Las Cronicas Del Barrio
Las Cronicas Del Barrio
Don Carlos
4 (1945-2020) 5
Índice
Capítulo IX
Prefacio al barrio 018 La guerra contra el árbol 116
Capítulo I Capítulo X
6 Cuando todo el barrio olía a melón 020 El imperio del placebo 132 7
Capítulo XI
Capítulo II
Los gemelos 148
Las casas en medio de la nada 026
Capítulo XII
Capítulo III Tiempos de guerra 168
Las primeras tragedias 036
Capítulo XIII
Capítulo VI El Dani 180
Los circos momentáneos 050
Capítulo XIV
Capítulo V La espiral del barrio 194
Lao Li 062
El Sr. Santo 209
Capítulo VI
El elefante blanco 074
A los patreons y miembros de youtube Reconocimientos especiales
T
odo regresa a su lugar de origen, reza el maleficio. nosotros observar la escenificación de alguien más? Creo que Las crónicas
Todo transcurre hacia sus causas, y tú no serás la del barrio consiguen recrear la ética, la moral, la estética y el lenguaje de un
excepción a la norma; palabras que caen de gol- momento temporal y geográfico. Luego, ese barrio como ethos se replica
pe, que nos sentencian, rodean e inmovilizan. Hace al- en lugares concretos, y se vuelve arquetipo. Así, conseguimos desidealizar
gunos años conversaba con un psicólogo acerca de los una anquilosada y televisiva idea de “barrio”, y podemos comprender en
traumas familiares. Me dijo entonces: “Aquellos que su- su propia dimensión lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo de las desgracias
frieron porque en un momento no pudieron hacer nada urbanísticas que se imponen a nuestra imposición del orden a billetazos
para revertir una situación infame, intentarán, metafó- que plantea el espacio urbano “correcto”.
ricamente, resolver un conflicto pasado con sus hechos ¿Entonces, amigos de lejanos sitios, ha llegado la hora de cristalizar la
presentes y futuros. Querrán representar la relación de realidad? ¿Se podría decir que habitamos el momento de reconocernos
10 sus padres, o su convivencia infantil, e intentarán re- como consecuencia de la topografía que nos labró? ¿Nos distinguiremos en 11
petir la historia vivida pero con desenlaces distintos”. nada de las plantas que asegún la aridez de su suelo tienen aquel o el otro
¿Será cierto que vivimos sin darnos cuenta atravesados color? ¿Diremos que nos tocó por ejemplo ser la mala hierba, el zacate, del
por distintas lanzas, y algo pesado nos hunde, nos en- bello prado de rosas? ¿Entenderemos al fin que más hay zacate que rosas en
torpece las piernas? ¿Estamos condenados en fin a re- este mundo de mala hierba? ¿Y que se debió quemar casi todo el cerro para
petir la maldición, los cien años de soledad, a revivir el que hubiera uno que otro jardín? ¿Al cual todos los reflectores enfocan?
retorno maléfico, como dice López Velarde? ¿Junto al cúmulo de baldíos áridos que nadie quiere voltear a ver?
“Mejor sería no regresar al pueblo, al edén subvertido Finalmente, “querer” significaba indagar compulsivamente las causas de
que se calla en la mutilación de la metralla”, pero no, algo, querere. La historia de la literatura ha buscado, ha querido a los cul-
inevitablemente ahí vamos, somníferos (portadores de pables de nuestra situación. Ahora le toca entrar a escena al barrio como
ensueños), a reabrir las puertas que debieron quedar ce- fuerza creadora, configuradora y destructora. Han pasado casi 50 años
rradas, a gritar el quién vive, a buscar, necios, los rasgu- desde los movimientos de desplazamiento, sobrepoblación e introducción
ños en las piedras. Para dejar atrás el pasado, arrojamos de drogas y violencia que dieron lugar al barrio. Me alegro como quien
a las llamas a nuestra persona de antes. Devastamos los visita un parque recién inaugurado de la apertura del barrio a la literatura.
rasgos de nuestro rostro para hacernos uno nuevo, y con Alegrémonos en conjunto de poder asomarnos con nuestro Virgilio Cho-
fragmentos de otras vidas nos fabricamos una nueva lín, de compartir su cariño.
cara para enfrentar al mundo. ¿Pero esa cara es nueva?
Ya la habíamos visto antes; es la cara con la que soñaba David Enríquez
nuestro yo del pasado, que se destruye a sí mismo y nos
Ese día fui a visitar a mi tío y, desde su perspectiva, todo había cambiado:
Los hijos del Abis crecieron, a uno lo mataron y el otro está en la cárcel; se
murió el Pelos y ahora sus hijos se hacen cargo de la taquería; su amigo el
Motombo consiguió un trabajo en una acerera y se fue a vivir a Monterrey.
Las paredes son todas las mismas, pero la gente, que es lo que importa,
Sáquenme de Latinoamérica toda es distinta.
Desde la perspectiva de mis abuelos, aún más ha cambiado en el barrio:
Antes ni siquiera era barrio. Ellos se mudaron a esa zona de Ecatepec con
la esperanza de reproducir sus bucólicos sueños de rancho y poner una
Q
ué ganas de vivir en un país donde el progreso no hacienda, comprar gallinas, tener un patio lleno de árboles frutales y un
signifique escape, en una tierra con esperanza. legado para su familia.
Yo tuve suerte, nunca viví en el barrio. Aunque Luego cien familias con el mismo sueño compraron terrenos en la mis-
siempre fui pobre, mi contacto con la banda era a través ma manzana y no les quedó más que su casita, apretada en una cuadra de
de las murallas de la Unidad Habitacional Militar donde calles diminutas de obra negra en donde tuvieron que educar a siete hijos.
crecí. De ahí salía para hacer las compras y regresaba a Ellos vieron cómo el barrio nació y creció y luego les tocó presenciar el
interactuar con otros hijos de militares que observaban inicio de su muerte.
desde sus ventanas al mundo que se desarrollaba a nues- Pero los barrios no mueren, solo dejan de crecer. Se quedan quietos y
tro alrededor. luego el tiempo los corroe. Nuestros abuelos construyeron estructuras tan
Crecer de esa forma te aliena de tu entorno, te hace sólidas que pueden aguantar un par de generaciones sin mantenimiento,
12 sentir extranjero en tu propia colonia. muchísimo tiempo, pero no para siempre. 13
Cada mañana, mis padres y yo nos subíamos al ca- Recuerdo cuando me mudé de la Unidad Habitacional a Ecatepec. Ya
mión de madrugada y viajábamos dos horas hasta el estaba muy grande para hacer amigos y muy pequeño para escapar. Amaba
centro de la ciudad, donde estaban sus trabajos y mi es- a mi familia, pero odiaba a la colonia, así que nunca salía de mi casa.
cuela. Volvíamos hasta en la noche, solo para cenar, ver Bastaba con dar un paso afuera para encontrarse con el pavimento cuar-
tele y dormir. Solo los fines de semana podía conocer mi teado, las paredes de obra negra y los cables todos enrollados, clara evi-
colonia de día, pero prefería pasarlos en casa, leyendo o dencia de que al Estado le valíamos madre. Naturalmente, nunca quise
jugando videojuegos. quedarme a mejorar ese espacio, yo solo quería largarme de ahí.
Seguro que en mi barrio había un Dany y un Lao Li y Todo aquel que tuvo los recursos, al menos entre mis conocidos, se fue a
cientos de dramas que ocurrían a mi alrededor pero de rentar algo en el centro de la ciudad; y quienes se quedaron a arreglar, solo
los que nunca me enteré porque nunca les puse atención. remodelaban el interior de sus casas. Incluso en casa de mi abuelita, la úl-
Tuve que leer este libro del Andrei para redescubrir, a tima vez que fui, detrás de la fachada de obra negra y hormigón, el piso del
través de su barrio, el mío. patio era de mosaico pulido, nuevecito; la cocina parece una nave espacial
Recientemente volví a Ecatepec, a visitar a mis tíos. con una estufa MABE de mil quemadores como centro de una ostentosa
Nada ha cambiado desde que me fui. galería de alacenas, refractarios y cajones. Esta es la burbuja que mis tíos
Si acaso, hay las ruinas de un OXXO, que abrió y cerró construyeron para que mi abuelita pase sus últimos años rodeada de lujo
mientras yo estaba fuera. El videocentro se convirtió en en la peor colonia del país.
Blockbuster y ahora es otro local en renta. Las paredes cada Yo también salí corriendo. A la primera oportunidad me vine a vivir con
vez están más cacarizas. Aparte de eso, todo sigue igual. roomies a la CDMX, a otra colonia que solo visitaba para dormir, porque la
industria de la publicidad se agandalló las horas de transporte que me ahorraba. ¿Por qué?
No me vas a creer, pero algo le hace al organismo humano, esta condi- Descubrí que me encanta estar vivo y que amo cada momento pero no
ción de pasar las mejores horas de su día encerrado y siguiendo las órdenes fue en mi tierra natal, con mi familia, ¿a qué se debe? Ojos menos compasi-
de un extraño, que para cuando llega a casa, ya no le quedan muchas ganas vos juzgarían estas palabras como traición pero solo estoy siendo honesto.
de conocer a sus vecinos, organizarse y mejorar su ambiente. A mí también me interesaba averiguar por qué amaba con tanta pasión una
Si acaso gastaba lo poco del sueldo que me quedaba tras la renta y la co- tierra que no había pisado antes y odiaba con fervor la ciudad donde crecí.
mida, era en alguna pendejada para escapar: una pantallota, videojuegos, Era año de elecciones, la radio estaba llena de mentiras patrocinadas
drogas o alcohol, cualquier cosa que me hiciera olvidar que estoy vivo en por el INE, por eso pasó que estaba caminando a casa, obsesionado por la
lo que regresaba la hora de ponerme el trajecito de muchacho productivo e cuestión del amor a la tierra natal, cuando escuché la siguiente frase: “Es
irme a mover pixeles a la oficina. momento de que México se ponga a trabajar”.
Eso es lo que nadie te cuenta de salir del barrio, que este supuesto éxito Eso dijo ese señor priísta con vitiligo, sin un asomo de ironía “pónganse
viene a expensas de toda la gente que dejas detrás. Justo la gente que logra a trabajar”.
escapar de ese entorno es la misma que tiene las capacidades para transfor- Ok, tengo una duda: ¿trabajar para qué, José Antonio?
marlo. El resto se quedan sobreviviendo a la rutina, descarapelándose con ¿O nomás es cosa de ponernos a trabajar así, a lo wey?
el tiempo como las paredes de su hogar. Porque así trabajé todos mis veintes, para gente con más capital y menos
Pero aquí en esta ciudad es peor porque nadie conoce a nadie, excepto ideas que yo. Siempre trabajé para la industria de las mentiras porque soy
en los espacios donde todos te caen mal. Me pasaba el día entero desvela- un rufián y un mequetrefe, pero hasta las mejores mentes de mi generación
do, sonriéndole a los otros esclavos de mi oficina, como si no estuviéramos terminaron consumidas por alguna corporación extranjera que los ponía
desperdiciando nuestras vidas en busca de sobrevivir otro mes. Entregába- a diseñar latas de atún o licuadoras o las trituradoras industriales donde
14 mos nuestro irreemplazable tiempo a cambio de no volver al hogar que nos se trituraban las estufas que no se vendían para mantener su precio alto. 15
rehusamos a transformar. La promesa del sistema que seguimos adorando era que, si trabajabas
Una vez más, tuve que escapar. duro, estudiabas y le echabas ganas, podías escalar un peldaño más alto
Me fui al bosque porque era barato, no porque fuera bosque, pero en la en la sociedad; pero mi generación es la primera en 100 años que puede
naturaleza encontré una razón para amar la tierra donde vivo. esperar peores condiciones de vida que sus padres.
Leí al Siddharta, de Herman Hesse, que cuando perdía el rumbo de su John Maynard Keynes nos dijo que si el mercado continuaba su pro-
vida, decía “yo solo sé ayunar, meditar y esperar” así que, como el Buda, greso, pronto el hombre trabajaría solo tres días a la semana, apenas unas
me hice pendejo hasta que la respuesta llegara a mí. cuántas horas al día, pero todos mis amigos trabajaban semanas comple-
Pero antes de la respuesta, me llegó un profundo amor por la tierra que tas, a veces en sábado y sin hora de salida, haciendo pura mierda inútil para
pisaba, por el bosque al que corría cada mañana para ver el amanecer desde la sociedad.
lo alto de la montaña; al árbol cuyas ramas formaban una especie de ojo por Entiendo que necesitamos doctores, maestros e ingenieros, ¿pero para
el que caía el sol y se ocultaba enrojecido como la pupila ardiente de Dios. qué necesitamos un community manager? ¿Por qué hay analistas de datos,
Hubo días en los que escogía no comer, para no gastar; semanas enteras supervisores de tareas, team managers, ejecutivos de cuentas y asesores de
en las que me bañaba con agua fría para no comprar gas; meses enteros sin relaciones públicas, si no es para acariciar los enormes egos de las corpo-
carne. Cuando le platicaba mi vida cotidiana a mis padres, me miraban raciones que tienen secuestrada a mi generación? ¿Apoco no estamos gas-
como si les describiera un infierno tercermundista, pero cuando bajaba a la tando los mejores años de la juventud mexicana en la vulgar tarea de crear
carretera por el camino de rocas, entre flores amarillas, mirando a lo lejos más consumidores para las marcas extranjeras?
la coprdillera del Tepozteco, me decía a mí mismo “nadie más tiene una Pero en las escuelas públicas no se nos enseña otra cosa. Desde que so-
vida tan maravillosa como esta”. mos adolescentes, las Vocacionales y CCH’s de este país te enseñan que es
un orgullo terminar siendo el esclavo asalariado de algún maestro extran- nuestras cadenas y aprendamos a amar el lugar de donde venimos.
jero y que solo los perdedores y marihuanos se interesan por temas tan ¿Qué esto no era un prólogo al libro del Santo?
exóticos y banales como la Filosofía y Letras. A eso voy.
En las escuelas privadas tampoco es muy distinto. Las escuelas de mayor Ustedes saben que yo quiero mucho al pelón. Es mi pelón favorito des-
prestigio te presumen, antes que su plan de estudios, los planes de inter- pués del Maestro Limpio y eso solo porque huele mejor. Su amarga perso-
cambio que tienen con otras universidades y otras industrias de otros paí- nalidad complementa mis ilusiones hippies, les da un piso sólido para no
ses más desarrollados que el nuestro. Llaman a la tentación de los niños y perderse en el eter del espacio sideral.
a la cartera de sus padres con la promesa de que un día podrías estudiar en Creo que debemos avanzar por el camino del amor y la esperanza, pero
Inglaterra, titularte en Francia, trabajar en Alemania y, si pruebas ser un todo amor es una farsa y toda esperanza es en vano si no miramos primero
súbdito fiel y capaz, incluso podrías quedarte a vivir. a la cruda realidad. Cualquiera puede idealizar una ciudad que no conoce,
Y allá va nuestro país, al mismo rumbo que mi amado Ecatepec, donde pero mirar sus detalles más oscuros y amarla con todos sus defectos, eso
la gente capaz de cambiarlo se marcha y la gente que se queda es esclava de es amor de verdad.
un sistema que extrae cada gota de sangre y no te deja respirar. Para eso me ha servido este libro, además de para llorar todos mis trau-
Parece no haber solución, parece no haber escape, pero sí la hay y solo mas reprimidos de la infancia: para darle un buen vistazo a la cruel reali-
tuve que dejar de trabajar seis meses para verla. dad de la gran mayoría de los latinoamericanos y darme cuenta de que vale
Raza, la vida es solo una y si la seguimos mirando desde nuestros grises luchar por un cambio.
cubículos, nunca la vamos a cambiar, siempre nos va a suceder, seremos Mañana alguno me dirá que solo puedo concebir el cambio porque es-
víctimas impotentes de algún oscuro destino escrito por señores de traje toy en mi privilegio de clase media. Que mucha raza del barrio nació para
que odian a los pobres. perder y no puede ni siquiera abandonar una oficina porque no hay oficina
16 El primer paso es abandonar sus fábricas de humo y lanzarnos a buscar que lo contrate. Me dirán que hay gente que si no roba no come, gente des- 17
nuestro propio camino, cueste lo que cueste. trozada por alguna adicción y otros esclavizados por sus circunstancias.
¿Qué te está dando el Sr. Slim a cambio de tu única e irrepetible oportu- Yo les ruego no usar a esta gente como pretexto para la apatía. El cinis-
nidad para ser un humano consciente en el planeta Tierra? Espero que sea mo es la sabiduría de los pendejos y, si tienes este libro entre tus manos es
mejor que la vida misma, porque si solo son vales y un sueldo arriba del porque tú crees que hay algo más.
promedio, es momento de escapar. Tú no eres un cínico.
El sistema está valiendo verga y todos quieren escapar. Yo apenas dejé de Si tú tienes este libro entre tus manos y puedes darte el privilegio de pen-
correr, estoy aprendiendo a quedarme. Hoy vivo en la Condesa, donde los sar en esta gente y en sus vidas imposibles como algo ajeno, te recuerdo que
más privilegiados de nuestra sociedad también miran a su alrededor con cara ellos son nuestra responsabilidad.
de que ya se quieren ir. ¿Pero a dónde vas a ir, Santi? ¿Te vas a llevar tu celular? Conquistemos primero nuestra libertad para ayudarlos a ellos a contro-
Eso que tratas de dejar atrás no es Latinoamérica, es la vida de mierda lar su propio tiempo.
que el sistema nos ofreció y nosotros tomamos. Es la urgencia constante Prefiero abandonar la enferma ideología de nuestros padres que esta tie-
por algo más cuando todo lo que necesitamos está aquí. Es el miedo a tu rra tan bonita. Pueden sacarme de Latinoamérica pero no pueden sacar-
vecino, que si tan solo le dirigieras la palabra podrían encontrar que tienen me Latinoamérica del pecho. Debo aprender a amarla hoy, con todo y sus
mucho en común. errores, o quedaré maldito, condenado a vagar la Tierra y volver, de vez en
Eso que tratamos de dejar atrás es un sistema de explotación que ha des- cuando, como vuelvo a Ecatepec, para sentir la nostalgia de lo que pudo
truído a la sociedad, ha aislado a los individuos dentro de su propia per- haber sido y mirar cómo la descarapela el tiempo.
sona, les roba sus mejores horas de vida y no les deja nada a cambio. Se
vive igual en toda América Latina y no va a cambiar hasta que rechacemos Pepe
transformaban en consumidores de crack y cocaína; los ladrones de tan-
ques de gas no terminaban robando camionetas de valores; los estafadores
no secuestraban gente ni les cortaban las orejas. No, la mayoría de estas
crónicas acontecen en la última década del siglo veinte.
Qa uienes hemos crecido en el barrio, aunque ahora estemos lejos por
Prefacio al barrio elección o situación, estamos repletos de historias que, muchas veces al
contarlas, parecen irreales. No soy el único al que le pasa, con los años he
conocido mucha gente, de distintos estados, colonias, municipios y ciuda-
des que hablan de la violencia, de la droga, de la descomposición social,
L
as crónicas del barrio solo son eso, crónicas; los hechos con ese ligero toque de humor, fantasía y nostalgia con la que debimos
aquí narrados, aunque pueden parecer ficciones, no afrontarlo. No sabemos si en realidad lo amamos tanto, o solo nos conven-
lo son; aunque pueda parecer realismo mágico, no lo cimos de ello. De lo que sí estoy convencido es que todos tienen una gran
es; aunque pueda parecer un guión de alguna película lum- historia que contar y en mi caso, esta es la forma de hacerlo, de darle voz
pen, tampoco lo es. Todo lo que leerá pasó hace más de dos a ese mundo que se transformó tan rápido, a esa suerte de Macondo que
décadas, y sí, hubo elefantes de por medio, vendedores de vivimos muchos, y del que se desprenden estas crónicas.
miel, de jugo de uva, de protecciones aceradas, de pan en Todos aquellos que se sientan identificados, pueden narrar sus experien-
caja, de queso y crema, de venenos contra los ratones y las cias, sus historias, no para abrazar el recuerdo como el amante que espera
moscas, de todo lo que pudiera venderse. Aparecían en la al amor a través del mar, sino más como un proceso de catarsis, acompaña-
polvareda y se iban con la mismo. Sí, hubo reyes magos que do del buen humor; de la magia; de la vida misma que nos tocó por fortuna
18 paseaban por terrenos baldíos buscando niños; reparadores vivir y ahora quizá, ya no vivirla, porque citando al lugar común: puedes 19
de televisiones en blanco y negro; payasos asesinados con salir del barrio, pero el barrio nunca saldrá de ti; puede que el barrio de
salvajismo; luchadores misteriosos que regenteaban mer- olvide, pero tú no lo podrás olvidar.
cados públicos; boxeadores temidos; vigilantes de melones;
cuidadores de cementos. Sí, hubo garzas, renacuajos y víbo- Andrei Peña
ras, vacas, pollos, cerdos y uno que otro borrego; muchos En algún lugar de la Ciudad de México.
perros atropellados en el periférico, envenenados por alguna
vecina, o enfermos y olvidados por una familia que debía
luchar entre alimentarse a sí misma o su mascota; periquitos
australianos asesinados por varios gatos, antes de que caye-
ran heridos de muerte en busca del amor.
Las crónicas del barrio, solo son eso, crónicas. Quizá
lo más curioso de ellas, es que sucedieron en la Ciu-
dad de México, en plena época del neoliberalismo
neón, cuando la modernidad había arribado al país y
las fantasías de prosperidad se volvieron pesadillas que
transformaron al mismo barrio. Las historias podrían
sonar a los años veinte, pero no sucedieron en esa épo-
ca, ya que entonces los marihuanos y teporochos no se
Capítulo I
20 21
N
adie supo cómo había pasado, solo se
escuchó a lo lejos un camión derraparse.
Los crujidos de la madera reverberaron
a través de las casas. Hubo un silencio, de esos
que son a propósito, en los que todos callan
para oír mejor. Cuando la gente del barrio salió
a la calle, los recibió un aroma dulce que se les
metía por la nariz y perfumaba todo a su paso.
“Huele a melón”, dijo el primero que se dio cuenta. Anticipaba lo que
sería evidente en minutos: cientos de melones yacían regados por la aveni-
da. El camión que chocó se miraba sin mayor daño, casi íntegro después de
esa mala curva que lo había volcado. Los melones decoraban el concreto y
esparcían aquel olor dulzón que hipnotizaba a quienes veían con asombro
a la otra mitad de la carga, la que estaba aún protegida, casi intacta: los
huacales habían salvado a los melones de una destrucción segura. Melones
afortunados que en cuestión de minutos tendrían otro destino.
El chisme corrió rápido: “chocó un camión de melones en el eje”. “A ver
salte a ver”, se repitió en varias casas de la unidad habitacional. En la ciudad
había muchos choques similares, contaban los más experimentados en el
tema, hablando como expertos en tránsito de carga, pero para la mayoría
del barrio, donde ahora cruzaba un eje vial en lo que antes era un terreno
baldío, los accidentes eran algo nuevo. No estaban acostumbrados a ver
pasar tantos autos, tan solo unos años atrás debían andar un buen tramo
por el camino enlodado para llegar a la base de los primeros peseros.
El chofer veía la carga mientras se frotaba la cabeza con la mano, sin no-
tar que los mirones comenzaban a cuestionarse el futuro de la misma. Fue
hasta que alguien preguntó si podía tomar un melón que el chofer se dio
22 cuenta de que era observado con asombro, como si se tratara de una estre- 23
lla de cine. No le pasó por la cabeza que por la noche todo mundo hablaría
de él: que si se había pegado duro, que si iba borracho, que si estaba guapo,
feo, gordo, fornido, alto o chaparro. No se le ocurrió, o quizá fue esa misma
atención, esos cinco minutos de fama local, sumados a un ligero golpe en
la cabeza, lo que le hizo pensar que era una buena idea regalar la carga. O
tal vez simplemente sabía que el seguro cubriría todo.
“Están regalando melones”, gritaban varios niños, corrían a sus casas con
el regalo que llegaba en buen momento, en una tarde calurosa de verano,
de vacaciones en la escuela, cuando no pasaba nada más que las horas de
tedio frente a la televisión del vecino. “Traite una bolsa de mandado”, gritó
Iván Mayorquín. Ilustración / Cuando todo el barrio olía a melón.
Ilustrador, artista de cómic del internet y creativo. Originario de Mazatlán, Sinaloa, una señora. Su idea fue copiada de inmediato por varias vecinas. Rápido,
estudió Diseño Gráfico y Pintura, para después irse de ahí y especializarse antes de que se los lleven todos, apresuraba a la chamaca, que aún no en-
en ilustración y narrativa. Parte de Buque, Sketch Or Die, Pizza Sandwich y tendía por qué tanto alboroto. Las chanclas repicaron a toda prisa, uno,
Miembro del equipo fundador de Pictoline. Su trabajo siempre vive entre el dos, hasta seis melones cabían por bolsa, los niños pequeños cargaban uno,
dibujo, la creatividad, el humor, la tira cómica, la narrativa gráfica y escribir los más grandecitos, de hasta dos y tres. A los pocos minutos solo se veía a
pequeñas bios en tercera persona sobre sí mismo para usos varios.
“Recuerdo el barrio de mis abuelos, recuerdo mi niñez, recuerdo a
la gente que corría con melones en mano, esquivando algunos carros, que
mi familia y lo recuerdo todo con cariño” miraban cómodamente el alboroto. Uno que otro automovilista bajaba por
Insta: @ivanmayorquin • Web: [Link] su melón, lo veía con gusto, lo sentaba de copiloto y emprendía la marcha,
sonriente, pensando cómo se lo contaría a su mujer: “vieja te traje un me-
lón”, “iba pasando y que me dan un melón”, “se volteó un camión de melo-
nes y me tocó uno”, “a mí se me hace que el chofer iba bien borracho”. Los
que llegaron tarde a la repartición, o quienes pecaban de avaricia, recogían
algunos melones apachurrados; “aún sirve para el agua”, “si le cortas la mi-
tad le ponemos helado”, “no pues qué desperdicio dejarlo ahí”, decían para
justificarlo.
Cuando solo quedaba puré alrededor del camión que ya era remolcado,
la gente regresó a sus casas. La fama del chofer se esfumó hasta el anoche-
cer, cuando los hombres volvían del trabajo y preguntaban: “¿ora, por qué
hay tanto melón?”, entonces comenzaba la competencia por quién iba a
narrar la historia, toda la familia quería dar su versión. Fue así que muchos
hombres recibieron distintas versiones: en unas el chofer se había queda-
do dormido, que por borracho; en otras, el chofer era un hombre guapo y
fornido, amable y siempre caballeroso; y en casi todas, el accidente era de
lo más aparatoso, no solo se volteó, sino que dio giros, explotó y hasta en
llamas terminó. Después de escuchar las historias se sentaban a ver la tele,
con un pedazo de melón, o con agua de melón, ya bien fría, no importaba
si los melones sabían desabridos, o si algunos aún estaban verdes, lo valio-
24 so es que había una gran historia que contar, aunque a los tres días, todos 25
estuvieran hartos de melón y varios de ellos terminaran en la basura, o
pudriéndose por el calor que azotaba los techos de las casas donde el refri-
gerador era un lujo.
No fue el primer ni el último accidente automovilístico en el barrio, le si-
guieron otros tantos no tan especiales, pero que daban de qué hablar: como
el motociclista que se estrelló en el crucero, el camión de cocas que se le
ponchó una llanta, docenas de vochos que se sacaron de ahí a empujones,
pero ninguno de ellos igualó aquel momento, cuando el aroma a melón se
impregnó en todos lados, esparciendo gotas de jugo que, al mezclarse con
el pavimento caliente, volvieron al barrio un melón gigante, del que los
más afortunados alcanzamos a comer. <
Capítulo II
26 27
A
ntes del barrio solo existía la nada, pero
no era que la vida no se reprodujera,
que el sonido no se propagara, que el
canto de las aves no encontrara un muro don-
de rebotar, en esa nada siempre existió algo, en
esa nada siempre hubo vida. Pero le llamaban
la nada, porque hasta ese momento ninguna
persona había decidido construir una colonia
sobre ese terreno que la vida silvestre llevaba
años reclamando como propio.
La nada existía en calma, en un espacio silencioso, en hectáreas de terreno
infértil donde solo crecía maleza. Los vestigios de ese llano habían visto
pasar a las tropas del general Emiliano Zapata cuando tomaron la Ciudad
de México y también los vieron pasar de regreso cuando el poder de la ciu-
dad se impuso sobre ellos. Al paso de los años, debajo de toneladas de tie-
rra, quedaron sepultadas las huellas de cientos de caballos que no hallaban
buena hierba qué comer. Pero solo tenían que esperar un par de horas; la
distancia de ese llano, al zócalo reluciente de arbustos, era tan corta, como
lo sigue siendo hoy en día.
La nada nunca estuvo tan lejos del centro de la ciudad, donde las calles
se planearon de forma recta, donde un trazado perfecto comunicaba las
avenidas. Si en caballo tomaba dos horas llegar al zócalo, a pie eran cuatro.
Cuando llegó la modernidad y con ella le brotaron casas a la nada, si en
automóvil llegaban en una hora, en transporte público era hora y media,
porque en ese entonces, cuando las primeras casas se construyeron, aún no
existía una ruta que conectara el centro de la nada con algo.
Quienes llegaban por primera vez debían recorrer la polvareda cotidiana
para llegar a su casa, porque el transporte solo los dejaba en la entrada,
donde se acababa el asfalto y comenzaba la tierra. Los choferes no querían
28 cruzar por miedo a que su combi quedara atascada en el lodo, “ahora que 29
pavimenten ya pasamos, pero ahorita ¿quién nos paga los amortiguado-
res?”, increpaban a la gente, que tomaba sus cosas, y a paso lento, pero
firme, cruzaban esa enorme línea que separaba el color gris del café.
Sin temor, la gente se adentraba a la polvareda, y en medio de esa ne-
blina terrosa, del aire que les aventaba al rostro piedritas e insectos
desafortunados que quedaron atrapados en el torbellino, en medio de esa
tolvanera que les dejaba un sabor a tierra en los labios, veían a su lado las si-
luetas de comerciantes. Aparecían como fantasmas a unos pocos metros de
ellos, con cajas repletas de artículos para venderles a los nuevos inquilinos
de la nada. Atravesaban la polvareda como si se tratara de una tormenta de
Jorge F. Muñoz. Ilustración / Las casas en medio de la nada.
Es un dibujante de cómics e ilustrador de la Ciudad de México. arena, con cajas llenas de pan, de quesos, de jugo que sabía a vino, con las
Ha vivido en muchos lugares, incluido el barrio. Actualmente es parte del carnes frías colgadas en los hombros, con jergas, trapos y detergentes sin
Sistema Nacional de Creadores en la disciplina de Narrativa Gráfica. marca, con piezas de televisores, perillas con números grabados en blanco,
“El barrio es la vida. Y si no le aprendes, también es la muerte.” antenas sencillas y de conejo, cinescopios reventados, con llantitas para el
Insta: @jorgefmunoz1 refrigerador y la lavadora que solo algunos tenían.
En esa polvareda se descubrían nuevos vecinos, como un payaso, quien,
con la cara pintada, cruzaba el torbellino de polvo cargando la utilería
de algún show reciente; reía y gritaba eufórico cada que los insectos le
pasaban rozando, “ay, un pinche grillo”, y soltaba un alarido, “ay, mana, o de comprar un refrigerador, mientras tanto el pollo a la pileta, el queso
eso qué chingados era”, y repetía el grito, mientras los pocos globos que debajo de la fruta y la leche en la ventana.
aún conservaba salían despedidos hacia el cielo, impulsados por el viento. La nada tenía vida y una vez que se le vio por primera vez, que la gente
Atrás del payaso, se veía docenas de nuevos vecinos que, a falta de mudan- descubrió aquello que ya existía se le empezó a nombrar: “allá está el ojo de
zas, llegaban cargando lo poco que poseían en maletas de plástico, en cajas agua, hay garzas, que comen renacuajos y pececillos pacotillas”, “allá está
de cartón, en bolsas de mandado, con los zapatos enlodados y las caras el baldío, hay víboras, arañas, ratones y uno que otro perro despistado que
llenas de tierra. Cuando finalmente cruzaban la tolvanera, tanto vecinos perdió a su jauría”, “allá están los pastizales donde un grupo de vacas y un
como comerciantes, hombres, mujeres, ancianos y niños, veían a lo lejos burro saborean la maleza”. El burro que ayudó a entender a los niños que
ese cúmulo de casas que se elevaban en medio de la nada, y no todos, pero recién llegaban, los chistes sobre burros.
una gran parte por fin pudo decir: “Esta es mi casa. Mía. De mi propiedad Pero quizá lo más extraño de la nada, era que cuando la gente camina-
y solo me sacan de aquí cuando me muera”, y en muchos casos, años des- ba veinte o treinta minutos, al pasar la polvareda y los charcos, cuando
pués, así fue. se alejaban del ojo de agua repleto de garzas, cuando las llantas del auto
Porque a pesar de las peripecias para llegar, de que el camino se trans- agarraban asfalto, comenzaban a ver casas que se extendían hacia el cielo,
formaba en fango cuando llovía, de y las serpientes de agua parecían mar- más allá de las dos aguas. Veían postes con lámparas que resplandecían
carles el camino mientras reptaban entre la maleza encharcada. A pesar de en las calles, la maleza era reemplazada por cortinas de acero rotuladas
que la tierra se volvía lodo en sus pies y luego el lodo se volvía piedra, cuan- anunciando diversos productos: grabadoras con doble casetera, televisio-
do cruzaban, estaba su hogar. Aquella casa de tabicón grueso y pesado, gris nes a color, refrigeradores de doble puerta, licuadoras que parecían robots
en cada rincón, sin acabados de ningún tipo y alambres aún desperdigados y muchas cosas más que la gente de la nada solo veía en la televisión. Veinte
como puntas de mecate. Ese era su hogar. Ese techo con los focos colgando minutos a pie bastaban para que aquellos que vivían en la nada, sintieran
30 de los cables como ahorcados eternos, esos cuatro muros donde solo había que viajaban a otro país. Si el viaje duraba más quizá verían aun cosas más 31
dos puertas, una para entrar y salir, la otra para un baño rudimentario con extrañas, y el verde de los pastizales sería completamente reemplazado por
paredes pelonas y el lavabo pegado al retrete. el gris profundo citadino, y las vacas desaparecerían a lo lejos, y las víboras
Era un cúmulo de casitas en medio de la nada. Hileras e hileras de ca- de agua se volverían el tatuaje de algún recluso. Mientas más se alejaban,
sitas, como cajas de zapatos, con un trazado simétrico que podría parecer mientras más se adentraban en la ciudad, sin saberlo, veían el futuro de lo
el papel tapiz de otra casa en algún lugar. Casitas grises por dentro, con que se convertiría la nada.
pisos de cemento sin pulir, con plastas de sellador y muros porosos, que En ese entonces la nada estaba lejos de ser parte de la ciudad a la que
chupaban toda gota de pintura, como si se negaran a perder el gris, como si se integraría pocos años después. Mucha gente llegaría a poblar más allá,
rechazaran ser pintadas. Un grupo de casitas que parecían haberle brotado donde nadie había ido. La nada terminaría atravesada por varias avenidas,
como un salpullido a la nada, con sus techos de dos aguas, con sus ventanas ejes viales y algo llamado periférico, que se llevó a las garzas y trajo con-
de aluminio hueco, un cúmulo de motas rojas que desplazaban la maleza creto, que desapareció a las víboras y las reemplazó por víboras gigantes de
y la tierra. Todas iguales, todas del mismo tamaño, incrustadas en la tierra acero, motor y docenas de neumáticos, que extinguió a las vacas y al burro
como un diseño isométrico. Y alrededor de ellas la nada comenzó a tomar local, y trajo más perros que deambularían alrededor de lo que un día fue
forma. una cancha de futbol improvisada.
En un inicio no había muebles, ni nada más grande que una persona. En los primeros meses, cuando más familias comenzaban a poblar la
Comenzaron a vivir con lo que pudieron, ya luego llegarían los colchones nada, un señor al que el tiempo le borró el nombre decidió construir una
y las camas; ya después habría tiempo de la estufa, un anafre con etiquetas cancha de futbol. No podía imaginar mejor actividad integradora para la
de chiles aún pegadas bastaría, una parrilla eléctrica y una resistencia para comunidad. Salieron los niños de sus casas, acompañados de otros señores
calentar el agua serían suficientes. Ya habría tiempo de conseguir el gas, que deseaban sentir ese abrazo de su nueva familia. Decidieron las medidas
por acuerdo, adaptadas al terreno lleno de chipote y completamente defor- que sería su cancha: un terreno verde donde podrían barrerse, donde al
me, proporciones que fueron consultadas previamente con un supuesto caer, luego de un cabezazo que marcaría el gol de la victoria, no termi-
árbitro de ligas parecidas, quien vestía una desgastada playera del América narían con una piedra picuda en la espalda. Alguien pensó en una chile-
y supervisaba la obra como experto, mientras bebía cerveza a tragos. Sa- na, ¿cuántas chilenas aguantaría el pasto nuevo?, ¿cuántas atajadas reales
lieron a marcar la cancha con cal, a sostener los hilos para que no quedara aguantaría? Por fin los porteros no tendrían miedo a dar todo en los pe-
chueca, aunque al final vaya que quedó así. naltis, ya no deberían pensar en el pedazo de manguera o en las botellas
La cancha chueca se edificó sobre el terreno llano. Tenía que ser repintada rotas de refresco. La imaginaban como el estadio Azteca, como el estadio
cada que llovía, quedando más chueca en cada ocasión. Se extendía a lo Olímpico, quizá era el inicio de una liga de la nada, una cantera de nuevos
largo del terreno baldío entre llantas y sillones abandonados que sirvieron talentos. Tantos sueños y esperanzas aglutinados en esa tarde para que el
de butacas en los primeros partidos. Era una cancha de tierra, con algunos pasto solo alcanzara para cubrir una esquina.
mechones de pasto que crecían tercamente de forma aleatoria. El pasto Los cálculos habían fallado, el pasto no era suficiente y la caca de vaca
parecía negarse a salir donde ellos querían, por lo que en una actitud de sobraba, al final cuando lo colocaron, solo cubrieron una esquina de verde,
enojo y desesperación, luego de varios raspones, quemadas y un clavo que mientras a lo lejos el terreno lucía igual de yermo, pero con un profundo
perforó el pie de un delantero estrella de la nada, decidieron traer pasto aroma a mierda bovina. A pesar de la evidente frustración, esa esquina
de otros lados. Si en la cancha no crecía nada, lo harían crecer a fuerza. verde se sentía gloriosa, los niños aprovechaban cuando el balón corría por
Dotarlo de vida si era necesario. Arrancarían la existencia de otro lado y la la línea chueca media para meterse a la cancha y hacer su propio partido.
llevarían frente a sus casas. Había quienes solo se acercaban para sentir el pasto recién podado. Lo
La gente de la nada prestó a sus hijos para que fueran llevados a arrancar veían como el inicio de un estadio, lo que podía ser en unos meses, cuando
pasto y recolectar caca de vaca, como premio para unos y como castigo se juntara más pasto, cuando más vacas defecaran. Quizá hasta podrían
32 para otros. Los niños inquietos revoloteaban como moscas sobre la mierda traerse una vaca que cagara de tiempo completo. 33
de vaca, que en palabras del experto, serviría como fertilizante. El docto En los primeros partidos todos querían cobrar al menos un tiro de es-
conocedor de los menesteres futbolísticos ordenaba a los niños que echa- quina para poder sentir el pasto. Hasta los porteros llegaron a cobrarlos,
ran la caca en costales, mientras le bebía a su cerveza y observaba los peda- pagando cara su osadía cuando al fallar, en un contragolpe que solo requi-
zos de pasto que podían arrancarse de raíz. Miraba fijamente, con la panza rió un buen balonazo, la gente gritaba “gol”, mientras el portero ya había
que buscaba escapar de aquella playera que recordaba sus épocas de gloria. dejado los pulmones en la carrera de vuelta. Pero al menos, había cobrado
Pasaron la tarde recogiendo caca de vaca, hasta que no había más, y deci- un tiro de esquina.
dieron buscar más vacas alrededor, pero al parecer deberían esperar a que La liga improvisada terminó por desgastar el pasto. Todos aprovecha-
cagaran más, porque nunca nadie había atesorado sus excrementos con ban para lucirse: barridas escandalosas, tiros de esquina que eran com-
tanta vehemencia. pletamente adrede, fintas, burlas en la esquina y por supuesto los goles
Comenzaba a obscurecer, mientras arrancaban pedazos de pasto, se celebraban ahí, para poder derrapar de rodillas. Cuando el sol bajaba,
enrollándolos con mecates. La tierra, las raíces y hasta los insectos que- se sentaban en el pasto desgastado y observaban con esperanza el día que
daban prensados, empaquetados a la perfección para ser trasladados a la fueran por más. Abrían refrescos en botellas de vidrio, cervezas para otros,
nada. Al término de la jornada con las manos llenas de tierra, con el aroma comían tacos de canasta, porque a la nada le habían crecido vendedores de
a excremento bovino, con una que otra picadura de insecto y llenos de comida, de aguas frescas, chicles y cigarros.
salpullido en las pantorrillas, miraron los hoyos que habían dejado y a las Las tardes cálidas de sábado y domingo vieron desparecer el último
vacas que aún los miraban desconfiadas, como si cuestionaran el porqué, rastro de esa esquina con pasto. Se organizó una segunda excursión, para
asustadas por la presión ejercida para que cagaran más rápido. Partieron traer más pasto, para traer más caca de vaca, porque el experto había teni-
con la camioneta llena de pasto y varios bultos apestosos, imaginaban lo do razón. Pero cuando estaban listos para recogerlo, cuando se montaron
de nuevo en la camioneta y partieron con costales, palas y picos, llegaron
al terreno de donde habían tomado el pasto por primera vez y este yacía
bardado por completo. Encerrado con mallas de acero y postes repletos
con alambre de púas. De las vacas no quedaba nada, ni siquiera su caca.
Solo pudieron leer sobre la reja, un letrero de madera escrito en letras rojas
que decía: “próximamente supermercado”.
Regresaron desconcertados y con las manos vacías. ¿Dónde consegui-
rían más pasto?, ¿más caca de vaca?, ¿qué iba a ser ese centro comercial?,
¿por qué habían bardeado todo como dejando claro que no eran bienveni-
dos hasta que se terminara?
La cancha desapareció eventualmente. Terminaron por sucumbir al des-
gano, claudicaron al menos a esa cancha, a su cancha. Quizá ya intuían lo
que estaba por venir: las canchas de futbol rápido con su pasto de cemento
la iban a desplazar lo quisieran o no. La construcción de un deportivo a
pocos kilómetros, con más pasto en las esquinas, haría que todos se olvida-
ran rápido de la cancha, que poco a poco, comenzó a volverse un basurero.
Ya no había vacas, ya no había burros, el ojo de agua se secó en una noche
mientras a lo lejos aparecía un letrero gigante que anunciaba la gran in-
auguración del supermercado. La curiosidad se apoderó de la nada, ya no
34 tendrían que viajar mucho para hacer las compras. Porque para ese enton- 35
ces el transporte ya entraba al centro y había expulsado a las garzas. Llega-
ban noticias de que en pocos meses comenzarían a construir una avenida
principal, las canchas de concreto se comenzaban a erigir a pocos metros
y alguien decidió abandonar un refrigerador en la esquina que alguna vez
tuvo pasto.
La nada comenzaba a ser algo, se convertía en algo nuevo tan rápido que
nadie lo notaba y solo vivían los cambios de forma cotidiana. Hasta que
un día, cuando la gente vio el primer cartel con el nombre de la nada en el
parabrisas de un microbús, supieron que así como la cancha había desapa-
recido, la nada ya no lo era, la nada ahora era el barrio. Y a diferencia de la
nada, donde nada pasaba, en el barrio, a los pocos meses, una noticia por
fin los hizo salir en el periódico, cuando en la cabeza de ese diario amari-
llista se leía: Matan y descuartizan a un payaso dentro de su casa. La nada,
junto con esa cancha, finalmente habían desaparecido. <
Capítulo III
36 37
¿
“ A dónde vas con esas nalgotas, payasito?”,
escuchó que le gritaban, mientras agili-
zaba el paso, sosteniendo con las manos
varias bolsas repletas de globos, serpentinas,
juguetes de plástico llenos de rebabas y flores
artificiales que usaría para su acto final. Lo
habían contratado para la fiesta de algún niño
genérico y berrinchudo como cientos de veces
más. Ya pasaba del medio día y el sol le calen-
taba el sombrero de fieltro.
Se dirigía a la típica fiesta de barrio, con pastel de dos pisos lleno de me-
rengue, con gelatina de mosaico y pollo con mole, con agua de jamaica
empalagosa que reflejaba el sol desde los vasos de plástico mezclados con
los de cerveza y tequila de los padres que ya lucirían desesperados pregun-
tándose “¿a qué hora va a llegar el pinche payaso?”. “Pinche culote, payasi-
to, no seas mamón, ven a saludar a la banda”, le volvieron a gritar, mientras
comenzaba a sudar y se maldecía por haberse maquillado antes, por irse de
fiesta el día anterior, por no juntar para el vochito con el que soñaba desde
años atrás, el auto que lo salvaría del camino terroso, de la polvareda que le
manchaba los zapatos y le dejaba el pelo falso y verde lleno de piedrecillas.
Odiaba salir de su casa vestido de payaso, pero estaba convencido de que
era la única forma de hacerse buena publicidad en el barrio. Tantas casas,
tantas familias que podrían contratarlo, cientos de potenciales clientes que
cuando llegara el momento de celebrar a sus vástagos sabrían que en esa
casa, con las macetas de ardillas, con las protecciones aceradas multicolo-
res, habitaba el único payaso en kilómetros a la redonda.
El problema era el auto, lo necesitaba con urgencia, pero nunca juntaba
lo suficiente. Si tenía un guardadito siempre se lo gastaba cuando la sole-
dad se le subía a la garganta, y lo hacía arrojar lágrimas blancas y mocos
38 multicolor que sorbía a través de la nariz roja. 39
Era su rutina de sábado, conmiserarse por su vida desde la tarde, por ser
payaso, por ser huérfano, por no tener familia, porque su poca familia des-
de hace muchos años había decidido enterrar su recuerdo junto con su ma-
dre. Lloraba un rato, gritaba otro y luego de dar el último trago al chorrito
de una botella de ron, se limpiaba el maquillaje, aventaba la indumentaria
al closet y salía a buscar el confort de perderse en los brazos de otros. No le
importaba que al día siguiente tuviera que salir con el dolor de cabeza a di-
vertir a mocosos con el calorón sofocante sobre su chaleco de diamantina.
Le importaba un carajo pararse tarde, ¿qué iban a hacer?, ¿dónde iban a
hallar otro payaso tan rápido? Se envalentonaba, se ajustaba el pantalón de
MalditoPerrito. Ilustración / Las primeras tragedias. mezclilla entallado, se ponía una camisa brillosa y la acompañaba de una
Es maestro de dibujo en licenciatura y posgrado. En 2017 publicó el libro
Ecatepec (Ediciones Hungría) y es autor del boleto conmemorativo del chamarra imitación piel. Se miraba al espejo ya sin ser un payaso, y luego
metro “Si ya no cabe, no sea necio” (2018). Ilustra y escribe en la web de de ponerse suficiente mousse en los chinos, salía apresurado a perseguir el
Este país. camión.
