Laicos Católicos: Testigos en Escuela
Laicos Católicos: Testigos en Escuela
INTRODUCCIÓN
1. Los laicos católicos, hombres y mujeres, dedicados a la escuela elemental y media han ido
cobrando con el paso del tiempo una importancia cada vez más relevante. (1) Importancia
merecida, que se extiende tanto a la escuela en general como a la escuela católica en particular.
De ellos, junto con los demás laicos, sean o no creyentes, depende fundamentalmente en la
actualidad que la escuela pueda llevar a la práctica la realización de sus propósitos e iniciativas.(2)
La función y la responsabilidad que de esta situación se desprende para todos los laicos católicos
que ejercen, en cualquier escuela de los dichos niveles, trabajos de todo tipo como educadores,
sean docentes, directivos, administrativos o auxiliares, ha sido reconocida por la Iglesia en el
Concilio Vaticano II, específicamente en su Declaración sobre la Educación Cristiana, que nos invita
a su vez a ulteriores reflexiones sobre su contenido. Lo cual no significa desconocer ni dejar de
admirar las grandes realizaciones que en este campo llevan a cabo los cristianos de otras Iglesias y
los no cristianos.
2. La razón de más peso de ese relieve adquirido por el laicado católico, relieve que la Iglesia
contempla como positivo y enriquecedor, es teológica. La verdadera entidad del laico dentro del
Pueblo de Dios ha ido esclareciéndose en la Iglesia sobre todo en el último siglo hasta desembocar
en los dos documentos del Concilio Vaticano II, que establecen en profundidad toda la riqueza y
peculiaridad de la vocación laical, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia y el Decreto sobre el
Apostolado de los Laicos.
3. A esa profundización teológica no han sido ajenas las situaciones sociales, económicas y
políticas de los tiempos recientes. El nivel cultural, íntimamente ligado a los avances científicos y
técnicos, se ha elevado progresivamente y exige en consecuencia una mayor preparación para el
ejercicio de cualquier profesión. A ello se suma la conciencia cada vez más extendida del derecho
de la persona a la educación integral, es decir la que responde a todas las exigencias de la persona
humana. Estos dos avances de la humanidad han demandado y en parte obtenido un amplísimo
desarrollo de la escuela en todo el mundo y un extraordinario aumento en el número de
profesionales a ella consagrados y, consiguientemente, del laicado católico que trabaja en la
misma.
Este proceso ha coincidido, además, con un considerable descenso del número de sacerdotes,
religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza registrado en los últimos años, a causa de la
escasez de vocaciones, la urgencia de atender a otras necesidades apostólicas y, en ocasiones, por
el erróneo criterio de que la escuela no era un campo apropiado para la pastoral de la Iglesia.(3)
Pero, dado el meritorio trabajo —sumamente apreciado por la Iglesia— que tradicionalmente
vienen realizando numerosas familias religiosas en el campo de la enseñanza, la Iglesia no puede
menos de lamentar esa disminución de personal que ha afectado a la escuela católica
especialmente en algunos países, porque considera que la presencia de los religiosos y de los
laicos católicos es necesaria para la integral educación de la niñez y de la juventud.
4. Este conjunto de hechos y causas impulsan a esta S. Congregación a ver en ello un verdadero
«signo de los tiempos» para la escuela, a reflexionar especialmente sobre el laico católico como
testigo de la fe en lugar tan privilegiado para la formación del hombre y, sin ánimo de
exhaustividad, pero con verdadera ponderación de la trascendencia del tema, ofrecer una serie de
consideraciones que, completando las ya hechas en el documento «La Escuela Católica», puedan
ayudar a todos los interesados en esta cuestión y potenciar ulteriores y más profundos desarrollos
de la misma.
I. IDENTIDAD DEL LAICO CATÓLICO
EN LA ESCUELA
5. Es necesario, en primer lugar, tratar de perfilar la identidad del laico católico en la escuela, pues
su manera de ser testigo de la fe en élla depende de su peculiar identidad en la Iglesia y en su
campo de trabajo. Esta S. Congregación, al intentar contribuir a ello, desea prestar un servicio,
tanto al laico católico que trabaja en la escuela y que debe tener muy claros los caracteres que
conforman su propria vocación, como al Pueblo de Dios, que necesita tener la verdadera imagen
de ese laico que forma parte de él y realiza con su trabajo una tarea trascendente para toda la
Iglesia.
El laico en la Iglesia
6. Como todo cristiano el laico católico que trabaja en la escuela forma parte del Pueblo de Dios y,
como miembro del mismo unido a Cristo por el bautismo, participa de la fundamental y común
dignidad de todos los que a él pertenecen. Porque es común la dignidad «por su regeneración en
Cristo, común la gracia de hijos, común la vocación a la perfección, una la salvación, una la
esperanza y una la indivisa caridad». (4) Y aunque en la Iglesia «algunos, por voluntad de Cristo,
han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, se da
una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción común de todos los
fieles para la edificación del Cuerpo de Cristo».(5)
Como todo cristiano, también el laico es partícipe «del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo»
(6) y su apostolado «es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, apostolado al cual
todos están llamados por el mismo Señor». (7)
7. Esta vocación a la santidad personal y al apostolado, común a todos los fieles, adquiere en
muchos aspectos características propias que convierten la vida laical en una vocación específica
«admirable» dentro de la Iglesia. «A los laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de
Dios, tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales».(8) Viviendo en todas las
actividades y profesiones del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social,
están llamados por Dios a cumplir en ella «su propio cometido, guiándose por el espíritu
evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del
mundo y de este modo manifiesten a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de
su vida, de su fe, esperanza y caridad».(9)
10. La experiencia acumulada por los laicos, por su género de vida y su presencia en todos los
campos de la actividad humana, los capacita de manera especial para contribuir, dentro de la
comunidad que es la Iglesia, a señalar con acierto cuáles son los signos de los tiempos que
caracterizan la época histórica que vive actualmente el Pueblo de Dios. Contribuyan, pues, con sus
iniciativas, su creatividad y su trabajo competente y entusiasta en este campo, como cosa propia
de su vocacion, para que todo el Pueblo de Dios pueda distinguir con más precisión los valores
evangélicos y los contravalores que esos signos encierran.
11. Los rasgos propios de la vocación de los laicos en la Iglesia, corresponden evidentemente
también a aquellos que viven esa vocación en la escuela. El hecho de que los laicos realicen su
vocación especifica en muy diversas áreas y estados de la vida humana, hace que su vocación
común adquiera características peculiares según sean esas situaciones. Resulta, pues,
imprescindible para comprender mejor la vocación del laico católico en la escuela, hacer algunas
indicaciones sobre la misma.
La escuela
12. Si bien los padres son los primeros y obligados educadores de sus hijos (14) y su derecho-deber
en esta tarea es «original y primaria respecto al deber educativo de los demás»,(15) la escuela
tiene un valor y una importancia básica entre todos los medios de educación que ayudan y
completan el ejercicio de este derecho y deber de la familia. Por tanto, en virtud de su misión,
corresponde a la escuela cultivar con asiduo cuidado las facultades intelectuales, creativas y
estéticas del hombre, desarrollar rectamente la capacidad de juicio, la voluntad y la afectividad,
promover el sentido de los valores, favorecer las actitudes justas y los comportamientos
adecuados, introducir en el patrimonio cultural conquistado por las generaciones anteriores,
preparar para la vida profesional y fomentar el trato amistoso entre los alumnos de diversa fndole
y condición, induciéndolos a comprenderse mutuamente.(16) También por estos motivos entra la
escuela en la misión propia de la Iglesia.
13. La escuela ejerce una función social insustituíble, pues hasta hoy se ha revelado como la
respuesta institucional más importante de la sociedad al derecho de todo hombre a la educación,
y por tanto a la realización de sí mismo, y como uno de los factores más decisivos para la
estructuración y la vida de la misma sociedad. La importancia creciente del entorno y de los
instrumentos de comunicación social, con sus contradictorias y a veces nocivas influencias, la
extensión continua del ámbito cultural, la cada vez más compleja y necesaria preparación para la
vida profesional, de día en día más diversificada y especializada, y la consiguiente incapacidad
progresiva de la familia para afrontar por sí sola todos esos graves problemas y exigencias, hace
cada vez más necesaria la escuela.
14. A causa de la importancia de la escuela en orden a la educación del hombre, es el mismo
educando y, cuando él no esté capacitado todavía para ello, sus padres —a quienes incumbe en
primer lugar el derecho de educar a sus hijos(17)— los que tienen el derecho de elegir el modo de
esa formación y, por lo tanto, la clase de escuela que prefieren.(18) Aparece así con claridad que
no es admisibile, en principio, el monopolio de la escuela por parte del Estado,(19) y que el
pluralismo de escuelas hace posible el respeto al ejercicio de un derecho fundamental del hombre
y a su libertad, aunque ese ejercicio esié condicionado por múltiples circunstancias según la
realidad de cada país. En esa pluralidad de escuelas, la Iglesia presta su contribución específica y
enriquecedora con la escuela católica.
Ahora bien, el laico católico desempeña una función evangelizadora en las diversas escuelas, y no
sólo la escuela católica, dentro de las posibilidades que los diversos contextos sociopolfticos
existentes en el mundo actual le permiten.
15. El mismo Concilio Vaticano II pondera de manera especial la vocación del educador, que es tan
propia de los laicos (20) como de aquellos que asumen otras formas de vida en la Iglesia.
Siendo educador aquel que contribuye a la formación integral del hombre, merecen
especialmente tal consideración en la escuela por su número y por la finalidad misma de la
institución escolar, los profesores que han hecho de semejante tarea su propria profesión. A ellos
hay que asociar a todos los que participan en distinto grado, en dicha formación, bien sea de
manera eminente en cargos directivos, bien como consejeros, tutores o coordinadores,
completando el trabajo educativo del profesor, bien en puestos administrativos y en otros
servicios. El análisis de la figura del laico católico como educador, centrado en su función de
profesor, puede servir a todos los demás, según sus diversas actividades, como elemento de
profunda reflexión personal.
16. Efectivamente no se habla aquí del profesor como de un profesional que se limita a comunicar
de forma sistemática en la escuela una serie de conocimientos, sino del educador, del formador de
hombres. Su tarea rebasa ampliamente la del simple docente, pero no la excluye. Por esto
requiere, como ella y más que ella, una adecuada preparación profesional. Ésta es el cimiento
humano indispensable sin el cual sería ilusorio intentar cualquier labor educativa.
Pero además la profesionalidad de todo educador tiene una característica específica que adquiere
su significación más profunda en el caso del educador católico: la comunicación de la verdad. En
efecto para el educador católico cualquier verdad será siempre una participación de la Verdad, y la
comunicación de la verdad como realización de su vida profesional se convierte en un rasgo
fundamental de su participación peculiar en el oficio profético de Cristo, que prolonga con su
magisterio.
17. La formación integral del hombre como finalidad de la educación, incluye el desarrollo de
todas las facultades humanas del educando, su preparación para la vida profesional, la formación
de su sentido ético y social, su apertura a la trascendencia y su educación religiosa. Toda escuela, y
todo educador en ella, debe procurar «formar personalidades fuertes y responsables, capaces de
hacer opciones libres y justas», preparando asf a los jóvenes «para abrirse progresivamente a la
realidad y formarse una determinada concepción de la vida». (21)
18. Toda educación está, pues, guiada por una determinada concepción del hombre. Dentro del
mundo pluralista de hoy, el educador católico está llamado a guiarse conscientemente en su tarea
por la concepción cristiana del hombre en comunión con el magisterio de la Iglesia. Concepción
que, incluyendo la defensa de los derechos humanos, coloca al hombre en la más alta dignidad, la
de hijo de Dios; en la más plena libertad, liberado por Cristo del pecado mismo; en el más alto
destino, la posesión definitiva y total del mismo Dios por el amor. Lo sitúa en la más estrecha
relación de solidaridad con los demás hombres por el amor fraterno y la comunidad eclesial; lo
impulsa al más alto desarrollo de todo lo humano, porque ha sido constituido señor del mundo
por su propio Creador; le da, en fin, como modelo y meta a Cristo, Hijo de Dios encarnado,
perfecto Hombre, cuya imitación constituye para el hombre fuente inagotable de superación
personal y colectiva. De esta forma, el educador católico puede estar seguro de que hace al
hombre más hombre. (22) Corresponderá, sobre todo, al educador laico comunicar
existencialmente a sus alumnos que el hombre inmerso cotidianamente en lo terreno, el que vive
la vida secular y constituye la inmensa mayoría de la familia humana, está en posesión de tan
excelsa dignidad.
19. Todo educador católico tiene en su vocación un trabajo de continua proyección social, ya que
forma al hombre para su inserción en la sociedad, preparándolo a asumir un compromiso social
ordenado a mejorar sus estructuras conformándolas con los principios evangélicos, y para hacer
de la convivencia entre los hombres una relación pacifica, fraterna y comunitaria. Nuestro mundo
de hoy con sus tremendos problemas de hambre, analfabetismo y explotación del hombre, de
agudos contrastes en el nivel de vida de personas y países, de agresividad y violencia, de creciente
expansión de la droga, legalización del aborto y, en muchos aspectos, minusvaloración de la vida
humana, exige que el educador católico desarrolle en sf mismo y cultive en sus alumnos una
exquisita sensibilidad social y una profunda responsabilidad civil y política. El educador católico
está comprometido, en último término, en la tarea de formar hombres que hagan realidad la
«civilización del amor». (23)
Al mismo tiempo, el educador laico está llamado a aportar a esa proyección y sensibilidad sociales
su propia vivencia y experiencia, en orden a que esa inserción del educando en la sociedad pueda
alcanzar mejor la fisonomfa específicamente laical que la casi totalidad de los educandos están
llamados a vivir.
20. La formación integral del hombre tiene en la Escuela su medio especifico: la comunicación de
la cultura. Para el educador católico tiene especial importancia considerar la profunda relación que
hay entre la cultura y la Iglesia. Pues ésta, no sólo influye en la cultura y es, a su vez, condicionada
por ella, sino que la asume, en todo aquello que es compatible con la Revelación, y le es necesaria
para proclamar el mensaje de Cristo, expresándolo adecuadamente según los caracteres culturales
de cada pueblo y cada época. En la relación entre la vida de la Iglesia y la cultura se manifiesta con
luminosidad peculiar la unidad existente entre creación y redención.
Por eso mismo, la comunicación de la cultura, para merecer la calificación de educativa, además
de ser orgánica tiene que ser crítica y valorativa, histórica y dinámica. La fe proporciona al
educador católico algunas premisas esenciales para realizar esa crítica y esa valoración, y le hace
ver el quehacer histórico del hombre como una historia de salvación llamada a desembocar en la
plenitud del Reino, que sitúa constantemente a la cultura en una linea creadora de
perfeccionamiento y de futuro.
22. Todo este trabajo del educador católico en la escuela, tiene lugar en una estructura, la
comunidad educativa, que es el conjunto de estamentos —alumnos, padres, profesores, entidad
promotora y personal no docente— relacionados entre sí, que caracterizan a la escuela como
institución de formación integral. La concepción de la escuela como tal comunidad, aunque no se
agote en ella, y la conciencia generalizada de esta realidad es uno de los avances más
enriquecedores de la institución escolar de nuestro tiempo. El educador católico ejerce su
profesión como parte de un estamento fundamental de esa comunidad. Ello le brinda,
precisamente a través de su estructura profesional, la posibilidad de vivir personalmente y hacer
vivir a sus alumnos la dimensión comunitaria de la persona, a la que está llamado todo hombre,
como ser social, y como miembro del Pueblo de Dios.
