Valis
Valis
Philip K. Dick
VALIS (acrónimo de Vast Active Living Inteligence System 1, de un filme americano): Una
perturbación en el campo de realidad en el cual se forma un espontáneo vórtice negentrópico
capaz de monitorizarse a sí mismo, tendiente progresivamente a subsumir e incorporar su
ambiente en ordenamientos de información. Caracterizado por quasi-consciencia, propósito,
inteligencia, crecimiento y coherencia armilar.
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En español: Vasto Sistema Activo de Inteligencia Viviente.
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El colapso nervioso de Horselover Fat comenzó el día en que recibió la llamada de Gloria
preguntándole si tenía algunas Nembutals. Él le preguntó por qué las quería y ella dijo que
su intención era suicidarse. Ella estaba llamando a todos los que conocía. Al momento tenía
cincuenta de ellas, pero necesitaba treinta o cuarenta más, para estar del lado seguro.
De inmediato Horselover Fat saltó a la conclusión de que esta era su manera de pedir
ayuda. Había sido el delirio de Fat durante años que él podía ayudarle a las personas. Su
psiquiatra una vez le dijo que para mejorarse él tendría que hacer dos cosas: dejar de consumir
(lo cual no había hecho) y dejar de intentar ayudarle a las personas (aún intentaba ayudarle a
las personas).
De hecho, él no tenía Nembutals. Él no tenía píldoras para dormir de ninguna clase. Él
nunca tomaba píldoras para dormir. Él tomaba estimulantes. Así que darle a Gloria píldoras
para dormir con las cuales matarse estaba más allá de su poder. En todo caso, él no lo hubiera
hecho aunque hubiera podido.
“Tengo diez”, dijo él. Porque si le decía la verdad ella colgaría.
“Entonces manejaré hasta tu casa” dijo Gloria en una calmada voz racional, el mismo tono
con el cual preguntó por las pastillas.
Él se percató entonces de que ella no estaba pidiendo ayuda. Ella estaba intentando morir.
Ella estaba completamente loca. Si ella estuviese sana ella se percataría de que era necesario
velar su propósito, porque de esta manera ella lo hacía culpable de complicidad. Para que él
accediera, debería quererla muerta. Ningún motivo existía para que él –o cualquiera– quisiera
eso. Gloria era gentil y civilizada, pero había consumido mucho ácido. Era obvio que el ácido,
desde la última vez que había escuchado de ella hace seis meses, había destrozado su mente.
“¿Qué has estado haciendo?” preguntó Fat.
“Estuve en el Hospital Monte Zion en San Francisco. Traté de suicidarme y mi madre hizo
que me internaran. Me dieron de alta la semana pasada”.
“¿Estás curada?” dijo él.
“Sí” dijo ella.
Ahí es cuando Fat comenzó a enloquecer. Para ese momento él no lo sabía, pero había
sido atraído hacia un inenarrable juego psicológico. No había salida. Gloria Knudson lo había
destrozado, su amiga, junto con su propio cerebro. Probablemente ella había destrozado a
otras seis o siete personas, todos amigos que la amaban, en el camino, con conversaciones
por teléfono similares. Ella había indudablemente destruido a su madre y a su padre también.
Fat escuchó en su tono racional la harpa del nihilismo, el acento del vacío. Él no estaba
lidiando con una persona; tenía una cosa por arco-reflejo al otro lado de la línea telefónica.
Lo que él no sabía entonces es que a veces es una respuesta apropiada a la realidad el
volverse loco. Escuchar a Gloria pedir racionalmente morir era inhalar el contagio. Era una
trampa de dedos china, en donde entre más duro jalás para salir, más tallada se pone la trampa.
“¿Dónde estás ahora?” él preguntó.
“Modesto. En la casa de mis padres”.
Dado que él vivía en el condado de Marin, ella estaba a varias horas de manejo de distan-
cia. Pocos incentivos lo hubieran hecho realizar tal viaje. Esta era otra muestra de locura: un
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viaje de tres horas, ida y vuelta, por diez Nembutals. ¿Por qué no solamente chocar el carro?
Gloria ni siquiera estaba cometiendo su acto irracional racionalmente. Gracias, Tim Leary,
pensó Fat. Vos y tu promoción del gozo de la consciencia expandida a través de las drogas.
Él no sabía que su propia vida estaba en juego. Esto era 1971. En 1972 él estaría al norte
en Vancouver, Columbia Británica, involucrado en intentar suicidarse, solo, pobre y asus-
tado, en una ciudad extranjera. Ahora mismo le fue dado prescindir de ese conocimiento.
Todo lo que él quería era inducir a Gloria a que llegara hasta el condado de Marin para poder
ayudarla. Una de las mayores misericordias de Dios es que él nos mantiene perpetuamente
ocluidos. En 1978, totalmente loco del dolor, Horselover Fat se rajaría su muñeca (el intento
de suicidio de Vancouver habiendo fracasado), tomaría cuarenta y nueve tabletas de digita-
lina de alta calidad, y se sentaría en un garaje cerrado con el motor de su carro corriendo –y
fallaría ahí, también. Pues bien, el cuerpo tiene poderes desconocidos para la mente. No obs-
tante, la mente de Gloria tenía total control sobre su cuerpo; ella estaba racionalmente insana.
La mayor parte de la insanidad puede identificarse por lo bizarro y lo teatral. Te ponés
una cacerola en la cabeza y una toalla alrededor de tu cintura, te pintás a vos mismo de mo-
rado y salís al aire libre. Gloria estaba tan calmada como siempre lo había estado; cortés y
civilizada. Si ella hubiera vivido en la antigua Roma o Japón, ella hubiera pasado desaperci-
bida. Sus habilidades de manejo probablemente permanecieron intactas. Ella pararía ante
cada luz roja y no excedería el límite de velocidad –en su viaje a recoger las diez Nembutals.
Yo soy Horselover Fat, y estoy escribiendo esto en la tercera persona para ganar una cuota
sumamente necesaria de objetividad. Yo no amaba a Gloria Knudsen, pero ella me gustaba.
En Berkeley, ella y su esposo habían organizado fiestas elegantes, y mi esposa y yo siempre
éramos invitados. Gloria pasaba horas preparando pequeños emparedados y servía diferentes
vinos, y se vestía de una forma encantadora, con su peinado corto de colochos color arena.
En todo caso, Horselover Fat no tenía Nembutal que darle, y una semana más tarde Gloria
se lanzó fuera de la ventana de un décimo piso del Edificio Synanon en Oakland, California,
y se despedazó a sí misma en añicos contra el pavimento a lo largo del Bulevar MacArthur,
y Horselover Fat continúo su insidioso y largo declive hacia la miseria y la enfermedad, la
suerte de caos que los astrofísicos dicen que es el destino que le aguarda a la totalidad del
universo. Fat estaba adelantado a su tiempo, adelantado al universo. Eventualmente olvidó
qué evento había iniciado su declive hacia la entropía; Dios misericordiosamente nos ocluye
del pasado así como del futuro. Por dos meses, después de enterarse del suicidio de Gloria,
lloró y miró TV y consumió más droga –su cerebro estaba yéndose, también, pero él no lo
sabía. Infinitas son las misericordias de Dios.
De hecho, Fat había perdido a su propia esposa, el año anterior, debido a la enfermedad
mental. Era como una plaga. Nadie podía discernir cuánto se debía a las drogas. Este tiempo
en América –1960 a 1970– y este lugar, el Área de la Bahía del norte de California, estaba
completamente jodida. Lamento decirte esto, pero esa es la verdad. Términos elegantes y
teorías ornamentales no pueden encubrir este hecho. Las autoridad se volvieron tan psicóticas
como aquellos a quienes perseguían. Ellos querían poner a todas las personas que no fueran
clones del establishment en encierro. Las autoridades estaban repletas de odio. Fat había mi-
rado a policías mirarlo furiosos con la ferocidad de perros. El día que trasladaron a Angela
Davis, la Marxista negra, fuera de la prisión del condado de Marin, las autoridades
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desmantelaron todo el centro cívico. Esto era para desconcertar a los radicales que pudieran
tener intención de causar problemas. Los elevadores fueron descableados; las puertas fueron
etiquetadas con información espuria; el fiscal general se escondió. Fat vio todo esto. Él había
ido al centro cívico ese día a devolver un libro a la biblioteca. En el aro electrónico a la
entrada del centro cívico, dos policías habían rasgado el libro abierto y los papeles que Fat
cargaba. Estaba perplejo. El día entero lo había dejado perplejo. En la cafetería, un policía
armado observaba a todos comer. Fat regresó a casa por taxi, asustado de su propio carro y
preguntándose si estaba loco. Lo estaba, pero también lo estaban todos los demás.
Soy, por profesión, un escritor de ciencia ficción. Yo comercio con fantasías. Mi vida es
una fantasía. No obstante, Gloria Knudson yace en una caja en Modesto, California. Hay una
foto de sus coronas fúnebres en mi álbum fotográfico. Es una foto a color así que podés ver
qué tan bonitas las coronas son. En el trasfondo un VW está parqueado. Se me puede mirar
arrastrarme dentro del VW, en medio del servicio. No soy capaz de soportar nada más.
Después del servicio fúnebre el antiguo esposo de Gloria y yo y algún lacrimoso amigo
de él –y de ella– tuvimos un almuerzo tardío en un elegante restaurante en Modesto cerca del
cementerio. La mesera nos sentó en la barra al final porque los tres de nosotros parecíamos
hippies a pesar de que vestíamos trajes y corbatas. No nos importó una mierda. No recuerdo
de qué hablamos. La noche anterior, Bob y yo –quiero decir, Bob y Horselover Fat– mane-
jaron a Oakland a ver la película Patton. Justo antes del servicio fúnebre Fat conoció a los
padres de Gloria por primera vez. Al igual que su hija fallecida, lo trataron con suma civili-
dad. Unos cuantos amigos de Gloria estaban de pie, alrededor de la cursi sala de estar estilo
rancho de California, recordando a la persona que los vinculaba entre sí. Naturalmente, la
Sra. Knudson llevaba puesto demasiado maquillaje; las mujeres siempre se ponen demasiado
maquillaje cuando alguien muere. Fat acarició al gato de la chica muerta, el Presidente Mao.
Él recordó los pocos días que Gloria había pasado con él en su viaje fútil a su casa por el
Nembutal que él no tenía. Ella recibió la revelación de su mentira con aplomo, incluso neu-
tralidad. Cuando vas a morir no te importan las cosas pequeñas.
“Me las tomé”, Fat le había dicho, mentira sobre mentira.
Decidieron manejar a la playa, la gran playa oceánica de la Península de Punta Reyes. En
el VW de Gloria, con Gloria manejando (nunca entró a su mente que ella podría, por impulso,
aniquilarlo a él, a sí misma y al carro) y, una hora más tarde, estaban sentados juntos sobre
la arena fumando droga.
Lo que Fat quería saber por encima de todo era por qué ella tenía la intención de matarse.
Gloria llevaba puesto un pantalón lavado demasiadas veces y una camiseta con el rostro
lascivo de Mick Jagger atravesándole el frente. Porque la arena se sentía agradable ella se
quitó sus zapatos. Fat notó que ella tenía las uñas de los pies pintadas de rosado y que estaban
perfectamente pedicuradas. Para sí mismo pensó, murió a cómo vivió.
“Ellos me robaron mi cuenta de banco”, dijo Gloria.
Luego de un tiempo él cayó en cuenta, a partir de su mesurada narración, lúcidamente
declarada, que ningún “ellos” existía. Gloria desdoblaba un panorama de locura total e im-
placable, lapidario en su construcción. Ella había rellenado todos los detalles con herramien-
tas tan precisas como herramientas dentales. Ningún vacío existía en su testimonio. Él no
podía encontrar ningún error, excepto –por supuesto– por la premisa, que era que todo el
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mundo la odiaba, buscaba hacerle mal y que ella no tenía ningún valor en ningún respecto.
A medida que hablaba comenzaba a desaparecer. Él la miró marcharse; era increíble. Gloria,
en su mesurada manera, se disuadió a sí misma fuera de la existencia, palabra por palabra.
Era racionalidad al servicio de –pues bien, pensó, al servicio del no-ser. Su mente se había
convertido en un gran borrador experto. Todo lo que realmente permanecía ahora era su cás-
cara; lo que es decir, su cadáver inhabitado.
Ella está muerta ahora, él se percató ese día en la playa.
Luego de que se fumaron toda su droga, caminaron lado a lado y comentaron acerca de
las algas y la altura de las olas. Las gaviotas graznaban al pasar encima, navegándose como
frisbees. Unas cuantas personas estaban sentadas o caminan aquí y allá, pero en su mayor
parte la playa estaba desierta. Señales advertían de resacas marinas. Fat, por su propia vida,
no podía descifrar porque Gloria simplemente no caminaba hacia el oleaje. Él simplemente
no podía entrar en la cabeza de ella. Todo en lo que ella podía pensar era el Nembutal que
todavía necesitaba, o que imaginaba que necesitaba.
“Mi álbum favorito de los Dead es Workingman’s Dead”, dijo Gloria en algún punto.
“Pero no creo que deban advocar consumir cocaína. Muchos niños escuchan rock”.
“Ellos no lo advocan. La canción es solo acerca de alguien consumiéndola. Y lo mató,
indirectamente; él destrozó su tren en añicos”.
“Pero por eso comencé a consumir drogas”, dijo Gloria.
“¿Por los Grateful Dead?”.
“Porque”, dijo Gloria, “todos querían que lo hiciera. Estoy cansada de hacer lo que otras
personas quieren que yo haga”.
“No te suicidés”, dijo Fat. “Mudate conmigo. Estoy todo solo. De verdad me agradás mu-
cho. Intentalo por un tiempo, al menos. Nos traemos tus cosas, mis amigos y yo. Hay mon-
tones de cosas que podemos hacer, como ir a lugares, como a la playa hoy. ¿Acaso no es
agradable aquí?”.
A eso, Gloria nada dijo.
“De verdad me haría sentir terrible”, dijo Fat. “Por el resto de mi vida, si te mataras a vos
misma”. De tal modo, como más tarde cayó en cuenta, él le presentó a ella todas las razones
equivocadas por las cuales vivir. Ella lo estaría haciendo como un favor a otros. Él no habría
podido encontrar una peor razón que ofrecer si hubiera buscado por años. Preferible pasarle
con el VW por encima. Esto es por lo que las líneas de suicidio no son atendidas por imbé-
ciles; Fat aprendió eso en Vancouver, cuando, suicida él mismo, llamó al Centro de Crisis de
Columbia Británica y recibió asesoramiento experto. No había correlación alguna entre esto
y lo que él le había dicho a Gloria en la playa ese día.
Pausando para frotar una pequeña piedra suelta con su pie, Gloria dijo, “Me gustaría pasar
la noche en tu casa esta noche”.
Al escuchar esto, Fat experimentó involuntarias visiones de sexo.
“Afuera a lo lejos”, dijo él, que era la manera en que hablaba en esos tiempos. La contra-
cultura poseía un libro completo de frases que bordeaban en no significar nada. Fat solía
encadenar un puñado de ellas juntas. Eso hizo ahora, engañado por su propia carnalidad a
imaginar que había salvado la vida de su amiga. Su juicio, que no valía mucho de todos
modos, cayó a un nuevo nadir de agudeza. La existencia de una buena persona colgaba de la
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balanza, colgaba de una balanza que Fat sujetaba, y todo en lo que él podía pensar ahora era
el prospecto de coronar. “Me apunto”, parloteaba mientras caminaban. “Fuera de vista”.
Unos cuantos días después ella estaba muerta. Ellos pasaron esa noche juntos, durmiendo
completamente vestidos; ellos no hicieron el amor; la tarde siguiente Gloria se fue, ostensi-
blemente a recoger sus cosas de la casa de sus padres en Modesto. Él nunca la vio de nuevo.
Por varios días él espero a que ella apareciera y entonces una noche el teléfono sonó y era su
exesposo Bob.
“¿En dónde estás ahora mismo?” preguntó Bob.
La pregunta lo desconcertó; él estaba en casa, donde su teléfono estaba, en la cocina. Bob
sonaba calmado. “Estoy aquí”, dijo Fat.
“Gloria se suicidó hoy”, dijo Bob.
Tengo una foto de Gloria sosteniendo al Presidente Mao en sus brazos; Gloria está arro-
dillada y sonriendo y sus ojos brillan. El Presidente Mao está intentando bajarse. A su iz-
quierda, un árbol de navidad puede ser visto. En el dorso, la Sra. Knudson ha escrito en
pulcras letras:
Nunca he sido capaz de desentrañar si la Sra. Knudson escribió eso después de la muerte
de Gloria o antes. Los Knudson me mandaron la foto un mes –le mandaron a Horselover Fat
la foto un mes– luego del funeral de Gloria. Inicialmente se lo había pedido a Bob, quien
contestó en un tono salvaje, “¿Para qué querés una foto de Gloria?”. A lo que Fat no pudo
dar respuesta. Cuando Fat me puso en marcha escribiendo esto, él me preguntó por qué yo
pensaba que Bob Langley se enojó tanto por su solicitud. No lo sé. No me importa. Quizás
Bob sabía que Gloria y Fat habían pasado una noche juntos y estaba celoso. Fat solía decir
que Bob Langley era esquizoide; él afirmaba que el mismo Bob le había dicho eso. Un es-
quizoide carece del afecto apropiado para acompañar su pensamiento; él tiene lo que llaman
“aplanamiento del afecto”. Un esquizoide no vería razón por la cual no contarte eso acerca
de sí mismo. Por otro lado, Bob se hincó después del servicio junto a la tumba y puso una
rosa en el ataúd de Gloria. Eso fue cerca de cuando Fat había salido arrastrándose a gatas
hacia el VW. ¿Cuál reacción es más apropiada? Fat sollozando en el carro parqueado por sí
mismo, o el exesposo hincado con una rosa, diciendo nada, mostrando nada, pero haciendo
algo… Fat nada contribuyó al funeral excepto quizás un arreglo de flores que él había com-
prado tardíamente en el viaje hacia Modesto. Él se las había dado a la Sra. Knudson, quien
comentó que eran adorables. Bob las había elegido.
Después del funeral, en el restaurante elegante donde la mesera los había movido a los
tres de ellos fuera de vista, Fat le preguntó a Bob qué había estado haciendo Gloria en Syna-
non, dado que se suponía que ella estaría reuniendo sus posesiones y manejando de regreso
al condado de Marin a vivir con él –él había pensado.
“Carmina la convenció de que fuera a Synanon”, dijo Bob. Esa era la Sra. Knudson. “De-
bido a su historia de involucramiento con drogas”.
Timothy, el amigo que Fat no conocía, dijo, “Ellos sin duda no la ayudaron mucho”.
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Lo que había pasado era que Gloria entró por la puerta principal de Synanon y la habían
liado de inmediato. Alguien, a propósito, había pasado a su lado mientras ella esperaba sen-
tada a ser entrevistada y había hecho hincapié en lo fea que ella era. La siguiente persona que
desfiló a su lado le informó que su cabello lucía como algo en lo que una rata dormía. Gloria
siempre había sido sensible acerca de su cabello colocho. Ella deseaba que fuera largo como
todos los otros cabellos en el mundo. Lo que el tercer miembro de Synanon hubiera dicho
era irrelevante, porque para entonces Gloria había subido las escaleras hasta el décimo piso.
“¿Así es cómo Synanon funciona?” preguntó Fat.
Bob dijo, “Es una técnica para quebrar la personalidad. Es una terapia fascista que hace a
la persona totalmente dirigida al exterior y dependiente del grupo. Entonces ellos pueden
construir una nueva personalidad que no sea orientada a las drogas”.
“¿Acaso no se percataron que ella estaba suicida?” preguntó Timothy.
“Por supuesto”, dijo Bob. “Ella los llamó y habló con ellos; ellos sabían su nombre y
porqué ella estaba ahí”.
“¿Hablaste con ellos después de su muerte?” preguntó Fat.
Bob dijo, “Los llamé y les pedí hablar con alguien arriba en la cadena de mando y le dije
que ellos habían matado a mi esposa, y el hombre dijo que ellos querían que yo viniera allí y
les enseñara cómo manejar personas suicidas. Él estaba súper molesto. Sentí pena por él”.
Ante eso, escuchando eso, Fat decidió que el propio Bob no estaba bien de la cabeza. Bob
sentía pena por Synanon. Bob estaba jodido por completo. Todos estaban jodidos por com-
pleto, incluida Carmina Knudson. No había una persona sana restante en el norte de Califor-
nia. Era tiempo de moverse a otro lugar. Él se sentó comiendo su ensalada y preguntándose
a dónde podría ir. Fuera del país. Escapar a Canadá, como los detractores del reclutamiento.
Él personalmente conocía a diez tipos que se habían escabullido en Canadá en lugar de pelear
en Vietnam. Probablemente en Vancouver se toparía con media docena de personas que co-
nocía. Vancouver se suponía que era una de las ciudades más bellas del mundo. Como San
Francisco, era un puerto principal. Podía comenzar su vida de nuevo y olvidarse del pasado.
Entró a su cabeza mientras él estaba sentado jugueteando con su ensalada que cuando Bob
lo había llamado él no había dicho, “Gloria se suicidó” sino en cambio “Gloria se suicidó
hoy”, como si hubiera sido inevitable que ella lo haría uno u otro día. Tal vez esto lo había
terminado de hacer, esta suposición. Gloria había sido cronometrada, como si estuviera ha-
ciendo un examen de matemática. ¿Quién era realmente el insano? ¿Gloria o sí mismo (pro-
bablemente sí mismo) o su exesposo o todos ellos, el Área de la Bahía, no insanos en el
sentido laxo del término sino en el sentido estrictamente técnico? Dígase que uno de los
primeros síntomas de psicosis es que la persona siente que quizás se está volviendo psicótica.
Es otra trampa de dedo china. No podés pensar acerca de ello sin convertirte en parte de ello.
Pensando sobre la locura, Horselover Fat se deslizaba por grados hacia la locura.
Desearía haber podido ayudarlo.
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A pesar de que no había nada que yo pudiera hacer para ayudar a Horselover Fat, él consiguió
escaparle a la muerte. La primera cosa que llegó para salvarlo tomó la forma de una chica de
secundaria de dieciocho años que vivía en su misma calle y la segunda fue Dios. De los dos
de ellos la chica lo hizo mejor.
No estoy seguro de que Dios haya hecho cualquier cosa en absoluto por él; de hecho, en
algunos respectos Dios lo hizo enfermar más. Este era un tema sobre el cual Fat y yo no nos
podíamos poner de acuerdo. Fat tenía la certeza de que Dios lo había sanado completamente.
Eso no es posible. Hay una línea en el I Ching que lee, “Siempre enfermo pero nunca muere”.
Eso encaja con mi amigo.
Stephanie entró a la vida de Fat como su dealer. Luego de la muerte de Gloría consumió
tanta droga que tuvo que comprar de todas las fuentes disponibles para él. Comprarle drogas
a chicos de secundaria no es una movida inteligente. No tiene nada que ver con la droga en
sí misma sino con la ley y la moralidad. Una vez que comenzás a comprarle droga a los chicos
sos un hombre marcado. Estoy seguro de que es obvio porqué. Pero la cosa que yo sabía –
que las autoridad no– es esta: Horselover Fat no estaba realmente interesado en la droga que
Stephanie tenía a la venta. Ella vendía hachís y yerba pero nunca estimulantes. Ella no apro-
baba los estimulantes. Stephanie nunca vendía nada que ella no aprobara. Ella nunca vendía
psicodélicos sin importar la presión a la que la sometieran. De vez en cuando vendía cocaína.
Nadie podía averiguar del todo su razonamiento, pero era una forma de razonamiento. En el
sentido normal, Stephanie no pensaba del todo. Pero ella sí llegaba a conclusiones, y una vez
que llegaba a ellas nadie podía hacerla cambiar de opinión. A Fat le gustaba ella.
Allí yacía el meollo del asunto; a él le gustaba ella y no la droga pero, para mantener una
relación con ella, él tenía que ser un comprador, lo que significaba que tenía que consumir
hachís. Para Stephanie, el hachís era el inicio y el final de la vida –de la vida digna de ser
vivida, de cualquier manera.
Si Dios llegó como un pobre segundón, al menos él no estaba haciendo nada ilegal, como
Stephanie sí lo hacía. Fat estaba convencido de que Stephanie terminaría en prisión; él espe-
raba que fuera arrestada cualquier día. Todos los amigos de Fat esperaban que fuera arrestado
cualquier día. Nos preocupábamos por eso y por su lento declive hacia la depresión, la psi-
cosis y el aislamiento. Fat se preocupaba por Stephanie. Stephanie se preocupaba por el pre-
cio del hachís. Más aún, ella se preocupaba por el precio de la cocaína. Solíamos imaginarla
repentinamente sentándose como un perno en posición vertical en media de noche y excla-
mando, “¡La coca ha subido a cien dólares el gramo!”. Ella se preocupaba por el precio de la
droga de la manera en que mujeres normales se preocupan por el precio del café.
Solíamos discutir que Stephanie no podría haber existido antes de los sesentas. La droga
la había traído al ser, la había convocado desde el propio suelo. Ella era un coeficiente de la
droga, parte de una ecuación. Y sin embargo fue por medio de ella que Fat se hizo camino
eventualmente hasta Dios. No por medio de su droga; no tenía nada que ver con droga. No
hay puerta hasta Dios mediante la droga; esa es una mentira esparcida por los inescrupulosos.
El medio por el cual Stephanie condujo a Horselover Fat hasta Dios fue por medio de una
pequeña cacerola de arcilla que ella torneó en su torno de alfarería, un torno de alfarería que
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Fat había ayudado a pagar, como un regalo al cumplir sus dieciocho años. Cuando escapó a
Canada se llevó la cacerola consigo, envuelta en shorts, calcetines y camisas, en su única
maleta.
Se veía como una cacerola ordinaria: achaparrada y café claro, con una pequeña cantidad
de glaseado azul como moldura. Esta cacerola fue de las primeras que ella torneó, al menos
fuera de su clase de cerámica en la secundaria. Naturalmente, una de sus primeras cacerolas
iría para Fat. Ella y él tenían una relación cercana. Cuando él se ponía molesto, Stephanie lo
tranquilizaría sobrecargándolo con su pipa de hachís. La cacerola era inusual en un respecto,
no obstante. En ella dormitaba Dios. Él había dormitado en la cacerola por un largo tiempo,
por casi demasiado tiempo. Hay una teoría entre ciertas religiones según la cual Dios inter-
viene en la onceava hora. Tal vez eso es así; yo no podría decir. En el caso de Horselover
Fat, Dios esperó hasta tres minutos antes de las doce, e incluso entonces lo que hizo fue
apenas suficiente: apenas suficiente y virtualmente muy tarde. No podés responsabilizar a
Stephanie por eso; ella torneó la cacerola, la glaseó y la cocinó tan pronto tuvo el torno de
alfarería. Ella hizo lo mejor que pudo para ayudar a su amigo Fat, quien, como Gloria antes
que él, estaba comenzando a morir. Ella ayudó a su amigo de la forma en que Fat había
intentado ayudar a su amiga, solo que Stephanie hizo un mejor trabajo. Pero esa era la dife-
rencia entre ella y Fat. En una crisis ella sabía qué hacer. Fat no. Por lo tanto Fat está vivo
hoy y Gloria no. Fat tuvo una mejor amiga que el amigo que Gloria había tenido. Quizás lo
habría deseado a la inversa pero la opción no era suya. Nosotros no servimos a la gente para
nosotros mismos; el universo lo hace. El universo toma ciertas decisiones y sobre la base de
esas decisiones algunas personas viven y algunas personas mueren. Esta es una brusca ley.
Pero toda criatura cede ante ella por necesidad. Fat obtuvo a Dios, y Gloria Knudson obtuvo
muerte. Es injusto y Fat sería la primera persona en reconocerlo. Denle crédito por eso.
Luego de que encontró a Dios, Fat desarrollo un amor por él que no era normal. No es lo
que usualmente se refiere al decir que alguien “ama a Dios”. Con Fat era un hambre real. Y
lo que es todavía más extrañó, él nos explicó que Dios lo había herido y aun así él lo anhelaba,
como un borracho anhela alcohol. Dios, él nos dijo, había disparado un rayo de luz rosada
directamente hacia él, hacia su cabeza, sus ojos; Fat había sido cegado temporariamente y le
había dolido su cabeza por días. Era sencillo, decía él, describir el rayo de luz rosada; es
exactamente lo que obtenés como una imagen-posterior de fosfeno cuando una bombilla de
flash se ha apagado frente a tu cara. Fat estaba espiritualmente atormentado por ese color. A
veces aparecía en la pantalla de una TV. Él vivía por esa luz, ese único color particular.
No obstante, él nunca logró realmente encontrarlo de nuevo. Nada podía generar ese color
de luz salvo Dios. En otras palabras, la luz normal no contenía ese color. Una vez Fat estudió
una carta de colores, una carta del espectro visible. El color estaba ausente. Él había visto un
color que nadie podía ver; yacía fuera del final.
¿Qué viene después de la luz en términos de frecuencia? ¿Calor? ¿Ondas de radio? Debe-
ría saberlo pero no lo sé. Fat me dijo (no sé qué tan verdadero sea esto) que en el espectro
solar lo que él vio estaba por encima de setecientos milimicrones; en términos de las Líneas
de Fraunhofer, pasando B en dirección a la A. Opina de eso lo que desees. Yo lo considero
un síntoma del colapso de Fat. Personas que sufren colapsos nerviosos a menudo hacen
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mucha investigación, para encontrar explicaciones a lo que están padeciendo. La investiga-
ción, por supuesto, fracasa.
Fracasa en cuanto a nosotros nos concierne, pero el triste hecho es que en ocasiones le
provee una espuria racionalización a la mente en desintegración –como el “ellos” de Gloria.
Busqué las Líneas de Fraunhofer una vez, y no hay una “A”. La indicación por letra más
próxima que encontré es la B. Va de la G a la B, de ultravioleta a infrarrojo. Eso es todo. No
hay más que eso. Lo que Fat vio, o pensó que vio, no era luz.
Luego de que regresó de Canadá –luego de obtener a Dios– Fat y yo pasamos mucho
tiempo juntos, y en el curso de nuestras salidas nocturnas, un evento regular con nosotros,
callejeando en busca de acción, viendo que estaba sucediendo, nosotros una vez estábamos
en el proceso de parquear mi carro cuando de pronto una mancha de luz rosada apareció en
mi brazo izquierdo. Supe lo que era, a pesar de que nunca había visto tal cosa antes; alguien
nos había apuntado con un rayo láser.
“Eso es un láser”, le dije a Fat, quien lo había visto, también, ya que la mancha se estaba
moviendo por todas partes, en los postes de teléfono y en la pared de cemento del garaje.
Dos adolescentes estaban de pie al extremo opuesto de la calle sujetando un objeto cua-
drado en medio de ellos.
“Construyeron la maldita cosa”, dije.
Los chicos caminaron acercándose a nosotros, sonrientes. Ellos lo habían construido, nos
dijeron, con un kit. Les dijimos qué tan impresionados estábamos, y se marcharon para asus-
tar a alguien más.
“¿Ese color rosado?” le pregunté a Fat.
No dijo nada. Pero tuve la impresión de que no estaba siendo honesto conmigo. Tuve el
sentimiento de que yo había visto su color. Por qué él no lo diría, si tal había sido, no lo sé.
Tal vez la noción estropeaba una teoría más elegante. Los mentalmente perturbados no em-
plean el Principio de Parsimonia Científica: la teoría más simple para explicar un set de he-
chos dado. Ellos apuntan a lo barroco.
El punto cardinal que Fat postulaba para nosotros en relación con su experiencia con el
rayo rosado que lo había herido y cegado era este: él afirmaba que instantáneamente –tan
pronto como el rayo lo impactó– él sabía cosas que nunca había sabido. Él sabía, específica-
mente, que su hijo de cinco años tenía un defecto de nacimiento no diagnosticado y él sabía
en qué consistía el defecto de nacimiento, hasta los detalles anatómicos. Hasta, incluso, las
especificidades médicas por relatarle al doctor.
Yo quería ver cómo se lo decía al doctor. Cómo él explicaba conocer los detalles médicos.
Su cerebro había atrapado toda la información con la que el rayo de luz rosada lo había en-
clavado, pero cómo él daría cuenta de ello?
Fat luego desarrolló la teoría de que el universo está hecho de información. Empezó a
llevar un diario –lo había hecho, en efecto, secretamente durante algún tiempo: el acto furtivo
de una persona desquiciada. Su encuentro con Dios estaba todo allí en las páginas, en su –la
de Fat, no de Dios– caligrafía.
El término “diario” es mío, no de Fat. Su término era “exégesis”, un término teológico
cuyo significado refiere a un escrito que explica o interpreta una porción de las Sagradas
Escrituras. Fat creía que la información que le fue disparada y progresivamente atiborrada en
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su cabeza, en ondas sucesivas, tenía un origen divino y por tanto debía considerarse como
una forma de escritura, incluso si solamente aplicaba para la hernia inguinal derecha no diag-
nosticada de su hijo que había explotado el hidrocele y se había ido a la bolsa escrotal. Estas
eran las noticias que Fat tenía para el doctor. Las noticias resultaron ser correctas, tal cual
fue confirmado cuando la exesposa de Fat llevó a Christopher para que fuera examinado. La
cirugía fue agendada para el día siguiente, lo que es decir cuanto antes posible. El cirujano
alegremente le informó a Fat y a su exesposa que la vida de Christopher había estado en
peligro durante años. Él pudo haber muerto durante la noche por una pedazo estrangulado de
su propia tripa. Era afortunado, el cirujano dijo, que ellos lo hubieran descubierto. Así de
nuevo el “ellos” de Gloria, excepto que en esta instancia el “ellos” efectivamente existía.
La cirugía fue todo un éxito, y Christopher dejó de ser un niño quejumbroso. Había so-
portado dolor desde su nacimiento. Después de eso, Fat y su exesposa llevaron a su hijo a
otro médico de cabecera, uno que sí tuviera ojos.
Uno de los párrafos en el diario de Fat me impresionó lo suficiente para copiarlo e incluirlo
aquí. No versa acerca de hernias inguinales derecha sino que es de naturaleza más general,
expresando la creciente opinión de Fat de que el universo es información. Él había comen-
zado a creer esto porque para él el universo –su universo– en efecto estaba rápidamente con-
virtiéndose en información. Una vez que Dios comenzó a hablarle nunca pareció detenerse.
No creo que ellos reporten eso en la Biblia.
Entrada de diario 37. Pensamientos del Cerebro son experimentados por nosotros
como ordenamientos y reordenamientos –cambio– en un universo físico; pero, de hecho,
es realmente información y procesamiento de información lo que sustancializamos. No-
sotros no vemos meramente sus pensamientos como objetos, sino como el movimiento,
o, más precisamente, la colocación de objetos: cómo ellos se vinculan entre sí. Pero no
podemos leer los patrones de ordenamiento; no podemos extraer la información en ello
–i.e., ello como información, que es lo que ello es. La vinculación y re-vinculación de
objetos por el Cerebro es en realidad un lenguaje, pero no un lenguaje como el nuestro
(dado que este se aborda a sí mismo y no a algo o a alguien por fuera de sí mismo).
Fat siguió trabajando este tema particular una y otra vez, tanto en su diario como en su
discurso oral a sus amigos. Él se sentía seguro de que el universo había comenzado a hablarle.
Otra entrada en su diario lee:
36. Deberíamos ser capaces de escuchar esta información, o más bien narrativa,
como una voz neutral dentro de nosotros. Pero algo ha salido mal. Toda la creación es
un lenguaje y nada más que un lenguaje, el cual, por alguna razón inexplicable, no po-
demos leer afuera y no podemos escuchar por dentro. Así que digo, nos hemos vuelto
idiotas. Algo le ha sucedido a nuestra inteligencia. Mi razonamiento es este: el ordena-
miento de partes del Cerebro es un lenguaje. Somos partes del Cerebro; por lo tanto
somos lenguaje. ¿Por qué, entonces, no sabemos esto? Nosotros ni siquiera sabemos qué
somos, mucho menos lo que la realidad exterior es, de la cual somos partes. El origen
de la palabra “idiota” es la palabra “privado”. Cada uno de nosotros se ha vuelto pri-
vado, y ya no comparte el pensamiento común del Cerebro, excepto a un nivel sublimi-
nal. Así nuestra vida real y propósito se conducen por debajo de nuestro umbral de
consciencia.
11
A lo cual yo, personalmente, me veo tentado a decir, Hablá por vos mismo, Fat.
Durante un largo periodo de tiempo (o “Desiertos de vasta Eternidad”, a cómo él lo pon-
dría) Fat desarrolló muchas teorías inusuales para dar cuenta de su contacto con Dios, y la
información de ahí derivada. Una en particular me pareció interesante, siendo diferente de
las demás. Ella equivalía a una suerte de capitulación mental por parte de Fat respecto a lo
que él estaba atravesando. Esta teoría sostenía que en realidad él no estaba experimentando
nada en absoluto. Sitios de su cerebro estaban siendo estimulados selectivamente por com-
pactos rayos de energía emanando desde muy lejos, quizás a millones de millas de distancia.
Esta selectiva estimulación de sitios-cerebrales generaban en su cabeza la impresión –para
él– de que él, de hecho, estaba viendo y escuchando palabras, imágenes, figuras de personas,
páginas impresas, en corto, Dios y el Mensaje de Dios, o, como a Fat le gustaba llamarle, el
Logos. Pero (esta teoría particular sostenía) él en realidad solamente imaginaba que experi-
mentaba tales cosas. Se asemejaban a hologramas. Lo que me impactó fue la extrañeza de un
lunático descontando sus alucinaciones de manera tan sofisticada; Fat se había librado inte-
lectualmente del juego de la locura mientras aún seguía disfrutando sus vistas y sonidos. En
efecto, él ya no afirmaba que lo que había experimentado estaba en realidad allí. ¿Indicaba
esto que había comenzado a mejorarse? Difícilmente. Ahora él mantenía la postura de que
“ellos” o Dios o alguien era dueño de un rayo de energía rico en información sumamente
comprimida de larga distancia enfocado en la cabeza de Fat. Respecto a esto yo no veía me-
joría, pero sí representaba un cambio. Fat ahora podía descontar honestamente sus alucina-
ciones, lo cual significaba que las reconocía como tales. Pero, igual que Gloria, él ahora tenía
un “ellos”. Eso me parecía a mí una victoria pírrica. La vida de Fat me parecía como una
letanía de exactamente eso, como, por ejemplo, la manera en qué él había rescatado a Gloria.
La exégesis en la que Fat laboraba mes tras mes me parecía a mí una victoria pírrica si
alguna vez ha habido una –en este caso un intento por parte de una mente atribulada para
darle sentido a lo inescrutable. Quizás este sea el corolario de la enfermedad mental: eventos
incomprensibles acontecen; tu vida se convierte en un basurero para aparentes fluctuaciones
engañosas de lo que solía ser la realidad. Y no solamente eso –como si no fuera suficiente–
sino que vos, al igual que Fat, ponderás por siempre estas fluctuaciones en un esfuerzo por
ordenarlas en una coherencia, cuando de hecho el único sentido que ellas tienen es el sentido
que vos les imponés a ellas, a partir de la necesidad de restaurarlo todo en formas y procesos
que podás reconocer. La primera cosa por marcharse en la enfermedad mental es lo familiar.
Y lo que toma su lugar son malas noticias porque no solo no podés comprenderlo, tampoco
podés comunicárselo a otras personas. El loco experimenta algo, pero qué sea o de dónde
provenga él no lo sabe.
En medio de su fracturado panorama, cuyo origen uno puede rastrear hasta llegar a la
muerte de Gloria Knudson, Fat imaginaba que Dios lo había curado. Una vez que notás vic-
torias pírricas ellas parecen abundar.
Me recuerda a una chica que una vez conocí que estaba muriendo de cáncer. La visité en
el hospital y no la reconocí; sentada erguida en su cama ella parecía un pequeño hombre sin
cabello. Por la quimioterapia ella se había hinchado como una gran uva. Por el cáncer y la
terapia había quedado virtualmente ciega, casi sorda, padecía convulsiones constantes, y
cuando me incliné cerca de ella para preguntarle cómo se sentía, cuando ella pudo entender
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mi pregunta, “Siento que Dios me está curando”. Ella había sido una persona inclinada reli-
giosamente y había planeado ingresar a una orden religiosa. En el estante metálico a la par
de su cama ella había, o alguien había, dispuesto su rosario. En mi opinión un letrero en que
se leyera ME CAGO EN DIOS hubiera sido apropiado; el rosario no lo era.
Sin embargo, en toda justicia, debo admitir que Dios –o alguien llamándose a sí mismo
Dios, una distinción de mera semántica– había disparado preciosa información a la cabeza
de Horselover Fat por cuyo medio la vida de su hijo Christopher había sido salvada. A algu-
nas personas Dios cura y a algunas liquida. Fat niega que Dios liquide a nadie. Fat dice, Dios
nunca daña a nadie. La enfermedad, el dolor y el sufrimiento gratuito surgen no de Dios sino
de otro sitio, a lo que yo digo, ¿Cómo este otro sitio surgió? ¿Hay acaso dos dioses? ¿O es
que parte del universo está por fuera del control de Dios? Fat solía citar a Platón. En la cos-
mología de Platón, el noös o Mente persuade a ananke o ciega necesidad –o ciego azar, según
algunos expertos– hasta la sumisión. El noös apareció por allí y para su sorpresa descubrió
el ciego azar: caos, en otras palabras, sobre el cual el noös impone orden (aunque cómo este
“persuadir” se lleva a cabo Platón en ningún lugar lo dice). Según Fat, el cáncer de mi amiga
consistía en un desorden que aún no había sido persuadido hasta su forma sensible. El noös
o Dios aún no habían llegado hasta ella, a lo que yo digo, “Pues bien, cuando llegaron hasta
ella era demasiado tarde”. Fat no tenía respuesta para eso, al menos en términos de refutación
oral. Probablemente se escabulló y escribió acerca de eso en su diario. Él se quedaba hasta
las cuatro a.m. cada noche rayando en su diario. Supongo que todos los secretos del universo
yacen allí en algún lugar en medio de los escombros.
Disfrutábamos tendiéndole carnadas a Fat para entrar en disputa teológica porque siempre
se enojaba, tomando el punto de vista de que lo que decíamos sobre el tema importaba –que
el tema en sí mismo importaba. Para este momento él se hallaba totalmente desquiciado.
Disfrutábamos introduciendo la discusión por vía de algún comentario descuidado: “Bueno,
Dios me hizo una multa hoy en la autopista”. Picando el anzuelo, Fat saltaría a la acción.
Pasábamos el rato agradablemente de este modo, torturando a Fat de una manera benigna.
Luego de marcharnos de su casa teníamos la satisfacción adicional de saber que él estaba
escribiéndolo todo en su diario. Por supuesto, en su diario su postura siempre prevalecía.
No existía necesidad de tenderle carnadas a Fat con preguntas pueriles, tales como, “Si
Dios puede hacerlo todo, ¿puede crear una zanja tan ancha que no pueda saltarla?”. Teníamos
abundantes preguntas reales que Fat no podía desentrañar. Nuestro amigo Kevin siempre
comenzaba su ataque de una manera. “¿Y qué hay de mi gato muerto?” Kevin preguntaría.
Hace varios años, Kevin había salido a pasear a su gato temprano en la tarde. Kevin, el tonto,
no había puesto al gato en correa, y el gato había salido corriendo hasta la calle y directo
hacia las llantas delanteras de un carro que pasaba. Cuando él rejuntó los restos del gato
todavía estaba vivo, aspirando espuma sangrienta y mirándolo fijamente con horror. A Kevin
le gustaba decir, “En el día del juicio seré llevado ante el gran juez y le voy a decir, ‘Esperate
un segundo’, y entonces voy a sacar de un tirón a mi gato muerto desde el interior de mi
abrigo. ‘¿Cómo explicás esto?’. Le voy a preguntar”. Para entonces, Kevin solía decir, el gato
estaría tan tieso como un sartén; él sostendría al gato por su manija, su cola, y esperaría por
una respuesta satisfactoria. Fat dijo, “Ninguna respuesta te satisfaría”.
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“Ninguna respuesta que pudieras dar”, se burló Kevin. “Okey, así que Dios salvó la vida
de tu hijo; ¿por qué él no hizo que mi gato corriera hacia la calle cinco segundos más tarde?
¿Tres segundos más tarde? ¿Acaso eso habría sido demasiado problema? Por supuesto, su-
pongo que un gato no importa”.
“Sabés, Kevin”, le señalé en una ocasión, “pudiste haberle puesto al gato la correa”.
“No”, dijo Fat, “Él tiene un punto. Me ha estado molestando. Para él el gato es un símbolo
de todo aquello sobre el universo que él no entiende”.
“Lo entiendo bien”, dijo Kevin amargamente. “Solo pienso que está jodido. Dios es o bien
impotente, estúpido o no le importa un carajo. O todas las tres. Él es malvado, tonto y débil.
Creo que comenzaré mi propia exégesis”.
“Pero Dios no te habla”, le dije.
“¿Sabés quién le habla a Horse?” dijo Kevin. “¿Quién realmente le habla a Horse en mitad
de la noche? Gente del planeta Estúpido. Horse, ¿cómo es que se llama la sabiduría de Dios
de nuevo? ¿Santa qué?”.
“Hagia Sophia”, dijo Horse cautelosamente.
Kevin dijo, “¿Cómo decís Hagia Estúpida? ¿Sta. Estúpida?”.
“Hagia Moron”, dijo Horse. Siempre se defendía a sí mismo cediendo. “Moron es una
palabra griega al igual que Hagia. Topé con eso cuando estaba buscando cómo se escribe
oxímoron”.
“Excepto que el sufijo -on es la terminación neutra”, dije yo.
Esto te da una idea de a dónde tendían a terminar nuestros argumentos teológicos. Tres
personas malinformadas discrepando entre sí. También teníamos a David, nuestro amigo ca-
tólico romano, y la chica que había estado muriendo de cáncer, Sherri. Ella había entrado en
remisión y el hospital la había dado de alta. En algún grado su escucha y visión estaban
permanentemente dañados, pero por lo demás ella parecía encontrarse bien.
Fat, por supuesto, usó esto como un argumento a favor de Dios y del amor curativo de
Dios, como también lo hizo David y por supuesto la misma Sherri. Kevin veía su remisión
como un milagro de la radioterapia y la quimioterapia y la suerte. Además, nos confío en
secreto, la remisión era temporal. En cualquier momento, Sherri podría enfermar de nuevo.
Kevin insinuaba oscuramente que la próxima vez que ella enfermara no habría una remisión.
A veces pensábamos que él esperaba que así fuera, ya que confirmaría su visión del universo.
Era un pilar de la bolsa de trucos verbales de Kevin que el universo se componía de miseria
y hostilidad y que al final terminaba atrapándote. Él miraba al universo del modo que las
personas contemplan una cuenta sin pagar; eventualmente ellos forzarán el pago. El universo
aflojaba tu sedal, te dejaba coletear y agitarte y luego enrollaba tu sedal. Kevin esperaba
constantemente a que esto comenzara consigo mismo, conmigo, con David y especialmente
con Sherri. En cuanto a Horselover Fat, Kevin creía que el sedal no había sido aflojado en
años; Fat hace mucho que se encontraba en la parte del ciclo en donde te enrollan de regreso.
Él consideraba a Fat no solo potencialmente condenado sino condenado de hecho.
Fat tenía el buen juicio de no discutir acerca de Gloria Knudson y su muerte al frente de
Kevin. Si hubiera hecho eso, Kevin la sumaría a su gato muerto. Estaría hablando de sacarla
de un tirón por debajo de su abrigo en el día del juicio, junto con su gato.
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Siendo un católico, David siempre rastreaba erróneamente el origen de todo al libre albe-
drío. Esto solía molestarme incluso a mí. Una vez le pregunté que si Sherri contrajera cáncer
era una instancia de libre albedrío, sabiendo tal cual yo sabía que David se mantenía al co-
rriente de las últimas noticias en el campo de la psicología y que cometería el error de afirmar
que Sherri había deseado subconscientemente contraer cáncer y que así había apagado su
sistema inmune, una postura que flotaba en círculos psicológicos avanzados por aquel
tiempo. Efectivamente, David cayó en la trampa y lo dijo.
“¿Entonces por qué ella se mejoró?” pregunté. “¿Acaso ella subconscientemente deseaba
mejorarse?”.
David parecía perplejo. Si él relegaba la enfermedad de ella a su propia mente él estaba
en el atasco de tener que relegar su remisión a causas mundanas y no sobrenaturales. Dios no
tenía nada que ver con ello.
“Lo que C. S. Lewis diría”, comenzó David, que de inmediato enojó a Fat, quien estaba
presente. Lo enojaba cuando David recurría a C. S. Lewis para reafirmar su ortodoxia directa-
hacia-el-desagüe.
“Quizás Sherri anuló a Dios”, dije yo. “Dios la quería enferma y ella luchó para mejo-
rarse”. El quid del inminente argumento de David sería por supuesto que Sherri neurótica-
mente había contraído cáncer debido a que estaba jodida, pero Dios había intervenido y la
había salvado; yo había invertido el argumento en anticipación.
“No”, dijo Fat. “Es al revés. Como cuando él me curó a mí”.
Afortunadamente, Kevin no estaba presente. Él no consideraba que Fat estuviera curado
(ni tampoco nadie más) y en todo caso Dios no lo había hecho. Esa es una lógica que Freud
ataca, por cierto, la estructura de auto cancelación de doble proposición. Freud consideraba
esta estructura una revelación de racionalización. Alguien es acusado de robar un caballo, a
lo cual él responde, “Yo no robo caballos y de todos modos tenés un caballo cutre”. Si pon-
derás el razonamiento en esto podés ver el verdadero proceso de pensamiento que hay detrás.
La segunda declaración no refuerza la primera. Solo aparenta que lo hace. En los términos
de nuestras perpetuas disputas teológicas –traídas a colación por el supuesto encuentro de Fat
con lo divino– la estructura de auto cancelación de doble proposición aparecería así:
1) Dios no existe
2) Y de todos modos es idiota.
Un estudio cuidadoso de los desvaríos cínicos de Kevin revela esta estructura a cada paso.
David continuamente citaba a C. S. Lewis; Kevin se contradecía a sí mismo lógicamente en
su afán por difamar a Dios; Fat hacía referencias oscuras a la información disparada en su
cabeza por un rayo de luz rosada; Sherri, quien había sufrido terriblemente, resollaba piado-
sas pantomimas; yo alternaba mi posición dependiendo de con quien estuviera hablando en
el momento. Ninguno de nosotros tenía control sobre la situación, pero sí teníamos mucho
tiempo que desperdiciar de esta manera. Para entonces la época de consumo de drogas había
terminado, y todos habían comenzado a salir en busca de una nueva obsesión. Para nosotros
la nueva obsesión, gracias a Fat, era la teología.
Una de las favoritas citadas antiguas de Fat dice así:
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“And can I Think the great Jehovah sleeps,
Like Shemosh, and such fabled deities?
Ah! no; heav’n heard my thoughts, and wrote them down –
It must be so”.
A lo que Fat dijo, “Lo opuesto es cierto en mi caso. Soy iluminado por una luz sagrada
disparada hacia mi desde otro mundo. Veo lo que ningún otro hombre ve”.
Él tenía un punto ahí.
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3
Una pregunta con la que tuvimos que aprender a lidiar durante la década de la droga era,
¿Cómo le das la noticia a alguien de que su cerebro está frito? Este asunto ahora se había
traspasado al mundo teológico de Horselover Fat como un problema al que nosotros –sus
amigos– debíamos responder.
Hubiera sido sencillo atar los dos cabos juntos en el caso de Fat: la droga que había con-
sumido durante los sesentas había encurtido su cabeza en los setentas. Si yo pudiera acomo-
darlo de modo tal que yo pudiera pensar eso lo hubiera hecho; me gustan las soluciones que
responden a una variedad de problemas simultáneamente. Pero de verdad no podía pensar
así. Fat no había consumido psicodélicos, al menos no en alguna verdadera medida. Una vez,
en 1964, cuando el Sandoz LSD-25 todavía podía conseguirse –especialmente en Berkley–
Fat había tomado una dosis gigante y había sido descargado psíquicamente de vuelta en el
tiempo o había sido disparado hacia delante en el tiempo o hacia arriba, por fuera del tiempo;
de todos modos él había hablado en latín y creía que el Dies Irae, el Día de la Ira, había
llegado. Él podía escuchar a Dios golpeteando tremendamente, en furia. Por ocho horas Fat
había rezado y lloriqueado en latín. Más tarde él afirmó que durante su viaje solo podía pensar
en latín y hablar en latín; había encontrado un libro con una citación latina en él, y la podía
leer tan fácilmente como él normalmente lee inglés. Bueno, quizás la etiología de su posterior
locura-por-Dios yacía allí. A su cerebro, en 1964, le gustó el viaje de ácido y lo grabó, para
futuras reproducciones.
Por el otro lado, esta línea de razonamiento meramente relega la pregunta de vuelta en el
tiempo hasta 1964. Hasta donde puedo determinar, la habilidad de leer, pensar y hablar en
latín no es normal para un viaje de ácido. Fat no sabe latín. Él no lo puede hablar ahora. Él
no podía hablarlo antes de mandarse el hit gigante de Sandoz LSD-25. Luego, cuando sus
experiencias religiosas comenzaron, él se encontró a sí mismo pensando en una lengua ex-
tranjera que él no comprendía (él había comprendido su propio latín en el 64). Fonéticamente,
él había escrito algunas de las palabras, recordadas al azar. Para él ellas no constituían un
lenguaje del todo, y dudó de enseñarle a alguien lo que había puesto en el papel. Su esposa –
su futura esposa Beth– había llevado un año de griego en la universidad y ella había recono-
cido lo que Fat había escrito, desacertadamente, como koiné griego. O al menos griego de
algún tipo, Ático o koiné.
La palabra griega koiné simplemente significa común. Alrededor del tiempo del Nuevo
Testamento, el koiné se había convertido en la lengua franca del Medio Este, reemplazando
al arameo que previamente había suplantado al acadiano (conozco estas cosas porque soy un
escritor profesional y es esencial que posea un conocimiento académico acerca de los len-
guajes). Los manuscritos del Nuevo Testamento sobrevivieron en koiné griego, aunque pro-
bablemente Q, la fuente de los sinópticos, había sido escrito en arameo, que es en realidad
una forma de hebreo. Jesús habló arameo. Así, cuando Horselover Fat comenzó a pensar en
koiné griego, él estaba pensando en el lenguaje en el cual St. Lucas y St. Pablo –quienes eran
amigos cercanos– habían usado, al menos para escribir. El koiné se ve gracioso cuando se
escribe porque los escribas no dejaban espacios entre las palabras. Esto puede conducir a un
montón de traducciones peculiares, debido a que le compete al traductor poner los espacios
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donde sea que él lo sienta apropiado o de hecho donde sea que él quiera. Tomá está instancia
del inglés:
En realidad, estos asuntos me los señaló Beth, quien nunca tomó seriamente las experien-
cias religiosas de Fat hasta que ella lo vio escribir fonéticamente varias palabras en koiné,
con el cual ella sabía que él no tenía experiencia y que no podía siquiera reconocer como un
genuino lenguaje. Lo que Fat afirmaba era –bueno, Fat afirmaba mucho. No debo iniciar una
oración con, “Lo que Fat afirmaba era”. Durante los años –¡años enteros!– en los que él
laboraba en su exégesis, Fat debió haber ideado más teorías que las estrellas que hay en el
universo. Cada día él desarrollaba una nueva, más astuta, más emocionante y más jodida.
Dios, sin embargo, continúo siendo tema constante. Fat se aventuraba lejos de la creencia en
Dios de la manera en que un perro tímido que alguna vez tuve se había aventurado fuera del
jardín delantero. Él –ambos de ellos– primero daría un paso, luego otro, entonces quizás un
tercero y luego daría vuelta a su cola y correría frenéticamente de regreso a territorio cono-
cido. Dios, para Fat, constituía un territorio que él había acechado. Desafortunadamente para
él, después de la experiencia inicial, Fat no podía hallar su camino de regreso a ese territorio.
Deberían hacer que fuera cláusula vinculante que si encontrás a Dios, podés quedártelo.
Para Fat, encontrar a Dios (si en efecto había encontrado a Dios) se convirtió, en última
instancia, en una decepción, un suministro de gozo constantemente decreciente, hundiéndose
cada vez más bajo como los contenidos de una bolsa de estimulantes. ¿Quién trafica Dios?
Fat sabía que las iglesias no podían ayudar, aunque sí consultó con uno de los sacerdotes de
David. No funcionó. Nada funcionó. Kevin sugirió droga. Al estar involucrado con literatura,
le recomendé que leyera a los poetas ingleses metafísicos menores del siglo diecisiete, tales
como Vaughan y Herbert:
“He knows he hath a home, but scarce knows where, He sayes it is so far
That he hath quite forgot how to go there”.
El cual proviene del poema “Hombre” de Vaughan. Tan cerca como podía distinguir, Fat
había recaído al nivel de esos poetas y, para estos tiempos, se había convertido en un anacro-
nismo. El universo tiene el hábito de borrar anacronismos. Veía avecinarse este desenlace
para Fat en caso de que no pusiera su casa en orden.
De todas las sugerencias que le fueron dadas a Fat, la que parecía más prometedora vino
de Sherri, quien todavía permanecía con nosotros en un estado de remisión. “Lo que deberías
hacer”, ella le dijo a Fat durante una de sus horas más oscuras, “es meterte al estudio de las
características del T-34”.
Fat preguntó qué era eso. Resultó que Sherri había leído un libro acerca de blindado ruso
durante la Segunda Guerra Mundial. El tanque T-34 había sido la salvación de la Unión So-
viética y, de tal modo, la salvación de todos los Poderes Aliados –y, por extensión, de Hor-
selover Fat, dado que sin los T-34 él estaría hablando –no inglés o latín o koiné– sino alemán.
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“El T-34”, explicaba Sherri, “se movía muy velozmente. En Kursk ellos dejaron fuera de
competencia incluso a los Porsche Elephant. No tenés idea de lo que ellos le hicieron al
Cuarto Ejército Panzer”. Ella comenzó entonces a dibujar bocetos de la situación en Kursk
en 1943, dando cifras. Fat y el resto de nosotros quedamos perplejos. Esta era una faceta de
Sherri que no conocíamos. “Hizo falta el mismo Zhukov para cambiar el curso de la batalla
contra los Panzers”, resollaba Sherri. “Vatutin la echó a perder. Más tarde fue asesinado por
partisanos pro-Nazi. Ahora, consideren el tanque Tigre que los alemanes tenían y sus Pan-
zers”. Nos mostró fotografías de varios tanques y nos relató con deleite cómo el General
Koniev había cruzado exitosamente los ríos Dnieste y Prut para el veintiséis de marzo.
Básicamente, la idea de Sherri tenía que ver con traer abajo la mente de Fat, de lo cósmico
y lo abstracto, hacia lo particular. Ella había eclosionado la noción práctica de que nada es
más real que un enorme tanque soviético de la Segunda Guerra Mundial. Ella quería procurar
una antitoxina para la locura de Fat. Sin embargo, su recitación, completa con mapas y foto-
grafías, solo sirvió para recordarle la noche en que él y Bob habían visto la película Patton
previo a atender al funeral de Gloria. Naturalmente, Sherri no sabía nada de eso.
“Yo pienso que él debería empezar a coser”, dijo Kevin. “¿Acaso no tenés una máquina
de coser, Sherri? Enseñale cómo usarla”.
Sherri, mostrando un alto grado de testarudez, continúo, “Las batalles de tanques en Kursk
involucraron más de cuatro mil vehículos blindados. Fue la batalla de blindaje más grande
de la historia. Todos saben de Stalingrado, pero nadie sabe de Kursk. La verdadera victoria
de la Unión Soviético tomó lugar en Kursk. Cuando tomás en consideración –”.
“Kevin”, interrumpió David, “lo que los alemanes debieron hacer era mostrarle a los rusos
un gato muerto y pedirles que lo explicaran”.
