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El Poeta y el Sacrificio de Ramón

El documento presenta la historia de Eleuterio Miranda, un poeta que es encargado de escribir un poema patriótico para una fiesta local. Al intentar componer el poema, Eleuterio recuerda a Ramón, un joven pobre del pueblo que se enlistó en el ejército en lugar de Eleuterio para salvar a su familia de desalojo. Atrapado por la culpa, Eleuterio decide viajar a África como voluntario, donde encuentra a Ramón muriendo en un hospital tras haber sufrido mucho durante su servicio.
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El Poeta y el Sacrificio de Ramón

El documento presenta la historia de Eleuterio Miranda, un poeta que es encargado de escribir un poema patriótico para una fiesta local. Al intentar componer el poema, Eleuterio recuerda a Ramón, un joven pobre del pueblo que se enlistó en el ejército en lugar de Eleuterio para salvar a su familia de desalojo. Atrapado por la culpa, Eleuterio decide viajar a África como voluntario, donde encuentra a Ramón muriendo en un hospital tras haber sufrido mucho durante su servicio.
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Leopoldo Alas

( Clarín)

El sustituto

Mordiéndose las uñas de la mano izquierda, vicio en él muy viejo e indigno de quien
aseguraba al público que tenía un plectro, y acababa de escribir en una hoja de
blanquísimo papel:

Quiero cantar, por reprimir el llanto,tu gloria, oh patria, al verte en la agonía...

digo, que mordiéndose las uñas, Eleuterio Miranda, el mejor poeta del partido judicial
en que radicaba su musa, meditaba malhumorado y a punto de romper, no la lira, que no
la tenía, valga la verdad, sino la pluma de ave con que estaba escribiendo una oda o
elegía (según saliera), de encargo.
Era el caso que estaba la patria en un grandísimo apuro, o a lo menos así se lo habían
hecho creer a los del pueblo de Miranda; y lo más escogido del lugar, con el alcalde a la
cabeza, habían venido a suplicar a Eleuterio que, para solemnizar -302- una fiesta
patriótica, cuyo producto líquido se aplicaría a los gastos de la guerra, les escribiese
unos versos bastante largos, todo lo retumbantes que le fuera posible, y en los cuales se
hablara de Otumba, de Pavía... y otros generales ilustres, como había dicho el síndico.
Aunque Eleuterio no fuese un Tirteo ni un Píndaro, que no lo era, tampoco era manco
en achaques de malicia y de buen sentido, y bien comprendía cuán ridículo resultaba, en
el fondo, aquello de contribuir a salvar la patria, dado que en efecto zozobrase, con
endecasílabos y heptasílabos más o menos parecidos a los de Quintana.
Si en otros tiempos, cuando él tenía dieciséis años no había estado en Madrid ni era
suscritor del Fígaro de París, había sido, en efecto, poeta épico, y habíacantado a la
patria y los intereses morales y políticos, ahora ya era muy otro y no creía en la epopeya
ni demás clases del género objetivo; no creía más que en la poesía íntima... y en la prosa
de la vida. Por esta, por la prosa de los garbanzos, se decidía a pulsar la lira pindárica;
porque tenía echado el ojo a la secretaría del Ayuntamiento, y le convenía estar bien con
los regidores que le pedían que cantase. Considerando lo cual, volvió a morderse las
uñas y a repasar lo de

Quiero cantar, por reprimir el llanto,tu gloria, oh patria, al verte en la agonía...


-303-
Y otra vez se detuvo, no por dificultades técnicas, pues lo que le sobraban a él eran
consonantes en anto y en ía; se detuvo porque de repente le asaltó una idea en forma de
recuerdo, que no tardó en convertirse en agudo remordimiento. Ello era que más
adelante, al final que ya tenía tramado, pensaba exclamar, como remate de la oda, algo
por el estilo:

Mas ¡ay! que temerario,en vano quise levantar el vuelo,por llegar al santuariodel
patrio amor, en la región del cielo. Mas, si no pudo tantomi débil voz, mi pobre
fantasía,corra mi sangre, como corre el llanto,en holocausto de la patria mía. ¡Guerra!
no más arguyo...el plectro no me deis, dadme una espada:si mi vida te doy, no te doy
nada,patria, que no sea tuyo;porque al darte mi sangre derramada,el ser que te debí te
restituyo.