23. La estructura comunitaria que es la escuela, pone al educador católico en contacto con un
número especialmente amplio y rico de personas; no sólo los alumnos, que son la razón misma de
la existencia de la escuela y de su propia profesión, sino sus propios compañeros en la tarea
educativa, los padres de los alumnos, el resto del personal de la escuela, la entidad promotora.
Con todos ellos, con los organismos escolares y culturales con los que se relaciona la escuela, con
la Iglesia local y parroquial, y con el entorno humano en que aquella está enclavada y en el que de
diversas maneras ha de proyectarse, está llamado el educador católico a desarrollar un trabajo de
animación espiritual, que puede abarcar diferentes formas de evangelización.
24. Como resumen puede decirse que el educador laico católico es aquel que ejercita su ministerio
en la Iglesia viviendo desde la fe su vocación secular en la estructura comunitaria de la escuela,
con la mayor calidad profesional posible y con una proyección apostólica de esa fe en la formación
integral del hombre, en la comunicación de la cultura, en la práctica de una pedagogía de contacto
directo y personal con el alumno y en la animación espiritual de la comunidad educativa a la que
pertenece y de aquellos estamentos y personas con los que la comunidad educativa se relaciona. A
él, como miembro de esa comunidad, confían la familia y la Iglesia la tarea educativa en la escuela.
El educador laico debe estar profundamente convencido de que entra a participar en la misión
santificadora y educadora de la Iglesia, y, por lo mismo, no puede considerarse al margen del
conjunto eclesial.
25 El trabajo es la vocación del hombre y una de las características que lo distinguen del resto de
las criaturas, (24) pero es evidente que no basta tener una identidad vocacional, que afecta al ser
personal entero, si esa identidad no se vive. Más concretamente, si el hombre con su trabajo debe
contribuir «sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad» (25) el educador
que no realice su tarea educativa deja, por ello mismo, de ser educador. Y si la realiza sin que en
esa tarea deje huella alguna su condición de católico, tampoco podrá definirse como tal. Esa
puesta en práctica de la identidad tiene algunos rasgos comunes, esenciales, que no podrán estar
ausentes en ningún caso, cualquiera que sea la escuela en la que el educador laico viva su
vocación; pero habrá otros que necesitarán una adaptación específica a las diversas clases de
escuelas, según la naturaleza de éstas.
Realismo esperanzado
26. La identidad del educador laico católico reviste necesariamente los caracteres de un ideal ante
cuya consecución se interponen innumerables obstáculos. Éstos provienen de las propias
circunstancias personales y de las deficiencias de la escuela y de la sociedad, que repercuten de
manera especial en la niñez y en la juventud. Las crisis de identidad, la ausencia de fe en las
estructuras sociales, la consiguiente inseguridad y falta de convicciones personales, el contagio de
la progresiva secularización del mundo, la pérdida del sentido de la autoridad y del debido uso de
la libertad no son más que algunas de las múltiples dificultades que los adolescentes y jóvenes de
nuestro tiempo presentan, más o menos, según las diversas culturas y los diferentes países, al
educador católico, que, además, en su condición de laico se ve afectado por las crisis de la familia
y del mundo del trabajo.
Las dificultades existentes han de ser admitidas con sincero realismo y al mismo tiempo tienen que
ser vistas y afrontadas con el sano optimismo y el denodado esfuerzo que reclaman de todos los
creyentes la esperanza cristiana y la participación en el misterio de la Cruz. Pues el primero e
indispensable fundamento para intentar vivir la identidad del educador laico católico es condividir
plenamente y hacer propias las enseñanzas que sobre tal identidad la Iglesia, iluminada por la
Revelación divina, ha expresado y procurar adquirir la necesaria fortaleza en la personal
identificación con Cristo.
Saben, sin embargo, los educadores, que la mala calidad de la enseñanza originada por la
insuficiente preparación de las clases o el estancamiento en los métodos pedagógicos, redunda
necesariamente en merma de esa formación integral del educando, a la que están llamados a
colaborar, y del testimonio de vida que están obligados a ofrecer.
28. La tarea del educador católico está orientada a la formación integral de un hombre a quien se
le abre el maravilloso horizonte de respuestas que, sobre el sentido último del hombre mismo, de
la vida humana, de la historia y del mundo ofrece la Revelación cristiana. Esas respuestas han de
ser ofrecidas al educando desde la más profunda convicción de la fe del educador, pero con el más
exquisito respeto de la conciencia del alumno. Es cierto que las diversas situaciones de éste en
relación con la fe admiten muy diversos niveles de presentación de la visión cristiana de la
existencia, que pueden ir desde las formas más elementales de evangelización hasta la comunión
con la misma fe, pero, en cualquier caso, esa presentación deberá revestir siempre el carácter de
un ofrecimiento, por apremiante y urgente que sea, y nunca el de una imposición.
Tal ofrecimiento no puede, por otra parte, hacerse fríamente y desde un punto de vista
meramente teórico, sino como una realidad vital que merece la adhesión del ser entero del
hombre para hacer de ella vida propia.
29. El logro de esta vasta tarea requiere la convergencia de diversos elementos educativos en cada
uno de los cuales el educador católico laico tiene que comportarse como testigo de la fe. La
comunicación orgánica, crítica y valorativa de la cultura (27) comporta, evidentemente, una
trasmisión de verdades y saberes y en ese aspecto el educador católico debe estar continuamente
atento a abrir el correspondiente diálogo entre cultura y fe —profundamente relacionadas entre
sí-—, para propiciar a ese nivel la debida síntesis interior del educando. Síntesis que el educador
deberá haber conseguido en sí mismo previamente.
30. Ahora bien, esa comunicación crítica comporta también por parte del educador la
presentación de una serie de valores y contravalores, cuya consideración como tales depende de
la propria concepción de la vida y del hombre. Pero el educador católico no puede contentarse con
presentar positivamente y con valentía una serie de valores de carácter cristiano como simples y
abstractos objetos de estima, sino como generadores de actitudes humanas, que procurará
suscitar en los educandos; tales son: la libertad respetuosa con los demás, la responsabilidad
consciente, la sincera y permanente búsqueda de la verdad, la crítica equilibrada y serena, la
solidaridad y el servicio hacia todos los hombres, la sensibilidad hacia la justicia, la especial
conciencia de ser llamados a ser agentes positivos de cambio en una sociedad en continua
transformación.
31. A partir de tales actitudes el educador podrá ya subrayar con más facilidad lo positivo de unos
comportamientos consecuentes con esas actitudes. Su máxima aspiración tiene que tender a que
dichas actitudes y comportamientos lleguen a estar motivados y conformados por la fe interior del
educando, alcanzando así su máxima riqueza y extendiéndose a realidades que, como la oración
filial, la vida sacramental, la caridad fraterna y el seguimiento de Jesucristo, son patrimonio
específico de los creyentes. La plena coherencia de saberes, valores, actitudes y comportamientos
con la fe, desembocará en la síntesis personal entre la vida y la fe del educando. Por ello pocos
católicos tan calificados como el educador, para conseguir el fin de la evangelización, que es la
encarnación del mensaje cristiano en la vida del hombre.
32. Ante el alumno en formación cobra un relieve especial la preeminencia que la conducta tiene
siempre sobre la palabra. Cuanto más viva el educador el modelo de hombre que presenta como
ideal tanto más será éste creíble y asequible. Porque el alumno puede entonces contemplarlo no
sólo como razonable, sino como vivido, cercano y realizado. Especialísima importancia alcanza
aquí el testimonio de la fe del educador laico. En el podrá ver el alumno las actitudes y
comportamientos cristianos que tantas veces brillan por su ausencia en el entorno secular en que
vive, y que puede creer por ello mismo irrealizables en la vida. No se olvide que también en estos
tiempos de crisis «que afectan sobre todo a las generaciones jóvenes», el factor más importante
de la tarea educativa es «siempre el hombre, y su dignidad moral, que procede de la verdad de sus
principios y la conformidad de sus acciones con estos principios». (28)
33. En este aspecto alcanza un peso específico lo dicho acerca del contacto directo y personal del
educador con el alumno, (29) que es un medio privilegiado para ese testimonio de vida. Esa
relación personal, que nunca puede ser un monólogo y debe estar presidida en el educador por la
convicción de que constituye un mutuo enriquecimiento, exige al mismo tiempo del educador
católico la permanente conciencia de su misión. El educador no puede olvidar la necesidad de
compañía y guía que el alumno tiene en su crecimiento y la ayuda que precisa para superar sus
dudas y desorientaciones. Tiene al mismo tiempo que dosificar con prudente realismo y
adaptación en cada caso, la cercanía y la distancia. La cercanía, porque sin ella carecería de base la
relación personal; la distancia, porque el educando debe ir afirmando su propria personalidad y
hay que evitar la inhibición en el uso responsable de su libertad.
Conviene recordar en este punto que el uso responsable de esa libertad comprende la elección del
proprio estado de vida y que no puede ser ajeno al educador católico respecto a sus alumnos
creyentes, el tema de la vocación personal del educando dentro de la Iglesia. Aquí entran tanto el
descubrimiento y cultivo de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, como la llamada a
vivir un particular compromiso en los Institutos Seculares o en Movimientos Católicos de
Apostolado, —tareas muchas veces abandonadas—, como la ayuda al discernimiento de la
llamada al matrimonio o al celibato, incluso consagrado, dentro de la vida laical.
Por otra parte, el contacto personal y directo no es sólo una metodología apropiada para que el
educador vaya formando al educando, es la fuente misma en la que el educador bebe el necesario
conocimiento que ha de poseer del alumno para formarlo. Ese conocimiento es hoy tanto más
indispensable cuantos mayores han sido —en profundidad y frecuencia— los cambios
generacionales en los últimos tiempos.
Aspectos comunitarios
34. A una con la afirmación de su personalidad, y como parte de ella, el alumno tiene que ser
guiado por el educador católico hacia una actitud de apertura y sociabilidad para con los demás
miembros de la comunidad educativa, de las otras comunidades de que forma parte y de la entera
comunidad humana. Por otra parte, la pertenencia a la comunidad educativa y la influencia que a
la escuela le toca ejercer y espera recibir de su entorno social, pide del educador laico católico una
amplia comunicación y el debido trabajo en equipo con sus propios compañeros, la relación con
los otros estamentos de dicha comunidad y la disponibilidad necesaria para colaborar en las
diversas áreas que lleva consigo la participación en la tarea educativa común del centro escolar.
Siendo la familia «la primera y fundamental escuela de socialidad», (30) el educador laico deberá,
en especial, aceptar gustosamente y aún procurar, los debidos contactos con los padres de los
alumnos. Estos contactos son necesarios, por otra parte, para que la tarea educativa de la familia y
de la escuela se oriente conjuntamente en los aspectos concretos, para facilitar «el grave deber de
los padres de comprometerse a fondo en una relación cordial y efectiva con los profesores y
directores de las escuelas»,(31) y para satisfacer la necesidad de ayuda de muchas familias para
poder educar convenientemente a sus proprios hijos y cumplir así la función «insustituible e
inalienable» (32) que les corresponde.
35. Al mismo tiempo necesita también el educador prestar una constante atención al entorno
sociocultural, económico y político de la escuela, tanto al más inmediato del barrio o zona donde
la escuela se halla enclavada, como al contexto regional y nacional, que muchas veces, a través de
los medios de comunicación social, ejercen tanta o mayor influencia que aquél. Sólo ese
seguimiento de la realidad global inmediata, nacional e internacional le proporcionará los datos
precisos para salir al paso de las necesidades actuales de formación de sus alumnos e intentar
prepararlos para el mundo futuro que intuye.
36. Aunque es justo esperar que el educador laico católico dé, preferencialmente, su adhesión a
las asociaciones profesionales católicas tampoco puede considerar como ajenas a su tarea
educativa: su participación y colaboración en otros grupos y asociaciones profesionales o
conectadas con la educación, su aportación, por módica que sea, al logro de una adecuada política
educativa nacional y su posible actividad sindical en consonancia siempre con los derechos
humanos y los principios cristianos sobre la educación.(33) Considere el educador laico cuán
alejada puede estar a veces su vida profesional de los movimientos asociativos y las graves
repercusiones que un indebido absentismo puede tener en cuestiones educativas importantes.
Es verdad que muchas de estas actividades no son retribuidas, y el realizarlas depende de la
generosidad de quien participa en ellas. Hay que hacer, sin embargo, una llamada apremiante a
esa generosidad cuando están en juego realidades de tanta trascendencia que no pueden ser
ajenas al educador católico.
37. El educador laico realiza una tarea que encierra una insoslayable profesionalidad, pero no
puede reducirse a ésta. Está enmarcada y asumida en su sobrenatural vocación cristiana. Debe,
pues, vivirla efectivamente como una vocación en la que, por su misma naturaleza laical, tendrá
que conjugar el desinterés y la generosidad con la legítima defensa de sus proprios derechos, pero
vocación al fin con toda la plenitud de vida y de compromiso personal que dicha palabra encierra y
que abre amplísimas perspectivas para ser vivida con alegre entusiasmo.
Es, pues, altamente deseable que todo educador laico católico cobre la máxima conciencia de la
importancia, riqueza y responsabilidad de semejante vocación y se esfuerce por responder a lo
que ella exige, con la seguridad de que esa respuesta es capital para la construcción y constante
renovación de la ciudad terrena y para la evangelización del mundo.
En la escuela católica
38. Es nota distintiva de la escuela católica «crear en la comunidad escolar un ambiente animado
por el espíritu evangélico de libertad y caridad, ayudar a los adolescentes a que, a la vez que en el
desarrollo de la propia persona, crezcan según la nueva creatura que por el bautismo han sido
hechos, y ordenar últimamente toda la cultura humana según el mensaje de la salvación, de
manera que el conocimiento que gradualmente van adquiriendo del mundo, de la vida y del
hombre, quede iluminado por la fe».(34) Es obvio por todo ello que la escuela católica «entra de
lleno en la misión salvífica de la Iglesia y particularmente en la exigencia de la educación en la fe»,
(35) incluye una adhesión sincera al Magisterio de la Iglesia, una presentación de Cristo como
modelo supremo del hombre y un especial cuidado de la calidad de la enseñanza religiosa escolar.
Ante estos ideales y objetivos específicos que constituyen el proyecto educativo general de la
escuela católica, el laico católico que trabaja en ella debe ser consciente de los mismos y de que la
escuela católica es por este motivo el espacio escolar donde puede desarrollar su entera vocación
con mayor libertad y profundidad y el modelo de su acción apostólica en cualquier escuela, según
sus posibilidades. Todo lo cual debe llevarle a contribuir corresponsablemente en la consecución
de tales ideales y objetivos, en actitud de plena y sincera adhesión a los mismos. Ello no implica,
como es lógico, la ausencia de dificultades, entre las cuales cabe mencionar, por sus muchas
consecuencias, la mayor heterogeneidad interna del alumnado y profesorado en las escuelas
católicas de muchos países.
