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Tragedia de amor y muerte en Verona

Este documento resume la historia de Romeo y Julieta de Shakespeare. Narra cómo Romeo mata a Paris en un duelo creyendo que Julieta está muerta, luego se suicida tomando veneno al despertar Julieta. Julieta también se suicida con el puñal de Romeo cuando él muere. Al final, los padres de Romeo y Julieta lamentan la muerte de sus hijos y la enemistad entre sus familias que causó esta tragedia.

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Tragedia de amor y muerte en Verona

Este documento resume la historia de Romeo y Julieta de Shakespeare. Narra cómo Romeo mata a Paris en un duelo creyendo que Julieta está muerta, luego se suicida tomando veneno al despertar Julieta. Julieta también se suicida con el puñal de Romeo cuando él muere. Al final, los padres de Romeo y Julieta lamentan la muerte de sus hijos y la enemistad entre sus familias que causó esta tragedia.

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Desenlace de Romeo y Julieta


Según el último arreglo hecho por Garrick para el teatro de Drury
Lane (Lon.)

(ROMEO y PARIS se baten.)

PARIS..- (Cayendo.) ¡Ah! ¡Muerto soy! Si hay piedad en ti,


abre la tumba y ponme al lado de Julieta. (Muere.)

ROMEO..- Sí, por cierto, lo haré. -Contemplemos su faz. -¡El


pariente de Mercucio, el noble conde Paris! Tú, lo mismo que yo,
inscrito en el riguroso libro de la adversidad. Voy a sepultarte en
una tumba esplendente. ¿Una tumba? ¡Oh! No, una gloria,
asesinado joven; pues en ella reposa Julieta. (Desencaja la puerta
del monumento.)

¡Oh amor mío, esposa mía! La muerte, que ha extraído la miel


de tu aliento, no ha tenido poder aún sobre tu hermosura; no has
sido vencida; el carmín, distintivo de la belleza, luce en tus labios y
mejillas, do aún no ondea la pálida enseña de la muerte. -¡Oh,
Julieta!, ¿por qué luces tan encantadora todavía? -Aquí, aquí voy a
establecer mi eternal permanencia, a sacudir del yugo de las
estrellas enemigas este cuerpo cansado de vivir. (Se apodera del
pomo.)

¡Ven, amargo conductor, ven, repugnante guía! ¡Piloto


desesperado, lanza ahora de un golpe, contra las pedregosas
rompientes, tu averiado, rendido bajel! ¡Basta! -¡Por mi
amor! (Apura el veneno.)

¡Una postrer mirada, ojos míos! ¡Brazos, estrechad la vez


última! Y vosotros, ¡oh labios!, sellad las puertas de este aliento con
un ósculo legítimo. (Despierta JULIETA.)

¡Poco a poco! -¡Respira y se mueve!

JULIETA.- ¿Dónde estoy? ¡Amparádme, espíritus celestes!

ROMEO.- ¡Habla, vive! Sí, ¡aún podemos ser felices! Mi


buena, propicia estrella, me indemniza al presente de todos los
pasados sufrimientos. -Levántate, levántate, Julieta mía, deja que de
este antro de muerte, de esta mansión de horror, te trasporte sin
demora a los brazos de tu Romeo, que en ellos infunda en tus labios
vital aliento y te vuelva mi alma a la vida y al amor. (La levanta.)

JULIETA.- ¡Dios mío! ¡Qué frío hace! -¿Quién está ahí?

ROMEO.- Tu esposo, tu Romeo, Julieta; vuelto de la


desesperación a una inefable alegría. Deja, deja este lugar y
huyamos juntos. (La saca de la tumba.)

JULIETA.- ¿Por qué así me violentáis? - Jamás consentiré,


pueden faltarme las fuerzas, pero es invariable mi voluntad. -No
quiero casarme con Paris. ¡Romeo es mi consorte!

ROMEO.- Romeo es tu consorte; ese Romeo soy yo. Ni todo


el contrario poder de la tierra o de los hombres romperá nuestro
vínculo, ni te arrancará de mi corazón.

JULIETA.- Yo conozco esa voz; su mágica dulzura despierta


mi suspenso espíritu. -Ahora recuerdo bien todos los pormenores.
¡Oh! ¡Mi dueño, mi esposo! (Yendo a abrazarlo.)

¿Huyes de mí, Romeo? Deja que toque tu mano y que guste el


cordial de tus labios. -¡Me asustas! Habla. -¡Oh! Que oiga yo otra
distinta voz que la mía en este lúgubre antro de muerte, o perderé el
sentido. -Sostenme.

ROMEO.- ¡Oh! No puedo; estoy sin fuerzas; por el contrario,


necesito tu débil apoyo. -¡Cruel veneno!

JULIETA.- ¡Veneno! ¿Qué dices, dueño mío? Tu balbuciente


voz, tus labios descoloridos, tu errante mirada... -¡En tu faz está la
muerte!

