El profesional de la psicología y su “ethos”
El término profesional proviene del latín “professio” que tiene raíces comunes con
“confesus” y “professus”. Confessus, significa confesar en alto, proclamar o
prometer públicamente. Professio, indica confesión pública, promesa o
consagración.
El “ethos” de una profesión como la del psicólogo, es el conjunto de aquellas
actitudes, normas éticas específicas, y maneras de juzgar las conductas morales,
que las caracterizan como grupo sociológico. El “Ethos” de la profesión fomenta,
tanto la adhesión de sus miembros a determinados valores éticos, como la
conformación progresiva a una “tradición valorativa” de las conductas
profesionalmente correctas. El “ethos” es, el conjunto de las actitudes vividas por
los profesionales, y la “la tradición propia de interpretación” de cuál es la forma
correcta de comportarse en la relación profesional con las personas. En términos
prácticos el ethos se traduce en una especie de estimulo mutuo entre los colegas,
para que cada uno se mantenga fiel a su responsabilidad profesional, evitando
toda posible desviación de los patrones usuales. Al conjunto de todos esos
aspectos se les llama Ética Profesional que es, a su vez, una rama especializada
de la ética.
La “Ética” o “Filosofía Moral” (con mayúscula) es la disciplina filosófica que
reflexiona de forma sistemática y metódica sobre el sentido, validez y licitud de los
actos humanos individuales y sociales en la convivencia social. Escrita con
minúscula o usada como adjetivo “ética” o “moral” hace referencia al modo
subjetivo que tiene una persona o un grupo humano determinado, de encarnar los
valores morales.
La Ética o Filosofía Moral tiene como objeto valorar la objetividad de las acciones
humanas en la convivencia, a la luz de los valores humanos. Por tanto la ética se
ocupa de encontrar las convergencias axiológicas racionalmente justificables para
todo ser humano.
A. PSICOÉTICA O ÉTICA DE LA RELACIÓN PSICOLOGO-PERSONA
Dentro del conjunto de las éticas profesionales, la bioética ocupa un lugar muy
importante. La bioética tiene como objeto de estudio sistemático de todos los
problemas éticos de las ciencias de la vida.
Pero en la medida que la psicoética toma como objeto de su estudio especializado
los dilemas éticos de la relación que se establece entre los pacientes y los
profesionales de la salud mental, adquiere una identidad propia en relación a la
bioética. Una de las expresiones más eminentes de la psicoética aplicada son los
“códigos éticos” del psicólogo y la psiquiatra. Un código de ética profesional es
una organización sistemática del “ethos profesional”, es decir de las
responsabilidades morales que provienen del rol social del profesional y de las
expectativas que las personas tienen derecho a exigir en la relación con el
psicólogo o psiquiatra.
Entre las funciones de los códigos de ética se encuentran:
1- Declarativa: formula cuáles son los valores fundamentales sobre los que
está basada una determinada ética profesional.
2- Identificativa: permite dar identidad y rol social a la profesión, mediante la
uniformidad de su conducta ética.
3- Informativa: comunica a la sociedad cuales son los fundamentos y criterios
éticos específicos sobre los que se va a basar la relación profesional-
persona.
4- Discriminativa: diferencia los actos lícitos de los ilícitos; los que están de
acuerdo con la ética profesional y los que no lo están.
5- Metodológica y valorativa: da cauces para las decisiones éticas concretas y
permite valorar determinas circunstancias específicamente previstas por los
códigos.
6- Coercitiva: establece cauces para el control social de las conductas
negativas desde un punto de vista ético.
7- Protectiva: protege a la profesión de las amenazas que la sociedad puede
ejercer sobre ella.
Los códigos de ética cuentan con algunas limitaciones como:
1- Puede inducir a pensar que la responsabilidad moral del profesional se
reduce a cumplir sólo lo que explícitamente está prescrito o prohibido por
esos códigos.
2- Puede ser disarmónicos, es decir dar importancia a ciertos principios
morales pero dejar de lado otros.