39. Dentro de los rasgos comunes a toda escuela católica existen diversas realizaciones posibles
que, en la práctica, responden en muchas ocasiones al carisma especifico del Instituto religioso
que la funda y promueve. Pero ya sea su origen una institución del clero secular, de religiosos, o de
laicos, cada escuela católica puede tener sus propias características que se plasmarán en su
proyecto educativo particular o en su pedagogía propia. En ese caso, el laico católico que trabaja
en ella deberá buscar la comprensión de esas características y las razones de las mismas y procurar
identificarse con ellas en grado suficiente para que los rasgos propios de la escuela se realicen a
través de su trabajo personal.
40. Es importante que, de acuerdo con la fe que profesan y el testimonio de vida que están
llamados a dar,(36) los laicos católicos que trabajan en esta escuela participen sencilla y
activamente en la vida litúrgica y sacramental que en su ámbito se desarrolle. Los alumnos
asimilarán así mejor, a través del ejemplo vivo, la importancia que esa vida tiene para los
creyentes. Es sumamente positivo que, en una sociedad secularizada donde los alumnos ven a
muchos laicos que se dicen católicos vivir habitualmente apartados de la liturgia y de los
sacramentos, puedan contemplar la conducta de otros laicos adultos que toman seriamente esas
realidades como fuente y alimento de su vivencia cristiana.
42. Frecuentan, a veces, las escuelas de la Iglesia alumnos que no profesan la fe católica o que, tal
vez, carecen de toda creencia religiosa. Como respuesta voluntaria del hombre a Dios que se le
revela, la fe no admite violencia. Por consiguiente, los educadores católicos, al proponer la
doctrina en consonancia con sus propias convicciones religiosas y con la identidad de la escuela,
tendrán sumo respeto para con la libertad de los alumnos no católicos. Estarán siempre abiertos al
auténtico diálogo, convencidos de que el aprecio afectuoso y sincero para quienes honestamente
buscan a Dios, representa, en tales circunstancias, el testimonio más acertado de su propia fe.(37)
43. La escuela católica, como comunidad educativa que tiene como aspiración última educar en la
fe, será tanto más idónea para cumplir su cometido, cuanto más represente la riqueza de la
comunidad eclesial. La presencia simultánea en ella de sacerdotes, religiosos o religiosas y laicos
constituye para el alumno un reflejo vivo de esa riqueza que le facilita una mejor asimilación de la
realidad de la Iglesia. Considere el laico católico que, desde este punto de vista, su presencia en la
escuela católica, como la de los sacerdotes, religiosos o religiosas, es importante. Pues cada una de
estas formas de vocación eclesial aporta al educando el ejemplo de una encarnación vital distinta:
el laico católico, la entrañable vinculación de las realidades terrenas a Dios en Cristo, la
profesionalidad secular como ordenación del mundo a Dios; el sacerdote, las múltiples fuentes de
gracia que Cristo ha dejado en los sacramentos a todos los creyentes, la luz reveladora de la
Palabra, el carácter de servicio que reviste la estructura jerárquica de la Iglesia; los, religiosos y
religiosas, el espíritu renovador de las bienaventuranzas, la continua llamada al Reino como única
realidad definitiva, el amor de Cristo y de los hombres en Cristo como opción total de la vida.
44. Las características propias de cada vocación deben hacer pensar a todas ellas en la gran
conveniencia de la mutua presencia y complementación para asegurar el carácter de la escuela
católica, y animar a todos a la búsqueda sincera de la unión y coordinación. Contribuyan asimismo
los laicos con su actitud a la debida inserción de la escuela católica en la pastoral de conjunto de la
Iglesia local, perspectiva que nunca debe descuidarse, y en los campos convergentes de la pastoral
parroquial. Aporten también sus iniciativas y su experiencia para una mayor relación y
colaboración de las escuelas católicas entre sí, con otras escuelas, especialmente aquellas que
participan de un mismo pensamiento cristiano, y con la sociedad.
45. Piensen al mismo tiempo muy seriamente los laicos educadores católicos en la amenaza de
empobrecimiento que puede suponer para la escuela católica la desaparición o disminución de
sacerdotes, religiosos y religiosas en la misma, cosas ambas que deben evitarse en la medida de lo
posible, y prepárense de forma adecuada para ser capaces de mantener por sí solos, cuando fuera
necesario o conveniente, las escuelas católicas actuales o futuras. Pues el dinamismo histórico que
rige la actualidad hace prever que, al menos durante un periodo de tiempo bastante cercano, la
existencia de la escuela católica en algunos países de tradición católica dependerá
fundamentalmente de los laicos, como ha dependido y depende, con gran fruto, en tantas Iglesias
jóvenes. Semejante responsabilidad no puede desembocar en actitudes meramente pasivas de
temor o lamentación, sino impulsar a acciones decididas y eficaces, que deberían ya empezar a
preverse y planificarse con la ayuda de aquellos mismos Institutos Religiosos que ven disminuir sus
posibilidades en un inmediato futuro.
46. A veces los Obispos, aprovechando la disponibilidad de laicos competentes y deseosos de dar
un abierto testimonio cristiano en el campo educativo, les confían la gestión total de escuelas
católicas, incorporándolos así a la misión: apostólica de la Iglesia. (38)
Dada la extensión siempre creciente del campo escolar la Iglesia necesita aprovechar todos los
recursos disponibles para educar cristianamente a la juventud y, en consecuencia, incrementar la
participación de educadores laicos católicos, lo cual no quita importancia a las escuelas dirigidas
por las familias religiosas. El cualificado testimonio, tanto individual como comunitario, de los
religiosos y religiosas en los propios centros de enseñanza, hacen en que éstos sean más
necesarios que nunca en un mundo secularizado.
Los miembros de las Comunidades religiosas tienen pocos campos tan aptos como sus escuelas,
para dar este testimonio. En estos centros los religiosos y religiosas pueden establecer un contacto
inmediato y duradero con la juventud, en un contexto que espontáneamente reclama con
frecuencia la verdad de la fe para iluminar las diversas dimensiones de la existencia. Este contacto
tiene una especial importancia en una edad en la que las ideas y las experiencias dejan una huella
permanente en la personalidad del alumno.
Sin embargo, la llamada que hace la Iglesia a los educadores laicos para incorporarlos a un
apostolado activo escolar, no se limita a los propios centros, sino que se extiende a todo el vasto
campo de la enseñanza, en la medida en que sea posible dar en él un testimonio cristiano.
47. Se toman aquí en consideración las escuelas, estatales o no, que estén guiadas por proyectos
educativos distintos del de la Escuela Católica, siempre que esos proyectos no sean incompatibles
con la concepción cristiana del hombre y de la vida. Estas escuelas, que son la mayoría de las
existentes en el mundo, pueden estar orientadas en su proyecto educativo por una determinada
concepción del hombre y de la vida o, más simple y estrechamente, por una determinada
ideología, (39) o admitir, dentro de un marco de principios bastante generales, la coexistencia de
diversas concepciones o ideologías entre los educadores. Se entiende dicha coexistencia como una
pluralidad manifestada, ya que en tales escuelas cada educador imparte sus enseñanzas, expone
sus criterios y presenta como positivos determinados valores en función de la concepción del
hombre o de la ideología que comparte. No se habla aquí de la escuela neutra, porque en la
práctica ésta no existe.
48. En nuestro mundo pluralista y secularizado, la presencia del laico católico es con frecuencia la
única presencia de la Iglesia en dichas escuelas. En ellas se cumple lo expresado más arriba de que
sólo a través del laico puede la Iglesia llegar a determinados lugares, ambientes o instituciones.
(40) La clara conciencia de esta situación ayudará mucho al laico católico en la asunción de sus
responsabilidades.
49. El educador laico católico deberá impartir sus materias desde la óptica de la fe cristiana, de
acuerdo con las posibilidades de cada materia y con las circunstancias del alumno y de la escuela.
De esta manera ayudará a los educandos a descubrir los auténticos valores humanos y, aunque
con las limitaciones propias de una escuela que no pretende la educación en la fe y en la que
muchos factores pueden ser contrarios a ella, contribuirá a iniciar en sus alumnos ese diálogo
entre la cultura y la fe que puede llegar un día a la síntesis deseable entre ambas. Esta tarea puede
ser especialmente fecunda para los alumnos católicos y constituirá una forma de evangelización
para aquellos que no lo sean.
50. Semejante actitud de coherencia con su fe tiene que ir acompañada, en una escuela pluralista,
de un marcado respeto hacia las convicciones y la tarea de los otros educadores, siempre que
éstos no conculquen los derechos humanos del alumno. Dicho respeto debe aspirar a llegar a un
diálogo constructivo, sobre todo con los hermanos cristianos separados y con todos los hombres
de buena voluntad. Así aparecerá con mayor claridad que la fe cristiana apoya en la práctica la
libertad religiosa y humana que defiende y que desemboca lógicamente en la sociedad en un
amplio pluralismo.
51. La participación activa del laico católico en las actividades de su propio estamento, en las
relaciones con los otros miembros de la comunidad educativa y en particular con los padres de los
alumnos, es también de suma importancia para que los objetivos, programas y métodos
educativos de la escuela en que trabaja se impregnen progresivamente del espíritu evangélico.
52. Por su seriedad profesional, por su apoyo a la verdad, a la justicia y a la libertad, por la
apertura de miras y su habitual actitud de servicio, por su entrega personal a los alumnos y su
fraterna solidaridad con todos, por su integra vida moral en todos los aspectos, el laico católico
tiene que ser en esta clase de escuela el espejo viviente en donde todos y cada uno de los
miembros de la comunidad educativa puedan ver reflejada la imagen del hombre evangélico.
En otras escuelas
53. Se consideran aquí, más en particular, aquellas otras escuelas establecidas en países de misión
o descristianizados en la práctica, donde se acentúan de manera especial las funciones que el laico
católico, por exigencia de su fe, tiene que desempeñar cuando es él la única o casi exclusiva
presencia de la Iglesia, no sólo en la escuela, sino en el lugar en que está situada. En esas
circunstancias él será con mucha frecuencia la única voz para hacer llegar a sus alumnos, a los
miembros de la comunidad educativa y a todos los hombres con quienes se relaciona como
educador y como persona, el mensaje evangélico.(41) Lo que se acaba de decir sobre la conciencia
de la propia responsabilidad, el enfoque cristiano de la enseñanza y la educación, el respeto a las
convicciones ajenas, el diálogo constructivo con otros cristianos y con los no creyentes, la
participación activa en los diversos estamentos de la escuela y, muy especialmente, el testimonio
de vida, cobra en este caso un relieve excepcional.
54. No se puede olvidar, finalmente, a aquellos laicos católicos que trabajan en escuelas de países
donde la Iglesia es perseguida y donde la misma condición de católico constituye un veto para
ejercer la función de educador. Laicos que tienen que ocultar su condición de creyentes para
poder trabajar en una escuela de orientación atea. Su mera presencia, de por sí difícil, si se ajusta
silenciosa pero vitalmente a la imagen del hombre evangélico, es ya un anuncio eficaz del mensaje
de Cristo, que contrarrestará la perniciosa intención que persigue la educación atea en la escuela.
El testimonio de vida y el trato personal con los alumnos puede, además, conducir, a pesar de
todas las dificultades, a una evangelización más explícita. Para muchos jóvenes de esos países, el
educador laico que, por causas humana y religiosamente dolorosas, se ve forzado a vivir su
catolicismo en el anonimato, podrá ser tal vez, el único medio de llegar a conocer genuinamente el
Evangelio y la Iglesia que son desfigurados y atacados en la escuela.
55. En cualquier tipo de escuelas, sobre todo en algunas regiones, el educador católico se
encontrará no raras veces con alumnos que no son católicos. Deberá guardar hacia ellos una
actitud no sólo respetuosa, sino acogedora y dialogante, motivada por un universal amor cristiano.
Tenga presente, además, que la verdadera educación no se limita a impartir conocimientos, sino
que fomenta la dignidad y fraternidad humanas y prepara a abrirse a la Verdad que es Cristo.
56. La enseñanza de la religión es propia de la escuela en general, siempre que ésta aspire a la
formación del hombre en sus dimensiones fundamentales, de las cuales no puede excluirse la
religiosa. En realidad, la enseñanza religiosa escolar es un derecho —con el correlativo deber— del
alumno y de los padres de familia, y para la formación del hombre es, además, un instrumento
importantísimo, al menos en el caso de la religión católica, para conseguir la adecuada síntesis
entre fe y cultura, que tanto se ha encarecido. Por ello la enseñanza de la religión católica, distinta
y al mismo tiempo complementaria de la catequesis propiamente dicha, (42) debería ser impartida
en cualquier escuela.
57. La enseñanza religiosa escolar es también, como la catequesis, «una forma eminente de
apostolado laical», (43) y por ello y por el número de profesores que tal enseñanza exige en las
dimensiones alcanzadas por la organización escolar en el mundo actual, corresponderá a los laicos
impartirla en la mayoría de las ocasiones, sobre todo en los niveles básicos de enseñanza.
58. Tomen, pues, conciencia los educadores católicos laicos, según lugares y circunstancias, de la
ingente tarea que se les brinda en este campo. Sin su generosa colaboración, la enseñanza
religiosa escolar no podrá adecuarse a las necesidades existentes, como ya ocurre en algunos
países. La Iglesia se encuentra en este aspecto, como en tantos otros, cada vez más necesitada de
la acción de los laicos. Esta necesidad puede ser especialmente apremiante en las Iglesias jóvenes.
59. La función del profesor de religión resulta, ciertamente, incomparable por el hecho de que «se
transmite no la propia doctrina o la de otro maestro, sino la enseñanza de Jesucristo».(44) Por
consiguiente en la transmisión de la misma, y tomando en cuenta el auditorio al que se dirigen, los
profesores de religión, al igual que los catequistas, «tendrán … el buen criterio de recoger en el
campo de la investigación teológica lo que pueda iluminar su propia reflexión y su enseñanza,
acudiendo … a las verdaderas fuentes, a la luz del Magisterio», del que dependen en el
desempeño de su función, y «se abstendrán de turbar el espíritu de los niños y de los jóvenes …
con teorías extrañas».(45) Sigan con fidelidad las normas de los episcopados locales en lo
concerniente a la propia formación teológica y pedagógica y a la programación de la materia y
tengan especialmente en cuenta la gran importancia que el testimonio de vida y una espiritualidad
intensamente vivida juegan en este campo.
60. La vivencia práctica de una vocación tan rica y tan profunda como la del laico católico en la
escuela, requiere la correspondiente formación, tanto en el plano profesional como el religioso.
Especialmente se requiere en el educador una personalidad espiritual madura que se exprese en
una profunda vida cristiana. «Esta vocación —dice el Concilio Vaticano II refiriéndose a los
educadores— exige … una preparación diligentísima».(46) «Prepárense (los profesores) con
especial cuidado de suerte que posean una ciencia, lo mismo profana que religiosa, garantizada
con los debidos títulos, y se enriquezcan, a tono con los avances del progreso, en el arte de educar
a la juventud».(47) Esta necesidad de formación suele acentuarse en el orden religioso y espiritual
donde con frecuencia el laico católico no perfecciona su formación inicial en el mismo grado que lo
hace en el orden cultural en general y, sobre todo, en el profesional.
