Visiones y Herramientas – 2008 – p.
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La predicación narrativa: el cómo
Néstor Míguez
Jesús y la mujer samaritana 1
Él es un judío de Galilea, que regresa a casa luego de haber debatido en Jerusalén con los más
destacados intelectuales del Concilio. Ella es samaritana, una habitante de la olvidada aldea de
Sijar, gentes cuyas preocupaciones tienen que ver con lluvias, cosechas, y las imposiciones de
los recaudadores romanos. A él le dicen maestro, y tiene discípulos y muchos seguidores. Ella
es una simple mujer acostumbrada a las pesadas tareas del campo. Él está acostumbrado a la
disquisición sutil con escribas y fariseos. Ella se la pasa renegando con los baldes de agua y el
profundo pozo del cual tiene que sacarlos. Él hace su recorrido a través del país, según lo
requieren su ministerio y misión, y es conocido y reconocido en muchos lugares por las señales
que hace. Ella permanece siempre en la misma aldea, probablemente el único lugar en el
mundo que conoce y donde la conocen. Él ha sido señalado como “el Cordero de Dios” por el
profeta. A ella los comentaristas la han marcado como “una mujer adúltera”. Sabremos de él
muchas cosas más a través de los textos y del tiempo, lo que ha dicho y hecho será comentado
por siglos y sobre él se escribirán muchísimos libros. Ella será recordada, y ni siquiera con su
nombre, con un cierto desdén, por esta pequeña historia, porque una vez se cruzó con él en el
pozo y se generó este pequeño diálogo.
Se encuentran, más cercanos al mundo de ella que al de él. Él está sentado junto al pozo,
esperando, descansando, mientras sus discípulos se encargan de buscar lo necesario. Ella llega
bajo el fuerte sol del mediodía para buscar agua, para acarrear el pesado cántaro de vuelta.
Inesperadamente, él abre el diálogo. Ella contesta de mala gana, con cierta ironía (¡hasta un
rabí judío le habla a una mujer samaritana cuando tiene sed!). Él habla desde la divina
sabiduría, ella contesta desde la practicidad de la realidad cotidiana. Él habla acerca de la vida
eterna. Ella habla desde las tareas domésticas. Él habla del agua viva que brota de Su
presencia. Ella de baldes y pozos. Él habla de la revelación divina. Ella habla de las tradiciones
que aprendió de su gente. Él habla de una verdad espiritual. Ella responde desde la existencia
terrenal. En realidad, no es un diálogo, sino dos monólogos paralelos con algunas palabras en
común. Nosotros juzgamos: “Ella no entiende, porque es incapaz de ir más allá de las
apariencias materiales”. Ella diría: “Están hablando sin sentido porque les sobra el tiempo,
pero serían incapaces de levantar un cántaro lleno de agua y caminar dos kilómetros con ello
sobre la cabeza”. Cada uno entiende, según su propia comprensión, según el mundo que
habita. ¿Comprenderemos, él y nosotros, el mundo de ella?
Nada se sabe acerca de que él haya formado pareja y tenido su propia familia (aunque no
faltarán fantasías sobre ello). Sin embargo, la pone a ella en situación de tener que responder
sobre la suya. Al principio da una respuesta evasiva, no quiere hablar del tema. Pero él insiste:
“Cinco maridos has tenido, pero ahora tienes un varón que no es tu marido”. ¡Y lo que dice es
1
Esta primera parte es una traducción de la primera parte de mi artículo. “Reading John 4. In the
interface between ordinary and scholarly interpretation.”, publicado en Through the eyes of the other.
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verdadero! Él es capaz de reconocer la verdad en la vida de ella. Y ella también: “Ahora sí habla
cosas que puedo entender, habla de mi vida, de cosas reales”, piensa.
