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Libro Tutunki

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Tutunki

Andrea Paz

Barcelona, Bogotá, Buenos Aires, caracas


Guatemala, Lima, México, Miami, Panamá, Quito, San José,

San Juan, San Salvador, Santiago de Chile


Título: Tutunki
Copyright© Andrea Medrano, 2008
© Grupo Editorial Norma, S. A. C. 2010
Canaval y Moreyra 345, San Isidro

Lima Perú

Teléfono: 710 - 30000

ISBN: 958-04-3401-8

Copyright © de la edición en español para Editorial Norma S.A., 2001


para Estados Unidos, México, Guatemala, Puerto Rico, Costa Rica,
Nicaragua, Honduras, San Salvador, República Dominicana,
Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia,
Paraguay, Uruguay, Argentina y Chile.
A.A. 53550 Bogotá D.C. - Colombia

Reservados todos los derechos.


Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra,
por cualquier medio, sin permiso escrito de la Editorial.
Printed in Colombia - Impreso en Colombia
por Editorial Nomos S.A. - Marzo 2006
Dirección editorial, María Candelaria Posada
Diagramación y armada, Ana Inés Rojas
ISBN: 958-04-6023-X
CONTENIDO

Tutunki 9
Un encuentro 13
El mono Choro 15
Chorito y Cuquín 23
Hora de seguir el viaje 29
La Cuchi 35
El concurso de mascotas 41
Unas mascotas talentosas 45
La fama 51
Chorito estaba a salvo 55
Un mal entendido 59
En busca de las mascotas perdidas 65
Un raro sentimiento 69
Una nueva pérdida 75
Una caja muy especial 79
El encuentro 85
Nuevas noticias de Tutunki 89
Lo que era sentirse verdaderamente
feliz 93
Tutunki

En los bosques densos y húmedos de las


vertientes orientales andinas, cerca de los
arroyos y acantilados, habita una raza de ave
muy bella llamada gallito de las rocas. A estas
aves les gusta vivir entre las rocas de las
montañas; allí se protegen y construyen sus 9
nidos. Los machos son de color rojo brillante y
tienen una cresta sobre la cabeza.
Los gallitos de las rocas son excelentes
bailarines, aunque generalmente silenciosos.
Se podría decir que solamente gritan cuando
están asustados. Pero entre estos hay uno muy
singular: se llama Tutunki y, a diferencia de
sus compañeros, canta y lo hace de maravillas.
Tutunki cantaba rock y verlo era todo un
espectáculo. Su fama se había extendido por
toda la región y muchos animales llegaban
desde tierras lejanas para disfrutar de su voz.
Era imposible no bailar al compás de sus
alegres canciones, Tutunki logró incluso tener
un club de admiradoras que se ponían de
acuerdo para enviarle toda clase de regalos y
exóticas frutas.
Tutunki era talentoso, hermoso, gracioso...,
pero también engreído y vanidoso.
—Tutunki, ¿quieres esta fruta?
—¡ Wank! Está demasiado madura.
—Tutunki, ¿qué te parece esta otra?
—¡Wank! Está demasiado dura. Siempre se
quejaba. En primavera, porque había
demasiado polen; en verano, porque hacía
demasiado calor; en otoño, porque hacía
10 demasiado viento y en invierno, porque hacía
demasiado frío. Su garganta era demasiado
delicada, su plumaje era demasiado fino para
mostrarlo a diario, su voz era demasiado
celestial para desperdiciarla en cualquier lugar.
Nada era suficientemente bueno para
Tutunki. Nunca estaba satisfecho.
Con el pasar del tiempo, la montaña empezó
a parecerle aburrida y los demás gallitos
demasiado simplones para codearse con una
estrella de rock como él. Frecuentemente
pasaba por su cabeza la idea de dejar aquel
lugar e ir a buscar una vida a la altura de su
talento.
"¡Quiero luces, limosinas, quiero casas con
piscina, quiero autos, movimiento, que mi
cresta vuele al viento!", Tutunki pensaba antes
de dormir, "¡Wank! Este lugar no es para mí,
tengo que salir de aquí".
Una mañana, sin despedirse de los suyos,
Tutunki emprendió el vuelo dejando atrás su
roca, su montaña y su arroyo, rumbo a lo
desconocido. 11
Voló durante varias horas hasta que decidió
descansar en la rama de un árbol, de pronto
escuchó un sonido diferente. Era una voz
humana. "¡Oh!", pensó Tutunki, "¡Un humano!
Voy a hacerle una demostración, tal vez me
lleve a la televisión".
Tutunki cantó con todas sus ganas. El
hombre lo miró extasiado.
Al darse cuenta de que había captado la
atención de aquel hombre, Tutunki, desplegó
toda su gracia, cantó y bailó hasta despeinarse.
Estaba tan emocionado que del rock pasó a la
tecnocumbia, luego a la salsa y de ahí al
merengue... Ya estaba comenzando a zapatear
un huaynito, cuando pensó: "Me va a dar un
patatús, ¿quién apagó la luz?".
Luego solo hubo silencio, aunque algún
pajarito que estuvo por ahí cuenta que escuchó
un "¡Wank!".

12
Un encuentro

En la oscuridad, Tutunki se preguntaba


dónde estaba. Sintió mucho frío, hambre y
miedo.
Aquel hombre lo había metido en una caja
para venderlo en la capital. "Seguro me darán
mucho dinero por este pajarraco colorado,
aunque creo que está chiflado"", pensaba el
rufián.
13
Dentro de aquella cajita que se había
convertido en una prisión, los pensamientos
fluían. Tutunki se preguntaba si seguiría en esa
oscuridad para siempre. ¿Adónde lo estarían
llevando? Tal vez nunca más sentiría el polen
de la primavera, ni el calor del verano, ni el
viento del otoño, ni el frío del invierno y
suspiraba. ¡Cómo le provocaban sus frutas!
¡Qué no daría por ver una cara amiga!
"¡Wank! ¡Sáquenme que aquí, este lugar no
es para mí!".
El hombre de la caja caminó hasta llegar al
paradero del pueblo más cercano y se metió en
un bus interprovincial repleto de gente. El viaje
iba a ser larguísimo. Todos estaban muy
apretados y se acomodaron como pudieron.
Una vez que el bus echó a andar, el hombre
de la caja observó a la gente que viajaba llena
de maletas, bolsos y otros bultos. Algunas
personas llevaban verduras; otras, equipaje;
otras, quesos, panes y hasta vio a un mono
choro prendido de un niño. Desvió su vista
hacia la ventana, el paisaje verde fue
haciéndose cada vez más oscuro, pues iba
cayendo la noche y lentamente, fue
quedándose dormido. Cuando abrió los ojos,
14 varios kilómetros adelante... "¡Mi caja!",
exclamó. Pero nunca más la vio.
El mono Choro