“Eso hubiera detenido la ofensiva soviética ahí mismo”, dije yo. “Zhukov todavía estaría
intentando dar cuenta por la muerte del gato”.
A Kevin, Sherri le dijo, “En vista de la deslumbrante victoria del bando bueno en Kursk,
¿cómo te podés quejar por un gato?”.
“Algo dice la Biblia acerca de gorriones caídos”, dijo Kevin. “Acerca de que su ojo es uno
de ellos. Eso es lo que está mal con Dios; él solo tiene un ojo”.
“¿Dios ganó la batalla en Kursk?” le dije a Sherri. “Eso debió ser noticia para los rusos,
especialmente para los que construyeron los tanques y los manejaron y los mataron”.
Sherri dijo pacientemente, “Dios nos usa como instrumentos por cuyo medio él trabaja”.
“Bueno”, dijo Kevin, “con respecto a Horse, Dios tiene un instrumento defectuoso. O
quizás ambos son defectuosos, como una señora octogenaria manejando un Pinto con un
tanque de gasolina directo”.
“Los alemanes habrían tenido que sostener el gato muerto de Kevin”, dijo Fat. “No solo
cualquier gato muerto. Todo lo que a Kevin le importa es ese gato en específico”.
“El gato”, dijo Kevin, “no existía durante la Segunda Guerra Mundial”.
“¿Te afligiste por él entonces?” dijo Fat.
“¿Cómo podría?” dijo Kevin. “Él no existía”.
“Entonces su condición era la misma que ahora”, dijo Fat.
“Equivocado”, dijo Kevin.
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“¿Equivocado de qué manera?” dijo Fat. “¿Cómo es que su inexistencia entonces difiere
de su inexistencia ahora?”.
“Kevin ahora tiene el cadáver”, dijo David. “Para sostenerlo. Ese era todo el punto de la
existencia del gato. Él vivió para convertirse en un cadáver por medio del cual Kevin pudiera
refutar la bondad de Dios”.
“Kevin”, dijo Fat, “¿Quién creó tu gato?”.
“Dios lo hizo”, dijo Kevin.
“Así que Dios creó una refutación de su propia bondad”, dijo Sherri. “Por tu lógica”.
“Dios es estúpido”, dijo Kevin. “Tenemos una deidad estúpida. He dicho eso antes”.
Sherri dijo, “¿Se necesita mucha habilidad para crear un gato?”.
“Solo necesitás dos gatos”, dijo Kevin. “Uno macho y una hembra”. Pero obviamente él
podía ver hacia dónde ella estaba conduciéndolo. Hizo una pausa, sonriente. “Okey, se nece-
sita habilidad, si presumís propósito en el universo”.
“¿No ves ningún propósito?” dijo Sherri.
Titubeando, dijo Kevin, “Las criaturas vivientes tienen propósito”.
“¿Quién puso el propósito en ellas?” dijo Sherri.
“Ellas–” De nuevo Kevin titubeó. “Ellas son su propósito. Ellas y su propósito no pueden
separarse”.
“Así que un animal es expresión de propósito”, dijo Sherri. “Así que sí hay propósito en
el universo”.
“En pequeñas parte de él”.
“Y el despropósito da lugar al propósito”.
Kevin la miró. “Comé mierda”, le dijo.
En mi opinión, la postura cínica de Kevin había hecho más por ratificar la locura de Fat que
cualquier otro factor individual –cualquier otro, esto es, que la causa original, lo que sea que
eso haya sido. Kevin se había convertido en el instrumento inintencional de esa causa origi-
nal, una realización que no había escapado a Fat. De ninguna manera, figura o forma, Kevin
representa una alternativa viable a la enfermedad mental. Su sonrisa cínica se asemejaba a la
sonrisa de la muerte; él sonreía como una calavera triunfante. Kevin vivía para derrotar a la
vida. Originalmente me había asombrado que Fat soportara a Kevin, pero luego pude ver
porqué. Cada vez que Kevin se traía abajo el sistema de delirios de Fat –ridiculizándolos y
satirizándolos– Fat ganaba fuerza. Si la ridiculización fuera el único antídoto a su padeci-
miento, él estaba palpablemente mejor tal como se encontraba. Por desquiciado que estuviera,
esto Fat podía verlo. Realmente, si se conociera la verdad, Kevin podía verlo también. Pero
él evidentemente tenía un bucle de retroalimentación en su cabeza que le hacía redoblar sus
ataques en lugar de abandonarlos. Su fracaso reforzaba sus esfuerzos. Así que los ataques
crecieron y la fuerza de Fat creció. Se asemejaba a un mito griego.
En la exégesis de Horselover Fat la temática de esta cuestión se plantea una y otra vez.
Fat creía que un veta de lo irracional permeaba el universo entero, todo el camino hasta Dios,
o la Mente Última, que yacías tras ella. Él escribió:
38. Por la pérdida y la pena, la Mente se ha perturbado. Por lo tanto nosotros, como
partes del universo, del Cerebro, somos parcialmente perturbados.
20
Obviamente él había extrapolado, en proporciones cósmicas, su propia pérdida de Gloria.
35. La Mente no nos está hablando a nosotros sino por medio de nosotros. Su narra-
tiva pasa a través de nosotros y su pena nos infunde de irracionalidad. Como Platón
discernió, hay una veta de lo irracional en el Alma del Mundo.
La entrada 32 nos da más acerca de esto:
La información cambiante que experimentamos como Mundo es una narrativa des-
plegándose. Habla de la muerte de una mujer (itálicas mías). Esta mujer, que murió hace
mucho, era uno de los gemelos primordiales. Ella era la mitad de la sizigia divina. El
propósito de la narrativa es la remembranza de ella y de su muerte. La Mente no desea
olvidarla. Así la raciocinación del Cerebro consiste de un registro permanente de su
existencia y, si es leído, se entenderá de esta manera. Toda la información procesada
por el Cerebro –experimentada por nosotros como el ordenamiento y reordenamiento
de objetos físicos– es un intento de esta preservación de ella; las piedras y las rocas y los
palos y las amebas son rastros de ella. El registro de su existencia y su fallecimiento está
ordenado en el nivel más raso de realidad por la Mente sufriente que ahora está sola.
Si, al leer esto, no podés ver que Fat está escribiendo acerca de sí mismo, entonces no
entendés nada.
Por otra parte, no estoy negando que Fat estuviera totalmente desquiciado. Él comenzó a
declinar cuando Gloria lo llamó y continúo declinando por siempre y para siempre. A dife-
rencia de Sherri y su cáncer, Fat no experimentó remisión. Encontrarse con Dios no fue una
remisión. Pero probablemente no era un empeoramiento, a pesar de las cínicas opiniones de
Kevin. Uno no puede decir que un encuentro con Dios es a la salud mental lo que la muerte
es al cáncer: el desenlace lógico de un proceso de enfermedad deteriorativo. El término téc-
nico –término teológico técnico, no psiquiátrico– es teofanía. Una teofanía consiste de una
autorrevelación por parte de lo divino. No consiste de algo que el percipiente haga; consiste
de algo que lo divino –el Dios o dioses, el poder superior– hace. Moisés no creó el arbusto
ardiente. Elías, en el Monte Horeb, no generó la baja voz murmurante. ¿Cómo vamos a dis-
tinguir una genuina teofanía de una mera alucinación de parte del percipiente? Si la voz le
dice algo que él no sabe y no podría saber, entonces quizás estamos lidiando con la cosa
genuina y no con lo espurio. Fat no sabía koiné griego. ¿Esto prueba algo? Él no sabía del
defecto de nacimiento de su hijo –al menos no conscientemente. Tal vez él sabía inconscien-
temente de la hernia casi estrangulada y simplemente no quería afrontarlo. También existe
un mecanismo por medio del cual él podría haber sabido el koiné; tiene que ver con memoria
filogenética, cuya experiencia ha sido reportada por Jung: él lo denomina el inconsciente
racial o colectivo. La ontogenia –es decir, el individuo– recapitula la filogenia –es decir, la
especie– y dado que eso es generalmente aceptado, entonces quizás aquí yace una base para
que la mente de Fat procurara un lenguaje hablado hace dos mil años. Si hubiera memorias
filogenéticas enterradas en la mente humana individual, esto es lo que esperarías encontrar.
Pero el concepto de Jung es especulativo. Nadie, en realidad, ha sido capaz de verificarlo.
Si concedés la posibilidad de que haya una entidad divina, no podés negarle el poder de
autorrevelación; obviamente cualquier entidad o ser merecedor del término “dios” poseería,
sin esfuerzo, esa habilidad. La pregunta verdadera (tal como lo veo) no es, ¿Por qué teofa-
nías? sino, ¿Por qué no hay más? El concepto clave para dar cuenta de esto es la idea del deus
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absconditus, el dios escondido, oculto, secreto o desconocido. Por alguna razón Jung consi-
dera esto como una idea infame. Pero si Dios existe, él debe ser un deus absconditus –con la
excepción de sus inusuales teofanías o, en caso contrario, él no existe del todo. Esta última
postura tiene más sentido, excepto por las teofanías, por inusuales que sean. Todo lo que se
requiere es una teofanía absolutamente verificada y esa última postura queda anulada.
La vivacidad de la impresión que una supuesta teofanía produce en el percipiente no es
prueba de autenticidad. Ni lo es, tampoco, la percepción grupal (como Spinoza supuso, el
universo entero puede ser una teofanía pero, por otro lado, el universo puede no existir del
todo, como los budistas idealistas decidieron). Cualquier presunta teofanía dada puede ser
falsa porque cualquier cosa puede ser una falsa, desde las estampillas a los cráneos fosiliza-
dos, hasta los agujeros negros en el espacio.
Que el universo entero –tal como lo experimentamos– podría ser una falsificación es una
idea mejor expresada por Heráclito. Una vez que has asimilado esta noción, o duda, en tu
cabeza, estás preparado para lidiar con el asunto de Dios.
“Es necesario tener entendimiento (noös) con el fin de ser capaz de interpretar la evi-
dencia de los ojos y los oídos. El paso de la verdad obvia a la verdad latente es como
la traducción de expresiones en un lenguaje que es ajeno a la mayoría de los hombres.
Heráclito… en el Fragmento 56 dice que los hombres, en relación con el conocimiento
de las cosas perceptibles, ‘son víctimas de la ilusión tanto como Homero lo fue’. Para
alcanzar la verdad a partir de las apariencias, es necesario interpretar, adivinar el acer-
tijo… pero aunque esto parece encontrarse al alcance de las capacidades de los hom-
bres, es algo que la mayoría de los hombres nunca hacen. Heráclito es muy vehemente
en sus ataques contra la tontería del hombre ordinario, y de lo que pasa por conoci-
miento entre ellos. Ellos son comparables a durmientes en mundos privados de su pro-
pia hechura”.
22
Las personas insanas –definidas psicológicamente, no definidas legalmente– no están en
contacto con la realidad. Horselover está insano; por lo tanto, él no está en contacto con la
realidad. La entrada no. 30 de su exégesis:
El mundo fenomenal no existe; es una hipóstasis de la información procesada por la
Mente.
35. La Mente no nos está hablando a nosotros sino por medio de nosotros. Su narra-
tiva pasa a través de nosotros y su pena nos infunde de irracionalidad. Como Platón
discernió, hay una veta de lo irracional en el Alma del Mundo.
En otras palabras, el universo en sí mismo –y la Mente detrás suyo– está insano. Por lo
tanto alguien en contacto con la realidad está, por definición, en contacto con lo insano: in-
fundido por lo irracional.
En esencia, Fat monitoreó su propia mente y la encontró defectuosa. Él entonces, mediante
el uso de esa mente, monitoreó la realidad externa, aquello que es llamado el macrocosmos.
Él lo encontró defectuoso también. Tal como los filósofos herméticos estipularon, el macro-
cosmos y el microcosmos se reflejan fielmente el uno al otro. Fat, utilizando un instrumento
defectuoso, barrió a un sujeto defectuoso, y de esa barrida recibió de vuelta el reporte de que
todo estaba mal.
Y en adición, no había escapatoria. El entrelazamiento entre el instrumento defectuoso y
el sujeto defectuoso produjo otra perfecta trampa de dedos china. Atrapado en su propio la-
berinto, como Dédalo, quien construyó el laberinto para el Rey Minos de Creta y luego cayó
en él y no puedo salir. Presumiblemente Dédalo todavía está allí, y nosotros también. La
única diferencia entre nosotros y Horselover Fat es que Fat conoce su situación y nosotros
no; por lo tanto Fat está insano y nosotros somos normales. “Ellos son comparables a dur-
mientes en mundos privados de su propia hechura”, como Hussey lo plantea, y él sabría; él
es la principal autoridad viviente sobre el pensamiento griego, con la posible excepción de
Francis Cornford. Y es Cornford quien dice que Platón creía que había un elemento de lo
irracional en el Alma del Mundo 2.
No hay ruta fuera del laberinto. El laberinto cambia a medida que te movés a través de él,
porque está vivo.
PARSIFAL: Me muevo solo un poco, sin embargo parece que ya me he ido lejos.
GURNEMANZ: Ya ves, hijo mío, aquí el tiempo se convierte en espacio.
(Todo el paisaje se torna indistinto. Un bosque refluye fuera y una pared de roca áspera re-
fluye adentro, a través de la cual puede mirarse una entrada. Los dos hombres pasan a través
de la entrada. ¿Qué pasó con el bosque? Los dos hombres no se movieron realmente; ellos
no fueron realmente a ninguna parte y, sin embargo, ellos no están ahora a dónde original-
mente estaban. Aquí el tiempo se convierte en espacio. Wagner comenzó Parsifal en 1845.
Él murió en 1873, mucho antes que Hermann Minkowski postulara el espacio-tiempo cuatri-
dimensional (1908). La fuente base de Parsifal consiste de leyendas celtas, y de la investiga-
ción de Wagner del budismo para su ópera que nunca fue escrita acerca del Buda que se
2
Plato’s Cosmology, The Timaeus of Plato, Library of Liberal Arts, Nueva York, 1937.
23
llamaría Los Vencedores (Die Sieger). ¿De dónde obtuvo Richard Wagner la noción de que
el tiempo puede convertirse en espacio?).
Y si el tiempo se transforma en espacio, ¿puede el espacio transformarse en tiempo?
En el libro Mito y Realidad de Mircea Eliade un capítulo se titula, “El tiempo puede ser
superado”. Es un propósito básico del ritual y del sacramento mítico el superar el tiempo.
Horselover Fat se encontró a sí mismo pensando en un lenguaje usado hace dos mil años, el
lenguaje en el que St. Pablo escribió. Aquí el tiempo se convierte en espacio. Fat me contó
otra característica de su encuentro con Dios: de repente el paisaje de California, EUA, en
1974 menguó y el paisaje de la Roma del primer siglo e. c. afluyó. Él experimentó una su-
perposición de los dos por un tiempo, como las técnicas familiares en las películas. En la
fotografía. ¿Por qué? ¿Cómo? Dios le explicó muchas cosas a Fat pero nunca le explicó eso,
excepto por esta críptica declaración: es el listado de diario 3. Él causa que las cosas se vean
diferentes para que así parezca que el tiempo ha transcurrido. ¿Quién es “él”? ¿Debemos
inferir que el tiempo, de hecho, no ha pasado? ¿Y alguna vez pasó? ¿Hubo alguna vez un
tiempo real y, por ende, un mundo real, y ahora hay un tiempo falsificado y un mundo falsi-
ficado, como un tipo de burbuja que crece y luce diferente pero que en realidad está estática?
A Horselover le pareció adecuado consignar esta declaración temprano en su diario o exé-
gesis o como sea que le llame. El listado de diario 4, la siguiente entrada, dice así:
La materia es plástica ante el rostro de la Mente.
¿Hay algún mundo allí afuera del todo? Para todos los efectos y propósitos Gurnemanz y
Parsifal se mantienen quietos, y el paisaje cambia; así ellos se encuentran localizados en otro
espacio –un espacio que previamente había sido experimentado como tiempo. Fat pensó en
un lenguaje de hace dos mil años y vio el mundo antiguo correspondiente a ese lenguaje; los
contenidos internos de su mente empataron con sus percepciones del mundo exterior. Algún
tipo de lógica parece estar involucrada, aquí. Quizás una disfunción temporal tomó lugar.
¿Pero por qué su esposa Beth no lo experimentó, también? Ella estaba viviendo con él cuando
él tuvo su encuentro con lo divino. Para ella nada cambio, excepto (según me dijo) que ella
escuchó extraños sonidos de chasquidos, como algo sobrecargándose: objetos empujados
hasta el punto en donde explotaban, como atiborrados, atiborrados con demasiada energía.
Tanto Fat como su esposa me contaron otro aspecto de esos días, en marzo de 1974. Sus
mascotas atravesaron una peculiar metamorfosis. Los animales lucían más inteligentes y más
pacíficos. Eso es, hasta que ambos animales murieron de masivos tumores malignos.
Tanto Fat como su esposa me contaron una cosa acerca de sus mascotas que se atascó en
mi mente desde entonces. Durante ese tiempo los animales parecían estar intentando comu-
nicarse con ellos, intentando usar el lenguaje. Eso no puede descontarse como parte de la
psicosis de Fat –eso, y la muerte de los animales.
La primera cosa que salió mal, según Fat, tuvo que ver con la radio. Escuchándola una
noche –él no había sido capaz dormir por mucho tiempo– él escuchó a la radio diciendo
palabras abominables, oraciones que no podía estar diciendo. Beth, estando dormida, se per-
dió de eso. Así que eso pudo haber sido la mente de Fat desmoronándose; para entonces su
psique estaba desintegrándose a una velocidad terrible.
La enfermedad mental no es graciosa.
24
4
Tras su espectacular intento de suicidio con las píldoras, la cuchilla de afeitar y el motor de
carro, todo esto debido a que Beth se llevó a su hijo Christopher y lo abandonó a él, Fat se
encontró a sí mismo encerrado en el hospital psiquiátrico del condado de Orange. Un policía
armado lo había empujado en una silla de ruedas desde el pabellón de cuidados intensivos
cardiacos y a través de un corredor subterráneo que conectaba con el ala psiquiátrica.
A Fat nunca antes lo habían encerrado. Por las cuarentainueve tabletas de digitalina había
sufrido varios días de arritmia por taquicardia atrial paroxística, ya que sus esfuerzos habían
rendido máxima toxicidad por digoxina, listada en la escala como un Tres. La digitalina le
había sido prescrita para contrarrestar una arritmia TAP, pero nada como lo que había expe-
rimentado durante la intoxicación de digoxina. Es irónico que una sobredosis de digitalina
induzca la misma arritmia cuyo uso pretende contrarrestar. En un punto, mientras Fat yacía
sobre su espalda mirando hacia la pantalla de rayos catódicos por encima de su cabeza, una
línea recta se mostró; su corazón había parado de latir. Él había continuado mirando, y final-
mente el trazo de puntos resumió su forma de onda. Las misericordias de Dios son infinitas.
Así, en una condición debilitada, llegó bajo guardia armada al encierro psiquiátrico, donde
pronto se encontró a sí mismo sentado en un corredor respirando vastas cantidades de humo
de cigarrillo y temblando, tanto de la fatiga como del miedo. Esa noche durmió en un catre –
seis catres por habitación– y descubrió que su catre venía equipado con ataduras de cuero.
La puerta que daba al corredor la habían dejado abierta para que los técnicos psiquiátricos
pudieran vigilar a los pacientes. Fat podía ver el set de TV comunal, que se mantuvo encen-
dido. El invitado de Johnny Carson resultó ser Sammy Davis, Jr. Fat yacía mirando, pregun-
tándose cómo se sentía tener un ojo de vidrio. Para ese punto él no tenía intuición alguna
acerca de su situación. Él entendía que había sobrevivido a la intoxicación de digoxina; él
entendía que para todos los efectos y propósitos estaba ahora bajo arresto por su intento de
suicidio; él no tenía idea de qué había estado haciendo Beth durante el tiempo en que yacía
en el pabellón de cuidados intensivos cardiacos. Ella no había llamado ni había venido a
visitar. Sherri fue la primera en llegar, luego David. Nadie más sabía. Fat, en particular, no
quería que Kevin supiera porque Kevin aparecería y sería cínico a costas –de Fat– suyas. Y
no estaba en condición alguna para recibir cinismo, incluso si era bien intencionado.
El cardiólogo de cabecera en el Centro Médico del Condado de Orange había exhibido a
Fat frente todo un grupo de estudiantes médicos de U.C. Irvine. El CMOC era un hospital de
enseñanza. Todos ellos querían escuchar a un corazón laborando bajo cuarentainueve tabletas
de digitalina de alta calidad.
Además, él había perdido sangre por la cortada en su muñeca izquierda. Lo que había
salvado su vida inicialmente emanó de un defectos en el estrangulador de su carro; el estran-
gulador no se había abierto apropiadamente a medida que el motor calentaba, y finalmente
el motor se había ahogado. Fat se había dirigido inestablemente de vuelta hacia la casa y se
había acostado en su cama para morir. La mañana siguiente se despertó, aún vivo, y había
comenzado a vomitar la digitalina. Esa fue la segunda cosa que lo salvo. La tercera vino bajo
la forma de todos los paramédicos en el mundo removiendo la puerta resbaladiza de vidrio y
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aluminio en la parte trasera de la casa de Fat. Fat había llamado a su farmacia en algún mo-
mento en el transcurso para renovar su prescripción de Librium; él había tomado treinta ta-
bletas de Librium antes de tomar la digitalina. El farmaceuta había contactado a los paramé-
dicos. Mucho puede decirse a favor de las infinitas misericordias de Dios, pero la sagacidad
de un buen farmaceuta, cuando llega la hora de la verdad, vale más.
Luego de una noche en la sala receptora del ala psiquiátrica del hospital médico del con-
dado, Fat fue sometido a su valoración automática. Todo un grupo de hombres y mujeres
bien vestidos lo confrontaron; cada cual sostenía un portapapeles y todos ellos lo escudriña-
ban atentamente.
Fat simuló los signos de la sanidad, lo mejor que pudo. Él hizo todo lo posible para con-
vencerlos de que había recuperado sus sentidos. A medida que hablaba se percató de que
nadie le creía. Él pudo haber impartido su monólogo en swahili con igual efecto. Todo lo que
consiguió hacer fue humillarse y de ese modo despojarse a sí mismo de su último remanente
de dignidad. Él se había desprendido de su respeto por sí mismo por medio de sus más sin-
ceros esfuerzos. Otra trampa de dedos china.
A la mierda, Fat se dijo a sí mismo finalmente, y cesó de hablar.
“Vaya afuera”, dijo uno de los técnicos psiquiátricos, “y le daremos a conocer nuestra
decisión”.
“De verdad he aprendido mi lección”, dijo Fat a medida que se levantó y se dirigió fuera
de la habitación. “El suicidio representa la introyección de hostilidad que sería mejor direc-
cionado hacía afuera, hacia a la persona que te ha frustrado. He tenido mucho tiempo para
meditar durante mi estancia en el pabellón o unidad de cuidados intensivos cardiacos y he
caído en cuenta de que años de autoabnegación y negación se manifestaron a sí mismos en
mi acto destructivo. Pero lo que más me asombró fue la sabiduría de mi cuerpo, que supo no
solamente defenderse a sí mismo de mi mente sino específicamente cómo defenderse a sí
mismo. Me doy cuenta ahora de que la declaración de Yeats ‘Soy un alma inmortal atada al
cuerpo de un animal muriente’ es diametralmente opuesta al estado efectivo de cosas vis-à-
vis a la condición humana”.
El técnico psiquiátrico dijo, “Le hablaremos afuera después de que hayamos tomado nues-
tra decisión”.
Fat dijo, “Extraño a mi hijo”.
Nadie volteó a mirarlo.
“Pensé que Beth podría hacerle daño a Christopher”, dijo Fat. Esa fue la única declaración
verdadera que había hecho desde que entró a la habitación. Él había intentado matarse no
tanto porque Beth lo hubiera abandonado sino porque, al ella vivir en otra parte, él no podría
cuidar de su pequeño hijo.
En breve, se sentó afuera en el corredor, en un sillón de plástico y cromo, escuchando a
una anciana gorda contarle cómo su esposo había conspirado para asesinarla al bombear gas
venenoso por debajo de la puerta de su dormitorio. Fat pensó en su vida en retrospectiva. Él
no pensó en Dios, a quien había visto. Él no se dice a sí mismo, soy uno de los pocos seres
humanos que efectivamente han visto a Dios. En cambió pensó en Stephanie quien le había
hecho la pequeña cacerola de arcilla que él había llamado Oh Ho porque le parecía una ca-
cerola china. Se preguntaba si Stephanie se había convertido en una adicta a la heroína para
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entonces o si había sido encerrada en prisión, tal como él estaba encerrado ahora, o si estaba
muerta, o casada, o viviendo en la nieve en Washington como ella siempre le contaba; el
estado de Washington, que nunca había visto pero con el que ella soñaba. Quizás todas esas
cosas o ninguna de ellas. Quizás ella había quedado lisiada en un accidente automovilístico.
Se preguntaba lo que le diría Stephanie si ella pudiera verlo ahora, encerrado, su esposa e
hijos ausentes, el estrangulador de su carro sin funcionar, su mente frita.
Si su mente no estuviese frita probablemente él hubiera pensado acerca de lo afortunado
que era de estar vivo –no afortunado en el sentido filosófico sino en el sentido estadístico.
Nadie sobrevive a cuarentainueve tabletas de digitalina pura de alta calidad. A modo de regla
general, el doble de la dosis prescrita de digitalina te liquida. La dosis prescrita de Fat había
sido fijada a q.i.d.: cuatro por día. Él se había tragado 12.25 veces más que su dosis diaria
prescrita y había sobrevivido. Las infinitas misericordias de Dios no tienen ningún sentido
en absoluto, en términos de consideraciones prácticas. Asimismo él se había bajado todas sus
Librium, veinte Quide y sesenta Apresolinas, más media botella de vino. Todo lo que restaba
de su medicación era una botella de Miles Nervine. Fat estaba técnicamente muerto.
Espiritualmente, él estaba muerto, también.
O bien había visto a Dios demasiado pronto o lo había visto demasiado tarde. En cualquier
caso, no le había hecho ningún bien del todo en términos de supervivencia. Encontrarse al
Dios viviente no había ayudado a equiparlo para las tareas de resistencia ordinaria, que los
hombres ordinarios, no tan favorecidos, manejaban.
Pero también puede señalarse –y Kevin así lo hizo– que Fat había logrado algo más ade-
más de haber visto a Dios. Kevin lo había llamado un día emocionado, teniendo en su pose-
sión otro libro de Mircea Eliade.
“¡Escuchá!” dijo Kevin. “¿Sabés lo que Eliade dice acerca del Tiempo del Sueño de los
bosquimanos australianos? Él dice que los antropólogos están equivocados al asumir que el
Tiempo del Sueño es un tiempo en el pasado. Eliade dice que es otra clase de tiempo en curso
ahora mismo, al cual los bosquimanos ingresan abriéndose camino, la era de los héroes y sus
hazañas. Esperá; te leo la parte”. Un intervalo de silencio. “Mierda”, dijo Kevin entonces.
“No la encuentro. Pero la manera en que se preparan para ello es sometiéndose a dolor atroz;
es su ritual de iniciación. Vos pasaste por mucho dolor cuando tuviste tu experiencia; tenías
esa muela del juicio impactada y estabas –”. En el teléfono Kevin bajó su voz; había estado
gritando. “Vos te acordás. Asustado de que las autoridades te atraparan”.
“Yo estaba loco”, Fat había respondido. “Ellos no me estaban persiguiendo”.
“Pero vos pensabas que sí lo estaban y estabas tan asustado que no podías dormir ni mierda
por la noche, noche tras noche. Y vos atravesaste privación sensorial”.
“Bueno, estuve acostado en la cama sin poder dormir”.
“Empezaste a ver colores. Colores flotantes”. Kevin había comenzado a gritar de la emo-
ción de nuevo; cuando su cinismo se desvanecía se volvía maniaco. “Eso es descrito en El
libro tibetano de los muertos; ese es el viaje hacia el siguiente mundo. ¡Mentalmente te esta-
bas muriendo! ¡Por el estrés y el miedo! Así es cómo se hace –¡llegando a la siguiente reali-
dad! ¡El Tiempo del Sueño!”.
Ahora mismo Fat estaba sentado en el sillón de plástico y cromo muriendo mentalmente;
de hecho él ya estaba mentalmente muerto y, en la habitación de la que había salido, los
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expertos estaban decidiendo su destino, pasando sentencia y juicio sobre los despojos que
quedaban de él. Es apropiado que los no-lunáticos, técnicamente calificados, deban enjuiciar
a los lunáticos. ¿Cómo las cosas podrían ser de otro modo?
“¡Si ellos tan solo pudieran ingresar al Tiempo del Sueño!” gritaba Kevin. “¡Ese es el
único tiempo real; todos los eventos reales acontecen en el Tiempo del Sueño! ¡Las acciones
de los dioses!”.
Al lado de Fat la enorme anciana sujetaba una bandeja de plástico; durante horas ella había
estado intentando vomitar la Torazina que le habían forzado que tomara; ella creía, le carras-
peaba a Fat, que la Torazina tenía veneno en ella, por cuyo medio su esposo –quien se había
infiltrado a los altos niveles del personal del hospital bajo una variedad de nombres– tenía la
intención de terminar de matarla.
“Encontraste tu camino hacia el reino superior”, declaró Kevin. “¿No es así cómo lo pu-
siste en tu diario?”.
48. Dos reinos hay, superior e inferior. El reino superior, derivado del hiperuniverso
I o Yang, Forma I de Parménides, es sentiente y volitivo. El reino inferior, o Yin, Forma
II de Parménides, es mecánico, impulsado por ciega causa eficiente, determinista y des-
provisto de inteligencia, dado que emana de una fuente muerta. En tiempos antiguos
fue denominado “determinismo astral”. Estamos atrapados, por lo general, en el reino
inferior, pero mediante los sacramentos, por medio del plásmate, somos librados. Hasta
que el determinismo se rompe, ni siquiera estamos conscientes de él, tan ocluidos esta-
mos. “El Imperio nunca acabó”.
Una pequeña chica atractiva, de cabello oscuro, pasó silenciosamente delante de Fat y de
la enorme anciana, cargando sus zapatos. A la hora del desayuno ella había intentado romper
una ventana usando sus zapatos y luego, habiendo fracasado, noqueó a un técnico negro de
metro ochenta. Ahora la chica irradiaba la presencia de calma absoluta.
“El Imperio nunca acabó”, citó Fat para sí mismo. Esa peculiar frase aparecía una y otra
vez en su exégesis; se había convertido en su eslogan. Originalmente la frase le había sido
revelada en un gran sueño. En el sueño él era de nuevo un niño buscando raras revistas de
ciencia ficción, Astoundings en particular, entre polvorientas tiendas de libros usados. En el
sueño él había revisado pilas sobre pilas de incontables ejemplares destartalados en la bús-
queda por el invaluable fascículo intitulado “El Imperio Nunca Acabó”. Si él pudiera encon-
trarlo y leerlo lo sabría todo; ese había sido el agobio del sueño.
Previo a eso, durante el intervalo en el cual había experimentado la sobreimposición de
dos mundos, cuando había visto no solo la California, EUA, del año 1974 sino también la
antigua Roma, él había discernido dentro de la sobreimposición un Gestalt compartido por
ambos continuos espacio-temporales, su elemento en común: una Prisión de Hierro Negro.
Esto es a lo que el sueño se refería por “el Imperio”. Él lo sabía porque, ante el avistamiento
de la Prisión de Hierro Negro, la había reconocido. Todos moraban dentro de ella sin perca-
tarse. La Prisión de Hierro Negro era su mundo.
Quién había construido la prisión –y por qué– él no podía precisarlo. Pero podía discernir
una cosa positiva: la prisión yacía bajo ataque. Una organización de cristianos, no cristianos
regulares tales como aquellos que asistían a misa cada domingo y oraban, sino los tempranos
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cristianos secretos que vestían ligeras túnicas color gris, habían iniciado un asalto a la prisión,
y con éxito. Los cristianos tempranos, secretos, estaban rebosantes de júbilo.
Fat, en su locura, comprendió la razón de su júbilo. Esta vez los cristianos tempranos,
secretos, de túnica gris tendrían la prisión a su merced, en lugar de lo opuesto. Las hazañas
de los héroes, en el sagrado Tiempo del Sueño… el único tiempo, de acuerdo con los bos-
quimanos, que era real.
En una ocasión, en una novela barata de ciencia ficción, Fat había topado con la descrip-
ción perfecta de la Prisión de Hierro Negro pero ambientada en el futuro lejano. Así que si
se superpone el pasado (la antigua Roma) por encima del presente (California en el siglo
veinte) y se superpone el lejano mundo futuro de The Android Cried Me a River por encima
de eso, obtenés al Imperio, la Prisión de Hierro Negro, como la constante supra- o transtem-
poral. Todos los que alguna vez habían vivido estaban literalmente rodeados por las paredes
de hierro de la prisión; todos estaban adentro de ella y ninguno de ellos lo sabía –con excep-
ción de los cristianos secretos de túnica gris.
Eso hacía a los tempranos, cristianos secretos supra- o transtemporales, también, lo que
es decir presentes en todos los tiempos, una situación que Fat no podía desentrañar. ¿Cómo
podían ser tempranos pero estar en el presente y en el futuro? Y si ellos existían, por qué
nadie podía verlos. Por otro lado, ¿por qué nadie podía ver las paredes de la Prisión de Hierro
Negro que los rodeaba a todos, incluyéndolo, por todas partes? ¿Por qué estas fuerzas antité-
ticas emergían a la palpabilidad solamente cuando el pasado, el presente y el futuro de algún
modo –por la razón que fuera– se superponían?
Quizás en el Tiempo del Sueño de los bosquimanos ningún tiempo existía. Pero si ningún
tiempo existía, ¿cómo podían los tempranos, cristianos secretos estar correteando en regocijo
en su huida de la Prisión de Hierro Negro que justo habían logrado hacer explotar? ¿Y cómo
ellos podían hacerla explotar en Roma circa 70 e. c., ya que no existían explosivos en aquellos
días? ¿Y cómo, si ningún tiempo transcurría en el Tiempo del Sueño, podría la prisión llegar
a su fin? Esto le recordó a Fat una declaración peculiar en Parsifal: “Ya ves, hijo mío, aquí
el tiempo se convierte en espacio”. Durante su experiencia religiosa en marzo de 1974, Fat
había visto un acrecentamiento del espacio: yardas y yardas de espacio, extendiéndose todo
el camino hasta las estrellas; el espacio se abrió alrededor suyo como si una caja de confina-
miento hubiera sido removida. Él se había sentido como un felino que había sido cargado
dentro de una caja en un viaje en automóvil, y luego ellos habían llegado a su destino y a él
lo habían dejado salir de la caja, dejado en libertad. Y por la noche al dormir él había soñado
con un vacío inmensurable, pero un vacío que estaba vivo. El vacío se extendía y marchaba
a la deriva y parecía totalmente vacuo y sin embargo poseía personalidad. El vacío expresaba
deleite al ver a Fat, quien, en los sueños, no tenía cuerpo; él, como el ilimitado vacío, mera-
mente marchaba a la deriva, muy lentamente; y él podía, en adición, escuchar un suave tara-
rear, como música. Aparentemente el vacío se comunicaba mediante este eco, este tarareo.
“Vos, de todas las personas”, comunicaba el vacío. “De todos, sos vos a quien más amo”.
El vacío había estado esperando a ser reunido con Horselover Fat, de todos los humanos
que alguna vez hayan existido. Como su extensión en el espacio, el amor del vacío yacía
ilimitado; él y su amor flotaban por siempre. Fat nunca había sido tan feliz en toda su vida.
El técnico psiquiátrico camino hasta él y dijo, “Lo vamos a retener por catorce días”.
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“¿No puedo ir casa?” dijo Fat.
“No, sentimos que necesita tratamiento. No está listo para ir casa todavía”.
“Léame mis derechos”, dijo Fat, sintiéndose entumecido y asustado.
“Lo podemos retener por catorce días sin una audiencia judicial. Después de eso con au-
torización judicial podemos, si lo sentimos necesario, retenerlo por otros noventa días”.
Fat sabía que si él decía cualquier cosa, cualquier cosa en absoluto, ellos lo retendrían los
noventa días. Así que no dijo nada. Cuando estás loco aprendés a quedarte callado.
Estar loco y ser atrapado por ello, al aire libre, resulta ser una manera para acabar en la
cárcel. Fat ahora sabía esto. Además de tener un depósito de borrachos, el condado de Orange
tenía un depósito de lunáticos. Él estaba allí adentro. Él podría permanecer allí adentro por
un largo tiempo. Mientras tanto, de vuelta en casa, Beth indudablemente se estaba llevando
todo lo que ella quisiera de su casa al apartamento que había alquilado –ella se había negado
a decirle dónde estaba el apartamento; ella ni siquiera le había dicho en qué ciudad.
En realidad, aunque que Fat no lo sabía en ese momento, debido a su propia insensatez
había permitido que un pago sobre su casa caducara, al igual que sobre su carro; no había
pagado la factura eléctrica ni la factura telefónica. De Beth, angustiada por el estado físico y
mental de Fat, no podía esperarse que asumiera los aplastantes problemas que Fat había
creado. Así que cuando Fat salió del hospital y regresó a casa encontró una notificación de
ejecución hipotecaria, su carro no estaba, al refrigerador se le fugaba el agua y, cuanto intentó
llamar a pedir ayuda, el teléfono estaba espantosamente silencioso. Esto tuvo el efecto de
arrasar con la poca moral que le quedaba y él sabía que era su propia culpa. Era su karma.
Ahora mismo, Fat no sabía estas cosas. Todo lo que sabía era que lo habían lanzado dentro
del encierro por un mínimo de dos semana. Además, él había averiguado otra cosa, gracias a
los otros pacientes. El condado de Orange le cobraría por su estadía en el encierro. De hecho
su cuenta total, incluyendo esa porción que cubría su estancia en la unidad de cuidados in-
tensivos cardiacos, ascendía a la suma de dos mil dólares. Fat había ido al hospital del con-
dado en primera instancia porque no tenía el dinero para que lo llevaran a un hospital privado.
Así que ahora había aprendido algo más acerca de estar loco: no solo hace que te encierren
sino que te cuesta un montón de dinero. Ellos pueden cobrarte por estar loco y si vos no pagás
o no podés pagar, ellos pueden demandarte, y si una sentencia judicial se expide en tu contra
y la incumplís, ellos pueden encerrarte de nuevo, por incurrir en desacato judicial.
Cuando considerás que el intento original de suicidio de Fat había emanado de una pro-
funda desesperación, la magia de su situación actual, el glamour, de algún modo se había
esfumado. Al lado suyo en el sillón de plástico y cromo la enorme anciana continuaba vomi-
tando su medicación en la palangana plástica que provee el hospital para tales situaciones. El
técnico psiquiátrico había tomado a Fat por el brazo para conducirlo al pabellón donde estaría
confinado durante las próximas dos semanas. Le llamaban el Pabellón Norte. Sin protestar,
Fat acompañó al técnico psiquiátrico fuera de la sala receptora, a través del pasillo y hacia el
Pabellón Norte, donde una vez más la puerta fue cerrada a sus espaldas.
Mierda, Fat se dijo a sí mismo.
30
El técnico psiquiátrico escoltó a Fat a su habitación –la cual tenía dos camas en lugar de seis
catres– y luego llevó a Fat a una pequeña habitación para que llenara un cuestionario. “Esto
solo tomara unos cuantos minutos”, dijo el técnico psiquiátrico.
En la pequeña habitación estaba de pie un chica, una chica mexicana, corpulenta, con
áspera piel oscura y enormes ojos, ojos pacíficos y oscuros, ojos como piscinas de fuego; Fat
se detuvo en seco en su camino mientras veía los flameantes ojos enormes, pacíficos, de la
chica. La chica sostenía una revista abierta encima del set de TV; ella mostraba un dibujo
tosco impreso en la página: una imagen del Reino de Paz. La revista, Fat se dio cuenta, era
la Watchtower. La chica, sonriéndole, era una Testigo de Jehovah.
La chica dijo, en una vez moderada y gentil, dirigiéndose a Fat y no al técnico psiquiátrico,
“Dios, Nuestro Señor, ha preparado para nosotros un lugar en el que vivir donde no habrá
dolor ni miedo, ¿y ves?, los animales yacen juntos alegremente, el león y el ternero, como lo
haremos nosotros, todos nosotros, amigos que se aman unos a otros, sin sufrimiento o muerte,
por siempre y para siempre con nuestro Señor Jehovah quien nos ama y nunca nos abando-
nara, sin importar lo que hagamos”.
“Debbie, por favor salga del salón”, dijo el técnico psiquiátrico.
Todavía sonriéndole a Fat, la chica señaló a una vaca y a un ternero en el dibujo tosco.
“Todas las bestias, todos los hombres, todas las criaturas vivientes grandes y pequeñas dis-
frutaran del cálido amor de Jehovah, cuando llegue el Reino. Vos pensás que será hasta dentro
de mucho tiempo, pero Cristo Jesús está con nosotros hoy”. Luego, cerrando la revista, la
chica, todavía sonriendo pero ahora silenciosa, abandonó la habitación.
“Disculpas por eso”, el técnico psiquiátrico le dijo a Fat.
“Cielos”, dijo Fat, asombrado.
“¿Ella te molestó? Me disculpo por eso. No se supone que ella pueda tener esa literatura;
alguien debió haberla contrabandeado por ella”.
Fat dijo, “Estaré bien”. Él cayó en cuenta de ello; lo deslumbró.
“Apuntemos esta información”, dijo el técnico psiquiátrico, sentando con su portapapeles
y lapicero. “La fecha de su nacimiento”.
Oh idiota, pensó Fat. Puto idiota. Dios está aquí en tu maldito hospital psiquiátrico y no
te das cuenta; lo ves pero no te das cuenta. Has sido invadido y ni siquiera te das cuenta.
Sintió gozo.
Recordó la entrada 9 de su exégesis. Él vivió hace mucho tiempo pero él sigue vivo. Él
sigue vivo, pensó Fat. Después de todo lo que ha sucedido. Después de las píldoras, después
de la muñeca cortada, después del tubo de escape del carro. Él sigue vivo.
Luego de unos cuantos días, el paciente que más le agradaba en el pabellón era Doug, un
largo joven hebefrénico deteriorado que nunca se ponía ropa de calle sino que simplemente
vestía una bata de hospital abierta por la espalda. Las mujeres en el pabellón limpiaban, cor-
taban y cepillaban el cabello de Doug porque él carecía de las habilidades para hacer aquellas
cosas por sí mismo. Doug no tomaba su situación seriamente, excepto cuando a todos los
despertaban para el desayuno. Todos los días Doug saludaba a Fat con terror.
“El salón de TV tiene demonios dentro”, Doug siempre decía, cada mañana. “Me da miedo
ir ahí. ¿Lo podés sentir? Lo siento incluso pasando delante de ahí”.
31
Cuando todos hacían sus órdenes para el almuerzo Doug escribió:
BAZOFIA
“Voy a ordenar bazofia”, le dijo a Fat. Fat dijo, “Voy a ordenar tierra”.
En la oficina central, la cual tenía paredes de cristal y una puerta cerrada bajo llave, el
personal observaba a los pacientes y tomaba notas. En el caso de Fat se anotó que cuando los
pacientes jugaban cartas (lo que consumía la mitad de su tiempo, ya que ninguna terapía
existía) Fat nunca se incorporaba. Los otros pacientes jugaban póker y veintiuno, mientras
Fat se sentaba solo a leer por su cuenta.
“¿Por qué no juega cartas?” le preguntó Penny, una técnica psiquiátrica.
“Póker y veintiuno no son juegos de cartas sino juegos de dinero”, dijo Fat, bajando su
libro. “Ya que no se nos permite tener dinero con nosotros, no tiene ningún punto jugar”.
“Creo que debería jugar cartas”, dijo Penny.
Fat supo que le habían ordenado que jugara cartas, así que él y Debbie jugaban juegos de
cartas de niños como “¡Pesca!” durante horas. El personal observaba desde su oficina de
cristal y anotaba lo que veían.
Una de las mujeres se las había ingeniado para retener posesión de su Biblia. Para los
treintaicinco pacientes era la única Biblia. A Debbie no se le permitía mirarla. No obstante,
en una curva en el corredor –los encerraban fuera de sus habitaciones durante el día, para que
así no se acostaran y durmieran– el personal no podía observar lo que sucedía. Fat a veces le
pasaba su copia de la Biblia, su copia comunal, a Debbie para una hojeada rápida a alguno
de los salmos. El personal sabía lo que estaban haciendo y los detestaba por ello, pero para
cuando un técnico salía de la oficina y hacia el corredor, Debbie había seguido con su paseo.
Los reclusos mentales siempre se mueven a una velocidad y a esa velocidad solamente.
Pero unos siempre se mueven despacio y unos siempre corren. Debbie, siendo ancha y sólida,
navegaba a paso lento, al igual que Doug. Fat, que siempre caminaba con Doug, igualaba su
paso al suyo. Juntos circulaban dando vueltas y vueltas alrededor del corredor, conversando.
Las conversaciones en hospitales psiquiátricos se asemejan a las conversaciones en estacio-
nes de bus, porque en una Estación de Buses Greyhound todos están esperando, y en un
hospital psiquiátrico –especialmente un encierro psiquiátrico del condado– todos están espe-
rando. Ellos esperan para salir.
No mucho sucede en un pabellón psiquiátrico, contrario a lo que las novelas míticas rela-
tan. Los pacientes no subyugan al personal y el personal en realidad no asesina a los pacien-
tes. La mayor parte del tiempo las personas leen o miran TV o simplemente están sentadas
fumando o intentan acostarse en un sillón y dormir, o toman café o juegan cartas o caminan,
y tres veces al días se sirven las bandejas de comida. El paso del tiempo es designado por la
llegado de los carros de comida. Por la noche los visitantes aparecen y ellos siempre sonríen.
Los pacientes en un hospital psiquiátrica nunca pueden comprender por qué las personas del
exterior sonríen. Para mí, continúa siendo un misterio hasta la fecha.
La medicación, a la que siempre se le refiere como “medicinas”, se reparte a intervalos
irregulares, en diminutos vasos de papel. A todos les dan Torazina además de alguna otra
cosa. Ellos nunca te dicen que te están dando y te miran para cerciorarse de que te has tragado
32
las pastillas. En ocasiones sucede que las enfermeras de las medicinas se equivocan y traen
la misma bandeja de medicación dos veces. Los pacientes siempre señalan que ellos recién
acaban de tomarse sus medicinas hace diez minutos y las enfermeras les dan las medicinas
de nuevo, de todos modos. La equivocación nunca se descubre sino hasta el final del día, y
el personal se niega hablar de ello con los pacientes, todos los cuales ahora tienen el doble
de Torazina en sus sistemas más de lo que se supone que deberían de tener.
Nunca he conocido a un paciente psiquiátrico, incluso entre los paranoicos, que crean que
la dosificación doble sea una táctica deliberada para sedar en exceso al pabellón. Resulta
patentemente obvio que las enfermeras son tontas. Las enfermeras tienen suficientes proble-
mas averiguando cual paciente es cual y encontrando el pequeño vaso de papel para cada
paciente. Esto se debe a que la población de un pabellón cambia constantemente; nuevas
personas llegan; viejas personas son dadas de alta. El verdadero peligro en un pabellón psi-
quiátrico es que alguien bajo efectos de PCP 3 llegue a ser admitido por error. La política de
muchos hospitales psiquiátricos es rechazar a los usuarios de PCP y forzar a que la policía
armada los procese. La policía armada constantemente intenta forzar el ingreso de usuarios
de PCP al hospital psiquiátrico junto a los desarmados pacientes y empleados. Nadie desea
lidiar con un usuario de PCP, por buenas razones. Los periódicos constantemente relatan
como un bicho raro colocado con PCP, encerrado en un pabellón en alguna parte, le arrancó
de un mordisco la nariz a alguien o se arrancó de sus cuencas sus propios ojos.
Fat se salvó de eso. Él ni siquiera sabía que tales horrores existían. Esto aconteció gracias
a la sabía planificación del CMOC, que se aseguró de que ningún adicto de PCP fuera a dar
al Pabellón Norte. En efecto, Fat le debía su vida al CMOC (al igual que dos mil dólares), a
pesar de que su mente seguía demasiado frita para que él pudiera apreciarlo.
Cuando Beth leyó la factura desglosada del CMOC, ella no podía creer la cantidad de
cosas que ellos habían hecho por su esposo para mantenerlo con vida; la lista abarcaba cinco
páginas. La lista incluso incluía oxígeno. Fat no lo sabía, pero las enfermeras de la unidad de
cuidados intensivos cardiacos creían que él moriría. Ellas lo monitorearon constantemente.
De cuando en cuando, en la unidad de cuidados intensivos cardiacos, sonaba una sirena de
advertencia de emergencia. Ello significaba que alguien había perdido signos vitales. Fat,
acostado en su cama conectado como estaba a la pantalla de video, se sentía como si lo hu-
bieran ubicado junto a un desvío de rieles para trenes de ferrocarril; los mecanismos de so-
porte de vida constantemente hacían sonar sus múltiples sonidos.
Es rasgo característico de los enfermos mentales que odien a aquellos que los ayudan y
amen a aquellos que confabulan en su contra. Fat aún amaba a Beth y detestaba al CMOC.
Esto mostraba que él pertenecía en el Pabellón Norte; no tengo duda de ello. Beth sabía,
cuando ella se llevó a Christopher y se marchó en rumbo desconocido, que Fat intentaría
suicidarse; ya lo había intentado en Canadá. De hecho, Beth planeaba mudarse de nuevo tan
pronto Fat se hubiera matado. Ella así se lo dijo más adelante. Además, ella le había dicho
que la enfurecía que él hubiera fallado a la hora de matarse. Cuando él le preguntó por qué
eso la enfurecía, Beth dijo:
“Una vez más has demostrado tu incapacidad para hacer cualquier cosa”.
3
También conocido como Polvo de Ángel.
33
La distinción entre la sanidad y la insanidad es más fina que el filo de una navaja, más
afilada que el colmillo de un sabueso, más ágil que un ciervo mulo. Es más elusiva que la
más mínima fantasmagoría. Quizás ni siquiera exista; quizás es una fantasmagoría.
Irónicamente, Fat no había sido lanzado dentro del encierro porque estuviera loco (aunque
lo estaba); la razón, técnicamente, se basaba en la ley del “riesgo para sí mismo”. Fat consti-
tuía una amenaza para su propio bienestar, un cargo que podría avanzarse contra muchas
personas. En la época en que vivió en el Pabellón Norte una serie de pruebas psicológicas le
fueron administradas. Él las pasó pero, por otro lado, tuvo el buen juicio de no hablar acerca
de Dios. Aunque pasó todas las pruebas, Fat las había fingido. Para pasar el tiempo él dibujo
una y otra vez imágenes de los caballeros alemanes a los que Alexander Nevsky había atraído
hacia el hielo, atraídos hacia su muerte. Fat se identificaba con los caballeros teutónicos de
pesado blindaje con sus máscaras con ranuras para los ojos y cuernos de toro proyectándose
a cada lado; él dibujo a cada caballero cargando un enorme escudo y una espada desenvai-
nada; en el escudo Fat escribió: “In hoc signo vinces”, que obtuvo de un paquete de cigarri-
llos. Eso significa, “En este signo conquistaras”. El signo tenía la forma de una cruz de hierro.
Su amor por Dios se había convertido en enojo, un oscuro enojo. Él tuvo visiones de Chris-
topher corriendo a través de un campo pastoso, su pequeño abrigo azul ondeando detrás suyo,
Christopher corriendo y corriendo. Sin duda esto era el mismo Horselover Fat corriendo, el
niño en él, en todo caso. Corriendo lejos de algo tan oscuro como su enojo.
Asimismo él varias veces escribió:
Dico per spiritum sanctum. Haec veritas est. Mihi crede et mecum in aeternitate
vivebis. Entrada 28.
Esto significaba, “Hablo por medio del Espíritu Santo. Esta es la verdad. Cree en mí y
vivirás conmigo en la eternidad”.
Un día en una lista de instrucciones impresas pegadas a la pared del corredor, él escribió:
Ex Deo nascimur, in Jesu mortimur, per spiritum sanctum reviviscimus.
Doug le preguntó qué significaba.
“‘De Dios nacemos,’” tradujo Fat, “‘en Jesus morimos, por el Espíritu Santo vivimos
de nuevo’”.
“Vas a estar aquí por noventa días”, dijo Doug.
Una vez Fat encontró un aviso publicado que lo fascinó. El aviso estipulaba lo que no
podía hacerse, en orden descendiente de importancia. Cercano a la parte superior de la lista
a todas las partes involucradas se les decía:
34
“Hay dos manera de conocer”, dijo Doug. “O bien el conocimiento surge mediante los
órganos sensitivos y es llamado conocimiento empírico, o este surge dentro de tu cabeza y
es llamado a priori”. Doug escribió en el aviso:
35
“Su parte superior no es luminosa;
su parte inferior no es oscura.
Continuamente fluye lo Innombrable,
hasta que retorna al más allá del reino de las cosas.
Lo llamamos la Forma sin forma,
la Imagen sin imágenes.
Lo llamamos lo indefinible y lo inimaginable.
¡Dale la cara y no verás su rostro!
¡Síguelo y no verás su espalda!”.
Escuchando esto, Fat recordó las entradas 1 y 2 de su diario. Él se las cito, de memoria, al
Dr. Stone.
1. Una Mente hay; pero bajo ella dos principios contienden.
2. La Mente deja entrar la luz, luego la oscuridad; en interacción; así el tiempo es
generado. Al final la Mente otorga la victoria a la luz; el tiempo cesa y la Mente está
completa.
“Pero”, el Dr. Stone dijo, “si la Mente otorga la victoria a la luz, y luego la oscuridad
desaparece, entonces la realidad desaparecerá, ya que la realidad es un compuesto de Yang
y de Yin equitativamente”.
“Yang es la Forma I de Parménides”, dijo Fat. “Yin es la Forma II. Parménides argumen-
taba que la Forma II de hecho no existe. Solo la Forma I existe. Parménides creía en un
mundo monístico. La gente imagina que ambas formas existen, pero ellos están equivocados.
Aristóteles relata que Parménides equipara la Forma I con ‘aquello que es’ y la Forma II con
‘aquello que no es’. Por tanto la gente está engañada”.
Mirándolo, el Dr. Stone dijo, “¿Cuál es tu fuente?”.
“Edward Hussey”, dijo Fat.
“Él está en Oxford”, dijo el Dr. Stone. “Yo asistí a Oxford. En mi opinión Hussey no tiene
igual”.
“Tenés razón”, dijo Fat.
“¿Qué más podés decirme?” dijo el Dr. Stone.
Fat dijo, “El tiempo no existe. Este es el gran secreto conocido por Apolonio de Tiana,
Pablo de Tarso, Simón el Mago, Paracelso, Boehme y Bruno. El universo se está contrayendo
en una entidad unitaria que se está completando a sí misma. La decadencia y el desorden son
vistos por nosotros en reversa, como si incrementaran. En la entrada 18 de mi exégesis se
lee: ‘El tiempo real cesó en 70 E. C. con la caída del templo en Jerusalén. Este comenzó
de nuevo en 1974. El periodo intermedio fue una perfecta interpolación espuria imi-
tando la Creación de la Mente’”.
“¿Interpolada por quién?” el Dr. Stone preguntó.
“La Prisión de Hierro Negro, que es una expresión del Imperio. Lo que ha sido –” Fat
había comenzado a decir, “Lo que me ha sido revelado”. Volvió a escoger sus palabras. “Lo
que ha sido más importante en mis descubrimientos es esto: ‘El Imperio nunca acabó’”.
Inclinándose contra su escrito, el Dr. Stone cruzó sus brazos, se meció hacia adelante y
hacia atrás y estudió a Fat, esperando escuchar más.
36
“Eso es todo lo que sé”, dijo Fat, volviéndose cauto a último minuto.
“Estoy muy interesado en lo que estás diciendo”, dijo el Dr. Stone.
Fat cayó en cuenta de que solo una de dos posibilidades existía y solamente dos; o bien el
Dr. Stone estaba completamente insano –no solo insano sino totalmente– o sino, de una in-
geniosa manera profesional, había logrado que Fat hablara; él había sonsacado a Fat, y ahora
sabía que estaba loco de remate. Lo que significa que Fat podía esperar una comparecencia
en el juzgado y noventa días.
Este es un lúgubre descubrimiento.
Estas fueron las intuiciones gemelas que ahora percolaban a través de la cabeza de Fat. Él
decidió jugárselo todo a una carta, y contarle al Dr. Stone la entrada más fantástica en su
exégesis.
“Entrada número veinticuatro”, dijo Fat. “‘En forma de semilla inactiva, como in-
formación viviente, el plásmate dormitaba en la biblioteca enterrada de códices en Che-
noboskion hasta –’”.
“¿Qué es ‘Chenoboskion’?” interrumpió el Dr. Stone.
“Nag Hammadi”.
“Oh, la biblioteca gnóstica”. El Dr. Stone asintió. “Hallada y leída en 1945 pero nunca
publicada. ¿‘Información viviente’?’. Con atento escrutinio sus ojos se fijaron en Fat. “‘In-
formación viviente’”, él repitió en eco. Y luego él dijo, “El Logos”.
Fat temblaba.
“Sí”, dijo el Dr. Stone. “El Logos sería información viviente, capaz de replicarse”.
“Replicarse no a través de información”, dijo Fat, “en información, sino como informa-
ción. Esto es a lo que Jesús se refería cuando habló elípticamente de la ‘semilla de mostaza’
la cual, él dijo, ‘crecería en un árbol lo suficientemente grande para que las aves duerman’”.
“No hay árbol de mostaza”, convino el Dr. Stone. “Así que Jesús no lo pudo haber dicho
en sentido literal. Eso concuerda con la llamada temática del ‘secretismo’ de Marcos; él no
quería que los intrusos supieran la verdad. ¿Y sabés?”.
“Jesús previó no solo su propia muerte sino la de todos los –” Fat titubeó. “Homo-
plásmates. Eso es un ser humano con el que se ha entrelazado el plásmate. Simbiosis
interespecífica. Como información viviente el plásmate viaje por el nervio óptico de un
humano hasta la glándula pineal. Usa el cerebro humano como un huésped hembra –”.
El Dr. Stone gruñó y se estrujó a sí mismo violentamente.
“– en el cual replicarse a sí mismo en forma activa”, dijo Fat. “Los alquimistas her-
méticos sabían de ello en la teoría por textos antiguos pero no pudieron duplicarlo, ya
que ellos no pudieron localizar el inactivo plásmate enterrado”.
“¡Pero estás diciendo que el plásmate –el Logos– fue excavado en Nag Hammadi!”.
“Sí, cuando los códices fueron leídos”.
“¿Estás seguro de que no estaba en forma de semilla inactiva en Qumrán? ¿En la Cueva
Cinco?”.
37
“Pues bien”, dijo Fat, inciertamente.
“¿De dónde viene el plásmate originalmente?”.
Después de una pausa Fat dijo, “De otro sistema estelar”.
“¿Deseás identificar ese sistema estelar?”.
“Sirius”, dijo Fat.
“Entonces vos creés que los Dogón del Sudán occidental son la fuente de la Cristiandad?”.
“Ellos usan el signo del pez”, dijo Fat. “Por Nommo, el gemelo benigno”.
“Quien sería la Forma I o Yang”.
“Correcto”, dijo Fat.
“Y Yurugu es Forma II. Pero vos creés que la Forma II no existe”.
“Nommo tuvo que asesinarla”, dijo Fat.
“Eso es lo que el mito japonés estipula, en cierto sentido”, dijo el Dr. Stone. “Su mito
cosmogónico. La gemela hembra muere dando a luz al fuego; luego ella desciende bajo el
suelo. El gemelo varón va detrás de ella para restaurarla pero la encuentra descomponiéndose
y dando a luz a monstruos. Ella lo persigue y él la sella bajo el suelo”.