Al escuchar la afirmación de Jesús nosotros decimos: “¡Cinco maridos!... una mujer adultera,
una personalidad errática...”. Lo relacionamos con las fatuas estrellas holliwoodenses. O una
Cenicienta insatisfecha que nunca encuentra su príncipe soñado. O a la prostituta del pueblo,
corriendo por las noches de una casa a la otra. Los comentarios debatirán acerca de si esto es
una cuestión metafórica sobre los samaritanos, su historia y teología, o una vuelta de fuerza en
la narrativa histórica.
Puede que ella ignore, por ahora, quién es el que habla con ella, el inesperado don de Dios;
pero seguramente conoce, en cambio, el rechazo y el prejuicio. Las mujeres no tenían derecho
a pedir divorcio, pero podían ser repudiadas y echadas de su casa. Cinco veces tuvo que dejar
casa y seguridad, o quizás hacer duelo por un esposo muerto. Cinco veces ha quedado en la
calle, objeto de comentarios maliciosos (incluso los que la siguen denostando veinte siglos
después). Cinco veces (y muchas más hasta ahora) la víctima de chismes y burlas escondidas,
de prejuicio y difamación. Ahora hay otro hombre en su vida, que la recibe y cobija, pero que
no quiere compromisos, ninguna obligación fija; ella está expuesta, en cualquier momento, a
un nuevo abandono. Una y otra vez, en su tiempo y en el nuestro, objeto del examen
impiadoso de las personas políticamente y religiosamente correctas, los sabios de la ley de
ayer, y los doctos escrituristas de hoy; víctima del dictamen del moralismo cristiano. “Esta
ignorante mujer aldeana, la ramera de Sijar, incapaz de comprender las verdades celestiales
que le revela el Maestro”. Esta “persona común”. Desde el punto de vista histórico, un ejemplo
de la existencia oscura, de las gentes menores de las culturas subalternas, la no-persona, hasta
que, por pura casualidad, se topa con Jesús.
Si ella leyera los comentarios eruditos (aunque difícilmente supiera leer) y conociera los miles
de sermones que se predicaron sobre este encuentro, seguramente pensaría: ¿Pero qué saben
ellos acerca de esta aflicción? ¿Cómo pueden especular, qué pueden aseverar sobre mi vida
estas personas, seguras en sus escuelas y templos, lejos de los dolores y amarguras, de las
duras experiencias de una mujer de pueblo rechazada, lejos de las luchas por la difícil
existencia aldeana en un territorio ocupado y explotado, sin conocer esta agobiante rutina que
me es impuesta? ¿Cómo pueden darle sentido a mis sufrimientos? Pero este hombre acá
parece entender mejor. Se ha aventurado a caminar por el camino de Samaria, y ahora me
habla de mi vida concreta. Sé que también existe esta otra gente, a la que llamamos profetas.
He escuchado de ellos, forman parte de mi tradición. Quizás sea un profeta... veamos, si es un
profeta o simplemente otro judío orgulloso que me adivinó...
“Ni aquí ni en Jerusalén, sino en espíritu y en verdad”... Es capaz de ir más allá, de hacer sentir
más cercano a todos el aliento de Dios. Iré a la aldea a decir lo que este hombre ha dicho...
¡quizás ellos también me ayuden a entender si este es el Cristo! Pero no dirá nada de la fuente
de agua que brota para vida eterna. No gritará acerca de los verdaderos adoradores que
adoran a un Dios que es Espíritu. “Vengan a ver a un hombre que me ha mostrado mi propia
vida, que me ha hablado de lo que he hecho; ¿no será este el Mesías?” Quizás sea su mesías,
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su salvador, porque ha sido capaz de hablar de su vida, de las cosas que le han pasado, de lo
que ahora le ocurre, del Dios cercano a la mujer que va a buscar agua con un pesado balde...
***
En el número anterior de Visiones y Herramientas (año 2007), en el artículo “Entrelazando
historias” (pag.83) mostraba un ejemplo y destacaba el valor de la narratividad en la
transmisión del mensaje cristiano. Señalaba que en un próximo artículo incluiría algunas
cuestiones más técnicas de la creación y uso de estas aproximaciones narrativas en la
predicación y enseñanza, en el testimonio de fe. Ahora me piden que cumpla con mi
compromiso. El presente artículo intenta ser una respuesta a esa demanda, por lo que será
menos “teológico” y más proclive a ciertas aproximaciones de orden literario.
