POESIAS, CUENTOS, POEMAS, FABULAS, LEYENDAS QUINTO Y SEXTO GRADO
SONATINA
Autor: Rubén Darío
La princesa esta triste… ¿Qué tendrá la princesa? Los
suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la
risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo
el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso olvidada, se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. Parlanchina, la
dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente; la princesa
persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una
vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China, o en el ha
tenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de la luz,
o en el rey de las islas de las Rosas fragantes
o en el que es soberano de los claros diamantes
o en el dueño orgullo de los perlas de Ormuz?
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa quiere ser
golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo
el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los
lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón
encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes
en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte, los jazmines
de Oriente, los nelumbos del Norte, de Occidente las dalias
y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula
de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian
cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! (La princesa
está triste. La princesa está pálida).
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde in príncipe existe (La princesa
está pálida. La princesa está triste) Más brillante que el alba,
más hermoso que Abril!
“Calla, calla, princesa – dice el hada madrina-, en caballo
con alas, hacia acá se encamina, en el cinto la espada y
en la mano el azor,
1
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte, a encenderte
los labios con su beso de amor”.
SI TIENES UNA MADRE TODAVÍA
Autor: E. Neumann (alemán)
si tiene una madre todavía,
da gracias al Señor que te ama tanto, que no todo
mortal contar podría dicha tan grande ni placer tan
santo.
Si tienes una madre …, sé tan bueno, que ha de
cuidar tu amor su paz sabrosa, pues la que un día te
llevó en su seno siguió sufriendo y se cayó dichosa.
Veló de noche y trabajó de día leves las horas
en su afán pasaban un cantar de sus labios te
dormía, y al despertar sus labios te besan.
Enfermo y triste te salvó su anhelo, que solo el
llanto por su bien querido milagro supo arrebatar al
cielo, cuando ya el mundo te creyó perdido.
Ella puso en tu boca la dulzura de la oración
primera balbucida,
y plegando tus manos con ternura te enseñaba
la ciencia de la vida.
Si acaso sigues por la senda aquella que va
segura a tu feliz destino, herencia santa de la
madre es ella, tu madre sola te enseñó el camino.
Más, si al cielo se fue… y en tus amores ya no la
harás feliz sobre la tierra, deposita el recuerdo de
tus flores sobre la fría losa que la encierra.
¡Es tan santa la tumba de tu madre, que no hay al
corazón lugar más santo; cuando espina cruel tu
alma taladre, vea derramar allí tu triste llanto!
ROMANCE DE LA CONDESITA
Autor: Anónimo
Grandes guerras se publican en la tierra y
en el mar,
y al conde Flores le nombran por capitán
general.
Lloraba la condesita, no se puede
consolar; acaban de ser casados:
-¡cuantos días, cuantos meses, piensa estas
por allá?
-Deja los meses, condesa, por años
2
debes contar;
si a los tres años no vuelvo, viuda te puedes
llamar.
Pasan los tres años y los cuatro, nuevas del
conde no hay;
ojos de la condesita no cesaban de
llorar.
Un día, estando a la mesa, su padre
empieza a hablar:
-Cartas del conde no llegan, nueva vida
tomarás;
condes y duques te piden, te debes, hija,
casar.
-Carta en mi corazón tengo que don
flores vivo está. No lo quiera Dos del
cielo que yo me vuelva a casar. Dame
licencia, mi padre, para el conde ir a
buscar.
-La licencia tienes, hija, mi bendición
además. se retiro a su aposento llora
que llorarás;
se quitó medias de seda, de lanas las
fue a calzar; dejó zapatos de raso,
los puso de cordobán; un brial de
seda verde, que valía una ciudad, y
encima del brial puso un hábito de
sayal; esportilla de romera
sobre el hombro se echó atrás; cogió el
bordón en la mano
y se fue a peregrinar. Anduvo siete
reinados, morería y cristindad; anduvo
por mar y tierra,
no pudo al conde encontrar; cansada va la
romera,
que ya no puede andar más, Subió a un
puerto, miró al valle, un castillo vio asomar:
“Si aquel castillo es de moros, allí me
cautivarán;
mas si es de buenos cristianos, ellos me han
de remediar.”