ROMEO.- Si lo está: lucho al presente con ella. Los trasportes


que he sentido al oírte hablar, al verte abrir los ojos, han detenido un
breve instante su impetuoso curso. Todo mi pensamiento era
ventura, estaba en ti; mas ahora corre el veneno por mis venas... -No
tengo tiempo de explicarte. -El destino me ha traído aquí para dar
un último, último adiós a mi amor, y morir a tu lado.

JULIETA.- ¿Morir? ¿Era el monje traidor?

ROMEO.- No sé de eso; te creía muerta. Fuera de mí al


contemplarte... -¡Oh!, ¡fatal prontitud! -Apuré el veneno, -besé tus
labios, y hallé en tus brazos un sepulcro precioso. -Pero en ese
instante... -¡Oh!

JULIETA.- ¡Y me he despertado para esto!

ROMEO.- Extenuadas están mis fuerzas. Entre la muerte y el


amor, disputado vaga mi ser; pero la muerte es más fuerte. -¡Y tengo
que dejarte, Julieta! -¡Oh cruel, cruel destino! En presencia del
Paraíso-

JULIETA.- Tú deliras; apóyate sobre mi seno.

ROMEO.- Los padres tienen corazones de piedra, no hay


lágrimas que les enternezcan; -la naturaleza habla en balde. Los
hijos tienen que ser infelices.

JULIETA.- ¡Oh! ¡Se me parte el corazón!

ROMEO.- Es mi esposa; -nuestras almas nacieron gemelas. -


Detente, Capuleto. -Suéltame, Paris; no tires así las fibras de
nuestros corazones, -crujen, -se rompen. -¡Oh! ¡Julieta! ¡Julieta!

(Muere. JULIETA se desmaya sobre el cuerpo de ROMEO.)

(Entra FRAY LORENZO, con una linterna y una barra de


hierro.)

FRAY LORENZO.- ¡San Francisco, sea mi auxiliar! ¡Cuántas


veces esta noche han tropezado contra tumbas mis añosos pies! -
¿Quién está ahí? -¡Ay!, ¡ay!, ¿qué sangre es ésta que mancha el
pétreo umbral de este sepulcro?

JULIETA.- ¿Quién está ahí?

LORENZO.- ¡Cielos! ¡Julieta en sí! ¡Y Romeo muerto! -¡Y


también Paris! ¡Ah! ¿Qué desapiadada hora es culpable de este
lamentable suceso?

JULIETA.- Ahí está aún y yo le tengo bien; no le arrancarán


de mis brazos.

FRAY LORENZO.- ¡Cordura, señora!

JULIETA.- .¡Cordura! ¡Ah! Padre maldito. ¡Hablas de cordura


a una tal desventurada!

FRAY LORENZO.- ¡Oh, error fatal! Alza, bella infeliz, y


abandona esta escena de muerte.

JULIETA.- No te me acerques; -o este puñal va a vengar la


muerte de mi Romeo. (Saca un puñal.)

FRAY LORENZO.- No me admira; el dolor te vuelve loca.

(Voces fuera que gritan: ¡Venid, venid!)

¿Qué ruido es ése? -Huyamos, querida Julieta. Un poder


superior, al que no podemos resistir, ha desconcertado nuestros
designios. Ven, huyamos. Desgraciada mujer, yo te haré entrar en
una comunidad de santas religiosas.

(Voces fuera: ¿Por dónde? ¿por dónde?)

Basta de querellas; la ronda llega. -Ea, ven, querida Julieta. -


No me atrevo a permanecer más tiempo. (Escapa.)

JULIETA.- Sal, aléjate de aquí; pues yo no quiero partir. -


¿Qué es esto? ¡Ah! ¡El prematuro fin de Romeo! -¡Avaro!
Tomárselo todo, sin dejar ni una gota amiga para ayudarme a ir tras
él! Quiero besar tus labios; ¡acaso exista aún en ellos un resto de
veneno!

(Voces fuera: Condúcenos, PAJE; ¿por dónde?)

¡Ruido aún! Apresurémonos pues. -¡Oh, dichoso puñal! Esta


es tu vaina; reposa ahí y déjame morir. (Se clava el puñal y
muere.)

(Entran BALTASAR y el PAJE rodeados de guardias. Enseguida


el PRÍNCIPE y sus acompañantes con antorchas.)

BALTASAR.- Éste es el sitio, señor.

PRÍNCIPE.- ¿Qué infortunio ocurre a tan primera hora, que


nos arranca de nuestro matinal reposo?

(Entran CAPULETO y otros señores.)

CAPULETO.- ¿Qué es lo que pasa, que así alborotan por


fuera? Unos gritan en las calles, ¡Romeo! otros, ¡Julieta! otros,
¡Paris! y todos corren con gran vocería hacia el panteón de nuestra
familia.

PRÍNCIPE.- ¿Qué alarma es ésta que ensordece nuestros


oídos?

BALTASAR.- Augusto señor, el conde Paris yace asesinado


ahí; Romeo sin vida, y Julieta, de antemano muerta, caliente aún y
acabada segunda vez.

