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MABI - Monopolios Artificiales Sobre Bienes Intangibles: Beatriz Busaniche, Enrique Chaparro, Et. Al

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C04

MABI - Monopolios artificiales sobre bienes intangibles (parte)


Los procesos de privatización de la vida y el conocimiento

Beatriz Busaniche, Enrique Chaparro, et. al.


Ediciones Fundación Vía libre Córdoba, Argentina

Introducción
Enrique Chaparro
Desde muy antiguo, desde que somos humanidad, venimos produciendo una cantidad de bienes
inmateriales, básicamente producimos socialmente conocimiento en términos generales,
conocimiento científico técnico, o de expresión. Ningún artista puede reivindicar originalidad, cada
cosa que creamos está basada en cosas que otros crearon, toda la expresión científica técnica,
cultural es el resultado de un conjunto de mecanismos de transmisión social.
Este conjunto de conocimientos se ha transmitido tradicionalmente en forma social.
Casi todo lo que conocemos en música probablemente pueda ser rastreado hacia el África
profunda o hacia la India. Si hay algún admirador del blues en la sala, seguramente recordará
que lo que hoy conocemos como blues de los EEUU, originalmente proviene del Centro de África,
de Mali. Si escuchan a los guitarristas de Mali encontrarán que son los mejores bluseros del
planeta, simplemente porque esto es una construcción a la que cada uno ha hecho una pequeña
contribución marginal y esta suma de pequeñas contribuciones marginales es la que ha formado
el conocimiento.
Ahora bien, la sociedad capitalista en la que hoy vivimos necesitó de un proceso de acumulación
originaria del capital. Esta acumulación originaria surgió de expropiar bienes comunes,
básicamente la propiedad común agrícola, que pasó de manos del conjunto, de las comunidades
que usaban las tierras de pastura o labrantía comunes, a apropiación privada. La justificación
filosófica de esto es que es económicamente más eficiente la propiedad privada que la propiedad
común. Términos que están en discusión desde el siglo XV en adelante, por supuesto.
El problema que enfrentamos hoy, en esta era de - déjenme ponerle el título provisorio de
“capitalismo post-industrial” - es que ya no quedan bienes materiales por apropiar, pero hay un
montón de cosas que sí quedan por apropiar, como son los de nominados bienes inmateriales: el
conocimiento, la transmisión de esos conocimientos, las expresiones artísticas, las expresiones de
la cultura en general, se han convertido en materia deseable y apropiable. Así, asistimos hoy a
distintos flancos de un mismo fenómeno de apropiación de los bienes comunes, la privatización
del conocimiento común. Estas tendencias no son nuevas, son relativamente antiguas y nacen de
un conjunto de buenas intenciones - todos ustedes recordarán aquello de las piedras en el camino
del infierno por supuesto.
Hasta la invención de la imprenta, el libro, el conocimiento reflejado en libros se distribuía de
manera más o menos libre pero muy limitada.
No había ningún derecho de copyright sobre los libros en la época en que los monjes los
copiaban a mano, pero había una ineficiencia estructural en copiar un libro a mano. Al monje en
el convento le llevaba muchos meses transcribir de un manuscrito a otro manuscrito.
La reproducción del conocimiento era muy lenta, hasta que en Europa se redescubre la imprenta
de tipos móviles, que ya se conocía en China desde el siglo VII, pero que aparece como
fenómeno industrial con Gutenberg en Europa. A partir de allí, la situación comenzó a cambiar y
ya era posible reproducir conocimiento más rápidamente.
Entonces asistimos a una de las primeras transacciones sociales sobre el conocimiento.
Cada cual cedía un poco y adquiría algo. El conjunto de la sociedad cedíamos nuestro derecho a
reproducir libros libremente, a cambio de permitir una difusión mucho más rápida. El Estado, a su
vez, aumentaba su capacidad de control. El rey, el soberano, otorgando o no un derecho a un
impresor, mejoraba su poder de censura. Finalmente, los impresores ganaban plata que podían
reinvertir en términos de imprimir más material a través de un derecho exclusivo, el derecho a
reproducir determinados materiales escritos.

