0% encontró este documento útil (0 votos)
100 vistas13 páginas

14 Rigotti

Este documento presenta una introducción al psicoanálisis freudiano. Explica que Freud desarrolló el psicoanálisis como un método terapéutico y de investigación basado en la teoría del inconsciente. También describe cómo la hipnosis llevó a Freud a postular la existencia del inconsciente y cómo el abandono de la hipnosis le permitió avanzar en su conocimiento. Finalmente, resume brevemente cómo Freud estudió la histeria y consideró que sus síntomas se originaban en experiencias traumáticas inconscientes.

Cargado por

Gise Martinez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
100 vistas13 páginas

14 Rigotti

Este documento presenta una introducción al psicoanálisis freudiano. Explica que Freud desarrolló el psicoanálisis como un método terapéutico y de investigación basado en la teoría del inconsciente. También describe cómo la hipnosis llevó a Freud a postular la existencia del inconsciente y cómo el abandono de la hipnosis le permitió avanzar en su conocimiento. Finalmente, resume brevemente cómo Freud estudió la histeria y consideró que sus síntomas se originaban en experiencias traumáticas inconscientes.

Cargado por

Gise Martinez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

El psicoanálisis freudiano

Hebe Rigotti

Introducción
El psicoanálisis es, a la vez que un conjunto de teorías psicológicas, un método de
investigación y un método psicoterapéutico creados por Sigmund Freud.
El psicoanálisis se constituyó en un discurso que desde el estatuto científico otorgó
una alternativa a la psicología imperante de la época. El estudio positivista de fines del
siglo XIX impedía el acceso a aquellos conocimientos llamados vitalistas; Freud
introduce una ruptura con uno y otro modelo al inaugurar el espacio de lo que después se
llamarán ciencias conjeturales y también con lo que constituía hasta entonces el centro de
la reflexión filosófica, es decir, la relación del hombre con el mundo. Aunque
repetidamente aclaró que el psicoanálisis no debe entenderse como una concepción del
mundo, Freud entendió que debe distinguirse de ella a favor de producir un conocimiento
material de las enfermedades mentales.
“Es que entonces se llega a palpar una resistencia que se opone al trabajo analítico
y pretexta una falta de memoria para hacerlo fracasar. El empleo de la hipnosis ocultaba,
por fuerza, esa resistencia; de ahí que la historia del psicoanálisis propiamente dicho solo
empiece con la innovación técnica de la renuncia a la hipnosis. Y después, la apreciación
teórica de la circunstancia de que esa resistencia se conjuga con una amnesia lleva, sin
que se lo pueda evitar, a aquella concepción de la actividad inconsciente del alma que es
propiedad del psicoanálisis y lo distingue siempre marcadamente de las especulaciones
filosóficas acerca de lo inconsciente”. (Freud, Contribución a la Historia del movimiento
Psicoanalítico, 1914, Vol. XIV, pág. 4).
Este trabajo tiene como objetivo realizar una presentación y comentario del
concepto de inconsciente, a partir del cual se presentarán los nudos referidos a la
conceptualización de los sueños, esto es una presentación enmarcada en la estructuración
del aparato psíquico en la primera ordenación de la metapsicología freudiana.
Sigmund Freud (1856-1939) nació en Moravia, “pequeña ciudad de
Checoslovaquia”. A los cuatro años se estableció en Viena con su familia. Allí pasó la
mayor parte de su niñez y adolescencia. Estudió Medicina, especializándose en
Neurología.
En 1885 viaja a París para completar sus estudios. Pero cuando Freud llega a París
el 13 de octubre de 1885, tenía ya realizada una carrera vinculada con la fisiología médica.
Se había formado en el laboratorio de Ernest Brücke, uno de los cuatro miembros de la
escuela de Helmholtz (1). En su autobiografía reconoce como antecedente a su decisión
de estudiar medicina el haber tomado conocimiento de la teoría de Darwin y haber leído
el ensayo La Naturaleza, de Goethe. En ese laboratorio se le encarga una investigación
de histología nerviosa, actividad a la que se aboca desde 1876 hasta 1882.
En 1883 Freud renuncia a la investigación filológica y micro anatomía del cerebro,
y se orienta hacia la neuropatología. Comienza a integrar el Hospital General en el que es
