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La Ruta Interior de Hermann Hesse

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones del capítulo "Alma de niño" del libro "La Ruta Interior" de Hermann Hesse. Describe los sentimientos de angustia y desesperanza que experimentaba el autor a los 11 años mientras regresaba de la escuela un día, y su deseo de poder acceder al "mundo de los adultos" a través de su amistad con Oscar Weber, aunque intuía que sería incapaz de arrancarle realmente los secretos de ese mundo.

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La Ruta Interior de Hermann Hesse

Este documento presenta un resumen de 3 oraciones del capítulo "Alma de niño" del libro "La Ruta Interior" de Hermann Hesse. Describe los sentimientos de angustia y desesperanza que experimentaba el autor a los 11 años mientras regresaba de la escuela un día, y su deseo de poder acceder al "mundo de los adultos" a través de su amistad con Oscar Weber, aunque intuía que sería incapaz de arrancarle realmente los secretos de ese mundo.

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Hermann Hesse

La Ruta Interior

Índice

ALMA DE NIÑO ................................................................................................................. 2

KLEIN y WAGNER ........................................................................................................... 18

EL ULTIMO VERANO DE KLINGSOR ......................................................................... 57


Hermann Hesse La Ruta Interior

ALMA DE NIÑO

Hay momentos en que nuestras acciones -el ir de aquí para allá, el hacer esto o aquello se
desenvuelven de modo tan fácil y libre que nos parece como si todo pudiera ser de otro
modo. En otros momentos, en cambio, todo aparece como rígido e inmutable, como si nada
fuera libre o fácil y hasta nuestra respiración parece determinada por poderes extraños y por
un destino fatal.
Las acciones llamadas "buenas" y de las cuales hablamos con placer, corresponden en
general a ese tipo "fácil" y son las que olvidamos rápidamente. En cambio, los actos cu ya
evocación nos molesta, nunca llegamos a olvidarlos. En cierto sentido, son más nuestros que
los otros y llegan a proyectar sombras que se prolongan sobre todos los días de nuestra vida.
En la casa paterna -grande y luminosa, situada en una calle también luminosa- se entraba por
un alto portal. Apenas entrado, nos envolvía una penumbra y un frescor, un húmedo aire a
piedras; luego nos acogía en su silencio un vestíbulo alto y lúgubre, cu yo piso de losas rojas
subía ligeramente hasta la escalinata que empezaba muy atrás, en la semioscuridad. Miles de
veces transponíamos el enorme portal sin reparar jamás en la puerta ni en el umbral, ni en las
baldosas ni en la escalera; pero siempre se trataba de un tránsito a otro mundo: a "nuestro"
mundo. El vestíbulo olía a piedra, era alto y oscuro, y la escalinata en el fondo llevaba desde
las frescas tinieblas hacia la claridad y el luminoso bienestar. Pero siempre se chocaba
primero en la sombría penumbra del vestíbulo con una atmósfera de dignidad y poder
paternal, de castigo y conciencia culpable. ¡Cuántas veces la atravesaba riendo! Pero días
había en que apenas entrado, uno se sentía en el acto oprimido y quebrantado y buscaba,
embargado de miedo, la escalera libertadora.
Contaba yo once años y regresaba de la escuela en uno de esos días en los cuales el destino
acecha en las esquinas, y en que a cada momento nos puede ocurrir algo. Es como si el
desorden y desequilibrio de nuestra alma se reflejaran en el mundo que nos rodea,
deformándolo. El desasosiego y la angustia nos oprimen y buscamos y hallamos sus causas
fuera de nosotros; el mundo nos parece mal organizado y tropezamos por doquiera con
obstáculos.
Aquel era uno de esos días. Desde la mañana, aunque no había incurrido en falta alguna, me
atormentaba un sentimiento como de conciencia culpable, procedente quizá de los sueños
nocturnos. Durante el desayuno creí advertir en los rasgos de mi padre una expresión de
dolor y reproche. La leche estaba fría y desabrida. En la clase no me vi en apuros, pero todo
me había parecido triste, inútil y desolador, despertando en mí una sensación de impotencia
y desesperación que se me había hecho familiar, y que me sugería la idea de que en un
tiempo sin término, permaneceríamos constantemente pequeños e impotentes, prisioneros de
esa estúpida y hedionda escuela. Toda la vida se me antojaba repugnante y contradictoria.
También me había disgustado con mi amigo de entonces. Yo había trabado amistad con
Osear Weber, el hijo del maquinista. En cierta ocasión se había jactado de que su padre
ganaba siete marcos por día, replicándole yo al azar que el mío ganaba catorce. Impresio-
nado, aceptó el hecho sin discutirlo y esto fue el principio de nuestra vinculación. Unos días
después fundamos con Weber una sociedad, estableciendo una alcancía común, que nos
serviría para adquirir un revólver, arma maciza con dos caños azulados, que yacía en la
vitrina de un ferretero. Weber me había persuadido de que ahorrando metódicamente durante
un tiempo, pronto podríamos comprarlo. Siempre disponíamos de algún dinero; a menudo él
recibía una moneda por algún mandado o una propina y a veces se encontraba dinero en la
calle u objetos de valor como herraduras, trocitos de plomo y otras cosas que podían
venderse a buen precio. A las primeras de cambio Weber me entregó una moneda para
nuestra alcancía y eso me convenció de que nuestro proyecto era realizable y de que

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obtendríamos buen resultado.


Aquel mediodía, cuando franqueé el umbral de nuestra casa y penetré en el húmedo y fresco
aire olor a sótano, en el que se agitaban mil oscuras advertencias de cosas y obligaciones
molestas e irritantes, mi mente estaba absorta en mi amigo Oscar Weber. Sentía que no le
amaba, aunque su rostro bonachón semejante al de una lavandera, me resultaba simpático. Lo
que me atraía en él no era su persona sino otra cosa que podría llamar su estado; algo que
tenía en común con casi todos los muchachos de su tipo y de su origen y que consistía en un
desenfadado modo de vivir, un pellejo duro a prueba de peligros y humillaciones, cierta
familiaridad con las pequeñas cuestiones prácticas de la vida: el dinero, las tiendas, los talle-
res, las mercancías y los precios, la cocina, el lavado, etc.
Los muchachos como Weber, que parecían no sentir los golpes en la escuela y que tenían
parientes y amigos entre mozos, cocheros y obreras de fábrica, se hallaban en el mundo en
una posición distinta y más segura que la mía; también eran más maduros, sabían cuánto
ganaba el padre por día y no cabe duda de que en general conocían aún muchas cosas de las
que yo carecía de experiencia. Se reían de frases y chistes que yo no comprendía. En
general sabían reía de una manera vedada para mí, en una forma sucia y grosera, pero
indiscutiblemente adulta y "masculina". ¿Qué importaba que uno fuera más inteligente que
ellos y lograra mejores notas en la escuela? ¿De qué servía que uno anduviera mejor vestido
y mejor lavado y peinado que ellos? Al contrario, en estas diferencias estribaba precisamente
su ventaja. Me parecía que los muchachos como Weber podían entrar sin dificultad en el
'mundo" tal como me lo imaginaba, sumido en romántica y fantástica luz crepuscular, mien-
tras ese mismo "mundo" permanecía cerrado para mí y cada una de sus puertas se
conquistaba penosamente a través de una infinita serie de cumpleaños, grados escolares,
exámenes y amonestaciones.
Por supuesto que estos muchachos también encontraban herraduras, monedas y trozos de
estaño en las calles, recibían propinas por los recados, en los comercios se les regalaba toda
clase de objetos y así prosperaban en la vida por los más variados recursos.
Intuía oscuramente que mi amistad hacia Weber y su alcancía, expresaba sólo mi violenta
nostalgia por ese ”mundo”. Lo único que me seducía en Weber era el secreto que le permitía
estar más cerca que yo de los adultos y vivir en un mundo sin velos, más desnudo y
vigoroso que el de mis sueños y deseos. Presentía que él me decepcionaría y que pese a mis
esfuerzos no lograría arrancarle su secreto y la mágica llave de la vida.
Acababa de despedirme de él y sabía que ahora se dirigía a su casa, satisfecho y tranquilo,
silbando alegremente, sin que le atormentara ninguna nostalgia o preocupación. Cuando se
encontraba con las sirvientas y las obreras de las fábricas y tenía ocasión de entrever su vida
enigmática, maravillosa o pecaminosa, esto no suponía para él ningún misterio o prodigioso
secreto, ningún peligro, nada de brutal y emocionante; todo le parecía simple, conocido y
familiar, y se hallaba en ese elemento como el pez en el agua. yo, en cambio, sería siempre
un espectador lejano, solitario y vacilante, lleno de intuiciones, pero falto de seguridad.
¡Ese día la vida carecía para mí de todo! Era un sábado pero parecía lunes, un lunes tres
veces más largo y monótono que los demás días de la semana. ¡Qué vida más desgraciada y
repulsiva, falsa e hipócrita! Los adultos se conducían como si el mundo fuera perfecto, como
si fueran semidioses. y nosotros, los muchachos, chusma y la hez de la humanidad. De los
maestros, ¡preferible no hablar!... Los niños sentíamos anhelos y ambiciones, teníamos
apasionados y sinceros arranques hacia lo bueno, ya se tratara de aprender los verbos
irregulares griegos, de mantener aseadas las prendas, de obedecer a los padres y de soportar
con heroico silencio los dolores y las humillaciones. A menudo nos levantábamos llenos de
piadoso fervor, para consagrarnos a Dios y seguir el sendero puro e ideal que lleva a las
máximas alturas, practicar las virtudes, tolerar resignados las maldades, ayudar a nuestro
prójimo... ¡pero eso nunca pasaba de un arranque, de una tentativa, de un breve e inseguro

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aleteo! Siempre sucedía que al cabo de unos días, a veces sólo pocas horas, se presentaba
algo inesperado, algo miserable, triste, vergonzoso. ¡Siempre en medio de las más firmes y
nobles resoluciones y promesas, caíamos de pronto irremediablemente en el pecado y en el
mal, en lo ordinario y lo mediocre! ¿Por qué reconocíamos y sentíamos tan hondamente la
belleza y la justicia de los buenos propósitos, si la vida (incluíamos en este concepto a los
adultos) hedía a trivialidad y estaba organizada para el triunfo de lo mezquino y lo vulgar?
¿Cómo era posible arrodillarse perpetuamente: de mañana en el lecho, de noche ante los
encendidos cirios, jurando consagrarse a todo lo hermoso y puro, invocando a Dios y
desafiando al mal... para luego, acaso sólo pocas horas más tarde, traicionar miserablemente
esos irrevocables juramentos e intenciones, dejándose arrastrar a una estúpida carcajada ante
el más vulgar de los chistes escolares? ¿Por que era ello así? ¿Acaso para otros era distinto?
¿Los héroes romanos y los griegos, los caballeros, los primeros cristianos, habían sido acaso
hombres diferentes, mejores, más perfectos, sin malos instintos, provistos de algún órgano
que me faltaba y que les impedía caer desde el cielo a una tierra de bajeza, desde lo elevado
a lo defectuoso y vulgar? ¿Acaso desconocían el pecado original, los héroes y los santos?
¿La bondad y la nobleza de ánimo eran privilegio de unos pocos individuos selectos? ¿Pero
si yo no era un elegido, por qué experimentaba ese anhelo hacia todo lo bello y elevado, esa
intensa y vehemente nostalgia por la pureza, la bondad, y la virtud? ¿No era una burla?
¿Cómo sucedía que en el mundo de Dios un ser humano, un muchacho era portador de
instintos buenos y malos, y debía sufrir y desesperarse, para servir -infeliz y grotesca
criatura- de diversión a un Dios espectador? ¿Cómo era posible? ¿Pero, entonces, no se con-
vertía el mundo en una broma diabólica, en algo sólo digno de un escupitajo? ¿ y el mismo
Dios no resultaba sino un monstruo, un insensato, un estúpido y repulsivo bribón? ¡ y
mientras pensaba estas cosas con cierto amargo placer de rebelde, ya mi corazón temeroso
me castigaba haciendo surgir el miedo ante las blasfemias proferidas!
Todavía, después de treinta años, veo con todos sus detalles la pared, las altas ventanas
ciegas que daban al muro vecino difundiendo apenas un poco de luz, los blancos escalones de
abeto, los descansillos, y el pasamanos liso de madera dura, lustrada por mis vertiginosas
Sajadas. Aunque mi infancia esté tan lejana y me parezca tan incomprensible y fantástica,
recuerdo exactamente el sufrimiento y la contradicción que turbaban entonces mi felicidad.
ya existían en mi corazón infantil los sentimientos que ahora me embargan: la duda acerca de
mi propio valer, un continuo fluctuar entre la estima de mí mismo y el desaliento, entre un
idealismo desdeñoso y una vulgar voluptuosidad. Entonces consideraba -igual seguía
pensando después- estos rasgos de mi carácter, sea como síntomas de una despreciable
enfermedad, sea como signos de distinción; por momentos creía que por aquel tormentoso
camino Dios quería llevarme a un grado más elevado de aislamiento y profundidad; y otras
veces, en cambio, me parecían simplemente manifestaciones de una vergonzosa debilidad de
carácter, de una neurosis análoga a la que miles de otros seres arrastran penosamente por la
vida.
Si quisiera reducir todos estos sentimientos y su dolorosa contradicción a un sentimiento
fundamental, para designarlo con un único nombre, no sabría hallar palabra más apropiada
que miedo.
Sí; era miedo, miedo e inseguridad lo que experimentaba en las horas en que veía alterarse
mi felicidad infantil; miedo frente al castigo, miedo frente a mi propia conciencia, miedo
frente a las emociones de mi alma que yo consideraba prohibidas y pecaminosas.
También ese día, mientras subía la escalera gradualmente más luminosa, y me acercaba a la
puerta de vidrio, me volvió a acometer ese sentimiento angustioso. Comenzaba con una
opresión en el bajo vientre que llegaba hasta la garganta, donde se convertía en sofocación o
en náuseas. En esos momentos, igual que ahora, experimentaba una desagradable vergüenza,
el deseo de que no se me observara, un ansia de estar solo v de ocultarme.

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Con esa molesta y nauseabunda sensación, que se confundía con un verdadero sentimiento
delictuoso, llegué al pasillo y al comedor. Sentía que el diablo andaba suelto y que sucedería
algo. Lo sentía con desesperada pasividad, como un barómetro advierte un cambio de presión
atmosférica. ¡Ahí estaba de nuevo ese aleo indefinible! El demonio se deslizaba por la casa,
el pecado original roía el corazón; detrás de cada pared esperaba gigantesco e invisible, un
espíritu, un padre, un juez.
Aún no sabía nada, era una mera intuición, un amargo desasosiego. Por lo común en esos
instantes lo mejor era caer enfermo, vomitar y acostarse. Entonces todo pasaba sin daño,
acudía mi madre o mi hermana, me daban una taza de té, me sentía rodeado de cariñosa
solicitud y podía llorar o dormir, para despertarme curado y contento en un mundo
transformado, libre y luminoso.
Mi madre no estaba en el comedor y en la cocina encontré sólo a la criada. Decidí buscar a
mi padre, cu yo estudio se hallaba en el piso superior, al final de una estrecha escalera.
Aunque le temía, a veces, sin embargo, me hacía bien dirigirme a él, como cuando le pedía
perdón. Con mi madre era más sencillo y más fácil hallar consuelo; pero el consuelo de mi
padre tenía más valor, significaba estar en paz con la conciencia, una conciliación, una nueva
alianza con los poderes del bien. Cuántas veces después de escenas deplorables, in-
vestigaciones, confesiones y castigos, yo había salido del cuarto de mi padre, bueno y puro,
castigado y amonestado, pero lleno de buenos propósitos, fortalecido por la alianza con el
poderoso contra el enemigo maligno. Decidí llegar hasta él y decirle que no me sentía bien.
Subí la pequeña escalera que conducía al estudio. Esta escalera con su característico olor a
empapelado y el sonido seco de sus peldaños de madera, livianos y huecos, representaba,
aún más que el vestíbulo, un camino significativo y fatal a la vez. A menudo, obligado por
graves motivos había subido los peldaños, arrastrándome cientos de veces lleno de miedo y
remordimiento, terquedad o ira. y con frecuencia había encontrado liberación y nueva
seguridad. Abajo, en nuestras habitaciones, madre e hijo nos sentíamos a gusto: allí reinaba
una atmósfera apacible; aquí arriba, en cambio, moraban el poder y el espíritu, aquí estaba el
tribunal, el templo, el "reino del padre".
Un tanto cohibido, como siempre, oprimí el picaporte de forma anticuada y abría medias la
puerta. Inmediatamente me envolvió el familiar olor del estudio paterno: perfume de libros y
tinta mezclado con el aire azulado que fluía por las ventanas semiabiertas; olor a blancas y
limpias cortinas y un rastro perdido de agua colonia; en el escritorio había una manzana. La
habitación, empero, estaba vacía.
Entré con un sentimiento de desilusión y alivio a la vez. Amortigüé mis pasos caminando de
puntillas, como teníamos que hacerlo cuando mi padre dormía o tenía jaqueca. Apenas me di
cuenta de ello, mi corazón comenzó a latir violentamente y la angustiosa opresión en el
vientre y en la garganta se hizo más fuerte. Me deslicé lleno de miedo, paso a paso, y ya no
me sentía el inocente visitante que viene a suplicar, sino un intruso. Ya otras veces, en
ausencia de mi padre, me había introducido furtivamente en sus habitaciones, espiando y
explorando su reino secreto y hasta le había sustraído algo en dos ocasiones.
En el acto me invadió aquel recuerdo y comprendí que se avecinaba la catástrofe, que
sucedería algo, que haría algo prohibido y malo. Nada de huir. Pensaba, empero, en eso,
ansiosa y ardientemente; deseaba escaparme, bajar las escaleras y refugiarme en mi cuartillo
o en el jardín... Sin embargo sabía que no lo haría, que no podía hacerlo. Ansiaba
ardientemente que mi padre me oyera en la habitación contigua y entrara para romper el
horrible y diabólico hechizo que me fascinaba y dominaba. ¡Ojalá viniera! ¡Que llegara, así
fuera para retarme, pero que llegara antes de ser demasiado tarde!
Tosí para anunciar mi presencia, y al no recibir contestación, llamé en voz baja: ¡Papá! Todo
quedó en silencio, los libros en los estantes seguían mudos; un postigo de la ventana se
movió con el viento, echando un fugaz reflejo se sol sobre el piso. Nadie llegaba para

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librarme. y yo mismo carecía de fuerzas para luchar con el demonio. Un sentimiento de


culpabilidad me oprimía el estómago y me enfriaba la punta de los dedos mientras mi
corazón latía temeroso. Aún no sabia lo que haría. Pero sí sabía que era algo malo.
Me acerqué al escritorio, cogí un libro y leí un título en inglés que no entendí. Odiaba el
inglés, que mis padres usaban cuando querían que no los entendiésemos o cuando
disputaban. En un platillo yacían varios pequeños objetos: escarbadientes, plumitas de acero,
alfileres. Tome dos plumitas y las guardé en el bolsillo, Dios sabe por qué, pues no las
necesitaba; no me faltaban plumas. Lo hacía obedeciendo a esa presión que casi me ahogaba,
a la necesidad de hacer algo malo, de perjudicarme, de mancharme con una culpa. Hojeé los
papeles de mi padre, vi una carta empezada y leí las palabras: "Nosotros y los niños estamos
bien, gracias a Dios", y entonces las redondas letras latinas parecieron mirarme como si
fueran ojos.
Luego me dirigí a hurtadillas al dormitorio. Ahí estaba el catre de hierro de mi padre, debajo
del cual asomaban sus zapatillas marrones. En la mesita de luz había un pañuelo. Aspiré la
atmósfera paterna de la fresca y luminosa estancia, que me evocó en el acto la imagen de mi
padre, mientras el respeto y la rebelión se disputaban mi alma abrumada. Por momento le
odiaba y recordaba con maligna satisfacción cómo yacía, en los días de jaqueca, silencioso y
hundido en su bajísimo catre, tieso y estirado cuan largo era, con un trapo mojado sobre la
frente, lanzando continuos suspiros. Intuía que tampoco él, el poderoso, tenía una vida fácil,
y que detrás de su dignidad también conocía la duda y el temor. Pero mi extraño odio se
desvaneció al punto para convertirse en ternura y compasión. Mientras tanto había abierto
uno de los cajones de la cómoda. Vi sus ropas dispuestas en orden y un frasco del agua
colonia que le agradaba; quise aspirar su aroma, pero estaba herméticamente cerrado, por lo
que volví a colocarlo en su lugar. A su lado advertí una cajita redonda con pastillas que
sabían a regaliz y me puse unas cuantas en la boca. Experimenté cierta desilusión, pero al
mismo tiempo me sentí contento de no haber hallado y sustraído nada más.
Con un sentimiento de alivio y dispuesto a renunciar y a irme, abrí jugueteando otro cajón,
mientras me proponía colocar de nuevo en su lugar las dos plumas robadas. Quizá me fuera
posible volver atrás y arrepentirme, arreglarlo y librarme del mal. Acaso la mano de Dios
fuera más fuerte que la tentación...
En eso eché todavía rápidamente un vistazo por la rendija del cajón apenas abierto. ¡Oh! ¿Por
qué no había allí medias, camisas o viejos diarios? Allí estaba la gran tentación y en el acto
me acometió otra vez esa contracción en el estómago y esa angustia; mis manos comenzaron
a temblar y mi corazón a latir violentamente. En un platillo de mimbre, de factura india,
descubrí algo sorprendente: toda una argolla de higos secos espolvoreados con azúcar.
La tomé en la mano; ¡qué pesada y magnífica era! Saqué dos o tres higos, me puse uno en la
boca y los otros en los bolsillos. De todos modos el miedo y la aventura no habían sido en
balde. ya que no había encontrado allí liberación y consuelo, por lo menos no quería irme
con las manos vacías. Saqué tres o cuatro higos más de la argolla, la que apenas perdió peso,
y otros aún, hasta que más de la mitad de los higos desaparecieron en mis bolsillos ya llenos;
arreglé entonces los que quedaban sueltos en el anillo pegajoso para que no se notara la falta
de tantos. Luego, presa de repentino pavor, cerré de un golpe el cajón, atravesé corriendo las
dos habitaciones, bajé la pequeña escalera y llegué jadeando a mi cuartito, donde me quedé
de pie apoyándome en mi pupitre, con la sensación de que se me doblaban las rodillas y me
faltaba la respiración.
Poco después sonó la campanilla del almuerzo. Con la cabeza vacía y lleno de desprecio y
asco nada mí mismo, metí los higos en mi estante, ocultándolos detrás de los libros y me
dirigí al comedor. Antes de entrar advertí que mis manos estaban pegajosas de azúcar. Me las
lavé en la cocina. En la sala ya estaban todos reunidos a la mesa. Murmuré un breve "buenos
días"; mi padre pronunció la oración. Y yo me dispuse a tomar mi sopa. No tenía hambre;

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cada trago me costaba un esfuerzo. A mi lado se hallaban sentadas mis hermanas, y enfrente
mis padres, todos alegres y satisfechos, y yo entre ellos como un miserable delincuente
aislado e indigno, temiendo hasta las miradas afables, fresco aún el sabor de los higos en mi
boca. ¿Había cerrado yo la puerta del dormitorio de mi padre? ¿ y el cajón?
Pero ya lo irremediable había ocurrido. Hubiera dado mi mano por que los higos se
encontraran de nuevo arriba, en la cómoda. Resolví tirarlos, o llevarlos a la escuela para
regalarlos. ¡Con tal que desaparecieran, con tal que no los viera más!
-Tienes mal semblante,- dijo mi padre observándome. Bajé los ojos sobre mi plato mientras
sentía su mirada interrogativa. Ahora se daría cuenta. Siempre lo comprendía todo. ¿Pero por
qué me atormentaba primero con otras preguntas? ¿No era acaso mejor que me llevara
inmediatamente arriba, aunque me matara a golpes?
-¿Te pasa algo? -inquinó de nuevo.
Mentí, diciéndole que me dolía la cabeza.
-Deberías acostarte un poco luego -dijo él-. ¿Cuántas horas de clase tienes esta tarde?
-Sólo ejercicios físicos.
-Bueno, no creo que te haga mal. ¡Pero deberías comer algo, empéñate un poco! ya te
pasará.
Le miré de soslayo. Mi madre no dijo nada, pero yo sabía que me miraba. Apuré mi sopa,
luché luego con la carne y las verduras, ayudándome con dos copas de agua. Nadie habló
más. Me dejaron tranquilo. Cuando mi padre pronunció la oración final: "Señor nuestro, te
agradecemos pues eres piadoso y tu bondad es eterna", me pareció como si un cuchillo
ardiente me separara de las puras y edificantes palabras sagradas, y de todos los que se
encontraban en la mesa. Mis manos unidas para rezar eran una mentira y mi actitud devota
una blasfemia.
Cuando me levanté, mi madre me acarició los cabellos, tocando por un momento mi frente
para ver si tenía fiebre. ¡Cuan amargo era todo esto!
Luego en mi piecita me detuve frente al estante de los libros. Mis pensamientos de la mañana
no me habían engañado; todos los presagios resultaban ciertos. Era un día de desgracias, el
día más infeliz de mi vida. Ningún ser humano podría soportar algo peor. Si ocurriese una
cosa mas grave, sólo cabía quitarse la vida. En general era preferible estar muerto más bien
que vivir en un mundo donde todo era falso y feo. Permanecí un buen rato meditando,
mientras cogía distraído uno tras otro los higos escondidos, comiéndomelos casi sin darme
cuenta.
De pronto advertí nuestra alcancía que estaba en el borde del estante. Era una caja de
cigarrillos en cu ya tapa, después de clavarla, yo había tallado una tosca abertura con un
cortaplumas. El tajo era grosero e imperfecto, con astillas salientes. Ni siquiera eso sabía ha-
cerlo bien. Tenía compañeros que con empeño y paciencia tallaban tan impecablemente, que
sus trabajos parecían ejecutados por un carpintero. yo, en cambio, trabajaba mal, siempre
tenía prisa y jamás llevaba a cabo algo bueno. ya se tratara de talar, ya de mi caligrafía o de
mis dibujos, con cualquier cosa era lo mismo. yo no servía para nada. y ahora, para colmo,
había robado de nuevo. y peor que otras veces. También las plumitas se hallaban todavía en
mi bolsillo. ¿Para qué? ¿Por qué las había tomado? ¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué
había de hacer lo que no se quería?
En la caja de cigarrillos resonaba una sola moneda, la de Osear Weber. Desde entonces no le
habíamos agregado nada. También ese asunto de la alcancía era una empresa digna de mí.
¡Cualquier cosa que emprendiera carecía de valor, abortaba de entrada, fracasaba! ¡Que el
diablo se llevara esa estúpida alcancía! No quería verla más.
En los días como ése, el tiempo entre el almuerzo y la hora de la escuela era siempre
fastidioso y no sabía cómo emplearlo. En los días buenos y pacíficos, constituía un momento
hermoso y deseado; lo pasaba le yendo en mi cuarto alguna historia de indios o me dirigía al

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punto al patio de la escuela, donde siempre encontraba compañeros alegres y jugábamos,


gritábamos, comamos y nos acalorábamos hasta que el toque de la campana nos llamaba a la
olvidada "realidad". Pero, ¿con quién podía jugar en días como aquel y cómo matar el diablo
en mi pecho? yo presentía que tenía que llegar el momento, quizás no fuera hoy, pero sí otra
vez, tal vez pronto, en el cual se pronunciaría mi destino. Bastaba un poco más de temor, un
poco más de angustia y desconcierto para que la copa desbordara y un final horroroso
coronara mi vida. Algún día, un oía como éste, yo me hundiría definitivamente en el mal,
tercamente y con ira, y no pudiendo soportar por más tiempo esa vida sin sentido, cometería
una acción horrenda y decisiva, algo terrible que, sin embargo, me libraría, que acabaría para
siempre con mi miedo y con mis tormentos. No sabía exactamente qué haría, pero ya más de
una vez se habían agitado en mi mente confusas fantasías y alucinaciones, visiones de delitos
con los que me vengaría del mundo, entregándome y aniquilándome también a mí mismo. A
veces imaginaba que prendería fuego a nuestra casa: veía llamas gigantescas que devoraban
la noche con sus lenguas monstruosas, el incendio extendiéndose a casas y calles y toda la
ciudad ardiendo contra un cielo negro. Otras veces el crimen que cometía en mis sueños era
una venganza contra mi padre, un asesinato, un horrendo homicidio. yo me comportaría
luego como aquel delincuente, aquel único y verdadero delincuente que había visto conducir
por las calles de nuestra ciudad. Era un asaltante que había sido capturado y llevado a la
comisaría, con las manos esposadas, un sombrero hongo inclinado sobre la cabeza, y
precedido y seguido por policías. Este hombre arrastrado por las calles, entre un gentío de
curiosos, en medio de enjambres de maldiciones, de bromas malignas y de votos perversos
formulados a gritos, no tenía nada de común con esos pobres diablos asustados, que veía de
cuando en cuando acompañados por un agente y que por lo general eran sólo míseros
aprendices de mendicantes. No, aquél no era un aprendiz, no parecía tímido, amedrentado, ni
lacrimoso, ni se refugiaba en una estúpida sonrisa embarazada, como muchos que había
visto; aquél era un delincuente auténtico, que llevaba audazmente inclinado el sombrero
sobre la obstinada e indómita cabeza; era pálido y sonreía con silencioso desprecio, y el
pueblo que le escupía y escarnecía se transformaba a su lado en chusma y populacho. yo
también grité:
-¡Lo agarraron, que lo cuelguen!
Pero al advertir su andar derecho y orgulloso, el gesto altanero de sus manos esposadas y la
audacia con que llevaba su sombrero hongo como una fantástica corona sobre el cráneo terco
y maligno, al advertir cómo sonreía, enmudecí. yo también sonreiría y mantendría la cabeza
erguida como aquel delincuente cuando me arrastraran frente al tribunal y a la horca, y
cuando la gente se agolpara a mi alrededor, para injuriarme y zaherirme, nada diría, sólo los
contemplaría con silencioso desprecio.
Y después de la condena, cuando ya muerto me presentara en el cielo ante el juez supremo,
tampoco entonces me doblegaría ni me sometería. No, aún cuando Dios estuviera rodeado
por todos los coros de ángeles y refulgiera de santidad y dignidad. ¡Qué me condenara, pues!
¡Que me hiciera hervir en alquitrán! ¡ yo no me disculparía, no me humillaría, no le pediría
perdón, no me arrepentiría! Cuando me preguntara: "¿Hiciste esto o aquello?", yo contestaría
gritando:
-Sí, lo hice; hice todavía más y fue justo que lo hiciera, y siempre que pueda volveré a
hacerlo, una y mil veces. He matado, he prendido fuego a las casas, porque me divertía y
porque quería ofenderte e indignarte. Sí, porque te odio y te escupo a los pies, Dios. Me has
atormentado y vejado, has creado leyes que nadie puede cumplir, has puesto a los adultos
para que nos envenenen a nosotros los muchachos.
Cuando lograba representarme estos cuadros con todos sus detalles y creer que realmente
podría actuar y hablar así, experimentaba durante unos instantes una sombría satisfacción.
Pero al rato volvían a asaltarme las dudas: ¿no sería débil, no tendría miedo, no cedería al

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fin? y aún en caso de seguir el dictado de mi obstinada voluntad, ¿no encontraría Dios
alguno de sus múltiples recursos, algún engaño de aquellos con los que siempre logran los
adultos y los poderosos salirse, a la postre, con la su ya, para avergonzarnos, no tomarnos en
serio y finalmente humillarnos con el maldito pretexto de la benevolencia? ¡Oh, que todo
terminara de ese modo!
Mis fantasías se sucedían incansablemente; ora triunfaba yo, ora Dios; tan pronto me
elevaba a la categoría de delincuente inflexible como me rebajaba al grado de niño débil e
indefenso.
Estaba frente a la ventana y miraba hada el pequeño patio de la casa vecina. Allí había unas
vigas apoyadas en la pared y un jardincito donde reverdecían algunas verduras. De pronto
unos toques de campana rompieron el silencio de la tarde, duros y reales en medio de mis
visiones; primero fue un toque cristalino y severo, y luego otro. Eran las dos y yo volvía
asustado, desde mis sueños de angustia a la realidad. Comenzaba la clase de gimnasia y aún
cuando hubiera estado dotado de alas mágicas que me llevaran derecho a la sala de ejercicios,
con todo habría llegado demasiado tarde. ¡También aquí me perseguía la mala suerte! Pasado
mañana habría un llamamiento, amonestaciones, y castigo. Ya no valía la pena ir; de
cualquier modo la cosa no tenía arreglo. Acaso con una buena excusa, sutil y verosímil,
pudiera salvarme; pero en ese momento, por más que nuestros maestros nos habían educado
maravillosamente para la mentira, no se me ocurría nada aceptable; no me hallaba en condi-
ciones de mentir, de inventar, de construir. Era mejor faltar a clase. ¿Qué importaba si a la
gran desgracia se le agregaba una pequeña desgracia más? Pero el sonido de la campana me
había despertado paralizando el juego de mi fantasía. De repente me sentí muy débil; mi
cuarto me envolvía con su intensa realidad; el pupitre, la cama, los cuadros, el estante de los
libros, me miraban severamente como testigos de un mundo en el que era menester vivir y
que hoy de nuevo se me presentaba en extremo hostil y peligroso. ¿Acaso no había perdido
la hora de gimnasia? ¿No había, además, robado, robado miserablemente y no estaban
todavía, detrás de los libros, los higos que aún no había comido? ¿Qué me importaban ahora
el delincuente aquél, el buen Dios y el juicio final? Todo eso vendría luego, a su tiempo,
pero en este momento se hallaban muy lejos, no era más que estúpidas fantasías.
Lo positivo era que había robado y que el delito podía descubrirse en cualquier momento.
Acaso ahora mismo, mi padre estuviera ya abriendo el cajón, ahí arriba. y al descubrir mi
oprobiosa acción, meditara ofendido e indignado en el modo de castigarme. Acaso se hallaba
ya camino de mi cuarto y si no huía en el acto, pronto tendría ante mí un rostro severo y sus
antipáticas antiparras. Por supuesto que inmediatamente sabría que yo era el ladrón. No
existían otros delincuentes en la casa; mis hermanas, Dios sabe por qué, no hacían jamás
nada parecido. Pero, él, mi padre ¿por qué ocultaba en su cómoda semejante rosca de higos?
Abandoné mi piecita y san' por la puerta trasera del jardín. Las quintas y los prados se
extendían bañados por la luz del sol, y las mariposas revoloteaban en el aire. Sin embargo
todo se me antojaba feo y amenazador, mucho más que a la mañana. ya conocía esa sen-
sación, pero me parecía no haberla experimentado jamás tan intensamente. El paisaje, con su
conciencia tranquila, me miraba como si
nada hubiera pasado; la ciudad y la iglesia, los prados, el camino, las flores y las mariposas,
todas estas cosas hermosas y alegres que siempre deleitaban mi vista, me parecían extrañas y
alejadas como por arte de encantamiento. Sí, yo conocía este sentimiento; yo sabía lo que era
atravesar presa de remordimientos una región familiar. Podría volar sobre la pradera la más
rara mariposa y luego venir a posarse a mis pies: todo sería en vano; nada me produciría
placer, ni me daría consuelo. y si el cerezo más soberbio me ofreciera sus ramas cargadas,
tampoco me interesaría, tampoco me haría feliz. Lo único que importaba era huir, huir del
padre, del castigo, de mí mismo, de mi conciencia, huir sin descanso, hasta que llegar el fin
inevitable e inexorable que yo presumía.

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Corría y corría sin detenerme; corrí monte arriba, muy alto, hasta el bosque, y bajé desde el
robledal hasta el molino; crucé la plancha sobre el río y volví a subir cuesta arriba a través
de los bosques. Allí habíamos instalado nuestro último campamento indio. Allí el año
pasado, mientras mi padre se hallaba de viaje, mi madre había celebrado con nosotros las
Pascuas, escondiendo los huevos en el bosque y entre el pasto. Allí mismo una vez, durante
las vacaciones con mis primos, construí un castillo, cuyos restos aún podían verse. Por
doquiera huellas, por doquiera espejos, desde los cuales me miraba un muchacho, distinto del
que era en ese momento. ¿Podía haber sido yo aquel chico alegre, contento y agradecido, tan
cariñoso con mi madre, valiente, buen compañero y maravillosamente feliz? ¿De veras había
sido yo ese niño? ¿Cómo pude transformarme así, hasta llegar a ser un muchacho tan distinto
del que era entonces, tan malo y miedoso, y destrozado? Todo estaba igual que antaño: el
bosque y el río, los helechos y las flores, el castillo y los hormigueros; y sin embargo todo
parecía envenenado y desolado. ¿No existía ningún camino para retornar hacia la felicidad y
la inocencia? ¿Jamás podría ser como antes?
Corría y corría, la frente bañada en sudor. y tras de mí corría la culpa y la sombra de mi
padre, que me perseguía, gigantesca y terrible.
A mi lado pasaban en vertiginosa huida las arboledas, las pendientes y los bosques,
precipitándose al valle. Por fin me detuve en una altura alejada del sendero y me eché en el
pasto mientras mi corazón latía violentamente; quizás había corrido demasiado cuesta arriba,
pero, sin duda, pronto mejoraría. Ahí abajo se extendían la ciudad y el río; veía la sala de
gimnasia, donde, terminada ya la clase, se dispersaban los alumnos; veía también el techo
alargado de mi casa paterna. Ahí estaba el dormitorio de mi padre y el cajón del que faltaban
los higos. y más abajo mi pequeño cuartito, donde al volver sería castigado. ¿ y si no
regresara?
Sin embargo, sabía que regresaría. Siempre regresaba al hogar, todas las veces regresaba.
Terminaba siempre en la misma forma. No podía alejarme, no podía irme a África o a Berlín,
era pequeño, no poseía dinero, nadie me ayudaría. ¡Quizás si todos los niños se unieran para
apoyarse mutuamente!... Los niños éramos muy numerosos, había muchos más niños que sus
padres. Pero los niños no eran todos ladrones y delincuentes. Muy pocos eran como yo.
Quizá yo era el único. Pero no, no era el único, sabía muy bien que estas cosas pasaban a
menudo; también un tío nuestro había robado, cuando muchacho, y cometido muchas
travesuras; lo había oído una vez, escuchando a "hurtadillas una conversación de mis padres,
lo que hacía siempre que deseaba enterarme de algo importante. ¿Pero de qué me servía eso?
Aún en el caso de estar mi tío, tampoco me defendería. Ahora había crecido y se había
convertido en adulto; era pastor y haría causa común con los otros adultos, abandonándome a
mi destino. Así eran todos. Cuando se trataba de nosotros, los niños, se transformaban en
falsos y mentirosos, representaban un papel, mostrándose distintos de lo que eran. La madre
quizás no fuera así. O, por lo menos, no tanto.
¿Y si de veras no regresara? ¿Podría sucederme algo, podría romperme el pescuezo o
ahogarme o caer bajo un tren? Entonces todo cambiaría. Me llevarían a casa y todos
llorarían, mudos y asustados, todos me compadecerían; nadie haría cuestión por los higos.
Sabía muy bien que uno podía quitarse la vida. También pensaba que algún día lo haría, más
tarde, cuando sucediera lo peor. Me hubiera venido bien enfermarme, pero no con una simple
tos, sino enfermarme gravemente, como aquella vez que tuve la escarlatina.
Ya había pasado la clase de gimnasia y la hora durante la cual me esperaban en casa para el
té. Acaso en esos momentos me llamaban y buscaban en mi pieza, en el jardín, en el patio y
en el vestíbulo. Pero si mi padre había descubierto el robo, no me buscarían, pues ya
comprenderían.
No podía continuar tendido en el pasto. El destino no me olvidaba, me perseguía. Comencé,
de nuevo a correr. En el parque pasé, por un banco que me evocaba algo del pasado, otro

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recuerdo hermoso y bello, que ahora me abrasaba como el fuego. Años atrás mi padre me
había regalado un cortaplumas y fuimos a pasear felices y en paz: él se había sentado allí, en
ese banco, mientras yo cortaba una varita entre los arbustos. En mi entusiasmo rompí el
cuchillito nuevo y regresé desesperado. Estaba afligido por la perdida del cortaplumas y
porque esperaba una reprimenda. Pero mi padre se limitó a sonreír, me palmoteo el hombro y
dijo:
-¡Que lástima, pobrecito!
¡Cuánto le amé, en aquel momento y por cuántas cosas lo pedí perdón en lo profundo de mi
ser! Ahora, al evocar el rostro de mi padre, su voz, su compasión, no sentía un verdadero
monstruo por haberle causado tantas penas mintiéndole y hasta robándole.
Cuando retorné a la ciudad por el puente superior, lejos de nuestra casa, anochecía ya. Desde
un almacén en cu yo interior ardían las lámparas, salió corriendo un muchacho que se detuvo
llamándome por mi nombre. Era Osear Weber. Ningún encuentro podía caerme peor. De
todos modos me contó que el maestro no había advertido mi ausencia en la clase de
gimnasia. Luego no pregunté dónde había estado.
-En ninguna parte -contesté evasivamente-, no me sentía muy bien.
Me mantuve lacónico y reservado hasta que al cabo de un rato, que me indignó por lo largo,
Osear Weber comprendió que resultaba molesto. Entonces se enojó.
-Déjame en paz, -le dije fríamente-, puedo volver solo a casa.
-¿Ah, sí? -gritó él-, ¡ yo también puedo ir solo, mocoso estúpido! No soy tu bedel, para que lo
sepas. ¡Pero antes quisiera que me digas que pasa con nuestra alcancía! yo puse una moneda
y tu nada.
-Tu moneda puedo devolvértela ahora mismo, si temes por ella. Ojalá no te viera más. ¡Como
si alguna vez hubiera aceptado algo tu yo!
-Pero hace poco te gustó tomarla, -replicó , irónicamente, aunque su voz dejaba entrever la
posibilidad de una reconciliación.
Pero yo estaba ya muy excitado e indignado y todo el temor y el desconcierto acumulados
en mi alma estallaron en violencia. ¡Weber no podía decirme nada! Frente a él tenía la razón
de mi parte y la conciencia tranquila. y yo necesitaba alguien frente a quien sentirme
importante, orgulloso y justo. Todo mi desorden y mi oscuro desequilibrio interno
desembocaron en este recurso. Hice lo que en general evitaba cuidadosamente: me las eche,
de niño bien, insinué, que para mi no representaba un sacrificio renunciar a la amistad de un
chico de la calle. Le dije que ahí acababan para él las diversiones en mi casa, los juegos con
mis juguetes o el comer fresas en mi jardín. Me sentía encendido y animado: tenía un
enemigo, un adversario, un culpable de carne y hueso a quien podía atacar. Todos mis
instintos vitales se concentraron en esta ira liberadora y bienhechora, en la amarga
satisfacción detener un enemigo que estaba fuera de mí mismo, con quien podía enfrentarme,
que me miraba con ojos desorbitados, sorprendidos e indignados, cu ya voz podía oír, cuyos
reproches podía desdeñar, y a cuyas palabras injuriosas podía replicar con otras peores.
Trabados en un altercado siempre mas violento, bajábamos muy cerca el uno del otro por la
calleja sumida en la penumbra; de vez en cuando alguien nos miraba desde el umbral de una
puerta. yo descargaba sobre el infeliz Weber toda la ira y el desprecio que sentía contra mí
mismo. Cuando me amenazó con acusarme ante el maestro de gimnasia, experimenté
verdadera voluptuosidad, pues se rebajaba, se portaba como un canalla y esto me fortalecía
en mi posición.
Al llegar a la calle de los carniceros nos fuimos a las manos y unos curiosos se detuvieron
para observar nuestra riña. Nos asestamos muchos golpes en el vientre y en el rostro,
ayudándonos a fuerza de puntapiés. En el entusiasmo combativo lo olvidé, todo por unos
instantes, y aun cuando Weber era mucho mas fuerte, yo en cambio era más ágil, más
inteligente, más ligero y más arrojado. Acalorados y enfurecidos nos pegábamos con

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verdadera exasperación. Cuando Weber, ciego de furor, me desgarro el cuello de la camisa,


sentí deslizarse voluptuosamente una corriente de aire frío por mi pecho encendido.
En medio de los golpes, los empujones y los pisotones, luchando y estrangulándonos, no
cesábamos de insultarnos, injuriar-nos y aniquilarnos con palabras que crecían en violencia,
cada vez más necias y malignas, cada vez mas extrañas y fantásticas. También en eso yo lo
superaba: había mas refinamiento, mas riqueza poética, mas inventiva en mis injurias. Si él
gritaba "perro", yo le replicaba perro cochino; a la palabra "infame', yo respondía "Belcebú".
Ambos sangrábamos, pero no lo sentíamos; mientras nuestras palabras expresaban pérfidos
deseos e invocaban los más terribles hechizos, nos recomendábamos mutuamente a la horca;
ansiábamos cuchillos para hundirlos y revolverlos entre las costillas; ultrajábamos nuestros
nombres, nuestros orígenes, nuestros padres.
Era la primera y única vez que yo me aventuraba a fondo y con pleno fervor en una pelea
semejante, con todos los golpes, todas las crueldades y todas las inventivas del caso. Mas de
una vez había asistido a tales escenas y escuchado con horripilante placer aquellas vulgares
y primitivas maldiciones y palabrotas; ahora las gritaba yo mismo, como si desde antiguo
hubiera estado acostumbrado a oirías y usarlas. Las lágrimas corrían por mis mejillas y la
sangre me llenaba la boca. Pero el mundo era magnífico, tenía sentido; así era bueno vivir,
hacia bien asestar golpes, hacía bien sangrar y hacer sangrar.
Jamás pude hallar en mi memoria el final de esta lucha. En algún momento terminó, y de
pronto me halle, solo en la muda oscuridad, reconocí las esquinas y los jardines, y advertí
que estaba cerca de mi casa. Poco a poco se desvanecía la ebriedad, poco a poco se acababa
el zumbido y el tronaren mi cerebro. y la realidad se abría paso por mis sentidos.
Primeramente mis ojos empezaron a ver. Ahí estaba la fuente. y ahí el puentecillo. Sangre en
mi mano, vestidos desgarrados, medias caídas, un dolor punzante en la rodilla, otro en el ojo,
sin gorro -todo se hacia presente poco a poco, convirtiéndose en realidad y explicándome la
situación. De repente me sentí profundamente cansado, mis rodillas se doblaron, mis brazos
temblaban y busque tanteando el apoyo de una pared.
Bueno, ahí estaba nuestra casa. ¡Gracias a Dios! Lo único de que tenía conciencia en aquel
instante era que allí encontraría refugio, paz, claridad, techo. Con un suspiro de alivio empuje
la alta puerta.
E inmediatamente la fresca y húmeda atmósfera de piedras evocó los recuerdos palpitantes
y candentes. ¡Dios mío! Olía a severidad, a le y, olía a responsabilidad, a padre y a Dios.
Había robado. No era un pobre niño extraviado que volvía por fin a su casa, para hallar
calor y compasión en el regazo de su madre. Era un ladrón, era un delincuente. Allí arriba no
existían para mi ni paz, ni cama, ni sueño, ni comida, ni cuidados, ni consuelo, ni olvido. A
mi solo me esperaban la culpa y el castigo.
Creo que entonces, por primera vez en mi vida, mientras atravesaba el vestíbulo envuelto en
la oscuridad de la noche y subía penosamente uno por uno los peldaños de la escalera, respire
por momentos el éter helado de la soledad, el sentido de lo irrevocable, del destino. No veía
posibilidad de salvación, no tenía proyectos, ni siquiera miedo, sólo un frío y áspero
sentimiento traducible en las palabras: "Así debe ser". Me arrastraba sosteniéndome en la
baranda. Frente a la puerta de vidrio tuve deseos de sentarme por un instante en la escalera,
de tomar aliento, para descansar un rato. Pero no lo hice; no tenía objeto. Había que entrar,
era inevitable. Mientras abría la puerta se me ocurrió pensar que hora seria.
Me detuve en el umbral. Todos estaban sentados a la mesa; acababan de comer; todavía había
un plato con manzanas. Debían ser las ocho. Nunca había regresado tan tarde sin permiso,
jamás había faltado a la cena.
-¡Gracias a Dios que llegas! -exclamó mi madre, vivamente.
Comprendí que había estado preocupada. Se me acercó corriendo y se detuvo horrorizada al
ver mi rostro y los vestidos sucios y rotos. No pronuncie palabra, no miré a nadie, pero sentí

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que mi padre y mi madre se ponían silenciosamente de acuerdo en su actitud para conmigo.


