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GUION

Sancho se encuentra con el cura y el barbero mientras lleva la carta de Don Quijote para Dulcinea. No puede mostrarles la carta porque se olvidó de pedirle el cuaderno a Don Quijote. El cura y el barbero deciden vestirse como una doncella menesterosa y un escudero para sacar a Don Quijote de su locura y llevarlo de regreso a su aldea. Más tarde, encuentran a una mujer llamada Dorotea que acepta hacerse pasar por la doncella y engañar a Don Qui

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GUION

Sancho se encuentra con el cura y el barbero mientras lleva la carta de Don Quijote para Dulcinea. No puede mostrarles la carta porque se olvidó de pedirle el cuaderno a Don Quijote. El cura y el barbero deciden vestirse como una doncella menesterosa y un escudero para sacar a Don Quijote de su locura y llevarlo de regreso a su aldea. Más tarde, encuentran a una mujer llamada Dorotea que acepta hacerse pasar por la doncella y engañar a Don Qui

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SANCHO: ¿Qué es lo que vuestra merced quiere hacer en tan remoto

lugar?
DON QUIJOTE:—Quiero imitar a Amadís de Gaula, especialmente a don
Roldán, que hizo mil hazañas dignas de eterno nombre y escritura. Loco
he de ser hasta que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo
le voy a enviar a mi señora Dulcinea. Y, si no vuelves, seré loco de veras.
Yo escribiré la carta en la hoja de un cuaderno de apuntes y tú la llevaras.
NARRADORA 1: A Don Quijote no le importaba que la carta vaya de mano
ajena, porque, sabía que Dulcinea no sabía escribir ni leer.
DON QUIJOTE: Osaré jurar que a ella no la he visto más que cuatro veces
en doce años, por la culpa de su padre, Lorenzo Corchuelo.
SANCHO (refuta)—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora
Dulcinea del Toboso?
DON QUIJOTE: Esa es, y es la que merece ser señora de todo el universo.
SANCHO: Bien la conozco ¡Qué fuerza tiene y qué voz! Lo mejor que tiene
es que no es nada quisquillosa: con todos se burla y de todo hace mueca y
donaire. Bien considerado, ¿qué le ha de importar a la señora Dulcinea del
Toboso, que se le vayan a hincar de rodillas o lo que le envía?
DON QUIJOTE: Has de saber, Sancho, que, por lo que yo creo a Dulcinea
del Toboso, es como la más alta princesa. ¿Piensas tú que las damas de los
libros son iguales a como las describen en estos?. Básteme a mí pensar y
creer que la buena Dulcinea es hermosa y honesta.
SANCHO: Digo que en todo tiene usted razón y que yo soy un asno. Pero
deme la carta, y ya me voy.
NARRADORA : Don Quijote, apartándose, con mucho sosiego empezó a
escribir la carta, con otra para su sobrina ordenándole la entrega de tres
asnos o pollinos a Sancho, en pago a su servicio. Y acabándola, llamó a
Sancho y le dijo que se la quería leer.
DON QUIJOTE: (agarra la carta y la lee) Escucha, que así dice: “Soberana y
alta señora: El herido por su ausencia, dulcísima Dulcinea del Toboso, te
envía la salud que él no tiene. Mi buen escudero Sancho te dará entera
relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu
causa quedo. Si gustares de socorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te
viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a
mi deseo. Tuyo hasta la muerte. Escrito por: EL CABALLERO DE LA TRISTE
FIGURA
SANCHO: Es la cosa más triste que jamás he oído. Escriba ahora vuestra
merced la orden de pago de los tres pollinos.
NARRADORA: Habiéndola escrito, se la leyó, que decía así: Mandará por
esta primera nota de pollinos, señora sobrina, dar a Sancho Panza, mi
escudero, tres de los cinco que dejé en casa a cargo de vuestra merced.
Fecha veintidós de agosto del presente año. Entonces Sancho se dispuso a
irse.
SANCHO: Porque, ¿dónde se ha de sufrir que un caballero andante, tan
famoso como vuestra merced, se vuelva loco?
