Jasper Vale
Jasper Vale
3
Traducción y corrección
Caro
Diseño
Bruja_Luna_
4
IMPORTANTE ___________________________ 3 19______________________________________ 190
Créditos __________________________________ 4 20______________________________________ 201
Sinopsis __________________________________ 6 21______________________________________ 211
1 __________________________________________ 7 22______________________________________ 221
2 ________________________________________ 18 23______________________________________ 228
3 ________________________________________ 27 24______________________________________ 239
4 ________________________________________ 40 25______________________________________ 248
5 ________________________________________ 51 26______________________________________ 256
6 ________________________________________ 61 27______________________________________ 259
7 ________________________________________ 72 28______________________________________ 266
8 ________________________________________ 81 Epílogo ________________________________ 271
9 ________________________________________ 91 Epílogo extra _________________________ 277
10 _____________________________________ 101 ____________________________ 281
11 _____________________________________ 111 _______________________________________ 282
12 _____________________________________ 119 _______________________________________ 288
13 _____________________________________ 130 _______________________________________ 295
14 _____________________________________ 141 _______________________________________ 302
15 _____________________________________ 152 _______________________________________ 309
16 _____________________________________ 161 _______________________________________ 315
17 _____________________________________ 171 ________________________ 321
18 _____________________________________ 182 Acerca de la autora __________________ 323
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El orgullo de Eloise Eden es el hotel de su familia en Quincy,
Jasper debe haberla hechizado con esos ojos tan profundos, porque
6
Eloise
L
as fuentes del Bellagio rociaban agua en el aire mientras las luces
iluminaban los chorros. El hotel blanco se erguía orgulloso como telón
de fondo mientras el agua se arremolinaba y giraba al compás de un
dramático concierto de violín.
—Parecen rayos de luna. —Suspiré, apoyando la cabeza en el hombro de
Lyla—. Esto es mágico. Deberíamos poner una fuente de agua en The Eloise.
Mi hermana soltó una risita.
—Buena suerte convenciendo a papá.
—¿Te lo imaginas? Primero me diría que no. Luego, me pondría esa cara de
ceño fruncido en la que se le juntan las cejas y ladea la cabeza.
—Siempre que me pone cara, le añade los ojos parpadeantes —dijo.
—Oh, sí. Los ojos parpadeantes. Me había olvidado de ellos. —Papá
parpadeaba diez, once o veinte veces seguidas, como si intentara averiguar si
estaba bromeando o hablando en serio—. ¿Sabes lo que me parece una mierda?
Nunca he visto a papá darle el combo de ojos fruncidos y parpadeantes a Griffin,
Knox o Mateo.
—¿Verdad? Lo guarda para nosotras.
—Es injusto.
Según papá, nuestros hermanos no solían causarle el mismo estrés que,
según él, tenían las hijas. Lo que sea que eso significara.
—¿Estás borracha? —preguntó Lyla.
—Sí. —Asentí—. ¿Y tú?
Lyla hipó.
—Eso significaba que sí. 7
Entrelacé mis brazos con los suyos, acurrucándome más mientras una
sonrisa de ensueño aparecía en mi rostro.
Mis extremidades estaban un poco flojas. Mi cabeza, un poco confusa. Mi
corazón, un poco ligero, flotando en el aire como la niebla. Borracho y feliz, como
el espectáculo de la fuente de agua.
—Esta noche ha sido divertida —murmuré.
—Súper divertida. Me alegro de que hayamos venido. Y me alegro de que
Foster ganara su pelea.
—Yo también. —Solté su brazo, y me llevé las manos a la boca—. ¡Vamos
Foster Madden!
—Eloise. —Lyla me dio un manotazo en el brazo mientras la gente que nos
rodeaba me fulminaba con la mirada—. ¿Quieres callarte?
Reí.
—Oh, ¿a quién le importa si soy ruidosa? Nunca volveremos a ver a estos
divertidos haters.
Mañana volaríamos a casa, a Montana. Diríamos adiós a los rayos de luna y
hola a la realidad.
Lyla y yo habíamos venido a Las Vegas a ver un evento de la UFC. Foster
Madden, el novio de nuestra hermana Talia y campeón del mundo de los pesos
medios, había defendido su título y derrotado a su oponente en la pelea de esta
noche.
Había sorprendido a Talia trayéndonos en avión, ya que no quería que se
quedara sola en la arena. Pero sólo era un viaje rápido. Lyla y yo teníamos que
volver a Quincy para trabajar el lunes, y madrugar mañana sería brutal.
Habíamos decidido salir de fiesta esta noche de todos modos. Tomar unas
copas. Bailar. Sacar el máximo partido a nuestros bonitos conjuntos. Lyla llevaba
un mono azul marino de un solo hombro que resaltaba el azul de sus ojos. Yo
había optado por un sencillo top negro con mi vaquero más ajustado y mis
tacones más altos. Era raro que alguna de las dos nos vistiéramos así
últimamente, teníamos trabajos exigentes y eso era un infierno para la vida
social.
Esta noche había sido un descanso muy necesario. Sólo deseaba que no se
terminara.
El final del espectáculo de la fuente terminó demasiado pronto, y la multitud
junto al lago del Bellagio se dispersó.
Chase, el chico asignado a pasar la noche con nosotras, estaba de pie a unos
metros, esperándonos obedientemente a Lyla y a mí con las manos entrelazadas 8
delante de él como si fuera nuestro guardia de seguridad personal.
Técnicamente, lo era.
Antes de que Foster se llevara a Talia para celebrar su victoria en la suite
del hotel, insistió en que Chase nos acompañara esta noche. Trabajaba para el
manager de Foster como ayudante y no aparentaba más de dieciocho años.
Sospeché que el carnet que había utilizado para entrar en el club esta noche no
era precisamente legal.
Teniendo en cuenta que había sido relegado a hacer de niñero,
probablemente estaba en lo más bajo de la cadena alimenticia de la UFC. Pobre
hombre. Nos había seguido toda la noche sin quejarse, pero parecía muerto en
pie.
—¿Listas para ir al hotel? —preguntó.
Me incliné cerca para susurrar en el oído de Lyla.
—¿Crees que va a llorar si decimos que no?
Contuvo su risa tapándose la boca.
—Sí.
Chase bostezó. Ese maldito bostezo era la razón por la que habíamos salido
del club antes de medianoche.
—¿Crees que Jasper sigue en el club? —preguntó Lyla.
Me encogí de hombros.
—No sé.
Jasper Vale era el entrenador y mejor amigo de Foster. Nos había hablado
de la fiesta posterior en el club y nos había invitado. En su mayoría habían sido
chicos del mundo de la UFC, conocidos de Jasper y Foster de cuando vivían en
Las Vegas. Pero había sido agradable conocer al menos una cara entre la
multitud, además de la de Lyla.
—¿Quieres volver y averiguarlo? —Di que sí. Más baile. Más copas. Di que
sí, di que sí, di que sí.
La cara de Chase cayó. Me hizo una súplica lastimera e impotente.
Maldito seas, Chase.
En el club, después de su vigésimo bostezo, le dije que podía irse, pero se
negó. Y aunque lo habíamos pasado genial, le dije a Lyla que era hora de volver
al hotel. Odiaba que los demás no lo pasaran bien.
Chase podría ser joven, pero estaba claro que era inteligente. En pocas
horas, se había dado cuenta de que yo era el corazón de la familia Eden. Usaría
ese bostezo para llevarnos a la cama. 9
Buuu.
—Oh, no importa —murmuré—. Deberíamos irnos.
—Sí, mis pies me están matando en estos zapatos —dijo Lyla.
—En marcha, Chase. —Mientras nos dirigíamos al hotel, el frío del aire
nocturno me puso la piel de gallina. Hacía frío esta noche, incluso para el
desierto. A principios de marzo, luego de la puesta de sol, las temperaturas
bajaban.
—Grr. Hace fr… —Jadeé, dándome palmaditas en los brazos—. Oh, mierda.
¿Dónde está mi chaqueta?
Volvíamos del club al hotel cuando pasamos junto a la fuente, y yo hice que
nuestro grupo se desviara para poder ver el espectáculo. Me di la vuelta,
escudriñando el lugar donde habíamos estado paradas, pero mi chaqueta no
estaba a la vista.
—Debo haberla olvidado en el club. —Gemí. Estúpida Eloise—. Me encanta
esa chaqueta.
Era mi abrigo de cuero negro favorito. No demasiado grueso. Ni demasiado
fino. Las mangas eran incluso lo bastante largas para mis brazos, cosa que no me
resultaba fácil encontrar.
—Podemos volver a buscarlo. —Fue Lyla quien bostezó esta vez.
Tenía una cafetería en su casa de Quincy y, teniendo en cuenta que
normalmente se levantaba mucho antes del amanecer, me sentí orgullosa de que
se quedara despierta hasta tan tarde. Normalmente se acostaba a las nueve. Lyla
probablemente ni siquiera necesitaría despertador por la mañana. Mientras
tanto, había una posibilidad muy real de que tuviera que sacarme de la cama.
—Iremos a la suite para que puedas acostarte —dije—. Luego Chase y yo
volveremos al club a por mi chaqueta.
—¿Estás segura?
Asentí, uní mi brazo al suyo e hice una señal a Chase.
—Adelante, Crouton.
Chase frunció los labios.
—No creo que le guste mi apodo —le dije a Lyla.
Soltó una risita, empezamos a caminar hacia el hotel y nos detuvimos frente
a los ascensores. Foster nos había conseguido nuestra propia suite para esta
noche, con dos habitaciones separadas. Gracias a Dios. Lyla era una acaparadora
de camas. 10
—No vayas a ninguna parte sin Chase. —Lyla me señaló la nariz con un
dedo.
Levanté una mano en señal de saludo.
—Sí, señora.
—Oh. —Arrugó la nariz—. No me digas eso.
—¿Señora?
—Reina Lyla será suficiente. —Intentó hacer una reverencia, pero tropezó,
demasiado mareada para mantener el equilibrio.
—Dios mío. —Salté para agarrar su mano, ayudándola a ponerse de pie.
—Los tacones son el enemigo. —Se miró los pies con el ceño fruncido y
entró en el ascensor abierto—. ¿Nos vemos en un rato?
—Vuelvo enseguida. —La saludé con la mano cuando las puertas se
cerraron, y luego le di a Chase mi sonrisa más malvada—. Vamos a los chupitos.
Se quedó boquiabierto.
—Es broma —canturreé, volviendo sobre nuestros pasos por el vestíbulo
hasta el exterior.
Acabábamos de pasar de nuevo junto a la fuente, el agua oscura y tranquila,
cuando una cara conocida apareció en la acera de delante.
—Oh, mira. Ahí está Jasper. —Señalé.
Chase levantó una mano.
Jasper hizo lo mismo. Y en su mano estaba mi chaqueta.
—Sí. —Aplaudí y me detuve cuando Jasper se nos unió en la acera—. Eres
mi héroe. Gracias.
—De nada. —Me tendió el cuero negro y me ayudó a ponérmelo en los
brazos.
Le sonreí, teniendo que estirar el cuello para no perderlo de vista. Vaya,
era alto. ¿Por qué no me había dado cuenta antes de lo alto que era? Era más o
menos de la misma altura que mis hermanos.
—Eres alto. ¿Cuánto?
—Uno ochenta y nueve. —Su voz profunda tenía una aspereza, como si no
la usara lo suficiente.
—Tienes una bonita voz.
La comisura de sus labios se torció.
—¿Estás borracha? 11
—Oh, sí. —Incluso después de tanto caminar, mi borrachera era sólida. ¿Me
sentiría bien dentro de seis horas cuando tuviera que estar en el aeropuerto? No.
Jasper arrugó los ojos, como si yo le hiciera gracia. No para reírse a
carcajadas, obviamente, pero sí para divertirse.
¿Era graciosa? Pensé que sí.
—Chase, ¿crees que soy graciosa?
Me miró y parpadeó demasiadas veces.
Fruncí el ceño.
—Mi padre hace eso. La combinación de ceño fruncido y parpadeo. Lo odio.
Quizá sea cosa de hombres. Hablo mucho cuando estoy borracha.
—¿Eh? —Chase se volvió hacia Jasper—. No entendí nada de eso.
—Puedes irte —dijo Jasper, acudiendo al rescate de Chase.
—Pero el señor Madden dijo que tenía que quedarme con ellas hasta que
volvieran a su suite.
—Me aseguraré de que regrese. —Jasper movió la cabeza—. Ve.
Diviértete.
—Me voy a dormir. —Chase dio un paso atrás. Luego otro. Luego se dio la
vuelta, caminando tan rápido que era casi un trote.
—¡Adiós! —grité—. ¡Gracias por cuidarnos!
Fue entonces cuando Chase empezó a correr de verdad.
—No creo que le gustara hacer de niñero —le dije a Jasper—. ¿Podemos
volver a ver el espectáculo de la fuente?
—Claro. —Jasper caminó hacia la media pared de hormigón que bordeaba
el agua, encontrando un espacio abierto.
Me apreté a su lado y apoyé los antebrazos en la superficie plana. Luego
apoyé un pie entre las columnas redondeadas que había debajo.
—Me gustan las fuentes de agua.
—Entonces estás en el lugar adecuado. —Jasper mantenía la mirada hacia
delante, hacia el agua tranquila mientras yo miraba su perfil.
Era el perfil más bonito que había visto nunca. Tenía una frente perfecta. No
demasiado redonda. Ni demasiado plana. Su cabello castaño oscuro era más
largo por arriba y más corto por los lados, con algunos mechones que
sobresalían de su sitio. Tenía una barbilla fuerte, cuadrada en la parte inferior.
Labios suaves. Una nariz clásica, salvo que tenía un bulto en el puente, como si
se la hubieran roto antes. 12
—¿Duele cuando te rompes la nariz?
—Sí. —Me miró, sus ojos marrones captaron las luces de Las Vegas y les
dieron un brillo.
Jasper llevaba meses viviendo en Montana. No había muchos hombres
solteros y atractivos en mi pequeña ciudad natal, así que cuando Jasper había
llegado a Quincy, no había pasado desapercibido.
O quizás sí.
En serio, estaba bueno. Buenísimo. Debería haber estado enamorada de él
durante meses.
¿Eran gafas de cerveza? Nunca las había tenido. Excepto que no había
tomado cerveza esta noche. Sólo esos vodka tonics y los chupitos que Lyla y yo
nos habíamos tomado antes de salir del club.
—Eres extremadamente sexy.
Bueno, tal vez los chupitos estaban haciendo efecto después de todo.
Jasper arqueó una ceja del mismo tono oscuro que su pelo.
—También eres un poco gruñón y melancólico.
—¿Siempre dices lo que piensas?
—Sólo cuando estoy borracha, ¿recuerdas? Hablo mucho.
Jasper me miró fijamente, algo centelleaba en su mirada, pero no pude
distinguirlo. Los bordes borrosos de mi mente empezaban a volverse más
borrosos.
—¿Qué más? —preguntó Jasper.
Estudié su boca mientras hablaba, la forma en que formaba las palabras. La
flexión de aquella mandíbula afilada y cincelada.
—¿Qué?
—¿Qué más tienes en mente?
—Oh. —Dejo que mi mirada recorra su pecho, observando su ancha figura
que estira la camiseta negra que lleva con uno vaquero desteñido. El algodón de
la camiseta se amoldaba como una segunda piel a sus bíceps y hombros, pero le
quedaba más holgado en el estómago. ¿Tenía un paquete de seis? Seguro que
sí—. Mataría por verte sin camiseta.
Jasper rio a carcajadas. También era ronca, como si no se riera lo suficiente.
Está triste. ¿Le doy un abrazo?
Estaba demasiado ocupada contemplando esa pregunta, que no me di 13
cuenta de lo que estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde.
Jasper se llevó una mano a la nuca y agarró su camisa. Uy.
Se la quitó.
—Santo. Jodido. Abdominales. —Se me cayó la mandíbula—. Seis.
Definitivamente seis.
—Ocho —corrigió—. Cuenta otra vez.
—Vaya. —Alargué la mano para acariciar un músculo, sólo para
asegurarme de que era real. Los músculos se agruparon bajo mis dedos.
—Eso hace cosquillas.
—¿Tienes cosquillas? Ay. Eso es adorable.
Frunció el ceño.
—Creo que me gustaba más cuando me llamabas gruñón y melancólico.
—¡Ay, ay! —Una mujer que caminaba detrás de nosotros habló—. Cariño,
si no vas a arrastrar a ese hombre a tu habitación de hotel, por favor envíalo a la
mía. Planet Hollywood. Habitación 1132.
Mis mejillas se enrojecieron.
Jasper era el mejor amigo de Foster. No podía arrastrarlo a mi habitación
de hotel, ¿verdad? No. Eso podría ser incómodo. Pero yo también quería que se
quitara ese vaquero. ¿Cómo eran sus piernas? ¿Eran sus muslos tan voluminosos
como parecían? ¿Tenían el mismo vello oscuro que se extendía desde su ombligo
hasta la cintura de su vaquero? ¿Hasta dónde llegaba ese rastro?
—Eloise.
Lo miré a la cara.
—Me gusta cómo dices mi nombre.
—Te estás sonrojando. —Jasper bajó la voz hasta apenas susurrar. Algo más
cruzó su mirada, quizá una burla, quizá un flirteo, pero ocurrió demasiado rápido
para que mi lento cerebro pudiera captarlo.
—Estoy borracha —espeté.
—Yo también.
—De ninguna manera. —Mi boca se entreabrió—. ¿En serio?
—Sí. —Se inclinó más hacia mí y sus ojos, ligeramente desenfocados, se
posaron en mis labios.
—Um, ¿vas a besarme?
Jasper tarareó.
14
—Estoy pensando en ello.
Por primera vez esta noche, me quedé sin palabras.
Me incliné hacia él.
Levanté la barbilla.
Pero entonces un gorgoteo llenó el aire y, a nuestro lado, el tranquilo
estanque de agua estalló en esos chorros de rayos de luna.
La gente que nos rodeaba se abalanzó sobre nosotros, empujándonos
contra la barrera de hormigón, rompiendo el momento.
Qué fastidio. Suspiré, dándome vuelta para ver el show.
Jasper se puso su camisa y se inclinó también hacia delante, rozándonos los
hombros mientras la música llenaba el ambiente.
La canción era diferente esta vez, una sinfonía intensa con un tempo rápido
y un fuerte ritmo de batería. La sincronización de la música, las luces y el
movimiento era perfecto.
—Es perfecto —murmuré—. ¿Cuántos intentos crees que les llevó
conseguir esto?
—No lo sé.
Me apoyé en su brazo y mi cabeza chocó contra su hombro. No se movió ni
me empujó, así que no me moví.
—Creo que la perfección está sobrevalorada.
—De acuerdo.
—Cuando era niña, me enfadaba mucho cuando las cosas no eran perfectas.
Por ejemplo, si estaba haciendo un dibujo y me equivocaba, no podía borrar el
error y vivir con ello. Tenía que buscar un papel nuevo y empezar de cero. —Me
rodeaban montones de papeles arrugados y se me caían las lágrimas porque no
conseguía hacer bien el dibujo—. No sé qué pasó ni por qué lo hice —dije—. Un
día estaba intentando colorear una tarjeta de cumpleaños para mi padre. Le
encantan los caballos, y cuando le pregunté qué quería como regalo de
cumpleaños, me dijo que le dibujara un caballo. ¿Has intentado alguna vez
dibujar un caballo?
—No.
—Bueno, confía en mí. Son difíciles. Yo no podía hacerlo. Seguí intentando
e intentando. Sólo quería darle ese caballo y hacerlo feliz. Y tenía este papel
especial que era realmente grueso. ¿Cómo llaman a ese papel?
—Cartulina.
—Sí, cartulina. Es difícil de arrugar, así que en vez de eso partía por la mitad 15
los que me salían mal. De todos modos, estaba en mi última hoja y metí la pata.
Pero no tenía más papel. Así que robé la caja de pinturas de la habitación de Talia
y cubrí mi feo caballo. No eran más que remolinos de color, pero cubrí toda la
página, hasta los bordes. Cuando terminé, había pintura por todas partes. Talia
se enfadó porque utilicé sus pinturas nuevas. Mamá se enfadó porque hice un
desastre y salpiqué un poco por el suelo. Pero me encantaba esa tarjeta. Papá la
colgó en su despacho, aunque no era el caballo que quería. Todavía sigue ahí. Y
no sabe que debajo de todos esos bonitos colores hay un caballo muy feo.
Comenzó el show del final, los chorros de agua empezaron a saltar tan alto
como podían.
—Me gusta lo perfecto —murmuré—. También me gusta lo imperfecto. Me
gustan los momentos salvajes y temerarios que nunca olvidas.
Como esta noche.
Una vez más, el show terminó demasiado pronto, el agua se oscureció y fue
calmándose lentamente. Pero yo no estaba preparada para la calma. Había
energía burbujeando en la punta de mis dedos. Zumbaba bajo mi piel. Así que
me alejé de la barrera, girando en círculo con los brazos extendidos a los lados.
Vacilé, pero antes de tropezar, una mano fuerte me sujetó el codo y me ayudó a
mantener el equilibrio.
—Vaya. —Solté una risita—. No más vueltas para mí. Estar borracha y usar
tacones no se mezclan.
—¿Quieres volver a tu hotel?
Hice un mohín.
—La verdad es que no.
Esto fue divertido. Fue la mejor noche que había tenido en años. Algo sobre
Las Vegas, las multitudes, la energía, era liberador.
Esta noche no había responsabilidades. No había expectativas.
—¿De verdad estás borracho? —Puse las manos en las caderas, estudiando
la cara de Jasper—. No lo pareces.
Se rio entre dientes.
—¿Cómo soy si estoy borracho?
—No lo sé. —Extendí una mano—. Nunca te había visto borracho. Pero la
mayoría de la gente se... suelta.
—Estoy suelto.
Puse los ojos en blanco.
—Estás tieso. Se supone que tenemos que divertirnos. 16
—Me quité la camisa para ti.
—Verdad. Y eso fue divertido para mí. —Me di un golpecito en la barbilla—
. Haz algo. Ahora mismo. Demuestra que estás borracho.
Jasper volvió a arrugar los ojos.
—¿Cómo qué?
—No lo sé. Tú eres el que vivía aquí. ¿Qué es hacer algo espontáneo en Las
Vegas?
Un hombre que pasaba respondió por Jasper.
—Casarte.
Me burlé.
—No podemos casarnos.
—¿Por qué no? —preguntó el tipo, que seguía caminando con los brazos en
alto.
—Sí —dijo Jasper—. ¿Por qué no?
17
Jasper
E
l crujido de la ropa al ser introducida en una maleta llenó la
habitación del hotel. Luego se oyeron pies descalzos mientras Eloise
se dirigía de puntillas al baño. Segundos después, volvió de puntillas.
Luego se oyó un ruido sordo, probablemente el neceser junto con la ropa. Le
siguió el chasquido de una cremallera, cada muesca unida tan lentamente que
resultaba doloroso oírla.
Mi esposa se escapaba.
Mi esposa.
Luché contra las ganas de maldecir contra la almohada. La cabeza me daba
vueltas. El dolor de cabeza que me palpitaba en las sienes se debía menos al
alcohol de anoche que a la situación de esta mañana.
Pero no me atreví a moverme. Me quedé completamente inmóvil, con la
respiración entrecortada y casi en silencio.
Eloise pensó que aún dormía. Lo mantendríamos así. Por ahora. Hasta que
supiera cómo arreglar esto.
¿En qué demonios había estado pensando?
Me había casado con Eloise. Casado.
Esa palabra había estado rebotando en mi cerebro durante horas. Horas
que debería haber pasado durmiendo.
Excepto que anoche no había dormido más que unos minutos seguidos.
Cada vez que me quedaba dormido, Eloise se acurrucaba a mi lado o contra mi
espalda. Me pasé la mayor parte de la noche empujándola hacia el lado opuesto
de la cama. Pero cada vez que me alejaba, ella me seguía.
Una que abrazaba. Claro que me casaría con una mujer que me abrazara.
Detestaba los abrazos. 18
Joder. Joder. Joder.
La cabeza me latía con cada maldición silenciosa. De todas las decisiones
estúpidas que había tomado en la vida, la de anoche era, con diferencia, la más
tonta.
Eloise se dirigió al baño y se encerró en él antes de encender la luz.
Al abrir los ojos, un resplandor se escapó por debajo de la puerta. El grifo
se abrió, así que me moví para enterrar la cara en la almohada, y gemí.
¿Podría ser más desastroso?
Anoche, durante una hora, pensé en escaparme mientras ella dormía para
retrasar la inevitable e incómoda conversación sobre cómo resolver este lío.
Pero el daño ya estaba hecho. No era una mujer cualquiera con la que me había
acostado anoche.
Era Eloise.
Así que me había quedado. Me había abrazado.
Mierda. Foster me iba a despellejar vivo. Era hombre muerto por casarme
con la hermana de Talia. ¿Y si simplemente no volviera a Montana? Si me
escondiera en Las Vegas durante la próxima década, ¿me perdonaría?
Era tentador. Tan malditamente tentador.
Igual que Eloise.
La luz del baño se apagó. Cerré los ojos, una vez más fingiendo dormir
como un maldito cobarde. La puerta se abrió casi en silencio, salvo por un ligero
crujido en la bisagra. Entonces sus pies descalzos cruzaron la habitación una vez
más.
Otra cremallera. Otro crujido.
Anulación. Esa era la respuesta.
Quizá tuviera suerte y Eloise accediera a mantener esta mierda entre
nosotros. Nadie necesitaba saber que nos habíamos casado, ¿verdad? Podríamos
lidiar con ello a escondidas.
Algo así como ella intentando escabullirse.
Si quería desaparecer esta mañana, la iba a dejar. La conversación sobre la
anulación podía esperar hasta que volviera a Montana.
El sonido del tráfico, de la ciudad agitándose, zumbaba de fondo. Una luz
tenue se colaba por las ventanas. Demasiado ocupados desnudándonos el uno al
otro, habíamos olvidado cerrar las persianas cuando entramos en la habitación
la noche anterior. 19
Habíamos follado. Duro. Desnudos. Mi polla cobró vida bajo las sábanas.
Hacía mucho, mucho tiempo que no lo hacía sin condón, pero cuando Eloise me
dijo que tomaba anticonceptivos y había pasado un tiempo, bueno... había roto
mi propia regla sobre la protección. Para mí también había pasado tiempo.
Eloise había respondido a mi pasión. No había sido nada suave ni delicado.
Nos habíamos arañado mutuamente, rudos y salvajes. Fue el mejor sexo que
había tenido en... bueno... mucho tiempo.
¿Por qué no podía ser simplemente una follada? ¿Por qué la había llevado a
esa maldita capilla?
Demasiado lejos. Había ido demasiado lejos.
No querría seguir casada, ¿verdad? Eloise tenía que saber que esto no era
serio. Que era un error de borrachos.
Volvió a moverse e, incluso con los ojos cerrados, la sentí acercarse. Sus
pies se detuvieron junto a la cama. El aire cambió cuando Eloise se agachó.
Abrí los ojos.
Y vi azul.
Azul de infarto. Azul exquisito.
Su mirada era del color de los zafiros. El cobalto del amanecer. El azul de la
llama más caliente.
Anoche me había perdido en ese azul. Primero junto a la fuente del Bellagio.
Luego en esta misma cama.
Nos miramos fijamente, el peso de lo que habíamos hecho se asentó entre
nosotros como una tonelada de ladrillos.
El bello rostro de Eloise estaba marcado por el arrepentimiento. Abrió la
boca, a punto de decir algo, pero llamaron a la puerta. Se sacudió, casi
cayéndose de culo.
Extendí una mano, agarrando la suya para mantenerla erguida.
La mirada de Eloise se clavó en mi agarre. Sus dedos se tensaron un instante
y luego me soltó. Levantó un dedo y se lo llevó a los labios.
Shh.
Así que quería mantenerme en secreto.
¿Por qué dolió? ¿No era eso lo que yo también quería-necesitaba?
—¿Estás lista para irnos? —llamó Lyla desde más allá de la puerta cerrada.
—Ahora mismo voy —respondió Eloise, pero no hizo ningún movimiento
hacia la puerta. Permaneció agachada a mi lado durante un largo instante, como 20
si estuviera pensando qué decir.
Ya éramos dos.
—Vamos a llegar tarde —dijo Lyla.
Los hombros de Eloise cayeron.
—Un segundo.
Luego me dedicó una sonrisa triste antes de decir:
—Lo siento.
Como si fuera su culpa.
¿Por qué iba a disculparse? Había sido idea mía. Fui yo quien llamó a un
taxi. Fui yo quien dirigió al conductor a la capilla. Fui yo quien se apresuró a
entrar, justo antes de la medianoche, y pidió el matrimonio.
Yo.
Toda esta maldita catástrofe descansaba firmemente sobre mis hombros.
Todo porque Eloise me había contado esa historia sobre el dibujo de su
caballo.
Maldita sea. No era ella quien debía disculparse. Pero antes de que pudiera
decir una palabra, ella se había ido.
Se calzó zapatillas de tenis, levantó la maleta de mano que había preparado
y extendió el asa. Su agudo chasquido fue como un golpe en mi pecho.
Me moví y me tumbé boca arriba, tirando rápidamente de las mantas hasta
la barbilla, con la esperanza de esconderme de Lyla. Luego me quedé mirando
al techo, observando cómo se desplazaban las sombras mientras Eloise abría la
puerta lo suficiente para salir.
—Listo. —El intento de Eloise de ser alegre salió forzado. Demasiado alegre
y demasiado alto.
—¿Por qué gritas? —refunfuñó Lyla—. Tengo resaca. ¿Y tú?
—Um, sí. Vámonos.
Las ruedas de su equipaje se desvanecieron mientras los arrastraban por la
sala común de la suite. Entonces la puerta exterior se cerró de golpe, dejándome
solo.
Foster había conseguido esta suite para Eloise y Lyla. Se había asegurado
de que Talia no tuviera que sentarse sola durante la pelea de anoche. Me había
contado todo sobre esta sorpresa para Talia. Ni una sola vez, mientras me
explicaba la logística, pensé que dormiría en la habitación que había reservado
para ellas.
—Hijo de puta. —Rodé sobre mi estómago, enterrando mi nariz en las
21
sábanas.
El perfume de Eloise se pegaba al algodón. Vainilla con una profundidad
terrosa. Floral pero especiado, casi como una colonia de hombre. Excepto que
era completamente femenina. Completamente Eloise.
Lo único bueno de que durmiera tan cerca había sido ese olor. Eso, y el
cuerpo desnudo de mi esposa apretado contra el mío.
Joder. Joder. Joder.
Me apoyé en los codos y me giré para sentarme. La sábana estaba enredada
alrededor de mis piernas, cubriéndome hasta la cintura. Me pasé ambas manos
por el pelo, me froté los ojos para aliviar el dolor de cabeza. Luego miré hacia la
ventana, hacia el amanecer que se deslizaba sobre el desierto.
¿Cómo pude permitirlo? ¿Cómo pude llevarlo tan lejos? De todas las cosas
espontáneas que hacer en Las Vegas, ¿por qué casarse?
¿Y ahora qué?
Eloise volvía a Montana.
Había planeado quedarme en Las Vegas por un tiempo. Ahora que la pelea
de Foster había terminado, se tomaría un descanso del entrenamiento. Pasaría
tiempo con Talia y su hija, Kadence. No había nada esperándome en Montana,
excepto una cabaña alquilada en forma de A y la nieve.
Como la nieve y yo no nos llevábamos precisamente bien, había pensado
que un mes en Nevada sería un cambio bienvenido. Que le daría a Foster algo
de tiempo para pensar en su próximo movimiento.
Había mencionado retirarse, y por mucho que odiara perder mi tiempo con
él, no lo culparía por terminarlo. Había tenido una carrera increíble con la UFC.
Tuve el honor de ser una pequeña parte de ese viaje.
Pero si decidía dejar de luchar, entonces tenía que tomar algunas
decisiones. ¿Volver a Las Vegas? ¿Entrenar a otro? ¿Intentar algo nuevo? Era
mucho más fácil pensar cuando el invierno no intentaba congelarme las bolas.
Excepto que ahora no podía quedarme en Las Vegas demasiado tiempo,
¿verdad? Eloise y yo teníamos un problema que resolver.
Y ni siquiera tenía su número de teléfono.
—Mierda. —Mi puño golpeó el colchón a mi lado. ¿Cómo pude ser tan
estúpido?
De un tirón, la sábana se desprendió de mis piernas. Me levanté de la cama
y me dirigí al baño. Miré la ducha, a punto de abrir el grifo, pero cambié de
dirección y volví al dormitorio para recoger la ropa que había esparcida por el 22
suelo.
El olor de Eloise, aún pegado a mi piel, sería mi castigo hoy. Un
recordatorio del error épico que había cometido anoche.
Me puse el bóxer y el vaquero, la camiseta de anoche. La camiseta que me
había quitado junto a la fuente porque Eloise había querido verme sin ella puesta.
¿Quién se quita la camiseta en público? Diablos, si me hubiera pedido que
me quitara el vaquero, lo habría hecho.
Había una razón por la que no bebía.
Borracho era un maldito idiota.
—Uf. —Me pasé las manos por la cara, como si eso pudiera hacer retroceder
el tiempo. Borrar esta humillación.
¿Cuándo fue la última vez que me había avergonzado? Años. La última vez
que me había sentido así también había sido por una mujer.
Pero Eloise no tenía la culpa de la sensación de asco que me invadía. No, la
culpa era mía.
Necesitaba salir de una puta vez de esta habitación de hotel.
Necesitaba salir de aquí.
Necesitaba no volver a beber tequila nunca más.
Eloise y yo nos habíamos emborrachado. No borrachos como cubas. Ni
borrachos descuidados. No, habíamos sido el tipo peligroso de borrachos, del
tipo que cuando pensabas que todavía estabas en control. Cuando las
inhibiciones estaban bajas y el coraje alto. Cuando eras lo suficientemente tonto
como para creer que una idea salvaje y temeraria era el reto de tu vida.
—Maldito tequila.
Con los zapatos puestos, salí de la habitación, sacando la cartera del bolsillo
del vaquero. Bajé dos pisos en ascensor y me apresuré a llegar a mi habitación.
La cama estaba hecha, con las sábanas blancas crujientes y limpias desde ayer.
Yo tenía una casa a una hora de aquí, pero Foster quería que todos
estuviéramos cerca del Strip para la pelea, así que me reservó una habitación.
Tal vez debería haber insistido en dormir en mi propia maldita cama. Entonces
no habría ido al club anoche. No habría estado cerca de Eloise Eden.
Mi bolso estaba sobre una silla en un rincón, así que me apresuré a guardar
mi ropa y mis artículos de aseo. Luego me la colgué del hombro y salí del hotel,
caminando por el vestíbulo hasta la salida principal.
Había taxis esperando, pero pasé de ellos, necesitaba caminar un rato antes 23
de volver a casa. Quemar algo de energía. Para pensar.
El aire de la mañana era fresco. Inspiré largamente, oliendo el agua que
habían utilizado esta mañana para regar la entrada. El hormigón aún estaba
húmedo en algunos lugares que no habían sido tocados por el sol. Limpio, por
ahora. Probablemente alguien vomitaría sobre él más tarde.
Nada permanecía realmente limpio.
Especialmente en Las Vegas.
Eso siempre había sido parte del atractivo de Las Vegas. Por muchas
bombillas de neón brillantes que añadieran al Strip, siempre quedaba algo de
suciedad. Suciedad, como la arena que aguardaba más allá de las fronteras de la
ciudad.
Aquí la gente hacía alarde de su falsedad. Había libertad para ser llamativo
y ruidoso. El juicio se relajaba, normalmente por el alcohol.
Anoche fui el último ejemplo del veneno de Las Vegas. Eloise, una mujer
pura y hermosa, había sido corrompida por la Ciudad del Pecado. Manchada por
un hombre cuyos demonios habían salido a jugar.
Con la barbilla baja, mantuve la mirada fija en la acera mientras me dirigía
hacia Las Vegas Boulevard. Ir hacia la izquierda me llevaría a la fuente del
Bellagio.
Giré a la derecha.
No tenía ninguna posibilidad de enfrentarme a esa fuente esta mañana. Sin
otro destino en mente que alejarme, caminé con las manos metidas en los
bolsillos.
Cuadra tras cuadra, esperé a que la presión de mi pecho se aliviara. El
ejercicio siempre había sido mi escape. Mi refugio. Pero la tensión de mis
hombros, el nudo en el estómago, parecían crecer a cada paso.
Fue entonces cuando levanté la vista.
Y me di cuenta de que este camino que estaba recorriendo me era familiar.
—Por el amor de Dios, Vale.
Debería haber girado a la izquierda y haberme enfrentado a esa fuente.
Aparentemente mis pies habían desarrollado una mente propia. Y esta mañana,
querían volver a la escena del crimen de anoche.
El edificio, pequeño y cuadrado, desentonaba con el telón de fondo de
casinos en expansión y enormes torres. Era demasiado encantador. Demasiado
real. Pertenecía a cualquier otro lugar.
Pero esa era otra parte del atractivo de Las Vegas. Esta ciudad acogía todas
24
las formas y tamaños. Una pareja podía casarse con Elvis bajo el resplandor de
las luces de neón en una capilla que ofrecía ofertas de noventa y nueve dólares
entre semana. O podían venir aquí.
La Capilla Clover.
Las paredes de estuco blanco tenían intrincados vidrios. Sus azules y verdes
captaban la luz de la mañana. Un campanario con una campana de latón coronaba
el tejado. Enredaderas con delicadas flores trepaban por la estructura.
Las puertas de madera clara estaban marcadas con un pequeño trébol de
cuatro hojas clavado sobre el umbral. En la casa que alquilé en Montana había
una herradura en ese lugar.
Quizá si creyera en la suerte, quizá si alguna vez hubiera tenido suerte,
habría apreciado esos símbolos.
La capilla ya estaba cerrada. La propia Clover estaría en casa, sacando el
dinero que pagué anoche. En la Capilla Clover no se hacían ofertas especiales
de noventa y nueve dólares, y menos para clientes de última hora que llegaban
a pie minutos antes del cierre.
Pero había pagado.
Se pagaba por las flores de glicina que llenaban el techo abierto. Cobraban
un extra por los que querían casarse bajo una pérgola repleta de ramitas
brillantes, luces de fantasía, vegetación y magnolias. Por un pasillo con bancos
cortos de madera que te hacían sentir que no te casabas en Las Vegas, sino en
una pintoresca iglesia rural, rodeado de tus queridos invitados.
De todos los lugares del mundo, ¿por qué volvería aquí?
El caballo feo.
Había traído a Eloise aquí por la historia que me había contado sobre el feo
dibujo del caballo.
Había creado una imagen tan vívida con ese cuento. De ella como una niña
enfadada, pintando sobre un boceto para poder darle a su padre la tarjeta que
quería. Podía imaginármela de niña, desesperada por complacer a su padre y
rodeada de sus intentos destrozados de tarjeta de cumpleaños. Y luego, de
nuevo, sonriente y feliz, con la piel manchada de todos los tonos de pintura al
rechazar la idea de la perfección.
Por eso la había traído aquí anoche.
No era la única que quería tomar algo feo, algo carente, algo doloroso, y
cubrirlo con algo hermoso.
—Bonita capilla, ¿verdad? —Pasó una mujer paseando a un chihuahua con 25
una brillante correa rosa. Su sombrero hacía juego con el collar del perro.
Asentí, esperando a que se marchara. Luego volví a concentrarme en el
edificio.
Un caballo feo.
Cubierto de pintura.
Sí, era una capilla bonita. Eso me había parecido la última vez que había
estado aquí.
Cuando me había casado en Las Vegas.
26
Eloise
—¿S
eñorita?
Me sobresalté al oír la voz de la señora. Perdida
en mis pensamientos, dibujando círculos invisibles
en el mostrador de caoba de la recepción del hotel,
no la había oído acercarse.
Los huéspedes me habían estado acechando durante los últimos tres días,
desde que había vuelto a casa de Las Vegas.
—Lo siento. —Le dediqué una sonrisa alegre—. Bienvenida a The Eloise.
¿Te registrarás?
—Sí. —Asintió y me dio su nombre para que lo introdujera en el sistema de
reservas.
Cinco minutos más tarde, le entregué dos llaves metidas en un sobre de
papel con el número de su habitación escrito en la cara.
—El ascensor está ahí. —Señalé hacia el vestíbulo—. Estás en la habitación
302. Gira a la derecha al salir del ascensor y tu habitación está al final del pasillo.
¿Puedo hacer que le suban algo esta tarde?
—No, gracias. —Ella sonrió, mirando alrededor del vestíbulo—. Esta es mi
primera visita a Quincy. El hotel es encantador.
—Gracias. —Sonreí ante el cumplido—. A mí también me parece
encantador. Bienvenida a la ciudad. ¿Vienes a visitar a unos amigos o a la familia?
—Mi hermana acaba de mudarse aquí.
—Ah. —Asentí. ¿Había conocido a dicha hermana?
Quincy era una ciudad pequeña. Cuando se trataba de los lugareños, no
había muchas caras que no reconociera. Aunque últimamente eso había
cambiado. Cada vez más gente buscaba escapar de la vida en la ciudad, y mi 27
pueblo natal era una joya rural escondida en el escarpado paisaje del oeste de
Montana.
—Disfruta de tu estancia —le dije—. Por favor, avísame si necesitas
cualquier cosa.
Con un gesto de la mano, se dirigió hacia el ascensor.
A su lado, las paredes estaban cubiertas de macetas de hoja perenne. Los
árboles en miniatura seguían adornados con las luces blancas que habíamos
puesto para las fiestas. Quitar las luces estaba en mi lista de tareas pendientes,
pero aún no lo había hecho. Sobre todo porque sus pequeños destellos añadían
un poco de encanto al pasillo.
Estábamos en una extraña estación en Montana, ni invierno ni primavera.
Más allá de las ventanas de cristal que daban a Main Street, había una capa de
nieve fresca en las aceras.
La leña crepitaba en el gran hogar a un lado de la gran sala. Mantendría el
fuego encendido hasta que desapareciera la nieve. Me gustaba el suave aroma
ahumado que daba al vestíbulo del hotel. Y la chimenea, la columna de piedra
que se elevaba hasta las vigas, tenía un aspecto más bonito con el fuego
ardiendo.
La posada que llevaba el nombre de mi tatarabuela, había pertenecido a
nuestra familia durante generaciones. Ella había sido mi tocaya. Tal vez fuera el
destino que yo amara este hotel tanto como me gustaba imaginar que ella
también lo había amado.
Mi vela de vainilla favorita ardía en la mesita, su dulzura se mezclaba con el
humo del fuego. Era acogedor. Cálido. Quería que los huéspedes se sintieran
envueltos en un abrazo cuando cruzaran las puertas del hotel.
Mi hotel. Más o menos.
Técnicamente, The Eloise pertenecía a mis padres, aunque yo había sido la
gerente durante años. A pesar de que la mayoría de la gente en Quincy pensaba
que era mío.
Todavía no. No oficialmente.
Mamá y papá querían asegurarse de que yo estaba lista para hacerme
cargo. Que era madura. Que era capaz de manejar este nivel de responsabilidad.
Hace una semana, me habría ofrecido voluntaria para ser la imagen de la
responsabilidad. Sensata podría haber sido mi segundo nombre.
Excepto que había volado a Las Vegas el fin de semana pasado. Y me había
casado por capricho.
—Oh Dios. —Cada vez que pensaba en la noche del sábado, quería vomitar. 28
¿Qué demonios me pasaba? Nunca jamás volvería a beber. Esa había sido
la decisión más impulsiva e imprudente de mi vida.
—Uff. —Dejé caer la cara entre las manos.
Tenía veintiséis años. Y estaba casada con un desconocido.
Mi familia iba a enloquecer.
Tal vez Jasper y yo podríamos mantenerlo en secreto. Anularlo antes de que
nadie supiera la verdad. Borrar el matrimonio de la existencia. Entonces podría
ser más como un “ups”. Si era nulo para cuando se enteraran, mis padres no se
enfadarían mucho, ¿no?
Escabullirme del hotel el domingo por la mañana no había sido la mejor
idea. Jasper y yo deberíamos haber hablado. Como mínimo, deberíamos haber
intercambiado números de teléfono.
¿Jasper ya había vuelto a Montana? Iba a volver, ¿no? Porque iba a necesitar
alguna información, como su nombre legal y una dirección física.
Y yo iba a necesitar un abogado..
En situaciones normales, llamaría a mi padre. Él me diría a quién llamar y
qué decir.
Esta vez no.
Si quería mantener este matrimonio en secreto, tendría que encontrar un
abogado fuera de Quincy. Missoula estaba a dos horas de distancia. ¿Era
suficiente para evitar que se extendieran los rumores? No es que no confiara en
la confidencialidad abogado-cliente, pero había vivido toda mi vida en una
ciudad pequeña. Los secretos siempre salían a la luz.
Un plan. Necesitaba un plan.
Así que agarré un bolígrafo y pasé a una nueva página del cuaderno en el
que había estado garabateando antes.
Paso 1: Encontrar un abogado.
No, ése no era el primer paso. Garabateé sobre las palabras, tachándolas.
Luego empecé de nuevo con la siguiente línea.
Paso 1: Encontrar a Jasper.
Si había vuelto a Quincy, claramente me había estado evitando. No es que
me importara. Estos últimos días, no había estado preparada para enfrentarme a
él, para revivir la vergüenza de mi borrachera.
La humillación se apoderó de mí y me hizo estremecer.
Me había casado.
Con un extraño.
29
Usando un top.
—¿Qué me pasa?
El alcohol había desempeñado un papel importante en el desastre que fue
el sábado, pero no había sido el único motivador. Me había dejado llevar por la
aventura. Por la espontaneidad. Por el encanto de aquella capilla.
Y Jasper había estado tan... seguro.
Ni una sola vez había vacilado.
Había entrado en aquella capilla, con su mano agarrada a la mía, con pura
determinación. Y cuando pidió el matrimonio con aquella voz áspera, le había
parecido la mejor idea del mundo.
De pie bajo aquella hermosa pérgola, bajo un techo de flores, me convencí
de que era el destino.
Estúpido destino.
Estúpida Eloise.
Estaba bien. Podía arreglarlo. Terminé de evitar a Jasper. Después del
trabajo, localizaría a mi marido.
Talia había mencionado que había alquilado una cabaña a los Stewart.
Tenían cuatro alquileres de vacaciones en la ciudad. Sólo uno de ellos era una
cabaña. Lo que significaba que Jasper tenía que estar alojado en la calle
Alderson.
Bueno, no iba a llamar a Talia para preguntarle. Si no estaba, me pasaría por
los otros alquileres hasta encontrarlo.
Paso 2: Pedirle a Jasper que no se lo diga a nadie. Especialmente a Foster.
Las puertas se abrieron mientras mi bolígrafo garabateaba en el papel. El
corazón se me subió a la garganta cuando mis padres entraron en el vestíbulo.
—Hola —dije demasiado alegre, guardando el cuaderno para que estuviera
fuera de vista. Luego busqué en sus rostros cualquier atisbo de irritación.
Mamá estaba sonriendo. Eso era una buena señal, ¿verdad? Si se hubiera
enterado de lo de Jasper, estaría llorando.
Papá echó un vistazo al vestíbulo, asimilándolo todo. Eso también era
normal. Si estuviera enfadado conmigo, tendría el ceño fruncido.
Uf. Todo estaba bien. No lo sabían. No tenían que saberlo.
Encontraría a Jasper, y resolveríamos esto. Este matrimonio terminaría en
un instante. Borrado. Un incidente que nunca había sucedido.
—Hola, cariño. —Mamá rodeó el mostrador de recepción y junto a mi silla,
30
me tocó un mechón de pelo—. Tu cabello está precioso hoy.
—Gracias.
Dormir había sido imposible los últimos tres días. Cada vez que me
quedaba dormida, veía la cara de Jasper. O soñaba con él en la capilla, diciendo
sí quiero. O me lo imaginaba en la cama mientras se movía dentro de mí.
Anoche me desperté con un dolor tan fuerte entre las piernas que salí de la
cama a las tres de la mañana para limpiar a fondo la nevera. Después de
ducharme, me pasé treinta minutos rizándome el cabello.
Esta noche, cuando inevitablemente me desperté antes del amanecer, iba
a fregar los zócalos de mi casa. Eran buenos tiempos.
—Hola, hija. —Papá se detuvo frente al mostrador, pasando una mano por
su borde como si buscara alguna madera levantada que pudiera astillar a algún
huésped. Pero como siempre, estaba lisa y pulida hasta brillar.
Limpiaba este mostrador al menos diez veces al día para borrar las huellas.
—Hola, papá. ¿Qué vais a hacer hoy?
—Oh, sólo recados —dijo—. Le dije a Griffin que recogería un par de cosas
en Farm and Feed para él. Así le ahorro un viaje a la ciudad.
—¿Hoy no haces de niñera? —le pregunté a mamá.
—No. —Hizo un mohín. Mamá cuidaba a menudo de mis sobrinos. Tres
niños, todos menores de dos años. Sólo a ella le disgustaba tener un día libre—.
Winn tuvo que cubrir un turno el fin de semana pasado, así que se tomó el día
libre para pasarlo con Emma y Hudson. Y Memphis quería que Drake estuviera
hoy en casa para que pudieran estrechar lazos con el bebé.
—Ah.
Memphis, la mujer de mi hermano Knox, acababa de dar a luz a un niño.
Harrison, llamado así por papá.
No sólo era mi cuñada, sino mi empleada favorita. Se había mudado a
Quincy por un trabajo de ama de llaves en The Eloise. Así fue como conoció a
Knox.
Era la mejor asistenta que había tenido nunca y, egoístamente, quería que
volviera luego de su baja por maternidad. Pero tampoco me engañaba a mí
misma. Lo más probable era que se quedara en casa con sus hijos.
—¿Cómo van las cosas por aquí? —preguntó Papá.
—Bien. Ocupadas. —Sin Memphis, habíamos tenido que cambiar a algunos
empleados para cubrir turnos. Ayer, había estado corta de personal, así que
había hecho la colada y algo de limpieza general en el vestíbulo.
31
Lo que hiciera falta para mantener este lugar reluciente y a los huéspedes
sonrientes.
—Esperábamos que tuvieras un minuto para hablar. —Mamá compartió una
mirada con papá.
Una mirada que me revolvió el estómago.
—De acuerdo —dije. No podía tratarse de Jasper. De ninguna manera. A
pesar de todo, el corazón se me subió a la garganta—. ¿Sobre qué?
—¿Quieres poner el cartel? ¿Ir a tu oficina?
¿Una conversación a puerta cerrada? Oh, diablos.
—Um...
—Podemos hablar aquí, Anne. —Papá miró por encima del hombro,
confirmando que estábamos solos.
El aire se escapó de mis pulmones.
Una discusión en la recepción significaba que no estaba en problemas.
Todavía.
El vestíbulo estaba vacío y todos los huéspedes que debían registrarse hoy
ya habían llegado. Así que, aunque podría haber alguna interrupción ocasional,
lo más probable es que no hubiera incidentes hasta alrededor de las cinco. A esa
hora llegaban los lugareños para comer en el restaurante de Knox, Knuckles.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Dos cosas. —Papá levantó un par de dedos—. Tuve que pasar por el
banco el otro día y estuve hablando con Randy.
El presidente del banco no era mi persona favorita en la ciudad. Siempre
que entraba en el hotel, traía consigo un aire de prepotencia.
—Le gustaría reservar el anexo para la cena de agradecimiento a los
empleados del banco este verano.
—Genial.
Cuando Knox había renovado la cocina y el restaurante hacía unos años, mis
padres habían comprado el edificio contiguo para eventos. En las previsiones
originales, el anexo se amortizaría cinco años después de la compra. Pero en
lugar de ofrecerlo sólo para bodas y fiestas, lo anuncié también a empresas y
organizaciones de la zona. La semana pasada celebramos una muestra de
artesanía. El fin de semana siguiente, el Western Montana Country Dance Club
vendría a celebrar su competición anual de baile. 32
—Dile a Randy que mire el calendario y que lo reserve en la página web —
le dije a papá.
—Bueno, supongo que lo intentó y no pudo encontrar el lugar correcto. No
es el tipo más experto en tecnología.
¿Y aun así se las arreglaba para dirigir un banco? ¿No tenía Randy un
ayudante que pudiera hacer eso?
—¿Te importaría imprimirle el calendario? —preguntó papá.
El motivo por el que puse el calendario del anexo en la página web era para
dejar de imprimirlo y de perseguir los pagos. Pero daba igual.
—Claro. ¿Va a pasar a recogerlo?
—¿Hay alguna posibilidad de que se lo lleves al banco?
No, no quería llevarlo al banco y entablar una conversación trivial con
Randy sólo porque él no podía molestarse en utilizar un sitio web intuitivo. Pero
lo haría.
—Lo haré mañana a primera hora.
—Gracias.
—Por supuesto. —Forcé una sonrisa, temiendo cualquier otra cosa que
necesitaran—. ¿Cuál es la cosa número dos?
—Bueno, sólo queríamos comprobar cómo iba el trimestre —dijo—.
Acabamos de reunirnos con el contable para revisar los impuestos. El año
pasado fue el mejor que hemos tenido en el hotel.
—Oh. —Mi pecho se llenó de orgullo—. ¿En serio?
—Estamos orgullosos de ti. —Mamá me dio una palmadita en el brazo.
—Gracias. —Fue un alivio oír esas palabras, sobre todo después de lo
mucho que había intentado ganármelas.
Ganarme la aprobación de mamá y papá.
Mientras que el restaurante pertenecía a Knox, el hotel se constituyó como
una entidad independiente, propiedad al cien por ciento de mis padres. El
edificio físico, lo habían dividido con mi hermano. Dos negocios independientes
que compartían dirección.
Aparte del rancho de la familia Eden, el hotel siempre había sido el negocio
que más tiempo había llevado a mamá y papá. Papá siempre se había centrado
en el rancho, mientras que mamá había gestionado la posada. Ella había
trabajado aquí durante años hasta que me dio las riendas después de graduarme
de la universidad.
Ella había dedicado su tiempo a este negocio. Lo que ella quería para su 33
jubilación era estar en casa, rodeada de sus nietos. Así que habían pasado los
últimos años intentando arreglar sus asuntos. Papá quería que cada uno se valiera
por sí mismo y que sus hijos controlaran los negocios de los Eden.
Mi hermano mayor, Griffin, dirigía el rancho ahora. El amor de la vida de
Griff era su esposa, Winn, y sus dos hijos. Pero la tierra era un cercano segundo
lugar.
Knox era igual. Memphis y los niños eran lo primero. Si no estaba con su
familia, era más feliz en una cocina, cocinando para los que más quería.
Lyla tenía su cafetería.
Talia había aprovechado su herencia para pagarse los estudios de medicina
y comprarse una casa. Era doctora en el Quincy Memorial.
Mateo, nuestro hermano menor, era piloto y pilotaba aviones en Alaska. De
todos nosotros, él parecía ser el que todavía estaba vagando. Todavía buscaba
sus alas.
Pero tan seguro como Griffin estaba del rancho Eden, tan dedicado como
Knox con Knuckles, yo estaba igualmente comprometida con The Eloise.
Más que nada en el mundo, quería que éste fuera mi hotel.
Había ido a la universidad porque mamá y papá siempre nos habían
enseñado que una educación superior era importante. Pero desde los dieciséis
años trabajé aquí como ama de llaves y dirigir este hotel había sido mi sueño.
Luego me convertí en gerente.
Pensaba que el siguiente paso sería asumir la propiedad.
Excepto que entonces se la habían ofrecido a Knox.
En parte porque era mayor y en parte porque tenía más experiencia en la
gestión de un negocio y más dinero para amortiguar los tiempos difíciles. Sobre
todo porque me había metido en un lío con un ex empleado.
Aparentemente, fui demasiado blanda. Demasiado suave.
Me guié por mi corazón.
De alguna manera, eso se había convertido en mi mayor debilidad. El
obstáculo que me alejaba de mi sueño.
Era irónico, considerando que mamá y papá eran las personas que me
habían enseñado a ser amable. Cariñosa. Confiada. Pero aparentemente para mi
sueño, para este hotel, mi personalidad estaba mal.
Quería a mis padres. Quería a mi familia. ¿Pero eso?
Me había destrozado el corazón. 34
Cuando supe que querían darle el hotel a Knox, quedé destrozada. Se había
producido una explosión épica. Había habido lágrimas. Histeria.
Afortunadamente, Knox los había rechazado. Los había convencido para
que me dieran más tiempo para demostrar mi valía.
¿Realmente necesitaba probarme a mí misma?
Había una razón por la que mamá y papá no pasaban mucho tiempo aquí.
Por mí. Este hotel funcionaba con el piloto automático porque me tomaba mi
trabajo en serio.
No había un solo aspecto de este hotel que yo no supervisara, desde la
limpieza hasta el mantenimiento y el servicio a los huéspedes. Vivía y respiraba
pensando en The Eloise, desde las sandalias de felpa que dejábamos a los
huéspedes hasta las luces parpadeantes de las macetas del ascensor.
Pero, por alguna razón, seguía sin ser suficiente. Mis padres tenían tanta
confianza en mis hermanos. Incluso en Mateo. Pero mis hermanos y hermanas no
vieron este lado de mamá y papá. El revoloteo. La microgestión.
Aunque era agradable que mamá y papá dijeran que estaban orgullosos.
—Sólo queríamos reconocer los cambios que has hecho últimamente —dijo
papá—. Tal vez sea hora de empezar a hablar de transferir la propiedad.
¿En serio? Estiré el brazo y me pellizqué la pierna. ¿Esto estaba pasando de
verdad?
—Cuando te hablamos de que Knox se hiciera cargo del hotel, te dijimos
que no estabas preparada —dijo mamá.
Ay. No necesitaba el recordatorio. Recordaba cada palabra de esa
conversación.
—¿Y ahora creen que lo estoy? —le pregunté.
—Sí, lo creemos.
Santa. Mierda. Esto estaba pasando. Esto estaba pasando de verdad.
—Cada vez que ha habido un problema con un empleado, lo has manejado
a la perfección —dijo papá—. El recuento de huéspedes es el más alto de la
historia.
Antes de mí, ni siquiera llevaban la cuenta de esa cifra. Pero yo podía
decirte cuántos clientes habíamos tenido cada día del año durante los tres
últimos años.
—Y hay revistas y blogs turísticos nos mencionan últimamente. —La sonrisa 35
de mamá era contagiosa—. Es maravilloso.
—Gracias.
Para los turistas que viajaban al Parque Nacional de los Glaciares, Quincy
era una parada turística muy popular. Durante los meses de verano, estábamos
completos. Lo mismo ocurría durante las fiestas. Había trabajado duro para
conseguir que la prensa publicara artículos sobre The Eloise para llenar las
habitaciones durante los meses más tranquilos. Vacaciones de primavera.
Temporada de caza. Acción de Gracias. Y aunque seguía habiendo temporadas
bajas, esas eran cada vez más ajetreadas.
—El hotel está floreciendo financieramente —dijo papá—. Realmente nos
has demostrado lo responsable que puedes ser.
Responsable. Esa palabra fue como un cuchillo en mi corazón.
Las mujeres responsables de veintiséis años no se casan en Las Vegas por
un capricho de borrachas.
Oh, no. No, no, no, no.
En cuanto supieran lo de Jasper, podría despedirme de mi hotel.
Quizá debería decírselo. Sacarlo a la luz. Disculparme y prometer que lo
arreglaré.
—No ocurrirá inmediatamente —dijo papá—. Pero mientras continúe este
ímpetu, estamos pensando en retirarnos, oficialmente, a finales de año.
Abrí la boca pero no pude hablar.
—Le hemos dado un susto, Anne —se burló papá.
Mamá se rio y me puso la mano en el brazo.
—Es tan reconfortante saber que cuidarás de este lugar. Que serás
responsable de él mucho después de que nos hayamos ido.
Responsable. Otra vez esa palabra.
Dilo. Dilo ahora mismo.
—Necesito… —Las palabras se atascaron en mi garganta con tanta fuerza
que tosí.
—¿Estás bien? —Mamá me pasó la mano por la espalda.
Asentí, tragando saliva y ahogando la confesión que acabaría con el sueño
de mi vida.
—No los defraudaré.
Papá sonrió, sus ojos azules se suavizaron.
—No, no creo que lo hagas. 36
Se me encogió el corazón.
Iba a defraudarlos. Iba a fallarles completamente. Iban a estar tan
decepcionados de mí. Al igual que con la demanda.
—Nos vamos. —Mamá me dio un abrazo rápido, luego rodeó el mostrador—
. Voy a hacer sopa de patata para cenar esta noche. ¿Quieres acompañarnos?
Su sopa de patatas era una de sus favoritas.
—Tengo planes. La próxima vez.
—La próxima. —Tomó la mano de papá, entrelazando los dedos, y mientras
él se despedía con la mano, se dirigieron a la puerta.
En cuanto los perdí de vista, me desplomé sobre la recepción,
golpeándome la cabeza contra la superficie.
—¿Cómo pude ser tan estúpida?
¿Por qué me había casado con Jasper? ¿Por qué?
Claro, en cierto modo me había retado. Y sí, había sido idea mía hacer algo
espontáneo. Tatuajes habría sido mejor. ¿Por qué no nos habíamos hecho
tatuajes iguales? Habría lamentado menos el nombre de Jasper en mi piel que
este matrimonio.
—Tengo que arreglar esto. —Me enderecé y me levanté de la silla,
buscando el teléfono y el bolso.
Un secreto. Esa era la única solución.
Si quería este hotel, nadie de mi familia podría descubrir la verdad. Lo que
significaba que necesitaba buscar a Jasper. Ahora. Antes de que se lo dijera a
Foster. Antes de que Foster se lo contara a Talia. Antes de que Talia le contara a
Lyla y Lyla le contara a todos los que se apellidan Eden.
Puse el cartel en el mostrador que utilizábamos cuando el recepcionista
necesitaba tomarse un descanso rápido. Luego corrí hacia el ascensor y pulsé el
botón de la cuarta y última planta.
Brittany estaba limpiando habitaciones hoy, pero había estado entrenando
recientemente para atender el mostrador.
La encontré aspirando la habitación más grande, casi terminada la limpieza
por hoy.
—Oye, ¿puedo pedirte un favor?
—Por supuesto.
—Me ha surgido una especie de emergencia. ¿Te importaría cuidar la
recepción por una hora? 37
—Claro. —Ella asintió—. ¿Todo está bien?
No.
—Sí —mentí—. Vuelvo pronto.
Con las llaves en la mano, me apresuré a bajar las escaleras, demasiado
ansiosa para esperar al ascensor. Luego troté hasta el primer piso, atravesé a
toda velocidad el vestíbulo para salir y emprender el camino de vuelta a casa.
¿Por qué no había conducido hoy al trabajo? Mi casa estaba a sólo dos
manzanas, una de las razones por las que la alquilé a pesar de que el calentador
de agua era tan cuestionable como la caldera. Pero las aceras estaban
resbaladizas por la nieve reciente, lo que me obligaba a caminar en lugar de
correr.
En cuanto llegué, fui directamente al garaje y me subí a mi Subaru gris.
Luego crucé la ciudad a toda velocidad hacia Alderson.
Alderson estaba en las afueras de la ciudad, donde la mayoría de las
carreteras estaban sin asfaltar. Mis neumáticos crujían sobre la grava al pasar
entre hileras de altísimos árboles de hoja perenne. Más allá de sus troncos había
un arroyo que acababa desembocando en el río Clark Fork, que actuaba como
límite natural a un lado de Quincy.
La mayoría de las casas eran grandes y estaban construidas fuera de la
carretera para dar a sus propietarios cierta intimidad. El desvío a la casa en forma
de A era el último de la fila y, cuando llegué al buzón, aminoré la marcha para
bajar por el estrecho camino de entrada.
Un Yukon plateado estaba estacionado delante de la cabaña. Dentro de la
casa, las luces brillaban doradas tras las ventanas. Jasper estaba de pie en el
porche, con las manos metidas en los bolsillos del vaquero.
Mi corazón dio un vuelco.
Jasper se quedó inmóvil, sus ojos oscuros ilegibles. Estaba tan hermoso
como el sábado. Aquel cabello oscuro alborotado. Aquella mandíbula pétrea
cubierta de barba. Labios suaves y un cuerpo hecho para el pecado. El dolor que
me había despertado esta mañana cobró vida.
Nunca en mi vida el sexo había sido tan bueno. Me había hecho correr dos,
no, tres veces. El hecho de que Lyla no nos hubiera oído teniendo sexo en nuestro
lado de la suite del hotel había sido un maldito milagro. Porque ese hombre me
había hecho gritar.
El calor subió a mis mejillas cuando estacioné junto a su todoterreno.
Respiré hondo, salí del auto y caminé hasta la base de la escalera del porche.
Aquí no pasó nada.
38
—Hola, marido.
Jasper apretó la mandíbula. Ese apretón tenía que ser algo bueno. Una señal
de que Jasper no quería quedarse con el título.
—Entonces... acerca de este matrimonio…
39
Jasper
M
atrimonio.
Esa palabra era contundente.
Eloise estaba al pie de los escalones, mirándome con
aquellos llamativos ojos azules. Atrapaban la luz de la tarde, haciéndolos brillar
tan intensamente como el cielo sobre nuestras cabezas.
Llevaba vaquero oscuro y un jersey de cuello alto. Parecía abrigada.
Simple, pero elegante. Hermosa.
Tan malditamente hermosa.
Había cierto parecido entre Eloise y sus hermanas mayores. El cabello
largo y oscuro. Los labios rosados y la forma de sus bocas.
Pero Eloise tenía un aspecto juvenil que no tenía nada que ver con la
diferencia de edad entre ella y sus hermanos. Era simplemente... ella. Tenía
efervescencia. Energía. Una chispa que irradiaba de esos bonitos ojos.
Mi esposa.
Gemí.
—Qué puto desastre.
—Es exactamente lo que pienso —murmuró, empezando a subir las
escaleras—. ¿Deberíamos entrar?
—Sí. —Hoy hacía frío. El invierno se había apoderado de Montana y no
mostraba signos de aflojar. Cuando dejé Quincy, no iba a extrañar estas
temperaturas brutales.
Aunque cuando mi vuelo había aterrizado esta tarde en Missoula, el tiempo
no me había molestado tanto como esperaba. O me estaba acostumbrando a la
nieve, o contemplar la estupidez de mis actos me había entumecido.
Eloise se detuvo a mi lado en el porche y miró a su alrededor para asimilarlo
todo. 40
La casa tenía dos pisos. El porche se extendía por delante. Por encima de
nosotros, un balcón se extendía desde el dormitorio.
Cuando llegué a Montana en enero, los propietarios habían acumulado una
impresionante pila de leña cortada para la chimenea. Las pilas habían
disminuido desde que llegué, pero con suerte quedaba suficiente para mi
estancia. Los troncos descansaban contra la barandilla del porche, apoyados en
la escalera central.
El edificio no era como la mayoría de los que había visto antes. No había
enormes ventanas en la parte delantera que llenaran el marco triangular. En
cambio, las ventanas que estaban en la parte trasera tenían vistas al paisaje.
El tejado verde se confundía con los árboles circundantes. El revestimiento
de madera era del mismo color que el suelo terroso del bosque. Habría quedado
casi camuflada si no fuera porque la puerta principal estaba pintada de un
llamativo rojo anaranjado, el color del metal oxidado.
Ese rojo no debería haber encajado, no es un color tan chillón, pero no
podía imaginar que esa puerta fuera de otro tono.
—Bonita cabaña —dijo Eloise—. Nunca había estado en este lugar. He visto
algunas de las otras propiedades de los Stewart, pero no ésta. Me gusta.
—¿Cómo sabías dónde me alojaba? No le preguntaste a Talia, ¿verdad? —
Mierda. Si Talia sabía de nosotros, entonces Foster sabía. Y eso no era una
conversación que estaba dispuesto a tener.
—No. Dios, no. —Eloise sacudió la cabeza—. Talia mencionó hace un
tiempo que habías alquilado una cabaña de los Stewart. Sus otros alquileres de
vacaciones están en la ciudad.
—Ah.
—Pueblo pequeño. —Se encogió de hombros—. La privacidad tiene un
significado diferente en Quincy.
—Eso lo estoy aprendiendo. —Cada vez que iba al centro a cenar o comprar
un pastel en la cafetería de los Eden, alguien me saludaba y me llamaba por mi
nombre. Alguien que no había conocido antes.
Era... raro. No necesariamente malo. Tampoco exactamente bueno.
—De hecho, esa es la razón por la que estoy aquí. —Hizo un gesto con la
mano hacia la puerta principal—. ¿Entramos?
—Sí. —Caminé hacia la puerta y la mantuve abierta.
Pasó junto a mí y su perfume llegó hasta mi nariz. Vainilla y especias. 41
Matices florales y un toque de humo, como si hubiera estado cerca de una
chimenea. La combinación era sutil pero seductora. Era el aroma en el que no
había podido dejar de pensar en tres días.
—¿Cuándo has vuelto? —preguntó, recorriendo el interior con la mirada.
—Hace unos quince minutos. —Había sacado el bolso de la maleta e
inmediatamente fui a encender el fuego. Después de encenderlo, salí al porche,
a punto de traer más leña para más tarde, cuando oí el crujido de unos
neumáticos sobre la grava.
—Oh. Bien. —Parecía aliviada de que no hubiera tardado mucho en volver.
Le hice un gesto con la barbilla para que me siguiera.
La cocina estaba en la parte delantera de la casa, frente a un pequeño rincón
para comer. Me dirigí al salón, hacia el techo abierto y los grandes ventanales
que daban a la propiedad. La chimenea crepitaba y su calor ahuyentaba
lentamente el frío.
La cabaña tenía calefacción por zócalo, pero tenía un fuego encendido
siempre que estaba en casa.
Eloise giró en círculo, asimilándolo todo, desde la escalera circular de
hierro que conducía al ático hasta la puerta abierta del baño junto al lavadero.
La cabaña en forma de A era pequeña. Íntima. Con el ático y otro pequeño
dormitorio, me ofrecía mucho espacio.
Se había construido en los años setenta y tenía un aire vintage. Las paredes
estaban cubiertas de tablas machihembradas. El color miel hacía juego con las
enormes vigas que se extendían desde el suelo hasta el tejado. Los muebles eran
una mezcla de tapicería texturizada y cuero, algunas piezas más nuevas que
otras.
Nada lujoso. Todo cómodo. Lo justo para un tipo que necesitaba un alquiler
por un par de meses.
Montana era sólo una parada temporal.
Foster se había mudado aquí permanentemente, pero yo sólo había
planeado quedarme el tiempo suficiente para entrenarlo durante la pelea. Luego
regresaría a Las Vegas. O encontraría algún lugar nuevo. Si Foster no se retiraba,
planeaba viajar. Ir y venir. Si se retiraba, entonces tenía opciones.
Mi casa en Las Vegas me esperaba. Volvería. O no. Pero primero. . . Eloise.
El silencio entre nosotros se prolongó. Ella miraba a todas partes menos a
mí.
¿Qué le había pasado a la mujer que hablaba demasiado, que expresaba
42
todos sus pensamientos? Quizá estaba tan perdida como yo.
—Lo siento. —Parecía un buen punto de partida.
—Las cosas... se descontrolaron un poco el sábado. —El color subió a sus
mejillas—. Yo también lo siento.
—Es culpa mía.
Llevaba tres días repitiendo cada momento del sábado y seguía sin
entender qué había pasado exactamente. Pero recordaba cada segundo. Desde
la fuente hasta la capilla. La imagen de ella, debajo de mí, con el pelo esparcido
en sedosos mechones sobre una almohada blanca, la boca abierta en éxtasis,
estaba grabada a fuego en mi cerebro.
Una oleada de sangre acudió a mi ingle. Maldita sea. Eso también había sido
una constante los últimos tres días. Parecía que no podía pensar en Eloise y no
tener una erección. Fruncí el ceño, molesto conmigo mismo, y dirigí la mirada
hacia las ventanas.
—Pero quieres anularlo, ¿no? —preguntó.
—Sí. Cuanto antes mejor.
—Uf. Gracias a Dios. —El aire salió de sus pulmones—. Sólo comprobaba.
La anulación era la única opción. Entonces, ¿por qué me molestaba tanto su
alivio?
Lo ignoré, encarándola con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Tengo un buen abogado. Puedo ponerme en contacto con él y poner en
marcha el proceso.
—De acuerdo. Obviamente nunca he hecho esto antes.
Ojalá hubiera podido decir lo mismo.
—¿Debería buscarme un abogado? —preguntó.
—Si eso te hace sentir más cómoda.
—Tal vez. No lo sé. —Se mordió el labio inferior, pensándolo un momento—
. Ya te contaré.
—De acuerdo. —Asentí—. Mejor dame tu número de teléfono.
—Bien. —Sacó su teléfono del bolsillo, esperando a que recitara mi número.
Un momento después, el mío sonó en la isla de la cocina.
—¿Algo más? —pregunté.
—No. Eh… sí. —Me frunció el ceño exageradamente—. Me están pasando
algunas cosas. Cosas buenas, espero. Pero esto fue un poco... irresponsable. Y 43
sería genial si pudiéramos mantenerlo en secreto.
—Un secreto. —No es que no se me hubiera ocurrido a mí también. Pero al
igual que su alivio, quemaba.
—Sí, realmente necesito que esto sea lo más discreto posible.
Especialmente por mi familia.
—Así que me estás pidiendo que no se lo diga a Foster.
—Exacto. —Suspiró de nuevo, más de ese alivio irritante.
—Tengo que mentirle a mi mejor amigo.
Un destello de pánico cruzó su mirada antes de juntar las manos y agitarlas
mientras suplicaba:
—Por favor, Jasper. Mi familia se volverá loca con esto. Y todo mi futuro
pende de un hilo.
Eso fue un poco melodramático. O debería haberlo sido, pero no había
nada más que sinceridad en su rostro. Y desesperación.
—No podemos ocultar esto para siempre, Eloise.
—No para siempre. Sólo hasta que se anule. Prefiero decirle a la gente que
metimos la pata y lo arreglamos, que tener público mientras estamos en el
proceso de arreglarlo, ¿sabes?
Un músculo de mi mandíbula se flexionó mientras apretaba los dientes.
—Entonces, ¿eso es un sí? ¿Lo mantendrás en secreto?
Joder. Realmente odiaba mentir. Y no decírselo a Foster se sentía como una
mentira por omisión. Pero tal vez ella tenía razón. Tal vez sería mejor al menos
iniciar la anulación antes de anunciar este matrimonio.
A menos que no pudiéramos conseguir una anulación y esto se convirtiera
en un completo desastre. Yo dejaría ese dolor de cabeza para otro día.
