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Significado del Populus Romano en la República

El documento analiza el concepto de populus romano en la República romana y su relación con la res publica y la libertas. El populus romano, junto con el Senado y las magistraturas, formaban las tres ramas fundamentales del sistema republicano. El populus participaba activamente a través de asambleas y votaciones y representaba a los ciudadanos plebeyos, mientras que el Senado representaba a los patricios. Juntos, el populus y el Senado encarnaban la libertad política de Roma a través de la expresión "Senatus Populus Que Romanus
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Significado del Populus Romano en la República

El documento analiza el concepto de populus romano en la República romana y su relación con la res publica y la libertas. El populus romano, junto con el Senado y las magistraturas, formaban las tres ramas fundamentales del sistema republicano. El populus participaba activamente a través de asambleas y votaciones y representaba a los ciudadanos plebeyos, mientras que el Senado representaba a los patricios. Juntos, el populus y el Senado encarnaban la libertad política de Roma a través de la expresión "Senatus Populus Que Romanus
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Notas en torno al populus romano republicano*

Alejandro Bancalari Molina****

Resumen

El artículo tiene como propósito central, examinar y explicar la pluralidad de significados y esencia del
concepto populus; de su vinculación con la noción de res publica y de libertas, como asimismo con la
aplicabilidad en el sistema democrático republicano. Se profundizará en el vocablo pueblo en un
sentido abstracto y concreto y cómo la experiencia política romana puede ser útil en la actualidad.

Palabras clave: Roma, populus, res publica, libertas, política, democracia, ciudadanos.

Abstract

The central purpose of the article is to examine and explain the plurality of meanings and essence of
the concept populus; its connection with the notion of res publica and libertas, as well as its
applicability in the republican democratic system. The term populus in an abstract and concrete sense
and how the Roman political experience can be useful today will be explored in depth.

Key words: Rome, populus, res publica, libertas, politics, democracy, citizens.

*
El presente texto es un homenaje y un reconocimiento a la prolífica trayectoria del jurista, romanista y Miembro de
Número de la Academia Chilena de la Historia, Dr. Alejandro Guzmán Brito (1945-2021).
** **
Profesor de Historia Romana, Departamento de Historia, Facultad de Humanidades y Arte, Universidad de
Concepción. Miembro de Número de la Academia Chilena de la Historia. Correo electrónico: [email protected].

1
Desde sus orígenes en la antigua Roma, el vocablo populus, vinculado, identificado y
semejante al démos del mundo griego, ha estado presente y se ha constituido en una categoría político-
social-jurídica clave en la evolución y en el desarrollo de los regímenes políticos constitucionales
europeos. Aproximarse a ese léxico, tanto antiguo como actual, es una empresa gigantesca no exenta
de problemáticas con una diversidad de matices, contradicciones y, a veces, un empleo abusivo e
inapropiado del concepto. Son abstracciones y realidades y nos interesa centrarnos en la idea de
populus Romanus, en su sentido concreto y de identidad propia, en la gestión y participación de los
ciudadanos a través del uso de la palabra, de la discusión y del voto, en su relación con la noción de
res publica, libertas, civitas y, en fin, con su vinculación con el posible sistema político democrático
romano. De esta forma, uno de los variados temas trabajados por historiadores, romanistas y
politólogos, es intentar definir y caracterizar qué se entiende por populus en el concierto de la historia
romana. Argumento ampliamente estudiado y que se enmarca en un aspecto tanto teórico como
práctico relativo a la existencia, pertinencia y aplicabilidad en el régimen político durante el período
republicano.

El populus Romanus -al igual que el Senado- existió a lo largo de los 1229 años del largo
proceso de evolución política y social de la antigua historia de Roma y continúa actuando, por cierto,
con otras dimensiones y contextos históricos. Ahora bien, el momento más importante de participación
y acción de este pueblo, fue en la media y tardía República con su intervención activa, directa y
personal, como asimismo, confrontacional y consensual con el sistema republicano.

Al régimen integrado por el Senado y el pueblo, se suma otro órgano clave e intermedio entre
los dos componentes anteriores. Se trata de las magistraturas: surgen, como bien plantean las fuentes 1,
al comienzo de la época republicana, en calidad de “consejeros” (en cierta medida, reemplazan a los
monarcas latinos y etruscos), personas que ejercen una determinada función pública 2. Corresponde a
un órgano nuevo, reflejo de la originalidad y del pragmatismo romano. Genéricamente, la res publica
equivale a la “cosa pública”, lo concerniente a los tres órganos esenciales que componen tal sistema:
Senado, magistraturas y pueblo.

1
En especial, Tito Livio, II, 1; Dionisio de Halicarnaso, V, 1. También, Polibio, VI, 12.
2
Las magistraturas republicanas suelen dividirse en aquellas maiores cum imperio (consulado y pretura) y en las
minores (cuestura, censura y edilidad). En general eran colegiadas, poseían competencias, durabilidad determinada,
gratuitas (por el sentido del honos) y eran elegidas por los ciudadanos.

