YURI COBO
PERDONAR
CÓMO RECUPERAR LA ARMONÍA
EN NUESTRA RELACIÓN CON LOS DEMÁS
ARANANDA
Perdonar
Cómo recuperar la armonía en nuestra
relación con los demás
Yuri Cobo Núñez
[email protected] ISBN: 9788648860803
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Este es un libro de distribución gratuita.
Cualquier parte de esta publicación puede ser
reproducida y transmitida por cualquier medio,
siempre y cuando se cite la fuente.
Contenido
1. Cuando habla el corazón / 6
2. La muerte como maestra / 7
3. Ve y reconcíliate / 13
4. Considera todas tus relaciones /14
5. Pedir perdón y presentar disculpas / 17
6. Juzgar vs. Perdonar / 18
7. El filtro de la verdad / 21
8. No hay conocimiento absoluto / 23
9. Reencarnación I / 24
10. Reencarnación II / 25
11. Perdona para que liberes y te liberes / 27
12. Perdona para que te perdones:
la ley del espejo / 30
13. Un ejercicio de proyección / 32
14. La ley del espejo y el mundo / 35
15. Da para que recibas / 37
16. Preguntas de trabajo / 39
17. Pide perdón / 40
18. Perdona / 46
19. Beneficios del perdón / 50
“El perdón es dos veces bendito;
bendice al que lo da y al que lo recibe”
William Shakespeare
“El perdón es la fragancia que derrama
la violeta en el talón que la aplastó”
Mark Twain
“Aprender a perdonar puede ser
el más difícil de los actos humanos,
y lo más parecido a la divinidad”
Justin Cronin
1
Cuando habla el corazón
Hace unos años estuve ingresado de urgencias en un hospi-
tal. Todo parecía indicar que se trataba de un caso delicado,
a juzgar por la manera inmediata, cuidadosa y reservada
como fui tratado por el personal sanitario que me atendió.
Cuando me hice consciente de la gravedad de la situación,
ya estaba acostado y conectado a varios aparatos que refle-
jaban mis constantes vitales, y ya había sido sometido a
varios análisis de diferentes tipos. Y no quedaba más que
esperar: o los síntomas desaparecían y me daban el alta, o
la cosa iría a peor y no sé qué hubiera podido pasar. Por eso
estaba siendo monitoreado, para ver de qué lado se decan-
taba la situación.
Estaba nervioso y para paliar un poco el miedo em-
pecé a cantar y a improvisar oraciones. Sabía que me en-
contraba en un momento decisivo y en lo único que podía
pensar era en dos personas muy cercanas a mí con las que
me había discutido (cada una por separado) y de las que me
había distanciado; en el momento de la discusión perdí la
calma, me enfadé, grité, insulté y logré todo lo contrario de
lo que en un principio me había propuesto. Sentía que, si
me hubiera muerto en ese momento, me hubiera ido con un
asunto pendiente en la mente y no era eso lo que quería; si
tenía que morir, lo mejor era estar tranquilo y sentirme en
paz con todo el mundo. Pensé entonces en estas dos perso-
nas, y deseé de todo corazón tener otra oportunidad para
6
verlas y solucionar nuestros problemas. Cuando finalmente
(y gracias a Dios) los médicos me dieron el alta, sabía qué
era lo que tenía que hacer, y sabía además que tenía que
hacerlo a la mayor brevedad posible.
En los siguientes días me puse en contacto con aque-
llas dos personas y les abrí mi corazón para decirles lo que
tenía que decir, para desahogarme del dolor que me asfi-
xiaba, para perdonarlas y pedirles que me perdonaran ellas
a mí, para reconciliarme con esos dos seres a los que quería
profundamente y cuyo cariño, para mi tranquilidad, final-
mente pude recuperar.
2
La muerte como maestra
Como quedó reflejado en la experiencia en el hospital, en la
madurez de nuestras vidas (y muy especialmente cuando
sentimos cerca su final), damos más valor a unos asuntos
que a otros; reconocemos que aquello que más apreciába-
mos cuando éramos jóvenes, pierde su brillo y su relevan-
cia, y su lugar empiezan a ocuparlo otros temas a los que
quizás les dábamos poca o ninguna importancia, o que fui-
mos aplazando (por orgullo o por miedo), y de entre esos
temas, el más importante es el amor (o el perdón).
7
En una entrevista realizada por el diario La Van-
guardia el 26 de octubre de 2017, Frank Ostaseski1, al pre-
guntársele por la muerte, responde:
“La muerte es plenitud.” “¡La muerte es maes-
tra! Nada enseña más que la muerte. Los en-
fermos terminales a los que acompañé me en-
señaron cómo ayudar a otros. “Si acompañas a
un moribundo, no hables tú: ¡escúchale a él! Y
cuando sientas que conviene, tócale”. “…dejar
tu vida aparcada y querer recuperarla en el úl-
timo momento ¡es ridículo! La muerte te sugie-
re cómo vivir una vida plena”.
Al preguntársele qué entiende por una vida plena,
dice lo siguiente:
“Respóndete tú mismo: imagínate en tu lecho
de muerte: ¿qué querrás en ese instante? ¿Que
haya un Porsche en tu garaje, quizá? No,
créeme: ¡querrás sentir que eres amado y que
has amado bien! Dos preguntas vendrán: ¿Soy
amado? ¿He amado bien?” “La muerte es
1 Cofundador del Zen Hospice Project (el primer centro budista especializado en
cuidados paliativos en Estados Unidos) y del Metta Institute. Formador de médicos y
enfermeros en la clínica Mayo y también de familias en centros de espiritualidad
budista. Autor del libro “Las cinco invitaciones” (Océano), y del portal
www.fiveinvitations.com. Por todos los méritos acumulados fue honrado en el año
2001 por S.S. el Dalái Lama.
8
maestra y enseña esto, hazle caso desde ahora
mismo: ¡cultiva el amor!”
El área del amor abarca toda la gama de relaciones
posibles entre el individuo y el espacio en que se desarrolla.
En este sentido hay tres tipos de relaciones:
• Las de corta duración o encuentros esporádicos. Por
ejemplo, dos personas que se encuentran “casual-
mente” en el ascensor o que se cruzan por la calle.
• Las de mediana duración o relaciones temporales.
Por ejemplo, dos compañeros de un curso de fin de
semana o una pareja de novios que finalmente se
distancian, y
• Las de larga duración o relaciones permanentes.
Aquí aparecen todos los integrantes de la familia de
sangre o la familia política de larga duración.
Aunque nos vamos a enfocar en las relaciones de
mediana y larga duración, es bueno saber que, aunque las
relaciones de corta duración tienen precisamente esa carac-
terística, que son esporádicas, también nos dicen mucho
sobre la manera como nos estamos relacionando con los
demás, de los pensamientos que estamos incubando hacia
los demás y que terminan por convertirse en emociones y
comportamientos. Por ejemplo, es probable que durante el
minuto que tarda el ascensor en llevarla hasta el piso
9
deseado, una persona haya hecho un juicio mental de otra
persona que se encontraba en el ascensor, simplemente por
la forma como iba vestida o por sus rasgos físicos. En ese
corto minuto, la primera persona pudo haber pensado mal
de la otra y haberse bajado del ascensor sintiendo rechazo,
ira o miedo.
A un nivel muy profundo, en el momento de la
muerte, la persona que está agonizando interpreta lo de la
falta de armonía con los demás como una asignatura no
aprobada. En Mateo 5:25 de las sagradas escrituras se dice
claramente:
“Reconcíliate pronto con tu adversario mien-
tras vas con él por el camino, no sea que tu ad-
versario te entregue al juez, y el juez al algua-
cil, y seas echado en la cárcel. En verdad te di-
go que no saldrás de allí hasta que hayas paga-
do el último centavo”.
