Resumen de Adolescencia
Resumen de Adolescencia
Resumen de adolescencia
S. Freud (1905) “tres ensayos para una teoría sexual”. Tercer ensayo
Metamorfosis de la pubertad: Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan la
vida sexual infantil a su conformación normal definitiva:
Nueva meta sexual (varón): descarga de productos genésicos y logro del placer máximo al final del acto. La
pulsión sexual se pone ahora al servicio de la función de reproducción; se vuelve altruista. Para que esta
trasmudación se logre con éxito, es preciso contar con las disposiciones originarias y todas las peculiaridades
de las pulsiones. Todas las perturbaciones patológicas de la vida sexual han de considerase como inhibiciones
del desarrollo.
Las zonas erógenas brindan, mediante su adecuada estimulación, un cierto monto de placer; así se
incrementa la tensión la cual, a su vez, tiene que ofrecer la energía motriz necesaria para llevar a su término el
acto sexual.
Placer previo: provocado por la excitación de las zonas erógenas. Ya se ofrecía en escala reducida en la
pulsión sexual infantil.
Placer final: producido por el vaciamiento de las sustancias sexuales. Es nuevo, por lo tanto depende de las
condiciones que se instalan en la pubertad. Es el máximo por su intensidad, diferente de los anteriores por su
mecanismo. Es provocado enteramente por la descarga, es en su totalidad un placer de satisfacción, y con él
se elimina temporariamente la tensión de la libido.
Nueva función de las zonas erógenas: posibilitan, por medio del placer previo, la producción del placer de
satisfacción mayor.
Un peligro se presenta cuando el placer previo demuestra ser demasiado grande, y demasiado escasa su
contribución a la tensión. Falta entonces la fuerza pulsional para que el proceso sexual siga adelante; todo el
camino se abrevia, y la acción preparatoria remplaza a la meta sexual normal. La condición para que esto
ocurra es que la zona erógena respectiva, o la pulsión parcial correspondiente, haya contribuido a la ganancia
de placer en medida inhabitual ya en la vida infantil. Y si se suman factores que contribuyan a la fijación,
fácilmente se engendra una compulsión refractaria a que este determinado placer previo se integre en una
nueva trama en la vida posterior
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Teoría de la libido
La libido es una fuerza susceptible de variaciones cuantitativas. Se diferencia de la energía de los procesos
anímicos en general. Posee también carácter cualitativo. Perversiones y psiconeurosis: permiten dar cuenta
de que la excitación sexual no es brindada solo por las partes genésicas, sino por todos los órganos del
cuerpo. Hay un quantum de libido llamada libido narcisista: es el gran reservorio desde el cual son emitidas las
investiduras de objeto y al cual vuelven a replegarse; y la investidura libidinal narcisista del yo, como el estado
originario realizado en la primera infancia.
Hallazgo de objeto
Durante el proceso de la pubertad se afirma el primado de las zonas genitales. Cuando la primera satisfacción
sexual estaba todavía conectada con la nutrición, el objeto de la pulsión sexual era el pecho materno. Después
la pulsión sexual pasa a ser autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se restablece la
relación originaria. El hallazgo {encuentro} de objeto es propiamente un reencuentro. Mociones tiernas y
mociones eróticas se juntan para dar paso al hallazgo de objeto.
A lo largo de todo el período de latencia, el niño aprende a amar a otras personas que remedian su
desvalimiento y satisfacen sus necesidades. Lo hace siguiendo el modelo de sus vínculos de lactante con la
nodriza. El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de
satisfacción sexual a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona dirige sobre el
niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como
sustituto de un objeto sexual. La madre se horrorizaría si se le esclareciese. Juzga su proceder como un amor
«puro», asexual, y evita con cuidado aportar a los genitales del niño más excitaciones que las indispensables
para el cuidado del cuerpo. Pero la pulsión sexual no es despertada sólo por excitación de la zona genital; la
ternura ejerce su efecto también sobre las zonas genitales.
Cuando la ternura que los padres vuelcan sobre el niño ha evitado despertarle la pulsión sexual
prematuramente, aquella pulsión puede cumplir su cometido: conducir a este niño, llegado a la madurez,
hasta la elección del objeto sexual. Lo más inmediato para el niño sería escoger como objetos sexuales
justamente a las personas a quienes desde su infancia ama con una libido amortiguada. Pero gracias a la
inmadurez sexual se ha ganado tiempo para construir la barrera del incesto, y para implantar en él los
preceptos morales que excluyen de la elección de objeto a las personas amadas de la niñez. El respeto de esta
barrera es sobre todo una exigencia cultural de la sociedad.
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La adolescencia indica tránsito, mutación. Es mutación y a la vez estación de trasbordo. NO puede ser pensada
solo cómo fenómeno evolutivo. Sin embargo los cambios hormonales, físicos y anatómicos, en tanto significan
la posibilidad de concreción real de las fantasías incestuosas, siempre han confrontado a lo largo de la historia
a los sujetos con una transformación a realizar. Shakespeare nos remite a los trabajos psíquicos a que se ve
obligada la psique de los que dejan atrás la infancia: la puesta en ejercicio de la sexualidad genital, la
discriminación de las generaciones anteriores que debería comenzar por vía de la rebeldía y tramitar la
excitación sexual de algún modo. El pasaje de la infancia a la adultez era marcado en las sociedades tribales
por ritos iniciáticos y en las sociedades preindustriales por actos cuyo carácter simbólico indicaban dicho
pasaje.
Freud “Tres ensayos para una teoría sexual”: La metamorfosis de la pubertad: Se consuma unos de los logros
psíquicos más importantes y más doloroso de la pubertad: desasimiento de la autoridad de los padres, logro
necesario para el progreso de la cultura. Crea la oposición entre la nueva y la vieja generación. Freud plantea
este logro como necesario, remarcando que hay personas que nunca superaron la autoridad de los padres. La
remodelación identificatoria será una de las tareas a realizar.
La mirada de la adolescencia debe tener en cuenta lo evolutivo y lo social, de lo contrario sería reduccionista.
Es un momento de la vida en que el aparato psíquico se encuentra en desequilibrio.
Aparato Psíquico: sistema abierto y autoorganizador. Sus vías de entrada permanecen abiertas a lo real, el
cuerpo, los otros y el mundo.
La constitución exógena del psiquismo, del inconsciente y la pulsión, ubica a la realidad en un lugar fundante
respecto de la subjetividad. La realidad compleja y heterogénea incide siempre en el psiquismo aunque
debemos diferenciar los momentos de constitución de los modos en que ingresa una vez constituido el
mismo. Los modos de inscripción en las diversas instancias son heterogéneos entre cada una de ellas mientras
que cada una funciona con una lógica singular.
La realidad es un constructo complejo, no dada por sí misma, que se captura en la medida en que se la inviste.
No hay realidad en bruto, si a la psique llega algo en bruto, es decir no significado ni significable, entra en la
categoría de lo traumático. No toda la realidad se inscribe en el aparato. En la adolescencia, representaciones
que estaban en espera, aun no retranscriptas, y dado los cambios que se operan en esa época, pueden
reeensamblarse de un modo novedoso. El ingreso de nuevas representaciones, produce ligazones y/o
desligazones, retranscripciones. Tanto en el Inc. como en el Yo se producen intensos cambios. A nivel del Inc.,
reensamblaje de las Hm., cuyo sobreinvestimiento produce angustia.
S. Bleichmar: “El inconsciente sufre, entonces, el impacto de la realidad exterior, pero no como realidad
significada sino como realidad constituyente de los sistemas de representaciones y de la invasión y destino de
mociones de afecto con incidencia en las series placer-displacer”.
Una vez constituida la tópica, (si todo fue bien ocurrió antes de la adolescencia) el yo inviste aquello que es
representable y se defiende de modo diferente de lo que le resulta intolerable. Adolescencia:
Los cambios en la subjetividad producen cambios en cada una de las instancias y en la relación entre ellas. Las
nuevas realidades que el psiquismo adolescente debe metabolizar lo alejan del equilibrio. Se pensará la propia
muerte, ya que la infancia se convierte en un trayecto historizable. La alteridad como construcción compleja
se instalará definitivamente a partir de la adolescencia. El grupo social deberá investir al niño a través de su
portavoz en el espacio intrafamiliar, asegurándole un lugar en el que podrá advenir como sujeto, de este
modo se anticipa el investimento del grupo por parte del niño. Autonomía y no independencia, porque nadie
es independiente de sus objetos de amor. El problema no es la dependencia amorosa sino el modo en que se
experimenta en los vínculos.
Adolescencia = fase de mutación. Se prolonga según las proyecciones que los jóvenes reciben de los adultos,
y según lo que la sociedad les impone cómo límites de exploración. Los adultos están ahí para ayudar a un
joven a entrar en las responsabilidades y a no ser lo que se llama un adolescente retrasado.
Mecanismos de defensa
“Depresión-negativismo”. Hoy, muchos jóvenes a partir de los 11 años conocen estados depresivos y estados
paranoicos y ejecutan actos de agresión gratuitos. En estas «crisis», el joven se opone a todas las leyes,
porque le ha parecido que alguien que representa la ley no le permitía ser ni vivir. En este momento de
extrema fragilidad se defienden contra los demás, bien mediante la depresión, o por medio de un estado de
negativismo que agrava aún más su debilidad.
Sexualidad
No existe aún vida sexual más que por la imaginación. Con mucha frecuencia, penetran en un falso nivel
expansivo de sexualidad que depende de lo imaginario: la masturbación. En el momento difícil en que los
jóvenes se sienten incómodos en la realidad de los adultos por falta de confianza en sí mismos, su vida
imaginaria les sostiene. La masturbación pasa de remedio de su depresión a trampa. Trampa, porque de este
modo se descargan nerviosamente y tienen mayor dificultad para afrontar la realidad, para vencer estas
deficiencias, mucho más imaginarias que reales, pero que han sido alimentadas por frases inoportunas de las
madres. Desgraciadamente, como se satisface de una manera imaginaria, carece ya de fuerza para ir a buscar
en la realidad, en otro ser humano, el apoyo, la camaradería o el amor que le sostenga y le ayude a salir de
esta trampa en que le han encerrado algunos adultos que están celosos de esa «edad ingrata». Recuerdan
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que ellos fueron maltratados por adultos y en lugar de evitar cometer el mismo error con los otros, como si
fuera más fuerte que ellos mismos, cargan la mano.
Celosos de la edad ingrata. Recuerdan que ellos fueron maltratados por adultos a esa edad y se convierten en
maltratadores: lo desalientan, no le dan espacio de palabra, lo desacreditan. Hay muchos padres que no
saben ser padres de un adolescente. Y lo curioso es que no saben serlo delante de su mujer y de su hija pero
cuando están solos con los muchachos, los entienden mejor. Eso se debe a que no desean que al muchacho se
le preste la misma atención que a ellos cuando se ponen a hablar en la mesa y el joven discrepa de su padre.
El padre quiere que su opinión prevalezca sobre la de su hijo.
Papel de los educadores: Animarlos a dar opiniones o juicios de valor. Cuidar la equidad, que no solo los de
carácter impositivo impongan su juicio, sino también los más reservados.
Entre los 11 y 13 años, momento de máxima fragilidad. Rubores, vergüenzas. Debe prepararse para la primera
experiencia amorosa, es una de las épocas más difíciles que debe atravesar. Sienten que allí hay un riesgo, lo
desean pero le temen a la vez. El riesgo del primer amor es experimentado cómo muerte de la infancia.
Muerte de una época, paso obligado para inaugurar su dimensión de ciudadano responsable. Reducidos a sí
mismos, los jóvenes de hoy no son conducidos juntos y solidariamente de una orilla a la otra, y se ven
obligados a conseguir este derecho de paso por sí mismos. Esto exige una conducta de riesgo por su parte.
Lo que marca la ruptura con el estado de infancia es la posibilidad dé disociar la vida imaginaria de la
realidad. Tras la crisis edipiana, y adentrado en la latencia, el muchacho comprende que no podrá encontrar
su objeto de amor en la familia. En el mejor de los casos, el niño del final dé Edipo (8-9 años) conserva una
gran ternura idealizada por su madre, y también por su padre, aunque con un sentimiento dividido entre la
confianza y el temor de apartarse de la ley que el padre quiere que guarde, y que no sólo es una ley dictada
por el padre, sino que éste la representa y ejemplifica. El niño ve en el padre al garante de la ley y al mismo
tiempo al testigo ejemplar dueño de sus pulsiones.
A los 11 años se manifiestan los primeros indicios de una sexualidad que se anuncia con un componente
imaginario antes de que el cuerpo entre en juego; esto corresponde, en el muchacho, a las primeras
emisiones involuntarias de esperma y, en las muchachas, a las primeras reglas. Pero antes de que el cuerpo
siga, se diría que el joven y la muchacha preparan este acontecimiento fisiológico con una especie de fiebre
psíquica de amor imaginario por modelos que actualmente se conocen como ídolos de masa constituyen sus
compañeros en el juego de papeles donde lo imaginario desplaza a la realidad.
→ La primera vida imaginaria, que se inicia a los 3-4 años, pone la mira en las personas del grupo
próximo al niño, es decir, el entorno familiar íntimo. Para lo demás está en relación con el mundo
exterior mediante las opiniones de los padres. En una sociedad relativamente estable, la visión que el
niño tiene del exterior queda obstruida por su interés por la familia y por el modo en que ésta
reacciona ante la sociedad. Cuando los padres discrepan, el niño presenta dificultades para pensar por
su cuenta, dificultades que se mantendrán más o menos hasta los 11 años.
→ Pero si todo ha ido bien, si no ha habido desgarro familiar, en su segundo mundo imaginario el niño
ya no necesitará tomar sus modelos intramuros de la familia. En lo sucesivo, sus modelos serán
exteriores. Sigue contando con la familia como un refugio, pero no siente que desempeñe en ella un
papel, y pone su empeño en triunfar socialmente. Toda su energía se dirige ahora hacia el grupo de
compañeros de la escuela, o a los grupos deportivos y demás, y hacia la vida imaginaria que pueden
proporcionar la televisión, las lecturas o sus juegos. Cuando llega a la adolescencia es cuando este
mundo imaginario exterior le hará decir que quiere salir. Quiere ir a medir, por decirlo así, esta
discriminación que ha hecho entre lo imaginario y la realidad, penetrando en esos grupos sobre los
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que ha imaginado muchas irrealidades pero que, al mismo tiempo, existen, puesto que se habla de
ellos. Es atraído por pequeñas bandas de jóvenes mayores que él y en las que pretende integrarse. Y
entrará así en su adolescencia saliendo de la familia y mezclándose con grupos constituidos que, para
él, tendrán momentáneamente un papel de sostén extra familiar.
No puede abandonar completamente los modelos del medio familiar sin antes disponer de modelos de
relevo. No son sustitutos, sino relevos para su toma de autonomía de adolescente confirmada, que se hará
merced a las heridas en el amor propio y a las alegrías, a las dificultades y a los éxitos que serán los
acontecimientos de su vida entre los 11 y los 14 años.
¿Qué indicaciones darles sobre las probabilidades del fin (real) de la adolescencia? Dado que no es posible
fijar la edad, ¿cuáles sontos puntos de referencia? Un individuo joven sale de la adolescencia cuando la
angustia de sus padres no le produce ningún efecto inhibidor. Lo que digo no es muy agradable para los
padres, pero es la verdad que puede ayúdales a ser clarividentes. Sus hijos han alcanzado el estado adulto
cuando son capaces de liberarse de la influencia paterna.
¿Puede este final de la adolescencia ser vivido mucho antes de los 16 años? No, porque la sociedad no lo
permite. Sí, si la sociedad permitiera que se trabajase fuera de casa a partir de los 14 años, y que se ganare
uno la vida. El joven no encuentra en Occidente soluciones legales para abandonar a sus padres asumiendo su
condición sin aparecer como un marginal, un delincuente o sin estar a cargo de alguien que quiera ocuparse
de un adolescente en peligro de perversión. Dejar de recibir o de admitir dinero de los padres no resuelve el
problema si uno lo sigue recibiendo de otro adulto. Es peor, pues surge entonces un sentimiento de
dependencia que no se tiene respecto de los padres.
Un joven tiene necesidad de amar a las personas de su edad y de formarse a través de los de su generación, y
no seguir dependiendo de alguien de una generación anterior que en un momento dado ha sido modelo. Si la
influencia se prolonga, es un modelo desestructurador.
El tiempo y su dirección
Las estructuras y funciones anímicas se despliegan y degradan en una temporalidad específica. Esta propiedad
permite que el tiempo tenga una dirección determinada. En este sentido se suele hablar de una flecha
psicológica del tiempo que marca una orientación del desorden al cual lleva el desarrollo psíquico, es decir
que el sujeto se complejiza y envejece en una misma dirección.
Esta direccionalidad psicológica del tiempo se despliega en sistemas de desequilibrio, situación que les
permite constituir su propia historia. Este alejamiento de las condiciones de estabilidad funda ciertos tiempos
lógicos no lineales, que exigen una secuencia determinada en la constitución de los diversos elementos y
organizaciones psíquicas, tanto en el plano de la pulsión, como del yo. Su carácter es necesario y no es
circunstancial o contingente. Por ejemplo, las estructuras del preconsciente y del superyó de carácter mítico
correspondientes a la pubertad sólo pueden formarse si previamente se forjaron las capas mnémicas
referidas a una lógica totémica durante el período de latencia o bien la erogeneidad genital requiere para su
instalación y complejización del despliegue de los erotismos fálico uretral, anal, oral e intrasomático. También
es posible pensar que cuando un adolescente recurre a la palabra hablada, previamente se deben haber
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constituido por identificación (introyección) las normas que en uno de los extremos del preconsciente regulan
las preferencias.
La temporalidad conforma una unidad en la cual podemos descondensar momentos lógicos y cronológicos.
Estos últimos permanecen enlazados a los lógicos y poseen una amplitud o extensión en donde deberán
desplegarse los procesos anímicos. Cuando esto no ocurre, la patología suele cobrar eficacia. Estos tiempos
son demarcados por una especie de reloj biológico o químico que está representado, en lo anímico, por lo que
podríamos hablar de un reloj psicológico.
Los períodos en proceso de formación poseen un momento de inicio y otro de finalización caracterizados por
una cierta inestabilidad, lo que demarca ciertas fronteras entre las cuales se despliega el proceso de lectura y
reescritura, es decir, de traducción de lo inscripto anímicamente a la lógica de la nueva época. A esta
concepción del tiempo podemos ligar algunos conceptos como el de anticipación, efecto a posteriori,
progresión, regresión, fijación patógena o no, tanto del yo como de las pulsiones, y un ritmo particular que se
enlaza a aceleraciones y disminuciones de la velocidad en el contexto de la irreversibilidad y la probabilidad.
Dicho de otra manera, se trata de un tiempo interno, que goza de cierta autonomía del tiempo externo, que
no podría ser desplegado por organismos menos complejos.
Caso Emma: ‘siendo una niña de ocho años, fue por dos veces a la tienda de un pastelero para comprar
golosinas, y este caballero le pellizcó los genitales a través del vestido. No obstante la primera experiencia,
acudió allí una segunda vez. Luego de la segunda, no fue más. Ahora bien, se reprocha haber ido por segunda
vez, como si de ese modo hubiera querido provocar el atentado. De hecho, cabe reconducir esta vivencia a un
estado de mala conciencia oprimente.
Probablemente ante la emergencia de la tensión genital, “Emma” anticipó las manifestaciones del orgasmo al
cual no puede acceder mediante el “hacerse pellizcar” los genitales, principalmente ella retorna allí en
búsqueda del goce no logrado. Es decir, que la sexualidad intenta responder anticipadamente a un
interrogante por el placer genital. Estas exteriorizaciones son sostenidas por el pensar anticipatorio de un
desempeño que el joven logrará obtener posteriormente.
En otras circunstancias los enlaces de ciertas representaciones pueden ser modificados de tal manera que
adquieren un nuevo sentido y eficacia psíquica en función de la actividad de nuevas pulsiones, de las lógicas
que de ellas se derivan o bien del vivenciar contingente. Estos pensamientos, que generan un efecto
retardado, podemos llamarlos actos a posteriori y frecuentemente generan un resultado traumático. En
“Emma”, nos encontramos que el segundo recuerdo (la escena del pastelero) accede a otra comprensión con
el advenimiento de las alteraciones propias de la pubertad, lo que posibilita el desprendimiento de un afecto
ausente en el momento de la vivencia del “atentado” y deriva en un trauma de efecto retardado. En este
sentido Freud escribe:
“trabajo con el supuesto de que nuestro mecanismo psíquico se ha generado por superposición de capas
porque de tiempo en tiempo el material existente de huellas mnémicas experimenta un reordenamiento según
nuevas concernencias, una inscripción. Lo esencialmente nuevo en mi teoría es entonces la tesis de que la
memoria no existe de manera simple sino múltiple, registrada en diferentes variedades de signos”
El concepto de progresión se refiere a ciertos decursos anímicos, que pueden ser descompuestos en tres
sentidos diferentes:
a) Como una corriente que tiene una dirección desde el extremo perceptivo al motor del aparato
psíquico, recorriendo los sistemas intermedios (sentido tópico)
b) Según el desarrollo de la libido y del yo (sentido temporal)
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La regresión implica una inversión de estos decursos anímicos, en las tres modalidades consideradas para la
progresión, a saber:
Por otra parte, estas concepciones le permiten a Freud (1989) en Sinopsis de las neurosis de transferencia
establecer una serie, de acuerdo al pinito temporal de aparición habitual de las neurosis tanto
transferenciales cómo narcisistas:
En síntesis, la serie sería la siguiente: Histeria de angustia, histeria de conversión, neurosis obsesiva, dementia
praecox, paranoia, melancolía-manía. A grandes rasgos se puede afirmar que cuando más tarda en
manifestarse una patología, más temprano es el estadio al cual regresa la libido, aunque en el caso de la
dementia praecox, se suele exteriorizar antes que la paranoia, pero recupera lugares de fijación previos, tanto
para el yo como para la pulsión.
La ecuación etiológica
La formación de rasgos de carácter, síntomas, inhibiciones y procesos normales, puede ser comprendida y
explicada a partir de un modelo teórico que Freud llamó ecuación etiológica. Este recurso incluye una
igualdad entre los procesos anímicos y las causas las generan. Los enlaces causales están compuestos por
condiciones necesarias y condiciones suficientes en la producción de un observable. Llamamos condiciones
necesarias a todas aquellas en cuya ausencia un proceso de la vida anímica no se produce. En cuanto a la
condición suficiente, Freud toma un conjunto de enunciados (condiciones) a los cuales llama series
complementarias. La producción anímica puede ser normal o patológica, y en su generación intervienen varias
condiciones necesarias, tales como vivencias, pulsiones, instintos y disposiciones o aptitudes y todas ellas se
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En el acoplamiento de la vivencia con la pulsión podemos discriminar dos series, una primera que implica la
predisposición por fijación libidinal y el llamado vivenciar accidental que tiene un carácter traumático, y una
segunda serie que deriva de la descomposición de la predisposición por fijación libidinal en la constitución
sexual, que incluye el vivenciar prehistórico del sujeto y el vivenciar infantil.
Los factores de estas series complementarias se despliegan en el marco de una estructura interindividual, la
familia, que a su vez se encuentra inmersa en un contexto más amplio, determinado por una formación
cultural y un modo de producción específico. La configuración de la familia es regulada por dos funciones
básicas que suelen ser atribuidas a los padres, y que se desprenden de una lógica propia del aparato psíquico.
Los estímulos de la familia sólo pueden cobrar eficacia si se ubican como contenidos de las matrices que el
niño genera mediante la proyección. Ahora bien, se requiere un proceso de articulación entre las vivencias y
los diferentes elementos del ello (energía pulsional, nerviosa, instintos y disposiciones, incluso entre ellos
mismos). Estos enlaces se van a desplegar de acuerdo a procesos específicos como el de: fijación, progresión,
regresión, anticipación, a posteriori y un ritmo determinado que se puede acelerar o retardar.
Lo instintivo y la prepubertad
El instinto es un componente de la herencia arcaica que implica una escritura realizada con letras genéticas
(llamadas nucleótidos). Por un lado, sus instrucciones distribuyen o colocan universalmente las impresiones
sensoriales y las vivencias, es decir, que les otorgan una forma y por otro, incluyen un saber previo que
implica una “preparación para entender”. Se trata de fantasías primordiales (seducción, escena primaria,
castración, regreso al vientre materno, novela familiar). Es necesario agregar, que el despliegue del desarrollo
del individuo (ontogénesis) en lo que hace al yo, a la pulsión y a sus conflictos, requiere de un soporte de
carácter filogenético, tanto escrito como no.
El desarrollo del yo estaría involucrado en la historia de la especie propiamente humana. A su vez, en las
relaciones de este yo con la sexualidad se pueden discernir dos posiciones: por un lado el individuo cobra
privilegio, en el cuál la sexualidad es una función diferenciada, donde el placer es su meta y por otro, el
individuo se constituye en recurso temporal y transitorio del plasma germinal.
El término “adolescentia” en latín deriva del verbo “adolezco”, que proviene de la articulación entre "ad” y
“oleo”, hace referencia a “el crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer,
desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor”. Se trata de un proceso de sustracción etimológica, donde la
carencia que se adjudica al adolescente encubre su función de portación de lo nuevo, del que lleva y
transmite el «fuego sagrado», en un vínculo social específico. Esta función opera como una respuesta del
sujeto ante un núcleo real de goce, que implica un cuerpo pulsional que irrumpe como éxtimo.
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El joven Prometeo
El nombre Prometeo proviene del griego, significa «previsión». El nombre de su hermano, Epimeteo, tiene un
significado llamativamente opuesto: «imprevisión». Se trata de una saga griega en la que se puede inferir una
redistribución del goce basada en la renuncia de Prometeo a apagar el fuego, lo cual le permitió conservarlo y
transportarlo en un vínculo social determinado. Freud rescata tres elementos: la manera en que trasportó el
fuego, el carácter de la hazaña (sacrilegio, robo, fraude a los dioses), y el sentido de su castigo. Prometeo es
un héroe que entrega a los hombres, el fuego que ha robado a los dioses–padres, escondido en una caña de
hinojo. Estos dioses–padres engañados por la abstención de extinguir el fuego, se enlazan al ello, es decir, al
esfuerzo de la querencia o pulsión. La adquisición y portación del fuego es un sacrilegio, que solo pudo lograr
por robo o hurto.
¿Por qué la importancia del fuego? Entre los múltiples usos puedo citar que le permite al hombre trabajar los
metales, conservar los alimentos, afrontar las inclemencias del tiempo, vencer la oscuridad. Se trata de un
bien cultural, por lo que Prometeo se instaura como un héroe cultural.
¿Habrá algo de sacrilegio, y de héroe cultural en la constitución de todo adolescente en un vínculo social?
Como castigo es encadenado a una roca y allí un buitre le devora, día tras día, el hígado (asiento de las
pasiones y apetitos). Pero Prometeo no había sido alentado por las pasiones, había renunciado a ellas.
Poniendo en evidencia los beneficios de la conservación del fuego en el vínculo social con los hombres. El
beneficio cultural es tratado como un crimen por los sectores de la población a los que se les impone la
renuncia, es decir, un apartamiento del goce. Entonces, podríamos considerar al adolescente como un héroe
cultural que se constituye en objeto del rencor que la sociedad movida por las pasiones siente hacia él. Estas
pasiones encuentran su fundamento en el apartamiento de la alienación en el destino de los padres, lo que
implica una renuncia al goce, es decir, a la satisfacción de la pulsión o querencia.
El joven Narciso
Narciso, enamorado de su imagen reflejada en el agua del dios río Cefiso [el padre], fue convertido por los
dioses en la flor que hoy lleva su nombre. Su muerte, vinculada estrechamente con el goce del Dios–padre,
implica un dejarse morir. En esta posición el sujeto no tiene vocación de sustraerse del destino determinado
por el río padre. Se trata de un pasaje al acto, que pone en evidencia el fracaso del recurso a la palabra.
Queda alienado, vía desmentida, en el goce del Otro, en el destino del Otro. La ruptura con el destino del Otro
implicaría la constitución del sujeto en otra posición. Un sujeto que en su singularidad remite a una relación
con el deseo del adolescente.
Historia de la subjetividad: qué capacidad tiene el recurso del discurso histórico para intervenir en distintas
situaciones produciendo algo más que curiosidades o ideología.
La historia de la subjetividad se presenta como un terreno que en el campo del pensamiento se vuelve más y
más activo hoy, sobre todo porque estamos atravesando un momento de mutación en la subjetividad.
Planteamos que hay algo así como historia de la subjetividad, es decir que hay alteraciones en la estructura
subjetiva misma. No sólo en la coloratura ideológica o en el relleno mental, sino en la estructuración psíquica
misma que constituye la subjetividad característica de una época, se presentan mutaciones prácticamente
instituidas, prácticamente establecidas, que hacen que el concepto práctico de hombre varíe de una situación
histórica a otra.
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¿Es posible una mutación en el plano social práctico capaz de alterar la estructura subjetiva, o la estructura
subjetiva es una invariante, que se decora o se colora en distintas situaciones, según los materiales que la
época ofrece para una misma escena realmente constitutiva de la especie humana?
La adolescencia puede ser tomada también, no como una invariante de todas las épocas, sino como una
institución característica significada, estructurada y representada de distintas maneras en distintos universos
de discurso y prácticas. En el terreno de la adolescencia se involucra otro término. La adolescencia en la vida
de cada individuo como un momento de historización. Historización como de un proceso, de una operación, y
para hablar de historización hay que desmarcarlo de dos conceptos. Como si se pudieran jugar en torno a dos
marcas distintas, una previa y una actual:
1) La historia es un despliegue de lo que está en el contenido, en los comienzos, es decir que la historia
es el pasaje al acto o a la actualización de que está en potencia en los comienzos. Es decir que la
segunda marca es nada más que una realización de lo que ya está contenido aquí, pero que
ontológicamente lo que en 2 es en acto en 1 ya era, es decir que desde el punto de vista del ser ya
era. Marca 2, desarrolla lo que en 1 está enrollado. Sucesión. Nada es en acto que no haya sido en
potencia. El acto es la revelación de la potencia que ya era.
2) Institución del tiempo posmoderna, tiempo de la imagen o la ontología del instante. El instante 1 deja
de detentar las claves del instante 2. El tiempo histórico propio de la posmodernidad es un tiempo
sucesivo, un instante sucede al anterior. El instante 1 cae al puro pasado y se anota una marca 2, pero
el instante que pasó cae sin eficacia sobre el siguiente. Es decir, que el tiempo no es de sucesión, sino
de sustitución.
3) La segunda marca historiza solamente si se inscribe después de una primera, pero altera la primera.
No viene a repetir, ni viene a eliminar, sino que viene a alterar la primera, es decir, algo ocurre en 2
que hace que 1 pierda su omnipotencia, su capacidad integral de significarlo todo. 2 tiene una eficacia
crítica sobre 1. 2 viene a introducir en 1 un término suplementario, introduce algo que destotaliza,
yendo más allá de lo que era. Solamente aquí habría historización.
La subjetividad socialmente instituida se determina por el conjunto de las marcas con que una sociedad, una
cultura determinada, estructura, marca, afecta y constituye a un de la especie humana. La institución del
concepto práctico de hombre es práctica, es un mecanismo de estructuración de la vida psíquica misma.
La institución del concepto práctico de humanidad, es también la institución de las etapas de la vida. Ser
hombre es recorrer una serie de etapas. La significación de las etapas vitales depende de tres términos: uno
son las marcas reales corporales, hay algo biológico que inexorablemente se da, y exige significación.
Segundo término serían las prácticas sociales (señalamientos, rituales, etc.), y la significación socialmente
ofrecida. El tercer término es el sujeto. Los insumos no son suficientes, y en este sentido el plus de actividad
psíquica de significación es inevitable. Las marcas sociales que subrayan e instituyen los momentos de la vida
son decisivos, y las significaciones sociales atribuidas a estos momentos alteran la naturaleza del momento
biológico.
Adolescencia como fundante de una nueva subjetividad. No necesariamente corresponde a una edad
cronológica, y de alguna manera es adolescente quien puede serlo. No toda marca es reinscripción de una
anterior, sino que adolescencia es tal porque se origina a partir de una marca a la cual es posible pensar como
primitiva.
No ubicar a la adolescencia como una etapa transición, ni tampoco dentro de las metáforas que la hacen
ingresar en una suerte de psicopatología general. Adolescencia como un momento de la vida de un sujeto que
inaugura una historia basada en la puesta en acción de un cuerpo sexuado vincular, que es diferente a la
puesta en acción que otorga al cuerpo su característica de cuerpo erógeno autoerótico, correspondiente a la
sexualidad infantil. El cuerpo erógeno constituye un espacio intrasubjetivo. Esta puesta en acción realidad es
el comienzo de una práctica posible, la de una sexuación dentro de un vínculo de amor con posibilidades de
procreación. Es un momento en el que, en base a la constitución de la adolescencia de uno de sus miembros,
la estructura familiar se abre sin poderse volver a cerrar nunca, y deja de ser origen para uno o varios
miembros de la familia; siempre se habla de la familia de origen; a partir de ese momento la familia ya no es
origen de esa pareja, sino que la pareja es origen de la pareja.
Dos etapas que el adolescente debe recorrer: una en la que selecciona y mantiene a resguardo el olvido de los
materiales necesarios para la construcción de ese fondo de memoria, garante la permanencia identificatoria;
y otra caracterizada por la organización del espacio relacional. ¿Cuál es la diferencia entre nueva etapa,
transición, y transformación en relación con nuevo origen? Que el hoy crea un antes que solo tiene sentido si
esa historia ingresa en el vínculo actual. Cuando una pareja o un vínculo en vías de ser pareja hace ingresar la
historia familiar de cada uno, es ya una historia que les pertenece y deja de pertenecer a la familia de origen.
Por eso pueden con derecho hablar del pasado del otro como si lo conocieran y les perteneciera; en realidad
les pertenece, adquieren un pasado hecho de relatos míticos. Si se piensa en continuidad y transición habría
que pensar entonces que es la historia de la familia que penetra y moldea los nuevos vínculos, cosa que por
cierto también sucede con su simultaneidad. Por lo tanto planteo que la adolescencia, para ser tal, debe
realizar un doble trabajo de historización, el que se construye a partir de una nueva marca que sólo le
pertenece y adquiere significado en la vida vincular que la nueva marca inaugura y a partir de esto da sentido
a la familia de origen, por lo tanto algún sentido nuevo, ya que es dado desde hoy; y otro trabajo simultáneo
en el que sigue perteneciendo a una historia de la que es portador. O sea que son dos historias.
La adolescencia tiene que ver con lo que he llamado prácticas relacionadas con un con un cuerpo sexuado; se
trata de un cuerpo sexuado esencialmente vincular que se diferencia del cuerpo erógeno. No es un cuerpo
singular sino un cuerpo inherente a una vincularidad que es la que le da su cabal significación. El cuerpo
erógeno no necesita de un otro para constituirse, y en sí está completo. El cuerpo sexuado de la adolescencia
se determina con un otro que es condición del cuerpo sexuado. En general se piensa al revés, se piensa que el
cuerpo del chico es un cuerpo incompleto y que el cuerpo del adulto es un cuerpo completo, yo lo pienso del
otro lado del lado de la significación.
Una de las características de la adolescencia es que el cuerpo de la adolescencia es un cuerpo que no puede
ser anticipado por el encuadre familiar, o por la mirada de las figuras parentales. Otra disidencia mía con los
esquemas en que se dice que los padres anticipan por el cuerpo del adolescente. Aquella formulación según
los padres desean, que el hijo tenga un proyecto, el de construir un futuro, que incluye construir una pareja y
ser padres, tal vez comporte una paradoja: la de suponer posible desear algo no anticipable.
La historia del adolescente ya no pertenece a la historia familiar; solo podrá historizar la familia, a partir de los
datos aportados por el adolescente. De esta manera no va a ser una historización para recordar, sino una
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historización que otorga nuevos sentidos. Se trata de discriminar aquellas historizaciones que intentan un
pasado o que lo recuerdan, o que lo reactualizan. El adolescente en su espacio “ínter" que sella su
adolescencia, crea un vínculo que inventa un pasado; en forma paralela se produce otra historización, la de
recordar el pasado clásico para nosotros, que es siempre ilusorio ya que no se lo recuerda como fue y tan sólo
se lo reinterpreta.
La marca fundamental de la adolescencia es la de crear un nuevo espacio extra familiar, signado por el lugar
que la adolescencia da al proyecto de pareja, o a la pareja sexual misma. De acuerdo con este planteo
propongo entonces pensar en una sexuación de carácter endogámico, según la cual se intenta reproducir la
sexualidad de la estructura familiar, y una sexuación propiamente dicha novedosa, que se inscribe en el marco
de la exogamia. En un caso, es prolongación de la infancia, en el otro es entrada en la adolescencia.
La adolescencia puede estar requiriendo de un lugar extraterritorial iniciador de la exogamia, según el cual es
imposible que la comprensión provenga de los padres. El no hablar corresponde a lo no hablable, y cuando se
manifiesta como represalia pierde su característica de no hablable; amenaza de irse es aquello que realmente
produce zozobra y es imposible de eludir.
RESUMEN: La adolescencia, para ser tal, se organiza cuando la experiencia de la sexuación pasa a ser posible,
algo así como la instauración de una práctica y se registra como un acontecimiento que se toma origen de un
proyecto. Se trata de un sistema vincular que no es anticipable por la familia la cual llamamos de origen, pero
que ya no es origen para esa nueva marca. Esta nueva marca sólo puede ser construida con un otro en una
relación en la que la sexuación, o sea la intervención del cuerpo significado sexualmente, es la que va a dar su
impronta a esta nueva organización vincular. Una historización en la que se superponen dos modelos: uno
ligado a la familia que dio un origen y otro fuera de dicha historia, que habrá de construirse en otro espacio, el
de la vincularidad del adolescente.
Latencia sexual: tiempo lógico delimitado por la declinación de la sexualidad infantil, al término de la fase
fálica, y la emergencia de la tensión genital al comienzo de la prepubertad.
FREUD 1926 “Inhibición, síntoma y angustia”: período que ofrece diversas características (ambos sexos):
El desarrollo libidinal del niño implica, en los inicios del período de latencia, que el yo ocupe diversas
posiciones ante el trauma de la castración.
1) Se despliega vía desmentida del juicio de desatribución del falo supuesto en la madre.
2) Implica una oleada de represión a la cual suele sucumbir el complejo de Edipo, que es recubierto por
la llamada amnesia infantil. Los afectos sensuales hacia familiares o tutores son sustituidos por
afectos de ternura, frente a los obstáculos internos. METAS SEXUALES INHIBIDAS.
3) Otros fragmentos eróticos siguen el camino de:
a) La sublimación, concepto complementario del juego de los niños.
b) La formación reactiva, a la que se anudan desprendimientos de asco y pudor.
c) La identificación secundaria, que posibilita la instauración de frases que adquieren un carácter
imperativo al formar una nueva instancia.
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d) La desestimación, es decir, un juicio en acto que decreta un “no ha lugar” de lo registrado como
novedad que suele posibilitar argumentos alucinados.
Por otra parte, la formación reactiva y la identificación secundaria permiten un proceso de descondensación
y constitución del superyó. Este posibilita a su vez que algunos fragmentos de la pulsión de agresión se fijen
en el yo que se ubica en una posición masoquista, y que se expresen mediante efectos autodestructivos sobre
los cuales ejercerá su esfuerzo la represión, pero que por otra parte, son un requisito del desarrollo cultural,
por lo que salud y cultura entran en mayor o menor contradicción.
✔ El superyó está formado por huellas de una memoria específica, cuando estas se activan hablamos de
representaciones-palabra, que integran una red de imperativos sostenidas por una letra fundamental,
el apellido paterno, que se enlaza al pensamiento inconsciente.
✔ La constitución de un apellido simbólico, implica la descondensación del apellido materno y paterno,
de esta manera se diferencian, oponen y articulan. De no acontecer este proceso, el apellido materno
o paterno se configura imaginariamente en su omnipotencia.
La conciencia moral sostiene una función del superyó que implica ciertos actos del pensar, en los cuales
podemos discriminar dos porciones que se expresan en un juicio de valor acerca de lo bueno y útil o lo malo y
nocivo de los pensamientos, representaciones u objetos del yo real definitivo. Estas decisiones habilitan el
desarrollo de afectos específicos.
En el período de latencia, se espera el predominio de una lógica Totémica, que condensa otras formas como
la mítica, religiosa, de las cosmovisiones, y científico-éticas, que se desplegarán y lograrán hegemonía en otros
tiempos del desarrollo.
→ A medida que se complejiza la estructura del preconsciente, los pensamientos fantaseadores más
primitivos se decretan o consideran inútiles, lo que posibilita desprendimientos de culpa y la
consiguiente activación de la defensa.
→ Este pensar fantaseador pasa a lo inconsciente reprimido, al mismo tiempo que se instalan fantasías
estructuradas por lógicas diferentes y más refinadas.
→ El recuerdo de lo fantaseado, al retornar de lo reprimido por el yo, expone al sujeto a sufrir una herida
narcisista, dado que su pensamiento no responde a la lógica exigida por el súper yo
1. La pulsión sexual, la fantasía y el yo placer (la satisfacción fantaseada y pasajera que se sostiene en el
autoerotismo).
2. Las pulsiones Yoicas, la consciencia y el yo real definitivo (la satisfacción real que requiere trabajo y
aplazamiento).
Este desfasaje se sustenta en el retardo de la pulsión sexual de establecer su nexo con la realidad y en las
condiciones que dieron lugar a este retraso e instaura como tarea básica del latente la promoción de los
recursos defensivos que se oponen a las tentaciones masturbatorias. El desarrollo del yo se enlaza a
condiciones de angustia específicas. Así tenemos que el desvalimiento anímico, como situación de peligro, se
relaciona con los momentos de inmadurez del yo.
→ La pérdida del contexto y del objeto amenaza a los primeros tiempos del niño.
→ La castración se articula con la fase fálica.
→ La angustia ante el superyó se adecúa al período de latencia.
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Sin embargo, estas condiciones de angustia y de peligro pueden coexistir, incluso pueden cobrar eficacia
simultáneamente, a veces algunas de ellas en un momento posterior al mencionado como adecuado
La latencia como momento lógico, suele coincidir con los comienzos de la escuela primaria donde la
educación que se le brinda al niño, incluida la familiar, implica un esfuerzo por suplantar el predominio del
principio del placer por el principio de realidad. El trabajo intrapsíquico que requiere esta meta es auxiliado
por la tarea educativa, mediante premios de amor. En ocasiones el temor a un examen o a una prueba difícil,
posibilita la emergencia de sensaciones de excitación que pueden derivar en actos masturbatorios o
sustitutos, perturbando el desempeño escolar y/o el trabajo de aprendizaje. También las sensaciones de dolor
pueden tener un efecto erógeno. Freud nos dice que es un requisito necesario en el acto educativo que la
escuela no olvide que trata con individuos en desarrollo, que en ocasiones pueden frenar su despliegue.
Freud nos dice que en la educación del niño, los padres y sustitutos, responden a las exigencias de su propio
superyó. “No importa cómo se haya arreglado en ellos su yo con su superyó; en la educación del niño se
muestran rigurosos y exigentes. Han olvidado las dificultades de su propia infancia, están contentos de poder
identificarse ahora plenamente con sus propios padres, que en su tiempo les impusieron a ellos mismos esas
gravosas limitaciones. Así, el superyó del niño no se edifica en verdad según el modelo de sus progenitores,
sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición, de todas las
valoraciones perdurables que se han reproducido por este camino a lo largo de las generaciones».
Moreira, Diego. La pubertad y sus trasmudaciones. Cap. 4. Desarrollo sexual: segundo tiempo
a) Punto de vista lógico: se configura como un límite del período de latencia sexual.
b) Punto de vista cronológico: se ubica alrededor de los 8 o 9 años
Freud: “[…] en la segunda niñez (desde los ocho años hasta la pubertad). […] las zonas genitales se comportan
de manera similar a la época de la madurez; pasan a ser la sede de sensaciones de excitación y alteraciones
preparatorias cuando se siente alguna clase de placer por la satisfacción de otras zonas erógenas; este electo,
no obstante, sigue careciendo de fin, vale decir, en nada contribuye a la prosecución del proceso sexual ya en
la niñez, se engendra, junto al placer de satisfacción, cierto monto de tensión sexual, si bien menos constante,
y no tan vasto”. Este sentimiento de tensión, de carácter displacentero, tiende a intensificarse y es
acompañado en la periferia erógena, es decir, en el aparato genital externo, de una sensación de estímulo o
picazón.
→ Tanto en el niño como en la niña podemos hablar de la imposibilidad lógica de generar una
representación-cuerpo a la cual se ligue la investidura genital.
→ Sólo los nuevos actos del pensar y sus formas, enlazados a un nombre sin correlato con la
sensorialidad visual, permitirán esta construcción.
→ Como consecuencia de esta falta de representación, el orgasmo se vuelve inalcanzable para ambos
sexos. El sentimiento de tensión y la sensación de picazón en los rasgos de borde en superficie, en un
primer momento, no pueden acceder a su satisfacción.
→ Esta nueva erogeneidad periférica posee una amplitud mayor que las anteriores, e involucran un
nuevo espacio psíquico.
NUEVO ESPACIO PSÍQUICO: se forma mediante un acto del pensar proyectivo, a partir de un espacio
previamente estructurado, que posibilita la constitución de representaciones del aparato genital interno que
ha iniciado su proceso de maduración.
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Dos modalidades de proyección: defensiva y no defensiva, que se esfuerza por generar lo novedoso de la vida
anímica, a la par que suele reordenar y complejizar los elementos anteriores. A su vez, la proyección defensiva
se puede descomponer en una forma patológica y otra que no lo es.
a) Proyección defensiva patógena: procura arrojar al exterior aquello que corresponde a lo interior, pero
que le produce displacer.
b) Proyección defensiva no patógena: por el contrario intenta devolver al exterior aquello que le produce
displacer, pero que provino desde afuera.
Cabe agregar que estas dos modalidades de proyección pueden estar presentes en la constitución de la zona
erógena genital.
El acople entre la tensión sexual y su meta es el resultado de un proceso de complejización del sistema
nervioso. La emergencia de la exigencia de la libido requiere diversos trabajos a la vida anímica:
✔ Su enlace con el erotismo fálico-uretral, y desde luego con las otras pulsiones parciales.
✔ La articulación de las metas sensuales y tiernas.
✔ La oposición y ensamble con la conservación de la especie.
En un momento lógico previo a esta primacía de la meta sexual, ciertas zonas erógenas y las pulsiones
parciales correspondientes se constituyen como refractarias a integrarse en una nueva trama psíquica,
llegando incluso a imponer su meta con un cierto valor organizativo. Esta tramitación pulsional implica una
variedad de la defensa que llamamos desmentida.
Las corrientes anímicas: las magnitudes de excitación que provienen de las diferentes zonas erógenas
periféricas pueden recibir simultáneamente diferentes destinos, incluso variar en los distintos períodos de la
vida de un sujeto.
El mecanismo de la desmentida tiene una importancia fundamental en el vivenciar del adolescente porque
refiere a la modificación y a la contrarrestación del desarrollo de las pulsiones. Este mecanismo implica la
negación de algún carácter traumático en el sentido de la vivencia del sujeto. El yo del sujeto intenta negar los
cambios que surgen en la realidad exterior del mismo. En el desarrollo sexual de la prepubertad se generan
confrontaciones entre las excitaciones que provienen de la primera infancia y las inhibiciones del periodo de
latencia, a estas se agregan ‘nuevas’ aspiraciones de la libido genital. Posteriormente a estas pautas
establecidas se establece la ‘fase genital’ que va a implicar la organización definitiva de la sexualidad.
El autor al referirse sobre que todos los adolescentes portan el germen de la histeria hace alusión a que existe
un desfasaje que se da entre el desarrollo sexual de la pubertad y los otros aspectos de la vida anímica. Es
decir, que en una primera instancia existe un desarrollo físico que no puede ser representado en la vida
anímica del sujeto. Se refiere a ‘histérico’ por la desmentida que realiza el sujeto frente a estas vivencias de
carácter traumático. En una segunda instancia el sujeto puede representar estas vivencias que anteriormente
desmentía, es decir, se genera una modificación con efecto a posteriori
Freud: divide el desarrollo en cuatro edades, mencionando que más o menos entre los 8-10 y 13-17 años,
“son los períodos de transición en los que las más de las veces ocurre la represión”. Considera que todo
adolescente “porta dentro de sí el germen de la histeria”, ésta cláusula universal se basa en el desfasaje que
se da entre el desarrollo sexual de la pubertad y los otros aspectos de la vida anímica. Lo portado puede
desplegarse cómo efecto a posteriori de un pensar comprensivo, que recae sobre ciertas representaciones de
índole sexual.
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Este germen <histérico> requiere, cómo condición necesaria que un pensar defensivo al estilo de la represión
a posteriori (de carácter multilocular) de las investiduras libidinosas de objeto adquiera un valor estructurante
de la vida anímica.
Desmentida (secundaria), que opera en el yo placer de acuerdo a una lógica de movimiento (también visual),
se despliega con eficacia en la pubertad. El pensar defensivo obtura los procesos de duelo y el trabajo de
descondensación del horror en sentimiento de aniquilación, angustia de castración y culpa, a la par que el yo
real definitivo es derivado al exterior vía proyección para ser introyectado de una manera más estable en los
inicios de la adolescencia media.
Desmentida: La desmentida implica la refutación de un juicio de carácter traumático, sobre cierta realidad
exterior que es constituida por la vida anímica del sujeto (o sobre la muerte anímica de los padres por
ejemplo), donde un Yo simultáneamente activo intenta contrarrestar dichos efectos.
Dos fuentes pulsionales tienden a adquirir mayor complejidad: el aparato genital interno, que cobra eficacia
en la reproducción, y el aparato genital externo, una zona del cuerpo que presenta una excitación de amplitud
particular. Ambas fuentes procuran articularse, no sin conflictos, junto a sus ritmos y metas.
Se inaugura la posibilidad de acceder a un placer particular, el de procreación que difiere de las características
propias del goce de la libido genital, aunque en ambos sexos estas últimas pulsiones (genitales) encuentran su
apoyo en su enlace con la conservación de la especie.
La situación traumática representa una injuria narcisística en tanto el yo no puede dominar su impacto y
tramitarla psíquicamente para obtener una respuesta adecuada. El sujeto ha sido desbordado por la situación
y ha perdido su capacidad de control, lo que hace decrecer su autoestima y devalúa su yo.
Se modifican algunas partes mientras otras permanecen igual, lo que crea sensaciones de cambio caótico que
alteran el sentimiento de identidad. Se desarrollan los caracteres sexuales primarios y emergen los
secundarios; nuevas formas, sensaciones y excitaciones, que desajustan. El joven se ve y es mirado de manera
diferente, y se desencuentra relativamente con la imagen previa que tiene de sí. A nivel metapsicológico,
debe realizar una profunda y ardua labor de inscripción y reinscripción de su cuerpo a causa de las
modificaciones que se le imponen. Generalmente, estos cambios devienen traumáticos cuando son
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tempranos, bruscos, intensos y se producen en un corto lapso, con relativa independencia de la historia previa
que condiciona los grados y las características del desajuste. Lo cuantitativo de la intensidad de estos cambios,
la brusquedad con que ocurren y el corto lapso en que se producen operan tornando a la situación como
traumática, y se produce así un salto de lo cuantitativo a lo cualitativo. Se produce la herida narcisística por la
imposibilidad de controlar y tramitar la situación.
→ Es frecuente observar que luego de las dos o tres primeras menstruaciones algunas jóvenes pasan por
un largo período con marcada dismenorrea o amenorrea, incluso sin que se justifique orgánicamente.
→ Uso de vestimentas sueltas que encubren las formas corporales, o con posiciones para disimular la
turgencia de los pechos.
→ En los varones, un elemento inquietante es la ocurrencia inesperada dé la erección y la eyaculación. El
hecho de que ocurra aun no buscándola crea en ellos una vivencia de ajenidad y descontrol que los
angustia.
Otra situación que frecuentemente se toma traumática es la de los comienzos de la práctica genital. En niñas
con un desarrollo temprano suele ocurrir que, ante el crepitar pulsional, se vuelcan a la actividad sexual con la
expectativa de solventar el desequilibrio mediante la descarga y el teñido de fantasías románticas idealizadas
muy alejadas de la realidad de su compañero. Cuando la práctica genital es llevada a cabo, y en tanto no se
cumplen las expectativas idealizadas, se incrementa el desajuste con el cuerpo y también la angustia y el
displacer, con lo que la situación se torna traumática y se tienden a fijar disfunciones sexuales, como en el
caso de Julia. Esta cuestión se agrava cuando se trata de episodios sexuales, violaciones y/o involucramientos
grupales o con parejas sexuales perversas.
Es evidente desde la clínica que se trata también del momento en que se reeditan situaciones traumáticas
transgeneracionales que el joven desconoce.
El desborde afectivo irrumpe violentamente, anega el aparato psíquico, dificulta los circuitos de
procesamiento establecidos y las estructuras productoras de sentido, mina el narcisismo trófico y el
sentimiento de identidad; es decir, lo traumático ataca lo modular del aparato psíquico en diversas funciones
y estructuras. Sin duda, la magnitud del desajuste y las características que revista dependerán de la historia
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singular de cada sujeto, de la cualidad de sus adquisiciones tempranas, de los basamentos narcisísticos
establecidos, de sus posteriores procesamientos y de su entorno familiar y social.
a) El cuerpo: surge la pulsión una delegación de la fuerza en el psiquismo, representada a su vez por el
afecto y distinta del representante-representativo.
b) El mundo: desde la búsqueda de placer y satisfacción, surge la representación de cosa como huella
mnémica dejada por la experiencia de satisfacción que ha aportado el objeto, por lo que recibe su
inscripción en ella y posibilita una ligadura a la pulsión.
c) El otro: de su relación con el otro semejante, en tanto ser parlante inmerso en la cultura, se posibilita
la representación de palabra, a lo que se agregan los "juicios que en él representan la realidad"
Durante la pubertad, a partir del incremento pulsional, de las modificaciones corporales y de la genitalización,
el psiquismo se ve llevado a reformular sus representaciones en los tres niveles para realizar un trabajo de
reinscripción de lo previo y de inscripción de lo aún no representado. Este trabajo se dificulta o se traba
cuando la pubertad es temprana, brusca, intensa y en corto plazo, e incluso puede verse impedido. La
pubertad se plantea para el joven en una encrucijada en que la pulsión se descarga o se logra derivarla
mediante el procesamiento representacional y su inclusión en encadenamientos de sentido; acto o
representación, como polos extremos. Debe tenerse en cuenta que la representación y su enlace con el
lenguaje no siempre alcanzan para derivar la presión ejercida por lo pulsional, y así es que surgen las
actuaciones o los trastornos comportamentales.
La lentitud y una marcada postergación del cambio corporal también provocan un estado de desequilibrio
narcisístico, con aislamiento y relativa pérdida de la autoestima. Los pares suelen contribuir negativamente,
en especial por los ataques reiterados (encubiertos, a veces, como bromas o chistes) e incluso por vejaciones
y/o amedrentamientos. Mediante estas conductas, los pares manifiestan activamente lo que sufrieron antes
de manera pasiva por parte de los que ya eran "grandes"; al mismo tiempo, expulsan de sí (a través de una
identificación proyectiva) los aspectos más infantiles rechazados (que los alejarían de los "grandes"),
representados por el cuerpo poco o nada desarrollado de los "chicos", que los instituye en objeto de burla y
exclusión. Para los jóvenes cuyo desarrollo se produce más tardíamente, la vivencia suele ser de extrañeza por
la "demora", con un incremento de la inquietud a medida que transcurre el tiempo.
El desarrollo tardío suele tornarse en intensas ideas persecutorias de ser diferente, un "caso raro" que "no va
a crecer", y en una preocupación por el futuro como adulto, con marcados sentimientos de inferioridad y
vergüenza, y la consecuente autodesvalorización y pérdida de autoestima que señalan la tensión entre el yo y
el ideal, así como la injuria narcisista operante. La actitud de los pares agrava esta situación, ya que con sus
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dichos y hechos (desde el apartamiento manifiesto hasta la exclusión radical) reactivan el narcisismo herido e
incrementan la devaluación de la estima de sí.
Entrar en el mundo de los adultos, deseado y temido, significa para el adolescente la pérdida definitiva de su
condición de niño. Constituye la etapa decisiva de un proceso de desprendimiento que comenzó con el
nacimiento. Los cambios psicológicos que se producen en este período y que son el correlato de cambios
corporales, llevan a una nueva relación con los padres y con el mundo. Ello sólo es posible si se elabora lenta y
dolorosamente el duelo por el cuerpo de niño, por la identidad infantil y por la relación con los padres de la
infancia. Cuando el adolescente se incluye en el mundo con este cuerpo ya maduro, la imagen que tiene de su
cuerpo ha cambiado, también su identidad, y necesita entonces adquirir una ideología que le permita su
adaptación al mundo y/o su acción sobre él para cambiarlo.
En este período fluctúa entre una dependencia y una independencia extremas y sólo la madurez le permitirá
más tarde aceptar ser independiente, dentro de un marco de necesaria dependencia. Es un periodo de
contradicciones, confuso, ambivalente, doloroso, caracterizado por fricciones con el medio familiar y social.
Este cuadro suele ser confundido con crisis y estados patológicos. Tanto las modificaciones corporales
incontrolables como los imperativos del mundo externo que exigen del adolescente nuevas pautas de
convivencia, son vividos al principio como una invasión. Estos cambios, en los que pierde su identidad de niño,
implican la búsqueda de una nueva identidad que se va construyendo en un plano consciente e inconsciente.
El adolescente no quiere ser como determinados adultos, pero en cambio, elige a otros como ideales.
La pérdida que debe aceptar el adolescente al hacer el duelo por el cuerpo es doble: la de su cuerpo de niño
cuando los caracteres sexuales secundarios lo ponen ante la evidencia de su nuevo status y la aparición de la
menstruación en la niña y el semen en el varón, que les imponen el testimonio de la definición sexual y del
rol que tendrán que asumir, no sólo en la unión con la pareja sino en la procreación. Sólo cuando el
adolescente es capaz de aceptar simultáneamente sus aspectos de niño y de adulto, puede empezar a aceptar
en forma fluctuante los cambios de su cuerpo y comienza a surgir su nueva identidad.
No sólo el adolescente padece este largo proceso sino que los padres tienen dificultades para aceptar el
crecimiento a consecuencia del sentimiento de rechazo que experimentan frente a la genitalidad y a la libre
expresión de la personalidad que surge de ella. Esta incomprensión y rechazo se encuentran muchas veces
enmascarados bajo la otorgación de una excesiva libertad que el adolescente vive como abandono. Cuando la
conducta de los padres implica una incomprensión de las fluctuaciones llamativamente polares entre
dependencia-independencia, refugio en la /fantasía-afán de crecimiento, logros adultos refugio en logros
infantiles, se dificulta la labor de duelo, en la que son necesarios permanentes ensayos y pruebas de pérdida y
recuperación de ambas edades: la infantil y la adulta.
Sólo cuando su madurez biológica está acompañada por una madurez efectiva e intelectual que le permita su
entrada en el mundo del adulto, estará equipado de un sistema de valores, de una ideología que confronta
con la de su medio y donde el rechazo a determinadas situaciones se cumple en una crítica constructiva. Pero
antes de llegar a esta etapa nos encontraremos con una multiplicidad de identificaciones contemporáneas y
contradictorias; por eso, el adolescente se presenta como varios personajes: es una combinación inestable de
varios cuerpos e identidades. No puede todavía renunciar a aspectos de sí mismo y no puede utilizar y
sintetizar los que va adquiriendo y en esa dificultad de adquirir una identidad coherente reside el principal
obstáculo para resolver su identidad sexual.
El adolescente provoca una revolución en su medio familiar y social y esto crea un problema generacional no
siempre bien resuelto. Ocurre que también los padres necesitan hacer el duelo por el cuerpo del hijo
pequeño, por su identidad de niño y por su relación de dependencia infantil. Ahora son juzgados por sus hijos.
Los padres tienen que desprenderse del hijo niño y evolucionar hacia una relación con el hijo adulto. Al
perderse para siempre el cuerpo de su hijo niño se ve enfrentado con la aceptación del devenir, del
envejecimiento y de la muerte. Debe abandonar la imagen idealizada de sí mismo que su hijo ha creado y en
la que él se ha instalado. Ahora ya no podrá funcionar como líder o ídolo y deberá, en cambio, aceptar una
relación llena de ambivalencias y de críticas. Al mismo tiempo, la capacidad y los logros crecientes del hijo lo
obligan a enfrentarse con sus propias capacidades y a evaluar sus logros y fracasos.
El desprecio que el adolescente muestra frente al adulto es, en parte, una defensa para eludir la depresión
que le impone el desprendimiento de sus partes infantiles, pero es también un juicio de valor que debe
respetarse. Además, la desidealización de las figuras parentales lo sume en el más profundo desamparo. Sin
embargo, este dolor es poco percibido por los padres que suelen encerrarse en una actitud de resentimiento y
refuerzo de la autoridad, actitud que hace aún más difícil este proceso. En la adolescencia, una voluntad
biológica va imponiendo un cambio y el niño y sus padres deben aceptar la prueba de realidad de que el
cuerpo infantil está perdiéndose para siempre.
El adolescente siente que debe planificar su vida, controlar los cambios; necesita adaptar el mundo externo a
sus necesidades imperiosas, lo que explica sus deseos y necesidad de reformas sociales. Se produce en este
momento un incremento de la intelectualización para superar la incapacidad de acción. El adolescente busca
la solución teórica de todos los problemas trascendentes y de aquellos a los que se verá enfrentado a corto
plazo: el amor, la libertad, el matrimonio, la paternidad, la educación, la filosofía, la religión.
La inserción en el mundo social del adulto con sus modificaciones internas y su plan de reformas es lo que va
definiendo su personalidad y su ideología. Debe formarse un sistema de teorías, de ideas, un programa al cual
aferrarse y también la necesidad de algo en lo que pueda descargar el monto de ansiedad y los conflictos; que
surgen de su ambivalencia entre el impulso al desprendimiento y la tendencia a permanecer ligado. Esta crisis
intensa la soluciona transitoriamente huyendo del mundo exterior, buscando refugio en la fantasía, con un
incremento paralelo de la omnipotencia narcisista y de la sensación de prescindencia de lo externo.
Su hostilidad frente a los padres y al mundo en general se expresa en su desconfianza, en la idea de no ser
comprendido, en su rechazo de la realidad, situaciones que pueden ser ratificadas o no por la realidad misma.
Sufre crisis de susceptibilidad y de celos, exige y necesita vigilancia y dependencia, pero sin transición surge en
él un rechazo al contacto con los padres y la necesidad de independencia y de huir de ellos.
A más presión parental, a más incomprensión frente al cambio, el adolescente reacciona con más violencia
por desesperación y es en este momento decisivo de la crisis adolescente cuando los padres recurren por lo
general a dos medios de coacción: el dinero y la libertad. Son tres las exigencias básicas de libertad que
plantea el adolescente de ambos sexos a sus pares: la libertad en salidas y horarios, la libertad de defender
una ideología y la libertad de vivir un amor y un trabajo. Este control sobre las salidas y horarios significa el
control sobre las otras libertades: la ideología, el amor y el trabajo. El niño de alrededor de diez años siente
una gran necesidad de ser respetado en su búsqueda desesperada de identidad, de ideología, de vocación y
de objetos de amor. Si ese diálogo no se ha establecido es muy difícil que en el momento de la adolescencia
haya una comprensión entre los padres y los hijos.
La libertad sexual no es promiscuidad, pero sienten y expresan la necesidad de hacer experiencias que no
siempre son totales pero que necesitan vivir, y para que puedan hacerlo tienen que hallar cierta aprobación
en sus padres para no sentir culpa. Pero esta aprobación no debe tener por precio la exigencia de que
informen sobre sus actos. Necesitan vivir sus experiencias para ellos. Exigir información es tan patológico
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como prohibir y es muy diferente a escuchar. Escuchar es el camino para entender lo que está pasando en sus
hijos. El adolescente está harto de consejos, necesita hacer sus experiencias y comunicarlas, pero no quiere,
acepta ni le gusta que sus experiencias sean criticadas, calificadas, ni confrontadas con las de sus padres. El
adolescente percibe muy bien que cuando los padres comienzan a controlar el tiempo y los horarios están
controlando algo más: su mundo interno, su crecimiento y su desprendimiento.
Los padres necesitarían saber que en la adolescencia temprana, mujeres y varones, pasan por un periodo de
profunda dependencia donde necesitan de ellos tanto o más que cuando eran bebés, que esa necesidad de
dependencia puede ser seguida por una necesidad de independencia, que la posición útil en los padres es la
de espectadores activos, no pasivos, y al acceder a la dependencia o a la independencia no se basen en sus
estados de ánimo sino en la necesidad de su hijo. Para hacer estos tanteos es necesario dar libertad, y para
ello hay dos caminos: dar una libertad sin límites, que es lo mismo que abandonar un hijo; o dar una libertad
con limites, que impone cuidados, cautela, observación, contacto afectivo permanente, dialogo, para ir
siguiendo paso a paso la evolución de las necesidades y de los cambios del hijo.
Lo normal es que participen dentro de las inquietudes que son la esencia misma de la atmósfera social en la
que les toca vivir, y si piden la emancipación no lo hacen en la búsqueda de llegar rápidamente al estado de
adultos, sino porque necesitan adquirir derechos y libertades similares a los que los adultos tienen, sin dejar
por eso su condición de jóvenes.
Toda adolescencia lleva, además del sello individual, el sello del medio cultural, social e histórico desde el cual
se manifiesta, y el mundo en que vivimos nos exige más que nunca la búsqueda del ejercicio de la libertad sin
recurrir a la violencia para coartarla. Es un momento crucial en la vida del hombre y necesita una libertad
adecuada con la seguridad de normas que le vayan ayudando a adaptarse a sus necesidades o a modificarlas,
sin entrar en conflictos graves consigo mismo, con su ambiente y con la sociedad.
La definición del rol femenino o masculino en la unión y procreación y los cambios corporales que se
producen durante este proceso (aparición de los caracteres sexuales secundarios) son el punto de partida de
los cambios psicológicos y de adaptación social que también lo caracterizan. Tanto las modificaciones
corporales incontrolables como los imperativos del mundo externo que exigen al adolescente nuevas pautas
de convivencia, son vividos al principio como una invasión. Estos cambios implican la búsqueda de una nueva
identidad. El mundo interno construido con las imagos paternas será el puente a través del cual elegirá y
recibirá los estímulos para su nueva identidad.
Toda elaboración de duelo exige tiempo para ser una verdadera elaboración y no tomar las características de
una negación maníaca. La patología de estos duelos emparenta la adolescencia con la psicopatía y en ambas
la conducta de los padres puede favorecer o no estas negaciones, en cualquiera de los tres planos o en los
tres.
Se produce en esa época una actividad masturbatoria intensa, que surge no sólo como un intento de
descargar las tensiones genitales, sino también para negar omnipotentemente que se dispone de un solo sexo
y que para la unión se necesita de la otra parte. Esta actividad masturbatoria tiene el significado de una
negación maníaca y se acompaña de fantasías de unión. El adolescente suele fantasear con el objeto amoroso
y esta fantasía tiene la misma finalidad que el juego en el primer caso; elaborar la necesidad de pareja,
negada a través de la masturbación. La elaboración del duelo conduce a la aceptación del rol que la pubertad
le marca. Durante la labor de duelo surgen defensas cuyo fin es negar la perdida de la infancia.
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El duelo frente al crecimiento implica al yo y al mundo externo, y los desniveles entre el crecimiento del
cuerpo y la aceptación psicológica de ese hecho son mayores cuando el cuerpo cambia rápidamente, y se
incrementa la angustia paranoide de ser invadido. Sólo cuando el adolescente es capaz de aceptar
simultáneamente los dos aspectos el de niño y el de adulto, puede empezar a aceptar en forma fluctuante los
cambios de su cuerpo y comienza a surgir su nueva identidad. Es en esa búsqueda de identidad cuando
aparecen patologías que pueden llevar a confundir habitualmente una crisis con un cuadro psicopático, en
especial cuando surgen determinadas defensas utilizadas para eludir la depresión, como ser la mala fe, la
impostura, las identificaciones proyectivas masivas, la doble personalidad y las crisis de despersonalización,
las cuales, si se alcanza a elaborar los duelos señalados, resultan pasajeros. El psicópata, en cambio, fracasa en
la elaboración del duelo y no llega a la identidad adulta manifestando muchos de estos síntomas sin
modificación.
Cuando el adolescente adquiere una identidad, acepta su cuerpo, y decide habitarlo, se enfrenta con el
mundo y lo usa de acuerdo con su sexo. En el adolescente, las modificaciones en su cuerpo lo llevan a la
estructuración de un nuevo yo corporal, a la búsqueda de su identidad y al cumplimiento de nuevos roles
"¿Quién soy yo hoy?", "¿quién soy yo?” "si yo fuera usted" “¿soy como usted?", "¿yo soy como todos?".
El adolescente siente la amenaza inminente de perder la dependencia infantil (sí asume precozmente su rol
genital) en momentos en que esa dependencia es aún necesaria. Cuando la conducta de los padres implica
una incomprensión de las fluctuaciones entre dependencia–independencia se dificulta la labor del duelo, en la
que son necesarios permanentes ensayos y pruebas de pérdida y recuperación. Entre esos procesos
incluimos:
→ Algunas técnicas defensivas como la desvalorización de los objetos para eludir los sentimientos
de dolor y pérdida. Este mecanismo es el mismo en la adolescencia y en la psicopatía, pero en
aquélla es sólo transitorio.
→ La búsqueda de figuras sustitutivas de los padres a través de las cuales se va elaborando el
retiro de cargas.
Estos conflictos, nacidos sobre todo de la disociación entre el cambio corporal y el psicológico, lo llevan a la
necesidad de planificación característica de la adolescencia. No puede hacer planes sobre su propio cuerpo o
sobre sus identidades y recurre entonces a la planificación y a la verbalización. El incremento de la angustia, la
debilidad del yo y mecanismos previos de solución de conflictos por la acción que pueden llevar al
adolescente a fugarse hacia una precoz genitalidad, o a un tipo de actuación con apariencias de madurez
temprana que encubre un fracaso en la personificación.
El adolescente es un ser humano que rompe en gran parte sus conexiones con el mundo externo, pero no
porque esté enfermo, sino porque una de las manifestaciones de su crisis de crecimiento es el alejamiento del
mundo para refugiarse en un mundo interno que es seguro y conocido.
ADOLESCENTE PSICÓPATA
Necesita estar solo y replegarse en su mundo interno. Le es Necesita estar con gente; su forma de
necesario este recogimiento para salir a actuar en el mundo comunicación se da a través de la acción
exterior. El autismo típico de la adolescencia lo conduce a una y necesita de los otros para realizarla.
cierta torpeza en la comprensión de lo que pasa a su alrededor; Además, por miedo a conocer su interior
está más ocupado en conocerse que en conocer a los demás. busca estar acompañado, para no sentir
su propia soledad.
Piensa y habla mucho más que lo que actúa. Cree en la
comunicación verbal y la necesita. Se frustra si no es escuchado
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y comprendido. Cuando se produce un fracaso repetido en esta Tiene un insight defensivo sobre lo que
comunicación verbal puede recurrir al lenguaje de acción y eso el otro necesita y lo utiliza para su
se hace muy evidente en la compulsión a robar o a realizar manejo. En el psicópata es manifiesta la
pequeños actos delictivos; en ese momento, el adolescente compulsión a actuar y la dificultad para
entra ya dentro de cierta psicopatía. pensar, y la acción no tiene el valor
instrumental de adquirir experiencia.
La utilización de la palabra y el pensamiento como preparativos para la acción es una característica del
adolescente y cumple la misma función que el juego en la infancia: permitir la elaboración de la realidad y
adaptarse a ella. La identidad lograda al final de la adolescencia, si bien tiene su relación con las
identificaciones del pasado, incluye todas las del presente y también los ideales hacia los cuales tiende.
Si los sentimientos de pérdida están negados, como en el psicópata, no existe el cuidado por el objeto ni por sí
mismo, el afecto está negado y la capacidad de goce en la vida, disminuida. La elaboración del duelo por el
cuerpo infantil y por la infancia del doble sexo conduce a la identidad sexual adulta, a la búsqueda de pareja y
a la creatividad. Cambia así la relación con los padres adquiriendo ésta las características de las relaciones de
objeto adultas. El logro de la identidad y la independencia lo conduce a integrarse en el mundo adulto y a
actuar con una ideología coherente con sus actos. El psicópata, por un fracaso en la elaboración de esos
duelos, no alcanza la verdadera identidad y la ideología que le permitirían alcanzar este nivel de adaptación
creativa.
Entre los cambios que se producen con la llegada de la pubertad, nos encontramos con que el crecimiento y
maduración de los genitales internos tiene consecuencias visibles en el crecimiento y evolución de los
caracteres secundarios. El adolescente se encuentra en condiciones biológicas de crear productos genésicos o
de recibirlos para la gestación de un nuevo ser.
Tenemos entonces una anticipación biológica respecto de un tiempo subjetivo que es de espera. Que el joven
se encuentre en condiciones biológicas de engendrar un nuevo ser no es equivalente a estar en condiciones
de asumir el lugar simbólico que representa la paternidad. Desde el punto de vista de la biología, está en
condiciones de reproducirse, pero subjetivamente aún sigue estando en posición de cría. Con el advenimiento
de la pubertad comienzan las transformaciones que llevan a la vida sexual hacia su constitución definitiva.
Se trata entonces de un tiempo de pasaje, de espera, en suspenso. Esa espera incluye, por un lado, el pasaje
de las prácticas masturbatorias a las primeras relaciones sexuales con un partenaire. Por otro lado; se verifica
el pasaje de los objetos parciales de la infancia (pecho, boca, heces) a la elección de un nuevo objeto sexual y
a la reunión de dos corrientes (la tierna y la sexual). Con el acceso a estas primeras experiencias, la sexualidad
no se halla constituida, ya que la sexualidad y relaciones sexuales no son dos términos equivalentes. Hay otro
acceso: el hecho de reconocerse hombre o mujer. No se nace hombre o mujer, se accede al ser hombre,
mujer o cómo se quiera llamar el interesado. Siempre se trata de las relaciones de esa persona con otro. En
ese sentido, siempre hay dos sexos: el de uno y el del otro.
Esta presencia del Otro sexo anuncia que, para el hombre, su semejante le hace presente la alteridad más
radical, el desconocimiento que tiene de sí mismo y de los demás. En el encuentro con los otros se produce el
encuentro con lo que ignoramos. Al mismo tiempo cae una ilusión: no sólo no se sabe lo que quiere el otro,
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sino que fundamentalmente se encuentra exiliado de su propio saber. El otro, entonces, es importante. No da
igual si el otro está o no.
El llamado segundo despertar sexual remite fundamentalmente a un despertar para el sujeto. El encuentro
del cuerpo como cuerpo sexuado, y la emergencia de un deseo que ya no puede ser dejado de lado, vienen a
interrumpir la tranquilidad que el niño conocía hasta entonces. Se trata de un mal encuentro, en principio con
su propio cuerpo. La condición del deseo es la de mantenerse insatisfecho, ya que no hay un objeto que
satisfaga el deseo, y así, desde la incompletud, el sujeto sigue deseando. Lo que se produce en la a
adolescencia es el encuentro con lo real del sexo. Para el psicoanálisis, lo real del sexo, es del orden de lo
imposible. Es el momento de acceder a la capacidad de la reproducción sexuada. Con la posibilidad real de
reproducirse, se logra tanto un lugar en la genealogía humana como la posibilidad de inscripción de la muerte.