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Esta transacción funcionaba más o menos bien porque, si bien como sociedad habíamos
renunciado a nuestro derecho a copiar libremente, en realidad, este era un derecho no demasiado
realizable como tal, porque ponernos a copiar era bastante complejo y, por supuesto, el alcance
relativo de los posibles beneficiarios de ese derecho era limitado en una sociedad en donde las
tasas de analfabetismo eran muy altas. Los que quedaban afuera de esta primera etapa eran los
autores, que seguían dependiendo de la buena voluntad de los editores o los mecenas.
A mediados del siglo XVIII, a alguien se le ocurrió que garantizarle a los autores y a los inventores
alguna forma de exclusividad relativa y por tiempo limitado del producto de sus obras o
descubrimientos o invenciones, era una buena forma de estimular la producción del conocimiento.
La Constitución de los EEUU, que es el primer texto constitucional moderno, y es una declaración
política en sí misma que configura el pensamiento liberal de finales del siglo XVIII, declara que el
Congreso tiene la atribución de estimular las artes y las ciencias, concediendo por un tiempo
limitado ciertos derechos exclusivos a los autores e inventores.
Esta es la base de los textos constitucionales que tenemos hoy, incluso para nuestra propia
Constitución Nacional. Los constituyentes que trabajaron en la Constitución Argentina trabajaron
sobre una versión muy mal traducida de la Constitución de los EEUU, por lo que omitieron
aquello del fomento de las artes y las ciencias, tal vez, además, porque habían pasado 70 años
respecto de la Constitución de los EEUU y algunos vientos ya habían cambiado.
Pero la idea base de esto era que si le damos a autores e inventores algún poder de control
sobre su obra, entonces podemos garantizar algún estímulo para que produzcan más y los
independizamos de la voluntad de los editores, los mecenas y los gobiernos, así pueden vivir de
su obra. Este es un experimento político-económico. Como experimento, a lo largo del tiempo
hemos visto que ha fallado miserablemente respecto de las intenciones declamadas, al mismo
tiempo que ha sido usado con intenciones que no eran las originales, esto es, la apropiación de
este conjunto de saber, colectivamente construido pero individualmente asignado, que ha
pasado a las manos de las grandes corporaciones de todos los colores.
De hecho, cuando pasen por alguna librería, hagan el ejercicio de leer las páginas que nadie lee
de los libros: la retiración de la portada y el reverso de la primera página, ahí donde dice
Copyright [algún año] y vean que la proporción de copyright asignada a los editores en
comparación con la de los autores es monstruosamente desfavorable a los autores. O cuando se
fijen en la tapa de un disco, van a ver que el copyright y los derechos de producción no son del
artista sino de la disquera. De hecho, en promedio, un artista cobra de la disquera más o menos
entre el 3 y el 5% del valor de tapa del disco.
Esta transacción, particularmente respecto de la transmisión escrita de las ideas, funcionó más o
menos bien hasta la década del 80, porque se necesitaba cierta capacidad industrial para
reproducir las ideas.
Digamos: montar una imprenta en casa, si bienes factible, no es sencillo y es relativamente
costoso. Todo este aparato y esta transacción social que decíamos al principio, donde todas las
partes más o menos se beneficiaban con alguna ventaja comparativa, se fue verdaderamente a
los caños con la revolución digital.
Ahora copiar tiene un costo marginal que es casi cero. La capacidad de crear sigue estando
limitada a la capacidad de crear de los humanos, pero la capacidad de reproducir el conocimiento
está al alcance de todos. Si yo encuentro un texto interesante, quiero distribuirlo a mis amigos, lo
copio en un mensaje de correo electrónico y lo distribuyo. Si encuentro alguna música que quiero
compartir, o bien se la envío a mis amigos adosada a un mensaje de corre o, o la subo a una red
para compartir música y la distribuyo. El costo para mí y para mis amigos es muy cercano en su
máquina, más algunos electrones que van y vienen y ya. La transacción se ha vuelto sumamente
desfavorable para nosotros como sociedad, ya que nuestro derecho originario a reproducir
libremente el conocimiento es hoy perfectamente realizable.
Así es cómo ahora este desbalance provoca un enorme descalabro de todo el sistema. Pero
además, hay que recordar que frenar la reproducción de información digital es cercano a lo
técnicamente imposible.
De hecho en el mundo digital no existe el concepto de copia. Uno reproduce originales ya que las
copias son indistinguibles del original.
A diferencia del mundo analógico, donde hay una pérdida de calidad entre una generación de
copia y otra, en el mundo digital las copias son absolutamente indistinguibles de los originales, ya
no tenemos el problema de la calidad, ni siquiera problemas de economía de escala en la
reproducción. Sale más o menos lo mismo reproducir 10 mil ejemplares que 10. La transacción
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social que funda la alienación de este derecho social a reproducir el conocimiento ha terminado, y
ha terminado con fenómenos que vemos todos los días. Todos nos bajamos música de algún lado
y no consideramos que esto sea un grave delito.
Los que consideran que esto es un grave delito son los productores fonográficos, ni siquiera los
artistas. Muchos artistas consideran que a mayor difusión mejor, porque la mayoría de los artistas
no ganan plata de los discos sino de los recitales, o de los conciertos y las presentaciones en
vivo. Los discos son su fuente de difusión, pero su fuente de ingresos suelen ser las
presentaciones en público.
Entonces, ¿quién pierde con esta transacción? Los que están anclados en el modelo antiguo, los
dueños de los derechos. Por esta razón, los dueños de derechos se han puesto de punta de
modo tal que avanzaron primero en un sentido: lo que originalmente era una transacción de tipo
comercial, el intercambio de un bien por un cierto monto de dinero, ha pasado a la esfera penal.
Los detentores de los derechos de autor han alienado el poder de coerción del estado para
resolver un conflicto comercial. Fotocopiar libros o copiar discos es delito. Ya no e s más un
problema de la esfera del derecho civil o del derecho comercial, sino que ha pasado de manera
más o menos tremendista a la esfera del derecho penal.
Y además se ha inventado una neolengua a tales efectos, el newspeak del que nos hablaba
George Orwell en su novela “19 84”, como por ejemplo la palabra “piratería”. Piratería, amigos
míos, es el acto de tomar naves en el mar. Comparar esto con el acto solidario de pasarle una
canción que a mí me gusta a un amigo es un acto de propaganda de guerra. La definición de
piratería como tal no es inocente, están comparando un acto característico de salvajismo con un
comportamiento que se ha convertido en comportamiento usual de la sociedad.
Claro, la razón de esto es no sólo conservar el terreno ganado en términos de apropiación del
conocimiento social, sino además ganar más terreno, lo que implica avanzar con la apropiación
privada de otras formas de conocimiento que han sido tradicionales y sociales. Lo más
preocupante en este aspecto es la apropiación sobre la vida, sobre la información genética, sobre
los procesos de transformación de semillas. El maíz es un ejemplo característico de esto.
Ustedes saben que el maíz no existe en la naturaleza, no existe un maíz salvaje. El maíz es un
esfuerzo de bioingeniería que los indígenas de Mesoamérica realizaron durante centenares y
miles de años, y difundieron libremente de un extremo a otro de América. Invasión colonial
mediante, el maíz terminó difundiéndose por el resto del mundo, y es hoy una de las bases
alimentarias del planeta. Esto fue un trabajo de bioingeniería (no confundir con ingeniería
genética) que llevó muchos años y muchos esfuerzos, y a nadie se le ha ocurrido pagarle
patentes a los indígenas de Mesoamérica.
Imaginen si los indígenas fueran Monsanto.
Y por supuesto que Monsanto tampoco está dispuesto a reconocérselo.
Pero este proceso de apropiación se ha extendido primero a las semillas y ahora también a otras
formas de vida, a formas de vida orgánicas, lo que los especialistas del área llaman las
biotecnologías verdes y rojas, cuando se refieren a vegetales y animales.
Así es como está planteada la cuestión ahora en términos de mayor apropiación de los bienes
comunes del conocimiento.
Este proceso de apropiación viene asociado, además, con extensiones cada vez mayores de los
plazos de exclusividad. Recuerden que la primera le y de copyright de los EEUU asignaba
derechos exclusivos al autor por 14 años.
Los legisladores de aquel entonces consideraban que 14 años era un tiempo más que razonable
para que el autor tuviera una remuneración justa por la obra que había creado. Progresivamente
se fueron extendiendo a 25, 30, 50, 70 o 90 años.
Es decir que a medida que la economía se fue acelerando, y uno podía esperar que los retornos
de beneficios para el autor fuesen más rápidos, los monopolios de exclusividad se hicieron más
largos, cosa muy curiosa. Yo supongo que la [Link] está más que bien remunerada por las
ventas de Harry Postre y el Flan con Crema1 en los 2 primeros años de la edición. Sin embargo,
sus derechos la van a sobrevivir durante 70, 80 o 90 años. Cosa muy curiosa: se supone que en
economías más eficientes y retornos más veloces, los plazos de monopolios deberían ser
menores, pero ciertamente ha sucedido todo lo contrario.
Ahora, decíamos, por un lado está este nuevo desbalance entre nuestra capacidad social de
reproducir el conocimiento y la avidez de las corporaciones que lo controlan o pretenden