—¡Mamá, mira lo que Chorito encontró! —


dijo el niño, dueño del mono choro, que
acababa de entrar en su casa.
—¡No me digas que otra caja! —protestó la
madre desesperada—. Ya no tenemos lugar
para poner más.
El mono tenía una extraña fascinación por
las cajas. Caja que veía, caja que agarraba con
15
su cola. Y el niño, que andaba siempre
distraído y pensando en las musarañas, nunca
se daba cuenta de que el mono las robaba.
—Parece que tiene algo adentro —observó
el niño, agitando la caja con energía.
—Sí, parece que hay algo adentro —dijo el
padre que, al mismo tiempo, abría la caja con
una navaja y...
—¡ ¡ ¡Un lorito!!! —dijeron los tres.
—Pero está dormido —dijo el niño.
Tutunki no estaba dormido, estaba
desmayado por todo el trajín que había tenido.
Horas más tarde, cuando Tutunki recobró el
sentido, lo primero que vio fueron unas rejas
blancas y, tras ellas, un par de ojos grandes y
negros que lo miraban con atención.
"Hola. Aurora. Hola", le decía el niño, con
el mono choro encaramado sobre su cabeza.
Tutunki estaba un poco perdido, tratando de
entender lo que pasaba. De lo que sí se dio
cuenta era de que ya no estaba en la caja, sino
en una jaulita, con comida y agua.
—Qué bueno que te despertaste —le dijo el
niño. Eres un lorito flojo, desde que llegaste
solo has dormido y yo te estaba esperando para
que me hables un poco.
16
—¡Wank! ¿Lorito me ha llamado? ¡Qué
niño maleducado!
T u t u n k i estaba histérico. Habráse visto
tamaña ignorancia, confundirlo a él, todo
Un gallito de las rocas con un loro.
—Lorito, quiero que digas "Hola. Aurora.
Hola" —insistía el niño.
"¡Wank! Justo lo que me faltaba, al menos
en la caja nadie me fastidiaba. ¡Este lugar no es
para mí, tengo que salir de aquí!", siguió
pensando Tutunki.
¿Pero cómo iba a salir de ahí? ¡Estaba en
una jaula! No le quedaba más remedio que
soportar al niño que le repetía
17
incansablemente: "Hola. Aurora. Hola".
Todos los días el niñito se ponía frente a la
jaula de Tutunki repitiendo sus famosas y
gastadísimas palabritas, pero Tutunki no
decía ni pío, estaba en huelga de si El monito
choro empezó a sentir celos de Tutunki que,
día tras día, iba acaparando más y más la
atención del niño. Así que un buen día,
aprovechando que no había nadie en casa,
abrió la jaula para que Tutunki pudiera
escapar.
Ni corto ni perezoso, Tutunki salió de la
jaulita, pero se dio un gran chasco. No podía
volar. Aleteó con todas sus fuerzas, incluso
probó lanzándose desde lo alto de la mesa
donde estaba apoyada la jaula, pero solo
consiguió un tremendo encontronazo con el
piso.
Desconcertado, se preguntaba qué estaba
pasándole. Miró bien su cuerpo y descubrió
que le habían cortado algunas plumas, como
mucha gente les hace a los loritos.
Tutunki, desconsolado, lloró por su suerte y
por su hermoso plumaje que había sido
cortado.
Chorito, que lo miraba, comprendió el pesar
de aquella ave. En cierta forma, se sentía
18
también un poco culpable por haber robado
aquella caja en el bus interprovincial. Tal vez
aquel hombre era su dueño y lo trataba bien, tal
vez por su culpa aquel pájaro colorado ya no
tenía su plumaje perfecto... No siguió
pensando. Lo tomó, lo montó en su lomo y le
preguntó:
—¿Adónde quieres que te lleve?
Al oír estas palabras, Tutunki se repuso
rápidamente, como cuando a un bebé le ofrecen
un chupete tras un golpe. Buena pregunta.
Aunque su plumaje ya no era tan vistoso, aún
mantenía intacta su preciosa voz. Se olvidó de
sus reflexiones en la caja. Ahora que estaba
libre nuevamente veía posibles sus sueños de
fama y fortuna. Y respondió:
—¡ Wank! La ciudad me está esperando, así
que vámonos apurando.
—¿A la ciudad?
—¡Wank! Sí, a la ciudad quiero que me
lleves, no me digas que no te atreves.
Chorito miró la casita humilde donde vivía con
el niño al que quería tanto. Luego miró a
Tutunki que caminaba dando vueltas a su
alrededor con ojos suplicantes. Dudaba. 19
Pensaba en el niñito, se separaría de él y no
sabía con certeza si algún día podría volver a
mirarse en aquellos dulces ojasos negros.
También le inquietaba pensar que irían hacia la
ciudad, sentía que no era lugar para ellos. Ya
se estaba arrepintiendo de su ofrecimiento
cuando Tutunki empezó a cantar una melodía
melancólica, como para conmoverlo:
La vida es muy triste.
Todo es sufrir y callar.
M i alma de azul se viste,
cantando para no llorar.
—Bueno, bueno, bueno, mira chico, yo te
llevo a la ciudad, pero no creas que me voy a
quedar ahí contigo. Una vez allá te las tendrás
que arreglar tú solo. Yo regresaré aquí
inmediatamente —le dijo el mono al gallito de
las rocas.
Tutunki escuchó esto sin sorprenderse,
después de todo, nunca había pensado entablar
amistad con aquel "mono pueblerino" y menos
aún tener que vivir con él en la ciudad. Si tenía
que viajar con él era debido a las circunstancias
que le impedían valerse por sí mismo. El gallito
de las rocas estuvo de acuerdo con la
proposición del mono.
20 —¡Wank! Por supuesto, una vez allá:
"Calabaza-calabaza cada uno a su casa" —
respondió Tutunki.
Así, y sin perder más tiempo, emprendieron
el camino a la ciudad.
Cuquín llegó de la escuela y, como siempre,
llamó a Chorito con un animado silbido.
Choris, ¡Chorito! Gritó, pero el mono no salió
a su encuentro. Lo buscó por la casa pero sin
éxito. "Se habrá escondido —pensó—. Bueno,
ya vendrá", se dijo mientras pelaba un plátano.
Luego fue hacia la jaulita blanca del "lorito" y
la encontró con la puerta abierta. "Algo raro ha
pasado", dijo para sí. Siguió buscando, pero
nada. Sintió un zumbido en la cabeza, estaba
desesperado.
Salió corriendo al patio. "¡Se han ido!".
Lloriqueó.
Desolado, se tapó los ojos enrojecidos y
húmedos de tristeza.

21
Chorito y Cuquín

Chorito había sido apenas un cachorro


cuando fue arrancado de los brazos de su
mamá. La pusieron en una caja y nunca volvió
a saber más de ella.
A él lo compró en la calle una señora a la
que le pareció perfecto como obsequio para
23
Cuquín.
—¿Qué raza es?—preguntó al muchacho
que ofrecía al monito en una esquina.
—Es un mono choro, señora. Una raza muy
especial, los traen de la selva. Aproveche
señora, es de pura raza, mire la mancha
amarilla en su cola. Se lo dejo baratito. Yo lo
vendo por necesidad, me lo han dado en forma
de pago por una deuda. Anímese, señora.
—Pero, no comerá bichos raros, ¿no?
—No, señora. ¡Qué va! Nada más frutita y
verduras. Llévelo, doñita, que se lo dejo a buen
precio...
Llegó el día del cumpleaños, y la tía Chelita
se apareció con Chorito. Le había puesto un
moño rojo graciosamente atado al cuello del
que pendía una plaquita de plata.
El niño corrió directamente hacia el mono
con la cara iluminada de felicidad. ¡Justo lo que
quería! Y lo abrazó con todo el amor del
mundo.
El cariño de Cuquín le devolvió a Chorito la
esperanza y la alegría de vivir.
"Los humanos pueden ser los seres más
perversos así como los más buenos. Es muy
extraño", pensaba Chorito mientras caminaba
24
con Tutunki sobre su lomo.
Chorito se volvió uno más de la familia.
Jamás lo golpearon, le daban mucho cariño,
frutita pelada, verduras y de vez en cuando lo
llevaban al parque para que se trepe en algún
árbol, "para que mantenga vivo el instinto",
decían. Pero Chorito no sabía lo que era vivir
como un verdadero mono. Estaba domesticado.
Tal vez, caminando con Tutunki, por
primera vez estaba siendo verdaderamente
libre.
25

—¡Wank! ¿En qué estas pensando,


monito de contrabando? —preguntó el ave,
tratando de animar al mono que se había puesto
serio.
—En nada especial —respondió Chorito—.
Cosas de monos.
—¡Wank! Entonces me lo puedes contar,
soy muy mono. ¡Lo puedes notar!
A Chorito le dio risa, Tutunki también se
rio, luego se carcajearon y después se
desternillaron de risa.
Aunque no lo sabían, se habían encontrado
dos almas gemelas. La risa era una especie de
celebración.
El mono decidió tomar un atajo por el
bosque alternando tierra y aire, no es que por
aire precisamente volara, sino que Chorito
ágilmente, avanzaba columpiándose de las
ramas de los altos y frondosos árboles,
cuidando de agarrar bien a Tutunki con la cola.
—Una vez en la carretera, nos treparemos a
cualquier camión que vaya a la capital, para
llegar más rápido —dijo el mono.
Luego de todo un día de agitado trayecto,
pararon al pie de un arroyo para beber agua
fresca y comer algo. El paisaje era
26 espectacular. La tarde naranja pintaba todo de
dorado, el sonido del arroyo era un suave
murmullo que invitaba al descanso. Tutunki
estaba casi por dormir cuando el mono, que
andaba un poco inquieto, lo interrumpió.
—No sé si lo sabes... me llamo Chorito.
¿Cuál es tu nombre?
El ave se desperezó al instante, le encantaba
hablar de sí mismo.
—¡Wank! Tutunki me llamo y no soy un
loro, como dice tu amo.
—Sí, ya lo sé. No eres un loro. Eres un
gallito de las rocas. Intenté decirselo a mi niño
de los ojos grandes, pero fue inútil, nunca me
entendió. Los humanos no entienden a los
animales. Ellos piensan y hablan su propio
lenguaje. Un lenguaje tan raro que a veces
entre humanos tampoco se entienden.
—¡Wank! Sí, los humanos son muy locos,
buenos deben de haber pocos. El mono se rascó
la cabeza y exclamó: —-Entonces, ¿por qué
quieres ir a la ciudad? ¡La ciudad está llena de
humanos!
—¡Wank! Los humanos serán locos y
buenos habrán pocos, pero saben de fama y
fortuna. Cuando descubran mi talento, verán
que como mi voz no hay ninguna, ¡y subiré
27
como la espuma!, y lo que te digo no es cuento.
Mi montaña es muy bella, pero ahí no estoy
satisfecho, yo quiero ser una estrella, eso dalo
por hecho.
—¿Una estrella entre los humanos? ¿Tú?
Ja-ja-ja —se burló el mono.
—¡Wank! Déjate ya de mofar, tú me has
oído cantar. No es necesario el idioma, porque,
al igual que el aroma, la música se siente, entra
en el alma y en la mente. La música hace soñar,
también invita a bailar. Ella es universal, es un
lenguaje mundial.
—Bueno, bueno, bueno, me has conven-
cido, chico —dijo Chorito, bostezando—.
Ahora que ya te conozco, podré dormir
tranquilo.
Después de unos segundos, el mono ya
estaba durmiendo a pata tendida.
Tutunki se quedó despierto por un largo rato,
contemplando el paisaje, imaginándolo como
un escenario fantástico lleno de luces de
colores.

