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Grimson

Este resumen describe un artículo que analiza el libro "Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad" de Alejandro Grimson. El artículo resume los principales puntos del libro, incluyendo las críticas de Grimson al culturalismo y al constructivismo posmoderno, y su propuesta de usar el concepto de "configuraciones culturales" para entender mejor la relación entre cultura, identidad y política. El artículo también resume brevemente los capítulos individuales del libro.

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Este resumen describe un artículo que analiza el libro "Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad" de Alejandro Grimson. El artículo resume los principales puntos del libro, incluyendo las críticas de Grimson al culturalismo y al constructivismo posmoderno, y su propuesta de usar el concepto de "configuraciones culturales" para entender mejor la relación entre cultura, identidad y política. El artículo también resume brevemente los capítulos individuales del libro.

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Antíteses

ISSN: 1984-3356
hramirez1967@[Link]
Universidade Estadual de Londrina
Brasil

Roca, José Ignacio


GRIMSON, Alejandro. Los límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad.
Buenos Aires: Siglo XXI editores, 2011. 272 p.
Antíteses, vol. 8, núm. 16, julio-diciembre, 2015, pp. 360-364
Universidade Estadual de Londrina
Londrina, Brasil

Disponible en: [Link]

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Más información del artículo Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal
Página de la revista en [Link] Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso abierto
DOI: 10.5433/1984-3356.2015v8n16p360

GRIMSON, Alejandro. Los límites de la cultura.


Crítica de las teorías de la identidad. Buenos
Aires: Siglo XXI editores, 2011. 272 p.

José Ignacio Roca*

En Los Límites de la cultura. Crítica de las teorías de la identidad, Alejandro Grimson, doctor en
Antropología por la Universidad de Brasilia, investigador del CONICET y decano del Instituto de
Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, ayuda a llenar un vacío que
caracteriza las ciencias sociales argentinas y la antropología en particular: la producción de teoría.
El autor no solo repasa y critica, sino que además propone categorías propias que el tiempo dirá si
son incorporadas a los debates futuros. Podríamos inscribir este libro dentro de una producción
académica presente los últimos 20 años en Latinoamérica, ubicada en la intersección de líneas de
trabajo como los Cultural Studies, Antropología del Estado, Estudios subalternos y Estudios
Latinoamericanos sobre Cultura y Poder. El texto reúne una serie de análisis que Grimson viene
desarrollando en dicho contexto y ha compartido en diversas instancias tales como capítulos de
libros, publicaciones en revistas y conferencias, además de diversos medios de comunicación. En
esta ocasión plantea una revisión de posturas clásicas y posmodernas sobre las nociones de
cultura, identidad, conocimiento y política. Su objetivo es promover una teoría con aplicabilidad al
contexto intercultural actual, caracterizado por la intensa interconexión global, y capaz de aportar
políticamente para la integración social, la tolerancia ante la diferencia y la disminución de la
desigualdad.

El libro está organizado en una introducción, seis capítulos y un epílogo. En la Introducción


repasa la disputa entre las posturas objetivistas clásicas (que en el análisis cultural se tradujo en el
culturalismo esencializante que caracterizó a la antropología hasta las décadas del 70-80) y las
constructivistas posmodernas. Aún reconociendo los aportes que éstas últimas introdujeron en las
ciencias sociales al incorporar nociones de historicidad, poder, subjetividad, construcción y
deconstrucción, Grimson sostiene que el constructivismo está agotado y es insuficiente para

