su cayado, símbolo de fuerza mágica y de trashumancia, con los pies

38
descalzos y vestidos con pieles de animales salvajes, invaden el arte y la literatura”36.

Si bien, la práctica eremita no era un fenómeno nuevo, la versión que se da en los

siglos XI y XII tiene características particulares. Aunque se inspiraba en los Padres

de la Iglesia que habían vivido en el desierto egipcio en el siglo IV, se trata de una

alternativa a la vida monástica que se prodigó entre monjes insatisfechos con la regla

monástica o abacial o clérigos disconformes con el discurrir de la Iglesia e incluso

propietarios de feudos que añoraban una vida más austera y de penitencia. En

términos generales, la vida ermitaña buscaba un vivir más acorde con la virtud a

través de la práctica de la ascesis como conducta ética individual. De todas formas,

se trató de un fenómeno de reacción y de protesta frente al rumbo de relajación que

estaban tomando los tiempos. ¿Incomodó este fenómeno a la Iglesia? No debemos

olvidar que frente a un fenómeno de búsqueda de un ideal de piedad individual como

el de los ermitaños, la Iglesia siempre pensó en términos de comunidad y además

todos ellos, en el fondo coincidían en que el Evangelio era la única regla de la vida

religiosa.

36
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 74.

39
1.3.5 El orden de los oratores y la proliferación de nuevas casas
religiosas.

Es evidente que la expansión del cristianismo durante los siglos XII y XIII conllevó,

de manera simultánea, la creación de nuevas órdenes religiosas. Ciertamente, su

fundación obedece a razones diversas. Entre ellas, quizás la más importante fue la

aparición de la economía de mercado y el comercio que provocó la emergencia de

una nueva cultura urbana ante la que no solamente el orden de los “oratores” sino el

orden trifuncional, por motivos deferentes, tuvo que ponerse en guardia. A los

monasterios tradicionales de los benedictinos y cluniacenses se agregaron nuevas

órdenes como los cartujos y los premostratenses que aparecieron en escena añorando

los tiempos de la vieja aristocracia benedictina. En el siglo XII se creó la orden del

Cister que trajo aires de trasformación en el interior del monacato tanto en el ámbito

de la organización de la red conventual mediante un control centralizado de los

conventos como en la propia concepción de su propia función. El crecimiento de

los conventos cistercienses fue muy rápido. Para mediados del siglo XII la orden del

Cister contaba con trescientas cuarenta y tres casas. A finales del mismo el número

era de quinientas. La tensión entre el monacato aristocrático y la nueva versión

monacal seguía latente en un ambiente alejado de los tiempos. Ese ya no era el

debate.

40
1.3.6 El orden de los oratores en crisis.

Lo cierto es que el monacato se correspondía con un orden cerrado, inmóvil donde

no existía el tiempo o más correctamente, el tiempo pertenecía solamente a Dios, Si

bien, desde un punto de vida personal, el objetivo del monje era no solo aspirar a la

santidad sino vivir la vida en santidad lejos del mundo y en comunidad. Desde el

punto de vista de la Iglesia, el objetivo siempre fue el mismo: el apuntalamiento de

sus cimientos y su consecuente fortalecimiento como comunidad supraestatal. Este

objetivo eclesial se sintetizaba en “imperar sobre el mundo”. De ahí que la dignidad

y prestigio de los benedictinos tradicionales se fundaba en su porte aristocrático, su

procedencia nobiliaria y su formación.

La crisis de auténtica envergadura se produce cuando al objetivo eclesial tradicional

del orden trifuncional de Adalberón y Gerardo que cohesionaba el orden de los

oratores, se le contrapone, tanto desde el interior como desde el exterior una

concepción radicalmente antitética: la “negación del mundo”. Emergen las primeras

órdenes mendicantes: los franciscanos y los dominicos. Ante un fenómeno que, si

se me permite, se podría decir que hace temblar los cimientos de la propia Institución

eclesial, son muchas las preguntas que pudiéramos plantearnos ¿Por qué en este

41
momento? ¿De dónde proceden las gentes? ¿Quiénes son sus líderes? ¿Qué les

inspira?

1.3.7 Las órdenes mendicantes, ¿la solución a la crisis?

Estamos en el siglo XIII. El mundo rural en el que se desarrollaba la economía

natural rural de los feudos estaba dando paso definitivamente a la economía de los

mercados que se desarrolla, eventualmente, en las grandes ferias y, siempre, en las

ciudades. En estos tiempos se produce un flujo continuo de migración del campo a

la ciudad. Son gentes que rompen las cadenas de la feudalidad pretendiendo ser

libres. En muchos casos van a integrar el fermento de una nueva clase social, con

nuevas prácticas profesionales y con vocación de poder: la burguesía. Y

precisamente el movimiento de las órdenes mendicantes, que se enmarca dentro del

más amplio movimiento sectario (es evidente la conexión del franciscanismo con los

valdenses), está íntimamente relacionado con el crecimiento de la actividad laboral

en las ciudades y el ascenso de nuevas profesiones a las altas capas sociales. El

orden tridimensional se agrieta en su interior por el trasvase entre el orden de los

oratores y el de los pauperes. La Iglesia con su perspectiva desde “arriba” está dando

entrada en su seno a la perspectiva desde “abajo”.

42
1.3.8 Procedencia de los integrantes de estas nuevas órdenes.

Gran parte de los integrantes de estas nuevas órdenes religiosas procedían de esta

nueva clase urbana en formación. Es el caso de Francisco de Asís cuyo origen era

una familia de comerciantes. Mucho se ha especulado sobre las motivaciones de

Francisco para cambiar su vida y prender el fuego de la Iglesia mendicante y, con

frecuencia se ha puesto el acento las razones de psicología individual. Hijo de

comerciante que había hecho cierta fortuna a través de la “inhonesta mercimonia”

sintió el síndrome de culpa de la segunda generación y reaccionando contra la

riqueza, renunciando a la vida aburguesada, optó por la práctica de la mendicidad en

sintonía con el mandato evangélico. Sus primeros “hermanos” fueron anarquistas de

la vida religiosa que dormían en el bosque y practicaban la mendicidad en la ciudad.

Probablemente, razones diferentes, pero también de carácter personal, llevaron a

Domingo de Guzmán a la fundación de los dominicos. Siendo Domingo canónigo

regular, la posibilidad de estar en contacto con los cátaros durante algún tiempo en

el Languedoc le dio la oportunidad de conocer en profundidad su herejía. Este

conocimiento le llevó a la convicción de que la predicación rigurosa y fundamentada

en la verdad teológica realizada por religiosos que viviesen el modelo evangélico en

pobreza y humildad era el modo más adecuado para hacer frente a la herejía.

43
CAPÍTULO CUARTO
LAS ÓRDENES MENDICANTES, LA HEREJÍA Y LA
INQUISICIÓN

1.4.1 Las órdenes mendicantes y el momento.

Tanto los dominicos (1206) como los franciscanos (1210) y las órdenes mendicantes

en general, traen aire fresco al seno de la Iglesia que no quiere recibirles en principio,

porque, ella considera que atacan los principios del orden estamental. Más tarde los

acoge con recelo no exento de hostilidad porque se da cuenta de que, estos grupos

que pretenden ser levadura pura para un mundo que creen descarriado, pueden tener

la respuesta que requieren los tiempos y que de la que carece el monacato tanto

tradicional como renovado. De esta forma, consciente la Iglesia de su interés, como

dice Le Goff, “el mapa de las casas franciscanas y dominicas a finales del siglo XIII

llegó a ser el mapa urbano de la cristiandad”37. Para esas fechas, los conventos

dominicos habían alcanzado el número de setecientos en tanto que las casas de los

franciscanos rondaban la cifra de mil quinientas. Y todo ello a pesar de que como,

sigue diciendo Le Goff, “en un tiempo en que el trabajo se ha convertido en labor

básico de la nueva sociedad, pretender que se acepte el hecho de vivir de la

37
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 75.

44
mendicidad no es nada fácil. Dominicos y franciscanos, a los ojos de una parte del

pueblo, se convierten en el símbolo de la hipocresía, y los primeros concitan odios

añadidos por el modo en que se han puesto al frente de la represión de la herejía y

por el papel que desempeñan en la Inquisición”38.

Pero el éxito aparente a veces es cortina que oculta la auténtica realidad: En la alta

Edad media, la Iglesia había establecido el modelo social e ideológico, ahora ya no

es quien marca la pauta, simplemente la sigue. La sociedad medieval presenta signos

inquietantes de laicización.

1.4.2 ¿En qué consistió la herejía?

Un orden tridimensional perfecto en el que la Iglesia no solamente ocupaba el lugar

que correspondía a los oratores, sino que, ella misma era el orden en su totalidad,

tuvo toda clase de enemigos. Uno de los más destacados fue, sin lugar a duda el de

la herejía. El papado se había posicionado frente a la herejía en tono inequívoco y

dogmático: “la Iglesia no ha errado jamás y según el testimonio de la Sagrada

38
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 75.

45
Escritura, no errará jamás”39 y “el que no reconozca las decisiones de la Sede

apostólica debe ser tachado de hereje”. En un mundo medieval en el que todo lo

bueno era considerado obra de Dios, el hereje, como agente del Diablo, suponía la

encarnación del mal.

No es fácil dimensionar el fenómeno de la herejía en sus justos términos puesto que

las fuentes a las que se puede acudir para obtener información son fundamentalmente

eclesiásticas. Y la historia contada por una de las partes deja de ser historia. No

obstante, a juzgar por la cantidad de Concilios40 en los que el tema de la herejía fue

tratado y las determinaciones que de ellos salieron, el tema debió ser muy importante

y preocupante para la Iglesia. Sin duda, así fue si nos atenemos a opiniones como la

de Tomás de Aquino cuando dice que: “En los herejes hay que considerar dos

aspectos: uno por parte de ellos; otro por parte de la Iglesia. Por parte de ellos hay

en realidad pecado porque merecieron no solamente la separación de la Iglesia por

la excomunión sino también la exclusión del mundo con la muerte. En realidad, es

mucho más grave corromper la fe, la vida del alma, que falsificar moneda con la que

se sustenta la vida temporal. Por eso, si quienes falsifican moneda, u otro tipo de

39
GREGORIO VII, (1075), “Dictatus papae”, 22.
40
Concilio de Reims (1.049), Toulouse (1.119), Reims (1.119), Letrán (1.139), Sens (1.141),
Reims (1.148), Tours (1.163), Letrán (1.179), Verona (1.184), Letrán (1.215)…

46
malhechores, justamente son entregados, sin más, a la muerte por los príncipes

seculares, con mayor razón los herejes convictos de herejía podrían no solamente ser

excomulgados, sino también entregados con toda justicia a la pena de muerte”41. En

este sentido apunta el hecho de que, el orden de los bellatores42 interviniese en la

cuestión en simbiosis con los oratores o que los pauperes fueran invitados, por vía

conciliar, a ejercer la delación de los herejes y sus cómplices a cambio, por ejemplo,

de la promesa de indulgencia en la cruzada43. Igualmente, que el papa Inocencio III

asimilase la herejía con el crimen de lesa majestad y por tanto castigado con la pena

de muerte44. Realmente, la asociación entre nobles (bellatores) y obispos (oratores)

fue el fundamento de la siniestra Inquisición45.

41
TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, II, 11, art. 3.
42
Es evidente la relación entre el poder espiritual y el poder temporal en la cuestión de la
persecución del hereje. Un ejemplo: Tras el acuerdo entre el papa Lucio III, ejerciendo de
legislador supremo hará que el Concilio de Verona de 1184 apruebe la decretal Ad abolendam y
el emperador Federico Barbarroja, la llevará a cabo mediante el despliegue de una gran acción
represiva contra las herejías cátara, valdense y arnaldismo.
43
IV Concilio de Letrán, Canon 3º: “(…) si alguien sabe de herejes allí o de cualquier persona que
tenga convenios secretos o quienes difieren en sus vidas y hábitos de la forma normal de vivir de
los fieles, entonces él se encargará de señalarlos al obispo”. “Los católicos que toman la cruz y se
ciñen para la expulsión de los herejes disfrutarán de la misma indulgencia y serán fortalecidos por
el mismo privilegio sagrado que se otorga a quienes van en ayuda a la Tierra Santa”.
44
Los Doctores de la Iglesia para explicar la pena de muerte aplicada a los herejes recurren al
Evangelio de Juan 15, 6 que dice: “Al que no sigue conmigo, lo tiran como a un sarmiento y se
seca; los recogen, los echan al fuego y los queman”.
45
Los primeros tribunales de la Inquisición en Italia se llevaron a cabo por iniciativa de Federico
II Hohenstaufen en los tiempos del papa Honorio III. Gregorio IX, sucesor de Honorio III, los
organiza definitivamente mediante la bula Excommunicamus en 1231.

47
1.4.3 El movimiento herético y sus efectos sobre la cristiandad.

Realmente, el movimiento herético que se dio en los siglos XI, XII y XIII fue el

reflejo de tiempos de vitalidad, de insatisfacción y de rebeldía. Todas y cada una de

las herejías, en mayor o menor medida, eran proyectos alternativos de

transformación del orden. Se podría decir que eran herejías “antifeudales”. Y ahí

radicaba el problema. Fueran propuestas de vida en la pobreza, de atentado al

principio de jerarquía, de reivindicación de la igualdad, de regreso a la vida según el

Evangelio, de la puesta en cuestión del dogma de la Santísima Trinidad, de negación

del misterio de la transustanciación en la eucaristía, de la no aceptación de la

efectividad del bautismo para los niños, de la puesta en cuestión de la validez de

determinados sacramentos, de la denuncia de corrupción en la Iglesia actual, de la

proclamación de los principios maniqueos, de la sustitución de la actual Iglesia por

el reino del amor y el evangelio eterno46…, el listado podría ser interminable y

46
La línea de separación entre la herejía y la ortodoxia, como en el caso de Joaquín de Fiore, no
es fácil de establecer. FOURQUIN, G., Los levantamientos populares en la Edad Media, EDAF,
Madrid, 1976, págs. 168 y 169, dice: “En el siglo XIII, se fue sobre todo sensible a la predicción
de Joaquín de Fiore de la metamorfosis final del mundo, ineluctablemente precedido de un periodo
de incubación. El intervalo entre el nacimiento de Cristo y el advenimiento de la Tercera Edad
debería cubrir 42 generaciones tanto como las que vivieron entre el tiempo de Abraham y el de
Cristo. Sean 42 multiplicadas por 30, por tanto doce siglos: el apogeo de la historia debería situarse
entre 1200 y 1260. En la espera, era indispensable preparar las vías, lo que sería el encargo de un
orden monástico nuevo, encargado de predicar el Nuevo Evangelio al mundo entero. Doce
patriarcas convertirían a los judíos. Un Novux Dux apartaría a la humanidad de las cosas de este
mundo y le inspiraría el de Dios. De todas formas, antes del comienzo de la Tercera Era, el

48
tedioso. Si bien el listado de versiones heréticas podría sintetizarse en ataques al

principio estructural y sagrado de la jerarquía y en el rechazo de la dogmática y la

doctrina de la Iglesia, en realidad, el temor de la Iglesia era que se convirtiesen en

un peligro grave para la unidad y cohesión del orden tridimensional de la cristiandad

que ella seguía controlando.

Finalmente, para la Inquisición, el perfil del hereje quedará definido como aquel que

pervierte los sacramentos, aquel que contradice la unidad de la Iglesia, cualquier

excomulgado, aquel que se equivoca al comentar la Sagradas Escrituras, aquel que

funda una nueva secta y la sigue, aquel que entiende los artículos de la fe de forma

distinta a como dicta la Iglesia romana, aquel que habla mal de los sacramentos de

la Iglesia47.

Anticristo deberá reinar tres años y medio castigando y destruyendo la Iglesia corrompida.
Después vendrá su caída y la Era del Espíritu Santo”.

ZERNER, M., “Herejía”, LE GOFF, J. y SCHMITT, J. C., (eds.), Diccionario razonado del
47

Occidente Medieval, Akal, Madrid, 2003, p. 337

49
1.4.4 La Inquisición y los otros medios.

La Iglesia, en alianza con los príncipes o los reyes según el momento, no escatimó

medios para luchar contra la herejía. Como bien dice Le Goff: “La Iglesia, a finales

del siglo XIII, había quedado vencedora. Al fracasar contra el catarismo y las

herejías similares los medios habituales y pacíficos, recurrió a la fuerza. Primero a

la guerra. Fue la cruzada de los albigenses, terminada con la victoria de la Iglesia

ayudada por la nobleza de Francia del norte y, finalmente, tras no pocas reticencias,

por el rey de Francia mediante el Tratado de París (1229). Después a la represión

organizada por una nueva Institución: la Inquisición. En el plano institucional,

después de enormes dificultades, la Iglesia había ganado prácticamente la partida a

comienzos del siglo XIV. En el plano moral, la había perdido ante el juicio de la

historia”48.

48
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 77.

50
CAPÍTULO QUINTO
LAS CRUZADAS, LAS ÓRDENES MILITARES Y
LA GUERRA SANTA

1.5.1 Las Cruzadas Orientales y su razón de ser.

Veamos las motivaciones. Se puede especular mucho sobre las motivaciones que

llevaron al papa Urbano II en el Concilio de Clermont a finales del siglo XI a hacer

el llamamiento para acudir a la primera Cruzada49. ¿Fue, como dice el canon nueve

del concilio de Clermont, una oportunidad, para la gente piadosa que hubiese

acudido a Jerusalén con la intención de liberar a la ciudad de Dios, de remisión de

los pecados? ¿Fue una forma de apuntalamiento del imaginario colectivo feudal

mediante argumentos unificadores de carácter escatológico? ¿Fue una operación

militar de reconquista de los Santos Lugares mediante el auxilio con las armas a los

cristianos de Oriente? ¿Fue un viejo proyecto orientado a recuperar el dominio sobre

el Mediterráneo cuyo control comercial y militar se había perdido a comienzos del

siglo VIII? ¿Fue una estrategia para acabar con los enfrentamientos feudales en el

interior de la cristiandad (especialmente franca) orientando toda esa energía que se

derrochaba contra un enemigo común externo creado ad hoc? ¿Fue una manera de

tratar de buscar la unión y la cohesión interna de una cristiandad heterogénea y plural

49
Véase, HAGENMEYER, H., Chronologie de la première croisade 1094-1100, Nueva York,
1973.

51
en proceso de expansión?50 ¿Fue “la fachada épica a la sombra de la cual se

incrementará el comercio pacífico?”51 Son muchas las preguntas que sobre la

cuestión de las razones y motivaciones podríamos plantearnos pero lo evidente es,

que el papa Urbano II, sabía bien que un argumento como el de que la ocupación de

los Santos Lugares por los musulmanes se debía a un castigo divino a su pueblo

elegido por los pecados cometidos y que la manera de redimirlos era volverlos a

conquistar, podía calar en la psicología de elemental de su grey. Si, además les decía

que en, esa guerra Santa, todos eran bellatores, todos iguales, que a todos, por igual,

los pecados les eran perdonados… Si incluso añadía, como lo hizo en Clermont

dirigiéndose a los francos, tintes de dramatismo y de maldad extrema adjudicada a

los impíos, infieles turcos responsabilizándolos de destrucciones de iglesias, altares

mancillados por prácticas sacrílegas, matanzas masivas de cristianos, violaciones,

devastaciones…, y la profanación sacrílega del Santo Sepulcro, la mecha estaba

encendida.

50
LADERO QUESADA, M. A., “Espacios reales y espacios imaginarios”, en BENITO RUANO,
E., (Ed.), Tópicos y realidades de la Edad Media, Madrid, R.A.H, 2002, p. 256, sostiene que es
con el triunfo en la primera cruzada y teniendo al papa como la cabeza visible, la cristiandad toma
conciencia de sus fronteras con Jerusalén como centro.
51
LE GOFF, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, Eudeba, Buenos Aires, 1982, p. 15.

52
1.5.2 ¿Las cruzadas eran Guerras Santas?

Como en todas las guerras una es la verdad oficial y otra u otras, la/las auténtica/as

que siempre se oculta/n. Pero las cruzadas Orientales, dirigidas por los papas, tenían

un carácter de Guerra Santa y esta impronta debía hacer que fueran diferentes a todas

las demás. A pesar de que no se tuviese reparo en el uso del engaño y la manipulación

de la ingenuidad para alimentar la motivación y de que, las Cruzadas, como proyecto

global, resultase un rotundo fracaso, “la rápida degeneración de la mística de la

cruzada en política y muy pronto en escándalo no lograron ahogar esa inquietud

durante mucho tiempo”52.

Y, a la degeneración de la mística de la cruzada, al escándalo y la barbarie

contribuyó, sin duda, la creación de las órdenes militares. A ciencia cierta “se trató

de una inaudita novedad que levantó ampollas en no pocos religiosos

contemporáneos”53. La creación de una milicia auténticamente militar en el seno de

52
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 64.
53
AYALA MARTÍNEZ, C. de, “El universo de las órdenes militares en la Edad Media. Los
“freires” y los confines de la Cristiandad”, ALVARADO PLANAS, J. y SALAZAR ACHA, J. de
(coord.), La orden de Malta en España, vol. 1, 2015, p. 65.

53
la Iglesia resultaba algo anómalo y poco edificante54 desde el punto de vista de una

religión que predica el amor al enemigo y el ofrecimiento de la otra mejilla frente a

la agresión. Una fundación de esta naturaleza suponía un ataque a la línea de

flotación de los fundamentos de la doctrina cristiana.

1.5.3 Las órdenes militares cruzadas.

Según dice R. Bartlett, “Las órdenes militares cruzadas, como los templarios,

hospitalarios y los caballeros teutónicos, tuvieron éxito en parte porque eran

inverosímiles. La idea que los animaba era una fusión de opuestos. El caballero del

siglo XI era violento, codicioso, ingobernable y lascivo. El monje del siglo XI estaba

dedicado a la paz, la obediencia y la castidad. De la mezcla de estas fuentes

contradictorias surgieron las órdenes cruzadas del siglo XII: caballeros que eran

pobres, castos y obedientes, monjes que eran guerreros”55. Es la contradicción. Pero

no una contradicción cualquiera. Muy asumido debían tener, las órdenes militares

cruzadas, el ser exercitus Dei y la convicción de que gozaban de la autorización

54
CERRINI, S., La révolution des Templiers, ed. Perrin, París, 2007. Para la autora la fundación
de los templarios supuso una revolución en la Iglesia. Pero más allá de que ellos fueran
revolucionarios, su propia creación subvertía el orden querido por Dios.
55
BARTLETT, R., La formación de Europa, págs. 347 y 348.

54
divina para orar y a su vez matar en su nombre. Y, por si fuera poco, realizar todo

tipo de tropelías, saqueos, exacciones militares y financieras.

A modo de paréntesis diré que Bernardo de Claraval, uno de los abades más loados,

venerados y admirados de la época elogió justificando lo injustificable, en su tratado

Liber ad Milites Templi, la creación de la orden militar de los templarios y también

fue instigador principal de la segunda cruzada. Esto es cierto, pero también es verdad

que fue uno de los grandes opositores a la ostentación, al boato y el lujo en las

iglesias. ¿Qué hubiera dicho en el año 1200 cuando los Temples de Londres y Paris

se habían convertido en centros extremadamente ricos, en importantes centros

financieros?

Tanto, la creación de las órdenes militares cruzadas como su desempeño en Tierra

Santa estuvo enmarcado en la contradicción. Su éxito, en las batallas cruzadas y

luego en las finanzas, sin duda existió, pero fue de manera efímera (Los templarios

tuvieron una existencia de menos de doscientos años (1129 a 1312). Sin embargo,

las órdenes militares, como órdenes universales, han hecho responsable a la Iglesia

de su propia existencia radicalmente contradictoria resultando para ella un pesado

55
lastre que le ha impedido y le seguirá impidiendo, salir airosa, incluso, del juicio

benevolente de la historia.

1.5.4 Las órdenes militares y el orden trifuncional.

Desde que Adalberon y Gerardo establecieron el modelo trifuncional, y antes en el

modelo del papa Gelasio, siempre hubo una relación estrecha (lucha por el poder)

entre los oratores y los bellatores. Un ejemplo de ello es la disputa por el

nombramiento de los obispos en los siglos X y XI en la Europa feudal. Pero las

órdenes militares suponen la milicia en el interior del orden de los oratores, una

verdadera fusión entre oratores y bellatores. ¿En qué medida, las órdenes militares

operando con la autorización divina estaban subvirtiendo el orden trifuncional

querido por Dios? ¿Actuando al servicio de Dios, en el fondo, a pesar de los

aparentes éxitos bélicos circunstanciales, no estaban agrietando el Opus Dei? La

historia perdona si hay arrepentimiento pero, sin embargo, la memoria no olvida. Y

ese permanente recuerdo afecta imperceptiblemente al imaginario colectivo que

poco a poco se va transformando.

56
1.5.5 El balance final…

En resumidas cuentas, sin necesidad de entrar a analizar en detalle las nueve

cruzadas que tuvieron lugar entre 1096 y 1291, se puede afirmar que la operación en

su conjunto fue un absoluto fracaso. Desde que Pedro el Ermitaño, al frente de una

multitud de pobres infelices con forma de algo que quería parecerse a un ejército,

partió para Tierra Santa al encuentro de la Jerusalén Celeste hasta la caída de los

Estados francos con el abandono de San Juan de Acre y las retiradas de las plazas

de Tiro, Sidón y Beirut en 1291, habían pasado casi dos siglos. Durante ese tiempo,

sicilianos, holandeses, bizantinos, alemanes, ingleses, francos, bretones, flamencos,

niños… reyes, príncipes, condes, monjes…, habían engrosado las filas cruzadas que

siguieron a las “multitudes indescriptibles llevadas por el sentimiento más complejo

–y el más raramente analizado- que haya impulsado multitud humana”56

encabezados por Pedro el Ermitaño como avanzadilla de la primera cruzada. Guerra

Santa, pero salvaje y deslegitimada por la historia. J. Le Goff dirá, de ella, algo tan

elocuente y, a la vez, tan irónico como esto: “Apenas veo más que el albaricoque

como posible fruto traído de las cruzadas por los cristianos”57. El fracaso, a medio y

56
ALPHANDÉRY, P. y DUPRONT, A., La Chrétienté et l’idee de Croisade, Éd., Albin Michel,
Paris, 1995. Las crónicas que narran las cruzadas, los versos que las cantan, las llamadas a la guerra
santa son, como decía Paul Rousset al comentar este libro en Cahiers de Civilisation médiévale,
1960, 3-10 (el libro había sido publicado en 1954 y completado en 1959) documentos
imprescindibles para escribir la historia de un “alma colectiva”.
57
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 63.

57
largo plazo traería consecuencias no deseadas para el imaginario de la cristiandad

occidental.

58
CAPÍTULO SEXTO
LOS BELLATORES FRENTE A LOS ORATORES

1.6.1 El orden de los bellatores y la tensión con los oratores.

Para el momento en el que Adalberon de Laon y Gerardo de Cambray plantean el

modelo de la trifuncionalidad hacía algún tiempo que la Iglesia y el Imperio se

habían fundido en una cultura unitaria y conformaban un imaginario nuevo y

específico. La Iglesia, estructurada según fundamentos racionales y finalistas

resultaba una obra lejana y extraña a lo corporativo. Sin embargo, acabará

imbricándose en el esquema feudal haciendo suyas las formas de estirpe y el séquito

propias del derecho del linaje y el derecho feudal58.

A partir de ese momento, el Papa de Roma y el Emperador del Sacro Imperio

romano-germánico, como detentadores del poder espiritual y terrenal

respectivamente, tendrán como misión la perpetuación de la ciudad de Dios hasta el

fin de los siglos. Esa relación que, en realidad, comienza en la Navidad del año

ochocientos con la coronación de Carlomagno por el papa León III en la catedral de

58
Véase, PARISSE, M., “La conscience chrétienne des nobles aux XI et XII siècles” en La
cristianità dei secoli XI a XII in occidente: Consciencia e strutture di una società (Miscellanea
del Centro di studi medioevali), 10, Milán, 1983.

59
San Pedro en Roma ¿fue una relación entre iguales? Fue una relación de

conveniencia para ambas partes que, a lo largo del tiempo, generaría multitud de

tensiones -con el poder como protagonista- pero también daría lugar a una

conciencia colectiva en la que dominó siempre la idea comunitaria como comunidad

de fe en el marco de una gran familia de pueblos.

Y las grandes tensiones surgen, como siempre, en torno al poder. Una de ellas fue la

que se conoce, en términos genéricos como la lucha de las Investiduras a la que aludí

más arriba. Un acuerdo adoptado en el año 962 entre el papa Juan XII y el emperador

Otón I de Alemania por el que se le reconocía a este último, en tanto que emperador

del Sacro Imperio romano-germánico, la facultad de intervenir en la elección papal,

fue el origen de uno de los grandes escándalos eclesiales zanjados por el Concordato

de Worms en el año 1122 firmado por el papa Calixto II y el emperador Enrique V

y ratificado en el Concilio I de Letrán.

60
1.6.2 El orden de los bellatores y el de los oratores: ¿un problema de
encaje?

Como fondo de esta problemática esta la lucha por el poder. Cuando se lucha por el

poder y se consigue, la experiencia muestra que nadie lo regala, ni tan siquiera lo

comparte. Quien resulta victorioso en esa disputa, lo ostenta y lo ejerce. En el ámbito

del Sacro Imperio romano-germánico siempre existió una tensión entre el poder

espiritual y el poder terrenal, en parte, derivado del difícil encaje de una Institución

como la Iglesia con el poder centralizado y el Imperio con su estructura de vasallaje

feudal nacida de la atomización del poder real que hacía muy difícil su re-

centralización. Una cuestión que contribuyó a tensionar aún más la relación del

orden de los oratores con el de los bellatores, fue el hecho de que dentro de la

atomización de feudos, existieran feudos comunes y feudos eclesiásticos. En estos

últimos, según la Iglesia, el titular debía ser un eclesiástico. En el caso en que no lo

fuera debía recibir la consagración religiosa y a su vez los derechos feudales. Y en

un feudo eclesiástico el competente, en ambas cuestiones, era el papa o sus legados.

Con frecuencia las cosas no fueron así porque el emperador, considerando que la

cuestión feudal era una cuestión privativa, suya, se resistía a perder la potestad de

nombrar a los titulares de los feudos eclesiásticos. Si bien el conflicto nacía de la

disociación de funciones y derechos que suponía la investidura, la cuestión de fondo

era que, la pérdida del control sobre los feudos eclesiales suponía una merma

61
importante de los derechos derivados del vasallaje y, por tanto, pérdida de poder

real.

1.6.3 El orden de los bellatores: La crisis de las investiduras y sus


efectos.

Los momentos de debilidad del papado eran aprovechados por el Imperio para

incrementar su poder y viceversa. Casi podría decirse que la historia de las

relaciones entre le Iglesia y el Imperio durante la Edad Media fue un cúmulo de

desencuentros y unos pocos acuerdos. En el caso concreto de las investiduras, fue

Otón I quien, aprovechando una situación de debilidad del papa Juan XII con ocasión

de su coronación en Roma y la simultánea restauración del Sacro Imperio romano-

germánico, obtuvo el derecho de intervenir en el nombramiento de los papas. La

debilidad papal fue creciendo y en el tiempo de Enrique III, este nombró a una gran

cantidad de obispos, abades y eclesiásticos en un ejercicio de demostración el poder

imperial. El llamado conflicto de las investiduras alcanzará el nivel de estallido

cuando el emperador Enrique IV se niega a aceptar la bula Dictatus papae, de 1075,

de Gregorio VII que establecía que “los príncipes, incluido el emperador, están

sometidos al papa”59. En la relación tormentosa entre el papa Gregorio VII y el

59
GREGORIO VII, (1075), “Dictatus papae”, 12.

62
emperador Enrique IV, mediará nada menos que una Excomunión, un perdón y el

nombramiento de un antipapa…, la persecución del papa legítimo…

En resumidas cuentas la querella de las investiduras fue una lucha más de poder

entre los papas y los emperadores del Sacro Imperio romano-germánico. En este

caso por la injerencia del orden de los bellatores en el orden de los oratores. Lo cierto

es que, si bien la solución de la crisis de las investiduras estuvo bien encauzada en

el marco de la Reforma Gregoriana, no se consiguió resolver hasta el año 1122. El

23 de septiembre de ese año, el papa Calixto II y el emperador Enrique V firman el

Concordato de Worms.

Habían finalizado las hostilidades entre la cruz y la espada. Una vez más la lucha

por el poder había sido la causa. Se había vuelto a escribir otra página negra que, sin

duda, a pesar de su solución, iba a afectar a la solidez del orden trifuncional.

63
1. 6.4 La caballería como nobleza caballeresca.

En un mundo medieval en profunda efervescencia social se va produciendo, en el

interior del orden de los bellatores, su particular transformación a tenor de la

importancia que los caballeros van adquiriendo. En la medida en que el poder real

se debilita cada vez más, los príncipes y más tarde los castellanos se van

progresivamente empoderando. Esta transferencia del poder requerirá que, en esta

sociedad feudal que se consolida, los feudos estén protegidos por la fuerza armada

de gentes, que abandonando el orden subyugado de los laboratores, esto es, los

ministeriales, devienen expertas en las cuestiones de la milicia. Si bien, la nobleza

es y seguirá siendo una cuestión de sangre, la distancia con la caballería se irá

reduciendo en la medida en que, esta, vaya adquiriendo y se le reconozca prestigio,

dignidad y la condición de caballero llegue a ser hereditaria además de una cuestión

honorífica. Esta aproximación, no fusión, entre nobleza y caballería propiciará la

nobleza caballeresca y a su vez la posibilidad de la compartición de la ideología que

era propia del estamento nobiliario. Pero compartir una ideología no significa

asumirla plenamente, sino, más bien, transformarla. La nueva nobleza tiene a su vez

su propia forma de pensar. Ha desvalorizado la progenie, ha puesto en crisis la

conciencia estamental, no se sentía atado por vínculos nacionales ni tan siquiera

religiosos, piensa de manera individualista.

64
¿Con esta aportación de nuevos valores, la aparición de esta nueva nobleza

caballeresca va a poner en peligro el orden tridimensional? Responderé a esta

cuestión con lo que, al respecto, dice Von Martin: “La Iglesia había educado a la

nobleza caballeresca para los ideales religiosos y los fines eclesiásticos. La

protección de los débiles se convirtió en point d’honneur de todo caballero; y hacia

afuera sus armas se pusieron al servicio de la lucha contra los paganos y herejes. De

esa suerte la Iglesia encajó a los que encarnaban el espíritu bélico feudal en su

sistema en calidad de caballeros cristianos”60.

60
VON MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, págs. 77 y 78. Es un hecho evidente que
la caballería, a través del tiempo tendió a confundirse con la nobleza con lo que su integración en
el orden de los bellatores acabó produciéndose por la naturaleza guerrera del propio orden. No
obstante la Iglesia quiso integrarla, para evitar cualquier veleidad, en el orden trifuncional (no se
olvide que su procedencia alteraba el orden originario querido por Dios). De esta manera el ritual
de la investidura del caballero incorpora aspectos religiosos, éticos y honoríficos que pretenden
identificar las virtudes caballerescas con los valores religiosos. Así pues, seguirá diciendo VON
MARTIN, A., Sociología de la cultura medieval, págs. 78 y 79, que “al considerar su relación con
Dios como una relación personal de vasallaje y una obligación de honor, la fe en Dios se presenta
a la conciencia ético- religiosa del hombre feudal como fidelidad a Dios, lo cual concuerda con el
concepto eclesiástico de la fides; y análogamente, la “staete”, la permanencia en la adhesión a
Dios, se identifica con la constancia de la filosofía moral eclesiástica. Así mismo la virtud
caballeresca de la “maze”, expresión del sentido de una configuración noble de la vida, de un estilo
de la vida propio de esta clase, se armoniza con la temperantia de la doctrina eclesiástica, y de la
“milte”, la virtud señorial suprema del caballero, en el sentido del lema “noblesse oblige”, con la
virtud de la liberalitas que la iglesia enseña. El ethos socialmente condicionado confluye, pues, a
su manera, y desde su propio ángulo, con la práctica religiosa y moral que con carácter general
pidiera la iglesia”.

65
De todas formas, los componentes de la nobleza caballeresca no provenían ni del

orden de los oratores ni del de los bellatores. Prevenían del orden de los pauperes61.

Hubo que darles nuevo encaje. La Iglesia trató de encontrar la fórmula y consiguió

su inserción. Sin embargo, el precio a pagar fue el de una grieta más en el orden

trifuncional. El orden de los pauperes comenzaba a entrar en ebullición y amenazaba

con poner en riesgo el propio sistema feudal.

61
FLORI, J., L’idéologie du glaive: Préhistoire de la chavalerie, Droz, Ginebra, 1983

66
CAPÍTULO SÉPTIMO
LOS PAUPERES: ESOS INVISIBLES

1.7.1 La vida de los pauperes…, esos invisibles.

Son los grandes olvidados. En realidad, son los verdaderos protagonistas pero como

no ganan en las batallas ni hacen milagros no se escribe de ellos ni sobre ellos. De

los pauperes en general y, dentro de ellos, de las mujeres en particular existe poca

constancia. La mayor parte de sus trabajos, en el mundo rural, tiene que ver con la

agricultura. La vida diaria ordinaria de las gentes está pautada según los tiempos

naturales agrícolas que rememoran las divinidades paganas y que la Iglesia

cristianiza.

Al hacerse presente la iglesia en la sociedad occidental como ideología y

cosmovisión presentará las credenciales de propiedad del tiempo: El tiempo

pertenece a Dios. Cada domingo tiene su propia liturgia. Cada día su propio santo.

Y al igual que en el campo tratará de hacerlo en las ciudades que van proliferando y

creciendo a partir del siglo XI. En principio, en ellas, la medida del tiempo seguirá

siendo rural, agrícola porque, si bien, el tiempo pertenece a Dios, lo gestionan los

poderosos.

67
Pero el trabajo en las ciudades poco o nada tiene que ver con las labores del mundo

rural. Con el paso de las décadas, el trabajo productivo y el comercial van a ir

modificando la forma de percibir y de vivir el tiempo. Ya no va a ser el tiempo

natural de las campanas el que marque el ritmo laboral sino que va a ser el tiempo

laboral urbano el que acabe exigiendo otra medición. El tiempo va dejando de ser

patrimonio divino y poco a poco se irá haciendo laico.

1.7.2 Los pauperes en ebullición.

Entre el siglo XI y el XIII el orden de los laboratores va a entrar en ebullición. En

primer lugar se producirá el cambio de una economía casi exclusivamente rural y de

subsistencia a una economía en la que continúe la producción rural y se incorpore la

actividad productiva urbana. Esta productividad paralela rural-urbana va a despertar

el declinar de la economía natural. Al socaire de un notable crecimiento demográfico

y una evolución de las técnicas de labranza, el mundo rural va a ir aumentando los

espacios de cultivo que harán que crezca la producción generando excedentes que

van a ser destinados al comercio.

68
En la ciudad, el incesante crecimiento urbano, por el flujo constante de gentes que

como aventureros o mano de obra sobrante llegan del campo a la ciudad, hace que

sectores como el de la construcción, se desarrollen ofreciendo mano de obra y

espacios de habitabilidad. Así mismo, se producen avances importantes en el ámbito

textil tanto en la evolución de las técnicas de producción como en la calidad del

producto final. Un buen ejemplo es el que supuso el paso del viejo sistema vertical

a la técnica de tejer en un telar horizontal que hizo posible el aumento de la

productividad, así como la obtención de un producto final de mayor calidad y

belleza62.

1.7.3 Evolución del mundo laboral.

El aumento del trabajo, como señala Le Goff, provoca el sentimiento positivo de que

la productividad crece con el trabajo. Además, una mayor producción va a

evolucionar de forma pareja con la racionalización del sistema productivo y, éste, a

su vez, con la especialización artesanal.

62
WHITE, L.T., Medieval Technology and Social Change, Oxford University Press, Oxford, 1962.

69
En la ciudad, los artesanos van a ir, progresivamente, asociándose en “gremios”.

Pero no olvidemos que en el orden querido por Dios, toda institución de nueva planta

tiene que formar parte de orden trifuncional y, los gremios, como nuevo sistema de

ordenación del trabajo, necesitaban esa incardinación. Así pues, la Iglesia los

incorporó en el orden de los pauperes estructurándolos jerárquicamente bajo el

nombre de cofradías. Pero no todos los pauperes tenían trabajo en el campo o algún

nivel de oficio en la ciudad, eran los miserables, los desheredados, los parias…

Algunos de entre ellos, que no tienen un oficio fijo ni cualificación y que se resisten

a la marginación, en principio ofrecen su fuerza de trabajo en el mercado al igual

que se ofrecen las verduras para la venta. Un día, con suerte, trabajarán, otros, con

menos fortuna, no lo harán. La mayor parte de estas gentes acabarán integrando el

sector de los delincuentes, de los criminales, de la marginalidad. A otra pequeña

parte, de pillos, aventureros y truhanes, la diosa fortuna les deparará un futuro

inesperado.

70
1.7.4 Preocupación por el movimiento, desconcierto ante la
diversidad.

La preocupación de la Iglesia fue la de la preservación de la unidad y de la cohesión

de la cristiandad como ideología y ordenación tridimensional. Todo lo que atentara

al orden querido por Dios, en el orden de los oratores como el de los bellatores al

igual que en el de los pauperes, trató de cortarse de raíz. De esa manera, las

cruzadas63, la persecución de las herejías, la lucha de las investiduras… se pueden

enmarcar en los intentos por el mantenimiento del orden tridimensional para los que

no escatimó ni en medios ni en tergiversación de fines. Manejó el discurso

manipulador que calaba como fina lluvia en la sensibilidad de gentes ignorantes,

prometió el cielo, la tierra y todo lo susceptible de ser prometido, perdonó todo lo

perdonable y lo imperdonable, pintó de color azul lo que solo era sangre y barbarie…

Pero ni la guerra, ni las torturas, ni los milagros, ni la Inquisición, ni la

Excomunión… podían ya frenar la deriva de una ideología acosada y acorralada por

la diversidad.

En esta sociedad rota por las contradicciones surgidas en los diferentes órdenes a lo

largo del tiempo, se suma la emergencia de la diversidad en el orden de los pauperes.

63
Sobre las Cruzadas, es de interés SETTON K. M, (ed.), A History of the Crusades, (6 vol.),
University of Pennsylvania, Philadelphia, 1955-1989.

71
Son muchas las autoridades eclesiásticas que tratan de buscar soluciones al

desorden: Los papas Gregorio VII y Urbano II, los monjes Bernardo de Claraval,

Bernardo de Chartres, Pedro el Venerable… De entre ellos, Juan de Salisbury, hacia

1160 intenta aún en el Polycraticus64 “salvar a unidad de la cristiandad la sociedad

laica cristiana comparándola con un cuerpo humano en el que las diversas categorías

profesionales constituyen los miembros y los órganos. El príncipe es la cabeza; los

consejeros el corazón; los jueces y los administradores provinciales los ojos, los

oídos y la lengua; los guerreros, las manos; los funcionarios de las finanzas, el

estómago y los intestinos; los campesinos, los pies”65

Parafraseando a Juan de Salisbury, la realidad es que los pies comenzaban a andar

desoyendo el mandato de los diferentes órganos del cuerpo.

64
Recomiendo la edición de WEBB, C.C.J., Politicarius de Juan de Salisbury, 2v., Oxford,
1909.
65
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 240.

72
CAPÍTULO OCTAVO
LA GRAN “CASI INEXISTENTE”

1.8.1 La mujer en esta sociedad medieval.

Si acudimos a las fuentes escritas, la mujer, es la gran casi inexistente. El mundo

medieval era un mundo de hombres, de virilidad y de fuerza bruta. En ese escenario

no había lugar para un género que no posee esas “virtudes”. Pero el que

permanecieran silentes, eso no quiere decir que su protagonismo en los cambios

sociales haya sido inexistente. Bien es verdad que las pocas veces que ellas han

aparecido, en la mayoría de ellas, se les ha vinculado con el mal: como instigadoras

en las herejías, como instrumento en las tentaciones de Satanás, como responsables

de la relajación de las costumbres, como símbolo de la traición, como sujetos de

lujuria y la prostitución, como inductoras al pecado… Ellas, sin duda, han sufrido

el estigma de Eva. La Biblia ha presentado a Eva como la responsable del pecado

original, de la condena de Adán y por ende de toda la Humanidad. Por su parte, Pablo

de Tarso, ha contribuido a perpetuar la imagen secundaria y dependiente de la mujer

al afirmar que “la cabeza de la mujer es el hombre”66. Además, esta misma línea

siguieron los llamados Padres de la Iglesia, en especial Agustín de Hipona e, incluso,

durante, el medievo, el propio Tomás de Aquino. En esencia era el sagrado principio

66
PABLO DE TARSO, 1 Corintios, 11, 3.

73
de la jerarquía el que estaba en juego. ¡Era la piedra angular de la doctrina de la

Iglesia! Y, por tanto, no olvidemos que constituía la columna vertebral del

imaginario colectivo de la era medieval.

1.8.2 ¿Tuvo la mujer algún protagonismo?

Pero, a pesar de todo eso, creo que una cosa es la conciencia colectiva que se resiste

a evolucionar y otra diferente es la realidad social en movimiento. ¿Quién actúa

sobre quién? ¿Es la estructura la que acciona sobre la superestructura o viceversa?

Cuando los modelos ideales que conforman la superestructura comienzan a dejar de

producir su efecto es porque nuevas formas de comportamiento se van imponiendo

creando, a su vez, otra nueva superestructura. Una cosa es que la doctrina de la

Iglesia relegase a la mujer a un papel secundario y limitara sus expectativas al ámbito

de lo privado y otra, lo que en verdad ocurrió. La mujer trabajó en las tareas agrícolas

en el mundo rural en la siega, en la vendimia, en general en las tareas de recolección.

Dice Le Goff que “la mujer campesina es casi, por lo que se refiere al trabajo, la

equivalente, si no la igual del hombre”67 Trabajó, igualmente, en las ciudades.

Cuando se fue materializando la división del trabajo, simultaneó las labores de la

67
LE GOFF, J., La civilización del occidente medieval, p. 256. En lo que respecta a Inglaterra y si
existió o no una “edad de oro” de la mujer campesina, BENNETT, J. M., Women in the Medieval
English Countryside: Gender and Household in Brigstock Before the Plague, New York, Oxford
University Press, 1987, sostiene que se trata de una visión optimista pero poco realista.

74
casa con trabajos relacionados con el ámbito textil, como tejer, hilar, tricotar, coser,

bordar, planchar, remendar… y, más específicamente con los que tienen que ver con

el trabajo especializado de la seda68.

Tienen toda la razón las historiadoras feministas cuando afirman que “la historia

humana estará incompleta mientras no incluya la forma en que las mujeres han

contribuido a construir la sociedad a través del género”69.

Ahora, el cincuenta por ciento de la humanidad silente comenzaba a mostrar signos

de existencia. Silenciosa y sumisamente había participado en el importante

crecimiento demográfico que estaba en el origen de la creación y consolidación de

las ciudades, y, por ende del nuevo sistema productivo. Ahora se presentaba como

agente activo en la cada vez más evidente división del trabajo en el medio urbano

por efecto de la especialización de las labores. ¿No supone esto una auténtica

revolución en el orden de los pauperes?

68
DALE, M. K., “The London Silkwomen of the Fifteenth Century”, en Economic History Review,
4, 1933, págs. 324-335, se refiere a las trabajadoras de la seda en la Alta Edad Media como gremio
organizado.
69
Ver, por ejemplo, WALKER BYNUM, C., Jesus as Mother: Studies of the High Middle Ages,
University of California Press, Berkeley and Los Ángeles, 1982.

75
¡Había comenzado una verdadera revolución silenciosa! Y la Iglesia, siempre alerta

a los movimientos que suponen riesgo para el orden trifuncional, reacciona. Ella

siempre ha elaborado modelos de conducta. Cristo, la Virgen María, los santos, cada

cual, según su condición, constituyen vidas ejemplares en las que, a modo de espejo,

el cristiano debe verse e imitar. En este caso es la Virgen quien sale al paso de la

mujer que comienza a hacerse visible. Ella deja de ser la Entronizada señora de la

nobleza medieval y se presenta, ahora, como doncella más cercana, más piadosa,

más íntima, con femenina gracia. Ella va a ser el referente espiritual femenino de la

mujer de las clases populares. Coincidiendo con la aparición de las órdenes

mendicantes que traen de su mano la versión de un Dios próvido, en un clima de

“democratización” religiosa, una Virgen María familiar, próxima, accesible

encarnará el perfil ideal de mujer. Nace la religiosidad popular.

76
CAPÍTULO NOVENO
UN DIAGNÓSTICO DE LA SITUACIÓN

1.9.1 Un diagnóstico de la situación del orden tridimensional.

De manera sumaria podría decirse que el orden tridimensional en su conjunto a duras

penas conseguía mantener un imaginario colectivo coherente y uniforme.

En el orden de los oratores la dialéctica entre las formas de entender el monacato.

Los efectos perversos del auri sacra fammes. La erosión sobre el dogma que estaban

produciendo las herejías. La subversión de valores esenciales que supuso la

legitimación de las órdenes militares de cruzados. El mercadeo al que se sometió,

con el orden de los bellatores como contraparte, al poder de investir en la crisis de

las Investiduras. Los métodos inhumanos de represión como la excomunión, la

Inquisición… Todo ello contribuía lenta e imperceptiblemente al descrédito

creciente de la institución que había nacido como la antesala del paraíso celeste.

77
1.9.2 ¿Y, en el orden de los bellatores?

Comenzaré aludiendo a algunos antecedentes: A comienzos del milenio, se había

producido un deterioro ya del poder real. En su lugar, había proliferado toda una

pléyade de señores feudales que, desde su castillo, dominaban sobre un determinado

territorio y que poseían su propia tropa de guerreros. Para obtener botines que

aumentasen su poder económico y ampliar los dominios a través de la conquista de

feudos colindantes, recurrían frecuentemente a las armas. En tal estado de cosas,

para evitar la disolución del poder real, las autoridades eclesiásticas aconsejaron al

rey Roberto II de Francia que estableciera la paz al estilo carolingio sobre juramentos

de obligado cumplimiento. Era ya demasiado tarde para aplicar esa solución. Y es

en ese momento cuando surge de la propuesta del orden trifuncional de Adalberón y

Gerardo.