—Bien.
—Gracias. Bueno, eh… —Eloise señaló por encima del hombro hacia la
puerta—. Voy a salir de tu vista. Tengo que volver al trabajo. Y llámame,
supongo, cuando sepas algo de tu abogado.
Mi mirada se posó en su culo mientras se alejaba, contemplando sus
esbeltas curvas y la larga línea de esas piernas tan sexys.
La reacción de mi cuerpo fue instantánea. El calor inundó mis venas. Nada
bueno saldría de fantasear con Eloise. Sin embargo, no podía apartar los ojos.
Se escabulló por la puerta, con los anchos rizos rebotando mientras bajaba
corriendo las escaleras. La puerta de su auto se cerró de golpe e, instantes
44
después, el ruido de sus neumáticos sobre la grava desapareció, dejándome solo
en silencio.
—Matrimonio. —Mastiqué la palabra y la escupí.
Un matrimonio secreto.
Foster iba a darme una paliza por esto.
Habíamos sido amigos durante años. Los mejores amigos. Nos conocimos
cuando empecé a ir al gimnasio donde entrenaba en Las Vegas. Los dos
habíamos congeniado al instante. Él necesitaba un entrenador más fuerte,
alguien que lo empujara más allá de sus límites. A su vez, me había desafiado
también.
Su carrera me había dado un propósito. Sus victorias eran mías. También
sus fracasos.
Si se retirara, sería el final de una era para ambos. ¿Y ahora qué?
—No puedo hacer nada hasta que consiga la anulación. —O un divorcio.
Apreté los puños, con una corriente de frustración zumbando bajo mi piel.
Una metedura de pata. Las odiaba.
Normalmente, me pasaba unas horas en el ring con Foster, lanzando
puñetazos y patadas, peleando hasta que se me pasaba la frustración. Pero si lo
llamaba, querría saber por qué estaba enfadado. Querría hablar.
Y yo sólo había accedido a mantener mi maldita boca cerrada.
Así que me dirigí a las escaleras, ignorando las maletas que había que
deshacer y la ropa que había que lavar.
Me quité el vaquero y las botas y los cambié por una sudadera y unas
zapatillas de tenis. Luego, con los auriculares puestos y la música a todo volumen,
salí y empecé a correr. Al final de la calle Alderson sonó mi teléfono, que ahogó
la música.
Al sacarlo, seguí corriendo mientras leía el mensaje de Foster.
¿Llegaste a casa?
Respondí con una respuesta rápida. Sí
Siento que no te hayan podido meter en nuestro vuelo.
Sí, qué pena.
Foster y Talia también habían regresado hoy a Montana. Cuando le dije que
volvía antes de lo previsto, me envió su itinerario con la esperanza de que 45
pudiera reunirme con ellos.
Excepto que yo había pedido la última opción, no quería ver a Foster
todavía. No antes de hablar con Eloise. Tal vez porque sabía que sería difícil
guardarme la verdad.
¿Un secreto? ¿Cómo iba a ocultárselo?
Había cosas que Foster no sabía de mí. Sabía que había estado casado una
vez, pero no había compartido esos detalles.
Nadie sabía lo que había ocurrido.
Nadie más que Sam.
Excepto que esto era completamente diferente. Eloise sería su cuñada en
poco tiempo. De eso, no tenía ninguna duda. Eso nos hacía hermanos por ley.
Mis pies se detuvieron. Mi corazón martilleaba.
No de la carrera, sino de la realidad.
Joder, se iba a poner furioso. Había una posibilidad de que esto acabara
con nuestra amistad.
—Maldita sea. —Me agaché, agarré una piedra de al lado de la carretera y
la lancé con toda la fuerza posible al bosque. Chocó contra un árbol con un fuerte
golpe y cayó con un ruido sordo.
Foster era una de las únicas personas en este mundo en quien confiaba de
todo corazón. Se lo había ganado confiándome sus verdades más feas.
Me había contado su historia con Talia. Los errores que había cometido años
atrás. Su desesperación por recuperar su corazón. Su voluntad de renunciar a
todo por su amor.
Talia y yo no nos conocíamos bien, pero el hecho de que ella hubiera estado
dispuesta a dejar atrás el pasado y perdonar a Foster, bueno... no mucha gente
tenía esa fuerza de carácter.
Ambos me habían dado su confianza.
¿Y así era como les pagaba? ¿Con un matrimonio secreto? ¿Una anulación
secreta?
Esto estaba mal.
Eloise había suplicado, pero no debería haber accedido. Un secreto sólo
empeoraría las cosas.
Me di la vuelta y volví corriendo hacia el porche. Cuando llegué, fui
directamente a la ducha. Luego agarré las llaves de la encimera de la cocina,
conduje hasta la ciudad, y estacioné en un sitio vacío de Main. 46
No había mucho en Quincy, Montana. Suponía que, para la mayoría, ése era
su atractivo. No había decidido si me gustaba la sencillez de esta pequeña
ciudad, o si era la razón por la que sentía esta inquietud constante.
El centro se había convertido en un lugar habitual de reunión. Había pasado
muchas tardes recorriendo las manzanas de arriba abajo, mirando a través de
los escaparates y las ventanas de las oficinas. No había restaurante en el que no
hubiera comido al menos dos veces.
Y en el centro de todo, el edificio más alto a la vista, se alzaba The Eloise.
Me dirigí hacia el hotel, a punto de abrir las puertas del vestíbulo, cuando
un bello rostro apareció en el cristal.
—Oh. —Los ojos de Eloise se abrieron de par en par al salir—. Lo siento.
Uh, señor.
—¿Señor? —¿Qué carajo?
Eloise tragó saliva. Antes de que pudiera informarle de que teníamos que
revisar esa idea secreta, se escabulló y salió corriendo.
Prácticamente voló por la acera, llegó a la esquina y miró a ambos lados
antes de cruzar la calle.
—¿Qué diablos?
¿De verdad iba a fingir que yo era un desconocido sin nombre? ¿Que no
había estado dentro de ella hacía días?
—Por supuesto que no. —Salí furioso del hotel, siguiéndola al otro lado de
la calle.
Caminaba con la cabeza gacha, la barbilla recogida y las manos tirando de
los dobladillos de su jersey, utilizándolo para cubrirse los dedos y mantenerlos
calientes.
Había olvidado una chaqueta. La camiseta de manga larga era demasiado
fina para el frío, pero mi sangre era un infierno que se calentaba a cada paso.
Eloise se alejó de Main, bajó una calle y se adentró en un barrio residencial.
Llegamos al final de una manzana y ella siguió avanzando.
Yo también.
Ella debía borrar lo malo. Se suponía que ella sería una bella imagen sobre
un feo dibujo. ¿Y esto? No ayudaba.
No necesitaba dos experiencias miserables cuando se trataba de mis ex
esposas. 47
Al comienzo de la segunda cuadra, mis largas zancadas habían acortado la
distancia que nos separaba. Le llevaba un metro de ventaja.
Me oyó detrás de ella y miró por encima del hombro, con los ojos azules
entrecerrados. Pero no dejó de caminar.
Así que yo tampoco.
—Jasper —siseó, lanzándome una mirada fulminante—. La gente nos va a
ver.
—¿Quién? —Extendí las manos, mirando alrededor de la calle desierta. No
había ni un alma. Hacía demasiado frío. Y tampoco había pasado nadie en auto.
Frunció el ceño, miró al frente y siguió caminando.
—Al menos podrías no huir cuando me veas. —O llamarme señor.
—Sólo acordamos mantener esto en secreto.
—¿Eso significa que ahora soy un maldito extraño para ti?
Resopló y su aliento se convirtió en una nube al desviarse de la acera
principal para tomar un camino peatonal. Había cambiado de dirección tan
deprisa que la había adelantado y tuve que darme la vuelta para seguirla hasta
una pequeña casa de una sola planta con revestimiento azul y puerta blanca.
Eloise se detuvo en la entrada, se agachó para levantar la esquina de su
felpudo de bienvenida y sacar una llave.
—No es un buen lugar para esconder la llave de casa —dije.
—¿Quién la esconde? —Ella la deslizó en la cerradura—. Es justo donde la
dejo.
Parpadeé.
—¿Dejas la llave de tu casa fuera para que la encuentre cualquiera? Estás
de broma.
No contestó. Entró en la casa y dejó el teléfono en una mesita de la entrada
antes de dirigirse al salón contiguo.
Cerré la puerta y la seguí.
Se giró, con las manos en el aire.
—¿Por qué me has seguido hasta aquí?
Estaba a punto de decirle que había cambiado de opinión. Que no podía
ocultarle esto a Foster. Pero no tuve la oportunidad.
—No puedes seguirme. —Agitó una mano entre nosotros—. Si la gente nos
ve, lo sabrán. Si mis padres se enteran, lo perderé todo. Pensarán que no soy
responsable. Pensarán que no he cambiado. Pensarán que no se puede confiar 48
en mí con la posada. Y se acabó. Puf. Ya no querrán dármela. Ya intentaron
dársela a Knox y probablemente lo habrían hecho si él no hubiera dicho que no
la quería, porque sí, quizá yo no estaba preparada entonces y quizá tenían razón
en que estaba demasiado unida a los empleados, pero ha sido un buen año y, en
serio, esto lo arruinará todo.
Tragó un poco de aire. Luego empezó a pasearse.
¿La charla? No paró. Aparentemente mi mujer no necesitaba estar borracha
para divagar.
Era como volver a Las Vegas. La miraba, paralizado, incapaz de mirar a otra
parte.
Otro hombre podría haber revisado su casa. Asegurarse de que un asesino
en serie no hubiera usado su llave, no tan oculta, para entrar mientras ella estaba
trabajando.
Pero me quedé mirándola.
—¿Por qué nos casamos? —Sus manos se hundieron en su brillante
cabello—. Podríamos haber tenido sexo. Definitivamente habría tenido sexo.
Mucho sexo. Porque era buen sexo. Quiero decir, podríamos haber seguido
teniendo sexo. ¿Pero esto? Mi familia va a...
—Eloise. —Acorté la distancia entre nosotros, mis ojos buscaban los suyos.
Sus hombros se hundieron.
—Tengo que demostrarles que soy responsable.
Oh, cómo odiaba que esa palabra saliera de su boca. Era demasiado libre,
demasiado pura, para dejarse atrapar por las expectativas de los demás.
—A la mierda la responsabilidad.
—Jasper. —Ella frunció el ceño—. No ayudas.
No me gustó el ceño fruncido. Así que sellé mis labios sobre los suyos y le
di un beso.
Su cuerpo se puso rígido.
No, eso no estaba bien. Lo mejor del sábado fue la forma en que se derritió
por mí. Así que retrocedí lo suficiente para susurrar contra su boca.
—Relájate.
—No puedo.
—Puedes.
Tardó un momento, pero sus ojos se cerraron. La tensión desapareció de su
cuerpo. Cuando le lamí la comisura de los labios, gimió. Y esta vez, cuando la 49
besé, se hundió en mí, dejándome entrar.
Maldición, sabía bien. Mejor que el sábado. ¿Cómo era posible?
¿El sexo también sería mejor?
Sólo había una forma de averiguarlo.
50
Eloise
L
a lengua de Jasper se deslizó contra la mía antes de apartarse y darme
un beso en la comisura de los labios. Suave. Dulce. Luego me quitó el
jersey del cuerpo lo bastante rápido como para hacerme soltar un
grito ahogado.
Se lo tragó con un beso y luego devoró mi boca. Sus palmas se aplastaron
sobre mi piel, presionando y empujando, sus movimientos eran rápidos y
febriles.
En un momento era lento. Al siguiente, frenético.
Jasper provocó que mi cabeza diera vueltas. Al igual que el sábado. Él
marcaba el ritmo, y no había más remedio que seguirlo. No podía predecir su
próximo movimiento. No había posibilidad de que mi mente divagara o pensara
en otra cosa que no fuera Jasper.
Mi cuerpo, mi mente, estaban en un estado constante de expectación, al
borde del abismo, esperando, preguntándose qué haría a continuación.
Ningún hombre me había dominado tan completamente durante el sexo.
Probablemente por eso ningún hombre me había hecho correrme tan fuerte, tan
rápido, como Jasper. Follaba como si proporcionar placer fuera su único
propósito en la vida.
—Jasper. —Mis dedos se hundieron en su cabello mientras su boca bajaba
hasta mi pulso, chupando y lamiendo un rastro húmedo hacia el hueco de mi
garganta. Un escalofrío recorrió mi piel desnuda.
Ahuecó mi pecho, toda la curva cabía en la palma de sus hábiles manos.
Era una caricia suave. Su pulgar me recorrió el pezón a través del encaje
del sujetador. Luego, con un ligero tirón, bajó la copa y el mismo pulgar acarició
el pezón.
Luego vino el pellizco. 51
—Ah —gemí, arqueándome.
Su boca sustituyó a sus dedos, acercando el pico de mi pecho a sus labios.
Su lengua siguió. Cuando sus dientes rozaron mi piel, una nueva oleada de deseo
se agolpó en mi interior.
—Sí —gemí, con los ojos cerrados mientras me inclinaba hacia su toque.
Una de mis manos se desenredó de su cabello, cambiando aquellas hebras
oscuras y suaves por la tela lisa de su camiseta. La sujeté con fuerza mientras me
torturaba. Me aferré con todas mis fuerzas, manteniéndolo en su sitio.
—Más.
Volvió a morderme, siguió con una fuerte succión y soltó mi pezón con un
chasquido.
Luego pasó su boca por mi esternón, liberando el otro pecho para darle el
mismo tratamiento.
El dolor de mi corazón era como un martilleo, el latido palpitaba entre mis
piernas.
Le subí la camiseta, necesitando sentir su piel desnuda contra la mía.
Necesitaba sentirlo dentro de mí.
—Fóllame. Por favor. —Si se detuviera aquí, dejándome sufrir, nunca se lo
perdonaría.
Jasper gruñó, soltándome el pecho. Luego me agarró de la muñeca y me
arrancó la mano de la camisa antes de meterla por detrás de la cabeza y tirar de
ella.
Me temblaron las rodillas. Dios, eso era sexy. Podría verlo un millón de
veces y nunca pasaría de moda.
El cincelado plano de su pecho era como un imán para mis manos. Apoyé
las palmas en sus pectorales y los recorrí de arriba abajo, de lado a lado. El pelo
negro sobre su corazón rozaba mi piel.
Me puse de puntillas, era demasiado baja para llegar a la boca de Jasper.
Pero no importaba. Apretó sus labios contra los míos, robándome el aliento.
Nuestras lenguas se batieron en duelo. Nuestros dientes chocaron. Era un
beso entre dos personas que aún no habían memorizado la boca del otro, pero
que estaban memorizando cada detalle, como si mañana hubiera un examen y
estuviéramos empeñados en hacer un curso intensivo.
Mis dedos se hundieron en los valles de sus abdominales antes de rozar sus
picos.
Jasper parecía empeñado en tocar cada centímetro de mí. Su toque era
52
como una antorcha, dejando chispas a su paso mientras me desabrochaba el
sujetador y me lo arrancaba de los brazos.
El calor de su pecho me endureció los pezones. Su excitación se clavó en
mi cadera, provocándome un escalofrío.
Jasper apartó la boca, su aliento jadeante se mezcló con el mío. Sus ojos
eran tan oscuros que casi parecían negros. Un músculo se tensó en su mandíbula.
¿Qué estaba haciendo?
—¿Por qué te detienes?
—Eloise...
—No pares —susurré, alejándome un paso, echando de menos al instante
el calor de su enorme cuerpo. Abrí el botón de mi vaquero, bajé la cremallera y
me lo quité. Lo tiré al suelo junto con las bragas.
Sus manos se cerraron en puños. Los músculos de sus brazos se flexionaron.
La polla le sobresalía por detrás del vaquero, larga y gruesa, hinchándose contra
el muslo.
Se me secó la boca. Jasper era grande. Había estado dolorida después de
la noche del sábado, y ocultárselo a Lyla mientras viajábamos a casa sólo había
hecho el viaje más miserable.
¿Era realmente una buena idea?
Alejé ese pensamiento. Tal vez fuera imprudente, pero ahora mismo lo
necesitaba dentro de mí más de lo que me importaba.
—Jasper. —Me alejé otro paso, suplicándole en silencio que me siguiera.
El corazón se me subió a la garganta mientras nos mirábamos fijamente.
Su indecisión era tan potente como el deseo que nadaba en mis venas.
Lo ansiaba. Sólo una noche, y Jasper Vale se había convertido en una
adicción.
Pero permanecía inmóvil, con el pecho apenas moviéndose mientras
respiraba. Los únicos signos de vida eran aquellos ojos oscuros que recorrían
cada centímetro de mi cuerpo desnudo.
Luché contra el impulso de cubrirme. De alcanzar mi ropa en el suelo.
Nunca había sido tan atrevida. Mis nervios salieron a la superficie.
—No pares —le supliqué por segunda vez, con una desesperación
inconfundible—. Por favor. Nunca actúo así. Con los hombres. Mi vida sexual es
aburrida. Los hombres con los que he salido han sido decepcionantes, por no
decir otra cosa.
Un orgasmo había sido casi tan raro como una llamada telefónica al día 53
siguiente, por mí, no por ellos. La mayoría de mis amantes anteriores no se
habían ganado una segunda oportunidad.
—El sábado… no sabía que podía ser así.
Tal vez esto era algo de lo que Jasper podía alejarse. Tal vez el sexo había
estado bien. Un hombre con ese cuerpo, esa lengua talentosa, probablemente
siempre lo tuvo bien.
¿Y si era mediocre? Oh, no. No había sido tan buena para él, ¿verdad? ¿Por
qué no se me había ocurrido antes de quitarme la ropa?
—¿Sabes qué? No importa. Esto fue una mala idea. Ya tenemos suficientes
complicaciones. Deberías irte y… ya no hablo más.
Luego, morí de vergüenza, desnuda en mi sala de estar.
Mis manos se alzaron, a punto de cubrir mi montículo. Excepto que en ese
preciso momento, Jasper se acercó.
Una larga zancada y el espacio entre nosotros desapareció. Sus labios
chocaron contra los míos, y gemí, el alivio como un maremoto se estrelló contra
mis huesos. ¿Era compasión? ¿Me importaba?
No. No mientras su lengua se deslizaba contra la mía.
Mis dedos tantearon el botón de su vaquero hasta que conseguí abrirlo. La
cremallera se bajó con dificultad. Mi mano se zambulló en su bóxer. Estaba
desesperada por sentirlo en mi mano, por acariciar aquel acero.
Pero Jasper se apartó antes de que pudiera agarrarlo, apartando mi mano
mientras se quitaba las botas y el vaquero de aquellos muslos voluminosos. Los
bóxer negros desaparecieron junto con el pantalón.
Me dio un vuelco el corazón al verlo, con su polla dura y pesada entre
nosotros. Una gota perlada brillaba en la cabeza.
Las venas y el pecado.
Podría quedarme mirando a este hombre desnudo durante días sin
cansarme.
Jasper me agarró por el codo y me hizo girar, con su pecho caliente contra
mi espalda. Luego me empujó hacia el respaldo de mi sofá, el cuero frío contra
mi vientre mientras se inclinaba sobre mí.
Su aliento era caliente contra mi piel mientras me hablaba al oído. Su polla
encajaba en la raja de mi culo, su palma descansaba sobre mi mejilla.
—La próxima vez que hables de cualquier otro hombre dentro de este
cuerpo, te daré unos azotes en el culo tan rojos que no te sentarás en una semana.
Se me cortó la respiración. Mi coño se apretó. ¿Por qué quería eso? 54
Jasper me rodeó la cadera, y sus dedos, ligeros como plumas, recorrieron
el interior de mi muslo.
Todo mi cuerpo temblaba mientras él subía, centímetro a tortuoso
centímetro, hasta que finalmente se sumergieron en mi empapada raja.
—Este cuerpo. —Me pellizcó la base del cuello mientras su dedo se
deslizaba dentro—. ¿Crees que no me gustó follarte, Eloise?
No sé si fue su hábil dedo o la forma en que gruñó mi nombre, pero los
dedos de mis pies se enroscaron en la alfombra.
—No he podido dejar de pensar en este coño. —Su dedo se retiró y se
dirigió a mi clítoris—. ¿Qué me has hecho?
Un gemido se me escapó cuando me acarició el manojo de nervios
hinchado.
Jasper. Más.
—¿Quieres mi polla, ángel?
—Sí. —Me apreté contra él, inclinando mis caderas.
Su dedo volvió a rodear mi clítoris, enloqueciéndome. Luego se alineó en
mi entrada y, de un solo empujón, se enterró hasta la empuñadura.
Grité, con los ojos entrecerrados mientras me adaptaba a su tamaño,
saboreando ese estiramiento mientras mi cuerpo se amoldaba al suyo.
—Joder, qué bien te sientes. —Sus brazos me rodearon el pecho,
atrapándome. Sus caderas lo hundieron aún más y el mundo se desvaneció.
Salió lentamente y volvió a entrar de golpe. Sus brazos se aflojaron y se
irguió. Cuando me moví, tratando de enderezarme también, su palma se
extendió por mi columna, entre mis hombros, sujetándome contra el sofá.
Así que extendí los brazos, apoyándome en el respaldo del sofá mientras
me levantaba sobre las puntas de los pies, empujando contra él. La cabeza ya me
daba vueltas, flotando hacia las estrellas.
Las manos de Jasper me agarraron por las caderas, su tacto me magulló.
Mañana tendría pequeñas marcas, azules y negras, igual que el domingo
por la mañana. Esas marcas se habían desvanecido demasiado rápido, y las
quería de vuelta.
Nos meció juntos, una y otra vez, con el sonido de piel chocando en la
silenciosa casa.
—Oh Dios, Jasper. Eso se siente tan bien.
Un gemido salió de su pecho y el sonido me llegó al alma. El movimiento
de sus caderas era perfecto y cada vez que empujaba hacia delante, golpeaba 55
ese punto interior que me hacía temblar.
La palma que tenía sobre mi columna se deslizó por mi espalda, rodeando
los hoyuelos sobre mi culo antes de recorrer mi cadera. La caricia era tan suave
comparada con la fuerza de sus embestidas. Lo sentía en todas partes, cada
célula de mi cuerpo a su merced.
Me hizo cosquillas.
Me hizo reír y llorar a medias. Jasper sabía exactamente dónde necesitaba
esos dedos, pero estaba jugando conmigo.
—Jasper —jadeé, soltándome del sofá para agarrar su mano y llevarla entre
mis piernas.
—¿Quieres venir?
—Sí. —Mi voz era una súplica entrecortada—. Tócame.
—Tócate. —Liberó su mano de mi agarre y la llevó a un pecho. Hizo rodar
mi pezón entre el dedo y el pulgar, y luego me lo tiró. Con fuerza.
—Ah. —Mi grito rebotó por la habitación mientras mis dedos se deslizaban
hacia mi centro.
Profundizó la embestida y se detuvo cuando entró.
—Siéntenos juntos.
Obedecí, con los dedos vacilantes cuando busqué el lugar donde
estábamos conectados. Nunca lo había hecho. Lo había visto desaparecer en mi
cuerpo el sábado, pero esto... Mis ojos se cerraron, mis dedos sintieron.
Mi corazón se aceleró más, mi pulso rugió, al sentir su eje y el estiramiento
de mi cuerpo en torno a su grosor. Un nuevo escalofrío me recorrió los hombros.
Jasper se movió y su pecho volvió a presionarme la espalda mientras su
mano abandonaba mi pezón. Bajó su mano y sus dedos encontraron los míos.
Luego frotó mis pliegues resbaladizos.
—Estás goteando para mí.
—Sí. —Asentí—. Sólo para ti.
Entrelazó sus dedos con los míos, acercándolos a mi clítoris. Luego retiró su
polla mientras su mano guiaba la mía, y al principio giró lentamente mientras sus
caderas seguían el ritmo.
El fuego me lamía las venas a medida que el placer iba en aumento. Mi
corazón se aceleró mientras mis miembros temblaban. Sus embestidas
golpeaban exactamente donde yo lo necesitaba. Sus dedos me volvieron loca.
Me hizo volar hacia el límite hasta hacerme añicos. 56
Las estrellas blancas me robaron la visión. El placer me robó el aliento. Me
rompí en mil pedacitos al perderme en el éxtasis, sin sentir nada más que a
Jasper mientras me corría, pulso tras pulso, más largo y más fuerte de lo que
jamás me había corrido en mi vida.
—Que me jodan. —Jasper se corrió con un rugido, un sonido sordo
comparado con la sangre que corría por mis oídos. Su cuerpo se estremeció
contra el mío, todos sus músculos se tensaron y temblaron mientras se
derramaba dentro de mí.
Tardé minutos, horas, en volver flotando a la tierra. Estaba aturdida cuando
por fin abrí los ojos.
Mi mano seguía unida a la de Jasper y tocaba mi centro. Su otro brazo me
había rodeado los hombros, estrechándome contra él mientras su corazón me
golpeaba la columna.
—Vaya —dije.
Se levantó, llevándome con él y despegándome del sofá.
Tenía el pelo en los ojos. Estaba floja y, si no hubiera sido por su brazo,
probablemente me habría caído al suelo. Mis piernas habían perdido toda su
fuerza.
Sus dientes rozaron mi hombro desnudo mientras se retiraba. Su semen se
filtró por mi muslo y, con las manos aún entrelazadas, me tocó el centro.
—No voy a mantener esto en secreto para siempre —dijo—. Pero lo haré.
Por ahora.
Esa frase me despertó al instante. Mis ojos se abrieron de golpe.
—¿Cuánto tiempo?
—Encuentra la forma de contarlo, Eloise. O lo haré yo.
Tragué saliva pero asentí. Tenía razón. Esto no podía continuar
indefinidamente.
—Sólo... dame un par de semanas.
—Bien. Mientras tanto, no finjas que no soy nadie. —Untó nuestras corridas
por el interior de mi muslo, luego arrastró nuestros dedos pegajosos hasta mi
vientre, marcándome también ahí—. No huyas de mí. No finjas que no sabes lo
que se siente cuando te follo.
Bueno, quizá esa no había sido mi mejor decisión antes. En mi defensa, no
esperaba verlo y me había asustado.
Jasper tiró de su mano y se alejó, dejándome mareada.
Me agarré al sofá, recuperando el equilibrio. 57
Cuando me di la vuelta, ya se había puesto el vaquero. Después se puso la
camiseta, que tiró rápidamente por encima del ancho pecho aún húmedo de
sudor.
—Quieres que te folle, bien. —Se puso las botas—. Te daré los orgasmos
que los perdedores de tu pasado no pudieron. Pero cuando te vea en la calle,
mírame.
Se me formó un nudo en la garganta.
No había querido hacerle daño. Hacerle sentir que no era nada. Pero tenía
miedo de que cuando lo mirara, cualquiera a nuestro alrededor lo viera. Verían
el deseo y la intimidad.
—Jasper...
No me dejó disculparme. Salió por la puerta y la cerró de un portazo.
Me dejó desnuda en el salón, con su semen aún goteando por mi pierna.
—Mierda. —Enterré la cara entre las manos, mordiéndome el interior de la
mejilla para no llorar.
Había metido la pata. Otra vez.
De alguna manera, había conseguido que Jasper se sintiera usado.
¿Era eso lo que otros hombres pensaban de mí? Esos tipos con los que había
salido y no había vuelto a llamar, ¿sentían que los había utilizado?
Mi historial de citas era un desastre. Mi historia matrimonial no era mejor.
—Oh Dios. Tengo un historial matrimonial.
Se me revolvió el estómago. Algún día conocería al hombre de mis sueños.
Y cuando me pidiera que me casara con él, cuando intercambiáramos votos, no
sería la primera vez. El corazón se me retorció y la barbilla empezó a temblarme.
Estaba casada.
Estaba a punto de tener un ex marido. Yo sería una ex mujer. La vergüenza
se extendió por mi piel como un sarpullido.
No podía borrar lo que había ocurrido en Las Vegas. Mi única opción en
este momento era arreglarlo.
Así que aplasté las ganas de llorar, de gritar, y recogí mi ropa del suelo,
amontonándola contra mi pecho. La llevé por el pasillo hasta mi dormitorio,
donde la dejé en mi cesto, y luego me apresuré a darme una ducha, borrando de
mi cuerpo la colonia de Jasper y el olor a sexo.
58
Con el cabello húmedo recogido en un nudo, me vestí y agarré el portátil
de mi pequeño despacho. Pasé las tres horas siguientes investigando sobre
abogados de divorcios en Montana.
Mi primera opción era una mujer de Missoula. Estaba lo suficientemente
lejos de Quincy como para que nadie de la zona se enterara. Pero también estaba
lo suficientemente cerca como para que pudiera ir en auto y reunirme con ella
en caso necesario. La puse primera en la lista y anoté la segunda y la tercera para
llamar por la mañana. Entonces me armé de valor y llamé.
A mi marido.
—Hola —respondió Jasper.
—Lo siento. Por lo de antes. Por huir de ti y fingir que no te conocía. Entré
en pánico.
Exhaló.
—No pasa nada. Esto es…
—¿Jodido?
Soltó una carcajada seca.
—Sí.
—Voy a llamar a un abogado por la mañana.
—De acuerdo. Dejé un mensaje con el mío.
—Dejaremos que lo solucionen. Y se lo diré a mi familia. —De alguna
manera.
Canturreó su acuerdo.
El silencio se prolongó durante unos segundos. Ahora era cuando debía
colgar, pero me quedé sentada escuchando la nada. Puede que el olor de Jasper
ya no estuviera en mi piel, pero yo estaba sentada en el sofá y su aroma
especiado y amaderado aún flotaba en el aire del salón.
Si hicieran de ese olor una vela, la encendería las veinticuatro horas del día.
—Probablemente deberíamos dejar de tener sexo. —Odié las palabras en
cuanto salieron de mi lengua. Pero era hora de empezar a arreglar esos errores.
—Probablemente sea una buena idea —dijo.
Era una idea inteligente. Entonces, ¿por qué eso hizo que mi ánimo se
hundiera?
—Buenas noches, Jasper. 59
—Adiós, Eloise.
Terminó la llamada.
Mientras miraba la pantalla, algo se retorció en mi estómago.
Como si esa despedida no fuera sólo por esta noche.
60
Jasper
T
e invitamos cordialmente…
La invitación de boda que tenía en la mano bien podría haber
sido un cuchillo. La hoja de papel beige con textura me atravesó el
corazón.
—Mierda. —Lo arrojé sobre la encimera de la cocina junto a la pila de
correo que había llegado hoy.
Resulta irónico que el primer día que recibí correo como propietario oficial
de esta casa, fuera el mismo día en que llegó esa invitación.
Mi correo había sido reenviado desde mi casa en Las Vegas a Montana
durante semanas. Tanto si hubiera comprado la cabaña como si no, esa tarjeta
habría llegado a mi buzón. Aun así, se sentía como un mal presagio.
¿Por qué me enviarían una invitación? ¿Por qué no podían dejarme en paz?
Salí de la cocina y caminé por mi casa hasta la puerta corrediza que daba a
la terraza. El sonido del arroyo cercano se oía tranquilamente de fondo. La brisa
agitaba los pinos y abetos, haciendo oscilar sus troncos. El aire me rozaba los
brazos, fresco a pesar del sol que atravesaba el cielo. El rocío de la noche
anterior había desaparecido casi por completo, pero aún quedaban algunos
rincones húmedos y sombríos que daban al aire un aroma terroso y rico.
En el último mes, la nieve se había derretido en los valles de las montañas,
sustituida por brotes verdes que salían del suelo del bosque. Se acercaba la
primavera, y aunque me habían advertido de que probablemente tendríamos al
menos una tormenta de nieve más, podía sentir la energía de una nueva estación.
El invierno había sido cruel. ¿Pero esto? Podría vivir con esto por un tiempo.
Por el tiempo que tardáramos Eloise y yo en conseguir la anulación.
El proceso judicial avanzaba a un ritmo glacial. A este ritmo, estaría aquí
todo el verano. 61
Hacía un mes que no hablaba con Eloise. Un mes desde que me la había
follado en el sofá de su salón. Un mes desde que esa mujer me había hecho un
maldito nudo.
Hacía un mes que no veía a mi esposa.
Resulta que no necesitaba fingir que no me conocía. La había evitado.
Su abogada se había puesto en contacto con el mío y, como recordaba de
la primera ronda de esta mierda, poner fin legalmente a un matrimonio llevaba
más tiempo del debido. Nos habíamos casado en menos de una hora. Sin
embargo, un mes después, Eloise seguía siendo legalmente mi esposa.
¿Se lo había dicho a su familia, como había prometido? No.
Si lo hubiera hecho, Foster se habría enfrentado a mí por ello. Pero por lo
que yo sabía, aparte de Eloise y de mí, nadie en Quincy tenía idea.
Aun así, había mantenido la boca cerrada, tal y como me había pedido
Eloise. No se lo había dicho a Foster a pesar de que cada día que pasaba me
resultaba más y más difícil enfrentarme a él. La pútrida culpa me revolvía las
entrañas.
Este secreto me estaba comiendo vivo.
Tal vez si hubiera sido cualquier otra mujer, una desconocida, mantener
esto en secreto no me habría quemado tan ferozmente. Pero Foster y Talia
estaban comprometidos ahora. Eloise era su futura cuñada. Esta traición se
extendía a su familia.
Y joder, se iba a enojar.
Otra ironía era que de todas las personas en este mundo, tener a Foster
como mi hermano era un sueño. Excepto que cuando esto saliera,
probablemente arruinaría nuestra amistad.
Quizá tuviera suerte y lo entendiera.
Era poco probable, pero un hombre podía tener esperanza.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Podrían haber sido cien personas distintas.
Pero esa sensación de inquietud volvió con fuerza. El mal presagio. Y,
efectivamente, cuando saqué el teléfono, en la pantalla aparecía un nombre
conocido.
Sam debía saber que ya habría recibido la tarjeta.
Mi corazón empezó a acelerarse. Con él llegó esa familiar inquietud que no
podía superar por muchos años que pasaran. 62
—Hola.
—Hola. —Érase una vez, había vivido para ese hola—. ¿Recibiste mi
invitación de boda?
—Sí.
—¿Y?
Me pellizqué el puente de la nariz.
—¿Y qué?
—¿Vendrás?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque es jodido. —De todas las personas del mundo, yo era la última
que debía ir a esa boda.
—Es jodido. ¿Pero no es eso lo que somos? ¿No es eso lo que hemos sido
desde que éramos niños?
Quería discutir.
—Tal vez.
—Bien. Entonces vendrás.
—No voy a ir.
—¿Por qué no? ¿Te disgusta Italia? ¿O tienes miedo de volver a verme?
Sí.
—No—mentí.
—Demuéstralo.
Hacía años que no veía a Sam. Hubo un tiempo en que nuestra relación había
sido lo único bueno en mi vida. Desde el día en que nos unimos por el desprecio
mutuo hacia nuestros padres imbéciles, habíamos llenado un vacío en la vida del
otro. Nos habíamos apoyado el uno en el otro.
Durante tanto tiempo, sólo habíamos sido nosotros. Juntos.
Hasta que todo se vino abajo.
¿Tenía miedo de enfrentarme a Sam otra vez? Tal vez. Más que nada, tenía
miedo de lo que vería en mí. Tenía miedo de encontrar al hombre que había sido
una vez, persistiendo bajo la superficie. Que años de distancia, años de tratar de
ser mejor, no habían hecho nada.
Pasara lo que pasara, cuando me miraba en el espejo, vería a un hombre 63
indigno.
Sí, tenía miedo de volver a ver a Sam.
—Tengo que irme. —Terminé la llamada y entré a la casa.
Foster y yo habíamos quedado esta tarde en la cafetería Eden para
ponernos al día. Desde su pelea del mes pasado, se había tomado un descanso
del entrenamiento, así que no había pasado todos los días con él como de
costumbre. Cuando me mandó un mensaje esta mañana para ver si quería un
café, estuve a punto de negarme.
Su falta de entrenamiento había sido mi salvación. Si no tenía que
enfrentarme a él, era más fácil mantener a Eloise en secreto. Pero si me alejaba
demasiado, sospecharía algo. Así que atravesé la casa, agarré las llaves del
mostrador y me detuve para echar un último vistazo a aquella invitación.
Te invitamos cordialmente…
Esa tarjeta había sido enviada para restregarme la boda por la cara, ¿no?
Enviada para que tuviera que decir que no. Sam tenía que saber que yo no iría,
ni en un millón de años.
A menos que...
¿Y si lo hiciera?
¿Y si fuera a esta boda? ¿Y si me presentaba, sólo por rencor con el pasado?
¿Y si hubiera cambiado?
¿Sería capaz de dejarme ir? ¿Conseguir por fin esa libertad que llevaba
años persiguiendo?
—¿Y si voy? —Agarré la invitación y pasé un dedo por la caligrafía
manuscrita.
¿Estaba pensando seriamente en esta idea? Sí. Maldita sea, tal vez debería
ir. Al menos me daría satisfacción ver las caras de todos cuando entrara a la
recepción. Demostrarme a mí mismo que había superado el pasado.
Que podría enfrentarme a mis padres y a Sam, y luego alejarme de nuevo.
Y si fuera con una cita…
¿Una esposa, tal vez?
—¿En qué estoy pensando? —Tiré la invitación sobre la encimera y me
dirigí a la puerta.
No podría hacerle eso a Eloise, aunque una sola mirada suya hiciera que
Sam desapareciera. Además, no era como si Eloise quisiera ir. ¿Por qué querría?
Yo era su pronto olvidado exmarido. Lo que significaba que mi única opción era
marcar la casilla, con remordimientos, de confirmación de asistencia. 64
Apreté la mandíbula.
Tú ganas, Sam.
Quería ir. Pero sí, tenía miedo. Especialmente de ir solo.
Apresurándome a salir, a alejarme de aquella invitación antes de cometer
una imprudencia como aceptarla, subí a mi todoterreno y conduje hasta Quincy,
haciendo todo lo posible por librarme de aquella llamada.
La calle principal estaba concurrida, como solía estarlo los sábados. Un
grupo de adolescentes caminaba hacia el teatro. Una mujer empujaba un
cochecito de bebé hacia la juguetería de al lado de la tienda de utensilios de
cocina. Dos hombres canosos salieron de la posada de Eloise.
No me permití echar un vistazo por las ventanas delanteras al pasar por
delante del hotel. ¿Trabajaba hoy?
No había sido tan difícil como esperaba alejarme de mi mujer. Resultaba
que me daba miedo estar en la misma habitación que Eloise Eden. No confiaba
en mí mismo cerca de ella. Era demasiado tentadora. Demasiado irresistible. Y
yo claramente no tenía control.
Si me volvía adicto al sexo con ella, al sabor de su lengua y al toque de sus
labios, a ese perfume increíble, sólo haría más difícil alejarme.
Y aunque hubiera comprado una casa, eso no significaba mucho. Me iría de
Quincy muy pronto.
Pero hoy no.
Estacioné en un sitio vacío. La camioneta de Foster estaba delante del local.
El apellido Eden estaba por toda la ciudad. Durante el tiempo que pasé
aquí, me enteré de que los Eden eran la familia fundadora de Quincy y habían
vivido aquí durante generaciones. Básicamente, eran la realeza de un pequeño
pueblo.
Me había casado por error con su princesa.
Se me hizo un nudo en el estómago mientras me dirigía a la cafetería de
Lyla. En la puerta principal, Café Edén estaba escrito con letras doradas. El
especial de hoy estaba escrito en letra blanca y ondulada en un cartel de pizarra
en el centro de la acera. A través de las ventanas de cristal negro, vi a Foster en
una mesa.
El timbre de la puerta tintineó cuando entré.
Levantó la vista de su teléfono, sacudió la barbilla y sonrió.
—Hola.
—Hola. —Inspiré, oliendo a café y canela—. Voy a pedir café. ¿Quieres que
te lo rellene?
65
—No. —Levantó su taza medio llena—. Estoy bien.
Me acerqué al mostrador donde Lyla me esperaba con una cálida sonrisa.
—Hola, Lyla.
—Hola, Jasper. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Quiero un café. Solo.
—De acuerdo. —Sonrió más ampliamente, se acercó a una cafetera grande
y agarró una taza de cerámica del estante cercano—. No te he visto mucho por
aquí últimamente.
—He estado ocupado. —Evitando a mi mujer.
Lyla me llenó la taza y me la acercó.
—¿Algo más?
—No, gracias.
—Claro, um, me preguntaba… —Lyla vaciló, como si no estuviera segura
de qué decir. Pero antes de que pudiera terminar, el timbre de la puerta sonó,
robándole la atención.
Una pareja se acercó al mostrador, así que me escabullí para que los
atendiera.
Ocupé la silla frente a la de Foster. El gorgoteo de la máquina de café
expreso sonaba desde el mostrador.
—¿Cómo estás? —Quizá si mantuviéramos la conversación sobre él, no
haría demasiadas preguntas sobre mí.
—Bien. Muy bien.
—¿Cómo está Talia?
—También bien. —Sonrió. Era la mirada más feliz que le había visto a mi
amigo—. Hoy llevó a Kadence al rancho a montar a caballo.
—Suena divertido. —Levanté mi taza humeante y bebí un sorbo con
cuidado.
Foster se inclinó un poco más y luego inclinó la barbilla hacia Lyla.
—Talia me daría una patada en el culo si supiera que estoy diciendo esto,
pero pensé que deberías saberlo. Creo que Lyla siente algo por ti. No te
sorprendas si te invita a salir.
Me tembló la mano, tan fuerte que una calcinante cantidad de café se me
metió en la boca. Hice un gesto de dolor y dejé la taza en la mesa mientras me
ardía la lengua. Joder. 66
—No, no lo creo. —Me arriesgué a lanzar una mirada hacia Lyla—. Sólo es
simpática. Yo soy un cliente.
—Creo que es más que eso, pero... sólo para que lo sepas. —Foster levantó
una mano—. He tenido suficientes secretos para toda mi vida. Hoy en día me
gusta tenerlo todo al descubierto.
Hijo de puta. La culpa era tan amarga como mi café.
¿Qué estaba esperando Eloise? ¿Por qué no se lo había dicho? Tal vez nunca
había planeado compartir la verdad. Tal vez lo había prometido sin intención de
cumplirla.
Tomé un sorbo, sin importarme que me escaldara la lengua. Luego volví a
mirar a Lyla.
Era dulce. Bonita. Era la gemela de Talia y las hermanas estaban muy
unidas. Pero cuando la miraba, no se me aceleraba el pulso. Ningún deseo
paralizante de probar su boca.
Sólo había una Eden que no podía quitarme de la cabeza.
Y su nombre estaba en el hotel.
—No me molestaría —dijo Foster—. Tú, saliendo con la hermana de Talía.
¿Y si me hubiera casado con una? ¿Le molestaría? Me tragué las preguntas
con otro abrasador sorbo de café.
Esto no iba a terminar bien, ¿verdad? Cada vez que retrasaba la verdad era
otro día que Foster tendría que resentirse conmigo.
Había pasado años viviendo una mentira antes de mudarse a Montana para
recuperar a Talia. Tal vez él entendería mi razonamiento para mantener este
matrimonio en secreto. O tal vez me odiaría aún más por ocultar la verdad.
Si Lyla estaba enamorada de mí, sólo empeoraría las cosas. Maldición. Esa
era una complicación añadida que no necesitaba.
Había estado en el club de Las Vegas con Eloise. Me había fijado en ella
varias veces, pero no le había dado importancia. Sobre todo porque le había
echado el ojo a Eloise con ese sensual top negro y ese vaquero tan sexy.
Sí, Lyla era hermosa.
Pero ella no era Eloise.
La puerta de la cafetería volvió a abrirse y unas botas golpearon el suelo.
—¡Papá! —Kadence corrió por la tienda, con su trenza castaña
balanceándose sobre los hombros.
Talia entró detrás de ella, sonriendo mientras la seguía.
Foster saltó de su silla a tiempo para atrapar a Kaddie, que voló a sus brazos.
67
—¿Cómo estuvo?
—Divertido. —Ella soltó una risita mientras él le hacía cosquillas en el
costado—. ¿Podemos ir de nuevo, Talia?
—Por supuesto. —Talia asintió.
—¿Mañana? —preguntó Kaddie.
—Um, ¿seguro? — Talia se rio—. Mientras no llueva.
Me quedaría con la lluvia. Demasiados años viviendo en el desierto.
Ansiaba una primavera húmeda y lluviosa.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Foster, dejando a su hija en el suelo y
empujándola hacia el mostrador donde esperaba Lyla. Luego se inclinó para
darle un beso a Talia—. ¿Estuvo bueno?
—Realmente bueno. Fue divertido. —Le sonrió a Foster, los dos
intercambiaron unas palabras en voz baja antes de saludarme—. Hola, Jasper.
Levanté la mano.
—Hola, Doc.
—Foster me dijo que te quedarías un tiempo.
—Sí, un tiempo.
—No puede vivir sin mí —se burló Foster.
Solté una risa tranquila y nerviosa mientras negaba con la cabeza.
Pensaban que me quedaba para seguir entrenando a Foster. Les había
hecho creer que había comprado la cabeza en forma de A porque me estaba
encariñando con Montana.
En realidad, comprar la cabaña había sido más fácil que mudarse. Eso
llegaría pronto.
Mientras Eloise y yo resolvíamos los trámites legales de una anulación, sería
más fácil si estuviéramos en la misma ciudad. Así que hace tres semanas, llamé
a los propietarios de la casa para prolongar mi alquiler de vacaciones. Excepto
que me habían informado que iban a venderla esta primavera. Querían
aprovechar la temporada alta del mercado.
Me gustaba la cabaña. Me gustaba su soledad. Su naturaleza acogedora.
Así que la había comprado. En efectivo.
Cuando este matrimonio se anulara, sería yo quien la vendería. Tal vez
incluso obtener un ligero beneficio si el momento era el adecuado.
Aunque todo dependía de los tribunales. 68
Eloise estaba decidida a conseguir la anulación. Quería que un juez dijera
que el matrimonio nunca había existido. Pero los motivos para una anulación eran
limitados. Según la última actualización de mi abogado, era escéptico de que nos
concedieran una. Lo que significa que tendríamos que divorciarnos.
De cualquier manera, cuando esto con Eloise terminara, dejaría Quincy. Me
despediría de Montana, con suerte mucho antes de otro insufrible invierno.
Mi casa en Las Vegas seguía siendo una opción. Tal vez volvería a la costa
este. No volvería a vivir en Maryland, pero tenía una casa en Carolina del Norte.
Podría pasar unos meses en Outer Banks pensando en mi próximo movimiento.
O tal vez dejaría el país del todo. También tenía un departamento en
Edimburgo, y si quería lluvia, Escocia no me decepcionaría.
—Voy a saludar a Lyla y a por agua —le dijo Talia a Foster, palmeándole los
abdominales antes de dirigirse al mostrador.
Foster se sentó, pero sus ojos permanecieron fijos en su mujer.
Talia sonrió cuando Lyla le tendió a Kadence una taza para llevar, casi
rebosante de nata montada. Luego, cuando Kaddie volvió a nuestra mesa, Talia
se inclinó más para hablar con su gemela.
Lyla había estado a punto de preguntarme algo antes. Mientras hablaba con
Talia, sus ojos se desviaron en mi dirección, y con esa rápida mirada y el rubor
de sus mejillas, mi estómago cayó en picado.
Estaba enamorada, ¿verdad? ¿Cómo no lo había visto? ¿Lo sabía Eloise?
—¿Estás bien? —preguntó Foster.
—Sí. —Cambié mi atención, mirando a Kadence mientras sorbía su cacao
caliente—. Genial.
Quizá Lyla había confundido mis frecuentes visitas a la cafetería con interés.
Lyla era una pastelera fantástica. Me gustaban sus croissants. Me recordaban a
los que nuestro chef había hecho cuando yo era un niño. ¿Pero románticamente?
No.
Además, ya estaba casado.
Volvió a sonar el timbre de la puerta y entró una cara conocida. Vivienne,
la madre de Kadence, se acercó a nuestra mesa. Como yo, era nueva en Montana.
Luego de divorciarse de Foster, había estado prometida con un chico de Las
Vegas, pero hacía poco que se habían separado, así que se había mudado aquí
para estar cerca de Kadence.
Durante años, Vivienne y Foster habían sido los mejores amigos. Su
matrimonio había sido una farsa, pero habían hecho todo lo posible por Kadence.
Salvo que el mes pasado, antes del campeonato, Vivienne y Foster habían tenido
69
una gran pelea.
Desde entonces, se había mostrado frío y distante, y el rencor de Foster
había cobrado vida propia. Esperaba que no me guardara rencor a mí también.
Dios, odiaba esto. Odiaba el secreto. Odiaba mentir.
No estaba bien. Cuanto más tiempo pasara, peor sería. Un mes sería
bastante difícil de explicar. ¿Pero dos? ¿Tres?
Miré a Foster y a Vivienne, los dos apenas hicieron contacto visual, y supe
que no podíamos seguir por este camino. No si quería conservar la amistad de
Foster.
Mierda. Eloise se iba a poner lívida.
Vivienne y Foster intercambiaron detalles sobre el horario de Kadence
mientras Talia agarraba un plato para el chocolate caliente de Kaddie. Luego,
tras una tensa despedida, Vivi tomó la mano de su hija y salió de la cafetería.
—¿Vas a estar enojado con ella para siempre? —¿También me odiaría algún
día?
—No. —Foster se pasó una mano por el pelo—. Es hora de dejarlo ir, ¿no?
Talia ocupó el asiento vacío a su lado y le tendió la mano.
Lyla no estaba detrás del mostrador. Debió haberse metido en la cocina
para hacer algo. Lo que significaba que si quería hablar con Foster y Talia, esta
era mi oportunidad.
Le había advertido a Eloise.
Se le había acabado el tiempo.
No podía mantener esto en secreto por más tiempo.
—Ya que están los dos aquí. Yo, um, necesito hablarles de algo. —Maldita
sea. Esto iba a ser doloroso. Me senté más derecho, tratando de encontrar las
palabras adecuadas—. Yo... bueno... La cagué.
No eran las palabras adecuadas. Mierda.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Foster. Se puso tenso. Al igual que Talia.
—Yo como que… Yo... Mierda. —Me froté la mandíbula, tragando saliva.
Luego cerré los ojos y solté—: Me casé con tu hermana.
—¿Qué? —Talia se quedó boquiabierta—. ¿Te casaste con Lyla?
Lyla. Por supuesto que pensaría que era Lyla. Porque estaba enamorada de
mí. Mientras Eloise fingía que yo era un maldito extraño.
—No exactamente —murmuré. 70
Otro tintineo sonó desde la puerta, y entonces allí estaba ella. La fuente de
mi miseria.
—Oh, uh, hola. —Eloise se puso al lado de Talia. El color subió a sus
mejillas. Sus ojos miraron a todas partes menos a mí.
¿Cómo podía ignorarme? Yo no podía apartar mis malditos ojos.
Y eso, bueno... eso me molestó. Si me llamaba señor, iba a perder la cabeza.
—Hola —dijo Talia—. Jasper nos acaba de decir que...
—Dios mío, ¿se lo has dicho? —gritó Eloise—. ¿Cómo pudiste decírselo?
Acordamos mantenerlo en secreto hasta que se anulara.
No, habíamos acordado que se lo diría.
—Espera. —Foster se inclinó hacia delante, señalando entre los dos—.
¿Ustedes dos se casaron?
Iba a explicárselo, pero Eloise siguió hablando.
—Ahora todo el mundo se va a enterar. ¡Mierda! Maldita sea. Nunca volveré
a beber. —Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta.
Salí disparado de mi silla y la perseguí.
—Eloise, espera.
No esperó.
Siguió corriendo.
Otra vez.
Así que la perseguí por las aceras de Quincy.
Otra vez.
71
Eloise
—E
loise. —La mano de Jasper me rodeó el codo,
deteniéndome antes de que pudiera doblar la esquina y
desaparecer en mi casa—. Déjame explicarte.
—No. —Me giré, soltándome de su agarre—. ¿Cómo pudiste hacerlo?
¿Cómo has podido decírselo? Acordamos mantenerlo en secreto. Quizá no te
importe lo que la gente de Quincy piense de ti. Pero a mí sí. Esta es mi ciudad.
Este es mi hogar. Esta es mi familia. Se lo dijiste a Talia. A mi hermana. Eres un
ladrón, Jasper Vale. Eres un ladrón.
Me había robado la oportunidad de explicarme.
Había perdido la oportunidad de arreglarlo. Atrás quedaba mi esperanza
de mantenerlo en secreto hasta que tuviera el valor de contarle la verdad a mi
familia. Miré al otro lado de la calle, hacia el hotel.
¿Significaba que también había perdido mi hotel?
Mi barbilla empezó a temblar, la furia y la frustración burbujeando a la
superficie en forma de lágrimas.
—Esto lo cambia todo.
—Dijiste que se lo dirías.
—No lo hice, ¿de acuerdo? —Mis manos volaron a mis lados—. Todavía no.
Iba a hacerlo pero...
Pero yo era una cobarde.
—Deberías haber preguntado. —Le clavé un dedo en el pecho—. Deberías
haber esperado.
—Mierda. Lo sé. —Se pasó una mano por el pelo oscuro, y eso fue todo. Fin
de la explicación.
—¿Lo sé? Simplemente... ¿Lo sé? —Mis manos se cerraron en puños. Nunca, 72
ni una sola vez en mi vida, había querido golpear a alguien. Ni siquiera de niña,
cuando me peleaba con Lyla o Talia por un juguete. Incluso en mi primer año de
instituto, cuando Mateo se había metido en mi habitación y había leído mi diario.
¿Y hoy? Quería golpear a mi marido en esa cara bonita.
—Lo siento. —Jasper suspiró—. Lo siento. No pensaba decírselo. Estábamos
sentados en la cafetería y simplemente salió.
—Simplemente salió. ¿En serio?
Lo habíamos mantenido en secreto durante un mes. Jasper y yo nos
habíamos evitado mutuamente, recurriendo a mensajes de texto y correos
electrónicos las pocas veces que habíamos necesitado intercambiar detalles. Por
lo demás, dejamos que nuestros abogados hablaran.
Pero hoy, ¿simplemente salió?
—No puedo creer que esto esté pasando. —Mi teléfono vibró en el bolsillo
de mi abrigo. Lo saqué y lo giré para que Jasper pudiera leer también el nombre
de Talia—. ¿Quieres responder?
A Jasper se le abrió la boca.
—No lo creo. —Rechacé la llamada y guardé el teléfono. Antes de hablar
con alguien, tenía que pensar qué decir—. Dios mío. Mis padres.
Mamá y papá iban a matarme.
Mis manos se hundieron en mi pelo, tirando con fuerza de los mechones.
—Eloise...
—Estábamos tan cerca de dejar esto atrás. —Mi voz era prácticamente un
grito—. Tan cerca. Sólo necesitamos la anulación y...
—No vamos a conseguirla.
Ahora sonaba como mi abogado.
—Podríamos.
—No lo haremos. Lo que significa que nos enfrentamos a un divorcio.
Divorcio. Se me retorcieron las entrañas. Mi abogada me lo había
advertido. Me había dicho que sería más fácil divorciarnos, que ni siquiera nos
molestáramos en pedir la anulación, porque era muy difícil conseguirla.
Pero yo no quería el divorcio. Quería que este matrimonio desapareciera.
Quería que fuera como si nunca hubiera ocurrido.
Quería que fuera mi secreto.
Para siempre.
73
Esa era la verdadera razón por la que no se lo había dicho a mi familia.
Porque me había permitido esperar la anulación. Me había convencido de que
podía hacer que Jasper aceptara mantener este secreto permanentemente.
Entonces nadie tendría que saberlo. Ni mis padres. Ni mis hermanos. Nadie.
Estúpida Eloise.
Otra idea estúpida.
Debería habérselo dicho. Ahora era demasiado tarde.
Jasper lo había hecho primero.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero conseguí balbucear:
—¿Por qué?
Miró por encima del hombro, observando la acera, asegurándose de que
no había nadie lo suficientemente cerca como para oírlo.
—Lyla está enamorada de mí.
Parpadeé, inclinándome más porque no podía haberlo oído bien.
—Dilo otra vez.
—Lyla. Tu hermana.
—Sí, soy consciente de que Lyla es mi hermana —contesté inexpresiva.
—Aparentemente siente algo por mí.
—No, no es verdad. —¿No?
Lyla no lo había mencionado. Aunque las dos habíamos estado ocupadas
últimamente y no habíamos pasado mucho tiempo juntas. En el último mes, sólo
la había visto en casa de mamá y papá, cuando nos habíamos reunido todos en
el rancho para una cena familiar. La casa había sido ruidosa y caótica. No era
precisamente el mejor momento para que las hermanas hablaran de sus
enamoramientos. Pero aun así, ella lo habría insinuado, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes? ¿Te ha pedido salir o algo? —Mi cabeza empezó a dar
vueltas—. ¿También te gusta? Espera, espera. ¿Por eso se lo dijiste a Foster y a
Talia? ¿Porque quieres salir con Lyla? ¿Ella también sabe que nos casamos?
Había salido corriendo de la cafetería tan rápido que ni siquiera había
pensado en Lyla.
—Dios mío. Quieres salir con mi hermana. Y estamos casados. —Me
balanceé sobre mis pies, a punto de doblarme y vomitar en sus botas.
Pero los brazos de Jasper estaban allí, envolviéndome, manteniéndome
firme.
—Respira. 74
Mis pulmones no funcionaban. Mi estómago daba volteretas.
Esto estaba sucediendo demasiado rápido. Nada iba según lo previsto.
Jasper era... mío.
No era mío, pero era mío. Más o menos.
¿Cómo iba a enfrentarme a él si se enamoraba de Lyla? ¿Cómo iba a olvidar
que me había dado los mejores orgasmos de mi vida? ¿Cómo iba a verlos juntos,
sabiendo lo que se sentía al tenerlo dentro de mi cuerpo?
—Respira, ángel. —La voz de Jasper, baja y suave, sonó en mi oído.
—No puedo. —Se me hinchó el pecho. El mundo se inclinó hacia un lado.
¿Era un ataque de ansiedad?
Sí, iba a vomitar.
En un momento me balanceaba sobre mis pies y al siguiente estaba en el
aire.
Jasper acunó mi cuerpo, estrechándome contra su pecho mientras
caminaba.
Me puse rígida, abrí los ojos porque no estaba preparada para volver a la
cafetería. A enfrentarme a mis hermanas.
Pero Jasper caminó hacia la calle, llevándome a su Yukon.
Con un chasquido, la puerta del pasajero se abrió y me sentó en el asiento
de cuero negro. Me metió dentro y luego rodeó el capó, se puso al volante y
arrancó el motor. Miró rápidamente por los retrovisores, dio marcha atrás y se
alejó de la acera.
Apretó un botón de la consola para calentar el asiento. Luego subió la
temperatura, mirando con las cejas fruncidas.
¿Cómo sabía que tenía frío?
Ah, cierto. Estaba temblando. ¿Era el frío? ¿O era puro pánico?
No pregunté adónde íbamos. Me daba igual. Me limité a cerrar los ojos,
esperando a que el calor se filtrara en mi piel y el temblor de mis dedos cesara.
El todoterreno bajó la velocidad antes de que Jasper tomara una curva.
Entonces, el ruido de los neumáticos se convirtió en un crujido al salir de la acera
y entrar en un camino de grava. Entrecerré los ojos cuando pasó una señal de
tráfico.
Alderson. Me estaba llevando a la cabaña.
Resultaba extraño que sólo hubiera estado allí una vez, pero la idea de
aquella cabaña aliviaba algunas de mis preocupaciones. Y esta conversación, sin 75
importar el resultado, sería mejor tenerla en privado.
—Lo siento —susurré—. Por asustarme.
—Es mi culpa. —Jasper se movió—. ¿Estás mejor?
Asentí.
—Casi.
El trayecto por la carretera de grava me puso más nerviosa. El ruido de las
ruedas, el rebote y el empuje que no había en el asfalto. Me recordaba al rancho,
a las incontables horas que había pasado acompañando a papá mientras revisaba
las vallas o contaba el ganado.
Cuando llegamos a la estructura en forma de A, ya no tenía el estómago
revuelto ni las palmas de las manos húmedas. Me temblaban las rodillas, aunque
solo un poco, cuando salté del Yukon y seguí a Jasper al interior, donde me
recibió el aroma del fuego de leña y la colonia de Jasper.
—¿Qué le pasó a tu mesa del comedor? —pregunté. En lugar de la mesa
redonda de roble que había estado aquí la última vez que la visité, había una
mesa de cartas negra plegable con cuatro sillas a juego.
—Compré este lugar. —Tiró las llaves en la pequeña isla de la cocina—.
Llamé a los propietarios hace unas semanas para preguntarles si podía prorrogar
el alquiler. Querían vender el lugar. Así que lo compré. La mayor parte del
mobiliario también. Pero querían la mesa.
—¿Compraste esto? —¿Eso significaba que se iba a quedar en Quincy?
¿Incluso después de la anulación?
Mi cabeza empezó a dar vueltas de nuevo, así que me dirigí a la mesa de
cartas, y me hundí en una de las sillas plegables.
—Lo siento —dijo Jasper—. Lamento habérselo dicho.
—¿Quién lo sabe?
—Sólo Foster y Talia. Ocurrió un minuto antes de que entraras.
Tragué saliva.
—¿Y Lyla?
Exhaló, apoyándose en la isla.
—Supongo que Talia se lo dirá.
—¿Pero tú no?
Sacudió la cabeza.
—No sabía que se sentía así. 76
Mi corazón empezó a acelerarse.
—¿Y tú? ¿Sientes algo por ella?
—No.
El alivio me recorrió y los músculos se me aflojaron. Tal vez fuera una
tontería sentir que Jasper me reclamaba. Bueno, sin duda era una tontería.
Éramos ex amantes y pronto excónyuges. Pero aun así, la idea de que estuviera
con Lyla me daba ganas de gritar.
—Tendré que decírselo a Lyla —dije—. Si Talia no lo hizo ya.
Mi teléfono volvió a vibrar en el bolsillo de mi abrigo. Esta vez no quise
comprobar quién me llamaba. Tenía demasiado miedo de ver a mamá o a papá
en la pantalla.
—Estoy enfadada contigo —murmuré.
—Yo también estoy enfadado contigo. Dijiste que se lo dirías en un par de
semanas. Y no lo hiciste.
Fruncí el ceño.
—Soy consciente.
—¿No crees que será mejor así? ¿Si la gente se entera por nosotros en vez
de por cotilleos?
—O no —murmuré.
Jasper me miró a la cara y entrecerró los ojos.
—No ibas a decírselo, ¿verdad?
La culpa, el desprecio, en su voz me hizo estremecer.
—Nadie tenía que saberlo.
Su mandíbula se apretó.
—Por eso quieres la anulación.
—¿De verdad quieres que todo el mundo lo sepa?
Jasper no contestó. Se limitó a dirigir la mirada hacia la isla y la pila de
correo que había en su superficie.
Se volvió silencioso. Demasiado silencioso. Puede que a él le parecieran
bien estos largos ratos de silencio, pero a mí me hacían retorcerme. El vinilo bajo
mis muslos chirriaba.
Tenía derecho a estar enfadado. Y yo también.
Pero el daño ya estaba hecho. Por ambas partes. 77
Ocultar este matrimonio ya no era una opción.
—¿Cómo se lo dijiste? —le pregunté a Jasper—. ¿A Foster y Talia? ¿Cómo
se lo dijiste? —Quizá podría robarle su explicación porque, de momento, no se
me ocurría cómo contarlo.
Suspiró.
—Les dije que la había cagado.
Brutal. Pero eficaz. Y cierto.
—¿Entonces qué?
—Dijo que me casé con tu hermana. Talia asumió que era Lyla. Entonces
apareciste por la puerta.
Enloqueció y anunció nuestro matrimonio.
—Uff. —Dejé caer los codos sobre la mesa, dejando caer la cabeza entre las
manos—. Qué lío.
Mi teléfono volvió a vibrar. La curiosidad era demasiada, así que lo saqué.
Talia. Ella había llamado tres veces. Lyla, sólo una vez.
—¿Cómo arreglamos esto? —La pregunta era para mí, pero Jasper
respondió.
—¿Y si renunciamos a los abogados?
—¿Eh? ¿Qué quieres decir? Tenemos que conseguir la anulación. O… el
divorcio. Necesitamos abogados.
Jasper se quedó mirando la pila de correo que había en la isla, con la
expresión concentrada en lo que había encima.
—¿Y si seguimos casados?
Me froté las orejas. Hoy no parecían funcionar bien.
—Dilo otra vez.
Se puso más erguido y me miró.
—¿Y si seguimos casados?
—Quieres seguir casado. ¿Cómo arregla eso esto?
—Escúchame. ¿Y si este matrimonio no fue un error de borrachos?
—Excepto que fue un error de borracho. —¿Había olvidado que los dos
habíamos estado montados en el expreso del alcohol cuando entramos en la
Capilla Cover y arruinamos nuestras vidas?
—Nosotros sabemos eso —dijo—. Nadie más lo sabe. 78
—No lo entiendo. —Me llevé los dedos a las sienes, al dolor de cabeza que
me había enviado a la cafetería de Lyla en primer lugar. Se había desvanecido
momentáneamente, durante mi ataque de pánico. Pero se estaba gestando de
nuevo, furioso detrás de mi cráneo.
—En lugar de esconder esto, ¿qué tal si lo poseemos? Decirle a todo el
mundo que nos casamos. Admitir que fue precipitado e imprudente. Pero
decirles que hay algo aquí y que vamos a ver si funciona.
Mis manos cayeron junto con mi mandíbula.
—Seguir casado. ¿Conmigo? Pero si acabo de anunciar en la cafetería que
vamos a anularlo.
Jasper levantó un hombro.
—Les decimos que no es algo seguro. Y que sólo estamos explorando
nuestras opciones.
Seguir casados. Eso era imposible. ¿No?
Jasper volvió a mirar la pila de cartas. Era sutil. Pero algo en esa pila seguía
llamando su atención.
—¿Qué es lo que no me dices? —le pregunté.
Me miró de frente, echando los hombros hacia atrás, haciéndolos parecer
aún más anchos.
—Necesito un favor.
—Y supongo que ese favor tiene algo que ver con lo que no dejas de mirar.
—Señalé el correo.
Jasper asintió y sacó una tarjeta cuadrada del montón.
—Tengo que ir a una boda a finales de junio. Ven conmigo.
—¿Como tu esposa?
—Como mi esposa. —El tono de su voz, grave y áspero, hizo que un
escalofrío me recorriera los hombros.
—¿Y después de la boda?
—Nos divorciamos.
Divorciados. No habría anulación. No borrar este error.
—Sé que quieres que esto se anule —dijo—. Pero siempre hubo muchas
posibilidades de que tuviéramos que divorciarnos.
Mis hombros se hundieron.
—Lo sé. 79
—Yo asumiré la culpa —dijo—. Puedes decirle al mundo que fue culpa mía.
Dile a tu familia que fui un marido horrible. Diles que te engañé o algo así.
—No. —Se me curvó el labio. No iba a pintar a Jasper como una persona que
no era—. Te odiarían por eso. Foster te odiaría. Les diremos que no funcionó.
Jasper dio un paso hacia mí y se detuvo.
—¿Eso significa que lo harás?
¿Lo haré? Mi mente se tambaleaba.
Había ido al Café Eden a por cafeína para espantar un dolor de cabeza.
Menos de treinta minutos después, Jasper y yo estábamos hablando de un falso
matrimonio.
—¿De quién es la boda?
Jasper bajó la mirada, observando sus botas durante un largo momento.
Luego levantó la barbilla y la franqueza que había tenido hacía un momento en
aquellos ojos oscuros desapareció. Parecían protegidos. Duros.
—De mi exesposa.
80
Jasper
H
abía un hueco entre los árboles que rodeaban la estructura. No
medía más de seis metros de diámetro, pero era suficiente para ver,
más allá de las hojas y las ramas ondulantes, el resplandeciente cielo
de medianoche.
La brisa traía consigo el aroma del pino. La chimenea de la cabaña
desprendía humo. Un búho ululaba a lo lejos, pero por lo demás, todo estaba
tranquilo. Vacío.
Si permaneciera aquí el tiempo suficiente, con el cuello inclinado hacia el
cielo, ¿me darían las estrellas algún consejo? Esta noche me vendría bien.
Poco después de que le entregara la invitación de boda a Eloise,
observando atentamente cómo la leía dos veces, se levantó de aquella silla
plegable barata y pidió que la llevara de vuelta a la ciudad. Necesitaba tiempo
para pensar en mi propuesta.
Así que la llevé a casa, la dejé en la acera y vi cómo sacaba la llave de
debajo del felpudo y se metía dentro.
Había ido en contra de todas las maneras caballerosas que mis padres,
tutores y niñeras me habían inculcado, cuando no acompañé a Eloise hasta la
puerta. Pero maldita sea, no confiaba en mí mismo.
Un polvo caliente y alucinante no iba a cambiar el hecho de que mi vida era
un basurero. Eloise y yo teníamos suficientes complicaciones por el momento.
Cuando volví a la casa, me pasé una hora buscando en Internet un nuevo
juego de comedor. La mesa de cartas siempre había sido temporal. No me había
molestado, no hasta hoy. No hasta que Eloise se había sentado en aquella silla
barata y endeble.
Se merecía algo mejor.
Con los muebles. 81
Con los maridos.
¿En qué estaba pensando? ¿En qué había pensado?
La culpa que creí que se desvanecería al revelar nuestro secreto no había
hecho más que crecer. La había cagado. Otra vez.
Eloise me había llamado ladrón.
No se había equivocado.
Decírselo a Foster y a Talia, quitarle esa oportunidad, podría ser lo peor que
había hecho en años.
¿Era por eso que había lanzado esta idea de seguir casado? ¿Porque seguía
arruinándolo todo?
No es que fuera una idea horrible. Cuanto más lo pensaba, más sentido
tenía.
¿Podría ayudar a Eloise a salvarse con su familia? Se lo debía.
Foster me había llamado antes, pero lo había dejado en el buzón de voz. Era
un mensaje que ignoraría hasta mañana.
Me ocuparía de las consecuencias mañana.
Esta noche, sólo quería estar solo y mirar las estrellas.
Un destello de luz irrumpió entre los árboles. Faros. Al parecer, esta noche
tampoco era posible estar solo. Probablemente era Foster para tener la
conversación que no estaba listo para tener.
Suspiré, bajé la mirada y me froté la ligera torcedura del cuello. Estaba
demasiado oscuro para distinguir el vehículo que se desviaba de Alderson. Así
que me quedé en el claro, esperando a que el auto se acercara. Cuando distinguí
la forma de un Subaru, se me aceleró el pulso.
Eloise.
Estacionó delante de la cabaña y salió. Las luces del porche le iluminaron
el rostro, ahuyentando las sombras. Se había quitado el pantalón negro y el suave
jersey azul de cuello alto que llevaba antes. Sus largas y tonificadas piernas iban
enfundadas en un legging oscuro. Llevaba el torso cubierto con una camiseta de
tirantes, demasiado fina para el frío de la noche. Se había recogido el cabello.
—Hola.
Dio un respingo, sobresaltada por mi voz y se llevó una mano al corazón.
—Mierda, me has asustado.
—Lo siento. —Levanté una mano mientras me acercaba—. No esperaba
verte esta noche.
82
Eloise se encogió de hombros.
—Estaba lavando ropa y me quedé sin jabón. Iba de camino a la tienda de
comestibles, pero mi auto se condujo solo hacia aquí.
—Vamos, entra. —La conduje dentro, esperando mientras se quitaba los
zapatos.
Caminó hacia el salón y hacia la chimenea.
—¿Has hablado con alguien?
—No. ¿Tú?
—Todavía no. —Sacudió la cabeza y se acercó aún más a la chimenea,
extendiendo las manos para impregnarse de su calor.
Un mechón de pelo caía por la línea de su cuello, como una flecha torcida
por su columna. Seguí su rastro hasta las dulces curvas de sus caderas en
legging.
Prefería verlo en el suelo que en su cuerpo. Todo esto parecía más simple,
más fácil, cuando estaba dentro de ella.
—De acuerdo —murmuró, más para sí misma que para mí. Sus hombros se
hundieron. Se llevó las manos a los costados. Luego se giró—. De acuerdo.
Seguiremos casados. Iremos a esa boda. Luego nos divorciaremos.
Por primera vez en horas, respiré. Gracias a Dios.
—De acuerdo.
Eloise se arrastró hasta el sofá y se dejó caer en el borde.
—Quizá si todo el mundo cree que esto es real, aún consiga mi hotel.
Ya lo había mencionado antes, el mes pasado, cuando hablaba de su
desesperación por mantenerlo en secreto. En aquel momento no le pregunté a
qué se refería, pero si íbamos a hacerlo, tenía que saber qué buscaba.
—Dijiste que tus padres no querían darte el hotel. Querían dárselo a tu
hermano Knox, ¿verdad? —pregunté, sentándome a su lado.
—Sí. —Suspiró—. Lo he estado administrando durante años. Desde que
volví a casa de la universidad. Mi madre solía hacer eso, pero se alejó, al igual
que mi padre hizo con el rancho. Mi hermano mayor, Griffin, administra el rancho
ahora.
No conocía a Griffin Eden, pero había oído su nombre por la ciudad. Su
mujer, Winslow, era la jefa de policía.
—El hotel es mío. —La forma agresiva en que hablaba, el gruñido de la
palabra mío. Sentí una punzada en un costado. ¿Celos? 83
¿Estaba realmente celoso de un hotel? No. Eso sería ridículo.
—Es mi sueño —dice—. Lleva cinco generaciones en nuestra familia. No soy
la única Eden a la que le encanta ese hotel. Mis padres, mis hermanos, mi familia.
La ciudad. El fracaso no es una opción.
—¿Y crees que fracasarás? —¿O eso venía de sus padres?
—No. —Suspiró—. Puede ser. Tuve un problema hace unos años y me hizo
perder la confianza. La de mamá y papá también. Por eso quisieron darle el hotel
a Knox.
Me moví y me puse de lado en el sofá para pasar un brazo por el respaldo.
Luego crucé un pie sobre el tobillo, queriendo poder verla mientras hablaba.
—¿Qué ha pasado?
Eloise trazó un patrón en el cojín de cuero que había entre nosotros,
dibujando cuadrados y rectángulos imaginarios.
—Mi tierno corazón. O así lo llama mi madre.
Ni una sola vez en mi vida nadie había llamado tierno a mi corazón. Me
gustaba eso de Eloise. Que era cariñosa. Genuina. Despreocupada. Me gustaba
que pudiera divagar cuando estaba borracha, diciendo lo que se le pasaba por
la cabeza, y perderse en un momento de pasión.
—Un empleado —dice—. No es fácil encontrar gente fiable y trabajadora
todo el tiempo, sobre todo que esté dispuesta a limpiar habitaciones y fregar
retretes. Quizá sea porque Quincy es pequeño. O quizá tendría el mismo
problema en una ciudad grande. No lo sé. Pero es difícil. No tengo el lujo de ser
siempre exigente. Si no tengo empleados…
—Entonces haz tú el trabajo —le dije cuando se quedó pensativa.
—Exacto. —Levantó la vista, pero sus dedos seguían rozando el cuero del
sofá—. Contraté a un tipo para que hiciera las tareas domésticas hace unos años.
Parecía simpático. Fue sincero en su entrevista. No tenía experiencia previa en
hostelería, pero es raro encontrar a alguien que la tenga. Y sólo trabajaba a
tiempo parcial. Pensé que podríamos formarlo sobre la marcha y, si encajaba,
ascenderlo a tiempo completo.
Este imbécil se había aprovechado de ella, ¿no?
—Supongo que el arreglo no era correcto.
Eloise me dedicó una sonrisa triste.
—Pensé que lo era. Al principio. Llegaba puntual. Era amable conmigo y
cortés con los huéspedes. No iba más allá, pero hacía lo que yo le pedía. Hasta
que un día, se saltó un turno. Yo había estado haciendo algunos cambios de 84
horario y pensé que tal vez sólo se perdió la actualización del calendario. Así que
lo cubrí. Al día siguiente, cuando llegó, se disculpó una y otra vez. Dijo que le
habían pasado muchas cosas y que se había confundido de horario.
Probablemente había visto una oportunidad para explotar el tierno corazón
de Eloise.
»Volvió a ocurrir. Y otra vez. Y otra vez. —Ella se tensó, sus hombros se
curvaron hacia adentro mientras la punta de su dedo seguía dibujando patrones.
Círculos ahora, en lugar de cuadrados—. Mi madre lo descubrió. Lo que significa
que mi padre se enteró. Vino al hotel un día, llamó al tipo a la oficina y le dio una
advertencia. Se saltó otro turno y se fue. ¿Adivina qué pasó?
—Se saltó otro turno.
—Sí. —Eloise suspiró—. Papá lo despidió. Yo lo habría hecho, pero papá
dijo que él se encargaría. Más que nada, creo que a papá le preocupaba que
cediera y le diera otra oportunidad al tipo.
—¿Lo habrías hecho?
—Ojalá pudiera decir que no —dijo en voz baja—. Pero sinceramente no
estoy segura.
—¿Así que tus padres se enfadaron porque tuvieron que despedir a alguien
por ti? —No parecía gran cosa.
—Oh, no. Se pone peor. —Arrugó la nariz—. Por aquel entonces, la mayoría
de nosotros íbamos a tomar algo a Willie’s una vez al mes. Lo invité. No quería
que nadie se sintiera excluido. Vino una vez, el primer mes después de empezar.
Había un grupo entero de nosotros en el bar. Tomamos unas copas. Jugamos al
billar. Nos reímos. Y al final de la noche, le di un abrazo de despedida. Abracé a
todos. No fue gran cosa.
Había vergüenza en su voz, como si alguien la hubiera hecho sentir mal por
ser quien era. Por ese corazón. Me molestó al instante. Especialmente si ese
alguien había estado en su familia.
—Me esforzaba demasiado por ser amiga en lugar de una jefa. Los límites
profesionales no eran precisamente mi fuerte.
—¿Quién te ha dicho eso? —le pregunté.
—Bueno, mis padres. Pero sobre todo, experiencia. —Su labio se curvó—.
La semana después de que papá despidiera al tipo, nos demandaron por despido
improcedente y acoso sexual.
—Maldición.
—Dijo que le hice una proposición. —Los brazos de Eloise rodearon su 85
cintura—. Nunca me había sentido tan sucia. ¿Y sabes lo que es peor? Empecé a
dudar de mí. Repetí esa noche en Willie’s mil veces. Cada sonrisa. Cada risa.
Cada palabra. Me preguntaba si había ido demasiado lejos. Si algo de lo que
había hecho podría haberlo hecho sentir incómodo. Cuando todo lo que quería
era ser amable. Incluirlo.
Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas y acercándome
un poco más a la mano que dibujaba en el sofá.
—Dudo que hayas hecho nada malo.
—Aun así nos demandaron. Si lo hubiera despedido luego del primer turno
que se saltó, ya estaría hecho.
—Probablemente te habría demandado de todos modos.
Me dedicó una sonrisa triste.
—Eso es lo que dice mi padre. Que pasara lo que pasara, el tipo siempre
iba a dar problemas. Consiguió un abogado y pensó que podría hacerse rico
demandando a mi familia.
—¿Qué pasó con la demanda?
—Ganamos. —No había ni una pizca de alegría en su voz. Ninguna
victoria—. Fue estresante y horrible, pero al menos ganamos. Mamá y papá se
ocuparon de la mayor parte. Sabían que era duro para mí, así que se ocuparon.
Pero al hacerlo, sus padres habían decidido que ella no podía encargarse
del hotel.
—He trabajado duro estos últimos años —dijo—. Muy duro. No más
amistades con los empleados. No más noches en Willie's. Cada vez que mis
padres necesitan un favor, lo dejo todo para decir que sí. Y les he pedido perdón
más veces de las que puedo contar. Mi vida es ese hotel, y está dando sus frutos.
Estamos teniendo uno de los mejores años.
—¿Entonces no es suficiente?
—Debería serlo. —Exhaló—. Mis padres vinieron a verme el mes pasado.
Creen que estoy preparada. Y en el fondo de mi corazón, sé que puedo hacerlo.
Sé que soy la persona adecuada.
—¿Cuál es el problema?
—Han hecho falta tres años. Tres años siendo perfectos. Sin errores. Sin
decisiones imprudentes. Hasta...
—Yo.
Su dedo dejó de moverse.
—Por favor, no te lo tomes a mal. 86
Todo eso, y le preocupaba que su confesión hiriera mis sentimientos. Que
yo no viera nuestro matrimonio como un error.
Ese tierno corazón era tan hermoso como el cielo estrellado de la noche.
—No lo hago.
Se llevó la mano al regazo para juguetear con los dedos.
—Mis padres creen que soy blanda. Demasiado confiada. Demasiado
ingenua. Quizá lo sea.
—Te preocupa que piensen que me estoy aprovechando de ti.
—Sí.
—¿Te preocupa eso? —Contuve la respiración, esperando su respuesta.
Esperando oír qué clase de hombre pensaba que era.
—No. Creo que necesitas una cita para una boda. Y como tu esposa, soy la
elección obvia. Tú me ayudas. Yo te ayudaré.
No estaba seguro de cómo confiaba en mí. Pero podía. No necesitaba nada
de la fortuna de los Eden. No me interesaba involucrarme en sus negocios ni
entrometerme en la dinámica familiar. Simplemente... era demasiado cobarde
para enfrentarme a Sam solo.
—¿Por qué vas a la boda de tu exesposa? —preguntó Eloise.
—Es complicado.
Me miró de reojo.
—No se va a casar con tu hermano o tu padre o algo así de raro, ¿verdad?
Lo vi en una película una vez.
Me reí entre dientes.
—No, nada de eso. Estoy bastante seguro de que me invitó como un reto.
—¿Un reto? ¿Qué quieres decir?
—Para ver si aparecía. Una vez me dijo que nunca sería feliz sin ella. Esta
boda es su manera de probarme.
Excepto que la broma era para ella. Esta boda iba a ser mi manera de
ponerme a prueba. De enfrentarme a esos viejos demonios.
Probablemente era una decisión horrible, no sería la primera ni la última en
lo que a Sam se refería. Lo más inteligente era decir que no. Hacer todo lo posible
por olvidar. Excepto que llevaba diez malditos años intentándolo.
Y seguía sin poder quitármela de encima. 87
—Entiendo. —Eloise asintió—. Si no vas, entonces ella gana. Pensará que
eres miserable o que sigues enamorado de ella.
—Algo así —murmuré—. Como dije, tenemos una relación complicada.
—Eso parece. —Eloise se relajó en el sofá, su cabeza contra el respaldo—.
Gracias por hacer esto.
Mi dedo se estiró, actuando por sí solo, para tocar un mechón de pelo en su
sien.
—Soy yo quien debería dar las gracias. Fue idea mía.
—¿Crees que funcionará?
Me encogí de hombros.
—No tengo ni idea. Pero a estas alturas, me imagino... que no puede hacer
daño.
Se inclinó hacia mis caricias, con aquellos brillantes ojos azules mirándome
desde debajo de unas largas pestañas cubiertas de negro.
Me latía rápido el corazón. Una chispa saltó bajo el dedo que aún
jugueteaba con su pelo.
—Tendremos que convencer a mi familia de que esto es real.
Asentí, mi mirada se desvió hacia sus suaves labios, observando cómo
formaban cada palabra.
Eloise hablaba rápido. A veces, las palabras se entremezclaban y, si no
escuchaba con atención, me perdía algo. Pero si observaba esos labios, captaba
cada palabra.
O tal vez sólo estaba totalmente obsesionado con su boca.
—No es por saltar directamente al fuego, pero deberíamos hablar de
logística —dijo—. Primero, probablemente tengamos que empezar por vivir
bajo el mismo techo.
En la cabaña en forma de A. Yo no había visto más que la entrada y el salón
de su casa, pero quería quedarme aquí.
—En realidad… —Me moví, acercándome. Mi mano en su pelo se adentró
más, deslizándose en la espesa cabellera de su sien—. Ese no es el primer paso.
—¿No? —Su respiración se entrecortó cuando me incliné hacia ella.
—No. —Me incliné para recorrer con mi nariz la larga columna de su
garganta—. Primero, hacemos esto. 88
Quería a Eloise en mi lengua.
Su pulso se agitó bajo mis labios mientras la besaba por el cuello hasta la
clavícula. Su cabeza se inclinó hacia un lado y su mano se posó en mi cabello.
—Jasper.
La forma en que dijo mi nombre...
Me puse duro como una piedra.
Mis manos bajaron por sus muslos y se detuvieron en sus rodillas. Me
levanté del sofá y, tiré de ella hasta que quedó tumbada boca arriba.
Eloise me agarró, pero le aparté la mano y le agarré el legging. Con la
cintura en un puño, se lo quité de las piernas y fue tan rápido que ella chilló y se
hundió aún más en el sofá.
Llevaba un tanga negra, de delicado encaje con un borde festoneado.
De un tirón, rompí las costuras y los restos cayeron al suelo por encima del
hombro.
—Oye. —Frunció el ceño—. Me gustaba esa.
—Cuando te mudes aquí, las bragas son opcionales.
—¿Quién dijo que me iba a mudar aquí?
—Yo. —Le agarré el tobillo y eché una pierna por encima del respaldo del
sofá. Luego me lancé sobre ella, arrastrando mi lengua por su húmeda raja.
—Dios mío. —Sus manos se enredaron en mi pelo. Canturreó, relajándose
y dejando caer la otra pierna hacia el suelo. Abriéndose completamente para mí,
su cuerpo tan jodidamente receptivo que hizo que mi polla se moviera.
—Sabes tan bien, El. —La lamí, aplastando mi lengua contra su centro antes
de arrodillarme para lamer y besar el interior de sus muslos.
Eloise tembló y levantó las caderas para ir al encuentro de mi boca.
—¿Te gusta mi lengua, ángel?
—Sí. —Sus manos pasaron por mis hombros y luego por mi nuca. Como
había hecho con el sofá, por cada lamida, por cada chupada, dibujaba un círculo
en mi cabeza.
Me deleité con ella, perdido en su dulzura y en los gemidos sensuales que
escapaban de su garganta. Cuando me aferré a su clítoris, jadeó y su espalda se
arqueó sobre el sofá mientras sus piernas empezaban a temblar.
Pero antes de que pudiera correrse, me aparté.
—Haz que me corra. —Se levantó, buscando más—. Por favor. No pares. 89
Deslicé un dedo a través de su apretado calor.
Su gemido llenó la habitación.
—Más. Nene, necesito más.
Nene. Haría esto todos los putos días para que me llamara nene. Eloise no
era la primera mujer que usaba ese apelativo. Pero me gustaba más en su voz.
Sólo era más pintura. Más color, más belleza, cubriendo mi feo pasado.
Mi excitación era doloroso, se tensaba contra mi vaquero, pero seguí con el
pantalón puesto.
—Córrete en mi lengua. Entonces tendrás mi polla.
Eloise gimió, retorciéndose contra mi boca mientras la devoraba, agitando
la lengua mientras hundía dos dedos en su interior, enroscándolos en el punto
que hacía temblar sus miembros. Sus puños se aferraron a mi pelo, sujetándome
mientras sus paredes internas empezaban a palpitar.
—Jasper, estoy...
Su advertencia se vio interrumpida por un grito, y su cuerpo casi saltó del
sofá al explotar. Cada músculo de su cuerpo tembló. Su agarre de mi cabello no
perdonaba. Pero por mucho que tirara, yo seguía con ella, alargando su orgasmo
hasta que hasta el último rastro de su placer fue mío.
Se desplomó, jadeando, con las piernas abiertas y el centro empapado.
Luego la tendría en la cama. Tendría ese cuerpo ágil extendido por mis
sábanas, ese cabello suelto y enredado con mis almohadas.
—Bien. —Dejó escapar un suspiro soñador, con la boca torcida. Sus mejillas
se sonrojaron.
—Bien, ¿qué?
—Me mudaré contigo. Pero sólo porque me lo pediste muy amablemente.
90
Eloise
—¿C
rees que es mala idea que sigamos teniendo sexo?
—¿Ahora? —La polla de Jasper, aún
enterrada dentro de mí, se movió—. ¿Quieres
hablar de esto ahora? ¿Cuando mi semen está
goteando por tus piernas?
Reí.
—Bien, hablemos de ello más tarde.
—Sí. —Me abrazó con fuerza durante un momento. Sus brazos me rodeaban
los hombros, su pecho presionaba mi espalda.
Pero, como siempre, me dejó ir demasiado pronto y se retiró. Luego se puso
el vaquero antes de agacharse para subirme la braga y el pantalón.
—De vuelta al trabajo. —Me dio una palmada en el culo—. ¿Qué habitación
quieres empacar primero?
—¿Dormitorio? —Estábamos ordenando la cocina cuando Jasper y yo nos
rozamos.
Él había estado cerrando una caja. Yo estaba llenando otra. Nuestros codos
se habían tocado. Eso fue todo lo que hizo falta para que saltara la chispa.
Habíamos volado el uno hacia el otro, besándonos salvajemente. Luego me
había bajado el pantalón, se había liberado y me había follado contra la
encimera.
Desde la última noche en la cabaña, habíamos tenido sexo tres veces. Una
vez anoche en su cama. Una vez esta mañana en la ducha. Y ahora en mi cocina.
Este deseo por él era abrumador. Sorprendente. Cada vez que estábamos juntos,
deseaba más y más.
Eso era normal, ¿verdad? Esto era sólo química. Se desvanecería con el 91
tiempo. La mayoría de los recién casados probablemente no podían mantener
sus manos fuera del otro también.
Por supuesto, la mayoría de los recién casados probablemente tenían la
intención de casarse. Y seguir casados.
Mientras estaba perdida en esta nebulosa sexual con Jasper, le había
pedido a mi abogada que empezara a preparar los papeles del divorcio. Así
estarían listos cuando volviéramos de la boda a finales de junio.
—Entonces... —Puse un juego de tazas medidoras en la caja abierta—.
¿Crees que es mala idea que sigamos teniendo sexo?
—No. —Jasper levantó una caja en sus brazos, los músculos de sus bíceps
flexionándose mientras salía de la habitación.
Esperé, pensando que la dejaría con las otras cajas en el salón y volvería
para ampliar la respuesta. Pero entonces la puerta principal se abrió y se cerró.
—Buena charla. —Con los ojos en blanco, seguí con lo mío.
Estaba descubriendo de que a mi marido le gustaban las frases cortas.
Cuanto más cortas, mejor.
Acababa de empaquetar las últimas cajas de la cocina cuando entró en la
habitación.
—¿Quieres dejar de tener sexo? —preguntó.
—No. —Antes de Jasper, no tenía ni idea de que el sexo podía ser así.
Adictivo. Liberador. Emocionante. No había inhibiciones. En cuanto me tocaba,
el mundo desaparecía.
Se centraba en mí con su preciosa cara. Con la forma en que cada músculo
de su cuerpo se flexionaba y se contraía con una fuerza cruda y primitiva
mientras me penetraba. Jasper daba el doble de placer del que recibía.
Claro, quizá el sexo mezclaría los sentimientos. Tal vez lo haría más difícil
al final cuando termináramos. O tal vez podríamos tomarlo como lo que era.
Sexo.
—Me gusta follarte, Eloise.
Me ruboricé. Aquella voz áspera y ronca siempre me cortaba la respiración.
Puede que no fuera un hombre de muchas palabras, pero cuando las usaba, yo
escuchaba.
Jasper cruzó la cocina con aquel lento contoneo, como un hombre al acecho.
Incluso su forma de andar era ardiente. Tan embriagador como su voz. Se detuvo,
imponente frente a mí. Me obligó a inclinar la barbilla para mantener su mirada.
—Voy a seguir follándote. 92
—¿Ahora mismo? —Me parecía bien ahora mismo.
Las arrugas a los lados de sus ojos eran la única señal de su diversión. Era
como la sonrisa secreta de Jasper.
Y era todo mío. Por ahora.
—Terminemos aquí. —Me llevó la mano a la cara y me rozó el pómulo con
las yemas de los dedos—. Volvamos a la cabaña. Pasemos el resto del día en la
cama.
—Sí, por favor.
—Te gusta eso, ¿verdad? Hablo de follarte y tu cara se vuelve rosa. Casi tan
rosa como tu coño.
—Jas —gemí. Si antes había tenido la cara rosada, ahora la tenía roja.
Se inclinó, su boca susurró contra mi oreja:
—Llámame más tarde, Jas, ¿sí? Cuando esté tan dentro de ti que me sientas
en la garganta. Llámame Jas. Y haré que te corras tan fuerte que gritarás.
Dios, me encantaba su boca sucia.
Sus dedos se acercaron a mi garganta. Su mano era tan grande que podía
rodearme la nuca con la palma y su pulgar seguía trazando la línea de mi tráquea.
Sus dientes me mordisquearon el lóbulo de la oreja antes de que sus labios
rozaran mi mejilla.
Luego se marchó, riendo mientras salía de la cocina.
El aire salió disparado de mis pulmones y me agarré al mostrador que había
detrás de mí, sujetándome con fuerza hasta que la cabeza dejó de darme vueltas.
Vaya.
Los juegos preliminares con Jasper eran una experiencia sin igual.
Con él, los preliminares no empezaban en cuanto llegábamos al dormitorio.
Empezaban a primera hora de la mañana. Un toque casual cuando nos
cruzábamos. Una mirada sensual. Un beso casto. Palabras sucias y promesas de
lo que estaba por venir.
Hacía apenas unos minutos que me había dado un orgasmo, pero ya tenía
ganas de otro. Esperar a que terminara de empaquetar podría matarme.
Sacudí la cabeza, despejando la niebla. Tragué saliva y lo seguí por el
pasillo hasta el dormitorio.
Jasper ya había sacado las maletas de mi armario y las tenía abiertas sobre
el colchón.
—Empieza con la ropa. Yo buscaré otra caja para los zapatos. 93
—De acuerdo. —Me acerqué a la cómoda justo cuando él pasaba.
Su brazo tocó el mío, intencionadamente. Un hormigueo recorrió mi piel.
—Eres un hombre malvado.
Se rio desde el pasillo.
Sonreí, recogí las bragas y los sujetadores del primer cajón y los metí en
una maleta antes de pasar al segundo.
Hoy llevaríamos la mayoría de mis cosas a la cabaña. El plan era llevar todo
lo que cupiera en cajas. De los muebles ya nos encargaríamos más tarde. Este
era nuestro segundo viaje hasta ahora, y necesitaríamos al menos uno más.
Aunque si Jasper quería retrasar las maletas y pasar el resto del día en la
cama, no tendría nada que objetar. Podría pasar a buscar el resto después del
trabajo esta semana. Y si estábamos en el dormitorio, podría seguir evitando la
realidad.
Sólo unas horas más.
Luego tenía que enfrentarme a mi familia.
Se me retorció el estómago. Aparte de mis hermanas, nadie me había
llamado desde la cafetería de ayer. Quizá no se lo habían dicho a nadie. O quizá
se lo habían dicho a todo el mundo.
El hecho de no tener noticias de nadie me aliviaba y me estresaba a la vez.
Pero antes de hacer el anuncio, quería poder decirles a todos que Jasper y yo
vivíamos juntos.
Iba a confesar que Jasper y yo nos habíamos casado por capricho. Que el
último mes, habíamos estado pasando tiempo juntos. Conociéndonos el uno al
otro. Y la razón por la que lo habíamos mantenido en secreto era porque yo no
estaba segura. De ahí mi arrebato sobre la anulación en la cafetería ayer.
Entonces les diría la verdad. Seguíamos casados. Me había mudado a la
cabaña. Le estábamos dando una oportunidad.
Nadie necesitaba saber que ese “capricho” tenía una fecha límite.
La idea de mentir a mis padres y hermanos me daba náuseas, así que me
centré en hacer la maleta. Podía controlarlo si empacaba.
Ya habíamos terminado el baño y el despacho. La cocina no tenía mucho
porque, a diferencia de Knox y Lyla, yo no acumulaba artilugios ni libros de
cocina.
Cuando todo estuviera en la cabaña, empezaría el proceso de clasificación.
Lo que no usáramos en los próximos meses lo guardaría. Había un cobertizo
vacío escondido entre los árboles detrás de la estructura en forma de A que
94
estaba a punto de llenarse de cajas y de mis muebles.
Llevaba casi dos años viviendo en esta casa, pero el contrato de alquiler
terminaba en junio. Odiaba dejarla, sobre todo porque estaba muy cerca del
trabajo. Pero si me quedaba con esta casa, mis padres harían preguntas.
Tendrían dudas. Así que en un intento de convencer a mi familia de que la
comunidad con Jasper era real, lo dejaría. Incluso si eso significaba un gran dolor
de cabeza este verano para encontrar una nueva casa. Los alquileres en Quincy,
alquileres decentes, no aparecían a menudo.
Giré lentamente en círculo, contemplando las paredes color canela y las
gruesas molduras de corona del dormitorio. Echaría de menos este pequeño
hogar.
Esta casa era bonita. Vieja, pero bonita. Sí, los inviernos eran demasiado
fríos y los veranos insoportablemente calurosos porque este lugar se había
construido mucho antes de que el aislamiento decente fuera una norma. Aun así,
había sido mía.
Cuando Jasper y yo nos separáramos, ¿adónde iría después? Con un poco
de suerte, tal vez podría volver aquí. Podría haber algo más a poca distancia del
centro. En el peor de los casos, podría mudarme al rancho.
En casa había un departamento tipo loft encima del granero. Mi tío Briggs
llevaba un tiempo viviendo allí, pero su demencia había progresado hasta el
punto de necesitar más cuidados, así que mamá y papá lo habían trasladado a
una residencia local con personal de enfermería para ayudarlo.
Mateo había vivido en el desván del granero durante un tiempo antes de
mudarse a Alaska. No sería horrible. Mamá cocinaría para mí. Eso era una gran
ventaja, ya que todavía estaba trabajando en el perfeccionamiento de mis
habilidades culinarias. Pero conducir sola hasta el pueblo me llevaría mucho
tiempo, sobre todo en invierno, cuando las carreteras estaban heladas.
Y mi pobre orgullo nunca se recuperaría si tuviera que mudarme a casa
después del divorcio. Ya podía oír las risitas en mi reunión de diez años.
—Último recurso —me dije, y terminé de descargar la cómoda y cerré las
dos maletas.
Mi armario era el siguiente. Tal vez podríamos dejar todo en las perchas.
¿Había suficiente espacio en el armario de la cabaña para todo esto?
Espera, espera. ¿Tenía un armario? No había visto ninguno en el dormitorio
esta mañana. Tal vez estaba abajo en la sala de lavandería o baño.
—Jasper, ¿cuánto espacio hay en el armario?
No hubo respuesta. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba la caja para mis 95
zapatos?
—Eloise —llamó Jasper.
—¿Sí? —le grité.
—Ven aquí.
Levanté una maleta de la cama y tiré del asa, arrastrándola detrás de mí por
el pasillo.
—¿Cuánto espacio tienes en el armario de la cabaña?
Jasper seguía sin contestar.
—¿No me oyes?
Silencio.
—Parece que no —murmuré, caminando hacia el salón. Cuando llegué a la
entrada del pasillo, me detuve bruscamente.
Oh, mierda.
Jasper estaba de pie, con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre
el pecho, mirando a dos hombres furiosos.
También estaban con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el
pecho.
Griffin y Knox ni siquiera miraron en mi dirección. Sus miradas estaban
clavadas en Jasper.
Bueno, supongo que Talia no se había guardado esto.
El corazón se me subió a la garganta al arriesgarme a entrar en la
habitación. La testosterona era asfixiante. Era como caminar a través de una
densa niebla.
—¡Hola! —Sonreí demasiado alegremente, esperando que eso disimulara
mis nervios.
No. Me temblaba la voz. Maldita sea. Algún día dominaría la calma y la
serenidad frente a mis enfadados y ceñudos hermanos.
Paso a paso, vacilante, atravesé el muro de energía de los machos alfa para
interponerme entre ellos y Jasper.
Aun así, me ignoraron por completo. Miraron directamente por encima de
mi cabeza para fruncir el ceño hacia Jasper.
Este era el problema de casarte con un hombre tan grande como tus
hermanos. Yo pasaba desapercibida.
—¿Vinieron en una camioneta o dos? —pregunté.
No respondieron. ¿Podría alguien oírme hoy? 96
—Griffin. —Alargué la mano y le golpeé en el estómago. Su ceño se frunció,
pero bajó la mirada y finalmente se centró en mí.
Me di cuenta de mi error demasiado tarde. Porque su mirada bien podría
haber sido un lanzallamas.
—¿Hace calor aquí? —Tragué saliva—. Quizá deberíamos salir fuera, donde
hay más aire. Puedes llevar esta maleta por mí.
Nada. Ni siquiera un parpadeo.
—De acuerdo, la sacaré yo.
—Te casaste. —La voz de Knox era tan letal como la mirada de Griffin.
—Cierto. Um... sobre eso.
Las fosas nasales de Griffin se ensancharon.
—Veo que Talia te llamó ayer —murmuré, con la mirada fija en Knox.
—Fue Lyla —dijo—. Hubiera sido bueno saberlo de ti.
Hice una mueca.
—En mi defensa, llamé a Winn y a Memphis antes. Ninguna de los dos
atendió.
Mi estrategia para dar la noticia era decírselo primero a la gente fácil. Con
suerte me ganaría un par de aliadas. Así que llamé a sus esposas y respiré
aliviada esta mañana cuando ninguna contestó.
—Llamaste a las cinco de la mañana —dijo Knox—. Memphis estaba
dormida ya que pasó la mayor parte de la noche despierta con el bebé.
—Y llamaste al teléfono personal de Winn —espetó Griffin.
Sabía que Memphis no dormía con su teléfono en el dormitorio y que Knox
había estado haciendo el turno de mañana temprano con los chicos. Y Winn
siempre tenía cerca el teléfono del trabajo por si la estación necesitaba
localizarla. Pero había contado con que su teléfono personal estuviera sin batería
o perdido, como de costumbre.
—Lo siento. —Junté las manos delante de mí, en una oración silenciosa
pidiendo perdón—. Lo siento muchísimo. Pero dado que están en mi salón, no es
que hayan estado a oscuras mucho tiempo. Y se los iba a decir hoy. Lo juro.
Un músculo de la mandíbula de Griffin se flexionó.
—Lo siento.
Mis disculpas no ayudaban. Porque todos sabíamos que no debería haber 97
esperado. Debería haber hablado con todos ayer. Pero el miedo había sido
paralizante. Así que en lugar de lidiar con ello anoche, había escapado de la
realidad durmiendo en la cama de Jasper.
Ya no había escapatoria.
Era hora de afrontar las consecuencias de mis actos. Y hasta ahora, esto
estaba pasando exactamente como era de esperarse. Estaban enfadados, y con
razón. Y lo que era peor, estaban decepcionados.
—¿Lo saben mamá y papá? —La respiración se me agolpó en el pecho
mientras esperaba la respuesta de Griff.
Griffin asintió.
Me envolví el estómago con los brazos. El remordimiento me tragó entera.
Apestaba como hija.
—¿Están enojados?
Knox se burló.
—Supongo.
—¿En qué mierda estabas pensando? —Griffin bajó los brazos y apoyó los
puños en las caderas—. Te casaste. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué no se lo dijiste
a tu familia, Eloise?
—¿Ves? Por eso quería hablar primero con Winn. —Me alejé de esa mirada
furiosa—. Porque sabía que ibas a gritarme.
—Te casaste con un extraño. En secreto. Y nos lo ocultaste. Voy a gritar.
—Griff...
Un fuerte brazo me rodeó los hombros, impidiendo otra disculpa poco
convincente.
Jasper me tiró hacia atrás, contra su pecho.
—Es suficiente.
La mirada de Griffin se dirigió a Jasper.
—Esta es una conversación privada.
—Le estás gritando a mi esposa.
Me quedé boquiabierta.
Había que ser valiente para enfrentarse a mis hermanos. ¿Esa calma y
serenidad con la que soñaba? Jasper la tenía. Tal vez él me enseñaría.
Knox parpadeó. Luego bajó la barbilla y se frotó la boca con una mano. Casi 98
como si estuviera sorprendido.
Miré fijamente a Griffin, esperando ver esa mirada asesina que había
heredado de papá. Pero ya no tenía el ceño fruncido. Parecía... sorprendido.
¿Intrigado? ¿Qué demonios estaba pasando?
—Lo siento —murmuró Griff.
Jasper se quedó mirando a Griff, con la mirada más dura que había visto
nunca. Se me puso la piel de gallina en los antebrazos cuando me quedé entre
ellos, con mi cabeza moviéndose de un lado a otro, esperando a que alguien
hablara o hiciera algo.
Pero estaban enzarzados en un extraño concurso de miradas. ¿Era algo
bueno? ¿Malo? ¿Por qué los hombres eran tan complicados?
Teníamos que volver a los gritos porque así al menos sabía lo que estaba
pasando.
Griffin fue el primero en romperse. Sus brazos cayeron relajados a sus
costados. Dejó de prestar atención, sus ojos azules encontraron los míos.
—Tienes que llamar a mamá. —Su voz era tan suave que dolía.
—Lo haré.
—Ahora. No después. Ahora. Sé que estás evitando esto porque va a ser
difícil. Pero está dolida.
—Bueno.
—Añade a Talia y Lyla a tu lista. —Knox me sonrió tristemente.
Griffin suspiró, sacudiendo la cabeza.
—¿Necesitas ayuda para sacar las cosas de aquí? Puedo ir a casa y traer un
remolque.
Mi barbilla empezó a temblar. Se me saltaron las lágrimas. Podían estar
enfadados, decepcionados, pero seguían siendo mis hermanos mayores. Y me
ayudarían a mudarme.
—¿Lo dejamos para otro día? —pregunté.
Griffin asintió, me tocó la punta de la nariz y, sin decir nada más, se dio la
vuelta y salió de la casa.
Knox levantó la barbilla hacia Jasper y lo siguió.
No fue hasta que el ruido de la camioneta de Griffin desapareció que me
relajé, hundiéndome en el abrazo de Jasper.
—Lo siento. 99
—No es culpa tuya. —Me soltó y me rodeó, agarró la maleta que había
sacado y se la llevó al Yukón.
Me dirigí hacia la puerta, observando cómo la cargaba dentro.
Bueno, eso... había terminado.
—Estúpida Eloise —murmuré.
No sólo le había hecho daño a mi familia, sino que Jasper no se merecía esa
emboscada de mis hermanos. La persona culpable aquí era yo.
Y tenía más disculpas que pedir.
Así que me cuadré de hombros y me dirigí a la cocina, donde había dejado
antes el teléfono.
Cuando terminé de hacer llamadas, Jasper ya había llevado el todoterreno
hasta la cabaña y había descargado las cajas. Cuando volvió a recogerme, ya
había llorado tres veces: mientras hablaba con mamá, con papá y después de
dejarle un mensaje a Lyla.
Había llamado a Talia después de mis padres, y ella me había advertido que
Lyla podría no querer hablar.
Era pesado. Cargar con el peso de este tipo de error era mucho. Tal vez
Jasper también lo sintió porque cuando volvimos a la cabaña, se cambió de ropa
y salió a correr.
Pasé el resto del día deshaciendo las maletas, reclamando para mí el
pequeño armario del diminuto despacho. La cena fue tranquila. Después, Jasper
encendió la chimenea y leyó un libro mientras yo seguía desempaquetando. Y
cuando oscureció, se retiró al desván.
—¿Subes? —preguntó desde lo alto de la escalera.
—En un rato.
Sonrió tristemente y apagó la luz.
Esto iba a terminar en un desastre, ¿no? Estábamos condenados.
En lugar de subir las escaleras, encontré una manta y una almohada.
Y dormí en el sofá.
100
Jasper
E
n cuanto abrí la puerta principal y entré en la casa, olí comida
quemada. El humo enturbiaba el aire de la cocina mientras la luz del
atardecer entraba por las ventanas.
—¿Qué mierda? —Dejé la mochila en la isla, corrí hacia la cocina y abrí la
puerta de un tirón. Estaba vacía. Y apagada. Pero estaba claro que algo había
muerto allí hoy.
—¿Eloise? —llamé.
No hubo respuesta.
No me sorprendió.
Llevaba toda la semana evitándome, desde aquel encuentro con sus
hermanos en su casa de alquiler.
A lo largo de los últimos seis días, la realidad de nuestra situación se había
hecho presente, amarga y dura, igual que el olor de la cabaña. Éramos extraños.
Y actuábamos como tales.
Ni siquiera el sexo era algo común a estas alturas, no con Eloise eligiendo
dormir en el sofá.
Hace una semana, pensaba que nuestro acuerdo sería fácil. Los dos
fingiríamos por un tiempo. Disfrutaríamos de un poco de sexo caliente y sin
complicaciones. Luego, después de la boda, lo dejaríamos. Nos divorciaríamos.
Fui un maldito idiota por pensar que esto sería fácil. Eloise y yo estábamos
tan jodidos como lo que había en mi horno.
El olor me hacía picar la nariz, así que me dirigí a la ventana más cercana,
sólo para encontrarla ya abierta. Luego miré hacia la parte trasera de la casa,
hacia la puerta corrediza, también abierta.
Mi mujer estaba sentada en la cubierta. 101
Me metí en el lavadero y saqué el pequeño ventilador que había en el
estante superior del armario. Lo puse en la ventana de la cocina, a toda potencia,
abrí la puerta principal para que corriera el aire y salí.
La cubierta sólo se elevaba unos treinta centímetros del suelo. Eloise estaba
sentada en el borde, con las piernas cruzadas y la mirada dirigida hacia los
árboles. Tenía algo negro en la mano que se parecía mucho a un disco de hockey.
—He hecho galletas.
El disco de hockey. La fuente del humo y el olor.
—¿Quieres una? —La levantó en el aire, girándose lo suficiente para que
pudiera verle la cara.
La mirada de esos ojos azules me hizo sentir un dolor en el pecho. Tenía
marcas de lágrimas en las mejillas. Manchas negras de rímel que había intentado
borrar. O quizá era por la galleta.
—¿Galletas de chocolate? —pregunté, agarrando la galleta quemada.
—Sí.
—No me gustan las galletas de chocolate. —La posicioné como si fuera un
frisbee, lancé la galleta lo más lejos posible, haciéndola volar por los aires y
estrellándose contra el tronco de un árbol. Luego me limpié las manos, antes de
sentarme junto a Eloise.
—¿No te gustan las galletas de chocolate? —preguntó.
—No.
—¿Cuál es tu galleta favorita?
—En realidad no me gustan las galletas. Pero si tuviera que elegir, avena
con pasas.
—¿Avena con pasas? Dios mío, me casé con un monstruo.
Levanté la comisura de los labios. Era la primera vez que sonreía en,
bueno... una semana.
—Siento haber apestado la casa —dijo.
—Se desvanecerá.
—Estúpida Eloise —murmuró.
—Llámate estúpida otra vez, y te pondré sobre mi rodilla.
Jadeó, con los ojos muy abiertos.
—No eres estúpida. —Sabía que era uno de esos comentarios 102
despreciativos, pero seguía sin gustarme. Si lo volvía a oír, le daría unos azotes
en su hermoso culo hasta dejárselo rojo—. No lo digas.
—De acuerdo —susurró, con la mirada recorriendo mi camiseta y mi
pantalón cortos—. ¿Estuviste en el gimnasio?
—Esta mañana. Luego me fui de excursión. ¿Trabajaste hoy?
—No, me tomé el día.
Eloise había pasado todos los días de la semana en el hotel. O para evitarme
o porque estaba ocupada. Probablemente ambas cosas. Normalmente, cuando
me despertaba cerca de las seis de la mañana, ya se había ido, dejando su olor,
esa vainilla terrosa y floral, en el baño.
Excepto esta mañana, que no había perfume. Cuando bajé del desván,
estaba dormida en el sofá, con los párpados aleteando mientras soñaba.
Así que me había tocado escabullirme temprano.
Foster me había pedido que fuera a su gimnasio esta mañana para hacer
ejercicio.
Hoy era la primera vez que nos veíamos desde la cafetería. Habíamos
hablado por teléfono un par de veces, conversaciones cortas y entrecortadas. No
es que nuestro cara a cara de hoy hubiera sido muy diferente. No habíamos
hablado mucho antes de subir al ring para entrenar.
Dentro del ring, no había habido necesidad de palabras. Foster había
dejado que sus puños hablaran por sí solos.
Los ojos de Eloise se clavaron en el corte reciente de mi labio inferior. Estiró
la mano para tocarlo, pero se detuvo antes de hacer contacto. Entonces su mirada
triste se duplicó.
También lo hizo el dolor en mi pecho.
—¿Cómo estaba Foster? —preguntó.
Enojado. Jodidamente molesto.
—Bien.
Estaba enfadado porque no le había hablado de Eloise. Estaba enfadado
porque me había pasado un mes ocultando la verdad. Pero sobre todo, creo que
estaba dolido porque sabía que yo seguía ocultando algo.
Tal vez debería haber confesado. Tal vez debería haber dicho todo,
explicando que este matrimonio era una farsa. Que Eloise y yo estábamos
haciendo todo esto para que ella tuviera una oportunidad en su hotel y yo no
tuviera que ir solo a la boda de Sam.
Pero había mantenido la boca cerrada. ¿Mi recompensa? Una patada. 103
Foster me había dado una patada en el estómago que me había dejado sin
aliento. Luego me había golpeado en la boca, partiéndome la piel al instante.
Había sangrado de forma intermitente durante mi caminata vespertina. La
sangre que había en la manga de mi camisa negra era invisible.
—No le habrás... contado lo de nuestro acuerdo. ¿Verdad? —preguntó.
Sacudí la cabeza.
—No.
—Gracias.
Más secretos. Pero por alguna razón, ocultar nuestros motivos a Foster no
me molestaba tanto como ocultar este matrimonio a Eloise.
¿Por qué? Ni puta idea. Había tratado de averiguarlo en mi caminata. Había
pasado un par de horas tratando de ordenar estos sentimientos. Aclarar mi
cabeza. No había funcionado. Todavía me sentía... fuera de lugar.
Tal vez sólo estaba cansado. Había dormido mal toda la semana.
—¿Adónde fuiste de excursión? —preguntó.
—El inicio del sendero de Sable Peak.
Incluso después de un entrenamiento agotador con Foster, me corría una
energía inquieta por las venas. Así que busqué senderos locales y me dirigí a las
montañas.
El recorrido había sido de nueve kilómetros. Mis piernas estaban muertas,
y mañana pagaría por haberme esforzado demasiado. Y sólo una pizca de esa
energía se había desvanecido.
—Ese siempre ha sido el sendero favorito de Mateo. —Eloise levantó las
rodillas, abrazándolas contra su pecho—. Tal vez debería haber ido de excursión
contigo en lugar de otro fracaso en la cocina.
Aquellos hermosos ojos se inundaron de lágrimas.
No se trataba de las galletas. Pero si necesitaba llorar por ellas, me sentaría
a su lado.
Aunque necesitaba una ducha, aunque me moría de hambre, no me moví.
Nos quedamos mirando los árboles hasta que Eloise llenó el silencio.
—Mi madre es una cocinera increíble. Ella bromea diciendo que Knox y
Lyla heredaron su talento, y para cuando Mateo y yo nacimos, no quedaba nada
para nosotros. Pero aún lo intento. Hago galletas para las cenas familiares y finjo
no darme cuenta cuando todas desaparecen en el cubo de la basura del garaje.
Hago sangría que nadie se bebe.
—¿Te gusta cocinar? 104
—No.
—Entonces, ¿por qué no dejarlo?
Levantó un hombro.
—No sé. Supongo que estaría bien hacerlo bien. Sólo una vez.
Eloise seguía intentando tapar esos caballos feos con dibujos lindos.
—Después de hoy, creo… que me rindo. —Su voz era tan pequeña. Había
desaparecido la mujer fuerte y vibrante que me había hechizado en Las Vegas.
Y en ese momento, daría cualquier cosa por hacer desaparecer esas lágrimas.
—Me gusta cocinar —dije—. Odio lavar la ropa.
Lloriqueó, secándose los ojos.
—No me importa lavar la ropa.
—Entonces lava mi ropa. Yo cocinaré. No más sándwiches de mantequilla
de maní y jalea para la cena. ¿Trato hecho?
—Trato hecho. —Me dedicó una pequeña sonrisa—. Nuestra primera
asignación de deberes. Míranos, ya nos organizamos. Otros recién casados
estarían celosos. Si supieran que todo es falso.
Falso. Mis hombros se tensaron. Ella tenía razón. Este matrimonio era tan
falso como los apretones de manos de mi padre y el interés de mi madre por la
vida de su hijo.
Odiaba las cosas falsas tanto como las galletas de chocolate.
—¿Qué? —Eloise me dio un codazo.
—Nada. —Me levanté del escalón y entré.
El olor ya era mejor, el ventilador soplaba aire fresco del bosque. O tal vez
mi nariz se había adaptado después del hedor.
Fui a la cocina, con los músculos pesados y cansados. Mi cuerpo necesitaba
combustible, así que abrí la nevera y saqué las sobras de la cena de anoche.
Pechugas de pollo a la plancha, verduras asadas y arroz.
Eloise me siguió al interior y se detuvo junto a la isla. En la encimera había
una jarra en la que no había reparado al entrar. Rodajas de naranja y aros de
manzana flotaban en un líquido rojo rubí.
—¿Quieres sangría? —Se acercó a un armario y sacó un vaso. Luego se
sirvió, bebió un sorbo e hizo una mueca—. Qué rico.
—¿Tienes hambre? —pregunté, sacando un plato.
—La verdad es que no. Comí mucha masa de galletas. 105
Fruncí el ceño y saqué otro plato. La nutrición era importante. Masa de
galletas y sangría no iban a ser su cena. Así que nos serví la comida a los dos, mi
plato el doble de lleno que el suyo, y los llevé a la mesa de cartas con tenedores
y servilletas.
Eloise ocupó la silla contigua a la mía, encorvándose en el asiento barato.
Teníamos que sacar el resto de los muebles de su casa de alquiler, incluida
la mesa del comedor. La mayoría de los muebles más grandes no cabían en mi
Yukon, así que le iba a pedir a Foster que me prestara su camioneta y me echara
una mano para levantar las piezas más pesadas.
Pero antes de pedirle un favor, lo dejé tranquilo. Habíamos quedado en
vernos el lunes por la mañana en el gimnasio. Con suerte, para entonces, se le
habría pasado parte de su enfado. Conociendo a Foster, probablemente estaba
en casa, reflexionando sobre mi labio. Ya me había enviado un mensaje de
disculpa. Y, a diferencia de cualquiera de los Eden, una felicitación.
Foster y yo superaríamos esto. Probablemente. Volveríamos a la
normalidad. Con suerte. Entonces en una semana o dos, terminaría con la casa
de Eloise y habríamos terminado con la mudanza.
Sin ninguna ayuda de sus malditos hermanos.
La forma en que me habían tratado había sido justa. Si yo tuviera una
hermana y ella se hubiera casado con un desconocido en Las Vegas,
probablemente también me habría enfrentado al bastardo. ¿Pero gritarle a
Eloise? ¿Regañarla como a una niña?
No. Joder, no.
¿Alguien se había alegrado por ella? ¿O estaban todos enfurruñados porque
ella no los había incluido? ¿Por haber hecho algo sin su aprobación?
Foster me había hablado de los Eden. Tenía mucho respeto por la familia
de Talia. Pero tenían mucho trabajo que hacer para ganar el mío.
No es que importara. Más pronto que tarde, sólo sería ese hombre que se
casó con Eloise. Un error. El tipo que desapareció después de un rápido divorcio.
Con el tiempo, me convertiría en nadie. Un recuerdo lejano.
Mi tenedor clavó un trozo de pollo con demasiada fuerza.
Mientras yo devoraba mi comida, Eloise picoteaba la suya. Cada sorbo de
su sangría parecía doloroso, pero parecía decidida a beberse el vaso.
—¿Has... ido a la cafetería? —preguntó, pinchando una porción de calabaza.
—No.
—He ido todos los días. —Otro trozo de calabaza se añadió a su tenedor 106
pero no lo llevó a la boca—. Lyla hizo mis bollos de calabaza favoritos ayer. No
me ha hecho pagar el café en toda la semana.
—¿Y eso es malo?
—Lyla siempre nos hace pagar. No es que nos importe. Queremos apoyar
su negocio. Pero ella se ha negado cuando me ofrecí. Y sólo hornea con calabaza
en otoño.
Así que Lyla también estaba enojada. O herida. O ambas cosas.
Eloise dejó el tenedor.
—El falso matrimonio es duro.
Pinché otro bocado de pollo frío, de nuevo más fuerte de lo necesario.
¿Necesitaba seguir recordándome que esto era falso? Era consciente de ello.
—Mis padres me pidieron que fuera al rancho para una cena familiar
mañana por la noche. Por eso he hecho galletas. Y sangría. —Bebió un trago,
tragando con dificultad—. Creo que mañana pasaré por el mercado y compraré
una botella de vino.
Mastiqué, con la mandíbula tensa mientras esperaba a que me invitara.
Pero Eloise sorbió la sangría sin decir una palabra. Cuando su vaso se vació,
ya no me estremecía y mi plato estaba vacío, a diferencia del suyo.
—¿Ya está? —pregunté, poniéndome de pie.
Ella asintió.
Me ocupé de los platos y saqué el teléfono del bolsillo para buscar una
receta. Luego busqué en los armarios un bol y una batidora.
—¿Qué haces? —preguntó Eloise, acercándose a la cocina para rellenar su
vaso.
No contesté. Me limité a trabajar con silenciosa eficiencia, sabiendo que
ella se daría cuenta.
Cuando pulsé el botón del horno para empezar a precalentarlo, sabía que
el olor a quemado volvería, pero con suerte el azúcar y la canela lo superarían.
Y mientras yo hacía galletas de avena y pasas, algo que hacía años que no
hacía, Eloise se quedó junto a la isla, mirando y bebiendo.
Trece minutos después de meter la primera tanda en el horno, estaban
sobre una rejilla enfriadora y la última docena se estaba horneando.
Ahora no se presentaría en el rancho con las manos vacías. Aunque no le
gustaran las pasas.
—Eres increíblemente sexy en la cocina —dijo—. Y cuando sonríes.
Excepto que no sonríes mucho. ¿Por qué?
107
Levanté un hombro, apoyándome en el mostrador. Quizá no había mucho
por lo que sonreír.
Se apartó de la isla, ocupando el espacio junto al mío.
—Estoy un poco borracha.
Así que todo lo que se le pasaba por la cabeza salía de su bonita boca.
—¿Sonreirás para mí?
Sonreí.
Su nariz se arrugó.
—Esa no es tu verdadera sonrisa. Tus ojos no están arrugados.
—¿Arrugados?
Hizo un gesto con la mano, levantando su vaso. Pero antes de que pudiera
beber otro trago, se lo robé de la mano y me llevé la sangría a la boca.
Mierda, era horrible.
Había usado demasiado zumo de naranja o demasiado ron o demasiado
vino. Quizá demasiado de todo. Era como beber salsa agridulce diluida.
—Es malo, ¿verdad? —Hizo un mohín.
Respondí terminando su vaso de un trago.
—Jas —susurró. Maldita sea, pero me gustaba cuando me llamaba Jas. Su
mirada se dirigió a mi boca—. No quiero dormir más en el sofá.
Gracias a Dios. Puse el vaso vacío en el fregadero. La jarra se tiraría por el
desagüe más tarde. A las galletas les quedaba un minuto, pero las saqué de todos
modos, apagué el horno y las dejé sobre la hornilla.
Luego agarré a Eloise de la mano, la llevé al baño y abrí la ducha.
—Date la vuelta —le ordené.
Ella obedeció sin vacilar, de cara al espejo.
Me eché la mano a la nuca y me quité la camiseta. Luego me quité el
pantalón y el bóxer, y los pateé junto con los zapatos. Mi polla sobresalía, dura y
palpitante, deseosa de la hermosa mujer que permanecía en silencio mirando
nuestro reflejo.
Cuando me acerqué por detrás, todo el cuerpo de Eloise se estremeció.
Apreté la nariz contra su cabello, aspirando aquel aroma embriagador. También
tenía un poco del olor a galleta quemada.
108
Le agarré la cara con una mano y le levanté la barbilla para que me mirara.
Intentó darse la vuelta, pero negué con la cabeza, manteniendo su cuerpo
orientado hacia el espejo.
—¿Alguna vez te has visto correrte?
Se le cortó la respiración.
—No.
—Mira. —Le solté la barbilla y me dirigí al espejo, cuyos bordes ya estaban
empañados por el vapor de la ducha.
Luego agarré el dobladillo de su camiseta, tirando de él hacia arriba y por
encima de su pecho. Su sujetador deportivo fue el siguiente, cayendo al suelo
con un golpe seco. Cuando pantalón y braga se unieron al montón, mi mano
serpenteó alrededor de su cintura antes de descender por su muslo.
—¿Estás mojada por mí, ángel? —pregunté.
Asintió, respirando entrecortadamente. Sus párpados se cerraron en cuanto
le pasé un dedo por la raja.
—Jodidamente empapada —murmuré contra la piel de su hombro—. No
cierres los ojos.
Sus ojos azules se abrieron de golpe, fijándose en los míos a través del
cristal.
—Observa lo exquisita que eres cuando te corres. —Acaricié su carne,
dibujando círculos lentos y perezosos en esa humedad desde su centro hasta su
clítoris. Mi polla estaba dura como una roca, deseando hundirse en su húmedo
calor. La encajé entre sus nalgas.
Eloise gimió, meciendo sus caderas contra mi excitación.
Le rodeé la cintura con el otro brazo y la sostuve contra mí mientras
trabajaba su clítoris cada vez más rápido. Su cuerpo empezó a temblar. Abrió la
boca y respiró con dificultad. Y tal como le había ordenado, mantuvo los ojos fijos
en nuestro reflejo.
—Joder, eres preciosa. —Le metí el dedo medio. Luego me desplacé a su
clítoris de nuevo—. Mírate. Mira lo jodidamente sexy que eres. A quién le
importa si sabes hacer galletas o sangría. Eres perfecta, El.
—Jas. —Giró la barbilla y me agarró la cabeza, atrayendo mi boca hacia la
suya.
Pegué mis labios a los suyos y nuestras lenguas se enredaron en el
momento en que estalló su orgasmo. Me tragué su grito, negándome a ceder
109
mientras su cuerpo temblaba y se destrozaba. Se deshizo en mis brazos
hasta que su cuerpo se hundió contra el mío.
Nos metimos en la ducha, nuestras bocas volvieron a chocar en cuanto
estuvimos bajo el agua. Entonces la alcé, su boca se fundió con la mía, sus manos
se acercaron a mis mejillas mientras ella tomaba el control del beso, dejándome
presionarla contra la resbaladiza pared de azulejos.
Cuando me deslicé dentro, enterrándome hasta la raíz, me rodeó el cuello
con los brazos, agarrándome fuerte mientras yo la follaba con fuerza, sin parar
hasta que nos corrimos juntos en un frenesí de gritos y gemidos.
—No más sofá —dije, con mi polla aún dentro de ella.
Me pasó los dedos por el pelo mojado.
—De acuerdo.
Me retiré y la puse de pie. Mientras yo me lavaba el pelo, ella me pasaba
jabón por los hombros y la espalda. Luego, los dos fuimos al desván, ignorando
el desorden de la cocina.
Volvimos a follar, lenta y perezosamente, hasta que ambos quedamos
exhaustos.
La energía inquieta había desaparecido. Por fin. Y aunque se durmió
acurrucada a mi lado, haciéndome sentir demasiado caliente e incómodo, me
quedé dormido, despertándome sólo cuando el amanecer se coló por las
ventanas.
Y encontré a Eloise aún durmiendo contra mi costado.
110
Eloise
L
as filas y columnas de mi hoja de cálculo se me confundían. La
codificación por colores había cobrado vida propia hoy, y ahora
parecía que un arco iris había escupido sobre el horario de turnos del
hotel.
Pero estaba hecho.
Los veranos eran duros. Me había llevado todo el día planificar el
calendario provisional. Crucé los dedos para que los planes de vacaciones de
todos estuvieran bien. Debería funcionar.
Hasta que alguien dijera que estaba enfermo. O renunciaba.
—Nadie puede renunciar —le dije a la pantalla de mi ordenador. Al menos
no hasta que contratara a otra persona a tiempo parcial. Si es que podía contratar
a otra asistenta. Llevaba una semana con un anuncio en el periódico local sin que
nadie picara.
En el peor de los casos, tendría que limpiar las habitaciones yo. Desde
luego no sería la primera vez, pero ya trabajaba seis días a la semana.
Por primera vez en mi carrera en The Eloise, sólo quería un día libre. Un día
para pasarlo en la cama con Jasper. Si sólo nos quedaban dos meses juntos,
quería aprovecharlos al máximo.
Aunque tal vez me estaba equivocando. Tal vez necesitaba vivir y respirar
este hotel durante los próximos sesenta días. Tal vez eso lo haría más fácil al final.
A pesar de mis mejores intenciones de limitar nuestra relación al sexo,
Jasper me atraía cada vez más. Todo en él era atractivo. Desde ese rostro apuesto
hasta su cuerpo. Desde la forma en que me obligaba a comer más verduras hasta
la manera en que enterraba la nariz en mi cabello para aspirar el aroma.
Los orgasmos nocturnos eran sólo un extra.
Desde el incidente de la galleta quemada, Jasper y yo habíamos establecido
111
una rutina. Me levantaba temprano cada mañana y me iba a trabajar. Cuando
llegaba a casa por la noche, él nos preparaba la cena. Luego hacíamos... nada.
Me encantaba hacer nada.
Me escuchaba hablar de lo que ocurría en el hotel. Se sentaba a mi lado en
el sofá a leer mientras yo ponía el televisor durante una hora. Luego nos
retirábamos al loft, donde agotábamos el cuerpo del otro para dormir.
Las últimas dos semanas habían sido buenas. Al borde de lo genial.
Excepto que la presión de mi familia estaba empezando a aplastarme.
Habían planeado aquella cena familiar hacía dos semanas para conocer a Jasper,
pero en cuanto lo había mencionado, me di cuenta de que él no había querido ir.
Así que ni siquiera lo había invitado.
Cuando nos invitaron la semana pasada, mentí. Les había dicho a mamá y
papá que Jasper y yo íbamos a tener una cita por la noche. ¿Era mentira si la cita
era en la cabaña?
Sí. Con cada mentira y verdad a medias, la sensación de asco en mi
estómago volvía.
Algo tenía que ceder. No podía seguir así otros dos meses, no con todos los
Eden en un radio de ochenta kilómetros intentando meter las narices en mi
matrimonio.
Dos de mis tías habían pasado por el hotel esta semana, preguntando
cuándo iban a conocer a mi misterioso marido. Ayer me topé con uno de mis
primos en la gasolinera y quería contratar a Jasper como entrenador personal.
¿Acaso Jasper hacía entrenamiento personal para alguien que no fuera
Foster? Una esposa debería saber la respuesta a esa pregunta.
Me llevé los dedos a las sienes, frotándome el dolor de cabeza causado por
la hoja de cálculo arco iris y la falta de cafeína.
Había pasado las dos últimas semanas evitando ir a la cafetería porque Lyla
seguía comportándose demasiado... agradable. El café del hotel estaba bien,
pero no se parecía en nada al de Lyla. Echaba de menos el buen café. Echaba de
menos a mi hermana.
La puerta del vestíbulo se abrió y aparté los ojos de la pantalla, sonriente y
dispuesta a recibir a mis huéspedes. Pero fueron mis padres los que entraron,
con las manos entrelazadas.
Me encantaba que mis padres se tomaran de las manos. Desde que tengo
uso de razón, siempre iban unidos cuando caminaban.
¿Jasper agarraba la mano en público? No lo sabía porque no caminábamos
juntos en público. 112
—Hola. —Me preparé conteniendo la respiración.
Mamá trató de disimularlo, pero aun así parecía triste. Decepcionada. Papá
ni siquiera se molestó en ocultar el dolor de sus ojos azules.
Mamá se detuvo ante el mostrador y frunció el ceño.
—No te asustes tanto al vernos.
Estaba asustada.
—No es eso. —Otra mentira que me hizo sentir asquerosa, pero intenté
relajarme—. Sólo tengo dolor de cabeza. ¿Qué sucede?
—Esperábamos cenar contigo y Jasper esta noche en Knuckles —dijo.
—Oh. Um… —Mierda—. Me encantaría, pero ¿podemos dejarlo para otro
día?
—¿Por qué? —Los ojos de papá se entrecerraron.
—Este dolor de cabeza me está matando. Quiero irme a casa y darme un
baño. Ha sido un día muy largo.
Mamá y papá compartieron una mirada, una que no había visto desde el
instituto, desde la noche en que llegué a casa ligeramente borracha y cinco
minutos después del toque de queda. Ambos me habían estado esperando
despiertos. Había intentado convencerlos de que estaba completamente sobria.
En ese entonces no se lo habían creído, y me había ganado un castigo de
dos semanas.
Ahora tampoco me creían, ¿verdad?
—¿Qué tal si cenamos mañana por la noche? —pregunté—. No trabajo y
seguro que me siento mejor. Podríamos ir a casa. O quedar aquí en el pueblo.
—La casa. —Mamá asintió—. Veremos si los demás también pueden venir.
—Genial. —Mi voz era demasiado brillante.
¿Qué era peor? ¿Mamá y papá solos en Knuckles, donde sin duda papá
interrogaría a Jasper? ¿O en casa con mis padres, hermanos, sobrinos y sobrinas?
La casa. Definitivamente la casa. Pero era demasiado tarde. Mamá ya estaba
enumerando posibles opciones para la cena.
—¿Hamburguesas? ¿A Jasper le gustan las hamburguesas? —preguntó.
—Sí, le gustan las hamburguesas. —Probablemente. ¿Comía carne roja?
Normalmente cocinaba pollo.
Lo que sea. Me comería dos hamburguesas si fuera necesario.
—Nos vemos entonces —dijo papá—. Espero que se te pase el dolor de 113
cabeza.
—Yo también. —Les dediqué una pequeña sonrisa.
—Oh, antes de que se me olvide. —Mamá levantó un dedo—. ¿Hablaste con
Brittany sobre intercambiar domingos y martes?
—Um, no. —¿Qué?
—Me encontré con ella el otro día en el mercado. Mencionó que estaba
tratando de hacer un poco de dinero extra antes de sus vacaciones de verano a
Disney. Así que le ofrecí hacer algo de limpieza en la casa. Estaba pensando en
los martes si puede cambiar su horario para que trabaje aquí los domingos en su
lugar. Así yo podría ir a casa de Griff y Winn y cuidar a los niños allí los martes y
no molestarla.
Los martes. Necesitaba a Brittany aquí los martes. Ella era la única en ese
horario.
Si quería dinero extra, ¿por qué no me lo pidió a mí primero? Yo le habría
dado más turnos. ¿Por qué mamá no le había dicho que hablara primero conmigo
en vez de ofrecerle un trabajo extra?
Pero en lugar de enfadarme, reprimí mi frustración. A estas alturas, haría
cualquier cosa por volver a la normalidad con mis padres. Incluso si eso
significaba cambiar el horario. Otra vez.
—No hay problema. Seguro que puedo ajustar el horario.
—Gracias. —Mamá sonrió—. Avísame si se convierte en una molestia y
olvidaremos todo el asunto.
—Seguro que irá bien —mentí. Iba a ser un lío—. Llamaré a Brittany.
—Nos vemos mañana por la noche.
—Adiós. —Esperé a que estuvieran en la calle y pasaran las relucientes
ventanas del hotel antes de dejar caer la cabeza sobre el escritorio.
Si ya me dolía la cabeza antes de la visita de mamá y papá, ahora me
resultaba insoportable al salir del hotel.
Me palpitaba el cráneo y, al chocar contra la grava de la calle Alderson, me
castañetearon los dientes, lo que agravó el dolor.
Cuando llegué a casa, el Yukon de Jasper estaba estacionado en la puerta.
Lo encontré en la cocina, con una sencilla camiseta gris y vaquero desteñido.
Tenía los pies descalzos y el pelo húmedo, como si se hubiera duchado
recientemente.
La barba incipiente de su mandíbula suplicaba ser tocada, y sus labios
necesitaban ser besados.
114
Este magnífico hombre, era mío. Temporalmente mío, pero mío al fin y al
cabo. Me tomaba por sorpresa cada noche. Entraba por la puerta y me daba un
vuelco el corazón.
¿Sería mi verdadero marido tan atractivo como Jasper? ¿Me haría galletas
para que no me presentara en una cena familiar con las manos vacías? ¿Tendría
una boca sucia y una lengua perversamente talentosa? ¿Me besaría como si fuera
un hombre ahogándose y yo fuera su aire?
Jasper me vio en la puerta. Estaba junto a la encimera, sazonando dos filetes
pequeños en una tabla de cortar.
—Hola.
—Comes carne roja. —Suspiré. Gracias a Dios.
—¿Qué?
—Nada. —Sacudí la cabeza, a punto de dejar el bolso cuando me fijé en la
mesa del comedor. Mi mesa del comedor—. ¿Fuiste a mi casa?
Asintió, lavándose las manos en el lavabo.
—Foster y yo hicimos algunos viajes hoy. Sacamos el resto de los muebles.
—Oh. Gracias. —Saqué una silla familiar, y me senté en el asiento liso de
nogal—. Hubiera ayudado.
Se encogió de hombros.
—Lo teníamos cubierto.
Eso significaba que lo único que quedaba era limpiar. Así los propietarios
podrían encontrar otro inquilino.
—La mayoría de las cosas las puse en la tienda —dijo.
—De acuerdo. —No había mucha necesidad de mis muebles dentro de la
cabaña.
Si hubiera seguido durmiendo en el sofá, habría insistido en que trajéramos
el mío porque era más cómodo. Pero la cama de Jasper era un sueño, suave,
afelpada y cálida. Ni una sola vez me había despertado en mitad de la noche con
los pies fríos, y el pliegue de su cuello era mejor que cualquier almohada.
—¿Qué tal el día? —preguntó.
—Largo. Mis padres pasaron. Tenemos que ir al rancho a cenar mañana. —
Me preparé, como lo había hecho en el hotel. Aguanté la respiración.
La mandíbula de Jasper se tensó. 115
—No me gustan las reuniones familiares.
—Y no me gusta anal, pero aun así dejé que me metieras el dedo en el culo
anoche.
—Esto no es lo mismo. —Entrecerró los ojos—. Y te gustó anoche.
Sí, me había gustado.
Jasper estaba sobrepasando mis límites sexuales y, cada vez que estábamos
juntos, parecía desbloquear un nuevo nivel de placer. La noche anterior había
sido angustiosa y estimulante. La combinación me había llevado al orgasmo más
intenso de mi vida.
—Podrías disfrutar de una cena con mi familia. Si lo intentaras.
Se dirigió a la nevera y sacó un boniato.
—Mi familia cree que tengo un gusto horrible para los hombres.
—Bien —dijo, rebuscando en un cajón el pelapatatas—. Intentaré no
ofenderme por eso.
—Podrías demostrar que se equivocan.
Abrió el grifo y empezó a pelar una patata.
—¿Foster te contó del último que llevé a casa fue para su primera cena en
el rancho?
—No.
—Era un tipo que conocí en Willie's. Era un poco alto con un aire hippie.
Aunque lindo.
El pelador raspó con más fuerza la patata mientras el cuerpo de Jasper se
tensaba. ¿Eran celos? Si era así, me gustaba. Aunque no tenía nada que envidiar.
Aquel tipo había sido un sólido dos comparado con el once de Jasper.
—Habíamos tenido un par de citas —dije—. Nada serio. Pero ya que Foster
iba al rancho, pensé ¿por qué no llevar una cita también? Así acabaríamos con
las presentaciones. Llegamos a la casa y resulta que mi cita no era del todo un
desconocido.
Jasper seguía concentrado en la patata y el pelador que tenía en la mano,
pero había disminuido la velocidad, escuchando.
—Winn conocía a mi cita. Había recibido una llamada en la comisaría del
director general de la tienda de comestibles porque había atrapado a un tipo
metiéndose un pepino en el vaquero.
—¿Qué mierda?
—Exacto. —Reí—. Ven conmigo. Demuéstrales a todos que mi gusto no es
116
tan malo como creen.
Jasper dejó a un lado la patata pelada y agarró una toalla para secarse las
manos.
—No me hagas rogar —susurré.
Jasper cruzó la habitación, erguido frente a mí. Su mano se acercó a mi
mejilla, inclinando mi cara hacia arriba para que pudiera mirarlo fijamente
mientras su pulgar me acariciaba la mandíbula.
—Es mejor así. Mantener cierta separación.
Era una súplica.
—Por favor.
—Ve sin mí, ángel. —Su voz era suave, más suave de lo que había oído
antes. O porque hablaba más cuando estaba en casa. O porque estaba tratando
de disminuir el golpe de su rechazo.
—Esto es importante para mí.
—¿Por qué?
Parpadeé. ¿Por qué era importante que conociera a mi familia? ¿Qué clase
de pregunta era ésa?
—Um, porque es mi familia. Y se supone que tú eres mi marido.
No se suponía. Era mi marido. Temporalmente.
¿Se trataba de su familia? No habíamos hablado de ellos. No tenía ni idea de
dónde era. Dónde vivían sus padres. Si tenía hermanos. La curiosidad
burbujeaba pero la reprimí, guardando esas preguntas para otro día. Había que
suplicar.
—Jas.
Su mano se apartó de mi cara.
—Me iré en un par de meses.
Se me estrujó el corazón. ¿Por qué era tan doloroso? No era una sorpresa,
no realmente. No habíamos hablado exactamente de lo que pasaría después del
divorcio, pero yo sabía que había muchas posibilidades de que dejara Quincy.
Aun así... dolía.
—Por favor, ven conmigo.
—El…
—Esto es ridículo. —Salí disparada de mi silla, caminé a su alrededor hasta
la isla—. No debería tener que rogarte que vengas conmigo. ¿Por qué estamos 117
debatiendo esto? Vas a ir. Me prometiste que me ayudarías a demostrar a todo
el mundo que esto era real, así que vas a ir.
Jasper levantó la vista y cruzó los brazos sobre su ancho pecho.
Imité su postura, sobre todo para no retorcerme ante la intensidad de su
mirada. Necesité toda mi fuerza de voluntad para respirar de manera uniforme y
mantener la barbilla alta.
—Vienes conmigo.
Sus ojos se entrecerraron.
—Hoy estás muy mandona.
—He estado recibiendo lecciones de mi marido.
Su mandíbula se flexionó. Pero entonces lo vi, una grieta en esa armadura
de acero. Bajó los brazos.
—Tienes razón. Es que... Lucho con la familia. Pero iré.
El aire salió de mis pulmones.
—Gracias.
Jasper torció un dedo, atrayéndome más cerca. Luego, cuando me detuve
frente a él, con los brazos cruzados, negó.
—No tengo que gustarles.
Sí, tenían. Quería que estuvieran orgullosos de haberme casado con un
buen hombre. Sólo por un tiempo, quería que les gustara Jasper. Porque cuando
se fuera, por mucho que intentara convencerlos de lo contrario, se convertiría en
el enemigo.
Así que por ahora, durante dos meses más, sesenta y tantos días, quería que
lo quisieran. Que se alegraran por nosotros.
Empezando el domingo con una cena en el rancho.
118
Eloise
E
sta cena iba a ser increíble o un desastre. Yo apostaba por lo
segundo. A pesar de todo, aunque fuera un fracaso épico, no me
arrepentía de haber presionado a Jasper a venir.
—Desvíate por ahí —le dije, señalando el camino de grava que
desembocaba en la autopista.
Jasper bajó la velocidad y tomó a la izquierda sin asentir. Estaba tan callado
como en todo el día. Demonios, aparte de algunos gemidos, apenas había hecho
ruido cuando tuvimos sexo esta mañana.
Aun así, no me arrepentía.
Mi familia era una gran parte de mi vida. Él era mi marido. En algún
momento, los dos tenían que aprender a jugar limpio. Además, sólo era por un
par de meses.
Las puertas abiertas del rancho nos saludaron cuando bajamos por el
camino de grava. Se me hizo un nudo en el estómago cuando pasamos por
delante del arco de troncos con la marca del rancho Eden: una E en forma de
mecedora.
—Esa es nuestra marca —le dije a Jasper.
Ni siquiera un murmullo de reconocimiento.
¿Por qué estaba en contra? Seguía sin entender su resistencia. Sólo era una
cena.
Anoche, durante nuestra discusión, si es que eso contaba como una
discusión, debería haber insistido para que me diera más explicaciones. Pero en
cuanto aceptó venir a cenar, dejé el tema por completo.
Mientras él hacía la cena, yo me ponía la sudadera. Luego los dos habíamos
compartido una comida tranquila antes de retirarnos a la cama, e hicimos lo que
mejor sabíamos hacer.
119
—Gracias por venir.
Asintió. Era un progreso. Aunque sus ojos permanecían fijos en la carretera.
Estudié su perfil y dejé que mi mirada recorriera su frente hasta la
protuberancia del puente de su nariz. Los labios suaves y la mandíbula áspera
que me habían despertado esta mañana cuando me besó el cuello y se deslizó
dentro de mi cuerpo.
¿Era un crimen pedir esta comida?
Quería que mi familia conociera a Jasper. Que lo recordaran. Quería que
vieran al hombre que había compartido conmigo esta aventura salvaje y
temeraria. El hombre que sólo estaría en mi vida por poco tiempo, pero cuyo
recuerdo sin duda duraría años.
Forzar este asunto era probablemente una tontería, teniendo en cuenta que
todo esto no era más que una farsa. Pero con cada día que pasaba, esto se sentía
cada vez menos como un error. Y si lo conocían, tal vez se darían cuenta de por
qué me había casado con él esa noche. Quizá no me lo reprocharían.
Y quería que Jasper conociera a mi familia. Que viera lo mejor de ellos.
Aquí, en el rancho, todos dábamos lo mejor de nosotros.
Este era mi hogar.
El tiempo primaveral en Montana, especialmente en mayo, era siempre
impredecible. Podía nevar un día y estar soleado y quince grados al siguiente.
Pero para la primera visita de Jasper al rancho, la escena a través del parabrisas
no podía ser más pintoresca.
Las alambradas bordeaban la carretera. Más allá, los prados eran de un
verde exuberante y vibrante y se extendían bajo altos árboles de hoja perenne
hacia las estribaciones. Las montañas, cubiertas de nieve, se alzaban en la
distancia. Sus picos escarpados besaban el brillante cielo azul.
Era magnífico. Había vivido toda mi vida en Montana, pero nunca dejaba de
robarme el aliento.
—Griffin y Winn viven en el rancho —le dije a Jasper, señalando por la
ventana en dirección a la casa de mi hermano—. No se ve su casa desde aquí,
pero es por ahí.
No es que Jasper hubiera ignorado esa información, pero aquel silencio no
hacía más que empeorar los nervios que revoloteaban en mi vientre. Si él no
hablaba, entonces lo haría yo.
—Griff dirige el rancho ahora. Es uno de los más grandes del estado. —Eso
no era un alarde. Era simplemente el orgullo de mi familia. Durante 120
generaciones, los Eden habían poseído esta tierra, ampliándola cuando era
posible, añadiendo más acres y más ganado—. Se extiende a lo largo de las
montañas por kilómetros.
Normalmente, me ofrecía a llevar a los visitantes de excursión, incluso a
pasar un domingo montando a caballo por el sendero que unía un extremo del
rancho con el otro. Eso, si mostraban algún interés por el lugar.
Pero Jasper siguió conduciendo, sin molestarse en mirarme. Y para cuando
los senderos se secaran lo suficiente como para que no anduviéramos por el
barro, él ya se habría ido.
Me tragué el nudo que tenía en la garganta.
—Griff y Winn tienen dos hijos: Hudson y Emma. Knox y su mujer, Memphis,
también: Drake y Harrison.
¿Jasper quería tener hijos? No podía imaginármelo con un bebé en brazos.
Aunque hasta que mis hermanos se habían convertido en padres, yo tampoco
había sido capaz de imaginármelos como padres.
Era difícil recordar cómo habían sido esas cenas familiares antes de que
nacieran los bebés. Cuando pensaba en Griffin, lo veía con sus botas vaqueras
desgastadas y sus Wranglers descoloridos, con Hudson en un brazo y Emma en
el otro. Y Knox no era Knox sin Drake caminando detrás de él, una sombra
adorable con el cabello rubio y una sonrisa que descongelaría incluso la gélida
indiferencia de Jasper.
Contaba con esos niños. Contaba con mis hermanos y hermanas, la comida
de mamá y la risa bramante de papá para ganarme a Jasper esta noche.
Mis manos empezaron a temblar, así que las deslicé bajo mis piernas.
Más adelante, en un claro, se veía la casa de troncos de mis padres.
—Esa es la de mamá y papá. Mi habitación estaba en la primera ventana del
segundo piso.
Jasper movió la empuñadura del volante, pero por lo demás no reveló nada.
Era tan ilegible como un trozo de papel en blanco.
—¿Un penique por tus pensamientos? —pregunté.
Parpadeó.
—Por lo visto tendré que pagar más —murmuré—. ¿Vas a estar así toda la
noche? ¿En silencio y... gruñón?
Jasper me miró, con la mandíbula desencajada, mientras arqueaba una
ceja. Por fin, una reacción. 121
—Estoy aquí, ¿no?
—¿Lo estás?
Este no era el Jasper con el que había estado viviendo el último mes. O tal
vez lo era. Tal vez me había acostumbrado a llenar el silencio. Tal vez había
olvidado lo raro que era ganarse una sonrisa porque me las había estado
ganando más a menudo.
—No importa. —Sacudí la cabeza, descartando el tema antes de que
provocara una pelea. Luego me senté un poco más erguida, una vez más
hablando para combatir mis nervios—. Mi abuelo construyó el granero detrás de
la casa. Papá fue quien puso la tienda y los establos.
Los enormes edificios, junto con la casa de mamá y papá, formaban el
cuartel general del rancho. Había tres camiones del Rancho Eden en el
descampado, vehículos de los empleados que se habían ido a pasar el fin de
semana. Cuatro vehículos más estaban alineados frente a la casa de mamá y
papá.
Lo que significaba que éramos los últimos en llegar.
Jasper se acomodó junto a la camioneta de Foster. El trayecto había sido
tranquilo, pero en cuanto apagó el motor, oí cómo el corazón me golpeaba el
esternón.
Me temblaba la mano cuando me acerqué a la puerta, pero antes de que
pudiera tocar el picaporte, la mano de Jasper se posó en mi muslo.
—Toma. —Abrió la consola y sacó una caja cuadrada de terciopelo.
Una caja de anillos.
—¿Qué es eso? —Pregunta tonta, Eloise.
—Estamos casados —dijo.
—¿Así que me conseguiste un anillo?
¿Fue allí donde había ido esta mañana? Supuse que se había ido después
del desayuno a hacer ejercicio. Pero pasó por el centro y me compró este anillo.
Los dueños de las joyerías y sus dependientes eran unos cotillas horribles.
Pero si les parecía extraño que Jasper me comprara un anillo ahora, después de
llevar un mes casados, me daba igual.
Abrí la tapa de la caja y me quedé boquiabierta.
Un diamante redondo, de al menos dos quilates y totalmente perfecto,
estaba sobre un anillo de platino repleto de joyas. Debajo había una alianza
hecha enteramente de diamantes. Era delicado. Elegante. Exactamente lo que
yo habría elegido para mí.
—Jas. Esto es… —Demasiado bonito. Demasiado caro.
122
Demasiado real para una esposa falsa.
No encontraba las palabras adecuadas, así que me quedé mirando los
diamantes con ojos borrosos, deseando poder analizar las emociones que se
agolpaban en mi pecho.
Jasper me arrancó la caja de la mano y sacó el conjunto. Luego me tomó la
mano, tirando de ella por la consola para deslizar la joya en mi dedo. Me
quedaba perfecto.
—No te he comprado un anillo. —Mi mirada se dirigió a la suya mientras el
pánico corría por mis venas—. Debería haberte comprado uno.
—No uso anillos.
—Oh. —¿Por qué no? ¿Fue porque entrenaba con Foster? Supongo que si se
tratara de llevar un anillo o perder un dedo, preferiría que tampoco llevara anillo.
—De acuerdo. Bueno, gracias. —Mi mirada se posó de nuevo en el anillo,
hipnotizada por la reluciente joya. Me empapé del brillo y el destello, y luego
me incliné sobre la consola.
En cuanto acerqué mi boca a la de Jasper, su mano me agarró por la nuca y
tiró de mí. Su lengua lamió el borde de mis labios y se deslizó en su interior
cuando los abrí.
Me hundí en el beso, en las lánguidas caricias de su lengua y la suave
presión de sus labios. Fue lento y sin prisas. Diferente de cómo me besaba en la
cama.
¿Qué era esto? ¿Amor? ¿Intimidad? ¿Una disculpa? ¿O simplemente otra
forma de juego previo?
Antes de que pudiera darme cuenta, se oyó el sonido de un portazo.
Jasper y yo nos separamos cuando Griffin cruzó a grandes zancadas el
porche de mamá y papá con Emma en la cadera.
—Gracias por el anillo —le dije a Jasper.
Asintió y abrió la puerta.
Hice lo mismo, salí y caminé hacia Griffin.
—Hola. —Griffin me abrazó y me tendió a Emma para que le besara la
mejilla. Pero ella no quería que la cargara. Estaba contenta con su papá. Cuando
me soltó, le tendió una mano a Jasper—. ¿Cómo va todo?
—Bien. —Jasper asintió, estrechando la mano de Griff.
Eso era bueno, ¿no? Nada de miradas furiosas o ceño fruncido.
—Todos están en los establos —dijo Griff, moviendo la barbilla en esa 123
dirección—. Uno de los caballos tuvo su potro esta mañana.
—Qué lindo. —Me puse al lado de mi hermano, agarrando la mano de
Jasper.
La tomó pero no la sostuvo. No como papá tomaba la mano de mamá. Ni
siquiera como lo hacía por la noche mientras follábamos, con las palmas
apretadas como si quisiera fundirlas.
El agarre de Jasper era demasiado flojo mientras caminábamos. Sus dedos
apenas agarraban los míos. Sólo haría falta un movimiento rápido y quedaría
libre.
Bien. Si no se agarraba fuerte, entonces lo haría yo. Entrelacé mis dedos con
los suyos. Si quería escapar, tendría que trabajar para ello.
El aroma terroso del heno y los caballos nos recibió al entrar en los establos.
Cuando mis ojos se adaptaron a la luz tenue, vi a toda mi familia agrupada en
torno a un establo, con las cabezas asomadas más allá de la puerta. Al oír nuestros
pasos, todos se giraron.
—Hola. —Nadie me prestó atención. Todos los ojos estaban puestos en
Jasper. Así que levanté nuestras manos entrelazadas—. Todos, conozcan a
Jasper. Jasper, esta es mi familia.
No esperaba que sonriera, pero ni siquiera saludó. No asintió. ¿En serio?
¿Por qué actuaba así? Incluso Foster lo miró de reojo.
Jasper dijo que luchaba con la familia. Um... eufemismo.
Papá se acercó, poniéndose delante de nosotros.
Cuando le tendió la mano, no tuve más remedio que soltar la de Jasper.
—Harrison Eden.
—Jasper Vale. —Estrechó la mano de papá.
Gracias a Dios. De lo contrario habría sido conocido para la eternidad como
el único hombre que había traído a casa para desairar a mi padre.
Mamá se unió a nosotros, de pie al lado de papá.
—Y yo soy Anne.
—Encantado de conocerlos. —Jasper bajó la barbilla—. Gracias por
invitarme a cenar.
Sonaba como si esta visita fuera un viaje de una sola vez. Tal vez lo era.
—Hola. —Lyla se acercó con esa sonrisa demasiado brillante y amistosa—.
¿Cómo están?
—Bien. ¿Y tú?
124
—Genial. —Su mirada se desvió hacia Jasper durante una fracción de
segundo antes de caer al suelo. Excepto que en su trayectoria descendente,
aterrizó en mi mano izquierda. Se tensó cuando vio mi anillo.
No habíamos hablado de su enamoramiento. Pero debería haberlo forzado.
Debí haber terminado con la incomodidad antes de una reunión familiar. ¿Cómo
no me di cuenta de que le gustaba Jasper? Fui una idiota. La peor hermana del
mundo.
—He oído que tenemos una nueva incorporación —dije, deseando
desesperadamente que la atención se fuera a otra parte.
—Un potro —dijo papá, dirigiéndose al establo.
Dentro había un potro negro con una estrella blanca en la frente.
—¿No es lindo? —Sonreí. Era tan falsa como mi matrimonio. Supe sin darme
la vuelta que Jasper no nos había seguido. Que estaba apartado.
El brazo de papá me rodeó el hombro y me abrazó.
Levanté la vista y me encontré con sus ojos azules. Estaban llenos de
preocupación, probablemente porque papá siempre veía lo que sus hijos
intentaban ocultar. No todo, pero lo suficiente.
—Bueno, ahora que estás aquí, podemos ponerle nombre —dijo.
—No de planetas —dijo Knox desde donde estaba junto a Memphis. Ella
sostenía al bebé Harrison mientras él tenía a Drake en brazos.
—De todas formas, nos hemos quedado sin planetas —le dije.
Años atrás, papá había comprado ocho caballos. Yo estaba haciendo un
trabajo sobre el sistema solar y le pedí que les pusiera nombres de planetas. Mi
caballo era Venus. Su cuadra, tres más abajo, estaba vacía, probablemente
porque estaba pastando en un prado con los demás.
Jupiter, el caballo de Griff, estaba en su casa. Pero por lo demás, los otros
siete vivían aquí. Marte pertenecía a Knox. Saturno era de Mateo. Neptuno y
Mercurio eran de Lyla y Talia. Mamá y papá se habían ofrecido voluntarios para
los nombres de planetas menos deseables.
Luego de nombrar a los caballos, le había puesto nombre a nuestros
animales. Los perros. Las vacas. Los gatitos. Cada vez que una criatura
necesitaba un nombre, acudían a mí.
Pero había llegado el momento de pasar la antorcha.
—Dejemos que Kadence le ponga nombre —dije. 125
La hija de siete años de Foster se puso de puntillas junto a mamá, con los
ojos clavados en el potro. Cuando se lo sugerí, me miró y luego a papá.
—¿En serio? —preguntó ella—. ¿Puedo?
Papá asintió.
—Necesita un nombre.
—¿Qué elijo? —preguntó.
Una voz profunda llenó el aire.
—Cualquier cosa que no sea Tierra o Urano.
Mamá jadeó.
Todos nos giramos cuando un hombre entró en los establos.
Mateo.
—¿Qué haces aquí? —Mamá corrió hacia él, tirando de él en sus brazos.
Ella culpaba sus recientes canas al hecho de que su bebé estaba volando
aviones en Alaska. Eso, y Mateo no había sido muy bueno para visitarnos.
—Hola, mamá. —La abrazó, parecía más grande que cuando se fue.
Crecido, como Griffin y Knox.
Cuando mamá se apartó, papá lo abrazó por la espalda.
—Bienvenido a casa, hijo. Esto es una sorpresa.
—Me alegro de estar aquí, papá.
Algo se asentó. Algo encajó. Con todos nosotros en el rancho, era como
estar abrazada a casa. Miré a Jasper, preguntándome si él también sentía el amor.
Tenía los brazos cruzados. Tenía la mirada perdida en un puesto vacío.
Mis buenas sensaciones se atenuaron.
Matty fue asediado con abrazos y apretones de manos. Se convirtió en el
centro de atención y yo respiré aliviada y me puse al lado de Jasper. Tal vez
sobreviviríamos esta noche después de todo.
—Hola. —Mateo se acercó, tirando de mí para el último abrazo,
manteniéndome metida contra su costado mientras le tendía una mano a Jasper—
. Tú debes ser el marido. ¿Jason? ¿James?
—Matty. —Le di un codazo en las costillas.
Se rio entre dientes.
—Es broma. Encantado de conocerte, Jasper.
—Igualmente —dijo Jasper, estrechando la mano de Mateo. Era el primer
sentimiento genuino que veía en él desde que habíamos llegado. 126
—Felicidades. —Mateo miró hacia abajo, pellizcando mi mejilla como solía
hacer cuando éramos niños.
—No lo hagas. —Le aparté la mano—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—¿No puedo volver a casa? —bromeó.
—¿Cuánto tiempo te tenemos? —La voz de mamá era cautelosa, como si ya
despreciara su respuesta—. ¿Cuál es tu plan?
Se encogió de hombros y me soltó para pasarse una mano por el pelo.
Ahora lo tenía más largo que nunca, como si no se lo hubiera cortado en meses.
—Bueno, primero esperaba cenar. Luego buscaré una cama vacía y
dormiré dos días. Después de eso, lo que sea. Quién necesita ayuda por aquí.
—Yo. —Mi mano se disparó en el aire. Griffin tenía la boca abierta, como si
estuviera a punto de ofrecerle trabajo a Mateo también, pero le apunté con el
dedo a la nariz—. Ni se te ocurra. Yo pedí primero.
Griff se rio entre dientes.
—Bien.
Matty, como el resto de nosotros, había pasado su adolescencia trabajando
aquí en el rancho y en el hotel.
—Aunque sólo sea por unos días, me encantaría recibir ayuda —le dije—.
Gracias.
—¿Y si fuera por más de unos días?
—Espera. —Parpadeé—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué pasa con Alaska?
—Alaska es genial. Pero no es Montana.
—¿Eso significa que estás en casa? —La esperanza en la voz de Talia estaba
escrita en cada rostro de Eden—. ¿Para siempre?
Asintió.
—Por ahora.
Mamá tosió, aclarándose la garganta. Tenía lágrimas en los ojos.
—Tengo que empezar a preparar la cena.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió de los establos. Se retiró
a la cocina y derramó unas lágrimas de alegría. Luego se preocuparía por Mateo
en cuanto cruzara el umbral.
Todos salieron detrás de ella, uno a uno, en dirección a la casa.
127
Excepto Jasper.
Se acercó al establo y se asomó para ver al potro.
Ocupé el espacio a su lado, pero no miré al bebé. Me quedé mirando su
perfil, esperando a que mirara hacia mí.
—¿Estás bien?
—Sí.
Mentiroso.
Anoche me dijo que no le gustaban las reuniones familiares. ¿Qué me
estaba perdiendo? ¿Cómo era su familia? Quizá no debería haber insistido tanto.
Una parte de mí quería rogarle, suplicarle que simplemente... lo intentara. En
lugar de eso, le dije lo que sentía.
—No quiero que te odien cuando esto termine —susurré.
—¿No crees que es más fácil así?
—¿Cómo que más fácil?
Levantó un hombro.
—No necesitan conocerme para odiarme.
—Pero no quiero que te odien. —Se me retorció el corazón. ¿Por qué iban a
odiarlo?
—No me importa si lo hacen.
—Jasper. —Mi voz se quebró—. Yo quiero.
¿Era así como nos veía terminar? ¿Con odio en nuestros corazones? Una
parte de mí quería abrazarlo. La otra parte quería tirarle un puñado de mierda
de caballo a la cara por ser tan idiota.
—No quiero que maldigan tu nombre —dije—. Que hablen de ti durante
años como el chico malo que me rompió el corazón. No quiero que piensen en ti
de esa manera, porque no es así como quiero pensar en ti.
Suspiró, me tomó de la mano y me estrechó entre sus brazos. Me besó la
cabeza. Luego, juntos, caminamos hacia la casa.
Pero nada cambió.
Durante la cena, apenas habló. Sólo respondía a las preguntas que le
hacían.
Sí, normalmente era tranquilo. Pero esto era diferente. Tenso. Incluso
cuando Foster hablaba con él, daba las respuestas más cortas posibles. Hasta
que dejaron de intentarlo. Todo el mundo le dio su atención a Mateo en su lugar,
mientras luchaba contra el impulso de llorar. 128
Jasper parecía decidido a ser el villano.
Tal vez tenía razón. Tal vez eso lo haría más fácil. Tal vez no importaba lo
que pensaran de mi marido.
De todos modos, era mentira.
129
Jasper
F
oster y yo estábamos sentados uno frente al otro en las colchonetas de
su gimnasio, estirando los músculos isquiotibiales después de correr
cinco kilómetros.
—¿Has visto el anuncio? —preguntó.
—Sí.
Llevaba toda la mañana esperando que sacara el tema. Pensé que querría
hablar de ello durante la carrera. En cambio, se había quedado callado, dejando
que lo empujara cada vez más rápido. Hasta ahora, cuando estaba listo.
—Gran declaración —dije.
—Talia me ayudó a escribirlo.
Foster había anunciado hoy su retirada. En el artículo que leí esta mañana,
daba las gracias a la UFC y a sus seguidores por haberlo apoyado durante toda
su carrera. Incluso me había dado las gracias.
Su retirada no era noticia, no para los que le conocíamos personalmente.
Me lo había dicho semanas atrás, pero había preferido aplazar el anuncio para
disfrutar un poco más de su última victoria.
Hasta ahora, cuando llegó el momento de decir adiós.
—Se siente extraño. —Se pasó una mano por la barba—. No está mal, sólo…
No sé la palabra adecuada.
—Oficial.
—Algo así.
—¿Estás bien? ¿No tienes dudas?
Sacudió la cabeza.
—No me arrepiento. Estoy donde tengo que estar. 130
Y tenía todo un futuro por delante, una vida que construir con Talia y su
creciente familia.
—Aunque esté retirado, sigues siendo mi entrenador —me dijo.
—Lo sé.
Me había dicho lo mismo cuando había compartido su decisión de alejarse
de las peleas. No me cabía la menor duda de que Foster me pagaría el resto de
su vida sólo por correr a su lado por Quincy. Para entrenar con él en su gimnasio
privado. Para estirar en este mismo lugar.
Pero el entrenamiento nunca había sido por dinero. No necesitaba dinero.
Había empezado a entrenar porque necesitaba... algo.
Llevaba más de diez años en esto y aún no podía articular exactamente ese
algo.
La liberación física formaba parte de ello. También lo era la emoción de ver
ganar a un estudiante o a un deportista. Y cuando empecé en este camino, fue la
primera vez en mi vida que sentí que valía. Cuando entré en mi primer dojo hace
tantos años, no era una carga.
Por fin había estado en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Montana había sido el lugar adecuado, inicialmente. Con el retiro de Foster,
bueno... No estaba seguro de qué era lo siguiente.
Durante años, Foster había forjado el camino. Él me había guiado. Yo lo
había seguido. Eso me había venido muy bien. Pero él había terminado su viaje.
Había encontrado la olla de oro al final del arco iris.
¿Adónde me dirigía yo?
La última vez que había estado en esta situación, mirando a un futuro en
blanco, me las había arreglado para encontrar una carrera. Un mejor amigo.
Pero esa amistad estaba a punto de cambiar. Cuando Eloise y yo nos
divorciáramos, Foster elegiría un bando, y yo no era tan tonto como para pensar
que sería el mío.
Maldita sea, pero lo echaría de menos. La preocupación de lo que estaba
por venir era como una nube interminable que pendía sobre mi cabeza.
Foster se puso de pie de un salto y rodó los brazos en grandes círculos,
aflojando los músculos.
—¿Eloise trabaja hoy?
—No, está en casa. La recepcionista de fin de semana necesita el sábado
libre, así que va a cubrirla y tomarse hoy libre en su lugar.
Cuando salí de la cabaña esta mañana, ella estaba doblando la ropa. Había 131
mencionado hacer recados más tarde e ir al rancho. No me invitó a acompañarla,
probablemente porque sabía que me negaría.
Había pasado un mes desde aquella incómoda y tensa cena con su familia.
Aparte de cruzarme de vez en cuando con Talia aquí en el gimnasio o mis
infrecuentes paradas en la cafetería donde me topaba con Lyla, no había visto
mucho a los Eden.
Lo prefería así.
Eloise no los mencionaba. Incluso Foster raramente los mencionaba ya.
Solo había ido a aquella cena porque Eloise había insistido, pero había
necesitado toda mi fuerza de voluntad para no regañar a sus padres por sus
tonterías.
¿Cómo podían no ver lo mucho que se esforzaba? No tenía ninguna duda de
que la querían. Pero había una razón por la que ella estaba fingiendo este
matrimonio.
Su familia, sus padres, habían presionado tanto a Eloise para que cambiara
que se había convencido a sí misma de que no era lo bastante buena. Que para
conseguir ese hotel, no podía decir que no. Que tenía que ser perfecta.
Ya lo era.
Querían que endureciera su hermoso corazón, que levantara muros y dejara
a la gente fuera. Que se protegiera para que nadie, ni siquiera yo, pudiera
aprovecharse de su naturaleza confiada. Si seguían presionando, acabarían con
todo lo maravilloso que la hacía Eloise.
Pero esta no era mi lucha. Teniendo en cuenta la relación malsana que tenía
con mis propios padres, no tenía nada que decir. Así que me había quedado
callado en la cena.
¿Tenían que gustarme los Eden? No. Y a pesar de los deseos de Eloise, yo
tampoco tenía que gustarles. Me iría pronto. La boda era a fin de mes.
Le tocaría a Eloise ocuparse de mi familia.
Y de Sam.
Después de eso, se daría cuenta de lo jodida que era toda esta situación, de
la mierda que había sido por mi parte pedirle que fuera conmigo a Italia.
Probablemente se apresuraría a redactar los papeles del divorcio.
—¿Qué más te apetece hacer? —preguntó Foster—. ¿Quieres entrenar?
—¿Y tú? —Habíamos pasado tantos años juntos que sabía la respuesta que
vendría.
Se encogió de hombros. 132
—La verdad es que no.
—Vamos a terminar. —Me levanté y me acerqué al banco donde había
dejado la sudadera y el teléfono.
—¿Qué tal si vamos a comer? —preguntó.
—Seguro. —Me puse la sudadera, cubriendo mi camiseta sudada. Si sólo
me quedaran semanas en Quincy con Foster, haría casi cualquier cosa que él
quisiera.
Excepto otra dolorosa cena en el rancho.
—¿Vamos a la cafetería de Lyla?
—Suena bien.
Aunque ir allí se sentía como una ligera traición. Según Eloise, Lyla seguía
actuando de forma extraña, así que había estado evitando la cafetería. Pero si era
allí donde Foster quería comer, lo dejaría elegir. Tenía que vivir en Quincy por
el resto de su vida. Tenía que lidiar con los Eden.
Eloise y Lyla arreglarían las cosas cuando yo me fuera.
—¿Te importa si me doy una ducha rápida? —Foster levantó la barbilla
hacia el pequeño departamento del gimnasio. Era donde había vivido cuando se
había mudado por primera vez a Quincy.
—En absoluto. —Recogí mi teléfono, tomando asiento en el banco mientras
él desaparecía. Un momento después, el agua se abrió.
Estaba a punto de leer las noticias cuando sonó mi teléfono. El nombre en
la pantalla me hizo un nudo en el estómago.
Samantha.
La llamada no debería haberme sorprendido. Desde que envié por correo
la respuesta a aquella invitación de boda con mi nombre y un acompañante,
sabía que iba a recibir otra llamada. Aun así, se me aceleró el pulso y el corazón
se me subió a la garganta.
—¿Qué, Samantha? —contesté, agarrando el teléfono con demasiada fuerza
mientras me lo acercaba a la oreja.
—Oh, mi nombre completo. Estás de mal humor.
¿Cuándo iba a dejar de contestar a sus llamadas? Siempre me arrepentía.
Sin embargo, aquí estaba, escuchando su voz al otro lado de la línea por milésima
vez.
—¿Necesitas algo? Estoy trabajando.
—¿Lo estás? Hoy he leído un artículo sobre el retiro de Foster Madden. 133
Apreté los dientes, conteniendo un comentario sarcástico que no haría más
que alargar la situación.
Así que me había llamado para restregármelo por la cara. Sam siempre
había criticado mi trabajo como entrenador. Para ella, era un hobby. No era algo
que cualquier hombre haría, porque nunca me haría rico.
Yo ya era rico, algo que ella sabía muy bien, pero ninguna cantidad de
dinero sería nunca suficiente para mi exesposa.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Te has follado a alguien interesante últimamente?
—preguntó.
—¿Realmente necesitamos hacer esto?
—Oh, eso es un sí. Háblame de ella. ¿Te tira del pelo como a ti te gusta?
De hecho, sí. Eloise siempre me tiraba del pelo cuando teníamos sexo. Pero
mantuve la boca cerrada.
—Dímelo.
—No.
—Jasper.
Me quedé callado, habiendo aprendido hace mucho tiempo que si hablaba
o no, no importaría, no a Sam. A ella le importaba un bledo lo que yo tuviera que
decir.
Ella llenaría la conversación.
Eloise también lo hacía.
Aunque Eloise nunca hablaba con la intención de herir. Su lengua no era su
mejor arma. No, cuando Eloise hablaba, su corazón brillaba aún más.
—¿Cuántas veces te la has follado? —preguntó Sam—. ¿Más de una vez? ¿Es
la primera desde mí?
Sí. A los treinta y tres años, podía contar con dos dedos, las mujeres con las
que me había acostado más de una vez. Samantha.
Y Eloise.
—Tu silencio es revelador, Jasper.
Siempre lamentaba estas llamadas, pero ninguna tanto como la de hoy.
¿Cuándo habíamos empezado este juego enfermizo? Deseé poder volver
atrás en el tiempo, a aquella primera llamada luego de nuestro divorcio, y
bloquear el número de Sam. 134
Había una mujer en mi cama cuando llamó. Acababa de mudarme a Las
Vegas. Había conocido a una mujer hermosa en un bar y había olvidado su
nombre en cuanto lo dijo. Pero no había necesitado un nombre para llevármela
a la cama.
A la mañana siguiente, la llamada de Sam me había despertado temprano.
También había despertado a la mujer. Sam la había oído en el fondo y, en lugar
de colgar, me había preguntado si me había gustado follarme a otra mujer.
Había mentido y dicho que sí, más que nada para darle celos a Sam.
Pero Samantha me había delatado. Nos conocíamos desde hacía demasiado
tiempo como para mentir de forma convincente.
Dos semanas después, Sam había vuelto a llamar. Me preguntó si había
estado con otra mujer. Así que le conté todos los detalles vívidos, restregándole
mi vida sexual en la cara, pensando que tal vez la lastimaría como ella me lastimó
a mí.
No lo había hecho.
Habían pasado diez años desde nuestro divorcio.
¿Cuándo acabará esto?
—Tuve sexo anoche —dijo—. Pensé en ti. Pensé en nuestra primera vez. ¿Lo
recuerdas? Éramos tan jóvenes.
Y estúpido. No habíamos usado protección. Menos mal que no se había
quedado embarazada.
—Fue tan... malo. —Se rio—. Fue dulce. Eras tan amable. Pero éramos tan
malos al principio. Luego mejoramos, ¿no?
—Sí, supongo que sí. —Me pasé una mano por el pelo. Habíamos aprendido
el uno con el otro. Nos habíamos enseñado. Nunca nos olvidaré a los dos
sentados en mi cama, hombro con hombro, leyendo un libro sobre sexo tántrico.
Cualquier otra mujer y probablemente me habría avergonzado. Sam no.
—¿Quién es esta mujer misteriosa? ¿Es buena?
—Adiós, Samantha.
—Espera.
Mierda.
—¿Qué?
—Dime. ¿Te hace perder la cabeza? ¿Pasa sus uñas por tu espalda y te deja
marcas?
—Sí. Es el mejor sexo que he tenido. 135
Era la verdad.
Y nunca me había sentido tan jodidamente bien en mi vida.
—¿Vas a traer a esta mujer a mi boda? —preguntó Sam.
—Sí.
—¿Quién es?
Si no podía colgar el teléfono, entonces lo que estaba a punto de decirle a
Sam serviría.
—Mi esposa.
La línea se quedó en silencio.
Nadie de mi familia sabía que me había casado. No había forma de que Sam
lo supiera antes.
Sam se aclaró la garganta.
—Estoy emocionada por conocerla. —Mentira.
—Ella es un tesoro. —Verdad.
Sin despedirse, Sam terminó la llamada. Probablemente para hacer otra.
Para dispersar a sus secuaces en busca de chismes e información sobre Eloise.
Pero cualquier drama que Sam hiciera no nos tocaría, no en Montana.
Y a quién le hubiera importado que me hubiera casado en secreto, bueno...
hacía tiempo que había dejado de hablarme. Mis padres incluidos.
Me levanté del banco reprimiendo las ganas de vomitar.
Foster salió, vestido con ropa limpia y el pelo mojado. Levantó el teléfono.
—Cambio de planes. Tally no se encuentra bien. Ella...
—Está embarazada. —Era una suposición, algo que sospechaba desde
hacía tiempo. Pero mi corazonada fue confirmada por la amplia sonrisa de Foster.
—No se lo hemos dicho a muchos, pero quería que lo supieras.
—Felicidades. —Le di un abrazo—. Me alegro por ti. De verdad.
Con todo lo que había soportado, la pérdida de Talia, la lucha por
recuperarla, Foster se merecía esta felicidad.
Me dio una palmada en la espalda, dejándome ir.
—Gracias.
—Ve a casa. Ve a ver a Talia. ¿Te apuntas a un entrenamiento mañana?
—Definitivamente. ¿A las nueve?
136
—Estaré aquí. —Con un gesto de la mano, me dirigí hacia la puerta, y subí
al Yukon. Entonces respiré aliviado. Yo no habría sido capaz de sentarme
durante el almuerzo de hoy. No después de hablar con Sam. Así que tomé el
camino familiar hacia la ciudad, agradecido de tener unos minutos para dejarlo
a un lado.
La calle principal estaba abarrotada de gente. La temporada turística había
llegado con toda su fuerza y los alegres forasteros se agolpaban en las aceras.
Los niños, libres de la escuela en las vacaciones de verano, saltaban a lo largo
de las manzanas, con sus padres detrás.
Había una energía en el aire, una que no había estado aquí este invierno.
Quincy ya no hibernaba, sino que florecía junto con la agreste campiña. La nieve
se había derretido, dejando paso a las flores.
Si alguien me hubiera preguntado en enero si echaría de menos estar aquí,
habría dicho que no. Pero quizá lo echaría de menos después de todo. De todos
los lugares a los que había viajado en mi vida, no había muchos tan cautivadores
como Montana.
El auto de Eloise seguía fuera de la cabaña cuando llegué a casa.
Entré y dejé las llaves y el teléfono en la isla de la cocina justo cuando ella
salía del lavadero con una cesta llena.
—Hola.
—Hola. —Vestía un sencillo vestido verde que le llegaba a medio muslo.
Sus pies estaban desnudos, mostrando sus uñas pulidas. Blancas. Esta mañana
habían sido de color rosa.
Llevaba el pelo suelto y los sedosos mechones le caían sobre los hombros.
Cuando sonreía, sus ojos azules brillaban como joyas. Fue esa sonrisa la que me
paró en seco. Me miraba como si verme entrar por la puerta fuera lo mejor de
todo su día.
Y no hacía mucho, le había dicho a Sam lo mucho que me gustaba follarme
a mi mujer.
Se suponía que esa etiqueta no debía gustarme. Se suponía que mi corazón
no debía pararse cada vez que Eloise entraba en la habitación.
—¿Qué pasa? —Dejó la cesta en el sofá y se acercó. Su mirada me recorrió
de pies a cabeza—. ¿Foster te golpeó de nuevo?
—No. No es nada. —Sacudí la cabeza, dándome la vuelta y caminé hacia la
nevera—. Pensé que ibas al rancho.
—Cambié de idea. Hoy no me apetecía conducir.
Saqué un Gatorade, le quité el tapón y me bebí la mitad de un trago. Luego 137
lo dejé sobre la encimera, con la mirada perdida en la botella.
—Foster ha anunciado hoy su retirada.
—Oh. —Rodeó la isla y se subió a la barra, sentándose justo al lado de mi
bebida—. ¿Estás bien?
—Sabía que iba a pasar.
Su mano se levantó, las yemas de sus dedos fueron a mi cabello.
Exactamente como me gustaba.
—Eso no responde a mi pregunta.
Suspiré, inclinándome hacia su toque.
—El mayor compromiso que he hecho en la última década ha sido con la
carrera de Foster.
—¿Y ahora qué? —susurró, expresando la pregunta en mi cabeza.
—No lo sé. —Me incliné más cerca, dejando caer mi frente sobre la suya.
Durante toda mi infancia, me habían entregado un plan. Me lo habían
trazado antes de nacer, esculpido por generaciones de hombres Vale que
esperaban inflexiblemente que se siguieran sus pasos.
No había sido tan difícil como pensaba rehuir a esas expectativas. Las
críticas, o la falta de ellas, habían sido leves. Tolerables.
Mis padres tendrían que preocuparse para estar decepcionados.
Aquellos días, había aceptado la falta de planes. Hice lo que quise, cuando
quise. La espontaneidad había sido una aventura.
Esta vez no era tan emocionante.
Los dedos de Eloise recorrieron mi cara, desde el pómulo hasta los labios.
Tocando. Siempre me estaba tocando. Igual que siempre estaba acurrucada a mi
lado cuando dormíamos porque, al parecer, era alérgica a su propio lado de la
cama.
Echaría de menos las caricias cuando esto acabara. No tanto los abrazos.
—Oye. —Se apartó, dedicándome una sonrisa triste—. Ya sabrás.
—Sí. —Lo decidiría cuando terminara la boda.
—¿Tienes hambre? —preguntó—. Podría hacernos la comida.
—La mantequilla de cacahuete y la gelatina no cuentan como comida. —Le
mordí el labio inferior. Y si ella estaba aquí hoy, no quería pasarlo en la cocina.
Con un rápido movimiento, la levanté del mostrador.
Jadeó y sus largas piernas rodearon mis caderas.
138
—Bésame.
Dejó caer su boca sobre la mía y me rodeó los hombros con un brazo,
mientras con el otro se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus ojos
se cerraron, pero yo mantuve los míos abiertos, observando cómo su lengua
pasaba contra mi labio inferior.
Yo le había enseñado eso.
Hace dos semanas, cuando hice exactamente lo mismo con mi lengua contra
su clítoris, se corrió. Luego, antes de dormirse, me dijo que deseaba poder
hacerlo. Así que durante las últimas dos semanas, habíamos practicado.
Ahora lo tenía dominado. Era jodidamente perfecto.
Aparté los labios, esperando a que abriera los ojos.
—¿Qué? —preguntó ella, sin aliento.
Mis brazos la rodearon con fuerza, acercándola tanto que pudo sentir mi
excitación.
—Eso es mío. Sólo mío.
—¿Eh?
Esperé, dándole un minuto para entender.
Ningún otro hombre iba a tener esa forma de besar.
El brillo de su mirada se atenuó, como si hubieran corrido una cortina sobre
la ventana.
—No hables así.
—¿Cómo qué?
—Jas. —Ella desenrolló las piernas, contoneándose para que la dejara en el
suelo, pero mi agarre sólo se hizo más fuerte.
—Prométemelo, Eloise. No se lo des a nadie más.
Era éste. De todos los votos que habíamos hecho, éste era el único que
quería que cumpliera.
Sus ojos buscaron los míos durante un largo instante, con la tristeza
deslizándose por esos bonitos iris azules, hasta que asintió.
—Te lo prometo.
Apreté mi boca contra la suya, nuestras lenguas se retorcieron. La besé con
todas mis fuerzas, marcándola, reclamándola, necesitando memorizar su dulce
sabor. Luego cambié de posición y la acuné con un brazo bajo las rodillas y el
otro alrededor de la espalda mientras caminaba por la habitación y la llevaba a 139
la cama que compartiríamos durante un mes.
El sol entraba por la puerta corrediza de cristal, iluminando el desván. Puse
a Eloise de pie y ella se llevó la mano al dobladillo del vestido y se lo quitó antes
de que yo tuviera oportunidad de hacerlo.
Su cuerpo era un puto sueño, firme pero suave en todos los lugares
adecuados.
Mi ropa cayó al suelo junto a la suya mientras ella se desabrochaba el
sujetador y se quitaba la braga.
Entonces chocamos. Bocas. Manos. Piel. Cuando caímos en la cama, sus
piernas se abrieron de par en par. Mis caderas se acomodaron en la cuna de las
suyas, y entonces me deslicé dentro de ella.
—Jas. —Sus uñas, también blancas, se clavaron en la carne de mis hombros.
No harían falta más que unas pocas caricias y se rompería. El aleteo de sus
paredes internas era tan adictivo como su lengua.
No podía exigirme tanto. Sus orgasmos eran míos, por ahora. Luego se los
daría a otro hombre. Sólo con pensarlo sentí una rabia celosa tan poderosa como
cualquier otro sentimiento que hubiera tenido en meses.
Embestí con fuerza, queriendo que recordara lo que sentía cuando la
follaba.
—Mírame —le ordené, con mi aliento caliente contra su oreja.
Cuando me incliné hacia atrás, sus ojos me esperaban. La penetré hasta la
empuñadura.
—Recuerda. —Recuérdame.
Su mano se acercó a mi mejilla.
—¿Tú?
Por el resto de mi vida.
140
Eloise
M
ateo se apoyó en el mostrador de recepción del hotel, con cara de
estar a punto de abordar el tema que yo había conseguido esquivar
durante más de un mes.
Mi matrimonio.
—Así que… —dijo.
—Todavía quedan tres huéspedes que vienen esta noche. —Hice clic en el
ratón, despertando el ordenador—. Espero que lleguen pronto. Me encantaría
registrarlos antes de irme a casa. Ha habido muchos cambios en el software de
reservas desde la última vez que trabajaste en el mostrador.
Como había prometido, Mateo había pasado el último mes ayudándome en
el hotel. Principalmente había estado cubriendo turnos en el servicio de
limpieza. También le había pedido que se encargara de algunos proyectos de
mantenimiento, pero esta era la primera vez que lo necesitaba como
recepcionista.
Mi recepcionista nocturno habitual había llamado para decir que estaba
enfermo esta mañana, y yo había planeado cubrirlo. Pero llevaba aquí desde las
siete y, cuando Mateo llegó esta tarde, se ofreció a trabajar esta noche.
—Puedo aprender a usarlo —dijo.
—De acuerdo. —Miré hacia las puertas, rezando para que entrara algún
huésped y no estuviéramos los dos solos, para que no tuviéramos que hablar de
Jasper.
—¿Qué va a hacer Jasper ahora que Foster se retira? —preguntó Mateo.
Me encogí de hombros.
—Aún no está seguro. —O tal vez tenía un plan. La conjetura de Mateo era
tan buena como la mía.
141
Hacía una semana que se había anunciado el retiro de Foster, y si Jasper
estaba seguro de sus próximos pasos, no los había compartido conmigo. ¿Por
qué iba a hacerlo? Sólo faltaban un par de semanas para la boda, y entonces ya
no sería su esposa falsa.
Intentaba por todos los medios que eso no me irritara, al igual que no quería
pensar en lo que me depararía julio.
El divorcio.
El miedo se había convertido en un compañero constante estas dos últimas
semanas. Era tan inoportuno como preocupante. ¿No se suponía que tenía que
estar deseando divorciarme? ¿De recuperar mi vida normal? ¿De enmendar el
error que había cometido en Las Vegas?
Este matrimonio tenía que terminar. Jasper y yo no estábamos enamorados.
Esto no era un cuento de hadas. Sin embargo, la idea de verlo partir, me
entristecía.
—¿Cómo te va con Jasper? —preguntó Mateo—. Sé honesta.
—Bien. No genial, pero bien.
Bastante bien.
Cuando Jasper y yo estábamos en la cabaña, cuando el resto del mundo era
un borrón más allá del dormitorio, era fácil. Pero las otras veinte horas de cada
día eran un poco más difíciles.
Era imposible sacarle a ese hombre otra cosa que no fueran orgasmos.
Yo seguía sin saber nada de su familia. Nunca me preguntaba por la mía.
No tenía ni idea de lo que había pasado con su ex ni de por qué esta boda era tan
importante.
¿Era sólo una herramienta para fastidiarla? ¿O todavía la amaba? Cuando el
oficiante preguntara si alguien se oponía al matrimonio, ¿Jasper levantaría la
mano?
En cualquier caso, dudaba que me gustara alguna de las respuestas a esas
preguntas. Mi curiosidad me paralizaba, pero me negaba a preguntar.
Mateo miró alrededor del vestíbulo, asegurándose de que estábamos solos.
Por desgracia, así era. ¿Por qué cada vez que quería un minuto de
tranquilidad a solas en el hotel, estaba repleto, pero cuando necesitaba que
alguien, cualquiera, me proporcionara una distracción, el vestíbulo estaba tan
silencioso como una tumba?
—Deberías saber que… mamá y papá están preocupados.
Se me revolvió el estómago. No debería haberme sorprendido, pero lo hizo. 142
—¿Por qué? Estoy bien.
—No les gusta Jasper.
Hice un gesto de dolor.
—Ay. Eso es bastante severo, ¿no crees?
—¿Lo es? Vamos, Eloise. Ponte en su lugar. Su hija menor se va un fin de
semana a Las Vegas y vuelve a casa casada y lo oculta durante un mes. La verdad
finalmente sale a la luz, y cuando intentan conocer a su nuevo yerno, él los deja
plantados.
—Jasper fue a cenar.
Mateo arqueó una ceja.
—Y quería estar en cualquier otro sitio. Esa fue la cena más incómoda que
esa mesa ha visto en años.
—Dale un respiro, Mateo. Somos mucho como grupo. No todo el mundo se
adapta al caos de Eden inmediatamente. —Era un desvío endeble. Esa cena
había sido horrible.
No es de extrañar, mamá y papá no se habían molestado con otra invitación
este último mes. Nosotros tampoco habíamos hecho ningún intento de visitarlos.
—No quiero que se preocupen. —Pronto, todo esto terminaría.
—Bueno, lo están. Les preocupa que Jasper se aproveche de ti.
—No se aprovecha.
—¿Estás segura? ¿De dónde es? ¿Cómo es su familia? ¿Cómo va a
mantenerte ahora que Foster se retira?
—Puedo mantenerme sola, muchas gracias.
No tenía ni idea de cuál era la situación monetaria de Jasper, pero no era
asunto mío. Pero dudaba que estuviera en bancarrota. Había comprado la
cabaña. Había comprado el anillo de diamantes. Nada en él me parecía un
hombre buscando el sueldo de su esposa.
—¿Entonces cuenta contigo para mantenerlos a los dos?
—¿Qué mierda pasa con este interrogatorio?
—Eres mi hermana, Eloise. —La voz de Mateo se suavizó. La preocupación
en su rostro casi me rompió.
Por una fracción de segundo, quise confesarlo todo. Decirle la verdad sobre
Jasper. Pero mantuve la boca cerrada.
Admitir la mentira me parecía imposible. El agujero que había cavado era 143
cada vez más profundo. Si les contaba toda la historia, estarían resentidos
conmigo.
Pero si me quedaba callada, estaba dejando que se resintieran con Jasper.
Era irónico, le había dicho que no quería que mi familia lo odiara cuando
esto terminara. Pero lo había hecho imposible, ¿no? Con este secreto nunca iba
a terminar pacíficamente.
Estúpida Eloise.
La vergüenza, el asco se deslizaron bajo mi piel, haciéndome temblar.
—Es un buen hombre. —Lo creía hasta el alma.
—De acuerdo. —Mateo levantó las manos, terminando este tema—. Voy a
lo de Lyla a buscar café. ¿Quieres algo?
Negué con la cabeza.
—No, gracias.
—Te veo en un minuto. —Cuando Mateo cruzó el vestíbulo, me quedé
helada, con el corazón acelerado mientras repetía aquella conversación.
Mamá y papá estaban preocupados. ¿Cuán preocupados estaban?
Jasper y yo nos habíamos quedado juntos para demostrar que yo era lo
bastante responsable como para hacerme cargo del hotel. Pero si Jasper no les
caía bien, si pensaban que se estaba aprovechando, o que tal vez quería algo de
la fortuna de los Eden, ¿cambiaría todo?
¿Y si lo había estropeado? ¿Y si no me dejaban quedarme con el hotel
porque seguía casada?
—Qué desastre. —Un dolor de cabeza floreció detrás de mis sienes. ¿Por
qué tuvimos que casarnos? Si tuviera una máquina del tiempo, volvería a aquella
noche y lo cambiaría todo. ¿Verdad?
—Sólo un par de semanas más. —Un par de semanas más hasta que pudiera
hacer esto bien. Un par de semanas más con Jasper.
La cuenta atrás debería haber aliviado mi dolor de cabeza.
Pero sólo parecía empeorar.
Las puertas del vestíbulo se abrieron, pero no entró ningún huésped. Era
mamá.
Me senté más derecha, forzando una sonrisa.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. —Rodeó el mostrador y me besó la mejilla—. ¿Cómo estás
hoy? 144
—Oh, bien. Ocupada. Ya sabes cómo se pone en verano. —No había ni una
sola vacante hasta septiembre, y habíamos estado funcionando a pleno
rendimiento desde el Memorial Day.
Me encantaba la temporada turística, cuando caras nuevas inundaban las
aceras de mi ciudad natal, cuando la gente podía experimentar el encanto de
Quincy. Normalmente, pasaba el mayor tiempo posible en The Eloise, no sólo
para atender a los huéspedes, sino para empaparme de su energía. Pero este
año, la mayoría de las veces, me encontraba deseando irme cada noche. De
volver a la cabaña y perderme en Jasper.
Tan pronto como Mateo regresara de la cafetería, estaría en la puerta.
—Me alegro de que Mateo esté aquí para ayudar —le dije a mamá.
—Yo también me alegro de que esté aquí. —Sus ojos se suavizaron. Mamá
estaba en el cielo ahora que sus seis hijos estaban en casa. Si a eso añadimos a
sus nietos, era raro verla sin una sonrisa estos días.
—¿Cómo está... Jasper? —Su sonrisa se apagó. Dudaba que supiera lo que
estaba pasando, pero dolía.
No es que la culpara. Todo era culpa mía.
—Está genial —dije, girando los anillos de mi mano izquierda—. Me
prometió tacos de pescado para cenar esta noche.
—Qué rico. —Mamá parecía que iba a decir algo más, tal vez pedir una
receta. Pero en lugar de eso, echó un vistazo al vestíbulo—. ¿Todos se registraron
hoy?
—No.
Puede que mamá compartiera un vínculo con Knox y Lyla en la cocina, pero
también compartía algo importante conmigo.
Este hotel.
El rancho había mantenido ocupado a papá durante años, y mamá también
podría haber trabajado allí, como hacían muchas parejas en las granjas y ranchos
de Montana. Pero mamá se había interesado por el hotel y, en lugar de contratar
a un gerente para la posada, se había hecho cargo ella misma. De alguna manera,
había logrado equilibrar su vida con seis hijos y una carrera.
Siempre había admirado lo capaz que era.
De niña, había pasado aquí incontables horas con ella, sentada en el suelo
a sus pies, detrás de este mismo mostrador de caoba, mientras charlaba con los
clientes. Recreaba sus conversaciones con mis muñecas. Fingía que eran mis 145
huéspedes, que visitaban Quincy desde lugares lejanos.
Cuando fui al jardín de infantes, mi profesora se había asombrado de lo bien
que sabía geografía para tener cinco años. Era porque mamá me enseñaba en un
mapa de dónde era cada clientes.
Tal vez otras chicas hubieran querido viajar por el mundo, ver esos lugares
diferentes. Pero yo me conformaba con quedarme aquí.
Mis sueños no iban más allá de las paredes de este hotel.
Eran las paredes.
Mamá y papá habían hecho algunas reformas y actualizaciones, aunque yo
tenía algunas ideas propias. Pero esas ideas tendrían que esperar hasta que fuera
oficialmente mío.
Si alguna vez iba a ser oficialmente mío.
—Quería hablarte de algo —dijo mamá.
Me tensé, no estaba segura de tener energía para otra discusión sobre
Jasper.
—Por supuesto. ¿Qué pasa?
—¿Recuerdas a Lydia Mitchum?
—Um, ¿sí? —Pero tal vez no se trataba de Jasper. Gracias a Dios.
—Era mi compañera de cuarto en la universidad. La conociste pero hace
años. Probablemente sólo tenías ocho o nueve años.
—Lo siento, no me acuerdo. ¿Por qué?
—Bueno, se mudó a Quincy. No he hablado con ella en probablemente diez
años, pero de la nada, me llamó y me dijo que acababa de comprar una casa en
Evergreen Drive.
—Qué bien.
—Sólo quedamos para tomar un café y ponernos al día. Por eso estoy en la
ciudad.
—Mateo se dirigía hacia allí.
Mamá asintió.
—Me lo crucé cuando venía hacia aquí. De todos modos, Lydia tiene un hijo.
Blaze.
—Blaze. Interesante nombre.
—Tiene diecisiete años. No me contó toda la historia, pero me dio la
impresión de que Lydia ha tenido una década dura. Conocí al hombre con el que 146
se casó una vez y no me gustó mucho. Se divorció de él este año. Bien por ella.
Pero Blaze no se adapta. Vivían en Missoula, pero supongo que tuvo problemas
en su instituto allí. Ella pensó que tal vez una mudanza sería un buen reinicio.
—Ah. Bueno... este es un buen lugar para empezar de nuevo.
—Aún no está segura si lo enviará al instituto o lo educará en casa el último
año. Pero si lo deja en casa, le preocupa que no tenga suficiente interacción
social. Aparentemente es muy introvertido y sería feliz jugando a videojuegos
doce horas al día.
—De acuerdo —dije, sintiendo que se acercaba la verdadera pregunta.
—Lydia quiere que consiga un trabajo.
Me tragué un gemido.
—Me encantaría entrevistarlo.
—O podrías contratarlo para ese puesto vacante a tiempo parcial.
El puesto que aún no había podido cubrir. Se habían presentado tres
personas. Dos vinieron a la entrevista y la otra me había rechazado, pero no
encajaban. Así que los dejé pasar, no quería verme en la situación de tener que
despedir a alguien.
—Mamá, sabes que intento ser rigurosa en las decisiones de contratación.
—Eso por un empleado que me había metido en problemas. Mamá, de todas las
personas, debería querer asegurarse de que evitáramos esa situación de nuevo.
—Sé que lo eres —dijo levantando las manos—. Lo respeto. Pero... ¿me
haces un favor? Dale un trabajo a tiempo parcial. Si no funciona, déjalo ir.
Lo hacía parecer tan fácil. Pero yo odiaba despedir a la gente. Era lo peor
de lo peor de mi trabajo. Mierda, estaría encantada de fregar retretes y limpiar
baños el resto de mi vida si eso significara que no tenía que despedir a nadie.
De ahí la razón por la que nos habíamos metido en ese pleito. Por eso había
sido más cuidadosa con la contratación.
—Mamá, no lo sé.
—¿Por favor?
La puerta del vestíbulo se abrió, tapando el sonido de mi gemido.
Jasper entró con una sencilla camiseta negra y su vaquero desteñido
favorito. Tenían botones en la bragueta en lugar de cremallera, lo que los
convertía en mi vaquero favorito también porque se quitaban con facilidad.
—Hola —dije.
—Hola. —Se detuvo junto a mamá, haciéndole un gesto con la cabeza—.
147
Hola, Anne.
—Hola, Jasper. —Ella sonrió, pero no llegó a sus ojos. En su lugar, había
cautela en su mirada. Observaba cada una de sus respiraciones como si estuviera
esperando a que se diera la vuelta y se marchara.
—¿Interrumpo? —preguntó—. Puedo irme.
—No, estás bien —dijo mamá—. De hecho, tengo que irme. ¿Pensarás en
Blaze?
Asentí con la cabeza.
—Lo haré.
Se dio la vuelta, lanzando a Jasper una última mirada suspicaz antes de
dirigirse a las puertas.
¿Era realmente aquí donde estábamos? ¿Mi propia madre estaba evitando
al hombre de mi vida? Estaba mal. Cada célula de mi ser gritaba que lo arreglara.
—Mamá —la llamé antes de que pudiera irse.
—¿Sí? —Se detuvo junto a la puerta, mirando hacia atrás.
—Lo contrataré. Que Lydia lo envíe mañana. —Fue un error atajar mi
proceso y saltarme la entrevista. Pero aparentemente los errores se estaban
convirtiendo en mi especialidad.
—Gracias —dijo mamá con un suspiro, el alivio en su rostro sólo hizo que el
nudo en mi estómago se apretara más. ¿Le había prometido ya un trabajo a Blaze?
Levantó una mano para saludar y salió.
Probablemente estaría bien. Si no, me las arreglaría. Si Blaze hacía un mal
trabajo o tenía problemas para limpiar las habitaciones, bueno... al menos mamá
podría decirle a Lydia que le habíamos dado una oportunidad.
—¿Estás bien? —Jasper preguntó.
—Fue un día largo. —Forcé una sonrisa—. ¿Qué estás haciendo?
—Necesito irme de viaje.
Parpadeé.
—¿Un viaje? ¿Cuándo?
—Esta noche.
—¿Esta noche? —¿Y los tacos de pescado? ¿Había pasado algo malo con su
familia? ¿Necesitaba que fuera con él?—. ¿Está todo bien?
—Sí, tengo una entrevista en Las Vegas con un boxeador prometedor.
Recién me entero. 148
—Oh. —Alguien podría haberme quitado la silla de debajo del culo—. Eso
es... genial.
Eso era genial, ¿verdad? Esto podría ser un nuevo reto para Jasper. Lo
necesitaría ahora que Foster estaba retirado.
—¿A qué hora es tu vuelo? —Se suponía que debía apoyarlo, pero sonó
como un quejido.
—Voy en auto. No necesito estar allí hasta el viernes, pero no quiero ir al
aeropuerto de Missoula.
¿Conducirá? ¿A Las Vegas?
—Podría llevarte al aeropuerto mañana. —Estaba a sólo dos horas de
distancia. No es que tuviera dos horas de sobra, pero encontraría el tiempo.
—No. Me pondré en camino. Encontraré un hotel. Llegaré mañana antes de
mi entrevista del viernes.
—Oh. Um, está bien. ¿Cuándo vas a volver?
Si Jasper oyó la desesperación y la decepción en mi voz, no lo dejó traslucir.
—La semana que viene, en algún momento. No estoy seguro. Quizá me
quede un tiempo en Las Vegas. Visitaré mi casa. Ir al viejo gimnasio.
En mi imaginación, oí cómo un trozo de papel se partía en dos. Rrrrrip. Ahí
iba nuestro certificado de matrimonio.
Este era Jasper dando un paso atrás, ¿no? Planeando su vida. Dejando
Montana.
Se suponía que iba a tener un par de semanas más.
Supongo que no.
—Conduce con cuidado. —Me temblaba la voz.
Jasper dobló la esquina, obligándome a girarme y mirarlo. Luego me rodeó
la cara con las manos y me dio un beso casto en la boca.
—La nevera está llena de comida. Incluso te he hecho galletas. Lo que
significa que no hay razón para que enciendas el horno.
Le dediqué una pequeña sonrisa.
—Sin horno. Entendido.
Los ojos marrones de Jasper buscaron los míos. Así que le devolví la mirada,
deseando poder oír cualquier pensamiento que pasara por aquella preciosa
cabeza. ¿Me echaría de menos?
Yo sí.
Ahora. Y después. 149
Tenía miedo de echarlo de menos el resto de mi vida.
—¿Me enviarás mensajes de texto mientras conduces? —le pregunté—.
¿Para que no me preocupe?
Asintió y me besó en la frente. Luego se fue.
Para empezar la siguiente fase de su vida.
Había llegado el momento de planificar la mía.
La posada Eloise. Ese era el objetivo. No podía dejar que un par de meses
de sexo increíble con Jasper me desviaran de ese camino. Así que esperé hasta
que Mateo regresara con su café, y luego pasé una hora deambulando por los
pasillos, arriba y abajo de cada piso, sonriendo a los huéspedes que pasaban.
Tomando notas mentales de lo que cambiaría cuando el hotel fuera mío.
Cuando llegué a casa, me moría de hambre. Jasper no había mentido sobre
la comida de la nevera. Estaba repleta de recipientes, todos etiquetados. Agarré
el de los tacos de pescado. Las tortillas estaban en la encimera. También las
galletas.
Todo estaba listo.
Para que coma sola.
Para que me quede sola.
¿Cuánto tiempo hacía que sabía de esta entrevista? ¿Cuánto tiempo llevaba
planeando este viaje?
—Mentira que recién se entera —murmuré.
En lugar de llevar la comida a la mesa y cenar sola, la balanceé en una mano
mientras agarraba el bolso con la otra y salí a la calle, subí al auto y conduje de
vuelta a la ciudad.
Lyla iba vestida de chándal cuando abrió la puerta de su casa. Joggers
grises y una sudadera con capucha a juego. También llevaba esa maldita sonrisa
falsa.
—Hola. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Todo bien?
—No, no está bien. Deja de ser tan amable. Y feliz. Es raro.
—¿Que yo sea feliz es raro?
—Sabes lo que quiero decir, Lyla. Has estado actuando extraño desde que
te enteraste de lo de Jasper. Lo siento mucho. No tenía ni idea de que te gustaba.
La fachada se desvaneció cuando cruzó los brazos sobre el pecho.
—Está bien. 150
—No, no lo está. Estás enfadada.
—Estoy avergonzada —corrigió. —Fue simplemente... vergonzoso.
Me dio un vuelco el corazón.
—Lo siento.
Lyla se enderezó, haciéndose a un lado.
—No lo sabías.
—¿Por qué no me lo dijiste? —No era propio de Lyla mantener sus
enamoramientos en secreto, especialmente de Talia y de mí. Por lo general, la
mitad de Quincy sabía que le gustaba un chico incluso antes de que tuvieran una
cita.
—No lo sé. —Levantó un hombro—. Pero si eres feliz con Jasper, entonces
me alegro de no haberlo dicho.
Porque si hubiera sabido que le gustaba, nuestra noche junto a la fuente de
Las Vegas habría sido totalmente distinta.
Y nunca habría conocido a Jasper.
—¿Qué es eso? —Lyla señaló el recipiente y las tortillas que tenía en la
mano.
—Cena. Jasper tuvo que irse y no quiero comer sola. ¿Qué te parecen unos
tacos de pescado?
—Um, bueno, eso depende. ¿Los hiciste tú?
Solté una risita, sintiendo cómo se disipaba parte de la tensión de mi
cuerpo.
—No, Jasper lo hizo.
—¿Se aseguró de que tuvieras comida mientras él no estaba? Aww. —Lyla
se llevó una mano al corazón—. Eso es dulce.
Era dulce. Y molesto. Porque no me había dicho que se iba.
—Esta cena tiene un precio —le dije.
—¿Vino?
—Y tu habitación de invitados. ¿Puedo quedarme a dormir?
151
Eloise
B
laze, me estás matando.
Giré lentamente en círculo, contemplando la habitación de
hotel que acababa de limpiar.
¿O intentó limpiar? ¿En qué momento la gente dejó de dar un
sobresaliente por el esfuerzo?
La cama estaba desarreglada y las almohadas apoyadas en el cabecero. Las
toallas del baño no estaban dobladas en montones, sino amontonadas en forma
desordenada. No había vaciado el cesto de basura que había junto al televisor y
se había olvidado de pasar la aspiradora.
—De acuerdo, Blaze. —Me giré, lista para enumerar todo lo que tenía que
arreglar. Excepto que Blaze no estaba de pie junto al carro de limpieza donde
había estado hace un minuto—. ¿Blaze?
Nada.
Gemí, caminando hacia la puerta y comprobando el pasillo. Estaba vacío.
—¿En serio? —murmuré. Si no estaba corrigiendo a este chico, lo estaba
persiguiendo por todo el maldito hotel.
Al menos esta vez, ya sabía dónde se escondía.
Arrimé el carrito de la limpieza a la pared para que no estorbara a los
transeúntes y me dirigí a la escalera, trotando del segundo piso al primero. Como
era de esperar, Blaze estaba en la recepción, hablando con Taylor.
Por la expresión tensa de su bonita cara, ella también estaba harta de Blaze.
—Blaze —espeté, llamando su atención.
Detrás de sus gruesas gafas de montura negra, puso los ojos en blanco. Este
chico ni siquiera intentaba ocultar su enfado. Necesitaba las dos manos para
contar las veces que había puesto los ojos en blanco y murmurado insultos desde 152
el viernes.
—Sube y arregla esa habitación —le dije—. Arregla la cama. Dobla las
toallas en una pila. Vacía el cubo de la basura. Y pasa la aspiradora.
—Pasé la aspiradora —argumentó.
—Entonces aspira otra vez. —Tal vez si lo mandara a pasar la aspiradora
tres veces, lograría aspirar todo el piso.
—Bien —refunfuñó, sus pasos fueron pesados al pasar. Blaze caminaba con
los ojos en el suelo, los hombros hacia dentro. Su cabello negro, muy dividido
por la mitad, le caía sobre la cara.
No teníamos un código de vestimenta. Para mí era más importante que
estuvieran cómodos mientras limpiaban que el que llevaran uniforme. La
mayoría limpiaba en vaqueros, camiseta y zapatillas. Ni una sola vez tuve que
pedirle a un empleado que vistiera algo diferente. Ni una sola vez, en todos mis
años como gerente.
Cuando Blaze llegó el viernes para completar el papeleo de su nueva
contratación, vistió un vaquero que había decorado con rotulador negro. Había
escrito una línea tras otra de Vete a la mierda, mamá, por los muslos hasta los
tobillos.
Pobre Lydia. Esperaba que no le lavara la ropa.
Había combinado ese pantalón con una sudadera roja que tenía un dedo
medio dibujado en la parte delantera.
Le había dicho que debía usar una camiseta lisa, gris o blanca, con vaqueros
limpios. Sin insultos.
Claramente, no estaba contento de que su madre le hubiera conseguido
este trabajo. Tal vez estaba haciendo un trabajo de mierda porque esperaba que
lo despidiera.
Era tentador.
Pero me había prometido que le dedicaría dos fines de semana.
Para empezar, trabajaba sábados y domingos. Lo que significaba que yo
trabajaba sábados y domingos.
En lugar de pasar el fin de semana sola en la cabaña, había estado aquí,
entrenando a Blaze. Ayer trabajamos juntos y le enseñé a limpiar una habitación
y lo que se esperaba de él. Hoy, le había dejado hacer el trabajo, pero por cada
habitación que terminaba, yo hacía una inspección.
Hasta ahora, ni una sola habitación se había hecho correctamente. Aunque
estaba mejorando. Ligeramente. Tal vez haría un trabajo decente si eso 153
significaba impresionar a Taylor.
Excepto que yo no pondría eso en ella.
Taylor estaría en su último año de instituto en otoño. Era tan fiable como
simpática. Con su cabello rubio y sus brillantes ojos marrones, era un rayo de
sol. Trabajaba en el hotel desde el verano pasado. Durante las clases, sólo
trabajaba los fines de semana porque jugaba al voleibol y al baloncesto. Pero
durante el verano, siempre estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario,
desde atender el mostrador hasta limpiar el hotel, cualquier cosa con tal de
aumentar sus ahorros para la universidad.
—Lo siento, Eloise —dijo una vez que la puerta de la escalera se cerró de
golpe detrás de Blaze—. Le dije que estaba trabajando y que no podía hablar,
pero no se iba.
—Lo sé. No eres tú.
—Él es... diferente.
Si diferente significaba espeluznante y grosero.
—¿Te hace sentir incómoda?
—No ha hecho nada. Sólo habla mucho de sus videojuegos. Suenan
violentos y eso no es lo mío.
—Si te hace sentir incómoda, envíame un mensaje inmediatamente.
Ella asintió.
—Lo haré.
—Bien. Iré a vigilar su progreso. Otra vez. —Me di vuelta y caminé
escaleras arriba.
A Blaze le llevó el triple de tiempo que yo había previsto pasar la
aspiradora. Su turno fue el más largo que había soportado en años y, cuando las
habitaciones estuvieron terminadas, me entraron ganas de gritar.
Esto no iba a funcionar, ¿verdad?
No sólo su trabajo era de mala calidad, sino que su actitud me ponía de los
nervios. Si no estaba refunfuñando en voz baja o poniendo los ojos en blanco,
estaba haciendo declaraciones atrevidas e insultantes sobre Quincy.
Odiaba esta ciudad de mierda.
Palabras de Blaze, no mías.
Una parte de mí se sintió mal por el chico. Nueva ciudad. Nueva casa. Su
madre le había metido un trabajo por la garganta. Esa simpatía era la única razón
por la que no lo había despedido todavía.
—Eso es todo por hoy —le dije a Blaze, caminando con él hacia la sala del 154
personal.
Mientras él iba a la taquilla que le había asignado, yo llenaba una taza de
café. Estaba amargo, pero lo sorbí de todos modos, necesitaba la cafeína. Esta
semana había dormido poco, sobre todo porque había pasado todas las noches
desde el miércoles en casa de Lyla.
Había demasiado silencio en la cabaña. La cama parecía demasiado
solitaria sin Jasper. Así que había hecho la maleta y asaltado la nevera, alargando
mi fiesta de pijamas en la casa de mi hermana.
La habitación de invitados de Lyla era bonita y la cama cómoda, pero no
había podido dormir. Me despertaba con frío y no importaba cuántas mantas
pusiera en la cama, no era lo mismo que acurrucarse contra Jasper.
Bostecé mientras Blaze cerraba la puerta de su taquilla.
—Nos vemos el próximo sábado.
—Supongo —murmuró, dirigiéndose al reloj registrador para marcar su
tarjeta con un golpe seco.
—Que tengas una buena...
Blaze salió de la habitación en mitad de mi frase.
—... semana. —Fue mi turno para poner los ojos en blanco. Entonces me
quedé en silencio, sorbiendo mi café, mirando el reloj.
Era anticuado. Encantador. Al menos, lo era hasta los días 1 y 15 de cada
mes, cuando tenía que contabilizar manualmente las horas de cada empleado
antes de enviar los datos a nuestro contable. Reemplazarlo estaba en mi lista de
futuras actualizaciones.
Cuando mi taza estuvo vacía, la lavé en el fregadero y la guardé, luego me
dirigí a la recepción.
—Me voy, Taylor.
Sólo le quedaba una hora antes de irse también.
—Adiós, Eloise. Que tengas una buena noche.
Saludé y me dirigí al callejón.
La camioneta de Knox estaba junto a mi Subaru. Una parte de mí ansiaba un
tazón de sus macarrones con queso caseros y una gran copa de vino, pero en
lugar de dirigirme a Knuckles para visitar a mi hermano, dirigí mi auto hacia casa.
El cielo estaba cubierto de nubes grises y el aroma de la lluvia marcaba el
aire, así que bajé las ventanillas y respiré el fresco olor mientras conducía.
Mi bolsa de viaje y una pila de envases de comida vacíos estaban en el 155
asiento del copiloto. Aunque no me apetecía quedarme sola en el auto, le había
dicho a Lyla que no me esperara esta noche. Tenía que lavar ropa y limpiar. Y a
lo mejor esta noche me armaba de valor y llamaba a Jasper para informarme de
su entrevista. O no.
Las llamadas telefónicas, o la comunicación en general, no eran nuestro
fuerte. Si nuestras conversaciones en persona eran unilaterales, no podía
imaginarme cómo sería una llamada telefónica.
En su honor, había hecho lo que le pedí, enviándome mensajes de texto
durante su viaje. Pero el último mensaje que recibí fue el jueves, cuando llegó a
Las Vegas.
Revisar mi teléfono en busca de notificaciones perdidas se había convertido
en algo tan habitual como bostezar.
Mis párpados estaban caídos cuando llegué a Alderson. La limpieza y la
ropa tendrían que esperar otro día. Una ducha caliente y acostarme pronto me
llamaban.
Pero mi agotamiento se desvaneció en el momento en que giré hacia el
carril de la cabaña.
El Yukon de Jasper estaba fuera de la casa.
Mi corazón dio un salto.
¿Estaba en casa? ¿Cuándo había vuelto? ¿Por qué no me había enviado un
mensaje?
Estacioné y me apresuré a recoger mis cosas. La repentina necesidad de
verlo hizo que mis dedos tantearan un par de tapas. Pero después de algunos
malabarismos, conseguí cerrarlas todas, abrí la puerta del auto y la cerré de una
patada mientras me apresuraba a entrar.
—¿Jasper? —llamé cuando no lo vi por ninguna parte. Todos los recipientes
cayeron en el fregadero con un coro de estrépitos. Mi bolso aterrizó en la isla
con un ruido sordo—. ¿Jas?
La casa estaba en silencio.
Así que atravesé el salón y me dirigí hacia la terraza. Lo encontré, sentado
en las tablas, con las piernas estiradas hacia delante mientras se inclinaba para
tocarse los dedos de los pies. Tenía el cabello mojado, como si acabara de
ducharse.
—Hola. —Mis ojos recorrieron su cuerpo, desde el pelo mojado hasta la
camiseta limpia, pasando por el pantalón corto y las zapatillas. Algo en mi pecho
se desbloqueó. El aliento que había estado conteniendo desde el miércoles—.
Estás en casa. 156
—Sí. —Me miró y volvió a estirarse.
—¿Estás rígido por el viaje? —le pregunté.
Sacudió la cabeza, con los ojos fijos en la punta de sus zapatos.
—Me duché pero no estiré en el gimnasio después de que Foster y yo
termináramos.
¿El gimnasio?
—¿El gimnasio de Foster?
—Sí.
Parpadeé, con el cerebro aletargado tratando de entenderlo. ¿Había tenido
tiempo de ir a ver a Foster? Espera.
—¿Cuándo has vuelto?
—Anoche.
—¿Anoche? —Se me cayó la mandíbula—. ¿Por qué no me llamaste?
—Me imaginaba que estabas ocupada. —Jasper se movió, apoyando un pie
en el interior del muslo opuesto. Luego volvió a inclinarse hacia delante,
estirando aquellos músculos largos y fuertes mientras evitaba cualquier contacto
visual.
Resoplé. ¿Esto estaba pasando de verdad? ¿Significaba tan poco para él que
ni siquiera podía llamarme para decirme que había vuelto a Quincy? Hace sólo
un minuto, había estado tan emocionada por verlo. De escuchar su voz. De
enterrar mi nariz en su pecho y aspirar su aroma picante.
Pero había estado aquí. Todo el día. Probablemente contento de tener la
casa para él solo.
Mis manos se cerraron en puños.
—No estaba ocupada,
—Bueno, no estabas aquí. —La acusación, la ira, llenaron su voz áspera.
¿Estaba enfadado conmigo? ¿Qué demonios...?
—Estaba en casa de Lyla porque no quería estar aquí sola. He estado en
casa de Lyla desde que me dejaste el miércoles. Le encantaron los tacos de
pescado, por cierto. Pero dijo que tus galletas necesitan algo de trabajo.
Jasper se incorporó.
Antes de que pudiera decir nada, me di la vuelta y entré furiosa, directa al
baño. Me aseguré de cerrar la puerta lo más fuerte posible y eché la cerradura
porque él no iba a entrar.
—Anoche. —Todo mi cuerpo vibró de furia mientras me quitaba el vaquero 157
y la camiseta. Hice una bola con esta última y la lancé con toda la fuerza de que
fui capaz contra el suelo de baldosas. Después abrí la ducha, sin esperar a que
se calentara el agua para ponerme bajo el chorro.
En el momento en que el agua helada golpeó mis hombros, las lágrimas
inundaron mis ojos.
Había vuelto anoche.
Ninguna llamada. Ningún mensaje. ¿Y luego se enfadó porque no había
estado esperando con ansia su regreso?
—¿Cómo te atreves, Jasper Vale? —susurré mientras se escapaba el primer
sollozo.
Dios, lo había echado de menos. Lo había extrañado tanto que dolía.
Podríamos haber estado juntos anoche. Se nos acababa el tiempo, y él había
desperdiciado toda una noche enojado.
Habría venido corriendo. Habría bastado con una llamada.
Ni siquiera se preocupó por mí lo suficiente como para mandarme un
mensaje.
Las lágrimas caían calientes por mis mejillas mientras el agua fría me
escocía la piel de la espalda. Cuando se calentó, eché la cabeza hacia atrás,
dejando que el agua me empapara el pelo y la cara.
Esto es falso. Esto es falso. Esto es falso.
Una y otra vez repetí esas tres palabras. Y cuando las lágrimas cesaron,
cuando mi pelo y mi cuerpo estuvieron limpios, cerré el grifo y agarré una toalla
blanca de la estantería.
El entumecimiento se extendió por mis venas mientras me peinaba, incapaz
de verme la cara porque el espejo estaba empañado.
Esto es falso.
Era mentira. Y había cometido el horrible error de creer que era real.
La ironía era asfixiante. La única persona en Quincy que sabía la verdad era
la que había caído en la mentira.
Otra oleada de lágrimas me aguijoneó los ojos, pero las enjugué
tragándome el nudo que tenía en la garganta. Con los hombros inmovilizados, la
barbilla alta y una toalla alrededor del cuerpo, abrí la puerta del baño.
Jasper estaba de pie en medio del salón, con los brazos cruzados sobre el
pecho y las piernas abiertas. Tenía la mirada clavada en la puerta del baño, casi
como si hubiera estado allí todo el tiempo que me había duchado. 158
Los tres metros que nos separaban bien podrían haber sido un abismo hasta
el mismísimo núcleo de la tierra.
—¿Conseguiste el trabajo? —Ni siquiera me tembló la voz.
—Me hizo una oferta.
—¿No lo aceptaste?
—Todavía no. Pero probablemente lo haga.
Luego se iría.
Mierda. Me empezó a picar la nariz. Se me salían más lágrimas, y maldita
sea, no quería que Jasper me viera llorar. Miré a mi alrededor, buscando un lugar
donde esconderme. Excepto que esta maldita cabaña no tenía suficientes
paredes o puertas.
Tendría que pasar junto a Jasper para ir al despacho o a la terraza. Como
dudaba que me dejara encerrarme otra vez en el baño, me dirigí a la cocina, sin
pasar por la isla, y esta vez cerré la puerta de un portazo.
Mientras me duchaba, empezó a llover. Aún había luz y el cielo nublado
hacía resaltar los colores alrededor de la cabaña. Las hojas perennes y la hierba
que cubría sus troncos marrones prácticamente resplandecían de verde. La
lluvia caía a cántaros, empapando los árboles. La suciedad, la grava y las hojas
se clavaron en las plantas de mis pies descalzos cuando bajé las escaleras del
porche y pisé el suelo del bosque.
Había un pequeño claro entre los árboles. No era muy grande, pero sí lo
suficiente para que, si uno estiraba el cuello, pudiera ver las estrellas.
Las estrellas aún no habían salido. No había pequeños destellos en el cielo
que me dieran esperanza. Pero, a pesar de todo, incliné la cabeza hacia las nubes
grises, dejando que las gotas de agua me cubrieran la cara.
Esto es falso, Eloise.
¿Por qué era tan difícil alinear una cabeza y un corazón?
—¿Qué estás haciendo? —La voz de Jasper era un murmullo sordo contra el
trueno que retumbaba de fondo.
Aun así, lo oí y lo ignoré.
Hasta que en un momento, mi cara estaba recibiendo gotas, y al siguiente,
la lluvia había cesado. Abrí los ojos, con las pestañas llenas de agua. Y miré
fijamente a Jasper a los ojos.
Mi corazón latía con fuerza. Nuestras respiraciones se entremezclaban. Me
ahogué en su mirada oscura mientras sus manos me acariciaban la mandíbula.
Entonces su boca aplastó la mía y su lengua se introdujo en mi interior con avidez.
El gemido que retumbó en su pecho resonó en mis huesos.