Por supuesto no hay recetas. A lo sumo hay experiencias, propias y ajenas, y un decantar de
esas experiencias en modos de trabajo, que pueden ser útiles si cada uno o cada una lo puede
adaptar a su propio contexto, a su propia personalidad. Cada persona tiene su estilo, cada
predicador debe poder reconocer sus fortalezas y fallas y ver cómo saca provecho de ellas y las
supera, y el sermón narrativo puede ser una ayuda (o no) en ese sentido. Cada maestro conoce
su grupo y qué recursos puede emplear con mejores frutos, y qué dinámicas pueden ayudar a
extraer una más rica reflexión y enseñanza de los textos. Las “técnicas narrativas” no pueden
erigirse en un modelo universal ni para toda ocasión, aunque pueden constituir una
importante variante comunicativa, que tiene múltiples ventajas –y ciertas limitaciones
también. Lo que ahora intentamos proveer son nada más que indicadores, orientaciones, que
ayudan a construir un relato. Pero lo atractivo y comunicativo no está en la técnica sino en los
pensamientos y ideas que promueve, en los sentimientos y afectos que estimula, en el vínculo
que el relato ayuda a establecer, en las visiones y esperanzas que despierta. Y, en nuestro caso
específico, en la invitación a la fe, al compromiso con el Cristo del Evangelio y a su
profundización.
La preparación
Aunque a primera vista incursionar en la narrativa parece una cuestión más de inventiva y
creatividad, un uso responsable de este recurso puede ser bastante exigente, incluso reclamar
una precisa disciplina de trabajo y cierto autocontrol. La creatividad sobre el texto, más
tratándose de textos bíblicos, debe reconocer algunos parámetros y propósito que la
encaucen. Indicaré fundamentalmente dos:
a) Un trabajo cuidadoso sobre el texto. Como si se fuera a hacer una exposición doctrinal al
estilo clásico, los textos a tratar deben ser estudiados con todos los resguardos metodológicos
que hacen a una sana exégesis. Sea que tengamos un relato o un texto de tipo más conceptual
(las cartas, por ejemplo) o poético (Salmos o Proverbios, algunos de los “himnos” del Nuevo
Testamento), será la riqueza del texto bíblico la que sostendrá e inspirará la exposición
narrativa. Esto también requiere enriquecer la lectura del texto con el recurso a los
comentarios. Aunque luego, en la exposición, no siempre haremos explícitos los elementos
exegéticos o las aportaciones recibidas.
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Cuando se trata ya de un relato (como en el ejemplo que hemos puesto por encabezamiento)
es necesario reconocer los pasos del relato existente –introducción, planteo, nudo, desenlace
– y ver de qué manera se reorganizarán en nuestro discurso. En ese sentido las técnicas
narrativas pueden alterar el orden, especialmente jugando con los tiempos narrativos, o
intercalando elementos descriptivos en medio de la trama de acción (volveré sobre esto). Si se
trata de otro tipo de composiciones, lo que puede hacerse es crear un relato en torno de ellas.
Para ello necesitamos los datos que nos proveen los métodos histórico-críticos (momento,
autor, situación en el que surgió el texto). Así cabe ponderar sobre la vivencia del salmista que
alaba a Dios por ser librado de una enfermedad, las reflexiones que vuelca en el texto y su
expresión poética como resultado de una experiencia. O la situación en la que Pablo escribe
una carta, o las posibles reacciones de quienes la reciben, según las condiciones y situación
probable de la congregación receptora original –lo que permite relacionarla con lo que vive
nuestra propia comunidad como “receptora secundaria”. La construcción narrativa puede
ayudar a destacar aspectos del mensaje, acercarlo a la experiencia del oyente, a elaborar
vínculos de identificación con los personajes, etc. Puede incluso ser crítico de otras
interpretaciones y proponer la propia (como he hecho parcialmente en el ejemplo propuesto).