Y bajando unos pinares, gran vacada fue a
encontrar:
-Vaquerito, vaquerito, te quería
preguntar
¿de quien llevas tantas bacas, todas de un
hierro y señal?
-Del conde Flores, romera, del conde
Flores tu amo,
¿cómo vive por acá?
-De la guerra llego rico; mañana se va
casar;
ya están muertas las gallina
y están amasando el pan:
muchas gentes convidadas,
3
de lejos llegando van.
Vaquerito, vaquerito, por la Santa
Trinidad, por el camino más corto
me has de encaminar allá. Jornada de
todo un día,
en medio la hubo de nadar, llegada frente al
castillo,
con don Flores fue a encontrar y arriba vio
estar la novia
en un alto ventanal.
-Dame limosna, buen conde, por Dios y su
caridad.
-¡Oh, que ojos de romera, en mi vida los
vi tal!
-Si los habrás visto, conde, si en Sevilla
estado has.
-La romera ¿es de Sevilla?
¿Qué se cuenta por allá?
-Del conde Flores, señor, poco bien y
mucho mal. Echó la mano al bolsillo, un
real de plata la da.
-Para tan grande señor, poca limosna
es un real.
-Pues pida la romerica, que lo que pida
tendrá.
-Yo pido ese anillo de oro que en tu
dedo chico está.
Abrióse de arriba abajo el hábito de
sayal:
-¿No me conoces buen conde?
Mira si conocerás el brial de seda
verde
que me diste al desposar. Al mirarla en
aquel traje,
cayóse el conde hacia atrás.
Ni con agua ni con vino no lo pueden
recordar,
si no es con palabras dulces que la romera
le da
La novia bajó llorando al ver al
conde mortal;
y abrazando a la romera se lo ha venido
a encontrar.
-Malas mañas sacas, conde, no las podrás
olvidar;
que en viendo una buena moza, luego la vas a
abrazar.
Malhaya, la romerica, quien te trajo
para acá.
-No la maldiga ninguno, que es mi mujer natural. Con ella vuelvo a
mi tierra; adiós, señores, quedad; quédese con Dios la novia
vestida y sin casar, que los amores primeros son muy malos de
olvidar.
FABULAS
4
El mono y la naranja
Adaptación de la fábula de Godofredo Daireaux.
Érase una vez un mono que más que mono parecía una mula de lo terco que era. ¡Ah! ¿que no te lo
crees?… Pues te invito a que descubras hasta qué punto llegaba su cabezonería y verás que no me
falta razón.
Resulta que una mañana, el susodicho mono se empeñó en pelar una naranja al tiempo que se rascaba
la cabeza porque le picaba muchísimo. Como tenía las dos manos ocupadas en calmar el insoportable
cosquilleo, cogió la naranja con la boca y la dejó caer al suelo. Acto seguido se agachó y tiró de la
cáscara con sus potentes dientes. Al primer contacto le supo terriblemente amarga y tuvo que escupir
saliva para deshacerse del mal sabor de boca.
– ¡Puaj, qué asco! Esta cáscara es agria y desagradable… Soy incapaz de morderla porque produce
escozor en la lengua y… ¡y me entran ganas de vomitar!
Después de cavilar unos segundos tuvo otra idea que le pareció sensacional; consistía poner un pie
sobre la fruta para sujetarla, e ir despegando pequeños trozos de la corteza con una de las manos.
– ¡Je, je, je! ¡Creo que por fin he dado en el clavo!