DON QUIJOTE: A lo que me parece, Sancho, tú no estás más cuerdo que
yo.
NARRADORA: Y así, no sin muchas lágrimas de ambos, se despidieron.
NARRADORA: Vamos dejar a don Quijote envuelto entre sus suspiros y
versos, para contar lo que le ocurrió a Sancho Panza en su encargo. Se fue
en busca del Toboso, y al siguiente día llegó a una, venta estando en esto,
salieron de la venta dos personas que lo reconocieron, eran el cura y el
barbero. Los cuales, deseosos de saber de don Quijote, le llamaron por su
nombre
CURA: Amigo Sancho Panza, ¿Dónde está su amo?
NARRADOR: Entonces Sancho respondió que su amo quedaba ocupado en
cierta parte y en cierta cosa de mucha importancia, la cual él no podía
descubrir.
BARBERO: No, no, Sancho Panza. Si vos no nos decís dónde queda,
imaginaremos, como ya imaginamos, que vos lo mataste y le robaste.
SANCHO: No hay para qué amenazarme, que yo no soy hombre que robo
ni mato a nadie. Mi amo queda haciendo penitencia en la mitad de esta
montaña, muy a su gusto.
NARRADORA: Y luego les contó las aventuras que le habían sucedido, y
cómo llevaba la carta a la señora Dulcinea, que era la hija de Lorenzo
Corchuelo, de quien su amo estaba enamorado hasta los hígados.
Quedaron admirados de lo que Sancho Panza les contaba, y le pidieron
que les enseñase la carta que llevaba, estuvo buscando el cuaderno de
notas, pero no lo encontró porque se había quedado don Quijote con el
cuaderno, y no se lo había dado, ni él se acordó de pedírselo. Cuando
Sancho vio que no hallaba el libro, se dio media docena de puñadas en el
rostro y en las narices. Por lo cual, el cura y el barbero le preguntaron qué
había sucedido.
SANCHO: ¿Qué me ha de suceder?(lamentándose) He perdido el cuaderno
donde venía carta para Dulcinea, y una orden de pago de mi señor
CURA: (consolándolo) Cuando encontremos a su a su señor, le dará otra
orden de pago en el papel adecuado, porque las que se hacían en un
cuaderno jamás se aceptaban ni cumplían.
SANCHO: No me da pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque me la
sé casi de memoria.
BARBERO Decidla, Sancho, pues, después la escribiremos.
(Se paró Sancho a rascar la cabeza y ya se ponía sobre un pie, ya sobre
otro. Unas veces miraba al suelo, otras al cielo)
SANCHO: En el principio decía: «alta y sobada señora».
BARBERO: —No dirá sobada, sino sobrehumana o soberana señora?
SANCHO: Así es, si mal no me acuerdo, proseguía… «el lego y falto de
sueño, y el herido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy
desconocida hermosa», y no sé qué decía luego de salud y de enfermedad
que le enviaba.
NARRADORA:Le alabaron mucho los dos la buena memoria, y Sancho
añadió que, en cuanto trajese respuesta de la señora Dulcinea del Toboso,
don Quijote se había de poner en camino para ser emperador o, por lo
menos, monarca
CURA: Entonces tenemos que sacar a nuestro amo de aquella inútil
penitencia que decís que queda
NARRADORA: Y entonces el cura decidió que se vestiría de doncella
andante, y el barbero de escudero, y el cura fingiría ser una doncella
afligida y temerosa, y pidiéndole que la acompañase. Y que de esta
manera le sacarían de allí, y le llevarían a su lugar, donde procurarían ver
si tenía algún remedio su extraña locura.
BARBERO: Como no sabemos como vestirnos de estos personajes, mejor
seria que fuésemos donde una ventera.
NARRADORA: Y así fue como los tres llegaron donde una ventera.
VENTERA: Buenas trades, ¿En qué les podría ayudar?
CURA: Necesitamos vestirnos de doncella y escudero, ¿Podría sus dones
vestirnos adecuadamente para esta ocasión?