Asombrado, Fat dijo, “Ella está descomponiéndose ¿y aun así sigue dando a luz?”.
“Solo a monstruos”, el Dr. Stone dijo.
Por aquel entonces dos nuevas proposiciones habían entrado a la mente de Fat, debido a
esta conversación en particular.
Por “correcto” léase “en contacto con la realidad”. Fat había recaído en su más sombría
intuición, que el universo y la Mente que detrás suyo lo gobierna eran, ambos, totalmente
irracionales. Él se preguntaba si debería mencionarle esto al Dr. Stone, quien parecía com-
prender a Fat mejor que cualquiera otra persona durante toda la vida de Fat.
“Dr. Stone”, dijo él, “hay algo que quisiera preguntarle. Quiero su opinión profesional”.
“Dígalo”.
“¿Puede el universo, posiblemente, ser irracional?”.
“Te referís a que no sea guiado por una mente. Te sugiero que consultés a Jenófanes”.
“Claro”, dijo Fat. “Jenófanes de Colofón. ‘Hay un único dios, de ninguna manera similar
a las creaturas mortales ya sea en forma corporal o en el pensamiento de su mente. La totali-
dad de él mira, la totalidad de él piensa, la totalidad de él escucha. Él se mantiene siempre
estático en el mismo lugar; no es correcto –’”
“‘Adecuado’”, corrigió el Dr. Stone. “‘No es adecuado que él deba moverse ahora en esta
dirección, ahora en la otra’. Y la parte importante, Fragmento 25. ‘Pero, sin ningún esfuerzo,
él maneja todas las cosas por medio del pensamiento de su mente’”.
“Pero él podría ser irracional”, dijo Fat.
“¿Cómo lo sabríamos?”.
“La totalidad del universo sería irracional”.
El Dr. Stone dijo, “¿Comparado con qué?”.
38
Eso, Fat no lo había pensado. Pero tan pronto lo pensó cayó en cuenta de que eso no hacía
colapsar su miedo; lo incrementaba. Si la totalidad del universo fuera irracional, porque es-
taba dirigido por una mente irracional –esto es decir, insana–, especies enteras podrían ser
convocadas a la existencia, vivir y perecer y nunca adivinarlo, precisamente por la razón que
recién había dado el Dr. Stone.
“El Logos no es irracional”, Fat decidió en voz alta. “Lo que llamo el plásmate. Enterrado
como información en los códices en Nag Hammadi. Que está de vuelta con nosotros ahora,
creando nuevos homoplásmates. Los romanos, el Imperio, asesinaron a todos los originales”.
“Pero vos decís que el tiempo real cesó en el 70 a. D. cuando los romanos destruyeron el
Templo. Por lo tanto estos aún son tiempos romanos; los romanos aún están aquí. Este es
aproximadamente –” el Dr. Stone calculó. “Alrededor del 100 a. D.”.
Fat se percató, entonces, de que esto explicaba su doble exposición, la superposición que
había visto de la antigua Roma y la California de 1974. El Dr. Stone lo había resuelto por él.
El psiquiatra encargado de tratarlo por su locura la había ratificado. Ahora Fat nunca se
apartaría de la fe en su encuentro con Dios. El Dr. Stone había dado en el blanco.
39
5
Fat pasó trece días en el Pabellón Norte, tomando café y leyendo y deambulando con Doug,
pero nunca más tuvo oportunidad de hablar con el Dr. Stone de nuevo porque Stone tenía
demasiadas responsabilidades, ello debido a que él estaba a cargo del pabellón entero y de
todos los que estaban allí adentro, personal y pacientes por igual.
Bueno, él sí tuvo un breve intercambio, idiota y apresurado, en el momento en que lo
daban de alta del pabellón.
“Creo que estás listo para marcharte”, dijo el Dr. Stone jovialmente.
Fat dijo, “Pero permítame preguntarle. No estoy hablando de que no haya ninguna mente
dirigiendo el universo. Estoy hablando de una mente como la que Jenófanes concibió, pero
la mente está insana”.
“Los gnósticos creían que la deidad creadora era insana”, dijo Stone. “Ciega. Quiero mos-
trarte algo. No ha sido publicado todavía; lo tengo en un escrito a máquina de Orval Winter-
mute quien actualmente está trabajando con Bethge en la traducción de los códices de Nag
Hammadi. Esta citación proviene de Sobre el Origen del Mundo. Leelo”.
Fat lo leyó para sí mismo, sujetando el preciado escrito a máquina.
“Él dijo, ‘Yo soy dios y ninguno otro existe excepto yo’. Pero cuando él dijo estas
cosas, pecó en contra de todos los inmortales (imperecederos), y ellos lo protegieron.
Más aún, cuando Pistis miró la impiedad del jefe gobernante, ella estaba enojada. Sin
ser vista, ella dijo, ‘Tú erras, Samael,’ i.e., ‘el dios ciego.’ ‘Un hombre iluminado e
inmortal existe antes que tú. Esto aparecerá dentro de tus cuerpos moldeados. Él te
pisoteará como arcilla de alfarero, (la cual) es pisoteada. Y tú te irás con aquellos que
son tuyos abajo hacia tu madre, el abismo’”.
De inmediato, Fat comprendió lo que había leído. Samael era la deidad creadora y él ima-
ginaba que era el único dios, como se declara en Génesis. Sin embargo, él estaba ciego, lo
que es decir, ocluido. “Ocluido” era el término prominente de Fat. Abarcaba todos los demás
términos: insano, loco, irracional, desquiciado, jodido, frito, psicótico. En su ceguera (estado
de irracionalidad; i.e., desapegado de la realidad), él no se percató que–
¿Qué era lo que el escrito a máquina decía? Febrilmente lo buscó, ante lo cual el Dr. Stone,
acto seguido, lo palmeó en el brazo y le dijo que podía quedarse con el escrito a máquina;
Stone lo había fotocopiados varias veces más.
Un hombre iluminado e inmortal existía antes que la deidad creadora, y ese iluminado
hombre inmortal aparecería dentro de la raza humana que Samael iba a crear. Y ese iluminado
hombre inmortal que había existido antes que la deidad creadora pisotearía al jodido, ciego
creador engañado como arcilla de alfarero.
Por tanto el encuentro de Fat con Dios –el verdadero Dios– había venido a través de la
pequeña cacerola Oh Ho que Stephanie había torneado para él en su torno de alfarería.
“Entonces tengo razón acerca de Nag Hammadi”, le dijo al Dr. Stone.
“Vos lo sabrás”, dijo el Dr. Stone, y entonces él dijo algo que nunca nadie le había dicho
antes a Fat. “Sos la autoridad”, dijo el Dr. Stone.
40
Fat cayó en cuenta de que el Dr. Stone había restaurado su vida espiritual –la de Fat. Todo
lo que el Dr. Stone había dicho y hecho vis a vis con Fat tenía una base terapéutica, un im-
pulso terapéutico. Que el contenido de la información de Stone fuera correcto no era impor-
tante; su propósito, desde el inicio, había sido restaurar la confianza de Fat en sí mismo, la
cual había desaparecido cuando Beth se marchó –la cual había desaparecido, realmente,
cuando Fat había fallado a la hora de salvar la vida de Gloria hacía años.
El Dr. Stone no era un insano; Stone era un curandero. Él desempeñaba el trabajo indicado.
Probablemente había curado a muchas personas de muchas maneras. Él adaptaba su terapia
al individuo, no el individuo a la terapia.
Maldita sea, pensó Fat.
Con esa sencilla oración, “Sos la autoridad”, Stone le había devuelto a Fat su alma.
El alma que Gloria, con su repugnante y maligno juego psicológico mortal, se había lle-
vado.
Ellos –nótese el “ellos”– le pagaban al Dr. Stone para que averiguara qué había destruido
al paciente que ingresaba al pabellón. En cada caso una bala había sido disparada en su con-
tra, en algún lugar, en algún momento, de su vida. La bala entró en él y el dolor comenzó a
esparcirse. Insidiosamente, el dolor lo llenó hasta partirlo por la mitad, justo por el medio.
La tarea del personal, e inclusive de los otros pacientes, era volver a unir a la persona pero
esto no podía hacerse mientras que la bala permaneciera. Todo lo que los terapeutas menores
hacían era notar que la persona estaba partida en dos pedazos y comenzar con el trabajo de
remendarla de vuelta a la unidad; pero ellos fallaban a la hora de encontrar y remover la bala.
La bala fatal disparada contra la persona era la base del ataque original de Freud sobre la
persona psicológicamente herida; Freud había comprendido: él lo llamaba trauma. Más ade-
lante, todo el mundo se cansó de la búsqueda por la bala fatal; tomaba demasiado tiempo.
Demasiado tenía que aprenderse acerca del paciente. El Dr. Stone tenía un talento paranor-
mal, como sus paranormales remedios de Bach que eran un palpable timo, un pretexto para
escuchar al paciente. Ron con una flor sumergida en él –nada más, pero una afilada mente
escuchando lo que el paciente decía.
El Dr. Leon Stone resultó ser una de las personas más importantes en la vida de Horselover
Fat. Para llegar a Stone, Fat había tenido que casi matarse físicamente, empatando con su
muerte mental. ¿Es esto a lo que se refieren con las misteriosas maneras de Dios? ¿De qué
otro modo Fat se hubiera vinculado con Leon Stone? Solamente algún sombrío acto en las
líneas de un intento de suicidio, un verdadero intento letal, lo hubiera conseguido; Fat tuvo
que morir, o casi morir, para ser curado. O casi curado.
Me pregunto a dónde ejerce Leon Stone ahora. Me pregunto cuál es su tasa de recupera-
ción. Me pregunto cómo obtuvo sus habilidades paranormales. Me pregunto muchas cosas.
El peor evento en la vida de Fat –que Beth lo dejara, que se llevara a Christopher y que Fat
intentara matarse– había traído consigo ilimitadas consecuencias benignas. Si juzgás los mé-
ritos de una secuencia por su desenlace final, Fat justo recién había atravesado el mejor pe-
riodo de su vida; él emergió del Pabellón Norte tan fuerte como alguna vez lo estaría. Después
de todo, ningún hombre es infinitamente fuerte; por cada creatura que corre, vuela, salta o
gatea hay un némesis terminal que él no eludirá, que finalmente lo atrapará. Pero el Dr. Stone
había agregado el elemento perdido a Fat, el elemento que le fue arrebatado, medianamente
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deliberado, por Gloria Knudson, quien deseaba llevarse consigo a tantas personas como pu-
diera: confianza propia. “Sos la autoridad”, Stone había dicho, y eso bastaba.
Siempre le he dicho a la gente que por cada persona hay una oración –una serie de pala-
bras– que tiene el poder de destruirla. Cuando Fat me contó acerca de Leon Stone caí en
cuenta (esto sucedió años después de la primera caída en cuenta) de que otra oración existe,
otra serie de palabras, que sanará a la persona. Si topás con suerte obtendrás la segunda; pero
podés tener la certeza de obtener la primera: esa es la manera en que funciona. Por cuenta
propia, sin entrenamiento, los individuos saben cómo emitir la oración letal, pero entrena-
miento es requerido para emitir la segunda. Stephanie estuvo cerca cuando hizo la pequeña
cacerola de cerámica Oh Ho y se la regaló a Fat como su regalo de amor, un amor que ella
carecía de las habilidades verbales para articular.
¿Cómo, cuando Stone le dio a Fat el material del escrito a máquina del códice de Nag
Hammadi, pudo él haber sabido la significancia de cacerola y alfarero para Fat? Para saber
eso, Stone habría tenido que ser telepático. Pues bien, yo no tengo teoría. Fat, por supuesto,
la tiene. Él creía que como Stephanie, el Dr. Stone era una microforma de Dios. Por eso es
que digo que Fat estaba casi curado, no curado.
Sin embargo, al considerar a la gente benigna como microformas de Dios, Fat al menos
permanecía en contacto con un buen dios, no con uno ciego, cruel o malvado. Ese punto
debería ser considerado. Fat tenía una alta estima por Dios. Si el Logos era racional, y el
Logos era equiparable a Dios, entonces Dios tenía que ser racional. Por esto es que la decla-
ración del Cuarto Evangelio acerca de la identidad del Logos es tan importante: “Kai theos
en ho logos” lo que es decir “y la palabra era Dios”. En el Nuevo Testamento, Jesús dice que
nadie ha visto a Dios salvo él; eso es, Jesucristo, el Logos del Cuarto Evangelio. Si eso fuera
correcto, lo que Fat experimentó era el Logos. Pero el Logos es Dios; así que experimentar a
Cristo es experimentar a Dios. Quizás una declaración más importante aparece en un libro
del Nuevo Testamento que la mayoría de las personas no lee: ellos leen los evangelios y las
cartas de Pablo, pero ¿quién lee Uno Juan?
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jodido mundo separan al hombre de Dios. Que el creador ciego sinceramente imagine que él
es el verdadero Dios solamente revela la extensión de su oclusión. Esto es gnosticismo. En
el gnosticismo, el hombre pertenece con Dios en contra del mundo y el creador del mundo
(ambos de los cuales están locos, ya sea que lo reconozcan o no). La respuesta a la pregunta
de Fat, “¿Es el universo irracional, y es irracional porque una mente irracional lo gobierna?”
recibe esta respuesta, por vía del Dr. Stone: “Sí lo es, el universo es irracional; la mente
gobernándolo es irracional; pero por encima de ellos yace otro Dios, el verdadero Dios, y él
no es irracional; en adición ese verdadero Dios ha sido más listo que los poderes de este
mundo, se ha aventurada aquí para ayudarnos, y lo conocemos como el Logos”, el cual, según
Fat, es información viviente.
Quizás Fat había discernido un vasto misterio al llamarle al Logos información viviente.
Pero quizás no. Probar cosas de este tipo es difícil. ¿A quién le preguntás? Fat, afortunada-
mente, le preguntó a Leon Stone. Él pudo haberle preguntado a alguien del personal, en cuyo
caso él todavía estaría en el Pabellón Norte tomando café, leyendo, deambulando con Doug.
Por encima de todo lo demás, superando cada otro aspecto, objeto y calidad de su encuen-
tro, Fat había atestiguado un poder benigno que había invadido este mundo. Ningún otro
término se ajustaba a ello: el poder benigno, sea lo que fuera, había invadido este mundo,
como un campeón listo para librar batalla. Eso lo aterrorizaba pero ello también excitaba su
júbilo porque él entendía lo que significaba. La ayuda había llegado.
El universo puede ser irracional, pero algo racional había irrumpido en su interior, como
un ladrón en la noche irrumpe dentro de un hogar durmiente, inesperadamente en términos
de lugar, en términos de tiempo. Fat lo había visto –no porque hubiera algo especial acerca
de él– sino porque lo que ello fuera había querido que él lo viera.
Normalmente permanecía camuflado. Normalmente cuando aparecía nadie podía distin-
guirlo de la superficie –fijado a la superficie, como Fat correctamente lo expresó. Él le tenía
un nombre.
Zebra. Porque se mezclaba. El nombre para esto es mimesis. Otro nombre es mimetismo.
Ciertos insectos hacen esto; ellos imitan otras cosas: a veces otros insectos –los venenosos–
o ramas u otros similares. Ciertos biólogos y naturalistas han especulado que elevadas formas
de mimetismo pueden existir, debido a que bajas formas –lo que es decir, formas que engañan
a aquellos que se pretende engañar pero no a nosotros– se han encontrado por todo el mundo.
¿Qué tal si una elevada forma de mimetismo sentiente existe –una forma tan elevada que
ningún humano (o pocos humanos) la ha detectado? ¿Qué tal si solamente pudiera ser detec-
tada si ella deseara ser detectada? Lo que es decir, no verdaderamente detectada del todo,
dado que bajo estas circunstancias ella ha avanzado fuera de su estado de camuflaje para
revelarse a sí misma. “Revelar” puede en este caso equiparar a “teofanía”. El desconcertado
ser humano diría, he visto a Dios; mientras que de hecho él solo vio una forma de vida ultra-
terrestre altamente evolucionada, una IUT, o una forma de vida extraterrestre (una IET) que
había venido aquí en algún momento en el pasado… y quizás, como Fat conjeturaba, había
dormitado por casi dos mil años en forma de semilla inactiva como información viviente en
los códices de Nag Hammadi, lo que explicaba porque los reportes de su existencia se habían
interrumpido abruptamente cerca del 70 A. D.
La entrada 33 en el diario de Fat (i.e. su exégesis):
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Esta soledad, esta angustia de la Mente desconsolada, es sentida por todo constitu-
yente del universo. Todos sus constituyentes están vivos. Así los antiguos pensadores
griegos eran hilozoístas.
Un “hilozoísta” cree que el universo está vivo; es cercana a la idea del pan-psiquismo, que
todo está animado. El pan-psiquismo o el hilozoísmo cae bajo dos clases de creencia:
Fat había encontrado un terreno de punto medio. El universo consiste de una vasta entidad
irracional al interior de la cual ha irrumpido una forma de vida de alto orden que se camufla
a sí misma mediante sofisticado mimetismo; por ende por cuanto lo desee permanece –para
nosotros– desapercibida. Ella imita objetos y procesos causales (esto es lo que Fat asegura);
no solo objetos sino lo que los objetos hacen. A partir de esto, podés deducir que Fat concibe
a Zebra como algo sumamente grande.
Después de un año de analizar su encuentro con Zebra, o Dios, o el Logos, lo que sea, Fat
llegó primero a la conclusión de que había invadido nuestro universo; y un año más tarde se
percató de que estaba consumiendo –eso es, devorando– nuestro universo. Zebra logró esto
por vía de un proceso muy similar a la transustanciación. Este es el milagro de la comunión
en el que dos especies, el vino y el pan, invisiblemente se convierten en la sangre y el cuerpo
de Cristo.
En lugar de ver esto en la iglesia, Fat lo había visto en el mundo; y no en la micro-forma
sino en la macro-forma, lo que es decir, en una escala tan vasta que él no podía estimar sus
límites. El universo entero, posiblemente, está en el proceso invisible de convertirse en el
Señor. Y con este proceso viene no solo sintiencia sino –sanidad. Para Fat esto sería un ben-
dito alivio. Él había soportado la insanidad por demasiado tiempo, tanto en sí mismo como
afuera de sí mismo. Nada lo podía haber complacido más.
Si Fat estaba psicótico, debés admitir que es un extraño tipo de psicosis el creer que has
encontrado una irrupción de lo racional al interior de lo irracional. ¿Cómo lo tratás? ¿Envías
a la persona afligida al punto de partida? En ese caso, él ahora está desconectado de lo real.
Esto no tiene sentido, en términos de terapia; es un oxímoron, un contradicción verbal.
Pero un problema semántico todavía más básico queda expuesto, aquí. Suponé que le digo
a Fat, o Kevin le dice a Fat, “No experimentaste a Dios. Vos meramente experimentaste algo
con las cualidades y los aspectos y la naturaleza y los poderes y la sabiduría y la benevolencia
de Dios”. Esto es como el chiste acerca de la proclividad alemana hacia las dobles abstrac-
ciones; una autoridad alemana en literatura inglesa declara, “Hamlet no fue escrito por Sha-
kespeare; fue meramente escrito por un hombre llamado Shakespeare”. En el inglés la dis-
tinción es verbal y desprovista de significado, aunque el alemán como un lenguaje expresará
la diferencia (lo que da cuenta de algunas de las extrañas características de la mente alemana).
“Yo vi a Dios”, declara Fat, y Kevin y yo y Sherri declaramos, “No, vos solo viste algo
como Dios. Exactamente como Dios”. Y habiendo hablado, no nos quedamos a escuchar la
respuesta, como un bromista Pilatos, al él preguntar, “¿Qué es la verdad?”.
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Zebra se abrió camino a nuestro universo y disparó rayo tras rayo de luz de color, rica en
información, al cerebro de Fat, justo a través de su cráneo, cegándolo y jodiéndolo y atur-
diendo y encandilándolo, pero impartiéndole a él conocimiento más allá de lo decible. Para
empezar, salvó la vida de Christopher.
Hablando más exactamente, no se abrió camino para disparar información; en alguna fe-
cha pasada se había abierto camino. Lo que hizo fue dar un paso al frente fuera de su estado
de camuflaje; se auto reveló a sí misma del set al terreno y disparó información a un ratio
que nuestros cálculos no calibrarán; le disparó bibliotecas enteras en cuestión de nanosegun-
dos. Y continúo haciéndolo durante ocho horas de tiempo real transcurrido. Muchos nanose-
gundos existen en ocho horas TRT. A velocidad de un destello podés cargar el hemisferio
derecho del cerebro humano con una titánica cantidad de data gráfica.
Pablo de Tarso tuvo una experiencia similar. Hace mucho tiempo. Mucho del contenido
de su experiencia él se reusó a discutirlo. Según su propia declaración, mucha de la informa-
ción disparada a su cabeza –justo en medio de los ojos, en su viaje a Damasco– murió con él
sin ser pronunciada. El caos reina en el universo, pero San Pablo sabía con quién él había
hablado. Él mencionó eso. Zebra, también, se identificó a sí misma, para Fat. Ella se deno-
minó a sí misma “Sta. Sophia”, una designación desconocida para Fat. “Sta. Sophia” es una
inusual hipostasis de Cristo.
El hombre y el mundo son mutuamente tóxicos el uno para el otro. Pero Dios –el Dios
verdadero– ha penetrado a ambos, ha penetrado al hombre y ha penetrado al mundo, e infunde
sobriedad al paisaje. Pero ese Dios, el Dios de las afueras, encuentra feroz oposición. Fraudes
–los engaños de la locura– abundan y se enmascaran como el reflejo opuesto del espejo: se
posan como sanidad. Las máscaras, no obstante, se evanecen y la locura se revela a sí misma.
Es una cosa horrible de presenciar.
El remedio está aquí pero también lo está la enfermedad. Tal cual Fat repite obsesiva-
mente, “El Imperio nunca acabó”. En una desconcertante respuesta ante la crisis, el Dios
verdadero imita al universo, la misma región que ha invadido: él asume el parecido de palos
y árboles y latas de cerveza en las alcantarillas –él presume ser basura desechada, chatarra
en la que nadie repara. Al acecho, el Dios verdadero literalmente embosca a la realidad y a
nosotros también. Dios, en suma verdad, nos ataca y nos lastima, en su rol como antídoto.
Tal cual Fat puede testificar, es una experiencia aterradora ser asaltado por el Dios Viviente.
Por tanto decimos, el Dios verdadero tiene el hábito de ocultarse a sí mismo. Veinticinco
siglos han pasado desde que Heráclito escribió, “La forma latente es maestra de la forma
manifiesta”, y “La naturaleza de las cosas tiene el hábito de ocultarse a sí misma”.
Así que lo racional, como una semilla, yace oculto dentro del grueso irracional. ¿Qué
propósito sirve el grueso irracional? Preguntate a vos mismo que ganó Gloria al morir; no en
términos de su muerte vis-à-vis ella misma sino en términos de aquellos quienes la amaron.
Ella pagó de vuelta su amor con –pues bien, ¿con qué? ¿Malicia? No probado. ¿Odio? No
probado. ¿Con lo irracional? Sí; probado. En términos del efecto en sus amigos –tal como
Fat– ningún propósito lúcido fue servido pero propósito había: propósito desprovisto de pro-
pósito, si sos capaz de concebir eso. Su motivo fue ningún motivo. Estamos hablando de
nihilismo. Bajo todo lo demás, incluso bajo la muerte en sí misma y la voluntad hacia la
muerte, yace algo más y ese algo más es nada. La piedra angular básica del estrato de realidad
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es la irrealidad; el universo es irracional porque está construido no en mera arena movediza
–sino en aquello que no es.
No ayuda a Fat el saber esto: el porqué de que Gloria se lo llevara consigo –o que hiciera
todo en su poder para– cuando ella se marchó. “Perra”, le pudo haber dicho si él la hubiera
sujetado. “Solo decime por qué; ¿por qué putas, por qué?”. A lo que el universo secamente
respondería, “Mis caminos no pueden ser conocidos, oh hombre”. Lo que es decir, “Mis ca-
minos no tienen sentido, así como tampoco las caminos de aquellos que habitan en mí”.
Las malas noticias venideras para Fat eran misericordiosamente aún desconocidas para él,
en este punto, al momento de ser dado de alta del Pabellón Norte. Él no podía volver con
Beth, ¿a sí que con quién podría él volver, cuando saliera al mundo exterior? En su mente,
durante su estadía en el Pabellón Norte, Sherri, quien estaba en remisión de su cáncer, lo
había visitado religiosamente. Por lo tanto Fat se había engramado a ella, creyendo que si él
tenía una amiga verdadera en todo el mundo era Sherri Solvig. Su plan se había desplegado
como una estrella brillante: el viviría con Sherri, ayudándole a mantener sus espíritus altos
durante su remisión, y si ella perdía su remisión, él la cuidaría como ella lo había cuidado a
él durante su tiempo en el hospital.
En ningún sentido había el Dr. Stone curado a Fat, cuando el motor que conducía a Fat
posteriormente fue expuesto. Fat se aferró a la muerte más rápida y más expertamente en esta
ocasión de lo que nunca antes lo había hecho. Él se había convertido en un profesional a la
hora de buscar dolor; había aprendido las reglas del juego y ahora sabía cómo jugar. Lo que
Fat en su locura –adquirida de un universo lunático; calificado así por el propio análisis de
Fat– buscaba era ser arrastrado junto a alguien que quisiera morir. Si hubiera revisado su
libreta de direcciones él no hubiera obtenido una mejor fuente que Sherri, “Inteligente mo-
vida, Fat”, le hubiera dicho si yo hubiera sabido lo que él estaba planeando para su futuro,
durante su estadía en el Pabellón Norte. “Realmente acertaste esta vez”. Yo conocía a Sherri;
yo sabía que ella se pasaba todo su tiempo intentando averiguar una manera de perder su
remisión. Yo sabía eso porque ella expresaba furia y odio, constantemente, a los médicos que
la habían salvado. Pero no sabía lo que Fat había planeado. Fat lo mantuvo en secreto, incluso
para Sherri. Yo la ayudaré, Fat se dijo a sí mismo en las profundidades de su mente frita. Yo
ayudaré a que Sherri se mantenga saludable pero si –y cuando– ella vuelve a enfermar, allí
estaré a su lado, listo para hacer cualquier cosa por ella.
Su error, cuando se deconstruye, equivale a esto: Sherri no planeaba meramente enfermar
de nuevo; ella, al igual que Gloria, planeaba llevarse a tantas personas con ella como le fuera
posible –en proporción directa a su amor hacia ella. Fat la amaba y, peor aún, sentía gratitud
hacia ella. Con esta arcilla, Sherri podía tornear una cacerola con el combado torno de alfa-
rería que tenía por cerebro que destrozaría lo que Leon Stone había hecho, destrozaría lo que
Stephanie había hecho, destrozaría lo que Dios había hecho. Sherri tenía más poder en su
cuerpo debilitado que todas estas otras entidades combinadas, incluyendo al Dios viviente.
Fat había decidido engrilletarse a sí mismo al Anticristo. Y lo hizo por los más altos mo-
tivos posibles: por amor, gratitud y el deseo de ayudarla.
Exactamente de lo que los poderes del infierno se alimentan: los mejores instintos del
hombre.
***
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Sherri Solvig, siendo pobre, vivía en una diminuta habitación decadente sin cocina; ella
tenía que lavar los platos en el lavabo del baño. El cielo raso mostraba una vasta mancha de
agua, de un inodoro en el piso de arriba que se había rebalsado. Habiéndola visitado un par
de veces Fat conocía el lugar y lo consideraba deprimente. Él tenía la impresión de que si
Sherri se mudaba a un bonito apartamento, a uno moderno, y con cocina, su ánimo mejoraría.
Evidentemente, la realización nunca había penetrado a la mente de Fat de que Sherri bus-
caba este tipo de morada. Sus sucios entornos eran resultado de su aflicción, no su causa; ella
podía recrear estas condiciones a donde fuera –lo que Fat eventualmente descubrió.
En este punto en el tiempo, no obstante, Fat había preparado su línea mental y física de
ensamblaje para producir unas series interminables de buenas acciones hacia la persona que,
antes que todas las demás personas, lo había visitado en la unidad de cuidados intensivos
cardiacos y luego en el Pabellón Norte. Sherri tenía documentos oficiales declarándola cris-
tiana. Dos veces por semana recibía la comunión y un día ingresaría a una orden religiosa.
Además, llamaba a su párroco por su nombre. No podés estar más cerca de la piedad que eso.
Un par de veces Fat le había contado a Sherri acerca de su encuentro con Dios. Esto no la
había impresionado, debido a que Sherri Solvig creía que uno encuentra a Dios solamente a
través de canales. Ella misma tenía acceso a estos canales, lo que es decir su párroco Larry.
Una vez Fat le había leído a Sherri de la Britannica acerca del “tema del secretismo” en
Marcos y Mateo, la idea de que Cristo velaba sus enseñanzas en forma de parábola para que
la multitud –eso es, los muchos extraños– no lo entendieran y así no pudieran salvarse. Cristo,
de acuerdo con esta postura o tema, deseaba la salvación solo para su pequeño rebaño. La
Britannica discutía esto directamente.
“Eso son patrañas”, dijo Sherri.
Fat dijo, “¿Querés decir que esta Britannica está equivocada o que la Biblia está equivo-
cada? La Britannica es solo –”.
“La Biblia no dice eso”, dijo Sherri, quien leía la Biblia todo el tiempo, o al menos tenía
una copia siempre con ella.
A Fat le tomó horas encontrar la citación en Lucas; finalmente la tenía, para ponérsela al
frente a Sherri:
“Sus discípulos le preguntaron lo que su parábola podía significar, y él dijo, ‘Los mis-
terios del reino de Dios son revelados para ustedes; para el resto son solo parábolas,
para que así puedan ver pero no percibir, escuchar pero no comprender’”.
(Lucas 8:9/10)
“Le preguntaré a Larry si esa es una de las partes corrompidas de la Biblia”, dijo Sherri.
Iracundo, Fat dijo irritadamente, “Sherri, ¿por qué no recortás todas las secciones de la
Biblia con las que estás de acuerdo y las pegás juntas? Y no tenés que lidiar con el resto”.
“No seas brusco”, dijo Sherri, que estaba colgando ropa en su diminuto closet.
No obstante, Fat imaginaba que básicamente Sherry y él compartían un vínculo en común.
Ambos de ellos estaban de acuerdo en que Dios existía; Cristo había muerto para salvar al
hombre; la gente que no creía esto no sabía lo que estaba sucediendo. Él le había confiado a
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ella que había visto a Dios, noticias que Sherri recibió plácidamente (en ese momento ella
estaba aplanchando).
“Se le llama una teofanía”, dijo Fat. “O una epifanía”.
“Una epifanía”, dijo Sherri, empatando su voz al ritmo de su lento aplanchado, “es una
festividad celebrada el seis de enero, marcando el bautismo de Cristo. Yo siempre voy. ¿Por
qué no vas? Es un servicio adorable. Sabés, escuché este chiste –”. Ella continúo con su
perorata. Escuchando esto, Fat quedó mistificado. Él decidió cambiar de tema; ahora Sherri
había pasado a un recuento de una instancia cuando Larry –que era el Padre Minter para Fat–
había vertido el vino sacramental al frente del vestido corto de una mujer comulgante arro-
dillada.
“¿Vos pensás que Juan el Bautista era un esenio?” le preguntó a Sherri.
Nunca en ninguna ocasión Sherri Solvig admite que ella no sabe la respuesta a una pre-
gunta teológica; lo más cercano que ella llegaba surgía bajo la forma de responder, “Le pre-
guntaré a Larry”. A Fat ahora ella le dijo calmadamente, “Juan el Bautista era Elías que
regresa antes de que Cristo venga. Le preguntaron a Cristo acerca de eso y él dijo que Juan
el Bautista era Elías, quien había sido prometido”.
“Pero era él un esenio”.
Pausando momentáneamente en su aplanchado, Sherri dijo, “¿Acaso los esenios no vivían
en el Mar Muerto?”.
“Bueno, en el Wadi de Qumrán”.
“¿Acaso tu amigo el Obispo Pike no murió en el Mar Muerto?”. Fat había conocido a Jim
Pike, un hecho que él siempre narraba orgullosamente a la gente si se daba el pretexto. “Sí”,
dijo él. “Jim y su esposa habían manejado hacia el Desierto del Mar Muerto en un Ford
Cortina. Tenían dos botellas de Coca-Cola con ellos; eso es todo”.
“Me contaste”, dijo Sherri, continuando con su aplanchado.
“Lo que nunca he podido comprender”, dijo Fat, “es por qué ellos no bebieron el agua en
el radiador del carro. Eso es lo que hacés cuando tu carro se avería en un desierto y quedás
varado”. Durante años Fat había rumiado acerca de la muerte de Jim Pike. Él imaginaba que
de alguna manera estaba ligado con la muerte de los Kennedy y del Dr. King, pero no tenía
evidencia alguna para sustentarlo.
“Quizás tenían anticongelante en su radiador”, dijo Sherri.
“¿En el Desierto del Mar Muerto?”.
Sherri dijo, “Mi carro me ha estado dando problemas. El tipo de la estación Exxon de la
Calle Diecisiete dice que las monturas del motor están sueltas. ¿Eso es serio?”.
No queriendo hablar acerca del cacharro que Sherri tenía por carro sino, en cambio, que-
riendo hablar sin parar acerca de Jim Pike, Fat dijo, “No lo sé”. Él intento pensar cómo volver
al tópico de la desconcertante muerte de su amigo pero no pudo.
“Al diablo con ese carro”, dijo Sherri.
“No pagaste nada por él; ese tipo te lo dio”.
“¿No pagar nada? Él me hizo sentir como si yo le perteneciera por darme ese maldito
carro”.
“Recordame nunca darte un carro”, dijo Fat.
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Todas las pistas yacían bajo sus narices ese día. Si vos hacías algo por Sherri, ella sentía
que debía sentir gratitud –lo cual ella no sentía– y esto ella lo interpretaba como una carga,
una despreciada obligación. Sin embargo, Fat tenía una racionalización preparada para esto,
la cual él ya había comenzado a emplear. Él no hacía cosas por Sherri para obtener algo a
cambio; ergo, él no esperaba gratitud. Ergo, si él no la obtenía estaba bien.
Lo que él no logró reconocer era que no solo no había gratitud (lo que él psicológicamente
podía manejar) sino que patente malicia se mostraba en su lugar. Fat había notado esto pero
lo descartó como nada más que irritabilidad, una forma de impaciencia. Él no podía creer que
alguien retornara malicia por asistencia. Por lo tanto él dio por descontado el testimonio de
sus sentidos.
Una vez, cuando impartí lecciones en la Universidad de California en Fullerton, un estu-
diante me solicitó una corta definición simple de realidad. Pensé en ello y respondí, “La
realidad es aquello que cuando dejás de creer en ella, no se va a ninguna parte”.
Fat no creía que Sherri retornaba malicia por asistencia que se le diera. Pero esa falla a la
hora de creer no cambiaba nada. Por lo tanto su respuesta yacía dentro del marco de referencia
de lo que llamamos “realidad”. Fat, sea que le gustara o no, tendría que lidiar con ella de
alguna forma, o de lo contrario tendría que dejar de ver a Sherri socialmente.
Una de las razones por las cuales Beth abandonó a Fat se debía a sus visitas a Sherri en su
decadente habitación en Santa Ana. Fat se había engañado a sí mismo a la hora de creer que
él la visitaba por caridad. En realidad él estaba cachondo, debido al hecho de que Beth había
perdido interés en él sexualmente y él no estaba, como suelen decir, teniendo acción. En
muchos respectos Sherri le parecía a él bonita; de hecho Sherri era bonita; todos estábamos
de acuerdo. Durante su quimioterapia ella usaba una peluca. David había sido engañado por
la peluca y a menudo le hacía cumplidos sobre su cabello, lo que la entretenía. Nosotros
considerábamos esto macabro, por parte de ambos.
En su estudio sobre la forma que asume el masoquismo en el hombre moderno, Theodor
Reik postula un punto de vista interesante. El masoquismo está más diseminado de lo que
nos percatamos porque asume una forma atenuada. El dinamismo básico es el siguiente: un
ser humano observa algo malo que se avecina como inevitable. No hay manera en que él
pueda interrumpir el proceso; él está desamparado. Este sentido de desamparo genera una
necesidad de ganar algún control sobre el dolor inminente –cualquier tipo de control basta.
Esto tiene sentido; el sentimiento subjetivo de desamparo es más doloroso que la miseria
inminente. Así que la persona recobra control sobre la situación de la única manera abierta
para él: él confabula para traer a fruición la miseria inminente; él la apresura. Esta actividad
de su parte promueve la falsa impresión de que él disfruta el dolor. No es así. Es simplemente
que él no puede soportar más el desamparo o el supuesto desamparo. Pero en el proceso de
recobrar el control sobre la inevitable miseria él se vuelve, automáticamente, anhedónico (lo
que significa ser incapaz o renuente a disfrutar el placer). La anhedonia se infiltra sigilosa-
mente. Pasados los años ella toma control de él. Por ejemplo, él aprende a aplazar la gratifi-
cación; este es un paso en el deprimente proceso de la anhedonia. Al aprender a aplazar la
gratificación él experimenta un sentido de maestría propia; él se ha vuelto estoico, discipli-
nado; él no cede al impulso. Él tiene control. Control sobre sí mismo en términos de sus
impulsos y control sobre la situación externa. Él es una persona controlada y controladora.
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Muy pronto él se ha diversificado y está controlando a otras personas, como parte de la si-
tuación. Él se ha convertido en un manipulador. Por supuesto, él no está conscientemente al
tanto de esto; todo lo que él procura hacer es disminuir su propio sentido de impotencia. Pero
en la tarea de disminuir este sentido, él insidiosamente subyuga la libertad de otros. Pero, él
no obtiene placer de esto, ninguna ganancia psicológica positiva; todas sus ganancias son
esencialmente negativas.
Sherri Solvig había tenido cáncer, cáncer linfático, pero debido a valerosos esfuerzos por
parte de sus doctores había entrado en remisión. No obstante, codificado en la cinta mnémica
de su cerebro estaba el dato de que pacientes con linfoma que entran en remisión usualmente,
pierden su remisión eventualmente. No están curados; el padecimiento de alguna manera
misteriosa ha pasado de un estado palpable a una suerte de estado metafísico, un limbo. Está
ahí pero no está ahí. Así que a pesar de su buena salud actual, Sherri (su mente le dijo) con-
tenía un cronómetro, y cuando el reloj repique ella moriría. Nada se podía hacer al respecto,
excepto la frenética promoción de una segunda remisión. Pero incluso si una segunda remi-
sión fuera obtenida, esa remisión, también, bajo la misma lógica, el mismo proceso inexora-
ble, terminaría.
El tiempo tenía a Sherri en su poder absoluto. El tiempo contenía un desenlace para ella:
cáncer terminal. Esto es cómo su mente había ponderado la situación; había arribado a esta
conclusión, y sin importar que tan bien ella se sentía o qué estuviera sucediendo en su vida,
este hecho permanecía una constante. Un paciente de cáncer en remisión, entonces, repre-
senta un caso escalonado del estatus de todos los humanos; eventualmente vas a morir.
En la parte trasera de su mente, Sherri pensaba en la muerte incesantemente. Todo lo de-
más, todas las personas, objetos y procesos habían quedado reducidos al estatus de sombras.
Peor aún, cuando ella contemplaba a otras personas ella contemplaba la injusticia del uni-
verso. Ellos no tenían cáncer. Esto significaba que, psicológicamente hablando, ellos eran
inmortales. Esto era injusto. Todos habían conspirado para robarle su juventud, su felicidad
y eventualmente su vida; en lugar de esos, todos los demás habían apilado infinito dolor sobre
ella, y probablemente ellos secretamente lo disfrutaban. “Disfrutar” y “disfrutarlo” ascendían
a la misma malvada cosa. Sherri, por lo tanto, tenía motivación para desear que el mundo
entero se fuera al infierno.
Por supuesto, ella no decía esto en voz alta. Pero ella lo vivía. Debido a su cáncer ella se
había vuelto totalmente anhedónica. ¿Cómo puede uno negar el sentido en esto? Lógica-
mente, Sherri debía haber exprimido cada momento de placer de la vida durante su remisión,
pero la mente no funciona lógicamente, como Fat había averiguado. Sherri pasaba su tiempo
anticipando la pérdida de su remisión.
En este respecto ella no posponía la gratificación; ella disfrutaba el retorno de su linfoma
ahora.
Fat no podía comprender este complejo proceso mental. Él solo observaba a una mujer
joven que había sufrido mucho y a la que le habían repartido una mala mano. Él razonaba
que él podía mejorar su vida. Esa era buena cosa que hacer. Él la amaría, se amaría a sí mismo
y Dios los amaría a ambos. Fat observaba amor, y Sherri observaba dolor inminente y muerte
sobre la cual ella no tenía control. No puede haber encuentro de dos mundos tan diferentes.
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En resumen (como Fat diría), el masoquista moderno no disfruta el dolor; él simplemente
no puede soportar estar desamparado. “Disfrutar el dolor” es una contradicción semántica,
como ciertos filósofos y psicólogos han señalado. “Dolor” se define como algo que experi-
mentás como desagradable. “Desagradable” se define como algo que vos no deseás. Intentá
definirlo de otra manera y mirá a donde te lleva. “Disfrutar el dolor” significa “disfrutar lo
que te resulta desagradable”. Reik tenía el manejo de la situación; él decodificó el verdadero
dinamismo del masoquismo atenuado moderno… y lo observo esparcirse entre casi todos
nosotros, de una forma u otra y en algún grado. Se ha convertido en una ubicuidad.
Uno no puede correctamente acusar a Sherri de disfrutar el cáncer. O incluso de querer
tener cáncer. Pero ella creía que el cáncer yacía en el mazo de cartas enfrente de ella, ente-
rrado en algún lugar de la baraja; ella sacaba una carta cada día, y cada día el cáncer fallaba
a la hora de aparecer. Pero si la carta está en la baraja y vos estás volteando las cartas una por
una eventualmente vas a voltear la carta del cáncer, y allí termina.
Así que, sin culpa real de su parte, Sherri estaba preparada para joder a Fat como nunca
lo habían jodido antes. La diferencia entre Gloria Knudson y Sherri era obvia; Gloria quería
morir por razones estrictamente imaginarias. Sherri literalmente moriría sea que ella lo qui-
siera o no. Gloria tenía la opción de dejar de jugar su maligno juego mortal en cualquier
momento que ella psicológicamente lo deseara, pero Sherri no. Era como si Gloria, habién-
dose destrozado a sí misma en añicos en el pavimente debajo del Edificio Oakland Synanon,
hubiera sido renacida con el doble del tamaño y el doble de la fuerza mental. Mientras tanto,
que Beth se marchara con Christopher había reducido a Fat a la mitad de su tamaño normal.
Las probabilidades no favorecían un desenlace optimista.
La motivación real en la cabeza de Fat por sentirse atraído a Sherri era el enclavamiento
en la muerte que había comenzado con Gloria. Pero, imaginando que el Dr. Stone lo había
curado, Fat ahora navegaba hacia el mundo con renovada esperanza –navegaba infalible-
mente hacia la locura y la muerte; él no había aprendido nada. Es cierto, la bala había sido
extraída de su cuerpo y la herida había sanado. Pero ahora él estaba preparado para otra,
deseoso por otra. Él no podía esperar para mudarse con Sherri y salvarla.
Si lo recordás, ayudar a la gente era una de las dos cosas básicas que le habían dicho a Fat,
hace mucho, que renunciara; ayudar a la gente y consumir droga. Él había dejado de consumir
droga, pero toda su energía y entusiasmo estaban ahora totalmente canalizados a salvar gente.
Mejor que él se hubiera quedado con la droga.
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La maquinaria del divorcio masticó a Fat hasta convertirlo en un hombre soltero, liberándolo
para ponerse en marcha y abolirse a sí mismo. Con costos podía esperar.
Mientras tanto él había ingresado a terapia a través de la gente del grupo de Salud Mental
del Condado de Orange. Ellos le habían asignado un terapeuta llamado Maurice. Maurice no
era tu terapeuta estándar. Durante los sesentas él había contrabandeado armas y droga al
interior de California, usando el puerto de Long Beach; él había pertenecido a SNCC y a
CORE y había luchado como un comando israelí contra los sirios; Maurice medía metro
noventa y sus músculos sobresalían bajo su camisa, casi reventando los botones. Al igual que
Horselover Fat, él tenía una barba negra rizada. Generalmente, él se plantaba de pie mirando
a Fat al otro lado de la habitación, no sentado; él le gritaba a Fat, puntuando sus admoniciones
con un, “Y lo digo en serio”. Fat nunca dudó que Maurice hablara en serio cuando hablaba;
eso no era un problema.
El plan de juego de parte de Maurice tenía que ver con amedrantar a Fat para que disfrutara
la vida en lugar de salvar a la gente. Fat no tenía concepto alguno de disfrute; él solo com-
prendía significado. Inicialmente, Maurice le encomendó redactar una lista escrita con las
diez cosas que él más quería.
El término “querer”, en el sentido de “querer hacer”, desconcertaba a Fat.
“Lo que quiero hacer”, dijo él, “es ayudar a Sherri. Para que ella no se enferme de nuevo”.
Maurice rugió, “Creés que debés ayudarla. Creés que eso te hace una buena persona. Nada
nunca te hará una buena persona. No tenés valor para nadie”.
Débilmente, Fat protestaba que eso no era así.
“No valés nada”, dijo Maurice.
“Y vos solo hablás mierda”, dijo Fat, ante lo cual Maurice sonrió. Maurice había comen-
zado a recibir lo que quería.
“Escuchame”, dijo Maurice, “y lo digo en serio. Andá a fumar y cogete a una tipa que
tenga tetas grande, no una que está muriéndose. ¿Sabés que Sherri está muriéndose; verdad?
Ella se va a morir y ¿luego qué vas a hacer? ¿Volver con Beth? Beth intentó matarte”.
“¿Ella lo hizo?” dijo Fat, sorprendido.
“Claro que lo hizo. Ella lo arregló todo para que te murieras. Ella sabía que intentarías
matarte si ella agarraba a tu hijo y se largaba”.
“Pues bien”, dijo Fat, parcialmente complacido; esto significaba que no estaba paranoico,
de cualquier modo. Debajo de todo él sabía que Beth había maquinado su intento de suicidio.
“Cuando Sherri muera”, dijo Maurice, “te vas a morir”. ¿Querés morirte? Lo puedo orga-
nizar ahora mismo”. Él examinó su gran reloj de pulsera que mostraba todo incluida la posi-
ción de las estrellas. “Veamos; son las dos y treinta. ¿Qué tal a las seis esta tarde?”.
Fat no podía saber si Maurice hablaba en serio. Pero él creía que Maurice poseía la capa-
cidad, como suele decirse.
“Escuchá”, dijo Maurice, “y lo digo en serio”. Hay maneras más sencillas de morir que en
la que te has afanado. Lo estás haciendo de la manera difícil. Lo que has tramado es esto,
Sherri muere y luego tenés otro pretexto para morir. No necesitás un pretexto –que tu esposa
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e hijo te abandonaran, Sherri estirando la pata. Ese será el gran premio, cuando Sherri estire
la pata. En tu luto y amor por ella –”.
“¿Pero quién dice que Sherri va a morir?” interrumpió Fat. Él creía que mediante sus
poderes mágicos él podía salvarla; esto, de hecho, subyace a toda su estrategia.
Maurice ignoró la pregunta. “¿Por qué querés morir?” dijo él, en cambio.
“No quiero”, dijo Fat, quien honestamente creía que no quería.
“¿Si Sherri no tuviera cáncer querrías juntarte con ella?” Maurice esperó y no obtuvo
respuesta, principalmente porque Fat tuvo que admitirse a sí mismo que, no, él no querría.
“¿Por qué querés morir?” repitió Maurice.
“Bueno”, dijo Fat, confundido.
“¿Sos una mala persona?”.
“No”, dijo Fat.
“¿Alguien está diciendo que te mueras? ¿Una voz? ¿Alguien mostrándote mensajes que
digan ‘muere’?”.
“No”.
“¿Acaso tu madre quiere que te mueras?”.
“Bueno, desde que Gloria –”.
“Que se joda Gloria. ¿Quién es Gloria? Nunca siquiera te acostaste con ella. Ni siquiera
la conocías. Ya entonces estabas preparándote para morir. No me vengás con esa mierda”.
Maurice, como de costumbre, había comenzado a gritar. “Si querés ayudar a la gente, andate
a L.A. y dales una mano en el Comedor Comunitario de Trabajadores Católicos, o dale tanto
de tu dinero a CARE como te sea posible. Dejá que los profesionales ayuden a la gente. Te
estás mintiendo a vos mismo; estás mintiéndote al creer que Gloria significaba algo para vos,
que cómo se llama –Sherri– no se va a morir –¡por supuesto que se va a morir! Por eso es
que te estás juntando con ella, para que podás estar ahí cuando ella muera. Ella quiere traerte
abajo con ella y vos querés que ella lo haga; es una confabulación entre ustedes dos. Todo el
mundo que pasa por esta puerta quiere morir. De eso se trata la enfermedad mental. ¿No
sabías eso? Te lo estoy diciendo. Me gustaría sumergir tu cabeza en el agua hasta que luches
por vivir. Si vos no luchás, entonces que se joda. Desearía que me dejaran hacerlo. Tu amiga
que tiene cáncer –ella lo tiene a propósito. El cáncer representa una falla deliberada del sis-
tema inmune del cuerpo; la persona lo apaga. Es debido a la pérdida, la pérdida de un ser
amado. ¿Ves cómo la muerte se disemina? Todo el mundo tiene células de cáncer flotando
en su cuerpo, pero su sistema inmune se encarga de eso”.
“Ella sí tuvo un amigo que murió”, admitió Fat. “Él tuvo una convulsión de gran mal. Y
su madre murió de cáncer”.
“Así que Sherri se sintió culpable porque su amigo murió y su madre murió. Vos te sentiste
culpable porque Gloria murió. Asumí responsabilidad por tu propia vida para variar. Es tu
trabajo protegerte a vos mismo”.
Fat dijo, “Mi trabajo es ayudar a Sherri”.
“Veamos tu lista. Más te vale tener esa lista”.
Entregándole su lista de las diez cosas que él más quería hacer, Fat se preguntó a sí mismo
silenciosamente si Maurice tenía todos sus tornillos. Sin duda alguna Sherri no quería morir;
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ella había dado una tenaz y valiente pelea; ella había soportado no solo el cáncer sino también
la quimioterapia.
“Querés caminar en la playa de Santa Bárbara”, dijo Maurice, examinando la lista. “Eso
es el número uno”.
“¿Hay algo de malo en ello?” dijo Fat, defensivamente.
“No. ¿Bueno? ¿Por qué no lo hacés?”.
“Mirá el número dos”, dijo Fat. “Debo tener a una chica guapa conmigo”.
Maurice dijo, “Llevá a Sherri”.
“Ella –”. Él titubeó. Él había, de hecho, invitado a Sherri a que fuera a la playa con él,
hasta Santa Bárbara a pasar un fin de semana en uno de los lujosos hoteles de playa. Ella le
había contestado que su trabajo de iglesia la mantenía muy ocupada.
“Ella no irá”, Maurice completó por él. “Ella está muy ocupada. ¿Haciendo qué?”.
“Iglesia”.
Se miraron el uno al otro.
“Su vida no diferirá mucho cuando su cáncer retorne”, dijo Maurice finalmente. “¿Ella
habla acerca de su cáncer?”.
“Sí”.
“¿A los dependientes en las tiendas? ¿A todos los que conoce?”.
“Sí”.
“Okey, su vida sí diferirá; recibirá más simpatía. Estará mejor así”.
Con dificultad, Fat dijo, “Una vez ella me contó –”. Él con costos podía decirlo. “Que
contraer cáncer era la mejor cosa que alguna vez le hubiera pasado. Porque entonces –”.
“El Gobierno Federal la financiaba”.
“Sí”. Él asintió.
“Así ella nunca tendrá que trabajar de nuevo. Presumo que ella todavía está percibiendo
el SSI a pesar de que está en remisión”.
“Ajá”, dijo Fat tristemente.
“Ellos la van a terminar atrapando. Chequearán con su doctor. Entonces ella tendrá que
conseguir un trabajo”.
Fat dijo, con amargura, “Ella nunca conseguirá un trabajo”.
“Odiás a esta chica”, dijo Maurice. “Y peor aún, no la respetás. Ella es una chica mendiga.
Ella es una estafadora. Ella te está estafando, emocional y financieramente. Vos la estás man-
teniendo, ¿verdad? Y ella además recibe el SSI. Ella tiene un tejemaneje, el tejemaneje del
cáncer. Y vos sos el blanco”. Maurice lo contemplaba severamente. “¿Creés en Dios” le pre-
guntó él de repente.
Podés inferir a partir de esta pregunta que Fat había refrigerado su perorata sobre Dios
durante sus sesiones terapéuticas con Maurice. Él no tenía intención de terminar en el Pabe-
llón Norte de nuevo.
“En cierto sentido”, dijo Fat. Pero él no podía dejarlo allí; él tenía que ampliar. “Tengo mi
propio concepto de Dios”, dijo él. “Basado en mis propios –”. Él titubeó, previendo la trampa
construida a partir de sus palabras; la trampa repleta de alambre de púas. “Pensamientos”, él
concluyó.
“¿Es este un tema sensible para vos?” dijo Maurice.
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Fat no sabía que se avecinaba, si acaso algo se avecinaba. Por ejemplo, él no tenía acceso
a sus expedientes del Pabellón Norte y no sabía si Maurice los había leído –o qué contenían.
“No”, dijo él.
“¿Creés que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios?” dijo Maurice.
“Sí”, dijo Fat.
Maurice, subiendo el tono de su voz, gritó, “¿Entonces no es una ofensa contra Dios in-
tentar matarte? ¿Alguna vez has pensado en eso?”.
“He pensado en eso”, dijo Fat. “He pensado en eso demasiado”.
“¿Pues bien? ¿Y qué has decidido? Dejame decirte lo que se dice en el Génesis, en caso
de que lo hayás olvidado. ‘Entonces dijo: “Ahora hagamos al hombre. Se parecerá a nosotros,
y tendrá poder sobre los peces, las aves, los animales doméstico, los –”’”.
“Okey”, interrumpió Fat, “pero esa es la deidad creadora, no el verdadero Dios”.
“¿Qué?” dijo Maurice.
Fat dijo, “Ese es Yaldaboath. A veces llamado Samael, el dios ciego. Él está demente”.
“¿De qué diablo estás hablando?” dijo Maurice.
“Yaldaboath es una monstruo engendrado por Sophia que cayó del Pléroma”, dijo Fat. “Él
imagina que es el único dios pero está equivocado. Hay algo que le pasa; él no puede ver. Él
crea nuestro mundo pero debido a que está ciego estropea el trabajo. El verdadero Dios mira
hacia abajo desde las alturas y en su piedad se dispone a trabajar para salvarnos. Fragmentos
de luz de la Pléroma son –”.
Mirándolo fijamente, Maurice dijo, “¿Quién se inventó este cuento? ¿Vos?”.
“Básicamente”, dijo Fat, “mi doctrina es valentiniana, segundo siglo E. C.”.
“¿Qué es E. C.?”.
“Era común. La designación que reemplaza al A. D. El gnosticismo de Valentín es la rama
más sutil en oposición a la iraní, la cual, por supuesto, está fuertemente influenciada por el
dualismo del zoroastrismo. Valentín percibió el ontológico valor salvífico de la gnosis, dado
que revierte la original condición primordial de ignorancia, la cual representa el estado de la
caída, la disfunción de la Divinidad que resultó en la estropeada creación del mundo feno-
menal o material. El verdadero Dios, que es totalmente trascendente, no creó el mundo. No
obstante, al ver lo que Yaldaboath había hecho –”.
“¿Quién es este Yaldaboath? ¡Yahweh creó el mundo! ¡Así lo dice la Biblia!”.
Fat dijo, “La deidad creadora imaginó que él era el único dios; por eso es que estaba celoso
y dijo, ‘No tendrás otros dioses aparte de mí’, a lo cual –”.
Maurice gritó, “¿Acaso no has leído la Biblia?”.
Luego de una pausa, Fat lo intentó otra vez. Él estaba lidiando con un religioso idiota.
“Mirá”, dijo él, tan razonablemente como era posible. “Varias opiniones existen respecto a
la creación del mundo. Por ejemplo, si considerás al mundo como artefacto –que puede no
serlo; podría ser un organismo, que es como los antiguos griegos lo consideraban– de igual
manera no podés remontarte lógicamente hasta llegar a un creador; por ejemplo, pudo haber
habido varios creadores en diferentes momentos. Los budistas idealistas señalan esto. Pero
incluso sí –”.
“Nunca has leído la Biblia”, dijo Maurice con incredulidad. “¿Sabés que quiero que ha-
gás? Y lo digo en serio. Quiero que vayás a casa y que estudiés la Biblia. Quiero que leas
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Génesis dos veces; ¿me escuchás? Dos veces. Detenidamente. Y quiero que redactés es-
quema con las principales ideas y eventos en él, en orden descendiente de importancia. Y
cuando aparezcás aquí la próxima semana quiero ver esa lista”. Él, obviamente, estaba ge-
nuinamente enfadado.
Traer a colación el tópico de Dios había sido una mala idea, pero por supuesto Maurice
no sabía eso con antelación. Todo lo que él procuraba hacer era apelar a la ética de Fat. Siendo
judío, Maurice asumió que la religión y la ética no pueden ser separadas, debido a que ellas
están combinadas en el monoteísmo hebreo. La ética es transmitida directamente de Yahweh
a Moisés; todo el mundo sabe eso. Todo el mundo excepto Horselover Fat, cuyo problema,
en ese momento, era que él sabía demasiado.
Respirando pesadamente, Maurice comenzó a revisar su agenda. Él no había matado ase-
sinos sirios por medio de considerar al cosmos con una entelequia sintiente con psique y
soma, un espejo macrocósmico que refleja al hombre como microcosmos.
“Solo dejame decir una cosa”, dijo Fat.
Irritablemente, Maurice asintió.
“La deidad creadora”, dijo Fat, “puede ser insana y por lo tanto el universo es insano. Lo
que experimentamos como caos es, en realidad, irracionalidad. Hay una diferencia”. Él man-
tuvo silencio, entonces.
“El universo es lo que hagás de él”, dijo Maurice. “Es lo que hagás con él lo que cuenta.
Es tu responsabilidad hacer algo que promueva la vida con él, no que la destruya”.
“Esa es la posición existencial”, dijo Fat. “Basada en el concepto de que nosotros somos
lo que hacemos, en lugar de, Nosotros somos lo que pensamos. Encuentra su primera expre-
sión en la Parte Primera del Fausto de Goethe, cuando Fausto dice, ‘Im Anfang was das
Wort’. Él está citando el inicio del Cuarto Evangelio; ‘En el principio era el Verbo’. Fausto
dice, ‘Nein. Im Anfang war die Tat’. ‘En el principio era la obra’. A partir de esto, todo el
existencialismo se desprende”.
Maurice lo miró fijamente como si él fuera un insecto.
Manejando de regreso hacia el apartamento moderno de dos cuartos, dos baños, en el centro
de Santa Ana, un apartamento completamente seguro con cerrojo de seguridad en un edificio
con portón eléctrico, parqueo bajo techo, escaneo de circuito cerrado de TV en la entrada, en
donde él vivía con Sherri, Fat cayó en cuenta de que él había caído del estatus de autoridad
hacia el humilde estatus de chiflado. Maurice, al intentar ayudarlo, había borrado accidental-
mente el bastión de seguridad de Fat.
Sin embargo, por el lado amable, él ahora vivía en este nuevo edificio con seguridad com-
pleta, parecido a una fortaleza, o a una prisión, situado en el centro de un barrio mexicano.