2
Esta trilogía institucional conformó, en esencia y alma, la noción de res publica3: los asuntos
del pueblo-ciudadano en oposición y en reemplazo a la res privata que definía al regnum. Los tres
órganos interactúan, se necesitan y componen a su vez una forma de “Estado” 4, un tipo de sociedad y
comunidad amplia e identitaria en la cual prevalecen los intereses y el “bien común” 5. Lo individual
cede ante lo colectivo y las partes, al todo 6. En ese conjunto o colectividad se necesitan líderes y
gobernantes, magistrados virtuosos y con un sentido de la dignitas y del honos y ciudadanos honestos,
como también electores a través de las asambleas populares. Así, el sistema republicano se identifica y
se sintetiza, por una parte, con el célebre acrónimo del siglo I a.C. SPQR: Senatus Populus Que
Romanus y, por otra, más amplia, como fundamento ideológico, encarnado en la expresión misma del
sentido ideal y teórico/práctico de la libertas, representada por la ausencia de la monarquía y de la
tiranía, la columna vertebral del Estado romano en concordancia con el respeto hacia las costumbres y
tradiciones: mos maiorum. En el fondo, la libertad de los ciudadanos, asociada a lo que manifiestan,
deciden y gestionan el Senado y el pueblo, corresponde a que el nombre de la Urbe unía en una sola
entidad a patricios (Senado) y a plebeyos (pueblo) 7. Se aglutinan y se articulan en el juego político
republicano dos eslóganes ideológicos y propagandísticos: la libertas populi en las asambleas y la
auctoritas Senatus8. La libertas se ejerce en la entera comunidad, es decir en el Estado republicano y

3
Expresión difícil de traducir correctamente con una pluralidad de puntos de vista; cfr. en general, Louise Hodgson, Res
publica and the Roman Republic, Oxford University press, Oxford 2017; Claudia Moatti, Res publica. Histoire romaine
de la chose publique, Fayard, Paris 2018. De reciente publicación, con diversos tópicos, discusiones y debates, en
Catalina Balmaceda (ed.), Libertas and Res Publica in the Roman Republic. Ideas of Freedom and the Roman Politics,
Brill, Leiden-Boston 2020.
4
Una interesante discusión sobre la noción de Estado y su vinculación con el sistema republicano, en Robert Turcan,
“Notions romaines de l’État: de la Res Publica au Status Romanus”, en Latomus, Bruselas, 70, 2011, 621-641.
5
Sería difícil de precisar con exactitud si el “Estado republicano” (Status en sentido político y vinculado a una constitución), podría ser
comparable a la noción de Estado moderno y también a la idea de constitución. Los griegos hablaron de politeia-politeuma (Aristóteles,
Politica, III, 6) (1278b). Para los romanos, a partir de Polibio, 6, 11, se refiere a las tres formas legales de gobierno (monarquía-
aristocracia-democracia) como integradas y armonizadas, la llamada “constitución mixta” (concebida no como una división de poderes,
al estilo de las democracias parlamentarias, sino más bien como una combinación de ellas). Será Cicerón quien empleará los vocablos
con un significado más político: status rei publicae (Cicerón, Sobre la República, I, 26, 42; 44, 68; II, 33, 57), civitates status (como la
composición del pueblo: constitutio populi, Ibid, I, 32, 49; II, 1, 2) y optimus civitatis status (Ibid, I, 25, 39). Es relevante recordar que
Roma careció de una “constitución escrita”, no por razones de una deficiencia técnico-jurídica, ni organizativa, sino debido a su propia
mentalidad. Su realidad político-institucional estaba estrechamente vinculada a estructuras del pensamiento religioso. Por lo mismo, su
sistema político e instituciones -la norma fundamental, la constitución- no fueron rígidos ni compartimentos cerrados, evolucionaron
naturalmente por la propia experiencia acumulada de diversas generaciones y no por un simple acto legislativo. Entre estos mecanismos
sobresalen: el mos maiorum, la supertitio; las reformas consensuadas y más radicales y el pragmatismo romano. Sobre este punto, véase
Alejandro Guzmán Brito, “El vocabulario histórico para la idea de constitución política”, en Revista de estudios histórico-jurídicos,
Valparaíso, 24, 2002, 267-313; Antonio Duplá Ansuategui, “La constitución romana como mecanismo de inclusión y exclusión”, en
Studia Histórica. Historia Antigua, Salamanca, 26, 2008, 21-38; Mario Pani, La repubblica romana, Il Mulino, Bologna, 2010, 49.
6
Giovanni Lobrano, Res publica res populi. La legge e la limitazione del potere, Giappichelli, Torino, 1994, 119-123.
7
Valerio Massimo y Fabio Manfredi, Come Roma insegna, Pienogiorno, Milano, 2021, 32.
8
Pani, op. cit., 62 y 130, señala explícitamente que la ideología del republicanismo se apoya en los conceptos de
populus y de libertas.

3
por el funcionamiento normal de sus instituciones. No como sinónimo de autonomía (en el sentido de
la eleutheria griega), sino sobre todo en el hecho de respetar las leyes y las costumbres y así poder
actuar y realizar lo que ellas establecían y permitían en espacios de convivencia9. La libertas –utilizada
en una variedad de contextos10- puede ser explicada como “igualdad ante la ley” y como “igualdad
política”11 y está en estrecha relación con la participación activa y directa de los ciudadanos y con la
soberanía del pueblo romano.