Conciencia y estímulo
61. Los laicos católicos que se preparan para trabajar en la escuela son habitualmente muy
conscientes de que necesitan una buena formación profesional para poder realizar su misión
educadora, para la que suelen tener una auténtica vocación humana. Este tipo de conciencia, aun
dentro del campo profesional, no es, sin embargo, todavía la propia de un laico católico que tiene
que vivir su tarea educativa como medio fundamental de santificación personal y de apostolado.
Es precisamente la conciencia de tener que vivir así su vocación la que se postula del laico católico
que trabaja en la escuela. Hasta qué punto poseen dichos laicos esta conciencia es algo que se
deben cuestionar ellos mismos.
62. Relacionada con esta conciencia específica del laico católico está la que se refiere a la
necesidad de ampliar y actualizar su formación religiosa, de manera que acompañe, paralela y
equilibradamente, su entera formación humana. Por tanto, el laico católico debe tener conciencia
viva de la necesidad de esta formación religiosa porque de ella depende no sólo su posibilidad de
apostolado, sino el debido ejercicio de su tarea profesional, especialmente cuando se trata de la
tarea educativa.
63. Estas consideraciones intentan ayudar a despertar esa conciencia y a reflexionar sobre la
situación personal en este punto, fundamental para llegar a vivir en plenitud la vocación laica de
educador católico. El ser o no ser, que se pone en juego, debería constituir el mejor estímulo para
entregarse al esfuerzo que siempre supone intentar adquirir una formación, que se ha descuidado,
o mantenerla al debido nivel. De todas formas, dentro de la comunidad eclesial, el educador laico
católico puede fundadamente esperar de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, sobre
todo los dedicados al apostolado de la educación, y de los movimientos y asociaciones de
educadores laicos católicos, que le ayuden a adquirir plena conciencia de sus necesidades
personales en el campo de la formación y le estimulen, de la forma más adecuada, para entregarse
más enteramente al compromiso social que tal formación exige.
64. Conviene advertir que no todos los centros de formación del profesorado proporcionarán de
igual manera al educador católico la base profesional más idónea para realizar su misión
educativa, si se tiene en cuenta la profunda relación existente entre la manera de exponer el
contenido de las disciplinas, sobre todo de las más humanísticas, y la concepción del hombre, de la
vida y del mundo. Puede ocurrir fácilmente que en centros de formación del profesorado en los
que exista un pluralismo ideológico, el futuro docente católico tenga que hacer un esfuerzo
suplementario para conseguir, en determinadas disciplinas, su propia síntesis entre fe y cultura.
No puede olvidar tampoco, mientras se forma, que luego será él mismo quien tenga que enfocar
las materias ante sus alumnos de manera que propicie en ellos, primero el diálogo y luego la
ulterior síntesis personal entre la cultura y la fe. Teniendo en cuenta estos diversos aspectos, es
especialmente recomendable la asistencia a los centros de formación del profesorado dirigidos
por la Iglesia, allí donde existan, así como la creación de los mismos donde sea posible y no existan
aún.
65. La formación religiosa, por su parte, no puede detenerse para el educador católico al término
de sus estudios medios. Tiene que acompañar y completar su formación profesional, estar a la
altura de su fe de hombre adulto, de su cultura humana y de su vocación laical específica. En
efecto, la formación religiosa debe estar orientada a la santificación personal y al apostolado,
elementos inseparables a su vez en la vocación cristiana. La formación para el apostolado «supone
una cierta íntegra formación humana acomodada al carácter y a las cualidades de cada uno» y
requiere «además de la formación espiritual …, una sólida instrucción doctrinal, es decir, teológica,
ética, filosófica».(48) No puede olvidarse tampoco, en el caso del educador, la adecuada
formación en la enseñanza social de la Iglesia, que es «parte integrante de la concepción cristiana
de la vida» (49) y ayuda a mantener intensamente viva la indispensable sensibilidad social.(50)
Respecto del plano doctrinal y refiriéndose a los profesores, recuérdese que el Concilio Vaticano II
habla de la necesidad de una ciencia religiosa garantizada con los debidos títulos.(51) Es, pues,
muy recomendable que todos los laicos católicos que trabajan en la escuela, y muy especialmente
los educadores, sigan en las facultades eclesiásticas y en los institutos de ciencias religiosas
apropiados para ello, donde sea posible, cursos de formación religiosa hasta la obtención de los
correspondientes títulos.
66. Acreditados con dichos títulos y con una adecuada preparación en pedagogía religiosa,
quedarán fundamentalmente capacitados para la enseñanza de la religión. Los episcopados
promoverán y facilitarán toda esta capacitación para la enseñanza religiosa, así como para la
catequesis, sin olvidar el diálogo de mutua iluminación con el profesorado que se forma.
68. Ante esta realidad, que el laico es el primero en constatar, es obvia la exigencia de constante
actualización que al educador católico se le presenta respecto de sus actitudes personales, de los
contenidos de las materias que imparte y de los métodos pedagógicos que utiliza. Recuérdese que
la vocación de educador requiere «una continua prontitud para renovarse y adaptarse». (52) El
hecho de que esa necesidad de actualización sea constante, la convierte en una tarea de
formación permanente. Ésta no afecta sólo a la formación profesional, sino también a la religiosa
y, en general, al enriquecimiento de toda la personalidad, pues la Iglesia tiene que adaptar
constantemente su misión pastoral a las circunstancias de los hombres de cada época, en orden a
hacerles llegar de manera comprensible y apropiada a su condición, el mensaje cristiano.
69. Dada la variedad de los aspectos que abarca, la formación permanente requiere una búsqueda
constante, personal y comunitaria, de sus formas de realización. Entre ellas, la lectura de revistas y
libros apropiados, la asistencia a conferencias y cursillos de actualización, la participación en
convivencias, encuentros y congresos, e incluso la disponibilidad de ciertos periodos de tiempo
libre, se han convertido en instrumentos ordinarios y prácticamente imprescindibles de dicha
formación. Traten, pues, todos los laicos católicos que trabajan en la escuela, de incorporarlos
habitualmente a su propia vida humana, profesional y religiosa.
70. Nadie ignora que tal formación permanente, como su mismo nombre indica, es una tarea
ardua ante la que muchos desfallecen. Especialmente, si se considera la creciente complejidad de
la vida actual, las dificultades que entraña la misión educativa y las insuficientes condiciones
económicas que tantas veces la acompañan. A pesar de todo ello ningún laico católico que trabaje
en la escuela puede eludir ese reto de nuestro tiempo y quedarse anclado en conocimientos,
criterios y actitudes superados. Su renuncia a la formación permanente en todo su campo
humano, profesional y religioso lo colocaría al margen de ese mundo que es, precisamente, el que
tiene que ir llevando hacia el Evangelio.
71. Las diversas circunstancias en que se desarrolla el trabajo del laico católico en la escuela,
hacen que muchas veces éste se sienta aislado, incomprendido y, consecuentemente, tentado al
desaliento y al abandono de sus responsabilidades. Para hacer frente a estas situaciones y, en
general, para la mejor realización de la vocación a la que está llamado, el laico católico que trabaja
en la escuela debería poder contar siempre con el apoyo y la ayuda de la Iglesia entera.
72. Es primero en su propia fe donde el laico católico tiene que buscar ese apoyo. En la fe hallará
con seguridad la humildad, la esperanza y la caridad que necesita para perseverar en su vocación.
(53) Porque todo educador precisa de humildad para reconocer sus limitaciones, sus errores, la
necesidad de constante superación y la constatación de que el ideal que persigue le desbordará
siempre. Precisa también de una firme esperanza, porque nunca puede llegar a percibir en
plenitud los frutos de la tarea que realiza con sus alumnos. Y necesita, en fin. una permanente y
creciente caridad que ame siempre en sus alumnos al hombre hecho a imagen y semejanza de
Dios y elevado a hijo suyo por la redención de Jesucristo.
Ahora bien, esa fe humilde, esa esperanza y esa caridad, reciben su ayuda de la Iglesia a través de
la Palabra, de la vida sacramental y de la oración de todo el Pueblo de Dios. Porque la Palabra le
dice y le recuerda al educador la inmensa grandeza de su identidad y su tarea, la vida sacramental
le da la fuerza para vivirla y le reconforta cuando falla y la oración de toda la Iglesia presenta ante
Dios por él y con él, en la seguridad de una respuesta prometida por Jesucristo, lo que su corazón
desea y pide y hasta aquello que no alcanza a desear y pedir.
Apoyo comunitario
73. La tarea educativa es ardua, de inmensa trascendencia y por lo mismo de delicada y compleja
realización. Requiere calma, paz interior, ausencia de sobrecarga de trabajo y un continuo
enriquecimiento cultural y religioso, condiciones que pocas veces pueden darse juntas en la
sociedad de hoy. La naturaleza de la vocación del educador laico católico debería ser dada a
conocer con más frecuencia y profundidad a todo el Pueblo de Dios por quienes están más
capacitados para ello en la Iglesia. El tema de la educación, con todas sus implicaciones, debería
ser abordando con más insistencia ya que es uno de los grandes campos de acción de la misión
salvífica de la Iglesia.
74. De ese conocimiento nacerá lógicamente la comprensión y estima debidos. Todos los fieles
deberían ser conscientes de que sin el educador laico católico la educación en la fe en la Iglesia
carecería de uno de sus fundamentos. Por ello, todos los creyentes deben colaborar activamente,
en la medida de sus posibilidades, a que el educador tenga el rango social y el nivel económico que
merece, junto con la debida estabilidad y seguridad en el ejercicio de su noble tarea. Ningún
miembro de la Iglesia debe considerarse ajeno al trabajo de procurar en su propio país, que la
política educativa del mismo refleje lo más posible, en la legislación y en la práctica, los principios
cristianos sobre la educación.
75. Las condiciones del mundo contemporáneo deben mover a la jerarquía y a los Institutos
religiosos consagrados a la educación, a impulsar los grupos, movimientos y asociaciones católicas
existentes, de todos los laicos creyentes implicados en la escuela, y a la creación de otros nuevos,
buscando las formas más adecuadas a los tiempos y a las diversas realidades nacionales. Muchos
de los objetivos educativos, con sus implicaciones sociales y religiosas, que reclama la vocación del
laico católico en la escuela, serán difícilmente, alcanzables sin la unión de fuerzas que suponen los
cauces asociativos.
76. La relevancia de la escuela católica invita a centrar en ella una especial reflexión que pueda
servir de ejemplo concreto a las demás instituciones católicas, respecto a la ayuda que deben
prestar a los laicos que en ellas trabajan. Aun esta misma S. Congregación, refiriéndose a los laicos,
no ha dudado en afirmar que «los profesores, con la acción y el testimonio, están entre los
protagonistas más importantes que han de mantener el carácter específico de la escuela católica».
(54)
77. Los laicos deben encontrar ante todo en la escuela católica un ambiente de sincera estima y
cordialidad, donde puedan establecerse auténticas relaciones humanas entre todos los
educadores. Manteniendo cada uno su característica vocacional propia, (55) sacerdotes, religiosos,
religiosas y laicos deben integrarse plenamente en la comunidad educativa y tener en ella un trato
de verdadera igualdad.
78. Fundamentales para vivir conjuntamente unos mismos ideales por parte de la entidad
promotora y los laicos que trabajan en la escuela católica, son dos logros. Primero, una adecuada
retribución económica —garantizada por contratos bien definidos— del trabajo realizado en la
escuela, que permita a los laicos una vida digna, sin necesidad de pluriempleo ni sobrecargas que
entorpezcan su tarea educativa. Eso no será inmediatamente factible sin imponer un grave peso
financiero a las familias y hacer la escuela tan costosa que sólo sea accesible a una pequeña élite;
sin embargo, mientras esta retribución plenamente adecuada no sea posible, los laicos deben
poder apreciar en los promotores de la escuela una verdadera preocupación por alcanzar esta
meta.
Segundo, una auténtica participación de los laicos en las responsabilidades de la escuela, según su
capacidad en todos los órdenes y su sincera identificación con los fines educativos que
caracterizan a la escuela católica. Esta debe procurar, además, por todos los medios, cultivar esa
identificación, sin la cual no podrán alcanzarse tales fines. No se puede olvidar que la escuela
misma se crea incesantemente gracias al trabajo realizado por todos los que están comprometidos
en ella y muy especialmente los docentes. (56) Para conseguir esa deseable participación serán
condiciones indispensables la auténtica estima de la vocación laical, la debida información, la
confianza profunda y, cuando se viera conveniente, el traspaso a los laicos de las distintas
responsabilidades de enseñanza, administración y gobierno de la escuela.
80. La mejora continua de la escuela católica y la ayuda que ella, junto con las demás instituciones
educativas de la Iglesia, puede aportar al educador laico católico dependen en gran manera del
apoyo que las familias católicas en general y más en particular las que envían a ella sus hijos, le
presten. Apoyo en el que les incumbe una fuerte responsabilidad y que debe extenderse a todos
los órdenes: el interés y el aprecio, la colaboración general y económica. No todas las familias
podrán aportar esa colaboración en el mismo grado y de la misma manera, pero sí deben estar
dispuestas a la mayor generosidad dentro de sus posibilidades. Esa colaboración debe aplicarse
también a la participación en conseguir los objetivos y en las responsabilidades de la escuela. Esta,
por su parte, debe ofrecerles información de la realización y perfeccionamiento del proyecto
educativo, de la formación, de la administración y, en su caso, de la gestión.
CONCLUSIÓN
81. No pueden dudar los laicos católicos que trabajan en la escuela en tareas educativas como
profesores, directivos, administrativos o auxiliares, de que representan para la Iglesia una inmensa
esperanza. En ellos confía, en general, la Iglesia para la progresiva configuración de las realidades
temporales con el Evangelio y para hacerlo llegar a todos los hombres, y, de una manera
particular, para la trascendente tarea de la formación integral del hombre y la educación de la fe
de la juventud, de quien depende que el mundo del futuro esté más cerca o más lejos de
Jesucristo.
82. La S. Congregación para la Educación católica, al hacerse eco de esta esperanza y considerar el
enorme caudal evangélico que representan en el mundo los millones de católicos laicos que
dedican su vida a la escuela, recuerda las palabras con que el Concilio Vaticano II termina su
Decreto sobre el Apostolado de los laicos y «ruega encarecidamente en el Señor a todos los laicos
que respondan con gozo, con generosidad y prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta
hora invita con más insistencia…; recíbanla, pues, con entusiasmo y magnanimidad… y, tomando
sus cosas como propias (cf. Flp. 2, 5), asóciense a su misión salvadora…, para que, con las diversas
formas y modos del único apostolado de la Iglesia, que ha de adaptarse continuamente a las
nuevas necesidades de los tiempos, se muestren como cooperadores de ella, trabajando siempre
con generosidad en la obra de Dios, teniendo presente que sú trabajo no es vano delante del
Señor (cf. 1 Cor 15; 58)».(57)
Antonio M. Javierre,
Secretario Arzobispo tit. de Meta
1. Pastoral escolar. Evangelizar en nuestras Escuelas
La Congregación, consciente de los desafíos a los que la escuela católica debe hacer frente y a los
que debe responder con calidad y calidez educativa y evangélica, está plenamente comprometida
en esta misión.