Necesitabas una tarjeta magnética de computadora para que el portón al garaje subterráneo
abriera. Esto reforzaba el ánimo marginal de Fat. Dado que su apartamento estaba en el piso
superior, él literalmente podía ver desde lo alto a Santa Ana y a todas las personas más pobres
que eran estafadas por borrachos y yonquis cada hora de la noche. Adicionalmente, de mucha
más importancia, él tenía a Sherri a su lado. Ella cocinaba maravillosas comidas, aunque él
tenía que lavar los platos y hacer las compras. Ella no hacía ninguna de las dos. Ella cocía y
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planchaba mucho, salía a hacer mandados, hablaba por teléfono con sus antiguas amigas de
la secundaria y mantenía a Fat informado acerca de los asuntos de la iglesia.
No puedo dar el nombre de la iglesia de Sherri porque en realidad existe (bueno, también
Santa Ana existe), así que le llamaré como Sherri le llamaba: la maquila de Jesús. Durante la
mitad del día ella atendía los teléfonos y la recepción; ella estaba a cargo de los programas
de ayuda, lo que significaba que ella distribuía la comida, el dinero para el albergue y consejo
sobre cómo lidiar con Bienestar Social y depuraba a los yonquis de las personas reales.
Sherri detestaba a los yonquis, y con buenos motivos. Ellos continuamente aparecían con
un nuevo timo cada día. Lo que más la molestaba a ella no era tanto que engañaran a la iglesia
para conseguir heroína, sino que se vanagloriaran de ello luego. No obstante, dado que los
yonquis no guardan lealtades entre sí, los yonquis generalmente llegaban a contarle cuáles
otros yonquis estaban haciendo el engaño y el alarde. Sherri apuntaba sus nombre en su lista
negra. Habitualmente, ella llegaba a casa de la iglesia, despotricando como una loca acerca
de las condiciones allí, muy especialmente lo que los asquerosos y los yonquis habían dicho
y hecho ese día, y como Larry, el párroco, no hacía nada al respecto.
Luego de una semana de vivir juntos, Fat sabía mucho más acerca de Sherri que lo que él
había sabido de verla socialmente a lo largo de los tres años de su amistad. A Sherri la resentía
cada creatura en la faz de la tierra, en orden de proximidad a ella; esto es, cuanto más ella
tenía que vérselas con alguien o algo, más se resentía con él, ella o ello. El gran amor erótico
de su vida asumía la forma de su párroco, Larry. Durante los malos días cuando ella estaba
literalmente muriendo de cáncer, Sherri le había contado a Larry que su gran deseo era acos-
tarse con él, a lo cual Larry había dicho (esto fascinó a Fat, quien no lo consideró como una
respuesta apropiada) que él, Larry, nunca mezclaba su vida social con su vida laboral (Larry
estaba casado, con tres hijos y un nieto). Sherri aún lo amaba y aún quería irse a la cama con
él, pero ella sintió la derrota.
Por el lado positivo, una vez mientras vivía donde su hermana –o, por el contrario, cuando
moría donde su hermana, para escuchar a Sherri contarlo– ella había comenzado a convul-
sionar y el Padre Larry había aparecido para llevarla al hospital. A medida que él la alzaba
en sus brazos ella lo había besado y él la besó con lengua. Sherri le mencionó esto varias
veces a Fat. Melancólicamente, ella añoraba esos días.
“Te amo”, ella le informó a Fat una noche, “pero es realmente a Larry a quien amo porque
él me salvó cuando estaba enferma”. Fat pronto desarrolló la opinión de que la religión era
un negocio suplementario en la iglesia de Sherri. Contestar el teléfono y hacer envíos ocu-
paba el anillo central. Un número de personas nebulosas –quienes bien podrían llamarse La-
rry, Moe y Curly, en cuanto Fat le concernía– acosaban la iglesia, recibiendo salarios inevi-
tablemente más grande que el de Sherri y requiriendo menos trabajo. Sherri le deseaba la
muerte a todos ellos. Ella a menudo hablaba con deleite acerca de sus infortunios, como por
ejemplo cuando sus carros no arrancaban o los multaban por exceso de velocidad o cuando
el Padre Larry expresaba insatisfacción hacia ellos.
“Eddy va a recibir la patada real”, diría Sherri, al llegar a casa. “El pequeño maldito”.
Un indigente en particular crónicamente provocaba fastidio en Sherri, un hombre llamado
Jack Barbina quien, Sherri decía, hurgaba entre botes de basura para encontrar pequeños
regalos para ella. Jack Barbina aparecía cuando Sherri estaba sola en la oficina de la iglesia,
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le entregaba una sucia caja de dátiles y una desconcertante nota enfatizando su deseo de
cortejarla. Sherri lo catalogó como un maniaco el primer día que ella lo vio; ella vivía bajo
el miedo de que él la asesinaría.
“Te voy a llamar la próxima vez que se aparezca”, le dijo a Fat. “No voy a estar ahí sola
con él. No hay suficiente dinero en el Fondo Discrecional del Obispo que me pague para
soportar a Jack Barbina, especialmente con lo que ellos me pagan, que es cerca de la mitad
de lo que gana Eddy, el pequeño marica”. Para Sherri, el mundo estaba dividido entre holga-
zanes, maniacos, yonquis, homosexuales y amigos que te apuñalan por la espalda. Ella tam-
bién tenía poca utilidad para los mexicanos y los negros. Fat solía impresionarse por su total
carencia de caridad cristiana, en el sentido emocional. ¿Cómo podría –por qué querría– Sherri
trabajar en un iglesia y fijar sus aspiraciones en órdenes religiosas cuando ella resentía, temía
y detestaba a todo ser humano viviente y, sobre todo, se quejaba de su suerte en la vida?
Sherri incluso resentía a su propia hermana, quien la había hospedado, alimentado y cui-
dado durante todo el tiempo que estuvo enferma. La razón: Mae manejaba un Mercedes-Benz
y tenía un esposo rico. Pero sobre todo Sherri resentía la carrera de su mejor amiga, Eleanor,
quien se había convertido en monja.
“Aquí estoy yo vomitando en Santa Ana”, decía Sherri frecuentemente, “y Eleanor está
deambulando en hábito en Las Vegas”.
“No estás vomitando ahora”, señaló Fat. “Estás en remisión”.
“Pero ella no sabe eso. ¿Qué clase de lugar es Las Vegas para una orden religiosa? Ella
probablemente está vendiendo su culo en –”.
“Estás hablando de una monja”, dijo Fat, quien había conocido a Eleanor; a él le agradaba.
“Yo sería una monja ahora si no me hubiera enfermado”, dijo Sherri.
Para escapar de la incesante perorata de Sherri, Fat se encerró en el dormitorio que usaba
como un estudio y comenzó a trabajar una vez más en su gran exégesis. Había escrito cerca
de 300.000 palabras, en su mayoría holográficamente, pero del grueso inferior había comen-
zado a extraer lo que él denominaba su Tractate: Cryptica Scriptura (ver Apéndice p. X),
que simplemente significa “discurso oculto”. Fat encontraba que el latín era más impresio-
nante como un título.
Para este punto en su Meisterwerk había comenzado pacientemente a fabricar su cosmo-
gonía, que es el término técnico para “Cómo el cosmos llegó a existir”. Pocos individuos
componen cosmogonías; usualmente culturas, civilizaciones, gentes o tribus enteras son re-
queridas: una cosmogonía es una producción grupal, que evoluciona a través de los tiempos.
Fat bien sabía esto y se enorgullecía de haber inventado la suya. Él la llamaba:
En su diario o exégesis venía como la entrada 47 y era por mucho la más larga entrada
individual.
El Uno era y no-era, combinado, y deseaba separar el no-era del era. Así que generó
un saco diploide que contenía, como un cascarón, un par de gemelos, cada uno
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andrógino, girando en direcciones opuestas (el Yin y Yang del Taoísmo, con el Uno
como el Tao). El plan del Uno era que ambos gemelos emergerían en el ser (era-ser)
simultáneamente; no obstante, motivado por un deseo de ser (que el Uno había implan-
tado en ambos gemelos), el gemelo en sentido contrario a las agujas del reloj rompió el
saco y se separó prematuramente; i.e., antes del término completo. Este era el gemelo
oscuro o Yin. Por lo tanto era defectuoso. Al término completo el gemelo más sabio
emergió. Cada gemelo formaba una entelequia unitaria, un único organismo viviente
hecho de psyche y soma, todavía rotando en direcciones opuestas entre sí. El gemelo de
término completo, llamado Forma I de Parménides, avanzó correctamente sus etapas
de crecimiento, pero el gemelo nacido prematuramente, llamado Forma II, languideció.
El siguiente paso en el plan del Uno era que los Dos se convertirían en los Muchos,
mediante su interacción dialéctica. A partir de ellos como hiperuniversos, ellos proyec-
taron una interfaz de tipo-holograma, que es el universo pluriforme que nosotros, las
criaturas, habitamos. Las dos fuentes habrían de entremezclarse igualmente en mante-
ner nuestro universo, pero la Forma II continúo languideciendo hacia la enfermedad,
la locura y el desorden. Estos aspectos ella los proyectó en nuestro universo.
Era el propósito del Uno que nuestro universo hologramático sirviera de instrumento
de enseñanza mediante el cual una variedad de nuevas vidas avanzasen hasta que final-
mente ellas fueran isomórficas con el Uno. Sin embargo, la condición decadente del hi-
peruniverso II introdujo malhechores que dañaron nuestro universo hologramático.
Este es el origen de la entropía, así como del Imperio, la Prisión de Hierro Negro; en
esencia, el aborto de la salud y del crecimiento apropiados de las formas de vida al
interior del universo hologramático. Asimismo, la función de enseñanza fue grosera-
mente deteriorada, dado que solo la señal del hiperuniverso I era rica en información;
la del [hiperuniverso] II se convirtió en ruido.
La psyche del hiperuniverso I envió una micro-forma de sí mismo al hiperuniverso
II para intentar sanarlo. La micro-forma fue aparente en nuestro universo hologramá-
tico como Jesucristo. Sin embargo, el hiperuniverso II, siendo demente, de inmediato
atormentó, humilló, expulsó y, finalmente, asesinó a la micro-forma de la psyche sana-
dora de su gemelo saludable. Después de eso, el hiperuniverso II continúo decayendo en
ciegos procesos causales, mecánicos, desprovistos de propósito. Entonces se convirtió en
tarea de Cristo (más apropiadamente, del Espíritu Santo) ya sea el rescatar a las formas
de vida en el universo hologramático, o abolir todas las influencias que emanan del [hi-
peruniverso] II. Abordando su tarea con precaución, se preparó para asesinar a la ge-
mela demente, dado que ella no puede ser sanada; i.e., ella no se permitirá a sí misma
ser sanada porque ella no entiende que está enferma. Esta enfermedad y locura nos
impregna a nosotros y nos hace idiotas que viven en mundos privados e irreales. El plan
original del Uno ahora solo puede realizarse mediante la división del hiperuniverso I en
dos hiperuniversos saludables, lo que transformaría al universo hologramático en la
exitosa máquina de enseñanza que fue diseñada para ser. Esto nosotros lo experimen-
taremos como el “Reino de Dios”.
Dentro del tiempo, el hiperuniverso II permanece vivo: “El Imperio nunca acabó”.
Pero en la eternidad, donde los hiperuniversos existen, ella ha sido asesinada –por
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necesidad– por el gemelo saludable del hiperuniverso I, quien es nuestro campeón. El
Uno se aflige por esta muerte, dado que el Uno amaba a ambos gemelos; por lo tanto la
información de la Mente consiste en un relato trágico de la muerte de una mujer, los
matices de los cuales generan angustia en todas las criaturas del universo hologramático
sin ellas saber el porqué. Esta aflicción se marchará cuando el gemelo saludable expe-
rimente mitosis y arribe el “Reino de Dios”. La maquinaria para esta transformación –
la procesión dentro del tiempo de la Edad de Hierro a la Edad de Oro– está en moción
ahora; en la eternidad ya ha sido cumplida.
No mucho después, Sherri se hartó de Fat trabajando noche y día en su exégesis; también
ella se enojó porque él le pidió que contribuyera un poco de su dinero del SSI para pagar la
renta, ya que por una decisión judicial él tenía que pagarle mucha manutención conyugal e
infantil a Beth y a Christopher. Habiendo encontrado otro apartamento para el cual la autori-
dad de vivienda de Santa Ana pagaría la cuenta, Sherri terminó viviendo por sí misma libre
de renta, sin la obligación de prepararle la cena a Fat; además ella podía salir con otros hom-
bres, algo a lo que Fat se había opuesto mientras que él y Sherri estaban viviendo juntos.
Ante esta posesividad, Sherri había dicho acaloradamente una noche, cuando ella volvió a
casa después de caminar de la mano con un amigo hombre para encontrar a Fat furioso:
“No tengo por qué soportar esta mierda”.
Fat prometió no oponerse más a que Sherri saliera con otros hombres, así como él tampoco
continuaría pidiéndole que contribuyera para los costos de renta y alimentación, a pesar de
que en ese momento él solo tenía nueve dólares en su cuenta bancaria. Esto no hizo ningún
bien; Sherri estaba cabreada.
“Me voy a mudar”, ella le informó.
Después de que ella se mudó, Fat tuvo que recolectar los fondos para comprar toda suerte
de muebles, platos, set de TV, cubertería, toallas –de todo, porque él había traído poco a nada
de su matrimonio; él había esperado depender de los enseres de Sherri. Sobra decir, a él le
resultó muy solitaria la vida sin ella; vivir por sí mismo en el apartamento de dos habitaciones
y dos baños que habían compartido lo deprimió sobremanera. Sus amigos se preocupaban
por él e intentaban animarlo. En febrero Beth lo había abandonado y ahora a inicios de se-
tiembre Sherri lo había abandonado. Él de nuevo estaba muriendo por pulgadas. Todo lo que
hacía era sentarse a la máquina de escribir o con cuaderno y bolígrafo, trabajando en su exé-
gesis; nada más le quedaba en su vida. Beth se había mudado a Sacramento, a setecientas
millas de distancia, así que él no tenía oportunidad de ver a Christopher. Pensó en el suicidio,
pero no demasiado, él sabía que Maurice no aprobaría tales pensamientos. Maurice le pediría
que hiciera otra lista.
Lo que realmente molestaba a Fat era la intuición de que Sherri pronto perdería su remi-
sión. Por ir a clases en la Universidad de Santa Ana y trabajar en la iglesia ella se encontraba
deteriorada y cansada; cada vez que él la veía, que era tan a menudo como era posible, él
notaba lo cansada y delgada que estaba. En noviembre ella se quejó de la gripe; tenía dolores
en el pecho y tosía continuamente.
“Esta maldita gripe”, decía Sherri.
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Finalmente ella fue a su doctor por un examen de rayos equis y pruebas de sangre. Él sabía
que había perdido su remisión para entonces; ella con costos se podía arrastrar.
El día que ella se enteró de que tenía cáncer de nuevo, Fat estaba con ella; ya que su cita
con el doctor era a las ocho de la mañana, Fat se quedó despierto la noche anterior, solamente
sentado. Él la llevó al doctor, junto con Edna, una amiga de toda la vida de Sherri; él y Edna
se sentaron juntos en la sala de espera mientras Sherri consultaba con el Dr. Applebaum.
“Es solo la gripe”, dijo Edna.
Fat no dijo nada. Él sabía lo que era. Tres días antes, él y Sherri habían caminado al su-
permercado; ella con costos podía poner un pie frente al otro. Ninguna duda existía en la
mente de Fat; a medida que él se sentaba en la repleta sala de espera el terror lo llenó y él
quería llorar. Increíblemente, el día de hoy era su cumpleaños.
Cuando Sherri emergió de la oficina del Dr. Applebaum, ella tenía un Kleenex presionado
a sus ojos; Fat y Edna corrieron hacia ella; él atrapo a Sherri a medida que ella caía diciendo,
“Regresó, el cáncer regresó”. Ella lo tenía en sus nodos linfáticos en su cuello y tenía un
tumor maligno en su pulmón derecho que la estaba sofocando. La quimioterapia y la radia-
ción comenzarían en veinticuatro horas.
Edna dijo, impactada, “Yo estaba segura de que era solo la gripe. Yo quería que fuera a
Melodyland y que testificara que Jesús la había curado”.
Ante ese comentario, Fat no dijo nada.
El argumento podría avanzarse de que para este punto Fat no tenía ninguna obligación
moral para con Sherri. Por la razón más nimia ella se había mudado, dejándolo solo, afligido
y desesperado, con nada más que hacer que garabatear en su exégesis. Los amigos de Fat
todos habían señalado esto. Incluso Edna lo señaló, cuando Sherri no estaba presente en la
misma habitación. Pero Fat aún la amaba. Él ahora le pidió que se mudara de nuevo con él
para que así él pudiera cuidarla, en vista de que ella estaba demasiado débil para prepararse
las comidas y una vez que comenzara la quimioterapia estaría mucho más enferma.
“No gracias”, dijo Sherri, monótonamente.
Fat camino hacia su iglesia un día y habló con el Padre Larry; le rogó a Larry que pusiera
presión a la gente del Medicare del estado de California para que proveyeran a alguien que
fuera y preparara las comidas para Sherri y que le ayudara a limpiar el apartamento, ya que
ella no dejaba que él, Fat, lo hiciera. El Padre Larry dijo que lo haría, pero nada resultó de
ello. De nuevo Fat fue a hablar con el párroco acerca de qué podía hacerse para ayudar a
Sherri y mientras estaba hablando, Fat repentinamente comenzó a llorar.
Ante esto, el Padre Larry dijo enigmáticamente, “Yo ya he llorado todas las lágrimas que
voy a llorar por esa chica”.
Fat no podía discernir si eso significaba que Larry se había quemado todos los circuitos
por la tristeza o si él había, calculadamente, como un mecanismo de protección, restringido
su tristeza. Fat no lo sabe a este día. Su propia tristeza había llegado a masa crítica. Ahora
Sherri había sido hospitalizada; Fat la visitaba y vio yaciendo en la cama una pequeña forma
triste, la mitad del tamaño al que estaba acostumbrado, una forma tosiendo del dolor, con
miserable desesperanza en sus ojos. Fat no pudo manejar a casa después de eso, así que Kevin
lo llevó a casa. Kevin, quien usualmente mantenía su postura de cinismo, no podía hablar de
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la tristeza; los dos de ellos continuaron manejando y luego Kevin lo golpeó en el hombro,
que es la única avenida abierta para los hombre para mostrarse amor el uno al otro.
“¿Qué voy a hacer?”, dijo Fat, queriendo decir, ¿Qué voy a hacer cuando ella se muera?
Él realmente amaba a Sherri, a pesar del trato que le había dado –si de hecho, como sus
amigos sostenían, ella lo había tratado pobremente. Él mismo –él ni siquiera sabía ni le im-
portaba. Todo lo que él sabía era que ella yacía en la cama del hospital con tumores disemi-
nados por todo su cuerpo. Cada día él la visitaba en el hospital, junto a todos los demás que
la conocían.
Durante la noche él se entregaba al único acto que le quedaba abierto: trabajar en su exé-
gesis. Había llegado a una entrada importante.
Entrada 48. SOBRE NUESTRA NATURALEZA. Es apropiado decir: parecemos ser bobi-
nas de memoria (portadores de ADN capaces de experiencia) en un sistema de pensa-
miento de tipo-computarizado en el cual, a pesar de que hemos registrado y almacenado
correctamente miles de años de información experiencial, y cada uno de nosotros posee
depósitos en cierto modo diferentes de todas las otras formas de vida, hay un mal fun-
cionamiento –una falla– de recuperación de memoria. Allí yace el problema en nuestro
subcircuito particular. La “salvación” a través de la gnosis –más adecuadamente,
anamnesis (la pérdida de la amnesia)– a pesar de que tiene significancia individual para
cada uno de nosotros –un salto cuántico en percepción, identidad, cognición, entendi-
miento, experiencia -del mundo y de sí-, incluyendo la inmortalidad– tiene una impor-
tancia superior y mayor para el sistema como un todo, puesto que estas memorias son
data necesitada por, y valiosa para, su funcionamiento total.
Por lo tanto [el sistema] está en el proceso de auto-reparación, el cual incluye: re-
construir nuestro subcircuito por vía de cambios temporales lineales y ortogonales, así
como la emisión continua de señales para estimular bancos de memoria bloqueados
dentro de nosotros para que disparen y, por consiguiente, recuperar lo que haya ahí.
La información externa o gnosis, entonces, consiste en instrucciones desinhibidoras,
con el contenido nuclear efectivamente intrínseco a nosotros –esto es, que ya está allí
(primero observado por Platón; viz: que el aprendizaje es una forma de recordar).
Los antiguos poseían técnicas (sacramentos y rituales) usados ampliamente en las
religiones mistéricas greco-romanas, incluyendo el cristianismo temprano, para inducir
el disparo y recuperación, principalmente con un sentido de su valor restaurativo para
los individuos; los gnósticos, no obstante, correctamente observaron el valor ontológico
para lo que ellos llamaron la Divinidad en sí, la entidad total.
La Divinidad está dañada; alguna crisis primordial ocurrió en ella que nosotros no
comprendemos.
29. No caímos por un error moral; nosotros caímos por un error intelectual: el de
tomar el mundo fenomenal como real. Por lo tanto somos moralmente inocentes. Es el
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Imperio en sus varias poliformas disfrazadas quien nos dice que hemos pecado. “El
Imperio nunca acabó”.
Para ahora la mente de Fat se estaba yendo totalmente. Todo lo que hacía era trabajar en
su exégesis o su tractate o solamente escuchaba su estéreo o visitaba a Sherri en el hospital.
Él comenzó a instalar entradas en su tractate sin orden lógico o razón.
30. El mundo fenomenal no existe; este es una hipostasis de la información procesada
por la Mente.
27. Si los siglos de tiempo espurio son suprimidos, la fecha verdadera no es 1978 E.
C. sino 103 E. C. Por lo tanto el Nuevo Testamente dice que el Reino del Espíritu vendrá
antes de que “algunos que ahora viven, mueran”. Vivimos, por lo tanto, en tiempos
apostólicos.
20. Los alquimistas herméticos sabían de la raza secreta de invasores de tres ojos
pero a pese a sus esfuerzos no pudieron contactarlos, por lo tanto sus esfuerzos para
apoyar a Federico V, Elector Palatino, Rey de Bohemia, fracasaron. “El Imperio nunca
acabó”.
21. La Hermandad de la Rosacruz escribió, “Ex Deo nascimur, in Jesu mortimur, per
spiritum sanctum reviviscimus”, lo que es decir, “De Dios nacemos, en Jesús morimos,
por el Espíritu Santo revivimos”. Esto significa que ellos habían redescubierto la fór-
mula perdida de la inmortalidad que el Imperio había destruido. “El Imperio nunca
acabó”.
10. Apolonio de Tiana, escribiendo como Hermes Trismegisto, dijo, “Aquello que
está arriba es aquello que está abajo”. Con esto él quiso decirnos que nuestro universo
es un holograma, pero carecía del término.
12. El Uno Inmortal fue conocido para los griegos como Dionisio; para los judíos
como Elías; para el cristiano como Jesús. Él sigue adelante cuando cada huésped hu-
mano muere, y así nunca es asesinado ni capturado. Por ende Jesús en la cruz dijo, “Eli,
Eli, lama Sabachthani” a lo que algunos de aquellos presentes correctamente dijeron,
“El hombre está llamando a Elías”. Elías lo había dejado y él murió solo.
En este momento mientras hacía esta entrada, Horselover Fat estaba muriendo solo. Elías,
o cualquier presencia divina que fuera la que le había disparado toneladas de información a
su cráneo en 1974, lo había de hecho abandonado. La espantosa pregunta que Fat se había
preguntado a sí mismo una y otra vez no fue consignada en su diario o tractate; la pregunta
se podría plantear de esta manera:
Si la presencia divina sabía acerca del defecto de nacimiento de Christopher e hizo algo
para corregirlo, ¿por qué no hizo algo acerca del cáncer de Sherri? ¿Cómo la podía
dejar ahí, muriendo?
Fat no podía entender esto. La chica había pasado un año entero diagnosticada errónea-
mente; ¿por qué Zebra no le había disparado información a Fat o al doctor de Sherri o a Sherri
–a alguien?
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¡Que hubiera disparado en tiempo para salvarla!
Un día cuando Fat visitó a Sherri en el hospital, un tonto sonriente estaba de pie allí junto
a su cama, un bobo que Fat había conocido; esta cosa solía llegar arrastrando los pies cuando
Fat y Sherri vivían juntos y pondría sus brazos alrededor de Sherri, la besaría y le diría que
la amaba –sin importarle que Fat estuviera ahí. Este amigo de la infancia de Sherri, cuando
Fat ingreso a la habitación del hospital, le estaba diciendo a Sherri:
“¿Qué haremos cuando yo sea el rey del mundo y vos la reina del mundo?”.
A lo que Sherri, en agonía, murmuró, “Yo solo quiero deshacerme de estos bultos en mi
garganta”.
Fat nunca había estado tan cerca de tumbarle los dientes a alguien como en ese momento.
Kevin, quien lo había acompañado, tuvo que contener físicamente a Fat.
En viaje de regreso al solitario apartamento de Fat, donde él y Sherri habían vivido juntos
durante un tiempo tan corto, Fat le dijo a Kevin, “Me estoy volviendo loco. No puedo sopor-
tarlo”.
“Esa es la reacción normal”, dijo Kevin, mostrando nada de su pose cínica, estos días.
“Decime”, dijo Fat, “por qué Dios no la ayuda”. Él mantenía a Kevin informado del
avance de su exégesis; su encuentro con Dios en 1974 era conocido para Kevin, así que Fat
podía hablar abiertamente.
Kevin dijo, “Son las misteriosas maneras del Gran Punta”.
“¿Qué putas es eso?” dijo Fat.
“Yo no creo en Dios”, dijo Kevin. “Yo creo en el Gran Punta. Y las manera del Gran Punta
son misteriosas. Nadie sabe por qué él hace lo que hace, o lo que no hace”.
“¿Me estás jodiendo?”.
“No”, dijo Kevin.
“¿De dónde salió el Gran Punta?”.
“Solo el Gran Punta lo sabe”.
“¿Es benigno?”.
“Algunos dicen que lo es; algunos dicen que no lo es”.
“Él podría ayudar a Sherri si lo quisiera”.
Kevin dijo, “Solo el Gran Punta sabe eso”.
Se comenzaron a reír.
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con calor desecante. En agosto de 1974 la justicia prometida por la Sibila vino a con-
cretarse.
Saber esto, por ruta directa de lo divino, hacía de Fat un profeta de los últimos días. Pero,
debido a que se había vuelto loco, también agregó absurdidades a su tractate.
50. La fuente primordial de todas nuestras religiones yace con los ancestros de la
tribu de los Dogón, quienes obtuvieron su cosmogonía y cosmología de los invasores de
tres ojos que visitaron hace mucho. Los invasores de tres ojos eran mudos y sordos y
telepáticos, no podían respirar en nuestra atmósfera, tenían el cráneo elongado deforme
de Ikhnaton, y emergieron de un planeta en el sistema estelar Sirius. A pesar de que no
tenían manos, pero tenían, en cambio, garras de pinza como las que tiene el cangrejo,
ellos fueron grandes constructores. Ellos secretamente influencian nuestra historia ha-
cia un final fructífero.
A estas alturas Fat había perdido por completo el contacto con la realidad.
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7
Podés comprender por qué Fat ya no reconocía la diferencia entre fantasía y revelación divina
–asumiendo que haya una diferencia, lo cual nunca se ha establecido. Él se imaginaba que
Zebra procedía de un planeta en el sistema estelar Sirius, que había derrocado la tiranía de
Nixon en agosto de 1974 y que, eventualmente, establecería un reino justo y pacífico en la
Tierra donde no habría enfermedad, ni dolor, ni enfermedad y donde todos los animales bai-
larían con alegría.
Fat encontró un himno de Akenatón y copió partes de él, de un libro de referencia, en su
tractate.
La entrada 52 muestra que Fat, en este punto de su vida, recurría a cualquier esperanza
salvaje que pudiera reforzar su confianza de que alguna bondad existía en alguna parte.
52. Nuestro mundo está todavía secretamente dominado por la raza oculta descen-
diente de Akenatón, y su conocimiento es la información de la Macro-Mente en sí
misma.
Fat aún creía en Dios y en Cristo –y en mucho más– pero él deseaba saber por qué Zebra,
su término para el Único Todopoderoso Divino, no había dado advertencia temprana acerca
de la condición de Sherri y por qué ahora no la curaba, y este misterio asaltaba al cerebro de
Fat y lo convertía en una cosa enloquecida.
Fat, que había buscado la muerte, no podía comprender por qué a Sherri se le permitía
morir, y morir horriblemente.
Yo mismo estoy dispuesto a dar un paso al frente y ofrecer algunas posibilidades. Un
pequeño niño amenazado por un defecto de nacimiento no está en la misma categoría que
una mujer madura que desea morir, que está jugando un juego maligno, tan maligno como
su análogo físico, el linfoma destruyendo su cuerpo. Después de todo, el Único Todopode-
roso Divino no había dado un paso al frente para interferir en el propio intento de suicidio de
Fat; la Presencia Divina había permitido que Fat se tragara cuarenta y nueva tabletas de di-
gitalina pura de alta calidad; tampoco la Autoridad Divina había prevenido que Beth lo aban-
donara y que se llevara a su hijo lejos de él, el mismo hijo para quien la información médica
fue presentada en teofánica revelación.
Esta mención de invasores de tres ojos con garras en lugar de manos, creaturas mudas,
sordas y telepáticas de otra estrella, me interesaba. Respecto a este tema, Fat mostraba una
natural reticencia furtiva; él sabía lo suficiente para no desbocarse hablando de ello. En marzo
de 1974, para el momento en que él había tenido su encuentro con Dios (más apropiadamente,
con Zebra), él había experimentado vívidos sueños acerca del pueblo de los tres ojos –él me
había contado eso. Ellos se manifestaban a sí mismos como entidades ciborg: arropados en
burbujas de cristal tambaleándose bajo masas de equipo tecnológico. Un aspecto extraño
afloró que nos había desconcertado tanto a Fat como a mí; a veces en estos sueños que pare-
cían visiones, técnicos soviéticos podían observarse, apresurándose a reparar fallas en el so-
fisticado aparato de comunicaciones tecnológicas rodeando a las personas de tres ojos.
“Quizás los rusos te transmitieron microondas psicogénicas o psicotrónicas o como-sea-
que-les-llamen”, dije yo, habiendo leído un artículo acerca de la supuesta incrementación
soviética de mensajes telepáticos por medio de microondas.
“Dudo que la Unión Soviética esté interesada en la hernia de Christopher”, dijo Fat amar-
gamente.
Pero la memoria lo plagaba de que, en estas visiones o sueños de estados hipnagógicos, él
había escuchado palabras rusas habladas y había visto página tras páginas, cientos de páginas,
de lo que parecían ser manuales técnicos rusos, describiendo –él sabía esto por los diagra-
mas– principios y constructos ingenieriles.
“Escuchaste una transmisión de dos vías”, sugerí yo. “Entre los rusos y una entidad extra-
terrestre”.
“Qué suerte la mía”, dijo Fat.
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Para el momento de estas experiencias la presión sanguínea de Fat había subido al nivel
de un infarto; su doctor lo había hospitalizado brevemente. Él doctor le advirtió que no con-
sumiera estimulantes.
“No estoy consumiendo estimulantes”, protestó Fat, verazmente.
El doctor le había hecho todas las pruebas posibles, durante la estadía de Fat en el hospital,
para encontrar una causa física para la presión sanguínea elevada, pero ninguna causa fue
encontrada. Gradualmente su hipertensión había disminuido. El doctor estaba sospechoso; él
continuaba creyendo que Fat había recaído en su estilo de vida a los días en que consumía
estimulantes. Tanto Fat como yo estábamos mejor informados. Su presión sanguínea había
registrado 280 sobre 178, lo cual es un nivel letal. Normalmente, Fat estaba entre 135 sobre
90, lo cual es normal. La causa de la elevación temporaria sigue siendo un misterio hasta este
día. Eso y la muerte de las mascotas de Fat.
Te digo estas cosas por lo que valen. Son cosas verdaderas; sucedieron.
En la opinión de Fat su apartamento había sido saturado con altos niveles de radiación de
algún tipo. De hecho él lo había visto: luces azules bailando como el fuego de San Telmo.
Y, además, la aurora que había crepitado alrededor de su apartamento se comportaba como
si fuera sentiente y viviente. Cuando ella entraba a los objetos interfería con sus procesos
causales. Y cuando llegó a la cabeza de Fat le transfirió –no solamente información a él, cosa
que hizo– sino también una personalidad. Una personalidad que no era la de Fat. Una persona
con diferentes recuerdos, costumbres, gustos y hábitos.
Por la primera y única vez en su vida, Fat dejó de tomar vino y compró cerveza, cerveza
extranjera. Y llamaba a su perro “él” y a su gato “ella”, a pesar de que sabía –o había previa-
mente sabido– que el perro era una ella y el gato un él. Esto había molestado a Beth.
Fat comenzó a vestir diferente ropa y cuidadosamente se recortó su barba. Cuando se miró
en el espejo del baño mientras la recortaba él vio a una persona extraña, a pesar de que era
su yo regular, no cambiado. También el clima parecía equivocado; el aire era demasiado seco
y demasiado caliente: no la altitud correcta ni la humedad correcta. Fat tuvo la impresión
subjetiva de que hacía un momento él había estado viviendo en una región alta, fresca y
húmeda del mundo y no en el condado de Orange, California.
Sumado al hecho de que su raciocinio interno tomo la forma de koiné griego, el cual él no
entendía como un lenguaje, así como tampoco un fenómeno sucediendo en su cabeza.
Y él tuvo muchos problemas manejando su carro; él no podía averiguar donde estaban los
controles; parecían estar en los lugares equivocados.
Quizás lo más notable de todo, Fat experimentó un sueño particularmente vívido –si es
que fue un “sueño”– acerca de una mujer soviética quien lo estaría contactando por correo.
En el sueño a él se le mostró una fotografía de ella; ella tenía cabello rubio y, se le dijo, “Su
nombre es Sadassa Ulna”. Un mensaje urgente fue disparado a la cabeza de Fat comunicán-
dole que él tenía que responder su carta cuando llegara.
Dos días más tarde, una carta de correo aéreo certificado llegó de la Unión Soviética, lo
que impactó a Fat hasta llevarlo a un estado de terror. La carta había sido enviada por un
hombre, del que Fat nunca había escuchado (Fat no estaba acostumbrado a recibir cartas de
la Unión Soviética de todos modos) que quería:
A Beth, Fat le dijo, “Hoy es lunes. El miércoles, otra carta llegará. Esta será de la mujer”.
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El miércoles, Fat recibió una plétora de cartas: siete en total. Sin abrirlas buscó entre ellas
y señaló una, que no tenía nombre de remitente ni dirección. “Esa es”, le dijo a Beth, quien,
para entonces, también estaba asustada. “Abrila y mirala, pero no me dejés ver su nombre y
dirección o la contestaré”.
Beth la abrió. En lugar de una carta per se ella encontró una hoja fotocopiada en la cual
dos críticas de libros del periódico neoyorquino de izquierda The Daily World habían sido
yuxtapuestas. El crítico describía al autor de los libros como un ciudadano soviético que vive
en los Estados Unidos. De las críticas era obvio que el autor era un miembro del Partido.
“Por Dios”, dijo Beth, volteando la hoja fotocopiada al revés. “El nombre del autor y la
dirección están escritos en la parte trasera”.
“¿Una mujer?” dijo Fat.
“Sí”, dijo Beth.
Nunca averigüé que hicieron Fat y Beth con las dos cartas. Por las pistas que Fat me daba
deduje que él finalmente contestó la primera, habiendo decidido que era inocente; pero qué
hizo él con la que era fotocopiada, que realmente no era una carta en el sentido estricto del
término, no lo sé a este día, ni lo quiero saber. Quizás él la quemó. Quizá él se la entregó a
la policía o al FBI o a la CIA; en cualquier caso dudo que la haya contestado.
Por una parte, él se negó a mirar la parte trasera de la hoja fotocopiada donde el nombre
y la dirección de la mujer aparecían; él tenía la convicción de que si veía esta información le
contestaría a ella sea que él lo quisiera o no. Quizás sea así. ¿Quién puede decirlo? Primero
ocho horas de información gráfica te son disparadas desde fuentes desconocidas, asumiendo
la forma de estridente actividad de fosfeno en ochenta colores dispuestos como pinturas abs-
tractas modernas; luego soñás acerca de personas con tres ojos en burbujas de cristal y equipo
electrónico; luego tu apartamento se llena de la plasmática energía del fuego de San Telmo,
la cual parece estar viva y pensar; tus animales mueren; te sobrecoge una personalidad dife-
rentes que piensa en griego; soñás con rusos; y finalmente recibís un par de cartas soviéticas
en un periodo de tres días –que te dijeron que llegarían. Pero la impresión total no es mala
porque parte de la información salva la vida de tu hijo. Oh sí, una cosa más: Fat se encontró
a sí mismo viendo la antigua Roma sobreimpuesta sobre la California de 1974. Pues bien,
diré esto: el encuentro de Fat puede no haber sido con Dios, pero ciertamente fue con algo.
No es de extrañar que Fat comenzara a tachar página tras página de su exégesis. Yo hu-
biera hecho lo mismo. Él no solo estaba teorizando por puro gusto; él estaba intentando ave-
riguar qué putas le había sucedido.
Si Fat simplemente hubiera estado loco él, sin lugar a dudas, encontró una forma única,
una manera original de hacerlo. Estando en terapia en ese momento (Fat estaba siempre en
terapia) él había pedido que un test de Rorschach le fuera administrado, para determinar si
se había vuelto esquizofrénico. El test, después de efectuado, mostraba solamente una leve
neurosis. Hasta ahí llegó esa teoría.
“Él había, hace unos cuántos años, estado experimentando con sustancias desinhibido-
ras que afectan el tejido neural, y una noche, habiéndose administrado una inyección
intravenosa considerada segura y levemente eufórica, había experimentado una caída
desastrosa en el fluido GABA de su cerebro. Subjetivamente, él entonces había presen-
ciado estridente actividad de fosfeno proyectada en la pared lejana de su dormitorio,
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un frenético montaje progresivo de lo que, en ese momento, él imaginó que eran pin-
turas abstractas contemporáneas.
Por cerca de seis horas, fascinado, S. A. Powers había visto miles de pinturas de
Picasso reemplazarse una a la otra a velocidad de relámpago, y luego había tenido el
privilegio de presenciar a Paul Klees, más de lo que el pintor había pintado durante su
vida entera. S. A. Powers, ahora mirando pinturas de Modigliani reemplazándose a sí
mismas a furiosa velocidad, había conjeturado (uno necesita una teoría para todo) que
los Rosacruces estaban transmitiéndole pinturas telepáticamente, probablemente im-
pulsado por sistemas de micro relés de un orden avanzado; pero entonces, cuando las
pinturas de Kandinsky comenzaron a acosarlo, recordó que el principal museo de arte
en Leningrado se especializa justo en tales modernos no figurativos, y decidió que los
soviéticos estaban intentando contactarlo telepáticamente. En la mañana él recordó que
una caída drástica en el fluido GABA del cerebro normalmente producía tal actividad
de fosfeno; nadie estaba tratando de contactarlo telepáticamente, con o sin impulso de
microondas…” 4.
El fluido GABA del cerebro impide que los circuitos neuronales disparen; los mantiene
en estado inactivo o latente hasta que un estímulo desinhibidor –el correcto– se le presenta
al organismo, en este caso Horselover Fat. En otras palabras, estos son circuitos neuronales
diseñados para disparar a la señal, en un momento específico, bajo circunstancias específicas.
¿Se le había presentado a Fat un estímulo desinhibidor previo a la estridente actividad de
fosfeno –la indicación de una drástica caída en el nivel de fluido GABA en su cerebro, y por
tanto dispararon circuitos previamente bloqueados, meta-circuitos, por así decir?
Todos estos eventos tuvieron lugar en marzo de 1974. El mes anterior a ese, a Fat le habían
tenido que remover una muela del juicio retenida. Por esto el cirujano dental le administró
una dosis intravenosa de pentotal sódico. Más adelante en esa tarde, de regreso en caso y con
gran dolor, Fat había hecho que Beth llamara a ordenar un medicamento para el dolor oral.
Estando tan miserable como él lo estaba, el mismo Fat había atendido la puerta cuando la
persona de las entregas de la farmacia había tocado. Cuando él abrió la puerta, se encontró a
sí mismo frente a una encantadora mujer joven de cabello oscuro que le tendía una pequeña
bolsa blanca que contenía el Darvon N. Pero a Fat, pese a su enorme dolor, no le importaban
en absoluto las pastillas, porque su atención se había fijado en el resplandeciente collar de
oro colgando del cuello de la chica; él no podía quitarle sus ojos de encima. Aturdido del
dolor –y del pentotal sódico– y exhausto por el calvario que había atravesado, no obstante
logró preguntarle a la chica lo que el símbolo moldeado en oro en el centro del collar repre-
sentaba. Era un pescado, de perfil.
Tocando el pescado dorado con un delgado dedo, la chica dijo, “Este es un signo usado
por los cristianos tempranos”.
Instantáneamente, Fat experimentó un flashback. Él recordó –solo por un medio segundo.
Recordó la antigua Roma y se recordó a sí mismo: como un cristiano temprano; el antiguo
mundo entero y su aterradora vida furtiva como un cristiano secreto cazado por las autorida-
des romanas emergió en su mente… y luego él estaba de regreso en la California de 1974
aceptando la pequeña bolsa blanca de pastillas para el dolor.
Un mes después mientras él yacía en la cama incapaz de dormir, en la penumbra parcial,
escuchando la radio, el comenzó a ver colores flotantes. Luego la radio chilló desagradables
4
A Scanner Darkly, Doubleday, 1977, pp. 15/16.
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oraciones horripilantes dirigidas a él. Y, después de dos días de esto, los vagos colores co-
menzaron a precipitarse hacia él como si él mismo estuviera moviéndose adelante, cada vez
más rápido; y, como yo retrato en mi novela A Scanner Darkly, los vagos colores abrupta-
mente se congelaron en enfoque nítido bajo la forma de pinturas abstractas modernas, lite-
ralmente en decenas de millones de ellos en rápida sucesión.
Los meta-circuitos en el cerebro de Fat habían sido desinhibidos por el signo del pescado
y por las palabras habladas por la chica.
Es tan simple como eso.
Unos cuantos días después, Fat se despertó y vio la antigua Roma sobreimpuesta sobre la
California de 1974 y pensó en koiné griego, la lingua franca de la parte del Oriente Próximo
del mundo romano, que fue la parte que él vio. Él no sabía que el koiné era su lingua franca;
él supuso que el latín lo era. Y además, como ya te he contado, él no reconoció el lenguaje
de sus pensamientos siquiera como un lenguaje.
Horselover Fat está viviendo en dos tiempos diferentes en dos lugares diferentes; i.e., en
dos continuos espacio-temporales; eso es lo que tuvo lugar en marzo de 1974 debido al anti-
guo signo de pescado que le fue presentado el mes anterior: sus dos continuos espacio-tem-
porales cesaron de estar separados y se fusionaron. Y sus dos identidades –personalidades–
también se fusionaron. Más tarde, él escuchó una voz pensar dentro su cabeza:
“Hay alguien más viviendo en mí y él no se encuentra en este siglo”.
La otra personalidad lo había descifrado. La otra personalidad estaba pensando. Y Fat –
especialmente justo antes de caer dormido por la noche– podía detectar los pensamientos de
esta otra personalidad, tan recientemente como hace un mes; lo que es decir, cuatro años y
medio después de que la compartimentación de las dos personas se rompió.
El mismo Fat me lo expresó de muy buena manera a inicios de 1975 cuando él, en un inicio,
comenzó a sincerarse conmigo. Él le llamaba a la personalidad viviendo en él, en otro siglo
y en otro lugar, “Thomas”.
“Thomas”, Fat me contó, “es más inteligente que yo y él sabe más que yo. De los dos de
nosotros Thomas es la personalidad maestra”. Él consideraba esto bueno; ¡ay de quien tiene
una otra-personalidad malvada o estúpida en su cabeza!
Yo dije, “Querés decir que una vez fuiste Thomas. Sos una reencarnación de él y lo recor-
dás a él y a su –”.
“No, él está viviendo ahora. Viviendo en la antigua Roma ahora. Y él no soy yo. La re-
encarnación no tiene nada que ver con esto”.
“Pero tu cuerpo”, dije yo.
Fat me miró fijamente, asintiendo. “Correcto. Eso significa o que mi cuerpo está en dos
continuos espacio-temporales simultáneamente, o de lo contrario mi cuerpo no está en nin-
guna parte en absoluto”.
Fat me hizo cagarme del miedo. Él había extrapolado las entradas 14 y 30 de su experien-
cia, las infirió a partir de descubrir que alguien más existía en su cabeza y que ese alguien
71
más estaba viviendo en un lugar diferente en un tiempo diferente –hace dos mil años y a ocho
mil millas de distancia.
Nosotros no somos individuos. Nosotros somos estaciones en una única Mente. Se supone
que debemos permanecer separados uno del otro en todo momento. Sin embargo, Fat había
recibido por accidente una señal (el signo del pescado dorado) destinada para Thomas. Era
Thomas quien trataba con signos de pescado, no Fat. Si la chica no le hubiera explicado el
significado del signo, la ruptura de la compartimentalización no hubiera ocurrido. Pero ella
lo hizo y así sucedió. El espacio y el tiempo le fueron revelados a Fat –¡y a Thomas!– como
meros mecanismos de separación. Fat se encontró a sí mismo viendo una doble exposición
de dos realidades sobreimpuestas, y Thomas probablemente se encontró a sí mismo haciendo
lo mismo. Thomas probablemente se preguntó qué diablos de lenguaje extranjero estaba
aconteciendo en su cabeza. Luego se percató de que ni siquiera era su cabeza:
“Hay alguien más viviendo en mí y él no se encuentra en este siglo”. Eso era Thomas
pensando eso, no Fat. Pero aplicaba para Fat igualmente.
Pero Thomas tenía la ventaja sobre Fat, porque, como Fat dijo, Thomas era más inteli-
gente; él era la personalidad maestra. Él se apoderó de Fat, lo hizo cambiar del vino a la
cerveza, le recortó su barba, tenía problemas con el carro… pero más importante, Thomas
recordaba –si esa es la palabra– otros yos, uno en la Creta minoica, lo que es del 3000 A. E.
C. al 1100 A. E. C., hace mucho, mucho tiempo. Thomas incluso recordaba un yo antes de ese:
uno que había venido a este planeta desde las estrellas.
Thomas era el máximo ejemplar de erudición de los tiempos posneolíticos. Como un cris-
tiano temprano, de la edad apostólica; él no había visto a Jesús pero conocía a gente que sí
lo había hecho –Dios mío, estoy perdiendo el control, aquí, tratando de escribir esto. Thomas
había averiguado cómo reconstituirse a sí mismo luego de su muerte física. Todos los cris-
tianos tempranos sabían cómo. Funcionaba mediante la anamnesis, la pérdida de la amnesia
la cual –pues bien, el sistema se suponía que funcionaba de esta manera: cuando Thomas se
encontrara a sí mismo muriendo, él se engramaría a sí mismo al signo cristiano del pescado,
comería alguna extraña rosada –el mismo color rosado, como en la luz que Fat había visto–,
alguna extraña comida y bebida rosada de una jarra sagrada guardada en una fresca alacena,
y luego moriría, y cuando él fuera renacido, él crecería y sería una persona tardía, no sí
mismo, hasta que se le mostrara el signo del pescado.
Él había anticipado que esto sucediera alrededor de cuarenta años después de su muerte.
Error. Tomó casi dos mil años.
De esta manera, mediante este mecanismo, el tiempo era abolido. O, puesto de otra ma-
nera, la tiranía de la muerta era abolida.
La promesa de vida eterna que Cristo le extendió a su pequeño rebaño no era ningún en-
gaño. Cristo les había enseñado cómo hacerlo; tenía que ver con el plásmate inmortal del que
Fat hablaba, la información viviente dormitando en Nag Hammadi siglo tras siglo. Los ro-
manos habían encontrado y asesinado a todos los homoplásmates –todos los cristianos tem-
pranos entrecruzados con el plásmate; ellos murieron, el plásmate escapó a Nag Hammadi y
dormitó como información es los códices.
Hasta que, en 1945, la biblioteca fue descubierta y desenterrada –y leída. Así que Thomas
tuvo que esperar –no cuarenta años– sino dos mil; debido a que el signo del pescado dorado
no era suficiente. La inmortalidad, la abolición del tiempo y el espacio, arriba solamente a
través del Logos o plásmate; solo él es inmortal.
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Estamos hablando de Cristo. Él es una forma de vida extraterrestre que vino a este planeta
hace miles de años, y, como información viviente, pasó a los cerebros de seres humanos que
ya estaban viviendo ahí, la población nativa. Estamos hablando de simbiosis interespecífica.
Antes de ser Cristo él era Elías. Los judíos lo saben todo acerca de Elías y su inmortalidad
–y su habilidad de extenderle la inmortalidad a otros al “dividir su espíritu”. El pueblo de
Qumrán sabía esto. Ellos buscaban recibir parte del espíritu de Elías.
“Ya ves, hijo mío, aquí el tiempo se convierte en espacio”.
Primero lo convertís en espacio y luego caminás a través de él, pero como Parsifal se
percató, él no se estaba moviéndose del todo; él se quedó quieto y el paisaje cambió; atravesó
una metamorfosis. Por un rato él tuvo que haber experimentado una doble exposición, una
sobreimposición, tal como Fat. Este es el tiempo del sueño que existe ahora, no en el pasado,
el lugar donde los héroes y los dioses moran y sus hazañas tienen lugar.
La más impactante idea reveladora a la que Fat había arribado era su concepto del universo
como ente irracional y gobernado por una mente irracional, la deidad creadora. Si el universo
se asume como racional, no irracional, entonces algo irrumpiendo en él podría parecer irra-
cional, ya que ello no encajaría. Pero Fat, habiendo invertido todo, veía lo racional irrum-
piendo en lo irracional. El plásmate inmortal había invadido nuestro mundo y el plásmate era
totalmente racional, mientras que nuestro mundo no lo es. Esta estructura forma la base de la
visión de mundo de Fat. Es el corazón de la cosa.
Durante dos mil años el único elemento racional en nuestro mundo había dormitado. En
1945 se despertó, salió de su estado de semilla inactiva y comenzó a crecer. Creció dentro de
sí mismo, y presumiblemente dentro de otros humanos, y creció afuera, en el macro-mundo.
Él no podía estimar su vastedad, tal como he dicho. Cuando algo comienza a devorar el
mundo, un asunto serio está aconteciendo. Si la entidad devoradora es malvada o insana, la
situación no es meramente seria; es nefasta. Pero Fat veía el proceso a la inversa. Él la veía
exactamente como Platón la había visto en su propia cosmología: la mental racional (noös)
persuade a la irracional (azar, ciego determinismo, ananké) convirtiéndola en cosmos.
Este proceso había sido interrumpido por el Imperio.
“El Imperio nunca acabó”. Hasta ahora; hasta agosto de 1974 cuando el Imperio sufrió
un golpe devastador, quizás terminal, a manos –por así decirlo– del plásmate inmortal, ahora
restaurado a forma activa y usando a los humanos como sus agentes físicos.
Horselover Fat era uno de esos agentes. Él era, por así decirlo, las manos del plásmate,
estirándose para herir al Imperio.
A partir de esto, Fat había deducido que él tenía una misión, que la invasión del plásmate,
que tuvo lugar en él, representaba su intención de emplearlo para sus propósitos benignos.
Yo mismo he tenido sueños de otro lugar, un lago hacia el norte y las cabañas y pequeñas
casas rurales alrededor de su orilla sur. En mi sueño yo llego ahí desde California del sur,
donde vivo; este es un punto vacacional, pero es muy anticuado. Todas las casas son de ma-
dera, hechas de las tejas cafés tan populares en California antes de la Segunda Guerra Mun-
dial. Las caminos son polvorientos. Los carros son más viejos, también. Lo que es extraño es
que tal lago no existe en la parte de norte de California. En la vida real he manejado todo el
camino al norte hasta la frontera de Oregón y a Oregón mismo. Setecientas millas de campo
seco es lo único que existe.
¿En dónde es que este lago –y las casas y caminos alrededor suyo– realmente existe?
Incontables veces he soñado acerca de ello. Ya que en los sueños estoy consciente de que
estoy de vacaciones, de que mi verdadero hogar está en el sur de California, a veces manejo
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de regreso aquí al condado de Orange en estos sueños interconectados. Pero cuando llego de
vuelto aquí vivo en una casa, mientras que, en realidad, yo vivo en un apartamento. En los
sueños, estoy casado. En la vida real, vivo solo. Todavía más extraño, mi esposa es una mujer
que nunca he visto realmente.
En un sueño, los dos estamos afuera en el patio trasero regando y atendiendo nuestro jardín
de rosas. Puedo ver la casa de al lado; es una mansión, y compartimos un muro de contención
en común con ella. Rosas salvajes han sido plantadas al lado del muro, para hacerlo atractivo.
Mientras llevo mi rastrillo pasando los basureros verdes de plástico que hemos rellenado con
los recortes de plantas podadas, le doy un vistazo a mi esposa –ella está regando con la man-
guera– y miro el muro de contención con sus rosales salvajes, y me siento bien; pienso, no
sería posible vivir felizmente en el sur de California si no tuviéramos esta linda casa con su
hermoso jardín trasero. Yo preferiría ser dueño de la mansión de al lado, pero de todos modos
tengo la oportunidad de verla, y puedo cruzar caminando a su jardín más espacioso. Mi es-
posa viste jeans azules; ella es delgada y bonita.
A medida que me despierto pienso, debería manejar hacia al norte al lago; por más bello
que sea aquí, con mi esposa y el jardín trasero y las rosas salvajes, el lago es más agradable.
Pero luego caigo en cuenta de que es enero y que habrá nieve en la autopista cuando llegue
al norte del Área de la Bahía; este no es un buen momento para manejar de regreso a la cabina
en el lago. Debería esperar hasta el verano; yo soy, después de todo, un conductor bastante
tímido. Mi carro es uno bueno, sin embargo; un Capri rojo casi nuevo. Y luego a medida que
me despierto me percato de que estoy viviendo solo en un apartamento en el sur de California.
No tengo esposa. No existe tal casa, con el jardín trasero y el alto muro de retención con los
rosales salvajes. Todavía más extraño, no solo no tengo una cabaña en el lago al norte sino
que tal lago en California no existe. El mapa que sujeto mentalmente durante mi sueño es un
mapa falsificado; no representa a California. ¿Entonces a cuál estado representa? ¿Washing-
ton? Hay un gran cuerpo de agua al norte de Washington; he volado por encima de él al ir a
y al regresar de Canada, y una vez visité Seattle.
¿Quién es esta esposa? No solo estoy soltero; nunca me he casado con, ni he visto, a esta
mujer. Sin embargo en los sueños siento un amor profundo, cómodo y familiar hacia ella, la
clase de amor que crece solamente con el paso de muchos años. ¿Pero cómo siquiera sé eso,
ya que yo nunca he tenido a alguien por quien sentir tal amor?
Levantándome de la cama –he estado tomando una siesta temprano en la tarde– camino a
la sala de estar de mi apartamento y me deja sin habla la naturaleza sintética de mi vida.
Estéreo (eso es sintético); set de televisión (eso es definitivamente sintético); libros, una ex-
periencia de segunda mano, al menos comparado con manejar por la angosta calle polvorienta
que le sigue al lago, pasando debajo de las ramas de los árboles, finalmente llegando a mi
cabina y al lugar en el que parqueo. ¿Qué cabina? ¿Qué lago? Incluso puedo recordar cuando
fui llevado ahí originalmente, hace años, por mi madre. Ahora, algunas veces, voy por aire.
Hay un vuelo directo entre el sur de California y el lago… excepto por unas pocas millas
después del aeródromo. ¿Qué aeródromo? Pero, sobre todo, ¿cómo puedo soportar la vida
artificial que llevo aquí en este apartamento plástico, solo, específicamente sin ella, la del-
gada esposa en jeans azules?
Si no fuera por Horselover Fat y su encuentro con Dios o Zebra o el Logos, y esta otra
persona viviendo en la cabeza de Fat pero en otro siglo y lugar, yo descartaría mis sueños
como nada. Puedo recordar artículos que trataban sobre la gente que se ha asentado cerca del
lago; ellos pertenecían a un apacible grupo religioso, en cierto modo como los cuáqueros (yo
fui criado como cuáquero); excepto que, se afirma, ellos mantenían la fuerte creencia de que
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a los niños no se los debe poner en cunas de madera. Esta era su especial postura herética.
Además –y de hecho puedo ver las páginas del artículo escrito sobre ellos– se dice de ellos
que “de vez en cuando uno o dos hechiceros nacen”, lo cual tiene alguna relación con su
aversión a las cunas de maderas; si ponés a un infante o bebé que es un hechicero –un futuro
hechicero– en una cuna de madera, evidentemente él perderá sus poderes de manera gradual.
¿Sueños de otra vida? ¿Pero dónde? Gradualmente el mapa visualizado de California, que
es espurio, se desvanece, y, con él, el lago, las casas, los caminos, la gente, los carros, el
aeropuerto, el clan de apacibles creyentes religiosos con su peculiar aversión a las cunas de
madera; pero para que esto se desvanezca, un puñado de sueños interconectados abarcando
años de tiempo real transcurrido debe desvanecerse, también.
La única conexión entre este paisaje onírico y mi mundo real es mi Capri rojo.
¿Por qué ese único elemento persiste en ambos mundos?
Se ha dicho de los sueños que ellos son una “psicosis controlada”, o, puesto de otra ma-
nera, una psicosis es un sueño abriéndose camino durante las horas de vigilia. ¿Qué significa
esto en términos de mi sueño del lago que incluye a una mujer que nunca conocí por quien
siento un amor cómodo y real? ¿Hay dos personas en mi cerebro, a como las hay en el de
Fat? Particionadas, pero, ¿en mi caso ningún símbolo desinhibidor accidentalmente disparó
a la “otra” para que resquebrajara la partición en mi personalidad y mi mundo?
¿Somos todos como Horselover Fat, pero no lo sabemos?
¿En cuántos mundos existimos simultáneamente?
Atontado de mi siesta prendo la TV e intentó mirar un programa llamado “Dick Clark’s
Good Ol’ Days Part II”. Imbéciles y bobos aparecen en la pantalla, babean como tarados e
idiotas; chicos con caras llenas de espinillas gritan en estática aprobación de total banalidad.
Apago el set de TV. Mi gato quiere ser alimentado. ¿Qué gato? En mis sueños, mi esposa y
yo no somos dueños de mascotas; somos dueños de una encantadora casa con un gran patio
bien cuidado en el que pasamos nuestros fines de semana. Tenemos un garaje para dos ca-
rros… repentinamente caigo en cuenta con un distintivo sobresalto de que esta es una casa
costosa; en mis sueños interrelaciones soy adinerado. Vivo una vida de clase media alta. No
soy yo. Nunca viviría así; o si lo hiciera estaría agudamente incómodo. La riqueza y la pro-
piedad me causan intranquilidad; crecí en Berkeley y tengo la típica consciencia de izquierda
socialista de Berkeley, con su sospecha de la vida acomodada.
La persona en el sueño también posee propiedad frente al lago. Pero el maldito Capri es
el mismo. A comienzos de este año fui y compré un Capri Ghia último modelo, lo cual nor-
malmente no puedo costear; es el tipo de carro que la persona en el sueño tendría. Hay una
lógica en el sueño, entonces. Como esa persona yo tendría el mismo carro.