VENTERA: ¿Y se puede saber cuál es esta ocasión que los tiene tan
afligidos?
NARRADORA: Entonces Sancho (hace mímicas de hablar con la
ventera)contó en breves razones la locura de don Quijote a la ventera, y
ella los vistió de modo que no los pudieran reconocer. Pero apenas hubo
salido de la venta, cuando le vino al cura el pensamiento que hacía mal en
haberse puesto de aquella manera.
CURA: ¡Esto es una manera indecente de vestirse para un sacerdote! (se
voltea al barbero) Me haría muy dichoso si usted acepta cambiar de
vestimenta.
NARRADOR: El barbero aceptó y en esto llegó Sancho, y al ver a los dos en
aquel traje no pudo tener la risa.
BARBERO: No se osé de burlar amigo Sancho, que vestirnos de este modo
es de importancia para sacar a su amo de la mala vida.
CURA: Lo que dice exactamente, y recuerde que si le preguntase si dio la
carta a Dulcinea, diga que sí, y que, por no saber leer, le respondió de
palabra, mandándole que al momento viniese a verla.
NARRADORA: Al día siguiente llegaron al lugar donde Sancho había dejado
a su señor, y salió el escudero en busca de don Quijote. Encontraron
entonces el cura y el barbero a una joven llamada Dorotea que había
escapado de su casa debido a un noviazgo, y les contaron el remedio que
tenían pensado para llevar a don Quijote a su casa. A lo cual dijo Dorotea
que ella haría la doncella menesterosa mejor que el barbero, cuanto más
que tenía vestidos con que hacerlo al natural, y porque ella había leído
muchos libros de caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas,
SANCHO: He encontrado a nuestro amo en camisa, flaco, amarillo y
muerto de hambre, y suspirando por su señora Dulcinea
Narradora: Partieron, pues, todos a unas intrincadas peñas, donde
descubrieron a don Quijote, y el barbado barbero descendió a Dorotea de
su mula. La joven se fue a hincar de rodillas ante don Quijote
DONCELLA:De aquí no me levantaré, ¡oh valeroso y esforzado caballero!,
hasta que vuestra bondad me conceda un don: que vuestra magnífica
persona se venga conmigo donde yo lo llevaré y me prometa que no se ha
de entremeter en otra aventura, hasta darme venganza de un traidor que
me tiene usurpado mi reino. —Yo vos lo otorgo y concedo —respondió
don Quijote—, puesto que se ha de cumplir sin daño o mengua de mi rey,
de mi patria y de aquella que de mi corazón y libertad tiene la llave. La
menesterosa doncella pugnó con mucha porfía por besarle las manos, mas
don Quijote, que en todo era comedido y cortés caballero, jamás lo
consintió; antes la hizo levantar y la abrazó con mucha cortesía y
comedimiento. Se pusieron en camino, unos a caballo y otros a pie, y dijo
don Quijote a la princesa: —Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde
más gusto le diere. —Hacia el reino de Micomicón es mi camino —
respondió ella. —Si es así —dijo el cura—, por mitad de mi pueblo hemos
de pasar, y de allí podrá vuestra merced dirigirse a Cartagena, donde
podrá embarcar con la buena ventura. CAPÍTULO 9 DE LOS SABROSOS
RAZONAMIENTOS QUE PASARON ENTRE DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA,
Y DE OTRAS MUCHAS COSAS DIGNAS DE SABERSE Quiso Dorotea, de
camino, relatar su historia, y todos se le acercaron, deseosos de ver cómo
la fingía, y lo mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella como su
amo. Y ella, con mucho donaire, comenzó a decir de esta manera: —Mi
padre, el rey de Micomicón, fue muy docto en eso que llaman el arte
mágica, y descubrió con su ciencia que yo había de quedar huérfana de
padre y madre. Y dio por cosa muy cierta que un descomunal gigante,
llamado Pandafilando de la Fosca Vista, había de pasar sobre mi reino y
me lo había de quitar todo. Dijo mi padre que, si quería evitar la
destrucción de mis buenos vasallos, no había de defenderme, sino que me
pusiese en camino de las Españas, donde hallaría a un caballero andante,
el cual se había de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote, o don Bigote.
