Tras los muros de la prisión
https://youtu.be/kSKbiBuTTsY
https://youtu.be/1j7TW9Udb9M
La atención de la Iglesia a los presos
Intervención que pronunció el cardenal Renato R. Martino, presidente del Consejo Pontificio
para la Justicia y la Paz el 7 de septiembre en el XII Congreso Internacional de la Comisión
Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica «Pastoral Penitenciar
Por: Por el cardenal Renato Martino | Fuente: zenit.org
Deseo, en primer lugar, saludar respetuosamente a todos los participantes en este XII
Congreso Mundial de Pastoral Penitenciaria Católica. Les expreso igualmente mi alegría por
encontrarme aquí, en medio de todos Ustedes, Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y
Fieles cristianos laicos que hacen concreta y tangible la misericordia y la compasión del Buen
Samaritano entre todos aquellos que componen el mundo penitenciario. Sí, Ustedes con su
compromiso cristiano representan el rostro de la Iglesia, una Iglesia que quiere ser madre y
servidora de todos, especialmente de los más débiles. Una Iglesia samaritana que se acerca a
sus hijos heridos por el dolor y la necesidad, hambrientos de justicia, de paz y de misericordia.
La misión de la Iglesia y el mundo penitenciario.
El mayor servicio que la Iglesia ofrece a los hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas
las latitudes y en todas las circunstancias, es el de evangelizarlos. La Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi, afirma que la evangelización es para la Iglesia su «dicha y vocación
propia... su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» [1], para provocar el
encuentro del hombre con Cristo, su cometido fundamental es, en efecto, «dirigir la mirada del
hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de
Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención,
que se realiza en Cristo Jesús» [2].
Evangelizar es la prioridad suprema de la Iglesia. La necesidad más profunda del alma humana
es buscar a Dios. Ustedes en las cárceles, en primera línea, han palpado esta urgente
necesidad, quieren despertarla y proponer caminos para satisfacerla, convencidos de que no
es algo imposible de lograr, porque Dios se ha hecho hombre, ha venido al mundo para que los
hombres que lo buscan lo puedan encontrar. Porque Jesucristo, como ha afirmado Juan Pablo
II en el Jubileo del año 2000, sale siempre al encuentro del hombre, de todo hombre,
cualquiera que sea su situación.
Los agentes de pastoral penitenciaria tienen la gran misión de ser instrumentos que preparen
el terreno para que se dé este encuentro. A ello están dirigidas todas sus actividades
pastorales, porque ser y vivir como cristianos no nace de una buena intención o de una gran
idea, sino del encuentro con una Persona, Jesucristo, encuentro que a todos, particularmente
a quienes se encuentran en situaciones de dificultad, conduce a creer en el amor [3]. Es ésta la
inspiración de fondo, el mandamiento nuevo del amor, la que debe motivar toda acción al
servicio de los demás, es esta experiencia la que representará la prueba fehaciente de que los
agentes pastorales han tenido una verdadera experiencia de encuentro con Dios, en Jesucristo
[4]. Sólo así no se perderá la ruta hacia la cual deben dirigirse todas sus actividades en las
prisiones, es decir, a provocar el encuentro personal de cada prisionero con Jesucristo, camino
de libertad plena para todos. Junto con esta altísima misión de hacer que los hombres y
mujeres en las cárceles se encuentren con Dios, Ustedes tienen a la vez la oportunidad y la
gracia de encontrar a Dios en los hombres y mujeres de las cárceles, de evangelizar y de ser
evangelizados.
El eje central de la evangelización: la fidelidad.
La evangelización tiene un eje central: la fidelidad. Fidelidad al mensaje de salvación que se
anuncia y fidelidad a los hombres y mujeres a los que se ha de transmitir intacto y vivo; no
manipulado, no desgastado, no reducido, a nada ni a nadie sometido [5]. Manteniendo esta
fidelidad, los agentes de la pastoral penitenciaria deberán buscar y encontrar los medios para
transmitir el Mensaje de salvación a quienes viven en las prisiones.
El primero de estos medios será el del testimonio [6]. Un testimonio de vida coherente con el
mensaje de Cristo que se predica en las prisiones, debe acompañar siempre el anuncio
explícito, para despertar la inquietud por Cristo de quienes ven y escuchan, porque «la caridad
de las obras corrobora la caridad de las palabras» [7].