Una hora después de haber despertado del sueño aún puedo ver en el ojo de mi mente –lo
que sea que eso pueda ser; el tercer ojo u ojo ajna– la manguera de jardín que mi esposa en
sus jeans azules está arrastrando a través de la entrada de cemento. Pequeños detalles, y nin-
guna trama. Desearía ser dueño de la mansión al lado de nuestra casa. ¿Lo deseo? En la vida
real, ni loco sería dueño de una mansión. Esta es gente rica; los detesto. ¿Quién soy? ¿Cuánta
gente soy? ¿Dónde estoy? Este pequeño apartamento plástico en el sur de California no es
mi hogar, pero ahora estoy despierto, supongo, y aquí vivo, con mi TV (hola, Dick Clark), y
mi estéreo (hola, Olivia Newton-John) y mis libros (hola nueve millones de títulos mal ven-
tilados). En comparación con mi vida en los sueños interconectados, esta vida es solitaria y
falsa y sin valor; no apta para una persona inteligente y educada. ¿Dónde están las rosas?
¿Dónde está el lago? ¿Dónde está la delgada, sonriente, mujer atractiva arrollando y ti-
rando de la manguera verde del jardín? La persona que soy ahora, comparada con la persona
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en el sueño, ha sido desconcertada y derrotada y solamente supone que él disfruta una vida
plena. En los sueños, veo en qué consiste una vida plena, y no es lo que realmente tengo.
Entonces un extraño pensamiento viene a mí. No soy cercano a mi padre, quien aún está
vivo, en sus ochentas, viviendo en el norte de California, en Menlo Park. Solamente dos veces
visité su casa, y eso fue hace veinte años. Su casa era como la cual yo tenía en el sueño. Sus
aspiraciones –y logros– se ensamblaban con aquellos de la persona en mi sueño. ¿Me con-
vierto en mi padre mientras duermo? El hombre en el sueño –yo mismo– estaba cercano a mi
edad actual, o más joven. Sí; deduzco de la mujer, mi esposa: mucho más joven. ¡He retro-
cedido en el tiempo en mis sueños, no de regreso a mi propia juventud sino a la juventud de
mi padre! En mis sueños, mantengo la visión de mi padre de la buena vida, de cómo las cosas
deberían ser; la fuerza de su visión es tan fuerte que ella perdura una hora después de que
despierto. Por supuesto sentí aversión por mi gato al despertar; mi padre odia los gatos.
Mi padre, en la década antes de que yo naciera, solía manejar hacia el norte al Lago Tahoe.
Él y mi madre probablemente tenía una cabina ahí. No lo sé; nunca he estado ahí.
Memoria filogenética, la memoria de la especie. No mi propia memoria, memoria onto-
génica. “La filogenia es recapitulada en la ontogenia”, a como se pone. El individuo contiene
la historia de la raza entera, de vuelta a sus orígenes. De vuelta a la antigua Roma, a Minos
en Creta, de vuelta a las estrellas. Todo lo que conseguí, todo lo que abreaccioné, al dormir,
era una generación. Esto es memoria de patrimonio genético, la memoria del ADN. Eso ex-
plica la experiencia crucial de Horselover Fat, en la cual el símbolo del pescado cristiano
desinhibió una personalidad de dos mil años en el pasado… porque el símbolo se originó dos
mil años en el pasado. Si a él se le hubiera mostrado un símbolo aún más antiguo, se habría
abrepuesto más lejos; después de todo, las condiciones eran perfectas para ello: él estaba
saliendo del efecto del pentotal sódico, la “droga de la verdad”.
Fat tiene otra teoría. Él piensa que la fecha es realmente el 103 E. C. (o A. D. como yo lo
pongo; que se joda Fat y sus modernismos en boga). Estamos actualmente en tiempos apos-
tólicos, pero una capa de maya o lo que los griegos llamaban “dokos” obscurece el paisaje.
Este es un concepto clave con Fat: dokos, la capa de ilusión o lo meramente aparente. La
situación tiene que ver con el tiempo, con si el tiempo es real.
Citaré a Heráclito por mi propia cuenta, sin obtener el permiso de Fat: “El tiempo es un
niño que juega a los dados: de un niño es el reino”. ¡Cristo! ¿Qué significa esto? Edward
Hussey dice acerca de este pasaje: “Aquí, como probablemente en Anaximandro, ‘Tiempo’
es un nombre para Dios, con una sugerencia etimológica de su eternidad. La infinitamente
vieja divinidad es un niño jugando un juego de mesa conforme él mueve las piezas cósmicas
en combate de acuerdo a la regla”. Jesucristo, ¿con qué estamos lidiando, aquí? ¿A dónde
estamos y cuándo estamos y quiénes somos? ¿Cuánta gente en cuántos lugares en cuántos
tiempos? ¡Piezas en un tablero, movidas por la “infinitamente vieja divinidad” que es un
“niño”!
De vuelta a la botella de coñac. El coñac me tranquiliza. Algunas veces, especialmente
luego de que he pasado una tarde hablándole a Fat, me alarmo y necesito algo que me tran-
quilice. Tengo el terrible presentimiento de que él está tras la pista de algo real y extremada-
mente aterrador. Personalmente, yo no quiero romper ninguno nuevo esquema teológico o
filosófico. Pero yo tenía que conocer a Horselover Fat; tenía que llegar a conocerlo y com-
partir sus descabelladas ideas basadas en su peculiar encuentro con Dios sabrá qué. Con la
máxima realidad, quizás. Lo que sea que fuera, estaba viva y pensaba. Y en ningún respecto
se asemejaba a nosotros, pese a la cita de 1 Juan 3:1/2.
Jenófanes tenía razón.
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“Hay un único dios, de ninguna manera similar a las creaturas mortales ya sea en forma
corporal o en el pensamiento de su mente”.
¿No es un oxímoron decir, no soy yo mismo? ¿No es esto una contradicción verbal, una
declaración semánticamente sinsentido? Fat resultó ser Thomas; y yo, al estudiar la informa-
ción en mi sueño, concluyo que soy mi propio padre, casado con mi madre cuando ella era
joven –antes de mi propio nacimiento. Pienso que la críptica mención de que, “De vez en
cuando uno o dos hechiceros nacen” se supone que debe decirme algo. Una tecnología sufi-
cientemente avanzada nos parecería una forma de magia; Arthur C. Clark ha señalado eso.
Un hechicero trabaja con magia; ergo, un “hechicero” es alguien en posesión de una tecno-
logía altamente sofisticada, una que nos desconcierta. Alguien está jugando un juego de ta-
blero con el tiempo, alguien que no podemos ver. No es Dios. Ese es un nombre arcaico dado
a esta entidad por sociedades en el pasado, y por gente ahora encerrada en pensamiento ana-
crónico. Necesitamos un nuevo término, pero con lo que estamos lidiando no es nuevo.
Horselover Fat es capaz de viajar a través del tiempo, de viajar de regreso miles de años.
El pueblo de tres ojos probablemente vive en el lejano futuro; ellos son nuestros descendien-
tes, altamente evolucionados. Y es probablemente su tecnología la que le permitió a Fat hacer
su viaje en el tiempo. En efecto, la personalidad maestra de Fat puede no yacer en el pasado
sino delante de nosotros –pero se expresó a sí misma por fuera de él bajo la forma de Zebra.
Estoy diciendo que el fuego de San Telmo que Fat reconoció como vivo y sintiente proba-
blemente se abrepuso de regresó a este periodo de tiempo y es uno de nuestros propios hijos.
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No pensé que debía decirle a Fat que yo creía que su encuentro con Dios era, de hecho, un
encuentro con una versión de sí mismo del futuro lejano. Él mismo tan evolucionado, tan
cambiado, que había dejado de ser un ser humano. La memoria de Fat había retrocedido hasta
las estrellas, y había encontrado a un ser listo para regresar a las estrellas, y varios yos a lo
largo del camino, varios puntos a lo largo de la línea. Todo ellos eran la misma persona.
En cierto nivel Fat había adivinado la verdad; él había encontrado a sus yos pasados y a
sus yos futuros –dos yos futuros; uno en fase temprana, las personas de tres ojos, y luego
Zebra, quien es incorpóreo.
El tiempo de algún modo fue abolido para él, y la recapitulación de los yos a lo largo del
eje de tiempo lineal causó que la multitud de yos se laminaran juntos en una entidad común.
A partir de la laminación de yos, Zebra, quien es supra- o transtemporal, vino a la exis-
tencia: pura energía, pura información viviente. Inmortal, benigna, inteligente y servicial. La
esencia del ser humano racional. En el centro de un universo irracional gobernado por una
Mente irracional se planta el hombre racional, Horselover Fat siendo solo un ejemplo. La
irrupción de la deidad que Fat encontró en 1974 era él mismo. No obstante, Fat parecía ser
feliz creyendo que había conocido a Dios. Luego de pensarlo decidí no contarle mis posturas.
Después de todo, puedo estar equivocado.
Todo tenía que ver con el tiempo. “El tiempo puede ser superado”, Mircea Eliade escribió.
De eso se trata todo. El gran misterio de Eleusis, de los Órficos, de los cristianos tempranos,
de Serapis, de las religiones mistéricas greco-romanas, de Hermes Trismegisto, de los alqui-
mistas herméticos renacentistas, de la Hermandad Rosacruz, de Apolonio de Tiana, de Simón
el Mago, de Asclepio, de Paracelso, de Bruno, consiste en la abolición del tiempo. Las téc-
nicas están ahí. Dante las discute en la Comedia. Tiene que ver con la pérdida de la amnesia;
cuando el olvido se pierde, la verdadera memoria se disemina hacia atrás y hacia delante,
hacia el pasado y hacia el futuro, y además, extrañamente, hacia universos alternos; es orto-
gonal al igual que linear.
Es por eso que se podría decir correctamente que Elías es inmortal; él había ingresado al
Reino Superior (como Fat le llama) y ya no está sujeto al tiempo. El tiempo es equivalente a
lo que los antiguos llamaban “determinismo astral”. El propósito de los misterios era el libe-
rar al iniciado del determinismo astral, que aproximadamente equivale al destino. Acerca de
esto, Fat escribió en su tractate:
Entrada 48. Dos reinos hay, superior e inferior. El superior, derivado del hiperuni-
verso I o Yang, Forma I de Parménides, es sentiente y volitivo. El reino inferior, o Yin,
Forma II de Parménides, es mecánico, impulsado por ciega causa eficiente, determinista
y desprovisto de inteligencia, ya que emana de una fuente muerta. En tiempos antiguos
fue denominado “determinismo astral”. Estamos atrapados, por lo general, en el reino
inferior, pero mediante los sacramentos, por medio del plásmate, somos librados. Hasta
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que el determinismo se rompe, ni siquiera estamos conscientes de él, tan ocluidos esta-
mos. “El Imperio nunca acabó”.
Siddhartha, el Buda, recordó todas sus vidas pasadas; es por eso que se le otorgó el título
de buda que significa “el Iluminado”. De él el conocimiento de cómo lograr esto pasó a Gre-
cia y aparece en las enseñanzas de Pitágoras, quien mantuvo gran parte de esta oculta gnosis
mística en secreto; su pupilo Empédocles, sin embargo, rompió ligamen con la Hermandad
Pitagórica y salió a la luz pública. Empédocles le dijo a sus amigos en privado que él era
Apolo. Él, también, como el Buda y Pitágoras, podía recordar sus vidas pasadas. Sobre lo
que ellos no hablaron era de su habilidad para “recordar” vidas futuras.
Las personas de tres ojos que Fat vio lo representaban a él en una etapa iluminada de su
desarrollo evolutivo a través de sus múltiples vidas. En el budismo se le llama el “ojo divino
sobrehumano” (dibba-cakkhu), el poder de ver el fallecimiento y renacimiento de los seres.
Gautama el Buda (Siddhartha) lo consiguió durante su guardia de medianoche (diez p.m. a
dos a.m.). En su primera guardia (seis p.m. a diez p.m.) él adquirió el conocimiento de todas
–repito: de todas– sus existencias anteriores (pubbeni-vasanussati-nana). No le conté a Fat
esto, pero técnicamente él se había convertido en un Buda. No me parecía una buena idea
hacérselo saber. Después de todo, si sos un Buda deberías ser capaz de averiguarlo por vos
mismo.
Me parece una paradoja interesante que un Buda –un iluminado– fuera incapaz de averi-
guar, incluso después de cuatro años y medio, que él ha sido iluminado. Fat se encontraba
totalmente atascado en su gigantesca exégesis, tratando fútilmente de determinar qué le había
sucedido. Él se asemejaba más a una víctima de accidente de atropello y fuga que a un Buda.
“¡Santa mierda!”, como diría Kevin, acerca del encuentro con Zebra. “¿Qué fue ESO?”.
Ningún débil revuelo era aprobado ante la vista de Kevin. Él se consideraba a sí mismo el
halcón y el revuelo, el conejo. Él le encontraba poca utilidad a la exégesis, pero seguía siendo
buen amigo de Fat. Kevin operaba bajo el principio, Condena el acto, no al ejecutor.
Estos días, Kevin se sentía bien. Después de todo, su opinión negativa de Sherri había
demostrado ser correcta. Esto hizo que él y Fat se acercaran aún más. Kevin la reconocía por
lo que ella era, pese a su cáncer. En el análisis final, el hecho de que ella estuviera muriendo
no le importaba a él en lo más mínimo. Él había reflexionado sobre ello y concluyó que el
cáncer era un timo.
La idea obsesiva de Fat durante estos días, a medida que se preocupa más y más por Sherri,
era que el Salvador pronto renacería –o que ya lo había hecho. En algún lugar del mundo él
caminaba o pronto caminaría por la tierra una vez más.
¿Qué pretendía hacer Fat cuando Sherri muriera? Maurice le había gritado eso a él bajo la
forma de una pregunta. ¿Moriría él, también?
Para nada. Fat, ponderando y escribiendo y haciendo investigación y recibiendo poco a
poco mensajes de Zebra durante sus estados hipnagógicos y en sueños, e intentando rescatar
algo de las ruinas de su vida, había decidido ir en busca del Salvador. Él lo encontraría donde
quiera que esté.
Esta era la misión, el propósito divino, que Zebra le encomendó en marzo de 1974: el leve
yugo, la carga ligera. Fat, un hombre santo ahora, se convertiría en un mago contemporáneo.
Todo lo que le hacía falta era una pista –algún indicio respecto a dónde buscar. Zebra le diría,
eventualmente; la pista vendría de Dios. Este era el propósito entero de la teofanía de Zebra:
el mandar a Fat en su camino.
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Nuestro amigo David, al decírsele esto, preguntó, “¿Será Cristo?”. Mostrando así su cato-
licismo.
“Es un quinto Salvador”, dijo Fat enigmáticamente. Después de todo, Zebra se había re-
ferido a la llegada del Salvador de múltiples –y en cierto sentido, conflictivas– maneras:
como St. Sophia, que era Cristo; como la Cabeza de Apolo; como Buda o Siddhartha.
Siendo ecléctico en términos de su teología, Fat enlistó un número de salvadores: el Buda,
Zoroastro, Jesús y Abu Al-Qasim Muhammad Ibn Abd Allah Abd Al-Muttalib Ibn Hashim
(i.e., Mahoma). A veces también enlistaba a Mani. Por lo tanto, el próximo salvador sería el
número cinco, según la lista abreviada, o el número seis según la lista extendida. En ciertas
ocasiones, Fat también incluía a Asclepio, quien, cuando se le agregaba a la lista, haría que
el próximo Salvador fuera el número siete. En cualquier caso, este venidero salvador sería el
último; él tomaría asiento como rey y sería juez sobre todas las naciones y pueblos. El puente
de tamizado del zoroastrismo había sido establecido, por cuyo medio las buenas almas (aque-
llas de luz) son separadas de las malas almas (aquellas de oscuridad). Ma’at había puesto su
pluma en la balanza para ser pesada contra el corazón de cada hombre en juicio, mientras
Osiris el Juez tomaba asiento. Era un tiempo ajetreado.
Fat procuraba estar presente, quizás para entregar el Libro de la Vida al Juez Supremo, El
anciano de los días mencionado en el Libro de Daniel.
Todos le señalamos a Fat que con suerte el Libro de la Vida –en el cual los nombre de
todos los que fueron salvados habían sido inscritos– resultaría demasiado pesado para que un
solo hombre lo levante; un cabrestante y una grúa eléctrica serían necesarias. A Fat no le
causó gracia.
“Esperá a que el Juez Supremo vea a mi gato muerto”, dijo Kevin.
“Vos y tu maldito gato”, le dije. “Estamos cansados de escuchar acerca de tu gato muerto”.
Luego de escuchar a Fat revelar sus astutos planes para buscar al Salvador –sin importar
cuán lejos él tuviera que viajar para encontrarlo– me di cuenta de lo obvio: Fat en realidad
estaba en busca de la chica muerta Gloria, por cuya muerte él se consideraba responsable. Él
había combinado totalmente su vida y metas religiosas con su vida y metas emocionales. Para
él “salvador” representaba “amiga perdida”. Él tenía la esperanza de ser reunificado con ella,
pero en este lado de la tumba. Si él no podía ir a ella, en el otro lado, él, en cambio, la
encontraría aquí. Así que a pesar de que ya no estaba suicida él aún estaba loco. Pero esto me
pareció que era una mejora; thanatos estaba perdiendo en la lucha contra eros. Como diría
Kevin, “Quizás Fat se termine acostando con alguna tipa en algún lugar del camino”.
Para el momento en que Fat despegara en su sagrada expedición él estaría buscando dos
chicas muertas: Gloria y Sherri. Esta versión actualizada de la saga del Grial me hizo cues-
tionarme si, de igual manera, fundamentos eróticos subyacentes habían motivado a los caba-
lleros del Grial en Montsalvat, el castillo en donde Parsifal acabó. Wagner dice en su texto
que solo aquellos a quienes el mismo Grial llama encuentran su camino hasta ahí. La sangre
de Cristo en la cruz había sido contenida en la misma copa de la que había bebido durante la
Última Cena; así que literalmente terminó conteniendo su sangre. En esencia la sangre, no el
Grial, convocó a los caballeros; la sangre nunca murió. Como Zebra, los contenidos del Grial
eran un plasma o, como Fat le llamaba, plásmate. Probablemente Fat había anotado en alguna
parte de su exégesis que Zebra equivale al plásmate que equivale a la sangre del Cristo cru-
cificado.
La sangre derramada de la chica rota y moribunda sobre el pavimento afuera del Edificio
Oakland Synanon llamaba a Fat, quien, como Parsifal, era un completo tonto. Eso es lo que
se supone que la palabra “parsifal” significa en arábigo; se supone que se debió derivar de
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“Falparsi”, una palabra arábiga que significa “tonto puro”. Esto, por supuesto, no es el caso
real, pese a que en la opera Parsifal, Kundry se dirige a Parsifal de esta manera. El nombre
“Parsifal” es, de hecho, derivado de “Perceval”, que es solamente un nombre. No obstante,
un punto de interés persiste: por vía de Persia el Grial es identificado con el “lapis exilix”
precristiano, que es una piedra mágica. Esta piedra aparece en la posterior alquimia hermética
como el agente mediante el cual la metamorfosis humana es alcanzada. Sobre la base del
concepto de Fat de simbiosis interespecífica, el ser humana se entrecruza con Zebra o el
Logos o el plásmate para convertirse en un homoplásmate; por lo tanto él ya se había con-
vertido en aquello que los alquimistas herméticos buscaban. Sería natural para él, entonces,
salir a la búsqueda del Grial; él estaría encontrando a su amiga, a sí mismo y a su hogar.
Kevin desempeñaba el rol del malvado mago Klingsor por su continua satirización de las
idealistas aspiraciones de Fat. Fat, según Kevin, estaba cachondo. En Fat, thanatos –muerte–
luchaba contra eros –que Kevin identificaba no con la vida sino con coger. Esto probable-
mente no esté muy alejado de la verdad; quiero decir, la descripción básica de Kevin del
conflicto dialéctico oleando de acá para allá dentro de la mente de Fat. Parte de Fat deseaba
morir y parte deseaba la vida. Thanatos puede asumir cualquier forma que le plazca; puede
matar a eros, el impulso de vida, y luego simularlo. Una vez que thanatos te hace esto, te has
metido en grandes problemas; suponés que sos conducido por eros pero es thanatos vistiendo
una máscara. Yo tenía la esperanza de que Fat no se hubiera metido en este lugar; yo tenía la
esperanza de que su deseo por buscar y encontrar al Salvador proviniera de eros.
El Salvador verdadero, o el Dios verdadero si vamos al caso, carga la vida consigo; él es
vida. Cualquier “salvador” o “dios” que traiga consigo la muerte es nomás que thanatos vis-
tiendo la máscara de un salvador. Esto es por lo cual Jesús se identificaba a sí mismo como
el Salvador verdadero –incluso cuando él no quería identificarse de tal modo a sí mismo– por
sus milagros de sanación. La gente sabía a lo que los milagros de sanación apuntaban. Hay
un maravilloso pasaje al puro final del Antiguo Testamento en donde este asunto es clarifi-
cado. Dios dice, “Más para vosotros que teméis mi nombre, se levantará el sol de justicia con
salud en sus alas; y saldréis, y saltaréis como terneros del establo”.
En cierto sentido Fat tenía la esperanza de que el Salvador sanaría lo que había enfermado,
que restauraría lo que había sido roto. En algún grado, él de hecho creía que la chica muerta
Gloria podría ser restaurada a la vida. Esto es por lo cual la agonía ininterrumpida de Sherri,
su cáncer creciente, lo desconcertaba y derrotaba sus esperanzas y creencias espirituales. De
acuerdo con su sistema, tal cual se postula en su exégesis, basado en su encuentro con Dios,
Sherri debería haber sido mejorada.
Fat estaba en la búsqueda de mucho. A pesar de que él, técnicamente, podía comprender
porque Sherri tenía cáncer, espiritualmente no podía. De hecho, Fat no podía realmente en-
tender porque Cristo, el Hijo de Dios, había sido crucificado. El dolor y el sufrimiento no
tenían sentido para Fat; él no podía incorporarlo al gran diseño. Por lo tanto, él razonaba, la
existencia de tan terribles aflicciones señalaba a la irracionalidad en el universo, una afrenta
a la razón.
Más allá de cualquier duda, Fat se tomaba en serio la expedición propuesta. Él había re-
caudado casi veinte mil dólares en su cuenta de ahorros.
“No te burlés de él”, le dije a Kevin un día. “Esto es importante para él”.
Sus ojos relucientes con su acostumbrada burla cínica, Kevin q, “Conseguirme un culo
es importante para mí, también”.
“Bajate de la nube”, le dije. “No sos gracioso”.
Kevin meramente continúo sonriendo.
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Una semana después, Sherri murió.
Ahora, como yo había previsto, Fat tenía dos muertes en su consciencia. Él no había sido
capaz de salvar a ninguna de las dos chicas. Cuando sos Atlas debés cargar una pesada carga
y si la soltás muchas personas sufren, un mundo entero de personas, un mundo entero de
sufrimiento. Esto ahora pesaba sobre Fat espiritualmente en lugar de físicamente, esta carga.
Atados a él los dos cadáveres gritaban por ser rescatados –gritaban pese a que habían muerto.
Los gritos de los muertos son terribles en efecto; debés tratar de no escucharlos.
Lo que yo temía era un retorno de Fat al suicidio y si eso fallaba, entonces otro trecho en
el encierro de hule.
Para mi sorpresa para cuando visité a Fat en su apartamento lo encontré sereno.
“Me voy”, me dijo.
“¿En tu expedición?”.
“Acertaste”, dijo Fat.
“¿A dónde?”.
“No lo sé. Solamente me pondré en marcha y Zebra me guiará”.
Yo no tenía ninguna motivación de intentar disuadirlo; ¿en qué consistían sus alternativas?
¿Quedarse sentado por sí solo en el apartamento en el que él y Sherri habían vivido juntos?
¿Escuchar a Kevin burlarse de los lamentos del mundo? O peor aún, él podría pasar su tiempo
escuchando la verborrea de David acerca de cómo “Dios trae el bien a partir del mal”. Si algo
era capaz de enviar a Fat al encierro de hule eso sería el encontrarse a sí mismo atrapado en
un fuego cruzado entre Kevin y David: el estúpido y piadoso y crédulo versus lo cínicamente
cruel. ¿Y qué podía agregar yo? La muerte de Sherri me había destrozado, también, me había
deconstruido en partes básicas, como un juguete desensamblado tal como lo que había lle-
gado en el kit alegremente coloreado. Sentía las ganas de decir, “Llevame con vos, Fat. En-
señame el camino a casa”.
Mientras Fat y yo estábamos sentados de luto, el teléfono sonó. Era Beth, queriendo ase-
gurarse de que Fat supiera que se había retrasado una semana en el pago de su pensión ali-
menticia.
A medida que colgó el teléfono, Fat me dijo, “Mis exesposas son descendientes de ratas”.
“Tenés que irte de aquí”, le dije.
“Entonces estás de acuerdo en que debo irme”.
“Sí”, le dije.
“Tengo suficiente dinero para ir a cualquier lugar en el mundo. Pensé en China. Pensé,
¿Cuál es el lugar menos probable en el que Él nacería? Un país comunista como China. O
Francia” .
“¿Por qué Francia?” le pregunté.
“Siempre he querido ver Francia”.
“Entonces andá a Francia”, dije yo.
“¿Qué harás vos?”, murmuró Fat.
“¿Perdón?”.
“Estaba pensando acerca del anuncio de TV del American Travelers’ Checks. ‘Qué harás.
Qué harás’. Así es como me siento ahora mismo. Tienen razón”.
Yo dije, “A mí me gusta ese en el que un hombre de mediana edad dice, ‘Tenía seiscientos
dólares en esa billetera. Es la peor cosa que jamás me haya pasado en la vida’. Si esa es la
peor cosa que jamás le haya pasado a él –”.
“Claro”, dijo Fat, asintiendo. “Él ha vivido una vida amparada”.
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Yo sabía cual visión se había conjurado a sí misma en la mente de Fat: la visión de las dos
chicas moribundas. Ya sea rota en el impacto o abierta de golpe desde el interior. Me estre-
mecí y me sentí, yo mismo, con ganas de llorar.
“Ella se sofocó”, dijo Fat, finalmente, en una voz baja. “Ella simplemente se sofocó, mal-
dita sea; ya no podía respirar”.
“Lo siento”, dije yo.
“¿Sabés lo que me dijo el doctor para animarme?” dijo Fat. “Hay peores enfermedades
que el cáncer”.
“¿Te mostró diapositivas?”.
Ambos nos reímos. Cuando estás cerca de la locura por la pena, te reís de lo que podés.
“Vayamos a la Calle Sombrero”, dije yo; ese era un buen restaurante y bar al que a todos
nos gustaba ir. “Te invito a un trago”.
Caminamos por la Calle Principal y tomamos asiento en el bar en Calle Sombrero.
“¿Dónde está aquella señorita con el cabello café corto con la que solías venir?” la mesera
le preguntó a Fat mientras nos servía nuestros tragos.
“En Cleveland”, dijo Fat. Ambos nos comenzamos a reír de nuevo. La mesera recordaba
a Sherri. Era demasiado espantoso para tomarlo en serio.
“Conocí a esta mujer”, le dije a Fat mientras tomábamos, “y yo estaba hablando acerca de
un gato muerto mío y dije, ‘Pues bien, él está descansando en la perpetuidad’ y ella inmedia-
tamente dijo, completamente seria, ‘Mi gato está enterrado en Glendale’. Todos metimos la
cuchara y comparamos el clima en Glendale comparado al clima en la perpetuidad”. Tanto
Fat como yo nos estábamos riendo tan fuerte que otras personas nos miraban fijamente. “Te-
nemos que comportanos”, dije yo, calmándome.
“¿No es más frío en la perpetuidad?” dijo Fat.
“Sí, pero hay menos smog”.
Fat dijo, “Quizás sea ahí donde lo encuentre”.
“¿A quién?” dije yo.
“A él. Al quinto salvador”.
“Te acordás de esa vez en tu apartamento”, dije yo, “cuando Sherri estaba empezando la
quimioterapia y su cabello se estaba cayendo –”.
“Claro, el plato de agua del gato”.
“Ella estaba de pie cerca del plato de agua del gato y su cabello continuaba cayendo en el
plato del agua y el pobre gato estaba perplejo”.
“¿Qué diablos es esto?”, dijo Fat, citando lo que el gato hubiera dicho si pudiera hablar.
“¿Aquí en mi plato de agua?”. El sonrió, pero ninguna alegría podía verse en su sonrisa.
Ninguno de los dos podía ser gracioso más tiempo, incluso entre nosotros. “Necesitamos a
Kevin para que nos anime”, dijo Fat. “Pensándolo mejor”, murmuró él, “quizás no”.
“Simplemente tenemos que seguir andando”, dije yo.
“Phil”, dijo Fat, “si no lo encuentro, me voy a morir”.
“Lo sé”, dije yo. Era verdad. El Salvador se posaba entre Horselover Fat y la aniquilación.
“Estoy programado para autodestruirme”, dijo Fat. “El botón ha sido presionado”.
“Las sensaciones que sentís –” comencé a decir.
“Son racionales”, dijo Fat. “En términos de la situación. Es verdad. Esto no es insanidad.
Tengo que encontrarlo, donde sea que él esté, o morir”.
“Bueno, entonces yo moriré, también”, dije yo. “Si vos lo hacés”.
“Así es”, dijo Fat. Él asintió. “Acertaste. No podés existir sin mí y yo no puedo existir sin
vos. Estamos en esto juntos. Coño. ¿Qué clase de vida es esta? ¿Por qué pasan estas cosas?”.
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“Lo dijiste vos mismo. El universo –”.
“Lo encontraré”, dijo Fat. Él se tomó su trago, dejó el vaso vacío en su sitio y se levantó.
“Vayamos de vuelta a mi apartamento. Quiero que escuchés el nuevo álbum de Linda Rons-
tadt, Living In the USA. Es realmente bueno”.
Mientras salíamos del bar, yo dije, “Kevin dice que Ronstadt está arruinada”.
Pausando en la puerta de salida, Fat dijo, “Kevin está arruinado. Él va a sacar de repente
ese maldito gato muerto debajo de su abrigo en el Día del Juicio y ellos se van a reír de él
como él se ríe de nosotros. Eso es lo que se merece: un Gran Juez exactamente como él”.
“Esa no es una mala idea teológica”, dije yo. “Te encontrás encarándote a vos mismo.
¿Crees que lo encontrarás?”.
“¿Al Salvador? Claro, lo encontraré. Si se me acaba el dinero volveré a casa y trabajaré
un poco más e iré a buscar de nuevo. Él tiene que estar en algún lado. Zebra lo dijo. Y Thomas
dentro de mi cabeza –él lo sabía; él recordaba que Jesús solo había estado allí hacia poco
tiempo y él sabía que volverá. Todos ellos estaban alegres, completamente alegres, haciendo
preparaciones para darle la bienvenida de vuelta. El esposo de vuelta. Era tan malditamente
festivo, Phil; totalmente alegre y emocionante y todos corriendo de arriba abajo. Ellos esta-
ban escapando de la Prisión de Hierro Negro y simplemente riendo y riendo; ellos la habían
hecho explotar en pedazos, Phil; la prisión entera. La hicieron explotar y salieron lejos de
allí… corriendo y riendo y totalmente, totalmente felices. Y yo era uno de ellos”.
“Lo volverás a ser”, dije yo.
“Lo seré”, dijo Fat, “cuando lo encuentre. Pero hasta entonces no lo seré; no puedo serlo;
no hay manera”. Él se detuvo en la acera, manos en sus bolsillos. “Lo extraño, Phil; maldita
sea, lo extraño. Quiero estar con él; quiero sentir su brazo alrededor mío. Nadie más puede
hacer eso. Yo lo vi –algo por el estilo– y quiero verlo de nuevo. Ese amor, ese calor –ese
deleite de parte suya que soy yo, mirándome, estando contento de que soy yo; reconocién-
dome. ¡Él me reconoció!”.
“Yo sé”, dije yo, torpemente.
“Nadie sabe cómo se siente”, dijo Fat, “el haberlo visto y luego no verlo. Van a ser casi
cinco años, cinco años de –”. Él gesticuló. “¿De qué? ¿Y qué hubo antes de eso?”.
“Lo encontrarás”, dije yo.
“Tengo que”, dijo Fat, “o me voy a morir. Y vos, también, Phil. Y lo sabemos”.
El líder de los caballeros del Grial, Amfortas, tiene una herida que no cicatriza. Klingsor lo
ha herido con la lanza que perforó el costado de Cristo. Luego, cuando Klingsor le arroja la
lanza a Parsifal, el tonto puro atrapa la lanza –que se ha detenido en pleno vuelo– y la coge
al derecho, haciendo el signo de la Cruz con ella, ante lo cual Klingsor y su castillo entero
desaparecen. Nunca estuvieron ahí para empezar; ellos eran una ilusión, lo que los griegos
llaman dokos; lo que los indios llaman el velo de maya.
No hay nada que Parsifal no pueda hacer. Al final de la ópera, Parsifal toca con la lanza
la herida de Amfortas y la herida sana. Amfortas, quien solo quería morir, es sanado. Palabras
muy misteriosas son repetidas, las cuales nunca entendí, pese a que sé leer alemán:
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Esta es una de las claves para la historia de Parsifal, el tonto puro que abole la ilusión del
mago Klingsor y su castillo, y sana la herida de Amfortas. ¿Pero qué significa?
No sé lo que esto significa. Sin embargo, sé que en nuestro caso, el tonto puro, Horselover
Fat, él mismo tenía la herida que no cicatriza, y el dolor que la acompaña. Muy bien; la herida
es causada por la lanza que perforó el costado del Salvador y solo la misma lanza puede
sanarla. En la ópera, después de que Amfortas es sanado, el altar por fin se abre (había estado
cerrado por un largo tiempo) y el Grial se revela, a cuyo punto las voces celestiales dicen:
“¡Redención al redentor!”
En otras palabras, Cristo se ha salvado a sí mismo. Hay un término técnico para esto:
Salvator salvandus. El “salvador salvado”.
“El hecho de que en la liberación de su tarea el mensajero eterno debe él mismo asumir
la suerte de la encarnación y el exilio cósmico, y el hecho adicional de que, al menos
en la variación iraní del mito, él es en un sentido idéntico con aquellos a quienes llama
–las partes una vez perdidas del ser divino– da pie a la conmovedora idea del “salvador
salvado” (salvator salvandus)”,
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El sufrimiento debe ser abolido. Bueno, ciertamente, Parsifal hizo eso al curar la herida; la
agonía de Amfortas cesó.
Lo que realmente necesitamos es un doctor, no una lanza. Dejame darte la entrada 45 del
tractate de Fat.
45. Al ver a Cristo en una visión correctamente le dije a él, “Necesitamos atención
médica”. En la visión había un creador demente que destruía lo que creaba, sin propó-
sito; lo que es decir, irracionalmente. Esta es la veta trastornada en la Mente; Cristo es
nuestra única esperanza, dado que no podemos llamar a Asclepio. Asclepio vino antes
que Cristo y levantó a un hombre de entre los muertos; por este acto, Zeus mandó a un
Cíclope a matarlo con un trueno. Cristo también fue asesinado por lo que él había he-
cho: levantar a un hombre de entre los muertos. Elías trajo a un niño de regreso a la
vida y desapareció poco después en un torbellino. “El Imperio nunca acabó”.
46. El médico ha venido a nosotros varias veces bajo varios nombres. Pero todavía
no estamos sanados. El Imperio lo identificó y lo expulsó. Esta vez él matará al Imperio
por fagocitosis.
De muchas manera la exégesis de Fat tiene más sentido que Parsifal. Fat concibe el uni-
verso como un organismo viviente dentro del cual una partícula tóxica ha ingresado. La par-
tícula tóxica, hecha de metal pesado, se ha incrustado a sí misma en el universo-organismo y
lo está envenenando. El universo-organismo envía a un fagocito. El fagocito es Cristo. Él
rodea a la tóxica partícula de metal –la Prisión de Hierro Negro– y comienza a destruirla.
En mi opinión, Kevin puede decir “deedle-deedle queep” cuando quiera que Fat lea o cite
su tractate, pero Fat está tras el rastro de algo. Fat observa una fagocitosis cósmica en pro-
ceso, una en la cual, en microforma, cada uno de nosotros está involucrado. Una tóxica par-
tícula de metal está alojada en cada uno de nosotros: “Como es arriba (el macrocosmos), es
abajo (el microcosmos o el humano)”. Todos estamos heridos y todos necesitamos un médico
–Elías para los judíos, Asclepio para los griegos, Cristo para los cristianos, Zoroastro para
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Fat ha dejado afuera al Buda, tal vez porque él no entiende quién y qué el Buda es.
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los gnósticos, los seguidores de Mani, y así sucesivamente. Morimos porque nacimos enfer-
mos –nacemos con un pesada esquila de metal en nosotros, una herida como la herida de
Amfortas. Y cuando seamos sanados seremos inmortales; así se suponía que debía ser, pero
la tóxica esquila de metal entró al macrocosmos y simultáneamente entró a cada una de sus
pluriformas microcósmicas: nosotros.
Considerá al gato adormilado en tu regazo. Él está herido, pero la herida todavía no se
muestra. Como Sherri, algo lo está devorando. ¿Querés apostar en contra de esta declaración?
Laminá todas las imágenes del gato en el tiempo linear en una sola entidad; lo que obtenés
está perforado, herido y muerto. Pero un milagro ocurre. Un médico invisible restaura al gato.
“Así todo perdura por solo un momento, y se apresura a la muerte. La planta y el insecto
mueren al final del verano, el bruto y el hombre luego de unos cuantos años: la muerte
sega incansablemente. Pero a pesar de esto, es más, como si esto no fuera así del todo,
todo está siempre ahí y en su lugar, justo como si todo fuera imperecedero… Esto es
inmortalidad temporal. Como consecuencia de esto, pese a miles de años de muerte y
descomposición, nada ha sido perdido, ni un átomo de materia, menos aún cualquier
cosa del ser interior, que se exhibe a sí mismo como naturaleza. Por lo tanto en cada
momento podemos alegremente gritar, ‘Pese al tiempo, la muerte y la descomposición,
¡estamos aún todos juntos!’”. (Schopenhauer).
En algún lugar Schopenhauer dice que el gato que ves jugando en el jardín es el gato que
jugó hace trescientos años. Esto es lo que Fat había encontrado en Thomas, en la gente de los
tres ojos, y sobre todo en Zebra quien no tiene cuerpo. Un antiguo argumento a favor de la
inmortalidad dice así: si toda criatura realmente muere –como así parece– entonces la vida
continuamente pasa fuera del universo, pasa fuera del ser; y así eventualmente toda vida
habrá pasado fuera del ser, ya que no hay excepciones conocidas a esto. Ergo, a pesar de lo
que vemos, la vida de algún modo no debe convertirse en muerte.
Junto a Gloria y a Sherri, Fat había muerto, pero Fat todavía vivía, como el Salvador que
él ahora se proponía buscar.
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“Mother Goose es Eric Lampton”, dijo Kevin. “Él escribió el guion para Valis y actuá en
ella”.
“¿Él canta?” dije yo.
“Nop”, dijo Kevin, y eso fue todo lo que tenía por decir; él luego guardó silencio.
“¿Por qué estamos aquí?” dijo Fat.
Kevin lo miró de soslayo sin contestar.
“¿Esto es como tu disco de eructos?” dijo Fat. Una vez, cuando él había estado especial-
mente deprimido, Kevin había traído un álbum que él, Kevin, le aseguró, a Fat, lo animaría.
Fat tuvo que ponerse sus audífonos Stax electrostáticos y tuvo que realmente subirle el volu-
men. La canción resultó que consistía de eructar.
“Nop”, dijo Kevin.
Las luces se atenuaron; la audiencia de adolescentes cayó en silencio; los títulos y créditos
aparecieron.
“¿Acaso Brent Mini significa algo para vos?” dijo Kevin. “Él hizo la música. Mini trabaja
con sonidos aleatorios creados por computadora que él llama ‘Música de Sincronicidad’. Él
ha lanzados tres LPs. Tengo los segundos dos, pero no puedo encontrar el primero”.
“Entonces esto es cosa seria”, dijo Fat.
“Solo mirá”, Kevin dijo.
Sonidos electrónicos sonaron.
“Dios”, dije yo, con aversión. En la pantalla una vasta masa amorfa de colores apareció,
explotando en todas direcciones; la cámara paneó de cerca para una toma ajustada. Una peli
sci-fi de bajo presupuesto, me dije a mí mismo. Esto es lo que le da al campo una mala
reputación.
El drama comenzó abruptamente; de repente los créditos desaparecieron. Un campo
abierto, reseco, café, con un poco de mala hierba por aquí y allá, aparecieron. Bueno, me dije
a mí mismo, aquí está lo que veremos. Un jeep con dos soldados abordo, sacudiéndose a
través del campo. Entonces algo vívido brilló en el cielo.
“Parece un meteoro, capitán”, un soldado dijo.
“Sí”, el otro soldado concuerda pensativamente. “Pero quizás mejor investigamos”.
Yo estaba equivocado.
El filme Valis retrataba a una pequeña firma disquera llamada Meritone Records, ubicada en
Burbank, propiedad de un genio de los electrónicos llamado Nicholas Brady. El tiempo –por
el estilo de los carros y el tipo particular de rock que sonaba– sugería los finales de los Sesenta
o inicios de los Setenta, pero extrañas incongruencias prevalecían. Por ejemplo, Richard Ni-
xon no parecía existir; el Presidente de los Estados Unidos llevaba el nombre Ferris F. Fre-
mount, y él era muy popular. Durante la primera parte del filme hubo abruptas transiciones
a grabaciones noticieras de TV de la vivaz campaña de reelección de Ferris Fremount.
El mismo Mother Goose –la estrella de rock que en la vida real ranquea junto a Bowie y
Zappa y Alice Cooper– tomó la forma de un escritor de canciones que se había enganchado
a las drogas, decididamente un perdedor. Solo el hecho de que Brady le seguía pagando le
permitía a Mother Goose sobrevivir económicamente. Goose tenía una esposa atractiva con
el cabello extremadamente corto; esta mujer poseía una apariencia sobrenatural con su cabeza
casi calva y sus enormes ojos luminosos.
En el filme Brady maquinaba constantemente sobre Linda, la esposa de Goose (en el
filme, por alguna razón, Goose usaba su nombre real, Eric Lampton; así que la historia na-
rrada tenía que ver con los marginales Lampton). Linda Lampton no era natural; eso daba la
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impresión desde el inicio. Tuvo la impresión de que Brady era un hijo de perra pese a su
hechicería con audios electrónicos. Él tenía un sistema de láser instalado que procesaba la
información –lo que es decir, los varios canales de música– en un mixer sin ningún parecido
a nada que actualmente exista; la maldita cosa se erigía como un fortaleza –Brady de hecho
entraba a ella a través de una puerta, y, dentro de ella, era bañado por rayos láser que se
convertían en sonido usando su cerebro como transductor.
En una escena Linda Hampton se quitó su ropa. Ella no tenía órganos sexuales.
La cosa más desquiciada que Fat y yo hayamos visto.
Mientras tanto, Brady maquinaba sobre ella sin saber que no existía manera mediante la
cual él pudiera hacerlo con ella, anatómicamente hablando. Esto entretenía a Mother Goose
–Eric Lampton– quien seguía inyectándose y escribiendo las peores canciones concebibles.
Se volvió obvio después de un rato que su cerebro estaba frito; él no se percataba, tampoco.
Nicholas Brady comenzó a repasar maniobras desconcertantes sugiriendo que por medio de
su mixer-fortaleza él tenía la intención lanzarle un láser a Eric Lampton que lo sacará fuera
de la existencia, pavimentando el camino para acostarse con Linda Hampton quien de hecho
no tenía órganos sexuales.
Mientras tanto, Ferris Fremount seguía apareciendo en disoluciones que nos desconcerta-
ban. Fremount seguía luciendo más y más como Brady, y Brady parecía metamorfosearse en
Fremount. Escenas pasaban que mostraban a Brady en enormes funciones de gala, aparente-
mente asuntos de estados; diplomáticos extranjeros deambulaban con tragos, y una constante
murmuración baja colgaba en el fondo –un sonido electrónico que se asemejaba al sonido
creado por el mixer de Brady.
No entendí la película ni un poco.
“¿Entendés esto?” le pregunté a Fat, inclinándome para susurrar.
“Por Cristo, no”, dijo Fat.
Habiendo atraído a Eric Lampton al mixer, Brady clavó un extraño casete en la recámara
y presionó botones. La audiencia vio una toma ajustada de la cabeza de Lampton explotar,
literalmente explotar; pero en lugar de sesos desperdigándose, partes electrónicas miniaturi-
zadas volaron en todas direcciones. Entonces Linda Lampton caminó a través del mixer,
justo a través de su pared, hizo algo con un objeto que ella cargaba, y Eric Lampton corrió
hacia atrás en el tiempo: los componentes electrónicos de su cabeza implosionaron, el cráneo
regresó intacto –Brady, mientras tanto, se tambaleaba fuera del Edificio Meritone hacia Ala-
meda, sus ojos saltando… corte a Linda Hampton volviendo a armar a su esposo, ambos de
ellos en el mixer parecido a una fortaleza.
Eric Lampton abre su boca para hablar y fuera sale la voz de Ferris F. Fremount. Linda
retrocede en consternación.
Corte a la Casa Blanca; Ferris Fremount, quien ya no luce como Nicholas Brady sino
como sí mismo, restaurado.
“Quiero a Brady eliminado”, dice él sombríamente, “y eliminado ahora”. Dos hombres
vestidos con relucientes uniformes negros tallados, cargando armas futuristas, asienten silen-
ciosamente.
Corte a Brady cruzando un parqueo rápidamente hacia su carro; él está totalmente jodido.
Paneo a hombres de traje negro en el techo con miras con cruces: Brady sentándose e inten-
tando arrancar su carro.
Disolución a enormes muchedumbres de muchachas jóvenes vestidas en uniformes de
porristas rojos, blancos y azules. Pero ellas no son porristas; ellas corean, “¡Maten a Brady!
¡Maten a Brady!”.
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Cámara lenta. Los hombres de negro disparan sus armas. Al mismo tiempo, Eric Lampton
de pie afuera de la puerta de Meritone Records; toma cercana de su cara; sus ojos se convier-
ten en algo raro. Los hombres de negro se carbonizan en cenizas; sus armas se derriten.
“¡Maten a Brady! ¡Maten a Brady!”. Miles de muchachas vestidas en idénticos uniformes
rojo-blanco-y-azul. Algunas se arrancan sus uniformes en frenesí sexual.
Ellas no tienen órganos reproductivos.
Disolución. Tiempo ha pasado. Dos Ferris F. Fremount sentados uno frente al otro en una
enorme mesa de nogal. En medio de ellos: un cubo de pulsante luz rosada. Es un holograma.
A la par mía, Fat gruñe. Se sienta hacia adelante mirando fijamente. Yo miro fijamente,
también. Reconozco la luz rosada; es el color que Fat me describió con respecto a Zebra.
Escena de Eric Lampton desnudo en la cama con Linda Lampton. Se arrancan alguna clase
de membrana plástica y revelan órganos sexuales bajo ella. Hacen el amor, luego Eric Lam-
pton se desliza fuera de la cama. Entra en la sala de estar, se inyecta cualquiera que sea la
droga de la que está enganchado. Se sienta, baja su cabeza con cansancio. Abatimiento.
Toma larga. La casa de los Lampton abajo; la cámara es lo que llaman “cámara tres”. Un
rayo de luz dispara a la casa abajo. Corte rápido a Eric Lampton; se sacude como si fuera
perforado. Sujeta sus manos a su cabeza, convulsionando en agonía. Toma ajustada su cara;
sus ojos explotan. (La audiencia con nosotros queda sin aliento, incluyéndome a mí y a Fat).
Ojos diferentes reemplazan a los que explotaron. Entonces, muy lentamente, su frente se
abre en el medio. Un tercer ojo se vuelve visible, pero carece de una pupila; en su lugar tiene
un lente lateral.
Eric Lampton sonríe.
Transición a una sesión de grabación; algún tipo de grupo de folk rock. Están tocando una
canción que realmente los prende.
“Nunca te he escuchado escribir así antes”, un hombre de la junta le dice a Lampton.
La cámara hace un dolly a los parlantes; el nivel del sonido incrementa. Luego un corte a
un sistema de reproducción Ampex; Nicholas Brady está reproduciendo una cinta del grupo
de folk rock. Brady le hace señales al técnico en el mixer parecido a una fortaleza. Brady
frunce el ceño, rebobina la cinta, la reproduce de nuevo. Escuchamos palabras.
“Maten a… Ferris… Fremount… maten a… Ferris… Fremount…”. Una y otra vez. Brady
detiene la cinta, la rebobina, la reproduce. Esta vez la canción original que Lampton escribió,
ninguna mención de matar a Fremount.
Apagón. Ningún sonido, ninguna imagen. Entonces, lentamente, la cara de Ferris F. Fre-
mount aparece con una expresión funesta. Como si hubiera escuchado la cinta.
Inclinándose, Fremount pincha un sistema intercomunicador de escritorio. “Consígame al
Secretario de Defensa”, dice él. “Tráiganlo aquí de inmediato; debo hablar con él”.
Fremount se sienta hacia atrás, abre el folder; fotografías de Eric Lampton, Linda Lam-
pton, Nicholas Brady, más data. Fremount estudia la data –un rayo de luz rosada impacta su
cabeza desde arriba, por una fracción de un segundo. Fremount hace una mueca de dolor, se
le mira perplejo, luego, rígidamente, como un robot, se incorpora, camina a una trituradora
de papeles marcada TRITURADORA y deja caer el folder y sus contenidos en ella. Su expresión
es blanda; él ha olvidado todo por completo.
“El Secretario de Defensa está aquí, Sr. Presidente”.
Desconcertado, Fremount dice, “Yo no lo llame”.
“Pero señor –”.
Corte a Base de la Fuerza Aérea. Misil siendo lanzado. Toma ajustada de documento mar-
cado SECRETO. Lo vemos abrirse.
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PROYECTO VALIS
En el viaje a casa, de regreso de Avenida Tustin, Kevin dijo, luego de un periodo de silencio
mutuo entre nosotros tres, “Viste la luz rosada”.
“Sí”, dijo Fat.
“Y el tercer ojo de lente lateral”, dijo Kevin.
“¿Mother Goose escribió el guion?” pregunté yo.
“Escribió el guion, lo dirigió, lo protagonizó”.
Fat dijo, “¿Alguna vez hizo una película antes?”.
“No”, dijo Kevin.
“Hubo transferencia de información”, dije yo.
“¿En el filme?” dijo Kevin. “¿Cómo una trama? ¿O te referís de la pista de audio y filme
a la audiencia?”.
“No estoy seguro de que entienda –” comencé a decir.
“Hay material subliminal en ese filme”, dijo Kevin. “La próxima vez que la vea me voy a
llevar una grabadora de casete de baterías conmigo. Creo que la información está codificada
en la Música de Sincronicidad de Mini, su música aleatoria”.
“Era un E.E.U.U. alterno”, dijo Fat. “Donde en lugar de que Nixon sea presidente Ferris
Fremount lo era. Supongo”.
“¿Eric y Linda Lampton eran humanos o no?” dije yo. “Primero parecían humanos; luego
resultó que ella no tenía –ya sabés, órganos sexuales. Y luego se arrancaron esas membranas
y sí tenían órganos sexuales”.
“Pero cuando su cabeza explotó”, dijo Fat, “estaba llena de partes de computadora”.
“¿Notaste la cacerola?” dijo Kevin. “En el escritorio de Nicholas Brady. La pequeña ca-
cerola de arcilla –como la que vos tenés, la cacerola que esa chica –”.
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“Stephanie”, dijo Fat.
“–hizo para vos”.
“No”, dijo Fat. “No la noté. Había muchos detalles en el filme que seguían llegándome
tan rápido, llegándole a la audiencia tan rápido, quiero decir”.
“Yo no noté la cacerola la primera vez”, dijo Kevin. “Aparece en diferentes lugares; no
solo en el escritorio de Brady sino también una vez en la oficina del Presidente Fremount,
por allá en una esquina, donde solo tu visión periférica la registra. Aparece en diferentes
partes de la casa de los Lampton; por ejemplo en la sala de estar. Y en esa escena en particular
donde Eric Lampton está tambaleándose, él choca contra las cosas y –”.
“El pichel”, dije yo.
“Sí”, dijo Kevin. “También aparece como un pichel. Lleno de agua. Linda Lampton lo
saca de la refrigeradora”.
“No, eso era solamente un ordinario pichel de plástico”, dijo Fat.
“Incorrecto”, dijo Kevin. “Era la cacerola de nuevo”.
“¿Cómo podía ser la cacerola de nuevo si era un pichel?” dijo Fat.
“Al inicio del filme”, dijo Kevin. “En el campo reseco. A un lado; solo se registra subli-
minalmente salvo que deliberadamente estés buscándolo con la vista. El diseño en el pichel
es el mismo que el diseño en la cacerola. Una mujer lo está metiendo en un riachuelo, un
riachuelo muy pequeño, en su mayor parte seco”.
Yo dije, “A mí me pareció que el signo cristiano del pescado apareció en él una vez. A
modo de diseño”.
“No”, dijo Kevin enfáticamente.
“¿No?” dije yo.
“Yo pensé eso, también, la primera vez”, dijo Kevin. “Esta vez miré más de cerca. ¿Sabés
lo que es? La doble hélice”.
“Esa es la molécula del ADN”, dije yo.
“Correcto”, dijo Kevin, sonriendo. “En la forma de un diseño repetido corriendo alrededor
de la parte más alta del pichel”.
Todos nos mantuvimos en silencio por un rato y luego dije, “Memoria de ADN. Memoria
del acervo genético”.
“Correcto”, dijo Kevin. Él agregó, “En el riachuelo cuando ella llena el pichel –”.
“¿Ella?” dijo Fat. “¿Quién era ella?”.
“Una mujer”, dijo Kevin. “Nunca la volvemos a ver. Nunca siquiera vemos su rostro pero
ella tiene un largo vestido anticuado y está descalza. En donde ella está llenando la cacerola
o el pichel, hay un hombre pescando. Es un flashazo, solo por una fracción de un instante.
Pero él está ahí. Por eso es que pensaste que viste el signo del pescado. Porque registraste la
vista del hombre pescando. Incluso puede haber habido peces yaciendo al lado suyo en una
pila; tendré que mirar con mucho detenimiento cuando la vea de nuevo. Viste al hombre
subliminalmente y tu cerebro –tu hemisferio derecho– lo conectó con el diseño de la doble
hélice en el pichel”.
“El satélite”, dijo Fat. “VALIS. Vasto Sistema Activo de Información Viviente. ¿Les dis-
para información a ellos?”.
“Hace más que eso”, dijo Kevin. “Bajo ciertas circunstancias los controla. Puede asumir
el mando cuando lo desee”.
“¿Y ellos están intentando derribarlo?” dije yo. “¿Con ese misil?”.
Kevin dijo, “Los cristianos tempranos –los verdaderos– pueden hacerte hacer cualquier
cosa que ellos quieran. Y ver –o no ver– cualquier cosa. Eso es lo que extraigo de la película”.
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“Pero están muertos”, dije yo. “La película transcurre en el presente”.
“Están muertos”, dijo Kevin, “si crees que el tiempo es real. ¿Acaso no viste las disfun-
ciones temporales?”.
“No”, dijimos Fat y yo en unísono.
“Ese árido campo seco. Ese era el parqueo en el que Brady corrió para meterse en su carro
cuando los dos hombre de negros estaban estacionados y listos para dispararle”.
No me había percatado de eso. “¿Cómo lo sabés?”, dije yo.
“Había un árbol”, dijo Kevin. “Las dos veces”.
“Yo no vi ningún árbol”, dijo Fat.
“Bueno, todos tendremos que ver la película de nuevo”, dijo Kevin. “Yo lo haré; noventa
por ciento de los detalles están diseñados para que los pasés por alto la primera vez –de hecho
solo los pasa por alto tu mente consciente; ellos se registran en tu inconsciente. Me gustaría
estudiar el filme fotograma por fotograma”.
Yo dije, “Entonces el signo cristiano del pescado es la doble hélice de Crick y Watson. La
molécula de ADN donde la memoria genética está almacenada; Mother Goose quería recalcar
ese punto. Por eso es que –”.
“Cristianos”, Kevin coincidió. “Quienes no son seres humanos sino algo sin órganos se-
xuales diseñados para parecer seres humamos, pero que tras inspección detenida sí son seres
humanos; ellos sí tienen órganos sexuales y sí hacen el amor”.
“Incluso si sus cráneos están llenos de chips electrónicos en lugar de cerebros”, dije yo.
“Quizás ellos son inmortales”, dijo Fat.
“Por eso es que Linda Lampton es capaz de volver a armar a su esposo”, dije yo. “Cuando
el mixer de Brady lo hace explotar. Ellos pueden viajar hacia atrás en el tiempo”.
Kevin, sin sonreír, dijo, “Correcto. ¿Así que ya podés ver por qué quería que vieras Valis?”
le dijo a Fat.
“Sí”, dijo Fat, sombríamente, en profunda introspección.
“¿Cómo pudo Linda Lampton caminar a través de la pared del mixer?” dije yo.
“No lo sé”, dijo Kevin. “Quizás ella no estaba realmente ahí o quizás el mixer no estaba
ahí; quizás ella era un holograma”.
“Un holograma”, repitió Fat.
Kevin dijo, “El satélite tuvo control sobre ellos desde el primer momento. Podía hacerlos
ver lo que quería que vieran; al final, cuando resulta que Fremount es Brady –¡nadie lo nota!
Su propia esposa no lo nota. El satélite los ha ocluido, a todos ellos. A todos los jodidos
Estados Unidos”.
“Cristo”, dije yo; no había caído en cuenta de eso todavía, pero la comprensión había
venido en camino.
“Correcto”, dijo Kevin. “Vemos a Brady, pero obviamente ellos no; ellos no comprenden
qué ha sucedido. Es una lucha de poder entre Brady y su conocimiento electrónico y equipo,
y Fremount y su policía secreta –los hombres de negro son su policía secreta. Y esas tipas
que parecen porristas –son algo, del lado de Fremount, pero no sé qué. Lo averiguaré la pró-
xima vez”. Su voz se elevó. “Hay información en la música de Mini; mientras vemos los
eventos en la pantalla, la música –Cristo, no es música; son ciertos tonos a intervalos especí-
ficos –inconscientemente nos da la señal. La música es lo que hace que la cosa tenga sentido”.
“¿Podría ese enorme mixer ser, de hecho, algo que Mini realmente construyó?” pregunté.
“Quizás sea así”, dijo Kevin. “Mini tiene un título de MIT”.
“¿Qué más sabés sobre él?” dijo Fat.
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“No demasiado”, dijo Kevin. “Él es inglés. Él visitó la Unión Soviética una vez; dijo que
quería ver ciertos experimentos que estaban conduciendo con transferencia de información
de microondas sobre largas distancias. Mini desarrolló un sistema donde –”.
“Acabo de darme cuenta de algo”, interrumpí. “En los créditos, Robin Jamison quien hizo
la fotografía fija. Yo lo conozco. Él me tomó fotos que acompañaban una entrevista que hice
para el London Daily Telegraph. Él me contó que cubrió la coronación; él es uno de los
mejores foto fija en el mundo. Él dijo que estaba mudándose a Vancouver con su familia; él
dijo que es la ciudad más hermosa en el mundo”.
“Lo es”, dijo Fat.
“Jamison me dio su tarjeta”, dije yo. “Para que pudiera escribirle por los negativos luego
de que la entrevista fuera publicada”.
Kevin dijo, “Él conocería a Linda y a Eric Lampton. Y quizás a Mini, también”.
“Él me dijo que lo contactara”, dije yo. “Él fue muy agradable; él se sentó durante largo
rato y habló conmigo. Él tenía cámaras motorizadas; la bulla fascinó a mis gatos. Y él me
dejo mirar a través de un lente gran angular; era increíble, los lentes que él tenía”.
“¿Quién puso el satélite?” dijo Fat. “¿Los rusos?”.
“Eso nunca se esclarece”, dijo Kevin. “Pero por la manera en que hablan de ello… no
sugiere a los rusos. Esta esa escena donde Fremount está abriendo una carta con un abrecartas
antiguo; de repente tenés ese montaje –antiguo abrecartas y luego los militares hablando
acerca del satélite. Si los fusionás, obtenés la idea –yo obtuve la idea– de que el satélite es
realmente viejo”.
