EL MAESTRO
Traducción: Manuel Martínez, OSA
CAPÍTULO I
FINALIDAD DEL LENGUAJE
1. Agustín: —¿Qué te parece que pretendemos cuando hablamos?
Adeodato: —Por lo que ahora se me alcanza, o enseñar o aprender.
Ag.: — Así lo veo yo: una de estas dos cosas, y estoy de acuerdo; pues es evidente que pretendemos enseñar
cuando hablamos; mas ¿cómo aprender?
Ad.: —¿Cómo piensas tú?; ¿no será preguntando?
Ag.: —Entiendo que aún entonces no queremos otra cosa que enseñar. Porque, dime: ¿interrogas por otra
causa que por enseñar qué es lo que quieres a aquel a quien te diriges?
Ad.: —Es verdad.
Ag.: —Ya ves que con la locución no pretendemos otra cosa que enseñar.
Ad.: —No lo veo claramente; porque si hablar no es otra cosa que emitir palabras, también lo hacemos cuando
cantamos. Y como lo hacemos solos muchas veces, sin que haya nadie que aprenda, no creo que pretendamos
entonces enseñar algo.
Ag.: —Yo pienso que hay cierto modo de enseñar mediante el recuerdo, modo ciertamente importante, como lo
mostrará esta nuestra conversación. Pero no te contradiré si piensas que no aprendemos cuando recordamos,
ni que enseña el que recuerda. Quede firme, ya desde ahora, que nuestra palabra tiene dos fines: o enseñar o
despertar el recuerdo en nosotros mismos o en los demás; lo cual hacemos también cuando cantamos; ¿no te
parece así?
Ad.: — De ninguna manera; pues es muy raro que yo cante por recordar, y no más bien por deleitarme.
Ag.: —Veo lo que piensas. Mas no te das cuenta de que lo que te deleita en el canto no es sino cierta
modulación del sonido; y porque esta modulación puede juntarse con las palabras o separarse de ellas, por eso
el hablar y el cantar son dos cosas distintas. Porque también se canta con las flautas y la cítara, y cantan
también las aves, y aun nosotros a veces, sin palabras, emitimos ciertos sonidos musicales que merece el
nombre de canto, mas no el de locución; ¿tienes algo que oponer a esto?
Ad.: —Absolutamente nada.
2. Ag.: —¿Te parece, pues, que el lenguaje no tiene otro fin que el de enseñar o recordar?
Ad.: —Lo creería, de no moverme a lo contrario el pensar que, al orar, hablamos, y que, no obstante, no se
puede creer que enseñemos o recordemos algo a Dios.
Ag.: —A mi parecer, ignoras que se nos ha mandado orar con los recintos cerrados, con cuyo nombre se
significa lo interior del corazón, porque Dios no busca que se le recuerde o enseñe con nuestra locución que nos
conceda lo que nosotros deseamos. En efecto, el que habla muestra exteriormente el signo de su voluntad por
la articulación del sonido; y a Dios se le ha de buscar y suplicar en lo íntimo del alma racional, que es lo que se
llama «hombre interior», pues ha querido que éste fuese su templo. ¿No has leído en el Apóstol: «Ignoráis que
sois templo de Dios, y que el espíritu de Dios habita en vosotros», y «que Cristo habita en el hombre interior»?
¿Y no has advertido en el Profeta: «Hablad en vuestro interior, y en vuestros lechoscompungíos. Ofreced
sacrificios de justicia, y confiad en el Señor»? ¿Dónde crees que se ofrece el sacrificio de justicia, sino en el
templo de la mente y en lo interior del corazón? Y en el lugar del sacrificio, allí se ha de orar. Por lo cual no se
necesita lenguaje, esto es, palabras sonantes, cuando oramos; a no ser tal vez, como hacen los sacerdotes,
para manifestar sus pensamientos, no para que las oiga Dios, sino los hombres, y que asintiendo, en cierto
modo se elevan hacia Dios por el recuerdo. ¿Piensas tú de otra manera?
Ad.: —Asiento completamente a ello.
