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Libros Sapiencias - Introduction

Este documento presenta una introducción a los libros sapienciales de la Biblia. Explica que estos libros (Job, Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría) fueron escritos bajo la influencia de la búsqueda de la sabiduría en el antiguo Oriente Medio. Describe las características literarias y teológicas de estos libros, incluyendo su énfasis en el temor de Dios como principio de la sabiduría y la presentación de la sabiduría como un
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Libros Sapiencias - Introduction

Este documento presenta una introducción a los libros sapienciales de la Biblia. Explica que estos libros (Job, Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría) fueron escritos bajo la influencia de la búsqueda de la sabiduría en el antiguo Oriente Medio. Describe las características literarias y teológicas de estos libros, incluyendo su énfasis en el temor de Dios como principio de la sabiduría y la presentación de la sabiduría como un
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Los Libros sapienciales, presentación

Konrad Schaefer, osb


9 de mayo de 2021

1.1 Características canónicas de la literatura sapiencial en la Biblia1

En la Biblia se da el título de “sapienciales” a dos libros de Job, Proverbios, Eclesiastés


(o Qohélet), Eclesiástico (o Sirácida) y Sabiduría. Algunos autores incluyen también el libro
de los Salmos y el Cantar de los cantares. Se los llama con este nombre porque fueron
escritos bajo el influjo de una corriente de pensamiento que se difundió en el antiguo
Oriente Medio desde mucho antes de la formación del pueblo de Israel. Esta corriente se
distinguió por el interés en la búsqueda de la sabiduría y su cultura, y de allí su nombre de
“sapiencial”.

La sabiduría no consistía en la posesión de una suma de conocimientos, como se


puede entender en la actualidad, sino en saber resolver acertadamente los problemas que
se presentan cada día, en mantener las tradiciones recibidas de la antigüedad y en no
aventurarse por caminos novedosos. La adquisición de esta sabiduría prometía una vida
larga y feliz, libre de contratiempos. Aquel que no tenía sabiduría era el “necio”, que no
sabía manejar bien sus negocios ni solucionar de manera acertada sus problemas.

En Mesopotamia y Egipto se produjeron importantes obras literarias de carácter


sapiencial que ejercieron su influencia en obras de la tierra de Canaán y posteriormente en
Israel. En estos escritos, las preocupaciones religiosas no ocupaban un lugar de importancia.
Los más antiguos autores de la corriente sapiencial enseñaban que, para llegar a ser “sabio”,
se debía observar con atención el orden existente en el universo. En el mundo todo sucede
de acuerdo con el orden que el ser humano debería imitar, y acomodándose a él llegará a
ser sabio. Un ejemplo de la Escritura ilustra esto que se ha dicho: “Contempla a las
hormigas, perezoso, observa cómo actúan, y serás sabio” (Prov 6,6).

Gran parte de los textos sapienciales más antiguos estaba destinada a la instrucción
de los hijos de los nobles, que en el futuro serían gobernantes y necesariamente debían ser
“sabios” para conducir al pueblo. Por esa razón los sabios encontraban su lugar natural en
las cortes reales, donde instruían a los jóvenes a la vez que se ocupaban de aconsejar a los
reyes en las cuestiones importantes del reino.

1
A base de la introducción en la Biblia de la Iglesia en América, PPC 2019, 949-950.
2

Para enseñar la “sabiduría” a las generaciones jóvenes se presentaba al discípulo


una comparación expresada en la forma de una máxima o un proverbio –un mašal
(hebreo)–, que a veces se prolongaba en una breve narración o parábola. Ante esta
comparación, el discípulo debía reflexionar hasta que él mismo podía extraer la conclusión
y así adquirir “sabiduría”.

También en Israel existía el interés por alcanzar la sabiduría. El término hebreo


equivalente a la sabiduría designa distintas formas de habilidad: la capacidad (la “técnica”)
para tareas manuales y la magia, el buen sentido y la astucia en la administración, la
prudencia en asuntos éticos y religiosos, el sano criterio para juzgar, la astucia para
comportarse en situaciones comprometidas… (1 Re 5,13-14).

Los textos sapienciales de la Biblia más antiguos son algunas de las colecciones en
los Proverbios; tienen gran semejanza con las obras que se produjeron en las escuelas
vecinas a Israel: sentencias breves que encierran una comparación y se expresan en forma
de líneas paralelas (Prov 15,1-2.4):

Respuesta amable calma el enojo,


Palabra áspera excita la ira.