Examinemos como categoría historiográfica qué se entendía en la antigua Roma por populus12.
En un sentido amplio, genérico, abstracto y como realidad, representa el cuerpo cívico, o sea, la entera
comunidad romana (patricios-plebeyos y optimates-populares), prescindiendo de su clase y dignidad
social. Ideal y teóricamente, corresponde a la suma de los cives con sus derechos y deberes. La
expresión presenta una variedad de significados (dependiendo del uso y del contexto): problemática en
sus orígenes y ambivalencias. Sufrió modificaciones, mutaciones y adaptaciones en su definición,
caracterización y en la práctica como algo análogo al conjunto directo de participación de los
ciudadanos en consonancia con el desarrollo de la historia romana, tanto en la vida cívica como
militar. Por lo mismo, de la primigenia estructura social hasta fines de la República, fueron empleados
vocablos como Quirites, patres/plebs, cives/civitas, hasta la denominación (con una carga semántica
más negativa) de factio popularis (“masas populares”).

En efecto, para los antiguos romanos, en una primera etapa, populus era equivalente a
Quirites13, vinculándolo a una génesis e impronta etrusco-sabino, derivado de la colina Quirinal o más
exactamente, a la asamblea de cures, de covirites “hombres de las curias”14, aquellos que estaban
capacitados para combatir. Al mismo tiempo, el concepto era concebido identificándose con los grupos
sociales compuestos por patricios (patres) y plebeyos (plebs = “muchedumbre”), tanto en la Roma
arcaica como republicana. Sin embargo, se generó un orden y un cuerpo social particular, disímil; una
distinción entre populus y plebs, por sus propios orígenes y naturaleza. El primer término -como
9
Francisco Javier Navarro, Así se gobernó Roma, Rialp, Madrid, 2017, 23.
10
Tácito, Anales, I, 1, 1.
11
Valentina Arena, Libertas and the Practice of Politics in the Late Roman Republic, Cambridge University Press,
Cambridge, 2012; Francisco Andrés Santos, Roma. Instituciones e ideologías políticas durante la República y el
Imperio, Tecnos, Madrid, 2015, 112-121, considera que “un individuo es libre en la medida en que no es propiedad de
otro”.
12
En general, sobre el significado del término, cfr. Leo Peppe, “La nozione di «populus» e le sue valenze con una
indagine sulla terminologia pubblicistica nelle formule della «evocatio» e della «devotio»”, en Walter Eder (ed.), Staat
und Staatlichkeit in der frühen römischen Republik, Atti del Simposio (Berlino, luglio 1988), Stuttgart, 1990, 312-343.
13
Tito Livio XX, 10, 2; Varrón, Sobre la lengua latina, VI, 86.
14
Geza Alföldy, Nueva Historia social de Roma, Universidad de Sevilla, Sevilla, 2012(4ta), 32.

4
señalamos- hacía alusión a la totalidad del pueblo romano, en cambio el segundo, excluía en su esencia
a los patricios y podría definirse como un conjunto de individuos (multitud y población común), no
pertenecientes al sistema de las gentes15. Algunas fuentes de la época distinguen, en forma categórica,
a populus y plebs como dos realidades antinómicas 16. En un pasaje de la magna obra las Instituciones
de Justiniano17, se expresaba en general que populus significaba indistintamente todos los ciudadanos
(en el fondo la universalidad de ellos); a diferencia de plebs, que correspondería al pueblo,
exceptuando a patricios y senadores18. Estas diferencias se enmarcan no solo en su génesis socio-
económica disímil, sino también en un marco político, cultural y jerárquico, refrendado en la dignitas
de patricios y senadores (en oposición al populus).

Históricamente, los dos grupos coexistieron y disfrutaban de la civitas Romana, sin embargo,
solo el patriciado eran los privilegiados. Presentan tensiones, diferencias profundas e irreconciliables,
las cuales van menguando, produciendo gradualmente un proceso de consenso, mestización e
integración. Sus fundamentos primigenios se enmarcaron con posterioridad a la seditio del Monte
Sacro o Aventino (494 a.C.), donde los plebeyos buscaban escindirse de los patricios y crear su propia
ciudad. De este modo surgieron una serie de reformas y reivindicaciones en favor de los primeros. El
famoso y mítico Apólogo de Menenio Agripa, nos transmite la idea de una unidad social y biológica
romana, en el sentido de un solo cuerpo entre patricios y plebeyos19, conformándose un incipiente
pueblo, como uno solo, unido e integrado. Este acontecimiento es el punto de inflexión de una serie de
conflictos y rivalidades entre los dos estamentos, pero asimismo de reformas y soluciones. Desde un
posible doble Estado (emancipado o separatista), se llegó a un equilibrio y a cierto consenso 20. El
movimiento revolucionario plebeyo fue determinante en el campo electoral, celebraban reuniones
(concilia plebis) y surgieron sus representantes (tribuni plebis), además de elegir a los ediles. El largo
camino hacia la anhelada y teórica igualdad patricio-plebeyo se había iniciado.

El populus en su totalidad no es considerado un cuerpo unitario ni homogéneo a lo largo de los


siglos. Desde el punto de vista político, jurídico, sociológico, económico y cultural, patricios y
15
Tito Livio, X, 8, 9. Véase André Magdelain, “La plèbe et la noblesse dans la Rome archaïque”, en Id., Jus Imperium
Auctoritas: Études de droit romain, Ecole française de Rome, Roma, 2015, 471-495.
16
Cicerón, Pro Murena, I, 1; Tito Livio, XXV, 12, 10.
17
Justiniano, Instituciones, 1, 2, 4.
18
En el Digesto, 50, 16, 238, se señaló: “plebs est ceteri cives sine senatoribus”.
19
Tito Livio, II, 32, 8-12.
20
Michel Humm, “I Fondamenti della repubblica romana: Istituzioni, Diritto, Religione”, en Giusto Traina (ed.), Storia
d’Europa e del Mediterraneo. Il Mondo Antico. III. L’Ecumene romana. V. La res publica e il Mediterraneo, Salerno,
Roma, 2008, 467-520.