Caminaba hasta la avenida, rogando no encontrarse con “los ratitas”, un
Insta: @malditoperrito grupo de adolescentes que mientras se repartían lo que habían robado de
un tendedero, solo se reían de él y simulaban toser para poder proferir un
“pinche puto”, cobarde y silencioso, que los hacía carcajearse hasta que las
gotas de saliva quedaban embarradas en sus labios secos y grises por el se detuvo de inmediato y esperó pacientemente, con el corazón acelerado
resistol o el líquido para limpiar PVC. “Chinguen a su madre, pendejos”, y el brazo adormecido, sujetando las bolsas con tanta fuerza que las manos
les respondía, mientras se acomodaba el cabello chino, levantaba la nariz y se tornaron rojas. “A ver, ahora sí, puto, ¿qué nos dijiste?”, increpó el que
proseguía su andar contoneado, como si la música ya sonara en su corazón. se asumía como líder, pegando la frente a la cabeza del payaso, mientras el
No les tenía miedo a los ratitas, aunque no quería encontrarlos, eran hermano Puercoespín le tomó a la cerveza, eructó y luego de agarrarse los
unos chamacos pendejos como los que había tenido que soportar tantos genitales dijo: “quiere verga el mamón, carnal”. “Nomás estamos jugando,
años. Hacía cálculos y de menos le reventaba el hocico a dos, mientras los culero, no sea mamón e irrespetuoso”, le dijo, mientras le metía una patada
demás quedaban inmóviles y aletargados por el solvente en su cerebro. No en medio de las nalgas al payaso y agregó: “ya, sáquese a la verga”. Se dio
les tomaba importancia porque más adelante, antes de llegar a la base del media vuelta, avanzó unos pasos y la carcajada del sujeto con bigote esta-
camión estaba el verdadero peligro, los que realmente lo atemorizaban, es- lló, era una risa tan estruendosa, tan molesta que repicaba en el callejón
condidos en ese callejón, con la música a todo volumen y varias botellas de como si fueran moscas gigantes. “No mames, ya pareces payaso, pinche
Bacardí en el piso, fumando cigarros sin filtro y riendo a gritos que se de- Negro. Vete la jeta, wey, te llenó de su madre”. El payaso seguía confun-
tenían inmediatamente cuando lo veían pasar y susurraban entre ellos un dido, completamente desconcertado y con unas ganas urgentes de orinar,
momento, una carcajada y a los pocos segundos, escuchaba el mismo grito solo alcanzó a ver cómo el Negro se llevaba la mano a la frente, y la mira-
de esa mañana, cuando se dirigía a trabajar a la fiesta, el mismo que profe- ba sorprendido, pintada de blanco, como si fuera sangre, como si el puto
rían sin importar que estuviera maquillado o no, ese grito que le producía payaso lo hubiera descalabrado regándole la sangre blanca sobre las cejas.
un escalofrió, le tensaba el cuello y le daba varios piquetes en el corazón: “Chale, hijo de su pinche madre”, dijo el negro mientras regresaba hacia el
“¿A dónde vas con esas nalgotas, payasito?”. payaso, con la frente pintada y los ojos negros repletos de furia. “Perdón,
Esa mañana pasó lo que nadie pensó que sucedería, ni él mismo lo vio Negro, perdón”, gritó el payaso, mientras se ponía en cuclillas, aceptando el
40 venir: respondió. A pesar del sudor, del hartazgo, de la cruda que traía castigo por existir. Sintió los tenis golpearle las costillas, una, dos patadas, 41
luego de terminar en la casa de algún fulano que había conocido la noche y el llanto de una niña interrumpió a lo lejos. ¡Mamá!, gritó la niña y el
anterior mientras se lamía el corazón, a pesar de sentir el peso de su exis- Negro se detuvo de inmediato, identificando de quién venían los alaridos.
tencia en uno de esos domingos donde pareciera que la madrugada nunca Era una niña pequeña, con un vestido rosa y el mismo color cobrizo en la
refresca. O quizá fue todo eso, fue la desesperación y la presión de la exis- piel, que luego de llorar se metió corriendo a su casa. El Negro paró y se
tencia lo que le hizo responder con la voz quebrada: “A trabajar, culeros, fue corriendo atrás de ella mientras decía: “no, mi amor, espérate, ven”. El
no como ustedes”, dijo, apretó las manos que se incrustaron en las bolsas payaso se puso en pie, tomó sus cosas, mientras veía al Puercoespín y al
de plástico y aceleró el paso, mientras del callejón no salía sonido alguno, Bigotes morirse de la risa. Pensó que había terminado, pero el Negro salió
era como si los hubiera fulminado con su respuesta, como si sus palabras de la casa de nuevo, sosteniendo a la niña que lloraba desconsolada, tallán-
fueran armas que en una ráfaga los dejó inmóviles. Hasta que se escuchó el dose el ojo y sorbiéndose los mocos. El Negro, con un tono de voz comple-
envase de una cerveza caer y rodar por el concreto y a los pocos segundos tamente distinto, un tono dulce y gentil dijo: “no llores, mi amor, estamos
resonó lo inevitable: “¿qué dijiste, pinche puto?”. jugando, mira, el payaso, es mi amigo. ¿A poco no, wey?”. Se quedó callado
Las sombras que solo habían sido unas voces hasta ese momento cobra- unos segundos hasta que el Negro repitió de nuevo, ahora con la voz de
ron forma, como si los rayos del sol dibujaran sus cuerpos. El primero en siempre: “¿a poco no, wey?”. “Sí, sí somos, mi amor”, respondió, y comenzó
aparecer fue un tipo fuerte, moreno cobrizo, con una playera blanca que a usar su voz de payaso, esa voz aguda, aguardientosa que parecía encantar
solo le cubría el pecho y dejaba la panza al descubierto. “A, ver pinche pa- a los niños, esa voz de caricatura que le evitaba decir “mana”. “Y mira, tu
yasito, venga pacá, mamón”. Detrás de él aparecieron dos sujetos, uno idén- tío tiene un regalo para ti”, y de la bolsa sacó un juego de té de plástico rosa,
tico a él, pero con el cabello puntiagudo como puercoespín, el otro era un empacado en hule cristal grueso y corriente. La niña dejó de llorar, tomó
tipo flaco, con los ojos rojos y con un bigote tupido y grasiento. El payaso el regalo y miró a su tío como exigiendo que la bajara. “¿Cómo se dice mi
amor?”, preguntó el Negro con sus primitivas dotes de cortesía. “Gracias”, mamá a papá o a la abuela, que le ponga la corona, que le cante su versión
musitó la niña y se fue corriendo de vuelta a su casa, el Negro esperó a que de las mañanitas con chistes. Que trabaje el payaso, que gane dinero, él ya
cruzara la puerta y dijo: “Chale, pinche payasito, perdón wey, nos altera- estaba harto.
mos cabrón, ¿a poco no, carnal?, no te saques de pedo, wey, nos caes chido. Pero meses después, se preparaba para la fiesta del Negro; sabía que no
Ya no mames, quita esa cara, ni pareces payaso, mamón. Ya en buen pedo, podía dejar en automático al payaso, había tanto en juego que llevaba más
nos respetas, te respetamos, wey, al chile, ¿va?”. El payaso sonrió y comen- de una semana preparándolo. No había salido el fin de semana para estar
zó a recomponerse, “está chido, Negro, perdón si te ofendí”. “Ándele así fresco, sin una gota de alcohol, solo café y uno que otro cigarro. Odiaba
mero, cabrón, no hay pedo ya sabes pinche payasito, si necesitas paro acá fumar, pero lo mantenía concentrado, mientras recordaba otras rutinas,
andamos mi carnal, ¿va?”. Le dio la mano y agregó: “¿no quieres una chela, otros juegos. Tachaba chistes que no podía hacer sin que se expusiera a
wey?, ah que vas a chambear, ¿vea? No hay pedo el Púas se la chinga por ti. recibir una patada en el culo. Oiga señora, no la niña no se parece a usted,
Cámara mi chingón, váyase con cuidado, wey, y ahí luego te voy a ver a tu ¿de dónde se la robaron? Descartado. A ver princesa, dime a cuál de tus
casa, ya a va ser el cumple de mi sobrina, para que me eches la mano, ¿no? tíos quieres más, ¿al Negro?, ¿en serio?, pero si está re feo, bueno, ¿al Púas?,
¿De a compas?”. “Sí negro, no hay bronca”. Se dieron la mano otra vez, se no, ese está peor”. Tache, descartado. Que les parece si hacemos una com-
despidieron y tomó sus cosas mientras sentía aún el dolor en las costillas y petencia de comer donas colgadas de hilo, ándenle atásquense con la dona.
las nalgas. Apenas caminó unos metros y escuchó a lo lejos: “cámaras, pin- No, mala idea, podrían terminar a golpes si el Negro no ganaba.
che payasito, me cuidas esas nalgotas, wey”. Y las risas estallaron de nuevo. Decidió evitar los chistes familiares, fue por la rutina confiable de los
Para él, ser payaso era un trabajo, no una vocación; era un negocio, no te- juegos solo para niños, mucha música para que la familia y los invitados
nía pretensiones artísticas de ningún tipo, payaso simplón, trabajo heredado. aplaudieran al ver a sus chamacos bailar como versiones diminutas de ellos
Así como a muchos les heredaron el ser carpinteros, mecánicos, zapateros mismos, niños moviendo las manos, haciendo sentadillas al ritmo de: bien,
42 o polleros, a él le había tocado ser payaso. Había probado previamente en bien, buena tú te ves bien buena, pareces una botella de coca cola. Corrigió, 43
otros trabajos, en fábricas, como vendedor ambulante, albañil y siempre reescribió y finalmente quedó satisfecho, tenía una rutina libre de chistes
concluía que el trabajo físico no era lo suyo. Despreciaba los horarios y las familiares, con bromas bobas e inofensivas, nada que pudiera perturbar la
figuras de autoridad, el jefe molesto que lo amenazaba con descuentos por fiesta. Se sorprendía de su profesionalismo emergente a través del miedo
llegar tarde, el maestro albañil que le exigía trabajar hasta que le diera fie- y por un momento pensó que podía hacer más, aún era joven, treinta y
bre por el esfuerzo, porque así se iba a hacer hombre. Así se te quita lo puto, un años, con casa propia luego de que el sismo se llevara su vecindad, sin
le decían, y por un momento lo creía, cargar botes de grava, doblar vari- hijos, sin familia propia, más que esa que no lo quería ver nunca. Solo
lla, armar castillos quizá lo alejarían de su necesidad de desear, de amar. necesitaba un empujón, como la disciplina que había demostrado ese fin
Pero ni los callos en las manos lo hicieron desear menos y ni los botes con de semana, solo necesitaba apoyo, algo que lo sacara de su letargo y qui-
cemento lo alejaron de buscar el amor y el deseo en los ojos negros de al- zá esa era la oportunidad. “Ay, jefecita, ayúdeme”, pensó mientras veía la
gún desconocido. Era payaso por comodidad, trabajaba cuando quería, a foto de su madre, la foto que se la recordaba como quería soñarla, joven y
la hora que quería, solo unas horas de la misma rutina que no había actua- entera, dos años antes del cáncer que le borró la sonrisa, que la alejó de la
lizado en años, repetía los chistes en cada fiesta, hacía los mismos juegos payaseada, que la fue haciendo chiquita, chiquita, tan pequeña que un día
y el casete con éxitos infantiles no había dado vuelta en años. Actuaba en desapareció en medio de las sábanas.
automático, todo estaba memorizado, la voz aguda e impostada era el co- La fiesta del Negro, porque parecía más su fiesta que la de su sobrina,
mando que activaba la rutina, y mientras su cuerpo lo ejecutaba y los niños reunió a todo el barrio cercano a él, ahí estaba el Bigotes abriendo la coca
con gorritos de cartón gritaban exaltados, él se perdía en su mente. Que el cola de vidrio y sirviéndola sobre el ron; los ratitas comían pollo con mole
payaso actuara, que hiciera las estupideces de siempre, que le pregunte al sobre platos de unicel y estaban en sus cuatro sentidos, bañados y con la
niño de la fiesta cómo se llama, cuántos años cumple, a quien quiere más, a mejor ropa que hallaron, luego de que el Negro los amenazara que si los
veía inhalando algo los corría a patadas. Ahí estaban las señoras, los seño-
res, el que vendía vitaminas, el tianguista, el del mercado, un grupo selecto
de gente del barrio que había sido invitado, y no, no podían rehusarse.
Aplaudían embelesados a los niños que daban vueltas alrededor de las si-
llas, mientras en el fondo sonaba: bien buena tú te ves bien… y la música
paró, corrieron a ganar la silla, un niño con el más brutal sentido compe-
titivo le quitó la silla a la festejada, quien cayó sobre el piso y estalló en un
berrido. No supo qué hacer, su plan no contemplaba a un chamaco ganda-
lla. El Negro llegó corriendo, y levantó a la niña mientras la consolaba “ya,
mi amor, ya, vente vamos por juguetes. ¡Ya quita este pinche juego, payaso,
no mames!”. Se apresuró a terminar el show, afortunadamente llevaba ju-
guetes suficientes: plástico barato de un solo color, moldeado en luchado-
res, en animales, en soldados, en tazas y espadas. Para todos alcanzó, luego
de que decretara que todos ganaban, hasta para los ratitas que al abrir su
regalo comenzaron a molestarse entre ellos, se picaban el culo con un bate
de plástico y se arrojaban las pelotas a la cara.
Recogió sus cosas, envolvió el cable de la grabadora, estaba listo para irse,
su casa estaba a solo unos metros, pero el Negro le cortó el paso. “Chingón,
pinche payasito, te rifas, wey, ten cabrón para que te alivianes”, y le dio
44 varios billetes, mucho más de lo que regularmente cobraba. “No, Negro, 45
cómo crees, es de compas”, respondió con el dinero en la mano. “¿Qué mi
dinero no vale o qué wey? No seas mamón y vente a comer. ¡Karen, sírvele
al payasito que no ha comido!”, gritó a su hermana que discutía algo con
el Púas, quien para las tres de la tarde ya se hallaba completamente ebrio.
Se cambió en el baño del Negro, se quitó el maquillaje, se puso una pla-
yera que afortunadamente había llevado y luego de contar el dinero, son-
rió frente al espejo: todo le había salido perfecto. Gracias, jefecita, pensó,
mientras le rugía el estómago, el aroma a arroz rojo le había desatado el
hambre.
La tarde pasó sin sorpresa, el sol se ocultaba en medio de las hileras de
casitas donde aún nadie decidía hacer un segundo o tercer piso como años
después. Había comido felizmente y las cervezas le aflojaron el cuerpo y
la lengua. Reía con Karen quien parecía la única persona normal en esa
familia, al compararla con el abuelo que estaba en un rincón y escupía de
vez en cuando, con la abuela que postrada en una silla de ruedas bebía su
cerveza en un vaso, con los otros hijos de Karen, un par de niños que pa-
recían gemelos, no rebasaban los seis años y eran unas réplicas miniaturas
del Negro y el Púas, se pelaban por un muñeco, mientras sus tíos gritaban
y reían: “¡Dale en su madre, Irving!”, “¡no te dejes, Edwin!”, y los chamacos protejo, cabrón, no hay pedo somos como tu familia, pero pórtese chido”.
se revolcaban en el piso pegándose a puño cerrado, llenándose de tierra El payasito retiró la mano lentamente, mientras sentía las ganas urgentes
las ropas, hasta que Karen, suspiró y le dijo al payaso: “Espérame tantito, de orinar. “Gracias, Negro”, respondió”. “Pues ya vámonos a la verga, ma-
mana”, se quitó el zapato, zumbaron los golpes y luego de varios jalones de ñana hay que chambiar”, dijo el Negro mientras se estiraba y el payaso se
greñas los aventó de vuelta a la casa. “¡Ya me hartaron, hijos de la chingada, ponía en pie. Tomó sus cosas, se llevó algo de pastel en dos platos de unicel
ya les dije, Negro, que no los hagan pelear, chingada madre!”. Se metió a la y se despidió de todos. Avanzó unos pasos y de nuevo escuchó a lo lejos:
casa donde siguieron los gritos, los golpes, varios llantos, mientras el ne- “Cámaras, pinche payasito, me cuidas esas nalgotas, wey”. Y las risas esta-
gro volteó a ver a la niña, quien dormía con la boca llena de pastel y mole, llaron y el escalofrío le recorrió de nuevo la espalda.
cuidadoso de que no la despertaran los alaridos de su hermana. Le tomó a Meses después, cuando alguien comenzó la primera construcción de un
la cerveza y miró alrededor, solo quedaban en pie él, el payaso y los ratitas segundo piso de su casa, cuando alguien decidió invadir áreas verdes para
que estaban a metros de distancia inhalando solvente. El Púas se había hacer otra casa de lámina al lado, se sentía la ausencia del payasito. Nadie
quedado dormido en el sillón, y los demás vecinos habían regresado a sus lo había visto, nadie sabía de él. Hay personas que faltan y nadie se da
casas, era domingo y debían preparar todo para el siguiente día. El Negro, cuenta, pero cuando falta un payaso es notorio. ¿Dónde estaban sus manos
abrió otra cerveza, la sirvió en un vaso y se la puso al payaso en frente. cargando las bolsas?, ¿dónde estaban sus chinos verdes y falsos?, ¿dónde
“Chíngale, pinche payasito”, ordenó. “No, Negro, ya me siento suave, wey”. quedarían sus chinos reales, negros y brillosos? En el barrio había miles
“Ah, qué puto. ¿Me vas a dejar morir solo, culero?”. Le bebió un sorbo y sin- que podían desaparecer y nadie se daría cuenta, pero la ausencia multico-
tió ese ligero mareo. No te pongas pedo, pendejo, pensaba mientras el Ne- lor se sentía en las calles. Nadie sabía de él, lo último que se contaba es que
gro lo veía muy despacio de pies a cabeza, con el maquillaje aún embarrado lo habían escuchado llorando por las noches, como si por las ventanas se le
detrás de las orejas. Su mirada era perforadora, sus ojos lo incomodaban, colaran espectros o demonios, como si cada noche, antes de que desapare-
46 eran tan negros que no se distinguía la pupila, o quizá solo estaba tan di- ciera tuviera pesadillas tan vívidas que lo hacían gritar: “ya no, por favor”, 47
latada que lo hacía parecer un felino. Fue eso lo que le comenzó a bajar la que lo hacían cerrar la puerta en la madrugada. Nadie lo sabía con certeza
borrachera, esa mirada la había visto en las discos que frecuentaba, solo porque casi todas las casitas que lo rodeaban esperaban aún ser habitadas,
que no eran tipos cobrizos los que lo veían así, sino hombres, oficinistas y sus gritos se ahogaban en los muros gruesos. Nadie supo nada, o nadie
que escapaban de sus vidas los fines de semana. “Ya ves, pinche payasito, si quería saber nada, hasta que dejaron de preguntar por él y su nombre se
somos a toda madre, wey y tú todo miedoso. ¿Oye, cabrón, y a poco vives perdió y todo recuerdo quedaba cuando dos señoras se preguntaban: “oye,
solo?, ¿y tu familia?, nunca veo a nadie, ¿a poco te dieron casa a ti, aunque ¿y qué habrá sido del payasito?”.
seas puto?” Le dieron ganas de contestarle, de explicarle que la casa se la La casa duró abandonada varios meses más, hasta que los ratitas le ro-
habían dado por ser damnificado de la vecindad donde creció, ese edificio baron todo lo que pudieron, menos un sillón color vino que parecía una
viejo que los inquilinos se apropiaron porque el dueño era un señor que reliquia, donde se sentaron a fumar primero, a inhalar después y final-
se creía inmortal y nunca hizo un testamento, solo se bebía las rentas en mente a inyectarse. Se robaron la taza del baño, las tuberías y las protec-
los puteros del Centro. Pero al morir el casero, papá gobierno les arrebató ciones multicolor. Rayaron las paredes y se reunían a reírse de las sombras
el terreno después del sismo y los mandó a vivir en medio de la nada. No y los recuerdos. Intentaron robarse la puerta, pero no pudieron, así que
le quiso decir, que ese señor, ese ebrio que recordaba nebulosamente, era solo se robaron la chapa. Desvalijaron el lugar una vez que el Negro había
tan parecido a él, con el mismo cabello chino, y lamentaba nunca hacerle caído preso, porque antes de eso, el Negro parecía cuidarlo en silencio,
la pregunta que su madre siempre esquivó. “Sí, mi familia la mandaron como si buscara con nostalgia al payaso, como si esperara que apareciera
a otro lado, mi mamá se murió”. Respondió secamente y el negro sonrió. por la avenida contoneándose. Pero solo fue un tiempo. El reclusorio los
“No, pues está cabrón, puto, payaso y solo”. Se carcajeó un rato, y cuando esperaba con sus uniformes beige y sus tenis blancos, luego de que salie-
terminó le agarró la muñeca y lo acarició ligeramente con el pulgar. “Yo te ran a chambiar como ellos le llamaban y los hallaran con los restos de un
taxista encajuelados en su propio taxi. El Bigotes nunca saldría y el Negro
moriría por una lluvia de navajas en las regaderas, donde se dio cuenta de
que solo era el rey de la nada. El Púas por fin supo lo que todos ya sabían,
cuando los ratitas lo golpearon hasta casi dejarlo ciego: que nunca había
sido nada, más que una sombra de su hermano que yacía enterrado en al-
gún lado, como lo estaba el payasito en el patio de su propia casa, donde lo
hallaron después en alguna excavación para conectar el drenaje profundo
que comenzaba volverse el intestino del barrio.
Muchos decían que no eran sus restos, que eran los de alguien más, nun-
ca se corroboró. La portada del periódico donde anunciaban el crimen pa-
recía haber aderezado mentiras para que los voceadores vendieran a toda
señora chismosa en el barrio. Les daba más tranquilidad imaginarlo lejos,
quizá había hallado la fama o el amor, quizá por fin había renunciado a
la payasada y recomenzó su vida como licenciado, el licenciado payasito.
Quizá recorría el país en el vochito que siempre quiso, con los chinos ver-
des impulsados por el aire, soltando carcajadas que se pintaban en el cielo
con humo de colores. Nadie lo supo.
La casa cayó en el olvido, luego de ver pasar docenas de adictos, de varias
invasiones, de una supuesta familia del payasito que nunca pudo compro-
48 bar que lo era. Finalmente alguien se apropió de ella, y luego de habitarla 49
unos años, de defenderla a punta de pistola y comprobar que era el dueño
legítimo en ausencia de quien dijera lo contrario, la vendió a una familia
que desconoció durante mucho tiempo que en esa casa habitaba un pa-
yasito, del que nadie recuerda su nombre, porque decidieron por acuerdo
nunca recordarlo. A diferencia de los nombres de los payasos, de los ele-
fantes que cruzaban el periférico y se comían las plantas del barrio, de los
escapistas vestidos de Spiderman, de los gauchos argentinos que llegaban
a enamorar y muchos más que arribaron con los circos momentáneos que
todos recordarían después. Circos que hacían sonar la avioneta, que re-
partían volantes, y encantaban a la gente con su aroma a palomitas que les
llamaba desde el camellón. Y a muchos aún les gustaba pensar que en uno
de esos circos vendría el payasito con ellos. <
Capítulo IV
E
ran pocos los que afirmaban haber visto
50 51
un elefante tan cerca. Los conocían por
la televisión, donde no tenían color más
que el gris que los dibujaba como si fueran de
estática. Sabían de ellos por las películas donde
no lucían tan grandes, ni intimidantes, soste-
niendo en sus lomos mujeres hermosas o desfi-
lando por alguna calle de Estados Unidos, que
no se parecía en nada a la incipiente avenida
que comenzaba a construirse sobre el extinto
campo de futbol, lleno de sillones olvidados y
llantas quemadas.
Tan solo meses atrás se había puesto el primer semáforo para los pocos
autos que comenzaban a circular, inaugurando el asfalto, recorriendo el
camino que comunicaba al cúmulo de casitas con la ciudad.
Los primeros en sacarle provecho al reluciente semáforo, con los plásti-
cos protectores de polvo aún colocados, no fueron los autos, no fue la gen-
te, fueron tres elefantes que cruzaban la avenida agarrados de la cola. Espe-
raban el cambio a rojo y una indicación con el gancho en una pata los hacía
avanzar, levantando huellas de polvo gigantes a su alrededor. Cruzaban la
avenida como un auto más, mientras los primeros conductores los veían
atónitos. Apresurados abrían las ventanillas y sacaban la cabeza, como si
fueran parte de una caricatura. Quizá creían alucinar o que la cruda les
pasaba factura al mezclarse con la polvareda, el sol de la tarde y el aroma a
gasolina. Pero al ver las patas grises como concreto, las trompas largas que
asemejaban serpientes gigantes, los ojos humanoides que atestiguaban a
los niños embobados, al ver a la bestia tan cerca que podrían tocarla, de-
cidían mejor estacionarse, apagar el auto y correr hacia los elefantes, ¿cuál
era la probabilidad de que al barrio llegarán de nuevo no uno, sino tres ele-
fantes?, ¿qué otra oportunidad tendrían de tocar a esos animales que solo
habían visto impresos en las sábanas de los niños? Nadie desperdiciaría la
52 oportunidad de verlos. 53
Un niño entró corriendo a los pasillos del barrio y gritó: “hay elefantes,
hay elefantes”, y a los pocos minutos salieron de vuelta mujeres en chanclas,
borrachos de la tarde, niños con la sopa en la boca. Salieron ancianos, al-
bañiles con el cuerpo lleno de cemento, hasta un par de policías que nadie
había visto por ahí se detuvieron a contemplarlos. Estacionaron la patrulla,
abrieron un par de refrescos y se recargaron en la puerta del auto. Una
señora se acercó a ellos, para pedirles el número de la central. Reclamaba
que en el barrio los robos iban en aumento, que los tanques de gas desa-
parecían, alguien se robaba la ropa de los tendederos y tenía un modus
operandi, solo robaba calzones de mujer. “No, oficial, ya son varias vecinas
Zoveck Estudio. Ilustración / Los circos momentáneos.
Es un circo itinerante de diseño gráfico mexicano de dos pistas, donde que se quejan, a mí ya me dejó sin calzones ese hijo de su pinche madre,
Sonia Romero y Julio Carrasco le hacen de todo, malabarean diseño edito- pero donde lo agarremos no se la va a acabar”, dijo una mujer joven, pero
rial, diseño de paginas web, imagen corporativa, proyectos multimedia e aseñorada por las chanclas. El policía no la miraba, fingía ponerle atención.
ilustración. “Sí, señora, ahorita se lo paso, pero déjeme ver a los elefantes. ¿Ya viste
“El barrio para nosotros es nuestro origen y brújula.” pareja ya se están cagando”. “No mames, pinches cacotas”, respondió el otro
Insta: @zoveck • Face: /ZoveckEstudio • Web: [Link]
mientras la mujer, con el rostro hinchado de coraje solo dijo enojada: “esa
caca va a echar a perder las plantas”.
Y la caca echó a perder las plantas. Enormes pedazos de mierda sepultaron
las flores. Los elefantes masticaban toda la hierba que había alrededor, la su poca fuerza de los lazos que estiraban la enorme carpa a la que el sol le
devoraban a tirones, y sorbían agua con la trompa, la arrojaban a chorros había arrebatado los colores: las estrellas ya no brillaban, reemplazadas por
hacia sus dientes para aguadar la pasta verde en la que se había converti- un color café mugriento, con manchas negras de aceite. Tiraron con fuerza
do la maleza del barrio. Apenas llevaban ahí menos de treinta minutos y mientras el dueño del circo dictaba las instrucciones. Era un hombre gor-
ya se había juntado tanta gente que el guardia de los elefantes comenzó a do, con patillas gigantes y ralas, con acento extranjero, quien a grito de me-
impacientarse. Niños molestos los acechaban como moscas, los ratitas le gáfono repetía: “Tiren, tiren, un poco más”, y los quejidos de los hombres
querían picar el culo a uno de ellos, los policías se habían retirado y solo resonaban en el viento. “Tiren, tiren”, y los payasos sin maquillaje jalaban
quedaba una docena de mirones. “No se acerquen que les pueden pegar, con fuerza. “Tiren, tiren”, y los gauchos argentinos tiraban, uno rubio, uno
niños”, decía el domador mientras veía los tambos oxidados vaciarse. “Ya moreno, versiones de baja calidad de los magos de las Vegas. “Tiren, tiren”
nomás se acaba este tambo y ya me las llevo, debemos terminar de poner y la elefanta jalaba la carpa con su arnés amarrado al lomo, recibiendo pi-
la carpa”. “Ya viste, mi amor, son elefantas”, dijo una señora, “¿sí son elefan- quete tras piquete, hasta que un barrito emergió de ella, como una explo-
tas, verdad, señor?”. “Sí, sí son”, respondió hastiado. “Muchas gracias por sión de fuerza que levantó la carpa hasta la punta, frente a la sorpresa y el
el agua, amiga”, dijo el domador a la mujer que había tenido la bondad de temor de los hombres y niños del barrio que comenzaban a sospechar que
llenar los tambos a cambio de, por un momento, gozar de tener elefantes no solo le dolía, sino que en sus ojos se veía una tristeza profunda, como la
en su traspatio.“Mañana los esperamos en la primera función. ¿No tienen del perro regañado, o de quien se sabe perdido y recuerda con nostalgia lo
problema con que los siga trayendo a tomar agua? Muchas gracias, al rato que nunca vivió.
me buscas allá y les doy boletos gratis por el favor”. Elevó el pico que soste- Llegó la noche y con ella el aroma a palomitas cruzó la avenida, el algo-
nía siempre en la mano derecha, un pico con un gancho filoso que clavaba dón de azúcar se esparcía como nubes y entraba por las ventanillas de algu-
en las patas y en las costillas de las elefantas para que empezaran a andar. nos conductores afortunados. Una musiquita genérica de circo brotaba de
54 Las gigantas tomaron formación, sujetándose las colas de nuevo. “¿Oiga, dos bocinas de aluminio, mientras una grabación repetía: “pasen, vengan 55
y no les duele?”, preguntó la mujer al ver que incrustaba el gancho afilado al estreno, quedan pocas entradas”.
en las patas. “No, cómo cree, solo es para que entiendan”. Regresaron por La gente del barrio se alistó como si el circo fuera un evento de alta socie-
la avenida, esperaron el semáforo y cruzaron mientras el domador hacía dad, con alfombra roja y paparazzi. La señora a la que le habían robado los
ruidos y a cada grito, clavaba el gancho afilado en la piel gruesa. “Si sí les calzones recuperó su juventud al arreglarse específicamente para la fun-
duele”, se escuchó a lo lejos. ción. Llevaba de la mano a su único hijo, un niño dientón que lloraba cada
Poner la carpa parecía un trabajo pesado, donde participaban todos los que un payaso se le acercaba. Los ratitas se habían bañado y lucían irreco-
integrantes del circo: unas treinta personas entre acróbatas que también nocibles, con el cabello limpio, con playeras sin manchas de pegamento
servían como gauchos argentinos; un mago que cuando no estaba partien- amarillo. Llegó el Negro, con el Bigotes, ya con varias cervezas encima y
do a su asistente a la mitad, partía rebanadas de pizza para vender en las una risa molesta que era mitigada por la musiquita interminable. Se susu-
butacas; cinco payasos con sus perros amaestrados que vigilaban el puesto rraban cosas en el oído cuando veían a algún payaso, se carcajeaban como
de las palomitas luego de brincar por los aros de fuego; un faquir que se si ellos fueran los verdaderos payasos, se veían felices, el Negro empujaba la
metía clavos en la nariz y se doblaba como si estuviera hecho de goma y silla de ruedas donde la abuela trataba de entender qué pasaba. Eran segui-
luego vendía juguetes de goma que se pegaban en las paredes. “Lleve al dos por el Púas, varios niños con la cabeza rapada y la niña con el vestido
faquir, faquir de juguete”, gritaba con un clavo aún en la nariz. rosa y los zapatitos blancos a la que el Negro levantó y dijo: “mira, mi amor,
La gente del circo había pedido ayuda a los hombres del barrio; entre ni- el payaso”, “¿te acuerdas de nuestro amigo el payasito?”. El Púas solo miró el
ños y señores ayudaban a jalar la carpa junto con la mayor de las elefantas. piso y se alejó a comprar palomitas.
El domador la picaba con el gancho en las costillas y en el lomo, haciéndola Atrás de ellos venían docenas de personas más, mujeres bañadas y per-
avanzar. Ella soportaba el mayor peso, mientras algunos niños tiraban con fumadas con crema, hombres arrastrados a regañadientes, niños inquietos
que señalaban todo lo que veían, los policías que nadie había visto vestidos entre ellos. Perseguían a una payasa con el culo y las tetas gigantes hechos
de civil y con sus respectivas huestes. Parecía como si aquella noche todo de globos, la acosaban por toda la pista solo para descubrir que era un pa-
el barrio hubiera decidido hacer una pausa a la vida diaria para perderse yaso más al que le sorrajaron una tabla de goma en la cabeza. En la parte
en las tablas de madera que eran las butacas, para olvidarse del día mien- superior una adolescente bajó sobre un aro que destellaba, mientras el due-
tras el dueño del circo anunciaba la segunda llamada y veía con gusto el ño del circo los presentaba uno por uno y al terminar, solo agregó: “prepá-
lugar abarrotado, más de doscientas gentes comprando palomitas, refres- rense para ser sorprendidos”. Desapareció entre el humo falso y regresó a
cos, chocolates y uno que otro juguete inútil, comiendo pizza, banderillas vigilar la entrada a lado de los perros amaestrados.
y papas fritas, y algunos en el peor disimulo sacando de las mochilas sánd- El espectáculo continuó con los gauchos, quienes llamaron a alguien del
wiches y tortas preparadas previamente en sus casas, papas en bolsa y jugos público, a la hermosa señora que había denunciado el robo de sus calzones.
de plástico que repartían a los niños que salivaban por el aroma hipnótico Le colocaron un cigarro en la boca y mientras agitaban las boleadoras y
a aceite que salía de la palomera. repetían lo peligroso que era moverse, el niño dientón estalló en llanto al
Todos se saludaban. “Buenas noches”. “Buenas noches”, respondían. Era ver en riesgo de muerte fingida a su madre. Apresuraron el acto: el cigarro
evidente que algunos nunca habían intercambiado palabras más allá de salió despedido por el aire y mientras la gente aplaudía, le susurraron algo
esas dos. Muchos descubrieron a nuevos vecinos que llevaban años ahí al oído a la señora que regresó sonrojada a consolar al niño. En el segundo
pero nadie los conocía, ni podían describirlos, se rumoraba que existían, acto regresarían como trapecistas, quitándose las botas y entallándose en
que en esas casas habitaba algún padre de familia anónimo, que salía a tra- un traje lleno de estrellas. Las elefantas salieron de nuevo, con sus plumeros
bajar de madrugada y regresaba de noche sin ser visto nunca, porque los en las cabezas, con mantas cubriéndoles las heridas en el lomo. Dieron vuel-
fines de semana desparecía en medio de la polvareda completamente solo, tas sobre una base, se pusieron en dos patas una sobre la otra, levantaron
únicamente llevando una maleta. las patas hacia el aire, jugaron futbol con un payaso, defecaron en la pista,
56 La gente parecía más entretenida identificando a sus vecinos. Buscaban se pararon sobre un peldaño mientras les arrojaban aros en las trompas, y 57
quién había ido, y quién no, quiénes venían en pareja, qué mujer estaba se despidieron arrodillándose frente a una multitud que aplaudía fanática-
sola, qué niños se colaban por debajo de la carpa auspiciados por el doma- mente. Las elefantas se inclinaban como si supieran que la humillación era
dor que cumplía su palabra de dejarlos entrar. Nunca dijo que fuera por su trabajo, que cumplir la voluntad de niños dientones fuera su destino, las
la entrada. Todos estaban más divertidos juzgando a los demás, poco les picaban de nuevo para doblegarlas frente a la multitud, mientras algunos
importaba el acto previo de un niño malabarista al que se le caían los bolos señores cabeceaban tratando de dormir con los brazos cruzados.
cada tres segundos. Hubo un intermedio donde los hombres salieron a orinar en el pasto, las
Acabó el acto y de inmediato las luces se apagaron, los ratitas gritaron mujeres hicieron cuentas y no les tomaba más de diez minutos ir al baño de
“uyyy”, “ay, wey”, “ay, mamá”, y estallaron en risas frente a los reclamos de su casa y regresar, pero varias de ellas, al ver la hora, decidieron no volver
la gente que siseaban enojados con las luces apagadas. Entonces apareció al circo.
en el centro, a una sola luz, el dueño del circo, vestido como lo que la tele- Para la segunda mitad los adultos bostezaban, los únicos entretenidos
visión les había enseñado que era un presentador de circo, con botas largas eran los niños. Más acrobacias, más gauchos argentinos, volvió a salir una
hasta las rodillas, un saco rojo que evitaba que la panza saliera expulsada, elefanta con falda, condicionada para actuar como si un payaso fuera su
las dos patillas se escurrían debajo de un sombrero de copa, sostenía un novio. Los perros entrenados volvieron a cruzar los aros y a bailar el baile
látigo en la mano y luego de ver con gusto el lugar repleto, gritó: “Bienveni- del perrito, mientras las mamás aplaudían cansadas, chocando las manos
dos al espectáculo más grande sobre la Tierra, el circo Estrellas del Oriente de sus hijos. La adolescente en el aro bajó, subió, dio giros y desapareció en
les agradece su preferencia, prepárense a ser sorprendidos” y de las som- dirección del humo rosa de los algodones de azúcar. Al final salió el dueño,
bras salieron las elefantas, dando vueltas en la pista, los gauchos argentinos agradeció a todos los artistas quienes desfilaron una vez más por la pista
agitaban sus boleadoras en llamas, los payasos aparecieron correteándose de paja y aserrín y se despidió agregando: “Cuéntenles a sus amigos, tres
funciones diarias de martes a domingo, los esperamos”. El circo duró un par de semanas más hasta que gracias al líder del mer-
Al día siguiente todos los niños jugaban al circo, amarraban piedras con cado, un viejo político que trataba de ganar el favor de la gente en cualquier
mecates y las hacían repicar en el piso mientras gritaban: “los gauchos ar- situación, les ofreció llevarles el agua, y así evitar que las elefantas causaran
gentinos”. Se robaban los cigarros de sus papás para replicar el acto teme- molestias a la comunidad, lo hizo esperando el reconocimiento público,
rario y uno que otro niño terminó llorando luego de que un piedrazo en la pero a nadie le importó.
nariz le hiciera brotar un chorro de sangre. Otros más trataban de entrenar La rutina vuelve invisibles a las cosas, a las personas y los animales no
a sus perros. El baile del perrito, el baile del perrito, sonaba en la casetera eran la excepción. Sin importar que fueran gigantes, o que nunca los verían
mientras ponían en dos patas al perro de la familia que rechazaba ser un tan cerca de nuevo, se volvieron invisibles a los ojos de la gente. Quienes
perro de circo y los mordía para dejarlo claro. llegaban al circo ya no era del barrio, era personas de otros lados, de colo-
Gracias a los niños, todo el barrio era un circo. En cada esquina había in- nias nuevas que brotaban alrededor, de la nueva nada que viajaba una hora
tentos de payasos, de trapecistas, hasta una niña replicaba a la adolescente para sorprenderse por lo que al barrio le molestaba. Hasta que un día, al
en el aro con una llanta abandonada. Buscaban ver de nuevo el show, se co- despertar, sin ruido, sin avisar, las elefantas, los payasos, los gauchos argen-
laban por debajo de la carpa, si eran sorprendidos los gauchos los sacaban tinos, el circo completo había desaparecido, para nunca volver.
de la oreja mientras les decían: “pinches chamacos mugrientos”. Por la mañana miraron el camellón gigante donde habitaron y no queda-
Las elefantas se volvieron una rutina en el barrio, cruzaban a diario la ba nada más que caca, aserrín y paja, todo sobre una pista de circo, aban-
avenida para tomar agua, para buscar algo de pasto entre la tierra, para sol- donada en medio del camellón, una pista que nadie se percató cuándo
tar bolas de excremento que el domador seguía afirmando que era bueno construyeron.
para las plantas, pese a que varias señoras le habían hecho caso y sus flores Era una pista azul que dejaron intacta, con la rampa de entrada para las
terminaron secas como paja. elefantas y las de salida para los humanos. Estaba hecha completamente de
58 Su ir y venir a través de la avenida se volvió rutinario y como toda ruti- concreto y tan bien construida que los niños cruzaron la avenida y jugaron 59
na terminó por hartar. La gente les reclamaba que dejaran la caca regada en ella. Les regresó el gusto por imitar a los gauchos argentinos, le volvie-
por la avenida, el aroma hediondo les jodía la comida. Se enojaban al ver ron a volar la nariz a otro niño, llevaron perros, corrieron en medio de ella
a las elefantas arrancar las hojas de los arbustos. “Pinches elefantes, ya es- y experimentaron una nostalgia inexplicable. La gente pasó de quejarse:
tán jodiendo mis árboles”, murmuraban mientras las veían pelar las ramas. “pinche circo, dejaron su chingadera de pista ahí”, a añorar el circo, a recor-
Los automovilistas pasaron de la sorpresa al enojo cuando sentían que las darlo con afecto años después. “¿Te acuerdas cuando tuvimos elefantes?”,
gigantas rosaban sus carros. “Ten cuidado con esas madres, cabrón”, le gri- preguntaban, si alguien tenía duda le mostraban las ruinas de la pista que
taban al domador que solo le mentaba la madre y picaba de nuevo a las quedó como testimonio de que un día un circo estuvo ahí.
elefantas. Los niños perdieron el interés por el circo, habituados a ver a los Robaban la palabra para describirlo, para exagerar la grandeza de las
elefantes tomar agua, a los gauchos argentinos comiendo en la casa de la elefantas, para reclamar por el maltrato que sufrían, pero al que fueron
señora con el niño dientón. Se sabían de memoria el espectáculo, de tantas indiferentes. Inventaban historias como que uno de los gauchos volvía
veces que se habían metido de polizones. Se dieron cuenta que los chistes de vez en cuando a ver a la mujer guapa, o que su segundo hijo era güe-
de los payasos no eran tan graciosos, que el dueño del circo les gritaba por rito y narizón, idéntico a uno de ellos. Les gustaba recordarlo como algo
llegar ebrios y los amenazaba con no pagarles. Escucharon el barrito de las eterno: “No, ese circo estuvo ahí como dos años”, “te juro que no se iban,
elefantas tantas veces que se habituaron a él y olvidaron su dolor. Alguien ya hasta los elefantes me hacían caso”, cuando en realidad no habían sido
que no era de ahí e iba de visita preguntaba al escuchar los gritos: “¿Y eso más de dos meses los que cohabitaron con las bestias y los payasos.
qué fue?”. “Ah son los pinches elefantes escandalosos no les hagas caso”, La pista era como un regalo para otros circos que llegaron después, cir-
le respondían, como si en el barrio en lugar de perros callejeros hubiera cos momentáneos que parecían eternos para el barrio. Ya no traían elefan-
elefantes callejeros. tes, o traían uno solo, feo y viejo, jodido por años de recibir piquetes en la
piel. Ya no había gauchos argentinos, y si los había eran los mismos payasos
que no se molestaban en quitarse el maquillaje de la cara en su siguiente
acto. Los circos llegaban a la pista de concreto y pedían de nuevo ayuda
a la gente, pero nadie respondía. Solo uno que otro niño que en el ocio
absoluto decidía tirar de la carpa para ganarse una entrada gratis, donde
podía observar a unas jirafas mientras les arrojaban aros en la cabeza, a un
Spiderman que realizaba actos de escapismo en un costal, a payasos sim-
plones que repetían la rutina que habían visto previamente; magos gordos
con la barba sucia, cansados, sacando pañuelos, flores y palomas de varitas
mágicas; trapecistas que solo daban giros en el aire y caían insípidamente
sobre una red.
Llegaron más circos, igual de momentáneos, igual de irrelevantes, con
un par de motociclistas dando vueltas en una esfera de acero, o con la mu-
jer araña que había mutado en artrópodo por desobedecer a su mamá.
Llegaron más circos momentáneos y a la gente del barrio no le importaba
que trajeran el show en vivo de Barney, de los dinosaurios que se anuncia-
ban cantando soy el nene consentido, el show de los Simpsons en vivo, de
Batman, de los Tinny Toons. La avioneta surcaba el cielo reverberando el
mensaje de las funciones y los días y la gente solo decía: “puto circo ya que
60 se vaya”. 61
Pero la nostalgia es adictiva, se disfruta como droga, se bebe a borbo-
tones y tiempo después cuando el líder del mercado perdió la elección y
se descubrió su identidad secreta, en la que era un héroe y no un político
arribista y mujeriego; años después, cuando los ratitas tuvieron que huir
luego de que los encadenaran a la pared y los perros de los nuevos dueños
del barrio les masticaran las costillas por robarse los tanques de gas; varios
años después cuando la señora partió del barrio llevándose lejos a un ado-
lescente dientón y a un niño pequeño y rubio; muchos años, muchísimos
años después, cuando los niños habían crecido y ya no se golpeaban con
piedras sino las fumaban en latas de refresco; tantos años después, cuando
el ladrón de calzones fue descubierto y enfrentó la impartición de justicia
a través de los puños y las cachetadas y cuando finalmente de la pista solo
quedaban ruinas que se llenaron de maleza, fue hasta ese momento, que
la gente recordó con nostalgia a ese circo momentáneo que para ellos fue
eterno, y entendieron con nostalgia, con esa que es tan adictiva, que eran
de las pocas personas en esa ciudad, quizá en ese país que podían iniciar
una charla preguntando: “¿ya les conté la vez que tuvimos elefantes?”. <
Capítulo V
T
62
ú eras Lao Li, ¿o eres Lao Li? Tú volaste por 63
los cielos, desde la tercera cuerda, antes de
que llegaran esos luchadores maromeros,
simplones y patéticos que necesitan de colchas
en el cuadrilátero; esos chamacos que se sien-
ten estrellas porque salieron en la televisión
unos momentos; que se meten cuanto pueden
para embrutecerse los nervios, para sedar los
músculos, para no sentir el chingadazo en el
lomo luego de una mala caída. Tú eras Lao Li,
¿o sigues siendo Lao Li? Con tu traje blanco e
inmaculado, con la máscara envuelta en esa
cinta negra y larga.
Fuiste el primero en crear el concepto del luchador karateka, tu nombre lo
anunciaba. Todo lo que vino después fueron pobres imitaciones de la pri-
mera vez que te vieron, con los ojos blancos, destellando como bombillas,
ojos que no eran humanos, porque tú no lo eras. Tu mirada aterraba a los
nuevos, infundía respeto, veían a un demonio a punto de ser liberado, un
demonio técnico que se subía al cuadrilátero y miraba a todos con los ojos
abiertos en un blanco profundo. Atisbabas al público para que no olvida-
ran tu mirada, para que les quedara claro que no verían nada igual. Aun-
que los pupilentes te irritaban o se te movían por un idiota inexperto que
te pegaba de más, no dejabas de verlos, no podías dejar de verlos, querías
que recordaran al gran Lao Li, al demonio blanco, al karateka primigenio.
Hacías contacto visual con los hombres que gritaban a todo pulmón: “má-
talo, al culero”. Recorrías el rostro de las mujeres enardecidas: “defiéndete,
cabrón”, pero a nadie parecía importarle, solo a los niños, a quienes les
quedaron grabados tus ojos en la memoria.