Derrama ciencia la lengua de los sabios,


La boca de los necios profiere necedades.

Hablar con dulzura es árbol de vida,


Hacerlo con dureza destroza el corazón.

En Israel, los sabios también actuaban como consejeros de los reyes. En algunas
ocasiones, los profetas se enfrentaron con ellos, porque los consejos que estos daban a los
reyes se apoyaban en criterios principalmente políticos, opuestos a lo que los profetas
predicaban como voluntad de Dios. Debido a esto, muchas veces los profetas pronunciaron
juicios desfavorables o despectivos con respecto a los sabios (Is 5,21; 29,14; 31,1-2).

La oposición al pensamiento de los sabios de la corte tuvo como consecuencia una


evolución en el concepto de sabiduría. En el periodo posterior a la cautividad babilónico, la
reflexión sapiencial presentó a la sabiduría de Dios como opuesta a la sabiduría humana y
práctica, e hizo florecer elementos que se habían insinuado en la época anterior. La
sabiduría es un atributo divino; no se obtiene como fruto de la reflexión de los seres
humanos, sino que es un don concedido por Dios a los que reúnen ciertas condiciones de
piedad; su posesión garantiza la inmortalidad.
3

1.2 Características literarias y teológicas de la literatura sapiencial2

La sabiduría, como es presentada en el periodo posexílico, es esencialmente


religiosa. Conocerla y platicarla es lo que se llama el “temor del Señor”, no entendido como
miedo, sino como la virtud de la piedad, el respeto y la veneración a Dios, que se hace
posible la amistad y sumisión a Dios, santo y omnipotente. Este temor de Dios es “principio
de sabiduría” (Prov 1,7; 9,10; 15,33; Job 28,28; Sal 111,10; Eclo 1,14.20) o “corona de
sabiduría” (Eclo 1,18). Fundamentalmente, la sabiduría se identifica con la ley de Dios (Eclo
24,23; Bar 4,1). Casi siempre, en los libros sapienciales se entiende el “temer a Dios” como
amor respetuoso a Dios, o bien el respeto amoroso a Dios, teniendo en mente el encanto,
lo atractivo de Dios, pero manteniendo cierta distancia que es parte de la reverencia.

En la colección se encuentran magníficas descripciones de la sabiduría: es


representada como una figura femenina engendrada antes de los siglos (Prov 8,22—31),
sentada junto al trono de Dios (Sab 9,4), que participa en la obra de la creación (Prov 8,30;
Sab 9,9), reside en Israel, ejerce el sacerdocio en el Santuario de Jerusalén (Eclo 24,10-12),
clama por las calles buscando discípulos (Prov 1,20-33) e invita a participar en el banquete
que ella misma ha preparado (Eclo 15,3; 24,19-21; Prov 9,1-6). Más tarde, varios rasgos
sirvieron a los autores del Nuevo Testamento para expresar el misterio de la condición
divina de Jesucristo (Jn 1,1-18).

Los sabios de la época de la monarquía estaban instalados en el palacio real, tanto


para formar a los futuros gobernantes como para aconsejar a los reyes en las medidas que
debía tomar en su gobierno. En la época posterior al destierro, después de la desaparición
del palacio real, la actividad de los sabios se desarrolló principalmente en los atrios del
Templo. No solo cambió el lugar, sino también la forma de desempeñar su tarea sapiencial:
sus oyentes ya no eran los nobles, sino el personal del templo y el pueblo fiel que concurría
al templo escuchaba a los sabios y les exponía sus dudas (cf. Lc 2,46). Otro lugar donde los
sabios exponían sus enseñanzas eran las escuelas a las que concurrían los jóvenes que,
sentados a los pies de los maestros (Hch 22,3), aprendían las reglas y las formas de
interpretar la Ley.

En esta etapa se produjeron los grandes libros sapienciales que intentan desentrañar
los profundos problemas humanos. El libro de Job se plantean la pregunta que siempre ha
atormentado a los seres humanos: ¿por qué sufren los buenos? El libro del Eclesiastés
reflexiona sobre la desproporción que existe entre los esfuerzos que se deben realizar para
obtener sabiduría, riqueza o placer y el mezquino y efímero resultado que se obtiene.
Sabiduría y Eclesiástico despliegan la sabiduría de Israel para mostrar su belleza ante el
avance de los griegos, que intentaban anular la cultura de Israel para imponer su propia
sabiduría y cultura.