Esta sentencia es muy clara respecto de la existencia
de la ley de la causalidad que dice que cosechamos de lo
que sembramos, sea en esta vida o en una próxima encar-
nación. En su libro “Después del éxtasis la colada”, Jack
Kornfield presenta el caso de varias personas que después
de haber tenido experiencias de despertar espiritual o ilu-
minación, sintieron la necesidad de regresar a sus hogares.
A este respecto el hexagrama número 19 del I Ching lla-
mado Lin o el Acercamiento dice lo siguiente:
10
“Una persona que ha superado al mundo e inte-
riormente ya siente cumplida su existencia,
puede, en determinadas circunstancias, verse
en situación de tener que reingresar una vez
más en este mundo, acercándose a las otras
personas. La consecuencia será una gran ventu-
ra para todos.”
Y en “Las diez etapas del despertar”, el maestro zen
Kakuan Shien dice:
“Con el corazón y los pies desnudos, regresas a
la plaza de mercado. Tu sonrisa brilla bajo la
ceniza. No haces milagros y, sin embargo, allí
por donde pasas es primavera”.
Las personas de las que habla Kornfield en su libro,
no obstante haber pasado por un proceso de muerte simbó-
lica2 (la iluminación) lo que implicaba un completo desa-
pego por las cosas del mundo, sentían la imperiosa necesi-
dad de volver a sus hogares, y esto se debía a la necesidad
que tenían de ver qué tan capaces eran de adaptar su nueva
visión de la vida a la rutina diaria de levantarse todos los
2 Existen en diferentes partes del mundo comunidades indígenas y/o religiosas que
practican ciertos rituales en los que la persona es sepultada de manera simbólica (ya
sea en un hueco hecho en el suelo o en un ataúd, o es transportada con una sábana
o en hombros para simular el camino hacia el cementerio) para que el participante
sienta lo que podría significar estar enterrado y no tener otra oportunidad en esta
vida. Quien pueda asistir a una de estas ceremonias que lo haga (En este caso, la
experiencia debe ser dirigida por personas expertas y la comunidad indígena o reli-
giosa debe ser reconocida al menos a nivel del país donde se encuentren ubicadas).
11
días e ir al trabajo y soportar al jefe cascarrabias, y mante-
ner buenas relaciones con los vecinos ruidosos, y sonreírle
al cuñado que es un pesado, etc.; en síntesis, iluminar el
mundo con su presencia, perdonando y aceptando a los
demás de verdad, luego de lo cual, estaban listos para
abandonar el mundo de manera permanente. En el libro de
Mateo 5:15 encontramos a Jesús diciéndoles a sus apósto-
les:
“Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad
situada sobre un monte no se puede ocultar; ni
se enciende una lámpara y se pone debajo de
un almud, sino sobre el candelero para que
alumbre a todos los que están en la casa.”
Las experiencias de los moribundos asistidos por
Frank Ostaseski y las de después de la iluminación plantea-
das por Kornfield en su libro, nos demuestran que perdonar
o regresar al amor que es lo mismo, es haber vivido una
vida con sentido. El amor a la totalidad no solo es posible
sino necesario, y el perdón es la actitud mental que nos
permite volver a ese estado. Podemos afirmar entonces que
la vida tiene como tarea básica estar en paz con todos los
demás seres, lo que equivale a estar en paz con nosotros
mismos.
12
3
Ve y reconcíliate
Muchas personas que inician un camino de búsqueda espi-
ritual y que lo hacen de manera formal, es decir, que se afi-
lian a una organización como puede ser una iglesia o un
monasterio, suelen enfrentarse a profundas decepciones en
la medida en que no ven satisfechos sus objetivos y a pesar
de los grandes esfuerzos que dedican a sus prácticas. Esto
se debe a que, en la mayoría de los casos, no han podido (o
no han querido) hacerse conscientes de que, cualquier
avance o logro en materia espiritual (llámese santidad, au-
torrealización, iluminación, etc.) parte de tener los asuntos
materiales en equilibrio, esto es, estar en paz y armonía con
el resto de personas y de seres vivos con los que hemos
tratado durante nuestra vida. Esto es lo que nos has enseña-
do las experiencias de los moribundos asistidos por Oste-
sesky y Ware que comentamos al principio.
Se cuenta que una vez un hombre fue a llevar una
ofrenda ante el altar de la diosa del amor y la diosa
misma apareció para recibir la ofrenda:
⎯Es muy hermoso tu regalo ⎯le dijo la diosa
al hombre⎯, pero no lo puedo recibir porque sé
que te has discutido con tu hermano. Ve a tu casa,
reconcíliate con tu hermano y entonces regresa a
hacer tu ofrenda.
13
El hombre hizo lo que la diosa le pidió: fue
hasta su casa, se reconcilió con su hermano y,
cuando quería regresar al altar, se le apareció la
diosa y le dijo que no era necesario que fuera hasta
allí porque ya la ofrenda había sido recibida.
Es probable que en el pasado hayas tenido problemas
con otra(s) persona(s), y que esos problemas hagan que tú
en estos momentos estés sintiendo celos, tristeza, ira o rabia
hacia esa(s) persona(s), o que esa(s) persona(s) esté(n) sin-
tiendo las mismas emociones negativas hacia ti. Es necesa-
rio entonces que busques una reconciliación con esa(s) per-
sona(s); habrás de perdonar y/o pedir perdón para que em-
pieces a saborear las mieles de la libertad y la paz interio-
res.
4
Considera todas tus relaciones
El área del amor abarca toda la gama de relaciones posibles
entre tú y los seres que te rodean. En este sentido, hay tres
tipos de relaciones:
• Las de corta duración o encuentros esporádicos. Por
ejemplo, las personas que te encuentras “casualmen-
te” en el ascensor o que se cruzan contigo por la ca-
lle.
14
• Las de mediana duración o relaciones temporales.
Por ejemplo, tus compañeros de un curso de fin de
semana o un noviazgo que tuviste y que finalmente
se terminó, y
• Las de larga duración o relaciones permanentes.
Aquí aparecen todas las personas con los que man-
tienes un contacto frecuente e inevitable.
Aunque nos vamos a enfocar en las relaciones de me-
diana y larga duración, es bueno que sepas que, aunque las
relaciones de corta duración tienen precisamente esa carac-
terística, que son esporádicas, también nos dicen mucho
sobre la manera como te estás relacionando con los demás,
de los pensamientos que estás incubando hacia los demás y
que terminan por convertirse en emociones y comporta-
mientos. Por ejemplo, es probable que durante el minuto
que tarda el ascensor en llevarte hasta el piso deseado, tú
hayas hecho un juicio mental de otra persona que se encon-
traba en el ascensor, simplemente por la forma como iba
vestida o por sus rasgos físicos. En ese corto minuto, tú
pudiste haber pensado mal de la otra persona y haberte ba-
jado del ascensor sintiendo rechazo, ira o miedo. Ahora
bien, de acuerdo con la forma como reacciones a cada rela-
ción, debido a los pensamientos que incubes y las emocio-
nes que experimentes, tu salud se verá directamente afecta-
da. Es así que:
• La crueldad y la impaciencia afectan al corazón.
15
• La preocupación y la ansiedad afectan al bazo.
• El miedo afecta a los riñones.
• La ira afecta al hígado.
• La tristeza y la aflicción afectan a los pulmones.
• Y un largo etcétera.
La conclusión es que debes ponerte en paz con todos
los que te rodean, incluso durante los encuentros esporádi-
cos.
Dentro de las relaciones de mediana y larga duración,
tenemos entonces las siguientes:
• Con la familia,
• Con la pareja,
• Con los amigos,
• Contigo mismo,
• Con las autoridades,
• Con los compañeros de trabajo y vecinos,
• Con animales, plantas y medio ambiente,
• Con el mundo espiritual (si es que crees en él).
Pero antes en entrar en el proceso concreto del perdón, va-
mos a aclarar algunos puntos relacionados con este tema.