*
Profesor de Antropologia por la Universidad de Buenos Aires (2010). Pasante en el archivo del Museo Etnografico de
la Universidad de Buenos Aires (2006 a 2009). Publico artículos sobre historia de la antropología argentina. Participo
en equipos de investigación arqueológica en la provincia de La Pampa donde actualmente trabaja con la militancia
indigena Rankulche. Consultor para la educación intercultural bilingue de La Pampa entre 2011 y 2012. Ayudante
docente en la cátedra Fundamentos de Antropología e investigador del Instituto de Estudios Sociohistóricos, en la
Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de La Pampa. Estudiante de Maestría en la misma
Facultad.
explicar procesos que, si bien fueron (inter)subjetivamente inventados, una vez cristalizados e
incorporados a la práctica social, resultan (y operan como) naturalizados y objetivados. La idea de
que “todo es inventado” es fehaciente, pero invita al fin del análisis, descontextualiza la voluntad y
sentimiento de los actores, y no explica las relaciones de poder entre las distintas invenciones
sociales. Asimismo, argumenta que el paradigma posmoderno y su modelo multiculturalista fueron
funcionales al neoliberalismo y contribuyeron a profundizar la desigualdad en el mundo. Su objetivo
será entonces ir más allá de la crítica al posmodernismo y avanzar en el conocimiento de la relación
entre cultura, identidades y política buscando mayor aplicabilidad a los problemas contemporáneos.
En este sentido introduce la propuesta que desarrollará en el capítulo cinco, el concepto de
configuraciones culturales.

En el primer capítulo, “Dialéctica del Culturalismo”, el autor repasa la historia del concepto de
cultura y sus consecuencias ético-políticas para referirse al actual auge que la noción de diversidad
cultural está tomando en los debates teóricos ante los crecientes procesos de interconexión global.
Después de las concepciones evolucionistas (funcionales al colonialismo) y relativistas (críticas a la
jerarquización entre culturas), la desacreditación del concepto clasificatorio de raza a causa del
holocausto dio lugar a un mayor uso del concepto de cultura. Éste fue naturalizándose como criterio
esencializante de clasificación, y su politización lo llevó a cumplir el mismo rol justificante de
desigualdades que antes cumplía la noción de raza. Según plantea el autor, durante un tiempo
primó la concepción del “archipiélago de culturas” con una fuerte mirada homogeneizante de las
mismas, sosteniendo la existencia de límites fijos y un despliegue global territorialmente establecido.
Sin embargo, hechos como el colonialismo, las migraciones y el desarrollo en las comunicaciones
contradijeron la “metáfora insular”, la cual traería consecuencias teóricas y ético-políticas al
desconocer la interconexión (desigual) entre los grupos humanos así como sus heterogeneidades,
conflictos y desigualdades internas. Asimismo Grimson advierte que el “fundamentalismo cultural”,
cuya simplificación más absurda sería equiparar cultura con identidad, facilitaría la reproducción de
una xenofobia basada en las diferencias culturales. Pero además no sería una retórica exclusiva de
los discursos conservadores de los países centrales (cuyo ejemplo más cabal sería la tesis de
Huntington del “choque de civilizaciones”), sino que suele ser igualmente apropiado por grupos
históricamente discriminados. Por último, el autor sostiene que el culturalismo fue funcional al
neoliberalismo. Éste, abrazando un falso discurso de igualdad social, buscó hegemonizar el
lenguaje en cuyo terreno se debatirían las demandas, encontrando en “la cultura” el elemento
oportuno. Se reconoció la diversidad y el derecho a la diferencia pero esto no incluyó el
reconocimiento de las desigualdades dadas a partir de esas diferencias; se buscó “dar con la cultura
aquello que quitaban con la economía” (p. 80).

En el segundo capítulo, “Conocimiento, política, alteridad”, Grimson reflexiona sobre la relación


entre conocimiento científico y aplicación política, relación que estaría mediada por la subjetividad
implícita del investigador. Su propuesta es que para ampliar los horizontes de la investigación es
necesario distinguir entre los resultados obtenidos y los objetivos políticos que los motivaron. Es
decir, separar las intenciones de los resultados. Señala: “Los argumentos políticos (instrumentales)

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no son buenos consejeros interpretativos ni de construcción teórica. El izquierdismo epistemológico
provoca daños graves a la comprensión genuina de los conflictos sociales” (p. 95). Las intenciones
del investigador pueden llevar a idealizar (e identificarse con) los sujetos que trata de comprender.
No obstante, los resultados pueden mostrar algo distinto a lo que se esperaba, produciendo un
desencanto a veces ético y político. Sin embargo, esta misma situación, señala Grimson, tiene que
ser considerada en el proceso de análisis. El planteo es valioso, sin embargo no explicita una
circunstancia cuya reflexión sería muy rica: ¿qué sucede cuando el investigador forma parte del
mismo grupo que estudia y sus resultados involucren consecuencias políticas?