Y cuando iba a quedarse muy satisfecho, a pesar del asonante de santuario y tanto, que
algo le molestaba, sintió de repente, como un silbido dentro del cerebro, una voz que
gritó: ¡Ramón!
***
Y tuvo Eleuterio que levantarse y empezar a -304- pasearse por su despacho; y al
pasar enfrente de un espejo notó que se había puesto muy colorado.
-¡Maldito Ramón! Es decir... maldito, no, ¡pobre! Al revés, era un bendito.
Un bendito... y un valiente. Valiente... gallina... Pues Gallina le llamaban en el pueblo
por su timidez; pero resultaba una, gallina valiente; como lo son todas cuando tienen
cría y defienden a sus polluelos.
Ramón no tenía polluelos; al contrario, el polluelo era él; pero la que se moría de frío
y de hambre era su madre, una pobre vieja que no tenía ya ni luz bastante en los ojos
para seguir trabajando y dándoles a sus hijos el pan de cada día.
La madre de Ramón, viuda, llevaba en arrendamiento cierta humilde heredad de que
era propietario don Pedro Miranda, padre de Eleuterio. La infeliz no pagaba la renta.
¡Qué había de pagar si no tenía con qué! Años y años se le iban echando encima con
una deuda, para ella enorme. Don Pedro se aguantaba; pero al fin, como los tiempos
estaban malos para todos, la contribución baldaba a chicos y grandes; un día se cargó de
razón, como él dijo, y se plantó, y aseguró que ni Cristo había pasado de la cruz ni él de
allí; de otro modo, que María Pendones tenía que pagar las rentas atrasadas o... dejar la
finca. «O las rentas o el desahucio». A esto lo llamaba disyuntiva don Pedro, y María
el acabose, el fin del mundo, la muerte -305- suya y de sus hijos, que eran cuatro,
Ramón el mayor.
Pero en esto le tocó la suerte, a Eleuterio, el hijo único de don Pedro, el mimo de su
padre y de toda la familia, porque era un estuche que hasta tenía la gracia de escribir en
los periódicos de la corte, privilegio de que no disfrutaba ningún otro menor de edad en
el pueblo. Como no mandaban entonces los del partido de Miranda, sino sus enemigos,
ni en el Ayuntamiento ni en la Diputación provincial hubo manera de declarar a
Eleuterio inútil para el servicio de las armas, pues lo de poeta lírico no era exención
suficiente; y el único remedio era pagar un dineral para librar al chico. Pero los tiempos
eran malos; dinero contante y sonante, Dios lo diera; mas ¡oh idea feliz!
«El chico de la Pendones, el mayor... ¡justo!». Y don Pedro cambió la disyuntiva de
marras y dijo: o el desahucio o pagarme las rentas atrasadas yendo Ramón a servir al rey
en lugar de Eleuterio. Y dicho y hecho. La viuda de Pendones lloró, suplicó de rodillas;
al llegar el momento terrible de la despedida prefería el desahucio, quedarse en la calle
con sus cuatro hijos, pero con los cuatro a su lado, ni uno menos. Pero Ramón,
la gallina, el enclenque sietemesino, alternando entre las tercianas y el reumatismo, tuvo
energía por la primera vez de su vida, y a escondidas de su madre, se vendió, liquidó
con don Pedro, y el precio -306- de su sacrificio sirvió para pagar las rentas atrasadas
y la corriente. Y tan caro supo venderse, que aún pudo sacar algunas pesetas para
dejarle a su madre el pan de algunos meses... y a su novia, Pepa de Rosalía, un
guardapelo que le costó un dineral, porque era nada menos que de plata sobredorada.
¿Para qué quería Pepa el pelo de Ramón, un triste mechón pálido, de hebras
delgadísimas de un rubio de ceniza, que estaban vociferando la miseria fisiológica del
sietemesino de la Pendones? Ahí verán ustedes. Misterios del amor. Y no lo querría
Pepa por el interés. No se sabe por qué le quería. Acaso por fiel, por constante, por
sincero, por humilde, por bueno. Ello era que, con escándalo de los buenos mozos del
pueblo, la gallarda Pepa de Rosalía y Ramón la gallina eran novios. Pero tuvieron que
separarse. Él se fue al servicio: a ella le quedó el guardapelo, y de tarde en tarde fue
recibiendo cartas de puño y letra de algún cabo, porque Ramón no sabía escribir, se
valía de amanuense, pocas veces gratuito, y firmaba con una cruz.
Este era el Ramón que se le atravesó entre ceja y ceja al mejor lírico de su pueblo al
fraguar el final de su elegía u oda a la patria. Y el remordimiento, en forma de sarcasmo,
le sugirió esta idea: «No te apures, hombre; así como D. Quijote concluía las estrofas de
cierta poesía a Dulcinea, -307- añadiendo el pie quebrado del Toboso, por escrúpulos
de veracidad, así tú puedes poner una nota a tus ofrecimientos líricos de sangre
derramada, diciendo, verbigracia:

Patria, la sangre que ofrecerte quiero,en lugar de los cantos de mi lira,no tiene mío
más, si bien se mira,que el haberme costado mi dinero.

¡Oh, cruel sarcasmo! ¡Sí, terrible vergüenza! ¡Cantar a la patria mientras el


pobre gallina se estaba batiendo como el primero, allá abajo, en tierra de moros, en
lugar del señorito!
Rasgó la oda, o elegía, que era lo más decente que, por lo pronto, podía hacer en
servicio de la patria. Cuando vinieron el alcalde, el síndico y varios regidores a recoger
los versos, pusieron el grito en el cielo al ver que Eleuterio los había dejado en blanco.
Hubo alusiones embozadas a lo de la secretaría; y tanto pudo el miedo a perder la
esperanza del destino, que el chico de Miranda, tuvo que obligarse a sustituir (terrible
vocablo para él) los versos que faltaban con un discurso improvisado de los que él
sabía pronunciar tan ricamente como cualquiera. Le llevaron al teatro, donde se
celebraba la fiesta patriótica, y habló en efecto; hizo una paráfrasis en prosa, pero en
prosa mejor que los versos rotos de la elegía u oda desgarrada. Entusiasmó al público;
se llegó a entusiasmar -308- él mismo de veras; en el patético epílogo se le volvió a
presentar la figura pálida de Ramón... y mientras ofrecía, entre vivas y aplausos de la
muchedumbre, sellar con su sangre, si la patria la necesitaba, todas aquellas palabras de
amor y sacrificio, se juraba a sí propio, por dentro, echar a correr aquella misma noche
camino de África, para batirse al lado de Ramón, o como pudiera, en clase de
voluntario.
***
Y lo hizo como lo pensó. Pero al llegar a Málaga para embarcar, supo que entre los
heridos que habían llegado de África dos días antes estaba en el hospital un pobre
soldado de su pueblo. Tuvo un presentimiento; corrió al hospital, y... en efecto, vio al
pobre Ramón Pendones próximo a la agonía.
Estaba herido, pero levemente. No era eso lo que le mataba, sino lo de siempre: la
fiebre. Con la mala vida de campaña, las tercianas se le habían convertido en no sabía
qué fuego y qué nieve que le habían consumido hasta dejarle hecho ceniza. Había sido
durante un mes largo un héroe de hospital. ¡Lo que había sufrido! ¡Lo mal que había
comido, bebido, dormido! ¡Cuánto dolor en torno; qué tristeza fría, qué frío intenso, qué
angustia, qué morriña! Y ¿cómo había sido lo de la herida? Pues nada; que una noche,
estando de -309- guardia, y con una... que llamaban desintería que no se podía tener,
se había separado un poco de su puesto, así, como... por decencia por no apestarse a sí
mismo después, y allí, acurrucado, en un rayo de luna... ¡zas! un morito le había visto, al
parecer, y, lo dicho ¡zas!... había hecho blanco. Pero en blando. Total nada; aquello
nada. Pero el frío, la fatiga, los sustos, la tristeza, ¡aquello sí!... y la fiebre, la reina de
sus males, le mataba sin remedio.
Y murió Ramón Pendones en brazos del señorito, muy agradecido y recomendándole
a su madre, y a su novia.
Y el señorito, más poeta, más creador de lo que él mismo pensaba, pero poeta
épico, objetivo, salió de Málaga, pasó el charco y se fue derecho al capitán de Ramón,
un bravo de talento, y buen corazón y fantasía, y le dijo:
-Vengo de Málaga; allí ha muerto en el hospital Ramón Pendones, soldado de esta
compañía. He pasado el mar para ocupar el puesto del difunto. Hágase usted cuenta que