28
Hora de seguir el viaje

Luego de haber dormido algunas horas, el


mono se despertó súbitamente y le dijo a
Tutunki:
—Amigo, es hora de seguir con nuestro
viaje.
—¡Wank! ¡Quiero seguir dormido, aún no
ha amanecido! –protestó el ave. 29
—Precisamente por eso es que debemos
partir, en la oscuridad correremos menos
riesgos de ser vistos —replicó el mono—.
¡Levántate!
Era de madrugada y no se veía mucho, pero
parecía que el mono conocía el camino a la
perfección. Tal como lo planeó, desde el inicio,
llegaron a la carretera. Se subieron a un árbol y
se pusieron a esperar.
—Atento, Tutunki, ¡ahí viene nuestro
camión!... Uno, dos, tres... ¡Ya!
Saltó el mono abrazando a Tutunki para
protegerlo. El ave cerraba los ojos para no
mirar si los cálculos del salto fallaban y
quedaban estampados en la pista.
Por suerte, Chorito era muy hábil. Su salto
fue perfecto. Desde la rama, que hizo las veces
de trampolín, cayeron sobre unos sacos de
frutas que el camión transportaba hacia la
capital.
—¿Ves? No eres el único con talento aquí
—dijo el mono orgulloso de su proeza.
—¡Wank! Eres un mono vanidoso. ¡Yo te
ayudé, no seas tramposo!
—¡Pero claro, Tutunki! No lo hubiese
podido hacer sin ti —dijo el monito sonriendo.
Se echaron sobre los sacos, mirando ese
30 impresionante cielo serrano lleno de estrellas.
Pasaron algunos minutos.
—La capital queda lejos —dijo el mono.
—¡Wank! ¿Qué te parece si vamos con-
tando los postes que vamos pasando? Verás
que contando el tiempo se irá volando.
—No sé contar —dijo el mono.
—¡Wank! Eso no puede ser... Yo te voy a
enseñar, solo tienes que cantar, verás qué fácil
es aprender.
Tutunki aclaró la garganta y luego entonó una
graciosa canción:
Vamos a contar las estrellas del cielo,
vamos a aprender a contar;
y si tú prefieres contaremos ovejas
o si no los peces del mar...

Uno, dos,
contaremos arroz;
tres y cuatro,
los bigotes del gato;
Cinco, seis, siete,
contaremos cohetes;
ocho, nueve y diez...
¿Otra vez'?

El mono, poco a poco, fue cantando el estribillo


de aquella canción y, como jugando, aprendió 31
a contar hasta diez. Quedó sorprendido. No por
la voz de Tutunki, ni por el canto, ni siquiera
por su nuevo aprendizaje. Sino que en ese
momento, delante de sus propios ojos, aquel
pájaro arrogante se transformó en un personaje
lleno de gracia y simpatía.
El camión se detuvo en un mercado. Lle-
garon a la capital. Se bajaron del camión tan
rápido como pudieron, pues no querían volver
a ser atrapados por algún humano, pero no
tuvieron problemas porque casi no se les pudo
distinguir entre tanta gente, verduras y frutas.
Detuvieron la carrera debajo de una carretilla.
—Bueno, Tutunki, ya estás en la capital.
¿No? Cumplí mi promesa —dijo el mono.
Luego se acordó de su niñito de los ojos
grandes, pero no dijo nada más.
Tutunki le adivinó el pensamiento y recordó
el pacto que hicieron al iniciar su camino
juntos.
—¡Wank! Ahora "Calabaza, calabaza, cada
uno a su casa".
—Espero que te vaya bien —dijo Chorito.
—¡Wank! Y a ti también. Se abrazaron.
Tutunki disimuló la pena y dijo:
—¡Wank! ¿Qué estoy esperando? ¡La fama
32
me está llamando!
Sin mirar atrás se fue rápidamente, dando
saltitos y caminando, alejándose cada vez más
de su amigo. Quería romper ese nudo que se le
había formado en la garganta. Chorito, por un
momento inmóvil, lo quedó mirando, luego se
perdió entre el tumulto de la gente del mercado.
Cuando Tutunki se volvió para decir "gra-
cias por todo", el monito ya no estaba.
Por fin había llegado a la capital, pero ahora
estaba solo, perdido, sin poder volar y sin saber
por dónde empezar. Lo que por tanto tiempo
había parecido la meta, ahora se había
convertido en un comienzo incierto.
Desorientado, el gallito de las rocas decidió
dejarse llevar por el viento. Adonde soplase,
ahí se dirigiría, pues no tenía un rumbo fijado.
Así que observó el movimiento de las hojas
secas en el suelo.
"¡Wank! El viento sopla hacia mi derecha,
así que seguiré esta brecha".
Tutunqui caminó por veredas y parques,
cuidándose siempre de no ser visto, camu-
flándose como mejor pudo. Se detuvo, algo
cansado, al llegar a una calle solitaria para
picotear unas migajas de galleta desparramadas
por el piso. 33
Cuando levantó la vista, observó algo que le
llamó la atención. Un afiche pegado en la
pared. Era la fotografía de un perro con un
micrófono. Tenía como título MASCOTAS
TALENTOSAS y en él se convocaba a un
concurso. Tutunki sabía contar, pero no sabía
leer el lenguaje humano. Se quedó mirando al
perro.
Si un perro podía ser famoso, él también
tenía posibilidades de serlo.
¡Wank! “Esta debe ser una señal de que no
estoy nadita mal", pensó Tutunki con alegría.
Y siguió caminando al compás del viento que,
hasta el momento, le había dado buenos
resultados.

34
La Cuchi

Hacia el mediodía, Tutunki llegó a un


parque en el centro de la ciudad y buscó un
lugar para reposar. Rápidamente echó un
vistazo a su alrededor. Algunos niños estaban
corriendo tras un vendedor de helados, unas
cuantas personas conversaban sentadas en las
35
bancas, otras caminaban apuradamente. Había
árboles, arbustos, margaritas, rosas, geranios...
Los geranios le parecieron ideales. Sus hojas
eran copiosas y el rojo de sus flores, tan
intenso como el de sus plumas. Así que se
metió entre aquellos geranios y se sentó a
tomar aire. ¡Le pareció tan distinto al aire que
se respiraba en su tierra!
—¡Korr, Korr! ¡Miren quién está aquí!, ni
más ni menos que Zuzunki! —dijo una
vocecita que salía desde la copa de un árbol.
"¡Wank! Esa voz escondida me suena
conocida", pensó Tutunki, que se había
quedado mirando hacia arriba, buscando con la
mirada a la dueña de aquella voz.
Era la Cuchi, una cotorra, antigua "fan" de
Tutunki, que tras repetidos desplantes decidió
ir también a la capital para conocer a algún
galán que le prestara la debida atención.
—¡Wank! ¡Cuchita, qué casualidad,
encontrarnos justo aquí en la ciudad!
—Seguro que has venido para ese concurso
de la zelevisión —dijo la Cuchi, mientras se
acomodaba coquetamente las plumas.
—¡Wank! ¿Has dicho televisión o ha sido
mi imaginación?
—¡Pues claro! Zelevisión he dicho.
36
"Mascozas Zalenzosas" creo que se llama, pero
si anda en boca de zodos, ¡Korr! ¿No lo sabías?
—dijo Cuchita—. ¿Ves aquella fila de
animales que hay cruzando la calle?, ahí queda
el Canal 8, hacen cola para inscribirse en el
concurso.
Tutunki no lo podía creer. Había llegado en
el momento preciso al lugar preciso y se había
encontrado con el personaje preciso. Su futuro
de estrella estaba a la vuelta de la esquina, o
mejor dicho, cruzando la calle, en el Canal 8.
"¿Pero qué estoy esperando? ¡Tengo que ir
volando!", pensó Tutunki mientras dejó a la
Cuchi cotorreando sola...
—...Se han inscrizo perros, gazos, razones,
papagayos, gallinas, y más animales... no es
que quiera crizicar, pero algunos mejor se
hubieran quedado en sus casas, porque no son
nada graciosos; pero Zuzunki, deberías ir y
probar, que zienes una voz preciosa, recuerdo
que zodas las muchachas andaban locas por
zi... esas canciones llegaban al corazón... A
propósizo de corazones, el mío anda
libre...para el amor... ¡Korr!, ¿y el zuyo?...
¿Zuzunki?... ¿Cómo?, ¿se fue?... ¡Al final no le
dije que un zal Chorizo lo andaba buscando!, 37
¡Korr!".
Sin perder más tiempo, Tutunki ya estaba en
la vereda justo para cruzar la pista. Los autos
iban y venían rapidísimo.
"¡Wank!, esto es una pesadilla, voy a terminar
como estampilla", pensó el pobre.
No estaba acostumbrado a cruzar calles, ni
podía volar. Pero no le importó, cerró los ojos
y puso una pata en la pista, cuando sintió que
una fuerza lo empujó al otro lado de la calle.
— ¡Wank! ¿Qué me habrá pasado? ¡Seguro
que estoy aplastado! —exclamó atarantado aún
sin abrir los ojos y tieso por el espanto.
—¡Tutunki!... ¿Estás bien?... Soy yo:
Chorito. Discúlpame por haberte empujado
toscamente... ¡La próxima vez ten un poco más
de cuidado al cruzar la pista, chico! ¡Antes de
hacerlo, debes mirar para todos lados!
Sorprendido, Tutunki abrió los ojos.
—¡Wank! ¿Chorito?, ¿qué haces aquí? No
me digas que te has quedado por mí.
—Bueno, bueno, bueno, no es hora de hacer
preguntas, sino de ponernos en la fila. Trépate
sobre mi lomo y vayamos rápido, que ya están
38 cerrando las inscripciones.
—¡Wank! Tienes razón, no quiero ser
demorón.
Tutunki se trepó rápidamente sobre el lomo de
Chorito. Su corazón se sintió agradecido y
reconfortado por haberse reencontrado con su
amigo.
39
El concurso de mascotas