Sin dejar de rascarse con la izquierda, liberó la derecha y se puso a ello con muchas ganas. El plan no
estaba mal, pero a los pocos segundos tuvo que abandonarlo porque la postura era terriblemente
incómoda y solo apta para contorsionistas profesionales.
– ¡Ay, así tampoco puedo hacerlo, es imposible! Tendré que probar otra opción si no quiero pasar el
resto de mi vida con dolor de riñones.
5
¡No le quedaba otra que cambiar de estrategia! Se sentó en el suelo, cogió la naranja con la mano
derecha, la colocó entre sus rodillas, y continuó retirando la monda mientras seguía rasca que te rasca
con la izquierda. Desgraciadamente esta decisión también fracasó: ¡la naranja se le escurrió entre las
patas y empezó a rodar por la hierba como una pelota! El desastre fue total porque la parte visible de la
pulpa se llenó de tierra y restos de hojas secas.
– ¡Grrr!… Hoy es mi día de mala suerte, pero no pienso darme por vencido. ¡Voy a comerme esta
naranja sí o sí!
¡Ni por esas dejó el mono de rascarse! Emperrado en hacer las dos cosas al mismo tiempo agarró la
naranja con una mano y la introdujo en el río para quitarle la suciedad. Una vez lavada puso sus
enormes labios de simio sobre el trozo comestible e intentó succionar el jugo de su interior. De nuevo,
las cosas se torcieron: la naranja estaba tan dura que por mucho que apretó con los cinco dedos no
pudo exprimirla bien.
– ¡¿Pero qué es esto?!… Solo caen unas gotitas… ¡Estoy hasta las narices!
A esas alturas estaba tan harto que lanzó la naranja muy lejos y se dejó caer de espaldas sobre la
hierba, completamente deprimido. Mirando al cielo y sin dejar de rascarse, pensó:
– ‘No puede ser que yo, uno de los animales más desarrollados e inteligentes del planeta, no consiga
pelar una simple naranja’.
Cuando ya lo daba todo por perdido, un rayo de luz pasó por su mente.
– ¡Claro, ya lo tengo! ¿Y si dejara de rascarme durante un rato para poder pelar la naranja con las dos
manos?… Tendría que aguantar el picor durante un par de minutos, pero haciendo un pequeño
esfuerzo supongo que podría soportarlo. ¡¿Cómo no se me ha ocurrido antes una solución tan lógica y
elemental?!
Razonar con sensatez le dio buen resultado. Fue corriendo a por la naranja, la cogió con la mano
derecha, volvió a remojarla en el río para dejarla reluciente, y con la izquierda retiró los trozos de piel
con absoluta facilidad.
– ¡Yupi! ¡Lo he conseguido! ¡Lo he conseguido!
En un periquete tenía todos los gajos a la vista; desprendió el primero y lo saboreó con placer.
6
– ¡Oh, qué delicia, es lo más rico que he probado en mi vida!… La verdad es que el asunto no era
complicado… ¡El complicado era yo!
El mono degustó el apetitoso manjar procurando disfrutar del momento. Cuando terminó se limpió las
manos y subió a la rama de su árbol favorito ¿sabes para qué?… Pues para continuar rascándose a
gusto con sus diez grandes dedos de primate.
Moraleja: Si en alguna ocasión tienes que hacer dos tareas lo mejor es que pongas toda la atención en
una, la termines correctamente, y luego realices la otra. De esta forma evitarás perder el tiempo de
manera absurda y te asegurarás de que ambas salgan bien.
LEYENDA
La leyenda del sapo Kuartam
Adaptación de la antigua leyenda de Ecuador.
Dice una vieja historia que hace muchísimos años, en lo más profundo de la selva del Ecuador, vivía un
sapo diferente a los demás sapos del mundo porque tenía una peculiaridad: si alguien le molestaba o se
burlaba de él, se convertía en tigre y atacaba sin piedad.