B. LOS PUNTOS DE REFERENCIA BÁSICOS DE LA PSICOÉTICA
1- Los valores éticos- son aquellas formas de ser o de comportarse, que
por configurar lo que el hombre aspira para su propia planificación y la
del género humano, se vuelven objetos de su deseo más irrenunciables.
Toda teoría ética tiene un valor ético supremo que hace de referencia
ineludible y sirve para juzgar y relativizar a todos los demás valores.
Entre las teorías éticas están las llamadas personalistas porque
consideran que el valor supremo es tomar a la persona humana
siempre como un fin y nunca como medio para otra cosa que no sea su
propio perfeccionamiento como persona.
2- Los principios morales- un principio ético es un imperativo categórico
justificable por la razón humana como válido para todo tiempo y espacio.
Son orientaciones o guías para que la razón humana pueda saber cómo
se puede concretar el valor ético supremo: la dignidad de la persona
humana. Existen tres principios morales fundamentales que son: el de
autonomía, beneficencia y justicia.
3- Las normas morales- son aquellas prescripciones que establecen que
acciones de una cierta clase deben o no hacerse para concretar los
principios éticos básicos en la realidad práctica. Las normas éticas
pueden ser de carácter fundamental o de carácter particular. En la
práctica profesional hay tres normas éticas básicas en toda relación con
los clientes: el de veracidad, de fidelidad y el de confidencialidad.
4- Los juicios particulares- son aquellas valoraciones concretas que hace
un individuo, grupo o sociedad cuando compara lo que sucede en la
realidad con los deberes éticos que está llamado a cumplir.
C. PRINCIPIOS PSICOÉTICOS BÁSICOS
La función de los principios dentro del proceso de razonamiento ético es la de
ayudar al entendimiento a comprender lo que implica la dignificación de la persona
humana; aunque también hacen de “faro” que ilumina aquellas formas de la
práctica humana que favorecen o que impiden la dignificación del hombre. Los
principios éticos básicos son tres y son: el principio de la Beneficiencia, el
principio de Autonomía y el principio de Justicia.
1- El principio de Beneficiencia
Es el deber de hacer el bien y proviene de la ética médica. A nivel psicológico,
es más fácil percibir que, al menos, hay que evitar perjudicar. Pero a nivel
ético, no es más que el imperativo de la moral: el de hacer el bien. Cuando se
trata de la práctica ética, el deber de no perjudicar es lo primero que hay que
buscar, es decir, será el mínimo de deber deseable.
El principio de Beneficiencia tiene tres niveles diferentes de obligatoriedad que
se relacionan con la práctica profesional y son:
1ª debo hacer el bien, al menos, no causando el mal o provocando un daño.
Es el nivel más imprescindible y básico. Todo ser humano tiene el
imperativo ético de no perjudicar a otros intencionalmente.
2ª debo hacer le bien ayudando a solucionar determinadas necesidades
humanas. Este nivel corresponde a las prestaciones de los profesionales,
cuando responden a las demandas de ayuda de sus clientes.
3ª debo hacer le bien a la totalidad de la persona. Este nivel trata de
satisfacer la necesidad que tiene todo individuo de ser beneficiado en la
totalidad de su ser y consiste en hacer todo aquello que aumente en ella su
vida de relación con los demás y su capacidad de vivir consciente y
libremente de acuerdo a sus valores y deseos.
Sin embargo este principio no es tan fácil, debido a que en la práctica resulta muy
polémico aplicarlo; Uno de estos problemas es el paternalismo, que hace
referencia a la actitud ética que considera que es justificado obrar contra o sin el
consentimiento del paciente, para maximizar el bien y evitar el perjuicio de la
propia persona o de terceros. Esta dificultad surge cuando una acción paternalista
está justificada moralmente o no. Existen dos tipos de paternalismo el
paternalismo débil y el paternalismo fuerte. El paternalismo débil se justificaría
para impedir la conducta referente a uno mismo o a terceros, siempre que dicha
conducta sea notoriamente involuntaria o irracional o cuando la intervención de un
profesional sea necesaria para comprobar si la conducta es consciente y
voluntaria. El paternalismo fuerte es aquella actitud ética que justifica la
manipulación forzosa de las decisiones de una persona consciente y libre cuyas
conductas no están perjudicando a otros pero que, a juicio del profesional
implicado, son irracionales o perjudiciales para el propio paciente. Desde el punto
de vista de una ética personalista está justificado el paternalismo débil, pero nunca
el paternalismo fuerte. Los casos de paternalismo débil son fáciles de justificar,
puesto que la decisión de beneficiar a la persona no atenta contra su autonomía,
sino que busca protegerla de la irracionalidad no autónoma.
