Equidad educativa
Lograr equidad educativa constituye un elemento esencial en las agendas educativas
establecidas en muchos países del mundo, los que apuestan por avanzar y mejorar las
políticas, para así establecer sistemas educativos equitativos. Se plantea el desafío de
avanzar hacia comunidades con mayor equidad y justicia social, donde las diferencias
entre las personas no sean un factor que favorezca para la exclusión, la discriminación o la
desventaja, social, laboral o educativa, sino más bien, una oportunidad para mejorarlas.
En la Declaración Universal de Derechos Humanos (UN, 1948) la mayoría de Estados se
comprometieron con los pilares de este compromiso y, desde entonces, se ha venido
reforzando mediante otros tratados internacionales de derechos que buscan fortalecer dicho
compromiso.
En este escenario la escuela tiene que dar respuesta a este compromiso e intenta hacerlo,
aunque con algunas contradicciones. Autores como Calero y Choi de Mendizábal (2013),
plantean que la educación a la vez que puede ser fuente de generación de desigualdades
también es una potente herramienta para reducirlas y un motor para el cambio social
(Murillo y Hernández-Castilla, 2015). Para ello se necesita, entre muchas acciones,
establecer un marco conceptual, moral y práctico que sea coherente con esa ambición, y a
la vez movilizador de las políticas y acciones necesarias para hacerlo efectivo. En la
realidad actual vemos que a este fin se vuelcan varios paradigmas, enfoques o perspectivas,
entre ellas la educación inclusiva, el de la equidad en educación, o el de la educación para
la justicia social, por citar solo algunos de los más globales.
Según Marchesi y Martín (2014), la equidad es un principio educativo de gran
relevancia teórica, investigadora y práctica. Desde su perspectiva ética se configura como
la garantía para una ciudadanía basada en la dignidad de todas las personas y para una
cohesión social asentada en una distribución justa de los bienes colectivos. Su referente es
la igualdad, si bien esta se entiende articulada con respecto a las diferencias individuales y
colectivas, asegurando, por y para ello, que las personas más desfavorecidas tengan
prioridad en la distribución de los bienes públicos.
S Bolívar (2012), plantea que el marco de la equidad nos hace pensar en el hecho de que
todos los individuos son diferentes entre sí, por lo que merecen un tratamiento diferenciado
que permita eliminar o reducir las desigualdades de partida. Planteamiento diferente al
paradigma de la igualdad (todas las personas deben recibir el mismo tratamiento). Desde el
prisma ético de la equidad, el tratamiento desigual es justo (Bolívar, 2012, p. 12), en la
medida que beneficie a los más desfavorecidos. Esto supone que “individuos desiguales
deben ser tratados de forma desigual para que dicha desigualdad sea reducida” (“principio
de la diferencia” de Rawls) (Bolívar 2012, p. 12). En el caso de la educación, esto estaría
llamando la atención, por ejemplo, sobre las políticas y acciones, encaminadas a favorecer
a los estudiantes más desfavorecidos por condiciones personales o sociales. Por ello, un
sistema educativo tendría mayor equidad si, como consecuencia de sus políticas, tanto el
acceso y la oferta como los resultados o el éxito escolar (en su sentido más amplio) de todo
el alumnado, están nada o muy poco relacionados con tales factores personales, sociales o
educativos (Echeita, 2019; Echeita et al., 2016).
En concordancia con lo anterior, UNESCO (2017), por su parte, entiende por equidad
"garantizar que exista una preocupación por la justicia, de manera que la educación de
todos los alumnos y alumnas sean considerada de igual importancia" (p. 7)
Por lo tanto, la escuela es el único lugar donde los alumnos y familias comparten tiempo y
espacio con personas totalmente diferentes a ellos, por lo que el rol de la escuela en el
proyecto social y de equidad es irremplazable (Rendueles, 2020).
Como sociedad se debe perseguir una educación con la mejor calidad posible para todos,
mejorando además otras áreas que rodean a ésta (salud, economía, valores sociales,
cultura, etc.) acorde a los avances sociales, sin excluir a ningún estudiante de este proceso
(Márquez, Gutiérrez-Barroso y Gómez-Galdona, 2017).
Tomando en cuenta todo lo mencionado anteriormente, es que a nivel educativo comienzan
a gestarse cambios a través de la incorporación de normativas tendientes a garantizar la
entrega de educación con calidad y equidad para todos los estudiantes.
Murillo, F. J., & Hernández-Castilla, R. (2015). Esperanza Crítica en educación para la
justicia social. Revista Internacional de Educación para la Justicia Social, 4(5), 5-9.
Rendueles, César (2020). Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto
igualitarista. Barcelona: Seix Barral
Choi de Mendizábal, Á., & Calero Martínez, J. (2013). Determinantes del riesgo de fracaso
escolar en España en PISA-2009 y propuestas de reforma. Revista de educación.
Echeita, G., Martín, E., Simón, C., y Sandoval, M. (2016). La educación escolar como
proyecto social. Sección 3. Perspectivas educativas frente al desafío de la
diversidad del alumnado. Curso Equidad 8x01: Educación de calidad para todos.