Chorito y Tutunki se pusieron en la fila. Tal


como había dicho la Cuchi, pudieron ver una
gran variedad de animales. Pero había un
pequeño detalle del que recién se percataron:
cada animal tenía un humano al costado.
Lógico, después de todo, se trataba de un
41
concurso de mascotas. Tutunki y Chorito eran
los únicos que no tenían dueño.
—¡Wank! ¡Esto no puede ser! ¿Y ahora qué
vamos a hacer? —dijo Tutunki con un alarido,
casi al borde del llanto.
Chorito le susurró al oído a Tutunki que deje
su ataque de histeria para otro momento, que
no tenían que darse por vencidos antes de
tiempo.
—Ya se nos ocurrirá algo —dijo tran-
quilamente.
Cuando les tocó el turno de la inscripción, el
hombre encargado preguntó:
—¿Dónde está el dueño de este par?
Tutunki nuevamente se quedó tieso de
nervios, no movió ni una pluma. El moni-to,
astutamente, mostró su moño rojo con la placa
donde figuraba el nombre y la dirección de su
niñito de los ojos grandes.
—¡ Aja!, tu dueño te ha amaestrado muy
bien. Eres un monito inteligente —dijo el
humano y le rascó la cabeza amigablemente.
Luego señaló a Tutunki y le preguntó—: el
"juguete" viene contigo. ¿No?
Chorito asintió con la cabeza.
El hombre apuntó:
Dueño: Jorge Benites
42
Número de Inscripción: 33.
Descripción de Mascota (s): Monito con
pájaro cabezón.
El hombre le dio a Chorito un papel que
tenía escrito 33 con números grandes y negros.
Luego, gritó:
—¡Siguiente!
Ya estaban inscritos.
¿Lo ves? —le dijo Chorito a Tutunki que
ya respiraba a ritmo normal—. Nunca te
desesperes. Siempre hay que buscarle solución
a los problemas. Lo único malo es que los
humanos han creído que tú y yo actuamos
juntos. Nos han inscrito como dúo. Y yo no sé
cantar.
Tutunki se quedó pensando por un mo-
mento. Por su cabeza pasaron varias ideas
cruzadas. ¿Actuar con Chorito? ¿Tener un
compañero? Ni hablar. Estaba claro que él
tenía que ser la única estrella, puesto que él y
solo él era el talentoso ahí. Claro que también
estaba claro que la presencia de Chorito era
necesaria. Era obvio que el mono se llevaba
bien con los humanos y sin su ayuda,
43
simplemente no hubiese podido siquiera
inscribirse.
"Pero... ¿Tener un compañero?... ¿Qué
estrella que se respete ha tenido un com-
pañero?", siguió pensando "¡Aja! ¡Batirían
tuvo a Robin!, ¡y don Quijote a Sancho Panza!
Pensándolo bien, tampoco era tan mala idea
tener un compañero".
—¡Wank! Una actuación tan especial como
la mía necesitará coreografía. Mientras yo me
pongo a cantar, ¿te gustaría bailar?
Chorito aceptó con gusto y de inmediato.
¡Bailar! Eso sí que le gustaba. Además, ¡tal vez
44
su niñito de los ojos grandes lo vería por la
televisión!
Unas mascotas talentosas

Entraron a un salón grande donde se


encontraban unas personas preparadas para
evaluarlos. Comenzó la prueba. No habían
ensayado, pero actuaron como si lo hubieran
hecho. Tutunki cantó y el mono bailó al 45
compás de la música del ave.
Cuando finalizaron su actuación, una señora
los condujo a otra sala.
—Esperen. Quietos. Aquí —les dijo muy
seria señalando el piso con el dedo índice.
En aquella sala, que más bien era un salón,
Tutunki, Chorito y otros cincuenta y cuatro
animales, con sus respectivos dueños, debían
esperar el veredicto del jurado.
Había pasado aproximadamente media hora
cuando Tutunki empezó a quejarse.
—¡ Wank! ¿Por qué se demorarán tanto? De
los nervios me estoy atacando, ¡mira cómo
estoy sudando!, ¿les habrá gustado mi canto?
—¡Ya! Tutunki, te he dicho que mantengas
la calma. Nosotros hemos dado lo mejor que
pudimos. Eso es lo importante. Sobre la
decisión del jurado, no podemos hacer nada,
salvo esperar —dijo Chorito.
—¡Wank! ¡Es que la espera desespera!
—Mira cuántos animales hay además de
nosotros, ellos también están ansiosos,
esperando el resultado, pero ninguno hace
tanto escándalo como tú...
El mono interrumpió su sermón cuando vio
46 que por fin salió el humano al que todos
estaban esperando. Era el hombre encargado de
dar el veredicto del jurado calificador. Muy
ceremonioso, felicitó a todos por su asistencia
y luego de decir que lamentablemente no
podían clasificar todos, mencionó a los seis
afortunados números que pasarían a la Gran
Final:
—Número ocho..., veintisiete...,
cincuenta..., número catorce..., cuarenta y
ocho... y... número treinta y tres.
—¡Wank! ¡Ha dicho treinta y tres! Es
nuestro número, ¿lo ves? —dijo Tutunki al
monito señalando su papel con el número
escrito.
Tutunki y Chorito se abrazaron llenos de
alegría.
También clasificaron los pollitos mala-
baristas, el perro matemático, el ratoncito
adivino, la tortuga veloz y el papagayo
comediante.
El hombre pidió silencio en la sala y dijo
que los clasificados debían prepararse para la
Gran Final que iba a ser el día domingo y que
se iba a pasar por la televisión en horario
estelar. 47
—Los quiero bien limpios y puntuales aquí
a las seis de la tarde. ¿Entendido?
Se escuchó al unísono:
—¡Pío-Pío! ¡Guau! ¡Ih! ¡Ark! ¡Heh! ¡Yha!
¡Wank! ¡Sí!
Los dos amigos salieron del Canal 8 sal-
tando en una pata de felicidad. Una vez en la
calle, querían contarle al mundo entero que
habían clasificado para la Gran Final del
Concurso MASCOTAS TALENTOSAS.
La Cuchi, que los estaba viendo de lejos, los
llamó con un silbido.
—Korr, ¡chicos, vengan! por favor, dí-
ganme, cómo les fue.
—¡Muy bien! —dijo el mono un poco
agitado por la rápida carrera que había dado
para llegar hasta donde la cotorra estaba.
Tutunki seguía trepado sobre su hombro.
—Korr, ¡lo sabía! ¡Qué emoción! Vamos a
celebrarlo, suban a mi árbol.
La celebración fue sobre la copa del árbol
comiendo moras, contando anécdotas y
riéndose de todo un poco hasta el amanecer.
Faltaban cuatro días para el gran evento y
había mucho por practicar.
"¡Korr! ¡Qué emoción!", decía de cuando en
48 cuando la Cuchi que dirigía los ensayos
sintiéndose parte del equipo.
Por su parte, Tutunki preparaba su nuevo hit
titulado "Rock en las Rocas", mientras el mono
inventaba nuevos pasos para la coreografía.
Chorito nunca se había divertido tanto.
Los pajaritos de la ciudad se acomodaban
para ver los ensayos, la Cuchi se hizo popular
en el barrio por el simple hecho de conocer a
los talentosos Tutunki y Chorito.
El tiempo se pasó en un santiamén y llegó el
esperado día del concurso.
Chorito y Tutunki se despertaron más
temprano de lo habitual para practicar por
última vez. La Cuchi los felicitó. El ensayo
salió perfecto. Luego se acicalaron bien, la
cotorra les dio pétalos de jazmines y rosas que
ella misma había aplastado con su pico para
que se perfumen y les deseó mucha suerte.
Los dos amigos ya estaban cruzando la
puerta para entrar al Canal 8 cuando escu-
charon a lo lejos "¡Cuando sean famosos no se
olviden de mí! ¡Korr!".
49
La fama

Eran seis de la tarde en punto. Todos los


concursantes ya estaban presentes en el
camerino con sus amos, preparándose y
arreglando los últimos detalles antes de salir a
escena.
“Tú y tú, vengan conmigo”, se escuchó. A
Tutunki y a Chorito los llevaron a la sala de
51
maquillaje. Ahí peinaron al mono y le pusieron
un grandioso traje rocanrolero y unas gafas de
sol. A Tutunki le acomodaron la cresta y le
pusieron en el cuello una especie de collar con
una estrella brillante. "Ustedes serán los
quintos", les dijeron.
La gente entraba y salía apurada. Tutunki se
miraba en los espejos con luces. Los llamativos
disfraces y el movimiento que había en el
ambiente lo hacían sentir alucinado.
Saliendo de la sala de maquillaje, Tutunki y
Chorito se toparon con los pollitos mala-
baristas. Lucían como un par de pompones
amarillos. "Ustedes tienen cara de nuevos", les
dijeron. Y contaron que estaban
acostumbradísimos a todo ese jaleo ya que no
era la primera vez que aparecían en televisión.
"Miren siempre a la cámara", les aconsejaron.
También dijeron que estaban cansados de tener
que sostener pelotitas con la cabeza y el pico,
y que con suerte todo ese estrés acabaría
cuando se hicieran adultos. "Queremos que los
humanos nos traten como a pollos comunes y
corrientes" era el lema de aquellos pollitos.
Luego se fueron rapidito. Les había tocado ser
los primeros en salir a escena.
52
Tutunki y el mono regresaron al camerino.
El perro matemático era un pastor alemán al
que le habían puesto unos lentes para que se
viera intelectual, la tortuga llevaba unos
patines especiales para tortugas veloces, el
ratoncito adivino llevaba un turbante Made in
India sobre la cabeza y el papagayo llevaba una
graciosa nariz de payaso en la punta del pico.
Los concursantes se observaban unos a otros
con cierta rivalidad. Eran todos contra todos.
Poco rato después entró un hombre que gritó:
"¡Todos preparados que ya comienza el
programa!".