16
5
Pedir perdón y presentar disculpas
Quizás habrás notado que las expresiones “pedir perdón” y
“pedir (o presentar) disculpas” se utilizan indistintamente,
como sinónimos, pero aquí les daremos unos matices dife-
rentes.
Presentar disculpas es decir, antes o después de ocurri-
do un hecho, por qué razones haremos o no haremos algo, o
porqué razones hicimos o dejamos de hacer algo, para que
seamos eximidos de la responsabilidad. Un ejemplo: hubo
una reunión de trabajo a la que tú debías asistir, pero no lo
hiciste porque nadie te informó de la reunión. Cuando tu
jefe te llame a su despacho para preguntarte por qué no
asististe, tu disculpa será que no fuiste informado a tiempo.
En este caso no hay responsabilidad alguna de parte tuya.
De otro lado, perdonar o pedir perdón se aplica cuando
han ocurrido unos hechos concretos que han afectado a al-
guien y se ha comprobado una responsabilidad, ya sea tuya
o de otra persona, de manera que aquí no cabe ninguna dis-
culpa. Aquí es necesario pedir perdón al otro, y/o perdonar
al otro. Expresar el perdón y escuchar que uno ha sido per-
donado es muy sanador para ambas partes3.
3
Puede suceder que seas tú la víctima y que la persona que te ha afectado no tenga
el nivel de consciencia que tienes tú. En ese caso, si la otra persona es reacia a pedir
perdón, no esperes hasta que el otro decida hacerlo para perdonarla, pues se te
podría ir la vida en ello. Si ves que la otra persona no entra en razón, perdona y
sánate y libérate tú.
17
6
Juzgar vs. perdonar
A veces, sin ser nosotros las víctimas directas de algún de-
lito, juzgamos a los infractores y no somos capaces de mi-
rarlas con buenos ojos, o no al menos de manera neutral.
Nuestro juicio se convierte en una verdad inapelable y el
amor al otro se vuelve imposible. Lo que no sabemos es
que juzgar es precisamente lo contrario de perdonar. Según
la RAE, juzgar es:
“Deliberar, quien tiene autoridad para ello, acerca
de la culpabilidad de alguno, o de la razón que le
asiste en un asunto, y sentenciar lo procedente.”
Pero como verás seguidamente, juzgar es objetivamen-
te imposible. Te invito a que leas este cuento:
“Había un hombre que tenía fama de buen conseje-
ro y que era visitado por mucha gente que venía de
diferentes lugares con el fin de pedirle consejos pa-
ra sus vidas. Muchos de estos visitantes le dejaban
grandes donativos con los que él y su familia po-
dían vivir holgadamente.
De entre tanta gente apareció un día una chica
que se enamoró perdidamente de este hombre y
empezó a coquetearle. El hombre por su parte era
casado y no tenía ninguna intención de tener una
amante, así que trataba a la chica con la misma
18
formalidad con la que trataba al resto de visitantes.
La chica se sintió muy ofendida con el rechazo y se
fue del lugar pensando en vengarse. Varios meses
después, la chica volvió al lugar con un bebé en
brazos y, aprovechando que el consejero estaba
dando una conferencia ante un nutrido grupo de
gente, interrumpió la concentración, levantó al be-
bé en brazos y dijo delante de todos los presentes
que el consejero era un impostor; que la vez ante-
rior que ella había venido, él le había prometido
hacerla su esposa, que se había acostado con ella y
la había embarazado, y que ahora él tendría que re-
conocer el hijo. Diciendo esto, tomó al niño y lo
puso en el regazo del consejero y salió de la sala
mientras éste guardaba un tranquilo silencio. Todos
los presentes se levantaron escandalizados por lo
que habían escuchado y, después de lanzarle im-
properios al consejero, abandonaron la sala; sobra
decir que su esposa y la familia de ésta lo abando-
naron también. Como el consejero no volvió a te-
ner visitas ni donativos, no tuvo más remedio que
ponerse a trabajar en el campo para poder sostener
al niño.
Varios años después, mientras el consejero se
encontraba conversando en la puerta de su casa con
algunos amigos, apareció nuevamente la chica. Ella
se acercó tímidamente al grupo con la mirada diri-
gida al suelo porque era incapaz de mirar al conse-
jero a los ojos, y le pidió a éste que la perdonara,
19
que su conciencia no le permitía continuar más
tiempo sosteniendo la mentira; que ella estaba dis-
puesta a resarcir el daño de alguna manera, así fue-
ra trabajando para él sin recibir ningún tipo de sala-
rio a cambio. Los amigos del consejero se sintieron
entusiasmados al enterarse de la verdad y salieron
corriendo por las calles del pueblo para contarles a
todos lo que había ocurrido.
Con los años, el consejero se hizo mucho más
famoso y recibió muchas visitas de todo el mun-
do.”
El primer punto que quiero resaltar es que parece muy
difícil, por no decir que imposible, que una situación como
la del cuento pudiera llegar a ocurrir en la realidad, pero
hace algunos años, un estadounidense condenado a muerte
fue declarado inocente y puesto en libertad en Cleveland,
Ohio, después de haber estado ¡39 años en la cárcel!4 Esto
nos puede dar una idea de lo difícil que puede llegar a ser
aplicar la justicia, incluso contando con la buena fe de los
testigos presenciales y la de los jueces.
En cualquier asunto las informaciones que surjan, aun-
que ciertas, pueden llegar a ser diferentes o incluso contra-
dictorias. Dos personas que son testigos de un hecho, pue-
den relatar lo sucedido de manera diferente, porque cada
persona tiene un punto de vista que es resultado de toda una
trayectoria personal compuesta de experiencias particulares
4
https://www.vanguardia.com/mundo/condenado-a-muerte-fue-declarado-
inocente-y-liberado-tras-39-anos-en-prision-NQVL288225
20
que la han moldeado y la han hecho diferente a las demás
personas. Incluso lo que alguien ve como indebido, otra
persona puede verlo como lo más normal del mundo.
7
El filtro de la verdad
Entonces, si una declaración de un testigo ya lleva implícita
su propia percepción de los hechos, es muy riesgoso que
hagas un juicio de alguien cuando ni siquiera has sido testi-
go de los hechos y te basas exclusivamente en opiniones de
terceros. El filósofo griego Sócrates nos enseñó que toda
afirmación debíamos hacerla pasar por tres filtros antes de
enunciarla, y de esos tres filtros, el primero y más impor-
tante es la verdad:
¿Es cierto aquello que vas a afirmar?
¿Te consta que ha sido así?
Si la respuesta es negativa, sería suficiente para que no
emitas un juicio. Y si no te consta lo que ha sucedido ¿estás
cien por ciento seguro de que tu fuente está diciendo toda la
verdad? Esto es un asunto muy delicado, y es por esta ra-
zón que los periodistas serios, antes de hacer pública algu-
na denuncia de un tercero, investigan profundamente los
hechos.
Hablar solo por repetir lo que alguien afirma sin que
sepamos si es o no cierto, es el tema de un antiguo cuento
21
judío que ilustra lo que puede llegar a convertirse en una
calumnia y de cómo las calumnias terminan por dañar la
imagen de alguien que podría ser inocente:
“Un hombre estuvo compartiendo con otras per-
sonas información muy negativa acerca del sabio
del pueblo sin confirmar antes su veracidad. Con
el tiempo, aquel hombre se arrepintió de su mal
comportamiento y fue a pedirle al sabio que lo
perdonara. El sabio solo le pidió una cosa: que
agarrara una almohada, la abriera con un cuchillo
y que esparciera al viento las plumas que estaban
dentro. El hombre se quedó extrañado, pero deci-
dió complacerlo. Al cabo de un rato volvió donde
el sabio y le dijo:
⎯He hecho lo que me has pedido. ¿Ya estoy
perdonado?
⎯Antes tendrás que ir a recoger todas las
plumas y meterlas dentro de la almohada de nue-
vo –respondió el sabio.
⎯¡Pero eso es imposible! ⎯protestó el hom-
bre⎯ ¡el viento ya las ha dispersado!
⎯Pues lo mismo ha sucedido con tus pala-
bras ⎯concluyó el sabio⎯: es imposible hacer
que vuelvan porque están en boca de todos ¿sabes
lo que te quiero decir?
⎯Sí, por favor perdóname ⎯dijo el hombre
sinceramente arrepentido.
⎯Vete tranquilo. Ya estás perdonado.”
22
8
No hay conocimiento absoluto
El segundo punto a resaltar del cuento del hombre que fue
acusado por la mujer de ser el padre de su hijo es ¿por qué
el consejero no reaccionó? ¿Por qué no dijo su versión de
los hechos? ¿Por qué no contradijo a la chica?
En el caso del hombre inocente que salió de la cárcel
de Ohio, éste hizo uso de su derecho a defenderse, pero
esto no fue suficiente frente al peso de las evidencias. La
situación estaba completamente en su contra. La actitud del
consejero entonces no debe interpretarse como una invita-
ción a la pasividad, sino a la ecuanimidad con la que debe-
ríamos hacerles frente a las circunstancias. Es decir, si te
acusan, es obvio que debes defenderte, pero si un tribunal
decide que debes ir a la cárcel, debes acatar esa orden con
ecuanimidad. ¿Aunque seas inocente? Sí. Porque ¿cuál se-
ría tu alternativa? ¿Darte a la fuga? No; eso sería peor para
ti. El hombre de Ohio tuvo que someterse al encierro y muy
a su pesar. Entonces ¿qué es lo que está sucediendo aquí?
El punto clave es: ¿conoces tú todas las variables (ob-
jetivas y subjetivas, presentes y pasadas) que están implíci-
tas en un hecho, como para determinar si algo es justo o
injusto? Aunque nos cueste admitirlo, la respuesta es un
rotundo no. No conocemos al cien por ciento las variables
implícitas de ningún asunto como para poder determinar
con total certeza cuándo algo es justo o injusto. Aunque el
hombre de Ohio era inocente en el caso por el cual fue en-
cerrado, la situación se presentó de tal manera que le fue
23
imposible evitar la cárcel, es decir, tuvo que pasar por ella
porque, probablemente, en un pasado cercano o remoto
cometió un delito del cual no asumió su responsabilidad y
ahora no lo recuerda.
Por supuesto que estoy hablando de vidas pasadas.
¿Acaso existe esto de la reencarnación?
9
Reencarnación I
Hace varios años conocí en la ciudad de Madrid a un tera-
peuta que hacía Reiki5. Al finalizar la primera y única se-
sión que tuve con él (que dicho sea de paso fue muy efecti-
va), el hombre, que además de terapeuta resultó ser una
especie de médium también, me dijo que en ese momento
estaba recibiendo una comunicación para mí. Cerró los ojos
e hizo un gesto de concentración. Me preguntó si yo traba-
jaba o había trabajado con indígenas. Yo me limité a decir-
le que sí, pero no le revelé más detalles sobre mis incursio-
nes en el chamanismo. Me dijo que “veía” a un hombre, un
aborigen, no muy mayor, muy cercano a mí, y me lo des-
cribió físicamente. Yo me quedé muy sorprendido porque
la descripción física correspondía exactamente a la del
chamán que mencioné al principio del libro. El terapeuta
me dijo que según lo que estaba “viendo” en ese momento,
en una vida anterior yo había sido un aprendiz de chamán y
5
Reiki es una terapia complementaria, caracterizada por la imposición de manos en el
cuerpo de otra persona para restablecer el equilibrio físico, mental y espiritual.
24
que ese hombre que él “veía” había sido mi maestro, pero
que, desafortunadamente para mí, éste hombre había muer-
to en un accidente (lo que me había dejado en mitad del
proceso de aprendizaje) y que yo había venido a esta vida,
entre otras cosas, para buscarlo a él y terminar con mi for-
mación.
En efecto, desde muy pequeño yo sentía una gran
atracción por todo lo que estuviera relacionado con la cul-
tura andina: la música, la artesanía, y, por supuesto, el
mundo chamánico. Y a pesar de que conocí a varios cha-
manes de diferentes tradiciones y nacionalidades, este
hombre fue el único con el que pude sentir una verdadera
confianza, y fue con él, precisamente, con el que terminé
ese proceso de aprendizaje sobre la medicina tradicional
indígena. Dado este contexto sentí que lo que el terapeuta
me decía de nuestras vidas pasadas podría ser cierto.
10
Reencarnación II
Una experiencia más directa y profunda de recuerdo de vi-
das pasadas la tuve gracias a la ayuda de una amiga mía
llamada Cecilia quien, en una sesión de digitopuntura (el
arte de, con los dedos, hacer presión en ciertos puntos del
cuerpo), me orientó en la primera regresión de las dos que
he experimentado en mi vida.
25
De manera muy resumida digamos que en la escena
que recordé durante la regresión, yo cabalgaba por un ca-
mino solitario cuando unos pistoleros me asaltaron y me
exigieron que les entregara la bolsa con mi dinero. Yo me
resistí al atraco por lo que uno de ellos me disparó deján-
dome mal herido. Los hombres tomaron el dinero y se
echaron a la fuga. Luego apareció un indígena y yo sentí
mucho miedo porque los indígenas eran nuestros enemigos.
Vi al indígena y creí que venía a rematarme, pero sucedió
todo lo contrario: el hombre hurgó con sus dedos en mi
herida hasta encontrar la bala y, después de sacarla, me pu-
so una compresa con un emplasto de hierbas para desinfec-
tar la herida y detener la hemorragia.
Me sentía mal por haber dudado del indígena. Me ha-
bía dado cuenta de que los indígenas no eran malas perso-
nas sino nosotros, los colonizadores. Nos habíamos apode-
rado de sus tierras a la fuerza y los habíamos declarado
nuestros enemigos para tener una excusa para matarlos. Yo
mismo había matado a alguno de ellos sin ninguna conside-
ración antes de aquel encuentro. Todo esto había ocurrido
en los Estados Unidos a finales del siglo XVIII.
Ambas experiencias (la del médium y la de la digito-
puntura) me demostraron que, al menos en mi caso, yo co-
nocía muy poco de mí mismo. ¿Cuántas vidas he vivido
antes de esta vida? ¿Por cuántas experiencias he tenido que
pasar y que han sido la causa para que viva lo que ahora
estoy viviendo, tanto lo bueno como lo menos bueno? Y si
tan poco sé de mí mismo ¿Cuánto desconozco de la vida de
los demás?
26
Probablemente a ti también se te ha olvidado que qui-
zás has entrado en escena una enorme cantidad de veces en
este fantástico teatro que es la vida y que has vivido mu-
chos dramas junto a otros personajes. Se te ha olvidado
que, probablemente, esa persona que hoy te hace mucho
daño, en una vida anterior fue tu madre y que te amaba tan-
to que fue capaz de entregar su vida por ti. De hecho, en
algunas tradiciones budistas existe una meditación sobre la
compasión que consiste, precisamente, en mirar a las de-
más personas y reconocer en ellas una madre de alguna
vida anterior.
11
Perdona para que liberes y te liberes
Entonces si perdonar es lo contrario de juzgar y si juzgar es
prácticamente imposible ¿qué te queda? Pues perdonar. No
obstante, vuelvo a decirlo, frente a cualquier situación que
ponga en riesgo tu integridad, debes actuar; es decir, si al-
guien comete un delito del que tú eres la víctima o el testi-
go, debes primero defenderte o ponerte a salvo y luego de-
nunciar el delito a las autoridades competentes; y si esa
persona debe ir a la cárcel pues que vaya, que pague por la
transgresión que ha cometido. Pero independientemente de
las medidas legales y de seguridad que se tomen, perdonar
es un proceso mental que te libera de la carga que significa
portar en el corazón un resentimiento que te atasca, que no
te deja desplegar las alas y volar libremente, sino que te ata
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a un momento, un lugar y una persona específicos, con to-
das las consecuencias que eso puede traer: frustración, en-
fermedad, ausencia de paz interior. Alguien dijo muy acer-
tadamente que:
“Guardar rencor hacia otra persona es como to-
marse un veneno y esperar que le haga daño al
otro.”
Conocí una pareja de esposos en mi pueblo natal. Am-
bos habían sido educados bajo los principios del machismo
más rancio: él era el que mandaba sobre la vida de ella, y
ella se sometía voluntariamente y aceptaba los maltratos de
su marido. Este hombre, que era aficionado a la bebida, en
varias ocasiones la había golpeado a ella y en alguna oca-
sión hasta le había sido infiel.
Cuando ambos promediaban los 55 años de edad y
después de casi 30 de estar casados, la mujer se armó de
valor y abandonó al marido, cosa que lo irritó a él tremen-
damente. Temiendo una nueva agresión, la mujer tuvo que
desaparecer del pueblo durante algunos años, tiempo des-
pués del cual ella regresó luego de enterarse de que su ex
marido llevaba varios meses enfermo: estaba muy delgado,
con el cabello muy canoso y con un aspecto que en realidad
daba pena. Durante los años que ella estuvo ausente, el
hombre se había dedicado con obsesión al alcohol y sus
excesos empezaban a pasarle factura.
Al cabo de un par de semanas, el hombre ya no tuvo
fuerzas para levantarse de la cama y los médicos le dieron
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pocos días de vida. Durante esos días de agonía, el hombre
solo tenía una cosa en su mente: volver a ver a su ex mujer
para pedirle que lo perdonara. Y esto fue lo que le pidió a
sus familiares: que la buscaran y le rogaran que fuera a ver-
lo en su lecho de muerte.
En un principio ella se negó rotundamente a los ruegos
de los familiares del moribundo. Siempre respondía que un
hombre como él solo merecía eso que ahora le estaba suce-
diendo: morirse solo e irse al mismo infierno. Lo curioso de
la historia es que la agonía del hombre empezó a alargarse
y con ella su sufrimiento, hasta el punto de que sus familia-
res le rogaban a la ex esposa que fuera para que él final-
mente pudiera morirse; que por favor lo hiciera como un
acto de piedad. Presionada por su antigua familia política y
por una misericordia que empezaba a reemplazar un odio
tan antiguo, la mujer accedió a verlo y a escuchar lo que
tuviera para decirle.
Fue un forcejeo largo el que sostuvieron durante algu-
nos días hasta que finalmente, después de haber desahoga-
do todo su dolor, la mujer aceptó darle el perdón que él le
pedía: dio por terminada su historia con aquel hombre en
ese momento sin guardar ningún rencor, y después de de-
cirle que se podía morir tranquilo, que sus agravios estaban
todos perdonados. Con esto, ella sintió que se quitaba un
gran lastre de encima. En palabras de ellas misma, se sintió
más liviana, más libre y pudo ver la vida con más esperan-
za. Y Justo al día siguiente de ella haberlo perdonado, el
hombre, más tranquilo, expiró.
29
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Perdona para que te perdones:
la ley del espejo
Existe otro fenómeno que se conoce como la ley del espejo.
Esta ley nos viene a indicar que todo lo que vemos mani-
festado afuera, no es más que el reflejo de algo que provie-
ne de nosotros mismos, sea esto bueno o malo, agradable o
desagradable, y es lo que en psicología se conoce como
proyección, un mecanismo de defensa mental mediante el
cual una persona atribuye a otros, sentimientos, pensamien-
tos o impulsos propios que niega o le resultan inaceptables
para ella misma. El espacio donde quizás se vive más in-
tensamente este fenómeno es en el de las relaciones de pa-
reja: a los hijos se los puede llegar a amar incondicional-
mente, es decir, aceptarlos totalmente sin querer cambiar-
los; pero ¿y a la pareja? Ciertamente es mucho más com-
plicado; cuando tu pareja te genera reacciones negativas
tiendes a cambiarla por otra pareja, con la esperanza de en-
contrar una persona mejor. Pero como solo atraes lo que
armoniza contigo, llega otra persona con las mismas carac-
terísticas y el proceso se repite. Es difícil hacernos cons-
cientes de que, en muchas ocasiones, el problema no está
en el otro sino en nosotros mismos. Cuando tu pareja te
genera reacciones negativas, es que aún ves reflejada en
ella partes de tu personalidad (latentes o expresas) que no
te gustan y que proyectas para poder liberarte de la culpa y
30
poder así culpar al otro, como si se tratara de un “chivo ex-
piatorio”6.
Hay un proverbio inglés según el cual, cada vez que
señalas con el dedo índice a otra persona, hay simultánea-
mente tres dedos (el medio, el anular y el meñique) seña-
lando directamente hacia ti; es la misma lección que apare-
ce en la biblia, más exactamente en Juan 8:7 cuando Jesús
de Nazaret dice:
“Aquel de ustedes que esté libre de pecado,
que tire la primera piedra.”
Es decir, cada vez que juzgas a alguien, cada vez que
señalas con el dedo, tu mano te está pidiendo que apliques
el juicio en dirección contraria.
Pensar en esto a mí particularmente me ha ayudado
mucho a controlar mis pensamientos. Cuando por ejemplo
alguien hace algo que me roba la calma y me tienta a juz-
garlo, intento recordar las veces en que yo me he portado
de la misma manera en el pasado. Me sucede hoy en día
muy a menudo con la gente joven: observo algunos com-
portamientos que juzgo como inmaduros, y recuerdo que
hace algunos años yo me comportaba de la misma manera,
o quizás peor. Si acaso no recuerdo nada de esta vida, pien-
so en que muy probablemente en una vida pasada en algún
6 Esta expresión proviene de un antiguo ritual judío celebrado el día del Arrepenti-
miento o Yom Kipur, que consistía en elegir a dos machos cabríos, de los cuales uno
era sacrificado a Yahveh y con cuya sangre se rociaba el Propiciatorio (el arca de la
alianza), y sobre el otro, al que llamaban Hazazel (nombre de un ángel caído en la
mitología hebrea), el rabino ponía sus manos para traspasarle la culpa del pueblo, y
después era abandonado en el desierto.
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momento me comporté de esa misma manera. Entonces
pienso cómo me hubiera gustado que me trataran las perso-
nas que estaban a mi lado y recuerdo la frase del Dr. Jekyll
del novelista Robert Louis Stevenson:
“Ámame cuando menos lo merezca,
porque será cuando más lo necesite.”
…y entonces hago todo lo posible porque mi reacción
para con el otro provenga del amor más profundo. No digo
que me funcione siempre, pero noto que cada vez tiendo a
hacer menos juicios y a ser más benevolente.
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Un ejercicio de proyección
Cuando daba clases en la Universidad del Valle, solía hacer
con los estudiantes el siguiente ejercicio que te pido que lo
hagas tú también. Pero te ruego encarecidamente que no
leas la segunda parte hasta que no hayas realizado la prime-
ra. Ve haciendo el ejercicio a medida que vayas leyendo
para que el final no te predisponga ¿de acuerdo?
Muy bien, pues este es el ejercicio:
Primera parte:
Toma un lápiz y un papel. Piensa en una persona o per-
sonaje que te cae mal, que te cuesta de “tragar” o que, en el
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peor de los casos, has llegado a odiar. En la hoja de papel,
escribe un fragmento empezando con el nombre de la per-
sona y completa el fragmento con todo lo que se te ocurra
de esa persona, especialmente con todo lo malo que recuer-
des, lo malo que has visto o que te imaginas de ella. Procu-
ra que ninguna de las características que has visto en ella se
quede por fuera. Por ejemplo:
“Susana, mi vecina de enfrente, es antipática, chismosa
y demasiado coqueta con los hombres”.
