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Hermano Rafael: Loco por Cristo y Santidad

El documento habla sobre el Hermano Rafael y su vocación de ser un "loco por Cristo", siguiendo el ejemplo de figuras como San Francisco de Asís, San Juan de Dios y San Benito José Labre. Aunque nunca pudo realizar completamente esta vocación, el amor de Rafael por Cristo y la Eucaristía lo llevaron a desear entregarse totalmente a Dios como un "loco de Cristo", renunciando a todo para seguir radicalmente a Jesús.
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Hermano Rafael: Loco por Cristo y Santidad

El documento habla sobre el Hermano Rafael y su vocación de ser un "loco por Cristo", siguiendo el ejemplo de figuras como San Francisco de Asís, San Juan de Dios y San Benito José Labre. Aunque nunca pudo realizar completamente esta vocación, el amor de Rafael por Cristo y la Eucaristía lo llevaron a desear entregarse totalmente a Dios como un "loco de Cristo", renunciando a todo para seguir radicalmente a Jesús.
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Hermano Rafael, Loco por Cristo

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre el Beato Rafael, cuya próxima ca-

nonización a todos nos llena de júbilo. Esperamos que sea una fuente de gracia para la Iglesia

desde su sencillez monacal, en la que en su vida procuró vivir siempre y realmente llegó a ha-

cerse modelo. Es sin duda una de las notas que cautivaron a los que pudieron convivir con él,

y cautiva siempre a los que se acercan ahora a su vida por medio de sus escritos.

A pesar de que se ha escrito tanto sobre el Hermano Rafael, hay un aspecto de su vida

y de sus escritos que nunca se ha tratado, que yo sepa, y sin embargo, , me parece muy impor-

tante pues revela una faceta de su vida totalmente entregada a Dios, que nunca dice basta en la

entrega, en el amor, y refleja las altas cumbres de espiritualidad y santidad a las que Dios le

llevó aunque él nunca llegó a realizar. Me refiero a su “vocación” o proyecto de asumir una

forma de vida de “loco de Cristo”.

¿Qué son los locos por Cristo?

Los “locos de Cristo” no son una flor que se dé en nuestra tierra, en nuestro ambiente,

en nuestra cultura y civilización. Ni aún en ambientes religiosos. Por eso, antes de nada, me

parece conveniente decir unas palabras para aclarar qué es eso de “loco de Cristo”.

El Diccionario de Spiritualité los describe así: “la actitud de los que, movidos por el

amor de Dios y del prójimo asumen una forma ascética de piedad cristiana que se llama locu-

ra por amor de Cristo. Estos renuncian voluntariamente no sólo a las comodidades y a los

bienes de la vida de este mundo, a las ventajas de la vida en comunidad y a los bienes de la fa-

milia, sino que aceptan” – yo precisaría, quizá fuese más exacto decir que buscan – “además

una forma de vida con las apariencias de un loco, que abandona las formas de conveniencia y

de pudor, y a veces se permite realizar actos escandalosos. Estos ascetas no temen decir las

1
verdades a los poderosos de este mundo, como quien no tiene nada que temer, acusando a los

que se olvidan de la justicia de Dios y consolando a los temerosos de Dios”1.

Las notas principales que acompañan esta forma de vida son: un sentido muy profundo

de la libertad de los hijos de Dios, la sencillez de espíritu, y lo que en la tradición monástica,

ya desde sus orígenes, se llama la “apatheia” en términos griegos, es decir, la pureza de cora-

zón. Flores, por decirlo así, de la perfección evangélica con las que Dios premia a estos hijos

suyos, abrasados en su amor, que lo dejan todo para seguir con toda radicalidad el evangelio,

la vida de Jesús.

Su género de vida es difícil determinar, ya que por su naturaleza es muy propio de

cada uno. Ha habido estos locos por Cristo en toda la historia de la Iglesia. Rusia parece ser la

patria privilegiada de los locos por Cristo, donde gozan de una gran veneración.

Pero también en Occidente se encuentran algunos ejemplos. Uno bien conocido en

todo el mundo cristiano es el de Francisco de Asís. Hijo de una familia acaudalada, movido

por un gran amor a la pobreza, arrojó por la ventana las mercancías de su padre, mercader de

telas preciosas, y vendiendo el caballo, arrojó también el dinero. La gente le consideró y trató

de loco. Al volver su padre, Bernardone, le apaleó, y le requirió ante el obispo la devolución

de sus mercancías. Sin pronunciar una palabra, Francisco se despojó de su ropa entregándose-

la a su padre, y así, desnudo, liberado de toda atadura, emprende una nueva vida de segui-

miento de Cristo.

En esta “locura”, nos dice Bernardo de Quintavalle, prosiguió Francisco, con tanto

desprecio del mundo, paciencia en las adversidades, y gozo en las injurias que la gente le con-

sideraba un “loco” y un “delirante”. Francisco vivió la “locura de la cruz” hasta llegar a ser

un verdadero “loco de Cristo”, quien a su vez, quiso dejarle las marcas en los estigmas que

imprimió en su cuerpo en 1124.

1
Dictionaire de Spiritualité, t. V c. 752, París 1964

2
Otro caso bien conocido de todos es el de San Juan de Dios. Encendido del amor de

Dios por la predicación del apóstol de Andalucía, San Juan de Ávila, buscaba voluntariamente

las burlas, los malos tratos de la gente, hasta el punto de ser internado en el manicomio entre

las personas alienadas, de donde salió por intervención del mismo San Juan de Ávila..