Tengan la certeza de que su labor pastoral entre los encarcelados es importantísima para la
vida y misión de la Iglesia, porque «el testimonio evangélico, al que el mundo es más sensible,
es el de la atención a las personas y el de la caridad para con los pobres y los pequeños, con los
que sufren. La gratuidad de esta actitud y de estas acciones, que contrastan profundamente
con el egoísmo presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que orientan hacia
Dios y el Evangelio» [8]. El lenguaje que mejor entiende y motiva más al hombre de hoy es el
del servicio, especialmente el que se ofrece a los más débiles. La opción preferencial por los
pobres ha sido y continúa siendo vital para la misión de la Iglesia, porque la pone a prueba y la
fortalece, y también porque servir y promover a los pobres significa crecer en humanidad. La
predicación evangélica, acompañada de su testimonio, es semilla de justicia, de paz y de
misericordia, que con la gracia de Dios, germina siempre, produciendo frutos de verdadera
liberación, no obstante la maleza que la rodea.
Evangelizar indica un proceso, un camino ininterrumpido por recorrer, camino de renovación
interior, de continua conversión personal, de liberación auténtica, camino que necesariamente
evita las ideologías y las alianzas políticas de parte. El evangelizador de las prisiones debe ser
un ferviente cultivador de la verdad, porque es la verdad la que hace libres. La ideología es
contraria a la verdad, de aquí un punto de vital importancia para el agente de pastoral, para el
discípulo de Aquel que se nos reveló como Camino, Verdad y Vida. El evangelizador del mundo
penitenciario, por fidelidad a la verdad del mensaje que anuncia y por fidelidad a quienes lo
anuncia, debe estar libre de ideologías de cualquier color, de izquierdas o de derechas, de las
que quieren callar la denuncia o de las que buscan silenciar el anuncio; las ideologías siempre
fomentan el odio y la división, enconan las heridas en lugar de sanarlas. La sabiduría evangélica
enseña claramente lo que la experiencia humana comprueba siempre, que la violencia no
puede sino generar violencia, nunca justicia, ni paz, ni reconciliación. Sería una grave
contradicción combatir las situaciones injustas que denunciamos con las mismas armas que
utilizan quienes las provocan, sería desastroso que aquellos que son identificados como
instrumentos de paz, predicadores de reconciliación, quisieran vencer la violencia recurriendo
a ella, acabar con la marginación marginando, luchar contra la corrupción corrompiendo.
La pastoral penitenciaria, pastoral de la misericordia.
Las Sagradas Escrituras, especialmente los Evangelios, nos confirman que la Misericordia es
absolutamente necesaria para ser seguidores de Jesús, porque el Señor no la recomienda o
aconseja. El Señor la manda: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc,
6,36). Para que sea autentica misericordia ha de practicarse sin distinción de personas, a
semejanza del Padre celestial. Esta virtud debe estar particularmente presente entre los
miembros de la pastoral penitenciaria, como un signo de contradicción en una sociedad que ve
a la misericordia como una debilidad, que busca expulsar de su vida la benevolencia y la
compasión, que excluye y se olvida de quienes han fallado y los considera indignos de seguir
formando parte de ella. Una sociedad que, sin embargo, no está carente de responsabilidad
frente a quienes han cometido un delito. Quien se encuentra en prisión descontando una pena
«ha nacido y crecido en una sociedad, en la que se ha formado y de la cual ha tenido las
posibilidades concretas para su vivir y actuar. Su comportamiento es también un fracaso de la
sociedad, no sin responsabilidades compartidas, en el generar o conservar lógicas y estructuras
insolidarias o inadecuadas para el bien común, en el consentir de hecho modelos y estilos de
vida que facilitan o al menos consienten profundas deformaciones interiores y
comportamientos desviados» [9]. Sólo por citar un ejemplo, una de las causas por las que
muchos hombres y mujeres jóvenes se encuentran en prisión es el comercio y consumo de
drogas. Esto tiene otras causas de fondo, entre ellas la pobreza, la disgregación de la familia, la
cultura hedonista que nos rodea, el fomento del culto al poder y al aparecer Muchos de los
hombres y mujeres que viven privados de libertad han tenido menos oportunidades en la vida,
carentes de educación, de una familia integrada, de medios económicos suficientes para una
vida digna, circunstancias que no cancelan su responsabilidad personal, pero sí la disminuyen.
El Rostro de Cristo, luz que ilumina el servicio de la Pastoral Penitenciaria
Sólo con la luz de la fe cristiana podemos descubrir al Dios escondido en la carne maltratada y
en el corazón contrito de los hombres y mujeres que sufren en las prisiones y contemplar el
Rostro de Cristo en cada uno de los encarcelados. Es a la luz de este Rostro que surgen nuevos
horizontes y se fortalece la esperanza para quienes están comprometidos en servir a la gente
del mundo penitenciario, en las múltiples y complejas áreas que abarca este servicio pastoral:
- En la defensa de los derechos humanos de los encarcelados [10]
Uno de los desafíos más urgentes de la pastoral penitenciaria es la defensa de los derechos
humanos de las personas privadas de su libertad, ésta es una obra de misericordia de vital
importancia. La violación de los derechos humanos en las prisiones provoca mayor
marginación, exclusión y sufrimiento. La primera pobreza es cuando los derechos humanos no
son respetados. Uno de los casos más evidentes de pobreza, en este sentido, es cuando la vida
de una persona humana es suprimida. La Iglesia cree y proclama que los derechos humanos
son universales, inviolables e inalienables, que deben ser protegidos, no individualmente sino
en su totalidad, que debemos de trabajar para superar la distancia entre la letra y el espíritu de
los derechos humanos.
