EL PROYECTO DE ARTIGAS – TERESA EGGERS BRASS
José Gervasio de Artigas pertenecía a una de las familias fundadoras de Montevideo, poseedora
de estancias. En su juventud había participado en la actividad clandestina de contrabando de
cueros y ganados, pero luego, como se necesitaban jinetes diestros y conocedores de la geografía
oriental, fue indultado y entró en el Cuerpo de Blandengues. A fin de contener el avance
portugués sobre los territorios españoles, fundó pueblos en el interior de la Banda Oriental.
En 1811, Artigas y los sectores rurales uruguayos se unieron a la Revolución de Mayo, pero no
lograron la colaboración de los comerciantes y la gente pudiente de Montevideo. Los
montevideanos optaron por la fidelidad al Consejo de Regencia, y luego aceptaron a Elío como
Virrey español. La base social de la lucha por la libertad estuvo en el campo, pero
fundamentalmente eran los ocupantes de tierras y los marginados. Por ello decidieron poner
sitio a Montevideo. Sin embargo, el Primer Triunvirato firmó un acuerdo con Elío, al que
reconoció como Virrey en la Banda Oriental y, a cambio de que no atacase Buenos Aires, le
ordenó al ejército de Artigas que desocupara los territorios de la orilla oriental del río Uruguay.
Es por eso que, a partir de ese momento, los orientales, con Artigas al mando, se negaron a
seguir obedeciendo ciegamente las órdenes de Buenos Aires, y comenzaron a luchar para que
las provincias formaran una nación en plano de igualdad. En eso consistían las Instrucciones a la
Asamblea del Año XIII rechazadas por Alvear: declaración de la independencia y federación.
En 1814, finalmente, se venció la resistencia realista en Montevideo, lograda entre las huestes
de Artigas y el gobierno de Buenos Aires. Sin embargo, proseguía el conflicto entre los orientales
y el Directorio, que no admitía sistema federal ni la democracia que quería imponer Artigas.
El líder oriental envió un ofrecimiento a Buenos Aires, donde proponía que la Banda Oriental
formara parte del Estado denominado «Provincias Unidas del Río de la Plata», con la firma de
una alianza ofensiva y defensiva entre las provincias, que establecía que cada provincia tenía
«igual dignidad e iguales privilegios y derechos y cada una renunciará al proyecto de subyugar a
la otra». Artigas sostenía que la Banda Oriental debía mantener su pleno goce de libertad y
derechos, pero quedando sujeta a la Constitución que organizara el Congreso General de Estados
legalmente reunido. Pero a Buenos Aires no le interesaba una federación que implicara igualdad
de derechos con Uruguay, y por consiguiente le responde, despectivamente, que se establezca
como Estado independiente.
Recién cuando tuvo el efectivo dominio de toda la Banda Oriental, tras la evacuación de las
tropas porteñas de Montevideo, Artigas pudo comenzar a poner en práctica sus reformas
sociales y económicas. Sabía que la única forma de sanear una economía en ruinas, que había
soportado varios años de pérdidas humanas y saqueos de bienes y ganados, era hacer producir
la tierra. Los grandes terratenientes ausentes –entre los que se contaban muchos de sus
opositores que se habían ido de la Banda Oriental– constituían un obstáculo para su proyecto
económico.
Redactó un Reglamento Provisorio para el fomento de la campaña y seguridad de sus
hacendados, en el cual otorgaba posibilidades a los emigrados de retener sus estancias, si las
poblaban, reedificaban, ordenaban y marcaban su ganado. Las tierras abandonadas o
improductivas, ya fueran privadas –»de los malos europeos y peores americanos»– o estatales,
serían repartidas entre «los más infelices», que debían ser «los más privilegiados»: los «negros
libres, los zambos de esta clase, los indios, los criollos pobres» y las viudas. Las condiciones
exigidas para la posesión definitiva del terreno eran la residencia en el lugar, el cuidado de
ganado y la prohibición de la venta del terreno otorgado, ya que éste se entregaba para
beneficiar a la provincia. Artigas procuró que se repartiera ganado y se evitara la matanza
discriminada, para lo cual hostigó el contrabando y persiguió a los vagabundos, malhechores y
desertores.
Con estas medidas trataba de crear una nueva conciencia productora en muchos habitantes del
campo, que tenían una forma de vida netamente depredadora. Sin embargo, no era fácil vencer
a las diferentes resistencias: los estancieros tradicionales, que no les gustó ser expropiados; los
antiguos corambreros (faenadores de ganado cimarrón para vender su cuero), nombrados como
comandantes de campaña en muchos casos, querían volver a su antigua ocupación; los paisanos
pobres no siempre se sometieron a las condiciones que fijaba el Reglamento. El Cabildo, que
favorecía los intereses de los vecinos más acaudalados, apoyó a Artigas en cuanto impuso el
trabajo obligatorio a los desposeídos mediante la implantación de las papeletas de conchabo (los
no-propietarios debían tener constancia de trabajo, caso contrario podían ser reclutados para el
ejército de frontera) para poder reorganizar la producción. Sin embargo, el apoyo del Cabildo
nunca fue franco: los opositores que no se habían retirado a Buenos Aires o a Río de Janeiro
estaban esperando la invasión española o la portuguesa.
Artigas convocó en abril de 1815 a un congreso para constituir formalmente la alianza política
de las Provincias de la Liga Federal: el Congreso de Oriente o de los Pueblos Libres. Se reunió en
junio en la ciudad de Concepción del Uruguay, también llamada Arroyo de la China, y contó con
la presencia de diputados de Misiones, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y la Banda
Oriental. No quedaron actas de ese congreso, pero se sabe que declaró la independencia un año
antes de que hiciera el Congreso de Tucumán, y que se formó la Liga de los Pueblos Libres,
liderada por Artigas, su Protector.