159
Nuestros labios se movían frenéticamente mientras nos aferrábamos el uno
al otro, batiéndonos en duelo de lenguas. Lamió y chupó, devorándome por
completo. Y por todo lo que él derramó en aquel beso abrasador, yo se lo
devolví. El trueno a su relámpago.
Éramos una tormenta.
Dos almas perdidas bajo la lluvia torrencial.
Jasper me besó hasta dejarme sin aliento, con el corazón desbocado.
Entonces se alejó y sus ojos volvieron a buscar los míos.
—Eloise.
Sólo mi nombre. Algo dentro de mí se quebró. Estaba harta de fingir. Estaba
tan cansada de preocuparme por este hombre y no saber una mierda de él.
—Quiero ser tu amiga. —Su mejor amiga. No Foster. Yo—. Quiero que
hables conmigo. O que lo intentes.
El tormento en la mirada de Jasper me retorció el corazón. Me miraba como
si le estuviera pidiendo el mundo.
Puede que sí.
—Quiero conocerte, mejor de lo que nadie te conoce.
Sus manos se acercaron a mi cara, sus palmas apartaron la lluvia y me
acariciaron el pelo mojado.
—¿Qué más quieres?
Quiero que esto sea real.
Pero no lo era.
—Quiero que me beses.
No vaciló. Volvió a pegar su boca a la mía y su lengua se deslizó por mi labio
inferior.
Gemí, agitando mi lengua contra la suya, como él me había enseñado. El
gemido que salió de su garganta, fue mi recompensa.
Jasper me levantó del suelo y esperó a que le rodeara los hombros con los
brazos antes de meterme dentro.
Luego me arrancó la toalla.
Y la usé para limpiar la suciedad de mis pies.
160
Jasper
L
a toalla de Eloise yacía en el suelo de la cocina mientras ella se dirigía
a las escaleras, exhibiendo cada centímetro de su glorioso cuerpo
desnudo.
Esa mujer llevaba una correa invisible.
Donde ella iba, yo la seguía de buena gana.
Mierda, la había echado de menos.
Tanto que dejé de moverme, necesitaba un momento para absorberla. La
piel suave. Esas curvas esbeltas. Su cabello chocolate y sus labios suaves. La
boca que me encantaba besar.
Se dio cuenta de que no la seguía y miró por encima del hombro. Aquellos
deslumbrantes ojos azules eran tan tormentosos como el tiempo. Frustración.
Lujuria. Derrota.
Nuestra realidad era inevitable. Se cernía sobre nuestras cabezas como la
tormenta eléctrica del momento.
Eloise extendió una mano.
La tomé.
Ignoraríamos esa realidad una noche más.
En cuanto llegamos al desván, se tumbó en la cama con el pelo mojado
sobre las almohadas. Me miró fijamente mientras me desnudaba y tiraba la ropa
en un montón junto a los zapatos.
Entonces me subí a la cama, me acomodé encima de ella, y sin tonterías, me
deslicé dentro de su calor húmedo. Y por primera vez en días, pude respirar.
Tarareó, ese sonido de éxtasis, era música para mis oídos. Me rodeó con las
piernas y la abracé con fuerza mientras la rodeaba con los brazos y hundía la
cara en el pliegue de su cuello para aspirar la vainilla, las especias y la tierra. 161
Eloise.
Me había arruinado. En algún momento, me arruinó para cualquier otra
mujer.
Quizá eso debería haberme molestado.
Nos movíamos en tándem, como amantes experimentados que han pasado
años, no meses, aprendiendo los puntos débiles del otro. Nuestros ojos
permanecían fijos, nuestros miembros entrelazados.
Esto no era follar, no esta noche. Era demasiado íntimo para ser
considerado follar. Pero no le pondría la otra etiqueta, ni siquiera para mí. En
lugar de eso, me ahogué en Eloise, y cuando se derrumbó, la seguí en el olvido.
Ninguno de los dos se movió hasta que nuestros corazones dejaron de latir
con fuerza y nuestras respiraciones dejaron de ser agitadas. Entonces rodé sobre
mi espalda, llevándomela conmigo, colocándola sobre mi pecho, sabiendo que
querría quedarse cerca.
Más allá de la puerta del balcón, retumbó el trueno, seguido segundos
después por el relámpago. La lluvia chocó en el tejado.
El dedo de Eloise trazó vagos círculos sobre mi piel, primero en el hombro
y luego en el pectoral, antes de acariciarme el pezón y subir por la garganta.
No eran juegos preliminares. Era sólo ella. Ella tocaba, constantemente. Sin
rumbo.
Había echado de menos este toque, tanto que había cambiado mis planes
en Las Vegas, metiendo en horas lo que había planeado hacer en días. Después
de la entrevista, pasé por mi antiguo gimnasio para ver a unos amigos. Luego fui
a mi casa y empaqué las pocas cosas que había traído para que ayer por la
mañana, cuando me despertara para salir a la carretera, estuvieran listas.
Llegar a la cabaña anoche, no encontrar el auto de Eloise y una casa a
oscuras, había sido un puñetazo.
Quince horas de viaje y estaba desesperado por verla. De meterme en la
cama a su lado y dormir por fin. Al parecer, me había acostumbrado a los
abrazos. Sin ella, no había podido dormir.
Anoche también había estado inquieto. Estuve despierto casi toda la noche,
esperando a que llegara a casa, preguntándome si estaría trabajando en el hotel.
Preocupado por si le había pasado algo.
Finalmente, me había hartado de la preocupación, me había levantado, me
había puesto unos pantalones de chándal y había conducido hasta la ciudad. Pero
no había estado en la recepción del hotel. A través de las relucientes ventanas,
había visto al recepcionista leyendo un libro.
162
Racionalmente, sabía que probablemente estaba con su familia. Tal vez en
el rancho con sus padres. Pero eso no me había impedido pasar por los dos bares
en busca de su auto. También pasé por Willie's antes de volver a casa.
Luego había esperado. Y esperé. Y esperé.
Todo el maldito día para ver a mi esposa.
Sí, debería haberle mandado un mensaje. O haberla llamado. Excepto que
eso habría sido demasiado real. Demasiado revelador.
Así que me enojé. Ni siquiera unas horas con Foster en el gimnasio me
habían ayudado a relajarme.
Luego volvía a casa y bueno... La había echado de menos.
No debía echarla de menos.
Mierda, pero estaba cansado. Cansado de sostener mi mano,
manteniéndola a distancia. Cansado de fingir que el sexo entre nosotros era
nuestra única conexión.
—El.
—Jas. —Apoyó la barbilla en la mano sobre mi pecho mientras con la otra
seguía dibujando esos círculos. Por la mandíbula, luego por el pómulo hasta los
ojos. Me rozó las pestañas y luego me recorrió la línea de la nariz antes de
trazarme los labios.
La derrota y la frustración desaparecieron de su mirada. Otro relámpago
iluminó la habitación, haciendo brillar aquellos iris azules.
Me había pedido que hablara con ella. Que lo intentara.
Me encantaba que supiera que no era fácil para mí. Y por eso, lo intentaría.
—Mi exesposa se llama Samantha. —Este era el mejor o el peor tema para
empezar a explicar el desastre que era mi familia y mi primer matrimonio—. Mis
padres son muy amigos de los de ella, así que la conozco desde que éramos
niños. Y también la amé durante la mayor parte de ese tiempo.
Eloise se puso rígida. El trazo se detuvo.
Así que le tomé la mano y dibujé los círculos por ella hasta que volvió a
tomar el mando.
»Crecí en Potomac, Maryland. Mi madre se dedica a la política. Es asesora
de algunos funcionarios poderosos. Y trabaja en campañas. Durante los años de
elecciones, mamá era prácticamente un fantasma. El año en que el senador al
que asesoraba perdió, bueno... digamos que ella se quedó en su ala de la casa y 163
yo en la mía.
—¿Tu ala? —Los ojos de Eloise se abrieron de par en par.
—Mi padre está en la recaudación de fondos políticos, pero su familia tiene
dinero. —Dinero extremo. Ese dinero les había pagado la vida, aunque ambos
tenían trabajos bien remunerados—. Porque el dinero nunca fue el problema,
trabajan porque les gusta trabajar. —Y la notoriedad. Ansiaban ser el centro de
atención.
—Eso no suena tan mal.
—A menos que seas su hijo. Y naciste por obligación, no por amor.
El trazo volvió a detenerse, pero esta vez no la hice empezar de nuevo.
—¿Qué quieres decir con obligación?
Me encogí de hombros.
—Las familias ricas y poderosas tienen herederos. Que el cielo no permita
que todo su dinero vaya a alguien que lo necesite.
En cambio, sus fortunas se gastaron en propiedades por todo el mundo. En
casas como la mansión de mi infancia, que tenía treinta veces el tamaño de lo que
podrían necesitar tres personas. Hacía años que no volvía a Potomac. Si aquella
monstruosidad de ladrillo rojo, con su extenso césped verde y sus amplios
jardines, llegara a ser mía, la vendería con gusto y donaría las ganancias a obras
benéficas.
—No es que mis padres fueran crueles —le dije a Eloise—. No recuerdo
ningún momento en que mi madre o mi padre me regañaran. No me maltrataban.
No me guardaban rencor. Sólo estaban... desinteresados. —Total y
absolutamente desinteresados.
—¿Cómo podrían estar desinteresados? Eres su hijo.
—Simplemente lo estaban. —Comprendí la confusión en su rostro. Para una
mujer como Eloise, que tenía una familia como la suya, era difícil de
comprender—. ¿Sabes que en aquella cena en el rancho apenas hubo un
segundo de espacio en la conversación?
—Sí.
—Imagina exactamente lo contrario. Así fue mi infancia.
Frunció el ceño.
—Oh.
—Mamá y papá son personas elocuentes. Si los pones en una gala o delante
de un periodista, verás a dos personas bien habladas que encandilan a
cualquiera en cuestión de minutos. No pensarías que si los pones en una mesa
con su único hijo, serían diferentes. Pero es como si tuvieran interruptores de
164
encendido y apagado.
—Y para ti, está apagado.
—Sí. —El dolor en su cara, la simpatía, hicieron que me doliera el corazón—
. No estés triste, ángel. Tuve todos los lujos del mundo cuando era niño. —
Niñeras que me mimaban. Tutores que se aseguraban de que fuera el mejor de
mi clase. Chefs que me preparaban la comida que deseaba.
—El lujo no sustituye al amor, Jasper.
—No, no lo hace. —El dinero no era afecto—. Pero hasta que Samantha se
mudó a Maryland, no sabía nada mejor.
Eloise se movió, como si oír el nombre de Samantha la incomodara. La
estreché contra mí, necesitaba sentir su piel contra la mía después de tantos días
fuera.
—El padre de Samantha también se dedica a la política —dije—. Se
mudaron de Nueva York a Potomac cuando yo tenía diez años. Papá y John se
conocieron en el trabajo y se hicieron amigos. Mamá y Ashley también
congeniaron y, desde entonces, si había alguna actividad o acto, nuestras
familias lo hacían juntas. Yo lo prefería así. Cuando John y Ashley estaban cerca,
mis padres se volvían locos. Y yo tenía a Samantha. Ella fue mi primer todo:
enamoramiento, beso, perdimos la virginidad el uno con el otro a los catorce.
Eloise dejó de mirarme, con la mirada perdida en la almohada por encima
de mi hombro.
—¿Qué? —pregunté.
—Sólo... estoy celosa.
Joder, pero me encantaba que pudiera exponerlo. Que no me lo ocultara.
Si nuestras posiciones fueran al revés, no estaba seguro de poder oír hablar
de sus anteriores amantes. Mierda, el día en el rancho cuando me habló de los
chicos que había traído a casa ya había sido bastante duro.
—¿Sus padres son como los tuyos? —preguntó—. ¿Desinteresados?
—Sí y no —dije—. Ashley es cirujana y trabaja constantemente en el
hospital. John trabaja incluso más que mi padre. No dudo de que quieran a Sam.
Pero ella siempre fue la segunda prioridad. Teníamos eso en común. Nos
dábamos la atención que cada uno ansiaba.
Habíamos llenado ese vacío. En cuanto nuestras familias se reunían, Sam y
yo desaparecíamos, sin que ninguno de nuestros padres se preocupara por lo
que hacíamos. Incluso de adolescentes, nuestros padres no se habían enterado
o no les había importado que desapareciéramos en un dormitorio cerrado y 165
folláramos durante horas.
Sam fue la primera persona que amé. La primera y única persona que me
había oído decir te amo. Le había dado a esa mujer todo lo que tenía. Y aun así
no había sido suficiente.
—Fuimos al mismo instituto privado en Maryland —dije.
Sam y yo habíamos pasado nuestra adolescencia como niños aburridos y
ricos. Con chicos aburridos y ricos. Tres de mis compañeros de clase se habían
graduado con problemas de abuso de sustancias. No había muchas drogas que
Sam y yo no hubiéramos probado. Beber había sido un pasatiempo casual hasta
mi último año, cuando alguien me había sacado la cabeza del culo.
»Sam quería ir a Cornell porque allí se conocieron sus padres. Yo quería
Georgetown. Sobre todo porque quería quedarme en DC.
—¿Por qué? —preguntó Eloise—. ¿No querías alejarte de tus padres?
—Sí. Pero en mi último año de instituto, empecé a practicar kárate en un
dojo local. Fue como si hubiera encontrado una pasión, ¿sabes? Era el lugar
adecuado para mí. Me encariñé con mi sensei y quería conseguir el cinturón
negro. Mudarme a Nueva York significaba un maestro diferente, y yo no estaba
dispuesto a cambiar, empezar de nuevo. Así que Sam se fue y yo me quedé.
—¿Conseguiste tu cinturón negro?
—Sí. Mi segundo año en Georgetown. Obtuve mi segundo grado unos dos
años después de eso. Justo antes de que mi sensei falleciera. De cáncer.
—Lo siento. —Eloise me dio un beso contra mi corazón.
—Yo también. —Le pasé los dedos por el pelo, que ya estaba casi seco—.
Se llamaba Dan. Me cambió la vida.
Había acogido, a un mocoso arrogante y malcriado, bajo su protección. Me
enseñó humildad. Disciplina. Gracia. Respeto. Había sido el padre que nunca
tuve.
—Era viudo. No tenía hijos. Así que cuando hizo la quimio, lo acompañé. Me
sentaba con él en el hospital mientras le inyectaban medicamentos. —Hacia el
final, los médicos habían sido sinceros con los dos. Era terminal. Pero él había
seguido el tratamiento, sin perder nunca la esperanza de un milagro.
Echaba de menos a Dan cada día. ¿Estaría orgulloso del hombre en que me
había convertido? Deseaba que estuviera aquí para poder preguntárselo.
Deseaba que conociera a Eloise porque la adoraría. Y me daría una patada en el
culo por enredarme en un falso matrimonio. Me llamaría pequeña mierda.
»Un día en el hospital, cerca del final, le pregunté por qué me había elegido 166
—le dije—. Por qué me dedicaba tanto tiempo y energía. Qué tenía yo de
especial. Por qué me trataba de forma diferente a sus otros alumnos.
—¿Qué te dijo?
—No contestó. —El nudo en la garganta empezó a ahogarme—. Dijo que si
no podía mirarme en el espejo y saber la respuesta a esa pregunta, no había
hecho un trabajo lo suficientemente bueno. —Me rompió el corazón. Así que me
fui a casa esa noche y me miré al espejo durante una hora. Aún no estoy seguro
de lo que vio.
—Jasper. —La barbilla de Eloise empezó a temblar.
—No llores, ángel.
Ella lloriqueó.
—Puedo llorar si quiero.
—No llores por mí. Por favor. —Sólo hacía esto más difícil.
—Bueno —susurró, apartando las lágrimas.
Esto era lo más que había hablado de mi pasado en, bueno... nunca. Ni
siquiera Foster sabía tanto sobre mi familia. Pero Eloise había dicho que quería
conocerme mejor que nadie. No había mucho que pudiera darle, pero podía
darle esto. Y antes de ir a la boda de Sam, se merecía la verdad.
—Dan murió una semana después de graduarme en Georgetown —dije—.
Yo estaba destrozado.
Mis exámenes habían terminado, por suerte. No habría sido capaz de
concentrarme en un examen. Pero había estado totalmente perdido sin él. Se
había convertido en un ancla. La voz de la razón. Y de repente, estaba a la deriva,
solo con las voces de mi cabeza.
Y de Sam.
»Sam y yo estuvimos juntos durante la universidad. Hicimos lo de la larga
distancia. Nos veíamos cuando podíamos, pero ambos estábamos ocupados. Si
no estaba estudiando, estaba en el dojo. Cuando Dan se retiró, después de
enfermarse, yo ayudé a enseñar. Y quería ampliar mis conocimientos de artes
marciales, así que también empecé a practicar Muay Thai.
Había demasiadas emociones agitándose en ese momento. Con la
universidad. Con Dan. La única forma en que había sabido lidiar con eso era
haciéndolos a un lado. Y siempre había sido más fácil cerrarme emocionalmente
si me canalizaba totalmente en algo físico.
En el instituto, cuando mis padres me habían pasado por alto, había
ignorado ese dolor y, en su lugar, me había perdido en el sexo con Sam. Luego
había empezado en el dojo, y el entrenamiento de artes marciales se había 167
convertido en mi alegría en aquellos días.
—Sam estaba en una hermandad —dije—. Siempre tenían cosas que hacer,
además ella tenía exigencias con las clases. Hablábamos todos los días, pero era
superficial. Ambos estábamos cambiando. Nos movíamos en direcciones
diferentes. No es que me diera cuenta en ese momento.
La retrospectiva era una mierda.
Las banderas rojas habían sido interminables, pero había pasado por alto
todas y cada una de ellas.
—¿Conocía a Dan? —preguntó Eloise.
—Un poco. —Y aunque nunca lo había admitido, ella no le había gustado.
Mirando hacia atrás, podía ver eso ahora también. Tal vez si me lo hubiera dicho,
no me habría casado con ella.
»Ella estaba allí cuando recibí la llamada de que había muerto. Ella también
se había graduado y había vuelto a vivir conmigo. Superamos el funeral y supo
que me estaba desmoronando. No se fue de mi lado, sólo se quedó cerca porque
yo la necesitaba. Creo que le asustaba verme derrumbado. Así que planeó un
viaje para distraerme.
—¿Adónde? —preguntó Eloise.
Tragué con fuerza, sabiendo que lo que iba a decir le dolería. Pero era la
hora de la verdad.
—Las Vegas.
Se incorporó, su cuerpo seguía pegado al mío, pero levantó la barbilla y sus
hombros se pusieron rígidos.
Sí. Esto iba a ser una mierda.
—Se suponía que era sólo por diversión. Una oportunidad para despejarme.
Salimos esa primera noche. Fuimos de fiesta a un club. Una hora después,
estábamos en una capilla para casarnos.
Había sido idea de Sam. Si Dan no hubiera muerto, ¿la habría aceptado? Me
lo había preguntado innumerables veces. Pero esa noche, sólo quería sentirme...
amado.
—Te casaste en Las Vegas —dijo Eloise.
Asentí.
—¿Qué capilla?
Mierda.
—Clover. 168
—Nuestra capilla. —Eloise se incorporó, apretando la sábana contra su
pecho. El horror, la traición, estaban escritos en su expresión—. Así es como
sabías dónde estaba.
—Fui un imbécil por llevarte allí. Lo siento, pero... Pero cuando hablabas
de ese feo dibujo del caballo, cómo lo cubriste con algo hermoso, yo quería eso.
Quería un nuevo dibujo. Quería borrar lo feo de Sam. Y tú eras la mujer más
hermosa que jamás había visto.
Su mandíbula se flexionó, sus fosas nasales se ensancharon como lo hacían
normalmente cuando estaba enfadada. Como había hecho abajo antes de salir a
la tormenta.
—Me habías visto antes esa noche.
—Sí. —Me moví, sentándome para poder fijar mi mirada en la suya—. No te
lo tomes a mal.
—Lo que garantiza que no me gustará lo que vas a decir. —Puso los ojos en
blanco—. Esto debería ser genial.
Maldición, pero me encantó esa mirada. Ese descaro.
—No te había visto antes de esa noche. —Me incliné, dejando caer mi frente
sobre la suya—. Estaba concentrado en Foster. En su pelea. En cambiar mi vida
a Montana, aunque fuera temporalmente. No estaba en condiciones de ver a
nadie.
Eloise suspiró, y con esa exhalación, parte de su irritación pareció
desvanecerse.
—Debería habértelo dicho antes.
—Síp. Al igual que cuando estábamos de pie en el altar. —Me tocó el pecho,
acentuando cada palabra—. Ese habría sido un gran momento para mencionar
que habías estado allí antes.
—Lo siento. —Tomé su mano, apretándola para que no pudiera doblar ese
dedo punzante. Luego me la llevé a los labios para darle un beso—. Lo siento,
Eloise.
Otro suspiro. Y por la suavidad de sus bonitos ojos azules, me perdonó.
—¿Qué pasó entonces?
Me incliné hacia atrás, dejando caer mi mirada a la cama, todavía
manteniendo su mano en la mía.
—Sam y yo nos fuimos a casa. Nuestros padres estaban enojados, por no
decir otra cosa. No es que no esperaran que nos casáramos, es que habían
169
perdido la oportunidad de organizar una fiesta para sus amigos. Para presumir
de su pareja perfecta.
—¿Qué quieres decir con su pareja perfecta?
—Se atribuyeron el mérito de que estuviéramos juntos. Como si fuera algo
que hubieran planeado desde el principio. —Siempre pensé que era ridículo que
mis padres pudieran ignorarme, pero, cuando se trataba de mi matrimonio con
Sam, estuvieran tan enojados por ser excluidos.
»Las cosas con Samantha estaban… bien. —Los cambios que había ignorado
habían empezado a salir a la luz. Pero había seguido ignorándolos—. Yo hacía lo
mío. Ella hacía lo suyo. Ella había conseguido un trabajo, pero yo aún no estaba
seguro de lo que quería hacer, así que seguí trabajando en el dojo y empecé a
entrenar aparte. Así es como me metí en esto. Pasé cuatro años en Georgetown
y no he usado ni una vez mi título.
—¿En qué te licenciaste?
—Comunicaciones.
—¿Comunicaciones? Estás de broma. —Eloise resopló—. Esto es lo máximo
que te he oído hablar. Jamás. Creo que tienes que llamar a Georgetown y pedir
que te devuelvan el dinero. ¿O tal vez fue en Georgetown donde aprendiste a
comunicarte con gruñidos y asentimientos? Porque si ese es el caso, entonces no
te preocupes, nene. Usas tu título todos los días.
Me reí. Fuerte. Incliné la cabeza hacia el techo y dejé que rugiera. Lo dejé
libre. Me reí como no lo había hecho en años, hasta que sólo me quedó una
sonrisa.
Eloise tenía una sonrisa de suficiencia en la cara cuando me enfrenté a ella.
Sabía que se había ganado esa risa. Sabía, sin necesidad de preguntar, que era
rara.
—De todos modos… —Le pellizqué una costilla, haciéndola chillar y
golpear mi mano—. Unos seis meses después, volví a casa del gimnasio y me
encontré con que Sam había invitado a una pareja. Era gente que había conocido
a través de un amigo común.
Un amigo que había despreciado. Otra bandera roja ignorada.
»Pensé que había planeado una cita doble. Así que me di una ducha rápida.
Me uní a ellos para comer. Fueron amables. Fue una cena normal. Hasta que Sam
me apartó más tarde y me preguntó si me gustaba la mujer.
—Espera. ¿Qué? —Eloise se sentó erguida—. ¿Por qué te preguntaría eso?
—Porque ella quería follar al hombre y esperaba que yo follara a la mujer
en la habitación de invitados. Esa fue la noche que me informó que íbamos a
tener un matrimonio abierto.
170
Eloise
—E
stás bromeando.
Jasper negó.
—No.
—Tienes que estar bromeando.
Volvió a sacudir la cabeza.
Mi mandíbula golpeó las sábanas.
Cómo odiaba a su exesposa. La odiaba por la tensión que se apoderaba del
cuerpo de Jasper cuando mencionaba su nombre. Por la forma en que su voz
cambiaba cuando hablaba de ella. Era más áspera, más dura, como si ella fuera
una herida infectada que supuraba, y sólo pensar en ella le causaba dolor. Pero
sobre todo, mi odio se debía a la envidia.
Odiaba que él la hubiera amado durante mucho tiempo. Odiaba que ella
hubiera conseguido sus primeras veces, matrimonio incluido. Odiaba que
hubiera estado con él en la Capilla Clover.
La noche en que nos casamos no fue precisamente especial. No recordaba
las palabras del oficiante. No me había puesto un vestido deslumbrante. No
habíamos intercambiado votos rodeados de amigos y familiares.
Aun así, desde Las Vegas, lo había considerado mío. Nuestro. Aunque este
matrimonio era falso, nunca olvidaría esa hermosa capilla.
Ahora había una fea mancha salpicando las puertas. La mancha se llamaba
Samantha.
Era un caballo feo.
Quizá debería haberme ofendido más por haberme llevado allí. Pero en
cuanto me explicó por qué, que necesitaba un buen recuerdo para eclipsar los
malos, bueno... Me sentí honrada de que Jasper me considerara tan buena. Que 171
yo fuera la belleza que él necesitaba.
Pero seguía odiando a su ex.
Había oído hablar de los matrimonios abiertos a través de los cotilleos de
los famosos y de vídeos aleatorios en las redes sociales. Pero el concepto no era
para mí. ¿La idea de que mi marido follara a otra mujer? No. Rotundamente no.
Yo era demasiado egoísta y territorial para compartir.
—¿Así que Sam te engañó? —le pregunté.
—Ella no lo consideraba engaño porque era simplemente físico. Ella me
amaba. Estaba comprometida conmigo.
Me burlé.
—Entonces su definición de compromiso es diferente a la mía.
Jasper bajó la mirada hacia la sábana que nos separaba y algo en la rigidez
de su cuerpo hizo que se me acelerara el pulso. Como si temiera lo que iba a
decirme.
Oh, mierda. ¿Había aceptado? ¿Estaba de acuerdo con un matrimonio
abierto?
—¿Qué hiciste? —pregunté, no segura de querer saber la respuesta.
Jasper levantó la vista y la agonía de su mirada me partió el corazón.
—Llevé a la mujer al dormitorio de invitados. No sé por qué. Conmoción, tal
vez. Venganza. Estaba furioso y pensé que si follaba a otra mujer, Sam se pondría
celosa. La mujer empezó a tocarme. Se quitó la ropa. Se subió a la cama. Y yo me
quedé de pie junto a la puerta, mirándola fijamente, preguntándome cuándo mi
vida se había convertido en semejante mierda. Así que la dejé desnuda en la
habitación de invitados y fui a la mía. Encontré a Sam y a ese tipo en plena agonía.
Sam estaba encima, montándolo como si fuera su trabajo.
Me encogí de dolor, con una nueva oleada de odio hacia su ex.
»Ni siquiera se detuvo cuando entré en la habitación. —Resopló,
sacudiendo la cabeza. Yo no era la única disgustada—. Se limitó a mirarme, como
si la excitara que su marido la viera follar con otro hombre en nuestra cama. Así
que me dirigí al armario y preparé una maleta.
—¿Te fuiste?
—Sí. Conduje hasta un bar. Me emborraché. Dormí en mi auto.
Oh, Jasper. Ni siquiera estaba segura de qué decir.
—No compartiré, Eloise. —Jasper clavó sus ojos en los míos—. No
compartiré. 172
Levanté la mano para acariciar su mejilla.
—Yo tampoco. Si otra mujer te toca, le corto los dedos y se los doy de comer
a los perros de mi padre.
Aquella declaración salió tan de repente que me quedé helada. No había
forma de que se le escapara lo mucho que había sonado a reclamo. Un
compromiso de más de dos o tres semanas más.
Pero Jasper sólo rio, con ese sonido grave y áspero. Esa estaba en el
segundo lugar después de aquella risa libre y bulliciosa que le había arrancado
antes. Tal vez, si tenía suerte, volvería a oír aquella risa antes de que se marchara
de mi vida.
—¿Qué pasó después del bar? —pregunté.
—Volví a casa a la mañana siguiente. La casa estaba limpia. Olía a jabón de
lavandería. Sam había lavado la ropa de cama. Y fingió que no había pasado
nada.
Parpadeé.
—¿En serio?
Jasper asintió.
—¿Qué hiciste?
—Le dije que se largara de mi casa. Y que tendría noticias de mi abogado.
El orgullo hinchó mi pecho.
»Todo se complicó después de eso —dijo—. Sam no quería el divorcio. Ella
seguía tratando de convencerme de que el matrimonio abierto sería bueno para
nosotros. Una oportunidad para explorar nuestros deseos básicos pero
permanecer juntos.
—Claro que sí. —Puse los ojos en blanco. Perra.
—La otra mujer mintió. Le dijo a Sam y a su marido que la follé.
—No.
—Sam le creyó. Todavía piensa que pasó. Le gusta mantener eso sobre mi
cabeza.
Porque Sam era una imbécil malcriada y manipuladora. Con razón Jasper
rara vez hablaba de su pasado. Entre sus padres y su ex, yo tampoco hablaría de
ellos. Imbéciles.
»Sam no se iba de la casa —dijo—. A pesar de que era mía. Así que acabé
siendo yo quien se mudó. Empaqué lo que era importante, que era menos de lo
que esperaba, y dejé el resto atrás. Puse la casa en venta sin decírselo. Un día 173
volvió del trabajo y se encontró un cartel de venta.
—Tienes un lado vengativo. —Reí—. Me gusta.
—Sí. —Sus ojos se arrugaron, con el fantasma de esa sonrisa, pero
desapareció demasiado pronto—. Sam es bastante rencorosa.
—Uh-oh. ¿Qué ha hecho?
—Hizo un berrinche. Les dije a sus padres y a los míos que estábamos
pasando por un mal momento y que me negaba a trabajar en nuestro matrimonio.
—¿Sabían que te engañó? —Fue infiel. Si Jasper no hubiera querido un
matrimonio abierto, entonces todo lo que había hecho era engañarlo.
Exhaló.
—Podría habérselo dicho, pero no lo hice.
—¿Por qué? —Esa mujer lo había utilizado, lo había traicionado, pero él no
le había echado la culpa. ¿Por qué? La respuesta vino a mí antes de que pudiera
decirla—. Porque la amabas.
—Algo así.
Maldita sea, eso dolía, saber que una mujer que no lo había merecido era
la que se había ganado su amor.
¿Todavía la amaba? Mi corazón no podía aceptar esa respuesta, así que no
hice la pregunta.
—Obviamente, conseguiste el divorcio.
—Tardé seis meses —dijo—. No quería estar cerca de ella y, sin Dan, era
más fácil alejarme. Un amigo de un amigo acababa de mudarse a Las Vegas.
Había conocido a algunos luchadores de la UFC. Sabía de algunos gimnasios que
buscaban entrenadores e instructores. Parecía una buena idea mudarme al otro
lado del país. Así que lo hice y dejé que mi abogado se ocupara de Sam.
—¿Y tus padres? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Reaccionaron como esperaba. Lo que significa que no les importaba una
mierda que su hijo estuviera pasando por un infierno.
—Dime por qué vamos a esta boda.
A estas alturas, preferiría meterme brotes de bambú por las uñas que
conocer a Samantha o a sus padres.
Jasper bajó la mirada hacia la sábana y arrancó el algodón.
—Durante mucho, mucho tiempo, fui de Samantha. Es una persona muy 174
posesiva.
—¿Y aun así ella estaba de acuerdo con que follaras a otras mujeres? ¿Qué
sentido tiene eso?
—Su juego. Sus reglas.
—Eso sigue sin tener sentido, pero da igual. —Ya había gastado más
energía hacia esa mujer de la que se merecía por romperle el corazón. No iba a
intentar entender sus motivos.
—Sam rara vez ha tenido gente que le diga que no. Ni sus padres. Ni
siquiera yo. Ella es... terca. Presiona y presiona y presiona hasta que se sale con
la suya. Aprendí hace mucho tiempo que era más fácil dejarla que pelear.
¿Por eso había llevado a esa mujer a su habitación de invitados?
Probablemente. Me estremecí, empleando toda mi fuerza mental para apartar de
mi cabeza las imágenes de Jasper con cualquier otra mujer. Sam incluida.
—Cuando me alejé de ella, perdió. La batalla terminó. Pero ella sigue
luchando.
—¿Qué quieres decir?
—Sam y yo todavía hablamos. —Tragó saliva—. Ella me llama.
—¿Y contestas? A pesar de que se va a volver a casar. Aunque estés
divorciado. ¿Por qué?
—Es... tóxico.
No me digas.
—¿Qué quieres decir exactamente con tóxico?
Probablemente fue una tontería por mi parte preguntar. Probablemente
estaba abriendo la puerta para que me dijera que siempre estaría enamorado de
ella. Pero si hablaban, si iba a ir a esa boda, tenía que saberlo.
—Sam me llamaba y me preguntaba por las mujeres que follaba. Y yo se lo
contaba. Le contaba cada detalle. Era mi venganza. Me preguntaba si me
imaginaba su cara mientras estaba dentro de otra mujer.
Jadeé.
—Eso es...
—Jodido.
—Espera. ¿Le hablaste de nosotros? —Oh Dios. Si se lo hubiera dicho,
nunca me recuperaría de la humillación.
Jasper se encontró con mi mirada, y mi pecho se partió. 175
—Lo hiciste —susurré.
Asintió.
—Cómo te atreves, Jasper Vale. —Tomé la única arma a mi alcance. Una
almohada. Y se la golpeé en la cabeza.
—Lo siento.
Volví a golpearlo con la almohada. Ni siquiera intentó bloquearla.
—¿Qué le dijiste?
—Que eres la mejor que he tenido.
Apreté los dientes. Mis manos agarraron las sábanas.
—¿Qué más?
—Eso.
Volví a golpearlo con la almohada.
—No tenías derecho. Eso es privado, Jasper.
—Lo sé, ángel. Lo sé. —Se inclinó hacia mí, sus manos ahuecaron mi cara
mientras sus ojos buscaban los míos—. Lo siento.
—¿Lo dijiste en serio? —Parecía una pregunta tonta ante una traición. Pero
necesitaba saberlo.
—Sin duda.
Bueno, al menos eso era algo.
—¿Y la ves? ¿Cuando estás conmigo? —Por favor, di que no.
—No, El. Te veo a ti. Sólo a ti.
¿Por qué eso no me hizo sentir mejor?
—¿Por qué contestas a sus llamadas?
Me dedicó una sonrisa triste.
—Durante mucho, mucho tiempo, ella era todo lo que tenía.
Lo comprendí. Mientras yo tenía a mis padres, hermanas y hermanos en los
que apoyarme, Jasper sólo había tenido a Samantha. Ella había sido su persona.
Y respondía a sus llamadas porque no estaba listo para dejarla ir.
»Sam intenta mantenerme conectado a nuestra antigua vida —dijo,
dejándome ir—. Me trae viejos recuerdos, historias. Sobre todo de nosotros
juntos. Los viajes que hicimos. Las películas que veíamos o los chistes internos
que compartíamos. Pero también me recuerda las estupideces que hice en la
escuela. Los días antes de encontrar el dojo de Dan.
—¿Cómo qué? 176
—Beber. Algunas drogas.
—Oh.
—No estoy orgulloso. Pero ocurrió.
—Lo entiendo. —Había muchos chicos en Quincy que bebían. Algunos
experimentaban con drogas. Las fiestas de pueblo eran un rito de iniciación—.
¿Qué más hace?
—Almuerza con mi madre, luego me llama y me cuenta una historia de
mierda sobre cómo mamá desea que la llame. Que fuera a casa a visitarla. Intenta
hacerme sentir culpable por desconectarme de ellos.
—¿No hablas con tus padres?
—Solía hacerlo. Pero ya no.
—¿Por qué?
—El teléfono va en ambas direcciones, ángel.
Claro. Y si no les importó lo suficiente como para acercarse, ellos se lo
perdieron.
»Sam me conoce bien. A pesar de lo mucho que lucho con mis padres, sigo
siendo su hijo. Aun así nunca dejó de esperar que me dieran el interruptor de
encendido.
Se me estrujó el corazón. Bueno, odiaba a sus padres más que a Sam. Tal
vez. Era un cara o cruz.
Jasper se merecía el interruptor de encendido. ¿Por eso dudaba tanto de mi
familia? ¿Porque ni siquiera sabía cómo eran unos padres cariñosos? Que jodan
a Sam por jugar con su vulnerabilidad.
—¿Entonces ella te llama para culparte y que regreses?
—Básicamente. No la he visto ni a ella ni a mis padres desde el divorcio.
Vaya. Eso era mucho tiempo.
»Durante años, creo que pensó que si conseguía que volviera a casa, la
aceptaría de nuevo. Sam, sus padres, los míos... todos piensan que pasé por
algún tipo de crisis y que por eso me mudé a Las Vegas. Pero lo que ninguno de
ellos ha tratado de entender es que tengo una vida mejor. Que soy feliz como
entrenador. Que no necesito ni quiero un centro de atención. Que su dinero
podría hundirse en el fondo del océano y no me importaría.
No vieron lo bueno que había en él. No vieron lo que lo hacía especial.
Pero yo sí.
—Sigo enfadada contigo por contarle lo de nuestra vida sexual.
177
—Yo también estoy enfadado conmigo. —Me tomó la mano y se la llevó a la
boca para besarme las yemas de los dedos—. Perdóname. Por favor.
—Si alguna vez le dices a otra persona sobre nosotros, te daré de comer a
los perros de mi padre.
—Me parece justo.
—Bien. Entonces te perdono.
Quizá debería haberme enfadado más. Aferrarme a mi ira con un agarre de
acero. Pero por mucho que me molestara, me avergonzara, que una extraña
supiera que teníamos un sexo increíble, esa extraña también era su ex.
Y a una parte de mí le gustaba que le hubiera echado algo en cara.
Así que me moví y las sábanas crujieron. Estábamos cerca, pero no lo
suficiente. Me arrastré hasta su regazo y me acurruqué contra su pecho.
Tardó un momento, pero sus brazos me rodearon. Igual que cuando dormía.
Lo abracé.
Y Jasper me abrazó.
—Sigo sin entender por qué vamos a la boda. —Si se había alejado, si había
encontrado una vida mejor, ¿por qué volver a meterse en el pozo negro?
—Como te dije, la invitación que me envió era un reto.
—Un desafío. —Mi mano fue a su pecho, trazando remolinos en su piel—.
Para ver si tenías agallas para enfrentarte a ella.
—Más o menos. Y seguro que quiere restregarme a su nuevo marido.
—¿Quién es?
Jasper nos cambió de sitio, echándose hacia atrás para apoyarse en las
almohadas, pero me mantuvo en su regazo.
—Un tipo que fue a nuestro instituto. Era un imbécil por aquel entonces.
Dudo que eso haya cambiado.
—¿Y si los mandas a la mierda?
—Entonces ella ganaría.
Así que Jasper también seguía luchando. Seguía resistiendo. Todavía estaba
tratando de demostrar que había tomado la decisión correcta. Que no era un
fracaso por alejarse.
—Voy porque necesito verla. Enfrentarme a ella.
178
¿Porque todavía la amaba?
—¿Sabe que voy a ir contigo?
Asintió.
—¿Sabe que estamos casados?
Volvió a asentir.
—Me llamó hace un rato. Se lo dije.
Probablemente la misma llamada cuando le había dicho que yo era el mejor
sexo de su vida. Toma eso, Sam.
—¿Tus padres saben de mí?
—Unos días después recibí un correo electrónico de papá. Decía que le
habían dado la noticia. Que estaba deseando conocerte en la boda.
—Oh. ¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Un correo electrónico educado y superficial. Mis hermanos habían
irrumpido en mi casa para enfrentarse a Jasper. Mis padres probablemente
estaban escribiendo cartas para una intervención.
Jasper había dicho que sus padres no eran crueles, pero yo estaba en total
desacuerdo. Sus padres eran la definición de crueles. Ignorar a un niño era cruel.
Tener un hijo para que su riqueza tuviera un lugar de aterrizaje... cruel.
Era desgarrador. No me extrañaba que se aferrara a Dan.
Sólo deseaba que cuando le hubiera preguntado a Dan por qué era
especial, Dan se lo hubiera dejado muy claro. Ojalá Dan le hubiera dicho a Jasper
que era increíble. Que era amable. Y que, aunque estuviera oculto tras una
plétora de puertas cerradas, Jasper tenía un buen corazón.
Dan debería haberle dicho que era importante.
Bueno, yo no cometería el mismo error. Antes de que esto terminara, Jasper
tendría al menos una persona en su vida que le dijera que era digno de amor.
—Te estoy utilizando, El. —Los brazos de Jasper se cerraron con más
fuerza—. Al llevarte a esta boda, te estoy utilizando porque quiero arrojar tu
hermosa cara en la de ellos.
¿Esperaba que eso me sorprendiera? ¿O que me enfadara? No lo hizo.
—Claro que sí. Vamos a ir juntos, y me voy a ver sexy.
Jasper me miró fijamente, con los ojos muy abiertos y sin pestañear.
—¿Qué?
—Nada. 179
Dejó caer su frente sobre la mía.
—Gracias.
—De nada.
—No estoy seguro de merecerte.
—Oh, probablemente no —bromeé, ganándome una risita. No era para
reírse, pero aceptaba lo que me diera aquel hombre.
—No será un viaje divertido —murmuró.
La boda era en Italia, algo de lo que me había enterado hacía seis semanas,
cuando Jasper me había preguntado si tenía pasaporte. Estaba en la caja fuerte
de la casa de mamá y papá. Lo había tramitado simplemente para tenerlo, en
caso de un viaje espontáneo. Todavía tenía Eden como apellido. Igual que mi
carné de conducir.
No tenía sentido cambiarlos por Vale, sólo para volver a cambiarlos.
—Será la primera vez que vaya a Europa —le dije—. Me voy a divertir, pase
lo que pase.
—Está bien. —Me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja—.
Entonces nos divertiremos.
—Yo, um, te compré algo. —Llevaba semanas esperando el momento
adecuado para hacerlo. Los nervios se apoderaron de mí cuando me aparté del
regazo de Jasper y me estiré hacia la mesita de noche, en mi lado de la cama.
Abrí el cajón y palpé hasta que mi dedo rozó el pequeño círculo metálico.
Lo metí en la palma de la mano y luego volví a mi sitio en el regazo de Jasper,
dejando que me rodeara los hombros con la sábana.
»Ya que vamos a esta boda por venganza, y me conseguiste un anillo antes
de la cena con mi familia. Toma. —Con él apretado entre mis dedos, levanté el
anillo que había pedido por internet.
Era de titanio. Simple pero atrevido, como Jasper. El interior y los bordes
exteriores estaban pulidos hasta brillar, pero el centro tenía un brillo mate.
Jasper se quedó mirando el anillo, pero no hizo ademán de quitármelo de
la mano.
Mis nervios se duplicaron.
—Dijiste que no usabas anillos.
No dejaba de mirarlo, como si al tocarlo el metal fuera a quemarle la mano.
Bueno, mala idea. Estaba a punto de volver a meterlo en el cajón, de hacer
como si nunca hubiera existido, cuando él se movió, girándonos a los dos tan 180
rápido que apenas me di cuenta de lo que hacía hasta que quedé tumbada boca
arriba.
—Gracias. Por el anillo. —Jasper se cernió sobre mí, sus ojos buscando los
míos.
—No tienes que ponértelo. Sólo era una idea.
—De acuerdo —susurró. Entonces su boca reclamó la mía y su lengua se
introdujo en mi interior. Me besó hasta dejarme sin aliento, hasta que le pedí
más.
Nos aferramos el uno al otro hasta mucho después de que pasara la
tormenta. Hasta que me quedé sin energía y caí en un profundo sueño.
En algún momento de la noche, el anillo se me escapó de los dedos y
desapareció. Se perdió entre la maraña de sábanas.
A la mañana siguiente, cuando dejé a Jasper durmiendo para ir a trabajar,
lo único que sabía era que el anillo no estaba en su dedo.
181
Jasper
H
abía tres parejas en el vestíbulo del hotel. Dos charlaban entre sí y
la tercera estaba en el mostrador de recepción, hablando con Eloise.
Sonrió mientras hablaba, irradiando esa luz preciosa, y les
entregó sus tarjetas llave. Hoy llevaba el pelo recogido, sin un mechón fuera de
lugar. La camisa blanca abotonada que usaba, estaba planchada y lisa sobre sus
hombros delgados. Cuando señaló los ascensores, mi anillo en su dedo brilló
bajo las luces del vestíbulo.
Entré y caminé hacia la chimenea.
La mirada de Eloise se desvió hacia mí. Sonrió un poco más, pero por lo
demás no perdió detalle de sus clientes.
Se había escapado esta mañana. O tal vez se había despedido y yo me la
había perdido. Anoche fue la noche más dura que había dormido en años.
Era extraño que mi pasado saliera a la luz. Una parte de mí se sintió aliviado.
Eloise debería saber en qué se estaba metiendo antes de la boda. Pero una
inquietud, una vulnerabilidad, se había agitado esta mañana, mezclándose con
el alivio. La combinación me había dejado en carne viva.
Nadie sabía toda la verdad sobre mis padres o Samantha. Y aunque Sam
había estado allí, yo le había contado a Eloise cosas sobre Dan que ni siquiera
Sam sabía.
Eloise quería conocerme mejor que nadie. Ahora lo hacía.
¿Cuánto tardaría en darse cuenta de que podía hacerlo mucho mejor?
Tal vez ya lo había hecho. Tal vez contaba los días para que terminara la
boda y fuera libre.
Mientras tanto, empezaba a temer cada uno de los días que pasaban. El
tiempo pasaba demasiado rápido.
182
Eloise terminó con uno de los huéspedes y le indicó al siguiente que se
acercara. Me senté en uno de los sofás de cuero del vestíbulo y eché un vistazo
a mi alrededor mientras esperaba.
La luz del sol matutino entraba por las ventanas. No había visitado la posada
a menudo, pero era la primera vez que no había fuego en el hogar. En lugar de
un aroma a madera y humo, olía a primavera. Fresco. Limpio. Había un pequeño
ramo de flores en la mesita junto a tres revistas ingeniosamente ordenadas.
Cada detalle estaba pensado para que los clientes se sintieran bienvenidos.
No me cabía la menor duda de quién había comprado esas flores o colocado esas
revistas.
—Hola, Jasper. —Knox Eden rodeó el extremo del sofá, con la mano
extendida. Los tatuajes de su brazo eran visibles hoy bajo las mangas cortas de
su camiseta de Knuckles.
—Knox. —Me levanté, estrechando su mano mientras la tensión se
apoderaba de mis hombros.
Nuestro primer encuentro en el antiguo alquiler de Eloise no había sido
genial. La cena en el rancho no había sido mucho mejor. Su familia era...
diferente. La noche y el día a la mía.
Anoche, después de que Eloise se durmiera acurrucada a mi lado, pensé
largo y tendido en mi familia. En Samantha. Sobre esas llamadas telefónicas que
había estado atendiendo durante años.
¿La razón por la que siempre contestaba era porque ella era la única que
llamaba? ¿Porque Sam era mi única conexión con algo parecido a la familia? ¿Era
por eso que me resistía tanto a los Eden? ¿Algún resentimiento por los míos que
proyectaba en su familia?
Tal vez.
O no.
Seguían sin apoyarla como se merecía. Seguían queriendo cambiarla.
—Eloise dijo que ustedes se van a una boda pronto —dijo Knox—. ¿A Italia?
Asentí
—La Costa Amalfitana.
El viaje duraría veintidós horas con las diversas paradas y cambios
horarios. Saldríamos el jueves por la mañana temprano para llegar a Nápoles el
viernes a mediodía.
—Está emocionada— dijo Knox.
183
—Yo también —mentí.
La boda probablemente sería un desastre. Y aunque estaba deseando pasar
un fin de semana fuera con Eloise, en hoteles y tiempo a solas, este viaje marcaba
el final.
Su risa resonó en el vestíbulo, llamando mi atención. Su sonrisa era más
brillante que cualquier bombilla. Cualquier estrella. Estaba radiante,
completamente en su elemento.
—Le encanta este hotel —le dije a Knox.
—Sí. Siempre fue así.
—Este es su sueño. —Sumergirme en el negocio de la familia Eden no era
realmente mi lugar, pero el objetivo de nuestro matrimonio era asegurar su
futuro aquí. Por eso, por su sueño, me zambulliría en lo más profundo—. Ella lo
quiere más que nada.
—Es de ella. Quizá no oficialmente. Todavía no. Pero mamá y papá saben
que es suyo.
Volví la mirada hacia ella, hacia esa sonrisa que cortaba el aliento.
—Tiene miedo de que se lo quiten.
—No lo harán.
—¿Estás seguro? —le pregunté a Knox.
Me dedicó una sonrisa de disculpa, como si el hecho de que tuviera que
preguntar fuera un fracaso por parte de su familia.
—No nos conoces muy bien. Nos cuidamos mutuamente. Puede que no
hayamos coincidido en el pasado, pero nuestros padres también saben que es
su sueño. Quieren que ese sueño se haga realidad para ella.
—¿Seguro? —La misma pregunta y la misma sonrisa de disculpa.
—Cien por ciento.
¿No era esto todo lo que necesitaba oír? La seguridad de Knox significaba
que este matrimonio no había jodido la reputación de Eloise. Su familia todavía
la veía como responsable. Ahora podía irme.
Excepto que algo estaba pasando aquí. Algo que no podía entender. Era
como si mis zapatos fueran cada vez más pesados. Como si hubiera raíces
creciendo bajo mis pies.
Y tiraban de mí hacia la mujer de la recepción del hotel.
La idea de volver a estar atado a alguien me revolvía el estómago. Pero
cuando mi mirada se desvió de nuevo hacia Eloise, hacia aquella sonrisa, la 184
agitación disminuyó. No se detuvo, pero se calmó.
Knox siguió mi mirada, mirando fijamente a su hermana.
—Este hotel es el corazón de Quincy. Y Eloise es el corazón de este hotel.
No lo rompas.
—No lo haré.
Una promesa tonta. Pero la hice de todos modos. Lastimar a Eloise no era
una opción.
Si quería que me fuera, si quería su propia libertad, me iría.
Pero si ella quería que me quedara…
Había sucedido la noche anterior, cuando estaba en el porche de la casa,
viendo a mi mujer bajo los árboles, vestida sólo con una toalla, dejando que la
lluvia le empapara la cara.
Eloise era mi esposa.
No había nada falso en este matrimonio. Ya no.
Así que pasaríamos esta boda en Italia. Luego hablaríamos. Una vez que
viera el mundo de donde yo venía, podría decidir.
Si ella seguía queriendo terminar, me iría.
Una vez registrado el último huésped, Eloise esperó a que recogieran su
equipaje y se dirigieran hacia los ascensores. Entonces bajó de su taburete y se
acercó, con los pies prácticamente flotando sobre el suelo de madera.
Se movía con gracia. Con ligereza. Como si tuviera alas invisibles.
—Hola, ángel. —Extendí un brazo, esperando a que se deslizara a mi lado.
Entonces dejé caer un beso en su cabeza.
—Hola. —Sus ojos brillaron cuando levantó la vista, probablemente
contenta de que yo estuviera dando un espectáculo para su hermano. O tal vez,
si tenía suerte, ella estaba tan contenta de verme como yo de verla a ella—. ¿Qué
haces aquí?
—Pensé en ver si querías ir a almorzar ya que no trajiste nada para comer.
—¿Cómo supiste que no traje un almuerzo?
Porque no había un cuchillo cubierto de mantequilla de cacahuete y
mermelada cuando metí los platos del desayuno en el lavavajillas esta mañana.
—¿Tienes?
—No. —Ella sonrió—. Iba a conseguir algo de Lyla o rogarle a mi hermano
mayor favorito que me hiciera el almuerzo. 185
Knox se rio entre dientes.
—Griffin es tu hermano mayor favorito.
—Sí, pero esta es tu oportunidad de vencerlo.
—Eso dijiste la última vez que te hice la comida.
—¿Si? Oh. —Levantó un hombro—. ¿Ves? Ya eres el favorito. Te felicito. Así
que sobre ese almuerzo…
Knox negó, su mirada cambiando en mi dirección.
—¿Te gusta el atún?
—Sí. —Asentí.
—Nuestra camioneta de reparto acaba de llegar. Déjenme ayudar al equipo
a guardar todo y luego les prepararé el almuerzo. He estado queriendo probar
algo, pero Memphis no quiere comer atún en este momento, así que pueden ser
mis sujetos de prueba. Dame treinta.
—Gracias. —Eloise apoyó su mejilla contra mi pecho—. Te debo a ti y a
Memphis una noche de niñera.
—Trato hecho. —Knox le guiñó un ojo y se dirigió hacia Knuckles.
—Bien, déjame hablar con los empleados y que venga alguien a atender el
mostrador. —Eloise se fue de mi lado.
—Pasaré el rato. —Le hice un gesto con la barbilla para que se fuera a hacer
sus cosas mientras yo seguía sentado en el sofá, leyendo un artículo en Internet
sobre un hombre que completó 101 triatlones consecutivos en 101 días.
Si Foster no estuviera peleando, tal vez podría entrenar para una carrera.
Un Ironman o algo así.
Trabajar como entrenador nunca había sido cuestión de dinero. Como
miembro de la familia Vale, tenía mi propio fideicomiso. Esa fortuna, a mi
nombre desde que nací, estaba casi intacta. No necesitaba ni quería una vida
ostentosa.
Pero me dio libertad. Libertad para comprar una cabaña en Montana.
Libertad para pagar en efectivo un anillo de diamantes en la joyería local de
Quincy. Libertad para asegurarme de que si los Eden alguna vez vendían la
posada, yo la compraría sin dudarlo por Eloise.
Y aunque no necesitaba trabajar, me gustaba fijarme metas. Desafíos. Tal
vez podría convencer a Foster para hacer una carrera. Los dos podríamos
entrenar juntos. Había una carrera Spartan en Bigfork en mayo. La habíamos
perdido este año, pero tal vez el próximo. 186
Si todavía estuviera en Montana.
Eloise apareció por encima de mi hombro, dejando caer los antebrazos
sobre el respaldo del sofá.
—¿Listo?
—Sí. —Asentí, guardé mi teléfono y la seguí al restaurante.
—Los lunes suelen ser lentos —dijo, haciendo un gesto a la camarera que
nos indicó que fuéramos a la mesa que quisiéramos.
Eloise eligió una en el centro de la sala, así que le retiré la silla y luego me
senté junto a la suya.
—¿Por qué siempre te sientas a mi lado? —preguntó.
—¿Qué quieres decir?
—Nunca te sientas frente a mí cuando comemos. Siempre te sientas a mi
lado. ¿Es como una cosa de modales de la Costa Este?
No, simplemente no me gustaba tener una mesa entera entre nosotros. La
esquina era suficiente.
—Así es más fácil hablar.
—Porque hablas mucho —bromeó.
—Hablo contigo.
Sus ojos se suavizaron.
—Supongo que sí.
La conversación de anoche parecía pender sobre nuestras cabezas. O tal
vez sólo la mía.
—¿Sabe Foster lo de tu ex?—preguntó.
—No.
—¿Por qué me lo dijiste?
Tenía una pestaña en la mejilla. Me acerqué y pasé el pulgar por su piel,
recogiendo la pestaña. Con ella en el dedo, se la tendí.
—Me pediste que lo intentara.
Eloise se quedó mirando la pestaña durante un largo momento, como si
estuviera pidiendo un deseo, y luego la apartó con un soplido, haciéndola flotar
hasta el suelo. Desenrolló los cubiertos de su servilleta antes de dejar el paño
blanco sobre su regazo.
—¿Vas a aceptar ese trabajo? 187
Sólo si quería que dejara Quincy.
—No lo sé. El tipo parece bastante agradable. Es joven. Lo que significa que
es entrenable o que cree que ya lo sabe todo. No pasé suficiente tiempo con él
para averiguarlo.
—¿Por qué no lo hiciste?
Desenrollé mis propios cubiertos, esperando a que ella respondiera a su
propia pregunta.
—Me has echado de menos —susurró, casi como si no creyera que fuera
real.
La camarera se acercó con vasos de agua helada, interrumpiendo nuestra
conversación para saludar a Eloise y presentarse a mí. No se molestó en anotar
nuestro pedido porque Knox ya le había dicho que nos preparaba la comida.
Apoyé los antebrazos en la mesa mientras la camarera se iba.
—Pensé que podríamos hablar de logística sobre la boda.
—Muy bien. —Eloise giró los anillos de su mano izquierda, en el sentido de
las agujas del reloj.
—Llegaremos el día antes de la boda. Pensé que necesitaríamos un poco de
tiempo para adaptarnos a la diferencia horaria. Dormir un poco.
—¿Y explorar? —Juntó los dedos pulgar e índice—. Sólo un poquito.
Dormiré cuando lleguemos a casa.
—Y podemos explorar. —Haríamos lo que su corazón deseara—. La boda
es el sábado por la tarde. Pensé que podríamos saltarnos la ceremonia. Sólo ir a
la recepción.
—Me parece bien. —La mirada de Eloise se dirigió a la mesa.
La ceremonia sería aburridísima. Y no me apetecía sentarme al lado de mis
padres más tiempo del necesario.
—Mis padres estarán allí, así que los conocerás.
—Y probablemente me odiarán porque no soy Sam. —Se sentó más alta,
levantando la barbilla—. No es que me importe. Después de todo lo que me
dijiste anoche, ya los odio también.
Esta mujer. Era una guerrera, luchando en mi esquina. Lista para ir a la
batalla.
Eso iba a ser lo más difícil de entender para ella. No habría batalla, ni con
mi madre ni con mi padre. No les importaba lo suficiente como para odiar. Para
luchar. Al menos, no por mí. 188
Eloise se daría cuenta muy pronto. Pero de momento, si quería prepararse
para algún enfrentamiento con mamá y papá, la dejaría.
Lo más probable era que necesitara ese escudo para Samantha.
—Necesito que recuerdes algo —le dije.
—¿Qué?
—Es todo mentira. Lo que piensan de mí. El hombre que solía ser. Lo que
creen que pasó realmente con Sam. Nada de eso es real. No te creas nada. Sólo...
confía en mí.
—Bastante fácil. Ya lo hago. —Pronunció las palabras sin esfuerzo. Como
una mujer que había vivido su vida confiando.
La inmundicia del mundo intentaría aprovecharse de su corazón puro. Eso
estaba bien. No necesitaba cambiar. Preocuparse. Ella no era la única guerrera
en esta mesa.
Podía prepararse todo lo que quisiera, nadie en esta boda iba a joderla.
Mis padres no.
Y ciertamente no Sam.
O por primera vez, soltaría todos los secretos sucios de mi ex mujer.
Incluso si eso significaba derramar los míos en el proceso.
189
Eloise
L
os días pasaron en un torbellino. Hacía demasiado tiempo que no me
tomaba vacaciones en el hotel, y tener todos los turnos cubiertos,
planificar las copias de seguridad de nuestras copias de seguridad,
había consumido mi vida.
Hacer la maleta había sido horrible. No tenía ningún vestido elegante, pero
cuando le dije a Jasper que iba a tener que ir a Missoula a comprarme uno cuando
no tenía tiempo, hizo que me enviaran diez de un día para otro a Quincy.
Diez vestidos. Todos de diseñador. Me había encantado cada uno, y cuando
no había podido elegir un favorito, él había elegido el suyo.
Ese vestido estaba colgado en el baño de la suite de nuestro hotel para que
las arrugas del viaje se aflojaran mientras yo estaba en nuestro balcón privado,
observando el paisaje.
Italia. Estaba en Italia. Con mi marido.
Si hace tres meses alguien me hubiera dicho que estaría aquí, nunca lo
habría creído.
Jasper y yo nos alojábamos en un hotel del siglo XI. Sólo había cincuenta
habitaciones y suites, cada una ocupada por un invitado de boda. El encantador
edificio, con ventanas redondeadas y tejados de terracota, se había construido
en la ladera de una colina con jardines en terrazas que se extendían bajo nuestro
balcón del tercer piso. Desde allí, la vista era impresionante.
La costa rocosa rebosaba de exuberante vegetación y edificios color crema.
Puentes con soportes arqueados cruzaban los escarpados acantilados grises.
Estrechas franjas de playas arenosas se intercalaban entre las rocas. Y más allá
estaba el océano, que se extendía kilómetros y kilómetros hasta el
resplandeciente horizonte besado por el sol poniente.
Me negué a parpadear, no quería perderme ni un segundo de la 190
deslumbrante vista.
Las más de veinte horas de viaje me habían agotado. Ayer, cuando por fin
aterrizamos en Nápoles, estaba tan agotada que ni siquiera las vistas habían
conseguido abrirme los ojos. Durante la hora que duró el trayecto del aeropuerto
al hotel, el hombro de Jasper fue mi almohada.
Cuando nos registramos en la habitación, insistió en que me quedara
despierta hasta después de cenar, porque quería que me adaptara a la diferencia
horaria y durmiera por la noche. Exploramos la ciudad durante unas horas, y
encontramos una cafetería encantadora para cenar. Luego me llevó a la
habitación, donde me mantuvo despierta otra hora. Después de dos orgasmos,
me quedé dormida.
Pero el sueño había hecho maravillas. Cuando me desperté esta mañana,
Jasper ya había pedido el servicio de habitaciones. El desayuno nos esperaba en
la sala de estar de nuestra suite y, después de una deliciosa comida, como
habíamos prometido, seguimos explorando antes de tener que volver al hotel
para prepararnos para la boda.
Jasper se acercó por detrás, solo con la toalla de la ducha. Su pecho
desnudo me presionaba la espalda mientras sus brazos me rodeaban los
hombros.
Me relajé, apoyándome en él, y cerré los ojos. Era raro que él empezara un
abrazo. Si tuviera que elegir entre la vista desde nuestro balcón o el abrazo de
Jasper, elegiría este último todos los días y dos veces los domingos.
—¿Todo bien en The Eloise? —preguntó.
Mientras Jasper se había metido en la ducha, yo había llamado para
verificar.
—Mateo me dijo que si llamaba una vez más hoy, iba a reorganizar los
muebles en el vestíbulo y cambiar todo mi código de colores en el horario.
Jasper se rio.
—Están bien, El.
—Sí. —Suspiré.
Mateo estaba cubriendo todos mis turnos habituales. Mamá se había
ofrecido voluntaria para ayudar en lo que hiciera falta. Memphis se ocuparía de
las tareas domésticas durante el fin de semana. Y como sus últimos turnos habían
sido tan insoportables como los primeros, le había dado a Blaze el fin de semana
libre, no queriendo cargar a mi familia con él.
Aunque tal vez debería haberlo emparejado con mamá. Entonces, cuando
lo despidiera después de este viaje, ella entendería.
191
Mi familia era totalmente capaz de dirigir mi hotel, pero a mí me costaba
desconectarme. Durante nuestra exploración de hoy, había llamado tres veces.
—Es difícil dejarlo ir —dije.
Pero tal vez este viaje era una buena práctica. Tendría que dejar ir a Jasper
más pronto que tarde.
No habíamos hablado de lo que vendría después, ambos preferimos
concentrarnos en este viaje. La conversación era inevitable, y cada vez que se
me pasaba por la cabeza, se me revolvía el estómago.
—¿Te divertiste hoy? —Jasper preguntó.
—Sí. —Me giré para encontrarme con su mirada. Tenía la cara suave y
recién afeitada, así que me puse de puntillas para besarle la parte inferior de la
mandíbula—. Gracias por traerme.
—De nada. —Presionó sus labios en mi sien y luego se volvió hacia la vista.
Jasper había estado callado hoy mientras explorábamos, lo cual no era raro.
Me había complacido, caminando a mi lado mientras yo deambulaba y sacaba
cientos de fotos. La única señal de que se lo había pasado bien eran las arrugas
de sus ojos.
Excepto que esas arrugas se habían desvanecido con el paso de las horas.
Y cuando volvimos al hotel para empezar a prepararnos, había vuelto a ser el
hombre con cara de piedra con el que había vivido durante meses.
¿Estaba nervioso por volver a ver a Sam? ¿Sería doloroso para él, ver a la
mujer que había amado, casarse con otro hombre? La ceremonia podría ser
demasiado difícil para él asistir, pero ir a la recepción no sería mucho más fácil.
Anoche, incluso cansada, había notado un cambio en el humor de Jasper. El
sexo había mantenido un borde. Un ritmo frenético. Todo su cuerpo estaba tenso,
cada uno de sus músculos en tensión.
O tal vez esa tensión había sido la mía.
¿Estaba preparada para esto? En algún lugar cercano, la ceremonia
comenzaría pronto. Sam y su prometido intercambiarían votos y anillos.
Mi mano se deslizó por la de Jasper, mis dedos pasaron sobre los nudillos
de su mano izquierda. Su mano izquierda desnuda. El anillo que le había
comprado había desaparecido. Por lo que yo sabía, lo había tirado a la basura.
No usaba anillos. Una parte de mí aún esperaba que tal vez... el mío sería su
excepción.
¿Había usado el anillo de Samantha? Probablemente. Sí. Sabía la respuesta.
192
Odiaba esa respuesta.
Esa mujer se lo había llevado todo. Cada primera vez. Cada recuerdo.
Desde aquella primera noche en Clover, ni siquiera había tenido una
oportunidad, ¿verdad?
El dolor en el pecho me dificultaba la respiración, así que me solté de los
brazos de Jasper.
—Mejor me meto en la ducha.
Antes de que pudiera escabullirme, me agarró el codo. Me rodeó la cara
con las manos y acercó sus labios a los míos.
Me puse de puntillas, chasqueando la lengua contra la suya, necesitando oír
aquel gruñido bajo en su pecho. Su deseo por mí, no por Sam. Por mí. La emoción
me atenazó la garganta, así que antes de que pudiera llorar, rompí el beso,
forzando una sonrisa mientras me deslizaba hacia el baño. Luego canalicé la
agitación de mi corazón para lucir lo mejor posible.
El vestido que Jasper había elegido era de color lavanda. El escote me
dejaba los hombros al descubierto, pero las mangas me llegaban por encima de
los codos. El corpiño se ajustaba a mis ligeras curvas, dando la ilusión de una
figura de reloj de arena. Un fruncido plisado en una cadera creaba una sexy
abertura que me llegaba hasta el muslo.
Me maquillé artísticamente, con una sombra de ojos más intensa de lo
normal. Pero mis labios seguían pálidos. Llevaba el cabello liso y me caía sobre
los hombros, con las puntas haciéndome cosquillas en la cintura.
Cuando salí del baño, encontré a Jasper en la sala de estar, ajustándose un
gemelo de plata.
Verlo de esmoquin, con la chaqueta y pantalón negro perfectamente
ajustados a su ancha figura, me robó el aire de los pulmones.
Esta había sido su vida, ¿no? Esmoquin. Hoteles elegantes. Dinero. Se había
puesto ese traje y, con él, un poder que yo no había notado antes. La riqueza le
quedaba bien. Este era el otro lado de su vida, el lado que tanto se esforzaba por
ocultar.
Con el gemelo asegurado, levantó la vista. Y se congeló.
Aquellos ojos oscuros recorrieron mi cuerpo, de la cabeza a los pies, en una
inspección perezosa. Su nuez de Adán se balanceó. Y entonces, sin vacilación ni
reservas, se ajustó el bulto que se le hinchaba detrás del pantalón.
—Eres magnífica. —Su voz áspera me produjo un escalofrío. El deseo
floreció en mi interior. Me picaban las manos para quitarle el traje, pero eso
tendría que esperar.
193
Primero, tenía un trabajo que hacer: poner celosa a su ex. Con gusto sería
la mujer que le restregara en la cara lo que había perdido.
—¿Estás listo para esto? —pregunté.
—¿Y tú?
—Sí. —Lo estaba.
Se acercó y se inclinó para darme un beso en la mejilla. Luego me tendió
un codo, esperando a que lo tomara del brazo antes de acompañarme fuera de
la habitación y por el pasillo enmoquetado hasta el ascensor.
El trayecto hasta la primera planta fue tranquilo, pero en cuanto se abrieron
las puertas, el ruido llenó el vestíbulo.
Caminamos hacia la multitud congregada fuera del salón de baile, con mis
tacones chasqueando contra el pulido suelo de mármol blanco y negro. Me
agarré al brazo de Jasper y dejé que mis ojos se perdieran en cada detalle, desde
las arañas de cristal hasta los pilares ornamentados que rodeaban cada pasillo.
—Este hotel...
—Precioso, ¿verdad?
—Es un sueño.
Jasper tarareó.
—Prefiero un hotel pintoresco en Quincy, Montana.
—Qué curioso. —Levanté la vista y me encontré con su mirada expectante.
Esperaba ver algo de burla, pero hablaba muy en serio, ¿no? ¿Le gustaba más
The Eloise que esto?
Quería a Jasper por eso.
Amaba a Jasper.
En algún momento, me enamoré de mi marido.
La emoción volvió, pero me la tragué y me concentré en los intrincados
detalles del hotel.
—Estoy tomando notas esta noche para nuestras propias ofertas de boda.
—No esperaba menos —dijo mientras nos poníamos en fila con los demás
invitados, hacia la recepción.
En un rincón había un cuarteto de cuerda, cuya música se mezclaba con el
murmullo de las conversaciones y las risas.
El salón de baile era luminoso, las paredes de color crema, como en todo el 194
hotel. Las mesas y las sillas estaban vestidas con manteles a juego. Los centros
de mesa eran candelabros dorados con velas blancas. Todas las mesas estaban
repletas de peonías pálidas y rosas blancas inmaculadas. Los apliques de cristal
y las relucientes lámparas de araña bañaban el lugar de luz dorada.
Una de las paredes estaba formada por arcos que daban a una terraza
exterior. El aroma a rosas y a sal marina penetraba en el aire.
Era elegante. Hipnotizante. Los gustos de Samantha eran similares a los
míos. No debería haberme sorprendido teniendo en cuenta el hombre con el que
nos habíamos casado, pero al ver este lugar me di cuenta de ello. Me dejó un
sabor amargo en la boca, pero me negué a que se notara la amargura. Sólo tenía
una sonrisa despreocupada en la cara.
Si lo peor que la gente dijera de mí esta noche fuera que soy demasiado
sonriente, lo consideraría una victoria.
Mujeres con vestidos de diseño bebían a sorbos copas de champán. Los
hombres de esmoquin, como Jasper, sostenían vasos con whisky ámbar o
cócteles incoloros.
Los novios estaban notablemente desaparecidos. Gracias a Dios. Iba a
necesitar una copa antes de ese cara a cara.
Cuando pasó un camarero con una bandeja de champán, Jasper agarró dos
copas y me dio una.
Burbujas caras estallaron en mi lengua.
Jasper se llevó la suya a los labios y bebió un trago. Tenía los hombros
echados hacia atrás y una postura firme, pero relajada, mientras observaba la
habitación.
Lo supe en cuanto vio una cara conocida. Su cuerpo se tensó, los músculos
de su brazo se flexionaron. Seguí su mirada hasta dos parejas mayores que
hablaban y reían.
Uno de los hombres tenía el pelo castaño, casi negro, con abundantes vetas
grises. La mujer que estaba a su lado era delgada, casi como un sauce, y llevaba
un vestido negro sin tirantes. Era hermosa y tenía los ojos oscuros de Jasper.
Llevaba en la garganta un collar de diamantes que captaba la luz cada vez que
se movía.
—¿Tus padres? —pregunté.
Jasper canturreó.
Enderezo los hombros y solté su brazo para deslizar la mano por su manga
antes de entrelazar los dedos.
—¿Estás bien? —preguntó mirando hacia abajo. 195
Lo miré, y la preocupación de sus ojos me derritió el corazón. Supongo que
esta noche nos preocuparíamos el uno del otro.
—Sí, nena. Estoy bien.
Con una inclinación de cabeza, se adelantó a las mesas y a los grupos de
invitados a la boda.
Su padre nos vio primero y detuvo la conversación del grupo. La pareja con
la que habían estado hablando se despidió rápidamente y se mezcló con otro
grupo, mientras el padre de Jasper le tendía la mano, obligándolo a soltar la mía.
—Hola, hijo.
—Papá. —Jasper estrechó la mano de su padre, luego besó ambas mejillas
de su madre—. Hola, mamá.
—Hola, cariño. ¿No es una tarde preciosa? Estábamos en la terraza y no
podía ser más hermosa.
¿De verdad? ¿Se trataba de una mujer que no había visto a su hijo en años y
quería charlar sobre el tiempo? ¿Y todo lo que su padre tenía que decir era hola?
¿Ni siquiera me alegro de verte, Jasper?
Mi madre habría agarrado a cualquiera de sus hijos por la oreja, lo habría
sacado al pasillo para darle un sermón a gritos y luego lo habría abrazado tan
fuerte que apenas se habría podido zafar de ella. Y mi padre, bueno... no habría
permitido que pasaran los años.
—Es encantadora. —Jasper me puso la mano en la espalda—. Permítanme
presentarles a mi esposa. Eloise, estos son mis padres, Davis y Blair Vale.
—Es un placer. —La sonrisa de Davis parecía genuina cuando me tomó la
mano y me la acarició con delicadeza.
Entonces Blair se acercó y puso su mejilla contra cada una de las mías, igual
que había hecho Jasper cuando la había saludado.
Sigue sonriendo. Sigue sonriendo.
Ambos parecían sinceros, pero al mismo tiempo, yo estaba viendo una obra
de teatro ensayada. Las líneas y las acciones escritas se ejecutaban con
precisión. Pero carecían de cualquier atisbo de emoción.
—¿Cómo van las cosas en Montana? —le preguntó Davis a Jasper.
Entonces sí sabían dónde vivía su hijo.
—Van bien, gracias —dijo Jasper—. ¿Cómo han estado los dos?
—Excelente. —Davis sonrió y en sus ojos se formaron las mismas arrugas
que en los de Jasper, aunque las de Davis eran más profundas.
—Bueno, no del todo excelente —dijo Blair—. No sé si Samantha te lo dijo o 196
no, sé que ustedes dos se mantienen al día, pero tuvimos que sacrificar a Lucky
el mes pasado. Ha sido difícil.
—Lamento oír eso, mamá. —Jasper volvió a tomarme la mano—. Lucky era
el Pomerania de mamá.
—Lo siento. —De algún modo, me había metido en este extraño vórtice
porque sonaba tan fría y distante como el resto de ellos. Así que tomé un largo
sorbo de champán. Alcohol, sálvame. Esta noche lo iba a necesitar.
—La ceremonia fue impresionante —dijo mamá—. Sam estaba tan hermosa
como siempre.
Tal vez otra mujer habría infundido a esa declaración algo de mordacidad.
