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Manuel Carreira: Ciencia y Fe

El documento proporciona un extenso perfil biográfico del P. Manuel Carreira Vérez, un sacerdote jesuita español que falleció a la edad de 88 años. Se destaca su amplia trayectoria académica en física y astronomía, incluyendo doctorados en los Estados Unidos. También se describe su trabajo como conferenciante, sus numerosas publicaciones que exploran la compatibilidad entre ciencia y fe, y su dedicación a ofrecer retiros espirituales.

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Manuel Carreira: Ciencia y Fe

El documento proporciona un extenso perfil biográfico del P. Manuel Carreira Vérez, un sacerdote jesuita español que falleció a la edad de 88 años. Se destaca su amplia trayectoria académica en física y astronomía, incluyendo doctorados en los Estados Unidos. También se describe su trabajo como conferenciante, sus numerosas publicaciones que exploran la compatibilidad entre ciencia y fe, y su dedicación a ofrecer retiros espirituales.

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Compañía de Jesús

Provincia de España

P. Manuel Carreira Vérez, S.J.


Vilarube (Coruña)- 31/05/1931 – Salamanca 3/02/2020

Nació en Vilarube (Coruña) el 31 de Mayo de 1931; pasó su infancia y


primera juventud en Villalba (Lugo); falleció en nuestro colegio de Salamanca el
3 de febrero de 2020 a los 88 años de edad y 71 de Compañía.
La significación del P. Manuel Carreira justifica una semblanza que exceda un
poco las medidas de costumbre. Son muchos, y de muy ancha geografía, los que
reconocen el bien que les hizo con su ciencia y de sus retiros espirituales;
también quienes discuten su escora conservadora; ninguno, su honradez. En
ciencia estuvo atento a los progresos de cada día; las formas de su fe fueron las
honestas del tiempo de su formación, inteligentes y siempre fieles a la sustancia
del hoy cristiano.
Conviví con él 27 años en la Residencia de Profesores de Comillas (Madrid)
desde 1973 hasta el 2000, salvo los trimestres en que se ausentaba anualmente
para sus clases de astrofísica en la Universidad de John Carroll (Cleveland,
Ohio). Fuimos amigos; yo le llamaba Carri, y él a mi Toni.
La primera vez que le vi fue en un taller que había montado en el sótano de la
casa; estaba serrando una barra de hierro; le pregunté qué hacía:
–Una pata para el soporte de un telescopio.
Iba de negro clerical; excepto el alzacuello y la dentadura. Vi que tenía una
pierna rígida, más corta que la otra, calzada con un zapato con alzas de unos 10
centímetros.
A lo largo de los años fue poblando su taller de artilugios, hasta con un torno
de más de una tonelada que se hizo traer del Observatorio Vaticano.
–Arriba tengo un laboratorio fotográfico.
Me enseñó a revelar e imprimir fotos. En los Estados Unidos tenía patentado
un invento consistente en un espejo basculante con que que se podía hallar la
parte del cielo que se quería estudiar, y unos binoculares dirgidos a él, de modo
que se podíam ver las estrellas mirando hacia abajo, reflejadas en el cristal, del
mismo modo que se lee un libro sobre un atril. La revista Sky and Telescope lo
contó entre los diez productos más importantes del año 2001.
–Los fabrica una empresa que ha comprado la patente.
–¿Se vende?
–¡Pse! Seis o siete al año. No nos haremos ricos.
Tenía otro invento, que dejó de uso libre. Parecía un medio bidón con dos
agujeros opuestos por el diámetro en los que iban incrustados a modo de
cuernecillos unos tubos con lentes. Se enfocaban hacia el cielo y aparecía la luna
brillando tanto que había que ponerle a los oculares una especie de gafas oscuras.
Todo el secreto estaba en un juego de espejos que en el interior iban dirigiendo el
rayo de luz de una lente a otra hasta hacerle recorrer la distancia de un telescopio
convencional de varios metros.
De tiempo en tiempo me leía textos que empleaba para sus retiros. Muy
devotos, poéticos, tiernos. La ternura era el tono más constante de su carácter.