53
Chorito estaba a salvo

El frío de la noche prácticamente obligó a la


mayoría de gente a quedarse en sus casas para
conectarse a la popular "caja mágica" llamada
T.V. Dieron las ocho de la noche y miles de
personas sintonizaron Canal 8 para ver el gran
concurso anual de las MASCOTAS
TALENTOSAS.
Entre todas esas personas que esperaban el
programa estaba Cuquín, atento y ansioso 55

frente a su televisor.
—¡Mamá, ven que ya comenzó el pro-
grama! —gritó con entusiasmo, mientras la
madre terminaba de planchar la última camisa
para correr a sentarse a la sala con su esposo e
hijo.
Les dio mucha risa ver a los pollitos ha-
ciendo malabares con pelotitas y palitos de
helado. Luego le tocó el turno a la tortuga veloz
que, desgraciadamente, sufrió un ataque de
timidez y fue imposible hacerla salir de su
caparazón, para tristeza de su amo y vergüenza
de los organizadores. Luego pasaron
propaganda y más propaganda. Luego de unos
minutos, siguió la programación. En tercer
lugar, le tocó el turno al perro matemático que
ladró tres veces al ver un letrero que decía 1 +
2 y ladró 12 veces al ver 20 - 8, esta actuación
fue verdaderamente alucinante pues llamaron a
personas del público para que secretamente
escribieran una operación matemática de suma
o resta y el perro nunca se equivocó.
En cuarto lugar, actuó el papagayo co-
mediante que contó chistes de todos los
colores.
Tutunki estaba a punto de que le diera un
patatús de los nervios, pues ellos eran los
56
siguientes, pero Chorito nuevamente lo animó.
—¡Chico! Es nuestro turno. ¡Vamos a
mostrarle al país entero lo que somos capaces
de hacer!
—¡Wank! Chorito, tienes razón, actuemos
con todo el corazón.
Entraron los dos amigos al escenario.
Escucharon: "Damas y caballeros, a
continuación, desde la misteriosa y mágica
selva, el gallito de las rocas y el mono choro
interpretarán el tema 'Rock en las Rocas'...
Aplausos por favor". Se levantó el telón y se
pudo ver a Chorito y a Tutunki iluminados por
los reflectores, se oían los aplausos del público
mientras comenzaba el fondo musical.
A pesar de los nervios, Tutunki comenzó a
cantar con soltura y con una excelente
entonación. Estaba parado en un escenario con
luces de colores, en un estudio de televisión
nacional, como muchísimas veces lo había
soñado, pero esta vez todo era real. ¡Era real!
Mientras tanto, Chorito bailaba con-
centradísimo al compás del canto de su
compañero. A ver... una vueltita, siempre
sonriendo, una pata "palante", otra "patrás",
saltito aquí, saltito allá...
—¡Chorito! —gritó Cuquín sorprendi- 57
dísimo— ¡Ese mi Chorito!
El público estaba fascinado.
Al acabar el acto, Cuquín lloró de felicidad
y orgullo. Su Chorito no solo estaba sano y
salvo. Además estaba con el Lorito, y... ¡Eran
famosos!
El programa continuó. En sexto lugar le
tocó al ratoncito del turbante que siempre
adivinó el lugar donde escondieron su pelotita.
Luego, comerciales y más comerciales...
aceite, atún, detergente, la moda que no
incomoda y más comerciales... ¡Uf!, hasta que
por fin el jurado dio su veredicto.
—Señoras y señores, damas y caballeros,
niñas y niños, gracias a nuestros gentiles
auspiciadores vamos a proseguir con la
premiación del concurso... Y el premio
MASCOTAS TALENTOSAS es para... ¡"Rock en
las Rocas"!
Se oyeron aplausos, Tutunki y Chorito se
abrazaron y corrieron al estrado para recibir el
premio. Pero sucedió algo inesperado y
Tutunki cayó tieso por el espanto. Una vez más
le dio un patatús.

58
Un mal entendido

—¡Korr! ¡Korr! ¡Despierza Zuzunki,


corazón de melón!
Tutunki se encontraba en el árbol de la
Cuchi, ahí ella y Chorito lo habían estado
cuidando con mucho esmero durante todo el
tiempo en que estuvo inconsciente.
Hasta que por fin Tutunki abrió un ojo.
—¡Wank!... ¿Dónde estoy? ¿Quién soy?
¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy acostado?
59
—balbuceó.
—¡Calma, Zuzunki! ¡Korr! ¡No quiero otro
pazazús!
—Así es, Tutunki, por favor, trata de
mantener la calma —dijo Chorito.
—¡Wank! ¿Tú aquí?... ¡Mono mal amigo!
¡Vete! ¡No quiero verte más! —le gritó
Tutunki a Chorito, en tal arranque de rabia que
dejó de rimar por primera vez en su vida.
Chorito quedó estático por unos segundos
que bastaron para ver cómo una lágrima salía
de sus ojos. Luego saltó hacia otro árbol y de
ahí a otro, hasta que lo perdieron
completamente de vista.
Tutunki se quedó serio. Con el ceño bien
fruncido, mirando a la nada.
La Cuchi no sabía qué hacer. Se sentía muy
incómoda y agobiada ante aquella situación,
así que empezó a hablar sin parar, como para
cambiar el tema.
—¡Korr! ¿Sabes?, necesizo unas vaca-
ciones, no sé, un cambio. Para relajarme y
olvidar los problemas. ¿Sabes? ¡Es bueno
olvidar los problemas! Mi prima La Loli ziene
una palmera en la playa. Una palmera
lindísima; la querían unas gaviozas, pero ella le
echó el ojo primero, apenas la sembraron.
60 Queda frenze al mar. ¡Korr! Me ha dicho que
por ahí hay unos pelícanos muy guapachones
¡Korr!...
Tutunki lloró desconsolado. Era obvio que
no había prestado atención al cotorreo de su
amiga.
—¡Wank! Ya nada tiene sentido para mí... y
tanto que luché para llegar hasta aquí. Como
dice mi canción "La vida es muy triste, mi alma
de azul se viste"... ¡Wank! ¡Qué desilusión!
—¡Korr! ¿Pero, qué ha pasado, Zuzunki?
Dímeio por favor. Para mí fue una sorpresa ver
cómo salías pezrificado, mismo muñeco de
cera del Canal 8. Con lo muchísimo que habían
ensayado yo suponía que iban a ganar.
—¡Wank! Deja ya de hablar y escucha lo
que te voy a contar: Cuando nos anunció el
presentador, se prendieron los reflectores, con
muchas luces de colores en un escenario
encantador. Yo estaba muy nervioso, pero
como habíamos practicado, tenía que salir
airoso, aunque temblaba como pescado. Canté
mi mejor canción y Chorito empezó a bailar y,
sin quererte exagerar, ahí empezó la traición.
"El mono bailaba una coreografía. Yo sentía
los flashes de las fotografías y al público 61

extasiado con nuestra actuación. ¡Qué


hermosura! ¡Qué precisión! Cuando acabamos
hubo una ovación. Bravos y aplausos de
admiración.
"Me quedé satisfecho con lo que habíamos
hecho. Mi voz fue espectacular y todos lo
pudieron notar.
"Y aunque a la hora de la premiación
mencionaron mi canción, sucedió algo horci-
pilante que me hizo desmayar al instante".
—¡Korr! ¡Cuenza, cuenza, pues, Zuzunki,
no me dejes en ascuas!
—El mono y yo fuimos al estrado. A mí me
dieron una flor y al mono la medalla de honor.
"Una estrella hemos encontrado", decían los
miembros del jurado. Ahora el mono Armará
contratos mientras yo seré un triste pelagatos.
—Korr, ¿qué cosa has dicho? ¿Es que a zi
no ze dieron el premio? —preguntó la cotorra
sorprendida en voz tan bajita que solo ella la
oyó. Y se quedó pensando en aquella extraña
situación. ¿Es que acaso los humanos estarían
sordos o ciegos para no haber apreciado la
gracia y el talento de Tutunki? ¿Acaso lo bello
para unos no era necesariamente bello para
62 otros?
Chorito seguía alejándose de árbol en árbol,
trepando y saltando enérgicamente, como si el
movimiento de su cuerpo pudiese aliviar la
tristeza que sentía.
"¿Por qué me llamó mal amigo? ¿Acaso fue
mi culpa recibir el premio?", se preguntaba el
mono y dio un gran salto hasta parar en una
rama, ahora estaba molesto. "¡Si los humanos
me dieron el premio no es porque yo lo quise,
sino porque ellos lo decidieron así! ¡Sí señor!
¿Acaso es tan grave que yo sea guapo,
supergracioso, baile bien, tenga encanto y
carisma? ¡Que yo sepa, no es pecado ser
encantador!", se quedó en silencio, pensando
en lo que había dicho. "Estoy diciendo
tutunkiadas", dijo y empezó a reírse. "Pobre
Tutunki. Debe de haberse dado un gran
chasco".
Chorito se calmó. Respiró profundo y se
echó panza arriba sobre la rama. Admiró el 63
cielo blanco de la capital que contrastaba
perfectamente con las siluetas de los pajaritos
que volaban por ahí. "Este cielo blanco
también es lindo", pensó.
La belleza que vio en ese momento fue
como una caricia para su corazón. "Una caricia
de Dios", dijo y se quedó así, echado con los
ojos abiertos, respirando profundamente y
sonriendo por dentro.
En busca de las mascotas
perdidas