Finalmente, y sobre todo, el caso más destacado y próximo a nosotros, y el que más

nos interesa por la repercusión que tuvo en el pensamiento de nuestro Beato, el Hermano Ra-

fael, es el de San Benito José Labre, muerto 1783, que conmovió a la Europa indiferente y

aburguesada de su tiempo. Los tiempos en que él vivió pedían sin duda alguna, dentro del

misterioso plan de Dios, la figura de un pobre que gritara con el silencio de su pobreza la pre-

sencia de Alguien por quien vale la pena dejarlo todo, absolutamente todo. Desechado repeti-

das veces de la Cartuja y de la Trapa, impertérrito en su afán de la búsqueda de la voluntad de

Dios para su vida, en un deseo profundo de humildad y de pobreza, de despojo total, sufrien-

do todas las inclemencias del tiempo, a veces bajo lluvias torrenciales, emprendió una etapa

de peregrinación de más de 30.000 kms. a pié por los santuarios de Francia, España, Suiza e

Italia para terminar su vida en el Coliseo de Roma.

Desgreñado, desaseado, vestido con unos harapos, ceñido con un cordel y las piernas

desnudas, vivía de limosnas, durmiendo en el Coliseo o en los dormitorios públicos. A menu-

do pasaba lo que había recibido de limosna a manos de otros más pobres. Encendido en el

amor de Cristo, en El y por El amaba a todos los hombres con un amor indiviso, siendo objeto

de las burlas de unos o de la admiración de otros que le consideraban como un santo, sin que

ni lo uno ni lo otro le perturbase

Los maestros y profesores hablan con frecuencia de las cosas de Dios. Los santos ha-

cen experiencia de ellas. Este pobre no se cansaba jamás de contemplar y de vibrar de amor

ante el milagro de la presencia de Dios en el Tabernáculo. “Su devoción a Jesús sacramenta-

do –escribe su confesor, el P. Marconi- es imposible expresarla”. Es lo que le mereció el ape-

3
lativo de “El pobre de las Cuarenta Horas”2, con el que era llamado por los que le conocían:

ya que era habitual verlo en las iglesias donde el Santísimo era expuesto a la veneración pú-

blica. Pasaba días enteros arrodillado delante del altar, y con su apariencia exterior traslucía el

incendio interior que ardía en su corazón 3. Sin decir una palabra fue la contradicción tanto del

deísmo y de las virtudes cívicas como del nacionalismo reinante, y de un humanismo que que-

ría someter la religión.

El Beato Rafael y su vocación de “Loco por Cristo”

Muchas más cosas se podrían decir de este santo tan singular. Si me he detenido un

poco hablando de él es por la resonancia que tiene en la vida de nuestro Beato Hermano Rafa-

el, en lo que, por decirlo así, fue su último proyecto de vida nunca realizado, pero que lo lle-

vaba en lo hondo de su corazón al final de su vida, así como por su amor encendido a la Euca-

ristía.

Al hablar del Beato Rafael, y su vocación de “loco de Cristo”, me parece necesario re-

ferirnos a la Regla de San Benito, según la cual Dios le llamó para seguir a Jesús. En los gra-

dos de humildad, que recoge de la tradición monástica, y transmite a sus monjes como el ca-

mino del seguimiento de Cristo, S. Benito propone un vuelco de los valores humanos, que le

han de llevar a abrazar como razonable lo que a los ojos del no cristiano o del que se dirige

por los principios del mundo es sencillamente irrazonable:

En el grado sexto de humildad indica al monje que ha de estar contento con “lo más

pobre y bajo”, omni vilitate et extremitate, lo más vil y despreciable; y no sólo ha de estar

contento con todo lo que le mandan, sino que se ha de considerar como “un obrero malo e in-

2
La devoción de las “Cuarenta Horas” es una práctica popular de veneración y adoración del Santísimo Sacra -
mento expuesto solemnemente durante cuarenta horas. Sus orígenes se remontan a la práctica devocional del
pueblo, que existía ya en el siglo X, de ayunar durante las cuarenta horas que Cristo estaría en la tumba. Práctica
a la que luego se añadió la costumbre de colocar la eucaristía en la imagen del Redentor en la tumba. En el siglo
XVII adquiere una forma más popular y universal, e independiente de la veneración de Cristo en la tumba, como
devoción y veneración de la Eucaristía expuesta solemnemente durante Cuarenta Horas..
3
Marconi, P, Raguaglio Della vita del Servo di Dio Benedetto Giuseppe Labre, pp 29-20

4
digno”4, teniendo presente lo que dice el profeta, - es decir, el salmista- he llegado a ser nada

y no lo sabía; he venido a ser ante ti como un animal, pero yo estoy siempre contigo”5.

La referencia al salmo 72 nos da la pista para la interpretación correcta del sexto grado

de humildad. Es el estado, la disposición del que ha puesto en Dios toda su vida, en la que se

encuentra con realidades que sobrepasan todo el conocimiento y explicación humana, que van

contra la razón. Es la actitud del que busca de verdad a Dios, y pone las razones de su vida en

las certezas de la fe: el misterio de Dios. Yo no entiendo nada, pero estoy contigo, y tú agarras

mi mano derecho. “Contigo a mi derecha, ¿Qué me importa la tierra?”6

Aún más profundo parece el grado séptimo, que “consiste en que el monje no sólo

diga de palabra, sino que lo crea de todo corazón que es el último de todos y el peor, dicien-

do con el profeta: ‘soy un gusano, y no un hombre, oprobio de la gente y desprecio del pue -

blo”7.

Estas cosas apenas se pueden ni nombrar en nuestros días. Van en contra de todo el

sentido que tenemos de la persona, de la pedagogía y de la psicología. Pero no estamos en este

plano, sino en un orden muy distinto. Conociendo un poco y rezando los salmos, todos pode-

mos reconocer en seguida el sentido cristológico de estas expresiones del séptimo grado de

humildad que propone San Benito a sus monjes. No se trata de ninguna actitud patológica o

masoquista, sino que son expresión de la comunión en la kénosis de Cristo humillado. Es ahí

donde se colocaban nuestros “locos por Cristo”; éste era el fuego que les devoraba, que les

llevaba a hacer locuras; compartir la locura del amor de Cristo.