1
NdE: El autor bromea aquí sobre la saga de Harry Potter
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controlarlo. Y esto se da en todos los campos, en el campo de la expresión artística, de la ciencia
y de la tecnología, del desarrollo biológico, con dos fenómenos principales y otros accesorios.
Los dos fenómenos principales, al menos los más conocidos, son el derecho de autor (copyright
en la legislación de los países de habla inglesa: copyright y derechos de autor no son
exactamente lo mismo, pero permítanme que los asimile por un rato, ya que sus consecuencias
prácticas son las mismas), que se aplica a la expresión de las ideas, y patentes por otro. Las
patentes son otro mecanismo de monopolio temporal, que se aplica a los métodos y procesos que
implementan ideas.
Las ideas como tales no son patentables, ni registrables bajo derecho de autor. Mientras
permanecen en la cabeza de alguien no son sujeto de ningún derecho porque están en la esfera
de la intimidad de cada uno. Cuando las ideas se expresan, a partir del momento de su primera
fijación - según dice la Convención de Berna - empiezan a ser sujetos de derecho de autor.
Cuando me pongo a escribir en cualquier parte, adquiero automáticamente derechos sobre todo
aquello que he escrito.
Las patentes son otra clase de sistema que básicamente exige, a cambio del derecho exclusivo de
la explotación de la invención por un tiempo limitado, la publicidad de los detalles técnicos de la
invención. Para patentar algo debo describir con cierto nivel de precisión cuál es el método o el
proceso que estoy patentando.
Tradicionalmente no se habían admitido patentes sobre muchas cosas que se consideraban
preexistentes. Por otro lado, las patentes siguen una serie de criterios. No todo es patentable.
Para que una invención sea patentable, primero debe ser una invención, es decir, algo inventable
y no simplemente un descubrimiento, tiene que ser una creación nueva, con las limitaciones que
decíamos antes de la creación social lo que implica una frontera ciertamente difusa; debe ser no
obvio, es decir, que para un experto en el área de que se trate, la invención no debe ser posible
de deducir automáticamente del estado anterior del arte y de la ciencia; debe emplear fuerzas
controlables de la naturaleza, y debe tener aplicación industrial. Estos son los requisitos para el
otorgamiento de las patentes, requisitos que se han relajado notablemente.
Desde la década de los '80 y particularmente en los '90 surgió una tendencia en los países
centrales a permitir el patentamiento de casi cualquier cosa. Por ejemplo, tradicionalmente, los
algoritmos matemáticos no eran sujeto de patentes, por razones muy bien fundadas. La primera
razón es que un algoritmo matemático no es un invento sino un descubrimiento, la segunda razón
es que un algoritmo matemático implica un valor de verdad, verdad matemática por cierto, que
como ustedes saben es bastante relativa porque la matemática es tautológica, sólo piensa sobre
sí misma.
Si fueran patentables los algoritmos matemáticos, llegaríamos al ridículo de tener que pagar
regalías por afirmar que 2+ 2 es 4. Tampoco son patentables los elementos preexistentes de la
naturaleza, aunque no hubiesen sido descubiertos.
Pero todo esto se salió de madres en los '80s y '90s, y hoy van a encontrar multitudes de patentes
ridículas. Para demostrar las falencias del sistema de patente s, en 2000 o 2001, alguien patentó
un método para hamacarse de costado. La costumbre tradicional es hamacarse de atrás hacia
adelante, cargando y descargando el peso. Esta persona patentó el método de cargar
alternativamente el peso hacia los costados para que la hamaca se balancee de derecha a
izquierda. La patente en cuestión fue objeto de tanta mofa que el año pasado, después de 4 o 5
años, terminó siendo declarada no válida, pero estuvo vigente varios años. En el año 2000,
cuando se modificó el sistema de patentes de Australia, un abogado australiano opuesto a la
reforma presentó una solicitud de patente por algo llamado “dispositivo circular de ayuda a la
locomoción” - la rueda - que por supuesto nadie había patentado antes. En realidad, todavía no
se la concedieron, pero bajo el régimen de patentes australiano actual, se obtienen derechos a
partir de la presentación, por medio de un mecanismo de reserva. Se puede ir a la oficina de
patente s australiana con la solicitud más ridícula y se obtienen derechos transitorios sobre
aquello que se propone, al menos hasta que la oficina de patentes lo revise.
A muy grandes pinceladas, esta es la escena hoy. Por un lado, el ansia de apropiación de un
espacio antes no mercantilizado en el cual se produce un proceso de mercantilización; un proceso
de expropiación del patrimonio común, como antes lo fue con las tierras de pastura, hoy lo es con
el conocimiento, en beneficio de un segundo salto de acumulación de la sociedad del capitalismo
industrial. Ahora saltamos a lo que bautizamos provisoriamente como capitalismo post-industrial,
cuyos márgenes de rentabilidad son ultrajantes respecto de la producción de bienes.
Permítanme poner un ejemplo de esto.
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Los márgenes de utilidad de la industria farmacéutica, cada vez que lanzan al mercado un nuevo
medicamento, están alrededor del 500 %. Es decir que el costo de producción del medicamento
es una quinta o una séptima parte del costo al que llega a los consumidores.
Ustedes me dirán “pacientes”, pero acá se ha creado una industria del consumo de
medicamentos. Un dato interesante es que la Argentina es uno de los mayores consumidores per
cápita de psicotrópicos del planeta, somos una sociedad movida a Rivotril y Lexotanil, que
pueden adquirirse impunemente en las farmacias. Lo cierto es que ahí está puesto el interés de
las corporaciones farmacéuticas.
En el mundo de software pasa más o menos lo mismo. El programa estrella de la corporación
Microsoft, su suite de oficina, cuesta alrededor del 15% de la utilidad total que genera, que es del
orden del 500 %. Lo curioso es que si uno analiza los números de la industria farmacéutica y la
industria del software, encuentra otras sorprendentes coincidencias. Por ejemplo, que el mayor
gasto de ambas industrias no está en investigación y desarrollo, sino en marketing.
Y claro, seguimos con las coincidencias, la industria farmacéutica y la industria del software usan
“vectores” para transmitir su esquema de ventas a la sociedad. En la industria farmacéutica es el
médico, la muestra gratis, pequeños sobornos cotidianos tales como regalar un viaje a Aruba al
médico que más receta cierto medicamento, o algún otro souvenir como una lapicera o un
cenicero con la marca de un jarabe para la tos.
La industria del software aprendió mucho de la industria farmacéutica y también tiene sus
vectores. En este caso, usa el sistema educativo como vector. La generosidad de las
corporaciones de software en diseñar planes con el ministerio de educación es generosidad para
consigo mismos, es usar el sistema educativo como factor de transmisión hacia la sociedad, es
decir, usar a quienes enseñan para que transmitan a nuestros hijos un sistema de valores donde
un procesador de textos está asociado a una marca comercial determinada o una planilla de
cálculo es de una marca comercial determinada. Como bien diría Carlos Marx, crear un ejército
industrial de reserva, y lo estamos creando con fondos públicos.
¿Cuánto pone la corporación Microsoft para que enseñemos en nuestras escuelas a usar Word?
¿Pondrá 200 mil dólares al año? ¿Cuánto pone? Lo cierto es que el resto lo ponemos nosotros,
los ciudadanos, con nuestros impuestos. Cosa muy curiosa, de las que ocurren hoy en día, en
este escenario que estamos apenas tratando de dibujar esta mañana.