Pero en ello debe ser respetuoso del mensaje original, debe poder dar cuenta de su lectura del
texto y su contexto literario.
La construcción del propio relato pide, para legitimarse, respetar los detalles que el escritor
bíblico originalmente valoró en su escrito. Por eso es importante captar el texto que se va a
elaborar como un todo. Si bien el proceso de exégesis analítica, verso por verso y palabra por
palabra tiene un lugar ineludible, la reconstrucción del mensaje como síntesis es una exigencia
para la narratividad. Nuestro relato construido debe mantener una relación fundamental con
el sentido global del texto de base, del cual partimos, así como las aperturas que deja, por el
sentido polisémico de los textos.
En la exposición puede optarse tanto por “contar el texto” en lugar de su lectura, como por
“releer” el texto, haciendo de su interpretación un segundo episodio narrativo. Por ejemplo,
en mi relato de la mujer samaritana, se presupone que los oyentes conocen bien el texto o
acaban de leerlo, porque en caso contrario sería difícil seguir mi “racconto”. Pero en el
ejemplo que brindé en el artículo del número anterior (descripción de la aparición del
resucitado en Juan 20: 19-23) si se lee el texto previamente se pierde parte del impacto que
busca lograr el relato. Pero en este segundo caso, hay que tener aún más cuidado de respetar
la trama del texto reelaborado (por más detalles y proyecciones que se incorporen) ya que el
oyente queda “a merced” de la interpretación. De la misma manera se debe cuidar, por
fidelidad a la Palabra, de mantener la orientación teológica del texto bíblico escogido, respetar
la pluralidad teológica que el mismo canon nos provee. Por ejemplo, el “Jesús” con el que se
encuentra la mujer samaritana es el Jesús del evangelio de Juan, un Cristo más “intelectual”
que el de los sinópticos, con una cristología más elaborada. El diálogo sería distinto si ocurriera
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en Mateo, como en el caso de la mujer cananea (Mt 15: 21-28 –por tomar otro caso del
encuentro con Jesús de una mujer extranjera).
b) El reconocimiento del contexto original. Si bien el narrador inevitablemente (y como una
necesidad del relato mismo) deberá trabajar sobre cierta distancia en el tiempo y lugar, y no es
posible el relato sin ciertos anacronismos, es necesario también darle razonabilidad al texto
mediante su ubicación en su propio contexto cultural, social, legal o religioso. Por cierto que
una técnica puede consistir en recrear el relato en otro tiempo histórico, traerlo a nuestro
tiempo, lugar y cultura. Pero en ese caso, y especialmente en ese caso, deben respetarse las
significaciones que los hechos tuvieron en su propio contexto social (hasta donde sean
discernibles) para que la traslación de las significaciones y sentido del relato no termine por
desconformarlo y tergiversarlo.
El mundo antiguo, como lo es el nuestro en otra escala, es una pluralidad de mundos que se
entrecruzan, como hemos expuesto en nuestro relato, y esas tensiones subyacen a muchos
relatos bíblicos, constituyen parte de la trama dramática. El juego de malentendidos o
sobrentendidos no siempre resulta accesible, por nuestro desconocimiento de esos mundos.
Las costumbres, las disposiciones protocolares, la forma de dirigirse unos a otros, los cruces
competitivos, la distribución de tareas y lugares, el funcionamiento de los prejuicios y
afinidades, las prácticas sociales y económicas, las presiones del poder, en fin, el sinnúmero de
detalles que hacen a la vida cotidiana son conocidos tanto para el escritor bíblico como por el
lector original (aunque hay veces en que el mismo texto aclara para lectores no israelitas
ciertas costumbres de los judíos, o aclara relaciones políticas que no todos conocen). Pero no
es así para el lector u oyente de hoy, y el relato actualizado debe reubicar estas tensiones a
través de aclaraciones, indicios, referencias locales o apartes instructivos. A veces incluso
puede, de esta manera, crear cierta agilidad y convocatoria de la atención mediante
intervenciones del público o secuencias dramatizadas.