¿Qué pensaba Rafael al leer estos pasajes de la Regla de San Benito, que le trazaban el

camino por el que Dios le llamaba? No tenemos ninguna referencia en sus escritos. Su corta

vida en el Monasterio, 18 – 19 meses, y las circunstancias del momento, dejan entender que

4
Lc 17, 10
5
Regla de San Benito VII, 49-50
6
Sal 72, 25
7
Regla de San Benito VII, 51-52; Sal 21,7

5
no tuvo oportunidad de profundizar en el conocimiento de la misma Regla de San Benito.

Pero en esto, como en tantas cosas, Rafael captó muy profundamente las raíces más hondas de

una auténtica espiritualidad monástica, como podremos ver más adelante.

¿Fue Rafael un loco por Cristo?

¿Se puede decir que Rafael fue un loco de Cristo? Antes de nada creo que hemos de

tener presentes las condiciones sociales, familiares y personales de Rafael que contrastan fuer-

temente con este estado, o más bien con estas tendencias de Rafael a una forma de vida propia

de los locos de Cristo. Rafael, como es bien conocido de todos, por su ascendencia familiar

pertenecía a un estado de la sociedad burguesa, que en la España de su tiempo estaba marcada

con unas diferencias sociales muy señaladas. Por su carácter, formación y estudios, era una fi-

gura prócer, distinguida, elegante, jovial y de un trato delicado y atractivo para todos.

Ciertamente nunca llegó a llevar una forma de vida que pudiera calificarse de “un loco

de Cristo”. Pero sí que hay algunos rasgos propios de un “loco de Cristo”, y sobre todo la ten-

dencia, por no decir la pasión, o hablando con más propiedad una vocación en los últimos mo-

mentos de su vida por llegar a vivir una forma de vida de un “loco de Cristo”. Fijémonos en

estos datos de su vida y escritos.

Durante su larga estancia en la casa paterna en Villasandino, y ya estamos en 1937,

“un buen día – nos cuenta su madre - que Rafael fue a Burgos, subió al Monasterio de la

Cartuja de Miraflores… y allí en una lata vacía que encontró a su paso, recibió en la cola de

mendigos la comida que diariamente reparte la caridad de los monjes”8.

¿Cómo podían ver sus padres estas actuaciones de Rafael, algo que era para sentirse

afrentados socialmente? “Cosas de Rafael”, se decían y pensaba una familia profundamente

cristiana, aceptando lo que seguramente les extrañaba y no comprendían de aquel hijo a quien

amaban especialmente, y en quien tendrían que ver algo especial de una obra de Dios. “En to-
8
Barón, Mercedes, Vida y escritos de Fray María Rafael Arnáiz Barón, Monje trapense, Madrid 1974, p. 397.

6
das las mil pequeñeces de que la vida se compone - continúa su madre -, encontraba Rafael

motivo para una mortificación más, mortificaciones que no se ocultaban a los ojos vigilantes

y atentos de la madre, que veía aquella ascensión siempre creciente del hijo amado hacia las

regiones de Dios”9. Rafael, con su gran personalidad, era el centro de la vida familiar.

Ciertamente que una actuación semejante no es en modo alguno suficiente para califi-

car a Rafael como un “loco de Cristo”. Pero por encima de esta actuación esporádica, que se

puede juzgar de muy distinto modo, desde una extravagancia, a una vida a lo bohemio, o bien

ver dentro de todo el contexto de su vida una inclinación a lo humilde y a la humillación de-

seando compartir la vida de los más pobres, y sobre todo asemejarse a Cristo pobre y humilla-

do, lo que nos pone de manifiesto en Rafael una verdadera tendencia o vocación sincera a una

vida propia de los “locos de Cristo” son sus confesiones del 19 de marzo de 1938, y fijémonos

bien en la fecha. Rafael está al cabo de su vida, a poco más de un mes de su muerte. Escribe

así:

“Ni yo mismo, bendito Jesús, me entiendo…“Señor, tengo un deseo inmenso de cum-

plir tu voluntad…Siento al mismo tiempo unos deseos míos de mortificación y peniten-

cia. Siento inmensas ansias de padecer algo por Ti, mi buen Jesús” “Quisiera dejarme

morir de hambre, si me dejaran…”

“Tengo mucho miedo en mi actual situación” “Estoy demasiado considerado…”

“Quisiera vivir en un rincón del Monasterio, vestido de saco y comiendo sólo las corte-

zas de queso que deja la Comunidad…; quisiera, Señor, hacer locuras…”

“Algunas veces creo que Dios me llama por un camino de más penitencia y más ora-

ción”. “Como en la Comunidad no me permitirían hacer esa vida, la podría hacer de-

bajo de los puentes, y en los pórticos de las iglesias con unos zuecos de madera y un

saco al hombro… y desaparecer de todo el que me conozca, tanto padres, como ami-

9
Ib.

7
gos, como frailes…, nadie, ¡sólo Dios y yo!”. “Dicen que San Benito Labre murió de

inanición en una iglesia”.

“Todo esto lo he pensado en serio”. “En mis confesores, superiores y maestros, lo

único que he encontrado es prudencia…, prudencia y prudencia; me mandan comer,

dormir y no trabajar…, soy una especie de flor de estufa que no da ni olor”.

