IDEAS FUNDAMENTALES DEL ARTE PREHISPÁNICO EN MEXICO
Paul Westheim- Alianza forma. México. 1972
La Concepción de la realidad
El mito es asimismo una de las interpretaciones de la realidad tal como la interpreta el
hombre partiendo dé la existencia y el obrar de fuerzas sobrehumanas a las que su
imaginación da la forma sensible y corpórea de deidades. Hechos que a nosotros nos
parecen “naturales”, por qué disponemos de una explicación física racional que así nos los
hace ver -por ejemplo, el eclipse de sol, producido por la interposición de la luna entre la
tierra y el sol-, son para el pensamiento mágico-mítico sobrenaturales, misterios sólo
explicables como acciones de los dioses. Nuestra interpretación científica de la lluvia -el
agua desde la superficie de la tierra sube, convertida en vapor, a la atmósfera, forma nubes
y vuelve a caer a la tierra- no hubiera bastado al hombre precortesiano.
También él, gran observador de la naturaleza, sabía que la lluvia caída del cielo no es
sino la humedad que asciende de la tierra. Pero ¿cómo llega al cielo? No puede pensar, en
procesos de transformación que se realizan de un modo automático, ni creer que
fenómenos como la lluvia que unas veces aparece en forma de aguaceros torrenciales y
otras no se presenta en absoluto-, como el crecimiento de las plantas, el movimiento del sol
y la luna, el soplar del viento, sean de índole puramente física. También él busca una
explicación causal. Pregunta cuál es la potencia que provoca esos fenómenos; y sólo si
logra personificar aquélla como espíritu, demonio o deidad, sabe que éstos pueden suceder
y suceden en realidad. Según su modo, de pensar la lluvia necesita, para ascender, la
ayuda de una divinidad o de seres al servicio de ella. Estos seres son las serpientes de
nubes, que moran en el interior de las montañas. Las montañas mismas son consideradas
una especie de recipientes de agua. “Por fuera son de tierra, como si fuesen casas llenas
de agua” (Sahagún). Las serpientes de nubes se empapan de agua y luego suben al Cielo.
Por orden del dios de la lluvia se desprenden allí de su valiosa carga, y la lluvia cae a la
Tierra.
Para el pensamiento mítico la causa operante es siempre acto de los dioses “no hay
ninguna cosa puramente pensada o imaginada que no sea al mismo tiempo algo real y
operante”, dice Ernst Cassirer (Philosophie der Symbolformen), hablando del mito. El
pensamiento- físico-matemático, en cambio, es más bien construcción abstracta. Se
esfuerza por desarrollar métodos adecuados para transformar la cosa puramente vista en
cosa pensada. Desmaterializa el fenómeno para reducirlo a elementos radicales que hagan
posible su clasificación es decir, para comprobar a) los elementos idénticos, de los cuales
resultan coincidencias, b) los elementos disímiles, de los cuales resultan diferencias. De
esta suerte se crean normas en que basar un orden y un sistema científico.
Para el pensamiento propio de las ciencias naturales, la explicación de la realidad es la
fórmula; en el pensamiento mítico lo es la deidad.