Mi padre calló, pero yo sentía que estaba muy enojado. Mi madre se ocupó de mí, me lavó el
rostro y las manos y me aplicó tela adhesiva; luego me dieron comida. Rodeado de com-
pasión y solicitud, comí en silencio, profundamente avergonzado, gozando pese a mi
conciencia culpable el calor que me envolvía. Después me mandaron a la cama. Sin mirarlo,
le di la mano a mi padre.
Tendido va en la cama, entro mi madre en la habitación. Sacó mi ropa de la silla y me puso
ropas nuevas para el día siguiente, que era domingo. Luego empezó a inquirir prudentemente
y tuve que referirle mi re yerta. La cosa le pareció bastante grave, pero no me reprendió; al
contrario, quizás se asombró de que por tal motivo estuviera tan deprimido y medroso. Luego
me dejó solo.
y ahora, pensé yo, ella estará convencida de que todo se ha arreglado. Ella creerá que he
tenido una disputa y recibido mis buenos golpes; ahora había sangre, pero mañana todo seria
olvidado. Nada sabia de lo otro, lo esencial. Se había mostrado afligida, pero desenvuelta y
cariñosa. Sin duda también mi padre ignoraba aun mi delito.
Me invadió un horrible sentimiento de desilusión. Comprendí que desde el momento en que
pise nuestra casa no había penetra-do y encendido un solo vehemente deseo. El deseo de que
estallara la tormenta, de que se me pidiera cuentas; de que lo terrible se convirtiera en
realidad y cesara el horrendo miedo a lo que vencía. Estaba
pronto para cualquier cosa, estaba dispuesto a todo. ¡Que mi padre me castigara severamente,
que me pegara y encerrara! ¡Que me hiciera pasar hambre! ¡Que me echara su maldición y
me arrojara a la calle, pero que acabara la angustia de la expectativa!
y, en cambio, me encontraba de nuevo en mi cama y despierto, esperando y temblando. Me
habían perdonado mis trajes desgarrados, mi ausencia, el haber faltado a la cena porque
estaba fatigado y sangraba, y me compadecían, pero sobre todo porque ni siquiera
sospechaban lo otro, porque solo conocían mis travesuras, pero ignoraban mi crimen.
¡Naturalmente cuando se descubriera me tocaría un castigo mucho más terrible! Quizá me
mandaran, como me habían amenazado una vez, a un correccional, donde se comía pan viejo
y duro y durante todos los ratos libres había que cortar leña y limpiar zapatos; donde se
dormía en dormitorios vigilados por guardianes que pegaban con un bastón y que
despertaban a los chicos a las cuatro de la mañana con un chorro de agua fría. ¿O acaso me
entregarían a la policía?
De todos modos, viniera lo que viniera, nuevamente debía sufrir una larga espera. Tenía que
soportar todavía ese miedo, seguir con mi secreto, estremecido ante cualquier mirada o al oír
pasos en la casa. Tenía que seguir sin poder mirar a nadie en la cara.
¿ y si no se llegaba a descubrir mi robo? ¿Si lodo quedaba como antes? ¿Si hubiera estado
atormentándome en vano durante todas esas horas?, ¡Oh!, ¡Si llegara a suceder tal cosa, si
fuera posible algo tan fantástico, tan extraordinario, empezaría una vida completamente
nueva, le daría de rodillas las gracias a Dios y me mostraría digno de tal milagro viviendo por
siempre una vida pura e inmaculada! ¡Entonces triunfaría en lo que tantas veces había
intentado sin éxito; entonces, después de esa desgracia, después de ese infierno y esas
torturas, mi propósito y mi voluntad serían bastante fuertes! Todo mi serse apoderó de esta
esperanza, aferrándose a ella apasionadamente. Era un consuelo inesperado; el futuro se me
presentaba diáfano y luminoso. En medio de estas fantasías sobrevino por fin el sueño y
dormí tranquilo toda la noche.
El día siguiente era domingo, y ya en la cama saboreó casi como el sabor de un fruto, esa
extraña pero exquisita sensación festiva del domingo, que me era familiar desde que iba a la
escuela. La mañana del domingo era algo sumamente agradable: se podía dormir a gusto, no
había escuela, había la perspectiva de un buen almuerzo, no olía a maestros ni tinta, y lo más
importante era el mucho tiempo libre que había a disposición de uno. Solo perturbaban esa

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sensación feliz, unos matices extraños e insípidos: el culto o el catecismo, el paseo con la
familia, la preocupación por los vestidos hermosos. Eran como notas falsas que alteraban un
sabor puro y exquisito, como si se comiera al mismo tiempo dos viandas incompatibles, o
como esos caramelos y bizcochos que daban de obsequio en los pequeños almacenes y que
conservaban fatalmente un leve resabio a queso y aceite. Los comía y me gustaban, pero no
eran algo completo y radiante, había que cerrar un ojo. En general el domingo era un tanto
parecido, sobre todo si tenia que ir a la iglesia o a la escuela dominical, aunque por suerte no
era frecuente.
El día de libertad adquiría entonces un aspecto de deber y de aburrimiento. En los paseos de
familia sucedía generalmente algún incidente, alguna riña con las hermanas, corríamos
demasiado o quedábamos rezagados y nos ensuciábamos los vestidos; casi siempre pasaba
algo.
Todo eso no me preocupaba. yo me sentía a gusto. Desde ayer había transcurrido ya
muchísimo tiempo. No es que hubiera olvidado mi vergonzosa acción; al contrario, la
recordé apenas abrí los ojos, luego me parecía lejana y los temores del día anterior se me
hacían remotos e irreales. ya había expiado mi culpa aunque sólo por mis remordimientos,
había vivido una jornada desgraciada y espantosa. De nuevo me sentía confiado e inocente,
y mi preocupación había desaparecido. El asunto todavía no estaba liquidado del todo; aún
vibraba en mi conciencia cierta amenaza y malestar, del mismo modo que el hermoso
domingo se veía turbado por aquellos pequeños deberes y disgustos.
Durante el desayuno todos estuvimos de buen humor. Se me dio a elegir entre la iglesia y la
escuela dominical. Como siempre, preferí la iglesia. Allí, por lo menos se nos dejaba
tranquilos y yo podía dar rienda suelta a mi fantasía; además, la sala alta y solemne con las
ventanas multicolores me parecía a menudo hermosa y venerable. y si con los ojos
semicerrados contemplaba el órgano allá lejos, al fondo de la nave alargada y crepuscular, se
formaban a veces unas imágenes maravillosas; los tubos salientes del órgano se me antojaban
en la penumbra, una luminosa ciudad con cientos de torres. y con frecuencia, cuando la
iglesia no estaba llena, podía leer toda la hora sin molestias algún libro de cuentos.
Aquel día no lleve ninguno; tampoco intente faltar a la iglesia, como otras veces. Algo había
quedado en mi de la noche anterior; los buenos y sinceros propósitos no se habían esfumado.
y me sentía dispuesto a vivir de acuerdo y en paz con Dios, con mis padres y con el mundo
entero. También mi ira contra Osear Weber se había desvanecido. Si le hubiera encontrado le
habría acogido con los brazos abiertos.
Empezó el culto y yo también entone los versos del coral, y el himno "pastor de tus ovejas",
que habíamos aprendido en la escuela. De nuevo advertí cuan distinto era un verso cantado -
sobre todo con la lenta y lánguida cantinela de la iglesia- de la simple lectura o recitación.
Un verso leído era algo completo, tenía un sentido, se componía de frases, pero al cantarlo se
convertía en una sarta de palabras, las frases no llegaba a formarse, el sentido se perdía; pero
las palabras, esas palabras aisladas y arrastradas en el canto, adquirían una vida extrañamente
fuerte e independiente; a veces una simple sílaba, algo en si incomprensible, se desligaba del
conjunto, asumiendo forma y figuras propias. El verso "pastor de tus ovejas, que no conoce
el sueño" carecía en la cantinela religiosa de toda conexión v sentido; no permitía evocar ni
pastores ni ovejas, ni nada. Sin embargo, no resultaba aburrido. Algunas palabras, sobre todo
ese "sue-e-ño", adquirían una plenitud tan singular y hermosa, que uno se sentía casi
arrullado; y también el "conoce" sonaba misterioso y lleno, y evocaba conciencia e
interioridad, las cosas oscuras, sensibles y casi desconocidas que tenemos dentro de
nosotros. ¡ y agregado a todo esto, el acompañamiento del órgano!
Luego vino el cura de la ciudad, para pronunciar el sermón, por lo común terriblemente
largo. yo me esforcé para seguirlo mientras oía flotar en el aire como un vago campanilleo el
timbre de su voz, en el que sólo de vez en cuando distinguía palabras aladas, precisas y

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exactas, que yo trataba de comprender dentro de lo posible. ¡Si hubiera podido sentarme en
el coro, en lugar de tener que estar entre todos aquellos hombros en la galería! En el coro,
donde yo había estado durante los conciertos religiosos, uno podía hundirse en pesados
sillones aislados, como pequeños y seguros edificios rematados por la bóveda reticulada y
graciosa, mientras muy alto, en la pared, podía contemplarse, ilustrado en suaves colores, el
sermón de la montaña, con su cielo celeste pálido en el que se destacaba la tónica del
Salvador en rojo y azul, produciendo un efecto extraordinariamente delicado.
A veces los bancos de la iglesia, por los que experimentaba profunda aversión, pues estaban
pintados de un insulso color amarillo, siempre algo pegajosos, crujían desagradablemente. A
menudo una mosca se elevaba zumbando y revoloteaba contra una de las ventanas, cuyos
vidrios en arco agudo tenían pintadas flores en rojo y azul y estrellas verdes. y de pronto,
casi sin darme cuenta, el sermón había terminado y yo me asomaba para ver desaparecer al
párroco en su estrecho y oscuro embudo de caracol. Se cantaba de nuevo, y la concurrencia,
aliviada, se levantaba dirigiéndose a la salida; yo eche, en el limosnero los cinco céntimos
que había traído, cu yo sonido metálico desentonó en el ambiente solemne y me deje arrastrar
hacia la salida por la corriente de los feligreses.
Entonces llegaba el momento más bello del domingo: las dos horas entre la iglesia y el
almuerzo. El deber estaba cumplido. y la hora de inmovilidad había despertado en mis ansias
de movimiento, de juegos o caminatas. y también deseos de leer un libro; gozaba de absoluta
libertad hasta el mediodía, cuando sin duda habría algo bueno para comer. Llego de
pensamientos y propósitos afables, emprendí satisfecho y con paso tranquilo el camino de
casa. El mundo estaba bien organizado, se podía vivir en él. Contento y en paz atravesé el
vestíbulo y la escalera.
Mi piecita estaba bañada por el sol. Me ocupé con mi caja de orugas que el día anterior había
descuidado, encontró algunas nuevas crisálidas y cambie el agua a las plantas.
De pronto se abrió la puerta.
En el primer momento no hice caso. Al cabo de un minuto el silencio me extrañe; levante la
cabeza. Era mi padre. Estaba pálido y parecía afligido. El saludo se me cortó en la garganta.
Inmediatamente comprendí que él lo sabía. Había venido. Comenzaba el juicio. ¡Nada se
había arreglado, nada estaba expiado y olvidado! El sol palideció y la hermosa mañana de
domingo se hundió como una flor marchita.
Consternado y atónito contemplaba boquiabierto a mi padre. Le odiaba. ¿Por qué no había
venido ayer? Ahora no estaba preparado, no tenía nada listo, ni siquiera remordimientos y
sentimientos de culpabilidad. y además, ¿para qué, guardaba higos en su cómoda?
Se dirigió al estante, buscó detrás de los libros y sacó algunos higos. Solo quedaban unos
pocos. Me miró con una muda y dolorosa pregunta en los ojos. yo no podía hablar. El
sufrimiento y la obstinación me sofocaban.
-¿Qué ha y? -dije por fin a duras penas.
-¿De dónde vienen estos higos? -preguntó él con una voz baja y contenida, que yo odiaba a
muerte.
Empecé inmediatamente a hablar y... a mentir. Conté que había comprado los higos en una
confitería; que era toda una rosca. ¿Quién me había dado el dinero? El dinero procedía de
una alcancía que yo tenía en común con un amigo. Ambos habíamos puesto ahí todas las
moneditas que recibíamos de a poco. Por lo demás, he aquí la alcancía. Mostré la caja con la
rendija. Ahora no había mas que una moneda de diez, porque ayer habíamos comprado los
higos.
Mi padre me escuchó con un semblante tranquilo y gesto contenido que no me inspiraban
confianza.
-¿Cuánto costaron los higos? -preguntó con su voz demasiado baja.
-Un marco y sesenta.

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-¿Dónde los compraste?


-En la confitería.
-¿En cual?
En lo de Haager.
Siguió una pausa. yo tenía en mis manos frías la caja con el dinero. Todas mis fibras
temblaban de frío.
-¿Es verdad? -pregunté de pronto con una amenaza en la voz.
De nuevo comencé a hablar rápidamente. Sí, por supuesto que era verdad, mi amigo Weber
los había comprado. El dinero pertenecía casi todo a Weber, lo mío era muy poco.
-Toma tu gorro -dijo mi padre-, y vamos juntos a la confitería de Haager él sabrá si es
verdad.
Trató de sonreír. El frío me llegó hasta el corazón y el estomago. Le precedí y en el pasillo
cogí de la percha mi gorro azul. Mi
padre abrió la puerta de vidrio; vi que también 61 llevaba el sombrero.
¡Un momento, por favor! -dije yo-, tengo que ir al baño.
El asintió. Fui al excusado, me encerré, solo y seguro por un instante aún. ¡Ojalá hubiera
muerto allí mismo!
Esperé un minuto, y otro más. ¿De qué servía? No moría. Era menester aguantarlo. Abrí y
salí. Bajamos la escalera.
Al pasar por el portal se me ocurrió algo bueno. -Pero hoy es domingo -dije rápidamente-,
Haager esta cerrado.
Esta esperanza no duró mas que dos segundos.
-Entonces iremos a su casa -conteste mi padre muy tranquilo-. Vamos.
y fuimos. Me arregle el gorro, hundí las manos en los bolsillos. y me esforcé en caminar a su
lado como si nada. Pero sabia que toda la gente comprendía que era un delincuente preso. y
trataba de ocultarlo con mil artificios. Hacía lo posible para respirar calmoso e indiferente;
nadie tenía que ver como se me contraía el pecho. Procuraba aparentar un semblante
sosegado, fingir naturalidad y seguridad. Me detuve para arreglarme una media, aunque no
era necesario, y sonreía sabiendo muy bien que mi sonrisa debía parecer estúpida y
artificial.
Pasamos por el restaurante, por la herrería, por la cochería, por el puente del ferrocarril. Ahí
me había peleado anoche con Weber. Aún me dolía el ojo. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Caminaba automáticamente, entre desesperados esfuerzos por mantener un porte digno. Por
la calle Adlerscheuer llegamos a la estación. ¡Cuan tranquila e inocente me pareció ayer esa
calle! ¡Mejor era no pensar! ¡Adelante! ¡Adelante!
ya estábamos cerca de la casa de Haager. En aquellos pocos minutos había vivido yo cientos
de veces la escena que me esperaba. Llegamos. Ahora iba a suceder.
Pero ya no pude aguantar más. Me detuve.
-Bueno, ¿qué pasa? -Preguntó mi padre.
-No entraré -conteste en voz baja.
Me miró. Si lo sabía desde un principio, ¿por qué había representado aquella comedia, que
me costaba tantos esfuerzos? No tenía sentido.
-¿No compraste los higos en la confitería de Haager? - preguntó.
Sacudí la cabeza sin contestar.
-¡Ah, bueno! -replicó con aparente calma-. Entonces podemos regresar a casa.
Se portaba muy decentemente, me evitaba un escándalo ante la gente. La calle estaba muy
animada; mi padre era saludado a cada paso. ¡Que farsa! Pero yo no podía estarle agradecido
por su consideración.
¡Sí, lo sabía todo! Me hacía bailar, me hacía ejecutar mis inútiles cabriolas, como se observa
a un ratoncillo caído en la trampa antes de ahogarlo. Cuánto mejor hubiera sido que sin

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hacerme preguntas inquisitivas me hubiera golpeado con su bastón en mi insulsa red de


mentiras ahogándome de a poco. Acaso fuera preferible un padre grosero a uno tan fino y
justo. Cuando un padre ebrio o preso de ira pegaba injustamente a sus hijos, tal como lo
había leído en fa bulas y cuentos, el niño no se afectaba interiormente y podía despreciarlos
por mas duros que fueran los golpes. Con mi padre eso era imposible, era demasiado
intachable; ! jamás cometía una injusticia! Frente a él me sentía siempre pequeño y
miserable.
Con los dientes apretados entre en la casa y subí nuevamente a mi pieza. Mi padre me
siguió. Todavía estaba frío y tranquilo, mejor dicho, fingía estarlo, aunque yo bien sabia que
era presa de violento enojo. Comenzó a hablarme en la forma acostumbrada.
-Quisiera saber que significa esta comedia... ¿Puedes decírmelo? Comprendí en seguida que
tu lindo cuento era toda una mentira. ¿A qué, la farsa? ¿No te imaginaras que soy tan tonto
como para creérmelo?
Seguí apretando los dientes y trague saliva. ¿Por qué, no acababa de una vez? ¡Como si yo
mismo supiera por qué había inventado esta historia! ¿ y por qué, no lo había confesado
inmediatamente mi delito y pedido perdón? ¡ Cómo si supiera realmente por que robé esos
malditos higos! ¿Acaso quería hacerlo? ¿Acaso lo hice reflexionando y a sabiendas y con
motivos? ¿No estaba arrepentido? ¿No sufría mas que él?
Él esperó mi contestación con un rostro nervioso en el que reflejaba una forzada paciencia.
Por un instante comprendí subconscientemente con toda claridad la situación aunque no hu-
biera sabido expresarla con palabras como lo hago hoy. Había robado porque al llegar
necesitado de consuelo a la pieza de mi padre sufrí una desilusión al encontrarla vacía. No
quise robar. Solo quise espiar un poco, hurgar entre sus cosas, indagar sus secretos, descubrir
algo acerca de él. Así era. Luego vi los higos y robé. Pero me arrepentí enseguida y pase
todo el día entre tormentos y desesperación, deseando morir, condenándome severamente a
mí mismo y concibiendo buenos propósitos para el futuro. Pero ahora la cosa era distinta.
Había apurado hasta las heces los remordimientos y la amargura; ya no estaba excitado y
experimentaba incomprensibles y gigantescas resistencias hacia mi padre y hada todo lo que
él esperaba y exigía de mí.
Si le hubiera podido decir todo esto me hubiera comprendido. Pero también los niños, por
mas que superen a los adultos en inteligencia, se hallan sólita ríos y perdidos frente al
destino. Terco e inflexible, obstinado en mi dolor, seguía callando; mientras el se agotaba en
palabras, yo observaba con pena y con extraña y maligna satisfacción a la vez, como todo
se complicaba lentamente; cómo la situación empeoraba, como mi padre sufría y como se
iba desilusionando, cómo apelaba en vano a todo lo mejor de mí mismo.
Cuando me preguntó: -¿De modo que tu robaste los higos? -sólo pude asentir con la cabeza.
Tampoco logre abrir la boca, contestando solamente con un débil signo de cabeza, cuando
me preguntó si lo lamentaba. ¿Cómo podía hacerme una pregunta tan estúpida, un hombre
grande e inteligente como él? ¿Como podía no lamentarlo? ¿Acaso no veía como sufría,
como ese asunto me retorcía las entrañas? ¿Acaso era posible que me alegrara de mi acción y
gozara de esos malditos higos?
Quizás por primera vez en mi vida infantil experimente hasta el límite de la razón y de lo
consciente, hasta que punto la incomprensión puede separar a dos personas cercanas, que se
quieren y que sin embargo se atormentan y martirizan recíprocamente y toaos los
razonamientos sólo vierten aún mas veneno, creando nuevos tormentos, nuevos dolores,
nuevos errores.
¡Basta ya de este asunto! El fin de esta historia fue que yo pase la tarde del domingo
encerrado en la boardilla. El duro castigo perdió buena parte de su horror, gracias a
circunstancias que naturalmente eran mi secreto. En el oscuro y abandonado desván, había
descubierto un cajón cubierto de polvo, con unos viejos libros, de los cuales algunos no

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estaban destinados ciertamente a manos infantiles. y la luz para leer la conseguía alejando
una de las tejas del techo.
Durante la noche de aquel triste domingo mi padre mantuvo, poco antes de la hora de dormir,
un breve coloquio conmigo, que nos reconcilió. Tendido en la cama tuve la certeza de que
me había perdonado del todo y completamente -mas completamente que yo a él.

KLEIN y WAGNER

Sentado en el expreso, después de la precipitación y las excitaciones de la fuga, pasada ya la


frontera, pasado ya el febril torbellino de tensiones y acontecimientos, de peligros y
emociones, todavía sorprendido de que todo hubiera salido Bien, Federico Klein pudo
sumirse por fin en sus pensamientos. El tren corría hacia el sur con extraña prisa -ahora que
resultaba innecesaria- arrastrando a toda velocidad a los contados pasajeros, entre lagos,
montes, cascadas y otras maravillas de la naturaleza, a través de interminables túneles y por
sobre puentes oscilantes, que ofrecían un espectáculo exótico, hermoso y un tanto inútil,
evocando imágenes de libros escolares o de postales, paisajes que uno recuerda hacer visto
alguna vez, pero que no interesan. Estaba ahora en tierra extranjera a la que pertenecería en
adelante; ya no era posible regresar jamás. En cuanto al dinero, todo estaba en orden: lo
llevaba consigo, en billetes de mil, que volvió a guardar, después de examinarlos, en los
bolsillos interiores del saco.
Ansioso de reanimarse repetíase a sí mismo incesantemente la idea tranquilizadora de que ya
no podía sucederle nada, que estaba mas allá de la frontera y que su pasaporte falso le
protegía por el momento de cualquier persecución y de cualquier sospecha; pero esa
hermosa idea era como un pájaro muerto al que un niño le sopla en las alas. No vivía, no
habría los ojos, era como un trozo de plomo en la mano, no difundía deleite, esplendor,
alegría. Mas de una vez en los últimos días había advertido ese fenómeno extraño: no podía
pensar en lo que quería, no disponía libremente de sus pensamientos; estos corrían a su
antojo, insistiendo pese a su resistencia en imágenes que le atormentaban. Su cerebro era
como un caleidoscopio, en el que una mano extraña cambiaba sucesivamente las figuras.
Acaso se debiera simplemente al largo insomnio y a la excitación; además, hacía ya mucho
tiempo que estaba terriblemente nervioso. Todo esto era desagradable, y si no lograba
encontrar rápidamente un poco de tranquilidad y de alegría, caería en la desesperación.
Federico Klein palpó su revólver en el bolsillo del tapado. Ese revólver era una herramienta
que formaba parte de su nuevo equipo, de su nuevo disfraz. Cuan molesto y repulsivo era
tener que arrastrar consigo todo aquello, y sentir que su veneno sutil penetraba hasta en el
sueño: un delito, documentos falsos, el dinero cosido bajo el forro, un revólver, un nombre
supuesto. Sabía a cuentos de
indios, a romanticismo de mal gusto, y tan poco adecuado a ese buen hombre que era Klein...
Lo sentía fatigoso y repugnante, y no le traía ni alivio ni liberación como tan ansiosamente
había esperado. Dios mío, ¿por qué, había tomado sobre si todo aquello, él, un hombre de
casi cuarenta años, conocido como un honesto funcionario y un tranquilo e inocuo burgués,
con aspiraciones intelectuales, padre de buenos niños? ¿Por que? Comprendió que debían
haber existido un móvil, un impulso y una coacción muy fuertes para inducir a un hombre
como ,1 a lo imposible; también comprendió que sólo cuando conociera ese impulso y esa
fuerza motriz, cuando pusiera de nuevo orden en su interior, sólo entonces podría respirar
aliviado.
Se enderezó violentamente, apretando las sienes con los pulgares y esforzándose por pensar.
No era fácil, pues a causa de las excitaciones, el cansancio y el insomnio, sentía su cabeza

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como si estuviera vacía. Pero no había mas remedio: tenía que pensar. Tenía que buscar y
encontrar algo; debía hallar un nuevo centro de gravitación en sí mismo, en cierto modo
debía volver a conocerse y a comprenderse. De lo contrario, la vida se tomaba intolerable.
Penosamente trató de hilvanar los recuerdos de los últimos días, como quien junta con una
pinza los fragmentos de porcelana, para reparar un viejo jarrón. Eran fragmentos muy
pequeños, no había relación entre ellos, ninguno recordaba por la forma y el color la
estructura del todo. ¡Que recuerdos! Vio una pequeña caja azul de la que sacaba con mano
temblorosa el sello de su jefe. Vio al viejo empleado de la caja, que le pagó el cheque con
billetes marrones y azules. Se vio hablar en una cabina telefónica, mientras apoyaba la mano
izquierda contra la pared, para no desplomarse. Mejor dicho no se veía a sí mismo, veía a un
hombre que ejecutaba estos actos, a un hombre extraño que se llamaba Klein y que no era él.
Vio como ese hombre quemaba cartas, escribía cartas. Le vio comer en un restaurante. Le vio
inclinarse sobre la camita de un niño dormido. ¡Dios mío, pero ese no era un extraño, ese era
él, Federico Klein en persona! Si ese había sido él mismo. ¡ y que dolor aún ahora en el
recuerdo! ¡Que dolor ver el rostro del niño dormido, escuchar su respiración sabiendo que
nunca mas volvería a ver abiertos esos queridos ojos, que nunca mas recibiría un beso de él!
¡Que dolor! ¿Por que ese hombre, ese Klein se hería a sí mismo de ese modo?
Renunció. No podía componer los fragmentos. El tren se detuvo en una gran estación
extranjera. Golpear de puertas, baúles oscilando frente a las ventanillas, chillones carteles
azules y amarillos, que anunciaban: Hotel Milano- Hotel Continental. ¿Debía ser prudente?
¿Era necesario? ¿Existía peligro? Cerró los ojos y quedó un instante como adormecido, pero
súbitamente despertó sobresaltado, abrió los ojos desmesuradamente, y se puso alerta.
¿Dónde estaba? Todavía estaba en la estación. Un momento... ¿Cómo me llamo?, ensayaba
por centésima vez. Bueno: ¿cómo me llamo? Klein. ¡No, al diablo! Nada de Klein; Klein ya
no existe. Tanteó en el bolsillo de su chaleco, en busca de su pasaporte.
¡Cómo cansaba todo esto! ¡Cuan penoso y terrible papel es el de delincuente!... Cerró los
puños para dominar el cansancio. Nada de eso le interesaba, en absoluto. Podía prescindir
tranquilamente del Hotel Milano, de la estación, de los changadores. No, se trataba de otra
cosa, de algo mucho más importante. ¿Pero qué era?
Dormitando, mientras el tren emprendía de nuevo su marcha, volvió a sus pensamientos. Era
muy importante: se trataba de seguir viviendo o no. ¿No sería más sencillo acabar con esa
locura absurda y agotadora? ¿Acaso no llevaba veneno? ¿Opio? ¡Ah, no! Recordó que no
había podido conseguir el veneno. Pero tenía el revólver. Sí, sí. Muy bien. Magnífico.
Dijo 'muy bien" y "magnífico" en voz alta y también, otras palabras parecidas. De pronto se
dio cuenta que hablaba solo y se estremeció al ver reflejado en el vidrio de la ventanilla su
rostro alterado, el rostro de un desconocido desfigurado por una triste mueca. ¡Dios mío!,
gritó para sus adentros. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Para qué vivir? ¡Quién pudiera precipitarse
de cabeza contra esa monstruosa y pálida imagen, en eso estúpido cristal opaco, morderlo. y
cortarse el cuello con él! Golpear luego el cráneo en el andén, con un sonido sordo y
retumbante y ser arrollado bajo las ruedas de los numerosos coches, para que todo, entrañas
y cerebro, huesos y corazón y los ojos también, fueran triturados en las vías, reducidos a
nada, borrados. Era lo único deseable, lo único que quizás tuviera todavía sentido.
Con la nariz pegada contra el vidrio, mirando desesperadamente su imagen, volvió a
dormirse. Quizá sólo por unos segundos, quizá por horas enteras. Su cabeza tambaleaba a
derecha e izquierda, pero él no abría los ojos.
Por fin despertó de un sueño cu ya última parte recordaba. Había soñado que se hallaba
sentado en un automóvil que corría a toda velocidad, subiendo y bajando imprudentemente
por las calles de una ciudad extraña. A su lado iba el conductor. Él le asestó un golpe en el
vientre, le arrancó el volante de las manos y comenzó a guiar a campo traviesa en forma
peligrosa y desenfrenada, pasando muy cerca de caballos y vitrinas, y rozando árboles

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mientras una lluvia de chispas se sacudía ante sus ojos. Fue este sueño el que lo despertó. El
golpe en el vientre había sido bueno, todavía se alegraba al recordarlo. Comenzó a
reconstruir y a reflexionar. ¡Cómo corría y silbaba el coche entre los árboles! ¿Quizá se
explicara por el viaje en tren? ¡Pero, aun en medio del peligro, había sido un placer, una feli-
cidad, una liberación manejar de tal modo! Sí, era mejor guiar personalmente, aunque fuera a
estrellarse, que dejarse conducir y dirigir siempre por otros.
¿Pero a quien le había dado ese golpe en el vientre? ¿Quién era el extraño chofer sentado a su
lado en el volante del coche? No
podía recordar ni su rostro ni su figura... Era sólo una sensación, un vago y oscuro
sentimiento. ¿Quien podía ser? Sin duda alguien a quien estimaba, a quien acordaba
autoridad en su vida, a quien toleraba por encima de sí y que sin embargo odiaba
secretamente, asestándole al fin de cuentas un puntapié en el vientre. ¿Quizás era su padre?
¿O uno de sus jefes? O... ¿o era acaso?...
Klein abrió los ojos sobresaltado. Había encontrado un cabo del hilo perdido del ovillo.
Ahora lo comprendía todo. Olvidó el sueño. Había cosas más importantes. Ahora entendía,
ahora comenzaba a saber, a intuir, a saborear por que estaba sentado ahí en el expreso, por
que ya no se llamaba Klein, por que había sustraído dinero y falsificado documentos. ¡Por
fin, por fin!
Si, era así. ya no tenía sentido ocultárselo a sí mismo. Todo había sucedido a causa de su
mujer, únicamente a causa de su mujer. ¡Que bueno era saberlo por fin!
Partiendo de esta intuición creyó ver como desde la cima de una torre, amplios horizontes de
vida que desde hacia tiempo se le presentaba despedazada en mil trozos deshilvanados y sin
sentido. Abarcó en largo trecho, toda la época de su matrimonio y le pareció un largo,
fatigoso y monótono camino por el que se arrastraba entre el polvo un hombre solo cargado
de pesados fardos. Lejanas y ocultas detrás de la cortina de polvo, sabia que estaban las
alturas luminosas y las verdes cimas ondulantes de su juventud. Sí, había sido joven una vez,
y no un joven común; había soñado con grandes ilusiones, había exigido mucho de la vida y
de sí mismo. Pero sólo había encontrado cargas pesadas y un largo camino polvoriento, calor
y rodillas doloridas. y una perpetua nostalgia muda, pero al acecho en su corazón marchito.
Así había sido su vida.
Miró por la ventanilla. y se sobresaltó. Cuadros insólitos surgían ante su vista. Estremecido
comprendió que se hallaba en el sur. Se enderezó maravillado. y asomó la cabeza; entonces
un nuevo velo se esfumó, y el enigma de su destino siguió aclarándose. Estaba en el sur. Vio
parras creciendo sobre verdes terrazas, muros parduscos en ruinas, como en los antiguos
grabados. y grandes rosales rojos florecidos. Una pequeña estación con un hombre italiano,
algo terminado en ogno o en ogna. Pasó velozmente ante sus ojos.
Ahora Klein podía interpretar mejor el barómetro de su destino. Se alejaba de su matrimonio,
de su empleo, de todo lo que había sido hasta entonces su vida y su hogar. ¡ y se dirigía al
sur! Solo entonces comprendió por que en medio de la precipitación y del entusiasmo de la
fuga, había elegido como meta aquella ciudad de nombre italiano. Había buscado en una lista
de hoteles, sin intención especial, al azar; lo mismo le hubiera dado Amsterdam, Zurich o
Malmö. Pero ahora veía que no se trataba de una casualidad. Se hallaba en el sur, había
atravesado los Alpes, realizado así uno de los más luminosos sueños de su juventud, de
aquella juventud, cu yo recuerdo se desvaneciera y perdiera en el largo y desolado camino de
una vida sin sentido. Un poder desconocido había determinado que se cumplieran los dos
más ardientes deseos de su vida: la remota y olvidada nostalgia por el sur y el secreto afán,
jamás aclarado y confesado, de huir y librarse de la esclavitud y la miseria de su vida
conyugal. Aquella disputa con su jefe, aquella inesperada oportunidad para sustraer el dinero,
todo eso que le pareciera tan importante, se reducía ahora a pequeñas coincidencias
insignificantes. No habían sido ellas las que lo determinaron. Simplemente habían triunfado

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esos dos grandes deseos de su alma; todo lo demás sólo habían sido medios y recursos para
ese otro fin.
Klein quedó profundamente horrorizado frente a esta nueva evidencia. Se sentía como un
niño que al jugar con fósforos ha prendido fuego a una casa. Ahora la casa ardía. ¡Dios mío!
¿ y que provecho obtenía? ¿Si lograba llegar a Sicilia o Constantinopla, acaso ese hecho
podría quitarle veinte años de encima?
Mientras tanto el tren corría y corría, una aldea tras otra desfilaban ante su vista, todas
exóticas y hermosas, como en un álbum ameno, con todas aquellas lindas cosas que se
espera encontrar en el sur y que se conocen por las postales: puentes de piedra tendidos en
armonioso arco por sobre torrentes y tocas tostadas, muros de viñedos cubiertos de pequeños
heléchos, altos y delgados campaniles, fachadas de iglesias pintadas con vivos colores o
sombreadas por abovedados pórticos con arcos livianos de elegantes curvas, casa en rojo
fuerte con espesas arcadas pintadas de color azul pálido, frondosos castaños; de vez en
cuando negros cipreses, cabras que trepaban, y en el prado de una casa señorial las primeras
palmeras, bajas y de gruesos troncos. Todo asombroso y como inverosímil, pero en su
conjunto extraordinariamente hermoso y anunciando consuelos. Este sur existía, no era un
cuento de hadas.
Los puentes y cipreses eran sueños realizados de su juventud; las casas y las palmeras le
decían: ya se ha ido lo viejo, ahora empieza algo nuevo. El aire y los rayos del sol parecían
aquí más aromáticos y más fuertes, la respiración más fácil, la vida más soportable, el
revólver menos imprescindible. y menos urgente el ser destrozado entre las vías del tren.
Quizá pudiera intentarlo. Quizás al final fuera posible vivir.
De nuevo le acometió la postración, y entonces se abandonó con el ánimo más tranquilo y
durmió hasta que sobrevino la noche y le despertó el nombre sonoro y la pequeña ciudad
turística. Bajó deprisa.
Un laca yo en cu yo gorro leyó: "Hotel Milán" le habló en Alemán; él ordeno una pieza y se
hizo dar la dirección. Soñoliento aún, abandonó tambaleando la galería llena de humo y salió
al aire tibio de la noche.
"Así me había imaginado Honolulú", pensó vagamente.
Un paisaje fantástico e intranquilo, casi sumido en las tinieblas, se abría ante él, extraño e
incompresible. Delante de él el cerro
declinaba escarpado, ahí abajo se extendía profundamente encajada la ciudad, y desde arriba
podía ver las plazas iluminadas. De todas partes empinados cerros puntiagudos se
precipitaban a pico en un fago que se distinguía por el reflejo de miles y miles de linternas
en los muelles.
Un funicular, que disfrazaba lo peligroso con su aspecto de juguete, bajaba como un canasto
por el pozo de mina hasta, la ciudad. En la pendiente de algunos de los altos picos
resplandecían luminosas ventanas diseminadas hasta la cima en caprichosas hileras, en
escalinatas o formando constelaciones. Abajo, en la ciudad, sobresalían los techos de los
grandes hoteles y entre ellos, negros jardines; una cálida brisa veraniega, careada de polvo y
perfumes, soplaba alegremente en la luz aguda de las linternas. Desde las centelleantes y
confusas tinieblas al borde del lago subían los compases rítmicos y un tanto ridículos de la
música de una banda.
Que fuera Honolulú, Méjico o Italia, ¿qué le importaba a él? Era tierra extraña, era un nuevo
mundo, un nuevo aire. y aun cuando le desconcertara, infundiéndole una secreta angustia,
olía, sin embargo, a éxtasis y a olvido. y a nuevos sentimientos desconocidos.
Una de las calles parecía conducir a las afueras; se encaminó por ella, indolentemente,
pasando junto a galpones y vehículos de carga vacíos, junto a pequeñas casitas suburbanas,
donde resonaban voces sonoras hablando fuerte en italiano y cerca del patio de una posada
donde se escuchaban las notas estridentes de una mandolina. En la última casa cantaba una

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muchacha; una ola de armoniosas melodías le oprimió el corazón, advirtió con alegría que
comprendía muchas palabras y hasta pudo retener en la memoria el estribillo:

"Mammá non vuole, papá nemmeno,


Come faremo a fare l’ "amor".