¿Qué valor tienen estas declaraciones de Rafael? ¿Eran una simple expresión de unos de-

seos o sentimientos religiosos; puros fervores de un momento? Para juzgarlas correctamente y

darles todo su valor, quisiera hacer notar las condiciones en que las hace:

- Está, en efecto, la última etapa de su vida en la Trapa

- Ha seguido un largo camino de purificación. Ha sufrido grandes desencantos que han

purificado su corazón en su entrega a Dios, como el del 23 de febrero del mismo año,

en el que llega a decir con gran dolor y hasta desconcierto, él, que tanto había insistido

ante los Superiores para ser recibido, y que tan claramente le advirtieron de las dificul-

tades muy previsibles por el estado de salud en que se encontraba, y las condiciones

del Monasterio en tiempo de guerra, escribe expresando un momento de crisis profun-

da: “Vine engañado al Monasterio…, la realidad me ha abierto los ojos.... En la desi-

lusión de mi vida pude tirar por otro camino, el mundo, mas la misericordia de Dios

me sostuvo, y me sostiene… ¡¡ y qué obra de Jesús tan maravillosa!! Mi alma se ens-

ancha y goza al ver perdida la ilusión, y se extasía al ver que sólo Dios puede llenar

mi vida. ” 10

- También debemos tener presente que se trata de confesiones íntimas y completamente

reservadas de Rafael, que escribió en las notas de conciencia para su confesor, en los

últimos meses de su vida, que titula Dios y mi alma y que nunca pensó llegarían a ha-

cerse públicas, y en las que, por lo tanto abría plenamente su corazón. Por eso son un

valiosísimo medio para conocer a Rafael en lo más profundo de su espíritu. Una sim-
10
23 de febrero de 1938. Dios y mi alma. Sólo a Ti y a tu Cruz, deseo.

8
ple lectura de sus escritos nos muestra una gran diferencia entre estos escritos de los

últimos meses de su vida en la Trapa, y los anteriores a esta fecha, como ha hecho no-

tar su confesor, el P. Teófilo Sandoval: “En esta última parte de los escritos del Her-

mano Rafael, nótanse rasgos característicos que los diferencian notablemente del res-

to de su producción literaria”11. En ellos se palpa un volcarse de su alma sin mira-

mientos, con las aspiraciones y deseos más altos y las debilidades del corazón, con las

luchas y sufrimiento, con el amor más encendido a Jesús, y la experiencia también de

la pobreza del propio corazón12.

Pues en estas circunstancias, en el remolino de estas pruebas durísimas es cuando Ra-

fael siente estos deseos tan profundos de mayor penitencia; de vivir una vida como un “loco

de Cristo”: “…debajo de los puentes, y en los pórticos de las iglesias con unos zuecos de ma-

dera y un saco al hombro… y desaparecer de todo el que me conozca, tanto padres, como

amigos, como frailes…, nadie, ¡sólo Dios y yo!

Rafael, su “locura por Cristo” y su “amor loco a la Cruz”

¿Qué pensar de todo esto? Ya conocemos su amor apasionado a la Cruz13. Su amor a la

Cruz no tiene nada de masoquismo o amor morboso al sufrimiento. Como tantos otros “cris-

tianos que viven abiertos al Espíritu Santo, llegan a tener los mismos sentimientos de Cristo

11
Nota de su confesor Fray María Teófilo Sandoval. Ver en Barón, Mercedes, Vida y escritos de Fray María
Rafael Arnáiz Barón, Monje trapense, Madrid 1974, p. 427.
12
Al leer estos escritos, los últimos que salieron de su pluma, se debe tener presente que el H. Rafael
escribía únicamente para su confesor-director, Y por lo mismo, algunas frases, algunos conceptos in-
dudablemente los hubiera cambiado o suprimido de saber que algún día habían de aparecer impresos.
Rafael dice lo que siente, los pensamientos buenos y malos, las tentaciones que le acometen, las an-
siedades de su corazón ... Hechas estas sencillas advertencias, se pueden leer estos escritos postreros
del siervo de Dios, ricos en literatura, pero inmensamente más en misticismo. El lector puede tener la
absoluta seguridad de estar en la posesión exacta de los últimos escritos del H. Rafael, pues en esta
edición aparecen por primera vez completos y exactísimos al original que se ha tenido a la vista . Nota
del editor de Barón, Mercedes, Vida y escritos de Fray María Rafael Arnáiz Barón, Monje Trapense.
Ps Madrid 10ª 1974, p. 428.
13
Véase Martín Fernández-Gallardo, Antonio Mª., El deseo de Dios y la ciencia de la Cruz. Aproximación a la
experiencia religiosa del Hermano Rafael. Bilbao 1996, Desclée ; Gallego, Tomás Le Frère Raphael Arnaiz y
Barón (1911-1938), témoin de la trascendance de Dieu (III) . Collectanea Cisterciensia L (1988), p. 335-371,
especialmente 336-345.

9
con respecto al sufrimiento y la Cruz. Eso explica la actitud desconcertante de muchos santos

que buscaban la cruz con más afán que el mundo busca el placer. Enamorados del Crucificado

y como él, de los hombres. Si el amor es la señal más auténtica del discípulo de Cristo, el su-

frimiento es la expresión más elocuente del amor”14. Rafael no buscó la cruz, él que era de un

temperamento alegre, buen conversador y sociable. La Cruz se la presentó el Señor a lo largo

de la vida, sobre todo cuando se le declaró la enfermedad con todas sus consecuencias en

mayo de 1934, que le obligó a abandonar el Monasterio repetidas veces, y otras pruebas de su

vida, fueron la copa que Dios le presentó y que él generosamente aceptó con amor apurándola

hasta las heces. En este amor se percibe el soplo del Espíritu. He aquí uno de los textos más

bellos y significativos de sus escritos:

“¡Oh!, ¡Cruz de Cristo!..., ¿qué más se puede decir? Yo no sé rezar. No sé lo que es ser

bueno…, no tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo…, sólo sé una cosa,

una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre de virtudes y tan rico

en miserias…, sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni por nadie cambiaría…, ¡mi

Cruz…, la Cruz de Jesús…, esa Cruz que es mi único descanso…, cómo explicarlo!...

quien esto no haya sentido, ni remotamente podrá sospechar lo que es”