2
A base de la introducción en la Biblia de la Iglesia en América, PPC 2019, 950-951.
4

En textos tardíos la figura de Salomón aparece como el mayor representante y hasta


cierto punto como el modelo de las escuelas sapienciales de Israel. En 1 Re 5,12 se afirma
que compuso tres mil proverbios, categoría sapiencia por excelencia, en mil cinco cánticos.
Además se destacan en general su sabiduría (1 Re 3,9-12.28; 5,11; 10,1-9). Por eso al rey
Salomón se le adjudicada la autoría de los libros de Eclesiastés (1,1), Sabiduría (ver el título,
y 9,7-8), Cantar de los cantares (1,1) y partes del libro de Proverbios (1,1; 10,1-22,16; 25,1-
29,27), aunque él no fuese su autor literario real. Estos indicios parecen insinuar que
Salomón fue valorado como patrono de un grupo particular: se trata de los ámbitos de los
letrados y escribas, miembros de la administración, y de quienes, en las clases elevadas de
la sociedad, tenían acceso a una educación privilegiada, donde el sabio representa a la
persona que acumular prestigio y honor.

1.3 Temas cristológicos de textos sapienciales y relación con el Nuevo Testamento

Etapa posexílica: asimilación de la sabiduría3

Debido a sus innegables orígenes extrabíblicos, la corriente sapiencial necesitaba


mucho tiempo para ser asumida por el pueblo y poder cuajar en obras escritas. Todos los
libros sapienciales datan del período posexílico.

Después del destierro (a partir del año 538 a.C.) comienza la progresiva aceptación
del movimiento sapiencial. Se editan las colecciones de los Proverbios, aunque el editor
posexílico compone una amplia introducción (Prov 1-9), en la que se define el temor del
Señor como el principio de la sabiduría. Esto supone hacer una relectura religiosa de
materiales que tenían raíces profanas en culturas extranjeras. También durante el periodo
posexílico se publican Job y Eclesiastés; a éstos la Biblia llamada “de los Setenta” (traducción
griega del siglo 3º) añadirá Eclesiástico y el libro muy reciente de Sabiduría, completando
así la colección de los cinco libros sapienciales.

¿Cuales fueron los factores que disiparon la crítica preexílica frente a la corriente
sapiencial y concedió plena carta de ciudadanía adentro del judaísmo?

Un factor importante fue el paso que se produjo durante el destierro de una


concepción comunitaria y solidaria a una interpretación individualista y personal en el
problema de la retribución. Esto supuso la afirmación de la responsabilidad individual (véase
Ez 18,33) y un interés mayor por el destino del individuo. Tal concepción exigía un
planteamiento más personal de los problemas que la existencia lleva consigo: el sentido de

3
A base de la introducción en la Biblia de América, Casa de la Biblia 1994, 1190-1191.
5

la vida, el sufrimiento, la muerte, la recompensa, etc. Y esta problemática entraba de lleno


en la órbita de la corriente sapiencial.

Un segundo factor decisivo está condicionado por la incorporación, ya en el exilio,


del tema de la creación al conjunto de verdades fundamentales que constituyen el credo
de Israel. El ámbito de la creación (y las realidades temporales que de él dependen) es un
campo privilegiado de la reflexión sapiencial.

Vinculado al anterior, un tercer factor determinante fue el proceso de adaptación y


asimilación de la corriente sapiencial a los grandes núcleos teológicos del yahvismo
(elección, alianza, ley…), iniciado tras el destierro. Dicho proceso alcanzó su culminación en
el Eclesiástico, donde la sabiduría se identifica con la Ley y, de un modo más concreto, la
voz de la sabiduría se identifica con la voz de la Ley, es decir, la voz de Dios, que habla por
medio de la sabiduría, lo mismo que habla por medio de la Torah y los profetas (Eclo
24,23.34). Después del destierro cesa la profecía y la Ley y la sabiduría toman la palabra.

No obstante, a pesar de la aproximación al espíritu tradicional de la Ley y la alianza,


los libros sapienciales siguen conservando su perfil propio. Desbordan las fronteras del
pueblo elegido, abiertos a un horizonte universal. Tienen sabor más pedagógico, humanista
y filosófico que teológico, más centrados en el ser humano y sus problemas que en Dios.

Fuentes de la sabiduría4

Frente a los profetas que aparecen como portavoces de Dios y tienen en la


revelación su fuente de inspiración, los sabios se presentan como maestros de sabiduría
que se apoyan en la experiencia y la razón, y sólo en secundo momento recurren a la luz
sobrenatural. La fuente primordial de la sabiduría ha sido siempre la experiencia. Así lo
demuestran las colecciones de dichos y sentencias de Proverbios, que pueden ser
consideradas como la antología israelita y que hunden sus raíces en la realidad del pueblo.
Otro ejemplo es el Eclesiastés, cuyas reflexiones y evaluaciones arrancan siempre de los
datos aportados por la observación y la experiencia.

Después de la experiencia, la fuente principal de la sabiduría es la tradición. Por su


propia naturaleza, la sabiduría popular, nacida en el seno de la familia, del clan y la tribu, se
transmitía de generación en generación y por tradición oral. También la sabiduría refinada
de las escuelas se transmitía, oralmente o por escrito, de maestros a discípulos. Las
colecciones de Proverbios han conocido un largo proceso de transmisión hasta cristalizar
en el libro actual.

4
Cf. Biblia de América, Casa de la Biblia 1994, 1191.
6

Algunos libros sapienciales, como Job, Eclesiastés y Sabiduría, son fruto del estudio
y la reflexión personal realizados por individuos o en grupo. Los 42 capítulos del libro de Job
giran siempre en torno a un mismo problema de fondo, que es contemplado desde distintos
puntos de vista, recibiendo distintas hipótesis y soluciones. La misma estructura del libro,
presentado en forma de diálogos entre varios interlocutores, refleja el proceso laborioso de
composición a base de reflexión y estudio. Algo parecido cabe decir de Eclesiastés (Ecl 12,9-
10) y Eclesiástico, cuyo autor se dedicó de por vida al estudio.

Los sabios de Israel se han beneficiado también de la estratégica ubicación de


Palestina, paso obligado entre Egipto y Mesopotamia. Por allí cruzaban ejércitos y caravanas
comerciales en una y otra dirección, intercambiando entre oriente y occidente la cultura,
las ideas y la literatura. El intercambio cultural ha sido, por tanto, otra de las fuentes de la
sabiduría israelita. Jesús, hijo de Sira, autor del Eclesiástico, no sólo se beneficiaba de las
doctrinas y saberes que llegaban a Palestina, sino que él mismo viajaba en busca de ellos
por los países vecinos (Eclo 34,9-13).

Los mas tardíos libros sapienciales (Eclesiástico y Sabiduría) se han ido acercando al
credo israelita, hasta llegar a confesar que el único sabio es Dios (Eclo 1,8). Él es la fuente
de la sabiduría y la otorga a quien la busca o se la pide (Sab 9 reproduce una oración para
alcanzar este inigualable don de Dios). En la última fase de desarrollo de la corriente
sapiencial la fe y Dios se convierten en la fuente suprema de la sabiduría.

1.2 Doctrina de los libros sapienciales

No es fácil encuadrar la corriente sapiencial dentro de la teología del Antiguo


Testamento. El credo israelita está formado por las intervenciones artísticas de Dios en
favor a su pueblo (éxodo, alianza del Sinaí, don de la tierra, elección de Jerusalén, dinastía
davídica), intervenciones que en los libros sapienciales o están ausentes o quedan en
segundo plano. Ni siquiera se habla de Israel como el pueblo elegido de Dios.

Teología de la creación5

El ámbito teológico en el que se mueven los sabios no es el ámbito de la elección en


la alianza entre el Señor Dios y su pueblo Israel, sino el ámbito de la relación entre creatura
y creador. Si fuera posible establecer dos teologías, una de la salvación (de alcance
restringido al pueblo elegido) y la de la creación (de alcance universal), colocaríamos la
teología de la corriente sapiencial en esta segunda categoría.

5
Cf. Biblia de América, Casa de la Biblia 1994, 1192.
7

La sabiduría se mueve dentro de una perspectiva de la creación, tal como se


presenta en Génesis 1-2, donde el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios y es
constituido vicario, administrador de todas las cosas, con la misión de dominar las
realidades creadas, desarrollando así toda su capacidad y dinamismo.