Evocaba sueños de juventud. Siguió caminando automáticamente, adentrándose, seducido, en


la cálida noche, llena del canto de los grillos. Al llegar a un viñedo se detuvo extasiado: una
rueda de pequeñas lucecitas verdes resplandecían, un verdadero fuego de artificio llenaba el
aire y la alta hierba perfumada; millones de asteroides bailaban como ebrios. Era un
enjambre de luciérnagas, que volaban lentas y silenciosas como fantasmas por la cálida
noche estremecida. La atmósfera estival, la tierra misma parecían desintegrarse
fantásticamente en figuras luminosas, en cientos de pequeñas constelaciones móviles.
Largo rato permaneció el forastero arrobado por el hechizo de ese espectáculo singular,
olvidado de las angustias de su viaje y de la angustiosa historia de su vida. ¿De veras existía
una realidad? ¿Existían negocios y policías? ¿Asesores y cotizaciones? ¿ y una estación a
diez minutos de distancia?
Lentamente emprendió el regreso a la ciudad, el pobre fugitivo que por breves instantes había
trocado su vida por un cuento de hadas. Entrevió la luz de los faroles. La gente le gritaba
palabras que no comprendía. Árboles que no conocía levantaban sus ramas en flor una iglesia
de piedra colgaba sobre el abismo con una terraza a vertiginosa altura; calles claras,
interrumpidas por escalinatas, bajaban a la pequeña ciudad como torrentes de la montaña.
Encontró su hotel y al entrar en el sobrio local, con el vestíbulo y escalera fuertemente
iluminados, se desvaneció su embriaguez, y volvió a dominarle la: angustia primera, su
maldición, su signo de Caín. Se deslizó cohibido ante las miradas vigilantes y escrutadoras
del conserje, del mozo, del ascensorista, de los huéspedes del hotel, para refugiarse en el
rincón más solitario del restaurante. Pidió con voz débil la lista de los platos y leyó con suma
atención los precios como si fuera todavía pobre y debiera
preocuparse por el gasto; ordenó un plato económico, se reanimó artificialmente con media
botella de Bordeaux, que no le gustó, y se sintió feliz cuando por fin estuvo tendido, a
puertas cerradas, en su mísera y pequeña habitación. Al rato concilio el sueño y durmió
profunda y ávidamente, pero sólo dos o tres horas. En plena noche despertase nuevamente.
Volviendo desde los abismos del subconsciente, miraba con ojos aterrorizados la penumbra
hostil sin tener noción del lugar donde se hallaba, con el sofocante sentimiento de
culpabilidad, de haber olvidado u omitido algo importante. Tanteando confundido en la
oscuridad buscó un conmutador y prendió la luz. El pequeño cuarto apareció de pronto
iluminado desagradablemente, extraño, desolado, sin sentido. ¿Dónde estaba? Los sillones de
terciopelo le observaban casi malignamente. Todo parecía mirarle fría e interrogativamente.
En eso se rió en el espejo y leyó en su rostro lo que había olvidado. Sí, ahora recordaba.
Jamás había tenido antes un rostro parecido, nunca tuvo esos ojos, esas arrugas, ni eso color.
Era una cara nueva, que ya descubriera otra vez, al reflejarse en un cristal, hacia no sabia
cuanto tiempo, en medio del drama de los últimos insensatos días. No era su rostro, el rostro
bueno, silencioso, paciente de Federico Klein. Era el rostro de un hombre marcado, en el que
el destino imprimiera un nuevo signo, una cara más vieja y más joven que la de otrora, una
mascara animada, empero, por una ardiente vida interior. Rostros así no gustaban a nadie.
Ahí estaba con su rostro marcado, solo en el cuarto de un hotel del sur. En su hogar lejano
dormían sus niños que él abandonara. Jamás volvería a verlos dormidos, jamás los vería
despertar, jamás oiría sus voces. Nunca más tomaría agua de la copa sobre su mesita de luz,
donde al lado de la lámpara yacía el correo y un libro, y arriba en la pared los retratos de sus
padres. En cambio fijaba sus ojos desmesurados en ese espejo de un hotel de viajeros, sobre

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el rostro lúgubre y angustiado del delincuente Klein, mientras los muebles de terciopelo lo
miraban fríos y malignos y todo era distinto y todo estaba mal. ¡Si su padre hubiera vivido
todo aquello! Jamas, desde sus años juveniles, Klein había podido entregarse tan
directamente y en absoluta soledad a sus sentimientos; jamás se había hallado así en tierra
extraña, desnudo bajo los rayos verticales del inexorable sol del destino. Siempre había
estado ocupado con algo que no era su propia persona; siempre tuvo cosas que hacer,
múltiples preocupaciones; ora se trataba de dinero, ora de un ascenso en el empleo, o de la
paz familiar o de asuntos de escuela y de enfermedades infantiles; siempre le habían
ocupado los grandes y santos deberes del ciudadano, del esposo, del padre; él se había sacri-
ficado por ellos, viviendo bajo su sombra y su protección y su vida había adquirido gracias a
ellos justificación y sentido. Ahora se encontraba de pronto suspendido en el universo, solo
y en plena desnudez frente al sol y a la luna, envuelto en una atmósfera sutil y helada.
Lo más asombroso era que no había sido arrastrado a esa triste y peligrosa situación por
algún terremoto, por algún dios o demonio, sino por sí mismo. ¡El había sido! Su propia
acción le había arrojado allí, colocándolo solitario y perdido en medio del infinito extraño.
Todo había germinado y crecido en su propio corazón, el delito y la rebelión, el repudio de
los deberes sagrados, el aislamiento y quizás el suicidio. También otros vivían horrores y
trastornos por guerras e incendios por accidentes o por la maldad ajena, pero él, el
delincuente Klein, no podía apelar a nada semejante, no podía disculparse con nada, no podía
hacer responsable a nadie; cuanto más, acaso a su mujer. ¡Sí, ella sí; ella podía y tenía que
compartir toda la responsabilidad, podía denunciarla algún día, cuando se le pidieran cuentas!
Sintió nacer una gran ira y de pronto recordó algo, algo mortífero que le abrasaba como
fuego, una mañana de visiones y vivencias. Tenía relación con el sueño del automóvil y con
el golpe que le asestara en el vientre a su enemigo.
Era un sentimiento o una fantasía, un estado de animo sin-gular y morboso, una tentación,
una insensata apetencia o como se quiera designarlo. Era la representación o visión de un
terrible hecho sangriento que él cometía, matando a su mujer, a sus hijos y quitándose luego
la vida. Mientras el espejo seguía mostrándole su rostro marcado, sus perturbadas facciones
de delincuente, se acordó que una vez, muchísimas veces, debía haber visto aquel cuádruple
homicidio y acaso muchas veces mas debía haberse defendido desesperadamente contra una
horrible y demente obsesión, como la que se le presentaba ahora. y precisamente entonces
habían comenzado las ideas, los sueños y los estados de angustia y tormento, que luego con
el tiempo lo llevarían al robo y a la fuga. Acaso no le había ahuyentado de su casa la aversión
creciente que experimentaba contra su esposa y su vida conyugal, sino el temor de cometer
algún día aquel crimen mucho más espantoso: matarlos a todos, degollarlos,
verlos bañados en su propia sangre. Además aquella representación tenía un precedente. Le
había acometido por momentos como un ligero vértigo, como una sensación de desplomarse.
¡Pero la idea del asesinato se remontaba a un acontecimiento especial! ¡Era increíble . que
solo ahora se diera cuenta!
Cuando se le presentó por primera vez la idea obsesiva de la matanza de su familia, cu ya
diabólica visión le lleno de mortal horror, acudió a él también, sarcásticamente, un pequeño
recuerdo. Años atrás, cuando su vida era aun can di da y casi feliz, hablaba cierta vez con
sus colegas del crimen atroz perpetrado por un maestro de la Alemania meridional cu yo
nombre comenzaba con la letra W. (Por el momento no lograba recordarlo). Ese hombre
había degollado en forma horrible y sangrienta a toda su familia, intentando suicidarse luego.
Se había planteado la cuestión de hasta que punto podía hablarse de responsabilidades un
caso así y de como correspondía interpretar y explicar semejante acción, semejante explosión
de horrible bestialidad humana. Él, Klein, se había mostrado mas excitado de lo necesario,
atacó muy violentamente a su colega, que quería explicar el homicidio por motivos
psicológicos. Declaró que frente a crimen tan horrendo la única actitud posible para un

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hombre decente era la indignación y el aborrecimiento; que semejante hecho de sangre solo
podía surgir en el cerebro de un demonio y que para un delincuente de tal calaña no existía
castigo, pena o tortura que fueran bastante severos y graves. Aun hoy recordaba exactamente
la mesa en torno a la cual estaban reunidos y la mirada asombrada y un tanto crítica con que
le rozó, después de ese arrebato de indignación, aquel colega mas avanzado en años.
Cuando por primera vez se vio en aquella horrenda fantasía como asesino de los suyos,
retrocediendo estremecido frente a esa representación, recordó súbitamente aquella remota
discusión acerca del homicida W. y cosa rara: aunque hubiera podido jurar que entonces
había expresado con absoluta sinceridad su más profunda convicción, ahora una voz en su
interior se burlaba de él y le gritaba: " ya entonces, ya entonces, hace muchos años, cuando
se hablaba del maestro W., tú habías comprendido, comprendido y aprobado interiormente su
acción, y tu exagerada indigestión y acaloramiento, procedían precisamente del hecho de
que el pedante y el hipócrita que ha y en ti querían sofocar la voz del corazón". ¡Los terribles
castigos y torturas que invocó para el homicida conyugal y las palabras de horror con que
señaló la acción estaban dirigidos contra sí mismo, contra el germen del delito, que sin duda
ya dormitaba en él! Su profunda cólera en aquella ocasión se debía en realidad a que él se
veía a sí mismo como el acusado del hecho sangriento y por eso trataba de salvar su
conciencia acumulando sobre él los mas graves castigos y sentencias. Como si en esa forma,
ensañándose contra sí mismo, pudiera castigar o apagar el germen de delincuencia oculto en
su interior.
Hasta aquí llegó Klein con sus pensamientos y sintió que se trataba de algo importante: de su
misma vida. Sin embargo le era terriblemente penoso hilvanar y ordenar todos aquellos
recuerdos e ideas. Un ultimo y fugaz atisbo de un conocimiento libertador sucumbió al
cansancio y a la repugnancia por toda su situación. Se levantó, se lavó el rostro, paseo
descalzo por la pieza hasta que sintió ido y pensó que ahora dormiría.
Pero el sueño no vino. yacía entregado inexorablemente a merced de sus sentimientos, todos
desagradables, dolorosos y humillantes: el odio a su mujer, la piedad por su persona, el
desconcierto, la necesidad de explicaciones, disculpas y motivos de consuelo. Como el
consuelo no venía, y el camino hacia la comprensión penetraba tan profunda y
despiadadamente en las fragosidades mas intimas y peligrosas de sus recuerdos y como
tampoco podía conciliar el sueño, paso el resto de la noche en un estado que jamás
experimentara en grado tan agudo. Todos los odiosos sentimientos que disputaban en su alma
convergieron en una horrible y asfixiaste angustia, en diabólica pesadilla que oprimía el
corazón y los pulmones, y que aumentaba, incesantemente hasta el límite máximo de lo
tolerable. Sabía lo que era el miedo, mas aún, lo había frecuentado en las últimas semanas y
días. ¡Pero jamás lo había sentido apretarlo así la garganta! No podía librarse de pensar
obsesivamente en las cosas mas insignificantes, en una llave olvidada, en la cuenta del hotel,
creándose montañas de preocupaciones inútiles y angustiosas. La pregunta de su aquel
mísero cuartito costaría mas de tres francos y medio de si aquel mísero cuartito costaría mas
de tres francos y medio mas de una hora el aliento. Sin embargo, comprendía perfectamente
la inopia de estos pensamientos y trataba de calmarse y exhortarse a la cordura, como se
hace con un niño obstinado intentaba persuadirse de la absoluta inconsistencia de sus
preocupaciones, ¡pero en vano, todo era en vano! Al contrario, detrás de estos consuelos
asomaba una espacio de trágico sarcasmo que le decía que hasta esa intranquilidad no era
mas que comedia, como su indignación de entonces costra el asesino W. Comprendía muy
bien que esa angustia mortal, esa horrible sensación de extrangulamiento y de temor a morir
asfixiado, no procedía de la preocupación por el dinero o de otras causas parecidas. Detrás de
ello acechaba algo peor, algo mas serio, ¿pero que era? Sin duda algo relacionado con el
maestro sanguinario, con sus propios deseos de homicidio, con todo lo morboso y desequili-
brado que había en él. ¿Pero cómo podría descubrirlo? ¿Cómo llegar a las raíces y causas

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más hondas? Ahí en su fuero interno no existía ningún punto que no sangrara, que no
estuviera enfermo y podrido. Sentía que no podría soportar por mucho tiempo una existencia
tal. Si seguía en ese estado, sobre todo si tenía que pasar mas noche, como aquella,
enloquecería o terminaría por quitarse la vida.
Ansioso se enderezó en la cama, decidido a agotar y analizar hasta el fondo su situación, para
acabar de una vez. Pero era siempre lo mismo: estaba ahí solitario y desamparado,
febricitante, con una dolorosa opresión al corazón, presa de angustia mortal y solo frente al
destino, como un pájaro frente a la serpiente, fascinado y roído por el miedo. Ahora sabía
que el destino no procedía desde fuera, sino que crecía en la propia alma. Si no hallaba un
medio para defenderse, sería devorado por él; paso a paso le perseguía el miedo, ese
horrendo miedo, que desplazaba a la razón, paso a paso, hasta un fin que ya sentía cercano.
¡Cuan bueno sería poder comprender; quizás significara la Salvación! No había agotado hasta
el fin el conocimiento de su situación y de lo que había ocurrido en su interior. Al contrario,
estaba apenas en los comienzos, lo sentía muy bien. Si pudiera hacer un esfuerzo y abarcarlo
todo, ordenarlo y meditarlo, acaso encontrase el hilo perdido. Todo aquello adquiriría una
figura, esa ultima reacción era demasiado para él, superaba sus fuerzas; simplemente no
podía. Cuanto más interesaba pensar con claridad, tanto peor le resultaba; en lugar de
recuerdos y explicaciones, encontraba el vacío, no se le ocurría nada, y mientras tanto lo
aumentaba de nuevo el miedo espantoso de haber olvidado acaso precisamente lo más im-
portante. Hurgaba y buscaba en su memoria como un viajero nervioso que revuelve todos
sus bolsillos y sus baúles en busca del boleto, que acaso tiene en la cinta del sombrero o
hasta en la mano. ¿Pero de que le servía ese "acaso"?
¿No había tenido una hora antes una intuición no había hallado un indicio? ¿Pero cual era,
cual era? Lo había olvidado, no podía encontrarlo de nuevo. Desesperado se golpeó las sienes
con los puños. Dios mío, ¿por qué no me haces encontrar la llave? ¡No me dejes perecer así,
en forma tan miserable, tan estúpida, tan triste! Todo su pasado desfilaba frente a él,
desgarrado como nubes empujadas por el viento, en millones de imágenes entrecruzadas y
sobrepuestas, irreconocible y sarcásticas, evocando todas algo: ¿pero qué? ¿Que? De pronto
sus labios pronunciaron el nombre "Wagner". Dijo inconscientemente: Wagner..., Wagner.
¿De dónde venía ese nombre? ¿De la profundidad de que pozo subía? ¿Que significaba?
¿Quién era Wagner? ¿Wagner? Se obstino en ese nombre. Representaba; una tarea, un pro-
blema; era mejor permanecer suspendido en la informe nada. ¿Quién era Wagner? ¿Que me
importa Wagner? ¿Por que mis labios, esos labios contraídos en mi rostro de delincuente
pronuncian en medio de la noche ese nombre: Wagner? Se concentró. Mil cosas surgieron en
su mente. Pensó en Lohengrin y en su posición equívoca frente al músico Wagner. Primero, a
los veinte años, lo había amado con delirio. Mas tarde sintió desconfianza y con el andar del
tiempo encontró una cantidad de objeciones y reparos en su contra. Había criticado a
Wagner y acaso esas críticas no se dirigieran tanto contra Ricardo Wagner como contra su
antigua adoración por él. ¡Ah, ah!, estaba atrapado de nuevo. ¿No había descubierto un
engaño, una pequeña
mentira, una inmundicia? Si, si, todo eso aparecía a la luz: la vida intachable del funcionario
y esposo Federico Klein no era por cierto intachable y limpia; en todos los escondrijos había
un perro enterrado. Si, también con Wagner había pasado lo mismo. Federico Klein juzgaba
severamente y odiaba al compositor Ricardo Wagner. ¿Por que? Porque Federico Klein no
podía perdonarse a sí mismo el haber venerado en sus años mozos a ese Wagner. En Wagner
perseguía su propia adoración juvenil, su propia juventud, su propio amor. ¿Pero por que?
Porque la juventud, el amor y Wagner le recordaban desagradablemente algo perdido, o que
por lo menos no amaba de veras y bastante. y no sólo contra Wagner procedió así el honesto
empleado Klein. ¡El señor Klein era un hombre honrado, pero detrás de su probidad se
ocultaban indecencias e infamias! Sí, hablando sinceramente: ¿cuantos pensamientos secretos

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no había tenido que ocultar frente a sí mismo? ¡Cuantas miradas a las lindas muchachas en la
calle! ¡Cuánto envidiaba a las parejas de amantes que encontraba por la noche en su camino,
al volver del empleo al lado de su mujer! ¡ y las ideas de homicidio! ¿No había dirigido acaso
también contra aquel maestro de escuela el odio, que hubiera debido orientar contra su propia
persona?...
Se estremeció. ¡Otro punto de contacto! ¡Pero si el maestro asesino se llamaba Wagner! ¡Ahí
estaba el núcleo esencial! Wagner... así se llamaba aquel monstruo, aquel loco criminal que
matara a toda su familia. Por lo visto; toda su vida desde hacia años, estuvo relacionado con
eso Wagner. ¿Acaso no le habrá seguido por todas partes esta sombra siniestra?
Gracias a Dios había vuelto a encontrar el cabo de la madeja. Una vez, en tiempos pasados y
mejores había protestado con ira e indignación contra aquel Wagner, concitando sobre él los
castigos más crueles. y sin embargo mas tarde, sin acordarse siquiera de Wagner, había
tenido él también la misma idea; se había visto a sí mismo, como en una especie de visión,
quitando la vida a su mujer y a sus hijos.
¿No era acaso algo bien comprensible? ¿No era fácil llegar a un punto en que la
responsabilidad por la existencia de los hijos resultara insoportable e igualmente insoportable
el propio ser y la propia existencia, formados tan sólo de error, culpa y tormento?
Suspirando se obligó a analizar hasta el fondo este pensamiento. Ahora le parecía seguro que
ya entonces, cuando se enteró por primera vez del asesinato de Wagner, lo había
comprendido y aprobado sólo como posibilidad. ya entonces, tantos años atrás, cuando aun
creía amar a su esposa y confiaba en el amor de ella, lo mas intimo de su ser había
comprendido al maestro Wagner, aprobando secretamente su horrible sacrificio humano.
Todo lo que dijo no había sido mas que la opinión de su intelecto, no la de su corazón. Su
corazón -donde estaban las hondas raíces de las que surgía el destino- había tenido siempre
otra opinión, había comprendido y justificado el crimen. Siempre había habido dos Federico
Klein, uno visible y otro oculto, un funcionario y un delincuente, un padre de familia y un
asesino.
En otro tiempo se había inclinado por el yo "mejor", por el funcionario y hombre honesto,
por el esposo y buen ciudadano. Jamás había aprobado su oculta opinión interior, ni siquiera
la había conocido. ¡ y sin embargo esa voz interna lo había guiado imperceptiblemente,
convirtiéndole al final en fugitivo y proscrito!
Retuvo agradado este pensamiento. Por lo menos tenía cierta lógica, era razonable. Sin duda
no era suficiente, lo más importante quedaba todavía en las tinieblas, pero había conquistado
cierto grado de claridad, un poco de verdad. y, la verdad era lo único que importaba. ¡Con tal
que no perdiera de nuevo ese pequeño cabo de hilo!
Entre sueño y vigilia, enfurecido por el agotamiento, oscilando en el límite entre el
pensamiento y el ensueño perdió cientos de veces el hilo, y cientos de veces volvió a
encontrarlo. Hasta que amaneció y el ruido de la calle subió hasta sus ventanas.

II

Por la mañana Klein recorrió la ciudad. Pasó por un hotel, cu yo jardín le gustó, se hizo
mostrar las habitaciones y alquilo una. Solo al alejarse se lo ocurrió leer el nombre de la casa
y vio, escrito: Hotel Continental. ¿No le resultaba familiar ese nombre? ¿No había sido
predeterminado? ¿Igual que el del Hotel Milano? Pronto, sin embargo, renunció a buscar
relaciones, sintiéndose satisfecho de la atmósfera de rareza, de azar, de enigmáticas
relaciones en que parecía haber caído su vida.
Poco a poco volvía el hechizo del día anterior. Qué bueno, hallarse en el sur, pensé
agradecido. Había sido bien dirigido. Sin ese gentil encanto por doquiera, sin estos tranquilos
paseos y esta posibilidad de olvido, hubiera estado hora tras hora a la merced de sus terribles

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ideas obsesivas, acabando en la desesperación. Aquí, en cambio, podía vegetar largas horas
entregado a un agradable cansancio, libre de obsesiones, libre de angustias, sin pensar
siquiera, y esto le hacia bien. Qué bueno que existiera el sur y que bueno habérselo prescrito
a sí mismo. El sur hacía más fácil la vida. Consolaba. Aturdía
También a la luz del día el paisaje parecía inverosímil y fantástico, las montañas todas
demasiado cercanas. y empinadas. y demasiado altas como si hubieran sido crearlas por
algún pintor extravagante. Pero todo lo cercano y lo pequeño era extraordinariamente
hermoso: un árbol, un trecho de costa, una casa de agradables y alegres colores, un muro de
jardín, un estrecho campo de maíz bajo una verde parra, pequeño y cuidado como un jardín.
Todo era lindo y ameno, alegre y hospitalario, esparcía salud y confianza. Ese pequeño
paisaje gentil y confortable con sus habitantes serenos era digno de amarse. Poder andar algo:
¡qué alivio debía ser!
Con la apasionada voluntad de olvidar y perderse, el pobre atormentado vagaba extasiado por
ese mundo extraño huyendo de los sentimientos de terror y de miedo en acecho. Llegó a las
afueras, a la plácida campiña labrada con tanto celo. No le recordaba el campo y los
labriegos de su patria, sino más bien a Homero y los romanos; halló algo antiguo, culto y
primitivo a la vez, una ingenuidad y madurez, que el norte no poseía. Las pequeñas capillas y
los postes de vivos colores, desmoronados en parte y casi todos adornados por los niños con
flores campestres, que se elevaban a lo largo de los senderos, en honor de los santos, parecían
tener el mismo sentido y el mismo origen anímico, llevaban implícita la misma intención
que los pequeños templos y santuarios de los antiguos, que adoraban en todo bosque, fuente
o monte una divinidad y cu ya serena piedad olía a pan, vino y salud. Regresó a la ciudad,
corrió bajo sonoros pórticos, camino hasta cansarse por ásperos empedrados, curioseó en
tiendas y talleres, compró diarios italianos, sin leerlos y llegó por fin. ya fatigado, a un
espléndido parque a orilla del lago. Aquí se paseaban los turistas o leían sentados en los
bancos donde enormes y vetustos árboles se doblaban enamorados de sus imágenes
reflejadas en el agua verdosa, que ellos cubrían con su sombra oscura. Una flora inverosímil,
árboles serpientes y árboles peluca, alcornoques y otras rarezas crecían insolentes, temerosos
o melancólicos en los prados llenos de flores, mientras a su frente, en la lejana orilla, se
dibujaban blancas y rosadas, luminosas aldeas y casitas.
Estaba acurrucado en un banco y a punto de dormirse, cuando le despertó un paso elástico y
firme. Una mujer, una muchacha, con un vestido muy corto del que salían unas piernas
hermosas cubiertas por delgadas medias caladas y calzada con altas botas rojizas, pasó
rápidamente a su lado, con vigorosos y rítmicos pasos, erguida y soberbia, elegante,
orgullosa, con un rostro frío, de labios muy pintados y un alto y tupido peinado de luminoso
amarillo metálico. Su mirada le rozó por un instante, segura y tasadora como las del portero
y del ascensorista del hotel y continuo indiferente su camino.
Sin duda tiene razón, pensé Klein, no soy un hombre al que se presta atención. Una mujer
así no mira a un tipo como yo. Sin embargo, la brevedad y frialdad de su mirada le hirió
secretamente, se sintió juzgado y desdeñado por alguien que solo advertía lo superficial y
exterior de su persona y desde las profundidades de su persona surgieron espinas y armas
para defenderse de ella. Olvidó en el
acto que su fino y animado zapato, su paso elástico y seguro, su pierna ajustada en la
delgada media de seda le habían atraído y gustado durante un momento. Se había esfumado
el crujir, de su vestido y el sutil perfume que evocaba su cabello y su piel y pisoteado y
destruido el hermoso y dulce soplo de sexualidad y amor que le había rozado. En cambio se
agolpaban de nuevo los recuerdos. ¡Cuántas veces había visto criaturas así, muchachas
jóvenes, seguras y arrogantes, así fueran prostitutas o vanidosas damas de sociedad; cuántas
veces se había sentido indignado por su desvergonzada provocación, irritado por su
seguridad, asqueado por su fría y trivial ostentación! ¡Cuantas veces, en excursiones o

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restaurantes urbanos había compartido con entusiasmo la indignación de su esposa por tales
criaturas desprovistas de femineidad y recato!
Estiro las piernas malhumorado. ¡Esa mujer le había echado a perder su buen humor! ¡Se
sentía indignado, irritado, ofendido; sabía que si volvía a pasar aquella de los cabellos
amarillos y le miraba de nuevo, él enrojecería y se sentiría ridículo e inferior con su traje, su
sombrero, sus zapatos, su rostro, su cabello y su barba! ¡Al diablo! ¡Si sus cabellos amarillos
eran un escándalo! Eran falsos, cabellos así no existían. y además, estaba pintada. ¡Cómo
podía un ser humano prestarse a pintar así sus labios! Cosas de negros; gente como esa
caminaba como si el mundo le perteneciera; poseían el porte, la seguridad, la insolencia. y
destruían la alegría de las personas decentes.
Con los sentimientos de disgusto, enfado y timidez en ebullición, surgió de nuevo una
oleada de recuerdos del pasado, iluminados de pronto por una idea desagradable: ¡te refieres
a tu mujer, le das la razón a ella, te subordinas a ella! Por un instante pasó vagamente: soy un
estúpido al considerarme todavía entre la "gente decente", yo no pertenezco mas a ella, igual
que esa mujer amarilla soy de un mundo donde lo decente y lo indecente no tienen significa-
do, donde cada cual trata de vivir como mejor puede su difícil vida. Por un instante sintió que
su desprecio por esa mujer amarilla no era menos superficial y falso que su vieja indignación
por el maestro asesino Wagner y su aversión por el otro Wagner, cu ya música le pareciera
demasiado sensual. Por el lapso de un segundo su corazón sepultado, su yo perdido asomó a
la conciencia diciéndole con su certera sabiduría que toda indignación, toda ira, todo
desprecio no es mas que un error y una puerilidad que recae sobre el pobre diablo que
desprecia.
Ese sentido bueno y sabio le sugirió también que se hallaba de nuevo frente a un misterio cu
ya interpretación poseía para 61 una importancia vital, que esa prostituta o dama mundana,
ese perfume de elegancia, seducción y sexo no le repugnaban ni ofendían en absoluto, sino
que se trataba de juicios que 61 se había imaginado e inculcado por temor a su verdadera
naturaleza, por temor a Wagner, por temor a la bestia o al diablo que pudiera descubrir dentro
de si él día que desechara las cadenas y los disfraces de sus costumbres burgueses. Como un
destello nació en él. Una risa, una risa irónica, que se apagó en el acto. Sin embargo triunfó el
sentimiento de desagrado. Era terrible que todo despertar, toda excitación y todo
pensamiento le hiriesen infaliblemente donde era débil y susceptible de sufrir. Ahora se
hallaba nuevamente de lleno en su malograda vida y tenía que luchar con su mujer, con su
delito, con su desesperanza en, lo fuero. Le invadió de nuevo el miedo, el yo omnisciente se
hundió como un suspiro que nadie escucha. ¡Qué fortuna! No, la mujer amarilla no tenía
ninguna culpa de ello. Todo lo que él sentía contra ella, no la hería a ella, solo le lastimaba a
él.
Se levantó y empezó a correr. Antes creía a menudo que llevaba una vida mas bien solitaria
y se había adjudicado con algo de vanidad cierta resignaría filosofía, por lo que pasaba entre
sus colegas por un erudito, un lector, un espíritu cultivado. ¡Dios mío, jamás había estado
solo! Hablaba con sus colegas, con su esposa, con los niños, con toda clase de gente y así
pasara el día y las preocupaciones se hacían insoportables. y aun se estaba solo, aquella no
era la soledad. Participaba de las opiniones, los temores, las alegrías, los consuelos de mucha
gente, de todo un mundo. Siempre le había rodeado, penetrado hasta su interior el espíritu de
la comunidad. Aun en épocas de soledad, de dolor, de resignación nunca había dejado de
pertenecer a un grupo, multitud, asociación protectora, al mundo de los decentes, de los
ordenados y honestos. Solo ahora probaba la soledad. La flecha lanzada volvía a caer sobre él
mismo, cualquier motivo de consuelo resultaba inútil toda huida de la angustia le conducía de
nuevo a ese mundo con el que había roto, que se le había desmoronado y escapado. Todo lo
que había sido bueno y justo durante su vida. ya no lo era más. Tenia que volverlo a
descubrir solo, sin ayuda de nadie. ¿ y que era lo que encontraba en sí mismo, sino desorden

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y desgarramiento?
Un automóvil que evitó apenas, desvió sus pensamientos, dándole un nuevo impulso; sintió
vacío y vértigo en su cerebro falto de sueño. "Automóvil", dijo o pensó, sin comprender su
significado. Por un instante cerró los ojos, presa de súbita debilidad, y vio de nuevo un
Cuadro que le pareció familiar, que le evocaba algo y animo otra vez sus pensamientos. Se
vio sentado en un automóvil que manejaba él mismo: era un sueño que había tenido en cierta
ocasión. Soñó que después de arrojar al conductor y apoderarse del volante había
experimentado una sensación de liberación y triunfo. Existía en algún rincón un consuelo,
aunque era difícil hallarlo. Pero existía. Existía, aun cuando sólo fuera en la fantasía, la
tranquilizadora posibilidad de manejar solo su vehículo, de arrojar del asiento a otros
conductores. y aunque el vehículo diera brincos y subiera a la acera o se llevara por delante
casas y hombres, de todos modos era delicioso y mucho mejor que viajar siempre bajo la
protección de un conductor extraño. y permanecer eternamente niño.
¡Un niño! Sonrió. Recordó que siendo niño y adolescente a veces maldijo y odió su nombre
Klein1. Ahora no se llamaba más así. ¿No significaba eso algo? ¿No era una analogía, un
símbolo? Había dejado de ser pequeño y niño. y de hacerse conducir por otros.
En el hotel bebió con la comida un buen vino suave, que había ordenado al azar y cu yo
nombre se propuso retener. Muy pocas cosas había que ayudaban, que consolaban y
aliviaban la vida; era muy imposible conocer esas contadas cosas. Ese vino era una de ellas
junto con la atmósfera y el paisaje meridional. ¿ y que más? ¿Había otras? Sí, también
pensar era algo consolador, que hacia bien y ayudaba a vivir. Pero no siempre era así: había
una manera de pensar que era un tormento y llevaba a la locura. Existía un pensar que
hurgaba ¿olorosamente en lo irremediable y provocaba desesperación y asco por la vida.
Pero había otra especie de pensar que 61 tenía que buscar y aprender. ¿Aunque acaso
significaba realmente pensar? No; era mas bien un estado de animo, una disposición interna,
que duraba sólo por momentos y quedaba destruida por cualquier esfuerzo de "querer"
pensar. En ese maravilloso estado surgían ideas, visiones, fantasías, intuiciones de tipo
especial. El pensamiento (o sueño) del automóvil pertenecía a esa especie buena y consola-
dora. y también el súbito recuerdo del asesino Wagner y de aquella remota conversación con
sus colegas. También aquella extraña relación con su nombre Klein. Durante estos
pensamientos, ocurría que el miedo y el horrible malestar cedían por momentos a un súbito
sentimiento de seguridad: le parecía que todo estaba arreglado, se sentía fuerte y orgulloso
en su soledad; superaba el pasado, esperaba sin temor la próxima hora.
¡Tenía que comprenderlo, era algo que había que penetrar y aprender! Estaría a salvo si
lograba hallar a menudo pensamientos como aquellos, si lograba cultivarlos y producirlos. y
meditaba, meditaba. Posó la tarde sin advertirlo; las horas se deslizaban como en un sueño. y
quizá realmente dormía. ¿Pero que importaba eso? Sus pensamientos no dejaban de girar en
torno a ese misterio. Reflexionó mucho y penosamente sobre su encuentro con aquella rubia.
¿Que significaba? ¿Por que ese encuentro fugaz, por que el cruzar por un breve segundo su
mirada con una mujer extraña, hermosa pero antipática, le resultaba durante horas y horas
fuente de pensamientos, sentimientos, emociones, recuerdos, penas y reproches? ¿A que se
debía? ¿También a otros les sucedían cosas así? ¿ y por que, la figura, el andar, la pierna, el
zapato y la media de la rubia le habían seducido por un instante? ¿ y por que su fría mirada
tasadora le había provocado tan inmediata desilusión? ¿Por qué esa mirada fatal no solo le
había desilusionado y despertado de su breve fascinación erótica, sino también le había
ofendí do y rebajado ante sus propios ojos? ¿Por qué, aquella mirada había evocado en él
palabras y recuer-
dos que pertenecían a su mundo pasado, palabras que ya no tenían sentido, motivos en los
1
Significa "pequeño" en alemán (N. Del T.)

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que ya no creía? Había movilizado contra aquella dama amarilla y su molesta mirada, juicios
de su mujer, palabras de sus colegas, pensamientos y opiniones de su antiguo yo, del
desaparecido burgués y funcionario Klein; había sentido la necesidad de justificarse con
todos los medios a su alcance frente a aquella mirada, y había tenido que admitir que todas
sus angustias no eran mas que viejas monedas fuera de circulación. Solo por un instante
había experimentado de nuevo aquella disposición de animo tan agradable, solo por un breve
segundo había desechado interiormente aquellas molestas consideraciones y llegado a un
juicio mejor. Durante un momento pensó: mis pensamientos contra la rubia son estúpidos e
indignos; esta sometida al destino igual que yo; Dios la ama como me ama a mí.
¿De dónde procedía aquella voz tan suave? ¿Dónde hallada de nuevo, como atraerla de
nuevo, en que rama se posaba aquel pájaro a risco y raro? Aquella voz anunciaba la verdad y
la verdad significaba alivio, salvación, refugio. Aquella voz se dejaba oír cuando el corazón
estaba de acuerdo con el destino, cuando uno se amaba a sí mismo; era la voz de Dios o la
voz del propio yo más ínfimo y auténtico, que estaba mas allá de las mentiras, las excusas y
las comedias.
Al despertar en su pieza de un breve sueño, cogió un pequeño volumen de Schopenhauer que
yacía en la mesita y que por lo general le acompañaba en sus viajes. Lo abría a ciegas y leyó
un párrafo:
"Si miramos atrás hacia nuestra vida pasada, y especialmente si consideramos nuestros pasos
en falso y sus consecuencias, pasa que no alcanzamos a comprender cómo pudimos hacer tal
cosa o cómo pudimos emitir de hacer otra; casi parece que un poder extraño hubiera guiado
nuestros pasos, Goethe dice en Egmont "El hombre cree dirigir su vida y determinarse a sí
mismo; pero en realidad es su destino el que atrae, de modo irresistible, a lo mas intimo de su
ser".
¿No era algo que le interesaba, que estaba en estrecha relación con sus pensamientos de aquel
día? Siguió le yendo ávidamente pero no encontró nada más; las líneas y frases siguientes no
le conmovieron. Dejó el libro, miró el reloj, vio que estaba parado por faltarle cuerda, se
levantó, echó una mirada afuera y advirtió que ya anochecía.
Se sentía agotado como después de un intenso esfuerzo intelectual pero no era un cansancio
desagradable y estéril, sino lleno de sentido, como después de un trabajo inútil. Habré,
dormido mas de una hora, pensó, acercándose al espejo para peinarse. ¡Se sentía
extrañamente libre y contento y en el espejo se vio sonreír! Su rostro pálido y extenuado,
que desde hacía mucho sólo viera contraído y desorientado, descansaba en una suave v
apacible sonrisa.
Bajó al restaurante; en alguna de las mesas ya no se servía la
cena. ¿Pero acaso no acababa de comer? Que importaba; tenía ganas de hacerlo de nuevo.
Consultó al mozo y ordeno una buena comida.
-¿No le gustaría ir a Castiglione esta noche? -le preguntó el mozo, mientras le servía la lista.
Hará el viaje una lancha del hotel.
Klein agradeció sacudiendo la cabeza. No, esta clase de excursiones en común no eran para
él. ¿Castiglione? ya había oído hablar de ese paraje. Era un lugar de diversión con un casino;
algo como un pequeño Monte Cabo. ¡Dios mío! ¿Qué, diablos haría allí?
Mientras esperaba el café eligió de entre el ramo de flores que estaba en un jarrón de cristal
una pequeña rosa blanca y se la puso en el ojal. Desde una mesa vecina le llegó el perfume
de un cigarro recién encendido. Ah, si, iba a pedir también un buen cigarro.
Salió y comenzó a pasearse indeciso ante la puerta. Le hubiera gustado volver a aquella
región campestre donde la noche anterior el canto de la italiana y la fantástica danza de las
luciérnagas le habían hecho sentir por primera vez la dulce realidad del sur. Pero también le
atraía el parque, las mansas aguas a la sombra de las ramas, los árboles raros; y ahora si
llegara a encontrar de nuevo a la mujer de cabellos amarillos, sufría mirada no le irritada ni

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rebajaría. Pero... ¡Cuan lejano parecía el día de ayer! ¡Cuan familiar le resultaba ese país del
sur! ¡Cuántas cosas había vivido, pensado, aprendido!
Echó a andar indolentemente por una calle amplia, envuelto en una suave brisa estival. Las
noticias nocturnas revoloteaban en torno a las linternas recién encendidas; diligentes
comerciantes cerraban a altas horas sus negocios y colocaban los barrotes de hierro; muchos
niños jugaban todavía en la calle, corriendo por la acera entre las mesitas de los cafés, donde
se servían café negro y limonadas. En un nicho en la pared sonreía una imagen de María,
iluminada por la luz de una bujía. También en los bancos a orillas del lago reinaba
animación; la gente reía, disputaba, cantaba, y en el agua oscilaban todavía algunos botes con
remeros en mangas de camisa y muchachas con blusas blancas.
Klein encontró sin dificultad el camino del parque, pero el portal estaba cerrado. Detrás de la
alta reja de hierro se extendía la negra y muda oscuridad arbolada, extraña y cargada de
noche y sueño. Permaneció largo rato contemplándola. Luego sonrió al descubrir sólo
entonces, el secreto deseo que le había empujado hasta allí, frente a esa puerta cerrada.
Bueno, era indiferente, podía pasársela también sin el parque.
Se sentó en un banco a orillas del lago mirando tranquilamente la gente que pasaba. Abrió un
diario italiano e intentó leer a la luz de la linterna. No comprendía todo, pero cada frase que
lograba traducir le proporcionaba placer. Poco a poco comenzó a despreocuparse de lo
gramatical para prestar atención al sonido. y descubrió con cierto asombro que el articulo era
una violenta y exacerbada diatriba contra su pueblo y su patria. ¡Que extraño, pensó, que
exista todavía todo esto! ¡Los italianos hablan de nuestro pueblo ni más ni menos como
nuestros diarios siempre lo hicieron respecto a Italia, nos condenan con la misma actitud,
igualmente indignados, igualmente convencidos de su derecho y del error lejano! Era raro
que el odio y los crueles juicios de ese periódico no le afectaran ni le irritaran. ¿O acaso le
indignaban? No; ¿para que? Todo eso era el modo de ser y de expresarse de un mundo al que
ya no pertenecía. y aunque aquel mundo hubiese sido el mejor, el mas justo y honesto de los
mundos, lo mismo ya no era el su yo.
Dejó el diario en el banco y siguió andando. Desde un jardín, entre el follaje de rosales en
flor llegaba el reflejo de cientos de luces multicolores. Vio gente que entraba, se unió a ella,
vio una caja, empleados, una pared con carteles. En medio del jardín se abría una sala sin
paredes, un gran techado de carpa, del que colgaban todas aquellas lámparas multicolores.
Varias mesitas de hierro, ocupadas en parte llenaban la sala al aire libre. En el fondo se
elevaba un pequeño y estrecho escenario de vivaces colores en plata, verde y rosa, que
resplandecía con la fuerte luz de los reflectores. Debajo del proscenio vio unos músicos, una
pequeña orquesta. La flauta emitía sus notas claras y aladas en la calurosa noche multicolor;
del oboe fluía satisfacción y plenitud; el violoncelo musitaba bajo, inquieto y cálido. En el
escenario, un anciano cantaba cómicos estribillos; su boca pintada reía artificialmente, en su
cráneo calvo y preocupado se reflejaba la luz de las candilejas.
Klein, que no había buscado algo semejante, en el primer momento experimentó cierta
desilusión, asumió una actitud de crítica y sintió retornar su antigua aversión a estar sentado
y solo en medio de una muchedumbre elegante y contenta; le pareció que esa alegría artificial
desentonaba con aquella noche perfumada. Sin embargo, se sentó y la luz que emanaba de
las suaves lámparas multicolores le concilio pronto; era como un velo mágico tendido sobre
la sala abierta. La música llegaba llena de ternura e intimidad mezclada con el perfume de las
rosas. Gente contenta y bien vestida, de sereno humor, ocupaba las mesitas del jardín; por
encima de las tazas, las botellas y los baldecitos de hielo, se entreveían rostros blanquecinos
y chillones sombreros de mujeres suavemente velados y como empolvados por las apagadas
luces coloreadas; y el hielo amarillento y rosado en las copas, y los cálices con limonada
roja, verde y amarilla, conferían una nota festiva y exquisita al conjunto.
Nadie escuchaba al cómico. El mísero anciano, indiferente y solitario en su escenario,