Casi desde el momento de la formulación de la propuesta y más concretamente desde

la conquista de Inglaterra por parte de los normandos hasta mediados del siglo XV,

la caballería va a vivir su época de mayor esplendor. Las gentes que van a componer

la caballería proceden de los pauperes que, mediante la especialización, devienen

servidores armados mantenidos en el castillo. De esta manera se distancian de la

gente anónima que trabaja en el campo y tienen la oportunidad de tomar contacto

78
con la aristocracia a la que sirven como milicia y converger en una misma forma

militar de pensar. Con el tiempo, las distancias entre la caballería y la nobleza se irán

reduciendo hasta el punto de que, a partir de 1.175, todos los caballeros usan ya el

título de señor (dominus) al igual que desde siglos atrás venían haciéndolo quienes

detentaban un poder por delegación de Dios, esto es, el rey, los obispos y los condes.

A la caballería, ahora se va a acceder mediante una unción, un rito eclesial Esto es

mediante una ordenación, el caballero, va a pasar a integrar el orden de los

bellatores. Pero en el fondo, las gentes que lo van a conformar proceden del pueblo

llano, de los pauperes. Los valores que esta gente profesa no son los mismos que la

divinidad había asignado al orden en la que encajaba la nobleza. ¿No es ésta una

revolución, contra el principio de la jerarquía, en el orden de los bellatores?

Asumiendo la contradicción, la asimilación, una vez más fue el método que la Iglesia

aplicó para tratar de controlar un movimiento de calado, en el interior del orden

tridimensional, que se le escapaba de las manos.

79
1.9.3 ¿Y en el orden de los pauperes?

En realidad, cuando las contradicciones internas en el orden de los oratores y en el

de los bellatores había encontrado su punto de ebullición, en el orden de los

pauperes, donde la Iglesia siempre trabajó de manera denodada para que cada cual

aceptase el destino asignado por Dios, es donde se está encendiendo la mecha que

acabará en la explosión del orden tridimensional.

80
.
SEGUNDA PARTE
DEL CAMPO A LA CIUDAD

81
CAPÍTULO PRIMERO
DE LA ECONOMÍA RURAL A LA ECONOMÍA COMERCIAL

2.1.1 La explosión definitiva del orden de las tres funciones.

Sin lugar a duda, ¡el comerciante! En la sociedad medieval el mercader ha llegado

a poseer su propio estatuto y su función singular. Sin embargo, nunca formó parte

del lugar reservado al monje, al guerrero y al trabajador del campo en el orden

trifuncional ¿A qué se debió su ausencia? Cuando en torno al año 1025 los obispos

Adalberón y Gerardo, dando por superada la versión binaria del papa Gelasio I 70,

proclaman el orden de las tres funciones71, la Europa continental era un territorio

eminentemente agrícola y rural. No se puede decir que no existiese comercio, pero

70
Carta del papa Gelasio I al rey Anastasio I (año 494): “Hay en verdad, agustísimo emperador,
dos poderes por los cuales este mundo es particularmente gobernado: la sagrada autoridad de los
papas y el poder real. De ellos el poder sacerdotal es tanto más importante cuanto que tiene que
dar cuenta de los mismos reyes de los hombres ante el tribunal divino”.
71
DUBY, G., Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo. Taurus, Madrid, 1992, págs. 100 y
101. A las funciones de orar (oratores) y luchar (bellatores), los obispos Adalberón de Laón y
Gerardo de Cambray añaden “la tercera función: “la labor”. Una palabra triste que evoca el sudor,
la aflicción, la miseria, que evoca la explotación. Cumplen esta función aquellos que están
obligados por naturaleza, porque su sangre no es la de los reyes y porque no han sido ordenado a
enajenar la fuerza de sus brazos al servicio de los otros. A los explotados no se les llama, con
razón, o campesinos o “esclavos”. El añadido de una tercera función surge del principio de la
desigualdad necesaria. Por esta razón, el esquema trifuncional aparece al comienzo o al final de
un discurso sobre la sumisión y sobre la estructura de una sociedad, en la que en su parte más
elevada reina la perfección y la más baja se arrastra en el pecado. El carácter triple nace de una
conjunción de las diferencias que instauran al mismo tiempo el ordo -existen sacerdotes y los que
no lo son- y la naturaleza -hay nobles y hay siervos-.”

82
sí afirmar que dicha actividad era poco relevante. Se trataba de una sociedad cerrada,

inmóvil en la que las funciones complementarias de los que oran, de los que batallan

con las armas y de los que trabajan en el campo han sido distribuidas por Dios según

una dispensatio oculta y todas ellas, convergen hacia un mismo fin: la salvación

eterna.

2.1.2 El comerciante un extraño en la sociedad medieval.

El mercader resulta un extraño en el universo ordenado de las tres funciones. No

cabe dentro del orden de los oratores porque no es hombre del clero; tampoco en el

de los bellatores porque su trabajo no consiste en empuñar las armas para lograr la

paz; y, menos en el de los pauperes del que, en la mayor parte de los casos, el futuro

mercader, habría huido para conseguir la libertad. ¿Cabría, quizás, crear una nueva

ordenación general con un cuarto orden, esto es, el imaginario de las cuatro

funciones? A decir verdad, la Iglesia lo intentó, pero por muchos esfuerzos que

hicieran sus Doctores, no encontraron la forma y, al fin, tras años…, siglos de

reflexión tuvieron que rendirse. ¿Cómo podía encajar en Plan de la Providencia (una

de cuyas máximas es “…, haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio”), un

nuevo orden cuyo perfil profesional tiene como fin el lucro? ¿Cómo podía hacerse

compatible con la economía natural una profesión que abría las puertas, de par en

83
par, a la economía monetaria como facilitadora de la acumulación? ¿Era posible

integrar en un orden asentado sobre el principio sagrado de la jerarquía, otro que

anunciaba ya los primeros balbuceos de la democratización? ¿Cómo sintonizar una

concepción del mundo y de la vida concebida bajo la lógica silogística con otra que

poco a poco, alumbraba la racionalidad matemática abstracta?

2.1.3 La economía comercial suplanta a la economía rural.

Durante los siglos XI y XII el desarrollo económico en general va a estar

condicionado por tres elementos: el crecimiento demográfico72, la movilidad de las

personas73 y los importantes avances técnicos. Los dos primeros van a dinamizar la

72
CHAUNU, P., Historia, Ciencia Social. La duración, el espacio y el hombre en la época
moderna, ed. Encuentro, Madrid, 1985, p. 317, dice: “la Cristiandad latina iba tomando cuerpo y
también densidad, tanto desde el punto de vista demográfico como del tecnológico. Se trataba de
cincuenta millones de personas sobre algo más de un millón y medio de Kilómetros cuadrados. El
siglo XIII, dentro de la cristiandad latina occidental fue la centuria de los éxitos”. Para profundizar
más en la cuestión demográfica de la Cristiandad, ver: RUSSELL, J. C., Late Ancient and Medieval
Population (Transactions of the American Philosophical Society, New Series, Vol. XLVIII, Part
3.) The American Philosophical Society, 1958.
73
BOUTRUCHE, R., Seigneurie et féodalité. L’apogée XI -XIII siècles, Aubier, éd. Montaigne,
1968, p. 13, dice:“Existen relaciones entre el aumento poblacional y los hechos que estimularon
la multiplicación de los lugares habitados. Señalaremos dos de ellas: los cambios introducidos en
la estructura familiar y las unidades de explotación, pues las comunidades patriarcales eran
abandonadas por parejas atraídas hacia tierras vírgenes donde se preferían las pequeñas células
agrarias a los mansos; y las migraciones en pequeña escala o a grandes distancias. Seducidos por
la promesa de tierras, franquicias o contratos generosos, habitantes de Saintange y el Périgord y
gentes del noroeste y sudoeste de Francia se trasladan al Entre-Deux-Mers de Burdeos;
dependientes de los monasterios de Saint-Dié y Remiremont se esparcen a través de los Vosgos;
colonos cristianos, llegados de Gascuña, se instalan en el norte de la península Ibérica; a Italia
septentrional y el este de Alemania, también se benefician con aportes del exterior. Antes de la

84
economía del mundo rural y el último, como resultado de la incapacidad del campo

de absorber toda la mano de obra existente, dará origen al desarrollo de la economía

comercial74. Es cierto que hubo una importante ampliación de los terrenos

cultivables y una mejora en su preparación de los suelos. También es verdad que, la

Edad Media no fue una época de invenciones importantes75 y, desde luego, nada

particularmente creativo se produjo en el ámbito de la agricultura. No obstante,

tuvieron lugar mejoras en la utilización de los utensilios de labranza así como en la

adecuación de los animales de tiro para un mayor rendimiento productivo. Todo ello

redundó en un aumento de la producción media agrícola en el que, además, no

podemos desdeñar el impacto positivo que tuvo una climatología benéfica76.

fundación de Lübeck, un conde de Holstein “envió mensajeros a todas las regiones: Flandes,
Holanda, Utrecht, Westfalia y Frisia, para que quienes sufrían por la falta de tierras acudiesen con
sus familias y recibieran una tierra excelente, una tierra vasta, rica en frutos, rebosante de peces y
carnes, y favorable al pastoreo… Acudió a esta llamada una multitud innumerable, proveniente de
diversas naciones, que se abalanzó hacia las tierras prometidas”.
74
Sobre la cuestión, véase: LÓPEZ, R. S., La revolución comercial en la Edad Media, El Albir,
Barcelona, 1982.

75
Véase BLOCH, M, “Les inventions médiévales” Annales, E.S.C., 1935.
76
CONTAMINE, Ph. y otros, La economía medieval, p. 137, dice: “Se ha podido demostrar que
Occidente conoció un fuerte crecimiento biológico desde el siglo VIII, acelerándose éste en el
siglo X y hasta el siglo XII. Se conoce también su alcance: cosechas algo más ricas, un incremento
de la producción, una producción más numerosa”. En este mismo sentido se manifiesta FOSSIER,
R., Paysans d’occident (XI-XIV siècles), Presses Universitaires, Paris, 1984, p. 16., diciendo: “una
etapa de una fase climática óptima para las especies vegetales y animales que nutren al hombre”.

85
2.1.4 De la producción agrícola: De la subsistencia al beneficio.

El paso de una producción agrícola para la subsistencia a una producción en la que,

a través de la exacción señorial77, resultan excedentes que se ponen en el mercado,

supone un paso importante en la economía: Del intercambio de productos agrícolas,

se pasa a la compraventa78 y, esto, a su vez, va a provocar un notable aumento de la

circulación monetaria79. Finalmente, los cereales y la viticultura, que dan origen al

pan y al vino (las dos especies eucarísticas) van a ser, curiosamente, los

77
EPSTEIN, S. Rr., “Rodney Hilton, Marxism and the Transition From Feudalism to Capitalism”,
Working Papers, nº 94/06, Cambridge UP 2007, págs. 21 y 22, dice: “Los señores feudales (que
incluían a las élites gobernantes en ciudades con prerrogativas jurisdiccionales sobre el interior)
extrajo un excedente agrícola del campesinado a través de leyes descentralizadas compulsión
respaldada por una amenaza militar; el excedente se percibió directamente como renta en efectivo
especie o trabajo, e indirectamente a través de impuestos, gravámenes sobre comercio y provisión
de justicia. Aunque la participación relativa de los ingresos de diferentes fuentes varió en el tiempo
y en el espacio, la participación de los derechos de jurisdicción (que a veces también incluía trabajo
obligatorio, servicios) siempre fue sustancial. La principal amenaza para el feudalismo no provino
del comercio, hasta cierto punto, el feudalismo prosperó con el comercio”.
78
DUBY, G., Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea, 500-1200,
Siglo XXI, Madrid, 2009, p. 288, dice: “De hecho, los documentos procedentes de los archivos
monásticos ponen de manifiesto dos actitudes económicas predominantes. En primer lugar, el
profundo enraizamiento de la economía doméstica en la explotación directa del patrimonio
territorial; por otro lado, y esto parece ser una característica del siglo XII, la habituación a comprar,
vender, prestar, endeudarse, la inserción más o menos rápida, más o menos avanzada de una
economía basada en la posesión de la tierra, en el movimiento monetario, un movimiento que llega
a ser suficientemente acusado como para perturbar los servicios tradicionales de intercambio de
bienes y servicios. Parece que estas dos actitudes fueron comunes a todos los señores del siglo XII,
según demuestra el análisis de los ingresos que obtenían, de una parte, de sus derechos sobre la
tierra, de otra de su poder sobre los hombres”.
79
Ver, SPUFFORD, P., Money and its Use in Medieval University Press, Cambridge, 1988.

86
transformadores del paisaje rural del mundo cristiano y, a su vez los protagonistas

del importante incremento del comercio de los productos del campo80.

A partir de este momento, la producción agrícola va a compartir espacio con los

paños, las telas de lana, lino, algodón…, procedentes de Flandes e Italia en los

mercados locales y en las ferias que tendrán lugar al socaire del desarrollo del nuevo

fenómeno urbano.

2.1.5 La economía comercial y elementos que la posibilitaron.

Entre quienes se ocupan de la historia del medievo existe controversia sobre la

relación entre la importancia de la producción agraria y el consiguiente surgimiento

de los mercados locales y la explosión del desarrollo urbano. H. Pirenne, por

ejemplo, no ve que exista relación entre los excedentes de producción que dieron

origen a una nueva economía agrícola y el renacer urbanístico81. Por su parte Ph.

80
DUBY, G., Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea, 500-1200,
Siglo XXI, Madrid, 2009, p. 309, dice: “A comienzos del siglo XI, la salida del artesanado urbano
fuera de un marco primitivo señorial y servil era muy clara, según lo prueban las tarifas de peaje.
La de Arras muestra la mayor parte de los objetos vendidos, por los artesanos de la ciudad, eran
alimentos preparados. De hecho, parece seguro que los oficios de alimentación, la panadería y la
carnicería fueron los primeros en abrir el camino de la expansión”.

81
PIRENNE, H., Historia económica y social de la Edad Media, Fondo de Cultura Económica,
México, 1975, págs. 39 y 40, dice: La actividad comercial y la industrial, que hasta entonces habían
sido únicamente las ocupaciones casuales o intermitentes de los agentes del señorío, cuya

87
Contamine y sus colegas investigadores sostienen que “el desarrollo urbano procede

efectivamente de un estrechamiento de lazos entre el campo y la ciudad.”82

De cualquier manera, tenga razón H. Pirenne o se la atribuyamos a Ph. Contamine y

sus compañeros, no fue solamente el excedente de la producción agrícola la que

pudiera haber determinado la explosión urbanística tanto en cantidad de ciudades

como en el número de habitantes por urbe. Existieron otros factores tales como la

ubicación del artesanado, el establecimiento de la realeza con su corte, una gran

concentración de población en una región, la situación estratégica en uno de los

grandes itinerarios comerciales, una buena localización portuaria para el tráfico

existencia aseguraban los latifundistas que los empleaban, se convierten ahora en profesiones
independientes. Las personas que las ejercen son indudablemente “hombres nuevos”. Se ha
tratado, hace mucho, de establecer una relación entre éstos y los siervos que trabajan en los telares
domésticos de las “cortes” señoriales o los siervos encargados, en tiempo de hambre, del
abastecimiento del señorío, y en tiempo de abundancia, de vender a otras regiones el excedente de
su producción. Ni los textos ni la verosimilitud permiten creer en semejante evolución. Sin duda,
los señores territoriales conservaron durante algún tiempo, en las nacientes villas, prerrogativas
económicas, como la obligación impuesta a la burguesía de emplear sus hornos o sus molinos,
como el monopolio de la venta de su vino durante unos días después de la vendimia, o aún ciertas
prestaciones exigidas a los gremios artesanos. Pero las supervivencias locales de esos derechos no
comprueban el origen señorial de la economía. Lo que se observa en todas partes, al contrario, es
que dicha economía se manifiesta siempre en un medio en que existe libertad”. Como ejemplo de
trayectoria seguida por un producto, por ejemplo, el vino, es de interés consultar DION, R.,
Histoire de la vigne et du vín en France, des origines au XIX siécle, Paris, 1959.
82
CONTAMINE, Ph. y otros, La economía medieval, p. 171, abundando en la idea, el autor dice:
“Como se ha demostrado en el caso de Flandes, de la existencia de una red bastante tupida de
mercados rurales y de la de un poblamiento regional denso. Allí donde es más precoz y más activa
-Flandes, noreste de Francia, norte de Italia- esta red de mercados rurales se integra en el entramado
de los ricos terrazgos agrícolas que, a su vez, constituyen el final de etapa para algunos de los
itinerarios comerciales”.

88
marítimo, las condiciones de la zona para garantizar la seguridad… que por sí solos

o en conjunto, podrían explicar el desarrollo urbano de los siglos XI, XII y XIII.

De todas formas, la pregunta que en las primeras décadas del siglo XX se planteaba

H. Pirenne no ha tenido una respuesta concluyente: ¿Cómo se puede explicar que,

dentro de una sociedad exclusivamente rural, en la que la servidumbre es la

condición normal del pueblo, se haya podido formar una clase de mercaderes y de

artesanos libres?83

2.1.6 El efecto de las invasiones árabes sobre el comercio.

Es incuestionable que las invasiones árabes supusieron un daño incalculable para el

comercio occidental. Al caer el Mediterráneo bajo el dominio musulmán, como dice

Ibn Jaldún Al “hasta el madero más pequeño, que flota en el mar, pertenece al Islam.

En el Mediterráneo no flota una tabla cristiana”. Quizás resulte exagerada la

afirmación del cronista musulmán con la que coincide el historiador H. Pirenne al

afirmar que el tráfico, que existía con anterioridad a la invasión, se paralizó 84. De

83
PIRENNE, H., Historia económica y social de la Edad Media, Fondo de Cultura Económica,
México, 1975, pág. 40. Ver, igualmente, WOLFF, Ph., MAURO, F., L’âge de l’artisanat, V-XIII
siécle. Histoire générale du travail, Paris, 1960.
84
PIRENNE, H., Historia económica y social de la Edad Media, Fondo de Cultura Económica,
México, 1975, págs. 9 y 10, dice: “Fue precisa la brusca irrupción del Islam en la Historia, durante

89
cualquier manera, existen evidencias de que, siguió existiendo comercio a un perfil

mucho más bajo y que, en la medida en que los árabes iban perdiendo posiciones y

desplazándose hacia las costas sureñas del Mare Nostrum, el tráfico comercial se

fue poco a poco normalizando.

Ya en el siglo XI, los países del Occidente cristiano comienzan a reabrir las rutas del

comercio marítimo internacional85.

el siglo VII, y su conquista de las costas orientales, meridionales y occidentales del gran lago
europeo, para colocar a éste en una situación completamente nueva, cuyas consecuencias debían
influir en todo el curso ulterior de la historia. En lo sucesivo, en lugar de seguir siendo el vínculo
milenario que había sido hasta entonces entre el Oriente y el Occidente, EL Mediterráneo se
convirtió en barrera. Si bien el Imperio bizantino, gracias a su flota de guerra, logra rechazar la
ofensiva musulmana del mar Egeo, del Adriático y de las costas meridionales de Italia, en cambio
todo el Mar Tirreno queda en poder de los sarracenos. Por África y España, lo envuelven al sur y
al Oeste, al mismo tiempo que la posesión de las islas Baleares, de Córcega, Cerdeña y Sicilia, les
proporciona bases navales que vienen a afianzar sobre él su dominio. A partir del siglo VIII, el
comercio europeo está condenado a desaparecer en ese amplio cuadrilátero marítimo”.
85
PIRENNE, H., Historia económica y social de la Edad Media, Fondo de Cultura Económica,
México, 1975, pág. 29, se expresa en estos términos: “El dominio del Islam sobre las aguas del
Mediterráneo ha terminado. Los cristianos han arrebatado a los infieles las islas cuya posesión
garantizaba la supremacía del mar: Cerdeña en 1022; Córcega en 1091, Sicilia 1058-1090”.

90
CAPÍTULO SEGUNDO
EL MAPA DE LAS INFRAESTRUCTURAS PARA EL
COMERCIO

2.2.1 Cambio del mapa de las infraestructuras.

¡Evidentemente! El paso, de una economía esencialmente de subsistencia a una

economía comercial de beneficio, conllevó necesariamente un cambio radical en los

transportes de mercaderías y, por ende, en las infraestructuras viarias. La economía

natural no había requerido de grandes vías de comunicación puesto que, para

alimentar los mercados locales, simplemente, se necesitaban los caminos vecinales,

costumbres similares al derecho de la servidumbre de paso o las autorizaciones de

acceso y tránsito realizadas entre vecinos o con los forasteros ocasionales. El

panorama se modifica cuando, algunos de estos mercados, por múltiples razones y,

de manera especial, por su ubicación estratégica con respecto a los lugares de

producción y, especialmente, a los núcleos poblacionales de potenciales clientes,

crecen y se convierten en mercados intermediarios, en nodos esenciales de la red en

la que circulan las mercancías.

Los comienzos del tráfico mercantil los podemos imaginar al igual que lo hacen la

mayor parte de los autores. Al existir pocas fuentes escritas sobre la cuestión, es

91
lícito pensar que se aprovecharon, allí donde existían, las antiguas calzadas romanas

y, donde no existía camino, como afirma el poeta, “se hizo camino al andar”. De ahí

que, en sintonía con J. Le Goff, digamos que <<los caminos medievales a través de

campos y de colinas, no son otra cosa que “el lugar por donde se pasa” >>86.

Poco a poco, de manera lenta, estos lugares de paso, por efecto del uso de las

personas y los animales de carga, se fueron convirtiendo en caminos transitables que

unían ciudades, pueblos, aldeas y ríos. Esta elemental infraestructura requirió una

mejora y acondicionamiento constante. De ahí que en aquellos lugares de difícil

acceso se hizo necesaria la construcción de puentes, pasadizos, vados…, que, en la

mayoría de los casos, en principio, fueron costeados por los feudos, los señoríos, las

ciudades, los monasterios, los burgos, en los que se situaba el terreno transitable.

Más tarde estas construcciones, se convirtieron en fuente de ingresos al exigir, sus

propietarios o sus autoridades, el impuesto de tráfico o el peaje87 por la autorización

de tránsito. Tampoco debemos olvidar que no fueron pocos los casos en los que

86
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, Eudeba, Buenos Aires, 1982, p, 17.
87
CONTAMINE, Ph. y otros, La economía medieval, pág. 177, dice: “La multiplicación de los peajes
acontecida entre los últimos años del siglo XI y durante la primera mitad del siglo XII especialmente en
Francia, es un buen testimonio de la mejora de las vías de navegación y del desarrollo de la circulación”.

92
fueron, los propios mercaderes, quienes financiaron la construcción de pasos que

agilizaron y facilitaron el tráfico88.

2.2.2 La habilitación de las vías fluviales.

La habilitación de las vías fluviales no fue el paso siguiente, sino que, este había

tenido lugar con anterioridad al desarrollo de las vías terrestres. La utilización de las

vías fluviales se había generalizado durante los siglos VII y VIII de una manera

especial en los ríos que desembocaban en el norte de Europa. Si bien, en ese tiempo,

el tráfico mercantil sufría una casi parálisis en las riberas del Mediterráneo, en los

mares del norte y en los ríos que en ellos confluían, continuó la actividad. Ciudades

como Londres, Domburg, Quentovic, Hamwich, Dorestad…, eran visitadas

continuamente por frisones, francos, escandinavos, vikingos, anglosajones… Más

tarde, la conquista de Inglaterra por los normandos amplió el espacio de navegación

e impulsó el tráfico mercantil para, finalmente acabar estableciéndose un importante

88
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p.18 pone como ejemplo el puente
del monte Gotardo diciendo: “Pero a veces se construye “a expensas de los usuarios”, de los
propios mercaderes, como fue el caso del puente colgante -el primero de su género- del Gotardo,
el cual, en 1237, abrió el camino más corto entre Italia y Alemania. Sobre las rutas de Europa en
la Edad Media, ver: BAUTIER, R. H., “Recherches sur les rutes de l’Europe médiévale, 1, Bulletin
philologique et historique (jusqu’á 1610), Anné 1960 (1961), págs. 99-143.

93
flujo comercial con el Oriente a través del mar Báltico que se convirtió en “el

Mediterráneo del norte”.

Respecto de la actividad comercial en los ríos que arrojaban sus aguas al

Mediterráneo y su casi paralización durante los siglos VII y VIII, existen

fundamentalmente dos teorías que tratan de explicarla. Por un lado, la famosa teoría

de H. Pirenne que sostiene que fue la invasión la conquista musulmana del

Mediterráneo la que produjo su paralización. Por otra, Ph, Contamine y sus colegas

afirman que fue “la peste, una peste maligna llegada de Oriente a finales del siglo

VI y que devastó sobre todo los puertos y las ciudades de la Europa meridional” 89.

Sea una u otra o, quizás, las dos las causas del colapso del tráfico mercantil en el

Mediterráneo cristiano, lo cierto es que, mientras se desarrollaba el transporte de

mercancías por los ríos navegables y los mares del norte de Europa, el tráfico en los

ríos Po y Ródano solo se activará avanzado el siglo XI. Este último prolongado por

las aguas del Mosa (rio franco-belga-holandés) y del Mosela (rio franco alemán que,

en un tramo corto, hace frontera con Luxemburgo) y las aportaciones del Sena por

el oeste y el Rin y el Danubio por el sur de la Europa central se convertirá en el “gran

eje del comercio norte-sur”90.

89
CONTAMINE, Ph. y otros, La economía medieval, p.72.
90
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p. 19.

94
2.2.3 La navegación marítima en el Mediterráneo y el Atlántico.

En el Mediterráneo, la primacía musulmana comenzará a declinar entre finales del

siglo XI y mediados del siglo XII. Si bien es cierto que el comercio marítimo, como

hemos visto, no dejó de realizarse en ningún momento en los mares del norte, la

verdadera internacionalización del tráfico marítimo coincide con el fin el dominio

musulmán en el Mare Nostrum. Poco a poco, desde el Adriático y sus ciudades

costeras como Venecia, Bari, Amalfi… se fueron haciendo habituales las rutas

comerciales con Bizancio y el Oriente. Por el Tirreno, Génova, Salerno, Nápoles,

Pisa…, van a ir normalizando sus contactos con los puertos de la cuenca occidental

del Mediterráneo. El transporte marítimo apoyándose en el transporte fluvial,

durante los siglos XI y XII, se fue imponiendo sobre el transporte por tierra. Bien

es cierto que los obstáculos a los que tuvo que hacer frente el transporte por mar

fueron muchos y de muy diversa naturaleza. Al gran negocio paralelo de la piratería91

que introducía un elemento importante de riesgo de pérdida de la mercancía y de

peligro de todo tipo, se unía la poca capacidad de tonelaje de los navíos y su lentitud.

Con avances tecnológicos tales como la vela latina, el timón de codaste y la brújula

91
Para conocer el fenómeno de la piratería en el Mediterráneo es de interés, entre otros, ver:
MASIÁ DE ROS, A., Historia general de la piratería, ed. Mateu, Barcelona, 1959; UNALI, A.,
Marineros, piratas y corsarios catalanes en la baja Edad Media, ed. Renacimiento, Sevilla. 2007;
GIMÉNEZ SOLER, A., “El corso en el Mediterráneo”, Archivo de investigaciones Históricas, I
(Madrid, 1911); HEERS, J., Los berberiscos, Ariel, Barcelona, 2002.

95
en la navegación marítima “junto a los aportes orientales y extremo-orientales, hay

que hacer especial mención de los marinos y sabios vascos, catalanes y genoveses”92,

el siglo XIII se convertirá en el siglo de la revolución náutica.

2.2.4 Las infraestructuras facilitaron el cambio en la sociedad


medieval.

¡Evidentemente! La consolidación de las vías terrestres, fluviales y marítimas

supuso un cambio radical en la sociedad medieval. Una sociedad de condición rural

fue pasando a convertirse en una sociedad de impronta comercial alimentada no

solamente por los excedentes locales sino también, por las factorías belgas e

italianas. Con frecuencia, los medievalistas hacen referencia a la supremacía que

pronto adquirió el transporte por agua sobre el transporte por tierra estimando que

se debió a la mayor prontitud de la llegada de la carga a destino y la posibilidad de

transportar mayores volúmenes que hacía posible el abaratamiento de los costes. En

realidad, el hecho de que la navegación, como opción para el transporte de

mercancías pesadas de largo recorrido, creciese en detrimento de la utilización de

las vías terrestres es, sin duda relevante pero el valor e importancia del complejo vial

estaba en la propia red, esto es, en la complementariedad entre las diferentes vías: la

92
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, págs. 21 y 22.

96
marítima, la fluvial y la terrestre. En tanto se fue creando el entramado vial, los

incipientes mercados rurales dieron paso a mercados de grandes poblaciones como

Orleans, Messines, o Compiègne y, estos a su vez hacia mediados del siglo XII a las

grandes ferias internacionales. Así, por ejemplo, nacieron las ferias de Champaña

que se celebraban a lo largo del año en las ciudades de Lagny, Bar-sur-Aube, Troyes

y Provins y, más tarde, en los siglos XIV y XV las ferias de Ginebra93 y Francfort94.

Esta evolución del mercado, desde lo pequeño a lo macro, va a ser testigo de grandes

transformaciones: el sufrido traficante de los pies polvorientos acabó suplantado por

el acomodado mercader ubicado en sedes centrales que operaba a través de redes

asociadas; el comercio informal dio paso a un mayor control de las operaciones por

las autoridades locales; la inseguridad en el transporte se convirtió en una mayor

seguridad proporcionada por cuerpos de funcionarios creados para la función; la

falta de garantía legal en las transacciones cedió su lugar a una mayor seguridad

jurídica y protección normativa; la sociedad espontáneamente ordenada se fue

93
CONTAMINE, Ph. y otros, La economía medieval, p. 348, dice: “Citadas desde 1262,
reconocidas por el conde de Saboya en 1285 y muy frecuentadas por los mercaderes toscanos, las
cuatro ferias de Ginebra (enero, marzo o abril, agosto y noviembre) conocen un apogeo hacia 1450,
al tiempo que se precipita el declive de las ferias de Champaña y de Brie. El comercio minorista
se hacía en las calles gracias a instalaciones temporales, mientras que el comercio mayorista se
desarrollaba obligatoriamente en dos lonjas, la más antigua de madera (la de Friburgo) y la otra
(la de Francia) edificada en piedra durante el siglo XV”. Ver, igualmente, POSTAN, M.M., The
Medieval Economy and Society, Londres, 1972.
94
La feria de Francfort gozó de su mayor esplendor entre los siglos XIV y XV.

97
organizando con criterios jurídico-políticos. Todo ello trajo consigo, de una manera

general, el declinar de la informalidad y la aparición de brotes de formalidad, la

puesta en valor de la seguridad frente a la asumida, hasta entonces, inseguridad, el

desarrollo de derechos forales y mercantiles sobre la costumbre… En definitiva, los

primeros pasos de una racionalización, el cálculo y la burocratización en todos los

órdenes de la vida.

98
CAPÍTULO TERCERO
EL MERCADER Y SU INSERCIÓN SOCIAL

2.3.1 La cada vez mayor presencia social del mercader.

En la medida en la que trascurría el tiempo, el mercader itinerante, viajero

infatigable que visitaba continuamente las ferias con sus mercancías en las que se

relacionaba con compañeros de profesión, compradores de la propia ciudad y, en

muchos casos con los venidos de los lugares lejanos fue agente de transmisión de

noticias, de información en general. Podría decirse que el mercader viajero era una

especie de correo oral que dinamizaba con sus conversaciones y narraciones

informales la vida rutinaria de los lugares por los que transitaba. Con su llegada todo

comenzó a cambiar en los hábitos, en las costumbres, en el comportamiento, en las

conversaciones y hasta en la forma de hablar y de pensar y, lentamente, en última

instancia en el contenido y evolución de la conciencia colectiva.

Esta deriva que comienza con el mercader de los “pies polvorientos” acaba

cristalizando en una red de “grandes casas de negocios que se identificaron con los

linajes del patriciado, con las grandes familias del comercio, de la banca y de la

99
política95. Dinastías burguesas, y a veces ennoblecidas, como los Zianni y los

Mastropiero, los Soranzo y los Balbi en Venecia; los Salimbeni, los Tolomei y los

Buonsignori en Siena; los Bardi, los Peruzzi, los Acciaiuoli, Los Alberti, los Albizzi,

los Médicis, los Pazzi en Florencia: los Fieschi, los Spínola, los Doria, los Grimaldi,

los Uso di Mare, los Gattilusio, los Lomellini y los Centurioni en Génova; los Uten

Hove y los Van der Meire en Gante; los Markiet, los Beinebroke y los Le Blond en

Douai; y los Crespin, los Hucquedieu, los Yser y los Stanfort en Arras.

Las estructuras medievales habían cambiado.

2.3.2 Las estructuras medievales habían cambiado.

Simplemente, que el orden trifuncional dejaba de serlo como consecuencia de la

irrupción y de la consolidación del mercader dando lugar a un nuevo entramado

social. Su presencia, en esta nueva estructura, ya no iba a ser marginal, sino que se

convertiría en troncal. A pesar de que su procedencia no tenía el pedigrí de los nobles

o de los eclesiásticos, sino el estigma de los pauperes, su poderío económico

cimentado sobre acciones comerciales inspiradas en el auri sacra fames propiciaron

e, incluso, hicieron necesaria la creación de vínculos entre los gobiernos y los

95
Sobre la cuestión de las grandes casas de negocios, es de interés ver, RENOUARD, Y., Les
Hommes d’affaires italiens du Moyen Age, Armand Colin, Paris, 1949

100
grandes mercaderes96. El potencial económico de los grandes banqueros y

comerciantes posibilitó el desarrollo de verdaderos carteles que se dedicaron a la

compra de la deuda pública, la aceptación depósitos y la generalización de la práctica

de préstamos crediticios a los gobiernos de países e incluso a grandes municipios.

Ellos mismos dominan el comercio de los metales preciosos y establecen su precio,

comercian con las letras de cambio, participan en varias sociedades y potencian el

negocio de los seguros. Este tipo de prácticas hizo posible que el mercader se

colocase como eje fundamental.

En este marco de desarrollo comercial y con el fin de dar una mayor seguridad y

formalidad a los negocios se iba a ir desarrollando “una legislación comercial, al

principio obra de los propios mercaderes, como por ejemplo la que se realizó en el

seno del famoso tribunal de la Mercanzia de Florencia que, como vemos, iba a

constituir una de las bases del poderío político de los grandes mercaderes florentinos;

y luego se desarrollaría en la escala internacional hasta insinuarse en la legislación

pública”97 .

96
MONNET, P., Voz “Mercaderes”, LE GOFF J. y SCHMITT, J-C, (eds.), Diccionario razonado
del Occidente medieval, Akal, Madrid, 2003, p. 545, dice: “De manera general, el mercader, según
parece, supo utilizar los servicios que iban desarrollándose en el seno de un Estado todavía
limitado, pero cada vez más sensibles a los hechos económicos. Los servicios que este Estado
perfecciona y jerarquiza, contribuyeron, de este modo, a integrar mejor la economía en la vida y
en la organización política”.
97
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p. 34.

101
2. 3.3 La convivencia de la nobleza con el mercader

Frente a la emergencia del mercader como profesional hegemónico en el marco de

la división social98, las posturas que los nobles adoptaron, en realidad, fueron

muchas. Pero todas ellas, como señala Le Goff, pueden sintetizarse en dos. Por un

lado, aquellos que, a pesar de que la economía rural estaba en franca recesión 99, se

negaron a participar del mundo comercial porque ello suponía además de una

humillación y claudicación, una especie de traición al orden de los bellatores al que

pertenecían por razones dinásticas. Por otro lado, por el contrario, muchas gentes de

la nobleza, en numerosos casos dejando sus feudos, se instalaron en las ciudades y

aprovechando las nuevas fuentes de riqueza invirtieron su dinero y se dedicaron

personalmente a los negocios y a las finanzas bancarias. Estos nobles acabaron

uniéndose e incluso fusionándose con la clase hegemónica de los comerciantes. De

98
MONNET, P. Voz “Mercaderes”, LE GOFF J. y SCHMITT, J-C, (eds.), Diccionario razonado
del Occidente medieval, Akal, Madrid, 2003, p. 545, dice: La evolución de la posición social y de
las actividades de los mercaderes debe, pues, ser comprendida como un inicio de los cambios de
toda la sociedad (y no solamente de la sociedad urbana), conforme a la libertad otorgada a las
prácticas de cambio y de intercambio, de monopolio, de mercado; conforme a la condición y al
espacio asignado a los mercaderes extranjeros, a los prestamistas y a los financieros; igualmente,
a las libertades y a las capacidades atribuidas a las mujeres para hacerse empresarias. Todos estos
planteamientos vuelven a proponer la cuestión del grado de aceptación de los mercaderes por el
resto de la sociedad, en tanto que estos últimos forman un pequeño cuerpo en la jerarquía local,
una conjuratio privada, o, incluso, una especie de universitas, como la Hansa alemana”.

99
Es de interés, también, consultar la obra de DUBY, G., Economía rural y vida campesina en el
Occidente medieval, Península, Barcelona, 1968.

102
esa fusión nació una aristocracia en la que se confundían los antiguos señores

feudales, los antiguos funcionarios señoriales o reales y los nuevos ricos mercaderes.

“En todo caso, como afirma Le Goff, donde la nueva clase mercantil fue burguesa,

plebeya, “popular” y hubo de conquistar su rango social y su poder político en lucha

con la nobleza feudal, la oposición entre ella y la vieja aristocracia se atenuó

considerablemente en los siglos XIV y XV”100.

2.3.4 La Iglesia y el proceso de transformación.

La realidad es que el mercader no figuraba en el Plan de la Providencia, en aquel

plan que los obispos franceses Adalberón de Laon y Gerardo de Cambray habían

destilado de las obras de Gregorio Magno y Agustín de Hipona. Sus prácticas

100
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p. 56. La oposición entre la nobleza
feudal y la aristocracia en la que estaban comprendidos antiguos señores feudales, antiguos
funcionarios señoriales o reales y los nuevos ricos mercaderes se atenuó, en especial bajo el efecto
de una doble evolución: “La primera tendió a separar la rica burguesía mercantil de las clases
populares urbanas, de las cuales se había servido en la conquista del poder y a las cuales comenzó
a temer cuando pretendieron limitar o destruir su dominio económico y social, a la vez que su
hegemonía política. La clase social peligrosa para los mercaderes no era ya la que estaba por
encima, sino la de abajo; y los mercaderes se volvieron hacia lo que quedaba de la vieja nobleza y
ganarse una aliada. (…). La segunda evolución a la que nos referimos llevó desde muy temprano
a los mercaderes a entrar en la nobleza. (…). Unas veces es el mercader quien busca por vía de
matrimonio, acceso a la vieja nobleza. (…). Otras veces, el género de vida del mercader lo acerca
a la nobleza, que pronto lo considera como uno de las suyos. (…). Y todavía es más frecuente que
compre tierras, un dominio feudal que -por lo menos al comienzo- más que una buena inversión
representa la ocasión de un ascenso social y el paso a la nobleza”.

103
resultaban ajenas a una doctrina en la que el principio fundamental resultaba ser

“amar al prójimo como a uno mismo” 101 y que en la práctica relacional del

intercambio se traducía como “dar sin esperar nada a cambio”102.

La imaginería religiosa ha representado de manera enfática el episodio de Cristo

expulsando a los mercaderes del templo dejando claro que no resultaban queridos a

los ojos de Dios. A mediados del siglo XII el papa Graciano, en su famoso Decreto,

dice: “Homo Mercator nunquam aut vix potest Deo placere”. Esta sentencia papal

refleja el sentir de esa época en el seno eclesial y explica, por ejemplo, la negativa

(cargada de un enorme valor comunicativo y de advertencia hacia toda la comunidad

sobre lo que les esperaba en la vida eterna) a que los comerciantes recibiesen

sepultura en el interior de las iglesias103. En esa época, los manuales que utilizaban

los clérigos como guías para el sacramento de la confesión colocaban al mercader

101
Evangelio de MATEO, 22:36-40.
102
Evangelio de LUCAS, 6:35.
103
DE SANTIAGO FERNANDEZ, J. y DE FRANCISCO OLMOS J. M. (eds.), Escritura y
Sociedad: burgueses, artesanos y campesinos, Dykinson, Madrid, 2018. En el trabajo de MARTÍN
LÓPEZ, M. de la E., “Visibilidad de las clases no privilegiadas”, dice: “Ciertamente hasta finales
del siglo XII estaba mal visto por parte de la clase eclesiástica que los comerciantes fueran
aceptados a ser enterrados en el interior de las iglesias y en las dependencias de las mismas
como claustros o cementerios. Esto se debe a una cláusula conocida del decreto de Graciano que
decía Homo Mercator nunquam aut vis potest Deo placere. Esta prohibición comienza a relajarse
a finales del siglo XII pero no será hasta el XIII cuando el número de ejemplos hallados en los
templos aumente”.

104
entre las profesiones indecorosas o prohibidas y, con respecto a él, utilizaban

expresiones como “ilícita negocia”, “innóbilis mercatura”, “diaboli minister”,

“inhonesta mercimonia”… Le Goff señala que el mercader era colocado por la

Iglesia en la lista de proscritos con las prostitutas, los juglares, los cocineros, los

posaderos, además de los abogados, los notarios, los jueces, los médicos, los

cirujanos, etc. Acierta de pleno H. Itziar Caballero Camino cuando afirma que la

Iglesia repudia (estas profesiones) y a la mercaduría en particular porque avizora una

nueva sociedad, en la que ella misma opera de manera contradictoria y cuyo control

parecería que se le fuera de las manos104.

104
CABALLERO CAMINO, H. I., Del medievo feudal al capitalismo moderno. Evolución
social/Evolución mental… (Tesis Doctoral), UPV/EHU, 2016.

105
CAPÍTULO CUARTO
LA IGLESIA EN LA ENCRUCIJADA

2.4.1 La Iglesia y su contradicción.

Es cierto que la crítica que, desde sectores agnósticos, se la ha hecho a la Iglesia con

cierta ironía, es que ella ha tenido “dos velas continuamente encendidas: Una a Dios

y otra al diablo”. Y, en este sentido son abundantes los ejemplos que, a través de los

tiempos y justificados de las maneras lo más ingeniosamente posible, han sido

objeto de práctica por parte de la Iglesia o miembros relevantes. Así pues, son

conocidas las posturas radicalmente contrarias con respecto a la vida religiosa en

general y a la vida monástica en particular que, mantenían los grandes abades de la

época, Pedro el Venerable de Cluny y Bernardo de Claraval del Cister, en un

momento en el que el cristianismo occidental se encontraba en plena expansión y, a

la vez, en profundo cambio centralizador como consecuencia de la resolución del

problema de las Investiduras y la puesta en marcha de la Reforma Gregoriana.

Así pues, por ejemplo, en lo que respecta al gran dialéctico Abelardo (autor de la

colección de textos de la Patrística aparentemente contradictorios, Sic et Non), en

tanto Pedro el Venerable acoge abriéndole las puertas de Cluny en un alarde de

106
generosidad, Bernardo de Claraval se muestra implacable con los supuestos errores

doctrinales del irredento. Igualmente, en lo que respecta a la vida monástica,

mientras el Venerable hacía exaltación de la riqueza como estimuladora de

religiosidad y al boato como manera de provocar en el cristiano el temor a un Dios

omnipotente y majestuoso, Bernardo, observando que la riqueza y las vanidades se

habían insertado en el seno de la Iglesia, dirigiéndose a los monjes de su monasterio,

rozando la iconoclastia, decía: “¿Para qué sirve todo este oro en el santuario? Porque

la realidad es que las riquezas atraen a las riquezas y la plata exige plata. Cuando se

han abierto los ojos con admiración para contemplar las reliquias de los santos

engastadas en oro, las bolsas se abren para que de ellas salga el oro.

En las iglesias se cuelgan ruedas cargadas de perlas, rodeadas de lámparas e

incrustadas de piedras preciosas. En vez de candelabros se admiran verdaderos

árboles de bronce trabajados con un arte admirable. ¿Qué se proponen con todo esto?

¿Hacer brotar la compunción en los corazones...?” Y finalizaba con una máxima del

Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, pero vanidad aún más insensata que vana”105.

105
BERNARDO DE CLARAVAL, Apología ad Guillelmum Abbatem, XII, 28, págs. 288-
289. El abad titula ese capítulo XII “De picturis et sculpturis, auro et argento in monasteriis”.
Comentado en KNOWLES, M. D., y OBOLENSNKY, D., Nueva historia de la Iglesia. La Iglesia
en la Edad Media, v. II, Madrid, 1983, p. 287.

107
Por otro lado, en un clima de condena eclesiástica del porque sus prácticas no eran

gratas a los ojos de Dios, en los siglos X y XI, el complejo monástico de Cluny,

cuando alcanza su mayor esplendor hasta el punto de llegar a equipararse con Roma

como lugar de peregrinación para honrar a los santos, institucionaliza las donaciones

ad sepulturam. ¿Qué son y en qué consisten tales donaciones? Como bien señala D.

Iogna-Prat “algunas de ellas trataban de adquirir a cambio una porción de la vida

futura”. Por ello, continúa diciendo la autora, “seamos claros: en torno al año 1000,

en Cluny, una “donación” ya no era -como ocurría en el derecho romano- un regalo

sin contrapartidas. En su estudio del cartulario de Cluny, G. Chevrier muestra que

“la donación que antes equivalía a liberalidad- se convierte en una especie de

prototipo de acta jurídica”.

La diferencia entre venta y donación se difumina; los bienes ya no se venden (o cada

vez menos): se adquieren”. (…) Disfrazada mediante el viejo término “gratuidad” y

la expresión, deliberadamente vaga, “contrato innominado”, se oculta una categoría

específicamente jurídica “la donación remunerada en la vida de ultratumba o el

intercambio de regalos materiales y espirituales”106.

106
IOGNA-PRAT, D., “Los muertos en la contabilidad celestial de los monjes cluniacenses en
torno al año 1000”, en LITTLE, L. K., y otros (eds.), La Edad Media a debate, Akal, Madrid,
2003, págs. 544 y 545.

108
Lo cierto es que la Iglesia o sus jerarcas, ante las contradicciones en que incurría

como obra humana, para demostrar fidelidad a sus principios, con frecuencia tuvo

que recurrir al eufemismo, a la sutil tergiversación o, en última instancia, apelar a

que se trataba de una “cuestión de fe”107.

2.4.2 El nacimiento del purgatorio, ¿Un movimiento adaptativo de la


Iglesia?

A mediados del siglo XII, momento en el que J. Le Goff ubica el nacimiento del

purgatorio, en la sociedad medieval se estaban produciendo cambios profundos que

provocaban una inquietud existencial108. Los dos siglos y medio vividos con

posterioridad a la propuesta de la ordenación tridimensional y perfecta de la sociedad

107
Como se traduce de obras como la de LESNE, E., Histoire de la proprieté écclesiastique en
France, (6 v.), H. Champion, París, 1910-1943.
108
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, p. 10, dice: “Un
acontecimiento, una construcción secular como esta de la creencia en el Purgatorio supone y lleva
consigo una modificación sustancial de los esquemas espacio- temporales de lo imaginario
cristiano. (…). Es evidente que el nacimiento de una creencia semejante se halla a modificaciones
profundas en la sociedad en la que se produce. ¿Cuáles son las relaciones que mantiene con los
cambios sociales esta forma de lo imaginario del más allá? ¿Cuáles son sus funciones ideológicas?
El estricto control que la Iglesia establece sobre ello, hasta convertirse en un reparto de poder sobre
el más allá entre ella y Dios, prueba que es importante lo que se ha puesto en juego. ¿Por qué no
dejar que los muertos yerren o duerman tranquilos?

109
de Adalberón y Gerardo habían consolidado un imaginario colectivo maniqueo, que

provenía tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento,109 en el que solamente se

concebían dos posibles destinos (el cielo o el infierno) para la otra vida. En el

momento de la formulación del esquema de los tres órdenes, al tercer sector, el

pueblo, se le colocó bajo la autoridad de los jerarcas de la Iglesia y bajo el poder de

los señores feudales poniendo el acento en la obediencia, en la resignación, haciendo

creer que el trabajo obligado era trabajo consentido y prometiendo la redención en

el más allá Sin embargo, ahora, el conjunto de la sociedad se presentaba como un

mundo nuevo y estas dos alternativas no daban respuesta a los problemas

existenciales de los cristianos que ejercían alguna de las nuevas profesiones que, al

parecer, en principio no eran bien vistas a los ojos de Dios. Tal era el caso de los

comerciantes.

Si el destino de los buenos (entre los que no se consideraba al comerciante) estaba

muy claro y el de los malos (entre los que tampoco) igualmente, era necesario

109
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, p. 11, dice: El cristianismo,
al menos durante los primeros siglos y el tiempo de barbarización medieval, no llegó en cambio a
infernalizar por completo su visión del más allá. Lo que hizo fue empujar a la sociedad hacia el
Cielo. El propio Jesús había dado el ejemplo: después de haber descendido a los infiernos, había
ascendido al Cielo. En el sistema de orientación del espacio simbólico, en el que la Antigüedad
greco-romana había concedido un puesto preeminente a la oposición derecha-izquierda, el
cristianismo, sin dejar de mantenerle un valor importante a esta pareja antinómica presente por lo
demás tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se apresuró a prestigiar el sistema arriba-
abajo. Y a lo largo de la Edad Media habrá de ser este sistema el que oriente, a través de la
especialización del pensamiento, la dialéctica esencial de los valores cristianos”.