¿Por qué no hablamos de propiedad intelectual?


Beatriz Busaniche
La expresión “Propiedad Intelectual” se ha popularizado para nombrar a una serie de marcos
jurídicos que regulan monopolios artificiales sobre expresiones de ideas, marcas, denominaciones
de origen y varias otras cosas de dispar naturaleza. Así, esta expresión pretende resumir, bajo un
mismo rótulo, mecanismos jurídicos de naturaleza diferente, que difícilmente podrían ser
asimilables entre sí, mucho menos al concepto de “propiedad”.
Dada la naturaleza inmaterial, intangible y no rival de los bienes de los que tratamos aquí, es
difícil aplicarles el concepto de propiedad tal como se aplica a bienes tangibles y materiales de
naturaleza rival. La base de la cuestión se resume en el viejo dicho de que “si tengo una
manzana y te la doy, dejo de tener la manzana, mientras que si tengo una idea y la comparto
contigo, los dos la tenemos sin perjuicio para ninguno”. A esto nos referimos cuando hablamos de
bienes no rivales: a bienes que pueden ser compartidos sin que se consuman o se agoten.
Es por eso que hablamos de ciertos derechos, generalmente monopólicos, otorgados de forma
artificial por un Estado o por algún tipo de marco jurídico internacional, sobre aplicaciones o
expresiones de ideas, por un plazo generalmente limitado de tiempo, y no de “propiedad” en el
sentido clásico del término.
El uso de la expresión “propiedad intelectual” es un intento de asimilar las ideas a los bienes
tangibles, y tiene en sí una carga ideológica que los impulsores de mayores monopolios, e incluso
de la abolición de los límites, favorecen. Es célebre la prédica de Jack Valenti, presidente de la
Motion Pictures Association of America, en favor de asimilar la “propiedad intelectual” a la
propiedad sobre bienes materiales, con la consecuencia directa de la abolición del dominio
público.
En su lista de palabras y expresiones a evitar, la Free Software Foundation dice que “La
expresión “propiedad intelectual” conlleva una asunción oculta: que la forma más normal de

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pensar respecto a todas estas cuestiones dispares es análoga a pensar en objetos físicos y en
nuestras ideas de propiedad física.
Respecto a la copia, esta analogía descuida la diferencia crucial entre objetos materiales e
información: la información puede copiarse y compartirse casi sin esfuerzo, mientras que los
objetos materiales no. Por ello, basar tu pensamiento en esa analogía equivale a ignorar la
diferencia antes mencionada (incluso el sistema legal de los Estados Unidos de América no
acepta por completo esta analogía, debido a que no trata los “derechos de copia” (copyrights)
como derechos de propiedad de objetos físicos).” 2
Entonces, a lo largo de este trabajo trataremos de discernir claramente de qué tipo de monopolio
estamos hablando, y así evitar la confusión que crea caer en la generalización de regímenes no
uniformes, generalización que sólo beneficia a los impulsores de estos monopolios y a sus
defensores, tales como la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, principal organismo
promotor del concepto y su aplicación en el mundo.
Veamos uno por uno los conceptos jurídicos con los que debemos lidiar los movimientos que
trabajamos en el campo de los monopolios sobre las ideas, el conocimiento y la vida.