nombrado interno. Según sus propias palabras, el haber abandonado el laboratorio de
Brücke no constituyó un cambio en la orientación de su trabajo. El objeto de su
investigación abarcó desde la médula espinal de un pez hasta el estudio del sistema
nervioso humano. Pero a pesar de haber continuado trabajando, redactando incluso varios
trabajos, percibió como insuficiente el progreso de los estudios sobre la anatomía del
cerebro y para satisfacer sus necesidades materiales se dedica al estudio de las
enfermedades nerviosas.
En París trabaja a las órdenes de Charcot, médico al quien Freud admiraba por su
modo de trabajar con la histeria. Charcot se mostraba interesado en la utilización de la
sugestión hipnótica, método por el que concluía que los productos que lograba crear a
partir de ella eran tan legítimos como las parálisis y contracturas accidentales y
espontáneas.
Con Charcot, Freud se inicia en el estudio de la histeria y en la aplicación de la
hipnosis como terapia. La influencia de Charcot será fundamental para estimularlo a
separar lo psicológico de lo anatómico y la hipnosis será el camino que lo llevará a la
postulación del inconsciente. “Lo anímico en ti no coincide con lo que te es consciente;
una cosa es que algo suceda en tu alma y otra que tú llegues a tener conocimiento de ello”.
(Freud, Una dificultad del Psicoanálisis, 1917, pág. 2436).
Cuando vuelve de su estadía en Paris, Freud se propuso demostrar el principio de
que las parálisis y anestesias histéricas se delimitan conforme a la representación vulgar
del hombre, lo que significaba que los síntomas somáticos podían tener otra explicación
que la médica anatómica. (Freud, Presentación autobiográfica, 1925, 1924, Vol. XX.).
La hipnosis le permitió representar la eficacia de otra esfera no consciente, si a una
persona a la cual, en pleno trance hipnótico, se le ordena que al salir del trance vaya a
buscar un paraguas y salga a la calle, así lo hará. Efectivamente, ni bien “despierte” esto
será lo que hará la persona, tomará un paraguas y se dispondrá a salir a la calle. Cuando
se le interroga por los motivos de tal acto, la persona aducirá no recordar el motivo por el
cual ha realizado tal acción. Este tipo de experiencias llevan a Freud a postular la
existencia de “otra escena” que dirige nuestros actos pese a ser desconocida por nosotros.
El discurso del hipnotizador, la sugestión, y la correlativa obediencia hipnótica, darán
evidencias, por otro lado, del “insospechado poderío de lo psíquico sobre lo corporal”.
“La relación entre lo corporal y lo anímico (en el animal tanto como en el hombre) es de
acción recíproca; pero en el pasado el otro costado de esta relación, la acción de lo
anímico sobre el cuerpo, halló poco favor a los ojos de los médicos. Parecieron temer que
si concedían cierta autonomía a la vida anímica, dejarían de pisar el seguro terreno de la
ciencia”. (Freud, Tratamiento psíquico, tratamiento del alma, 1890, Vol. I, Pág. 31).
La relación entre lo somático y lo anímico manifiesta tanto en el animal como en el
hombre, una interacción recíproca, pero la acción de lo anímico sobre el cuerpo resultó
siempre problemática para los médicos. Parecían resistirse a conceder cierta autonomía a
la vida anímica, como si con ello se vieran expuestos a abandonar el firme terreno de lo
científico. Freud siempre considera que estas interacciones recíprocas necesitan de la
investigación y el conocimiento.
“Los medios y los caminos para conseguirlo estarán signados por una intelección
más honda de los procesos de la vida anímica misma, intelección cuyos primeros pasos
se basan justamente en las experiencias hipnóticas”. (Freud, Tratamiento psíquico,
tratamiento del alma, 1890, Vol. I, Pág. 36).
Así, se interesa por la vida anímica misma; y sostenemos que si la hipnosis le
permitió conocerla, solo el abandono de la hipnosis le permitió avanzar en su
conocimiento.
“Mi expectativa se cumplió, me emancipé de la hipnosis, pero con el cambio de
técnica también se modificó el aspecto del trabajo catártico. La hipnosis había ocultado
un juego de fuerzas que ahora se revelaba y cuya aprehensión proporcionó a la teoría un
fundamento más seguro”. (Freud, Presentación autobiográfica. Vol. XX. 1925, 1924.
Pág. 7).