El principio de beneficencia, es algo que involucra al psicólogo también en
aquellas situaciones en que su puesta en práctica, puede violentar la voluntad de
la persona. En condiciones normales el deber de beneficencia del psicólogo,
consiste en ayudar con humildad y con los medios técnicos a su disposición, a que
la persona recupere o mantenga su autonomía, su conciencia y su capacidad de
vivir armónicamente con los demás.
2- El principio de Autonomía
La noción moderna de autonomía surge con Kant y significa la capacidad de todo
individuo humano de gobernarse por una norma que él mismo acepta como tal, sin
coerción externa. Lo que vale es la norma universalmente válida, cuya
imperatividad no es impuesta desde ningún poder heterónomo, sino a partir de
que la mente humana la `percibe como cierta y la voluntad la acepta por el peso
de su misma evidencia. Esta capacidad de optar por aquellas normas y valores
que el ser humano estima como racional y universalmente válidas, es formulada a
partir de Kant, como Autonomía. Esta aptitud esencial del ser humano es la raíz
del derecho a ser respetado en las decisiones que una persona toma sobre sí
misma sin perjudicar a otros.
Stuart Mill, considera a la Autonomía como ausencia de coerción sobre la
capacidad de acción y pensamiento del individuo. A Mill lo que le interesa es que
el sujeto pueda hacer lo que desea, sin impedimentos. Por tanto la autonomía
tiene que ver con la capacidad del individuo de autodeterminarse; ya sea porque
por propia voluntad cae en la cuenta de la ley universal (Kant), ya sea porque
nada interfiere con su decisión (Mill).
El principio de Autonomía formula una obligación social: la de garantizar a todos
los individuos el derecho a consentir antes de que se tome cualquier tipo de acción
con respecto a ellos; protegiendo de manera especial a los débiles que no pueden
decidir por sí mismos y necesitan un consentimiento sustituto.
3- El principio de justicia
J. Rawls fue el autor que reformulo el principio de justicia. El principio de justicia es
aquel imperativo que nos obliga, en primer lugar, a la igual consideración y
respeto por todos los seres humanos. Esto supone evitar todo tipo de
discriminación. Pero, sobre todo, implica el deber moral positivo de brindar
eficazmente a todos los ciudadanos, la igualdad de oportunidades para acceder al
común sistema de libertades abiertas para todos; se debe garantizar el derecho de
todo ciudadano a la igualdad de oportunidad de buscar la satisfacción de las
necesidades básicas, como son: la vida, la salud, la libertad, la educación y el
trabajo; o escoger sacrificar cualquiera de estas, para alcanzar otras consideradas
prioritarias.
En segundo lugar, implica que solo es éticamente justificable aceptar diferencias
de algún tipo entre los seres humanos, si esas diferencias son las menores
humanamente posibles y las que más favorecen al grupo menos favorecido.
4- La inseparabilidad de los principios
Estos tres principios antes mencionados, indican los deberes primarios de todo ser
humano y los derechos inalienables de las personas y de los pueblos. Estos
principios involucran a cualquier grupo humano dentro de la sociedad con respecto
a otro. Los tres principios simultáneamente deben articularse para que se pueda
entablar una adecuada relación ética entre le profesional, la persona y la sociedad.
D. LAS NORMAS PSICOÉTICAS BÁSICAS
En estrecha relación con los principios antes mencionados las reglas morales
básicas, son como las condiciones imprescindibles para que aquellos puedan
ponerse en práctica. De ahí que sean prescriptivas en toda relación interhumana
y, por lo tanto, también la relación psicólogo-persona. Las tres reglas éticas
fundamentales tienen que ver con la confidencialidad, la veracidad y la fidelidad.