Tú eras Lao Li y ahora vete ahí, temblando de miedo, con el corazón
golpeándote como piedra, con las ganas de orinarte de nuevo en tu pan-
talón caqui. El espejo quebrado que cuelga en el baño te delata, te exhibe
burlonamente, sabe quién eres ahora, con la panza hinchada, con el rostro
64 lleno de arrugas y las patillas repletas de canas. ¿Qué te pasó, Lao Li?, antes 65
no hubieras necesitado comprar un revolver para protegerte, o escabullirte
entre las sombras y los escombros como una rata. Atrás quedaron las épo-
cas donde salías con tu identidad real, ¿o era tu identidad secreta? Ya no
existen esos días donde caminabas de vuelta a tu casita luego de un día de
trabajo, sosteniendo el maletín de cuero, con el saco en el hombro mientras
contemplabas ese circo al que les llevaste agua para que dejaran de estar
chingando, para que la gente te reconociera como su líder, pero nadie dijo
nada, como si se hubiera solucionado mágicamente y las cacas hubieran
dejado de estar regadas por la avenida solo porque sí. Ni un gracias, ni un
pinche gracias te dieron, Lao Li. Fue ahí que descubriste que los elefantes
Mr. Kone. Ilustración / Lao Li.
Creció en una de las zonas más peligrosas y olvidadas de la CDMX, Cuaute- también se reían a tus espaldas, como los chamacos mugrosos que al verte
pec Barrio Alto. Ilustrador, Diseñador, Director de Arte y Artista Visual con pasar murmuraban: “ahí va el ingeniero, es Lao Li, en su oficina tiene la
22 años de trayectoria con la que ha ganado un reconocimiento a nivel máscara”, o las señoras que cuchicheaban: “el ingeniero se está cogiendo a
internacional por su estilo y trabajo, donde fusiona la esencia de la gráfica la Claudia”, o los hombres, a los que los pensamientos se les escurrían en
popular mexicana, la artesania, arte urbano, el manga y el pop art. esas miradas que te acechaban al verte caminar orgulloso hacia tu casa. “Sí
“El barrio no se olvida, lo llevas en la sangre, en el ADN... deja profun-
le rompo su madre al Lao Li”, sabes que pensaron, pero nadie se atrevió a
das cicatrices que te hacen valorar tu vida... duele todo el tiempo,
pero te hace vivir intensamente todos los días.” comprobarlo, porque en ese entonces te temían. Sí, eras el ingeniero, pero
Insta: @mrkone • Face: /MrKoneStudios • Web: [Link] por dentro sabían que no se iban a enfrentar al ingeniero, sino al demonio
blanco, que de una patada les podría reventar los dientes, que de varios chacales, de quien tomaban su nombre: el Chacal, ese mismo chamaco que
puños de dragón les haría pedazos las costillas, y eso sin usar los chacos, hace años te vio como Lao Li, ingeniero, ese chamaco que pasaba las tardes
ese par de chacos que colgaban arriba de tu escritorio, Lao Li, esos mismos con el Medusa y el Cachetes sobre las escaleras que no llevaban a ningún
que ahora miras con tristeza y desesperación, mientras guardas el revolver lado, ese escuincle al que entretuviste como Lao Li, creció y ahora te puso
en tu maletín y asomas la frente llena de miedo y sudor por la ventana. la pistola en los huevos, ingeniero, y ahora debes entregarles la renta cada
Ya se fueron, Lao Li, ¿o prefieres que te diga ingeniero y te hable de us- mes, y permitir que construyan lo que quieran, que vuelvan los jardines un
ted? Porque al parecer Lao Li está sepultado desde que envejeciste. Ya se estacionamiento por el que cobrarán para que no les pase nada a los autos
fueron, Lao Li, ya se fueron ingeniero, ya no debes temer, solo vinieron a del barrio, porque así le pasó a tu carro, ¿no, ingeniero? Le rompieron los
dejarte claro quiénes mandan, quiénes administrarán ahora lo que hace faros, le robaron las llantas, le quitaron los espejos, eso le pasó a tu auto,
años reclamaste como tu mercado. No te van a matar, ingeniero, cómo porque creías que aún respetarían a Lao Li. ¿Pero qué crees, ingeniero?, a
crees, solo es un cambio de administración. Además tú llevabas más de nadie le importa un carajo ya Lao Li.
dos décadas siendo el dueño de las rentas, sin mejorar nada: los mismos ¿En qué momento abandonaste la máscara y una más pesada cubrió tu
locales mal hechos, sin agua, con el piso lodoso. Años sin construir nada rostro?, una avejentada, una jodida y cansada. Ahora eres el inge, ahora
nuevo más que los juegos para niños que terminaron destruidos, repletos ya no produces miedo, ahora ya no te vitorean, les importa un carajo lo
de basura y plástico. Ahora las bolsas de basura cuelgan de los columpios, que hagas, o lo que pienses. Tu partido perdió fuerza, ingeniero, y tu única
la resbaladilla oxidada y filosa sirve para detener las tablas del segundo herencia, lo único que te dejaron fue la administración de ese mercado,
nivel de tu mercado que nunca se construyó, ese segundo nivel prometido ese que fue un premio por tus años de fiel y obcecada militancia política,
que tuvo su inauguración. ¿Te acuerdas?, cuando inauguraste las escaleras ese que te dieron cuando eras Lao Li y un brillante ingeniero, un político
de concreto que dirigirían al segundo nivel. Como buen político hiciste con futuro prominente. Te mandaron a hacerte del poder en la nada, en tu
66 toda una ceremonia con comilona donde prometiste el crecimiento del mejor momento físico, mental y político, cuando rompías caras y urnas, 67
mercado del que solo se hicieron esas escaleras, esas mismas donde viste cuando dabas la mano en el cuadrilátero y en la sede nacional del partido.
sentarse por primera vez a los chacales cuando eran unos chamacos. Sin ¿Cómo puedes dejar que te arrebaten el mercado?, tú eras Lao Li, cinta
querer les construiste su trono, haciéndoles imaginar que podían gobernar negra, el demonio blanco. El Chacal te admiraba, el Cachetes se metía a
todo el barrio, incluyendo tu tan querido mercado. escondidas a tu oficina y le decías que Lao Li era tu amigo, que lo conocías
Quizá si lo hubieras terminado, que va, empezado el segundo nivel, los desde que eran jóvenes, que un día lo ibas a invitar para que lo conocieran.
chacales no hubieran crecido con la idea de algún día quitártelo como lo Les contabas a esos mismos que te amenazaron de muerte sobre el duro
hicieron cuando entraron a tu oficina con las pistolas bien aferradas al cin- entrenamiento de Lao Li. Sus pasos en Japón, en China, en Tailandia y Los
turón, riéndose de tus fotos mientras les dejaban caer la ceniza del ciga- Ángeles, donde aprendió los movimientos espectaculares del Karate, don-
rro, mostrando sus dientes chuecos y amarillos a cada carcajada, sujetando de dominó los puños del dragón partiendo bambús, piedras y escapando de
tus trofeos de karate, poniéndose tus cintas negras en la cabeza y gritando tigres. Les contaba sobre los maestros de Lao Li, viejos sabios escondidos
como una mala imitación de Bruce Lee. “Uwaaa”, berreaban con las cintas en montañas antiguas, quienes decidieron entrenarlo una vez que superó
dándoles vueltas en sus cabezas con los pelos parados, “iiaaa”, respondía los retos para hacerse digno. Lao Li quien rescató una aldea tailandesa de
otro de ellos y tiró una patada al aire que reventó tus fotos con ese candi- la tiranía de los grupos armados comunistas, a quien erigieron como líder,
dato presidencial al que mataron y recuerdas con nostalgia. Rieron, Lao pero era una responsabilidad que no podía aceptar pese a que se había ena-
Li, mientras se burlaban de ti, rieron hasta que te dejaron claro que tenías morado de una chinita, hija del líder de la aldea. Lao Li quien participó en
los días contados si no les entregabas el control del mercado. “Tú sigue varios torneos a muerte, donde su mejor amigo, un gordo gringo entrena-
cobrando la renta, y haciendo como que haces como todos estos años, do en las calles, quedó en silla de ruedas luego de que un malvado japonés
nosotros nomás venimos por lo nuestro y ya, ¿va?”, te dijo el líder de los lo rematara con saña. Pero Lao Li juró vengarlo y en la final de ese torneo
clandestino, con los puños llenos de vidrios, con la sangre nublándole la
vista hizo un split perfecto que lo mandó a la lona. Y como esas, docenas de
historias más que les contabas, Lao Li, sin darte cuenta de que esos niños
luego tendrían televisión, verían las películas de las que te robaste las his-
torias para darte dramatismo, para sentir un poquito la gloria que nunca
tuviste, porque nunca existió. Qué mezquino, Lao Li, qué jodido, ingenie-
ro, ¿pensabas que los niños pobres iban a ser siempre niños y pobres?, ¿qué
no crecerían pensando que les mentiste? Porque eso fue lo que te enseña-
ron de la política, a inventar historias, a construir héroes, a creer que los
niños con el moco terroso serán adultos fieles a ti porque les regalaste una
pelota de plástico, porque les conseguiste boletos para el circo que todos ya
habían visto. Qué soberbia la tuya, Lao Li, pensar que los jodidos lo iban a
estar siempre, que nadie se daría cuenta de que tenías dos casas, y que de
esas, la del barrio nunca te interesó habitarla, solo era de mientras, en lo
que te decidías a abandonarla. Pero el tiempo pasó, ingeniero, y te hiciste
viejo y te crecieron los hijos, los reconocidos, los no reconocidos y los que
creías que eran como tus hijos, esos que ahora te tienen aterrado, porque
por primera vez te diste cuenta de la terrible verdad: si Lao Li ya murió, el
que sigue, inevitablemente eres tú.
68 ¿Pero cómo abandonar tu mercado, Lao Li?, ¿al que dedicaste más de dos 69
décadas?, tu herencia, tu negocio, tu vocación autoimpuesta, ese mercado
con su aroma a verduras, a hojas de tomate, a pollo crudo y tortillas recién
hechas, con las moscas revoloteando la carne y los pedazos de chorizo, con
el aroma a suero de queso que se escurría hasta el piso de lodo. Tu mercado,
el patrimonio público con el que te reconocieron tu fervor casi religioso al
partido. Tu mercado, ingeniero, que ahora solo lo es de nombre, porque ya
todo mundo susurra en los pasillos la verdad: que le pertenece a los Chaca-
les y tú solo eres una fachada. El gerente sin sueldo, el ingeniero que todas
las mañanas camina por la avenida mientras escucha los murmullos. Y no
recuerdan que tú hiciste cosas, sí pintaste, con las ganas de organizarlos, sí
vino Lao Li a pelear, como lo prometiste para divertir a los niños. Llevaste
luchas, ingeniero, para el día del niño, para el día de la madre, antes que
nadie, antes de que llegaran los Cheroquis a desplazarte, luchadores que
salían en la tele, cuando todo mundo ya tenía tele, con sus atuendos llenos
de plumas y su piel morena imitando a la roja. Hiciste eso, pero ya nadie lo
recuerda, ya nadie te recuerda, Lao Li. Por eso sigues con el revolver en la
mano, tembloroso, con el estómago hecho mierda. Ya te orinaste de nuevo,
ya no sabes qué hacer, Lao Li, porque no puedes pedirle ayuda a tus locata-
rios que te odian por no mejorarles sus puestos. No puedes rogar clemen- No puedes pedir ayuda y lo sabes, Lao Li, lo sabes, ingeniero, solo te que-
cia a la gente que te desprecia y señala por corrupto, porque al presupuesto da salir de esa oficina enfrente de la tortillería y rogar porque los chacales
le pellizcaste un poquito, porque en tu mente envilecida por el poder de los se hayan ido. Pero sabes, Lao Li, que el mal nunca se va, aunque tengan a
puños y el que te daban las urnas, los pobres e ignorantes se iban a quedar un demonio blanco frente a ellos, el mal siempre existirá, tú lo combatiste,
igual para siempre. No puedes pedirles ayuda a tus amigos políticos porque ¿o solo era una de tus tantas historias y siempre fuiste uno de los malos?
ya no son nada, porque tu partido te dejó morir solo cuando perdieron la Regresas a tu casa con los recuerdos de tus mediocres hazañas, cargando
presidencia. ¿A quién le importa un líder local que nunca logró nada? No tus chacos, las fotos y los recortes de periódico a lado del candidato que
fuiste diputado, Lao Li, y te vinieron a imponer uno. No fuiste burócrata pensaste que iba a cambiar al país y con ello tu suerte, con el único cin-
de alto nivel, ni siquiera consejero de nada. La señora sin educación creció turón que ganaste y las cintas de karate de tu juventud. Regresas a tu casa
más rápido, ahora es la operadora de la diputada, otra señora igual de igno- y no hay nada, no hay nadie, te han abandonado tus hijos, tu amante, tu
rante, igual de malhablada, sin educación, sin título universitario, sin cinta esposa, solo te quedaba el mercado y te lo han arrebatado unos chamacos
negra, pero con todo el apoyo popular que solo aparecía en tus sueños, a los que no puedes enfrentar.
porque tú apostaste por los niños, y esos niños no tardan en irte a buscar a Cómo quisieras ser veinte años más joven, que el tiempo no te hubiera
tu casa si no les tienes sus dulces, porque tantos años de verte comer bien, encorvado, que la bala no hubiera perforado la cabeza de tu candidato.
de verte embarnecer a ti y a tus hijos con el dinero que no te pertenecía, Con esa edad hacías añicos a los Chacales, los desarmabas y los entregabas
hizo que se les antojara también, y ahora quieren dulces caros, ingeniero, a tu amigo en la procuraduría de la ciudad, donde les darían su calentadita
no de esos baratos que les regalaba Lao Li. y los meterían a la cárcel acusados de que lo que se te diera la gana. Cómo
¿A quién le puedes pedir ayuda, Lao Li?, ni las señoras chancludas que quisieras que no hubieran crecido, que la nada siguiera siendo la nada,
tanto odias te van a ayudar, sabes que hay acuerdos tácitos entre las muje- donde gobernaste sin nombramiento por un breve tiempo, donde las mu-
70 res del barrio. Tienen una moral que se amolda a las circunstancias, mo- jeres te agradecían coqueteándote y los niños te admiraban, esperando una 71
ral de gelatina les decías en tus tibios discursos, sin darte cuenta de que nueva historia de Lao Li, como cuando se encontraba a su hermano gemelo
no les agradabas desde el inicio. “Que se vaya el pendejo ingeniero, que malvado, o cuando fundó su dojo y fue destruido por unos motociclistas.
venga Lao Li a entretener a los chamacos”, pensaban. Porque una vez que Tú eras Lao Li y ahora vete ahí, temblando de miedo. Has guardado el
se enteraron de tu doble casa, de tus dobles hijos, de tu doble sueldo, a revolver y piensas dormir con él bajo la almohada, mientras piensas en
nadie le importaba tu doble identidad, su moral de gelatina se hizo dura soluciones y te preguntas cómo dialogar con los chacales, si recién habían
en forma de cuchillos. Porque rompiste una regla no escrita del barrio: a mandado al hospital al Púas solo porque les debía la droga con la que ellos
una mujer se le puede abandonar en cualquier momento, pero no cuando mismos lo enviciaron, ¿Qué te espera a ti, Lao Li? Si no les pagas, si no les
está enferma, ingeniero, y usted lo hizo, usted lo jodió todo por escapar tienes la cuenta. No puedes escapar, ¿de qué vas a vivir?, ¿a dónde irás? En
de ver a la muerte directamente a los ojos, porque el aroma del cáncer es la otra casa tampoco te quieren, ingeniero, así que mejor piensas, y piensas
más pestilente que el de la mierda, porque en los lamentos del moribundo toda la noche hasta que descubres que estabas actuando como luchador,
uno halla sus propios temores. Por eso escapaste. Quizá cuando regresaras como el demonio blanco, como si ese fueras tú. Pero ese no eres tú, ¿ver-
todo habría mejorado mágicamente y tu esposa te recibiría con los brazos dad?, te preguntas y dejas el revolver debajo de la cama mientras los ojos
abiertos y el útero curado, nuevo y reluciente; esa hermosa mujer a la que se te cierran. La edad, Lao Li, la edad te venció, nadie más pudo, solo el
le prometiste ser la primera dama de algo y solo pudo aspirar a ser la mujer tiempo.
del ingeniero, primera dama del mercado, reina de los tomates y el pollo Tú eras Lao Li y ahora vete ahí, contando el dinero de los chacales, ayu-
aplanado. Esa mujer que se enamoró de Lao Li, de sus ojos blancos que la dándoles con sus finanzas, entregándoles la cuenta de los locales. Los pocos
cegaron, tu único triunfo en la vida y la dejaste morir sola, Lao Li, mientras contactos que te quedaban te sirvieron para hacer tu negociación. Les ofre-
pasabas la noches refugiado de la muerte en los brazos de otra mujer. ciste legalizar lo ilegal, los locales en forma, todo el terreno del mercado
a su nombre. No tuviste que inventar nada, ingeniero, ya lo habías pensado
hacer para ti, legalizar tu herencia política, pero entre la desidia y la flojera,
no conseguías los testaferros necesarios, esos que los chacales tenían de sobra.
Así sus mamás, sus hermanos y uno que otro primo de repente heredaron lo-
cales que volvieron casas, ampliaron el estacionamiento, construyeron nuevos
negocios, fachadas para sus negocios reales. El mercado por primera vez lució
como lo imaginaste, con su segundo nivel, con el piso de concreto, con la nu-
meración en las rejas. Ya podían abrir de noche porque las nuevas lámparas
lo permitían, aunque el privilegio de la luz no era para quienes compraban en
el mercado, sino para los que compraban en el otro mercado, ese que dejaba
más que los tomates, que la carne molida, ese que hizo que el mercado co-
menzara a parecer una mansión, a la que luego le pusieron azulejos, un garage
y adornaban con cientos de foquitos multicolor el día de la Virgen.
El lugar por fin es como lo soñaste, Lao Li, ¿qué importa que solo seas el
gerente?, solo eres su empleado, pero hasta eso no te tratan tan mal, ya no es
tuyo lo que nunca lo fue, pero ganas más que antes, vives mejor que antes, te
sientes cómodo y protegido, solo debes evitar escuchar las voces que mur-
muran a tus espaldas, quienes saben qué eres y quién fuiste, quienes conocen
tu doble identidad y aún te saludan hipócritamente. Pero, ¿qué importa, in-
72 geniero?, ya regresaste a la política con ese nuevo partido, y a diferencia de 73
otros años, por fin tienes el respaldo de gente importante, por fin hay dinero
para la campaña, por fin podrás ocupar ese escaño que tanto tiempo te fue
negado, Lao Li, por fin tienes el apoyo de la gente aunque sea a la fuerza, o
por el miedo.
Pero llega el día de la elección y pierdes, Lao li, de nada sirvió el apoyo y el
dinero, estás condenado, ingeniero, no triunfaste, estás en los anales de la me-
diocridad, cinturón de oro a la irrelevancia, cinta negra de la cobardía, meda-
lla de bronce familiar. ¿Qué te queda, Lao Li?, ¿el demonio blanco por fin fue
derrotado por la vida? Tú eras Lao Li y ahora vete ahí, ingeniero, recordando
a tus muertos, tratando de olvidar que un día fuiste Lao Li. <
Capítulo VI
74 75
S
e contaba que en muchos lugares, cuan-
do alguien abría una llave, brotaba
agua. Se rumoraba que, en casas no tan
lejanas, a unos miserables veinte minutos de
ahí, la gente giraba las llaves de la regadera y el
agua salía a borbotones, cristalina, sin hojas,
sin tierra, sin bichos desafortunados tapando
los hoyuelos de acero. Agua clara, sin olor a
huevo, a mierda, a perro muerto, sin tierra que
se hacía lodo alrededor de la coladera.
Se narraban historias de retretes que utilizaban aquella caja superior, la
que en las casitas solo servía para guardar el jabón y los zacates, porque de
tantas veces que no pasó nada al jalar la palanca, la gente decidió ponerle
flores, guardar calzones y productos de baño, renunciaron al mecanismo
que prometía en algún momento funcionar, condicionando su uso a que
hubiera un poco de líquido en sus entrañas. Pero en lugar de agua había
sarro, porque hacía meses que nada pasaba por esas tuberías decorativas,
porque el agua no se almacenaba en esos ductos, sino en hileras e hile-
ras de tambos y cubetas que se llenaban con un chorrito continuo, apenas
unas gotas mal unidas, unos escupitajos de progreso que caían eternamen-
te sobre las cubetas. Si hubieran escuchado con atención, tal vez se habrían
dado cuenta de que, por las noches, el barrio se convertía en una cueva
gigante con el incesante ruido que producían cientos de botes llenándose
a cuentagotas.
Fue tiempo después que el agua comenzó a llegar en abundancia, pero
no por las tuberías, sino impulsada por un motor, con llantas que levanta-
ban polvo; con un señor panzón y de bigote tupido que cruzaba a toda ve-
locidad en medio de la polvareda. “Ahí viene la pipa”, gritó un niño, quien
a cambio de una nieve de limón había sido designado como vigía, se cu-
76 bría del sol con una sombrilla mientras el azúcar cristalizada en la cara le 77
dibujaba un bigote pegajoso. “Mamá, ya llegó la pipa”, volvió a gritar, y la
mamá lo regañó de vuelta mientras sujetaba varias cubetas: “no grites tan
duro que van a salir todos, chamaco”. Pero era demasiado tarde, las puer-
tas comenzaron a abrirse como piezas de dominó cayendo una sobre otra,
de cada puerta salían mujeres y niños, cada uno cargando varios botes de
acuerdo con su tamaño: latas gigantes de chiles con alambre como agarra-
dera, botes de plástico que antes contenían muchos litros de helado que
quizá nunca comieron. Sacaban a los niños de las tinas y corrían con ellas
a la pipa, los hombres ayudaban de mala gana, cargando cubetas de acero
repletas de manchas, testimonios de que en algún momento almacenaron
Juan Carlos Arenas “Robot Soda”.
Ilustración / El elefante blanco.
pintura. Salían con palanganas multicolores en las cabezas, con tinajas de
Artista / lustrador / Director de Arte y Vato Loco de tiempo completo. barro. Los más gandallas y abusivos cargaban tambos gigantes que no sa-
Originario de Baja California, actualmente la reparte en Seattle, Washington brían después cómo llevárselos de vuelta, porque olvidaban que el agua
jalando en proyectos de animación y a veces publicidad. pesa y pesa mucho más cuando no cruza por las tuberías y es vertida en
Su trabajo es una hermosa mezcla llena de influencias de uno de los cubetas.
barrios más grandes del mundo... la frontera norte de México con USA. El hombre de la pipa apagó el motor y varias docenas de personas ya
Insta: @robotsoda • Face: /RobotSoda • Web: [Link]
lo esperaban formadas, sosteniendo todo recipiente donde el agua pudie-
ra acumularse. Giró la llave y de una manguera gigante salió disparada el
agua a presión hacia todos los recipientes multicolores. Algunas cubetas Les habían llegado los rumores de que en otros lados no era así, y ni si-
cayeron por el peso del líquido, mojaron la tierra haciendo charcos y lodo, quiera eran ricos, era gente como ellos, pero sus llaves servían de algo más
otras se quedaron a la mitad suplicando ser llenadas y las más afortunadas que para colgar las esponjas y los calzones. Se cansaron tanto que hicieron
comenzaron a desbordarse hacia la tierra. hoyos enormes en varios lados, les vaciaron concreto, alguien consiguió
El hombre de la pipa buscaba ser equitativo al darse cuenta de que no una cubeta de impermeabilizante que ahora le faltaba a una alberca. Cava-
iba a alcanzar la carga, miraba recipientes vacíos y apuntaba la manguera ron, colaron, pintaron y los que no podían poner dinero, trabajaron. Nadie
hasta que escuchó la voz de una señora gritarle: “oiga, llénele aquí, esos se supo de dónde venía el apoyo monetario, solo que alguien del gobierno se
metieron, yo ya estaba formada”, pero otra voz replicaba: “no sea chismosa, los había dado, ¿qué gobierno?, ¿qué político?, ¿qué chingados importa-
si usted fue la que se metió”. Pero el hombre no podía parar, la manguera ba?, pensaban, por fin habría agua a chorros, por fin jalarían la palanca del
estaba abierta, el chorro necesitaba fluir, no podía detenerlo así que pro- retrete y algo pasaría. Llegaron las bombas, y la gente posó al lado de ellas
curaba llenar un poco aquí, un poco allá, mientras llamaba a la serenidad. como si fueran bombas reales, eran su Fat man y su Little boy. Se sentían
“Ya te llenó, ya quítate, Güera, que estorbas”, dijo una mujer fuerte y tosca como en la guerra, frente a un enemigo invisible que los humillaba, los ha-
mientras se metía a empujones con sus cubetas. “Estamos formados, se- cía bañarse con un bote y a jicarazos mientras la regadera jamás usada se
ñora”, la increparon a gritos, mientras el chofer de la pipa se acobardaba al burlaba de ellos: “qué patéticos, mírense ahí encuerados y con frío, echán-
ver sus ojos fúricos que hacían juego con sus dientes chimuelos. Comenzó dose agua con ese bote de yogurt, no, si supieran lo que es bañarse conmi-
a llenar sus recipientes con tal de librarse rápido de ella, pero notó que de go, así, calientito, con la presión del agua en los hombros, así como en los
sus cubetas solo brotaba espuma blanca, una capa enorme de espuma que baños públicos de vapor, pero pues ni agua tienen”. No iban a soportar más
comenzó a burbujear como si fuera un refresco gigante. “No lavaste la cu- burlas de su plomería, estaban cansados de apartar agua por las noches, de
beta, Raquel, ándele por culera”, escuchó detrás de él, y las risas estallaron decidir cuántos orines debían juntarse antes de echarle la cubetada de agua
78 mientras la espuma caía sobre el lodo. Cuando regresó la mirada, la mujer al retrete, de remojar los trastes porque el chorrito de agua no empujaba ni 79
chimuela gritó: “cállate, hija de la chingada”. Tiró el agua sobre la tierra, un frijol pegado. No más humillación, eran llaves y debían arrojar agua a
metió el brazo enjuagando la cubeta, pasó varios dedos, la olió, miró a las como diera lugar, estaban en guerra y confiaban que las bombas harían su
demás, les mentó la madre varias veces más, volvió a enjuagar la cubeta, la trabajo.
olió de vuelta y demandó: “ahora, sí, señor, ya llénela”. Pero de la manguera Y pese a todo pronóstico, funcionó. Las bombas comenzaron a trabajar
solo caía un chorrito tenue y delgado. “Creo que ya se acabó, jefa”. “No, no y en unas horas las cisternas mandaron el agua a los tinacos del barrio,
mame, señor, le dije que me llenara, pero ahí anda de quedabien con estas que se despertaron de su enorme letargo. La mandaron con tanta presión
pendejas”, dijo la mujer mientras el hombre se ponía pálido y comenzó a que podían escucharla pasar a través de los tubos, pegaban las orejas y la
tartamudear, “ahorita viene otra pipa, no se enoje”. fuerza del agua reverberaba hasta sus tímpanos. Había valido la pena, el
Resignados, porque a una pipa no se le puede exprimir como una na- esfuerzo de no abrir sus llaves un par de días, la disciplina de guerra les dio
ranja, tomaron sus cubetas, sus botes y regresaron sintiendo el peso del lí- resultados.
quido en los brazos. A unos señores se les cayó el tambo gigante y gandalla En esos días previos nadie rompió el acuerdo, sus llaves permanecieron
que quisieron mover con un diablito. La señora chimuela tomó las únicas cerradas para que así, con la voluntad de todos, las cisternas se llenaran
dos cubetas que pudo llenar y dijo: “ah, pero ahorita me la van a pagar esos completamente y ahora mandaran agua a todo el barrio. Las arterias del
pinches chamacos”, y se perdió en medio de las casas, donde la luz del sol se gigante despertaron, y todos sintieron cómo cobraba vida. Si el agua brilla-
reflejaba en el agua que contenían aquellos recipientes coloridos, hacién- ra podrían haber visto latir su corazón, ese corazón de acero que repartía
dolos parecer espejos en medio del desierto. sangre cristalina, a cada ramificación, a cada arteria de cobre y acero.
La gente se hartó de cazar a los piperos, de esperar el fin de semana para Fue una fiesta, todos en el barrio se bañaron, había filas en las casas para
poder lavar y limpiar. Se cansaron de salir corriendo para ser los primeros. estrenar las regaderas. A alguien se le olvidó que la caja del retrete ya fun-
cionaba y terminó con los calzones empapados y las plantitas anegadas. a su casa, dejando a los demás sin el chorrito por varios días hasta que la
Encendieron lavadoras, las mismas que habían hecho funcionar a cube- misma gente que se había organizado para construir las cisternas, se orga-
tadas, o simplemente yacían guardadas en un rincón esperando ese día. nizó para romperle las ventanas a piedrazos.
Se lavaron trastes a presión, los granos de arroz secos salían disparados La guerra del agua fue un infierno para el barrio. Hubo peleas a puños,
bajo el chorro de agua. Quienes gozaban de filtros purificadores por fin a tirones de greñas y cachetadas, uno que otro mechón de pelo terminó a
pudieron probar el agua, ¿qué importa que estuviera un poco amarilla?, ya lado de una cubeta o una toma de agua. La envidia y el resentimiento se
salía la suficiente. Un señor sacó una manguera y comenzó a lavar su auto, transformaron en denuncias, alegatos y sabotajes perfectamente bien pla-
una carcacha arrumbada durante meses y completamente cubierta de pol- neados. Se robaban los fusibles, rompían los tubos, produjeron cortos cir-
vo ponía el dedo en la punta de la manguera y disfrutaba ver sucumbir a la cuitos que achicharraron las bombas y las dejaron como cadáveres frente a
mugre por el chorro a presión. Se lavaron banquetas, se regaron plantas, se los ojos de todos. Los que podían terminaron construyendo protecciones
bañaron perros y uno que otro gato, se barrieron calles y el aroma a tierra impenetrables a las bombas, con candados, alambre de púas y mallas de
mojada los reconfortó, mientras el ruido de la bomba reverberaba por los acero donde amarraron perros bravos que se corrompían con un huacal
pasillos, como una canción de esperanza, como un logro de la comunidad de pollo.
frente a la adversidad. Pero la guerra no paró, y como toda guerra, el odio de algunos terminó
Y al día siguiente, cuando varios se levantaron a trabajar, emocionados por dañar a todos. Si unos no tenían agua, nadie la tendría. Todos irían en
por darse el primer regaderazo de la semana, por gozar el agua calientita el mismo barco que encallaría por la baja marea que causó la destrucción
en una madrugada fría, abrieron las llaves, se escuchó el agua salir, luego de las bombas. Hasta que un día, luego de una reunión vecinal en el barrio,
el inconfundible ruido del vacío, unas gotitas brotaron como escupitajos y donde se acusaron mutuamente, donde señalaron a los aprovechados y a
luego nada. Ya no había agua, ni en la cisterna, ni en los tinacos, ni en la los gandallas, en medio de los gritos y acusaciones, la Güera, la líder eterna
80 regadera, ni en su cuerpo. Ya no había agua, ni en las llaves, ni en el retrete, y anquilosada, la que era la envidia del ingeniero quien miraba desde una 81
ni en la pileta. “Ya no hay agua, puta madre”, fue lo que dijeron y lo que re- esquina en silencio, anunció la solución a todos los problemas: “la delega-
petirían cada mes, amargamente desde ese único día donde vivieron como ción ya nos anunció la construcción de”… hizo una pausa, se acomodó los
siempre quisieron haber vivido. lentes y comenzó a leer la hoja que llevaba, “una torre de agua industrial,
Pasaron los meses y los años, la cisterna seguía acumulando agua, pero presurizada de estructura, hiper… hiper…, ¿qué dice aquí? Hi-per-bo-loi-
mucho más lento, porque todos regresaron a llenar sus botes a cuentagotas de, con capacidad de 5 mil metros cúbicos”. La gente quedó en silencio,
por las noches. Algunos habilidosos, quienes despreciaban la propiedad se miraron confundidos unos a otros, hasta que la Güera exclamó: “un
comunitaria luego de sentirse traicionados cuando quedaron enjabona- tambote elevado para que llegue a todos lados, pues”. Se escuchó un gran
dos y a medio bañar, colocaron tinacos, tambos y cisternas, privatizaron “ahh” y alguien aplaudió, pero nadie lo secundó. “¿Y cuánto va a tardar,
su chorrito, hicieron de la toma de agua, su toma de agua. Activaban las Güera?”, preguntó una señora. “No sé, pero ya está el presupuesto, pero
bombas para llenar sus depósitos privados, comenzaron a acaparar, e ine- no se les olvide que esto fue gracias a la gestión del diputado…” Mientras
vitablemente con ello llegó la avaricia y la envidia. No bastaba un tinaco, trataba de explicar, poco a poco la gente se retiró, había mucha incredu-
pusieron dos y una cisterna, no se conformaban con lo que ya tenían, su lidad, no creían que el problema se solucionara mágicamente gracias al
deseo era no padecer nunca más. diputado que ni conocían, pero para su sorpresa a los pocos días, el barrió
Los años siguieron pasando y aquel sueño comunitario se perdió en me- amaneció con obreros soldando la primera pata de la bestia.
dio del individualismo voraz y mezquino. Hubo quienes en el abuso ab- La construyeron tan rápido que nadie lo podía creer. En menos de un
soluto conectaron bombas y tubos de la cisterna a sus depósitos privados, mes estaba frente a ellos, imponente, con sus cuatro extremidades aún sin
otros más mesurados solo drenaron directamente los tinacos comunitarios pintar, unidas por enormes vigas de acero y remaches destellantes. Sus pa-
y alguien, en el egoísmo más rapaz, conectó la toma de agua directamente tas nuevas y relucientes sostenían un tanque de acero que reflejaba la luz
del sol. Una enorme escalera cruzaba por en medio, de la que subían y vía para todo, menos para lo que había sido pensado. Los taxistas lo usa-
bajaban trabajadores que a lo lejos lucían como hormigas. Todos la podían ban de referencia, los comerciantes lo agarraban de carpa, los borrachos lo
ver sin importar el lugar, o la altura, solo bastaba que miraran al sur y la volvieron su tugurio predilecto, los niños se columpiaban entre las vigas
podían observar alzándose hacia las nubes, mezclándose con el cielo que, de acero, el señor de la basura lo hizo un segundo depósito y los perros
por ese entonces, antes de que todo fuera gris, aún lucía de un azul tan lo nombraron su casa. Cada año la Güera repetía el mismo discurso: “ya
profundo que el tanque parecía una nube más. estoy gestionando todo para que pongan la maquinaria”, y cada año nadie
El día de la inauguración llegó. Montaron un templete, un par de boci- le creía.
nas reventadas reproducían cumbias a todo volumen, mientras el aroma a Mientras más pasaba el tiempo, más odiaban a la bestia. Se burlaba de
comida inundaba todo a su paso. Varias señoras repartían platos de unicel ellos como años atrás lo hicieron las regaderas; los acusaba de crédulos, de
con su dotación de arroz, mole, frijoles y tortillas. Era una fiesta dedicada a inocentes y tontos; se reía de su buena voluntad, de sus estúpidas ilusio-
la bestia de acero que los salvaría del culo a medio enjabonar, de la ropa sin nes; se carcajeaba al verlos pasar con sus bombas, mangueras y tuberías
suavizante y del perro mugroso. Como si prepararan un festival en tributo privadas que tuvieron que pagar con mucho esfuerzo, porque la bestia se
al gigante de acero que se alzaba sobre ellos como un titán, al que habían negaba a existir; hacía ruidos obscenos, simulando cobrar vida, y todos se
pintado por completo de blanco sin entender aún cómo funcionaba. preguntaban si por fin pasaría, pero el gigante se callaba de nuevo, hasta
En el templete estaba la Güera, saludaba y reprendía al mismo tiempo a que las manchas de óxido comenzaron a brotarle en el tanque.
las mujeres y los niños que le gritaban “viva la Güera”. A su lado el ingenie- La odiaban tanto porque no se movía, no funcionaba, no servía para
ro lucía orgulloso, pese a que le habían quitado todo el crédito por la ges- nada, “ni para hacer sombra sirve esa chingadera”, había dicho el Cha-
tión, pero confiaba que en algún momento, el diputado, ese que saludaba cal cuando decidió apuntarle con la pistola, como si pudiera amenazarlo,
a todos mientras veía desesperadamente el reloj, lo reconocería como líder como si a balazos fuera posible darle vida. Uno, dos, tres tiros y nada, el
82 del lugar, le daría el presupuesto que necesitaba para el segundo piso de su sonido del metal con metal se enmudecía a los pocos segundos. Quizá no 83
mercado y lo impulsaría a la gloria como futuro diputado. lo hacían bien, no bastaba una cuarenta y cinco, fueron por la semiautomá-
Llegó el gran momento: un listón rojo fue sostenido por varias señoras, tica, apuntaron a la bestia y descargaron una ráfaga. Pero nada, ni siquiera
la Güera y el diputado lo cortaron al mismo tiempo, mientras el ingeniero sangraba agua como todo mundo esperaría que hiciera.
le sostenía el saco con el pin del partido en la solapa. La gente estalló en La bestia hueca se volvió una diana gigante para los chacales en forma-
aplausos y chiflidos: “arriba la Güera, chingada madre”, gritó alguien, “viva ción, cuando tenían armas nuevas practicaban su puntería sobre el lomo
el diputado”, respondieron del otro lado. Volvieron a aplaudir, volvieron blanco y de los impactos de bala solo brotaba polvo. Cuando la bestia co-
a gritar, mientras la tarde comenzaba a caer. El diputado se retiró con su menzaba a parecer una coladera, alguien dio el pitazo a las autoridades,
comitiva, de la comida solo quedaban las ollas vacías que comenzaban a que llegaron en un operativo policiaco enorme y estrafalario, no para de-
levantar, pararon la música y uno que otro borracho aprovechó el momen- tener a los chacales, sino para resguardar al mamotreto. No permitirían
to para seguir bebiendo. “¿Oiga, Güera, entonces cuándo la activan?”, pre- que la bestia que nació muerta fuera lastimada. Le construyeron muros,
guntó una señora al ver que no pasaba nada. “El diputado dijo que nada bardeados con concertinas filosas, le pusieron una puerta esperando quizá
más que traigan la maquinaria, porque si no, no se puede echar a andar, yo que algún día alguien la cruzara cargando sus entrañas, pero años después
creo que en quince días”, respondió y comenzó a arrear a las señoras que la bestia que nació muerta, muerta fue desmantelada.
repartían los últimos frijoles. Cuando por fin la demolieron, a nadie le importó. Cuando murió la bes-
Los quince días se volvieron semanas, luego meses y finalmente años, y las tia que nunca vivió, nadie lloró por ella, porque casi nadie recordaba cómo
entrañas que harían que la bestia cobrara vida nunca llegaron. Tanto tiem- había llegado ahí; muchos habían escapado a otros lugares donde de las
po convivieron con un esqueleto gigante, con una coraza completamente llaves salía un poco más de agua, a nadie le importaba que funcionara al-
hueca, que se acostumbraron a verla como parte del paisaje. El gigante ser- gún día, porque lograron privatizar mejor su chorrito. Ya quedaban pocos
que recordaran para qué servía, y la gente nueva incluso afirmaba que sí
funcionó un tiempo, aunque nadie la escuchó rugir.
Antes de arrancarle las patas, y destazarla por completo, su lomo de ace-
ro fue bajado con una grúa, ahí pudieron ver los cientos de agujeros de bala
de diferentes calibres. Hallaron los pedazos de periódicos que en su mo-
mento envolvieron la pólvora, aquella que explotó en el cuerpo de acero,
cuando una noche de navidad, los chacales decidieron domarla y subieron
las escaleras hasta la cima para arrojarle cuetes y cañones. La hicieron su
mirador particular desde donde celebrarían su navidad, contemplando al
barrio que para ese entonces ya se habían adueñado a sangre, a plomo, a
miedo, encadenando a sus enemigos mientras los perros les arrancaban
la piel a mordidas y ejecutando a otros en medio de ferias, de bautizos y
fiestas.
Para cuando la bestia había desaparecido, sus padres lo habían hecho
con ella: la Güera había muerto, la edad le cobró la salud y su lucidez, y has-
ta el último año de su vida afirmó que ahora sí iba a llegar la maquinaria.
El diputado desapareció junto con su partido, un padre ausente más que
había dejado en orfandad a la bestia y al ingeniero, un padre que se unía
a los cientos que habían escapado en silencio de ahí. Todos cruzaron la
84 avenida para nunca volver, bajo los ojos juiciosos de la bestia, la única que 85
había presenciado toda la historia, la única que siempre había estado ahí,
atestiguando la transformación del barrio. La bestia que desde las alturas
vio que de aquellas casitas no quedaba nada, cuando varios echaron más
pisos mal construidos hacia arriba, y cerraron las entradas, convirtiendo a
los pasillos en un enorme laberinto. La bestia que sin inmutarse vio cómo
a punta de pistola y amenazas los chacales se apropiaron de las áreas co-
munes, del mercado y erigieron casas de lámina enfrente de la pollería. La
bestia que siempre fija vio morir a la gente del barrio, algunos por la vejez,
otros por enfermedad y los más desafortunados a balazos que diferencia
de ella, les reventaron las tripas. La bestia, ese elefante blanco que desde
los cielos vio toda la historia del barrio, excepto aquella vez que, por fin,
después de tantos años, sin necesidad de ella, tuvieron agua. <
Capítulo VII
86 87
P
rimero, sintieron una patada en las cos-
tillas que las hizo crujir como tortillas
duras rompiéndose en un costal. Una
bota picuda, un tenis para correr y un zapa-
to de cuero se iban intercalando para impactar
sobre los torsos desnudos. A cada patada, sen-
tían que el alma se les escapaba por la azotea;
que su alma brincaba por los techos como ellos
lo hacían en las madrugadas con los gatos, sus
amigos a los que querían imitar, con quienes
compartían las sombras en silencio.
“Pinches gatos, por su culpa nos agarraron, pendejos”, pensó antes de reci-
bir tres patadas más de la misma bota picuda. Un gemido seco y silencioso
se le atoró en la garganta. La sangre le obstruía el grito de dolor taponeán-
dole el gañote y la nariz. Intentó respirar, pero nada entraba, nada salía;
solo escuchaba las risas repicar en el techo de lámina. Sintió desvanecerse,
la vista se le fue a negro. Ya había acabado. Por fin la obscuridad se lo
llevaba, arrastrándolo hacia ese lugar que tanto había anhelado desde que
era un niño. Pero la luz regresó a sus ojos y las entrañas le empujaron la
sangre que salió como un animal podrido en medio de los dientes: una
alimaña sanguinolenta que parecía reptar como si también luchara por
escapar de ahí.
“Pinches gatos pendejos, para qué hicieron ruido”, recriminaba el ma-
yor de ellos, sin saber si lo pensaba en verdad o era la mona la que lo ha-
cía pensar que pensaba. Tan recia la mona, tan fuerte la mona, pero toda
suavecita, su almohada de PVC que ni los golpes hacían que su aromático
embrujo desapareciera. La monita, la misma que les había quemado las
fosas nasales; que les jodió tanto el olfato y les impedía distinguir el aroma
de sus propios orines mezclado con sangre y el solvente que se les salió a
patadas del pantalón.
88 “Putos gatos, siempre tan calladitos, siempre tan chitones y el día que 89
debían estar pendejando van y quieren coger, ahí en la pinche zotehuela
de la tía del Chacal. Gatos pendejos, solo queríamos ver qué había, no la
íbamos a robar, ni que fuéramos pendejos, como ustedes que se metieron
en la basura de esa pinche vieja chismosa, que corrió a decirle al chacal que
nosotros le robamos el tanque del gas. Que no mame, nadita, por esta y eso
que siempre deja todo bien puesto. Solo quería una excusa para chingar-
nos, quesque porque nosotros metimos a su morro en la mona. Si ese wey
ya era un desmadre. Hasta el Chacal le puso sus putazos, y sigue igual, más
culero, pinche sangre culera. Pero pinches gatos, les digo, pinches gatos
pendejos, y uno preocupado porque traguen, para que ustedes no roben.
Sergio Navajas. Ilustración / Los Chacales.