La procreación ubica al ser humano en una doble vertiente: en lo que hace a la especie garantiza su
continuidad, pero en lo singular se toma nota de la propia muerte y de ella no se tiene representación
psíquica. Justamente desde su condición de mortal el hombre asegura la inmortalidad de su género. Si los
primeros habitantes de la tierra aún vivieran, no hubiera sido posible nuestra propia existencia. La muerte
como juego desenmascarado de la vida irrumpe como urgencia en la adolescencia.
Los humanos necesitan adoptar a la diferencia sexual anatómica un acto psíquico, una operación permita
acceder a la sexualidad. La sexualidad se realiza, o no, en el tiempo de la adolescencia. No hay un saber
universal sobre la sexualidad que se transmita genéticamente, por lo que no existe un modo universal de lo
que hay que hacer en cada situación, y en ello reside el drama del humano: siempre está sujetado al enigma
del deseo. Cada época genera sus propias convenciones y ello permite acomodarse a las mismas o rebelarse.
En la actualidad han comenzado a producirse "encuentros" cibernéticos donde ya no cuenta la presencia del
partenaire, sino que toma relieve otro tipo de realidad: la realidad virtual.
Dos personas no necesitan compartir la misma cama para hacer el amor. En el sexo virtual la tecnología-
informática permite sumergirse en mundos que sólo existen en la computadora y que el usuario puede
modificar a su voluntad. El erotismo tecnológico es una nueva propuesta de encuentros íntimos donde no hay
un acercamiento con presencia física real de dos. Los cuerpos se excitan consigo mismos. No hay otro.
En cuanto a lo cibernético, algo no anda: no la pasa “del todo bien" o aunque la pase requetebién por ahí se
siente angustiado. Una máquina puede satisfacer una necesidad, contribuir a la realización de una fantasía,
pero es incapaz de dialogar amorosamente. Tanto el cuerpo como las relaciones con los otros se ofrecen
entonces como lugares privilegiados para mostrar la relación enigmática y de desencuentro que el sujeto
tiene con el deseo. Ese desencuentro le otorga brillo y matices a la sexualidad de los seres parlantes. El sexo
cibernético aparece como una "nueva versión" de las ya conocidas satisfacciones autoeróticas, esta vez con la
ilusión de compañía que ofrece la pareja cibernética.
Por un lado, el interesado en cuestión queda al resguardo de cualquier situación de frustración, desencanto o
desilusión. Está todo preparado para el “encuentro” sin fallas. Por otro lado, cuando algo ya no resulta
interesante o aparece el riesgo de algo que no anda, la desconexión se logra inmediatamente. El sujeto no
arriesga nada, por lo tanto no está allí como sujeto sino como un simple operador de la máquina.
El sexo virtual protege al interesado de encontrarse con las desventuras del des-encuentro fundante. Pero
también impide el encuentro con la ''aventura", el riesgo, la osadía de abordar los enigmas de la sexualidad.
Impide Interrogar el deseo. Si el efecto logrado por el sexo virtual es dilatar el tiempo en el que se producen
estos interrogantes, para los adolescentes funciona como una vía que, lejos de facilitarles el despliegue de la
sexualidad, les impone más obstáculos.
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Si la relación del sujeto con un objeto de goce se reduce a la reproducción infinita de satisfacción, no se hace
lugar a la aparición de un otro cómo alteridad subjetiva. La promesa de un goce total, ilimitado, indica la
ausencia de la ley ordenadora del deseo. Cuando esa ley no se trasmite simbólicamente, el individuo está
empujado a procurarselo en lo real. El puro encuentro con los cuerpos resulta insuficiente para instituir un
modo de relación.
En nuestra cultura actual asistimos por lo menos a dos modos de impedimento del acceso a la sexuación por
obstáculos diferentes. En el caso del sexo virtual, lo que funciona como obstáculo es la posibilidad de
encontrar satisfacción erógena rehusando el compromiso del cuerpo en sus múltiples dimensiones. En otros
casos, aunque en apariencia el cuerpo está excesivamente presente, advertiremos que el cuerpo que aparece
está sólo parcialmente comprometido: en su dimensión de organismo excitable. En cuanto a la relación con el
semejante, el hecho observable es el mismo en ambos casos: el otro sólo aparece en su dimensión de objeto,
situación que retorna sobre el agente de la acción, cristalizándolo también como puro objeto. Al no pagar la
deuda simbólica, el sujeto paga en acto sometido como objeto.
Mientras que Freud expone en su teoría diversas líneas evolutivas (fases de la evolución libidinal, sucesión de
identificaciones, de yoes, etc.), Lacan es muy crítico con respecto a una postura que toma en cuenta lo
evolutivo. El tema del sujeto del inconsciente como génesis obedece al momento en que la red de discursos
que nos preceden por generaciones, nos “pesca”. De esta captura proviene el sujeto del inconsciente, pero el
momento de dicha captura para Lacan es mítico, imposible de ser fechado, y en consecuencia no puede ser
circunscripto en una cuestión evolutiva.
Tanto el dramaturgo como Lacan juegan con el significante “primavera” que en el habla popular alude a la
adolescencia, “la primavera de la vida” en la medida en que se asocia el florecimiento en esta estación con el
despertar sexual de los jóvenes. Hace referencia al encuentro del adolescente con la sexualidad y al lugar de la
fantasía como primera instancia psíquica para el despliegue de la misma.
Lacan dice, a propósito de los adolescentes que comienzan a pensar en las chicas, que seguramente está todo
el empuje hormonal que se quiera, pero ellos no pensarían sin el despertar de sus sueños, sin fantasías o
ensoñaciones. Es en estos dos planos, el de cuerpo como objeto pulsional y el de cuerpo como imagen
(caracteres sexuales secundarios), que la pubertad viene a trastocar, a conmover al sujeto.
La irrupción de los cambios somáticos es pensada por Lacan como la irrupción de lo real del cuerpo, que es un
real que el adolescente no puede impedir ni dominar.
Wedekind nos muestra cómo los obstáculos en el encuentro con la sexualidad y la imposibilidad de significarla
pueden llevar a los adolescentes a trágicos desenlaces. "No hay relación sexual”, en tanto nunca hay una
adecuación perfecta entre el sujeto y su objeto y este es, sobre todo, determinado por el lenguaje.
El joven se enfrenta a la ausencia de un saber sobre el sexo y el acceso a la sexualidad esta mediatizado por el
Otro del discurso, es por el Otro que se posibilita el acceso al otro sexo. Los humanos, al ser sujetos de
discurso, se encuentran atravesados por el mismo y sus vínculos están mediatizados por la palabra.
La obra refleja el modo de funcionamiento de una sociedad puritana de fines del siglo XVIII. La represión
proviene del mundo adulto que proscribe todo lo relativo a la sexualidad de los jóvenes: la información está
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Así se instala una circulación del saber que deja a los jóvenes en una especie de encrucijada: aceptar aquello
que les es dicho, pero de lo cual desconfían, o quedar por fuera de ése aparente único saber. A la par que se
despliegan fantasías y temores de los adolescentes, en relación al “despertar” sexual, aparecen
simultáneamente numerosas referencias a la muerte. El encuentro con lo real de la sexualidad tendrá sus
consecuencias en ellos, y responder en lo real puede llevarlos a la muerte: como accidente o como pasaje al
acto suicida.
Señora Bergmann: Alargar el vestido alimenta la Ilusión de la madre con respecto a que, sí el vestido cubre lo
mismo que antes, la hija sigue siendo igual de chica; vela los cambios de su cuerpo y así desmiente el
crecimiento de su hija. “La dificultad del adolescente para rearmar y reasumir su imagen en el espejo suele
depender de la posición que el Otro no legitima las nuevas imágenes que este se da en tanto "grande" y
sexuado. Así, bruscamente, el adolescente que de por sí tiene problemas y temores para reconfigurarse en el
campo del espejo, que de por sí tiene que renovar los atuendos para vestir su nuevo real, se encuentra
además con que muchas veces el Otro real se niega a legitimar una imagen apta para comenzar a ejercer una
sexualidad normativa”. Para la madre, devolverle a su hija una imagen de mujer implicaría perderla como una
niña objeto de su goce, en consecuencia, no la habilita para la sexualidad femenina, le cierra el camino que la
conduciría a la exogamia y a la vida.
Dificultad para poner en palabras las primeras sensaciones ligadas a la genitalidad: los rodeos, los balbuceos,
los silencios. Lo real es percibido a la manera de un estudio traumático, repentino, como un rayo que proviene
del exterior, del que es imposible sustraerse, acompañado de un afecto displacentero concomitante, que es la
angustia ante algo que no se puede nombrar. Existen significantes a través de los cuales les jóvenes intentan
cercar lo real de su nuevas sensaciones y de los cambios en su cuerpo, sin poder darles sus nombres propios.
Son evidentes las dificultades del adolescente para dar cuenta de su excitación y para acercarse al otro sexo;
la información que le proveen los libros no le sirve, en tanto de lo que carece es de palabras propias con las
que pueda efectuar ligaduras, en consecuencia, la invasión del pensamiento por la excitación sexual lo lleva al
fracaso de la sublimación. Cuando el Otro (padres) no dan su asentimiento para la exploración sexual del hijo
y este queda atrapado en la represión parental, al servicio del goce fálico del Otro, imposibilitado de
satisfacerlos y de poder darse una respuesta singular frente al enigma de la sexualidad.
Caballero enmascarado: es la figura de un adulto, que podría ser una figura parental o un analista, que
funciona como alguien que impone la ley del falo, una regulación que permita poner palabras, constituir un
borde, a aquello que quedando por fuera de la ley, resultaría inarticulable para el adolescente.
Cobra importancia la intervención de las figuras parentales o sus sustitutos para dar a los adolescentes
amparo y acompañamiento, pero sin retenerlos, de modo que puedan desprenderse de sus objetos edípicos y
atravesar el encuentro con lo real de la sexualidad y con el otro sexuado en la exogamia, dentro del registro
simbólico o del registro imaginario, sin responder ante ese real, con lo real de la acción que los arrastre a la
muerte.
Los primeros encuentros amorosos y sexuales de los adolescentes les permitirán encontrarse con un
compañero amoroso en una tentativa de fusión que fracasará frente a la imposible complementariedad con el
otro. La obsesión del adolescente es partir en busca de espacios nuevos e inexplorados: no sabe lo que busca,
solo sabe que quiere salir.
La destitución progresiva de las imágenes parentales hace que el sujeto procure encontrar imágenes
identificatorias que se sostengan y que le hagan constituir una posición de sujeto. La modificación del
narcisismo tendrá algunas consecuencias lógicas sobre los modelos de goce. Así, podríamos decir que en este
período se produce el equivalente a una destitución subjetiva que deja al adolescente en un entre-dos
marcado por muchos peligros y circunstancias complejas.
El encuentro es el acontecimiento que inaugura para el sujeto el hecho de que hay un Otro. El sujeto queda
deslumbrado, cegado por este encuentro que imagina que es el primero. En contrapartida, el recurso de este
impulso hacia el afuera, hacia el otro, hacia fuera de sí mismo, hacia la superación de sus ideales infantiles, es
una ambivalencia que retrotrae al sujeto hacia lo infantil, donde es agradable refugiarse. Se trata también de
acceder a un goce sexuado, a un placer orgástico que se efectúa en la relación con otro sexuado, un otro
tomado en su globalidad de sujeto y no como objeto parcial de goce.
Lo imposible en el encuentro
Lo imposible del encuentro amoroso reside en el hecho de que esa relación "no hace uno". El encuentro "con"
es fundamental para que el sujeto encuentre su ser, esto es, una posición de sujeto del inconsciente en su
totalidad. Una vez que se vive la experiencia de la fusión amorosa en el Otro, el sujeto no puede más que
tomar el aspecto mortífero y engañoso que vivió en este llamado al otro. La reciprocidad de este llamado a
fundirse en el otro es sobrecogedora. Toma al sujeto en todo su ser en un encuentro que se sitúa en torno a
significantes comunes. Estos significantes son signos de reconocimiento que pueden ilusionar haciendo creer
a sus protagonistas que lo único ha sido finalmente encontrado y que esa relación puede hacer "uno". El
adolescente choca contra el escollo estructural mayor que comienza a comprender: no hay relación sexual.
No existe relación sexual que haga un uno.
El cuerpo del sujeto lo vuelve loco con sus modificaciones y el cuerpo del otro lo vuelve loco de amor. Se trata
de salir del espacio conocido, de ir hacia lo extraño, hacia lo desconocido y atrayente. Salir del propio espacio
psíquico, ir a probar las propias capacidades y los propios límites, confrontándose al otro.
El otro sexuado será rápidamente puesto en el lugar de un ideal magnificado, de un imaginario con múltiples
connotaciones fálicas. El riesgo de la despersonalización está muy cerca. Para un adolescente que no pudo
hallar sus propios límites y los del otro, el riesgo de sumergirse en el otro y de fundirse, es decir, de ahogarse,
no es para nada menor. Los problemas fálicos están lo suficientemente presentes como para que la cuestión
de lo simbólico no haga ruido.
El hallazgo, el descubrimiento que deberá asumir a su propio costo, es que no hay relación sexual que haga un
uno. Por otro lado, aprenderá que todo ese largo y paciente trabajo de "salir" y de "salir con" en esta
confrontación con el otro sexuado, no lo colma. La incompletud deja abierta esta herida en el imaginario y
explícita así la incompletud de lo simbólico. Sin embargo, no deberá detenerse allí sino continuar persiguiendo
esta confrontación a lo imposible de la relación con el otro, a desear arriar y sufrir a los otros. Esta prueba
podrá hacer que el adolescente pase del sujeto al sujeto del inconsciente.
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No parece haber un impulso verdadero hacia el otro, sino una fusión con otro de la cual será difícil salir ileso.
En efecto, se trata más de una relación que une dos soledades, sin jamás entrar en el espacio del otro. La
idealización es parcial y moderada, y el otro no es necesariamente reconocido en su diferencia sexuada, es
decir, en su diferencia de sujeto.
El amor y el goce
Los primeros amores adolescentes estarían calcados del modelo del amor romántico sólo hasta el punto del
verdadero encuentro con el otro. Una vez que se ha aprehendido al otro de "la enamoración", el encuentro se
desarrollará en un acercamiento global del ser del otro y en una relación sexualizada. Ante la constatación
radical de que no hay relación sexual que haga uno, este encuentro no puede traer más que despecho. El sexo
es un decir y se define por una relación: no hay relación sexual. Esta relación sexual es, en efecto, un conjunto
vacío.
Antes de la pubertad hallamos ciertas problemáticas que surgen en niños con respecto a su identidad de
género. Dicho periodo se extiende aproximadamente entre los 2 años y medio/3, hasta los 8/9 años. Existe
una Ley de Identidad de Género, (mayo 2012), que posibilita la rectificación registral del sexo, y el cambio de
nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de género autopercibida. En cuanto a los
menores de 18 años, se plantea la necesidad de tener en cuenta la capacidad progresiva e interés superior del
niño/a.
Estamos asistiendo a una verdadera mutación en lo que concierne a las regulaciones sociales de la sexualidad.
Evidentemente esto tiene ya traducciones en todo lo que pueden ser las nuevas organizaciones de la familia,
la posibilidad del matrimonio de las parejas homosexuales, la posibilidad de adopción por parejas
homosexuales.
En referencia al sexo, se definen los indicadores biológicos básicos a partir de los cuales los humanos se
dividen en dos categorías, hombres y mujeres. Debido a la genética, el nacido bebe XX mujer, XY varón acorde
a una combinatoria que da su conformación anatómica. Diferencias en sus capacidades reproductivas y
morfológicas perceptibles desde el quinto mes de gestación aproximadamente, terminan de madurar con la
pubertad/adolescencia. La identidad de sexo, está en relación a la pertenencia a una de estas categorías
acorde al nacido cuerpo de varón/mujer.
En distintas épocas y contextos sociales cambia lo que se espera de un hombre o de una mujer cambiando los
criterios para definir la masculinidad o la feminidad. Niños/as-adolescentes y adultos se identifican con los
rasgos epocales que circulan en el discurso social y los ideales, para construir su identidad de género.
El pensamiento en la modernidad ha producido una soldadura entre sexo y género. Privilegiando el paradigma
biológico, hace derivar la identidad de género del sexo portado. Lo que se aparta de esta correspondencia
esencial queda caracterizado como desviacionismo psicopatologizante, discriminatorio y excluyente de otras
formas de sexuación no clásicas. Esta postura pretende explicar por la naturaleza humana y las misteriosas
operaciones de ADN, lo que es del orden de un proceso complejo que compromete diversas instancias
corporales, psíquicas, vinculares, familiares, históricas y sociales.
30
El Psicoanálisis
No comparte el paradigma biologista. Desde una perspectiva ontogenética, describe los distintos momentos
por los cuales se constituyen los procesos subjetivos. Plantea que la identidad de género no deviene una
consecuencia directa, reflejo automático de la conformación anatómica, sino que es una construcción
psíquica en la cual intervienen el cuerpo su imagen y variables que requieren de una tópica externa al sujeto
mismo, son sus dimensiones intersubjetiva y transubjetiva.
Entre el sexo portado y la identidad de género, el Psicoanálisis hace intervenir un concepto central que es la
imagen del cuerpo. Un recorrido por la instancia psíquica llamada Yo, nos sitúa frente a la cuestión de la auto-
percepción del cuerpo. En el fondo, el Yo no es más que un sentimiento, el sentimiento de existir, el
sentimiento de ser uno.
“En realidad nuestro yo es un conjunto de imágenes de uno mismo cambiantes y con frecuencia
contradictorias y la causa de esa disparidad es la vivencia subjetiva de nuestro cuerpo (...) La Imagen del
cuerpo es la sustancia de nuestro yo, (...) la sustancia deformante de nuestro yo. No hay un yo puro, el yo es
siempre resultado de la interpretación completamente personal y afectiva de lo que sentimos y de lo que
vemos de nuestro cuerpo. En suma, afectivas y cambiantes, las imágenes deformadas de nuestro cuerpo nos
imponen fatalmente una imagen distorsionada de nuestro yo.” Nasio
Jacques Lacan (1983) había ya anticipado su postura cuestionando al Yo como garante de la verdad del sujeto,
y considerando al Yo una entidad esencialmente imaginaria cincelada por todas nuestras ignorancias. Califica
al Yo como lugar de desconocimiento. No obstante, el Yo hace constantes esfuerzos por procurar la certeza de
ser uno mismo y simultáneamente oculta la ignorancia de quién se es y de dónde proviene
El nacido bebe/beba va a tener que metabolizar el cuerpo en tanto soma viviente, receptor de sensaciones
que lleva las marcas de las primerísimas relaciones con el cuerpo materno. Intercambios afectivos y
corporales, iniciados en el transcurso de la vida intrauterina y que se continúan durante los primeros años de
la vida del bebe. Estos procesos psíquicos que van registrando el cuerpo como cuerpo propio, se conocen en
la teoría con el nombre de narcisismo primario.
Iniciado desde los primeros momentos de la vida intrauterina, cercanos a los 3 años, encuentran una primera
forma de consolidación con el reconocimiento de la imagen en el espejo. Son los primeros lugares de
asentamiento del Yo y la identidad en el cuerpo. La constitución del Yo en el espejo, con sus dos vías, escópica
y sensorial, tienen varias etapas: comenzando con el cuerpo imaginado, luego del nacimiento y pasando por el
8vo mes, encontrando en torno a los 3 años un primer grado de organización y reconocimiento. Luego
vendrán los procesos puberal-adolescentes a darle una nueva vuelta a la Imagen Inconsciente del Cuerpo
(I.I.C.) con la irrupción de los caracteres sexuales secundarios y el cuerpo genital. Ahí se consolida una imagen
del cuerpo reorientando lo infantil hacia lo genital.
Las sensaciones corporales, las palabras, las miradas son los canales por donde se ensamblan deseo materno
e I.I.C. del niño/a. La imagen del cuerpo que el niño se hace de sí, lleva las marcas del vínculo con la madre,
sus sustitutos, sus acompañantes. Esta I.I.C. no es autónoma, no nace por generación espontánea. Está
soldada al cuerpo-deseo del Otro.
31
La identidad es un texto abierto, una obra abierta que estamos reescribiendo permanentemente, pero
reescribimos palabras que ya nos vinieron constituyendo.
Realizamos un diagnóstico sobre los momentos y tipos de trabajos psíquicos que se están desarrollando en el
niño/a-adolescente. Por ejemplo podríamos decir que hasta que un niño/a de dos o tres años no tenga
suficientemente consolidada su imagen especular, su I.I.C., sería difícil que lo encontremos en condiciones de
iniciar un proceso relativo a la diferencias de género. Como también podemos afirmar que hasta que la
subjetividad no pase por los procesos puberal-adolescentes la construcción de la identidad y la identidad de
género no encuentran un momento conclusivo.
En todos estos primeros años de infancia las operaciones de identidad e identidad de género, toman una
primera forma de organización. Para el Psicoanálisis la sexualidad humana se constituye en dos tiempos: la
sexualidad infantil y la sexualidad adulta (Freud, 1905).
Lacan (1981) plantea la sexualidad infantil como “asexuada, lo cual no quiere decir no concernido por la
sexualidad. A-sexuado en lo concerniente a la diferencia de los sexos. (...) Cuando hablamos de sexualidad en
el sentido específico del término hablaremos del encuentro entre dos cuerpos sexuados en términos de un
lazo sexual”.
El proceso de sexuación en su primer tiempo, es de disposición bisexual (Freud, 1933), y es inconcluso hasta
que se haga la experiencia del cuerpo-puberal-genital. Dado su carácter inconcluso, es conveniente que estos
procesos que implican definiciones, queden en un estado de suspensión activa, hasta que la subjetividad pase
por la experiencia del entretiempo puberal-adolescente, momento de abrochamiento que reorienta y
reordena la subjetividad. La castración en la adolescencia, opera diferenciando los sexos y las generaciones.
Pubertad/adolescencia resignifican la infancia para seguir avanzando, historizan su pasado, proyectan su
futuro. Si el crecimiento y la maduración biológica son lineales, la subjetividad es recursiva. Vuelve a la
infancia para dar nuevos sentidos, reorganizar y seguir su camino progresivo.
La pubertad de-construye y reconstruye la imagen infantil de sí mismo para volver a construir una (nueva)
identidad y una identidad de género, consolidadas con las marcas genitales. Las transformaciones del cuerpo
y la aparición de los caracteres sexuales secundarios, requieren de toda una metabolización que se registra
sobre la Imagen Inconsciente del Cuerpo (I.I.C.) Es sobre las transformaciones de la I.I.C. que este segundo
espejo de la pubertad, repite y difiere. Da cuenta de cómo se van a montar las diferencias de la genitalidad
naciente.
En la infancia, la imagen de sí, la I.I.C. sigue especularizada y tiene su referente fundamental en los
progenitores como objeto incestuoso. Siendo lo puberal-adolescente oportunidad para el despegue con la
pregunta sobre la identidad cuando hay toma de distancia de lo familiar: ¿Quién soy? ¿Quién soy en el cuerpo
genital?
La certeza no debiera conducir el proceso dando credibilidad a lo que se obstina en afirmar. Si la certeza se
torna consistente es porque hay un proceso patológico. La certeza no afirma al ser del sujeto en dicha verdad.
Es muestra de un falso self que organiza al Yo de manera rígida y defensiva. Sobre todo en el período etario
considerado (2 y medio/3 - 8/9), al sentir amenazada su integridad, el Yo se construye una identidad falsa
como una defensa, y se atrinchera bajo las diferencias de género, marcando su territorio identitario.
“Hemos visto en algunos casos que el trastorno de género muestra un modo mimético de adherencia a la
identificación con el cuerpo materno a partir de fallas en la organización de la representación de sí mismo. Se
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trata en estos casos de una restitución identitaria defensiva que adquiere carácter estructural en su valor
ortopédico, en función de lo cual la adherencia del yo a la misma toma imposible su desarticulación”
Puede que el niño mismo no tolere la espera y exija la resolución inmediata de la identidad de género con el
cambio de nombre. Apresurar, salteando momentos de los procesos, conlleva soluciones falsas, aun si fuere el
niño mismo quien exige la resolución inmediata del problema que vive.
Cuando un niño desconoce o reniega de su nombre al decir: “No voy a responder a mi nombre” como muestra
del mencionado negativísimo, cuando desconoce o reniega de su identidad sexual en tanto fragmento de su
realidad corporal hay un proceso en el cual el Yo produce un desconocimiento, una forclusión local, es decir
una negación absoluta e inconsciente a integrar en el yo una representación que le es inaceptable. Inventarse
un nombre es autoengendramiento, neologismo, salirse de la cadena filiatoria.
La certeza como proceso psíquico hay que tratarla relacionada con la interrogación y la duda. Tal
interrogación se nos muestra en casos en que el niño/a adolescente se pregunta y se angustia por cómo hacer
para vivir con esta diferencia que siente entre sexo e identidad de género. Cómo hacer para vivir en un cuerpo
que no le gusta y con una identidad representada por el nombre, en la que no se siente cómodo/a. La duda, la
interrogación abren a planteos sobre qué llevó a los padres a elegir tal nombre, qué significa ser varón/mujer
en el circuito desiderativo parental y genealógico, qué querían tener nene/nena. Preguntas sobre el origen del
sujeto, del placer, del deseo.
Derecho de espera
Hay que dar tratamiento a las distintas dimensiones que estos sufrimientos conllevan, subjetivos, vinculares,
grupales, familiares. Pensamos en dispositivos que permitan un tránsito por las ambigüedades sexuales. Las
definiciones en ciertos casos van a llevar más tiempo que el exigido por los consultantes, porque el proceso
mismo es inacabado en la infancia.