La histeria

Freud toma a la histeria como una posición importante para la persona (tanto
hombre como mujer). Divide en tres grandes estructuras clínicas el psicoanálisis:
obsesión, histeria, fobia. La estructura es entendida como una marca fundante del sujeto,
nadie nace con una estructura ya dada sino que se construye. La preocupación estaba dada
por la etiología de la histeria (su origen).
“Movidos por una observación casual, desde hace una serie de años investigamos,
en las más diversas formas y síntomas de la histeria, su ocasionamiento: el proceso en
virtud del cual el fenómeno en cuestión se produjo la primera vez, hecho este que suele
remontarse muy atrás en el tiempo. En la gran mayoría de los casos no se consigue aclarar
ese punto inicial mediante el simple examen clínico, por exhaustivo que sea; ello se debe
en parte a que suele tratarse de vivencias que al enfermo le resulta desagradable comentar,
pero, principalmente, a que en realidad no las recuerda, y hartas veces ni vislumbra el
nexo causal entre el proceso ocasionador v el fenómeno patológico. Casi siempre es
preciso hipnotizar a los enfermos y, en ese estado, despertarles los recuerdos de aquel
tiempo en que el síntoma afloró la primera vez; así se consigue evidenciar el mencionado
nexo de la manera más nítida y convincente”. (Freud, Estudios sobre la histeria, 1893,
Vol. II, pág. 3).
Para la curación de un estado patológico como la histeria se emprende el camino
de la investigación: anamnesia.30 Los enfermos reconocen ellos mismos la conmoción
que les generan aquellos síntomas neuróticos.
La escuela de Charcot sostenía que sólo la herencia merece ser reconocida como la
única causa eficiente de la histeria. Si uno quiere hacer hablar a los síntomas de una
histeria como testigos de la historia genética de la enfermedad deberá partir del
30
Anamnesis: conjunto de informaciones sobre un paciente en relación con su historia personal y su
enfermedad.
descubrimiento de Breuer que consideraba que los síntomas de la histeria derivan de su
determinismo, de ciertas vivencias de eficacia traumáticas que el enfermo ha tenido, como
símbolos mnémicos de los cuales ellos son reproducidos en su vida psíquica.
“En el aspecto teórico, porque nos han probado que el factor accidental comanda la
patología de la histeria en una medida que rebasa en mucho la notoria y admitida, en el
caso de la histeria ‘traumática’ es evidente que fue el accidente el que provocó el
síndrome; y si en unos ataques histéricos se infiere, de las exteriorizaciones de los
enfermos, que en cada ataque ellos alucinan siempre el mismo proceso que provocó al
primero, también en este caso es patente el nexo causal”. (Freud, Estudios sobre la
histeria, 1893, Vol. II. pág. 3).
Freud considera que se debe aplicar el procedimiento de Breuer a fin de reorientar
la atención del paciente desde el síntoma hacia la escena en relación con la cual el síntoma
comenzó y, cuando el paciente logra asociar uno y otro, puede eliminarse el síntoma
establecido. Esto ocurre a raíz de la reproducción de la escena traumática, esto es, una
rectificación de efecto retardado. Al reproducir la escena traumática podemos conocer
qué influjos produjeron los síntomas y de qué modo lo hicieron. Esta escena traumática
debe entonces cumplir con dos condiciones, una es esta reconducción de un síntoma
histérico a una escena traumática y la otra, descarga de los afectos contenidos en esas
escenas.
“El nexo suele ser tan claro que es bien visible cómo el suceso ocasionador produjo
justamente este fenómeno y no otro. Este último, entonces, está determinado
{determinieren} de manera totalmente nítida por su ocasionamiento”. (Freud, Estudios
sobre la histeria, 1893, Vol. II. pág. 3).
La concepción de los síntomas histéricos de Breuer, según Charcot sostenía que
también una vivencia inofensiva puede llegar a ser un trauma y desplegar una fuerza
determinadora si afecta a la persona en una particular naturaleza psíquica; este es el
llamado estado hipnoide.
“Según Breuer, ‘base y condición’ de la histeria es el advenimiento de unos estados
de conciencia peculiarmente oníricos, con una aptitud limitada para la asociación, a los
que propone denominar ‘estados hipnoides’. La escisión de conciencia es, pues,
secundaría, adquirida; se produce en virtud de que las representaciones que afloran en
estados hipnoides están segregadas del comercio asociativo con el restante contenido de
conciencia”. (Freud, La neuropsicosis de defensa, 1894, Vol. III. pág. 10).
Sin embargo, Freud halla que a menudo falta todo asidero para presuponer tales
estados hipnoides, que la doctrina de los estados hipnoides no ayuda en nada para
solucionar la tan común falta de idoneidad determinadora en las escenas traumáticas.
“Tales observaciones parecen demostrarnos la analogía patógena entre la histeria
corriente y la neurosis traumática y justificar una extensión del concepto de ‘histeria
traumática’. En el caso de la neurosis traumática, la causa eficiente de la enfermedad no
es la ínfima lesión corporal; lo es, en cambio, el afecto de horror, el trauma psíquico”.
(Freud, Estudios sobre la histeria, 1893, Vol. II. pág. 3).
Entonces los síntomas se solucionan cuando desde ellos hallamos el camino hasta
el recuerdo de la escena traumática. Esta escena traumática no forma conexiones simples
sino que están ramificadas, esto es debido a que cada nueva vivencia esconde dos o más
vivencias tempranas como recuerdos. El hecho de comunicar la resolución de un solo
síntoma coincide con la tarea de exponer un historial clínico completo.
“La cadena asociativa siempre consta de más de dos eslabones; las escenas
traumáticas no forman unos nexos simples, como las cuentas de un collar, sino unos nexos
ramificados, al modo de un árbol genealógico, pues a raíz de cada nueva vivencia entran
en vigor dos o más vivencias tempranas, como recuerdos; en resumen: comunicar la
resolución de un solo síntoma en verdad coincide con la tarea de exponer un historial
clínico completo”. (Freud, La herencia y la etiología de la neurosis, 1896, Vol. III, pág.
48).
Ningún síntoma histérico puede surgir de una vivencia real sola sino que todas las