Artista mexicano nacido en CDMX, empezó su carrera como diseñador y Ustedes no son ratas como uno, por eso son gatos. Solo tenían hambre, y de
poco a poco se fue involucrando en la ilustración. Atraído por el arte urbano hambre pues nosotros sí sabemos un chingo. Pinches gatos, me cae”.
y la pintura en exteriores en gran formato, empezó a buscar su propio Pero las patadas comenzaron a exorcizarles el solvente del cerebro, a qui-
camino dentro del dibujo. Su estilo basado en la cultura oriental combina tarles el aliento, porque de su boca brotaba algo que ya ni aire era; ese
detalles cyberpunk y el esqueleto humano, con pequeños guiños a la cultu- había desaparecido cuando los arrodillaron con el batazo en la boca del
ra pop con personajes de caricaturas y populares marcas comerciales.
estómago. Querían caer, pero no podían. Ni siquiera los dejaban acariciar
“El barrio para mi representa un origen, a veces, la razón del con-
suelo de pertenecer, cuidar y sentir orgullo” el piso, el bendito concreto que los haría descansar un rato. Los mecates
Insta: @nvjsone amarrados a la reja les estrangulaban las muñecas, volviendo sus manos
unos bultos carmesís. El más joven de ellos lloraba tratando de no gritar, apenas despertando luego de que el Medusa lo noqueara de una patada.
con los brazos estirados como chicle. De las axilas apenas le asomaban “No les eches los perros, no mames, no hicimos nada, wey, te juro que no
unos pelillos, como bigotes de gato, de esos mismos gatos que los habían haremos nada más, wey. Por esta, te lo juro por esta”. Y trató de acercar
abandonado. los labios a la cruz de dedos rojizos que eran sus dedos. “No nos vuelves a
“Pinches chamacos vergueros”, escucharon detrás cuando las patadas pa- ver, ya wey, ya carnal”. Y el Chacal lo ignoraba, como si no estuviera ahí,
raron. Sentían la sangre caliente aglutinada debajo de la piel; los dientes, como si no existiera, miraba a los perros, tan grandotes, tan sanos, con los
flojos por las patadas. “Les dije, culeros, aquí en el barrio no se roba, no se músculos de las patas y el lomo tensos y duros, como si los perros estuvie-
chinga, putos, aquí se respeta. Andan de pasaditos de verga, pues ya saben ran hechos de hormigón o de acero. Su pelaje gris hacía imaginar que eran
lo que les pasa a los culeros como ustedes”. Las manos gordas y grandes im- trofeos vivientes.
pactaron en el rostro de los tres ratitas: manos duras como piedras; dedos “Pinches ratitas, pendejos, pero les dije, cabrón, ¿a poco no les dije que
que parecían de barro, gruesos como los mecates que los sujetaban. Cada si los volvía a ver con sus mamadas iba a haber pedos?”. La voz del chacal
cachetada los sacudía como un costal y les dejaba el rostro hirviendo como era tan gruesa que opacaba los ladridos de los perros; su boca, una cueva
si les hubieran untado chile. “Ya, Chacal, ya carnal, neta no le chingamos que producía más terror que los colmillos a punto de rasgar la piel. “¿Les
nada a tu tía, ya wey”. Dijo el mayor de los ratitas, suplicando misericor- advertí si o no?”, y por fin lo miró a los ojos, esos ojos negros como man-
dia. Se atrevió a levantar la mirada, sacó fuerza para hacer contacto visual, chas de tinta, ojos pequeños y rasgados, que se le disolvían en el rostro
como el perro que suplica piedad al amo que responde con una patada. moreno. “¡Sí o no puto!”, gritó y su mano de piedra reventó varias veces
Y lo vio con un solo ojo, porque el otro estaba nublado por la sangre, y en la nariz. “¡Sí o no puto!”, ¡sí o no puto!”, siguió varias veces hasta que el
lo escuchó con un solo oído porque el otro zumbaba y un pitido le reco- ratita mayor por fin cayó en la oscuridad de sus párpados. Se puso en pie,
rría como una descarga eléctrica hasta la mandíbula. No lo recordaba tan se quitó la chamarra y dejó al descubierto el torso de toro que años atrás
90 grande, tan fuerte, con el torso como una lavadora, con los brazos como una bala no rompió. Se amarró los tenis, miró al Medusa conteniendo a 91
postes. Quizá era la chamarra esponjada con las letras que formaban la pa- los perros, al Cachetes fumando en una esquina y se acercó al menor que
labra “Bulls” en el pecho, o el pantalón enorme de mezclilla que caía como aún lloraba con desesperación. “Cuando se despierten tus carnales, se van
holanes por el peso, o quizá era que estaba de rodillas, suplicando por sus a la verga de aquí, ¿va, mijo? No los quiero ver de nuevo chingando en el
hermanos. Él ya era un adulto, suficientemente huevudo como le decía la barrio, cualquier mamada, escúcheme, cualquier mamada que me llegue a
tía: veintitrés años, ya fogueado, ya vivido, ya jodido. ¿Pero sus carnales?, enterar, si me los topo, los mato. ¿Entendió?”, el ratita solo asintió con la ca-
¿qué culpa tenían más que ser como los gatos?, con hambre, con ganas beza, mientras el perro se abalanzaba sobre su espalda. “¡Entendió, sí o no,
de perderse entre la obscuridad de las azoteas, afuera todo el día, toda la culero, dígalo!” Gritó el chacal y al obtener su respuesta, tronó los dedos al
noche, hasta que regresaban a dormir un ratito y los corrían de nuevo a Medusa. “Dale un llegue al wey, nomás”, y los perros ladraron, y los colmi-
escobazos y mentadas de madre de su casa que no era suya. llos pellizcaron algo de piel, y un grito se incrustó en el cielo espantando a
“Carnal, carnales, Chacal, Medus, Cache, ya wey, o deja a ir a mis car- un gato que pasaba por ahí, el cual brincó de techo en techo hasta perderse
nalitos, wey, ellos no hacen nada, wey, nomás me siguen, wey, nomás… en la sombras donde ellos nunca más los acompañarían.
nomás…”. Paró en seco cuando escuchó la puerta abrirse y el ladrido a los Nunca más los volvieron a ver, ni en los pasillos, ni en la avenida, ni
perros se fue acercando. Escuchaban tan cerca el sonido de las cadenas tra- en los techos donde se ocultaban. Nunca más se supo de ellos, y pocos
tando de contenerlos, de las uñas que hacían rayones en el suelo mientras querían recordarlos. Abandonaron el sillón relleno de latitas amarillas de
la baba les salpicaba en las heridas del torso. El menor de los ratitas estalló solvente: ese esqueleto en el callejón donde habían pasado los últimos años
en un grito de terror cuando sintió acercarse la respiración del perro sobre disolviendo sus pocos recuerdos a través de la nariz. De los ratitas solo
él. “Chacal, Chacal, no mames, wey”, dijo el mayor mientras rompía en quedaron los gatos que parecían aún buscarlos por las noches. Se juntaban
llanto y volteaba a ver a sus hermanitos, uno gritando del terror, el otro en el techo de la casa, esperando comida, esperándolos a ellos. Pero de la
ventana solo asomaba el rostro la tía, la madre postiza que los corría a es- en pie y los recibía como embajador. “¿Qué pedo, Negro, todo chido?”, pre-
cobazos y a cubetadas de agua sucia, así como lo había hecho con los ratitas guntaba el Chacal mientras el Negro sonreía. “A ver, par de putos, váyanse
antes de que se les viera partir con los cuerpos llenos de moretones, con los por una patona y una coca, están tomando pura mamada, vamos a hablar
rostros hinchados como jitomates podridos. El menor de ellos cojeando de bisne”. Y sin hablar, sin reírse, sin hacer chistes, agachaban la mirada
con una muleta improvisada hecha a base de madera vieja y trapos. Nunca y obedecían, mientras el Bigotes le pegaba un manotazo en la espalda al
más los vieron de nuevo, nunca más se supo de ellos y para ese entonces a Cachetes. “Cachondeada, pinche marrano”, y el Púas lo imitaba con otro
nadie le importaba. manotazo, “Pinche, cerdito, ya pídelos con una tortilla, culero”. “Órale, a
La gente no sabía a quién agradecer cuando comenzó a ver que no des- la verga, que tengo sed”, gritaba el Negro chasqueando los dedos y los dos
aparecía la ropa, que nadie quebraba las cadenas que unían los tanques de desaparecían en medio del mercado.
gas, que a los autos no les faltaban espejos ni calaveras. Un fuerza divina e El Negro y el Chacal eran tan parecidos en sus rasgos que muchos pen-
invisible los protegía cuando por descuido dejaban las bicicletas sin cade- saban que eran familia, o que el Chacal era una versión más joven de él.
na en los pasillos y seguían ahí un par de horas después. Lo sabrían con el Los dos con la nariz gruesa, los ojos negros, la cabeza grande como vaca,
tiempo, cuando esos tres apodos se murmuraran de boca en boca y todo fornidos hasta parecer gordos. Solo había una gran diferencia: el Chacal
mundo supiera por qué les llamaban los Chacales. Porque hasta ese mo- era más alto y ancho que cualquiera de ellos. Sus tenis parecían hechos
mento, solo los conocían por sus nombres que después olvidaron. para gigantes, su camisa verde se extendía por su cuerpo como una sábana
El recuerdo de ellos era compartido por la gente: siempre sentados en las de lona. Todo era enorme en él, no pasaba de los veintitantos y su cuerpo
escaleras del mercado que no llevaban a ningún lado, pasaban las tardes era gigantesco desde los pies hasta su cuello. Incómodamente gigantesco,
esperando a que pasara algo, pero no pasaba mucho. como un perro enorme y bravo. Su cinturón de doble hebilla, con el pan-
Miraban a la gente ir y venir entre las nubes de polvo. El Cachetes y el talón bombacho que se retenía con tachuelas incrustadas en la suela. La
92 Medusa saludaban cuando alguien transitaba de forma apresurada. “Bue- cerveza se veía diminuta cuando la sujetaba en sus manos de adobe y la 93
nas tardes, jefe. Buenas tardes jefecita. Cámara, antes saludabas, Lety. Cá- empinaba hacia sus labios.
mara, ¿a dónde vas con eso, Graciela? ¿Y mi beso, Vero? Pinche vieja ma- Lo que más perturbaba al Negro, cuando lo tenía de frente, era que su
mona, ni que estuvieras tan buena”, gritaban cuando las veían desaparecer altura lo obligaba a levantar la cabeza para observarlo directamente a los
a lo lejos. “Buenas tardes, ingeniero, salúdeme al Lao Li, ¿dónde anda?”. ojos, por eso le pedía que se sentara. “Ahí estás bien, wey, siéntate, a ver pu-
“Peliando con el Van Damme”. “No, wey, con el Bruce Lee”, y reían a carca- tos vayan por algo para nosotros”, era la indicación que siempre se repetía
jadas. Miraban pasar a señoras con el mandado, a niños cargando mochilas cuando llegaban con él. Ahí sentado el Chacal nunca sería una amenaza,
gigantes, a los hombres que salieron y nunca regresaron. Veían adolescen- aprendería que, sin importar su tamaño, él estaba debajo de ellos, de los
tes más pequeños pasar y los llamaban a chiflidos. “Juan, ven, wey. Sergio, mayores, aunque siete u ocho años comenzaban a parecer nada. Lo que-
ven, wey, no seas mamón”. Si no los obedecían, iban por ellos. “Te estamos rían en el piso como perro, para que entendiera por la buena que ellos eran
hablando, culero, ¿qué no oyes o eres pendejo?”. “Míralo, todo pendejo y los que movían todo ahí, los que le daban chamba los fines de semana y le
dientudo. Ve por una chela y unos cigarros sueltos ahí a la esquina, traite permitían participar en los trabajos grandes pese a que lo consideraban un
un pollo rostizado, culero, y nomás le agarras y ya sabes tus putazos”. Los moco.
usaban como meseros, sin propina, sin las gracias, sin nada más que un Le habían dado pistola solo a él porque la sabía usar muy bien: dos años
“órale, sáquese a la verga”. en el ejército le habían bastado para volverse un experto en armas cortas y
Mientras comían pollo a tirones, el Negro pasaba junto con el Bigotes y largas. Nunca pasó de cabo, las reglas lo desesperaban, las órdenes le jodían
el Púas, y era el único momento donde el Chacal hablaba y los otros dos la paz. Un tiempo se había visto a sí mismo con una gran carrera militar,
por fin quedaban en silencio. No tenían permitido decir nada hasta que se pero su sueño se esfumó cuando contaba el dinero y le hacían jurar frente
los pidieran, solo el Chacal era el enlace, solo él apagaba el cigarro, se ponía a una bandera que para él solo era un trapo multicolor. Por eso lo seguían
empleando, y muy por dentro, sin mostrarlo, les aterraba. El perro grande y Cámara, Paty, antes hablabas. Luis, ven para acá puto. Ese inge, ¿ya va a
bravo se podía desquiciar de la nada, como otras veces, cuando vieron sus venir Lao Li o sigue peliando con el Chuarcheneguer?”. “Con el Rocky,
puños de roca abusar sobre el rostro de la gente que perdía todo encañona- wey”. Reían y miraban a la gente como sombras desperdigadas a través de
dos afuera del banco. Lo seguían invitando pese a que su furia y ambición la tarde. El Chacal siempre sentado detrás de ellos dos, siempre en silencio,
eran incontrolables. Como aquella vez que un ataque de ira mandó al Púas con los ojos mirando algo, que ni el Cachetes ni el Medusa podían desci-
de un solo golpe al piso. frar. Miraba al barrio y lo veía suyo, con todo, con la gente, con el polvo,
En este entonces ni siquiera era mayor de edad, pero ya tenía la fuerza con los perros, con los autos, con el mercado y las avenidas. Sabía que no
suficiente para romper mandíbulas. Fue antes de que lo intentaran adoctri-
nar para defender a la patria, antes de que descubriera que la única patria
que respetaba era él y su familia. El Negro prefirió olvidar, dejarlo pasar, y
solo reír. Además, el Púas se lo había ganado por borracho problemático
como siempre, por sentirse algo sin él, por creer que ser su hermano era
suficiente. “Que se haga hombrecito solo. Un día no voy a estar y se lo van
a chingar”, pensaba el Negro al verlo esa vez en el piso, con la nariz rota.
“Qué va a ser de ese pobre pendejo sin mí”. “Perdón, Negro”, había dicho
el Chacal aquella vez, y el Negro sonrió, sabía que el perdón, la deuda, era
más fuerte que la amenaza o el miedo. Tenía un futuro soldado a su mando,
un soldado gigante y monstruoso que le sería fiel, o al menos eso creía.
Cuando el Chacal colgó la bayoneta y pagó su pena de desertor, regresó
94 a las escaleras de concreto, donde nadie los veía por las tardes en los fines 95
de semana. “Se fueron al jale, andan chambeando, dándole duro al pedo”,
respondían cuando preguntaban por ellos. Nadie tenía claro cuál era su
trabajo, pero lo que sí sabían, es que siempre regresaban en la madrugada,
arriba de la Caribe blanca, con la música a todo volumen, con el sonido del
bajo retumbando a través del callejón, de las casas donde la gente dormía.
El bajo de las cumbias hacía vibrar los cristales, asustando a los gatos. Los
perros ladraban eufóricos y una que otra señora se asomaba para verlos a
través de la cortina. Apagaban el auto, pero la música seguía a lado de una
una botella enorme de ron. Y bebían mientras hurgaban en bolsas de mu-
jer, en carteras de cuero, en chamarras, sacos y gabardinas que aún mante-
nían el aroma de sus dueños. Despertaban con esclavas puestas, con anillos
nuevos, con ropa que no se veía en esos rumbos. Sus novias amanecían con
bolsas multicolores, con cadenitas de oro y perfumes que nadie tampoco
había olido por ahí.
Los viernes desaparecían, lo sábados celebraban, los domingos a pasar
tiempo con la familia después de misa, porque la Virgen los perdonaba el
fin de semana y los demás días repetían la rutina en las escaleras del mer-
cado que apuntaban al cielo. “Buenas tardes, jefe. Buenas tardes, jefecita.
faltaba mucho para que lo reclamara como propio, pero lo frenaba aquel ombligo. Estaba rojo como camarón, y arrastraba las palabras: “No mames,
con el que debía andarse con cuidado, el único que lo espantaba por tener Negro, ¿este pinche morrito qué?, es de los que se viene, pero en pipí, ca-
la sangre más pesada que el aceite, ese que no se andaba con chingaderas y brón”. Y todos estallaron en risas. El chacal no sonrió, solo entró con mala
le podía meter una bala en medio de los ojos, ese al que vio volverse loco cara y cerró la puerta.
en la casa del payasito. Toda la madrugada bebieron y fumaron en medio de chistes de mal
Fue años antes de que entrara al ejército, antes de que el negro lo jalara gusto, risas y golpes en los hombros. Hasta que el Negro sacó una bolsita
al negocio, cuando estaba por ser un adulto en el título, porque en los he- con polvo blanco y la esparció sobre la mesa. Los otros nunca habían visto
chos ya se sentía uno. Desperdiciaba la madrugada solo, mirando hacia la coca, en el barrio no había y tardaría muchos años en llegar formalmente
obscuridad. Aventaba piedras a los gatos que daban brincos por los techos, en las ventanitas. En ese entonces era droga de ricos, droga de fiesta que
mientras se imaginaba a sí mismo vestido de soldado, con el rifle en las ma- los hacía sentir como si pertenecieran a algo, como si el mundo fuera suyo
nos, con el águila en el hombro. Se escuchó el sonido de un auto recorrer y se los estuvieran guardando. El Negro y el Bigotes dieron dos tirones
la tierra y las piedras. La radio sintonizaba alguna salsa romántica que no con un popote improvisado con un billete. El payasito los siguió, tomó las
pudo identificar. Del auto bajó el Negro, completamente ebrio, se agarra- sobras y se lo untó en los dientes, le subió a la música y gritó: “esa canción
ba del hombro de un chavo con el cabello chino y brilloso. “Es el puto del me encanta”. Comenzó a cantar: hoy he decidido que te tengo que olvidar.
payasito”, pensó y se puso de pie. Escupió en el piso y encendió un cigarro, La cantaba con los ojos cerrados, sacudía los hombros mientras los chinos
mientras aguardaba a que pasaran por ahí. El Negro dio un mal paso y cayó rodaban por su cuello. Batía las caderas entalladas en el pantalón de mez-
junto con el payasito, ambos se atacaban de risa, como si fueran un par de clilla entubado. El Negro lo miraba hipnotizado, como si estuviera hecho
adolescentes ebrios saliendo de una fiesta. Detrás de ellos venían el Bigotes de luz, como si su piel brillara con tal fuerza que lo cegara. Olvidaba que el
y el Púas, no tan bebidos, pero con los ojos hinchados y rojos. “Qué pedo”, Chacal lo veía desde una esquina, que el Púas comenzaba a impacientarse
96 dijo el Bigotes secamente cuando se encontró frente a él, “qué ves o qué, de ver al chamaco molesto ahí, de fisgón, metiéndose en lo que no le im- 97
puto”. “Nada, Bigotes, acá nomás”, respondió y el Negro y el payasito vol- porta. Es imposible, amor, que yo te quiera, si has de tratarme así, de esa
vieron a caer en la tierra, estallando en risas. “¿Vienen bien pedos verda?”, manera, continuó el payasito y estiró las manos llamando al Negro. Parecía
preguntó el Chacal con una risita molesta. “Que te valga verga, morro”, res- que le cantaba a él, solo a él, los demás no existían a su alrededor, como si
pondió el Púas y se le plantó de frente aunque apenas le llegaba al mentón. apareciera un reflector directamente en su rostro.
“Cámara, Púas, que tengo sed, culero”, escucharon gritar al Negro que se Quizá fue la coca en la sangre, el alcohol en el estómago o la noche en su
ponía de pie con el payasito. Cuando se recompuso ordenó: “Órale, morro, corazón, pero tomó la mano del payasito, se puso en pie y comenzó a bailar
jálate, wey, vete por unas cocas y unos cigarros. Dale para que se lance, con él, mientras extendía de más la mano sobre las caderas, y le apretaba
Púas, porque el pinche payasito ya tiene sed. ¿Tienes sed verdad, culero? la nalga de forma juguetona. El Bigotes gritó: “cámara pinche Negro, puto,
Que ya quiere verga, dice”. Y sus risas se perdieron en los pasillos. ya te gustó la verga”, y la risa del Chacal cubrió todo, una risa obscura, bur-
El Chacal caminó a la tienda, pegó varias veces con una moneda en la lona, su enorme cuerpo servía como una caja de resonancia. “Qué puto,
reja y una señora despertó con el cabello enmarañado. Le entregó los re- Negro, no mames”, dijo a carcajadas. Fue eso lo que lo sacó del trance, y el
frescos, unos paquetes de cigarros y regresó a dormir en medio de menta- Negro se miró sosteniendo la mano del payasito antes de concluir el paso
das de madre. de baile. Cada risotada del Chacal lo regresaba de a poco a la realidad. Sus
Cuando llegó a la casa del payasito, el lugar se había convertido en un carcajadas eran humo negro que parecían llenar la casa y reventar los cris-
tugurio. A nadie le importaba la música a todo volumen. No había mucha tales. Se detuvo con un exabrupto, lo empujó tan fuerte que al caer sobre la
gente que los escuchara alrededor. Tocó varias veces la puerta con la misma grabadora la reventó por completo. “Sáquese a la verga, pinche puto”, dijo
moneda hasta que el payasito le abrió. Ya no llevaba la chamarra de imi- con los ojos pelones y fúricos. Pero las risas no paraban, el Bigotes y el Cha-
tación piel, solo una camisa floreada y brillosa, desabotonada casi hasta el cal reían con tanto estruendo que lo pusieron paranoico. Sintió el corazón
acelerado, lo golpeaba como queriendo salir de su garganta. Le sudaban las era nada, porque nunca lo había sido, el Cachetes y el Medusa lo molieron
manos, un escalofrío le recorrió la espalda cuando por fin descubrió de qué a golpes, con la autorización y el beneplácito del Chacal.
se reían: una enorme erección le empujaba el pantalón. Cerró los puños y La bestialidad de su apodo terminó por nombrar a todos los que tra-
cuando el payasito se puso en pie y le gritó: “pinche, Negro, tus mamadas bajaban con él. “No, mana, los Chacales son unos cabrones, ten cuidado
otras vez, wey”, lo regresó al piso con otro golpe. El payasito cayó sobre la con esos weyes”, decía la gente. “A mí me dijeron, que ellos fueron los que
mesita de centro y no supieron si ese crujido fue de madera o de hueso. mataron al payasito”, agregaba alguien más. “A mí me caen bien, mientras
Se le fue encima y el sonido de los puños chocando con el rostro cortó las no me chinguen y se chinguen a los que chingan, yo feliz”, agregaba algún
risas. “A ver, puto, ríete, culero, a ver si cierto”, gritaba mientras lo seguía señor. De poco en poco la gente comenzó a murmurar sus nombres pri-
golpeando. Sacó la pistola y luego del segundo cachazo, el Púas intervino. mero, y a pedirles favores después. “Chacal, ayúdame con lo de la Virgen,
“Ya, Negro, no mames”. El Negro giró la pistola y le apuntó. “Ábrete a la Chacal ayúdame con lo del terreno, Chacal te empeño mi estéreo, Chacal
verga, culero, muchas pinches risas, ¿no? A ver pinche morro ven, usa tus no le hagas nada a mi hijo, está chavo, Chacal, Chacal, Chacal”. Quizá por
huevotes y párame a este wey que no responde”. El Chacal se puso en pie, eso hablaban de ellos en plural, era más fácil pensar que había un solo go-
levantó al payasito que para ese momento era peso muerto. “Ándele, así, bernante en el barrio. Como en los libros de historia, o en la biblia, un rey
pinche payasito, a ver diles a estos weyes si soy puto o no, habla culero”, y le que procuraba justicia, que repartía tierras, que solucionaba conflictos. Los
volvió a pegar al cuerpo que no respondió nunca más. políticos nunca estaban ahí; la policía, de vez en cuando. La orfandad le
Lo enterraron antes del amanecer, luego de que jugaron con él como si ganó al barrio y optó por su padre adoptivo, ese gigante despiadado que se
fuera una marioneta, un trapo, pensando que aún vivía. Pero cuando la hizo del mercado a la fuerza, que cobraba renta por estacionarse y de todo
razón les regresó se miraron en silencio. La voz obscura del Chacal los hizo lo que pudiera, ese perro grande y bravo que se hartó de robar personas y
saber qué había pasado: “creo que sí se murió, Negro”. comenzó a robar trailers, que se cansó de las carteras y fue por los bancos,
98 Nunca volvieron a hablar de ello, ni siquiera a mencionarlo. Cerraron que se hastió de secuestrar taxistas y fue por la gente de dinero. 99
sus labios para lo necesario. Cambiaron las palabras por chiflidos; el apre- Llevaba tantos años esperando ese momento, de doblegar a cientos, de
tón de manos, por la cabeza asintiendo. El Chacal se fue al ejército, los de- ser temido y admirado como un monarca. Un día cerró los ojos y cuando
más a su vida normal y cuando regresó a las escaleras de concreto que no los abrió por completo, el barrio era suyo, y sus sombras ya no eran dos,
llevaban a ningún lado, tampoco volvieron a hablar de ello. sino docenas, todos con su apodo, todos temidos, todos llamados chacales.
Cuando los años pasaron, luego del ejército, de chambear algunos fines Cambió al barrio por una casa más grande, más bella, pero no tan lejos de
de semana a su lado, de mirarse en el espejo y ver a un adulto reflejado en ahí, de su negocio, que para ese entonces ya era una empresa familiar.
él. Cuando en el barrio apareció la bestia de acero y los segundos pisos le Los fines de semana regresaba a las fiestas, a las tocadas de sonideros, a
crecieron a las casas, el Chacal se dio cuenta de que ya podía ser el dueño de cobrar la renta, a regañar al ingeniero porque le faltaba dinero. “No mame,
todo. Por fin podía cobrar su herencia y terminar con el Negro de una vez. ingeniero, me los repone o ya sabe”, lo amenazaba y la siguiente semana
Pero no necesitó hacer mucho. Para ese entonces el Negro y el Bigotes ya no faltaba nada. Volvía de vez en cuando a supervisar la construcción de
eran población general en algún reclusorio, cuando no les bastó robarse el su bodega en el callejón, a repartir mordidas a los policías, a ver a los hijos
taxi y hurtaron sus entrañas. Del payasito solo quedaba el sillón donde los que le habían brotado de varias mujeres: a ver el bisne, como el Negro le
ratitas descansaban la mona. El Púas, sin su hermano, cayó en desgracia: había enseñado.
se volvió un borracho más que se tambaleaba en medio de las casas. Perdió Todo cambió desde ese día en que los ratitas se marcharon del barrio con
toda la fuerza que nunca había tenido. Y no solo los ratitas lo golpearon los huesos molidos, como si supieran lo que estaba por venir con su partida,
porque en una dormilona se apropió de su sillón; no solo lo corrieron de como si hubieran maldecido a esas casitas condenándolas por años. Porque
su casa como si lo culparan por la ausencia del Negro. Cuando se esparció desde ese momento las cosas cambiaron tan rápido que la gente pasó de
la noticia de que su hermano había muerto en el reclusorio, de que él ya no sentir alivio porque su ropa no desapareciera por las noches, a terror cuan-
do los casquillos calientes les brincaban a los pies como cucarachas. Pasa-
ron de la sorpresa por alguna nota amarillista a ver personas con el cuerpo
hecho tirones por las balas, de cruzar tranquilamente el semáforo, a correr
cuando de las sombras los chacales salían a toda velocidad como animales y
al grito de “ese es el bueno”, rodeaban como lobos a algún conductor desa-
fortunado, detenido tranquilamente en el semáforo, quien al verlos golpear
las ventanillas con la cacha de la pistola, con los gritos que se convertían en
ladridos, entregaba las llaves, con las manos temblorosas y las piernas he-
chas agua, si es que los Chacales no se las reventaban a disparos.
El barrio pasó del silencio desinteresado, al silencio cómplice e impues-
to, donde nadie decía nada, porque el miedo les sellaba los labios. Perdió
su color en cada esquina: descuidado, olvidado, jodido, como si un grupo
de chacales le hubiera arrancado la piel. La sensación de falta de ley produ-
jo que nadie la respetara. Las obras malhechas y abusivas crecieron como
hierba mala sobre las áreas verdes, se invadieron casas, se apropiaron te-
rrenos y se destruyeron juegos. Los ladridos de los perros enfurecidos, el
ruido de las cadenas reteniéndolos y los gritos de dolor que les seguían se
volvieron cotidianos, tanto, que la gente fingía no escucharlos y se acos-
tumbró a ellos.
100 Nunca volvió a ser igual, nunca más regresó el color, como si lo último 101
que hubieran robado los ratitas fuera el color mismo. Las avenidas gigantes
sepultaban los gritos de ayuda y desesperación. No regresarían nunca más
los vendedores en medio de la polvareda, ni los elefantes, ni las jirafas, ni
los Reyes magos. No volvería a haber obras de teatro, ni pastorelas, ni ca-
miones volteados desperdigando melón. No habría de nuevo niños jugan-
do, ni adultos echando la cascarita en el pasto. No regresaría nunca más el
primer barrio, ese que habían matado los Chacales, al que le arrancaron las
manos y le sorbieron los huesos, al que le sangraron el alma y le envenena-
ron los niños de a poco en poco.
El veneno llegó un invierno, mientras sonaban las lucecitas navideñas y
el aroma a ponche emanaba de las casas. La gente vio que la nieve llegaba
en forma de polvo blanco, de piedras contenidas en bolsitas, que se que-
maban en latas de refresco perforadas con agujas. Y hubo varios que nunca
habían visto nevar algo parecido, tan puro y blanco, y lo inhalaron por cu-
riosidad y lo fumaron para que el humo les empujara la tristeza y la deses-
peración, en medio de ese frío que calaba los huesos, adentro de esas casas
a las que nunca les regresarían los colores, porque no tenían claro quién se
los había robado. <
Capítulo VIII
102 103
A
unos metros de ahí, Dani da vueltas
en la cama. El frío no lo deja dormir,
y se pregunta si realmente es el frío el
que no lo deja dormir. Mira hacia el techo y
busca figuras en las sombras que se esparcen
como brochazos, y descubre que su papá nun-
ca terminó de pintar completamente el cuarto
y nunca más podrá hacerlo. Cierra los ojos y ve
puntos rojos, hormigas que deambulan por sus
párpados. Siente como si fuera aún de día y el
ruido de los camiones le deja claro que en un
par de horas lo será de nuevo.
Está enojado, tiene ganas de correr, o de romperle la madre a alguien y no
sabe por qué. Un malestar le recorre el cuerpo pueril que no termina de
germinar. “Ya me enfermé”, se dice y traga saliva, pero no hay dolor. Trata
de toser, pero no sale nada más que baba en forma de gotitas transparentes.
Se levanta de la cama y mira su uniforme a cuadros cafés y recuerda que no
hizo la tarea, “¿geografía?, ¿matemáticas?, ¿carpintería?, sepa la madre” y le
pega a la almohada. No recuerda nada y no le importa. Se mete de nuevo a
la cobija, mira los cristales empañados y se pregunta: “¿qué es esa agua en
el cristal?, ¿será baba?”, recuerda que se lo explicó un maestro, pero ya lo
olvidó. “A quién vergas le importa”, refunfuña y cierra los ojos. Se empieza
a masturbar. Piensa en todas las chicas bonitas de su salón, con su aroma
fresa en los labios, con los brillitos incrustados en sus pechos recién forma-
dos. Lo hace más rápido, pero el pene se le duerme en la mano, renuncia
a él, cuando siente de nuevo el ardor que lo hizo untarse crema. “Te vas a
quedar loco de tanto tocarte ahí”, recuerda que le dijo su mamá, pero esta
vez sabe que es distinto. Se obliga a pensar en vaginas y pechos para evitar
el malestar en sus entrañas. No lo hace porque se sienta excitado: quiere
escapar, quiere dormir, pero los ojos le dicen que no. Quiere soñar, pero su
mente le exige más humo blanco que sabe a metal. Comienza a cansarse.
104 Por fin algo de sueño. Bosteza un poco y solo escucha la musiquita del 105
árbol de navidad que llega hasta su cuarto. “Puta navidad”, murmulla, y la
musiquita parece aumentar de volumen. Se tapa los oídos, quisiera per-
forárselos, con tal de no escuchar el repique aturdidor de Noche de paz.“¿-
Qué tiene de paz? puras mamadas”, piensa y vuelve a apretar los ojos, y la
música suena más fuerte, tanto que la siente en los oídos.
Después de varios giros se queda dormido y no sueña, y se pregunta si
realmente no soñó. El agua caliente lo revive, “quizá el agua lo cura todo
como dicen”, piensa mientras siente de nuevo ese malestar en el cuerpo.
Su madre le prepara el desayuno, y él le grita “ya te dije que no me gusta,
mamá”. No tiene ganas de huevos con jamón y café, ni bolillo blando, ni
El Dee. Ilustración / El invierno blanco.
Es ilustrador y autor de cómics que vive en Cholula, México, con su esposa avena. Su madre le ofrece una concha y le recuerda cuánto le gustaban hace
Diana y un montón de perros. Sus cómics incluyen Yo y la muerte, Nido apenas unos años, cuando era un niño y lo vestían como muñequito, antes
de Serpientes y El twit ilustrado. Su trabajo lo puedes ver en portadas de de que muriera su padre y se llevara con él la explicación que esperaba
libros y revistas, carteles, playeras y revistas alrededor del mundo. pedirle cuando fuera un adulto. Ahora pensaba que lo era, pero él ya no
Su siguiente novela gráfica será publicada por Editorial Planeta en 2021. existía para escucharlo.
“Tu barrio es más que una locación geográfica, es algo que te llevas
El aroma de la leche hirviendo comienza a darle nauseas. Se para de la
dentro, sin importar que tan lejos te mudes.”
Insta: @[Link] • Web: [Link] mesa, se ve en el espejo, se unta un poco de gel para aplacar el cabello casi
rubio y responde a su mamá que quizá algo le cayó mal cuando lo cuestiona
por su palidez. “No vayas a la escuela, mejor ve al doctor”, le dice, pero aparece el Cachetes aún somnoliento, con el cabello grueso y tupido des-
Dani se enoja, le responde que si no va, nunca será nadie como decía su peinado como una guacamaya. Su torso solo es cubierto por una chamarra
papá y que no se siente tan mal, que es su comida grasosa la que lo pone de mezclilla llena de borrega artificial. “No mames, morro, es bien tem-
así, esa que da diabetes como le dio a su papá. Toma la mochila y le pide prano, cabrón, ya no te voy a vender a esta hora”. Dani mete los cien pesos
cincuenta pesos a su mamá y cuando se da la vuelta para envolverle la torta por la ventana y una bolsita de plástico cae de vuelta, en su interior tres
de huevo con jamón, le roba otros cincuenta. piedrecitas amarillentas brillan como diamantes en medio de la arena. “Ya
Sale a la calle, luego de cruzar el camino bloqueado por ladrillos y bul- sáquese a la verga”, le responde el Cachetes y le cierra la ventana en la cara
tos de cascajo de los segundos pisos inacabados en el barrio. Un perro le y el frío parece congelar de nuevo el metal del pestillo y Dani camina feliz
ladra y Dani le avienta una piedra justo en la cabeza. El chillido reverbera hacia la escuela.
a través de las casas repletas de protecciones aceradas con luces de navidad El sol sale pero no calienta, es de esos soles mediocres y cohibidos, a
recubriéndolas como enredaderas. Siente bochorno, tiene tanto calor y se medio prender, como carbón apagado. En la secundaria suena la chicha-
pregunta si realmente lo tiene, porque en su paso la gente camina abrigada, rra anunciando el inicio de clases. Varios adolescentes llegan a las carreras
envuelta en chamarras gigantes y abrigos desgastados. De sus bocas sale suplicando que los dejen entrar, pero las reglas son claras y regresan tristes
un vaho casi transparente, que dirigen a sus manos aquellos que no llevan con el cabello mojado y las cartulinas arrugadas. Los vendedores de tama-
guantes puestos. Dani sopla hacia las suyas, como para cerciorarse que aún les, de sándwiches y lápices comienzan a recoger sus lonas sobre el piso,
está vivo y ve el vapor disolverse en sus dedos. saben que ya nadie les compra a esas horas, pero regresarán en la tarde a
Pasa a la tienda y pide una coca cola, mientras observa a los niños car- vender enchiladas, chicharrones y papas a la francesa. Regresarán cuando
gando mochilas enormes, espera, pero le responden que no hay en lata. el frío se haya ido, cuando el sol se desquite por acusarlo de tibio y man-
“¿Qué tiene en lata, jefecita?”, pregunta y le dan un jugo de mango. “Bueno, de unos rayos fulminantes al concreto que les haga olvidar que es invier-
106 deme ese”, responde con una sonrisa falsa y recuerda que la última vez le no. Regresarán cuando Dani también lo haga, porque en ese momento los 107
habían dado un yogurt en plástico y lo tuvo que comprar para disimular, mira desde una calle, se ríe de ellos, y busca en sus rostros a algún amigo
porque quizá la señora comenzaría a cuestionar por qué últimamente to- con quien perder la mañana, alguien que tenga la casa sola y sus papás
dos pedían refrescos de lata sin importar que era el invierno más frío que trabajen toda la mañana. Dani busca un refugio donde pueda pasar varias
recordaran desde que llegaron ahí. Tan frío que parecía que todos sacaban horas tranquilo, sin que lo molesten. Busca a Toño, pero no lo ve. Él era su
humo del cuerpo como si se estuvieran quemando por dentro. esperanza, tiene de todo, comida, videojuegos y sabe que su mamá siempre
Dani comienza a beber el jugo y tira la mitad, escurre bien la lata mien- guarda dinero en el cajón de los aretes. Pero a lo lejos ningún rostro cono-
tras saca una aguja de la mochila, una de las docenas que su papá dejó en cido aparece y se va de ahí, oculto entre las casas.
su taller cuando murió, a lado de hilos, reglas, cintas y pedazos de tela que Dani se resigna a vagar solo, hasta que llega a un deportivo público don-
ahora lucen llenos de polvo, enmohecidos porque nunca aprendió el oficio, de decide pasar la mañana mirando a gente correr y estirarse, a mujeres
olvidados porque nadie quería tocarlos de nuevo, ni siquiera para tirarlos. bailando y a hombres colgados de barras. Llama la atención por el pan-
Toma la aguja de canevá y comienza a hacerle hoyos, la pica con cuidado talón gris con cuadros cafés, por la mochila con su nombre aún grabado
para no hacerlos tan grandes y así evitar que la piedra pueda caer y mo- con pintura plástica. Se oculta en los árboles, detrás de los baños. “Puras
jarse: solo el tamaño perfecto para que pase el fuego. Y mientras el ruido mamadas”, piensa y coloca una piedrecita sobres los agujeros que hizo en
del aluminio resuena a su paso, recuerda la lámpara de coca que hizo en el la lata, acerca la boca, coloca la llama del encendedor sobre ella. La piedra
primer año, con sus hoyuelos recorriendo perfectamente el aluminio rojo, arde como un sol miniatura y el humo brota sutilmente.
la misma a la que le falta el foco porque nunca se lo cambió, la misma que Dani da un tirón largo y profundo que hace crujir la lata. La sorbe como si
pensó usar para no gastar en el jugo. cada veta de humo fuera su alma. Exhala y de su boca sale un fantasma que
Llega a una ventanita, toca varias veces y a través del mosquitero verde huele a metal y se lleva su malestar; toma todo lo que sintió en la noche y lo
expulsa hacia los árboles, los riega de humo blanco y tatemado. Se recues- completo sobre el cielo.
ta sobre el pasto y mira el cielo gris donde el sol lucha por salir a tirones. Horas después, a unos metros de ahí, el Chacal duerme tranquilamente
No entiende por qué se siente así, pero sabe que le gusta. “Qué chida está sobre su cama. Ronca con la fuerza de su enorme quijada; su boca es una
esta madre”, piensa mientras imagina que flota sobre esas nubes pálidas y cueva que succiona el aire y lo devuelve con violencia por su garganta. A
comienza a hacer cuentas de cuánto cuesta todo en piedras. “Esa chama- unos pasos de él una caja de acero guarda cientos de bolsitas de plástico,
rra, mínimo seis piedras. Esos tenis son Jordan: diez piedras sí valen. Esos todas rellenas con piedrecitas amarillas, ordenadas por precio: de cincuen-
aretes se ven chafones, una piedra de menos”. Multiplica y divide durante ta, de cien y solo unas pocas de a doscientos. Una pistola cargada descansa
un largo rato, hasta que comienza a sentir que el humo se desvanece dentro sobre la caja, una cuarenta y cinco plateada como siempre soñó, y ahora
de él y el pasto le enfría la espalda, hasta que la alegría se le escapa por la que duerme por fin, ya no aparece en sus sueños.
boca y busca la otra piedrecita que le queda, palpa con los dedos la bolsita El Chacal ronca y saborea su saliva sin despertar. Los perros parecen
solo para asegurarse que está ahí, que no se ha caído, aún no la necesita, imitarlo, debajo de la cama yacen dormidos como bultos. No tienen cade-
ya llegará el momento. Dani se promete que en la noche la fumara y ya, se nas porque no hay nadie a quién atacar; no ladran porque nadie se acerca
acabó, nunca más, piensa que ya lleva un mes así, ya va a cumplir quince por ahí. Duermen plácidamente y sueñan que persiguen carne que grita de
años y no quiere quedarse en la pendeja. Solo era para probar, aunque no dolor.
recuerda quién se la dio, o quién lo invitó. Solo piensa que si le falta todos La noche es serena y helada en cada esquina. De las ventanas no llega
le están entrando ya, y alguien le regalará un jale. Todos compran refrescos más que el ruido de los camiones y uno que otro pájaro que se levantó tem-
de lata, todos queman metal en sus labios. “Sí, pero ahora sí, la de la noche prano y no puede dormir de nuevo. La musiquita navideña reverbera por
es la última”, se dice y se pregunta si realmente será la última. la casa incesantemente; las paredes reflejan los colores de los focos dimi-
Y cae la noche, y las luces navideñas se encienden, la musiquita suena nutos que danzan en medio de la obscuridad. Rojo, verde, amarillo y azul
108 por todos lados y el sol se oculta y de sus rayos muertos emerge un frío que se intercalan de forma coordinada con la música que no tiene intención de 109
corta el rostro. El barrio huele a llanta quemada, a pan recién horneado y detenerse, como el frío que cristaliza las ventanas.
frutas hervidas con canela. En una esquina, oculto en las sombras, Dani Un perro levanta una oreja, el otro alza el cuello y olfatea, un gruñido an-
exhala de nuevo. La piedra crepita y la llama alumbra su rostro. El humo tecede los ladridos que despiertan al Chacal. Abre un ojo, luego el otro, la
flota en medio del frío como aceite sobre el agua. Aguanta el humo en su puerta suena, tres toquidos tímidos, apenas imperceptibles recorren el aire
pecho, que se quede ahí hasta que no pueda respirar; que se incruste en sus frío y llegan al cuarto. El Chacal se para, se pone la cobija en la cabeza, y se
pulmones para que el humo se impregne por siempre en ellos, porque es calza las chanclas en las calcetas. Parece un fantasma gigante. El rebozo de
la última, aquí no pasó nada. Si la aguanta lo suficiente quizá se quede así, tigre cuelga hasta su cintura donde mete la pistola sin el seguro puesto. Da
para siempre, como un órgano más. Dani escucha unos pasos acercarse, varios pasos hasta llegar a la puerta. Los perros ladran con furia, como si
junto con el sonido de una bolsa de plástico que es agitada por el viento, anticiparan un sabor conocido, un aroma que se les quedó en los colmillos
arroja el humo rápido y tose, mientras avienta la lata al techo de una casa. meses atrás y vuelven a reconocer con gusto. El Chacal mira por la rendija
Regresa la mirada y de frente ve unos zapatos conocidos, cafés y pequeñi- y el frío se le mete a los ojos como navajas. Pregunta “¿quién?”, con la voz
tos; su madre lo mira con el rostro sorprendido que luego se volverá triste aún engañotada por el sueño. “Carnalito, Chacal, buenas noches mi carnal,
con los años. En la mano derecha sostiene una bolsa llena de bolillos y una soy yo, el Patas”, le responden y sin prender la luz calla a los perros ame-
bolsita más pequeña, transparente, repleta de huevos que caen por el piso y nazándolos con una patada. “Oye, mi carnal, perdona la hora, pero quería
revientan haciendo una masa viscosa. “Ay, Dani, ¿por qué?”, pregunta ella. ver si me puedes alivianar, mira, traigo esta grabadora, es de las chingonas,
Y Dani no dice nada, solo la ve en medio del pasillo, con el chal cubriéndo- con bajo y todo el pedo, no trae cable pero te juro que está bien chingona,
le la mitad del rostro y quiere sentirse triste, pero no puede: el humo se ha o esta carátula de estéreo, mi carnal, está bien chida. Aliviáname, carnal,
llevado momentáneamente su tristeza y el viento frío la ha esparcido por dame quinientos de aquello por las dos, ¿cómo ves?”. El Chacal refunfuña
y cierra la rendija de un golpe. Atraviesa la sala donde yacen docenas de es mejor que soportar los filtros del reclusorio, la revisión en las ropas, el
grabadoras; un cementerio de electrodomésticos olvidados, calaveras con dedo en los botes de comida. Irán cuando se les acaben las carnes frías o les
las cuencas donde antes hubo perillas y botones. Avanza y las luces de na- llame para que le consigan dinero, y regresarán con un jamón, con alguna
vidad alumbran las carátulas de estéreo, apiladas como libros. En el fondo chuchería que hizo mamá; una Virgen en repujado, una flor de aluminio,
descansan un par de guitarras, televisiones, videocaseteras y hasta un cajón un suéter tejido que usará solo el más pequeño porque aún le falta mucho
para bolear del que brotan los trapos manchados de grasa como si lo hubie- para que llegue a la pubertad y enjuicie a su madre como lo hizo la justicia
ran destripado. Abre la cajita, toma tres bolsitas y regresa a la puerta donde y recuerde que, cuando ella vivía con ellos, nada era mejor: los golpes eran
los perros siguen inquietos. Ve al Patas en medio del frío, tiritando por el más seguidos y el hambre era la misma.
aire que le ha congelado el pantalón de mezclilla. Mira hacia todos lados Los tres son flacos y largos. El niño no pasa de los ocho años y ya se ve
como si lo persiguiera la noche misma y no hallara refugio, los grillos lo enorme. Los otros dos son casi de la misma edad, y comparten brazos y
espantan cuando las ramas crujen por el frío. El Chacal saca tres bolsitas piernas como popotes. Se levantan de las cobijas sucias y prenden la tele,
por la rendija. No habla, solo las agita varias veces, igual que cuando ali- mientras calientan agua de la llave a la que agregan cáscaras de limón para
menta a los perros. El Patas las toma, y al sentir las piedras con las yemas de hacer té que no llena, que no sabe, pero les calienta la panza. Comen cereal
los dedos, mientras las cuenta en su mente, responde: “no mames, carnal, a puños, la leche no es necesaria, lo pasan con el té falso. En la televisión
no seas así, carnalito, estas madres valen más que trescientos. No seas mal hay caricaturas aburridas, programadas a esa hora porque nadie las ve. Su-
pedo, carnalito, ponle de menos una más”. El Chacal lo interrumpe. Está ben el volumen esperando que el estruendo la haga más divertida, pero no
harto de él, el frío comienza a enfriarle los dedos y la nariz. “No quiero tus pasa nada y nada tienen qué hacer.
mamadas, me las debes y me las pagas el miércoles, si no ya sabes”, respon- Los tres escuchan una puerta abrirse. Dani sale del otro cuarto, habían
de y cierra la rendija, un “gracias” queda afuera en el frío, congelándose olvidado que estaba ahí, llegó un par de horas antes, cansado de esperar
110 como las hojas de los arbustos. Regresa a la cama y los perros lo siguen. un rostro conocido afuera de la escuela. No es la primera vez que llega con 111
Ni siquiera intentan subirse, saben que lo tienen prohibido. El Chacal deja ellos cuando no hay nadie más, que les toca la ventana para que le abran, se
la pistola sobre la cajita y regresa a la cama, cierra los ojos unos segundos, duerma un rato y simule estudiar. Sabe que siempre puede esconderse ahí
suspira y su aliento silencia el cuarto, le roba el sonido a bocanadas, solo y que sería el último lugar donde podrían encontrarlo.
permite que suene la música navideña que viene de la sala, con su ince- Dani se talla los ojos y se arregla el cabello, el uniforme de la secundaria
sante repiqueteo que le da paz, que lo arrulla como a un niño. Cierra los luce arrugado pero limpio. Saluda a los dos hermanos mayores con un “qué
ojos y a los pocos minutos vuelve a dormir, o cree dormir, tan grande es el pedo”. Mientras ve al niño comer cereal a puños, Dani recuerda que en la
silencio y su calma que sueña que alguien va y toca de nuevo y le empeña mochila tiene una torta de huevo, un yogurt y una coca de lata. Los pone
sus sueños, sus ganas de dormir, y en medio de la duermevela que está por sobre la mesa y el mayor muerde la torta hasta la mitad. Unos hilos de baba
fundirse con la obscuridad, el Chacal se pregunta si realmente alguien le se estiran entre sus labios y el pan remojado. La deja en la mesa y nadie más
empeñó sus ganas de dormir. quiere. “Acábatela, wey”, dice Dani, mientras abre el yogurt y lo bebe de un
Días después, a unos metros de ahí, tres hermanos despiertan y saben solo trago.
que es un día más donde su madre no está, donde nadie les hace el de- No tienen nada qué hacer, porque no hay nada qué hacer, nadie les dijo
sayuno, y los tres se preguntan si años antes, alguien realmente les hacía que tenían obligaciones, y ven la televisión en silencio. Dani abre la coca, y
el desayuno. Es uno de esos días donde no pueden visitarla, no quieren Juan, el mediano se llama Juan, le demanda la mitad antes de que le tome.
visitarla, no necesitan visitarla. Aún les queda jamón y crema en el refrige- Da un sorbo largo y después un eructo escandaloso. “Acábatela, wey”, dice
rador, un poco de cereal y un pedazo de chorizo. Ya se las ingeniarán por Dani, mientras saca la aguja de canevá, escurre la lata, salpica las paredes
la tarde: siempre pueden conseguir retazos de carnes frías, tres pesos de sucias y comienza a picarla como hará tantas veces después.
tortillas y una salsa. Siempre encuentran algo qué comer. Cualquier cosa El grande se llama Víctor, aunque prefiere que le digan Patas. Sus zapatos
son enormes como sus piernas flacas. El Patas saca una antena que le perte- zafarse tirando patadas. Da varias en el aire hasta que el Patas mete la mano
neció a una grabadora que ahora tiene el Chacal. Mete la piedra en el hoyo, en el suéter. “A ver, a ver, la chichita putito”, le pellizca un pezón y siente el
acerca el encendedor y el aroma a metal impregna el lugar. Una, dos jala- plástico metido en la camisa. “¿No que no? Pinche envidioso, Dani, eres la
das y la piedra es humo en sus pulmones. “Tu mamada de lata, Dani”, dice mamada”. “Bueno, un jale cada quién, culero, está bien”, dice y se acomoda
mientras retiene el humo en los pulmones. Exhala y el humo llega hasta el el uniforme. “Pero en la pipita, la pipita, la pipita, putito”, responde el Patas
niño que hurga en la caja de cereal. “Tanta pinche mamada, cabrón, esta y saca la antena.
es la chida”. El Patas sonríe, sus ojos verdes brillan. “Así parece que comes Dan un jalón, otro seguido y Dani grita “no mames, no te la acabes,
colita, mamón”, y suelta una carcajada estruendosa. Juan le sube a la tele, culero”. Varios toquidos desesperados impactan sobre la puerta, como si
un chef del que no conoce su nombre les enseña a las “mamitas queridas”, tocaran con un par de piedras. “Al pendejo del Juan se le olvidaron las lla-
a cocinar lasaña. “Ya te dije que te pongas a hacer la tarea, eh, wey”, le grita ves, vale verga”. El Patas se pone en pie, aún siente el pecho lleno de humo.
al niño que sigue buscando hojuelas en la caja. Juan tiene diecinueve años Abre rápido, sin mirar, se sienta en el sillón y grita: “ojalá no se te hayan
y solo sabe educarlo como recuerda que su madre lo hizo con él. Lo lleva olvidado las tortillas, culero, o va a valer verga”. “¿Qué tortillas, culero?”,
a la escuela por la tarde, le da algo de dinero, y cuando no quiere hacer las responde el Chacal.
cosas le pega como a él le enseñaron. No sabe si es lo correcto, solo lo hace. El Patas está en el piso, lo han mandado ahí de dos puñetazos en el estó-
La puerta suena, dos golpes y un chiflido. “Ábrele a ese wey”, ordena el mago, el Rocker mira la ventana y ruega porque sus ojos saltones no bus-
Patas a Juan asumiendo su autoridad por ser el mayor. “Ábrele, tú, culero”, quen algo más. Dani toma su mochila e intenta salir. “Ya me voy, mi jefa se
responde y le sube más a la tele. El chef sigue nombrando los ingredientes va a poner loca”. Pero el Cachetes le corta el paso con la mano. “Quédate
para la Lasaña. “¿Qué es parmesano?”, pregunta el niño y el Patas se pone morro para que aprendas a no chingar” y lo empuja de vuelta al sillón. A
en pie, le da un zape ligero y responde: “es un queso, pendejo”. Por la puerta cada patada rompen algo, un plato, un vaso, caen al piso y se hacen peda-
112 cruza el Rocker, no rebasa los veinte años y sonríe al entrar. “¿Qué pedo, zos desperdigando el cochambre. Revisan la casa y no hallan nada de valor, 113
putos, ya tan temprano con sus mamadas y no invitan?”. Y Dani lo mira solo trastes que no han sido lavados en años, a los que les crecen hongos
dando el último jalón, aguanta el humo en los pulmones y responde: “Ya y telarañas. Van al baño y solo hay una pila de papeles sucios a la que le
me la acabé, culero”. Y ríe y Juan le sube de nuevo a la tele. prenden fuego mientras ríen. “Ni su caca levantan, culeros”, dice el Chacal
Ya es medio día, ya no tienen piedras. Hurgan en las sobras, pero todo mientras ve arder el papel. “No mames, huele bien culero”, responde el Ca-
ha sido calcinado. El sol desplaza por fin el frío y Juan vuelve a gritar: “¿Ya chetes y se ríen tapándose la nariz. Revisan los cuartos. Solo ven colchones
estás, cabrón?, si no, no te llevo a la escuela, culero”. El niño sale del cuarto roídos, ropa sucia, peluches tuertos y muñecas abandonadas debajo de un
con el suéter puesto y la mochila de una asa. “Órale, vámonos”, y lo empuja cuadro de Cristo que ha perdido su color. “Pinches jodidos”, dice el Chacal
hacia la calle mientras el Patas le grita: “Juan, traes tortillas, wey”. “Trailas y desconecta la tele. Ordena al Cachetes que la cargue. Un televisor tan
tú, culero”, le responde y azota la puerta. grande que lo hace gemir al levantarlo. “Me sigues debiendo, Patas, no te
Ven la televisión otro largo rato, mientras discuten a quién de las conduc- hagas pendejo, estos son los intereses, culero”, le da una última patada y
toras se cogerían, cuál está más buena, cuál huele más chingón. “Al Rocker sale de la casa mientras el humo comienza a llenar el lugar.
le gusta el mamado”, dice el Patas y se suelta reír mientras se acarician el Horas después, en el mismo lugar, Juan mira el espacio donde estaba
pene. Su risa para solo para agregar: “Ya saca la otra, Dani, te haces pendejo la televisión, como si aún estuviera ahí. Solo está él. No hay ruido, no hay
si ahí traes”, y lo mira con malicia. “Ya se acabó, wey no seas pinche goloso”, nada, no hay nadie. Regresó y todos habían desaparecido incluyendo la
les responde, y el Patas se para, se ríe y grita: “báscula al puto”. El Rocker lo tele. Comienza a obscurecer y la puerta se abre. Entra el niño, busca el
sujeta por los brazos mientras el patas lo bolsea por completo, le quita los control de la tele y cuando presiona el botón solo ve la pared. ¿Y la tele?”,
zapatos mientras canta: “A ver, a ver, aquí qué trae el putito, a ver a ver se pregunta, y Juan no responde, no dice nada, solo le grita: “ponte a hacer la
hace pendejo el putito”. “Que no traigo nada, culeros”, grita Dani y busca tarea, culero, ya al rato vemos”. Sale de ahí, camina sorteando los ladrillos,
el cascajo y busca una sombra donde fundirse, donde nadie más lo vea. No
quiere regresar, pero no sabe a dónde ir. Mira el cielo y se pregunta “¿por
qué hace tanto frío si ni nublado está?”, mientras el viento helado comienza
a enfriarle el suéter, a congelarle las rodillas. Suspira hondo y mira que no
venga nadie, una señora pasa cargando una bolsa de pan y otra más peque-
ña de huevo. “Buenas noches”, dice, pero no le responde. Se queda un rato
mirando el cielo entre las sombras, queriendo llegar a él de un solo brinco.