Afortunadamente hoy contamos, incluso en castellano, con bastantes descripciones de los
diversos contextos bíblicos, que se hallan en distinto tipo de recursos bibliográficos: libros y
artículos sobre historia y cultura del antiguo cercano oriente y el mundo greco-romano,
enciclopedias, informaciones periodísticas sobre hallazgos arqueológicos, comentarios bíblicos
con enfoques “socio-lingüísticos”, que hacen posible una reconstrucción, siempre aproximada
y aventurada, de los mundos y mentalidades de los tiempos bíblicos. Muchos de ellos están
accesibles a través del Internet, y una hora de computadora o una visita a un “ciber”, donde
esté disponible, puede ayudarnos. Los EEH de ISEDET suelen también destacar estos
elementos. La habilidad del narrador hará que estos puedan incorporarse al relato sin caer en
“didactismos” que le quitan dinámica. Por poner un ejemplo secular, piénsese como, con
apenas algunos Atlas y descripciones de viajes ya que él nunca estuvo personalmente, Julio
Verne nos da lecciones sobre la Pampa argentina a través de las aventuras de Los Hijos del
Capitán Grant. No muchos tienen esa habilidad literaria, por cierto, pero imitando a esos
grandes narradores uno puede aprender algo de su estilo y, a escala, moldear nuestros propios
relatos para que reflejen las condiciones del tiempo y lugar en que se originaron.
Trama y descripciones
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Esto nos lleva a considerar los dos factores que hacen a un relato: lo que llamamos factores
nodales (trama o complot narrativo) y los indiciales (descripciones).
a) La trama. Todo relato tiene algún tipo de acción como núcleo del mismo, como su nudo (de
allí que hablamos de factores nodales). Estos nudos suelen consistir en “pruebas” de distinta
índole que deben pasar los personajes. Generalmente hay más de una, aunque puede
distinguirse una “prueba principal” en torno de la cual se van sumando distintas alternativas, o
momentos de transición que los personajes deben sortear hasta el desenlace. Esas pruebas,
según los analistas semióticos, tienen distintos niveles (de influjo, de capacidad, de adquisición
de medios, prueba principal, pruebas de evaluación y glorificación, etc.). Cuando se distinguen
en el relato los momentos de introducción y planteo, nudo y desenlace, se refieren
generalmente a las distintas pruebas que deben sortear los personajes. Así, en la primera parte
suelen aparecer las pruebas de influjo (quien lo manda a hacer algo y su aceptación o no –por
ejemplo, Jesús pide agua, pero la mujer parece oponerse a su reclamo) y las pruebas de
capacidad o adquisición de medio (se pone en juego la capacidad del personaje, o su destreza
previa para adquirir los medios para su realización –por ejemplo, cuando la mujer le dice a
Jesús que “no tiene con qué sacar agua”, por un lado, o la dificultad de la samaritana para
interpretar la oferta de “agua de vida” por parte de Jesús). En el medio del relato se da la
prueba principal (el reconocimiento de “quien es el que habla contigo” y su condición de
Mesías), y finalmente el desenlace suele tener las pruebas de evaluación y glorificación
(cuando toda la aldea reconoce a Jesús como “salvador del mundo”).