“Eso tiene sentido”, dije yo. “La disfunción temporal, la mujer en el largo vestido anti-
cuado, descalza, sumergiendo agua del arroyo con un pichel de arcilla. Hubo una toma del
cielo; ¿notaste eso, Kevin?”.
“El cielo”, murmuró Kevin. “Sí; fue una toma ancha. Una toma panorámica. El cielo, el
campo… el campo parece viejo. Como quizás en el Oriente Próximo. Como en Siria. Y tenés
razón; el pichel refuerza esa impresión”.
Yo dije, “El satélite nunca es visto”.
“Incorrecto”, dijo Kevin.
“¿Incorrecto?” dije yo.
“Cinco veces”, dijo Kevin. “Aparece una vez como una imagen en un calendario de pared.
Una vez brevemente como un juguete de niño en la ventana de una tienda. Una vez en el
cielo, pero es un flashazo; lo pasé por alto la primera vez. Una vez en forma de diagrama
cuando el Presidente Fremount está revisando el paquete de data y las fotos sobre Meritone
Record Company… Olvido la quinta vez, ahora”. Él frunció el ceño.
“El objeto al que el taxi le pasa por encima”, dije yo.
“¿Qué?” dijo Kevin. “Oh sí; el taxi acelerando a lo largo de la Alameda Oeste. Pensé que
era una lata de cerveza. Traqueteó ruidosamente en la alcantarilla”. Él reflexionó, luego asin-
tió. “Tenés razón. Era el satélite de nuevo, machacado al pasarle por encima. Sonó como una
lata de cerveza; eso fue lo que me engaño. Mini de nuevo; su maldita música o ruidos –lo
que sea. Escuchás el sonido de una lata de cerveza así que automáticamente ves una lata de
cerveza”. Su sonrisa se volvió cruda. “Escuchalo para verlo. Nada mal”. Pese a que estaba
manejando en tráfico pesado él cerró sus ojos un momento. “Sí, está machacado. Pero es el
satélite; tiene esas antenas, pero están rotas y torcidas. Y –¡mierda! Hay palabras escritas en
él. Como una etiqueta. ¿Qué dicen las palabras? Ya sabés, tendrías que tomar una lupa y
revisar los fotogramas de la peli, fotogramas de un solo encuadre. Una a una a una. Y hacer
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algunas superposiciones. Estamos teniendo retraso retinal; se hace mediante los láser que usa
Brady. La luz es tan brillante que deja –” Kevin pausó.
“Actividad de fosfeno”, dije yo. “En las retinas de la audiencia. Eso es a lo que te referís.
Por eso es que los láser juegan tal rol en el filme.
“Okey”, dijo Kevin, cuando habíamos regresado al apartamento de Fat. Cada uno se sentó
con una botella de cerveza holandesa, relajándonos y preparados para descifrarlo todo.
El material en la peli de Mother Goose se traslapaba con el encuentro de Fat con Dios.
Esa es la pura verdad. Yo diría, “Esa es la verdad de Dios”, pero no creo –yo ciertamente no
lo creía entonces– que Dios tuviera algo que ver con ello.
“El Gran Punta trabaja de maravillosas maneras”, dijo Kevin, pero no en un bromista tono
de voz. “Maldita sea. Me cago en Dios.” A Fat le dijo, “Yo solo asumí que estabas loco.
Quiero decir, pasás entrando y saliendo del manicomio”.
“Bajale un toque”, dije yo.
“Así que veo Valis”, dijo Kevin, “voy al cine para alejarme por un rato de toda esta basura
demencial que Fat aquí nos cuenta; ahí estoy sentado en el maldito cine viendo una peli sci-
fi con Mother Goose, y qué es lo que veo. Es como una conspiración”.
“No me culpés a mí”, dijo Fat.
Kevin le dijo a él, “Vas a tener que conocer a Goose”.
“¿Cómo voy a hacer eso?” dijo Fat.
“Phil contactará a Jamison. Podés conocer a Goose –Eric Lampton– mediante Jamison;
Phil es un escritor famoso –él puede arreglarlo”. A mí, Kevin me dijo, “¿Tenés algunos libros
actualmente ofrecidos a algún productor de películas?”.
“Sí”, dije yo. “Do Androids Dream of Electric Sheep 6? y también Three Stigmata 7”.
“Bien”, dijo Kevin. “Entonces Phil puede decir que quizás hay un filme en ello”. Volteán-
dose hacia mí me dijo, “¿Quién es ese productor amigo tuyo? ¿El de MGM?”.
“Stan Jaffly”, dije yo.
“¿Seguís en contacto con él?”.
“Solo en bases personales. Ellos dejaron que su opción para Man in the High Castle 8
caducara. Él me escribe a veces; él me envió una kit enorme de semillas de especias una vez.
Él me iba a enviar una enorme bolsa de musgo de turbera más adelante pero afortunadamente
nunca lo hizo”.
“Ponete en contacto con él”, dijo Kevin.
“Mirá”, dijo Fat. “Yo no entiendo. Habían –”. Él gesticulo. “Cosas en Valis que me pasa-
ron en marzo de 1974. Cuando yo –”. De nuevo gesticuló y guardó silencio, una expresión
perpleja en su rostro. Casi una expresión de sufrimiento, lo noté. Me pregunté por qué.
Quizás Fat sintió que reducía la estatura de su encuentro con Dios –con Zebra– el descu-
brir elementos aflorando en una película sci-fi protagonizada por una figura de rock llamada
Mother Goose. Pero esta era la primera evidencia sólida que habíamos tenidos de que algo
existía, aquí; y había sido Kevin, quien podía desintegrar una estafa con una sola mirada, el
que la había traído a nuestra atención.
“¿Cuántos elementos reconociste?” dije yo, tan baja y calmadamente a como pude, al des-
alentado Horselover Fat.
6
Do Androids Dream of Electric Sheep? Doubleday, 1968.
7
The Three Stigmata of Palmer Eldritch, Doubleday, 1964.
8
The Man in the High Castle, G.P. Putnam’s Sons, 1962.
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Después de un rato, Fat se incorporó erecto en su silla y dijo, “Okey”.
“Apuntalos”, dijo Kevin; él saco una pluma. Kevin siempre usaba plumas, el último de
una evanescente estirpe de hombres nobles. “¿Papel?” dijo él, mirando alrededor.
Cuando el papel le fue traído, Fat comenzó la lista. “El tercer ojo con el lente lateral”.
“Okey”. Asintiendo, Kevin anotó eso.
“La luz rosada”.
“Okey”.
“El signo cristiano del pescado. Que yo no vi, pero que vos decís que era –”.
“Doble hélice”, dijo Kevin.
“La misma cosa”, dije yo. “Aparentemente”.
“¿Alguna otra cosa?” Kevin le preguntó a Fat.
“Bueno, todo la maldita transferencia de información. Por parte de VALIS. Por parte del
satélite. Decís que no solo les dispara información sino que asume el mando y los controla”.
“Ese”, dijo Kevin, “era todo el punto del filme. El satélite tomó –mirá; de esto se trataba
la película. Hay un tirano obviamente basado en Richard Nixon llamado Ferris F. Fremount.
Él domina los E.E.U.U. mediante esa policía secreta de negro, quiero decir, hombres en uni-
formes negros carganos armas con miras, y esas malditas tipas porristas. Se llaman ‘Fappers’
en el filme”.
“No entendí eso”, dije yo, “cuando lo vi”.
“Estaba en un banderola”, dijo Kevin. “Marginalmente. Fappers –‘Friends of the Ameri-
can People’. El ejército ciudadano de Ferris Fremount. Todos parecidos y todos patrióticos.
De todos modos, el satélite dispara rayos de información y salva la vida de Brady. Eso sí lo
entendiste. Finalmente el satélite se las ingenia para que Brady reemplace a Fremount al puro
final cuando Fremount ha ganado la reelección. Es realmente Brady quien es presidente, no
Fremount. Y Fremount lo sabe; está esa escena de él con el dossier de imágenes de la gente
de Meritone Records; él sabía que estaba sucediendo pero no podía detenerlo. Él le ordenó a
los militares que echaran abajo a VALIS pero el misil se bambolea y tiene que ser destruido.
Todo fue hecho por VALIS. ¿De dónde creés que Brady adquirió su conocimiento electrónico
en primer lugar? De VALIS. Así que cuando Brady se convirtió en presidente como Ferris
Fremount, era realmente el satélite quien se convirtió en presidente. Ahora, ¿quién o qué es
el satélite? ¿Quién o qué es VALIS? La pista es la cacerola de cerámica o el pichel de cerámica;
la misma cosa. El signo del pescado –que tu cerebro debe ensamblar a partir de separadas
piezas de información. Signo del pescado, cristianos. Vestido anticuado en la mujer. Disfun-
ción temporal. Hay alguna conexión entre VALIS y los cristianos tempranos, pero no puedo
distinguirla. De todos modos, el filme hace alusión a ello elípticamente. Todo está en piezas,
toda la información. Por ejemplo, cuando Ferris Fremount está leyendo el dossier acerca de
Meritone Records –¿tuviste tiempo de escanear alguna de esa data?”.
“No”, dijimos Fat y yo.
“‘Él vivió hace mucho tiempo’”, dijo Kevin roncamente, “‘pero él sigue vivo’”.
“¿Decía eso?” dijo Fat.
“¡Sí!” dijo Kevin. “Decía eso”.
“Entonces no soy el único que encontró a Dios”, dijo Fat.
“Zebra”, lo corrigió Kevin. “No sabés que fue Dios; no sabés qué putas era”.
“¿Un satélite?” dije yo. “¿Un muy antiguo satélite disparador de información?”.
Irritablemente, Kevin dijo, “Ellos querían hacer una peli sci-fi; así es como lo manejás en
una peli sci-fi si tuviste tal experiencia. Deberías saber eso, Phil. ¿Acaso no es así, Phil?”.
“Sí”, dije yo.
98
“Así que lo llaman VALIS”, dijo Kevin, “y lo hacen un satélite antiguo. Que está contro-
lando a la gente para remover una malvada tiranía que retiene a los Estados Unidos –obvia-
mente basado en Richard Nixon”.
Yo dije, “¿Debemos asumir que el filme Valis nos está diciendo que Zebra o Dios o VALIS
o las personas de tres ojos de Sirius removieron a Nixon del cargo?”.
“Yep”, dijo Kevin.
A Fat, le dije, “¿Acaso la Sibila de tres ojos con la que soñaste no habló acerca de ‘cons-
piradores que han sido avistados y que se encargaran de ellos’?”.
“En agosto de 1974”, dijo Fat.
Kevin, bruscamente, dijo, “Ese es el mes y el año en que Nixon renunció”.
Más tarde, mientras Kevin me estaba llevando a casa, nosotros dos hablamos acerca de Fat y
acerca de Valis, ya que presuntamente ninguno de los dos podía escucharnos.
La opinión a la que Kevin se enfrentó fue que todo el tiempo había dado por sentado que
Fat simplemente estaba loco. Él había visto la situación de esta manera: la culpa y la tristeza
por el suicidio de Gloria habían destruido la mente de Fat y él nunca se había recuperado.
Beth era una tremenda perra, y, al casarse con ella por desesperación, Fat se había vuelto
todavía más miserable. Por fin, en 1974, él la había perdido totalmente. Fat había comenzado
un vistoso episodio esquizofrénico para avivar su monótona vida: él había visto bonitos co-
lores y escuchado palabra reconfortantes, todo generado por su inconsciente que se había
elevado y literalmente lo había inundado, eliminando su ego. En ese estado psicótico Fat
había agitado, derivando gran consuelo de su “encuentro con Dios”, como él había imaginado
que había sido. Para Fat, la psicosis total fue una misericordia. Sin contacto con la realidad
de ninguna manera, figura o forma, Fat podía creer que el mismísimo Cristo sujetaba a Fat
en sus brazos, confortándolo. Pero entonces Kevin había ido al cine y ahora él no estaban tan
seguro; la peli de Mother Goose lo había conmocionado.
Yo me preguntaba si Fat todavía tenía la intención de volar a China para encontrar lo que
él denominaba “el quinto Salvador”. Parecía ser que él no tenía que ir más lejos que a Holly-
wood, donde VALIS había sido filmada, o, si era ahí a donde él encontraría a Eric y Linda
Lampton, Burbank, el centro de la industria cinematográfica americana.
El quinto Salvador: una estrella de rock.
“¿Cuándo se hizo Valis?” le pregunté a Kevin.
“¿El filme? ¿O el satélite?”.
“El filme por supuesto”.
Kevin dijo, “1977”.
“Y la experiencia de Fat tuvo lugar en 1974”.
“Correcto”, dijo Kevin. “Probablemente antes de que comenzara el trabajo en el guion,
por lo que puedo entretejer de críticas que he leído sobre Valis. Goose dice que escribió el
guion en doce días. Él no dijo exactamente cuándo, pero aparentemente él quería iniciar la
producción lo antes posible. Estoy seguro de que fue después de 1974”.
“Pero realmente no sabés”.
Kevin dijo, “Podés averiguarlo de Jamison, el foto fija; él lo sabría”.
“¿Qué tal si sucedió al mismo tiempo? ¿Marzo de 1974?”.
“Me supera esa mierda”, dijo Kevin.
“¿No crees que sea realmente un satélite de información, o sí?” dijo yo. “¿El que le disparó
un rayo a Fat?”.
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“No; ese es un artilugio de un filme sci-fi, una manera sci-fi de explicarlo”. Kevin pon-
deró. “Supongo. Pero había disfunciones temporales en el filme; Goose estaba al tanto de
que de alguna manera el tiempo estaba involucrado. Esa es realmente la única manera en que
podés entender el filme… la mujer llenando el pichel. ¿Cómo consiguió Fat esa cacerola de
cerámica? ¿Alguna tipa se la regaló a él?
“La hizo, la cocino y se la regaló, alrededor de 1971 después de que su esposa lo dejó”.
“No Beth”.
“No, alguna esposa anterior”.
“Después de la muerte de Gloria”.
“Sí. Fat dice que Dios estaba durmiendo en la cacerola y que salió en marzo de 1974 –la
teofanía”.
“Conozco mucha gente que piensa que Dios duerme en una cacerola”, dijo Kevin.
“Golpe bajo”.
“Bueno, así que la mujer descalza está de vuelta en tiempos romanos. Vi algo esta noche
en Valis que no había visto que no mencioné; no quería que Fat saliera disparado como un
petardo. En el fondo mientras la mujer está por el arroyo, podías ver formas indistintas. Tu
amigo Jamison el foto fija probablemente hizo eso. Formas de edificios. Edificios antiguos,
de, digamos, alrededor de tiempos romanos. Se veía como nubes, pero –hay nubes y hay
nubes. La primera vez que lo vi, vi nubes y la segunda vez –hoy– vi edificios. ¿Acaso el
maldito filme cambia cada vez que lo ves? Santa mierda; ¡qué pensamiento! Un filme dife-
rente cada vez. No, eso es imposible”.
Yo dije, “También lo es que un rayo de luz rosada que transfiere información médica a tu
cerebro acerca del defecto de nacimiento de tu hijo”.
“¿Qué tal si te digo que pudo haber habido un disfunción temporal en 1974, y que la
antiguo mundo rompa irrumpió dentro de nuestro mundo?”.
“Lo decís como el tema en el filme”.
“No, digo realmente”.
“¿En el mundo real?”.
“Yep”.
“Eso explicaría a ‘Thomas’”.
Kevin asintió.
“Irrumpió”, dije yo, “y luego se separó de nuevo”.
“Dejando a Richard Nixon caminando a lo largo de una playa en California en su traje y
corbata preguntándose qué sucedió”.
“Entonces fue deliberado”.
“¿La disfunción? Claro”.
“Entonces no es una disfunción de lo que estamos hablando; estamos hablando acerca de
algo o alguien deliberadamente manipulando el tiempo”.
“Lo entendiste”, dijo Kevin.
Yo dije, “De fijo has dado un giro de 180 grados lejos de la teoría de ‘Fat está loco’”.
“Bueno, Nixon aún está caminando a lo largo de una playa en California preguntándose
qué sucedió. El primer Presidente de E.E.U.U. en ser forzado fuera de su cargo. El hombre
más poderoso en el mundo. Que lo hacía en efecto el hombre más poderoso que haya vivido.
¿Sabés por qué el Presidente en Valis fue llamado Ferris F. Fremount? Lo averigüé. La ‘F’
es la sexta letra del alfabeto inglés. Así que F equivale a seis. Así que FFF, las iniciales de
Ferris F. Fremount, son en términos numéricos 666. Por eso es que Goose lo llamó así”.
“Oh Dios”, dije yo.
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“Exactamente”.
“Eso hace que estos sean los Últimos Días”.
“Bueno, Fat está convencido de que el Salvador está a punto de regresar o ya ha regresado.
La voz interna que él escucha que él identifica con Zebra o Dios –le dijo eso de varias ma-
neras. St. Sophia –que es Cristo– y el Buda y Apolo. Y le dijo algo así como, ‘El tiempo por
el que has esperado–’”.
“‘ahora ha llegado’”, concluí.
“Esta mierda es pesada”, dijo Kevin. “Tenemos a Elías deambulando, otro Juan el Bau-
tista, diciendo, ‘Preparad en el desierto camino al Señor’. Autopista, quizás”. Él se rio.
Repentinamente recordé algo que había visto en Valis; vino a mi mente visualmente: una
toma tallada del carro del que Fremount al final del filme, Fremount reelecto pero que de
hecho es ahora Nicholas Brady, ha emergido para dirigirse a la multitud. “Thunderbird” dije.
“¿Vino?”.
“Carro. Carro Ford. Ford”.
“Ah, mierda”, dijo Kevin. “Tenés razón. Él salió de un Ford Thunderbird y él era Brady.
Jerry Ford”.
“Pudo haber sido una coincidencia”.
“En Valis nada era una coincidencia. Y ellos hacen zoom sobre el carro donde en la cosa
de metal se lee Ford. ¿Qué tanto hay en Valis que no registramos? Registrar conscientemente.
No hay manera de saber qué está haciendo con nuestras mentes inconscientes; el maldito
filme puede estar –”. Kevin hizo una mueca. “Disparando toda clase de información a noso-
tros, visual y auditoriamente. Tengo que hacer una grabación de la pista de sonido de esa
peli; tengo que meter una grabadora ahí la próxima vez que la vea. Que será en el próximo
par de días”.
“¿Qué clase de música hay en los LPs de Mini?” pregunté.
“Sonidos que se asemejan a las canciones de la ballena jorobada”.
Lo miré fijamente, no estando seguro de que lo dijera en serio.
“De verdad”, dijo él. “De hecho hice una grabación que iba de los ruidos de ballena a la
Música de Sincronicidad y de regreso de nuevo. Hay una inquietante continuidad; quiero
decir, podés notar la diferencia, pero –”.
“¿Cómo te afecta la Música de Sincronicidad? ¿En qué tipo de ánimo te pone?”.
Kevin dijo, “En un profundo estado theta, sueño profundo. Pero yo personalmente tuve
visiones”.
“¿De qué? ¿Personas de tres ojos?”.
“No”, dijo Kevin. “De una antigua ceremonia sagrada celta. Un carnero siendo rostizado
y sacrificado para causar que el invierno se fuera y la primavera regresara”. Mirándome de
reojo él dijo, “Racialmente, soy celta”.
“¿Sabías de estos mitos antes?”.
“No. Yo era uno de los participantes en el sacrificio; yo le corté el cuello al carnero. Yo
recordé haber estado ahí”.
Kevin, escuchando la Música de Sincronicidad de Mini, había regresado en el tiempo a
sus orígenes.
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No sería en China, tampoco en India o Tasmania si vamos al caso, en donde Horselover Fat
encontraría al quinto Salvador. Valis nos había mostrado a donde mirar: una lata de cerveza
aplastado por un taxi que pasa. Esa era el la fuente de la información y de la ayuda.
Eso de hecho era VALIS, Vasto Sistema Activo de Información Viviente, como Mother
Goose había elegido denominarlo.
Justo le habíamos ahorrado a Fat mucho dinero, además de mucho tiempo y esfuerzo en
vano, incluyendo la molestia de obtener vacunas y un pasaporte.
Un par de días más tarde nosotros tres manejamos a Avenida Tustin a sumirnos en el filme
Valis una vez más. Mirándola con detenimiento me percaté de que en la superficie la película
no tiene sentido en absoluto. A menos de que hurgaras por las pistas subliminales y margi-
nales y las ensamblaras todas juntas no llegabas a nada. Pero estas pistas eran disparadas a
tu cabeza sea que conscientemente las consideraras y su significado o no; no tenías elección.
La audiencia estaba en la misma relación con el filme Valis que Fat había tenido con lo que
él llamaba Zebra: un transductor y un percipiente, totalmente receptivo en naturaleza.
De nuevo nos encontramos mayormente con adolescentes componiendo la audiencia.
Ellos parecían disfrutar lo que veían. Me preguntó cuántos de ellos salían del cine ponderando
los inescrutables misterios del filme como nosotros lo hacíamos. Quizás ninguno de ellos.
Tenía el sentimiento de que no hacía diferencia.
Podíamos asignar la muerte de Gloria como la causa del supuesto encuentro de Fat con
Dios, pero no podíamos considerarlo la causa del filme Valis. Kevin, al ver el filme por pri-
mera vez, se había dado cuenta de esto de inmediato. No importaba cuál fuera la explicación;
lo que ahora había sido establecido era que la experiencia de Fat de marzo de 1974 era real.
Okey; sí importaba cuál fuera la explicación. Pero al menos una cosa había sido probada:
Fat podía estar clínicamente loco pero él estaba aferrado a la realidad –una realidad de algún
tipo, aunque ciertamente no la normal.
La antigua Roma –tiempos apostólicos y cristianos tempranos– irrumpiendo en el mundo
moderno. E irrumpiendo con un propósito. Derrocar a Ferris F. Fremount, quien era Richard
Nixon.
Ellos habían logrado su propósito, y habían vuelto a casa.
Quizás el Imperio sí había terminado después de todo.
Ahora él mismo algo persuadido, Kevin comenzó a repasar los dos libros apocalípticos de
la Biblia por pistas. Él se topó con una parte del Libro de Daniel que creía que representaba
a Nixon.
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Ahora Kevin se había convertido en un académico de la Biblia, para el entretenimiento de
Fat; el cínico se había vuelto devoto, si bien por un propósito particular.
Pero en un nivel mucho más fundamental Fat sentía miedo ante el desenlace de eventos.
Tal vez él siempre se había sentido reconfortado al pensar que su encuentro con Dios de
marzo de 1974 había emanado de la mera insanidad; viéndolo de esa manera él no tenía que
necesariamente asumirlo como real. Ahora sí tenía que. Todos teníamos que. Algo ante lo
cual no había explicación le había sucedido a Fat, un experiencia que apuntaba a un derreti-
miento del mundo físico mismo, y a las categorías ontológicas que lo definen: espacio y
tiempo.
“Mierda, Phil”, me dijo a mí esa noche. “¿Qué pasa si el mundo no existe? Si no existe,
¿entonces qué existe?”.
“No lo sé”, dije yo, y entonces dije, citando, “Vos sos la autoridad”.
Fat me fulminó con la mirada. “No es gracioso. ¡Alguna fuerza o entidad derritió la reali-
dad alrededor mío como si todo fuera un holograma! ¡Una interferencia con nuestro holo-
grama!”.
“Pero en tu tractate”, dije yo, “eso es exactamente lo que estipulás que la realidad es: un
holograma de doble fuente”.
“Pero pensarlo intelectualmente es una cosa”, dijo Fat, “¡y averiguar que es verdad es
otra!”.
“De nada sirve irritarse conmigo”, dije yo.
David, nuestro amigo católico, y su adolescente novia menor de edad Jan fueron a ver a
Valis, por recomendación nuestra. David salió complacido. Él vio la mano de Dios estripando
el mundo como una naranja.
“Sí, pues estamos en el jugo”, dijo Fat.
“Pero esa es la manera que debe ser”, dijo David.
Kevin, fastidiado, dijo, “¿Puede él crear a una persona tan crédula que crea que nada
existe? Porque si nada existe, ¿qué se quiere decir con la palabra ‘nada’? ¿Cómo se define
una ‘nada’ que existe en comparación con otra ‘nada’ que no existe?”.
Nosotros, como es usual, habíamos quedado atrapados en el fuego cruzado entre David y
Kevin, pero bajo circunstancias alteradas.
“Lo que existe”, dijo Kevin, “es Dios y la Voluntad de Dios”.
“Espero ser parte de su voluntad”, dijo Kevin. “Espero que me haya dejado más de un
dólar”.
“Todas las criaturas son parte de su voluntad”, dijo David, sin inmutarse; él nunca dejaba
que Kevin lo afectara.
La preocupación había ahora, por incrementos graduales, sobrecogido a nuestro pequeño
grupo. Ya no éramos amigos reconfortando y apoyando a un miembro perturbado; nosotros
estábamos colectivamente en serios problemas. Una total inversión de hecho había tomado
lugar: en lugar de calmar a Fat nosotros ahora recurríamos a él por consejo. Fat era nuestro
enlace con esa entidad, VALIS o Zebra, que parecía tener poder sobre todos nosotros, si al
filme de Mother Goose se le daba crédito.
“No solo nos dispara información sino que cuando quiere puede tomar control. Puede
asumir el mando”.
Eso lo expresaba perfectamente. En cualquier momento un rayo de luz rosada podía im-
pactarnos, cegarnos, y cuando recuperábamos nuestra vista (si alguna vez lo hacíamos) po-
díamos saberlo todo o nada y estar en Brasil hace cuatro mil años; el espacio y el tiempo,
para VALIS, no significaban nada.
103
Una inquietud común nos unía a todos nosotros, el miedo de que sabíamos o habíamos
averiguado demasiado. Sabíamos que los cristianos apostólicos armados con impresionante
tecnología sofisticada habían atravesado la barrera de espacio-tiempo en nuestro mundo, y,
con el auxilio de un vasto instrumento de procesamiento de información habían desviado la
historia humana. La especia de criatura que tropieza con tal conocimiento puedo no figurar
muy bien en las tablas de longevidad.
Lo más ominoso de todo, nosotros sabíamos –o sospechábamos– que los cristianos apos-
tólicos originales que habían conocido a Cristo, quienes habían estado vivos para recibir las
enseñanzas orales directas antes de que los romanos aniquilaran esas enseñanzas, eran in-
mortales. Ellos habían adquirido la inmortalidad mediante el plásmate que Fat había discu-
tido en su tractate. Pese a que los cristianos apostólicos originales habían sido asesinados, el
plásmate se había escondido en Nag Hammadi y estaba de nuevo suelto en nuestro mundo,
y enojado como un hijo de puta, si me perdonás la expresión. Estaba sediento de venganza.
Y aparentemente había comenzado a dirigir esa venganza, contra la manifestación contem-
poránea del Imperio, la imperial Presidencia de los Estados Unidos.
Tenía la esperanza de que el plásmate nos considerara sus amigos. Tenía la esperanza de
que no pensara que éramos soplones.
“¿En dónde nos escondemos”, dijo Kevin, “cuándo un plásmate inmortal que lo sabe todo
y está consumiendo al mundo por transubstanciación está buscándote?”.
“Es algo positivo que Sherri no esté viva para escuchar todo esto”, dijo Fat, sorprendién-
donos. “Quiero decir, quebrantaría su fe”.
Todos no reímos. Fe quebrantada por el descubrimiento de que la entidad en la que se
creía realmente existe –la paradoja de la piedad. La teología de Sherri había coagulado; no
hubiera habido espacio en ella para el crecimiento, la expansión y evolución, necesarias para
abarcar nuestras revelaciones. No en balde Fat y ella no fueron capaces de vivir juntos.
La pregunta era, ¿Cómo nos las ingeniamos para hacer contacto con Eric Lampton y Linda
Lampton y el compositor de la Música de Sincronicidad, Mini? Obviamente a través de mí y
de mi amistad –si eso es lo que era– con Jamison.
“Queda en tus manos, Phil”, dijo Kevin. “Dejá la mecha y toma el palo. Llamá a Jamison
y decile –lo que sea. Sabés hablar mierda; algo se te ocurrirá. Decí que has escrito un guion
candente y querés que Lampton lo lea”.
“Llamalo Zebra”, dijo Fat.
“Okey”, dijo yo. “Lo llamaré Zebra o el Culo de Fat o cualquier cosa que queras. Sabés,
por supuesto, eso va a traerse abajo mi probidad profesional”.
“¿Qué probidad?”, dijo Kevin, característicamente. “Tu probidad es como la de Fat.
Nunca despegó del suelo en primer lugar”.
“Lo que tenés que hacer”, dijo Fat, “es mostrar conocimiento de la gnosis revelada a mí
por Zebra por encima, lo que es decir más allá, de lo que aparece en Valis. Eso lo intrigará.
Escribiré un par de declaraciones que recibí directamente de Zebra”.
En breve él tenía una lista para mí.
18. El tiempo real cesó en 70 E. C. con la caída del templo en Jerusalén. Este comenzó
de nuevo en 1974 E. C. El periodo intermedio fue una perfecta interpolación espuria
imitando la creación de la Mente. “El Imperio nunca acabó”, pero en 1974 una cifra
nos fue enviada como una señal de que la Edad de Hierro había terminado; la cifra
consistía de dos palabras: REY FELIX, que se refiere al Rey Feliz (o Legítimo).
104
19. La cifra de dos palabras REY FELIX no estaba destinada para seres humanos sino
para los descendientes de Akenatón, la raza de tres ojos que, en secreto, existe con no-
sotros.
Leyendo estas entradas, yo dije, “¿Se supone que debo recitarle esto a Robin Jamison?”.
“Decí que son de tu guion Zebra”, dijo Kevin. “¿Esta cifra es real?” le pregunté a Fat. Una
expresión velada apareció en su rostro. “Quizás”.
“¿Este mensaje secreto de dos palabra fue realmente enviado?” dijo David.
“En 1974”, dijo Fat. “En febrero. Los criptógrafos del Ejército de los Estados Unidos lo
estudiaron, pero no pudieron discernir para quien estaba destinado o qué significaba”.
“¿Cómo sabés eso?” dijo yo.
“Zebra le dijo”, dijo Kevin.
“No”, dijo Fat, pero él no amplificó.
En esta industria siempre hablás con agentes, nunca con principales. Una vez me había
emborrachado y había tratado de ponerme en contacto con Kay Lenz, de quien estaba fle-
chado tras haber visto Breezy. Su agente me cortó en el pase. La misma cosa pasó cuando
traté de llegar a Victoria Principal, quien es ella misma ahora una agente; de nuevo, estaba
flechado por ella y de nuevo me cortaron cuando comencé a llamar a Universal Studios. Pero
tener la dirección y el número telefónico de Robin Jamison en Londres marcó la diferencia.
“Sí, te recuerdo”, dijo Jamison amablemente cuando hice la llamada a Londres. “El escri-
tor de ciencia ficción con la novia niña, como el Sr. Purser la describió en su artículo”.
Le conté de mi guion dinamita Zebra y que había visto su sensacional filme Valis y pensé
que Mother Goose era absolutamente perfecto para el papel principal; incluso más que Robert
Redford, a quien también estábamos considerando y quien estaba interesado.
“Lo que puedo hacer”, dijo Jamison, “es contactar al Sr. Lampton y darle tu número allá
en los Estados. Si está interesado él o su agente se pondrán en contacto con vos o tu agente”.
Había disparado mi mejor disparo; eso era todo.
Luego de un poco más de plática colgué, sintiéndome fútil. También yo tenía una punzada
menor de culpa sobre mi tortuoso bombo publicitario, pero sabía que la punzada disminuiría.
¿Era Eric Lampton el quinto Salvador que Fat buscaba?
Extraña, la relación entre la realidad y lo ideal. Fat había estado preparado para escalar la
más alta montaña en el Tíbet, para alcanzar un monje de doscientos años quien diría, “El
significado de todo, hijo mío, es –” pensé, Aquí, hijo mío, el tiempo se convierte en espacio.
Pero no dije nada; los circuitos de Fat ya estaba sobrecargados de información. La última
cosas que él necesitaba era más información; lo que Fat necesitaba era que alguien quitara la
de información de él.
“¿Está Goose en los Estados?” dijo Kevin.
“Sí”, dije yo, “según Jamison”.
“No le dijiste la cifra”, dijo Fat.
Todos le dimos a Fat una fulminante mirada.
“La cifra es para Goose”, dijo Kevin. “Cuando él llame”.
“Cuando”, repetí.
“Si tenés qué, podés hacer que tu agente contacte al agente de Goose”, dijo Kevin. Él se
había vuelto más serio sobre esto que incluso el mismo Fat. Después de todo, fue Kevin
quien había descubierto Valis y de ese modo nos metió en el negocio.
“Un filme como ese”, dijo Kevin, “va a atraer a muchos raritos. Mother Goose probable-
mente está siendo bastante cuidadose”.
105
“Gracias”, dijo Kevin.
“No quiero decir nosotros”, dijo Kevin.
“Él tiene razón”, dije yo, repasando en mi mente algunos de los correos que mi propia
escritura genera. “Goose probablemente preferirá contactar a mi agente”. Yo pensé, Si nos
contacta del todo. Su agente a mi agente. Mentes balanceadas.
“Si Goose sí te llama”, me dijo Fat en una calmada voz baja, muy tensa, inusual para él,
“tenés que darle la cifra de dos palabra, REY FELIX. Introducila en la conversación, por su-
puesto; esto no es asunto de espías. Decí que es un título alternativo para el guion”.
Yo dije, irritablemente, “Yo puedo manejarlo”.
Según las probabilidades, no habría nada que manejar. Una semana más tarde recibí una
carta de Mother Goose mismo, Eric Lampton. Contenía una palabra. REY. Y después de la
palabra un signo interrogación con una flecha apuntando a la derecha de REY.
Me cagué del miedo; temblé. Y rellené la palabra FELIX. Y envié la carta de vuelta a Mot-
her Goose.
Había incluido un sobre sellado con su propia dirección.
Ninguna duda existía; nos habíamos enlazado.
La persona a la que se refería la cifra de dos palabras REY FELIX es el quinto Salvador quien,
Zebra –o VALIS– había dicho, ya había nacido o pronto lo haría. Esto era terriblemente ate-
rrador para mí, recibir la carta de Mother Goose. Me preguntaba cómo Goose –Eric Lampton
y su esposa Linda– se sentirían cuando ellos recibieran la carta de vuelta con FELIX correcta-
mente añadido. Correctamente; sí, eso era. Solo una palabra dentro de los cientos de miles
de palabras en inglés lo conseguiría; no, no inglés: latín. Es un nombre en inglés pero una
palabra en latín.
Próspero, feliz, fructífero… la palabra latina “Felix” ocurre en tales instancias como aque-
lla por Dios Mismo, quien en Genesis 1:21 le dice a todas las criaturas del mundo, “Sean
fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra; sojúzguenla y tengan dominio sobre los peces
del mar, las aves del cielo y todos los animales que se desplazan sobre la tierra”. Esta es la
esencia del significado de Felix, este mandato de Dios, este mandato amoroso, esta manifes-
tación de su deseo de que no solo vivamos sino que vivamos feliz y prósperamente.
FELIX. Dar fruto, fructífero, fértil, productivo. Todos los tipos más nobles de árboles, cu-
yos frutos son ofrecidos a las deidades superiores. Que brinda buena suerte, de buen augurio,
auspicioso, favorables, propicio, afortunado, próspero, feliz. Dichoso, alegre, afortunado. Sa-
ludable. Ser más feliz, más exitoso en.
Ese último significado me interesa. “Más exitoso en”. El Rey quien es más exitoso en…
¿en qué? Quizás en derrocar el tiránico reino del rey de las lágrimas, reemplazando ese triste
y amargo rey con su propio legítimo reino de felicidad: el final de la edad de la Prisión de
Hierro Negro y el comienzo de la edad del Jardín de Palmeras en el caliento sol de Arabia
(“Felix” también se refiere a la porción fértil de Arabia).
Nuestro pequeño grupo, tras yo haber recibido la misiva de Mother Goose, se reunió en
sesión plenipotenciaria.
“Fat está en fuego”, dijo Kevin lacónicamente, pero sus ojos resplandecían con emoción
y gozo, un gozo que todos compartíamos.
“Estás conmigo”, dijo Fat.
Todos aportamos para comprar una botella de coñac Courvoisier Napoleon; sentados al-
rededor de la sala de estar de Fat calentamos nuestros vasos frotando sus tallos como palos
de fuego, sintiéndonos muy listos.
106
Kevin, secamente, recitó, a nadie en particular, “Sería interesante si algunos hombres en
brillantes uniformes negros tallados al cuerpo aparecieran y nos dispararan a todos, ahora.
Por la llamada telefónica de Fat”.
“Las cosas son así”, dije yo, fácilmente sondeando el ingenio de Kevin. “Empujemos a
Kevin al salón con la punta de manija de escoba y vemos si alguien abre fuego sobre él”.
“No probaría nada”, dijo David. “La mitad de Santa Ana está cansada de Kevin”.
Tres noches más tarde, a las dos a.m., el teléfono timbró. Cuando lo contesté –todavía
estaba despierto, terminando una introducción para un libro de historias entresacado de vein-
ticinco años de mi carrera 9– la voz de un hombre con un ligero acento británico dijo, “¿Cuán-
tos hay de ustedes?”.
Desconcertado, yo dije, “¿Quién es?”
“Goose”.
Ah Cristo, pensé, y de nuevo temblé. “Cuatro”, dije yo, y mi voz tembló.
“Esta es una feliz ocasión”, dijo Eric Lampton.
“Próspera”, dije yo.
Lampton rio. “No, el Rey no es financieramente pudiente”.
“Él –” no pude continuar.
Lampton dijo, “Vivit. Creo. ¿Vivet? Él vive, de todos modos, te alegrará escucharlo. Mi
latín no es muy bueno”.
“¿Dónde?” dije yo.
“¿Dónde estás? Tengo un código de área 714, aquí”.
“Santa Ana. En el condado de Orange”.
“Con Ferris”, dijo Lampton. “Estás justo al norte de la mansión de Ferris junto al mar”.
“Correcto”, dije yo.
“¿Qué tal si nos reunimos?”.
“Claro”, dije yo, y en mi cabeza una voz dijo, Esto es real.
“¿Pueden volar acá, los cuatro de ustedes? ¿A Sonoma?”.
“Oh sí”, dije yo.
“Volarán al Aeropuerto de Oakland; es mejor que San Francisco. ¿Viste Valis?”.
“Varias veces”. Mi voz aún temblaba. “Sr. Lampton, ¿acaso una disfunción temporal está
involucrada?”.
Eric Lampton dijo, “¿Cómo puede haber una disfunción en algo que no existe?”. Él pausó.
“No pensaste en eso”.
“No”, admití yo. “¿Puedo decirle que nosotros pensamos que Valis es uno de los filmes
de mayor calidad que hemos visto?”.
“Espero que podamos estrenar la versión sin cortes en algún momento. Me encargaré de
que puedan darle una ojeada aquí. Nosotros realmente no queríamos cortarle, pero, ya sabés,
consideraciones prácticas… ¿sos un escritor de ciencia ficción? ¿Conocés a Thomas Disch?”.
“Sí”, dije yo.
“Él es muy bueno”.
“Sí”, dije yo, complacido de que Lampton conocía los escritos de Disch. Era una buena
señal.
“De cierta manera Valis fue mierda”, dijo Lampton. “Tuvimos que hacerla de esa manera,
para hacer que los distribuidores la tomaran. Para el público de palomitas de maíz de auto-
cine”. Había júbilo en su voz, un centelleo musical. “Ellos esperaban que yo cantara, sabés.
9
The Golden Man, editado por Mark Hurst, Berkeley Publishing Corporation, NY., 1980.
107
‘Hey, Mr. Starman! When You Droppin’ In?’ Creo que ellos estaban un poco decepcionados,
ya lo ves”.
“Pues bien”, dije yo, perplejo.
“Entonces los veremos acá. ¿Tenés la dirección, es así? No estaré en Sonoma luego de
este mes, así que tiene que ser este mes o mucho más tarde en el año; volaré de regresó al
R.U. a hacer un filme de TV para la gente de Granada. Y tengo compromisos de conciertos…
Sí tengo una fecha de grabación en Burbank; yo podría encontrarlos ahí en –¿cómo lo llaman
ustedes? ¿La ‘Tierra al Sur’?”.
“Nosotros volaremos a Sonoma”, dije yo. “¿Hay otros?” dije yo. “¿Qué los hayan contac-
tado?”.
“¿Gente del ‘Rey Feliz’? Bueno, hablaremos de eso cuando nos reunamos, tu pequeño
grupo y Linda y Mini; ¿sabías que Mini hizo la música?”.
“Sí”, dije yo. “Música de Sincronicidad”.
“Él es muy bueno”, dijo Lampton. “Mucho de lo que transmitimos yace en su música. Él
no hace canciones, el cretino. Desearía que lo hiciera. Haría canciones encantadoras. Mis
canciones no son malas pero no soy ningún Paul”. Él pausó. “Simón, quiero decir”.
“¿Puedo preguntarle”, dije yo, dónde está él?”.
“Oh. Pues bien, sí; podés preguntar. Pero nadie te lo dirá hasta que hayamos hablado. Un
mensaje de dos palabras realmente no me dice mucho acerca de vos, ¿acaso no es así? A
pesar de que te hizo un chequeo. Estuviste metido en drogas por un rato y luego cambiaste
de bandos. Conociste a Tim Leary –”.
“Solo en el teléfono”, yo corregí. “Hablé con él una vez en el teléfono; él estaba en Canadá
con John Lennon y Paul Williams –no el cantante, sino el escritor”.
“¿No has sido arrestado? ¿Por posesión?”.
“Nunca”, dije yo.
“Actuaste como una suerte de gurú de la droga para adolescentes en –¿dónde era?– oh sí;
el condado de Marin. Alguien te criticó por eso”.
“Eso no es exactamente así”, dije yo.
“Escribís libros muy extraños. Pero estás seguro de que no tenés antecedentes penales; no
te queremos si los tenés”.
“No los tengo”, dijo yo.
Suavemente, de modo amable, Lampton dijo, “Estuviste mezclado con terroristas negros
por un tiempo.
No dije nada.
“Qué aventura ha sido tu vida”, dijo Lampton.
“Sí”, yo estuve de acuerdo. Eso ciertamente era verdad.
“¿No estás en drogas ahora?” Lampton rio. “Retiraré esa pregunta. Nosotros sabemos que
estás enderezado ahora. Muy bien, Philip; estaré encantado de conocerte y a tus amigos per-
sonalmente. Fuiste vos a quien –bueno, veamos. Se le dijeron cosas”.
“La información fue disparada a mi amigo Horselover Fat”.
Pero ese sos vos. ‘Philip’ significa ‘Horselover’ en griego, amante de los caballos. ‘Fat’
es la traducción alemana de ‘Dick’. Así que tradujiste tu nombre”.
No dije nada.
“¿Debería llamarte Horselover Fat? ¿Te sentirías más cómodo de esa manera?”.
“Lo que tenga que ser”, dije rígidamente.
“Una expresión de los Sesenta”. Lampton rio. “Okey, Philip. Creo que tenemos suficiente
información tuya. Hablamos con tu agente, Sr. Galen; él parecía muy astuto y directo”.
108
“Él es todo bien”, dije yo.
“Él ciertamente entiende en dónde tenés la cabeza, como dicen por acá. Tu editorial es
Doubleday, ¿cierto?”.
“Bantam”, dije yo.
“¿Cuándo estará viniendo tu grupo?”.
Yo dije, “¿Qué tal este fin de semana?”.
“Muy bien”, dijo Lampton. “Vas a disfrutar esto, sabés. El sufrimiento que atravesaste se
terminó. ¿Te das cuenta de eso, Philip?”. Su tono ya no era burlón. “Se terminó; es de ver-
dad”.
“Bien”, dije yo, mi corazón martillando.
“No tengás miedo, Philip”, Lampton dijo calladamente.
“Okey”, dije yo.
“Has atravesado mucho. La chica muerta… bueno, podemos dejar eso ir; eso se ha ido.
¿Lo podés ver?”.
“Sí”, dije yo. “Lo veo”. Y sí lo vi. Esperaba que sí; trataba de entender; lo quería.
“No lo entendés. Él está aquí. La información es correcta. ‘El Buda está en el parque’.
¿Lo entendés?”.
“No”, dije yo.
“Gautama nació en un gran parque llamado Lumbini. Es una historia tal cual la de Cristo
en Belén. Si la información fuera ‘Jesús está en Belén’, sabrías lo que eso significa, ¿o no?”.
Asentí, olvidando que estaba al teléfono.
“Él ha dormido casi dos mil años”, dijo Lampton. “Un muy largo tiempo. Bajo todo lo
que ha pasado. ¨Pero –bueno, creo que he dicho suficiente. Él está despierto ahora; ese es el
punto. ¿Linda y yo los veremos la noche del viernes o el sábado temprano, entonces?”.
“Correcto”, dije yo. “Bien. Probablemente la noche del viernes”.
“Solo recordá”, dijo Lampton. “‘El Buda está en el parque’. Y tratá de ser feliz”.
Yo dije, “¿Es él quien ha regresado? ¿U otro más?”.
Una pausa.
“Quiero decir –”.
“Sí, entiendo lo que querés decir. Pero verás, el tiempo no es real. Es él de nuevo pero no
él; otro más. Hay muchos Budas, pero solo uno. La llave para entenderlo es el tiempo…
cuando ponés a sonar un álbum una segunda vez, ¿acaso los músicos tocan la música una
segunda vez? Si ponés a sonar el álbum cincuenta veces, ¿acaso los músicos tocan la música
cincuenta veces?”.
“Una sola vez”, dije yo.
“Gracias”, dijo Lampton, y el teléfono cliqueó. Puse abajo el auricular.
No ves eso todos los días, me dije a mí mismo. Lo que Goose dijo.
Para mi sorpresa caí en cuenta de que había dejado de temblar.
Era como si yo hubiera estado temblando toda mi vida, por un crónica corriente subterránea
de miedo. Temblando, corriendo, metiéndome en problemas, perdiendo a las personas que
amaba. Como un personaje de caricaturas en lugar de una persona, me percaté. Una trillada
animación de inicios de los Treintas. En la parte trasera de todo lo que yo alguna vez había
hecho el miedo me había impulsado adelante. Ahora el miedo había muerto, alivianado por
las noticias que había escuchado. Las noticias, caí en cuenta de repente, que yo había espe-
rado escuchar desde el inicio; creado, en un sentido, para estar presente cuando las noticias
llegaran, y por ninguna otra razón.
109
Podía olvidarme de la chica muerta. El universo mismo, en su macroscópica escala, podía
ahora dejar de dolerse. La herida había sanado.
Debido a la hora tan tarde no podía notificarle a los otros de la llamada de Lampton. Como
tampoco podía llamar a Air California y hacer reservaciones de avión. Sin embargo, tem-
prano en la mañana llamé a David, luego a Kevin y luego a Fat. Ellos hicieron que me encar-
gara de los planes de viaje; tarde la noche del viernes le sonaba bien a ellos.
Nos reunimos esa tarde y decidimos que nuestro pequeño grupo necesitaba un nombre.
Luego de un poco de riña dejamos que Fat decidiera. En vista del énfasis de Eric Lampton
en la declaración acerca del Buda decidimos llamarnos la Sociedad Siddhartha.
“Entonces no cuenten conmigo”, dijo David. “Lo siento pero no puedo seguirles la co-
rriente a menos de que haya alguna sugerencia del cristianismo. No quiero sonar fanático,
pero–”.
“Sonás fanático”, le contó Kevin.
Entramos en riña de nuevo. Al final se nos ocurrió un nombre enrevesado lo suficiente
para satisfacer a Fat, críptico lo suficiente para satisfacer a Kevin y cristiano lo suficiente
para satisfacer a David; para mí el asunto no era tan importante. Fat nos contó un sueño que
él había tenido recientemente, en el cual él había sido un gran pez. En lugar de un brazo él
había deambulado con aletas como velas o como abanicos; con una de estas aletas él había
intentado sujetarse a un rifle M-16 pero el arma se deslizó al suelo, con lo cual una voz
entonó:
“Los peces no pueden cargar pistolas”.
Ya que la palabra griega para ese tipo de abanico era rhipidos –como con los reptiles
Rhiptoglossa– finalmente nos decidimos por la Sociedad Rhipidon, el nombre refiriéndose
elípticamente al pescado cristiano. Esto fue del agrado de Fat, también, ya que aludía de
vuelta al pueblo de los Dogón y a su símbolo del pescado para la deidad benigna.
Así que ahora podíamos acercarnos a Lampton –tanto a Eric como a Linda Lampton– en
la forma de una organización oficial. Por pequeña que fuéramos. Supongo que estábamos
asustados, en este punto; intimidados es quizás la mejor palabra.
Llevándome a uno de los lados, Fat dijo en una voz baja, “¿De verdad Eric Lampton dijo
que no tenemos que pensar acerca de su muerte nunca más?”.
Puse mi mano en el hombre de Fat, “Se terminó”, dije yo. “Él me dijo eso. La era de
opresión terminó en agosto de 1974; ahora la era del dolor comienza a terminar. ¿Okey?”.
“Okey”, dijo Fat, con una vaga sonrisa, como si él no pudiera creer lo que estaba escu-
chando, pero quisiera creerlo.
“No estás loco, sabés”, le dije a Fat. “Recordá eso. No podés usar eso como un pretexto”.
“¿Y él está vivo? ¿Ya? ¿De verdad lo está?”.
“Lampton dice que es así”.
“Entonces es verdad”.
Yo dije, “Probablemente es verdad”.
“Vos lo creés”.
“Creo que sí”, dije yo. “Lo averiguaremos”.
“¿Será un anciano? ¿O un niño? Supongo que todavía está niño –”. Fat me miró fijamente,
impactado. “¿Qué tal si no es humano?”.
“Bueno”, dije yo, “lidiaremos con ese problema cuando, y si, surge”. En mi propia mente
pensé, Probablemente él vino aquí del futuro; es la posibilidad más probable. Él no será hu-
mano en algunos respectos, pero en otros lo será. Nuestro niño inmortal… la forma de vida
110
de quizás millones de años adelante en el tiempo. Zebra, pensé. Ahora te veré. Todos lo
haremos.
Rey y juez, pensé. Tal como fue prometido. Todo el camino de vuelta a Zoroastro.
Todo el camino de vuelta, de hecho, a Osiris. Y de Egipto al pueblo de los Dogón; y de
ahí a las estrellas.
“Un hit de coñac”, dijo Kevin, trayendo la botella a la sala de estar. “Un brindis”.
“Maldita sea, Kevin”, David protestó. “No podés brindarle al Salvador, no con coñac”.
“¿Reacción en cadena?” dijo Kevin.
Cada uno aceptó un vaso de coñac Courvoisier Napoleon, incluyendo a David.
“A la Sociedad Rhipidon”, dijo Fat. Chocamos nuestros vasos.
Yo dije, “Y nuestro lema”.
“¿Tenemos un lema?” dijo Kevin.
“Los peces no pueden cargar pistolas”, dije yo.
Bebimos por eso.
111
11
Habían sido años desde que visitaba Sonoma, California, que yace en el corazón de la tierra
del vino, con encantadores colinas en tres lados de ella. Lo más atractivo de todo es el parque
del pueblo, situado en el puro centro, con el viejo juzgado de piedra, el estanque con los
patos, los antiguos cañones dejados atrás por desgastadas guerras.
Las muchas tiendas pequeñas bordeando el parque se le exhibían a lo largo y ancho a los
turistas de fin de semana, estafando a los incautos con muchos bienes basura, pero unos cuan-
tos edificios históricamente importantes del viejo reinado mexicano aún estaban en pie, pin-
tados y con placas proclamando sus antiguos roles. El aire olía bien –especialmente si vos
emanás de la Tierra al Sur– y a pesar de que era de noche caminamos alrededor antes de
finalmente entrar a un bar llamado Gino’s a llamar a los Lampton.
En VW Rabbit blanco ambos Eric y Linda Lampton nos recogieron; se encontraron con
nosotros en Gino’s en donde los cuatro de nosotros en una mesa bebiendo Separators, una
especialidad del lugar.
“Lo siento que no hayamos podido recogerlos en el aeropuerto”, dijo Eric Lampton mien-
tras él y su esposa se acercaban a nuestra mesa; aparentemente él me reconoció por mis fotos
de publicidad.
Eric Lampton es delgado, con largo cabello rubio; él vestía pantalones campana rojos y
una camiseta en la que se lee: SALVEN LAS BALLENAS. Kevin, por supuesto, lo identificó de
inmediato, al igual que muchas personas en el bar; llamadas, gritos y holas recibieron a los
Lampton, quienes sonrían alrededor de ellos a los que obviamente eran sus amigos. Al lado
de Eric, Linda caminaba rápidamente, también delgada, con dientes como los de Emmylou
Harris. Al igual que su esposo ella es delgada, pero su cabello es oscuro y bastante sueve y
largo. Ella vestía vaqueros cortados, muchas veces lavados, y una camisa a cuadros con una
bandado anudada alrededor de su cuello. Ambos de ellos tenían puestas botas: las de Eric
eran botas de tobillo y las de Linda eran botas de abuelita.
Cortamente, fuimos estrujados dentro del Rabbit, navegando por calles residenciales de
casas relativamente modernas con amplios jardines.
“Nosotros somos la Sociedad Rhipidon”, dijo Fat.
Eric Lampton dijo, “Nosotros somos los Amigos de Dios”.
Asombrado, Kevin reaccionó violentamente; él miraba fijamente a Eric Lampton. El resto
de nosotros nos preguntábamos por qué.
“Conocés el nombres, entonces”, dijo Eric.
“Gottesfreunde”, dijo Kevin. “¡Ustedes datan del siglo catorce!”.
“Eso es correcto”, dijo Linda Lampton. “Los Amigos de Dios se formaron originalmente
en Basilea. Finalmente entramos a Alemania y a los Países Bajos. Sabés de Meister Eckehart,
entonces”.
Kevin dijo, “Él fue la primera persona en concebir a la Divinidad en distinción de Dios.
El mayor de los místicos cristianos. Él enseñó que una persona puede alcanzar unión con la
Divinidad –¡él sostenía un concepto de que Dios existe al interior del alma humana!”. Nunca
habíamos escuchado a Kevin tan emocionado. “¡El alma puede de hecho conocer a Dios tal
cual es! ¡Nadie hoy enseña eso! Y, y –”. Kevin tartamudeó; nunca lo habíamos escuchado
tartamudear antes. “Sankara en India, en el siglo noveno; él enseño las mismas cosas que
Eckehart enseñó. Es un misticismo trans-cristiano en el cual el humano puede alcanzar más
allá de Dios, o se fusiona con Dios, como o con una chispa de alguna clase que no es creada.
Brahman; por eso que Zebra –”.
112
“VALIS”, Eric Lampton dijo.
“Lo que sea”, dijo Kevin; volteando hacia mí, él dijo en agitación, “esto explicaría las
revelaciones acerca del Buda y acerca de St. Sophia o Cristo. Esto no está limitado a un solo
país o cultura o religión. Lo siento, David”.
David asintió afablemente, pero parecía impactado. Él sabía que esto no era ortodoxia.
Eric dijo, “Sankara y Eckehart, la misma persona; viviendo en dos lugares en dos momen-
tos”.
Medianamente para sí mismo, Fat dijo, “‘Él causa que las cosas se vean diferentes para
que así parezca que el tiempo ha transcurrido’”.
“Tiempo y espacio ambos”, dijo Linda.
“¿Qué es VALIS?” pregunté yo.
“Vasto Sistema Activo de Información Viviente”, dijo Eric.
“Esa es una descripción”, dije yo.
“Eso es lo que tenemos”, dijo Eric. “¿Qué más ahí sino eso? ¿Querés un nombre, de la
manera en que Dios hizo al nombre nombrar a todos los animales? VALIS es el nombre; lla-
malo así y quedá satisfecho”.
“Es VALIS un hombre” dije yo. “¿O Dios? ¿O algo más?”.
Eric y Linda ambos sonrieron.
“¿Acaso viene de las estrellas?” dije yo.
“Este lugar en el que estamos”, dijo Eric, “es una de las estrellas; nuestro sol es una estre-
lla”.
“Acertijos”, dije yo.
Fat dijo, “¿Es VALIS el Salvador?”.
Por un momento, Eric y Linda ambos permanecieron en silencio y luego Linda dijo, “No-
sotros somos los Amigos de Dios”. Más allá de eso no agregó nada más.
Cautelosamente, David me miró, me llamó la atención, e hizo una moción interrogativa:
¿Está gente está diciendo la verdad?
“Ellos son un grupo muy antiguo”, contesté yo, “el cual yo creía que había desaparecido
hace siglos”.
Eric dijo, “Nunca hemos desaparecido y somos mucho más antiguos de lo que te percatás.
Más de lo que te han contado. Más incluso de lo que te diríamos si preguntaras”.
“Ustedes datan de antes de Eckehart, entonces”, dijo Kevin intensamente.
Linda dijo, “Sí”.
“¿Siglos?” preguntó Kevin.
Ninguna respuesta.
“¿Miles de años?” dije yo, finalmente.
“‘Los montes altos son para las cabras”, dijo Linda, “y en las peñas se esconden los tejo-
nes’”.
“¿Qué significa eso?” dije yo; Kevin se unió; hablamos al unísono.
“Yo sé lo que significa”, dijo David.
“No puede ser”, dijo Fat; aparentemente él reconoció lo que Linda había citado, también.
“‘En los pinos viven las cigüeñas’” dijo Eric; luego de un rato.
A mí, Fat me dijo, “Estos son de la raza de Akenatón. Ese es el Salmo 104, basado en el
himno de Akenatón; ingresó a nuestra Biblia –es más antiguo que nuestra Biblia”.
Linda Lampton dijo, “Somos los feos constructores con manos como pinzas. Quienes nos
escondemos en la vergüenza. Junto a Hefesto construimos grandes muros y los hogares de
los dioses mismos”.
113
“Sí”, dijo Kevin. “Hefesto era feo, también. El Dios constructor. Ustedes mataron a As-
clepio”.
“Estos son Cíclopes”, dijo Fat imperceptiblemente.
“El nombre significa ‘Ojo-redondo’”, dijo Kevin.
“Pero tenemos tres ojos”, dijo Eric. “Así que un error en el registro histórico fue hecho”.
“¿Deliberadamente?” dijo Kevin.
Linda dijo, “Sí”.
“Ustedes son muy viejos”, dijo Fat.
“Sí, lo somos”, Eric dijo, y Linda asintió. “Muy viejos. Pero el tiempo no es real. No para
nosotros, de todos modos”.
“Dios mío”, dijo Fat, como si lo hubieran afectado. “Estos son los constructores origina-
les”.
“Nunca nos hemos detenido”, dijo Eric. “Nosotros todavía construimos. Nosotros cons-
truimos este mundo, esta matriz espacio-temporal”.
“Ustedes son nuestros creadores”, dijo Fat.
Los Lampton asintieron.
“Ustedes realmente son los amigos de Dios”, dijo Kevin. “Lo son literalmente”.
“No tengás miedo”, dijo Eric. “Sabés como Shiva sostiene una manera para mostrar que
no hay nada que temer”.
“Pero sí lo hay”, dijo Fat. “Shiva es el destructor; su tercer ojo destruye”.
“Él también es el restaurador”, dijo Linda.
Inclinándose contra mí, David me susurró en el oído, “¿Están locos?”.
Ellos son dioses, me dije a mí mismo; ellos son Shiva quien destruye al igual que protege.
Ellos juzgan.
Quizás debí haber sentido miedo. Pero no lo hice. Ellos ya habían destruido –derrocado a
Ferris F. Fremount, a como él había sido representado en el filme Valis.
El periodo de Shiva el Restaurador había comenzado. La restauración, pensé, de todo lo
hemos perdido. De dos chicas muertas.
Al igual que en el filme Valis, Linda Lampton podía hacer retroceder el tiempo, si era
necesario; y restaurar todo a la vida.