Esto chocará a quienes hayan conocido de él sus iras apológeticas. Le alborotaba
el uso increyente de la ciencia. No dudo de que sintiera caridad por los culpables;
ni de que llamarlos irracionales lo considerase un insulto pecaminoso, sino una
descripción objetiva. Igual beligerancia practicaba contra la filosofía cuando se
propasaba a hacer ciencia. Esta era la de los adversarios documentados en los
textos de sus cursos de Comillas (Santander) y de otros más modernos, no menos
descaminados. A este propósito tuvimos una vez un intercambio de pareceres.
Me tocó censurar para su publicación su primer libro. La parte científica era
deliciosa; la filosófica, me pareció que no. Servía no obstante, para un honesto
contacto con lo que no era infrecuente decir en las instrucciones a esas materias.
Le propuse omitirla. Acordamos entre los dos y el editor que el libro se
publicara, pero no en la colección de textos de la Universidad, sino como apuntes
privados. La buena gracia del estilo, la cantidad de información científica, y el
sabor a sentido común que acertó a dar a los resumenes filosóficos, la sabiduría
pedagógica del autor, hicieron del libro uno de los mayores éxitos editoriales de
Manuel Carreira y se anuncia como texto usado en no pocas universidades. Me
agrada haberme equivocado.
Durante sus primeros años de jesuita, le hicieron sufrir mucho varias
operaciones de su rodilla izquierda. Los médicos decidieron estirársela y dejarle
la pierna rígida, más corta que la otra. Cojeaba, pero nunca uso bastón, y así, con
su maletín negro recorrió medio mundo dando conferencias, ejercicios y retiros
espirituales. A pesar de las molestias y de la figura extraña que componía al
arrodillarse nunca dejó de hacerlo; y no sólo cuando lo reclamaba la liturgia, sino
en sus ratos de oración.
Una vez licenciado en filosofía en Comillas (Santander) fue destinado al
escolasticado de West Baden Springs (Indiana) para hacer la teología (1957-62).
Luego de la tercera probación, obtuvo el Master en Física en la Universidad de
John Carroll (Cleveland) y el doctorado en la Universidad Católica de América
(Wasington) con una tesis sobre rayos cósmicos, dirigida por Glyde Cowan. Se
hicieron amigos. Glyde Cowan,fue el descubridos del neutrino, junto con
Frederick Reines en 1956. Había nacido en 1919, falleció en 1974. Frederick
Reines recibió en 1995 el premio Nobel en nombre de los dos en 1995. Al P.
Carreira le gustaba contar las muchas horas que pasaron en el fondo de una mina
abandonada, registrando en sus pantallas, los rayos que atravesaban el casi
kilómetro de tierra que los separaba de la superficie y hacía de filtro de las
partículas que llegaban del espacio lejano. En una de las paredes de su cuarto
tenía el mapa de sus impactos, su naturaleza, su frecuencia sus direcciones.
–¿Has visto una tesis doctoral de una página?
–Ni me la imagino.
–Pues esa es una.
Inmediatamente empieza a enseñar Física y Astronomía en la Católica de
Washington y en la jesuítica de John Carrol, al tiempo que colabora con los
doctores Hall Crammell y Kluus FitsFritsch del equipo de la NASA. Simultanea
estos trabajos con sus cursos semestrales de Filosofía de la Naturaleza y de las
Ciencias en la Universidad de Comillas (Madrid).
Desde 1974 colabora en el Observatorio Astronómico Vaticano, de cuya
directiva es miembro los 15 años siguientes. Continuó yendo los veranos para
ofrecer un curso sobre el uso de la fotografía en la investigación astronómica, a
los nuevos doctores. Acudían de todo el mundo. El último día los obsequiaba con
una tortilla española de patatas. Le solían pedir la receta; con razón. Soy testigo
gustador de su excelencia.
Conferenciante incansable –México, Colombia, Perú, Argentina, Uruguay,
Chile, Alemania, Irlanda, España; en el Club Pasteur y el club Mensa de
Cleveland, Kent, Miami; en la sociedad geofísica de Ohio. Solía ser invitado a
los mismos sitios una y otra vez. Su estilo, las diapositivas que acompañaban su
