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Tarea

Este documento narra la celebración del primer aniversario de una pareja. Comienza describiendo su encuentro sexual apasionado. Luego relata detalles físicos de ambos y cómo se conocieron. Prosigue contando cómo prepararon una cena romántica e íntima que terminó en caricias y besos provocativos. Finalmente, la narración concluye cuando ambos se entregan al placer mutuo en la cama.

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Tarea

Este documento narra la celebración del primer aniversario de una pareja. Comienza describiendo su encuentro sexual apasionado. Luego relata detalles físicos de ambos y cómo se conocieron. Prosigue contando cómo prepararon una cena romántica e íntima que terminó en caricias y besos provocativos. Finalmente, la narración concluye cuando ambos se entregan al placer mutuo en la cama.

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COMPLACIENDO

A MI MUJER

1
Capítulo 1
Noche de aniversario

La cama rechinaba, mi esposa Yosahara gemía de manera ahogada mientras


mordía una almohada al tiempo que yo la penetraba salvajemente boca abajo,
contra el colchón. Sus dedos apretaban las sábanas, su culo blanco se había
puesto rojo de las nalgadas que le había dado, fruto de nuestra pasión, su cuerpo
estaba tenso, a punto de correrse en un orgasmo bestial que la sacudiría por
completo. Yo estaba sobre ella, y aprovechaba para morderle la nuca, lamer el
lóbulo de su oreja y decirle lo mucho que la quería, cuanto me ponía y las
guarradas que le haría. Eso, junto a mis bufidos, la tenía en un estado de máxima
excitación, muy cerca del orgasmo.
Pero ¿cómo llegamos a este punto? Bueno déjenme explicarles. Yosahara
es mi esposa, una rubia espectacular, con cara de ángel, pero con un cuerpo
envidiable que invita a la lujuria. Nos casamos cuando ella tenía 26 años, a los
diez años de conocernos. Aun así, lo que más me atrajo de ella siempre fueron
su multitud de virtudes, sus hermosas cualidades y sobre todo su gran corazón.
Mide un metro con sesenta y ocho centímetros, su piel es blanca y tiene una
larga cabellera rubia que le llegaba hasta la cintura y que siempre me gustó
peinar después de salir de darnos un baño juntos. Sus pechos perfectos son copa
34B, coronados por un pezón de lo más hermoso de color rosado, al igual que su
delicioso coñito que siempre lleva depilado y listo para la acción; y protegido
entre sus delicados pliegues, está su centro de deleite, su placentero clítoris. Su
culito respingón es otra de mis debilidades, cada que lo veo, con ropa o sin ella,

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necesito tocarlo, apretarlo, nalguearlo, besarlo o morderlo. Pero de entre todas
sus curvas, la que me hace flaquear siempre es su sonrisa, me pone tan
vulnerable que le concedo todos sus caprichos,
Por otra parte, yo soy Emmanuel. Mido un metro setenta y nueve, mi
cabello es chino y negro, comencé a hacer ejercicio desde antes que empezara a
salir con semejante mujer, así que después de un par de años, me encuentro muy
bien tonificado; sobre todo, para poder ofrecerle la mejor versión de mí. Uso
barba, porque sé que eso le encanta, así que la cuido mucho. Mi piel es mestiza,
pero lo que más satisfacción me da es que tengo una larga verga gruesa y venosa
que la hace gemir de maravilla. Cuando estamos juntos, no solo somos los
mejores amigos del mundo, sino que también nos tenemos toda la confianza
imaginable. Pero en la cama, somos como fuego y pólvora, juntos hacemos arder
toda la habitación.
Regresando al comienzo de esta historia. Esa noche estábamos
celebrando nuestro primer aniversario. Ella se había vestido con una vestido rojo
que apenas llegaba a sus rodillas y un generoso escote que hacían lucir su cuerpo
destacando lo supersensual que siempre me ha parecido; mientras que yo me
había arreglado con un traje negro de raya diplomática de tres piezas para la
ocasión especial. Yo había adornado el comedor para nuestra celebración junto
a la sala y nuestra habitación. Había encendido velas y colocando pétalos de
rosas por todos lados, además había cocinado para ambos su comida favorita,
unas enchiladas suizas, y había
preparado tanto frutas como un postre
de chocolate amargo para sorprenderla.
Todo lo habíamos acompañado con un
par de copas de vino tinto a la luz de las
velas, mientras en el estéreo se
reproducía un playlist con una selección
de las canciones que más le gustan a
ella.
La cena pasó de lo más tranquilo, mientras platicábamos un poco de todo
y nada a le vez. A veces nos tomábamos de la mano, o nuestras piernas rosaban
una contra la otra. Al llegar al postre, teníamos la costumbre de dárnoslo el uno
al otro en la boca. Así que me levanté para servirnos, acerqué los cubiertos que
usaríamos, y me senté, solo después de darle un beso en la frente. Tomé una

