En el verano de 1604 Cervantes empezaba a negociar la impresión del manuscrito que sería el
mayor éxito editorial de su siglo y de los venideros. El primer indicio de que se avecinaba una
revolución literaria estaba en el título elegido por su autor: El ingenioso hidalgo Don Quijote de
la Mancha. Aquel libro aparecido en 1605 tenía una onomástica inusitada en los libros de
caballerías, con los que claramente se emparentaba, y que se harían responsables de la locura
del personaje desde el principio. Esa fonética demasiado fuerte era resultado de adaptar el
vulgar nombre de Alonso Quijano al de don Quijote, y de cambiar los exóticos orígenes de
aquellos héroes caballerescos, por la Mancha, lugar entonces semidespoblado que separaba
Castilla de Andalucía, y que Cervantes conocía muy bien.
Todo en sus primeros capítulos hace pensar que el Quijote se planeó como una novelita
ejemplar más de las que por entonces escribía Cervantes: la historia de un hidalgo ya maduro,
sin más afición que la lectura de los libros de caballería, que llega a perder el juicio por ellos y a
lanzarse a ejercer por su cuenta la justicia. Hasta el capítulo sexto se da una breve unidad
narrativa que contiene esa primera salida de don Quijote, que decide ayudar curiosamente a
un criado maltratado por su amo, hasta que le dar un escarmiento y vuelve apaleado a casa.
El interés de Cervantes por el tema de la locura debió pasar el mero interés teórico y la
curiosidad por los casos que se daban en la realidad. Lo primero que le caracteriza es el
asombro que despierta por la contradicción: el aspecto ridículo de Don Quijote, por el que es
juzgado cuando se le tropieza, no se corresponde con el ser reflexivo y grande que alberga su
vieja armadura. Buen ejemplo de ello son, particularmente, todos sus alegatos en diversos
ámbitos de la vida cotidiana, un tema casi tan recurrente en el Quijote como lo es en el
Guzmán.
Sin embargo, por más honda que fuese la dimensión de la novela centrada en tan rico
personaje, nunca hubiera dado para tanto si Don Quijote hubiera seguido en soledad. Por ello,
a partir del capítulo 7 se inician las aventuras de su segunda salida con dos grandes hallazgos
que serán determinantes en la construcción de la novela: la incorporación de Sancho como
escudero del hidalgo, y el recurso del cronista árabe, que lleva al narrador a decir que se
encontró la historia de Don Quijote escrita en unos cartapacios mientras paseaba mercaderes
de Toledo. Lo verdaderamente original en este caso era presentar la obra como transcripción
de una historia ya escrita por un historiador arábigo llamado Cide Hamete Benegli, para jugar,
a partir de ahí, con los marcos y los sujetos de narración.
Más importante es aún el hecho de que la personalidad de Sancho, una persona pacífica,
introduzca la dualidad y el contraste como ejes introductores del Quijote. Eso es lo que pudo
desbordar su inicial propósito, haciendo que una de las cosas más fascinantes de leer el
Quijote sea percibir cómo Cervantes va disfrutando del descubrimiento. Considerando que
entre [Link] y Sancho hay un vínculo amo-criado que no puede estar más alejado del que
se daba en las novelas, pues se basa también en la amistad.
El verismo del diálogo es uno de los mayores logros estilísticos del Quijote, parece
fundamental debido a que Cervantes pone por primera vez cara a cara la retórica de los
caballeros andantes librescos con el habla popular y el refranero. La espontánea conversación
entre amo y escudero a lo largo del viaje, es mucho más, que un elemento de estilo dentro de
la creación cervantina. Supone una dialéctica interesantísima que Cervantes irá
perfeccionando a lo largo de la novela, entendiéndola a otros personajes con los que se cruzan
los protagonistas, y cuyas historias llegarán a cobrar incluso más importancias de ellos mismos.
La riquísima oralidad que albergan las páginas del Quijote, inspirada en la plática de la
cotidianidad, se esparce entonces por los múltiples registros de labradores, cabreros, hidalgos,
frailes, bandoleros… lo que hace que pueda verse más como un “libro hablado” que escrito.
Pero el diálogo será, sobre todo, el principal sostén de la técnica perspectivista que organiza
todo el texto, y que consiste, esencialmente, en ofrecer continuos cambios de punto de vista
ante un determinado tema o situación. Y Cervantes, siempre convencido de que el modo de
contar es el modo que cada cual tiene de ver, acentúa esa mezcla de perspectivas sobre todo
en los momentos en que D. Quijote y Sancho pasan a ser "oidores" de casos ajenos.