La gente comienza a prender las luces de navidad y la musiquita reverbera
por los pasillos. Mira a todos lados y se cerciora de que no venga el niño.
“Yo no soy como ese pendejo”, se dice y saca la antena del pantalón, pone
la piedra y la llama le alumbra el rostro. Un tirón, dos tirones y el humo le
empuja el dolor. Vuelve a mirar hacia el pasillo, no quiere que el niño lo
vea, no quiere hacerlo frente a él, así se lo enseñó su mamá y piensa si real-
mente así se lo enseñó su mamá.
A unos metros de ahí, en varias esquinas, los rostros son alumbrados
por encendedores, las piedras se queman, arden y desaparecen y nunca
más dejarán de hacerlo. Hay una hoguera eterna que pide ser alimentada
diario. Las latas agujereadas comienzan a brotar como cucarachas, el frío
no las mata, no las desaparece, quedan en medio del pasto y el cascajo. La
114 gente apenas comienza a saber qué es eso de la piedra, que es eso de la coca, 115
porque hasta ese momento, solo conocían a los pachecos, a la marihuana
que apestaba los pasillos y se desintegraba sobre la tierra. Pero la piedra es
distinta, la coca es distinta, dejan rastros, dejan evidencia.
A unos metros de ahí, en una casa se escucha pelear a dos hermanos.
El crujido de los puños y las mandíbulas se acompaña por el llanto de un
niño. No se percibe que se rompa nada, porque ya no hay nada que romper.
A unos metros de ahí el Chacal llega con su auto nuevo, uno del año,
como nunca se había visto en el barrio. La gente sale a admirarlo. Los Cha-
cales prenden la música para celebrar y ahogan el sonido de todo lo demás.
Sin saber que años después ese auto terminará lleno de balas como foqui-
tos de navidad, cuando descubran que las piedras que venden son muy
preciadas y alguien más las quiere.
A unos metros de ahí la música navideña no para de sonar por todos
lados: ilumina algunas casas y comparte su luz con las que no tienen nada.
El frío zumba y quema los rostros. En una esquina, Dani prende el encen-
dedor y da un jalón a la última piedra que no será la última, y se pregunta
si es realmente el frío el que le quema el rostro. <
La guerra contra el árbol Rosario Lucas
“Pero ¿por qué chingados plantamos un Subió al árbol y sacó el serrucho. Los músculos de sus brazos se tensaban:
eucalipto?”, preguntó don Carlos a su hijo. sus tatuajes cobraban vida.
Capítulo IX
Por fin, se escuchó el crujido del árbol: Había pasado la tarde peleando contra Antes que hubiera vida en las casitas, la
el grito de un coloso herido. una hidra, para solo mutilarle los bigotes. delegación entregó árboles para sembrar.
Él solo, sin la ayuda de nadie lo plantó. El árbol les veía envejecer. “¿Y el árbol cuando lo vas a cortar?”
116 El “domingo” se Luego meses. Y finalmente, años. Aún con cicatrices donde había cortado 117
¿
volvieron 15 días. de la guerra, la rama Don Carlos...
tazos y frutos en forma de cápsulas que caían Cuando regreso, me gusta mirar el
árbol extendido hacia el cielo.
Me gusta pensar que plantamos un
eucalipto para recordarlo allá arriba.
Ese guerrero que enfrentó al titán
con un serrucho oxidado y al verse
derrotado lo hizo su amigo.
en las cabezas de todos los que pasaban por
ahí.
“Mejor le hubiéramos puesto caca de elefante, ya ves que secó las plantas de
tu mamá”, dijo al adolescente que lo miraba desde el piso, harto y cansado
del trabajo que no hacía, agotado por el sol de la tarde que apenas lo había
rozado. Bostezaba de aburrimiento producto de su única función: sostener
la herramienta.
Don Carlos amarró la faja al árbol y comenzó a trepar. Empujaba su es-
palda hacia el cuero que lo sostenía, mientras su brazos fornidos y duros
apretaban el tronco. Gimió por el esfuerzo, recién había cumplido cincuen-
ta años, pero trepaba con la fuerza de un adolescente, con las manos gran-
des y duras, con sus dedos que levantaban astillas al eucalipto que parecía
defenderse, anticipándose a la batalla.
Llegó a la parte más alta del árbol. El sudor comenzó a correrle por el
rostro en esa tarde de primavera, donde el sol era inclemente y castigaba a
aquellos que osaban ponerse bajo su luz. Solo Cristo había aguantado ese
sol sin quejarse, pero don Carlos no era Cristo, aunque hubieran compar-
tido el mismo sol. Tanto no era Cristo, que antes de empezar sacó su coca
cola de plástico que guardaba en la bolsa del pantalón. La botella estaba
perlada por el frío, con algunas hojas de eucalipto recubriéndola. Las quitó
con un dedo y giró la taparrosca. Dio un sorbo largo, y un “ah”, profundo,
118 como lo hacían los actores en la televisión y después eructó, como no lo 119
hacían los actores en la televisión. Volvió a guardar la botella, confiado
en que la faja lo sujetaba al árbol y el peso de su cuerpo lo sostenía como
arnés. Sacó el serrucho del cinturón y luego de dar un respiro, de mirar a
todo el barrio, de atisbar a la gente que se veía pequeñita desde la avenida,
comenzó a serruchar una rama mientras sus botas reposaban sobre otra
que, pensaba, cortaría después.
Serruchaba con tanta fuerza que el ruido de los dientes de metal cortan-
do la madera llamó la atención de algunos vecinos. Era como si el eucalipto
gritara de dolor, como si pidiera clemencia. El gigante por fin se arrodillaba
frente a Don Carlos y no había quien lo pudiera salvar. El ruido del metal
Rosario Lucas. Ilustración / La guerra contra el árbol.
Nació y creció en Atizapán de Zaragoza, Estado de México, cuna del “fe- cortando el brazo del gigante llegó hasta su esposa, quien dejó de quitarle
minicida de Atizapán”. Tiene 26 años, es ilustradora, narradora, amante de la cáscara a los tomates y salió corriendo en chanclas, con un camisón del-
contar historias tristes y dibujar postes de luz. Su trabajo se ha publicado gado que era su única defensa frente al terrible calor que adentro de la casa
primero en El Universal, y luego en editoriales como Planeta, Malpaís los ponía pegajosos.
Ediciones y Penguin RandomHouse. “¡Carlos, no te vayas a caer, chingao!”, gritó la mujer, mientras le caían
“El barrio para mí significa que mi papá escribió con un palito mi
hojas y frutos de eucalipto en el cabello. “Ay, no, mira, se va a caer tu papá.
nombre y el de mi hermana en el cemento de la entrada de la casa
que él y mis tíos construyeron.” Yo no quiero ver”, dijo al adolescente que parecía más cansado que don
Insta: @rosariolucash • Face: /rosariolucash Carlos y no había hecho nada más que jugar con un martillo, pegándole
a una piedra que encontró por ahí. La mujer se llevó las manos al rostro y
volvió a gritar: “¡Ya déjalo, mejor le hablamos a la delegación!”. “Esos we-
yes ni hacen nada, puras pinches habas” respondió don Carlos a lo lejos,
mientras serruchaba con más fuerza. “Métete, mami, ahorita me lo chingo,
nada más me estresas”, y siguió serruchando. Las hojas y los frutos caían
por todos lados. El perro de la familia ladraba al árbol como echándole
porras a don Carlos, pero al primer golpe de una rama salió corriendo a
esconderse debajo de un auto.
Don Carlos serruchó un largo rato. Los músculos de sus brazos se ten-
saban haciendo que sus tatuajes cobraran vida de nuevo. El demonio en su
brazo se incendió. El tiburón en el abdomen comenzó a nadar sobre su piel
mientras contraía los músculos. Su serpiente mal dibujada en el antebrazo
irradiaba en cada tirón del serrucho. Las venas de sus brazos se ponían
gruesas recordando sus años de fisicoculturista que le habían legado ese
cuerpo macizo y de tronco con el que serruchaba sin parar la rama del
árbol.
La rama se movía resistiéndose a los dientes de acero. Se pulverizaba
como hueso y un aserrín verdusco caía en el cabello quebrado y frondoso
del adolescente, haciéndolo parecer un brócoli prieto. Lo miraba a lado
120 del perro, aún con el martillo en la mano. Veían a don Carlos, angustiados 121
por lo que podría ser una inminente caída luego de que perdiera un poco
el equilibrio. La rama que lo sostenía crujió tan duro que el tiempo pare-
ció detenerse, el sonido del serrucho paró, y se escuchó un tirón de la faja
sobre el tronco. Los ladridos del perro regresaron y el adolescente sintió adolescente con la boca llena de taco de guacamole. “También, puro pájaro
el corazón en la garganta. Allá, arriba del eucalipto, don Carlos abrió la nalgón”, respondió don Carlos y volvió a tomar el serrucho mientras se
botella de coca cola. Dio otro sorbo, miró hacia abajo y dijo: “No estés de ataba la faja. “¿A poco vas a seguir con el árbol? Ya déjalo, papi, ni lo vas a
miedoso, no pasa nada, solo cruje por el peso, mejor aviéntame esa tabla acabar, y ya tendí la ropa. Nada más me la ensucias”. “Ah cómo no, ahorita
para clavarle unos soportes”. vas a ver unas serruchadas y de menos le vuelo la punta”.
El sol desaparecía en medio del barrio. El cielo se tornó naranja y el Volvió a trepar, el calor le pegaba la playera de tirantes al pecho. Los
sol por fin comenzó a claudicar dejando detrás un vapor más caliente que músculos de sus brazos se tensaron de nuevo y los tatuajes brotaron como
el sol mismo. Don Carlos seguía serruchando, solo había bajado a comer tótems de su cuerpo. Ya había cortado la rama inicial. El brazo del árbol ya-
unos tacos de chicharrón con aguacate. Vio un rato el partido del Toluca cía en el piso, amputado, con sangre verde escurriéndole, con las venas de
en la televisión. Dos a uno el marcador final. Sonrió y le dio otras mordi- savia derramándose sobre la tierra. Comenzaba a obscurecer, los últimos
das al chicharrón. Su equipo llevaba una racha ganadora imparable. “Qué rayos del sol se posaban sobre su cuerpo.
te dije, mami, el América es puro pájaro nalgón. Ese Cardoso está cabrón”. “Dice mi mamá que ya te metas”, gritó el adolescente acompañado de sus
“Yo no sé de eso, puras jaladas”, respondió su esposa mientras adelantaba hermanos que recién habían llegado. Solo veían su silueta delineada por el
los guisos de la semana y el ruido de la olla express esparcía el aroma a sol moribundo, negra como una sombra, sin nada de color más que aquel
frijoles recién hechos por la casa. “¿Y el Necaxa viene bien?”, preguntó el que reflejaban sus canas y la playera blanca de tirantes. “Espérense, ya casi,
ya casi”, dijo mientras la punta comenzaba a ceder. Tomó fuerza. Sus bra- nada más quede el tronco y ahí le pongo una tabla y ya tenemos mesita
zos se ensancharon como si se transformara. Tan rápido cortaba, que el para comer afuera”. “Qué mesita ni qué ocho cuartos”, respondió su esposa.
ruido llamó la atención de los vecinos que salieron a ver al árbol herido. “¿Pero por qué chingados plantamos un eucalipto?”, preguntaba don Car-
“Don Charly, no vaya a caer el tronco sobre los cables”, gritó un vecino en los mientras enjuagaba una calceta.
shorts, preocupado porque esa punta los dejara sin luz. “Me hubiera dicho, Fue cuando recién llegaron ahí y en la nada todo crecía. Antes de que el
don Charly, y le traía la sierra del trabajo”, gritó otro vecino, sin playera y terreno se volviera árido y seco por el cascajo y la grava. Antes de que en
en chanclas mientras quitaba las hojas y los frutos del eucalipto de su ca- el pasto se desintegraran latas perforadas con agujas y perros atropellados.
mioneta. Pero don Carlos siguió serruchando, como si no existieran. Era Antes quizá, de que hubiera muebles, puertas y vida dentro de las casitas.
su guerra y no la iba a perder. Hasta que por fin se escuchó el crujido del La delegación les entregó árboles pequeños para sembrar. Le delegaba a la
árbol, como el grito de un coloso herido. “Quítense de ahí, chingao” gritó gente la obligación de enverdecer el terreno café. Llegaban las camionetas
a sus hijos, quienes agarraron al perro escandaloso que ladraba con desen- con árboles envueltos en plástico, apretujados como esclavos traídos de
freno y se hicieron a un lado. Empujó con los brazos y la punta cayó con lugares lejanos para echar raíces sobre la nada. La gente salía a recibir los
tal fuerza que luego de sortear los cables de luz, sus ramas reventaron un arbolitos, a olerlos y sentir las hojas en sus manos. Tomaban un par y los
mecate que servía como tendedero. La ropa cayó a la tierra levantando una llevaban a sus casas con la promesa de sembrarlos en su jardín. Muchos
nube de polvo que la ensució de inmediato. “Verga, la ropa”, gritó el adoles- de ellos morirían después, olvidados en los traspatios, abandonados junto
cente, mientras don Carlos desde el árbol se llevaba el dedo a la boca y mu- con la chatarra, con las raíces desperdigadas en las banquetas. Pero mu-
sitaba a la distancia: “Cállate”. Se escuchó la puerta de la casa abrirse. Los chos otros fueron sembrados con la esperanza de que en un futuro dieran
vecinos chismosos se apresuraron a regresar a las suyas, mientras agitaban sombra y de sus ramas surgieran hojas frescas que aminoraran el calor y
la mano y torcían la boca aguantándose la risa. “Buenas noches, señora”. recubrieran de verde los techos de dos aguas.
122 “Buenas noches, comadre”, dijeron y se metieron sin cerrar las puertas. Los Esos fueron los que plantó don Carlos junto con sus hijos, los eucaliptos 123
adolescentes no sabían qué hacer más que mirar la ropa en el piso, hasta afortunados por ocupar un espacio en la tierra. Su cabello en ese entonces
que el grito los despertó de su letargo. “Te estoy diciendo, Carlos”, gritó su no pululaba de canas porque su esposa se las pintaba a escondidas. Sus ta-
esposa, luego de ver las playeras blancas llenas de tierra, los pantalones re- tuajes hechos con aguja caliente no habían perdido del todo el color. Aún
pletos de motas de polvo, las sábanas regadas como ríos de pintura blanca era visiblemente fuerte, con los brazos gruesos y sólidos, con el torso en-
a los que les crecían hojas y frutos de eucalipto. “Y ustedes no se queden sanchado y las piernas como concreto. Él solo, sin la ayuda de nadie, cavó
ahí como babosos, chingao, recojan la ropa”. Continuó mientras sacudía y plantó los árboles. Sus hijos que solo eran unos niños en ese entonces
su camisón:“Te estoy diciendo que ya lo dejes”. Pero a lo lejos don Carlos jugaron a cavar, a echarles agua y caca de vaca una vez que él había termi-
miraba con satisfacción la amputación perfecta que había logrado y de las nado todo el trabajo. Los miraron satisfechos alzarse frente al horizonte
casas vecinas brotaron unas risas burlonas que se fundieron con la noche. donde no había rejas, ni avenidas, solo el llano que se extendía hacia lo le-
La punta que había cortado ni era tan grande, ni era tan larga y estaba jos, solo una que otra maleza en medio de llantas reventadas que esperaban
muy lejos de ser todo el tronco. Había pasado toda la tarde peleando contra pacientes el sepulcro. Y don Carlos imaginó cómo crecerían. La promesa
una hidra para solo mutilarle los bigotes. Su esposa reía mientras don Car- del aire fresco en sus ramas. Pensó en el sonido del viento atravesando las
los enjuagaba alguna ropa que ensució. “No, papi, hay que inyectarle gaso- hojas, haciéndolas vibrar, esparciendo el aroma a eucalipto como un chicle
lina, o petróleo, si no, no se va a morir, hay que dejar que se seque”. “¿Cómo gigante a través de la casa. “¿Qué no los eucaliptos son los que comen los
crees, ¿y cómo se la inyecto?” respondió don Carlos mientras colgaba un koalas?”, preguntó uno de los niños. “Sí, se comen las hojas, pero no man-
calzón. “Hay unas jeringotas, ¿no?”, respondió el adolescente mientras re- ches, aquí no hay koalas”, respondió don Carlos y miró al árbol recién plan-
mojaba un bolillo en arroz con leche. “Eso no existe, no maches”, rio don tado, y quizá fue en ese momento donde por primera vez se dio cuenta del
Carlos. “No, van a ver, le voy a ir bajando todos los domingos, hasta que error. ¿Qué hacía un árbol australiano ahí, en el oriente de la ciudad, donde
nada crecía? ¿Por qué tuvieron que cruzar el océano para que sus descen-
dientes encontraran un lugar en la tierra? ¿Por qué les regalaban árboles
para sembrar en esa tierra a la que no le crecía otra cosa más que malezas y
arbustos? No se preguntó qué tipo de árbol puede crecer en la adversidad.
Años después descubriría que solo uno lo suficientemente fuerte, con el
tronco como acero, con las hojas como espigas podía darse ahí. Pero don
Carlos no se lo preguntó, o quizá sí, pero no dijo nada porque ya era muy
tarde. Le habían dicho que los eucaliptos crecían rápido, tan rápido que en
pocos años ese tronco langarucho se volvería el coloso con el que pelearía
como Zeus enfrentándose a los titanes, mutilándoles los brazos solo para
que les crecieran nuevos. No alcanzó a vislumbrar que en un futuro sería
un hombre viejo, solo ataviado con un serrucho y una faja, dispuesto a
vencer a la bestia que había criado como uno de los suyos. “¿Entonces sale
chicle del árbol o qué hace?”, preguntó el niño, y fue quizá en ese momento
que por primera vez pensó: “¿pero por qué chingados plantamos un euca-
lipto?”.
Antes de que subiera a intentar decapitarlo, el tiempo hizo envejecer a
don Carlos y su eucalipto. En todos esos años el árbol vigiló la casa mien-
tras crecía, desperdigando hojas y frutos que terminaban secos sobre la
124 tierra. Nada más largo crecía a lado de él. El titán en gestación acaparaba 125
el agua y los nutrientes. Era envidioso, egoísta y territorial, como si se en-
cargara de secar a otros árboles que don Carlos intentó plantar, siempre
sospechando de su crimen, pero sin la capacidad de acusarlo. El árbol veía
envejecer a don Carlos y su esposa, abrazados y recubriéndose de besos
por las noches. Los miraba regresar del mercado con las bolsas llenas de
frutas, verduras y carne; con calabazas, tortillas y frijoles cuando las crisis
económicas los tumbaban y los hacían pelear durante el día para reencon-
trar sus pies por las noches.
El eucalipto vio a los niños crecer, a sus hijas irse y regresar con nuevos
niños que ahora ayudaban a cuidar los adolescentes. Vio a la nada trans-
formarse y al llano que le crecieron bardas, primero con rejas que solo
delimitaban y luego con concreto, acero y botellas de vidrio rotas que reba-
naban las manos. Lo vio todo, y quizá en los primeros años, si de sus ramas
saliera una voz, hubiera acusado al Bigotes de pasarse horas sobre el techo
de don Carlos, espiando con lujuria a su esposa mientras se bañaba, de
acosarla cuando sabía que él no estaba. El eucalipto habría cobrado vida y
sus ramas como tentáculos estrangularían al Bigotes hasta que don Carlos
le ordenara parar. Si su tronco se hubiera movido, partiéndose en un par
de piernas, lo hubiera ayudado a encargarse de esos tres que durante varios que la aterraba desde que lo vio por la ventana del baño. Por eso le rogaba
meses les habían robado la paz, que tenían a su esposa al borde del colapso a don Carlos que dejara antes su negocio y pasara por ella. “Son unos hijos
nervioso, con el cuello entumido como piedra, por el temor latente a ellos, de la chingada, pero al menos cuando nos ven con los niños se hacen pen-
a lo que pudiera pasar con don Carlos. Porque ni el Negro, ni el Bigotes le dejos”, pensaba mientras daba vueltas en la cama, con el cuello tenso que
perdonaban aquella vez que don Carlos se enfrentó solo al Púas, cuando solo se aliviaba con analgésicos, con el miedo constante de abrir la ventana
ese sujeto con el cabello como espinas le había robado la chamarra de piel y ver esos ojos negros perforando los cristales.
a un amigo de sus hijas. Y al verlas llorando, pálidas luego de ver al Púas Don Carlos pasó varias semanas alerta. Por las noches, debajo del eu-
atacar a patadas a su amigo, don Carlos salió enfurecido con su camisa azul calipto, fumaba nervioso mientras sentía las hojas caerle en los hombros.
abierta hasta el pecho. Buscaba a través de los pasillos con desesperación. Su deseo era agarrarlos
Lo encontró en una esquina, escuchando la radio, con la chamarra re- uno por uno, así no tendrían oportunidad, y a diferencia de con el Púas,
cién robada colgando de una jardinera. Si existe una memoria muscular, con los otros dos no tendría piedad. Sabía dónde pegar para hacerlo pare-
la de don Carlos se activó en el momento que miró al Púas. Sus enormes cer un accidente. Practicaba en ensueños la forma de quebrarles brazos y
puños recordaban sus breves años como boxeador; sus brazos sólidos, su piernas, de joderles la columna, de dejarlos tuertos y sordos. Había vivido
paso por el equipo de baseball de su antiguo trabajo. Sus piernas macizas suficientes peleas para saber que existe un punto donde los hombres se
se activaron como cuando metía pases en los partidos de futbol llanero. El quiebran y se desmoronan como si les apagaran la luz. No quería acudir a
Púas se levantó para confrontarlo y a don Carlos le dio el tiempo suficiente la policía. Sería peor. No confiaba en la justicia de ese entonces, que no ha-
de medirlo, acostumbrado a la pelea con reglas. Quizá era su cabello cano bía podido ni siquiera aclarar la desaparición de ese chavo que era payaso.
que no intimidaba, o que la camisa ocultaba sus brazos tatuados y fuertes, Sabía a lo que se enfrentaba y tanto lo sabía que estaba listo para llevarlo
pero el Púas parecía muy confiado de vencerlo. Hasta que lo tuvo de fren- hasta sus últimas consecuencias. “No me importa quebrármelos, si lo hago
126 te y don Carlos acomodó los brazos, y empezó a campanear hasta que la me voy de aquí, pero ustedes estarán tranquilos, ya no los chingarán”, había 127
velocidad de su puño se estrelló en la nariz del Púas. Se escuchó el crujido dicho a su esposa luego de que le platicara la visita a su hermano, cuando
y el Púas perdió el equilibrio. No sabía qué pasaba, su vista comenzó a nu- le pidió ayuda, cuando le advirtió que si lo mataban, él ya sabía quiénes
blarse y trató de regresar en sí, mientras don Carlos cambiaba su postura, habían sido. Le contó a su esposa que, si no podía con ellos a golpes, su
se acomodaba la camisa y al verlo acercarse recordó lo básico. Dio un juego hermano vendría con una ráfaga de plomo. No podían vivir así, no querían
de jabs con la zurda, jab, jab, jab y el uppercut entró limpio sobre el mentón vivir así, no estaba dispuesto a dejarse vencer por el miedo. “Antes muerto
del Púas. En el piso le dio un par de patadas hasta que los gritos del Púas a que te hagan algo, mami, a que les hagan algo”.
rebotaron por los pasillos. “Carnal, ayúdame, carnal, me quieren matar”, Solo tenía una pistola pequeña, una Beretta 9 milímetros, que guardaba
gritaba esperando que el Negro apareciera en cualquier momento, pero en un calcetín debajo de un cajón. No la había usado más que un par de
nunca salió, no estaba ahí, y días después se enteraría de la derrota de su veces y nunca contra nadie, nunca contra un ser vivo. La guardaba como
hermano cuando le preguntara: “¿A poco te madreó el pinche ruco?”. un artículo de colección, porque era la que usaba el James Bond de Ian
La esposa de don Carlos apenas dormía después de la pelea. Cualquier Fleming en sus novelas, esos libros que lo habían hecho imaginarse en su
ruido la despertaba por la noche. Temía que al asomarse por la ventana juventud recorriendo casinos, conquistando mujeres hermosas, y descu-
estuvieran los tres, esperando el momento para matarlo a golpes. Sabía que briendo los complots de mentes maestras del crimen. Nunca pensó que
no actuaban solos. Siempre los veía juntos, protegiéndose. Pensaba lo peor. su aventura de Bond terminaría en los pasillos del barrio, con una mujer
Lo agarrarían al regresar del trabajo, y no importaba su fuerza, su destreza: con hijos de la que se enamoró perdidamente y enfrentando criminales de
tres contra uno era una derrota segura, sobre todo cuando sacaran la pisto- medio pelo.
la. Don Carlos estaba fuera todo el día y ella regresaba por la tarde con los Planeó durante días cómo hacerlo. Los espiaba por la ventana tratando
niños. Sabía que ellos estarían ahí, esperándola. El Bigotes, con esa mirada de cazarlos, pero siempre estaban juntos, siempre los tres, con varios ado-
lescentes a lado. Se dormía tarde y cuando oía un ruido regresaba a mirar “¿Y el árbol?, ¿cuándo lo vas a cortar?”, preguntaba su esposa, mientras
por la ventana y solo veía sombras de tenis, de zapatos y de botas, dudosas don Carlos miraba al Toluca convertirse en campeón por tercer año con-
de atacar en la madrugada. ¿Qué haría Bond?, pensaba, mientras su cuer- secutivo. “Ya, ahora sí el domingo, es el Toluca, mami”. “Esas son jaladas”,
po cedía al sueño y el cansancio. respondió su esposa mientras se sentaba a su lado y miraban juntos al To-
La noticia llegó como una bendición días después. Su esposa le contó luca golear cinco a uno. “Ese Cardoso y ese Abundis son unos cabrones”,
que los habían atrapado, aún no sabían por qué, pero estaban en el reclu- respondió don Carlos con satisfacción. Mientras uno de los hijos adoles-
sorio. “¿Quiénes, mami?”, preguntó don Carlos y su esposa respondió: “El centes, con el cabello oxigenado y pintado de verde, con la boca llena de
Bigotes y el Negro, los agarraron con un taxista muerto, metido en la cajue- taco de guacamole respondió: “¿A poco sigue jugando Cardoso?”.
la. Bendito sea Dios”. Por la noche, prendió una veladora, rogando por el El siguiente domingo se transformó en quince días, luego en meses, fi-
alma del taxista, por su eterno descanso, pero también suplicando porque nalmente en años y el eucalipto seguía ahí, cada vez más grande, cada vez
no salieran, porque nunca regresaran. Cuando se enteraron después de la más alto. Su tronco era enorme y sus raíces comenzaban a brotar de la
muerte del Negro a puñaladas, de los treinta y cinco años de condena del tierra. La esposa de don Carlos todos esos años repitió los motivos para
Bigotes, volvieron a dormir tranquilos, a respirar el aire donde el aroma cortarlo: que las raíces se iban a meter a las tuberías, que iban a levantar
del eucalipto apenas llegaba. Su dolor de cuello desapareció. Sus corazones su piso, que un sismo lo iba a tirar sobre el techo, pero nunca pasó. Eran
volvieron a latir bajito, bajito, hasta que se quedaron dormidos con los pies falsas sus acusaciones y la sombra del árbol los refrescó en las reuniones
cubriéndose el uno al otro. familiares: una lona natural que los protegía del sol como don Carlos había
Para don Carlos hubiera sido fácil hacerle la vida un infierno al Púas. Es- imaginado.
taba solo. Su hermano yacía muerto con la panza reventada puñaladas. Su Solo a veces tenían que levantar latas perforadas con agujas, que don
amigo jamás regresaría o lo haría muy viejo. Pudo haber cobrado venganza Carlos reciclaba con gusto en un costal. No solo no cortaron el árbol, sino
128 por las noches de insomnio, por el miedo de su esposa, por asecharlo en las que cuando se volvieron adultos los hijos le pusieron adoquín alrededor. 129
sombras, pero decidió ignorarlo, dejarlo pasar. Siempre supo que él no era Compraron una mesa y varias sillas, y el titán los miraba desde el cielo, aún
un riesgo, solo se amparaba del miedo que producían los que para él tenían con las cicatrices de la guerra que terminó en una paz eterna. De donde
realmente el alma obscura. había cortado la rama don Carlos, surgía otra exactamente igual, como si
Tiempo después, confirmó que no había un motivo para temerle, cuan- no hubiera pasado nada. Una señal de paz, mientras el árbol los miraba
do salía a trabajar por la mañana y lo veía fumando piedra en una esquina reunirse, llenos de abrazos y risas, mientras comían carne asada y freían
con un bote de Yakult, con los dientes podridos, los labios pelados y la cara pescados, mientras cantaban las mañanitas a los niños que no sabían de las
hecha añicos por los golpes dados por esos que don Carlos comenzaba a guerras libradas por don Carlos. Comían pastel y café hasta que anoche-
conocer como los Chacales. Ya no había qué temer, cuando el mismo Púas cía, y don Carlos prendía un anafre apara ahuyentar a los moscos con el
lo saludaba “buenos días, mi jefe”, le decía con el humo en los pulmones. humo y se recargaba en el árbol mientras alguien preguntaba: “¿se acuer-
Ya no había nada que temer y sin embargo, la Beretta siguió en el mismo dan cuando se subió a cortar el árbol?, ¿se acuerdan cuando su pistola no
lugar muchos años y cuando por fin decidió usarla para disparar al cielo sirvió?”, Y reían y sus risas parecían ser escuchadas por el eucalipto que
y espantar a un ratero que merodeaba por el techo, buscando algo que reía con ellos agitando sus ramas.
pudiera convertir en piedra, la pistola no disparó. Don Carlos nunca ha- Los años siguieron, como sigue todo inevitablemente y el árbol se hizo
bía confesado que el cargador se trababa porque no era el de la pistola. El más grande, más alto y su sombra cubrió todo el jardín, mientras don Car-
cargador original, como sus novelas de Ian Fleming, habían desaparecido los se dio cuenta que la vejez era su presente y enfermó de gravedad. Rá-
años antes, cuando su alcoholismo tocó fondo, antes de que encontrara la pidamente sus canas desaparecieron, destruídas por el veneno que podría
paz en los brazos de la mujer que amaba y la guía espiritual que repitió en salvarlo. Su cuerpo grande se contrajo como una estrella. Sus tatuajes per-
su mente durante treinta y un años de sobriedad. dieron la luz y comenzaron a fundirse en su nuevo cuerpo recubierto de
una piel amarillenta. Un cuerpo que rechazaba como suyo. “Este no soy yo,
hijo, ya no soy yo, es una despersonalización, como si supiera que estoy en
otro lado. He hecho las paces con Dios, con todo, y sé que esto es algo que
no puedo controlar. Todo está en sus manos y ahí me encomiendo”, me
dijo, y yo le respondí: “sí, padre, no queda más, no podemos hacer mucho”.
“Así, es, hijo”, me respondió y lo ayudé a subirse a la silla de ruedas. Salimos
al jardín recubierto de adoquín y los frutos del eucalipto trababan las llan-
tas como jugando una última broma o haciendo el intento para no dejarlo
ir. Le di un beso en la frente mientras celebrábamos su cumpleaños. Nos
volvió a contar cuando se madreó al Púas. Aún recordaba cada detalle de la
pelea. Sus épocas breves en el baseball. Nos contó de su amigo de la infan-
cia que le decían el Cacas. De las tardes de cine, de los tacos de chicharrón.
Nos volvimos a reír de lo mismo, a preguntar lo mismo, a decir lo mismo,
porque no había nada nuevo qué decir. Lo nuevo era enfermedad, lo nuevo
era muerte. Miré el eucalipto extenderse más allá de lo que lo recordaba,
sus hojas filosas se las llevaba el viento hacia la avenida y los frutos caían
sobre el cuello de alguna de mis hermanas que gritó con un alarido breve,
pensando que era un insecto. “Es el árbol”, respondió mi padre con una risa
ahogada por la tos. Lo miré a los ojos y le pregunté sonriendo: “¿Te ganó,
130 verdad? Nunca lo pudiste cortar”. “No quise, hicimos las paces, ya hasta lo 131
quiero al cabrón. Mira ahí todavía tiene el chingadazo que le di”. Levantó
con mucho esfuerzo su mano que parecía desmoronarse por el aire.
A veces, cuando regreso, me gusta admirar el árbol. Verlo extendido
hacia el cielo, aplastar sus frutos cafés y oler sus hojas que me recuerdan
al chicle. Me tranquiliza pensar que mi padre está allá arriba y algún día
bajará y comeremos tacos de chicharrón y veremos campeón de nuevo al
Toluca. Me gusta imaginar que hablaremos de la última pelea y me expli-
cará por qué ese boxeador está inflado por las televisoras. Me agrada soñar
que algún día bajará o yo subiré con él, y por fin podré ayudarlo. Y ya no
me aburriré sosteniendo la herramienta, cansado de no trabajar. Me gusta
pensar que hay una razón por la cual plantamos un eucalipto y esa es re-
cordarlo allá arriba, serruchando las ramas, con el sol dibujando su silueta
y reflejándose en sus canas, con sus tatuajes irradiando luz y su Beretta que
sabía descompuesta, con la cual protegió a su familia. Igual de absurdo,
igual de épico, como un mortal, un simple guerrero, que un día se enfrentó
a un titán con un serrucho oxidado y al verse derrotado, decidió hacerlo
su amigo. <
Capítulo X
132 133
P
omada antimicótica, pomada con keto-
conazol, cúrese de los hongos…”, se oía
desde la bocina que colgaba de una torre
de luz, mientras el sol de mediodía emanaba
unos rayos inclementes sobre el metal. El rui-
do de los cables de alta tensión reverberaba
en el llano seco con la furia de la electricidad
recorriéndolos en kilómetros de terreno árido
y boludo. Miles de chácharas reflejaban la luz
del sol: desde candelabros oxidados hasta pilas
interminables de zapatos que alguien más usó.
Se extendían como cadáveres sobre cientos de lonas coloridas. Múltiples
puestos de comida impregnaban el aire de docenas de aromas. Comida tan
variada en su preparación, toda condimentada por las nubes de polvo: ta-
cos de tripa, de carnitas, de cabeza y ojo, de bistec atiborrados con papas y
cebollas para disfrazar la ausencia de carne, ostiones vivos con limón, cóc-
teles de camarón, de mariscos y algo que nunca podían identificar, postres,
pasteles, helados que sabían igual sin importar de qué sabor se pidiera. El
sonido de la grabación se extendía como humo desde el punto más alto de
la torre de alta tensión: “Le digo, hay gente que huele mal, que le sale pus,
que se rasca y se rasca hasta sangrarse, con piedras, con la pared, con lo que
encuentra, para eso está la pomada antimicótica con ketoconazol, cúrese
de los hongos…”.
A la gente no parecía importarle que les recitaran coplas de enfermeda-
des cutáneas y purulentas mientras le pegaban una mordida bárbara a un
huarache de huevo con salchicha. Estaban acostumbrados a la grabación
monótona, que repetía hasta el cansancio los riesgos de tener hongos y pie
de atleta. Estaban tan habituados a ella que ya no le prestaban atención,
como el adolescente gordo que vendía los ungüentos, las pastillas y po-
madas que la grabación repetía incesantemente, mientras él trataba de no
134 quedarse dormido, con el peso del calor y la adolescencia en los hombros. 135
Completamente aburrido y acalorado debajo de la torre de alta tensión.
Hojeaba un libro tratando de concentrarse a pesar del rayo del sol que
le picaba el cuello como cuchillas. Cambiaba de postura para aparentar
intelectualidad y de vez en cuando veía por encima del libro, en búsque-
da de los ojos verdes de la vecina de puesto: una adolescente con el fleco
tieso como alambre y jeans acampanados hasta la cadera. Una muchacha
que vendía recipientes de plástico y cubetas vacías. En su mente se veía
intelectual a sí mismo, con los lentes redondos resbalándole por la nariz y
News. Ilustración / El imperio del placebo. la mano puesta sobre el mentón. “Claro, se va a dar cuenta de que yo leo
Itzel Nájera Luna es una artista, diseñadora e ilustradora originaria de la
CDMX. Su obra ha influido en la escena del street art y el diseño por su
otras cosas, no esas revistas del libro vaquero y chambeadoras que leen los
estilo inspirado en el anime, lo kawaii, la dualidad, la naturaleza, lo simple demás”, pensaba, y volvía a asomar la cabeza por encima del libro, y la mi-
y los colores. Estudió en la ENAPde la UNAM, donde cursó la carrera de raba con los ojos pelones, casi desorbitados. Su piel destellaba con el calor,
Diseño y Comunicación Visual. Sus trabajos han sido parte de campañas piel morena y colorida como el chocolate. Sobre sus incipientes pechos
de publicidad para marcas como Adidas, Nike, Sephora, Kleenex, Redbull, resbalaban gotas de un tepache que bebía a sorbos de un popote marrón.
Kia entre otras. Nació y creció en al barrio de Xochimilco. Las gotas caían como diamantes sobre su cuerpo y luego de escurrir unos
“El barrio crece contigo, la gente, el mercado, las calles... Te aporta
y te quita, te enseña, te hace... aun sigo en mi barrio lleno de
segundos se evaporaban dejando solo su sombra de piloncillo. El adoles-
contrastes.” cente embobado no prestaba atención a nada más. Su vista era eclipsada
Insta: @n_e_w_s por sus labios con brillos de sabores. Sus miradas por fin se cruzaron: la de
él, perdida en sus fantasías; la de ella, sorprendida y molesta, harta quizá salpullido o algo, primero dile que ahí dice en la etiqueta que puede tener
de recibir la mirada no solicitada. Sonrió y sus ojos de jade brillaron sobre efectos secundarios. Y ya si se ponen muy pesados pues les regresas el di-
él. El sol los hacía irradiar con tanta fuerza que el adolescente se acobardó, nero. Pero primero inténtale. Te la descuento a ti, Cholín, si te la regresan,
sin saber cómo responder a la profundidad de las joyas verduscas. Volvió ¿eh?”.
a meter la nariz en el libro como un animal asustado. “Pendejo, pendejo, Cholín, le decían Cholín al adolescente que intentó repetir el guion sin
pendejo”, pensaba, tratando de perderse en medio de las letras, rogando éxito. “En la etiqueta dice que puede tener efectos secundarios como…”
desaparecer. Pasó unos minutos fingiendo leer, hasta que miró de nuevo dijo, casi tartamudeando, pero la mujer no lo dejó terminar. “Mira, chama-
sobre el libro, pero ella ya no estaba, la había reemplazado su padre, un se- co pendejo, juégale al vergas y te van a meter las cremas en el culo, wey”.
ñor mal encarado al que también le caían gotas de tepache sobre el pecho, De inmediato sacó el dinero, y pagó una indemnización que no le corres-
que simplemente caían y ya. pondía. No tenía el corazón, ni las ganas de pelearse. Al final le importaba
La buscaba por todos lados, pero a su alrededor solo veía lonas multi- poco, sabía que nada de lo que vendía era un medicamento real. No podía
color interminables. Supuso que su diosa adolescente de mirada felina iría ganar esa discusión. Alegar como Pancho se lo ordenaba no serviría de
a comer algo. Pasaba de mediodía y comenzaba a darle hambre. Mientras nada, más que una madriza asegurada. “Quince pesos menos, vale verga”,
contaba las monedas para su comida, soñó despierto con encontrarla pi- pensó después de que la mujer se retirara, no sin antes advertirle que si las
diendo unos tacos de tripa, y él, como todo un caballero emanado de al- manchas de la piel no desaparecían le iban a ir a romper toda la madre.
guna telenovela, le invitaría una coca cola bien fría, de la que resbalarían Cholín suspiró y regresó a sus fantasías, pero no pudo. La amenaza de
gotas sobre sus pechos. Platicarían sobre ellos, sobre la vida en ese tianguis terminar pateado en el piso lo dejó intranquilo. Tomó el libro que intenta-
de chácharas. Ya tenía preparadas sus líneas: “No, mira, esto es temporal, ba leer, algo sobre un señor llamado Marx. Miró hacia todos lados y metió
mi sueño es ser veterinario y vivir en Oaxaca. Acabo de terminar la secun- en medio del libro un número de chambeadoras, donde se leía “la Chichi-
136 daria, y esto es mientras entro a la prepa. Tengo ambiciones y me gusta cienta” y una mujer voluptuosa aparecía desnuda en la portada, cubrién- 137
mucho el ska, ¿y tú?”. Era una línea ganadora. Después se besarían suave- dose los pechos gigantes, casi monstruosos, mientras un ladrón que no
mente, con un mordisco pequeño en los labios, de esos que se daban en las se parecía en nada a los Chacales, con antifaz y playera a rayas, se colaba
películas y transcurrían en cámara lenta. Se llenarían de besos húmedos, excitado por la ventana.
como los imaginaba ser cuando por las tardes su mano ocupaba el lugar Se sentaba todo el día sobre un maletín viejo donde al finalizar su jor-
de novia imaginaria, y el índice junto con el pulgar actuaban como unos nada guardaba la mercancía. No quería gastar en una silla, porque había
labios gruesos y suaves. Juntarían sus bocas a lado de una paca de ropa tomado ese trabajo para ahorrar lo suficiente. Unos tenis Fila, un jersey del
que alguien en Estados Unidos desechó, recostándose suavemente sobre Jazz de Utah, un PlayStation, eran sus únicas motivaciones, que lo hacían
un catre viejo lleno de pantalones rotos, haciendo a un lado el letrero de: resignarse a que el asa se le incrustara en el culo, a que la tierra le dejara el
“ay, wey, qué ofertón”. rostro tiznado y el sol le quemara la piel.