Ag.: —¿Acaso no te preocupa el que el soberano Maestro, enseñando a orar a sus discípulos, se sirvió de ciertas
palabras, con lo cual no parece hizo otra cosa que enseñarnos cómo se debía hablar en la oración?
Ad.: — No me preocupa nada eso ya que no les enseñó las palabras, sino su significado, con el que quedaron
persuadidos ellos mismos a quién y qué habían de pedir cuando orasen— como dicho queda— en lo más
secreto del alma.
Ag.: —Lo has entendido perfectamente; creo también que has advertido al mismo tiempo, aunque alguno
defienda lo contrario, que nosotros, por el hecho de meditar las palabras, bien que no emitamos sonido alguno,
hablamos en nuestro interior, y que por medio de la locución lo que hacemos es recordar, cuando la memoria,
en la que las palabras están grabadas, trae, dándoles vueltas, al espíritu las cosas mismas de las cuales son
signos las palabras.
Ad.: —Lo entiendo y acepto.
CAPÍTULO II
EL HOMBRE, MEDIANTE PALABRAS, EXPRESA SU SIGNIFICADO
3. Ag.: —Estamos, pues, ambos conformes en que las palabras son signos.
Ad.: —Lo estamos.
Ag.: —Y bien: ¿puede el signo ser signo sin representar algo?
Ad.: —No lo puede.
Ag.: —¿Cuántas palabras hay en este verso: Si nihil ex tanta superis placet urbe relinqui (Si es del agrado de
los dioses no dejar nada de tan gran ciudad)?
Ad.: —Ocho.
Ag.: —Luego son ocho signos.
Ad.: —Así es.
Ag.: —Creo que comprendas este verso.
Ad.: —Me parece que sí.
Ag.: —Dime qué significa cada palabra.
Ad.: —Sé lo que significa si (si), mas no hallo otra palabra con que se pueda expresar su significado.
Ag.: —Al menos, ¿sabes dónde reside lo que esta palabra significa?
Ad.: —Paréceme que si indica duda; mas si es duda, ¿en dónde se hallará si no es en el alma?
Ag.: —Conformes por ahora; mas sigue con lo restante.
Ad.: —Nihil (nada), ¿qué otra cosa significa, sino lo que no existe?
Ag.: —Tal vez dices verdad; pero me impide asentir a ello lo que anteriormente has afirmado: que no hay signo
sin cosa significada; ahora bien, lo que no existe, de ningún modo puede ser cosa alguna. Por tanto, la segunda
palabra de este verso no es un signo, pues nada significa; y falsamente hemos asentado que toda palabra es
signo o significa algo.
Ad.: —Me estrechas demasiado; pero advierte que, cuando no tenemos que expresar algo, es una tontería
completa proferir cualquier palabra; y yo creo que tú, al hablar ahora conmigo, no dices ninguna palabra en
vano, sino que todas las que salen de tu boca me las ofreces como un signo, a fin de que entienda algo. Por lo
cual tú no debieras proferir hablando estas dos sílabas, si con ellas no significabas nada. Mas si, por el
contrario, crees ser necesaria su enunciación, y que con ellas aprendemos o recordamos algo cuando suenan en
nuestros oídos, ciertamente verás también lo que quiero decir, y que no sé cómo explicar.
Ag.: —¿Qué haremos, pues? Diremos que con esta palabra, más bien que una realidad, que no existe, se
significa un cierto estado de ánimo producido cuando no ve la realidad, y, sin embargo, descubre, o le parece
descubrir, su no existencia.
Ad.: —Quizá es esto lo que yo trataba de explicar.
Ag.: —Sea ello lo que sea, dejémoslo, no sea que demos en algún absurdo peor.
Ad.: —¿En cuál?
Ag.: —En que nos detengamos, sin que nada nos detenga.
Ad.: —Ciertamente es una cosa ridícula, y, sin embargo, no sé cómo veo que puede suceder; mejor dicho, veo
claramente que ha sucedido.