Un poco de malicia para que la nueva nuera supiera que nunca estaría a la altura
de la anterior. Excepto que era sólo... una declaración. Sin malicia. Sin mala
intención.
Estas malditas personas.
Tomé otro trago.
—¿Se van a quedar mucho tiempo? —preguntó Davis.
Jasper negó.
—No mucho.
—Nos iremos mañana después del almuerzo. Tenemos que volver. Pero son
bienvenidos a unirse a nosotros por la mañana.
En realidad no era una invitación. Era más bien como si hubieran hecho una
reserva para demasiada gente y tuvieran que llenar un par de plazas.
—Nos encantaría —dijo Jasper.
No, no iríamos.
Su pulgar recorrió la longitud del mío.
—Vamos a buscar nuestros asientos.
Davis señaló a través de la sala hacia una de las mesas cercanas a un arco.
—Creo que estamos en la misma mesa.
Genial. Sonreí más ampliamente antes de que se me escapara un
comentario sarcástico.
—Los acompañaremos. —Blair pasó su brazo por el de su marido—. Eloise.
Qué hermoso nombre.
—Gracias. —Estuve a punto de decirle que me llamaba como mi
tatarabuela, pero al contemplar su cara bonita me di cuenta de que no le
importaría. Ese detalle le entraría por una oreja adornada con diamantes y le 197
saldría por la otra.
Blair ya se había movido hacia las otras personas de la sala, su mirada
recorría la habitación de un lado a otro. Sonrió a alguien y levantó una mano para
saludar.
Un hombre bajo y calvo se acercó y Davis se detuvo para estrecharle la
mano.
La forma en que tanto él como Blair se movieron, dándole la espalda a
Jasper porque había llegado alguien mejor, me hizo burlarme.
Esta vez me tragué el champán.
Jasper siguió andando y me condujo hasta nuestra mesa y me movió la silla
antes de tomar la de él.
Cuando me bebí el resto del champán, cambió mi copa vacía por la suya
casi llena.
Me lo bebí mientras miraba fijamente a sus padres. Ya nos habían olvidado,
¿no? Jasper ya había sido despedido. La rabia vibró por cada célula de mi cuerpo
mientras veía a Davis y Blair reírse con aquel calvo.
—No lo entiendo —susurré.
—Lo sé, ángel. —Jasper pasó el brazo por el respaldo de mi silla. Cuando
se sentó, se acercó tanto que nuestros muslos se tocaron.
Así que me incliné hacia él, con la mirada clavada en sus padres mientras
me esforzaba por comprender lo que estaba viendo.
—Ese es su interruptor de encendido —dije, más para mí que para Jasper.
Canturreó su acuerdo.
Y Jasper y yo habíamos apagado el interruptor. Claro, habían dicho las
palabras correctas. Habían usado los gestos correctos. Pero todo ese encuentro
había sido completamente superficial. Desprovisto de cualquier amor real por su
hijo.
Cuando se trataba de Jasper, eran indiferentes. Desinteresados. Esa era la
palabra que había usado. Encajaba perfectamente. Guardaban su energía para
todos los demás.
Fue más abrupto de lo que jamás hubiera esperado. Más obvio.
Se me curvó el labio. Mis manos se cerraron en puños.
—Los odio.
Apareció un camarero con la bandeja cargada de champán.
—¿Otra copa, señor? —preguntó, con su inglés muy acentuado.
198
—Sí —respondí por Jasper—. En realidad, no. Si me emborracho, diré algo
malo. Pero supongo que probablemente ni siquiera les importaría, así que ¿por
qué no emborracharme? Dudo que recuerden mi nombre por la mañana.
El tipo miró a Jasper, con los ojos muy abiertos.
—Sí, por favor. —Jasper le hizo un gesto para que dejara dos copas.
Con nuestras copas vacíos retiradas de la mesa, el camarero desapareció
entre la creciente multitud.
Davis y Blair siguieron hablando, y más gente se unió a ellos y al calvo.
No me extrañaba que Jasper fuera tan cerrado. ¿Cuántas veces lo habían
rechazado así? ¿Cuántas veces había visto a sus padres adular y alborotar a
cualquiera menos a él?
Que se jodan, Davis y Blair.
Aparté la mirada y me volví hacia Jasper.
Sus ojos esperaban.
—Hola.
—Hola. —Dios, quería llorar. Quería gritar.
Era tan maravilloso. Tan especial. Y sus padres...
Ni siquiera les importaba.
Me empezó a picar la nariz. Un nudo en la garganta empezó a ahogarme.
Pero me negué a llorar, no aquí. No esta noche.
Así que me incliné, presioné mis labios contra los suyos, esperando que
pudiera sentir mi amor. Deseando que se filtrara en su corazón para que, cuando
se mirara en el espejo, viera a un hombre que lo merecía.
Cuando me aparté, sus ojos buscaron los míos. Su mano se acercó a mi pelo,
tomando un mechón y dejándolo resbalar entre sus dedos.
—¿Está bien?
Ni siquiera un poco.
—Sí. —Me agarré a su brazo, abrazándolo mientras mi cabeza caía sobre su
hombro.
Luego eché un vistazo al salón, mirando a todas partes menos a sus padres.
El movimiento de un vestido blanco me llamó la atención. La sala estalló en
vítores y aplausos cuando los novios entraron en ella.
199
Mi corazón dio un vuelco.
Samantha.
Era preciosa. Tenía el cabello tan largo como el mío, rizado en ondas
perfectas color miel y trigo. Era alta y delgada, con pechos curvilíneos. Por
supuesto que sería la mujer más hermosa de cualquier habitación,
especialmente de ésta. No esperaba menos, pero el hecho de que fuera
impecable me quemaba. Oh Dios, quemaba.
Jasper y Samantha se habrían visto perfectos juntos. La oscuridad de él con
la luz de ella.
Sé dura.
Hacía semanas que me había prometido a mí misma que, pasara lo que
pasara aquí esta noche, sería dura. Que no dejaría ver mis sentimientos, no
delante de esta gente.
Así que sonreí, fingiendo felicidad por la pareja de recién casados.
La mano de Jasper se acercó a mi pierna y me apretó la rodilla.
Así que, como hice con sus padres, dejé de lado a la novia, me concentré
totalmente en mi marido, y le di un beso en la mejilla.
Y esta vez, cuando miré hacia la habitación, me encontré con un par de
celosos ojos color avellana.
Quizá era hermosa.
Pero mis ojos azules eran joyas comparados con sus turbios iris.
Me empezaban a doler las mejillas por aquella sonrisa sacarina, pero no
vacilé al enfrentarme a su mirada gélida.
Jódete tú también, Samantha.
200
Jasper
E
n el transcurso de dos horas, Eloise se había movido en su silla. Había
desaparecido su postura perfecta. Ahora estaba sentada de lado, con
una pierna metida bajo el trasero y la otra sobre mi regazo. Poco a
poco, había dejado de lado a mi padre, sentado al otro lado, para prestarme toda
su atención. Estaba a punto de meterse en mi regazo.
¿Y lo mejor de todo? Dudaba que se diera cuenta de que lo había hecho.
Durante el primer plato, se había sentado, derecha, comiendo y bebiendo
a sorbos su champán, escuchando la conversación de todos los comensales
Cuando mamá y papá habían empezado a hablar de política con los demás
en nuestra mesa, Eloise había hecho su primer movimiento. Había sido sólo un
pequeño giro, con su rodilla apretada contra la mía.
Durante el plato principal, había cruzado las piernas y su pantorrilla había
rozado mi espinilla.
Durante los brindis, se había retorcido aún más, con el torso perpendicular
al respaldo de la silla y los ojos fijos en mí en lugar de en la mesa principal.
Después de otra copa de champán, metió esa pierna en el asiento y la otra
me cubrió los muslos.
Mi pulgar trazó círculos en el interior de su rodilla mientras escuchaba su
parloteo.
La Eloise que me había cautivado en Las Vegas, la mujer que expresaba
cualquier pensamiento que tuviera en la cabeza, había aparecido. Sus mejillas
estaban sonrojadas, sus labios rosados. Estaba impresionante. Era la mujer más
hermosa de cualquier habitación.
—Ojalá tuviéramos un espacio al aire libre para bodas en el hotel. —Sus
ojos se desviaron por encima de mi hombro hacia el arco y las terrazas a mi
espalda. 201
Había oscurecido y los jardines estaban iluminados con luces
parpadeantes. En el salón de baile había demasiado ruido para oír las olas, pero
esta noche dormiríamos con las puertas del balcón abiertas para disfrutar del
sonido.
—Quizá podríamos convertir el tejado en un jardín —dijo—. Lo pongo en
mi lista de deseos justo encima de la fuente.
—¿Quieres una fuente? —pregunté.
—Sí. Pero no tanto como quiero un jardín en la azotea.
Sonreí, ahogándome en aquellos ojos azules brillantes. Si quería un jardín
en la azotea, tendría un jardín en la azotea.
Intentó desplazarse de nuevo, acercarse, pero estaba lo más cerca que
podía estar sin moverse de su silla.
Así que le solucioné el problema. La levanté rápidamente, la saqué de su
asiento y la dejé caer sobre mi regazo.
Sonrió, como si hubiera estado esperando que lo hiciera toda la noche.
Uno de los comensales, una mujer de pelo canoso, nos miró de reojo.
Eloise saludó a la mujer con los dedos y esbozó una sonrisa cegadora.
También podría haberle dado la espalda.
Me resistí a reír y agarré la copa de champán.
Aquella mujer era la única que nos había prestado atención desde que
cortaron el pastel. Mis padres estaban enfrascados en una conversación con otra
pareja, y por mucho que Eloise se hubiera movido, bloqueando a papá, bueno...
él había hecho lo mismo con ella.
Dudaba que lo hubiera hecho intencionadamente. Simplemente no le
importaba.
Fue demasiado para que mis padres conocieran a mi mujer.
Había salido exactamente como lo había previsto. Sólo había habido un
shock en mi sistema esta noche: ver a Sam.
Esperaba sentir algo. Cualquier cosa. Dolor por viejas heridas. Envidia al
verla con un nuevo marido. Añoranza por lo que una vez fuimos.
Nada. Ni una maldita cosa. Bien podría haber sido una desconocida. Era...
extraño. Aunque no tan extraño como el hecho de que estaba disfrutando de la
fiesta.
Gracias únicamente al ángel de mis brazos.
—¿Estás borracho? —preguntó. 202
—No.
—Yo sí —Exhaló—. Sólo un poco.
—No tenía ni idea.
Puso los ojos en blanco.
Me reí entre dientes, besé su mejilla y levanté la copa.
—¿Quieres más champán?
—No, no quiero tener resaca mañana. ¿Podemos hacer un tour en
helicóptero?
—Sí.
—¿O deberíamos hacer una excursión en barco?
—Lo que tú quieras.
—¿Pero qué quieres?
A ti. Sólo a ti.
—Helicóptero.
—Bien. —Ella sonrió—. Esperaba que dijeras eso.
Íbamos a pasar un día más en Italia antes de volar a casa el lunes. Ahora me
arrepentía de haber planeado un viaje tan corto. Verla empaparse de las vistas,
contemplar su impresionante sonrisa mientras lo asimilaba todo, era como ver el
mundo con otros ojos.
—Buenas noches, señoras y señores —dice el cantante por el micrófono. El
cuarteto de cuerda que había tocado durante la cena había recogido sus
instrumentos y se había marchado. En su lugar había una banda en directo: tres
guitarristas y un baterista.
Los reconocí de una banda relativamente famosa que hacía giras por la zona
de Washington. No habían llegado a lo más alto, pero para el público con el que
yo había corrido una vez, eran la banda popular para que actuaran en una boda.
El vocalista llamó a Sam y a su marido a la pista para su primer baile.
Todos los ojos estaban puestos en ellos mientras giraban por el suelo.
Estudié a Sam, esperando que la angustia y el resentimiento familiares
inundaran mis venas. En lugar de eso, nada.
Debería haberme sentido diferente al volver a verla después de tanto
tiempo. ¿Cuántos años había pasado obsesionado con esa mujer? ¿Cuántas horas
había vivido en el pasado? Incontables. Cada una de ellas sin sentido.
Algo se abrió en mi pecho. Algo que se sentía como... libertad. Alivio.
Esta boda había sido una prueba. Una oportunidad para ver si seguía siendo 203
aquel hombre de hace una década.
No lo era.
Y no era el hombre que Samantha creía conocer. Ya no.
Terminé. Había terminado con Sam. No sería difícil ignorar la siguiente
llamada. Mi atención pasó de la pista de baile a mis padres. También había
terminado con ellos.
Tener padres cariñosos y atentos no había estado en las cartas que me
habían tocado. Tal vez, ver a Sam debería haberme molestado. Pero esta noche,
simplemente no me importaba.
La única persona en esta habitación que merecía mi afecto llevaba un
vestido lavanda.
—¿Estás bien? —susurró Eloise.
Sí, estaba bien. Mejor que. Besé su frente.
—Sí.
El primer baile terminó y la energía en el salón cambió cuando el cantante
principal llamó a los demás a la pista. El personal del evento entró con bandejas
repletas de cócteles y copas de vino. Otros llevaban aperitivos que
probablemente repartirían hasta que la fiesta terminara.
Mi padre se levantó y tendió una mano a mi madre para ayudarla a
levantarse. Luego la acompañó a la pista de baile, haciéndola girar en sus brazos.
—¿Se quieren? —preguntó Eloise.
—Sí, creo que sí.
Se burló.
—Entonces eso sólo lo empeora. Realmente, realmente los odio.
Me reí entre dientes y volví a besarle la frente.
—No tienes que odiarlos.
—Demasiado tarde.
Lealtad feroz. Un corazón precioso. Mi Eloise.
—Gracias por venir conmigo esta noche.
Entrecerró los ojos ante los míos.
—¿Me prometes que estás bien?
—Lo prometo.
Levantó la mano y me pasó los dedos por el pelo de las sienes. 204
—No te cortes el pelo hasta... más adelante, ¿sí?
—De acuerdo.
Más adelante. Ella todavía esperaba que me fuera, pero pronto se daría
cuenta de que podía dictar todos mis viajes a la peluquería. Mierda, podría
cortármelo ella misma si quisiera.
Apoyó la barbilla en mi hombro, con la mirada perdida en el exterior.
—El jardín de la azotea tiene que tener luces parpadeantes.
—De acuerdo.
Me relajé más en mi silla, contento de actuar como Eloise. Luego observé a
mis padres bailar durante unos instantes hasta que una mirada familiar me atrapó
desde el otro lado de la habitación.
Samantha me miraba desde su asiento en la mesa principal. Tenía una copa
de champán en una mano. La otra la tenía su marido.
Ese tipo había sido un imbécil en el instituto. Todos lo habíamos sido, ¿no?
Había estado en las mismas fiestas. La mayoría de las veces, había sido el que
llevaba la cocaína.
En ese momento, estaba inclinado muy cerca, hablando con la dama de
honor a su lado, una de las hermanas de la hermandad de Sam.
Por la forma en que hablaban, demasiado cercanos e íntimos para ser
amigos, sospeché que Sam había conseguido todo lo que había querido: un
marido rico al que le importaba un bledo si se acostaba con otra persona. Estaría
participando en esa relación abierta. Porque antes de que acabara el viaje,
apostaría mi herencia a que se follaría a esa dama de honor.
Sentí más alivio. Esa solía ser mi vida. Esa solía ser mi realidad. Gracias a
Dios, había escapado.
Si no fuera por Dan, tal vez me habría quedado. Si no fuera por Foster, quizá
habría vuelto.
Si no hubiera sido por Eloise, ni siquiera habría sabido lo que me estaba
perdiendo.
—Tengo que hacer pis. —Ella gimió, sentándose derecha—. Pero no quiero
arriesgarme a un encuentro en el baño.
—¿Qué es un encuentro en el baño?
—Ya sabes, cuando voy al baño y mientras estoy en el retrete, estas otras
mujeres, probablemente tu ex o sus damas de honor, entran y las oigo decir algo
desagradable sobre mi vestido o mi pelo. 205
—¿Qué podría decir alguien sobre tu vestido o tu pelo? —Era la mujer más
impresionante de la sala, más que la novia.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Las mujeres son malas. Pero
tampoco quiero toparme con tu ex en el lavabo para que me diga mientras nos
lavamos las manos que nunca amarás a nadie como la amaste a ella y bla, bla,
bla, bla. Le pasó a mi amiga en el baile de graduación. Fue un drama con
mayúsculas.
La comisura de mi boca se torció.
—Es mejor evitarlo.
—Exactamente.
Esa sensación que había tenido en The Eloise antes de irnos de Montana me
golpeó de nuevo. Esas raíces seguían tirando de mí. Pensé que tenían algo que
ver con Montana, con mi creciente conexión con Quincy. Pero siempre había
sido ella.
—¿Qué? —Ladeó la cabeza—. Me estás mirando raro. Estoy borracha y
hablando demasiado, ¿no?
—No, El. Eres perfecta. —Me moví para sacar una de las tarjetas llave de mi
bolsillo—. Tenemos una habitación en este hotel. No es necesario ir al baño.
—Ah, sí. Sí. —Rio y, con un rápido beso en la mejilla, se bajó de mi regazo—
. Vuelvo enseguida.
Eloise se mantuvo cerca del borde de la sala, pasando por los arcos en su
camino hacia las puertas. Su vestido se movía con el vaivén de sus caderas.
Un hombre le miró el culo al pasar. Apreté la mandíbula, a punto de
levantarme y subir con ella, cuando alguien me tocó el hombro.
No necesité girarme para sentir a Samantha a mi espalda.
Su mano se detuvo en mi chaqueta el tiempo suficiente para erizarme la piel,
así que me levanté, manteniendo la silla entre nosotros.
—Hola, Sam.
—Jasper.
—Felicidades. Es una boda preciosa.
—Sí, lo es. —Miró hacia el asiento vacío de Eloise—. ¿Dónde está tu esposa?
Esperaba encontrarme con ella esta noche.
Me reí entre dientes. Ah, sí. Sin duda habría habido un encuentro en el
baño.
—¿Qué es lo gracioso? —preguntó Sam.
—Nada. —La ignoré.
206
—Es muy... hermosa.
—Lo es. Por dentro y por fuera —dije—. Eloise acaba de subir a por algo.
Volverá.
La mirada de Sam se entrecerró mientras estudiaba mi rostro.
—Pareces... diferente.
—Feliz —corregí.
Sólo recordaba haber escandalizado a Samantha unas pocas veces. La más
notable fue cuando le dije que quería el divorcio. No estaba preparada para que
le molestara que folláramos con otras personas.
Pero esta noche, parecía discutiblemente sorprendida.
Quizá porque nunca me había hecho tan feliz y se estaba dando cuenta de
lo mucho que le había faltado a nuestra relación. Bueno, ese era su problema.
Con un poco de suerte, esta noche sería la última vez que viera a Samantha.
—Voy a ver a Eloise. Disfruta de tu celebración.
Antes de que pudiera decir otra palabra, me di la vuelta, siguiendo el
mismo camino que Eloise había tomado para salir del salón de baile.
Mis zapatos chasquearon en el mármol cuando me dirigí al ascensor y entré
junto a otro hombre que se dirigía a la tercera planta. Luego caminé por el pasillo
enmoquetado y saqué la otra llave del bolsillo, contento de haberlo tomado al
salir esta noche.
Eloise estaba en el baño alisándose el pelo y, cuando aparecí en el espejo,
soltó un grito ahogado y se llevó una mano al corazón.
—Me has asustado. Debes advertirle a una chica.
—Lo siento. —Acorté la distancia que nos separaba, la giré y la abracé.
Entonces, la besé.
Ella gimió mientras yo deslizaba mi lengua en su interior, robándole ese
dulce sabor. Puso sus manos en mi pecho, apartándose suavemente.
—Vas a arruinar mi maquillaje.
—No puede ser. —La tomé por la cintura y la puse sobre la encimera.
Los frascos de plástico de artículos de aseo que había colocado junto al
lavabo se desparramaron, dos rodaron por el suelo cuando mi mano recorrió la
abertura de su vestido sexy, apartando la tela.
—Jas. —Su respiración se entrecortó cuando acaricié el borde de su braga
de encaje.
—Quítate esto —ordené, tirando de la tela.
207
Se movió de un lado a otro mientras yo le bajaba la braga. Luego se quitó la
falda hasta que quedó desnuda ante mí, con el culo apoyado en el borde de la
encimera mientras se abría de par en par.
Mi polla palpitaba, dolorida tras la cremallera de mi pantalón. Me liberé, y
arrastré la punta por su entrada, esparciendo aquella primera gota perlada por
su raja.
Eloise gimió, con la cabeza inclinada hacia un lado. Abrió más las piernas y
sus manos agarraron mis hombros.
Enganché una mano bajo su rodilla, la mantuve en alto, estirando aquella
pierna tonificada hasta que sentí resistencia. Entonces me deslicé en su apretada
entrada de un solo empujón.
—Sí —siseó—. Te he echado de menos.
Me había tenido tres veces anoche y una esta mañana. Pero el sexo desde
que habíamos llegado aquí había tenido ventaja: sus nervios y los míos.
Pero ya no estaban. Sólo quedábamos nosotros.
Nos balanceé juntos, lentamente, manteniendo esa pierna inmovilizada, su
rodilla presionada en su pecho.
—Oh Dios. —Ella gimió cuando me metí hasta la empuñadura.
—Tan jodidamente profundo. —Miré hacia abajo, donde estábamos
conectados, una oleada de lujuria se disparó cuando su cuerpo se estiró
alrededor del mío—. Míranos, ángel.
Eloise bajó la mirada, con el labio inferior entre los dientes. Luego me miró,
con las mejillas sonrojadas.
¿Vio lo perfectos que éramos juntos? ¿Se dio cuenta de que no importaba si
yo llevaba un anillo? ¿Si ella tenía mi apellido?
Eloise Eden era mía.
Y yo era de ella.
Hasta el final.
Su maquillaje era impecable. Pero como estaba tan hermosa con maquillaje
como sin él, aplasté mis labios contra los suyos y le metí la lengua mientras me
movía. Moví las caderas cada vez más rápido. Cuando los músculos de sus
muslos temblaron, bajé su pierna, dejándola colgar del mostrador como la otra.
Luego la agarré por las caderas, sujetándola con fuerza, mientras el sonido
de nuestro sexo resonaba en las paredes del baño. 208
Eloise apartó la boca, jadeando. Tanteó con las manos el dobladillo de mi
camisa de esmoquin, y la subió lo suficiente para poder arrastrar las palmas de
las manos por mis abdominales. Luego deslizó las manos por mi espalda,
bajándolas hasta que me agarró por el culo.
Sus uñas se clavaron en mi carne, las yemas de sus dedos presionaron con
fuerza mis músculos. El dolor no hizo más que impulsarme.
—Me encanta cómo me follas. —Ella arañó con más fuerza.
—Será mejor que te encante. —En lo que a mí respecta, mi polla era la única
que ella tendría de aquí en adelante.
Sus paredes internas empezaron a latir y sus miembros a temblar. Su agarre
de mi culo no cesaba, así que yo tampoco.
Esta mujer me tenía en corazón, cuerpo y alma.
—Jas. —Me abrazó más fuerte.
—Córrete, El.
Eso fue todo lo que necesitó. Una orden y se hizo añicos.
Con un gemido, la seguí, perdido en esta mujer.
Perdido en lo que podríamos llegar a ser.
Si ella me tuviera.
Cuando el clímax se desvaneció, nos apoyamos el uno en el otro, con la piel
pegajosa donde aún estábamos conectados, nuestras respiraciones
entremezcladas mientras nuestros corazones se aceleraban. Hasta que
lentamente nos separamos. Me subí el pantalón y pasé un paño por agua caliente
para limpiar a Eloise.
—No necesitas hacer eso —susurró.
—Déjame hacerlo de todos modos. —Besé su mejilla.
Se retorció, mirándose en el espejo. Una risita brotó de sus labios.
—Parece que me acaban de follar duro.
Me encontré con su mirada en el cristal.
Esta era mi oportunidad para decirle que quería más. Para quedarme en
Montana. Para ver si podíamos convertir este falso matrimonio en algo real. Pero
las palabras se atascaron en mi garganta.
Sería mejor esperar hasta que estuviéramos en casa, ¿no? ¿Hablar de esto
después de la boda, cuando estuviéramos en la cabaña?
—¿Quieres saltarte el resto de la fiesta? —pregunté.
209
—De ninguna manera. Quiero más champán, y esos aperitivos parecían
deliciosos.
La tomé de la mano y la ayudé a bajar del mostrador. Volver a esa boda era
el último lugar en la tierra en el que quería estar, pero si ella quería un bocadillo,
yo sería su acompañante.
—Entonces vamos a conseguirte algo de comer.
—Y pastel —dijo, alisándose el vestido—. No lo he comido. Tengo que
probarlo y asegurarme de que no es tan bueno como el de Lyla. ¿Comes pastel?
—A veces. —Acerqué mi nariz a su garganta, aspirando ese aroma
perfecto—. Pero voy a comer otra cosa de postre más tarde.
A mi esposa.
210
Eloise
—B
ailas muy bien —le dije a Jasper mientras me llevaba por la
pista—. Deberíamos bailar más. ¿Conoces el paso a dos? ¿O
el jitterbug?
—No —dijo, haciéndonos girar en círculo.
—Oh. ¿Quieres aprender? Yo sólo sé la parte de las chicas, pero Griffin o
Knox o Mateo podrían enseñarte. Todos son buenos bailarines. Podríamos ir
todos a bailar a Willie's una noche.
Jasper nos hizo girar de nuevo, su zumbido bajo fue el único reconocimiento
de mi idea.
—¿Eso fue un sí?
Se rio entre dientes.
—Lo tomo como un sí. —Sonreí, siguiendo sus pasos.
Su mejilla se apoyó en mi sien. Una mano sujetaba la mía mientras la otra
me acariciaba el culo, sin reparos. El agarre de Jasper era un recordatorio no tan
sutil de las marcas que le había dejado en su delicioso trasero.
Desde el momento en que habíamos vuelto al banquete de bodas, había una
burbuja a nuestro alrededor. Jasper y yo habíamos estado en nuestro propio
mundo, ignorados e ignorando a los demás invitados.
Encontramos copas de champán. Habíamos asaltado las bandejas de
comida. Incluso Jasper se había dado un capricho con la tarta, que no era tan
buena como la de Lyla, antes de llevarme a la pista de baile.
Estaba en sus brazos desde entonces. Tenía la cabeza perfectamente
embriagada por el champán. Todavía me duraba el subidón del sexo anterior.
Sentía los miembros sueltos. Y aunque sus asquerosos padres y su
exasperantemente bella ex mujer estaban en la habitación, de algún modo había
conseguido bloquearlos.
211
Será mejor que nadie intente reventar mi burbuja de felicidad.
—¿Dónde aprendiste a bailar? —le pregunté.
—Escuela. Se exigía un año de bailes de salón para graduarse.
Lo había acribillado a preguntas toda la noche. Si mi tiempo con él se estaba
acabando, quería saberlo todo y cualquier cosa.
Jasper me había complacido, compartiendo sin vacilar. Quizá el champán
también se le había subido a la cabeza.
—¿Te gustó tu instituto?
Sacudió la cabeza.
—No especialmente.
—Me encantó el mío —dije—. En su mayor parte. No es que no hubiera el
drama normal de las chicas y todo eso, pero siempre me gustó que fuera la
escuela a la que habían ido mis hermanos y hermanas. Y también mis padres.
—Un legado.
—Sí. —Parecía una palabra demasiado elegante para el instituto Quincy—,
Me gusta bailar contigo.
Volvió la mejilla, apretó los labios contra mi sien y siguió moviéndonos por
el suelo.
—¿Te gusta Montana?
—Este invierno fue jodidamente frío. Pero por lo demás, sí.
—¿Demasiados años en el desierto? —bromeé.
—Probablemente.
—Sólo necesitas ropa más abrigada. —Si se quedaba, le encontraría el
mejor vestuario de invierno—. ¿Parte favorita de Quincy? Y no puedes decir
Foster porque ya sé que es tu favorito. Y tampoco puedes decir sexo conmigo
todas las noches porque obviamente es increíble. Tienes que elegir una cosa
favorita o un lugar o algo así.
Jasper abrió la boca.
—El...
—Y no se puede decir la cabaña.
Dejó de bailar.
—¿Quieres decirme cuál es mi favorito entonces?
—¿El hotel? 212
Jasper se rio, sacudiendo la cabeza.
—Ese es tu favorito.
—Lo compartiré. Tienes que admitir que es bastante fantástico.
—Es bastante fantástico.
—¿Ves? Sabía que era tu favorito.
Me enseñó esos dientes blancos y rectos mientras sus ojos se arrugaban a
los lados.
—Eres tan lindo cuando sonríes. —Le pasé el dedo por el labio inferior—.
Me gusta cuando sonríes.
—A mí también me gusta cuando sonríes. —Reanudó nuestro baile,
nuestros pasos al ritmo de la lenta melodía de la banda—. ¿Siguiente pregunta?
—¿Cómo sabías que iba a hacer otra pregunta?
—Te llamas Eloise Eden.
Reí.
—¿Cuántas veces has estado en Italia?
—Tres.
—¿Te estás divirtiendo en este viaje?
—Sí.
—Yo también. No esperaba divertirme, especialmente esta noche.
—Yo tampoco, ángel —murmuró.
Toma eso, Samantha.
Había sido demasiado fácil fingir esta noche, caer en esta ilusión de una
pareja felizmente casada. Y se sentía tan real que mis esperanzas se disparaban
más allá de los límites de mi control. Mañana, cuando la realidad volviera, iba a
ser tan miserable como la resaca de champán que sin duda tendría.
Pero... todavía no era mañana.
—Cuántos...
Una mujer apareció a nuestro lado, interrumpiendo mi pregunta.
Llevaba el pelo rubio recogido en un moño. En la muñeca tenía un delicado
ramillete de rosas. El parecido con Samantha era asombroso. Tenía que ser su
madre.
—Ashley. —Jasper detuvo nuestro baile, moviéndome hasta que quedé
arropada contra su costado, su cuerpo ligeramente delante del mío. Como un
escudo. 213
—Hola, Jasper. —Ashley sonrió, ofreciendo su mejilla.
La besó, pero su brazo alrededor de mi cadera se mantuvo firme.
—Felicidades.
—Gracias. —Mantuvo toda su atención en él, su mirada ni siquiera
parpadeó en mi dirección. Aparentemente no valía la pena reconocerme.
O presentado.
Jasper tampoco me hizo ni caso.
Vaya, gracias.
—Encantadora boda —dijo—. Aunque no esperaba menos.
—Como no participé en la tuya, me metí de lleno en ésta. Para
consternación de Samantha.
La sonrisa de Jasper era tensa. Fría.
—Agradecemos la invitación.
—Honestamente, no pensé que vendrías. —La atención de Ashley se desvió
hacia mí. La mueca en su cara, el desdén abierto, era algo que esta mujer había
practicado claramente durante décadas.
Y yo que pensaba que nos habíamos librado del drama. Maldita sea.
Sonreí más ampliamente, inclinándome hacia Jasper y poniéndole la mano
en el estómago. No digas una grosería. No digas una grosería. Por algún milagro,
conseguí mantener la boca cerrada.
Esta era la bienvenida que esperaba de sus padres, la confrontación para la
que me había preparado. Las miradas desagradables. La hostilidad. Habíamos
estado tan cerca de evitarlo esta noche.
—Jasper. —Un hombre le dio una palmada en el hombro, tendiéndole la
mano—. Me alegro de verte. Quería venir a saludarte antes, pero ha sido una
noche ajetreada.
—John. —Jasper hundió la barbilla—. Felicidades.
—Gracias. —John no me ignoró y su mirada era más cautelosa que
insensible.
—Esta es mi esposa, Eloise. —Jasper aflojó su agarre para que pudiera
estrechar la mano de John.
—Un placer —mentí.
—Igualmente. —John no soltó mi mano—. No he podido bailar en toda la
noche. ¿Puedo interrumpir?
Oh, no. Abrí la boca para protestar, pero John ya estaba apartando a Jasper 214
de su camino y tirando de mí hacia sus brazos.
La mandíbula de Jasper se flexionó, pero no me robó el sitio. En cambio,
cuando Ashley se acercó para robarme el sitio, con los brazos levantados para
que él tomara la iniciativa, bailó con ella.
Bueno, mierda.
Esto fue incómodo.
—Hermosa noche —dije. ¿Cuánto duraba esta canción?
—Lo es —dijo John—. Las bodas son siempre una gran excusa para reunir a
la gente. Hacía demasiado tiempo que no veíamos a Jasper.
—Está muy ocupado. Le cuesta escaparse.
Los ojos de John, del mismo color turbio que los de su hija, se entrecerraron.
—De Montana.
—Sí. Ahí es donde vivimos.
—¿Y trabajas en un hotel?
¿Quería saber cómo sabía de mí? No.
—Administro el hotel de mi familia.
—La hospitalidad es una industria necesaria. —Hablaba como un verdadero
imbécil que desprecia a los que considera inferiores a él.
—Jasper mencionó que estás en la política, ¿es eso cierto?
Me hizo un gesto brusco con la cabeza, casi como si le ofendiera que
hubiera cambiado de tema de conversación mientras él intentaba atropellarme.
A unos metros de distancia, lo que Ashley le estuviera diciendo a Jasper no
podía ser bueno, dado que el músculo enfadado de su mandíbula se estaba
flexionando.
—No es fácil ver a Jasper con otra mujer.
Mi mirada se dirigió a la de John, pero me mordí la lengua, conteniendo una
réplica sarcástica. O un comentario sobre su hija infiel.
—Tienen un vínculo inquebrantable —afirmó.
—Sin embargo, se rompió. —La vez que había follado a otro hombre. Sonreí
dulcemente—. Así que tendré que discrepar con tu opinión.
—Es un hecho, querida. Conocido por todos los presentes.
—¿Incluso tu nuevo yerno? Vaya. Pobre hombre. Debe sentirse muy
bienvenido en tu casa. 215
Las fosas nasales de John se ensancharon.
—Él, a diferencia de ti, no está ciego a la realidad.
Mi mirada se desvió a nuestro alrededor y, por primera vez esta noche, vi
una mirada punzante. Una mujer se apartó demasiado rápido al encontrarse con
mi mirada. ¿Me habían estado mirando toda la noche? ¿Se compadecían de mí?
¿Me veían como una patética sustituta? ¿La mujer que nunca podría
competir por el corazón de Jasper? No cuando había pertenecido a la mujer del
vestido blanco.
La mujer que había amado toda su vida.
—Hay una razón por la que estás en Italia. —John se agachó para hablarme
directamente al oído—. Jasper nunca dejará ir a Samantha. Puede que finja que
le importa. Puede que incluso se engañe a sí mismo. Pero en algún momento, se
dará cuenta de que es falso. Y entonces desaparecerá. No me hago ilusiones de
que el matrimonio de Samantha dure. Y una vez que se termine, encontrarán el
camino de vuelta el uno al otro.
Falso. Jasper y yo éramos falsos. Y oh, cómo odiaba esa palabra.
Me costó todo lo que tenía ocultar una reacción. Mantener oculto que había
disparado y me había dado justo en el corazón. Sé dura.
—Como dije, tendré que estar en desacuerdo con tus opiniones.
—Eres una estúpida si crees que eres algo más que una distracción fugaz —
susurró.
Una estúpida con la que Jasper se había casado por un capricho de
borracho.
Un error.
—Gracias por el baile. —Con un paso decidido, me alejé.
Los brazos de Jasper estaban esperando.
Me apartó de John y Ashley, que intercambiaron una mirada como si
hubieran planeado esa interrupción toda la noche.
—¿Qué dijo? —Jasper preguntó.
—Nada agradable —admití, luchando por respirar.
—Lo siento.
Me encogí de hombros, tragándome el nudo que tenía en la garganta. No
llores.
—Tenía que pasar. Me lo advertiste, ¿verdad?
Mi error había sido pensar que obtendríamos esa actitud de sus propios
padres, no de los de Samantha. Nada de ir al baño esta noche. Sólo una
216
emboscada en la pista de baile.
Mientras Jasper nos guiaba, volví a echar un vistazo a la sala. La gente
miraba fijamente y susurraba.
Maldita sea, fui una idiota. ¿Cómo pude creer que esto era real?
Estúpida Eloise.
Tal vez Samantha le había roto el corazón, había traicionado su confianza,
pero él la había amado durante años. Estuvimos en su boda, ¿no? Tal vez John
tenía razón.
Tal vez Jasper nunca la dejaría ir realmente.
Me dolía el pecho y la oleada de emociones me dificultaba la respiración.
Maldita sea. No lloraría. No lloraría esta noche.
—Hazme otra pregunta, El.
—Me he quedado sin preguntas. —Se me quebró la voz.
—Pregúntame. —Sus labios acariciaron mi frente mientras hablaba—. Por
favor.
Fue “por favor” lo que hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Pero
parpadeé, negándome a dejar que los imbéciles de esta habitación ganaran.
—¿Cuál es tu ciudad favorita en el mundo?
—París.
Estaba en mi lista de deseos.
—¿Has estado? —preguntó.
Sacudí la cabeza.
—Algún día.
Algún día visitaría todas las ciudades bonitas. Añadiría más sellos a mi
pasaporte. Quizá, si tenía suerte, el hombre que me acompañara en esos viajes
también sería libre de amarme.
—Vamos. —Jasper interrumpió el baile, me tomó de la mano y me sacó del
salón. Sus zancadas eran tan largas que tenía que saltar cada dos pasos para
seguirle el ritmo.
Se dirigió directamente al ascensor y pulsó el botón de nuestra planta,
sacando una llave-tarjeta del bolsillo en cuanto llegamos al nivel tres. Mientras
avanzaba por el pasillo, sacó el teléfono de la chaqueta y tecleó algo
rápidamente antes de acercárselo a la oreja.
—¿A quién llamas? —pregunté. 217
Siguió moviéndose, abriendo la puerta de nuestra habitación.
—Sí, necesito un vuelo chárter de Nápoles a París. Esta noche. Saliendo en
dos horas.
Jadeé.
Jasper me miró, había algo serio en su mirada. Entonces aparecieron las
arrugas. Me tomó la mejilla con la mano y me acarició la piel con el pulgar antes
de hacerme señas para que entrara en la habitación.
—Ve a hacer las maletas. Date prisa.
Un vuelo a París.
En este momento, estar en cualquier lugar que no fuera Italia, que no fuera
este hotel, parecía una idea brillante.
Entré en acción, corriendo por la habitación para juntar todo lo que había
esparcido en los dos últimos días.
Jasper hizo lo mismo mientras hablaba por teléfono, dando nuestros datos
a quienquiera que estuviera al otro lado de la llamada.
¿Cuánto me costó volar de Nápoles a París por capricho?
De momento, me daba igual. Francia sonaba como la escapada perfecta.
Jasper terminó la llamada, con la maleta y la bolsa de mano hechas y
cerradas sobre la cama. Se acercó al baño, se puso a mi lado y me ayudó a
recoger mis artículos de aseo del mostrador donde los habíamos esparcido antes
y los guardó en mi neceser de viaje.
—¿De verdad vamos a París? —pregunté.
Se encontró con mi mirada en el espejo.
—Realmente vamos a París.
La ciudad de la luz.
París al amanecer era mágico.
Las calles estaban tranquilas. Sólo unos pocos autos circulaban por las
somnolientas carreteras. Pasó una mujer con su perro, pero aparte del francés
murmurado que hablaba con su teléfono, la ciudad seguía arropada desde la
noche anterior.
Jasper y yo estábamos en el Pont d'Iéna, con el Sena fluyendo bajo los pies 218
arqueados del puente. Él miraba el río. Yo, la Torre Eiffel, captando los primeros
rayos del sol.
El avión había aterrizado en París cinco horas después de que saliéramos
corriendo del hotel en Italia. Nos había llamado un Uber hasta un hotel, pero sólo
para que pudiéramos dejar nuestro equipaje antes de que el mismo auto nos
trajera hasta aquí. Justo a tiempo para ver el amanecer.
—Gracias por traerme aquí —susurré.
La barbilla de Jasper estaba en mi cabeza, sus brazos alrededor de mis
hombros.
—¿Sueño hecho realidad?
—Y algo más.
Porque estábamos juntos. Porque me había dejado caer de nuevo en la
ilusión.
Algún día volvería a Italia. Visitaría Roma y la Toscana. Me comería mi peso
en pasta y helado. Pero dudaba que volviera a París.
Este era un recuerdo que no quería cubrir con otro.
La brisa atrapó un mechón de pelo y me lo azotó en la cara. Aún llevaba
puesto el vestido de la boda. Jasper llevaba esmoquin, aunque me había puesto
la chaqueta sobre los hombros para abrigarme.
Bostecé.
Pero me negué a moverme del sitio y a admitir que estaba agotada.
Si ésta era mi mañana en París, no la desperdiciaría. Así que nos quedamos
juntos, encerrados, mientras la ciudad empezaba a agitarse. Turistas y parisinos
cruzaban el puente. Los autos se agolpaban en las carreteras. Jasper y yo no
abandonamos nuestro lugar en el puente hasta que se abrieron las puertas de la
torre. Luego pasamos el día explorando.
Del Louvre a la catedral de Notre-Dame, pasando por las encantadoras y
abarrotadas calles de Montmartre, apenas rozamos la superficie de todo lo que
había que ver, saltando de un lugar a otro. En otra vida, cada lugar daría para un
día entero, pero como sólo teníamos uno, lo aproveché al máximo.
Hasta que el sol completó su viaje por el cielo y se ocultó tras el horizonte.
Hasta que volvimos al mismo lugar de la mañana. En el puente sobre el Sena, de
pie al pie de la Torre Eiffel una vez más para contemplar sus luces brillantes
contra el cielo oscurecido.
—¿Lista para volver al hotel? —preguntó.
—Todavía no. 219
Me dolían los pies. Mis huesos estaban cansados. Cada vez me costaba más
mantener los ojos abiertos.
—Esto es un sueño —murmuré, bostezando por enésima vez. Me apoyé en
Jasper, con los brazos alrededor de su cintura, sintiendo que podría dormir de
pie.
Eché un último vistazo a la torre y cerré los ojos, memorizándola.
Comprometiendo este lugar y a Jasper, guardando la imagen en los
rincones más profundos de mi mente, en el lugar donde juré no olvidar jamás.
Si alguna vez había un lugar para compartir antes de nuestra despedida
final, era aquí.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó.
—Quincy, Montana.
Era hora de volver a casa.
220
Jasper
—¿P
uedo ofrecerle algo, señor ?—preguntó la azafata.
—No. —Sacudí la cabeza, manteniendo la voz
baja.
Miró a Eloise, hecha un ovillo y dormida en mi
regazo, y sonrió. Luego se dirigió a la fila de detrás de la nuestra, pasando al
siguiente pasajero de la cabina de primera clase.
Relajé la cabeza contra el asiento. Estábamos en el último tramo del viaje
de vuelta a casa, y el sueño había sido esporádico desde que salimos de Italia.
Había conseguido pasar unas horas en el hotel de París, pero como
habíamos cambiado el vuelo para que saliera de Francia en lugar de Italia,
teníamos que estar en el aeropuerto a primera hora de la mañana. Eloise había
dormido algo en el vuelo, pero a mí nunca se me había dado bien dormir en los
aviones.
Sólo unas horas más y estaríamos en casa. Faltaba otra hora de vuelo, el
viaje de dos horas de Missoula a Quincy, y luego me acostaría en mi maldita
cama.
A los dos nos vendría bien una buena noche de sueño.
Eloise se había quedado dormida poco después de que despegáramos en
este último vuelo, pero no había dejado de sacudirse para despertarse, hasta que
finalmente se había subido a la consola que había entre nosotros y se había
acurrucado en mi regazo. Desde entonces, estaba muerta para el mundo.
Bostecé. El cansancio debería haberme vencido, habían sido unos días muy
largos, pero no podía dejar de pensar en ello. No podía dejar de pensar en lo
que Ashley me había dicho en la boda durante aquel breve baile.
Había sido un montón de mierda sobre cómo Samantha siempre me amaría.
Que no era demasiado tarde para nosotros. 221
Casi me sentí mal por el nuevo marido de Sam.
Casi.
Claramente, Sam no se había casado por amor.
¿Sabía siquiera lo que era el amor? ¿Lo sabía yo? Lo que Sam y yo habíamos
compartido parecía amor. Un vínculo. Atención. Cuando lo comparaba con mis
padres, lo que Sam me había dado, sobre todo al principio, parecía amor. Una
vez, hace mucho tiempo, había estado tan seguro de que lo que había sentido
por Samantha era amor.
Ahora...
No estaba seguro. Había aprendido más sobre el amor de la mujer que
babeaba sobre mi hombro en meses que en años con Samantha.
Con el brazo que no estaba atrapado bajo Eloise, saqué mi teléfono.
Habíamos cargado Wi-Fi en los dos teléfonos por si queríamos ver una película,
pero nada había despertado mi interés, así que comprobé si había algún mensaje
o correo electrónico.
No había nada de mis padres. Ningún mensaje preguntando si seguíamos
quedando para almorzar. Probablemente habían llegado al restaurante y se
habían olvidado por completo de que nos habían invitado a Eloise y a mí.
O quizá se sintieron aliviados cuando no aparecimos.
Dolía. ¿Sería así siempre? ¿Llegaría un momento en que pudiera verlos sin
esperar que les importara? Ni siquiera conocer a mi mujer podía despertar su
interés. Anoche estaban más contentos hablando con sus amigos que con su hijo
y su nueva nuera.
Una cosa era que me despidieran. ¿Pero Eloise?
Hoy parecía tan joven, con la cara sin maquillaje y el pelo recogido. Llevaba
un pantalón de chándal gris y una sudadera a juego con mangas que le caían
hasta la punta de los dedos.
Tal vez esta ira hacia mis padres no tenía nada que ver conmigo. Tal vez era
por Eloise.
Se merecía algo mejor de lo que le habían ofrecido.
Le di un beso en la frente y luego volví al teléfono, al correo electrónico que
llevaba ignorando desde el viernes.
Era del boxeador con el que me había reunido en Las Vegas. Necesitaba
una respuesta sobre la oferta de trabajo.
Así que, con una mano, tecleé mi respuesta. 222
Eloise se agitó en el momento en que pulsé enviar, como si hubiera sentido
el peso de esa decisión.
—Hola. —Le pesaban demasiado los párpados para abrirlos. Así que dejó
que se cerraran y se acurrucó más, enroscando las manos bajo la barbilla—.
¿Cuánto falta?
—No mucho.
Suspiró y, esta vez sí, abrió los ojos, se sentó derecha y se bajó de mi
regazo.
Sacudí el brazo que había estado detrás de ella. Se había dormido cinco
minutos después que ella.
Con un bostezo, Eloise agarró su teléfono de la mochila que tenía a los pies.
Lo que leyó en la pantalla la dejó boquiabierta.
—¿Qué pasa?
—Dios mío —respondió, entregándolo.
Había un mensaje abierto de Taylor. No la conocía, pero Eloise me había
hablado de ella lo suficiente como para saber que trabajaba en la recepción del
hotel.
Siento mucho molestarte en vacaciones pero Blaze ha venido hoy al hotel
aunque no tenía previsto trabajar. Apenas salía de recepción y cada vez que le
decía que estaba trabajando y no podía hablar, me ignoraba.
—¿Quién es Blaze? —pregunté.
—La compañera de universidad de mi madre se mudó a Quincy. Se llama
Lydia. Blaze es su hijo de diecisiete años. Mamá me preguntó si le daría trabajo.
Supongo que tenía problemas y Lydia pensó que un trabajo le vendría bien.
Así que Ana le había pedido un favor.
—¿Ese es el chico que estabas entrenando el fin de semana pasado?
Eloise asintió, pellizcándose el puente de la nariz.
Había ido a trabajar todo el fin de semana para formar a un nuevo asistente,
pero yo no le había pedido detalles. Cuando volvió a casa, estaba agotada.
Supuse que era porque había trabajado mucho para preparar el viaje.
El mensaje de Taylor estaba dividido en dos, así que seguí desplazándome
para leer el segundo mensaje.
Mientras hablaba, un pájaro golpeó una de las ventanas delanteras. Salió a
recogerlo y, aunque no estaba muerto, lo metió dentro. Cuando intentó huir, le
rompió el cuello. Me eché a llorar y llamé a mi madre. Ella dijo que si él sigue
trabajando en el hotel, entonces voy a tener que encontrar un trabajo diferente. 223
Blaze finalmente se fue cuando Mateo entró pero quería que lo supieras.
—¿Qué demonios? —¿Blaze había matado a un pájaro? ¿Delante de una
adolescente?—. Eso es jodido.
—Sí. —Eloise agarró el teléfono y escribió una respuesta a Taylor. Le dio a
enviar, luego lo metió en su mochila—. Está despedido. Odio despedir a la gente,
pero no creo que me importe esta vez.
—No quiero que lo hagas sola.
—Estaré bien. Yo me encargo.
—Mírame —ordené, esperando tener esos ojos azules en mí—. Sola no,
Eloise. Llámame. Llama a tu padre. Llama a uno de tus hermanos. Pero no hables
con este chico a solas. Por favor.
Suspiró.
—Tendré que cambiar el horario. Ya no quiero a Taylor sola en la
recepción.
—Tampoco quiero que estés allí sola.
—Bueno, eso no es una opción —murmuró—. Nunca debí contratarlo. Qué
desastre.
—Es el desastre de tu madre. Ella te puso en esta posición.
—Lo sé. Pero podría haberle dicho que no.
—¿Y cómo habría ido eso?
Eloise jugueteó con los dedos en su regazo.
—Probablemente se habría enfadado.
—Exacto. Tus padres se enfadan porque estás demasiado unida a tus
empleados. Sin embargo, tu madre te presiona para que contrates al hijo de su
amiga. ¿Cuál es la diferencia?
—Bueno, esperemos que esta vez no nos demanden.
Resoplé.
—Haz que tu madre lo despida.
—Ella no lo contrató. Fui yo. En última instancia, es mi responsabilidad. Así
que me ocuparé de ello.
—Pero no deberías tener que hacerlo. Ella no debería haberte pedido que
hicieras esto en primer lugar.
—Lo sé, Jasper. —Ella rodeó su cintura con los brazos, sus hombros se
curvaron hacia adelante. 224
La luz del cinturón de seguridad se encendió por encima de nosotros,
seguida de una campanada que llenó la cabina del avión. A continuación, el
piloto anunció por el intercomunicador que iniciábamos el descenso.
Había más cosas que decir sobre sus padres, sobre esta situación con Blaze,
pero me mordí la lengua, esperando a que bajáramos del avión y saliéramos del
aeropuerto para conducir a casa.
En cuanto estuvimos en la autopista, extendí una mano sobre la consola, y
cubrí su rodilla.
—Cuando he dicho que no quiero que despidas a Blaze tú sola, no es porque
no crea que puedas hacerlo. No confío en ese chico.
—No es eso. —Ella le dio la espalda—. Son mis padres. Eres tan rápido para
criticar a mamá.
Apreté la mandíbula.
—Tú estuviste de acuerdo. Tu madre no debería haberte pedido que
contrataras a ese chico, sobre todo si sabía que tenía problemas.
—No creo que ella lo supiera. Créeme, cuando se entere de esto, va a estar
diez veces más molesta que yo. Y como dije, podría haberle dicho que no.
Aparté la mano y la enrollé alrededor del volante para tener algo que
apretar.
—Pero no lo hiciste. Porque no querías causar problemas, ¿verdad? Porque
tienen ese hotel sobre tu cabeza como una maldita cuerda y eres su marioneta.
Eloise se estremeció.
—Jasper.
—Dime que me equivoco.
El pesado silencio que llenó la cabina fue respuesta suficiente.
—Tu sueño es ese hotel —le dije—. Te rompes el culo trabajando. Quieren
que seas esa persona dura en lugar de quien realmente eres. Das todo lo que
tienes, y aun así no es lo suficientemente bueno para tus padres.
—Eso no es justo.
—¿No es cierto? —me burlé—. Seguimos casados porque te aterrorizaba
que te lo quitaran. De que pensaran menos de ti. Porque en el fondo, te han hecho
temer que le den ese hotel a otro.
Eloise negó con la cabeza.
—Estás tergiversando esto. Ellos me apoyan.
225
—Tienen una forma jodidamente extraña de demostrarlo —murmuré—.
¿Alguna vez nos han felicitado después de casarnos?
—¿Es por esto que actuabas tan extraño en el rancho? ¿Por qué los evitas?
¿Porque crees que no me apoyan o que no se alegran por mí?
—No voy a fingir que me gustan tus padres.
—Jasper. —Su boca se entreabrió—. No digas eso.
La fulminé con la mirada.
—¿Así que puedes decir que odias a mis padres pero yo no puedo discrepar
con los tuyos?
Eloise hizo un gesto de dolor. Luego sus ojos se inundaron de lágrimas.
Mierda. Demasiado lejos. Lo había llevado demasiado lejos.
Tenía todo el derecho a que no le gustaran mis padres. Demonios, a mí no
me gustaban mis padres. Pero ella amaba a los suyos. Y yo la había puesto en la
posición de elegir.
Su familia. O a mí.
La tensión se instaló densa y sofocante en la cabina. El remolino de los
neumáticos sobre el asfalto era el único sonido en kilómetros. Eloise mantenía la
mirada fija en la ventanilla del copiloto mientras yo me concentraba en la
carretera.
Debería haber sido un alivio ver la cabaña pero no lo fue.
—Tienes razón —susurró mientras estacionaba—. Toda la razón. Pero
quiero a mis padres de todos modos.
Así era ella.
Sin condiciones. Sin vacilaciones. Incluso cuando algunas personas podían
no merecerlo. Como yo.
—Sus corazones están en el lugar correcto —dijo.
—¿Lo están? —Joder, estaba siendo un imbécil. ¿Por qué no podía
simplemente dejar este tema?
—Dijiste que estaba bien si mi familia te odiaba. —Su barbilla tembló—.
Que así sería más fácil. Pero lo que realmente querías decir era que estaba bien
si los odiabas. Que sería más fácil para ti.
El clavo me atravesó el pecho.
Sí, sería más fácil. 226
Alejarse. Cortar lazos.
Eloise resopló y se secó las ojeras antes de que le cayera una lágrima.
—Ésa es la razón por la que odio a tus padres. Por eso odio a Samantha, a
pesar de lo mucho que dices quererla. No me digas que tengo miedo, Jasper. No
cuando tú estás igual de asustado. Has construido una fortaleza a tu alrededor
porque tienes miedo de amar a alguien y que te deje. Alejas a todos antes de que
tengan la oportunidad de acercarse.
Se me retorció el pecho.
—El…
Salió del auto a empujones, sacó las maletas, las llevó dentro antes de que
pudiera ayudarla.
Me pasé una mano por el pelo, inclinando la cabeza hacia el techo del
Yukon.
—Mierda.
Tenía razón. Pero entre la boda, ver a Sam, el viaje a París, me estaba
desmoronando. Eloise y yo necesitábamos hablar, pero en ese momento, no
confiaba en mí mismo para articular mis sentimientos. De decirlo bien. Así que
lo dejé todo, concentrándome en una sola tarea: el correo.
Salí a empujones del Yukon y caminé por el camino de entrada. El aire
limpio de la montaña no aliviaba en absoluto la presión que sentía en el pecho.
Cada paso me parecía más y más pesado. Pero seguí caminando. Para cuando
volviera a la cabaña, tal vez tendría una pista sobre qué decir para solucionarlo.
El día de ayer en París había sido increíble. Un día que nunca olvidaría. No
quería arruinar este viaje con una pelea.
Dentro del buzón había dos revistas, ambas para Eloise, y un sobre blanco
tan grande que lo había doblado por la mitad para que cupiera. Puse las revistas
bajo un brazo y examiné el sobre.
Estaba dirigida a Eloise de Misner Family Law. Su abogada.
Deslicé el dedo bajo el sello del sobre y lo abrí. Eloise ya estaba enfadada.
Podía añadir invasión de la intimidad a su lista.
Con un tirón cuidadoso, saqué los documentos del sobre lo suficiente para
leer la primera página.
No era que lo necesitara. Ya sabía lo que encontraría dentro.
Papeles de divorcio.
227
Eloise
J asper estaba en la cubierta, con una taza de café en la mano. Iba en
vaquero y camiseta, con los pies descalzos. Se quedó mirando los
árboles.
Lo miré fijamente.
En los últimos dos días, había visto más de su espalda que en todo el tiempo
que habíamos pasado juntos.
Cada vez que yo entraba en la habitación, él se iba. Por la noche, dormía
mirando a una pared mientras yo miraba a la otra.
Todo mi cuerpo se sentía pesado. Mis músculos estaban casi tan cansados
como mi corazón. Nunca en mi vida me había sentido tan cansada. Dos noches
sin dormir. Dos días luchando contra las lágrimas, y la batalla me había agotado
por completo.
Jasper levantó la taza y bebió un sorbo de café. Ni siquiera echó un vistazo
a la casa.
¿Era así como terminaría? ¿En silencio?
Tenía un nudo en la garganta duro como una roca, pero me lo tragué. Cayó
en mi estómago vacío como un mazo. Con el bolso colgado del hombro, agarré
las llaves de la encimera de la cocina y salí de la casa.
Mi falso matrimonio se estaba desmoronando.
Pero al menos tenía al hotel. Mi matrimonio con aquel hotel era tan real
como el sol de la mañana y, un día más, sería mi salvación. Así que subí a mi auto
y conduje hasta la ciudad.
Mi lista mental de tareas pendientes había estallado los dos últimos días con
nada más que asco.
Buscar un nuevo alquiler. 228
Llama a mi abogada.
Y a la cabeza de la lista: despedir a Blaze.
Odiaba mi lista de tareas pendientes. ¿No podía rebobinar el tiempo un par
de días?
El domingo, Jasper y yo habíamos estado explorando París. Había sido, sin
duda, el mejor día de mi vida. Mientras caminábamos, tomados de la mano, me
convencí de que le importaba. De que podría amarme.
Tal vez lo hacía. Al menos, tal vez amaba una parte de mí.
Excepto que, para bien o para mal, mi familia era la otra parte. Mis padres,
mis hermanos y hermanas, eran una parte de mi corazón. Los Eden venían como
un paquete.
Jasper no podía preocuparse por mí y despreciarlos.
Lo había dejado claro en el viaje de vuelta. No era justo que yo expresara
mi desagrado por sus padres y esperara que él se callara. Y también había dicho
que mamá y papá me apoyaban.
Sí, tenía miedo de perder el hotel.
Pero al fin y al cabo, confiaba en ellos. Tenía fe en que me querían, que
querían lo mejor para mi vida. Si decidían que yo no tenía lo que hacía falta para
ser dueña de The Eloise, sabía que esa decisión sería dolorosa para ellos. Sólo
lo harían porque era la mejor decisión. Porque sabían que si ese hotel fracasaba
bajo mi control, sería devastador.
No era una situación en blanco y negro. Pero no sabía cómo explicárselo a
Jasper. No cuando sus padres habían sido tan... fríos.
La única forma en que Jasper iba a ver la belleza de mi familia era
viviéndola. Aguantando a mis hermanos. Conociendo a mis hermanas. Viendo el
amor incondicional que nos daban mis padres.
¿Cómo iba a enseñarle cómo debía ser una familia si él la dejaba fuera?
¿Cuando se marchara?
Se había acabado, ¿no?
Terminamos en una horrible y desgarradora pelea. Y ni siquiera había
tenido la oportunidad de demostrarle a Jasper por qué era tan maravilloso. Por
qué merecía amor.
Mis ojos se inundaron. Me rocé la piel bajo las pestañas. Estaba
prácticamente en carne viva por la cantidad de lágrimas que había arrastrado en
los últimos dos días. Luego fui al callejón de detrás del hotel, estacioné junto a la
camioneta de Knox y entré. 229
La mañana fue un torbellino de actividad. No sólo estaba poniéndome al día
de mi ausencia, sino que nos preparábamos para uno de los fines de semana
festivos más ajetreados del año.
El fin de semana del Día de la Independencia en Quincy era una montaña
rusa, un carnaval de diversión y caos. Los turistas acudían en masa a disfrutar de
las fiestas locales: un desfile y el rodeo del condado, fuegos artificiales al
anochecer, bailes y jaleos en los bares locales.
El hotel estaba lleno.
Este fin de semana todos los Eden estarían ocupados. Talia se tomaría el fin
de semana libre en el hospital para ayudar a Lyla en la cafetería. Griff y papá
estarían de guardia para hacer recados a la ferretería o a la tienda de comestibles
para lo que cualquiera necesitara. Mamá probablemente rebotaría entre la
cafetería o Knuckles para ayudar a Knox.
Y quien no estuviera ocupado ayudaría en el hotel.
Pero por muy ocupados que estuviéramos, todos nos reuníamos en el
recinto ferial para ver el rodeo. Era una tradición.
¿Había estado Jasper alguna vez en un rodeo?
Me había enseñado París, la ciudad de mis sueños. Y lo único que yo quería
era sentarme a su lado, beber una cerveza y enseñarle la diferencia entre montar
a caballo y a pelo.
¿Se quedaría hasta entonces? ¿O estaba haciendo las maletas? ¿Había
aceptado ese trabajo en Las Vegas?
La idea de que Jasper se fuera me hacía doler todo el cuerpo, así que lo dejé
a un lado y me centré en el trabajo, esperando el momento oportuno hasta que
un chico enfadado de pelo negro y gafas gruesas entró por la puerta principal.
Blaze cruzó el vestíbulo, con los ojos en el suelo y los hombros encorvados.
Volvía a usar el vaquero horrible. Los “vete a la mierda, mamá” habían sido
retocados en los muslos y las rodillas.
Este chico necesitaba más que un trabajo.
—Hola, Blaze.
Parpadeó.
—Gracias por venir hoy —le dije—. Dame un minuto.
Mateo había venido antes para ayudar. Había estado instalando una
estantería que había comprado para la sala de descanso, así que le envié un
mensaje de texto, preguntándole si podía vigilar la recepción durante unos
230
minutos.
Llegó dando zancadas por el pasillo minutos después, dirigiendo a Blaze
una mirada plana.
—Estaremos en la oficina —le dije.
—Tómate tu tiempo. —La mirada que envió a Blaze estaba llena de
advertencia.
Jasper no era el único hombre en mi vida al que no le gustaba que este chico
y yo estuviéramos solos.
Pero a pesar de las opiniones de los demás, este era mi lío. No de mi madre,
mío. Debería haberle dicho que no. Ya que no lo había hecho, entonces
arreglaría este error.
Así que acompañé a Blaze a mi despacho, ocupé la silla que había detrás de
la mesa en la que rara vez me sentaba, mientras él se sentaba en el lado opuesto.
El corazón me latía con fuerza cuando me enfrenté a él, con las palmas de las
manos húmedas. Dios, odiaba despedir a la gente, incluso a los chicos extraños
que daban miedo a mis empleados. Pero mantuve los hombros rectos y la
barbilla alta. Y pronuncié las frases que había ensayado una y otra vez la noche
anterior, cuando no había podido dormir.
—Blaze, voy a tener que dejarte ir. Aprecio tu tiempo aquí pero,
desafortunadamente, esto no ha sido bueno para nuestro departamento de
limpieza. —Contuve la respiración, esperando su reacción.
No hubo arrebato ni discusión. Blaze simplemente se encogió de hombros.
—Bien. De todas formas esto fue idea de mi madre puta. ¿Cuándo tendré mi
dinero?
—Tu última nómina se enviará a tu dirección registrada cuando procesemos
la nómina el día uno.
Se levantó de la silla y salió del despacho.
¿Eh? ¿Ya está? Bueno, al menos una cosa había ido bien hoy.
Me levanté de mi silla y apagué la luz al salir de la habitación y me reuní
con Mateo.
—¿Cómo ha ido? —preguntó.
Levanté un hombro.
—Podría haber sido peor.
Mateo miró más allá de mí hacia la chimenea.
Blaze se quedó mirando la columna de piedra del hogar que se alzaba hasta 231
las vigas.
Hice una doble toma. Maldita sea.
—¿Todavía está aquí?
Justo cuando pensaba que esto había sido fácil.
Inspiré con fuerza y me dirigí hacia los sofás.
—Blaze, ¿necesitabas algo más?
Mantuvo la mirada fija en el techo.
—Taylor trabaja hoy, ¿verdad?
—Um… —¿Cómo demonios sabía eso? Acababa de llamarla hacía un par
de horas para ver si quería unas horas más. Había accedido a sentarse en la
recepción mientras yo terminaba el siguiente horario y documentaba el despido
de Blaze. ¿Cómo sabía que iba a venir?—. ¿Ella te dijo eso?
¿Quizás eran amigos?
—La vi caminando. Llevaba ropa de trabajo.
Se me erizaron los pelos de la nuca.
Taylor conducía su Honda Civic al trabajo porque su familia vivía a unos
kilómetros de la ciudad. Claro, ella podría haber llegado temprano al centro. Tal
vez se detuvo en la cafetería o en otra tienda y fue entonces cuando él la vio. Pero
en cualquier caso, cuando entrara por estas puertas, no quería que él estuviera
aquí para recibirla.
—¿Por qué necesitas ver a Taylor?
Bajó la barbilla y, por primera vez, me miró a los ojos.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Sí, este chico tenía que irse.
—Quiero decirle que me han despedido —dijo.
¿Porque pensaba que era culpa de ella? No podría decirlo con ese tono
plano.
—Me aseguraré de hacérselo saber. —Extendí una mano hacia la puerta—
. Gracias de nuevo por venir hoy. Seguro que te veré por la ciudad.
Ladeó la cabeza y un mechón de aquel pelo negro le cayó en la cara. Pero
por lo demás, no se movió.
—Blaze, tienes que irte. No puedes quedarte aquí.
—¿Por qué no? 232
—Porque yo lo digo. —Y aparentemente, me acababa de convertir en mi
madre.
Y fue un error decirlo. Si la mirada de Blaze había sido fría antes, ahora era
ártica.
Se me puso la piel de gallina en los antebrazos y, de repente, vi al chico que
había metido un pájaro herido en el edificio y le había roto el cuello.
—Quiero hablar con Taylor —dijo.
—Bueno, al final no vendrá hoy. —Saqué mi teléfono del bolsillo y le envié
un mensaje rápido.
Cambio de planes. No vengas al hotel. Te llamaré más tarde.
Si Blaze tenía una obsesión malsana con Taylor, el último lugar donde la
quería era en este vestíbulo.
Con el teléfono guardado, crucé los brazos sobre el pecho.
—Hora de ir a casa, Blaze.
Me miró fijamente. Inmóvil.
Uf. Hoy no tenía tiempo para adolescentes.
La puerta del vestíbulo se abrió.
Mierda. Taylor. El corazón se me subió a la garganta mientras ambos
mirábamos hacia la puerta.
Pero era Jasper.
Entró en el vestíbulo vestido como si viniera del gimnasio. Su pantalón corto
negro acentuaban la fuerza de sus muslos y mostraban la definición de sus
pantorrillas. Aquella camiseta blanca se extendía por su ancho pecho y abrazaba
sus brazos encorvados.
Un cuerpo refinado hasta la perfección. Un cuerpo perfeccionado a base de
golpes y patadas.
Jasper llevaba el pelo bajo una desteñida gorra de béisbol. Junto con la
mandíbula apretada, le daba un aire amenazador e intimidatorio.
Cualquier chico normal probablemente se habría acobardado ante el
acecho de Jasper, que se detuvo detrás del sofá más cercano, con los brazos
cruzados.
No Blaze. Aunque su mirada se suavizó, lo suficiente.
—Blaze —dije—. Adiós.
Su labio se curvó. —
Perra. 233
—Cuidado —dijo Jasper—. Esa es mi esposa.
Durante una fracción de segundo, me permití creer esa afirmación. Dejo
que aligere el peso sobre mis hombros.
Esa es mi esposa.
Entonces la tristeza llegó como una tormenta de invierno, cubriéndolo todo
de hielo. Volvió la pesadez a mis huesos.
No, yo no era su esposa. No de la manera que importaba.
Aquel escozor en la nariz amenazaba con lágrimas que no podía llorar, aún
no. Las guardaría para más tarde, después de echar a este chico de mi hotel.
—Esto es propiedad pública —se burló Blaze—. Puedo estar aquí.
—Corrección —dije—, estamos abiertos al público, pero no te equivoques,
este es mi edificio. Y yo digo quién se queda y quién se va. Ya no eres
bienvenido.
—Vete a la mierda.
Señalé la puerta.
—Ahora tienes un eslogan para tu próximo par de vaqueros.
Nos miró a Jasper y a mí durante un largo rato. Finalmente, Blaze resopló y
se dirigió a la puerta, abriéndola de un tirón. Levantó una mano, haciéndonos
señas mientras cruzaba las ventanas delanteras. Luego dobló la esquina y
desapareció.
—Bueno, eso fue genial. —El aire salió disparado de mis pulmones—. Va a
ponerle huevos a mi hotel, ¿verdad? ¿Los niños ya no tiran huevos a los edificios?
¿O van directamente a por la pintura en spray?
Estaba bromeando. Algo así. Ahora mismo, con Jasper mirándome
fijamente, necesitaba hacer una broma, aunque ninguno de los dos se riera.
Jasper plantó las manos en las caderas.
—¿Qué te dije sobre quedar con ese chico a solas?
Me pellizqué el puente de la nariz.
—Lo sé.
—Oye. .—La mano de Mateo aterrizó en mi hombro. ¿Cuándo se había
acercado?—. ¿Estás bien?
—Necesito hablar con Taylor y llamar a su madre. Y luego llamar a mamá y
decirle que hable con Lydia. —Aunque dudaba que la madre de Blaze tuviera
mucho control sobre ese chico. 234
Saqué mi teléfono del bolsillo. Taylor había contestado: bien.
—¿Podrías asegurarte de que realmente se ha ido? —le pregunté a Mateo.
Asintió.
—Lo has hecho bien.
—Gracias. —Mis ojos se inundaron. El orgullo de mi hermano no debería
haber sido el punto de inflexión, pero todo era demasiado. No había espacios
vacíos para absorberlo. Ni fuerza extra para cargarlo.
Mateo me apretó el hombro, luego salió, siguiendo el camino de Blaze más
allá de las ventanas.
Cerré los ojos y respiré tranquilamente. No sirvió de nada. Ni siquiera un
poco.
El calor del cuerpo de Jasper, su calidez, me llegó al mismo tiempo que su
olor. Entonces sus nudillos rozaron mi mejilla.
—¿Estás bien?
—Genial —mentí, abriendo los ojos.
Fue la expresión de su cara lo que me quebró. La preocupación. El miedo.
Las lágrimas se derramaron por mis mejillas.
—No estás bien.
Más lágrimas brotaron, tan rápido que se volvió borroso.
—Es el jet lag.
—Eloise.
—No lo hagas. —Un sollozo se escapó—. No digas mi nombre así.
—¿Cómo?
—Como si fuera tu esposa. —Mi voz se quebró con mi corazón. Demasiado.
Era demasiado.
Las tornas de la batalla habían cambiado, y yo estaba a punto de ser
masacrada por mis propias malditas emociones.
Así que enterré la cara entre las manos para amortiguar los gritos, para
atrapar las lágrimas, mientras la crisis nerviosa contra la que llevaba luchando
dos días ganaba por fin su guerra.
—Oye. —Jasper me atrajo contra su pecho, sus brazos me envolvieron
fuertemente.
No había suficiente fuerza en mi corazón para apartarlo, así que me hundí
profundamente, empapando su camisa con mis lágrimas y dejando que las
palabras de mi corazón fluyeran libremente. 235
—Sé que es el final. Sólo que no esperaba que se sintiera así. Y no quiero
terminarlo con una pelea.
No quería que terminara. Punto.
—No es el final.
Lo deseaba tanto que habría jurado que había dicho que no era el final. Mi
imaginación era mala algunos días y sólo me hacía llorar más.
—Eloise, mírame. —Jasper desenrolló sus brazos, tomando mi cara entre
sus manos. Me dio un momento para recomponerme y escuchar—. Tengo los
papeles del divorcio.
Ay. Maldita sea, esto duele.
—No me di cuenta de que tu abogado los estaba enviando.
—No es mío, ángel. Tuyo.
—Oh. —Supongo que ese punto estaba fuera de mi lista de cosas por hacer.
—Los tiré a la basura.
Mi cerebro estaba demasiado nublado para seguir el ritmo.
—Espera. ¿Lo hiciste? Porque había algo malo con ellos o...
—No es el final.
—¿No lo es?
—No. —Sacudió la cabeza, sus ojos buscaban los míos—. Eres mi esposa.
—Pero si ni siquiera te pones el anillo —espeté, y entonces me invadió de
nuevo una oleada de emociones. Confusión. Alegría.
Demasiado. Así que enterré la cara en la camisa de Jasper y dejé que me
abrazara mientras lloraba.
¿Esto estaba pasando? Cuando las lágrimas disminuyeron, cuando los
sollozos se convirtieron en hipos, aspiré largamente su colonia y desenterré mi
cara de su pecho.
—¿Estás seguro?
—¿Que eres mi esposa? —Sus labios se apretaron contra mi pelo—. Estoy
seguro.
El alivio casi me hace caer de rodillas. Pero me aferré a su camisa,
apretándola entre mis manos como si estuviera envolviendo su corazón con mis
dedos. Si alguna vez intentaba irse, arrastraría su culo de vuelta a Quincy.
236
—No es el final —repetí.
—No es el final.
Se me escapó una carcajada. Me despegué de su pecho y busqué sus ojos
oscuros.
Tenían arrugas a los lados.
Me besó, arrastrando su lengua por mi labio inferior, despacio y
saboreándolo. Solo duró un momento antes de que inclinara su boca sobre la mía
y profundizara, reclamando cada rincón de mi boca.
Dejé que ese beso se hunda en mi alma cansada, para calmar un poco la
tormenta.
Su camisa estaba empapada y arrugada cuando por fin la solté.
—Lo siento.
Jasper me tomó la mandíbula y me limpió las mejillas húmedas con los
pulgares.
—¿Estás bien con esto?
Asentí. Muy bien.
—En el auto, cuando estábamos peleando, dijiste algo.
—No quiero hablar de eso. —Hoy no. No después de esto.
—De esto tenemos que hablar. Ahora. —Me dedicó una sonrisa triste—.
Dijiste que amaba a Samantha.
—Oh. —¿De eso quería hablar? ¿De verdad?
El lunes había dicho muchas cosas que no quería revivir. Todo había sido
verdad, honestidad brutal. Pero seguía sin querer repetirlo. No quedaba lucha
en mis huesos.