Derecho de autor y Copyright


El derecho de autor y el copyright constituyen dos concepciones relativas a la relación de los
autores y editores con sus obras literarias y artísticas, incluyendo programas de computadoras.
El derecho de autor proviene de la familia del derecho continental, particularmente del derecho
francés, mientras que el Copyright proviene del derecho anglosajón (o “common law ”)
El derecho de autor se basa en la idea de un derecho personal del autor, fundado en una forma
de identidad entre el autor y su creación.
El derecho moral está constituido como emanación de la persona del autor: reconoce que la obra
es expresión de ésta, y así se le distingue. Dentro de los derechos morales se incluye el derecho
al reconocimiento de la paternidad de la obra y el derecho del autor a preservar la integridad de la
obra, es decir, a negar la posibilidad de realizar modificaciones sobre la misma.
Por su parte, la protección del copyright se limita estrictamente a la difusión y copia de la obra, sin
considerar atributos morales del autor en relación a la misma, excepto la paternidad; por lo que
sólo asigna derechos que tienen que ve r con la decisión última sobre la utilización, copia y
difusión de una obra.
El marco jurídico global que define las regulaciones de derecho de autor es el convenio de
Berna, uno de los 24 tratados administrados por la Organización Mundial de la Propiedad
Intelectual (OMPI).
El Convenio de Berna data del año 1886, fecha en la que se formuló la primera versión de este
acuerdo que tiene algunos lineamientos centrales a considerar, tales como el reconocimiento de la
obra sin que medie formalidad alguna. En otras palabras, la cobertura jurídica entra e n vigor de
forma automática en el mismo momento de la primera fijación de la obra, sin que sea necesario
trámite burocrático alguno. La obra, si fue realizada en alguno de los países contratantes del
tratado, goza de la misma cobertura en cualquier otro país contratante y por un plazo mínimo
estipulado por el mismo convenio. Así, Berna establece un marco jurídico global de derechos de
autor para todos los países firmantes. Berna constituye un piso y obliga a los países miembros a
respetar una serie de derechos mínimos, pero no impone máximos, por lo que si cualquier país
firmante desea otorgar, por ejemplo, monopolios más extendidos en el tiempo, nada le impide
hacerlo.
Berna es simplemente un marco general mínimo de respeto de derechos entre los países
signatarios.
La cobertura de Berna incluye todas las producciones en el dominio literario, científico y de las
artes en general, sea cual sea su modalidad o forma de expresión. El derecho de autor cubre las
“expresiones de ideas” bajo la forma de obras. Esto significa que las ideas no quedan cubiertas
como tales, sino su expresión en un texto, un dibujo, un diseño, una fotografía, etc.
Entre los derechos que define Berna como exclusivos, y que requieren autorización del autor,
figuran los derechos de traducción, de hacer adaptaciones y arreglos de la obra, de interpretar,
comunicar, difundir y recitar en público o reproducir la obra bajo cualquier modalidad. Todos estos
derechos monopólicos están vigentes por un mínimo de 50 años a partir de la muerte del autor,

2
[Link] IntellectualProperty

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según indica este tratado. Esto, como ya vimos, es el piso fijado por la convención, actualmente
la mayoría de los países firmantes tienen regulaciones de extensión más larga, que alcanzan
incluso los 100 años tras la muerte (México).
Por cierto, vale mencionar que el copyright y los derechos de autor no existieron siempre.
Hubo un largo período en la historia de la humanidad en la cual no sólo no hizo falta un sistema
jurídico de esta naturaleza sino que era literalmente impensado.
En los tiempos en que los copistas medievales transcribían a mano los libros, no tenía ningún
sentido poner límites a la acción de copiar. De hecho, las sociedades no contemplaban ningún
límite al derecho a copiar ya que el límite estaba dado de forma tangible por la técnica necesaria
para hacerlo. En tiempos medievales, leer y escribir era un conocimiento privativo de unos pocos,
mientras que el arte de copiar y reproducir obras era una tare a lo suficientemente compleja para
requerir especialización, al menos cuando se trataba de obras escritas. Otra era la historia en
relación a la difusión de obras orales, que se transmitían de generación en generación sin
limitación alguna.
Así, podemos mencionar que la cuestión del derecho de autor no era un tema central para la
generación de Mozart, como tampoco lo fue para Shakespeare o Cervantes.
No hizo falta copyright para que la humanidad tuviera la Biblia o el Corán, ni tampoco fue
imprescindible el copyright para la creación de los cantos gregorianos o las músicas étnicas, o las
pinturas de Miguel Angel.
No fue sino la llegada de la imprenta la que marcó un antes y un después en este campo. La
inversión requerida para montar estas maquinarias de reproducción de libros hizo que los libreros
de aquel tiempo solicitaran a la corona un sistema que les permitiera mantener cierto monopolio
sobre las obras que publicaban, para tener un margen de tiempo para recuperar la inversión. La
sociedad cedía su derecho a copiar a cambio de tener más y mejores copias.
No parecía una ecuación negativa para la sociedad toda vez que este modelo iba a traer más
publicaciones a un público en el cual la lectura y escritura se estaba diseminando lentamente. Así,
la primera normativa de Copyright que se conoce en el mundo occidental – en Oriente existieron
algunas otras que no tocaremos aquí – fue el Estatuto de la Reina Ana en1710 en Inglaterra. Este
estatuto fijaba un monopolio de 14 años tras la publicación, extensible sólo por 14 años más si el
autor así lo decidía. Pasado ese tiempo la obra ingresaba al dominio público y por tanto, cualquier
otro librero podía reproducirla libremente.
La ecuación parecía conveniente para todos. La sociedad tenía más y mejores libros, los libreros
mantenían vivo su negocio y la corona tenía la potestad de controlar quién publicaba qué.
Poco a poco, todos los países fueron incluyendo este tipo de normativas en sus legislaciones. La
Constitución de los EEUU, modelo de muchas otras constituciones del continente americano,
estipula que el congreso tiene la facultad de fijar monopolios temporales sobre creaciones e
inventos con el fin explícito de fomentar las artes y las ciencias. Esto es lo que se denomina la
“cláusula del progreso”. En ninguno de estos casos se habla de propiedad, sino de derechos por
tiempo limitado.
Como ya vimos, en 1886, con la Convención de Berna, surge el régimen global de derechos del
autor, al que paulatinamente la mayoría de los países adhirieron. Berna ha sido modificado varias
veces en el transcurso de la historia. Hoy otorga un monopolio de 50 años posteriores a la muerte
del autor y cubre obras de todos los campos artísticos incluyendo los programas de computación
en su formato fuente o ejecutable.
Cabe destacar que no existe consenso acerca de que sea razonable aplicar exactamente el
mismo régimen de derecho de autor a un programa de computación que a una pieza musical, ni
acerca de que los programas publicados únicamente en formato ejecutable sean objeto de
derecho de autor.
De Berna se desprenden otros tratados que contemplan el derecho de autor, en particular el
Acuerdo de Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio
(ADPIC) de la Organización Mundial del Comercio.