4. Ag.: —En su momento comprenderemos más perfectamente, si Dios lo permitiere, este género de
contradicción. Ahora vuelve a aquel verso e intenta, según tus fuerzas, mostrar el significado de las demás
palabras.
Ad.: —La tercera es la preposición ex (de), en cuyo lugar podemos poner, a mi entender, de (desde).
Ag.: —No intento que digas por una palabra conocidísima otra igualmente conocidísima, que signifique lo
mismo, si es que significa lo mismo; mientras tanto, concedamos que es así. Si este poeta, en vez de ex tanta
urbe (de tamaña ciudad), hubiera dicho de tanta, y yo te preguntase el significado de de, sin duda alguna dirías
que ex, como quiera que estas dos palabras, esto es, signos, significan una misma cosa, según tú crees; pero
yo busco si es una identidad lo que estos dos signos significan.
Ad.: —Yo creo que denotan como sacar de una cosa en que había habido algo que se dice formaba parte de
ella, ora no exista esa cosa, como en este verso sucede, que, no existiendo la ciudad, podían vivir algunos
troyanos procedentes de la misma, ora exista, del mismo modo que nosotros decimos haber en África
mercaderes procedentes de Roma.
Ag.: —Para concederte que esto es así y no enumerarte las muchas excepciones que, tal vez, se oponen a tu
regla, fácil te es advertir que has explicado unas palabras con otras palabras, a saber, unos signos con otros
signos y unas cosas comunísimas con otras comunísimas; más yo quisiera que, si puedes, me muestres las
cosas que estos signos representan.
CAPITULO III
¿HABRÁ COSAS QUE SE PUEDAN MOSTRAR SIN SIGNO ALGUNO?
5. Ad.: —Me admiro de que no comprendas, o mejor, de que simules no darte cuenta de que me es
absolutamente imposible dar una respuesta como tú la deseas; pues hete aquí que estamos en conversación,
en la cual no podemos menos de responder con palabras. Pero tú preguntas cosas que, cualesquiera que ellas
sean, no son palabras. Y sobre las cuales, no obstante, me preguntas con palabras. Por tanto, interrógame tú
primeramente sin palabras, para después responderte yo del mismo modo.
Ag.: —Tienes razón, lo confieso; más si buscase la significación de estas tres sílabas, paries (pared),
seguramente me podrías mostrar con el dedo la cosa cuyo signo son estas tres sílabas, de tal manera que yo la
viese, y esto sin proferir tú palabra alguna, sino mostrándola.
Ad.: —Concedo que esto puede hacerse sólo con los nombres que expresan o significan cuerpos si esos mismos
cuerpos están presentes.
Ag.: —¿Acaso llamamos al color cuerpo, y no más bien una cualidad del cuerpo?
Ad.: —Así es.
Ag.: —¿Por qué, pues, podemos aquí demostrarlo con el dedo?; ¿acaso añades a los cuerpos sus cualidades, de
modo que, estando presentes, puedan ser mostrados sin palabras?
Ad.: —Yo, al decir cuerpos, quería que se entendiese todo lo corporal, esto es, todo lo que se percibe en los
cuerpos.
Ag.: —Considera, sin embargo, si no hay también aquí alguna excepción.
Ad.: —Bien me lo haces notar, pues no debí decir todo lo corporal, sino todo lo visible. Porque confieso que el
sonido, el olor, el sabor, la gravedad, el calor y otras cosas pertinentes a los sentidos, no pueden mostrarse con
el dedo, si bien no pueden sentirse sino en los cuerpos, y, por tanto, son corporales.
Ag.: —¿No has visto nunca cómo los hombres hablan con los sordos como gesticulando, y los sordos preguntan
no menos con el gesto, responden, enseñan, indican todo lo que quieren o, por lo menos, mucho? En este caso,
no sólo las cosas visibles se muestran sin palabras. También los sonidos, los sabores y otras cosas semejantes.
Y en los teatros, los histriones manifiestan y explican, por lo común, todas sus fábulas sin necesidad de
palabras con la danza.
Ad.: —Nada tengo que oponerte, sino que el significado de aquel ex no te lo puede explicar sin palabras ni un
histrión saltarín.
6. Ag.: —Tal vez dices verdad. Pero supongamos que puede; no dudarás, como creo, que el gesto con que él
intentará demostrarme lo que esta palabra significa no es la cosa misma, sino un signo. Por lo cual el histrión
también indicará no una palabra con otra, sino un signo con otro signo; de modo que este monosílabo, ex, y
aquel gesto signifiquen una misma cosa, que deseara se me mostrase sin ningún signo.
Ad.: —Pero, ¿cómo puede hacerse lo que preguntas?
Ag.: —Como pudo la pared.
Ad.: —Sin duda alguna, ni la misma pared puede mostrarse a sí misma sin un signo por medio del cual puede
verse. Así que nada encuentro que pueda enseñarse sin signos.
Ag.: —¿Qué dirías si te preguntase qué es pasear, y, levantándote, lo hicieses? ¿No usarías para enseñármelo,
más bien que de palabras, de la misma cosa o de algún otro signo?
Ad.: —Confieso que es así, y me avergüenzo de no haber visto una cosa tan clara, la cual me trae a la memoria
otras mil cosas que pueden mostrarse por sí mismas y sin necesidad de signos, verbigracia, comer, beber,
estar sentado, de pie, dar voces y otras muchas más.
Ag.: —¡Ea! Dime ahora, si desconociendo yo completamente el sentido de esta palabra, te preguntase, cuando
paseas, qué es pasear, ¿cómo me lo enseñarías?
Ad.: —Pasearía un poco más de prisa, para que, terminada tu pregunta, lo advirtieras mediante algo nuevo; y,
sin embargo, no habría hecho más que lo que debía mostrarte.
Ag.: —¿Sabes que una cosa es pasear y otra apresurarse? Porque ni quien pasea se apresura constantemente,
ni quien se apresura pasea siempre, pues también decimos que uno se apresura leyendo, escribiendo y
haciendo otras muchísimas cosas. Por lo cual, al hacer más de prisa lo que hacías anteriormente, creería que
pasear no es otra cosa que apresurarse; sólo habías añadido esto, y, por tanto, me engañaría.
Ad.: —Confieso que no podemos sin un signo mostrar nada cuando lo estamos haciendo y se nos pregunta
sobre ello; porque, si no añadimos nada, el que pregunta creerá que no se lo queremos enseñar, y que,
despreciándole, seguimos en lo que hacíamos. Si, al contrario, pregunta sobre algo que podemos hacer, y no
pregunta cuando lo estamos haciendo, podemos mostrarle lo que pregunta, haciéndolo, desde luego, más con
la cosa misma que con un signo. Pero si me pregunta qué es hablar cuando estoy hablando, todo lo que le diga
para enseñárselo, necesariamente tiene que ser hablar; continuaré instruyéndole hasta que le ponga claro lo
que desea, sin apartarme de lo que él quiere que le enseñe, ni echar mano de otros signos para demostrárselo
que de la cosa misma.
CAPITULO IV
CÓMO UNOS SIGNOS MUESTRAN A OTROS SIGNOS
7. Ag.: —Razonas muy agudamente; mira, pues, a ver si convenimos en que se puede mostrar sin signos
aquello que no hacemos cuando se nos pregunta, y que, sin embargo, podemos hacer en seguida; o los mismos
signos de que tratamos. Pues, cuando estamos hablando, hacemos signos, de dónde viene la palabra significar.
Ad.: —Convenido.
Ag.: —Por tanto, cuando se pregunta sobre algún signo, pueden mostrarse unos signos por otros; mas cuando
se pregunta sobre cosas que no son signos, pueden mostrarse o haciéndolas después de la pregunta, si pueden
hacerse, o manifestando algún signo por el cual puedan conocerse.
Ad.: —Así es.
Ag.: —Consideramos primeramente en esta división tripartita, si te place, el que los signos se muestran con los
signos; ¿son acaso solamente signos las palabras?
Ad.: —No.