110
encontrar una solución para quienes no eran ni buenos ni malos (entre los que ahora,

la Iglesia, sí contemplaba al comerciante). Pero no una solución cualquiera, sino,

una alternativa de esperanza. El término Purgatorio, durante la Alta Edad Media

resultó inexistente, más bien innombrado. Hubo que desempolvar, entre otros, los

escritos del evangelista Mateo, de Pablo de Tarso, de Agustín de Hipona, Gregorio

Magno y, bastante más tarde, de Alberto Magno110 que hacían alusión a la cuestión

y, finalmente fue, el monje benedictino Henry de Saltrey, con su obra Purgatorium

Sancti Patricii datada hacia 1270, quien pone en escena el Purgatorio. Su

reconocimiento oficial, por parte de la Iglesia, tendría lugar en el Segundo Concilio

de Lyón del año 1274.

Huelga decir el occidente cristiano era una sociedad cuya estructura e imaginario

colectivo estaban totalmente, permeados por la religión o, dicho de otra manera,

ambos eran religión. En estas circunstancias “cambiar la geografía del más allá, y

110
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, págs. 302 y 303, dice: “La
mejor exposición, a la que se me alcanza, del sistema geográfico del más allá durante el siglo XIII,
es la que Alberto Magno nos dejó en el artículo 45 de la primera parte de la distinción XLIV de
ese comentario. La cuestión planteada era esta: “Hay que responder que los receptáculos de las
almas son diversos y se diversifican así. Son lugares o de término o de tránsito. Los de término
son dos: de acuerdo con los méritos malos, el Infierno, y de acuerdo con los buenos el Reino de
los Cielos. Pero el término de los méritos malos, o sea el Infierno, es doble, según los méritos
propios y según un pacto contrario con la naturaleza; al primer caso corresponde el Infierno
inferior de los condenados, al segundo el limbo de los niños que es el Infierno superior… Si se
trata de un lugar de tránsito, puede ser el resultado del defecto de los propios méritos o del defecto
de pago del precio… En el primer caso se trata del Purgatorio, y en el segundo del limbo de los
Patriarcas antes de la venida de Cristo”.

111
por tanto del universo, modificar el tiempo de después de la vida, y por tanto la

articulación entre el tiempo terreno, histórico y el tiempo escatológico, entre el

tiempo de la existencia y el de la espera, equivale a operar una lenta pero esencial

revolución mental. Equivale, literalmente, a cambiar la vida”111.

Es a partir de esa fecha, dice Le Goff que “Infierno y Paraíso se vacían en provecho

del Purgatorio. El purgatorio es instrumento de progreso colectivo e individual.

Ayuda a las clases sociales que ascienden a hacerse reconocer escapando del infierno

(el usurero de Lieja en casa de Heisterbach). Purgatorio y capitalismo: el purgatorio

ha permitido el capitalismo. Haciendo posible una mutación capital de la penitencia

y de la confesión (el IV Concilio de Letrán en 1215 (sesenta años antes), la Iglesia

había asociado confesión y el sacramento de la penitencia y colocado al cura de

almas en el papel de juez), permite al individuo profundizar y mejor dominar su vida

espiritual y cambiar de actitudes frente a la muerte”.

111
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, p. 10.

112
2.4.3 El nacimiento del Purgatorio ¿una solución de emergencia?

No puede considerarse la creación de Purgatorio una solución de emergencia. Se

trataba ni más ni menos de una transformación de la geografía del “más allá” del

cristianismo que implica una nueva distribución de competencias112. Además de los

dos destinos eternos de los espíritus, el Paraíso celeste y el fuego del Infierno, ahora,

en algún lugar del más allá, se instala el Purgatorio en el que algunas almas impuras

en lugar de quemarse en el fuego eterno, en tránsito hacia del Cielo, purgan sus faltas

y pecados “menores”113. La cada vez más compleja sociedad del medievo exigía

112
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, págs. 285 y 286, dice:
“Alejandro de Halès trato de las relaciones entre la Iglesia y el Purgatorio. “A la objeción de que
no corresponde al poder de las llaves (el poder de perdonar los pecados otorgado por Jesús a Pedro
y, a través de él, a todos los obispos y sacerdotes) remitir la pena purgatoria pro conmutación en
pena temporal, hay que responder que los que están en el Purgatorio (in purgatorio) dependen en
cierto modo del fuero de la Iglesia militante y análogamente el fuego purgatorio en la medida en
que conviene a la pena satisfactoria (que cumple la penitencia). De manera que, así como los fieles
pertenecen bien a la Iglesia militante, bien a la triunfante, aquellos otros están en medio (in medio),
y como no pertenecen del todo a ninguna de las dos pueden someterse al proceder del sacerdote
(potestati sacerdotis) a causa del poder de las llaves”.
113
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, p. 245 y 246, dice: “El punto
de partida lo constituyó sin duda Anselmo de Cantorbery. El gran teólogo había insistido sobre la
diferencia esencial entre el pecado voluntario y el pecado por ignorancia. En Cur Deus homo (II,
15, 52, 115) había declarado: “Hay diferencia entre el pecado cometido conscientemente y el que
se lleva a cabo por ignorancia, que un pecado que de ningún modo se hubiese cometido dada su
enormidad si se hubiese sabido, no pasa de venial, porque se ha cometido por ignorancia. Todas
las grandes escuelas de la primera mitad del siglo XII hicieron suya y desarrollaron esa distinción
fundamental que habría de convertirse enseguida en tradicional: La escuela de Laon, Abelardo y
los victorinos. Dos distinciones sobre todo adquirirán importancia. La que distingue entre vicio y
pecado, ya que es esta la que implica el asentimiento del pecador, su consensus. Y la distinción
entre falta y pena (culpa y poena), que un discípulo de Abelardo comenta así en el Comentario de
Cambridge: “Hay que decir ante todo que el pecado ofrece dos aspectos: el que concierne a la falta
(culpa) que es el consentimiento (consensus) o el desprecio de Dios (contemptus Dei), como
cuando se dice que un niño pequeño carece de pecado, y al que contiene a la pena, como cuando
decimos que hemos pecado en Adán, o lo que es lo mismo, que hemos incurrido en una pena”. Lo

113
superar el dualismo entre los elegidos y los condenados. Era preciso encontrar un

tiempo y un lugar para permitir a las gentes que tenían sus escrúpulos, sus dudas y

la necesidad de justificar su fortuna y su parte del poder bien o mal adquirido para

facilitarles el acceso al Paraíso tras purgar las faltas que la Iglesia entendía no

capitales. Es necesario decir que, si bien el Purgatorio entró en el dogma cristiano

tras el IV concilio de Letrán y que los Cistercienses, Dominicos y Franciscanos

resultaron ser sus grandes avalistas, nunca gozó del sagrado crédito de las grandes

verdades.

Exista o no el Purgatorio, se encuentre en el interior de la tierra o anide en el interior

de la persona durante su vida es una cuestión que preocupó a muchos teólogos y,

entre ellos, de manera especial a Guillermo de Auvergne, pero, que no viene al caso.

La realidad es que existe una clara correlación entre las transformaciones de todo

tipo y en todos los ámbitos que se estaban operando en la sociedad medieval y el

nacimiento del Purgatorio. A partir de este momento, la Iglesia que ya enviaba santos

que importa para nuestro tema es que falta (culpa) que normalmente conduce a la condenación,
puede remitirse mediante la contrición y la confesión, mientras que la pena (poena) o castigo
expiatorio se borra mediante la satisfacción, es decir mediante el cumplimiento de la penitencia
ordenada por la Iglesia. Si ha habido contrición y/o confesión, pero no ha cumplido o acabado la
penitencia, voluntaria o involuntariamente (por ejemplo, por haber sobrevenido la muerte), la pena
(poena) habrá de cumplirse en el fuego purgatorio, es decir, a partir de finales de siglo, en el
Purgatorio”.

114
al Paraíso mediante su canonización, se atribuirá la capacidad de sacar las almas del

Purgatorio con el mismo destino114.

El modelo de las tres funciones se encontraba desbordado y era necesario recurrir a

todos los “inventos” teológicos, incluida la alteración de la geografía del más allá, y

la asunción de nuevas funciones para mantenerlo en pie.

2.4.4 Los canonistas y los teólogos y el problema del comerciante.

Con la consolidación y el protagonismo del mercader en la sociedad medieval, el

problema que los teólogos, más que los canonistas, deben resolver tiene una difícil

solución porque están obligados a operar sobre la premisa de que solo existe una

ordenación buena y justa del universo y, además, es la querida por Dios. Y, por si

esto fuera poco, ellos deben dar respuesta al problema suscitado por una pieza que

en el plan de Dios no existe dado que la figura del comerciante movido por el

114
LE GOFF, J., El nacimiento del purgatorio, Taurus, Madrid, 1989, p. 287, dice: “Lo que se saca
en limpio es que la Iglesia, en el sentido eclesiástico y clerical, extraerá un gran poder del nuevo
sistema del más allá. Es ella la que administra y controla oraciones, limosnas, misas y ofrendas de
todo tipo llevadas a cabo por vivos en favor de sus muertos, y no dejará de beneficiarse de ello.
Gracias al Purgatorio, la Iglesia desarrolla el sistema de las indulgencias, fuente de grandes
beneficios de poder y de dinero, antes de convertirse en un arma peligrosa que habrá de volverse
contra ella”.

115
beneficio, en aquel, no se contempla. El Deuteronomio 23, 19, dice: “No exigirás de

tu hermano interés de dinero…”; en el Éxodo 22, 25, se manifiesta: “Cuando

prestares dinero a uno del pueblo…, no te portarás con él como logrero, ni le

impondrás usura”; por su parte, el Levítico 25, 35 y 36 ratifica: “Cuando tu hermano

empobreciere…, no tomarás de él usura ni ganancia, sino tendrás temor de Dios y tu

hermano vivirá contigo”. En el Nuevo Testamento, se confirma como mandamiento

primero, el mandamiento del Amor: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al

prójimo como a ti mismo”. El verbo que se utiliza en las Escrituras es agapáo cuyo

significado es entrega amorosa, sin reservas, total. Y, En lo que respecta a la segunda

parte del mandato, “y al prójimo como a ti mismo” se tratará de amar al prójimo

como a tu propia persona, sin egoísmo, sin mezquindad, sin esperar

contraprestación.

Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles115, entiende que el dinero no puede

engendrar dinero es decir acumularlo porque multiplicarlo atenta contra su propia

115
WIDOW, J. A., “La ética económica y la usura”, Revista de la Fundación Francisco Elías de
Tejada, nº 10, 2004, p. 25, dice: “Entre los argumentos que reiteradamente, se han dado para negar
la licitud de la ganancia por dar dinero en préstamo, está el de su esterilidad: éste, en cuanto tal,
no produce más dinero, no hay un engendrar y un parir dinero desde el mero dinero. “La maldad
de este pecado consiste -escribe Mercado- en hacer parir la moneda siendo más estéril que las
mulas”. Se daba como razón para recibir un interés por el préstamo el hecho de que el prestatario
podía percibir una ganancia por el uso del dinero prestado, de la cual era justo que participase el
dueño original; argumento que adquiría mayor fuerza si se suponía que el prestatario fuese rico, y
que aumentase su riqueza mediante el uso de dicho dinero. Pero el contrato es de préstamo, y hay

116
razón de ser, esto es, facilitar el intercambio. Además, el dinero, propicia el lucro

que a lomos del auri sacra fames rompe los límites de lo prudente y cabalga hasta

el infinito facilitando la comisión los pecados capitales de la avaricia y la codicia.

El tipo de economía que se correspondía, con el Orden jerárquico trifuncional de los

obispos franceses era la llamada economía natural. Esta, se sustentaba sobre dos

principios fundamentales: el precio justo y la prohibición del crédito con interés. El

precio justo tenía que ver con el equilibrio de la ordenación social. Así pues, el

vendedor (o productor) debía vender el producto a un coste racional que le

permitiera, no acrecentar sus beneficios o aumentar su rango social (en cuyo caso

incurriría en pecado de avaricia), sino simplemente mantener su estatus.

En cuanto a la usura, la Iglesia entiende que incurre en ella, quien realice un trato

que implique pago con interés. La razón que algunos teólogos esgrimen para prohibir

el crédito con interés, entre ellos Tomás de Aquino, es que, con la práctica del

interés, se vende el tiempo y, este, solamente pertenece a Dios. Y es, sin duda, un

pecado capital apropiarse de algo que pertenece en exclusiva al Creador.

por consiguiente en él cesión de propiedad, sea rico o pobre el prestatario, lo que obtenga con lo
suyo es suyo: solo está obligado a restituir satisfactoriamente lo prestado”.

117
Es evidente que la economía natural del pensamiento cristiano suponía un gran

obstáculo para la evolución económica. Los escolásticos se esforzaron por la

resolución de estos problemas tratando de crear una ética económica. Pero lo cierto

es que “a pesar de los considerables esfuerzos de los pensadores y juristas del siglo

XIII, la reflexión cristiana acabó declarándose incapaz de llegar a concepciones

económica, al no poder escapar de un marco teológico-moral estrecho”116.

116
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p. 92.

118
CAPÍTULO QUINTO
LA IGLESIA Y LA “UTILIDAD” DEL MERCADER

2.5.1 Ante la situación del momento, ¿Qué puede hacer la Iglesia?

La situación para ella no es nada fácil. Tiene dos opciones y ninguna de ellas

satisfactoria: La primera. No hacer nada y dejar que las cosas transcurriesen por los

derroteros que habían tomado con el comerciante como eje de la evolución social.

De esta forma, el Plan de la Providencia, poco a poco dejaría de tener sentido. La

segunda, renunciar a los principios y participar en el movimiento. Optó por la

segunda posibilidad. Jacques Le Goff dice que participó en el comercio

“indirectamente, por intermedio de sus banqueros, como en el famoso trust del

alumbre que unió en el siglo XV a la Santa Sede con la Banca Médicis. Y también

directamente.

Desde luego la práctica de la usura estaba especialmente prohibida al clero, pero del

mismo modo que durante la Alta Edad Media los monasterios habían podido

desempeñar la función de establecimientos de crédito, los abades y los obispos que

poseían capitales suficientes hacían oficios de prestamistas y usureros a despecho de

las interdicciones. Tolerados a menudo, a veces actuaban abiertamente. (…). En el

119
siglo XIII, se vio, por ejemplo, a la Orden de los Templarios convertirse en uno de

los mayores bancos de la Cristiandad; y la Orden Teutónica, gran mercader de lanas,

mantenía, por ejemplo, una factoría en Flandes, alrededor del año 1400. Con mayor

flexibilidad que frente a otras evoluciones, la Iglesia pasó del compromiso con el

feudalismo, al compromiso con el capitalismo”117.

La Iglesia, al haber seguido la opción de integrarse en el movimiento mercantil va a

sufrir, en el futuro, las consecuencias de haber sido inconsecuente con sus principios.

2.5.2 La Iglesia ante sus principios.

Quizás este cambio de actitud de repudio de la Iglesia frente al fenómeno del

comercio fue la gota que colmó el vaso y produjo la voladura definitiva de un modelo

que se cimentaba sobre el amor a Dios y el amor al prójimo. Al pretender dar cabida

en el Plan de la Creación a la figura del comerciante potencialmente usurero, avaro,

codicioso, orgulloso, envidioso, obsesivo por el dinero tuvieron que forzarse en

exceso conceptos como el de trabajador asalariado (stipendium laboris), utilidad

117
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p. 118 y 119.

120
pública, bien común, necesidad... ¿Podía considerarse trabajador sujeto a un salario

al mercader-banquero, al comerciante que estaba al frente de una gran red de

delegaciones comerciales distribuidas por toda la Cristiandad…? Dice J. Le Goff

que “fue más bien en consideración a los servicios que prestaba a la sociedad con el

empleo de su dinero, de su organización y de sus métodos, por lo que se le asimiló

entonces al trabajador. En efecto, la noción de que los mercaderes eran útiles y

necesarios fue lo que coronó la evolución de la doctrina de la Iglesia y les valió a

ellos el derecho de ciudadanía definitivo en la sociedad medieval”118.

La realidad es que, la Iglesia tuvo que rendirse ante lo inevitable. Una vez más, se

impuso el poder imponente de los hechos. En los tres órdenes de Adalberón y

Gerardo que estaban sometidos a la ley eterna que Dios había impuesto al universo

entero, el mercader se había introducido y, además, había llegado para quedarse. El

propio Tomás de Aquino tuvo que claudicar teniendo que decir que “si el comercio

se ejerce con vistas a la utilidad pública, si la finalidad es que no falten el país las

118
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, p. 98

121
cosas necesarias para la existencia, el lucro, en lugar de ser considerado como

finalidad, es solo exigido como remuneración del trabajo.”119

El fenómeno mercantil con su presencia y su actividad había modificado el escenario

medieval y, todo ello, unido a las muchas contradicciones en que había incurrido la

Iglesia desde la puesta en escena del modelo de las tres funciones, había producido

grandes grietas en los fundamentos del imaginario colectivo de la cristiandad. No

obstante, la Iglesia que había llegado incluso a modificar la geografía del más allá,

siguió incrementando la utilización del temor y de la coacción tratando de evitar lo

que sería inevitable: el derrumbamiento del modelo feudal. En este sentido no tuvo

duda en crear pecados asociados a las profesiones y, en última instancia, el

instrumento disuasorio más terrorífico, la Inquisición. No obstante, todos los

intentos resultarían en vano y, al final, la propia Iglesia acabó participando

profusamente en el movimiento comercial.120

119
Interesante el estudio realizado sobre esta cita por PERPERE VIÑUALES, A., “Vida
económica y moralidad: Tomás de Aquino, Petrus Iohannis Olivi y el rol de los mercaderes en la
sociedad”, Revista Cultura Económica, Año XXXV, nº 94, diciembre, 2017, págs. 138-151.
120
LE GOFF, J., Mercaderes y banqueros de la Edad Media, págs. 118 y 119, dice:
“Indirectamente, por intermedio de sus banqueros, como el famoso trus del alumbre que unió en
el siglo XV a la Santa Sede con la Banca Médicis. Y también directamente. Desde luego, la práctica
de la usura estaba especialmente prohibida al clero, pero, del mismo modo que durante la Alta
Edad Media los monasterios habían podido desempeñar la función de establecimientos de crédito,
los abades y los obispos que poseían capitales suficientes hacían oficio de prestamistas y usureros
a despecho de las interdicciones”.

122
Ahora, quienes flirteaban con la usura, con la avaricia, con la codicia, con el orgullo,

con la envidia, con el auri sacra fames... no tenían ningún pudor al afirmar que su

riqueza la habían conseguido “con la ayuda de Dios”. La mentalidad, que el

mercader había traído, seguía manteniendo a Dios en el centro de su vida (por el

terror que se seguía teniendo al infierno) pero (dicho con el mayor de los respetos),

a Dios, le habían “obligado” a cambiar su ideario.

Durante el siglo XIII y siguientes, según una nueva moral profesional, la Iglesia

siguió purgando y persiguiendo profesiones y condiciones que el mercantilismo

como fenómeno social había propiciado y que, de una u otra forma estimaba

constituían un peligro muy grave para la armonía social del orden trifuncional. Sin

pretender hacer un mapa de las profesiones medievales sino simplemente ofrecer

una relación de actividades “profesionales” que, comparándola con la sociedad de

las tres funciones (oratores, bellatores y pauperes), nos ofrezca una primera visión

de la transformación que se había operado solamente, dejando de lado a los clérigos

y a los guerreros, con respecto al orden de los pauperes, en la sociedad del momento.

Vaya por delante que un registro de gremios realizado en Marsella en 1297 se

identifica ciento cincuenta oficios en los que aparecen mujeres trabajadoras.

123
Profesiones como la de enfermera, verdulera, tabernera, posadera, vendimiadora,

bodeguera, sarmentadora, cantera, carpintera, albañil, hilandera, mercader…

resultaban comunes entre las mujeres. Alfarero, calderero, tonelero, curtidor,

herrero, joyero, mercero, sedero, pañero, droguero, cerero, azucarero, cirujano,

abogado, notario, escribano, hojalatero, cestero, encuadernador, alpargatero, platero,

picapedrero, juglar, molinero, pastor, panadero, carnicero, mercader a pequeña

escala, afilador, trovador, vidriero, carpintero, marinero, labrador… eran, en general

oficios de los hombres. A decir verdad, la sociedad sigue ordenándose bajo el

principio de jerarquía. Los propios oficios tienen una estructura jerárquica:

aprendices, mancebos, maestros, menestrales, caporales. Pero, poco a poco, ya no se

tratará de una jerarquía debida a la voluntad de Dios sino conformada según

conocimientos y capacidades y otros méritos individuales.

La sagrada sociedad de los órdenes, en el marco del desarrollo urbano acabará

convertida, como consecuencia de la división del trabajo social en una sociedad

plural, orgánica y laica.

124
CAPÍTULO SEXTO
Y, FINALMENTE…, EL ABSOLUTISMO Y LA REFORMA

2.6.1 La profunda transformación social y sus implicaciones.

¡Evidentemente, sí! En terminología marxista, podría decirse que la infraestructura

condicionó la estructura o dicho en términos de la historia de las mentalidades, la

evolución de la sociedad, la producción material, fue modificando el imaginario

colectivo. Ese imaginario que con una aparente solidez marmórea habían

establecido, bebiendo de Agustín de Hipona y de Gregorio Magno, Gerardo y

Adalberón y que, cuando aparecieron grietas las fueron restañando Alberto Magno,

Roger Bacon, Tomás de Aquino, Siger de Brabante, Guillermo de Ockham, Marsilio

de Padua, Jean Gerson, Bessaurion… entró en proceso de decadencia y

transformación. ¿Quizás por agotamiento, tal vez por incapacidad, puede que por las

contradicciones que suponían las propias soluciones? ¿O, además de todo ello, pudo

ser una nueva estrategia, quizás la última, para poner remedio a lo que se creía ya

irremediable? Está claro que durante los siglos XIII, XIV y XV, las mentes más

lúcidas prefirieron explorar campos al margen del intelectual y dejaron el terreno

libre a las más necias y menos escrupulosas que se enzarzaban en querellas

125
mezquinas y dialécticas formales generalmente estériles121. La reflexión y la

investigación de las universidades cedieron su lugar a centros de formación

profesional que daban respuesta a las apetencias de los hijos de las grandes

burguesías “más motivados por las perspectivas de carrera en el aparato del Estado

que por las preocupaciones de orden intelectual”122. La oferta universitaria se orientó

hacia los estudios jurídicos y en menor medida a la medicina. ¿Desestimular el

pensamiento fue una estrategia, de la Iglesia para evitar perder el control del

pensamiento que, en realidad se le iba de las manos? ¡Todas las universidades

pertenecían a la Iglesia…! Y, además, la Iglesia estaba sumergida en el Cisma de

Occidente (de cuarenta años de duración) cuya resolución llega tras el fallido Sínodo

de Pisa, a través del Concilio de Constanza finalizado el 22 de abril de 1418

nombrando, a Martín V, como único y exclusivo Papa de la Iglesia. En las

determinaciones conciliariter en materiis fidei del propio Concilio se encuentran las

121
Durante los siglos XIII y XIV se censuró todo conocimiento que pudiera poner en duda la
existencia de Dios. Durante ese tiempo, la Universidad de París promulgó unas dieciséis listas de
censura. La de mayor relieve fue la publicada en 1277. DI GIACOMO, M., “La plenitudo potestatis
papae según Egidio Romano”, Studia Gilsoniana, 2017, p. 422, refleja bien el momento diciendo
que todo ello fue “el resultado doctrinario de la condena de 1277, bajo la cual cayeron Aristóteles
y algunas proposiciones tomistas, reforzando de esa guisa las tendencias de una Iglesia
conservadora que necesitaba de un Dios más viejo y de una naturaleza menos helenizada. Con ello,
al mismo tiempo, se ha fomentado el retorno a las fuentes de la contingencia en sentido político,
permitiendo la redacción de enunciados roborados en la palabra revelada, exasperando los
términos de una eclesiología absolutista”.

BOIS, G., La gran depresión medieval: siglos XIV – XV. El precedente de una crisis sistémica,
122

Universitat de València, Madrid, 2001, p. 192. Ver igualmente LE GOFF, J., Les intellectuels au
Moyen Age, éd Du Seuil, Paris, 1957.

126
condenas contra Wyclif y Hus, los dos únicos intelectuales del momento dentro del

páramo en el que se había convertido el mundo del pensamiento. ¿Había llegado la

Iglesia a la conclusión que era mejor no pensar? ¿Y, esa actitud frente a lo intelectual

la había convertido en estrategia? G. Bois, refiriéndose a Hus y responsabilizando

de la suerte que corrió al estéril y absurdo nominalismo que campaba a sus anchas

en las casas de estudios, dice que “aún resulta menos sorprendente su condena en el

Concilio de Constanza por la élite de los doctores de la cristiandad. El hombre que

había dicho a sus “hermanos” de Praga: “Busca la verdad, escucha la verdad, aprende

la verdad, ama la verdad, defiende la verdad, hasta la muerte” no podía tener otro

final después de haberse posicionado tan radicalmente a contracorriente de las

derivas y renuncias del medio universitario. Es otro símbolo de la desaparición

intelectual.”123

El propio, G. Bois, para mejor expresar la crisis intelectual de los siglos XIV y XV,

trae a colación una cita de Le Goff que, igual pudiera ser válida para los tiempos

actuales: “La gran mayoría de las universidades, en el curso de los siglos XIV y XV,

preparó con sus renuncias la desaparición intelectual medieval. Entre la pertenencia

123
BOIS, G., La gran depresión medieval: siglos XIV–XV. El precedente de una crisis sistémica,
Universitat de València, Madrid, 2001, p. 196.

127
al mundo del trabajo y la integración en los grupos privilegiados, el universitario del

final de la Edad Media hizo su elección definitiva. En Occidente, durante siglos, ya

no existió trabajador intelectual”124.

Sería legítimo aventurar, cuando menos a título de hipótesis que ¿la desaparición de

los grandes debates y confrontación de ideas de las que habían sido testigos las

universidades del siglo XIII, en definitiva, la esclerosis de la escolástica era algo

buscado y pensado, por la Iglesia, para la Universidad de los siglos XIV, XV y XVI?.

Sea o no algo buscado y pensado, lo que se estaba produciendo, en el trasfondo

social, era un proceso cada vez más intenso de laicización del poder político, de

puesta en cuestión del poder del papa abogando por la superioridad de los poderes

temporales y la cada vez mayor conciencia de que la ideología sobre la que se

sustentaba el orden feudal estaba tocando a su fin. Ante ello, poco o nada podía

hacerse. El desencanto y decepción de las nuevas élites burguesas, con respecto al

modelo social- eclesial-feudal en descomposición abría la puerta de par en par a una

carrera vertiginosa hacia el dinero, la gloria y el poder, y, a su vez, a un nuevo

BOIS, G., La gran depresión medieval: siglos XIV – XV. El precedente de una crisis sistémica,
124

Universitat de València, Madrid, 2001, p. 193, extraída de LE GOFF, J., Les intellectuels au Moyen
Age, éd Du Seuil, Paris, 1957, p. 136

128
imaginario colectivo que respondiese a la estructura pre capitalista y, después

capitalista de la nueva sociedad dando respuesta (también) a la inquietud que seguía

prevaleciendo (el más allá).

Si la Iglesia intentó parar el tiempo o no, lo cierto es que, si lo hizo, tampoco lo

consiguió. El paso del tiempo iba fraguando otro sistema de valores. En el lugar

esencial que ocupaba el amor había filtrado el egoísmo, en el lugar de la caridad, se

iba colocando el amor propio y en el lugar de la generosidad intergrupal, el

individualismo radical.

2.6.2 El absolutismo de los siglos XV, XVI y XVII como respuesta la


crisis feudal.

El final de la crisis, que duraría algo más de siglo y medio, vendría con el nacimiento

de un nuevo sistema social: el capitalismo moderno. Pero hasta que este nuevo

sistema llegase, existieron intentos para frenar su llegada. El más importante, sin

duda, fue el absolutismo. En palabras de G. Bois, “la gran depresión fue un viraje

decisivo. La multiplicación de conflictos dejó huellas permanentes. Los daños

causados por una soldadesca que desde entonces se enraíza en el tejido social no

129
iban a terminar. Bajo los fastos engañosos del Renacimiento, en realidad se impone

una sociedad más violenta, más dura hacia los débiles. Una sociedad aprisionada

también por los poderes que marchaban hacia el absolutismo”125.

Fue, sin duda, el absolutismo, el intento más importante. Se trató de un régimen

político surgido, como consecuencia del desprestigio del papado, en el que, el poder

político del rey que procedía de Dios no estuviera sometido a limitación alguna. Así

pues, de nuevo, los dos órdenes hegemónicos del edificio de Adalberón de Laón y

Gerardo de Cambray, a partir de la resolución del Cisma en el Concilio de

Constanza, y del nombramiento de un Papa único y universal al que se le reconoce

la plenitudo potestatis urbi et orbi, tratan de rememorar viejos logros del modelo

feudal en lo que concierne al control social.

Los países conciliares (Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y España) disputas al

margen, comparten con el papado una misma concepción absolutista de la realeza,

del gobierno, del Estado y del papel preminente que la Iglesia debe tener como

BOIS, G., La gran depresión medieval: siglos XIV – XV. El precedente de una crisis sistémica,
125

Universitat de València, Madrid, 2001, págs. 233, 234.

130
depositaria de la representación de Dios en la Tierra no solo en las instituciones sino

también en la conformación del imaginario colectivo.

El absolutismo encontró su máxima expresión doctrinal en teóricos como Thomas

Hobbes y Robert Filmer así como el cénit de su puesta en escena con Luis XIV en

la Francia versallesca. No obstante, las pretensiones de la Iglesia de recrear la ciudad

terrena de San Agustín habían recibido el rejón de muerte no desde fuera, sino desde

el interior de sus propios conventos. El monje agustino Martín Lutero al presentar

en 1517 sus 95 tesis que se sintetizan en tres: 1) Que la Biblia era la auténtica fuente

de autoridad; 2) que la salvación solo se podía adquirir por la fe en Cristo; 3) Que

dicha salvación no requería de la intermediación de la Iglesia, acaba arruinando

definitivamente el sagrado edificio medieval de las tres funciones.

La Reforma protestante actuando sobre la mentalidad del comerciante y de los

primeros empresarios conformará la psicología de las gentes sobre la que finalmente,

una nueva concepción del individuo (la el individuo egoísta que sustituirá al

individuo de la caridad) y un nuevo sistema axiológico (la ética calvinista asentada

sobre el dogma de la predestinación que se impondrá sobre la ética arrepentimiento

y del perdón universal), una nueva filosofía (la filosofía utilitarista suplantará a la

131
filosofía de la liberalidad), una nueva doctrina económica (la de las libertades

económicas neutralizará la economía natural del precio justo y la prohibición del

crédito con interés) y un nuevo modelo político (el Estado liberal o Monarquía

constitucional que destituye a la Monarquía absoluta), y todas ellas a lomos de la

nueva lógica de los Descartes, Galileo, Newton…, acabarán operando para

conformar como base la propiedad privada sobre la que se desarrollará el capitalismo

moderno como nueva ideología y cosmovisión.

132
3
TERCERA PARTE
EL PARLAMENTO Y EL PODER

133
CAPÍTULO PRIMERO
LA LLAVE DEL PARLAMENTO

3.1.1 La llave del Parlamento, clave de la erosión del poder real.

Los manuales, sean de ciencia política o de historia general, que, con unos breves

trazos, deben dibujar a los grandes personajes suelen hacerlo haciendo referencia a

las hazañas, los triunfos, los fracasos y, a veces sus tropelías…, de manera que, el

lector, pueda, en su mente, definir con una palabra al personaje en cuestión. De esta

manera se cuentan atrocidades cuando, al protagonista, se le quiere presentar como

un sanguinario. O, se ponen de relieve sus victorias en las batallas cuando se trata

de resaltar la valentía y el honor de un gran militar que dio su vida por la Patria. O,

se destacan la tenacidad y el esfuerzo de años pasados, desde que era un niño en las

bibliotecas entre libros, cuando se desea destacar la agudeza y la profundidad del

pensamiento de un gran político que destacó por su altura intelectual de sus

intervenciones… Estas breves líneas introductorias tienen que ver, porque, en alguno

de estos supuestos, encaja perfectamente el rey Carlos I de Inglaterra perteneciente

a la dinastía escocesa de los Estuardo. Ocupó el trono de Inglaterra desde 1625, al

que accedió sucediendo a su padre Jacobo I, hasta 1649, año en el que fue ejecutado

en el cadalso. De él siempre se ha dicho que fue un rey tirano que sostenía la idea de

134
que el poder del rey procede de Dios. Hubiera bastado traer a colación algunas de

sus afirmaciones de su padre en la obra quinta esencia del absolutismo, Trew Law of

Free monarchies y comprobar que eran similares a los pensamientos que él

expresaba sobre las cuestiones relativas al poder. O, quizás el simple hecho de que,

estando en prisión, en vísperas del magnicidio, por tres veces se le instó a que

solicitara la súplica para evitar la ejecución y las tres veces rechazó tal posibilidad

aferrándose al carácter divino del poder real, resulte elocuente… Sin embargo, la

casi totalidad de los libros de texto, de los manuales, etc., para marcar el perfil

autoritario de Carlos I enfatizan en el hecho de que entre los años 1629 y 1649 no

convocó sesión parlamentaria alguna y reinó sin el parlamento materializando la

máxima del Digesto: Quicquid principi placuit legis habet vigorem. Si reparamos en

este hecho, teniendo en cuenta el conjunto de la vida de Carlos I (sin duda muy rica

en acontecimientos en su mayoría desgraciados) podemos intuir una pista de la

importancia, que, para la vida política de Inglaterra, había tenido y, en el inmediato

futuro, tendrá la dialéctica entre el rey y el Parlamento en la lucha por el poder.

3.1.2 La eterna lucha por el poder.

Dice Hobbes en su Leviatán que: “El mayor de todos los poderes humanos es el que

se integra con los poderes de varios hombres unidos por el consentimiento en una

persona natural o civil; tal es el poder de un Estado; o el de un gran número de

135
personas, cuyo ejercicio depende de las voluntades de las distintas personas

particulares, como es el poder de una facción o de varias facciones coaligadas. Por

consiguiente, tener siervos es poder; tener amigos es poder, porque son fuerzas

unidas. También la riqueza, unida con la liberalidad, es poder, porque procura

amigos y siervos. Sin liberalidad no lo es, porque en este caso la riqueza no protege,

sino que se expone a las asechanzas de la envidia”126.

Traigo a colación esta cita del Leviatán de T. Hobbes para ilustrar lo que sobre el

concepto de poder podría existir en la mente de los monarcas absolutistas que, dicho

126
HOBBES, T. Leviatán. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1994, p. 69 y 70 hace una
pequeña lista de lo que él entiende por poder, diciendo: “Reputación del poder es poder, porque
con ella se consigue la adhesión y el afecto de quienes necesitan ser protegidos. También lo es,
por la misma razón, la reputación de amor que experimenta la nación de un hombre (lo que se
llama popularidad. El éxito es poder, porque da reputación de sabiduría o buena fortuna, lo cual
hace que los hombres teman o confíen en él. La afabilidad de los hombres que todavía están en el
poder es aumento de poder porque engendra cariño. La reputación de prudencia en la conducta de
la paz y la guerra es poder, porque a los hombres prudentes les encomendamos el gobierno de
nosotros mismos más gustosamente que a los demás. Nobleza es poder, no en todo lugar, sino
solamente en los Estados donde tiene privilegios: porque en tales privilegios consiste el poder.

Elocuencia es poder, porque se asemeja a la prudencia. Las buenas maneras son poder, porque
siendo un don de Dios, recomiendan a los hombres el favor de las mujeres y extraños. Las ciencias
constituyen un poder pequeño, porque no es eminente, y por tanto no es reconocido por todos. Ni
está en todos, sino en unos pocos, y en ellos solo en pocas cosas. En efecto, la ciencia es de tal
naturaleza, que nadie puede comprenderla como tal, sino aquellos que en buena parte la han
alcanzado. Las artes de utilidad pública como fortificación, confección de ingenios y otros
parámetros de guerra son poder, porque favorecen la defensa y confieren la victoria. Y aunque la
verdadera madre de ellas es la ciencia, particularmente las Matemáticas, como son dadas a la luz
por la mano del artífice, resultan estimadas (en este caso la partera pasa por madre) como producto
suyo”.

136
sea de paso, con un talante más o menos “humano”, debió darse en las diferentes

dinastías que se sucedieron en Inglaterra una vez acabado el periodo de la invasión

normanda realizada por Guillermo I el Conquistador en 1066. El carácter

(mentalidad) absolutista de los reyes ingleses estuvo propiciado por el hecho de que

el feudalismo en Inglaterra127 no propició la ruptura del territorio inglés en una

multitud de feudos con su consiguiente poder militar y judicial (su particular

soberanía podría decirse) como sucedió en el continente europeo. En las Islas

Británicas, a pesar de que también el fenómeno feudal tuvo lugar, siempre existió un

poder real centralizado.

Esa mentalidad absolutista (con mayor o menor radicalidad) de las diferentes

dinastías que ocuparon el trono de Inglaterra, tras el periodo de la conquista

normanda, ha estado mediatizada por “la historia del Parlamento inglés cuya

conformación, organización y funcionamiento ha sido históricamente el fiel reflejo

de la búsqueda del equilibrio entre el interés de la corona y el pool de intereses de la

ciudadanía.

127
Véase UDALSTSOVA, Z. V. y GUTNOVA, E. V., “La génesis del feudalismo en los países
de Europa”, en AAVV, en La Transición del esclavismo al feudalismo, Madrid, 1989, págs. 215 a
217.

137
CAPÍTULO SEGUNDO
EL PARLAMENTO SEGÚN R. FILMER

3.2.1 El origen asambleario

No obstante, “búsqueda del equilibrio” no significa que el carácter de las distintas

dinastías no fuese absolutista. Simplemente significa que Inglaterra, antes de

cualquier país de la Europa occidental, creó algo similar a una asamblea consultiva

en la que participaban aconsejando los notables y que, con el paso del tiempo,

acabaría haciendo de contrapeso y convirtiéndose, a finales del siglo XVII, en

Parlamento. En este sentido es preciso hacer un recuento sucinto de la Historia de

las asambleas políticas de Inglaterra para no caer en interpretaciones erróneas.

En principio debo decir que la historia de la relación entre el rey y los diferentes

tipos de asambleas o consejos en Inglaterra es la historia de una relación dialéctica

que parte de una situación en la que estuviese o no operativo el tipo de consejo

correspondiente, el rey obraba quod principi placuit y finaliza, algunos siglos más

tarde, en 1689, con la instalación de la monarquía parlamentaria. Entre tanto el

escenario es el de un rey que trata de mantener todos sus poderes que, no en vano,

considera, le vienen dados directamente de Dios, enfrentado a Consejos, Asambleas

138
y pre -Parlamentos que más allá de estar conformados por meros consejeros o

expertos legales, trataban de erosionar lentamente el absoluto poder del rey para ir

adquiriendo un verdadero poder político. En este largo y tortuoso camino, la

institución que resulta ser la contraparte del rey y que finalmente se conformará

como Parlamento, irá ganando en formalidad, en institucionalidad y, sobre todo en

protagonismo y finalmente en auténtico poder político en el marco de una frontal

lucha de intereses religiosos, políticos y, en última instancia, sobre todo,

económicos.

Tras las asambleas tribales entre los siglos VII y XI funcionó lo que se llamó la

Witenagemot o Gran Consejo en cada uno de los Reinos del que apenas se ha

conservado información. Únicamente algunas cartas y donaciones de la Casa Real

de Mercia que gobernó el Estado de Hwiccas. Lo que sí se sabe es que se trataba de

una asamblea de hombres sabios que se reunía anualmente en sedes reales sin un

lugar fijo y que aconsejaba al rey en cuestiones legales y temas de carácter

impositivo. Este gran consejo será el precedente más próximo de la Curia Regis128

creada por Guillermo I el Conquistador. Tras la conquista Normanda al derrotar a

128
Sobre la Curia Regis, ver, MAITLAND, F. W., The Contitutional History of England,
Cambridge University Press, Cambridge, 1968, págs. 54 y ss.

139
Haroldo II en la batalla de Hastings en 1066 se creó este nuevo Consejo formado por

eclesiásticos y terratenientes venidos del norte de Francia que aconsejaban y tenían

protagonismo en la elaboración del registro de la propiedad de todos los terrenos de

Inglaterra, de sus propietarios y de sus formas de explotación presentado bajo el

título de Libro del Domesday.129

3.2.2 Robert Filmer y los reyes usurpadores.

Quienes trabajan en el ámbito de la ciencia política conocen bien la defensa

inquebrantable que Sir Robert Filmer hizo de la procedencia divina del poder de los

reyes. Juntamente con Hobbes forma el dúo de autores más representativos de

cuantos teorizaron y defendieron el absolutismo. Por ello, me parece interesante

dejar hablar a Filmer para conocer, desde la perspectiva de quien pensaba como un

rey absoluto, su opinión sobre los primeros momentos de la formación del

Parlamento en los tiempos de las regencias de Enrique I y, algo más tarde de Juan

sin Tierra.

Dice Filmer, “Hay historiadores que afirman que fue Enrique I quien promovió por

primera vez la reunión de los Comunes, con caballeros y diputados designados por

129
Sobre el libro de Domesday es de interés ver MAITLAND, F. W., Domesday Book and Beyond,
Cambridge University Press, Cambridge, 1988.

140
él, porque hasta este tiempo solo algunos nobles y prelados del Reino eran llamados

a consulta acerca de los más importantes asuntos del Estado. Si esta afirmación es

verdadera, parece ser gracia de aquel Rey, y no resultante de un derecho natural del

pueblo, la originaria autorización para que este eligiera a sus caballeros y burgueses

para el Parlamento”130.

De la cita se destilan dos cuestiones importantes: Un primera que, la reunión de los

Comunes con caballeros y diputados designados por el Rey, venía a ser como el

pistoletazo de salida del largo trecho por el que tendrían que pasar los diferentes

Consejos hasta consolidarse, lejos de la condición de consultivos, como un auténtico

Parlamento. La otra cuestión, quizás más importante, era que la convocatoria de

dicha reunión era un gesto de magnanimidad real y que no obedecía a un derecho

natural que el pueblo poseyera sino a la discrecionalidad del monarca

plenipotenciario que, como gracia derivada de su condición de rey, se dignaba a

escuchar/dialogar con el pueblo. En realidad, Filmer trataba de mostrar los poderes

de un rey absoluto y la enorme distancia existente entre un monarca cuyo poder

absoluto procedía de Dios y el pueblo llano.

130
FILMER, R. Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, págs. 81 y 82.

141
No obstante, centrándonos en Patriarca, vemos que, en el discurso lógico de la

trasmisión del poder real de patriarca en patriarca a partir del primero de ellos, Adán,

a Fílmer, se le descuadra el esquema de su argumentación legitimadora en el año

1100 cuando accede al poder de manera impropia y no exenta de sospecha Enrique

Beauclerc bajo el nombre de Enrique I131. El hecho de que fuera el rey Enrique I y

no otro con mayor autoridad moral, quien tomase la iniciativa de formar el primer

parlamento, Filmer, considera que es una deshonra para el mismo dado que lo

considera un usurpador de la corona y además el responsable, al iniciar una práctica

de concesiones, de que “arrancasen”, a Juan sin Tierra, la Carta Magna “que éste

otorgó, más que nada, para halagar a la nobleza y al pueblo”132. El Parlamento, en la

opinión de Filmer, no comenzaba con buen pie.

131
CABALLERO CAMINO, H. I., Del medievo feudal al capitalismo moderno. Evolución
social/Evolución mental. ¿Por qué Filmer llegó tarde? Razones de la anacronía de Patriarca,
Tesis doctoral UPV/EHU, San Sebastián, 2016, p.465, 466, dice: “A la muerte de Guillermo el
Conquistador, sus hijos, Enrique Beauclerc (Buen clérigo) (que luego sería Enrique I) que había
sido educado para la carrera eclesiástica, recibió simplemente una compensación económica en
tanto que a Roberto Courteheuse , hermano mayor, se le asignó el ducado de Normandía y, a
Guillermo II el Rojo, la corona de Inglaterra. Aprovechando la ausencia de Roberto que se
encontraba de campaña en las cruzadas y tras la muerte de su hermano Guillermo, en circunstancias
extrañas, y sospechosas mientras cazaba el dos de agosto del año 1100, Enrique accedió al trono
de Inglaterra tres días después (el cinco de agosto con el nombre de Enrique I). Posteriormente tras
la batalla de Trinchebray, en la que resulta vencedor de su hermano Roberto, Enrique anexionará
a Inglaterra el condado de Normandía. Pero Enrique I, no solamente accedió al trono de manera
presuntamente delictiva (no está absolutamente probada su participación en el asesinato de su
hermano, aunque sea sentir común) y mediante la usurpación, esto es mediante la fuerza y la
espada, sino que, además, “para lisonjear a la nobleza y al pueblo otorgó lo que Filmer y Raleig
llaman la Gran Carta que no es otra que la Carta de las libertades (firmada en el año 1100), sin
duda, antecedente próximo de la Carta Magna de 1215”
132
FILMER, R. Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, p. 82.

142
A juicio de Sir Robert Filmer tanto Enrique I como Juan sin Tierra no fueron

“auténticos reyes” dado que, por carecer de autoridad moral como consecuencia de

su condición de usurpadores, no se podían comportar como verdaderos reyes

soberanos dotados de autoritas y potestas. Por el contrario, entraron en un juego de

halagos y complacencias con la nobleza y el pueblo para ejercer y conservar el poder.

Filmer, para sostener esta versión, trae a colación una cita de Sir Walter Raleig

extraída de su Diálogo de los Parlamentos que reza: “La Gran Carta no fue otorgada

en un principio legal y libremente, porque Enrique I no hizo otra cosa que usurpar

el reino y, por ello, para mejor asegurarse contra Roberto, su hermano mayor, halagó

a la nobleza y al pueblo con sus Cartas; por ende, el rey Juan, que la confirmó, tenía

los mismos motivos, porque Arturo, duque de Britania, era el indudable heredero de

la Corona, y a él se la usurpó Juan; en conclusión, estas cartas tuvieron su origen en

reyes de facto, pero no de iure […]. La Gran carta nació oscuramente de la

usurpación y presentada al mundo por la rebelión”133.

133
FILMER, R., Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, p. 82.

143
No resulta extraño que a los ojos de Filmer, tanto Enrique Beauclair como Juan sin

Tierra, resultaron ser dos reyes impostores responsables de todos los males, que, a

partir de ellos, Inglaterra tuvo que soportar por haber dado protagonismo al

incipiente Parlamento. Como afirma I. Caballero Camino, “la Carta Magna

firmada, de manera forzada contra su voluntad, por Juan I en 1215 ha sido

considerada como un antes y un después en la historia parlamentaria inglesa al

contribuir al fortalecimiento y sustentación de la Curia Regis”134.

134
CABALLERO CAMINO, H. I., Del medievo feudal al capitalismo moderno. Evolución
social/Evolución mental. ¿Por qué Filmer llegó tarde? Razones de la anacronía de Patriarca,
Tesis doctoral UPV/EHU, San Sebastián, 2016, p.231.

144
CAPÍTULO TERCERO
EL PARLAMENTO Y SU EMPODERAMIENTO

3.3.1 Camino de la conformación: El Parlamento por elección

La historia que a partir de este momento va a tener lugar es la de un Parlamento que

va poco a poco conquistando más poder como consecuencia de diversos avatares,

pero fundamentalmente de la ampliación de la representatividad social en el

mismo135. En 1263, Simón de Monfort VI Conde de Leicester, que lideró la Segunda

guerra de los barones, acabó derrotando y capturando al rey Enrique III en la batalla

de Lewes y haciéndose con el poder en Inglaterra. Durante su corto mandato amplió

la representación en el Parlamento con representantes de las nuevas ciudades y de

los borougsh convocando el primer Parlamento conformado por elección en la

Europa del medievo por lo que a pesar de su reconocida crueldad en considerado

como uno de los introductores de la democracia parlamentaria. A continuación,

Eduardo I, hijo de Enrique III, popularizado en la famosa película Breveheart136

135
Tal y como, de ello, da cuenta MAILTAND, F. W., The Contitutional History of England,
Cambridge University Press, Cambridge, 1968.
136
Filme de producción norteamericana. Se trata de un relato histórico con tintes dramáticos
protagonizado por Mel Gibson y con el reparto de grandes actores como Bruce Davey, Alan Ladd
Jr., Elisabeth Robinson… Narra episodios de vida del nacionalista William Wallace durante la
Primera Guerra de Independencia de Escocia. Esta película (con las licencias históricas que el cine
se permite) fue un buen medio para divulgar la historia inglesa de finales del siglo XIII.

145
como un rey tirano y represivo, a lo que añado, no exento de astucia 137, dentro del

programa de reorganización del reino, abordó la codificación del derecho inglés a

través del Primer (1275) y Segundo (1285) Estatutos de Winchester que marcan el

inicio de la hoja de ruta del futuro de los Parlamentos, en base a los cuales abordó

su reforma parlamentaria. Es cierto que Eduardo I, durante su reinado no dio la

espalda al parlamento. Más bien lo convocó con bastante asiduidad. En 1295

convocó además de a los nobles y eclesiásticos, a dos caballeros de cada uno de los

condados y a dos representantes por distrito. En la Tallagio non concedendo de 1297,

al margen de la ampliación de la representatividad y su espectro social, un hecho que

no debe pasar por alto, es que, si bien hasta este momento, los miembros del

parlamento acudían como actores pasivos dándose por enterados y otorgando validez

a las decisiones previamente tomadas, a partir de ahora debería reunirse con plena

137
Un ejemplo de ello nos aporta BARTLETT, R., La formación de Europa. Conquista,
colonización y cambio cultural, Universitat de Valencia, Valencia, 1973, p. 271, al decir: “En 1295
cuando Eduardo I de Inglaterra intentaba reunir apoyos en su guerra contra Felipe IV de Francia,
hizo la acusación de que el rey francés quería invadir Inglaterra y “borrar completamente la lengua
inglesa de la tierra”. Es, sin duda un precedente de la utilización de la identidad cultural como
estímulo del orgullo patrio.

146
capacidad decisoria (no imposición de tributos sin representación)138. Los

historiadores han denominado a este Parlamento “Parlamento modelo”139.

