Momo tenia muchas visitas. Casi siempre se veía a alguien sentado con ella, que le hablaba solícitamente.
Y el que la necesitaba y no
podía ir, la mandaba buscar. Y a quien todavía no se había dado cuenta de que la necesitaba, le decían los demás:
«–¡Vete con Momo!
«Estas palabras se convirtieron en una frase hecha entre la gente de las cercanías. Igual que se dice: «¡Buena suerte!», o «¡Que
aproveche!», o «¡Y qué sé yo!», se decía, en toda clase de ocasiones: «¡Vete con Momo!»
«Pero, ¿por qué? ¿Es que Momo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿Encontraba siempre las
palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios sabios y justos?
«No; Momo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso.
«Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que —ya que vivía
en un circo— sabía bailar o hacer acrobacias?
«No, tampoco era eso.
«¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía
leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo?
«Nada de eso.
«Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie más era escuchar. Eso no es nada especial, dirá quizá, algún lector; cualquiera
sabe escuchar.
«Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.
«Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o
preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda
simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de repente cómo se le ocurrían
pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.
«Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O que los tímidos se
sintieran de repente muy libres y valerosos. O que los desgraciados y agobiados se volvieran confiados y alegres. Y si alguien creía
que su vida estaba totalmente perdida y era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, que no importaba nada
y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba
claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante, a
su singular manera, para el mundo.
«¡Así sabía escuchar Momo!»
[…]
«Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su
propia lengua.
«Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro
sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.
«Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música
callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.
«En esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas.
«Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien»