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El Caracol

Metas es un caracol que decide subir un roble para alcanzar unas hojas verdes en la copa del árbol. Su lento avance le lleva todo un año, pero su perseverancia y paciencia le permiten alcanzar su objetivo justo cuando las hojas alcanzan su máxima madurez. La historia enseña que adoptando una actitud de atención plena y apreciando cada momento, el tiempo parece pasar más rápido.

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El Caracol

Metas es un caracol que decide subir un roble para alcanzar unas hojas verdes en la copa del árbol. Su lento avance le lleva todo un año, pero su perseverancia y paciencia le permiten alcanzar su objetivo justo cuando las hojas alcanzan su máxima madurez. La historia enseña que adoptando una actitud de atención plena y apreciando cada momento, el tiempo parece pasar más rápido.

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EL CARACOL

Vivía en un frondoso bosque. A diferencia de sus congéneres, Metas, en vez de


recrearse con la hierba del suelo, prefería girar la cabeza hacia arriba y ver con sus
cuernecitos-ojos las copas de los árboles. De esa guisa, a finales de la primavera, en
lo más alto de un magnífico roble, descubrió unas hojas tan verdes que se figuró
resultarían un manjar especial, algo de sabor maravilloso, nada comparado con la
ramplona hierba terrestre que tenía que engullir habitualmente. Y, en contra del
sentido común, que, se asegura, poseen los caracoles, Metas comenzó a subir el
majestuoso árbol. La naturaleza ha dotado a los caracoles de un solo y musculoso
pie que, convenientemente lubricado con su propia baba, resulta un soporte seguro
para cualquier ascensión; sin embargo, este medio de desplazamiento no es
precisamente rápido, en especial si hay que subir por un plano completamente
vertical. Tales inconvenientes no desanimaron al intrépido gasterópodo y con su
noble parsimonia comenzó la subida hacia sus anheladas hojas verdes.

Por el tronco, Metas encontró otros animales. Unas vivaces hormigas, extrañadas de
su comportamiento, se acercaron a él y le preguntaron que a dónde se dirigía.

—Quiero probar las hojas de la copa. Deben de ser algo sublime.

—Estás loco. Al paso que vas no llegarás ni a la mitad del tronco cuando venga el
otoño y todas esas hojas estarán ya secas o se habrán caído. Si pudieses correr a
nuestro ritmo, en cambio, subirías y bajarías todo el árbol el mismo día.

Sin embargo, el caracol no se desanimó. Cada vez hacía más calor y se sentía lleno
de energía e ilusionado con su objetivo. Así que, siempre pasito a pasito (o, más
bien, deslizamiento a deslizamiento), continuó avanzando hacia sus deseadas hojas.
Además, el camino era muy hermoso. Cada vez estaba más alto y nunca había visto
el mundo desde esa perspectiva, lo que le satisfizo sobremanera. Podía comer algo
de musgo pegado en el tronco y, aunque seguro que no estaba tan bueno como las
hojas de la copa, era lo que entonces el árbol le ofrecía.

Pero la verdad es que las hormigas no iban desencaminadas. Los meses de calor
pasaron y, poco a poco, comenzó a hacer cada vez más frío: el otoño se cernía sobre
el bosque. Por la noche, Metas se metía en su concha y por el día tenía que disminuir
su ritmo de avance.

—Déjalo ya –le comentaron de nuevo las hormigas–. Mira que las hojas están
perdiendo su verdor. Más te valdría dar la vuelta y hacer como todos los demás
caracoles. Además, olvídate también de nosotras: en cuanto recolectemos algunas
semillas más nos vamos al hormiguero a pasar el invierno.
A Metas le dio algo de pena perder la compañía de las hormigas, y eso que no le
daban precisamente muchos ánimos. “Pero los caracoles somos hermafroditas –
pensó– y, si me siento muy solo, siempre puedo amar un poquito a mi otra parte
para sentirme algo acompañado”.

Con todo, ya algo más arriba de la mitad del tronco, Metas vio que casi no quedaban
hojas verdes. Inexorablemente habían ido mudando de verde a amarillo y luego a
marrón; muchas habían pasado a su lado mientras caían hacia el suelo. Sin embargo,
no se dio por vencido.

El invierno retrasó aún más su avance. Durante semanas enteras en que el frío
arreciaba ni siquiera pudo salir de su concha. No prestaba oídos a los pocos seres
vivos que ahora encontraba en el tronco y que se mofaban de su fracasada aventura.
Tenía paciencia... y quizás también un secreto. Lo que estos animales no sabían es
que para todos los seres que viven muy rápido (como, por ejemplo, las moscas o los
colibríes) el tiempo se dilata enormemente; en cambio, para los que van despacio, el
tiempo pasa muy muy rápido. Por eso, en el reloj interior de Metas, los meses eran
un par de días, los días solo minutos y las horas algo tan fugaz que casi no podía
apreciarlo; así que, en un santiamén, las estaciones se sucedieron.

Empezó a hacer más calor y con su tranquilidad de siempre el caracol siguió su


empinado camino. Ya estaba muy cerca y las hormigas volvieron a aparecer.

—¿Has pasado así todo el año, subiendo por el tronco?

—Sí. Poquito a poco.

—¡Caray, chico! ¡Qué perseverancia! Creo que empiezas a merecerte tu premio.


Mira. De hecho, parece que el árbol está a punto de llenarse del verde de la vida.

La hormiga tenía razón. Y, justo el día en que las hojas alcanzaron su plena
madurez, Metas se escurrió un último milímetro hasta alcanzarlas.

***
Los seres humanos vivimos el paso del tiempo de forma muy diferente. Muchas
veces –y quizás más que nunca hoy en día– nos mostramos faltos de paciencia, pero,
¡claro!, no tenemos ese truco de los caracoles para que el tiempo pase deprisa.
Estamos a medio camino entre las especies que viven deprisa (como los pájaros o
algunos insectos) y los lentos, como las grandes tortugas, los orangutanes o, sobre
todo, los perezosos. Sin embargo existe otro secreto para que el tiempo se deshaga:
prestar atención a todo lo que tenemos alrededor, interesarnos por todo,
maravillarnos por todo. De hecho un simple paseo de quince minutos puede parecer
larguísimo si uno lo hace con una actitud de atención plena. Es equivalente a lo que
nos pasa cuando estamos de viaje y visitamos una ciudad en el extranjero: los cuatro
días que pasamos en ella parecen un mes, porque nos han sucedido muchas más
cosas, nos hemos fijado en una gran variedad de estímulos, hemos prestado atención
a distintas situaciones; en suma, porque acudíamos vírgenes al espectáculo que se
nos ofrecía. En cambio, cuando volvemos a nuestro entorno rutinario, pueden pasar
semanas o meses y nos extraña lo poco que recordamos y lo poco que nos parece
haber hecho en todo ese tiempo.

Una de las cosas que sucede cuando habitamos el presente y vemos cosas de forma
novedosa es que nos “salimos” de nosotros mismos. Eso es lo que pasa muchas
veces, por ejemplo, cuando practicamos ciertos deportes (en particular, algunos
trepidantes, como esquiar), cuando vemos una película que nos absorbe, cuando nos
sumergimos en un libro o en una música, cuando bailamos, cuando participamos en
un espectáculo divertido, etc. En esos instantes dejamos de habitar en nuestro
tiempo interior y, de alguna manera, nos hacemos atemporales, como el mismo
presente.

Cuando se adopta la actitud de la atención plena pretendemos volvernos más atentos


a todo lo que tenemos alrededor, abrirnos y darnos cuenta, y observar lo que
experimentamos, sin juzgarlo ni valorarlo. Implica ser consciente de lo que se ve, se
siente, se oye, se huele, se degusta, se saborea, se palpa justo en el momento en que
ocurre. En el ahora. Por tanto, pretende focalizarnos hacia el presente.

Lo que se siente puede venir del exterior (sabores, olores, temperatura, colores que
se ven, etc.) o del interior (sensaciones del cuerpo o pensamientos). Tanto unos
como otros tratan de vivirse tal cual son. Sin magnificarlos ni minimizarlos,
experimentándolos sin connotaciones de ningún tipo (buenas, malas, regulares,
neutras). Incluso los pensamientos se deben vivir así: considerando que son solo
pensamientos (es decir, diciéndose “ahora me viene un juicio, un recuerdo, una
opinión... ”). Los pensamientos son un acontecimiento, que también ocurre, como
todo lo demás.

