DULCE ENGAÑO
Jason, era un chico de que recién había cumplido 15 años. Un adolescente
común y corriente, que vivía con su familia: mamá, papá, y su hermano. Ellos
residían en un pueblito cerca de la ciudad. El día de su cumpleaños sus papás
le regalaron un celular porque desde hacía tiempo lo anhelaba. Cuando abrió
la caja, se llenó de euforia, saltó de felicidad y festejó sin parar debido a que
su deseo se había hecho realidad y era para él un gran premio ya que su nivel
académico era alto y le gustaba mucho el estudio, por lo que aseguró:
- “Muchas gracias papá y mamá. Voy a cuidar mi celular tanto como yo
me cuido”.
Sus padres felices a ver su reacción ante el obsequio, sólo pidieron al chico que
tuviera cuidado de no proporcionar datos a extraños ya que últimamente casi
todo en redes era algo peligroso y no debía confiar tanto.
Ya en la noche de ese mismo día se puso a configurar su teléfono e instaló
todas las redes sociales que conocía. Eran las 11:00 de la noche, cuando paró
y se durmió. A la mañana siguiente se levantó temprano, y se dispuso a hacer
sus quehaceres normales de cada día antes de ir a la escuela, tendió su cama,
arregló su cuarto y desayunó. Revisó toda su tarea, y por fin, agarró su
teléfono.
- “Vamos a ver qué notificaciones me llegaron”.
Lo prendió y vio que tenía un nuevo mensaje de una página desconocida y fue
tanta su curiosidad que lo abrió y leyó el contenido.
- “Nuevos dulces recargados de energía, no hacen daño”.
Jason, al ver ese mensaje pensó:
- “¡Bueno, me gustan los dulces, los voy a comprar!”.
Y se decidió hacer el pedido sin fijarse que datos estaba proporcionando, sin
pensar que el compartir su domicilio y número telefónico estaba mal, ya que
corría el riesgo de que dicha compra fuera un fraude o ser víctima de algún
otro delito más grave.
Lo peor estaba aún por suceder ya que él no sabía lo que en realidad estaba
comprando. Cegado por la publicidad tan engañosa, hizo su compra sin avisar
a sus padres porque tenía miedo a que no le dieran permiso o lo regañaran.
Pasaron tres días y le llegó el pedido. Jason, al ver el paquete tan llamativo,
tuvo mucha más curiosidad y para saciarla los abrió. El contenido venía en
forma desagradable y deforme muy distinta a como el sitio en que hizo la
compra los promocionaba. Pensó en probarlos, pero para no causar intriga o
ruido, se encerró en su habitación, tomó uno y lo probó; se sorprendió mucho
ya que sabían a limón, y para saber más sobre ellos decidió investigar en
internet el contenido de ellos. Al ver la definición se dio cuenta que eran
drogas. Cuando lo supo, se puso a llorar y se llenó de preocupación pero luego
pensó:
- “Bueno, qué puede pasar, toda droga tiene sus pros y sus contras y creo
que puedo controlarme, además si mamá y papá se enteran, me van a
regañar y peor aún, me quitarían mi teléfono”.
Pasó una semana y los dulces comenzaron a tener más efectos negativos en
el cuerpo de Jason: presentó dolor de cabeza, vómito y comenzó a caer en
depresión, tanto, que ya no quería hacer sus deberes ni tareas y tampoco
quería ir a la escuela, además de que en su celular recibía constantes mensajes
ofreciendo más productos como el que había comprado sin permiso y hasta
amenazas de ir a su domicilio a llevarle más.
Sus padres vieron en su hijo que no actuaba como antes y preocupados por él
decidieron preguntar qué era lo que pasaba.
- “¿Qué tienes hijo?”.
Y él respondió:
- “Nada”. Y se retiraba a su habitación pidiendo que no lo molestaran.
Pero sus papás no se quedaron conformes. Se decidieron a buscar en internet
esos síntomas y se enteraron de que los consumos de drogas los causaban.
Platicaron y de nuevo le dijeron a su hijo:
- “Por favor hijo, confía en nosotros… ¿Acaso, consumiste algún tipo de
droga? Queremos ayudarte Jason, por favor, responde nuestra
pregunta”
El joven, sin saber que responder movió la cabeza a manera de afirmación.
- “Pero no sabía que eran drogas, vi un anuncio muy llamativo y decían
que eran dulces que sólo me darían energía”. Contestó.
Sus padres lo comprendieron y queriéndolo ayudar decidieron llevara su hijo
a un médico para su valoración.
Jason siguió todas las recomendaciones del médico y al cabo de un mes ya se
sentía mejor y volvió a ser el gran estudiante que era. Se disculpó con sus
padres y les prometió que nunca iba a comer algo dañino y sobre todo que
usaría su celular de manera responsable sin compartir ningún dato con un
extraño que lo dañara a él y a su familia.