La defensa y promoción de los derechos fundamentales de la persona humana forma parte de
la misión pastoral de la Iglesia, comenzando por el derecho a la vida. Reitero aquí, una vez
más, la posición de rechazo a la pena de muerte y el apoyo a las iniciativas que tienen como
objetivo defender la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. La pena de muerte
empobrece a la sociedad que la legítima y comete, porque corre graves peligros, como el de
castigar a personas inocentes, fomentar la venganza antes que la auténtica justicia social. La
pena de muerte es una ofensa clara de la inviolabilidad de la vida humana y, para quienes
creemos en el Dios de la vida y de la misericordia, representa un desprecio de la enseñanza
evangélica del perdón [11]. No se puede castigar un crimen con otro crimen, la pena de
muerte no hace justicia a las víctimas, y afirma un principio gravísimo, es decir, que «en ciertos
casos la vida humana puede ser deliberadamente suprimida, a juicio de quien tiene el poder
político necesario para decidir cuando y por qué… la vida de una persona se confía al juicio y a
la decisión de alguien. La pena de muerte se quiere justificar en nombre del bien común, un
bien que no ha sido tutelado. Y precisamente quien no ha sabido o no ha podido tutelarlo,
declara querer hacerlo suprimiendo la vida de una persona culpable (declarándose así
inocente), y renunciando, precisamente, con esa decisión a perseguir el bien común, que
necesariamente incluye el bien de la persona condenada. Se quiere resolver la peligrosidad
social del culpable suprimiendo su vida, sin prever a ello con otras medidas posibles. Debemos
preguntarnos: ¿existe un peligro social mayor que el de poder suprimir la vida de una
persona?» [12].
- En la búsqueda de alternativas
La Iglesia con su servicio pastoral al mundo, del que la realidad carcelaria forma parte, ofrece
un punto de referencia moral para la formación de las conciencias, para la renovación moral
de la sociedad y de sus estructuras. El cristiano, a la luz del Rostro de Cristo, confinado en las
prisiones, debe sentirse impulsado por la misericordia a trabajar en su servicio, haciendo todo
lo que deba y pueda para cambiar la situación inhumana en que viven la mayoría de los
encarcelados.
Los agentes que evangelizan el mundo de las cárceles deben impulsar y colaborar en todas
aquellas iniciativas que favorezcan la renovación del sistema penitenciario, con creatividad y
esperanza impulsarlo para que éste busque alternativas a la reclusión, evite que las penas sean
desproporcionadas al delito cometido y a las circunstancias del encarcelado o detenido. Por
otra parte, si bien es cierto que a la pastoral penitenciaria como institución de la Iglesia no le
compete declarar culpables o inocentes, formular las leyes, administrar la justicia en una
sociedad, sí tiene el derecho y el deber de denunciar todas aquellas situaciones que lesionan la
dignidad de la persona humana, de proponer el Evangelio y los principios de su doctrina social
para colaborar en la formación de las conciencias de quienes tienen la obligación de
administrar la justicia, incluidas las autoridades y guardias carcelarios, promover la reflexión
sobre el sentido de las penas, abrir horizontes a iniciativas que vuelvan más humano el sistema
penitenciario, apelar a la conciencia de la sociedad y de sus instituciones. La Iglesia debe unir
fuerzas con las demás instituciones de la sociedad para fomentar y fortalecer medidas para la
prevención del delito y para la reinserción en la sociedad de quienes salen de las prisiones. Los
agentes de la pastoral penitenciaria pueden realizar y realizan en este campo una labor
encomiable;
- En todas las situaciones que encuentran.
Existen situaciones que requieren una mayor reflexión, y que se han tratado ampliamente y
deberán seguirse tratando, siempre a la luz del Evangelio. Me refiero brevemente a algunas de
estas situaciones:
- La atención y cuidado de las víctimas del delito. Éstas han sufrido a causa de los errores de
otros, una especial atención se les debe brindar también a ellas, para evitar que se hundan en
la tristeza, la desesperanza o el deseo de venganza. Cuando han sido objeto de un mal
reparable, en justicia se debe reparar, pero siempre a la luz de la misericordia de Dios que abre
horizontes para el perdón, la reconciliación y la pacificación. En el compromiso de la pastoral
penitenciaria no deben ser olvidadas.