Considere el siguiente ejemplo. Suponga que está usted esperando en un restaurante


a un amigo que se retrasa. En esta circunstancia muchas veces comienza un curso de

pensamiento como el que sigue y a él se dirige por entero la atención:

“Ya estoy aquí, esperando, otra vez, como siempre. Ahora todo el mundo pensará
que me han dejado colgado. Todo el mundo fijándose. ¿Es que no se pueden meter
en sus cosas? Desde luego, no voy a volver a llegar nunca más a la hora; para
empezar, como poco, llegaré veinte minutos tarde. Sí. Pero por sistema. Bueno...
quizás me esté pasando... quizás es que realmente le ha pasado algo, algo que le
impide de verdad venir. ¿Y si fuese algo realmente... malo? Ya está. Seguro. Le ha
pasado algo. Pero algo gordo. Se ha tenido que chocar. ¡Buf... .! Pobre. Y yo aquí
poniéndole verde... ¿Qué? Sí, sí tráigame algo de beber. Sí. Por ejemplo, un vino.
Sí. No sé. Un vino blanco. ¿Dónde estará este hombre?”.

Cualquiera que piense así experimenta un suplicio cada vez que un amigo se retrasa.
Frente a esta posición, la persona que adopta la actitud de atención plena podría
vivirlo de este otro modo:

“Se retrasa. Veo que se retrasa. Ya hay mucha gente en el restaurante. Oigo de
fondo las conversaciones. Me fijo en ese sonido. El sonido de un conjunto de
personas que mantiene una conversación cada uno en su propio espacio. Es un
concierto, una sinfonía distinta. Lo oigo. Ahora la luz. Esta luz. Puedo estar aquí.
Sentado. Notando los sonidos y la luz. Me late algo más rápido el corazón. Se
retrasa mucho, suele llegar tarde. Es un pensamiento. Ahora veo a un camarero
pasar. Lleva un plato curioso y apetecible. Mi amigo se retrasa. Pero es un
pensamiento. El camarero se dirige a mí. No, no quiero ir pidiendo pero puede
traerme una copa de vino. Oigo el burbujeo cuando me la sirve. Me fijo en él. Bebo
despacio y noto el sabor de la bebida. Me recreo en ella. Mi ro a mi alrededor.
Tengo la suerte de estar sentado aquí, tranquilamente. Disfruto del momento. Ahora
oigo también un pitido en la calle. Quizás haya ahora mucho tráfico. Es algo que
pienso. Mezclo el sonido del tráfico que viene del exterior con el murmullo de
dentro del restaurante”.

Si aprovechamos nuestro tiempo como en el último de los párrafos, aunque no pase


nada distinto, disfrutaremos mucho más de nuestra vida, con independencia de lo
que nos suceda. Como se ve en este ejemplo, la atención plena no se dirige solo
hacia la experimentación de las cosas agradables. Todas las cosas, internas y
externas, conforman su materia. No importa que se trate de sensaciones corporales,
de pensamientos o de comportamientos, de estímulos de cualquier tipo (visuales,
táctiles, auditivos, gustativos... ), propios o de otro origen. Lo importante es
mantenerse abierto, en el presente. Lo importante, en realidad, no es otra cosa que
vivir. No hacer nada más que estar. En la atención plena, los pensamientos no se
enseñorean de nuestra vida.

Aparecen, y los apreciamos como cualquier otra cosa, no interfieren con el resto de
las sensaciones, no nos cercenan el camino de las sensaciones, conviven con todo lo
demás que notamos.

Con una actitud así, el presente se expande y descubrimos el gozo de habitar en él,
cómodamente, sin esfuerzo. En realidad, son tan innumerables los estímulos en los
que podemos focalizar nuestra atención y tantas las cosas que suceden a nuestro
alrededor, aun en los entornos más corrientes, que si las atendiésemos veríamos que
el presente es eterno; en cambio, al vivir exclusivamente en nuestros pensamientos,
desconectados de todo, nuestro ahora se vuelve tan fugaz que se nos escurre y
lamentamos no poder disfrutarlo. Nunca vivimos en él o, al menos, no nos damos
cuenta de él. Quizás uno de los secretos para volvernos más pacientes sea ese: el
tiempo se desvanece cuando nos centramos en todos los estímulos del presente.