Casi podía sentirlo. Soñaba despierto mientras sonreía estúpidamente La tarde caía en el tianguis, mientras la grabación repetía: “Pomada an-
hacia el cielo, sonrojado en su fantasía de la tarde. Pero una voz aguda y timicótica, pomada con ketoconazol, cúrese de los hongos…”. La gente co-
enojada lo interrumpió, sacándolo a patadas de su ensoñación. “Tu pinche menzaba a levantar las lonas llenas de chácharas que pasaban la prueba
crema me sacó granos, cabrón”, dijo una mujer que no pasaba de los treinta de calidad. Muchas otras que habían tenido precio durante el día, fueron
años. Tenía el rostro lleno de manchas escarlata, como si se hubiera puesto abandonadas al momento de que los puestos se levantaban. Un zapato sin
las mismas horas bajo el sol que él. “O me regresas el dinero, o ahorita vie- par, un reloj estrellado, una televisión sin el cinescopio, eran devueltos a
nen a romperte tu madre”, continuó mientras aventaba la crema a la tierra. la basura de la que ellos los habían sacado por primera vez para ponerles
El adolescente recordó a su jefe, a Pancho, el dueño del imperio del placebo precio. Los abandonaban para aligerar la carga de regreso, para que el ca-
y la charla con la que lo capacitó: “Si alguien viene a chingar, que le sacó rrito de supermercado que servía de carretilla no se atorara en medio de
la tierra. Determinaban qué basura aún tenía un valor y se iría con ellos y tes: palas, picos, escaleras, brochas y soldadoras eran revendidas por Pan-
cuál sería abandonada para que las sombras, con su paso aletargado, con cho cuando el tiempo pasaba y nadie podía salir del abismo de las deudas.
las almas pegadas al piso las recogieran horas después. Los adictos le empeñaban todo lo que robaban, o recién habían comprado
Solo una vez había presenciado a las sombras, y bastó esa única ocasión con la esperanza de rehabilitarse, pero cuando la droga les picaba la nuca y
para que tuviera pesadillas y rogara no quedarse tan tarde de nuevo en sentían el vacío en sus corazones que confundían con falta de humo blan-
medio del tianguis desierto. co en su pecho, tomaban las bicicletas que habían regalado a sus hijos, la
Había sido meses antes, bajo un cielo obscurecido, ese cielo que se resiste televisión con la que buscaron el perdón de su esposa, la ropa de trabajo al
a dejar entrar a la noche. Aquel domingo la luz se extinguía detrás de las que no regresarían, juntaban todo y se lo empeñaban a Pancho a cambio
torres de alta tensión y nadie llegaba por él. Quería pedir un taxi y salir de un billete que pudiera transformarse en humo. Él les daba efectivo, les
corriendo de ahí, pero la bocina colgada en la torre de alta tensión se lo im- compraba las cosas a una décima parte de su valor y ellos lo aceptaban con
pedía. Le faltaba el valor suficiente para subir por ella y descolgarla a más sumisión. A pesar del abuso, lo respetaban, porque el cacique no les rom-
de veinte metros de altura, “además eso es trabajo del culero del Ñoño”, pía los dedos de los pies si no pagaban, no los perseguía hasta sus casas,
pensaba. El capataz del placebo tenía maestría en aventar el laso, en trepar no les aventaba los perros en las costillas, solo vendía todo en el tianguis.
la torre a pesar de su gordura y recuperar la bocina aprisionada por la elec- Porque Pancho nunca perdía un solo peso que saliera de ese fajo de billetes
tricidad. Pero para Cholín era impensable. Tenía miedo de lo que le había que guardaba a lado del pene.
platicado Juan: “Al sobrino del Pancho lo jalaron los cables de alta tensión. Colocaba una lona, se ponía una gorra en la cabeza y mientras devoraba
Te lo juro, wey, dicen que esas madres si estás cerca te atraen y te quedas nueces de la india que a nadie compartía, las cosas de la gente se esfuma-
pegado, así bien culero”. No tenía claro cómo funcionaba la electricidad, ban en las manos de un comprador oportunista. “Deme cien más y llévese
pero no quería averiguarlo. Le aterraba el sonido de la corriente como mi- la pala”, decía Pancho y la gente desconfiaba. “¿Por qué tan barata?, ¿está
138 les de abejas atrapadas en tubos. quebrada o qué?”, le respondían, y de su lengua viperina brotaban sus dotes 139
Le temía tanto a la electricidad que desconectaba con su playera la ba- de merolico, en palabras envenenadas y ponzoñosas. “Ya para que me vaya,
tería de auto chorreada de ácido que llenaba de energía al merolico auto- jefe”, “es que tengo un apuro económico”, “mi hijo está en cana, carnal,
matizado. Tampoco podía abandonar la bocina, sería peor. Pancho se la échame la mano”, decía cuando estaba de buenas, pero en un mal día, luego
cobraría al triple de su valor, o quizá más. Adiós a sus ahorros, adiós a sus de pelear a golpes con su esposa, de que llegara la patrulla porque estuvo a
tenis Fila. Trabajaría eternamente bajo su yugo para pagar la deuda, así punto de matar a patadas a uno de sus hijos, sacaba lo peor de sí con la gen-
como Juan luego de que le robaran todo el dinero en un día. Se cumplirían te: “Estaba barata, pero la neta mejor no”, “búscale a ver si encuentras más
las palabras ominosas que Pancho le había dicho poco antes, cuando el bara, galán”, “si no le alcanza pues no lo compre, señora”, y a pesar de eso,
Cholín llegó emocionado a presumirle a los demás que se había quedado al medio día todo desaparecía. Recuperaba su dinero, ganaba otro tanto y
en la prepa de su elección, que su sueño de ser veterinario y vivir en Oaxa- volvía a su casa a comer nueces caras y contar billetes.
ca estaba más cerca. Se consumaría esa profecía que Pancho repetía y él se Por eso Cholín no quería deberle, no podía deberle, así que solo se sentó
negaba a aceptar. “¿Para qué estudias, Cholín?, ni vas a terminar”, le decía a esperar en medio del tianguis desierto y con la poca luz azul que aún se
cada día de paga, mientras extraía unos billetes del fajo amarrado por unas resistía a desaparecer, sentado en la maleta y con el asa incrustada en el
ligas y se los entregaba de mala gana. culo.
Por eso se negaba a deberle. No quería tener una deuda con el cacique, Pero ese día, cuando vio a las sombras, la camioneta no aparecía, y a lo
como la tenía la mitad del barrio. Pancho prestaba a medio mundo a cam- lejos no se miraba nada más que las luces de los autos que comenzaron a
bio de sus pocas cosas. Las señoras, con el apuro económico por culpa de iluminar cuerpos que parecían emerger de la tierra, con cubetas y bolsas en
un hijo adicto, le empeñaban planchas, licuadoras y hasta una olla exprés. las manos, con lonas y costales en los hombros. Cholín los miró a lo lejos:
Los hombres dejaban sus herramientas de trabajo a cambio de unos bille- las sombras hurgaban entre la basura de los puestos de comida; hacían a un
lado a los perros, tirándoles pedradas; inspeccionaban los restos y cuando playera blanca y grasosa ocultaba su torso arrugado del que colgaba una
algo comible aparecía, lo guardaban en una de las cubetas. Un pedazo de cadenita con la Santa Muerte. Cholín se puso en pie y con la voz nerviosa
salchicha, una milanesa mordida a la mitad, un mango picado aún en su contestó: “Ya van a venir por mí ahorita, luego me dejan hasta el último”.
vaso, todo terminaba en los botes de plástico. Otras sombras se escurrían El anciano no contestó: inspeccionaba con detalle las cosas, el maletín, el
por las montañas de chácharas excluidas y abandonadas. Recogían el zapa- amplificador y la mesa plegable que reposaban sobre él. Un auto cruzó len-
to sin par y lo aventaban hacia el costal para que acompañara a los tacones tamente e iluminó los cables, el anciano los siguió con la mirada llena de
rotos y los tenis con las suelas desgastadas. Otras sombras más se revolvían cataratas hasta la torre de alta tensión. “¿Esa es la bocina que suena todo el
entre las montañas de ropa vieja, sacaban unos pantalones roídos y llenos día?”, preguntó mientras levantaba por completo la cabeza. “Es de las caras,
de polvo. Los sacudían y luego de una breve inspección los aventaban hacia ¿no joven?, ¿quiere que le ayude a bajarla?”. Cholín sintió un piquete en
los costales. el pecho y los brazos comenzaron a entumírsele. “No, jefe, cómo cree, no
Eran como muertos buscando sus extremidades, alguien les había arran- se preocupe ya casi llegan”, respondió mientras apretaba el pie en el tenis
cado las piernas y buscaban un reemplazo en los pantalones olvidados, tratando de sentir el dinero. “Ahorita le digo a mi hijo, espérese”, dijo el an-
sus ojos quizá yacían en lo más profundo de esa montaña de cáscaras de ciano y de sus dientes chimuelos salió un chiflido casi imperceptible. Nadie
naranja que el puesto de jugos había dejado. Buscaban sus dedos perdidos respondió a lo lejos y Cholín agradeció la falta de dientes en el viejo. Estaba
entre cables y tornillos desperdigados por la tierra. Cholín los veía acer- por contestarle, cuando el llamado del anciano reverberó por el baldío:
carse, peinaban el terreno y una vez que no había nada más qué recoger, “Javitos, ven para acá”, gritó, y a lo lejos todas las sombras giraron la cabeza
caminaban hacia él. hacia él, como gatos sorprendidos por el ruido, con sus ojos reflejando la
No veía bien sus rostros: por más que apretara los ojos, la luz era poca luz de los autos. Sintió que el corazón le golpeaba el pecho cuando las som-
y los autos pasaban rápido. Faltaba poco para que el cielo fuera completa- bras comenzaron a caminar en su dirección. Primero avanzaron despacio,
140 mente negro y la noche de domingo se fundiera con la tierra que no refleja- pero sus pasos se aceleraron tan rápido que en unos segundos casi podía 141
ba ya ningún color. Cholín los veía tambalearse. Caminaban a paso ligero, verlas a su alrededor. “No, jefe, cómo cree”, dijo con la voz quebrada, casi
arrastrando las piernas y los brazos. Sombras jorobadas que luchaban por como llanto, mientras escuchaba los pasos resonar sobre la tierra. El ancia-
no evaporarse en el viento, que se asían a la tierra con bastones de madera no lo ignoró y comenzó a levantar los cables de la bocina con las manos, a
improvisados de alguna tabla. recorrerlos con sus dedos arrugados y llenos de grasa de motor. Un hom-
Guardó el dinero en uno de sus tenis cuando miró a una sombra acer- bre salió de las sombras, con los dientes amarillos, con los labios partidos y
carse a pocos metros de él. Era un anciano, al que la luz de los autos le secos como pegamento. Una playera azul ocultaba una delgadez dolorosa.
iluminaba el rostro de vez en cuando. Sobre su espalda, un costal repleto “Javitos, trépate y baja la bocina. Ya nos dio permiso el joven”. Cholín aferró
de ropa roída, seleccionada de la tierra, hacía de segunda joroba. Sus ojos con todas sus fuerzas el frasco de concha nácar. Sus dedos rosaron el cristal
parecían blancos, desprovistos de toda vida, e intercambiaba gemidos y el en señal de defensa, pero ellos lo ignoraban. Dirigían las miradas hacia la
tarareo de una canción. “Si me quiere hacer algo le pego con un frasco de bocina como si estuviera hecha de oro. El hombre soltó una cubeta repleta
concha nácar, al fin es de vidrio”, pensó Cholín mientras abría de nuevo la de algo parecido a la gelatina. Inspeccionó al Cholín. Miró las cosas sobre
maleta y buscaba con desesperación el frasco de cristal. “Chingada madre, la tierra y le sonrió sin decir nada. Estaba por subirse a la torre, cuando el
puse las cremas hasta arriba”, musitó mientras sentía el frasco de vidrio en sonido de un camión se escuchó cruzar por la tierra disparando piedras
los dedos. por el terregal. Las cumbias y el motor les robaban el sonido a los cables
“Buenas noches, joven, ya lo dejaron solo”, dijo una voz carrasposa y de alta tensión. “Ah mire, ya llegaron por mí”, dijo Cholín, completamente
Cholín sintió como si se le pegara al cuello y le perforara los oídos. Sujetó aliviado, mientras sacaba el aire contenido en sus pulmones y distendía el
el frasco y se dio la vuelta despacio. Miró al anciano en la obscuridad. Le pie que había sudado el dinero. “Ya, jefe, ya no es necesario”, continuó y al
faltaban los dientes superiores, y a pesar de eso sonreía con las encías. Su regresar la mirada, el anciano y su hijo tomaron sus cosas refunfuñando y
desaparecieron en la obscuridad de la que habían emergido sin decir una Tiempo después descubriría que Pancho lo sabía todo, pero lo toleraba
sola palabra. y fingía demencia. Les hacía creer que le ganaban, que perdía dinero, que
Las luces del camión iluminaron su rostro quemado por el sol. Apagaron le robaban al inflar el precio de las cápsulas de aceite de cahuama, que en
el motor y bajó el Ñoño acompañado de Juan y otro adolescente a quien realidad eran de hígado de bacalao, o las pastillas de boldo, cuyo contenido
apodaban el Miquito. “No mames, Cholín, ya hubieras bajado la bocina, era simple trigo molido. Ninguno de los empleados del imperio de placebo
culero”, dijo Juan y comenzó a trepar la torre de alta tensión. “Por qué se sospechaba que todo era parte del plan de Pancho para que vendieran más,
tardaron tanto, no mamen”, respondió Cholín mientras el Noño contaba el para que se esmeraran en repetir el discurso del merolico, para que enseña-
dinero de la cuenta y agregó: “No, mames este dinero huele a patas, cabrón. ran las carpetas con enfermedades de la piel donde se veían pies carcomi-
Pancho nos mandó a comprar lanolina. Pero es tu culpa, culero, te hubieras dos por los hongos, uñas enterradas con violencia, salpullido que generaba
ido en taxi, no mames. Cuando vimos que no llegabas nos venimos para hoyos en el rostro, acné que sepultaba las sonrisas de adolescentes.
acá. Al chile yo pensé que ya te habían chingado los chachareros. ¿A poco Terminó de contar el dinero y a lo lejos volvió a aparecer el camión. Era
no, Miquito? Dijo el Pancho que a este wey ya se lo habían violado esos tan viejo que siempre dejaba detrás una nube de humo negro que hacía
weyes”. Cholín tragó saliva y a lo lejos las sombras seguían destripando los toser a quien lo respirara. La rutina se repitió. Descolgaron la bocina, su-
restos del cadáver que era el tianguis. bieron las cosas, se sentaron en el piso del camión sin asientos mientras
Solo esa vez había presenciado a las sombras y nunca más quiso que el Ñoño pasaba topes a propósito para hacerlos golpearse en las paredes.
volviera a pasar. Le reconfortaba que aún permanecían en el piso varios Cuando el camión recorría la tierra, desde la puerta mal cerrada, Cholín
puestos, los suficientes para que las sombras no brotaran aún de la tierra. miró a las sombras que comenzaban emerger de la tierra, con sus botes y
Cholín miró el reloj de plástico azul que decoraba su muñeca. Estaba a costales ataviados en el cuerpo.
punto de dar las seis de la tarde. La chica del copete tieso se había ido, car- La casa de Pancho estaba desprovista de todo lujo. Una mesa de madera
142 gando las cubetas junto con su padre. Sentía el rostro quemado y seco, el a punto de quebrarse servía para comer frijoles con huevo y contar dinero. 143
sol de verano era más agresivo que la señora llena de manchas. Prometió Alrededor, cientos de chácharas empeñadas ocupaban el lugar de sillones,
llevar un paraguas al día siguiente, mientras guardaba los billetes en el li- y en los cuartos sus hijos dormían en camas sin colchón, porque Pancho
bro de Marx con dibujos. afirmaba que dormir sobre ellos jodía la espalda, una más de sus mentiras
A diferencia de la vez que vio a las sombras, ese había sido un buen día comunes, merolico con sus propios hijos, sin confesarles que nunca les
como vendedor de placebos: ciento cincuenta pesos para él solo, ya libres quiso comprar uno, que los condenaba a dormir sobre cobijas viejas y las
luego de un huarache de queso, un agua de fresa que sabía a todo, menos rejillas de acero en la espalda, para que el dolor del cuerpo les recordara
a fresa, varias nieves de limón y un libro de ciencia ficción que compró el suplicio eterno de la pobreza que él vivió. Era una casa del barrio, casi
en las chácharas. Aún le faltaba sumar los setenta pesos de salario diario, intacta de la época de la nada. Sin puertas, sin yeso, sin acabados más que
porque su verdadera ganancia provenía de subir las cremas cinco pesos, las un piso de cerámica donde se acumulaban los botes de lanolina que hacían
pastillas otros diez, el ácido para callos hasta el doble. Ejercía el sobreprecio pasar como crema con ketoconazol, donde las píldoras de aceite de pescado
de la mercancía como una práctica común en la que todos los empleados yacían en cubetas, esperando a ser rebautizadas como aleta de tiburón.
participaban, como justicia por el miserable sueldo que les pagaba Pan- Pancho contaba los frascos con los que salían y cuando regresaban lo
cho, como venganza por las cremas que les cobraba injustamente cuando volvía hacer. “Faltan cinco cremas, son trescientos. Faltan diez pastillas de
hacían brotar salpullido y manchas inexplicables a aquellos que esperaban boldo, son trescientos. Dos de callos, veinte pesos. Tu cuenta es de seiscien-
curarse del acné. Subían unos pesos como seguro frente a la piel quemada tos veinte. No mames, Cholín, ¿y así quieres estudiar?”, preguntó Pancho al
por el sol, a los pulmones sucios por la tierra, a la diarrea que les aquejaba adolescente que sentía tanto ardor en la piel que le hubiera comprado una
al regresar luego de comer fritanga polvorienta y, lo más importante, eleva- crema, si no supiera que le ardería más. “No vendes ni madres, cabrón. Y
ba los precios como un bono por el miedo recurrente a las sombras. yo de pendejo poniéndote en la cháchara, ¿qué te he dicho, wey?, insísteles,
enséñales las fotos de la carpeta, que se espanten con el pie diabético. Estás do vas a empezar clases?”. “Hasta que acabe la huelga”, respondió Cholín
de la verga, si yo voy vendo todo, cabrón. El siguiente domingo te vas a mientras olía las papas con chorizo y calentaba unas tortillas. “Te va a salir
ir conmigo para que aprendas porque pues así no sale. ¿De qué te sirven más caro el tratamiento que lo que ganas ahí. Te pones la crema, y no quie-
tantos pinches libros si hablas como pendejo cuando vendes?”. Pero Cholín ro que estés tan noche afuera, cabrón, ya me urge que se vayan a la escuela”,
no respondía, solo miraba el piso como perro regañado. Esperaba salir de dijo su madre y regresó al lavadero. Cholín se metió al cuarto, sacó el dine-
ahí, comprar un refresco y beberlo mientras hacía cuentas de sus ahorros. ro de su tenis con cuidado, en su paranoia Pancho lo podría espiar por la
“Sí, Pancho”, ya me voy a aplicar, wey, perdón”, respondió mientras sentía ventana, guardó el libro de Marx con dibujos, y volvió a leer Chichicienta.
los billetes con los dedos del pie en su otro tenis. Dinero sudado, dinero Abrió el refresco de limón y comenzó a contar el dinero sudado, junto con
aparte, que no provenía de elevar los precios, que no entraba en la cuenta, sus ahorros, mientras comía papas con chorizo. “Me baño y ya a la verga”,
que no era su sueldo. pensó. No quería salir, ir a la casa de Juan era verlos fumar piedra toda la
Eran billetes producto de su acuerdo con la esposa de Pancho. Lo llegaba noche. Dani no le hablaba desde que de sus labios solo brotaba humo blan-
a buscar a la cháchara, llevando en la bolsa frascos de cremas y pastillas que co. Salir a la calle a no hacer nada tampoco era opción. Lo exponía de nue-
le robaba a su esposo cuando dormía. “Es para tener un dinero extra para vo a terminar con una escopeta casera en las manos, como aquella vez que
sus hijos, porque ya sabes cómo es”, le decía los domingos cuando aparecía, estaba sentado sin hacer nada y terminó corriendo con los tubos cargados
con los lentes obscuros que ocultaban los golpes de la noche anterior y el de perdigones, en medio de un ajuste de cuentas por un estéreo robado a
labio hinchado como un gusano. Le preguntaba cuánto había vendido y un microbusero que ni conocía. “Acompáñame, Cholín, no seas culero”, era
hacía cuentas en su mente mientras sus ojos almendrados llenos de miedo la frase que lo había metido en medio de riñas ajenas, persecuciones arma-
inspeccionaban el tianguis. Pancho podría aparecer a lo lejos y ella, al sa- das, compra de droga y muchas cosas más que pensaba acabarían cuando
berse en peligro, no le quedaría más remedio que aceptar el castigo, como tuviera el dinero suficiente para un Playstation y no tuviera que salir más.
144 aquella vez que la dejó amarrada, o cuando la mandó a dormir a la calle. Sumó el dinero, hizo cuentas, mordió la tortilla y cuando daba el último 145
Por eso lo hacía con cuidado, seleccionaba bien a sus cómplices. “Tú te ves sorbo al refresco descubrió con una sonrisa que, por fin, podía renunciar.
distinto, Cholín, no eres como el Ñoño y esos culeros que se van a quedar No se presentó al día siguiente, cuando lo fueron a buscar dijo que se
aquí por siempre. Eres buen chavo. Ya entenderás cuando crezcas”, le había sentía mal del estómago, lo cual era mitad verdad y mitad mentira. Sí tenía
dicho la primera vez que le puso los frascos en la maleta, cuando Cholín diarrea por el huarache de queso polvoriento del día anterior, pero no era
pasó de vender treinta cremas a solo quince. Cuando dejó de ser el mejor tan grave como afirmaba. Ese día volvió a contar el dinero, para estar segu-
mentiroso, el merolico nato favorito de Pancho, y pasó a ser el pendejo del ro de su decisión. Había juntado todo, ni un peso más, ni un peso menos.
Cholín, que no vendía mucho, al que Pancho regañaba diario como si un Caminó hacia la casa de Pancho donde lo encontró comiendo nueces y
hijo le hubiera fallado, sin saber que sí vendía, que sí tenía la labia suficien- contando dinero. Había preparado un enorme discurso, aderezado con pa-
te para hacerlo, que quizá eran los libros los que le ayudaban. Vendía mu- labras que recién había descubierto pero que no entendía bien su significa-
cho, pero los frascos que ella le llevaba terminaban borrando todo vestigio do. Proletariado, plusvalía, medios de producción, palabras relucientes que
de su talento. “Vendiste cuarenta, te dejo veinte cremas y nos vamos a las al final no ocupó cuando solo dijo: “oye, Pancho, ya no voy a trabajar, mi
michas”, le decía ella y la mitad del dinero terminaba en sus manos, y la mamá ya no me deja porque ya voy a entrar a la escuela”. El cacique ni si-
otra en su tenis viejo y sudoroso. quiera lo miró a los ojos, contaba el dinero y escribía el número de cremas
Cholín llegó ese día a su casa, luego de soportar los insultos de Pancho, en el almacén. “Te haces, pendeja, Caro, me faltan treinta de boldo”, gritó
de despedirse del Ñoño a quien ayudó a probar unas bocinas nuevas para hacia el cuarto de donde emergía un llanto ligero y callado. “Está bien,
lograr su sueño de ser sonidero. Abrió la puerta y su madre lo mandó a Cholín, ya sáquese a la verga”. Hizo una pausa y preguntó sin verlo: “¿No
bañar de inmediato. “Mira nomás cómo vienes”, le dijo mientras sacaba la me debes nada?” y Cholin sintió un orgullo secreto cuando respondió “no”.
crema que sí curaba. “Estás todo quemado. Ya búscate otro trabajo, ¿cuán- “¿Para qué estudias, Cholin? Si ni vas a terminar”, dijo Pancho mientras
comía un puño de nueces de la india que nunca nadie lo vería compartir.
Cholín no supo nada de él después de ese día. Ya no le gustaba salir,
porque el Ñoño y Juan le repetían las mismas palabras de Pancho. Se ha-
bían vuelto versiones más jóvenes de él. Meses después el imperio del pla-
cebo siguió dando ganancias, tantas que se veían reflejadas en la fiesta de
cumpleaños de Pancho, donde invitaba botellas gigantes de ron y las ollas
de comida alimentaban a extraños y conocidos; donde el Ñoño se estrenó
como sonidero y el Miquito como su asistente; donde Juan celebró su libe-
ración de la piedra, y Dani mendigaba piedra a los demás. Fue en una de
esas fiestas opulentas, con carpa gigante y arreglos de globos, con luces de
disco y sillas plegables, que por primera vez los Chacales descubrieron que
su amigo adinerado, que el Sultán de la pomada para los hongos, tenía unos
nuevos conocidos, a los que apodaban los Muñecos, quienes como acto de
presentación en sociedad le metieron una bala en la pierna al Cachetes,
frente a la mirada atónita de los deudores de Pancho que simulaban ser sus
invitados, frente a los ojos de aquellos que se alimentaban del imperio del
placebo. Se escucharon varios disparos, los primeros de lo que sería años
después la guerra en el barrio. Mientras a lo lejos, a la misma hora, otras
balas, unas virtuales, salían de la televisión. Cholín apretaba el control tra-
146 tando de pasar un último nivel. Puso pausa para escuchar mejor, pero pen- 147
só que los disparos en la calle eran fuegos artificiales. Regresó al sillón y sin
querer le subió con el culo a la televisión. El estruendo despertó a toda la
familia y solo se escuchó el grito enojado de su madre: “Ya apaga esa chin-
gadera y duérmete, cabrón, que mañana tienes escuela y tienes que ir con el
pinche dermatólogo”. Cholín apagó la consola y al lavarse los dientes miró
su rostro lleno de dermatitis por el sol, al acné adolescente pululando en su
frente, y recordó aquella vez que una mujer antes de comprarle una crema
de concha nácar, con el billete en la mano, a punto de pagar, descubriendo
sus mentiras en un brote de lucidez, le dijo: “Y si la crema cura el acné, ¿por
qué estás todo lleno de barros, mamón?”. <
Capítulo XI
148 149
R
“ ómpele su madre, cabrón. Así, patéale la
cara, que no te dé la vuelta el puto”, gri-
taba el Negro, luego aplaudía y se atra-
gantaba en medio de una carcajada que expul-
saba chorros de cerveza en el patio. “Ya te dio
la vuelta, pendejo. Párate, Edwin. Túmbale las
patas. Agárrasela cuando te pegue. Así, chin-
gao”, gritó el Púas, luego de que el sonido de
la cabeza impactando sobre el concreto hiciera
eco en el pasillo.
“Párate, Irving, no te pasó nada, mierda. Sin chillar, nomás chillan las
pinches viejas y los pinches putos. ¿O quieres que te digamos la Irving?”,
le gritó el Negro mientras le daba otro sorbo a la cerveza. El niño se
puso en pie y sus lágrimas fluyeron sin ruido, solo un sollozo pequeño
que reprimió antes de arrojarse de nuevo con los puños afilados hacia su
hermano. “Así, culero, vas, dale un putazo en la jeta. Noquéalo al culero,
ódialo al pinche mugroso”. Gritó el Negro mientras los dos niños arroja-
ban golpes al aire, ocultando el deseo de no hacerse daño, de abrazarse
y llorar juntos, con sus manos raspadas por el piso, con los codos san-
grantes luego de las caídas en la grava y las rodillas hechas jirones, des-
pellejadas por una pelea que no entendían. “Cámara, Edwin, no jales los
pelos, no seas puto. Si lo trenzas pégale por abajo. Así, en medio. Métele
el putazo cuando te agarre”, gritó el Púas cuando los niños se abrazaron,
prensados del cuello. Intentaban tirarse el uno al otro con el pie. Sus te-
nis rotos salían a presión producto de los pistones que no querían darse.
Ninguno de los dos soltaba golpes, solo unían sus brazos, deteniéndose,
con el llanto mezclado en los pómulos, y las lágrimas saladas que al escu-
rrir se unían haciendo una sola.
“Pinche par de putos, ya me aburrieron con sus mamadas”, dijo el Negro.
150 Se puso en pie y los separó de un golpe, con el anillo en forma de serpiente 151
que nunca se quitaba del anular. Los dos niños explotaron en llanto. El
metal les punzaba en el cráneo. Se sobaban las cabezas buscando la sangre.
“Tienen tres para dejar de llorar o me los puteo”, gritó el Negro mientras
les enseñaba la serpiente que fulguraba bajo el sol. “Ya déjalos, Negro, no
mames”, gritó el Púas al verlos aterrados, con las playeras rasgadas por la
pelea, y los raspones levantándoles la piel. “Nel, estos pendejos o aprenden
a defenderse o al rato se los chingan”, respondió el Negro y siguió con la
cuenta regresiva: “tres, dos”. Los niños se sorbieron los mocos y aguantaron
el llanto. El dolor se les fue al pecho y nunca más saldría. Las lágrimas se
les aprisionaron en la garganta, como moscas y de ellas después saldrían
Javier Medellin Puyou “Jilipollo”.
Ilustración / Los Gemelos.
gusanos. “Eso, chingada madre. Dale la mano a tu carnal, cabrón y ya sá-
Arquitecto e ilustrador mexicano. Su trabajo se ha convertido en una oda quense a la chingada”, dijo el Negro mientras abría otra cerveza y miraba
a la década de los setentas Californiana, los grabados antiguos japoneses, de reojo al Púas. “¿Qué me ves, pendejo? No quiero que acaben como tú”.
la iconografía pop y las visiones futuristas donde mujeres hermosas son la El Púas miró a los niños, con sus brazos escuálidos, con la piel morena
población dominante. llena de jiotes y los ojos hechos agua. Recordó el dolor en los codos, los
Para mi el barrio es lo que da identidad, representación y perte- raspones en las costillas, la mandíbula a punto de quebrarse por una pa-
nencia a un sector social y cultural dentro de una urbanización.
También es un status que no todos poseen :)
tada mal dada del Negro hace años. Sus sobrinos no eran como el Negro,
Insta: @jilipollo • Web: [Link] eran como él, o al menos eso creía al recordar la misma escena con su
padre, cuando se enojaba con él por ser débil, por no tener huevos, por no solo el Negro y el Púas podían verla, la sangre compartida, espesa como
estrellarle esa piedra picuda a su hermano cuando lo tenía vencido en el aceite, se los permitía.
piso. Así como ellos se negaban a destruirse, él en ese entonces no quiso Ni siquiera su esposo la miraba: un señor de bigote, del que nadie sabía
romperle la pierna y cobrar venganza por los años de tortura que el Negro nada hasta el día que decidió escapar de su propia casa. Solo lo recordaban
y su padre disfrazaban de convivencia familiar. La biblia decía algo sobre siendo golpeado por Karen, con la cara arañada y la carne al rojo vivo, se-
lo que sentía, pero no recordaba qué era. A su mente solo venía esa imagen midesnudo y ebrio mientras el Negro y el Púas lo amenazaban de muerte.
de un hombre que decidió matar a su hermano con una piedra, la misma “Vuelves a tocar a mi hermana y te mato, pendejo. ¿Me oíste? Te pinches
imagen que nunca sacó de su cabeza hasta que él no tuvo que hacer nada y mato”, gritó el Negro días antes de que el hombre se esfumara en la polva-
disfrazó su regocijo con lágrimas. reda que por ese entonces le secaba la sangre en los zapatos.
Karen llegó del mercado más tarde, con la niña de la mano y la bolsa de Pero nadie había visto a ese hombre ser agresivo. Nadie lo recordaba
mandado repleta de huacales de pollo en la otra. Miró a sus hijos llenos de haciendo otra cosa que no fuera beber sin camisa sobre el comedor. Con
golpes y con los ojos hinchados, con la ropa rota y los pantalones sucios. la mirada arrobada en las moronas de pan que se extendían por la madera,
El Negro y el Púas ya no estaban, se habían ido al callejón a perderse en desgranando elotes que traía en un costal, sin prestar atención a nada, ni
ese domingo eterno que era su semana. “Hijos de su puta madre”, gritó, y a sus hijos que rompían algo de su hermanita para entretenerse en el tedio
descolgó el cinturón de la puerta. “Creen que la ropa nos la regalan, pen- de la tarde, ni a la televisión que transmitía una vieja película mexicana,
dejos”, y el sonido del cuero vibró por el aire. El estruendo de la piel siendo ni a su suegra que la miraba atentamente, postrada en la silla de ruedas,
latigueada salió por las ventanas junto con el llanto de los niños. “Mi tío bebiendo una cerveza directamente de la botella y comiéndose la ceniza
nos dijo que nos peleáramos, mamita”, respondió Edwin mientras cubría del cigarro como si fuera sal. Los ojos del hombre eran los del reo que no
su espalda de los golpes del cinturón. “Sí, fue mi tío”, berreó Irving, pero podía escapar, del perro tras la reja que ruega por brincarla. Quizá era eso
152 Karen los ignoró y golpeó las heridas aún abiertas con la hebilla. Ahí en los lo que mantenía su mente ocupada en las moronas de pan: ¿cómo escapar?, 153
raspones donde otros niños recibían mertiolate, ellos sentían el cuero. Ahí ¿cómo llevarse a los niños?, ¿o si realmente quería llevárselos? Y quizá, eso
en los chichones que en otras casas eran desinflamados con azúcar, ella los también era lo que le molestaba a Karen. En sus cavilaciones taciturnas
hinchaba de nuevo. “¿Y para qué le hacen caso?, ¿son pendejos? Mándelo a lo veía planear, lo miraba imaginar que la mesa se abría como un portal,
la chingada. Ya me tienen hasta la madre”. Siguió golpeándolos varias veces que los granos de elote brillaban como pepitas de oro. Y Karen se enojaba,
como un capataz, a cada chicotazo del cinturón agregaba: “Se vuelven a sentía que la soledad se le iba a la garganta y el resentimiento a las uñas que
pegar por culpa de esos pendejos y les va peor”. Y los gritos rasgaron las pa- terminaban enterradas en el rostro del hombre que le pertenecía.
redes, y los vecinos cerraron sus ventanas para que el dolor no se les colara, Karen nunca había aprendido a pedir, ella tomaba, fueran cosas, espa-
como si pensaran que pudieran contagiarse del sufrimiento. cios u hombres. Acostumbrada a hacerse querer a golpes, al cariño de los
Nadie sabía el porqué de Karen, por qué nunca sonreía, por qué su forma puños, no sabía cómo pedirle que no se fuera más que encerrándolo en
de amor era la cachetada y el tirón de greñas, por qué el “buenos días” a esa prisión de tabique gris y pelón. No hallaba otra forma de demostrar
los vecinos era una mirada de odio tan profunda que los hacía voltear la su necesitado afecto más que con la humillación, así la había educado su
cabeza hacia el piso, como si en sus ojos se hallara el Diablo mismo. Pocos padre del que también nunca supieron nada más y solo les dejó como he-
le dirigían algunas palabras, y otros tantos las pronunciaban detrás de ella. rencia la dureza en la sangre. Así la había enseñado su madre a querer, con
Que si se había peleado con doña Karla rompiéndole la nariz, que si les ha- quemadas de cuchara en el rostro, con latigazos de mecate en la espalda, su
bía dicho a sus hermanos que se madrearan al esposo de Laura porque sus madre de quien parecía cobrar venganza al verla casi inmóvil en la silla de
hijos se burlaban de ella, que si los elotes y esquites que vendían estaban ruedas oxidada.
hechos de puro huacal echado a perder, elote barato y epazote. Todo el ba- El hombre al que nunca le llamaron “amor”, sino “el puto Rubén”, vivía
rrio murmuraba detrás de ella, porque de frente nadie se atrevía. De frente bajo la amenaza de muerte de sus cuñados, sus carceleros que nunca
dejaban de vigilarlo, que lo torturaban para que aprendiera a amar como por todo el rostro. Su alma se esparció en ella como una enfermedad con-
ellos, con el dolor como caricia. Hasta que un día dejó de mirar la mesa, tagiosa. Los granos y moretones transformaron su rostro pueril en uno
limpió las moronas y se esfumó en la nada, como muchos otros hombres avejentado por los gritos que profería el Púas al patear la puerta de su nue-
del barrio. vo hogar. “Pendeja” y pateaba, “puta”, y la puerta parecía caerse. “Culera”, y
Salieron a buscarlo. Karen sostenía a la niña y gritaba desesperadamen- el sonido de los cristales rotos hacía eco por los pasillos, donde los vecinos
te, envuelta en un llanto rabioso: “Rubén, ¿dónde estás, cabrón?, Rubén, cerraban de nuevo sus ventanas, para que aquella enfermedad que había
chingada madre”, mientras el Negro y el Púas interrogaban a los niños y a acabado con la juventud de la muchacha no se metiera a sus casas.
uno que otro borracho que venía de la polvareda. Algunos afirmaban que Karen la enterró sola, porque sola estaba desde que su esposo se fue, y
lo vieron caminar sin nada, otros que de su hombro solo tendía un costal, solo le quedaban los hijos como recordatorio de que siempre lo estaría.
pero los testimonios se hicieron cuentos, los cuentos chismes, y del hom- Sola, con tres hijos que alimentar y criar, sola, con tres vástagos que reque-
bre no quedó nada mas que sus hijos, los que habían corrido con la mala rían más que tortillas, frijoles y sopa desabrida, que necesitaban algo más
suerte de ser idénticos a él, de heredarle el rostro que Karen odiaba, con que un techo y ropa rasgada. Pero para Karen eso era suficiente, eso era
las orejas enormes, y la piel morena, con las narices gruesas y los dientes lo necesario, la crianza era tragar, la educación el cinturón. No necesitaba
pequeños. Tan idénticos a su padre que Karen se encargó de recordárselos más, porque ella nunca necesitó más, porque ella y sus hermanos nunca
cada día, de vengarse por el pecado de Rubén, por el que la había dejado tuvieron nada más que cuatro paredes, frijoles, tortillas y un cinturón col-
sola, cuidando a sus hijos, golpeándolos como tradición, como costumbre gado en la puerta como recordatorio de obediencia ciega a sus designios.
familiar, para que nunca escaparan, para que nunca olvidaran que le perte- Irving no era gemelo de Edwin, pero lo parecía. Le llevaba solo un año,
necían, como su padre lo había hecho antes de que se diera cuenta de que y el tamaño era el mismo, los ojos eran los mismos, los moretones eran los
las moronas y los granos de elote le marcaban el camino hacia la libertad. mismos. Edwin no era gemelo de Irving, pero lo parecía. Hablaba igual que
154 La abuela murió pocos años después y los esquites comenzaron a saber él, se sentía como él, y las cicatrices, las que se veían y las que no, eran las 155
mal, los elotes perdieron el color sin su supervisión, el epazote no impreg- de él.
naba nada de sabor más que uno tenue a cartón. Solo quedaban granos Antes de que tuvieran cuerpos que pudieran trabajar en forma, antes de
chiclosos e insípidos que tenían que disfrazar con montañas de mayonesa que sus manos pudieran sostener una pistola, o sujetar ganzúas, o acuchi-
y queso. Murió de diabetes, la mató el azúcar en su sangre, porque solo ahí llar gente, se les veía llorando por los pasillos. Nadie entendía por qué eran
se podía encontrar la dulzura. Tan negada estaba a demostrar afecto, tan castigados. Los miraban en el piso suplicando entrar, cuando afuera el sol
comprometida con su avaricia emocional, que prefirió implosionar en dul- jodía su piel y sus gritos de “mamita, mamita, ya por favor”, eran ignora-
zura, antes de compartir un “te quiero”, un “lo siento”, un “perdón”. dos. Hasta que Karen se dignaba a responderles: “ya no van a ir a la escuela
Karen la enterró sola, porque sola estaba desde hace poco. Del Negro si siguen chingando. No van a tragar si no paran de mamar. Vuelven a aga-
solo quedaban las cenizas sepultadas en esa caja que le entregaron en las rrar las cosas de la niña y les va peor, pendejos”. Y con el paso de los años
puertas del reclusorio. No les dieron el cuerpo, porque no quedaba mucho aprendieron su castigo eterno, y el llanto se les fue a las manos que después
de él que pudiera velarse. Su madre no lloró, o si lloró nadie la vio. Fumaba fluiría como sangre. Y decidieron pasar más tiempo afuera, donde nadie
y hundía el dedo en medio de la ceniza para saborear los rescoldos que los corría, donde nadie les cerraba la puerta. Comenzaron a robar cositas
eran idénticos a los de su hijo, mientras removía el maíz desgranado sobre del primer supermercado que luego podían vender: un abrillantador de
una olla de barro vieja y quemada. Del Púas poco sabían, o querían saber, a llantas, un aromatizante para baño, desodorantes que no podían usar por-
pesar de que vivía a pocos metros de ahí, casado con una adolescente her- que aún no sudaban como los hombres que les urgía ser.
mosa a la que terminó destruyendo de a poco en poco. Se le enquistó como Y cuando el dinero llegó a la casa y los primeros pesos producto de su
un parásito en la piernas blancas y suaves que terminaron llenas de venas trabajo cayeron en el monedero de Karen, descubrieron que comían mejor,
verduscas, pudriéndole las entrañas, haciéndole brotar granos nerviosos que no los sacaban a empujones, que el cinturón lo podían usar para otra
cosa que no fuera lastimar. No es que Karen no pudiera dar amor, es que remunerado si se sabía jugar sucio, y ellos lo aprendieron rápido. Trabaja-
su amor era caro y ellos aprendieron que necesitaban ahorrar mucho para ban en eventos privados, porque en lugares públicos los adolescentes no
conseguirlo, que el amor de madre era un sacrificio, que se debía pagar por servían cubas y conseguían cocaína; porque en lo privado, lo secreto im-
él y su valor fluctuaba de acuerdo con la época y el humor de ella. Algunos portaba como un bono en forma de propina. Ganaban dinero de ofrecer
niños tejían botas de estambre, o dibujaban el nombre de su madre con dia- cosas y también de tomarlas, cuando un médico borracho, en su intento de
mantina y sopa de codito que desaparecía de las alacenas, y era suficiente, conquistar a una enfermera, abandonaba su saco sobre la silla, olvidándose
sus madres no necesitaban más. Pero a Karen no le bastaba, sus pendejos por completo, en medio de la lujuria, que ahí yacía su cartera, las llaves del
dibujos no valían nada, como los billetes que guardaba en ese monedero auto o el beeper donde recibía los mensajes de su esposa y el hospital. Ahí
que escondía en medio de sus pechos que comenzaban a envejecer. aprovechaban para alargar sus dedos sobre la tela, apenas un roce de las
La escuela quedó de lado cuando terminaron la primaria y nunca más yemas y como un radar sabían exactamente qué era y cuánto valía. Mien-
volvieron a ella, porque Karen les repetía que solo los pendejos estudiaban. tras la gente celebraba un aniversario de la empresa, del sindicato o de al-
Ya sabían leer y escribir, ya podían sumar y multiplicar, solo eso necesita- guna asociación de siglas enormes, ellos aprovechaban para meter manos
ban para ponerse a hacer dinero, para devolverle lo que le debían, lo que en bolsas y abrigos, en sacos y gabardinas. No podían quedarse la cartera
había gastado todos los años al mal alimentarlos, al vestirlos a medias, al o el bolso, disfrutaban de escasos minutos para sacar casi todos los billetes
procurarles un techo enmohecido y cobijas sucias para soportar el frío. Les y regresarlos de donde los habían tomado, hacer como que limpiaban y re-
compró franelas, esponjas y jaladores de agua; les dio un par de sobrecitos gresar con una nueva cuba atascada de ron o tequila barato. Los embriaga-
de champú y unas botellas de plástico. Sus primeras herramientas de traba- ban lo suficiente para que cuando buscaran el dinero para entregarles una
jo para perseguir autos en el crucero, autos nuevos que les entregaban unas mísera propina, se culparan a ellos mismos por su estupidez. Luego de ser
monedas a cambio de jabón embarrado en el parabrisas. atendidos como reyes, sin un dejo de vergüenza y con la nariz roja como
156 Duraron un par de años persiguiendo autos y limpiando llantas con el jitomate, agregaban: “híjole, no traigo, chavo, ahí pa la próxima” y salían 157
líquido que antes robaban, hasta que la competencia llegó y debieron de- del evento tambaleándose, mientras ellos ya habían cobrado su propina
fender su derecho legítimo a ese crucero. Si alguien intentaba trabajar ahí con meses de intereses.
lo corrían a patadas, le robaban sus herramientas y si se resistía le pedían a Se les veía partir los fines de semana en una combi blanca que los llevaba
uno de los Chacales que interviniera a cambio de una pequeña comisión. a ellos, y a varios adolescentes más que migraban de vender vitaminas a ser-
El crucero fue suyo durante poco tiempo, pero lo suficiente para ponerse vir platos, del barrio al evento, para garantizar la puntualidad, procurando
morenos como zapotes, con el aroma perfumado del champú, mezclado la atención exacerbada a los comensales. Karen les preparaba un café y un
con la ropa sucia y la grasa de autos. Karen ya no los golpeaba porque su pan, una muestra de agradecimiento por el dinero con el que compraban
tamaño ya no se lo permitía, a los dos les había llegado la pubertad sin avi- su amor cada fin de semana. Salían con sus uniformes en las manos, res-
sar. De su rostro crecían vellos aislados que anticipaban un bigote como el guardados sobre fundas protectoras para mantenerlos impecables, antes de
de su padre. Sus pies parecían romper los tenis mugrosos, y sus brazos eran servir cubas y cervezas, o espagueti con pechugas con crema, antes de que
cortos pero fornidos, con unos dedos gordos y gruesos que por fin tenían los hicieran desfilar como monos cilindreros mientras el alcohol en gel les
la fuerza suficiente para empuñar un arma. quemaba las manos. Pero cuando terminaba el evento y el último borracho
La oportunidad se les había presentado tiempo antes, pero se negaron, era llevado en hombros, cuando recibían su mísera paga y todos se repar-
había algo en ellos que no quería dar el paso del crucero al banco, del jala- tían las propinas producto de su servilismo obligado y fingido, ellos, en
dor a la pistola. Le dieron largas a la situación y como muchos adolescentes secreto, revisaban el dinero sustraído por sus yemas pegajosas. No podían
en el barrio, prefirieron meterse como meseros antes de jugarse la libertad decir cuánto, no podían enseñar un solo billete extra que hiciera sospechar
o la vida amagando cuentahabientes en las aceras. a los demás. Fingían haber ganado lo mismo y tener que pagar un taxi por-
Hacerla de mesero no era un trabajo fácil, pero sí lo suficientemente bien que ya no había una combi que los regresara al barrio. A esas horas, cuando
la última silla se levantaba, ya no se tenía que garantizar la puntualidad, de pegarle, como le llamaban; porque, aunque sabían a qué se dedicaban,
ni el buen servicio y los arrojaban afuera del salón de fiestas, a cazar un nunca dejaron de llamarlo “trabajo”. Para ellos robar a gente afuera del ban-
auto que los regresara a su casa en medio de la madrugada, a esperar que co era una chamba como cualquier otra, tan común como lo era ser policía
alguien pasara por ellos. Muchas veces ninguna de las dos cosas sucedía y o panadero, por eso le llamaban “el jale”. Jamás pronunciaban la palabra
caminaban durante horas, hasta que algún taxista se compadecía de ellos o robar, porque nunca se llamaban a sí mismos “rateros”.
el transporte público se reactivaba en ese horario donde la gente a medio El Gonzo identificaba a los adolescentes que podían funcionar y les men-
dormir, con los rostros estirados por el sueño, atiborraba los asientos. cionaba una cifra que podrían, o no, ganar. Una cifra enorme para Irving.