Derechos Conexos
Un campo particular de derechos relacionados al copyright son los denominados derechos
conexos. Estos derechos son los que no tienen directa relación con los autores en sí mismos, sino
que contemplan los derechos de los intérpretes de las obras, los productores de fonogramas y las

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organizaciones de radiodifusión en general. Estos derechos varían considerablemente de un país
a otro, pero están cubiertos por la Convención de Roma3.
Considerando los derechos de autor y los derechos conexos, podemos ver que una grabación
musical en un disco compacto tendrá por lo menos cuatro coberturas de derechos relacionados al
copyright: los derechos de autor de los músicos, los derechos de autor de los letristas, los
derechos del cantante y los músicos como intérpretes y los derechos del productor o del sello
discográfico como productor del fonograma.

una grabación musical en un disco compacto tendrá por lo menos cuatro coberturas de derechos
relacionados al copyright:
• los derechos de autor de los músicos
• los derechos de autor de los letristas
• los derechos del cantante y los músicos como intérpretes y
• los derechos del productor o del sello discográfico como productor del fonograma.

Derechos de los Rafiodifusores


Según los acuerdos internacionales, los radiodifusores tienen ciertos derechos sobre las obras.
Según el artículo 13 de la Convención de Roma (también administrada por la OMPI), los
radiodifusores tiene el derecho de prohibir (o licenciar) la retransmisión de sus emisiones, la
grabación y la reproducción de las mismas en lugares públicos donde se cobre entrada.
Según la misma convención, el plazo mínimo de protección de los radiodifusores es de 20 años
desde el final del año en el cual la transmisión fue realizada por primera vez.

Derechos de los productores de fonogramas


Un fonograma es una grabación de sonido cuya cobertura legal está detallada en la
Convención de Roma. El productor de un fonograma es la persona, empresa u organización que
realiza la grabación, no aquel que la interpreta. Así, el productor del fonograma tiene el derecho
de impedir la reproducción de la grabación y el derecho de licencia la distribución, alquiler y
ejecución pública de los fonogramas.
Según la convención de Roma, el término mínimo de cobertura es de 20 años, sin embargo, esto
ha sido extendido en el ADPIC, que otorga derechos a los productores de fonogramas por un
tiempo mínimo de 50 años desde la realización de la grabación.

Indicaciones geográficas
Es importante destacar la diferencia entre las indicaciones geográficas y las marcas. En el caso de
las marcas, son signos distintivos usados por personas o empresas para distinguir sus propios
bienes y servicios de los de sus competidores. En cambio, una indicación geográfica indica a los
consumidores que el producto procede de determinado lugar del mundo y tiene ciertas
características derivadas de ese lugar de producción. En este caso, la indicación geográfica
puede ser usada por todos los productores de ese bien en el lugar designado por la indicación y
cuyos productos comparten las cualidades típicas de la misma.
La OMPI administra varios tratados internacionales que se ocupan en parte tototalmente de la
protección de las indicaciones geográficas tales como el Convenio de París para la Protección de
la Propiedad Industrial, y el Arreglo de Lisboa relativo a la Protección de las Denominaciones de
Origen y su Registro Internacional.
En la OMC, ADPIC dedica el artículo 22 a retomar el Convenio de París mientras que en el
artículo 23 se ocupa particularmente de las denominaciones de origen para los vinos y otras
bebidas espirituosas.

UPOV
La Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV) es una
organización intergubernamental con sede en Ginebra (Suiza) creada por el Convenio
Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales. El Convenio fue adoptado en París
en 1961 y fue revisado en 1972, 1978 y 1991.
La definición de variedad vegetal del Convenio de la UPOV declara que se trata de “un conjunto
de plantas de un solo taxón botánico del rango más bajo conocido...”. Si tomamos como definición