5
plebeyos, los dos grandes grupos sociales que lo conforman, eran cuerpos antagónicos y distantes de
problemática definición. Tenían compartimentos estancos y principios e ideas diversas; no obstante,
ambos como populus aplicaron el principio del sufragio universal -solo masculino a partir de los 17
años- y, en consecuencia, desarrollaron la base de la soberanía popular: maiestas populi Romani21. El
pueblo es soberano y decide: todos aquellos que votan por uno e incluso los que no lo hacen.
Igualmente, constituyeron una asociación de propietarios y una colectividad de guerreros 22 motivados
por la ideología de la guerra y la victoria. En suma, es el conjunto de ciudadanos con ius suffragii y ius
honorum, excluyendo a las mujeres (lo eran nominalmente), extranjeros y a los esclavos.

Como señalamos anteriormente, el populus referido a una realidad organizada como comunidad
política y ciudadana se manifiesta en la res publica23. El gran humanista y político Marco Tulio
Cicerón hace coincidir las dos categorías, la vinculación y sinonimia entre res publica y res populi,
afirmando: “Así pues, la cosa pública (república) es lo que pertenece al pueblo; pero pueblo no es todo
conjunto de hombres reunido de cualquier manera, sino el conjunto de una multitud asociada por un
mismo derecho, que sirve a todos por igual”24. Este pasaje célebre del Arpinate abre sin duda el debate
historiográfico, político y jurídico sobre lo complicado que era definir y caracterizar el concepto res
publica y populus, concibiendo a este último como producto de un “contrato de sociedad” 25. Una
interrelación entre la noción de pueblo como societas y la civitas como derecho de ciudadanía; siendo
este el vector aglutinador y catalizador de la res publica. En ella, debe existir un consenso y el
consentimiento del populus a un ordenamiento jurídico-institucional.

Toda esta problematización semántica y conceptual, nos presenta otro dilema muy difícil de
precisar, pero relevante, que corresponde a la experiencia romana de democracia. En otras palabras y
en el plano de la teoría política y más precisamente con la idea y/o noción de la existencia o no de un
verdadero sistema democrático republicano. Surge, entonces, la interrogante controvertida, polémica y
debatida, de la supuesta relación entre la democracia ateniense (de los siglos V y IV a.C.) y de la
21
Tito Livio, VIII, 36, 8, la legitimización del poder reside en el pueblo (que es soberano) con iguales derechos para
todos los ciudadanos. Según Norberto Bobbio, “Democrazia”, en Norberto Bobbio, Nicola Matteucci, Gianfranco
Pasquino (eds.), Dizionario di politica, UTET, Torino, 1983, 308, considera que el principio de la soberanía popular, es
una “teoría medieval, pero de derivación romana”.
22
En la expresión res publica, el adjetivo publicus se refiere a populus, que designa originariamente el “pueblo armado”,
capaz de defender la ciudad de Roma. Cfr. Humm, “op. cit.”, 494.
23
José María Rivas Alba, “Populus Romanus y res publica. Comunidad política y ciudadana”, en Bernardo Periñán
Gómez (ed.), Derecho, persona y ciudadanía. Una experiencia jurídica comparada, Marcial Pons, Madrid, 2010, 275-
299.
24
Cicerón, Sobre la República, I, 25, 39.
25
Lobrano, op. cit., 114-115; Alföldy, op. cit., 63.

6
afirmación y consistencia del régimen democrático en la Roma republicana. El jurista Antonio Guarino
en su clásico libro La democrazia a Roma, considera afirmativamente la conexión entre res publica y
res populi, haciéndolo equivalente a la idea de demokratía en el sentido griego26. Guarino es explícito
en argumentar que el modelo y la experiencia romana de una activa participación ciudadana en el
ejercicio y poder político fue realmente una “democracia”. Por cierto, reconoce el autor que no existe
un modelo único y oficial, ni un ideal democrático cumplido cabalmente.

En el mismo sentido, entre los historiadores que más han patrocinado la tesis de un sistema
republicano como democrático testimoniado en las asambleas populares, ha sido Fergus Millar 27. El
estudioso inglés sostiene que el “pueblo romano” fue soberano, constituyéndose en una “auténtica
democracia directa”, en la acepción antigua del término. Para ello, junto a una larga lista de otros
estudiosos, considera como elementos significativos de la existencia de una vida democrática, la
intervención de los ciudadanos en su capacidad de elegir y en su función legislativa; el régimen de las
diferentes elecciones y la alternativa de presentarse a ellas, sin excluir a una parte de la ciudadanía; la
votación del pueblo en los comitia y su papel como juez; la introducción del sufragio popular secreto
(a partir de la lex Gabinia tabellaria del 139 a.C.); la utilización de las contiones como asambleas
populares informales a las que todos pueden asistir y donde se desarrolló el debate político como
instrumento para la difusión de ideas y la creación de consensos 28; las diversas etapas de deliberaciones
(libertad de opinión) y acciones populares, tanto como su visibilidad 29, en fin, la impronta de la
libertas como ideología y protectora de los ciudadanos30. En todas estas acciones denominadas
democráticas, el populus se transforma en un sujeto activo, eligiendo magistrados, aprobando leyes,
deliberando sobre las guerras y se insertan dentro del marco de la “constitución mixta” de Polibio, que

26
Antonio Guarino, La democrazia a Roma, Liguori, Napoli, 1979.
27
En el fondo, la libertas al definir el régimen político de la república, limitaba el poder de los magistrados, otorgándole
un carácter democrático a las asambleas populares. Véase Fergus Millar, “The Political Character of the Classical
Roman Republic, 200-151 BC.”, en JRS, Cambridge, 74, 1984, 1-19. A su vez, Humm, “op. cit.”, 494-499.
28
Martin Jehne, Demokratie in Rom? Die Rolle des Volkes in der Politik der römischen Republik (=Historia
Einzelschriften 96), Franz Steiner Verlag, Stuttgart, 1995, se pregunta por la noción de democracia republicana y valora
el papel de la oratoria política y de las contiones.
29
En relación con los aspectos positivos y reivindicadores del régimen político romano, véase entre otros, Fergus Millar,
The Roman Republic in Political Thought, Brandeis University Press, Waltham, 2002; José María Rivas Alba,
Democracia en Roma. Introducción al derecho electoral romano, Granada, Comares, 2008; Javier Paricio, “Sobre el
modelo romano de democracia”, en Index, Madrid, 38, 2010, 167-177.
30
José María Rivas Alba, Libertad. La vía romana hacia la democracia, Compares, Granada, 2009, 71 y 87, considera
que al perderse la ciudadanía, no puede conservarse la libertas (como conjunto de derechos de naturaleza privada y
pública); Andrés Santos, op. cit., 113-114.

7
reguló el régimen político republicano. De acuerdo al mismo historiador griego, los poderes y
atribuciones del pueblo eran enormes e impresionantes31.

En contraposición al carácter democrático de la res publica, existe otra corriente de insignes


estudiosos que, si bien aceptan ciertos elementos y procedimientos democráticos niegan, con distintos
matices y consideraciones, la existencia y la viabilidad de la democracia en la antigua Roma por
inadecuaciones intrínsecas32. Entre estos argumentos sobresalen la reducida participación de los cives
Romani en los comitia33; la votación estructurada a la pertenencia de clases censitarias; la decisión
final y práctica del uso del poder que siempre quedaba en manos de la elite dominante (nobilitas); la
no cancelación de un estímulo económico (como fue la misthoforia griega); las restricciones en la
utilización libre de la palabra y la escasa participación en la toma de decisiones (más bien, el pueblo
era el “espectador de la política”34); en fin, en la propia inexistencia de una sociedad y/o comunidad
igualitaria como basamento de la ideología política republicana. Si bien Roma reproduce la estructura
política de Atenas, no puede considerarse un traslado o trasvasije directo de los órganos político-
jurídicos de la democracia ateniense adaptada 35 a otras realidades y tiempos. La república romana -de
acuerdo a la postura crítica hacia el régimen democrático- careció de un predominio o gobierno del
pueblo, más bien fue un sistema participativo, opcional y “referendario”36.

31
Polibio, VI, 14, señala: “En la constitución romana el pueblo, y sólo el pueblo, es el árbitro que concede honores o
inflige castigos, el único puntal de dinastías y constituciones, en una palabra, de toda la vida humana. En las naciones
en las que estos valores no se diferencian o, aunque sean conocidos, no se aplican cabalmente, es imposible que haya
algo administrado con rectitud: ¿sería lógico que lo fuera, si buenos y malos la misma estimación? Con frecuencia el
pueblo juzga las multas que se deben imponer para resarcirse de los daños sufridos, lo cual ocurre principalmente
cuando la multa es importante y los reos han detentado altos cargos; el pueblo es el único que puede condenar a muerte.
En tales ocasiones rige entre ellos una ley consuetudinaria muy digna de elogio y de recuerdo: cuando alguien es
juzgado y condenado a muerte, la costumbre le permite exiliarse a la vista de todo el mundo e irse a un destierro
voluntario, a condición de que, de las tribus que emiten el veredicto, una se abstenga y no vote; los exiliados gozan de
seguridad en Nápoles, en Preneste, en Tíbur y en otras ciudades confederadas. Además, el pueblo es quien confiere las
magistraturas a aquellos que las merecen: es la más hermosa recompensa de la virtud en un estado. El pueblo es
soberano cuando se trata de votar las leyes; su máxima atribución es deliberar sobre la paz y la guerra, y también sobre
las alianzas, tratados de paz y pactos; es el pueblo quien lo ratifica todo, o lo contrario. De manera que no es un error
decir que el pueblo goza de grandes atribuciones en la constitución romana y que ésta es democrática”.
32
Entre los más recientes investigadores que plantean esta postura, con diversidad de interpretaciones y fundamentos,
entre otros, Hans-Joachim Hölkeskamp, “The Roman Republic: Govermment of the People, by the People, for the
People?”, en Scripta Classica Israelica, Tel Aviv, 19, 2000, 203-223.
33
Cicerón, Sobre la Republica, I, 27, 43, señala que a diferencia de Roma, el pueblo griego (ateniense) tuvo una excesiva
participación en las tareas de gobierno.
34
Navarro, op. cit., 179, señala que se debatía de “cara al público” (presencial), pero sin contar con el pueblo;
interpretación un tanto exagerada.
35
Alicia Valmaña-Ochaíta, “Democracia en la Antigüedad”, en Id (ed.), Democracia en el mundo antiguo y en la
actualidad, Andavira, Santiago de Compostela, 2013, 169-199.
36
Luca Fezzi, Modelli politici di Roma antica, Carocci, Roma, 2015, 49.