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cantaba lo que había aprendido, mientras la luz exuberante, iluminaba su pobre figura.
Terminada su canción pareció feliz de poder irse. Dos o tres personas sentadas mas adelante
aplaudieron al viejo. El cantor se retiro y reapareció al rato en el jardín, sentándose en una de
las mesitas junto a la orquesta. Una joven le sirvió agua, y al hacerlo se levantó un poco.
Klein la miró. Era la mujer de cabello amarillo.
Entonces se oyó el sonido agudo y prolongado de una campanilla, y se produjo un
movimiento en la sala. Muchos salieron dejando los sombreros y abrigos. También la mesita
junto a la orquesta se desocupó y la rubia se fue con los otros. Su melena brilló todavía como
un punto claro en la penumbra el jardín. En su mesa quedó solo el viejo cantante.
Klein se sobrepuso y se le acercó. Saludó amablemente al anciano y este le contestó con un
movimiento de cabeza.
-¿Podría decirme qué, significa este campanilleo? preguntó Klein.
-Es la pausa -contestó el cómico.
-¿ y donde se ha ido la gente?
-A jugar. Ha y media hora de pausa, que aprovechan para jugar en el casino.
-Muchas gracias. No sabía que aquí también había banca de juego.
-Algo insignificante. Para niños; una apuesta máxima de cinco francos.
-Muchas gracias.
Se descubrió y se volvió. De pronto se le ocurrió que podía preguntarle al viejo quien era la
rubia. Él sin duda la conocía.
Dudó por un instante teniendo todavía el sombrero en la mano. Luego se fue. ¿Que quería?
¿Que le importaba esa mujer? Sin embargo sabia que le importaba. Era sólo timidez,
obcecación, inhibición. Sintió surgir de nuevo una pequeña ola de descontento, como una
nubecita en el horizonte. Volvían las dificultades, se sentía de nuevo cohibido, esclavo, y
descontento de sí mismo. Era mejor regresar a casa. ¿Qué hacía allí entre la gente alegre? No
pertenecía ella.
Un mozo que le pidió que pagara le sacó de sus pensamientos.
-¿No puede esperar hasta que llame? -le preguntó irritado.
-Disculpe creí que el señor se quería ir. A mi nadie me reembolsa si alguien se me escapa.
Klein le dio mas propina de lo necesario.
Al salir de la sala vio a la rubia que regresaba por el jardín. Se detuvo y esperó que pasara a
su lado. Caminaba erguida, con pasos firmes, livianos y elásticos. Su mirada fría se cruzo
con la su ya sin reconocerlo. Vio su rostro bien iluminado, un rostro tranquilo e inteligente,
firme y pálido, un poco harto, la boca pintada de color rojo sangre, los ojos grises y
perspicaces, las orejas hermosas y bien formadas en las que centelleaban piedras verdes y
ovaladas. Iba ataviada de seda blanca; su cuello esbelto con sombras opalinas, estaba rodeado
por una delgada cadenita de piedras verdes.
La miró, excitado interiormente y con sentimientos contradictorios. Había algo en ella que le
seducía, que le hablaba de felicidad e intimidad, que olía a carne y cabellos y belleza
cuidada, y había algo mas que repelía, que parecía falso y dejaba presentir desilusiones. Era
la antigua inquina, resultado de la educación y practicada durante toda una vida, contra todo
lo que juzgaba prostitución, contra la intencionada exhibición de la hermosura, contra la
evocación abierta de lo sexual y de la lucha amorosa. Comprendía muy bien que la
contradicción era interna, existía dentro de él. Ahí estaba de nuevo Wagner, ahí estaba de
nuevo el mundo de lo hermoso pero sin disciplina, de lo gracioso sin disimulo, sin timidez,
sin conciencia culpable. Llevaba adentro un enemigo que le vedaba el paraíso.
Ahora los mozos sacaban algunas mesas en la sala para formar un espacio vacío. Parte de los
huéspedes aun no había regresado.
"Quédate", exigía un secreto deseo en ese hombre solitario. Preveía la noche que fe esperaba
si se iba en ese momento. Una noche como la pasada, o quizás mucho peor. Insomnio,

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pesadillas, desesperación y tormento, y además el rugir de los sentidos, el recuerdo de la


cadena de piedras verdes sobre el seno blanco y perlado de aquella mujer. Quizá estaba muy
cerca del instante en que la vida le resultara insoportable. y sin embargo, por más extraño
que fuera, le gustaba vivir. ¿Acaso no era cierto? ¿Estaría allí, de lo contrario? ¿Habría
abandonado a su mujer, habría quemado los puentes, habría puesto en movimiento toda esa
máquina maligna y complicada, se habría infligido tantas puñaladas en su propia carne y por
fin habría venido hasta esa legión del Sur, si no hubiera tenido apego a la vida, si no hubiesen
existido en él deseos para el futuro? ¿Acaso no lo había sentido en forma tan precisa y
maravillosa al beber aquel vinillo y frente al parque cerrado y en el banco junto al muelle?
Se quedó y encontró libre una mesa al lado de aquella donde estaban sentados el cantante y
la rubia. Eran seis o siete personas reunidas, que por lo visto estacan como en su casa,
formando parte de aquella representación y diversión. El no desviaba los ojos de ella, y
observó que demostraban familiaridad con los huéspedes habitantes de aquel jardín. También
conocían a los de la orquesta, que de vez en cuando se acercaban a la mesa o los llamaban
por sus nombres de pila. Hablaban alemán, francés e italiano entremezclados.
Klein observaba a la muchacha de pelo amarillo. Permanecía seria y fría; aún no la había
visto sonreír; su rostro contenido parecía inmutable. Pudo advertir que ocupaba un lugar
preponderante, en la tertulia; que los hombres y las jóvenes asumían con ella, un tono de
amistosa consideración. Oye también su nombre: Teresina. Se preguntó si era hermosa, si en
realidad le gustaba. No podía comentar. Sin duda su figura y su andar eran hermosos. y de
una hermosura poco común; y también su postura cuando estaba sentada, y los movimientos
de sus manos muy cuidadas. Sin embargo, le intrigaba e irritaba la silenciosa frialdad de su
rostro y de su mirada, la seguridad y tranquilidad de su fisonomía, su imperturbabilidad
como de mascara. Parecía un ser dotado de un cielo propio y de un infierno propio, que nadie
podía competir con él. También en aquella alma que parecía dura, reacia. y quizás orgullosa
y hasta mala, debían existir el deseo y la pasión, ¿Cuales eran las sensaciones que le gustaban
y que buscaba y de cuales huía? ¿Cuales eran sus debilidades, sus . secretos? ¿Cómo era
cuando reía, cuando dormía, cuando lloraba y cuando besaba?
¿Por qué ocupaba aquella mujer durante todo el día sus pensamientos, obligándolo a
observarla, a estudiarla, a temerla, a indignarse, pese a que ni siquiera sabia aún si le gustaba
o no?
¿Acaso representaba para él una meta, un destino? ¿Un poder oculto le empujaba hacia ella,
como lo guiara a las regiones meridionales? ¿Un instinto innato, la dirección de su sino, un
ansia inconsciente, ignorada durante toda la vida? ¿Acaso ese encuentro estaba predestinado?
¿Era su fatalidad?
Escuchando ávidamente pudo captar en medio de la animada charla un fragmento de
conversación. Oyó que decía a un jovencito hermoso, ágil y elegante, con negros cabellos
ondulados y rostro liso:
-Me gustaría jugar de nuevo de veras, no aquí, por bombones, sino en Castiglione o en Monte
Cario.
Ahora sabía algo de ella. Se sintió divertido por haberla seguido y espiado. Acechando desde
afuera, aquel hombre extraño había podido a través de una pequeña ventana echar un breve
vistazo sobre su alma. Tenía deseos. También ella estaba atormentada por ansias, ansias por
algo excitante y peligroso, algo en que uno se podía perder. Estaba contento de saberlo. ¿Qué
era ese Castiglione? ¿No había oído ya hablar de ego? ¿Pero cuando? ¿Dónde?
Lo mismo daba: ahora no podía pensar. De nuevo, como más de una vez durante esos
extraños días, tuvo la sensación de que todo lo que hacía, oía, veía y pensaba era necesario y
lleno de significación, que un guía le conducía, que largas y remotas series de causas daban
ahora sus frutos. Que maduraban pronto los frutos. Era bueno que sucediera así.
Por un instante, le invadió nuevamente un sentimiento de frialdad, de tranquilidad y

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seguridad del corazón, maravilloso y delicioso para quien conoce el miedo y la angustia.
Recordó un episodio de su infancia. Una vez, entre compañeros de escuela se había planteado
la cuestión de cómo harían los equilibristas para sostenerse tan seguros y tranquilos en la
cuerda. y uno de los muchachos dijo:
-Si trazas con la tiza una línea en el piso de tu pieza, es tan difícil pisar exactamente en ella
como caminar sobre la cuerda más delgada. y sin embargo uno lo hace tranquilamente
porque no ha y peligro. Si te imaginas que se trata sólo de una raya de tiza y que el aire a los
costados es el piso, podrás caminar seguro sobre cualquier cuerda.
¡Cuan hermoso era aquello! ¿Pero no le sucedía a él lo contrario? ¿Su incapacidad para
caminar tranquilo y seguro sobre tierra firme no se debía, acaso, a que la tornaba por una
cuerda floja?
Se sentía íntimamente feliz de que pudiera ocurrírsele pensar en ideas tan consoladoras, de
que estas dormitaban en él, revelándose poco a poco. Todo lo fundamental vivía dentro de
uno mismo; nadie podía ayudar a otro desde afuera. Con tal de no vivir en guerra consigo
mismo, con tal de vivir en el amor y la confianza de sí mismo..., entonces nada era imposible.
Se podría bailar en la cuerda y hasta se podía volar.
Ausente y olvidado de todo, con la cabeza apoyada en la mano y agachado por encima de la
mesa, se entregó por un rato a estos pensamientos, tanteando por blandos y resbaladizos
senderos del alma como un cazador o un explorador. En ese momento la rubia levantó la
vista y le miró. Su mirada fue breve, pero escudriño atentamente su rostro, y después que él
la hubo percibido y devuelto, sintió que surgía algo como estimación, simpatía y afinidad.
Esta vez su mirada no le hirió, no le ofendió. Ella no había mirado a sus vestidos y sus
modales, su peinado y sus manos, sino penetrado en él, descubriendo lo autentico, lo
inmutable y misterioso dentro de él, lo único, lo divino: el destino.
Le pidió disculpas para sus adentros por todo lo amargo y feo que había pensado de ella. Pero
no, no tenia por qué pedir perdón. Todas las cosas malas y estúpidas que pensara y sintiera
contra ella, iban dirigidas a su propia persona y no a ella. No, no, todo estaba bien.
De pronto, la música empezó a tocar de nuevo, arrancándole sobresaltado de sus reflexiones.
La orquesta entonó los primeros compases de una danza. Pero el escenario quedó oscuro y
vado, mientras los ojos de los concurrentes se dirigían al espacio libre en medio de la sala.
Adivinó que se iba a bailar.
Miró hacia la mesa vecina y vio que la rubia y el jovencito afeitado y elegante se
levantaban. Sonrió interiormente al advertir las resistencias que sentía contra ese joven, cómo
admitía sólo a regañadientes su elegancia sus buenos modales, la hermosura de su rostro y
de sus cabellos. El joven le tendió la mano y la condujo al cuadrado vado; otra pareja
también se adelantó y ambas comenzaron a bailar un tango con elegancia, seguridad y
gracia. El no entendía de estas cosas, pero inmediatamente se dio cuenta de que Teresina
bailaba maravillosamente. Vio que hacía algo que comprendía y dominaba, algo que era
inherente a su naturaleza y que manifestaba espontáneamente. También el joven de cabellos
ondulados bailaba bien, los dos formaban una buena pareja. Su danza hablaba a los
espectadores de cosas agradables, luminosas, sencillas y alegres. Sus manos entrelazadas se
tocaban ligeramente, sus rodillas, sus brazos, sus pies y sus cuerpos cumplían dóciles y
armoniosos ese ejercicio vigoroso y suave. Su danza expresaba felicidad y alegría, lujo, vida
cómoda y arte de vivir. Expresaba también amor y sexualidad, pero no en forma violenta y
abrazadora, sino con pleno equilibrio y gracia. Representaba al danzar frente a la gente rica
todo lo bello que había en la vida de aquellos y que no podrían expresar o quizá ni siquiera
sentir sin su ayuda. Estos bailarines de profesión eran una especie de substituto para la buena
sociedad. Aquellos que no sabían bailar con tanta perfección y gracia, que no podían gozar
plenamente el agradable juego de sus vidas pagaban a esos jóvenes para que en su danza les
recordaran cuan bella era la vida.

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Pero había algo más. No se hacían representar sólo la des-preocupación y serena suficiencia
de sus vidas, sino que en esa danza evocaban la naturalidad incontaminada de los
sentimientos y de los sentidos. En medio de sus existencias colmadas de pereza y hago,
oscilando entre el trabajo febril, las diversiones desenfrenadas y los forzados reposos en
sanatorios, contemplaban sonriendo, con necia y secreta emoción, la danza de aquellas
hermosas criaturas como quien mira una dulce primavera de la vida, un lejano paraíso que se
ha perdido, del que solo se habla a los niños en los días de fiesta, en el que casi no se cree
mas y que sin embargo ocupa con ardientes deseos los sueños de la noche.
y durante la danza el rostro de la rubia sufrió un cambio que Federico Klein observó con
sumo deleite. Poco a poco e imperceptiblemente, como una aurora rosada sobre un ciclo
matutino, por su rostro serio y frío fue extendiéndose una sonrisa siempre más feliz, siempre
más cálida. Con la mirada fija en el vacío, sonreía como si despertara, como si sólo a través
del baile se fría naturaleza hubiera alcanzado plenamente el calor de la Vida. También el
bailarín sonreía y también la otra parecía, los cuatro rostros parecían encantadores, aunque
un tanto marmóreos e impersonales, pero el de Teresina era el mas bello y el más misterioso;
nadie sonreía como ella, tan intacta, tan feliz en su propia euforia interna. Él la observaba
profundamente conmovido, trémulo como ame el descubrimiento de un tesoro escondido.
-!Que cabellos magníficos! -Exclamó alguien a su lado.
El recordó cómo había despreciado y puesto en duda esos maravillosos cabellos de color de
oro.
El tango terminó y Klein vio a Teresina inmóvil por un instante junto a su compañero, que
sostenía todavía con los dedos su mano izquierda a la altura del nombro. y vio cómo se
esfumaba lentamente el hechizo que todavía brillaba en su rostro. Se oyeron apagados
aplausos y todos siguieron con la vista a la pareja mientras regresaba con pasos elásticos a su
mesa.
La danza siguiente, que empezó después de una breve pausa, fue ejecutada por una sola
pareja, la de Teresina y su hermoso compañero. Era un número de fantasía, una pequeña y
complicada composición, casi una pantomima, que cada uno de los bailarines representaba
independientemente y que sólo en los momentos culminantes y en el vivacísimo y agitado
final se convertía en una danza de a dos.
Teresina se deslizaba, con los ojos llenos de felicidad, tan extasiada y ferviente, y seguía tan
dichosa con sus livianos miembros las caricias de la música, que todos callaban,
contemplándola mudos y absortos. La danza terminó con un arrebatado remolino, durante el
cual la bailarina y su compañero se tocaban solo con las manos y las puntas de los pies,
inclinados hacia atrás, gritando violentamente como en un bacanal.
Durante la ejecución de este número, todos tenían la impresión de que en sus movimientos y
pasos, en su separación y reunión, en el renovado perder y recobrar del equilibrio, los dos
bailarines representaban emociones familiares a todos y profundamente ansiadas, pero que
sólo pocos seres felices experimentan tan sencilla, intensa y sinceramente: la euforia del
hombre sano, el aumento de su placer por el amor al próximo, el confiado acuerdo con la
propia naturaleza, la sumisión tranquila a los deseos, sueños y puerilidades del corazón.
Muchos lamentaron melancólicamente por un instante que existiera tanta contradicción y
desacuerdo entre la vida y los deseos, que la vida no fuera una danza, sino un penoso y
jadeante arrastrarse bajo pesos y cargas que al fin uno mismo se había impuesto libremente.
Federico Klein veía su vida, mientras seguía la danza, a través de los años pasados como a
través de un túnel, en cu yo extremo se extendía, verde y resplandeciente al sol, su juventud
perdida, al sentir simple y fuerte, la confiada disposición a la felicidad; todo esto se hallaba
ahora de nuevo extrañamente cercano, a un paso casi, como atraído y reflejado por arte de
encantamiento.
Ahora Teresina pasó a su lado, la beatifica sonrisa de la danza iluminando aún su semblante.

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El se sintió sacudido por el placer y por una fervorosa devoción. y como si la hubiera
llamado, ella lo miró de pronto entrañablemente, todavía sin despertar, el alma todavía llena
de felicidad, todavía en los labios la dulce sonrisa. También él le sonrió, sonrió al reflejo de
aquella felicidad que le mostraba a través del túnel oscuro ese avatar de los años perdidos.
Al mismo tiempo se levanto y le tendió la mano como un viejo amigo, sin pronunciar
palabra. La bailarina la tomó y la retuvo un momento en la su ya, sin detenerse. Él la siguió;
en la mesa del artista le ofrecieron lugar y así se halló sentado junto a Teresina, muy cerca
de su cuello opalino, rodeado por las verdes piedras resplandecientes.
No participó en la conversación, de la que entendía muy poco. Detrás de la cabeza de
Teresina, distinguía bajo las linternas ardientes del jardín tos rosales en flor, rosas como
bolas oscuras en las que revoloteaban de vez en cuando unas luciérnagas. Sus pensamientos
descansaban. ¿No tenía nada en que pensar? Las bolas de las rosas ondeaban suavemente en
la brisa nocturna. Teresina estaba a su lado, en su oreja reinaba la verde esmeralda. El mundo
se le antojaba hermoso y agradable.
Entonces Teresina apoyó la mano en su brazo.
-Tendremos que hablar. Pero no aquí. Ahora recuerdo que le he visto también en el parque.
Mañana le esperaré allí a la misma hora. Esto y cansada y tengo que ir a dormir. Es
preferible que se va ya . usted ahora mismo antes de que mis colegas le pidan dinero presta-
do.
Un mozo pasó corriendo y ella le detuvo.
-Eugenio, el señor quiere pagar.
Él pagó, le dio la mano, se descubrió y se alejó en dirección al río. Sin saber a dónde iba. No
hubiera podido acostarse en su cuartito de hotel. Siguió por la costanera a través de la ciudad
y los suburbios, hasta que terminaron los bancos y los jardines. Entonces se sentó en el
muelle, canturreando estrofas de olvidadas canciones de sus años juveniles. Permaneció así
hasta que refrescó y los empinados motores parecieron lejanos y hostiles.
Entonces, sombrero en mano emprendió el regreso.
Un portero soñoliento le abrió la puerta.
-Sí, es un poco tarde -dijo Klein, dándole un franco.
-Oh, no importa, estamos acostumbrados. No es usted el último, Tampoco ha vuelto la lancha
desde Castiglione.

III

Cuando Klein llegó al parque la bailarina le esperaba ya. Se paseaba con su paso elástico por
los senderos del jardín y apareció de pronto en el umbroso borde de un bosquecillo.
Teresina le examinó atentamente con sus claros ojos grises; su rostro estaba serio y un tanto
impaciente.
Enseguida empezó a hablar, mientras iban andando.
-¿Puede explicarme lo que pasó ayer? ¿Cómo fue que nos cruzamos tantas veces? Estuve
pensando en ello. Ayer le vi dos veces en el jardín del casino. La primera vez estaba usted
parado en la salida y me miró; parecía usted aburrido o irritado y cuando yo le vi me dije: a
ese le encontré ya en el parque. No me causó usted buena impresión y me esforcé por
olvidarle. Luego le vi de nuevo un cuarto de hora mas tarde. Estaba usted sentado en la mesa
vecina y parecía tan distraigo que no advertí en seguida que era el mismo de antes. y
después de la danza surgió de pronto frente a mí y me tendió la mano oyó se la di a usted, ya
no recuerdo bien. ¿Que pasó? Tiene que saberlo usted. ¡De todos modos espero que no ha ya
venido para declarárseme!
Terminó la ultima frase con una mirada imperativa.

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-No sé -contestó Klein-, no vine con intenciones determinadas. La amo desde ayer, pero no
necesitamos hablar de ello.
-Sí, hablamos de lo otro. Ayer durante un instante hubo entre nosotros algo que me preocupo
y me asustó, como si tuviéramos cierta afinidad o algo en común. ¿Que es? y lo que más me
interesa: ¿que significa la transformación que sufrió usted? ¿Cómo es posible que en el lapso
de una hora usted pudiera tener dos rostros tan distintos? Parecía un hombre que ha vivido
algo muy importante.
-¿Qué aspecto tenía? -preguntó Klein infantilmente.
-Oh, primero parecía un señor de edad, pedante y algo amargado. Un burgués, un nombre
acostumbrado a descargar sobre otros el descontento de su propia incapacidad.
Él la escuchó con ansioso interés y asintió vivamente.
- y luego -continuó ella-, luego..., bueno, eso no se puede expresar facilmente. Usted estaba
un tanto encorvado; cuando yo le vi, pensé en el primer momento: ¡Dios mío, que posturas
más tristes tienen esos pedantes! Apoyaba usted la cabeza en la mano y daba una impresión
muy extraña: parecía como si fuera usted el único hombre en el mundo, como si le fuera
indiferente cualquier cosa que sucediera con usted y con el mundo. Su rostro era como una
mascara, horriblemente triste e indiferente...
Se interrumpió, como si buscara las palabras, pero no dijo nada más.
-Tiene razón -observó Klein modestamente-. Lo ha comprendido tan bien que debiera
asombrarme. Me ha leído como una carta. Pero en realidad es natural y justo que es, viera
todo esto.
-¿Natural? ¿Por que?
-Porque durante la danza usted expresa, aunque bajo forma distinta, exactamente lo mismo.
Cuando baila, Teresina, y también en otros momentos, usted es como un árbol o una
montaña o un animal o también como una estrella absorta, completamente sola, ansiando ser
simplemente lo que es, sin preocuparse de parecer buena o mala. ¿Acaso no es lo mismo que
usted advirtió en mi?
Ella lo observó atentamente sin contestar.
-¡Que hombre raro es usted! -opinó luego hesitando--.
¿ y cómo es usted? ¿Es realmente así como parecía? ¿De veras le es indiferente lo que le
pueda ocurrir?
-Sí, pero no siempre. A menudo tengo miedo. Pero después vuelve ese estado agradable, el
miedo desaparece y entonces todo me es indiferente. Entonces uno es fuerte. Indiferente no
es quizá la palabra justa: mas bien todo se torna delicioso y bienvenida, sea lo que sea.
-Por un momento creí posible que usted fuera un delincuente.
-También eso podría ser. y hasta es verosímil. Uno dice "delincuente'', y afirma con ello la
idea de un acto prohibido.
Pero él, el delincuente, no ha hecho mas que manifestar solo lo que lleva dentro. Mire, he
aquí la semejanza que existía entre nosotros: ambos de vez en cuando, en contados
momentos, actuamos según lo que somos realmente. Esto es tan excepcional, que la mayoría
de los hombres ni siquiera lo experimentan jamás. yo tampoco lo conocía; decía, pensaba,
hacia, vivía solo lo extraño, solo lo aprendido, solo lo bueno y lo justo; hasta que un día se
acabo. No lo . aguanté más, tuve que huir; lo bueno ya no era bueno; lo justo ya no era
justo; la vida se me hizo insoportable. Sin embargo, deseo poder vivir; hasta amo la vida a
pesar de los tormentos que trae.
-¿Quiere decirme como se llamaba y quien es usted?
•So y el que usted ve, y nada más. No tengo nombre, ni titulo, ni profesión. Tuve que
abandonarlo todo. Un buen día después de toda una vida honesta y laboriosa, abandone el
nido, no hace mucho de esto. y ahorra tengo que parecer o aprender a volar. El mundo no me
interesa mas, esto y completamente solo.

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-¿Estuvo usted internado? -Le preguntó ella un tanto embarazada.


-¿Cree usted que esto y loco? No. Aunque esto también sería posible-. y entonces quedo
absorto en la contemplación de sus propias ideas.
-Cuando se habla -continuó con cierta intranquilidad-, hasta lo más sencillo se hace
complicado e incomprensible. ¡No deberíamos hablar de ello! y es que solo habla cuando no
se quiere comprender.
-¿Que quiere decir? yo deseo de veras comprender. ¡Créame! Me interesa muchísimo.
Él sonrió animado.
-Sí, sí. Usted quiere entretenerse. Ha experimentado algo y quiere hablar de ello. Pero eso no
sirve de nada. La palabra es el camino seguro para las falsas interpretaciones, para nacerlo
todo trivial y desolado. No, usted no me quiere comprender y tampoco quiere comprender a
sí misma. Solo desea recobrar la tranquilidad frente a la advertencia que ha sentido. Quiere
acabar conmigo y con la advertencia, encontrando un rotulo para ubicarse. Va tanteando,
busca el delincuente o al enfermo mental, una palabra, quiere conocer mi ocupación y
nombre. Pero esto solo aleja de la comprensión, es puro engaño, querida señorita, es un mal
sustituto de la comprensión, es mas bien una fuga frente al deseo de comprender, frente a la
necesidad de comprender.
Se interrumpió, pasándose con gesto atormentado la mano por los ojos; luego sonrió, como si
se le ocurriera de nuevo algo agradable.
-Mire -continuó-, cuando ayer experimentamos durante un instante el mismo sentimiento, no
dijimos nada, no preguntamos, ni pensamos nada, nos dimos la mano inesperadamente y todo
estaba bien. Ahora, en cambio..., ahora hablamos y pensamos y buscamos explicaciones.... y
lo que era tan sencillo se ha hecho extraño e incomprensible. y sin embargo usted podría
comprenderme tan fácilmente como yo a usted.
-¿Usted cree comprenderme tan bien?
-Sí, naturalmente. yo se como vive. Pero sé que vive como viví yo también, como lo hacen
todos, casi siempre en la oscuridad, pasando de largo frente a sí mismos, corriendo tras un
fin, un deber, una intención. Casi todos los hombres viven así, el mundo entero sufre de esta
enfermedad y perecerá por ella. Pero a veces, durante la danza, por ejemplo, la intención o el
deber se le escapan y usted vive de repente en forma distinta. Se siente de pronto como si
estuviera sola en el mundo o como si mañana pudiera estar muerta. y entonces se revela todo
lo que usted es realmente. Cuando baila hasta contagia a los otros. y este es su secreto.
Ella comenzó a andar mas rápidamente. Solo se detuvo al llegar a una terraza saliente sobre
el lago.
-¡Que extraño es usted! -Opinó ella-, algunas cosas puedo comprenderlas. Pero..., ¿qué quiere
en realidad de mí?
Él bajó la cabeza con aire afligido.
-Esta acostumbrada a que todos quieran algo de usted. Pero yo, Teresina, no quiero nada que
usted mismo no desee y no quiera nacer de buena gana. Que yo la ame puede serle
indiferente. La felicidad no consiste en ser amado. Cáela hombre se ama a sí mismo y sin
embargo la mayoría se atormenta durante toda la vida. No, (a felicidad no estriba en ser
amado. ¡Pero amar, eso si es la felicidad!
-Me gustaría complacerle en algo, si pudiera -dijo Teresina lentamente, casi compasiva.
-Sí, puede. Permítame realizarle un deseo.
-¡Ah! ¡Que puede saber usted de mis deseos!
-Es cierto, no debiera tener ninguno. Posee la llave del paraíso: su danza. Sin embargo, sé
que tiene deseos y me alegra, y ahora piense: aquí ha y alguien que se sentirá dichoso de
cumplir cualquier deseo su yo.
Teresina reflexionó. Sus ojos atentos cambiaron de expresión, volviendo a su acostumbrada
frialdad, ¿Que podía ser de ella? Como no encontró nada, inquirió prudentemente:

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-Mi primer deseo seria que usted fuera sincero conmigo. Dígame quien le ha hablado de mí.
-Nadie. Jamás hable con persona alguna acerca de usted. Lo que se es muy poco y me he
enterado de ello por usted misma. Ayer oí que decía cuanto le gustaría jugar en Castiglione.
-Con que estuvo espiándome -dijo en poco alterada.
-Sí, naturalmente, y aturdimiento porque no esta siempre de acuerdo consigo misma.
-Oh, no; no soy tan romántica como usted opina. No busco aturdimiento en el juego, sino
dinero. Quisiera ser rica alguna vez o por lo menos estar libre de preocupaciones, sin tener
que venderme. Eso es todo.
-Parece tan auténtico lo que dice, y sin embargo no lo creo. ¡Pero sea como quiera! En el
fondo usted sabe muy bien que Jamás
necesita venderse. ¡Dejemos eso, sin embargo! ¡Si le hace falta dinero, para jugar o para otra
cosa, acéptelo de mí! Paseo mas de lo necesario y además no me interesa.
Nuevamente asumió Teresina una actitud reservada.
-jSi apenas le conozco! ¿Cómo quiere que tome su dinero?
El se estremeció como herido, tomo su sombrero y se levanto.
-¿Qué le pasa? -Exclamó Teresina.
-Nada, nada, ¡permítame que me va ya! Hemos hablado demasiado, demasiado. Jamás habría
que hablar tanto.
y se escapó sin despedirse, corriendo por la arboleda, como arrastrado por la desesperación.
La bailarina lo siguió con la vista entre múltiples sentimientos contradictorios, sinceramente
asombrada de su actitud y de la propia.
Él, empero, no huía por desesperación, sino por no poder soportar ansia y plenitud tan
intensas. De pronto le fue imposible pronunciar una palabra mas o escuchar una palabra más;
tenía que estar solo, sintió la necesidad de hallarse solo, de pensar, de espiarse, de
pertenecerse a sí mismo. A él también la conversación con Teresina le había asombrado y
arrebatado; las palabras le habían salido sin querer, presa de una necesidad imperiosa, casi
sofocante, de comunicar sus experiencias y sus pensamientos, de formarlos, expresarlos,
evocarlos. Cada palabra que se oía decir le causaba sorpresa, pero también sentía como se
enredaba en aleo que ya no era sencillo y justo, como trataba inútilmente de explicar lo
inconcebible. y de pronto le resulto intolerable y tuvo que acabar.
Pero ahora, mientras trataba de recordar el último cuarto de hora, se sentía feliz y agradecido.
Era un progreso, un paso hacia la liberación, una afirmación de sí mismo.
El equívoco en que había caído todo su mundo habitual, le había agotado y atormentado
terriblemente. Había vivido un milagro al comprobar que la vida adquiere su mayor sentido
precisfimente cuando perdemos todos los sentidos y significados. Pero siempre le había
atormentado la duda de que estas experiencias no fueran realmente esenciales, que no fueran
mas que pequeñas encrespadas casuales en la superficie de una mente exhausta y enferma,
desvaríos, fluctuaciones nerviosas. Ahora, ayer y hoy, había emanado de él, transformándolo
y atrayendo a otro ser humano. ¡Su soledad estaba rota, amaba de nuevo, existía alguien a
quien quería servir y hacer feliz, podía sonreír de nuevo, oír de nuevo!
Una oleada de dolor y voluptuosidad penetró cada fibra su ya, sintió dentro de sí una plenitud
de sentimientos que le hizo estremecer, una nueva vida se henchía en él como una marea,
todo le parecía nuevo e incomprensible. Todo lo veía con otros ojos: árboles en una calle,
burbujas plateadas en el lago, un perro huyendo, los ciclistas..., y todo era extraño,
fantástico, casi demasiado hermoso, todo como nuevito y recién salido de la juguetería del
buen Dios,
todo solo para él, Federico Klein, y él también existiendo solo para sentir vibrar en si esa
corriente de milagro. Dolor y alegría. Por doquiera belleza, hasta en los montículos de
inmundicia al margen de camino; por todas partes profundo sufrimiento; por todas partes
Dios Sí, eso era Dios y así lo había sentido y buscado en tiempos ya remotos, cuando era un

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muchacho, siempre que estaba "Dios" y "omnipotencia". ¡Oh, corazón, no te quiebres de


tanta felicidad!
De todos los olvidados pozos de su vida surgían de nuevo un sinnúmero de recuerdos
liberados: su noviazgo, los vestidos que llevara cuando niño, las mañanas de domingo en su
época de estudiante convergiendo todo en torno a un punto central: la figura de su mujer, su
madre, el asesino Wagner, Teresina. Recordaba pasajes de escritores clásicos y proverbios
latinos, que le habían conmovido cuando era escolar, e ingenuos versos sentimentales de
aires populares. Sentía la muerte de su madre. Todo lo que Jamás percibiera con el ojo o el
oído a través de hombres o libros, con placer o dolor, y que luego había hundido dentro de
sí, parecía haber vuelto a un mismo tiempo, revuelto y agitado como un torbellino, sin orden,
pero lleno de sentido, importante y significativo; nada, nada se había perdido.
Su estado se convirtió en un tormento, un tormento que no podía distinguiese de la suprema
voluptuosidad. Su corazón latía violentamente, los ojos se le llenaban de lágrimas. Sentía que
se hallaba al borde de la locura, pero sabia que no enloquecía. Contemplaba esta nueva
región del alma que era la demencia, asombrado y extático como en otro tiempo había
mirado al lago, al cielo: también ahora todo aparecía fantástico, armonioso y lleno de
sentido. Comprendió por que en las creencias de antiquísimos pueblos civilizados la locura se
consideraba sagrada. Lo penetraba todo, todo le hablaba, todo se le revelaba. ¡No había
palabras capaces de expresar todo eso, era absurdo querer condensarlo y comprenderlo con
palabras! Bastaba tener el corazón abierto, estar dispuesto: entonces podía entrar en nosotros
cualquier objeto. y hasta el mundo entero en interminable desfile como en un arca de Noé,
para que uno pudiera poseerlo, entenderlo. y llegar a confundirse con él.
Una profunda tristeza lo invadió de pronto. ¡Ojalá pudieran todos los hombres comprender y
experimentar lo que él sentía! ¡Oh, Dios mío, como vivían despreocupados, como se pecaba
desenfrenadamente; cómo se sufría ciega y desesperadamente! ¡Ayer todavía se había
indignado contra Teresina! ¡Ayer todavía odiaba a su mujer, acusándola y haciéndola
responsable por todo el sufrimiento de su vida! ¡Cuan triste, cuan estúpido, cuan
desconsolado! y sin embargo, todo era tan sencillo, tan bueno, tan lleno de sentido en cuanto
se lo consideraba desde adentro, en cuando se descubría detrás de cada objeto la esencia
ultima, él, Dios.
Así empezaba un camino hacia nuevos jardines de representaciones y nuevos bosques de
imágenes. Si se dirigía al futuro en este estado de alma, sentía surgir exuberantes sueños de
felicidad,
para él y para todos. No necesitaba lamentar, ni acusar, ni condenar su vida pasada, sorda y
corrompida, sino renovarla y transformarla en lo contrario, para que adquiera nuevo sentido,
y se llenara de alegría, de bondad y de amor. La gracia que había recibido tenía que reflejarse
y actuar en otros. Recordó versículos de la Biblia y todo lo ' que había de santos y piadosos
elegidos. Con todos había sucedido lo mismo. Todos habían llegado a la conversión e
iluminación como él, a través de caminos ásperos y tenebrosos, con cobardía y angustioso
temor. "En el mundo tenéis miedo", había dicho Jesús a sus discípulos. Pero el que supero el
miedo no sirve mas en el mundo, sino en Dios, en el reino eterno.
Así lo habían enseñado todos los sabios del mundo, Buda y Schopenhauer jesús y los
griegos. Existía solo una sabiduría, solo una fe, solo una filosofía: el saber de Dios en
nosotros. ¡Cuan torcido y falso era todo lo que se enseñaba en las escuelas, en las iglesias, en
los libros y en las ciencias!
El espíritu de Klein volaba serenamente por las regiones de su mundo interior, de su saber, de
su cultura. También aquí como en su vida exterior, había bienes y tesoros y fuentes de
sabiduría, pero todo aislado, muerto, sin valor. Ahora, bajo la luz del saber, surgía del caos el
orden, el sentido y la forma; empezaba la creación, la síntesis vital, la armonía entre (os
opuestos. Las sentencias nacidas del espíritu de contemplación se hacían evidentes y

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comprensibles, lo oscuro se aclaraba; hasta la tabla de multiplicar se convertía en un credo


místico. También ese mundo interior hallábase vivificado y ardiente de amor. Las obras de
arte que amara en sus años mozos volvían con nuevo hechizo. Vio que el mágico misterio del
arte se abría con la misma llave. El arte no era sino la contemplación del mundo en el estado
de gracia y de iluminación; el arte revelaba a Dios detrás de cada objeto.
Con el alma encendida Klein vagaba extasía do por el mundo.
Cada árbol participaba de un hechizo, levantando sus ramas con mas gracia el cielo, o
colgando mas suavemente hacia la tierra, todo era símbolo y revelación. Sombras de nubes,
violáceas y transparentes se perseguían en la superficie del lago, estremeciéndose en dulce
ternura. Cada piedra yacía llena de sentido al lado de su sombra. Tan hermoso y profundo,
tan sagrado y digno de amor le parecía el mundo, como nunca antes lo fuera, salvo quizás en
los años impregnados de misterio y leyendas, de la primera infancia. "Si no volveréis a ser
como los niños..." y pensó: yo he vuelto a la niñez, he entrado en el reino de los cielos.
Cuando empezó a sentir cansancio y hambre se encontraba lejos de la ciudad. Entonces
recordó de donde venia, todo lo sucedido, y que se había separado de Teresina sin despedirse.
En el próximo pueblo busco una posada. Lo atrajo una pequeña y rústica cantina con una
mesa de madera clavada en el suelo en medio de un jardincito, bajo la sombra de un cerezo.
Pidió comida, pero solo había pan
y vino. Pidió una sopa, o huevos, o jamón. No, ahí no había nada de eso. Nadie comía allí
esas cosas en tiempos de carestía. Trató primero con la posadera, luego con una abuelita, que
zurcía ropa sentada en el umbral de piedra de la casa. Se sentó en el jardín, debajo del árbol
de espesas sombras, a comer pan y fuente vino tinto. En la quinta vecina, ocultas detrás del
follaje de la viña y de las ropas tendidas, oyó cantar dos voces de muchachas. De repente
una palabra le sacudió en lo mas intimo sin que pudiera retenerla y se repitió luego en el
segundo verso: era el nombre de Teresina. La canción, un estribillo semicómico, hablaba de
una Teresina. Ahora pudo entender:

"la sua mamma alla fínestra


Con una voce serpentina:
viene a casa, o Teresina,
Lasc'andar quel traditor! 2

¡Teresina! ¡Cómo la amaba! ¡Cuan divino era poder amar!


Apoyó la cabeza en la mesa, dormitando. Durmiendo y despertando varias veces llego la
noche. La posadera se paro frente a la mesa, pidió otro tazón de vino y le pregunto por
aquella canción. Ella contestó amablemente, trajo el vino y se quedo mirándolo. El se hizo
recitar toda la canción; sobre todo le gusto la estrofa,
lo non sonó un traditore
E en memo lusinghero,
lo sono filio d 'un ricco signore,
Sono venuto per fare l' amore. (1)
1 yo no soy traidor - ni tampoco engañador - soy hijo de un rico señor - y he venido a hacer
el amor.
La posadera le dijo que ahora podría servirle una sopa, pues de todos modos iba a cocinar
para el marido que no tardaría en llegar.
Comió sopa de verdura con pan. y cuando llegó el posadero los últimos rayos del sol ya se
2
Su madre en la ventana - con voz serpentina - ven a casa oh Teresina -deja estar a ese
traidor.

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apagaban rojizos sobre los grises techos de piedra. Pregunto si tenían una pieza disponible y
le ofrecieron una especie de celda con toscos muros de ladrillos desnudos. La acepto. Jamás
había dormido en un cuarto como aquel. Le parecía una guarida de ladrones de algún drama.
Atravesó el pueblo sumido en 'a Penumbra; en un pequeño almacén encontró chocolate y lo
distribuyo entre los niños, que llenaban las calles en enjambres. Los chicos lo seguían; los
padres le saludaban; todos le deseaban buenas noches; él contestaba a todos, saludaba a
todos, viejos y jóvenes,
sentados en el umbral y en los escalones de sus casas.
Pensaba con placer en un cuartucho, ese primitivo refugio mas parecido a una cueva, donde
la cal se despegaba de los muros grisáceos, en los que no colgaba ningún objeto superfluo, ni
cuadros, ni espejos, ni cortinados, ni adorno alguno. Iba por el pueblo envuelto en la luz
crepuscular como en una mágica aventura; todo resplandecería, todo hablaba de secretas
promesas.
Al volver a la hostería, entrevió en la sala de huéspedes, oscura y vacía, una rendija de luz, y
siguiendo esa dirección, llego a la cocina. Esta se le apareció como una caverna de los
cuentos de hada; una luz escasa y débil se reflejaba en el piso de piedras rojas, perdiéndose
en una cálida y espesa penumbra antes de alcanzar las paredes y el techo, mientras la
negrísima y enorme chimenea colgante era como una fuente inagotable de tinieblas.
La posadera y la abuelita estaban sentadas juntas, pequeñas y débiles, con las manos
apoyadas en las rodillas, acurrucadas sobre bajos y humildes banquitos. La mujer más joven
lloraba. Nadie prestó atención al recién llegado. Se sentó en el borde de una mesa, al lado de
unos restos de verduras, entre los que brillaba un cuchillo de estaño sin filo; en las paredes
reverberaban, reflejando la luz, ollas de cobre rojizo. La mujer lloraba y la anciana le
hablaba cuchicheando, en su dialecto; poco a poco entendió que había ido de nuevo. Klein
pregunto a la mujer si el hombre se había pegado, pero no recibió contestación. Sin darse
cuenta empezó a consolarla. Le dijo que el hombre sin duda regresaría.
-Hoy no, y quizás mañana tampoco -replicó la mujer en tono cortante.
Él renunció a consolarla; la mujer se enderezó un poco; todos callaban; el llanto se había
apagado. La sencillez del acontecimiento que nadie comentaba le pareció maravillosa.
Habían disputado, habían llorado. Pero ya había pasado y estaban sentadas en silencio,
como esperando. La vida seguiría su camino. Como niños. Como animales. Con tal que no se
hablara, que no se complicara lo sencillo, con tal de no poner al desnudo el alma.
Klein invitó a la abuelita a hervir café para los tres. Las mujeres se reanimaron, la vieja echo
ramas secas y papel en la chimenea, que empezó a crepitar, brotando pequeñas lenguas de
fuego hasta dar llamaradas amarillas. En el reflejo del fuego chispeante vio el rostro de la
posadera, iluminando desde abajo, un poco triste, pero ya tranquilo. Tenía los ojos fijos en el
fuego, sus labios se entreabrieron en una sonrisa; de pronto se levanto se dirigió lentamente
hacia el grifo y se lavo las manos.
Luego se sentaron los tres a la mesa y bebieron café negro bien caliente y una ginebra añeja.
Las mujeres estaban animadas; hablaban y hacían mil preguntas, riendo del modo torpe y
cómico de expresarse de Klein. A este le parecía hallarse allí desde hacia mucho. ¡Era
extraordinario cuantas cosas le ocurrían en aquellos días! Largos periodos de tiempo, épocas
enteras de vida, se sucedían en una sola tarde; cada hora llevaba el cargamento vital máximo.
Por momentos asomaban como relámpagos en el horizonte: era miedo de que pudiera
invadirle el cansancio y el agotamiento, acabando con su capacidad de vivir y secándolo
como cuando el sol evapora una gota en la piedra. En esos momentos fugaces pero
frecuentes, en esos extraños momentos de lucidez, contemplaba su propia existencia, sentía y
veía funcionar su cerebro aceleradamente, en un trabajo centuplicado como un
complicadísimo y precioso aparato, como un delicado mecanismo de relojería, protegido por
una campana de vidrio, al que bastara un corpúsculo de polvo para alterar.