3
http.//[Link]/treaties/es/ip/rome /[Link]
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de taxón que es la unidad mínima común para definir una variedad o una especie, esto confirma
que una 'variedad vegetal' resulta de la subdivisión más baja de la especie.
Sin embargo, para comprender mejor qué es una variedad vegetal, el Convenio de la UPOV
(Artículo 1vi) la define de la manera siguiente:
“un conjunto de plantas de un solo taxón botánico del rango más bajo conocido que, con
independencia de si responde o no plenamente a las condiciones para la concesión de un
derecho de obtentor, pueda
• definirse por la expresión de los caracteres resultantes de un cierto genotipo o de una cierta
combinación de genotipos,
• distinguirse de cualquier otro conjunto de plantas por la expresión de uno de dichos caracteres
por lo menos,
• considerarse como una unidad, habida cuenta de su aptitud a propagarse sin alteración;”
Esta definición aclara que una variedad debe poder reconocerse por sus caracteres, claramente
distintos de los de cualquier otra variedad, y que se mantendrán inalterados a través del proceso
de propagación. Si un conjunto de variedades vegetales no satisface esos criterios, no se
considera que sea una variedad para el sistema de la UPOV.
El Acta de 1991 del Convenio de la UPOV (Artículo 1iv) define al obtentor como:
• la persona que haya creado o descubierto y puesto a punto una variedad,
• la persona que sea el empleador de la persona antes mencionada o que haya
encargado su trabajo, cuando la legislación de la Parte Contratante en cuestión así lo disponga, o
• el causahabiente de la primera o de la segunda persona mencionadas, según el
caso;
Según esta definición, cualquier persona puede ser obtentor a la vez que especifica
que el obtentor debe ser quien haya creado la variedad, es decir, creado una variedad vegetal
mediante técnicas de fitomejoramiento, que podrán ir desde una selección básica realizada por un
cultivador aficionado, hasta procedimientos técnicos avanzados, como los de ingeniería genética.
UPOV 91 es lo más parecido a una patente desde el punto de vista de sus consecuencias sobre
la agricultura y la vida campesina, ya que impide el uso de variedades cubiertas por UPOV para
otros usos que no sean los de consumo privado, excluyendo el derecho de los agricultores de
comercializar sus cosechas y guardar parte para un nuevo ciclo. El otro problema que tiene la
Versión 91 de UPOV es que habilita una doble cobertura ya sea mediante UPOV como por
patentes.
La OMC no es taxativa en relación a UPOV, sin embargo, el artículo 27.3 de ADPIC, en su inciso
b) dice que:
[...] los Miembros otorgarán protección a todas las obtenciones vegetales mediante patentes,
mediante un sistema eficaz sui generis o mediante una combinación de aquéllas y éste. [...]
Por lo tanto, hay mucha discusión y fuerte resistencia de los movimientos sociales a considerar
que este artículo remite a la firma de UPOV.

[ ... ]

Dominio Público
En varias ocasiones a lo largo de este capítulo hemos dicho que vencido el plazo de un
monopolio, las obras o invenciones caen en el dominio público. Este es un concepto dispar en las
legislaciones del mundo, pero generalmente, el dominio público refiere a aquellas obras que ya
no están cubiertas por copyright en el caso de expresiones de ideas y a aquellos inventos cuya
patente ha expirado.
El dominio público refiere a aquellos bienes de uso libre, irrestricto, que están a disposición y
acceso de todos y todas. En el caso de las obras intelectuales, una obra entra en el dominio
público cuando prescriben los derechos patrimoniales sobre ella.
No existe una regulación global del dominio público. Según el convenio de Berna, las obras entran
al dominio público 50 años después de la muerte de su autor, más esta normativa no es regular
en todos los países, ya que Berna otorga la libertad de extender el monopolio de copyright.
Por otro lado, existen legislaciones donde el dominio público no es más que el traspaso del
monopolio privado a una forma de monopolio estatal de nominada “dominio público pagante”
El dominio público es considerado la herencia cultural de una comunidad, un ámbito donde ningún
particular puede arrogarse derechos excluyentes sobre él.

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Una obra está en el dominio público cuando ninguna ley restringe su uso extensivo por parte del
público. El problema es que, así como las legislaciones de derechos de autor y patentes son
nacionales, una obra o un invento puede estar en el dominio público en un país y no estarlo en
otro. La complejidad para identificar obras del dominio público se debe principalmente a la
complejidad creciente del sistema de monopolios sobre bienes intangibles vigente a nivel global.
En este caso, un registro, por ejemplo un fonograma, puede estar en el dominio público porque
han prescripto los derechos sobre él, mientras que la canción en sí aún está bajo copyright, o
viceversa.
Sin embargo, vale mencionar que aunque una obra esté bajo copyright, las ideas en sí están en el
dominio público. Esto es fácilmente ejemplificable en el caso de los programas informáticos, ya
que mientras una fórmula matemática generalmente estará en el dominio público, un programa de
computadora que la contenga puede tener monopolio de copyright.
Lo mismo ocurre con las ideas contenidas en alguna obra literaria o con ciertas combinaciones de
notas contenidas en una canción.
Por otra parte, todas las obras e inventos realizados antes de la entrada en vigencia de las
normas de patentes y copyrights están en el dominio público, aunque en algún caso, una
traducción o una obra derivada de una de esas obras puede estar bajo copyright.
Así, el dominio público es un bien común, la herencia cultural de la humanidad, y está bajo la
permanente amenaza de nuevos monopolios y cercamientos, restricciones y clausuras que hacen
que en las últimas décadas el acervo cultural de libre disponibilidad para todos y todas se esté
estancando, y en algunos casos esté bajo amenaza de reducirse si prosperan iniciativas como el
tratado de Broadcasting de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.