Es claro que nos estamos refiriendo a casos que no implican intervenciones quirúrgicas (por ahora) sino de
cambios de identidad en el Registro Civil. Pero sepamos que una vez que se toma una decisión y se pasa una
línea como el cambio de nombre, tiene efectos en el orden simbólico y es un acto que constituye un antes y
un después. No hay vuelta atrás. Por estas y otras razones, también pensamos que los 18 años puede ser un
momento más propicio para las definiciones en la identidad de género.
DUELO MELANCOLIA
Es la reacción frente a la pérdida de una persona Se presenta en múltiples formas clínicas y de ellas,
amada o de una abstracción como la patria, la algunas sugieren afecciones más somáticas que
libertad, un ideal, etc. No es considerado un psicógenas.
estado patológico. Confiamos en que pasado
cierto tiempo se lo superará, y juzgamos
inoportuno y aun dañino perturbarlo.
El duelo muestra los mismos rasgos, excepto uno; Manifiesta una desazón profundamente dolida, una
falta en él la perturbación del sentimiento de sí. cancelación del interés por el mundo exterior, la
Pero en todo lo demás es lo mismo. El duelo pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda
pesaroso contiene idéntico talante dolido, la productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que
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pérdida del interés por el mundo exterior, la se exterioriza en autorreproches y auto denigraciones y
pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo se extrema hasta una delirante expectativa de castigo.
objeto de amor, el extrañamiento respecto de Quebranto físico, fealdad, debilidad, inferioridad social,
cualquier trabajo productivo que no tenga rara vez son objeto de esa apreciación que el enfermo
relación con la memoria del muerto. Esta hace de sí mismo; sólo el empobrecimiento ocupa un
inhibición y este angostamiento del yo expresan lugar privilegiado entre sus temores o aseveraciones
una entrega incondicional al duelo que nada deja
para otros propósitos y otros intereses.
¿En qué consiste el trabajo que el duelo opera? El Hubo una elección de objeto; por obra de una afrenta
examen de realidad muestra que el objeto real o un desengaño de parte de la persona amada
amado ya no existe más, y es necesario ahora sobrevino un sacudimiento de ese vínculo de objeto. La
quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto. investidura de objeto fue cancelada, pero la libido libre
Lo normal es que prevalezca el acatamiento a la no se desplazó a otro objeto sino que se retiró sobre el
realidad. Pero la orden que esta imparte no yo. Ahí sirvió para establecer una identificación del yo
puede cumplirse enseguida. Se ejecuta pieza por con el objeto resignado. La sombra del objeto cayó
pieza con un gran gasto de tiempo y de energía sobre el yo, quien pudo ser juzgado como el objeto
de investidura, y entretanto la existencia del abandonado. Tras esta regresión de la libido, el
objeto perdido continúa en lo psíquico. Cada uno proceso puede devenir conciente y se representa ante
de los recuerdos y cada una de las expectativas la conciencia como un conflicto entre una parte del yo
en que la libido se anudaba al objeto son y la instancia crítica. Tiene que haber existido, por un
clausurados, sobreinvestidos y en ellos se lado, una fuerte fijación en el objeto de amor y, por el
consuma el desasimiento de la libido. otro y en contradicción a ello, una escasa resistencia de
la investidura de objeto.
Puede reconocerse que esa pérdida es de
naturaleza más ideal. El objeto tal vez no está La identificación narcisista con el objeto se convierte
realmente muerto, pero se perdió como objeto entonces en el sustituto de la investidura de amor, lo
de amor (p. ej., el caso de una novia abandonada) cual trae por resultado que el vínculo de amor no deba
resignarse a pesar del conflicto con la persona amada.
El mundo se ha hecho pobre y vacío. El yo se ha hecho pobre y vacío. Ha sufrido una pérdida
en el objeto; pero de sus declaraciones surge una
pérdida en su yo.
No hay nada inconciente en lo que atañe a la Remite a una pérdida de objeto sustraída de la
pérdida. conciencia.
La ejecución pieza por pieza del desasimiento de la libido es adscribible a la melancolía de igual modo que al
duelo; probablemente se apoya en las mismas proporciones económicas y sirve a idénticas tendencias. Pero
en la melancolía la relación con el objeto no es simple; la complica el conflicto de ambivalencia.
La ambivalencia constitucional pertenece en sí y por sí a lo reprimido, mientras que las vivencias traumáticas
con el objeto pueden haber activado otro material reprimido. Así, de estas batallas de ambivalencia, todo se
sustrae de la conciencia hasta que sobreviene el desenlace característico de la melancolía. Este consiste en
que la investidura libidinal amenazada abandona finalmente al objeto, pero sólo para retirarse al lugar del yo
del cual había partido. De este modo el amor se sustrae de la cancelación por su huida al interior del yo.
Así como el duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándoselo muerto y ofreciéndole como premio el
permanecer con vida, de igual modo cada batalla parcial de ambivalencia afloja la fijación de la libido al objeto
desvalorizando este, rebajándolo; también victimándolo.
De las tres premisas de la melancolía: pérdida del objeto, ambivalencia y regresión de la libido al yo (única
eficaz). Aquella acumulación de investidura antes ligada que se libera al término del trabajo melancólico y
posibilita la manía tiene que estar en trabazón estrecha con la regresión de la libido al narcisismo. El conflicto
en el interior del yo, que la melancolía recibe a canje de la lucha por el objeto, tiene que operar a modo de
una herida dolorosa que exige una contrainvestidura grande en extremo.
El proceso de duelo encuentra un cierto término, cuando se puede investir un sustituto, posibilidad que deriva
de la aceptación de la pérdida, que le permite al yo recuperar su destino de complejización y goce acotado, a
la par que se sustrae de seguir el destino del objeto ausente, gracias al esfuerzo de investiduras narcisistas y
egoístas.
En ocasiones, cuando el yo no puede diferenciarse del objeto, suele cobrar eficacia un violento sentimiento de
culpa y diversas modalidades de automaltrato. El yo se empobrece libidinalmente y entonces no dispone de
energía para un gasto simultáneo en otras tareas.
En la época del crecimiento adolescente, los jóvenes de ambos sexos emergen de un modo torpe y errático de
la niñez, dejan atrás la dependencia y avanzan hacia la condición de adultos. El crecimiento no resulta sólo de
tendencias heredadas, sino también de una interacción compleja con el ambiente facilitador. Si existe aún una
familia que puedan usar, los adolescentes la usarán intensamente, y si la familia no está allí para ser usada o
dejada de lado (uso negativo), se les deberán proporcionar pequeñas unidades sociales para contener el
proceso de crecimiento adolescente. Los problemas que surgen en la pubertad son los mismos que existían en
etapas más tempranas. Ciertos problemas son intrínsecos de estas etapas posteriores.
Así como en la fantasía del crecimiento temprano está presente la muerte, en la de la adolescencia está
presente el asesinato. Incluso cuando el crecimiento en la pubertad progresa sin grandes crisis, es posible que
se tengan que afrontar problemas agudos de manejo, porque crecer significa ocupar el lugar de los padres. En
la fantasía inconsciente, crecer es intrínsecamente un acto agresivo. Y el niño tiene ahora otro tamaño.
Cuando el niño se transforma en adulto, lo hace sobre el cadáver de un adulto. Los adolescentes pueden
arreglárselas para pasar por esta etapa de crecimiento en un marco de permanente armonía con sus padres
reales, sin mostrarse rebeldes en el hogar. Pero la rebeldía tiene que ver con la libertad que se les da a los
hijos al educarlos de un modo que les permita existir por derecho propio.
En la fantasía inconsciente total que caracteriza el crecimiento en la pubertad y la adolescencia está presente
la muerte de alguien. En la psicoterapia del adolescente individual afloran la muerte y el triunfo personal
como algo intrínseco al proceso de maduración y a la adquisición de la condición de adulto. Esto hace las
cosas bastante difíciles para los padres. El tema inconsciente se manifiesta a veces como la experiencia de un
impulso suicida o como suicidio real. Los padres casi no están en condiciones de ayudar; lo mejor que
pueden hacer es sobrevivir intactos, sin inmutarse ni renunciar a ningún principio importante. Lo cual no
significa que no puedan crecer ellos mismos. Una parte de los adolescentes saldrán malparados o alcanzarán
cierta clase de madurez en lo que se refiere al sexo y al matrimonio, y quizá se conviertan en padres
semejantes a sus propios padres.
Abdicación
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A cualquier edad un niño puede verse obligado de pronto a asumir responsabilidades porque sus padres se
han separado o porque uno de ellos ha muerto. En tal caso envejecerá prematuramente, se verá obligado a
renunciar a sus juegos y perderá la espontaneidad y el despreocupado impulso creador. Más a menudo es un
adolescente el que se encuentra en esa situación, debiendo hacer frente a la responsabilidad de votar o de
dirigir un colegio. Por supuesto que cuando se dan ciertas circunstancias (enfermedad, muerte, problemas
económicos) es inevitable inducir al adolescente a convertirse en un agente responsable aunque no esté
maduro para ello. Puede haber niños más pequeños que criar y educar, o la imperiosa necesidad de obtener
dinero para subsistir. Muy distinto es cuando los adultos, como consecuencia de una política deliberada,
transfieren su responsabilidad: hacerlo equivale a traicionar a los hijos en un momento crítico. En relación con
el juego de la vida, significa que los padres abdican justo cuando los hijos se disponen a matarlos. Se pierden
la actividad y los esfuerzos imaginativos de la inmadurez. La rebelión ya no tiene sentido, y el adolescente que
triunfa demasiado pronto cae en su propia trampa, debe convertirse en dictador y esperar a que lo maten: no
la nueva generación, sus propios hijos, sino sus hermanos. Naturalmente, tratará de dominarlos.
La inmadurez es un elemento esencial de la salud en la adolescencia. Hay una sola cura para ella, y es el paso
del tiempo y la maduración que éste puede traer. Ambos llevan finalmente al surgimiento de una persona
adulta. Es un proceso que no puede ser acelerado ni retardado, aunque sí interferido y destruido, y también
debilitado desde adentro en la enfermedad psiquiátrica.
La inmadurez contiene pensamiento creativo, sentimientos nuevos y frescos, ideas para un nuevo modo de
vivir. La sociedad necesita ser sacudida por las aspiraciones de quienes no tienen responsabilidades. Si los
adultos abdican, el adolescente se convierte en adulto en forma prematura, a través de un proceso falso.
Con la condición de que los adultos no abdiquen, se generan los esfuerzos de los adolescentes por
encontrarse a sí mismos y determinar su destino. La concepción adolescente de una sociedad ideal es
incitante y estimulante, pero lo esencial de la adolescencia es su inmadurez y el hecho de estar libre de
responsabilidades. Esto último dura unos pocos años, y es una posesión que todo individuo debe perder al
alcanzar la madurez.
En relación con los intensos cambios que se producen en ese período: ¿qué es lo que se duela? O, dicho en
otros términos, ¿qué es lo que duele y apena perder de lo anterior? El papel que la aflicción cumple en la
adolescencia está ligada al desprendimiento afectivo de los padres y a la orientación hacia nuevos objetos.
Nathan Root; Anna Freud; Peter Blos; Edith Jacobson; O. Fernández Mouján; plantean distintas concepciones
acerca de los duelos y su lugar en la adolescencia. En la mayoría de los casos se trata de una concepción
freudiana del duelo, ligada a la renuncia de los objetos primarios de amor. No se centran en el duelo sino
como componente de una serie de modificaciones y resoluciones ante novedosos conflictos, se toma y se
deja.
Aberastury y Mauricio Knobel afirman que cuando el adolescente puede aceptar los aspectos infantiles y
adultos, es capaz de oscilar en la aceptación de sus cambios y surge así de manera paulatina una nueva
identidad.
Atraviesa 3 duelos fundamentales: a) el duelo por el cuerpo infantil perdido, base biológica de la
adolescencia, que se impone al individuo, que no pocas veces tiene que sentir sus cambios como algo externo
frente a lo cual se encuentra como espectador impotente de lo que ocurre en su propio organismo; b) el
duelo por el rol y la identidad infantil, que lo obliga a una renuncia de la dependencia y a una aceptación de
responsabilidad que muchas veces desconoce, y c) el duelo por los padres de la infancia, a los que trata de
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retener en su personalidad buscando el refugio y la protección que ellos significan, situación que es cómplice
por la propia actitud de los padres.
Revisión crítica: No define su propio concepto de duelo, ni sus características o procesos de elaboración.
Replanteos
Una de las dificultades en torno al tema del duelo proviene de un equívoco sobre el desarrollo: se enfatiza lo
que se deja y se lo significa como pérdida. Pero el adolescente no pierde, sino que cambia, se transforma. Si
bien le cuesta dejar lo conocido (infantil), desea lo nuevo y puja por lograrlo y ejercitarlo, tanto o más que lo
que se apena por alejarse de su pasado, que sobredimensiona e idealiza a partir de las dificultades y las
angustias que trae aparejadas lo nuevo. Es decir que lo infantil se modifica, complejiza y organiza bajo una
nueva forma. En otras palabras, se produce una transmutación que incluye lo anterior; por lo tanto, este
pasado no se pierde y, consecuentemente, no hay motivos para el duelo.
Esta búsqueda de ganancia significa como deseable algo que se espera que provoque un incremento del
placer, y que se anhele satisfacer. Desde esta perspectiva de la prima de incentivación y de placer, el sujeto
moviliza el acceso a nuevas situaciones y logros que impulsan su desarrollo (acceso a la genitalidad y a la
independencia).
La creencia en la necesidad de elaborar duelos frente a los cambios promueve una visualización equívoca de
los jóvenes, que son tildados de actuadores que no pueden sentir las pérdidas, lo que los acerca a la
psicopatía o a las reacciones maníacas por negación del duelo. En ambos casos se patologiza tanto una
conducta normal, así como el interés que la prima de placer despierta.
Las vacilaciones o los trastornos relativos que se observan pueden ser explicados, no en función de las
dificultades para elaborar los duelos, sino en cuanto a la necesidad de incluir nuevas capacidades y funciones
frente a las cuales el adolescente se encuentra desconcertado. Aún desconoce sus propias posibilidades,
efectoras y placenteras, en coordinación con sus deseos y afectos, así como el equilibrio entre la aceptación y
la exigencia de su medio, y el predominio yoico en la organización de su vida acorde con un sistema valorativo
y de ideales cambiantes que regulen su accionar y orienten su vida.
El lugar del sujeto en tanto aceptación de la castración, y ubicado en un orden social y familiar regido por el
tabú del incesto, promueve su renuncia forzada a los padres como objetos eróticos de amor, en la que siente
que pierde su ligamen sexualizado infantil. Esta sí es una ardua y lenta tarea de duelo. Debe renunciar a los
padres aun cuando están presentes, sin perder el vínculo por eso. Esa renuncia del ligamen tan preciado y
anhelado debe trocarse por una relación tierna y cariñosa deserotizada.
Este duelo se ve dificultado por la ambivalencia afectiva. Para poder realizar la renuncia, deben ser más
intensos los sentimientos amorosos, de modo tal que se neutralicen los impulsos hostiles y el amor por el
progenitor del mismo sexo promueva el apartamiento en vez del enfrentamiento. La pérdida es también
aceptada en la medida en que, a cambio, pueda acceder al contacto genital y a la vida amorosa de pareja,
socialmente posibilitada y convalidada, lo que representa la prima de incentivación y de placer que promueve
el proceso.
Parcialmente, los padres son reemplazados por el grupo de pares. En este sentido, hay coexistencia del nuevo
objeto y del anterior aún no plenamente resignado. Luego, durante la adolescencia temprana, predomina la
relación con amigos que se instalan como desplazamiento de la figura parental y a la vez posibilitan su
renuncia y el alejamiento de ella, con la consecuente derivación de la energía narcisista-homosexual implícita
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en el conflicto, al cargar de manera neutralizada el ideal del yo como instancia más diferenciada y
relativamente autónoma. O sea que también en ese período hay coexistencia de objetos.
En la etapa posterior, en la cual se acomete más plenamente la conflictiva edípica positiva, también se ve con
claridad la presencia de objetos heterosexuales y la práctica genital, al tiempo que se elabora el conflicto.
Aunque aquí son más evidentes las sensaciones de "vacío", tristeza y reactivación narcisista, producto del
apartamiento y el desligamiento catéctico del objeto edípico positivo y la vuelta hacia la propia persona de la
libido anteriormente ligada a ese objeto. Es recién después de estas paulatinas renuncias y pruebas cuando se
produce el desenlace edípico, y en ese sentido sí aparece un nuevo tipo de posibilidad de ligarse al objeto,
que sería ese "hallazgo de objeto" al que se refería Freud.
Otro proceso de duelo, propio de la adolescencia, es la renuncia del niño a la imagen ideal forjada en la
infancia sobre cómo sería de joven o adulto. Esto es importante en lo que se refiere al cuerpo, ya que este
cambia básicamente según los determinantes genéticos y no de acuerdo con el propio deseo (o el de los
padres). Esta discordancia entre lo anhelado y lo que aparece crea a veces un intenso conflicto, y su
resolución implica un duelo por la pérdida de un ideal de "perfección" física que la realidad contraría y que
nunca se alcanzará
Proceso de desidealización, tanto del self como del objeto: El incipiente movimiento exogámico lo conecta
con otras familias (otros padres y otras maneras de relación parento-filial), otros adultos, otras relaciones de
autoridad, permisividad y castigos, códigos, etc. Esto le permite comparar y tomar una imagen más realista de
sus padres que aquella derivada de la idealización infantil, que los tornó fantásticos y omnipotentes. Este
proceso de desilusión gradual hace que los padres caigan del lugar de semidioses en que estaban ubicados, y
el adolescente los perfila entonces como sujetos con virtudes y defectos, capacidades y limitaciones, es decir,
los humaniza. Se trata de un proceso de modificación de las imagos parentales, de cambio, de resignificación,
no de duelo. Algo similar podríamos decir de la desidealización del self en tanto, por el encuentro con los
otros y el cotejo con la realidad a través de la acción, se va perfilando una representación más realista de uno
mismo y se dejan de lado las representaciones omnipotentes infantiles y las fantasías megalómanas. Esta
modificación de la representación de sí está influida o es conexa con el duelo por la imagen esperada de uno
mismo al crecer.
Este proceso de desidealización (tanto del self como del objeto) para centrarse en el logro de objetivos, en el
cumplimiento de metas, en el cotejo con un ideal perseguido, junto con el apartamiento de la utilización de
los padres como sostén y suministro narcisista que gradúa la autoestima, posibilitan gradualmente que el
joven en la prueba de la acción descubra lo propio, lo singular de sí, lo que lo va distinguiendo de su familia,
de su grupo. Avanza así en el doloroso desasimiento de la autoridad parental.
Otro aspecto importante es el cambio que se opera en el eje temporal, que adquiere otro sentido a partir de
la adolescencia. Los cambios intensos y bruscos que enfrentan al joven, la concomitante acomodación a ellos,
la remodelación de sus estructuras psíquicas y en particular de la representación de sí mismo hacen que
adquiera otra noción de su historia, de la irreversibilidad del tiempo y, por ende, de la irrecuperabilidad de su
pasado.
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En el tránsito adolescente juega un rol preponderante el trabajo de puesta en memoria y puesta en historia.
Es decir que el adolescente no duela por la infancia como un paraíso perdido, sino que se da cuenta
cabalmente de que no volverá a ser, que no se recreará. Esa añoranza que se genera, derivada de una nueva
noción del decurso temporal, unida a las angustias y dificultades propias del tránsito adolescente, hace que
idealice la infancia, que por momentos se añora, ya que las imágenes falsificadas de su niñez lo ayudan a
soportar las angustias de los amores adolescentes. En otros términos, el joven reactualiza y reinscribe su
pasado a partir de las resignificaciones y la remodelación de sus estructuras psíquicas, historiza su vida y le
otorga un sentido de continuidad yoica. Esta noción diferente del tiempo no solo modifica el pasado, sino que
carga el futuro como el momento en que se pueden concretar los anhelos y satisfacer los deseos, que se
amalgaman con las capacidades, las posibilidades y los ideales a los que aspira y a partir de los cuales organiza
un proyecto de vida.
Sobre las diferencias entre el adolescente y el que está en duelo o sufre un infortunio amoroso
Duelo Adolescencia
Los pacientes que atraviesan estados de duelo Hay muchos adolescentes deseosos de ser ayudados y que
tienen dificultades para establecer contacto se prestan gustosos a la tarea, que establecen lazos
con el analista, ya que consciente e sólidos y persistentes con la terapia y con su terapeuta,
inconscientemente se encuentran del todo siempre que puedan apreciar un compromiso afectivo y
abocados a la situación que los aqueja, y efectivo con él y perciban una escucha no prejuiciada.
carecen de interés y capacidad libidinal para Entonces, no presentan una actitud refractaria e
catectizar el vínculo y el tratamiento. impenetrable, sino que se muestran interesados y
colaboradores aunque atraviesen duelos o sufran
desencuentros amorosos.
Aquel que duela siente que perdió a alguien o El joven no conoce el motivo de su penar e ignora las
algo que identifica claramente, y que pena por razones de su tristeza.
no tener.
Sufre un revés en el mundo externo que no Sufre por un proceso interno, inconsciente, que promueve
quería que le ocurriese y le pasó, lo que le la renuncia, y que tiene un carácter más activo en la
significa una pérdida por la cual se entristece y búsqueda de independencia de los padres y apartamiento
duela. de su autoridad.
El que sufre por un revés amoroso o duela El joven no tiene noción clara de su proceso, sino más bien
está "acaparado" por ese conflicto, y dicho una vivencia difusa (de índole triste en cuanto al
proceso lo ocupa consciente e desenlace edípico); además, a la vez que añora el pasado,
inconscientemente; recuerda, imagina, sueña, duela o tiene mal de amores, se ocupa y se interesa en
dialoga, se enoja, etc., con el objeto perdido, otras cosas, busca, crea otros vínculos y situaciones,
sumergiéndose en el pasado y deteniendo el realiza actividades sublimatorias y creativas, imagina y se
presente. proyecta al futuro.
Los duelos de los padres durante la adolescencia de sus hijos y los procesos conexos
dirijan a cumplirlos pero por caminos o formas diferentes de los esperados. Esta situación de injuria
narcisista confronta los padres con la pérdida del hijo ideal anhelado.
2) Por otra parte, la maduración física y genital de los hijos engendra también para los padres el riesgo
de que la conflictiva edípica desemboque en tragedia. Tendrán que perder a su hijo incestuoso
deseado y resignar dichos impulsos, lo que implica un duelo concomitan al realizado por su hijo. Este
duelo se ve dificultado en parte porque implica aceptar la vida genital del hijo, lo que hace que los
padres pierdan una posición de privilegio en la familia, ya que anteriormente la genitalidad era
monopolio de ellos.
En el tratamiento psicoanalítico de jóvenes pueden observarse algunas dificultades para aceptar el cambio y
las modificaciones del crecer. Pero esto solo no alcanza para teorizar los duelos como ejes centrales del
proceso adolescente, ya que no se corrobora con la observación de la generalidad ni explica los fenómenos
propios de este período; no da cuenta de por qué el joven espera, busca, promueve y disfruta del cambio y
del progreso.
→ Que pérdida implica automáticamente duelo. En este sentido, si bien el joven deja de tener algo que
poseía, lo que literalmente equivale a pérdida, no implica necesariamente que esto sea significado
como pérdida por él; la prima de incentivación y de placer ante lo nuevo desplaza el eje significativo
que en general se inclina hacia el lado de la ganancia.
→ El segundo se refiere al uso del término "duelo" como unívoco, cuando en realidad no lo es. Si bien su
etimología latina remite al dolor, no quiere decir que toda situación dolorosa implique duelo.
Sahovaler, Jose (2007) Los trabajos de la adolescencia tardía en Revista Actualidad Psicológica.
La pubertad y adolescencia temprana comienza con el surgimiento de una nueva oleada de impulso sexual,
esta vez genital, y con la recatectización del complejo de Edipo infantil. La adolescencia temprana puede ser
pensada, entonces, a partir de la convocatoria que la pulsión genital puberal hace de lo originario para la
formación de la representación-cuerpo con su zona objeto complementario que daría cuenta de los cambios
somáticos, sensoriales y psíquicos que el joven vive. Este armado pictogramático del cuerpo lo deja al púber y
al adolescente temprano “sin palabras”, es decir, aún no ha logrado ligar las representaciones palabras que
dispone con las representaciones corporales que está edificando.
Debemos entender la adolescencia como una etapa fundante que resignificará todo el pasado. Esta
resignificación conlleva no sólo un cambio de sentido de lo acontecido previamente, sino la fundación de un
pasado que se inaugura en esta etapa y que se convertirá en la novela que los adultos narramos de nuestro
devenir.
Para pensar la clínica psicoanalítica con adolescentes debemos partir de dos premisas básicas:
→ Es imposible pensar a un adolescente sin su grupo de pares. El adolescente es por definición, un ser
social y gregario (aún el adolescente aislado debe ser pensado en relación al contexto que él rechaza
o que lo rechaza).
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Las condiciones de época hacen que las tareas que los adolescentes deban llevar a cabo se desarrollen de
diversos modos y culminen de diferente forma.
El Yo como instancia que debe lidiar con el ello, el Superyó y la realidad deberá fortalecerse para poder lidiar
con la pulsión genital. La adolescencia tardía puede pensarse como el tiempo donde deberá afianzarse un
42
Superyó adulto. Freud postula un origen doble para el Superyó: por un lado es el heredero del complejo de
Edipo. A esta herencia de las relaciones objetales abandonadas se le suman las narcisistas del Yo-Ideal infantil.