Fue en abril de 1341, cuando Eduardo III de la dinastía Plantagenet, por vez primera,

convoca por separado a la nobleza y el clero por un lado y a los caballeros y

mercaderes burgueses por el otro dando nacimiento a las llamadas cámara de los

Lores y cámara de los Comunes respectivamente. Los tiempos estaban cambiando y

la burguesía conformada por los mercaderes y pequeños industriales estaban

provocado un deslizamiento que, más tarde sería definitivo de los centros de poder

económico. El Plantagenet se dio perfecta cuenta de ello de buena gana o forzado140

no viene al caso, porque no en vano necesitaba dinero para sus guerras (en especial

la llamada de los Cien Años) que debería obtener de los impuestos (contribución,

aranceles, lana…) y, ese dinero estaba, en gran medida en manos de la nueva

burguesía descontenta. Esta provocó la crisis política escenificada en las sesiones

138
DUFAU, M. M., DUVERGIER, J. B. et GUADET, Collection des Constitutions, Chartes et
Lois Fondamentales des peuples de l’Europe et des deux Ameriques, v.I, Pichon et Didier
Librairies, Paris, 1830, págs. 314 y 315, dice: “La capacidad de rechazar subsidios al Monarca
tenía como contrapartida la capacidad de otorgárselos bajo algunas condiciones; dicho de otra
manera, la capacidad de exigirle como compensación o a cambio del dinero que se le asignaba, la
cesión de una parte de su autoridad”.
139
Modelo que, a decir verdad, había sido utilizado ya en 1265 por Simón de Monfort.
140
Véase, McKISACK, The Fourteenth Century 1307-1399, Oxford University Press, Oxford,
1959.

147
parlamentarias de 1376 del conocido como “buen Parlamento”. Es por ello por lo

que, abordó la reforma del Parlamento y de manera especial la de la cámara de los

Comunes aumentando de manera notable el poder de esta especialmente en materia

impositiva. La autorización de un impuesto debía poseer la aquiescencia de la

Cámara de los comunes y el rey debía justificar su necesidad y en qué medida su

aprobación era beneficiosa para el reino. Al final del reinado de Eduardo III, la

“aparente” mayor cercanía del Pueblo representada en la Cámara de los Comunes

con el rey anciano, posibilitó el aumento de quejas por la conducta inapropiada de

algunos servidores reales e incluso la petición de varias de las destituciones de

consejeros del rey. Existe una conciencia generalizada de que, la mayor actividad

política en “nuevos” campos de actividad parlamentaria y las aceptaciones, porque

no había más remedio, de las peticiones del Parlamento tuvieron su influencia en el

camino hacia el asentamiento e institucionalización definitiva del Parlamento.

148
CAPÍTULO CUARTO
EL PARLAMENTO VISTO DESDE LA ÓPTICA TOTALITARIA

3.4.1 Filmer y el estado de la cuestión desde la visión de un


totalitario.

No obstante, creo que es necesario acudir a la opinión de Filmer para, con su visión

histórica, tener una visión de la situación vista desde la óptica de un totalitario. El

escritor de York trata de mostrar la inexistencia de vínculos entre los representantes

electos para la Cámara de los comunes y el pueblo diciendo: “Nunca hemos oído

que el pueblo, por cuyos votos son elegidos los caballeros y diputados haya llamado

a cuentas a aquellos a los que eligió; ni siquiera les dan instrucciones sobre lo que

deben decir o hacer en el Parlamento; por consiguiente no pueden castigarlos a su

regreso por haber herrado; si los pueblos tuvieran tal poder sobre los burgueses,

entonces sí podríamos hablar de libertad natural del pueblo. Pero tan lejos están de

castigar, que ellos mismos pueden ser castigados por intervenir en los asuntos

parlamentarios; lo que tienen que hacer es elegir y confiar que los elegidos hagan lo

que les indiquen; y esta es la libertar que muchos de nosotros merecemos por nuestra

desordenada elección de diputados”141.

141
FILMER, R., Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, p. 85.

149
Más adelante, sigue diciendo Filmer, “en el Parlamento, todos los estatutos o leyes

son hechos propiamente por el Rey solo, a ruego del pueblo, como su Majestad el

Rey Jaime, de feliz memoria, afirma en su Verdadera Ley de la Libre Monarquía, y

como Hooker nos lo enseñó: que las leyes no toman su fuerza coercitiva de la calidad

de aquellos que las proyectan, sino del poder que les da fuerza de leyes. “Le Roy le

veult”, el rey así lo quiere. Es la frase imperativa pronunciada por el rey al confirmar

cada acta del Parlamento, y la antigua costumbre, que duró largo tiempo, hasta los

días de Enrique V, era que los reyes, cuando se presentaba ante ellos cualquier

proyecto aprobado en ambas cámaras, quitaban de él lo que no les gustaba, y aquello

que ellos elegían era lo que pasaba al acta en calidad de ley: pero la costumbre de

los últimos reyes es tan benévola que autoriza siempre los proyectos íntegros, tal

como han sido aprobados por ambas Cámaras”142.

142
FILMER, R. Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, p. 86.

150
CAPÍTULO QUINTO
UN PARLAMENTO SUMISO

3.5.1 El Parlamento en la época Tudor

Estimo que los momentos más relevantes de la evolución del Parlamento inglés han

sido, de manera somera, referenciados. Es por ello que, dando un salto en el tiempo,

me situaré en la época de los Tudor: el rey Enrique VIII y, su continuadora en el

trono de Inglaterra, la reina Isabel I. La aceptación popular de la gestión regia que

ambos realizaron, en especial la de Isabel I, ha hecho que muchos historiadores se

pregunten si con respecto a ellos se puede o no hablar de absolutismo. Es cierto que

venía existiendo “el Parlamento” y, aunque funcionando con intermitencias de forma

discontinua, no es menos cierto que, en esta época de los Tudor, se introdujeron

novedades importantes que llegan hasta nuestros tiempos. Una de ellas fue el

funcionamiento de la institución que aspira a ser auténtico Parlamento a través del

nombramiento de comisiones. Pero también es cierto que ese Parlamento se mostró

sumiso y fue una herramienta de gobierno de la que se sirvieron hábilmente tanto

Enrique como Isabel y más que una institución que fuese contrapeso del Quicquid

principi placuit legis habet vigorem resultó cumplir funciones instrumentales y de

legitimación de los actos regios. En definitiva, no creo que el reinado de la dinastía

151
de los Tudor, en el que el Parlamento se pareció más a un “consejo turco”143 en

palabras certeras de Hume, pueda ser eximido de la condición de absolutista. No

obstante, la condición absolutista, el siglo de gobierno Tudor y las propias palabras

de Hume, es preciso reconocer que la propia imagen que el pueblo tuvo de Enrique

VIII e Isabel I144 contribuyó por contagio a crear una buena percepción del

Parlamento, a pesar de su instrumentalización, por el mero hecho de existir.

Existe entre nosotros, los juristas, un hábito que yo calificaría de casi enfermizo: de,

una vez creada y definida una institución, convertirla en parámetro y, a continuación,

someter a evaluación a todas aquellas instituciones de una naturaleza similar que le

precedieron. Esto sucede, cómo no, con le institución del Parlamento. Se ha

comparado el Witenagemot, las diferentes asambleas (de eclesiásticos, de nobles, de

Terratenientes, de sabios, de consultores, de mercaderes…) con el Parlamento. Todo

ello sin observar que, lo que hoy llamamos Parlamento, obedece al diseño elaborado

143
Sobre el vocabulario político de Hume, ver, LAURSEN, J. Ch., “David Hume y el vocabulario
político del escepticismo”, Anuario de Filosofía del Derecho, VII, 1990.
144
MATTEUCCI, N., Organización del poder y libertad. Historia del constitucionalismo
moderno, Trotta, Madrid, 1998, p. 79, dice: “Durante la larga época isabelina (1558-1603) no
existieron en Inglaterra conflictos constitucionales relevantes; y como escribió Harrington, el
reinado de Isabel fue un continuo idilio con el pueblo”.

152
en el Segundo Ensayo Sobre el Gobierno Civil de John Locke. Y esto sucede en

Inglaterra a partir de la Gran Revolución.

En este sentido en lo que atañe a la época, ya avanzada, de los Tudor estoy en

sintonía con Cheyney cuando afirma que: “No existía una rama del gobierno que se

pudiera llamar Parlamento; todo lo más una asamblea especial que tenía ese nombre

y era convocada de cuando en cuando. El gobierno permanente lo componían la reina

(se refiere a Isabel I), sus consejeros privados, los jueces y los demás

funcionarios”145. Enrique VII se apoyó en el llamado Parlamento para legitimar la

ruptura con Roma146. El dato elocuente que constituye el hecho de que durante los

años de reinado transcurridos entre 1559 y 1603 convocase únicamente once veces

y por periodos de tiempo relativamente cortos avala las afirmaciones de Cheyney

para quien, además es la permanencia con el trabajo continuado y no la

discontinuidad constituye uno de los elementos fundamentales de la institución que

llamamos Parlamento entendida como institución de gobierno.

145
CHEYNEY, E. P. A History of England from the Defeat of the Armada to the Death the of
Elisabeth, Ginn and Company, Boston, 1904, p. 275.
146
En 1934, el Parlamento formalizó el Acta de Supremacía que hizo de Enrique VIII la cabeza
suprema de la Iglesia de Inglaterra.

153
3.5.2. Los primeros Estuardo

La época de los Tudor finaliza con la muerte de Isabel I en 1603. La reina, que se

había ganado el crédito de la generalidad de los ingleses, había seguido los pasos de

Enrique VIII en el sentido de que, el monarca, era la cabeza inequívoca e indubitada

del sistema político de Inglaterra. En tal estado de cosas, el papel del Parlamento

fue, sin ánimo de exagerar, poco más que residual. En el momento del fallecimiento

de Isabel I, los ingleses vivieron momentos de incertidumbre y de temor ante el

futuro. Consideraban que era muy difícil llenar el vacío que dejaba una reina de la

talla y personalidad política de Isabel. Al carecer, la llamada reina virgen, de sucesor,

de manera simultánea se extinguió la dinastía de los Tudor y entró en liza la dinastía

escocesa de los Estuardo.

A. JACOBO I

Jacobo I, hijo de María Estuardo, fue proclamado rey de Escocia con trece meses y,

finalizada la minoría de edad en 1578, las luchas por el poder entre quienes habían

cumplido las funciones de regencia impidieron que consiguiese el control del Estado

escocés hasta 1581. El acceso al trono de Inglaterra, que se había venido preparando

con dos años de antelación al fallecimiento de Isabel I en abierta contradicción con

154
el deseo expresado en su testamento por Enrique VIII, se produjo el veinticinco de

julio del tercer año de mil seiscientos. En ese momento su corona reinaba sobre

Escocia, Irlanda e Inglaterra, circunstancia que se prolongó durante veintidós años.

Jacobo I, que ya tenía más de veinte años de experiencia real en Escocia llegó a

Inglaterra con una mochila cuyo contenido ya se conocía. Además de su gestión real

en territorio escocés, su reconocida formación intelectual, le había facilitado escribir

varias obras entre las que destacan The True Law of Free Monarchies escrita en 1598

y Basilikon Doron en 1599 (libro para la instrucción de su hijo Henry Frederick que

murió a los cuatro , centralistas y absolutistas de las que fácilmente se destilaban sus

principios: “el poder del rey tiene procedencia divina”; “el rey hace la ley; “al rey se

le debe obediencia absoluta” “la unidad que forma con el Estado hace al Rey unus

et ómnibus”; “La voluntad del Rey es la voluntad del Estado”; “El rey es propietario

de su Estado al igual que, el señor feudal, lo es de su feudo”; “No convoquéis a los

Parlamentos (aconseja a su hijo en Basilikon Doron) excepto por la necesidad de

nuevas leyes, lo que debe ser rara vez”147 A partir de estas premisas no es difícil

deducir que, durante su reinado, su relación con el Parlamento148, al que consideraba

147
CROFT, P., King James, Palgrave Macmillan, Basingstore y New York, 2003, p. 133.
148
No en vano, la llamada “conspiración de la pólvora” tuvo lugar, coincidiendo con los
preparativos de la segunda sesión del primer Parlamento convocado tras el acceso al trono, el día
5 de noviembre de 1605. Los historiadores cuentan que, la posibilidad más que cierta de su muerte,
la de su familia y la del cuerpo del Estado, aterrorizó a Jacobo I. Otros señalan que fue un plan
urdido por la camarilla del Rey para abortarlo en el último momento y así provocar un rechazo
general de la conspiración y hacer que el Parlamento atendiese las cantidades de dinero que en rey
solicitaba. Sean o no ciertas las dos opiniones podemos coincidir en el hecho de que los comienzos

155
como asamblea subordinada al soberano, no fuese demasiado fácil. Al final, el

enfrentamiento entre Jacobo I y el Parlamento alcanzará el más alto grado de tensión

y, el rey optará por dar la espalda al Parlamento y gobernar sin él durante siete años.

El detonante ocurrió en 1614 cuando el monarca, con el fin de establecer una carga

impositiva, convocó al Parlamento. Las discusiones se prolongaron durante ocho

meses para finalizar sin resultado alguno. No obstante, durante su reinado, a su pesar,

por cuestiones como esta última, el Parlamento fue adquiriendo cada vez una mayor

personalidad institucional. En este sentido McIlwain hace la observación de que “el

gobierno arbitrario que era posible bajo los Tudor como poder ordinario resultó

imposible con los Estuardo de no ser como poder extraordinario amparado

solamente por la apelación a la situación de emergencia. Este fue uno de los

resultados más importantes del avance en cuanto a toma de poder de la Cámara de

los comunes”149.

del reinado de Jacobo no fueron fáciles y, como si fuera premonitorio, con el Parlamento en el
escenario.
149
MACILWAIN, Ch. H. Constitucionalismo antiguo y moderno, Centro de Estudios Políticos y
Constitucionales, Madrid, 1991, p. 19.

156
B. CARLOS I.

Con el ascenso de Carlos I hijo de Jacobo I al trono inglés, el 27 de marzo de 1625,

las cosas variaron muy poco150. El nuevo rey participaba de las concepciones

absolutistas de su padre y las hizo suyas. No en vano había sido educado siguiendo

las pautas del Basilikon Doron de su progenitor. En el inicio, la regencia de Carlos

I, preocupado por la política exterior, estuvo llena de despropósitos y derrotas y se

caracterizó por una lucha constante y sin cuartel con el Parlamento. Carlos I es un

monarca cuya vida conoce bien el gran público porque, no en vano, ha sido objeto

de la canción, de la novela y hasta de grandes películas taquilleras. De ahí que

prescindiré de hacer referencia a los lugares comunes que con frecuencia repiten

quienes se han dedicado a hablar sobre el personaje para centrarme exclusivamente

en su relación con el Parlamento.

El segundo Estuardo rey de Inglaterra, siempre tuvo varios frentes abiertos tanto

internos como externos y sus problemas pueden reducirse a uno solo: Nunca dispuso

del numerario suficiente para responder de la manera conveniente a cada uno de los

frentes. Poco después del acceso al trono, tras convocar el primer Parlamento, tuvo

150
Ver, GARDINER, S. R., Constitutional Documents of the Puritan Revolution 1625-1660,
Clarendon Press, Oxford, 1906.

157
que disolverlo en agosto de 1625 en clara confrontación y discrepancia con el mismo

y además con un alto grado de impopularidad entre los ingleses, por la derrota en

Cádiz, en la guerra naval con España151. Acuciado por la falta de liquidez y en un

intento de recuperar la credibilidad perdida ante sus súbditos, convocó de nuevo el

Parlamento en febrero de 1626. Con el ánimo de obtener la mayoría, trató de

manipular la composición de las dos Cámaras y cometió torpezas e irregularidades

de todo tipo como, por ejemplo, provocando incompatibilidades de algunas de las

señorías para que les impidiera ejercer como parlamentarios.

El enfrentamiento entre el Parlamento y el rey alcanzó las más altas cotas hasta el

punto de que la cámara de los Comunes trató por todos los medios de acusar al

monarca de alta traición. Carlos I acabó disolviendo el Parlamento cuatro meses

después. Con la impopularidad en constante crecimiento, inicia una guerra con

Francia teniendo abierto el frente de guerra con España. ¡De nuevo la cuestión del

dinero! Las arcas reales estaban en pleno descenso y el rey emitió, con fines

recaudatorios una serie de ordenanzas reales que contenían sanciones de pérdida de

151
Eran tiempos en los que, por la ruta de las Indias, llegaban las naves españolas cargadas de la
plata americana. Carlos I con el apoyo de Holanda envió una gran flota comandada por el duque
de Buckingham para que capturase los barcos españoles en la Bahía de Cádiz. La operación fue
un enorme fracaso desde todas las perspectivas (militar, económica y de crédito popular) y un
lastre pesado que, sin duda alguna, condicionó, a lo largo de todo el reinado de Carlos I, el
desarrollo de su política.

158
libertad en el caso de no ser atendidas por mor de la prerrogativa real. Estas

ordenanzas fueron declaradas ilegales por las Cortes de Justicia en 1627. La ruinosa

situación a la que le estaba llevando la guerra con Francia le obligó irremisiblemente

a convocar el Tercer Parlamento en marzo de 1628. Fueron sesiones muy tensas. Se

aprobó la aportación que el soberano necesitaba y…, también se consiguió que

Carlos I firmara uno de los documentos importantes en la historia del

constitucionalismo: la Petion of Rigths. Tras dictar una vacatio temporal en enero

de 1629 continuó el Tercer Parlamento en segunda sesión y el Parlamento aprobó

(de facto no de iure) tres resoluciones contrarias al rey. En la tercera de ellas se decía

que quien pagase el tonelaje (impuesto) no aprobado por el Parlamento sería

declarado un traidor de las libertades de Inglaterra y un enemigo de las mismas. Ante

tal situación, Carlos I opta por disolver el Parlamento.

La situación del momento la sintetiza Guillén López diciendo que, “un relato

sumario de ciertos hechos, puede ayudarnos en la comprensión de este periodo.

Frente a las ofensas continuas de los Estuardo, Edward Coke enarbola en sus

Instituta (1628) el discurso constitucional frente al poder arbitrario. Poco después

un luctuoso hecho lo alimenta: Eliot muere encarcelado en la Torre de Londres sin

retractarse de su comportamiento en la Cámara de los Comunes. Las persecuciones

se extienden y el puritano jurista Paynne es condenado por el Tribunal de la Cámara

159
Estrellada a perder las dos orejas. La reprobación unánime y común de los juristas

de derecho consuetudinario, los parlamentarios y los puritanos converge en el

Parlamento que adquiere así una calidad representativa nueva. La voz del

Parlamento comienza a ser la voz del Pueblo, de un pueblo nuevo que exigía un rey

nuevo”152.

En este clima, se va a producir, como dije más arriba, un hecho memorable: El

Parlamento cada vez más fuerte, obliga al Rey a acceder a la Petition of Right153.

Este estatuto retoma el espíritu limitador de la prerrogativa de los textos más señeros

del Common Law. Hace una crítica feroz al proceder del monarca en los asuntos de

152
GUILLEN LÓPEZ, E., “Los parlamentos y el tiempo. El ejemplo inglés hasta la “Revolución
Gloriosa”, Cuadernos Const. de la Cátedra Fadrique Furió Ceriol, n. 36/37, Valencia, 2001, págs.
174 y 175.
153
La Petition of Rights de 1628, comienza diciendo: “Humildemente, los señores espirituales y
temporales y los comunes reunidos en Parlamento, manifestamos ante nuestro señor soberano, el
Rey, que, considerado que está declarado y promulgado por un estatuto, redactado en el tiempo
del reinado del Rey Eduardo Primero, comúnmente llamado Statutum de Tallagio non
Concedendo, que ningún talaje o crédito será impuesto o recaudado por el Rey o sus sucesores en
este Reino sin la voluntad y el consentimiento de los arzobispos, obispos, condes, varones,
caballeros, burgueses y otros hombres libres de la comunidad de este Reino; y por la autoridad del
Parlamento, manifestada en el vigésimo quinto año del reinado del Rey Eduardo Tercero, se
declara y promulga, que de aquí en adelante nadie será obligado a entregar préstamos al Rey contra
su voluntad, cuando tales préstamos sea irrazonables o contrarios al derecho de la tierra; y por
otras leyes de este Reino se provee que nadie será gravado con ninguna carga o exacción a título
de donación, ni por ningún otro tipo de carga: por lo cual, en base a los estatutos arriba
mencionados, y a otras buenas leyes y estatutos de este Reino, vuestros súbditos, que han heredado
esta libertad, no deben ser obligados a contribuir con ningún impuesto, talaje, crédito u otra carga
no aprobada por el Parlamento”. Inglaterra. Frente a la pretensión de los Estuardos de introducir y
consolidar el civil Law y sus tribunales, la Petition of Rights dice que el derecho inglés es el
Common Law.

160
Estado y el Parlamento obliga al monarca a corregir sus actuaciones y reparar

cuantas violaciones de la Carta Magna y del estatuto De Tallagio non Concedenda

ha venido cometiendo154. A partir de ese momento comienzan los conocidos como

los once años de Tiranía en los que Carlos I reinó dando la espalda al Parlamento o

más bien ignorando su existencia inactiva155.

Durante los once años de tiranía, Carlos I sometió al país a un riguroso y temible

control social. Los tribunales reales (la Corte de la Comisión Suprema y la Corte de

la Cámara Estrellada) arbitrarios y temidos funcionaron sin descanso.

Su gestión política con respecto a Escocia no resultó ser más exitosa. Tuvo graves

problemas al pretender imponer sus políticas religiosas en su país de procedencia.

154
Y, en el apartado XI de la Petition of Rigths, para concluir, se dice “Y, vuestra majestad podría
dignarse declarar, que las sentencias, actos y procedimientos, dictados en perjuicio de vuestra
gente en los casos anteriores (el listado está contenido en los nueve apartados interiores del
documento) , no tendrán en adelante efecto, ni se tomarán como ejemplo; y vuestra majestad
podría tener la graciosa deferencia, voluntad y deseo, de que en los casos arriba mencionados todos
vuestros oficiales y ministros os servirán de acuerdo con las leyes y los estatutos de este Reino
con el fin de honrar a vuestra majestad y alcanzar la prosperidad de este Reino”. El documento,
además de suponer una gran limitación al poder soberano del Monarca, supone dejar claro cuál es
el Derecho de Inglaterra. Frente a la pretensión de los Estuardo de introducir y consolidar el civil
Law y sus tribunales, la Petition of Rights dice que el derecho inglés es el Common Law.
155
Ver, GARDINER, S. R., The Fall of the Monarchy of Charles I, 1637-1649, Longemans,
London, 1882.

161
En 1639, realizó un intento de cobro de impuestos entre los escoceses para recaudar

fondos y, dicha iniciativa provocó el estallido de la llamada Primera guerra de los

obispos que finalizó con el deshonroso tratado de paz (más bien una tregua) de

Berwik firmado entre Inglaterra y Rey en una situación muy complicada porque la

solución pasaba por dar más dinero a los escoceses. Al no disponer de las cantidades

suficientes, ahora recurre al Parlamento, once años después en abril de 1640,

ofreciendo derogar el llamado fonsato naval (tradicional impuesto de tiempos de

guerra hecho vigente en tiempos de paz) que (venía cobrando, justificando en la

Prerrogativa real y sin la aprobación del Parlamento y que mantenía vivo el

descontento popular) desde hacía varios años. A cambio él solicitaba la procuraba

de los fondos que necesitaba o la forma autorización de cobro de impuestos para

conseguirlos. El Parlamento tomando una posición de fuerza se negó a admitir la

solicitud y se mantuvo en la negativa. La respuesta de Carlos I fue disolver el

Parlamento en mayo de 1640 cuando lo había convocado un mes antes (se ha

conocido como el Parlamento corto). El monarca “explicó que la condición

sediciosa de los Comunes era la única causa; había en esa Cámara muchos sujetos

leales y honestos pero ciertas víboras los habían equivocado y oprimido”156.

156
MATTEUCCI, N., Organización del poder y libertad. Historia del constitucionalismo
moderno, Trotta, Madrid, 1998, págs. 99 y100.

162
En su permanente conflicto con los escoceses fue de nuevo derrotado en la Segunda

guerra de los Obispos y, de nuevo, humillado en la firma del tratado de Ripón en el

que se estableció que Inglaterra pagase los gastos de guerra del ejército escocés que

había resultado vencedor en la contienda.

El rey Carlos I volvió a convocar el Parlamento antes de la finalización del año 1640

y, esta vez, se le denominó Parlamento Largo157. Las mismas dificultades

negociadoras, que había encontrado en el Parlamento corto, se volvieron a repetir.

La posición política del monarca resultó debilitarse frente al Parlamento hasta el

punto de no poder sacar adelante sus pretensiones. Incluso no pudo evitar que uno

de sus consejeros importantes y fieles, Thomas Wentworth conde de Strafford, fuese

condenado a la pena capital con su firma regia.

157
TREVELYAN, G. M., Historia política de Inglaterra, Fondo de Cultura Económica, México,
1943, p. 285, dice: “La obra de esta legislatura, en todo su alcance, se edificó sobre roca. Nunca
se deshizo, porque fue obra de puritanos y episcopalistas que actuaban unidos. Registró la victoria
irreversible de sir Edward Coke y sus Year-Books sobre Strafford y los tribunales de prerrogativa.
El tribunal de la Cámara Estrellada, La Alta Comisión, la jurisdicción derivada de la prerrogativa
regia de los Consejos de Gales y del Norte fueron abolidos por la ley, y la ilegalidad del ship
money, tonelaje y libraje sin sanción parlamentaria fue declarada fuera de toda duda”

163
La guerra civil, en un clima de fortísima tensión entre el Rey y el Parlamento, tras

ponerse en evidencia que las partes eran incapaces de llegar a acuerdos a través de

la negociación, estaba por llegar. El 25 de octubre de 1642 se inicia la contienda

con el País físicamente dividido en dos partes. En una de ellas, con sede en Oxford

se ubica el Rey con sus seguidores dominando el oeste y el norte del País. En la otra,

estableciendo la sede en Londres se coloca el Parlamento controlando el sur y el este

de Inglaterra. Sin necesidad de hacer un recuento de las batallas, me limitaré a decir

que los realistas fueron derrotados en abril de 1646 teniendo Carlos I que huir

entregándose al ejército presbiteriano escocés. A partir de ese momento el infortunio

de Carlos I fue en aumento. Tras negociaciones, traiciones, intentos de pactos,

finalmente llega la Segunda guerra civil y la derrota definitiva del monarca en la

batalla de Preston en agosto de 1648. El 30 de enero de 1649, Carlos I era ajusticiado

manteniendo la convicción de que su condición de rey era obra divina y negándose

a realizar la más elemental súplica para continuar con vida.

Apenas se había cumplido un año desde el inicio del Parlamento largo cuando el 15

de febrero de 1641, tuvo lugar un hecho que resultaría importante en la historia del

parlamentarismo: la aprobación de la primera Triennial Act o Ley de Disolución que

privaría al Rey de la capacidad exclusiva de convocar y disolver el Parlamento

quebrando, de esta forma, el poder absoluto del Rey. El contenido de esta norma

164
establecía que: 1) El Rey no podía disolver por sí solo el Parlamento siendo preciso

que éste diera su consentimiento; 2) El Parlamento debía ser reunido al menos, en

un acto de cincuenta días, cada tres años.

Sin duda la Triennal Act supuso un paso adelante en el pulso continuado que

mantenían un Rey Carlos I, y el Parlamento que con la evolución de los tiempos

acabaría consolidado como el Parlamento de un Estado de Monarquía constitucional.

Algún autor ha querido atribuir a esta ley un verdadero carácter innovador

desligándola de la tradición del Common Law y tratando de ver en ella una ruptura

con dicha tradición. No voy a entrar en esta cuestión porque no viene al caso. Al

respecto simplemente diré que no es posible desligar esta norma (sacarla de

contexto) de la historia del desafío que un pueblo mantuvo durante siglos con su rey

por la conquista de las libertades. Estas desde los tiempos anteriores a la Carta

Magna hasta la Gran Revolución de 1689 y la consiguiente Monarquía

Constitucional vinieron siendo exigidas al monarca de turno en la mentalidad de que

él era, como poseedor de las mismas, quien tenía que concederlas.

En definitiva, se trataba de despojar a la realeza del manto divino que la cubría y

ubicarla en el lugar terrenal que le correspondía desde que Enrique de Bracton en el

siglo XIII hubiera dicho que “la ley está por encima del rey”. La Trienal Act de

165
ningún modo supone abandonar la tradición del Common Law ni en la forma ni en

su fondo, sino que se enmarca dentro de su más pura esencia158. Además, ¿no era el

Parlamento, en ese tiempo, el mayor defensor del Common Law frente a los

tribunales de prerrogativa del Rey? La trienal Act, no rompe con una tradición, sino

que la confirma y, es más, sin el Common Law y el espíritu reivindicativo inglés que

arranca desde los tiempos de Alfredo el Grande y, dicho sea de paso, sin el espíritu

pre -revolucionario que en esos tiempos se vivía, la Trienal Act, no hubiera tenido

lugar.

Las dos Cámaras se pusieron de acuerdo, por ejemplo, en mayo y, también en junio

de 1642. En mayo, para defender la superioridad del Parlamento sobre Carlos I y

proclamar que era el órgano legalmente autorizado para “preservar la paz pública y

la seguridad del Reino”159. En junio, en ese mismo sentido el Parlamento redactó el

158
El trabajo y la defensa que Edward Coke y los jueces de Common Law hicieron de este derecho en
sintonía estrecha con la Cámara de los Comunes fueron, sin duda decisivos para el triunfo final de la
Revolución Gloriosa y la derrota del absolutismo. ¿Qué es lo que movía a los Comunes a realizar una
defensa tan fuerte del Common Law? HAYEK, F. A., Derecho, legislación y libertad, v. I, Unión Editorial,
Madrid, 1985, p. 164, lo pone en claro: “ Esa libertad inglesa, que en el siglo XVII llegó a ser la admiración
del Continente europeo, no fue originariamente, como creyeran los propios británicos y más tarde
Montesquieu predicara al mundo, fruto de la separación de poderes entre los órganos legislativo y ejecutivo,
sino resultado de que las decisiones de los tribunales se inspiraban en la Common law, es decir, en un
derecho independiente de todo acto volitivo personal, derecho que a la par de vinculante para los tribunales,
era por ellos mismos desarrollado; un derecho en la que el Parlamento rara vez se entrometía si no era para
aclarar algún aspecto dudoso que pudiera afectar al corpus legal existente”.
159
MACILWAIN, Ch. H., The High Court of Parliament and its Supremacy, 1912, p. 390.

166
Nineteen Propositions recordándole al Rey quién era “el máximo y supremo

Consejo” y a quién correspondía “abordar y resolver los importantes asuntos del

Reino160”. La respuesta del Rey fue la de sugerir una forma original de monarquía

mixta.161

El escenario inglés se complica cuando en este enfrentamiento a brazo partido entre

el rey y el Parlamento, entra en liza un tercer elemento: el New Model Army de Oliver

Cromwell. Este, tratando de sacar partido de la situación y tomar la dirección de la

política inglesa aprovechando la huida de Carlos I hizo una depuración realista del

Parlamento en 1948 y organizando un juicio ad hoc hizo juzgar al monarca, bajo la

acusación de “de responsable de la guerra civil y como consecuencia, culpable de

todas las traiciones, muertes y rapiñas cometidas durante la misma”, fue ajusticiado

en la horca que se había instalado en el Palacio de Whitehall en Londres el 30 de

160
En GARDINER, S. R., Constitutional Documents of the Puritan Revolution 1625-1660,
Clarendon Press, Oxford, 1906.
161
POCOCK, J. A., La ricostruzione di un imperio. Sovranità britannica e federalismo americano,
Giuseppe Maranini ed., Florencia, 1996, págs. 24 y 25, dice: “lo que proponían los consejeros de
Carlos I en su Answer to the Nineteen Propositions era una cosa bien distinta. Se trataba de una
mezcla entre la monarquía y las otras formas de gobierno: monarquía en la persona del Rey,
aristocracia en la de los Lores y democracia en la de los Comunes. Cada una de estas partes debería
ejercer una clase distinta de poder: el Rey debería decidir; los Lores aconsejar; y, los Comunes
asentir. Cada uno de estos tres poderes disponía de una “virtud” específica, destinada
indefectiblemente a degenerar cuando aflojase la vigilancia de los otros dos. El equilibrio de la
Constitución consistiría en una distribución de poderes con el objeto de asegurar a cada uno de
ellos la posibilidad de prevenir la corrupción de los otros dos”.

167
enero de 1649. Inglaterra había dejado de tener un Rey y Cromwell proclama la

República en mayo de 1649. Inglaterra y Gales y más tarde Irlanda y Escocia

conformarían los territorios de la República que sería gobernada bajo el nombre de

Commonwealt.

168
CAPÍTULO SEXTO
EL FRACASO DE LA REPÚBLICA

3.6.1 Cromwell: ¿fracaso real o aparente?

Ya para ese momento había aparecido el Agreement of the People de 1648 como

fruto de las discusiones y reflexiones que se entablarán en el seno de los llamados

Levellers. Fue presentado ante el General Council of the Army como órgano

dirigente del pueblo en armas. Como importante novedad, en el artículo primero del

mismo, se dice que el sufragio universal está en conformidad con la ley de la

naturaleza.

Los levellers eran un movimiento conformado por ciertos sectores del ejército del

Parlamento tras la definitiva victoria sobre el ejército de Carlos I. En este tipo de

reuniones las discusiones partían de una pluralidad de ópticas que iban desde la

religiosa a la económica y social pasando por la política. Se trataba de encontrar un

modelo político alternativo a lo ya existente. Era cuestión de dejar atrás la secular

estructura jerárquica medieval sostenida en la piedra angular del poder absoluto del

Rey o, si se quiere, en la prerrogativa real. En ese sentido abogaban por una idea de

169
pueblo inglés como sujeto legitimador del poder conformado por hombres libres e

iguales que teniendo todos los mismos derechos innatos podían asistir a cada

Agreement al que todos sin discusión se sometían. Como se observa, aquí va

apareciendo la idea de “pueblo” cuasi soberano que se va colocando por encima del

Parlamento. De esta forma, el “pueblo” redacta un Agreement que, por el simple

hecho de su redacción, sin necesidad del refrendo del Parlamento, es válido y de

obligado cumplimiento. Todos los Agreement publicados se inspiraron en el

objetivo de desterrar para siempre las arbitrariedades del poder, la proscripción de

los privilegios por razón de estamento y la proclamación de la igualdad de derechos

que por nacimiento ya existen en todos. Con los Levellers comienza a abrirse paso

la idea de la soberanía popular y a tratar de estructurar el Estado desde la perspectiva

contractual162 y los derechos individuales innatos.

Es cierto que Cromwell163 no era un hombre proclive a la idea de un Parlamento que

fuera contrapeso de su poder y mucho menos de un Parlamento que permaneciera

162
FASSO, G., Historia de la Filosofía del Derecho, v. I, ed. Pirámide, Madrid, 1979, p. 94 dice:
“De la posición de los Levellers se deduce un decisivo carácter individualista, y,
consecuentemente, el tratamiento contractualista. En este punto merece señalarse como autor de
una teoría contractualista sobre el fundamento de la ley natural un jurista puritano, que bien puede
ser considerado unido a esa corriente en cuanto que ejerció sobre Liburne una notable influencia:
Enrique Parker. Para Parker, la ley fundamental de la naturaleza humana, que debe ser el principio
cardinal del gobierno inglés, es la necesidad de auto -conservación: de los medios que esta adopte
en la salvación del pueblo, los mejores jueces son los mismos pueblos. Parker toma la idea del
contrato social, como ya lo hicieron los calvinistas o hugonotes franceses, encuadrándola en la
concepción puritana del hombre caído y en perpetua lucha con el mal”.
163
Ver, GARDINER, S. R., Oliver Cromwell, Gonpil, London, New York, 1899.

170
abierto permanentemente porque, en ello veía el riesgo de evidente de la

concentración de un poder incontrolado para él.

Cuando Cromwell pretende que entrara en vigor el Instrumento of Government que

en realidad fue la primera constitución escrita inglesa para los territorios de

Inglaterra, Irlanda y Escocia, el Parlamento le pone dificultades y le exige que

establezca la distinción entre las cuestiones que son fundamentales en el texto

constitucional y aquellas que no lo son. Una de las cuestiones fundamentales con

carácter de principio básico era la no permanencia continuada del Parlamento.

En palabras de Guillén López, “la enorme prevención teórica de Cromwell hacia el

Parlamento que se traducía de sus textos no fue desmerecida por las tempestuosas

relaciones que con él efectivamente mantuvo. De hecho, sólo entre 1654 y 1658, año

de la muerte de Cromwell, se suceden tres asambleas, tan fantasmagóricamente

abiertas como disueltas. La aprobación en 1657 de la Humble Petition and Advice,

último jalón de su historia, lo convirtió en un epígono espurio de los Estuardo. Tan

sombría fue la posición del Parlamento bajo Cromwell que cuando un Estuardo

171
volvió a ocupar el trono, el espíritu popular sintió que se operaba una paradójica

doble restauración: la del monarca y la del Parlamento”164

De todas formas, la dictadura de Cromwell finalizó como un fracaso si tenemos en

cuenta que no pudo conseguir su objetivo que era el de instaurar definitivamente una

República en Inglaterra. Pero los éxitos o los fracasos no deben medirse por los

logros de los objetivos inmediatos sino por lo que unos hechos han supuesto en el

discurrir de la historia. Y esto nos obliga a preguntar si ¿el Estado de Monarquía

constitucional hubiera sido posible sin que la República de Cromwell hubiera tenido

lugar? ¿El futuro imperio británico hubiera existido sin el impulso que supuso el

Acta de Navegación de 1651? ¿Sin el nuevo imaginario político que la República

(nuevas expectativas, nuevas formas de hacer y vivir la política, los debates Putney,

Edward Parker, John Liburne, John Milton, Henry Vane, Thomas Rainsborough,

William Walwyn…), a pesar de su fracaso, había contribuido a generar, podría

pensarse en una solución política como la de la Revolución Gloriosa? Son muchas

las preguntas que podría hacerme que jamás tendrán respuesta. Pero a ciencia cierta,

sin Cromwell, las cosas hubieran sido de otra manera.

164
GUILLEN LÓPEZ, E., “Los parlamentos y el tiempo. El ejemplo inglés hasta la “Revolución
Gloriosa”, Cuadernos Const. de la Cátedra Fadrique Furió Ceriol, n. 36/37, Valencia, 2001, p.
187.

172
CAPÍTULO SEPTIMO
EL PARLAMENTO, UN OBSTÁCULO PARA DOS REYES

3.7.1 Los últimos Estuardo.

Finalizada la “experiencia Cromwell” con la restauración de Carlos II, en el

ambiente, se había instalado un deseo de equilibrio entre el Rey y el Parlamento con

el deseo de una reconciliación nacional. Los tiempos estaban cambiando a gran

ritmo. El descubrimiento de América venía desde siglo y medio atrás modificando

el escenario de actuación de los países importantes de Europa. Ahora, a la vez que

se solucionaban los problemas internos, Inglaterra comienza a mirar definitivamente

hacia el exterior adivinando las posibilidades de convertirse en gran potencia. Para

ello, desde el punto de vista político se imponía necesaria la concentración de poder.

Existían dos opciones posibles: el regreso al absolutismo o la profundización en la

nueva línea parlamentaria cuyo trazo, Inglaterra en el marco de la dialéctica del

poder real con el Parlamentario, ya había iniciado. Francia, España… profundizaron

en la primera de las opciones. Inglaterra optó por seguir innovando dado que se

habían dado cuenta de que los nuevos tiempos requerían que la acción política

estuviera acompañada de la acción económica y que esta era imprescindible a la hora

de hacer política. La concentración de poder político en manos del monarca conducía

173
irremediablemente al apuntalamiento de las prácticas medievales consustanciales a

la monarquía. La inclusión de una visión económica (a través de los intereses

existentes en el Parlamento) adjunta a la política implicaba nuevas visiones más

acordes con la evolución de los tiempos.

El equilibrio pronto se convirtió en desequilibrio. Más allá de los deseos de la gente

común estaban las aspiraciones de nuevas élites económicas que directamente o a

través de los representantes parlamentarios veían en el futuro un filón de

posibilidades de crecimiento y desarrollo. Por ello, lo que ahora, definitivamente

estaba en juego era la soberanía. Hubo un intento de explorar la vía del equilibrio a

través de la Trienal Act de 1664 pero se vio que Carlos II no participaba de ese

objetivo porque la violó de manera reiterada. Estaba claro que el objetivo ya no debía

ser el equilibrio sino la limitación del poder real para que el poder residiera en el

pueblo y el Parlamento lo ejerciese por delegación y se iniciase así definitivamente

el periodo Constitucional. Estaba muy claro que la solución volvía a ser la

revolucionaria.

174
A. CARLOS II.

Carlos II, al acceder al trono por la vía de la restauración dio, en principio, la

impresión de que había aprendido la lección desde las experiencias de su abuelo y

su padre dictando, como una de las primeras medidas una amnistía para los que

formaron parte del fallido intento republicano de Cromwell con excepción quienes

hubieran intervenido directamente en la ejecución de su padre. No obstante, esto

resultó ser una especie de espejismo porque en realidad Carlos II participaba de la

filosofía regia expresada por su abuelo en The True Law of Free Monarchies y,

entre las dos opciones expresadas unas líneas más arriba optó, para abordar los

nuevos tiempos, por el modelo de concentración del poder real siguiendo los pasos

de su homónimo y admirado rey francés Luis XIV. Esta opción le obligo a establecer

una lucha abierta y sin cuartel con el Parlamento. De ella no haré un relato

exhaustivo porque no encuentro necesario traer a colación lugares históricos

comunes que abundan en un mismo hecho: el empecinamiento de dos partes que

tenían muy claro que la lucha era no solo por la detentación del poder (que podría

ser una cuestión coyuntural) sino por la propia concepción del poder (que se jugaba

su extinción). Simplemente señalaré que, en ese pulso mantenido entre el Rey y el

Parlamento en la década de los setenta de mil seiscientos en medio de un carrusel de

aperturas y cierres de las Cámaras, los contendientes utilizaron todo tipo de armas

(el asesinato, la tortura, la extorsión, la persecución, la estigmatización, las

175
amenazas, las intimidaciones, la delación, la mentira, el terror…). En este clima,

Carlos II, una vez más trató de sacar ventaja y volvió a intentar que triunfara su

estrategia, esta vez, en alianza con Luis XIV y su dinero a través de la corrupción.

Finalmente, con la corrupción como fondo del escenario, los whigs tratan de sacar

adelante la Ley de Exclusión para impedir que Jacobo II (hermano de Carlos II)

accediese al poder pero “el oro de Luis XIV consigue la caída de Shaftesbury” (es

decir de los whigs en el Parlamento). Esto obliga a disolver el Parlamento en 1681

en medio de una gran confusión y la emigración de muchas gentes del sector whig

al extranjero

B. JACOBO II

El tiempo que sigue está expresado muy bien y de manera sintética por Caballero

Camino: “Desde 1681 a 1685, con Jacobo II como monarca, el Parlamento dejó de

reunirse. El ejecutivo real gobernó, ignorando absolutamente a la Cámara de los

Comunes, en un ambiente de intrigas palaciegas en el que pugnaban dos posturas.

Una de ellas defendía el papel de una Inglaterra que fuera “visagra” en Europa y

mantuviese el equilibrio de poder en el Continente. La otra, entre los que se

encontraba Jacobo II se inclinaba por el alineamiento junto a Francia. La lección de

toda esta caótica situación de la que, entre otras cuestiones, era responsable la non

176
nata ley de Exclusión, sacaron los dos grandes partidos whig y tory fue la de su

propia necesidad para la política inglesa. Para ello era imprescindible la propia

cohesión interna de los dos partidos. Una vez lograda la cohesión interna, esta, llevó

al perfeccionamiento del sistema de funcionamiento de los propios partidos políticos

y la consolidación del parlamentarismo para Inglaterra y el mundo”.

177
CAPÍTULO OCTAVO
LA TEORÍA SACADA DE LA EXPERIENCIA

3.8.1 Creación de un nuevo modelo de Estado.

Existe un consenso entre quienes se dedican a la Ciencia Política en considerar a

John Locke como el más importante y decisivo teórico de la Revolución Gloriosa y

por ende de la creación del modelo de Estado de la Monarquía Constitucional. No

es menos cierto que, sí él pudo ver más lejos es porque se apoyó en las espaldas de

gigantes como Edward Coke, John Selden, John Milton, James Harrington, James

Tyrrell, Algernon Sidney… De todas formas, fue en el Segundo Ensayo sobre el

Gobierno Civil publicado en 1690 pero escrito entre 1679 y 1682 donde John Locke

expuso el armazón del nuevo modelo de Estado.

Una de las cuestiones que Locke aborda, naturalmente, en su Segundo Ensayo es el

que hemos venido analizando en las páginas precedentes, es decir el de la apertura y

cierre del Parlamento. Como hemos podido constatar, esta cuestión ha sido el “objeto

de deseo” del Parlamento desde los tiempos en que, con el Plantagenet Eduardo III,

se constituyesen por separado la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes.

178
En gran medida, del hecho del que el monarca gobernase, solo o con la incomodidad

de una asamblea, dependía (cada vez más) de que aquel hiciese o no una regencia

quod principi placuit. Por tanto en ello estaba una de las claves del poder absoluto

tal y como lo evidenciaron, por ejemplo, todos los reyes de la dinastía de los Estuardo

durante sus respectivas regencias en el siglo XVII. Un tema de tal importancia

parecería, en principio, que Locke debería tratarlo en profundidad y, sin embargo,

no lo hace. ¿Por qué no lo hace y despacha el tema en ocho parágrafos del Segundo

Ensayo? Porque en su modelo la clave del poder ya no está en la potestad de

convocar o cerrar las sesiones legislativas y, además, “la facultad de reunir y disolver

la legislatura, propia del poder ejecutivo, no da a éste ninguna superioridad sobre

aquel. Se trata únicamente de una misión que se ha confiado en favor de la

salvaguarda del pueblo, siempre que la incertidumbre y la inconsistencia de los

asuntos humanos no admitan una regla fija y terminante”. Y, más tarde continúa

reiterando que no se trata de un poder arbitrario que se pudiera utilizar en beneficio

personal “sino que lo recibía siempre con la misión de ejercitarlo únicamente en

beneficio público, de acuerdo con las circunstancias y la mudanza de las situaciones.

179
Y finalmente aclara porque resulta indiferente el calendarizar las fechas de las

convocatorias y cierres de las sesiones parlamentarias diciendo: “No me incumbe

tratar aquí de cuál de los dos sistemas presenta menos inconvenientes, el de señalar

los periodos para la reunión de los legisladores, o el de dejar al monarca libertad para

convocarlos, o quizás una mezcla de ambos sistemas. Lo único que yo me propongo

hacer ver es que, a pesar de que el poder ejecutivo puede tener la prerrogativa de

convocar y de disolver esas asambleas del cuerpo legislativo, no por ello es superior

a este”.

3.8.2 Locke y los poderes delegados.

Locke conoce la historia. Y sabe hasta qué punto el manejo que los reyes han hecho

de la prerrogativa de convocatoria y cierre del Parlamento ha contribuido en muchos

casos a la exacerbación de los ánimos populares y en la mayoría de ellos a elevar al

máximo grado la tensión secular existente entre el Rey y el Parlamento. Es por ello

que, en el Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, son pocas las veces que recurre

a la historia (como lo hace abusiva y, a veces interesada y, a muchas veces,

erróneamente, Filmer) para apoyar sus argumentos, todo lo más se apoya en las

Escrituras, observa, busca en la realidad y en el pensamiento de sus colegas la pieza

180
que necesita para conformar ese puzle que, como síntesis superadora, resultará el

modelo original del Estado de la Monarquía Constitucional.

Si, al abordar la lectura del Segundo Ensayo de Locke, a alguien se le ocurriese

comenzar por el capítulo XIII titulado “De la subordinación de los poderes de la

comunidad política” puede que, las primeras líneas del parágrafo 149 en las que se

dice que “no puede existir sino un poder supremo único, el legislativo, al que todos

los demás se encuentran y deben estar subordinados”, le pudieran llevar a confusión.

Parecería que, dejando de lado la teoría del poder divino de los reyes, Locke,

hubiera elevado al poder legislativo, esto es al Parlamento, a la condición de fuente

del poder. La perplejidad que pudiera haber provocado tal afirmación, desaparece,

continuando la lectura, en el siguiente párrafo cuando aclara que “como tal poder

legislativo es únicamente un poder al que se ha dado el encargo de obrar para la

consecución de determinadas finalidades”. De ahí que como poder delegado que

procede del pueblo que siempre tiene y es el poder supremo “le queda siempre al

pueblo el poder supremo de apartar o cambiar legisladores, si considera que actúan

de una manera contraria a la misión que se les ha confiado”. Locke deja bien claro

que el poder legislativo no puede actuar motu propio. Al igual que el resto de los

poderes subordinados, el legislativo, actúa, también, por encargo y sometido al logro

del objetivo encomendado bajo amenaza de sanción política. Así pues, Locke dirá:

181
“En efecto, todo poder delegado con una misión determinada y no con carácter

general sino para tareas específicas a finalidad, encuéntrese limitado por esta; si los

detentadores de ese poder se apartan de ella abiertamente o no se muestran solícitos

en conseguirla, será forzoso que se ponga término a esa misión que se les confió y

el poder volverá por fuerza a quienes se lo entregaron”165.

3.8.3 El legislativo, máximo poder delegado.

Desde que Althusio en Política methodice digesta atque exemplis sacris et profanis

ilustrata en 1603 había dejado sentado desde una concepción contractualista166, que

la soberanía única e indivisible se corresponde con el corpus symbioticum de pueblo

en el que todo poder tiene su origen y del que se desprende el deber de obrar por el

bien de él, la idea de que el poder del Rey tiene procedencia divina, a pesar de que

continuase viva en pensadores como Robert Filmer, Francis Kynaston, Henry King,

Edward Forsett y otros, tenía ya clavado el rejón de muerte.