veces el recuerdo de vivencias anteriores, despertado por vía asociativa, coopera en la
causación del síntoma. Es sorprendente que unos síntomas histéricos solo puedan
generarse bajo la cooperación de unos recuerdos, sobre todo si se considera que estos
últimos no habían entrado en la conciencia en el momento en que el síntoma se presentó
por primera vez.
Freud se interesa por descubrir la condición etiológica de los síntomas histéricos.
No importa el caso o el síntoma del cual haya partido, infaliblemente termina llegando al
ámbito del vivenciar sexual. Repetimos, la etiología de la histeria residiría en la vida
sexual. De este modo se llega al ámbito del vivenciar sexual y a unas pocas vivencias que
las más de las veces pertenecen a un mismo período de la vida, la pubertad.
Entonces esas vivencias halladas, esas vivencias traumáticas que parecen últimas,
tienen sin duda en común dos caracteres: sexualidad y período de la pubertad. Sin
embargo, algunas de las vivencias sexuales de la pubertad muestran luego una
insuficiencia apta para incitar a proseguir el trabajo analítico, porque sucede que estas
vivencias pueden carecer de idoneidad determinadora.
Al seguir investigando se llega así a la época de la niñez temprana, la época anterior
al desarrollo de la vida sexual, quizás sea la base de la reacción anormal frente a
impresiones sexuales, que suelen presentar los sujetos histéricos en la época de la
pubertad. Estas reacciones anormales están relacionadas con unas vivencias sexuales de
la niñez temprana.
La tesis central es que en la base de todo caso de histeria se encuentran unas o varias
vivencias de experiencia sexual prematura y perteneciente a la tempranísima niñez.
En Manuscrito K, Freud enumera las condiciones de producción de los síntomas:
“1) La vivencia sexual (o la serie de ellas) prematura, traumática, que ha de reprimirse.
2) Su represión a raíz de una ocasión posterior que despierta su recuerdo, y así lleva a la
formación de un síntoma primario. 3) Un estadio de defensa lograda, que se asemeja a la
salud salvo en la existencia del síntoma primario. 4) El estadio en que las representaciones
reprimidas retornan, y en la lucha entre estas y el yo forman síntomas nuevos, los de la
enfermedad propiamente dicha; o sea, un estadio de nivelación, de avasallamiento o de
curación deforme”. (Freud, Manuscrito K. Las neurosis de defensa (Un cuento de
Navidad) (1º de enero de 1896, vol. I, pág. 75).
Freud se inclinó a suponer que sin seducción previa los niños no podrían hallar el
camino hacia actos de agresión sexual. Según eso, el fundamento para la neurosis sería
mediado en la infancia siempre por adultos.
El estallido de la histeria se deja reconducir a un conflicto psíquico: Una
representación inconciliable pone en movimiento la defensa del yo e invita a la represión.
En un momento anterior, Freud no sabía indicar las condiciones bajo las cuales ese afán
defensivo tiene el efecto patológico de esforzar de manera efectiva hacia lo inconsciente
el recuerdo penoso para el yo; y crear en su lugar un síntoma histérico.
Ahora lo explica diciendo que la defensa alcanza ese propósito suyo de esforzar
fuera de la conciencia la representación inconciliable cuando en la persona, hasta ese
momento sana, están presentes unas escenas sexuales infantiles como recuerdos
inconscientes y cuando la representación que se ha de reprimir pueda entrar en una
asociación lógica con una de las tales vivencias sexuales infantiles. La aspiración
defensiva del yo depende de toda la formación moral e intelectual de la persona. No
importa la sola existencia de las vivencias sexuales infantiles, cuenta también una
condición psicológica. Estas escenas tienen que estar presentes como recuerdos
inconscientes, sólo en la medida en que son inconscientes pueden producir y sustentar
síntomas histéricos, por lo tanto los síntomas histéricos son retoños de unos recuerdos de
eficacia inconsciente.
Si sostenemos que unas vivencias sexuales infantiles son la condición básica, para
la predisposición de la histeria; también mantenemos que ellas producen síntomas
histéricos, pero no de una manera inmediata, sino que al principio permanecen
indeficientes y solo cobran eficiencia luego, cuando pasada la pubertad son despertadas
como unos recuerdos inconscientes.
Para formar un síntoma histérico: tiene que estar presente un afán defensivo contra
una representación penosa, además, esta tiene que mostrar un enlace lógico o asociativo
con un recuerdo inconsciente a través de pocos o muchos eslabones, que en ese momento
permanecen por igual inconscientes. Aquel recuerdo inconsciente solo puede ser de
contenido sexual y su contenido es una vivencia sobrevenida en cierto período infantil.
“…uno persigue los síntomas histéricos hasta su origen, que todas las veces halla
en cierto acontecimiento de la vida sexual del sujeto, idóneo para producir tina emoción
penosa. Remontándome hacia atrás en el pasado del enfermo, paso a paso y dirigido
siempre por el encadenamiento de los síntomas, de los recuerdos y de los pensamientos
despertados, he llegado por fin al punto de partida del proceso patológico y no pude
menos que ver que en todos los casos sometidos al análisis había en el fondo la misma
cosa, la acción de un agente al que es preciso aceptar como causa específica de la histeria”.
(Freud, La herencia y la etiología de la neurosis, 1896, vol. III, pág. 37).
Esto nos aclara una de las reglas de la formación de los síntomas histéricos: se
escoge como síntoma aquella representación cuya importancia es el efecto conjugado de
varios factores, que es evocada desde diversas asociaciones; esto es lo que Freud ha
intentado formular cuando dice que los síntomas histéricos están sobredeterminados.
“…si mi tarea fuera elucidar ante ustedes las reglas de la formación de síntomas
histéricos, tendría que reconocer como una de esas reglas la siguiente: se escoge como
síntoma aquella representación cuyo realce es el efecto conjugado de varios factores, que
es evocada simultáneamente desde diversos lados; es lo que en otro lugar he intentado
formular mediante esta tesis: los síntomas histéricos son sobredeterminados.”. (Freud,
La herencia y la etiología de la neurosis, 1896, Vol. III, pág. 54).

Los sueños

El sueño, en tanto una de las formaciones del inconsciente, nos permite conocer
cómo está constituido el inconsciente y cómo se caracteriza su funcionamiento. Las vías
están facilitadas en el pensamiento inconsciente, el sueño se sirve de ellas cuando busca
la figurabilidad, esto es, al constituirse en sueño, el pensamiento inconsciente presenta la
cualidad de figurabilidad exenta de censura.
“Desde luego poseo sobrado material de este tipo, pero comunicarlo me haría entrar
demasiado profundamente en el estudio de las constelaciones de la neurosis. Todo él nos
encamina a la misma conclusión: no hace falta suponer una particular actividad
simbolizante del alma en el trabajo del sueño, sino que el sueño se sirve de tales
simbolizaciones, que están contenidas ya listas en el pensamiento inconsciente, debido a
que ellas satisfacen mejor los requerimientos de la formación del sueño por su
figurabilidad, y las más de las veces también por estar exentas de censura”. (Freud, La
interpretación de sueños, 1900, vol. V, pág. 4).
La figurabilidad es el modo en el cual los símbolos son puestos en escena, en la
escena del inconsciente. En los sueños, los símbolos son puestos en escena y por
consiguiente, son transformados en imágenes plásticas, visuales. El problema de la
figurabilidad de los símbolos es el problema de su puesta en imágenes, Freud nos aclara
que no se trata de suponer una particular actividad simbolizante del alma. Ahora bien,
sostenemos que esta figurabilidad es posible por el lenguaje. Las formaciones del
inconsciente se dejan descifrar según la lógica del lenguaje. Sueño, síntoma, chiste se
muestran en tanto procesos de metáfora y metonimia que Freud registra como
condensación y desplazamiento.
El psicoanálisis se opone a identificar lo psíquico con lo consciente. Los procesos
conscientes constituyen apenas una fracción de la vida anímica total. Freud afirma que
existe un pensamiento y una voluntad inconsciente.
No es el estudio de la hipnosis el único campo en que sostiene estas afirmaciones.
Freud presta atención a otros fenómenos que nunca antes habían sido considerados como
dignos de ser estudiados científicamente. Comienza así a estudiar, con intención de
explicar científicamente a simples equivocaciones como los actos fallidos y a los
productos del trabajo onírico, los sueños.
En su texto Lo inconsciente, Freud comienza a mostrar la multiplicidad de sentido
de lo inconsciente y la complejidad que entraña este término. Inconscientes son, por un
lado, aquellos “procesos” que tienen la calidad de “reprimidos”, es decir aquellos que si
se tornan conscientes pueden no ser aceptados como pertenecientes a la propia conciencia
del sujeto, así como también aquellos “actos psíquicos” que son latentes por un tiempo y
que fácilmente pueden devenir conscientes.
Ahora bien, los pensamientos inconscientes son de un carácter particular, los sueños
presentan de manera insistente un contenido sexual. En el sistema Icc, hay ausencia de
negación, es decir que no existe tampoco en el Icc principio de contradicción. Lo que
diferencia a los contenidos inconscientes es su mayor o menor catexis, es decir, su mayor
o menor fuerza pulsional; los complejos sexuales son importantes en la formación de los
sueños y aunque no son únicos, no debemos olvidarlos. En palabras de Freud:
“Consignemos también que este hecho no nos aporta nada sorprendente, pues está
en plena armonía con los principios que establecimos para la explicación del sueño.
Ninguna otra pulsión debió soportar desde la niñez tan grande sofocación como la pulsión
sexual en sus innúmeros componentes (cf. mis Tres ensayos de teoría sexual, 1905d), y
ninguna otra dejó tras sí tantos ni tan fuertes deseos inconscientes que ahora, en el estado
del dormir, tienen el efecto de producir sueños. En la interpretación de estos últimos jamás
debe olvidarse la importancia que poseen ciertos complejos sexuales, pero tampoco es
lícito, desde luego, exagerarla hasta la exclusividad”. (Freud, La interpretación de los
sueños, 1900, vol. V, pág. 19).
Por otro lado, cuando Freud se refiere a los afectos, manifiesta que a pesar de que
no es este el lugar indicado para el pleno esclarecimiento de la sofocación de los afectos
que se produce durante el trabajo del sueño, ya que esto presupondría un más prolijo
abordaje de la teoría de los afectos y del mecanismo de la represión, se permite decir:
“Me veo precisado a representarme –por otras razones– el desprendimiento del afecto
como un proceso centrífugo dirigido hacia el interior del cuerpo y análogo a los procesos
de inervación motriz y secretoria. Ahora bien, así como en el estado del dormir parece
cancelado el envío de impulsos motores hacia el mundo exterior, de igual modo podría
en él entorpecerse el despertar centrífugo de afectos por obra del pensamiento
inconsciente. Las mociones afectivas que sobrevienen en el decurso de los pensamientos
oníricos serían entonces, en sí y por sí, mociones débiles, y por eso tampoco serían más
fuertes las que alcanzan al sueño. De acuerdo con este razonamiento, la ‘sofocación de
los afectos’ en modo alguno sería resultado del trabajo del sueño, sino una consecuencia
del estado del dormir”. (Freud, La interpretación de los sueños. 1900, vol. V, pág. 39).
Concluye diciendo que “La inhibición del afecto sería entonces el segundo
resultado de la censura onírica, así como la desfiguración onírica era el primero”. (Freud,
1900, La interpretación de los sueños, Vol. V, pág. 40).
Y aunque la mayoría de los sueños son indiferentes, no queremos dejar de resaltar
que hay algunos que se presentan con un afecto en particular: la angustia. Cuando nos
refiramos al sueño de la inyección de Irma, nos interesará profundizar esta particularidad.
Desde Freud, debemos reparar en que todos los sueños más complejos se revelaron como
el compromiso resultante de un conflicto entre poderes psíquicos. Por un lado, los
pensamientos que formaron el deseo tuvieron que librar combate contra la objeción de
una instancia censuradora y, por otro lado, hemos visto a menudo que en el pensar
inconsciente cada itinerario de pensamiento era enlazado con su contraparte