Estas pruebas generalmente indican una adquisición o una separación de un objeto (que
puede ser un objeto físico, un saber, un afecto, o a veces la vida misma), por lo cual se
establecen los vínculos (de conflicto o afinidad, de ayuda u oposición) entre los actores. A
veces juegan un papel de “actantes” fuerzas impersonales (la ignorancia, la envidia, el miedo,
la vergüenza, el odio o el amor), que se expresan entre los personajes o al interior de un
mismo personaje. A la hora de reelaborar una narrativa conviene tener en cuenta estos
factores, para ver como se combinan creativamente. Así, sin alterar el centro del relato, estos
elementos pueden plantearse de tal manera que destaquen alguna faceta particular del relato,
lo dejen abierto mediante sugerencias, o provean elementos de identificación del oyente, que
pueda pensar “a mí también me pasa”.
b) Los indicios. Lo que llamamos factores indiciales en realidad podríamos decir que no hacen
al desarrollo estrictamente “de lo que sucede”, aunque como veremos, pueden ser decisivos.
Normalmente aparecen como ubicación en tiempo y espacio, descripciones, sea del paisaje, de
los personajes y sus características, estados de ánimo, etc. También pueden ser datos
históricos, de costumbres, del lenguaje, etc. que nos ponen en el escenario (o los escenarios)
en que se moverán los personajes. Eventualmente pueden entrar antecedentes o
motivaciones. Nos permiten ver los “mundos vitales” de los actores del drama, ponernos en
contacto con la cultura que rodea la acción. Los primeros párrafos del ejemplo del
encabezamiento son descriptivos. Aprovechan los elementos descriptivos que ya están en el
relato bíblico, los sistematiza, amplía, reubica, a los fines de poner acento “dramático” en lo
que parece un simple diálogo.
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Pero no creamos que este “escenario” es pasivo. Al contrario, juega un papel decisivo tanto
para el desarrollo de la trama como para despertar el interés del receptor. Van a ser los
indicios, justamente, los que darán las claves en cualquier novela de detectives. Cosas que
quizás no se encuentran tanto en la enunciación de las acciones como en la descripción del
momento o el escenario. Que el encuentro de Jesús y la samaritana ocurra “al mediodía”,
cuando los discípulos van a buscar algo para comer, bajo un fuerte sol que acentúa el valor del
agua y la sed de Jesús, y desubica el momento normal en que las mujeres van a buscar agua al
pozo, es un indicio. Pero tiñe todo el ambiente del diálogo, le da sentido, y generará la
continuidad en el diálogo que sigue, el de Jesús con sus discípulos. El mundo material y cultural
en el que se ubica el relato juega un papel determinante en el esquema narrativo. Por ejemplo,
en la clásica (en realidad romántica) Vida de Jesús de E. Renan, el paisaje de Galilea es casi un
actor de primer orden. También lo pueden ser elementos poéticos inscriptos en el relato. Así,
las oraciones de María cuando visita a Elizabeth (Lc 1:46-55), de Zacarías cuando nace Juan (Lc
1:68-79) y de Simeón cuando ve al niño (Lc 2:28-32), todas incluidas en el relato lucano de la
Navidad, ponen un clima particular al relato, y nos permiten ver características de la piedad
judía popular y sus expectativas. Mateo, que escribe para el mundo hebreo, no necesita
incluirlas. Pero Lucas, a través de ellas, pone al lector gentil en contacto con el mundo religioso
y el mesianismo popular de la Galilea de Jesús, y así le ayuda a entender las expectativas que
se ponen en juego en torno a la figura del Mesías. En realidad, la acción es “María dijo” (Lc 1:
46a). Pero su canto, que no está dirigido a promover ninguna acción concreta (salvo la
alabanza, es un canto de “su alma”), que, aun cuando no se dirige a ningún personaje humano
crea sentido al relato de todo el evangelio que le sigue.
La habilidad y el arte de relatar dependen mucho de nuestra sensibilidad para saber combinar
momentos nodales y descriptivos en la dinámica del relato. No necesariamente todo lo
descriptivo debe ponerse al principio, y hay detalles que se pueden agregar o “ir
descubriendo” según los vayan reclamando las acciones. De la misma manera, el orden del
relato no tiene por qué quedar fijado. Muchos relatos van alternando, mediante la técnica de
la rememoración (el “flashback” del lenguaje cinematográfico), o la anticipación, escenas que
no se corresponden al “momento de la trama”, que alteran la secuencia lógica, pero que
ayudan a elaborar la dinámica, a crear misterio o suspenso, a estimular la imaginación del
auditorio. Leer a algunos de los grandes literatos G. García Márquez, Cortazar o Borges, u otros
maestros del cuento, también los narradores como Luis Landricina , nos ayuda a ver como
crean el clima mediante estos recursos.