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porción de postre con el tenedor y ella abrió instintivamente la boca,
inmediatamente ella hizo lo mismo conmigo. Pero ahora, el vino comenzaba a
hacer estragos en su cuerpo, y los rozones de mano con mano y pierna con pierna
fueron cada vez más provocadores.
Mi rodilla se encontraba en su entrepierna mientras ella apretaba ambos
muslos para dejarla allí, yo ya sentía el calor que emanaba de su rincón más
íntimo. La mano que tenía libre la bajé para tocar su rodilla y subirla por el
muslo debajo de su vestido, su piel reaccionó estremeciéndose al instante. Subí
lentamente por debajo de su piel, acariciando la parte interna de sus muslos
hasta llegar cerca de su intimidad, pero sin llegar a tocarla realmente. Su
respiración comenzaba a acelerarse, y sus mejillas se ruborizaron por mi
atrevimiento. Durante el postre, no dijimos ni una palabra, pero nuestras
miradas lo decían todo, el amor, cariño, deseo y complicidad que nos teníamos
en ese preciso momento. Queríamos que las cosas se fueran dando solas, sin
planear algo, pero ambos teníamos muy claro una cosa sin habérnosla dicho,
esta noche la festejaríamos con un maratón de sexo apasionado hasta que
cayéramos rendidos y no pudiéramos más.
Después de terminarnos el postre entre caricias, la miré a los ojos y le
agradecí por haberme regalado el mejor año de mi vida a su lado, ella se limitó
a sonreír y a darme un beso de lo más tierno. Nuestros cuerpos, al haber estado
juntos el tiempo suficiente, se habían adaptado el uno al otro y reaccionaban
con gran rapidez. Su respiración agitada me confirmó su creciente excitación.
Cuando el beso terminó, se levantó de su silla y se sentó en mis piernas.
Con mi brazo derecho la abrazaba mientras nos besábamos, mientras que con
la mano libre palpaba sus senos. Ella me abrazó por el cuello y me besó con más
pasión. Bajé mi mano izquierda por su vientre y la puse sobre su muslo
acariciando hasta llegar a su concha. Hice a un lado la tanga y jugué con la punta
de mis dedos en su entrada, acariciando toda la extensión de sus labios y clítoris.
Al sacarlos, me los chupé para beberme el néctar de su interior. Con cuidado le
quité el sostén y saqué sus pechos, para verlos embobado a la luz de las velas,
como en nuestra noche de bodas.
Yosy alargó su mano y tomó el envase de la crema batida para ponerse
sobre los pezones.