El mito es para el hombre del México prehispánico la realidad que forma e informa su
vida, su pensamiento, su fe, su conciencia y también su subconsciente. Gracias al mito
comprende el cosmos su propia posición en él. En el mito descubre el sentido y significado
de su circunstancia terrestre y de sus vivencias metafísicas entre los cuales, para su modo
de pensar, no hay límite, ni diferencia: no distingue entre los fenómenos sensibles y los
suprasensibles. El mito es una fuerza más vigorosa y arraigada en estratos más profundos
que la razón. Para el hombre que no adquiere sus conocimientos mediante procesos de
abstracción, el mito es la ciencia que lo pone en condiciones de resolver sus problemas
vitales a su propia manera, es decir, de acuerdo con sus representaciones. No pregunta si
acaso puede haber otras soluciones; está convencido de que las únicas exactas, acertadas
y posibles son las que le ofrece el mito. En el mito que, según Durkheim (Lea formes
élémentaires de la vie religieuse), refleja asimismo la estructura de la sociedad en cuyo
seno surge, se hallan reunidas las experiencias, legadas de generación en generación y a
las que la comunidad debe propiamente su existencia, que la van modelando y sin las
cuales no puede subsistir. Que al dios del Sol haya que alimentarlo con sacrificios y que el
sacrificio del hombre sea necesario para que la deidad conserve sus fuerzas no es para el
mundo mesoamericano una representación que se pueda tomar o dejar: es hecho tan real
como lo es para el químico que el agua se compone de dos átomos dé hidrógeno y uno de
oxígeno
En el México antiguo, que basa su concepción del mundo, sus ideas y su pensamiento
en el principio del dualismo, falta, sin embargo, el dualismo que rige la relación entre vida y
fe. El mito no es un dominio al margen de la vida; no es la satisfacción de necesidades
metafísicas, posterior o simultánea a la satisfacción de las necesidades materiales abarca la
totalidad de la vida tanto la religiosa como la profana, que de todos modos está
religiosamente determinada. Cualquier empresa, de la índole que fuere, sólo tiene sentido,
sólo ofrece posibilidades de éxito, si se realiza en consonancia con la voluntad y ayuda de
los dioses. El campesino cultiva su campo y lo siembra, pero la germinación y el
crecimiento de las plantas es obra de las deidades, cuya colaboración debe ganarse el
hombre siguiendo las instrucciones del mito. El guerrero no sólo es guerrero de
Huitzilopochtli o de Tezcatlipoca, en el sentido de que uno u otro, es el patrono de la tropa a
que pertenece: lucha y muere en cumplimiento de la obligación religiosa que le ha sido
impuesta. Dentro de ese mundo anclado en el mito no es concebible que alguien que
carezca de fe pueda ser un buen campesino, un buen guerrero, un buen comerciante.
Desentenderse de las concepciones y exigencias del mito no sólo sería peligroso pues
provocaría el castigo de la deidad; sería sobre todo locura, porque es locura la confianza del
hombre en su propia fuerza, cualquier fenómeno, lo priva de su condición terrenal y le
confiere una nueva naturaleza reveladora de ese misterio que es la realidad y la existencia
del hombre en ella. Así como el mito transforma al fenómeno, así transforma también el
modo de ver. Lo demuestra el carácter del arte antiguo de México, tan difícil de comprender
para quienes se educaron sujetos a otras normas ópticas y espirituales. Lo que distingue a
la Coatlicue Mayor de la Venus de milo es su estilo artístico, pero asimismo y ante todo los
diferentes conceptos de la deidad que tienen el azteca y el griego. Como es radicalmente
distinta la vivencia metafísica, punto de partida del crear mexicano; es también radicalmente
distinta la concepción artística. Si nuestro criterio es la voluntad de Forma cuajada en la
obra de arte, sabemos qué en la creación no sólo es decisivo lo que ve el artista, sino cómo
lo ve y desde qué actitud espiritual. Y hay que darse cuenta de que el ojo humano omite y
añade. No trabaja como la cámara fotográfica, detrás de él se halla un cerebro que escoge,
hace resaltar lo que considera esencial; elimina lo que considera secundario; detrás de él
hay una emoción, que pone acentos, y a veces acentos muy fuertes. El acto de ver, que
sólo en personas de espiritualidad rudimentaria es un proceso mecánico, está sujeto a la
razón y al sentimiento. La selección que el hombre realiza al recibir las impresiones ópticas
muestra lo que para él es la realidad. El hombre del México prehispánico, arraigado en el
mito, impregnado de este, recurre al mito para interpretar lo que ve. Ve a través del mito. Al
pensamiento mítico le corresponde un ver mítico: un ver que descubre en todo fenómeno un
sentido mítico. Para aquel hombre el colibrí no es un simple pájaro, es decir, un animal
vertebrado, cubierto de plumas, ovíparo, de sangre caliente. Es, primero y ante todo, lo que
el mito hace de él: un símbolo de la resurrección. Y cuando lo representa, su
representación sólo es “exacta” —exacta para él— si expresa este significado, sin que
importe hasta qué punto concuerde con el modelo natural. La transmutación que no se
debe a razones estilísticas impuesta por una u otro tendencia artística, se realiza en el
conciente y en el subconsciente, puesto que entre ambos determinan le ver.
El realismo la más vaga de las fórmulas artísticas, no es un modo de expresión, sino un
modo de ver. Arte griego, arte gótico o barroco , cubismo y surrealismo son “estilos”. En ellos
la creación está regida por una ley formal, expresión del pensar y sentir de la época y del
creador.