A pesar de todo, duraron varios años más como meseros, trayendo sopa Más de veinte veces lo que sacaba como mesero en un día. Una vez con-
y presentando platos, sirviendo tragos rebajados y café barato. Tan bien vencidos, el Gonzo los subía a su Cutlass azul, los paseaba un rato mientras
se habían aprendido la escenificación, que se olvidaron de practicarla. La les asignaba roles, siempre en primera línea, siempre lejos de ellos. Cuando
soberbia del ladrón experimentado los consumió e inevitablemente fueron fue el turno de su curso de inducción, a Irving lo acompañó el sobrino del
descubiertos varias veces. En algunas, simplemente los echaron; en otras, Gonzo, un adolescente de su edad al que le decían Prieto, al que conocía
les hicieron devolver lo robado; y en la más grave, terminaron detenidos en desde niño, cuando pasaban las tardes escapando de su casa. El Prieto era
el ministerio público, tratando de explicar qué hacían en ese trabajo si eran quien le había presentado a su tío el Gonzo, para que juntos le entraran al
menores, sin responder por qué tenían las manos metidas en los bolsos, sin jale.
aclarar los sacos rotos y las drogas ofrecidas. Callaban, aprovechándose de “A ver, pinche Irving, yo te señalo quién, wey, ¿va? Y en chinga te vas
ser menores y al día siguiente salían a la calle, desempleados, sin crédito con el Prieto. Si es ruco, le pegas el cañón en la pinche panza y le das unos
suficiente para pagar el amor de su madre que había elevado su costo. piquetes. Si ves que se empieza a poner nervioso, un pinche cachazo y a
Irving fue el primero en dar el paso, cansado de recoger las sobras de la verga. Si es vieja, le jalas la bolsa, si se pone pendeja con un putazo en
158 saliva de extraños sobre miles de cubiertos, harto de ser amable a fuerza, la cara te la chingas y para de mamar. Los dos en putiza se van a bolsear, 159
con desconocidos que nunca lo miraban a los ojos. Estaba por cumplir die- cada quien un pinche lado. ¿No se me vayan a engarrotar, va? Revísenles
ciocho años y si lo agarraban de nuevo con las manos acariciando lo ajeno, los huevos y la panocha si no hallan nada. Luego se lo meten ahí, ¿va?
la edad no lo salvaría. Irving recordaba con nostalgia a su tío el Negro. Se Cuando lo hallen, corren pa esta calle, luego pa esta y en putiza pasamos
había creado una imagen idílica de él. Su padre no los había abandonado, por ustedes. Si la cagan, al chile ahí se quedan. Así que pónganse vergas,
porque ese pobre diablo no podía ser, no quería que fuera su padre. En su ¿entendieron?”. Y los adolescentes asentían, ocultando el nerviosismo de lo
mente, el Negro lo era, chingón y fajado, respetado y temido, una bestia que sería su primer día en el jale.
que lo formó con dureza para lo que estaba por enfrentar. Lo recordaba Irving salió ese día de su casa con un traje barato que el Gonzo le regaló,
más alto de lo que había sido, fuerte como un luchador, más hombre, más parecía un niño ataviado en ropas de adulto. Era la primera vez que usaba
recio y cabrón que cualquier otro. Siempre creyó que se los habían matado una corbata y no un moño pendejo. Tenía un saco puesto sobre la camisa,
a traición, porque era mucho para un solo hombre. “Tuvieron que echarle no un chaleco lleno de mayonesa. Solo le avergonzaba que los zapatos fue-
montaña, pinches putos”, decía siempre que hablaba de él, cuando bebía ran los mismos, los había limpiado toda la noche para sacarles las manchas
sus primeras cervezas igual que su padre, mirando las moronas de pan de grasa, los pedazos de comida que se escondían en la suela. Se sentía
sobre la mesa. emocionado, su uniforme le gustaba en cada centímetro. Solo los hombres
La invitación vino por alguien de los Chacales que, para ese entonces, ya exitosos se vestían de traje, o eso había aprendido en las películas. Nunca
se contaban por docenas. Era un sujeto que parecía amable, pero cargaba imaginó que él saldría a trabajar con esas ropas, con ese estilo que después
el alma de muchos en los hombros. Le apodaban el Gonzo por la nariz pro- identificaría a quienes estaban dentro del jale en el barrio.
minente que le brotaba del rostro. Recién salido del reclusorio, se le enco- Tenía un talento nato para la violencia, para amedrentar personas, para
mendó reclutar nuevos talentos en el barrio que tuvieran ganas de trabajar, hacerles sentir que les vaciaría la pistola si no le daban el dinero. O quizá
no solo se los hacía sentir, sino que en realidad lo iba a hacer. No tenía que detenidos con dieciocho años cumplidos y ahora esperaban la sentencia
actuar nada, estaba dispuesto a pegarles un tiro, a ser más cabrón que el de una década, un castigo de adultos por diferencia de días. Karen sabía
padre que él adoptó y nunca tuvo, al que solo recordaba gritándole: “solo todo eso, y miró a los niños que engendró. Eran los mismos, pero con un
chillan las pinches viejas y los pinches putos”. En cada robo se demostraba traje sastre enorme sobre ellos. Niños en los zapatos del padre imaginario,
a sí mismo que merecía ganarse un nuevo apodo, uno más chingón, uno del hombre inexistente que siempre deseó. Niños con pistolas, dispuestos
que reclamaba a punta de pistola y rompiendo narices con la cacha. Dígan- a matar, a perforar torsos y desangrar gente. Respiró hondo y les dio la
me Negrito, dijo alguna vez, luego de varios meses en el jale, cuando había bendición. Pasó sus dedos en forma de cruz por sus frente y les dijo: “Que
comprado sus propios trajes y los vestía junto con lentes obscuros en plena Dios me los acompañe, mijos”. Pero Dios no estaba ahí, y no los volvería a
noche. Luego de entregarle su parte a Karen, salía e invitaba tacos, cerve- ver juntos jamás.
zas y cigarros a todos los que veía afuera sin hacer nada. Mandaba por las Edwin corrió con suerte, solo un año en el tutelar de menores, donde
piedras a Dani y las hacían humo sin pudor en el pasillo, sin temor a nada, el Estado falló en el esfuerzo de reintegrarlo a base de permitir las palizas
ni a nadie. Al final, él ya era un Chacal y le decían el Negrito. comunitarias y violaciones a los más pequeños. Regresó un año después y
Los adolescentes que regresaban tarde de trabajar lo vieron llegar con Karen lo corrió de su casa, por pendejo, por dejarse atrapar, por hundirla
auto, abría la puerta y la música aullaba con el motor y el dinero surgía en la miseria de llevarle comida y ropa los domingos. “Ni todo lo que me
como cascada de su cartera. Y varios de ellos cayeron en su ilusión mo- diste compensa lo que gasté, pendejo, huevos tibios”, le recriminaba a su
mentánea y desearon ser él, tener lo que él, pagar sus facturas pendientes vuelta y Edwin se fue a pocos metros de ahí, con una mujer mayor con la
del amor de sus madres. Desearon dinero y poder a medias y un auto afuera que decidió formar su propia familia, donde él por fin repartiría golpes,
de las casas. Imaginaron vestir trajes sastre y lentes obscuros por la noche. gritos y humillaciones.
Desearon adolescentes de secundaria en sus piernas, ebrias y con sabor a Irving no saldría hasta siete años después, con el cuerpo mancillado por
160 cereza, y se acercaron a Irving y él los llevó con el Gonzo, y meses después defenderse, con la cara de adulto que tanto había deseado moldeada por 161
del barrio emergían varios jóvenes trajeados como oficinistas, pero con la puñetazos y patadas de los internos que lo sabían solo. Regresó al único
pistola debajo del cinturón. lugar que conocía, a la casa donde ahora solo habitaba la niña que había
Medio año después, Edwin decidió secundarlo, cuando su hermano ya parido una niña, y donde un año atrás, en medio de cobijas, había muerto
destacaba y los nuevos reclutas se escarnecían al verlo atender el puesto Karen. Se fue sin despedirse, sin decir nada, la diabetes la mató al igual
de esquites y elotes. Aguantaba con solemnidad las risas mientras ponía que a su madre. La dulzura que nunca salió de su cuerpo quedó atrapada
mayonesa sobre el vaso lleno de elotes insípidos. Edwin nunca quiso ha- en su sangre. Justo un día antes de morir había amenazado a una vecina
cerlo, pero Karen se lo reprochaba diario. “Pinche, huevón, pinche jodido, con romperle la madre por un asunto trivial, por un tendedero mal aco-
ve a tu hermano, arriesga su vida ¿Y tú qué?, saliste como el pendejo de tu modado, y a las pocas horas murió de la nada, cansada de pelear contra su
papá, con los putos huevos tibios”, era la cantaleta de cada día. Hasta que propia sangre, harta de reprimir las palabras que nunca dijo. Karen murió
no aguantó más, se vistió de traje sastre, guardó la pistola en el cinturón y y la niña recorrió las casas buscando unas monedas para enterrar a su ma-
justo antes de cruzar la puerta junto con Irving, Karen los detuvo, sabedora dre, pero muchos vecinos no abrieron, porque sentían que la tragedia y la
de que quizá no regresarían, de que el jale no era fácil cuando la gente gri- tristeza de la muerte se les podía colar por la puerta como aire frío.
taba y se asían con dureza al dinero, cuando los guardaespaldas aparecían y Karen se fue sola, porque sola siempre se obligó a estar. No podía dar el
disparaban a matar. Sabía de la muerte del Prieto, de su cuerpo adolescente afecto que nunca aprendió, que nunca sintió, no podía querer porque su
tendido en el piso, con una bala en el pecho, con el traje barato manchado madre le enseñó que los golpes eran caricias y el dolor un “te quiero”. Karen
de sangre, con la boca entreabierta robando por última vez el aire y los se fue sola, porque Irving estaba vestido de beige moviendo droga en la
ojos perdidos hacia la calle. Sabía de otros muchachos más torpes, menos cárcel, y Edwin solo fue unos minutos a ver su cuerpo y llorar sin saber por
violentos, de familias que ella envidiaba, con la mala suerte de haber sido qué lloraba. Karen se fue sola, porque sola siempre estuvo. El Púas ya no
respondía ni a su propio nombre, la piedra le había podrido la memoria.
El Negro hacía años que era un rescoldo en la vitrina al lado de su madre.
Karen se fue sola, porque solo a la niña madre parecía importarle su muer-
te. Le puso el nombre de Karen a la niña que había salido de su vientre, y
años después, cuando sacudía a su hija y le recordaba lo estúpida que era,
lo puta y pendeja, se escuchaba su grito en las ventanas: “Eres una pendeja,
Karen, eres una estúpida”. Y muchos en el barrio se preguntaron si Karen
realmente había muerto.
Años después, cuando se había acabado la guerra en el barrio, de la her-
mana de los gemelos que no lo eran, nacieron unos gemelos, que sí lo eran.
Y ella los nombró como al Negro y al Púas, a quienes recordaba con una
nostalgia falsa, aferrada al único recuerdo lindo que tenía de ellos, por una
foto donde un payaso de cabello chino la cargaba hacia el aire, y sus difun-
tos tíos la miraban feliz, vestida como princesa. Y crió a sus hijos como su
madre le había enseñado, completamente sola, porque sola siempre había
estado.
Edwin volvió a la cárcel, sin conocer a sus sobrinos y fue juzgado como
adulto y recibió por primera vez en el papel un castigo de adulto. Una dé-
cada de su vida se extinguiría en el mismo lugar donde su hermano había
162 pasado siete años, condenados a ser bulto carcelario, números en lugar de 163
nombres, a recibir comida en botes de plástico los domingos, y volver a
recoger platos llenos de saliva de extraños. Y cumplió su pena solo, porque
solo siembre había estado.
Irving murió en la calle, en medio de una pelea donde creyó que podía
con todos, donde se envalentonaba por el recuerdo falso del padre que
quiso tener y tuvo que reconstruir de su mala y falsa memoria. Su vida
acabó cuando trató de acuchillar a alguien y el cuchillo terminó en él, cla-
vado como estaca sobre el pecho. Y dio varios giros en el piso, sin creer en
el fin del poderoso Negrito, ese que nunca existió, que solo habitaba en su
imaginación. Sintió la sangre escurrirle hacia el abdomen y gritó, y supli-
có: “mamita, mamita”, como últimas palabras. Y murió solo, porque solo
siempre había estado. <
Capítulo XII
164 165
E
l sonido de los juegos mecánicos repercu-
tía por la avenida. Los gritos de algunos
adolescentes brotaban marcándose en el
aire, despedidos desde las tazas locas, remoli-
nos públicos movidos por cadenas que estruja-
ban la madera multicolor.
Las cápsulas de metal oxidado daban giros frenéticos. El motor de gasolina
que las hacía funcionar era opacado por los alaridos eufóricos que un cha-
lán malora les producía al darles más vueltas con las manos, con un sadis-
mo disfrazado de entretenimiento y espectáculo, por el que la gente pagaba
con gusto veinte pesos, por una adrenalina inofensiva, nada comparada a
la adrenalina que produce el miedo, esa que sus cuerpos generarían minu-
tos después.
Las cumbias y alguna canción tecno chocaban en las paredes y se espar-
cían como humo. Las luces neón perforaban la música: tubos luminiscen-
tes de diversos colores, que decoraban los puestos de comida frita, de espu-
ma artificial, de serpentinas y huevos llenos de confeti. Unos niños tiraban
canicas hacia agujeros marcados con números. En su intento de vencer
la gravedad podían ganarse un premio: una alcancía de algún equipo de
futbol, una garra de plástico o una espada con rebabas con la que atacarían
monstruos imaginarios. Eran caballeros diminutos con la boca llena de
mermelada y chochitos. Blandían sus espadas en el aire. Disparaban sus
pistolas de dardos de plástico hacia el cielo, ignorando a un hombre que se
lleva la mano a la pistola, y acaricia el gatillo con los dedos, el mismo que
después haría escupir balas reales, de las que rompen hueso y piel, de las
166 que perforan pulmones y arterias. 167
La iglesia se erigía a lo lejos, como si observara a la gente que olvidaba
que ella era la festejada, que la feria era en su honor. Juegos mecánicos
en el nombre del Padre, azar lúdico para niños en nombre del Hijo y pan
con chistes léperos en nombre del Espíritu santo. Nadie parecía recordar
el porqué de las luces, de los gritos y las cumbias, el porqué del algodón de
azúcar, del ponche con piquete y las cervezas en vaso. Una enorme cruz
neón servía de farol y gorro festivo. Rayos azules y verdes iluminaban la
noche y escribían: “Viva Cristo Rey”. Unas campanadas falsas sonaban des-
de las bocinas reventadas en la iglesia, emulando a las de acero y piedra,
llamaban a los feligreses que decidían ignorarlas por el placer de comerse
Tavo Santiago. Ilustración / Tiempos de guerra.
Diseñador e Ilustrador de Orizaba, ciudad de las aguas alegres. Amante de un elote a mordidas.
las historias de Terror y las novelas gráficas. Ganador de la Segunda Bienal La gente se veía genuinamente contenta, ahí confluía no solo el barrio,
de Ilustración de Pictoline. sino otras colonias, otros pueblos y personas. Se aglutinaban para pasar la
“El Barrio es la primera escuela de la vida, podrás salir del barrio, noche arriba de las atracciones, para ver de nuevo a la mujer araña, para
pero siempre lo llevarás en tu interior. Viví en un barrio hasta los 5 tomar café de olla y comer buñuelos. Era una fiesta que le arrebataba el
años y por una extraña y mágica razón, a mis 36 años, aún recuerdo
festejo a Dios y se lo otorgaba a la gente. Preámbulo a Navidad, nido de
el nombre de cada morro que salía a echar la reta del futcho y la
coca bien fría.” amor para muchas parejas que se descubrían enamorados al comer chi-
Insta: @tsantiagoart • Web: [Link] charrones. Los adictos a la piedra dejaban descansar un rato sus pulmones
para recordar las épocas en las que no los tenían secos por el humo. Los al- Caminó hacia los chacalitos que recorrían los brazos por el cuello de sus
cohólicos bebían poco para que algunos recuerdos de la noche se grabaran novias y les arrojaban con saña espuma en el rostro: una con la chamarra
en la memoria que comenzaba a deteriorarse. gigante repleta de confeti, la otra aún vestida con el uniforme deportivo
La gente del barrio llegaba a ese lugar que no era suyo. Lo veían desde de la secundaria. Eran una pareja de adolescentes que difícilmente habían
lejos anhelando en un futuro vivir ahí, aunque fueran unos pocos metros. cumplido la mayoría de edad, con los rostros morenos repletos de acné,
Solo un par de avenidas los separaba de aquel sitio donde las calles tenían con el cabello endurecido por el gel y uno de ellos con el cuerpo enorme
nombre y las casas eran distintas en su fachada, donde no tenían que so- y tosco como el de su tío. Los genes no engañaban, la sangre no podía ser
portar el ruido vecino como propio y podían encerrarse a ignorar a los negada, ese adolescente al que la luz neón verde y azul le iluminó la cara,
demás. Aunque eran unos pocos metros los que separaban al barrio de la justo antes de que sintiera el cañón de la pistola en la nuca, ese mancebo
iglesia, para muchos era su aspiración escapar de las casitas, para habitar corpulento, que se llevaría a la tumba como último recuerdo la cara de
lo que siempre creyeron que sería una casa. Seguir los pasos de personas terror de su novia al ver que los muñecos lo encañonaban, ese cadáver
como el Chacal que abandonaron el barrio, la nostalgia de la nada y se desangrándose en el piso con un agujero humeante en el cráneo y el torso
mudaron a viviendas grises y pelonas que intentaban imitar a la ciudad reventado a balazos, ese adolescente era el sobrino del chacal, y era el pri-
profunda. mero en la lista de los que faltaban por morir, incluyéndolo a él.
Un par de chacales jóvenes caminaban en medio de esas casas. Veían El Cachetes atendía el negocio con la pistola en una mano y la muleta
los puestos de comida. Llamaban a chiflidos a sus novias ataviadas con en la otra. Si alguien hacía sonar la ventana donde entregaba piedras en
chamarras de futbol americano. No tenían que darle al jale ese día. Esta- papelitos se ponía de malas, mentaba madres maldiciendo a los adictos
ban en su barrio, en su territorio. Las letras de “Cristo Rey” los protegían que él mismo había creado. “Ha de ser el pendejo de Dani, o el puto Juan o
mientras saboreaban el ponche con ron barato y se reían de un adolescente el pendejo del Patas”, pensaba mientras se ponía en pie y el recuerdo de la
168 a punto de vomitar luego de que el chalán se excedió en las vueltas. Las ri- bala en la pierna le punzaba a cada paso, como si se le incrustara de nuevo 169
sas se perdían en medio de los bajos de las cumbias, mientras a lo lejos, un cuando sus dedos hacían contacto con el piso. Sabía que su gordura no le
puesto de buñuelos ocultaba perfectamente a los hombres que los habían ayudaba, pero se negaba a aceptarlo, a pesar de que sus brazos flácidos y
seguido sin que se dieran cuenta. Uno comía tranquilamente unos pláta- cuerudos temblaban sobre las muletas. Tantos años lo había jodido el Cha-
nos fritos, hurgando entre la crema con el tenedor de plástico, mientras el cal con su peso para darle la razón y reconocer que su cuerpo gordo y fofo
otro acariciaba los relieves de la pistola con los dedos, esperando que un se había vuelto una carga.
grupo de adolescentes que ya eran padres se dispersaran, a que se llevaran Aún no se recuperaba del balazo que le metieron los Muñecos en la fiesta
a los niños de ahí. Podrían haber sido matones, pero el daño colateral les de Pancho y tenía miedo de que nunca pasara, de quedar tullido de por
aterraba. Pero más gente les bloqueó el paso, grupos de familias felices en vida. “Gordo, cojo y pendejo”, le había dicho el Medusa carcajeándose, al
medio del vapor que liberaban las ollas. El hombre terminó de comer sus verlo regresar en la silla de ruedas. “La van a pagar esos putos, Cache, pero
plátanos, arrojó el plato al piso y con el rostro notoriamente desesperado si no te recuperas pronto, al chile mejor que tu bisne lo atienda el Tepo, ¿así
dio la indicación. de qué verga nos sirves? Todo jodido”, le había respondido el Chacal sin
Sabían que era su oportunidad de agarrar a unos chacales desprevenidos, mirarlo, concentrado solo en alimentar a los perros imaginando que eran
aunque fueran de los pequeños, valía la pena. Ellos solo habían ido a ver las costillas de los muñecos, mientras la risa del Medusa parecía incrustarle
qué pescaban en la feria: una cartera, una cerveza, unos besos de alguna de nuevo la bala en la pierna.
chica, pero hallaron algo mejor, una ofrenda para los muñecos y los de la Cuando regresó sobre la silla de ruedas al barrio, empujado por su nueva
calle Dieciocho, quienes llevaban meses buscando demoler en lo profun- esposa, con las llantas trabándose sobre el concreto cuarteado y sortean-
do a los chacales, de cobrarles sus muertos, de joderles a sus chavos. Uno do el cascajo desperdigado en las calles, el Cachetes por primera vez, en
de los muñecos sujetó la pistola con fuerza. El momento había llegado. muchos años, sintió ganas de llorar y recordó aquella vez que su madre
lo había olvidado en la Central de abastos, la sensación de soledad, de no acariciaba viendo la televisión, como una
saber dónde estaba, de ver al viejo del costal en cualquier extraño, ese que forma de anestesiar el dolor que comenza-
se robaba a los niños mal portados, ese que ahora se había transformado en ba a ceder. Cerró los ojos y comenzó a mas-
bala y le recordaba que en cada esquina podría estarlo esperando. turbarse con las voces, mientras farfullaba
La ventana de acero resonó, y con un grito fúrico el Cachetes llamó a su entre gemidos: “Pero ahorita que llegue la
esposa. La había capacitado para entregar las velas y los papeles, para tratar culera, va a ver, me las va a pinches pagar,
mal a los adictos y que recordaran así que siempre estarían en deuda con él. ya le dije que no puedo estar así”. El sonido
Volvió a gritar y agregó un “puta madre”, para hacerse oír, pero del cuarto de unas llaves sobre la puerta lo interrum-
no hubo respuesta. Miró el reloj, marcaban las ocho treinta de la mañana pió, daban vueltas en la chapa y los llaveros
y cayó en cuenta de que su mujer aún no regresaba de llevar al niño a la chocaban sobre el metal. “De seguro aga-
escuela, de donde siempre regresaba con pan y leche para él. “Eso me pasa rró las otras llaves, pinche pendeja”, pensó
por meterme con viejas con putos hijos”, pensó y luego farfulló: “puras pin- y sacó su mano del calzón. “Vales verga,
ches mamadas, pero ahorita que llegue hija de la chingada”. Verónica, ya voy, culera”, y refunfuñando,
La ventana volvió a sonar, ahora con más desesperación, como si clava- trató de ponerse en pie de nuevo, el dolor
ran un cuchillo en el metal. El cachetes trastabilló con la muleta y alcanzó en la pierna irradió como fuego hacia su
a agarrar la pistola. “Voy, puta madre, ya”, gritó y miró por la ventana, abrió espalda y musitó “pero ahorita, ahorita me
la rendija y frente a él apareció Dani, al que podía reconocer de inmediato la pagas, culera”. La ventana volvió a sonar,
por los labios gruesos y grandes completamente partidos, con llagas secas con la moneda repicando escandalosa-
alrededor de las comisuras, con los dientes que comenzaban a pudrirse y mente. “Ah, ese puto Dani”, pensó, “ya te
170 tiznarse como cochambre. “Cache, carnalito, aguanta, wey, no seas culero, dije, wey, si no traes baro, al chile te tocan 171
no me cierres. Te cambio este wacho, es de los vergas”, y Dani le mostró un perros, eh Dani”, gritó y a medio levantar
reloj calculadora con la correa rota, como si se hubiera resistido a ser lleva- estiró la mano hacia el pestillo de la puerta
do. “Ya te dije que tus mamadas no, cabrón, vuelves a venir a esta hora y me para ahorrarse unos pasos. Quitó el segu-
cae que hora sí te meto un plomazo, pendejo”, respondió el Cachetes con ro y cayó de nuevo sobre el sillón, dejan-
el dolor en la pierna punzándole. “No, Cache, no te emputes wey, perdón, do la puerta entreabierta donde se colaron
carnal, pero aliviáname wey, ya al rato me pongo a limpiar y mira, por esta unos rayos de la mañana. Volvió a resoplar
que te lo traigo en chinga”. “Mira, pinche Dani, mejor ábrete a la verga, wey, y gritó: “Tus pinches mamadas, Vero, si ya
ya me hiciste emputar, vuelves a tocar y te echamos a los pinches perros te dije culera, que debes atender en lo que
de nuevo”. Dani se tragó lo que iba a decir, las palabras se le regresaron a la estoy acá. Ábrele al pendejo de Dani, y si
garganta como reflujo y con la voz baja respondió: “Perdón, Cache, al rato no te da baro, ahorita saca boleto el cule-
me reporto con baro, wey”. ro, ya estoy hasta la verga”. El repiqueo en
El Cachetes regresó hacia la sala, en su paso no pudo sostenerse, el peso la ventana de acero paró abruptamente, y
de su cuerpo lo venció y cayó abruptamente sobre el sillón. Un grito de el Cachetes escuchó unos pasos rodear la
desesperación salió de sus labios mientras resoplaba para aliviar el dolor. casa con rapidez, apresurados sobre la tie-
Prendió la tele, miró el reloj y musitó de nuevo, “Pinche Vero, ahorita que rra y la grava, una silueta pasó por la ven-
llegue va a ver, ya le dije que vaya su pendeja madre a dejar al chamaco tana y fue ahí que sintió un pinchazo en el
cuando yo estoy así”. En la televisión, unas mujeres hermosas hacían ejer- corazón, un escalofrió por todo el cuerpo,
cicio, entalladas en licras y tenis. El Cachetes se llevó la mano al pene, se una descarga de adrenalina que lo puso en
pie rápido, ignorando el dolor en la pierna. Quiso empujar la puerta, pero lado. Estacionaban el auto y arriba de ellos el elefante blanco parecía pro-
no pudo, el músculo atrofiado se resistió a funcionar, doblándose como tegerlos, como un coloso que en algún momento podría cobrar vida. Se
gelatina. Tomó la muleta rápidamente en un intento de cerrarla de un solo sabían seguros, amurallados entre jitomates, cebollas y carne cruda, res-
golpe, pero al posar la goma sobre el acero, la puerta se abrió con violencia. guardados por rejas y cadenas de los puestos cerrados.
Una patada la hizo volar como si la hubieran abierto con una explosión. Al anochecer, la gente ajena a la guerra que se libraba en el barrio, salía
La muleta cayó al piso y el Cachetes solo vio una silueta trazada por el sol a comprar quesadillas, a comer tacos de alambre y pastor, a escapar unos
matutino frente a él, y sintió de nuevo ganas de llorar, porque el viejo del minutos del calor primaveral que los sofocaba en sus casas. Muchos ni si-
costal del que había escapado tantos años estaba ahí, frente a él, con la quiera se enterarían de la guerra, hasta años después, cuando el auto blan-
pistola apuntándole a la cabeza. Y con la voz quebrada alcanzó a suplicar: co desapareciera y se preguntaran: “¿Oye, y el Chacal?”. Pero los que sabían
“Carnal, carnalito, aguanta, wey, no seas culero, no me mates”. Y la gente de la guerra, evitaban ir al mercado, preferían ir al otro que les quedaba
del barrio, acostumbrada al ruido de los disparos, no escucharon los que más lejos y caminar varios metros más con tal de no verse en medio de una
terminaron en el cuerpo del Cachetes. emboscada.
El auto avanzaba despacio por las calles. El Medusa conducía con calma La noche era el momento de mayor tensión, cuando decidían atacar de
para no llamar la atención, mientras el Chacal miraba a los peatones com- ambos lados, todos resguardados por las sombras que les ocultaban las pis-
pletamente en silencio. No hablaban más de lo necesario. Las palabras eran tolas. Y fue en una noche, mientras la gente esperaba las quesadillas gra-
reservadas para cuando veían a alguien de calle Dieciocho o algún adoles- sientas alrededor del puesto, que escucharon el rechinido de un auto, luego
cente con pinta de los Muñecos. Pero todos los rostros les parecían igual, un par de tiros que resonaron por el concreto. De inmediato la gente entró
por eso llevaban en la parte de atrás a dos Chacales menores, para que les corriendo hacia los pasillos, algunos más valientes o habituados a la guerra
ayudaran a identificarlos. No querían cometer el error de nuevo, debían se pegaban a la pared como si las balas curvaran su trayectoria en los muros.
172 tener certeza de que era un muñeco o un dieciocho, porque la gente no En unos segundos el barrio se transformaba en un pueblo fantasma. La gen- 173
les iba a perdonar la confusión de nuevo. Afortunadamente no lo habían te en sus casas se apresuraba a cerrar la puerta y a los pocos segundos oían
matado, solo lo molieron a golpes antes de que su madre y los locatarios sa- a los chacales correr asustados por los pasillos, con las pistolas en la mano
lieran en su defensa. “Déjenlo, wey, es un buen chavo”, le habían gritado al y las pupilas dilatadas. Algunas personas se encontraban con la mala suerte
Chacal que en su deseo de venganza le había reventado la nariz a cachazos de salir de sus casas justo en el momento del tiroteo; tan habituados estaban
al chamaco que tuvo la mala fortuna de parecerse a alguien más. a los disparos que no los oían más o los confundían con la explosión de un
Habían recorrido ya varias veces el deportivo lleno de adictos, las can- motor. Los chacales pasaban corriendo entre la gente, huyendo de las balas
chas de frontón que se veían desoladas, el gimnasio al aire libre con los que los perseguían desde la avenida. Si alguien les obstruía el paso, lo empu-
postes oxidados, y en ningún lado los hallaban desprevenidos, ni siquiera a jaban en su desesperación. Les tenía sin cuidado si eran mujeres, ancianos o
uno que sirviera para canalizar los deseos de venganza del Chacal. Sabían niños: si bloqueaban su escape terminarían en el piso.
dónde encontrarlos, dónde se ocultaban gran parte de ellos, pero no po- Gracias a ellos, al temor de ser empujados, la gente del barrió aprendió
dían precipitarse, entrar a las torres de viviendas los exponía a una embos- a no salir, a resguardarse en sus casas, a construir protecciones sobre las
cada de la que difícilmente podrían salir vivos. antiguas rejas que volvieron al barrio una cárcel de hormigón. Había un
La guerra se extendía en pocos kilómetros. El territorio de combate bien toque de queda autoimpuesto para evitar que los casquillos les brincaran
podría recorrerse a pie en menos de una hora, por eso siempre se les veía en los pies como insectos. Aprendieron a hacerse delgados para dejarlos
dando vueltas en el pointer blanco, a manera de tanque que serviría de pasar en su huida, a mirar el piso y no juzgar el miedo en sus ojos, se re-
escudo en caso de alguna escaramuza. Patrullaban un rato, sin encontrar signaron a no hacer nada, porque nada podían hacer, más que suplicar que
nada, sin un objetivo claro más que la venganza, y cuando el sol desaparecía, a cada cabeza le tocara una bala para poner un fin a la guerra, mientras a
regresaban al mercado, a las escaleras que seguían sin conducir a ningún lo lejos, los chacales se subían al auto blanco y emprendían la persecución,
encolerizados porque los habían atacado en su segunda casa, esa que los
vio formarse, la que le habían arrebatado al ingeniero. Les dispararon en
su propiedad robada a la que le guardaban un cariño extraño, como el del
secuestrador que se enamora de su víctima y olvida por completo que está
ahí a la fuerza, no porque quiera estar con él.
Luego de varios sustos y corretizas, de estar a la expectativa de las balas,
con el miedo recurrente a terminar muertos sobre el puesto de quesadillas,
los chacales desaparecieron, así sin aviso, sin decir nada, sin despedirse de
sus múltiples hijos regados en el barrio. Durante semanas, nadie los vio de
nuevo por ahí, el auto blanco se esfumó junto con el Chacal. Del Medusa
solo quedaron los perros que su madre alimentaba por las noches. Gruñían
hambrientos, con chillidos nostálgicos que hacían eco en el mercado.
La gente regresó a una normalidad recelosa, las noches volvieron a ser
tranquilas, en silencio, los grillos regresaron a cantar, luego de semanas en
las que los disparos los habían enmudecido. Se sentían como en el ojo de
un huracán, con una calma que antecede el horror. No podían creer que los
chacales hubieran sido derrotados tan rápido, que la paz y la tranquilidad
regresaran porque sí, por decreto de sus deseos.
Nadie los extrañaba, ni los quería de vuelta. Ni los hombres que ya no
174 debían pagar el derecho a estacionarse en la calle, como un seguro contra 175
ellos, ni las mujeres que se metían corriendo al verlos con el auto estacio-
nado y la música a todo volumen. Ni los jóvenes, temerosos de hallarse en
medio de una bala que no era para ellos. Nadie los extrañaba, y sin embar-
go, los adictos de vez en cuando iban a dar una vuelta, para ver si en aquella
casa con la ventanita se prendía un foco, y frunciendo el ceño, con un “puta
madre” emprendían la marcha hacia el territorio de los muñecos. No los
extrañaban a ellos, sino la comodidad de comprar a pocos metros de su
casa. Nadie los extrañaba y a pesar de eso, el ingeniero siguió juntando las
rentas del mercado porque Lao Li sabía que el mal nunca se acababa, que
la calma era pasajera. Nadie los extrañaba, ni los gatos, ni las calles, ni los
árboles, ni sus hijos, ni el aire, ni la lluvia, ni la bestia, nadie los extrañaba había surgido afuera de la secundaria donde le arrebataba el mercado a la
y aún así, a las pocas semanas regresaron victoriosos. competencia. El Chacal sabía de su sórdido romance, de sus constantes
Nadie supo cómo lo lograron. El tiempo lejos les ayudó a pensar. El Cha- visitas, siempre en la madrugada, siempre a escondidas de sus padres. El
cal mostró una inteligencia que nadie le conocía y logró aglutinar más fuer- Muñeco había cambiado su horario para visitarla sin ser sorprendido, con
zas. Se retrajo como ola y golpeó como huracán a su vuelta. Todo pasó en la seguridad que le daban los muertos, con la tranquilidad de haberlos des-
una noche, los constantes patrullajes dieron frutos, la paciencia fue su vir- aparecido por voluntad propia. Su sobrada confianza fue su tumba. Bastó
tud, y la lujuria su aliada. El líder de los Muñecos no podía estar sin su no- con que los Chacales no aparecieran varios días para hacerle creer que ha-
via, una adolescente a la que le doblaba la edad; su turbio enamoramiento bía ganado, que se achicaban frente a él, que admitían con la cabeza baja
que su tiempo por fin terminaba. Nada más equivocado, nada más lejos de donde tiraban a matar a un desafortunado guardia, secuestraban bodegue-
los veinte tiros que le metieron en el auto, cuando algún adicto avisó a los ros de la Central de abasto y se hacían de cualquier auto a punta de pistola.
Chacales que estaba puesto sobre la calle, que llevaba un oso de peluche en Controlaban las múltiples ventanitas de donde salía la droga y abandona-
la mano y el hedor a colonia que dejaba un rastro en el aire. ron aquella de donde repartieron veneno durante años. Tan grandes eran
Antes de que el Muñeco suspirara por última vez, antes de que se co- sus nuevos negocios que, por fin, después de tanto tiempo, cuando ya no
rriera la voz y los demás pudieran ser alertados, se vieron llegar varios mi- quedaba mucho, se olvidaron del barrio y se esparcieron como el cáncer
crobuses a los departamentos donde operaban los muñecos, y los disparos hacia las calles donde siempre quisieron vivir, dejando detrás de si el ca-
retumbaron alrededor de los edificios, y la muerte se esparció en el humo dáver de concreto, al que le habían succionado los huesos y matado a los
de los casquillos. Mientras el Muñeco sentía el calor de las balas partirle niños.
la piel, un camión enorme, que en los lados llevaba pintado “Sonido furia Solo el Medusa se quedó. Llegó a un acuerdo con el ingeniero y le regresó
caliente” bloqueó la calle Dieciocho. Colocados en las esquinas, con palos una parte del mercado. Solo quería asegurarse los terrenos, lo que había
y tubos, los nuevos Chacales esperaban su huida por las calles, por los te- construido, su patrimonio ilegítimo, porque sabía que ya nadie compraba
chos, como ratas encallejonadas. Eran reclutas más jóvenes, más violentos, en ese mercado, ni a nadie le interesaba vender. Solo la tortillería seguía
los futuros dueños del negocio, todos con la mente llena de piedra y pol- abierta, nunca le cobraron renta, ni la extorsionaron, porque a pesar de su
vitos blancos, dispuestos a recuperar el territorio que el Chacal les había avaricia, habían entendido lo fundamental que era para el barrio. Tortillas
prometido. y una oficina con los recuerdos de Lao Li es lo único que quedó tiempo
Una noche, unas horas y aunque fueron pocos los muertos, bastó para después, cuando la nueva generación de Chacales decidió que el Medusa
que entendieran que el barrio y sus alrededores, las casas grises y mal cons- ya era muy viejo para decirles qué hacer y como leones, o como chacales,
truidas, las rutas de microbuseros y los tianguis, nunca habían dejado de ser terminaron expulsándolo de ahí. Y nadie supo nunca a dónde se fue, o si
176 suyas, nunca dejaría de pertenecerles lo que nunca les perteneció. Y entre el realmente se fue. 177
ruido de los disparos, de los huesos rotos a palazos, de los llantos y los be- La guerra los había puesto en el reflector. Hasta antes de ella, nadie sabía
rridos llenos de sangre, entre la peste a llanta quemada y a coladera, por fin, quiénes eran. Solo se les conocía como reyes locales, resguardados bajo el
a lo lejos, se escuchó el ruido de las patrullas. Después de años de ausencia, anonimato de un lugar que no importa a nadie. Pero la victoria los hizo
después de muertes, robos e injusticia, después del abandono, de no hacer codiciosos y desearon más, y quisieron que su nombre se escuchara, que
nada, de fingir que les interesaba, después de dejar durante tanto tiempo a retumbara en cualquier fiesta o sonidero. El Chacal se pensaba intocable,
su suerte a la gente que decidió encerrarse en sus casas, hasta ese momento, inmortal después de haber sorbido la vida del Muñeco. La soberbia ocasio-
apareció la policía. Más de diecisiete años tarde, casi dos décadas se tarda- nó su caída, cuando su foto y nombre aparecieron en las listas de los más
ron en reaccionar y cuando lo hicieron, a nadie le importaba ya. buscados en la ciudad. De cabo a celebridad, de ladrón de tortilla dura a
Cuando la guerra acabó, cuando todo regresó a la normalidad aislada y jefe de la mafia, de ver el barrio como suyo, a imaginar la ciudad como pro-
silenciosa, las autoridades, ausentes durante años pusieron una patrulla en pia. La primera vez que lo quisieron detener, salió con varias granadas en
la avenida, las luces de la sirena iluminaban el puesto de quesadillas desde las manos, los amenazaba con hacerlas explotar con todo y todos, mientras
donde el Medusa los miraba sonriendo. Comía sin preocupación a lado se reía, y les gritaba: “¡bola de putos!”. Los policías, con el miedo a volar
del Chacal, con la victoria escrita en sus rostros. La patrulla siguió ahí un en pedazos, regresaron con la cola metida entre las patas, pero volverían
par de años más, solo detenían borrachos incautos que embrutecidos por meses después, cuando el Chacal cometiera el error de hacerse de un carro
el alcohol bebían en la vía pública. Nunca más hubo asaltos en el crucero, a plena luz del día, creyéndose intocable porque jamás había perdido, por-
ni autos robados a punta de pistola, porque para ese entonces el negocio de que nadie lo confrontaba. Señor omnipresente del barrio y sus alrededores,
los Chacales se había diversificado: extorsionaban sonideros, tianguistas rey incuestionable del concreto, de los techos grises y pelones.
y locatarios, robaban trailers llenos de mercancía y camionetas de valores Decidió tomar ese auto en un crucero quizá para recordar sus épocas de
juventud, para sentir de nuevo la adrenalina con la que aprendió, o quizá
era una rutina y ya, tomar porque sí, porque así lo deseaba. Un jale coti-
diano y menor terminó en su arresto. No llevaba granadas, ni la M-16 que
presumía a todos saber manejar. No llevaba la cuarenta y cinco con la que
había perforado al Muñeco, ni la escopeta con la que abría la puerta. Lo
agarraron con un revolver simplón, casi oxidado, vestido con una playera
barata y unos jeans rasgados. De nada sirvió su intento de intimidarlos,
ni los millones que ofreció a los policías. Su cabeza valía más. De todos
los policías en servicio se encontró a unos novatos para los que la palabra
“deber” tenía sentido, les decía algo, a diferencia de él que la pronunció en
el ejército tantas veces, pero nunca significó nada.
La guerra dejó al barrio devastado, pero en paz. Pasarían muchos años
para que recuperara algo de color, pero nunca completamente, nunca como
los primeros años cuando olía a melón. Las autoridades ausentes comenza-
ron a llegar, primero de a pocos, y luego como marabunta. Años después
se verían pasar tanquetas blindadas, camionetas con metrallas y hombres
con el rostro tapado. El elefante blanco que nunca sirvió fue desmantelado,
su cuerpo de metal interfería con los helicópteros de la policía. De él solo
quedaron las huellas de los remaches sobre el concreto y la promesa de
178 servir algún día. 179
Hoy nadie recuerda la guerra, y a nadie le importa que haya sucedido.
La feria sigue cada año brillando con su cruz neón. Las protecciones sobre
las rejas aún se observan como vestigios del miedo de la gente. El mercado
sigue en pie y se ve caminar a un hombre viejo de vez en cuando hacia él,
con el peso de los años en la espalda, renqueando por las heridas que se
hizo de joven. Ya nadie recuerda el nombre de Lao Li, y a nadie importa
cómo se llama ese viejo.
El Chacal no ha salido, y es poco probable que salga algún día. La vejez
le llegará antes de que pueda poner un pie sobre el lugar que quiso hacer
suyo, pero duerme tranquilo en su celda, porque ahí donde duerme está
lleno de chacales que lo respetan. Ahí donde come, puede seguir en el jale
a distancia, porque sus pupilos han crecido, sus hijos ya pueden sostener
armas, el negocio familiar debe seguir. Las nuevas generaciones de chaca-
les aún rondan por ahí, han dejado al barrio en paz, pero de vez en cuando
regresan, quizá a buscar los pasos de su padre, a cobrar la renta, a enviciar
a nuevos chavos, a saludar a Dani que es el único en el barrio que recuerda,
a forma de rompecabezas, con los recuerdos ensombrecidos y apendejados
por la piedra, cómo empezó y terminó la guerra. <
Capítulo XIII
180 181
D
ani sujeta la tabla con fuerza. Espera al
hombre que viene corriendo hacia él. Ne-
cesita esperar unos segundos para estre-
llársela en la cabeza. Las astillas se le incrustan
en las palmas, pero él no siente nada, las ma-
nos se le han petrificado. Los callos recuerdan las
cortadas que se produjo al brincar los techos del
barrio, al sortear el alambre de púas, al levantar
las serpentinas que se le incrustaron en los dedos.
無限
∞
Sus manos recuerdan la vida que él ha hecho humo a través de sus labios.
Cada cicatriz habla sobre sus recuerdos extraviados. Los tatuajes escriben
los nombres de las personas que no debía olvidar y sin embargo olvidó.
Dani está listo para reventarle la tabla en la cabeza al hombre que huye
desesperado de los golpes y las patadas. La sangre le ha cubierto los ojos.
Corre sin saber a dónde huir, como un perro suelto en la avenida. Frente a
él, no hay un lugar donde pueda esconderse, solo se ve el camellón, largo y
extenso como el infinito y los autos detenidos, con los conductores atónitos
que se apresuran a subir las ventanillas. Una docena de chacales lo corre-
tea. El hombre tropieza, está a punto de caer, pero alcanza a ponerse en pie
sin perder el equilibrio, avanza unos pasos más antes de ser recibido por
Dani. La tabla revienta sobre la cabeza del hombre y algo cruje dentro de él.
Dani siente la madera cimbrar en sus manos, el eco del traquido atraviesa
su cuerpo como una descarga eléctrica, y para su sorpresa, el hombre no
cae, sigue corriendo, con la desesperación en sus piernas, con el dolor pun-
zante en el cráneo. Desaparece a lo lejos y se desploma sobre el pasto que
crece mezquinamente por ahí. Dani le chifla victorioso y grita: “¡chinga tu
madre, pinche puto!”, recoge la tabla partida por la mitad y va sobre otros
de los manifestantes que corren despavoridos. Las banderas con la cara de
182 un caudillo yacen en el piso, abandonadas por los hombres que ahora se 183
cubren la cara con los brazos, mientras Dani trata de incrustarles la tabla
en los dientes para que se quiebren como granos de maíz. Los ojos del cau-
dillo impreso en las banderas parecen juzgar a sus seguidores por cobardes,
por dejarse amedrentar por una bola de limpiaparabrisas, de drogadictos
alebrestados por los chacales para impedir que no cierren la avenida.
“Aquí no van a venir con sus mamadas de protestas. Al barrio se le
respeta”, grita Dani, mientras les pega con la tabla, con los palos de las
lonas hechas para reclamar por la extorsión de los Chacales a sus comer-
cios. “Inseguridad, mis pinches huevos”, vuelve a gritar Dani, mientras ríe
y aúlla excitado. El contingente de rijosos comienza a escapar de ellos, de
Mugen ∞. Ilustración / Dani.
Nació el día que se dio cuenta que la vida es muy corta para hacer siem- los Chacales jóvenes que supervisan todo y de vez en cuando intervienen a
pre lo mismo. Creció en un barrio donde la vida es tan cruda que prefirió las patadas, de los limpiaparabrisas que se burlan de ellos y arrojan piedras
fusionarse con el universo y perderse entre lo real y lo irreal, y sólo salió hacia los microbuses donde escapan despavoridos. Atrás queda la idea de
sin mirar atrás. Crea sus universos a partir de ideas, lo que lo inspira y volver a cerrar el crucero donde ellos trabajan, sepultadas están las ganas
rodea, vive al día e intenta hacer algo que valga la pena seguir respirando. de reclamar por la extorsión de los Chacales, quienes sonríen con palos en
“Hoy no extraño mi vida en el barrio, sus desgracias o a mis amigos
las manos y le dan el paso a los camiones que vuelven a circular. Suplen a
muertos... extraño el bullicio, la camaradería o la sensación de no
tener nada, de sentirme perdido... eso era lo que más me motivaba.” los policías que solo los miran hacer su trabajo, como lo hicieron muchos
Insta: @mugenoko antes de ellos.