165
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, Parág. 149.
166
ALTHUSIO, Política methodice digesta atque exemplis sacris et profanis ilustrata, XIX,
señala que el poder de los gobernantes está fundado en el contrato y que la ley fundamental del
Estado está contenida en él.

182
Alrededor de ocho décadas más tarde, en el Segundo Ensayo Locke afirmará para

que quede muy claro, que “la comunidad es siempre el poder supremo y lo conserva

de manera perpetua”. Establecido ese principio fundamental, señalará el lugar que

corresponde en su estructura estatal al poder legislativo con relación al resto de los

poderes. Así dirá que “el poder legislativo es el poder supremo mientras subsiste el

gobierno, porque quien puede imponer leyes a otro, por fuerza ha de ser superior

suyo”. Por el hecho no solo de dictar las leyes sino, también por tener capacidad para

hacerlas cumplir, “por fuerza tendrá que ser poder supremo el legislativo y,

consecuentemente, “por fuerza todos los demás poderes confiados a miembros o a

partes de la sociedad tendrán que derivarse de aquel y estarle subordinados”167 .

3.8.4 De las convocatorias y cierres del Parlamento.

Sentada la premisa de que el poder legislativo es el máximo poder entre los poderes

delegados dentro de la estructura del Estado “bien constituida”, Locke se plantea la

cuestión de si es necesario o no “que permanezca en constante ejercicio”. La

respuesta, que el propio Locke se da a sí mismo, es contundente: “ni es necesario ni

tan siquiera conveniente,” por razón de la naturaleza del poder que se ha delegado

167
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, Parág. 150.

183
en el legislativo que no es otro que el de “hacer leyes y, estas, no se hacen todos los

días. Por el contrario, “si es absolutamente necesario que lo esté el poder ejecutivo”

también por razón de la naturaleza de su función delegada que es la de hacer cumplir

las leyes que el legislativo crea. Es evidente que, si bien la función de crear leyes

que ordenen la convivencia, una vez creadas sean otros los poderes que se encarguen

de asegurar su cumplimiento y, por esa razón, deben permanecer en vigilia. No

obstante, siendo el poder legislativo el poder supremo dentro de la estructura estatal

de Locke, a pesar de la delegación de funciones (la ejecución de las leyes hechas por

él) en los otros poderes conservará siempre el derecho de retirar esos poderes si

encuentra razón para ello, e igualmente el de castigar cualquier prevaricación”.

Cuando Locke utiliza la expresión “en toda comunidad política bien constituida”

está descartando todas las que han existido y se refiere a su propio modelo. En él no

existe el riesgo de que alguien que detente el poder utilice la. En él no existe el riesgo

de que alguien que detente el poder utilice la prerrogativa absoluta de obrar quod

principi placuit y convocar o desconvocar el Parlamento cuando le interesase o le

viniese en gana. Por ello tiene plena confianza en quienes componen por elección

(la facultad de elegir debe ser ejercitada por el pueblo en épocas determinadas o

siempre que sea convocado para ello) el Parlamento porque una vez que el pueblo

ha colocado en ellos el poder supremo, lo tienen mientras dure la legislatura. Por

184
ello “los miembros que componen el Parlamento, pueden reunirse y ejercer su

facultad de legisladores en las ocasiones que la constitución de la comunidad política

les tiene señaladas, o en el momento que ellos mismos señalen al suspender las

reuniones, o, incluso, cuando a ellos les parezca oportuno, si ninguno de estos dos

procedimientos ha sido utilizado, o si no existe otro modo señalado para

convocarlos”168.

Y, Locke se sigue preguntando, ¿la convocatoria al pueblo para la elección de los

miembros que conformen el Parlamento, quién la realiza? Su respuesta es que es

natural que la autoridad que tenga la facultad de convocar sea el máximo poder que

esté permanentemente en vigilia, esto es, el poder ejecutivo.169 Locke volverá a

preguntarse planteándose situaciones sacadas de su experiencia: ¿Y, si el poder

ejecutivo, teniendo en sus manos en ese momento toda la fuerza de la comunidad

política recurriese a ella para impedir la convocatoria electoral? Locke entiende que

168
LOCKE, J. Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, Parág. 153.
169
LOCKE, J. Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, Parág. 149,
Respecto del tiempo para la convocatoria, dice: “por lo que respecta al tiempo, una de estas dos
limitaciones: o bien la constitución primitiva ordena que los legisladores se reúnan y actúen en
periodos fijos, y entonces el poder ejecutivo no hace otro cosa sino dar en forma debida las
directrices o bien queda a su prudencia el convocarlos mediante nuevas elecciones cuando las
circunstancias o los requerimientos del bien público exigen una modificación de antiguas leyes o
la redacción de otras nuevas, a fin de remediar los males que sufre el pueblo o a fin de anticiparse
a los que le amenazan”.

185
actuando el ejecutivo de esta manera se pone en estado de guerra frente al pueblo y,

este, “tiene derecho entonces a restablecer al legislativo en el ejercicio de sus

funciones, apartando el obstáculo empleando la fuerza”170 .

Al referirse a la prerrogativa de reunir y disolver el Parlamento, como se sabe, propia

del poder ejecutivo, Locke reitera una vez más que “no da a éste, ninguna

superioridad sobre el legislativo”171. Se trata simplemente de una función que se le

encomienda al poder ejecutivo en favor de la salvaguarda del pueblo en

circunstancias en que la Constitución primitiva no hubiese marcado las fechas de

convocatoria y la duración de las sesiones del cuerpo legislativo sobre la base de la

fiducia, la prudencia y el interés general que deben presidir el buen hacer político.

¿Y quién mejor que aquel, como el ejecutivo, está inmediatamente debajo del

legislativo en la estructura estatal de Monarquía Constitucional y que estando en

permanente vigilia, conoce y está al corriente, por tanto, de los negocios públicos?

170
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, Parág. 155.
171
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, Parág. 156.

186
3.8.5 La representación y el paso del tiempo.

A continuación, Locke se plantea el problema político que se deriva de la evolución

del tiempo, del cambio de las sociedades, de las transformaciones de los pueblos, de

las riquezas, el comercio, el poder. La dificultad que eso plantea, por ejemplo, en

la cuestión de la representatividad. Cómo poblaciones prósperas, con el paso del

tiempo casi han llegado a desaparecer e, inspiradas en el interés particular, pretenden

mantener el mismo nivel de representación cuando ya han desaparecido las razones

que movieron en sus comienzos a establecerla.

Sin duda, no se trata de un problema posible sino de una situación tan real como la

vida misma y que, Locke, reconoce que no es de fácil solución “porque siendo la

constitución del poder legislativo el acto original y supremo de la sociedad, un acto

que precede a todas las leyes positivas que rigen la misma, y que depende por

completo del pueblo, ningún poder inferior puede alterarlo”.

Sin embargo, Locke, encuentra la solución en la justicia y esencialidad del principio

“salus populi suprema lex est” y en la confianza de que quien la sigue con sinceridad

no puede equivocarse de un modo peligroso”. Partiendo del hecho de que el interés

y el propósito no son otros que conseguir una representación justa y equitativa, “todo

187
lo que se haga en beneficio evidente de la sociedad y de la población en general, al

estar fundado en normas justas y durables, podrá justificarse por sí mismo una vez

realizado. No puede dudarse que representará la voluntad y podrá ser considerado

como acto realizado por ella hacer de manera que elija sus representantes siguiendo

reglas justas y de indiscutible equidad, que correspondan a la constitución primitiva

del gobierno, sea quien sea el que le ha permitido o propuesto hacerlo” [Link]

Locke, en el Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil173, había contribuido a

establecer las bases, compartidas por su amigo Algermon Sidney, de la soberanía del

Parlamento que se plasmarían en el Bill of Rights de 1689.

172
LOCKE, J. Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. XIII, Parág. 157.
173
Los planteamientos e incluso el contenido del Segundo Ensayo sobre el Gobierno civil de John Locke publicado
en 1690 eran bien conocidos en las altas instancias de los whigs y en sus propios círculos whigs desde principios de
los años ochenta.

188
4
CUARTA PARTE
JOHN LOCKE: CAMINO HACIA LA PROPIEDAD PRIVADA

189
CAPÍTULO PRIMERO
JOHN LOCKE: PRIMERA ÉPOCA

4.1.1 Las diferentes caras de John Locke.

John Locke, al igual que a la mayoría de los autores que se colocan dentro del marco

del racionalismo, puede ser objeto de análisis desde muy diversas áreas del

conocimiento. Así pues, Locke ha sido estudiado como moralista, jurista, político,

filósofo, psicólogo… No obstante, por encima de todas estas perspectivas existen

algunas otras que, por ejemplo, tratan de analizar al autor de una forma más global

y enfatizar en cómo su concepción religiosa174 tiene un impacto directo sobre sus

planteamientos políticos. Igualmente, otra que investiga sobre cómo la búsqueda de

un asiento legitimador incuestionable de la propiedad privada le lleva a crear el

modelo de Estado ideal para garantizar su preservación. O aquella otra que descubre

en las entrañas del pensamiento lockiano un individuo que no se corresponde con el

predicado por los Evangelios, esto es, aquel que “da sin esperar nada a cambio”, sino

con la conducta egoísta que actúa en terminología maxweberiana, según la acción

racional de propósito. Se tratará del individualismo posesivo que estará en la base

174
Ver, DUNN. J., The Political Thougth of John Locke, Cambridge University Press, Cambridge,
2012. El autor, atribuyendo a la obra de Locke un objetivo religioso pretende mostrar en qué
medida, ese objetivo afecta a su pensamiento político.

190
del desarrollo del sistema capitalista175. Y una tercera que ve en Locke al fundador

del liberalismo.176

En mi opinión, el análisis, desde cualquier perspectiva, moral, política, jurídica… es

válido, pero, si se me permite, parcial. Estimo que el pensamiento de Locke (a partir

de 1667) es sistemático, que todo él constituye un sistema. Por ello, cuando se hacen

análisis parciales, aunque legítimos, no debemos olvidar que el empeño de Locke no

es otro que el de descubrir un sistema político, en el que todos los elementos encajen

de manera perfecta, para dar respuesta, no solo a la situación problemática de la

sociedad inglesa del momento, sino al futuro del desarrollo de una ideología y, por

tanto, una nueva forma de ver el mundo: el capitalismo.

175
MACPHERSON, C. B., La teoría política del individualismo posesivo, ed. Fontanella,
Barcelona, 1978, p. 15, dice: “Para una investigación así, puede considerarse adecuadamente que
las raíces están en la teoría y en la práctica políticas del siglo XVII inglés. Fue entonces cuando,
en el curso de una prolongada lucha en el Parlamento, de una guerra civil, de una serie de
experimentos republicanos, de una restauración de la monarquía y de una revolución constitucional
final, se desarrollaron todos los principios que habrían de convertirse en fundamentales para la
democracia liberal, aunque, en aquella época, no todos con el mismo éxito. Y está claro que un
ingrediente esencial de la lucha práctica y de las justificaciones teoréticas era una creencia nueva
en el valor de los derechos del individuo”.
176
Ver, GRANT, R., John Locke’s Liberalism, University of Chicago, Chicago, 1987; TARCOV,
N., Locke’s Education for Liberty, University Chicago Press, Chicago, 1984.

191
4.1.2 Locke, hijo de su tiempo.

Podría decirse que John Locke fue uno de los hijos del siglo corto pero intenso,

dramático y, finalmente, exitoso (¿?) que comienza en 1604 con la muerte sin

descendencia de la reina Isabel I desapareciendo la dinastía de los Tudor y finaliza

en 1689 con la puesta en escena en Inglaterra del modelo de Estado177 que sería

posteriormente exportado a casi todo el planeta: El modelo de Estado Constitucional.

John Locke nació en 1632. Vino al mundo en Wrington al sur oeste de Inglaterra en

el seno de una familia acomodada. Para entonces, por el trono inglés había pasado

un rey como Jacobo I quien había dado muestras de una concepción absolutista178

177
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, Aguilar, Madrid, cap. X, parg. 133.
Aclaramos que siempre que cito Ensayo sobre el Gobierno Civil, me refiero solamente al Segundo.
Si se trata del primero, lo especificaré. Hecha la aclaración diré que en el parágrafo citado, Locke,
afirma que : “Debe quedar bien claro que siempre que empleo la palabra Estado, no me refiero
precisamente a una democracia, ni a ninguna forma concreta de gobierno. Entiendo con esa palabra
la comunidad independiente que los latinos llamaban cívitas, que es a la que mejor corresponde
nuestro vocablo inglés Commonwealth. Esa es la que mejor expresa esa clase de sociedad de
hombres; mejor que comunidad (porque dentro de un Estado puede haber comunidades
subordinadas), y mucho mejor todavía que city. Para evitar pues ambigüedades pido permiso para
emplear la palabra Commonwealth en ese sentido que es el mismo que ya el rey Jacobo la empleó
y que es, a mi entender, el suyo”.
178
ELORDUY, E., “La teoría del Estado en Suárez”, Revista de Educación, 1948, p. 18, dice:
“Doctrinalmente, Inglaterra llegaba a la cima de su historia en el reinado de Jacobo I. No
discutiremos si aquel Rey fue un político de visión corta y escasa habilidad, como le pintan. Lo
cierto es que el absolutismo nacional incondicionado, norma suprema de criterio y conducta
personal con los intereses, cristalizó definitivamente con el juramento de fidelidad de 1605 y los
escritos del Rey teólogo. Es verdad que Jacobo I pretendía inmediatamente un absolutismo
regalista. Pero compenetró su política personal con los intereses materiales del Reino Unido en

192
no solamente a través de su regencia, sino que había dejado constancia de esa misma

concepción con anterioridad a su acceso al trono, en la obra de su autoría The True

Law to Free Monarchies179. Su sucesor fue su hijo Carlos I que accedió al trono en

1625.

Durante los siete años de reinado que precedieron al nacimiento de John Locke

(1625-1632) tuvo tiempo de declarar la guerra a España, abrir hostilidades con

Francia, ser calificado por el Parlamento como “un traidor de las libertades de

Inglaterra”… y después de esos siete primeros años, decretar la clausura del

Parlamento por un periodo de once años, instaurar un gobierno tiránico… En estas

breves pinceladas, sin la necesidad de reproducir lugares comunes, trato de mostrar

que, en el momento del nacimiento de Locke, Inglaterra vivía un clima socio-político

irrespirable hasta el punto de que diez años después tendría lugar al estallido de la

Primera Guerra civil.

consorcio indisoluble. Y cuando él –“el marido” como se llamaba- hubo de renunciar a sus
intereses regios, fue en beneficio de su “legítima esposa” -el Reino Unido-.
179
En ella afirma que “el Estado es propiedad de la dinastía familiar gobernante”; “el rey proviene
de Dios, la ley, del rey”; “es impío y sacrílego osar juzgar los actos de Dios y, por ello, temerario
e imprudente que un súbdito critique las medidas tomadas por el rey”; “los reyes justamente son
llamados dioses, porque sus poderes son como el duplicado, la reproducción de la divina
Omnipotencia”.

193
Tras la formación básica infantil en un pequeño pueblo cercano a Bristol su

pertenencia a una familia económicamente desahogada le permitió continuar sus

estudios en un colegio de gran prestigio (Westminster School). Cerca del

Westminster School, cuando el joven Locke tenía dieciséis años (en 1649) tuvo lugar

la ejecución pública del rey Carlos I. Se dice que el clamor, mezcla de lástima y

espanto de la multitud asistente al magnicidio que llegó hasta el colegio, dejaría su

huella de por vida. A los veinte años (1652) se incorporó al prestigioso colegio Christ

Church de la Universidad de Oxford donde obtuvo el doctorado en Letras y realizó

la carrera de medicina en un ambiente de científicos selectos como Robert Hooke180,

Thomas Willis181 y Robert Boyle182.

4.1.4 Una ironía del destino.

Si como dice la tradición cristiana, “los designios de Dios son inescrutables”, en el

caso de nuestro autor se confirma de manera manifiesta: el joven que, en un principio

180
HOOKE, Robert, físico inglés, responsable de experimentación de la Royal Society de Londres
y electo miembro de dicha selecta sociedad en 1663. Formuló la ley de la elasticidad que se conoce
como Ley Hooke.
181
WILLIS, Thomas, perteneció al grupo inicial de la Royal Society de Londres. Su obra Cerebri
Anatome supone un gran avance para la época de los estudios neurológicos. Fue quien descubrió
el haz arterial cerebral llamado “polígono de Willis”.
182
BOYLE, Robert, fue miembro fundador de la Royal Society. Más tarde elegido presidente,
renunció por motivos personales. Es el formulador de la ley sobre la variación del volumen de los
gases que, en Inglaterra, se conoce como la ley de Boyle y en el continente europeo como la ley
De Boyle y Mariotte.

194
parecía se encaminaba al ejercicio profesional de la medicina, acaba siendo el gran

filósofo empirista183 que escribe la gran obra del Ensayo sobre el entendimiento

humano (1690). Bueno, quizás la cuestión no sea tan radical porque a la pregunta

¿hubiera sido Locke el filósofo empirista que fue sin haber cursado los estudios

informales de medicina que realizó en la Universidad de Oxford en un ambiente

científico selecto? La respuesta es: probablemente no. Uno no cambia sus

convicciones de la noche a la mañana si no existen razones extraordinarias para

cambiar. Y, en principio, como se traduce a partir de sus primeros escritos (Ensayos

sobre el Derecho natural) no las tenía o, mejor dicho, no las tenía en medida

suficiente.

A su formación intelectual era necesario adjuntar un suceso casual: su encuentro con

Lord Ashley Cooper primer conde de Shaftesbury. Quienes escriben sobre la vida

de John Locke, coinciden en el hecho de que la relación con el conde de

183
SANCHEZ GONZÁLEZ, M. A., “El ensayo ars médica de John Locke, y la influencia de sus
ideas médicas sobre la filosofía”, Asclepio 66, (1), 2014, p. 1, comienza diciendo (afirmación que
suscribo) que: “El pensamiento filosófico suele construirse generalizando las reflexiones que
suscita el estudio de algún campo de la realidad. En su formulación final, las ideas filosóficas
intentan tener validez universal. Es decir, pretenden ser verdaderas en campos de la realidad
distintos al que suscitó la reflexión inicial. Según esto, para entender en profundidad a un filósofo,
debemos preguntarnos cuál fue su campo concreto de reflexión inicial. Y muchas discrepancias
filosóficas podrían explicarse teniendo en cuenta las diferencias entre los campos que motivaron
las afirmaciones en conflicto”.

195
Shaftesbury184 tiene lugar en el ámbito de la medicina. Lord Ashley trataba de

encontrar remedio a una dolencia hepática que le impedía hacer una vida normal. El

joven médico le proporcionó el remedio al parecer novedoso e ingenioso mediante

una intervención quirúrgica que se calificó como muy osada, pero al fin exitosa. Los

diversos contactos en el marco de la relación médico paciente posibilitaron al conde

Shaftesbury obtener un mayor conocimiento de las capacidades intelectuales de

Locke. El conde invitó al joven médico a trasladarse a Londres e integrarse en su

equipo de profesionales asistentes y consejeros y, este hecho le permitió asistir e

intervenir en los grandes debates científicos, políticos, morales, pedagógicos,

económicos…, que se estaban produciendo en el efervescente mundo anglosajón.

En ellos pudo observar el enorme problema que, en principio, suponían las enormes

discrepancias y las visiones dispares que se daban según las perspectivas

condicionadas por la formación intelectual de base de quienes intervenían en los

debates.

184
Conde de SAFTESBURY (Antony Ashley Cooper), Personaje de una extraordinaria e
influyente trayectoria política durante el periodo de la República de Cromwell y la restauración de
Carlos II y su reinado. Fue el fundador del partido whig y “responsable” de la influencia del nuevo
pensamiento lockiano en la fundamentación de la política inglesa ocurrida en las últimas décadas
del siglo XVII.

196
4.1.5 John Locke conservador

Pero para hacer hincapié en el cambio que se produce en Locke entre los primeros

escritos, con anterioridad a conocer a Lord Ashley la extraordinaria obra del Locke

maduro intelectualmente, me permitiré volver sobre los Ensayos sobre la ley de la

naturaleza185 y las dos Memorias sobre el magistrado civil186 para puntualizar

algunos extremos. En dichas obras se refleja de manera evidente el impacto que

sobre él había producido el regicidio de Carlos I y no menos las lecturas de las obras

de Hobbes De cive y el Leviatán187. Es cierto que para ese momento (1660-1662)

había realizado los estudios de medicina (aunque no obtenido el título que lo

185Ver, RUIZ GALLARDÓN, I., “John Locke: bases metodológicas para alcanzar la certeza en el
conocimiento de los principios prácticos”, Foro Nueva Época, nº 00/2004.
186
BIAGINI, H. E., “Las primeras ideas políticas de Locke”, Revista de Estudios Políticos, nº 211,
1977, p.249, dice: “Entre los aspectos socio-políticos del texto en cuestión, cabe descubrir una
mentalidad que, adherente a la restauración estuarda, sustenta relieves absolutistas. Mentalidad en
parte comprensible si se tienen en cuenta la aspiración de muchos sectores prevalecientes de la
población británica por superar una situación de honda anarquía. Otro rasgo significativo es la
ausencia de ese optimismo secular que más tarde se reflejará en la subyacente antropología
lockiana de los Pensamientos acerca de la Educación o en el Ensayo sobre el entendimiento
humano”.
187
Resulta una paradoja, quien se convertiría, más tarde, en el paladín de la división de poderes,
John Locke, participaba, en aquel momento, de opiniones como las de HOBBES, T., Leviatán,
Parte II, cap. 18, cuando dice que: “Si no hubiese existido primero una opinión, admitida por la
mayor parte de Inglaterra, de que estos poderes (del Estado) estaban divididos entre el rey, y los
Lores y la Cámara de los Comunes, el pueblo nunca hubiera estado dividido, ni hubiese
sobrevenido esta guerra civil, primero entre los que discrepaban en política, y después entre
quienes disentían en materia de religión; y ello ha instruido a los hombres de tal modo, en ese
punto del derecho soberano, que pocos hay, en Inglaterra que no adviertan como estos derechos
son inseparables, y cómo tales serán reconocidos generalmente cuando muy pronto retorne la paz;
y así continuarán hasta que sus miserias sean olvidadas; y solo el vulgo considerará mejor que así
haya ocurrido.”

197
conseguiría en 1674) pero su influencia no resulta evidente. Son cuestiones

derivadas del estado psicológico en el que le había sumido (además del regicidio) el

ambiente caótico y el fracaso rotundo del modelo republicano ensayado durante la

dictadura (1649-1660) de Cromwell a lo que habría que añadir la incomodidad en la

que con el paso del tiempo, se iba encontrando en Oxford. La adhesión a soluciones

autoritarias similares a las de Thomas Hobbes que aparecen en esas primeras obras

como remedio para los graves males que afectan a Inglaterra no era la consecuencia

de haber relacionado sus conocimientos médicos con las lecturas de los Coke,

Selden, Liburne, Parker, Milton, Harrington…, (que lo haría más tarde) sino el

resultado de la frustración que le producía, (en ese momento) una situación leída,

como él, desde bases conservadoras.

En el ambiente intelectual en el que la invitación de Sir Robert le había insertado,

Locke fue observando que la formación académica que había conseguido en Oxford

a través de sus estudios de filosofía, moral, arte y medicina constituían un bagaje

intelectual y metodológico adecuado para observar la realidad inglesa.

198
CAPÍTULO SEGUNDO
JOHN LOCKE: SEGUNDA ÉPOCA

4.2.1 John Locke a partir de 1667.

En 1667 Locke publica la Carta sobre la tolerancia. Es, el momento en el que

muestra públicamente la mutación intelectual que en él se había venido produciendo

tras los primeros escritos que datan del periodo comprendido entre los años 1659 y

1662. En este periodo, reitero, de tres años había publicado los Ensayos sobre el

Derecho natural188 y dos memorias sobre el gobernante civil. En el caso de Locke,

sus planteamientos no se distancian mucho, como dije, de los que Hobbes había

formulado tanto en De cive como en el Leviatán. La primera de esas obras tiene que

ver con la temática común de los autores políticos de la época: el Derecho natural.

Todos ellos trataban de establecer un sistema axiológico inicial y universal a partir

del cual pudiera construirse mediante un contrato la sociedad civil. En lo que

respecta a las dos memorias sobre el gobernante civil, es clara su concepción

absolutista. No debemos pasar por alto el ambiente que se vivía en la Inglaterra de

la época: Es en los tiempos finales de la República de Cromwel, cuando redacta sus

188
LOCKE, J., Essays on the Law of Nature, Oxford University Press, Oxford, 1965, p. 169, dice
que, El derecho natural – procedente de la voluntad divina- “establece que el príncipe, el legislador
o un superior, independientemente de su nombre, deben ser obedecidos”.

199
escritos de Derecho natural, ya se constata que, el remedio político cromweliano, va

camino del fracaso. Por otra parte, las memorias, (escritas tras la constatación del

desastre) tratan de poner en evidencia que la única salida política de Inglaterra pasa

por un gobierno de mano dura.189. La primera de esas obras tiene que ver con la

temática común de los autores políticos de la época: el Derecho natural. En lo que

respecta a las dos memorias sobre el gobernante civil, es clara su concepción

absolutista. No debemos pasar por alto el ambiente que se vivía en la Inglaterra de

la época: Es en los tiempos finales de la República de Cromwel, cuando redacta sus

escritos de Derecho natural, ya se constata que, el remedio político cromweliano, va

camino del fracaso.

4.2.2 Tiempos difíciles: Efectos de la Reforma.

El año 1667, es, como dije, el momento en el que se constata la evolución que el

pensamiento de Locke ha experimentado hasta el punto de parecer antitético con

respecto a toda la producción anterior. Eran tiempos difíciles para quienes no

seguían el credo anglicano. ¿Pero a qué se debía el que las aguas estuvieran muy

revueltas en materia religiosa a mediados del siglo XVII? Pensar que una fue la causa

189
LOCKE, J., Two Tracts on Government, Cambridge University Press, Cambridge, 1967, p. 218,
dice: “El magistrado es el juez de lo que constituye el orden y de lo que debe considerarse decente,
y solo él es capaz de determinar lo que es apropiado y decoroso”.

200
resultaría del todo ingenuo. Fueron muchos los factores que intervinieron para que,

en principio Inglaterra se separase de la Iglesia de Roma y crease su propia Iglesia.

Sin necesidad de retrotraerme mucho en el tiempo, podría decirse que el terreno se

venía abonando desde los tiempos del teólogo y profesor de la Universidad de

Oxford John Wycliffe190. Desde posiciones heréticas para la ortodoxia católica y

manifiestamente anti-papistas se sirvió del invento de la época para difundir sus

escritos que, de otra manera, hubieran llegado no muy lejos de su cátedra en la

Universidad a través de la difusión oral de sus discípulos. Su producción intelectual

fue declarada herejía en el Concilio de Constanza lo que no impidió que algunas

partes de su doctrina fueran tomadas, más tarde, en préstamo por la Iglesia anglicana.

Otro de los responsables de ese abonado del terreno, décadas más tarde (coincidió

con Lutero) fue William Tyndale cuya aportación de gran trascendencia fue la

traducción de la Biblia a la lengua inglesa. A título de curiosidad, diré que, la ironía

del destino hizo que Tyndale fuera ejecutado por hereje por condena de Enrique VIII.

190
Tres de las obras de las obras de John Wycliffe se considera establecieron la base de la Reforma
protestante: Sobre el dominio divino (1373-1374) en la que trata de demostrar que no existe en la
Biblia nada que justifique el poder papal; Sobre el dominio civil (1375-1376) en la que pone en
cuestión la autoridad de la Iglesia romana sobre el Reino de Inglaterra (uno de los argumentos para
la negación de esa autoridad tiene que ver con la corrupción en la Iglesia); Sobre la verdad de las
Sagradas Escrituras (1378) en la que considera la verdad bíblica como autoridad doctrinal.

201
El propio Enrique VIII, más allá de las infantiles explicaciones que con frecuencia

se dan, no solo en la escuela de párvulos sino también en la Universidad, para

explicar la ruptura con Roma, fue sin duda el responsable mayor de las disputas

religiosas que se agudizaron en el siglo XVII. Y, son razones de carácter de política

internacional de gran calado, entre las que se encontraba sin duda la negativa, por

parte del rey Tudor a aceptar la plenitudo potestatis papal, las que propiciaron la

ruptura.

Hasta llegar al momento en el que John Locke escribe la Carta sobre la tolerancia,

además de Enrique VIII, existieron otros actores que podríamos considerar

“responsables” del clima de intolerancia religiosa que se vivía en Inglaterra. Sin

hacer una lista demasiado larga, citaremos algunos de ellos: Thomas Cromwell y

Thomas Cranmer, Isabel I reina tudor, y el arzobispo Laud. Trataré de mostrar en

unas breves líneas lo más relevante de cada uno de ellos en relación con la

implementación de la Reforma anglicana: Thomas Cromwell, en 1633 escribió un

preámbulo al Estatuto de Restricción de Apelaciones que prohibía las apelaciones a

Roma y tuvo un papel relevante, entre los intelectuales ingleses, en la Reforma

Anglicana; Thomas Cranmer fue uno de los que con más denuedo apoyó la doctrina

de la supremacía regia frente al papado en Inglaterra; Isabel I, hija de Enrique VIII,

estableció la Iglesia de Inglaterra legalmente anglicana conforme al Estado y

202
formando parte de él (codificó la religión anglicana en el Acta de Uniformidad, el

Acta de Supremacía y los Treinta y nueve artículos); el arzobispo William Laud fue

defensor de la alianza Iglesia- Estado y por su defensa del origen divino de los reyes

y refractario a la libertad religiosa.

4.2.3 La Carta sobre la Tolerancia, punto de inflexión.

Como dije más arriba, muchos de los autores que han tratado sobre la vida y el

pensamiento de John Locke coinciden en la afirmación de que el encuentro con Lord

Ashley fue casual y que, de no haberse producido, la vida de nuestro autor hubiera

sido diferente. Especular sobre cuestiones de lo que podía o no haber sido me parece

un ejercicio inútil porque nunca podremos saberlo. Lo que sí es fácilmente

comprobable es que, ya en el entorno de Lord Ashley escribe en 1667 la Carta sobre

la Tolerancia que supone un cambio radical en su línea de pensamiento. Y es verdad

que el paso de un Oxford conservador191, que seguía esa línea radicalizada en los

tiempos en que Wiliam Laud era su rector, a otro entorno formando parte del equipo

asesor de Lord Ashley tuvo su influencia en el cambio operado, pero algo más tuvo

191
No olvidemos que la carta de Tomás Moro a la Universidad de Oxford en 1518 está motivada
por la negativa de los profesores de la Universidad de Oxford frente al intento de armonizar la
herencia clásica y la tradición cristiana introduciendo en el estudio de la teología cristiana los
métodos de la cultura humanística. Ver, 4

203
que haber ocurrido. Y ese plus fue, ni más ni menos, que el muy grave incendio de

Londres acaecido el año anterior y del que se culpabilizó al sector católico. Es

evidente que el entorno de Lord Ashley, perteneciente a las altas esferas de los

wrigts, era un entorno político en el que se hablaba de política, se pensaba en política

y se hacía política. Y el tema en el que correspondía posicionarse en ese momento

era el de la libertad de religión. La persecución contra los católicos por parte de la

mayoría protestante en tiempos de Carlos I había alcanzado tintes dramáticos.

Fueron ejecutados en la horca los jesuitas S. Edmund Arrowsmith y S. Henry Morse,

Los benedictinos S. Edward Barlow y Bartholomew Roe. Pero en realidad, además

de los católicos, también los cuáqueros, los calvinistas, los baptistas, los

congregacionistas, los menoninatos, los luteranos fueron objeto de delaciones y

persecución por parte del Estado. Carlos II tuvo una especial preferencia por la

persecución de los cuáqueros y a un gran número de ellos les desposeyó de su

patrimonio. El gran incendio de Londres desencadenó una gran persecución y es en

el clima de miedo que crea ese desastre cuando John Locke escribe su Carta sobre

la Tolerancia. Es por la parcialidad con la que se abordan los problemas de la

libertad religiosa y en la esperanza de aportar una visión más clarificadora que

contribuya a encauzar la solución del problema, por lo que Locke interviene en el

debate. Y así, en el preámbulo dirigido al lector, dirá que “no solo nuestro gobierno

204
ha sido parcial en hechos de religión, sino también aquellos que han sufrido por su

parcialidad, y por eso han intentado reivindicar con sus escritos sus derechos y

libertades, generalmente lo han hecho sobre la base de principios restringidos,

adaptados sólo a los intereses de sus sectas” En ella parte de la afirmación de que

“la tolerancia mutua entre los cristianos (…) es la característica de la verdadera

Iglesia” (…) para continuar diciendo que “si alguien está desprovisto de caridad,

humildad, y buena voluntad en general hacia todos los hombres sin distinción, no

solo a los que se profesan cristianos, no es todavía cristiano”192. Y concluir que “la

tolerancia de aquellos que tienen opiniones religiosas distintas se ajusta tanto al

Evangelio y a la razón, que parece monstruoso que haya hombres tan ciegos con una

luz tan clara”193.

4.2.4 Primeros rasgos de una nueva concepción política.

La Carta sobre la Tolerancia de 1667, no es el primer escrito político de John Locke,

pero sí representa el primer trabajo dentro de la línea de pensamiento en la que,

nuestro autor, pasará a la Historia como el creador del Estado moderno. La Carta, en

192
LOCKE, J., Carta sobre la Tolerancia, Biblioteca del Pensamiento, [Link],
p. 12.
193
LOCKE, J., Carta sobre la Tolerancia, Biblioteca del Pensamiento, [Link],
p. 13.

205
los términos en los que actualmente se catalogan los trabajos, tiene poco más que la

dimensión de un artículo de revista y en él, Locke trata de operar, a la manera del

cirujano que es, estableciendo con claridad dos dominios: el espiritual que

corresponde a la religión y el material que corresponde a los dominios del Estado.

Sin duda, esta separación, ya en sí, supone un gran avance clarificador con respecto

a un tema enmarañado en el que las competencias estaban absolutamente difusas, y

eso, añadía un plus de complejidad a un problema -el de la libertad religiosa- ya de

por sí difícil y, que además había sido responsable del derramamiento de mucha

sangre y productor de mucho miedo y sufrimiento. No obstante, si bien me interesa

detenerme un momento en el trabajo de la Carta no es por la temática -la libertad

religiosa- en sí, sino para destilar algunos de los rasgos políticos que creo percibir y

que avanzan ya difusamente las líneas de construcción de su modelo de Estado.

Es precisamente en la propia definición de Estado donde, de manera sencilla, irá

avanzando su concepción que quedará finalmente plasmada en el Segundo Ensayo

sobre el Gobierno civil194. En la Carta sobre la Tolerancia, Locke, no, a modo de

afirmación sino de opinión, dirá: “El Estado es, a mi parecer una sociedad de

194
Es recomendable la lectura de los Dos Ensayos sobre el gobierno civil a partir de LASLETT,
P., “Introduction” en LOCKE, J., Two Treatises of Government, (Editado con notas de P. Laslett),
Cambridge University Press, Cambridge, 1991.

206
hombres construida para preservar y promover simplemente los bienes civiles.

Llamamos bienes civiles la vida, la libertad, la salud, la inmunidad del dolor, la

posesión de las cosas extremas tales como la tierra, el dinero, los enseres, etc. El

deber del magistrado civil195 consiste en asegurar en buen estado a todo el pueblo

tomado en su conjunto, y cada individuo en particular, la justa posesión de esas cosas

correspondientes a su vida con leyes impuestas a todos en el mismo modo”196. En el

Segundo Ensayo, siguiendo el trazo de esa misma línea, pero, de una manera más

concluyente, dice que mediante el propio consentimiento que “se otorga mediante

convenio hecho con otros hombres de juntarse e integrarse en una comunidad

destinada a permitirles una vida cómoda, segura y pacífica, de unos con otros, en el

195
Para comprobar comparativamente la evolución Lockiana, traeré a colación un texto de La
Carta sobre la Tolerancia y otro de Two Tracts on Government sobre la figura del “gobernante”.
En el primero dice (p.14): “Si alguien pretende violar las leyes, trasgrediendo lo que es justo y está
permitido, su audacia debería ser frenada por el miedo al castigo, que consiste en la privación o
eliminación de esos bienes que, normalmente, el culpable tendría la posibilidad y el derecho de
disfrutar. Pero como ningún hombre soporta voluntariamente ser castigado con la privación de
alguna parte de sus bienes y, mucho menos, de su libertad o de su vida, el magistrado se encuentra,
por lo tanto, armado con fuerza, más aún con el apoyo de todos los súbditos, para castigar a
aquéllos que violan los derechos de los demás”. En el segundo habría ya dicho (págs. 212 y 213):
“Por “magistrado” entendemos aquí a alguien que… sustenta un poder supremo sobre todos los
demás a quien se le delega el poder de establecer y abrogar leyes. Para ello es ese derecho esencial
de mando… por el cual dirige y reprime a otros hombres, y, por voluntad y bajo cualquier clase
de medios, ordena y dispone de los asuntos civiles para preservar el bien público y mantener a la
gente en paz y concordia. No hay necesidad de enumerar las señales particulares de la soberanía y
los derechos definidos como regios, tales como la apelación final, el derecho a la vida y a la muerte,
de hacer la guerra y la paz, la autoridad de acuñar moneda, recaudar réditos e impuestos y muchas
otras cosas de este tipo”
196
LOCKE, J., Carta sobre la Tolerancia, Biblioteca del Pensamiento, [Link],
p. 14.

207
disfrute tranquilo de sus bienes propios y una salvaguardia mayor contra cualquiera

que no pertenezca a esa comunidad. Una vez que un determinado número de

hombres ha consentido en construir una comunidad o gobierno, quedan desde ese

mismo momento conjuntados y forman un solo cuerpo político dentro del cual la

mayoría tiene el derecho de regir y de obligar a todos”197. Como se observa, en la

Carta sobre la Tolerancia no señala (todavía) cómo se construye el cuerpo político,

ni de dónde procede el poder del magistrado civil, pero, Locke tiene ya muy claros

los fines. Y entre ellos el de blindar la property198 como piedra angular de su sistema

que, más tarde entenderá como derecho natural. No obstante, en adelante, seguirá

madurando el concepto y sus límites.

197
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, cap. VIII, parág. 95.
198
FASSO, G., Historia de la Filosofía del Derecho, v. II, ed. Pirámide, Madrid, 1979, p. 148,
dice: “La cuestión del origen y fundamento del Derecho de propiedad era antigua y fue tratada y
resuelta de varios modos por numerosos pensadores. Negado por Platón, por los más antiguos
estoicos, por los utópicos sean griegos o renacentistas, por cualquier corriente del judaísmo y del
cristianismo primitivo, por algunas sectas medievales y de la época de la Reforma, el Derecho de
propiedad individual fue discutido y mediante diversos argumentos justificado -a veces con
algunas dudas y dentro de ciertos límites- por Aristóteles, por varios Padres de la Iglesia (que lo
consideraron como una consecuencia del estado de pecado subsiguiente a la caída) por Santo
Tomás y los escolásticos españoles”.

208
4.2.5 A modo de paréntesis: Algunas consideraciones.

Primera consideración.

En el final del siglo XV y los comienzos del siglo XVI tienen lugar los dos

acontecimientos que van a suponer la transformación radical en la forma de ver y

entender el mundo: el descubrimiento de América y la Reforma protestante. ¿Existe

alguna relación entre ambos hechos? ¿Uno propició el otro? ¿El otro al uno? ¿No

existe relación alguna? Que existe alguna relación, en cuanto a las consecuencias, es

evidente. Lo que no es tan evidente y sí lo es disparatado, que formasen parte de un

plan.

Con el descubrimiento de América, la vieja aspiración de la Iglesia católica, de que

la cristiandad constituyese un único orden, una comunidad política universal,

reaparecía ahora de la mano de un pretendido derecho internacional, en las plumas

de los autores de la llamada segunda escolástica o escolástica del Renacimiento.

Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Juan de Mariana, Roberto Bellarmino,

Fernando Vázquez y Gabriel Vázquez, Francisco Suárez suscribirían si no

literalmente, sí en el espíritu las palabras de Luis de Molina: “al sumo Pontífice

compete interponer su autoridad, favoreciendo el bien común con censura y otros

modos, reprimiendo a los que tiendan a impedir lo que está mandado para el bien

209
común espiritual y para la salvación espiritual de la comunidad; si lo exige el fin

espiritual el sumo Pontífice podrá deponer al rey y privarle de sus reinos” 199. Se

trataba de la participación en la teoría del poder indirecto y superpuesto del papa

sobre el orbe. Por el contrario, la Reforma protestante era sinónimo de ruptura.

La ruptura de la Inglaterra anglicana con la Iglesia de Roma trae consigo el

fraccionamiento de la unidad de la cristiandad y, por tanto, la desaparición de la

universalidad como aspiración. Con la religión como pretexto, la guerra instrumento

de acción, y la soberanía200 como concepto, se irán delimitando las fronteras de los

nuevos sujetos políticos. En esa dialéctica guerrera entre el catolicismo y el

protestantismo aparecerán las nuevas unidades: el Estado como unidad política y el

individuo como unidad social que, tras la época del absolutismo, se irán

transformando en Estado liberal e individuo propietario respectivamente.

199
MOLINA, F. (de), De iustitia et iure, I, tr. II, disp. 29, ss. 16 y 23.
200
Ver, HINSLEY, El concepto de soberanía, ed. Labor, Barcelona, 1972; LASKI, H. J., El
problema de la soberanía, ed. Dédalo, Buenos Aires, 1960; HELLER, H., Teoría del Estado, ed.
Comares, Granada, 2004.

210
Segunda consideración.

El concepto de individuo como propietario va a desarrollarse en el marco del

asentamiento y desarrollo del protestantismo y, por tanto, estará vinculado a una

determinada ética, la ética calvinista. No es tan siquiera discutible que la figura de

la propiedad privada como concepto fuera trabajada y objeto de reflexión por parte

de los autores de la segunda escolástica, y, en particular por la llamada escuela de

Salamanca201 preocupada toda ella por la propiedad de las tierras descubiertas al otro

lado del Atlántico y el derecho o la ausencia de derecho de los autóctonos pero los

resultados que obtuvieron poco tienen que ver con la teorización y concreción que

sobre el concepto hicieron y obtuvieron los autores ingleses en el siglo XVII en el

marco de la implementación de la Reforma protestante202. Y es que los doctores y

teólogos de la Iglesia romana tuvieron que moverse dentro de los márgenes estrechos

que marcaba una doctrina que se sustentaba sobre la piedra angular del “amor al

201
ZORROZA HUARTE, M. I., “Uso, dominio y propiedad en la escuela franciscana”, Caurensia,
v. XI, 2016, p. 27, dice: Por un lado, la Escuela de Salamanca, que en cierto modo actúa como
síntesis y proyección de las tesis clásicas y medievales y las conecta con el pensamiento moderno,
aporta una interesante respuesta en torno al dominio para responder a lo que denominaremos
“cuestión franciscana”, lo cual es especialmente claro en Domingo de Soto y los autores de dicha
Escuela que siguen principalmente su pensamiento. Por otro lado, la particular visión de los autores
franciscanos sobre la libertad, el valor de la riqueza y la pobreza para la vida humana y su fin
trascendente, y las polémicas políticas en que se vieron involucrados en el siglo XIV, fue
significativo para el desarrollo de varias tesis políticas que prepararán las tesis modernas de los
derechos humanos.
202
Ver MAX WEBER, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, ed. Akal Madrid, 2013.

211
prójimo” y, por tanto, de la caridad. Es por ello, en términos generales, que la

reflexión y el debate sobre la propiedad de produjo entre ideas tan disparatadas como

que “si los indios tenían alma y por tanto si eran personas” (lo que les atribuía una

relación animal, no humana con lo real) y los conceptos jurídicos de “uso”,

“dominio” y “propiedad” (propio de la relación humana con lo real).

La propiedad privada se fue fraguando de la mano del comercio y en un ambiente

de auri sacra fames que comienza a desarrollarse en del siglo XII. Es a partir de la

práctica como van apareciendo nuevas figuras jurídicas comerciales que tratan de

dar cobertura a determinados fenómenos sociales provocados por el tráfico

mercantil203. Así, el contrato de comandata, la societas terrae, la letra de cambio, el

patrón de cambio, los libros de las “sucursales”, de las “compras”, de las “ventas”,

de las “materias primas”, de los “depósitos de terceros” , el “libro secreto”…

constituían el universo en el que, alrededor del gran mercader- banquero sedentario

203
WIDOW, J. A., “La ética económica y la usura”, Anales de la Fundación Francisco Elías de
Tejada, nº 10, 2004, p. 28, dice: “Cuando la actividad económica se hizo más dinámica y compleja,
a partir del siglo XII, también se hizo más difícil el control y la represión de la usura. Primero,
porque se multiplicaban las distintas especies de contratos, de los cuales, algunos podían implicar
falta de equidad y usura bajo apariencias inocuas; segundo, porque aumentaba la demanda de
dinero, debido a esa mayor intensidad de la actividad económica y, también, al aumento del gusto
por la nueva vida, y el tercero, por el surgimiento de una nueva clase social, la burguesía, que no
estaba sujeta a normas tradicionales y a las limitaciones que eran características del clero y la
nobleza, y que de esta manera se dedicó a la actividad económica dándole estatuto propio e
independiente”.

212
se movían los contables, representantes, comisionistas, bancarios… que quizás sin

pretenderlo, van creando, todos ellos, un clima ambiental mediante la forma de

relación con lo real que acaba influyendo en la psicología personal de las gentes204.

Tercera consideración.

En paralelo a lo expuesto en el parágrafo anterior, Tomás de Aquino calificado

como el más importante pensador del medievo, siguiendo a Aristóteles, admite el

derecho a la propiedad privada. Pero es una admisión con condiciones: frente al

deseo desordenado de almacenar riquezas y su disfrute obsceno, “siempre que esté

orientada a un fin social”. Esto está en concordancia con la síntesis que Guido Fassó

realiza en su Historia de la Filosofía del Derecho relativa al pensamiento de Tomás

de Aquino diciendo que: “realizó, evidentemente, en su sistematización completa

del pensamiento del Medievo, un equilibrio completo entre la instancia religiosa -

siempre , viva de cualquier manera en la vena mística o agustiniana del pensamiento

cristiano- y la instancia mundana, social, que resurgió en el siglo XIII a través del

204
LE GOFF, La civilización del Occidente Medieval, Paidós, 2017, p.114, dice con rotundidad:
“La propiedad, en tanto que realidad material o psicológica, se desconoce por completo en la Edad
Media. Desde el campesino hasta el señor, cada individuo, cada familia no cuenta más que con los
derechos de posesión provisional, de usufructo, más o menos extensos. No solo cada uno tiene por
encima a un señor o un acreedor más poderoso que puede, por las buenas o por las malas, privarle
de sus tierras -tenencia campesina o feudo señorial-, sino que el mismo derecho reconoce al señor
la posibilidad legítima de desposar al siervo o al vasallo de su tierra siempre que le conceda otra
equivalente, a veces alejada de la primera”.

213
conocimiento de las obras de Aristóteles. La sola legitimación, empero, de esta

segunda instancia, y el haberla puesto junto (si bien, formalmente, en un plano

inferior) a la religiosa, da paso a la ruptura de ese equilibrio. Y, efectivamente, tras

Santo Tomás, la polémica existente hacía tiempo entre intelectualistas y

voluntaristas en el seno de la escolástica, se hizo áspera, llegándose a delinear una

ruptura total entre los que, siguiendo a Santo Tomás, continuarán reconociendo la

validez y la prioridad de la razón tanto en el campo teorético como en el moral, y los

que, en abierta polémica con el tomismo, verán solo en la ilimitada y omnipotente

voluntad Dios la fuente tanto del bien como del mal (y, por tanto, del derecho natural

y la justicia).205

Resulta evidente que, en general, entre aquellos que reconocerán la validez de la

razón en el campo de la moral, estarán aquellos continuadores tomistas que seguirán

reflexionando sobre la propiedad privada con “apellido”, esto es orientada “a un fin

común”. En estos sentidos dominicos y franciscanos entenderán como obligatoria la

limosna como mecanismo de distribución de la riqueza y lucha contra las injusticias

sociales. Cuando nos referimos a Tomás de Aquino y, en general a los autores

escolásticos en materia económica no podemos olvidar que ellos se mueven en el

205
FASSO, G., Historia de la Filosofía del Derecho, v. I, ed. Pirámide, Madrid, 1982.

214
espacio reducido de la estructura querida por Dios y que se considera el orden

perfecto en el que el tipo de economía es la natural es decir la que asegura, al

cristiano, lo necesario para la subsistencia. En ese tipo de economía los dos pilares

fundamentales son “el precio justo” y la prohibición del crédito con interés 206.

Superando los límites del primero se incurre en usura y obteniendo beneficio con el

préstamo sometido a interés, se vende el tiempo, con lo que se incurre en impostura

porque, “el tiempo solamente pertenece a Dios”207. A Tomás de Aquino y a los

escolásticos racionalistas, el corsé que supone su propia doctrina y el vendaval de

206
WIDOW, J. A., “La ética económica y la usura”, Anales de la Fundación Francisco Elías de
Tejada, nº 10, 2004, p .22, dice en el epígrafe referido a la usura: “No saber -dice Tomás de
Mercado en Suma de Tratos y Contratos, V, CAP. 3 y 6, Editora Nación al, Madrid, 1975, págs.
441, 442 y 459- en un negocio, qué es justo, y qué es su contrario, es no entender nada de él.
Porque esto es lo primero, que de cualquier negocio, el Cristiano debe saber, por no perder el bien
eterno, tratando el temporal”. En el caso de la usura, lo que es necesario saber es qué es lo que se
condena -de lo que se trata es de especificar el acto moral- y por qué ello es condenable, es decir,
en qué consiste la injusticia. Asunto es este, cuya adecuada respuesta es fundamental para
comprender la compleja historia de la usura y sus anatemas.