1- La regla de la Confidencialidad
En un sentido amplio, la norma ética de confidencialidad implica la protección de
toda información considerada secreta, comunicada entre personas. En sentido
estricto, sería el derecho que tiene cada persona, de controlar la información
referente a sí misma, cuando la comunica bajo la promesa de que será mantenida
en secreto.
Del estudio de la evolución histórica de la regla de la confidencialidad puede
observarse que:
1º hay una trayectoria continua en la práctica de las profesiones en defensa de
que toda persona tiene derecho a que se guarde como secreto, cualquier
información que ella haya confiado al profesional, en el transcurso de la relación; y
2º los códigos de ética más modernos son explícitos en afirmar que este deber no
es absoluto.
Existen dos situaciones principales en que entran en oposición los derechos de las
personas y los deberes de los psicólogos o psiquiatras a propósito del secreto. En
la primera, el psicólogo puede verse obligado a divulgar una confidencia, en contra
de la voluntad de la persona. En la segunda, sería la misma persona la que solicita
al psicólogo o psiquiatra que divulgue una información que está en la historia
clínica.
1ª En contra de la voluntad del interesado. Las circunstancias que se deben
evaluar para ver si se justifica la ruptura del secreto son: 1. Cuando el psicólogo
conoce la posibilidad de enfermedades genéticas graves que la persona se niega
terminantemente a decir a su pareja, pese a saber que podría provocar serios
perjuicios a la descendencia. 2. Cuando las empresas de trabajo requieren que el
psicólogo revele ciertas características psicológicas de los empleados, con el fin
de ubicarlos en el lugar apropiado de trabajo; o para decidir si los ascienden o no
a puestos de mayor responsabilidad. 3. Cuando los agentes del gobierno, la
policía, los abogados, o la compañía de seguros, quieren obtener ciertos datos
que consideran esenciales para sus cometidos legales o de seguridad pública. 4.
Cuando hay peligro para la vida de la misma persona. 5. Cuando hay seria
amenaza para la dignidad de los terceros indefensos o inocentes y 7. Cuando hay
amenazas de gravísimos daños o perjuicios materiales contra la sociedad entera o
contra individuos particulares.
2ª De acuerdo a la voluntad del paciente. Es cuando el paciente solicita al
psicólogo que algunos de los datos, que éste disponible en la historia clínica sea
revelado. Esto podría exigirse por: 1. Motivos económicos. 2. Motivos legales. La
decisión del paciente de revelar un secreto que el mismo ha confiado, debe
respetarse.
La regla de confidencialidad puede tener una doble justificación, según se
apliquen las teorías deontológicas o utilitaristas.
En el sentido utilitario esta regla provee los medios para facilitar el control y
proteger las comunicaciones de cualquier información sensible de las personas.
Su valor es instrumental, en la medida que contribuye a lograr las metas
deseadas. Este razonamiento utilitarista considera que esta norma podría ser
usada para buenos o malos propósitos. Si es usada con buen fin, merece ser
mantenida, si es al contrario, habría que quebrantarla.
El sentido deontológico sostiene que aunque la confidencialidad favorece la
intimidad personal, el respeto, el amor, la amistad y la confianza, su valor no
proviene que esta norma permita alcanzar dichas buenas consecuencias. Al
contrario, este derecho es considerado como una condición derivada directamente
del derecho de las personas a tomar las decisiones que les competen. Lo que se
funde sobre el mismo estatuto de ser personas conscientes y autónomas; esta
postura sostiene que la relación terapéutica implica un acuerdo implícito de
secreto que, si se rompe, es inmoral. En este sentido, la confidencialidad se
derivaría del principio de respeto a la autonomía personal afirmado en el acuerdo
implícito que se establece al iniciar la relación psicológica.
2- La regla de veracidad y el consentimiento válido
Los autores contemporáneos Beauchamp y Childress hicieron dos definiciones
diferentes del concepto de mentira que, a su vez, implican dos nociones
correspondientes de la regla de veracidad.