Al otro lado del país, Cuquín y su madre


salían de la estación de buses. Acababan de
comprar un par de boletos hacia la capital. Irían
en busca de las mascotas extraviadas.
—¡Tenemos que encontrarlos, mamá! — 65

repetía incansablemente el niño cada cinco


minutos.
—Sí, mi amor, los vamos a encontrar,
seguro que en el Canal 8 vamos a poder
ubicarlos —respondía siempre la madre que
tenía paciencia de santa.
Desde que vio el programa por la televi-
sión, el niño había estado más ansioso que
nunca. Aunque la palabra exacta es "obse-
sionado". En las noches prácticamente no
dormía y de día no hacía más que hablar de
sus MASCOTAS TALENTOSAS.
La familia era muy modesta, pero viendo la
insistencia del niño, el padre hizo un esfuerzo
y le dio dinero a la madre para que pudiesen
pagar pasajes, comida y hospedaje:
—Trata de encontrarlos, si no, nos vamos a
volver locos —dijo desesperado.
Poco tiempo después, Cuquín ya estaba muy
bien sentado en el bus, con maleta de equipaje
en mano y con su peinado mojado raya al
costado, en compañía de su mamá. Eso sí, la
condición había sido dejarse peinar, porque a
Cuquín le encantaba andar todo trinchudo y
despeinado.
66 —Qué bonito es nuestro país, ¿no, mamá?
—decía el niño en estado eufórico mientras
miraba por la ventana del bus que avanzaba
rápidamente—, mira los cerros y los árboles...
Cuando sea grande quiero ser explorador. Me
voy a ir con mi mochila a trepar cerros y voy a
traerte huesos y huacos a la casa.
La madre sonrió y le dio un beso en la
cabeza, luego le dijo: —Mejor los llevas a un
museo. Ella también estaba contenta. La brisa
que se dejaba sentir por la ventana medio
abierta le había traído recuerdos de su ju-
ventud, cuando, aún niña, viajaba con su madre
para ir a visitar a sus abuelos.
Ahora ella era la madre. "¡Cómo pasan
los años!", pensó. Abrazó a su hijito con mucha
fuerza y le pidió al tiempo que se detenga en
ese instante.
En el Canal 8 los organizadores del con-
curso MASCOTAS TALENTOSAS trataban de
ubicar al mono Choro con cierta angustia.
Justo después de la premiación, con todo el
movimiento del público, el jaleo de las
mascotas, los agradecimientos a los
auspiciadores y miembros del jurado, solo unas
cuantas personas pudieron ver impávidas cómo
el mono ganador se escabullía hacia la puerta
de escape con el gallito de las rocas bien 67
agarrado con la cola, sin que nadie pudiera
hacer nada efectivo para detenerlo.
"Tenemos que encontrarlo, hay muchos
planes para el mono: sesiones de fotos, giras,
grabaciones de comerciales, y bastantes cosas
más", decían preocupados. "Ese mono puede
ser una mina de oro".
"Hay que ubicar al dueño, seguramente el
monito debe estar con él", dijo una de las
chicas encargada de relaciones públicas.
Llamaron por teléfono a la casa de Cuquín,
pero nadie respondió.
Solo quedaba esperar pacientemente. "Ya
aparecerán para recoger el premio", pensaron.
Acabó la charla y cada uno regresó a lo suyo.

68
Un raro sentimiento

Con el pasar de los días a Tutunki no se le


pasó la desilusión, pero sí el mal humor.
Trataba de llenar el vacío que había dejado
Chorito conversando con la Cuchi, aunque no
era lo mismo.
La Cuchi tenía otro carácter, otra manera de
69
ser. Era más ligera, o mejor dicho, tomaba la
vida de una manera más ligera. Nunca estaba
preocupada ni deprimida. Tampoco filosofaba.
Cuando había alguna discusión no se ponía de
parte de nadie, para ella todos tenían siempre
en parte razón. Eso no era malo, claro que no,
al contrario, era una ventaja, una cualidad; eso
hacía que Cuchita pudiera encajar en cualquier
lugar y en cualquier circunstancia. Aún con su
extraño acento, la Cuchi era la "comunicadora"
del vecindario, el alma de la fiesta, la amiga
perfecta que ponía la nota de alegría a cualquier
situación por más aparatosa que esta fuera.
Además no estaba nada mal. ¡Esas pestañas
rizadas, esos ojos tan encantadores, ese pico
picarón!, ¡Esas alas coloridas, esas plumas tan
suaves!... Oh, oh, Tutunki, ¿será que al fin,
alguien que conocemos pero cuyo nombre no
queremos decir, tocó tu corazón?
—¡Wank! ¿Pero quién me está cambiando
el tema? ¿Es que acaso no se nota que estoy en
un dilema? He sido víctima de una traición, por
eso ahora vivo en la frustración.
Bueno, regresando a los "reales e impor-
tantes" problemas de Tutunki, es decir, si se
hablaba de que le robaron el show, de su
70 fracaso como estrella de televisión y de su ego
malherido, todo lo resumía en un personaje
concreto: Chorito.
—¡Wank!, ¡Chorito es muy malo, ojalá lo
vea para darle con un palo!... ¡Chorito es un
traidor, ojalá lo vea para pincharlo con un
tenedor!...
Tutunki repetía esas frases muchas veces al
día. Quería convencerse a sí mismo de que
Chorito era malo y de que se vengaría. Pero,
aunque las repitiera un millón de veces, por
supuesto que jamás le daría con un palo ni lo
pincharía con un tenedor. Lo que Tutunki decía
era muy diferente a lo que sentía.
—¡Wank! ¡Esto que siento es muy extraño,
espero que se me quite con un baño!
En un charquito que había por ahí, Tutunki
decidió darse un baño. Mientras chapoteaba,
trataba de poner en claro sus ideas. Tenía que
rehacer sus planes de vida, tenía que tomar otro
rumbo, tenía que ponerse nuevas metas..., pero
no podía. Estaba demasiado triste para pensar.
Tenía una especie de piedra incrustada en el
corazón que no lo dejaba reanimarse. ¿Qué
podría ser? Se acordó de Chorito, si estuviese
ahí presente, le diría: "¡Bueno, bueno, bueno,
ánimo, chico!"..., pero no estaba...
71
Pensándolo bien... ¿Por qué se acordaba del
mono?, ¿Acaso lo extrañaba?, ¿Cómo él podía
extrañar a ese mono traidor, pueblerino, ladrón
y para colmo vanidoso?
—¡Wank!; porque si hay algo horrible de
verdad, esa es la vanidad.
El ave salió del charquito y se sacudió el
agua que había quedado en sus plumas. Mejor
no pensar en el mono. Por ejemplo, sería mejor
pensar en el clima...
—¡Wank! ¿Cómo se pondrá el cielo por la
tarde?, ¿celeste, blanco o naranja que arde?...
Tutunki miró al cielo y suspiró. Con esas alas
recortadas era como mirar un dulce y no poder
probarlo. Nuevamente se acordó del mono.
Chorito había reemplazado sus alas
muchísimas veces, gracias a él, Tutunki pudo
llegar hasta donde se había propuesto: la
capital. Luego, se acordó de cuando cruzó la
pista con los ojos cerrados, Chorito hizo las
veces de ojos; cuando se quiso inscribir en el
concurso, Chorito fue su voz. Recordó muchas
cosas más, Chorito no solo hizo las veces de
alas, ojos o voz; Chorito fue, además, su
compañero de aventuras y supo apoyarlo en los
momentos difíciles. Había sido su primer
amigo verdadero.
72
Tutunki pensó mucho en el mono, era
inteligente y talentoso, luego pensó en sí
mismo. Reconoció que había sido envidioso e
injusto.
Luego de unos minutos de mucho pensar,
Tutunki empezó a llamar a la cotorra
desesperadamente.
—¡Wank! Cuchita, tengo que decirte algo
importante y tiene que ser en este instante.
"Korr, ¿qué podrá ser?", se preguntaba la
Cuchi, "de repente me pide la paza", pensó
amorosamente ilusionada.
—¡Wank! Necesito encontrar una caja, no
importa si es de cartón, de madera o de paja.
—Korr, ¿una caja?—preguntó la Cuchi
extrañada, pensando que tal vez Tutunki se
había vuelto más loco que una cabra loca.
¿Qué querría hacer Tutunki con una caja?

73
Una nueva pérdida

Luego de un día y una noche de largo


trayecto, Cuquín y su madre por fin llegaron a
la capital. Cansados y con bastante hambre se
bajaron del bus en el paradero central. Había
mucha, muchísima gente y todos parecían
bastante apurados.
"Cuquín agarra bien tus cosas. Tienes que
estar muy atento y no perder nada", decía su 75
madre mientras con una mano lo llevaba
rápidamente hacia la vereda y con la otra
paraba un taxi.
Luego de negociar el precio de la carrera, ya
en el taxi, se dirigieron a un hostal no muy lejos
del Canal 8.
—Necesitamos desayunar, luego tomar un
baño y acicalarnos para ir al canal —explicaba
la madre a su hijo.
—Claro mamá, tenemos que estar pre-
sentables —dijo el niño—. Ahora somos muy
importantes, ¿no?
—Bueno hijo, tanto así como importantes
no creo, pero al menos nos podrán dar alguna
información útil para encontrar a tus mascotas.
—¡Ojalá, mamá!
El taxista escuchaba todo y miraba de reojo
a sus pasajeros por el espejo retrovisor. Los
taxistas todo lo quieren ver y todo quieren
saber, son una especie de termómetro viviente
de la sociedad, al menos en aquella capital.
—Disculpe el atrevimiento, señora, ¿us-
tedes, por casualidad, tienen algo que ver con
las mascotas talentosas?
La señora titubeó, no estaba acostumbrada a
76
hablar con extraños.
—¿Por qué lo pregunta, señor?
—Porque dicen por ahí que las mascotas
que ganaron se han perdido y que los dueños
tampoco aparecen, en fin, que se ha formado
todo un lío y en el canal están preocupados. Ya
se han presentado bastantes personas alegando
ser los dueños del mono y del pájaro ese, pero
no lo demuestran con pruebas.
La señora y Cuquín se miraron pero no
dijeron nada, aquello que acababan de oír era
como un baldazo de agua fría. ¡Las mascotas
se habían vuelto a perder!