Tan solo algunos ancianos afirmaban haberlo visto cuando eran niños, así que para la mayoría de los
indígenas de los poblados cercanos al Amazonas el extraño animal era como un ser de leyenda que se
ocultaba en la jungla. Eso sí, sabían que existía porque a veces, amparado por la noche, cantaba a
grito pelado desde su escondite:
– ¡Kuartam – tan! ¡Kuartam – tan! ¡Kuartam – tan!
Como ‘Kuartam – tan’ era lo que repetía sin cesar, con el nombre de sapo Kuartam se quedó.
7
Según cuentan, un joven de la tribu shuar llamado Nantu quiso salir una noche a cazar. Antes de
abandonar el hogar, su esposa le advirtió:
– Ten mucho cuidado ahí fuera, y por favor, si ves al sapo Kuartam ni se te ocurra burlarte de él. ¡Ya
sabes la mala fama que tiene por estos lugares!
– ¡Bah, tonterías! Estoy seguro de que eso de que se convierte en tigre es pura invención, pero
¡quédate tranquila! Te prometo que si me lo encuentro no le diré nada y pasaré de largo.
Nantu dijo esto al tiempo que mostraba una sonrisa pícara que no gustó demasiado a su mujer.
– Nantu, insisto en decirte que no seas irresponsable.
El chico guiñó un ojo y le propinó un sonoro beso en la mejilla.
– ¡Confía en mí! Y ahora me voy que se hace tarde… ¡Estaré de vuelta antes de medianoche!
Bajo la luz de la Luna el joven deambuló por la selva tropical apartando la frondosa vegetación con un
afilado machete y fijándose bien por si aparecía alguna posible presa. Desgraciadamente no vio más
que una serpiente y dos o tres ratones diminutos correteando de un lado para otro.
– Aquí no hay bicho que me pueda servir de comida… ¡Vaya manera de perder el tiempo!
Pasado un rato llegó a un claro y se tumbó en el suelo a descansar. Le dolían los músculos, pero sobre
todo estaba aburrido de dar vueltas y vueltas sin obtener resultados.
– Como llegue a casa con las manos vacías el menú de mañana será fruta para desayunar, fruta para
comer y fruta para cenar. ¡Voy a acabar odiando los cocos y las bananas!
De repente, dejó de lamentarse porque una idea de lo más divertida pasó por su cabeza.
– ‘¿Y si me burlo un poquito del famoso sapo?… ¡Voy a probar a ver qué pasa!’
Sin ningún tipo de pudor comenzó a llamar a Kuartam. Estaba convencido de que, aunque el sapo
cantaba raro, no tenía poderes de ningún tipo y por tanto no había nada que temer.
– ¡Kuartam!… ¡Kuartam!
Solo escuchó el aleteo de una familia de pajaritos, así que siguió erre que erre.
– ¡Kuartam!… ¡Kuartam!…
8
Como allí no había ni sapo ni similar, Nantu se fue envalentonando y su voz se tornó más guasona:
– ¡Yujuuuuu!… Sapo Kuartam, ¿estas por aquí ?… ¿Es cierto que eres un sapo mágico?… ¡Si no lo
veo, no lo creo!… ¡No seas cobarde y da la cara!
No obtuvo respuesta, pero Kuartam sí estaba allí, agazapado en la copa de un árbol. Por supuesto lo
había escuchado todo, y llegó un momento en que se sintió tan molesto, tan enfadado, que su
paciencia se agotó y sucedió lo que tenía que suceder: su cuerpo, pequeño como una naranja, empezó
a crecer descomunalmente y se transformó en el de un tigre.
Nantu, ajeno a todo, siguió llamando al batracio sin dejar de mofarse de él.
– Kuartam, sapo tonto… ¡Eres un gallina! ¡Clo, clo, clo! ¡Gallinita, ven aquí! ¡Clo, clo, clo!