Autores modernos se han referido con bastante ligereza a lo que consideran radical incomprensión
del hecho económico del préstamo con interés debido a los prejuicios que “siglos de ignorancia”
– según palabras de Turgot- han introducido en la explicación de estas materias (Véase, acerca de
estas y otras palabras de Turgot, PERNOUD, R., Histoire de la burgeoisie en France, ed. Du Seuil,
París., 1981, v. II, P. 151). Aún quienes algo conocen sobre las doctrinas sobre la naturaleza moral
de la conducta económica, según la explicación de los teólogos de los siglos XVI y XVII, sostienen
que la teoría de estos sobre la usura “fue el gran punto débil de la economía escolástica” (De
ROBERT, Scholastic Economics), o que, para salvar sus méritos, “la inhabilidad de los
escolásticos tardíos para formular una teoría del interés consistente y coherente no desdice sus
otras contribuciones” (CHAFUEN, A., Economía y Ética, Rialp, Madrid, 1981). “Partiendo de
doctrinas establecidas de la Iglesia referentes a la esterilidad del dinero -dice otro- y, por ende, la
inmoralidad del interés (la usura), permanece cierto juicio de que los escolásticos tardíos trataron
el interés de una forma más frágil que los autores liberales posteriores.
207
Afirmación que está en sintonía con: Eclesiastés 3. 1-4; 11. “Él (Dios) es el que determinó el
tiempo para todo”.

215
libertad que trae consigo el propio mercado, con el tiempo, provocará que la moral

acabe dejando paso a la lógica económica.208

208
WIDOW, J. A., “La ética económica y la usura”, Anales de la Fundación Francisco Elías de
Tejada, nº 10, 2004, p. 31, dice: “A partir de la segunda del siglo XVI, comienza un proceso de
relajación en el juicio moral sobre la usura. Desde luego, es notorio el aumento de los recursos a
títulos extrínsecos para justificar un interés. Se acepta la usura como algo inevitable ; por lo menos
como algo que no han podido erradicar todas las medidas tomadas para reprimirla: de este modo
toma fuerza una opinión que es bastante antigua, la de que cabe tolerar la usura dentro de ciertos
límites, de la misma manera que se tolera la prostitución: “Pero hay que pensar -escribe Luis de
Molina- que, aunque por naturaleza se siempre pecado mortal cooperar a que la usura se pague,
aprobarla, o consentir esto ni tan siquiera por el Sumo Pontífice, con todo, no sería pecado sino
actuación ilícita permitirla, no solo a los infieles sino también a los fieles, cuando así se evitarían
mayores males y escándalos que sobrevendrían si el poder público lo tratase de impedir en algún
caso. Porque esto no sería consentir en el pecado de usura, sino permitirlo para evitar mayores
males, o por algún bien público mayor”. Si se conoce el espíritu de los hombres, y si se tienen en
cuenta otras circunstancias que, por este tiempo, contribuían a relajar las conciencias, se podía
prever que la tolerancia en esta materia dejaba la puerta abierta para que se fuera tolerando la usura
no ya como un mal inevitable, sino como algo normal u ordinario en la vida económica de la
sociedad.

El hecho, además, de que fuera la potestad civil la que estableciera las reglas para el ejercicio de
esa tolerancia, fue una de las causas de que esa potestad se independizase del poder y de la
autoridad de la Iglesia: la crisis religiosa del siglo XVI fue un factor que indudablemente concurrió
a afirmar esta independencia”.

216
CAPÍTULO TERCERO
LOCKE Y SIDNEY CON FILMER AL FONDO

4.3.1 Algernón Sidney: El otro azote de Filmer.

De entre la pléyade de los constitucionalistas ingleses del siglo XVII, Tyrrell, Locke

y Sidney se mostraron especialmente muy preocupados por los efectos sociales que

estaba provocando la publicación de un texto que en los años treinta de mil

seiscientos se había escrito para ser distribuido entre los amigos y allegados 209. Se

trataba de Patriarca o el poder natural de los reyes de Sir Rober Filmer. Tyrrell

reaccionó en 1680, a través de la publicación de Patriarca, non monarca

desautorizando la concepción que el noble de Kent tenía del derecho natural y,

tratando de mostrar que dicha obra no descansaba sobre fundamentos de la ley

natural. Locke por su parte, a través del primer Ensayo sobre el Gobierno civil y la

pequeña síntesis que del mismo realiza en el Segundo Ensayo (ambos pextos escritos

para 1682) someterá a dura crítica con rasgos de mofa al texto de Filmer. Por su

parte, Sidney, que fue ajusticiado tras falsa acusación de conspiración contra el rey

Carlos II en 1683, escribió Discourses Concerning Government, publicado dieciséis

años después de su muerte, consciente de que una obra aparentemente mediocre

Es de interés, LASLETT, P., “The gentry of Kent in 1640”, in The Cambridge Historical
209

Journal, 9, 1948.

217
como Patriarca se había convertido en la “biblia” de un movimiento que había hecho

de la monarquía absoluta en una amenaza real. Filmer, en ese opúsculo que había

alcanzado a finales de los setenta y principios de los ochenta de mil seiscientos un

enorme (luego se verá que efímero) éxito defendía el hecho de la primogenitura

como razón fundamental para convertirse en gobernante.

Sidney, por su parte, sostenía que el orden en el nacimiento no era en sí un título y

que lo que legitimaba la condición de gobernante eran los méritos contraídos. Sidney

se encontró en la situación paradójica de defender por razón de conciencia y

convencimiento, el mérito como como la mejor forma de escrutinio como ocurre en

las repúblicas frente a la forma de proceder en la aristocracia, a la que él mismo

pertenecía, que lo hace con los criterios hereditarios. En realidad, él mismo había

sufrido el discrimen en carnes propias cuando su hermano accedió al título nobiliario

sin otra razón que el orden el nacimiento. Sidney ganó la demanda interpuesta contra

la voluntad de su padre exponiendo muchos de los argumentos, utilizados para

desautorizar la tesis filmeriana en el campo político, trasladándolos al campo

familiar.

218
4.3.2 Locke y Sidney: Vidas paralelas con distinto final.

En realidad, el alegato de Filmer en Patriarca tiene que ver con el inmovilismo y el

conservadurismo más rancio. La defensa, con argumentos, que hoy nos resultan

como de cuento infantil, con los que Filmer defiende el absolutismo tratan de ocultar

unos intereses de clase. Se trata de los intereses del partido tory que ve, en las

prerrogativas del rey, la garantía de que las cosas continuasen en permanente

inmovilidad tal y como corresponde a los designios del Creador.

Además de en los escritos de Locke y Sidney, hay hechos coincidentes en sus vidas

que pueden dar algunas pistas respecto de la cercanía de sus respectivos

pensamientos. Ambos pertenecían al partido fundado por Lord Ashley, el partido

whig, y ambos estaban implicados en la conspiración que se preparaba para derrocar

contra el rey Carlos II cuyo hermano y futuro rey de Inglaterra pretendía volver al

catolicismo como religión de Estado e instaurar en el Reino Unido una monarquía

al estilo Luis XIV de Francia. Tras intentar el derrocamiento de Carlos II por vía

legal en el Parlamento sin conseguirlo, los whigs pretextando que estaban ocurriendo

toda una serie muy larga de abusos y usurpaciones y que se había llegado a un

régimen de despotismo absoluto, tanto Locke como Sidney, junto con otros

cabecillas conspiradores, participaban de la opinión de que debía ejecutarse al rey.

219
Los conspiradores fueron objeto de traición y Locke y Sidney corrieron diferente

suerte: El primero tuvo tiempo para huir de Inglaterra en el momento en el que se

conoció la traición y la orden de busca y captura; Sidney, fue arrestado y, en el juicio

fue consciente de que su suerte estaba echada. En el juicio, Sidney, puso en evidencia

las falsedades, los defectos e irregularidades en que había incurrido la acusación. De

nada sirvió. Realmente no existieron pruebas legales, pero fue condenado a muerte.

Entre la condena y la muerte recibí -dijo Sidney con talante socrático- “algunas

proposiciones para perdonarme la muerte, pero no las consideré razonables ni

decentes.” Sidney, poniendo su cabeza bajo el hacha justiciera, reivindica en el

último suspiro la justicia en su máxima expresión que considera la rebelión contra

la tiranía un hecho benéfico para la sociedad tal y como ya lo había expresado en los

Discursos al igual que Locke lo había hecho en su Segundo Ensayo sobre el gobierno

civil.

En líneas generales, en sus escritos, la concepción socio política de Locke y de

Sidney es idéntica en cuanto al análisis de la realidad inglesa y en cuanto a la

solución que ellos consideran la adecuada210. Podría decirse que ambos son tanto

210
WEST, Th. G., (ed.) Discourses Concerning Government, Indianapolis: Liberty Fund, 1996.
Locke y Sidney abogan por un gobierno constituidos por representantes electos. Ambos sostienen
que la libertad se rige por la ley natural. Ambos abogan por un gobierno limitado y el derecho del
pueblo a la revolución. Ambos son “monárquicos”. Sidney nunca llama al estado pre-civil estado

220
monárquicos como republicanos y resultando que el análisis que ambos hacen de del

momento por el que atraviesa el Reino Unido y de las razones que lo han provocado

es similar coinciden con la terapia a aplicar. Si el formato político es de República o

de Monarquía, para ellos no tiene relevancia. Lo realmente importante es dar con un

modelo de gobierno que superando las disputas religiosas aborde con plenas

de naturaleza como Locke lo hace cuando degenera en un estado de guerra. El hombre de Locke
existe naturalmente en ese estado que es de pobreza, peligro e inseguridad. Se vuelve político por
escapar de la naturaleza, no por seguirla.

La razón, para Locke es el dispositivo mediante el cual el hombre escapa de la naturaleza,


construyendo gobierno y comprometiéndose en la industria capitalista. Para Sidney, la naturaleza
del hombre es la razón como repite constantemente. Sidney llama al Estado hobbesiano de
naturaleza -estado de guerra de todos contra todos- “epidemia de locura” en la que los hombres
caerían solo si Dios abandonara el mundo (1.17). El hombre nació siendo libre, pero Sidney no
cree natural que el hombre viva sin ley. Siguiendo a Aristóteles, Sidney continúa pensando en el
hombre como un ser político y animal racional por naturaleza. La ley natural de Sidney va más
allá de las condiciones de autoconservación e incluye las diversas virtudes que comprende la vida
racional.

Esta concepción continúa la tradición de la ley natural derivada de los antiguos. Sin embargo,
Locke la doctrina de Locke sobre la ley natural rompe la tradición al estar basada en el derecho
fundamental a vida y a la libertad. En el universo moral de Locke, el centro no está en el fin del
hombre sino en el hombre mismo o la libertad del Hombre. En esto sigue a Hobbes. Sidney y
Locke ven el comercio de manera diferente. Para Locke el comercio es en principio un medio por
el cual el hombre escapa a la privación a la que le condena la naturaleza no mejorada. Sidney
también elogia la riqueza como uno de los fines del arte de gobernar, pero solo por su contribución
a la potencia de una nación (consideración similar a la de Hamilton en Federalista 11).

Por otra parte, entiende que el dinero puede ser corruptor (II, 22, 23). Sidney nunca cuestiona el
derecho del padre a gobernar en la familia, pero Locke habla de honrar, no de obedecer al padre y
a la madre. La sociedad civil sigue siendo para Sidney una asociación de padres como jefes de
familia. El individualismo más radical de Locke cuestiona la familia tradicional, que se basa en
los diferentes propósitos, por naturaleza, de hombre y de mujer. En resumen, el pensamiento de
Locke se basa en premisas más radicalmente moderno que el de Sidney. El Republicanismo de
Locke se basa en última instancia en una visión de la naturaleza humana que duda o niega la visión
más antigua de que el hombre está orientado por naturaleza a una vida de decencia y razón. El
republicanismo de Sidney todavía se adhiere a una visión de la vida que se reconoce cómoda dentro
de la tradición antigua y medieval de la filosofía política”.

221
garantías la situación de fondo que no es otra que de una sociedad en profundo

cambio económico, liderado por una emergente burguesía, para la que una

monarquía absoluta o una república dictatorial resultan inservibles. Ambos

descubren el valor de la propiedad y su importancia en la resolución del problema.

Ambos fueron capaces de ver más allá de lo que aparecía ante los ojos, ver más allá

de lo que se estaba viendo, pero, a decir verdad, Locke, no sintió el corsé

aristotélico211 ni tampoco el de los clásicos griegos como si le ocurrió a Sidney y

pudo ver más allá del horizonte inmediato. Ambos proclaman la libertad individual

como atributo esencial del hombre y que esa libertad se rige por la ley natural.

Ambos coinciden en afirmar la naturaleza racional del humano pero, si bien para

quedarse en ella y convertirse en ser político, para Sidney, siguiendo a Aristóteles,

el hombre es por naturaleza racional y político. Para Sidney, la ley natural no se

limita a reglar la supervivencia sino que abarca las virtudes que tienen que ver con

la vida racional. Por el contrario, Locke, proclama derechos como fundamento,

como piedra angular de la ley natural. Así dirá que la ley natural está basada en el

derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Con la afirmación de existencia de

derechos innatos consustanciales a la naturaleza del hombre, proclamando la

individualidad más radical, Locke, asienta la base para la construcción del modelo

211
ANSTEY, P.R., Jhon Locke and Natural Philosophy, Oxford University Press, Oxford, 2013,
muestra que como autor que proclama y practica el método experimental, Locke propone una
filosofía natural como alternativa a la filosofía aristotélica.

222
de Estado y de gobierno para poner en orden al caos inglés y consecuentemente

desarrollar el capitalismo como industria, ideología y cosmovisión coincidiendo con

la aparición en el escenario social y político de la burguesía como actor principal.

4.3.3 Camino hacia la propiedad.

Locke juntamente con Sidney, sin olvidar a Milton, dice Mondolfo, “es el máximo

representante de la corriente liberal y es quien va a señalar el camino a Rousseau con

la concepción del estado de naturaleza como condición de libertad y de igualdad,

conforme con la ley natural, con la afirmación de la persona humana como sujeto de

todo derecho y, por tanto, fuente y norma de toda ley, y con la visión nueva que él

introduce, de la unificación de los dos principios, liberty and property, que habían

sido la bandera de la revolución inglesa”212.

Como se observa, Mondolfo dice que “con la unificación e identidad de los dos

principios, libertad y propiedad, Locke introduce una visión nueva” bajo

212
MONDOLFO, R. Rousseau y la conciencia moderna, Eudeba, Buenos Aires, 1967, p. 66.

223
consideraciones utilitarias213. ¡Evidentemente que es nueva! Nadie había osado

proclamar la propiedad privada como derecho natural al igual y con el mismo rango

que la vida y la libertad.

Locke, en el capítulo segundo, parágrafo 4 titulado “Del estado natural”, señalará el

estado de naturaleza como el estado en el que se encuentran naturalmente los

hombres y considerará que, ese estado, es la verdadera fuente del poder político214.

En una primera descripción del estado de naturaleza, Locke dirá que “es un estado

de completa libertad para ordenar sus actos y para disponer de sus propiedades y de

sus personas como mejor les parezca, dentro de los límites de la ley natural, sin

necesidad de pedir permiso y sin depender de la voluntad de otra persona”215. Dos

parágrafos más adelante, dirá que “la razón, que coincide con esa ley, enseña a

cuantos seres humanos quieren consultarla, que siendo iguales e independientes

nadie debe dañar a otro en su vida, salud, libertad y posesiones”216. De la puesta en

común de estos dos párrafos se deducen los fundamentos del sistema lockiano: en

213
MONDOLFO, R. Rousseau y la conciencia moderna, Eudeba, Buenos Aires, 1967, p. 67.
214
BOBBIO, N., Locke y el Derecho Natural, Tiran lo Blanch, Valencia, 2017.
215
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, cap. II, parag. 4.

216
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, cap. II, parág. 6.

224
primer lugar que, ley natural y razón es la misma cosa por lo que cada sujeto es una

persona igualmente racional; en segundo lugar, proclamará la libertad absoluta y la

individualidad en el marco de la racionalidad; en tercer lugar, estableciendo el altum

non laedere como principio regulador de las relaciones proclamará los derechos

innatos a cada individuo: la vida, la libertad y la propiedad “si nos atenemos a la

razón natural”.

4.3.4 Las fuentes de autoridad: la razón y las Escrituras.

John Locke apela a la razón y a las Sagradas Escrituras como fuentes de autoridad

para proclamar la propiedad privada como derecho innato. En lo que respecta a la

primera dirá que lo es, “si nos atenemos a la razón natural, que nos enseña que los

hombres tienen el derecho de salvaguardar su existencia y, por consiguiente, el

comer y beber y el disponer de otras cosas que la naturaleza otorga para su

subsistencia”.

En lo que respecta a la autoridad de la Biblia no resulta extraño que recurra a ella

por su condición de creyente protestante pero, además porque, en esos tiempos que

le tocó vivir a Locke, las Escrituras, eran consideradas como la auténtica verdad

225
histórica. Además, en este caso había una tercera razón que no se debe desdeñar y

es la de que la refutación del Patriarca de Filmer estaba en la primera línea de los

objetivos de los autores whigs. La publicación y distribución en Inglaterra de la obra

del noble de York, cincuenta años después de haber sido escrita y repartida

solamente entre sus amistades, había provocado un efecto inesperadamente dañino

para los intereses de los whigs hasta el punto de convertirse Filmer y su obra en el

enemigo a batir.

Locke dedicó su Primer Ensayo sobre el Gobierno civil a descalificar y ridiculizar

las tesis de Filmer y gran parte de los argumentos fueron dirigidos a la impropia

lectura e interpretación que hacía de las Escrituras sacando párrafos de contexto,

retorciendo conclusiones o simplemente tergiversando los hechos. Así pues cuando

Locke comienza a desarrollar sus argumentos con respecto a la propiedad tiene

cuidado de dejar bien claro que cuando recurre a la autoridad de las Sagradas

Escrituras no lo hace (sin citarlo) como el noble de York cuyo razonamiento impide

el objetivo lockiano que no es otro que proclamar la propiedad privada como derecho

natural innato. Así dirá: “Yo no quiero darme por satisfecho contestando (a cómo

pueda nadie conseguir la propiedad de una cosa cualquiera) que, si resulta difícil

establecer la “propiedad” partiendo del supuesto de que Dios entregó el mundo a

Adán y a su posteridad común es imposible también que nadie, como no sea un

226
monarca universal, tenga ninguna “propiedad”, arrancando de la suposición de que

Dios entregó el mundo a Adán, y por vía de sucesión a sus herederos, excluyendo al

resto de su descendencia”. Para, a continuación, mostrar su objetivo: “trataré de

demostrar de qué manera pueden los hombres tener acceso a la propiedad en varias

parcelas de lo que Dios entregó en común al género humano, y eso sin necesidad de

que exista un acuerdo expreso de todos cuantos concurren a esa posesión común”217.

4.3.4 De una donación en común a una teoría del poder.

Que Dios dio la tierra en común a los hombres parece ser la interpretación de Locke

a partir de las palabras bíblicas “y ha dado la tierra a los hijos de los hombres”218.

Esta lectura interpretativa le sirve de punto de apoyo para explicar lo que a muchos

autores les resulta difícil de hacerlo, esto es, cómo puede alguien conseguir la

propiedad de una cosa cualquiera. Filmer, por su parte ve en esta frase bíblica la

oportunidad de dejar clara su teoría del poder como verdad absoluta porque teme

que, esas palabras bíblicas sean la puerta abierta para la proclamación de la libertad

217
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
24.
218
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
24.

227
natural del pueblo y, a partir de ella, la oportunidad para la posibilidad de

legitimación de la existencia de un gobierno popular.

Así pues, Sir Robert Filmer, ha visto un verdadero riesgo de legitimación del poder

popular en los escritos del cardenal Bellarmino cuando dice, a partir del Salmo de

David, “que Dios ha dado u ordenado el poder es evidente por las Escrituras. Pero

Dios no se lo ha dado a ninguna persona en particular, porque por naturaleza todos

los hombres son iguales; por consiguiente, ha dado el poder al pueblo o multitud”219.

Y contra él contraataca Filmer. Por su parte, expone con claridad su concepción

vertical de toda sociedad donde el principio fundamental es el jerárquico, la

subordinación el criterio ordenador y la desigualdad el resultado. Así Filmer dirá:

“No veo, pues, cómo los hijos de Adán o de cualquier otro hombre puedan estar

libres de la subordinación a sus padres: y siendo esta sumisión de los hijos la fuente

de la autoridad real por disposición del mismo Dios, se sigue que el poder real no

solo en términos generales es de divina institución, sino que también lo es en su

asignación específica a los primeros padres, lo cual descarta por completo esa nueva

219
FILMER, R., Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, p. 7.

228
y común distinción que se refiere a Dios solo por el poder universal y absoluto, pero

dejando el poder respectivo, en cuanto a la forma especial de gobierno, a la elección

del pueblo.”220De esta manera, Filmer concluirá: “Este señorío que Adán, por propia

autoridad, tenía sobre el mundo entero, y que por derecho heredado de él disfrutaron

los patriarcas, fue tan extenso y tan amplio como el dominio más absoluto de

cualquier monarca desde la creación”221.

220
FILMER, R., Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, pág. 8.
221
FILMER, R., Patriarca o el poder natural de los reyes, IEP, Madrid, 1966, págs. 8 y 9.

229
CAPÍTULO CUARTO
LA PROPIEDAD PRIVADA: LA CLAVE

4.4.1 La propiedad privada: piedra angular.

De una misma frase, “y ha dado la tierra a los hijos de los hombres” dos deducciones

diferentes. Ambas sacadas de la observación de la realidad inglesa. Filmer ve con

claridad la evolución política de los tiempos. Observa las dificultades que, dos reyes

absolutos como Jacobo I y Carlos I, han tenido y tienen para gobernar quod principi

placuit como consecuencia del poder ascendente de los parlamentos. Filmer, está

obsesionado por el riesgo, que, cada vez ve más factible, de la abolición de la

monarquía y de que el pueblo acceda al poder y trata de encontrar, en la frase bíblica,

el obstáculo definitivo que impida tal posibilidad. En este sentido, debo reconocer

que el presentimiento de Filmer, cuando redacta Patriarca en los primeros años de

1630, no estaba infundado. Poco más de tres lustros después tuvo lugar el

derrocamiento y regicidio de Carlos I y la instauración de (de efímera duración, once

años) la república de Cromwell.

Por su parte Locke, que en el transcurrir de su vida adulta había sido testigo, de

hechos inolvidables, de un regicidio, del fracaso de un intento de instauración de una

230
República, del terrible incendio de Londres, ahora, en el final de los años setenta y

principios de los ochenta de mil seiscientos, ve crecer en Inglaterra un clima social

irrespirable de intolerancia religiosa, de enfrentamiento, con trasfondo político-

económico, entre whigs y torys, entre el Parlamento y el Rey, en el que la

conspiración de Oates222 va a constituir el punto de ebullición de la olla a presión

en la que se había convertido la Inglaterra de la época. En tanto la mayor parte de

los autores constitucionalistas ingleses habían teorizado sobre el derecho (common

law o civil law)223, sobre los supuestos que legitiman o no derrocar y ajusticiar al

tirano, Locke, con visión de futuro, trataba de encontrar la pieza que, insertada en el

mecanismo de la caótica sociedad inglesa del momento, comenzara a producir la

distensión interna y abriera las puertas al Imperio anglosajón del futuro. En el

entorno de los whigs había conciencia “de que la economía, los grandes avances

científicos y la profunda transformación social habían hecho evolucionar y avanzar

222
CABALLERO CAMINO, H. I., Del medievo feudal al capitalismo moderno. Evolución
social/evolución mental. ¿Por qué Filmer llegó tarde? Razones de la anacronía de “Patriarca”,
Tesis Doctoral UPV, 2016, p. 404, dice: “La conspiración de Oates (Popish plot) fue el comienzo
de la creación de un clima irrespirable de falsedades, mentiras, delaciones, conspiraciones,
persecuciones y muertes de las que los católicos eran el objetivo, el rechazo de Jacobo II como
sucesor de Carlos II alcanzó los niveles máximos. Entre los años 1678 y 1681. Con el impedimento
del acceso al trono de Jacobo II como objetivo, además de pretender la proclamación de la ley de
Exclusión (que llegó a ser aprobada pero su sanción fue obstaculizada y, por tanto, no sancionada),
los whigts prepararon toda una estrategia de lucha tanto en el Parlamento como en la calle”.
223
Fue sir Edward Coke el gran Defensor de la common law. Sobre la cuestión, ver PLUCKNETT,
Th., “Bonham Case” and Judicial”, Harvard Law Review, 40, 1926

231
la mentalidad y estaban a punto de producir la gran voladura del conservadurismo-

autoritarismo monárquico”224.

El Locke radical empirista observando su realidad histórica, se dio cuenta de que el

problema inglés no tenía respuesta desde la religión, ni tampoco la economía era

capaz de aportar luz alguna y, en menor medida la política. Con la mentalidad de

psicólogo, que conoce la naturaleza humana y sus pasiones,225se da cuenta de que la

clave está en la propia naturaleza de la persona. Es por ello que, juntamente con la

vida y la libertad, proclama la propiedad privada como constitutiva de la

personalidad racional y esencial del hombre al margen del reconocimiento que, más

tarde el Estado, pueda hacer de ella sin que, de forma alguna, pueda ser, por Él,

violada. A partir de esa proclamación, el esfuerzo de John Locke ira dirigido hacia

la búsqueda de un gobierno, un tipo de Estado “cuya finalidad no sea otra que la de

salvaguardar esa propiedad particular.226 Más tarde, al abordar la cuestión del

224
CABALLERO CAMINO, H. I., Del medievo feudal al capitalismo moderno. Evolución
social/evolución mental. ¿Por qué Filmer llegó tarde? Razones de la anacronía de “Patriarca”,
Tesis Doctoral UPV, 2016, p. 404.
225
Son claves para saber del profundo conocimiento que Locke tenía de la psicología humana,
entre otros escritos, dos de ellos: Thoughts Concerning Education, Printed for a. and J. Churchill,
London, 1693 y el publicado en 1690 que en versión española nos parece recomendable: Ensayo
sobre el Entendimiento Humano, ed, Fondo de Cultura Económica, México, 2006.
226
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
94.

232
alcance del poder legislativo de ese nuevo modelo de Estado será más explícito y

dirá que “siendo la finalidad de los hombres al entrar en sociedad el disfrute de sus

propiedades en paz y seguridad, y constituyendo las leyes establecidas en esa

sociedad el magno instrumento y medio para conseguirla, la ley primera y

fundamental de todas las comunidades políticas es la del establecimiento del poder

legislativo, al igual que la ley primera y básica natural, que debe regir incluso al

poder de legislar, es la salvaguarda de la sociedad y de cada uno de sus miembros”227

4.4.2 La propiedad privada, el problema.

Así pues, desde la visión bíblica de que “Dios, que dio la tierra en común a los

hombres”, de manera simultánea, les dio también la razón para que actuasen en la

vida según su dictado para el bien personal y de los demás. Así continuará diciendo

que “la tierra y todo lo que ella contiene, se le dio al hombre para el sustento y el

bienestar suyos”228. En ese momento, para Locke, el estado en que se encuentran

227
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
134.
228
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 25.

233
naturalmente los hombres es “un estado de igualdad perfecta”229 así como “un estado

de completa libertad, para ordenar sus actos y para disponer de sus propiedades y de

sus personas como mejor les parezca dentro de los límites de la ley natural, sin

necesidad de pedir permiso y sin depender de la voluntad de otra persona”230 porque

“el hombre tiene constantemente en sí mismo el verdadero fundamento de la

propiedad”231

El problema surge cuando, los frutos que esa tierra produce naturalmente y sus

animales que en ella viven en tierra, mar y aire que originariamente pertenecen en

común al género humano se pretenden entregar para que los hombres se sirvan de

ellos. No teniendo, dice Locke, alguien originariamente un dominio particular sobre

lo que pertenece al común “tendrá que haber algún medio de que cualquier hombre

229
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 7,
abundando en al cuestión de que por qué la ley de la naturaleza ha sido puesta en manos de todos
los hombres, muestra los rasgos de una concepción hobbesiana del estado de naturaleza diciendo
que: “Para impedir que los hombres atropellen los derechos de los demás, que se dañen
recíprocamente, y para que sea observada la Ley de la Naturaleza, que busca la paz y la
conservación de todo el género humano, ha sido puesta en manos de todos los hombres, dentro de
ese estado, la ejecución de la ley natural; por eso tiene cualquiera el derecho de castigar a los
trasgresores de esa ley con un castigo un estado de igualdad que impida su violación. (…)… Y si
un hombre puede en estado de naturaleza, castigar a otro por cualquier daño que haya hecho, todos
los hombres tendrán ese mismo derecho, por ser aquel un estado de igualdad perfecta, en el que
ninguno tiene superioridad o jurisdicción sobre otro, y todos deben tener derecho a hacer lo que
uno cualquiera puede hacer para imponer el cumplimiento de dicha ley”.
230
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 4.
231
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 44.

234
se los apropie o se beneficie de ellos.”232 Unas líneas más adelante, Locke descubre

ese “medio” haciendo que, en una segunda lectura, deduzcamos que la propiedad

privada existe porque “cada hombre tiene la propiedad de su propia persona. Nadie,

fuera de él mismo, tiene derecho alguno sobre ella.”233 Del hecho innegable de que

cada uno supone un entero absoluto y singular y de que cada humano es único y

exclusivo dueño de su propia persona Locke, concluye que ¡existe la propiedad

privada! Por tanto, al derecho natural a la vida y a la libertad, que ya lo eran

consustanciales al hombre para la generalidad de los autores racionalistas, ahora,

Locke añade el derecho natural a la propiedad privada.

4.4.3 La propiedad privada y los males de la humanidad

Algo más de siete décadas después, en el comienzo de la segunda parte de su

Discurso sobre el Origen y los Fundamentos de la Desigualdad entre los hombres,

J. J. Rousseau escribía: “el primero que, habiendo cercado un terreno, se atrevió a

decir, esto es mío, y encontró gentes lo suficientemente simples para creerlo, fue el

verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, cuántas guerras, cuántas

233
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 26.

235
muertes, cuántas miserias y horrores no hubiese evitado al género humano el que

arrancando las estacas o llenando el foso, hubiese gritado a los semejantes: No

escuchéis a ese impostor; Estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la

tierra no es de nadie.”234.

Esta denuncia de Rousseau va directamente dirigida contra el Segundo Ensayo sobre

el Gobierno Civil de John Locke. El ginebrino inaugura una línea de pensamiento

que considera que todos los males de la humanidad han tenido una mayor aceleración

a partir de la proclamación de la propiedad privada como derecho natural y por tanto

como atributo consustancial a la naturaleza humana. Si el ginebrino, por su parte,

considera que el hombre es bueno por naturaleza y que, esa bondad se asienta sobre

los dos principios anteriores a la razón como son el amor de si y la piedad que

residen en las profundidades esenciales del alma humana, no puede aceptar que, algo

que él entiende vinculado a las pasiones como el egoísmo, pueda formar parte de la

esencia humana. El egoísmo es la máxima expresión del amor propio (antítesis del

amor de sí), esto es del máximo exponente de las pasiones humanas que obedecen a

la razón y no tanto al instinto.

234
ROUSSEAU, J. J., Discours sur l’Origine et les Fondements de l’inegalité parmi les hommes,
O. C., éd de la Peiade, v. III, p, 164.

236
Así autor de Ginebra dirá: El primer sentimiento del hombre fue el de su existencia,

su primer cuidado el de su conservación. Las producciones de la Tierra le

proporcionaron todos los socorros necesarios, el instinto los llevó a usarlos. El

hambre, otros apetitos le hicieron experimentar de vez en cuando diversas maneras

de existir, hay una entre ellas que le invitó a perpetuar la especie; y esta propensión

ciega desprovista de todo sentimiento del corazón, no produciría más que un acto

animal”235.

Rousseau tiene muy claro que la condición del hombre naciente tiene que ver con la

animalidad guiada, en primer lugar, por el instinto por lo que “aprovechando a penas

de los dones que le ofrece la naturaleza para su subsistencia no piensa en nada y

menos en arrebatar nada a nadie, solo siente y siente la necesidad de superar el

obstáculo que la naturaleza le pone ante él.

En el proyecto de Rousseau, encerrado y sintetizado en el grito “volvamos a la

naturaleza,”236omo solución al estado de depravación al que ha llegado la sociedad

ROUSSEAU, J. J., Discours sur l’Origine et les Fondements de l’inegalité parmi les
235

hommes, O. C., véd de la Peiade, p. 164


236
MONDOLFO, R., Rousseau y la conciencia moderna, Eudeba, Buenos Aires, 1969, págs. 33,
34 y 35 dice: “En el siglo al que pertenece Rousseau no solo él, por cierto, se vuelve a la naturaleza
como a un principio del ser y a una ley de las cosas. Los enciclopedistas, continuando el
movimiento naturalista promovido ya por el método baconiano y por las investigaciones y
concepciones físicas de Descartes y de la escuela galileiana, acogiendo la teoría empirista del

237
civil, no contempla, evidentemente a la propiedad privada como derecho natural

sino, por el contrario, como uno de los elementos, que, en su diagnóstico social, han

llevado a tal estado. Es por ello por lo que Rousseau se sitúa en las antípodas de

Locke. Por lo que a Rousseau podría situársele como fundador de la democracia237,

en tanto que Locke, sería quien hubiera proporcionado las bases del liberalismo.

Contrariamente al pensamiento que se ha generalizado, de manera interesada, al

liberalismo y la democracia, como corrientes políticas similares o más bien idénticas

o ese otro que ha acuñado de forma específica el término democracia liberal, el

significado que para el liberalismo o la democracia tiene la propiedad privada,

conocimiento de Locke y la física de Newton, eran llevados a considerar el système de la nature


(según el título característico del famoso libro de D’Holbach en el que también Diderot y Lagrange
hubieron de cooperar) como el objeto central de las indagaciones humanas, la fuente de los
conocimientos, el criterio de juicio de del concepciones y de las instituciones y el arma de lucha y
de crítica de la tradición. Pero la naturaleza de la que hablan es esencialmente un mecanismo de
materia y movimiento; es la naturaleza exterior, convertida en objeto de una consideración
intelectualista: el iluminismo, de que son adalides, solo saben admirar “las maravillas del intelecto”
y operar con aquellas “ideas generales y abstractas” que son para Rousseau el origen de los
mayores errores (Respuesta a M. Bordes y La profesión de fe del Vicario Saboyano en el Emilio).
(…). Pero mientras que para los enciclopedistas la unidad se obtiene encuadrando el espíritu en la
concepción del mundo exterior, para Rousseau la unidad se afirma en cuanto la naturaleza misma
palpita dentro de nosotros, en el íntimo sentimiento de nuestra vida”
237
CABALLERO HARRIET, F. J., Algunas claves para otra mundialización, Funglode, Santo
Domingo, 2009, p.159 y 160, dice, inspirándose en R. Mondolfo, que: “Precisamente, el principio
de personalidad entendido como valor universal y por tanto concebido como exigencia ética radical
de donde se extrae “la igualdad de derechos y la noción de justicia” permite entender el Contrato
social como el fundamento de la verdadera sociedad democrática en la que la política debe reposar
sobre exigencias morales y clarifica de forma definitiva el problema de las relaciones entre el
hombre y el ciudadano, entre el derecho natural y el Estado, entre la libertad y la voluntad general,
en definitiva, posibilita llegara comprender la esencia del verdadero Estado de Derecho y además
explica por qué Rousseau ha podido ejercer una profunda influencia renovadora en toda la filosofía
de Kant hacia adelante”.

238
demuestra hasta qué punto, más allá de que uno y otra recurran a los votos para su

legitimación, son corrientes ideológicas antitéticas238.

4.4.4 La propiedad por el trabajo.

En realidad, Jean Jacques había hablado del origen de la propiedad en la Primera

parte del Second Discours, insinuando ya como la responsable de muchos males de

la humanidad. Rousseau sitúa ese hecho en la recta final del estado de naturaleza

cuando la razón comienza a despertar. Marcando distancia con Locke y para ubicar

con claridad el momento de los hechos dirá, “llegado este momento recorro ahora

con rapidez una multitud de siglos”. En ese instante en que en el estado de naturaleza

el “tiempo ha dejado de ser inmóvil”, el descubrimiento casual del “hacha de piedra”

posibilitó la creación de “chozas hechas con ramas”, lo que a su vez hizo posible el

asentamiento y distinción de las familias y la entrada en la era patriarcal. La

construcción, de esas viviendas primitivas, entiende Jean Jacques, que origina una

“cierta especie de propiedad”239.

238
CABALLERO HARRIET, F. J., Algunas claves para otra mundialización, Funglode, Santo
Domingo, 2009. Ver el apartado titulado “De la dialéctica liberalismo-democracia al
neoliberalismo”, págs. 108 a 185.

ROUSSEAU, J. J., Discours sur l’Origine et les Fondements de l’inegalité parmi les
239

hommes, O. C., v. III, éd de la Peiade, p. 164

239
Como se ve, Rousseau hace aparecer esta especie de propiedad como consecuencia,

en última instancia, del trabajo lo que nos pudiera llevar a asociarlo con Locke

cuando dice que: “podemos también afirmar que el esfuerzo de su cuerpo y la obra

de sus manos son también auténticamente suyos. Por eso siempre que alguien saca

alguna cosa del estado en el que la Naturaleza la produjo y la dejó, ha puesto en esa

cosa al de su esfuerzo, en la que la naturaleza ha agregado algo que es propio suyo;

y, por ello, la ha convertido en propiedad suya. Habiendo sido él quien la ha apartado

de la condición común en la que la Naturaleza colocó a esa cosa, ha agregado a esa,

mediante su esfuerzo, algo que excluye de ella el derecho común de los demás”240.

Es cierto que, por lo expuesto, parecería que, tanto en Rousseau como en Locke

coincide el hecho de que el trabajo da derecho a la propiedad privada. En realidad,

no es así. En Jean Jacques la propiedad puede adquirirse por el trabajo, la ocupación

o la apropiación al marcar, por ejemplo, lindes que delimitan un espacio, pero no es

un derecho natural, originario. En Locke, cada hombre tiene la propiedad de su

propia persona y siendo el trabajo o esfuerzo propiedad indiscutible de la persona

que lo realiza, nadie puede tener derecho a lo que resulta de esa agregación”241 . En

240
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 26.
241
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 26.

240
Locke el derecho a la propiedad privada nace con la persona misma y el hecho de

“poner el trabajo” hace material y efectivo ese derecho. El trabajo como forma real

del acto humano de quien lleva implícito el derecho natural de la propiedad privada

se convierte, en Locke en el elemento que dentro de la lógica de su discurso, vincula

la persona (propietaria) y las cosa.,

4.4.5 De derecho innato a derecho materializado.

Desde una perspectiva antropológica, Locke se preguntará por el momento en el que

una cosa comienza a ser del sujeto que la cogió de la propiedad común. Por ejemplo,

las manzanas cogidas de un árbol del bosque. ¿En qué momento resultan propiedad

de sujeto que las cogió? ¿En el momento en el que se comió la manzana? ¿Al

digerirla? ¿Cuándo la cogió del árbol? ¿Cuándo la llevó a su casa? La respuesta de

Locke es siempre la misma: ¡por el trabajo!242

242
Locke repite hasta la saciedad que es a través del trabajo como se adquiere la propiedad privada
con formulaciones como: “el trabajo puso un sello que lo diferenció…”; “El trabajo suyo…”; “…al
que puso el trabajo”; “El hombre puede apropiarse de las cosas por su trabajo…”; “y su trabajo
habría de ser el título de su posesión”; (…).

241
Solamente el trabajo pondrá el sello que diferenciará a esa manzana del resto común.

No será la recogida del árbol ni tampoco su ingesta y menos el transporte a la casa.

“El trabajo agregó a los productos (en este caso la manzana) algo más de lo que había

puesto la Naturaleza madre común de todos, y, de ese modo pasaron a pertenecerle

particularmente.”243.

De todas formas, el hecho de que las cosas en su origen pertenezcan al común de los

mortales plantea un problema respecto de la adquisición particular. Y este problema

tiene que ver con el consentimiento. ¿Es necesario el consentimiento de todos para

la adquisición de la propiedad particular? Locke parecería optar por la no necesidad

de la petición de tal autorización por razón de la generosidad y abundancia con la

que el Creador ha dispuesto las cosas en este mundo y porque, además, tal exigencia,

resultaría materialmente imposible de cumplir y las gentes “morirían de hambre” en

medio de la abundancia.

No obstante, el problema no queda totalmente resuelto porque ¿Qué es lo que ocurre

cuando, con el paso del tiempo, las cosas no son abundantes sino escasas? La

originaria justificación de la abundancia no existiría y entonces entraría en juego la

243
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 27

242
legitimación por el riesgo de la pérdida de la vida en cuyo caso, aunque no existiera

abundancia, quedaría justificada la adquisición de la propiedad. Finalmente, Locke

parecería tirar por la calle de en medio y optar por el dicho popular “si es de todos

no es de nadie”. Pero no lo hace. ¡Conoce el valor que el consentimiento tiene en su

argumentación!244 Y recurre al trabajo como medio de apropiación: “El trabajo que

me pertenecía, es decir, el sacarlos del estado común en el que se encontraban dejó

marcada en ellos mi propiedad”245. Y ratificará que: “Esta ley primitiva de la

Naturaleza, mediante la cual empieza a darse la propiedad en lo que antes era común,

sigue rigiendo todavía entre quienes forman la parte civilizada del mundo”246.

244
Así, LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
28, reiterará: “Por conformidad explícita de cada uno de los coposesores, necesaria para que
alguien se apropie de una parte de lo que ha sido otorgado en común, los hijos o los criados no
habrían podido repartirse la carne que el padre de familia les habría entregado, si antes no se le
señalaba a cada uno la parte correspondiente. ¿Aunque el agua que mana de la fuente es de todos,
¿Quién puede dudar de que la recogida en un recipiente le pertenece al que lo llenó? El trabajo
suyo la ha sacado de las manos de la Naturaleza, en las que era común a todos, y pertenecía por
igual a todos sus hijos, y con ello se la ha apropiado para sí”.
245
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 27
246
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 29.

243
4.4.6 De derecho compartido a derecho privado limitado.

Afirmando que, “Dios nos ha dado las cosas en abundancia” continuará, Locke

diciendo que la ley natural que es la razón nos indica el límite de ese derecho a la

apropiación: “El hombre puede apropiarse las cosas por el trabajo en la medida

exacta en que le es posible utilizarlas con provecho sin que se echen a perder”247.

Adelantándome en el discurso lockiano, (a modo de paréntesis) diré que es preciso

observar que en el parágrafo 37, Locke mostrará uno de los rasgos de la personalidad

que tiene su sujeto y que, en un momento dado, debe aflorar en la conducta. Así dirá:

“antes de que el ansia de poseer más”248. Él está dando por hecho, y la experiencia

así se lo demuestra, que el equilibrio entre bienes de la Naturaleza y utilidad para la

247
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 30
248
MACPHERSON, C. B., La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke,
ed. Fontanella, Barcelona, 1979, p. 178, dice acertadamente: “A primera vista puede parecer que
Locke habla simplemente de un inútil deseo de acaparar: los términos que utiliza para esta
acumulación son “amontonar” (heap hup) y “acaparar” (hoard up). Pero dado que Locke está
pensando constantemente en hombres cuyo comportamiento es racional, en el sentido utilitario
corriente de la palabra (así como en el sentido moral), esta presunción va en contra de tal
significado. Y basta remitirnos a los tratados económicos de Locke para ver que era un
mercantilista para quien la acumulación de oro era un objetivo apropiado de una política mercantil,
no como fin en sí misma sino porque vivificaba e incrementaba el comercio. Su principal
preocupación en las Considerations on… Money es la acumulación de un fondo de dinero
suficiente para “impulsar el comercio”; tanto exportar como acaparar (es decir, acumular dinero
sin utilizarlo como capital) malbaratan ese objetivo. Para Locke, el objetivo de una política
mercantil y de una empresa económica individual era la utilización de la tierra y del dinero como
capital; había que gastar el dinero en existencias o materiales comerciales y en salarios, y había
que utilizar la tierra para producir mercancías para el comercio”.

244
vida humana se rompe como consecuencia de las inclinaciones naturales de su sujeto

egoísta. Y ese momento de ruptura tiene lugar cuando “se llega al acuerdo de que un

trozo pequeño de metal amarillo, capaz de conservarse sin desgaste ni alteración,

tuviese el valor de un gran trozo de carne o de un montón de cereal…”. La

concepción que Locke tiene del sujeto, no olvidemos que, en esta cuestión participa

de las premisas establecidas por Hobbes en De cive y el Leviatán, es fundamental

para la construcción posterior de todo su sistema político.

Retomando la narración lógica de su discurso, Locke que en el parágrafo 26 Locke

que había dicho que “la tierra y todo lo que ella contiene se le dio al hombre para el

sustento y el bienestar de los suyos”, ahora en el parágrafo 31 dirá que “el objeto

principal de la propiedad no lo constituyen hoy los frutos de la tierra y los animales

que la pueblan sino la tierra misma, en cuanto que ella provee de todo lo demás”249.

A mi modo de ver, esta cita constituye uno de los puntos clave del capítulo V del

Segundo Ensayo sobre el Gobierno civil titulado “De la propiedad”. Esta afirmación

249
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, pág. 31 y
seguirá diciendo “(…) en cuanto que ella provee de todo lo demás; yo creo evidente que también
en ese aspecto se adquiere la propiedad de igual manera que en el anterior. La extensión de tierra
que un hombre labra, planta, mejora, cultiva y cuyos productos es capaz de utilizar constituye la
medida de su propiedad. Mediante su trabajo, ese hombre cerca la tierra, como si dijéramos, con
una valla y las separa de las tierras comunes. No se quitará valor a su derecho diciendo que todos
tienen el mismo título que él a esa tierra, y que no se puede, por ello ni apropiársela, ni cercarla,
sin el consentimiento de sus coposesores, es decir, de todos los hombres”.

245
rotunda de que, hoy, el objeto de la propiedad lo constituye la tierra misma no está

realizada mirando solamente al interior de Inglaterra250 donde las tierras tenían su

dueño y existían pocas sin propietario o en barbecho, sino mirando al otro lado del

Atlántico251 en donde los colonos ingleses iban creando los primeros asentamientos

y se disponían a ir colocando la Raya cada vez más hacia el occidente y van a

necesitar sustentar los títulos de propiedad sobre bases incuestionables.

250
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 34,
dice: “Es cierto que en Inglaterra o en cualquier otro país de población numerosa, con un gobierno,
con moneda, con comercio, nadie puede tratándose de tierras comunes, cercar una parcela o
apropiarse de ella sin el consentimiento de los demás coposeedores; esto ocurre porque dicha tierra
sigue siendo comunal por un convenio, es decir, en virtud de la ley del país, ley que no puede
violarse. Aunque esa tierra sea común por lo que respecta a determinados hombres, no lo es por lo
que respecta al género humano, siendo únicamente propiedad conjunta de tal país o de tal
parroquia”.
251
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 36,
dice: “A pesar de que el mundo nos parece tan poblado, podría aplicarse todavía, como medida de
la propiedad lo que alcanzan el trabajo de un hombre y las necesidades de la vida, sin perjuicio de
nadie. Suponiendo a un hombre o una familia en el estado primitivo, como cuando estaban los
hijos de Adán o de Noé en el momento en que empezaron a poblar el mundo, debemos dejar que
se establezca en algún lugar desocupado del interior de América. Descubriremos entonces que las
tierras de que él podría apropiarse, dentro de las reglas que hemos establecido, no serían muy
extensas ni, hoy mismo, perjudicarían con ello al género humano ni le darían tampoco motivos de
queja o de creerse dañado por su intromisión. (…), si me atrevo a afirmar que la misma regla de
apropiación, es decir, que cada hombre posea la tierra que puede cultivar, podría seguir rigiendo
en el mundo, sin que nadie se sintiese perjudicado. Porque hay en el mundo tierras para mantener
el doble de habitantes que hoy viven en él, si la invención del dinero, el consenso tácito de los
hombres de atribuirle valor, no hubiese establecido (por acuerdo mutuo) las grandes posesiones y
el derecho a ellas”.

246
V. L. Parrington, comentando las conocidas Letters de Crèvecoeur, decía que “Las

regiones rayanas, con su inquieta población de squatters (colonos que ocupaban

tierras incultas y se las apropiaban) formaban la vanguardia tosca de las colonias en

su movimiento hacia el oeste. Es aquí donde las fuerzas niveladoras son mayores,

donde desaparecen los últimos vestigios de las distinciones y privilegios de Europa

y donde más se hace sentir el espíritu de la libertad individual, que a veces llega

hasta causar desastres sociales. Quien quiera ver a América en una perspectiva

apropiada y formar idea clara de sus débiles principios y sus bárbaros elementos

debe visitar nuestra larga línea de fronteras, donde moran los últimos colonos”252.

Locke, a través de la frase afirmativa relativa a los artículos útiles para la vida del

hombre del parágrafo 43 (“como los buscaban hoy los americanos”) da muestra de

que conocía la forma de proceder de los squaters que se movían inspirados por el

252
PARRINGTON, V. L., El desarrollo de las ideas en los Estados Unidos. Las ideas coloniales:
1620 a 1800, Nueva York, 1941, p. 210. Citando a CRÈVECOEUR, Letters (publicadas en 1925
por la imprenta de la Universidad de Yale con el título: Sketches of Eighteenth Century América,
dice: “Ahora llegamos a las cercanías de los grandes bosques, no lejos de las grandes regiones bien
pobladas. Allí los hombres parecen estar… más allá del alcance del gobierno, lo cual hasta cierto
punto los deja libres de todo freno… Como van allí impulsados por el infortunio, la necesidad de
establecerse en algo, el deseo de adquirir grandes extensiones de tierra, la ociosidad, la falta de
economía y las deudas, forman un grupo de gente que no es grato contemplar… Los pocos
magistrados que tienen no son por lo común mucho mejores que los demás. A menudo están en
estado perfecto de guerra: guerra de hombre contra hombre, que algunas veces se decide a golpes,
y algunas veces por la ley… Los hombres están enteramente abandonados a sus propios arbitrios
y a su trabajo, que a menudo fracasa cuando no lo santifican algunas reglas morales”.