CAPULETO.- ¡Ay de mí! Este cuadro mortuorio es campana


que llama al sepulcro mi vejez.

(Entran MONTAGÜE y otros señores.)

PRÍNCIPE.- Acércate, Montagüe: temprano te has puesto en


pie para ver a tu hijo y heredero más temprano caído.

MONTAGÜE.- ¡Ay! Príncipe mío, mi esposa ha muerto esta


noche; el pesar del destierro de su hijo la dejó inánime. ¿Qué nuevo
dolor conspira contra mi vejez?

PRÍNCIPE.- Mira y verás.

MONTAGÜE.- ¡Oh, hijo degenerado! ¿Qué usanza es ésta de


lanzarte en la tumba antes de tu padre?

PRÍNCIPE.- Tened, sellad el ultrajante labio hasta que


hayamos podido esclarecer estos misterios y descubrir su origen, su
esencia, su verdadera progresión. Hasta entonces, reprimíos y
avasallad a la paciencia el infortunio. Haced que avancen los
individuos sospechosos.

(Entra FRAY LORENZO.)

FRAY LORENZO.- Yo soy el principal.

PRÍNCIPE.- Di, pues, sin retardo, todo lo que sabes acerca de


esto.

FRAY LORENZO.- Apartémonos de esta lúgubre, mortal


escena, y os lo contaré todo. Si en lo presente ha ocurrido desgracia
por mi falta, que mi vieja existencia, algunas horas antes de su
plazo, sea sacrificada al rigor de las leyes más severas.

PRÍNCIPE.- Siempre te hemos tenido por un santo varón. -


Que el criado de Romeo y este paje nos sigan. Vamos a salir y a
informarnos bien de este triste desastre. -Prudentes demasiado tarde,
lamentad al presente, ancianos, las trágicas consecuencias de
vuestros mutuos odios. ¡Cuántas desgracias terribles ocasionan las
discordias privadas! Sea la causa cualquiera, el inevitable efecto es
una calamidad1339.

(Retíranse todos.)

Tercera historia trágica


Tomada de las obras italianas de Bandello y puesta en francés por
Pedro Boisteau, conocido por Launay

DE DOS AMANTES QUE MURIERON EL UNO DE VENENO Y


EL OTRO DE TRISTEZA.

Durante la época en que el señor de la Escala gobernaba a


Verona había en la ciudad dos familias, que se distinguían sobre las
demás por razón de su lustre y riquezas, una de las cuales se
apellidaba de los Montescos y la otra de los Capuletos; mas entre
ambas casas, como siempre acontece respecto de los que se hallan
en un idéntico grado de honor, se levantó cierta enemistad que, si
bien ligera y bastante mal fundada, fue tomando cuerpo con los
años, hasta el extremo de ocasionar tramas que acabaron con la vida
de muchos. El Sr. Bartolomé de la Escala, viendo tal desorden en su
república, trató por cuantos medios estaban en su mano de reducir y
conciliar los opuestos partidos; pero todo fue en vano: el rencor de
aquéllos se había hecho tan fuerte que nada podía ya obrar la
prudencia ni el consejo. Preciso fue, pues, dejar en esta lucha a las
dos casas, y aguardar una oportunidad más propicia para poner fin a
tales reyertas.

Mientras se pasaban así las cosas, uno de los Montescos, que


se llamaba Romeo, de edad de veinte a veintiún años, el más bello y
más apuesto hidalgo de toda la juventud de Verona, se enamoró de
cierta noble doncella del mismo punto1340, y en pocos días se dejó
arrastrar tanto de sus gracias que, olvidándose de todo, dedicó a ella
exclusivamente sus atenciones, remitiéndola al efecto cartas,
mensajes y presentes continuos. Determinado al fin a confiarle sin
reserva sus sentimientos, hízolo en la primera ocasión; pero la
doncella, educada en los más rectos principios de virtud, contestó de
un modo tal a sus declaraciones y puso semejante coto a sus
vehementes afectos, que acabó con toda futura esperanza, sin hacer
gracia de una sola mirada. Sin embargo, cuanto más esquiva la
contemplaba el joven, más crecía su ardor, y por esto, después de
haber continuado así por algunos meses, sin poder reprimir ni hallar
remedio a su pasión, determinó al fin salir de Verona, en la idea de
que un cambio de sitio pudiera en algo variar sus sentimientos.
«¿De qué me vale -se decía- amar a una ingrata que de tal modo me
desdeña? A todas partes la sigo, y no hace más que huírseme; yo no
me siento bien sino cuando estoy a su lado, y ella no halla contento
sino ausente de mí. Quiero no verla más en lo adelante; pues, no
viéndola, quizás este fuego mio, que toma alimento y sostén de sus
ojos, se amortiguará poco a poco.» Pero todos estos planes
quedaban en un segundo deshechos, y así, no sabiendo el joven por
qué resolverse, pasaba noches y días en quejumbres extraordinarias;
pues Amor le había tan bien impreso en el alma la hermosura de la
doncella, le estrechaba tan fieramente, que, no pudiendo resistirle,
sucumbía bajo su peso y se acababa insensiblemente, como la nieve
al sol.