Según el primer concepto, mentira sería una disconformidad entre lo que se dice y
lo que se piensa, pero con una intención consciente de engañar a otro. Por
consecuencia, la regla de veracidad consistiría en el deber de decir activamente lo
verdadero. A diferencia de la mentira, el concepto de falsedad se referiría a toda
afirmación que es portadora de datos falsos pero que se hace sin la intención de
engañar ni perjudicar a nadie. Según este primer concepto, la regla de veracidad
se rompería por un acto de comisión, es decir, de afirmación de un dato mentiroso.
El segundo concepto de mentira, se refiere al acto de ocultar la verdad que otra
persona tiene legítimo derecho a saber. En este acaso la regla de veracidad se
transgredería por la omisión de la información merecida.
Coincidiendo con este planteamiento, Ross argumenta que el deber de veracidad
se deriva del de fidelidad a los acuerdos o del de no romper las promesas hechas.
Siguiendo con este pensamiento, Veatch cree que siempre hay mentira cuando se
expresa conscientemente una falsedad. Considera que la regla de veracidad está
estrechamente relacionada con el hecho de que dos seres iguales se encuentran
en una relación contractual. Para este autor justificar que una persona mienta a la
otra, es indicio de que se aprueba moralmente que las personas seas tratadas
como objetos pasibles de ser manipuladas si se espera obtener de ellas “buenas”
consecuencias.
Estos argumentos planteados por Ross Y Veatch, la norma de veracidad está
fundamentada en el principio de Respeto por la Autonomía de las personas.
En general todos los argumentos anteriores están fundamentados en un punto de
vista deontológico. Sin embargo, también se encuentra el punto de vista utilitarista
que defiende la regla de veracidad, ya que estos postulan que, de aceptarse la
mentira se resquebrajaría la relación de confianza que debe existir entre el
profesional y la persona, dificultándose así, la misma relación contractual.
En conclusión la regla de veracidad es inmoral en los casos en que se quiera
engañar a la persona para hacerle daño o explotarla; pero en aquellas situaciones
en que el engaño es imprescindible para logara beneficiar o no perjudicar a la
persona, la calificación de inmoral a dicha conducta se hace más difícil. El deber
de decir la verdad debe cumplirse siempre que no entre en conflicto con el deber
profesional de respetar un principio de superior entidad. Por tanto el psicólogo está
vinculado con el deber de decir lo que la persona tiene derecho a saber, es decir,
no puede actuar de tal manera que la persona adquiera de él expectativas que no
corresponden con la realidad o con la verdad.
La meta de la veracidad: el consentimiento válido
El respeto de la autonomía de las personas se posibilita por el cumplimiento de la
regla de veracidad y se instrumenta por el consentimiento. Cuando la veracidad es
base de la relación profesional-persona y el derecho a la autonomía se reconoce
como ineludible, entonces es posible que se dé un autentico acuerdo entre iguales
que debe ponerse en práctica por el consentimiento válido. El consentimiento
válido es el acto por el cual una persona decide que acontezca algo que le
compete a sí misma pero causado por otros. Existen tres tipos de
argumentaciones que es obligación requerir al paciente para el consentimiento y
son:
La justificación jurídica que ve el consentimiento como un instrumento para
preservar a los ciudadanos, de todo posible abuso. Este tipo de justificación es
más bien extrínseca a la persona porque se basa en la responsabilidad de los
gobernantes, de dar protección al débil y cuidar del bien común.
La justificación ética-deontológica es la que cree que el consentimiento es
condición para el ejercicio de la autonomía personal; y por lo tanto que, es deber
de todo profesional el facilitar que la persona dé su consentimiento explicito cada
uno de los servicios que se le ofrecen. Y la justificación utilitarista que ve en el
consentimiento una ventaja para la convivencia social, ya que aumenta la
confianza mutua, incentiva la autoconciencia de las personas y la responsabilidad
por el bien común.