247
lema ubi panis ibi patria. En el fondo y en la forma adquirían la propiedad de las

tierras tal y como él mismo describe en el Segundo Ensayo: “Dios y la Razón le

mandaban que se adueñase de la tierra es decir que la pusiese en condiciones de ser

útil para la vida, agregándole algo que fuese suyo: el trabajo. En consecuencia, todo

aquel que obedeciendo el mandato divino se adueñaba de la tierra, la labraba y

sembraba una parcela de la misma, le agregaba algo que era de su propiedad, algo

sobre lo que nadie más tenía ningún título, y que nadie podía arrebatarle sin hacerle

un daño”253.

Y, ahora mirando al otro lado del Atlántico, el límite (la extensión) de la apropiación,

para la que no era necesario el consentimiento de los demás, ya no será lo que pudiera

consumir o lo que es posible utilizar con provecho antes de que se eche a perder,

sino que, dado que “ningún daño se acusaba a los demás hombres con la apropiación,

mediante su mejora y cultivo de una parcela de tierra puesto que quedaba todavía

tierra suficiente y tan buena como aquella, en cantidad superior a la que podían

utilizar los que aún no la tenían. Por esta razón, el apropiarse de una parcela de tierra

no disminuía en realidad la cantidad de que los demás podían disponer”254.

253
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 31.
254
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 32

248
4.4.7 El ejemplo confuso del agua.

Ahora el límite ya no está en el hecho de que la parcela y sus frutos puedan aportar

lo suficiente para el sustento de la familia sino en la suficiente cantidad de terreno

como para que los congéneres puedan disfrutar de una cantidad de terreno similar.

El ejemplo que presenta a este respecto Locke no resulta del todo pedagógico y

además induce a confusión. Dice Locke: “Quien tiene a su disposición suya el

caudal completo de un rio no se considerará en modo alguno perjudicado porque

otro hombre beba de ese caudal, aunque beba un buen trago, porque le queda

cantidad sobrada de esa misma agua para saciar su propia sed”255. En realidad, no

queda claro si el caudal de ese río pertenece o no al primer hombre (si es su

propietario) o simplemente el caudal de agua es un bien comunal. Si es propietario,

la desproporción entre este que posee todo el caudal del rio y aquel que bebe un trago

para saciar su sed es enorme. Y, consecuentemente el límite de la propiedad no

cumpliría, al menos en el caso del primer hombre, con la premisa de la

autosuficiencia puesto que, siendo propietario, estaría dejando marchar por el cauce

del rio grandes cantidades de agua sin aprovecharla. Solamente existiría

proporcionalidad en el caso en que, no siendo propietario el primero, ambos se

limitasen a tomar un trago de agua. En este caso lo harían de la propiedad común

255
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 32.

249
que cada uno haría suya la propiedad privada del trago de agua por razón del trabajo

que supone su ingesta.

250
CAPÍTULO QUINTO
DEL DINERO AL CAPITAL

4.5.1 La medida de la apropiación: Aclarando los límites.

En los comienzos de la humanidad el valor de las cosas dependía únicamente de la

utilidad de las mismas para la vida humana. Todo aquel que recogía frutos selváticos,

cazaba animales salvajes aquel que recogía productos de la tierra, frutos de los

árboles o cazaba animales para el sustento adquiría, la propiedad por el hecho de

recogerlos o cazarlos. En el caso en que la recolecta fuese mayor que las necesidades

y el producto excedente se echase a perder, el recolector “faltaba, con ello, a la ley

común de la naturaleza” porque dado que “su derecho de apropiación no iba más

allá de sus necesidades”, además “privaba a su vecino de la parte que le

correspondía”256.

La apropiación de la tierra se regía por medidas similares. Locke entiende que “el

hombre tenía un derecho especial a las tierras que él cultivaba y cosechaba, así como

los productos que recogía y aprovechaba antes de que se echasen a perder; también

256
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 30.

251
le pertenecían, pues, todo el ganado y las cosechas de la tierra por él cercada y que

era capaz de cuidar y aprovechar”257.

El único límite era la utilidad de las cosas, el aprovechamiento. Las cosas dejaban

de pertenecer a alguien y la propiedad de la tierra quedaba desierta “si, por ejemplo,

dejaba que la hierba de su propiedad se pudriese allí mismo o que los frutos de su

cultivo se echasen a perder sin recogerlos y guardarlos”258.

En un hipotético estado de naturaleza, como se observa, Locke, había fundamentado

el derecho a la propiedad privada, vinculándolo con la vida y con el trabajo, en el

derecho natural y en la razón que es la le y natural y las Escrituras. Pero el límite de

para propiedad para la subsistencia se convierte en regla general. Pero la necesidad

para la conservación no es igual para todo el mundo por lo que alguien podría

apropiarse de más terreno que los demás. ¿Cómo, Locke resuelve el supuesto de que

pudieran existir excepciones a la regla general? En realidad, no se modifica el límite.

Es evidente que con el paso del tiempo deje de haber tierras para todos lo que

requiere una solución más global y compleja. Y estoy de acuerdo con Macpersons

257
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 38.
258
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 38.

252
cuando dice que “la apropiación de la tierra sin dejar suficiente y de igual calidad

para los demás queda justificada tanto por el consentimiento implícito de las

necesarias consecuencias de la introducción del dinero como por la afirmación de

que los niveles de vida de quienes carecen de tierra, donde esta ha sido apropiada y

se aprovecha plenamente, son superiores a los niveles donde no ha ocurrido así en

general”259.

5.5.2 El dinero en la propiedad privada de Locke.

Las cosas hubieran permanecido así y los límites de la propiedad seguirían siendo

los expuestos si la invención del dinero260, y el acuerdo tácito de los hombres de

atribuirle valor, no hubiera dado origen a la desigualdad en la tenencia de tierra que

conllevan el hecho posible de adquirir grandes posesiones y un derecho a ellas.

¿Pero, yo me pregunto, por qué John Locke, conociendo ya en su época la

importancia del dinero y sus efectos para el tráfico mercantil insiste tanto en la

narración pormenorizada de los procesos (de límites y no límites) por los que

atraviesa de la propiedad privada en el estado de naturaleza? ¿No podía haber

259
MACPHERSON, C. B., La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke,
ed. Fontanella, Barcelona, 1979, págs. 184 y 185.
260
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 45.

253
obviado toda esa andadura descriptiva y partir de la evidencia de la existencia del

dinero y la propiedad privada como un hecho en el momento en el que él escribe?

La respuesta a la primera pregunta es: No, porque su discurso conjetural de

acreditación de la propiedad privada, partiendo del dogma (la propiedad privada es

derecho natural) pretende ser lógico, y, por tanto, tiene que ir poniendo cada pieza

en su lugar para que el puzle resulte un todo coherente. La respuesta al segundo

interrogante: Tampoco, porque Locke contempla la existencia del dinero por

consenso ya en el estado de naturaleza y, tal consenso, abre la puerta a la

“legitimación” de la desigualdad. Así pues, es evidente que conoce perfectamente la

importancia del dinero en la sociedad del momento y las transformaciones que ha

producido, desde el estado de naturaleza hasta la sociedad civil, en la forma de

entender y conseguir la propiedad privada y…, las desigualdades que origina. ¿El

hecho de que el dinero261 no sea una invención reciente, sino que existiera ya en el

estado de naturaleza no le otorga una cierta carta de naturaleza dentro de la narrativa

261
MACPHERSON, C. B., La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke,
ed. Fontanella, Barcelona, 1979, p. 182 dice: en Locke: “Lo que fundamenta el valor convencional
del dinero y la obligatoriedad de los contratos comerciales es la postulada razonabilidad moral de
los hombres por su naturaleza misma, no la autoridad de un gobierno”. Es evidente que no es la
autoridad de un gobierno la que otorga validez al dinero porque, en ese caso, no existiendo
gobierno en el estado de naturaleza, y existiendo el dinero en ese estado, ¿quién le concedería la
validez?

254
del capítulo lockiano de la propiedad en el Segundo Ensayo? No en vano, él mismo,

tiene una postura clara y firme respecto del dinero. Intervendrá en el debate que,

sobre la libra esterlina tendrá lugar en los tiempos de la declaración de esa moneda

como la propia del Banco de Inglaterra (1695), posicionándose por una libra

esterlina como “una unidad fundamental invariable”262.

Locke tiene, por encima de todo dos objetivos fundamentales: El primero, que el

sistema político de nuevo cuño, la Monarquía constitucional que él diseña en el

Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, deba garantizar por encima de todo, la

defensa de los derechos naturales e incuestionables del propietario. Por ello, al lado

de la vida y la libertad como derechos naturales proclamará, al mismo nivel, el de la

propiedad formando todos ellos una unidad consustancial con la naturaleza humana.

La propiedad privada consagrada, como derecho natural [“el hombre (como dueño

de sí mismo y propietario de su persona, de sus actos o del trabajo de la misma)

llevaba dentro de sí la gran base de la propiedad]263, hará posible que un derecho

reducido al contorno de las necesidades vitales se convierta en un derecho de

262
Véase: LOCKE, J., Escritos monetarios, Introd. De Martín Victoriano, Pirámide, Madrid, 1999.
Se trata de dos ensayos que, sin duda, tuvieron influencia en la época. En ellos defendió la idea de
que la economía debía regirse por la ley natural y se muestra contrario al aumento del valor de la
moneda por ley.
263
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 44.

255
apropiación expansivo. El segundo: Locke, mira hacia América y trata de recordar

(por si en algún momento se olvidaron) y dejar claras las bases que sustentan la

legitimidad de la propiedad de los terrenos que, allí, se van ocupando desde el

momento en el que, el Lady Arbella y los barcos que hicieron junto a él la travesía

atlántica, desembarcaron a los puritanos en la bahía de Massachusetts en 1630.

4.5.3 El trabajo, la diferencia de valor.

La premisa que Locke establece en el Segundo Ensayo sobre el Gobierno civil es la

de que el hombre como criatura naturalmente racional desde el primer momento es

un sujeto que se guía por la ley natural de la razón y que es naturalmente libre “de

ordenar sus acciones y disponer de sus bienes y de sus personas como considere

conveniente, dentro de los límites de la ley natural, sin pedir autorización o depender

de la voluntad de cualquier otra persona”264.

264
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 4.

256
Hay, en todo el capítulo sobre la propiedad, un claro interés por apuntalar el

trabajo265 como el elemento troncal en la adquisición de la propiedad privada y, de

manera más específica, por demostrar “de qué manera el trabajo pudo acarrear a los

hombres títulos independientes sobre varias parcelas de la tierra destinadas a sus

necesidades particulares, sin que exista duda alguna sobre su derecho, ni razones

para disputárselo”266.

Locke sostiene que el trabajo es lo que establece en todas las cosas la diferencia de

valor. De ahí que afirma que lo que la mano del hombre aporta en cuanto

manipulación y mejoras de la tierra “constituyen con mucho, la parte mayor del valor

de dicha tierra”267. Para corroborar esta afirmación Locke recurre al igual que lo hará

Rousseau en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre

los hombres algunas décadas más adelante, a la conjetura inductiva, en este caso al

tratar de adjudicar valor, en un producto para el consumo, a lo debido a la Naturaleza

o a lo debido al trabajo. Dice nuestro autor que “en la mayoría de los productos de

265
Ver sobre la cuestión LASSALLE, J. M., Los fundamentos modernos de la propiedad,
Dykinson, Madrid, 2001.
266
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
39.
267
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 40

257
la tierra, es preciso atribuir el trabajo un buen noventa y nueve por ciento del

total.”268

Es esa línea argumental considerando que el valor máximo del producto deriva de la

laboriosidad humana, afirma que “las bellotas, el agua y las hojas son el alimento y

el vestido que nos proporciona la naturaleza abandonada a sí misma; los otros

productos, como el pan, el vino, nos los proporcionan nuestra actividad y nuestro

esfuerzo”. Para concluir reafirmando que “el trabajo constituye, con mucho, la parte

mayor del valor de las cosas que nos servimos en este mundo”269.

¿Y qué valor tiene la tierra? En principio el mismo que sus frutos porque la

Naturaleza y la tierra proporcionan materiales en bruto que apenas tienen valor en sí

mismos. Si el valor de los frutos de la Naturaleza, según Locke, no debe ser tenido

en cuanta el de la tierra tampoco. Pero lo cierto es que, la cuestión, es más compleja.

Depende del lugar en el que se encuentre la tierra y su acceso al mercado. La tierra

268
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
40.
269
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág.
42.

258
puede ser muy fértil, pero si sus productos no tienen acceso al mercado su valor es

pequeño. Una tierra menos fértil, pero desde la que los productos tienen posibilidad

de ser comerciados, tendrá un valor mayor. De cualquier manera,

independientemente del valor de la tierra que, para Locke, es siempre escaso, su

interés se centra en resaltar, una vez más el valor del trabajo, porque éste en las

primeras épocas creaba y siempre creará el derecho de propiedad. Así dirá que, una

vez más, “que el trabajo es el que da a la tierra la máxima parte del valor, y sin aquel,

apenas si valdría nada; es al trabajo al que debemos la parte máxima de todos sus

frutos útiles”270.

4.5.4 De la propiedad por convenio positivo al uso del dinero.

Con el paso del tiempo, dice Locke, el crecimiento demográfico y productivo en

algunas regiones, un aumento en la utilización del dinero hizo que las superficies

susceptibles de cultivo resultasen escasas y la tierra aumentase su valor. Fue ese el

momento en el que las comunidades por mutuo acuerdo y consenso, es decir, por

convenio positivo “establecieron definitivamente la propiedad que el trabajo y la

industria habían iniciado… en las distintas partes del mundo”. Esta es precisamente

270
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 43.

259
la situación que superaba definitivamente aquella en la que se encontraban los

anglosajones que emigraban e iniciaban su vida en el norte de América.

El hallazgo de una cosa no perecedera que los hombres pudieran conservar y que se

aceptase, por acuerdo mutuo, en la transacción comercial, a cambio de “artículos

verdaderamente útiles para la vida y de condición perecedera” dio origen a la

generalización del uso de la moneda. “El descubrimiento del dinero, según Locke,

posibilitó a los hombres la ocasión de seguir adquiriendo y aumentando sus

adquisiciones”.

Quizás no fuera tanto “el descubrimiento del dinero” como dice Locke” sino el

descubrimiento de la potencialidad que encerraba el dinero”. El conocimiento que

para la época se tenía de lo incierto de la afirmación de Aristóteles “numa non parit

numus” y la nueva práctica, que entre los industriales y empresarios de la época

lockiana se iba estableciendo más en consonancia con un incipiente capitalismo

moderno que con aquel inspirado en el “aura sacra fames” medieval, estaban

obrando su efecto en el discurrir económico. “Ahora, dice Macpersons, es posible

cambiar cualquier cantidad de producto por algo que jamás se echa a perder; no es

injusto ni necio acumular cualquier cantidad de tierra para hacerla producir un

260
excedente que pueda ser convertido en dinero y utilizado como capital. La limitación

de la inutilización impuesta por la ley natural se ha vuelto inválida respecto de la

acumulación de la tierra y el capital ”271.

No debemos olvidar que la acumulación de riqueza ha sido una constante en la

historia de la humanidad. Los reyes han sido valorados además de por sus hazañas

bélicas y por la cantidad de territorios conquistados por la abundancia de sus tesoros.

Es una evidencia que los cuentos infantiles han vinculado el éxito de las hazañas de

los héroes, de los príncipes, de los piratas con las riquezas. La evolución del medievo

se vincula con el crecimiento de las grandes fortunas italianas, holandesas surgidas

del comercio y las grandes familias de los banqueros medievales… La lista de gentes

movidas por el deseo de enriquecerse mediante la acumulación podría ser enorme

pero no viene al caso continuar con ella. A pesar de que Locke utilizase términos

como “acumular” o “aumentar”, su idea del dinero no es como la que nos presenta

el perfil egocéntrico del famoso avaro de Moliére, por ejemplo. Lo que en este

momento me interesa resaltar es que Locke inaugura otra forma de relación con el

dinero porque la sociedad va cambiando su estructura y, la propiedad ya “no es

solamente un derecho a disfrutar o usar; es un derecho a disponer, a cambiar, a

271
MACPHERSON, C. B., La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke,
ed. Fontanella, Barcelona, 1979, p. 180 y 181.

261
alienar.”272La necesidad de los negocios ha hecho que el dinero resulte inevitable.

Locke dirá que, el descubrimiento del dinero, con sus características de perdurable

en el tiempo, bien escaso y a la vez valioso, dio a los hombres ocasión, en sintonía

con su naturaleza egoísta y guiado por la razón, seguir adquiriendo y aumentando

sus patrimonios”.

El dinero, (el oro y la plata), que carece de valor en sí, y cuya circulación en el

mercado se asienta en el valor que el consenso humano le otorga, se convierte, ahora

en el eje sobre el que va a pivotar la economía. Ya no será simplemente un objeto

para el cambio y la circulación dineraria sino el elemento para mediante la inversión,

la reinversión…, la conformación de capital. Es cierto, como dice Locke, que en el

valor que se le otorga al dinero está tomado en consideración el trabajo. Pero es

preciso añadir que no solamente el trabajo. Existen y existieron (en la época en que

272
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 85,
dirá: “Amo y criado son nombres tan antiguos como la historia, pero que se aplican a personas en
muy distintas situaciones. Un hombre libre puede constituirse en criado de otro vendiéndole
durante cierto tiempo sus servicios a cambio del salario que ha de recibir (…)”. De ahí deduce
MACPHERSON, C. B., La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke, ed.
Fontanella, Barcelona, 1979, p. 186 que: “Para Locke, el trabajo de un hombre es tan
indiscutiblemente propiedad suya que puede venderlo libremente a cambio de salarios. (…) El
trabajo vendido así se convierte en propiedad del comprador, el cual se halla entonces autorizado
para apropiarse del producto”.

262
Locke escribía) también operaciones especulativas que intervienen/intervenían en el

valor del dinero juntamente con el trabajo, pero no viene al caso ocuparme de ello.

Simplemente dejaré una vez más hablar a Locke diciendo que si el consenso humano

dio valor al dinero, “es evidente, por ello mismo, que los hombres estuvieron de

acuerdo en que la propiedad de la tierra se repartiese de una manera

desproporcionada y desigual, es decir, independientemente de sociedad y del

pacto”273.

Locke está pensando en la sociedad que tiene ante sus ojos. Una parte de la sociedad

minoritaria de propietarios de tierras, bienes y dinero que son los auténticos

ciudadanos274 y que gozan de la plenitud de derechos y que realmente conforman la

273
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el gobierno civil, Aguilar, Madrid, 1969, cap. V, parág. 50.
Es evidente que John Locke conocía lo que LEMARCHAND, G., “Un cas de transition du
féodalisme au capitalisme: l’Angleterre”, p.298, dice: “En el siglo XVI, se desarrolla la agricultura
convertible, que hace alternar hierba de pasto y cereales y la pradera irrigada. A partir de mediados
del siglo XVII, se comienza a integrar las culturas forrajeras en el ciclo regular de las rotaciones e
Inglaterra es uno de los primeros países en romper “el círculo infernal” del barbecho. (…) Esta
“revolución agrícola” puede desarrollarse incluso en el marco abierto, pero es evidente que ella
impulsa a erigir estructuras permanentes que contribuyen a arruinar las reglas comunitarias que
han llegado a carecer de interés para el gran hacendado. (KERRIDGE, E., The farmers of old
England, Allen and Unwin London, 1973, págs. 51 a 55). El ataque contra la comunidad es doble:
señores grandes propietarios, yaomen hasta el final del siglo XVII”.
274
LEMARCHAND, G., “Un caso de transition du féodalisme au capitalisme: l’Angleterre”, p.
300, dice: “La acumulación de origen inmobiliario en Inglaterra de la expansión de la gran
explotación. Esta se ha visto favorecida por la amplia trasferencia de tierra que ha tenido lugar

263
llamada sociedad civil y una parte mayoritaria de trabajadores asalariados, de parias

y marginados pobres desempleados vagos275, que pertenecen a la sociedad civil pero

que no se les considera de facto miembros de la sociedad civil276. Una economía de

relaciones comerciales desarrollada que iniciaba la forma de explotación capitalista.

Y quiere dejar bien claro que esa forma de explotación que cuya “cualidad distintiva”

es la desigualdad social es legítima. Es por ello que, Locke, lleva al estado de

naturaleza las bases de una economía comercial. Así, en uno de los últimos párrafos

del capítulo dedicado a la propiedad, reiterará que: “Por un acuerdo común, los

hombres encontraron y aprobaron una manera de poseer legítimamente y sin daño

para nadie mayores extensiones de tierra de las que cada cual pudiese servirse para

desde el final del siglo XV, en provecho de nuevas categorías de propietarios: yaomen, burgueses,
pequeña gentry. Efectivamente, fueron confiscadas y en gran parte revendidas las tierras de una
parte de la aristocracia y de la vieja gentry cuando la guerra de las Dos Rosas, de las revueltas de
1535 y 1569, de la lucha contra los realistas en 1642 -1646. A esto se añade la puesta en venta de
las tierras eclesiásticas y de una buena parte de los dominios de la Corona. Todas estas operaciones
han facilitado evidentemente la constitución de una nueva gentry (…)”.
275
Para profundizar en el pensamiento político de John Locke estimo imprescindible la lectura de
las cuarenta medidas puntuales para poner a trabajar a todo marginado capaz de general algún tipo
de ingreso que contribuyese a su manutención contenidas en su trabajo titulado An Essay on the
Poor Law (Ensayo sobre la ley de los pobres), September-October, 1697.
276
FRADE, C., “La sociedad civil: Una arena en disputa”, en VIDAL BENEITO, J., (dir.) Hacia
una sociedad civil global, Taurus, Madrid, 2003, p. 203, dice: Los trabajadores pertenecen a la
sociedad civil en tanto propietarios formales de su vida y su libertad; en esta acepción de
“propiedad”, los hombres (excepto los esclavos) son miembros de la sociedad civil. Pero al carecer
de propiedad en la acepción restringida (bienes y hacienda), no pertenecen plenamente a la
sociedad civil, pues esa carencia los obliga de facto a depender de voluntades ajenas en forma de
salario o caridad; esta pertenencia plena sólo la disfrutan los propietarios de bienes o hacienda
pues solo estos tienen un interés máximo en preservar la propiedad, y (que es el objetivo de la
sociedad civil), y sólo ellos, al no depender de voluntades ajenas, son capaces de llevar una vida
totalmente racional, que es la base necesaria para participar plenamente en la sociedad civil”.

264
sí, mediante el arbitrio de recibir oro y plata, metales que puedan permanecer largo

tiempo en manos del hombre sin que se eche a perder el excedente, y tomando el

acuerdo de que tengan un determinado valor”.

Para finalizar esta parte dedicada e la propiedad estimo de interés traer a colación

una larga cita de Carlos Frade e incluir algunas cuñas de Caballero Harriet, a modo

de comentarios que resultan ilustrativas para conocer el alcance del “invento”

político de John Locke basado en la propiedad como derecho natural.

Dice Frade: “Los individuos propietarios no necesitan reservarse derecho alguno

frente a la sociedad civil (y el Estado), puesto que ésta está constituida y gobernada

por la mayoría de ellos mismos, mayoría que es la depositaria de ese poder absoluto

y, como tal, la que ostenta la soberanía”277.

Dice Caballero Harriet: “Tras la emergencia del Estado y la identidad británicos

en las primeras décadas del siglo XIX (pero que se venía gestando desde finales del

277
FRADE, C., “La sociedad civil: Una arena en disputa”, en VIDAL BENEITO, J., (dir.) Hacia
una sociedad civil global, Taurus, Madrid, 2003, p. 205 y 206.

265
XVII y todo el siglo XVIII) en un clima social en el que la poderosa clase media

había aceptado el ideal de la explotación como meta de progreso de la sociedad, la

presencia de empresarios en los cargos de la alta política fue acentuándose; no resulta

casual, por ejemplo, que el industrial sir Robert Peel, símbolo de la nueva clase

llegase a ser primer ministro y que, durante su época ministerial, se llevase a cabo la

reforma electoral inglesa de 1832 que permitía aumentar el número de personas con

derecho a voto, consolidando de esta forma el creciente poder de la burguesía

industrial”278.

Sigue diciendo Carlos Frade: “Así fue como Locke sentó las premisas básicas del

poder estatal moderno según las cuales, para proteger a los individuos propietarios

y su derecho de apropiación ilimitada, que es su única función, el Estado no solo no

debe inmiscuirse en sus asuntos, sino que debe intervenir constantemente en los

asuntos de los individuos no propietarios, si es preciso -y a menudo lo es- utilizando

su formidable poder de coerción. Esta combinación entre liberalismo económico y

278
CABALLERO HARRIET, F. J., Algunas claves para otra mundialización, Funglode, Santo
Domingo, 2009, págs. 51 y 52.

266
Estado represor, policial o incluso dictatorial si hace falta, sigue plenamente

vigente”279.

Y Caballero Harriet sentenciará poniendo el acento en el paso del liberalismo al

neoliberalismo: “En definitiva, se trata de la implantación del neoliberalismo que

alumbra el Estado-Mercado bajo las leyes abstractas del “orden espontaneo” de

Hayek (como continuador de Locke), es decir, de la auto-regulación en la que cada

individuo sirve mejor al bien común en cuanto que su acción está guiada por el tipo

ideal que Max Weber señala como acción racional de propósito, es decir,

persecución de su propio interés. El complemento perfecto de ese Estado-Mercado

es un sistema de control social en el que la fuerza pública ejecute su poder, no ya a

través del Derecho, sino mediante la instrumentalización de los medios y medidas

de control científico-técnico legitimados sobre la base de la eficacia”280.

Como se puede observar, en síntesis, el modelo económico que se venía

consolidando durante el siglo XVII, exigía un anclaje muy sólido. La propiedad

279
FRADE, C., “La sociedad civil: Una arena en disputa”, en VIDAL BENEITO, J., (dir.) Hacia
una sociedad civil global, Taurus, Madrid, 2003, p. 206.
280
CABALLERO HARRIET, F. J., Algunas claves para otra mundialización, Funglode, Santo
Domingo, 2009.

267
elevada a la categoría de derecho subjetivo innato y, por tanto existente ya en el

estado de naturaleza, al igual que la vida y la libertad debe ser reconocida,

garantizados y protegidos por el Estado en la sociedad civil.

El sujeto de los derechos naturales a la vida, a la libertad y a la propiedad del estado

de naturaleza de Locke, acabará siendo el individuo, posesivo, egoísta del mercado,

de Hayek.

¿Cómo esto se produce? Será el modelo de Estado que Locke pergeña, cuya finalidad

máxima es salvaguardar los bienes del propietario en el marco del capitalismo y

como pieza esencial del mismo el que acabará propiciando la instalación de la ley

del mercado de Hayek como mecanismo ideológico desligado de cualquier sentido

de justicia equitativa.

268
5

PARTE QUINTA

AL FIN, UNA NUEVA TEORÍA DEL ESTADO

269
CAPITULO PRIMERO
DEL ESTADO DE NATURALEZA…

5.1.1 Hugo Grocio, el punto de partida.

El edificio feudal, en los siglos XV y XVI, a pesar de las grietas que en él iban

apareciendo en el orden de los oratores, así como en el de los bellatores y, en

especial en el de los pauperes, dicho sea de paso, cada vez mayores, por efecto del

paso de los tiempos, el fenómeno mercantil y, sobre todo, el poder imponente de los

hechos trataba de mantenerse en pie. El último intento, en este empeño, habían sido

las monarquías absolutas avaladas por autores como Michel de L’Hospital,281 Jean

Bodino,282Guillermo Barclaii,283… que se fueron instalando en los diferentes países

281
L’HOSPITAL, M. (de), Traité de la réformation de la justice, Oeuvres inédites, Chez A.
Boulland et C., Paris, 1825, P. 205, dice: “No existe nada más justo, y más necesario,
principalmente en el Estado monárquico, que obedecer a las ordenanzas y la voluntad del príncipe
soberano; no obstante, se entiende, cuando ellas son conformes a la justicia y a la razón”.
282
BODINO, J., Los seis libros de la República, ed. Tecnos, Madrid, 1997, págs. 47-48, dice: “La
soberanía es el poder absoluto y perpetuo de una república. (…) Digo que es poder perpetuo, puesto
que puede ocurrir que se conceda poder absoluto a uno o varios por tiempo determinado, los cuales,
una vez transcurrido éste, no son más que súbditos”. En págs. 49 y 50 dirá: “La soberanía no es
limitada, ni en poder, ni en responsabilidad, ni en tiempo… La palabra perpetua se ha de entender
por la vida de quien tiene el poder”.
283
BARCLAII, G., De regno et regali potestate adversus Buchananum, Brutum, Boucherium et
reliquos Monarchomanos, Guillielmum Chaudiere, Parisiis, 1600, L. III, cap. VIII, p. 159, dice:
“… populus igitur hoc amplius quàm priuatus quisquam habet: quod huic, vel ipsis aduersariis
indicibus excepto Buchanano, nullum nisi in patientia remedium superest: cum ille si intolerábilis
tyrannis est (modicam enim ferre omnino debet) resistere cum reverentia possit”. Lo que viene a
decir que el pueblo puede resistir “con reverencia” a un tirano intolerable y que el poder vuelve al

270
europeos y que habían desempolvado y apuntalado la idea de que el poder real

procedía de Dios. No obstante, los tiempos estaban cambiando de manera acelerada

en el mundo occidental. Arrancando de la época mercantil, el descubrimiento de

nuevas tierras aparte de los mares, los notables avances filosóficos y científicos, la

ruptura del monopolio católico -religioso, los grandes cambios en la estructura social

por razones económicas, la incipiente industrialización…, estaban abriendo las

mentes de las gentes y haciendo germinar un nuevo imaginario. Las tres primeras

décadas del siglo XVII fueron años decisivos para la ruptura con el viejo mundo y

su conciencia colectiva.

284
En 1625, Hugo Grocio con su De iure belli ac pacis rompe el cordón umbilical

con la divinidad. Frente a la idea de un derecho natural voluntarista, es decir un

iusnaturalismo que procede de la Voluntad de Dios, Grocio proclama un Derecho

natural consustancial a la naturaleza racional del hombre que no puede ser

modificado por voluntad alguna. En los Prolegómenos de De iure belli ac pacis,

dirá: “todo lo que habíamos dicho hasta ahora permanecerá de cualquier modo

pueblo al que inicialmente pertenecía”. Barclaii es sin duda una de las fuentes de inspiración de
John Locke en lo relativo al derecho de resistencia.
284
GROCIO, H., Del Derecho de la Guerra y de la Paz, ed. Reus, Madrid, 1925 (versión directa
del original latino de 1625).

271
incluso si admitiéramos -cosa que no puede hacerse sin impiedad gravísima- que

Dios no existiese o que no se ocupase de la humanidad”285. Para, más adelante

ratificar la inmutabilidad del de la Ley natural diciendo que: “El derecho natural es

inmutable, hasta el punto de que no puede ser modificado ni siquiera por Dios…

como ni Dios puede hacer que dos más dos no sean cuatro, del mismo modo que no

puede hacer que lo que por intrínseca esencia es malo o sea malo.”286

Estoy de acuerdo con Guido Fassó cuando afirma que el iusnaturalismo racionalista

de Hugo Grocio triunfó y no tanto el de autores como el jesuita Gabriel Vázquez de

Menchaca. Lo cierto es que, el contenido de las propuestas de este último, eran tan

avanzadas y, el rigor intelectual en nada envidiaba al del autor holandés. Ya,

Vázquez de Menchaca287 y otros escolásticos, antes que el propio Grocio, habían

colocado, a la naturaleza humana racional, como medida y regla primera del bien y

del mal. El éxito de Hugo Grocio se debió fundamentalmente a una cuestión de

285
GROCIO, H., Del Derecho de la guerra y de la paz, ed. Reus, Madrid Derecho de la guerra y
de la paz, ed. Reus, Madrid, 1925, Prolegómena, 11.
.
286
GROCIO, H., Del Derecho de la guerra y de la paz, ed. Reus, Madrid, 1925, I, I, X, 5.
287
VÁZQUEZ, G., Commentaria ac disputationes in Primam Secundae, Sancti Thomae,
Sumptibus Iacobi Cardon, Lugduni, 1631, Disputatio 150, cap.3, 19, en relación con los actos
humanos dice que: “muchas acciones están prohibidas por sí mismas, de tal manera que su maldad
precede, según la razón a todo juicio del intelecto divino; es decir, son malos no por el hecho de
haber sido juzgados por Dios malos, sino por el hecho de que lo son en sí mismos”

272
oportunismo: “al momento histórico y el ambiente cultural en el que se difundió el

De iure belli ac pacis”.

“El libro de Grocio -cuenta Fassó- fue rápidamente conocido en el mundo renovado

por el humanismo, agitado por la Reforma y rico en posibilidades económicas y

políticas, tal caso era el de los países convertidos en nuevos protagonistas de la

historia, Holanda, Francia, Inglaterra, Alemania e interpretado en el espíritu de la

cultura moderna haciendo del iusnaturalismo grociano el programa ético-jurídico,

como del pensamiento de Bacon, Descartes o Galileo, el metodológico científico.

En el iusnaturalismo racionalista, en la forma en que se encuentra expuesto en el De

iure belli ac pacis, vio la cultura del siglo XVII el instrumento adecuado para redimir

al espíritu humano de los vínculos del dogma, fundando la ética sobre bases

puramente humanas”288

A partir de Grocio, a los autores del derecho natural no les interesó tanto el Derecho

natural como norma objetiva, sino que se centraron en los derechos subjetivos

288
FASSÓ, G., Historia de la Filosofía del Derecho, v. 2, ed. Pirámide, Madrid, 1979, pág. 76 y
77 continúa diciendo: “Leído así Grocio, contra todas sus intenciones, y bien lejos de cuanto había
supuesto el valor real de su obra., devino iniciador de una nueva época de la filosofía ético-jurídica,
y consiguientemente política”.

273
innatos que el Derecho positivo del Estado debiera reconocer y garantizar. En este

sentido, los iusnaturalistas de la llamada escuela del Derecho natural racional se

empeñan en la tarea de crear un nuevo modelo político que, superando el monárquico

(en sus diferentes versiones) del viejo modelo feudal, deberá dar respuesta a una

sociedad que se presentaba en permanente y constante evolución. Es evidente que

con Grocio se implantó la laicidad en detrimento de la sacralidad con la idea de que

el derecho natural procede, no de Dios, sino de la naturaleza racional del hombre.

La razón humana como fundamento, propicia, a su vez, que se ponga el acento en

los derechos innatos y, por tanto, subjetivos que el individuo posee por naturaleza y

que, el nuevo modelo político que se cree deberá tener como fin fundamental,

garantizarlos. En la búsqueda de los iusnaturalistas racionalistas estará el objetivo

de encontrar, definir y proclamar cuáles con esos derechos, pretendidamente

universales289, que podrían calificarse de subjetivos que conforman la esfera de la

libertad individual y que el Estado no pudiendo modificarlos, deben ser objeto de su

tutela y garantía. Y en esa búsqueda, en la que se empeñan los iusnaturalistas de esta

época, también estará, como objetivo complementario, encontrar un modelo de

Estado “concebido como una libre y voluntaria creación de los individuos para la

289
Digo, “pretendidamente universales” porque, en el fondo, el Derecho natural racionalista que
proclama como modelo de perfección deductiva su metodología “more geométrico” ¿no es
simplemente un producto de coyuntura que obedece a las necesidades éticas, políticas y,
fundamentalmente, económicas de su tiempo?

274
protección y garantía de sus derechos naturales, que pierde toda su justificación,

pudiendo ser modificado o suprimido, cuando no cumpla esta su función

esencial.”290.

5.1.2 El Estado de naturaleza y el contrato social.

No pudiendo explicar ya la historia de la humanidad como un cúmulo de sucesos

que han venido sucediendo a lo largo del tiempo y que obedecían a la Voluntad de

Dios, y, consecuentemente, desligada la obligatoriedad de las leyes naturales de esa

misma Voluntad, los iusnaturalistas racionalistas apoyados en Galileo, Descartes,

Newton, Malebanche…, se vieron en la necesidad de crear un modelo lógico que

garantizase los derechos innatos del hombre en la sociedad política. Para ello

hicieron, de los derechos naturales innatos del individuo, el fundamento de validez

lógica del Derecho positivo y a su vez límite de su contenido. De esta manera, los

derechos fundamentales innatos constituirán el límite que el Derecho del Estado no

podrá de ningún modo traspasar.

290
FASSÓ, G., Historia de la Filosofía del Derecho, v. 2, ed. Pirámide, Madrid, 1979.

275
El modelo lógico deductivo en el que la práctica totalidad de los iusnaturalistas

racionalistas estuvieron de acuerdo constaba de dos conceptos: el de estado de

naturaleza y el de contrato social.

Lo más natural hubiera sido que, Baruch Spinoza, Samuel Puffendorf, John Locke,

Godofredo Guillermo Leibniz entre otros (con los criterios que imperan en la

investigación actual), dado que perseguían el mismo objetivo, hubieran trabajado

sobre un mismo modelo compartiendo sus investigaciones y tratando de llegar al

mejor modelo común. Lo cierto es que, una vez más se constata la certeza de aquellas

palabras que Rousseau pone en boca del Vicario Saboyano “aunque los filósofos

estuvieran en condición de descubrir la verdad, ¿cuál de ellos estará en disposición

de hacerlo? Cada cual sabe que su sistema no está mejor fundamentado que el resto,

pero lo sustenta porque es suyo. ¿Dónde se encuentra el filósofo, que en el fondo de

su corazón tenga otro propósito que el de destacar?... Lo fundamental es pensar

distinto que los demás”. Y, una vez más, reitero, crearon, cada uno de ellos su propio

modelo. Podrían aducirse las dificultades consustanciales a la época (distancias, falta

de comunicación, desconocimiento…). La realidad es que tres de ellos, Spinoza,

Locke y Pufendorf nacieron el mismo año, esto es, en 1632 en Ámsterdam

(Holanda), Wrington (Inglaterra) y Dorfchemnitz (Alemania) respectivamente. Por

tanto, fueron coetáneos.

276
Y, crear su propio modelo, significó que si bien, el concepto de “estado de

naturaleza” era común para todos los autores, el contenido que, cada uno atribuía al

mismo, nada tenía que ver con el de sus colegas. Algunos, como T. Hobbes,

afirmaron que el estado de naturaleza fue un hecho histórico, real, otros, como

Pufendorf, confesando que recurrían a la conjetura dijeron que no existe y que no

existirá jamás. Para unos, en el estado de naturaleza, el hombre era un sujeto

individual, para otros lo era social. Para unos, racional, para otros racional en

potencia; para unos, el clima que se vivía en el estado de naturaleza era el de un

estado de guerra, para otros un estado ataráxico… Lo mismo ocurría con el contrato

social. ¿Lo conformaban dos pactos (pactum unionis y pactum subiectionis) o uno

solo (pactum unionis); se trataba de un pacto entre individuos; de un pacto entre los

individuos y el soberano; entre los individuos y la voluntad general…? ¿Qué es lo

que se pactaba, la entrega total de derechos; la entrega parcial de esos derechos; la

entrega de derechos para su salvaguarda?

A pesar de todas las diferencias existentes entre los iusnaturalistas de los siglos XVII

y XVIII en cuanto a los conceptos de Derecho natural y de Contrato social, todos

buscan, a través de ese método de lógica deductiva conocido como contractualismo,

277
demostrar la derivación lógica, a partir del individuo natural y sus derechos innatos

colocado en un estado de naturaleza real o hipotético, el derecho positivo, la sociedad

política y el Estado. En definitiva, el objetivo de todos ellos fue el de dar respuesta

política a los nuevos tiempos. Pero, con el mismo método, los unos llegarán a

conclusiones más o menos democráticas (Locke) y, los otros, siguiendo la línea

marcada por Thomas Hobbes,291 a conclusiones más o menos radicales absolutistas

(Spinoza,292,Pufendorf293) como propuesta.

291
HOBBES, T., Leviatán, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1992, Parte II, cap. 17, p.
141, dice: “Porque en virtud de esa autoridad que se le confiere por cada hombre particular en el
Estado, posee y utiliza tanto poder y fortaleza, que por el terror que inspira es capaz de conformar
las voluntades de todos ellos para la paz, en su propio país, y para la mutua ayuda contra sus
enemigos, en el extranjero. Y en ello consiste la esencia del Estado, que podemos definir así: una
persona de cuyos actos una gran multitud, por pactos mutuos, realizados entre sí, ha sido
instituida por cada uno como autor, al objeto de que pueda utilizar la fortaleza y medios de todos,
como lo juzgue oportuno, para asegurar la paz y la defensa común. El titular de esta persona se
denomina SOBERANO, y se dice que tiene poder soberano; cada uno de los que le rodean es
SÚBDITO suyo”.

292
SPINOZA, B., Tratado político, ed. Alianza, Madrid, 1986, cap. III, 4 y 5, dice: “Tampoco
podemos concebir que esté permitido a cada ciudadano interpretar los decretos o derechos de la
sociedad. Pues si le estuviera permitido, cada uno sería ipso facto su propio juez, ya que no le sería
nada difícil excusar o revestir de apariencia jurídica sus actos. Organizaría, pues, su vida según su
propio sentir, lo cual es absurdo”. Para complementar, en el apartado cinco, diciendo que “Vemos
pues, que cada ciudadano no es autónomo, sino que depende jurídicamente de la sociedad, cuyos
preceptos tiene que cumplir en su totalidad, y no tiene derecho a decidir qué es justo o inicuo,
piadoso o impío. Antes, al contrario, como el cuerpo del Estado se debe regir como una sola mente
y, en consecuencia, la voluntad de la sociedad debe ser considerada como la voluntad de todos,
hay que pensar que cuanto la sociedad considera justo y bueno, ha sido decretado por cada uno en
particular. Por eso, aunque un súbdito estime que las decisiones de la sociedad son inicuas, está
obligado a cumplirlas”.

293
PUFENDORF, S., Le Droit de la Nature et des Gens ou Systeme General Des Principes les
plus importans de la Morale, de la Jurisprudence, et de la Politique (Traduit du Latin par
BARBEIRAC, J.), t. 2º, Briasson, Amsterdam, 1734, Liv. VII, chap. IV, p. 319. Dice: “Confieso

278
5.1.4 John Locke y sus fantasmas.

La generalidad de los autores, que trabajan o han trabajado sobre el pensamiento de

John Locke, coinciden en afirmar que existe una ruptura radical entre las obras de

juventud (Ensayos sobre el Derecho Natural y Dos Memorias sobre el Magistrado

Civil) y los escritos de madurez (Dos Ensayos sobre el Gobierno Civil, Ensayo sobre

el entendimiento humano…). Y dicha ruptura, también coinciden esos mismos

autores, viene dada por el hecho de que los trabajos de juventud tuvieron una muy

notable influencia del pensamiento de T. Hobbes, en tanto que las obras de madurez

se liberaron de la dependencia intelectual del autor del Leviatán.

que, algunos, o bien por un exceso de temeridad, o bien por el efecto de una violenta pasión, desean
más cometer crímenes que abstenerse, a pesar de que ellos saben la pena que está vinculada con
las Leyes. Pero se ve esto como uno de esos casos extraordinarios, en los que la constitución de
las cosas humanas no permite prevenirlo en absoluto. Por tanto, el Soberano está armado del poder
de castigar a esos que le desobedecieron, porque todos los Ciudadanos en general y cada uno en
particular someten a la voluntad del Estado el uso de sus propias fuerzas; por donde ellos se obligan
a prestar mano dura al Soberano, para ayudarle a reprimir y a castigar al Culpable, o al menos a
no defender a esos que son condenados a alguna pena: porque por lo que es el ismo culpable, es
en vano que prometiese sufrir la pena sin resistencia, vista la aversión natural que todos los
Hombres tienen por todo lo que tiende a la destrucción de su propia vida. En lo restante, Hobbes
tiene razón al decir que, ese Derecho del Poder de la Espada (Droit de Glaive) es le poder más
grande que un Hombre puede tener sobre los otros Hombres. Pero con respecto a las palabras
siguientes del mismo Autor: El que castiga legítimamente, según lo juzgue a propósito, tiene
derecho de obligar a todos los Sujetos a hacer todo lo que él quiera; es preciso añadir esta
restricción, que el Soberano no puede querer legítimamente otra cosa, que eso en lo que la recta
Razón hace ver alguna relación con el bien del Estado”.

279
En mi opinión la cosa no es tan clara. Sin pretender entrar a fondo en esta cuestión,

no creo equivocarme al afirmar que el pensamiento de los autores absolutistas y, en

particular, dos de ellos, Filmer y Hobbes, (exceptuando las obras de juventud) fueron

una especie de fantasmas con los que Locke tuvo que luchar a brazo partido durante

el resto de su obra. A Sir Robert Filmer y su Patriarca tuvo que dedicar el Primero

de los Ensayos sobre el Gobierno Civil y hacer referencias expresas o tácitas durante

todo el Segundo. Podríamos preguntarnos si, Patriarca, era una obra de suficiente

rigor intelectual como para que Locke dedicase tanto esfuerzo para desautorizarla.

Tras su lectura llegamos a la conclusión de que se trata de un trabajo mediocre

carente de interés intelectual294. Entonces, ¿por qué, John Locke se lo tomó tan en

serio su análisis para la desautorización? A veces las cosas no se explican por su

valor en sí sino por sus efectos. Y los efectos, que Patriarca estaba produciendo en

la sociedad inglesa desde el momento de la publicación en 1680, eran

tremendamente corrosivos para los intereses whig. La obsesión de Locke para con

Filmer no obedecía a razones intelectuales sino políticas.

294
Puedo constatar que tenía razón LOCKE, J., Sobre el Gobierno en FILMER-LOCKE, Patriarca
o el poder natural de los reyes y Primer libro sobre el Gobierno, IEP, Madrid, 1966, p. 98, cuando
dice que “nunca tan fluidos disparates se han expresado en tan sonoro inglés. Si piensa que no
merece la pena examinar todas sus obras, que haga el experimento en aquella que habla de la
usurpación, y que pruebe si, con todo su ingenio, consigue hacer a sir Robert inteligible y
congruente consigo mismo y con el sentido común. No hablaría tan francamente de un caballero
que está hace tiempo más allá de toda discusión si el púlpito no se hubiera, en estos últimos años,
apropiado de su doctrina, haciendo de ella la teología admitida en nuestros días”.

280
¿Y, Thomas Hobbes? El problema con el autor de De cive y del Leviatán tenía otras

connotaciones. Locke no solamente había leído a Hobbes, sino que había profesado

la doctrina hobbesiana como se puede comprobar en las Dos Memorias sobre el

Magistrado Civil. Cuando Locke aborda la redacción del Segundo ensayo sobre el

Gobierno Civil desde el inicio quiere desligarse de Hobbes y marcar diferencias.

Tras dedicar el primer capítulo “al ensayo precedente”, es decir, al Primer Ensayo

haciendo una pequeña síntesis, en el segundo capítulo, comienza a poner las bases

de su arquitectura política particular explicando el estado de naturaleza, es decir el

estado en el que se encuentran los hombres en el origen de la humanidad, para, en el

tercero, abordar el estado de guerra. ¿Por qué, Locke aborda, inmediatamente

después sentar las bases de su estado de naturaleza, “el estado de guerra” si su

concepto de estado originario está fundamentado en la concepción del “juicioso

Hooker” cuando dice que “la igualdad entre los hombres está basada en la

obligatoriedad del amor mutuo entre los hombres? No debería ser algo natural si su

pensamiento no estuviera mediatizado por el fantasma de Hobbes. El hecho de que

Hobbes haya llegado, después de una perfecta construcción lógico-deductiva, a la

conclusión del beneficio, que para el individuo supone un Estado absoluto, obedece

a que parte de la premisa de que “el hombre es un lobo para el hombre”, por tanto,

281
malo por naturaleza, está “en guerra de todos contra todos”295 y carece de derechos

subjetivos innatos.296

5.1.4 El estado de Naturaleza en Locke.

Locke sabe hasta qué punto, “para comprender bien en qué consiste el poder político

es preciso remontarse a su verdadera fuente, esto es, cual es el estado en el que se

encuentran naturalmente los hombres”. Lo sabe porque de la premisa que estableció

como base (si ese punto de partida existió o no, en Locke, es una cuestión menor),

295
HOBBES, T., Leviatán, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1992, cap. XIII, parte I,
p. 102, dice: “Es manifiesto que mientras los hombres viven sin un poder común que los atemorice
a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina de guerra; una guerra tal que es la de
todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste solo en batallar, en el acto de luchar, sino que
se da durante el lapso de tiempo en el que, la voluntad de luchar, se manifiesta de modo suficiente.
Por eso la noción del tiempo debe ser tenida en cuenta respecto a la naturaleza de la guerra, como
a la naturaleza del clima. En efecto, así como la naturaleza del mal tiempo no radica en uno o dos
chubascos, sino en la propensión a llover durante varios días, así la naturaleza de la guerra consiste
no ya en la lucha actual, sino en la disposición manifiesta a ella durante todo el tienen que no hay
seguridad de lo contrario. Todo el tiempo restante es de paz”.
296
HOBBES, T., Leviatán, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1992, cap. XIII, parte I,
p. 104, dice: “En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser
injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no
hay poder común, la ley no existe: donde no hay ley no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el
fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del
espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo lo mismo que se
dan sus sensaciones o pasiones. Son, aquellas, cualidades, que se refieren al hombre en sociedad,
no en estado solitario. Es natural también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio,
ni distinción entre tuyo y mío; solo pertenece a cada uno lo que puede tomar, y solo en tanto que
puede conservarlo. Todo ello se encuentra por obra de la simple naturaleza, si bien tiene una cierta
posibilidad de superar ese estado, en parte por sus pasiones, en parte por su razón”.