“Saborear la Cruz…, vivir enfermo, ignorado, abandonado de todos…, sólo Tú, y en la

Cruz…, qué dulces son las amarguras, las soledades, las penas devoradas y sorbidas en

silencio, sin ayuda…, qué dulces son las lágrimas derramadas junto a tu Cruz…”15

Para entender la clave de esta pasión de Rafael de su amor por la Cruz, creo que ningún

texto nos ilumina mejor que el de la carta que escribe el 1 de noviembre a su antiguo enferme-

ro, H. Tescelino Arribas Jiménez, desplazado por causa de la guerra. Rafael ha tenido que

salir del Monasterio por tercera vez el 6 de febrero de 1937 por las condiciones de su salud y

la situación del mismo Monasterio a causa de la guerra. Se halla en casa de sus padres en Vi-

14
Iragui, Marcelino, Sáname, Señor. Jesús sigue sanando hoy. Monte Carmelo. Burgos 2007, p. 192
15
3 de abril de 1938, Domingo de Pasión.

10
llasandino reponiéndose de su enfermedad, y solicita a los Superiores poder volver a ingresar

en el monasterio. De ellos recibe como respuesta que “volviese cuando quisiera, que las puer-

tas las tenía siempre abiertas…, pero que lo pensase bien, y no se precipitase, ya que… sería

de lamentar le volviese a ocurrir lo pasado”16

Pues en estas condiciones escribe al H. Tescelino:

“Humanamente hablando, es muy prudente, ¿no te parece? Pero, ¿qué he de hacer?

Mira, yo pienso de la manera siguiente: Suponte que tú estás en la cama, enfermo,

lleno de cuidados y atenciones, casi tullido, inútil…, incapaz de valerte, en una pala-

bra…, pero un día vieras pasar debajo de tu ventana a Jesús… Si vieras que a Jesús le

seguía una turba de pecadores, de enfermos, de leprosos… Si vieras que Jesús te lla-

maba y te daba un puesto en su séquito, y te mirase con esos ojos divinos que despren-

dían amor, ternura y perdón, y te dijera: ¿Por qué no me sigues?

¿Tú qué harías? ¿Acaso le ibas a responder: Señor, te seguiría si me dieras un enfer-

mero…, si me dieras médicos para seguirte con comodidad y sin peligro de mi salud…,

te seguiría si estuviera sano y fuerte para poderme valer?...

No. Seguro que si hubieras visto la dulzura de los ojos de Jesús, nada de eso le hubie-

ras dicho, sino que te hubieras levantado de tu lecho sin pensar en ti para nada. Te hu-

bieras unido aunque hubiera sido el último…, fíjate bien, el último a la comitiva de Je-

sús, y le hubieras dicho:

Voy, Señor, no me importan mis dolencias, ni la muerte, ni comer, ni dormir, si Tú me

admites, voy; si Tú quieres, puedes sanarme…, no me importa que el camino por donde

me lleves sea abrupto, sea difícil y esté lleno de espinas…, no me importa si quieres

que muera contigo en la Cruz…, voy, Señor, porque eres Tú el que me guía, eres Tú el

que me promete una recompensa eterna, eres Tú el que perdona, el que salva.., eres Tú

16
Villasandino, 1 de noviembre de 1937.

11
el único que llena mi alma. Fuera cuidados de lo que me pueda ocurrir en el porvenir;

fuera miedos humanos, que siendo Jesús de Nazaret el guía..., ¿qué hay que temer?

¿No te parece, hermano, que tú le hubieras seguido, y nada del mundo ni aún de ti

mismo, te hubiera apartado? Pues eso es lo que a mí me pasa. Siento muy dentro de mi

alma esa dulce mirada de Jesús… siento que nada del mundo me llena…, que sólo

Dios...,sólo Dios…, sólo Dios”17.

Muchas veces nos habla Rafael de su amor a la Cruz, de su amor a Jesús, hasta parecer

casi un pesado estribillo. Pero creo que en ninguna parte nos descubre con tanta claridad, qui-

zá sin darse cuenta, el secreto más profundo de su vida, de sus decisiones, de su vocación. El

amor loco por Jesús, que no le deja reparar en sacrificios ni en razonamientos, sino que los

abraza ciegamente.

Espíritu martirial de Rafael

Al leer o escuchar estas páginas uno piensa casi espontáneamente en los testimonios

de los mártires que han adornado a la Iglesia, Santa Perpetua, Santa Felicitas, Santa Blandina,

y sobre todo en el de San Ignacio de Antioquia, y tantos otros de ayer y de hoy. Permítaseme

recordar estas escenas martiriales que nos hacen revivir el espíritu de que estaba animado Ra-

fael

No podemos leer el martirio de Santa Perpetua sin una profunda emoción. Una joven

madre, que acababa de dar a luz un hijo, y su anciano padre se postra a sus pies rogándola:

“Compadécete, hija mía de mis canas; compadécete de tu padre… Mira a tus hermanos;

mira a tu madre; mira a tu hijito, que no podrá sobrevivir. Depón tus ánimos, no nos aniqui-

les a todos…” “Y yo – nos dice ella- estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues

era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio”.

17
Villasandino, 1 de noviembre de 1937

12
Y ya en el estrado, se presenta su padre con el chiquito en sus brazos suplicándole:

“Compadécete del niño chiquito”

Y el mismo procurador Hilarión, le dice: “Ten compasión de las canas de tu padre;

ten compasión de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores”.