Se cruzan en El Quijote planos cortos y medios, desde múltiples ángulos, como una especie de
“cubismo” literario que persiguiera dar la mejor imagen de una realidad que se considera,
fundamentalmente, poliédrica. La voz en tercera persona, es la que elige siempre Cervantes
para sí, lo que más se resalta de ella es la humildad con la que se nos ofrece: no es Cervantes
narrador omnisciente, no sabe de antemano ni impone nada, sino que quiere ver con y al
mismo tiempo que nosotros, poniéndonos a su altura en cada gran descubrimiento. Además,
transmite una gran sensación de respeto por la sensibilidad de los lectores.
Sabía también Cervantes que el humor era cuestión de perspectiva, y entre los modos de
perseguirlo, que son muchos en el Quijote, es importante el que se logra por el contraste
lingüístico. Aunque en la mayoría de los casos, es la comicidad de las propias aventuras las que
arrancan la risa en un libro además de claves folclóricas, que buscaba sobre todo el
entretenimiento. Se sabe que el Quijote, al igual que el Lazarillo, fue leído mayoritariamente
como obra cómica durante los siglos XVII y XVIII, y que sólo a partir del XIX, el Romanticismo
confirió al personaje en un perfil noble y trágico que hizo proliferar interpretaciones más
trascendentales.
Hay algo sumamente innovador en la narración del Quijote, y es que se situaba en una vía
intermedia entre dos tipos de relato que hasta entonces habían sido opuestos: lo que desde la
Edad Media se denominada “roman”, y lo que hoy entendemos por “novela”. No se trataba
sólo de presentar a un caballero atípico medio en aventuras atípicas, que surgían, como forma
espontánea. Se trataba de dar a todo ello lo que nunca tuvo: verosimilitud. En esto parece
consistir todo el potencial de la primera parte del Quijote, aunque por eso la gran
preocupación cervantina, cobraría mucho mayor alcance en su segunda parte. El tiempo
cronológico, que está muy marcado en el Quijote y hace evolucionar al personaje. El gran logro
cervantino está en su modo de hacer literatura con la propia literatura, lo que suele verse
como rasgo inequívoco del “barroquismo” de su creación.
Son muchas las diferencias que separan el Quijote de 1605 de la continuación que apareció en
1615. El personaje de D. Quijote ha crecido en altura moral, como demostrará su propia
muerte. Tal vez porque Cervantes había envejecido, o porque la propia sociedad requería otra
cosa, ese segundo Quijote tendría mayor doctrina que el primero, hasta el punto de que se ha
visto en él la culminación del pensamiento barroco español. Muestra cómo debe ser un
caballero y un buen gobernador, y contiene sobre todo más crítica social, que sin embargo
nunca llega a la sátira. Se dan discursos con los que el Quijote se convierte al fin en el único
libro de caballerías verosímil y reflexivo a un tiempo, que seguramente habría contado con el
beneplácito de los eramistas del siglo anterior. Podemos decir que Sancho se “quijotiza” por
amor de su amo hasta el punto de proponerle él mismo las fantasías e intentar envolverlo en
la ficción, y después nos encontramos la burla de los Duques hacia ambos durante su estancia
en palacio, que abarca más de veinte capítulos. Cervantes consigue con ello, que el lector
divida su compasión, se ponga alternativamente de parte del sufrido escudero o del
incomprendido héroe.
La aparición de un Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote con pie de imprenta falso,
firmado por un tal Alonso Fernández de Avellaneda, condicionó, en efecto, los últimos
capítulos que por entonces ultimaba Cervantes. Lo cierto es que arremetió muy ácidamente ya
en su prólogo contra Cervantes –al tiempo que defendía a su amigo Lope de Vega-, y plagiaba
después buena parte de las situaciones del primer Quijote. Avellaneda provocó, entre otras
cosas, que Cervantes cambiase el itinerario de la tercera salida, desplazando a [Link] y
Sancho desde Zaragoza a Barcelona, haciendo que en aquella ciudad culminase la amistad de
ambos al saberse objeto de un fraude. Juntos se asombrarán al ver por primera vez al mar, y
será a partir de entonces cuando advirtamos que han dejado de ser ya amo y escudero para
necesitarse como dos solitarios compañeros. Al descubrir juntos cómo una imprenta
barcelonesa se está imprimiendo una segunda parte apócrifa de su historia, Sancho se atreve a
contarle con franqueza lo que la gente opina de ella, y el propio [Link] se referirá varias
veces a hechos de la anterior novela, al tiempo que desacredita la falsa, enfadándose por
algunos de sus errores, y logra que sólo ellos sean reconocidos como “auténticos”.