La razón de ser de los centros educativos es realizar la misión de la Congregación de las Dominicas
de la Anunciata en el ámbito escolar. Para ello contamos:
• Con la definición del Carácter Propio (21 Hermanas Dominicas de la Anunciata, Carácter Propio. Centros
educativos de las Dominicas de la Anunciata. Madrid, 2005.) , en el que figura nuestra propuesta
educativa y sus rasgos de identidad. A través de este instrumento presentamos el proyecto
que nos convoca, manifestamos el tipo de persona que queremos formar, el modelo de
sociedad que queremos promover, los valores que pretendemos apoyar, las claves éticas y
morales que orientan la educación que proponemos, el modo de plantear la educación en la
fe, las acciones de pastoral y el compromiso social, las metodologías y los procesos que
seguimos, el estilo de educar y de crear climas educativos.
• Con la riqueza humana y profesional de muchos educadores y educadoras que aportan la
riqueza de su personalidad y de su preparación, y apoyan y comparten la visión, misión y
valores de los centros educativos Dominicas de la Anunciata.
• Con el compromiso de humanizar, que se manifiesta por el trato cercano, atento y respetuoso
con cada alumno y alumna, especialmente con aquellos que necesitan más nuestra cercanía,
y por la decisión de formarles teniendo como objetivo su autonomía personal y su
responsabilidad ante sí mismos y ante los demás.
• Con la vivencia de unas relaciones colaborativas y afectivas tan necesaria hoy, dada la
complejidad que entraña la vida escolar. Mirándonos a nosotros mismos como claustros y
equipos de educadores, y mirando a los alumnos y alumnas, nos comprometemos en la
urgencia de favorecer y revitalizar la cohesión entre nosotros, encontrarnos para descubrir
juntos los desafíos a la educación, crear redes de comunicación y colaboración, descubrir la
complementariedad que supone el trabajo en equipo, compartir experiencias, reconocer
juntos la riqueza humana de los valores del Evangelio, estimularnos unos a otros, vivir la
experiencia de la fraternidad que siempre es difusiva.
• Con la necesidad del testimonio y la coherencia de vida en la transmisión de valores y
opciones fundamentales. Sabemos por experiencia que más que las palabras lo que convence
es la coherencia de vida. Transmitimos y contagiamos lo que vivimos pues la fuerza de
convicción está en lo que verdaderamente somos.
• Con la responsabilidad en el trabajo y la preparación. Necesidad de estudio (uno de los pilares
fundamentales de nuestro carisma dominicano), de actualización y formación permanente; la
necesidad de reflexión sobre la propia práctica docente para una continua mejora y la
oportunidad que nos brinda esta profesión de poner en juego todas las capacidades y
habilidades personales que tenemos. Frente a la competitividad intentamos subrayar el
sentido social y cooperativo del trabajo, la responsabilidad profesional y los criterios éticos.
• Con la lectura permanente de la realidad social y del contexto, tener la cabeza y el corazón en
el momento presente, es imprescindible. Necesitamos conocer el contexto sociocultural de
los alumnos y las características de nuestro mundo. En este contexto abierto e
interrelacionado destacamos algunas líneas de nuestra propuesta: la educación para el
compromiso misionero, la justicia y la solidaridad, la educación para la escucha, el diálogo y la
tolerancia activa, la educación para la ciudadanía local y a escala mundial, la educación en la
justicia, la paz y la integridad de la creación.
• A todos nos implica el compromiso efectivo con un sistema educativo, todo él, inspirado en el
amor. El estilo de amar y buscar la Verdad que nos propone San Francisco Coll es éste: educar
integralmente, en todos los lugares posibles, reconocer a cada alumno y alumna, desde la
valoración de su persona y de las relaciones interpersonales, como alguien que tiene
necesidad de nosotros, aunque no sepa pedir ayuda, provocar su confianza y aprovechar
todas las oportunidades educativas como “obras de la mayor caridad y de la más grande
trascendencia para el bien de las familias y de la sociedad entera”22.
Hoy más que nunca, la pastoral escolar exige un compromiso muy serio de la Entidad Titular, de
los Equipos Directivos y de los Equipos de Animación Pastoral de los centros educativos, y requiere
la colaboración y apoyo de los tutores, de cada educador, de las familias que comparten la visión y
valores del centro, y de toda la comunidad educativa.
2. Claves de la pastoral en la escuela Dominicas de la Anunciata
Las claves que favorecen la comprensión de cuanto se expresa en este Proyecto Marco respecto
a los centros educativos son:
1. Partimos de un cambio de modelo: los centros educativos de La Anunciata son centros
educativos en misión compartida. Conscientes de que la misión de anunciar el Evangelio recae
tanto sobre las religiosas como sobre los laicos, los laicos educadores han asumido la
responsabilidad de participar en el proceso de transmisión, identificación y declaración de la
propia fe junto con las religiosas.
2. De colegios de cristianos y para cristianos, plataformas de evangelización que socializaban
en lo religioso, se ha pasado a colegios que son o quieren ser, ellos mismos, Buena Noticia,
verdadera presencia de la Iglesia en el mundo, en medio de la pluralidad religiosa y la
diversidad étnica y cultural, en los que se acepta a cada persona de la comunidad educativa en
la situación en la que esté y se invita a todos a colaborar según sus posibilidades.
3. Los centros educativos, más allá de su función académica e instructiva, tienen una función
social: ofrecer a todos la fuerza humanizadora y transformadora del Evangelio, el proyecto de
vida de Jesús, la experiencia gozosa de la comunidad cristiana acogedora, viva, celebrativa y
comprometida.
4. De acuerdo con el Carácter Propio la acción pastoral en los centros se entiende como un
elemento vertebrador de los colegios, no como un apéndice de las tareas escolares. Una
pastoral educativa que favorece una síntesis personal entre fe, cultura y vida 23 (Hermanas
Dominicas de la Anunciata, Carácter Propio. Centros educativos de las Dominicas de la Anunciata.
Madrid, 2005: “Como Centros en Pastoral, las estructuras, el proceso educativo y el ambiente escolar,
han de estar impregnados del Evangelio, fuerza que transforma a las personas e instituciones y abre a la
universalidad y a la solidaridad” (Tipo de educación, pág, 12).
5. La misión evangelizadora de los centros educativos incumbe a toda la comunidad
educativa; hermanas, alumnos, profesores, padres y personal no docente. Se trata de ilusionar a
todos para llevar adelante un proyecto común. Todos los miembros de la comunidad educativa
están convocados a participar en la acción pastoral.
6. Las comunidades educativas están llamadas a ser comunidades testigo que anuncien con su
vida y con su trabajo al Dios que en Jesús se hace Señor y hermano, al Jesús por el que somos
hechos hijos e hijas de Dios, fraternidad universal.
7. Nuestros centros educativos necesitan creer y ser Buena Noticia para quienes a ellas se
acerquen, de manera que todos encuentren motivos suficientes y significativos para crecer y
proyectar su vida desde los valores evangélicos.
8. Toda innovación y renovación pedagógica que llevemos adelante en nuestras escuelas
deberá contemplar y ser también una innovación y una renovación de la pastoral escolar.
9. Toda la propuesta evangelizadora de los centros educativos requiere procesos y
acompañamientos, etapas y seguimiento de las mismas, proyección, planificación y
evaluaciones cuando se crean necesarias. Sólo si somos capaces de acompañar aquello que
promovemos y proponemos estaremos sembrando con fundamento y con visión de futuro.
[Link] última clave de la pastoral en los centros educativos es su carácter global,
multidisciplinar y extracurricular. Es necesario que, en los centros educativos, junto a la
formación académica y como parte de la misma, se trabaje la dimensión vocacional y
misionera de la vida cristiana. Que los destinatarios crezcan en sabiduría y en
autoconocimiento, que se conozcan, se quieran, crean en ellos mismos y logren poner las bases
de su propio proyecto vocacional. Que experimenten el compromiso con los más pobres y
realicen opciones vitales al respecto. Y que todo ello forme parte de un mismo proceso global,
educativo y evangelizador, dentro y fuera de la escuela, tanto en los espacios curriculares
como en los ámbitos extracurriculares en los que estamos presentes.
3. Objetivos específicos de la evangelización en nuestra escuela
1.4 Ofertar actividades basadas en criterios coherentes con la propuesta educativa Dominicas de la
Anunciata. Conscientes de la riqueza y de las particularidades de la propuesta educativa recogida
en el Carácter Propio, ofrecemos nuestro servicio educativo y pastoral en todo lo que hacemos y
para todos, desde los criterios que dicha propuesta educativa señala.
2. Ofrecer el proyecto de vida de Jesús como un proyecto atractivo, posible y alternativo, que
posibilita el desarrollo integral de la persona, fundamenta su dignidad, provoca procesos de
búsqueda de sentido y hace feliz a las personas.
Esto nos lleva a potenciar una línea educativa en la que todos estamos implicados, que por sí
misma es expresiva de los valores en los que queremos educar y posibilita la explicitación y el
anuncio del mensaje:
a) Dentro del currículo.
b) En momentos y propuestas extracurriculares como el acompañamiento de procesos
personales y grupales, dentro de la Pastoral Juvenil Anunciata y en las diferentes
propuestas procedentes de otras actividades apostólicas.
3. Provocar, planificar, hacer posible momentos y procesos de explicitación del mensaje de Jesús
dentro de la dinámica evangelizadora global del centro escolar, en orden a lograr el “encuentro
personal con él”, subrayando la importancia del acompañamiento.
La comunidad educativa debe ser una Comunidad testigo24 (“Debemos reavivar la convicción de que
desde la experiencia de fe en Cristo y la misión profética que estamos llamados a realizar en la escuela, tenemos que ser
testigos de comunión, de esperanza, de gozo y de fidelidad al carisma recibido” (Cfr. Hermanas Dominicas de la
Anunciata, Actas del XXIII Capítulo General (XXII Capítulo General Electivo), Misión Educativa, Vic, 2006, nº 27. 1.) , en la
que cabemos todos, pero no cabe todo. Sin concesiones en cuanto a nuestra identidad, carisma y
opciones evangélicas. La organización es una clave importante.
5. Educar evangelizando y evangelizar educando desde la fuerza profética del carisma de Domingo
de Guzmán y Francisco Coll, recogido en los rasgos identitarios de las Dominicas de la Anunciata,
apostando por el anuncio de la Palabra, la búsqueda de la Verdad, el estudio, la fraternidad, la vida
interior y la contemplación, la predicación desde la propia vida y el compromiso por la justicia.
Este quinto gran objetivo significa y conlleva orientar la acción educativa de nuestras escuelas para
que, desde la identidad de Dominicas de la Anunciata, logren el objetivo general propuesto en este
Proyecto Marco: vivir y comunicar la Buena Noticia en y a través de todos los espacios y ámbitos
que existan en los centros educativos y siempre desde la riqueza del carisma Anunciata explicitado
en opciones y acciones concretas, en modos de trabajar y de estar presentes en el mundo de la
educación integral de los alumnos y alumnas25 (Cfr. Dominicas de la Anunciata, Plan general de Pastoral.
Pastoral Educativa, pág. 50).
4. Líneas de acción
Teniendo en cuenta los objetivos específicos, así como los aspectos propios de la misión educativa,
toda la labor educativa en nuestros colegios debería explicitar dichos objetivos en líneas concretas
de acción como las siguientes:
1. Hacer efectiva la acción educadora del centro que asegure una enseñanza de calidad, desde la
apuesta por una pedagogía acorde a los alumnos y a los tiempos, a los avances tecnológicos,
pedagógicos y didácticos, de modo especial en todo lo referente a la formación religiosa, de
manera que se dé respuesta a los desafíos del mundo actual y se eviten las dicotomías entre
lo pastoral y lo educativo.
2. Situar a las personas en el centro del proyecto educativo, promover su desarrollo progresivo e
integral, formarles para que descubran su vida como vocación, ayudarles a integrar en la vida
la fe y la cultura, y orientarles hacia la experiencia viva de Jesucristo desde la que realizarse
plenamente y comprometerse en la evangelización.
3. Proporcionar a todos los miembros de la comunidad educativa, de modo especial y específico
a los educadores, formación específica y continuada que les ayude a dar respuestas
coherentes a su vocación de educadores en una escuela católica.
4. Promover una pastoral familiar que favorezca la necesaria e insustituible relación de cercanía
y trabajo conjunto entre las familias y los centros educativos, a fin de conseguir una acción
educativa y evangelizadora integral, integrada y coherente.
5. Fomentar un clima de acogida, de diálogo y de respeto en donde todos se sientan valorados y
aceptados en su diversidad, en el que el trabajo en equipo y el servicio sean fundamentos de
todo lo demás.26 (Cfr. Dominicas de la Anunciata, Plan general de Pastoral. Pastoral Educativa, pág. 51-52.)
5. Educadores/as evangelizadores/as
La vivencia de la fe necesita el apoyo de la comunidad, por ello es importante que todas las
personas que impulsan y animan este proyecto de crecimiento en la fe se sientan miembros de
una comunidad cristiana de referencia.
En nuestros colegios, los evangelizadores son las religiosas, los educadores y educadoras, los
padres y madres de los alumnos, el personal de administración y servicios, los antiguos y las
antiguas alumnas, y todas aquellas personas que forman parte y conforman cada una de nuestras
escuelas. En definitiva, como este mismo Proyecto Marco indica, según las coordenadas que nos
ofrece el Carácter Propio, todos los miembros de la comunidad educativa, asumiendo la
responsabilidad y la dinámica de trabajo propia de la misión compartida, desarrollan su tarea
evangelizadora en aquellos ámbitos que le son propios o que les han sido encomendados. De este
modo, el Equipo de Animación Pastoral liderará, coordinará, llevará a cabo la animación pastoral
de todo el centro escolar, pero no será el único responsable de la evangelización del centro, pues
dicha misión pertenece a toda la comunidad educativa27. (Hermanas Dominicas de la Anunciata, Carácter
Propio. Centros educativos de las Dominicas de la Anunciata. Madrid, 2005: “La construcción de una auténtica
comunidad educativa cristiana es el objetivo que pretendemos y el compromiso que todos hemos de asumir”
(Comunidad educativa, pág. 20).
Con todo, podemos señalar unos rasgos que definen el perfil de los evangelizadores en nuestras
escuelas y el perfil de la comunidad educativa cristiana de referencia, también denominada
“comunidad testigo”.
Somos conscientes de que este perfil es el ideal, no obstante, nuestra misión exige contar con
personas lo más completas, comprometidas y carismáticas posibles.
5.3 Actualización
Conscientes de la centralidad que en nuestros colegios tiene la evangelización, creemos necesario
que todo el personal, tanto docente como no docente, reciba una formación continuada, lo más
completa posible y que cubra todos los ámbitos necesarios para llevar adelante la tarea específica
que cada uno tiene encomendada, dentro de la misión que nuestras escuelas desempeñan allí
donde están ubicadas.
Pensamos que todo el personal de nuestras escuelas debe recibir la siguiente formación:
– Formación bíblica.
– Formación antropológica.
– Formación pedagógica.
– Formación teológica.
– Formación sobre el carisma de la Congregación.
– Formación pastoral.
– Formación en TIC.
– Formación en la animación y la transmisión de la Buena Noticia.
– Formación para poder realizar un efectivo diálogo fe-cultura.