Ag.: —Paréceme que, cuando hablamos, señalamos con palabras las palabras, u otros signos, como si
decimos gesto o letra—pues las cosas que estas dos palabras significan son signos, no obstante—, u otra cosa
distinta que no sea signo, como cuando decimos piedra; esta palabra es un signo porque significa algo, sin que
sea por eso un signo lo que ella significa; este grupo que significa con palabras las cosas que no son signos, no
corresponde a la parte que nos propusimos dilucidar. Pues determinamos considerar el que los signos se
muestran con signos, y en tal consideración distinguimos dos partes: el enseñar o recordar los mismos o
distintos signos, mediante signos también. ¿No te parece así?
Ad.: —Es evidente.
LOS SIGNOS SON INCAPACES POR SÍ MISMOS DE ENSEÑAR NADA
33. Pero si lo consideras con más detención, no hallarás tal vez nada que se aprenda por sus signos. Cuando
alguno me muestra un signo, si ignoro lo que significa no me puede enseñar nada; pero si lo sé, ¿qué es lo que
aprendo por el signo? La palabra no me muestra lo que significa cuando leo: Y sus cofias no fueron
deterioradas. Porque si este nombre (sarabarae) representa ciertos adornos de la cabeza, ¿acaso, al oírlo, he
aprendido qué es cabeza o qué es adorno? Ya lo había conocido antes, y no tuve conocimiento de ellos al ser
nombrados por otros, sino al ser vistos por mí.
En efecto, la primera vez que estas dos sílabas, caput (cabeza) hirieron mis oídos, ignoré tanto lo que
significaban como al oír o leer por primera vez el nombre cofias. Más al decir muchas veces cabeza, notando y
advirtiendo cuándo se decía, descubrí que éste era el nombre de una cosa que la vista me había hecho conocer
perfectamente. Antes de este descubrimiento, la tal palabra era para mí solamente un sonido; supe que era un
signo cuando descubrí de qué cosa era signo; esta cosa, como he dicho, no la había aprendido
significándoseme, sino viéndola yo. Así, pues, mejor se aprende el signo una vez conocida la cosa que al revés.
34. Para que más claramente entiendas esto, suponte que nosotros oímos ahora por vez primera la palabra
«cabeza», y que, ignorando si esta voz es solamente un sonido o si también significa algo, preguntamos qué es
una cabeza (recuerda que no queremos conocer la cosa significada, sino su signo, y no tenemos su
conocimiento mientras ignoramos de qué es signo). Ahora bien, si a nuestra pregunta se responde señalando la
cosa con el dedo, una vez vista aprendemos el signo que habíamos oído solamente, pero que no habíamos
conocido. Ahora bien, como en este signo hay dos cosas, el sonido y la significación, no percibimos el sonido
por medio del signo, sino por el oído herido por él; y percibimos la significación después de ver la cosa
significada.
Porque la acción de señalar con el dedo no puede significar otra cosa que aquello a que el dedo apunta, y
apunta no al signo, sino al miembro que se llama cabeza. Por tanto, no puedo yo conocer por la acción del dedo
la cosa que conocía, ni el signo, al cual no apunta el dedo. Pero no me cuido mucho de la dirección del dedo
porque más bien me parece signo de la demostración que de las cosas que se demuestran, como sucede con el
adverbio «he aquí»; pues con este adverbio solemos extender el dedo, no sea que un signo no vaya a ser
bastante.
Y principalmente me esfuerzo en persuadirte, si soy capaz, que no aprendemos nada por medio de los signos
que se llaman «palabras». Como ya he dicho, no es el signo el que nos hace conocer la cosa, antes bien, el
conocimiento de ella nos enseña el valor de la palabra, es decir, la significación que entraña el sonido.