La sabiduría y el orden del mundo6

La sabiduría cubre una amplísima gama de connotaciones y sentidos, desde la


habilidad y la destreza del artesano en la producción de las obras manuales, hasta la
capacidad de la madurez de orden intelectual, pasando por el arte y el acierto de
desenvolverse con éxito en todos los ámbitos de la vida: en la esfera privada y en la pública,
en la familia en la sociedad, en los asuntos temporales y en los espirituales, en lo profano y
en lo religioso.

La sabiduría bíblica queda reflejada en estas palabras: No es filosofía, ni ciencia, ni


técnica, ni política, ni arte, sino la suma de todo eso. Es la facultad y la expresión de la
prudencia. Sin ella cualquier actividad del ser humano es deficiente. Cualquier obra humana
que alcance su plenitud y su perfección es hija de la prudencia, la sabiduría. Sabio no es el
que conoce muchas cosas, sino quien se conoce a sí mismo y sabe estar ante los demás,
ante las cosas y ante Dios.

El sabio israelita estaba convencido de que la vida y la creación entera se rigen por
leyes y principios secretos, cuya causa última está en Dios, pues él ha creado el mundo con
un orden que el sabio debe investigar y desentrañar para adecuar su conducta a dicho orden
y obtener los resultados derivados de su pleno dominio. De ahí la constante invitación que
hacen los sabios a sus discípulos para que descubran el sentido profundo de las cosas, el
orden latente en la creación, para adaptarse a él y perpetuarlo. Pues, al final, el
conocimiento y dominio de tal orden secreto es la clave de acceso a la sabiduría, a la
felicidad y al éxito.

Destino individual y retribución7

Uno de los problemas que preocupan y más aparecen en los libros sapienciales es el
de la retribución de la conducta del individuo. En continuidad con la dialéctica de
bendiciones y maldiciones que constituían un elemento esencial en el esquema de la
alianza, en Israel se profesaba un principio de retribución colectivista y solidaria: la bondad
o maldad de un individuo tenía repercusiones en el grupo (y en los descendientes). En las
inmediaciones del exilio de Babilonia (587-538 a.C.), la idea de la retribución colectiva

6
Cf. Biblia de América, Casa de la Biblia 1994, 1192-1193
7
Cf. Biblia de América, Casa de la Biblia 1994, 1193.
8

empieza a dar paso a la retribución individual, según la cual, cada persona recibía en vida la
recompensa adecuada a su conducta: a los bienes les iría bien y a los malos, mal (2 Re 14,5-
6; Jr 31,29-30; Ez 18,2-3.26-27). Sin embargo, la experiencia ordinaria desmentía este
principio y el mismo Jeremías ya es testigo del escándalo que supone el bienestar del que
gozan los malvados (Jr 12,1).

Después del destierro, el interés por el destino del individuo pasa a ocupar un lugar
preferente en la reflexión sapiencial. Pero el problema de la retribución se hace cada vez
más difícil de solucionar, hasta el punto de poner en crisis el optimismo sapiencial (y su
confianza en la sabiduría como medio de acceso a la felicidad y éxito) y de cuestionar la
misma justicia divina (si Dios es justo, ¿cómo permite que los malvados prosperen y que los
justos sufran desgracias?). El problema adquiere proporciones tan agudas y alarmantes
como refleja, por ejemplo, los diálogos de Job. Su autor somete a discusión la hipótesis de
un hombre justo, Job, privado de sus bienes y herido en su integridad personal. Es decir, un
hombre justo que no recibe bienes, sino males. Aunque el libro apunta distintas soluciones,
ninguna de ellas será definitiva.

El sabio Qohélet, hiptotético autor del libro del Eclesiastés, se hace eco del mismo
escándalo y da un paso más: incluso en la hipótesis de que el justo recibiera bienes, tal
recompensa no sería proporcionada al esfuerzo del hombre por conseguirla, ni daría plena
satisfacción a los anhelos profundos del ser humano. En el fondo, tanto Job como Qohélet
se mueven dentro del ámbito de la retribución que se da en este mundo y no vislumbran
nada más allá de la muerte.