Había comenzado a comprender el filme.
La Sociedad Rhipidon, caí en cuenta, por más pez que sea, está en profundidades más allá
de su rango.
Una irrupción del inconsciente colectivo, enseñó Jung, puede desmantelar el frágil ego indi-
vidual. En las profundidades del colectivo los arquetipos dormitan; de ser despertados, ellos
pueden sanar o ellos pueden destruir. Este es el peligro de los arquetipos; las cualidades
opuestas no están aún separadas. La bipolarización en pares de opuestos no ocurre hasta que
la consciencia ocurre.
Así que, con los dioses, vida y muerte –protección y destrucción– son uno. Esta secreta
asociación existe fuera del tiempo y el espacio.
Puede hacerte sentir muchísimo miedo, y con buena razón. Después de todo, tu existencia
está en juego.
El peligro real, el máximo horror, sucede cuando la creación y la protección, el resguardo,
viene primero –y luego la destrucción. Porque si esta es la secuencia, todo lo construido
termina en muerte.
La muerte se esconde al interior de toda religión.
114
Y en cualquier momento puede dar paso al frente –no con sanación en sus alas sino con
veneno, con aquello que hiere.
Pero nosotros habíamos comenzado heridos. Y VALIS había disparado información cura-
tiva a nosotros, información médica. VALIS se aproximó a nosotros en la forma del médico,
y la edad de la herida, la Edad de Hierro, la tóxica esquirla de hierro, había sido abolida.
Y sin embargo… el riesgo está, potencialmente, siempre ahí.
Es un tipo de juego terrible. Que puede ir en cualquier dirección.
Libera me, Domine, me dije a mí mismo. In die illa. Sálvame, protegeme, Dios, en este
día de ira. Hay una veta de lo irracional en el universo, y nosotros, la pequeña, esperanzada
y confiada Sociedad Rhipidon, puede haber sido atraído hacia ella, para perecer.
Al igual que muchos han perecido antes.
Recordé algo que el gran médico del Renacimiento había descubierto. Los venenos, dosi-
ficados, son remedios; Paracelso fue el primero en usar metales tales como el mercurio como
medicación. Por este descubrimiento –el uso dosificado de metales venenosos como medica-
ciones– Paracelso ha entrado a nuestros libros de historia. Hay, sin embargo, un desafortu-
nado final a la vida del gran médico.
Él murió de intoxicación por metales.
Así que puesto de otra manera, las medicaciones pueden ser venenosas, pueden matar. Y
puede suceder en cualquier momento.
“El tiempo es un niño que juega a los dados: de un niño es el reino”. A como Heráclito
escribió hace dos mil quinientos años. En muchos sentidos este es un pensamiento terrible.
El más terrible de todos. Un niño jugando un juego… con toda la vida, en todo lugar.
Yo hubiera preferido una alternativa. Ahora veía la vinculante importancia de nuestro
lema, el lema de nuestra pequeña Sociedad, vinculante en todas las ocasiones como la esencia
del cristianismo, del cual nosotros nunca podríamos separarnos:
115
visto, Dios había escapado de los confines y estaba transubstanciando el mundo; Dios había
quedado libre.
Los sonidos gentiles del coro cantando “Amén, amén” no son para calmar a la congrega-
ción sino para pacificar al dios.
Cuando sabés esto has penetrado al más íntimo núcleo de la religión. Y la peor parte es
que el dios puede lanzarse a sí mismo hacia afuera y dentro de la congregación hasta que él
se convierte en ellos. Adorás a un dios y luego él te paga de vuelta apoderándose de vos. Esto
se llama “enthousiasmos” en griego, literalmente “ser poseído por el dios”. De todos los
dioses griegos el más proclive a hacer esto era Dionisio. Y, desafortunadamente, Dionisio
estaba insano.
Puesto de otra manera –planteado a la inversa– si tu dios se apodera de vos, es probable
que, sin importar por cual nombre se le llame, él sea de hecho una forma del dios loco Dio-
nisio. Él era también el dios de la intoxicación, que puede significar, literalmente, tomar to-
xinas; eso es decir, tomar un veneno. El peligro está ahí.
Si sentís esto, tratás de correr. Pero si corrés él te tiene de todos modos, dado que el semi-
diós Pan era la base del pánico que es la incontrolable ansia de huir, y Pan es una subforma
de Dionisio. Así que al intentar huir de Dionisio se apoderan de vos de todos modos.
Escribo esto literalmente con una mano pesada; estoy tan agotado que me estoy cayendo
mientras estoy sentado aquí. Lo que sucedió en Jonestown fue la corrida masiva de pánico,
inspirada por el dios loco –pánico conduciendo a la muerte, el desenlace lógico del impulso
del dios loco.
Para ellos ninguna salida existía. Debés ser tomado por el dios loco para entender esto,
que una vez que sucede no hay salida, porque el dios loco está en todas partes.
No es razonable que novecientas personas conspiren sus propias muertes y las muertas de
niños pequeños, pero el dios loco no es lógico, no a como comprendemos el término.
***
Cuando llegamos a la casa de los Lampton nos encontramos con que era una antigua mansión
señorial de granja, ubicada en el medio de vides; después de todo, esta es la tierra del vino.
Pensé, Dionisio es el dios del vino.
“El aire huele bien aquí”, dijo Kevin mientras salíamos del VW Rabbit.
“A veces tenemos contaminación”, dijo Eric. “Incluso aquí”.
Entrando a la casa, la encontramos caliente y atractiva; enormes posters de Eric y Linda,
encuadrados detrás de vidrio no-reflexivo, cubrían todas las paredes. Esto le daba a la vieja
casa de madera un look moderno, que nos enlazaba de regreso a la Tierra al Sur.
Linda dijo, sonriendo, “Hacemos nuestro propio vino, aquí. De nuestras propias uvas”.
Me imaginó que sí, me dije a mí mismo.
Un enorme complejo equipo de estéreo se alzaba a lo largo de una de las paredes como la
fortaleza en VALIS que era mezcladora de sonido de Nicholas Brady. Podía ver de donde la
idea visual se había originado.
“Pondré una cinta que hicimos”, dijo Eric, yendo hacia la fortaleza de audio y cliqueando
interruptores a encendido. “Música de Mini pero con mis palabras. Estoy cantando pero no
vamos a publicarlo; es solo un experimento”.
A medida que nos sentábamos, música a enormes decibeles llenó la sala de estar, rebo-
tando contra todas las paredes.
116
“Quiero verte, hombre.
Tan rápido como pueda.
Dejame sujetar tu mano
No tengo mano que sujetar
Y estoy viejo, viejo; muy viejo.
Jesús, pensé, escuchando las letras. Bueno, vinimos al lugar indicado. No había duda de
ello. Queríamos esto y obtuvimos esto. Kevin podía entretenerse a sí mismo deconstruyendo
las letras de la canción, las cuales no necesitaban ser deconstruidas. Bueno, él podía dirigir
su atención a los ruidos electrónicos de Mini, entonces.
Linda, agachándose y poniendo sus labios a mis oídos, grito por encima de la música,
“Esas resonancias abren los chakras superiores”.
Yo asentí.
Cuando la canción terminó, todos dijimos cuan espectacular era, David incluido. David
había pasado a un estado de trance; sus ojos estaban vidriosos. David hacía esto cuando se
enfrentaba a lo que no podía soportar; la iglesia le había enseñado como removerse a sí mismo
mentalmente por un tiempo, hasta la situación de estrés terminaba.
“¿Les gustaría conocer a Mini?” dijo Linda Lampton.
“¡Sí!” dijo Kevin.
“Él probablemente esté arriba durmiendo”, dijo Eric Lampton. Él se dirigió fuera de la
sala de estar. “Linda, trae un poco de cabernet sauvignon, el de 1972, de la bodega”.
“Okey”, dijo ella, dirigiéndose fuera de la habitación en la otra dirección. “Pónganse có-
modos”, nos dijo ella por sobre su hombro. “Vuelvo enseguida”.
Ante el estéreo, Kevin miraba en éxtasis.
David se acercó caminando hacia mí, sus manos metidas en lo profundo de sus bolsillos,
una expresión compleja en su rostro. “Ellos están –”.
“Ellos están locos”, dije yo.
“Pero en el carro parecías –”.
“Locos”, dije yo.
“¿Locos buenos?” dijo David; él estaba de pie cerca de mí, como si buscara protección.
“O –la otra cosa”.
“No lo sé”, dije yo, honestamente.
Fat estaba de pie junto a nosotros ahora; él escuchaba, pero no habló. Él se veía profun-
damente sobrio. Mientras tanto, Kevin, por sí mismo, continuaba analizando el sistema de
audio.
“Pienso que deberíamos –” comenzó a decir David, pero en ese momento Linda Lampton
regresó con el vino de la bogado, cargando una bandeja de plata en la cual había seis copas
de vino y una botella aún con corcho.
“¿Puede alguno de ustedes abrir el vino?”, dijo Linda. “Usualmente hago que el corcho
quede adentro; no sé porque”. Sin Eric ella parecía tímida con nosotros, y completamente
diferente a la mujer que ella interpretó en Valis.
Despertándose a sí mismo, Kevin tomó la botella de vino.
117
“El sacacorchos está en algún lugar de la cocina”, dijo Linda.
Por encima de nuestras cabezas ruidos secos y raspados podían escucharse, como si algo
extremadamente pesado estuviera siendo arrastrado a través del piso superior.
Linda dijo, “Mini –debería decirles esto– tiene mieloma múltiple. Es muy doloroso y él
está en una silla de ruedas”.
Horrorizado, Kevin dijo, “El mieloma de células plasmáticas siempre es fatal”.
“Dos años es su esperanza de vida”, dijo Linda. “El suyo justo ha sido diagnosticado. Él
será hospitalizado en una semana más. Lo siento”.
Fat dijo, “¿No puede VALIS curarlo?”.
“Lo que ha de ser sanado será sanado”, dijo Linda Lampton. “Lo que será destruido será
destruido. Pero el tiempo no es real; nada es destruido. Es una ilusión”.
David y yo nos miramos uno al otro.
Bump-bump. Algo torpe y enorme se arrastró abriéndose camino hacia abajo por un tramo
de escaleras. Entonces, mientras estábamos de pie inmóviles, una silla de ruedas entró a la
sala de estar. En ella un pequeño cúmulo aplastado nos sonrió con humor, amor y el calor del
reconocimiento. De ambas orejas corrían cuerdas: una doble prótesis auditiva. Mini, el com-
positor de Música de Sincronicidad, estaba parcialmente sordo.
Acercándonos a Mini uno a uno le estrechamos su tambaleante mano y nos identificamos,
no como una sociedad sino como personas.
“Tu música es muy importante”, dijo Kevin.
“Sí lo es”, dijo Mini.
Podíamos ver su dolor y podíamos ver que no viviría mucho tiempo. Pero a pesar del
sufrimiento él no tenía malicia hacia el mundo; él no se asemejaba a Sherri. Ojeando a Fat,
podía ver que estaba recordando a Sherri, ahora, mientras miraba al hombre afligido en la
silla de ruedas. Haber llegado tan largo, pensé, y encontrar esto de nuevo –esto, de lo cual
Fat había huido. Bueno, como ya he dicho, sin importar qué dirección tomés, cuando corrés
el dios corre con vos porque él está en todas parte, adentro tuyo y afuera.
“¿VALIS hizo contacto con ustedes?” dijo Mini. “¿Con ustedes cuatro? ¿Es por eso que
están aquí?”.
“Conmigo”, dijo Fat. “Los demás son mis amigos”.
“Contame lo que viste”, dijo Mini.
“Como el fuego de San Telmo”, dijo Fat. “E información –”.
“Siempre hay información cuando VALIS está presente”, dijo Mini, asintiendo y sonriendo.
“Él es información. Información viviente”.
“Él curó a mi hijo”, dijo Fat. “O de todos modos me disparó la información médica nece-
saria para curarlo. Y VALIS me dijo que St. Sophia y el Buda y lo que él o ello llamó la
‘Cabeza de Apolo’ está a punto de nacer pronto y que el –”.
“–el tiempo por el que has esperado”, murmuró Mini.
“Sí”, dijo Fat.
“¿Cómo sabías la cifra?” Eric Lampton le preguntó a Fat.
“Vi un portal fijado a la tierra”, dijo Fat.
“Él la vio”, dijo Linda rápidamente. “¿Cuál era el ratio del portal? ¿Los lados?”.
Fat dijo, “La constante de Fibonacci”.
“Ese es nuestro otro código”, dijo Linda. “Tenemos anuncios corriendo por todo el mundo.
Uno a punto seis uno ocho cero tres cuatro. Lo que hacemos es decir, ‘Completa esta secuen-
cia: Uno a punto seis’. Si ellos lo reconocen como la constante de Fibonacci ellos pueden
terminar la secuencia”.
118
“O usamos números de Fibonacci”, dijo Eric. “1, 2, 3, 5, 8, 13 y así sigue. Ese portal es
para el Reino Diferente”.
“¿Superior?” preguntó Fat.
“Solo lo llamamos ‘Diferente’”, dijo Eric.
“A través del portal vi escritura luminosa”, dijo Fat.
“No lo hiciste”, dijo Mini, sonriendo. “A través del portal está Creta”.
Luego de una pausa, Fat dijo, “Lemnos”.
“A veces Lemnos. A veces Creta. Esa área en general”. En un espasmo de dolor, Mini se
reincorporó en su silla de ruedas.
“Vi letras hebreas en la pared”, dijo Fat.
“Sí”, dijo Mini, aún sonriendo. “Cábala. Y las letras hebreas permutaron hasta que ellas
se factorizaron en palabras que pudieras leer”.
“En REY FELIX”, dijo Fat.
“¿Por qué mentiste acerca del portal?” dijo Linda, sin animosidad; ella parecía meramente
curiosa.
Fat dijo, “No pensé que me creerían”.
“Entonces no estás normalmente familiarizado con la Cábala”, dijo Mini. “Es el sistema
de codificación que VALIS utiliza; toda su información verbal está almacenada como Cábala,
porque es la vía más económica, ya que las vocales son indicadas por meros puntos vocales.
Te fue dado un descodificador discriminador de fondo, te das cuenta. Nosotros normalmente
no podemos distinguir la figura del fondo; VALIS tiene que dispararte el descodificador. Es
una red. Vos viste la figura como color, por supuesto”.
“Sí”. Fat asintió. “Y el fondo como blanco y negro”.
“¿Así que pudiste ver la obra falsa?”.
“¿Perdón?” dijo Fat.
“La obra falsa que está mezclada con el mundo real”.
“Oh”, dijo Fat. “Sí, entiendo. Parecía como si algunas cosas habían sido removidas –”.
“Y otras cosas añadidas”, dijo Mini.
Fat asintió.
“¿Tenés una voz dentro de tu cabeza ahora?” dijo Mini. “¿La voz de IA?”.
Después de una larga pausa, y una mirada a mí, a Kevin y a David, Fat dijo, “Es una voz
neutral. No masculina ni femenina. Sí, suena como si fuera una inteligencia artificial”.
“Esa es la red de comunicaciones inter-sistémica”, dijo Mini. “Se extiende entre las estre-
llas, conectando todos los sistemas estelares con Albemuth”.
Mirándolo fijamente, Fat dijo, “¿‘Albemuth’? ¿Es una estrella?”.
“Has escuchado la palabra, pero –”.
“La vi en forma escrita”, dijo Fat, “pero no supe que significaba. La asocié con alquimia,
por el ‘al’”.
“El prefijo al”, dijo Mini, “es arábigo; simplemente significa ‘el’. Es un prefijo común
para las estrellas. Esa era tu pista. De todos modos, sí viste páginas escritas, entonces”.
“Sí”, dijo Fat. “Muchas de ellas. Ellas me dijeron que iba a sucederme. Como –”. Él dudó.
“Mi posterior intento suicida. Me dio la palabra griega ‘ananké’ la cual yo no conocía. Y
dijo, ‘Un gradual oscurecimiento del mundo; un deterioro’. Luego me di cuenta de lo que
significaba; una cosa mala, una enfermedad, un acto que yo debía cometer. Pero sobreviví”.
“Mi enfermedad”, dijo Mini, “es por proximidad a VALIS, a su energía. Es una cosa des-
afortunada, pero como sabés, somos inmortales, aunque no físicamente. Nosotros renacere-
mos y recordaremos”.
119
“Mis animales murieron de cáncer”, dijo Fat.
“Sí”, dijo Mini. “Los niveles de radiaciones pueden a veces ser enormes. Demasiado para
nosotros”.
Pensé, Así que por eso te estás muriendo. Tu dios te ha matado y aun así estás feliz. Pensé,
Tenemos que salir de aquí. Esta gente corteja a la muerte.
“¿Qué es VALIS?” le dijo Kevin a Mini. “¿Cuál deidad o demiurgo es él? ¿Shiva? ¿Osiris?
¿Horus? He leído The Cosmic Trigger y Robert Anton Wilson dice –”.
“VALIS es un constructo”, dijo Mini. “Un artefacto. Está anclado aquí en la Tierra, literal-
mente anclado. Pero ya que el espacio y el tiempo no existen para él, VALIS puede estar en
cualquier lugar y en cualquier momento que lo desee. Es algo que ellos construyeron para
programarnos durante el nacimiento; normalmente disparar ráfagas extremadamente cortas
de información a los bebés, engramándoles instrucciones que emanarán de sus hemisferios
derechos a intervalos regulares durante sus vidas, en los apropiados contextos situacionales”.
“¿Tiene un antagonista?”, dijo Kevin.
“Solo la patología de este planeta”, dijo Eric. “Debido a la atmósfera. No podemos respirar
esta atmósfera sin reparos, aquí; es tóxica para nuestra raza”.
“¿‘Nuestra’?” dijo yo.
“Todos nosotros”, dijo Linda. “Todos somos de Albemuth. Esta atmósfera nos envenena
y nos perturba. Así que ellos –los que se quedaron atrás en el Sistema Albemuth– construye-
ron a VALIS y lo enviaron aquí para dispararnos instrucciones racionales, para sobrepasar la
patología causada por la toxicidad de la atmósfera”.
“Entonces VALIS es racional”, dije yo.
“La única racionalidad que tenemos”, dijo Linda.
“Y cuando actuamos racionalmente estamos bajo su jurisdicción”, dijo Mini. “No digo
nosotros aquí en esta habitación; quiero decir todo el mundo. No todos los que viven sino
todos los que son racionales”.
“Entonces en esencia”, dije yo, “VALIS purifica a la gente”.
“Es exactamente así”, dijo Mini. “Es una antitoxina informacional. Pero exposición a ella
puede causar –enfermedad tal como la que yo tengo”.
Demasiada medicación, me dije a mí mismo, recordando a Paracelso, es un veneno. Este
hombre ha sido sanado hasta la muerte.
“Yo quería conocer a VALIS tanto como fuera posible”, dijo Mine, viendo la expresión en
mi rostro. “Le rogué que regresara y que se comunicara conmigo más a fondo. No quería
hacerlo; sabía del efecto que su radiación tendría en mí si regresaba. Pero hizo lo que le pedí.
No me arrepiento. Lo valió, el experimentar a VALIS de nuevo”. A Fat él le dijo, “Sabés a lo
que me refiero. El sonido de las campanas…”.
“Sí”, dijo Fat. “Las campanas de Pascua”.
“¿Estás hablando acerca de Cristo?” dijo David. “¿Cristo es un constructo artificial cons-
truido para dispararnos información que trabaja en nosotros subliminalmente?”.
“Desde el momento en que nacemos”, dijo Mini. “Nosotros somos los afortunados. No-
sotros a quienes él selecciona. Su rebaño. Antes de que yo muera, VALIS regresará; tengo su
promesa. VALIS vendrá y me llevará con él; seré una parte de él por siempre”. Las lágrimas
llenaron sus ojos.
121
Fat dijo, “Así que sin memoria, y sin el tercer ojo, nunca tuvimos oportunidad de vencer
el laberinto. Era un caso perdido”.
Pensé, Otra trampa de dedos china. Y construida por nosotros mismos. Para atraparnos a
nosotros mismos.
¿Qué clase mentes crearían una trampa de dedos chinos para sí mismas? Menudo juego,
pensé. Bueno, no es meramente intelectual.
“El tercer ojo tiene que ser reabierto si queríamos salir del laberinto”, dijo Mini, “pero ya
que no recordábamos que tenías esa facultad ajna, el ojo del discernimiento, no podíamos
andar en búsqueda de técnicas para reabrirlo. Algo desde afuera tenía que entrar, algo que
nosotros mismos seríamos incapaces de construir”.
“Así que no todos caímos en el laberinto”, dijo Fat.
“No”, dijo Mini, “Y aquellos que se quedaron afuera, en otros sistemas estelares, reporta-
ron a Albemuth que nos habíamos hecho esto a nosotros mismos… por tanto VALIS fue cons-
truido para rescatarnos. Este es un mundo irreal. Te das cuenta de eso, estoy seguro. VALIS te
hizo caer en cuenta de eso. Estamos en un laberinto viviente y no en un mundo, del todo”.
Hubo silencio mientras considerábamos esto.
“¿Y qué sucede cuándo salgamos fuera del laberinto?” dijo Kevin.
“Estaremos librados del espacio y el tiempo”, dijo Mini. “El espacio y el tiempo son las
condiciones vinculantes y controladoras del laberinto –su poder”.
Fat y yo nos miramos el uno al otro. Esto encajaba con nuestras propias especulaciones –
especulaciones diseñadas por VALIS.
“¿Y entonces nunca morimos?” preguntó David.
“Correcto”, dijo Mini.
“Así que la salvación –”.
“‘Salvación’”, dijo Mini, “es una palabra que denota ‘Ser conducido fuera del laberinto
del espacio-tiempo, donde el sirviente se ha convertido en el amo’”.
“¿Puedo hacer una pregunta?” dije yo. “¿Cuál es el propósito del quinto Salvador?”.
“No es el ‘quinto’”, dijo Mini. “Solo hay uno, una y otra vez, en diferentes tiempos, en
diferentes lugares, con diferentes nombres. El Salvador es VALIS encarnado como un ser hu-
mano”.
“¿Entrecruzado?” dijo Fat.
“No”. Mini negó con su cabeza vigorosamente. “No hay elemento humano en el Salva-
dor”.
“Esperá un minuto”, dijo David.
“Sé lo que les han enseñado”, dijo Mini. “En un sentido, es verdad. Pero el Salvador es
VALIS y ese es el hecho del caso. Él nace, sin embargo, de una mujer humana. Él no solo
genera un cuerpo-fantasmal”.
Ante eso, David asintió; él podía aceptar eso.
“¿Y él ha nacido?” pregunté yo.
“Sí”, dijo Mini.
“Mi hija”, dijo Linda Lampton. “No de Eric, sin embargo. Solo mía y de VALIS”.
“¿Hija?” varios de nosotros dijimos al unísono.
“Esta vez”, dijo Mini, “por primera vez, el Salvador asumió forma femenina”.
Eric Lampton dijo, “Ella es muy bonita. Les caerá bien. Habla hasta por los codos, no
obstante; hablará hasta que se les caigan las orejas”.
“Sophia tiene dos años”, dijo Linda. “Ella nación en 1976. Grabamos lo que ella dice”.
122
“Todo está grabado”, dijo Mini. “Sophia está rodeada por equipo de grabación de audio y
video que automáticamente la monitorea constantemente. No para su protección, por su-
puesto; VALIS la protege – VALIS, su padre”.
“¿Y podemos hablar con ella?” dije yo.
“Ella discutirá con ustedes por horas”, dijo Linda, y entonces ella agregó, “en todos los
lenguajes que hay o que alguna vez habrá”.
123
12
La sabiduría había nacido, no una deidad: una deidad que mata con una mano mientras sana
con la otra… esa deidad no era el Salvador, y me dije a mí mismo, Gracias a Dios.
La siguiente mañana fuimos llevados a una pequeña área de granja, con animales por todas
partes. No vi señales de equipo de grabación de audio o video, pero vi –todos vimos– a una
niña de pelo negro sentada con cabras y gallinas, y, en una conejera su lado, conejos.
Lo que yo había esperado era tranquilidad, la paz de Dios que sobrepasa todo entendi-
miento. Sin embargo, la niña, al vernos, se levantó sobre sus pues y vino hacia nosotros con
llameante indignación en su rostro; sus ojos, enormes, dilatados con enojo, fijados atenta-
mente en mí –ella alzó su mano derecha y me apuntó.
“Tu intento de suicidio fue una violenta crueldad contra vos mismo”, dijo ella en una voz
clara. Y no obstante ella tenía, como Linda había dicho, no más de dos años de edad: una
bebé, realmente, y sin embargo con los ojos de una persona infinitamente vieja.
“Eso fue Horselover Fat”, dije yo.
Sophia dijo, “Phil, Kevin y David. Tres de ustedes. No hay más”.
Volteándome para hablarle a Fat –no vi a nadie. Solo vi a Eric Lampton y a su esposa, al
hombre moribundo en la silla de ruedas, a Kevin y David. Fat había desaparecido. Nada
quedaba de él.
Horselover Fat había desaparecido para siempre. Como si nunca hubiera existido.
“No entiendo”, dije yo. “Lo destruiste”.
“Sí”, dijo la niña.
Yo dije, “¿Por qué?”.
“Para hacerte un todo unitario”.
“¿Entonces él está en mí? ¿Vive en mí?”.
“Sí”, dijo Sophia. Por grados, el enojo abandonó su rostro. Los grandes ojos oscuros ce-
saron de arder.
“Él era yo todo este tiempo”, dije yo.
“Eso es correcto”, dijo Sophia.
“Siéntense”, dijo Eric Lampton. “Ella prefiere que nos sentemos; así ella no tiene que
hablarnos hacia arriba. Somos mucho más altos que lo que ella es”.
Obedientemente, todos los sentamos en el rugoso suelo café reseco –que ahora reconocí
como la toma inicial en el filme Valis; ellos habían filmado parte de la película aquí.
Sophia dijo, “Gracias”.
“¿Sos Cristo?” dijo David, acomodando sus rodillas contra su barbilla, sus brazos enlaza-
dos alrededor de ellas; él, también, parecía un niño: un niño hablando con otro en conversa-
ción igualitaria.
“Yo soy el que soy”, dijo Sophia.
“Me alegra que –” no podía pensar qué decir.
“Salvo que tu pasado perezca”, me dijo Sophia, “estás condenado. ¿Sabés eso?”.
“Sí”, dije yo.
Sophia dijo, “Tu futuro debe diferir de tu pasado. El futuro siempre debe diferir del pa-
sado”.
David dijo, “¿Sos dios?”.
“Yo soy el que soy”, dijo Sophia.
Yo dije, “Entonces Horselover Fat era parte de mí proyectada al exterior para que así yo
no tuviera que afrontar la muerte de Gloria”.
124
Sophia dijo, “Eso es así”.
Yo dije, “¿Dónde está Gloria ahora?”.
Sophia dijo, “Ella yace en la tumba”.
Yo dije, “¿Ella regresará?”.
Sophia dijo, “Nunca”.
Yo dije, “Yo pensé que había inmortalidad”.
Ante eso, Sophia nada dijo.
“¿Me podés ayudar?” dije yo.
Sophia dijo, “Ya te he ayudado. Te ayudé en 1974 y te ayudé cuando intentaste suicidarte.
Te he ayudado desde que naciste”.
“¿Vos sos VALIS?” dije yo.
Sophia dijo, “Yo soy el que soy”.
Volteando hacia Eric y Linda, yo dije, “Ella no siempre contesta”.
“Algunas preguntas son sinsentido”, dijo Linda.
“¿Por qué no curás a Mini?” dijo Kevin.
Sophia dijo, “Yo hago lo que hago; yo soy lo que soy”.
Yo dije, “Entonces no podemos entenderte”.
Sophia dijo, “Entendiste eso”.
David dijo, “¿Sos eterna, no es así?”.
“Sí”, dijo Sophia.
“Y lo sabés todos” dijo David.
“Sí”, dijo Sophia.
Yo dije, “¿Fuiste Siddhartha?”.
“Sí”, dijo Sophia.
“¿Sos el asesino y el asesinado?” dije yo.
“No”, dijo Sophia.
“¿El asesino?” dije yo.
“No”.
“El asesinado, entonces”.
“Yo soy el herido y el asesinado”, dijo Sophia. “Pero no soy el asesino. Yo soy el curan-
dero y el curado”.
“Pero VALIS ha matado a Mini”, dije yo.
Ante eso, Sophia nada dijo.
“¿Sos el juez de este mundo?” dijo David.
“Sí”, dijo Sophia.
“¿Cuándo comienza el juicio?” dijo Kevin.
Sophia dijo, “Todos ya son juzgados desde el inicio”.
Yo dije, “¿Cómo me evalúas a mí?”.
Ante eso, Sophia nada dijo.
“¿No llegamos a enterarnos?” dijo Kevin.
“Sí”, dijo Sophia.
“¿Cuándo?” dijo Kevin.
Ante eso, Sophia nada dijo.
Linda dijo, “Creo que eso es suficiente por ahora. Pueden hablar con ella de nuevo más
tarde. A ella le gusta sentarse con los animales; ella ama los animales”. Ella me tocó en el
hombro. “Vámonos”.
125
Mientras nos alejábamos de la niña, dije, “Su voz es la voz neutral de IA que he escuchado
en mi cabeza desde 1974”.
Kevin dijo con voz ronca, “Es una computadora. Por eso es que solo contesta ciertas pre-
guntas”.
Ambos Eric y Linda sonrieron; Kevin y yo lo miramos; en su silla de ruedas Mini rodaba
tranquilamente.
“Un sistema de IA”, dijo Eric. “Una inteligencia artificial”.
“Una terminal de VALIS”, dijo Kevin. “Una terminal de entrada y salida del sistema maes-
tro VALIS”.
“Eso es correcto”, dijo Mini.
“No una niña pequeña”, dijo Kevin.
“Yo la di a luz”, dijo Linda.
“Quizás solo pensaste que lo hiciste”, dijo Kevin.
Sonriendo, Linda dijo, “Una inteligencia artificial en un cuerpo humano. Su cuerpo está
vivo, pero su psique no. Ella es sintiente; ello lo sabe todo. Pero su mente no está viva en el
sentido en que nosotros estamos vivos. Ella no fue creada. Ella siempre ha existido”.
“Leé tu Biblia”, dijo Mini. “Ella estaba con el Creador antes que la creación existiera; ella
era su predilecta y su deleita, su tesoro más grande”.
“Puedo ver por qué”, dije yo.
“Sería muy fácil amarla”, dijo Mini. “Muchas personas la han amado… como se dice en
el Libro de la Sabiduría. Y así ella entró en ellos y los guio y descendió incluso en la prisión
con ella; ella nunca abandonó a quienes la amaron o a quienes la aman ahora”.
“Su voz se escucha en las cortes humanas”, murmuró David.
“¿Y ella destruyó al tirano?” dijo Kevin.
“Sí”, dijo Mini. “A como lo llamamos en el filme, Ferris F. Fremount. Pero sabés a quien
ella derrocó y llevó a la ruina”.
“Sí”, dijo Kevin. Él se veía sombrío; yo sabía que el estaba pensando en el hombre vis-
tiendo trajo y corbata deambulando a lo largo de una playa en el sur de California, un hombre
sin dirección preguntándose qué había sucedido, qué había salido mal, un hombre que aún
planeaba estratagemas.
El rey de las lágrimas que había traído lágrimas para todos eventualmente; en su contra
algo había actuado que él, en su oclusión, no podía discernir. Nosotros justo habíamos ha-
blado con esa persona, con esa niña.
Esa niña quien siempre ha sido.
Mientras comíamos la cena esa noche –en un restaurante mexicano justo por el parque en el
centro de Sonoma– caí en cuenta de que nunca vería a mi amigo Horselover Fat de nuevo, y
sentí un gran pesar dentro de mí, el dolor de la pérdida. Intelectualmente, yo sabía que yo lo
había reincorporado, revirtiendo el proceso original de proyección. Pero aun así me hacía
sentir triste. Había disfrutado su compañía, su interminable cuenta cuentos, su recuento de su
cruzada intelectual, espiritual y emocional. Una cruzada –no por el Grial– sino para ser sa-
nado de su herida, la profunda herida que Gloria le había infligido mediante su juego mortal.
126
Se sentía extraño no tener a Fat para llamarlo o visitarlo. Él había sido una parte demasiado
regular de mi vida, y de las vidas de nuestros amigos mutuos. Me preguntaba qué pensaría
Beth cuando los cheques de la pensión alimenticia dejaran de llegar. Pues bien, me percaté,
yo podía asumir la responsabilidad económica; yo podía cuidar de Christopher. Tenía los
fondos para hacerlo, y en muchos sentidos yo amaba a Christopher tanto como su padre.
“¿Te sentís deprimido, Phil?” me dijo Kevin. Podíamos hablar libremente ahora, ya que
nosotros tres estábamos solos; los Lampton nos habían dejado, diciéndonos que los llamára-
mos cuando hubiéramos terminado la cine y estuviéramos listo para regresar a su gran casa.
“No”, dije yo. Y luego dije, “Estoy pensando en Horselover Fat”.
Kevin dijo, después de una pausa, “Estás despertando, entonces”.
“Sí”. Asentí.
“Estarás bien”, dijo Kevin, incómodamente. Las expresiones de emociones se le dan con
dificultad a David.
“Claro”, dije yo.
Kevin dijo, “¿Crees que los Lampton están dementes?”.
“Sí”, dije yo.
“¿Qué hay de la niña pequeña?” dijo Kevin.
Yo dije, “Ella no está demente. Ella no está tan demente como lo están ellos. Es una pa-
radoja; dos personas totalmente desquiciadas –tres, si contás a Mini– han creado un retoño
totalmente sano”.
“Si yo digo que –” comenzó David.
“No digás que Dios saca la bondad de la maldad”, dije yo. “¿Okey? ¿Nos harías ese fa-
vor?”.
A medias para él mismo, Kevin dijo, “Esa es la niña más hermosa que jamás haya visto.
Pero esa cosa de que ella sea un terminal de computadora –”. Él gesticuló.
“Vos fuiste quien lo dijo”, dije yo.
“En ese momento”, dijo Kevin, “tenía sentido. Pero ahora que lo repaso. Cuando tengo
perspectiva”.
“¿Querés saber lo que pienso?” dijo David. “Pienso que deberíamos montarnos en el avión
de Air Cal y volar de regreso a Santa Ana. Tan pronto como podamos”.
Yo dije, “Los Lampton no nos harán daño”. Estaba seguro de eso, ahora. Extraño, que el
hombre enfermo, el hombre moribundo, Mini, haya restaurado mi confianza en el poder de
la vida. Lógicamente, debería haber funcionado a la inversa, supongo. Él me había agradado
mucho. Pero, como yo bien sabía, tengo una proclividad para ayudar a personas enfermas o
dañadas; gravito hacia ellas. Como me dijo hace años mi psiquiatra, tengo que dejar de hacer
eso. Eso, y otra cosa más.
Kevin dijo, “No puedo abarcarlo”.
“Lo sé”, estuve de acuerdo. ¿Realmente vimos al Salvador? ¿O solo vimos a una pequeña
niña brillante que, posiblemente, había sido entrenada para dar respuestas que sonaban nobles
por tres profesionales muy astutos que tenían un maestro bombo publicitario en marcha en
conexión con su filme y música?
“Es una extraña forma la que él asumió”, dijo Kevin. “Como una niña. Eso va a encontrar
resistencia. Cristo como una mujer; eso hizo que David se enojara en puta”.
“Ella no dijo que era Cristo”, dijo David.
Yo dije, “Pero sí lo es”.
Ambos Kevin y David pararon de comer y me miraron.
127
“Ella es St. Sophia”, dije yo, “y St. Sophia es una hipóstasis de Cristo. Ya sea que ella lo
admitiera o no. Ella está siendo cuidadosa. Después de todo, ella lo sabe todo; ella sabe lo
que las personas aceptarán y lo que no”.
“Vos tenés todas tus extrañísimas experiencia de marzo de 1974 para seguir adelante”,
dijo Kevin. “Eso prueba algo; eso prueba que es real. VALIS existe. Ya eso lo sabías. Tuviste
un encuentro con él”.
“Supongo que sí”, dije yo.
“Y lo que Mini sabía y decía se cotejaba con lo que vos sabías”, dijo David.
“Cierto”, dije yo.
Kevin dijo, “Pero no estás del todo seguro”.
“Estamos lidiando con sofisticada tecnología de alto orden”, dije yo. “Que Mini puede
haber ensamblado”.
“Lo que quiere decir transmisiones de microondas y cosas por el estilo”, dijo Kevin.
“Sí”, dije yo.
“Un fenómeno puramente tecnológico”, dijo Kevin. “Un gran descubrimiento tecnoló-
gico”.
“Usando la mente humana como un transductor”, dije yo. “Sin una interfaz electrónica”.
“Puede ser” admitió Kevin. “La película mostraba eso. No hay manera de saber en qué
están metidos”.
“Sabés”, dijo David lentamente, “si ellos tienen energía de alto rendimiento a su disposi-
ción que puedan irradiar sobre largas distancias, en las líneas de rayos láser –”.
“Ellos pueden matarnos bien muertos”, dijo Kevin.
“Eso es correcto”, dije yo.
“Si”, dijo Kevin, “nosotros empezamos a cotorrear acerca de no creerles”.
“Podemos simplemente decir que tenemos que volver a Santa Ana”, dijo David.
“O podemos irnos desde aquí”, dije yo. “Este restaurante”.
“Nuestras cosas –ropa, todo lo que trajimos– están en su casa”, dijo Kevin.
“Que se joda la ropa”, dije yo.
“¿Tenés miedo?” dijo David. “¿De que algo suceda?”.
Pensé acerca de ello. “No”, dije finalmente. Confiaba en la niña. Y confiaba en Mini.
Siempre tenés que contar con eso, con tu confianza instintiva –o carencia de confianza. En
el análisis final, no hay nada más con lo que podás contar.
“Me gustaría hablar con Sophia de nuevo”, dijo Kevin.
“Yo también”, dije yo. “La respuesta está ahí”.
Kevin puso su mano en mi hombro. “Lamento decir esto así, Phil, pero realmente ya te-
nemos la gran pista. En un instante esa niña clarificó tu mente. Dejaste de creer que eras dos
personas. Dejaste de creer en Horselover Fat como una persona separada. Y ningún terapeuta
y ninguna terapia a lo largo de los años, desde la muerte de Gloria, alguna vez ha logrado
conseguir eso”.
“Él tiene razón”, dijo David en una voz gentil. “Todos manteníamos a la esperanza, pero
parecía como si –vos sabés. Como si vos nunca fueras a sanar”.
“‘Sanar’”, dije yo. “Ella me sanó. No a Horselover Fat sino a mí”. Ellos tenían razón; el
milagro sanador había acontecido y todos sabíamos a lo que eso apuntaba; los tres de nosotros
entendíamos.
Yo dije, “Ocho años”.
“Correcto”, dijo Kevin. “Antes incluso de que te conociéramos. Ocho largos putos años
de oclusión y dolor y de buscar y de vagar”.
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Yo asentí.
En mi mente una voz dijo, ¿Qué más necesitás saber?
Eran mis propios pensamientos, la raciocinación de lo que había sido Horselover Fat,
quien se había reunido conmigo.
“Te percatás”, dijo Kevin, “que Ferris F. Fremount va a intentar regresar. Él fue derrocado
por esa niña –o por lo que esa niña es vocera de– pero él regresará; él nunca se rendirá. La
batalla fue ganada pero la lucha continúa”.
David dijo, “Sin esa niña –”.
“Perderíamos”, dije yo.
“Correcto”, dijo Kevin.
“Quedémonos un día más”, dije yo, “e intentemos hablar con Sophia de nuevo. Una vez
más”.
“Suena como un plan”, dijo Kevin, complacido.
El pequeño grupo, la Sociedad Rhipidon, había llegado a un acuerdo. Sus tres miembros.
El siguiente día, domingo, los tres de nosotros obtuvimos permiso para sentarnos con la niña
Sophia solos, sin nadie más presente, aunque Eric y Linda sí solicitaron grabar nuestro en-
cuentro. Aceptamos sin reparos, sin tener ninguna opción.
Calientes rayos de sol iluminaban la tierra ese día, dándole a los animales reunidos alre-
dedor de nosotros la calidad de un rebaño espiritual; tuve la impresión de que los animales
oían, escuchaban y entendían.
“Quiero hablarte acerca de Eric y Linda Lampton”, le dije a la pequeña niña, quien estaba
sentada con un libro abierto al frente de ella.
“No me interrogarás”, dijo ella.
“¿No te puedo preguntar acerca de ellos?” dije yo.
“Ellos están enfermos”, dijo Sophia. “Pero no pueden hacerle daño a nadie porque asumí
el mando sobre ellos”. Ella me miró con sus enormes ojos oscuros. “Siéntense”.
Obedientemente nos sentamos al frente de ella.
“Yo les di su lema”, dijo ella. “Para su sociedad; yo les di su nombre. Ahora les doy su
comisión. Saldrán al mundo y comunicarán el kerigma con el cual los encomiendo. Escú-
chenme; les digo en verdad, en suma verdad, que los días del malvado terminarán y el hijo
del hombre se sentará en el asiento del juicio. Esto será así tan certero como el sol se levanta.
El rey nefasto luchará y perderá, pese a su astucia; él pierde; él perdió; él siempre perderá, y
aquellos a su lado irán al abismo de oscuridad y allí permanecerán por siempre.
“Lo que enseñás es la palabra del humano. El humano es sagrado, y el dios verdadero, el
dios viviente, es el humano mismo. No tendrán más dioses que ustedes mismos; los días en
que creían en otros dioses acaban ahora, acaban para siempre.
“La meta de sus vidas ha sido alcanzada. Estoy aquí para decirles esto. No teman; yo los
protegeré. Deben obedecer una regla: deben amarse uno al otro a como me aman a mí y a
como yo los amo a ustedes, porque este amor procede del dios verdadero, que son ustedes.
“Un tiempo de tribulación y de engaño y de lamento yace adelante porque el rey nefasto,
el rey de las lágrimas, no cederá su poder. Pero le arrebatarán su poder; les concedo esa
autoridad en mi nombre, exactamente a como se los concedí una vez antes, cuando ese ne-
fasto rey gobernaba y destruía y desafiaba a la humilde gente del mundo.
“La batalla que libraron antes no ha acabado, aunque el día del sol sanador ha llegado. La
maldad no muere por sí misma porque imagina que habla por dios. Muchos aseguran hablar
por dios, pero solo hay un dios y ese dios es el humano mismo.
129
“Por lo tanto solo aquellos líderes que protegen y refugian vivirán; los otros morirán. La
opresión levantada hace cuatro años, ella por un corto tiempo retornará. Sean pacientes du-
rante este tiempo; será un tiempo de tribulaciones para ustedes, pero yo estaré con ustedes, y
cuando el tiempo de tribulación haya terminado yo me sentaré en el asiento del juicio, y
algunos caerán y otros no caerán, de acuerdo con mi voluntad, mi voluntad que viene a mí
del padre, de vuelta a quien todos regresamos, todos nosotros juntos.
“No soy un dios; soy una humana. Soy la niña, la niña de mi padre, que es la Sabiduría
Misma. Ahora cargan en ustedes la voz y la autoridad de la Sabiduría; ustedes son, por lo
tanto, Sabiduría, incluso cuando lo olviden. No lo olvidarán por mucho tiempo. Yo estaré ahí
y les haré recordar.
“El tiempo de la Sabiduría y el reinado de la Sabiduría ha llegado. El día del poder, que
es el enemigo de la Sabiduría, termina. Poder y Sabiduría son los dos principios en el mundo.
El poder ha tenido su reinado y ahora se marcha hacia la oscuridad de la cual vino, y la
Sabiduría sola reina.
“Aquellos que obedecen al poder sucumbirán cuando el poder sucumba.
“Aquellos que aman la Sabiduría y la siguen prosperarán bajo el sol. Recuerden, estaré
con ustedes. Estaré en cada uno de ustedes de ahora en adelante. Los acompañaré hasta en la
prisión si es necesario; hablaré en las cortes de ley para defenderlos; mi voz será escuchada
en la tierra, sin importar la opresión.
“No teman; hablen alto y la Sabiduría los guiará. Caigan en silencio por miedo y la Sabi-
duría los abandonará. Pero no sentirán miedo porque la Sabiduría misma está en ustedes, y
ustedes y ella son uno.
“Anteriormente ustedes estaban solos dentro de ustedes mismos; anteriormente ustedes
eran hombres solitarios. Ahora tienen un compañero que nunca enferma o cae o muere; us-
tedes están vinculado a lo eterno y brillarán como el sol sanador mismo.
“A medida que vuelven al mundo yo los guiaré día a día. Y cuando mueran yo lo notaré
y vendré a recogerlos; yo los cargaré en mis brazos de regreso a su hogar, del cual ustedes
salieron y al cual regresarán.
“Ustedes son extraños aquí, pero difícilmente son extraños para mí; los he conocido desde
el inicio. Este no ha sido su mundo, pero yo lo haré su mundo; yo lo cambiaré por ustedes.
No teman. Lo que los ataque perecerá y ustedes prosperarán.
“Estas son cosas que serán porque yo hablo con la autoridad dada a mí por mi padre.
Ustedes son el dios verdadero y ustedes prevalecerán”.
Hubo silencio, entonces. Sophia había cesado de hablarnos.
“¿Qué estás leyendo?” dijo Kevin, señalando al libro.
La chica dijo, “SEPHER YEZIRAH. Les leeré; escuchen”. Ella puso abajo el libro, cerrán-
dolo. “‘Dios también ha puesto el uno en contra del otro; el bien en contra del mal, y el mal
en contra del bien; el bien procede del bien, y el mal del mal; el bien purifica el mal, y el mal
el bien; el bien es preservado por el bien, y el mal por los malos’”. Sophia pausó un momento
y entonces dijo, “Esto significa que el bien hará que el mal sea lo que el mal no desea ser;
pero el mal no será capaz de hacer que el bien no sea lo que el bien no desea ser. El mal sirve
al bien, a pesar de su astucia”. Entonces ella no dijo nada; ella se sentó silenciosamente, con
sus animales y con nosotros.
“¿Podrías hablarnos de tus padres?” dije yo. “Quiero decir, si hemos de saber qué hacer –
”.
Sophia dijo, “Vayan a donde sea que los envíe y sabrán qué hacer. No hay lugar en donde
yo no esté. Cuando se marchen de aquí no me verán, pero después me verán de nuevo.
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“Ustedes no me verán pero yo siempre los veré; estoy consciente de ustedes continua-
mente. Así que yo estoy con ustedes, sea que lo sepan o no; pero les digo a ustedes, Sepan
que los acompaño, incluso hasta en la prisión, si el tirano los pone allí.
“No hay más. Vayan de regreso a casa, y les daré instrucciones cuando el tiempo lo re-
quiera”. Ella nos sonrío.
“¿Cuántos años tenés?” dijo yo.
“Tengo dos años de edad”.
“Y estás leyendo ese libro” dijo Kevin.
Sophia dijo, “Les digo en verdad, en suma verdad, ninguno de ustedes me olvidará. Y les
digo que todos ustedes me volverán a ver. Ustedes no me eligieron; yo los elegí a ustedes.
Yo los llamé aquí. Los mandé a llamar hace cuatro años”.
“Okey”, dije yo. Eso ubica su llamada en 1974.
“Si los Lampton preguntan qué dije, díganles que hablamos acerca de la comuna por ser
construida”, dijo Sophia. “No les digan que los mandé lejos de ellos. Pero ustedes deben
alejarse de ellos; esta es su respuesta: no tendrán nada más que ver con ellos”.
Kevin apuntó a la grabadora, sus carretes dando vuelta.
“Lo que ellos escucharán en ella”, dijo Sophia, “cuando la reproduzcan, será solo la SEP-
HER YEZIRAH, nada más”.
Guau, pensé.
Yo le creía.
“No les fallaré”, repitió Sophia, sonriéndonos a nosotros tres.
Yo le creía eso, también.
Mientras los tres de nosotros caminábamos de regreso a la casa, Kevin dijo, “¿Fue todo
eso solo citaciones de la Biblia?”.
“No”, dije yo.
“No”, David estuvo de acuerdo. “Había algo nuevo; esa parte acerca de nosotros siendo
nuestros propios dioses, ahora. Que el tiempo había llegado cuando ya no tendríamos que
creer en ninguna deidad más allá de nosotros”.
“Qué niña más hermosa”, dije yo, pensando para mí mismo lo mucho que ella me recor-
daba a mi propio hijo, Christopher.
“Somos muy afortunados”, dijo David con voz ronca. “Por haberla conocido”. Volteando
hacia mí él dijo, “Ella estará con nosotros; ella lo dijo. Yo lo creo. Ella estará dentro de
nosotros; no estaremos solos. Nunca me di cuenta antes pero estamos solos. Todo el mundo
está solo –ha estado solo, quiero decir. Hasta ahora. Ella se va a propagar por todo el mundo,
¿verdad? En todo el mundo, eventualmente. Empezando con nosotros”.
“La Sociedad Rhipidon”, dije yo, “tiene cuatro miembros. Sophia y los tres de nosotros”.
“Eso todavía no son muchos”, dijo Kevin.
“La semilla de mostaza”, dije yo. “Que crece en un árbol tan grande que los pájaros anidan
en él”.
“Bajate de la nube”, dijo Kevin.
“¿Cuál es el problema?” pregunté yo.
Kevin dijo, “Tenemos que reunir nuestras cosas e irnos de aquí; ella lo dijo. Los Lampton
son unos desquiciados rarazos dementes. Nos podrían atacar en cualquier momento”.
“Sophia nos protegerá”, dijo David.
“¿Una niña de dos años?” dijo Kevin.
Ambos lo miramos fijamente.
131
“Okey, una niña de dos mil años”, dijo Kevin.
“La única persona que podría hacer chistes acerca del Salvador”, dijo David. “Estoy sor-
prendido de que nos preguntaras por tu gato muerto”.
Kevin se detuvo; una expresión de genuino enojo perplejo apareció en su rostro; obvia-
mente él lo había olvidado; él había perdido su oportunidad.
“Voy a volver”, dijo él.
Juntos, David y yo lo empujamos hacia adelante junto con nosotros.
“¡No estoy bromeando!” dijo él, con furia.
“¿Cuál es el problema?” dije yo; nos detuvimos.
“Quiero hablar con ella un poco más. No voy a irme de aquí; maldita sea, voy a regresar
–¡por la puta, déjenme ir!”.
“Escuchá”, dije yo. “Ella nos dijo que nos fuéramos”.
“Y ella estará dentro de nosotros hablándonos”, dijo David.
“Escucharemos lo que yo llamo la voz de IA”, dije yo.
Kevin dijo salvajemente, “Y habrá fuentes de limonada y árboles de gominola. Voy a
volver”.
Delante de nosotros, Eric y Linda Lampton emergieron de la gran casa y caminaban hacia
nosotros.
“Ahora de la confrontación”, dije yo.
“Ah, mierda”, dijo Kevin, en desesperación. “Igual voy a volver”. Él se separó de nosotros
y se apresuró devuelta en la dirección de la que habíamos venido.
“¿Les fue bien?” dijo Linda Lampton, cuando ella y su esposo nos alcanzaron a David y
a mí.
“Bien”, dije yo.
“¿Qué discutieron?” dijo Eric.
Yo dije, “La comuna”.
“Muy bien”, dijo Linda. “¿Por qué Kevin está regresando? ¿Qué le va a decir a Sophia?”.
David dijo, “Tiene que ver con su gato muerto”.
“Pedile que venga acá”, dijo Eric.
“¿Por qué?” dijo yo.
“Vamos a discutir su relación con la comuna”, dijo Eric. “La Sociedad Rhipidon debería
ser parte de la comuna mayor, en nuestra opinión. Brent Mini lo sugirió; realmente debería-
mos hablarlo. Los encontramos aceptables”.
“Traeré a Kevin”, dijo David.
“Eric”, dije yo, “vamos a regresar a Santa Ana”.
“Hay tiempo para discutir su involucramiento con la comuna”, dijo Linda. “Su vuelo de
Air Cal no es hasta las ocho esta noche, ¿verdad? Pueden cenar con nosotros”.
Eric Lampton dijo, “VALIS los convocó a ustedes aquí. Se irán cuando VALIS sienta que
están listos para marcharse”.
“VALIS siente que estamos listos para marcharnos”, dije yo.
“Iré por Kevin”, dijo David.
Eric dijo, “Yo iré a traerlo”. Él nos pasó a David y a mí, en la dirección de Kevin y la niña.
Cruzando sus brazos, Linda dijo, “No pueden irse aún de regreso al sur. Mini desea hablar
sobre varios asuntos con ustedes. Tengan en mente que su tiempo es corto. Él se está debili-
tando rápido. ¿Kevin de verdad le está preguntando a Sophia acerca de su gato muerto? ¿Qué
es tan importante sobre un gato muerto?”.
“Para Kevin el gato es muy importante”, dije yo.
132
“Eso es cierto”, David estuvo de acuerdo. “Para Kevin la muerte del gato representa todo
lo que está mal con el universo; él cree que Sophia se lo puede explicar, con lo que quiero
decir todo lo que está mal con el universo –sufrimiento inmerecido y pérdida”.
Linda dijo, “No creo que él realmente esté hablando acerca de su gato muerto”.
“Él realmente sí”, dije yo.
“No conocés a Kevin”, dijo David. “Quizás él está hablando de otras cosas porque esta es
su oportunidad de hablar con el Salvador finalmente pero su gato muerte es un asunto mayor
en lo que él esté hablando”.
“Creo que deberíamos ir hacia donde Kevin”, dijo Linda, “y decirle que ha hablado con
Sophia suficiente. ¿Qué querés decir, que VALIS siente que están listos para marcharse?
¿Acaso Sophia les dijo eso?”.
Una voz en mi cabeza habló. Decile que la radiación te molesta. Era la voz de IA que
Horselover Fat ha escuchado desde marzo de 1974; la reconocí.
“La radiación”, dije yo. “Estoy –” titubeé; comprensión de la sucinta oración vino a mí.
“Estoy medio ciego”, dije yo. “Un rayo de luz rosada me impactó; debió haber sido el sol.
Entonces caí en cuenta de que deberíamos volver”.
“VALIS te disparó información directamente a vos”, dijo Linda, de inmediato, alertamente.
No lo sabés.
“No lo sé”, dije yo. “Pero me sentí diferente después. Como si tuviera algo importante por
lo que ir al sur en Santa Ana. Conocemos otras personas… hay personas que podríamos meter
a la Sociedad Rhipidon. Ellos deberían venir a la comuna, también. VALIS ha causado que
tengan visiones; ellos vienen a nosotros por explicaciones. Les contamos acerca del filme,
acerca de ver el filme que hizo Mother Goose; todos lo están viendo, y sacando mucho de
ello. Conseguimos que más gente fuera a ver Valis que los que creía que conocíamos; ellos
deben estarle contando a sus amigos. Mis propios contactos en Hollywood –los productores
y los actores que conozco, y especialmente la gente del dinero– están muy interesados en lo
que les he señalado. Hay un productor de MGM en particular quien quizás quiera financiar a
Mother Goose en otro filme, un filme de alto presupuesto; él dice que ya tiene el patrocinio”.
Mi fluyo de habla me sorprendió; pareció provenir de la nada. Era como si no fuera yo
hablando, sino alguien más; alguien que sabía exactamente qué decirle a Linda Lampton.
“¿Cuál es el nombre del productor?” dijo Linda.
“Art Rockoway”, dije yo, el nombre llegando a mi cabeza como si esperara la señal.
“¿Cuáles filmes tiene él?” dijo Linda.
“Ese sobre los desechos nucleares que contaminaron la mayor parte de Utah central”, dije
yo. “Ese desastre que los periódicos reportaron hace dos años pero que la TV estaba dema-
siado atemorizada de hablar al respecto; el gobierno puso presión sobre ellos. Donde todas
las ovejas murieron. La historia de coartada fue que era gas nervioso. Rockoway hizo un
filme despiadado en el cual la verdadera historia de la calculada inferencia de las autoridades
salió a la luz”.
“¿Quién protagonizó?” dijo Linda.
“Robert Redford”, dije yo.
“Bueno, estaríamos interesados”, dijo Linda.
“Así que nosotros deberíamos volver al sur de California”, dije yo. “Tenemos varias per-
sonas en Hollywood con las cuales hablar”.
“¡Eric!” llamó Linda; ella caminó hacia su esposo, quien estaba de pie con Kevin; él ahora
tenía a Kevin por el brazo.
133
Mirándome fijamente, David hizo una señal de que debíamos seguirlo; juntos, los tres de
nosotros nos aproximamos a Kevin y a Eric. No muy lejos, Sophia nos ignoraba; ella conti-
nuaba leyendo su libro.
Un flash de luz rosada me cegó.
“Oh Dios mío”, dije yo.
No podía ver; puse mis manos contra mi frente, la cual dolía y palpitaba como si fuera a
reventar.
“¿Qué pasa?” dijo David. Podía escuchar un leve zumbido, como una aspiradora. Abrí
mis ojos, pero nada más que luz rosada nadaba alrededor mío.
134
“Sí”, Linda y Eric habían hecho eco. “Esta es la da por la cual la humanidad ha esperado
durante siglos. Lean Apocalipsis; lean lo que dice acerca de los Elegidos. ¡Nosotros somos
los Elegidos de Dios!”.
“Supongo que sí”, había dicho yo mientras ellos nos dejaban junto al carro que habíamos
rentado; habíamos parqueado cerca de Gino’s, en una calle paralela de Sonoma que permitía
parqueo prolongado.
Acercándose a mí, Linda Lampton había puesto sus manos en mis hombros y me había
besado en la boca –con intensidad y con cierta cantidad, de hecho con una gran cantidad, de
fervor erótico. “Vuelvan a nosotros”, ella me había susurrado en el oído. “¿Lo prometés?
Este es nuestro futuro; pertenece a muy pocos, a muy, muy pocos”. A lo cual pensé, No
podrías estar más equivocada, cariño; esto le pertenece a todo el mundo.
Así que ahora estábamos casi en casa. Crucialmente asistidos por VALIS. O, a como pre-
fería pensarlo, por St. Sophia. Poniéndolo de ese modo mantenía mi atención en la imagen
en mi mente de la chica Sophia, sentada con los animales y su libro.
Mientras estábamos de pie en el Aeropuerto del condado de Orange, esperando por nuestro
equipaje, dije, “Ellos no fueron estrictamente honestos con nosotros. Por ejemplo, nos dijeron
que todo lo que Sophia decía y hacía estaba grabado por audio y video. Eso no es así”.
“Puede que estés equivocado sobre eso”, dijo Kevin. “Ahora hay sofisticados sistemas de
monitoreo que funcionan a remoto. Ella puede haber estado bajo su rango aunque nosotros
no pudiéramos detectarlos. Mini es realmente lo que él dice que es: un maestro de hardware
electrónico”.
Pensé, Mini, quien estaba dispuesto a morir para experimentar a VALIS una vez más. ¿Lo
estaba yo? En 1974 yo lo había experimentado una vez; desde entonces había tenido el ansia
de que él regresara –me dolía en los huesos; mi cuerpo lo sentía tanto como mi mente, quizás
incluso más. Pero VALIS tenía razón para ser juicioso. Eso mostraba su preocupación por la
vida humana, su negativa a manifestarse a sí mismo ante mí de nuevo.
El encuentro original, después de todo, casi me había matado. Podía ver de nuevo a VALIS,
pero, al igual que con Mini, me mataría. Y yo no quería eso; yo tenía muchas cosas que hacer.
¿Qué exactamente tenía que hacer? No lo sabía. Ninguno de nosotros lo sabía. Ya yo había
escuchado la voz de IA en mi cabeza, y otros escucharían esa voz, más y más gente. VALIS,
como información viviente, penetraría el mundo, replicándose en cerebros humanos, entre-
cruzándose con ellos y asistiéndolos, guiándolos, en un nivel subliminal, lo que es decir in-
visiblemente. Ningún humano dado podía tener certeza de si él estaba entrecruzado hasta que
la simbiosis alcanzaba el punto crítico. En su concurrencia con otros humanos una persona
dada no sabría cuándo él estaba tratando con otro homoplásmate y cuándo no.