En el tercer capítulo, “Las Culturas son más híbridas que las identificaciones”, el autor
reflexiona en torno a la noción de frontera con el fin de introducir un problema que desarrollara en el
apartado siguiente: la distinción entre los conceptos de cultura e identidad. Reivindica la importancia
de etnografías relativamente actuales realizadas en zonas fronterizas de América del Sur, ya que
estos espacios serían referentes empíricos que dan cuenta de procesos sociales que ni el
culturalismo ni el constructivismo han logrado explicar. La perspectiva posmoderna suele abordar a
las fronteras enfatizando “la multiplicidad de las identidades y su fragmentación, [pero] ocluyendo
las relaciones de poder en general y la intervención del Estado en particular” (p. 113). Y cuando
“ese papel es subestimado [el del Estado] se corre el riesgo de caer en el esencialismo de la
hermandad o, en su defecto, en el esencialismo de la hibridación generalizada” (p. 114). Situaciones
en las que, por ejemplo, sujetos que comparten una misma cultura (lengua, tradiciones, etc.) se
sienten parte de Estados Nación distintos, como en el caso de la frontera de México y Estados
Unidos, permiten sostener una primera distinción entre cultura e identidad. Demuestran además, en
oposición a las posturas clásicas, que la construcción de la nacionalidad no siempre es de arriba
hacia abajo, sino todo lo contrario. Así, las etnografías citadas realizaron un aporte al distinguir “los
dos tipos de frontera que más se confunden en el debate actual: las fronteras culturales y las
fronteras identitarias; las fronteras de significados y las fronteras de sentimientos de pertenencia” (p.
113).

En el cuarto capítulo, “Metáforas teóricas: más allá de esencialismo versus instrumentalismo”,


propone una reconceptualización y diferenciación de los conceptos de cultura e identidad los cuales,
en primera instancia, caracteriza como la trama de prácticas y significados sedimentados por un
lado, y los sentimientos de pertenencia por el otro. El problema, sostiene el autor, es que en la
práctica las fronteras de una y otra no siempre coinciden. Los debates sobre la identidad se
alimentaron históricamente de la “metáfora de la etnicidad” y la propuesta es que el concepto de
cultura incorpore aportes de las teorías sobre la nación, ya que ambas nociones “comparten no solo
la característica de ser históricas, sino la de ser unidades heterogéneas y conflictivas” (p. 135).
Trazando un ida y vuelta entre esencialismo y constructivismo, el autor sugiere que si se pretende
comprender la actual relación entre “las fronteras de las culturas y las fronteras de las identidades,
necesitará buscar [se] articulaciones de ambas tradiciones teóricas” (p. 152). De este modo repasa
planteos como el de “perspectiva distribucional de la cultura” y “perspectiva diaspórica”. Y, ante el
desprestigio de la noción de “aculturación”, rescata conceptos como el de “articulación social” de

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Hermitte y Bartolomé, y “fricción interétnica” de Cardoso de Oliveira, pero critica un instrumentalismo
implícito que, con su énfasis anticulturalista, daría excesiva importancia a los intereses políticos, no
siempre suficientes para explicar la complejidad social. Por otro lado, menciona perspectivas
latinoamericanas que volvían a enfatizar la cultura, como la idea de “hibridación” de García Canclini.
Finalmente aborda la crítica a la perspectiva relacional mencionando la disputa teórica entre los
antropólogos brasileños Pacheco de Oliveira y Viveiros de Castro.