El problema de la retribución y el destino del individuo más allá de la muerte recibe


nueva luz con las ideas de la inmortalidad y la resurrección que aparecen en Israel durante
las guerras macabeas (2 Mac 7,9; 12,38-46; Dn 12,2-4) y encuentran su posterior
formulación en el libro de la Sabiduría (Sab 1-5). Estamos a un paso de la plena solución
ofrecida en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Personificación de la sabiduría8

Hay por lo menos una docena de textos en los que la sabiduría está personificada
bajo distintas imágenes: la amada que se desea ardientemente (Eclo 14,22-23), la esposa
ideal con todos los atributos que la convierten en el complemento perfecto (Sab 8,2-18), la
madre que protege y alimenta a sus hijos (Eclo 14,26-27; 15,2-3), la maestra o profetisa que
clama por calles y plazas exhortando a la conversión y a la sensatez (Prov 1,20-33), la
anfitriona que limpia la casa, prepara la mesa y envía a sus siervas a invitar a los necios y
faltos de juicio al banquete de la prudencia y la cordura (Prov 9,1-6), etc.

8
Cf. Biblia de América, Casa de la Biblia 1994, 1193.
9

En tres de ellos, además de personificada, la Sabiduría aparece estrechamente


asociada a la divinidad e incluso divinizada. En Prov 8,22-36 se presenta en primera persona,
como criatura privilegiada de Dios, tomando parte activa en la obra de la creación y
habitando en medio de los hombres para llevarlos a Dios. En Eclo 24 la Sabiduría pronuncia
un largo discurso, cuyo alcance se puede medir por sus primeras palabras: “Yo salí de la
boca del Altísimo…” De mayor alcance aún son los calificativos que recibe la sabiduría en
Sab 7,25-26: “exhalación del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente;
por eso nada manchado entra en ella. Es una irradiación de la luz eterna, espejo sin mancha
de la actividad de Dios, imagen de su bondad”, etc.

En los últimos textos la sabiduría no sólo es una personificación de carácter literario,


sino un atributo divino, y muchos se preguntan si no es también una persona divina. La
respuesta es negativa, pues la revelación del misterio trinitario está reservada al Nuevo
Testamento, que se sirve de estos conceptos y expresiones de los libros sapienciales para
elaborar la teología del Hijo de Dios hecho hombre (véase 1 Cor 1,30 y los himnos
cristológicos de Jn 1,1-18; Col 1,15-20; Heb 1,1-4).

1.3. Temas cristológicos de los textos sapienciales que llegan al Nuevo Testamento

Sabiduría, creadora y artífice de todas las cosas9

[78] Así pues, la Sabiduría unigénita y absoluta de Dios es creadora y artífice de todas
las cosas, pues la Escritura dice: Todas las cosas las hiciste en la Sabiduría y la tierra ha
sido llenada de tu creación [Sal 104,24]. Y para que las cosas que han llegado a ser no
sólo existieran sino que existieran bien, le pareció bien a Dios hacer descender su propia
Sabiduría hasta las criaturas, para colocar en cada una de ellas, y en todas como
conjunto, una cierta figura10 y representación de la imagen de la Sabiduría, y así las cosas
que han llegado a existir aparezcan sabias y dignas obras de Dios. En efecto, así como
nuestra palabra11 es imagen del Logos, que es el Hijo de Dios, de la misma manera la
sabiduría que nos ha llegado a nosotros es también, a su vez, imagen de la Sabiduría,
que es Él mismo, por la cual, al poder conocer y pensar, llegamos a ser capaces de recibir
la Sabiduría artífice y, por medio de ella, somos capaces de conocer al Padre de dicha
Sabiduría. Por ella la Escritura dice: El que tiene al Hijo tiene también al Padre [1 Jn 2,23]
y El que me recibe a mí recibe al que me ha enviado [Mt 10,40].

9
Atanasio de Alejandría, Discursos contra los arrianos (Biblioteca de Patrística, 79), Cuidad Nueva, Madrid
2010, II, 78-79.
10
La palabra griega que se traduce por “figura” es typos.
11
En griego logos.
10

Como semejante figura de la Sabiduría ha sido creada en nosotros y está en todas las
obras, la Sabiduría verdadera y artífice, al tomar nuevamente sobre sí misma aquellas
cosas que tienen su propia figura, utiliza lógicamente la expresión: El Señor me creó
para sus obras [Pr 8,22]. […El mismo Señor] afirma: El Señor me creó como principio de
los caminos para sus obras [Pr 8,22]. La figura de la Sabiduría llegó a estar en las obras
de esta manera, para que, como he dicho anteriormente, el mundo conozca en ella a su
propio Logos artífice y, por medio de Él, al Padre […] De modo que el Logos no es una
criatura en su sustancia, sino que la expresión de los Proverbios se refiere a la sabiduría
que está, y se dice que está, en nosotros.