Sus padres y deudos, que esto veían, lamentaban hondamente


su desastre; pero, sobre todo, un íntimo compañero suyo, de alguna
más edad y experiencia, el cual tanto le amaba que se hacía
partícipe de su martirio1341; por lo cual, viéndole así entregado a
sus desvaríos amorosos, le dijo:

-Romeo, me admira en gran manera que consumas los mejores


años de tu vida en solicitar una persona que te excusa y
menosprecia, sin hacerse cuenta de tus excesivas dilapidaciones, sin
cuidarse de tu dicha, de tus lágrimas, ni de la vida miserable que
llevas, capaz de mover a piedad los más duros corazones; ruégote,
por lo tanto, en nombre de nuestra antigua amistad y por tu propio
bien, que aprendas a dominarte en lo futuro y a no entregar tu
corazón a persona tan ingrata; pues, a lo que puedo inferir por las
cosas que han pasado entre vosotros, o ella tiene amor por alguno, o
ha formado el propósito de no querer a nadie. Eres joven, rico en
bienes de fortuna, de mejor parecer que ningún otro hidalgo de la
ciudad, tienes instrucción, eres hijo único. ¡Qué angustia para tu
pobre, anciano padre, para tus demás parientes, el verte así lanzado
en este abismo de vicios, en la edad precisamente en que debieras
hacerles esperanzar en ta virtud! Empieza a reconocer el error en
que has vivido hasta aquí, aparta ese amoroso velo, que te tapa los
ojos y que te impide seguir la recta senda por que han marchado tus
progenitores; y si en amar te empeñas, pon tu afecto en persona
distinta, elige una mujer que lo merezca y no siembres más tus
penas en fructífera. La época en que las damas de la ciudad se
reúnen se halla próxima: quizás en medio de esa sociedad pueda tu
vista fijarse tan agradablemente en alguna, que te haga al cabo
olvidar tus precedentes pasiones.

Habiendo escuchado el joven atentamente las persuasivas


palabras de su amigo, comenzó a moderar su ardor y a conocer que
las exhortaciones hechas no tendían sino a buen fin, disponiéndose,
por lo tanto, a asistir a todas las concurrencias y festines de la
ciudad, sin conservar preferencia determinada por ninguna dama. Y
pensado que lo hubo, lo puso en planta por dos o tres meses
consecutivos, creyendo de este modo extinguir las chispas de su
antigua llama.

Llegó a poco tiempo de esto la fiesta de Navidad, en que,


según costumbre, se daban bailes de máscaras; y como Antonio
Capuleto era el jefe de su casa y uno de los más encumbrados
señores de la ciudad, concertó un festín, convidando, para mejor
solemnizarlo, a toda la nobleza de ambos sexos, en la que se hallaba
comprendida la mayor parte de la juventud de Verona. La familia de
los Capuletos, como se ha dicho al principio de esta historia, se
hallaba en desavenencia con la de Montescos, razón por la cual
ninguno de los de ésta asistió a la fiesta, exceptuando el adolescente
Romeo, que, disfrazado de máscara, entró después de la cena, en
unión de otros jóvenes caballeros. Mantuviéronse todos por algún
rato con la faz cubierta, mas luego se desenmascararon, y Romeo,
vergonzoso, colocose en un rincón de la sala, donde, sin embargo,
por la claridad de las bujías que iluminaban la estancia, fue al punto
notado, especialmente por las damas, a quienes, no sólo cautivaba
su natural belleza, sino la seguridad y atrevimiento de verle penetrar
con tal privanza en la mansión de los que tan mal debían quererle. Y
como los Capuletos, bien por su propia respetabilidad o por
consideración a las personas que les rodeaban, disimulando su odio,
no le hiciesen reproche de especie alguna, Romeo, que a su sabor
podía contemplar a las damas todas, lo hizo con tan cumplida
gracia, que no quedó una sola que no recibiera placer de verlo allí.

Después que el mancebo, siguiendo la corriente de sus


inclinaciones, hubo formado juicio particular de todas las jóvenes,
se fijó en una, no vista hasta entonces, que por su extrema belleza
vino a ocupar el primer puesto en su corazón; y esta nueva llama,
que destruyó por completo la antigua, tomó tan colosales
proporciones que jamás pudo extinguirse en lo futuro sino por la
muerte, como vais a saber por una de las más extrañas narraciones
que ha podido el hombre imaginar.
1342La joven de quien Romeo se apasionó tan perdidamente