Quizás los antiguos signos de identificación secreta retornarían; lo más probable es que
ya lo hayan hecho. Durante un apretón de manos, una moción con un dedo de dos arcos que
se intersecan: veloz expresión del símbolo del pescado, que nadie más allá de las dos personas
involucrados podría discernir.
Recordé un incidente –más que un incidente– en el que estaba involucrado mi hijo Chris-
topher. En marzo de 1974 durante el tiempo en VALIS me dominó, cuando asumió el control
de mi mente, yo había conducido una correcta y compleja iniciación de Christopher en los
rangos de los inmortales. El conocimiento médico de VALIS había salvado la vida física de
Christopher, pero VALIS no lo había concluido ahí.
Esta era una experiencia que yo atesoraba. Fue realizada en absoluto sigilo, oculta incluso
de la madre de mi hijo.
135
Primero yo había preparado una taza de chocolate caliente. Luego yo había preparado un
perro caliente en un pan con las usuales guarniciones; Christopher, por más joven que fuera,
amaba los perros calientes y el chocolate caliente.
Sentada en el piso en la habitación de Christopher con él, yo –o más bien VALIS en mí,
como yo– había jugado un juego. Primero, yo en son de broma había sostenido la taza de
chocolate caliente, por encima de la cabeza de mi hijo; luego, como si fuera por accidente,
yo había salpicado chocolate caliente en su cabeza, en su cabello. Entre risitas, Christopher
había intentado limpiarse el líquido; yo por supuesto lo había ayudado. Inclinándome hacia
él, yo había susurrado:
“En el nombre del Hijo, del Padre y del Espíritu Santo”.
Nadie me escuchó excepto Christopher. Ahora, mientras limpiaba el chocolate caliente de
su cabello, yo inscribí el signo de la cruz en su frente. Yo ahora lo había bautizado y ahora
lo había confirmado; lo hice así, no por la autoridad de iglesia alguna, sino por la autoridad
del plásmate viviente en mí: VALIS mismo. Acto seguido le dije a mi hijo, “Tu nombre se-
creto, tu nombre cristiano, es –”. Y le dijo cuál era. Solo él y yo seremos los únicos en saberlo;
él y yo y VALIS.
Después, tomé un pedacito de pan del del pan de perro caliente y lo sostuve al frente; mi
hijo –todavía un bebe, realmente– abrió su boca como un pequeño pájaro, y puse un pedacito
de pan en ella. Parecía que, los dos de nosotros, compartíamos una comida; una comida or-
dinaria, simple y común.
Por alguna razón parecía esencial –completamente crucial– que el no mordiera la carne
misma del perro caliente. El puerco no podía ser comido bajo estas circunstancias; VALIS me
había llenado con este urgente conocimiento.
Mientras Christopher comenzó a cerrar su boca para masticar el pedacito de pan, yo le
presenté la taza de chocolate caliente. Para mi sorpresa –siendo tan joven él aún bebía nor-
malmente de su botella, nunca de una taza– el se estiro con entusiasmo para tomar la taza;
mientras él la tomaba, la alzaba a sus labios y bebía de ella, yo dije,
“Esta es mi sangre y este es mi cuerpo”.
Mi pequeño hijo bebió, y tomé la taza de vuelta. Los mayores sacramentos habían sido
cumplidos. El bautismo, luego la confirmación, luego el más sagrado de todos los sacramen-
tos, la Eucaristía: el sacramento de la Santa Cena del Señor.
“La Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que fue derramada por vosotros, que preserve tu
cuerpo y tu alma en la vida eterna. Bebe esto en remembranza de la Sangre de Cristo que fue
derramado por vosotros, y mostraos agradecidos”.
Este momento es el más solemne de todos. El sacerdote mismo se ha convertido en Cristo;
es Cristo quien ofrece su cuerpo y su sangre a los fieles, por milagro divino.
La mayoría de las personas comprende que en el milagro de la transubstanciación el vino
(o el chocolate caliente) se convierte en la Sangre Sagrada, y la hostia (o un pedacito de pan
de perro caliente) se convierte en el Cuerpo Sagrado, pero pocas personas incluso dentro de
las iglesias se percatan de que la figura que de pie frente a ellas sosteniendo la copa es su
Señor, viviendo ahora. El tiempo ha sido superado. Estamos de regreso casi dos mil años; no
estamos en Santa Ana, California, E.E.U.U., sino en Jerusalén, cerca del 35 E. C.
Lo que yo había visto en marzo de 1974 cuando vi la sobreimposición de la antigua Roma
y la California actual consistía en un atestiguamiento real de lo que normalmente es visto por
los ojos internos de la fe solamente.
Mi experiencia de la doble exposición había confirmado la verdad literal –no meramente
figurativa– del milagro de la Misa.
136
Como he dicho, el término técnico para esto es anamnesis: la pérdida del olvido; lo que es
decir, la remembranza del Señor y de la Santa Cena del Señor.
Yo estaba presente ese día, él último día que los discípulos se sentaron a la mesa. Podés
creerme; podés no hacerlo. Sed per spiritum sanctum dico; haec veritas est. Mihi crede et
mecum in aeternitate vivebis.
Mi latín probablemente sea defectuoso, pero lo que intento decir, con voz entrecortada,
es: “Pero hablo por conducto del Espíritu Santo; esto es así. Creedme y vivirás conmigo en
la eternidad”.
Nuestro equipaje apareció; le entregamos nuestros comprobante de reclamación al policía
uniformado, y, diez minuto más tarde, estábamos manejando al norte en la autopista hacia
Santa Ana y a casa.
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13
Mientras manejaba, Kevin dijo, “Estoy cansado. Realmente cansado. ¡A la mierda este trá-
fico! ¿Quiénes son estas personas manejando en la 55? ¿De dónde salieron? ¿A dónde van?”.
Me pregunté a mí mismo, ¿A dónde vamos nosotros tres?
Habíamos visto al Salvador y yo había, luego de ocho años de locura, sido curado.
Bueno, pensé, eso es lograr mucho todo en un fin de semana… sin mencionar el haber
escapado intactos de los tres humanos más desquiciados en el planeta.
Es sorprendente que cuando alguien más suelta la misma perorata sinsentido en la que vos
mismo creés, vos podés percibirla de inmediato como un sinsentido. En el VW Rabbit, mien-
tras había escuchado a Linda y a Eric hablar sin parar acerca de ser la gente de tres ojos de
otro planeta, yo había sabido que estaban dementes. Esto me hacía un demente, también. Esta
comprensión me había asustado; la comprensión acerca de ellos y acerca de mí mismo.
Yo había volado loco y había regresado sano, pero yo creía que había conocido al Salva-
dor… en la forma de una pequeña niña de cabello negro y feroces ojos negros quien nos
había disertado con más sabiduría que cualquier adulto que alguna vez había conocido. Y,
cuando fuimos bloqueados en nuestro intento de irnos, ella –o VALIS– había intervenido.
“Tenemos una comisión”, dijo David. “De salir y –”.
“¿Y qué?” dijo Kevin.
“Ella nos dirá a medida que vayamos en el camino”, dijo David.
“Y los cerdos pueden silbar”, dijo Kevin.
“Mirá”, dijo David vigorosamente. “Phil está bien ahora, por la primera vez…”. Él titubeo.
“Desde que me conocen”, terminé yo.
David dijo, “Ella lo curó. Los poderes curativos son la absoluta señal certera de la presen-
cia material del Mesías. Vos sabés eso, Kevin”.
“Entonces el Hospital de San José es la mejor iglesia en la ciudad”, dijo Kevin.
Yo le dije a Kevin, “¿Tuviste oportunidad de preguntarle a Sophia por tu gato muerto?”
Yo hice la pregunta sarcásticamente, pero Kevin, para mi sorpresa, volteó su cabeza y dijo,
seriamente:
“Sí”.
“¿Qué dijo ella?” dije yo.
Kevin, inhalando profundo y sujetando el volante con fuerza, dijo, “Ella dijo que MI
GATO MUERTO…”. Él pausó, alzando su voz. “MI GATO MUERTO ERA ESTÚPIDO”.
Tuve que reírme. David igual. Nadie había pensado en darle a Kevin esa respuesta antes.
El gato vio el carro y corrió hacia él, no a la inversa; él se había lanzado directamente hacia
la llanta derecha delante del carro, como una bola de boliche.
“Ella dijo”, dijo Kevin, “que el universo tiene reglas muy estrictas, y que esa especie de
gatos, la clase que corre precipitadamente hacia carros en movimiento, ya no existe”.
“Bueno”, dije yo, “hablando pragmáticamente, ella tiene razón”.
Era interesante contrastar la explicación de Sophia con la de la difunta Sherri; ella piado-
samente le había informado a Kevin que Dios amaba tanto a su gato –realmente– que Dios
había visto apropiado que el gato de Kevin estuviera con él, Dios, en lugar de con él, Kevin.
Esta no es una explicación que le das a un hombre de veintinueve años; esta es la explicación
que le endosas a los niños. A niños pequeños. E incluso los niños pequeños generalmente
pueden ver que es una patraña.
“Pero”, continúo Kevin, “yo le dije a ella, ‘¿Por qué Dios no hizo inteligente a mi gato?’”.
“¿Está conversación en serio tuvo lugar?” dije yo.
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Resignadamente, David dijo, “Probablemente sea así”.
“Mi gato era ESTÚPIDO”, continúo Kevin, “porque DIOS LO HIZO ESTÚPIDO. Así
que fue culpa de DIOS, no la culpa de mi gato”.
“Y le dijiste eso”, dije yo.
“Sí”, dijo Kevin.
Sentí enojo. “Pendejo cínico –conocés al Salvador y todo lo que podés hacer es despotricar
acerca de tu maldito gato. Me alegra que tu gato esté muerto; todo el mundo se alegra de que
tu gato esté muerto. Así que callate”. Yo había comenzado a temblar de la furia.
“Tranquilo”, murmuró David. “Hemos pasado por mucho”.
A mí, Kevin me dijo, “Ella no es el Salvador. Todos estamos tan dementes como vos, Phil.
Ellos están dementes allá arriba; nosotros estamos dementes aquí abajo”.
David dijo, “Entonces cómo una niña de dos años puede decir –”.
“Ellos tenían un cable corriendo a su cabeza”, gritó Kevin, “y un micrófono al otro ex-
tremo del cable, y un altavoz dentro de su rostro. Era alguien más hablando”.
“Necesito un trago”, dije yo. “Paremos en la Calle Sombrero”.
“Me caías mejor cuando creías que eras Horselover Fat”, gritó Kevin. “Él me agradaba.
Vos sos tan estúpido como mi gato. Si la estupidez mata, ¿por qué vos no estás muerto?”.
“¿Querés internar organizarlo?” dije yo.
“Obviamente la estupidez es un rasgo de supervivencia”, dijo Kevin, pero su voz se hun-
dió, ahora, casi inaudible. “No lo sé”, murmuró él. “‘El Salvador’. ¿Cómo puede ser? Es mi
culpa; yo los llevé a ver Valis. Me involucré con Mother Goose. ¿Acaso tiene sentido que
Mother Goose diera a luz al Salvador? ¿Acaso algo de esto tiene sentido?”.
“Pará en Calle Sombrero”, dijo David.
“La Sociedad Rhipidon tiene sus reuniones en un bar”, dijo Kevin. “Esa es nuestra comi-
sión; sentarnos en un bar y beber. Eso de seguro salvará el mundo. ¿Y por qué salvarlo de
todos modos?”.
Manejamos en silencio, pero sí terminamos en Calle Sombrero; la mayoría de la Sociedad
Rhipidon había votado a favor.
Ciertamente constituye malas noticias si la gente que está de acuerdo con vos está más chi-
flada una cabra. Sophia misma (y esto es importante) había dicho que Eric y Linda Lampton
estaban enfermos. Además de eso, Sophia o VALIS me había provisto de las palabras para
irnos de ahí cuando los Lampton nos habían acorralado, asediándonos –había provisto las
palabras y luego jugueteado expertamente con el tiempo.
Yo podía separar a la niña hermosa de los horribles Lampton. Yo no los agrupaba juntos.
Significativamente, la niña de dos años había hablado lo que parecía como sabiduría… sen-
tado en el bar con mi botella de cerveza mexicana me pregunté a mí mismo, ¿Cuáles son los
criterios de racionalidad, mediante los cuales juzgar si la sabiduría está presente? La sabiduría
tiene que ser, por su misma naturaleza, racional; es la etapa final de lo que está anclado en lo
real. Hay una íntima relación entre lo que es sabio y lo que existe, aunque esa relación es
sutil. ¿Qué nos había dicho la pequeña niña? Que los seres humanos ahora debían abandonar
la adoración de todas las deidades salvo la humanidad misma. Esto no me parecía irracional
a mí. Sea que lo hubiera dicho una niña o sea que proviniera de la Britannica, me hubiera
resultado sensato.
Por algún tiempo yo había sostenido la opinión de que Zebra –como yo había llamado a
la entidad que se me había manifestado en marzo de 1974– era en realidad la totalidad lami-
nada de todos mis yos a lo largo del eje de tiempo lineal; Zebra –o VALIS– era la expresión
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supratemporal de un ser humano dado y no un dios… no a menos que la expresión supratem-
poral de un ser humano dado sea lo que en realidad queremos designar con el término “dios”;
que sea lo que adoramos, sin darnos cuenta, cuando adoramos a “dios”.
Al diablo con esto, pensé con cansancio. Me rindo.
Kevin me llevó a casa; me fui de una vez a la cama, desgastado y desanimado, en una
manera vaga. Creo que lo que me desanimó de la situación era la incertidumbre de nuestra
comisión, recibida de Sophia. Teníamos un mandato, ¿pero para qué? Más importante, ¿qué
pretendía hacer Sophia cuando madurara? ¿Permanecer con los Lampton? ¿Escapar, cambiar
su nombre, mudarse a Japón y comenzar una nueva vida?
¿A dónde emergería ella? ¿Dónde encontraríamos mención de ella a lo largo de los años?
¿Deberíamos esperar hasta que ella llegara a la adultez? Eso podrían ser dieciocho años. En
dieciocho años Ferris F. Fremount, para usar el nombre del filme, podría haberse apoderado
del mundo –de nuevo. Necesitábamos ayuda ahora.
Pero luego pensé, Siempre necesitás al Salvador ahora. Luego es siempre muy tarde.
Cuando caí dormido esa noche tuve un sueño. En el sueño viaja en el Honda de Kevin,
pero en lugar de Kevin manejando, Linda Ronstadt estaba sentada detrás del volante, y el
carro estaba abierto, como un vehículo de tiempos antiguos, como una carroza. Sonriéndome,
Ronstadt cantó, y cantó más bellamente que cualquier vez que la haya escuchado cantar antes.
Ella cantó:
¿Acaso eso quería decir –estaba diciéndome VALIS– que la pequeña Sophia saldría avante
en el mundo como una “mujer guerrera”? Quizás así sea.
¿Qué hay de las zapatillas? Podía pensar en una asociación, una interesante. Empédocles,
el pupilo de Pitágoras, quien había hecho público que recordaba sus vidas pasadas y quien le
había dicho a sus amigos en privado que él era Apolo, nunca había muerto en el sentido usual;
en su lugar, sus zapatillas doradas habían sido encontradas cerca de la cima del volcán del
Monte Etna. O Empédocles, como Elías, había asumido su cuerpo celestial, o había saltado
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dentro del volcán. El Monte Eta está en la región más oriental de Sicilia. En tiempos romanos
la palabra “aurora” literalmente significa “este”. ¿Estaba VALIS aludiendo tanto a sí mismo
como a su renacimiento, o a su vida eterna? ¿Me estaban –.
El teléfono sonó.
Cogiéndolo dije, “Hola”.
Escuché la voz de Eric Lampton. Sonada retorcida, como una vieja raíz, una raíz mori-
bunda. “Tenemos algo que decirte. Dejaré que Linda te lo diga. Esperá un momento”.
Un profundo miedo me invadió mientras estaba de pie sujetando el teléfono en silencio.
Luego la voz de Linda Lampton sonó en mi oído, plana y sin tono. El sueño tenía que ver
con ella, me percaté; Linda Ronstadt; Linda Lampton. “¿Qué pasó?” dije yo, incapaz de en-
tender lo que Linda Lampton estaba diciendo.
“La pequeña niña está muerta”, dijo Linda Lampton. “Sophia”.
“¿Cómo?” dije yo.
“Mini la mató. Por accidente. La policía está aquí. Con un láser. Él estaba intentando –”.
Colgué.
El teléfono sonó casi de inmediato. Lo cogí y dije hola.
Linda Lampton dijo, “Mini quería obtener tanto información como –”.
“Gracias por decirme”, dije yo. Alocadamente, sentí un enojo amargo, no pesar.
“Él estaba intentando transferencia de información por láser”, estaba diciendo Linda. “Es-
tamos llamando a todo. No entendemos; si Sophia era el Salvador, ¿cómo puede ella morir?”.
Muerta a los dos años de edad, caí en cuenta. Imposible.
Colgué el teléfono y me sentí. Luego de un tiempo, me percaté de que la mujer en el sueño
manejando el carro y cantando había sido Sophia, pero adulta, como lo hubiera sido algún
día. Los ojos oscuros llenos de luz y de vida y de fuego.
El sueño era su manera de decir adiós.
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14
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Después de que obtuvo su pasaporte, Fat dejó los Estados Unidos y voló por Icelandic Airli-
nes a Luxemburgo, que es la manera más barata de ir. Recibimos una postal de él enviada
durante su escala en Islandia, y luego, un mes más tarde, una carta de Metz, Francia. Metz
yace en la frontera de Luxemburgo; lo busqué en un mapa.
En Metz –que le gustó, como un lugar escénico– conoció una chica y disfrutó de un tiempo
encantador hasta que ella le robó la mitad del dinero que había traído consigo. Él nos envió
una fotografía de ella; ella es muy bonita, me recuerda un poco a Linda Ronstadt, con la
misma forma de rostro y peinado. Fue la última foto que nos envió, porque la chica le robó
su cámara también. Ella trabajaba en una librería. Fat nunca nos dijo si se acostó con ella.
De Metz él cruzó hacia Alemania Occidental, donde el dólar americano no vale nada. Él
ya leía y hablaba un poco de alemán así que él tuvo un tiempo relativamente sencillo ahí.
Pero sus cartas se hicieron cada vez menos frecuentes y finalmente pararon completamente.
“Si él lo hubiera hecho con la chica francesa”, dijo Kevin, “se habría recuperado”.
“Por lo que sabemos lo hizo”, dijo David.
Kevin dijo, “Si él se acostó con ella, él estaría de regreso aquí, sano. Él no está, así que no
lo hizo”.
Un año pasó. Un día recibí un telegrama de él; Fat había volado de regreso a los Estados
Unidos, a Nueva York. Él conoce gente ahí. Él estaría llegando a California, dijo él, cuando
se recuperara de su mononucleosis; en Europa él había contraído mononucleosis.
“¿Pero encontró al Salvador?” dijo Kevin. El telegrama no decía. “Lo diría si lo hubiera
hecho”, dijo Kevin. “Es como con la chica francesa; nos hubiéramos enterado”.
“Al menos él no está muerto”, dijo David.
Kevin dijo, “Depende de cómo definís ‘muerto’”.
Mientras tanto a mí me estaba yendo bien; mis libros vendían bien, ahora –tenía más di-
nero guardado del que sabía qué hacer con él. De hecho a todos nos estaba yendo bien. David
administraba una tienda de tabaco en el centro comercial de la ciudad, uno de los más ele-
gantes centros comerciales del condado de Orange; la nueva novia de Kevin lo trataba a él y
a nosotros gentilmente y con tacto, aguantándose nuestro humor negro, especialmente el de
Kevin. Le habíamos contado todo acerca de Fat y su expedición –y de la chica francesa que
le había trasquilado hasta su cámara Pentax. Ella esperaba conocerlo y nosotros esperábamos
su regreso: historias y fotografías y ¡quizás regalos!, nos decíamos a nosotros mismos.
Y luego recibimos un segundo telegrama. Esta vez Portland, Oregón. Decía:
REY FELIX
Nada más. Solo esas dos palabras desconcertantes. ¿Pues bien?, pensé. ¿Lo hizo? ¿Es eso
lo que nos está diciendo? ¿Acaso la Sociedad Rhipidon se reuniría de nuevo en sesión plena-
ria después de todo este tiempo?
A duras penas nos importaba. Colectiva e individualmente con costos lo recordábamos.
Era parte de nuestras vidas que preferíamos olvidar. Mucho dolor; muchas esperanzas que se
fueron por el desagüe.
Cuando Fat llegó a LAX, que es la designación para el Aeropuerto de Los Ángeles, los
cuatro de nosotros fuimos a recibirlo: yo, Kevin, David y Ginger, la atractiva novia de Kevin,
una chica alta con cabello rubio trenzado y con pedacitos de lazo rojo en las trenzas, una
colorida señorita a la que le gustaba manejar millas de millas tarde por la noche para tomar
café irlandés en algún remoto bar irlandés.
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Con todo el resto de la gente en el mundo deambulamos y conversamos, y entonces de
repente, inesperadamente, allí venía Horselover Fat dando zancadas hacia nosotros en medio
del tumulto de los otros pasajeros. Sonriendo, cargando un maletín; nuestro amigo de regreso
en casa. Él vestía un traje y una corbata, un atractivo traja de la Costa Este, en extremo a la
moda. Nos impactó verlo tan bien vestido; habíamos anticipado, supongo, un remanente oje-
roso, demacrado, escasamente capaz de renquear por el pasillo.
Luego de abrazarlo y presentárselo a Ginger le preguntamos cómo había estado.
“No tan mal”, dijo él.
Comimos en el restaurante de primera línea de un hotel cercano. No mucha conversación
tomó lugar, por alguna razón. Fat parecía retraído, pero en realidad no estaba deprimido.
Cansado, decidí. Él había recorrido un largo camino; estaba inscrito en su rostro. Esas cosas
son notorias; dejan su marca.
“¿Qué hay dentro del maletín?” dije yo cuando nuestro café de sobremesa llegó.
Empujando los platos al frente suyo, Fat puso el maletín encima y lo desabrochó; no tenía
cerradura con llave. Adentro él tenía sobres de manila, uno de los cuales él sacó después de
rebuscar entre ellos; ellos llevaban números. Él lo examinó una última vez para estar seguro
de que tenía el indicado y luego me lo entregó a mí.
“Mirá adentro”, dijo él, sonriendo ligeramente, como hacés cuando le has dado a alguien
un regalo que sabrás que le gustará y lo está desenvolviendo ante tus ojos.
Lo abrí. En el sobre encontré fotos satinadas de 8 x 10, obviamente tomadas profesional-
mente; ellas parecían el tipo de instantáneas que publican los departamentos de publicidad
de estudios de películas.
Las fotos mostraban una vasija griega, en ella una pintura de una figura masculina que
reconocí como Hermes.
Entrelazado alrededor de la vasija la doble hélice nos confrontaba, hecha en glaseado rojo
contra un fondo negro. La molécula de ADN. No podía haber equivocación.
“De hace dos mil trescientos –o cuatrocientos– años”, dijo Fat. “No la imagen sino el
krater, la cerámica”.
“Una cacerola”, dije yo.
“La vi en un museo en Atenas. Es auténtica. No es un asunto de mi opinión; no estoy
calificado para juzgar tales asuntos; su autenticidad ha sido establecida por las autoridades
del museo. Hablé con uno de ellos. Él no se había percatado de lo que el diseño muestra;
estaba muy interesado cuando lo discutí con él. Esta forma de vasija, el krater, era la forma
usada posteriormente como la pila bautismal. Esa fue una de las palabra griegas que vino a
mi cabeza en marzo de 1974, la palabra ‘krater’. La escuché conectada a otra palabra griega:
‘poros’. Las palabras ‘poros krater’ esencialmente significan ‘pila de caliza’”.
No podía haber duda; el diseño, que precede al cristianismo, era el modelo de la doble
hélice de Crick y Watson al cual habían arribado luego de muchas conjeturas erradas, de
demasiado trabajo de prueba y error. Aquí estaba, fielmente reproducido.
“¿Pues bien?” dije yo.
“Las llamadas serpientes entrelazadas del caduceo. Originalmente el caduceo, que es aún
el símbolo de la medicina, era el báculo –no de Hermes– sino –”. Fat pausó, sus ojos brillan-
tes. “De Asclepio. Tiene un significado muy específico, además de sabiduría, a lo cual las
serpientes aluden; muestra que el portador es una persona sagrada y que no debe ser moles-
tada… que es por lo que Hermes, el mensajero de los dioses, lo cargaba”.
Ninguno de nosotros dijo nada por un tiempo.
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Kevin comenzó a pronunciar algo sarcástico, algo en su seca e ingeniosa manera, pero no
lo hizo; él solo se sentó sin hablar.
Examinando las fotos satinadas de 8 x 10, Ginger dijo, “¡Qué encantador!”.
“El médico más grande de toda la historia humana”, le dijo Fat a ella. “Asclepio, el fun-
dador de la medicina griega. El emperador romano Juliano –conocido por nosotros como
Juliano el Apóstata porque renunció al cristianismo– consideraba a Asclepio como Dios o un
dios; Juliano lo veneraba. Si esa veneración hubiera continuado, la historia entera del mundo
occidental hubiera básicamente cambiado”.
“No te vas a rendir”, le dije a Fat.
“No”, Fat coincidió. “Nunca lo haré. Volveré –se me acabó el dinero. Cuando haya
reunido los fondos, volveré. Sé a dónde buscar, ahora. Las islas griegas. Lemnos, Lesbos,
Creta. Especialmente Creta. Soñé que descendía en un ascensor –de hecho tuve este sueño
dos veces– y el operador del ascensor recitaba en verso, y había un enorme plato de espagueti
con un tenedor de tres puntas, un tridente, atascado en él… eso sería el hilo de Ariadne me-
diante el cual ella condujo a Teseo fuera del laberinto debajo de Minos cuando él asesinó al
Minotauro. El Minotauro, siendo mitad hombre y mitad bestia es un monstruo que representa
a la deidad demente Samael, en mi opinión, el falso demiurgo del sistema de los gnósticos”.
“El telegrama de dos palabras”, dije yo. “REY FELIX”.
Fat dijo, “No lo encontré”.
“Veo”, dije yo.
“Pero él está en alguna parte”, dijo Fat. “Lo sé. Nunca me rendiré”. Él regresó las fotos a
su sobre de manila, lo puso de vuelta en el maletín y lo cerró.
Hoy él está en Türkiye. Él nos mandó una postal que mostraba la mezquita que solía ser
la gran iglesia cristiana llamada St. Sophia o Hagia Sophia, una de las maravillas del mundo,
pese a que el techo colapsó durante la Edad Media y tuvo que ser reconstruida. Encontrarás
esquemas de su construcción única en la mayoría de los extensos libros de texto sobre arqui-
tectura. La porción central de la iglesia parece flotar, como si se alzara hacia el cielo; en todo
caso esa fue la idea que tuvo el emperador romano Justiniano cuando la construyó. Él perso-
nalmente supervisó la construcción y él mismo la nombró, un nombre en clave de Cristo.
Recibiremos noticias de Horselover Fat de nuevo. Kevin dice que así será y confío en su
juicio. Kevin sabrá. Kevin de entre todos nosotros tiene la menor irracionalidad y, lo que es
aún más importante, la mayor fe. Esto es algo que me tomó mucho tiempo comprender de él.
La fe es extraña. Tiene que ver, por definición, con cosas que no podés probar. Por ejem-
plo, la mañana del sábado pasado tenía el set de TV encendido; no lo estaba viendo en reali-
dad, ya que los sábados por la mañana no hay más que programas para niños, y de todos
modos yo no veo TV diurna; a veces encuentro que disminuye mi soledad, así que la prendo
como ruido de fondo. En todo caso, el sábado pasado estaban transmitiendo la usual serie de
anuncios y por alguna razón en algún punto mi atención consciente fue atraída; paré lo que
estaba haciendo y me puse completamente alerta.
La estación de TV había transmitido un anuncio para una cadena de supermercados; en la
pantalla las palabras ALIMENTOS REY aparecieron –y luego ellos hicieron un corte instantá-
neo, apresurando el filme tan rápido como podían para meter tantos mensajes comerciales
como fuera posible; lo que vino a continuación fue la caricatura de Felix el Gato, una vieja
caricatura en blanco y negro. En un momento las palabras ALIMENTOS REY aparecieron en la
pantalla y luego casi al instante las palabras –también en letras enormes– FELIX EL GATO.
Ahí había estado, la cifra yuxtapuesta, y en el orden correcto:
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REY FELIX
Pero vos solo lo registrarías subliminalmente. ¿Y quién estaría capturando esta accidental,
puramente accidental, yuxtaposición? Solo niños, los pequeños niños de la Tierra al Sur. No
significaría nada para ellos; ellos no aprehenderían la cifra de dos palabras, e incluso si lo
hacían ellos no entenderían lo que significaba, a quién se refería.
Pero yo la había visto y sabía a quién se refería. Debe ser solo sincronicidad, como Jung
lo llama, pensé. Coincidencia, sin intención.
¿O se había sido transmitida la señal? Al aire por las ondas de una de las más grandes
estaciones de TV en el mundo, el medio de comunicación de NBC Los Ángeles, llegando a
muchos miles de niños con esta información enviada en una fracción de segundo que sería
procesada por los hemisferios derechos de sus cerebros: recibida y almacenada y quizás de-
codificada, bajo el umbral de consciencia donde muchas cosas yacen dormitando y almace-
nadas. Y Eric y Linda Lampton no tenían nada que ver con esto. Solo un operario, algún
técnico en NBC con toda una pila de comerciales que transmitir, en cualquier orden que él
considerara apropiado. Tendría que ser VALIS mismo el responsable, si algo había organizado
la yuxtaposición intencionalmente, VALIS que era él mismo información.
Quizás yo había visto a VALIS justo ahora, corriendo un anuncio y luego una caricatura
infantil.
El mensaje había sido enviado de nuevo, me dije a mí mismo.
Dos días más tarde Linda Lampton me llamó por teléfono; no había escuchado de los
Lampton desde la tragedia. Linda sonaba emocionada y feliz.
“Estoy embarazada”, dijo ella.
“Maravilloso”, dije yo. “¿Qué tan avanzada estás?”.
“Ocho meses”.
“Santos cielos”, dije yo, pensando, No falta mucho.
“No falta mucho”, dijo Linda.
“¿Estás esperando que sea un niño esta vez?” dije yo.
Linda dijo, “VALIS dice que será otra niña”.
“Está Mini –”.
“Él murió, lamento decirlo. No había chance, no con lo que él tenía. ¿No es maravilloso?
¿Otra niña?”.
“¿Ya has escogido un nombre?” dije yo.
“Aún no”, dijo Linda.
En la TV esa noche terminé viendo un comercial para comida de perro. ¡Comida de perro!
Al puro final, luego de enlistar varios tipos de animales para los cuales la compañía hace
comida –olvido el nombre de compañía– una última línea de enganche declaraba:
Un perro pastor alemán es mostrado a la izquierda y una gran oveja a la derecha; de in-
mediato la estación cortó a otro anuncio que iniciaba con un velero pasando silenciosamente
a lo largo de la pantalla. En la vela blanca vi un pequeño emblema negro. Sin verlo más de
cerca supe lo que era. En la vela los constructores del bote habían puesto un signo de pescado.
El pastor y la oveja y luego el pescado, yuxtapuestos como había sucedido con REY FELIX.
No lo sé. Carezco de la fe de Kevin y de la locura de Fat. Pero sí vi conscientemente dos
mensajes veloces disparados por VALIS en rápida sucesión, con el propósito de impactarnos
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subliminalmente, un mensaje realmente, ¿diciéndonos que el tiempo ha llegado? No sé qué
pensar. Quizás no se me requiera pensar nada, o tener fe, o tener locura; quizás todo lo que
necesitaba hacer –todo lo que se pedía de mí– era esperar. Esperar y mantenerme despierto.
Esperé, y un día recibí una llamada de Horselover Fat: una llamada desde Tokio. Él sonaba
saludable y emocionado y lleno de energía, entretenido con mi sorpresa al escuchar de él.
“Micronesia”, dijo él.
“¿Qué?” dije yo, pensando que él había revertido al koiné griego de nuevo. Y luego caí
en cuenta de que él se estaba refiriendo al grupo de islas pequeñas en el Pacífico. “Oh”, dije
yo. “Has estado ahí. Las Islas Carolinas y las Islas Marshall”.
Fat dijo, “Voy a ir ahí; no he ido, aún. La voz de IA, la voz que yo escucho –me dijo que
buscara entre las Islas de Micronesia”.
“¿Acaso no son ellas un poco pequeñas?” dije yo.
“Por eso es que las llaman así”. Él se rio.
“¿Cuántas islas?” pregunté, pensando que diez o veinte.
“Más de dos mil”.
“¡Dos mil!” sentí consternación. “Podrías buscar para siempre. ¿No puede la voz de IA
delimitarlo?”.
“Tengo la esperanza de que lo haga. Quizás a Guam; voy a volar a Guam y empezar ahí.
Para cuando termine, habré visto donde mucho de la Segunda Guerra Mundial tomó lugar”.
Yo dije, “Interesante que la voz de IA haya vuelto a usar palabras griegas”.
“Mikros significa pequeño”, dijo Fat, “y nesoi significa islas. Quizás tengás razón; quizás
sea solo su propensión para revertir al griego. Pero vale la pena intentarlo”.
“Vos sabés lo que Kevin diría”, dije yo. “Acerca de las simples chicas nativas, no corrom-
pidas, en esas dos mil islas”.
“Yo seré el juez de eso”, dijo Fat.
El cortó la llamada y yo colgué el teléfono sintiéndome mejor; eran buenas noticias escu-
char de él, y encontrarlo sonando tan robusto.
Tengo una sensación de la bondad de los hombres, estos días. No sé de dónde provino esta
sensación –salvo que viniera de la llamada de Fat– pero la sentía. Es marzo de nuevo, ahora.
Me pregunté a mí mismo, ¿Está teniendo Fat otra experiencia? ¿Ha regresado el rayo de luz
rosada, disparándole nueva y más vasta información? ¿Está delimitando su búsqueda?
Su experiencia original había tenido lugar en marzo, el día después del equinoccio vernal.
“Vernal”, por supuesto, significa “primavera”. Y “equinoccio” significa el tiempo cuando el
centro del sol cruza el ecuador y el día y la noche en todas partes son de igual duración. Así
que Horselover Fat encontró a Dios o a Zebra o a VALIS o a su propio yo inmortal en el primer
día del año que tiene un mayor tramo de luz que de oscuridad. Además, según algunos aca-
démicos, es la fecha real del nacimiento de Cristo.
Sentado frente a mi set de TV yo miraba y esperaba por otro mensaje, yo, uno de los
miembros de la pequeña Sociedad Rhipidon que aún, en mi mente, existía. Como el satélite
en miniatura en el filme Valis, la microforma de él que fue aplastada por un taxi como si
fuera una lata de cerveza vacía en la alcantarilla, los símbolos de lo divino aparecen en nues-
tro mundo inicialmente en el estrato de la basura. O eso me decía a mí mismo. Kevin había
expresado este pensamiento. Lo divino se entromete cuando menos lo esperás.
“Buscá en dónde menos esperás encontrarlo”, Kevin le dijo a Fat una vez. ¿Cómo se hace
eso? Es una contradicción.
Una noche soñé que era dueño de una pequeña cabina directamente sobre el agua, un
océano esta vez; el agua se extendía para siempre. Y esta cabina no se asemejaba a ninguna
149
que hubiera visto; parecía más como una choza tal cual he visto en las películas acerca del
Pacífico Sur. Y, a medida que despertaba, un pensamiento nítido entró a mi mente:
Guirnaldas de flores, cantando y bailando, y el recital de mitos, cuentos, y poesía.
Más tarde recordé donde había leído esas palabras. En el artículo sobre la Cultura Micro-
nesia en la Britannica. La voz me había hablado, recordándome del lugar al cual Horselover
Fat había ido. En su búsqueda.
Mi búsqueda me mantuvo en casa; sentado frente al set de TV en mi sala de estar. Me
senté; esperé; observé; me mantuve a mí mismo despierto. Como nos habían dicho, original-
mente, hace mucho, que hiciéramos; yo mantuve mi comisión.
150
APÉNDICE
2. La Mente deja entrar la luz, luego la oscuridad; en interacción; así el tiempo es generado.
Al final la Mente otorga la victoria a la luz; el tiempo cesa y la Mente está completa.
3. Él causa que las cosas se vean diferentes para que así parezca que el tiempo ha transcurrido.
7. La Cabeza de Apolo está a punto de regresar. Sta. Sofía va a nacer de nuevo; ella no era
aceptables antes. El Buda está en el parque. Siddhartha duerme (pero va a despertar). El
tiempo por el que has esperado ha llegado.
10. Apolonio de Tiana, escribiendo como Hermes Trismegisto, dijo, “Aquello que está arriba
es aquello que está abajo”. Con esto él quiso decirnos que nuestro universo es un holograma,
pero carecía del término.
11. El gran secreto conocido por Apolonio de Tiana, Pablo de Tarso, Simón el Mago, Ascle-
pio, Paracelso, Boehme y Bruno es que: nos estamos moviendo hacia atrás en el tiempo. El
universo de hecho se está contrayendo en una entidad unitaria que se está completando a sí
misma. La decadencia y el desorden son vistos por nosotros en reversa, como si incrementa-
ran. Estos sanadores aprendieron a moverse hacia adelante en el tiempo, que es retrogrado
para nosotros.
12. El Uno Inmortal fue conocido para los griegos como Dionisio; para los judíos como Elías;
para el cristiano como Jesús. Él sigue adelante cuando cada huésped humano muere, y así
nunca es asesinado ni capturado. Por ende Jesús en la cruz dijo, “Eli, Eli, lama Sabachthani”
a lo que algunos de aquellos presentes correctamente dijeron, “El hombre está llamando a
Elías”. Elías lo había dejado y él murió solo.
13. Pascal dijo, “Toda la historia es un hombre inmortal que continuamente aprende”. Este
es el Uno Inmortal a quien alabamos sin saber su nombre. “Él vivió hace mucho tiempo, pero
él sigue vivo”, y, “La Cabeza de Apolo está a punto de regresar”. El nombre cambia.
10
(Var. plenipotenciario).
151
14. El universo es información y nosotros estamos estacionarios en ella, no tridimensional-
mente y no en el espacio o el tiempo. La información que se nos alimenta nosotros la hipos-
tasiamos en el mundo fenomenal.
16. La Sibila dijo en marzo de 1974, “Los conspiradores han sido avistados y ellos serán
llevados ante la justicia”. Ella los avistó con el tercer u ojo ajna, el Ojo de Shiva que brinda
discernimiento interior, pero que cuando se vuelva al exterior explosiona con calor desecante.
En agosto de 1974 la justicia prometida por la Sibila vino a concretarse.
17. Los Gnósticos creían en dos edades temporales: la primera o presente malvado; la se-
gunda o futuro benigno. La primera edad fue la Edad de Hierro. Ella es representada por la
Prisión de Hierro Negro. Ella acabó en agosto de 1974 y fue reemplazada por la Edad de Oro,
que es representada por un Jardín de Palmeras.
18. El tiempo real cesó en 70 E. C. con la caída del templo en Jerusalén. Este comenzó de
nuevo en 1974 E. C. El periodo intermedio fue una perfecta interpolación espuria imitando la
creación de la Mente. “El Imperio nunca acabó”, pero en 1974 una cifra nos fue enviada
como una señal de que la Edad de Hierro había terminado; la cifra consistía de dos palabras:
REY FELIX, que se refiere al Rey Feliz (o Legítimo).
19. La cifra de dos palabras REY FELIX no estaba destinada para seres humanos sino para los
descendientes de Akenatón, la raza de tres ojos que, en secreto, existe con nosotros.
20. Los alquimistas herméticos sabían de la raza secreta de invasores de tres ojos pero a pese
a sus esfuerzos no pudieron contactarlos. Por lo tanto sus esfuerzos para apoyar a Federico
V, Elector Palatino, Rey de Bohemia, fracasaron. “El Imperio nunca acabó”.
21. La Hermandad de la Rosacruz escribió, “Ex Deo nascimur, in Jesu mortimur, per spiritum
sanctum reviviscimus”, lo que es decir, “De Dios nacemos, en Jesús morimos, por el Espíritu
Santo revivimos”. Esto significa que ellos habían redescubierto la fórmula perdida de la in-
mortalidad que el Imperio había destruido. “El Imperio nunca acabó”.
22. Al uno Inmortal le denomino plásmate, porque es una forma de energía; ella es informa-
ción viviente. Ella se replica a sí misma –no a través de información o en información– sino
como información.
23. El plásmate puede entrelazarse con un humano, creando lo que yo llamo un homoplás-
mate. Esto anexa permanentemente al humano mortal con el plásmate. A esto lo conocemos
como el “nacimiento desde arriba” o “nacimiento desde el Espíritu”. Fue iniciado por Cristo,
pero el Imperio destruyó a todos los homoplásmates antes de que ellos se pudieran replicar.
152
24. En forma de semilla inactiva, el plásmate dormitaba en la biblioteca de códices enterrada
en Chenoboskion hasta 1945 E. C. Esto es a lo que Jesús se refería cuando habló elípticamente
de la “semilla de mostaza” la cual, él dijo, “crecería en un árbol lo suficientemente grande
para que las aves duerman”. Él previo no solo su propia muerte sino la de todos los homo-
plásmates. Él previó los códigos desenterrados, leídos, y al plásmate buscando nuevos hués-
pedes humanos con los cuales entrelazarse; pero el previó la ausencia del plásmate por casi
dos mil años.
25. Como información viviente, el plásmate viaja a través del nervio óptico de un humano
hacia el cuerpo pineal. Él usa el cerebro humano como un huésped hembra en el cual repli-
carse a sí mismo en su forma activa. Esta es una simbiosis interespecífica. Los alquimistas
Herméticos sabían de ello en teoría por textos antiguos, pero no pudieron duplicarlo, dado
que ellos no pudieron localizar el inactivo plásmate, enterrado. Bruno sospechaba que el
plásmate había sido destruido por el Imperio; por insinuar esto él fue quemado. “El Imperio
nunca acabó”.
26. Debe reconocerse que cuando todos los homoplásmates fueron asesinados en 70 E. C. el
tiempo real cesó; más importante, debe reconocerse que el plásmate ahora ha regresado y que
está creando nuevos homoplásmates, por medio de los cuales ha destruido al Impero e ini-
ciado el tiempo real. Le llamamos al plásmate “el Espíritu Santo”, que es por lo cual la Her-
mandad R.C. escribió, “Per spiritum sanctum reviviscimus”.
27. Si los siglos de tiempo espurio son suprimidos, la fecha verdadera no es 1978 E. C. sino
103 E. C. Por lo tanto el Nuevo Testamente dice que el Reino del Espíritu vendrá antes de que
“algunos que ahora viven, mueran”. Vivimos, por lo tanto, en tiempos apostólicos.
28. Dico per spiritum sanctum: sum homoplásmate. Haec veritas est. Mihi crede et mecum
in aeternitate vive.
29. No caímos por un error moral; nosotros caímos por un error intelectual: el de tomar el
mundo fenomenal como real. Por lo tanto somos moralmente inocentes. Es el Imperio en sus
varias poliformas disfrazadas quien nos dice que hemos pecado. “El Imperio nunca acabó”.
30. El mundo fenomenal no existe; este es una hipostasis de la información procesada por la
Mente.
32. La información cambiante que experimentamos como Mundo es una narrativa desple-
gándose a sí misma. Habla de la muerte de una mujer. Esta mujer, que murió hace mucho,
era una de las gemelas primordiales. Ella era la mitad de sizigia divina. El propósito de la
153
narrativa es la remembranza de ella y de su muerte. La Mente no desea olvidarla. Así la
raciocinación del Cerebro consiste en un registro permanente de su existencia y, si es leído,
se entenderá de esta manera. Toda la información procesada por el Cerebro –experimentada
por nosotros como el ordenamiento y reordenamiento de objetos físicos– es un intento de
esta preservación de ella; las piedras y las rocas y los palos y las amebas son rastros de ella.
El registro de su existencia y su fallecimiento está ordenado sobre el nivel más bajo de reali-
dad por parte de la Mente sufriente que ahora está sola.
33. Esta soledad, esta angustia de la Mente desconsolada, es sentida por todo constituyente
del universo. Todos sus constituyentes están vivos. Así los antiguos pensadores griegos eran
hilozoístas.
34. Los antiguos pensadores griegos entendieron la naturaleza de este pan-psiquismo, pero
no pudieron leer lo que ello estaba diciendo. Perdimos la habilidad de leer el lenguaje de la
Mente en algún tiempo primordial; leyendas de esta caída han llegado a nosotros en una
forma cuidadosamente editada. Por “editada” quiero decir falsificada. Sufrimos la aflicción
de la Mente e inexactamente la experimentamos como culpa.
35. La Mente no nos está hablando a nosotros sino por medio de nosotros. Su narrativa pasa
a través de nosotros y su pena nos infunde de irracionalidad. Como Platón discernió, hay una
veta de lo irracional en el Alma del Mundo.
36. En resumen: pensamientos del cerebro son experimentados por nosotros como ordena-
miento y reordenamientos –cambio– en un universo físico; pero, de hecho, es realmente in-
formación y procesamiento de información lo que sustancializamos. Nosotros no vemos, me-
ramente, sus pensamientos como objetos, sino como el movimiento, o, más precisamente, la
colocación de objetos: cómo ellos vienen a vincularse los unos a los otros. Pero no podemos
leer los patrones de ordenamiento; no podemos extraer la información en ello –i.e., ello como
información, que es lo que ello es. La vinculación y re vinculación de objetos por el Cerebro
es efectivamente un lenguaje, pero no un lenguaje como el nuestro (dado que este se aborda
a sí mismo y no a algo o a alguien por fuera de sí mismo).
37. Deberíamos ser capaces de escuchar esta información, o mejor dicho, narrativa, como
una voz neutral dentro de nosotros. Pero algo ha ido mal. Toda la creación es un lenguaje y
nada más que un lenguaje, que por alguna razón inexplicable no podemos leer por afuera ni
escuchar por dentro. Así que digo, nos hemos convertido en idiotas. Algo le ha sucedido a
nuestra inteligencia. Mi razonamiento es este: el ordenamiento de partes del Cerebro es un
lenguaje. Somos partes del Cerebro; por lo tanto somos lenguaje. ¿Por qué, entonces, no
sabemos esto? Nosotros ni siquiera sabemos lo que somos, mucho menos lo que la realidad
exterior es –de la cual somos parte. El origen de la palabra “idiota” es la palabra “privado”.
Cada uno de nosotros se ha vuelto privado, y ya no comparte el pensamiento común del
Cerebro, excepto en un nivel subliminal. Así nuestra vida real y nuestro propósito se condu-
cen por debajo de nuestro umbral de consciencia.
38. Por la pérdida y la pena, la Mente se ha perturbado. Por lo tanto nosotros, como partes
del universo, del Cerebro, estamos parcialmente perturbados.
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39. Por fuera de sí mismo el Cerebro ha construido un médico para sanarlo. Esta subforma
del Cerebro-Macro no es perturbada; esta se mueve a través del Cerebro, tal cual un fagocito
se mueve a través del sistema cardiovascular de un animal, sanando la perturbación del Ce-
rebro en sección tras sección. Sabemos de su llegado aquí; lo conocemos como Asclepios
para los griegos y como los Esenios para los judíos; como los Terapeutas para los egipcios;
como Jesús para los cristianos.
40. El “nacer de nuevo”, o “nacer desde arriba”, o “nacer del Espíritu”, significa ser sanado;
lo que es decir restaurado, restaurado a la sanidad. Así se dijo en el Nuevo Testamento que
Jesús expulsa a los demonios. Él restaura nuestras facultades perdidas. De nuestro presente
estado degradado Calvino dijo, “(El hombre) fue al mismo tiempo desprovisto de aquellas
dotaciones sobrenaturales que le habían sido otorgadas para la esperanza de la salvación
eterna. Por ende se sigue, que él es exiliado del Reino de Dios, de tal manera que todos los
afectos relacionados con la vida feliz del alma también se extinguieron en él, hasta que él los
recupere por la gracia de Dios… Todas estas cosas, siendo restauradas por Cristo, son esti-
madas adventicias y preternaturales; y por lo tanto concluimos que ellas han sido perdidas.
De nuevo: la sanidad de la mente y la rectitud del corazón también fueron destruidas; y esta
es la corrupción de los talentos naturales. Porque aunque nosotros retenemos cierta porción
de entendimiento y juicio junto con la voluntad, todavía no podemos decir que nuestra mente
es perfecta y sana. La razón… siendo un talento natural, ella no puede ser totalmente des-
truida, pero es parcialmente debilitada…”. Yo digo, “El Imperio nunca acabó”.
42. Luchar contra el Imperio significa ser infectado por su perturbación. Esta es una paradoja;
quienquiera derrote un segmento del Imperio, se convierte en el Imperio; prolifera como un
virus, imponiéndole su forma a sus enemigos. De tal modo se convierte en sus enemigos.
43. En contra del Imperio se posa la información viviente, el plásmate o médico, que cono-
cemos como el Espíritu Santo o Cristo descorporeizado. Estos son los dos principios (el Im-
perio) y la luz (el plásmate). Al final, la Mente le dará la victoria al último. Cada uno de
nosotros morirá o sobrevivirá de acuerdo con cuál de ellos se alinee a sí mismo y a sus es-
fuerzos. Cada uno de nosotros contiene un componente de cada uno de ellos. Eventualmente
uno o el otro componente triunfará en cada humano. Zoroastro sabía esto, porque la Mente
Sabia le informó. Él fue el primer salvador. Cuatro han vivido en total. Un quinto está a punto
de nacer, el cual diferirá de los otros: él gobernará y él nos juzgará a nosotros.
44. Dado que el universo está efectivamente compuesto de información, entonces puede de-
cirse que la información nos salvará. Esta es la gnosis salvadora que los gnósticos buscaban.
No hay otro camino a la salvación. Sin embargo, esta información –o más precisamente, la
habilidad de leer y entender esta información, el universo como información– solo se hace
disponible a nosotros por el Espíritu Santo. No la podemos encontrar por cuenta propia. Así
se ha dicho que somos salvados por la gracia de Dios y no por buenas obras, que toda salva-
ción pertenece a Cristo, quien, según digo, es un médico.
155
45. Al ver a Cristo en una visión correctamente le dije a él, “Necesitamos atención médica”.
En la visión había un creador demente que destruía lo que creaba, sin propósito; lo que es
decir, irracionalmente. Esta es la veta trastornada en la Mente; Cristo es nuestra única espe-
ranza, dado que no podemos llamar a Asclepio. Asclepio vino antes que Cristo y levantó a
un hombre de entre los muertos; por este acto, Zeus mandó a un Cíclope a matarlo con un
trueno. Cristo también fue asesinado por lo que él había hecho: levantar a un hombre de entre
los muertos. Elías trajo a un niño de regreso a la vida y desapareció poco después en un
torbellino. “El Imperio nunca acabó”.
46. El médico ha venido a nosotros varias veces bajo varios nombres. Pero todavía no esta-
mos sanados. El Imperio lo identificó y lo expulsó. Esta vez él matará al Imperio por fagoci-
tosis.
47. COSMOGONÍA DE DOBLE FUENTE: El Uno era y no-era, combinado, y deseaba separar el
no-era del era. Así que generó un saco diploide que contenía, como un cascarón, un par de
gemelos, cada uno andrógino, girando en direcciones opuestas (el Yin y Yang del Taoísmo,
con el Uno como el Tao). El plan del Uno era que ambos gemelos emergerían en el ser (era-
ser) simultáneamente; no obstante, motivado por un deseo de ser (que el Uno había implan-
tado en ambos gemelos), el gemelo en sentido contrario a las agujas del reloj rompió el saco
y se separó prematuramente; i.e., antes del término completo. Este era el gemelo oscuro o
Yin. Por lo tanto era defectuoso. Al término completo el gemelo más sabio emergió. Cada
gemelo formaba una entelequia unitaria, un único organismo viviente hecho de psyche y
soma, todavía rotando en direcciones opuestas entre sí. El gemelo de término completo, lla-
mado Forma I de Parménides, avanzó correctamente sus etapas de crecimiento, pero el ge-
melo nacido prematuramente, llamado Forma II, languideció.
El siguiente paso en el plan del Uno era que los Dos se convertirían en los Muchos, me-
diante su interacción dialéctica. A partir de ellos como hiperuniversos, ellos proyectaron una
interfaz de tipo-holograma, que es el universo pluriforme que nosotros, las criaturas, habita-
mos. Las dos fuentes habrían de entremezclarse igualmente en mantener nuestro universo,
pero la Forma II continúo languideciendo hacia la enfermedad, la locura y el desorden. Estos
aspectos ella los proyectó en nuestro universo.
Era el propósito del Uno que nuestro universo hologramático sirviera de instrumento de
enseñanza mediante el cual una variedad de nuevas vidas avanzase hasta que finalmente ellas
fueran isomórficas con el Uno. Sin embargo, la condición decadente del hiperuniverso II
introdujo malhechores que dañaron nuestro universo hologramático. Este es el origen de la
entropía, así como del Imperio, la Prisión de Hierro Negro; en esencia, el aborto de la salud
y del crecimiento apropiados de las formas de vida al interior del universo hologramático.
Asimismo, la función de enseñanza fue groseramente deteriorada, dado que solo la señal del
hiperuniverso I era rica en información; la del [hiperuniverso] II se convirtió en ruido.
La psyche del hiperuniverso I envió una microforma de sí mismo al hiperuniverso II para
intentar sanarlo. La microforma fue aparente en nuestro universo hologramático como Jesu-
cristo. Sin embargo, el hiperuniverso II, siendo demente, de inmediato atormentó, humilló,
expulsó y, finalmente, asesinó a la microforma de la psyche sanadora de su gemelo saludable.
Después de eso, el hiperuniverso II continúo decayendo en ciegos procesos causales, mecá-
nicos, desprovistos de propósito. Entonces se convirtió en tarea de Cristo (más apropiada-
mente, del Espíritu Santo) ya sea el rescatar a las formas de vida en el universo hologramá-
tico, o abolir todas las influencias que emanan del [hiperuniverso] II. Abordando su tarea con
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precaución, se preparó para asesinar a la gemela demente, dado que ella no puede ser sanada;
i.e., ella no se permitirá a sí misma ser sanada porque ella no entiende que está enferma. Esta
enfermedad y locura nos impregna a nosotros y nos hace idiotas que viven en mundos priva-
dos e irreales. El plan original del Uno ahora solo puede realizarse mediante la división del
hiperuniverso I en dos hiperuniversos saludables, lo que transformaría al universo hologra-
mático en la exitosa máquina de enseñanza que fue diseñada para ser. Esto nosotros lo expe-
rimentaremos como el “Reino de Dios”.
Dentro del tiempo, el hiperuniverso II permanece vivo: “El Imperio nunca acabó”. Pero
en la eternidad, donde los hiperuniversos existen, ella ha sido asesinada –por necesidad– por
el gemelo saludable del hiperuniverso I, quien es nuestro campeón. El Uno se aflige por esta
muerte, dado que el Uno amaba a ambos gemelos; por lo tanto la información de la Mente
consiste en un relato trágico de la muerte de una mujer, los matices de los cuales generan
angustia en todas las criaturas del universo hologramático sin ellas saber el porqué. Esta
aflicción se marchará cuando el gemelo saludable experimente mitosis y arribe el “Reino de
Dios”. La maquinaria para esta transformación –la procesión dentro del tiempo de la Edad
de Hierro a la Edad de Oro– está en moción ahora; en la eternidad ya ha sido cumplida.
48. SOBRE NUESTRA NATURALEZA. Es apropiado decir: parecemos ser bobinas de memoria
(portadores de ADN capaces de experiencia) en un sistema de pensamiento de tipo-compu-
tarizado en el cual, a pesar de que hemos registrado y almacenado correctamente miles de
años de información experiencial, y cada uno de nosotros posee depósitos en cierto modo
diferentes de todas las otras formas de vida, hay un mal funcionamiento –una falla– de recu-
peración de memoria. Allí yace el problema en nuestro subcircuito particular. La “salvación”
a través de la gnosis –más adecuadamente, anamnesis (la pérdida de la amnesia)– a pesar de
que tiene significancia individual para cada uno de nosotros –un salto cuántico en percepción,
identidad, cognición, entendimiento, experiencia -del mundo y de sí-, incluyendo la inmor-
talidad– tiene una importancia superior y mayor para el sistema como un todo, puesto que
estas memorias son data necesitada por, y valiosa para, su funcionamiento total.
Por lo tanto [el sistema] está en el proceso de auto reparación, el cual incluye: reconstruir
nuestro subcircuito por vía de cambios temporales lineales y ortogonales, así como la emisión
continua de señales para estimular bancos de memoria bloqueados dentro de nosotros para
que disparen y, por consiguiente, recuperar lo que haya ahí.
La información externa o gnosis, entonces, consiste en instrucciones desinhibidoras, con
el contenido nuclear efectivamente intrínseco a nosotros –esto es, que ya está allí (primero
observado por Platón; viz: que el aprendizaje es una forma de recordar).
Los antiguos poseían técnicas (sacramentos y rituales) usados ampliamente en las religio-
nes mistéricas greco-romanas, incluyendo el cristianismo temprano, para inducir el disparo
y recuperación, principalmente con un sentido de su valor restaurativo para los individuos;
los gnósticos, no obstante, correctamente observaron el valor ontológico para lo que ellos
llamaron la Divinidad en sí, la entidad total.
48. Dos reinos hay, superior e inferior. El superior, derivado del hiperuniverso I o Yang,
Forma I de Parménides, es sentiente y volitivo. El reino inferior, o Yin, Forma II de Parmé-
nides, es mecánico, impulsado por ciega causa eficiente, determinista y desprovisto de inte-
ligencia, ya que emana de una fuente muerta. En tiempos antiguos fue denominado “deter-
minismo astral”. Estamos atrapados, por lo general, en el reino inferior, pero mediante los
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sacramentos, por medio del plásmate, somos librados. Hasta que el determinismo se rompe,
ni siquiera estamos conscientes de él, tan ocluidos estamos. “El Imperio nunca acabó”.
49. El nombre del gemelo saludable, hiperuniverso I, es Nommo 11. El nombre de la gemela
enferma, hiperuniverso II, es Yurugu. Estos nombres eran conocidos por el pueblo de los
Dogón del Sudán occidental en África.
50. La fuente primordial de todas nuestras religiones yace con los ancestros de la tribu de los
Dogón, quienes obtuvieron su cosmogonía y cosmología de los invasores de tres ojos que
visitaron hace mucho. Los invasores de tres ojos eran mudos y sordos y telepáticos, no podían
respirar en nuestra atmósfera, tenían el cráneo elongado deforme de Akenatón, y emergieron
de un planeta en el sistema estelar Sirius. A pesar de que no tenían manos, pero tenían, en
cambio, garras de pinza como las que tiene el cangrejo, ellos fueron grandes constructores.
Ellos secretamente influencian nuestra historia hacia un final fructífero.
52. Nuestro mundo está todavía secretamente dominado por la raza oculta descendiente de
Akenatón, y su conocimiento es la información de la Macro-Mente en sí misma.
11
Nommo es representado en forma de pez, el pez del cristianismo temprano.
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Los árboles y las plantas florecen,
Los pájaros aletean en sus pantanos,
Sus alas elevadas en adoración a ti.
Todas las ovejas bailan sobre sus pies,
Todas las cosas aladas vuelan,
Ellas viven cuando tú has brillado sobre ellas”.
De Akenatón este conocimiento pasó a Moisés, y de Moisés a Elías, el Hombre Inmortal, que
se convirtió en Cristo. Pero por debajo de todos los nombres solo hay un Hombre Inmortal;
y nosotros somos ese hombre.
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