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—¿Vas a querer postre amor? —me dijo seductoramente mientras me
sonreía.
La miré con una sonrisa que dejaba ver cuantas ganas le tenía. Acerqué a
mi boca su seno izquierdo y devoré su pezón. Lo lamía y besaba, lo chupaba en
ratos y hasta lo mordisqueaba, mi esposa solo miraba al techo mientras dejaba
fluir por todo su cuerpo el placer que la inundaba. Mientras le comía las tetas le
metía los dedos al coño, por lo que gemía cada vez más fuerte. Cuando pasé a su
pezón derecho, ya metía y sacaba a toda velocidad dos de mis dedos. Me detuve
solo hasta que explotó en un orgasmo.
—¡Qué rico estuvo eso bebé! —me dijo cuando recuperó la respiración.
—Y apenas vamos empezando la noche amor.
—¡Ay, qué delicia! Ya quiero verga.
Lo que mi esposa tenía de hermosa lo tenía de morbosa, y eso me
encantaba de ella. De su parte, le encantaba que yo fuera así de caliente y que
no lo aparentara nada. De cierta forma era el mayor secreto que teníamos entre
los dos ante la sociedad. Así que cuando comenzaba a usar lenguaje vulgar me
prendía más.
Nos pusimos de pie y la cargué entre mis brazos para llevarla a nuestra
habitación. Cuando la dejé en la alfombra al pie de la cama, con las tetas aun al
aire, me sentó en el sofá que tenemos al lado. Se puso frente a mí, y bajando
lentamente el cierre de su vestido, lo dejó caer al suelo quedando solo en
zapatillas de tacón alto y una tanga roja. Me dio la espalda y mirándome de reojo
tomó la ultima prenda que la protegía de la desnudez completa y la bajó muy
lenta y seductoramente por la extensión de sus piernas. Ella sabía que verla así
me pone muy cachondo, así que jugaba a provocarme y su mirada lo evidenciaba.
Verla descubriendo ese hermoso par de nalgas blancas, mostrándome su
concha abierta y húmeda mientras se desvestía era de los mejores premios que
ella me daba. Sin decir una sola sílaba, subió sus rodillas a la cama y apoyando
su cara en el colchón se abrió las nalgas con ambas manos. Me lancé y tomé ese
hermoso culo en cada mano apretándolo y abriéndolo para enterrar mi cara en
ella. Pasé mi lengua por la mitad de su coño mientras mi nariz se enterraba en
su culo. Rápidamente la penetré con mi lengua y froté su clítoris con mis dedos.
Ella gemía y se retorcía. Estiré la mano para jugar con sus pezones, estos estaban

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ya endurecidos, tanto por su excitación como por el
juego previo en el comedor. Se mordía el labio y
apretaba las sábanas entre sus dedos. No dejé
escapar ni una sola gota de su néctar femenino, mi
lengua atrapaba gustosa cada molécula que
emanaba de su cueva de los placeres. El sabor de su
coño me llenaba la boca y me provocaba una
erección tremenda.
Yosy se vino cuando succionaba su clítoris entre mis labios y le picaba la
concha con un dedo y acariciaba su culo. Fue un orgasmo brutal que la hizo
estremecer muchísimo, sus piernas temblaron tanto que juntó sus rodillas y
después se desplomó completamente.
—Ahora te toca a ti amor— me dijo aún jadeando.
Me tomó de la corbata y me sentó de nuevo en el sofá. Ella misma me
quitó el saco. Mientras yo me sacaba la corbata, ella me quitó el chaleco y la
camisa. Mi tardanza se debió a que me perdía en sus pechos, pues para mi es
sumamente placentero admirar su desnudez, en cambio ella deseaba ser
penetrada ya por mi verga. Me besó en los labios y besó mi torso. Cuando llegó
al pantalón, me puse de pie y con una mirada morbosa me dejó saber toda su
calentura.
Besó mi verga dura sobre la tela, me desabroché el cinturón y de un solo
movimiento me bajó pantalón y bóxer, haciendo que mi verga saltara como
resorte a su carita hermosa. Con una mano la sostuvo por la base y abrió sus
labios para meterse mi glande a la boca. Cerré los ojos para disfrutar de sus
caricias bucales, y sentí cómo ella me lamía toda la riata, desde la base hasta su
punta. Luego, la sensación de tenerla succionando mi verga fue placenteramente
inconfundible. Yo solo podía acariciarle el cabello y las mejillas en
agradecimiento. Tanta era mi calentura acumulada que tardé poco en sentir que
mi eyaculación se acercaba, así que le avisé. Ella siguió dándome una deliciosa
mamada hasta que exploté mientras me acariciaba las bolas. Mi amada, que ya
me conocía, se sacó mi verga un instante antes de correrme para llenarle de lefa
toda la cara. Cuando la vi así, arrodillada desnuda frente a mí, con esos ojos de
lujuria y lleno de esperma su rostro, me encendí más y no perdí la erección.
Cuando me soltó la polla fue solo para untarse mi leche uniformemente en la
cara.