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Le refirieron que el posadero invertía su dinero en negocios pocos seguros, que pasaba
mucho tiempo fuera de casa y mantenía relaciones con otras mujeres. Niños no tenían.
Mientras Klein se esforzaba en buscar las palabras italianas, para preguntas y respuestas
sencillas, el delicado mecanismo de relojería trabajaba incesantemente, mientras la alcancía
luchaba con los bostezos. Luego subió tanteando por la oscura escalera de piedra de altos
peldaños y entro en su cuarto. Encontró agua en una tinaja de arcilla, se lavo el rostro,
echando de menos por un momento el jabón, las pantuflas y el pijama, y paso todavía un
cuarto de hora apoyado en el alféizar de granito de la ventana; se desvistió luego del todo y
se acostó en la dura cama, cuyas toscas sabanas de lino le encantaron, despertando una
oleada de agradables sensaciones agrestes. ¿Acaso no sería más digno vivir siempre así, entre
cuatro paredes de piedras, sin trastos ridículos de cortinas y adornos, muebles inútiles y
además accesorios exagerados y bárbaros? Un techo para protegerse de la lluvia, una simple
frazada contra el frío, pan y vino, o leche contra el hambre, el sol de mañana para
despertarnos y a la noche la oscuridad para adormecernos, ¿acaso necesitaba el hombre algo
mas?
Pero apenas apago la luz, desaparecieron la casa, el cuarto, el pueblo. Se hallaba de nuevo a
orillas del lago hablando con Teresina, esforzándose por evocar la conversación de la
mañana, sin poder recordar exactamente lo que dijera, sin saber siquiera si toda la conver-
sación no había sido un sueño o una alucinación su ya. Pero se sentía muy a gusto envuelto
en las tinieblas, ¡quien sabe donde despertaría mañana!
Un ruido en la puerta le hizo sobresaltar. Alguien oprimía suavemente el picaporte; un hilo
de la luz se dibujo en la pared, vacilando un instante. Sorprendido y comprendiendo sin
embargo en el acto, miro hacia la luz, sin despertar todavía a la realidad, entonces la puerta se
abrió del todo y apareció la posadera con una linterna en la mano, descalza, muda. Lo
observo con mirada penetrante; él sonrió y le tendió los brazos, profundamente asombrado,
sin pensar en nada. Ella se acercó y su melena negra descanso a su lado sobre la áspera
almohada.
No pronunciaron palabra. Encendido por su beso la atrajo. El
inesperado contacto y calor de un humano en su pecho, el brazo fuerte y extraño alrededor
de su nuca, le conmovieron en forma singular, ¡qué calor desconocido hasta entonces para él;
cuan extraño y dolorosamente nuevo le resultaba ese cálido contacto; cómo había estado
solo, completamente solo, cuanto tiempo solo!
Abismos y mares de fuego infernales le habían separado de su prójimo y ahora venia una
criatura desconocida, muda, confiada, necesitaba de consuelo, una mujer abandonada, como
había sido él durante años y años un hombre intimidado y abandonado. y se colgaba de su
cuello y ofrecía y daba, sorbiendo ávidamente la gota de voluptuosidad en su mísera vida,
buscando su boca embriagada y sin embargo tímida, apoyando su mejilla en la su ya, entre
melancólicas y suaves caricias. El se enderezo por sobre su rostro pálido y beso sus ojos
cerrados pensando: ella cree recibir y no sabe cuanto regala, busca en mi refugio a su
soledad y no sospecha la mía. La veía solo ahora, después de pasar la velada en la cocina,
ciego a su lado. Vio que tenía manos y dedos finos y largos, hombros hermosos, un rostro en
que había mezclados, temor al destino y una ciega sed infantil y que poseía un conocimiento
un tanto temeroso de pequeños y dulces senderos y practicas ternuras.
También se dio cuenta - y esto lo afligió- de que él seguía siendo un muchacho, un
principiante, en el amor, resignado en su larga e insípida vida conyugal, tímido y a un
tiempo sin inocencia, sensual y agobiado por sentimientos de culpa. y mientras unía su boca
ardiente a la boca y a los senos de la mujer, mientras percibía su mano cariñosa y casi
maternal sobre sus cabellos, presintió la desilusión y la amarga, sintió que volvía la antigua
angustia y que lo atravesaba, como un helado cuchillo, la idea de que en el fondo de su ser
no fuera apto el amor, que el amor solo pudiera acarrearle tormentos y malignos hechizos.

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Antes que se apagaba el breve vértigo de voluptuosidad, asomaron en su alma el desconcierto


y la desconfianza y una repulsión y casi náuseas por haber sido tomado, en lugar de tomar y
conquistar él mismo.
ya se había ido la mujer sin hacer ruido, llevándose su vela. Klein quedo a oscuras y en
medio de la saciedad momentánea llego lo que ya previera hacia horas en los relámpagos
precursores: el temido instante en que la música inmensamente rica de su vida no encontrase
mas que notas cansadas y desafinadas, pagando con cansancio y miedo los infinitos
sentimientos de placer. Con el corazón palpitante sentía todos los enemigos en acecho, el
insomnio, la depresión, las pesadillas. El áspero lino le ardía en la piel; por la ventana entraba
la noche lívida. No, no le seria posible permanecer allí y resistir inerme los sufrimientos que
le esperaban. ¡Le acometía de nuevo el terror y la culpabilidad, la tristeza y la
desesperación! ¡Volvía todo lo que ya superara, todo lo pasado! No, no existía la liberación.
Se vistió deprisa, a oscuras; busco sus zapatos polvorientos ante la puerta, bajo a hurtadillas y
salió de la casa, corriendo desesperado con sus piernas cansadas, temblorosas por el pueblo
nocturno, despreciado por sí mismo, perseguido por sí mismo, odiado por sí mismo.

IV

Jadeante y desesperado, Klein luchaba con su demonio. Todo lo nuevo, todo el conocimiento
y la liberación que le habían traído los últimos días fatales, se había concretado en el
embriagador torrente de pensamientos y vivencias del día anterior, formando una ola en
cuyas alturas creyó afirmarse en el instante mismo en que empezaba a descender de ellas.
Ahora estaba de nuevo muy abajo, en el valle, lleno de sombras luchando todavía, con una
secreta esperanza, pero profundamente herido. Durante un día, un breve oía brillante, había
logrado practicar el sencillo arte de vivir como las flores del campo. Durante un pobre día se
había amado a sí mismo, se había sentido unidad y totalidad armónica, amándose a sí mismo
había amado en su persona al mundo y a Dios, y por doquier había encontrado amor,
seguridad, alegría. Si ayer le hubiera asaltado un bandido, o arrastrado un policía, solo le
había inspirado confianza, concreto, armonía consigo mismo. y ahora, en medio de la
felicidad había vuelto a caer, era de nuevo pequeño y débil. Se juzgaba a sí mismo, aunque
en el fondo sabía que todo juicio es falso e insensato. El mundo que durante un espléndido
día había sido transparente y penetrado por Dios se le antojaba nuevamente duro y penoso;
cada objeto tenia su propio sentido y cada sentido estaba en contradicción y oposición con
los otros. La exaltación resultaba solo en estado de animo pasajero, el asunto con Teresina
una ilusión, y la ventura en la hostería una historia equivoca y dudosa.
Ahora sabía que esa angustia sofocante desaparecería solo cuando no se censura a sí mismo,
cuando no se criticara y no atormentara sus heridas. Sabia que todo el dolor, todo lo
insensato y lo malo se transformaban en lo contrario en cuanto los consideraba como Dios, si
los examinaba hasta sus más profundas raíces, que iban mas allá del sufrimiento y del
bienestar, mas allá del bien y del mal. Pero no había ningún remedio, el espíritu maligno lo
dominaba y Dios era nuevamente una bella palabra lejana. Se odiaba y se despreciaba y ese
odio le acometía contra su voluntad y tan inevitablemente como en otros momentos el amor
y la confianza. ¡ y así sucedía siempre!
Volvían obsesivamente todos los amargos pensamientos que ya le eran familiar desde hacia
tiempo, preocupaciones inútiles, temores inútiles, autoacusaciones inútiles, cu ya insensatez
compren día, sufriendo cada vez mas que ello. Volvió a su mente la siniestra imagen suicida
de su viaje (a él le parecía que habían transcurrido ya meses enteros): ¡que alivio seria
precipitarse de cabeza debajo de un tren! Se perdió en esa idea, aspirándola ávidamente como
si fuera éter: ¡lanzado de cabeza y luego destrozado en infinitos fragmentos,. arrollado por
las ruedas y convertido en polvo! Su dolor se aferraba y hurgaba en estas visiones,

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escuchaba, veía y saboreaba el aniquilamiento completo de Federico Klein, sentía su


corazón y su cerebro desgarrados, salpicados y pisoteados, estrellado su doliente cráneo,
salidos de las órbitas sus doloridos ojos, el hígado aplastado, los cabellos cortados, los
huesos, las rodillas y el mentón pulverizados. Eso debía haber deseado Wagner cuando
ahogo en sangre a su mejor, a sus niños y a sí mismo. ¡Si, eso era! ¡Cómo lo comprendía! El
mismo era Wagner, un hombre de buenas disposiciones, capaz de sentir lo divino y capaz de
amar, pero sobrecargado e indeciso en exceso; demasiado propenso al cansancio y demasiado
enterado de sus defectos y debilidades. ¿Que diablos tenía que hacer en el mundo un hombre
como él, un Wagner, un Klein? Siempre abierto a sus ojos el abismo que lo separaba de Dios,
sintiendo siempre en su propio corazón el desgarramiento del mundo, cansado y agotado por
los eternos y vanos esfuerzos por levantarse hada Dios, que acababan siempre en
desesperadas recaídas. ¿Que otro remedio le quedaba a un Wagner, a un Klein que el de
eliminarse a sí mismo, a su persona y a todo lo que pudiera recordarla; volver de nuevo al
negro regazo de la tierra, del cal un poder inconcebible hacía surgir en continua serie, el
mundo pasajero de las formas? ¡ No, no existía otra posibilidad! ¡Wagner tenía que irse,
Wagner tenía que morir, Wagner tenía que borrarse del libro de la vida! Quizás fuera inútil
matarse, quizás fuera ridículo. Quizás fuera justo lo que decían del suicidio los burgueses en
su lejano mundo. ¿Pero acaso para un hombre en ese estado existía siquiera una coso que no
fuera inútil, que no fuera ridícula? No, nada. Era mil veces mejor tirarse de cabeza debajo de
las ruedas, sentir estrellares el cráneo y hundirse voluntariamente en el abismo.
Con las rodillas temblorosas caminaba hora tras hora, sin descanso. Paso un rato tendido en
las vías de un ferrocarril, a cu yo cruce llegara casualmente; hasta dormito un poco con la
cabeza sobre el hierro frío; despertó olvidado de sus intenciones, se levanto y continuo a
andar tambaleando, con los pies doloridos y el cráneo atormentado, tropezando y cayendo de
vez en cuando, ora herido por una espina, ora liviano sobre alas; ora luchando a cada paso.
-¡El diablo me esta madurando!- cantaba con vos ronca en la noche- ¡ser asado en el colmo
de los tormentos, hasta tostarse a punto; madurar como el carozo en el durazno, para poder
morir!
Una centella brilló en la oscuridad de su cerebro y a ella se aferró con toda la vehemencia de
su alma desgarrada. Era una idea: la idea inútil de matarse, de matarse en ese momento, de
que no tenía sentido destrozarse, desgarrarse en fragmentos. En cambio, ¡qué bueno era sufrir
para redimirse, fermentar entre tormentos y lagrimas forjarse entre golpes y dolores!
Entonces le estaría permitido morir, entonces si que la muerte seria buena, hermosa y llena
de sentido, la cosa más dichosa del mundo, más dichosa que una noche de amor, apagados
los ardores volvería en completa entrega al seno de la madre, para extinguiese, libertarse,
nacer de nuevo. Solo una muerte así, tenía sentido, era una liberación, era un regreso. Una
infinita nostalgia sollozó en su corazón. ¿Dónde estaba el sendero estrecho y difícil, donde
estaba la puerta?
Cuando el cielo comenzó a aclarar y el plúmbeo lago despertó con los primeros reflejos fríos
de plata, el pobre perseguido se halló en un bosquecillo de castaños muy altos por encima de
la ciudad y del lago, entre helechos y largas enredaderas en flor, húmedas de rocío. Con ojos
inexpresivos, pero sonriendo, miraba el mundo maravilloso. Había llegado al fin de su
extravío anímico; estaba tan cansado que su alma angustiada callaba. ¡ y sobre todo, la noche
había pasado! ¡ Había ganado una lucha, superado un peligro! Extenuado se desplomo como
un muerto entre los helechos y las raíces, con la cabeza sobre las plantas de mirtilos mientras
el mundo se desvanecía ante sus sentidos. Con los puños cerrados en la hierba, el pecho y la
cabeza en la tierra, se entrego abriendo el sueño, como si fuera el último de su vida.
En un sueño del que luego recordó partes aisladas, vio una puerta que parecía la entrada de
un teatro, en la que colgaba un cartel con gigantescas letras: decía Lohengrin o Wagner, no
era muy claro. Entro. Adentro había una mujer que se parecía a la posadera de la noche

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anterior, pero también su esposa. Su cabeza era deforme y su rostro también estaba
desfigurado en una horrenda mascara. Le invadió una inmensa aversión y Le hundió el
cuchillo en el vientre. Pero detrás de ella como imagen surgida de un espejo, apareció otra
mujer para vengarla y le clavo en el cuello sus garras fuertes y afiladas tratando de
estrangularlo.
Al despertar de esta sueño profundo advirtió sorprendido el ramaje sobre su cabeza, y aun
cuando tuviese los miembros tiesos por el duro lecho, se sintió sin embargo descansado.
Todavía vibraba en él con ligera angustia el sueño de la noche. ¡Que extraños, ingenuos y
primitivos juegos de la fantasía! -Pensó, sonriendo por un momento, al recordar el portal con
la invitación a entrar en el teatro Wagner. ¡Que ocurrencia representar así su relación con
Wagner! Un sueño rudo pero genial. Siempre daba en el clavo. ¡ y parecía saberlo todo!
¿Acaso el teatro Wagner no era el mismo?, ¿ese cartel no era acaso la invitación a
introducirse dentro de sí, en la región inexplorada de su verdadero ser? Wagner era él mismo,
Wagner era el asesino y perseguido dentro de él, pero Wagner era también el compositor, el
artista, el genio, el seductor, la inclinación a la vida alegre, a los placeres de los sentidos, al
lujo; Wagner era el nombre colectivo para todo lo reprimido, para todo lo insatisfecho en el
ex empleado Federico Klein, y Lohengrin, ¿acaso Lohengrin no era el mismo, Lohengrin, el
caballero andante, con una meta misteriosa, el caballero que a nadie puede revelar su
nombre?
Al evocar la mujer y el cuchillo vio por momentos frente a sí su dormitorio conyugal.
Entonces tuvo que pensar en los niños: ¡cómo había podido olvidarlos! Recordó cuando a la
mañana se bajaban de sus camitas, envueltos en sus diminutas camisas. Tuvo que pensar en
sus nombres, sobre todo en Elly, ¡Oh, los niños! Las lagrimas corrían lentamente por su
rostro trasnochado. Movió la cabeza, se levanto con cierto esfuerzo y comenzó a sacudir las
hojas desconocida en sus brazos, su fuga, su desesperada caminata. Observaba ese pequeño y
alterado capitulo de su vida como un enfermo mira su mano carcomida o el eczema en su
pierna.
Con serena tristeza, todavía las lagrimas brotando de sus ojos, murmuro quedamente:
-Dios mío, ¿qué te propones conmigo? Entre todos los pensamientos de la noche, solo había
quedado el nostálgico anhelo de madurar, de regresar al eterno regazo, de ser digno de morir.
¿Cuan largo seria el camino? ¿Estaría la patria aun muy lejana? ¿Cuantos sufrimientos
indecibles tendría que pasar aun? Se sentía preparado, se entregaba, su corazón estaba
dispuesto: ¡Oh destino, espero tus golpes!
Bajó lentamente los prados y viñedos hacia la ciudad. Se dirigió a su hotel, se lavo, se peino
y cambio de ropa. Fue a comer, bebió un poco de buen vino y sintió aflojarse agradablemente
el cansancio en (os miembros entumecidos. Pregunto a que hora había danza en el casino y
fue para el té de la tarde.
Cuando entro, Teresina estaba bailando. Vio de nuevo en su rostro singular sonrisa extasiada
y se alegro. Cuando regreso a su mesa y se sentó a su lado.
-Quisiera invitarla para ir conmigo a Castiglione esta noche - dijo en voz baja.
Ella reflexionó.
-¿Tiene que ser hoy? -Preguntó luego-. ¿Es tan importante? -Puedo esperar, pero me
angustiaría. ¿Dónde puedo ir a buscarla?
Ella no se resistió a la invitación, dejo que una sonrisa infantil y de rara hermosura vagara un
instante por su rostro receloso y solitario, semejante a un alegre trozo de empapelado que
cuelga en la ultima pared de una casa quemada y desmoronada.
-¿Dónde estuvo? -Le preguntó curiosa-. Ayer desapareció tan de repente... Cada vez tiene
usted un rostro distinto, hoy también. ¿No será usted morfinómano?
Él sonrió con una sonrisa amable y distante, que confería un acento juvenil a su boca y su
mente, mientras la fuente y los ojos seguían rodeados por su corona de espinas.

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-Venga por favor a las nueve al restaurante del Hotel Explanade. Me parece que a las nueve
sale una lancha. Pero dígame que hizo ayer.
-Creo que paseé todo el día y también toda la noche. Tuve que consolar una mujer en un
pueblo porque su marido se había escapado. Además, me empeñe en aprender unas estrofas
en italiano que hablan de una Teresina.
-¿Que canción?
-Empieza: Su in cima di quel boschetto,
-Dios mío, ¿ ya conoce usted también esta canción callejera? Si, es un canto en boga entre las
costureras.
- yo lo encuentro muy lindo.
-¿ y también consoló a una mujer?
-Sí, estaba triste porque su marido la había abandonado y porque Le era infiel.
-¿Ah, sí? ¿Cómo la consoló?
-Vino a mi cuarto para no estar sola. yo la bese y ella se acostó conmigo.
-¿Era linda?
-No sé, no la miré bien. ¡No, no se ría, no se ría de esto! Fue algo triste.
Con todo, ella se río.
-¡Que raro es usted! y no cabe duda que no durmió ni un poco. Así parece por su aspecto.
-Oh, sí, he dormido varias horas en un bosque ahí arriba.
Ella siguió la dirección de su dedo que señalaba el techo y río muy fuerte.
-¿En una posada?
-No, en el bosque. Entre los mirtilos. ya están casi maduros.
-¿Que extravagante ahora tengo que bailar? El director me llama. ¡Venga, Claudio!
El hermoso bailarín ya estaba detrás de su silla. Comenzó la música. Terminada la danza,
Klein se fue.
A la noche siguiente fue a buscarla puntuosamente y se alegró de haberse puesto el smoking,
pues Teresina llevaba un vestido de fiesta color violeta con muchos encajes. Parecía una
princesa.
En la playa no condujo a Teresina a la lancha del casino. Si no a un lindo bote particular, que
había alquilado para la noche. En la cabina semiabierta había frazadas para Teresina y flores.
Con una curva agudísima la lancha veloz atravesó el puerto resoplando y alcanzo las aguas
extensas del lago.
ya afuera, envueltos en silencio y tinieblas, Klein dijo:
-Teresina, ¿no le parece una lastima ir allí entre la gente? Si quiere seguimos viaje sin meta,
todo el tiempo que nos guste o nos vamos a un lindo y tranquilo pueblecito donde
beberemos vino y escucharemos a las muchachas cantando. ¿Que Le parece?
Ella no contestó. Él advirtió la desilusión en su rostro y río.
-Bueno, perdóneme, fue tan solo una idea. Quiero que esté contenta y se divierta como Le
guste. No tengo otro programa. Dentro de diez minutos estaremos allí.
-¿No le interesa absolutamente el juego? -Preguntó ella.
-Veré, tengo que probar antes. No veo muy claro su significado. Se puede ganar o perder
dinero. Creo que existen emociones más fuertes.
-El dinero por el cual se juega no es meramente dinero. Es un símbolo que cambia de sentido
para cada uno; no se gana o se pierde dinero, sino los deseos y los sueños que este
representa. Para mí, significa la libertad. Cuando tenga dinero nadie podrá mandarme. Podré
vivir como quiero. Bailar cuando, donde y para quien quiera. Viajar adonde quiera.
-¡Que niña es usted, querida muchacha! -La interrumpió él-. Esa libertad no existe sino en
sus deseos. Cuando mañana sea usted rica, libre e independiente, quizás se enamore de un
tipo que Le quite el dinero o Le corte el pescuezo una noche.
-¡No diga cosas tan horrendas! Decía que cuando sea rica, quizás viva mas sencillamente que

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ahora, pero Le haré por mi gusto, voluntariamente y sin obligación. ¡Odio cualquier
coacción! Cuando apuesto mi dinero, en cada perdida y en cada ganancia participan todo mis
deseos, me juego todo lo que ansío y que para mí posee un valor. y eso me hace experimentar
una emoción poco común.
Mientras hablaba, Klein la miraba no prestando mucha atención a sus palabras. Sin darse
cuenta comparaba el rostro de Teresina con el de la mujer con que soñara en el bosque.
Sólo al entrar la lancha en la ensenada de Castiglione, comprendió que pensaba en eso, pues
la vista de la chapa iluminada con el nombre del lugar evoco violentamente en él el recuerdo
de la chapa de su sueño, con la palabra Lohengrin o Wagner. Se asemejaba a esta, el mismo
tamaño de un gris blancuzco, fuertemente iluminada. ¿Era este el escenario que Le esperaba?
¿Hallaría allí a Wagner? Ahora encontró un parecido entre Teresina y la mujer del sueño,
mejor dicho las mujeres del sueño, una de las cuales él había matado de una cuchillada,
mientras la otra se estrangulaba con sus garras. Se estremeció horrorizado. ¿Que relación
había en todo esto? ¿De nuevo Le guiaban espíritus desconocidos? ¿ y adonde? ¿ Hacia
Wagner? ¿ Al asesino? ¿A la muerte?
Al apearse, Teresina se apoyó en su brazo y tomados del brazo atravesaron el pintoresco
alboroto de los botes amarrados y cruzaron el pueblo hasta el casino. Todo presentaba ese
brillo de irrealidad mitad atrayente y mitad monótono, propio de las reuniones de codiciosos
jugadores cuando se efectúan en lugares perdidos en medio de tranquilos paisajes. Las casas
eran demasiado grandes y demasiado nuevas, la luz demasiado abundante, las salas
demasiado suntuosas nuevas, la gente demasiado vivaz. El pequeño y tupido enjambre de
hombres ansiosos y satisfechos se apretujaba miedoso entre los enormes y oscuros perfiles de
los montes y el amplio lago apacible como si no sintiera seguro ni por una hora de su
existencia, como si en cualquier momento pudiera sucederle algo que lo barriera de la tierra.
Desde las salas donde se comía y bebía champaña, llegaban dulces y ardientes notas de
violín; en los escalones entre palmeras y fuentes de agua, resplandecían macetas flores y
vestidos de mujeres; pálidos rostros de hombres en elegante traje de etiqueta, lacayos de
libreas azules con botones dorados, presurosos, solícitos y experimentados; mujeres
perfumadas de pálidos y ardientes rostros meridionales, hermosos y enfermizos; vigorosas
mujeres nórdicas, frescas, enérgicas y seguras de sí, y viejos señores que parecían salidos de
ilustraciones de libros e Turguenief y de Fontane.
Apenas entraron en las salas, Klein se sintió molesto y cansado. En el gran salón de la rutera
sacó del bolsillo dos billetes de mil.
-¿ Y ahora qué haremos? -preguntó-. ¿Jugaremos en común?
-No, no, no tiene gracia. Cada uno por su cuenta.
Él le dio un billete de mil y le pidió que lo guiara. Al rato se hallaron frente a una mesa de
juego; Klein puso su billete en un numero, la rueda comenzó a girar. El no tendría nada, solo
vio que su apuesta desaparecía bajo un rastrillo. "Eso no demora", pensó contento. y se dio
vuelta para sonreírle a Teresina. Pero ella ya no estaba a su lado. La vio en otra mesa:
cambiaba su dinero. Se Le acerco. Parecía reflexionar, preocupada y muy atareada como una
ama de casa.
La siguió hasta una mesa de juego y se quedo a mirar. Conocía bien el juego y prestaba
mucha atención. Apostaba sumas pequeñas, nunca mas de cincuenta francos por vez, ora en
un numero, ora en otro. Gano algunas veces, guardó los billetes en el bolso con perlas y saco
otros billetes.
-¿Cómo anda eso? -Intercaló él-
Ella se mostró irritada por la interrupción.
-¡Oh, déjeme jugar yo lo haré bien.
Al rato cambió de mesa; él la siguió sin que ella lo notara. Como estaba muy ocupada y no
necesitaba su ayuda, se acomodo en un sillón de cuero junto a la pared. La soledad Le rodeo

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de nuevo. Se abandonó a sus meditaciones acerca del sueño. Era muy importante
comprenderlo. Acaso no volviera ya a tener otros sueños como aquel; quizás, igual que en
los cuentos de hadas, fueran advertencias de buenos espíritus: avisaban dos o tres veces, pero
si se permanecía sordo, el destino seguí su curso y ningún poder amigo intervenía ya para
detener la rueda. De cuando en cuando buscaba con la vista Teresina, la veía parada junto a
una mesa o sentada; su cabello rubio y claro brillaba entre los fracs.
-¡Cuánto tiempo le alcanzan los francos! -pensó aburrido-; yo lo hice más ligero.
Una vez Le saludo con un signo de cabeza. Otra vez, después de una hora, vino hacia él, Le
encontró abismado y ausente y apoyo la mano en el brazo.
-¿Qué hace? ¿No juega?
- ya jugué.
-¿Ha perdido?
-Sí. ¡Oh, era poca cosa!
- yo he ganado algo, tome de mi dinero.
-Gracias, hoy no juego más. ¿Esta contenta?
-Sí, es muy lindo. Bueno, ahora lo dejo. ¿O quiere irse ya a casa?
Volvió al juego; él veía brillar su cabello aquí y allí entre los hombros de los jugadores. Le
llevo una copa de champaña y bebió él también. Luego se sentó de nuevo en el sillón de
cuero junto a la pared.
¿Cómo eran las dos mujeres de su sueño? Se parecían a su esposa y también a la mujer dé la
posada y a Teresina. No conocía a otras mujeres desde hacia años. A una la había apuñalado,
presa de horror por su rostro deforme e hinchado. Pero la otra lo había atacado por atrás para
estrangularlo. ¿De que se trata? ¿Tenía aquello un significado? ¿Habría herido él a su mujer o
ella a él? ¿Parecía por culpa de ella o ella por él? ¿No podía amar a una mujer sin herirla o
sin ser herido por ella? ¿Era una maldición? ¿O era algo general? ¿Les sucedería a todos lo
mismo? ¿Todo amor era así?
¿Qué era lo que le unía a la bailarina? ¿Acaso el hecho de amarla? Había amado a muchas
mujeres que nunca se habían enterado de ello. ¿Que relación existía entre él y esa muchacha
que practicaba el juego como un negocio serio? ¡Cuan infantil era en su entusiasmo, en sus
esperanzas; que sana, ingenua y hambrienta de vida! ¡Sin duda no Le comprendería si
conociera su nostalgia mas intimas, el deseo de morir, el ansia de extinguiese, de regresar al
seno de Dios! Quizás muy pronto Le amaría, quizás viviría con él. ¿Pero seria eso distinto de
(a vida con su mujer? ¿No estaría siempre y eternamente solo con sus pensamientos mas
íntimos?
Teresina le interrumpió en sus reflexiones. Se paro frente a él y Le dio un atado de billetes.
- Guárdeme esto, por favor.
Después de un rato, no sabia si breve o largo, regreso y pidió de nuevo el dinero.
"Está perdiendo", pensó, "¡Gracias a Dios! ¡Ojalá termine pronto!"
Poco después de medianoche vino satisfecha y un poco acalorada.
- ya terminé. Pobre, de seguro esta cansado. ¿No vamos a comer algo antes de regresar?
Comieron en un comedor huevos con jamón y fruta y bebieron champaña. Klein se
despabilo y se reanimo. La bailarina esta transformada, contenta y dulcemente ebria. Tenía
conciencia de su belleza; y sabia que llevaba hermosos vestidos; sentía las miradas de los
hombres que la admiraban desde las mesas vecinas y también Klein sentía esta
transformación, la veía de nuevo rodeada de gracia v encantador hechizo, oyó de nuevo en su
voz el eco provocativo de la sexualidad, vio de nuevo sus manos blancas y su cuello perlado
sobresalir de entre los encajes.
-¿Al final ganó mucho? -Le preguntó riendo.
-Más o menos; todavía no es el premio gordo. Cerca de cinco mil francos.
-Bueno, no está mal para empezar.

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-Naturalmente continuaré la próxima vez. Pero no es eso lo que yo quiero. Tendría que venir
todo junto, no gota a gota.
El quiso decirle: entonces tampoco debería apostar gota a gota, sino todo junto", pero no lo
dijo y brindo con ella por su gran suerte y no y continuo charlando.
¡Que hermosa era, que sana y sencilla en su alegría! Una hora antes estaba en las mesas de
juego, severa, preocupada, arrugada, egoísta y calculadora. Ahora parecía como si Jamás Le
hubiera afectado una preocupación, como si ignorara el dinero, el juego, los negocios, como
si solo conociera la alegría, el lujo y el tranquilo deslizarse en la centelleante superficie de la
vida. ¿Era autentico y verdadero todo eso? ¿Acaso no reía él también, no se divertía, no
solicitaba placer y amor a unos ojos serenos? y sin embargo, dentro de él había otro que no
creía en todo eso, que lo abrevaba con confianza y sarcasmo.¿A todos los hombres les
pasaría lo mismo? Era tan poco lo que se sabía del hombre, tan desesperadamente poco.
Cientos de fechas de ridículas batallas y nombres de ridículos viejos reyes se aparecían en las
escuelas, y todos los días se leían artículos sobre los impuestos y sobre los Balcanes, ¡pero
del hombre no se sabía nada! Cuando un timbre no tocaba, cuando una estufa echaba humo,
cuando se detenía el engranaje de una máquina, inmediatamente se sabía como buscar las
causas, se investiga con ahínco, se hallaba fácilmente el desperfecto y se sabía como
repararlo. Pero ese algo en nosotros, ese resorte revive, lo único capaz de experimentar placer
y dolor, ansiar y sentir la felicidad, eso era algo desconocido, de lo cual no se sabía nada, y
cuando enfermaba, no tenía curación. ¿No era eso una locura?
Mientras bebía y reía con Teresina, en otras regiones de su alma, asomaban, acercándose y
alejándose de la conciencia, subiendo y bajando, problemas y preguntas pareadas. Todo era
dudoso, todo flotaba en la incertidumbre, esa angustia, esa desesperación en medio de la
alegría, ese tener que pensar y tener que preguntar, le ocurría también a otros hombres o
solamente a él, al estrafalario Klein!
Había una cosa en la cual se diferenciaba de Teresina, en la cual ella era distinta a él, infantil,
primitiva y sana. Como todos los hombres y también él poco tiempo antes, esta muchacha
contaba siempre instintivamente con el futuro, con un mañana y un pasado, con la duración
de la existencia. De lo contrario, ¿cómo hubiera podido jugar y tomar el dinero tan en serio?
En eso sin duda él era distinto. Detrás de cada sentimiento o idea de él sentía abierta la puerta
que conduce a la nada. Por supuesto padecía miedo, miedo a muchas cosas, a la locura, a la
policía, al insomnio y a la muerte. Pero todo lo que temía lo deseaba y ansiaba al mismo
tiempo; estaba lleno de ardiente nostalgia y curiosidad por el dolor, por el ocaso, por la per-
secución, la locura y la muerte.
-¡Qué mundo extraño! -Murmuró, refiriéndose no al mundo que lo rodeaba, sino a su mundo
interior. Abandonaron charlando la sala y el casino, y llegaron a la pálida luz de las linternas
hasta la dormida orilla del fago, donde tuvieron que despertar al botero. Paso un rato hasta
que la lancha pudo arrancar y los dos esperaron muy juntos, traslados como por arte de
encantamiento desde la suntuosa luminosidad y la multicolor reunión del casino al negro
silencio de la desierta costa nocturna, con la sonrisa aun prendida en los labios, ya
desembriagados por el fresco de la noche, la necesidad del sueño y el miedo a la soledad.
Ambos sentían lo mismo. Sin darse cuenta se tenían de la mano, sonriendo desorientados y
tímidos en la oscuridad, mientras sus dedos temblorosos jugueteaban sobre la mano y el
brazo del otro. Por fin los llamo el botero, subieron y apenas sentados en la cabina, él atrajo
en un arranque apasionado la grave y rubia cabeza, cubriéndola de una ardiente explosión de
besos.
Resistiéndose entre un abrazo y otro, se enderezo un poquito y pregunto:
-¿Volveremos pronto aquí?
El sonrió interiormente en medio de su excitación amorosa. Ella pensaba ante todo en el
juego, quería regresar para continuar su negocio.

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-Cuando quieras -contestó galante-, mañana y pasado mañana y todos los días si quieres.
Pero al sentir juguetear los dedos en su nuca, se estremeció al recuerdo de la horrenda
sensación que experimentara en el sueño, cuando la mujer vengativa Le clavo las uñas en el
cuello.
-Ahora ella debiera matarse inesperadamente, eso seria lo justo -pensó excitado-, oyó a ella.
Rodeando su pecho con palpitante mano rió para sus adentros. No hubiera podido
distinguieren ese instante el dolor del placer. También su deseo y su sedienta nostalgia por el
abrazo de esa hermosa y fuerte mujer, apenas podía diferenciarse del temor lo ansiaba como
el condenado espera impaciente el suplido. Existían ambos a la vez, el ardiente deseo y la
desconocida melancolía, ambos abrasaban su pecho, ambos temblaban en felicitantes
centellas, ambos deban calor, ambos mataban.
Teresina se sustrajo suavemente a las caricias demasiado audaces, tomo sus manos, acerco
sus ojos a los suyos y murmuro como ausente.
-¿Qué hombre eres? ¿Por qué te amo? ¿Por qué algo me atrae hacia ti? ya eres viejo y no
eres hermoso. ¿Qué me ocurre? Escucha, creo que eres de veras un delincuente. Dime, ¿no es
cierto? ¿No es robado tu dinero?
-¡No hables, Teresina! -Dijo él, tratando de libertarse-. Todo dinero es robado, toda
propiedad es injusta. ¿Acaso tiene importancia? Somos todos pecadores, somos todos
delincuentes. ya por el hecho de vivir. ¿Importase?
-Dios mío, ¿qué es lo que importa? -Replicó ella con una sacudida de hombros.
-Es importante que apuremos esta copa -dijo Klein despacio-, es lo único que importa.
Quizás no vuelva mas este instante. ¿Quieres venir conmigo o puedo ir a tu casa?
-Ven conmigo -susurró ella muy abajo-. Te tengo miedo y sin embargo necesito estar a tu
lado. ¡No me digas tu secreto! ¡No quiero saber nada!
El apagarse del motor la despertó de su ensueño; se levanto bruscamente, alisándose los
vestidos y el pelo. La lancha atraco sin ruido en el embarcadero, luces de linternas se
reflejaban quedabas en el agua negra. Se apearon.
-¡Mi cartera! -Gritó Teresina cuando hubo hecho diez pasos y regresó corriendo al
embarcadero, saltó al bote, halló sobre el almohadón su cartera con el dinero, echó algunas
monedas de plata al botero que la mirada desconfiado y regresó a los brazos de Klein, que la
esperaba en el muelle.

Repentinamente comenzó el verano, transformando al mundo con dos días de calor; los
bosques parecían calurosas, el sol volaba rápidamente por su ardiente hemiciclo; rápidas y
presurosas lo seguían las estrellas; la vida abrasaba febrilmente; una silenciosa y ávida prisa
recorría el mundo.
Llegó una noche en que la danza de Teresina en el casino fue interrumpida por una violenta e
imprevista tempestad. Las luces se apagaron, rostros extraviados y contraídos aparecían por
entre las blancas llamadas de los relámpagos; las mujeres chillaban, los mozos gritaban, las
ventanas se sacudían ruidosamente con la tormenta.
Klein condujo en seguida a Teresina a la mesa, donde estaba sentado con el viejo cómico.
-¡Magnífico! -Dijo él-. Vamos ¿No tiene miedo?
-No, no tengo miedo. Pero tu no debes venir conmigo hoy. Van tres noches que no duermes
y tienes un aspecto horrible. Me acompañaras a casa y luego iras a dormir al hotel. ¡Toma
veronal si lo necesitas! Vives como un suicida.
Se fueron tomados del brazo, Teresina envuelta en el sobretodo de un mozo, atravesando la
calles vacías y desoladas entre tormenta, relámpagos y sibilantes remolinos de polvo.
Sonoros y alegres restallaban en la opulenta noche los truenos enredados y de pronto se

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desencadeno la lluvia, salpicando con fuerza el empedrado, siempre mas intensa y densa
entre los sollozos del espeso follaje estival bajo el violento aguacero.
Empapados y tiritando llegaron a la casa de la bailarina; Klein no se fue al hotel nadie hablo
mas de ello. Reconfortados entraron al dormitorio, se quitaron riendo los vestidos mojados,
mientras la luz cegadora de los relámpagos detrás de la ventana hería de cuando en cuando
sus ojos; afuera rugía el viento y la lluvia agitándose entre las acacias.
-Todavía no volvimos a Castiglione -dijo Klein irónica mente-
. ¿Cuando iremos?
- ya regresaremos, no te preocupes. ¿Acaso te aburres? Él la trajo a su lado, ambos estaban
como afiebrados y en su abrazo llameaba todavía el reflejo de la tormenta. Por la ventana
penetraba las oleadas el fresco y húmedo aire, mezclando al amargo perfume de la hojas y al
característico olor a tierra. Después de la lucha amorosa ambos se durmieron profundamente.
Su rostro demacrado yacía junto al rostro losano de ella; su cabello ralo y reseco al lado de su
melena tupida y reluciente. Afuera, en la noche, la tempestad desencadenaba sus postreros
relámpagos. Hasta que fatigada se atenúo, durmiéndose y cediendo a una apacible lluvia que
fluía silenciosa por los árboles.
Poco después de la una, Klein, que ya no conocía sueño mas largo, despertó de una pesada y
bochornosa maraña de sueños, con la cabeza confusa y los ojos abiertos, tratando de
acordarse donde estaba. Era de noche; alguien respiraba a su lado; estaba con Teresina. Se
enderezó lentamente. Ahora volvían los tormentos; de nuevo se veía condenado a yacer hora
tras hora con el dolor y la angustia en el corazón, solo, padeciendo sufrimientos inútiles,
cavilando pensamientos y preocupaciones inútiles. Aun bajo el influjo de la pesadilla que le
había despertado, le dominaban todavía pesados sentimientos de asco y horror, saciedad y
desprecio de si mismo. Buscó tanteando el conmutador y encendió la luz. La fría
luminosidad se desparramo por las blancas almohadas, las sillas llenas de vestidos, y la pared
en que se abría el negro hueco de la ventana. Sobre el rostro inclinado de Teresina caían las
sombras; su cabello y su nuca resplandecían.
Cuantas veces había visto a su mujer tendida a su lado, mientras él luchaba con el insomnio,
envidiando su sueño, sintiéndose casi burlado por una sana y satisfecha respiración. 'Jamás
se estaba tan absolutamente y completamente abandonado por su prójimo como cuando este
dormía! De nuevo, como en otros momentos, recordó el cuadro de Jesús sufriendo en el
jardín de los Olivos, sofocado
por angustia mortal, mientras sus discípulos dormían y dormían.
Tiró suavemente de la almohada en que yacía la cabeza durmiente de Teresina. Entonces
pudo ver su rostro, tan extraño en el sueño, tan concentrado, tan lejano. Un hombro y un
pecho estaban descubiertos: debajo de la sabana se levantaba a oída aliento la suave curva de
su vientre. ¡Que raro, pensó, que en las expresiones de amor, en las poesías, en las cartas
amorosas, se hablase siempre de los dulces labios y mejillas y nunca del vientre y de las
piernas! ¡Hipocresía! ¡ nada mas que hipocresía! Contemplo un buen rato a Teresina. Cuantas
veces le fascinaría y seducida aun con ese hermoso vientre, ese seno y esos blancos, sanos,
fuertes y cuidados brazos y piernas; tomaría de él goce y placer, para descansar y dormir
luego, profundamente, sin dolores, sin temor, satisfecha y sin sospecha, como duerme un
sano animal. y él yacería a su lado insomne, con los nervios crispados y el corazón lleno de
angustia. ¿Cuántas veces más? ¿Por cuánto tiempo más? ¡Oh, no, no duraría ya mucho, unas
pocas veces más, quizás nunca más! Se estremeció. Si, si, ahora lo sabía: ¡nunca más!
Gimiéndose oprimió el pulgar en las órbitas, donde entre el ojo y la frente animaban esos
diabólicos dolores. Sin duda también Wagner, también el maestro Wagner había padecido
estos dolores. Si, si, durante años y años había sufrido esos dolores monstruosos
soportándolos y tolerándolos, creyendo madurar y acercarse a Dios en sus tormentos, en sus
inútiles tormentos. Hasta que un día no pudo soportarlo mas -como también él, Klein. ya no