Segunda parte
Cambia el nombre de la otra persona por el pronombre
“yo”, dejando el fragmento tal y como está. Siguiendo con
el ejemplo:
“Yo soy antipática, chismosa y demasiado coqueta con
los hombres”.
Ahora estás hablando de ti con las características que
viste en la otra persona. Léelo despacio y varias veces, in-
tentando no rechazar lo que allí ves, aunque de entrada eso
será lo que harás. Intenta recordar las ocasiones en que tú te
has comportado de esa manera, aunque sea en un grado
mínimo. Si no recuerdas nada de esta vida, piensa que pro-
bablemente en una vida pasada lo fue. Repite esta parte
hasta que no rechaces su contenido, o al menos hasta que
puedas aceptar que en algún grado es cierto.
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Termina el ejercicio escribiendo el nombre de la otra
persona en una frase que de seguro en un principio no que-
rrás escribir y es:
“Susana es como yo” o “Susana es un reflejo de mí”
Si puedes escribir estas frases y aceptarlas, ya no te
quedarán ganas de volver a juzgar, o tu juicio cambiará.
Prueba también escribir las siguientes frases:
“Susana es un ser humano con sus fortalezas y sus de-
bilidades al igual que yo”,
“Susana ha cometido errores como yo lo he hecho”, y
“Susana vino a aprender a través de sus errores al igual
que yo”.
Estas frases te aportarán un nuevo equilibrio porque te
hacen ver que la otra persona no está ni por debajo ni por
encima de ti, sino que, al igual que esa otra persona, tú
también estás en un continuo proceso de mejoramiento.
Este ejercicio tiene una tercera y cuarta partes que casi
a todos nos gustan y es que, en vez de imaginarte a una
persona o personaje que te cae mal, te imaginas a alguien a
quien admiras o del que eres seguidor(a), y luego describes
todas sus cualidades. Ejemplo:
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“Ara Malikian es un artista ejemplar, sensible, muy
creativo, enérgico y con una gran habilidad para ejecutar el
violín”.
Al cambiar el nombre de esa persona por el tuyo, verás
que sus cualidades son también una proyección de las tuyas
(o al menos de las que son latentes), porque si no fuera así,
no las percibirías. Siguiendo con el ejemplo:
“Yo soy un artista ejemplar, sensible, muy creativo,
enérgico y con una gran habilidad para ejecutar el violín”.
Dije que casi a todos nos gustan estas últimas partes
del ejercicio porque aún son muchas las personas que se
niegan a aceptar que todas las cualidades que ven fuera son
un reflejo de las suyas, de sus cualidades manifiestas o la-
tentes.
14
La ley del espejo y el mundo
Pero la ley del espejo no se queda en el pequeño espacio de
las relaciones personales, sino que podemos (y debemos)
llevarla al espacio más amplio de la vida global: el planeta
es un espejo de nuestra propia situación interior.
Abre un periódico y observa lo que allí se informa.
¿Ves a una gran figura pública siendo arrestada por un deli-
to de corrupción? ¿Te enfadas? ¿Piensas que es un desgra-
35
ciado y que se merece lo peor? ¿O miras a esa persona con
compasión y aceptas que simplemente ha cometido un error
que no la hace inmerecedora de tu amor? ¿Eres capaz de
aceptar que no se trata simplemente de la corrupción de una
persona, sino de la trágica corrupción en que hemos caído
como especie humana, en la que también has caído tú?
Piensa en el dedo índice señalando hacia esa persona y los
tres dedos señalando hacia ti e intenta recordar todas las
ocasiones en que actuaste de una manera no tan franca ni
tan transparente. Dirás que tú nunca has robado una canti-
dad tan grande de dinero como la que ha robado el hombre
que aparece en el periódico, o que nunca has robado en ab-
soluto, pero se te olvida que no se trata de comparar los
hechos, sino de darte cuenta de los pensamientos y las ten-
dencias latentes que te llevan a juzgar al otro, a trasvasar tu
culpa en el cuerpo del otro. Tu juicio inapelable hacia el
acusado puede provenir de un deseo oculto de haberte apo-
derado tú de ese dinero y por eso es que juzgas al otro con
tanta vehemencia, para convencerte de que el otro es el
culpable y no tú. ¿Quiere decir esto que debemos dejar que
los corruptos hagan lo que se les dé la gana? ¡Claro que no!
no se trata de indultar al delincuente: ¡el que comete un
delito lo debe pagar! Se trata de perdonar, de no guardar
rencores ni resentimientos para con el delincuente; no lan-
ces piedras en el tejado del vecino, dice el proverbio, si tu
tejado es de cristal: puede que no hayas (o que no recuerdes
haber) robado tales cantidades de dinero como el hombre
del periódico, pero pudiste haberle robado la ilusión a otra
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persona, o haberle robado su tiempo haciéndola esperar.
¡Hay tantas maneras de defraudar!
Vuelve a mirar el periódico, pero esta vez hazlo como
si te miraras en un espejo. Trata de ver en él tu propia his-
toria: cambia los nombres de los que ocupan los titulares
por el tuyo y simplemente observa tu interior, recuerda,
siente: que el presidente de tal país ha declarado la guerra a
otro país; pregúntate: ¿Contra quién has declarado una gue-
rra tú? ¿Qué tipo de guerra estás librando tú en tu interior?
Que han salido a la luz nuevos casos de abuso sexual; pre-
gúntate ¿de qué persona (animal, vegetal, mineral, artículo,
droga, alimento, vicio, información, ayuda, servicio o pala-
bras) has abusado tú7? Medita en ello y en todo lo que veas,
y no lo rechaces por muy ajeno que en un principio te pue-
da parecer. Y sabe que todo eso no ha sido nada más que
un error; que tú y el mundo siguen siendo tan inocentes
como quieras verlos.
15
Da para que recibas
Ahora viene un dato muy interesante. En este mundo mate-
rial crees que cuando das algo a alguien, pierdes aquello
que das; ese algo ya no es más tuyo y pasa a ser propiedad
de otro. Por eso es que mucha gente solo da de lo que le
7Recuerda que abusar es hacer uso excesivo o inadecuado de una cosa en perjuicio
propio o ajeno.
37
sobra, por el temor a perder algo que en un futuro puede
llegar a necesitar.
Ahora bien, la tercera ley de Newton nos dice que para
cada acción existe una reacción igual y opuesta. Si un cuer-
po A ejerce una acción sobre otro cuerpo B, éste realiza
sobre A otra acción igual y en sentido contrario. Aplicada a
la psicología, esta ley nos dice que cuando das algo, obligas
a la persona que recibe a devolverte algo, ya sea material
como dinero o algo inmaterial como gratitud, para restaurar
el equilibrio roto. Esto lo saben muy bien los representantes
de ciertas iglesias que van por la calle regalando biblias en
edición de lujo para que te hagas seguidor de ellos, o los
vendedores que van dando muestras gratis de sus productos
para que les compres algo.
A nivel material el equilibrio se restaura con el paso
del tiempo y lo que diste puede tardar en llegar y llegar a
través de otras manos: los padres, por ejemplo, lo dan todo
(o casi todo) a sus hijos sin esperar nada a cambio, pero
más adelante, los hijos se sentirán obligados a compensar
eso que recibieron de sus padres, ya sea apoyando mate-
rialmente a sus propios hijos, o haciendo algo productivo
por la sociedad en la que viven. A su vez, los padres recibi-
rán el reconocimiento de sus hijos y/o de la sociedad. Pero
a nivel del espíritu todo ocurre de manera simultánea: la
inocencia que ves (o que das) es tuya en ese mismo instan-
te, lo mismo que la culpa.
Pero también es cierto que nadie da de lo que no tiene.
¡Si no lo tienes, no lo puedes dar! Dijimos que, al juzgar,
básicamente lo que estás haciendo es proyectar en alguien
38
más una culpa que es tuya para deshacerte de ella y así sen-
tir que tú eres inocente. En otras palabras, cuando juzgas,
es porque ya te has juzgado a ti mismo y te has declarado
culpable.