282
su edificio pude resultar una construcción no deseada297 para su objetivo que no es

otro que llegar, por deducción lógica, a legitimar un Estado “cuya finalidad

primordial sea la defensa de la propiedad”298. Por ello dirá que: “el estado natural

tiene una ley natural por la que se gobierna, y esa ley obliga a todos. La razón, que

coincide con esa ley, enseña a cuantos seres humanos quieren consultarla que, siendo

iguales e independientes, nadie debe dañar a otro en su vida su salud, libertad o

posesiones”299 . Por el contrario, “el estado de guerra es un estado de odio y de

destrucción.”300

Locke, para señalar con claridad su terreno y que no se produzcan equívocos, dirá:

“Aquí vemos la clara diferencia que existe entre el estado de Naturaleza y el estado

de guerra. Sin embargo, hay quien los ha confundido, a pesar de que se hallan tan

distantes el uno del otro como el estado de paz, benevolencia, ayuda mutua y mutua

defensa lo está del odio, malevolencia, violencia y destrucción mutua. Los hombres

297
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. VII, 90,
dice: “Resulta, pues, evidente que la monarquía absoluta, a la que ciertas personas consideran
como el único gobierno del mundo, es, en realidad, incompatible con la sociedad civil, y, por ello,
no puede ni tan siquiera considerarse como una forma de poder civil”.
298
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. VII,
85.
299
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. II, 6.
300
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. III, 16.

283
que viven juntos guiándose por la razón, pero sin tener sobre la tierra un jefe común

con autoridad para ser juez entre ellos, se encuentran propiamente dentro del estado

de Naturaleza”.

Pero a pesar de vivir en sociedad en el estado de naturaleza y ser seres racionales, al

no poseer un jefe común con autoridad para ser juez entre ellos, los hombres, no

viven en una sociedad política. De ahí que en el modelo lockiano lo que diferencia

el estado de naturaleza de la sociedad no es la sociabilidad, ni la racionalidad sino,

en definitiva, la existencia de un tercero que resuelva un conflicto en la sociedad

civil. Así, Locke dirá: “no pudiendo existir ni subsistir una sociedad política sin

poseer en sí misma el poder necesario para la defensa de la propiedad, y para castigar

los atropellos cometidos contra la misma por cualquiera de los miembros de dicha

sociedad, resulta que solo existe sociedad política allí, y allí exclusivamente, donde

cada uno de los miembros ha hecho renuncia de su poder natural, entregándolo en

manos de la comunidad para todos aquellos casos en que no le impiden acudir a esa

sociedad en demanda de protección para la defensa de la ley que ella estableció. (…)

Por tanto, “Las personas que viven unidad formando un mismo cuerpo y que

disponen de una ley común sancionada y de un organismo judicial al que recurrir,

284
con autoridad para decidir las disputas entre ellos y castigar a los culpables, viven

en sociedad común los unos con los otros”301.

301
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. VII, 87.

285
CAPITULO SEGUNDO
…AL CONTRATO SOCIAL

5.2.1 Finalidades de la sociedad política.

Antes de que Locke abordase cuales son “las finalidades de la sociedad política y

del gobierno”, de manera tácita ya nos había adelantado la más importante y

fundamental: despejar la inseguridad potencial que suponía vivir sin un tercero que

resolviese las posibles controversias. Ahora, al abordar la cuestión de “las

finalidades” dirá que en el estado de naturaleza a pesar de que el hombre es “sujeto

absoluto de su persona y de sus bienes”, “como la mayor parte de los hombres, no

observan estrictamente los mandatos la equidad y la justicia, resulta muy inseguro

y mal salvaguardado el disfrute de los bienes que cada cual posee en ese Estado”.

(…) “Tienen razones suficientes para, a salir de la misma y entrar voluntariamente

en sociedad con otros hombres que se encuentran ya unidos, o que tienen el propósito

de unirse para la mutua salvaguarda de sus vidas, libertades y tierras a todo lo cual

incluyo dentro del nombre genérico de bienes o propiedades”302

302
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. IX, 123.

286
En definitiva, según Locke, el objetivo fundamental que, al reunirse en comunidades

o Estados, buscan quienes salen del estado de naturaleza sometiéndose a un gobierno

es el de proteger su vida, su libertad y sus propiedades. Así pues, dice Locke que

“si no fuera por la corrupción y los vicios de ciertos hombres degenerados, no habría

necesidad de ninguna otra ley ni de que los hombres se apartasen de esa alta y natural

comunidad, para asociarse en combinaciones de menor importancia”303. Bien es

cierto que, según el autor inglés, en el estado de naturaleza, el hombre, posee dos

poderes uno primero para hacer lo que la razón le indica para su conservación y la

de sus congéneres y, otro segundo para castigar personalmente los delitos contrarios

a la razón. Ambos poderes, al salir del estado de naturaleza, los entrega a la

reglamentación de las leyes que dicta la sociedad que asume la responsabilidad de

la protección a través del establecimiento de una ley clara, conocida, firme y

aceptada que sirva para la resolución de los conflictos que surjan entre los

hombres304. De esta forma mediante el nombramiento de un juez aceptado e

303
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. IX,
128.
304
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. IX, 129,
dice: “(…) el propósito de todos los que componen la sociedad es solo salvaguardarse mejor en
sus personas libertades y propiedades (ya que no puede suponerse que una criatura racional cambie
deliberadamente de estado para ir a peor), no cabe aceptar que el poder de la sociedad política, o
de los legisladores instituidos por ella, pretenda otra cosa que el bien común, hallándose obligados
a salvaguardar las propiedades de todos mediante medidas contra los defectos que convierten en
inseguro e intranquilo el estado de Naturaleza. Por esa razón, quien tiene en sus manos el poder
legislativo o supremo de un Estado está en la obligación de gobernar mediante leyes fijas y
establecidas, promulgadas y conocidas por el pueblo”.

287
imparcial que resuelva cuantos conflictos surjan de acuerdo con la ley que por

consenso común se ha establecido y la adjudicación de poder suficiente para dar

cobertura y ejecución debida a una sentencia el poder del Estado garantiza los fines.

Locke, dice repetidamente que el paso del estado de naturaleza a la sociedad política

tiene que ver con una aspiración: vivir más seguro. Y una vida más segura significa

dejar de lado todos los inconvenientes que el hombre tenía en el estado de naturaleza

como consecuencia de la inseguridad de la falta de garantes que tratasen de evitar

los desequilibrios sociales o, al menos, solucionar los que se planteasen. Pero esos

inconvenientes que en términos generales eran objetivos, para que se produjera el

paso del estado natural al civil, se sometían a la valoración subjetiva de cada

individuo que necesariamente debía dar el consentimiento. De esta manera, “siendo

según se ha dicho ya, los hombres libres, iguales e independientes por naturaleza,

ninguno de ellos puede ser arrancado de esta situación y sometido al poder político

de otros sin que medie su propio consentimiento305. Este se otorga mediante

305
En el modelo filosófico- político de Locke, el consentimiento juega un papel fundamental y
deja claro, en el Segundo Ensayo, qué es lo que da origen a una comunidad política. Así en el
Parág. 95 dirá: “ninguno de los hombres del estado de naturaleza puede ser arrancado de esa
situación y sometido al poder político de otros sin que medie su propio consentimiento”; Parág.
96, “…, gracias al consentimiento de cada individuo, ha constituido un cierto número de hombres
una comunidad…”; Parág. 99, “Tenemos, pues, que lo que inicia y realmente constituye una
sociedad política cualquiera, no es otra cosa que el consentimiento de un número cualquiera de
hombres libres…”; Parág. 102, “Todas las sociedades políticas arrancaron de una unión voluntaria,
y del mutuo acuerdo entre hombres, que actuaban libremente en la elección de sus gobernantes y

288
convenio hecho con otros hombres de juntarse e integrarse en una comunidad

destinada a permitirles una vida cómoda, segura y pacífica de unos con otros, en el

disfrute tranquilo de sus bienes propios, y una salvaguardia mayor contra cualquiera

que no pertenezca a esa comunidad”306.

5.2.2 El objetivo que Locke tiene claro.

El problema que supone, para la generalidad de los autores contractualistas, la

relación entre el derecho natural subjetivo y la validez objetiva de la ley general en

el modelo de Locke deja de serlo. En realidad, Locke, no se plantea problemas que

le distraigan de su objetivo final. Huye de planteamientos como los que más tarde se

haría Jean Jacques Rousseau tratando de distinguir entre conceptos tales como la

voluntad general o la voluntad de todos307 o si el poder del Estado tiene o no una

de sus formas de gobierno”; Parág. 104, “los ejemplos de la historia demuestran que los gobiernos,
cuando se iniciaron en tiempos de paz, estuvieron fundados sobre esa base (los hombres eran
naturalmente libres) por consenso del pueblo”; Parág. 106, “…, el comienzo de la sociedad política
depende del consenso de los individuos para reunirse e integrar la sociedad”.

LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. VIII, 95,
306

dice: “Una vez que un determinado número de hombres ha determinado constituir una comunidad
o gobierno, quedan desde ese mismo momento conjuntados y forman un solo cuerpo político,
dentro del cual la mayoría tiene el derecho de regir y de obligar a todos”.
307
ROUSSEAU, J. J., Le Contrat Social, O. C., v. III, éd de la Pleiade, p. 371, dice: “Con frecuencia
existe mucha diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; ésta no mira más que al
interés común, la otra mira al interés privado, y no es más que una suma de voluntades particulares:

289
naturaleza indivisible… El autor inglés tiene muy claro que su objetivo no es otro

que, por razones utilitarias, el de crear un modelo político que dé respuesta a los

problemas que los cambios sociales estaban acarreando, habiendo constatado, que la

clave de la solución estaba en encontrar un equilibrio entre los sectores económicos

emergentes y la distribución del poder político. Es por ello, que, a Locke, no le

preocupe demasiado la relación entre el derecho natural subjetivo y los derechos

civiles porque los primeros son innatos y por tanto consustanciales a la naturaleza

del hombre y, en cuanto a la ley civil, es obvio que ella debe no solo recogerlos y

respetarlos sino fundamentalmente protegerlos. Así, Locke dirá “que la finalidad

máxima y principal que buscan los hombres al reunirse en Estados o comunidades,

sometiéndose a un gobierno, es la de salvaguardar sus bienes…”. De ahí que, un

capítulo tan importante como pudiera parecer el X, destinado a explicar las formas

de gobierno y sus ventajas e inconvenientes a través de los tiempos, lo despache

rápidamente en dos parágrafos (132 y 133) en los que se limitará a dejar “bien claro”

qué es lo que él entiende por Estado308 y, lo que es tanto o más importante para sus

pero quitad de esas mismas voluntades las más y las menos que se destruyen las unas con las otras,
queda para la suma de las diferencias la voluntad general”.
308
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. X, 133,
dice: Debe quedar bien claro que siempre que utilizo la palabra Estado no me refiero precisamente
a una democracia, ni a ninguna forma concreta de gobierno. Entiendo con esa palabra la comunidad
que los latinos llamaban civitas que es la que mejor corresponde nuestro vocablo cammonwealth.
Esa es la que mejor expresa esa clase de sociedad de hombres; mejor que comunidad (porque
dentro de un Estado puede haber comunidades subordinadas) y mejor todavía que city”.

290
objetivos: la forma de gobierno. Respecto de esta última cuestión troncal dirá:

“Como la forma de gobierno depende de que se coloque el poder supremo, que es el

legislativo, en unas u otras manos, la forma de gobierno del Estado dependerá de la

manera como se otorgue el poder de hacer leyes, porque es imposible concebir que

un poder inferior de órdenes a otro superior”309.

5.2.3 El Contrato político de Locke.

Si avanzamos setenta años en el tiempo y tratamos de establecer una relación entre

Locke y Rousseau con respecto a lo que cada uno de ellos entiende por Contrato

político, observaremos que existe una diferencia esencial entre ambos. El objetivo

que Locke persigue (lo hemos dicho ya) es conformar una sociedad política a través

de un contrato social en la que los individuos sigan, a título individual, poseyendo

los mismos derechos y libertades que poseían en el estado de naturaleza y, el Estado

(en su nueva versión de Monarquía constitucional, tenga la obligación de

garantizarlos de manera colectiva respetando la subjetividad individual. Lo que da

como resultado una sociedad atomizada carente de la condición de auténtica persona

moral política. Por el contrario, en el modelo del ginebrino, a través del Contrato,

309
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. X, 132.

291
los individuos entregan sus derechos y libertades a la Voluntad General que

automáticamente se los devuelve transformados en derechos civiles y conformando

de esta manera un solo cuerpo político o persona moral en la que reside la soberanía.

En definitiva, los individuos tras el pacto social (en el modelo locquiano), seguirán

manteniendo los derechos naturales y, por el simple hecho de haber dado el

consentimiento (susceptible de revocación) para vivir en comunidad, en ellos, como

colectivo atomizado, residirá la soberanía. El Estado que deriva de ese contrato

social tendrá una finalidad de contenido subjetivo, esto es garantizar la conservación

de los derechos innatos a la vida, a la salud, a la libertad, a la propiedad y la seguridad

personal.

5.2.4 La división de poderes y la opinión de Hobbes.

La cuestión de la división de poderes entre los autores ingleses del siglo XVI y XVII,

venía ser una cuestión controvertida. T. Hobbes en su Leviatán hacía una defensa a

ultranza sobre la indivisibilidad de la soberanía atribuyendo a la división del poder

entre el rey, la Cámara de los Lores y la Cámara de los comunes, la responsabilidad

de los males que en Inglaterra se venían aconteciendo. Así el autor del Leviatán dirá:

292
“A esta división se alude cuando se dice que un reino intrínsecamente dividido no

puede subsistir. Porque si antes no se produce esta división, nunca puede sobrevenir

la división entre ejércitos contrapuestos. Si no hubiese existido una opinión,

admitida por la mayor parte de Inglaterra, de que estos poderes estaban divididos

entre el rey, y los Lores y la Cámara de los Comunes, el pueblo nunca hubiera estado

dividido ni hubiera sobrevenido esta guerra civil, primero entre los que discrepaban

en política, y después entre quienes disentían acerca de la libertad en materia de

religión; y ello ha instruido a los hombres de tal modo, en este punto de derecho

soberano que, no adviertan cómo estos derechos son inseparables, y como tales serán

reconocidos generalmente cuando muy pronto retorne la paz; y así continuará hasta

que sus miserias sean olvidadas; y solo el vulgo considerará mejor que así haya

ocurrido”.

Es cierto que Hobbes fue un autor de su tiempo y comprometido con la problemática

de su tiempo. Ante el problema social, religioso, político y económico que se

planteaba en el escenario inglés, Hobbes, que rechaza la más mínima limitación de

la soberanía hasta el punto de considerar “sacrílega” una simple delegación de poder

de orden administrativo había optado por la construcción de un modelo político

totalitario. Es posible que existan razones de vivencias personales que le hayan

encaminado a escribir una obra como Leviatán (precedida por De cive, del mismo

293
tenor). Sánchez Sarto en la introducción al Leviatán editado por el Fondo de Cultura

Económica relata algunas de las vivencias diciendo que: “El refugiado Hobbes

siente la nostalgia de su patria y no se resigna a quemar las naves de su regreso. Para

él ningún crimen tan grande existe como la guerra civil, y de ahí su enemistad con

el clero que -según sus propias palabras- siempre está complicado en las luchas

fratricidas de Inglaterra. Se siente cada vez más solo, más hoscamente atacado. Uno

de los partidos clericales le obligó a huir de Inglaterra (los presbiterianos); otro (los

clericales), a escapar de Francia”310. Sea por la razón que fuere, lo cierto es que

Hobbes, reconociendo el extraordinario valor intelectual del Leviatán, no había

hecho la lectura correcta, no había acertado ni en el diagnóstico ni en la terapia que

requería de la realidad inglesa del momento.

5.2.5 La separación de poderes en Locke.

En las primeras décadas del siglo XVIII se intensificaron las relaciones entre los

intelectuales franceses e ingleses. Los franceses habían descubierto los avances que

en el terreno político se habían producido, en Inglaterra durante el siglo XVII que

culminaron en la Gran Revolución de 1689. Los ingleses descubren el encanto y el

SÁNCHEZ SARTO, M., “Prefacio” al Leviatán, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires,
310

1992, p. XXVI.

294
nivel intelectual (premonitorio de la Ilustración) que cubría la atmósfera de los

salones parisinos. En este estado de cosas, Voltaire se encuentra fascinado por la

libertad política que se vive en Inglaterra y escribe “es preciso amar a Inglaterra”.

Rousseau dice que el Robinsón Crusoe de Daniel Defoe es el único libro que

recomendaría a su Emilio. Por su parte, Montesquieu, en el libro XI capítulo V, dirá:

“Existe también una nación en el mundo cuya constitución tiene como objeto directo

la libertad política. Vamos a examinar los principios en que se funda: si son buenos,

la libertad se reflejará en ellos como en un espejo. Para descubrir la libertad política

en la constitución no hace falta mucho esfuerzo. Ahora bien, si se la puede

contemplar y si ya se ha encontrado, ¿por qué buscarla más?311

Si bien la teoría de la división de poderes llegó al continente europeo a través del

Espíritu de las leyes de Montesquieu su auténtico creador fue John Locke, en el

Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil. Locke no solo es filósofo, sino que

también es médico, psicólogo… y conoce muy bien el alma humana. Sabe que la

pasión mayor que habita en el interior del hombre es el ansia de poder. Es por ello

que está convencido de que “sería una tentación demasiado fuerte para la debilidad

humana, que tiene tendencia a aferrarse al poder, confiar la tarea de ejecutar las leyes

311
MONTESQUIEU, Del espíritu de las Leyes, Tecnos, Madrid, 1987, pág. 107.

295
a las mismas personas que tienen la misión de hacerlas. Ello daría lugar a que

eludiesen la obediencia a esas mismas leyes hechas por ellos, o que las redactasen o

aplicasen de acuerdo con sus intereses particulares, llegando por ello a que esos

intereses fuesen distintos de los del resto de la comunidad, cosa contraria a la

finalidad de la sociedad y del gobierno”.

Así pues, Locke, propone que residiendo la soberanía en el pueblo312, esta se ejerza

mediante tres poderes delegados. El primero y máximo poder lo constituirá el

legislativo que es quien hace las leyes, es decir, “aquel que tiene el derecho de

señalar cómo debe emplearse la fuerza de la comunidad política y de los miembros

de la misma”313. La elaboración de las leyes no es, según Locke, una tarea que dure

mucho tiempo por lo que, finalizada la tarea legislativa, no es necesario que la

actividad parlamentaria continúe. Cuando de nuevo sea necesario reformar, elaborar

o derogar una ley, de nuevo, el legislativo podrá ser convocado. Pero si bien, el

periodo de elaboración de las leyes es corto, su efecto, esto es la fuerza obligatoria,

La tesis de la soberanía del pueblo coloca a Locke en la antítesis de Robert Filmer que sostenía
312

que la soberanía residía en el rey por voluntad divina y también se distancia de Richard Hooker
que defendía la soberanía del Parlamento, es decir del rey de la Cámara de los Lores y de la Cámara
de los comunes.
313
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XII,
parág. 143.

296
una vez publicadas, al entrar en vigor, es constante e ininterrumpido. De ahí que “se

imponga la necesidad de que exista un poder permanente que cuide de la ejecución

de las mismas mientras estén vigentes”. Como se observa, Locke ve en innecesario,

por la naturaleza de su función delegada, que el Legislativo permanezca

permanentemente abierto314. Por el contrario, considera necesario, que un poder que

tenga la función del cuidado de la ejecución de las leyes permanezca en vigilia

permanente. En esta diferencia de funciones (creadora de leyes o garantizadora de

que se cumplan) y en la necesidad de su intermitencia o no interrupción, Locke, ve

nacer el hecho de que “los poderes legislativo y ejecutivo se encuentre con

frecuencia separados”315.

Además de los tradicionales poderes, legislativo y del ejecutivo, Locke establece un

tercer poder: el federativo. Es, sin duda una innovación política producto de la

observación de la evolución de los tiempos. Con la mirada hacia otras tierras y

314
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XII,
parág. 151, hace la salvedad de que: “Existen algunas comunidades políticas en que el poder
legislativo no funciona permanentemente, y en que el ejecutivo está delegado en una sola persona
que participa también del poder legislativo. En tales comunidades políticas, y en un sentido muy
aceptable, pude también decirse que esa persona concreta es el poder supremo, no porque detente
en si misma todo el poder soberano, sino porque posee el poder supremo de ejecución del que
todos los magistrados inferiores derivan sus distintos poderes subordinados; o por lo menos la
mayor parte de ellos”.
315
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XII,
parág. 144.

297
especialmente hacia América se abre la puerta a nuevos problemas derivados de las

relaciones con nuevas culturas, en definitiva, con nuevas gentes que tienen creencias

diferentes, formas diversas de entender el mundo y la vida. Es por ello que, Locke,

entiende que el Estado debe dar respuesta a ese nuevo fenómeno y nada mejor que

gestionarlo a través de un tercer poder delegado. Pero para “reconocer” un poder que

forme parte del poder soberano, necesita (en la teoría de Locke) que fuera un derecho

innato, un poder natural, que, por tanto, existiese en el estado de naturaleza, esto es,

que cada uno de los hombres lo poseyese antes de entrar en sociedad. Para ello,

Locke razona: los miembros de una comunidad política, “todos ellos en conjunto y

con referencia al resto del género humano forman un solo cuerpo; este cuerpo se

halla colocado en referencia al resto del género humano en el mismo estado de

Naturaleza en que se encontraban antes todos los miembros que lo constituyen. Por

esta razón, las disputas que surgen entre uno cualquiera de los miembros de la

sociedad y otras personas que se encuentran fuera de la misma, corresponden a la

comunidad entera.”316

316
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XII,
parág. 145.

298
Según Locke, el poder ejecutivo y el poder federativo “son en sí mismo realmente

distintos” pero “ocurre que casi siempre suelen encontrarse reunidos” en las mismas

personas. La naturaleza singular de este nuevo poder federativo hace difícil que los

actos que tienen que ver con extranjeros que dependen mucho de la forma diferente

de actuar que estos tienen, puedan ser regulados por leyes fijas317. “Por esas razones

preciso confiarlo a la iniciativa prudente, a la experiencia y a la sabiduría de quienes

están encargados de ejercer ese poder para el bien público”318. Además, ambos

poderes, ejecutivo y federativo exigen para su ejercicio la fuerza de la sociedad y no

sería prudente ni oportuno que esa fuerza pública estuviera simultáneamente en

manos distintas.

317
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XII,
parág. 159, En este capítulo dedicado a la prerrogativa, dirá: “En las comunidades políticas en que
el poder legislativo y el político se encuentran en manos distintas, como ocurre en todas las
monarquías moderadas y en los gobiernos bien constituidos, el bien de la sociedad exige que deje
varias cosas al buen juicio de la persona que ejerce el poder ejecutivo. Los legisladores no pueden
prever y promover por medio de leyes a todo lo que puede necesitar la comunidad. El ejecutor de
aquellas tiene en sus manos, por la ley natural común, el derecho de servirse de su poder para el
bien de la sociedad, y en muchos casos la ley civil no ha dictado precepto alguno; por eso puede
aquel tomar la medidas oportunas mientras no pueda reunirse el órgano legislativo y proveer
debidamente”.
318
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XII,
parág. 147.

299
El barón de Montesquieu, al cantar las excelencias de la Constitución inglesa hace

referencia a tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Por el contrario, Locke se

refiere también a tres poderes que si bien los dos primeros, legislativo y ejecutivo,

son coincidentes, el tercero, no lo es. Montesquieu habla de poder judicial en tanto

Locke innova el poder federativo. Esto, en una primera instancia, daría la impresión

de que Locke no contempla la posibilidad de un poder judicial diferenciado. Esta

impresión queda inmediatamente neutralizada cuando comprobamos que la

diferencia entre el estado de naturaleza y el estado civil, esencialmente está en el

hecho de que en aquel no existe un juez que entienda de las controversias que

pudieran originarse y que cada uno resuelve sus propios conflictos. Así pues, tras

afirmar que en el estado de naturaleza se necesita, en primer lugar, una ley con la

capacidad coactiva suficiente de la que la ley natural carece, Locke afirmará que,

“en segundo lugar, hace falta en el estado de naturaleza un juez reconocido e

imparcial, con autoridad para resolver todas las diferencias, de acuerdo con la ley

establecida. Como en este estado es cada hombre juez y ejecutor de la ley natural, y

como todos ellos son parciales cuando se trata de sí mismos, es muy posible que la

pasión y el rencor los lleven demasiado lejos; que tomen con excesivo acaloramiento

sus propios problemas y que se muestren negligentes y despreocupados con los

problemas de los demás”.

300
Por tanto, en el estado de naturaleza existe una ley, que es la ley natural, pero carece

de coactividad externa. Ella, tiene un carácter declarativo, solamente establece lo

que está bien y lo que está mal. Teniendo como criterio básico la conservación, en

base a ella, cada individuo juzgará y aplicará el poder personal natural que tiene de

“castigar los delitos cometidos contra la ley natural”. Locke continuará diciendo que

cuando el hombre entra a formar parte de la sociedad política, renuncia a ese poder

“y se incorpora a un Estado independiente del resto de los hombres”.

De ahí que solamente “existe sociedad política, allí y solamente allí, y allí

exclusivamente, donde cada uno de los miembros ha hecho renuncia de ese poder

natural, entregándolo en manos de la comunidad para todos aquellos casos que no

le impidan acudir a esa sociedad en demanda de protección para la defensa de la

ley que ella estableció”. Por tanto, sigue diciendo Locke, que no existe ni subsiste

sociedad política sin poseer en sí misma el poder necesario para la defensa de la

propiedad, y para castigar los atropellos cometidos contra la misma por cualquiera

de los miembros de dicha sociedad”.

Está claro que la condición no suficiente pero sí necesaria para que exista una

sociedad política es el poder de administrar justicia a través de un juez imparcial

301
mediante reglas fijas y conocidas elaboradas por el poder legislativo. Pero… ¿Qué

quiere decir, John Locke, al afirmar que, al salir del estado de naturaleza, el hombre

renuncia de manera total al poder de castigar y lo “pone al servicio del poder

ejecutivo de la sociedad, cuando las leyes lo exijan”?, ¿es un poder independiente?,

¿está vinculado al legislativo? ¿lo está al ejecutivo? Realmente la expresión “poner

al servicio del poder ejecutivo de la sociedad” podría llevarnos a equívoco y pensar

que es con el poder ejecutivo con el que, Locke vincula el poder judicial descartando

la posibilidad de independencia o que estuviera unido al legislativo. Pero, la realidad

es bien diferente, si bien es verdad que no lo contempla como poder independiente

lo coloca, por razón de la trascendencia que tiene en el Estado319, inserto en el

máximo poder que es el legislativo que es quien hace las leyes. Hacer las leyes y

juzgar en base a ellas emitiendo una sanción son las dos caras de un mismo poder.

La ejecución y supervisión del cumplimiento de las mismas es delegación que se

realiza en el poder ejecutivo.

En el modelo de Locke no es posible hacer la distinción entre titularidad y ejercicio

de la soberanía porque los límites no están claramente definidos. Así Locke dirá que

“al renunciar en favor del poder legislativo el propio juicio de los daños sufridos en

319
VILE, M. J. C., Constitucionalism and the Separation of Powers, OUP, Oxford, 1967, pág. 59,
dice que “El Estado era el juez que faltaba en el estado de Naturaleza”.

302
todos aquellos casos en los que se puede apelar al magistrado, ha renunciado, por

eso mismo, en favor del Estado al empleo de su propia fuerza en la ejecución de las

sentencias dictadas por este”. Y continuará afirmando que: “Ahí nos encontramos

con el origen del poder legislativo y del poder ejecutivo de la sociedad civil, que

tiene que juzgar, de acuerdo con leyes establecidas, el grado de castigo que ha de

aplicarse a los culpables cuando han cometido una falta dentro de ese Estado”320.

John Locke desea dejar bien claro que el fin que el hombre persigue al entrar en

sociedad no es otro que el disfrute de sus propiedades en paz y en seguridad”. Para

ello es necesario la existencia de leyes generales, fijas y claras, siendo la primera de

ellas la que por elección y nombramiento del pueblo, esto es por consenso, da vida

al poder legislativo.

De esta manera se constituye el legislativo como poder delegado supremo con

respecto al cual los demás poderes se encuentran subordinados. Sin embargo, en el

modelo lockiano, a pesar de que el legislativo sea el supremo poder del Estado está

sometido a limitaciones o, más bien a concreciones:

320
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. VII,
parág. 88.

303
La primera concreción resulta de una cuestión de sentido común: nadie puede dar

más de lo que tiene. Por esta razón el legislativo no puede ser un poder arbitrario

sobre las vidas y los bienes de las personas porque su margen de actuación está

establecido por los derechos que los hombres tenían en el estado de naturaleza, que

subsisten como norma eterna de todos los hombres y que le confiaron en él para su

gestión al entrar en sociedad. Por tanto, en el estado de naturaleza, el hombre

disponía del poder que le daba para la salvaguarda propia suya y el resto del género

humano y esto es todo lo que el da o puede entregar a la comunidad política y, por

medio de esta al poder legislativo. No puede por tanto, pues, el legislador sobrepasar

ese poder que le entregan. El poder del legislador llega únicamente hasta donde llega

el bien público de la sociedad.”321

La segunda concreción está relacionada con lo que podríamos denominar el

principio de generalidad y de certeza del Derecho. El poder legislativo está obligado

a señalar los derechos de los ciudadanos mediante leyes fijas y promulgadas y a

dispensar la justicia, que eviten cualquier arbitrariedad, mediante jueces señalados

321
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XI,
parág. 135.

304
y conocidos. Es por este motivo, “renuncian los hombres a su propio poder natural

en favor de la sociedad en que entran, y por eso la comunidad pone el poder

legislativo en las manos que cree más apropiadas, encargando le que gobierne

mediante leyes declaradas. De otro modo, su paz, su tranquilidad y sus propiedades

seguirían en la misma incertidumbre que cuando estaban en el estado de

Naturaleza.”322

La tercera concreción tiene una relación directa con el fin último que Locke

persigue a través del Segundo ensayo. Algunos autores han dicho que el objetivo que

Locke perseguía al escribir esta obra era el de crear un nuevo modelo de Estado que,

frente a la ineficacia de las monarquías absolutas, diese respuesta a le problemática

social y política en la que estaba inmersa la Inglaterra del siglo XVII. Y tienen razón

los que así piensan sin salirse de los márgenes que permiten la ciencia política. El

objetivo del autor inglés es mucho más profundo y yo diría, incluso más genial.

Conocedor de las pasiones que conforman la naturaleza humana y que mueven su

actuar, ha observado que, en los dos últimos siglos ha venido emergiendo una nueva

clase social que se está convirtiendo en hegemónica y que está movida por criterios

económicos es decir por la propiedad. Locke sabe que, si encuentra el modelo

LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XI,
322

parág. 136.

305
político que ofrezca las garantías que esa nueva clase social exige, el problema estará

resuelto. Por tanto, en el pensamiento de Locke el Estado constitucional es el medio

para conseguir la garantía de disfrute de la propiedad sin límites de los nuevos

potentados. Así según Macphersons, se trataría de que, ese modelo de Estado a

través de su legislación, resultase ser el garante del derecho natural no solamente a

una propiedad desigual, sino a la apropiación individual ilimitada. De esa manera,

ese modelo de Estado, “justificó, también, como naturales, una diferencia de clases

en derechos y en racionalidad, y al hacerlo proporcionó una base morar positiva a la

sociedad capitalista.”323

Así dirá que: “el poder supremo no puede arrebatar ninguna parte de sus

propiedades a un hombre sin el consentimiento de este. Siendo la salvaguardia de

la propiedad la finalidad del gobierno, y siendo este el móvil que llevó a los hombres

a entrar en sociedad, se presupone y se requiere para ello que esos hombres puedan

poseer; de otro modo, habría que suponer que los hombres, al entrar en la sociedad,

perdían aquello mismo que constituía la finalidad de tal asociación, lo cual es un

absurdo demasiado grande para que alguien lo acepte”324.

323
MACPHERSONS, La Teoría Política del Individualismo Posesivo. De Hobbes a Locke, ed.
Fontanella, Barcelona 1979, P. 191.
324
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XI, parág.
138.

306
Le cuestión de la financiación económica del Estado a través de los impuestos, es

significativo que Locke lo despache con un escueto parágrafo en el que se limita a

decir que “es cierto que los gobiernos no pueden sostenerse sin grandes dispendios

y es justo que quienes se benefician de su protección contribuyan a su

mantenimiento. Pero eso debe hacerse con su propio consentimiento, es decir, con

el consentimiento de la mayoría, otorgado directamente por sus miembros o

indirectamente por sus representantes que esa mayoría ha elegido.”325

Para concluir esta tercera concreción, Locke, reiterará una vez más, insistencia en

la que incurre hasta la saciedad a lo largo del Segundo Ensayo, que la obligatoriedad

de prestar seguridad sobre el patrimonio trasciende el tipo de gobierno, que no es

una cuestión de si el gobierno es autoritario o democrático sino que “esté en las

manos que esté, quien lo detenta lo ha recibido con la condición y para la finalidad

de que los hombres puedan poseer con seguridad sus propiedades.”326

325
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XI,
parág. 140.
326
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XI,
parág. 139.

307
La cuarta concreción tiene que ver con la imposibilidad de delegar lo que el

pueblo soberano ha ya delegado en el legislativo. Así el autor inglés dirá que “el

poder legislativo no puede transferir a otras manos el poder de hacer las leyes, ya

que ese poder lo tiene únicamente por delegación del pueblo” y “el pueblo queda

ligado únicamente por aquellas leyes que han sido promulgadas por quienes este

pueblo ha autorizado y elegido para semejante misión”327.

327
LOCKE, J., Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil, ed. Aguilar, Madrid, 1969, cap. XI,
parág. 141

308
CONCLUSIONES

PRIMERA. He tomado como punto de partida la tesis del filósofo italiano Rodolfo

Mondolfo que sostiene que la historia es una “unidad de desarrollo” y afirma que

“no faltan pruebas de la vinculación (en un proceso social dado) de la historia de la

filosofía con la de otros sectores del mundo de la cultura. Por ejemplo, el proceso

histórico de la disolución del feudalismo con sus derechos hereditarios de castas, que

estimula el nacimiento y florecimiento de la escuela filosófica del derecho natural,

la cual inspira a su vez las históricas declaraciones de los derechos del hombre.

SEGUNDA. A pesar de las limitaciones intelectuales que implica mi condición de

doctoranda y la complejidad que supone desentrañar los vericuetos por los que

atraviesa un proceso de esta naturaleza, he querido, acercarme al Medievo feudal

para tratar de encontrar, siguiendo la estela de la descomposición de una sociedad

hecha a imagen de la ciudad celeste y presentada como perfecta, las fases históricas

(feudalismo, feudalismo-mercantilismo y mercantilismo-capitalismo). Dicho de otra

manera, las diferentes fases que hubieron de pasar desde el momento feudal en el

que “todo obedecía a la Voluntad de Dios” hasta la aparición del derecho de

propiedad privada como el derecho natural en el modelo de Locke consagrado como

309
tal en los Bill of Rigts de 1689 y ratificado más tarde en la Declaración de Derechos

del Hombre y del Ciudadano de 1789.

TERCERA. He constatado que la sociedad feudal estaba conformada por una

cultura unitaria, uniforme, jerárquica y eclesiástica sobre un espacio geográfico que

tenía como núcleo central Francia, Alemania, el oeste del Elba y el norte de Italia.

En las primeras décadas del año mil, la Iglesia en sintonía con el poder político había

hecho efectiva una sociedad y un imaginario colectivo, presumiblemente queridos

por Dios, conformado por tres órdenes, los que rezan, los que batallan y los que

trabajan, al que, a partir de este momento, se conocerá con el término genérico de la

cristiandad. Sin duda, una construcción aparentemente tan sólida, para quienes

vivían en su interior, debía ofrecer la sensación de eternidad, de trascendencia en el

tiempo. Para las gentes de la época, el término demolición era inimaginable.

CUARTA. He constatado que la doctrina económica de la Iglesia, que se

correspondía con el orden trifuncional, sintonizaba con fundamentos tradicionales y

conservadores. Era la llamada economía natural para un mundo estático en el que la

división del trabajo obedecía al designio divino y todo oficio era, pues un cargo en

el que se estaba al servicio del todo. Se trataba de un mundo de producción agraria

310
limitada a la subsistencia, casi ajeno a la economía monetaria. No existía la

propiedad privada como un derecho porque, en primera instancia, todo era propiedad

de Dios.

QUINTA. He constatado que el crecimiento demográfico juntamente con el

despertar tecnológico, el desarrollo de centros poblacionales y el aumento de las

superficies dedicadas al cultivo de cereales y a la viticultura son los mensajeros de

los primeros cambios en la economía. Después, el desarrollo de la metalurgia, la

construcción y la artesanía textil generan actividades de transformación y provocan

nuevas formas de intercambio en los mercados que se van instalando en el marco del

fenómeno de creación de nuevas ciudades. Este fenómeno estará íntimamente

relacionado con la evolución del comercio, la generalización de la moneda y, por

tanto, la aparición del mercader.

SEXTA. He constatado que todas estas transformaciones iban afectando al orden

trifuncional y que tenían una influencia determinante en el interior del mismo. Así

pues, en el orden de los oratores, en esos tiempos, no dejaron de producirse tensiones

de todo tipo y a la vez contradicciones. Las tensiones venían dadas por cuestiones

que iban desde la forma de entender el monacato, pasando por el sentido del lujo y

la ostentación en las iglesias hasta la propia admisión de las órdenes mendicantes en

311
el seno Eclesial. Las contradicciones algunas veces surgieron de las diferencias en

la interpretación, otras de la utilización, por parte del papado, de artes no demasiado

lícitas como, por ejemplo, por decirlo con suavidad) la utilización de la restricción

mental (si no, la falacia) con el fin de inflamar los corazones en tiempos de las

Cruzadas. La más grave, la violación a la que se sometió al principio esencial sobre

la que se asentaba la cristiandad: “ama al prójimo como a ti mismo”. La guerra Santa,

las órdenes militares, la manera de abordar las herejías y las atrocidades de la

Inquisición, ¿no suponen violaciones al principio fundamental del amor? La Iglesia

no escatimó medios. En el plano institucional, después de enormes dificultades, la

Iglesia había ganado prácticamente la partida a comienzos del siglo XIV. En el plano

moral, por los efectos sobre el imaginario colectivo, había perdido ante el juicio de

la historia”.

SEPTIMA. He constatado que, en el estamento de los bellatores, igualmente van a

ocurrir transformaciones fundamentales. Esto es mediante una ordenación, el

caballero, va a pasar a integrar el orden de los bellatores. Pero en el fondo, las gentes

que van a conformar la caballería proceden del pueblo llano, de los pauperes. Los

valores que esta gente profesa no son los mismos que la divinidad había asignado al

orden en la que encajaba la nobleza. ¿No es ésta una revolución contra el principio

de la jerarquía en el orden de los bellatores? Asumiendo la contradicción, la

312
asimilación una vez más fue el método que la Iglesia aplicó para tratar de controlar

un movimiento de calado, en el interior del orden tridimensional, que se le escapaba

de las manos.

OCTAVA. He constatado que, en realidad, cuando las contradicciones internas en

el orden de los oratores y en el de los bellatores había encontrado su punto de

ebullición, en el orden de los pauperes, donde la Iglesia siempre trabajó de manera

denodada para que cada cual aceptase el destino asignado por Dios, es donde se está

encendiendo la mecha que acabará en la explosión del orden tridimensional.

NOVENA. He constatado que esa explosión definitiva del orden de las tres

funciones, sin lugar a duda, se debió a la aparición del ¡comerciante! En la sociedad

medieval el mercader ha llegado a poseer su propio estatuto y su función singular.

Sin embargo, nunca formó parte del lugar reservado al monje, al guerrero y al

trabajador del campo en el orden trifuncional. ¿Cabría, quizás, crear una nueva

ordenación general con un cuarto orden, esto es, el imaginario de las cuatro

funciones? A decir verdad, la Iglesia lo intentó, pero por muchos esfuerzos que

hicieran sus Doctores, no encontraron la forma y, al fin, tras años…, siglos de

reflexión, tuvieron que rendirse. ¿Cómo podía encajar en el Plan de la Providencia

313
(una de cuyas máximas es “…, haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio”),

un nuevo orden cuyo perfil profesional tiene como fin el lucro? ¿Cómo podía hacerse

compatible con la economía natural una profesión que abría las puertas, de par en

par, a la economía monetaria como facilitadora de la acumulación? ¿Era posible

integrar en un orden asentado sobre el principio sagrado de la jerarquía, otro que

anunciaba ya los primeros balbuceos de la democratización? ¿Cómo sintonizar una

concepción del mundo y de la vida concebida bajo la lógica silogística con otra que

poco a poco, alumbraba la racionalidad matemática abstracta?

DECIMA. He constatado que el orden trifuncional dejaba de ser el ordenador social

como consecuencia de la irrupción y de la consolidación del mercader dando lugar

a un nuevo entramado social. Su presencia, en esta nueva estructura, ya no iba a ser

marginal, sino que se convertiría en troncal. A pesar de que su procedencia no tenía

el pedigrí de los nobles o de los eclesiásticos, sino el estigma de los pauperes, su

poderío económico cimentado sobre acciones comerciales inspiradas en el auri

sacra fomes propiciaron e, incluso, hicieron necesaria la creación de vínculos entre

los gobiernos y los grandes mercaderes. El potencial económico de los grandes

banqueros y comerciantes posibilitó el desarrollo de verdaderos carteles que se

dedicaron a la compra de la deuda pública, la aceptación de depósitos y la

generalización de la práctica de préstamos crediticios a los gobiernos de países e

314
incluso a grandes municipios. Ellos mismos dominan el comercio de los metales

preciosos y establecen su precio, comercian con las letras de cambio, participan

en varias sociedades y potencian el negocio de los seguros. Este tipo de prácticas

hizo posible que el mercader se colocase como eje fundamental.

En este marco de desarrollo comercial y con el fin de dar una mayor seguridad y

formalidad a los negocios se iba a ir desarrollando una legislación comercial, al

principio obra de los propios mercaderes para defensa de sus intereses. Se sienten

los primeros balbuceos de algo parecido al derecho de propiedad en un clima de

“auri sacra fames”.

DÉCIMO PRIMERA. He constatado que, con la consolidación y el protagonismo

del mercader en la sociedad medieval, el problema que los teólogos, más que los

canonistas, deben resolver tiene una difícil solución porque están obligados a operar

sobre la premisa de que solo existe una ordenación buena y justa del universo y,

además, es la querida por Dios. Y, por si esto fuera poco, ellos deben dar respuesta

al problema suscitado por una pieza que en el plan de Dios no existe dado que la

figura del comerciante movido por el beneficio, en aquel, no se contempla. El

Deuteronomio 23, 19, dice: “No exigirás de tu hermano interés de dinero…”; en el

Éxodo 22, 25, se manifiesta: “Cuando prestares dinero a uno del pueblo…, no te

315
portarás con él como logrero, ni le impondrás usura”; por su parte, el Levítico 25,

35 y 36 ratifica: “Cuando tu hermano empobreciere…, no tomarás de él usura ni

ganancia, sino tendrás temor de Dios y tu hermano vivirá contigo”. En el Nuevo

Testamento, se confirma como mandamiento primero, el mandamiento del Amor:

“Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

DECIMO SEGUNDA. He constatado que la Iglesia cambiará la actitud frente al

comerciante. Quizás este cambio de actitud de repudio de la Iglesia frente al

fenómeno del comercio fue la gota que colmó el vaso y produjo la voladura

definitiva de un modelo que se cimentaba sobre el amor a Dios y el amor al prójimo.

Al pretender dar cabida en el Plan de la Creación a la figura del comerciante

potencialmente usurero, avaro, codicioso, orgulloso, envidioso, obsesivo por el

dinero, tuvieron que forzarse en exceso conceptos como el de trabajador asalariado

(stipendium laboris), utilidad pública, bien común, necesidad... ¿Podía considerarse

trabajador sujeto a un salario al mercader-banquero, al comerciante que estaba al

frente de una gran red de delegaciones comerciales distribuidas por toda la

Cristiandad…? Dice JACQUES. Le Goff que “fue más bien en consideración a los

servicios que prestaba a la sociedad con el empleo de su dinero, de su organización

y de sus métodos, por lo que se le asimiló entonces al trabajador. En efecto, la noción

de que los mercaderes eran útiles y necesarios fue lo que coronó la evolución de la

316
doctrina de la Iglesia y les valió a ellos el derecho de ciudadanía definitivo en la

sociedad medieval.

DÉCIMO TERCERA. He constatado que el final de la crisis, que duraría algo más

de siglo y medio, vendría con el nacimiento de un nuevo sistema social: el

capitalismo moderno. Pero hasta que este nuevo sistema llegase, existieron intentos

para frenar su llegada. El más importante, sin duda, fue el absolutismo. En palabras

de G. Bois, “la gran depresión fue un viraje decisivo. La multiplicación de conflictos

dejó huellas permanentes. Los daños causados por una soldadesca que desde

entonces se enraíza en el tejido social no iban a terminar. Bajo los fastos engañosos

del Renacimiento, en realidad se impone una sociedad más violenta, más dura hacia

los débiles. Una sociedad aprisionada también por los poderes que marchaban hacia

el absolutismo”. Fue, sin duda, el absolutismo, el intento más importante. Se trató

de un régimen político surgido, como consecuencia del desprestigio del papado, en

el que, el poder político del rey que procedía de Dios no estuviera sometido a

limitación alguna. El absolutismo encontró su máxima expresión doctrinal en

teóricos como Thomas Hobbes y Robert Filmer así como el cénit de su puesta en

escena con Luis XIV en la Francia versallesca. No obstante, las pretensiones de la

Iglesia de recrear la ciudad terrena de San Agustín habían recibido el rejón de muerte

no desde fuera, sino desde el interior de sus propios conventos.

317
DÉCIMO CUARTA. He constatado que la Reforma protestante actuando sobre la

mentalidad del comerciante y de los primeros empresarios conformará la psicología

de las gentes sobre la que finalmente, una nueva concepción del individuo (la el

individuo egoísta que sustituirá al individuo de la caridad) y un nuevo sistema

axiológico (la ética calvinista asentada sobre el dogma de la predestinación que se

impondrá sobre la ética DEL arrepentimiento y del perdón universal), una nueva

filosofía (la filosofía utilitarista suplantará a la filosofía de la liberalidad), una nueva

doctrina económica (la de las libertades económicas neutralizará la economía natural

del precio justo y la prohibición del crédito con interés) y un nuevo modelo político

(el Estado liberal o Monarquía constitucional que destituye a la Monarquía absoluta),

y todas ellas a lomos de la nueva lógica de los Descartes, Galileo, Newton…,

acabarán operando para conformar como base la propiedad privada sobre la que se

desarrollará el capitalismo moderno como nueva ideología y cosmovisión.

DÉCIMO QUINTA. He podido constatar, que la cuestión de la potestad de la

apertura y cierre del Parlamento ha sido el “objeto de deseo” desde los tiempos en

que, con el Plantagenet Eduardo III, se constituyesen por separado la Cámara de los

Lores y la Cámara de los Comunes. En gran medida, del hecho del que el monarca

gobernase, solo o con la incomodidad de una asamblea, dependía (cada vez más) de

318
que aquel hiciese o no una regencia quod principi placuit. Por tanto, en ello estaba

una de las claves del poder absoluto tal y como lo evidenciaron, por ejemplo, todos

los reyes de la dinastía de los Estuardo durante sus respectivas regencias en el siglo

XVII. Un tema de tal importancia parecería, en principio, que Locke debería tratarlo

en profundidad y, sin embargo, no lo hace. ¿Por qué no lo hace y despacha el tema

en ocho parágrafos del Segundo Ensayo? Porque en su modelo la clave del poder ya

no está en la potestad de convocar o cerrar las sesiones legislativas y, además, “la

facultad de reunir y disolver la legislatura, propia del poder ejecutivo, no da a éste

ninguna superioridad sobre aquel. Se trata únicamente de una misión que se ha

confiado en favor de la salvaguarda del pueblo, siempre que la incertidumbre y la

inconsistencia de los asuntos humanos no admitan una regla fija y terminante”.

DÉCIMO SEXTA. He constatado que el empeño de Locke, colocándose a lomos

de los llamados constitucionalistas ingleses no será otro que el de descubrir un

sistema político, en el que todos los elementos encajen de manera perfecta, para dar

respuesta, no solo a la situación problemática de la sociedad inglesa del momento,

sino al futuro del desarrollo de una ideología y, por tanto, una nueva forma de ver el

mundo: el capitalismo. El Locke radical empirista observando su realidad histórica,

319
se dio cuenta de que el problema inglés no tenía respuesta desde la religión, ni

tampoco la economía era capaz de aportar luz alguna y, en menor medida la política.

DÉCIMO SEPTIMA. He constatado que Locke, con la mentalidad de psicólogo,

que conoce la naturaleza humana y sus pasiones, se da cuenta de que la clave de la

resolución del problema inglés y, ahora también, americano está en la propia

naturaleza de la persona. Es por ello que, juntamente con la vida y la libertad,

proclama la propiedad privada como constitutiva de la personalidad racional y

esencial del hombre al margen del reconocimiento que, más tarde el Estado, pueda

hacer de ella sin que, de forma alguna, pueda ser, por Él, violada. A partir de esa

proclamación, el esfuerzo de John Locke ira dirigido hacia la búsqueda de un

gobierno, un tipo de Estado “cuya finalidad no sea otra que la de salvaguardar esa

propiedad particular”. Más tarde, al abordar la cuestión del alcance del poder

legislativo de ese nuevo modelo de Estado será más explícito y dirá que “siendo la

finalidad de los hombres al entrar en sociedad el disfrute de sus propiedades en paz

y seguridad, y constituyendo las leyes establecidas en esa sociedad el magno

instrumento y medio para conseguirla, la ley primera y fundamental de todas las

comunidades políticas es la del establecimiento del poder legislativo, al igual que la

320
ley primera y básica natural, que debe regir incluso al poder de legislar, es la

salvaguarda de la sociedad y de cada uno de sus miembros.

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