Pendones ha sanado y que yo soy Pendones. Él era mi sustituto, ocupaba mi puesto en
las filas y yo quiero ocupar el suyo. Que la madre y la novia de mi pobre sustituto no
sepan todavía que ha muerto; que no sepan jamás que ha muerto en un hospital,
oscuramente, de tristeza y de fiebre...
El capitán comprendió a Miranda.
-310-
-Corriente -le dijo- por ahora usted será Pendones; pero después, en acabándose la
guerra... ya ve usted...
-Oh, eso queda de mi cuenta -replicó Eleuterio.
Y desde aquel día Pendones, dado de alta, respondió siempre otra vez a la lista. Los
compañeros que notaron el cambio celebraron la idea del señorito, y el secreto del
sustituto fue el secreto de la compañía.
Antes de morir, Ramón habla dicho a Eleuterio cómo se comunicaba con su madre y
su novia. El mismo cabo que solía escribirle las cartas, escribía ahora las que le dictaba
Miranda, que también las firmaba con una cruz; pues no quería escribir él por si
reconocían la letra en el pueblo.
-Pero todo eso -preguntaba el cabo amanuense- ¿para qué les sirve a la madre y a la
novia si al fin han de saber...?
-Deja, deja -respondía Eleuterio ensimismado-. Siempre es un respiro... Después...
Dios dirá.
La idea de Eleuterio era muy sencilla, y el modo de ponerla en práctica lo fue mucho
más. Quería pagar a Ramón la vida que había dado en su lugar; quería ser sustituto del
sustituto y dejar a los seres queridos de Ramón una buena herencia de fama, de gloria y
algo de provecho.
Y, en efecto, estuvo acechando la ocasión de portarse como un héroe, pero como mi
héroe de -311- veras. Murió matando una porción de moros, salvando una bandera,
suspendiendo una retirada y convirtiéndola, con su glorioso ejemplo, en una victoria
esplendorosa.
No en vano era, además de valiente, poeta, y más poeta épico de lo que él pensaba:
sus recuerdos de la Iliada del Ramayana, de la Eneida, de Los Lusiadas, de la Araucana,
del Bernardo, etcétera, etc., llenaron su fantasía para inspirarle un bell morir. Hasta para
ser héroe, artista, dramático, se necesita imaginación. Murió, no como había muerto el
pobre Ramón en su casa, sino con distinción, con elegancia; su muerte fue sonada; no
pudo ser un héroe anónimo; y, aunque simple soldado, su hazaña y gloriosos fin
llamaron la atención y excitaron el entusiasmo de todo el ejército; el general en jefe le
consagró públicos y solemnes elogios; se le ascendió después de muerto; su nombre
figuró en letras grandes en todos los periódicos, diciendo: «Un héroe: Ramón
Pendones»; y para su madre hubo el producto de una cruz póstuma, pensionada, que la
ayudó, de por vida a pagar la renta a don Pedro Miranda, cuyo único hijo, por cierto,
había muerto también, probablemente en la guerra, según barruntaban los del pueblo,
pero sin que se supiera cómo ni dónde.
***
Cuando el capitán, años después, en secreto -312- siempre, refería a sus íntimos la
historia, solían muchos decir:
«La abnegación de Eleuterio fue exagerada. No estaba obligado a tanto. Al fin, el otro
era sustituto; pagado estaba y voluntariamente había hecho el trato».
Era verdad. Eleuterio fue exagerado. Pero no hay que olvidar que era poeta; y si la
mayor parte de los señoritos que pagan soldado, un soldado que muera en la guerra, no
hacen lo que Miranda, es porque poetas hay pocos, y la mayor parte de los señoritos son
prosistas.

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