8
Intentar, por lo tanto, realizar un balance afirmativo o positivo del sistema democrático de la
Roma republicana, es una tarea titánica y agotadora, además de la proliferación de estudios y debates 37.
Por otra parte, comparar ese sistema político con la democracia ateniense 38 o con los actuales cánones
democráticos39, es también una obra gigantesca, posiblemente estéril en lo práctico y con muchas
dificultades de poder concretizar algunas conclusiones plausibles. No obstante, es necesario realizarlo,
por su valor formativo en esclarecer el espinudo problema de la idea y esencia central de las
democracias antiguas y modernas, sus diferencias y sus similitudes, sus continuidades y fracturas, sus
ejemplos y negaciones. Sin embargo, una valorización de los estudios comparativos, al aproximarnos
al régimen democrático de la res publica, necesariamente se debe hacer y estudiar en el marco y en el
contexto histórico, político, social y jurídico en que tal sistema se originó y se desarrolló 40 para así no
caer en los anacronismos históricos.

En un reciente y sugerente artículo, Francisco Pina Polo examina la problemática y se pregunta


cómo los mismos romanos visualizaban su sistema político. Su respuesta es categórica: “nunca
pensaron que su res publica fuera una democracia”41. El autor se introduce en la disputa
historiográfica, a favor y en contra, acerca del carácter democrático de la república. El argumento
central radica en exponer una serie de evidencias, sobre todo diferencias, a partir del pensamiento
político e ideológico de Cicerón, de que Roma no tuvo ni desarrolló un sistema democrático al estilo
del ateniense. La polémica continuará en torno a intentar esclarecer el problema de fondo, si en Roma
existió una democracia y cómo fue concebida esta al compararla con las otras. Formalmente, lo fue a
través del poder del populus que en forma directa elige a los magistrados y tiene la capacidad de

37
Entre otros, Andrew Lintott, “Democracy in the Middle Republic”, en Zeitschrift der Savigny-Stiftung für
Rechtsgeschichte, 104/1, 1987, 34-52; Emilio Gabba, “Democrazia a Roma”, en Athenaeum, Pavía, 85, 1997, 266-271;
Mario Pani, “Ancora sulla democrazia a Roma. A proposito di H. Mouritsen, Plebs and Politics in the Late Roman
Republic”, en Quaderni di storia, Bari, 55 (2002), 273-284; Giovanni Cecconi, “La práctica política en la Roma
antigua. Especificidad y debates”, en De Rebus Antiquis, Buenos Aires, 2011, 23-43; Frédéric Hurlet, “Démocratie à
Rome? Quelle démocratie? En relisant Millar (et Hölkeskamp)”, en Stéphane Benoist (ed.), Rome, a City and Its
Empire in Perspective: The Impact of the Roman World through Fergus Millar's Research, Brill, Leiden, 2012, 19-43.
38
Claude Nicolet (ed.), Demokratia et Aristokratia. À propos de Caius Gracchus: mots grecs et réalités romaines,
Université Paris 1, Paris, 1983; Clifford Ando, “Was Rome a Polis?”, en Classical Antiquity, Los Ángeles, 18, 1999, 5-
34.
39
Quien define y caracteriza los cánones del sistema político de la democracia, es el politólogo Giovanni Sartori, ¿Qué es
la democracia?, Taurus, Madrid, 2003, 201, al señalar cómo la experiencia histórica ha generado dos tipos de
democracia con sus matices y particularidades: la directa y participativa (con un ejercicio y control directo del poder) y;
la indirecta y representativa (un sistema de control y vinculación del poder).
40
Sobre estos planteamientos teóricos necesarios, véase Giulio Crifó, Libertà e uguaglianza in Roma Antica.
L’emersione storica di una vicenda istituzionale, Bulzoni, Roma, 1984, 12; Santiago Castán, “Una aproximación a la
democracia romana a través del sufragio activo y pasivo”, en Valmaña-Ochaíta (ed.), op. cit., 55-132.
41
Francisco Pina Polo, “Idea y práctica de la democracia en la Roma republicana”, en Gerión, Madrid, 37/2, 2019, 379-
397.