—No amo a Samantha. —Volvió a enmarcar mi cara, asegurándose de que
mis ojos estaban fijos en los suyos—. No sé si alguna vez la amé de verdad. No
como debería.
Se me cortó la respiración.
¿Eso significaba…?
Antes de que pudiera terminar ese pensamiento, la puerta del vestíbulo se
abrió y Mateo entró.
—Blaze está sentado en el capó de su auto estacionado enfrente.
Uy. Eso mató el estado de ánimo.
—De acuerdo. Esperemos que se dé por vencido y se vaya.
237
—No me gusta ese chico —dijo Jasper, soltándome la cara para volver a
arrastrarme contra su pecho—. No te quejes cuando sea tu sombra los próximos
días.
—Señor, sí, señor. —Mis brazos estaban atrapados, así que no pude hacerle
mi habitual saludo simulado.
Su pecho se estremeció con una carcajada silenciosa.
Sonreí, hundiéndome contra él. Luego, como estaba contenta, empecé a
llorar otra vez.
—Lo siento. Estoy... abrumada.
—Te tengo —murmuró, abrazándome más fuerte—. ¿Qué necesitas?
A ti.
—Una siesta.
Jasper me soltó, enganchándome la mano. Luego me condujo a un sofá,
sentándose contra uno de los reposabrazos antes de golpearse el muslo.
—Vamos.
—Necesito trabajar.
—Tómate cinco minutos —dijo Mateo—. Me ocuparé de la recepción.
—¿Estás seguro?
Nos guiñó un ojo y nos dejó solos a Jasper y a mí.
Miré fijamente a Jasper, a ese regazo en el que tanto me gustaba
acurrucarme. Cinco minutos no me vendrían mal, ¿verdad? Así que me senté,
acurrucándome en su pecho, dejando que el calor de su cuerpo me envolviera
como una manta.
—Cinco minutos.
Me besó la frente.
—Cinco minutos.
Me dormí en segundos.
Me abrazó durante una hora, sabiendo que necesitaba más que minutos.
Cuando me desperté, Mateo todavía estaba en la recepción.
Y Blaze no estaba por ningún lado.
238
Jasper
E
loise destapó su vaso de café para llevar y retiró el bolso de la
encimera. Luego, como hacía casi todas las mañanas, giró. Dos
círculos, en realidad. Una vuelta a la derecha. Una vuelta a la
izquierda.
—Se me olvida algo —dijo.
—Sea lo que sea, te lo llevaré más tarde.
—De acuerdo. —Me dedicó una suave sonrisa y su mirada recorrió mi
pecho desnudo.
Mientras ella se duchaba y se vestía, yo me levanté de la cama y preparé
café, sin molestarme más que en ponerme un pantalón de chándal.
Su mirada se detuvo en mis abdominales un instante antes de que sus ojos
se desviaran hacia mis manos extendidas sobre la isla, aquellos azules fijos en mi
izquierda. Su sonrisa se atenuó.
Estaba buscando el anillo, ¿no?
Eloise había estado prestando más atención a mi dedo anular esta última
semana, desde aquel día en el vestíbulo del hotel, hacía una semana, cuando
había despedido a Blaze. El día que le dije que los papeles del divorcio habían
ido a parar a la basura. Cuando mencionó el anillo en el calor del momento.
¿Lo había estado buscando todo este tiempo? No me había dado cuenta de
que me miraba la mano, pero quizá la había escondido mejor antes de Italia. O
quizá yo no me había dado cuenta.
Pero ahora estaba ahí, atormentándonos a ambos.
—¿Vas a ir al gimnasio? —preguntó ella, con la mirada fija en su taza de
café. Cuando volvió a levantar la vista, su sonrisa había recuperado todo su
esplendor.
239
—Sí. Foster y yo nos reuniremos en media hora.
—¿Nos vemos después?
Asentí con la cabeza.
—¿Quieres que te lleve la comida?
—Sí, por favor. —Dobló la esquina y se puso de puntillas para darme un
beso.
Me incliné, la estreché entre mis brazos y sellé mi boca sobre la suya.
Nuestras lenguas se enredaron en una danza lenta y perezosa, besándonos hasta
que sus mejillas se ruborizaron y mi polla se tensó.
Otra mañana, le quitaría ese pantalón negro y la follaría mientras estaba
inclinada sobre el mostrador. Pero había tenido una semana ajetreada y sabía
que quería ponerse a trabajar. Así que me aparté, abrazándola un minuto más
para enterrar mi cara en su pelo y aspirar mi aroma favorito.
Se aferró a mí con sus brazos rodeando mis costillas y trabados detrás de
mi espalda.
—Será mejor que me vaya.
—Sí —murmuré, aflojando mi abrazo. Le di un beso en la frente y la seguí al
exterior, quedándome en el porche para ver cómo se subía al auto y me saludaba
con la mano antes de marcharse.
El aire de la mañana era cálido y estaba anunciado otro caluroso día de julio.
El aroma del pino llenaba mi nariz. El río corría a lo lejos y los pájaros cantaban
entre los árboles. Los rayos de sol se colaban entre las ramas, tiñéndolo todo de
un amarillo resplandor matutino.
Debería haber captado mi atención. Este pequeño rincón de Montana, mi
pequeño rincón, se había convertido en una fuente de paz. En lugar de eso, miré
mi mano y suspiré.
Si Eloise se hubiera negado a llevar el anillo que le había comprado, me
habría molestado. Especialmente ahora, después de todo lo que habíamos
pasado juntos.
El anillo que me había dado era sencillo. Clásico. Una banda de titanio con
los bordes pulidos y el centro mate.
¿Cuáles eran las probabilidades de que eligiera el mismo anillo que Sam
me había regalado años atrás?
Cuando me lo había dado, casi había pensado que era una broma. No es
que Eloise supiera que era el mismo, pero eran idénticos.
El anillo que había comprado Eloise había pasado algún tiempo en mi cajón
de arriba, enterrado bajo los calcetines. No estaba preparado para volver a 240
llevar un anillo. Sobre todo cuando me resultaba tan familiar.
Me había puesto el anillo de Samantha.
Y había significado una mierda.
¿No significaba más para Eloise que yo estuviera aquí? ¿Que me tenía
envuelto alrededor de su propio dedo anular?
Eloise Eden me poseía.
Amaba a esa mujer.
La amaba de una forma que ni siquiera sabía que existía. Un amor profundo,
eterno.
¿No era más importante que le mostrara cómo me sentía? Todos los días.
Cada noche. Desde la comida que cocinaba, hasta la forma en que adoraba su
cuerpo.
Me acurruqué. La dejé dormir encima de mí todas las malditas noches, ¿no?
Era sólo un anillo.
Con o sin anillo, era suyo.
Pero ella lo necesitaba, ¿no? Necesitaba ese símbolo. Así que hoy, lo dejaría
en la joyería para que se lo cambiaran de tamaño. Estaba un poco apretado.
Dejé el porche y entré en casa para cambiarme el chándal por un pantalón
corto y una camiseta limpia. Luego crucé la ciudad hasta el gimnasio de Foster.
—Hola. —Foster estaba sentado en el centro del ring, estirando sus
tendones.
—Hola. —Levanté la barbilla y me quité los zapatos antes de unirme a él.
Atravesar las cuerdas siempre me centraba. Los combates de MMA se
celebraban en una jaula, pero Foster siempre había preferido su entrenamiento
diario en un ring de boxeo, incluso cuando habíamos vivido en Las Vegas. Yo
sentía lo mismo.
El ring, con sus cuatro esquinas y su pequeño tamaño, me daba seguridad.
Me permitía aislarme de todo y de todos más allá de esos muros imaginarios.
—¿Cómo estás? —me preguntó cuando me senté frente a él, iniciando la
rutina habitual de estiramientos.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien. Pero recibí una llamada interesante esta mañana. De ese chico
nuevo que se está haciendo un nombre en Las Vegas. —Foster no necesitó
aclararlo. Ambos sabíamos que era el chico que había tratado de contratarme—
. Me dijo que te propuso un trabajo y que lo rechazaste. Creo que pensó que te
quedabas por mí. No debe saber lo de Eloise. 241
Cuando había ido a Las Vegas para aquella entrevista, le había hecho creer
a Foster que había hablado con el chico antes de que Eloise y yo nos casáramos.
Que mi viaje a Las Vegas fue más una cortesía que una investigación seria.
—Le dije que lo entrenaría, pero tiene que mudarse.
Foster sonrió.
—Me alegro de que te quedes. Si Eloise y tú hubieran decidido mudarse a
Las Vegas, los Eden podrían haber montado un control en la autopista.
Me reí entre dientes.
Quizá algún día, si a Eloise le parecía bien, le contaría toda la historia. Le
contaría lo de Las Vegas. Sobre cómo Eloise y yo habíamos acordado fingir.
O tal vez no.
A una parte de mí le gustaba que este secreto fuera sólo nuestro.
—Necesito un trabajo —le dije a Foster. No por el dinero. Podría vivir
cómodamente de mi herencia el resto de mi vida. Pero necesitaba algo para
mantenerme ocupado.
—Tienes un trabajo.
Lo fulminé con la mirada.
—Estás retirado.
—¿Y? —Se encogió de hombros, poniéndose de pie. Luego se golpeó el
estómago—. A Talia le gustan mis abdominales. Puedes ayudarme a
mantenerlos.
Me levanté de un salto y le tendí una mano.
—¿Y si entrenamos como amigos?
—No amigos. —Me estrechó la mano—. Hermanos.
—Hermanos. —Éramos hermanos, ¿no? Foster y yo habíamos sido
hermanos mucho antes de casarme con Eloise. Pero maldición, me gustaba que
fuera oficial—. De acuerdo. Pongámonos manos a la obra para mantener feliz a
tu esposa. —Y a la mía también. A Eloise le gustaba la definición de mis caderas.
Pasamos las dos horas siguientes en el ring, entrenando y haciendo
ejercicios. Ninguno de los dos necesitaba un show, un combate de campeonato,
para esforzarse. Entrenábamos porque era la válvula de escape en la que ambos
habíamos llegado a confiar. Y cuando el sudor empapó mi camiseta, cuando mis
piernas estaban calientes y mis músculos flojos, Foster y yo volvimos a las
colchonetas para estirarnos y refrescarnos. 242
—¿Qué tipo de trabajo quieres? —preguntó.
—Como si lo supiera. —Ni siquiera estaba seguro de qué tipo de
oportunidades había en Quincy—. Por ahora, Eloise necesita ayuda en el hotel.
El 4 de julio había sido una semana agitada. El rodeo del fin de semana
pasado había sido una experiencia única, algo que no había pensado que
disfrutaría. Pero acabamos pasándolo muy bien. El entusiasmo de Eloise había
sido contagioso. Incluso con su familia allí, lo había pasado bien, probablemente
porque me había sentado al final de nuestra fila, con Foster a un lado y Eloise al
otro.
Incluso después de las celebraciones, Quincy estaba repleta de turistas. El
hotel estaba abarrotado y las seis horas que transcurrieron entre la salida y la
llegada fueron una auténtica locura.
Eloise me había dado un curso intensivo de limpieza y manejo de lavadoras
y secadoras industriales para que pudiera contribuir. Para ella había sido una
decisión acertada despedir a Blaze, sobre todo porque me había dicho que
causaba más trabajo del que realmente realizaba. Pero seguía teniendo un hueco
a tiempo parcial en su plantilla, que yo había intentado llenar.
—Es bueno que la ayudes —dijo Foster—. Talia dijo que esto era lo más
lleno que ha visto Quincy o el hotel.
—Estoy encantado. —Era la verdad. Nunca había sido un hombre que
necesitara ser el centro de atención. Por el momento, me conformaba con hacer
lo que fuera necesario para que Eloise brillara.
¿Esa era mi vocación? Nunca había sentido que tuviera un gran propósito
en la vida. Yo era un hombre contento de ayudar a alguien más a alcanzar sus
sueños. Primero Foster. Luego Eloise.
Por ahora me parecía un buen plan.
—Hablando del hotel —dije, poniéndome de pie—. Será mejor que me vaya
a casa y me dé una ducha. Luego ir al centro a ver qué pasa.
—Creo que iremos en esa dirección más tarde. —Foster se levantó también,
y me siguió fuera del ring—. Talia quiere comer en Knuckles esta noche.
¿Quieren acompañarnos?
Mi primera reacción fue decir que no. Prepararle la cena a Eloise antes de
llevármela a la cama se había convertido en lo mejor de mi día. Pero tal vez le
gustaría una cita.
—Sí. Tal vez. Déjame hablar con Eloise.
Foster asintió y me saludó con la mano mientras me dirigía al exterior.
243
Conduje hasta casa, me di una ducha y me puse un vaquero y una camiseta
negra. Luego agarré el anillo del cajón y lo metí en un bolsillo antes de dirigirme
a la cocina a preparar la comida para Eloise y para mí.
Estaba a punto de irme, pero algo me detuvo. Me di la vuelta, observando
los mostradores. ¿También había olvidado algo?
—Mmm. —Qué extraño. Sentí un retorcimiento en las tripas, casi como una
sensación de miedo.
Dejé que el silencio se apoderara de mí. Escuché si algo iba mal: agua
corriendo o un zumbido eléctrico fuera de lo común. Pero la cabaña estaba
tranquila. Normal.
El olvido de Eloise era contagioso. Así que me sacudí la sensación y me
dirigí a la ciudad.
Las únicas plazas para estacionar libres en el centro, eran dos en el callejón
detrás de The Eloise. Bajé del Yukon y, en lugar de entrar en el hotel, crucé la
calle, pasé por la joyería antes de dirigirme a la puerta de al lado para hacer fila
en la cafetería.
Lyla parecía tan agobiada como en toda la semana, pero su sonrisa no vaciló
en ningún momento. Eloise también lo hacía. Si un turista tenía una mala
experiencia en el hotel, no sería por culpa de mi esposa.
—Hola. —Lyla suspiró cuando llegó mi turno en la fila—. Dios mío, este día
ha sido uno de no parar.
—¿Necesitas algo?
—No.—Sacudió la cabeza—. Pero gracias por preguntar. ¿Qué puedo hacer
por ti?
—Un café helado para Eloise.
—Enseguida. —Sonrió y se puso a trabajar. En cuanto Lyla deslizó el vaso
de plástico por el mostrador, saludó al siguiente cliente.
Caminé por Main, echando un vistazo a las concurridas aceras.
A seis metros del hotel, me invadió la misma sensación extraña que había
sentido en casa. Una molestia. Un nudo en el estómago. Miré a mi alrededor,
sintiendo que me miraban, pero había gente por todas partes. Y no había ni una
cara conocida.
Era ese maldito niño. Blaze. No era sólo el ajetreado trabajo de Eloise lo que
me había mantenido cerca del hotel. Era ese chico.
Nadie lo había visto desde el día en que Eloise lo despidió la semana
244
pasada. Según Anne, la madre de Blaze se había mortificado porque lo habían
despedido y lo había castigado de por vida.
Aun así, no confiaba en Blaze. No me gustaba su obsesión con Taylor. Y
seguro que no me gustó la mirada que le había dado a mi esposa.
Eloise estaba sentada en el mostrador cuando entré en el vestíbulo. Sus
dedos volaban por el teclado y sus ojos se entrecerraban en señal de
concentración. Pero cuando levantó la vista y me vio, la sonrisa que me dedicó
disipó toda preocupación.
Una mirada y al instante estaba bien.
—Me has traído un café. —Se llevó la mano al corazón—. Eres el mejor
marido del mundo.
Me reí entre dientes y dejé el almuerzo junto a la taza vacía sobre su
escritorio. Luego me incliné para darle un beso en la mejilla.
—¿Cómo estuvo la mañana?
—Bien. ¿Cómo estuvo con Foster?
—Bien.
Me miró de arriba abajo.
—¿No hay sangre? ¿No hay moratones?
—Hoy no.
—Entonces Foster puede vivir.
Sólo Eloise se enfrentaría a Foster Madden, el Puño de Hierro, porque se
había atrevido a golpear a su marido.
Joder, la amaba. Más y más cada día.
—¿Qué tal si cenamos esta noche? —pregunté.
—¿No cenamos todas las noches?
—Astuta. —Le hice cosquillas en las costillas, ganándome un grito—. ¿Qué
tal si salimos a cenar?
Eloise se quedó boquiabierta.
—Jasper Vale, ¿me estás pidiendo una cita?
—Bueno, eres mi esposa. Tal vez sea hora de que tengamos una cita.
Sus ojos se suavizaron.
—Dilo otra vez.
—¿Quieres salir a cenar conmigo?
—Eso no. Vuelve a llamarme tu esposa. 245
—Esposa.
Eloise puso su mano en mi mejilla, inclinándose para darme otro beso.
—Acerca de esta cena...
—¿Knukles?
—O... mis padres nos invitaron al rancho. —Se puso tensa, probablemente
esperando un rechazo instantáneo.
Lo tenía en la punta de la lengua, pero no quería herir sus sentimientos, así
que me contuve.
—No hemos hablado de… ya sabes —dijo. La pelea—. He estado pensando
en todo lo que dijiste. Hiciste un montón de puntos válidos. Y te escuché. Pero,
nene, tus padres apestan. Los míos no.
Arqueé una ceja. Tenía razón sobre mis padres. ¿Los de ella?
—No son perfectos. —Eloise levantó las manos, probablemente porque
sabía exactamente lo que estaba pensando—. No pretenden serlo. Pero me
quieren.
Los Eden y yo teníamos eso en común.
Joder. Iba a tener que averiguar cómo vivir con ellos, ¿no? De ninguna
manera la haría elegir entre nosotros.
—¿Sería tan difícil? —Puso su mano en mi pecho—. ¿Desbloquear tu
corazón para mi familia?
Esta mujer.
Realmente no lo entendía, ¿verdad?
¿Esa cerradura imaginaria de mi corazón? Yo no tenía la llave.
Se la había entregado hacía semanas.
—De acuerdo. Iremos a cenar al ran...
Eloise se lanzó a mis brazos, moviéndose tan rápido que casi no la alcanzo.
Casi.
—Gracias —murmuró contra mi cuello.
—Dilo como lo sientes, El.
Soltó una risita, entendiendo lo que quería decir. Sus labios encontraron los
míos y recibí el agradecimiento que quería.
Estaba chupando su labio inferior cuando una sensación externa me hizo
apartarme. Esa misma sensación se deslizó bajo mi piel, erizándome el vello de 246
la nuca.
—¿Qué? —preguntó, siguiendo mi mirada hacia las ventanas.
No había más que sol y sonrisas más allá del cristal.
—Nada. —Ignoré la sensación y besé la comisura de sus labios—. Ponme a
trabajar.
Me hizo ese adorable saludo simulado.
—Sí, señor.
247
Eloise
J asper estaba dormido boca abajo, con una rodilla levantada y abrazado
a la almohada. Exactamente igual que cuando me había levantado de la
cama esta mañana para ducharme. Las sábanas apenas le cubrían el culo,
revelando aquellos hoyuelos sobre las mejillas y los músculos ondulados de la
espalda.
Sentí calor en el pecho mientras lo veía dormir. Aún me costaba creer que
esto estuviera ocurriendo de verdad. Que era mío.
Por mucho que quisiera quitarme la ropa y acurrucarme contra su cuerpo
desnudo, el trabajo me esperaba. Así que caminé por el dormitorio, hundiendo
los pies en la alfombra bajo la cama. Luego le aparté el pelo de la frente.
—Adiós, cariño —susurré.
Permaneció con los ojos cerrados, pero estiró un brazo, buscándome a
ciegas. Cuando su mano rozó mi camisa, apretó el puño, acercándome. Una
petición silenciosa de un beso.
Estaba aprendiendo a leer a Jasper. A oírlo incluso cuando no hablaba.
Así que le besé la mejilla cubierta de barba.
Te amo.
Cada día era más difícil no decirlo en voz alta. Anoche, después de cenar
en el rancho, me había sentido tan orgullosa de lo mucho que se había esforzado
que casi lo había dicho de camino a casa.
¿Por qué no lo había hecho? ¿Por qué me estaba conteniendo? ¿Porque
quería que Jasper lo dijera primero? ¿Porque seguía sin llevar un estúpido anillo
de boda?
¿Cuántas personas le habían dicho a Jasper que lo amaban?
No es suficiente. Debería darme vergüenza esperar. 248
—Te amo.
Jasper abrió los ojos de golpe. Una miríada de emociones voló por aquellos
iris oscuros. Alegría. Vacilación. Arrepentimiento.
No estaba preparado para responder. Si la única persona a la que le había
dicho te amo había sido Samantha, no lo culpaba por tener miedo.
Estaba bien. Esperaría.
Por Jasper Vale, esperaría hasta el final de mis días.
Volví a apartarle el pelo de la frente y luego le besé la sien.
—Me tengo que ir. Hasta luego.
—El, yo… —Tragó saliva con fuerza y su nuez de Adán se sacudió. Su puño
en mi camisa se apretó.
—Lo sé, Jas.
Sabía que sus padres nunca le habían enseñado sobre el amor. Sabía que la
versión de Samantha del amor había venido con condiciones y manipulaciones y
límites.
El mío no. Ya se daría cuenta. Si se lo decía lo suficiente, aprendería cómo
era el verdadero amor.
Así que me levanté y atravesé el dormitorio, dándole tiempo para que
asimilara esas palabras. Para sentirlas. Si las decía lo suficiente, se daría cuenta
de que no eran tan aterradoras.
Una sensación de ligereza se apoderó de mis huesos cuando salí de la
cabaña. Mi lista mental de tareas pendientes se reorganizó mientras conducía
hacia la ciudad, dejando espacio para un nuevo elemento en la parte superior.
Cambiar mi apellido.
—Eloise Vale.
Sí, me gustaba cómo sonaba.
Cuando entré en una plaza detrás del hotel, Knox se detuvo a mi lado.
—Buenos días —dijo, saliendo de su camioneta.
—Hola. —Me puse al lado de mi hermano, siguiéndolo dentro.
Normalmente, Knox estaba antes del amanecer para empezar a preparar la
cocina—. ¿Empiezas tarde hoy?
—Los chicos tuvieron una mala noche.
—Lo siento.
—No lo sientas. Yo no lo estoy. —Me pasó el brazo por los hombros. Knox 249
no dormiría durante una década si eso significaba pasar tiempo con Memphis y
sus hijos—. La cena fue divertida anoche.
—Sí. Divertido podría ser una exageración, pero había sido
exponencialmente mejor que el primer viaje de Jasper al rancho.
No todos habían podido venir anoche a casa de mamá y papá. Griffin y Winn
se habían quedado en casa porque Emma no se encontraba bien. Lyla estaba
agotada de tanto trabajar y no había querido conducir. Y Foster y Talia habían
ido a una cita juntos, así que sólo habían sido mis padres, Mateo y la familia de
Knox.
Había sido más tranquilo, pero Jasper había participado en la conversación.
Había hablado sobre todo con Memphis, intercambiando historias sobre su
infancia en la costa este. Cuando papá le preguntó cómo había conocido a Foster,
le contó toda su historia, incluso cómo se había metido en las artes marciales en
el instituto. Con mi madre había sido educado, aunque yo sabía que seguía
irritado por la situación de Blaze.
Jasper casi siempre hablaba cuando le hablaban. Pero él era así. Diferente
a cualquiera de los chicos que había traído a casa o con los que había salido
antes. Mi familia aprendería eso de él. Como yo, aprenderían a leer sus señales
silenciosas.
Knox y yo entramos en el hotel y, cuando llegamos a las puertas de
Knuckles, él se retiró a su cocina mientras yo me dirigía al mostrador para relevar
a mi recepcionista nocturno.
La mañana transcurrió como un torbellino de salidas y tareas domésticas. A
las once, me sentía como si hubiera corrido cinco kilómetros.
Acababa de registrar a una pareja de California cuando se abrieron las
puertas del vestíbulo y Jasper entró a grandes zancadas.
Se me hizo la boca agua.
Llevaba de nuevo aquella gorra de béisbol junto con una camiseta blanca y
un pantalón corto tipo cargo. Las puntas del pelo bajo la gorra estaban rizadas y
húmedas porque probablemente había ido al gimnasio antes de ir a casa a
ducharse.
—Vaya —susurré. En serio, mi marido estaba jodidamente bueno.
La comisura de su boca se levantó cuando rodeó el escritorio.
—Hola, ángel.
—Me gustas mucho con ese gorro.
Se inclinó, rozando con sus labios mi frente.
—Me lo pondré para ti más tarde. —Y nada más. 250
La promesa tácita hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
—Sí, por favor.
Jasper se apoyó en el escritorio y echó un vistazo al vestíbulo.
Tal vez debería haber sido incómodo después de esta mañana, pero no lo
fue. Probablemente porque no me arrepentí de decirle lo que sentía.
—¿Cómo va la mañana? —preguntó.
—Ocupada. —Me desplomé en mi asiento—. Pero todos están atendidos,
así que puedo recuperar el aliento.
—¿En qué puedo ayudar?
—El vestíbulo es un desastre. —Había una servilleta arrugada en la mesa
junto a la chimenea. Las revistas estaban esparcidas por todas partes y las sillas
torcidas porque una pareja las había cambiado de sitio esta mañana mientras
estaban de visita.
—Yo me encargo —dijo.
—No tienes que hacerlo.
Se encogió de hombros.
—No estoy haciendo nada más.
—Nunca me dijiste lo que decidiste con ese luchador en Las Vegas. ¿Qué
decidiste?
Durante semanas, me había aterrorizado la idea de preguntarle por aquella
entrevista. Así que lo había bloqueado y había dejado que mi ajetreada agenda
eclipsara mis temores. Pero muchas cosas habían cambiado la semana pasada.
Y después de esta mañana, preguntar ya no era tan aterrador, no cuando tenía
una idea bastante buena de su respuesta.
—Le dije que lo entrenaría.
Espera, espera. Espera. ¿Qué? Bueno, esa no era la respuesta que
esperaba. ¿Realmente había aceptado ese trabajo? ¿Eso significaba que pasaría
parte de su tiempo en Nevada?
—Oh.
—Pero tendría que mudarse a Montana.
El aire se me escapó de los pulmones mientras sonreía.
—Idiota. —Le clavé un dedo en la costilla.
Jasper sonrió.
—Tendré que encontrar algo que hacer en algún momento. Por ahora, 251
ayudaré por aquí. ¿Te parece bien?
—Mucho. —Asentí—. Gracias.
—De nada. —Me besó en la mejilla y dio la vuelta al mostrador para ir a
arreglar el vestíbulo.
Mi ordenador emitió un mensaje de correo electrónico, pero lo ignoré y me
limité a observar a Jasper durante un minuto.
La puerta del vestíbulo se abrió, obligándome a apartar la mirada del culo
de Jasper.
Winn entró, saludando a Jasper antes de rodear el escritorio para darle un
abrazo.
—Hola.
—Hola. ¿Qué haces?
—Almuerzo con Pops.
Su abuelo, Covie, fue alcalde de Quincy y cliente habitual de Knuckles.
—¿Trabajas hoy? —pregunté, fijándome en la placa y la pistola que llevaba
en la cadera.
—Sí. Me tengo que poner al día desde el cuatro de julio.
—Yo igual —dije mientras se abrían las puertas del ascensor y dos clientes
se dirigían hacia allí.
—Te dejaré volver al trabajo —dijo Winn, apartándose del camino.
Los huéspedes necesitaban que les recomendara una ruta de senderismo,
así que saqué uno de los mapas de la zona del cajón donde los guardaba, lo
extendí sobre la recepción y marqué con un círculo algunos de los lugares que
más les recomendaba.
Con el mapa en la mano, salieron al sol del verano.
Covie había entrado mientras yo hablaba con los clientes. Winn y él estaban
charlando con un lugareño que probablemente también había venido a comer.
Una mujer con sombrero de ala ancha hablaba por teléfono en el extremo
opuesto de la habitación. Era su primera vez en The Eloise, pero ya había
reservado una habitación para el próximo verano.
Mis dedos rozaron el escritorio mientras lo asimilaba todo, respirando el
aroma del vestíbulo. Del sol y el aire fresco que flotaba en el interior cada vez
que se abría la puerta.
No importaba a nombre de quién estuviera la escritura, este hotel siempre
sería mío.
252
Quizá la razón por la que me había casado con Jasper no había sido este
hotel. No había sido para ir a esa boda en Italia. Tal vez me había quedado con
Jasper porque, en el fondo, había vislumbrado algo en él en Las Vegas.
Algo que había resonado en mi corazón, y aunque aún no había sido capaz
de verlo, tampoco había sido capaz de dejarlo ir.
Winn y Covie caminaron hacia Jasper y Winn los presentó.
Las puertas se abrieron y entraron Frannie Jones y Clarissa Fitzgerald, dos
chicas locales que conocía desde hacía años. Eran un año más jóvenes que Mateo
y ambas se habían enamorado de él en el instituto.
No las había visto mucho estos dos últimos años. Pero ahora que se había
extendido la noticia del regreso de Mateo, probablemente pasarían por el hotel
más a menudo, con la esperanza de captar su atención, como en el instituto.
Clarissa recorrió el vestíbulo en busca de mi hermano, pero cuando sus ojos
se posaron en Jasper, dio un respingo. Sus mejillas se sonrojaron y se inclinó
para susurrar algo al oído de Fran.
Entonces la mirada de Fran se dirigió también a Jasper.
Puse los ojos en blanco y rodeé el mostrador mientras se acercaban.
—Hola, Eloise. —Fran me abrazó.
Clarissa seguía mirando a Jasper mientras hablaba con Winn y Covie.
—Hola —dije—. ¿Qué vas a hacer hoy?
—Almorzar en Knuckles.
—Divertido. Hola, Clarissa.
Apartó los ojos de la cara de Jasper.
—Hola. ¿Quién es?
—Mi marido.
Parpadeó y, cuando asimiló mi afirmación, sus ojos se abrieron de par en
par.
—He oído que te has casado. Es que…. No los he visto por la ciudad.
—Sí, es él.
Clarissa me frunció el ceño exageradamente.
—Atrapada. Lo siento.
—No pasa nada. —Me reí, dándole la espalda—. Yo también lo miro todo el 253
tiempo.
—Bueno, antes de que me avergüence aún más, vamos a comer. —Clarissa
enlazó su brazo con el de Fran y juntas se dirigieron al restaurante.
Pasé junto al escritorio, a punto de ir a saludar a Covie, pero cuando miré,
Jasper estaba empujando a Winn.
Su rostro era duro, sus ojos... frenéticos.
Me quedé helada.
El tiempo se ralentizó.
Jasper corrió, su cuerpo una explosión mientras esprintó por el vestíbulo.
Detrás de él, Winn estaba alcanzando su arma.
¿Por qué?
Me dio un vuelco el corazón y mis ojos miraron en la misma dirección que
los suyos.
Y allí, junto a la puerta principal, estaba Blaze.
Todo encajó.
El miedo de Jasper.
El grito de Winn para que la bajara.
La pistola que Blaze había levantado y apuntaba hacia mí.
En un momento, estaba sobre mis propios pies.
El siguiente, el caos.
Mi cuerpo se estampó contra el suelo, el viento se me fue por completo de
los pulmones.
Los disparos llenaron el vestíbulo, el ruido tan fuerte que ahogó los gritos y
los chillidos.
Entonces... silencio.
Un silencio tan espeluznante que me heló hasta la médula.
El cuerpo de Jasper cubrió el mío. Se había abalanzado sobre mí con tanta
fuerza que volamos detrás del mostrador.
El calor se extendió contra mi hombro. Calor húmedo.
Sangre.
—Jasper —susurré, el hielo inundando mis venas.
No se movió. Su cuerpo estaba duro y pesaba tanto contra el mío que me 254
costaba respirar.
Más allá de la recepción, la gente lloraba. Los pasos golpeaban el suelo.
Pero lo bloqueé todo, moviéndome de un lado a otro, tratando de quitarme a
Jasper. ¿Por qué no se movía?
—Jasper. —Mi voz era de pánico. Me incliné todo lo que pude, intentando
ver dónde estaba herido. El rojo se extendía por el algodón blanco de su
camiseta, por todo su hombro—. Jasper.
No se movía. No respiraba.
Mi mirada se clavó en su mano, apoyada en el suelo a nuestros lados.
Su mano izquierda.
Y en su dedo, la alianza que le había dado semanas atrás.
255
Jasper
C
inco disparos.
Oí cinco disparos mientras tiraba a Eloise al suelo. Luego...
nada. Por un largo momento, ni un sonido.
Pero más allá, la gente se movía ahora. Pasos. Llantos. Gritos.
Las puertas se habían abierto y la gente gritaba, pidiendo ayuda.
—Jasper. —Eloise me sacudió, retorciéndose debajo de mí.
No me moví.
¿Seguía Blaze ahí fuera? ¿Cuánto faltaba para que diera la vuelta y viniera a
por Eloise? Una parte de mí quería arriesgarse. Mirar a mi alrededor y ver si
había alguna forma de sacarla de este hotel. Pero me quedé acurrucado sobre
ella, esperando que mi cuerpo fuera suficiente para protegerla.
—Jasper —me gritó al oído.
La estaba aplastando. Pero no me moví.
—¡Winn! —gritó Eloise.
La agarré con más fuerza y mi cuerpo se amoldó al suyo como si intentara
meterla en mi bolsillo.
Ante mi movimiento, Eloise se aquietó.
—¿Jas? Dios mío. Estás sangrando. Tienes que moverte. Tienes que
levantarte. Necesito conseguirte ayuda.
¿Sangrando? Un momento después sentí dolor. El ardor en mi hombro. La
sangre, empapando mi camiseta.
Mierda.
Ese hijo de puta había intentado matar a Eloise.
Me impulsé hacia arriba, ignorando el dolor en mi hombro. El mundo se 256
volvió del revés, girando hasta que se enderezó de nuevo.
—¿Estás herida? —A salvo detrás del mostrador, usé mi brazo bueno para
empezar a revisar cada centímetro de su cuerpo.
Eloise se puso de rodillas y se llevó las manos a la sangre. Sus ojos azules
se llenaron de lágrimas.
—Dios mío. Su hombro. ¡Winn!
Un momento después, Winn rodeó el mostrador con la pistola en la mano.
—¿Blaze? —pregunté.
Winn negó con expresión dura pero adusta. Era una policía haciendo
aquello para lo que había sido entrenada.
—Haz presión, Eloise. —La voz de Winn era tranquila. Firme—. Hasta que
llegue una ambulancia, mantén la presión.
Eloise asintió, las lágrimas empezaban a correr por su rostro mientras se
llevaba las manos al agujero de mi hombro. Un lado por donde había entrado la
bala. Y el otro, por donde había salido.
Siseé, el dolor empezaba a difuminar los bordes de mi mente.
—¿Estás bien?
—Te disparó. —Le temblaba la voz—. Él te disparó.
Pero no le había disparado.
Me desplomé contra el mostrador.
Eloise estaba bien.
Si la hubiera perdido hoy, si no hubiera sido lo suficientemente rápido…
Mierda, podría haberla perdido.
—Te amo —susurré.
Se le escapó un sollozo. Sus manos apretaron mi hombro con tanta fuerza
que me estremecí, pero con las lágrimas cayendo por su cara, no se dio cuenta.
—¿Por qué hiciste eso?
Intenté levantar el brazo, pero no funcionaba.
¿Por qué no funcionaba?
Ah, sí. Ese hijo de puta me había disparado. ¿Blaze estaba muerto?
—Jasper, mírame. —Eloise se acercó tanto a mi cara que se me cruzaron los
ojos—. Quédate conmigo.
—¿Dónde más podría estar? 257
Apretó la frente contra la mía y me besó la boca, con sus lágrimas saladas
en los labios.
—Te amo. No cierres los ojos.
—De acuerdo —murmuré y cerré los ojos. Mi cuerpo estaba entrando en
shock. La adrenalina. La sangre—. Te amo, El.
El mundo se desvaneció dentro y fuera. Paramédicos. Una ambulancia. Talia
con su uniforme de hospital. El dolor. Recibir un disparo dolía como una perra.
Todo se desvaneció en un borrón.
Todo menos Eloise.
Hasta que estaba en una cama de hospital y por fin me dejó cerrar los ojos.
Cuando desperté, minutos u horas después, la oscuridad se había instalado
más allá de las ventanas, y mi esposa dormía junto a mí.
Cerré los ojos.
Y la acerqué más.
258
Jasper
E
loise levantó una mano, impidiéndome atravesar el desván. Su
mirada se desvió entre mi objetivo y yo.
La cama.
—No te atrevas.
—Estoy bien. —Di un paso, dispuesto a arrancar las mantas que ella había
puesto con tanta destreza mientras yo estaba en la ducha.
—Jasper —advirtió—. No estás bien. Te dispararon.
—Hace dos semanas.
Su boca se frunció en una fina línea.
Di otro paso.
—Lo digo en serio. No voy a tener sexo contigo. Estás herido.
—No estoy herido.
Nuestras miradas se fijaron en el mismo punto muerto que habíamos tenido
los dos últimos días.
En mi revisión de esta semana, Talia me había dado el visto bueno para una
actividad ligera. Pero al parecer, Eloise consideraba el sexo demasiado
extenuante.
Hasta ahora, la había dejado frustrar mis avances. Pero ya era suficiente. Me
dolía el cuerpo y no tenía nada que ver con mi hombro.
Con dos largas zancadas, acorté la distancia que nos separaba, rodeé sus
hombros con mi brazo bueno y la atrapé antes de que pudiera escapar.
Tenía la boca abierta, preparada para protestar.
La detuve pegando mis labios a los suyos, deslizando mi lengua dentro. Un
lametón y se derritió. 259
Se hundió en el beso, agitando su lengua contra la mía antes de rodearme
la cintura con los brazos.
Joder, por fin. La besé hasta que sus labios se hincharon. Hasta que tuvo ese
bonito rubor en las mejillas. Entonces la solté, dejando caer mi frente sobre la
suya.
—¿Ves? Estoy bien.
—Te dispararon.
—Pero a ti no.
Se apoyó contra mí, hundiéndose en mi pecho mientras inspiraba
largamente.
—Echo de menos follar a mi esposa.
—Yo también. Pero... llegaremos tarde.
Gruñí.
—Seremos rápidos. —Después de dos semanas sin tenerla, no había
posibilidad de que durara.
—Esta noche —prometió—. Cuando volvamos, puedes hacer lo que quieras
conmigo. Siempre y cuando prometas tomártelo con calma.
—Me parece bien. Puedes hacer todo el trabajo.
Habían sido dos semanas insoportables y estaba desesperado por tener
sexo con Eloise. Necesitaba esa conexión física. Un recordatorio de que
estábamos bien. Vivos.
Dejé caer mi frente sobre la suya, con la imagen de Blaze centelleando en
mi mente. Nunca olvidaría su cara. Llevaba dos semanas viéndolo en mis
pesadillas. En esos sueños, no había llegado a tiempo. Me despertaba, presa del
pánico. Entonces la sentía contra mí, durmiendo profundamente, acurrucada
cerca.
Quizá uno de estos días le contaría a Foster lo de los sueños. Confesárselos
a alguien. Por mucho que Eloise se hubiera convertido en mi refugio seguro, esta
era una historia que le ocultaría. Ella tenía sus propios demonios que combatir
por el tiroteo.
—Te amo—murmuró.
—Yo también te amo.
Todavía era nuevo, oírlo. Decirlo. Pero cada vez, esas palabras se hundían
un poco más. Permanecían un poco más. Para cuando fuéramos viejos y canosos, 260
estarían tatuadas en mis huesos.
Permanecimos juntos en medio del desván, abrazados durante unos
instantes. Luego se apartó.
—Será mejor que nos vayamos.
—Está bien. —Le di un beso en la cabeza y la seguí escaleras abajo.
Eloise agarró las llaves y la bandeja de verduras que habíamos preparado
antes en la cocina, salimos fuera y subimos a su auto.
En las últimas dos semanas, no la había perdido de vista más de unos
minutos. Por lo demás, habíamos sido inseparables.
Y como ella quería ir a cenar al rancho esta noche, yo iba de copiloto. No es
que me importara.
En las últimas dos semanas, los Eden habían cerrado filas.
Talia había exigido que me quedara en el hospital unos días después del
tiroteo, para que mi herida empezara a cicatrizar y para vigilarla en busca de
cualquier signo de infección. Eloise se había quedado todo el tiempo,
acampando en mi habitación. Sus padres nos habían traído ropa limpia, comida
y cualquier otra cosa que hubiéramos necesitado.
Desde que volvimos a casa, Anne nos visitaba todos los días. Se había
asignado a sí misma tareas de lavandería, limpieza y cocina. Eloise había
insistido en que su madre no necesitaba ayuda, pero Anne no la había
escuchado. Personalmente, estaba agradecido por la comida. De ninguna
manera Eloise me habría dejado entrar en la cocina y nunca me habían gustado
la mantequilla de cacahuete y la mermelada.
Harrison acompañó ayer a Anne y trajo leña para cinco años. Luego la apiló
junto a la entrada.
Los hermanos de Eloise nos habían, bueno... bombardeado.
Creía que su flujo constante de visitas cesaría cuando saliéramos del
hospital. En todo caso, había empeorado.
Hoy era la primera vez que no teníamos invitados. Y eso que estábamos
todos reunidos en el rancho.
Knox y Lyla nos habían traído comida suficiente para un mes. Talia y Foster
venían al menos dos veces al día. Griffin pasaba cada mañana y Winn cada
noche. Mateo había sido nuestro visitante menos frecuente, pero eso era porque
se había hecho cargo del hotel. En lugar de pasar por aquí, llamaba a Eloise cada
dos horas, haciéndole preguntas y manteniéndola involucrada.
No habíamos estado en el hotel desde el tiroteo. 261
Eso vendría. Más tarde.
Eloise no estaba preparada. Yo tampoco lo estaba.
Por ahora, estaba en buenas manos y cuando Eloise estuviera lista para
volver, yo estaría a su lado.
Si decidía volver.
Cabía la posibilidad de que Blaze le hubiera robado su felicidad en aquel
edificio. Había disparado tres veces ese día. Dos habían fallado ampliamente. El
tercero había atravesado mi hombro.
El cuarto y quinto disparo que había oído habían sido de Winn. Le había
disparado a Blaze directo al corazón.
No pasaba un día sin que me sintiera agradecido por Winslow Eden. Había
salvado vidas. Había salvado a Eloise. Si no hubiera estado allí, bueno... no me
cabía la menor duda de que Blaze había venido con la intención de asesinar.
La semana siguiente al tiroteo, Winn había venido a contarnos lo que había
pasado aquel día. Toda la historia.
La investigación estaba técnicamente en curso, pero Winn había
compartido que era sólo documentación en este momento. Habían buscado en el
ordenador de Blaze para encontrar algunas cuentas de vídeo ocultas. Se había
grabado a sí mismo matando animales. El cachorro de su vecino. Su propio gato.
Winn nos había contado que había innumerables vídeos en su teléfono con
diatribas sobre cómo odiaba a su madre. Cómo la culpaba por divorciarse de su
padre. Cómo su padre debería haberla golpeado más fuerte.
Ninguno de nosotros se había dado cuenta de que Lydia había sido
maltratada por su ex. Pero sospechaba que ese abuso también se había
trasladado a Blaze. Tal vez físicamente. Definitivamente mental y
emocionalmente.
Además de eso en casa, había sido acosado en su antigua escuela de
Missoula. En otros vídeos, había hecho listas de gente a la que mataría algún día.
Había hablado de cómo llevaría armas a la escuela. A qué niños dispararía
primero.
Luego estaban los vídeos de Quincy. Había uno de la cabaña fechado el día
antes del tiroteo. Otro de Eloise y yo en el vestíbulo del hotel. Tres de Eloise
entrando al trabajo y uno mío llevándole un café. No había necesitado verlas. Su
sola mención me había helado la sangre.
Nadie sabría nunca exactamente lo que había ocurrido, pero aquel día de
hacía dos semanas, Blaze había matado a su madre. Habían encontrado a Lydia
en su cocina, con un tiro en la nuca. A partir de ahí, se asumió que Blaze había
262
venido al hotel.
Me estremecí, sabiendo lo cerca que había estado de perder a Eloise.
—Hola. —Extendió la mano por la consola.
Lo tomé, uniendo nuestros dedos.
—Hola.
Su pulgar tocó mi anillo y luego se centró en la carretera.
Teníamos la extraña habilidad de saber cuándo la otra persona estaba
pensando en ese día. Así que nos tocábamos, nos recordábamos que estábamos
aquí. Juntos. Viviendo.
Era un sentimiento extraño, estar agradecido de que un chico problemático
estuviera muerto. Aún más extraño, estaba agradecido de que hubiera entrado
en The Eloise. Que me hubiera disparado a mí en vez de a una escuela llena de
niños en Missoula.
Aún no estaba seguro de cómo alinear esas emociones. Ayer, cuando Eloise
se había echado a dormir la siesta, empecé a buscar terapeutas.
Tampoco habíamos hablado mucho del tiroteo. Era otra conversación
archivada para más tarde. Pero cuando estuviéramos listos, necesitaríamos
ayuda. No dejaría que esto se pudriera. No dejaría que este trauma se
interpusiera entre nosotros.
—¿Crees que Winn está bien? —pregunté mientras tomábamos la autopista,
en dirección al rancho.
—Creo que esto le pesará. —Eloise me dedicó una sonrisa triste—. Pero
ella sabe que no tenía otra opción. Y tiene a Griffin.
Ella también me tenía a mí. Si necesitaba algo, yo estaría allí en un
santiamén.
Le debía mi vida a Winn. La vida de Eloise.
Eran la misma cosa.
Aunque todo el mundo se había reunido después del tiroteo, agolpándose
a nuestro alrededor, la terrible experiencia había sacudido a los Eden. La cena
de esta noche era sólo otra excusa para unirse.
Seguía siendo extraño formar parte de su familia.
Pero cada vez me gustaban más.
El trayecto hasta el rancho fue tranquilo, pero en cuanto estacionamos, sus
padres salieron volando de la casa.
Harrison abrió la puerta de mi auto antes de que pudiera tocar el pomo.
263
—Hola, Jasper. Gracias por venir.
—Me alegro de estar aquí. —Era la verdad.
Miré por encima de su hombro y vi a Griffin y Winn en el porche. Winn
sostenía a su hija en la cadera mientras Griff llevaba a su hijo en brazos.
Cerrando filas. Manteniéndose cerca.
Los Eden atravesaban juntos lo bueno y lo malo, ¿verdad?
Eso me gustaba.
Anne recogió la bandeja de verduras del asiento trasero y se la puso en un
brazo mientras con el otro abrazaba a Eloise. Cuando se separó, Anne tenía
lágrimas en los ojos. Eloise también.
—Entren —dijo Ana, yendo hasta el porche.
Estaba a punto de seguirla cuando Harrison se puso delante de mí.
Me tendió la mano, pero cuando se la estreché, me abrazó. Un abrazo tan
fuerte que me dio un tirón en el hombro, pero no dejé que se notara el dolor.
—Gracias. Hoy me he dado cuenta de que aún no te lo había dicho.
Hoy. Todavía no me lo había dicho, hoy.
Era la enésima vez que me daba las gracias en las últimas dos semanas.
Sospechaba que tampoco sería la última.
Pero por su hija, por mi esposa, recibiría todas las balas del mundo.
Me soltó. Tenía los ojos llenos de lágrimas, como su mujer. Tragó saliva y
me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera al interior, donde ya se
habían reunido todos en la cocina y el comedor.
Foster y Talia estaban en la isla, compartiendo su lista de nombres de bebé.
Knox estaba en la cocina con Drake sentado en la encimera como su
ayudante mientras Memphis paseaba por la habitación, meciendo a su bebé, que
dormía en sus brazos.
Griffin y Harrison iniciaron una discusión sobre el rancho, algo sobre el
diseño del corral.
Mateo robó Emma de Winn y lanzó a su sobrina en el aire. Su risita se elevó
por encima del resto de la conversación.
La casa era una locura. Siete conversaciones diferentes se sucedían a la vez.
También había sido así la primera vez que vine, el ruido era escandaloso, pero a
los demás les parecía... normal.
Anne y Eloise fueron a la nevera, sacaron bebidas y ofrecieron cervezas y 264
copas de vino.
Lyla apareció a mi lado.
—¿Crees que puedes manejar esta familia?
—¿Sinceramente? No. —Me reí entre dientes. Esto estaba muy lejos del
hogar donde me había criado.
Pero al mirar a Eloise, al ver a los niños, la familia en crecimiento, no querría
otra cosa para ella.
Por la familia que podamos tener algún día.
—Ya te las arreglarás —dijo Lyla—. Estás atrapado con nosotros ahora.
—Lo estoy. ¿Te parece bien?
—Definitivamente. Creo que fue una intervención divina que nunca me
armara de valor para pedirte una cita.
—¿Por qué dices eso?
Sonrió con satisfacción.
—Siempre te habrías enamorado de mi hermana. Y odio los triángulos
amorosos.
Me reí, mi propio ruido mezclándose con el resto. Por extraño que parezca,
encajaba, ¿no?
265
Eloise
U
na pareja entró en el hotel, robando mi atención del ordenador.
Durante el último mes, cada vez que se abrían las puertas del
vestíbulo, contenía la respiración. La tensión se apoderaba de mis
hombros, atrayéndolos hacia mis orejas.
Jasper, sentado en la silla contigua a la mía, se acercó y me cubrió la mano
con la suya.
La tensión disminuyó. Solté el aire de mis pulmones.
La sonrisa que dediqué a la pareja no fue tan forzada como mis sonrisas de
ayer. O la de anteayer. Ni la del día anterior.
Había pasado más de un mes desde el tiroteo. Cuando miré al suelo bajo el
mostrador, aún podía ver la sangre de Jasper. Todavía podía oír el estruendo de
las armas disparando. Los gritos aterrorizados. Los agujeros de bala en la pared
detrás de mí habían sido parcheados, pero si miraba con suficiente cuidado,
todavía podía encontrarlos.
Pero cada día era más fácil. La terapia había ayudado. Eso, y Jasper no se
había ido de mi lado.
El día que decidí que era hora de volver al trabajo, él me acompañó. Supuse
que se iría cuando me hubiera instalado. En lugar de eso, había encontrado su
propia silla, la compañera que hacía juego con aquella en la que yo me había
sentado durante años. Estaba en el armario de mi descuidado despacho. La había
sacado y desde entonces se sentaba en ella.
A veces me ayudaba con las tareas del hotel, como la programación o las
nóminas. Sobre todo, leía mientras yo trabajaba.
¿Quién diría que un hombre leyendo podría ser tan sexy? Teniendo en
cuenta que todo lo que hacía Jasper era atractivo, no debería haberme
sorprendido. Este invierno, si teníamos una serie de días tranquilos, esperaba 266
poder convencerlo de que me leyera en voz alta. Pero la lectura tendría que
esperar. De momento, seguíamos desbordados.
El tiroteo había sacudido Quincy. Era algo que nuestra pequeña ciudad no
olvidaría pronto.
Había pensado que el tráfico en el hotel se ralentizaría. Que la gente temería
este vestíbulo. La primera semana había sido más lenta. Hubo algunas
cancelaciones. Pero luego se había acelerado como si nada hubiera sucedido.
Además, habíamos tenido una afluencia de tráfico local, gente que venía a
mirar embobada y a ver si encontraban los agujeros de bala. Esas visitas me
sacaban de quicio, y a Jasper también. Pero sobre todo, la gente venía a darme
recuerdos y a conocer a nuestro héroe local.
Mi apuesto marido. El hombre que había saltado delante de una bala por su
esposa.
No había mucha gente en Quincy que no conociera el nombre de Jasper
Vale. Ya no. Para su consternación, ahora era una celebridad. Dondequiera que
fuéramos, se le acercaban.
Con el tiempo, ese foco de atención se desvanecería, pero llevaría tiempo.
Sentarse en el escritorio no lo ayudaba a pasar desapercibido. Sin embargo, se
sentaba aquí de todos modos. No sólo por mi bien. Sino también por el suyo.
Estábamos abriéndonos camino juntos.
Las puertas volvieron a abrirse, pero con su mano sobre la mía, no tuve la
misma reacción instintiva. En lugar de eso, levanté la vista y sonreí mientras mis
padres entraban.
—Hola. —Salté de mi silla, rodeando el escritorio para abrazar a mamá y
papá—. ¿Qué hacen hoy?
—Recados. —Papá se acercó a Jasper, dándole una palmada en el
hombro—. Probé esas bandas elásticas esta mañana. Funcionaron muy bien. Mi
hombro ya se siente mejor.
Jasper hundió la barbilla.
—Me alegro de que haya funcionado.
Al parecer, papá se había torcido el hombro intentando levantar él solo un
viejo neumático de tractor. Cuando se quejó, Jasper le dio unas gomas elásticas
y le enseñó algunos estiramientos para aliviar el dolor.
De todas las personas de mi familia que creía que se encariñarían primero
con Jasper, papá habría sido el último.
Por otra parte, Jasper había recibido una bala por mí. Papá haría cualquier
cosa, incluso fingir una lesión para tener una excusa para pasar tiempo con su 267
yerno. Para conocer al hombre que amaba.
—¿Tienes un minuto para hablar? —pregunté. Había algo que había
querido visitar con ellos durante toda la semana—. ¿Tal vez podríamos almorzar?
—Podría comer. —Papá se palmeó el estómago.
—Yo también. —Mi estómago había estado gruñendo durante casi una hora.
Le eché la culpa a Jasper. Habíamos desayunado deprisa porque nos habíamos
distraído con el sexo en la mesa del comedor.
Si antes nuestra vida sexual había sido estimulante, ahora que no fingíamos
nada, éramos insaciables. Bromeó diciendo que, como estaba aquí en el hotel en
vez de hacer ejercicio con Foster, era mi trabajo asegurarme de que se
mantuviera en forma.
Me tomaba mi trabajo en serio.
—Voy a buscar a alguien que se siente aquí por mí —dije, agarrando el
teléfono para llamar a un asistente.
En cuanto el escritorio estuvo cubierto, tomé la mano de Jasper y los dos
seguimos a mis padres hasta Knuckles.
El restaurante bullía de actividad. Probablemente, Knox corría en la cocina,
trabajando a toda prisa para dar de comer a los comensales del viernes. La
camarera nos sentó en una mesa del fondo, reservada exclusivamente para mi
familia, y nos entregó los menús.
—¿Comemos primero? ¿O hablamos? —preguntó papá.
—Habla. —Estaba hambrienta como estaba, era hora de tener esta
conversación. Tal vez debería haber estado nerviosa, pero esta discusión había
tardado mucho en llegar. Y sin importar el resultado, tendría a Jasper.
—¿Qué pasa? —preguntó mamá.
—El hotel.
Mis padres compartieron una mirada. La sonrisa de papá se desvaneció
mientras apoyaba los antebrazos en la mesa. Era la postura seria que adoptaba
siempre que tenía malas noticias.
—Ha sido un verano duro.
Asentí con la cabeza.
—Sí, así ha sido.
—Tu madre y yo entenderíamos si quisieras probar algo diferente. Si
quisieras dejar el hotel.
Después del tiroteo, me lo había planteado. Especialmente aquellos 268
primeros días de vuelta al trabajo, en los que había odiado cada segundo,
forzando sonrisas y fingiendo que el mundo era sólo sol y arco iris. Cuando tuve
que mirar fijamente el lugar donde había muerto un niño.
El chico que me habría asesinado porque le había despedido de un trabajo
a tiempo parcial.
El hotel era... mío. Para bien o para mal, este hotel seguía siendo mi sueño.
Y no dejaría que nadie me lo robara.
—Quiero el hotel. —Me senté derecha. Debajo de la mesa, la mano de
Jasper me apretó el muslo—. Entiendo por qué no estaban dispuestos a dármelo
hace unos años, pero han cambiado muchas cosas. Estamos floreciendo. He
demostrado mi valía una y otra vez. Es hora de dar el siguiente paso. Si no están
preparados para ello o si cambiaron de opinión sobre dármelo, voy a renunciar.
Con efecto inmediato.
Mamá y papá se sentaron, ambos un poco sorprendidos. Incluso yo estaba
un poco sorprendida. No recordaba ninguna ocasión en los últimos años en la
que hubiera exigido algo a mis padres. Desde luego, no un hotel.
Pero había pasado las últimas semanas pensando mucho sobre esta
situación. Sobre mi familia. Mamá y papá no habían hecho que Griffin o Knox
pasaran por un aro tras otro para heredar sus negocios. Así que yo había
terminado de saltar para ganar el mío.
Se me rompería el corazón si dijeran que no. Pero si esa era su decisión,
tenía un marido que me ayudaría a unir las piezas.
Papá se relajó y le sonrió a Jasper.
Mamá se movió y sacó una carpeta del bolso. Desplegó la solapa superior
y sacó una pila de papeles blancos y nítidos. Sonrió mientras los deslizaba por la
mesa.
—Llevábamos tiempo preparándolos, pero con el tiroteo queríamos darte
tiempo.
Espera. ¿Era esto? ¿Ya? Habían planeado que esto se pusiera incómodo. No
sólo... conseguir un hotel.
—Lee el documento —dijo papá—. Haznos saber si tienes alguna pregunta.
Nuestro abogado lo redactó, de forma similar a como transferimos el rancho a
Griffin. Pero si quieres contratar a tu propio abogado para revisarlo, eso estará
bien. Si estás de acuerdo con todo, ya lo hemos firmado. Sólo tienes que firmarlo
también.
Me volví hacia Jasper.
269
Sonreía.
—Lo sabías.
—Sí.
Mamá y papá salieron de la cabina.
—Los dejaremos solos para que hablen.
—¿Y el almuerzo? —pregunté.
Mamá tomó la mano de papá.
—Iremos a molestar a Knox a la cocina.
—Estamos orgullosos de ti —dijo papá antes de que se marcharan.
—¿Eso acaba de pasar? —le susurré a Jasper.
—Sí, ángel.
—No me lo esperaba hoy. —Miré los papeles. Hojeé la primera hoja con la
punta del dedo. Quizá una parte de mí no se lo esperaba en absoluto—. ¿Y si la
cago?
—No lo harás. —Su confianza era inquebrantable.
—¿Y si lo hago?
Su mano me acarició la mejilla y me obligó a mirarlo.
—¿Crees que te dejaría fracasar?
—No. —Me incliné hacia su toque.
Desde el momento en que empezamos esta aventura, junto a aquella fuente,
había estado a mi lado. En los altibajos. Lo bueno y lo malo.
Marido y mujer.
—Soy dueña de un hotel.
Se rio entre dientes.
—Eres dueña de un hotel.
—Dios mío, soy dueña de un hotel. Mi hotel.
Jasper me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Sueño hecho realidad?
Sólo porque él estaba aquí.
—Y algo más.
270
Eloise
U
n mes después...
—Voy a organizar una intervención.
—¿Eh? —Lyla preguntó desde el otro lado del mostrador de la
cafetería.
—Te voy a echar.
Parpadeó.
—De aquí. Ahora mismo. Tienes que irte.
Lyla estudió mi cara, luego miró a Jasper a mi lado.
—¿Está borracha?
—Estoy fuera. Buena suerte, Lyla. —Se inclinó para besarme, luego se
dirigió a una mesa contra la pared, y se sentó.
Jasper no aprobaba la idea que había urdido durante el desayuno. Más que
nada porque se suponía que era nuestro día libre, y en lugar de estar en la
cafetería, quería pasarlo celebrándolo.
Pero me había dejado arrastrarlo al centro de todos modos. Probablemente
porque sabía que aún estaba asimilando todo lo que había pasado anoche.
Después de no tener la regla, me había hecho una prueba de embarazo
después de cenar. Casi había llorado cuando salió positivo. O tal vez me había
imaginado el brillo de las lágrimas en sus ojos. No podía estar segura. Yo estaba
hecha un lío, rebotando entre el pánico y la alegría, llorando lo suficiente por los
dos.
Seguía completamente asustada. Ni Jasper ni yo habíamos planeado esto, y
el épico fracaso de mi método anticonceptivo había cambiado instantáneamente
nuestros planes. La idea de la maternidad, cuando acababa de hacerme cargo
271
del hotel, cuando Jasper y yo por fin nos habíamos asentado en nuestro
matrimonio, era aterradora. Emocionante.
Mis emociones oscilaban entre la felicidad y el miedo como una pelota de
ping-pong, así que en lugar de ocuparme de mis temores, me quedé aquí,
acosando a Lyla.
—Has trabajado cien días seguidos —le dije—. Sí, los he contado. No te has
tomado un día libre desde aquel domingo de abril en que fuiste a Missoula a
cortarte el pelo.
Se burló.
—Me he tomado otros días libres desde entonces.
Arqueé una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Cuándo?
Lo pensó un momento y luego resopló.
—¿Qué eres, la policía del trabajo? ¿Quién eres tú para hablar? Siempre
estás en el hotel. Lárgate. Estoy ocupada.
—No. —Puse las manos en las caderas—. Una tarde. Eso es todo lo que pido.
Te vas de aquí una tarde y haces algo no relacionado con el trabajo.
—¿Por qué?
Le dediqué una sonrisa triste.
—Porque estoy preocupada por ti. No quiero que te agotes.
—No lo haré.
—Pero podrías. —Junté las manos—. ¿Por favor? Tómate el resto del día
libre para que pueda dejar de preocuparme.
—No puedo simplemente irme, Eloise.
—¿Por qué no? —Saludé a Crystal, la camarera de Lyla, que salía de la
cocina con una bandeja de bollos recién hechos—. Crystal está aquí. Jasper y yo
pasaremos el rato y ayudaremos a cerrar.
Ahora que el ajetreo del verano había quedado atrás, los miércoles eran
tranquilos en el centro de Quincy. Si había un día para Lyla para terminar
temprano, era ahora.
—Vete a casa —le dije—. Relájate.
—No puedo irme a casa —dijo Lyla—. Si lo hago, pensaré en todo lo que
hay que hacer y volveré enseguida. 272
No hacía tanto tiempo, cuando vivía de alquiler a un par de manzanas, me
había pasado lo mismo con el hotel. Jasper había resuelto el problema. Todas las
noches estaba deseando volver a casa. Y aunque siempre tenía cosas en la
cabeza, era más fácil ignorarlas, dejarlas para el día siguiente. Otra de las
interminables ventajas de tener un marido sexy que mantenía mi mente ocupada.
—Podrías ir al cine —sugerí.
—No tengo ganas de palomitas. La última vez que estuve allí comí
demasiado y me dio dolor de estómago.
—Entonces no compres palomitas.
—Entonces, ¿qué gracia tiene ir al cine?
La película. Puse los ojos en blanco.
—Eres agotadora. Pues vete de excursión. Te encanta el senderismo y sé
que apenas has ido este verano. Hace un día precioso. Toma un poco de aire
fresco. Desconecta. Haz cualquier cosa. Deja este edificio hasta mañana por la
mañana.
—¿Por qué? —se quejó—. Me gusta estar aquí. Deja que me quede. Te
prepararé algo rico. ¿Croissants de chocolate?
—Tentador. Pero no. —Sacudí la cabeza—. Este trabajo se está convirtiendo
en tu personalidad.
Arrugó la nariz.
—Lo dudo.
—Viniste al hotel el lunes y preguntaste si podías conseguirme algo más.
En mi edificio. Sirves y atiendes a la gente todos los días. Sólo… por una tarde,
haz algo por ti.
Lyla gimió.
—No vas a dejarme en paz hasta que acepte, ¿verdad?
—No.
—Bien. Iré de excursión o lo que sea.
—Sí. Gracias. —Junté las manos delante de mí para no aplaudir—. Tal vez
conozcas al hombre de tus sueños mientras vas de excursión.
—Empiezo a pensar que el hombre de mis sueños no existe. —Se desató el
delantal—. Me llamarás si algo sale mal.
—Sí.
—Hay comida de sobra en la cocina, pero si por alguna razón es necesario
cocinar... 273
Levanté la mano.
—Prometo no acercarme a un horno. Por eso traje a Jasper. O le preguntaré
a Crystal.
Miró a su alrededor, casi como si esperara que las paredes de la cafetería
la rescataran. Hasta que debió darse cuenta de que, tal vez, tenía razón.
—De acuerdo. Tú ganas. Me voy. ¿Ya estás contenta?
—Sí. —Esperé hasta que desapareció en la cocina antes de apretar el puño.
—Gracias —dijo Crystal, mirando por encima de su hombro para
asegurarse de que Lyla se había ido. Luego se inclinó más cerca—. Ustedes no
necesitan quedarse. Estoy bien por mi cuenta .
—Oh, no nos importa. —Me encogí de hombros. Si a Lyla le hacía sentir
mejor que estuviéramos aquí para ayudar a cerrar y limpiar, nos quedaríamos—
. Pero podríamos deambular un rato si no te importa.
—Me parece bien.
Hacía meses que no caminaba sin rumbo por las aceras de Quincy. No
desde antes de la fiebre del verano.
Así que esperé a que Lyla saliera por la puerta de atrás, quedándome en el
umbral para asegurarme de que se metía en el auto y se iba. Luego encontré a
Jasper en su mesa.
—¿Te apetece dar un paseo?
—Claro. —Se levantó y me tomó de la mano, llevándome fuera de la
cafetería.
Como le había dicho a Lyla, hacía un día precioso. El aire empezaba a
refrescar. Las hojas apenas se teñían de amarillo. El otoño nunca era una estación
larga en Montana. Quizá por eso me gustaba tanto. Había que apreciarlo mientras
duraba.
—¿Estás bien? —preguntó Jasper mientras.
—No lo sé. Vamos a tener un bebé.
Jasper me apretó la mano con más fuerza y se inclinó para darme un beso
en la cabeza.
—Estoy bien, ángel.
—Entonces yo también estoy bien.
Caminamos un rato tomados de la mano, mirando por las ventanas y
sonriendo a la gente con la que nos cruzábamos. Cuando llegamos al final de la
manzana, Jasper nos dio la vuelta y volvimos hacia la cafetería. 274
—¿Quieres casarte conmigo?
Espera, espera. ¿Qué? Me detuve, obligándolo a detenerse también. Era
imposible que lo hubiera oído bien.
—Dilo otra vez.
—¿Quieres casarte conmigo?
Me acerqué y le palpé la frente con el dorso de la mano.
—¿Estás enfermo?
Jasper rio, con los ojos arrugados a los lados.
—¿Vas a contestarme?
—Ya me casé contigo.
—¿Pero quieres una boda? Una boda de verdad. Una fiesta. Invitar a tu
familia. Que tu padre te lleve al altar. ¿Todo eso?
Oh. ¿Me casaría con él? ¿Quería una ceremonia elegante y una fiesta lujosa?
Lo había pensado. Una vez. Pero si tuviéramos una boda, eclipsaría nuestra
noche en Clover. Una noche que fue tan imperfecta como hermosa. La idea de
borrarla hizo que mi corazón se hundiera.
—¿Y tú? —le pregunté a Jasper.
Tal vez quería una boda. Un nuevo recuerdo para ocultar el viejo. Una boda
no manchada por su fea ex.
—No. —Sacudió la cabeza—. No quiero una boda. Pero si quieres llevar un
vestido blanco, si me quieres con esmoquin, sólo dilo.
No necesitábamos vestido ni esmoquin.
Nuestra historia de amor no era típica. Desde luego, no era lo que yo había
imaginado de niña. Pero era la nuestra.
—Boda no. Pero sí luna de miel.
—Trato hecho. —Jasper agarró mi mano de nuevo, sosteniéndola con
fuerza. Sosteniéndola como papá sostenía la de mamá. Luego nos llevó por la
acera de nuevo—. ¿A dónde quieres ir?
Me vinieron a la mente mil lugares. Todos eran de esa lista que había creado
de niña con mamá, lugares a los que nuestros huéspedes del hotel llamaban
hogar.
¿Dónde quería ir? A cualquier sitio. Iría a cualquier parte con Jasper.
Levanté nuestras manos entrelazadas y me llevé sus nudillos a la boca para
darle un beso. 275
—Sorpréndeme.
Cuatro meses después, con nuestra hija creciendo dentro de mí, mi marido
me llevó de vuelta a París.
276
Jasper
L
a Navidad era mi fiesta favorita en The Eloise.
El invierno se podía ir a la mierda. Pero la Navidad me gustaba.
Ese primer día bajo cero siempre era un shock. De camino a la
ciudad, el termómetro marcaba dos bajo cero. Pero el frío y mi gélido estado de
ánimo, desaparecieron en cuanto crucé las puertas del vestíbulo.
No era muy diferente de la sensación que tenía al entrar en la cabaña. Una
sensación que tenía todo que ver con la mujer del mostrador hablando por
teléfono. Donde estaba Eloise, yo estaba en casa.
Cuando me vio, levantó un dedo y dijo:
—Un segundo.
Levanté la barbilla hacia la chimenea, llevé la sillita del auto, y la dejé sobre
la mesa para desabrocharle el cinturón a nuestra niña.
Ophelia llevaba un traje de rosa. El color era casi idéntico al tono rosado de
sus mejillas. Sus grandes ojos marrones parecían absorberlo todo, desde la
guirnalda sobre la chimenea hasta el enorme árbol adornado con ornamentos y
lazos de terciopelo rojo. El brillo de las luces blancas de las ventanas iluminaba
su precioso rostro.
El aroma a vainilla y pino llenaba el aire. Debajo, el humo del fuego
crepitaba en la chimenea. Encima, colgada de la imponente columna de piedra,
estaba la corona que había colgado con esmero con Mateo el día después de
Acción de Gracias.
Todos los demás en América lo llamaban Black Friday. Eloise no. Ella le
decía Día de la Decoración. La asistencia era obligatoria.
Todo lo que los Eden consideraban fiesta oficial, era obligatoria y se
festejaba en el rancho: Año Nuevo, Pascua, Acción de Gracias.
277
La semana siguiente, en Nochebuena y Navidad, todos nos amontonaríamos
en casa de Anne y Harrison para comer, reír e intercambiar regalos. Veríamos el
fútbol y jugaríamos. Llevaríamos a los niños en trineo si había suficiente nieve.
Rezaba para que una ola de calor nos permitiera saltarnos el trineo.
Todo lo que hacíamos, lo hacíamos juntos. Nunca había conocido una
Navidad así. Demonios, nunca había conocido una familia así.
Pero mi hija sí.
Ophelia arrulló , con los ojos dirigidos por encima de mi hombro.
—¿Es mamá? —Besé su mejilla regordeta y me senté en el sofá para que
pudiera usar mis rodillas como trampolín para saltar. Le quité el gorrito de la
cabeza y su pelo corto y oscuro se llenó de electricidad estática, y se le alzaba
en todas direcciones.
Había tenido un día duro. Sus dos siestas habían sido demasiado cortas y
había estado intranquila desde la mañana. Tal vez ella estaba temiendo esta cena
también.
Por primera vez, mis padres visitaban Quincy.
Habían llegado hoy temprano y se alojaban en el hotel. Sólo una noche. Esta
noche, nos encontraríamos para cenar en Knuckles. Mañana, volarían a casa en
su jet privado.
No los habíamos invitado a la cabaña, ni habían pedido ver nuestra casa.
Navidad era dentro de tres días y lo más probable era que tuvieran que volver
corriendo a Maryland para asistir a algún evento o acto.
Pero querían conocer a su nieta.
Ophelia tenía seis meses. Podrían haber venido en cualquier momento del
otoño, pero habían esperado hasta Navidad, la segunda época del año con más
trabajo en el hotel después del verano.
Eloise tenía razón: apestaban.
Habíamos tenido unos comienzos difíciles, pero Anne y Harrison habían
sido quienes me habían enseñado cómo debían ser los padres.
La distancia entre mamá y papá y yo no había hecho más que crecer. No los
había visto desde la boda de Samantha en Italia. También había sido la última vez
que hablé con mi ex.
Me había llamado poco después del tiroteo. Cuando vi su número en la
pantalla, pulsé Rechazar. Luego bloqueé su número. 278
Cuando mamá llamó para anunciar la visita, mencionó que Sam se iba a
divorciar. Por su bien, esperaba que Samantha encontrara al hombre adecuado.
Uno que la amara por completo.
Simplemente no había sido yo.
Había estado esperando a una morena de brillantes ojos azules.
—Hola, cariño. —Eloise se dejó caer en el asiento a mi lado y agarró a
nuestra hija—. ¿Cómo estuvo el día?
Ophelia respondió con un gemido.
—Está cansada —dije, pasando el brazo por el respaldo del sofá.
—Ya somos dos. —Eloise bostezó, apoyándose en mi costado.
La noche anterior había sido larga, con Eloise y yo arriba y abajo con el
bebé. A las tres, había bajado a Ophelia para que Eloise pudiera dormir antes
de ir a trabajar. Pero no había rincón en la cabaña que pudiera esconderse del
llanto de nuestra hija.
Con el tiempo, necesitaríamos una casa más grande. Necesitaríamos una
casa con más habitaciones individuales. Pero ninguno de los dos estaba listo para
mudarse de la casa donde habíamos empezado. Así que por ahora, lidiábamos
con la falta de sueño. Subíamos y bajábamos la escalera circular y utilizábamos
el pequeño despacho que habíamos convertido en la habitación de la niña.
Para el bebé número dos, o nos mudábamos, o añadiríamos más.
Ninguno de los dos quería que Ophelia fuera hija única. Yo había vivido esa
infancia. Pero ahora la estábamos disfrutando. Estábamos maravillados por este
pequeño milagro que nos tenía completamente atrapados.
Cuando lloraba, iba corriendo.
—¿Cómo fue el check-in? —pregunté.
Su labio se curvó.
—Bien.
Lo que significa que mis padres eran exactamente los mismos de siempre.
Educados. Desconectados. ¿Por qué estaban aquí otra vez?
A menos que algo hubiera cambiado drásticamente, los únicos abuelos que
Ophelia conocería serían Anne y Harrison. Había hecho las paces con eso. Eloise
seguía luchando.
Esperaba que mamá y papá cambiaran después de que tuviéramos un
bebé. 279
Una parte de mí también lo esperaba.
El día que Eloise llegó a casa y me dijo que estaba embarazada, hice una
promesa. A ella. A mí mismo. Mi familia sería lo primero. Siempre.
No necesitaba ni quería trabajar por trabajar. Así que me quedé en casa con
mi hija. Trabajé en el hotel cuando Eloise necesitaba una mano. Y Foster y yo nos
habíamos asociado a un par de negocios por todo el estado. Eran oportunidades
para poner nuestro dinero a trabajar mientras seguíamos siendo inversores
silenciosos. Pero por lo demás, mi vida giraba en torno a las dos damas de este
sofá.
Eloise bostezó de nuevo, hundiéndose más en mi costado.
—Necesito una siesta.
Me di una palmada en el muslo.
—Cinco minutos.
Sin protestar, se subió a mi regazo y acomodó a Ophelia contra su pecho
mientras ella se acurrucaba en el mío.