contradictoria.
Por otro lado, la atemporalidad del inconsciente puede explicar, por ejemplo, los
contenidos del inconsciente como fantasmas o escenarios fantasmáticos a los cuales se
fija la pulsión y que son verdaderas escenificaciones de deseo que pueden permanecer
inalteradas.
“En el armazón no nítido de uno de mis sueños de laboratorio tenía yo
precisamente la edad que me traslada al año más sombrío e infructuoso de mi
carrera médica; carecía de posición y no sabía cómo habría de ganarme la vida,
pero de pronto era el caso que yo podía escoger entre varias mujeres para casarme.
Entonces, yo era de nuevo joven, y sobre todo era de nuevo joven la mujer que
compartió conmigo esos años difíciles. Y con ello, uno de los deseos que ahora,
al envejecer, yo rumiaba sin cesar se revelaba como el excitador inconsciente del
sueño. Esa lucha entre la vanidad y la autocrítica, que hervía en otros estratos
psíquicos, había determinado por cierto el contenido del sueño; pero solo el deseo
de ser joven, de raíz más profunda, la había hecho posible como sueño. Aún en la
vigilia nos decimos muchas veces: ‘Ahora todo está muy bien, y antaño fueron
épocas duras; pero eso era hermoso, todavía eras joven’ ” (Freud, La
interpretación de los sueños, 1900, vol. V, pág. 42).
La temporalidad se suspende durante el sueño y ciertos contenidos se vuelven a
presentar como actuales y con ello toda su presencia.
El sueño de la inyección de Irma
En este apartado nos referiremos al sueño que Freud tuvo el 23/24 de julio de 1895.
(Freud, Obras Completas. Amorrortu Editores, tomo IV).
Lacan se pregunta “¿Por qué concede Freud tanta importancia a este sueño? A
primera vista podría resultar extraño. ¿Qué obtiene Freud, en efecto, de su análisis?:
obtiene la verdad, que él plantea como verdad primordial, de que el sueño es siempre la
realización de un deseo, de un anhelo”. (Lacan, Seminario II, pág. 70).
Freud hace del análisis del sueño de la inyección de Irma el análisis más exhaustivo
y coloca allí el descubrimiento del inconsciente y la relación que hay entre inconsciente
y deseos. Jacques Lacan rescata el momento de la creación del creador en una lectura
guiada por su propia invención, la lectura del sueño a la luz de los registros: Simbólico e
Imaginario.
Para mostrar el alcance de la importancia que Freud da a este sueño Lacan nos dice:
“En ese año, 1895 se encuentra todavía en el estadio experimental en que realiza sus
descubrimientos capitales de los cuales el análisis de este sueño seguirá pareciéndole tan
importante que en 1900, en una carta dirigida a Fliess, precisamente después de la
publicación del libro en que lo comunica, jugará –y nunca lo hace gratuitamente– a
imaginar que algún día quizá coloquen sobre la puerta de la casa de campo de Bellevue
donde transcurre este sueño: Aquí, el 24 de Julio de 1895, por vez primera el enigma del
sueño fue desentrañado por Sigmund Freud”. (Lacan, Seminario II, 1955, pág.70).
Es un sueño que parece indicar una preocupación importante en la vida de quien
fuera el constructor de los conceptos psicoanalíticos. “En 1895 está atravesando un
período creador, abierto tanto a la certeza como a la duda: esto caracteriza todo el progreso
del descubrimiento”. (Lacan, Seminario II, 1955, pág.71).
Comenzaremos recordando que Freud sueña reprocharle a Irma no haber aceptado
la solución que él le propone, Irma se queja de dolor en la garganta, el vientre y el
estómago y de una gran opresión. Está pálida y abotagada. Habiendo conseguido que la
paciente abra la boca en el sueño, lo que Freud ve al fondo, esos cornetes recubiertos por
una membrana blancuzca, es un espectáculo horroroso “...el abismo del órgano femenino
del que sale toda vida, como el pozo sin fondo de la boca por donde todo es engullido y
que trae también la imagen de la muerte en la que todo acaba terminado...”. (Lacan,
Seminario II, 1955, pág.77).
Hay pues aparición angustiante de una imagen que resume lo que podemos llamar
revelación de lo real en lo que tiene de menos penetrante, de lo real sin ninguna mediación
posible, de lo real último, del objeto esencial que ya no es un objeto sino algo ante lo cual
todas las palabras se detienen y todas las categorías fracasan, el objeto de angustia por
excelencia. “Visión de angustia, identificación de angustia, última revelación del eres
esto: Eres esto, que es lo más lejano de ti...” (Lacan, Seminario II, 1955, pág.72).
No pudo, no se puede sofocar este afecto y su guía nos conduce a lo más propio de
la subjetividad. Así recupera Lacan, “Hay, pues, aparición angustiante de una imagen que
resume lo que podemos llamar revelación de lo real en lo que tiene de menos penetrable,
de lo real sin ninguna mediación posible, de lo real último, del objeto esencial que ya no
es un objeto sino algo ante lo cual todas las palabras se detienen y todas las categorías
fracasan, el objeto de angustia por excelencia”. (Lacan, Seminario II, 1955, pág.77).
Según Lacan, no habrá que esperar para que nos topemos con lo imaginario, que se
presenta con una descomposición del yo del soñante a partir del punto de mayor angustia
“...ya no hay un Freud, ya no hay nadie que pueda decir yo (je), aparece la serie de sus
semejantes, sus iguales, de sus colegas, de sus superiores, vemos aparecer la serie de los
yo, porque el yo esta hecho de la serie de identificaciones que han representado para el
sujeto un hito esencial, en cada momento histórico de su vida...”, (Lacan, Seminario II,
1955, pág. 77) descomposición que es definida como imaginaria y que cuando llega al
punto culminante hace entrar el registro simbólico haciendo pasar a la palabra, la clave,
esto es la solución del sueño.
Este es un sueño privilegiado para representar la condensación. El sueño trae a
diferentes personajes del entorno freudiano, una serie de mujeres: Irma, paciente y amiga
de la familia; la mujer de Freud; la hija de Freud, amenazada de muerte por una
enfermedad; una paciente cuya demanda de análisis es anhelada. Una serie de hombres:
Otto, médico familiar, asiduo a hacer regalos; el profesor M, destacada personalidad que
no siempre comparte las opiniones de Freud; Leopoldo, más perspicaz que Otto. “Con