El Superyó deberá deserotizarse. La deserotización superyoica habilita al Yo para ejercer cierto dominio sobre
esta instancia y así preservarse de caer bajo el dominio de las pulsiones sexuales desenfrenadas. El Superyó
emite juicios de atribución. De tal modo, la instancia de autoobservación compara y evalúa al Yo en relación
con el Ideal y con el conjunto de los objetos mundanos. A partir de ello, juzga si el Yo es bueno o malo, útil o
inútil, próximo o alejado del Ideal. Estos juicios dictan su veredicto: la conciencia moral. Esta conciencia moral
desprende diferentes afectos, especialmente culpa y vergüenza.
Como consecuencia del aflojamiento de los lazos endogámicos incestuosos y de la crítica a los padres surgida
a partir de “la novela familiar”, el Superyó adolescente pierde apoyatura y se debilita; las identificaciones con
los objetos parentales que lo formaban son también cuestionadas: los adolescentes no quieren ser como sus
padres. El cuestionamiento a los ideales parentales, que funcionan como aquello que une a las tres
subestructuras superyoicas (autoobservación, conciencia moral, ideal del yo), debilita la cohesión del superyó.
En tal sentido, el conflicto generacional es fundamental para desmontar al Superyó infantil abriendo el
proceso de rearmado superyoico adolescente. Durante el rearmado superyoico adolescente las tres
subestructuras pueden padecer avatares diferentes, no siempre unificados. De este modo, cada subestructura
podrá ser reprimida, desmentida o desestimada.
Freud y el hallazgo
El Psicoanálisis enseña que existen dos caminos para el hallazgo de objeto: en primer lugar el que se realiza
por apuntalamiento en los modelos en la temprana infancia y en segundo lugar el narcisista. Todo ser humano
tiene abiertos frente a sí ambos caminos para la elección de objeto, pudiendo preferir uno u otro. Destacamos
la importancia de la no fijeza ni exclusividad en ninguno de los modos, sino que la combinatoria en la elección
es lo que le da sutileza al hallazgo.
Hallazgo no es encuentro
Hallazgo y re-encuentro
“La pulsión tenía un objeto por fuera del propio cuerpo (el pecho materno) lo perdió más tarde, justo en la
época en que pudo formarse la representación global de la persona a quien pertenecía el órgano que le
dispensaba satisfacción”. El bebé se encuentra con un objeto exterior a sí, fuera de su cuerpo, aunque él no
experimente nada aún de la exterioridad del mismo, y esa exterioridad hace al objeto “no-yo ajeno”. Que en
los comienzos, esa ajenidad esté al servicio del bebé y de la ilusión de objeto propio, creado, depende de que
la función materna sea suficientemente adecuada.
Luego y una vez que alcanza la representación del objeto por fuera de la propia corporeidad, se producirá la
elección infantil de objeto. ¿Cómo se produce la exterioridad del objeto? Ese es un trabajo que no es mera
“toma de conciencia” de su exterioridad y su globalidad, sino que es trabajo de expulsión. Se crean e inician
las diferencias yo-no yo, sujeto objeto, interno externo, dentro fuera y la representación global de la persona
a quien pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Proceso este que no se da de una vez y para
siempre, sino que a lo largo de toda la estructuración psíquica vuelve y re-vuelve desde el pecho y lo oral, y
todos los momentos de la constitución del psiquismo en la niñez/adolescencia. Pasan los años y el hecho de
que la pulsión, ahora genital, se dirige nuevamente a un objeto exterior, entendemos un objeto exterior no
conocido, un objeto que “aún no es” en el universo de las representaciones psíquicas.
El cuerpo puberal
Una vez instalada la barrera de la prohibición del incesto y los diques morales, al psiquismo le urgen trabajos
específicos. Reencuentro, repetición, revuelta. El cuerpo puberal, con sus reorganizaciones y neo
organizaciones, requiere de nuevas inscripciones y nuevos circuitos pulsionales. El objeto, para terminar de
constituirse como tal (exterior-ajeno-extraño), requiere de tiempos y espacios donde hacerlo, de ensayos y
exploraciones. Le urge el hallazgo-creatividad-encuentro de objeto exterior a sí, en simultáneo con que el
objeto exterior no reduplique un encuentro ya producido, sino que inscriba como acontecimiento que
diferencie lo que esta investido por el niño y la familia de lo que deviene nuevo y que está invistiendo como
obra propia, por fuera del cuerpo y lo familiar. Le urge la creación, re-creación, re-presentación de objeto y
espacio transicional, la frontera, el borde, la no repetición del adentro (familiar) conocido.
Se reencontrarán en el objeto rasgos de aquellos bocetos de infancia, mascarada y semblante, pero hallazgo
es fundamentalmente nueva inscripción e inscripción de lo nuevo, “creatividad propia”, por fuera del cuerpo
familiar. El cuerpo requiere de nuevas inscripciones con el objeto que es reinventado en la alteridad, se
adiciona así el otro modo de elección por alteridad y radical diferencia (subjetiva) del (sexo) objeto.
Paradoja y cuerpo
Es fundamental considerar la pubertad con relación al crecimiento y los cambios corporales: producción de
hormonas sexuales hipofisiarias, maduración de los órganos genitales, desarrollo de caracteres sexuales
secundarios, etc.
El trabajo clínico de procesos adolescentes se detiene como uno de sus lugares privilegiados en el especial uso
del cuerpo puberal. Y esto tanto en el campo de los procesos saludables como en patologías graves
(accidentes frecuentes, desarrollo de enfermedades psicosomáticas, procesos adictivos que comprometen de
manera muy importante funciones vitales como en la anorexia y bulimia, actuaciones que recaen sobre el
cuerpo con cortes y amputaciones que sin ser necesariamente declarados intentos de suicidio ponen en
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riesgo su integridad, temores hipocondríacos, cambios bruscos de peso, obesidad), además de todos los
ropajes que acompañan el cambio de piel, con sus dibujos, adornos y perforaciones.
El sentimiento de extrañeza (bajo la forma de angustia no mentalizada) asociado al cuerpo puberal, la pérdida
de los reparos y los límites corporales llevan al adolescente a tratar su cuerpo como un “objeto externo
(extraño)”. Este cuerpo tratado como ajenidad y el uso de defensas paradojales que supone traen resonancias
en dirección de la autodestructividad y el masoquismo. En este sentido ha sido señalada la función del cuerpo
como (objeto subjetivo): pantalla donde dirigir mociones pulsionales con sentimientos de odio y agresividad,
lo que libera a las representaciones psíquicas del objeto, los padres aún idealizados de (im)pulsiones
destructivas. Este trato paradojal del cuerpo (erógeno) y de la yoidad inscripta en el mismo trato como
ajenidad tan común en la adolescencia abre a procesos de identificación-desidentificación.
Si los cambios corporales toman importancia con relación al hallazgo de objeto es porque “las
reestructuraciones objetales y narcisistas encuentran su origen en las capas más profundas del inconciente
inscriptas en la máxima proximidad de lo somático”
La elaboración psíquica de lo originario puberal transforma la búsqueda de objeto acoplado al cuerpo propio.
Trabaja el autoerotismo produciendo la excorporación del objeto. El objeto parcial-complementario se
reordena hacia el objeto exterior, lo pregenital deviene para genital. A la hora del hallazgo de objeto, lo
originario puberal repite y busca que en el objeto (narcisista) se reinvista al yo y reduplique la mismidad. Pero
también, lo originario puberal insiste y nuevamente busca repetir los modelos vividos ya conocidos, investidos
a lo largo de la historia de las identificaciones corporales, incestuosas familiares (lo cual constituye otra
derivación psicopatológica). Elaboración de lo originario puberal de no repetición en el hallazgo de objeto, de
identificaciones infantiles familiares. Trabajo de: des-identificación del objeto con los modelos familiares,
búsqueda de lo altero en un espacio extrafamiliar.
Freud enumera una serie de hechos, vivencias y observaciones que intentará explicar desde el psicoanálisis;
entre los hechos e impresiones enumera las siguientes:
a) En aquel entonces, los maestros, aun cuando eran jóvenes, nos parecían muy grandes y adultos, pero
hoy, luego de mucho tiempo, esa impresión no es tal: ¿es posible que estos hombres, que otrora
representaron para nosotros a los adultos, sólo fuesen tan poco más viejos que nosotros?
b) En aquel entonces considerábamos casi más importante la personalidad de nuestros profesores que
aquello que nos enseñaban. Formábamos o deformábamos nuestros caracteres personales tomándolos
a ellos como modelos de identificación.
c) Nuestra relación con los maestros estuvo siempre marcada por la ambivalencia: los amábamos
entrañablemente pero también sentíamos animosidad contra ellos, actitudes antagónicas designadas
por el psicoanálisis como 'ambivalentes'.
El psicoanálisis nos enseña que todas nuestras relaciones amorosas con las personas se basan en modelos
primitivos de relación con el padre, la madre, los hermanos, etc. Pero de todas estas imágenes, ninguna tiene
tanta importancia para el adolescente u hombre mayor que la del padre. La relación original con éste fue de
ambivalencia: lo amaba y admiraba, pero también era identificado como un todopoderoso perturbador de la
propia vida instintiva.
Sin embargo, a partir de la segunda infancia, cuando el niño ingresa en la escuela, compara esta figura paterna
con otros modelos nuevos y descubre que el padre no es tan todopoderoso, lo que facilita que el niño
abandone este primer personaje ideal. Ve que no es tan sabio, aprende a criticarle y, cuando encuentra a los
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maestros, se convierten éstos en los sustitutos de aquella imago abandonada. Por ello los maestros nos
parecían tan adultos y grandes, por ello teníamos con ellos una relación fuertemente ambivalente, y por ello
nuestra relación estaba tan teñida de afecto que nos interesaba más su personalidad que lo que enseñaban.
Los compañeros de colegio vinieron a sustituir, correlativamente, la imagen primitiva del hermano.
En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más
necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo. Es absolutamente necesario que se cumpla. El
progreso de la sociedad descansa en esa oposición entre ambas generaciones. Por otro lado, existe una clase
de neuróticos en cuyo estado se discierne su fracaso en esa tarea.
Para el niño pequeño, los padres son al comienzo la única autoridad y la fuente de toda creencia. A medida
que avanza en su desarrollo intelectual el niño toma noticia de las categorías a que sus padres pertenecen.
Pequeños sucesos en la vida del niño le dan ocasión para iniciar la crítica a sus padres. Hartas son las
oportunidades en que al niño lo relegan, o al menos él lo siente así, y en que echa de menos el amor total de
sus padres, lamenta tener que compartirlo con otros hermanitos. La sensación de que no le son
correspondidas en plenitud sus inclinaciones propias se ventila luego en la idea de que uno es hijo bastardo o
adoptivo.
El estadio siguiente en el desarrollo de esta enajenación respecto de los padres se puede designar como
novela familiar de los neuróticos. Es característica de la neurosis una particular actividad fantaseadora, que se
revela primero en los juegos infantiles y luego, más o menos desde la época de la prepubertad, se apodera del
tema de las relaciones familiares. La fantasía del niño se ocupa en la tarea de librarse de los menospreciados
padres y sustituirlos por otros, en general unos de posición social más elevada. Para ello se aprovechan
encuentros casuales con vivencias efectivas. Para la técnica de llevar a cabo tales fantasías, que desde luego
son concientes en esa época, interesan la destreza y el material de que el niño disponga. A este estadio se
llega en una época en que el niño no tiene aún noticia de las condiciones sexuales del nacimiento.
Luego viene a sumarse la noticia sobre las condiciones sexuales diversas de padre y madre; si el niño llega a
aprehender que «el padre siempre esta inseguro», mientras que la madre es «más segura», la novela familiar
experimenta una limitación: se conforma con enaltecer al padre, no poniendo ya en duda la descendencia de
la madre, considerada inmodificable. En este segundo estadio (sexual) de la novela familiar nace una
inclinación a pintarse situaciones y vínculos eróticos en que entra como fuerza pulsional el placer de poner a
la madre en la situación de infidelidad escondida y secretos enredos amorosos.
Una notable variante de esta novela familiar consiste en reclamar el héroe fantaseador para sí mismo la
legitimidad, a la vez que así elimina por ilegítimos a sus otros hermanos. Y en todo esto es posible todavía que
un interés particular gobierne la novela familiar, que, por su carácter polifacético y su múltiple aplicabilidad,
puede establecer transacción con toda clase de afanes. De este modo el pequeño fantaseador puede eliminar
mediante ella el vínculo de parentesco con una hermana, que acaso lo atrajo sexualmente.
Esa sustitución de ambos progenitores o del padre solo por unas personas más grandiosas, descubre que
estos nuevos padres están dotados con rasgos que provienen de recuerdos reales de los padres inferiores
verdaderos, de suerte que el niño en verdad no elimina al padre, sino que lo enaltece. Y aun el afán de
sustituir al padre verdadero por uno más noble no es sino expresión de la añoranza del niño por la edad
dichosa y perdida en que su padre le parecía el hombre más noble y poderoso, y su madre la mujer más bella
y amorosa. Así, la fantasía no es en verdad sino la expresión del lamento por la desaparición de esa dichosa
edad.
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La resistencia del Yo ante el acceso a nuevas lógicas que lo complejizan, se sostiene en un preconsciente que
es alentado por las investiduras pulsionales, que se enlazan a las teorías sexuales infantiles y las formaciones
de fantasía. Es decir, que el yo es exigido a adecuar su preconsciente a las nuevas lógicas, exteriorizando sus
resistencias de diversas maneras y apelando fundamentalmente a procesos de fantasías y a teorías sexuales
infantiles. El efecto traumático de lo nuevo se relaciona con un Yo que se aleja cada vez más de su ideal, con
lo cual se obstruye la posibilidad de un pensar judicativo que los iguale.
La novela familiar
Las nuevas exigencias de la libido genital en la pubertad, junto a la conservación de la especie, modifican la
economía psíquica e imponen nuevos (y/o antiguos) destinos de pulsión. Algunos de ellos son resistidos por lo
que se sobreinviste un pensar fantaseador, que se despliega en una espacialidad particular del preconsciente
estructurado entre la primera y la segunda censura. Las fantasías se van a organizar de acuerdo con ciertas
huellas de memoria filogenética que funcionan distribuyendo las impresiones sensoriales y las vivencias, por
un parte y por otra implican una especie de “preparación para entender”, cuyo esfuerzo deriva de las
investiduras pulsionales. Estas configuraciones anímicas tienen un carácter típico y universal, formando el
llamado núcleo del Icc. Hablamos de las fantasías primordiales (seducción, escena primaria, castración,
permanencia en el vientre materno y la novela familiar). Esta última cobra una eficacia especifica en la
prepubertad.
En las novelas familiares, se pone en escena la reacción del joven ante la diferencia que se establece entre la
actitud que tiene hacia sus padres y sus exteriorizaciones del pasado cuando era un niño. Dichas novelas se
fundamentan en el apoderamiento que el pensar fantaseador realiza de las relaciones familiares, en la
discriminación y oposición de las diferentes generaciones, derivando en un esfuerzo por desasirse de la
autoridad paterna. Estas fantasías suelen tener por contenido la infidelidad de la madre, cuya meta tiende a
transformar el vínculo fraterno, y que requieren de un trabajo previo de comparación de sus padres con otros
padres y de crítica.
→ El primero que de alguna manera puede ser considerado “asexual” en el sentido de la libido genital,
donde el niño aún no conoce las condiciones de procreación. El pequeño se fantasea desde la primera
infancia como un hijo adoptivo o bastardo, puesto que el pleno amor de los padres ya no es posible a
partir de la generación de otro que desea el amor paterno y que ocupa la posición de rival.
→ El segundo, se trata de un tiempo de la novela familiar propiamente dicho, donde el esfuerzo de la
libido genital permite el acceso a la información sobre las diferentes condiciones sexuales del padre y
de la madre, lo cual deriva en un cuestionamiento del progenitor, estamento que luego va a caer bajo
los efectos de la represión.
La novela de iniciación
para lo anímico, pero también le genera una herida narcisista, que se articula con la renuncia al placer por
destruir lo novedoso. Suelen ocupar una posición intermedia entre el yo y el ideal. Es decir, que el ideal del yo
no necesariamente coincide con el iniciador. El trabajo del iniciador es primero y fundamentalmente
intrapsíquico para luego exteriorizar su eficacia en lo interindividual.
Para los desprendimientos de afecto se requiere de un introductor en el goce sexual masturbatorio, como
desprendimiento de libido narcisista, y desde luego en el placer con el otro. El goce en la adolescencia será un
derivado de la libido genital, el cual requiere en un comienzo del padre o de la madre como introductor para
luego admitir su desplazamiento sobre otras personas.
Para el predicado funcional, se necesita de un soporte para iniciarse en las actividades del cuerpo en la
masturbación. En muchas ocasiones es la palabra de los compañeros del sujeto y sólo en ciertas circunstancias
los actos de una persona. Luego, la función del soporte se despliega para los movimientos del coito. También
podemos agregar la necesidad de un enseñante de ciertos lenguajes del erotismo.
Para la autoconservación, iniciadores en el trabajo que suelen combinarse en su origen con la angustia
generada con la necesidad de seguir el destino del progenitor. En la maternidad o paternidad, para la
conservación de la especie, y desde luego un iniciador en el morir individual, entre otros
Estas tramitaciones pueden condensarse con los introductores en las diferentes formas del pensar, incluso
algunos de ellos en los vínculos interindividuales, pueden desplegarse sobre una misma persona o bien una
misma función apelar a diversos individuos. La configuración del iniciador le permite al yo anticiparse y
cumplir ilusoriamente el trabajo de sustitución de una generación antigua por otra nueva, que cobra
predominio, a partir de ambos predicados del sujeto.
La familia ha persistido a través de las épocas, aún en nuestro tiempo, aún en la época de un sujeto que se
constituye como una unidad contable. ¿Por qué persiste la familia? Por una parte, porque el destino es su
protagonista, y por otra, porque se ha impuesto en las diversas formaciones sociales y modos de producción
su inexorable función de residuo y singularización.
Las relaciones de parentesco en la familia poseen un sentido. Lacan diferencia el matrimonio como institución
de la familia. Sostiene que la realización de la familia está en el matrimonio que se instaura como una
institución social que crea un vínculo conyugal. En este contexto, Lacan considera excelente el término de
“Familia conyugal” para designar a la familia actual. Esta familia encierra en sí, la posibilidad de constituir al
niño en sus primeros actos de carácter identificatorios.
Lacan introduce los celos como arquetipo de los sentimientos sociales. Así, nos dice que en el drama de los
celos, al mismo tiempo, se constituyen el yo y el otro. Interviene un objeto tercero que releva la confusión
afectiva y la ambigüedad especular. El sujeto se encuentra apresado en los celos por identificación. Reconoce
al otro con el que se compromete la lucha o el contrato, es decir, en resumen, encuentra al mismo tiempo al
otro y al objeto socializado. En este caso, una vez más, los celos humanos se distinguen de la rivalidad vital
inmediata, ya que constituyen su objeto en mayor medida de lo que él los determina: se revelan así como el
arquetipo de los sentimientos sociales.
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Considera que en las diversas sociedades, la familia conyugal sostiene y mantiene una función de residuo,
resalta lo irreductible de una transmisión que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación con
un deseo que no sea anónimo. Tal residuo implica interrogar el deseo del Otro. El resto se especifica en la
metáfora paterna como una “x”. La afirmación, que incluye la relación de la constitución subjetivación un
deseo que no sea anónimo, implica la necesariedad lógica de que se instituya un nombre para el niño, de que
una historia sea nombrada por la pareja parental. De manera que el pequeño se constituya en sujeto. De lo
contrario y a falta de ella la función de residuo será subrogada por el niño, es decir, que ocupara el lugar de
aquello que no formó parte de la trama histórica.
¿Cuál es la función del padre y de la madre? se juzgan según una tal necesidad. La de la madre: en tanto sus
cuidados están signados por un interés particularizado, así sea por la vía de sus propias carencias. La del
padre, en tanto que su nombre es el vector de una encarnación de la Ley en el deseo.
Se trata de una madre con carencias o fallas, que hace de obstáculo a una madre ideal que para Lacan suele
tener consecuencias catastróficas. Ahora bien, el Nombre del-Padre “es el vector de una encarnación de la Ley
en el deseo” lo que implica que la función materna está articulada con la del padre. No se trata de encamar la
ley en un ideal, sino de conformar un nudo estrecho entre la ley y el deseo, es decir: “encamar la ley en el
deseo”.
En la familia opera la transmisión de una función de residuo que implica interrogar el deseo del Otro. En ella
se despliega una trasmisión que es irreductible, y que no se corresponde con la satisfacción de las
necesidades o de la autoconservación, sino más bien con la constitución de una subjetividad, que implica la
relación con un deseo que no es anónimo.
En este contexto la familia puede ser considerada como el nombre de una formación social en la cual el
estado escribe la necesidad de la crianza en la especie, y desde luego, su propia impotencia para llevarla a
cabo, la crianza implica un tiempo singular, el de la estructuración subjetiva del pequeño y del adolescente.
Ahora bien, para Freud la familia en tanto grupo social se constituye como un compromiso o copertenencia de
posiciones anímicas de sus diferentes miembros, que se despliega en el lenguaje de la querencia o pulsión, y
en la cual adviene el nuevo sujeto. Dicho de otra manera la familia se conforma como una transacción
sintomática, que se despliega en una lengua que implica un malentendido entre diversas formas del gozar. Se
trata de una lengua privada, propia de cada familia.
Hablamos de un lugar donde se escucha y oye la palabra, estrechamente enlazado a una fantasía originaria, la
llamada novela familiar. Esta fantasmática implica una categoría cuasifilosófica que se despliega en su
carácter ficcional y que opera como una protofamilia, En ella se figura la interdicción del goce endogámico.
En términos de Lacan la familia se configura como una holofrase o condensación. La holofrase es una frase o
expresión que no puede ser descompuesta, y que implica una situación tomada en su conjunto.
b) De residuo. Podemos pensar a la familia como un residuo irreductible e inevitable en las diferentes
formaciones sociales, y modos de producción. Ha persistido a través del tiempo, sin poder ser
desestimada por las diversas formas de organización del estado.
c) De reproducción de la ideología dominante. Las formaciones del ideal tienen cierta autonomía
propósitos y una energía propia que posibilita una distribución de la libido diferente. El sujeto y la
familia no viven sólo en el presente, sino que en la ideología pervive el pasado, que sólo lentamente
cede a las exigencias del presente. Es precisamente el pasado el que opera mediante las ideologías del
superyó, independientemente de los vínculos económicos.
d) De reproducción de la fuerza de trabajo. De acuerdo al modo de producción, podemos hablar de
unidad de producción y (o) unidad de consumo como esfuerzo de la querencia (o pulsión) de
autoconservación.
La configuración de la familia es regulada por dos funciones básicas que suelen ser atribuidas a los padres, y
que se desprenden de una lógica propia de lo anímico. La madre y el padre (o sustitutos) suelen ser los
soportes reales de la función materna y paterna. Los estímulos de la familia sólo pueden cobrar eficacia si se
ubican como contenidos de las matrices que el sujeto genera mediante la atribución.
En Malestar en la cultura (1930), Freud da cuenta de la relación conflictiva entre la familia y la cultura. La
familia tiende a no desprenderse de sus hijos y esto dificulta el ingreso en la cultura. La cultura limita la vida
sexual entre los miembros de la familia. Desde el totemismo, impone la prohibición del incesto entre sus
miembros por medio de los tabúes, las leyes y las costumbres. De ahí que el vínculo familia-cultura presente
una paradoja difícil de resolver: el hijo ha experimentado el placer de recibir sin dar demasiado y ha
aprendido a amar sobre la base del vínculo sensual y de ternura con la madre, pero luego la cultura le impone
desprenderse de ella.
Quiroga propone analizar la adolescencia en el seno de dos organizaciones grupales primarias: la familia como
agente socializador, y el grupo, que conduce al pasaje hacia los primeros contactos exogámicos.
El pasaje del adolescente a la cultura se puede plantear al menos desde tres perspectivas: el adolescente y la
familia, el adolescente y el grupo, y los distintos tipos de grupos
→ El adolescente y la familia
A partir de la experiencia vincular afectiva fundante con la madre, se van constituyendo diferentes lugares
psíquicos en relación con el Otro. Primero, la familia, y más tarde, los entramados de relaciones
interindividuales producen formaciones sustitutivas de las figuras primarias
Tanto para los adolescentes como para los padres resulta difícil afrontar la pérdida gradual de la dependencia
y protección parental en el proceso adolescente. El impulso hacia la progresión de los adolescentes buscara el
“no” como rebelión ante sus progenitores. No hay posibilidad de duelo y separación si ese movimiento no se
realiza. Una base para la evaluación de la capacidad de la familia para soportar este proceso de separación se
observa en la combinación y el predominio de ciertas defensas en el ámbito familiar como una forma de
sostener los afectos entre sus miembros.
El fenómeno de la adolescencia despierta en los padres ciertas fantasías, las más frecuentes son: el hijo
peligroso o en peligro; el hijo sexuado; el hijo envidiado, salvador o rival; el hijo que abandona.
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Importancia de los iniciadores. Se trata, por lo general, de grupos extraescolares deportivos, religiosos, que
poseen líderes que son ofrecidos indirectamente por los padres, como fuente de dialogo orientador acerca de
los valores que son importantes para ellos.