discurso, su claridad, encantaban. Uno no quería que acabase de hablar. Alguna
vez le dije que su presentación del universo me producía el mismo vértigo
piadoso que a Pascal.
–¿Y a Kant?
–También. Pero esto lo callaba para no disgustarle.
En 2000 y en 2002, fue ponente en los congresos de Metafísica y Ciencia en
Roma y en Santiago de Compostela.
Variaba los temas, pero nunca faltaba la reincidencia en uno que llevaba en el
alma, y que consideraba misión de su vida: la compatibilidad de la ciencia y la
fe; el falseamiento de la ciencia cuando la negaba. Está en el fondo (y también en
el haz) de todas sus publicaciones, casi todas, simultaneamente, en español y en
inglés.
Metafisica de la materia. Núcleos temáticos de Filosofía de la Naturaleza.
Materia no viviente.
Razón, ciencia y revelación (en colaboración con Julio A. Gonzalo).
Everything Coming out of Nothing vs. Finite , Open and Contingent Universe
(También en colaboración con Julio A. Gonzalo).
Intelligible Design: a Realistic Approach to the Philosophy and History of
Science (el mismo colaborador).
El Creyente ante la ciencia.
Ciencia y fe ¿Relaciones de complementaridad? Algunas cuestiones
cosmológicas.
El hombre y el universo. ¿Somos fruto del azar?
El hombre en el cosmos.
El origen y la evolución de la vida.
En torno a Darwinismo.
En estas dos últimas obras desarrolla otra de sus convicciones predilectas –el
principio antrópico. El universo evolucionó en dirección a un punto, en el que la
vida humana inteligente se hace posible.
«El principio antrópico intenta encontrar respuesta a una pregunta que puede
ser tal vez muy ambiciosa: ¿Qué relación hay entre toda la enormidad del
universo y nuestra existencia? Es, curiosamente, desde el punto de vista de la
física y de la astronomía desde donde se ha estado insistiendo —una y otra vez,
desde hace más de cuarenta años— en que nuestra existencia tiene una relación
tan íntima con las propiedades y la evolución del universo en su totalidad. Somos
el resultado de un conjunto enorme de pequeñas «casualidades» —podríamos
llamarlas así— sin las cuales la vida inteligente no podría darse. Y entonces hay
que preguntarse: ¿por qué tiene el universo esas propiedades? ¿Por qué es el
universo tal que permite que existamos?».
La universidad John Carrol le otorgó en 1987 la centennial medal por su
contribución, por medio de sus colecciones fotográficas, al conocimiento de la
labor de la Compañía de Jesús. En 1999, La Xunta de Galicia, la Medalla
Castelao, como gallego ilustre.
El imponente perfil científico de Manuel Carreira, no ensombrecía el
sacerdotal; al contrario, aunque parezca raro, era éste el que predominaba, y no
solo en razón del componente apologético de sus libros y conferencias, sino por
la infinidad de retiros espirituales y ejercicios para los que era solicitado desde
América y España y por sus series televisivas, en las que su lucidez y
contundencia apostólica, si vale la expresión, golpeba con mayor eficacia.
En 2009 la fundaciómn EUK Mamie, con ocasión del año internacional de la
astronomía le encargó una serie de 13 programas sobre el tema «De la Ciencia a
Dios». Repitió con frecuencia una conferencia dada inicialmente en la Pontificia
Universidad Católica del Perú, titulada «Ciencia y milagros». Sostuvo durante
mucho tiempo un programa semanal en la cadena Intereconomía (ahora El Toro
TV) En los diálogos podría ser demoledor. Por ejemplo con un contertulio que se
declaraba ateo y materialista:
–Si usted sólo reconoce la materia, es decir las cuatro (y solo cuatro)
interacciones fundamentales de la materia –la electromagnética, la nuclear
fuerte, la nuclear débil y la gravitatoria, por favor, dígame con cual de ellas
escribio Cervantes el Quijote.
Sorprendente…
Fueron llamativas las charlas, transmitidas por la misma cadena, anunciadas
así. El P. Manuel Carreira sobre la racionalidad protestante. El P. Manuel
Carreira refuta a Hawking. El P. Manuel Carreira y el origen de la vida y su