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podía soportarlo mas. ¡ y los dolores eran lo de menos, pero los pensamientos, los sueños, las
pesadillas! y una noche Wagner se había levantado comprendiendo que no tenía sentido
pasar mas noches así, tan llenas de tormento; que no se acercaba con ello a Dios; y busco el
cuchillo. Quizás fuera inútil, quizás fuera necio y ridículo de parte de Wagner haber matado.
Pero el que no conocía sus tormentos, el que no había sufrido sus penas, no podía
comprenderlo.
Hada poco, en un sueño, el también había apuñalado a una mujer con un cuchillo, porque sus
rostro desfigurado le pareció insoportable. Naturalmente todo rostro amado parecía
desfigurado, alterado, cruel e irritante cuando ya no mentía, cuando callaba, cuando dormía.
Entonces uno penetraba hasta el fondo y no encontraba amor, como tampoco se hallaba amor
en el propio corazón, cuando se hurgaba en lo profundo. Solo había ansia de vivir y miedo, y
solamente por miedo, por un estúpido e infantil miedo al frío, a la soledad, a la muerte, los
hombres se buscaban, se besaban, se abrazaban, apoyaban la mejilla en la mejilla ajena, la
pierna en otra pierna y echaban nuevos seres al mundo. Así era. Así se había acercado una
vez a su mujer. Así, al principio de su nuevo camino había venido a él la mujer de un
posadero descalza y callada en una desnuda celda de pierna, empujada por el miedo, por el
ansia de vivir, por la necesidad de consuelo. Los mismos motivos le habían arrastrado hacia
Teresina y a ella hacia él. Siempre la misma desilusión, el camino deseo, el mismo
malentendido. y siempre la misma desilusión, el mismo amargo sufriendo. Se creía estar
cerca de Dios y
setenta a una mujer en los brazos. ¡Se creía haber conquistado la armonía, mientras solo se
había descargado la culpa y la infelicidad sobre un ser futuro! ¡Se tenía a una mujer en los
brazos, se besaba su boca, se acariciaba su pecho y se engendraba con ella un niño, y un día
el niño, alcanzado por el mismo destino, yacería de nuevo así al lado de una mujer, v al
despertar de la embriaguez, miraría con ojos doloridos el fondo del abismo, maldiciendo al
mundo y a la vida! ¡Era insoportable pensar y comprender todo esto!
Observó atentamente el rostro de la durmiente, su hombro su seno y su cabellera rubia. Todo
esto lo había entusiasmado y engañado, seduciéndole y permitiéndole placer y felicidad.
Ahora se acababa, ahora se saldaban las cuentas. Había entrado en el teatro Wagner y
comprendido por que todo rostro aparecía tan alterado e insoportable en cuanto se desvanecía
la ilusión.
Klein se levantó de la cama y fue en busca de un cuchillo. Al rozar la silla arrastro al suelo
las medias tostadas de Teresina; en ese instante recordó fugazmente como la viera la primera
vez en el parque y como de su paso, su zapato y su media estirada había emanado el primer
atractivo. Río por lo bajo, casi con maligna satisfacción; tomo los vestidos de Teresina,
palpándolos pieza por pieza y los dejo caer al suelo. Luego siguió buscando, por momentos
olvidado de todo. En la mesa estaba su sombrero, lo tomo en las manos, completamente
ausente, sintió que estaba mojado y se lo puso en la cabeza. Se detuvo frente a la ventana
mirando en la oscuridad, escuchando el ruido de la lluvia que evocaba cantos de lejanos
tiempos pasados. ¿Que querían de él la ventana, la noche, la lluvia? ¿Que le importaba ese
viejo álbum de la infancia? De pronto se sobresaltó. Tenía un objeto en la mano y lo miraba.
Era un espejo ovalado con un marco de plata, y en él se reflejaba su rostro, el rostro de
Wagner, un rostro contraído de loco, de rasgos devastados y duros, excavado por profundas
sombras. Era singular que le ocurriera ahora mirarse tantas veces en un espejo, le parecía que
antes, durante decenios enteros Jamás había contemplado su imagen. También eso pertenecía
al teatro Wagner.
Se quedó inmóvil observando el vidrio. Ese rostro del antiguo Federico Klein estaba acabado
y desgastado, había cumplido su misión, cada arruga pedía a gritos su aniquilamiento. Ese
rostro tenía que desaparecer, tenía que ser borrado. Era muy viejo ese rostro, mucha mentira,
mucho engaño y mucho polvo v lluvia habían corrido por él. Una vez había sido liso y

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hermoso; él lo había cuidado y amado regocijándose y odiándolo también a menudo. ¿Por


que? ya no podía comprenderlo.
¿Y por que se hallaba ahora de noche en esta pequeña habitación extraña con un espejo en la
mano y un sombrero empapado en la cabeza, como un pobre bufón? ¿Que le sucedía? ¿Que
quería? Se sentó en el borde de la mesa. ¿Que quería? ¿Que buscaba? ¡Si, había buscado
algo, algo muy importante! ¡Ah, sí! Un cuchillo. Violentamente sacudido saltó y corrió a la
cama. ¡Se inclinó sobre ella, donde yacía la muchacha dormida entre sus rubios cabellos
desparramados por la almohada! ¡Aun vivía! ¡Todavía no lo había hecho! El horror heló sus
miembros. ¡Dios mío, ahora había llegado a ese punto! Ahora ocurriría lo que siempre y
siempre presintiera en sus horas mas terribles. ¡Ahora él, Wagner, estaba junto a la cama de
una mujer dormida y buscaba un cuchillo! No, no quería. No, no estaba loco. ¡Gracias a Dios
no estaba loco! ¡Oh, ahora todo se arreglaría.
Cuando quiso acercase de nuevo a la cama, sintió algo blando debajo de sus pies. Era la ropa
de Teresina, las medias, el vestido gris perla. Los levanto cuidadosamente y los colgó en la
silla.
Luego apagó la luz y salió del cuarto. En la calle la lluvia goteaba silenciosa y fresca, ni una
luz, ni un hombre, ni un ruido; solamente la lluvia. Levanto la cabeza dejando que el agua le
mojara la frente y las mejillas. No se veía ni un pedazo de cielo. ¡Que negro estaba todo!
¡Cómo le hubiera gustado ver una estrella!
Atravesó tranquilo las calles, empapándose en la lluvia. Ni un hombre, ni un perro le salió al
encuentro, el mundo estaba muerto. A orillas del lago fue de bote en bote, pero todos estaban
tirados en la playa y asegurados con gruesas cadenas. Recién en las afueras encontró uno cu
ya cuerda estaba flotando y pudo desatarla. Lo soltó y tomo los remos. Pronto desapareció la
costa, perdiéndose en la bruma como si nunca hubiese existido; en el mundo no había mas
que gris y negro y lluvia, lago y cielo gris, aguas sin fin en el lago gris y aguas en el cielo
gris.
Afuera, muy adentro en el lago, retiro los remos. Había el momento y se sentía satisfecho.
Antes, en las ocasiones en que había creído inevitable tener que morir, siempre había dudado
postergándolo para el día siguiente, haciendo una ultima tentativa para seguir viviendo. Aho-
ra no quedaba nada de eso. El no era mas que su pequeño bote, esa pequeña vida su ya,
artificialmente limita da y asegurada, pero alrededor se extendía la inmensidad gris y eso era
el mundo, eso era el todo y Dios, y dejarse caer en eso no era pesado, era fácil y alegre.
Se sentó en el borde del bote con las piernas hacia afuera, sus pies tocaban el agua. Se inclino
despacio, se inclino mas y mas hasta que el apoyo se le escapo suavemente. ya estaba en el
Todo. Los pocos segundos que vivió todavía a partir de ese instante fueron mas cargados de
vivencia que los cuarenta años que vivió antes de llegar a esa meta.
En el momento en que cayó, durante esa fracción de segundo en que estuvo suspendido entre
el borde del barco y el agua, comprendió que cometía un suicidio, una puerilidad, una cosa
que no era mala pero bastante estúpida. Lo patético de querer morir y lo patético de la muerte
se desmoronaban, eran puro énfasis. No era necesario morir, ahora la muerte ya no era
necesaria. La deseaba, era hermosa y bienvenida, pero no era necesaria. Desde ese instante,
breve como un relámpago, en el que, con todo su querer, con la renuncia a todo querer y con
absoluto abandono se dejo caer del bote en los brazos de Dios, desde ese instante la muerte
perdía todo significado. Todo era tan sencillo, todo era tan maravillosamente fácil. ya no
existían mas abismos ni dificulta-
des. El secreto desidia en dejarse caer. Esa idea ilumino su ser como conclusión de toda su
vida: ¡dejarse caer! Cuando uno se abandonaba, entregándose, renunciando a todo apoyo y
sostén, para escuchar solamente la voz de su propio corazón, todo estaba ganado, ya no
existían el. miedo y el peligro.
Había alcanzado lo único grande, el único valor posible: ¡dejarse caer! No hubiera sido

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necesario caer en el agua y en la muerte, lo mismo hubiera podido dejarse caer en la vida.
Pero no le haría falta suicidarse ni andar por extravagantes rodeos, ni pasar por penosas y
crueles locuras, pues habría superado el miedo.
¡Oh, idea maravillosa; una vida sin miedo! Vencer el miedo, he ahí la felicidad, la liberación.
Durante su vida entera había padecido angustia y ahora que la muerte le iba estrangulando
no sentía mas ni miedo, ni horror, solo sonrisa, liberación, conformidad. De pronto com-
prendió lo que era el miedo y que solamente podía ser superado por el que penetraba su
significado. Se sentía miedo a mil cosas, a los dolores, a los jueces, a la soledad, al frío, a la
demencia, a la muerte. Especialmente a eso, a la muerte. Pero eran solo mascaras y disfraces.
En realidad, se temía solamente una cosa; dejarse caer, el salto en lo incierto, ese pequeño
salto por sobre todas seguridades que existían. El que se había entregado una vez, una única
vez, el que había practicado la gran confianza, encomendándose al destino, aquel estaba
libertado. No obedecía mas a las leyes de la tierra, había caído en el universo y giraba al lado
de los astros. Así era. Tan sencillo que cualquier niño podía comprenderlo, cualquier niño
podía saberlo.
No lo pensó como lo piensan los pensamientos, sino lo vivió, lo sintió, lo palpo, olió y
saboreo. Saboreaba, olía, veía y comprendía lo que era la vida. Veía la creación y el fin del
mundo. Como dos ejércitos eternamente en marcha, en movimiento continuo, sin fin. El
mundo nacía y moría constantemente. Cada vida era un habito emitido por Dios. Cada
muerte era un hálito absorbido por Dios. Quien había comprendido a no resistirse, a dejarse
caer, moría fácilmente, y fácilmente nacía. Pero el que se revelaba padecía el miedo y moría
y nada con dificultad. En la brumosa oscuridad de la lluvia, sobre el lago nocturno, el
naufrago veía reflejado y representando el drama del mundo: soles y estrellas subían y
bajaban en perpetua rotación; coros de hombres y animales, espíritus y ángeles, mudos,
cantando, gritando, ejércitos de seres que marchaban unos contra otros, desconociéndose y
odiándose, odia nao y persiguiendo a los demás seres. Todos ansiaban la muerte y la
tranquilidad, su meta era Dios y el regreso a Dios y la permanencia en Dios. Esta meta creaba
angustia por que era un error. Pues no existía ni la permanencia en Dios ni la inquietud.
Existía solo el eterno habito de Dios, la eterna aspiración, la formación y disolución, el
nacimiento y la muerte, la partida y el regreso, sin pausa ni fin. y por eso existía un solo arte,
una sola doctrina, un solo secreto: abandonarse, no resistirse a la voluntad de Dios, no
aferrarse a nada, ni al bien ni al mal. Entonces un hombre seria libre, libre del dolor, libre del
miedo.
Su vida se extendía ante sus ojos como una región con bosques, valles y poblados que se
contempla desde la cima de una montaña. Todo había sido bueno, sencillo y bueno, y
únicamente su miedo y su rebelión lo había convertido todo en tormento y complicación, en
horribles marañas y convulsiones de sufrimiento y miseria. No existía ninguna mujer sima
cual no fuera posible vivir. y no existía ningún mujer con la cual no fuera posible vivir. ¡No
existía nada en el mundo cu yo contrario no fuera igualmente bello y deseable! Era dichoso
vivir y dichoso morir para el que se hallaba suspendido en el espado. La tranquilidad exterior
no existía, no había paz ni en el cementerio ni en Dios; ningún milagro podía interrumpir la
eterna cadena de nacimientos, la serie infinita de lo hálitos de Dios. Pero si existía otra paz
que había que buscar en la propia interioridad. Significaba: ¡abandónate! ¡No te resistas!
¡Muere gustoso! ¡Vive gustoso!
Todos los personajes de su vida estaban junto a él, todos los rostros amados, todas las
variaciones de su sufrimiento. Su mujer era pura y sin culpa como él mismo; Teresina sonreía
infinitamente: el asesino Wagner, cu ya sombra se extendiera tan ancha sobre la vida de
Klein, le miraba sonriendo gravemente y su sonrisa decía que también la acción de Wagner
había sido solo un camino para la liberación, un habito, un símbolo, que también el asesino,
los hechos sangrientos, la bestialidad, no eran cosas que existían realmente sino solamente

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valoraciones de nuestra alma ávida de atormentarse. El, Klein, había perdido años enteros de
su vida preocupándose por ese homicidio. Desechándolo o aprobándolo, condenándose por
este homicidio. Desechándolo o aprobándolo o admirándolo, aborreciéndolo o imaginándose
imitarlo se había creado una cadena infinita de tormentos, angustias y miseria. Cientos de
veces había asistido horrorizado a su propia muerte, viéndose morir en el cadalso, cientos de
veces había sentido en su nuca el frío cuchillo del verdugo y la bala en su sien, y ahora que
moría de veras, esa muerte tan temida resultaba tan fácil y tan sencilla!
La figura de Wagner se hundió en el horizonte. ya no era Wagner; Wagner no existía mas;
todo había sido una ilusión. ¡Que Wagner muriera, pues! El, Klein, viviría.
El agua le llenó la boca y trago. De todas partes, por todos sus sentidos entraba agua, todo se
disolvía. Era absorbido, era aspirado por el gran hálito. En torno a él, muy apretujados, tan
juntos como las gotas en el agua, nadaban otros seres, nadaba Teresina y el viejo cómico, su
mujer, su padre, su madre y su hermana y miles y miles de otros hombres; también cuadros y
casas y casas, la Venus de Ticiano y la catedral de Estrasburgo. Todo fluía llevado por una
majestuosa corriente, rápida y vertiginosa, apremiado por la necesidad. y en dirección
opuesta a esa gigantesca comente llegaba otra corriente inmensa, vertiginosa y llena de
rostros, piernas, vientres, animales, flores, pensamientos, asesinatos, suicidios, libros escritos,
lagrimas lloradas, ojos de niños, rizos negros y cabezas de pescado, una mujer con un largo
cuchillo clavada en el vientre ensangrentado y un hombre joven que se le parecía, con un
rostro iluminado por sagrado entusiasmo. Ese era él mismo a los veinte años, el Klein de
entonces, ya desaparecido. ¡Era maravilloso que se revelara también este postrer
conocimiento: que el tiempo no existía. ¡Lo único que separaba la vejez, la juventud,
Babilonia de Berlín, el bien del mal, el dar del quitar, lo único que causaba en el mundo
diferencias, valoraciones, dolor, disputas y guerras, era el espíritu humano, ese joven,
violento y cruel espíritu humano en el periodo de impetuosa juventud, todavía alejado del
saber, todavía lejos de Dios.
Inventaba contradicciones, inventaba nombres. Llamaba hermosas a unas cosas y feas a
otras, aquellas buenas y a estas malas. Una parte de la vida se llamaba amor y otra asesinato.
Así era ese espíritu, joven, necio, ridículo. Una de sus invenciones era el tiempo. Una gran
invención, un instrumento refinado para atormentarse aun mas profundamente, para hacer al
mundo aun mas complicado y difícil. ¡Solo el tiempo separada al hombre de todo lo que
ansiaba, solo el tiempo, esta insensata inversión! Era uno de los apoyos, una de las muletas
que había que tirar en primer termino para librarse.
y la corriente de las formas seguía fluyendo absorbida por Dios, mientras la otra corría en
dirección opuesta surgía del hálito de Dios. Klein veía seres que se resistían a la corriente,
héroes, delincuentes, locos, pensadores, amantes, religiosos que se revelaban, entre horrendas
contorsiones, creándose espantosos tormentos, felices como él en la ultima voluptuosidad de
la entrega y de la conformidad. El canto de los beatos y el infinito grito de martirio de los
infelices creaba una esfera o bóveda transparente de sonidos que abarcaba las dos corrientes,
una catedral de música, en cu yo centro se hallaba Dios, unos rayos luminosos y clarísimos,
casi invisibles por el resplandor, una síntesis de luz, envuelta en la música de los coros del
mundo, del eterno oleaje.
Héroes pensadores, profetas y precursores se elevaban por sobre el colosal torrente.
"Mira, ése es Dios, el Señor, y por su camino se llega a la paz", grito uno. y muchos le
siguieron. Otro anunciaba que Dios llevaba a la lucha y a la guerra. Uno lo llamaba luz, otro
noche, algunos padre y otros madre. Todos le alababan, para unos era reposo y para otros
movimiento o también fuego, frescura, juez, consolador, creador, aniquilador, piadoso,
vengativo. Pero dios no tenía nombre. Deseaba que se lo nombrara, quería ser amado, y
ensalzado, maldito, odiado, venerado, pues la música de los coros del mundo era su casa y
su vida; pero le era indiferente con que nombre se le ensalzara, si se le amaba o se le odiaba,

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si se buscaba en el reposo y olvido o excitación y frenesí. Todos podían buscar. Todos


podían encontrarlo.
Entonces Klein oyó su propia voz. Cantaba. Con una voz nueva y sonora, cantaba con fuerza
y entusiasmo la alabanza y el elogio de Dios. Cantaba en la vertiginosa corriente, profeta y
predicador en medio de millones de criaturas. Su canto resonaba muy fuerte entre todos,
subiendo a la bóveda de los sonidos, en cu yo centro resplandecía Dios. Vertiginosas y
enormes bramaban las olas.

EL ULTIMO VERANO DE KLINGSOR

PREFACIO

En aquellas regiones meridionales cerca de Pambambio, Careno y Laguno, que había ama do
y visitado a menudo en sus años juveniles, vivió el pintor Klingsor a la edad de cuarenta y
dos años el ultimo verano de su vida.
Allí pintó sus postreros cuadros, aquellas libres paráfrasis del mundo de los fenómenos,
aquellas obras extrañas, luminosas, vivaces y sin embargo apacibles y tranquilas como
sueños, con sus árboles encorvados y sus casas pareadas a plantas, que los expertos prefieren
a los de su época "clásica". Por aquel tiempo su paleta se componía de pocos colores
luminosos: cadmio, rojo y amarillo, verde veronés, esmeralda, cobalto, cobalto violeta,
bermellón francés y geranio púrpura.
La noticia de la muerte de Klingsor estremeció a sus amigos a fines de otoño. ya algunas de
sus cartas rabian expresado presentimientos y deseos de muerte. De ahí quizá el rumor de que
se quitara la vida, tan infundado como otros rumores que acompañaban inevitablemente a los
artistas discutidos. Muchos afirmaban que desde hacia varios meses Klingsor estaba loco y
hasta hubo un critico de arte poco perspicaz que intento explicar lo paradójico y estático de
sus últimos cuadros partiendo de esta presunta locura. Sin duda mas cierta que estas
habladurías es la historia, rica en anécdotas, de la inclinación de Klingsor a la bebida. Esta
existió y nadie la admitía con mas franqueza que el mismo. En determinadas épocas y tam-
bién en los postreros meses de su existencia, no solo bebió frecuentemente, sino que busco a
sabiendas en la ebriedad un calmante a sus dolores y a una melancolía a menudo difícil de
soportar. Li Tai Pe, el autor de las mas hermosas canciones báquicas, era su poeta preferido y
en la ebriedad solía llamarse a si mismo Li Tai Pe o, como uno de sus amigos, Thu Fu.
Sus obras siguen viviendo y no menos vivía reina en el pequeño circulo de sus amistades la
leyenda de su vida y de aquel ultimo verano.

KLINGSOR

Eran los comienzos de un verano apisonado y alegre. Los largos y calurosos días ardían
como banderas en llama; a las breves y bochornosas noches de claro de luna, seguían breves
y bochornosas noches de lluvia y a estas, fugaces como sueños y colmadas de imágenes las
ardorosas semanas.
Pasada la medianoche, Klingsor, de regreso de una caminata nocturna, hallábase de pie en el
estrecho balcón de piedra de su estudio. Debajo de él se hundía el viejo jardín con sus
terrazas hondas y escarpadas; una inmensa y umbrosa maraña de espesas cimas de árboles,
palmeras, cedros, castaños, árboles dejudas, ayas rojas y eucaliptos cubiertos por
enredaderas, llanas y glicinas, abandonan su espesura. Entre la superficie negra del follaje
relucían los pálidos destellos las enormes y metálicas hojas de las magnolias estivales, entre

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ellas, gigantescas flores blancas a medio abrir, grandes como cabezas humanas, opalinas
como la luna y el marfil, de las que subía en oleadas un penetrante e intenso aroma de limón.
De algún lugar lejano llegaban fatigados compases de un música de una guitarra o un piano,
difíciles de distinguir. En los gallineros chillo de repente un pavo real; una , dos, tres veces,
el breve y maligno timbre seco de su martirizada voz atravesó el bosque nocturno, como si
todo el dolor del mundo animal, resonara autentico y desesperanzado desde aquellas
profundidades. La luz sideral se esparcía por el selvático valle. Muy en lo alto y abandonada
en medio del inmenso bosque, se veía una antigua y blanca capilla encantada. Lago,
montañas y cielo se confundían en el lejano horizonte.
Klingsor, en camisa, los brazos desnudos apoyados en la baranda de hierro del balcón,
contemplaba con ojos ardientes las constelaciones en el pálido cielo y los suaves reflejos de
las estrellas sobre la negra, informe espesura de los árboles. El grito del pavo real lo volvió a
la realidad. Si, de nuevo estaba alta la noche; habría debido dormir era preciso que durmiese
a cualquier precio. Acaso si puede dormir una serie de noches seguidas, seis u ocho horas de
sueño profundo, recobraría sus fuerzas los ojos descansados volverían a obedecerle, su
corazón latía mas tranquilo y de sus sienes desaparecía el dolor. Pero entonces pasaría este
verano, este desenfrenado y fúlgido sueño de verano y con él mil copas llenas se volcarían
intactas. Roto estaría el hechizo de mil miradas de amor inobservadas y perdidos miles de
cuadros que bullían en su imaginación.
Oprimió la frente y los ojos doloridos en el hierro fresco de la baranda y durante un
momento experimento cierto alivio. Al cabo de un año, o antes, estos ojos estarían ciegos y
apagado el fuego en su corazón. No, ningún hombre podía soportar por mucho tiempo esta
vida abrazadora; tampoco Klingsor, pese a sus diez vidas. Nadie podía mantener encendidas,
de día y de noche, durante mucho tiempo todas las luces, todos sus volcanes; nadie podría
por mas de un breve lapso arder con tan intensa llamada, ofrendando cada día los frutos de un
trabajo apasionado y cada noche el martilleo de hondos pensamientos; gozando siempre,
como un castillo detrás de cuyas ventanas una música resuena día tras día. y noche tras noche
brillan mil velas encendidas. Se acercaba el fin, ya había derrochado mucha fuerza, ya había
quemado mucha luz de sus ojos y vértigo mucha sangre de su vida.
De pronto rió, enderezándose. Recordó que ya muchísimas veces había sentido lo mismo,
que ya muchas veces había pensado y temido todo esto. En todas las épocas buenas,
creadoras y ardientes de su vida, desde su juventud, había vivido de ese modo, quemando la
vela por los extremos, con una sensación entre alegre y melancólica de vertiginoso
despilfarro y consunción, con una desesperada ansia de apurar la copa y un profundo y
secreto miedo del próximo fin. ¡Oh!, a menudo había vivido así, vacilando el cáliz, ardiendo
en vivas llamaradas. A veces estos momentos terminaban muy suavemente, en un modo de
profundo sueño invernal. Pero otras veces el resultado era terrible: devastación inútil, dolores
insoportables, médicos, triste renuncia, en una palabra: el triunfo de la debilidad. El final de
cada periodo de exaltación fue siempre lo había superado y después de semanas o meses de
martirio y aturdimiento sobrevenía la resurrección, un nuevo incendio, una nueva explosión
del fuego interior, nuevas obras mas ardientes, una nueva, brillante embriaguez de la vida. Si,
así era, y los periodos de sufrimiento y de renuncias, esos miserables intervalos se hundías
en el olvido. También ahora todo saldría bien, como tantas otras veces.
Pensó sonriendo en Gina a quien había visto esa noche y que había ocupado tiernamente sus
pensamientos durante el camino de regreso. ¡Que hermosa y cálida era esa muchacha en su
inexperta y temerosa pasión!
-¡Gina! ¡Gina! ¡"Cara" Gina! ¡"Carina" Gina! ¡Bella Gina! -Dijo con emoción y como si
susurrara de nuevo esas palabras al oído de la joven.
Entró en el cuarto y encendió la luz. De un pequeño y desordenado montón de libros saco un
volumen de poesías en cuero rojo. Había recordado unos versos de amor de incomparable

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belleza y sensibilidad. Busco un buen rato hasta que los encontró:

"¡Guárdame de la noche y del dolor,


Tierno candil, fosforescencia amada!
¡Es de la luna tu preciso albor,
sol rutilante, luz inmaculada!

Embriagado saboreó con profundo deleite el hondo sentimiento de estas palabras. Que
hermoso, que profundo y encantador era eso: "...fosforescencia amada!" y aquello otro:"... es
de la luna tu precioso albor".
Se paseó sonriendo ante las altas ventanas, recitando los versos que llamaban a la lejana Gina
"luz inmaculada", con voz opaca de emoción.
Luego abrió la cartera que después del largo día de trabajo llevaba esa noche todavía
consigo. Tomo el pequeño álbum de esbozos, el que mas quería, y busco Tas ultimas hojas,
de los últimos dos días. Ahí estaba el picacho con las profundas sombras de las rocas; lo
había concebido semejante a un rostro contraído; la montaña aprecia gritar como si sus
grietas hubieran reventado de dolor. El pequeño pozo de piedra semicircular apoyado en la
pendiente, el arco de ladrillos lleno de sombras negras y por encima. Las ramas encendidas
y encarnadas de un granado de flores rojo sangre. Solo él, Klingsor, podía entender sus
dibujos: era su clave secreta; fugaces y apasionados apuntes para captar un instante,
recuerdos presurosos de cada momento, en los que la naturaleza y el corazón armonizaban
en forma completamente nueva. Luego los esbozos a la acuarela, mas grande, en blancas
hojas con luminosas manchas de color: el chalet escarlata en medio el bosquecillo, como un
rubí de fuego sobre un terciopelo verde, y el puente de hierro de "Castiglia", bermellón sobre
el rondo verde azulado de la montaña; azulado, el dique violeta y la carretera anaranjada.
Luego, la chimenea de la fabrica de ladrillos como un cohete rojo sobresaliente del fresco y
claro verdor del ramaje; un poste azul y un cielo violeta claro con espesas nubes cilíndricas.
Esa hoja era buena, podía quedar. Lastima que no hubiera podido terminar la entrada del
establo; ese rojo ladrillo sobre el cielo de acero estaba bien, hablaba, tenía fuerza. Pero el sol
que iluminaba de lleno el papel, le había causado horribles dolores a los ojos. Había tenido
que refrescarse por un buen rato el rostro en un torrente. Sin embargo, ese rojo ladrillo sobre
el azul metálico casi maligno era bueno, no tenía un matiz de mas ni de menos; era una obra
acabada. Sin su "Caput mortuum" no lo había logrado. y ese era el secreto. La forma dé la
naturaleza, el arriba y abajo, el espesor y la ductilidad, podían desplazarse; en este campo se
podía prescindir de todos los medios honestos con que suele imitarse a la naturaleza. Por
supuesto que también podían falsearse los colores acentuándolos, moderándolos,
interpretándolos de mil modos. Pero cuando se quería representar con colores un trozo de
naturaleza, siempre era lo principal que los colores conservaran entre si la misma exacta
relación, y disposición recíprocas que en la naturaleza. En eso no se podía ser independiente,
en eso por el momento había que continuar siendo naturalista, aun cuando se usaran el
anaranjado en lugar del gris y el barniz de granza en lugar del negro.
Otro día perdido y un resultado escaso. La hoja con la chimenea y el motivo rojo-azul y
quizás el dibujo con el pozo. ¡Y ahora a la cama! ya era la una pasada.
En el dormitorio se arranco la camisa, se hecho por los hombros una jarra de agua que
salpico en el piso de mosaico, salto a la alba cama y apago la luz. A través de la ventana le
miraba el pálido Monte Salute, cuyas formas Klingsor había interpretado cientos y cientos
de veces tendido en la cama. El grito de una lechuza, ahí abajo, en el abismo selvático,
resonó profundo y hueco como el sueño, como el olvido.
Cerró los ojos, pensando en Gina y en las imágenes del día. ¡Dios mío, cuantas cosas
esperaba, cuantos centenares de cálices llenos y listos para ser apurados! ¡No había objeto en

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la tierra que no mereciera ser pintado! ¡Ni mujer que no debiera amarse! ¿Porque existía el
tiempo? ¿Porque esa imbécil sucesión en lugar de una satisfactoria y ebria simultaneidad?
¿Porque yacía de nuevo solo en la cama como un viudo o como un anciano decrépito? En
todos los momentos de la vida se podía gozar y crear, porque siempre solo una canción a la
vez, nunca resonaba la sinfonía entera y completa con todas sus voces e instrumentos.
En una época remota, a la edad de doce años, él se había hecho llamar "Klingsor el de las
diez vidas". Era un juego de muchachos y cada uno de los bandidos tenía diez vidas, de las
cuales perdía una cada vez que su perseguidor le tocaba con la mano o le alcanzaba con el
dardo. Con seis, con tres y hasta con una sola vida todavía podía salvarse y liberarse; solo
con la décima vida quedaba todo perdido pero él, Klingsor, empeñaba su orgullo en salvarse
con todas sus vidas y consideraba vergonzoso perder alguna de ellas. Así había sido cuando
muchacho, en aquel tiempo de leyenda cuando nada en el mundo aprecia imposible y nada
difícil; cuando todos amaban a Klingsor, cuando Klingsor dominaba sobre todos; cuando
todo le pertenecía. y así continuo, viviendo siempre con diez vidas. y aun cuando nunca
pudo alcanzar la saciedad, la sinfonía plena y rugiente ¡ Jamás su canto había sido pobre y
falto de sonidos, siempre había tenido en su guitarra unas cuantas notas mas que los otros,
mas leña en el fuego, mas taleros en el bolsillo, mas caballos en su tiro! ¡Dios sea loado!.
¡Cómo pulsaba la oscura quietud del jardín, semejante al respirar de una mujer dormida!
¡Cómo chillaba el pavo real! ¡Cómo abrazaba el fuego en su fecha, como latía su corazón,
gritando y sufriendo, regocijándose y sangrando! Con todo, era hermoso el verano ahí arriba
en Castagnetta; vivía magnificente en la mansión desmoronada con aquella vista espléndida
sobre los lomos cubiertos de orugas de los interminables bosques de castaños y también era
bello abandonar de vez en cuando el viejo y noble mundo del castillo y del bosque para
bajar sediento al valle a contemplar los alegres y vivaces juguetes y pintarlos en su chillona
y amena luminosidad: la fabrica, el tren, el tranvía azul, la columna de los ancianos en el
muelle, los orgullosos pavos reales, las mujeres, los curas, los automóviles. ¡ y cuan hermoso
era e incomprensible y doloroso era, ese sentimiento arraigado en su pecho, de amor, de ansia
por cualquier detalle colorido de la vida, esa dulce y vehemente necesidad de observar y dar
forma a todo y al mismo tiempo ocultar bajo delgados velos la intima convicción de la
puerilidad y futilidad de todos sus actos!.
La breve noche estival se derretía en su propia fiebre; vahos perfumados subían del verde
valle, en miles y miles de árboles hervía la savia; miles de ensueños asomaban en el ligero
sueño de Klingsor; su alma atravesaba la sala de espejos de su vida, donde todas las
imágenes se reflejaban multiplicadas, con nuevos rostros y nuevos significados y formando
nuevas combinaciones, como si se sacudiera en un cubilete el cielo estrellado.
Entre todas le encantó y conmovió la siguiente visión: yacía en el bosque con una mujer de
cabellos rojos sentada sobre sus rodillas y una de melena negra descansando sobre su
hombro, mientras otra estaba arrodillada a su lado, con una mano en las suyas besándole los
dedos. y por doquiera había mujeres y muchachas algunas todavía niñas, con largas piernas
delgadas, unas en la flor de la vida, otras maduras ya y con los signos del saber y del
cansancio en los rostros estremecidos; pero todas le amaban, todas querían ser amadas por él.
De pronto se produjo una re yerta entre las mujeres; la pelirroja hundió con gesto violento su
mano en la melena de la negra, arrastrándola al suelo y cayendo encima de ella, y entonces,
todas se precipitaron a la lucha gritando, tirando, mordiendo, causando y recibiendo dolor,
entre risas, chillidos y gemidos mientras la sangre corría por doquiera, y garras sangrientas
se clavaban en las carnes mordidas.
Klingsor despertó por unos instantes con una sensación de dolor y opresión, mirando con
ojos muy abiertos y atónitos el hueco claro en la ventana en la negra pared. Todavía veía los
rostros de las mujeres enfurecidas; a muchas las conocía y las llamo por su nombre: Nina,
Erminia, Isabel, Gina, Edith , Berta y aun medio dormido murmuro con voz ronca:

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-¡Niñas, niñas, basta ya! ¡Mienten todas, me engañan; soy yo, soy yo quien debe ser
castigado!

LUIS

Como caído de cielo había llegado inesperadamente Luis el cruel, el antiguo amigo de
Klingsor, viejo y caprichoso pájaro mirador, que vivía en el tren y llevaba su taller en la
mochila. Buenas horas le deparo el cielo en esos días; agradables brisas soplaban para ellos.
Pintaron juntos en el monte de los olivos y en Cartago.
-¿Tendrá algún sentido este pintarrajeo? -Pregunto Luis en el monte de los olivos, tendido
desnudo en el pasto con la espalda al rojo por el sol-. Mi querido, al fin y al cabo pintamos
"faute de mieux". Si tuviera siempre sobre tus rodillas la chica que te gusta en cada instante,
o en el plato de comida que te apetece en ese día, sin duda no te agotarías, en ese absurdo
juego de niños. La naturaleza tiene diez mil colores y nosotros hemos empeñado en reducir
la escala a veinte. y esta es la pintura. Jamás nos satisface y todavía tenemos que alimentar a
los críticos. En cambio, una buena sopa de pescado, "caro mío", con suave Borgoña y luego
una milanesa y como postre peras con gorgonzola y un café turco, ¡estas son realidades,
señor mío, son valores! ¡Que mal se come aquí en vuestra Palestina! Dios mío, quisiera estar
sobre un cerezo y que las cerezas me cayeran en la boca y mas arriba en la escalera esa
muchacha morena y apasionada que hemos encontrado esa mañana. ¡Klingsor, déjate de
pintar! Te invito a un buen almuerzo en Laguno; vamos, ya es tiempo.
-¿En serio? -Pregunto Klingsor, guiñando el ojo
-En serio. Pero antes tendré que nacer una escapada a la estación. Tengo que confesarte que
telegrafíe a una amiga que esto y en peligro de muerte; puede llegar a eso de las once.
Klingsor río y saco del caballete el estudio empezado.
-Tienes razón, muchacho. ¡Vamos a Laguno! Pero ponte la camisa, Luiggi. Las costumbres
aquí son muy inocentes pero desgraciadamente no puedes ir desnudo a la ciudad.
Se dirigieron a la pequeña ciudad, pasaron por la estación, para recibir ala amiga de Luis, un
hermoso ejemplar de mujer; comieron bien y alegremente en un restaurante. y después de los
meses de olvido de vida rústica, Klingsor se asombro de que todavía existiera en el mundo
pequeñas cosas agradables como truchas, jamón abaldonados, espárragos, Chablis, Dole,
Benedictine...
Después del almuerzo viajaron los tres en el funicular, atravesando la empinada ciudad, entre
casas, ventanas y jardines colgantes; estaban encantados y se quedaron, para volver a bajar y
subir una y dos veces. El mundo era extraordinariamente hermoso y sorprendente, lleno de
colores, un tanto chillón e inverosímil, pero maravilloso. Klingsor estaba un poco cohibido;
aparentaba cierta frialdad, pues no quería enamorarse de la hermosa amiga de Luiggi. Fueron
de nuevo a un café, luego al parque, vacío al mediodía y se tendieron a orillas del agua, bajo
los gigantescos árboles. Vieron muchas cosas dignas de ser pintadas: cosas rojas como
piedras preciosas en medio del verde espeso, árboles serpientes y árboles pelucas, cubiertos
de musgo azul y rojizo.
-Has pintado cosas hermosa y alegres, Luiggi -dijo Klingsor-, todas cosas que quiero mucho:
mástiles con banderas payasos y circos. Pero lo que mas me gusta es una mancha sobre el
tiovivo nocturno. Sobre la carpa violácea, lejos de las luces ondea en la oscuridad una fresca
y pequeña banderita rosa, tan hermosa, tan fresca, tan solitaria, ¡horriblemente sola! Es como
una poesía de Li Tai Pe o de Paul Verlaine. En esa pequeña e insignificante banderita rosada
esta representada todo el dolor y toda la resignación del mundo y también toda la buena risa
por encima del dolor y de la resignación. Tu vida se justifica suficientemente por esa humilde
banderita; por esa banderita te esto y agradecido. -Sí, sé que te gusta.
-Tu también la quieres. Mira, si no hubieras pintado unas cuantas cosas como esa, de nada

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serviría las buenas comidas, los vi-nos y los cafés; serias un pobre diablo. Así, en cambio,
eres un hombre rico, un muchacho que se hace querer. Mira, Luiggi, a menudo pienso como
tu que todo nuestro arte es solo un sustituto, una subrogación penosa y demasiado cara por la
vida perdida, por la animalidad y el amor perdidos. Con todo no es así. Es muy distinto. Se
sobre estima lo sensual al considerar lo espiritual como un sustituto de emergencia para la
ausencia de lo sensual. Lo sensual no es ni una pizca superior a lo espiritual y viceversa. Lo
mismo da si abrasas a una mujer o haces una poesía. Con tal de que no exista lo principal, el
amor, la pasión, la emoción, es indiferente que seas un ermitaño sobre el Monte Athos o un
vividor en París.
Luis le miró detenidamente con sus ojos irónicos. En compañía de la hermosa mujer
recorrieron la región. ¡Observar era su punto de fuerte, eso sabían hacerlo! Dando vueltas por
un par de pequeñas ciudades y pueblos, ellos veían con su fantasía a Roma y al Japón y al
Océano Pacifico, y destruían en seguida, jugueteando, las bellas ilusiones; su capricho
encendía las estrellas en el cielo y las volvía a pagar. Soltaban sus cohetes luminosos en las
noches exuberantes; el mundo era una pompa de jabón, un paso de comedia, un alegre
desvarío.
Luis, el pájaro, volaba en su bicicleta por la región serrana, estaba ora en un lugar, ora en
otro, mientras Klingsor pintaba. Después de sacrificar algunos días, Klingsor comenzó a
pasar de nuevo
los días afuera, trabajando ahínco. Luis no quería trabajar, inesperadamente partió con su
amiga y le mando una postal desde un lugar remoto. Luego apareció de nuevo, cuando
Klingsor ya lo daba por perdido; llego con sombrero de paja y en mangas de camisa, como
si nunca se hubiera alejado. y Klingsor sorbió nuevamente del cáliz mas dulce de su
juventud, el néctar de la amistad. Tenía muchos amigos, muchos le amaban, a muchos había
dado y abierto su fácil corazón, pero solo dos de esos amigos contestaron todavía durante
aquel verano al antiguo llamado del corazón; Luis, el pintor, y el poeta Hermann, que se
hacia llamar Thu Fu.
Algunos días Luis los pasaba sentado afuera en su silleta plegadiza, a la sombra de perales o
ciruelos, pero no pintaba. Tenia el papel sujeto a la tablita de pintar, meditaba y escribía;
escribía muchas cartas. ¿Puede ser feliz un hombre que escribe tantas cartas? Luis, el
despreocupado, escribía con esfuerzo, a veces pasaba toda una hora con la vista penosamente
en el papel. Muchos secretos llevaba consigo. y Klingsor le amaba por ello.
Pero Klingsor era distinto. El no podía callar, no podía esconder su corazón. Los íntimos
sufrimientos de su vida, que muy pocos sospechaban, los revelaba sin embargo al primer
llegado. A menudo padecía angustia y melancolía, a menudo se hundía en el tenebroso pozo
de la amargura y sombras de su vida pasada con gigantescas sobre los días presentes,
tornándolos negros. Entonces le hacia bien ver el rostro de Luiggi. Entonces, a veces, se
lamentaba con él.
Pero a Luis no le gustaban las debilidades. Le atormentaban, le exigían compasión. Klingsor
se había acostumbrado a abrirle el corazón al amigo y compendio demasiado tarde que si lo
perdía.
Luis comenzó a hablar de nuevo de partir. Klingsor sabia que ahora solo podría retenerle aun
por algunos días, tres, cinco quizás; pero luego inesperadamente le mostraba su azul listo y
partiría para no regresar en mucho tiempo. ¡ que breve era la vida, y cuan irrevocable era
todo! Había asustado fastidiado al único amigo que comprendía hasta el fondo su arte, y que,
a su vez, poesía un arte afín y del mismo nivel que el su yo. Le había echado a perder el
buen humor y desilusionado, solo por una estúpida debilidad y comodidad, solo por la
infantil e indecorosa necesidad de no haber ningún esfuerzo frente a un amigo, de no guardar
secretos, de no mantener cierta reserva. ¡Que imbécil y pueril había sido! ¡ y ahora que se lo
reprochaba, ya era demasiado tarde!

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El último día vagaron juntos por los valles dorados y Luis estaba de muy buen humor; viajar
representaba la alegría de vivir para un solo corazón vagabundo. Klingsor estaba a tono;
habían encontrado de nuevo el viejo acento liviano, juguetón e irónico y ya no lo
abandonaron mas. A la noche se sentaron en el jardín de una posada. Se hicieron preparar
pescado frito, arroz con hongos y comieron duraznos con marraschino.
-¡A dónde te irás mañana? -Preguntó Klingsor.
-No sé.
-¿Vas a reunirte con la hermosa mujer?
-Si. Quizá. ¿Quién puede saberlo? Pero no preguntes tanto. Como coronación vamos a beber
todavía algún buen vino blanco.
yo abogo por un Neuchatel.
Mientras bebían, de pronto Luis exclamó:
-Es bueno que me va ya, viejo tiburón. A veces cuando esto y sentado a Tu lado, por ejemplo
añora, tengo ocurrencias idiotas. Pienso que aquí están sentados los dos mejores pintores que
posee nuestra patria y experimento una horrible sensación en las rodillas como si fuéramos
de bronce y estuviéramos tomando de la mano sobre un monumento con Goethe y Schiller,
si recuerdas. Tampoco ellos tienen la culpa de que ellos deban estar eternamente allí, te-
niéndose de las manos de bronce hasta resultarnos con el tiempo fatales y odiosos. Quizá
fueron hombres geniales y encantadores; una vez, hace mucho, leí algo de Schiller y era
realmente hermoso. y sin embargo ahora se ha convertido en una celebridad; tiene que
permanecer al lado de su hermano siamés, una cabeza de yeso al lado de otra cabeza de yeso
y por partes se venden sus obras completas y se las comenta en la escuela. ¡Que horror!
Imagínate que un profesor dentro de cien años le diga a los alumnos: "Klingsor nacido en
1877 y un contemporáneo Luis, llamado el comilón, innovadores en la pintura, liberadores
del naturalismo de los colores; estudiaba detenidamente, una pareja de pintores ofrece tres
periodos exactamente definidos." En realidad prefería que me arrollara ahora mismo una
locomotora.
ya amanecían las estrellas en el cielo. De pronto Luis brindó con su amigo chocando su
copa.
-Vamos, apuremos las copas y luego mire en mi bicicleta. ¡Nada de largos despidos! ya
estaba todo pago. ¡A Tu salud, Klingsor!.
Chocaron las copas y bebieron; en el jardín Luis salto en su bicicleta, agito el sombrero y
desapareció. Noche, estrellas. Luis ya estaba en la China. Luis era un mito.
Klingsor sonrío melancólicamente. ¡Como amaba a ese pájaro milagroso! Se quedo todavía
largo rato sobre los guijarros del jardín, contemplando la carretera vacía.