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—Es la mejor mascarilla y no pienso desperdiciar ni una gota.
—¿A sí? —le dije tomándome la verga y pasándole el glande por los labios—
Entonces límpiala bien.
La tomé de la mano y la ayudé a pararse para que se sentara sobre mí.
Ella tomó mi miembro y lo enfiló a su interior mientras bajaba lentamente. Una
vez así, unidos de la manera más íntima, confirmamos nuestro amor con un tibio
beso apasionado. Cada uno acariciaba la espalda del otro. La pegaba contra mí
para sentir sus cálidos pechos en mi piel. Mis manos se divertían en su cuerpo,
tocando cada parte de su espalda, cintura y trasero. Ella hacía lo mismo
conmigo. Cuando dejamos de besarnos, ella comenzó a darse de sentones
lentamente, eso me indicó que quería algo más pasional y romántico… al menos
por el momento. Ya habría momento de darle como cajón que no cierra más
tarde esa noche o quizá otro día.

Mientras subía y bajaba por mi virilidad, yo apretujaba la delicia de culo


que tiene y le mamaba las tetas con delicadeza, para estimular todo su cuerpo.
Ella me miraba a ratos directo a los ojos entre los gemidos de ambos o cerraba
los ojos y echaba la cabeza para atrás para disfrutar de la desnudez de nuestros
cuerpos. Mientras ella se dejaba llevar por el placer, me gustaba lamer sus
pezones, senos y su canalillo. Entonces le di una buena nalgada.
Cuando se hizo para atrás y subió sus piernas a mis hombros, me permitió
tomarla con mayor firmeza por la cintura, y aprovechando nuestro centro de
gravedad, penetrarla con más cadencia, acelerando tanto el ritmo como la
profundidad de las embestidas. Eso le gustaba, así que me puse pie sin salirme
de su interior y cargándola, la cogí contra la pared, sujetándola firmemente de
los brazos.
Luego de un rato, como aun tenía sus tobillos en mis hombros, la tomé
del culo y la subí hasta que se sentó en mí, dejando su coño al alcance de mis

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labios, el cual castigué con unas deliciosas lamidas. Eso subió su excitación, pero
no dejé que se corriera. La bajé y la empiné contra el muro. Le soné unas buenas
nalgadas en ese culo precioso para después hacerme paso a su interior
nuevamente.
Mi peso la aplastaba contra la pared y eso la ponía muy cachonda. Así que
le decía lo mucho que me excitaba toda ella, y ella gemía aun más. Sin previo
aviso se corrió soltando un grito ahogado y mordiéndome la verga con las
contracciones de su vagina. Yo no dejé de moverme para que ella disfrutara al
máximo. Este era su tercer orgasmo de la noche y yo apenas llevaba uno.
—Amor, hay que seguirle en la cama, ya me cansé— me dijo.
—¿Quieres que ya lo dejemos por hoy?
—¡No! Aun quiero coger, dame más verga por favor.
—Claro bebé. Lo que tú quieras. Tu sabes que te cumpliría cualquier cosa.
Caminamos unos pasos a la cama tomados de la mano, y se puso en
cuatro, ofreciéndome de nueva cuenta su cuerpo, para hacerle lo que quisiera.
Me quedé admirando por un segundo sus hermosas nalgas, muy generosas y
bien torneadas, cómo dibujaban un culo firme y entre ellos, más abajo, un
preciosísimo coño rosado y bien cerradito. Pasé mis dedos por su vulva para
juntar sus fluidos y bebérmelos. La tomé de la cintura y puse mi verga en su
entrada, frotándola por todos sus labios. Mi glande estaba muy hinchado,
dejando ver su característica forma de hongo. Se la metí lentamente y le azoté
otro par de nalgadas. Su piel al ser tan blanca, se enrojecía al instante.
—¿Lo decías en serio amor? — me preguntó.
—¿Qué cosa?
—Lo de cumplirme cualquier cosa.
—Claro bebé, tú sabes que jamás te mentiría en algo así.
—Entonces dame duro. Lo más duro que puedas.
Sin mediar más palabras, le pegué otra nalgada y le enterré hasta el fondo
la riata. Ella gimió de placer. La tome de la cintura por ambas manos y le daba
tan fuerte cada embestida que le sacaba el aire y la empujaba hacia adelante.
No tardé ni cinco minutos metiéndole pito, cuando ella dejó de apoyarse con sus