¿Quien controla el conocimiento? Los aspectos políticos de la disputa


A lo largo de estas páginas hemos pasado de un foro internacional a otro, de un convenio a un
tratado, de un acuerdo a una reunión ministerial, y en todos estos entornos surge la misma
pregunta: ¿Cuáles son los aspectos políticos de la disputa por el control del conocimiento?
Vivimos en lo que se denomina hoy la “sociedad del conocimiento” y hemos sido testigos de
avances científico-técnicos imaginables sólo para seguidores fervientes de la ciencia ficción.
Durante el siglo XX se demostraron más teoremas matemáticos que en todo el curso de la
historia, y muchos de ellos han encontrado aplicaciones en diferentes campos de la ciencia,
desde la informática hasta las humanidades. Durante ese mismo siglo, la ciencia aprendió sobre
el funcionamiento del ADN y desarrolló la capacidad, hasta ahora inimaginada, de manipular la
vida Nunca el ser humano tuvo semejante capacidad de cálculo, desarrollo científico-técnico y
dominio sobre la naturaleza. Sin embargo, jamás estuvo tan al borde de provocar su propia
destrucción como en los tiempos que corren. El riesgo ambiental, las armas de destrucción
masiva y la imposibilidad de medir las consecuencias del uso indiscriminado de ciertos avances
de la ingeniería como la manipulación genética o el desarrollo de la nanotecnología, nos ponen
frente a un momento en el cual el ser humano debe necesariamente cuestionar la propia ciencia
que produce y la idea de que los avances de las nuevas tecnologías son invariablemente
positivos, para ponerlos en su justo escenario socio-económico y político.
Pero mientras se torna necesario preguntarnos qué hacemos con los avances
científico-técnicos, también nos sentimos obligados a preguntar quién controla esos avances, a
quién benefician y qué modelo de sociedades estamos construyendo a partir de ellos.
Una pregunta que surge casi regularmente en las discusiones de convergencia de movimientos es
¿quién controla el conocimiento? ¿quién tiene derecho a decir sí o no a de terminados avances?
En estas dos breves preguntas se dibujan algunos de los debates básicos de este tiempo.
El conocimiento, la cultura, son construcciones esencialmente sociales, colectivas. Nadie puede
reclamar originalidad, y rastrear la individualidad en una obra cultural puede ser una tarea
imposible. La cultura se construye colectivamente, y de la misma manera se disemina. Existen
hoy las tecnologías de comunicación que facilitan y fomentan esa diseminación, pero estas
mismas tecnologías, fruto de la revolución científico-técnica que vivimos, ponen en jaque un
sistema de poder, el poder de controlar lo que las personas leen, escuchan, producen, ven.
La maquinaria de los medios masivos de comunicación y las industrias del entretenimiento tienen
amplia experiencia en establecer agenda y decidir lo que le va a interesar a la opinión pública.
Esto es, sin lugar a dudas, fruto de la concentración de medios que se ha venido produciendo en
las últimas décadas, y que representa hoy uno de los problemas centrales de las democracias
modernas.
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No sólo se trata de mantener en pie un negocio basado en la prohibición de copiar, en la noción
de que el productor tiene derecho a decidir qué se puede hacer con cada copia de sus obras sino,
principalmente, en el control de la palabra.
La pesadilla imaginada por George Orwell para “1984” está más cerca que nunca con la
penetración de pantallas en todos los escenarios del siglo XXI. La discusión no es sólo por la
copia de una canción o la búsqueda de una película en una red de pares. La discusión está
centrada esencialmente en la posibilidad de controlar, económica y políticamente, la posibilidad de
decir’.
Así es como entran en escena los regímenes monopólicos, en muchos casos como instrumentos
jurídicos de la represión. No debe haber ley más violada hoy en día que las leyes de copyright,
que criminalizan a un altísimo porcentaje de las personas conectadas a Interne t. Sin embargo, no
hay ley más injusta que aquella que se aplica a discreción, y eso es lo que pasa con las leyes
vinculadas al copyright, tales como la Digital Millenium Copyright Act de los EEUU. Estas leyes se
aplican selectivamente para censurar publicaciones de estudios matemáticos, coartar la libertad
de investigación y poner barreras a la diseminación de conocimiento, mientras fracasan
estruendosamente en cumplir el destino que supuestamente tienen previsto, impedir la copia no
autorizada. ¿Será que su destino no es entonces impedir la mal denominada “piratería” sino ser
meros instrumentos de censura?
Otro tanto pasa con la radicalización del régimen de patentes hasta el punto de que
“todo lo que esté bajo el sol y haya sido hecho por el hombre es patentable”. Con este ideario en
mente, la Oficina de Patentes de los EEUU está otorgando una serie de
Monopolios esotéricos, y en ocasiones francamente ridículos, que sólo sirven como piezas en un
juego de intercambio de prisioneros entre las grandes corporaciones, cartas en un juego en el que
nadie puede ganar, salvo aquellos que ya han ganado demasiado y pretenden erigirse en dueños
de la vida y el conocimiento.
No hay pequeña y mediana empresa, emprendedor independiente, organización social,
campesino, agricultor, ciudadano común como cualquiera de nosotros, que pueda competir en un
marco de monopolio de patentes tal como el que los EEUU se ha dado a sí mismo, y ahora
pretende compartir, “armonizar”, con el resto de los países del globo.
Es hora de reconocer que la lucha por el control del conocimiento está en marcha hoy mismo, en
los cimientos de una nueva sociedad informatizada, del conocimiento, que estamos construyendo
hoy. El valor central de esta sociedad es la innovación y el conocimiento científico-técnico –
nutrido en gran medida de conocimiento tradicional, heredado - y es sobre su control que
debatimos hoy en día.
La pregunta que se desprende inmediatamente después de la cuestión del control, es ¿quién
tiene derecho a impedir a otros el acceso al conocimiento? Y aquí es donde nos encontramos con
algunas discusiones más que interesantes y seguramente complejas.
¿Tiene derecho un laboratorio a impedir que un país fabrique drogas que requiere para la salud
pública, para detener pandemias o para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos? ¿Tiene
derecho una corporación semillera a impedir que los más de 1400 millones de campesinos utilicen
una semilla para su propia subsistencia o para mantener sus economías rurales? Es difícil
responder a estas preguntas con algo distinto de un atronador “no”.
Al mismo tiempo, debemos preguntarnos también ¿tiene derecho una comunidad indígena a
impedir que científicos estudien su conocimiento tradicional, lo mejoren y lo publiquen para
innovar en ciertos campos de la medicina? Un “no” tan atronador como el del párrafo anterior es la
única respuesta consistente, sin embargo nos encontramos a menudo con personas que luchan
en contra de la apropiación del conocimiento, pero que la propician cuando los apropiadores son
comunidades indígenas. Esto se explica observando la frecuencia con la que las comunidades
originarias han sido avasalladas mediante la bioprospección y el posterior patentamiento de
conocimientos que fueron transmitiendo de generación en generación a lo largo de siglos. De
repente, las comunidades se encuentran con que otros han adquirido un monopolio sobre lo que
sus miembros han sabido por siglos. El justificado sentido de haber sido despojados, en lo que
algunos llaman “biopiratería”, causa en algunos la reacción de exigir que los conocimientos
tradicionales sean monopolio de quienes lo custodiaron, y en otros, simplemente la exigencia de
que no sean monopolizables por nadie.
Es imposible agotar estas preguntas en estas páginas. Pero también es imposible proseguir la
discusión sin al menos poner estas preguntas sobre la mesa, con toda la complejidad y las dudas
que generan.
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