El relator como personaje
Al concluir el artículo “Entrelazando historias” señalábamos brevemente algunas cuestiones
del lugar del autor (o narrador). No vamos a repetir aquí esas reflexiones. Vamos a sugerir, en
cambio, algunas posibilidades para plantear el relato, sin ninguna pretensión de originalidad –
todas ya han sido exploradas. El lugar más frecuente es el del “tercero omnisciente”, alguien
ajeno a la escena misma que la va contando. Lo llamamos “omnisciente” (el decir, un
sabelotodo) porque incluso puede meterse en los pensamientos de los personajes, anticipar el
desenlace, “disponer” de los tiempos narrativos y presentar o escamotear datos para interesar
(o burlar) al auditorio. Los mismos Evangelios son escritos desde ese lugar.
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Pero mi experiencia me ha mostrado que “contar el cuento” desde un personaje interno al
relato, ya sea uno existente o uno ficcional, suele crear una expectativa emotiva más intensa.
Por ejemplo, cómo habría contado a sus vecinos su encuentro con Jesús la propia mujer
protagonista, como habría sentido ella al decir Jesús que había tenido cinco maridos... ¿habrá
percibido un tono de reproche, o lo vería con cierta condescendencia hacia mi, pecadora?
¿Sería para ella una voz de comprensión ante una mujer afligida y desorientada, o la recibiría
como la expresión de la misericordia ante el sufrimiento? La interpretación del pasaje y la
actitud de Jesús se pueden brindar hasta en el modo de contar. La reacción de la mujer que
descubre, en ese momento al profeta que hay en Jesús, ¿cómo sería? ¿Cómo señalar el
contraste y a la vez el crecimiento desde el tono casi despectivo de la primera respuesta de
ella hasta la última? Incluso, para nuestro propio crecimiento es bueno ponerse en la piel de
otro u otra, imaginarse un poco en otro sexo, en otra condición social, en otro medio, para
quebrar el etnocentrismo que suelen tener nuestras interpretaciones bíblicas. Uno puede
revelar desde adentro (y por lo tanto revisarnos a nosotros mismos y crear identidades con el
auditorio) a través de un drama intenso que sacude a la persona, la reubica, la convierte y
transforma en protagonista de la misión en un encuentro casual, impensado e inesperado, en
esos escasos minutos del diálogo con este errante maestro galileo.
Pero también un personaje secundario puede ser el relator. ¿Cómo describir la entrada a
Jerusalén en el “Domingo de Ramos” desde uno de los peregrinos galileos que lo exaltan con
sus vítores, que tiran sus vestidos al paso de Jesús –uno de los curados milagrosamente, uno
de los cinco mil alimentados, una de las mujeres que le llevó a sus hijitos para que los
bendijera? ¿Qué historia posible y rescatable hace que lo aclame “Hijo de David, ungido del
Señor, Príncipe de Paz”? En una experiencia de trabajo con chicos esta historia la contó... el
burrito. Después de todo, era el más cercano al Señor, el que veía lo mismo que veía Jesús...
“Yo tuve al maestro sobre mis hombros...”.
También se puede recurrir a un diálogo, dónde más de un personaje pone en juego distintas
aproximaciones; proponer un juego dual, o múltiple, de interpretaciones a través de diversos
actores. Entrevistas imaginarias, pequeñas dramatizaciones, la intercalación de poemas o
cántico, son recursos ya explorados (así hemos presentado varios EEH en los últimos años).