Eloise se durmió primero. Respiró tres veces y se durmió. A Ophelia se le
cayeron los párpados y se le entreabrió la boca. Luego ella también se quedó
dormida.
Aquellas raíces bajo mis pies se habían hundido profundamente, como un
roble, inamovibles ante cualquier tormenta.
Mis padres, Dan, Samantha, incluso Foster, me empujaron en una dirección
diferente. Cada momento de dolor, cada decepción, cada victoria, cada derrota,
me había llevado hasta aquí, para poder estar en el lugar exacto en el momento
exacto.
En Montana.
En un sofá.
Con mi familia dormida en mis brazos.
280
Anne Snow planeaba recibir el Año Nuevo de 1988 en pijama y viendo
Misterios sin resolver. En lugar de eso, sus amigas la inducen a una escapada a
una cabaña y al fiasco de una sesión de esquí. Apenas llega, Anne se da cuenta
de que no es un fiasco, sino una pesadilla.
Harrison Eden, el chico al que ha conseguido evitar desde que rompieron
en el instituto, la recibe en la puerta. Por desgracia, en los últimos seis años, sólo
se ha vuelto más atractivo. Y, por lo visto, le sigue gustando sacarla de quicio.
El plan de Anne es evitarlo a toda costa. Pero entonces se entera de que sus
amigas han invitado a demasiada gente. No hay suficientes camas para todos. ¿Y
adivina quién se ha ofrecido voluntario para ser su compañero de piso en Año
Nuevo?
281
Anne
N
ochevieja.
No son vacaciones. Ni por asomo. Sin embargo, mis amigas
habían insistido en que lo celebráramos. Que anunciáramos 1988
con algo especial.
Al parecer, algo especial significaba una oscura carretera de grava en
medio de la naturaleza.
—¿Dónde está esta cabaña? —murmuré mirando el parabrisas.
Amanda y Jessica habían llegado a las montañas hoy temprano. Si me
estaban esperando, ¿no debería ser capaz de ver una luz o algo? Mis faros
iluminaban el sendero delante de mí, pero más allá de su alcance, era negro
como el carbón. Una noche tan oscura que podía tragarte entera.
Una noche en la que una mujer sola podría desaparecer para no volver a
ser vista.
Se me erizaron los pelos de la nuca mientras mi camioneta avanzaba
sigilosamente hacia la línea de árboles.
—Ted Bundy está en la cárcel. Contrólate, Anne.
No había asesinos en serie esperándome en este bosque. El escalofrío que
me recorría la espalda no era más que el frío y mi imaginación desbocada. Había
visto demasiados episodios de Misterios sin resolver.
Puede que Nochevieja no fuera una fiesta propiamente dicha, pero esta
escapada de fin de semana sería divertida, ¿no? Una oportunidad para pasar
tiempo de calidad con mis dos mejores amigas del instituto.
No había visto mucho a Amanda y Jessica en los últimos tres años y medio,
desde que me fui a la Universidad de Montana. Ambas se habían quedado en 282
nuestra ciudad natal después de graduarse, y con la escuela y el trabajo, no iba
a Quincy a menudo en estos días.
Pero este año quería pasar más tiempo con mis padres en Navidad. Así que,
con las vacaciones de invierno, me había tomado una semana libre para disfrutar
de las fiestas. Mamá y yo habíamos ido de compras al centro en Nochebuena
cuando me encontré con Amanda.
Habíamos organizado una noche de chicas en Willie's para tomar algo. Yo
estaba en medio de mi ron con Coca-Cola cuando Jessica me propuso este viaje.
Ligeramente ebria y perdida en los recuerdos de mis amigas más antiguas,
acepté.
Si me secuestraba un asesino en serie, la culpa era del Capitán Morgan.
—Uf —gemí, inclinándome más hacia el volante mientras mi camioneta
rebotaba por la carretera llena de baches.
No había huellas de neumáticos en la nieve. De acuerdo, estaba nevando,
pero si Amanda y Jessica habían venido por aquí, ¿no debería haber huellas?
Busqué las indicaciones de Jessica, entrecerrando los ojos para distinguir
sus notas, pero la cabina estaba demasiado oscura, así que encendí la luz por
encima de mi cabeza.
Conduce ocho kilómetros.
La cabaña es la primera a la que llegas.
Puerta verde.
Comprobé el cuentakilómetros. Cuando había salido de la autopista, lo
había puesto a cero. Sólo estaba en cuatro. ¿Acaso esta carretera continuaba
varios kilómetros más?
Los árboles estaban a pocos metros, la separación entre sus troncos como
mandíbulas abiertas de par en par. Tragué saliva y me obligué a mantener el pie
en el acelerador.
Cuando había salido de Quincy hacía una hora, las estrellas habían salido
con toda su fuerza, esparciendo destellos por el cielo de medianoche. La luna
había proyectado un resplandor plateado sobre las montañas y los prados. Pero
entonces, un espeso manto de nubes se había extendido, bloqueando el cielo y
ocultando toda luz.
Entonces empezó a nevar. Ese debería haber sido mi indicio para dar la
vuelta.
Mis faros alumbraban unos copos grandes y pesados mientras se
deslizaban por el suelo. Era perfecto para hacer esquí.
Odiaba el esquí. 283
Lo último que quería hacer en mis vacaciones era ejercicio. Pero Amanda y
Jessica tenían todo el viaje planeado, incluida una pista de esquí. Así que en un
esfuerzo por participar, desenterré mis esquís del garaje de mamá y papá, les
quité el polvo y los metí en la parte trasera de mi camioneta.
Mamá pensó que esta escapada sería buena para mi corazón. Que me daría
la oportunidad de olvidarme de Jeremy.
El ladrón.
Hablando de un desperdicio épico de un año… Sólo deseaba haber sido la
primera en dejarlo.
Su explicación llevaba semanas irritándome. Esto ya no me sirve. ¿Qué tipo
de razón era ésa para poner fin a una relación de un año? ¿No me merecía más?
¿No merecía al menos que me devolviera mi propiedad?
Jeremy se había presentado en mi departamento el día antes de los
exámenes finales con una caja de objetos que yo había dejado en su casa. Una
sudadera. Un cuaderno. El walkman que le había prestado para ir y volver del
campus.
Excepto que lo que había olvidado traerme eran todas mis cintas de casete.
Diez, para ser exactos.
Diez cintas de casete cargadas con mis canciones favoritas. Diez cintas de
casete, cada una recopilada con esmero. Algunas las tenía desde el instituto.
¿Cuánto tiempo me había llevado crear esas cintas? ¿Cuántas horas había pasado
sentada junto a mi reproductor de casetes, escuchando la radio y esperando a
darle a grabar cuando sonara la canción perfecta? Incontables.
Había robado incontables horas, luego tuvo el descaro de mentir y decir
que estaban en la casa. Que las había perdido.
Mis manos estrangulaban el volante mientras mi labio se curvaba.
Sabía exactamente dónde estaban esas diez cintas: en la estantería debajo
de su televisor, donde las había dejado para que, mientras estudiábamos en su
salón, pudiéramos escuchar música. Insistió en que la estantería estaba vacía.
Discutimos durante cinco minutos hasta que se marchó.
Las únicas cintas que me quedaban eran las que había guardado en mi
camioneta. Dolly Parton. George Jones. Y una de mi madre: Amy Grant.
Jeremy incluso había guardado mi cinta de Heart. Odiaba Heart.
—Imbécil —murmuré.
La radio crujía, la señal entraba y salía. La única recepción decente tan
cerca de las montañas sería en un canal de AM, pero no me apetecía escuchar
canciones viejas. El canal de noticias en el que había estado antes había repetido 284
un fragmento del último discurso del presidente Reagan. Luego habían
empezado a hablar de los Juegos Olímpicos de Invierno que se celebrarían en
Calgary en febrero.
Si un asesino en serie me iba a tender una emboscada , prefería caer en
silencio, así que apagué la radio por completo.
A cada segundo que pasaba, la nieve parecía caer más pesada. Más rápido.
Crujía bajo mis neumáticos. Las escobillas del limpiaparabrisas se movían de un
lado a otro y mis hombros se encorvaban cada vez más hacia el volante.
—No te quedes atascada —le susurré a mi Chevy Silverado de 1982. Era
blanco, y si me quedaba enterrada, nadie me encontraría hasta mucho después
de haberme convertido en un polo humano.
Los árboles de hoja perenne se alzaban sobre mí. La carretera se
estrechaba. ¿Dónde demonios estaba la cabaña? Se me revolvió el estómago y
se me pusieron blancos los nudillos mientras miraba al frente en la más absoluta
oscuridad.
El cuentakilómetros giró. Ocho kilómetros.
Y ninguna cabaña a la vista.
—Olvida este viaje. —Escudriñé el bosque en busca de un lugar donde dar
la vuelta, pero al pasar junto a un árbol, un destello de luz me llamó la atención.
Todo mi cuerpo se hundió cuando apareció una puerta verde.
—Oh, gracias a Dios.
Un resplandor dorado salía de las ventanas. Amanda tenía la cara pegada
al cristal, mirando hacia fuera con las manos en los ojos. Cuando reconoció mi
camioneta, sonrió y saludó con la mano.
Sonreí, con más alivio que alegría, y estacioné junto a su camioneta Ford.
Me estiré en el asiento y agarré mi bolsa de viaje, el bolso y el abrigo, y abrí la
puerta. Me temblaban las rodillas, nerviosa por el viaje, y en cuanto mis botas
tocaron la nieve, Amanda estaba allí, con los brazos abiertos.
—¡Por fin estás aquí! —chilló, tirando de mí para abrazarme—. ¿Cómo
estuvo el viaje?
—Largo —dije, soltándola para cerrar de un portazo la puerta de mi
camioneta. Por mí, los esquís se quedarían en la parte de atrás, enterrados bajo
la nieve y olvidados.
—Deberías haber venido con nosotras —dijo, dirigiéndose a la cabaña.
—Lo sé. Pero tenía que salir el domingo por la mañana para ir a casa, hacer
las maletas y volver a Missoula para cursar el último semestre.
285
—¿Tienes hambre?
—Estoy muerta de hambre —dije, siguiéndola al interior de la cabaña y
pisando con mis botas la alfombra. El aroma del fuego de leña, los tomates y el
ajo me llenó la nariz. Me rugió el estómago.
—Christopher hizo su famoso estofado y pan de maíz.
Espera. ¿Christopher estuvo aquí?
—Oh. Yo, um... No me di cuenta de que venía.
El sonido de voces masculinas llegaba desde el otro lado de la entrada de
la cabaña mientras colgaba mi abrigo y mi bolso en un gancho.
Cuando Amanda y Jessica me invitaron, supuse que seríamos sólo nosotras.
Pero debería haber sabido que sus novios estarían aquí también. Amanda y
Christopher eran novios desde el instituto. Jessica y Matthew también.
Lo que me convertía en la quinta rueda. Impresionante.
Si salgo ahora, ¿llegaré a casa antes de medianoche?
No. No, no lo haría. Y esta noche, prefería ser la que sobraba que estar sola
en una carretera oscura.
Unos pasos resonaron en el suelo de madera y Jessica pasó volando junto a
Amanda y me abrazó.
—¡Ya estás aquí! Por fin. Hola.
—Hola. —Le devolví el abrazo.
—Empezaba a preocuparme cuando tardaste tanto —dijo—. No te habrás
perdido, ¿verdad? ¿Estaban bien mis indicaciones?
—Perfectas. —Asentí, dejándola ir—. Pero empezó a nevar, así que me lo
tomé con calma.
Miré más allá de ella para ver a Matthew y Christopher, ambos con una
botella de cerveza en la mano.
—Hola, chicos.
Cena. Una cerveza. Y a la cama. Lo bueno de ser la quinta rueda era que
nadie se daría cuenta cuando me escabullera temprano para dormir.
—Hola, Anne —dijo Christopher.
Matthew levantó la barbilla.
—Me alegro de que lo lograras.
—Amanda se estaba poniendo tan nerviosa que estaba a punto de enviarme
a buscarte. —Una voz profunda y grave llegó desde la esquina. 286
Se me hizo un nudo en el estómago.
Conocía esa voz. Se había vuelto más grave desde la última vez que la oí,
pero la conocía. En el pasado, amé esa voz.
No. No, esto no puede estar pasando.
Mi mirada voló hacia Amanda.
Tuvo la decencia de parecer culpable.
Entonces Harrison Eden ocupó el espacio junto a Christopher y me saludó
con su propia cerveza.
—Hola, Anne.
Mi boca se abrió. Se cerró. Se volvió a abrir y a cerrar. Parpadeé, quitando
los ojos del molesto y atractivo rostro de Harrison, para dirigirlos a Jessica.
—¿Qué está haciendo aquí?
Mis amigas compartieron una mirada. Entonces Jess levantó un hombro.
—Um... ¿Feliz Nochevieja?
Nochevieja. El peor día no festivo de todos los tiempos.
287
Harrison
A
nne Snow.
Había pasado demasiado tiempo.
Se sorprendió al verme. Y se molestó también. Nunca se le
había dado bien calmar sus facciones cuando estaba enfadada.
Sus mejillas estaban sonrojadas de un bonito rosa, del mismo tono que sus
labios. Sus brillantes ojos azules se encendieron. Pero esa ira sólo la hacía más
llamativa. Una mirada y se me apretó el pecho.
No había muchas mujeres tan hermosas que me dificultaran la respiración.
Un hombre mejor se habría retirado del viaje cuando se enteró de que su
ex iba a estar. Un hombre mejor la habría dejado disfrutar del fin de semana con
sus amigas. Excepto que yo, no era un hombre mejor. Y había pasado demasiado
tiempo.
—¿Cuánto ha pasado? ¿Cinco años? —pregunté.
Sus fosas nasales se ensancharon.
—Seis.
—Seis. Umm. —Di un sorbo a mi cerveza—. Si has estado contando,
¿significa eso que me has echado de menos?
La mirada de Anne se desvió hacia donde estaban mis bastones de esquí,
apoyados contra la pared junto a mis esquís en la entrada. Se quedó mirando la
punta metálica como si fuera el arma perfecta.
—Mi puntería es mucho mejor a corta distancia.
—Christopher. —Amanda pasó el brazo por los hombros de Anne mientras
Jessica agarraba su bolso para dejarlo a un lado—. Anne está hambrienta.
—En ello. —Giró y desapareció en la cocina, donde se oyó el ruido metálico
de un plato y un cuenco.
288
Amanda arrastró a Anne junto a Matthew y a mí, haciendo de barrera en su
camino hacia la cocina.
—Quizá debería haberle avisado. —Los hombros de Jessica se
desplomaron—. Ups.
—Estará bien —dije, llevándome la cerveza a los labios para dar otro trago.
Esta animosidad entre nosotros había durado demasiado de todos modos.
Habían pasado seis años. Esto no era el instituto. Ya no éramos adolescentes.
Podríamos ser civilizados durante un fin de semana, ¿no?
Matthew atrajo a Jessica hacia sí, inclinándose para besar su ardiente
melena pelirroja, y luego la condujo al salón, donde habíamos estado las últimas
horas, esperando la llegada de Anne.
El fuego que habíamos encendido antes rugía en la chimenea y sus llamas
mantenían la cabaña caliente. Antes de que Anne llegara, yo estaba sentado en
uno de los cuatro sillones de cuero que rodeaban la mesa del centro. Pero
cuando ella se sentó junto a la mesa del comedor, con un plato, un cuenco y una
cerveza, yo acerqué una silla a la suya.
Me fulminó con la mirada mientras comía su primer bocado de estofado.
—Hola, cariño.
—No me llames cariño. —Me apuntó con la cuchara a la nariz.
Luché contra una sonrisa.
—Solía gustarte.
—También solías gustarme. Los tiempos cambian. —Se metió otro bocado
en la boca, mirando por las ventanas hacia donde caía nieve.
—¿Cómo has estado?
Tragó, bebió un trago y comió otra cucharada.
—Eso es genial —dije, fingiendo que había contestado—. Yo también he
estado bien. Ocupado. Estuve trabajando en el rancho. Falta poco para los
partos, así que tendré algunas noches largas.
Anne parpadeó y cortó un trozo de pan de maíz amarillo, chorreante de
mantequilla derretida y miel.
—Anne, ¿quieres champán? —Amanda apareció en la mesa, haciendo un
gesto con la barbilla para que me fuera al salón, pero yo me limité a sonreír y a
acomodarme más en mi silla. Puso los ojos en blanco y levantó la botella de
champán. 289
—Oh, no, gracias. Estoy bien —dijo Anne—. Creo que seguiré con la
cerveza.
Me vino a la mente un recuerdo, una noche de verano en la que hacía años
que no pensaba.
Anne y yo en la cabina de mi camioneta, conduciendo por los caminos de
tierra del rancho. Ella se había sentado en medio para que yo pudiera pasarle el
brazo por los hombros. Su mano descansaba sobre mi muslo. Y en el suelo había
un paquete de seis cervezas para beber mientras acampábamos.
Por supuesto, ninguno de los dos tenía edad para beber legalmente. Sus
padres habían pensado que iba a pasar el fin de semana con Amanda. Los míos
habían pensado que estaba acampando con los chicos.
Anne y yo sólo habíamos acampado un par de veces, junto con nuestra
cerveza barata que yo le había suplicado a uno de los peones del rancho que me
comprara. Luego, antes de llegar a otro verano, Anne me había dejado.
Sin ninguna maldita razón.
—¿Te has enterado de lo que le ha pasado a Johnny Wells? —preguntó
Amanda, ocupando la silla al lado de Anne.
—No, ¿qué? —Anne se movió en su silla, dándome la nuca. Las puntas de su
cabello oscuro y sedoso le hacían cosquillas en la cintura.
Era al menos quince centímetros más largo que en el instituto. Su cara
también había cambiado, había madurado. Un rostro de mujer. Y un cuerpo de
mujer, esbelto pero curvado en los lugares adecuados.
Jessica se unió a nosotros en la mesa, dirigiéndome la misma mirada para
que desapareciera. Y esta vez obedecí, levantándome de la silla para reunirme
con los chicos en el salón. Más que nada porque ya habría tiempo de molestar a
Anne más tarde.
—Linda cabaña —le dije a Matthew.
Era de su abuelo, construida en los años sesenta. Remota pero tenían lo
necesario: electricidad, agua corriente, fontanería interior.
—Gracias —dijo—. Últimamente no pasa mucho tiempo aquí en invierno.
Le gusta estar más cerca de la ciudad.
—Suerte para nosotros —dijo Christopher—. Me alegro de estar fuera de la
ciudad durante un fin de semana.
—Lo mismo digo —dijo Matthew—. Aunque me gustaría que tuviera un
televisor. Sería genial ver un partido. Llevo años rogándole que se compre uno,
pero le gusta venir aquí y desconectar. Leer.
A mí, por ejemplo, no me interesaba la televisión. Rara vez la veía en casa, 290
estaba demasiado ocupado trabajando, y esta noche, había otro objeto que había
captado mi interés.
Anne bostezó en la mesa, cubriéndose con el dorso de la mano, mientras
Amanda y Jessica seguían hablando, poniéndola al corriente de los últimos
cotilleos de Quincy. Sobre todo, hablaban de sus antiguos compañeros de clase.
Quién se había casado. Quién se había divorciado. Quién bebía demasiado y
quién había pasado algunas noches en la cárcel.
Personalmente, no me interesaban mucho los chismes. A menos que me
involucraran a mí, a mi familia o a alguno de nuestros negocios, los ignoraba. Y
por el aspecto de los ojos caídos de Anne, y su segundo, tercer y cuarto bostezo,
a ella tampoco le importaba mucho.
—¿Quieres otra cerveza? —preguntó Christopher.
Aparté los ojos de Anne y miré mi botella.
—Sí. Claro.
—Voy a echar más leña —dijo Matthew, acercándose a la chimenea.
Anne volvió a bostezar, esta vez arriesgándose a echar un vistazo al salón
mientras se tapaba la boca con una mano. Cuando descubrió mi mirada
expectante, me fulminó con la mirada.
Me reí entre dientes.
Siempre había tenido espíritu, incluso cuando ella estaba en segundo curso
y yo en el último. Nada de mí había intimidado a Anne. Era sexy como el infierno.
Antes y ahora.
—Estoy muy cansada —les dijo a las chicas—. ¿Se molestarían si me voy
pronto a la cama?
Antes de que pudieran responder, Anne se levantó de la mesa y se llevó el
cuenco y el plato vacíos al fregadero. Los lavó rápidamente, los puso a secar en
la rejilla de la encimera, se dirigió hacia la puerta y desapareció un momento,
antes de regresar con su bolso de viaje.
Pero lo que se había perdido mientras limpiaba era la mirada compartida
entre Amanda y Jessica.
Una mirada que no le gustaría a Anne.
—No puedes irte a la cama todavía —dijo Jess, poniéndose de pie—. Acabas
de llegar.
—Pero tenemos todo el fin de semana, ¿no? —Anne exhaló—. Ese viaje me
sacó de quicio. Te prometo que mañana por la mañana estaré como nueva. Sólo
indícame la dirección de mi almohada.
Los ojos de Amanda volaron a los de Jessica. Luego ambas miraron a
291
Matthew, que había terminado con el fuego y estaba de nuevo en su silla a mi
lado.
Se aclaró la voz y se levantó.
—Sí, eh, esta cabaña solía tener cuatro dormitorios. No he estado aquí
desde el verano. Supongo que durante la temporada de caza este otoño, el
abuelo decidió tomar una de esas habitaciones y convertirla en una sala de
recarga.
—Bien —balbuceó Anne, echando un vistazo al salón. Parpadeó dos veces,
como si acabara de darse cuenta de que no había sofás.
Al parecer, el abuelo de Matthew prefería las sillas.
—Nosotros, um, como que tenemos que... compartir —dijo Jess.
—¿Compartir? —repitió Anne.
—Sé que es un asco. Pero tomamos las habitaciones más pequeñas —dijo
Amanda—. Sólo tienen camas de tamaño completo. La de allí tiene una queen. —
Ella señaló hacia una puerta de la habitación abierta de la sala de estar—.
Cuando llegamos, fui a llevar mi maleta a la habitación de invitados, pero solo
encontré cartuchos de escopeta vacíos esparcidos por una mesa, y en ese
momento, nos dimos cuenta de que iba a haber un problema.
—Espera. —Anne levantó una mano, mirando entre sus amigas antes de
mirarme a mí.
Me encogí de hombros.
—Prometo no roncar.
Se le cayó la mandíbula y luego la cerró con un chasquido audible, antes de
sacudir la cabeza.
—No.
—Vamos, Anne —le dije—. No es para tanto.
Sus ojos miraron hacia el dormitorio.
El pensamiento que cruzó su mente bien podría haber estado escrito en su
frente.
Salió corriendo por el salón.
—Mierda. —Me levanté de la silla, casi derribándola y haciéndome
tropezar, pero conseguí aterrizar, mis calcetines resbalando sobre el suelo de
madera.
Eso me llevó más cerca del dormitorio. No mucho, pero más cerca.
Llegamos al marco de la puerta exactamente al mismo tiempo y ambos
intentamos colarnos por la abertura. Pero nuestros cuerpos chocaron y
292
quedamos atrapados en el umbral.
Su codo se clavó en mis entrañas.
—Uf. ¿Has estado afilando eso?
—Duerme en el suelo. —Apretó los dientes, tratando de meterse dentro,
pero la rodeé con los brazos, reteniéndola.
En cuanto entrara en la habitación, cerrará la puerta en mis narices y echará
el cerrojo.
—No voy a dormir en esa cama contigo —espetó.
—No voy a dormir en el suelo. —Quiero decir, lo haría si tuviera que
hacerlo. Pero estos pisos eran sólidos como una roca. Nada de maderas blandas
para el abuelo de Matthew, en su lugar, había construido con roble cortado en
bruto.
—Suéltame. —Se agitó, soltándose los brazos. Luego, con una larga
zancada, estaba en el dormitorio.
Le pisaba los talones.
—Fuera, Harrison.
Fruncí el ceño.
—No es como si no te hubiera visto desnuda antes.
Me equivoqué al decirlo. Me di cuenta un momento demasiado tarde.
El bolso de Anne saltó por los aires y me golpeó en la cara.
—Fuera.
—¿Por qué es para tanto? —Lancé una mano hacia la cama—. Tú te quedarás
en tu lado. Yo me quedaré en el mío. Ni siquiera tenemos que hablar. A menos
que finalmente quieras explicarme por qué me dejaste en el instituto.
Nunca, ni una sola vez, me había dado una razón. Simplemente lo había
terminado. Sin previo aviso. Un día, la había llevado a una cita. Al siguiente,
habíamos terminado.
Hasta el día de hoy, no tenía ni idea de por qué. Ni siquiera se lo había
explicado a Amanda o Jessica.
La mirada de Anne voló hacia la pared, con la mandíbula apretada.
—Te propongo un trato. —Sonreí con suficiencia. Tal vez podría hacer que
esto funcionara a mi favor, después de todo. Por lo menos, hacer que el dolor de
espalda de una noche de mierda en el piso valiera la pena—. Dime por qué
rompiste conmigo en el instituto. Y puedes tener la cama toda para ti. 293
—No te debo una explicación. Ya sabes lo que hiciste.
—No, no lo sé. —No tenía ni puta idea. Pero había hecho algo. Y ella parecía
decidida a echármelo en cara el resto de mi vida.
Habíamos salido durante un año. ¿No merecía una explicación? Bueno, tal
vez una noche en la misma cama la animaría a compartir.
Me acerqué al bolso que había dejado antes sobre el colchón. Luego fingí
un bostezo.
—¿Sabes? Yo también estoy bastante cansado. Creo que me acostaré.
—Harrison —advirtió.
Respondí desabrochándome la camisa. Los botones se soltaron desde el
cuello hasta el dobladillo.
—¿Qué va a ser, cariño? —Arqueé una ceja—. ¿Hablar? ¿O acurrucarnos?
El labio de Anne se curvó.
—Bien.
Por un momento, pensé que hablaría. Por fin, después de seis años, sabría
por qué me había roto el corazón.
Pero no abrió la boca. Dejó caer su bolso en el suelo, lo abrió y sacó un
camisón. Luego se levantó y me apuntó con un dedo a la nariz.
—Si roncas, te asfixiaré con mi almohada mientras duermes.
294
Anne
M
is amigas estaban de fiesta. Habían estado de fiesta durante horas
más allá de la puerta cerrada del dormitorio mientras yo intentaba
dormir, sin éxito.
Como mi intento de descansar había sido inútil, había recurrido a mirar el
techo oscuro, escuchándolas reír y hablar, mientras temía el regreso de
Harrison.
Después de nuestra discusión, no se atrevía a salir de la habitación,
sabiendo que le cerraría la puerta. Así que me amenazó con arrancar la puerta
de cuajo. Estábamos en medio de una discusión cuando Amanda finalmente
intervino, haciendo de mediadora.
Ni Harrison ni yo queríamos dormir en el suelo, así que llegamos a un
acuerdo.
Limitaríamos las horas de uso compartido de esta estúpida cama.
Harrison me dejaría sola hasta medianoche. Y como era madrugadora, me
iría a las cinco.
Debería estar en el país de los sueños. Debería estar aprovechando mis
horas de colchón. Excepto que no podía dormir, no sólo por el ruido en la sala
de estar, sino por el ruido en mi cabeza.
Cuando rompí con Harrison en el instituto, él fingió que no sabía por qué.
Como si las palabras que había pronunciado y que habían destrozado mi corazón
de dieciséis años hubieran salido de la boca de otra persona.
No me había creído su despiste, ni por un segundo. Ni siquiera Harrison
Eden se salía con la suya.
Los Edens eran de la realeza de Quincy. Su familia había fundado la ciudad
hacía generaciones. No se podía pasar por el centro, sin ver al menos a uno de
sus parientes. El apellido Eden figuraba en numerosos negocios. 295
Tal vez la razón por la que a Harrison nunca le había faltado confianza era
que él y su familia eran muy conocidos. O puede que le saliera de forma natural.
Independientemente de la causa, la gente se sentía atraída por él. Él era el
sol y ellos eran planetas que giraban felizmente en su órbita.
Cuando me invitó a salir en la primera cita, fue el sí más fácil de mi vida.
¿Quién no querría salir con el chico más popular y atractivo del instituto? ¿Ser la
chica de su brazo, disfrutando de su confianza y carisma?
Harrison había sido capitán de los equipos de fútbol y baloncesto.
Estudiaba con matrícula de honor. Incluso tocaba la guitarra y la llevaba siempre
que íbamos de acampada para rasguear una melodía junto al fuego.
Mis motivos para aceptar aquella primera cita habían sido, tenía que
reconocerlo, superficiales. Pero fue su risa y su ingenio rápido lo que me había
encantado hacía tantos años. Su humor juguetón. Su lado dulce.
Me había enamorado de Harrison Eden.
Había sido engañada por Harrison Eden.
A menos que...
¿Me equivoqué? Cuando se escandalizó tanto de que me atreviera a dejarlo,
lo consideré una actuación. Un encubrimiento para ocultar su ego herido. Dios
no quiera que admita su culpa.
Pero esta noche, él había estado cantando la misma línea, cansado. Que no
tenía ni idea de por qué había roto con él.
Tal vez si Amanda, Jess y los novios no hubieran estado rondando la puerta,
aferrándose a cada una de nuestras acaloradas palabras, le habría recordado
exactamente lo que ya sabía.
Si ya lo sabía.
¿De verdad no tenía la menor idea?
Recordaba cada palabra. Las mujeres recordaban las frases que los
hombres usaban para despreciarlas.
Ya no es virgen.
Me estremecí.
Pasaron los años y todavía me sentía sucia. Ni siquiera Amanda y Jessica
sabían la razón por la que había terminado con Harrison. Simplemente no había
sido capaz de repetirlo. Mantener las lágrimas ocultas a mis amigas ya había sido
bastante difícil.
Había estado enamorada de Harrison.
Y él sólo había estado matando el tiempo con una virgen local, esperando 296
su momento durante su último año hasta que pudiera irse a la universidad.
Harrison tenía que saber por qué lo había terminado. Si yo lo recordaba, él
también lo haría. El hombre era tan irritantemente inteligente como hermoso.
Suspiré, me retorcí en la cama por enésima vez, me tumbé boca abajo y me
abracé a una almohada. ¿Qué hora era? No había reloj en la mesita de noche,
pero cada latido que pasaba se acercaba más a medianoche.
Entonces me quedaría con Harrison.
—Grr. —Esta cama no era lo suficientemente grande para los dos.
Quizá debería dormir en el suelo. Podría acurrucarme junto al fuego, como
si estuviera de acampada.
Excepto que eso significaría darle a Harrison la satisfacción de ganar. Mi
orgullo no me lo permitiría. Un caballero me dejaría la cama para mí sola, pero
hacía tiempo que había aprendido que Harrison no era un caballero.
—¡Christopher, para! —Amanda se reía histéricamente desde la sala de
estar. Era más un cacareo ahora que probablemente estaba borracha.
—¿Qué? No estoy haciendo nada. —Christopher se rio—. Sólo estoy
tratando de abrazarte.
—Consigan una habitación. —Jessica rio—. De hecho, voy a seguir mi
propio consejo. ¿Matthew?
—Esa es mi señal. Buenas noches, chicos. —Sus pasos golpearon el suelo,
como si ambos corrieran hacia su dormitorio. Una puerta se cerró. Entonces las
risitas vinieron de más allá de nuestra pared compartida.
Genial. Mis amigos estaban a punto de tener sexo, y yo tendría que
escuchar.
Agarré la almohada que estaba junto a la mía, la de Harrison, y me la puse
sobre la cabeza.
—¿Por qué estoy aquí?
La almohada no tenía la respuesta.
¿Por qué estaba aquí? No quería ir a esquiar mañana. Ya estaba agotada y
sólo llevaba unas horas aquí. Las clases comenzaban de nuevo, y necesitaba
estar fresca para mi último semestre.
Más pasos resonaron al otro lado de la puerta, probablemente Amanda y
Christopher caminando hacia su habitación.
Me levantaba todos los días a las cinco de la mañana. Por eso había podido
llegar a un acuerdo con Harrison para pasar unas horas aquí sola. Mi despertador 297
natural era preciso.
Si mañana me despertara antes que los demás, podría... escabullirme. Dejar
una nota. Amanda y Jessica se enfadarían, pero no me importaba. Habían
invitado a Harrison sabiendo muy bien que era el enemigo número uno. Sí, era
amigo de Matthew y Christopher, pero aun así...
Deberían haber elegido mi lado. O no haberme invitado en primer lugar.
La puerta crujió al abrirse.
Me quedé helada y el corazón se me subió a la garganta.
Dio un paso hacia la habitación. Luego otro. Mi cuerpo se puso rígido al
sentirle cerca de la cama. Entonces me arrancó la almohada de la cabeza.
—¡Eh! —Me incorporé.
—Eso es mío —refunfuñó, volviéndose hacia la puerta.
Por un breve y feliz momento, pensé que saldría de la habitación. Que
agarraría su almohada y me dejaría en paz.
No.
Encendió el interruptor de la luz.
—¿Te importa? —Entrecerré los ojos mientras mis ojos se ajustaban,
fulminándolo con la mirada cuando tiró la almohada a su lado de la cama—.
Estaba durmiendo.
—No, no lo estabas. —Se dirigió a su bolso, que estaba en el suelo, y abrió
la cremallera. Se agachó, sacó un neceser de cuero, se lo llevó al baño contiguo
y cerró la puerta de un portazo.
Curvé los labios mientras me quitaba las mantas de las piernas y me dirigía
al interruptor de la luz para dejar la habitación a oscuras. Luego me acurruqué
bajo las mantas, agarré la almohada de Harrison y la metí debajo de la sábana
para formar una barrera.
Apenas me había acomodado boca abajo de nuevo cuando la puerta del
baño se abrió de golpe y Harrison se acercó a la luz y la encendió. Otra vez.
—Harrison —espeté.
—Anne.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal ante aquel tono grave y áspero.
No debería haber sido sexy. Era solo la voz de un hombre, pronunciando mi
nombre con un deje de rencor.
Pero lo era.
Lo fulminé con la mirada.
298
Frunció el ceño por encima del hombro, se llevó la mano al dobladillo de la
camisa y se la quitó.
Se me cayó la mandíbula. Afortunadamente, mi almohada la atrapó.
Santos músculos, ¿de dónde habían salido? No sólo había madurado su voz,
sino que era como si también hubiera cambiado su cuerpo. Harrison había sido
fuerte en el instituto, pero la masa que había añadido a sus brazos, esos anchos
hombros, hacían agua la boca.
Y los abdominales. Oh. Dios. Los abdominales.
Jeremy no había tenido abdominales como esos. Tal vez si lo hubiera tenido,
no estaría tan molesta por mis cintas robadas.
Estaba babeando sobre la estrecha línea de la cintura de Harrison cuando
me di cuenta de que había dejado de moverse. Mis ojos volaron hacia los suyos.
Estaba sonriendo, esa sonrisa arrogante y exasperante, con la camisa entre
las manos.
—Puedes mirar. No me importa.
—Cállate. —Me retorcí, plantando la cara en la almohada para ocultar mis
mejillas rojas. Mierda.
El sonido de su risa llenó la habitación y, maldita sea, eso también me gustó.
Eran sus ojos los que habían sido mi perdición en el instituto. Y su sonrisa.
Mostró esos dientes blancos y rectos, me clavó esos ojos azules cristalinos y,
antes de que terminara de preguntarme si quería una segunda cita, le dije que
sí, por favor.
Una cremallera fue bajada. La tela vaquera crujió.
No mires. No mires. No mires.
Abrí un ojo, justo a tiempo para ver a Harrison agachado, quitándose el
vaqueros y los calcetines. ¿Por qué no podía tener el culo plano? Maldito sea.
Aquel exquisito culo sólo estaba cubierto por un calzoncillo blanco.
El Harrison de mi juventud estaba bueno. ¿Esta versión? Avergonzaba al
Harrison adolescente. Un latido sordo floreció en mi interior y, a cada segundo,
parecía latir con más fuerza.
Se suponía que iba a compartir la cama con este hombre. ¿Sería capaz de
sentirme retorcerme? ¿Oiría mi corazón acelerado?
No. Ahogué un gemido.
¿Por qué tenía que sentirme atraída por él? ¿Por qué no podía ser como
299
Christopher o Matthew? Los dos eran lindos, pero para mí siempre habían sido
los amigos de Harrison y los chicos que se llevaban las manos a las axilas, en los
ensayos de la banda del instituto, para hacer ruidos de pedos.
Harrison se irguió y se pasó una mano por el cabello oscuro antes de estirar
un brazo hacia la luz. El movimiento puso de manifiesto la definición de sus
costillas, las hendiduras y curvaturas que pedían ser tocadas.
No. No, no, no. ¿Qué me pasaba? No habría toques.
Cerré los ojos antes de que pudiera volver a atraparme con la mirada fija y
me desplacé hasta el borde más alejado de la cama mientras apagaba las luces.
Harrison rodeó la cama hasta su lado y tiró de las mantas hacia atrás con
tanta fuerza que se soltaron de mis hombros.
—No acapares la manta.
—Yo… -—Antes de que pudiera terminar mi protesta, cerré la boca.
Sólo trataba de contrariarme. Bueno, yo no estaba jugando, ya no. Lo
ignoraría por el resto de la noche, y mañana, desaparecería antes del amanecer.
Se tumbó en la cama y tiró de la almohada que yo había colocado entre los
dos. Pateó las sábanas. Tiró de las sábanas. El colchón rebotó, y yo con él, cuando
pasó de la espalda al estómago. Hasta que finalmente se colocó de lado.
Excepto que, a diferencia de mí, él no estaba de cara al exterior. Podía
sentir sus ojos en mi nuca.
—Buenas noches, cariño.
—Ya has quitado la almohada, quiero que sepas que si esta noche rozas el
pie con el mío, te castraré mientras duermes.
—No tengo ningún deseo de tocarte, Anne. —No había ni una pizca de burla
en su voz.
Eso dolió. ¿Por qué?
Probablemente porque sólo me había deseado por una cosa en el instituto
—mi virginidad— y ahora que la había reclamado, yo ya no era un premio.
Imbécil.
Cerré los ojos con fuerza, ignorando su aroma especiado y amaderado
mientras me llenaba la nariz. Harrison siempre había olido bien. Eso no había
cambiado.
Pero no quería tocarme.
Y yo no iba a tocarlo. 300
Inspiré largamente, deseando que mi mente se apagara. Si pudiera dormir
una o dos horas, me iría a casa. Pero cuando nuestra habitación se quedó en
silencio, se oyó un ruido sordo en otra.
Pum. Pum. Pum.
Levanté un codo.
Pum. Pum. Pum.
Una cabecera golpeaba la pared. Luego vino un gemido.
—Odio a mis amigas —murmuré.
—Al menos alguien se divierte —dijo Harrison—. ¿Quieres intentarlo? ¿Por
los viejos tiempos?
—Eres un cerdo. —Me incorporé y agarré la almohada para tirársela a la
cara. Me gané un gruñido mientras salía volando de la cama, arrancando la
manta.
Que lo jodan. Iba a dormir en el maldito suelo.
—Sólo estoy bromeando, Anne.
Lo ignoré mientras abría la puerta de un tirón y me dirigí hacia el salón.
La risa de Harrison siguió hasta la chimenea.
301
Harrison
E
l dolor de cuello iba a durar el resto de mi vida.
Gruñí y me senté en el suelo. La manta bajo la que había
dormido me caía hasta la cintura. El frío del salón golpeaba mi pecho
desnudo.
A mi lado, sólo quedaban unas pocas brasas en la chimenea, que brillaban
anaranjadas entre la ceniza negra y gris.
Bostecé y miré hacia las ventanas. Aún estaba oscuro, pero una tenue luz
empezaba a colarse entre los árboles.
Me pesaban los párpados. Todos los músculos de mi cuerpo estaban
agarrotados. Me llevé la mano a la nuca, masajeándome el dolor de la base del
cráneo.
Anoche, después de que Anne saliera furiosa del dormitorio, la escuché
rebuscar en armarios y roperos. Había encontrado unas cuantas mantas y se
había hecho una cama frente a la chimenea.
Esperé a que se durmiera en su improvisado saco de dormir antes de
levantarme y llevarla a la cama. Ni siquiera se había inmutado cuando la
acomodé en la cama. Así había sido más fácil. Sin miradas furiosas. Sin
comentarios sarcásticos. Sin discusiones.
Conociendo a Anne, puede que insistiera en dormir en el suelo sólo para
demostrar algo.
Bueno, al menos uno de nosotros había descansado.
Este suelo era durísimo, y las pocas mantas que había encontrado había
tenido que partirlas de arriba abajo. Cuando salí del rancho ayer, pensé en traer
mi saco de dormir. Debería haber confiado en mi instinto.
Moví el cuello y me froté las sienes. Aún no había amanecido y necesitaba
una siesta.
302
La puerta del dormitorio crujió al abrirse.
Anne estaba en el umbral, con el pelo oscuro alborotado y revuelto sobre
los hombros. Llevaba un camisón de rayas blancas y carmesí que le llegaba a
medio muslo. Las mangas le llegaban a las muñecas y el escote en pico dejaba
entrever un trozo de clavícula. No era un camisón muy sexy, pero en Anne bien
podría haber sido lencería.
La sangre me llegó a la ingle, así que mantuve las mantas sobre las rodillas,
deseando haberme puesto el vaquero.
—Has dormido en el suelo —dijo, con voz tranquila.
—Sí.
Dejó caer la mirada hacia sus pies descalzos.
—Yo iba a dormir aquí.
—Lo hiciste. Durante un tiempo.
Anne levantó la vista, sus ojos azules se clavaron en los míos mientras
estudiaba mi rostro.
—¿Por qué has hecho eso?
—¿De verdad crees que te habría dejado tirada en el suelo mientras yo
dormía en la cama? —me burlé—. Pensé que me conocías mejor que eso.
—Yo también creí conocerte una vez.
Quizá no nos conocíamos nada. La Anne que yo había conocido me habría
dado al menos una razón para terminar.
Anoche, mientras maldecía este maldito suelo, había revivido nuestra
relación en el instituto. Y al igual que hace seis años, me había quedado sin
respuestas.
Este viaje era irónicamente oportuno. Anne había roto conmigo alrededor
de la víspera de Año Nuevo.
Casi seis años.
Tal vez por eso había aceptado este viaje. Porque cuando Matthew me dijo
que Anne también vendría, quise verla. Tal vez por el cierre que no había tenido
el último año.
Anne entró en el salón, rodeándose la cintura con los brazos. Luego miró
hacia las ventanas, viendo la nieve amontonada más allá de los cristales.
—Brr. Hace frío.
—Sí. —Me puse de rodillas y añadí unos trozos de leña al fuego. Una vez
encendido, metí un tronco y escuché cómo crepitaba.
303
Anne se sentó cerca de la chimenea, uniéndose a mí en el suelo.
—Toma. —Me quité la manta de las piernas y me levanté para ponérsela
sobre los hombros antes de ir al dormitorio a ponerme el vaquero de ayer. Luego
saqué una camiseta blanca de mi bolso.
Cuando volví al salón, Anne llevaba las manos al fuego.
Me acerqué y añadí otro tronco, y luego volví a hundirme en el espacio junto
a ella.
Sí, había cuatro sillas.
Pero aquí hacía más calor.
El suelo no estaba tan mal.
—Gracias por la cama —me dijo, dedicándome una pequeña sonrisa.
Aquella sonrisa suya me había encantado en mi primer año de instituto. Yo
estaba junto a mi taquilla, a punto de ir a clase, cuando ella pasó. Me dirigió
aquella sonrisa, tímida y dulce, y me quedé prendado.
Conocía a Anne desde la escuela primaria. Era dos años más joven, pero
Quincy era demasiado pequeño para no conocer a todos los niños que
deambulaban por los pasillos. Siempre había sido linda. Hermosa. La había visto
sonreír innumerables veces.
Pero algo de aquel día junto a mi taquilla, aquella sonrisa en particular,
había encendido una llama.
Había echado de menos esa sonrisa estos seis años.
—¿Y si me hubiera quedado en la cama? —preguntó.
—Estuve a punto de dejarte la cama, pero te me adelantaste.
—¿En serio?
Me encogí de hombros.
—Sólo te estaba haciendo pasar un mal rato.
—¿Por qué? ¿Porque te dejé en el instituto? ¿Fue ese mi castigo?
—Tal vez. —Sonreí—. O tal vez sólo me gusta la forma en que tus mejillas se
ponen rojas cuando te enojas.
Me miró fijamente.
Me reí entre dientes.
—¿Cómo has estado?
—Bien. Lista para terminar con las clases. 304
—Sí, recuerdo esa sensación. —En el momento en que mi último año en
Montana State había llegado, yo había estado más que listo para largarme de
Bozeman y volver a Quincy. Volver al rancho.
Después de licenciarme, volví a casa para trabajar. Mi hermano, Briggs, no
tenía muchas ganas de hacerse cargo de los negocios familiares, pero no había
habido un momento en mi vida en el que yo no hubiera querido ponerme en la
piel de mi padre.
Así que había trabajado para él estos dos últimos años. Escuchando.
Aprendiendo.
—¿Has vuelto al rancho? —preguntó.
—Sí.
—Ese siempre fue tu sueño.
—Aún lo es. —Mi sueño era envejecer cuidando la tierra que había estado
a nombre de mi familia durante generaciones. Tal vez casarme con una hermosa
mujer en el camino y construir un legado para nuestros propios hijos.
—Me alegro por ti, Harrison.
—Mentirosa.
Puso los ojos en blanco.
—Puedo estar feliz por ti y también molesta, todo al mismo tiempo.
Esta mujer. Me reí, sacudiendo la cabeza.
Había cambiado. Se había vuelto más atrevida. Una parte de mí deseaba
haber estado cerca durante los últimos seis años para ser testigo de ese cambio.
—Entonces... Dormí en el suelo.
—No esperes mi compasión.
—¿Y una explicación? ¿Por qué rompiste conmigo?
—Ya sabes.
Levanté una mano.
—Por Dios, Anne. No lo sé.
Me miró fijamente durante un largo momento, buscando mi mirada.
—¿En serio?
—Dímelo. Por favor. —En aquel momento, cuando estaba en el último curso
del instituto y sabía que me faltaban pocos meses para marcharme, no le había 305
hecho a Anne ninguna promesa sobre el futuro. Pero siempre la había tratado
bien, ¿no?
—Fuimos a cenar al White Oak en Nochevieja —dijo.
—Lo recuerdo.
La recogí en su casa y saludé a sus padres desde mi camioneta. Luego
habíamos ido a cenar. Pero en vez de llevarla a casa, la había recogido su madre.
Probablemente porque Anne y yo habíamos sido atrapados el fin de semana
anterior por besarnos fuera de su casa.
Había estado actuando extraño toda la noche. Pero cada vez que le
preguntaba si estaba bien, decía que sí. Sólo había estado callada durante
nuestra comida. Me imaginé que tenía algo que ver con que nos atraparan y ella
estuviera castigada toda la semana.
Al día siguiente, quise sorprenderla con una película en el cine. Así que fui
a su casa. Pero en lugar de empezar el Año Nuevo con una sonrisa, abrió la puerta
y me dijo que no volviera a hablarle.
Me había escandalizado. Enojado. Dolido.
Aquella había sido la primera, y última vez, que alguien me había cerrado
la puerta en las narices.
—Cuando mi madre fue a recogerme, me acompañaste hasta su auto. Me
diste un beso de buenas noches.
—Sí. —Durante la cena, intenté convencerla de que se escapara por la
ventana de su habitación y nos viéramos a medianoche para besarnos, pero no
quiso arriesgarse a que sus padres la volvieran a atrapar. Así que nos dijimos
feliz Año Nuevo y se fue a casa.
—Olvidé mi bufanda en el restaurante. Mamá me llevó a buscarla, pero no
encontró dónde estacionar y me dejó al final de la calle. Volvía caminando y te
vi junto a tu camioneta, hablando con David Johnson.
—De acuerdo —dije. No recordaba haberla visto volver. Y no recordaba de
qué había estado hablando con David.
—Estabas hablando de mí.
Parpadeé. Supongo que ya tenía mi respuesta.
¿Qué demonios había dicho?
—Te preguntó cuándo ibas terminarlo —me dijo—. Y tú dijiste que en algún
momento.
—Bueno... Yo me estaba yendo.
—David dijo que estabas acaparando todos los buenos coños vírgenes. — 306
Sus dientes se apretaron—. Y tú dijiste que ya no era virgen.
Hice un gesto de dolor. Maldita sea.
—En mi defensa, era verdad.
Anne me dio una palmada en el hombro.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Lo siento. —Levanté las manos—. Lo siento. Mira, David te quería.
Diablos, todos los chicos te querían. Eras la chica más hermosa del instituto y él
siempre iba detrás de las chicas más jóvenes.
—Puaj. —Ella se estremeció—. Eso todavía no es una excusa.
—Tienes razón. No sé por qué dije eso. No sé por qué no le di un puñetazo
en la cara. —Porque si un hombre hablara así de mi mujer ahora, sí, habría
recibido un puñetazo—. La cagué. Eso no era asunto suyo, y no debería haber
dicho una palabra. Te merecías algo mejor que eso.
Mi madre también me habría abofeteado si hubiera oído esta historia.
—Oh. —Los hombros de Anne se desplomaron, como si hubiera estado
preparándose para una discusión.
La miré de reojo.
—¿Eso es todo?
Levantó un hombro.
—También olvidaste mi cumpleaños.
—¿Lo hice? —¿Cuándo demonios era su cumpleaños?
—Sí. Eras mi novio y olvidaste mi cumpleaños.
Uy. El Harrison del instituto no había ganado muchos premios de novios.
—¿Alguna vez me dijiste cuándo era tu cumpleaños?
—Habíamos estado saliendo durante casi un año.
Eso no era realmente una respuesta, pero había un borde en su voz. Un
borde que había oído anoche. Y realmente no tenía ganas de pelear antes de
tomar un poco de café.
—Bueno, uh, ¿sabes el mío? —pregunté.
—El tres de abril.
—Oh. —Mierda. No esperaba una respuesta. O que se acordara después de
seis años—. En mi defensa...
Anne me lanzó una mirada más fría que los carámbanos que colgaban de
los aleros de la cabaña. 307
—En mi defensa, nunca se me han dado bien esas cosas.
Sus fosas nasales se ensancharon.
—Sí, esa excusa sonaba mucho mejor en mi cabeza —murmuré—. ¿Qué tal
otra disculpa? Lo siento.
La ira desapareció de su expresión y sus hombros se hundieron.
—Tenía dieciséis años. Estaba convencida de que eras el amor de mi vida.
Entonces olvidaste mi cumpleaños y le dijiste a ese asqueroso de David Johnson
que me ibas a dejarme en algún momento y que no era virgen.
Me merecía que me cerraran la puerta en la cara.
—Sí, la cagué.
—Gracias. —Suspiró y se volvió para mirar el fuego. Las llamas bailaron en
sus ojos azules y tiñeron su rostro de dorado.
Podría haberme quedado allí sentado durante horas, contemplando su
perfil, pero el café me llamaba, así que me levanté y me retiré a la cocina para
prepararme una taza.
Anne seguía junto a la chimenea, en el suelo, cuando volví con dos tazas
humeantes.
—Feliz cumpleaños —le dije.
Su cara se acercó a la mía y abrió la boca.
—¿Cómo lo supiste?
Le di una taza y, con la mano libre, saqué su carné de conducir del bolsillo
trasero.
—Robé esto de tu bolso.
Tal vez Amanda y Jessica sabían que era su cumpleaños y habían traído
provisiones para un pastel. Tal vez un regalo o dos. No lo habían mencionado
ayer, pero yo esperaba que sí.
—Ya has tardado bastante. —Anne rio, arrebatándome la licencia de la
mano.
Y me negué a parpadear, no quería perderme ni un segundo de su brillante
sonrisa.
308
Anne
M
e ardían los pulmones. Me dolían las piernas. Dentro del abrigo y
el pantalón de esquí, la ropa interior larga se me pegaba a la piel,
y de mi cabeza empapada en sudor salía vapor.
—¿Por qué van tan rápido? —jadeé, mirando fijamente el sendero por
delante donde Amanda, Jessica y sus novios esquiaban a un ritmo de castigo.
Durante los primeros treinta minutos de esta caminata, me había partido el
culo para mantener el ritmo. Pero estaba a segundos de vomitar mi desayuno en
la nieve. Si avanzaban demasiado, era muy probable que tuvieran que llevarme
de vuelta a la cabaña.
—¿Estás bien? —preguntó Harrison, mirando por encima del hombro.
Puse las manos sobre las rodillas, dejando que los bastones colgaran a mis
lados de los lazos que rodeaban mis muñecas.
—Sigue. Los alcanzaré. —O no.
Se dio vuelta, y se arrastró hasta mi lado.
—Odio esquiar —confesé, con la respiración agitada mientras inspiraba
una y otra vez, intentando calmar mi acelerado corazón.
—Entonces, ¿por qué viniste a un viaje en el que esquiar era el evento
principal?
—¿Para torturarme?
—¿En tu cumpleaños?
Me erguí y encogí un hombro, viendo cómo mis amigas se adelantaban
cada vez más. Alcanzarlas iba a doler. Mucho.
—Me imaginé que esto sería un paseo agradable y tranquilo. No un
maratón.
Harrison se rio.
309
—Esos salen casi todos los fines de semana. No es fácil seguirles el ritmo.
—No parece que tengas ningún problema —murmuré.
Tenía las mejillas sonrojadas, pero más por el frío que por el esfuerzo. No
le faltaba el aire ni sudaba a mares. No, estaba perfecto en este día invernal, con
un traje de nieve negro con una estrecha franja amarilla a los lados. Su gorra
negra de lana tenía un ala que le protegía los ojos del sol.
—¿Quieres regresar? —preguntó.
Abrí la boca para decir que no, que alcanzaría al grupo y sobreviviría, pero
una nueva oleada de agotamiento me atravesó los huesos.
—Sí —admití.
Giró, lanzando un silbido penetrante a través del aire invernal.
Nuestros amigos se detuvieron, mirando hacia atrás.
—¡Regresamos! —gritó.
Christopher levantó un bastón de esquí en el aire, en señal de que había
oído el mensaje.
—No tienes que venir conmigo —le dije—. Puedes seguir.
—No me importa —dijo—. No te haré sufrir sola en tu cumpleaños.
Era la décima vez que mencionaba mi cumpleaños, como si ahora que sabía
la fecha estuviera decidido a no olvidarla nunca más.
Amanda y Jessica se habían acordado y habían traído los ingredientes para
hacer un pastel más tarde. Amanda me había tejido un gorro nuevo, que ahora
mismo tenía puesto. Y Jessica me había regalado dos libros nuevos: la última
novela de Stephen King y The Shell Seekers, de Rosamunde Pilcher, que acababa
de salir y tenía ganas de leer.
Los regalos y el pastel eran especiales. Pero lo que más me había halagado
hoy había sido la atención de Harrison. En el desayuno, cada vez que había
mirado en su dirección, sus ojos habían estado esperándome.
Parecía realmente arrepentido esta mañana cuando hablamos del pasado.
Tal vez esta atención suya era su manera de enmendarse.
Y tal vez había sido un poco dramático. Para robar su frase...
En mi defensa, ¿qué chica de dieciséis años no era dramática?
Más que nada, me alegraba que hubiéramos aclarado las cosas. Ahora, la
próxima vez que me encontrara con él en Quincy, no sería incómodo.
—¿Cuándo vuelves a la escuela? —preguntó, y ambos nos deslizamos
suavemente con los esquís, arrastrando los pies a la izquierda, luego a la derecha
310
y de nuevo a la izquierda.
—Mañana. Iré a casa, recogeré mis cosas y me iré a Missoula. Las clases
empiezan de nuevo el lunes.
—¿Qué estás estudiando?
—Negocios.
—¿Te gusta?
Me encogí de hombros.
—Está bien. Me gusta la escuela. Algunas clases son más desafiantes que
otras.
—¿Y qué harás después de graduarte?.
—Nada de preguntas difíciles en mi cumpleaños, por favor.
Sonrió con un brillo en los ojos.
Dios, era realmente increíble, ¿verdad? Me costó apartar la vista, pero la
forcé a mirar hacia otro lado.
Era un lugar precioso. El prado estaba rodeado de altos árboles de hoja
perenne, con los arcos cubiertos de blanco por la tormenta de la noche anterior.
La nieve era esponjosa, cubría el suelo y brillaba bajo el sol. Pero el paisaje
palidecía en comparación con el hombre que tenía a mi lado.
Probablemente era bueno que me fuera mañana. Antes de hacer algo
estúpido, como besar esa boca pecaminosa.
Había pensado en irme esta mañana, siguiendo mi plan de anoche. Pero
Amanda y Jessica estaban tan contentas de que estuviera aquí por mi
cumpleaños, y de que Harrison y yo ya no estuviéramos peleados, que me
quedé.
En ese momento, incluso sudorosa y cansada, no me arrepentía de nada.
—No estoy segura de lo que quiero hacer después de graduarme —le dije.
—¿Te quedarás en Missoula?
—Tal vez. Me gusta mi trabajo. Trabajo como contable en un pequeño hotel.
Los dueños son una pareja encantadora. Son muy amables, aunque un poco
desorganizados. Esa es la razón por la que estoy allí. Pero no es el trabajo de mis
sueños. No sé si tengo un trabajo soñado.
—Lo encontrarás.
—Posiblemente. Pero estoy extrañamente bien si no sucede. —No
necesitaba grandes logros ni elogios por mis logros. Estaba contenta de
simplemente ser... feliz.
311
—¿Volverías alguna vez a Quincy? m—me preguntó.
—Sí. Si encontrara trabajo, me mudaría a casa. —Durante las Navidades,
busqué en los anuncios clasificados. No había mucho en este momento, pero
seguiría buscando.
Quincy era mi hogar. Estar más cerca de mi familia, de mis amigos, estaría
bien. Claro, yo tenía amigos en Missoula, pero después de la graduación, la
mayoría se iría por puestos de trabajo. La única persona que se quedaba era el
ladrón de cintas Jeremy. Valdría la pena mudarme sólo para no tener que
arriesgarme a ver su cara nunca más.
—¿Qué quieres hacer cuando volvamos a la cabaña, cumpleañera? —
preguntó Harrison mientras nos acercábamos a un grupo de árboles.
—Una ducha larga y caliente.
—Me gustan las duchas largas y calientes. —La insinuación goteaba de su
tono.
La imagen de nosotros juntos, yo rodeando su cuerpo fuerte y musculoso,
pasó por mi mente. Se me aceleró el pulso. Por suerte, mi cara ya estaba
enrojecida o él sabría exactamente lo que había estado pensando.
Me arriesgué a echar un vistazo a su perfil, observando el suave mohín de
sus labios. ¿Sabría igual que cuando éramos más jóvenes?
Harrison había sido mi primer todo. Me había enseñado sobre el placer.
Sobre dejar ir mis inhibiciones. Sobre tomar lo que deseaba. Había sido una
lección poderosa para una joven de dieciséis años. Él había puesto el listón alto
para mis futuros amantes, y hasta ahora, todos habían fracasado
estrepitosamente.
¿Cómo sería después de todo este tiempo? ¿Peor? ¿Mejor?
¿Por qué tenía curiosidad? Harrison y yo apenas habíamos arreglado un...
¿Qué éramos? Ya no éramos enemigos. ¿Pero éramos amigos? Bueno, no éramos
amantes. Entonces, ¿por qué estaba pensando en sexo?
Apreté las piernas con más fuerza, acelerando el paso para volver a la
cabaña. Al llegar, me quité los esquís y los dejé en la caja de la camioneta; luego
entré en casa y me encerré en el baño.
Una ducha tibia debería haber ayudado, pero no hizo nada para enfriar el
fuego en mis venas, y cuando abrí la puerta de la habitación, con el pelo peinado
pero mojado, encontré a Harrison agachado junto a la chimenea, sin su equipo
de nieve y con una cerveza en la mano.
—¿Quieres una? —Levantó la botella.
312
—Um, claro. Puedo ir a buscarla. —Me dirigí a la cocina, agarré una cerveza
de la nevera. Me tragué la mitad antes de ir al salón y me senté en la silla más
lejana de él.
—Creo que me daré una ducha también. ¿Te importa? —Señaló el
dormitorio. Mi dormitorio. Donde había una cama acogedora. Y pronto, un
Harrison desnudo.
¡Aj!
—No, um, ve por ello.
—¿Estás bien?
—Genial —dije, demasiado alegremente.
—Siento no tener un regalo de cumpleaños para ti.
—No pasa nada. No es como si supieras que era hoy. —Le di la espalda.
Aunque se me ocurrió un regalo que podría hacerme.
Un orgasmo.
Mis mejillas se encendieron.
Me miró a la cara, con la nuez de Adán balanceándose, como si pudiera
leerme el pensamiento. Luego tragó saliva antes de aclararse la garganta y
sacudió ligeramente la cabeza mientras salía del salón.
Pero en lugar de desaparecer en el dormitorio, se detuvo en el umbral y
miró hacia atrás.
—Anne…
—¿Qué?
—No... Nada. —Hizo otro movimiento de cabeza—. No importa.
Contuve la respiración, esperando a que se retirara al dormitorio. Pero se
quedó allí, con los ojos fijos en un punto invisible entre nosotros. Tenía los
hombros y los brazos tensos, los músculos abultados bajo la camiseta.
Mi mirada recorrió su columna, hasta la curva de su culo en aquel vaquero,
el parche de cuero Wrangler en un bolsillo trasero.
El palpitar de mi núcleo vibró por todo mi cuerpo.
Oh, cómo deseaba a Harrison Eden.
Pero no me moví de la silla. Esperé, observando, mientras él permanecía
clavado en aquel lugar.
Se pasó una mano por el cabello oscuro, haciendo que se le erizara en 313
ángulos extraños. Luego, dio un paso hacia el dormitorio.
El aire salió disparado de mis pulmones. ¿Era alivio? ¿O decepción?
Decepción. Definitivamente decepción.
Tal vez podía sentirlo desde el otro lado de la habitación. Tal vez era tan
débil como yo. Porque en un momento se dirigía a la ducha y al siguiente
acechaba hacia mí.
—A la mierda. —Atravesó el salón, directo a mi silla. Sus manos se
hundieron en mi cabello y los callos de sus dedos rozaron mis mejillas.
Aplastó su boca sobre la mía.
Y Harrison sabía mejor de lo que recordaba.
314
Harrison
M
ierda, Anne sabía dulce.
Deslicé mi lengua contra la suya en un remolino perezoso,
arrancándole un gemido silencioso. El fuego me recorría las
venas y las ganas de quitarle aquella ropa casi me paralizaban.
Mi control pendía de un hilo, así que antes de ir demasiado lejos, aparté la boca
y fijé mi mirada en la suya.
—Dime que pare.
Se levantó de la silla y se puso de puntillas para susurrarme:
—No pares.
Gracias a Dios. La estreché entre mis brazos, incliné mi boca sobre la suya,
mi lengua hurgó en cada rincón, saboreando aquel dulce sabor.
Las manos de Anne se acercaron a mi pecho, sus palmas se arrastraron
sobre el algodón de mi camiseta, subieron por mis pectorales y luego bajaron
por mi estómago, intentando llegar a la bragueta de mi vaquero, pero la retuve
demasiado cerca.
Quería saborearla, memorizar esta boca, antes de pasar a otras partes de
su cuerpo.
Le había dicho antes que la había cagado. Sí, la había cagado. No haber
luchado más por ella hace seis años había sido una gran cagada. Un error que
arreglaría hoy.
Igualó mi intensidad, latido a latido, besándome con la misma
desesperación, como si hubiera olvidado lo bien que habíamos estado juntos.
Estuvo bien. Muy bueno. Mejor de lo que recordaba.
Mis dientes mordisquearon la comisura de sus labios. Mis manos se
dirigieron a su culo y lo apretaron. Mi lengua revoloteó contra la suya, un 315
movimiento que me arrancó un gemido y una pequeña sonrisa.
Siempre le había gustado eso, sobre todo entre las piernas.
—Dormitorio —dije contra sus labios, apenas rompiendo el beso.
Nos arrastramos juntos, con nuestras bocas fundidas, hasta que pasamos la
puerta lo suficiente como para poder cerrarla de una patada. Entonces la hice
girar, manteniendo los brazos apretados, mientras nos tumbaba en la cama.
Sus largas piernas se abrieron de par en par, sus caderas acunaron las mías
mientras yo presionaba mi excitación contra su vientre. La respiración de Anne
se entrecortó mientras yo mecía mi polla contra su centro, la tela vaquera añadía
un poco de fricción, pero no era suficiente. Necesitaba más. Necesitaba su piel y
su calor apretado.
Le levanté el dobladillo de la camiseta y se lo subí por el vientre. Luego
liberé un pecho de su sujetador, tiré de la copa hacia abajo y cerré la boca sobre
un pezón, chupando con fuerza.
—Harrison —siseó, agarrando el dobladillo de mi camiseta, intentando
quitarla.
Le solté el pezón con un chasquido y me llevé la mano a la nuca para tirarme
de la camiseta por encima de la cabeza.
—¿Hasta dónde quieres llegar? Sin remordimientos. —Si sólo quería jugar,
besar y frotarse, lo dejaría cuando ella dijera basta. Pero si quería un orgasmo o
dos, con gusto sería el hombre que se los diera.
Sus ojos se suavizaron.
—Solías preguntarme eso.
—¿Eh?
—Antes de acostarnos, siempre me preguntabas hasta dónde. —Las yemas
de sus dedos tocaron el pelo de mi sien—. Me gusta que hayas cambiado. Pero
que tampoco lo hayas hecho.
Le besé la comisura de los labios y bajé hasta arrastrar la lengua por su
pezón desnudo. Tenía los pechos más turgentes que en el instituto. Su piel era
más suave. Sus gemidos eran más melódicos.
—Quiero saborear cada centímetro de este cuerpo.
—Sí. —Se arqueó en mi boca—. Lo quiero todo. Te quiero a ti.
Se me apretó el pecho al levantarme, ahogándome en sus ojos. Dios, era
impresionante. Tan perfecta que me costaba respirar.
Algo estaba pasando aquí, algo que se parecía mucho al futuro. Algo
demasiado serio para preocuparse por el momento. 316
Así que aparté esos sentimientos y me levanté de la cama, metiéndole la
mano por detrás de las rodillas para arrastrarle el culo hasta el borde del
colchón. Luego le desabroché el botón del vaquero, bajé la cremallera y le quité
el pantalón. La tela cayó con un ruido sordo, le quité la braga y la eché al hombro.
—Joder, eres perfecta. —Caí de rodillas, dejando un rastro de besos a lo
largo del interior de su muslo.
Todo el cuerpo de Anne temblaba.
—Harrison.
Otro día, otra noche, la torturaría un poco. La provocaría hasta que suplicara
por mi boca. Pero hoy estaba demasiado desesperado, así que aplasté la lengua
y la arrastré por sus pliegues brillantes.
—Oh, Dios —gritó, tapándose la boca con una mano.
Me importaba una mierda si los demás volvían de esquiar y nos oían. Una
probada del coño de Anne, y gritaría desde lo alto de la montaña que era mío.
Sus manos se acercaron a mi cabello, enredándose en los mechones más
largos de la parte superior, sujetándome a ella mientras volvía a lamerla. Luego
pasé la lengua por su raja.
—Mierda, cariño. Sabes tan bien.
Tarareó mientras la lamía.
—Extrañaste mi lengua, ¿no?
—Sí —murmuró.
Con una mano, tiré de la copa de su sujetador para hacer rodar su pezón
entre mi pulgar y mi dedo, todo mientras la follaba con la lengua.
Todos los días. Me daría un festín con esta mujer todos los días si me dejara.
—Harrison. —Ella balanceó sus caderas, cabalgando mi cara—. Te quiero
dentro.
Ni hablar. Primero, quería que se corriera en mi cara.
Sus piernas empezaron a temblar, así que le agarré las rodillas, las abrí y
las separé. Luego me aferré a su clítoris y chupé. Con fuerza.
La espalda de Anne se arqueó sobre la cama y su grito resonó en toda la
habitación.
Volví a agitar la lengua, alternando entre lamer y chupar, hasta que todo su
cuerpo se estremeció. Entonces retrocedí, enderezándome lo suficiente para ver
el éxtasis en su cara.
—Tu coño es tan dulce. 317
—No pares. —Su pecho se hinchó, sus ojos se desorbitaron—. Por favor.
Sonreí y volví a dejarme caer, llevándomela a la boca. Y esta vez no me
detuve. Añadí un dedo, deslizándolo para acariciar sus paredes internas
mientras chupaba su clítoris. Con la otra mano, le sujeté la pierna,
inmovilizándola hasta que sus músculos se tensaron, sus talones se clavaron en
el borde de la cama y los dedos de sus pies se curvaron.
—Estoy… —Fue el único aviso antes de que estallara en un grito,
corriéndose sobre mi lengua y apretándose alrededor de mi dedo.
Seguí haciéndolo, sin parar hasta que las pulsaciones disminuyeron.
Cuando por fin su cuerpo se hundió en la cama, me levanté y busqué mi cartera
en un bolsillo. Saqué un condón, me desabroché el vaquero y lo tiré al suelo. Una
vez cubierto, metí a Anne, que no respiraba, en la cama.
Entreabrió los ojos y me dedicó una sonrisa sexy mientras abría de nuevo
las piernas, haciendo sitio para mis caderas.
—No recuerdo que tu lengua tuviera tanto talento.
—Mi lengua siempre te ha amado. —Metí la mano entre los dos para
empuñar mi pene y arrastrar la punta por su centro empapado—. Mi polla
también. Veamos si es lo mismo.
Anne abrió la boca para decir algo, pero me metí hasta el fondo, robándole
el aliento.
—Mierda. —Apreté los dientes, haciendo acopio de todas mis fuerzas para
no correrme. Maldita sea, estaba apretada. Me quedaba como un guante.
—Oh, Dios. —Sus manos llegaron a mis hombros, sus uñas se clavaron en
mi carne mientras se estiraba a mi alrededor—. Muévete.
Me incliné hacia ella, aferrando mi boca a su cuello, y me retiré antes de
volver a penetrarla de golpe, arrancando otro grito de aquellos bonitos labios.
—Lo olvidé. —Su voz era tan baja que apenas pude distinguir las palabras.
Tal vez me las habría perdido, si no hubiera estado pensando lo mismo.
Lo olvidé.
Había olvidado lo bien que habíamos estado juntos. Incluso como
adolescentes torpes, aprendiendo el uno del otro, habíamos sido buenos.
Pero esto...
No había comparación.
Anne se aferró a mí mientras nos unía, embestida tras embestida, hasta que
se retorció debajo de mí y la presión en la base de mi columna se acercó a su
punto álgido. Se mordió el labio inferior, jadeó y se corrió.
318
—Oh, mierda —gruñí, su orgasmo desencadenó el mío.
Mi vista se llenó de manchas blancas, un rugido surgió de lo más profundo
de mi pecho, totalmente desenfrenado. Mis miembros temblaban mientras la
liberación me golpeaba como un maremoto, golpe tras golpe, hasta que me
quedé sin energía y me desplomé en los brazos de Anne.
Me envolvió con fuerza, sus piernas rodeando mis caderas.
Nuestros latidos retumbaban. Nuestras respiraciones agitadas. Nuestra piel
pegajosa de sudor.
—Vaya. —Ella exhaló, luego se rio.
¿Cómo estuve seis años sin escuchar su risa y no darme cuenta?
—Cariño. —Rodé sobre mi espalda y la llevé conmigo, arrastrándola sobre
mi pecho—. Estamos jodidos.
—¿Qué quieres decir? —Se incorporó y entrecerró los ojos mientras se
colocaba un mechón de pelo detrás de una oreja.
Mi mano se dirigió a su culo desnudo.
—¿Seis o siete?
Anne parpadeó.
—Seis o siete, ¿qué?
—Niños.
Se sentó aún más erguida, obligándonos a romper nuestra conexión.
—Espera. No vamos a tener hijos. Usamos condón.
—No vamos a tener hijos hoy. Pero con el tiempo me gustaría tener hijos.
¿A ti no?
Anne abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
Me levanté sobre un codo, sonriendo mientras le apartaba más pelo de la
cara.
—Dijiste que no tenías planes para después de la universidad.
—No buscaba que me resolvieras ese problema.
—Mañana vuelves a Missoula —me dije, más a mí mismo que a ella. Tal vez
podría escaparme del rancho en unos días. Quizá el jueves, si conseguía que
alguno de los peones me cubriera. Lo más probable es que fuera el viernes. Pero
de ninguna manera iba a pasar más de una semana sin ella.
—Sí —dijo—. Y tú vas a Quincy.
319
—Iré a verte el próximo fin de semana.
—Harrison...
—Esto es buen.. ¿Alguna vez has probado algo mejor?
Ella suspiró.
—No.
—Tenemos que darle una oportunidad.
—Estás hablando de niños. Eso es más que una oportunidad.
—Si todo sale bien, entonces sí. ¿Por qué no? Terminarás la escuela.
Vuelves a casa, a Quincy. Nos casaremos y tendremos siete niños.
Volvió a hacer eso de abrir y cerrar la boca.
—¿Estás loco?
Maldita sea, iba a ser divertido provocarla durante los próximos cincuenta
años.
—Tienes razón. —Me froté la mandíbula, luchando contra una sonrisa—.
Siete son demasiados. Sólo tendremos seis.
320
(The Eden #5)
Lyla Eden ha pasado los últimos años viendo cómo sus hermanos se
enamoraban. Mientras tanto, ella está casada con su trabajo. En su enésimo día
de trabajo consecutivo, su hermana organiza una intervención y echa a Lyla de
su propia cafetería. Sin nada más que hacer, Lyla sale a su ruta de senderismo
favorita.
Allí ve a un hombre que se está limpiando la sangre de las manos en un
arroyo. En un momento ella se queda mirando la cicatriz irregular de su rostro.
Al instante siguiente, el hombre le rodea el cuello con la mano. Pero, por algún
milagro, la suelta.
321
Conmocionada, Lyla denuncia el incidente a la policía local. Dos días
322
Devney es la autora superventas del USA Today de la serie Jamison
Valley.
Nacida y criada en Montana, le encanta escribir libros den su atesorado
estado original. Tras trabajar en la industria tecnológica durante casi
una década, abandonó las reuniones y los horarios de los proyectos para
disfrutar del más lento ritmo de estar en su casa con su marido y dos hijos.
Escribir un libro, sin contar varios, no era algo que esperara hacer nunca.
Pero, ahora que ha descubierto su verdadera pasión por escribir romance,
no tiene planes de parar nunca.
323
324