se llamaba Julieta, y era hija de Capuleto, señor de la casa donde


tenía lugar la fiesta. Sus miradas, paseándose de un extremo a otro,
habían tropezado con el mancebo y fijándose en su belleza singular,
y Amor, que estaba en acecho y nunca antes de allí tocara el tierno
corazón de la doncella, lo punzó tan a lo vivo que, por más
resistencia que quiso oponer, no pudo contrarrestarle en fuerza;
resultando de aquí que la pompa del festín comenzó a serle
indiferente, y que el único placer de su pecho vino a cifrarse en
contemplar a Romeo y en que éste clavase sus ojos en ella. En tal
disposición de sentimientos, los dos amantes, en cuyas almas ya
había la pasión abierto una ancha brecha, buscaban con ansia la
ocasión de reunirse y platicar juntos, lo cual les ofreció la propicia
fortuna; pues viendo Romeo que Julieta había sido invitada al baile
de La Antorcha1343, en el que por cierto sobrepujó a todas las
jóvenes de Verona, calculó el puesto en que debía quedar, y tomó
tan bien sus medidas que a la conclusión, vuelta Julieta al punto de
que había partido, se encontró sentada entre el mancebo y otro
llamado Mercucio1344, cortesano muy estimado y bien recibido de
todos, a causa de sus chistes y galanteos, y sobre todo, atrevido con
las vírgenes como un león con las ovejas.

Viendo Romeo que el dicho Mercucio (cuyas manos lo propio


en verano que en invierno se hallaban heladas) se había apoderado
de la derecha de la joven, tomó la izquierda de ésta y apretándola un
poco, se sintió tan favorablemente correspondido que perdió el
habla. Notándolo Julieta, ya deseosa de escucharle, volviose para
mirarle y le dijo: «¡Bendita sea la hora de vuestra llegada a este
sitio!» Y como el mancebo, suspirando y tembloroso, le preguntase
la causa de semejante manifestación, prosiguió la doncella, algún
tanto más repuesta: «No os asombre que de ello me felicite, pues el
frío glacial que me ha comunicado la mano de Mercucio me lo ha
quitado felizmente la vuestra».

A lo cual contestó inmediatamente Romeo:

-Señora, si el cielo me ha favorecido hasta el punto de poderos


brindar un servicio por haberme casualmente acercado aquí, lo
estimo bien empleado, no deseando otra fortuna, para colmo de mis
contentos en el mundo, que honraros y serviros durante el resto de
mi vida. Si el calor de mi mano os ha confortado algún tanto, puedo
aseguraros que su fuego es harto insignificante en comparación con
las chispas que despiden vuestros bellos ojos, fuego que ha
inflamado de tal modo todas las partes sensibles de mi ser, que, si
no le asiste vuestra divina gracia, va a verse pronto reducido a
cenizas.

Apenas pronunciadas estas frases, dio fin el juego, y Julieta,


que en puro amor se encendía, sólo tuvo ocasión de decir por lo
bajo a su celebrador:

-No sé qué más cierto testimonio podéis desear de mi afecto


que el de aseguraros que soy tan vuestra como vuestro propio
individuo, hallándome pronta a obedeceros en cuanto el honor
permita. Es todo lo que al presente puedo manifestaros, suplicando
que ello os baste hasta que una ocasión propicia nos proporcione la
dicha de hablar privadamente.

Viéndose, pues, obligado Romeo a partir con sus compañeros,


sin saber de qué medio valerse para tornar al lado de la que era su
vida y su muerte, ignorando hasta su nombre, inquirió de un amigo
y por él supo que la joven era hija de Capuleto, el señor de la casa
en que había tenido lugar el festín. Julieta, por su parte, anhelosa
igualmente de conocer al que tanto la había obsequiado, al que ya
ocupaba en su alma un preferente lugar, yéndose a una anciana
camarera, la dijo: «Madre, ¿quiénes son esos dos hidalgos que
llevan antorchas y salen los primeros?» Y como el aya la indicara el
nombre de sus familias, añadió la doncella: «¿Qué joven es aquél
que lleva un antifaz en la mano y va cubierto con una capa de
damasco?» «Es Romeo Montesco -contestó el ama-, hijo del capital
enemigo de vuestro padre y sus parientes todos».

El solo nombre de Montesco bastó para sumir a la joven en


una confusión extrema, comprendiendo toda la distancia que le
apartaba de su bien amado; sin embargo, supo tan bien disimular su
descontento que la nodriza, sin concebir la menor sospecha, la instó
a recogerse. Hízolo así la joven; pero, ya en su lecho, un millar de
pensamientos diversos surgieron en su mente y comenzaron a
atormentarla de tal modo que le era imposible conciliar el sueño.
Vagando entre la idea halagadora que daba fomento a su pasión y el
temor de obrar indiscretamente, que tendía a cortar el vuelo de
aquella, no sabía qué partido adoptar, y exclamaba deshecha en
llanto, reprochándose a sí misma: «¡Ah! Infeliz y miserable criatura,
que pierdes el reposo sin saber cómo te vienen estos desusados
trastornos que en el alma sientes, ¿sabes acaso si te ama ese joven,
si te ha dicho verdad? Quizás, usando de melosas palabras, trata él
de arrebatarte el honor, de vengar en tus parientes las ofensas que
han recibido los suyos, de inferirte una infamia eterna, haciéndote la
fábula y el ludibrio de Verona».