Las condiciones básicas que debe tener todo consentimiento para ser considerado
válido es:
1ª Que lo haga una persona generalmente competente para decidir- Los autores
se refieren al concepto de competencia o incompetencia para dar un
consentimiento. La competencia se refiere a la capacidad funcional de una
persona de tomar decisiones adecuada y apropiadamente en su medio
sociocultural, para alcanzar las necesidades personales que, a su vez, estén de
acuerdo con las expectativas y requerimientos sociales. En este sentido una
persona es competente cuando es capaz de ejercitar tres potencialidades
psíquicas del ser humano: la racionalidad, la intencionalidad y la voluntariedad. De
esa forma, la competencia progresivamente mayor de un individuo para el
consentimiento válido puede evaluarse de acuerdo con las siguientes capacidades
o niveles cognitivos:
1. Capacidad de integración mínima del psiquismo y se le plantea dificultades
al paciente para que este las resuelva.
2. Capacidad para razonar correctamente a partir de las premisas dadas. Se
trata de ver si tiene la capacidad de manipular de forma coherente los datos
informativos que se le proporcionan.
3. Capacidad de elegir resultados, valores u objetivos razonables.
4. Capacidad de aplicar su aptitud racional a una situación real y de
comunicar su decisión ya sea de manera verbal o no verbal.
2ª Ser informado- Para que un determinado consentimiento sea válido, la persona
tiene que haber recibido la suficiente y adecuada información.
A. Una información suficiente- es aquel conjunto de datos merecidos por el
paciente que se refieren a:
1. La capacitación y formación del psicoterapeuta, sus estudios previos,
etc.
2. El tipo de psicoterapia que puede recibir de él: sus metas y objetivos.
3. Los asuntos relacionados con la confidencialidad y sus excepciones.
4. La forma en que serán registrados sus datos y si podrá o no tener
acceso a ellos.
Si bien no todas las personas y los momentos admitirían un consentimiento válido
escrito, es muy recomendable que se haga. Las ventajas de hacer un
consentimiento válido escrito, además de que es ético, es un excelente
instrumento para que, al cabo de un período prudente de tiempo, tanto el
terapeuta como el paciente puedan tener un material como para evaluar el camino
recorrido, los avances o estancamiento, los éxitos y retrocesos.
B. No basta con una suficiente información. Es necesario saber además si es
“”adecuada, es decir apta para ser comprendida en “esta” ocasión
3ª Ser voluntario- Para que el consentimiento sea válido es la voluntariedad o no
coerción: esto quiere decir, que una persona puede ser competente en general,
puede comprender la suficiente y adecuada información que se le proporciona,
pero no se encuentra libre para tomar la decisión especifica que se le pide.
El tema del consentimiento válido es la forma práctica de instrumentar la regla de
veracidad y el principio de autonomía.
3- La regla de Fidelidad a las promesas hechas
La tradición de la fidelidad de las promesas ha ido cobrando diferentes
expresiones a lo largo de la historia y se ha ido integrando también a los códigos
de ética profesional, especialmente en estos últimos dos siglos. En general dichos
textos, dan por supuesto que cuando se entabla una relación profesional, tanto el
psicólogo como el cliente aceptan iniciar un acuerdo en base a dos condiciones
mínimas: el profesional promete brindar determinados servicios y el cliente
recibirlos, con tal de que el cliente cumpla con determinadas instrucciones y el
profesional con determinadas conductas técnicas y éticas. La fidelidad se
entiende como virtud y como norma. La fidelidad es la obligación que genera en
una persona, el haber hecho una promesa o haber aceptado un acuerdo.
Las posturas éticas como el utilitarismo y el deontologismo, coinciden en afirmar
que la norma de fidelidad a las promesas es básica en la relación profesional-
persona, aunque argumenten sobre bases muy diferentes entre sí.
Desde el punto de vista utilitarista, la defienden, porque estiman que la fidelidad a
las promesas es lo que garantiza el mayor bien para el mayor número. Desde el
punto de vista deontológico, mientras algunos ven en la fidelidad a las promesas el
principio ético básico y fundamental a partir del cual todos los demás principios
morales se derivan, otros piensan que la obligación de fidelidad es una forma de
expresar el imperativo de respetar el principio de autonomía. Aunque ambos
consideran que es esencial el deber ético de cumplir las promesas como parte de
la estructura fundamental de la ética.