Kuartam, antes simple sapito y ahora enorme félido, no pudo más y emitió un rugido que hizo que
temblaran las nubes. Acto seguido saltó desde lo alto, abrió las fauces lo más que pudo, y se tragó de
un bocado al insensato cazador.
Mientras todo esto sucedía, la esposa de Nantu aguardaba en el hogar sintiendo que la noche
transcurría muy lenta. Durante horas esperó junto a la puerta el regreso de su esposo, pero al ver que
no volvía se puso muy nerviosa.
– ‘¡Es rarísimo que Nantu no haya vuelto todavía!… ¿Qué le habrá pasado?… Conoce la selva como la
palma de su mano y es el más ágil de la tribu… La única explicación posible es que… que… ¡se haya
encontrado con el sapo Kuartam!’.
Sin pararse a pensar salió corriendo de la cabaña. Por suerte no había llovido y pudo seguir el rastro de
las huellas de los pies que Nantu había dejado tras de sí.
Todo fue bien hasta que llegó a un claro en la jungla; en ese lugar, por alguna razón que no alcanzaba
a comprender, las pisadas se esfumaban por completo, como si a Nantu se lo hubiera tragado la tierra.
La muchacha se sintió muy triste y empezó a decir en alto:
– ¿Dónde estás, amado mío, dónde estás?… ¿Debo ir hacia el norte?… ¿O mejor rumbo al sur?… ¡No
sé por dónde buscarte!
9
En ese momento, escuchó una especie de resoplido que venía de las alturas. Miró hacia arriba y, en
una gruesa rama, vio un sapo gigantesco, dormido panza arriba y tan hinchado que parecía a punto de
estallar.
– ‘Ese fenómeno de la naturaleza debe ser Kuartam. ¡Apuesto a que se ha zampado a mi esposo y por
eso está tan gordo!’
Efectivamente era Kuartam, que después de devorar a Nantu había vuelto a transformarse en sapo
pero manteniendo unas dimensiones colosales.
La chica, en un acto de auténtica valentía, cogió el hacha que llevaba colgado de la cintura y comenzó
a talar el tronco. El sapo, que debía estar medio sordo, ni se enteró de su presencia y continuó
roncando como si con él no fuera la cosa.
– ¡No tienes escapatoria!… ¡Acabaré contigo!
Tras mucho esfuerzo, el árbol se vino abajo y Kuartam cayó de espaldas contra el suelo. El tortazo fue
tan impresionante que abrió instintivamente la boca y Nantu el cazador salió disparado como la bala de
un cañón.
¡Pero eso no fue todo! Al quedarse vacío el imponente sapo empezó a desinflarse, y en un abrir y cerrar
de ojos, recuperó su pequeño cuerpo de siempre. Tras la conversión se sintió muy dolorido, pero
temiendo que tomaran represalias contra él, sacó fuerzas de flaqueza y dando unos brincos
desapareció entre el verde follaje.
Nantu, afortunadamente, seguía vivito y coleando. Su esposa le había salvado por los pelos y no podía
dejar de abrazarla.
– Si sigo aquí es gracias a ti, a tu valor. Estoy avergonzado por mi comportamiento y por no haber
cumplido la promesa que te hice cuando salí de casa. ¡Te ruego que me perdones!
La muchacha se dio cuenta de que Nantu estaba siendo sincero y se arrepentía de verdad, pero aun
así levantó el dedo índice y le dijo muy seriamente:
– El respeto a los demás, sean personas o animales, está por encima de todas las cosas. ¡Espero que
hayas aprendido la lección y jamás vuelvas a burlarte de nadie!
– Te lo prometo, mi amor, te lo prometo.
10
Es justo decir que Nantu cumplió su palabra y fue amable con todo el mundo el resto de su vida, pero
tuvo que cargar con la pena de no poder pedir disculpas al sapo Kuartam porque sus caminos jamás
volvieron a cruzarse.
CUENTOS
Juan sin miedo
adaptación del original de los Hermanos Grimm
Érase una vez un hombre que tenía dos hijos totalmente distintos.
