Córdoba 2004
Mario López
Poesía
POEMAS PUBLICADOS
EN «CÁNTICO»
no incluidos en libro
(1947-1948)
LEJANÍA DE CÓRDOBA
(Paisaje de otoño)
Los árboles azules de la raíz desnuda
se volvieron de oro. La tarde fue muy larga
con su luna menguante llorando en los arroyos.
En los surcos un ala nada más, escondida
y en su confín, las torres enjoyadas de niebla
cruzando los cambiantes cielos de la Campiña.
Un rumor de agua oculta ya hecho brisa en guitarras
coronaba la testa de los bustos romanos
-cadáveres de mármol naciendo de la tierra
feraz, desentrañando la verdad más profunda.
Y al bisel del crepúsculo, más allá, al horizonte,
donde los ríos no acaban y las tardes se olvidan:
Córdoba humo de sueño lejano, deshojando
sus hondas campanadas como un árbol de siglos...
EL ÁNGEL DEL ATARDECER
Nos llamó en el ocaso; pero nadie
pudo escuchar su voz, teñida
de vuelo de paloma, que sería
como la última luz en los cipreses.
Iría y vendría en silencio por el pueblo
custodiando tertulias campesinas,
sueños de niño y fuego en los hogares.
Nadie le vio; pero en cambio todos
percibíamos el aire de su pulso,
latiendo azul -maravillosamentepor
la inefable paz de la Campiña.
Y estuvimos tan cerca de él que acaso
le rozamos un ala cuando alguien
reparó en el incendio de las torres
que parecían fugarse de la tierra
abriendo el cielo con veletas de oro…
PLAZA DE TOROS EN OTOÑO
El toro del otoño muge por las almenas
del cielo enarbolando sobre la media luna
de sus astas un largo capotazo de niebla.
Húmedo y frío, el viento penetra la osamenta
de los palcos sin nadie donde unos gallardetes
olvidados recobran su voz contra el paisaje.
Grises nubes deshojan por el espejo triste
del ruedo una tormenta de rosas desveladas,
de claveles exhaustos, de lirios apagados...
Y la arena, sonando bajo la dulce lápida
de la lluvia, recuerda que hubo sol y hubo gentes
detrás de estas barreras que Octubre no conoce...
Pronto serán de niebla...
Pronto serán de niebla nuestras espaldas. Pronto
nuestra frente invadida por los hielos del sueño
acunará un paisaje de inmóviles cenizas
y árboles enraizados al cósmico silencio.
Nadie quiere biznagas en su costado, pero
nuestros brazos darán ese doliente aroma
que hace a las mariposas titubear y al viento
complicar dulcemente su invisible tarea.
Toda muerte merece la eternidad que goza
cuando el mármol olvida la voz del epitafio.
Porque la muerte es tierra y al corazón le vuela
su mejor golondrina cuando el latido cesa.
Olvidemos la sangre y abramos ancha senda
al recuerdo futuro donde bajo las noches
siderales del mundo nuestro pecho sea cárcel
violada por las nubes que ruinas empenachan.
¡Bebamos presurosos la luz de esas estrellas
que hace más de mil años apagaron su grito!
¡Luego ha de ser ya tarde! ¡Tan demasiado tarde
que ni los ojos puedan mirar a Dios de frente!
CUANDO EL BARRO...
Cuando el barro se apaga, los pulmones se oxidan
al contacto del aire que no tiene palabras...
¡Vamos a ser humanos!, gritaremos entonces;
pero ya habrán gemido los viejos horizontes.
Golpearán lentas lluvias la insondable tristeza
que dejó entre jardines nuestra antigua garganta.
Los salobres secretos del monte gustaremos
bajo el sello absoluto de la nieve en los labios.
¡Vamos a ser humanos!, gritaremos entonces.
¡Vamos a ser humanos antes de que el recuerdo
desvanezca los ecos del grito en el silencio,
la luz en la tiniebla y el instante en lo eterno!
Y las torres que alzamos siendo todavía niños
-humo blanco y cristales- sobre el maravilloso
pedestal de los sueños, volverán un instante
a soltar sus palomas heridas de nostalgia...
¡Tránsito bajo el arco de la vida a la muerte!
¡Ya estará desclavada nuestra sombra del cuerpo!
y aun así gritaremos: ¡Vamos a ser humanos!
desde la estrecha casa que a nadie cerró puertas.
LA ÚLTIMA CASA
-¡Vamos...! Y las palabras eran círculos de cobre
enmoheciendo las caderas de la noche...
-Una se llama Hortensia... Y las palabras
ya eran turbias palabras... -¡Si la vieras desnuda...!
Y los tejados levantaban candelas
y el invierno sus cruces de Orión
y el barro del camino nuestras huellas...
Y andábamos despacio
como ríos de ceniza por un cauce de últimas calles.
Y era la última casa de todas aquella.
Y a su puerta estuvimos llamando
con la audacia de una generación de diecisiete años...
-¡Abridnos...!
(Pero el pueblo tenía una luz muy dulce
de tabernas y amigos y almenas y recuerdos...)
Y cuando los cerrojos se descorrían por dentro
y el frío viento insultante de los acordeones
nos acercaba el llanto musical de la Carne,
fue acaso el mismo Ángel de Lot quien nos ponía
sobre nuestras antiguas huellas, bajo otro cielo
y otras constelaciones que brillaban clarísimas...
CON EL AIRE DULCE...
Con el aire dulce.
Con el campo triste.
¿Por qué sin llamarte
de nuevo volviste?
¿Por qué me has herido
con la amarga daga
del recuerdo antiguo...?
¿Por qué sin llamarte
te has puesto delante
de mis torres nuevas
que se me derrumban...?
¡Que se me derrumban,
amor, sin quererlo...!
¡Que se me derrumban
ante tu recuerdo...!
¡Que se me derrumban...!
AQUELLA
Por el sabor de la hoja
del limonero mordida
despiertas en mi garganta
con perfume de arriates
bajo la lluvia.
Y recuerdo
que te conocía.
Yo estuve
contigo en lejanas tardes
y tú dejabas mis labios
besar tu frente y mis ojos
quedarse en ti...
Sí... recuerdo
que te conocía...
Tú eras
aquella y yo te pintaba
mi corazón en los vidrios
con niebla de tus balcones...
LA OLA
(1912)
¿Dónde estarás «ola del año doce»
que fuiste retratada por Campúa
aquel Verano Real del Sardinero
acariciando el pie de las Infantas?
¿Qué fue de ti al morir en las pupilas
de la Reina Victoria –transparentes
como tu seno cóncavo de aguas
antes de ser orlado por la espuma?
¿A qué rincón del vals de las gaviotas
te llevaron con riendas desde el aire
proclamando la gloria de tu dulce
galope hacia la costa desecada?
¿Qué memoria de ti quedó en la brisa
de tu dispersa crin? ¿En qué galerna
del olvido o en qué nube de nostalgia
te repites en lluvia todavía...?
Ola sentimental en nuestra historia
de españoles que vimos a Belmonte
y a Joselito sobre el mismo ruedo
brindar su toro en Santander al Rey
y en la mañana azul de las regatas
su corona en la vela del balandro
frente al Palacio de la Magdalena
fluctuando entre el mar y los jardines...
¿Qué lágrima secreta enjuga ahora
salobremente un viejo «Blanco y Negro»
mientras sigues rodando tu lejano
rumor sin fin en cada caracola...?