35. Y lo que he dicho de la cabeza lo diré también de los adornos y de otras innumerables cosas; y conociendo
éstas, no obstante, hasta ahora no conozco tales«cofias»; si alguno me las manifestase con el gesto o pintase,
o mostrándome cualquier otro objeto semejante a ellas, no diré que no me las ha enseñado—lo que fácilmente
obtendría si quisiera yo hablar un poco más—, sino digo que el conocimiento de los objetos colocados delante
de mí no me viene de las palabras. Y si, estando yo mirándolas, me advirtiese diciendo: «He aquí
lascofias», aprenderé la cosa que ignoraba, no por las palabras que son dichas, sino por la visión del objeto que
me ha hecho conocer y retener el valor de tal nombre. Pues no he dado fe a palabras de otros, sino a mis ojos,
al aprender esa cosa; sin embargo, creí en esas palabras para atender, esto es, para indagar con la mirada qué
tenía que ver.
CAPITULO XI
SÓLO LA VERDAD ES QUIEN NOS ENSEÑA DESDE DENTRO
LAS PALABRAS, CON SU SONIDO EXTERNO, NADA CONSIGUEN
36. Hasta aquí han tenido valor las palabras. Aun concediéndoles mucho, nos incitan solamente a buscar los
objetos, pero no los muestran para hacérnoslos conocer. Quien me enseña algo es el que presenta a mis ojos,
o a cualquier otro sentido del cuerpo, o también a la inteligencia, lo que quiero conocer. Por ello, con las
palabras no aprendemos sino palabras, mejor dicho, el sonido y el estrépito de ellas. Porque si todo lo que no
es signo no puede ser palabra, aunque haya oído una palabra, no sé, sin embargo, que es palabra hasta saber
qué significa.
Por tanto, es por el conocimiento de las cosas por el que se perfecciona el conocimiento de las palabras.
Oyendo palabras, ni palabras se aprenden. Porque no aprendemos las palabras que conocemos, y no podemos
confesar haber aprendido las que no conocemos, a no ser percibiendo su significado, que nos viene no por el
hecho de oír las voces pronunciadas, sino por el conocimiento de las cosas que significan. Razón es muy
verdadera y con mucha verdad se dice, que nosotros, cuando se articulan las palabras, sabemos qué significan
o no lo sabemos: si lo primero, más que aprender, recordamos; y si no lo sabemos, ni siquiera recordamos, se
nos incita a buscar su significado.
37. Y si dijeses: Aquellos adornos de la cabeza, cuyo nombre solamente por el sonido conocemos, no podemos
conocerlos sino después de verlos, y ni siquiera su nombre conocemos plenamente sino después de conocerlos
a ellos; y lo que sabemos de los tres jóvenes, cómo vencieron al rey y las llamas con su fe y su piedad, qué
alabanzas entonaron a Dios8, qué honrosas deferencias merecieron incluso de su enemigo, ¿no lo hemos acaso
aprendido sino por palabras? Responderé: todo lo que estaba significado en aquellas palabras, lo conocíamos
antes. Pues yo ya sabía qué son tres jóvenes, qué es un horno, el fuego, un rey; qué, finalmente, ser
preservado del fuego, y todo lo restante que aquellas palabras significan. Tan desconocidos son para mí
Ananías, Azarías y Misael como aquellas «cofias»; y estos nombres de nada me sirvieron ni pudieron servirme
para conocerlos. Pero confieso que, más que saber, creo que todo lo que se lee en esa historia sucedió en aquel
tiempo del mismo modo que está escrito; y los autores, a quienes damos fe, no ignoraron esta diferencia. Pues
dice un profeta: Si no creéis, no entenderéis9; y no habría dicho esto, si hubiera juzgado que no cabía
diferencia. Así, pues, creo todo lo que entiendo, más no entiendo todo lo que creo. Y no por eso ignoro cuan útil
es creer aún muchas cosas que no conozco, por ejemplo, la historia de los tres jóvenes; por lo mismo, aunque
no puedo conocer muchas cosas, sé cuánta utilidad puede sacarse de su creencia.