evolución hasta llegar al hombre. La cadena era consciente de la atracción de
audiencia que convocaba. Señal de ello eran los comentarios que se amontonaban
en internet, a favor y en contra. Aún pueden verse.
Pero esta figura del P. Carreira, siendo verdadera, en cuando alcanza uno a
expresarla, resulta no solo insuficiente, sino pequeña, junto a la de su intimidad.
Y no es que en su vida familiar faltaran brillos de espada apologética cuando se
ofrecia la ocasión. La imagen predominante era la de un ser dulce, servicial,
risueño y sobre todo piadoso. Creo que he sido un buen testigo de ello, asistiendo
a sus misas. ¿Cómo las calificaría? ¿Serias, solemnes, respetuosas, cuidadas,
sobrecogidas, vividas…? Si, pero, lo decisivo, en lo que se expresaba su
verdadero ser no era eso, sino la ternura. Manuel era en su honda verdad, tierno.
Alguna vez le dije:
– ¿Sabes a quién te pareces, después de la consagración? A la Virgen María
contemplando al Niño en el pesebre.
– Hum… Debería ser en la cruz, ¿no?
– Lo es, también; pero yo me refiero al color y a la música del sentimiento; a
la cara que se te pone.
– ¿Cara de qué?
– Cara de madre. En cambio, cuando rezas el rosario, tu cara es de niño.
Despues de su jubilación de Comillas en 2002, siguió con sus conferencias y
retiros, con algunas clases en la facultad de Ciencias humanas y Sociales, sus
charlas en la Cátedra de Ciencia, Tecnología y Religión hasta 2015. En 2016, se
retiró a Salamanca. Yo aparecí por allí en esas fechas para reponerme de una
operación. Entré en silla de ruedas en el comedor, y lo vi, vestido igual que hacía
43 años en el taller de Canto Blanco, circulé hacia él y le abracé largamente.
Rompío a llorar. Yo también.
Volví a verle en junio de 2019, pero no me reconoció. Pasaba el tiempo con
cabeza apoyada en una mano o sobre la mesa; mudo. Se le proporcionó una silla
de ruedas con bridas para que no se cayera, y con uno de los estribos alargados
para su pierna rígida. El día 2 de febrero, durante el rosario, hizo un esfuerzo con
los brazos y las piernas quedaron suspendidas en el aire. Me agaché como pude y
se las ajusté en los estribos. No pesaban nada. Mire para arriba hacia su cara; no
decía nada. Al día siguiente a las seis y media de la tarde el P. José María Vaca
Nieto, con la asistencia del Ministro, P. José Manuel Palacios Payno, le
administró la unción de los enfermos, a las siete, murió.
Se celebró la misa exequial en la capilla de San Estanislao. Asistieron la
comunidad, sus hermanos Manuela y Antonio, algunos sobrinos y varios amigos.
En la homilía, el P. Superior, Teodoro García Estalayo señaló muchos de los
méritos del P. Carreira comentados ya en esta semblanza. Añadió:
«En dos ocasiones tuve la oportunidad de escuchar sus conferencias sobre el
universo. ¿Cuántas habrá pronunciado? Cuando no existía internet, dejaba
admirado al público ante las diapositivas que presentaba, y de las que se servía
para disertar sobre ciencia y fe. En el fondo, transmitir su profunda fe en Dios
Creador de todas las cosas. Utilizaba su sabiduría científica para acercarnos
lejanas realidades, cifras astronómicas, distancias vertiginosas, firmamentos
llenos de belleza estelar.
En un mundo, donde se quiere hacer creer que la fe es incompatible con la
ciencia, el P. Carreira supo unir su erudición para unir ambas realidades: Ciencia
y Fe. La ciencia le sirvió para acercarnos al Dios Creador del Universo. “¡Oh Dios,
qué admirable es tu nombre por toda la tierra!”, hemos repetido en el Salmo.
“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has
creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle
poder?”. “Lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de
tus manos”. “¡Oh Dios, qué admirable es tu nombre por toda la tierra!”.
Sobre su escritorio encontré una hoja con esta frase escrita con mano ya
temblorosa: ¡Dios y yo nos queremos muchísimo!

(Antonio Pérez García, S.J. Salamanca 6 de febrero de 2010)

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