Diversidad e inclusión en el contexto educativo
Diversos autores han definido el concepto de diversidad, entre las definiciones se encuentra
lo que plantea la Real Academia Española (RAE, 2021) para la que diversidad significa
variedad o que existe una gran cantidad de cosas diferentes. Al hablar de diversidad
educativa, se hace referencia a que, en el contexto escolar, los actores que participan de
dicho proceso presentan particularidades únicas, ya sea en su composición cultural, origen
étnico, nivel socioeconómico, lingüístico, género, religión o capacidades (González, 2008).
Aparte de estas diferencias, es posible evidenciar ciertas características que influyen de
manera directa en el proceso de enseñanza aprendizaje. Arnaiz y De Haro (2004)
mencionan que la diversidad en todas sus manifestaciones representa un desafío para los
sistemas educativos y que será muy difícil desarrollar una interacción positiva entre el
alumnado para generar conocimiento, aceptación y valoración de los otros si se antepone
asimilación ante la inclusión.
Entregar atención a la diversidad se comprende como un desafío ya que, las
particularidades presentes en los estudiantes son tan extensas y únicas, que determinan de
forma individual el resultado o conducta de estos. De acuerdo con lo que indica Zambrano
(2000), la diversidad no puede ser externa a la sociedad, sino que debe ser un agente
fundamental en el proceso, el cual permitirá tomar las decisiones más adecuadas. por lo
cual se hace necesario incluir dichas particularidades en la fase de planificación.
La diversidad educativa presenta una relación directa con el término inclusión, a pesar que
no comparten una etimología ni significado similar, ambas se complementan en la acción
de enseñar. La Real Academia Española, (RAE, 2021) define inclusión como la acción y
efecto de incluir, si la llevamos al contexto escolar se relaciona con el acceso, aprendizaje y
participación de todos los estudiantes con y sin discapacidades o dificultades para que
aprendan juntos en un aula en común. Según González (2008), la inclusión tiene “como
propósito escolar alcanzar a todos los alumnos; conlleva no excluir a nadie de la formación
a la que tienen derecho por razones de justicia y democracia” (p. 2). La UNESCO (2003)
define inclusión como:
Proceso de identificar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los
estudiantes a través de la mayor participación en el aprendizaje, las culturas y las
comunidades, reduciendo la exclusión en la educación. Por lo tanto, involucra cambios y
modificaciones en contenidos, aproximaciones, estructuras y estrategias, con una visión
común que incluye a todos los niños/as del rango de edad apropiado y la convicción de que
es la responsabilidad del sistema regular, educar a todos los niños/as. (p.10).
Por lo tanto, la educación inclusiva busca la accesibilidad y posibilitar que todos/as los/as
estudiantes puedan participar dentro de la comunidad escolar sin importar sus necesidades
(Hansen, 2019). En vista de lo anterior es relevante señalar que cada estudiante posee
características que lo hacen único/a: gustos, intereses, capacidades y formas de aprendizaje
distintos por ende se tienen que tomar en consideración al momento de planificar y llevar a
cabo actividades donde todos/as participen.
Diversidad e inclusión son términos que en el contexto educativo se desarrollan en
paralelo, ya que la primera de estas, reconoce las particularidades que presentan los
individuos, ya sean culturales o características propias de cada sujeto, a su vez, la inclusión
busca dar respuesta a esta diversidad, visualizando a la persona desde una perspectiva
integral y sistémica, lo cual permite proporcionar estrategias psicopedagógicas que apoyen
y faciliten el proceso de enseñanza de los estudiantes. (López et al., 2017).
Ainscow (2007) plantea que internacionalmente la inclusión es considerada cada vez más
una reforma amplia que asume la diversidad y apoya a todos los alumnos, pero todavía en
muchos países la educación inclusiva se entiende como un enfoque que, si bien es distinto
de la educación regular, da respuestas enfocadas a estudiantes con discapacidad dentro de
ella, dejando de lado al resto de estudiantes, por lo tanto no se toman en cuenta las
diferencias individuales existentes, por lo tanto se continuaría replicando las mismas
prácticas que dejan de lado la planificación de la enseñanza diversificada.
Es relevante mencionar que el término integración es definido por la RAE (2021) como
acción y efecto de integrar o integrarse y Ossa (2016) plantea que la integración escolar
“permite la incorporación de niños y niñas con discapacidad, a entornos y recursos
educativos junto con niños y niñas que no presentan discapacidad” (p. 1). En tanto, la
palabra exclusión corresponde a acciones y efectos de excluir (RAE, 2021) y la exclusión
social considera prácticas sistémicas de marginación hacia personas que, producto de la
discriminación, son privadas de ciertos beneficios sociales. Es decir, según estas
definiciones y en contraste con las anteriores, la integración es
distinta tanto de la exclusión como de la inclusión y atención a la diversidad, puesto que la
exclusión expresa sencillamente el segregar a personas según criterios arbitrarios de
discriminación, mientras que la integración permite que todas las personas formen parte de
una instancia, más no entrega herramientas para su participación (como si lo hacen la
inclusión y atención a la diversidad), sino que únicamente no les prohíbe formar parte.