CRISTO ES LA VERDAD Y EL MAESTRO QUE NOS ENSEÑA INTERIORMENTE
38. Ahora bien, comprendemos la multitud de cosas que penetran en nuestra inteligencia, no consultando la
voz exterior que nos habla, sino consultando interiormente la verdad que reina en la mente; las palabras tal
vez nos muevan a consultar. Y esta verdad que es consultada y enseña, y que se dice habita en el hombre
interior, es Cristo10, la inconmutable Virtud de Dios y su eterna Sabiduría11. Toda alma racional consulta a esta
Sabiduría; mas ella se revela a cada alma tanto cuanto ésta es capaz de recibir, en proporción de su buena o
mala voluntAd.: Y si alguna vez se engaña, no se debe achacar de la verdad consultada. No es defecto de esta
luz exterior el que los ojos del cuerpo tengan frecuentes ilusiones; consultamos a esta luz para que, en cuanto
nosotros podemos verla, nos muestre las cosas visibles.
CAPITULO XII
39. Si nosotros consultamos la luz para juzgar de los colores, y para juzgar las demás cosas que percibimos
por los sentidos, consultamos los elementos de este mundo, y los cuerpos que sentimos, y los mismos sentidos,
de los que se sirve la mente como de intérpretes para conocer tales cosas, e igualmente para juzgar de las
cosas intelectuales consultamos, por medio de la razón, la verdad interior, ¿cómo puede decirse que
aprendemos en las palabras algo más que el sonido que hiere los oídos? Pues todo lo que percibimos, lo
percibimos o con los sentidos del cuerpo o con la mente: a lo primero llamamos sensible; a lo segundo,
inteligible; o, para hablar según el estilo de nuestros autores, a aquello llamamos carnal, a esto espiritual.
Si se nos pregunta sobre lo sensible, respondemos lo que sentimos si lo tenemos presente; como si se nos
pregunta, al estar mirando la luna nueva, cómo es y dónde está. El que pregunta, si no la ve, cree a las
palabras, y con frecuencia no cree; mas de ningún modo aprende si no es viendo lo que se dice; en lo cual
aprende no por las palabras que sonaron, sino por las cosas y los sentidos. Pues las mismas palabras que
sonaron para el que no veía suenan para el que ve.
Mas cuando se nos pregunta, no de lo que sentimos presente, sino de aquello que alguna vez hemos sentido,
expresamos no ya las cosas mismas, sino las imágenes impresas por ellas y grabadas en la memoria; en
verdad no sé cómo a esto lo llamamos verdadero, puesto que vemos ser falso; a no ser porque narramos que
lo hemos visto y sentido, no ya que lo vemos y sentimos. Así llevamos esas imágenes en lo interior de la
memoria como testimonio de las cosas sentidas, y contemplando con recta intención esas imágenes con
nuestra mente, no mentimos cuando hablamos; antes bien, nos sirven de testimonio. El que escucha, si las
sintió y presenció, mis palabras no le enseñan nada, sino que él reconoce la verdad por las imágenes que lleva
consigo mismo; pero si no las ha sentido, ¿quién no verá que él, más que aprender, da fe a las palabras?
40. Cuando se trata de lo que captamos con la mente, es decir, con el entendimiento y la razón, hablamos lo
que vemos presente en la luz interior de la verdad, con que está iluminado y de que goza el llamado hombre
interior; pero entonces también el que nos oye, si él mismo ve con una mirada simple y secreta esas cosas,
conoce lo que yo digo en virtud de su contemplación, no por mis palabras. Luego ni a éste, que ve cosas
verdaderas, le enseño yo algo diciéndole la verdad, pues aprende, no por mis palabras, sino por las mismas
cosas que Dios le muestra interiormente; por lo tanto, si se le preguntase sobre estas cosas, también él podría
responder. ¿Y hay nada más absurdo que pensar que le enseño con mi locución, cuando podía, preguntado,
exponer las mismas cosas antes de que yo hablase?
Lo que sucede muchas veces es que, interrogado, niegue alguna cosa y se vea obligado con otras preguntas a
confesarlo. Esto es por la debilidad de su mirada, que no puede consultar a aquella luz sobre todo el asunto. Se
le advierte que lo haga por partes, cuando se le pregunta sobre estas partes de que consta aquel conjunto, que
no podía ver de una vez. Si es llevado a término a base de preguntas, lo es no en virtud de palabras que
enseñan sino de palabras que van buscando la forma de hacerlo tan apto para aprender interiormente como el
que le va haciendo las preguntas.