Y yo respondí: “No sacrifico”. “Luego, ¿eres cristiana?, dijo Hilarión. “Sí, soy, cris-

tiana”, respondí. Y entonces Hilarión pronuncia la sentencia de condenar a todos a las fie-

ras.18

¿Y qué decir del martirio de San Ignacio de Antioquia? Condenado a ser entregado a

las fieras en Roma, de camino desde Siria escribe siete cartas a las comunidades por donde va

pasando y a San Policarpo. Es sobre todo sobrecogedora la carta que escribe a los Romanos,

donde vibra todo su amor a Jesús, y su sed del testimonio supremo del amor, del martirio:

“Os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia inoportuna. Permitidme

ser pasto de las fieras, por las que me es dado alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios, y

por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan

de Cristo.

Halagad más bien a la fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen ras-

tro de mi cuerpo, con lo que después de mi muerte, no seré molesto a nadie.

Cuando el mundo no vea ya mi cuerpo, entonces seré verdadero discípulo de Jesu-

cristo. Suplicad a Cristo por mí, para que por estos instrumentos logre ser sacrificio

para Dios...

¡Ojalá goce yo de las fieras que están para mí destinadas y que hago votos para que

se muestren veloces conmigo! Yo mismo las azuzaré para que me devoren rápidamen-

te, y no como a algunos a quienes, amedrentadas no osaron tocar. Y si ellas no quisie-

ren al que de grado se les ofrece, yo mismo las forzaré.

18
Actas de los Mártires. Introducciones y notas por Daniel Ruiz Bueno. Madrid 1951 p. 424-426

13
Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamiento de mis huesos, descoyuntamien-

tos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, ven-

gan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo.

Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de mate-

ria. Sí, en cambio, una agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está

diciendo: ‘Ven al Padre’”19.

Cuando escuchamos o leemos estos testimonios de los mártires que por amor a Cristo

han entregado toda su vida con el mayor gozo en medio de los tormentos más atroces, no nos

parecerán tan extrañas algunas expresiones de Rafael. Por ejemplo:

“¡Siento unos deseos de desaparecer de la tierra, que me traguen los abismos o el

mar!”20. O las que transcribíamos antes: “Quisiera vivir en un rincón del monasterio,

vestido de saco… Debajo de los puentes y en los pórticos de las iglesias con unos zue-

cos de madera y un saco al hombro…, y desaparecer de todo el que me conozca, tanto

padres, como amigos, como frailes…, nadie, ¡sólo Dios y yo!”21.

Y estas otras: “Mátame, si quieres… Toma mi vida, empléala en lo que quieras, abre,

taja y raja, despedaza, une y desune…, haz trizas de mí…, haz lo que quieras, yo nada

quiero más que amarte con frenesí, con locura”22

Y como éstas, tantas otras, que para un Psicólogo o Psiquiatra, o cualquier otra perso-

na, que las mida simplemente con parámetros humanos las considerará propias de un psicópa-

ta. ¿Conocía Rafael las cartas de San Ignacio para que de algún modo se hubiese inspirado en

estas expresiones de amor a Jesús? No hay ninguna referencia en sus escritos, y por lo demás,

podemos afirmar con seguridad que no las conocía en modo alguno, ya que en su tiempo eran

prácticamente inaccesibles. Pero en esto, como en tantas otras actitudes, sea respecto los valo-

19
Ignacio a los Romanos IV 1-2; V 2.3; VII 2, en Padres Apostólicos, Madrid 1950, pp. 276-279. BAC 65.
20
Carta al H. Enfermero. Villasandino, 1 de diciembre de 1937
21
19 de marzo de 1938. Glorioso San José.
22
3 de abril de 1938. Domingo de Pasión.

14
res de la vida monástica como de la vida espiritual, a Rafael le guía un instinto certero que di-

mana del Espíritu, de su experiencia profunda de Dios. No podemos dudar de que Rafael sin-

tonizaría plenamente con las expresiones y sentimientos de S. Ignacio de Antioquia y se vería

reflejado en ellos. Si comparamos ambos escritos, ¿qué diferencia encontramos entre los de S.

Ignacio y los del Rafael? Uno mismo es el amor a Jesús, la entrega y el fervor. En el caso de

San Ignacio, el medio son las fieras; en el de Rafael, la enfermedad, las humillaciones, la os-

curidad, y en medio del dolor y la sensación del hambre a rabiar, la locura de querer vivir de-

bajo de los puentes, y en los pórticos de las iglesias con unos zuecos de madera y un saco al

hombro… y desaparecer de todo el que me conozca, tanto padres, como amigos, como frai-

les…, nadie, ¡sólo Dios y yo!. En ambos casos, la voluntad amorosa de Dios, que dirige las

circunstancias sociales y humanas. Por encima de todos los tiempos y circunstancias históri-

cas, culturales y sociales hay una corriente subterránea que hace sentir y comulgar en los mis-

mos sentimientos, en el mismo amor, a todos los discípulos de Jesús, y esta corriente es el

mismo Espíritu, que crea unidad y da vida.

La locura de la Cruz y el “amor loco de Dios”.

Un amor loco a la Cruz, que nace y crece cada día más y más en una respuesta humil-

de, pero muy sincera al eros manikós, al amor loco de Dios, a la filantropía divina, al amor ar-

diente divino, la ardiente pasión de Dios por los hombres, el fuego del corazón divino, que le

llevó a la locura de hacerse hombre, viviendo entre los hombres como uno de tanto, a la locu-

ra de la cruz de quien es nuestra Sabiduría, “una sabiduría que no es de este mundo, ni de los

grandes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino una sabiduría divina, misteriosa, es-

condida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria, que no ha conocido

ninguno de los grandes de este mundo”…, pues “como está escrito: ni el ojo vio, ni el oído

oyó, ni ha venido a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman,

15
pues Dios nos lo ha revelado por su Espíritu, que lo penetra todo, hasta las profundidades de

Dios” (I Co 2, 7-10).

A esta luz, y sólo a esta luz, Rafael, como tantos otros “locos de Cristo”, comprendió

lo que a nosotros se nos escapa: esa locura, ese amor apasionado al sufrimiento, ¿a la Trapa?