¿Quieres sentirte de verdad inocente? Entonces percibe
la inocencia en los demás y estarás aceptando esa inocencia
en ti mismo. No puedes “dar” inocencia si no “tienes”
inocencia. Percibir inocente a un hombre que maltrata a su
esposa no es negar el maltrato (de hecho debemos denun-
ciar ese delito), sino reconocer que ese ser, a pesar de ac-
tuar como lo hace, en esencia sigue siendo tan puro como
lo eres tú mismo, aunque tú también hayas cometido erro-
res. Reconocer la naturaleza pura y original en el otro im-
plica haberla reconocido primero en ti mismo porque si no,
no la verías. Al darla a los demás, la estás recibiendo inme-
diatamente.
Habiendo aclarado estos puntos, vamos de lleno a la
práctica.
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Preguntas de trabajo
Al día de hoy existen muchas técnicas y muy efectivas para
realizar el perdón. Aquí voy a mencionar la que yo conozco
y que en mi caso ha funcionado.
La técnica incluye una serie de preguntas bastante ín-
timas que te obligarán a buscar entre los recuerdos algunas
situaciones que quizás preferirías que se quedaran allí don-
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de están; de manera que eres libre de compartir esta infor-
mación con otras personas de tu entera confianza, o sim-
plemente realizar el ejercicio en privado y conservar para ti
los aspectos más sensibles. En todo caso, lo importante es
la claridad y la honestidad que pongas al contestar cada una
de las preguntas. ¿Estás listo? Pues empecemos.
1. En concreto ¿con quién(es) te llevas mal?
Ponle el nombre respectivo a la persona y a la relación
que tienes con ella. Ejemplo: mi padre José González, y si
acaso no sabes el nombre de la persona, identifícala de al-
guna manera, por ejemplo: el vecino del apartamento 404,
o la cajera del supermercado de la esquina.
Una vez identificada(s) la(s) persona(s), pregúntate:
2. ¿Eres tú el causante de la mala relación?
Si la respuesta es que no, que es la otra persona la que
se ha portado mal y tú eres el afectado, salta a la siguiente
sección titulada “Perdonar”. De lo contrario continúa.
17
Pide perdón
Si la respuesta es que sí, que tú eres el causante de la mala
relación, entonces eres tú quien debe aceptar la responsabi-
40
lidad de tus actos, lo que te dará fuerza y te ayudará a su-
perar la culpa. Si sufres remordimientos es porque cargas
con demasiadas culpas, y sentirte culpable es no haber
asumido la responsabilidad por tus propios actos.
Contesta ahora la siguiente pregunta:
3. ¿Cuál fue el error que cometiste?
Define clara y honestamente cuáles fueron tus actos y
las consecuencias que se derivaron de ellos. Para que el
daño se pueda transmutar en amor es necesario que tú te
responsabilices completamente de tus actos y asumas las
consecuencias, y que la víctima (en caso de que esté viva)
reconozca su dolor y su deseo de venganza y puedan re-
conciliarse. Hazte consciente de los daños que la otra per-
sona sufrió como consecuencia de tus actos. Si están claros
los hechos y sus consecuencias, las soluciones también se
podrán ver claramente.
Responde ahora a la siguiente pregunta:
4. ¿La persona en cuestión sigue con vida?
Si la respuesta es no, es decir, si el afectado falleció o
ha desaparecido mientras aún existía el conflicto, puedes
hacer cualquiera de estos ejercicios:
41
• Ve a la tumba8 de la persona, invítala a que se haga
presente, salúdala cordialmente y expresa tu inten-
ción de hablar para pedir perdón por lo que ocurrió
en el pasado. Deja que las palabras y los sentimien-
tos afloren sin intentar reprimirlos. Confiesa todo lo
que sepas9 siendo lo más honesto que puedas y sabe
que esté donde esté, esta persona te perdona. No te
despidas hasta que no te sientas completamente
desahogado. Finalmente da las gracias y despídete.
Este ejercicio también lo puedes hacer dirigiéndote
hacia una silla vacía e invocando la memoria del su-
jeto en ella.
• Redacta una carta dirigida a la persona en cuestión.
Escribe la carta en tus propios términos, es decir, sin
adornarla ni redactarla de una manera que no sea
igual a tu propio estilo al hablar. Confiesa todo lo
que sepas siendo lo más honesto que puedas. Suelta
la culpa aceptando la responsabilidad y da las gra-
cias. Si en un primer intento aún no te sientes en
paz, escribe tantas cartas en tantos días como sea ne-
cesario hasta que lo sientas. Sabe que esté donde es-
té, esa persona te perdona. En todos los casos quema
la carta y arroja las cenizas a la basura.
• Pídele a alguien de tu entera confianza que haga las
veces de la persona en cuestión y que se limite úni-
8
Si la persona ha desaparecido, haz el ejercicio en el lugar que prefieras.
9
Si eres católico, pide el sacramento de la reconciliación en cualquier parroquia.
42
camente a escuchar lo que tú tienes que decirle. Al
igual que en el caso de la tumba o la carta, confiesa
todo lo que sepas siendo lo más honesto que puedas,
y sabe que esa persona representada por tu amigo te
perdona. Suelta la culpa y da las gracias al fallecido
y a tu amigo por haber hecho sus veces.
Si la persona continúa con vida:
• Acércate a esa persona de manera que ella pueda no-
tar tus intenciones. Si el problema ha sido delicado,
es posible que buscar un acercamiento físico en un
primer momento sea contraproducente. Haz enton-
ces un primer contacto con esa persona a través de
un intermediario (puede ser un amigo de los dos que
le diga que tú deseas hablar con ella o que le haga
llegar un mensaje escrito por ti), o escríbele un men-
saje directamente en alguna de sus redes sociales en
el que le expreses tu intención de hablar amistosa-
mente y llegar a un acuerdo. Si la respuesta es nega-
tiva, deja pasar un tiempo prudente y vuelve a insis-
tir. Si después de dos o tres intentos no logras una
respuesta positiva, has alguno de los ejercicios ante-
riores como si la persona hubiera desaparecido.
En este punto, déjame que te recuerde una historia:
43
“Una chica estaba harta de su suegra; le molestaba
todo lo que la anciana hacía y fue por este motivo
que decidió deshacerse de ella.
Una mañana fue a visitar a un hombre que te-
nía fama de brujo y le pidió que le vendiera un ve-
neno que fuera muy efectivo pero que no dejara
rastros en el cuerpo. El hombre le dio a la chica un
botecito con un polvo blanco y le sugirió que dia-
riamente pusiera una pizca del polvo en la comida
de la suegra. El efecto tardaría en llegar más o me-
nos en tres meses, así que le propuso que, para no
generar sospechas de que ella era la culpable del
envenenamiento, se portara bien con la suegra, que
le hablara amablemente, que la escuchara atenta-
mente y que la ayudara en todo lo que ella necesita-
ra. La chica salió muy contenta y decidida a ejecu-
tar el crimen tal y como el hombre le había indica-
do.
Al cabo de varias semanas de estarse ejecutan-
do el plan, sucedió que, como la chica se portaba
tan bien con la suegra y era tan cariñosa con ella,
ésta cambió de actitud y empezó a devolverle las
atenciones que recibía; se portaba bien con su nue-
ra, le arreglaba la ropa, le preparaba comida, la
ayudaba en lo que podía y la trataba con tanto cari-
ño que la chica empezó a cambiar de parecer.
Llegó un día en que la chica empezó a plan-
tearse que su suegra no era tan mala mujer y que
provocar su muerte quizás no era la mejor solución,
44
pero ya habían pasado ¡casi tres meses! y el veneno
no tardaría en hacer efecto.