Dani celebra junto a sus compañeros del crucero. Los nuevos chacales nada, que se ha vuelto un pedazo de carbón petrificado en él. Dani abre la
les pagan cien pesos a cada uno por sus servicios y les invitan una cerveza boca y exhala, imagina que el pajarillo saldrá, pero solo brotan unos hilos
para aliviar el calor del viernes a mediodía. Han logrado liberar la avenida, de humo. El pájaro está muerto, no pudo vivir más que unos minutos, y la
dejar el paso libre para la gente del barrio que también terminó aventando ansiedad le pica la nunca de nuevo a Dani. Acaba de fumar, desayunó su
piedras a los quejosos. Los autos vuelven a circular, el semáforo funciona humo, sintió al colibrí en el cuerpo, y apenas tira el bote de Yakult al piso y
de nuevo mientras los policías miran sin hacer nada a lado de la patrulla sabe que necesita más, que deberá trabajar para conseguir piedra, así como
inmóvil, la misma que ve a Dani levantarse con la ansiedad en los labios lo ha hecho los últimos veinte años. Y recuerda cuando era un chamaco,
por las mañanas, la misma que parece nunca haberse ido de ahí. cuando el colibrí le duraba vivo horas en el pecho antes de morir. Ahora es
Dani toma el bote diminuto de Yakult, lo muerde por abajo con las pun- unos minutos, y Dani no se puede preguntar si luego serán segundos, por-
tas de los dientes carcomidos y negros que tiemblan con la amenaza de que toma la franela, bebe un poco de agua directamente de la llave y sale al
caerse. Da varios pellizcos, pero sus incisivos han perdido todo el filo. Aun crucero a limpiar parabrisas, a perseguir autos y mendigar monedas, para
así, lo intenta, no se rinde, succiona y roe a la fuerza, hasta hacer un aguje- que los colibrís vuelvan, para que duren más revoloteando en su pecho,
ro pequeño como una herida, un hoyo lo necesariamente diminuto. Siente como en sus pocos sueños, donde todo su torso es una jaula.
el líquido dulce en los labios y succiona como un pecho materno, lo sorbe Cuando cae la noche y la ansiedad le pica de nuevo en la nuca, Dani
hasta que el envase cruje por el vacío y las burbujas crepitan, resistiéndose repite la rutina. Come unas papas, o una quesadilla, algo que le llene el
a ser succionadas. Agita el envase hacia el piso para escurrirlo, y se des- estómago como masa, que sirva de contrapeso para mantenerlo erguido.
prenden gotas turbias y marrones que manchan el pavimento y esparcen Porque hace años que la comida no le sabe, y si le sabe, no le importa. Co-
un aroma a dulce artificial y empalagoso. Y Dani a veces mira el bote como mer es un requisito para sentir al colibrí. Debe ofrecerle algo de comida
si supiera que él sabe algo de su pasado, que lo conoce de tiempo atrás. Y en sus entrañas, un tributo en sus costillas, como fuentes donde puedan
184 sacando el encendedor recuerda cuando hacía lo mismo en la primaria, beber flores escarlatas, llenas de sangre para que revoloteen por ahí. Dani 185
sin ponerle la piedra, sin acercar los labios al diminuto agujero de donde no quiere volver a espantarlas, sabe que las avecillas vuelan asustadas de
emana el humo blanco que succiona con fuerza. su boca cuando el estómago le exige llenarlo y vomita baba blanca. Por eso
Lo aprisiona con dureza, aprieta el pecho para que no salga nada, para come unas papas insípidas a puños, da un trago al jugo en lata y la escurre
que se impregne por completo en sus pulmones. Comienza a ponerse rojo para hacerla de nuevo una pipa. Repite el ritual, aunque ya no tiene que
y exhala con avaricia el humo que no se pudo quedar en él. Siente la calma, esconderse, ya no hay nadie de quién esconderse. Su madre muerta no le
el cuerpo se le relaja y la piel pegada al hueso cede un poco. Una sensación va a reclamar por su aroma a metal quemado, su difunto hermano no le va
de bienestar lo llena desde las manos hasta la cabeza. El cosquilleo en el a gritar “puto drogadicto”, y Dani no le podrá responder “puto tú, que te
pecho le hace sentir que un colibrí vuela dentro de él, blandiendo las alas gusta la verga, pinche sidoso”. Su hermano el mayor, ese que nunca lo quiso
con rapidez. Las plumas le acarician el maltrecho corazón, le soban las tri- ver, no le puede reclamar nada, porque hace años que lo olvidó y lo dejó a
pas y le quitan el hambre cuando el colibrí se le va al estómago. El pajarillo su suerte en el barrio. Dani no debe esconderse de nadie. Solo le sobrevive
de humo le sorbe los males con su enorme pico, los drena como las flores, su hermana y, para ella, él está muerto. Aunque lo ve a diario en el cruce-
cada pinchazo se expande como gotas de luz en su torso. “Pinche colibrí, ro, aunque pasa a su lado mientras habla solo y compone versos místicos
ya te extrañaba”, musita Dani y nota que la avecilla comienza a volverse a los animales imaginarios, aunque lo ve dormido en la calle y mira los
cenizas y sus alas dejan de moverse de golpe. Aprisionada por el humo, rasgos del niño bonito y bien portado en sus cicatrices. Aunque Dani vive
se golpea frenéticamente en el torso, intenta salir, sus alas crujen en las a metros de ahí, para ella, él está muerto desde hace años, o al menos el re-
costillas de Dani. El fulgor de las luces que su picoteo creó, se ve sepultado cuerdo de aquel que dejó siendo un niño. Porque cuando a la muerte de su
por una neblina espesa y chiclosa, el veneno que habita en Dani se derra- madre regresó a habitar la casa, a reclamar la herencia por ser la única que
ma como ácido y mata de a poco al colibrí que ya no brilla, ya no irradia la vio de vez en cuando en su soledad, no reconoció a ese hombre famélico
que lloraba abrazando el ataúd. Cuando ella regresó al barrio que dejó años
atrás, cargando dos niños y unas maletas viejas, debajo de esa gorra vieja
y gastada no vio el rostro de su hermanito. En las cuencas ensombrecidas
y tiznadas no miró los dulces ojos de Dani, sino unas bolas de humo, con
las pupilas negras como ceniza, en medio de la tristeza y el aroma a lirios
y azucenas.
Dani sube a una azotea, luego de no encontrar a nadie conocido en la
calle. Todos se han ido, muchos en carros, otros en ataúdes. Sobreviven los
hijos abandonados, los adolescentes molestos con los que se debe romper
la madre de vez en cuando en el crucero. No tiene a nadie con quién hablar,
así que decide entablar plática con la noche. Le habla al par de estrellas que
aún se ven desde ahí, a las nubes negras que aparecen como gigantes cuan-
do la luz les pega. Habla con los semáforos y su ruido constante, que pare-
cen decirle sí a todo con su pitido, con los perros a los que cree entender y
les responde con aullidos. Mientras siente la ansiedad pegarle de nuevo en
la nuca, la necesidad de más piedrita como la llama, la última que no será
la última, una para descansar y ya, aunque le quite el sueño y no lo deje
dormir. Un poquito de piedra para después pedirle paro y techo a alguna
madre postiza, a la que vende chicles, o la que prepara chicharrones, a la
186 que hace quesadillas o la que se droga junto con él. Madres todas con hijos 187
muertos o con los recuerdos hechos humo como Dani. Le dan un hogar de
vez en cuando, para expiar las culpas al sepultar a sus hijos. “Es buen, mu-
chacho, solo que la piedra le jodió el cerebro”, responden cuando alguien Dani sabe que no puede robar en el barrio, ni en el territorio de los Cha-
les cuestiona ser las protectoras de Dani y sus robos en el barrio. cales. Si los viejos le aventaban los perros a las costillas, los nuevos lo tor-
El piquete en la nuca lo levanta de su letargo. Busca en sus bolsillos, pero turan peor que en la granja a dónde lo mandaron a rehabilitarse, ese centro
ya no tiene dinero, y no quiere limpiar parabrisas en la madrugada. Sabe de ayuda del que salió cojo y herido, del que escapó para buscar más pie-
que le dan poco. Casi nadie baja la ventanilla a esas horas, y los que la ba- dras que le quitaran el dolor de los tubos en las plantas del pie.
jan le mientan la madre en el mejor de los casos y lo tratan de llevar lejos Cuando necesita un celular ,camina durante horas, hasta que, lejos del
en los peores. Tampoco puede hurgar en el barrio, ya casi nadie deja algo barrio, pone el desarmador en la panza de una señora, de un niño con
mal puesto. Los tendederos tienen rejas, los perros también, las ventanas facha de adolescente. Nada de hombres, nada de jóvenes, los tiempos son
están cerradas con tubos y las puertas con doble llave. Los tanques de gas se distintos y muchos de ellos se defienden. Otros traen pistola, otros le cla-
resisten a ser arrancados y ya nadie le cambia piedra por la cháchara vieja van la navaja en la panza y lo mandan al hospital donde no hay piedras.
que antes recogía. “Un celular, un pinche celular”, piensa, porque sabe que Una mujer sola es siempre su elección, mejor cuando va con el celular a
lo puede cambiar por quinientos pesos si bien le va. Un celular es su cajero simple vista, hablando mientras camina. Dani corre, o intenta correr a
automático, le da un día sin trabajar, sin que sienta la ansiedad picarle en la tumbos, arrebata el celular y desparece en medio de los gritos de la mujer.
nuca. Solo busca un día en el que pueda sentirse normal, feliz y tranquilo, Inspecciona antes la ruta, sabe por dónde escapar, por dónde meterse. La
sin el miedo recurrente a que falte piedra, a que se acabe el dinero para policía siempre llega tarde y Dani sabe qué hacer. Se quita la sudadera que
piedra, a que nadie le dé una piedra. robó de un tendedero y la avienta en algún techo y camina a paso lento, se
mezcla entre la gente que regresa de trabajar, entre los puestos de comida y sacar un celular o una tele, pero no se atreve. A pesar de todo le gusta estar
las calles solitarias. Muchas veces regresa al barrio y lo cambia rápido, pero fuera, platicar con el semáforo, ver a la lechuza blanca que aparece de vez
también muchas veces falla y no vuelve hasta la mañana siguiente con el en cuando por las madrugadas, agitando sus alas en dirección hacia el cielo
cuerpo jodido y los pies hinchados de caminar. Conoce el procedimiento obscurecido y despejado.
de memoria cuando falla: los policías lo detienen, la mujer no quiere de- Dani aún la espera en la madrugada, afirma verla, aunque le hayan dicho
nunciar, solo le interesa recuperar el teléfono, piensa que Dani terminará que la lechuza ya no pasa, que hace muchos años dejó de cruzar por ahí,
detenido sin que ella haga nada. Los policías lo pasean, a veces se ríen de que era una bruja que se transformaba por las noches, o una mujer her-
él cuando descubren que no trae nada, otras le pegan y lo abandonan lejos mosa que huía de lugares a los que Dani nunca podría ir. Y Dani recuerda
de ahí. cuando se subió a uno de los techos, con un costal en las manos. Fumó
Solo una vez una mujer quiso denunciar, bastó un arrebato de justicia piedra y tabaco haciendo tiempo para el momento de que apareciera. Pen-
para que Dani se fuera tres años del barrio y se reencontrara con amigos y só que si brincaba lo suficiente la podría atrapar, o de menos un chiflido la
conocidos en el reclusorio. Con el Chacal que le daba chambitas a cambio haría transformarse en la virgen y la lechuza mujer se daría la vuelta cam-
de piedras; con Edwin, que atendía los dormitorios; con el hermano menor biando la noche por él.
de Juan y el Patas, que había corrido con la mala suerte de ser un adulto Siempre que cree verla la imagina hermosa luego de su transmutación,
cuando decidió meterle la navaja a un señor en la panza; con el Miquito con los ojos tristes como los suyos, cerúleos por el resplandor de la luna gi-
que vivió lo suficiente allá dentro para no querer volver nunca más; con gante que parece comerse al barrio, con el cabello negro y largo, lacio hasta
uno de los hijos de Pancho que, a diferencia de Dani, ya cargaba muertos las rodillas como cascada cubriendo su cuerpo blanco, con la piel hecha
en los hombros. Tantos rostros conocidos del barrio que hacían parecer al leche derramada sobre la loza llena de polvo. Y Dani siempre se imagina
reclusorio una extensión de los pasillos. Tantas voces familiares que por abrazándola, mamando de esos pechos que le quitarán las ganas de piedra.
188 momentos le hacían olvidar que allá afuera había un mundo lleno de pa- Leche tibia y dulce que le curará el veneno que mata a los colibrís, que los 189
jarillos vivos, como los que veía cuando escapaba de la escuela, deseando vuelve carbón en sus tripas. Pero la lechuza ya no pasa por ahí y Dani mira
volar como ellos. el cielo vacío en medio de la avenida, con el semáforo en verde, y un auto
Dani espera que el auto se detenga en el crucero. No puede dormir, la le pita para que se mueva. El conductor pasa colérico hacia su lado, con la
ansiedad lo tiene de pie con la franela que no limpia, más sucia que el auto absurda impaciencia del que corre en la madrugada hacia ningún lado y
que quiere limpiar. Afortunadamente la madrugada es calurosa, de esas le grita: “te van a atropellar, pinche pendejo”, y le pita el claxon y sale des-
que dejan el concreto tibio y soplan aire calientito como un aliento. El auto pedido dejando detrás a Dani que olvida a la lechuza y siente de nuevo la
acelera al verlo y lo deja con la franela en la mano, las luces traseras se pier- ansiedad picarle en la nuca.
den por la avenida, mientras Dani le mienta la madre y un dolor punzante El sol comienza a salir en el barrio y Dani despierta junto con la gente.
en el estómago le provoca nauseas. No se siente bien, hace años que dejó Logró dormir unas horas, las suficientes para no pensar en lo primero que
de sentirse bien, es como si hubiera nacido fumando, porque de lo demás siempre piensa al despertar. Toma agua de alguna llave ajena, se ducha rá-
no recuerda mucho. Solo la piedra lo calma, lo regresa a una normalidad pido y como puede. Hace buches y sus dientes vibran por la presión. Siem-
perdida. No recuerda cuándo decidió dejar de pelear contra sí mismo. De pre que escupe se los toca con un dedo, para cerciorase que siguen en su
nada sirvió jurarle a la Virgen, a su madre viva y al recuerdo de ella. Sus lugar y no los ha tirado en la coladera. Se estira como un gato, las costillas
rezos a Jesús nunca le ayudaron, ni los centros de rehabilitación, ni los Al- brotan como alambres de su torso. Le duele mucho el cuello, la chamarra
cohólicos Anónimos, ni la iglesia, ni los golpes, ni la tortura, nada le ayudó, ya no le sirve de almohada, deberá tomar otra de algún tendedero y aban-
porque a esas horas Dani sigue contando las monedas que no le ayudan a donar la usada en un árbol.
juntar para una piedra. Y Dani se encuentra a gente de la que ya no recuerda su nombre. “Bue-
Y mira al barrio dormir, y le dan ganas de meterse a cualquier casa y nos días jefecita. Buenos días patrón”, saluda mientras agacha la cabeza,
con los ojos enterrados en el piso, como si aceptara su sumisión frente a Sus hermanos no eran ejemplares, pero tampoco servían de mal ejemplo.
la gente del barrio. Piensa que, para ellos, él no es nada, porque casi nadie Todos le reservaban lo mejor de los puestos que atendían en el centro de
lo saluda, ni le invitan un pan como antes, ni le ofrecen una piedra gratis la ciudad, ropa nueva que ningún otro niño vestía, tenis caros que nadie
como al inicio. Nadie habla con él, porque Dani siempre los ignoró cuando más había visto por ahí, patinetas, balones y juguetes que Dani regalaba al
le repetían lo buen chavo que era. Las voces de los muertos que lo vieron aburrirse de ellos.
crecer le hablaban del futuro al que podría estar destinado. “Tienes mucho Solo el fallecimiento de su padre podía explicar algo. Pero su madre no
pinche ángel, Dani, y vete ahí todo jodido. Te invito un café allá en el gru- entendía cómo la muerte natural del señor lo deterioró a él; cómo el luto
po”, le dijo don Carlos años antes, cuando iba a sus reuniones de Alcohóli- se alargó tantos años y sirvió como pretexto para fumarse todo lo que en-
cos Anónimos. “Nel, don Charly, me van a pegar”, le respondía Dani rien- contrara mal acomodado. Su padre no era el mejor, era un padre como la
do. “Cámara, Dani, ponte las pilas, mijo, deja esa madre, cabrón. Vámonos palabra: seca y pronta. Su muerte no explicaba cómo Dani comenzó a re-
a chambear”, le dijo Irving ataviado en el traje que ocultaba la pistola, pero cibir piedritas gratis y luego a comprarlas con fascinación. Que Dani fuera
Dani le respondió que no, “piedroso pero no lacroso, culero”, y estalló en el menor de sus hijos no la ayudaba entender que en medio de su soledad,
carcajadas. Irving, tronando los labios solo le dijo: “ya te tragó el barrio, tuvo que elegir entre el barrio y ella.
Dani, ya qué le haces a la mamada”. “Tienes todo, cabrón, todo. ¿En qué Siempre tuvo esa personalidad inquieta y extrovertida, la misma con la
fallé, Dani?, ¿qué te hice?, ¿qué chingados te hice para que me pagaras así?”, que saluda una y otra vez a la gente que ve pasar, sin importar que ya lo
le decía su madre, llena de gritos y lágrimas, de dolor y frustración al verlo haya hecho minutos antes. O quizá simplemente olvidó lo que dijo minu-
amarrado, de pies y manos, como una oruga arrastrándose por el piso, en tos atrás y su memoria ha perdido la habilidad de los nuevos recuerdos.
espera de que se lo llevaran, de que en el anexo clandestino le quitaran lo “Buenos días, jefecita. Salúdeme mucho a sus hijos, dígales que me acuerdo
vicioso a través de la tortura. mucho de ellos”, dice cuando ve a las señoras ir. “Jefecita, qué milagro. Sa-
190 Pero los muertos ya no le pueden decir nada, muertos están y no hablan lúdeme mucho a sus hijos, dígales que me acuerdo mucho de ellos”, repite 191
más que en los recuerdos de Dani, donde los confunde con su propia voz, cuando las ve regresar al poco tiempo, porque para Dani el tiempo no fun-
la del presente y la del pasado, la del niño que corría en el partido de futbol ciona como para todos, los minutos son eternos en su pestañeo.
y el adulto que ahora corre a los autos para ganarse la piedra diaria, sin mi- Por eso nadie se lo explica, nadie entiende qué pasó con Dani, por qué
rar atrás, sin ver los rayos del sol que se posan sobre los techos del barrio. lo hizo, por qué no la libró como otros, por qué la piedra lo hizo de piedra
Dani lo siente suyo, sabe que el único lugar al que puede llamar hogar a él y ahora luce como una estatua a la que no se le posan ni los pájaros
está en esas casitas que el tiempo ha reemplazado por construcciones chue- que él tanto admira. Nadie sabe qué pasa por su mente cuando su figura
cas y grises. Todo el barrio es su residencia, cada pasillo, cada árbol y cada se pierde en el concreto gris y tibio, cuando lo ven caminar sin rumbo por
perro es su hogar. Aunque la gente se encierre y marquen lo comunitario el camellón y reír, con la misma risa infantil que hacía a todos querer estar
como propio y lo corran a gritos de sus techos, Dani se siente parte de ahí, a su lado, con esa alegría genuina que tranquilizaba las tardes luego del
al igual que el tambo elevado del que no queda nada más que las huellas, futbol, cuando el silencio aún existía en el barrio y el sonido de los grillos
así como la avenida que cada día se ve más atiborrada de autos o como anticipaba la despedida del sol.
las arterias de cobre que brotan del concreto viejo y deteriorado. Prefiere El barrio, o lo que queda de él, recuerdan lo agradable que era estar con
el barrio que la cárcel, le gusta más dormir en los techos que en las camas Dani, pasar las tardes a su lado mientras a las casitas les crecían pisos y
sucias y llenas de chinches de los anexos. cables y al pasto le brotaba concreto y perros muertos. Todos recuerdan
Su madre nunca supo cómo ayudarlo, porque jamás entendió qué fue lo su risa y ese brillo en sus ojos antes de que se hicieran cenizos y quizá
que hizo a Dani convertirse en lo que es hoy, cuando se mira en el charco por eso, por esa memoria deteriorada, por una melancolía hecha humo,
de la avenida y las ondas en el agua le acomodan el rostro. La violencia aún tienen la esperanza de que regrese el Dani al que conocieron. Cuando
no era recurrente en su casa, o si la había era disimulada perfectamente. desaparecía del barrio, sustraído por hombres que prometían a su madre
rehabilitarlo, muchos imaginaban que volvería curado, limpio y con ropa
nueva, regresaría sonriente, sano y chapeado. Pero la primera vez que se
lo llevaron amarrado y berreando regresó sin sonreír, envejecido a punta
de patadas, flaco y cansado como un cadáver en pie. Y luego de doce años
donde la mitad de cada uno la pasaba torturado por no expulsar el humo
de sus pulmones, la gente del barrio comenzó a aceptar que Dani no regre-
saría nunca. Cada año que pasaba volvía una versión más deteriorada que
la anterior, más jodida que cuando se fue por primera vez.
Y Dani vuelve cada año y aunque la gente sabe que nunca regresará, lo
cuidan por si un día decide volver. Por eso no le pegan, aunque robe, le dan
hogar cuando no tiene donde dormir, lo alimentan cuando el estómago
necesita funcionar. Alguien le invita una piedra cuando lo ve temblando
por la abstinencia. Por eso sigue ahí, como el perro al que todo el mundo
quiere, al que todos alimentan y acarician de vez en cuando, pero que nun-
ca asumirán como propio, porque saben que todo el barrio es su casa.
Dani cuenta las monedas. El sol de mediodía se ha puesto sobre el cru-
cero. El calor le quema la espalda, es insoportable como el cuchillo caliente
del anexo. Decide hacer una pausa. Se sienta en una pared y se echa aire con
la gorra vieja y carcomida. Mira a una mujer hablar por teléfono y siente las
192 ganas de arrebatárselo, pero respeta a su casa. Ya juntó lo suficiente para la 193
piedra que irá a comprar, pero aún le falta para la de la noche, para la del
día siguiente donde espera que no llueva, para la del fin de semana donde
nunca hay mucha ganancia. La ansiedad le pica en la nuca y se enoja que le
reclame por algo que pronto tendrá.
Mira hacia la avenida y repite su juego favorito, ese que jugaba cuando
huía de la escuela y nunca dejó de hacerlo en veinte años: “Ese celular,
veinte piedras. Uy, esos audífonos, mínimo tres piedras. Esa bolsa, nel, está
culera, nomás una piedra. Ese carro, no mames, como doscientas piedras,
me cae”. Repite su juego para entretener los pocos recuerdos que aún le
quedan, para distraerse en esa tarde donde el sol huele a coladera. Así si-
lencia las voces que de repente lo hacen hablar solo. Mira a los pájaros en
los árboles. Sus patas parecen de papel y dan brinquitos entre rama y rama.
Un colibrí pasa volando y Dani se pone en pie. Hace mucho que no ve uno
y se pregunta si no se le habrá escapado del pecho. La ansiedad regresa y
le grita a sus voces que lo apresuran: “Ya, verga, ya voy, ya deja de mamar”,
les responde y Dani ya no sabe quién le habla, si es él, o si son los muertos
que, de vez en cuando, le susurran al oído: “Vete ahí todo jodido. ¿En qué
te fallé? Ya te tragó el barrio, Dani, ya qué le haces a la mamada”. <
Capítulo XIV
194 195
D
ani escuchó a lo lejos un camión derrapar-
se. Los crujidos de la madera se extendie-
ron como olas a través de las casas. Luego
vino el ruido de los cristales y el motor apagándo-
se por el impacto en la nueva avenida. Su padre
paró la máquina de coser para escuchar mejor,
apagó la radio y caminó hacia la sala. Aún con
varios alfileres en la boca, sacó la cabeza a través
de la ventana, pero desde ahí no se veía nada
más que otras ventanas desde donde la gente se
asomaba con curiosidad.
Pegó la oreja en dirección al pasillo y escuchó el sonido de las chanclas que
corrían apresuradas hacia el ruido. “Vente, vamos a ver”, dijo y tomó de la
mano a Dani que estaba en el piso, jugando con unos cochecitos de plástico
y unos carretes de hilo azul y verde que hacían de camiones voladores.
Salieron y Dani miró el cielo buscando pájaros, los oía cantar en los árboles
chaparros que comenzaban a crecer en las áreas verdes. “Dame la mano,
Dani, no te vayas a tropezar”, le dijo su padre al ver que los pasos del niño
eran torpes y descuidados, en su búsqueda de aves en un cielo profunda-
mente azul que parecía reflejarse sobre los techos de las casitas. Dani los
escuchaba gorjear desde allá, con su canto repetitivo que desaparecía con-
forme su padre lo llevaba de la mano hacia un aroma dulce que se esparcía
por todos lados.
Karen los vio pasar por la ventana. Desgranaba elotes junto con su ma-
dre, entre el humo del cigarro y el aroma a caldo de pollo que brotaba hacia
el techo como bruma. “Oiga, quién sabe qué pasó allá afuera. Voy a ver”,
dijo y se limpió las manos en el mandil con florecitas rosas, lleno del jugo
blancuzco de los granos mal cortados. “Nada más te tardas, ¿eh? Me dejas
aquí de tu pendeja a hacer todo yo. Tus chingados niños ni han comido,
Karen”, respondió su madre, mientras encendía otro cigarro y cerraba un
196 ojo para que el humo no se le colara como navaja. “Aprovecho ahorita para 197
comprar tortillas y un pollo. Nada más échele un ojo a la bebé”, respondió
Karen y gritó: “Edwing, Irving, vamos al mercado a comprar la comida
para que traguen ustedes y el pendejo de su papá”. Y del cuarto salieron los
niños, apagaron la tele y siguieron con sus brincos emocionados alrededor
de ella. “¿Nos compras unas papas?”, preguntó uno de ellos mientras aplau-
día.“Todo es dinero con ustedes, chingada madre. Ahorita vemos. Vámo-
nos, ándenle. Si no, ya no van”, les respondió mientras tomaba las llaves.
Los niños se calzaron unos zapatos viejos y gastados y la abuela miró de
reojo a la bebé en la cuna, y con una bocanada de humo aún en la boca
gritó: “No te tardes, Karen, yo no la voy a cambiar, ¿eh? No soy tu pendeja”.
Edgar Clement. Ilustración / La espiral del barrio.
Es uno de los más destacados narradores gráficos en México. De formación Karen empujó a los niños y caminó apresurada por el pasillo, como si
autodidacta, es creador de Operación Bolívar, novela de culto realizada en alguien se les pudiera adelantar a la sorpresa. Y a pesar de que azotó la
1994, cuyo universo sigue expandiendo y explorando ahora en Los Perros puerta, de que el aroma del cigarro no se le quitaba del cabello aunque
Salvajes. Ha sido parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte en el lo removía con las uñas como si quisiera lavarlo con el aire, de que aún
área de Narrativa Gráfica. sentía los pedazos de maíz lastimarle debajo de las uñas, sonrió al ver a
“El barrio es yo”
sus hijos felices, entre tumbos y risas. “El primero que llegue a la tienda
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le compro unas papas”, gritó, y los niños salieron corriendo a empujones.
Una puerta se abrió en medio de su carrera y estuvieron a unos pasos de
estrellarse con el ingeniero, quien salía de su casa, perfectamente arregla- que juraban escondía en su brazo. “¿Traerá los chacos en el maletín, wey?”,
do, con los brazos empaquetados en una camisa blanca de manga larga. preguntó uno de ellos, “No mames, pinche, Cachetes, obvio que sí, wey,
Los niños pidieron perdón, al verlo hacia arriba, tan alto, tan fornido, siempre los trae”, le respondió otro y se fueron detrás de él, rumbo al cho-
como uno de los muñecos con los que jugaban, piezas de plástico bara- que donde cada vez llegaba más gente.
to que parecían dar un abrazo que nunca llegaba. El ingeniero sacó de “¿Ya viste? No mames, con razón olía bien cabrón a melón”, gritó el niño
su pantalón un par de dulces color naranja y sabor soda, se los entregó gordo y corrieron rumbo al camión, dejando detrás al ingeniero, rebasán-
mientras sonreía sin haberse percatado aún del bullicio a lo lejos. Los dolo apresuradamente. Había pasado a segundo plano cuando en el hori-
niños brincaron de nuevo, seguían agitados, como si fuera el mejor día zonte apareció el accidente. Al llegar se metieron entre la gente que miraba
de sus vidas, como si ese pedazo de dulce fuera el inicio de muchos más el poste de concreto inclinado por el impacto, querían estar en primera fila,
que emanarían como agua. Karen los miró enojada y estuvo a punto de nunca habían visto algo así donde vivían antes; en el centro de la ciudad
decirles que los regresaran, pero era demasiado tarde, los dulces yacían no pasaban esas cosas, solo choques de autos con autos que pocas veces se
en su boca, burbujeando con la saliva. Y tuvo que decirle “gracias” al veían tan aparatosos.
ingeniero, con un agradecimiento cuchicheado, casi en silencio, que la El camión estaba casi íntegro. El enorme poste de concreto sirvió para
situación la forzaba a entregar, no sin antes resistirse a él, a protestar por amortiguar el impacto, y aunque los cristales habían reventado estrepito-
la amabilidad que no había solicitado. samente haciendo eco por la avenida, el conductor se veía sin mayor daño,
El ingeniero los vio correr de nuevo y desaparecieron en la entrada de aunque con la confusión de hallarse en medio de un grupo de gente que lo
los pasillos junto con Karen. Suspiró un poco, tomó el maletín de piel aún miraban como si fuera alguien de otro mundo, una celebridad de la televi-
grabado con el símbolo de su partido y gritó hacia dentro de su casa: “Gua- sión, un actor famoso o simplemente alguien que no era de ahí.
pa, ya me voy, te veo al ratito”. De la casa una voz dulce y tersa le respondió: Los melones desperdigados por la avenida eran el rastro que ponía en
198 “que te vaya, bien, guapo. Ponte dragón con esos weyes. Tú puedes”. Y el evidencia la trayectoria del accidente. La gente investigaba intentando con- 199
ingeniero sonrió emocionado, tenía reunión con los líderes de su partido. cluir si el chofer venía borracho, si la nueva avenida era peligrosa, si no la
Aún faltaba un año para las elecciones, pero sentía que ahora sí iba a ser su habían construido bien y representaba un riesgo para cuando algún día
momento. Ya le tocaba ganar, ya le correspondía ser algo más que el admi- tuvieran un coche o las rutas de microbuses por fin entraran ahí. Porque
nistrador del mercado, por fin le pagarían sus años de abnegada militancia. a pesar de la nueva avenida, alrededor el terreno seguía siendo yermo y
Respiró hondo y como todos los días imaginó que sus puños se hacían de chipotudo. La cancha de futbol olvidada, con el refrigerador oxidándose
fuego y caminó rumbo al terreno yermo donde había dejado su auto. bajo el sol era lo único que les servía de indicación a los pocos autos que
Cuando salió del pasillo, un aroma dulzón le llegó hasta la nariz, trató de entraban ahí. “Oye, Cache, ¿y si agarramos un melón?”, preguntó el púber
identificarlo, pero las nubes de polvo a su alrededor se lo impedían. Hasta flaco al gordo, mientras señalaba los huacales rotos que habían protegido
que una veta del olor le entró directamente por las fosas nasales y el dulce la carga. “Se va a emputar el señor, no mames”, le respondió. Pero detrás de
aroma del melón le bajó por la garganta. Mientras más caminaba hacia el ellos una voz gruesa, que anticipaba un torso enorme como caja de reso-
cúmulo de gente, más podía saborear el fruto. Miró el reloj y se dio cuenta nancia preguntó: “Oiga, señor, ¿podemos agarrar uno?”. Ambos voltearon
de que le sobraban unos minutos. Se dirigió al lugar, abusando del tiempo las cabezas y se dieron cuenta que detrás de ellos estaba ese chavo gigante,
que creyó tener de más, decidió mirar un rato. Tal vez podría aprovechar el al que habían visto pocas veces, pero les llamaba la atención, por su enor-
bullicio para presentarse con la gente que no lo conocía. me tamaño que lo hacía parecer un adulto vestido con el uniforme de la
El ingeniero caminó erguido, con un orgullo que le crecía como hierba escuela secundaria, con los ojos negros como chapopote y un bigotito que
en cada paso, al ver a unos niños atorados entre la pubertad y la infancia envidiaban, dibujado en cada comisura de los labios.
cuchichear a sus espaldas. Lo miraban con orgullo, embelecados en su por- El chofer miró hacia la gente, seguía confundido por el choque, y no logró
te, en sus brazos fuertes, en sus piernas marcadas, y en el tatuaje de dragón identificar quién le había hecho la pregunta, solo observaba los rostros de
la gente murmurando entre ellos. “Tomen los que se cayeron, de cualquier Volvió a cruzar el semáforo y notó que más autos se habían detenido a
forma, cubre el seguro, creo”, dijo el chofer, sin saber si era él que hablaba o contemplar el espectáculo. Entregó las bolsas a su madre, quien, apresura-
era la confusión del golpe la que lo hacía hablar. da, comenzó a arrojar melones en ella, rompió un huacal de una patada y
Todos se quedaron en calma unos segundos, nadie se atrevía a ser el sacó varios hasta llenar la bolsa. Juan la miró sorprendido, con un melón
primero en recoger un melón. Confusos y con una timidez extraña an- que había recogido del piso, de los que estaban permitidos tomar, de los
ticipaban lo que ya habían pensado: ¿Para qué querían un melón? En el que su madre debió recoger. “Órale, cabrón, no me mires así y vete para la
mercado del ingeniero salían baratos y casi nunca los adquirían porque a casa con estos. Y háblale a Víctor si lo ves. Que no se haga pendejo”, le gritó
nadie se les antojaban. No era una práctica común el consumirlo, a pesar su madre y Juan miró a su alrededor, esperando que en algún momento el
de que siempre habían estado ahí. Muy por dentro después quizá descubri- chofer les reclamara por tomar los frutos inmaculados. Pero no lo encon-
rían que el asunto no trataba sobre los melones, era sobre ellos, una nove- traba, había desaparecido entre el tumulto y el aroma dulce a frutos reven-
dad entregada directamente a las puertas de su nuevo hogar. Podrían haber tados. Miró hacia el camión y arriba de él tres hombres jóvenes ayudaban a
sido jitomates, pollos o guayabas, cualquier cosa hubiera tenido el mismo bajar huacales completos de melones, mientras algunas personas cruzaban
destino porque sentían que era un regalo, un derecho legítimo por habitar la avenida con el enorme peso de la fruta en los hombros. “Negro, Negro,
ahí donde nada pasaba, porque nada había, un cobro a los forasteros que échame una”, le gritaban los Ratitas. “Puás, Bigotes, acá, wey”, les gritó Pan-
recorrían su nueva avenida, porque a partir de ese momento sería suya y cho, y durante un tiempo se divirtieron vaciando por completo el camión
de nadie más. O quizá, simple y llanamente querían un melón, porque sí. hasta que no quedó un melón dentro de él.
Los adolescentes fueron los primeros en recogerlos. Se llevaron uno en Solo unos cuantos corrieron con los huacales atascados de melones. Solo
cada mano, y después se arrepentirían al ver a los demás usar sus playeras un puñado decidió que no quedara nada dentro del camión. La gran mayo-
como bolsas, donde les cabían de a tres o cuatro. “Juan, Víctor, tráiganse ría únicamente tomó un melón de los desperdigados y se fueron de regreso
200 una bolsa de mandado y por ahí checan que el bebé esté bien. Pero órale, a sus casas, muchos de ellos molestos por el espectáculo en el que se había 201
en chinga”, ordenó una mujer güera y dentuda sus hijos. El más pequeño transformado el accidente, una bacanal alrededor del puré que comenzaba
salió disparado hacia las casas, el otro lo siguió a paso lento, renegando de a desintegrarse sobre el asfalto.
la orden de su madre, y se perdió entre el tumulto que comenzaba a recoger Un joven de cabello chino pasó a lado de ellos y sintió las miradas in-
melones con rapidez. sidiosas de los hombres, era la primera vez que pasaba por ahí con tanta
Juan no tenía que prestar atención al semáforo, casi no pasaban autos gente viéndolo, con el maquillaje blanco sobre el rostro y los ojos llenos de
por ahí. Corrió en medio de la gente, sorteó a unos perros que le ladraron rímel con diamantina. Alcanzó a recoger un melón olvidado en medio de
al pasar y entró a gritos por los pasillos. Con la euforia aún en los labios la avenida, y sin mirar atrás se alejó hacia su casa contoneándose suave-
comenzó a gritar: “¡Están regalando melones!, ¡están regalando melones!”, mente, mientras sentía en la nuca unos ojos negros que nunca lo dejaron
mientras los perros parecían responderle a ladridos. Entró a la casa y antes de ver.
de agarrar las bolsas miró a su hermanito con apenas unos meses de na- Cuando la noche llegó y el camión comenzó a ser remolcado, de los me-
cido, dormía plácidamente sobre la cama. Al parecer todo el alboroto no lones y de la gente no quedaba nada más que el aroma que parecía haberse
lo había despertado. Mientras buscaba las bolsas, o algo donde echar los impregnado eternamente en las casitas. Loa comían hasta que se empala-
melones, Juan jugaba a correr más rápido que la luz. Producía el sonido de gaban o el empacho se los impedía. Contaban cómo había pasado, cómo
su movimiento con los labios, duplicando los efectos especiales de la tele- se hicieron de uno, de dos, o de un huacal completo de melones, mientras
visión en blanco y negro que veían por la tarde. Al fin las halló, detrás de el silencio de la noche se metía en sus casas y lo mitigaron encendiendo la
una alacena repleta de cereal barato. Cerró la puerta con cuidado y regresó radio y las televisiones en blanco y negro, lo sosegaron con canciones de
apresurado al camión. Trataba de superar a una docena de mujeres y niños cuna y besos tronados de parejas jóvenes y enamoradas, con el sonido del
que también corrían con bolsas en las manos. agua hirviendo y la comida friéndose, con la dulce voz de las madres y las
risas de sus niños, con el llanto desesperado de aquellos que cargaban la
nostalgia de sus antiguos hogares y de sus antiguas vidas. Tomaron el silen-
cio y lo atenuaron como si nunca más quisieran que existiera y narraron la
historia de los melones una y otra vez hasta que todos se hartaron de escu-
charla, como se hartaron de comerlos días después, cuando se pudrieron
en las casas y en la basura llenos de moscas y gusanos, cuando el aroma a
dulce lo reemplazó el de la fruta descomponiéndose, sin darse cuenta de
que ese día, cuando el barrio fue un melón gigante, también se presagiaba
su propia historia.
El barrio era un melón gigante y la gente que lo habitaba pensó que el
aroma dulce y empalagoso sería eterno, pero se volvió ácido y avinagrado.
Un melón gigante y colorido que se dejó solo a la intemperie y se volvió
una mezcla de colores obscuros que ya nadie reconoce. Un melón gigante
que inevitablemente se volvió basura al ser descuidado por quienes debían
conservarlo, pero también al ser olvidado por aquellos que lo cosecharon.
Y cuando todos, de poco en poco le robaron un pedazo y le sorbieron el es-
caso jugo que tenía, y cuando todos se olvidaron de que ese melón gigante
era su hogar y estaban condenados a habitarlo, a quererlo, a amarlo a fuer-
za como otros amaron la tierra, y cuando todos lo miraron años después se
202 dieron cuenta de que solo quedó una cáscara dura y deteriorada que hasta 203
estos días yace desintegrándose y creando nueva vida sobre la tierra que
antes fue la nada.
Si alguien regresa al barrio, siempre verá una nueva casa brotándole,
chueca como rama, desprovista de todo color, excepto el que le da la mez-
cla del cemento crudo y el tabique pelón. Si alguien pasa por ahí escuchará
la musiquita del semáforo que ahora canta acompañado por otros; se ha
hecho de una familia con los años, así como las madres adolescentes que
ahora son abuelas jóvenes, como el púber padre que ahora luce avejentado
al inicio de sus veintes y espera que pasen los autos para pedirles una mo-
neda a cambio de una limpiada no requerida.
De la avenida donde se estrelló el camión repleto de melones solo queda
el recuerdo de algunos. Ha sido sepultada por capas de asfalto a través de
los años, hasta que cumplió su destino y se transformó en un eje vial. Tan-
tas veces la han pavimentado que no queda nada de esa primera capa de
tierra y cemento por la que muchas familias llegaron por primera vez car-
gando sus pocas cosas en costales y maletas de plástico, con la esperanza
de que en esas casitas en medio de la nada, hallaran un lugar pacífico para
cuidar a sus familias y poblar la tierra que les habían dado.
Pero son pocas las casitas que en su construcción aún recuerden las épo- crece en cada arco, que siempre ha sido así, el barrio como una fotografía
cas donde compartían la tierra con las garzas, con los burros y las vacas, instantánea y eterna. Pero la espiral nunca se ha detenido y a veces se mue-
con los elefantes, las serpientes de agua y los perros perdidos. A casi todas ve más rápido, tan frenéticamente que termina engullendo por completo
les han brotado cuartos como tumores, las han demolido para erigir mo- a quienes intentan salir. Los empuja contra su voluntad, los apresa en su
nolitos con ventanas, les han roto las paredes para crear nuevas casas para movimiento indiferente, ajeno a sus sueños y esperanzas. Pero a veces la
los hijos de los hijos que ahora reclaman un techo. velocidad expulsa a otros, los arroja lejos de ahí, salen disparados como co-
Nadie pidió crecer ahí y, sin embargo, lo intentaron, echaron raíces y metas llenos de luz y aterrizan en lugares donde la espiral es menos salvaje,
cimientos con varilla. Nadie pensó en lo que se volvería y aun así siguieron donde su gravedad no los devora. Y muchos creen que es la fuerza la que
adelante, porque en medio de la nada solo se puede crear algo. Bajo esas los hace salir de la espiral de concreto, asumen que solos escaparon, que la
paredes de hormigón hicieron sus vidas, a secas, porque fue lo que les tocó, espiral los arrojó a uno de los arcos donde se mira a lo lejos el centro del
el destino escrito en cada tabique, en las tuberías de cobre y las ventanas barrio, sin darse cuenta de que hay un balance de fuerzas en ese perpetuo
chuecas. girar, donde millones quedaron atrapados a cambio de que unos cuantos
Si alguien se mete a los pasillos, verá rostros familiares, de esos que uno escaparan de ahí.
recuerda haber visto antes, pero sin saber claramente a quiénes pertene- Hay una espiral de concreto que sigue girando y todos estamos en ella. El
cen. En cada ventana, en cada puerta y nuevo piso se mira el rostro de ni- barrio es gigantesco, cruza ciudades, países y continentes. La espiral se ex-
ños que han envejecido, de mujeres hermosas que han cedido al otoño, de tiende sin distinguir lenguas o razas, atraviesa montañas, lagos y océanos.
hombres a los que se les secaron los brazos y los rostros como flores. Pero La ves en el Norte, la ves en el Sur, tragando hacia su centro a todo aquel
ellos son los menos, son el recuerdo de una época que ya no existe, la nos- que no corra con la suerte de que algunos lo empujen fuera.
talgia engañosa de quién mira al barrio por segunda vez. Porque los más A veces cierro los ojos y me hallo en medio de ese remolino. La espiral
204 son rostros nuevos que nadie reconoce, los más son ojos que recuerdan al de concreto flota sobre un vació eterno. Me traga, intenta atraerme hacia 205
pasado, pero no son el pasado, son el presente y el futuro del barrio, son su poderoso centro, y recuerdo los aromas del barrio, los gritos de dolor de
aquellos que encuentran su identidad cuando alguien dice: “Esa es la nieta la gente, los llantos aprisionados detrás del hormigón, el dolor de un niño
de Karen. Ya hasta mamá es”. “Ese que detuvieron era el hijo del Bigotes. sin madre suplicando a la noche que se la regrese. Recuerdo a los perros
Ahora ya están allá dentro los dos juntos y el papá no va a salir nunca”. “Esa ladrando, al semáforo cantar en la madrugada, a los disparos que aprendí
es la nieta de la güera, ya es abogada y anda bien metida en la política como a confundir con explosiones de motor, a la bestia, al árbol, a los elefantes.
ella”. “Esos son los nietos del ingeniero. Luego lo vienen a ver, porque po- Trato de no olvidar los rostros que están en el remolino, donde veo las
bre, ya anda bien enfermo, ya no puede ni caminar”. “Ahí es donde vivía el dulces y cálidas manos de mi madre empujándome hacia afuera, con una
payasito, ahora vive una familia, dicen que la casa la terminaron vendien- torta en la mano para que tenga algo qué comer a donde sea que me expul-
do”. “Ese es el hijo de Juan, ya acabó la universidad”. se la espiral. Veo los brazos tatuados y fornidos de mi padre, cargándome
Los nuevos rostros repiten las historias en un ciclo infinito que ve nacer con fuerza, mientras me pone unos libros en los bolsillos y desaparece lleno
niños y morir padres, que ve nuevas tragedias y alegrías. El barrio nace y de hojas de eucalipto. Veo a los gemelos siendo niños, como en las épocas
resurge en él mismo. La espiral de concreto se extiende hacia lugares donde donde jugábamos, se transforman en adolescentes y vestidos de meseros
antes era la nada y en cada arco se van las casitas y llega el concreto boludo, me empujan como la primera y única vez que trabajé con ellos sirviendo a
se van los niños y llegan los adictos a la piedra, desaparecen las familias y se los demás. Veo a Lao Li, con sus ojos irradiando luz, su traje brilla con la
crean nuevas donde las historias se repiten como si alguien ya las hubiera fuerza del demonio blanco, me empuja hacia afuera y me pone unos dulces
escrito. de soda en la mano, mientras sonríe siendo lo que siempre quiso ser. Veo a
La espiral de concreto gira eternamente, con su movimiento hipnótico Juan, al Patas y al niño, y me entregan un taco hecho de retazos de carnes
que a la misma gente del barrio le hace creer que no se mueve, que no frías, como aquellos que comíamos antes de que el humo les entrara en los
pulmones. Veo a Dani, el Dani que nunca volvió, ese que me llamaba Cho-
las a carcajadas y me entrega un colibrí para que lo libere y nadie nunca
más lo aprisione de nuevo en su torso. Veo a mis hermanas, a mis herma-
nos y amigos empujándome con la promesa de seguirme, aunque muchos
saben que gastaron su último esfuerzo en ayudarme.
Veo que la espiral estalla en chispazos multicolor, y no quisiera irme,
¿por qué debo irme?, me pregunto, por qué no me puedo quedar en ese
lugar donde las garzas vuelan y las serpientes nadan en los charcos. Por qué
el barrio no regresa a la nada, donde la gente sonreía y todos ayudaban a
poner un pedazo de pasto a la cancha, donde el humo que entraba en los
pulmones era el del anafre antes de la fiesta, donde los niños jugaban en la
calle y no corrían a los autos en búsqueda de monedas, antes de las prime-
ras tragedias, antes de que los Chacales se robaran las almas y asesinaran
los colores.
Si alguien regresa al barrio, verá lo mismo que yo cuando visito a la mu-
jer que llegó ahí para formar la familia que siempre soñó, la que de vez en
cuando mira el eucalipto con la ilusión inconsciente de que don Carlos
baje de ahí, la misma mujer que se quedó en el barrio para que sus hijos
lograran salir. Si alguien pasa por ahí recuerde que la espiral de concreto
206 se extiende miles de kilómetros más allá de los cerros a los que les brotan 207
casas grises como salpullido, melones gigantes que acaban de surgir o las
moscas han comenzado a descomponerlos. Y en cada barrio, en cada me-
lón, en cada arco que compone esa enorme espiral de concreto, habrá una
nada que se volvió barrio, donde las historias son tan parecidas y riman
lo suficiente para que un Cholín las escriba algún día, con la boca llena de
recuerdos que siempre creyó que le pertenecían, cuando en realidad nunca
fueron suyos, los había tomado prestados del barrio que nunca quiso que
saliera de él.
Si alguien regresa al barrio, observe el sol ponerse sobre sus techos y
piense que adentro de esas casas grises como niebla, con las venas de ce-
mento a la intemperie, habitan millones de almas que quedaron atrapadas
en la espiral de concreto. Y también adentro, en lo más profundo de esas
casas de hormigón, hay otras almas que luchan por salir de ella, por sacar
a sus hijos de ahí, porque solo así, expulsados como gotas a otros lados,
quizá algún día la hagan añicos.
Si alguien pasa por ahí, si alguien vive ahí, tenga claro que muchos soña-
mos con el día en el que esa enorme espiral del barrio, que le dio forma a
estas crónicas, finalmente, deje de girar. +
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Andrei Peña.
(Perote, Veracruz, 1984)
Mejor conocido como El Sr. Santo.
Oriundo de Iztapalapa en la Ciudad de México,
estudió psicología en la UNAM y utilizó sus po-
deres para el mal por mucho tiempo en el marke-
ting. Creador de contenido, neurótico multifun-
cional. Actualmente escribe historias en forma
de podcasts y participa en otros. Ha publicado
diversos cuentos y novelas cortas en el extinto
proyecto Goliardos de H. Pascal, todos compi-
lados en el libro Los nombres del diablo y otros
cuentos. Tiene un gato.
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