– Formación en la Doctrina Social de la Iglesia.
Todo ello no sustituye, en ningún caso, la formación personal, la cual consideramos fundamental
para todos aquellos que trabajamos en el mundo educativo y en la tarea de evangelizar en la
escuela.
Definición
Es el órgano que asesora al Equipo Directivo del centro educativo en la planificación, desarrollo y
dinamización de la misión evangelizadora, en todos los niveles. Esta misión se desarrolla desde la
comunidad educativa, atiende al alumno como un todo integral y abarca la formación y el
compromiso cristiano.
Composición
- Coordinador/a del Equipo.
- Director/a pedagógico/a.
- Educadores y educadoras de cada ciclo educativo.
- Coordinadores de Formación religiosa de todos los ciclos educativos.
- Representantes de profesores de los distintos niveles.
- Representantes de alumnos y alumnas.
- Representantes de padres y madres de los alumnos y alumnas.
- Representante del PAS.
- Representante de la asociación de antiguos alumnos, si la hubiera.
- Coordinadora de Pastoral Juvenil Vocacional del Centro.
- Coordinadora de Misión y otras mediaciones apostólicas del centro.
Esta planificación educativa debe incluir a todos los estamentos que forman la comunidad
educativa y, si los hubiera, a los antiguos alumnos y alumnas.
La figura del coordinador/a del Equipo de Animación Pastoral
– una persona creyente, discípula, seguidora de Jesucristo que siente el compromiso de
caminar y confirmar en la fe,
– una persona que conoce y vive su vocación cristiana desde el carisma de la Institución
Dominicas de la Anunciata,
– una persona acompañada, abierta y dócil al Espíritu,
– una persona coherente,
– una persona cercana, creativa y comunicativa,
– una persona dinámica, activa (pro-activa),
– un educador que acompaña procesos de maduración en la fe,
– una persona formada teológica, pastoral y pedagógicamente,
– una persona dotada de la capacidad de síntesis, de convocatoria, ecuménica, interreligiosa,
comunitaria,
– una persona que trabaja en equipo (al que coordina y al que nunca sustituye),
– una persona con el don del discernimiento,
– animadora de la vida de los grupos y guía en el camino personal de sus miembros.
1. Entidad titular
Es a la Entidad titular a quien corresponde definir las líneas evangelizadoras de todos los centros
educativos y de cada centro en particular, promover la elaboración del Proyecto de Pastoral Local,
al igual que la planificación de pastoral anual, aprobarlos y disponer los recursos humanos y
materiales necesarios para llevarlo a cabo.
2. El Equipo Directivo
– Lidera, en coordinación con todos los miembros de la comunidad educativa, el Proyecto
Marco de Evangelización y garantiza su puesta en práctica en todas las etapas formativas y
desde todas las áreas curriculares y extracurriculares.
– Vela para que las pautas de trabajo, de programación y los criterios de organización respeten
y promuevan la puesta en práctica de los principios educativos propios.
– Propicia que la evaluación de la práctica educativa incluya items orientados a poner en
práctica el Proyecto Marco de Evangelización en todas sus dimensiones (académica, pastoral,
personal, social, organizativa y administrativa).
– Atiende todas las iniciativas que nazcan de los distintos grupos y/o personas y estén
encaminadas a dinamizar el Proyecto Marco de Evangelización.
– Favorece la apertura y colaboración del centro escolar con delegaciones, organizaciones y
movimientos de la Congregación Dominicas de la Anunciata y con otras organizaciones o
movimientos eclesiales y sociales afines.
7. Las familias
La socialización religiosa que antes se hacía en la familia, y que en muchos casos sigue haciéndose,
en la actualidad se halla frecuentemente en crisis. Constatamos que cada vez es más frecuente
encontrarnos con padres y madres que no participan de la fe cristiana y que no apoyan una
formación cristiana. El Proyecto de Pastoral de centro deberá contemplar el déficit de socialización
religiosa en muchos alumnos y alumnas y el proceso que debe seguirse en estos casos, así como la
aproximación del evangelio y del mensaje cristiano, de una forma significativa y atrayente, a los
alumnos y alumnas más alejados y a las familias con otra visión de la vida.
– Las familias son una pieza fundamental en este Proyecto Marco de Evangelización en los
Centros Educativos Dominicas de la Anunciata.
– Conocen y aceptan el Proyecto Marco de Evangelización y son convocadas por la Propuesta
Educativa, recogida en el Carácter Propio, para compartir, como parte de la comunidad
educativa, la misión evangelizadora y educativa en la escuela.
– Participan a través de información, formación y diversas colaboraciones.
– Se implican en celebraciones litúrgicas y festivas.
– Las familias son las instituciones más cercanas a los centros educativos. El potencial y las
posibilidades del Proyecto Marco de Evangelización sólo será posible si se trabaja con ellas,
no sólo puntualmente, sino como estilo educativo y como modo de entender la misión
compartida familia-escuela.
8. El AMPA o UPF (AMPA: Asociación de Madres y Padres de Alumnos o UPF: Unión de Padres de Familia.)
– Conoce, asume y proyecta su tarea desde el Proyecto Marco de Evangelización en los Centros
Educativos Dominicas de la Anunciata.
– Diseña estrategias de apoyo a las diferentes iniciativas que nacen del Equipo de Animación
Pastoral.
– Respeta y potencia en su programación la identidad del Proyecto Marco de Evangelización en
los Centros Educativos Dominicas de la Anunciata.
9. El equipo de animadores
Los grupos cristianos que se crean en nuestros centros educativos y continúan su andadura fuera
de lo curricular y del ámbito académico, sobre todo cuando los alumnos y alumnas ya terminan la
educación formal en nuestros centros, requieren la presencia, acompañamiento y compromiso de
muchas personas que animan la vida de dichos grupos. Todo ello no es posible ni viable si no
existe una fluida comunicación y una estrecha coordinación entre la Delegación de Educación y la
Delegación de Pastoral Juvenil Vocacional. Es necesario que juntos coordinemos y formemos a los
animadores de nuestros grupos y movimientos para garantizar procesos e itinerarios por los que la
institución apuesta y apoya.
Además de las religiosas y de los educadores y educadoras de todos nuestros centros educativos,
también los alumnos más mayores acompañan a los más pequeños. Así mismo, los ex-alumnos y
ex-alumnas, algunos padres y madres, y algunos colaboradores también llevan a cabo este
ministerio.
Por todo ello, insistimos, es fundamental la relación continua que debe existir entre los
animadores con la Delegación de Educación, la Delegación de Pastoral Juvenil Vocacional y los
Equipos de Animación Pastoral de los centros.
10. El Personal de Administración y Servicios (PAS y PAM)36 (PAS: Personal de Administración y Servicios
o PAM: Personal de Administración y Maestranza.)
– Conoce, asume y proyecta su tarea desde el Proyecto Marco de Evangelización en los Centros
Educativos Dominicas de la Anunciata.
– Participa en acciones formativas y recibe, cuando sea necesario y posible, según las
posibilidades de cada centro educativo, la formación necesaria para ahondar en el significado
y el valor del Proyecto Marco de Evangelización.
– Participa con sus actitudes y acciones concretas, colaborando en lo que se les solicite.
– La administración, sin menoscabo de sus competencias, aplicará criterios evangélicos
(educativo/pastorales).
Los procesos participativos para la elección de este lema son diferentes. Lo importante es que
“entre todos” se vislumbre una idea, un valor o un mensaje, que conviene promover o reafirmar
ese curso en el centro y que sepamos recogerlo, motivarlo y acertar con la frase impacto que va a
ser el lema del curso. Para que sea acogido por toda la comunidad educativa hay que cuidar el
modo y las circunstancias de su lanzamiento, incorporando a los alumnos y alumnas y, si fuera
posible, a los padres y madres implicados en el Equipo de Animación Pastoral.
Algo muy importante en todo, pero de modo particular en esto, es evitar la improvisación y caer
en la moda del momento. Los lemas responden a una planificación que la Delegación General de
Educación, en coordinación con la Delegación General de Pastoral Juvenil Vocacional y la
Delegación General de Misión en otras mediaciones apostólicas, habrán preparado y habrán
marcado para un tiempo determinado (dos, tres, cuatro años). Los lemas responderán así a las
apuestas fuertes que la Congregación desea hacer en los centros educativos y contarán con una
motivación, justificación y secuenciación que se realizará teniendo en cuenta los eventos sociales,
eclesiales, globales o de los respectivos países y congregacionales, y a partir de las indicaciones del
Carácter Propio y de este Proyecto Marco de Evangelización.
Concretamente los problemas de injusticia, exclusión social y violación de los Derechos Humanos;
la pobreza mundial y las desigualdades internacionales; la destrucción medioambiental; los
desafíos que plantea la inmigración, el diálogo intercultural e interreligioso. Este enfoque deberá
también tenerse en cuenta a la hora de escoger los libros de texto y los proyectos que están detrás
de los mismos.
Las celebraciones de la fe
Hay fechas señaladas en el centro escolar en las que la celebración litúrgica de la fe tiene una
especial relevancia: inicio de curso, fiesta del colegio, tiempos litúrgicos fuertes, fiesta de Santo
Domingo, de San Francisco Coll, Fiesta de la Anunciación, etc.
Estas liturgias, para que sean verdaderamente celebraciones de fe, vividas con alegría y sentido,
han de tener un proceso de preparación y estar inculturizadas en el mundo experiencial de los
niños, adolescentes y jóvenes. Un gran reto de hoy es celebrar la fe de un modo significativo y
comprensible para que los alumnos, en su diferente proceso evolutivo, puedan incorporarse a la
experiencia cristiana.
Para ello hay que explicar bien el sentido de los textos, de los signos y símbolos litúrgicos,
incorporar a los alumnos y alumnas a la proclamación de la Palabra, a las peticiones y acciones de
gracias, hacer presente la vida, dar paso a la expresión de los sentimientos, el afecto y las
emociones, utilizar el lenguaje corporal y expresiones festivas con la participación de todos. Hay
que cuidar el espacio, la ambientación, el clima y la motivación para que todo ello ayude a la
atención e incorporación de los alumnos y alumnas.
Los tiempos litúrgicos son una oportunidad para convocar y celebrar juntos la fe todos los
miembros de la comunidad educativa. Las celebraciones pueden ser diferentes: celebración de la
Palabra, Eucaristía, celebración del perdón, vigilia de oración, etc.
Estas celebraciones comunitarias de la vida y del misterio pascual de Jesucristo son señales y
expresiones visibles de nuestra identidad cristiana y de nuestra misión evangelizadora en la
escuela.
Entre los testigos de la fe que fueron modelos de una vida verdaderamente humana, entregada a
los demás, tenemos que destacar en nuestros centros educativos a Santo Domingo y a San
Francisco Coll, a nuestras hermanas Mártires y a tantas hermanas que han hecho posible que
nuestro carisma siga dando vida y color al presente de la Iglesia.
Constatamos con mucha frecuencia que el encuentro de los alumnos y alumnas con la persona de
Francisco Coll es interpelante para ellos, que sus mensajes, las prioridades que se marcó, el
testimonio que dio en momentos y situaciones difíciles, les hacen bien y puede ser un buen
camino para que entiendan lo que aporta la fe a la vida humana y a la convivencia social. También
debemos dar a conocer, como testigos de la fe y de una vida interpelante, a tantas religiosas
Dominicas de la Anunciata y a tantos laicos y laicas de la familia dominicana.
Tenemos buenas experiencias en esta línea y hay que cuidarlas especialmente: Domund,
Celebración de la Navidad, Día de la solidaridad, Día de la paz, acciones voluntarias de solidaridad
y servicio a los más desfavorecidos, compromisos misioneros... Debemos dar a estas acciones
programación, continuidad y acompañamiento.
Para que todos participen en la evangelización que deseamos, necesitan formación, estímulos y
apoyo, valorar las acciones que se realizan y estimular esta dimensión desde el Equipo Directivo, el
Equipo de Animación Pastoral y el Equipo de Orientación.
La relación con todas las familias es necesaria y todas tienen que conocer y, a ser posible, apoyar
la identidad y misión de los centros educativos Dominicas de la Anunciata, haciéndosela
comprensible y atrayente. En esa relación del centro educativo con los padres y madres se van
detectando sintonías mutuas y valores compartidos. Si debemos contar con la participación de
todos, con mayor razón con la de aquellas madres y aquellos padres que sentimos más afines a los
valores que identifican a la Institución Dominicas de la Anunciata.
Dicho Proyecto de Animación Pastoral deberá recoger las opciones fundamentales referentes a la
evangelización en el centro educativo, a partir de las indicaciones de la Congregación, de la
Delegación General de Educación (en coordinación con las Delegaciones Generales de Pastoral
Juvenil Vocacional y de Misiones), de la Iglesia (tanto local como universal), así como una
planificación anual.
Es aconsejable que los Proyectos de Animación Pastoral se estructuren a partir de los marcos o
ámbitos señalados en este Proyecto Marco de Evangelización con todos los aspectos que dentro
de cada uno de ellos se contemplan. A saber:
– Marco General.
– Marco Doctrinal.
– Marco Presencial.
Siempre que sea posible, habrá una conexión entre la pastoral escolar y estos otros ámbitos de
misión y servicio. Creemos que el mejor modo de experimentar qué es ser cristiano, qué es vivir el
espíritu de las bienaventuranzas y qué es servir y amar sin medida, es poder comprometerse en
obras y acciones en las que todo ello se viva en primera persona y con el apoyo de otros creyentes.
La conexión entre Centros Educativos, Pastoral Juvenil y Misiones, lejos de ser algo puntual y
anecdótico (motivado por alguna jornada o evento, interno o externo), debe existir como una
pieza clave que fundamente nuestro modo de ser, programar y trabajar: evangelizamos mediante
la educación, educamos dentro de un proyecto global de evangelización que genera procesos, que
posibilita búsquedas personales, que lleva a descubrir en el servicio y en el compromiso con los
más pobres el proyecto vital, personal y comunitario, de muchas personas, de modo particular de
los jóvenes.
Somos conscientes de que “una buena animación de la pastoral en los centros educativos requiere
que las delegadas generales y provinciales de educación y Pastoral Juvenil Vocacional trabajen en
estrecha colaboración y coordinación”37. (Cfr. Hermanas Dominicas de la Anunciata, Actas del XXIII Capítulo
General (XXII Capítulo General Electivo), Misión Educativa, Vic, 2006, nº 71.)
Nuestra apuesta carismática de la formación integral conlleva trabajar en la escuela todas las
dimensiones de la persona, de modo que se descubra, se atreva a proyectar su vida y opte
vocacionalmente por lo que más feliz y pleno le haga. Por eso creemos que es imprescindible
poder trabajar conjuntamente en estas tres áreas (escuela, pastoral juvenil y misiones), de manera
que los alumnos, de modo especial los jóvenes, encuentren en su proceso educativo ofertas de
sentido y de compromiso que vayan mucho más allá de lo estrictamente académico, pudiendo
encontrar en el carisma Anunciata la razón de ser y el fundamento de su proyecto de vida.