Cuando Rafael volvió por cuarta vez a la Trapa sabía bien a dónde iba. ¿Lo sabía bien? Aún

tendría que aprender por experiencia lo que le aguardaba, a pesar de haber vivido en ella lar-

gos meses, y a pesar de los avisos de los Superiores.

Rafael, a quien vemos tan animoso y con tantos deseos de volver a la Trapa - nos

cuenta su hermano Leopoldo que le llevaba en coche en su cuarta entrada en el Monasterio-,

que al acercarse le dijo llorando: “Mira, eso es una sucursal del infierno”23. Otras muchas ex-

periencias muy amargas le esperaban aún en el corto tiempo que todavía habría de pasar en la

Trapa, como ya hemos indicado, como “Llorar de hambre”24, sentirse decepcionado hasta ex-

clamar, “vine engañado al Monasterio”, sufrir desprecios: “Ayer sufrí un desprecio de un

Hermano…, me hizo llorar”25. Y en medio de todo esto se siente feliz: “Allá dentro de mi co-

razón soy absolutamente feliz”26; “Feliz, mil veces feliz soy”27 O como ya hemos citado más

arriba en otro momento: “La Trapa mi centro, dice el mundo – y este “mundo” eran sus ami-

gos, especialmente su familia -¡qué paradoja! ¡Mi centro es Jesús, es su Cruz! La Trapa no

me importa nada…, y si Dios me mostrara otro sitio, donde sufriera más, y El me lo pidiese,

allí me iría con los ojos cerrados. Yo no me entiendo a veces. Soy absolutamente feliz en la

Trapa, porque en ella soy absolutamente desgraciado”28.

Amor al sufrimiento, que no es amor al sufrimiento por el mismo sufrimiento, algo

que sería simple masoquismo, condenable. El sufrimiento como tal es algo malo, que Dios no

23
Don Leopoldo Arnáiz Barón habla de su hermano Rafael, cfr Rafael, Boletín Informativo XXVII (1990) 101,
pp. 8-9.
24
Tú, Señor, eres mi esperanza, 18 de febrero de 1938.
25
Qué bien se vive junto a la Cruz de Cristo, 7 de abril de 1938.
26
Domingo de Ramos. Día 10 de abril de 1938.
27
Vivir junto a tu Cruz. Domingo de Septuagésima, 13 de febrero de 1938.
28
7 de marzo de 1938.

16
lo quiere, ni se le puede ofrecer como ofrenda que Dios pueda aceptar. Pertenece a la condi-

ción de este mundo, en el que con el pecado ha entrado la división, el dolor, la muerte. Dios

quiere para nosotros el bien, la felicidad plena; el Paraíso.

Esto lo percibió bien Rafael, y todos esos locos de Cristo, aunque quizá no siempre

acertaran a explicarlo. Rafael nos dice repetidas veces:

“¡Si el mundo supiera cuánto se aprende a los pies de la Cruz de Cristo!” ¡Ah!, la lo-

cura de la Cruz…, ¡quién la tuviera!... agarrado a ella con todas mis fuerzas, juntando

mis lágrimas a tu sangre, y gritando con gemidos y aullidos…, queriendo volverme

loco…, loco por tu santísima Cruz …” 29 “Feliz, mil veces feliz soy, aunque algunas ve-

ces me queje”30 “¡Cómo expresar lo que mi alma sintió…, lo que ya es mi locura, lo

que me hace ser absolutamente feliz en mi destierro…, el amor a la Cruz!” 31 “¡Ah!, ¡si

yo supiera decir al mundo dónde está la verdadera felicidad!” 32 “Vivo sediento de Ti…,

lloro mi destierro…, mi alma suspira por Jesús en quien ve su tesoro, su vida, su único

amor…, te amo con locura, Jesús mío, y sin embargo, como, río, hablo y estudio, y vivo

entre los hombres sin hacer locuras…”33

Rafael nunca llegó a emprender una forma de vida propia de los “locos de Cristo”.

¿Qué valor tienen sus declaraciones de querer vivir una forma de vida propia de un “loco de

Cristo”, como hemos visto más arriba? Voluntad muy sincera no le faltó, como ya nos lo ha

expresado en sus escritos del 19 de marzo, y bien conocemos a Rafael lo decidido que era en

sus propósitos, cuando veía que ese era su camino, lo que Dios le pedía.

Creo que para conocer la autenticidad de sus actitudes nos puede iluminar la compara-

ción con su vocación a la Trapa. De su primer contacto con la Trapa el 19 de septiembre de

1930, cuando sintió el primer flechazo, a su petición de ingreso el 19 de noviembre de 1933, y

29
Domingo de Septuagésima, 13 de febrero de 1938
30
18 de febrero de 1938
31
3 de abril de 1938, Domingo de Pasión
32
Ib.
33
Día 12 de abril de 1938

17
su ingreso el 15 de enero de 1934, pasan tres largos años, en los que ora, reflexiona, consulta

y espera a ver señales de la voluntad de Dios. Cuando ve con claridad estas señales, rompe de-

cididamente con todo, sin importarle el que acabara de matricularse en el curso de Arquitectu-

ra. La enfermedad, el tener que salir repetidas veces del Monasterio, el sufrimiento, la incom-

prensión, las humillaciones, nada le arredrará. Antes al contrario, todo parece que son acicates

para seguir más decididamente lo que veía era la voluntad de Dios.

Algo semejante parece ocurrirle ahora: “Siento unos deseos míos de mortificación…,

quisiera vivir en un rincón…; quisiera hacer locuras…” “Todo esto lo he pensado en se-

rio”. “Señor, tengo un deseo inmenso de cumplir tu voluntad y nada más que ella... “Mien-

tras tanto, esperar a saber lo que debo hacer. ¿Lo sabré con certeza algún día? Espero en

Dios y en María que sí. “En mis confesores, superiores y maestros, lo único que encuentro es

prudencia…”34.