Pedro, el mayor, era un chico listo y responsable, pero muy miedoso. En cambio su hermano pequeño,
Juan, jamás tenía miedo a nada, así que en la comarca todos le llamaba Juan sin miedo.
A Juan no le daban miedo las tormentas, ni los ruidos extraños, ni escuchar cuentos de monstruos en la
cama. El miedo no existía para él. A medida que iba creciendo, cada vez tenía más curiosidad sobre
qué era sentir miedo porque él nunca había tenido esa sensación.
Un día le dijo a su familia que se iba una temporada para ver si conseguía descubrir lo que era el
miedo. Sus padres intentaron impedírselo, pero fue imposible. Juan era muy cabezota y estaba
decidido a lanzarse a la aventura.
Metió algunos alimentos y algo de ropa en una mochila y echó a andar. Durante días recorrió diferentes
lugares, comió lo que pudo y durmió a la intemperie, pero no hubo nada que le produjera miedo.
Una mañana llegó a la capital del reino y vagó por sus calles hasta llegar a la plaza principal, donde
colgaba un enorme cartel firmado por el rey que decía:
“Se hace saber que al valiente caballero que sea capaz de pasar tres días y tres noches en el castillo
encantado, se le concederá la mano de mi hija, la princesa Esmeralda”
11
Juan sin miedo pensó que era una oportunidad ideal para él. Sin pensárselo dos veces, se fue al
palacio real y pidió ser recibido por el mismísimo rey en persona. Cuando estuvo frente a él, le dijo:
– Señor, si a usted le parece bien, yo estoy decidido a pasar tres días en ese castillo. No le tengo miedo
a nada.
– Sin duda eres valiente, jovenzuelo. Pero te advierto que muchos lo han intentado y hasta ahora,
ninguno lo ha conseguido – exclamó el monarca.
– ¡Yo pasaré la prueba! – dijo Juan sin miedo sonriendo.
Juan sin miedo, escoltado por los soldados del rey, se dirigió al tenebroso castillo que estaba en lo alto
de una montaña escarpada. Hacía años que nadie lo habitaba y su aspecto era realmente lúgubre.
Cuando entró, todo estaba sucio y oscuro. Pasó a una de las habitaciones y con unos tablones que
había por allí, encendió una hoguera para calentarse. Enseguida, se quedó dormido.
Al cabo de un rato, le despertó el sonido de unas cadenas. ¡En el castillo había un fantasma!
– ¡Buhhhh, Buhhhh! – escuchó Juan sobre su cabeza -. ¡Buhhhh!
– ¿Cómo te atreves a despertarme?- gritó Juan enfrentándose a él. Cogió unas tijeras y comenzó a
rasgar la sábana del espectro, que huyó por el interior de la chimenea hasta desaparecer en la
oscuridad de la noche.
Al día siguiente, el rey se pasó por el castillo para comprobar que Juan sin miedo estaba bien. Para su
sorpresa, había superado la primera noche encerrado y estaba decidido a quedarse y afrontar el
segundo día. Tras unas horas recorriendo el castillo, llegó la oscuridad y por fin, la hora de dormir.
Como el día anterior, Juan sin miedo encendió una hoguera para estar calentito y en unos segundos
comenzó a roncar.
De repente, un extraño silbido como de lechuza le despertó. Abrió los ojos y vio una bruja vieja y fea
que daba vueltas y vueltas a toda velocidad subida a una escoba. Lejos de acobardarse, Juan sin
miedo se enfrentó a ella.
– ¿Qué pretendes, bruja? ¿Acaso quieres echarme de aquí? ¡Pues no lo conseguirás! – bramó. Dio un
salto, agarró el palo de la escoba y empezó a sacudirlo con tanta fuerza que la bruja salió disparada por
la ventana.