→ El adolescente y el grupo
Dos enfoques sobre la constitución del grupo en la adolescencia: Este punto se aborda desde dos aspectos: el
estudio del grupo como tal en su aspecto objetivo, y el grupo como representación psíquica del adolescente.
Los iniciadores: Los iniciadores son estructura intrapsíquicas que se constituyen en la adolescencia y forman
parte de la fantasía de iniciación. Se encuentran también en el contexto social. Tienen un lugar preponderante
como precursores de enamoramiento, la sexualidad, el hallazgo de objeto, el lugar laboral, el dialogo
comprensivo acerca de los misterios de la vida. Se insertan como líderes, ideales del Yo que dirigen la acción
del adolescente y lo colocan dentro de un grupo de pares ya iniciados.
A) Representación psíquica del grupo: Su constitución se halla ligada a los distintos tipos de preconscientes y
de Superyó. La pulsión genital desorganiza al Yo y este no halla salida psíquica a este conflicto y recurre a una
defensa primitiva: la proyección y así, el conflicto se transforma en conflicto en el contexto. El grupo en la
adolescencia temprana le permite proyectar en el las partes escindidas y rechazadas de sí en los otros
miembros y defenderse de su reintroyección, así como identificarse con las aceptadas. Tres tipos de grupos
que aparecen: el grupo totémico, el mítico y el religioso. Estas representaciones grupales son primero
intrapsíquicas y son las que permitirán insertarse luego en los grupos del mundo exterior
B) El grupo como subcultura: Estas subculturas significan una contracultura, aquel lugar que tanto los adultos
como los adolescentes supieron encontrar en el marco de una cultura determinada. Cada subcultura tiene sus
normas, un lenguaje y una vestimenta que caracterizan a sus miembros. Estos grupos buscan sus espacios.
Estos espacios funcionan como mediadores, pues es allí donde el adolescente realiza aprendizajes.
Constituyen espacios transicionales que necesitan un líder real que funciona como iniciador, donde los
adolescentes aprenden el contacto entre ellos y con el otro sexo, a través de un control externo que los
tranquiliza ante la posibilidad de desenfreno. Las fantasías que surgen en el grupo remiten a imagos arcaicas
provenientes de tres dominios: complejo materno, paterno y fraterno. Existen diferencias en la forma en que
cada clase social presta su “cultura” para dar lugar al adolescente. La imposibilidad de crear un “espacio
transicional” adecuado crea patologías grupales. En estas se ve la emergencia de fijaciones pregenitales que
obturan procesamientos psíquicos. Todas estas patologías se inician en la adolescencia temprana y continúan
su desarrollo. Por ej., las adicciones.
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El interrogante que abordará la autora, será sobre cómo estas tecnologías atraviesan los vínculos
adolescentes, haciendo una distinción entre lo que sucede entre pares y lo que sucede entre las distintas
generaciones.
Las NTICS son las nuevas tecnologías informáticas, comunicacionales y sociales, que abarca al conjunto de
aparatos, redes y servicios, que se integran en un sistema de información, interconectado y complementario.
Las mismas están compuestas por distintos dispositivos electrónicos (smartphones, tablets, etc.) que
permiten el uso de las diversas redes sociales que se establecen gracias a ellas. (Facebook, Twitter, Whatsapp.
Skype, Tinder). ¿Cómo estas nuevas tecnologías modelan las prácticas sociales y los intercambios cotidianos,
a través de las distintas pantallas?
Kaës: denomina vínculo a la realidad psíquica específica inconsciente, construida por el encuentro de dos o
varios sujetos. El vínculo es el movimiento más o menos estable de las investiduras, representaciones y
acciones que asocian dos o más sujetos para la realización de alguno de sus deseos. Hablar de vínculos es
hablar de ligazón, de unión con otros.
Bleichmar: construcción de subjetividad es: "el modo con el cual cada sociedad define aquellos criterios que
hacen a la posibilidad de construcción de sujetos capaces de ser integrados a su cultura de pertenencia“. Es
considerando esto, que pensamos la subjetividad teniendo en cuenta el contexto socioepocal que lo atraviesa
y constituye.
La construcción de subjetividad es en el contexto de una dinámica vincular que adviene por los intercambios
sociales (vínculos) en los que participa y que a diferencia del sujeto no está definida anticipadamente. Los
vínculos, desde la complejidad, ni pre existen, ni son reducidos a estructuras a priori, tampoco son relaciones
entre las entidades (objeto sujeto), sino que emergen en redes de interacción e intercambio, no tienen
existencia previa. Se trata de unidades heterogéneas, que no están totalmente definidas y que emergen por
los intercambios dinámicos y que no pueden explicarse por sus componentes.
Uno de los conceptos que entendemos fundamentales a reformular, es el concepto de realidad. Vamos a
considerar dos categorías centrales, lo espacial y lo temporal. A lo espacial, lo consideramos como lo que se
despliega dentro de un ámbito o espacio, el cual hoy se encuentra interrogado sobre si su constitución es
concreta o virtual. Y lo temporal, en tanto modo de registrar el transcurso del tiempo, actualmente se
encuentra en relación a la cultura de la inmediatez. Entonces, la virtualidad como un nuevo espacio y la
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La complejidad representa al mundo como una gran red formada de delgados hilos que se entrelazan y
relacionan todos sus componentes. Es en este marco donde hoy se construyen las nuevas subjetividades y
donde los psicoanalistas tienen que poder leer la realidad y el sufrimiento del sujeto que consulta. Muchas
veces mostrándonos una imagen, un texto, en su celular. Es un mundo líquido de conexión y de simulación,
como en los videojuegos, no exclusivos de los niños y jóvenes. Son los nuevos territorios, nuevas cartografías
que tenemos que construir y recorrer
Vínculos adolescentes
Los adolescentes privilegian el pasaje del vínculo familiar, al vínculo social y a la construcción del lazo social.
Este tránsito está facilitado por la exploración, la cual es esperable como proceso saludable, que lleve
adelante el adolescente, en todos los vértices de su vida.
Este nuevo espacio de encuentro de la virtualidad, permite al mismo tiempo, romper con la referencia
familiar, encontrando aquí un espacio de mayor autonomía en relación al ámbito familiar, pudiendo ejercer a
partir del espacio virtual, una circulación social más amplia y frecuente.
Se nomina como "nativos digitales” a quienes hayan nacido en la era digital, en tanto que se llama
"inmigrantes digitales" o "nativos analógicos" a los adultos nacidos antes de la era digital, que se ven en la
necesidad de integrar los nuevos y complejos fenómenos tecnológicos. Nos encontramos así, todos inmersos
en el entrelazamiento de los nativos analógicos y digitales.
Es en este contexto que los vínculos generan cierto grado de desajuste y desencuentro, y exigen un trabajo de
metabolización de lo nuevo y heterogéneo, para que esos vínculos sean más saludables. Surge así un desafío
entre generaciones, entre los que están en el lugar del saber instituido, y los más jóvenes que están
construyendo su espacio en la estructura social, entre la figura de autoridad y el representante de lo nuevo.
Por eso podemos pensar que el tema de las adolescencias frente a las nuevas tecnologías es una cuestión de
generaciones. La confrontación es un desafío que se plantea en una relación desigual.
CONCLUSIÓN: Nos resulta interesante poder pensar que no todo tiempo pasado fue mejor, ni todo lo nuevo
es beneficioso, sino que todo depende de la capacidad de asir lo nuevo como recurso, sin quedar
entrampados mirando lo nuevo con anteojos viejos. Esto nos lleva entonces a pensar que se debe ser capaz
de adaptar creativamente, con la plasticidad suficiente a nuevas realidades, realizando la travesía entre viejos
y nuevos paradigmas, que nos constituyen y atraviesan. No poniendo a las nuevas tecnologías frente a un
juicio de valor, sin demonizarlas ni entronizarlas, sino considerándolas herramientas que nos propone la
época y como tales, hacemos uso de ellas para mejorarnos la vida. Por supuesto que todo abuso será
patológico, como ocurre con otros objetos. Entendemos que solo son trazos de época, y que no se trata
entonces, de realizar un juicio sobre la tecnología, ciberespacio o era digital, sino considerar que la realidad
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virtual conforma otro nuevo espacio en que el sujeto despliega su inclusión en el lazo social. Hoy los sujetos
nos conectamos para sobrevivir a este mundo líquido. Fusionarse con otros virtualmente y con las tecnologías
es parte de la nueva vincularidad.
Producción de subjetividad
Silvia Bleichmar: “Lo que se llama producción de subjetividad es del orden político e histórico. Tiene que ver
con el modo con el cual cada sociedad define aquellos criterios que hacen a la posibilidad de construcción de
sujetos capaces de ser integrados a su cultura de pertenencia. Hay proyecto de producción de subjetividad en
cada sociedad y estos proyectos tienen ciertas características”.
Criminalización
Criminalizar comprende un complejo sistema de conductas que desubjetivizan al otro, son pretexto de su
presunta culpabilidad. No hay muchos dispositivos sociales en donde el adolescente pueda confiar en su
palabra va a ser valorada y reconocida. Uno de esos ámbitos puede ser el del análisis (no siempre lo es). Ya
sea por las fallas del dispositivo, por el analista o por el mismo adolescente que ha interiorizado este “no
lugar” en que la sociedad muchas veces lo ubica.
¿Cuáles son los dispositivos, las prácticas, las condiciones concretas en que una comunidad da lugar a ese
pensar con los Adolescentes? Hablar de Criminalizar es referirnos a la estigmatización. Ésta funciona a partir
de enunciados totalizantes-totalitarios, uniformizan lo múltiple. Si se criminaliza a los adolescentes cuando,
por ejemplo, se los ubica en el segmento peligroso de la sociedad, no sólo se califica de modo uniforme a una
diversidad de individuos, sino que también se unifica a la íntima diversidad de cada sujeto adolescente.
Decimos que se criminaliza a la adolescencia cuando se pone bajo sospecha a los jóvenes de sectores
marginales por el solo hecho de ser tales. ¿Por qué se criminaliza? Desde el punto de vista psíquica, la
estigmatización se relaciona con la búsqueda de un chivo emisario, un culpable de los males.
¿Cuál es la dinámica psíquica y social que favorece la criminalización? Cuando, desde los medios de
comunicación, se insiste y se alzan voces justificando bajar la edad de imputabilidad para resolver el problema
de la seguridad, cuando se señala a los jóvenes como causa de la violencia, cuando se busca reforzar el control
policial e incrementar las cámaras de vigilancia en cada esquina de la ciudad, estamos frente a un fenómeno
cuyas motivaciones no son solo psíquicas o grupales, sino también políticas e ideológicas. Por lo tanto, la
criminalización es la resultante de distintos dispositivos al servicio de instaurar un tipo de subjetividad en la
sociedad.
¿Cuándo y cómo se desubjetiviza? Se desubjetiviza cuando se presentan ciertos tipos subjetivos como un
negativo, y por ello, se los excluye. A su vez, desubjetivar implica:
→ No respetar vínculos
→ No respetar la intimidad.
→ No poner el capital social y cultural al servicio de todos.
→ Reducir el ser a una imagen.
→ Estigmatizar
Históricamente, la adolescencia se asienta en la transformación cultural surgida como expresión social luego
de los cambios socioeconómicos que introduce la Revolución Industrial. En las sociedades precapitalistas la
adolescencia no existía.
La adolescencia se apuntala en el emergente somático que indica la hora de un cambio. Hay una confusión
entre crecer y padecer. Si bien el movimiento adolescente acarrea trastorno, más lo ocasiona la ausencia de
su despliegue. El sentido de potencialidad que aloja la adolescencia en si se enlaza a la tramitación psíquica
activada con los cambios corporales pues, al mismo tiempo que hace recomposición de lo existente, instala
funciones nuevas. La llegada de la pubertad indica que la sexualidad no puede ser diferida, lo cual reinstala la
dependencia del objeto y el sentido de complementariedad de los sexos.
La adolescencia se basa en la conquista de una condición subjetiva estructurante que solo es alcanzable con
trabajo. La adolescencia se define más por la movilidad del funcionamiento psíquico que conlleva que por una
categoría de edad. Sin embargo, no es lo mismo una tramitación adolescente acontecida en una franja
evolutiva acorde que una tramitación en un tiempo posterior.
El movimiento de sustitución generacional moviliza toda la estructura vincular entre hijos y progenitores,
tiene a la confrontación como operación de impugnación y critica de lo heredado. La agresividad es inherente
al proceso de estructuración subjetiva, en la medida que hay corte y separación.
Gutton: los padres deben afrontar el convertirse en objetos inadecuados. Concepto de obsolencia. Sin
posibilidad de confrontación en un marco saludable el adolescente no alcanzara el plus que acarrea su
tramitación: por un lado hacer una brecha, por otro, apropiarse de la fuerza vital que aporta el ejercicio de la
hostilidad como capacidad, no solo como fuerza destructiva, sino como base de sentimientos de individuación
y de cohesión que aportan confianza y seguridad.
Reorganización identificatoria
La remodelación identificatoria permite un progreso, desde la primacía del yo ideal del tiempo de la infancia a
la construcción de ideales propios vinculados con la categoría de ideal del yo, categoría que también deberá
ser despejada de las condiciones infantiles de estructuración. Inmerso el adolescente en la tarea de
resignificación se abrirá en juego entre la dimensión narcisista y la dimensión relacional. El jugar a ser otro
será con otros y estará movido por ideales, ilusiones y fantasías como propiedad de un yo que empieza a
construir su propio proyecto identificatorio. Este proyecto incluye la idea de un cambio y conlleva una
distancia temporal en su alcance. Se abre la dimensión de futuro. Un proyecto requiere para su sostén la
creación de soportes vinculares exogámicos.
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La remodelación identificatoria estará atravesada por el trabajo de desidentificación, tarea que solo es posible
emprender dentro de un trabajo de historización del yo. El trabajo de historización en la adolescencia permite
la operación de la construcción del pasado. La posibilidad de investir el futuro queda en interdependencia con
la investidura del pasado y la historia personal suficientemente retenida deviene garantía de la apuesta en el
espacio relacional. El cambio adolescente que compromete pensamiento, cuerpo y vínculos necesariamente
se sustenta en la organización identificatoria preexiste.
El acceso adolescente a un lugar simbólico distinto supone atravesar los límites del territorio endogámico a
través de una salida capaz de habilitar el encuentro con lo nuevo.
La inserción del adolescente en los grupos de pares como apoyaturas necesarias para la remodelación
identificatoria con otros. El trabajo psíquico en el espacio de la intersubjetividad es el de hacer vínculos. Esto
solo es posible si se logra investir un “nosotros” fuera de las gamias de pertenencia como dimensión en la que
acción, pensamiento y erotismo encuentren destinatarios habilitados para el intercambio.
Las operaciones en la adolescencia tienen como base un funcionamiento diferenciado de los sistemas
psíquicos por lo que requieren una organización alcanzada a través del pasaje por el complejo de Edipo. La
confrontación involucra aspectos de rivalidad edípica; la remodelación identificatoria y la constitución del
afuera son también tributarias de su alcance.
Angelli E., Altobelli H., Otero Ma. E. Posmodernidad y Adolescencias. Recuperando y Creando la dimensión
del tiempo y el espacio
Nos preguntamos cuáles son las condiciones sociales, en tanto productoras de subjetividades, que se ofrecen
a los trabajos puberales-adolescentes, ahí donde la subjetividad debería advenir, ahí donde se construyen los
otros discursos posibles, ahí donde la creatividad debería manifestarse en todas sus formas pincelando y
coloreando el mundo desde la impronta personal.
Nuevas configuraciones vinculares, habitan el espacio psíquico y socio- cultural, el estallido y desfondamiento
de categorías conceptuales como: niñez, adolescencia y familia nos impulsa a la pregunta respecto de los
modos de constitución de procesos de historización y temporalidad, procesos de integración social e
intercambias simbólicos.
Nos metemos de lleno en la paradoja de ser espectadores y protagonistas de este tejido al que llamamos
sociedad. Lo vertiginoso como emergente de la aceleración de cambios suele dificultar el "amarre" de
palabras que nos permitan inscribir nuestro presente como trabajadores en el terreno de la Salud y la
Educación. Creemos necesario sostener esta paradoja para pensar y ensayar nuestras prácticas profesionales
cotidianas.
El capitalismo moderno no se basaría entonces en la apropiación de los cuerpos como fuerza de trabajo, sino
en algo que se presenta por las sombras, como algo que subyace implícitamente al discurso: la apropiación
de las mentes. En la posmodernidad se abandonó toda referencia a un sistema de valores para estar libres a
los intercambios. El sujeto se ve impulsado al goce, al consumo sin trabas, que se propone desde el discurso
capitalista que "se consuma tan bien que se consume", en términos de Lacan.
Desde la historia de las subjetividades se profundiza acerca de las condiciones que producen subjetividades
con determinadas características. Cuando hablamos de lo socio-cultural no sólo hablamos de un marco, de un
escenario en donde se despliega la vida, sino más bien de aquello que hace que los sujetos sean sujetos de
esa época, envueltos en una red de significaciones que le son propias.
Por su parte, Ignacio Lewcowicz, plantea que las condiciones socioculturales en las que vivimos no componen
un escenario que condiciona desde el exterior (sociedad) sino que es una red de prácticas que intervienen en
la constitución misma de los tipos subjetivos reconocibles en una situación sociocultural específica. Estos tipos
subjetivos están sostenidos en una lógica social que hace posible y necesario a este tipo de prácticas.
¿Qué significa pensar con una estrategia situacional? ¿Qué significa subjetivar?
Significa poder pensar y fundar una lógica que remita a otra (estatal o mercantil). La lógica actual produce
fragmentación, subjetividades fragmentadas vacías de significación.
→ Adrián Grassi, plantea la producción de subjetividad como la acción de dar sentido, de significar y
poner una marca de origen (firmar) un proceso de metabolización. El “yo debe devenir", como trabajo
de transformación propio de la subjetividad yo como movimiento en intercambio con el Ello, con el
mundo exterior, con los otros, esa es la producción subjetiva, devenir Sujeto.
Asentamiento de un espacio y un tiempo situacionales autónomos. Espacio y tiempo como fundación local su
estancia se desprende de la producción misma.
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→ Demarcar, producir, habitar un tiempo y un espacio creando subjetividad que al tiempo que lo crea, lo
habite. Situación que se crea y crea la subjetividad habitante. Marca personal. Pasaje de
subjetividades fragmentadas a subjetividades situacionales.
Nos encontramos entonces con subjetividades que se constituyen en la superficie de escenarios fluidos y
movedizos. La dimensión de futuro se desdibuja cuando las prácticas de consumo, el discurso más mediático,
atraviesan silenciosamente, penetrando de un modo persistente y tenaz en la cotidianeidad.
→ Nuevos rasgos se producen en la subjetividad actual, rasgos desligados a las funciones tradicionales
de la familia a la escuela.
Tiempo y espacio necesarios para poder metabolizar aquello heterogéneo, para que la dimensión de la
pregunta se despliegue como movimiento instituyente dando lugar al alojamiento del sin sentido, de la
novedoso, al advenimiento de una subjetividad capaz de agujerear la frontera del instituido. Justamente se
trata de recuperar la dimensión del tiempo y el espacio para representar y representar-se.
Kaës (2010), define a la intersubjetividad como la estructura dinámica del espacio psíquico entre dos o varios
sujetos. Este espacio común, conjunto, compartido y diferenciado, que comprende procesos, formaciones y
una experiencia específicas, a través de los cuales cada sujeto se constituye, en una parte que concierne a su
propio inconsciente. Un proceso de subjetivación hace posible devenir Yo, un Yo que piensa su lugar de sujeto
en el seno de un Nosotros.
El preconsciente aparece regido por el proceso secundario y separado del inconsciente por la censura, que no
permite que los contenidos y procesos inconscientes accedan al Prcc sin experimentar transformaciones.
El proceso secundario tiene un papel fundamental, ya que cumple una función reguladora para el proceso
primario, transforma los contenidos que están asociados a él en una estructura inteligible. Liga y sostiene
operaciones del pensamiento de vigila, la atención, el juicio y la acción controlada. Al Prcc se liga entonces la
capacidad asociativa e interpretativa.
Para Kaës, el Prcc tiene como condición inscribirse en la intersubjetividad. Es fundamental la función del otro
en la formación de esta instancia. Estas funciones caracterizan al Preconsciente como un aparato de ligadura
de la pulsión, del sentido y del vínculo.
El trabajo de preconsciente del otro, es decir, la actividad de puesta en vocablos y palabras dirigidas a otro le
proporciona las condiciones de una reactivación de la actividad de simbolización. Es un trabajo psíquico de la
intersubjetividad: Otro u otros pueden, en ciertas condiciones realizar un trabajo de ligadura y transformación
que a un sujeto le es inaccesible en ese momento. Algunos de los sujetos pueden encontrar apuntalamientos
para su propia actividad representacional.
Pensaremos al entretiempo puberal adolescente como un espacio y tiempo que debe construirse, habitarse,
para poder trabajar. Trabajos para los que es necesario un tiempo y un espacio en la fluidez. El entretiempo
puberal adolescente como potencialidad creadora de subjetividad.
→ Propiciar condiciones para habitar este entretiempo es nuestra tarea. Como educadores y
profesionales de la salud consideramos que las intervenciones que realicemos deben tener este
horizonte: tiempo y espacio para la producción de subjetividad. Para la creación de un sin sentido,
una desaceleración, que genere marca de tiempo y espacio en la liquidez.
→ Proponemos pensar la posibilidad de promover entramados intersubjetivos, pensamiento de grupo,
donde puedan establecerse las condiciones para preconcientizar.
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→ La intersubjetividad requiere del establecimiento del preconsciente y el grupo permite tener acceso al
mismo, pues este implica intersubjetividad. Se trata de des-naturalizar de entender la historia como
una construcción, de comprender que mientras haya vida la historia siempre está por re-escribirse.
No solamente los modos de ser adolescente se han modificado notablemente en consonancia con las
enormes transformaciones que ha experimentado la sociedad, sino que los propios adultos han atravesado a
la par cambios que han trastocado la noción misma de adultez. Los vínculos entre adultos y adolescentes se
han modificado instituyendo nuevas modalidades de relación.
Los nexos entre los padres actuales, con frecuencia ellos mismos desorientados en cuanto al ejercicio de su
función, y los adolescentes que, aun ganando protagonismo e independencia, a menudo quedan
desamparados dado que los adultos han caducado en parte de sus roles de sostén y referencia.
Los propios adultos hoy se encuentran con mayores libertades que los invitan a reciclarse de modo
permanente, en una búsqueda identificatoria que en el pasado estaba permitida predominantemente a la
transición adolescente. Nuestros adultos formaron parte de generaciones que se rebelaron frente a sus
mayores. Y hoy en día se encuentran bastante desguarnecidos frente a las irrupciones adolescentes de sus
hijos. Con frecuencia ceden la función de amparo y sostén, deslizándose hacia un rol más fraterno o de
complicidad que el que les compromete como padres.
¿Cómo esperar que los adolescentes aspiren a un crecimiento que los impulsaría hacia la adultez cuando
sus mayores realizan ingentes esfuerzos por parecer casi tan jóvenes como ellos? El adulto constituye el
porvenir del adolescente, pero a la vez la adolescencia encarna el ideal social juvenil propuesto para el adulto.
¿Qué ocurre cuando los padres no solo declinan en su función de ofrecer amparo, sino que además no
logren constituirse en una referencia valida? En ese caso el pasaje adolescente no se caracteriza por la tarea
psíquica de desidealizar paulatinamente a los padres de la infancia, sino por la inexistencia de padres a
quienes valorar o respetar.
Problemáticas adolescentes
La familia y la escuela han sido sustituidas en gran parte por otros referentes. Se ha pasado a las redes
virtuales y al mundo tecno mediático desde los cuales la cultura ingresa de modo instantáneo y constante,
anulando fronteras geográficas y generacionales.
El predominio de la imagen, infaltable dentro del universo de las redes sociales, no se circunscribe a estas.
Forma parte del ideario de la época que privilegia los cuerpos en su dimensión estética por sobre otras facetas
de la identidad. Aquello que se muestra debe adecuarse al molde no solo de criterios estéticos tales como la
juventud o la delgadez, sino también de la alegría, el disfrute y la felicidad. La gran trampa de lo hipervisible es
la ilusión de lo total. También ilusiona que aquello que se ve es todo lo que hay. El Yo exhibido, variante
online del Yo-Ideal, es un Yo superficie, objeto de demanda social y muchas veces despojado de singularidad.
Hoy día los adolescentes tienen la posibilidad de encuentros sexuales previamente vedados. La aceptación
social y la legalización del lazo amoroso y sexual entre personas del mismo sexo, ha significado un salto
cualitativo en lo que refiere a la vida sexual y amorosa. La distinción entre sexo e identidad género se
encuentra hoy establecida. Y si sexos anatómicos por naturaleza hay dos, los géneros pueden multiplicarse
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dado que se entienden como construcción cultural y no como imperativo biológico. Hay una mayor cantidad
de opciones para adultos y para adolescentes en cuanto a su género y su elección de objeto sexual.
Rojas, M. y Sternbach, S. (1997) Entre dos siglos. Una lectura psicoanalítica de la posmodernidad. Lugar
Editorial. Cap. 5.
Hoy día las consultas predominantes se entraman a las actuales discursividades sociales. A los cuadros
neuróticos clásicos se han agregado consultas por problemáticas denominadas pre-neuróticas o de borde
(epidemias de anorexias y bulimias, las adicciones, algunas formas de violencia, enfermedades
psicosomáticas, etc.) que dan cuenta de problemáticas que exceden a las sintomatologías más frecuentes en
otras épocas. No constituyen un invento reciente pero si lo es su enorme protagonismo en el escenario social.