LA EXCURSIÓN A CARENO

Con los amigos de Barengo y con Agosto y Ersilia, Klingsor emprendió la gira a Careno.
Atravesando el cálido bosque en declive, bajaron de madrugada por entre las enredaderas
perfumadas y las telarañas todavía húmedas por el rocío hasta el valle de Pambambio, donde
descansaban en la carretera amarilla unas chillonas casas
amarillas, aturdidas por el calor estival, un poco torcidas y como muertas. A lo largo del
cauce del torrente seco, los blancos y relucientes sauces doblaban sus pesadas alas sobre los
prados dorados. Los amigos se deslizaban en pintoresca caravana por el verde valle .
humectante, los hombres vestidos con seda y lino en blanco y amarillo, las mujeres en
blanco y rosa, mientras el existió verde barones de la sombrilla de Ersilia refulgía como una
jo ya a un anillo mágico.
-Es una lástima, Klingsor -Quejó el doctor con su voz bondadosa; dentro de diez años sus
maravillosas acuarelas estarán todas blancas; los colores que usted prefiere son pocos

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resistentes.
-Sí -contestó Klingsor -, y lo peor es que también sus hermosos cabellos castaños estarán
canosos dentro de diez años y un poco mas tarde nuestros lindos y alegres huesos yacerán en
algún lugar bajo la tierra; desgraciadamente también los suyos, tan hermosos y sanos querida
Ersilia. Chicos, no empecemos justo ahora, en la madures de la vida, a ser sensatos.
Hermann, ¿como dice Li Tai Pe?.
Hermann, el poeta, se detuvo y recitó:

"Pasa la vida como un relámpago, Eternos y libres flotaban el


cielo y la tierra, rápido surca el tiempo mudable por el
semblante de los hombres.
¿Que haces sentado frente a la copa llena?
¿Porque no bebes, dime, porque esperas todavía?"

-No -le interrumpió Klingsor-, pensaba en otros versos, unos con rimas, que hablaban de los
cabellos que a la mañana aun estaban negros...
Inmediatamente Hermann recitó:
" Esparce la noche nieve en tus cabellos Cuando aun de mañana eran negros y bellos Aquel
que no quiere que el dolor lo consuma ¡levante la copa y enamore a la luna!"
-¡Bravo Li Tai Pe! Tenía intuiciones, sabia muchas cosas. Nosotros también sabemos muchas
cosas, pero el es nuestro inteligente hermano mayor. Este día embriagador le gustaría; es
precisamente un día en el que seria hermoso morir de noche con la muerte de Li Tai Pe,
como él, en un bote en medio de un silencio río. Van a ver que hoy todo será maravilloso.
-¿Como fue la muerte esa de Li Tai Pe? -Pregunto la pintora.
-No, basta ahora -la interrumpió Ersilia con su afable y pro-
funda voz- al que pronuncie una palabra mas acerca de la muerte y del morir no le querré
mas. "¡Finisca adesso, brutto Klingsor!" Klingsor se le acercó riendo:
-¡Tiene razón, "bambina"! Si vuelvo a hablar de la muerte arránqueme ambos ojos con su
sombrilla. ¡Pero en serio, hoy es un día maravilloso, queridos amigos! Hoy canta un pájaro,
un pájaro mágico como en los cuentos de nadas; ya lo oí de madrugada. y sopla un viento
mágico, como un niño celeste que despierta alas princesas dormidas y roba el buen sentido a
los hombres. Hoy florece una flor legendaria, una flor que brota una sola vez en la vida y
quien la coge conquista la felicidad.
-¿Qué quiere decir esto? - pregunto Ersilia al doctor. Klingsor la oyó y continuó:
-Quiero decir que este día no volverá Jamás y quien no la goza y agota en todos sus placeres
la habrá perdido por toda la eternidad. Nunca brillara el sol como hoy; hoy gira en la
constelación de Júpiter y esta es una relación especial conmigo, con Agosto, con Ersilia y
con todos nosotros. y esa constelación no poca a su izquierda, Ersilia, porque trae buena
suerte, y llevar su sombrilla esmeralda; bajo su reflejo mi cráneo parecerá un ópalo verdoso.
Pero usted tiene que secundarme y cantar una de sus mas lindas canciones.
Tomó el brazo de Ersilia, los rasgos agudos de sus rostro aprecian mas suaves bañados en la
sombra verde azulada de la sombrilla, de que estaba enamorado y cu yo luminoso y tierno
color le encantaba.
Ersilia comenzó a cantar:

"II mío papa non vuole, Ch' io spos 'un bersaglier..."

Otras voces se unieron y cantando llegaron al bosque y siempre cantando se adelantaron en


él, hasta que la pendiente se hizo demasiado empinada, pues el sendero subía a la cima como
una escalera entre exuberantes helechos.

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-¡Que rectitud maravillosa en esta canción! -Exclamo Klingsor-El papá esta en contra de los
enamorados, como sucede siempre. Ellos toman un cuchillo que corta bien y matan al papá.
ya se han librado de él. Lo hacen en la noche, solo la luna los ve y ella no los va traicionar. y
las estrellas, que son mudas. y el buen Dios, que ya les perdonara. ¡Que hermoso y franco!
Un poeta moderno sería lapidado por una sinceridad semejante.
Siguieron trepando por la estrecha senda bajo la sombra de los frondosos castaños entre
cuyas hojas jugaban los rayos de sol. Mirando hacia arriba Klingsor veía las delgadas
pantorrillas de la pintora, rosadas bajo las medias transparentes. Volviendo la vista atrás
aparecía la bóveda azul turquía de la sombrilla de Ersilia sobre su
renegrida melena de mora. y mas abajo la seda violeta de su vestido; era la única figura en
color oscuro.
Junto a una casa de labriegos, azul y anaranjada, encontraron unas manzanas verdes caídas en
el pasto; recogieron algunas y las comieron; eran frescas y agrias. La pintora refería con
melancólica nostalgia una excursión por el Sena, en París, antaño, antes de la guerra. ¡Si,
París y los felices tiempos pasados!
-Nunca volverán aquellos días. Nunca.
- y no deben volver -exclamo violentamente el pintor, sacudiendo indignado su cabeza de
Gavilán-. ¡Nada debe volver! ¿Para que? ¿Son deseos pueriles! La guerra ha convertido en
un paraíso todo lo anterior, hasta lo mas estúpido e inútil. Esta bien, era hermoso vivir en
París, y era hermoso en Roma y era hermoso vivir en Arles. ¿Pero acaso ahora y aquí es
menos bello? Ni parís, ni la época de la paz son el paraíso; el paraíso esta aquí, ahí arriba en
la cima de esa montaña, adonde llegaremos dentro de una hora y nosotros somos los
ladrones a quienes fuera dicho: "Hoy mismo estarán conmigo en el paraíso".
De la sombra jaspeada de luz del sendero salieron al ancho y libre camino carretero,
luminosos y tórrido, que conducía en amplias espirales a la cima del monte. Klingsor, los
ojos protegidos por los anteojos oscuros, iba el ultimo en la fila, deteniéndose con frecuencia
para observar el movimiento de las siluetas y las pintorescas constelaciones de colores que
ellas formaban. Adrede no había llevado los útiles para trabajar, no siquiera la libreta de
apuntes y sin embargo se paraba a cada instante conmovido por los cuadros que se le
ofrecían. Su figura enjuta se destacaba solitaria y blanca en la carretera rojiza, al borde del
matorral de acacias. El estío abrasaba la montaña, los rayos caían verticalmente, vapores
irisados de infinitos colores subían desde las profundidades del valle. Detrás de las montañas
mas próximas que se levantaban verduscas y rojas, salpicadas de blancos poblados,
asomaban azuladas cadenas de montes, y detrás otras sierras y otras cordilleras, mas claras
y de un azul mas intenso y luego a lo lejos, casi irreales, los picos cristalinos de los nevados.
Por encima del bosque de acacias y castaños se elevaba libre e importante, en rojo y violeta,
la loma rocosa y el picacho quebrado del Monte Salute. Pero lo mas bello eran los hombres,
repartidos como flores en medio del luminoso verdor; la sombrilla esmeralda refulgía como
un gigantesco escarabajo. y debajo, la melena negra de Ersilia, la blanca y esbelta pintora de
cara rosada y todos lo otros. Klingsor absorbía todo con ojos sedientos, pero sus
pensamientos volaban hacia Gina. Solo dentro de una semana podría verla de nuevo; ella
estaba empleada en una oficina de la ciudad y escribía a máquina; en raras ocasiones lograba
verla y nunca a solas. y sin embargo la amaba, precisamente a ella que no sabia nada de él,
que no lo conocía y no lo comprendía; para la cual él era solo un personaje excéntrico y raro,
famoso pintor forastero. Era sorprendente que su deseo quedara aferrado precisamente a ella,
que ningún otro cáliz de amor le satisficiera. No estaba acostumbrado a dar largos rodeos por
una mujer. Por Gina, empero, los hacia, solo para poder estar una hora con ella, para tocar
sus delgados dedos diminutos, empujar su zapato debajo del su yo, para estampar un beso
fugaz en su nuca. Meditaba sobre este misterio, ridículo enigma para si mismo. ¿Era el
principio del retroceso? ¿Era la vejez? ¿Acaso era ya la segunda primavera del cuarentón

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que le hacia buscar la muchacha de veinte?


Estaba en la cima y por el otro lado se abría a la vista un nuevo mundo: el Monte Gennaro,
altísimo e irreal, todo hecho de pirámides y picos puntiagudos; bajo los rayos oblicuos del
sol, cada plataforma relucía como de esmalte, bañada en profundas sombras violáceas. y en
medio de la encandilaste luz, perdido en infinitas honduras, el estrecho brazo azul del lago,
extendiéndose fresco y tranquilo detrás de los verdes bosques encendidos.
Un minúsculo pueblerino en la loma del monte; predio señorial con su pequeña casa y cuarto
o cinco caseríos de piedra, pintados de color azul y rosa, una capilla, una fuente, cerezos.
Todos se detuvieron al lado del pozo, al sol; Klingsor continuo andando; atravesó el arco de
un portal y penetro en un umbroso cortijo donde se alcanzaban tres casitas azuladas, con
pocas, pequeñas ventanas, hierbas y trechos de rocallas, una cabra, ortigas. Una niña se
escapo al verlo, él la llamo ofreciéndole chocolate. La niña se detuvo, él la alcanzo, la
acarició y le dio la golosina; era esquiva y hermosa: una niña morena, con oscuros ojos de
animal aterrado y delgadas piernas desnudas, atezadas y bruñidas.
-¿Dónde vive? -le pregunto Klingsor y la pequeña corrió sin contestar hacia la próxima
puerta que se abría en el caserío. De un tenebroso cuartucho de piedra, como viniendo de
cuevas prehistóricas, salió una mujer, la madre y ella también acepto chocolate. Entre los
vestidos sucios se levantaba un cuello moreno y un cuello ancho, firme y hermoso, tostado
por el sol, con una boca amplia y carnosa y grandes ojos negros; un suave y tosco encanto
de sexualidad y maternidad emanaba apacible y silencioso de sus tranquilos rasgos asiáticos.
Se inclino sobre ella seductor y galante, pero ella Le evito son-riendo y coloco a la niña entre
ellos. El siguió su camino, decidido a volver. Quería pintar a esa mujer, o ser su amante,
aunque fuera por una hora. Era madre, niña, amante, animal y madonna a la vez.
Lentamente regresó hacia la fuente, el corazón lleno de sueños. Sobre el muro de la
propiedad, cu ya casa aprecia cerrada y vacía, estaban incrustadas viejas y ásperas balas de
cañón; una caprichosa escalera entre arbustos conducía a un bosquecillo y a un cerro, en cu
ya cima se hallaba un monumento, un busto solitario de estilo barroco, traje de Wallestein,
patillas y barita ondulada. Fantasmas y ensueños vagaban por la montaña en la luz
deslumbrante del mediodía; el mundo respondía a una tonalidad nueva y lejana. Klingsor
calmo su sed en la fuente; una enorme mariposa llego volando y
sobrio las gotas de agua salpicadas sobre el borde de ladrillos calcinados del pozo.
Siguiendo la cresta, el camino iba entre castaños y avellanos ora asoleado, ora umbroso. En
un recodo, una vieja ermita amarillenta, en cu yo nicho podían verse antiguos cuadros
descoloridos; una cabeza de santo, dulce e infantil como la de un ángel, con trozos de ropaje
rojo y sepia y el resto desmoronado. A Klingsor Le gustaban los cuadros antiguos; cuando
los encontraba inesperadamente, se deleitaba ante los frescos, Le gustaba observar el retorno
de estas hermosas obras al polvo y a la tierra.
De nuevo árboles, viñedos, tórrida carretera deslumbrante, otro recodo y de pronto la meta:
una oscura puerta de entrada, una iglesia grande y alta, de piedras coloradas, levantando
alegre y segura sus brazos al cielo; una plaza llena de sol, polvo y paz, pasto quemado y
rojizo, quebrándose bajo los pies, luz meridiana reflejadas por paredes chillonas; una
columna con una estatua. y casi invisible por el torrente de luz, una baranda de piedra
circulando una amplia plaza y pendiente sobre el infinito azul. Detrás, el pueblo de Careno,
vetusto, apretujado, oscuro, sarraceno; sombrías cuevas de piedra bajo techos de tejas
descoloridas, callejas estrechas, tenebrosas y opresivas como en los sueños, interrumpidas
inesperadamente por pequeñas plazoletas blancas inundadas de claridad solar; África y
Nagasaki a la vez. Bosque en torno; abajo el abismo azulado; blancas nubes, satisfechas y
gordas, en el cielo.
-Es curioso -observó Klingsor-, ¡cuanto tiempo se necesita para conocer un poco el mundo!
Una vez, hace años, cuando me dirigía al Asia, pase en el, expreso nocturno a seis o diez

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kilómetros de aquí, sin saberlo. Iba a Asia y, entonces, era muy necesario que fuera. Pero
todo lo que encontré allí, lo vuelvo a ver hoy aquí: selva virgen, calor, criaturas nuevas,
hermosas y sin nervios, sol, santuarios. Largo rato hace falta ahora saber que es posible
visitar tres comarcas en un solo día. ¡Aquí están las tres! ¡Te saludo, india! ¡Te saludo,
África! ¡Te saludo, japón!
Los amigos conocían una joven que moraba allí arriba, y Klingsor preguntona la visita a la
desconocida. La había bautizado con el nombre de Reina de las Sierras, titulo de un
misterioso cuento oriental de sus libros de infancia.
Llena de curiosidad la caravana penetró en el laberinto azul; ni un hombre, ni un sonido, ni
un gallo, ni un perro. Pero en la penumbra del arco de una ventana, Klingsor descubrió una
figura inmóvil sobre el cabello negro, su muda mirada, espiando al forastero, se encontró con
la suya; donde un segundo el hombre y la joven se miraron seriamente en los ojos; dos
mundos extraños se unieron por un instante. Luego ambos sonrieron cálidamente en el eterno
saludo de los sexos, en la antigua, dulce y ávida hostilidad, y ya el forastero había sobado
la esquina de la casa, desapareció de la vista. Imagen entre imágenes, sueño entre sueños en
los recuerdos de la muchacha. En el corazón nunca satisfecha de Klingsor asomo una
pequeña tentación, durante un momento dudo y pensó volver atrás, pero Agosto Le llamo y
Ersilia comenzó a canta, transpusieron un pequeño muro y frente a ellos se abrió, silenciosa
y refulgente en la cincela hechizada, una pequeña plaza luminosa con dos palacetes
amarillos, con estrechos balcones de piedra. y opresiones cerradas; un magnífico escenario
para el primer acto de una época.
-Llegamos a Damasco -exclamó el doctor-, ¿donde vive Fátima, la perla entre las mujeres?
Desde el palacete mas pequeño llego una inesperada contestación. De la frescas tinieblas
detrás del balcón medio cerrado se desprendió una gota extraña, repetida una vez, dos y diez,
y luego la octava correspondiente repetida otras diez veces; era un piano que estaba afinado,
un piano melodioso, con infinitos tonos, en medio de damasco.
Esa tenía que ser la casa; sin duda vivía allí. Pero aprecia no tener puertas; solo se veía en la
pared de un suave anaranjado con los balcones y arriba, en el frontón, un antiguo fresco con
flores azules y rojas y un papagayo. Solo cabria esperar que se abriera una puerta disimulada,
al golpear tres veces y al pronunciar la palabra mágica Salomón; entonces recibían al viajero
perfumes de esencias persas y la Reina de las Sierras en su trono, cubierta de velos. Había
esclavas sentadas a sus pies y un papagayo pintado volvía chillando sobre el hombro de su
ama.
Encontraron una minúscula puerta en la calleja lateral; una diabólica y estridente campanilla
interrumpido el silencio; adentro una escalera estrecha y perpendicular conducía al piso de
arriba. ¿Como habría entrado el piano en esta sala? ¿Por la ventana? ¿Por el techo?
Salió un enorme perro negro, seguido por un pequeño león rubio, gran alboroto; la escalera
chirriaba; arriba el piano tocaba por undécima vez la misma nota. De un cuarto de paredes
rosadas emanaba una suave y apacible luz; se oyó el ruido de puertas que golpeaban. ¿Donde
estaba el papagayo? ¿Había un papagayo?
De pronto apareció la Reina de las Sierras, esbelta y elástica flor, erguida y ondulante, toda
en rojo, ardiente como la llama, símbolo de la juventud. Todas las queridas imágenes
desaparecieron frente a los ojos de Klingsor, cediendo lugar a este nuevo cuadro luminoso.
Inmediatamente comprendió que la pintaría, no según la naturaleza, sino según la luz que
difundía; pintaría la poesía, la dulce, rústica tonalidad que acogiera en su alma: una rubia,
juvenil amazona de color rojo fuego. Ahora la contemplaría durante una hora, quizás varias
horas. La vería mientras caminaba, se sentaba, reía, quizá la vería bailar y la oiría cantar. El
día estaba coronado, el día había encontrado su sentido. Todo lo demás que vendría seria lo
superfluo, el regalo. Tenía que ser así: el acontecimiento importante no llegaba nunca solo,
siempre Le precedían mensajeros e indicios precursores: los primitivos ojos asiáticas de

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aquella madre en el cortijo, la hermosa muchacha morena en la ventana del pueblo.


Durante un instante pensó dolorido: ¡si tuviera diez años menos, diez fugaces años de menos,
esta chica podría conquistarme, seducirme, dominarme! ¡Pero no, eres demasiado joven,
pequeña Reina escarlata, eres demasiado joven para Le viejo mago Klimgsor! Te admiraré, te
aprenderé de memoria, te pintaré, fijaré eternamente en el dibujo la canción de tu juventud;
pero no haré ningún peregrinaje por ti, no amarraré escaleras en la ventana para obtenerte,
no mataré por ti, no tocaré serenatas frente a tu balcón. No, desgraciadamente el viejo pintor
Klimgsor no hará nada de eso, ese viejo borrico. No te amara, no te echara miradas
seductoras como ala mujer asiática o a la morena en la ventana, que quizás no cuenta ni un
día menos que tu. Pero para ellas yo no so y demasiado viejo; solo para ti, lo soy, Reina de
las Sierras. Flor encantada de la montaña. Únicamente para ti, oh, clavel de las rocas,
Klingsor es demasiado viejo. Pues para ti no es suficiente el amor que Klingsor puede brindar
entre un día lleno de trabajo y una noche de borrachera. Tanto mejor, mi ojo saciaré su sed en
ti, y te recordara como una llama luminosa, cuando ya tu hayas apagado para mi.
Por estancias de pisos enlosado y arcos abiertos llegaron a una sala, donde toscas figuras de
estuco barroco sobresalían de las altas puertas, y a lo largo de las paredes corría un friso
pintado de oscuro, con delfines, corceles blancos y cupidos rojos sobre un mar poblado de
figuras mitológicas. Unas cuantas sillas y en el piso, las partes desmontadas del piano; nada
mas que en gran local; solo dos puertas seductoras que se abrían sobre los pequeños balcones
con vista a la radiante plazoleta de opera y a los dos balcones del palacete vecino, adornabas
también con pinturas: un obeso verdean escarlata nadando en el sol como un pez dorado.
Se quedaron. Desempaquetaron las provisiones; tendieron una mesa y corrió en exquisito
vino blanco del norte, que evocaba ejércitos de recuerdos e imágenes. El afinador se había
retirado, el piano desmontado callaba. Klingsor contemplo compasivo al armazón de las
cuerdas, luego cerro lentamente la tapa. Sus ojos Le dolían, pero en su corazón el estío
cantaba su canción, cantaba la madre sarracena, cantaba azul y cálido el sueño de Careno.
Comió y bebió, choco su copa contra las otras copas, charlando alegremente pero en su taller
interior todo estaba alerta, su mirada perseguía al clavel de las rocas, a la flor de fuego,
amoldándose como el agua en torno al pez. Un diligente cronista en su cerebro anotabas
formas, ritmos. y movimientos, como en cifras de bronce.
Voces y risas llenaban la sala vacía. Bondadosa e inteligente resonaba la risa del doctor;
profunda y gentil la de Ersilia, fuerte y baja la de Agosto, liviano como un trino la de la
pintora, el poeta hablaba de cosas serias; Klingsor bromeaba; la Reina Roja se movía entre
sus huéspedes, observándolos, un poco tímida, rodeada por delfines y corceles, ora en medio
de los amigos, ora al lado del piano, sentándose en un almohadón, cortando pan, o
escanciando vino con mano inexperta. Una ruidosa alegría remaba en la fresca sala; ojos
negros y azules brillaban felices y detrás de las altas puertas luminosos de los balcones
acechaba inmóvil la tórrida canícula.
En las copas siempre llenas brillaba el vino dorado, contrastando agradablemente con la
frugal comida fría. El fulgor rojizo del vestido de la Reina se reflejaba ora aquí, ora allí en la
amplia y alta sala; atentas y despiertas le seguían las miradas de los hombres. Des-apareció y
regreso con un pañuelo azul en la cabeza.
Después de comer se levantaron cansados satisfechos y se dirigieron alegremente al bosque
donde se tendieron entre el pasto y musgo. Sombrillas relucientes; rostro encendidos bajo
sombreros de paja; sol abrasador en el cielos ardiente. La Reina de las Sierras descansaba
toda roja en el pasto verde; su cuello blanco y delgado se destacaba sobre el vestido
llameante. Satisfecha y animada la botica se amoldaba a su pie esbelto. Klingsor cerca de
ella la miraba, la estudiaba, la absorbía, como cuando muchacho leía, absorto y olvidado, el
cuento de hadas de la reina de las Sierras. Descansando, dormitando, charlando y luchando
con hormigas pasaban las horas; alguien creyó escuchar el arrastrar de una serpiente;

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cáscaras espinosas de castañas se enredaban en los cabellos de las mujeres. Klingsor pensaba
en amigos ausentes que hubieran armonizado con la reunión. En realidad no eran muchos;
únicamente añoraba a Luis el Cruel, el pintor de circos y tiovivos; su espíritu fantástico
flotaba entre ellos.
La tarde transcurrió como un año en el paraíso. Al despedirse se rieron mucho y Klingsor se
lo llevo todo atesorado en su corazón: la Reina, el bosque, el palacete, la sala de los delfines,
los dos perros y el papagayo.
Al bajar con los amigos por la montaña, Le invadió poco a poco ese humor alegre y
desbordante que conocía solo en los raros días en que dejaba voluntariamente el trabajo.
Tomado de la mano con Ersilia, Hermann, y la pintora, se deslizaba bailoteando por la
soleada carretera, entonaba canciones, gozaba infinitamente con bromas y juegos de palabras,
reía con abandono. Corría adelante y se escondía entre arbustos para asustarlos.
Por más que caminaran ligero, el sol rodaba mas rápidamente y al llegar a Palzzetto ya se
hundía detrás de la montaña, sumiendo en la oscuridad el valle ahí abajo. Habían errado el
camino y bajando demasiado, estaban hambrientos y fatigados y tuvieron que renunciar a los
proyectos que tenían previstos para la noche: una caminata por los campos de grano hasta
Barengo y una cena con pescado frito en la posada del pueblito de pescadores.
-Queridos amigos -dijo Klingsor, sentándose en un muro al borde del camino-, nuestro plan
era muy lindo y sin duda yo haría hondo a una buena cena de los pescados en Monte d'oro.
Pero no podemos seguir así; yo por lo menos no puedo. Esto y cansado y ten-
go hambre. No daré un paso mas después del próximo "Grotto", que sin duda no estará lejos.
Allí habrá vino y pan. ¿Quien me acompaña? Todos lo aprobaron y pronto encontraron el
"Grotto': una estrecha terraza en la pendiente escarpada, mesas y bancos de piedra, a oscuras
entre los árboles. Desde la cantina, entre las piedra, a oscuras entre los árboles. Desde la
cantina, entre las rocas, el posadero trajo vino fresco y pan. Comieron en silencio, contentos
de hallarse por fin sentados. Detrás de los anchos troncos iba muriendo el día, el monte azul
se tornaba lentamente negro, v la blanca carretera rosada; se oyó el chirrido de un carruaje y
el ladrido de un perro en el camino invadido por las tinieblas; en el cielo se escondían poco a
poco las estrellas y en la tierra las luces, sin que pudieran distinguirse las unas de las otras.
Klingsor descansaba feliz, contemplando la noche, llenándose lentamente con pan negro y
vaciando en silencio los tazones azulados llenos de vino. ya satisfecho, comenzó de nuevo a
charlar y a canta, meciéndose al compás de la melodía, jugando con las mujeres y aspirando
el perfume de sus cabellos. El vino le gustaba. Como experto seductor acallo fácilmente las
preguntas de seguir de viaje, y continuo bebiendo y escanciando vino; brindo cariñosamente,
con todos y ordenó mas vino. Poco a poco, de los celestes tazones de arcilla, símbolo del
pasado, se elevaron hechizos fantásticos, que vagaban por el mundo, dando color a las
estrellas y a las luces.
Sentados en una hamaca suspendida sobre el abismo del mundo y de la noche, aquellos
pájaros sin patria y sin peso frente a las estrellas, cantaban y cantaban en su jaula dorada
canciones exóticas, y fantaseaban con los corazones embriagados por la noche, el bosque y
el cielo, en el universo inverosímil y fantástico. Les contestaban las estrellas y la luna, los
árboles y las montañas, evocando cálidos vapores de Egipto y férvidos perfumes de Grecia:
Goethe y Hafis vagaban entre ellos, Mozart sonreía y Hugo Wolf tocaba el piano en la
noche quimérica.
Un estruendo interrumpió el silencio, un resplandor crepitante atravesó el aire: debajo de
ellos, en el corazón de la tierra, paso corriendo, lanzándose hacia la montaña y la noche, un
tren con cientos de ventanas iluminadas, mientras arriba en el cielo resonaban las campanas
de una iglesia invisible. Acechando subió la luna en el firmamento, y al reflejarse en el vino
oscuro, ilumino la boca y los ojos de una mujer en las tinieblas, luego sonrío y subió mas,
para unirse al coro de estrellas. Solitario, acurrucado en un barco, estaba el espíritu de Luis el

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Cruel escribiendo cartas.


Klingsor, rey de la noche, el cráneo coronado, apoyado en el asiento de piedra, dirigía la
danza del mundo, llevaba el compás de la música, llamada a la luna, y mandaba desaparecer
el tren, que paso raudo como una estrellas fugaz que atraviesa la bóveda celeste.
¿Dónde estaba la Reina de las Sierras? ¿No resonaba un piano en el bosque, no rugía a lo
lejos el pequeño y desconfiado león? ¿No
había estado entre ellos la Reina escarlata con un pañuelo azul en la cabeza? ¡Salud, viejo
mundo, y cuidado con no hundirse! ¡Por aquí, bosques! ¡Por allí, negras montañas! ¡Que
todos obedezcan al ritmo! ¡Oh, estrellas azuladas y ardientes como en la canción popular:
"¡Tus ojos ardientes y tu boca azulada!"
Sí, pintar era hermoso. Era un hermoso y agradable juegos para niños. Pero distinto, mas
grande y mas importante era distinguir las estrellas, comunicar al mundo el ritmo de su
propia sangre y la gama de colores de sus ojos, soltar al viento de la noche los ensueños de la
propia alma. ¡Que desaparezca el monte negro! ¡Transformándose en nube, y vuela hasta
Persia y descarga tu lluvia sobre Uganda! Acércate espíritu de Shakespeare y cántanos tu
embriagada canción de la lluvia, de la lluvia de cada día.
Klingsor besó una pequeña mano femenina y se inclinó sobre el seno palpitante y pleno de
una mujer, un pie jugaba con el su yo debajo de la mesa. No sabía a quién pertenecía la mano
y el pie, se sentía rodeado de cariño; era el antiguo y siempre encanto que volvía al corazón
agradecido: todavía era joven, todavía estaba lejos del fin; aun brillaba y seducía, todavía le
amaban las buenas y medrosas mujercitas; todavía contaban con él.
Su entusiasmo fue aumentando. Con voz baja y silenciosa empezó a contar una
extraordinaria epopeya, la historia de un amor o mejor dicho de un viaje por los Mares del
Sur, donde junto con Gauguin y Robinson descubriera la isla de los papagayos, fundando la
libre federación de las islas felices. ¡Cómo refulgían en la luz de las estrellas los miles y
miles de papagayos! ¡Que fantásticos destellos producían sus largas colas azules, reflejaban
en las verdes aguas de la bahía! Como un trueno resonaron los gritos y el chillido de los cien-
tos monos cuando Klingsor proclamo la república. La cacatúa blanca fue encargada formar el
gabinete y Klingsor bebió, en compañía de los pájaros, vino de las palmeras en los pasados
cálices de coco. ¡Oh, luna de entonces, luna de las noches felices, una luna que brillaba sobre
las chozas lacustres en el carnaval! Kül Kalüa se llamaba la esquiva princesa morena,
paseaba su talle y sus miembros esbeltos y finos por entre los bananeros; su cutis era tostado,
reluciente como la miel bajo las jugosas y gigantescas hojas; ojos de corsa en el rostro suave,
agilidad felina en la espalda fuerte y flexible, en los tobillos elásticos y en las piernas
musculosas. ¡Kül Kalüa, niña de pasión primitiva e inocencia infantil de las sagradas islas
suborientales! ¡Mil noches pasaste en los brazos de Klingsor y cada noche fue nueva, cada
noche fue mas intima y mas dulce que todas las demás! ¡Oh, fiesta del espíritu de la tierra,
donde las vírgenes de la isla de los papagayos bailaban en honor del Dios blanco!
Sobre la isla, sobre Robinson y Klingsor, sobre el relato y los oyentes se extendía la
blanquecina bóveda estrellada; dulce y apacible como un vientre que respira suavemente;
pulsaba la montaña, bajo la húmeda luna perseguida por las estrellas en vertiginosa danza,
rodando veloz y febril por el semicírculo del firmamento. Cadenas de estrellas hallábanse
alineadas como la soga resplandeciente del funicular de paraíso. Selva virgen, oscura y
material, cieno prehistórico evocando muerte y creación, reptiles y cocodrilos arrastrándose
en el fango, la eterna corriente de las formas renovándose al infinito.
-Volveré a pintar -dijo Klingsor-, mañana mismo. Pero ya no pintaré casa, ni árboles. Pintaré
cocodrilos y estrellas de mar, drago-nes y serpientes purpurinas, pero los representaré en su
formación, pasado por la gran evolución, llenos de nostalgia por convertirse en nombres, por
transformarse en estrellas; una concepción llena de nacimiento y descomposición, llena de
Dios y de muerte.

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Entre sus palabras apagadas en medio de esa hora ebria e intranquila, resonó la voz de Ersilia
profunda y clara; canturreaba el "bel mazzo di fiori". Una dulce sensación de paz emanaba de
la sencilla canción; Klingsor la escuchaba como si llegaba desde una remota isla flotante por
mares de tiempo y soledad.
Dio vuelta su taza vacía; ya no iba a beber mas. Se quedo inmóvil escuchando: era el canto
de una mujer, una niña, una madre. y él, Klingsor, ¿era un individuo extraviado y perverso,
bañado en el fango del mundo, un vagabundo y un bribón o un pequeño niño estúpido?
-Sora Ersilia -dijo con respeto-, tu eres nuestra buena estrella.
Luego treparon cuesta arriba por el bosque tenebroso, aferrándose a ramas y a raíces,
buscando el camino de vuelta. Llegaron al limite del bosque y se introdujeron en los campos
cultivados, donde un pequeño sendero dormido entre el maíz prometía el regreso al hogar,
mientras la luna se reflejaba en las hojas y a lo largo de la hileras de viñas. Klingsor empezó
a cantar con su voz un tanto ronca, canto mucho con voz apagada, en alemán y en mala yo,
con palabras y sin palabras. y mientras cantaba emanaba una concentrada plenitud, como
cuando un muro oscuro difunde en la noche la luz absorbida durante el día.
De uno a uno por vez se despedían los amigos, desapareciendo por estrechos senderos a la
sombra de las parras. Toaos se iban, todos vivían para si, alejaban camino del hogar, solos
bajo el inmenso cielo. Una mujer le beso; su boca le mordió la su ya, ávidamente. Todos se
fueron, todos se perdieron en la oscuridad. Cuando Klingsor subió solo los peldaños de su
casa todavía iba cantando. Cantaba y alababa a Dios y a si mismo, ensalzaba a Li Tai Pe y
buen vino de Pampambio. Descansaba como un oído en mares de paz y seguridad.
-Por dentro -decía-, soy como una esfera de pro como la cúpula de una catedral; allí se reza
arrodillado, el oro brilla en las paredes y en antiguos cuadros sangra el Salvador, y sangra el
corazón de María. Nosotros, los extraviados, también sangramos, nosotros, as-tros y cometas,
siete espadas atraviesan nuestro pecho dichoso. Te amo, rubia muchacha, y a ti, mujer
morena, amo a todos, también a los pedantes; son pobres diablos como yo, pobres niños y
semidioses frustrados como el borracho Klingsor. ¡Salud, vida querida! ¡Salud, muerte
querida!

KLINGSOR A EDITH

¡Amada estrella celeste!


¡Que bondadoso y autentico todo lo que me escribiste, como me llama dolorosamente tu
amor cual infinito sufrimientos e infinito reproche! ¡Pero estas en el buen camino si me
confiesas a mi, y te revelas a ti misma todos los sentimientos de tu corazón! ¡No tildes de
pequeña e indigna a ninguna emoción! Toda emoción es buena, muy buena; también el odio
y la envidia, los celos y la crueldad. Únicamente vivimos de nuestros pobres, hermosos y
divinos sentimientos. y siempre que somos injustos con uno de ellos es como si apagáramos
un astro en el firmamento.
No sé si amo a Gina. Lo dudo. No podría hace ningún sacrificio por ella. No se siquiera si
soy capaz de amar. Puedo experimentar deseos y buscarme a mi mismo en otros seres,
sorprender ecos afines, ansiar un espejo que refleje mi imagen, necesitar placer y goce, y
todo esto puede parecer amor.
Tú y yo vagamos perdidos en el mismo jardín, el jardín de nuestros sentimientos
insatisfechos en este bajo mundo, y cada uno de nosotros se venga a su manera de este
mundo maligno. Pero ambos queremos dejar vivir las ilusiones del otro, porque cuan dulce y
fuerte es el vino de los ensueños. La comprensión cabal de sus sentimientos y del "alcance" y
consecuencias de sus acciones solo lo logran los seres buenos y firmes, aquellos que tiene fe
en la vida y que nunca dan un paso que no aprobarían también en lo futuro. yo no tengo la
suerte de pertenecer a ellos, yo siento y obro como un ser que no cree en el mañana y

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considera cada día como el ultimo día.


Querida y hermosa mujer, esto y tratando sin éxito de expresar mis pensamientos. ¡Las
palabras matan las ideas! ¡Dejémoslas vivir! Siento con profundo agradecimiento como me
comprendes, como ha y algo en ti que nos une. Sin embargo no se habría que clasificar en el
litro de la vida nuestros sentimientos, si como amor, voluptuosidad, agradecimiento o
compasión; ignoro si son maternales o infantiles. A veces miro cualquier mujer como un
viejo experto libertino y otras veces como un pequeño muchacho. A menudo me trae la mujer
mas pura y otras veces las mas sensual. Todo lo que yo pueda amar es hermoso, sagrado e
infinitamente bueno. Pero no es posible comprender por que amo, por cuanto tiempo y con
que intensidad.
ya sabes que no te amo únicamente a ti, y que tampoco amo solamente a Gina; mañana o
mas tarde amaré otros cuadros, pintaré otros cuadros. Pero no lamentaré ningún amor que
sintiera Jamás, ni acción sabia o necia que ha ya cometido por él. A ti quizá te ame porque te
pareces a mi y otras las amo porque son distintas de mi.
Está alta la noche y la luna asoma ya sobre el Monte Salute. ¡Cómo ríe la vida, como ríe la
muerte!
Echa al fuego esta insulsa carta y échalo al fuego a tu Klingsor.

LA MÚSICA DEL OCASO

Había llegado el último día de julio, el mes preferido de Klingsor. La gran fiesta de Li Tai Pe
había pasado y no volvería jamás. En los jardines, los girasoles dorados se elevaban hacia el
cielo azul. En compañía del fiel Thu Fu, Klingsor emprendió aquel día una jira por una
región que amaba mucho: suburbios abrasados por el sol, carreteras polvorientas entre altas
alamedas, chozas rojas y anaranjadas en la costa arenosa, carruajes y desembarcaderos,
largos muros violáceos, pobre gente de color. Al atardecer se hallaba en la periferia de un
suburbio, acurrucado en el polvo, al borde del camino, en la dehesa desnuda y hundida,
pintando los toldos multicolores de un tiovivo, las carretas de los gitanos, fascinado y
embebido por los vivaces colores del pintoresco conjunto. Se empeñó en el lila intenso de un
ribete del toldo, en el alegre verde y rojo de un coche-vivienda, en los barrotes blancos y
azules del armazón. Pintaba con ímpetu, casi con encono, aquí el cadmio y allí el fresco y
dulce cobalto, y líneas de rojo granza trazadas en el cielo verde y amarillo. Dentro de una
hora o quizá menos tendría que terminar, vendría la noche y mañana empezaría agosto, el
mes de fiebre abrasadora, cu yo ardiente cáliz le producía miedo y angustia mortal. La
guadaña esperaba afilada, los días se hacían más cortos, la muerte reía oculta en el follaje
rojizo. ¡Pero tú, cadmio, brillarás aún más alegre y vivaz! ¡ y tú, rojo granza, ostenta tu
exuberante plenitud! ¡Cómo ríes clarísimo y espléndido amarillo limón! ¡Acércate, oh
montaña lejana y azulada! ¡ y ustedes,
verdes árboles cubiertos de polvo! ¡Cómo cuelgan cansadas vuestras piadosas y devotas
ramas! ¡ yo aspiro y absorbo esos fenómenos fugaces! y prometo duración e inmortalidad,
yo que soy el más perecedero, el más incrédulo y el más triste de todos, que padezco más
que ustedes el miedo a la muerte. Julio ha terminado de arder, raudo pasará el mes de agosto,
y de pronto, en las frescas madrugadas aparecerá el Gran Fantasma entre el follaje amarillo
cubierto de rocío. Noviembre arreas en el bosque. ya ríe el Gran Fantasma, ya penetra el
frío en nuestro corazón, ya caen de los huesos nuestras queridas carnes rosadas; en el desierto
gime el chacal, y el cuervo canta su maldita canción. y un maldito periódico de gran ciudad
reproduce mi retrato con estas palabras: "Excelente pintor expresionista, gran colorista,
murió el 16 de este mes".
Lleno de odio trazó un surco de azul parisiense debajo de la verde carreta de los gitanos.
Lleno de amargura arrojó amarillo de cromo sobre los recodos del camino. Con profunda

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desesperación llenó de bermellón una mancha, y se lanzó exterminador sobre el blanco


provocativo. Luchaba sangrando por subsistir, imprecaba con verde chillón y amarillo de
Nápoles contra el Dios inexorable. Gimiendo arrojó más azul en el insulso verde polvoriento;
suplicando encendió luces más cálidas en el cielo nocturno. Su pequeña paleta llena de
colores puros de extraordinaria fuerza luminosa, era su consuelo, su fortaleza, su arsenal, su
libro de oraciones, su cañón con que tiraba contra la muerte maligna. El púrpura era la
negación de la muerte, el cinabrio era su burla a la descomposición. Su arsenal era bueno, su
valiente, pequeña tropa se sostenía dignamente, sus cañonazos resonaban y resplandecían en
el cielo. Pero de nada servía; era inútil disparar y sin embargo hacía bien, era una felicidad y
un consuelo, eso significaba todavía vivir y triunfar.
Thu Fu había ido a visitar a un amigo que vivía en su castillo mágico entre la fábrica y el
embarcadero. Ahora volvía en compañía del astrólogo armenio.
Klingsor, que había terminado el cuadro, respiró aliviado al ver a su lado esos dos rostros
amables: el suave cabello rubio de Thu Fu, y la barba negra del mago con su boca risueña
sembrada de blancos dientes. y con ellos llegó también la Sombra, la Sombra larga y negra
y con los ojos hundidos en las profundas órbitas. ¡Bienvenida también tú, Sombra querida!
-¿Sabes qué día es hoy? -preguntó Klingsor a su amigo.
-El último de julio.
-Hoy saqué un horóscopo -dijo el armenio-, y vi que esta noche me vas a traer algo. Saturno
esta extraordinario. Marte neutral, Júpiter domina. Li Tai Pe, ¿acaso usted no es un niño
nacido en julio?
-Sí, nací el dos de julio.
Ya me lo imaginaba. Su horóscopo es muy confuso, amigo, solamente usted podría
interpretarlo. Su fecundidad lo rodea como una nube próxima a estallar. Muy singulares son
sus astros, Klingsor, usted mismo debería sentirlo.
Li guardó sus útiles. Apagado estaba el mundo que acababa de pintar, apagado el cielo verde
y amarillo, lejos la clara banderita azul, aniquilado y marchito el vivaz amarillo. Tenía
hambre y sed y la garganta reseca de polvo.
-Amigos -dijo afectuosamente-, no nos separaremos en toda la noche. Jamás volveremos a
estar juntos los cuatro; no lo veo en los astros, lo siento en mi corazón. Mi luna de julio ha
pasado, oscuras arden sus últimas horas; la gran madre llama desde las profundidades. Jamás
fue tan hermoso el mundo; jamás un cuadro mío fue tan bello, los relámpagos atraviesan el
aire; toca la música del ocaso. Vamos a entonar nosotros también la dulce y angustiosa
música, juntos vamos a beber vino y a comer pan.
Al lado del tiovivo cu yo toldo precisamente iban sacando para prepararlo par la noche, había
una pequeña posada y en la sombra algunas mesas debajo de los árboles, entre las que se
movía una sirvienta coja. Se sentaron allí frente a una mesa de tablas, sirvieron el pan y
escanciaron el vino en los tazones de arcilla; se encendieron luces bajo los árboles, el órgano
del tiovivo comenzó a tocar arrojando en la noche los compases ruidosos y chillones de su
música entrecortada.
-Trescientas copas quiero vaciar -exclamó Li Tai Pe, brindando con la Sombra-. ¡Salud, oh,
Sombra, imperturbable soldado de plomo! ¡Salud, amigos! ¡Salud, luces eléctricas, arcos
voltaicos y refulgentes lentejuelas del tiovivo! ¡Oh, si estuviera aquí Luis, el pájaro
migradorl Acaso ya nos precedió en el cielo. Quizás regrese mañana y no nos encuentre
mas; reirá el viejo chacal y pondrá arcos voltaicos y mástiles de banderas sobre nuestras
tumbas.
El mago se levantó en silencio y trajo más vino; alegres sonreían sus blancos dientes en su
boca roja.
-La melancolía -dijo echando una mirada de soslayo a Klingsor-, es una cosa que no habría
de llevar consigo. ¡Es tan fácil vencerla! Una hora, una breve e intensa hora con los dientes

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apretados... y la melancolía está aniquilada para siempre.