También en el México antiguo hay “estilos”: el estilo olmeca, el totonaca, el teotihuacano,
el zapoteca, el tarasco, el maya, etc., diferentes entre ellos como lo eran las culturas, y,
dentro de estas, las etapas denominadas “horizontes culturales”
Desde hace más de cien años se ha tratado de aplicar el concepto de realismo a
determinado estilo, o más bien a varios estilos sucesivos, todos ellos tendientes a la
reproducción ilusionista del mundo y comprensibles sin más para amplias capas del público,
carentes, por su mentalidad racionalista-mecanicista, de un criterio espiritual. Courbet por
cierto un pintor de innato ímpetu creador, dio la siguiente definición de esta actitud artística
(en el catálogo de su exposición del año 1855): el realismo “sólo puede consistir en la
representación de cosas que sean para el artista visibles y palpables. Pues la pintura es un
lenguaje enteramente físico; un objeto abstracto, invisible, no existe, no es de su dominio”
Esta actitud ¿no la podríamos considerar como un fenómeno de decadencia, característico
de una época para la cual la vida no es sino un proceso fisiológico y que ve el sentido
exclusivo de la existencia en la satisfacción de las necesidades materiales…?
La objetividad dé un realismo artístico reside en su concordancia con la vigente concepción
del mundo. Así hay un realismo helénico, un realismo gótico, el realismo burgués y el
socialista. Es natural que haya también un realismo mesoamericano. Lo que distingue esos
realismos uno del otro es la mentalidad desde la cual parte la visión. El griego llega a la
idealización del cuerpo humano porque su ojo introduce en la realidad su “ideal de belleza”,
que es para su modo de percepción lo esencial. Pasar por alto los defectos del físico
humano, eliminarlos o corregirlos de acuerdo con su ideal, no es para el falsear la realidad,
sino adaptarla a su concepto de la naturaleza. El artista gótico intuye en el fenómeno real la
potencia creadora de Dios y lo que se esfuerza por reproducir con máxima fidelidad es esa
divinidad de todo lo creado, ese espíritu de lo supramundano y suprasensible, que él tiene
por “visible y palpable”, para citar la frase de Courbet.
La pluralidad de realismos explica por qué la admiración profesada á una obra de arte,
lejos de ser constante al través de los tiempos, tiene sus altibajos muy marcados; por qué
en determinada época una obra deja de ser apreciada y hasta cae en un olvido total y por
que en la próxima, de sensibilidad más afín, viene a ser redescubierta y recupera con
creces su prestigio anterior. Ejemplo, de esto son las Esponsalias de la Virgen del Greco y
el retablo de Isenheim, -de Grünewald, obras que para nosotros, hombres del siglo XX, han
llegado a ser una nueva y conmovedora vivencia. Una misma obra de arte es interpretada
en forma distinta por cada una de las épocas posteriores: cada una descubre, en ella
valores que confirman su propia mentalidad y que pasan inadvertidos en tiempos de
estructura espiritual diferente. Hay composiciones artísticas -y son precisamente las muy
admiradas por el público de su tiempo- que en el curso de los siglos y, aún de las décadas;
se han vuelto incomprensibles ante las cuales el contemplador necesita de explicaciones
históricas que le ayuden a penetrar en el sentir y pensar de la época.
Para el hombre y el creador artístico del México antiguo -ya lo dijimos -la realidad es el
mito: lo que considera real en el fenómeno es la cualidad mítica de éste. La apariencia física
no es sino disfraz, fachada tras la cual se esconde la verdadera naturaleza. Llegar hasta
ella, detectarla, hacerla patente es el objeto del pensamiento y la misión del arte. El
realismo moderno persigue la finalidad de reproducir lo visible, la del realismo
mesoamericano es hacer visible lo invisible. El artista de la civilización occidental cree
representar una nuez al representar su cáscara. Para el pensamiento del México
precortesiano la cáscara de la nuez es sólo un aspecto exterior, de escasa importancia. Lo
esencial es la nuez misma.
A esta concepción de la realidad corresponde un arte que no se conforma con
reproducir la apariencia de las cosas y que tampoco puede aceptar, ésta como norma y
criterio para expresa lo que a él le importa expresar tiene que crearse un idioma especial un
lenguaje de signos y símbolos. El subsuelo espiritual de que brota este lenguaje es el mito.
El realismo del arte antiguo de México es un realismo mítico.