Velázquez y el Barroco Literario
Velázquez y el Barroco Literario
Las sombras
de la duda
(Velázquez y el barroco
literario español)
CARLOS FRANCISCO MONGE*
RESUMEN
Hay notables y significativas relaciones entre la pintura del sevillano Diego Velázquez y el contexto
estético-ideológico literario español del siglo XVII. Los temas, la composición pictórica y los efectos
de sentido de los principales cuadros velazqueños, se asocian con los asuntos claves de la cosmovisión
del Barroco literario. Cuadros como “Las meninas” representan el tema de la ambigüedad de los
signos artísticos, imagen de los equívocos de la existencia humana; así conciben la realidad sus
retratos de Felipe IV y las escenas de temas religiosos, mitológicos o de la cotidianidad expresan
también los grandes temas de las voces literarias mayores de las letras españolas (Quevedo, Lope,
Góngora, Gracián). Su tema de fondo: la fragilidad de la vida, las contradicciones y el desengaño
de los sentidos. Y dentro de ese panorama, el mundo es como un gran teatro, una ficción; tal lo
esencial del barroco.
Palabras claves: Pintura española, Diego Velázquez, barroco literario español, poesía española del
siglo xvii.
ABSTRACT
There are significant relationships between the paintings of the Spaniard Diego Velázquez and the
esthetics and ideology of 17th century Spanish literature. The themes, composition and effects of
meaning in Velázquez’s main works can be associated with key issues in the cosmovision of Ba-
roque literature. Paintings such as The Royal Family (Las meninas) represent the theme of the
ambiguity of artistic symbols, the image of the uncertainty of human existence. His portraits
represent the reality of Philip IV; and the religious and mythological scenes or those of everyday
life also express the principal themes of the most important representatives of Spanish literature
(Quevedo, Lope, Góngora, Gracián). His essential concern is the fragility of life, the contradic-
Atenea 488
135 II Sem. 2003
pp. 135-152
Atenea 488
II Sem. 2003 136
tions and the disillusionment of the senses. And within this paradigm, the world is a theatre, a
piece of fiction: the essence of the Baroque period.
Keywords: Spanish painting, Diego Velázquez, Spanish Baroque literature, Spanish 17th century
poetry.
Recibido: 14.07.2003. Aprobado: 28.11.2003.
E
N EL MUSEO del Prado se dedica una sala a “Las meninas” (1656). De
gran formato, la obra parece cubrir una de las paredes de la sala, y a
su vez ésta luce como una prolongación natural de aquella estancia
donde el pintor, la infanta Margarita, y demás personajes, comparten con el
visitante el lugar, la situación y el tiempo. La impresión de que los persona-
jes salen del cuadro, y nos miran como si fuésemos parte de él, hizo que los
encargados del museo madrileño destinaran aquella sala para el cuadro; o
lo que es lo mismo, el cuadro para la sala. Hay otras obras que producen
efectos similares, porque a Velázquez le interesó mostrar que entre la reali-
dad y la ficción no hay fronteras precisas, y que la vida es también un esce-
nario en movimiento. Por ejemplo, “Cristo en casa de Marta y María” (1618)
o “La fábula de Aracne (Las hilanderas)” (1656) presentan dos escenarios:
uno cercano al espectador, y otro en el fondo; uno que se comunica directa-
mente con nosotros, y otro que podría ser una especie de ficción a la segun-
da potencia. También éste es uno de los aspectos más llamativos en “Las
meninas”, la obra que mejor define las ideas de la época sobre el mundo y
sobre el arte.
Dos breves indicaciones: aunque en el ciclo de conferencias en que se
han inscrito estas páginas se anunció el título Velázquez y la literatura del
Siglo de Oro, sólo voy a tratar aquella etapa que Velázquez vivió; es decir, la
primera mitad del siglo XVII. Y la segunda: que el tema del que me voy a
ocupar no es, en sentido estricto, la obra de Velázquez, ni la literatura espa-
ñola del siglo XVII, porque sobre eso harían falta muchas horas. Más bien
vengo a poner sobre la mesa unas cuantas ideas sobre las relaciones entre
dos formas artísticas de representar la realidad, reunidas en lo que la histo-
riografía sobre arte y literatura ha denominado el barroco.
II
Atenea 488
137 II Sem. 2003
es el mismo de Góngora (“Fábula de Polifemo y Galatea”), o el de Quevedo
(“Fortunas con seso y la hora de todos”); su “Cristo en la cruz” no es el del
conocido soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte...”. La evocación
verbal y la imagen delineada con sombras y colores son representaciones
diferentes, y por tanto realidades aparte.
En cuanto a las dificultades metodológicas, los riesgos son más bien prác-
ticos. Uno de ellos es postular vagas analogías, por los asuntos tratados, o
correspondencias estilísticas apenas verificables en los textos pictóricos o
literarios. Otra dificultad tiene que ver con la siempre dudosa existencia de
estilos de época como fundamento para las comparaciones. Aunque una
minuciosa observación podría llevarnos a encontrar coincidencias signifi-
cativas, las historias del arte y la literatura no han logrado probar la existen-
cia de un estilo nítido y característico de una época. Por ello, lo más seguro,
por lo pronto, es limitarme a dar unos cuantos rodeos, y de ellos proponer
interpretaciones desde nuestro presente.
Me parece que las posibilidades metodológicas para hablar de la pintura
de Velázquez y su relación con el barroco literario español estarían com-
prendidas en el amplio campo de la tematología; es decir, el de ciertos tópi-
cos visibles en sus cuadros, que también se desarrollan en momentos claves
de la literatura de la época. El reconocimiento de un tema específico (por
ejemplo: los estragos del tiempo) ha de estar claramente delimitado como
materia común en sendas obras de las distintas artes. Pensemos en un caso:
Velázquez es un pintor de las edades del ser humano (todos los retratos de la
familia real son una muestra de ello, como intentaré comentarlo luego); los
poetas Lope y Quevedo, a su vez, participan no sólo de este tópico literario,
sino que coinciden con el punto de vista adoptado por el pintor. ¿Dónde y
cómo situar el componente histórico-cultural en este tipo de reflexiones?
Quisiera atenerme a esa suerte de unidad cultural de la época, unidad que la
posteridad (nosotros mismos) ha entrevisto entre la multitud y multiplici-
dad de asuntos, versiones y modalidades de las artes del siglo XVII español.
Lo aconsejable es hablar, por lo pronto, de núcleos de sentido desde los cua-
les se sustenta una visión de mundo reconocible, y común a obras de dife-
rentes ámbitos. Se pueden hallar formas de comparación basadas en lo co-
mún, con lo cual nuestro ejercicio comparativo crearía una unidad en las
obras de un período, o en el período mismo. El estudio de obras canónicas
del arte y la literatura lleva a buscar relaciones entre un pintor y una época
literaria, y también a reorientar y renovar su interpretación.
III
Atenea 488
II Sem. 2003 138
Gracián y Calderón de la Barca. Con algunos de ellos trató personalmente,
como es el caso de Góngora, a quien retrató (1622) cuando el poeta era ya
un sexagenario; también parece haber un retrato hecho a Quevedo, y otro a
Rioja. Sabemos que llegó a conocer personalmente a un ya anciano Doménico
Theotocópuli (El Greco), y atendió, con el orgullo de un admirador, a Rubens,
cuando éste visitó España. Fue un hombre, como diríamos hoy, bien rela-
cionado: con el poder político, con los notables de la cultura y del arte, y por
ello mismo, con los cánones pictóricos que su época le imponía, a los que
obedeció sin dificultades. Biógrafos de Velázquez han señalado sus particu-
lares relaciones con la corte de Felipe IV (1621-1665), al mismo tiempo de
admiración, de sumisión al monarca y de retratista oficial de una familia y
de una época. También nos indican la obsesión del pintor por que su nom-
bre figurase en los anales de la nobleza antes que en los registros de los pin-
tores de entonces. Velázquez se avenía mejor en su condición de aposentador
del palacio (1652), que como un pintor de oficio, y además asalariado.
He querido recordar estos datos, porque en el mundo del arte y de las
letras algunos datos biográficos suelen resultar claves para fundamentar los
comentarios sobre una obra, un autor o una época. Ciertas circunstancias
particulares –como lo es la vida social y privada de un artista–, sumadas a
otras de mayor magnitud y significado histórico, forman para los historió-
grafos lo que conocemos por épocas, movimientos o tendencias en la cultu-
ra. Velázquez pertenece, por época y por obra, al barroco artístico español,
que coincide en lo esencial con el barroco literario.
IV
Atenea 488
139 II Sem. 2003
dad. Desde el punto de vista político, su época estaba lejos de la grandeza y
el poder de tiempos pasados; lo sabían él y sus contemporáneos; y por lo
que podemos extraer de los temas de sus cuadros, para Velázquez la historia
es una conciencia del tiempo, un transcurrir fugaz, y un escenario –y nada
mejor que ese término, según veremos– donde coexisten y se mezclan las
fuerzas del poder, la solemnidad y la glorificación, con el mundo de la vul-
garidad, el abandono, la pobreza o la trivialidad. Ciertos cuadros suyos de
tema religioso (o de escenas bíblicas) muestran la convergencia de lo humil-
de o sencillo, y la gravedad de un asunto o una circunstancia. La historia es
diversa y dispersa; es desigual, inarmónica y destrenzada; y al artista le toca
dar cuenta, estéticamente, de ese desorden. Como en “Las meninas”, en la
historia todo aparece en una simultaneidad contradictoria y extraña. En
este cuadro aparecen los extremos y las oposiciones: los reyes, por una par-
te, y un perro adormilado, por otra; una enana regordeta [Mari Bárbola] y
una infanta; una joven mujer al frente, un hombre maduro al fondo; unas
guardadamas y un pintor; luz en la parte inferior de la escena, y penumbras
en el fondo superior. También las letras del Siglo de Oro español están llenas
de situaciones análogas, porque el panorama de la época no ofrecía otras
alternativas. Estas disparidades o contrastes los vemos en el Quijote, en las
“Soledades” gongorinas, en el teatro de Tirso, y en el Buscón de Quevedo.
Pero los contrastes, por sí mismos, no tendrían mayor interés si de ellos no
se hubieran extraído consecuencias, en el orden moral, filosófico y artístico,
como en efecto lo hicieron artistas y poetas, especialmente a lo largo del
siglo XVII.
Durante su vida, Velázquez pintó las imágenes del poder: a Felipe IV desde
los veinte años del monarca hasta su madurez; al Papa Inocencio X; a un
arrogante Conde-Duque de Olivares; a reinas y príncipes; a prelados y per-
sonajes distinguidos y principales. Habiendo vivido en la España contrarre-
formista, también hizo cuadros religiosos por encargo: santos, vírgenes, es-
cenas con los Reyes Magos, coronaciones y Cristos crucificados. Varias de
sus obras de juventud, en cambio, se habían concentrado en la vida popular
y cotidiana: escenas domésticas, una anciana friendo huevos, una moza lus-
trando los cacharros de la cocina, un aguador, unos borrachos. Unos cuan-
tos cuadros más, con temas de procedencia mitológica, completan su traba-
jo. Son, en términos generales, los mismos asuntos y motivos que podemos
leer en la literatura barroca, desde los poemas de Luis de Góngora hasta los
dramas de Calderón de la Barca. Por encima de una relativa diversidad te-
mática, la verdadera unidad del barroco está en la atención que le dedica a la
melancólica fragilidad de la vida.
Atenea 488
II Sem. 2003 140
Muchos artistas y escritores de la época dedicaron obras a alabar la na-
ción española, las glorias y grandezas de sus hazañas, victorias militares o
gestas heroicas; también es cierto que aquellas grandezas eran (y son) efí-
meras, y que las celebraciones no intentaban sino dejar constancia (verbal,
pictórica o arquitectónica) de unos hechos que no volverían a repetirse. Había
una especie de conciencia de que la verdadera realidad ya era muy distinta
de los hechos evocados, y de que una nostalgia por los bienes perdidos era lo
único auténtico. Para Velázquez, como para los poetas españoles del barro-
co, la vida es una fuente de desconciertos, en su doble sentido: “desconcierto”
como turbación y extrañeza, y “desconcierto” como desorden, desavenencia
o descomposición. De aquí se derivan –y acudo de nuevo a las observacio-
nes de Maravall–, entre muchos otros, temas como la locura del mundo, el
mundo como un teatro, la incertidumbre de la condición humana, la lucha
de opuestos, la mudanza, y el mundo de las apariencias. A veces como tema,
y otras como actitud ante los hechos, esta discrepancia entre la realidad evo-
cada y la situación concreta produce melancolía; es decir, tristeza, mal hu-
mor, pesadumbre. Quizá como proyecciones de sí mismo, muchos rostros
velazqueños muestran gestos melancólicos: desde el adusto semblante de
sor Jerónima de la Fuente (1620) hasta la sonrisa bobalicona de Calabazas
(1639); desde el hombre viejo en “El aguador de Sevilla” (1622) hasta los
últimos retratos de Felipe IV. Esta melancolía es muy semejante a la que
Cervantes dejó en el semblante de Don Quijote, a quien no por azar le llamó
“el Caballero de la Triste Figura”; y luego se acentuó como tema en unos
tópicos literarios desde tempranos poemas de Góngora, como el soneto
“Descaminado, enfermo, peregrino...”, hasta los conocidos monólogos
calderonianos de La vida es sueño. Tanto en sus Rimas (1602) como en sus
Rimas sacras (1614) Lope abunda en los temas de la fugacidad de la vida, el
desengaño de la existencia, y la pesadumbre por el desamor y la soledad; y
los grandes sonetos de Quevedo son hitos en esa conciencia del pensamien-
to barroco por la conciencia de la fugacidad y la inconstancia de seres y
cosas en el mundo.
En 1613 apareció la “Fábula de Polifemo y Galatea”, de Góngora. En ella
recuperó el poeta cordobés una célebre leyenda antigua, que podía empa-
rentarse con esa visión de contrastes: la monstruosidad y grosería del cíclo-
pe contrastan con la belleza y delicadeza de la ninfa (se trata del mito, que
aún hasta hoy persiste: la bella y la bestia). Es la historia, como diríamos hoy,
de un amor imposible, borrascoso y destructivo; pero también la de un
mundo anormal, desconcertado, en el que se ha perdido la creencia en un
orden. Es como la caverna donde habita Polifemo: enmarañada, oscura, de
malos augurios. En estos versos de Góngora, este mundo del desconcierto y
el desbarajuste se manifiesta en su difícil y contrahecha retórica; su inusita-
da dificultad estilística es una de las señas de identidad con que representa
una época confusa, y una percepción escéptica de la realidad. En la fecha en
Atenea 488
141 II Sem. 2003
que aparece este poema gongorino, Velázquez era apenas un adolescente,
pero ya para entonces la idea de que el mundo está hecho de contrastes, y de
una permanente lucha de opuestos era ya un tema literario y artístico que
tuvo un poderoso arraigo entre sus contemporáneos.
Lope de Vega, por ejemplo, no pierde ocasión para representar esta reali-
dad de oposiciones y contradicciones. De entre la multitud de sus poemas
sobre el asunto, leamos este soneto:
Ir y quedarse y, con quedar, partirse,
partir sin alma y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo y ser demonio en pena
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir, pues resta, sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.
Atenea 488
II Sem. 2003 142
VI
Atenea 488
143 II Sem. 2003
donde el escepticismo lleva a Segismundo a aceptar la ambigüedad de la
realidad, que es al mismo tiempo una representación y una ilusión; o en El
condenado por desconfiado, de Tirso, cuyo protagonista perece por la duda y
el engaño; en el drama el demonio se disfraza de ángel, el virtuoso se condena
al infierno, y al disoluto y criminal lo salvan el amor y el arrepentimiento.
VII
Atenea 488
II Sem. 2003 144
Feroz, de tierra el débil muro escalas,
en quien lozana juventud se fía;
mas ya mi corazón del postrer día
atiende el vuelo, sin mirar las alas.
¡Oh condición mortal! ¡Oh dura suerte!
¡Que no puedo querer vivir mañana
sin la pensión de procurar mi muerte!
Cualquier instante de la vida humana
es nueva ejecución, con que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.
VIII
Donde Velázquez pone en evidencia el paso del tiempo sobre la vida huma-
na es en los retratos, en particular los de su rey Felipe IV. El pintor contem-
pló a su monarca desde aquellos firmes veinte años, hasta la melancólica
madurez de un monarca cuya faz luce derrotada y cansada. A los últimos
retratos del monarca bien le cabrían, a modo de pie de grabado, aquellos
versos quevedianos:
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será y un es cansado.
2
Fernando Marías, Diego Velázquez (Madrid: Historia 16, 1993), p. 131.
Atenea 488
145 II Sem. 2003
Debió de ser perturbador, tanto para el retratado como para el pintor,
advertir cómo el tiempo cambia, desgasta y eventualmente aniquila, y de
que cada retrato es al mismo tiempo un intento de fijar para siempre una
imagen o un momento, y un reconocer la vanidad de tal pretensión. Nadie
se confía del tiempo, nos parece decir el pintor, y por ello hay que dar cuenta
de la fugacidad de las cosas, los seres y las personas: el Felipe IV de 1628 no
es el de 1652; el joven monarca en armadura (1628) o el del retrato ecuestre,
a sus veintinueve años, no es el mismo ahora difuso y pálido, apenas
adivinable en el espejo de “Las meninas”. Para Velázquez el retrato no cons-
tituye todavía un “engaño colorido”, como lo entendería años después, y al
otro lado del Atlántico, sor Juana Inés de la Cruz, más bien era una especie
de conciencia de lo transitorio, de la mudanza y de la caducidad.
Pero no sólo en los retratos aparece el tema de lo instantáneo. La circuns-
tancia es la verdadera realidad, que revela en lo instantáneo la mutabilidad
del mundo. Por eso, las escenas “en proceso” son asuntos que conviene des-
tacar en la obra velazqueña, desde aquellas tempranas escenas de “La cena
de Cristo en la casa de Emaus” [1622], “Vieja friendo huevos” [1618], o “La
lección de equitación del príncipe Baltasar Carlos” [1636], hasta la impres-
cindible “La fábula de Aracne”. Esta, una de las postreras del pintor, es de
innegable riqueza conceptual y de gran complejidad compositiva. De ella se
destaca la intensa actividad que muestran las mujeres del primer plano: al
mismo tiempo charlan, trabajan y detallan sus labores; no hay manos ni
cuerpos que reposen; la tarea urge y el tiempo vuela, para todos y para todo.
Por eso el artista nos presenta en un primerísimo plano la rueca girando,
porque el reposo mismo es una ilusión de los sentidos. Esta misma idea ya la
había mostrado Velázquez en “La rendición de Breda”, donde contrastan la
tensa quietud de los soldados, con la animación de los jefes de cada bando,
quienes charlan, gesticulan, y por eso mismo concentran la atención del
espectador; y desde luego, en “Las meninas”, donde se muestra la actividad
de los personajes, más que la pose para un retrato. Velázquez mismo, con-
vertido también en un personaje más, actúa, trabaja: se pinta en el proceso
de pintar, con lo que constituye un verdadero autorretrato: se autocontempla
no por lo que su rostro muestra, sino por lo que sus manos hacen.
IX
Atenea 488
II Sem. 2003 146
manera lo había planteado también Cervantes en varios pasajes del Quijote,
y al tópico se acude con frecuencia en la poesía, referido especialmente al
mundo de lo aparencial, lo transitorio y lo fingido. No me puedo detener en
las implicaciones de orden filosófico o estético que el asunto tiene, porque
son abundantes. Nada más quisiera referirme al hecho de que en el barroco
las artes mismas siempre son objeto de comentario. Por ello es frecuente
encontrar cuadros dentro de cuadros. Como Cervantes ya lo había hecho
abundantemente, los escritores del siglo XVII hacen literatura a propósito de
la literatura, según se observa en los comentarios a estilos, elogios, parodias,
etc. Las célebres –y a veces regocijantes– contiendas literarias entre Lope,
Góngora y Quevedo, van más allá del simple escarnio a un estilo complica-
do y difícil. Tienen que ver con que el barroco abandona la imitación de
modelos, y prefiere hacer variaciones sobre ellos. Esto convierte la experiencia
de la escritura en una expresa conciencia del hacer; por ello se acude al arte,
al artificio. Con el proceso de crear/escribir el poeta se reafirma ontológica-
mente. Bien pudo haber dicho el poeta en esa época, si glosamos a Descar-
tes: escribo, luego existo (el célebre axioma cartesiano es de 1637). Este “pro-
ceso de escribir” lo podemos recordar muy bien en aquel soneto que se va
formulando y construyendo a sí mismo, de Lope de Vega (“Un soneto me
manda a hacer Violante...”, de La niña de plata, 1612). El escritor se repre-
senta actuando; es un personaje y una fabulación de sí mismo. Es también la
doble condición del novelista Cervantes, quien es autor en la primera parte
del Quijote, pero ya en la segunda es, además, un sujeto de quien hablan los
otros personajes.
Velázquez también presenta escenas y escenarios; personajes que desta-
can al frente, y escenas –ambiguamente ficticias o reales– al fondo, como en
“Cristo en casa de Marta y María”, “La cena de Cristo en la casa de Emaus”, y
sobre todo en “La fábula de Aracne”, donde las hilanderas parecen repetirse,
por su disposición escénica y por su número, en el tapiz del fondo.
Puede que “Las meninas” sea el más teatral de los cuadros velazqueños.
Todos los personajes desempeñan sus papeles (las ayudantes y otras compa-
ñías, el aposentador, el enano, un perro, la niña, el rey y el pintor); atienden
a la niña, contemplan desde el fondo, juegan, vigilan o trabajan. Sólo hay un
personaje que de veras nos mira: el propio Velázquez quien, por única vez
en su vida, se pinta haciendo de pintor; como si también nos estuviera di-
ciendo: pinto, luego existo. Muestra en su mano derecha el pincel en plena
actividad. El pintor pinta que pinta; a la izquierda de la escena, y en un
primer plano, nos muestra el reverso de un cuadro de gran formato, con lo
que parece decirnos que no importa tanto la imagen que está pintando, como
el bastidor, los soportes del cuadro, y el trabajo del artista. Nos habla del
derecho y del revés de la obra, como el haz y el envés del mundo.
Atenea 488
147 II Sem. 2003
X
Casi toda la crítica coincide en que Velázquez en “Las meninas” está pintan-
do un retrato más de Felipe IV y de su joven esposa Mariana de Austria; el
espejo del fondo así lo parece poner de manifiesto. No obstante, siempre me
ha parecido que Velázquez está pintando el mismo cuadro que contempla-
mos; lo imagino ante un gran espejo, de donde extrae toda la escena, inclui-
dos él mismo y una sección de su obra, entonces en proceso. Arte dentro del
arte; mundo de las apariencias; engaño de los sentidos; la instantaneidad en
el transcurrir. Todo ello está en el más célebre cuadro del pintor sevillano,
en buena parte de su pintura, y en toda la literatura del barroco. Velázquez y
el barroco literario español nos han dicho que la duda ante los hechos tam-
bién es un modo de contemplar e interpretar el mundo.
REFERENCIAS
Atenea 488
II Sem. 2003 148
Atenea 488
Las meninas (1656), óleo sobre lienzo, 3,18 x 2,76 m. 149 II Sem. 2003
La rendición de Breda o Las lanzas (1634-35), por Velázquez, óleo sobre lienzo, 3,07 x 3,67 m.
Atenea 488
II Sem. 2003 150
Las hilanderas, por Velázquez (1657?), óleo sobre lienzo, 2,20 x 2,89 m.
Atenea 488
Felipe IV, por Velázquez (1628), óleo sobre lienzo, 151
Busto de Felipe IV, por Velázquez (1655), óleo sobre lienzo,
II Sem. 2003
2,01 x 1,02 m. 0,69 x 0,56 m.
Atenea 488
II Sem. 2003 152
El aguador de Sevilla, por Velázquez (c. 1620), óleo sobre lienzo, 1,26 x 0,82 m.