Klingsor miraba atentamente su boca, esos dientes blancos y relucientes que en una ardiente
hora habían estrangulado y mordido mortalmente a la melancolía. ¿Acaso él también podría
lograr lo que había podido el astrólogo? ¡Oh, furtivo vistazo a un jardín lejano, donde ha y
una vida sin miedo, sin melancolía! Pero sabía que estos jardines eran inaccesibles para él.
Sabía que su sino era distinto, que su relación con Saturno era otra; otras canciones quería to-
car a Dios sobre sus cuerdas.
-Cada uno tiene sus astros -dijo Klingsor quedamente-, cada uno tiene su fe. yo creo en una
cosa: en el ocaso. Viajamos en una carreta por encima del abismo y los caballos se han
desbocado. Todos nosotros estamos en pleno ocaso, tenemos que morir, tenemos que volver
a nacer, ha llegado para nosotros la gran transformación. Por doquiera advertimos lo mismo:
la gran guerra, el gran cambio en el arte, el desmoronamiento de los estados de occidente.
Aquí en vuestra vieja Europa ha muerto todo lo que era bueno y característico; nuestra
hermosa razón se ha transformado en demencia, nuestro dinero en papel, nuestras máquinas
sólo saben disparar y producir explosiones, nuestro arte es un suicidio. Nos hundimos,
amigos, en nuestro destino; está entonada la música de Tsin Tse.
-Como quieras -replicó el armenio escanciando vino-. Se puede decir sí y se puede decir no:
todo no es más que un juego de niños. El ocaso no puede existir. Para que ha ya un ocaso y
una aurora debiera existir un arriba y un abajo. Pero el arriba y el abajo no existen, son
cosas que viven en el cerebro de los hombres, en la patria de las ilusiones. Todas las antítesis
son ilusiones; ilusión es el blanco y el negro, e ilusión es la vida y la muerte, lo malo y lo
bueno. Una hora, una ardiente hora con los dientes cerrados... y se habrá superado el reino de
las ilusiones.
Klingsor escuchaba su bondadosa voz.
- yo hablo de nosotros -contestó-, hablo de la Europa, de nuestra vieja Europa, que durante
dos mil años creyó ser el cerebro del mundo. Esta Europa se hunde. ¿Crees que no te
conozco, mago? Eres un mensajero de Oriente, no traes un mensaje también a mí; acaso eres
un espía o un general disfrazado. Estás aquí porque aquí empieza la decadencia, porque
presientes el ocaso. Pero nosotros nos hundimos gustosos, morimos con placer, no nos
resistimos.
-También podrías decir: nacemos con placer -observó riendo el habitante de Asia-. A tí te
parece el fin, a mí el nacimiento. y ambos son una ilusión. El hombre cree que la tierra es un
disco fijo bajo el cielo, ve y cree en el ocaso y en la aurora, ¡ y casi todos los hombres creen
en este disco fijo! Pero los astros ignoran el arriba y el abajo.
-¿Acaso no ha y astros que se han extinguido? -exclamó Thu Fu.
-Para nosotros, para nuestros ojos.
De nuevo llenó los tazones; siempre era él quien servía, solícito y sonriente. Se alejó con la
jarra vacía, para traer más vino. La música del tiovivo retumbaba estridente.
-Vamos allí, aquello es confortable -suplicó Thu Fu. Fueron y se quedaron en la barrera
pintada, mirando el tiovivo que giraba vertiginosamente en el resplandor cegante de las
estrellitas y espejuelos, mientras cien niños contemplaban con ávidos ojos aquella maravilla.
Por un momento Klingsor sintió con profunda alegría lo primitivo y salvaje de aquella
máquina, de aquella música mecánica, de aquellos cuadros y colores chillones y toscos, de
aquellos espejos y absurdas columnas de adorno; el conjunto evocaba curanderos y
charlatanes, antiquísimas artes de encantamiento y hechizo; todo ese alboroto bárbaro y
brillante en el fondo no era más que el trémulo reflejo de la pieza de plomo que el pez
confunde con otro pececillo y con la cual se le pesca.
Todos los niños debían dar una vuelta en el tiovivo. A todos los niños regaló monedas Thu
Fu, a todos los niños invitó la Sombra. Se agolpaban, colgándose de los vestidos, suplicando,
agradeciendo. A una hermosa muchachita rubia de doce años, le pagaron . todos vueltas de

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tiovivo. En el relumbre de las luces, su corta falda ondeaba dulcemente sobre sus hermosas
piernas de varoncito. Un muchacho lloró. Unos muchachos riñeron. Tintineando golpeaban
los timbales al compás del órgano, vertían fuego en el ritmo, opio en el vino. Un buen rato
permanecieron los cuatro en el alegre bullicio.
Luego se sentaron de nuevo bajo el árbol; el armenio escanció vino en los tazones, mientras
hablaba del ocaso con luminosa sonrisa.
-Trescientas copas apuraremos hoy -cantaba Klingsor. Su cráneo tostado brillaba amarillento,
su risa oprimía como un gigante el corazón tembloroso. Brindaba, ensalzaba el ocaso, el
ansia de morir, la tonalidad de Tsin Tse. Fragorosa rugía la música del tiovivo. Pero dentro
en el corazón, anidaba el miedo; el corazón no quería morir, el corazón odiaba la muerte.
De pronto resonó en la noche otra música salvaje, aguda, impetuosa, procedente de la casa.
En la planta baja, al lado de la chimenea cu ya cornisa estaba llena de botellas de vino
alineadas graciosamente, tableteó un piano mecánico, como una ametralladora, violento,
estruendoso, precipitado. Las notas desafinadas chillaban dolorosamente, el ritmo allanaba
como una aplanadora los gemidos de las disonancias. Gente, luces, barullo, jóvenes y chicas
que bailaban; también la sirvienta coja y también Thu Fu. Bailaba con la muchachita rubia;
su corto vestidito de verano ondeaba liviano sobre sus delgadas y hermosas piernas; Thu Fu
sonreía afable, el rostro lleno de amor. Los otros dos se sentaron en el rincón de la chimenea,
junto a la música, en medio del alboroto. Klingsor veía tonos, escuchaba colores. El astrólogo
sacaba botellas de la chimenea, las abría, escanciaba. La sonrisa iluminaba su inteligente cara
morena. La música retumbaba furiosa en la sala de techo bajo. Lentamente el armenio abría
una brecha en la hilera de las viejas botellas sobre la chimenea, como un sacrílego que roba
uno tras otro los cálices de un altar.
-Eres un gran artista -susurró el astrólogo a Klingsor, mientras le llenaba de nuevo la taza-.
Eres uno de los más grandes artistas de nuestra época. Tienes el derecho de llamarte Li Tai
Pe. y sin embargo, Li Tai, no eres más que un pobre hombre perseguido, atormentado y
lleno de miedo. Entonabas la música del ocaso y ahora están cantando en medio de tu casa
que arde y no te sientes feliz, Li Tai Pe, aún cuando apures todos los días trescientas copas,
brindándole a la luna. No te sientes a gusto; al contrario eres muy infeliz. ¿No quieres
detenerte, cantor del ocaso? ¿No quieres subsistir?
Klingsor bebió y contestó también susurrando con su voz un tanto ronca:
-¿Acaso podemos cambiar el destino? ¿Existe el libre albedrío? ¿Acaso tú, que eres
astrólogo, puedes modificar mi horóscopo.
- yo no puedo modificar a los astros, sólo puedo interpretarlos. Pero tú puedes dirigirte a ti
mismo. Existe el libre albedrío: se llama magia.
-¿Para qué tengo que practicar la magia, si puedo practicar el arte? ¿Acaso el arte vale
menos?
-Todo es bueno y nada es bueno. Pero la magia nos libra de las ilusiones. La magia destruye
la peor de las ilusiones, la que llamamos "tiempo".
-¿No hace el arte lo mismo?
-Lo intenta. ¿Pero acaso te basta el Julio que pintaste en tus cartones? ¿Eliminaste al tiempo?
¿Te has librado del miedo al otoño y al invierno?
Klingsor suspiró, sin contestar; en silencio apuró su taza, y en silencio el astrólogo volvió a
llenarla. El piano automático rugía desenfrenado; entre los bailarines se destacaba angelical
el rostro de Thu Fu. El mes de julio había llegado a su fin.
Klingsor jugaba con las botellas vacías, ordenándolas en círculo sobre la mesa.
-Estos son nuestros cañones -gritó-. Con estos cañones aniquilamos al tiempo, a la muerte y
a la miseria. También con los colores disparé sobre la muerte, con el verde vivo, el cinabrio
encendido y el dulce rosa geranio. A menudo la alcancé en la cabeza, arrojándole el blanco
y el azul en los ojos. Cuántas veces la obligué a huir. ¡ y cuántas veces todavía daré en el

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blanco, la dominaré, la engañaré! Miren al armenio; está destapando otra botella vieja y el
sol concentrado de veranos pasados calentará nuestra sangre. También el armenio nos ayuda
a disparar contra la muerte, y él tampoco conoce otra arma contra ella.
El astrólogo cortó pan y comió.
-No necesito armas contra la muerte, porque la muerte no existe. Lo único que existe es el
miedo a la muerte. y éste se puede curar, contra él sí que tenemos un arma. Es cosa de una
hora superar el miedo. Pero Li Tai Pe no quiere. Li ama la muerte, ama su miedo a la muerte,
su melancolía, su miseria; sólo el miedo le ha enseñado lo que sabe y aquello por lo cual lo
queremos.
Brindó sonriendo irónicamente; sus dientes resplandecían; su rostro aparecía siempre más
alegre, como si ignorara el dolor. Klingsor tiraba con cañones de vino ante las puertas
abiertas de la sala congestionada de gente, de vino y de música. Gigantesca, esperaba afuera
la muerte, sacudiendo lentamente los negros árboles de acacia, acechando tenebrosa en el
jardín. Por doquiera vagaba la muerte; sólo adentro, en la sala bulliciosa, se luchaba todavía,
se luchaba maravillosamente y con valentía contra el negro enemigo sitiador que gemía en
las ventanas.
Ironía y sonrisa se dibujaban en el semblante del astrólogo;
sonriendo sarcásticamente llenaba las tazas vacías. Klingsor rompía tazas, el armenio traía
otras. También él había bebido mucho pero se mantenía tan erguido como el mismo
Klingsor.
-Bebamos, Li -dijo con voz baja y burlona-. Tú amas la muerte, quieres hundirte de buena
gana, quieres morir sin rebelarte. ¿Acaso' no era esto lo que dijiste hace un rato?... ¿o me
engañé, o quizás al fin y al cabo me engañaste a mí y te engañaste a ti mismo? ¡A beber,
Klingsor, a hundirse!
Klingsor montó en cólera. Se irguió derecho y alto, el viejo gavilán de agudo perfil, escupió
en el vino y estrelló en el suelo su tazón lleno. El vino rojo salpicó la sala, los amigos
palidecieron, la gente desconocida rió con fuerza.
Pero el astrólogo trajo mudo y sonriente otra taza, la llenó sonriendo y la ofreció sonriendo a
U Tai Pe. Entonces Li sonrió, entonces él también sonrió. Como la luz de la luna, la sonrisa
iluminó su semblante contraído.
-¡Hijos míos -exclamó-, dejen hablar al forastero! El viejo zorro sabe mucho; viene de una
cueva muy profunda y escondida. Es muy sabio, pero no nos comprende. Es demasiado viejo
para comprender a los niños. Es demasiado prudente para entender a los locos. Nosotros, los
moribundos, conocemos a la muerte mejor que él . Nosotros somos seres humanos, no somos
astros. Miren esta mano mía que sostiene una pequeña taza azul llena de vino. Muchas cosas
sabe hacer esta mano; es muy capaz esta mano morena. Ha pintado con muchos pinceles,
arrancando a las tinieblas trozos de mundo, para revelarlos, a los ojos de los hombres. Esta
mano atezada acarició muchos rostros de mujeres y sedujo a muchas jovencitas, recibió
muchos besos, lágrimas cayeron sobre ella y Thu Fu le dedicó una poesía. Esta querida
mano, amigos, estará pronto cubierta de tierra y de gusanos; ninguno de ustedes se atrevería
a tocarla. Sin embargo, precisamente por eso la amo. Amo a mi mano, amo mis ojos y amo
mi vientre blanco y delicado, los amo con pesar, con desprecio y ternura, porque pronto
tendrán que marchitarse y pudrirse. ¡Oh, Sombra! ¡Tenebroso amigo, viejo soldadito de
plomo sobre la tumba de Andersen! A tí también te sucede lo mismo, querido muchacho.
¡Brinda conmigo, por que vivan nuestros amados miembros y entrañas!
Brindaron y la Muerte sonrió sombría desde sus profundas órbitas... De pronto una ráfaga
atravesó la sala como el hálito de un espíritu. La música calló de repente, los bailarines
desaparecieron como tragados por las tinieblas y la mitad de las luces se apagó. Klingsor
miró hacia los negros huecos de las puertas. Afuera acechaba la muerte. La veía, la oía. La
muerte olía a gotas de lluvia en el polvo de las carreteras.

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Entonces Li apartó las tazas, se levantó con ímpetu de la silla y salió despacio de la sala,
desapareciendo en el jardín oscuro y en las tinieblas, solo en la noche cruzada de
relámpagos. Su corazón le pesaba en el pecho como una piedra sobre una tumba.

ATARDECER DE AGOSTO

Al anochecer, Klingsor, después de haber pintado toda la tarde expuesto al sol y al viento en
Manuzzo y Veglia, llegó muy cansado a través del bosque de Veglia a un pequeño caserío
dormido. Despertó a la vieja tabernera que le trajo un tazón de arcilla colmado de vino; él se
sentó en un cepo de avellano frente a la puerta, abrió su mochila, halló todavía un pedazo de
queso y algunas ciruelas y se dispuso a comer su cena. La mujer desdentada y encanecida,
con sus viejos ojos silenciosos y apagados, se sentó junto a él, encorvada y acurrucada,
hablándole -mientras su cuello surcado de arrugas se movía incesantemente-, de su pueblo y
de su familia, de la guerra y del estado de los campos, del vino y de la leche y de lo que
costaban, de nietos fallecidos y de hijos emigrados; todos los períodos y constelaciones de
esa sencilla vida de labriegos se extendían luminosos y apacibles, toscos en su pobre belleza,
Henos de alegrías y preocupaciones, llenos de miedo y ansias de vivir. Klingsor bebía y
comía, des-cansando y escuchando; preguntó por los hijos y el ganado, por el cura y el
obispo, alabó afablemente el mísero vinillo, le ofreció la última ciruela y después de darle la
mano y augurarle las buenas noches, subió lentamente apoyándose en el bastón y cargado
con la mochila, cuesta arriba por el bosque ralo, hacia su refugio nocturno.
Era la tardía hora dorada; todavía brillaba por doquier la luz del día, mientras ya se elevaba
en el firmamento la luna y los primeros murciélagos revoloteaban en la verde y trémula
atmósfera. El linde del bosque se extendía suave bajo los últimos rayos del sol; los troncos
claros de los castaños se destacaban entres las sombras negras; una choza amarilla reflejaba
apaciblemente la luz absorbida durante el día, como un fúlgido topacio amarillo, pequeños
senderos rosados y violáceos surcarían prados, viñedos y matorrales; de vez en cuando unas
ramas de acacia ya amarillenta; en el occidente el cielo se elevaba áureo y verdoso sobre
azules montañas aterciopeladas.
¡Oh, poder trabajar todavía en el último fantástico cuarto de hora del maduro día estival, que
no volvería jamás! ¡Todo era tan infinitamente hermoso, tan tranquilo, tan bondadoso y
pródigo, tan lleno de Dios.
Klingsor se sentó en la fresca hierba y tomó mecánica mente el lápiz, pero en seguida bajó la
mano sonriendo. Estaba rendido de cansancio. Sus dedos palpaban las hierbas resecas, el
terruño árido y blanco. ¿Por cuánto tiempo aún duraría el excitante y encantador juego de la
vida? ¡Un poco más y pronto tendría las manos, la boca y los ojos llenos de tierra! Recordó
una poesía que le enviara Thu Fu en aquellos días y la recitó despacio:
"Del árbol de la vida cae
hoja tras hoja.
¡Mundo fantasmagórico!
¡Oh, cómo sacias!
¡Cómo sacias y cansas!
¡Cómo embriagas!
Lo que hoy todavía brilla
Pronto perecerá.
Pronto silbará el viento
sobre mi tumba negra.
Sobre el pequeño niño,
se inclina la madre sonriendo.
Sus ojos quiero ver de nuevo,

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su mirada es mi estrella;
todo ¡o demás puede hundirse y marchitarse,
todo muere, todo muere con placer;
sólo sobrevive la eterna madre,
la madre de quien venimos.
Su dedo escribe jugando
nuestros nombres en el aire fugaz".

Sí, todo estaba bien. ¿Cuántas vidas le quedaban a Klingsor de las diez que poseyera? ¿Tres?
¿Dos? De todos modos siempre era más que una sola, siempre era más que una honesta y
corriente vida burguesa. y cuántas cosa había hecho y visto; cuánto papel y lienzo había
cubierto con colores, en cuántos corazones había encendido amor y odio; cuánto escándalo
había causado en el arte y en la vida; cuántos frescos viento despertado en el mundo.
Muchas mujeres le habían amado; muchas tradiciones y santuarios había destruido; muchas
cosas nuevas había osado, muchas copas llenas había apura-do, y vivido muchos días y
noches estrelladas, tostándose bajo el sol de varios cielos y nadando en muchas aguas. Ahora
descansaba allí, mientras la brisa veraniega soplaba caprichosamente en el castañar, y el
mundo se le antojaba bueno y perfecto. Era indiferente que pintara aún cien cuadros o diez,
que viviera otros veinte veranos o uno solo. Se sentía cansado, muy cansado. 'Todo muere,
todo muere con placer". ¡Muy bien, Thu Fu!
Era ya hora de regresar a casa. Entraría tambaleando en su cuarto, recibido por el viento que
penetraba por el balcón abierto. Encendería la luz y miraría sus esbozos. El interior del
bosque con su exuberante amarillo cromo y su azul de china, quizás resultara un excelente
cuadro. Vamos, en marcha; era tarde ya.
Pero se quedó sentado, los cabellos al viento, con su chaqueta de lino manchada ondeando el
aire; sonrisa y melancolía en el corazón cansado. Soplaba una brisa suave y lánguida; suaves
y silenciosos revoloteaban los murciélagos en el cielo vespertino. "Todo muere, todo muere
con placer. Sólo sobrevive la eterna madre".
Podría dormir allí, por lo menos una hora; no hacía frío. Apoyó la cabeza en la mochila, con
los ojos vueltos hacia el cielo. ¡Qué hermoso es el mundo, cómo nos colma hasta la plenitud
y el cansancio!
Oyó un ruido de suecos de madera, pasos enérgicos y fuertes que bajaban por la montaña.
Entre los helechos y retamas apareció la figura de una mujer; ya no podía distinguirse el
color de sus vestidos. Se acercó caminando con pasos elásticos y regulares. Klingsor se
levantó de un salto y dijo con fuerza un "buenas noches". Ella se asustó un poco y se detuvo
por un instante. Al verla, Klingsor advirtió que ya la había conocido ante, pero no recordaba
dónde. Era linda y morena, sus dientes hermosos y fuertes relucían blanquecinos en la
oscuridad.
-¡Hola! -exclamó él, dándole la mano. Sentía que había algo en común entre él y esa mujer,
algún pequeño recuerdo.
-¿ ya no me conoces más?
-¡Madonna! ¡Es el pintor de Castagnetta! ¿Me ha reconocido usted?
Ahora recordó. Era una campesina del valle Taverne; una vez en un lejano día perdido en el
pasado ya remoto y confuso de aquel verano, pintó algunas horas cerca de su casa, bebió
agua de su pozo y durmió una hora a la sombra de una higuera y antes de irse recibió de ella
una taza de vino y un beso.
-Nunca regresó usted, -se quejó ella-. y sin embargo me lo había prometido.
Había una nota de provocación y desafío en el timbre de su voz profunda. Klingsor se
reanimó.
-"Ecco", mejor que hayas venido tú. ¡Qué suerte tengo, precisamente ahora que me sentía

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solo y triste!
-¿Triste? No me venga con cuentos, señor. Usted bromea, ni una palabra se le puede creer.
Adiós, tengo que seguir adelante.
-Entonces te acompañaré.
-Ese no se su camino y además no hace falta. ¿Qué puede sucederme?
-A tí nada, pero a mí. Podría llegar otro, gustarte e ir contigo; otro besaría tu querida boca, tu
cuello y tu hermoso seno. No, eso no puede ser.
Le puso la mano en la nuca y ya no la soltó.
-¡Mi pequeña estrella! ¡Tesoro! ¡Mi pequeña dulce ciruela! ¡Muérdeme y te voy a comer!
La besó en la boca abierta y llena, mientras ella se doblaba hacia atrás; entre resistencias y
protestas, cedió al fin, le besó también, sacudió la cabeza, rió y trató de librarse.
El la tenía abrazada, la mano sobre su pecho, sus labios buscando los de ella y aspirando el
perfume de sus cabellos que olían a verano, heno, retamas, helechos y zarzamora. Por un
instante reclinó la cabeza hacia atrás para tomar aliento y vio en el cielo apagado' la primera
estrella pequeña y blanquecina. La mujer callaba, el rostro serio; suspiró, apoyó su mano en
la su ya y la oprimió más sobre su pecho. El se agachó un poco, pasó suavemente el brazo
debajo de sus rodillas, que no resistieron, y la acomodó sobre la hierba.
¿Me quieres? -preguntó como una niña-. "Povera me".
Apuraron el cáliz; el viento soplaba en sus cabellos, llevándose sus suspiros.
Antes de despedirse buscó en la mochila y en los bolsillos de su saco algo que pudiera
regalar; encontró una pequeña pitillera de plata, vació el tabaco y se la dio.
-No, no es un regalo -le aseguró él-. Sólo un recuerdo para
que no me olvides.
-No te olvidaré -dijo ella-. ¿Regresarás? -agregó.
El se puso triste y la besó despacio en los ojos.
-Volveré -murmuró.
Durante un rato escuchó todavía inmóvil el ruido de los suecos bajando por el monte, por el
prado, por el bosque, sobre la tierra, sobre las rocas, sobre las hojas y las raíces. Luego el
silencio. El bosque se extendía negro en la noche; el viento tibio pasaba como una caricia
sobre la tierra dormida. Algo en la oscuridad, un hongo o un helecho marchito, exhalaba un
agudo y amargo perfume otoñal.
Klingsor no podía decidirse a regresar. ¿Para qué subir ahora el monte, para qué volver a su
habitación llena de cuadros? Se tendió en la hierba descansando y contemplando las
estrellas; por fin concilio el sueño y durmió hasta muy entrada la noche, cuando el grito de un
animal o una ráfaga de viento o la humedad del rocío le despertó. Entonces trepó hasta
Castagnetta, halló su casa, su puerta y entró en su habitación. Encontró cartas y flores de
amigos que le habían visitado.
A pesar de que se hallaba cansado, desempaquetó en plena noche, según su antigua
costumbre, sus carpetas y observó a la luz de la lámpara los esbozos hechos durante el día. El
interior del bosque era hermoso, los hierbajos y rocallas se destacaban en los juegos de luz y
sombra, frescos y preciosos como un tesoro. Había hecho bien en usar sólo amarillo de
cromo, anaranjado y azul, renunciando al verde de cinabrio. Contempló un buen rato el
esbozo.
¿Para qué? ¿De qué servían todas esas hojas llenas de color? ¿Para qué todos los esfuerzos, el
sudor, la corta embriaguez del momento creador? ¿Existía la liberación? ¿Existía la
tranquilidad? ¿Existía la paz?
Apenas desvestido, se dejó caer agotado en la cama, apagó la luz y trató de dormirse
murmurando los versos de Thu Fu:
"Pronto silbará el viento sobre mi tumba negra".

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KLINGSOR ESCRIBE A LUIS EL CRUEL

¡Caro Luigi!
Hace mucho que no se o ye tu voz. ¿Vives todavía bajo la luz del sol? ¿O acaso un buitre roe
ya tu esqueleto?
¿Nunca hurgaste con tu aguja de tejer en un reloj de pared? yo lo hice, y ocurrió que el
diablo se apoderó del mecanismo y la cuerda se descargó ruidosamente; las manecillas se
perseguían en veloz carrera en torno a la esfera, girando vertiginosamente con un ruido
inquietante, un verdadero "prestissimo", hasta que todo acabó bruscamente y el reloj dejó de
vivir. Lo mismo sucede aquí en Castagnetta: el sol y la luna corren afanosos por el cielo
como corredores de Amok; los días se persiguen, el tiempo se escurre como la arena de una
bolsa rota. Ojalá también el fin sea violento y este mundo ebrio se hunda del todo, en lugar
de volver a su ritmo burgués.
Durante el día esto y demasiado ocupado, como para poder pensar en algo. ¡Qué ridículo y
artificial resulta una frase como ésta cuando se la pronuncia en voz alta! Pero de noche añora
a menudo tu presencia. En general esto y sentado en el bosque en una de las numerosas
cantinas bebiendo el acostumbrado vino tinto que raras veces es bueno, pero ayuda, sin
embargo, a soportar la vida y conciliar el sueño. Más de una vez me he dormido sentado
junto a una mesa en el "Grotto", demostrando ante las sonrisas de los lugareños que mi
neurastenia no es tan insoportable. A veces ha y amigos y chicas y se pueden ejercitar los
dedos en la plastilina de los miembros femeninos, mientras se habla de sombreros, zapatos y
arte. Aveces la alegría y el buen humor desbordan y entonces gritamos y reímos toda la
noche. y la gente se regocija de que Klingsor sea un compañero tan alegre. Ha y una mujer
muy linda que pregunta muy interesada por ti, cada vez que la encuentro.
Nuestro arte, depende aún demasiado del objeto -como diría un profesor-; es un buen
jeroglífico, en cierto sentido. Aún cuando libremente y en modo bastante desconcertante para
el burgués, todavía pintamos los objetos de la "realidad": hombres, árboles, ferias, trenes,
paisajes. En eso nos sujetamos todavía a una convención. El "burgués" llama reales los
objetos que todos o casi todos perciben en forma similar. Es mi intención, apenas ha ya
pasado este verano, pintar durante un tiempo solamente fantasías, especialmente sueños. Me
atendré en parte a tu gusto; habrá cosas muy divertidas y sorprendentes, algo así como en los
cuentos de Collofino, el cazador de
liebres de la catedral de Colonia. Aunque siento que el suelo oscila un poco bajo mis pies y
aún cuando, en general, no ansío continuar actuando, ni vivir muchos años más, de todos
modos quisiera arrojar todavía unos cuantos cohetes ardientes en las fauces de este mundo.
Hace poco me escribía admirado un coleccionista, que advertía en mis últimos trabajos una
segunda juventud. Ha y algo de cierto en esta afirmación. Me parece que sólo este año he
comenzado a pintar de veras. Sin embargo se trata más de una explosión que de una
primavera. Es asombroso cuánta dinamita existe todavía en mí; pero la dinamita no se deja
quemar económicamente en el bracero.
Querido Luis: cuántas veces me alegré para mis adentros de que nosotros dos, viejos
libertinos, seamos en el fondo tan recatados que prefiramos tirarnos a las copas a la cabeza
antes de descubrir nuevos sentimientos. ¡Mejor así, viejo amigo!
En estos días hemos celebrado a medianoche una fiesta con pan y vino en el "Grotto" de
Barengo; nuestro canto y las antiguas canciones romanas resonaban magníficas en el alto
bosque. Es tan poco lo que se necesita para ser feliz cuando la edad avanza y se empieza a
sentir frío en los pies; ocho a diez horas de trabajo por día; un litro de piamontés; media libra
de pan; un Virginia; un par de amigas y, naturalmente, calor y buen tiempo. Este no falta, el
sol funciona soberbiamente, mi cráneo está tostado como el de una
momia.

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Por momentos tengo la impresión de que mi vida y mi trabajo comenzarán desde ahora; otras
veces, en cambio, me parece que he trabajado pesadamente por más de ochenta años y que
ya tengo derecho al reposo y a la paz. Todos llegamos al fin, querido Luis. yo y tú también.
¡Oh, Dios!, las cosas que escribo; es visible que no me siento bien. No es más que
hipocondría, me duelen mucho los ojos y a veces me persigue el recuerdo de una disertación
sobre el desprendimiento de la retina, que leí hace años.
Cuando miro hacia abajo desde mi balcón que tú conoces, comprendo que tenemos que
trabajar mucho todavía. El mundo es indeciblemente hermoso y variado; de noche y de día
me llama por esa puerta verde, gritando y exigiendo, y yo corro siempre afuera y le arranco
un trozo, pero sólo un minúsculo trozo. El seco verano transformó este valle tan verde en una
maravillosa región rala y rojiza; nunca hubiera creído que volvería a usar el rojo inglés y el
Siena. Luego me esperan el otoño, los campos de rastrojóla vendimia, la cosecha del maíz,
los bosques rojizos. Viviré todavía todo esto, día tras día, y pintaré unos cien estudios. Pero
luego, lo presiento, emprenderé el camino de la ruta interior y pintaré de nuevo, como lo hice
por un tiempo, cuando era joven, de memoria y fantaseando; haré poesías y construiré
castillos en el aire. También eso es necesario.
A un joven que le pedía consejos, un famoso pintor de París le contestó:
-Querido joven, si quiere ser pintor no olvide que ante todo ha y que comer bien. ¡En
segundo lugar es muy importante una buena digestión, cuide que sus intestinos funcionen
bien! y tercero: ¡tenga siempre una linda amiguita!
Podría creerse que ya aprendí estos principios del arte y que en eso nunca podría faltarme
nada. ¡Pero este año, qué maldición! Ni siquiera en estas cosas tan sencillas me anda bien.
Como poco y mal, a menudo sólo pan en todo el día y a veces mi estómago me causa
molestias (¡te aseguro que no ha y nada más desagradable!). Tampoco tengo una verdadera
amiguita sino cuatro o cinco mujeres y me siento igualmente agotado e insatisfecho. Ha y un
desperfecto en el mecanismo y aunque funciona de nuevo desde que lo pinché con la aguja,
corre sin embargo tan ligero como el mismo satanás y con un ruido ensordecedor. ¡Qué
sencilla es la vida cuando se está sano! Nunca recibiste de mí una carta tan larga, salvo
quizás en la época en que discutíamos sobre los colores. Ahora voy a terminar, ya son casi
las cinco y empieza a alborear. Saludos de tu Klingsor.

Posdata:
Recuerdo que te gustaba mucho un pequeño cuadro mío, el de acento más chino, con la
choza, el camino rojo, los árboles dentados en verde veronés y en el fondo la lejana dudad
pequeña como un juguete. No te lo puedo enviar y tampoco sabría donde estás. Pero te
pertenece, te lo oigo por cualquier eventualidad.

KLINGSOR ENVÍA UNA POESÍA A SU AMIGO THU FU


(Escrita en los días en que trabajaba en su autorretrato)

Ebrio paso las noches en el matorral agitado


El otoño roe las ramas gimiendo
Rezonga el posadero y corre a la cantina
Para llenar de nuevo mi botella vacía.
Mañana la pálida muerte hundirá
Su guadaña afilada en mis carnes rojas,
Hace mucho que anda agazapada:
La Infame y falsa perra traidora.
yo me burlo de ella cantando durante la noche.
En el bosque, cansado, balbuceo mi ebria canción

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Para mofarme de su amenaza


Busco el olvido, en el canto y en la bebida.
Mucho viví y padecí, mi sendero ha sido largo;
Ahora de noche, bebo y espero angustiado,
Que la hoz reluciente
Separe mi cabeza de mi corazón palpitante.

EL AUTORRETRATO

En los primeros días de setiembre, después de varias semanas de sol abrazador e insólita
sequedad, empezaron las lluvias. En aquellos días Klingsor pintó su autorretrato en la sala de
altas ventanas de su palacio de Castagnetta.
Este cuadro terrible y de mágica belleza, su última obra acabada, es la coronación de aquel
verano, de aquel extraordinario período de trabajo ardiente y vertiginoso. Muchos se
asombraban de que todos los que habían conocido a Klingsor, le reconocieran infaliblemente
en este cuadro, aunque jamás un retrato estuvo tan alejado como ése del parecido natural.
Como todas las obras tardías de Klingsor, también este autorretrato puede considerarse desde
los más distintos puntos de vista. Para algunos, especialmente para los que no conocieron al
pintor, el cuadro representa una sinfonía de color, una alfombra de maravillosa armonía, de
afecto apacible y delicado en medio de la vivacidad y variedad de los colores. Otros ven en
él una última, audaz y casi desesperada tentativa para librarse del objeto: un rostro pintado
como un paisaje, cabellos que evocan follaje y corteza de árboles, las órbitas de los ojos
como grietas en las rocas... Dicen que este cuadro se relaciona con el objeto natural sólo de
lejos, por analogía como algunos perfiles de montañas que se parecen a rostros humanos,
como algunas ramas que recuerdan manos y piernas. Muchos, al contrario, ven precisamente
en esta obra sólo el objeto, el rostro de Klingsor, analizado e interpretado por él mismo con
inexorable psicología, una gigantesca confesión, un testimonio brutal, conmovedor y
aterrador. Otros, entre los que se cuentan algunos de sus adversarios más acerbos, consideran
este retrato como el producto y la prueba del al supuesta locura de Klingsor. Comparándolo
con (a cabeza original de Klingsor o con fotografías, afirman que la deformación y
exageración de los rasgos corresponde a una mentalidad primitiva, degenerada, atávica y
animal. Algunos de ellos critican el fetichismo y exceso de fantasía del cuadro, ven en él una
especie de autoadoración monomaníaca, mezcla de blasfemia y autoglorificación, con
aspecto de megalomanía religiosa. Todos estos puntos de vista y muchos otros más son
verosímiles.
Durante los días que trabajó en esta obra, Klingsor no salía sino de noche para ir a beber;
comía solamente pan y fruta que le traía la dueña de casa. y su rostro sin afeitar, con los ojos
hundidos bajo la frente tostada inspiraba realmente horror. Pintaba sentado y de memoria;
sólo de vez en cuando, por lo general en las pausas de descanso, se acercaba al enorme
espejo antiguo adornado con guirnaldas de rosas pintadas, que colgaba en la pared del norte.
y estiraba el cuello, abría desmesuradamente los ojos y hacía muecas. Muchos rostros veía
detrás del rostro de Klingsor reflejado en el espejo entre las estúpidas guirnaldas de rosas;
muchos rostros pintó en su retrato: dulces y asombrados rostros infantiles, frentes de adoles-
centes llenos de ensueños y entusiasmo, sarcásticos ojos de borracho, labios de sediento, de
perseguido, de atormentado, de insatisfecho, de libertino. El cráneo, empero, lo construyó
majestuoso y brutal, como el de un ídolo primitivo, un Jehová celoso y enamorado de sí
mismo, un espantajo al que se sacrifican primogénitos y vírgenes. Estos eran algunos de sus
rostros. Pero había otros: el de un decadente, el de un hombre que se hunde y que se resigna
a su ocaso; el musgo crecía en sus sienes, los dientes se destacaban viejos y torcidos,

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profundas grietas surcaban la piel marchita y en los surcos se veían algunos de sus amigos.
Dicen que es el hombre, el "ecce homo", el hombre agotado, codicioso, violento, infantil y
refinado de nuestra época tardía, el europeo moribundo y dispuesto a morir, perfeccionado
por todas las nostalgias, enfermo de todos los vicios, entusiasta e inspirado por la conciencia
de su ocaso, preparado para todo progreso, maduro para cualquier retroceso, lleno de ardor y
cansancio a la vez, entregado al destino y al dolor, como el morfinómano al veneno; aislado,
minado, decrépito, Fausto y Karamasof, animal y sabio al mismo tiempo, despojado de todo
disfraz, libre de toda ambición, completamente desnudo, angustiado por un pueril miedo a la
muerte y lleno de cansada disposición a morir.
y detrás de todos estos rostros dormitaban otros rostros más lejanos, más profundos, pétreos,
como si el último hombre de la tierra recordara en el instante de la muerte, con la velocidad
del sueño, todas las formas de su prehistoria y de la juventud de la humanidad.
En esos días tensos y vertiginosos Klingsor vivió como un extático. Por la noche se llenaba
de vinos pesados y se paraba luego con la vela en la mano frente al viejo espejo,
contemplando su imagen, la sonrisa melancólica y sarcástica del borracho Klingsor. Una
noche estaba con una amante tendido en el sofá del estudio. y mientras la tenía abrazada
desnuda entre sus brazos, miraba por sobre su hombro en el espejo, viendo junto a sus
cabellos sueltos, su propio rostro contraído, lleno de voluptuosidad y de asco hacia la
voluptuosidad, con los ojos enrojecidos. Le pidió que volviera, pero estaba horrorizada y ya
no volvió más.
Dormía poco. A menudo se despertaba en plena noche, en medio de una pesadilla, el rostro
bañado en sudor, impetuoso y cansado de la vida, y sin embargo se levantaba en el acto para
contemplar en el espejo del ropero, sombrío, lleno de odio o sonriendo con maligna
satisfacción, el desolado paisaje de esos rasgos alterados. Una vez soñó que le torturaban, vio
los clavos hundidos en sus ojos y la nariz desgarrada por un gancho; luego dibujó con
carbonilla sobre la tapa de un libro ese rostro martirizado con los clavos en los ojos; después
de su muerte se encontró el singular esbozo. Otra vez, durante un ataque de neuralgia,
agachado y retorciéndose sobre el respaldo de una silla, gritando y riendo de dolor,
contemplaba en el espejo las contracciones de su rostro desfigurado y se burlaba de las
lágrimas.
Y en ese cuadro no pinto sólo su rostro o sus infinitos rostros, no pintó sólo sus ojos y sus
labios, la dolorosa hondonada de la boca, la roca hendida de la frente, las manos como raíces,
los dedos temblorosos, las ironías de la razón, la muerte en el ojo. Con sus pinceladas
caprichosas, apretadas y estremecidas, pintó también su vida, sus amores, su fe, su
desesperación. Mujeres desnudas como una bandada de pájaros arrastrada en la tormenta,
víctimas expiatorias sacrificadas al ídolo Klingsor; un adolescente con el rostro de un suicida,
templos y bosques; un viejo dios barbudo, imponente y estúpido; un seno de mujer partido
por un puñal; mariposas con caras pintadas en las alas. y en el fondo del cuadro, al margen
del caos, la muerte, un espectro gris que atraviesa, como una lanza pequeña como un alfiler,
el cerebro de Klingsor.
Después de haber pintado durante horas enteras se levantaba presa de inquietud, corría
intranquilo y agitado por las habitaciones, golpeando las puertas, arrancando botellas del
ropero, libros de los estantes, carpetas de las mesas; se tendía en el suelo para leer, se
asomaba por las ventanas aspirando profundamente el aire; buscaba viejos dibujos y
fotografías y llenaba el piso, las mesas, las camas y las sillas de todas las piezas con papeles,
cuadros, libros y cartas. A cada ráfaga de viento que la lluvia arrojaba por la ventana, todo
volaba en confuso remolino. Entre unos trastos viejos encontró una fotografía de cuando
tenía cuatro años, con un traje blanco de verano y un dulce y terco rostro infantil bajo bucles
de un rubio casi blanco. Halló los retratos de sus padres y fotografía de sus amantes
juveniles. Todo despertaba su curiosidad, la atraía, le interesaba, le atormentaba con

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sentimientos contradictorios, y él arrancaba todo y arrojaba todo, hasta que sacudía los
hombros, volvía a su caballete y seguía pintando. Ahondaba aún más los surcos en el terreno
escabroso de su rostro, ensanchaba aún más el templo de su vida, expresando la majestuosa
eternidad de toda existencia, sollozando sobre su pasado, suavizando aún más su sonriente
símbolo, burlándose de su condena de toda descomposición. Luego volvía a levantarse, como
perseguido y corría como un preso por su celda. Alegría y arrebato creador le sacudían como
una alegre y húmeda tormenta y hasta que el dolor le aterraba de nuevo, descubriéndole los
fragmentos de su vida y de su arte. Estaba loco, como lo está todo creador. Pero en el furor
de la creación acertaba con suprema inteligencia, como un sonámbulo, todo lo que favorecía
su obra. Sentía con profunda fe que en esta lucha cruel por su retrato no cumplía sólo el
destino y la justificación de un individuo, sino algo humano, general, necesario. Sentía que
estaba de nuevo frente a una tarea, frente a un sino. y todo el miedo precedente y su refugio
en la ebriedad y en el aturdimiento, había sido sólo miedo y fuga frente a esta tarea. Ahora
no había más posibilidad de miedo ni de fuga; se trataba de seguir adelante, recibir golpes y
estocadas, vencer o perecer. Triunfaba y se hundía; sufriendo y riendo se abría su camino;
mataba y moría; daba a luz y nacía.
Vino a verle un pintor francés; la dueña lo introdujo en el vestíbulo; el desorden y la
suciedad lo invadían todo. Klingsor salió, gris y sin afeitarse -manchas de color en las
mangas, manchas de color en el rostro-, y comenzó a medir con largos pasos la pieza. El
extranjero le llevaba saludos desde Paría y Ginebra, le expresaba su admiración. Klingsor
seguía paseando intranquilo como si no le oyera. El huésped enmudeció, desconcertado y se
dispuso a marcharse; entonces Klingsor se le acercó, apoyó su mano llena de color en el
hombro del forastero, lo miró en los ojos y dijo despacio y casi penosamente:
-Muchas gracias, muchísimas gracias, querido amigo. Esto y trabajando, no puedo hablar. En
general, se habla demasiado. No lo tome a mal y salude a mis amigos; dígale que los quiero
mucho.
y después de estas palabras se alejo de prisa.
Terminado el cuadro, al cabo de estos días azotados, lo guardó en la cocina que no se usaba y
cerró con llave. Nunca lo mostró a nadie. Luego tomó veronal y durmió un día y una noche.
Cuando despertó, se afeitó, se lavó, mudó de ropa y se fue a la ciudad a comprar fruta y
cigarrillos para regalarle a Gina.

FIN

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