Variando luego de sentido, condenaba su conducta y se decía:


«¿Cabe en lo posible que, bajo formas tan bellas, bajo una tan
completa apariencia de dulzura, se alberguen la deslealtad y la
traición? Si la faz es la fiel mensajera de las concepciones del
espíritu, segura estoy de que me ama, pues sus mutaciones de color
al hablarme, sus repentinos trasportes son ciertos augurios de
pasión. Quiero, pues, persistir en este afecto, hacerle el constante
ídolo de mi existencia. Nuestra alianza, concluyendo la desunión de
las dos familias, traerá a ellas una paz inextinguible».

Fija en esta determinación, cuantas veces pasaba Romeo por la


puerta de su casa se presentaba con alegre rostro y le seguía con los
ojos hasta verle desaparecer; mas esto duró solo por espacio de
algunos días, siendo la causa que el mancebo, habiendo atisbado
cierta vez a su adorada en la ventana de su aposento, que daba a una
calle muy estrecha limitada en la acera opuesta por un jardín,
comenzó desde entonces a pasearse por allí de noche, cubierto con
una capa y bien provisto de armas, excusando pasar por la puerta y
abrir camino a las sospechas.

Julieta, que no se explicaba la ausencia del joven, mantenía


una continua impaciencia, la cual, llevándole al sitio de que hemos
hablado, se lo hizo descubrir a favor de la claridad de la luna, casi
tocando a su ventana. Alarmada al par que conmovida viéndole tan
cerca, preñados de lágrimas los ojos y con voz interrumpida por los
suspiros, se dirigió a él y le dijo:

-Señor Romeo, paréceme que prodigáis mucho vuestra vida,


aventurándola en tal hora a la merced de los que mal os aman1345,
de los que, a encontraros, os harían pedazos y comprometerían mi
honor, que estimo más que la vida.

-Señora -contestó Romeo-, mi vida está en manos de Dios, y él


sólo puede disponer de ella. Si alguno intentase quitármela, le haría
entender en vuestra presencia cómo sé defenderla, sin que por decir
esto la estime en tanto que, en caso de necesidad, no la sacrificara
gustoso por vos. De perderla aquí, no me pesaría otra cosa que
haber perdido con ella el medio de haceros comprender cuánto os
amo y deseo serviros. Para rendiros sólo homenaje de adoración y
respeto hasta el último suspiro la quiero, no para otra cosa.

Conmoviose hondamente Julieta al escuchar estas palabras, y


dando entrada en su pecho a la piedad, apoyada la cabeza en la
mano1346 y bañado el rostro en lágrimas, dijo a Romeo:

-Señor, os suplico que no me recordéis el peligro de que


habláis, pues la sola idea de él me hace estar entre la vida y la
muerte. Mi corazón se halla tan unido al vuestro, que el menor
sinsabor que recibierais se haría extensivo a mí: en gracia, pues, de
nuestro bien común, decidme en pocas frases lo que tratáis de hacer.
Aguardar privanza alguna contraria al decoro sería manteneros en
un error; si, por el contrario, es santa la voluntad que os anima, si el
afecto que me confesáis se halla basado en la virtud y arde en
deseos de hacerme esposa vuestra, tan amante y dispuesta me
encontraréis que, sin tener en cuenta la obediencia y respeto que
debo a mis padres, ni la antigua enemistad de nuestras familias, os
haré dueño y señor perpetuo de mi persona y de cuanto la atañe, y
me hallaréis pronta y dispuesta a seguiros a donde quiera que os
plazca.

Romeo, que no aspiraba a otra cosa, elevando las manos al


cielo y en medio de un indefinible contento, respondió:

-Pues que me hacéis el honor de aceptarme por esposo, estoy


pronto a serlo, y mi corazón, que ardientemente lo anhela, os
quedará en prenda y como seguro testimonio de la palabra
empeñada hasta que Dios me permita mostrarlo con la evidencia.
Para dar, pues, comienzo al asunto, ir mañana a consultar con Fray
Lorenzo, quien, no sólo es mi padre espiritual, sino mi consultor
ordinario en negocios de interés privado, y tan pronto como le hable
(si no lo lleváis a mal) acudiré a este propio sitio y a idéntica hora, a
fin de instruiros de nuestros planes.

Y esto dicho y convenido, se apartaron los dos amantes sin que


Romeo, a excepción del consentimiento prestado, hubiera alcanzado
otro favor.

Fray Lorenzo, de quien más adelante se hará amplia mención,


era un antiguo doctor en teología, de la orden de religiosos menores,
el que además de su vasta instrucción canónica era muy versado en
filosofía, escudriñador profundo de los secretos de la naturaleza, y
hasta tenido, en tal concepto; como inteligente en materias de magia
y en otras ciencias reservadas, lo que en nada realmente atacaba su
reputación. Y se había, por su discreto proceder y sus bondades, tan
bien ganado la voluntad de los ciudadanos de Verona, que era casi el
único confesor de ellos. Chicos y grandes le reverenciaban y
querían, los altos magnates le pedían su voto en las circunstancias
difíciles y le dispensaban entero favor, especialmente el señor de la
Escala y las familias de los Montescos y los Capuletos.