En el capítulo quinto se llega al punto nodal del libro ya que es donde el autor presenta su
propuesta teórica, el concepto de configuraciones culturales. Esta noción busca articular y superar
ambas tradiciones, tanto culturalistas como posmodernas instrumentalistas, con el objetivo de
construir respuestas adaptadas a la complejidad del mundo contemporáneo. El concepto “enfatiza la
noción de un marco compartido por actores enfrentados o distintos, de articulaciones complejas de
la heterogeneidad social” (p. 172), y se caracteriza por cuatro elementos. En primer lugar las
configuraciones culturales son campos de posibilidad, es decir que en cualquier sociedad hay
representaciones, prácticas e instituciones posibles, otras que son imposibles y otras que son
hegemónicas. En segundo lugar, implican una lógica de interrelación entre las partes, lo cual alude
a “la existencia de una totalidad conformada por partes diferentes que no solo tienen relaciones
entre sí sino una especifica lógica de relación” (p. 176). En tercer lugar, una trama simbólica común,
que más allá de la heterogeneidad de las interpretaciones, constituye lenguajes, principios de
división del mundo y formas de enunciación compartidas. Y en cuarto lugar, otros elementos
culturales compartidos. El concepto de configuración cultural se interesa por cuestiones como
heterogeneidad, conflictividad, desigualdad, historicidad y poder. Y entiende las fronteras culturales
ni de manera absoluta y cosificada ni como meras “ficciones”, sino como regímenes de significación
diferenciados y percibidos por sus propios participantes. El planteo es útil para abordar procesos
complejos de orden político, económico, etc. que no dejan de estar atravesados por “lo cultural”,
aunque no evidencien una Cultura discreta en particular. Es que no las hay. Lo cultural se entiende
aquí más que como una “cosa”, como una dinámica humana, una configuración que dispone de
determinada manera y en determinado momento un conjunto de elementos simbólicos que podrían
ser configurados de infinitas maneras y que además, a pesar de ser invenciones, inciden directa y
objetivadamente en la vida de los sujetos.

El sexto y último capítulo presenta los aspectos metodológicos de la propuesta. Grimson


menciona casos empíricos para dar cuenta de la complejidad conceptual que implica la distinción
entre configuraciones culturales e identificaciones. Ambos elementos deben ser analizados por
separado. En primer lugar, advierte que los términos cultura e identidad pueden tener un uso
culturalista “de sentido común” pero no por eso deben ser descartados por el investigador, al
contrario, es necesario explorar los significados que los sujetos les atribuyen. El problema sería en
todo caso cuando los propios investigadores “usan de modo trivial los conceptos con los que
trabajan” (p. 196). Un segundo problema es cuando se piensan las identificaciones y las culturas de
modo excluyente. Ante esta idea, Grimson destaca “la multiposicionalidad de las personas en los
mundos contemporáneos” (p. 197). Las identidades son múltiples y “una misma persona participa

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simultáneamente en diversas configuraciones” (p. 197). En este sentido reivindica el concepto de
interculturalidad para abordar un “mundo con intersecciones múltiples entre configuraciones
culturales que, además, tienen fronteras y significados cambiantes” (p. 198). Por otro lado, ante la
pregunta de cómo abordar la investigación cultural, Grimson sugiere la utilización de la estrategia
“llave”, la cual trata de “encontrar las llaves que abren las cajas negras de las configuraciones
culturales” (p. 222), como pueden ser rituales, palabras, expresiones, etc. distintivas de una
configuración y naturalizadas por sus integrantes.

Finalmente en el epílogo, el autor vuelve a destacar la complejidad que implica la interconexión


del mundo actual y la necesidad de construir conceptos que se adapten a esta coyuntura
valorizando, nuevamente, el de interculturalidad. Repasa la historia de la noción de identidad en
Latinoamérica, mencionando desde los nacionalismos homogeneizantes hasta el multiculturalismo
neoliberal. Y concluye que ambos fracasaron en tanto fueron modelos planteados desde un
poscolonialismo del saber, y no de manera autónoma por las sociedades latinoamericanas. Lo
importante, dice el autor, no es formular el problema como “cambio cultural contra conservación
cultural, sino como imposición desde arriba o desde afuera, en oposición a agencia cultural y
empoderamiento” (p. 243). El problema no es el cambio en sí, sino cuando el cambio es impuesto
desde afuera.

En definitiva, la lectura del libro es recomendable, ya sea para académicos como para público
en general. Su propuesta es original, en tanto ensaya una teoría propia, y se observa la intención de
comunicarla en un lenguaje no académicamente cerrado. Es valioso el intento de realizar una
superación de categorías con notorios signos de desgaste. Y el planteo es políticamente certero al
asumir que no existe un vínculo ingenuo entre el conocimiento y sus posibles aplicaciones, sino que
los significados que se construyan sobre los sujetos y sus relaciones conllevan consecuencias
políticas.

Recebido em 26.08.2014 – aprovado em 04.11.2015.

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