77
Una caja muy especial

Después de mucho buscar y rebuscar por


los alrededores, finalmente la Cuchi y Tutunki
encontraron una caja, una caja de cartón algo
vieja y no muy grande que había estado tirada
al lado de la puerta de una casa para que la
recoja el camión de la basura.
79
—¡ Wank! Esa caja será perfecta, está un
poco chancada pero eso no le afecta.
La Cuchi ayudaba a su amigo sin hacer
preguntas. Ciertas cosas era mejor no saberlas,
pensaría la cotorrita, además, estaba
disfrutando de toda aquella misteriosa aventura
encajada.
Con mucho esfuerzo lograron llevarse la
caja. Luego de que estuvo colocada en un
lugar, "estratégico" según Tutunki, este le pidió
a la Cuchita que lo dejara solo. La Cuchi se
retiró del lugar muy intrigada. Quiso
esconderse tras un tronco y espiar lo que iba a
hacer Tutunki, pero este la detectaba muy
fácilmente, pues aquella cotorrita tenía un
colorido demasiado llamativo como para pasar
desapercibida.
—¡ Wank! ¡Oye, Cuchita chismosa, deja de
ser tan curiosa!
—¿Chismosa yo.7 —dijo la Cuchi—, vaya
que no me conoces, yo que soy más silenciosa
que una zumba —y se fue haciéndose la
ofendida, sin siquiera voltear hasta que se
perdió entre los matorrales.
Apenas Tutunki se encontró solo, se metió
en la caja. Hizo unos cuantos malabares para
80 cerrarla desde adentro hasta que finalmente lo
consiguió. Nuevamente, aquel gallito de las
rocas se encontraba metido dentro de una caja,
pero esta vez por voluntad propia.
En el Canal 8 la tensión subía, los días
habían transcurrido sin tener noticias
importantes del mono bailarín ni del ave
cantora. Tanto los organizadores del concurso
como los auspiciadores estaban a la espera de
las novedades con muchísima expectativa.
Tal como había comentado el taxista, los
rumores de la pérdida de las mascotas
ganadoras y sus dueños se habían extendido
por la ciudad y varios oportunistas se habían
presentado como los supuestos acongojados
dueños para reclamar el jugoso premio.
—Señor Rosas —dijo la secretaria—, aquí
hay una señora con un niño que dicen ser los
dueños de las mascotas perdidas. Tienen fotos.
Luego de unos segundos, la secretaria, muy
amablemente, les pidió a Cuquín y a su madre
que, por favor, tomasen asiento por unos 81

minutos, que el señor Rosas estaba muy


interesado en hablar con ellos y que vendría en
unos minutos.
Y así fue, luego de una breve espera,
apareció el tal señor Rosas y condujo a la
madre y al niño a una especie de sala de
reuniones. Ahí se sentaron a conversar.
La madre y el niño estaban nerviosos. Habían
llevado fotos del mono y las plumitas de
Tutunki además de toda la documentación que
acreditaba sus identidades. El señor Rosas se
mostraba satisfecho, no cabían dudas, había
dado con los verdaderos dueños. Dijo que
aquellos animales eran simplemente
fantásticos, sobre todo el mono que era tan
chistoso y simpático. Tenían muchísimos
planes para él: viajes, comerciales de TV.,
probablemente películas de cine, sesiones de
fotos. Lógicamente, debía pasar muchísimo
tiempo en la capital y tal vez se lo llevarían al
extranjero. La madre y el niño escuchaban
atentamente y se miraban de reojo. Luego el
señor Rosas dijo que no comprendía su extraña
desaparición y que lógicamente el premio no se
los podría entregar hasta que no apareciesen los
animales.
82 —Es una verdadera pena que no sepan nada
de sus mascotas. Aquí en el canal habíamos
estado guardando la esperanza de que ustedes
las tuvieran bajo su custodia —concluyó
Rosas.
El niño estalló en llanto, su mamá lo abrazó
y le acarició la cabeza con mucha ternura, ella
también estaba descorazonada.
—¿Por qué han sido tan descuidados? —le
preguntó Cuquín al señor.
Luego, entre sollozos, alcanzó a decirle que
él había venido desde su pueblo, que quedaba
muy, muy lejos para encontrar a sus mascotas,
que no le interesaba el premio...
—Dígame, señor, ¿qué voy a hacer sin mi
Chorito?
El señor Rosas no supo qué responder,
83
menos aún cuando escuchó que al niño no le
interesaba el premio. El solo entendía de fama
y fortuna, de sentimientos no entendía ni un
comino.
Luego de aquella inútil reunión, el niño y su
madre se retiraron del Canal 8 muy
decepcionados.
El encuentro

Chorito había estado días y noches de árbol


en árbol, alejado de todos y de todo. Esperando
que pase el tiempo, que es el único remedio
para las heridas del alma y del corazón.
"El tiempo hace recapacitar, atenúa las
85
cosas malas y aviva el amor cuando es
verdadero", pensaba el monito y se acordaba de
su niñito. A su niñito de los ojos grandes cada
día lo extrañaba más. "Pero aún no es momento
para volver a casa", pensaba. Aún tenía un
asunto por resolver. Aquel asunto era Tutunki,
que lo necesitaba.
"Ojalá que ya se le haya pasado el mal
humor", dijo Chorito.
Y emprendió el camino de regreso hacia el
árbol de moras de la Cuchi, tal vez ahí lo
encontraría.
Tanto trepar y columpiarse le despertó una
gran sed, así que paró en un charqui-to para
beber agua. Bebió hasta saciarse, luego se
refrescó el cuerpo con agua, iba a tenderse al
sol para secarse cuando vio una caja de cartón.
(Sí, era la caja de cartón en la que Tutunki
estaba metido). Como siempre le sucedía con
las cajas, Chorito sintió una fuerte atracción ha-
cia ella, así que de manera automática se
acercó. Casi había tomado la caja con la cola
cuando escuchó: "¡Mamá, ahí está Chorito!".
—¡Mi Choris querido, el corazón me decía
que no estabas muy lejos de aquí!
Chorito se quedó perplejo al oír esa voz,
hasta se le erizaron los pelos del cuerpo de la
86 emoción.
Cuquín había estado caminando con su
madre por el parque, ya de regreso al hostal. La
fortuna quiso reencontrar al mono con su
dueño.
—¿Cómo?, ¿no me reconoces?, ¿por qué te
quedas ahí inmóvil? Choris, soy Cuquín, ¿no
me vas a saludar?
87

El corazón de Chorito latió tan fuerte como


una locomotora. Saltó a los brazos de su niñito
de los ojos grandes. Ambos se miraron y
mimaron. Chorito se acurrucó en los brazos de
su niñito que tiernamente lo mecía como a un
bebé. En aquellos brazos se sintió amado y
protegido nuevamente.
—Ahora nos podemos ir, mamá —dijo
Cuquín a su madre, y se fueron a recoger su
equipaje y luego al paradero rumbo a su
pueblito. Se olvidaron para siempre del
premio, de la fama, la fortuna y de la caja.

88
Nuevas noticias de Tutunki

Pobre Tutunki, estuvo a punto de que


Chorito lo encontrase, pero las cosas no
salieron como lo planeó y se quedó metido en
la caja.
"¡ Wank! ¿Y ahora qué va a pasar? ¿Es que
acaso nunca van a regresar?", se preguntó el
gallito. 89
Después de mucho esperar, lloró en silencio
por la amistad perdida. Seguramente, perdida
para siempre.
Para colmo de males, Tutunki no podía salir
de la caja sin que alguien lo ayudase, pero
¿quién lo haría? El monito ya se había ido al
pueblo y la Cuchi estaba demasiado ofendida
como para regresar.
Así fue como Tutunki tuvo que pasar una
encajonada noche, sin poder ver la luz de la
luna, y nuevamente, en la oscuridad total, se
quedó dormido.
En la madrugada del día siguiente, un
barrendero municipal vio la caja y la abrió. "¡El
pájaro del concurso!", pensó y lo llevó al Canal
8 dispuesto a pedir alguna recompensa.
Hubo fiesta en el Canal 8 al tener noticias de
Tutunki. Ya que no encontraron al mono, al
menos encontraron al pájaro cantor. Al
barrendero le dieron una jugosa propina que
luego usó para comprar un pavo, un panetón,
una lata de duraznos al jugo y una botella de
pisco peruano.
Muy pronto, Tutunki, el gallito de las rocas,
alcanzó la fama que tanto había deseado y su
fotografía, en primer plano, estuvo por todas
90 partes: en anuncios de gaseosas, en las portadas
de las revistas, en los avisos de la compañía de
teléfonos, en las propagandas turísticas,
etcétera, etcétera, etcétera. Grabó unos cuantos
discos de oro y actuó para la televisión
muchísimas veces. Cantó en escenarios
repletos de gente que coreaba los "Wanks"
junto con él.
Como "mascota talentosa", Tutunki vivió
como una celebridad. Era su fantasía hecha
realidad, moviéndose entre bambalinas y
codeándose con la farándula.
¿Que cómo lo trataban?
Lo trataban demasiado bien. Le cepillaban
las plumas, lo llevaban a las mejores
veterinarias para hacerle la manicura o, mejor
dicho, la "patacura" y la "picocura". Tenía una
agenda repleta de actividades importantes
como eventos, inauguraciones y celebraciones.
Sus admiradoras se multiplicaban por donde
iba. ¡Qué no le regalaban! Peluches,
bombones, cartas de amor, flores, perfumes,
entre muchas cosas más. Se alimentaba de la 91
mejor comida hecha por un chef especializado
en comida para gallitos de las rocas. En fin, en
pocas palabras, la pasaba fenomenal. Tal como
él lo había pronosticado, su fama creció como
la espuma.
Y el tiempo pasó volando a toda velocidad,
demasiado rápido... tan rápido que llegó el
siguiente año, con un nuevo concurso y con
una nueva estrella, ni más ni menos que
"Cuchiza, la Cozorriza".
Al igual que la espuma, la fama de Tutunki
se desvaneció con el pasar de los días.
En lo que cantaba un gallo, ya estaban
despegándose los carteles de Tutunki, para
pegar los de la nueva MASCOTA TALENTOSA.
No es que Tutunki fuera cosa vieja. No, viejo
no. Simplemente, estaba pasado de moda.
Rápidamente, el camerino de Tutunki se
convirtió en el de la cotorra, lo pintaron de rosa
y magenta brillante. Tutunki intentó verla,
hablar con ella, saludarla, hacía un año que no
sabía nada de ella, pero fue imposible. La
Cuchi pasaba rapidito cotorreando con su
teléfono móvil, sin tiempo de mirar a nadie,
siempre ocupada, siempre rodeada de
fotógrafos y asistentes pendientes de sus
92 necesidades y antojos.
"...Necesizo un buen baño de burbujas para
relajarme. Zodo el día de shopping me ha
dejado muerza de cansancio...", pudo oír a lo
lejos Tutunki. Y sintió cierta nostalgia por
aquellos tiempos lejanos y sencillos que vivió
junto a su amiga entre ramas y moras.
Lo que era sentirse
verdaderamente feliz