[79] […] la sabiduría que está en el mundo no es creadora, sino la que ha sido creada
en las obras, según la cual los cielos refieren la gloria de Dios y el firmamento pregunta
la obra de sus manos [Sal 18,2]. Y los hombres, si la llevan en ellos mismos, reconocerán
la verdadera Sabiduría de Dios y conocerán que han llegado a existir realmente a imagen
de Dios. […]

[80] […4] También afirma: Antes de los siglos me cimentó [Pr 8,23], porque las obras
permanecen firmes y para siempre en la figura de la Sabiduría. Después, para que, al
escuchar acerca de la sabiduría que ha sido creada de esta manera en las obras, uno no
piense que la Sabiduría verdadera de Dios, el Hijo, es una criatura por naturaleza, se vio
obligado a añadir: Antes que los montes [Pr 8,25], Antes que las aguas [Pr 8,24] y Antes
que las colinas [Pr 8,25], para que, al decir “Antes de toda creación” (pues ha mostrado
con estas expresiones que se refiere a toda la creación), muestre que no ha sido creado
sustancialmente junto con las obras. En efecto, si ha sido creado para las obras, es
anterior a las obras, y entonces es evidente que existe antes de ser creado. Luego no es
una criatura por naturaleza y en su sustancia, sino, como el Logos mismo añadió [cf. Pr
8,25], lo engendrado. […]

[81] Pero dado que añade y dice: Cuando preparaba el cielo estaba con Él [Pr 8,27],
es necesario comprender que no dice esto como si el Padre no hubiese estado
preparando por medio de la Sabiduría el cielo o las nubes que están en lo alto [cf. Pr
8,28], pues no hay duda de que todas las cosas fueron creadas en la Sabiduría y sin ella
no llegó a existir nada [cf. Jn 1,3], sino que lo que dice es esto: “Todas las cosas han
llegado a existir en mí y por medio de mí, pero al darse la necesidad de que la sabiduría
fuera creada en las obras, aunque yo estaba por sustancia en el Padre, por
condescendencia hacia las cosas creadas estaba disponiendo armoniosamente mi figura
en las obras, de manera que, al estar todas las cosas como en un solo cuerpo, el mundo
no se dividiese con contiendas, sino que tuviese un mismo común parecer”. […]

Así pues, Dios ya no ha querido ser conocido por medio de la imagen y sombra de la
sabiduría que está en las criaturas, como en los primeros tiempos, sino que hizo que la
Sabiduría verdadera tomase ella misma carne, llegara a ser un hombre mortal y
soportase la cruz, para que por la fe en Él [cf. Ef 2,8.16] todos los que crean puedan en
adelante ser salvados. En efecto, se trata de la Sabiduría misma de Dios, la que primero
se manifestaba a sí misma por medio de su propia imagen, que está en las criaturas, y
en razón de la cual se dice que Ella es creada, y, a través de sí misma manifestaba a su
propio Padre, y después ésta, que es Logos, llegó a ser carne [Jn 1,14], como dice Juan,
y después de aniquilar la muerte [cf. 2 Tm 1,10] y salvar nuestro linaje, se reveló a sí
11

mismo todavía más y, por medio de Él, reveló a su propio Padre, diciendo: Concédeles
que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien enviaste [Jn 17,2-3].

[82] Toda la tierra, pues, se ha llenado de su conocimiento, porque uno sólo es el


conocimiento del Padre por medio del Hijo y el conocimiento del Hijo que viene del
Padre. Y en esto encuentra alegría el Padre, y con esta misma alegría el Hijo se regocija
en el Padre, diciendo: Yo era aquél en quién se complacía. Día tras día me regocijaba en
su rostro [Pr 8,30]. Esto muestra nuevamente que el Hijo no es algo diferente, sino
propio de la sustancia del Padre. […]

[Atanasio concluye su segundo discurso: …] He aquí que vuestro modo de pensar se


ha mostrado pura imaginación, mientras que la expresión que se encuentra en los
Proverbios y todas las cosas que hemos dicho antes muestran que el Hijo no es una
criatura por naturaleza ni en su sustancia, sino lo engendrado propio del Padre,
Sabiduría y Logos verdadero, por medio del cual todas las cosas han llegado a ser y sin
Él nada ha llegado a ser [Jn 1,3].

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