este trío de clowns vemos establecerse en derredor de la pequeña Irma un diálogo sin ton
ni son, que se parece más bien al juego de las frases truncadas e incluso al muy conocido
diálogo de sordos”. (Lacan, Seminario II, 1955, pág.73).
Diálogos de sordos, nos dice Lacan para mostrar que estos personajes son todos
significativos, en cuanto son personajes de la identificación en la que reside la formación
del ego.
Este sueño se pone en marcha con la desaprobación percibida en la voz de Otto
quien trae noticias de Irma, “anda bien pero no tanto”, Freud cree advertir cierta
desaprobación en él o que ha participado en la burla del círculo de relaciones (Lacan,
Seminario II, 1955, pág. 70).
Encontramos aquí un primer acercamiento al plano imaginario. En Otto se
descompone el ego del soñante, Freud desaparece bajo esa imagen y es Otto quien asume
el descontento de Freud consigo mismo en cuanto al alcance que pueda tener la solución
aportada por él para el tratamiento de las neurosis.
Influido por el deseo de librarse de su responsabilidad en el fracaso del tratamiento
de Irma, Freud redacta la noche anterior al sueño un resumen de su conducción general.
Tiene el sueño dirá Lacan para “iS – imaginar el símbolo, poner el discurso simbólico
bajo forma figurativa o sea el sueño y luego lo interpreta sI – simboliza la imagen”.
(Lacan, Seminario II, 1955, pág. 71).
Para Lacan, esta tríada juega con la palabra, la palabra decisiva y judicativa; con la
ley, con aquello que atormenta a Freud bajo la forma: ¿Tengo razón o estoy equivocado?
¿Dónde está la verdad? ¿Cuál es la solución del problema? ¿Dónde estoy situado?
(Lacan, Seminario II, 1955, pág. 73).
De aquí la importancia capital de este sueño, la confianza, sí, pero acompañada de
la duda. Según Lacan “Freud vive en una atmósfera angustiante, con la sensación de hacer
un descubrimiento peligroso.” (Lacan, Seminario II, 1955, pág. 76).
En el sueño las condiciones de la realidad se ven sometidas a las condiciones
imaginarias, es así que el ego de Freud está al nivel de su ego despierto, como
psicoterapeuta e Irma, como la paciente que es en vigilia. Freud avanza con la imagen
horrorosa de la boca abierta de Irma, en su necesidad de ver, de saber, expresada en el
diálogo del ego con el objeto. Cuando Freud evita el despertar, ya no cuenta, llama al
profesor M., este con su eminencia aportaría algo, llama a Leopoldo quién ganará a Otto
con sagacidad en su intervención. Con estos personajes ridículos pero significativos por
ser sede de las identificaciones del ego, Freud advierte que se le declara inocente de todo.
Tres personajes femeninos acompañan a Irma, trío místico cuyo último término es, según
Lacan, la muerte. La amenaza de la muerte de una de sus hijas es para Freud un castigo
por la torpeza al excederse en la dosis de un medicamento con una enferma del mismo
nombre (una Matilde por otra).
En palabras de Lacan “Así llegamos a lo que está detrás del trío místico. Digo
místico porque ahora conocemos su sentido. Las tres mujeres, las tres hermanas, los tres
cofrecillos: Freud nos demostró posteriormente su sentido. El último término es,
sencillamente, la muerte. De eso se trata, en efecto. Y hasta lo vemos aparecer en medio
del estrépito verbal de la segunda parte. La historia de la membrana diftérica está
directamente enlazada a la amenaza, extremadamente severa, que dos años antes había
gravitado sobre la vida de una de sus hijas. Freud había vivido esta amenaza como un
castigo a causa de la torpeza terapéutica por él cometida al excederse en la dosis de un
medicamento, el sulfonal, prescrito a una paciente, ignorando que su uso continuo
acarreaba efectos nocivos. Creyó ver en esto el precio pagado por su falta profesional”.
(Lacan, Seminario II, 1955, pág. 73).
La entrada en función del sistema simbólico nos revela que lo que está en juego en
la función del sueño se encuentra más allá del ego: “...En el instante en que el mundo del
soñante se sume en el mayor caos imaginario entra en juego el discurso, el paso de una
palabra representada en el sueño por la fórmula de la trimetilamina, una voz que ya no es
sino la voz de nadie, hace surgir la fórmula como la última palabra de lo que está en
juego” (Lacan, Seminario II, 1955, pág. 79). Esta palabra no quiere decir nada a no ser
que es una palabra. Remarcamos que esta palabra será a través de la cual se declare el
móvil secreto de este sueño. El objetivo buscado por Freud, el deseo estructurante. El
deseo surge en el momento de encarnarse en una palabra. Al igual que el oráculo, la
formula no da ninguna respuesta a nada, pero la manera misma en que se enuncia, el
carácter enigmático, es la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sueño. En este
momento original en que nace su doctrina se revela ante Freud el sentido del sueño: La
única palabra clave del sueño es la naturaleza misma de lo simbólico.
Freud, como cualquiera que relata un sueño, nos habla por intermedio de este sueño,
pero sin reconocerlo en un principio y reconociéndolo únicamente por el análisis del
sueño, es decir, mientras continúa hablándonos. Se percata de estar diciéndonos algo que
es al mismo tiempo él y que ya no lo es: dirá Lacan hablando por Freud “Soy aquel que
quiere ser perdonado por haber osado empezar a curar a estos enfermos, a quienes hasta
hoy no se quería comprender y se desechaba curar. Soy aquel que quiere ser perdonado
por esto. Soy aquel que no quiere ser culpable de ello, porque siempre es ser culpable
transgredir un límite hasta entonces impuesto a la actividad humana. No quiero ser eso.
En mi lugar están todos los demás. No soy allí sino el representante de ese vasto
movimiento que es la búsqueda de la verdad, en la cual yo, por mi parte, me borro. Ya no
soy nada. Mi ambición fue superior a mí. La jeringa estaba sucia, no cabe duda. Y
precisamente en la medida en que lo he deseado en demasía, en que he participado en esa
acción, y quise ser yo, el creador, no soy el creador. El creador es alguien superior a mí.
Es mi inconsciente, esa palabra que habla en mí, más allá de mí”. (Lacan, Seminario II,
1955, pág. 79).