ESPIRITUALIDAD Y VIDA COMUNITARIA
0.- Introducción
Diversos aspectos de la vida comunitaria ya han sido tratados en los temas precedentes. Me
corresponde ahora resaltar su dimensión de espiritualidad: lo que el Espíritu de Dios nos dice
sobre la vida comunitaria. “Hermanos: vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el
Espíritu de Dios habita en vosotros” (Rom 8,9). “Lo importante es que vosotros llevéis una vida
digna del Evangelio de Cristo” (Flp 1,27).
¿Cuál es el proyecto de Dios para la humanidad? Por naturaleza, Dios nos ha creado “seres
sociales”, no “seres que vivan en la individualidad cerrada”. ¿Qué significa esto? Que el ser
humano “necesita” de otros seres humanos para ser persona humana. Somos insuficientes.
Estamos hechos para realizarnos en la comunión con otras personas, no en la desunión.
El hombre es un ser social, “que no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los
demás”. El hombre se perfecciona, llega a ser persona, en el trato con los demás. Siempre que
esas relaciones sean personales de “persona a persona”, no de “persona a objeto”. Si no consigue
estas relaciones personales que busquen la unión, el hombre no se desarrolla como persona, no se
humaniza, se deshumaniza.
El proyecto de comunión, ideado por Dios para toda la humanidad, pasa en la historia por su
proyecto del pueblo de Dios, por su proyecto del Reinado de Dios, anunciado por su Hijo Jesús de
Nazaret, que es, ante todo y sobre todo, un proyecto de comunión para todos los hombres. Dato
importante: hay que elegir libremente aceptar o rechazar este proyecto. No es obligatorio entrar
en él. Se necesita la respuesta personal.
“Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este
pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos,
para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza
humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (cf. Jn 11,52)… Y así
‘quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos’… Todos los hombres son
llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a
ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes
en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la
salvación”.
3.- La gran tentación del hombre: ir en contra de Dios y de su plan de comunión universal
Acudiendo a las Escrituras vemos que, desde el principio, el hombre ha tenido la gran tentación, y
con frecuencia ha caído en ella, de rechazar a Dios y su plan de comunión universal. Ahí está el
relato del pecado original y sus consecuencias. En el tema que nos ocupa, Caín mata a su hermano
Abel, ambos hijos de Adán y Eva. El germen de unión convive con el germen de desunión. Desde
entonces, todos llevamos dentro un Abel y un Caín, la semilla de la unión y la semilla de la
desunión. Empleemos una u otra expresión, lo cierto es que nuestra naturaleza ha quedado
herida.
Herida quiere decir que el hombre puede ir en contra de su misma naturaleza, del proyecto ideado
por Dios, y, en lugar de caminar por la senda de la comunión y de la fraternidad, caminar por la
senda de la desunión y de la antifraternidad, como nos demuestra el episodio de los dos primeros
hermanos. Caminar por la senda de la deshumanización y no de la humanización.
Sancho Panza, captador de la tozuda realidad, describía esto mismo con otras palabras: “En este
valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin
mezcla de maldad, embuste y bellaquería”. En cada corazón humano, los intensos deseos de
bondad se ven mezclados con los deseos de “maldad, embuste y bellaquería”.
Después de que en el campo de nuestro corazón fuese sembrada no sólo la semilla de la unión
sino también la de la desunión, las tinieblas también hicieron acto de presencia en él, junto a la
luz. El hombre no veía claro por dónde caminar en su relación con los otros hombres. ¿Debía
caminar por la senda de la unión o de la desunión? ¿Debía caminar siempre por una sola senda?
¿Debía combinar ambas posibilidades, según las circunstancias? La humanidad no lograba
aclararse.
Es posible que “pocos, después de mucho tiempo, y con mezcla de muchos errores”, hubiesen
llegado a conseguir luz suficiente. Pero Dios no esperó y vino en nuestra ayuda: nos mandó a su
propio Hijo para regalarnos su luz y su fuerza. Jesús, con su vida y mensaje, lo único que hace es
aclararnos cuál es la verdadera naturaleza humana, y, en esa misma línea, perfeccionarla, ir más
allá, señalando -para que los evitemos- muchos errores en los que la humanidad ha caído y sigue
cayendo en este punto. Santo Tomás nos asegura que “la gracia no destruye la naturaleza, sino
que la perfecciona”. No en vano el autor de la naturaleza y el autor de la gracia es el mismo.
Felicísimo Martínez, hablando del amor que debe reinar entre los hombres, cita a dos grandes
teólogos en la línea de lo que venimos diciendo. “Sólo podemos confiar en el amor como garantía
segura de vida humana plena de sabor y de sentido. ¿No vendrá el Evangelio de Jesús a confirmar
y radicalizar esa verdad primera de la existencia humana? ¿No será la ética cristiana una
confirmación-radicalización de esa vocación de los seres humanos al amor? En este sentido, K.
Rahner define al cristiano simplemente como ‘el hombre tal como él es’. Ser cristiano es ser
humano en plenitud”.
También acude a E. Schillebeeckx: “Se puede decir que sólo el amor es redentor, porque aprueba
esencialmente la existencia del hombre, la acepta, la afirma y ratifica. Amar significa tomar partido
por la existencia de otros. Sin embargo, nuestro amor de criaturas es sólo una afirmación del amor
creativo de Dios, del cual recibe su verdad. De hecho, no podemos aprobar ni afirmar la existencia
de los hombres tal como son en realidad. El amor verdaderamente redentor sólo es posible, por
un lado, en forma de amor transformante del mundo y del hombre, y, por otro, en forma de
perdón y reconciliación. Cuando amamos a los demás, se realiza un fragmento de salvación”.
Después de lo dicho, se comprende que Jesús instruyendo a sus discípulos, viendo el
comportamiento inadecuado, poco humano, de muchas personas, les tuviera que decir: “No ha de
ser así entre vosotros” (Mt 20,26).
En el terreno deportivo. ¡Bello el deporte! ¡Bellos los juegos olímpicos, bello el fútbol, el
baloncesto, el balonmano, la vuelta a España, el Tour, el Giro, el tenis…! Bien sé que hay mucha
belleza en el deporte y que muchos hemos disfrutado practicando el deporte. Pero no podemos
olvidar la otra cara de la moneda. Recordemos el lema de los juegos olímpicos: Altius, fortius,
citius. “Más alto, más fuerte, más veloz”. De eso se trata. Ser siempre “más…” que el otro, que
queda derrotado y fracasado. Las derrotas, por mucha poesía que le pongamos, nunca son
“dulces”. Son siempre dolorosas y amargas. Éste es el esquema del deporte: ganar, al contrario,
ser más que el otro. La alegría de los vencedores siempre va acompañada de la tristeza y las
lágrimas de los perdedores. “No ha de ser así entre vosotros”.
Recuerdo que, de pequeño, en las clases, los profesores nos dividían en “romanos y
cartaginenses”. Durante el curso, se organizaban varias luchas, competiciones de matemáticas, de
literatura, de historia… entre romanos y cartaginenses, donde siempre había vencedores y
vencidos, donde, además del estímulo y el esfuerzo, se fomentaba el germen de división, de
desunión. “No ha de ser así entre vosotros”.
En muchos campos de la vida laboral se accede a los puestos de trabajo a través de las
“oposiciones”, donde todos los que se presentan son automáticamente opositores, opuestos,
“enemigos” entre sí. Donde unos ganan y otros pierden y quedan derrotados, fuera del puesto al
que aspiraban. “No ha de ser así entre vosotros”.
dejar de pensar en este momento, de modo particular, en algunas regiones africanas, como Dafur
y Somalia, en el martirizado Oriente Medio, especialmente en Tierra Santa, en Irak, en Líbano y,
finalmente, en Tibet, regiones para las cuales aliento la búsqueda de soluciones que salvaguarden
el bien y la paz”. BENEDICTO XVI, Mensaje de Pascua Urbi et Orbi, 2008.
Incluso en organizaciones que, en principio, nacen para la unión de sus miembros, y una unión
basada en el amor, como es la familia, también vemos que, con frecuencia, no lo consiguen y se
rompe la unión, y se rompe el amor. El egoísmo, la desunión, el desamor, el odio… son los
vencedores. Ahí tenemos tantas y tantas separaciones matrimoniales y tantos casos de muerte, de
“violencia de género”, entre los que se unieron por amor, y tantas enemistades, para el resto de la
vida, entre los miembros de una misma familia por culpa de la herencia. Y lo que pasa entre las
familias, vemos que sucede con otras organizaciones humanas, nacidas al calor de la unión, de la
simpatía mutua… y sin ningún ánimo de luchar contra nadie. “No ha de ser así entre vosotros”.
Pisando nuestro terreno. La comunidad de seguidores de Jesús, que es la iglesia, las distintas
congregaciones de la VR, cuya finalidad es conseguir la unión y unión amorosa de sus miembros,
se ven sacudidas por el germen de la desunión. La Iglesia de Cristo no se ha mantenido una como
quería Cristo: “Un solo rebaño y un solo Pastor”. Ha habido, y sigue habiendo, demasiadas
separaciones dentro de ella. Lo mismo ocurre con las Congregaciones de religiosos, donde
también la desunión ha hecho mella. “No ha de ser así entre vosotros”.
Los cristianos, y por tanto los religiosos, somos esas personas que nos hemos encontrado con
Jesús. Después de enseñarnos dónde vive y cómo vive, se ha atrevido a decirnos: “Ven y sígueme”.
Nosotros, seducidos por él, le hemos respondido afirmativamente: “Te seguiré donde quieras que
vayas”.
La primitiva iglesia entendió muy bien el proyecto de unión amorosa que Jesús quería para sus
seguidores. Los Hechos de los Apóstoles nos relatan tres “sumarios” de la vida en común vivida
por los primeros cristianos: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían
las posesiones y las haciendas y lo distribuían entre todos según la necesidad de cada uno. Acudían
cada día, constantes y unánimes, al templo, partían el pan en las casas y compartían el alimento
con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y ganándose el favor de todo el pueblo” (Hech
2,44-47; 4,32-35; 5,12-16).
Vamos a recordar algunas de las frases de Jesús y también de San Pablo, insistiéndonos en cuál
debe ser nuestra actitud ante “el otro”. Sabiendo que estas palabras van dirigidas a todo cristiano,
haré a cada una de ellas una aplicación para nuestra vida religiosa.
“Así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio
de los otros miembros” (Rom 12,5; 1 Cor 12).
Cuando San Pablo quiere explicar la relación, la unión que debe haber entre los cristianos, recurre
a la unión profunda que hay entre los distintos miembros de un cuerpo. En esta misma línea dice:
“A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad” (1 Cor 12,6). No para el
servicio propio y exclusivo de cada uno.
Aplicación a la vida fraterna comunitaria. El lenguaje que, con alguna frecuencia, empleamos los
religiosos entre nosotros es revelador y, muchas veces, camina por el campo de la desunión y no
por el de “un solo cuerpo en Cristo”. ¡Cuántas veces, en tono de división y alejamiento, a la hora
de hablar, contraponemos el “nosotros” y “vosotros”, el “yo” y el “tú”! La distancia se agranda
cuando nos referimos a un grupo no afín con un “ellos”. San Pablo nos explica lo de la pluralidad y
la unidad: “El cuerpo no es un único miembro, sino muchos… si todo el cuerpo fuera ojos, ¿dónde
estaría el oído?, ¿dónde estaría el olfato?... Ciertamente los miembros son muchos, pero uno solo
es el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: no tengo necesidad de ti; o la cabeza a los pies: no
necesito de vosotros”. Parafraseando a San Pablo: Un grupo de dominicos no puede decir a otro
grupo: “es que ‘nosotros’ no tenemos necesidad de ‘vosotros’ y no somos del mismo cuerpo”.
Ante la siempre vanidosa tentación de sentirnos superiores a otros, por razón del cargo, de los
estudios, de los títulos, de la familia de origen, de la raza… con la consiguiente actitud de
menosprecio, de no igualdad, de no fraternidad, hacia otros miembros de la comunidad, San Pablo
vuelve a las andadas: “Hay diversidad de carismas, pero uno mismo es el Espíritu. Hay diversidad
de servicios, pero uno mismo es el Señor. Hay diversidad de actuaciones, pero uno mismo es Dios
que obra todas las cosas en todos. Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para
comunidad utilidad”. Nada, pues de creerse superior a nadie en dignidad. Además, lo nuestro es
trabajar no para el servicio propio y exclusivo de cada uno, de mi comunidad, de mi grupo… sino
“para común utilidad”.
“Con nadie tengáis otra deuda más que la del amor mutuo” (Rom 13,8).
El cristiano es un endeudado de por vida. Por mucho amor que demos, siempre estaremos en
deuda con los demás. No vale decir “he amado bastante a éste, al otro... ya no tengo que amar
más”. No. Siempre estaremos endeudados en el amor. Hay que “amar hasta setenta veces siete”,
siempre.
Aplicación a la vida fraterna comunitaria. Esto nos lleva mucho más allá de vencer la ley del talión,
con nuestros hermanos de comunidad. Por muchas que sean las diferencias de carácter, de
manera de pensar y de enfocar los asuntos, por muchas que sean las posibles ofensas recibidas, no
sólo debemos de abstenernos de pagar con la misma moneda, sino que nunca podemos romper el
vínculo de amor con ellos. Imitando a nuestro Maestro y Señor les debemos de amar siempre,
“hasta el extremo”.
Para Jesús, un modo de ser insensato es “atesorar para sí” y no “atesorar para Dios”, que es lo
mismo que “atesorar para los demás” (Lc 12, 21). Se trata de no acumular para sí bienes, ciencia,
poder, sabiduría, tiempo... sino de ponerlo todo al servicio de los demás, como Jesús, el Hijo del
Hombre, que “no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28).
Aplicación a la vida fraterna comunitaria. Los religiosos, que seguimos teniendo el mismo ADN de
antes de dejarnos seducir por Cristo, influenciados por el Caín que llevamos dentro, corremos la
tentación real de “atesorar para mí” y no “para la comunidad”, “para toda la humanidad”. Algo
evidentemente no cristiano y no dominicano. Jesús tozudamente, de mil maneras, se empeña en
decirnos que hay que crear y vivir lazos de fraternidad, como él hizo, y no “atesorar para sí” sino
“atesorar para Dios”, que es lo mismo que “atesorar para los demás”.
Aplicación a la vida fraterna comunitaria. Después de escuchar a San Pablo, podemos hacernos
algunas preguntas: Sin perder para nada nuestra personalidad, ¿a quién pertenecemos? ¿Nos
sentimos realmente perteneciendo a nuestra comunidad? ¿Hablamos de nuestra comunidad
como del algo extraño a nosotros o de verdad como “lo nuestro”? Sus problemas, sus logros, sus
desfallecimientos, sus esperanzas… ¿son los nuestros? Sabiendo que esto nos abre a toda la
humanidad, porque “nada humano nos es ajeno”.
“Servíos unos a otros por la caridad”. “Haceos esclavos unos de los otros por el amor” (Gal 5,13).
El amor -la unión, la comunión- que debe reinar entre nosotros, los cristianos, debe llevarnos al
servicio continuo a los hermanos, hacernos sus servidores, sus esclavos, imitando así a Cristo que
“a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de
su rango y tomó la condición de esclavo” (Flp 2,6-7). En más de una ocasión, nos gustaría
enmendar la plana a Jesús, a San Pablo, porque, creemos, no emplean un lenguaje correcto. En
concreto, aquí le cambiaríamos la palabra esclavo. ¡San Pablo y sus exageraciones! Sin embargo,
eso fue la vida de Jesús en relación con nosotros: “Yo estoy en medio de vosotros como el que
sirve”.