Desesperada volvió donde el brujo y con lá-
grimas en los ojos le pidió que por favor le vendie-
ra un antídoto para contrarrestar el efecto del ve-
neno, porque había descubierto que su suegra era
una buena mujer y ya no quería que se muriera. El
brujo, que en realidad era un hombre muy sabio, le
dijo que podía quedarse tranquila; que lo que le ha-
bía vendido era bicarbonato de sodio, cuyo efecto
era bajar la acidez del cuerpo de la suegra y que
eso redundaría en beneficios para su salud.
La chica volvió a casa con la consciencia tran-
quila y con una gran lección aprendida.”
Valga esta historia para decir que hace falta tiempo y
perseverancia para que las personas más duras de carácter o
más dolidas por nuestros errores, terminen por ablandarse.
Ninguna persona es tan dura como para que finalmente no
ceda a las muestras de amor o a las peticiones de perdón de
otra persona. Recuerda la gota que, gracias a su persisten-
cia, terminó por vencer a la roca.
Finalmente contesta:
5. ¿Qué puedes hacer para resarcir el daño?
Si tienes una deuda material y puedes pagarla, hazlo de
inmediato, y si no puedes, busca un acuerdo para un pago
futuro. Si tu acreedor ya ha fallecido, busca a sus parientes
45
de primer grado de consanguinidad (hijos, padres o herma-
nos) y paga a ellos la deuda o intenta llegar a un acuerdo
con ellos. Si la deuda supera en mucho tu capacidad de pa-
go, haz algo (aunque sea simbólico) que beneficie al direc-
tamente afectado si aún está vivo, o a sus parientes si no lo
está, a modo de acto psicomágico10 que te ayude a materia-
lizar tu intención de arreglar las cosas, como obsequiarle
unas flores o algún manjar dulce. Y si en un principio no
sabes qué hacer, no importa, ya se te ocurrirá algo. Lo im-
portante es que algún día lo hagas y que no dejes pasar mu-
cho tiempo para hacerlo; es un lastre que te vas a quitar de
encima, lo que te permitirá experimentar una profunda li-
bertad.
18
Perdona
Ahora vamos a desarrollar la segunda parte de la segunda
pregunta. La pregunta era la siguiente:
2. ¿Eres tú el causante de la mala relación?
Si la respuesta es que no, entonces eres tú quien, por tu
propio bien, debes perdonar. Pero recuerda que perdonar no
significa indultar al delincuente. Denuncia ante las autori-
dades competentes cualquier delito que se haya cometido
10Según Alejandro Jodorowsky, un acto psicomágico es una escenificación simbólica
que contiene las claves de la solución del trauma a sanar.
46
en tu contra, aunque se trate de tu mejor amigo o de tu pa-
riente más querido, y aunque eso signifique muchos años
de cárcel para esa persona. De seguro esa pena era algo que
esa persona necesitaba para su crecimiento personal, así
que no te sientas mal por ello. Perdonar es transmutar tu
deseo de venganza y permitir que la justicia sea aplicada
por las autoridades competentes, según sea el caso. El obje-
tivo en este punto es estar atento y dispuesto a que la otra
persona (si es que continúa con vida) se pueda acercar a ti,
de expresarle toda tu rabia y tu descontento, de haber reco-
nocido, aceptado y superado tu deseo oculto o expreso de
aplicar justicia por tu cuenta, de no guardar después ningún
rencor hacia ella y restaurarle su inocencia. Y si la persona
que te agravió ya no está entre nosotros, es asegurarte de
soltar ese lazo de resentimiento que te mantiene atado a su
recuerdo. En ambos casos, el directo beneficiado vas a ser
tú mismo. Sobre este asunto dice en UCDM:
“El amor no abriga resentimientos. Cuando me
desprenda de mis resentimientos sabré que estoy
perfectamente a salvo”.
En todos los casos, tanto si la persona está viva como
si no, realiza primero el siguiente acto psicomágico para
romper lazos con esa persona:
• Imagina que un cordón negro que sale de tu pecho te
mantiene atado a esa persona. Sabes y sientes que ese
cordón (que representa la rabia o la ira o el deseo de
47
venganza) te roba tu libertad y no te permite ser feliz.
Sabes que necesitas cortarlo de una vez por todas para
dejar que el otro se vaya y también sea feliz. Toma con
una de tus manos unas tijeras y con ellas corta de mane-
ra simbólica el cordón y observa cómo sus extremos, el
que te unía a ti y el que unía al otro, desaparecen. Dile
en voz alta y de todo corazón a la otra persona: “Ya to-
do está pagado. Te perdono. Puedes irte en paz”. Sién-
tete cada vez más tranquilo y libre.
También en ambos casos:
• Redacta una carta dirigida a la persona en cuestión. Es-
cribe la carta en tus propios términos, es decir, sin ador-
narla ni redactarla de una manera que no sea igual a tu
propio estilo al hablar. Expresa todo lo que sientes (do-
lor, rabia, resentimiento) incluido tu deseo de venganza,
la forma como te gustaría aplicar esa venganza y todo el
mal que deseas para esa persona. Si en un primer intento
aún no te sientes en paz, escribe tantas cartas en tantos
días como sea necesario hasta que lo sientas. En todos
los casos quema la carta y arroja las cenizas a la basura.
Si la persona está viva:
• Permanece atento a los acercamientos de esa persona
cuando demuestre sinceridad y apertura, y permite
que haya un espacio para que ambos puedan expre-
sarse. Si la situación es muy delicada asegúrate que
48
haya algún testigo que impida que la situación dege-
nere en un enfrentamiento verbal o físico, pero ase-
gúrate en todo caso de que esa persona confiesa sin-
ceramente todo lo que hizo, y asegúrate (como en el
ejercicio de las cartas) de expresar todos tus senti-
mientos y tus deseos de venganza (no te guardes na-
da). Finalmente escucha las propuestas que esta per-
sona te haga para resarcir el daño y, si no te satisfa-
cen, plantea tú las alternativas que sientes que sí lo
harán, hasta que puedan llegar a un acuerdo.
Si la persona no está viva puedes también hacer lo si-
guiente:
• Ve a la tumba de la persona y sabe que ella está pre-
sente. Deja que las palabras y los sentimientos aflo-
ren sin intentar reprimirlos. Expresa todo lo que
sientes (dolor, rabia, resentimiento) incluido tu de-
seo de venganza, la forma como te gustaría aplicar
esa venganza y todo el mal que deseas para esa per-
sona. No te vayas del lugar hasta que no te sientas
completamente desahogado y puedas decirle que la
perdonas. Finalmente da las gracias y despídete.
Y por lo que más quieras, no abandones este ni nin-
guno de los ejercicios pues son para tu bien; son la estrate-
gia adecuada para liberarte del dolor y recuperar tu propia
felicidad. Recuerda que, como dijo Alexander Pope, errar
es humano, pero perdonar es divino.
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Beneficios del perdón
Los resultados de los innumerables estudios sobre los bene-
ficios del perdón que diferentes universidades e institucio-
nes han publicado en las últimas décadas, se pueden agru-
par en los siguientes puntos:
• A nivel físico puedes constatar la reducción de los in-
dicadores de ansiedad, depresión y del estrés (con el
consecuente mejoramiento de la calidad de tu sueño),
reducción de la frecuencia cardíaca y de la tensión arte-
rial, reducción del dolor y, en general, un mejoramiento
de la calidad y duración de tu vida.
• A nivel social constatarás un retorno de los pensamien-
tos, sentimientos y comportamientos positivos hacia la
parte infractora y hacia otras personas fuera de la rela-
ción, lo que te ayudará a mejorar tu rendimiento perso-
nal, tu autoestima y el manejo de nuevos conflictos.
• A nivel personal constatarás la recuperación de la fe en
algo transcendental, la esperanza en el porvenir, la con-
fianza en el ser humano y la apertura a un amor más
profundo. Al perdonar encuentras nuevas razones para
ser feliz y vivir en paz.
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