Hay dos tipos de promesas que generan obligatoriedades distintas: la solemne y la
ordinaria.
La promesa solemne cumple con estas condiciones: 1. En el momento de
proclamarla el que la hace declara contraer el deber de reparación en caso de no
cumplirla; esto es, la aceptación por adelantado de una pena proporcionada para
resarcir el daño provocado. 2. Que haya “solemnidad”, es decir, que se haga en
presencia de testigos o con la firma de un documento escrito. 3. Que se haga un
juramento ratificador de la promesa. Y la promesa ordinaria, no tiene solemnidad
ante testigos, ni juramento ratificador. Y tampoco explicita cuál es la pena
especifica de reparación en caso de no incumplimiento.
La integración de todo psicólogo o psiquiatra a un colegio de profesionales que
tenga un código de ética, de hecho, implica un compromiso público de que se lo
va a cumplir, así como una afirmación de que los pacientes pueden tener esa
confianza sin verse decepcionados.
Existen tres modelos diferentes de enfocar el acuerdo persona-profesional:
1º el profesional como “mago” paternal, agente de “servicios” específicos, que está
“por encima” del cliente y decide los medios, condiciones y limites del servicio que
presta; que admite que la persona intervenga en la decisión, solamente en lo que
se refiere a aceptar o no, el resultado final que él quiere lograr con la intervención
profesional.
2º el profesional como agente del cliente. El cliente es el que “contrata” y el que
decide todo en la relación. El profesional es un “empleado” del cliente, y éste es el
que manda lo que aquél debe hacer, modulando su influencia de acuerdo al dinero
que paga al profesional.
3º el profesional como asesor calificado y comprometido con la persona. El
acuerdo ético entre el psicólogo y la persona es la relación entre dos sujetos
libres, autónomos y éticamente rectos, que se benefician mutuamente de la
relación para buscar que uno y otro pueda ejercer sus legítimos derechos o
deberes para consigo mismo y para con la sociedad. La relación se basa en la
libertad y en el necesario flujo de información para que cada uno tome las
decisiones que le corresponden en derecho.
Es evidente que la norma de fidelidad siempre tiene que considerarse subordinada
al principio de no perjudicar; y como una “canalización” del principio de autonomía.
E. VIRTUDES E IDEALES DEL PSICÓLOGO
Las virtudes éticas trata de criterios de moralidad, es decir, los valores, principios y
normas éticos, también posee un método para la toma de decisiones, así como el
profesional que encarna en su propia vida, como una forma permanente y
constitutiva de su ser. Las virtudes éticas, junto con los actos heroicos se incluyen
dentro de los ideales éticos. Una de las aspiraciones más aludidas a lo largo de la
historia de la moral es, que el individuo pase del mero “hacer” actos correctos a
“ser” éticamente recto. Lo que quiere decir que la persona interiorice de tal manera
los valores, principios y normas morales que, su sentir, razonar y actuar se
vuelvan coherentes y compatibles entre sí.
La virtud es la interiorización de los valores morales, es decir cuando el sujeto
tiene la predisposición permanente de ponerlos en práctica sin que haya ningún
control externo. Se ha tendido a elaborar por separado, una moral de obligaciones
y una moral de virtudes. La moral de los actos y obligaciones mira
fundamentalmente a lo que se hace: la moral de virtudes en cambio, se fija en lo
que se es, es decir, en la virtuosidad intrínseca del sujeto moral.
Todo saber ético ha de buscar lograr una conversión de cada ser humano hacia
los valores. No solo se trata de respetar al otro “porque está en su derecho y
puede reclamármelo” sino de llegar a “volver-se” uno mismo predispuesto a
respetar siempre al otro por el mero hecho de que es persona. La ética debe
entenderse como la adquisición de hábitos de comportamiento y de cualidades
permanentes de la persona.