Aplicación a la vida fraterna comunitaria. Poco que añadir. Ésa debe ser nuestra actitud ante
nuestros hermanos de comunidad y… los demás.
6.6. Pertenencia sin pretensiones
“Surgió entre ellos una discusión sobre quién sería el mayor de ellos” (Lc 9,46).
Sabemos cuál fue la reacción de Jesús. En su paciente intento de cambiar el corazón y la mente de
sus discípulos, les aseguró que “el menor de entre vosotros, ese será el más grande”.
Aplicación a la vida fraterna comunitaria. Nunca debería surgir en una comunidad de religiosos,
una discusión así, donde todos somos hermanos, con distintas tareas, distintos papeles, distintos
ministerios, pero nadie es mayor que nadie. Y puestos a ser el más grande, ya sabemos la receta
de Jesús: tratar de ser “el menor”, “no el que manda sino el que sirve”, “el servidor”.
Como resumen de todo este apartado nos pueden servir estas palabras: “La comunión es la
palabra evangelizadora por excelencia. La primera palabra. Sin la que se tambalean las demás.
Nunca la pronunciaremos perfecta, pero tartamudearla siquiera trabajosamente significará que la
queremos decir y llenará de sentido todas las demás palabras que digamos... Por eso, se puede
afirmar que el objetivo indivisible y primero de la Iglesia es la comunión evangelización”.
“Al crear el ser humano a su imagen y semejanza, Dios lo ha creado para la comunión. El Dios
creador, que se ha revelado como Amor, como Trinidad, y comunión, ha llamado al hombre a
entrar en íntima relación con él y a la interpersonal, o sea, a la fraternidad universal... Ésta es la
más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus
hermanos”.
Jesús, porque Dios nos ha hecho así, a su imagen y semejanza, nos llama a la comunión que vive
Dios, nos pone como modelo la comunión de Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y nos anima
a vivir esta sublime comunión que él enuncia así: “Que sean uno... en nosotros, con nosotros,
como nosotros” (Jn 17,11.20.23; 1 Jn 1,3).
Se trata de imitar a Dios. Como el Padre, el Hijo y el Espíritu viven de unidos, en comunión
personal de vida y de amor, así ha de ser nuestra comunión, la de los seguidores de Jesús. Es,
pues, una “comunión de personas” en el amor.
Así pues, la meta para los cristianos es llegar a una comunión muy honda, que no es “de funciones
conjuntadas, sino de vida; no de cosas compartidas, sino de personas que se experimentan
mutuamente necesarias... Se ES comunión, antes de luchar y trabajar para HACER comunión” .
Es decir, es sentir y vivir “una mutua necesidad de nuestras personas, no sólo de nuestras
funciones (como están unidos los obreros en la cadena de producción de una fábrica)”. Se trata de
llegar a “esa circulación interior de dones y de personas (y de personas que son dones), que es la
esencia de la comunión, y de eliminar los obstáculos a dicha circulación”19.
7.2. Porque somos hijos y hermanos
Jesús pidió a sus discípulos que cuando orasen a Dios tenían que decir: “Padre nuestro…”, porque
realmente Dios es nuestro Padre y todos nosotros somos sus hijos, y hermanos entre sí. “A
cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios”. Un cristiano puede ser o no ser
casado, soltero, padre, madre, seglar, religioso, sacerdote… Lo que no puede dejar de ser es hijo y
hermano.
Hijo de Dios y hermano de todos los hombres: ésta es la antropología cristiana más genuina.
Ser hijo y ser hermano lleva consigo mucho amor, y siempre el amor provoca unión. Tiende a la
unión con la persona amada: con Dios y con los hombres.
Si entendemos este doble fundamento: fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza, y somos
“hijos y hermanos”, no hay que darle muchas más vueltas para afirmar que estamos hechos para
la comunión amorosa con Dios y con los hermanos.
Los religiosos queremos vivir la comunión típica de la vida religiosa, de nuestra vida fraterna
comunitaria. Es una concreción distinta de la única comunión de los cristianos y distinta de la que
viven los cristianos casados, solteros, sacerdotes… Se puede hablar de modalidades distintas de la
misma comunión. Los religiosos nos comprometemos a vivir la comunión cristiana de una manera
diferente y por unos caminos distintos a los otros cristianos; no son caminos mejores, ni peores,
sino distintos. Y, en todo caso, esa manera diferente es también un servicio a la que son
convocados todas las personas y todos los pueblos.
Es lo mismo que afirma José Luis Espinel en su luminoso artículo sobre los fundamentos bíblicos de
la vida religiosa. “Decir que la vida religiosa es conforme a las Escrituras no es nada presuntuoso -
aunque es ciertamente lo máximo que de ella podemos afirmar- porque equivale a afirmar que es
una forma de vida cristiana. Entendida así la expresión, queda vedado todo espíritu de clase. Nos
movemos en el terreno de los carismas en el que cada uno actúa según “la multiforme gracia de
Dios” (1Pe 4,10), y se trata de “no ir más allá de lo que está escrito” (1 Cor 4,6), ni “tomar el
hombre nada que no le fuere dado del cielo (Jn 3,27). El religioso, como cualquier cristiano, como
los Apóstoles de Jesús, tendrá que decir tras el esfuerzo de su vida: “somos siervos insignificantes,
lo que teníamos que hacer, eso hicimos” (Lc 17,10)”.
que un animal visto de lejos es un león y no un leopardo’. ‘No’, contestó el rabino. Otro de los
estudiantes dijo: ‘Cuando se pueda afirmar que un árbol tiene higos en lugar de melocotones’.
‘No’, contestó el rabino. Es cuando miramos el rostro de otra persona y vemos que esa mujer o ese
hombre es nuestra hermana o nuestro hermano. Porque hasta que no seamos capaces de hacer
algo semejante, independientemente de cuál pueda ser el momento del día, todavía es de noche”.
T. RADCCLIFFE, o.c., pág. 202.
En la vida religiosa todos los elementos van muy unidos y todos juntos constituyen la vida de tal
Orden o Congregación. Dejando a un lado otros elementos, hoy nos toca reflexionar sobre la
peculiar vida de comunión fraterna de los religiosos. Quienes se deciden por este camino, quieren
vivir la fraternidad en una comunidad religiosa, es decir, quieren vivir la virtud de la
comunitariedad en su comunidad, y desde ahí la comunión fraterna con los demás, de la forma
que indican las propias Constituciones.
Sabiendo que las diversas Órdenes y Congregaciones viven de manera distinta la vida fraterna,
dada su diversa manera de entender la “autoridad”, la “obediencia”, “la vida común”, “el
capítulo”, el “consejo”… nos reducimos aquí a la vida fraterna dominicana.
Basándonos en lo que las Constituciones de la Orden de Predicadores dicen a propósito de la vida
común (2-16) y de la obediencia (17-24), podríamos afirmar que existe comunidad dominicana allí
donde se da “un grupo humano, reunido en nombre del Evangelio, según el camino trazado por
Santo Domingo, cada uno de cuyos miembros se autocomprende socialmente en subordinación y
en función del conjunto de qué forma parte”. Se puede, pues, decir que lo típico de la vida
fraterna dominicana reside en subordinar el proyecto personal de cada religioso al proyecto
común, elaborado por toda la comunidad.
Lo dicho antes requiere algunas puntualizaciones para poder expresar mejor su alcance práctico,
existencial. Subrayo tres que me parece revisten particular importancia:
1. . Se trata de subordinar el proyecto personal al proyecto común, elaborado entre todos los
miembros de la comunidad, según las propias Constituciones.
2. Esta actitud se asume, se vive, como realizadora de la persona, tanto a nivel evangélico
como a nivel simplemente humano. No como algo despersonalizante, alienante, como un
suplicio.
3. Hay que distinguir entre amor y comunitariedad
Ambas se refieren a la esfera de lo afectivo, de las relaciones entre personas.
Pero se distinguen:
El amor es la capacidad para la relación amorosa, para amar.
La comunitariedad es la capacidad para la relación comunitaria, para vivir en comunidad.
El amor relaciona a los individuos de “persona a persona”, es siempre dual.
La comunitariedad relaciona a la persona con los demás, tomados como grupo.
Uno puede tener caridad, amor, capacidad para amar a una persona, a otra... pero puede no ser
comunitario, no tener capacidad para vivir y relacionarse con el grupo como grupo. Puede darse el
caso de llevarse bien, amar a todas y cada una de las personas de una comunidad y no poder vivir
en ella, no integrarse en ella, no tener “comunitariedad”. Hay personas que tienen vocación de
solteros, que no saben o no quieren compartir su proyecto personal con nadie.
En nuestra vida de comunidad todo ha de tender al aumento del amor, que es el primer
mandamiento, pero, aun cuando hay frailes que dicen que todos nuestros problemas comunitarios
se resolverían por la vía del amor, amándonos más y mejor, lo cierto es que no todo se resuelve
con amor. Cada campo es cada campo. El amor siempre tiene que estar presente como motor y
como fin al que hay que tender, pero cada cuestión ha de ser abordada directamente en su
campo. Los problemas comunitarios han de resolverse directamente desde el campo de la
comunitariedad. De la capacidad para vivir en grupo, de la capacidad para subordinar el proyecto
personal al proyecto común previamente elaborado por todos. Un infarto del corazón se cura
llevando al enfermo al hospital para que le atiendan los médicos. El infarto no se cura con amor.
Movido por el amor llevarás al enfermo al hospital para dejarlo en manos de los médicos.
Nuestra verdad como dominicos es buscar la fraternidad, la vida comunitaria. Si buscamos otra
cosa, es que estamos mintiendo… y pagaremos un alto precio.
Ya que el hermano de comunidad se ha dejado seducir por Jesús, y ha decidido libremente seguirle
por el camino trazado por Domingo de Guzmán para alcanzar “la vida en abundancia”, todo lo que
sea ayudarle a que realice su vocación, todo lo que sea corregirle fraternalmente cuando se desvíe
del camino prometido… será un acto de amor a ese hermano. Que no nos pueda sorprender Yahvé
con la pregunta que dirigió a Caín: “¿Dónde está tu hermano?, y menos aún que digamos: “¿Acaso
soy yo el guardián de mi hermano?”. Porque realmente somos el guardián de nuestro hermano y
él, a su vez, es nuestro guardián.
Parafraseando a San Pablo: “Ya que habéis elegido la vida fraterna comunitaria, buscad lo que
construye tal vida y desechad lo que la destruye”. He aquí algunas actitudes que construyen y
destruyen la vida fraterna comunitaria.
Sabemos que lo primero y principal, la meta y el fin de todo seguidor de Cristo es el amor. Algo
que nosotros queremos conseguir con todos los elementos que constituyen nuestra vida
dominicana, también, por tanto, con la vida fraterna comunitaria.
“Cazadora no sabía qué era el amor, qué eran sus noches en vela, sus ardores ni sus quejas. No
sabía qué era descubrir que tu vida pasaba a estar en otras manos, unas manos que a partir de ese
instante se encargarían de modelarla y de determinar su forma… Cazadora estaba rendida a sus
pies. Cazadora no sabía que las mujeres suelen comportarse como si su vida no estuviera en ellas
mismas sino en aquellos que deciden amar. Que la mujer que ama muere para sí, y si no es amada,
es decir, si no vive en el ser amado, muere dos veces”.
He aquí una certera descripción del amor. Para nosotros los cristianos nos es muy fácil
experimentar que el amor cristiano es caer en manos de Jesucristo y de los hermanos… Esa unión
amorosa que los religiosos queremos vivir en comunidad.
1. ¿Cuáles con las principales dificultades, los principales obstáculos, en la vida de cada día, para
vivir la fraternidad dominicana en la comunidad? ¿Cuáles los principales apoyos?
2. Un buen número de matrimonios al separarse nos dice que lo hace por “incompatibilidad de
caracteres”. ¿Crees que entre nosotros puede darse “incompatibilidad de caracteres” y tener
que separarse y vivir en distintas comunidades? Los recursos “espirituales” ¿pueden evitar una
situación así?
3. Fraternidad-amistad. ¿Estás de acuerdo con el siguiente texto?: “La fraternidad es un paso
imprescindible, pero desde la perspectiva del sujeto, de su capacidad de amor, debe
evolucionar hacia la amistad, hacia una relación que surge del interior de la persona sin
necesidad de imponerlo como una obligación, como exigencia de la vocación elegida, sino
como algo que se apoya sólo en el amor, en la intimidad afectiva. Lo lógico es que la amistad no
se dé entre todos los miembros de la comunidad, pero sí entre algunos”.
4. ¿Existe relación entre “soledad” y “vida fraterna comunitaria”?
Anexo: Mensaje de los religiosos de Europa
Europa, tierra de grandes posibilidades e impulsos de solidaridad, tierra de pobrezas en los nuevos
rostros, de proyectos audaces de unidad y de crecimiento de individualismos nacionales.
Europa, tierra de promesas negadas, con frecuencia, a los pobres que llaman a sus puertas,
pidiendo un espacio de esperanza y de justicia.
Nosotros, religiosos y religiosas, nos sentimos hijos e hijas de esta Europa con una historia
dolorosa, con sus tensiones, sus contradicciones y sus fragilidades, pero también nos sentimos
portadores de un gran proyecto de espiritualidad y fraternidad
Continuando el camino emprendido por nuestros hermanos y hermanas mayores que, a lo largo
de los siglos, han contribuido a su identidad cultural, humana y espiritual, queremos todavía hoy,
aportar nuestra parte para que Europa no pierda sus raíces más profundas.
Creemos que la comunidad, don del Espíritu, afirma la primacía de Dios y anuncia el Reino que
viene. La comunidad es el lugar del encuentro con Cristo que nos ha elegido y reunido y nos da la
gracia para responder a su amor viviendo una fraternidad auténtica, alegre y visible.
Creemos que la comunidad es una verdadera escuela que conduce a un camino de conversión del
yo al nosotros, que suscita la pasión del encuentro y hace gustar el gozo de estar juntos
Creemos que la comunidad es escuela de relaciones donde los lazos con los demás se tejen con
paciencia, donde se ponen en común los recursos, las dificultades y las fragilidades de cada uno. La
fuerza de estos lazos construye la comunión y la unidad se crea integrando las diferencias.
Creemos que la comunidad es una escuela de reconciliación y de perdón. La búsqueda de la
verdad deja aflorar el dolor y los límites, reconoce el mal en nosotros y fuera de nosotros y lo
denuncia a través de gestos de paz.
Creemos que la comunidad es una escuela de hospitalidad que nos enseña a hacer espacio a Dios y
a los demás a través de la escucha del grito de los excluidos, los humildes y los inmigrantes.
Animados por la pasión por la humanidad, nos damos los medios que restablecen a la persona en
su dignidad.
Creemos que la comunidad, evangelizada ella misma en primer lugar, es enviada a evangelizar.
Una misión que se realiza de una manera nueva por medio de una presencia humilde, de una
colaboración creciente entre los diferentes institutos y los laicos, de una palabra de misericordia et
de esperanza.
Esta es la contribución que queremos aportar como religiosos y religiosas y como ciudadanos al
futuro humano y espiritual de Europa”.