9
discutir y votar. La “constitución mixta” explicada por Polibio y Cicerón, la cual admite una especie de
“reparto y combinación de poderes” equilibrado, constituye otro fundamento a favor de la democracia.
Sin embargo, a pesar de todos estos elementos filodemocráticos, en esencia y en la práctica, el populus
-actor clave en el sistema democrático y protagonista de la libertas- tuvo una participación mínima,
escasa y restringida en el régimen político republicano, no identificándose como una verdadera
democracia debido a variados factores institucionales, jurídicos y prácticos. Teorías, ideas y
argumentación variada coexisten a favor de unos y de otros. Encontramos disímiles factores y
características que hacen de tal sistema algo feble y débil. En primer lugar, el valor desigual del ius
suffragii de los ciudadanos. El populus (ciudadanos censados cada 5 años) se repartían en 193
centurias divididas en cinco clases42, donde los cives Romani ejercían su derecho a voto en forma
individual en el seno de su unidad respectiva (sufragio colectivo-grupal) de acuerdo al patrimonio que
poseía cada uno de los ciudadanos, transformándose, en cierta medida, en una verdadera Timocracia.
Se obtenía la mayoría absoluta con 98 sufragios sobre 193 43 y se daba por finalizado el proceso
electoral, incluso sin poder sufragar el resto de los ciudadanos que eran de las clases inferiores. Como
lo expuso y justificó Cicerón (defensor del sistema constitucional republicano): “de manera que los
votos no estuvieran en poder de la muchedumbre, sino de los más ricos” 44. En síntesis, los votos,
requisito central del sistema democrático, no tuvieron el mismo valor. Así lo expresa Claude Nicolet:
un sistema que era esencialmente de “voto por órdenes y no por cabezas” 45. Por lo mismo, es otro
antecedente más en contra de una verdadera democracia romana, ya que el poder político del régimen
estuvo siempre controlado por la nobilitas, a través del Senado y de las magistraturas. Fue un sistema
aristocrático-oligárquico46, donde gobernaban los más ricos, los mejores y los más sabios. En

42
De las 193 centurias (unidad votante), 18 eran de los equites = caballería (integrada por las antiguas familias patricias y
poderosos grupos plebeyos), quienes debían poseer como patrimonio mínimo 400.000 sestercios. Las restantes 170
centurias, eran los pedites = infantería, que se subdividían en 5 clases.
43
Castán, op. cit., 73-74.
44
Cicerón, Sobre la República, II, 22, 39; también en Dionisio de Halicarnaso, IV, 18, 2.
45
Claude Nicolet, Confusio Suffragiorum. A propos d'une réforme électorale de Caius Graccus, Mélanges d'archéologie
et d'histoire/ École française de Rome, Paris, 1959, 147. Ahora bien, el rasgo característico de todo régimen
democrático es el reflejado en el principio de la igualdad de los ciudadanos y representado en la expresión práctica y
actual de “una persona, un voto”, cfr. Santiago Sastre Ariza, “A vueltas con la democracia”, en Valmaña-Ochaíta (ed.),
op. cit., 133-152.
46
Ronald Syme, The Roman Revolution, Clarendon Press, Oxford, 1939, en su clásico libro considera que no es el pueblo
el protagonista de la vida política y del sistema republicano, sino más bien un restringido grupo aristocrático-
oligárquico, apoyado por amplias clientelas (utiliza el método prosopográfico). “Detrás de toda forma de gobierno,
siempre subyace una oligarquía”. De acuerdo con Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, Fondo de Cultura
Económica, México, 2007, 17, la presencia de oligarquía o élites políticas en el poder se oponen a los ideales
democráticos. Véase ahora último, Guido Clemente, “Democracy without the People: The Impossible Dream of the
Roman Oligarchs (and of Some Modern Scholars)”, Quaderni di storia, Bari, 87, 2018, 87-119.

10
apariencia, una democracia, pero en la práctica y en el control real, una aristocracia 47. Sin embargo,
como hemos expresado -a favor y en contra- igual pueden reconocerse y admitirse una serie de
antecedentes, elementos y prácticas de la constitución política republicana, con “rasgo democrático”48.

Otro aspecto relevante de la temática, intentando trazar un puente entre lo antiguo y lo actual,
dice relación con el origen y la proyección del término “populares”. Será Cicerón, en su obra En
defensa de Sestio (56 a.C.), quien empleará por primera vez el vocablo y marcará toda una fuerza e
impronta de diferenciación terminológica e ideológica en la posterior historiografía romana, señalando:
“Hubo siempre en esta ciudad dos clases de hombres entre quienes aspiraron a ocuparse de la política
y a actuar en ella de manera distinguida; de éstos, unos pretendieron ser y que se les considerara
"populares", los otros "optimates". Los que pretendían que sus acciones y palabras fueran gratas a la
multitud eran considerados populares; optimates, en cambio, los que se conducían de tal que sus
decisiones recibían la aprobación de los mejores”49.

A partir de esta división y contraposición entre los optimates (los hombres de bien y los
mejores) y los populares (cercanos al pueblo y en cierta forma, enemigos del orden establecido),
Cicerón crea una especie de visión binaria e ideológica de la política, condicionando toda la
historiografía. Así, para el Arpinate, no hay duda de que los optimates (conservadores) deberían
gobernar Roma por ser los mejores en formación, prestigio, dignidad y por encarnar los valores
republicanos, mientras que los populares eran revolucionarios y guiados solo por demagogos con
ambiciones personales. Se presenta aquí un sesgo negativo y peyorativo de estos últimos. Es imposible
trazar en las páginas siguientes quiénes eran realmente los que pertenecían a la factio popularis: ¿Eran
demócratas, demagogos, paladines de las masas populares, reformistas, revolucionarios y enemigos del
orden establecido y querían romper con el status quo? ¿Actuaban como partidos o grupos opuestos o
eran solamente facciones y movimientos rupturistas? ¿Se podría hablar de una política popular y de un
posible programa institucional? ¿Su retórica se acercaba a antiguos derechos y prerrogativas del
pueblo? Y en fin: ¿En qué consistían sus diversas acciones, reformas, medidas concretas y propuestas
legislativas? Todas estas interrogantes son difíciles de precisar y presentan una diversidad de matices,
47
Pina Polo, op. cit., 388. Parte de la polémica, véase en Agustín Moreno, “¿Democracia o Aristocracia en la República
Romana?. Reflexión en torno al debate propuesto por Fergus Millar”, en Argos (en línea), Córdoba, 35/1, 2012, 131-
155.
48
Entre otros, con esta postura, Francesco De Martino, Storia della costituzione romana II, Jovene, Napoli, 1972, 455;
Armando Torrent, “La democracia en la república romana”, en Anales de la Facultad de Derecho de La Laguna, La
Laguna, 10, 1982, 175-194; Claude Nicolet, “El ciudadano y el político”, en Andrea Giardina (ed.), El hombre romano,
Alianza, Madrid, 1991, 49; Castán, op. cit., 119.
49
Cicerón, Pro Sestio, 96.