Bibliografía

Freud, Sigmund (1890) Tratamiento psíquico, tratamiento del alma, Obras Completas.
Vol. I. Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1992.
Freud, Sigmund (1893) Estudios sobre la histeria, Obras Completas. Vol. II, Amorrortu
Editores, Buenos Aires. 1992.
Freud, Sigmund (1894) La neuropsicosis de defensa, Obras Completas. Vol. III.
Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1991.
Freud, Sigmund (1917) Una dificultad del Psicoanálisis. Obras Completas. Biblioteca
Nueva Editores, Buenos Aires. 1981.
Freud, Sigmund (1925, 1924) Presentación autobiográfica. Obras Completas. Vol. XX.
Amorrortu Editores, Buenos Aires.1992.
Freud, Sigmund (1914) Contribución a la historia del movimiento Psicoanalítico. Obras
Completas. Vol. XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1991.
Freud, Sigmund Freud (1896) La herencia y la etiología de la neurosis. Obras Completas.
Vol. III, Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1991.
Freud, Sigmund. (1900). La interpretación de los sueños. Capítulo II: “El método de la
interpretación de los sueños. Análisis de un sueño paradigmático (Inyección a
Irma)”. Capítulo IV: “La desfiguración onírica”. Capítulo VI: “El trabajo del
sueño”. A: “El trabajo de condensación”. B: “El trabajo de desplazamiento”.
Volumen IV. D: “El miramiento por la figurabilidad”. I: “La elaboración
secundaria”. Volumen V. Obras Completas. Amorrortu Editores, Buenos Aires,
1993.
Freud, Sigmund. (1915) Lo inconsciente. Obras Completas. Vol. XIV. Buenos Aires.
Amorrortu, 1975.
Freud, Sigmund (1896) Manuscrito K. Las neurosis de defensa (Un cuento de Navidad)
Volumen I. Obras Completas. Amorrortu Editores, Buenos Aires. 1992.
Lacan, Jacques (1955) Seminario II. El yo en la teoría de Freud y en la técnica
psicoanalítica. Ediciones Paidós. Buenos Aires. 1986.

16
Historia del movimiento psicoanalítico
Orientaciones psicoanalíticas post-freudianas
Principales conceptos
Patricia Altamirano

La “nueva ciencia” conocida como Psicoanálisis fue creada por Sigmund Freud.
Aunque inicialmente, el psicoanálisis fue aceptado por estudiosos e investigadores
dedicados a la actividad clínica, también fue fuertemente atacada por otros pensadores.
Los primeros alejamientos terminaron prontamente imponiendo una prioritaria forma de
entender el psicoanálisis, es decir, bajo la autoridad e identidad de la mirada freudiana.
Para Freud el psicoanálisis estaba destinado a ejercer una enorme influencia en los
tratamientos sobre el alma humana. Preocupado por el desarrollo de esta teoría, apoyó e
impulsó la formación de la Asociación Psicoanalítica Internacional, donde incluía a
estudiosos e investigadores con posibilidades de apoyar una difusión internacional del
psicoanálisis; instituyó además una agenda con los puntos de debates que luego podrían
llamarse psicoanalíticos. Así nació en 1910 la Sociedad Internacional del Psicoanálisis
cuyo primer presidente fue Carl Gustav Jung.

También podría gustarte