Esto ha llevado a reformular importantes cuestiones atinentes a nuestros dispositivos y modos de
intervención.
Las conexiones del campo psicopatológico con el espíritu de la época da cuenta de la historicidad de las
formaciones psicopatológicas que no invalida las raigambres estructurales universales propias del ser humano
(eficacias del Inconsciente y los avatares del Edipo: el lapsus, el sueño, el síntoma, etc.)
Desde esta perspectiva el abanico psicopatológico constituye una respuesta síntomal a las discursividades
sociales. Cada cultura reconocerá como patologías solo algunas. Las teorías que abordan el campo
psicopatológico también se encuentra dentro un marco histórico.
El prototipo sano
Cada discurso sociocultural se halla regido por la aspiración de adecuar a los sujetos a un ideario en vigencia
PROTOTIPO SANO: Se trata de un conjunto de formaciones subjetivas acordes a los ideales predominantes
(estimulado y reconocido socialmente). Incluye una amplia gama de rasgos favorecidos por la cultura entre los
cuales cada sujeto podrá optar. Los sujetos concretos jamás se adecuan totalmente a estos prototipos.
Apogeo de la mentalidad burguesa: valoración del esfuerzo, la austeridad y la pregnancia del futuro. Cuadro
característico: las obsesiones
Rasgos esperables en el prototipo posmoderno: ritmo hipomaniaco ligado a la abolición de todo conflicto, el
éxito y la eficacia. Pragmático y veloz, poco sujeto a lazos y limitaciones. Jerarquiza el interés propio en
detrimento de los otros y también bordea situaciones transgresivas. La perversión como psicopatología
psicoanalítica adquiere cierto consenso social e impregna el prototipo sano. Por ej.: corrupción. Esto está en
consonancia con la caída de las utopías modernas e ideales que enfatizaban la solidaridad en el lazo social y
un accionar regido por normas morales. Estos ideales son sustituidos por otros que privilegian el éxito y la
eficacia a toda costa. Esta legitimación de las transgresiones lleva a formas impunes de corrupción y formas
actuales de violencia. Banalización de la violencia
El prototipo podrá optar por mostrarse casi indiferente ante su vida y la de los otros. Las nuevas
discursividades pregonan un vínculo a su vez leve con escaso compromiso. El otro se torna fácilmente
intercambiable. Relacionado con el énfasis en el individualismo.
El consumo de drogas tiene registros desde la antigüedad. Las drogas actuales, químicamente elaboradas, son
más potentes y dañinas y generan mayor dependencia física. La novedad de la problemática del consumo es
el impacto de la difusión de la misma en el presente así como su articulación en el espíritu de la época. La
sociedad de consumo estimula la convicción de que poseer objetos otorga plenitud al saturar ilusoriamente lo
imposible del deseo. La adicción es la posibilidad tanatica de escape de sentimientos de fracaso e impotencia
generados a partir de ideales absolutos. Lógica paradojal del consumo (libre elección e imposición de un
consumo). El adicto: trágica caritura de la obligatoriedad de consumir
No obstante frente a la oferta desmesurada de droga en nuestra sociedad, factores singulares y familiares
hacen que algunos jóvenes, y no otros, se vuelvan adictos.
En el mundo de las toxicomanías se crea la ilusión en la cual el objeto que se consume puede recubrir la falta
que existe, solo hay que recuperarlo e incorporarlo cada vez que amenace la irrupción de lo intolerable.
La descripción de la anorexia mental en mujeres data de hace poco más de un siglo. Freud encontró rasgos
anoréxicos en algunas de sus pacientes histéricas. Pulsión de muerte.
El interés de la anorexia se incremente cuando esta comienza a adquirir carácter epidémico. Desde los
medios se concede transcendencia a estos cuadros y se los relaciona con los ideales de belleza imperantes.
Esta definiciones culturales se absolutizan y establecen con rigidez una delgadez a ultranza y determina la
marginación de la obesidad. Ideal absoluto como forma de violencia.
Solo las articulaciones entre la dimensión macro contextuales y una historia familiar y subjetiva, podrán dar
cuenta de cada anorexia en particular, ya que la singularidad excede siempre las estadísticas.
El cuerpo evanescente de la anorexia es una expresión extrema de lo mortífero (encarna un cuerpo débil y
desvitalizado). La anorexia afecta el sustento nutricio que sostiene la vida. Posición omnipotente al crearse la
ilusión de no depender de la provisión externa. Negativismo de la anorexia contrasta con la lógica del
consumo. Se objetaliza ya que es ella misma quien se consume.
Perspectiva de Lacan. El rechazo de la anorexia como intento de diferenciación de las demandas maternas.
Deseo que no llega a articularse y el cuerpo se resigna a ingresar a las cadenas significantes queda fijado a un
goce mortífero
Auge de las enfermedades psicosomáticas. Ciertas características alentadas por el actual espíritu de época
(prototipo sano) posee relaciones con las problemáticas que padece al paciente psicosomático. En especial, al
relación distante con la propia emocionalidad, el pragmatismo externo y una relación con la corporeidad
escindida del universo representacional.
Características básicas de las patologías psicosomáticas. Manifestaciones corporales en sujetos con poca
conexión a su propia conflictividad psíquica y que apegados a su realidad exterior concreta, presentarían un
déficit a nivel de simbolización. Conformismo y sobre adecuación a las reglas caracterizan a estos sujetos. La
sintomatología corporal surge como una ajenidad sorpresiva para un aparato psíquico. La cura es reducida a
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una tramitación funcional en el que el compromiso subjetivo se encuentra ausente. Relación con una suerte
de pobreza emocional (desafectación y alexitimia). Sus raíces se remontan experiencias tempranas de la vida
(vínculos en el que el hijo se ha sobre adaptado a las demandas maternas y ligados a un fuerte carencia
afectiva). Fallas tempranas en la subjetivación. El conflicto no encuentra otra vía de retorno que no sea el
cuerpo.
La relación distante con la propia vida emocional favorecida por ideales sociales vigentes promueve una sobre
adecuación y una desconexión profunda con la vida emocional. Sumado a la promoción social del cuerpo
como envase sin interioridad, la valoración de la superficie y la imagen, constituye algunos de los
entrampamientos de la cultura posmoderna que podrían facilitar la expresión psicosomática.
Tanto las adicciones, anorexias y psicosomatosis son problemáticas que se ubican en los bordes mismos de la
nosología psicopatológica. Esto requiere una complejización de la teoría y clínica psicoanalítica.
Donzino G., y Moricci S. (Comp.) Subjetividad en los bordes. Intervenciones con Adolescentes en riesgo.
Es preferible referirnos en plural, como adolescencias, en tanto nuestros conocimientos nos llevan a
encontrar efectivamente similitudes, pero, es especial, diferencias vinculadas a la posición social, género,
opción sexual, acceso a bienes culturales, pertenencia a grupos y, desde luego, a cada subjetividad.
Al estar influenciada por lo sociocultural, es necesario remitirnos a cada contexto para comprenderla y
entender cuál es la índole de los riesgos en juego. Es decir, la adolescencia, no es sólo un período pasivo de
sujeción a normas, sino también un momento de ruptura, de efervescencia, de cuestionamiento y de
transformación, que da lugar tanto a situaciones límites y problemáticas, como a la creación y la apertura a lo
nuevo.
Algunos adolescentes en esa pretensión de asimilarse al mundo del “todo bien”, para lograrlo acudan a veces
a medios auxiliares como los entretenimientos electrónicos, los psicofármacos o las drogas. Todas
modalidades pasivas de procurarse bienestar o, mejor dicho, sensación de bienestar. Otros adolescentes, por
el contrario, lo hacen para aplacar los efectos del hambre, el dolor y la exclusión.
Intervenciones
No podemos desconocer que los imaginarios sociales construyen significaciones tanto respecto al periodo
adolescente en su conjunto como a los distintos aspectos que se juegan en la constitución subjetiva. Cuerpo,
sexualidad, género, salud, enfermedad, autoridad, trabajo, entre otras, son cuestiones que vienen con una
carga de sentidos a veces totalizantes, otras contradictorios, que van configurando el estar adolescente en la
cultura.
El psicoanálisis de adolescentes (tanto el psicoanalista como su paciente) se encuentra atravesado por esas
significaciones. Corresponde al trabajo analítico entenderlas y, al mismo tiempo, sin ejercer una función
valorativa, despegarse de la potencia significante de lo social y abrir la posibilidad de esa búsqueda y
producción singular.
¿Qué entendemos por subjetivante en el análisis con adolescentes? En principio, el trabajo analítico no debe
tender a lo meramente adaptativo, es decir, a propiciar el sometimiento del sujeto a los parámetros
culturales. Para ello es necesario que el adolescente pueda establecer un contacto genuino con su producción
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psíquica y al mismo tiempo con la dinámica de asociación libre, reflexión y vinculo que lo facilite. En ese
sentido, el trabajo con las fantasías, los sueños, la historia, los materiales fotográficos, los escritos personales,
la producción gráfica, suelen ser recursos de gran valía en ese camino hacia el encuentro con lo más personal.
El analista, además de la interpretación, debe acudir a otros modos de intervención que apelen a su inventiva
y plasticidad. Intervenciones subjetivantes que a veces pueden incluir a los padres y la escuela, pero también
hermanos o amigos. Intervenciones en las que es indispensable aconsejar, frenar un acting que ponga en
riesgo al joven o alentar experiencias a contrapelo de lo que otros opinan.
Volviendo a lo contextual
Volviendo a la reflexión sobre lo contextual, también es interesante plantearnos cuáles son las variaciones
que se producen a partir de las transformaciones sociales y culturales de la llamada posmodernidad. Vivimos
en contextos inestables. Tiempos de fluidez e incertidumbre, en los que el adolescente aspira a lograr el
mentado desasimiento de la autoridad, de docentes que no ven considerada por la sociedad su contribución a
la enseñanza, de valores sometidos a una permanente revisión, de una influencia enorme de los medios de
comunicación en cómo es formateada la realidad y en la transmisión de prototipos y personajes ejemplares.
Incorporamos la noción de riesgo en alusión a quienes están expuestos a condiciones menos favorables y
perjudiciales. Pero, cuando incluimos dicho concepto, es importante tener en cuenta la necesidad de
complementarlo con las ideas de inequidad, por un lado, y de daño subjetivo o sufrimiento psíquico, por otro.
→ La idea de inequidad permite no atribuir el riesgo sólo a una condición inherente al sujeto. Existen
determinantes sociales y económicos productores activos de inequidad, en gran medida responsables
de situaciones de riesgo que se ponen de manifiesto en alteraciones no sólo a nivel individual sino
también comunitario, como así también de la complejidad de los fenómenos que no permiten
deslindar causas y factores unidireccionales.
→ El concepto de sufrimiento o daño psíquico habilita incorporar la dimensión subjetiva en donde es
aún menos posible cuantificar causas y efectos, y corresponde encontrar pistas atendiendo a la
singularidad de cada caso.
→ El riesgo puede aludir a algo situacional, mientras que la idea de vulnerabilidad propone pensar
contextos y procesos históricosociales, y podemos compatibilizarla con la de inequidad.
Las organizaciones fronterizas ilustran la complejidad del Yo, sus límites borrosos con los otros y con la
realidad interna y externa. Los adolescentes nos enfrentan con situaciones límites. Algunos autores
consideran a la adolescencia como estado límite cuando el embate pulsional y las exigencias de la realidad
dificultan la salida hacia la exogamia, manifestando - a veces- "fragilidades del yo“. Si estas manifestaciones
son transitorias, como el duelo normal, posibilitan reorganizaciones fecundas de la estructura psíquica. Es por
ello, que en la adolescencia y la primera juventud, no es fácil diferenciar entre organizaciones fronterizas, el
comienzo de la esquizofrenia o de una enfermedad bipolar.
Las organizaciones fronterizas siguen siendo un interrogante para los psicoanalistas. Diversos autores
agruparon bajo la categoría de borderline a pacientes que presentan cierta clínica, considerando lo afectivo,
lo cognitivo, lo relacional y el predominio defensivo más próximo a las psicosis que a las neurosis.
Balint (1968) y Bouvet (1966), plantearon como característico de los estados límite un modo de relación dual
que no es la relación fusional ni la indiferenciación yo-otro de las psicosis. Aquí, el sujeto y el objeto
permanecen diferenciados, pero se da una dependencia fundamental del primero con respecto del segundo,
de forma que el sujeto no puede conservar su integridad si pierde al otro. Esta dependencia en la relación
culmina en una especie de escisión de la personalidad en dos sectores: un sector adaptativo con lo real (de ahí
la aparente normalidad) y un sector que implementa defensas arcaicas de tipo psicótico.
Sostener una posición crítica acerca de los efectos que produce la manera como pensamos y abordamos al
trabajo con los pacientes, mantener la escucha abierta a las nuevas formas que toma el padecimiento
humano, reconocer las nuevas manifestaciones sintomáticas, nos lleva a crear diversas formas de abordaje
clínico y revisar la manera en que quedan conmovidos los conceptos teóricos fundamentales.
En la clínica habitual ya no predominan tanto los síntomas neuróticos, la inhibición, la represión, los conflictos
internos apuntalado unos conflictos sexuales: o en las dependencias familiares e ideológicas, sino que
asistimos cada vez más a las dificultades en las relaciones con los otros y con uno mismo, a la depresión, a los
comportamientos autodestructivos y a las somatizaciones. Nos enfrentamos así a lo que diferentes autores
llaman estados fronterizos, organizaciones fronterizas, trastornos límite de la personalidad, pacientes
borderline, tienen aún que dilucidar si son distintas maneras de referirse a una misma problemática o de
agrupar pacientes difíciles de diagnosticar.
¿Qué entendemos por límite? Los límites son zonas de intenso trabajo que posibilita modificaciones en las
diferentes instancias psíquicas. En las organizaciones fronterizas o borderline el problema se da a nivel de los
límites y sobre todo con respecto a los límites de Yo. En estos pacientes, o hay una gran porosidad o por el
contrario hay una gran distancia con otro, extrema desconfianza; todo lo cual da cuenta de la enorme
sensibilidad y del miedo a la intrusión y también la contrapartida: deseo de fusión exceso de intrusión.
Cuando el papel del Yo auxiliar (la madre que contiene) no está garantizado, las posibilidades del niño se ven
sobrepasadas y el Yo debe hacer frente a la doble angustia: de intrusión y de separación. Estas fallas de los
lazos libidinales o de excesos que perturban el surgimiento del Yo propician marcadas heridas narcisistas.
El polimorfismo sintomático es clave. Con frecuencia los pacientes borderline dan cuenta de una carencia de
interioridad, de desinvestidura del propio espacio psíquico, la dificultad para estar solos, dependencia
adictiva, predomina la tonalidad depresiva, las preocupaciones somáticas, el acto más que la fantasía, entre
otros.
En estas formas clínicas los pacientes elaboran poco, no se conforman con reprimir, sino que necesitan actuar,
expulsar, evacuar, por eso se defienden mediante la renegación y la escisión. De esta manera, luchan por
preservar el sentimiento de sí. A veces, el mundo parece desaparecer, perder sentido. Las fabulaciones, los
delirios, las elaboraciones que hacen los pacientes y nosotros mismos tendiéndoles puentes de sentido para
salvar esos abismos de insensatez, el caos en el sentimiento de sí, son necesarios, pero nunca suficientes.
La problemática borderline o fronteriza arrastra las huellas de su condición de nacimiento aún no resuelta,
que nos lleva a preguntarnos si se trata de una nueva entidad nosografía o de fronteras de lo analizable; y en
este caso, como en todo paciente en el que se pone en duda su posibilidad de analizarse, la pregunta es si los
recursos que nos dio el psicoanálisis freudiano nos son suficientes.
El problema de un límite rebasado merece ser objeto de una reflexión metapsicológica que incluya las
circunstancias históricas sociales en las cuales se produce la construcción de la subjetividad. Es respecto a la
pulsión que se presenta el límite. La educación y la pulsión se trenzan en una lucha cuya ecuación final correrá
hacia el lado de una represión excesiva o de un desbordamiento.
El asesinato simbólico del padre se contiene en los ritos de iniciación, pero en la sociedad o grupos lineales,
este asesinato esta metaforizado como parte de un ritual que mantiene rigurosamente reprimido tal
acontecimiento. El joven demuestra en las pruebas de iniciación que él ya está en condiciones de ser igual al
padre.
El drama edípico debe consumarse, el padre debe ser asesinado. Y es por ello que los límites rebasados son
una constante.
Para el púber de nuestra época el padre idealizado o sus subrogados se presentan como figuras muy
debilitadas. En el plano familiar, el padre real deber ser desautorizado, a través de una serie de actings de
independencia necesariamente transgresivos. Transgresión e independencia no son lo mismo. La trasgresión
puede convivir con la dependencia en un adolescente tardío cuyos actos transgresivos no lo conducen para
nada a su independencia. Pueden coexistir independencia y sometimiento.
El asesinato del padre se realiza en nuestra época sobre un padre herido de una endeblez y debilidad
extrema. Ejemplos claros de la sociedad de corte son aquellas que se instalan bajo las ideas del modernismo,
esencialmente bajo la idea de progreso, la cual implica suponer, en el campo de las generaciones que la
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generación venidera debe superar a la de los padres. En nuestro tiempo la velocidad de corte es muy alta. La
diferencia y el reclamo de la independencia real se encuentran cada vez más tardíamente.
El orden social encarna en una sociedad de corte, la prohibición que impide el goce anhelado. El límite es
percibido como el mantenimiento indefinido de la castración. Los mensajes que provienen del imaginario
social parecen estar de acuerdo con la posibilidad de no castración. Acrecientan un “deliro consumista” donde
el objeto tecnológico o el sexual va a brindar un goce irrestricto.
Si la exhumación del goce y la furia al limite son un fenómeno puberal y adolescente en una sociedad de
corte, esto lo consideramos un fenómeno no psicopatológico, sino en una forma concordante del desarrollo
personal en el interior de nuestra sociedad. Lo patológico depende del quantum. El criterio central es si se
vuelve una cuestión de vida o muerte del sujeto.
→ La adolescencia interminable
→ La instalación de una perversión que se caracteriza por los mecanismos de renegación y los
contenidos sado-masoquistas tanaticos de su sexualidad.
En los casos de no transgresión y sometimiento exageradamente pasivo, en una sociedad de corte a su vez
hay varios cuadros psicopatológicos a discernir:
Solo en las sociedades de corte estos problemas psicopatológicos se pueden presentar porque solo en ellas se
plantea el enfrentamiento generacional.
En una sociedad de corte cuanto menos límites existen, menos debe haber. En el límite se esconde el superyó
prohibidor del Edipo, el padre castrador. El ideal puberal es liberarse totalmente del superyó de la infancia
que lo domina todo. Lo complejo es que coincide con el ideal del imaginario social que ve en la prohibición el
origen de todo el malestar. El ideal puberal y el ideal social van al unisonó, se pretende una adolescencia
interminable.
Los ritos de iniciación marcan el momento de pasaje de niño a adulto. Puntúan el momento en el cual un
sujeto no dotado de una capacidad genital se transforma en un sujeto que empieza a dotarse con capacidad
de resolución genital.
El modo de enfrentar la crisis en la cual entran todas las estructuras en el transcurso de la pubertad está
pautado por la sociedad lineal marcando una serie de comportamientos cuya finalidad es que el sujeto supere
esa crisis sin poner en peligro su propio equilibrio narcisista ni al Otro, es decir, el discurso social, con su
sistema e significantes comandados por la ley del padre.
Los ritos de iniciación, en nuestra sociedad posmoderna, están encubiertos. Han perdido su poder de
autorización por parte del discurso social.
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Un índice psicopatológico del límite es que se vuelva una cuestión de vida o muerte para el adolescente o
para sus padres. Tanto su aceptación como su rechazo.
En una sociedad como la nuestra el pasaje generacional implica de alguna manera que el sujeto se autoriza a
sí mismo como nuevo adulto a través de una serie de pruebas disruptivas o transgresivas.
La autorización para portar la insignia fálica en los dos sexos está marcada en la sociedad actual por una serie
de marcas que consisten en poner en entredicho el discurso de la generación precedente. Esta portación de la
insignia fálica se concretiza por una marca corporal. Ej.: los tatuajes. Si no lo puede hacer esto lo ubica de un
modo tanatico en el lugar de niño.
Esto nos lleva a la necesariedad de la revuelta. Dos clases de adolescentes revoltosos. Uno es el adolescente
de mayo del 68 y el posmoderno.
→ El joven del 68 hace su revuelta en función de ideales nobles, en el sentido de que hay algo por
construir. Postula ideales de igualdad, fraternidad y libertad.
→ En el joven posmoderno hay, en cambio una falta de ideales nobles. La idea dominante es dejar esa
pasión por la construcción y por la vida más allá de un goce sensorial inmediato. Es un hecho del
posmodernismo el fanatismo por lo banal. Los ideales se han devaluado y se han cambiado por
fetiches. Este tipo de revuelta sin ideales sociales parece contener un elemento más auto destructivo
porque no hay nada por lo cual luchar, por lo cual soñar.
En la consulta son cada vez más frecuentes ciertas modalidades existenciales a las que he denominado “vidas
grises” y es de suma importancia distinguirla de las depresiones. En general, suelen presentar:
→ Poca vitalidad
→ Aburrimiento
→ Pueden ser vidas sin demasiadas dificultades
→ Poco interés sexual en jóvenes de ambos sexos
→ Poca disposición a interactuar con otros
→ Buenas escolaridades
→ Pocos anhelos
→ Muestra apego a sus parejas, pero no sabrían decir si están enamorados o enamoradas
→ Si son progenitores/as en periodo de crianza, concurren a todo con sus hijos/as
→ “Todo bien”
→ Pueden traer diagnósticos médicos de stress, fatiga crónica, etc.
→ Estas modalidades existenciales son frecuentes en jóvenes heterosexuales de ambos sexos, pero no
en varones gay
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→ El motivo de consulta puede no ser nada de lo hasta aquí señalado. Suelen concurrir a la consulta
cuando alguna existencial los/las sobrepasan.
Tal vez estemos en presencia de un modo de subjetivación de estos tiempos donde estas vidas grises
despliegan, sin demasiados conflictos, donde lo valorado es la ausencia de conflicto. Han sido hijos/as
cuidados, sin marcadas carencias materiales, que parecieran no haber necesitado fuertes rebeldías
adolescentes, pero que pueden quedar rápidamente sobrepasados/as por las contingencias cotidianas de la
vida.
Presentan un tipo particular de sobre adaptación donde se trata de vivir con lo dado, hacer lo que se espera.
Hay una ausencia de anhelo de construir las propias experiencias.
En este sentido, para optimizar la escucha clínica se vuelve necesario pensar en la tensión de lo que
Castoriadis llamaba el avance de la insignificancia y poder preguntarnos como y que se estaría insignificando,
produciendo estos vaciamientos de las significaciones imaginarias sociales. Según Castoriadis, las instituciones
dan sentido a la psique, ¿cómo se producen subjetividades en el marco de “instituciones estalladas”?
Por otra parte, en el lado opuesto de la sobre adaptación nos encontramos con lo pulsional salido de cauce,
accionando abusos de diverso orden, violencias, trastornos alimentarios, adicciones, etc. Estas problemáticas
constituyen modalidades existenciales distintas a las de las vidas grises. Es necesario hacer esta distinción
porque:
La cuestión del júbilo en psicoanálisis ha sido poco conceptualizada. Se trata de la alegría de los cuerpos en
acción en situación colectiva. Crescendo de intensidades que inventa lo nuevo. Situaciones que desbordan,
estallan el fantasma personal. La autora se pregunta cómo se pueden construir los conceptos necesarios para
elucidar las situaciones en relación al júbilo. Llega a responder que habrá que transitar de la interdisciplina a
la transdisciplina. Es condición necesaria en tanto pone en intención de dialogo conceptos que las
territorializaciones disciplinarias habían separado. Así, por ejemplo, para poder elucidar las potencias de
invención de un colectivo que hace máquina, que acciona inventando y empodera a quienes en él participan
deberíamos revisar la ontologización que se ha realizado en nuestro medio, por la cual el deseo solo puede
ser pensado como deseo-carencia.
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Las vidas grises, los cuerpos cansados, la gente cada vez más aislada y sola forman parte de dispositivos
biopolíticos imprescindibles para la reproducción del capitalismo. La producción de soledades aísla cada vez
más a cada quien de sus potencias. Ahora podemos agregar que siempre hay líneas de fuga a los poderes de
dominio. Spinoza planteaba frente a las pasiones tristes, hay que configurar pasiones alegres. Y allí es central
el registro de las propias potencias. Este registro no se realiza nunca en soledad; se compone con otros, entre
otros, entre muchos, entre algunos.
Si las relaciones de dominio constituyen un paquete enredado de relaciones de poder donde operan en
multiplicidad diversas diferencias desigualadas (geopolíticas, culturales, de clase, étnicas, religiosas, de opción
sexual, etc.) se tratara de articular multiplicidades de estrategias de invención colectiva y anónima de
emancipaciones y libertades.
Muchas veces pueden pensarse como estrategias sin tiempo. No es que no haya apuro, sino que son
estrategias permanentes. No se trata del futuro, sino siguiendo a Derrida de lo por venir. Se trata de forzar los
límites de lo posible. No solo resistir sin también inventar, desde potencias deseantes, formas cada vez más
libres de existir entre-algunos, entre-muchos.