12
Cuando amaneció, el rey pasó por allí de nuevo para comprobar que todo estaba en orden. Se encontró
a Juan sin miedo tomado un cuenco de leche y un pedazo de pan duro relajadamente frente a la
ventana.
– Eres un joven valiente y decidido. Hoy será la tercera noche. Ya veremos si eres capaz de aguantarla.
– Descuide, majestad. ¡Ya sabe usted que yo no le temo a nada!
Tras otro día en el castillo bastante aburrido para Juan sin miedo, llegó la noche. Hizo como de
costumbre una hoguera para calentarse y se tumbó a descansar. No había pasado demasiado tiempo
cuando una ráfaga de aire caliente le despertó. Abrió los ojos y frente a él vio un temible dragón que
lanzaba llamaradas por su enorme boca. Juan sin miedo se levantó y le lanzó una silla a la cabeza. El
dragón aulló de forma lastimera y salió corriendo por donde había venido.
– ¡Qué pesadas estas criaturas de la noche! – pensó Juan sin miedo-. No me dejan dormir en paz, con
lo cansado que estoy.
Pasados los tres días con sus tres noches, el rey fue a comprobar que Juan seguía sano y salvo en el
castillo. Cuando le vio tan tranquilo y sin un solo rasguño, le invitó a su palacio y le presentó a su
preciosa hija. Esmeralda, cuando le vio, alabó su valentía y aceptó casarse con él. Juan se sintió feliz,
aunque en el fondo, estaba un poco decepcionado.
– Majestad, le agradezco la oportunidad que me ha dado y sé que seré muy feliz con su hija, pero no he
conseguido sentir ni pizca de miedo.
Una semana después, Juan y Esmeralda se casaron. La princesa sabía que su marido seguía con el
anhelo de llegar a sentir miedo, así que una mañana, mientras dormía, derramó una jarra de agua
helada sobre su cabeza. Juan pegó un alarido y se llevó un enorme susto.
– ¡Por fin conoces el miedo, querido! – dijo ella riendo a carcajadas.
– Sí – dijo todavía temblando el pobre Juan-. ¡Me he asustado de verdad! ¡Al fin he sentido el miedo!
¡Ja ja ja! Pero no digas nada a nadie…. ¡Será nuestro secreto!
La princesa Esmeralda jamás lo contó, así que el valeroso muchacho siguió siendo conocido en todo el
reino como Juan sin miedo.
13
Los tres cosmonautas
Portada » Cuentos cortos » Los tres cosmonautas
Había una vez una Tierra. Y al mismo tiempo, un planeta llamado Marte. Estaban muy lejos el uno del
otro, en medio del cielo, y a su alrededor había millones de planetas y galaxias.
La gente de la Tierra quería ir a Marte y a los otros planetas: ¡pero estaban tan lejos!
Sin embargo, no cesaron en su empeño. Primero lanzaron satélites que dieron la vuelta a la Tierra
durante dos años y luego volvieron. Luego lanzaron cohetes que dieron la vuelta a la Tierra unas
cuantas veces, pero en lugar de regresar, terminaron escapando de la atracción de la gravedad y se
dirigieron al espacio. Después de varios años merodeando por el espacio, volvían a la Tierra… Pero
había un problema.
Al mando de estos cohetes iban perros, Pero los perros no podían hablar, y en la radio de la estación
espacial solo se podía oír «guau guau» así que nadie entendía lo que habían visto y lo lejos que
habían llegado.
Por fin encontraron hombres valientes que querían ser cosmonautas. Los cosmonautas tenían este
nombre porque iban a explorar el cosmos, que es el espacio infinito con los planetas, las galaxias y todo lo
que les rodea.
Los cosmonautas se fueron y no sabían si volverían o no. Querían conquistar las estrellas para que un
día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado estrecha y la
población mundial crecían cada día.
En una hermosa mañana, tres cohetes de tres puntos diferentes dejaron la Tierra.