Podemos escribir la carta de respuesta de Filemón a Pablo, contando cómo lo impactó y qué
está sucediendo ahora. Podemos entrar subrepticiamente en casa de Aquila y Priscila, ya
ancianos, y sorprenderlos recordando cuando conocieron a Pablo. Podemos imaginar a un
Esteban celestial contando su martirio... en fin, la imaginación no es un recurso vedado, sino
un don de Dios que también, con los límites y precauciones que el primer paso de estudio y
razonabilidad requiere, puede servirnos para presentar apelativamente el mensaje. Un uso
adecuado de estos recursos puede incluso ayudarnos a destruir prejuicios, a apreciar
positivamente la diversidad cultural y de situaciones personales, a valorar la experiencia de
personajes secundarios, o ser vehículo para testimonios personales que se presentan
indirectamente, ayudando a poner el acento, no en la persona del testigo, sino en el mensaje
que se brinda.
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El relato como complicidad
El arte del relato pide, eso si, acotaciones y reflexiones, la pincelada de humor o el guiño
cómplice con lo no nombrado, lo insinuado que queda para la imaginación del oyente o la
lectora, ciertos indicios que maticen, que introduzcan el suspenso y convoquen a otros relatos
conocidos, o que crean la expectativa para el próximo cuento. Los anacronismos pueden ser
un recurso, y mejor aún si queda en evidencia que son anacronismos, que a la vez son los
vínculos con situaciones comparables de hoy. En el fondo, en cada relato puedo encontrar
elementos de mi propia historia, la vivida o la que ansío vivir. En cada historia hay un retazo de
una humanidad de la que soy, quiera o no, solidario en sus esperanzas y desventuras, en sus
pecados y salvación, en nuestras fragilidades y esperanzas. En cada relato hay un retazo de mi
biografía. Cada historia es un resumen de antiguas historias y apertura de nuevas aventuras. La
trama es más o menos la misma, con las complicaciones propias de cada localización. Pero, en
la apelación a la fe y al compromiso cristiano, toda historia es abierta y nos pide una respuesta
que solo puede venir del receptor. En mi compromiso de fe, el relato es una búsqueda de
complicidad.
Así lo hicieron los evangelistas, que no elaboraron doctrinas, sino relatos para permitirnos
conocer el Evangelio. Marcos se apresura a dejar constancia de la presencia del Mesías en este
mundo, presencia a la vez deslumbrante, cuan oculta y misteriosa. Mateo nos pone una y otra
vez frente a cómo su relato es, en el fondo, el desdoblamiento y a la vez el cumplimiento de
otro relato, y convoca a las leyes, los salmos y los profetas, que acuden a corroborarle esta
intuición. “Lucas” se propone ordenar los relatos desordenados de otros, y después se
extiende para que conozcamos el otro relato, el del testimonio del Espíritu en los testigos
escogidos. Juan selecciona con la explícita intención de llevarnos a la fe. Pablo se desgrana en
cartas, y el otro Juan, el de Patmos, nos presenta el enigmático cuadro de sus visiones. Otros
dejan sus legados tras los nombres de Santiago, Pedro, Judas. Pero todos, hombres
precientíficos e ignorantes de las normas de la academia, solo reconocen sus citas (y no
siempre ni consistentemente) cuando son de las escrituras hebreas, en su versión griega. Pero
nos escamotean sus fuentes, nos obligan a las adivinanzas, nos incitan a tratar de conocer lo
que se esconde en su narrativa directa o en sus intercambios. Benditos porque así lo hacen.
Esto ha mantenido alerta al estudioso de la Biblia durante siglos, ha estimulado a los maestros
y predicadores, y hace que el mensaje se repita y a la vez se renueve, que la narrativa se haga
nueva y se entrecruce con los cientos y miles de historias que vienen en las mentes de los
lectores.
Néstor O. Míguez es Doctor en Teología y Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina.
Coordinador del Departamento de Biblia y de la Secretaría de Investigaciones en el Instituto
Universitario ISEDET. Es Presidente de la Comunidad de Educación Teológica Latinoamericana
y Caribeña (CETELA). Su correo electrónico es:
[email protected]