Pocos días después, los encargados del


canal le dijeron a Tutunki: "Gracias por todo"
y lo pusieron, literalmente, de patitas en la
mismísima calle en la que una vez hizo cola 93

para incribirse en el famoso concurso por el


que pasó con tanta ilusión.
Ahí parado, Tutunki sintió un doloroso y
enorme vacío en el estómago. No sabía si era
hambre, temor o angustia de no saber qué hacer
ni a dónde ir. Tal vez era una mezcla de todo.
En realidad, ya no tenía un sueño al cual seguir.
Había perdido lo peor que se puede perder: la
motivación.
El deseo de toda su vida ya se había
cumplido, había tocado la fama y la fortuna.
Pero ahora que no era ni rico ni famoso se
encontraba, además, más solo que nunca.
Solo, cansado y sin ilusiones, ahora le
tocaba sobrevivir en la selva de cemento,
donde las montañas eran edificios, y donde
muchas fieras de disfrazan de seres humanos.
Por un tiempo, Tutunki se dedicó a cantar en
las calles, esperando la caridad de los buenos
que se animaran a alimentarlo. Un día, le
tocaba un trozo de pan duro; otro día, le tocaba
lo que le tocaba. Huía de los que querían
atraparlo y de algunos animales que se
burlaban de su fama perdida: "¡Bueno para
nada!", "¡perdedor!", le gritaban algunos
94 pajarracos que vivían por ahí envidiando la
buena fortuna de los demás y esperando la
desgracia ajena, como buitres.
—¡Wank! Este lugar no es para mí, tengo
que salir de aquí —decía Tutunki de cuando en
cuando, aunque cada vez con menos
frecuencia.
Tutunki, poco a poco, fue perdiendo la
alegría hasta volverse silencioso y taciturno.
Un día dejó de hablar. Aquel rojo brillante de
sus plumas se volvió negruzco por el esmog de
los autos, casi no llovía en la capital y Tutunki
ya no parecía Tutunki. Pero era mejor así. Era
mejor pasar desapercibido que odiado o ser
presa de algún gato o algún humano.
Muy diferente al panorama de Tutunki era
el que veía Cuchita, la cotorrita. Ahora su vida
era de una superestrella. Pero por más baños de
espuma que se dio, por más farándula que
conoció y vestidos que compró, Cuchita no
logró olvidar a Tutunki, lo tenía tatuado con
tinta indeleble en el corazón.
La Cuchi siempre pensó que si llegaba a ser
rica y famosa, tal vez Tutunki la miraría con
95
otros ojos y se enamoraría de ella. Por eso,
luego de aquel último día en el que lo vio con
el asunto de la caja, ella se dedicó a recitar
poemas. Día y noche recitó, practicando
posturas, entonaciones y pronunciaciones.
Claro que nunca dejó de hablar de esa manera
tan extraña, pero esa fue justamente la gracia.
La Cuchi podía recitar en lenguaje humano. El
día del concurso su actuación fue jocosa,
aunque ella no lo pretendió así, pero esos
versos, con palabras tan serias, tomaban otro
sentido al ser pronunciadas de manera tan
chistosa por la Cotorra. Y así fue como llegó a
ganar el premio del famoso concurso.
Ahora que era famosa, le llovían los galanes,
pero... ¿dónde se encontraría su amado?
Tutunki había desaparecido por completo, le
había perdido el rastro.
Una mañana primaveral, en la que la
cotonita paseaba en el auto del canal por la
ciudad comiendo maíz, pudo ver a un ave que
no volaba, una pobre ave mendiga, tal vez
enferma, negruzca y triste parada entre la pista
y la vereda de una transitada avenida. La
cotorrita sintió mucha lástima, hizo detener el
auto y llamó a aquel ave para compartir su
comida con ella. El ave se acercó. La Cuchi dio
96
un grito desafinado: ¡es Tutunki!
Ya lo decía su abuela: el corazón reconoce
al amado aunque vaya disfrazado.
Tutunki vio a la Cuchi y quiso escapar
corriendo para evitar aquel bochornoso
momento:
—¡Wank!¡Qué vergüenza voy a pasar, con
lo feo y apestoso que debo estar!
Pero ella lo jaló e inmediatamente lo metió
al auto. Le dio mucho maíz. Lo llevó al canal e
hizo que le dieran un baño. Con agua, jabón y
un cepillo de dientes lavaron a Tutunki hasta
que al fin recuperó su hermoso color rojo
brillante.
En la noche, la cotorra lo invitó a cenar en
la azotea del canal. Tutunki y Cuchita hablaron
por horas contándose todo lo vivido durante
todo el tiempo en el que se dejaron de ver. Ella
era la misma cotorra encantadora de siempre.
Pero él había cambiado.
—¡ Wank! Cuchita, no sabes todo lo que he
vivido... he tenido lujos, pero luego he sufrido.
¡Viajé en limosinas, estuve en casas con
piscinas, tuve mucho movimiento y mi cresta
voló al viento! Pero nada de eso tiene
importancia cuando uno lo ve a la distancia. Si
uno no comparte la felicidad, luego viene la 97
soledad. No sé qué hacer con mi vida, tengo la
ilusión perdida. Si no hubiera sido por ti, no sé
qué hubiera sido de mí...
La cotorrita lo escuchó durante largo rato.
Era obvio que su amigo necesitaba hablar
mucho. Pero, a pesar de que él había sufrido
mucho, le había venido bien el sufrimiento.
—A veces lo malo parece muy malo, pero
luego resuiza que lo malo es para bien —dijo
la Cuchi.
—¡Wank! ¿Qué ha dicho, doña Cuchita?
Será mejor que lo repita —dijo Tutunki con
una sonrisa.
Y ella, en vez de aclarar el asunto, empezó a
reirse mientras Tutunki la observaba. Esa
noche, ella tenía un brillo especial. Luego se
quedaron en silencio, mirando el cielo negro
salpicadísimo de estrellas y escuchando los
sonidos de la ciudad.
Tutunki descubrió lo que era sentirse
verdaderamente feliz.

98
El retorno a la montaña

Pasado un rato, Tutunki le dijo a la Cuchi


que debía regresar a su montaña. Ya no tenía
nada que hacer en la ciudad. Para la Cuchi, esto
fue como recibir una daga en el corazón, sintió 99
decepción y a la vez rabia. Era obvio que
Tutunki jamás la querría. “Qué zonza he sido”,
pensó “¿Quién me manda a hacerme
ilusiones?, Zuzunki jamás me hará caso”.
Sin pensarlo dos veces, la Cuchi tomó a
Tutunki con fuerza y lo empujó desde la
azotea.
—¡Zuzunki, vuela! —le gritó.
—¡Wank! ¿Pero qué quiere hacer esta
cotorra?... ¿Me quiere dejar como mazamorra?
—exclamó Tutunki mientras veía la película de
su vida en cámara rápida al mismo tiempo que
caía. Tutunki comenzó a aletear
desesperadamente para salvar su vida,
¡plácata!, ¡plácata! Hasta que por fin agarró
vuelo y planeó libre por la ciudad sintiendo el
frío de la brisa capitalina. Las plumas ya le
habían crecido.
Regresó eufórico a la azotea. ¡Podía volar!,
y le dio un beso en el pico a Cuchita.
Esta vez, a ella le dio el patatús.
Tiempo después, tras muchos días de
esforzado vuelo, Tutunki consiguió regresar a
su tierra. Volvió a ver de nuevo su tierra
bendita, colmada de bosques densos y hú-
medos, donde podía escuchar el sonido de los
100 arroyos y el soplido del viento entre los
acantilados. Una tierra llena de amigos y
parientes que lo recibieron con los brazos
abiertos.
¡Cuánta paz respiró en el aire! ¡Qué
hermosa era su tierra!
Hasta ahora, Tutunki no ha dejado de
cantar. Tiene mucho qué decir a través de sus
canciones. Y muchísimos animales siguen
llegando desde muy lejos para disfrutar de su
canto y encanto en los recitales que da.
Hay quienes comentan que algunas veces
invita a subir al escenario a un mono choro que
baila. Ese monito debe ser ladrón, porque dicen
que se roba el show.
Ah, y Tutunki ya no se queja de los regalos
de su club de admiradoras por la sencilla razón
que los decomisa una novia algo celosa que

reciza" poemas y versos en lenguaje humano.

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