El primero fue un americano, que silbó alegremente una pegadiza canción country mientras se alejaba.
En el segundo había un ruso que cantaba con voz grave una comparsa tradicional.
En el tercero, un chino, que cantó una hermosa canción ancestral.
14
Cada uno quería ser el primero en llegar a Marte, para demostrar que era el más valiente.
Como los tres eran valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Bajaron de sus naves con casco y
traje espacial… Y descubrieron un paisaje maravilloso y perturbador: el terreno estaba surcado por
largos canales llenos de agua verde esmeralda. Había extraños árboles azules con pájaros nunca antes
vistos, con plumas de colores muy extraños. Allí en el horizonte había montañas rojas que emitían
extraños destellos.
Los cosmonautas miraban el paisaje, se miraban unos a otros, y se mantenían separados, cada uno
desconfiando de los demás. Entonces llegó la noche.
Había un extraño silencio alrededor, y la tierra brillaba en el cielo como si fuera una estrella lejana. Los
cosmonautas se sintieron tristes y perdidos en la oscuridad.
Pero inmediatamente entendieron que estaban sintiendo lo mismo. Sonreían por primera vez desde que
habían pisado el extraño planeta.
Al rato encendían juntos un hermoso fuego y cada uno cantaba canciones de su país.
Finalmente, llegó la mañana
Y hacía mucho frío…
De repente, un marciano salió de entre un grupo de árboles. ¡Su aspecto era terrible! Era de un color
verde viscoso, hacía daño a los ojos de lo que brillaba, tenía dos antenas en el lugar de las orejas, un
tronco y seis brazos. Los miró y dijo: ¡Grrr!
En su lengua quería decir:
«Hola seres extraños ¿os habéis perdido?»
Pero los terrícolas no le entendieron y pensaron que era un rugido de guerra. Era tan diferente de ellos
que no podían entenderlo. Los tres sintieron inmediatamente miedo por si les atacaba…
Ante ese monstruo, sus pequeñas diferencias desaparecieron. ¿Qué importaba si hablaban otro
idioma? Comprendieron que eran los tres seres humanos. El otro no. Era demasiado diferente, y los
terrícolas pensaban que aquello que no entienden era malo. Por eso decidieron reducirlo a polvo
atómico con sus rayos espaciales…
15
Cuando los tres cosmonautas se habían armado de valor y estaban apuntando al monstruoso alien…
Algo extraño sucedió.
De entra las sombras, apareció un hermoso pájaro de muchos y brillantes colores, volaba con dificultad
porque parecía tener algo viscoso enredado entre sus alas. Se movía haciendo gestos de dolor y su
cara reflejaba el agotamiento de tratar de luchar contra aquella situación. Cuando revoloteaba sobre las
cabezas de los cosmonautas, el pájaro cayó agotado contra el suelo, haciendo un estrepitoso ruido.
Justo quedo entre medias del marciano y los cosmonautas.
Rápidamente, el alienígena se movió con pasos torpes hacia el animal, los tres cosmonautas,
asustados, agarraron fuerte sus rayos láser, pensando que el alíen iba a devorar aquel pobre pajarillo.
Para cuando se dieron cuenta, el alienígena estaba emitiendo unos extraños ruidos gruturales, que con
tan solo observar detenidamente, los tres cosmonautas entendieron que se trataba de un llanto.
Y los terrícolas de repente se dieron cuenta de que el marciano lloraba a su manera, igual que los
humanos.
Luego lo vieron inclinarse hacia el pájaro y sostenerlo en sus seis brazos, tratando de calentarlo.
Y así los cosmonautas entendieron una valiosa lección:
«Pensamos que este monstruo era diferente de nosotros, y después de todo también ama, sufre o ríe»
Por eso se acercaron al marciano y le extendieron las manos. Y él, que tenía seis, les dio la mano a los
tres a la vez, mientras que con sus manos libres hizo gestos de saludo.
16