El joven Romeo, según queda dicho, desde su más tierna edad


profesaba una gran afección a Fray Lorenzo y le hacía depositario
de sus menores secretos; así es que, tan pronto como dejó a Julieta,
se fue derecho a San Francisco y puso en noticia del buen padre
cuanto pasado y convenido había, añadiéndole, por conclusión, que,
antes de faltar a su promesa, se hallaba dispuesto a elegir una
muerte vergonzosa. Enterado el digno religioso, hizo al joven
cuantas observaciones el caso requería exhortándole a pensar con
más detenimiento; mas vencido por su pertinacia y, por otro lado,
halagando la idea de que el tal matrimonio pudiera quizás concluir
la desunión de las dos familias, accedió al fin a sus instancias bajo
condición de tomarse un día para convenir el medio de llevarlo a
cabo.

Mientras así obraba Romeo, Julieta, por su parte, no se


descuidaba, y como, a excepción de su nodriza que en clase de
camarera la acompañaba de continuo, no tenía otra persona a quien
abrir su corazón, confió a la expuesta todo su secreto, viniendo al
fin a alcanzar que le prometiese su ayuda y fuese a inquirir de
Romeo lo convenido entre él y Fray Lorenzo1347. El enamorado
joven, que otra cosa no deseaba, la informó al instante de lo
resuelto; díjola que el padre había remitido para el día en que
estaban la decisión del caso; que, en consecuencia de ello, hacía
apenas una hora acababa de verle, y que el proyecto era, en
resumen, que la joven pidiese permiso a su familia para ir a confesar
el sábado próximo a cierta capilla de la iglesia de San Francisco,
donde debía quedar secretamente celebrado su matrimonio.

Instruida Julieta de todo, se condujo con tal discreción que


alcanzó el permiso de su madre, y sólo acompañada de la nodriza y
de una joven amiga suya1348 se fue a la iglesia el día convenido,
haciendo avisar su llegada a Fray Lorenzo. Éste, que se hallaba a la
sazón en el confesonario, vino al instante en su busca, y bajo
pretexto de confesarla se la llevó a su celda, donde estaba Romeo.
Una vez allí, cerró tras sí la puerta y dijo a la doncella:

-Montesco, aquí presente, me ha dicho que deseáis tomarle por


esposo y que él también quiere haceros su mujer; ¿persistís ambos
en dicho propósito?

Y como los dos amantes contestasen de acuerdo, viendo


conformes sus voluntades y previas las competentes
recomendaciones, pronunció las sacrosantas palabras, invitando a
los nuevos esposos a que conferenciasen libremente si tenían algo
que decirse. Romeo, precisado a salir, aprovechose del permiso que
le daban, y después de pedir a Julieta que le enviase al ama por la
tarde, la previno que iba a proveerse de una escala de cuerdas a fin
de penetrar en su habitación a través de la ventana y poder
comunicarle a solas sus pensamientos.

Arregladas así las cosas, separáronse los dos amantes, llena el


alma de increíble contento y de la más dichosa esperanza. Tan
pronto como Romeo llegó a su casa, contó cuanto se deja dicho a un
servidor suyo, llamado Pedro1349, en cuya experimentada fidelidad
tenía confianza extrema, mandándole hacerse de una escala de
cuerdas, provista a los extremos de fuertes garfios de hierro; y
Julieta, por su parte, cuidó de enviar la nodriza a la hora convenida,
la que pudo así recoger el utensilio citado y traer con él a su señora
la seguridad de la próxima visita del mancebo.

Preciso es creer, por lo que otros en idéntica situación han


sentido, que la distancia del tiempo debió parecer en extremo larga a
los apasionados, que cada minuto se trocó para ellos en una hora, y
que, si hubiesen podido mandar al cielo, como Josué al sol, la tierra
se habría instantáneamente cubierto de las más oscuras sombras.

Llegado el instante, engalanose Romeo con su más suntuoso


traje, y favorecido por su buena estrella, se sintió poseído de tal
vigor al acercarse al sitio que daba aliento a su alma que, sin el
menor embarazo, franqueó la muralla del jardín, y hallando ya
pendiente de la ventana la escala consabida, subió por ella a la
habitación de Julieta1350. Ésta, que con tres cirios de cera virgen
había puesto su estancia como el día para mejor distinguir, se arrojó
incontinenti al cuello de Romeo, e incapaz de proferir palabra, toda
suspirante y siempre unidos sus labios a los de su bien, quedó como
desfallecida en brazos de éste, enviándole tiernas miradas que le
hacían vivir y morir a un propio tiempo. Al cabo, volviendo de su
éxtasis, dijo al joven:

-Romeo, ejemplo de virtud y gallardía, sed bien venido a este


sitio en que, por causa de vuestra ausencia, temiendo por vos, he
derramado tantas lágrimas que casi se ha agotado su manantial.
Puesto que ahora os tengo en mis brazos, por satisfecha me doy de
lo que he sufrido, y dispongan como quieran sobre el porvenir la
muerte y la fortuna.