F. EL RECONOCIMIENTO SOCIAL DEL “ETHOS” PROFESIONAL
Al “Ethos” del psicólogo se le conoce como el conjunto de características
cognoscitivas, afectivas y sociales, así como a sus consiguientes maneras de
proceder desde un punto de vista técnico y ético. Algunos medios que podrían ser
de utilidad para considerar que alguien puede reconocido como tal en la sociedad
de tal manera que cualquiera de los ciudadanos pueda confiar en ellos sin temer
son:
1. La habilitación para el ejercicio- En la carrera de psicología es correcto que
se tenga la distinción entre lo que es “Título Académico” de psicólogo y la
“habilitación para ejercer”, que solo el Ministerio de Salud o Sanidad
Pública debería expedir. Evidentemente, este podría delegar esta función a
las Organizaciones Colegiales pero no pueden dejar de ejercer tal función
pública. De ahí que no le corresponda a ninguna Escuela o Facultad de
Psicología en particular ser juez de quien pueda ejercer la profesión del
psicólogo una vez que tiene el título académico. Para que esto pueda
llevarse a cabo se necesita, un amplio debate entre todas las fuerzas
implicadas a fin de establecer criterios públicos y conocidos para que esta
tarea sea justa y no arbitraria. Y posteriormente, una “Ley de la práctica del
Psicólogo”
2. Responsabilidad de las escuelas de Psicología- Las escuelas de Psicología
solo tienen que dar el título académico de Licenciado o Doctor de
Psicología ya que tienen una gran responsabilidad en relación con la
capacitación idónea de los psicólogos. Otro punto que tienen que tomar en
cuenta es la madurez afectiva ya que es un parámetro muy difícil de medir y
de reglamentar. Solo un trato prolongado y la perspectiva pluralista de un
equipo de docentes puede juzgar si un individuo reúne las condiciones
mínimas como para poder luego ayudar a otros en los conflictos
emocionales o en las relaciones humanas. Por lo que se considera que una
escuela de Psicología tiene el deber de juzgar, si acepta el ingreso, que
permita la continuación en la formación o niegue el título académico en
aquellos casos límites de desequilibrio emocional evidente que, sin
embargo, no tiene dificultad intelectual para aprobar todos los requisitos
académicos.
3. Terapia individual como parte de la formación- Ningún estudiante de
psicología o psiquiatría debe recibir un título que lo habilite como
psicoterapeuta sin tener un certificado de haber tenido un tiempo mínimo de
terapia personal con un terapeuta experimentado.
4. ¿Habilitación sectorializada?- Una vez que termine la licenciatura el
Psicólogo es necesario que se profundice o se especialice en un
determinado tipo de técnica terapéutica. Por lo general se recomienda para
reafirmar que el profesional está capacitado para usar con eficacia
cualquiera de tales técnicas psicoterapéuticas que busquen medios para
que la habilitación que dé el Ministerio de Sanidad respectivo sea sectorial y
no general. Esto quiere decir que el reconocimiento para ejercer será en
determinado campo de las especialidades psicológicas. Todo esto es con el
fin de clarificarle al paciente el tipo de enfoque que lleva el profesional.
5. Las escuelas especializadas de terapia- Para que la sociedad pueda tener,
de parte de los psicólogos, la información, de cuál es su calificación, es
decir la habilitación sectorializada es necesario que el Estado reconozca
oficialmente a los grupos de psicólogos que enseñan y practican con
seriedad y cientificidad una determinada teoría o tipo de terapia.
Estas escuelas de terapia deben poseer un cuerpo de conocimientos y
métodos sólidamente fundamentados desde el punto de vista teórico y
empírico y ser positivamente beneficiosos para las personas. Por lo tanto
sería en estas escuelas oficialmente aceptadas para dar capacitación
especializada a quienes hayan recibido el título académico general de
psicólogo, donde los futuros profesionales podrían perfeccionar y
especializar su formación. Por otra parte, para que el candidato pueda
recibir el reconocimiento del Estado para aplicar este tipo de técnicas
deberá cumplir un determinado número mínimo de horas adecuadamente
supervisadas y correctamente reglamentadas por la ley.