—Don Quijote, diría, señora —dijo a esta sazón Sancho Panza. —Así es —
dijo Dorotea—. Y dijo más, porque dejó escrito que, si este caballero de la
profecía, después de haber degollado al gigante, quisiese casarse
conmigo, le diese posesión de mi reino, junto con la de mi persona. —
¿Qué te parece, Sancho amigo? —dijo a este punto don Quijote—. ¿No te
lo dije yo? Mira si ya tenemos reino que mandar y reina con quien casar.
Sancho dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandísimo contento,
y fue a besarle las manos a Dorotea, en señal que la recibía por su reina y
señora. —De nuevo confirmo el don que os he prometido —dijo entonces
don Quijote—, pero no es posible para mí el casarme. Le pareció tan mal a
Sancho lo que últimamente su amo dijo, que, con gran enojo, alzó la voz
diciendo: —Voto a mí, que no tiene vuestra merced cabal juicio. Pues,
¿cómo es posible que dude en casarse con tan alta princesa? ¿Es, por
dicha, más hermosa mi señora Dulcinea? Cásese, cásese luego, y tome ese
reino que le viene a las manos de balde, y, en siendo rey, hágame
marqués o adelantado. Don Quijote, que tal blasfemia oyó decir contra su
señora Dulcinea, no lo pudo sufrir, y le dio tales dos palos, que dio con
Sancho en tierra. —¿No sabéis vos, gañán, faquín, bellaco —dijo al cabo
de un rato—, que, si no fuese por el valor que Dulcinea infunde en mi
brazo, no lo tendría yo para matar una pulga? Sancho se fue a poner
detrás del palafrén de Dorotea, y desde allí dijo a su amo: —Cásese
vuestra merced de momento con esta reina, ahora que la tenemos como
llovida del cielo, y después puede volver con mi señora Dulcinea; que
reyes debe de haber en el mundo que son amancebados. En lo de la
hermosura no me entrometo, que las dos me parecen bien, puesto que yo
nunca he visto a la señora Dulcinea. —¿Cómo que no la has visto, traidor
blasfemo? —dijo don Quijote—. ¿Pues no acabas de traerme un recado de
su parte? —Digo que no la he visto tan despacio —respondió Sancho—
que pueda haber notado en detalle su hermosura, pero así, a bulto, me
parece bien. —Ahora te disculpo —dijo don Quijote—, y perdóname el
enojo que te he dado. Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar, y dime
ahora sin rencor alguno: ¿Dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea?
¿Qué hacía? ¿Qué rostro puso cuando leía mi carta? ¿Qué te respondió? A
buen seguro que la hallaste ensartando perlas o bordando un escudo en
oro. —No la hallé —respondió Sancho—, sino ahechando dos fanegas de
trigo en el corral de su casa. —Pero no me negarás, Sancho, una cosa:
cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste una fragancia aromática, como si
estuvieras en la tienda de algún curioso guantero? —Lo que sé decir —dijo
Sancho— es que sentí un olorcillo algo hombruno. Y debía ser que ella,
con el mucho ejercicio, estaba sudada. —Te debiste oler a ti mismo,
porque yo sé bien a qué huele aquel lirio del campo. Y bien —prosiguió
don Quijote—, ¿qué hizo cuando leyó la carta? —La carta —dijo Sancho—
no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir. La rasgó y la hizo
menudos pedazos, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no
se supiesen sus secretos. Finalmente me encargó que dijese a vuestra
merced que le besaba las manos, y que le suplicaba y mandaba que se
saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates. Le
pregunté si había ido allá el vizcaíno de marras, y me dijo que sí. También
le pregunté por los galeotes, mas me dijo que hasta entonces no había
visto ninguno. —Todo va bien hasta ahora —dijo don Quijote—. Pero,
¿sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y
viniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir
más de treinta leguas. Será que algún sabio amigo te debió de llevar en
volandillas, sin que tú lo sintieses. —Así será —dijo Sancho.

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