LAS CRUZADAS
Las Cruzadas fueron expediciones emprendidas, en
cumplimiento de un solemne voto, para liberar los
Lugares Santos de la dominación mahometana. El origen
de la palabra remonta a la cruz hecha de tela y usada
como insignia en la ropa exterior de los que tomaron
parte en esas iniciativas. Escritores medievales utilizan
los términos crux (pro cruce transmarina, Estatuto de
1284, citado por Du Cange s.v. crux), croisement
(Joinville), croiserie (Monstrelet), etc. Desde la edad
media el significado de la palabra cruzada se extendió
para incluir a todas las guerras emprendidas en
cumplimiento de un voto, y dirigidas contra infieles, ej.
contra mahometanos, paganos, herejes, o aquellos bajo
edicto de excomunión. Las guerras emprendidas por los
españoles contra los moros constituyeron una cruzada
incesante del siglo XI al XVI; en el norte de Europa se
organizaron cruzadas contra los prusianos y lituanos; el
exterminio de la herejía albigense se debió a una
cruzada, y, en el siglo XIII los papas predicaron cruzadas
contra Juan Lackland y Federico II. Pero la literatura moderna ha abusado de la palabra
aplicándola a todas las guerras de carácter religioso, como, por ejemplo, la expedición de Heraclio
contra los persas en el siglo VII y la conquista de Sajonia por Carlomagno. La idea de la cruzada
corresponde a una concepción política que se dio sólo en la Cristiandad del siglo XI al XV; esto
supone una unión de todos los pueblos y soberanos bajo la dirección de los papas. Todas las
cruzadas se anunciaron por la predicación. Después de pronunciar un voto solemne, cada guerrero
recibía una cruz de las manos del papa o de su legado, y era desde ese momento considerado
como un soldado de la Iglesia. A los cruzados también se les concedían indulgencias y privilegios
temporales, tales como exención de la jurisdicción civil, inviolabilidad de personas o tierras, etc. De
todas esas guerras emprendidas en nombre de la Cristiandad, las más importantes fueron las
Cruzadas Orientales, que son las únicas tratadas en este artículo.
DIVISIÓN
Ha sido habitual el describir las Cruzadas como ocho en
número: primera, 1095-1101; segunda, encabezada por
Luis VII, 1145-47; tercera, conducida por Felipe Augusto y
Ricardo Corazón de León, 1188-92; cuarta, durante la cual
Constantinopla fue tomada, 1204; quinta, que incluyó la
conquista de Damietta, 1217; sexta, en la que Federico II
tomó parte (1228-29); así como Teobaldo de Champaña y
Ricardo de Cornualles (1239); séptima, liderada por San
Luis, 1249-52; octava, también bajo la dirección de San
Luis, 1270.
Esta división es arbitraria y excluye muchas expediciones
importantes, entre ellas las de los siglos XIV y XV. En
realidad las Cruzadas continuaron hasta fines del siglo
XVII, la cruzada de Lepanto ocurrió en 1571, la de Hungría en 1664, y la cruzada del duque de
Borgoña a Candía, en 1669. Una división más científica se basa en la historia de las colonias
cristianas en Oriente; por consiguiente el tema se tratara en el siguiente orden:
I. Origen de las Cruzadas; II. Fundación de estados cristianos en Oriente; III. Primera destrucción
de los estados cristianos (1144-87); IV. Intentos de restaurar los estados cristianos y la cruzada
contra San Juan de Acre (1192-98); V. La cruzada contra Constantinopla (1204); VI. Las cruzadas
del siglo XIII (1217-52); VII. Pérdida final de las colonias cristianas de Oriente (1254-91); VIII. La
cruzada del siglo XIV y la invasión otomana; IX. La cruzada en el siglo XV; X. Modificaciones y
persistencia de la idea de cruzada.
ORIGEN DE LAS CRUZADAS
El Origen de las Cruzadas remonta directamente a la condición moral y política de la Cristiandad
Occidental en el siglo XI. En aquel tiempo Europa estaba dividida en muchos estados cuyos
soberanos estaban absortos en tediosas y fútiles disputas territoriales mientras el emperador, en
teoría la cabeza temporal de la Cristiandad, gastaba su energía en disputas sobre Investiduras.
Solo los papas habían mantenido una justa noción de unidad cristiana; Ellos veían a que grado los
intereses de Europa eran amenazados por el imperio Bizantino y por las tribus mahometanas, y
solo ellos tenían una política extranjera cuyas tradiciones se formaron bajo León IX y Gregorio VII.
La reforma efectuada en la Iglesia y el papado bajo la influencia de los monjes de Cluny había
aumentado el prestigio del romano pontífice ante todas las naciones cristianas; por tanto nadie sino
el papa podía inaugurar el movimiento internacional que culminó en las Cruzadas. Pero a pesar de
su eminente autoridad nunca habría podido el papa persuadir a los pueblos occidentales de
armarse para la conquista de la Tierra Santa de no haber sido por que las relaciones inmemoriales
entre Siria y Occidente favorecieron su plan. Los europeos escucharon la voz de Urbano II porque
sus propias inclinaciones y tradiciones históricas los impulsaban hacia el Santo Sepulcro. Desde
fines del siglo V no había habido ninguna ruptura en su comunicación con Oriente. Desde el primer
período cristiano colonias de sirios habían introducido las ideas religiosas, arte, y cultura de Oriente
en las grandes ciudades de Galia y de Italia. Los cristianos occidentales a su vez viajaron en
grandes cantidades a Siria, Palestina, y Egipto, sea para visitar los Lugares Santos o para seguir la
vida ascética de los monjes de la Tebaida o del Sinaí.
Aun existe el itinerario de un peregrinaje de Burdeos a
Jerusalén, que data de 333; en 385 San Jerónimo y
Santa Paula fundaron los primeros monasterios latinos
en Belén. Ni siquiera la invasión bárbara pareció
desalentar el ardor por las peregrinaciones a Oriente. El
Itinerario de Santa Silvia (Etheria) muestra la
organización de esas expediciones, que eran dirigidas
por clérigos y escoltadas por tropas armadas. En el año
600, San Gregorio el Grande hizo erigir un hospicio en
Jerusalén para el alojamiento de los peregrinos, envió
sus designios a los monjes del Monte Sinaí ("Vita
Gregorii" in "Acta SS.", marzo 1I, 132), y, aunque la
condición deplorable de la Cristiandad Oriental después
de la invasión árabe hizo esta comunicación más difícil,
de ninguna manera ceso.