Nunca parece haberle llegado la respuesta esperada de Dios. O más bien esa respuesta

fue la de seguir el camino emprendido en la Trapa. En ella consumó su sacrificio y su entrega

al Señor, purificado cada día más y más de todo, también de la ilusión, su ilusión, que fue la

Trapa:

“Busqué la ‘verdad’ y no la hallé, busqué la ‘caridad’, y sólo vi en los hombres algu-

nas chispitas que no llenaron mi corazón sediento de ella… Ya la ilusión pasó, pasó

suavemente, sin darme cuenta. El Señor, que es quien me engañó para llevarme hacia

sí, me lo hizo ver. Ahora, ¡qué feliz soy!”35.

Recordemos su expresión amarga del 23 de febrero, mes y medio antes: “Vine enga-

ñado al monasterio”. Su experiencia parece reproducir la de Jeremías: “Me has seducido,

Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido” 36. ¿Pensaba Rafael en ella

cuando escribía estas cosas? No parece que sea así, al menos no hace la más mínima referen-

34
19 de marzo de 1938. Glorioso San José
35
Martes Santo. Día 12 de abril de 1938.
36
Jer 20, 7.

18
cia a ella. Más bien, leyendo sus escritos de estos días, parece reflejar sencillamente una expe-

riencia muy dura y un proceso de purificación que le llevó a la tentación de cerrarse en sí mis-

mo:

“Cuando un Hermano, sin él saberlo, me humillaba (a mí…, ¡qué paradoja) también

sufría… Cuando no encontraba mi alma lo que buscaba…, aunque no fuera más que

educación…; muchos ratos he pasado a los pies de la Cruz…, Señor, Tú ya sabes. Per-

dí la ilusión…, y en mis ratos de desconsuelo pensaba…, más vale así…, he de separar

mi corazón de los hombres y entregárselo sólo a Dios…, pasaba días en que no quería

ni hacer señas…, en medio de todo eso (ahora lo he visto claro) había bastante sober-

bia, mucha vanidad y un inmenso amor propio”37.

Rafael, después de un período de prueba, se reconcilió consigo mismo, y volvió a en-

contrar la Trapa, su Trapa, ya de un modo distinto, purificado de toda ilusión. Cuando el jue-

ves de Pascua, 21 de abril de 1938, cinco días antes de su muerte, le visita su padre por última

vez, y pasean por la huerta del Monasterio junto con el P. Abad, D. Félix, y éste le dice al pa-

dre de Rafael:

“Ya lo ve Vd. Está muy bien. Pronto acabará con el Latín y en seguida le ordenaremos

de sacerdote. ¿No te parece? – preguntó, mirando con paternal cariño al Hermano Ra-

fael- ¿No tienes deseos de ordenarte?

“Me es igual, respondió Rafael, con tal de ser trapense, me es indiferente ordenarme o

no ordenarme”38.

Rafael parece pertenecer al grupo de esos “locos de Cristo”, como el Beato Carlos de

Foucauld o el mismo San Benito José Labre para los que la Trapa, con toda su austeridad, por

distintas razones y distintos caminos, llega un momento en que les resulta pequeña, poca cosa.

37
¡Señor, qué duro es vivir! 13 de marzo de 1938.
38
Vida y escritos de Fray María Rafael Arnáiz Barón, monje trapense. PS, Madrid 1974, p. 551

19
¿Es locura? Sí, de amor, como nos ha dicho más arriba: “Vivo sediento de Ti…, te amo con

locura”39. “Yo nada quiero más que amarte con frenesí, con locura”40.

La Trapa, o una vida propia de los “locos de Cristo”, en definitiva era secundario. Lo

uno y lo otro serían bueno o lo mejor para Rafael siguiendo las señales de la voluntad de

Dios:

“El camino es la dulce Cruz…, es el sacrificio, la renuncia, a veces la batalla san-

grienta, que se resuelve en lágrimas en el Calvario o en el Huerto de los Olivos…”

“…y el fin? El fin eres Tú, y nada más que Tú…, el fin es la eterna posesión de Ti allá

en el Cielo”41

Llevar una vida de “locos de Cristo” es para pocos; para los que Dios dirige por ese

camino. Pero sí que todos estamos llamados a vivir en el amor, y el amor no tiene techo.

Como dice San Bernardo: “Amo, porque amo; amo para amar42; la medida del amor es amar

sin medida”43. Los que nos honramos con el glorioso nombre de cristianos estamos llamados

a aprender y vivir en el amor, y así llegar a esa sabiduría divina, misteriosa, escondida, desti-

nada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los prínci-

pes de este mundo (1 Co 2,7-8), que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni llegó al corazón del hom-

bre, lo que Dios preparó para los que lo aman. (1 Co 2,9).

En pocas palabras, mi intento ha sido poner de manifiesto un aspecto de la vida de Ra-

fael, muy olvidado, y que a mi modo de ver es la mejor expresión de las cimas espirituales a

que Dios condujo a Rafael: Así como tuvo una vocación a la Trapa seguida con fidelidad he-

39
Día 12 de abril de 1938
40
3 de abril de 1938, Domingo de Pasión
41
Martes Santo. Día 12 de abril de 1938.
42
San Bernardo, Sobre el Cantar de los Cantares, Serm. 83, 4. BAC Normal 491, Madrid 1987.
43
Id. De Diligendo Deo I; VI. BAC Normal 444, Madrid 1983.

20
roica, en la que expresó su amor total a Dios en la Cruz, en los últimos peldaños de su vida

sintió una nueva vocación, nunca realizada, pero muy decidido a seguirla, a la vida de los “lo-

cos por Cristo”.

Tomás Gallego Fernández

San Isidro de Dueñas

21

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