A lo cual, todo enternecido, contestó Romeo:

-Señora, aunque no alcance a comprobaros la influencia y


poder que ejercéis sobre mí, si puedo asegurar que los tormentos
sufridos por vuestra ausencia me han sido mil veces más dolorosos
que la muerte, la cual, a no haberme esperanzado de continuo en
esta hora venturosa, habría tronchado el hilo de mis días. El
presente instante compensa, empero, mis pasadas aflicciones, y me
hace más feliz que si fuera señor del mundo. Sí, olvidemos las
antiguas miserias; demos expansión a nuestras almas, y obremos
con tal discreción y prudencia que nos sea dable continuar por
siempre en reposo y tranquilidad, sin ofrecer ventaja alguna a
nuestros enemigos.

A este punto habían llegado cuando, presentándose la nodriza,


les dijo:

-Quien malgasta su tiempo en balde, demasiado tarde lo


recobra. Uno y otro os habéis proporcionado sinsabores, y he ahí,
prosiguió señalando a determinado punto de la habitación, el sitio
en que podéis desquitaros. Los amantes no desperdiciaron el
consejo, y redoblando los dulces agasajos, arribaron al colmo de su
felicidad1351.

Habiendo amanecido, apartose Romeo del lado de Julieta


jurándola antes que no dejaría pasar dos días sin visitarla, en tanto
que la suerte le impidiera proclamar su matrimonio a la faz del
mundo. Y cumpliéndose esto así, los dos esposos continuaron
viéndose y gozando de un contento increíble hasta que la fortuna,
envidiosa de tal prosperidad, tornose en adversa y los llevó a un
abismo en que pagaron con usura las dichas pasadas, como lo vais a
ver en el curso de esta relación.

Según queda ya dicho, el señor de Verona no había podido


llevar a tal punto la reconciliación de los Montescos y Capuletos
que hubiera hecho desaparecer las chispas de su antiguo rencor, y
por esta causa sólo aguardaban las dos familias un ligero pretexto
para atacarse. Las fiestas de Pascua proporcionaron esta ocasión,
pues que, habiéndose encontrado cerca de la puerta de Bursari,
delante del viejo castillo de Verona, dos partidas de las casas ya
mencionadas, sin entrar en palabras comenzaron a acuchillarse,
instigados y movidos los Capuletos por un tal Tybal, primo hermano
de Julieta, el que hacía las veces de jefe, siendo en extremo atrevido
y diestro en el manejo de las armas. Esparcido bien pronto el rumor
de la contienda por los cantones de la ciudad, empezó a acudir gente
de todas partes; el propio Romeo, que a la sazón se paseaba con
algunos amigos por la población, no tardó en presentarse en el sitio
de la riña, y viendo el desastre que se operaba entre sus allegados,
no pudiendo reprimirse, dijo a sus compañeros: «Separémosles,
señores, pues unos y otros se hallan tan ciegos que va a hacerse
general la pelea». Y dando el ejemplo, precipitose en medio de los
combatientes y, sin hacer otra cosa que parar los golpes que le
asestaban, exclamaba sin interrupción: «Basta, amigos; tiempo es ya
de que acaben nuestras rencillas; con ellas ofendemos a Dios
grandemente, escandalizamos al mundo entero o introducimos el
desorden en la república». Pero era tal la acritud de los
contendientes que, sin oír la voz de paz, sólo trataban de herirse y
descuartizarse. Los espectadores, viendo cubierta la tierra de brazos,
piernas y miembros ensangrentados, se llenaban de terror, no
acertando a darse cuenta de semejante coraje ni a juzgar de qué
parte se inclinaba la victoria. De improviso, encontrándose Tybal
con Romeo, le asesó una furiosa estocada, creyendo atravesarle de
parte a parte; mas librado Romeo por la cota de malla, que a
precaución usaba siempre, sin mostrarse agraviado, le dijo:

-Tybal, comprenderás por la paciencia que hasta el presente he


guardado que no me ha traído aquí el afán de combatir y sí sólo el
de mediar entre vosotros, y si a otra cosa atribuyeras mi falta de
acción, harías gran injusticia a mi renombre. Créeme, existe otro
particular respeto que me impone abstención en las actuales
circunstancias, y te ruego así que no abuses, que te des por
conforme con la sangre derramada, con la mucha más que antes de
ahora se ha vertido, y que no traspases los límites de mi buen deseo.

-Cobarde, respondiole Tybal, te equivocas si crees que tu


lengua ha de servirte de escudo; procura defenderte o, si no, te
arrancaré la vida.

Y esto diciendo, le asestó tan tremenda cuchillada que, a no


pararla su contrario, le hubiera separado la cabeza de los hombros.
Indignado éste y sintiendo sobre sí la injuria, empezó a su vez el

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