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Bienaventuranzas: Camino a la Felicidad

Las bienaventuranzas recogen las promesas de Dios desde Abraham y las perfeccionan ordenándolas al Reino de los Cielos. Responden al deseo natural de felicidad enseñándonos que la verdadera bienaventuranza consiste en la visión de Dios, la participación en su naturaleza y la vida eterna como don gratuito de Dios. Determinan los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos y nos colocan ante elecciones morales decisivas para amar a Dios sobre todas las cosas.

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Bienaventuranzas: Camino a la Felicidad

Las bienaventuranzas recogen las promesas de Dios desde Abraham y las perfeccionan ordenándolas al Reino de los Cielos. Responden al deseo natural de felicidad enseñándonos que la verdadera bienaventuranza consiste en la visión de Dios, la participación en su naturaleza y la vida eterna como don gratuito de Dios. Determinan los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos y nos colocan ante elecciones morales decisivas para amar a Dios sobre todas las cosas.

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Artículo 2 NUESTRA VOCACION A LA BIENAVENTURANZA

I LAS BIENAVENTURANZAS

1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las
promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a
la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los
cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal
contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.
(Mt 5,3-12).

1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación
de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las
actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza
en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas;
quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

II EL DESEO DE FELICIDAD

1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino:
Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el único que lo puede
satisfacer:

Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé
su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín,
mor. eccl. 1,3,4).

¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al busc arte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te
busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (S.
Agustín, conf. 10,20.29).

Sólo Dios sacia (S. Tomás de Aquino, symb. 1).

1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos
humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno
personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la
promesa y viven de ella en la fe.

Artículo 3 LA BIENAVENTURANZA CRISTIANA

1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que
Dios llama al hombre: la venida del Reino de Dios (cf Mt 4,17); la visión de Dios: "Dichosos los
limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8; cf 1 Jn 3,2; 1 Co 13,12); la entrada en el
gozo del Señor (cf Mt 25,21.23); la entrada en el Descanso de Dios (He 4,7-11):

Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo


que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S.
Agustín, civ. 22,30)

1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La
bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1,4) y de la Vida eterna (cf Jn
17,3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rom 8,18) y en el gozo de la vida
trinitaria.

1722 Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don
gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como la gracia que dispone al hombre a
entrar en el gozo divino.

"Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios". Ciertamente, según su
grandeza y su inexpresable gloria, "nadie verá a Dios y vivirá", porque el Padre es inasequible;
pero según su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llega hasta conceder a los
que lo aman el privilegio de ver a Dios... "porque lo que es imposible para los hombres es posible
para Dios" (S. Ireneo, haer. 4,20,5).

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a
purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de
todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria
humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y
las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor:

El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje "instintivo" la multitud, la masa de


los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la
honorabilidad...Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza
por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro...La notoriedad, el hecho de
ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha
llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera
veneración (Newman, mix. 5, sobre la santidad).

1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que
conducen al Reino de los Cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante actos cotidianos,
sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos
lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf La parábola del sembrador: Mt 13,3-23).

RESUMEN

1725 Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan las promesas de Dios desde Abraham ordenándolas
al Reino de los Cielos. Responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del
hombre.

1726 Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de
Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios.

1727 La bienaventuranza de la vida eterna es un don gratuito de Dios; es sobrenatural como la gracia
que conduce a ella.

1728 Las bienaventuranzas nos colocan ante elecciones decisivas respecto a los bienes terrenos;
purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios por encima de todo.

1729 La bienaventuranza del Cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes
terrenos conforme a la Ley de Dios.

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