- La denuncia profética de toda clase de tortura en las prisiones. Una sociedad que se
considere civilizada, democrática y moderna debe hacer todo lo posible por cancelar todo tipo
de prácticas que degradan física y moralmente a las personas en prisión.
- El cuidado de las familias de los detenidos, porque éstas generalmente se convierten en otras
personas castigadas, y con frecuencia soportan un peso mayor que la condena que sus
familiares cumplen privados de su libertad física. Las mujeres, especialmente las madres de
familia deben solas velar por el sustento y la educación de los hijos. Ellos son, con mucha
frecuencia, los miembros más vulnerables en el amplio espectro del mundo penitenciario. La
pastoral penitenciaria católica, y la Iglesia toda, tiene un desafío muy importante en
implementar una pastoral familiar para los miembros de las familias en condiciones
particularmente vulnerables. Las comunidades parroquiales, particularmente aquellas a las
que pertenecen estas familias, deben implicarse para aliviar, con la caridad de los miembros de
la comunidad, las necesidades de las familias de los prisioneros. La primera acción será la de
evitar cualquier marginación.
- La concienciación de la sociedad. La sociedad no puede cerrar los ojos, no puede ser
indiferente ante la realidad penitenciaria, si bien es cierto que cada uno es responsable de sus
actos, es también cierto que a la sociedad le corresponde parte de la responsabilidad, y en
base a esa responsabilidad ella debe ponerse en movimiento para remediar o prevenir el
delito. Una sociedad que simplemente identifica al culpable y lo condena, evita cuestionarse a
sí misma, sus criterios, estilos de vida, opciones y estructuras.
La Pastoral Penitenciaria, una misión eclesial.
Soy consciente de que el servicio pastoral de la Iglesia en las prisiones es muy amplio y abarca
diversas áreas y sectores, me he limitado a mencionar sólo algunos. Quiero ahora, antes de
terminar, subrayar algo que me parece muy importante, basado en lo que hasta aquí he
propuesto para la reflexión sobre el tema que me han asignado. Se trata de la identidad de la
Comisión Internacional y de las Comisiones Nacionales de Pastoral Penitenciaria Católicas.
Cada Comisión de pastoral se organiza y estructura de acuerdo a su realidad concreta, lo
importante es no olvidar que el servicio en las cárceles es un trabajo de Iglesia. La Comisión
Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica es una ONG oficialmente reconocida, pero su
identidad eclesial es importantísima, a partir de ella se entiende lo que hace, cómo lo hace y
por qué lo hace. A partir de su identidad eclesial se formulan los programas, los medios y los
tiempos de sus actividades. A partir de su identidad eclesial entiende y realiza mejor también
la colaboración con otras organizaciones de otras religiones que trabajan a favor de los
encarcelados. El ecumenismo en el marco del servicio a los encarcelados es un tema que
requiere una reflexión amplia y profunda.
La identidad eclesial de la pastoral penitenciaria requiere la fidelidad a Dios y al hombre en la
Iglesia. La comunión es a la vez el horizonte y la fuente de energía para realizar los planes de
Dios a favor del hombre, la restauración de su diseño de amor por los hombres en los
ambientes carcelarios. El principal servicio es anunciar el evangelio de la dignidad del hombre,
revelar el hombre al hombre mismo, esto se realiza sólo a la luz de Cristo en la Iglesia. El lema
de la Comisión Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica, habla por sí solo: Vinculum
unitatis. Todas las actividades y servicios que se realizan en este campo, y en todos los campos
de la pastoral de la Iglesia, serán fecundos si se hacen en unidad, si se realizan en comunión.
Así, el sacerdote que sirve a sus hermanos y hermanas en dificultad, no las sirve a titulo
personal, es un apóstol, un enviado por su Obispo, y el Obispo, como primer responsable de su
comunidad, quiere con la colaboración de sus sacerdotes, cuidar de quienes Dios le ha
confiado. Entre quienes le ha confiado no exclusiva, pero sí preferencialmente están los
pobres, los más débiles, y entre estos se encuentran los encarcelados.
El trabajo que Ustedes realizan en las prisiones es de los más exigentes, cada uno de los
agentes pastorales penitenciarios se enfrenta a retos y desafíos enormes que no deben ni
pueden afrontar solos y desarmados, de aquí que es necesario estar insertados en una
comunidad eclesial y en un proceso de formación integral permanente.
Les deseo un fecundo trabajo de oración, estudio y convivencia en estos días del Congreso, a la
vez que les expreso mi admiración y agradecimiento por su compromiso de servir a Cristo en
las prisiones. -------------------------NOTAS
http://es.catholic.net/op/articulos/23609/cat/802/la-atencion-de-la-iglesia-a-los-
presos.html#modal