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manos y acostó su cara sobre el colchón para verme de reojo mientras arremetía
contra su cola. Y así llegamos a cómo comenzó todo.
La cama rechinaba, mi esposa gemía de manera ahogada mientras mordía
una almohada al tiempo que yo la penetraba salvajemente boca abajo, contra el
colchón. Sus dedos apretaban las sábanas, su culo blanco se había puesto rojo
de las nalgadas que le había dado. Su cuerpo estaba tenso, a punto de correrse
en un orgasmo bestial que la sacudiría por completo. Yo estaba sobre ella, y
aprovechaba para morderle la nuca, lamer el lóbulo de su oreja y decirle lo
mucho que la quería, cuanto me ponía y las guarradas que le haría. Eso, junto a
mis bufidos, la tenía en un estado de máxima excitación, muy cerca del orgasmo.
Hasta que no se pudo contener y explotó en otro orgasmo. Sus contracciones
hicieron que también me viniera y le llenara las entrañas de semen.
Me dejé caer sobre ella sin sacarle la verga.
—Amor, ¿me cumplirías otra fantasía?
—Claro.
—¿De verdad?
—Sí, ¿cuál es?
—¿Pero no te enojas?
—Jamás podría enojarme contigo. Tienes una sonrisa tan linda que me
hace sentir en deuda contigo, además me haces tan feliz que no podría negarte
nada.
—Bueno…
—¿Entonces? ¿De qué se trata?
—¿Me dejarías probar otra verga?
Su pregunta no me la esperaba. Por un momento pensé que me había sido
infiel o que ya tenía una aventura con alguien. Siendo tan atractiva, propuestas
no le faltaban.
—¿Por qué lo preguntas?
—Es que he soñado que cojo con alguien más, ya son varias veces y me
quedo muy inquieta al despertar.

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En un instante el morbo se apoderó de mí, y me pregunté cómo sería verla
coger con otro.
—¿Con quién has soñado amor? —le pregunté besando su nuca.
—Ya te has de imaginar.
—¿Con Miguis?
—Sí.
—Hay bebé, aun no lo superas, ¿verdad?
—No.
—Pues yo creo que te haría bien cogértelo, para que puedas avanzar.
—¿De verdad?
—Sí, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Yo quiero ver.
—¡Amor! No creo que él se preste a eso.
—Pero puedes grabar a escondidas, así tendrás la oportunidad de revivirlo
las veces que quieras.
—Pues no es mala idea ahora que lo dices.
Nos acostamos de lado mirándonos de frente.
—¿Y ya has pensado cómo convencerlo?
—No, pero eso déjamelo a mí. ¿Tengo tu permiso?
—Sí.
—Va.
Como ya era entrada la noche, me dio la espalda y le metí la verga
mientras la abrazaba, así nos quedamos dormidos.

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Capítulo 2
Aventura consentida

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