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sin embargo, este conglomerado50 en su narrativa hablaba de que eran liderados por los tribunos de la
plebe, buscando siempre sustento en las asambleas populares. En una rápida y tal vez general
respuesta, esta factio popularis en oposición al senado y a la élite dominante, no actuó intentando
subvertir el orden constitucional, ni tampoco llevar el poder en forma real y directa al pueblo común o
a las masas con un propósito de democratización de la res publica romana, buscaban más bien,
resolver asuntos prácticos para mejorar las condiciones de vida.

En el mundo contemporáneo se originó la palabra “populismo”, cuyo objetivo es defender los


intereses y aspiraciones del pueblo, término que tiene sus raíces en la antigua Roma como hombres
amigos y próximos al pueblo en oposición al Senado. Se presenta entonces una relación y un vínculo
entre populares y populismo. Cicerón al concebir y crear la palabra “populares” (en la actualidad
perfectamente la emplearía y traduciría por “populistas” 51), le otorgó una dimensión peyorativa y
descalificadora, algo así como un peligro para la libera res publica donde él siempre buscaba la
concordia, el bien común y que gobernaran los líderes más virtuosos y dignos. En el fondo, para el
Arpinate los requisitos esenciales para el buen funcionamiento del régimen político republicano, se
expresan en la triple exigencia de un populus culto, leyes justas y rectas y gobernantes honestus. Este
punto es uno de los tantos legados, valores sociales y educativos del mundo romano que uno podría
aplicarlos y proyectarlos a fenómenos socio-políticos del presente, sin caer en anacronismos o
comparaciones tergiversadas y parcializadas buscando similitudes y diferencias. El neologismo
populismo, vocablo polisémico52 de difícil precisión y caracterización, está de moda en la actualidad,
tanto por sus oportunidades como por sus riesgos.

50
Sobre el tema de los populares, una síntesis en José María Arbizu, “Los populares: estado de la cuestión”, en Id., Res
publica oppressa. Política popular en la crisis de la República (133-44) a. C.), Complutense S.A., Madrid, 2000, 319-
341.
51
Pina Polo, op. cit., 383.
52
El neologismo populismo presenta una pluralidad de significados y es ambiguo. El término moderno surgió en la
década de 1870 en el imperio zarista: Narodnismo asociado a movimientos intelectuales socialistas y de campesinos;
asimismo en Estados Unidos se habló de people’s party en oposición a la industrialización y al capitalismo. Será hacia
fines del siglo XX y a comienzos del XXI, cuando el vocablo toma mucha fuerza con una multiplicidad de sentidos y
acepciones en defender los intereses del pueblo. Necesariamente debe existir un líder carismático y el pueblo mismo. En
la actualidad, atenta contra la democracia liberal y contra el mal funcionamiento de los partidos (hay un desprecio a
ellos); de ahí que posee una carga valórica peyorativa. El populismo convoca a una masa que se siente abandonada y no
existe un movimiento político autoproclamado como populista, puede surgir de cualquier tipo de agrupación política. Al
entenderlo como ideología, se divide la sociedad en dos grupos enfrentados: el “pueblo” (bueno y verdadero) como
comunidad íntegra contra la “élite” (corrupta y deshonesta), concebida solo en su beneficio personal. Sobre el
argumento, véase Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, Populismo. Una breve introducción, Alianza, Madrid
2019; Paulina Astroza, “Derecho y revés del populismo actual. Definiciones y clarificaciones”, en Átomo, Santiago, 3,
2019, 16-28.

12
La problemática conceptual y de caracterización de ciertas categorías y nociones históricas,
continúan en el centro del debate. Debemos tener presente y ser conscientes de que algunas
denominaciones y terminologías en Historia y Política no definen una categoría precisa y delimitada.
En algunos casos pueden ser incorrectas y no reflejar la coyuntura y la realidad de ellas; de ahí la
relevancia del uso contextualizado de las palabras. Lo explicaba muy bien el erudito y anticuario
Varrón: “muchos vocablos ofrecen en la actualidad un significado distinto del que antaño tenían”. 53
Por lo mismo, la forma y fondo del sistema republicano (sea aristocrático y/o democrático), es disímil
a los actuales, como igualmente, la noción de pueblo. Sin embargo, nos ayuda como antecedente y
sobre todo como experiencia y diálogo entre el pasado y presente. El “modelo político romano” debe
ser abordado en su justa medida y reconocido como precedente para los republicanismos modernos.

53
Varrón, Sobre la lengua latina, V, 3.

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