Pero, ciertamente, al estar abiertos a todo no podemos dejar de experimentar


también cosas desagradables. Olores nauseabundos, imágenes violentas, sensaciones
dolorosas. No es que queramos vivirlas, pero forman parte del “paquete” que supone
estar abierto al mundo y, por tanto, si nos vienen y son inevitables también tienen su
sitio en nosotros, y debemos tomárnoslas como lo que son. Es más, con esa actitud
de atención plena probablemente resultarán más llevaderas, pues no conducirán a
interpretaciones catastróficas, no serán magnificadas, no implicarán esconderse o
dejar de vivir.

Sin embargo, nada de esto significa adoptar una actitud pasiva, vivir sin ningún
objetivo, estar satisfecho sin tomar decisiones. Todo lo contrario. La fábula de
Metas quiere ser un ejemplo de ello. De hecho, la atención plena es un acto volitivo
siempre renovado. Vivir o no con atención plena es algo que tenemos que decidir, y
siempre somos libres para hacerlo o no. Es una decisión personal. Cada vez, cada
instante, podemos decidir atender lo que vivimos en ese momento (sea lo que sea) o
estar sumidos en nuestros pensamientos. Igualmente, podemos en cada instante
optar por unos objetivos u otros, señalar unas prioridades, ilusionarnos con unas
metas.

En la atención plena se busca vivir el presente, pero no se abandona la proyección


hacia el futuro que es característica del ser humano. Por eso hay que ponerse
objetivos, objetivos que den sentido a nuestra vida y que nos marquen un norte. Pero
esos empeños –lejanos o muy próximos– nunca nos deben hacer olvidar el camino
por el que transitamos. El que solo mira al futuro (y, por supuesto, el que solo tiene
ojos para su pasado) no vive nunca el presente, no habita el aquí; de alguna manera
nunca está. Metas disfrutaba de su camino y lo que este le brindaba: la vista del
mundo desde arriba del árbol, el sabor del musgo, las conversaciones con las
hormigas y todo lo que

experimentaba. Acudían a su mente también las hojas verdes a las que se dirigía,
pero era el camino por el tronco lo que disfrutaba instante tras instante y ese recreo
era lo que le llenaba de amigabilidad.

Tener unas metas pero dejar de vivir el presente seguramente impedirá que
disfrutemos hasta de esos mismos objetivos, pues nos privará del entrenamiento
necesario para estar aquí con el cuerpo y, a la vez, con la mente. Por el contrario
tener unas metas al tiempo que vivimos el presente evitará la amargura si no se
alcanza determinada aspiración. El que vive siempre juzgando la discrepancia entre
su vida y sus expectativas (sobre todo si son muy elevadas) no puede sino
encontrarse amargado. Tener metas es necesario e importante. Da sentido a nuestra
vida, pero recorrer el camino hacia ellas es lo crucial. Valorar, apreciar ese camino
es el regalo que nos da ponernos metas.

Por otro lado, la belleza y la calidad de esos objetivos que nos pongamos nos
regalará el coraje para seguir activos en su persecución, para no rendirnos o
abandonar. Justo eso también es lo que le pasa al intrépido caracol de nuestra fábula,
que no se desanima a pesar del frío, la caída de las hojas o los comentarios críticos
de quienes le rodean. Y como también se refleja en la fábula, la temporalidad de
otros no tiene por qué ser nuestro criterio cuando establecemos una meta. A las
hormigas les parece ridícula, al principio, la pretensión del caracol. Sus objetivos
son de más cortas miras y, de acuerdo con sus parámetros, la aventura de Metas es,
efectivamente, una sinrazón. Hoy en día, cuando parece que el éxito, los logros
laborales o personales tienen que conseguirse ya, al momento, y que si eso no
sucede uno es un fracasado esta enseñanza va contracorriente. Es difícil sustraerse
de todo ese influjo social, pero también es muy necesario cuando este es
descabellado para nuestra salud. Tal vez no esté de más recordar esas palabras tan
atinadas de la conocida zarzuela Luisa Fernanda:

Los caminos que van a la gloria, son para andarlos con parsimonia.

Nuestro caracol disfruta de su viaje. No deja de tener presente el objetivo hacia el


que se dirige –las anheladas hojas verdes–, pero se enriquece momento a momento.
Si no hubiese emprendido la ascensión no contemplaría –como hemos ya dicho– el
mundo desde muchos metros arriba, una visión siempre sorprendente (en especial
para un caracol), no habría mantenido esas conversaciones tan curiosas con las
hormigas, no sabría a qué sabe el musgo de un tronco, y, ciertamente, no sabría lo
que significa avanzar hacia una meta durante un largo periodo de tiempo. Si solo
con dar un paseo extenso, andar durante un día por una senda montañosa o recorrer
unas semanas el

Camino de Santiago apreciamos la transformación que esto supone para nuestra


vida, ¿qué no será mantenerse con la vista en un objetivo, avanzando hacia él
durante años?

Cuando se cambia frecuentemente de metas no es posible enriquecerse del mismo


modo. No se puede tener entonces la experiencia particular que supone enfrentarse a
los obstáculos que surgen, superarlos, y seguir empeñado y comprometido con algo.
Por todo ello, es fundamental dedicar tiempo a decidir qué metas merecen la pena. Y
puede parecer un compromiso difícil, al que nunca se ha dado una respuesta
definitiva; sin embargo, creo que cabe aquí un consejo, aunque sea muy elemental:
las metas que resultan más gratificantes son siempre las que nos acercan a los
demás, las que nos dan a los demás.
Estas no son metas que pueda tener un caracol como el de nuestra historia: solo
caben en los seres humanos. Pero no me refiero a acciones sublimes, de personas
hondamente generosas. Los actos de darse, la caridad y el afecto se pueden
desplegar perfectamente con los que tenemos alrededor, más cerca; por supuesto con
nuestros hijos y con nuestros padres, con nuestros familiares y con nuestros amigos,
y también incluso con los compañeros de trabajo: con los que están aquí. Los
empeños en que ayudamos a los demás no son algo especial, siempre están a nuestro
alcance; y son siempre los que más nos mejoran. Además, en cada instante nos
proporcionan una oportunidad, porque todo lo que usted está haciendo ahora por los
demás es, a la vez, su futuro. La oportunidad se ofrece solo ahora, solo puede actuar
bien en el presente, a cada momento tiene una ocasión para hacerlo.

La atención plena ayuda a aclarar y también a conseguir nuestras metas, en especial


las que reflejan nuestro amor hacia los demás. Para algunos autores, de hecho, la
misma atención plena es un acto de amor, amor hacia nosotros mismos, amor a
nuestros semejantes y amor al mundo. Con su práctica buscamos encontrar nuestra
plenitud, estar en el mundo o, más sencillamente, vivir. Pero todo ello resulta mucho
más fácil cuanto mejor nos sentimos con nosotros mismos. Si actuamos ética y
dignamente, con integridad, tendremos más razones para estar tranquilos y sentirnos
bien. Ese “ruido” que tenemos en la cabeza, esa perturbación que nos impide
serenarnos, disfrutar de la vida con tranquilidad, puede tener mucho que ver con
nuestros sentimientos de malestar por no haber actuado bien en un momento dado, o
por seguir obrando mal. La atención plena es un camino para entender y mejorar
nuestra forma de actuar, pero, a la vez, su ejercicio se vuelve más y más sencillo
cuanto mejor nos sintamos con nosotros mismos.

Perfeccionarse en el amor es una meta ideal por otra razón: siempre proporciona
más y más tareas, más y más retos. En realidad, todas las buenas metas son
inagotables,

nunca se llega a su culminación: siempre abren otra puerta. Si una meta ofrece un
final muy definido es mejor buscar otra de mayor calidad. ¿Puede llegarse a un final
queriendo a nuestros hijos, amando a nuestra pareja, tratando mejor a los que
tenemos alrededor?

En este primer capítulo hemos conocido a un intrépido ser de pocos centímetros de


quien hemos aprendido cosas valiosas. Pero ahora, en el siguiente, aparece uno
gigantesco que, seguramente, también tiene mucho que enseñarnos...

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