Como si yo te preguntase si no hay nada que pueda enseñarse con palabras—que es de lo que tratamos—, y a
ti, no pudiendo verlo todo, te pareciese un absurdo a primera vista. Fue preciso preguntarte, según tu
capacidad para oír interiormente a aquel Maestro, y decir yo: ¿De dónde has aprendido lo que confiesas ser
verdadero al hablar yo, y estás cierto de ello, y confirmas que lo conoces? Responderás tal vez que yo te lo
había enseñado. Entonces yo añadiré: ¿acaso, si te dijese que he visto volar a un hombre, estarías tan cierto de
mis palabras como si oyeses que los hombres sabios son mejores que los necios? Dirás, ciertamente, que no, y
responderás que no crees lo primero o, aunque lo creas, lo ignoras; pero que esto último lo sabes
certísimamente.
De aquí ya entenderás, sin duda, que por mis palabras no has aprendido nada, ni en aquello que ignorabas
afirmándotelo yo, ni en esto que sabías muy bien; puesto que si te pregunto por cada una de esas cosas en
particular jurarías que desconocías la primera, y que la segunda te era conocida. Mas entonces reconocerías
plenamente todo aquello que habías negado, una vez que conocieses ser claras y ciertas las partes de que ella
se compone.
En cuanto a todas las cosas que decimos, o el oyente ignora si ellas son verdaderas, o no ignora que son falsas,
o sabe que son verdaderas. En la primera hipótesis, cree, opina o duda; en la segunda, contradice y niega; en
la tercera, confirma; por tanto, nunca aprende. Porque están convencidos de no haber aprendido nada por
nuestras palabras tanto el que ignora la cosa después que he hablado como el que conoce que ha oído cosas
falsas y como el que, preguntado, podría decir lo mismo que se ha dicho.
CAPITULO XIII
LA PALABRA NO LLEGA A MANIFESTAR LO QUE TENEMOS EN EL ESPÍRITU
41. En las cosas percibidas con la mente, inútilmente oye las palabras del que las ve aquel que no puede
verlas; a no ser porque es útil creer, mientras se ignoran, tales cosas. Mas todo el que puede ver, interiormente
es discípulo de la verdad; fuera, juez del que habla, o más bien de su lenguaje. Porque muchas veces sabe lo
que se ha dicho, aun ignorándolo el que lo ha dicho; como si alguno, partidario de los epicúreos, y que piensa
que el alma es mortal, reproduce los argumentos expuestos por los sabios en favor de su inmortalidad en
presencia de un hombre capaz de penetrar lo espiritual; el oyente juzgará que el epicúreo dice verdad, mas el
epicúreo ignora si es verdad lo que dice, antes bien lo creerá muy falso. ¿Hemos de pensar, por tanto, que
enseña lo que ignora? Y usa de las mismas palabras que podría usar sabiéndolo.
42. Así, pues, las palabras no tienen ya ni el valor de manifestar el pensamiento del que habla, ya que
dudamos de si él sabe lo que dice. Añade a esto los que mienten y engañan; por ellos fácilmente puedes
deducir que no sólo no se abre su alma con las palabras, sino que hasta la encubre. Yo de ninguna manera
dudo de que los hombres veraces se esfuerzan y de algún modo hacen profesión de descubrir sus sentimientos
por medio de la palabra; lo que conseguirían con aplauso de todos si no fuera permitido a los mentirosos el
hablar.
Frecuentemente hemos experimentado, tanto en nosotros como en otros, que no se emiten palabras
correspondientes a las cosas que se piensan; lo cual veo que puede ser de dos modos: o cuando los labios del
que piensa otras cosas pronuncian palabras aprendidas de memoria y muchas veces olvidadas, lo que nos
sucede con frecuencia cuando cantamos un himno, o cuando, sin quererlo nosotros, brotan por error de la
lengua unas palabras por otras, pues tampoco aquí las palabras se oyen como signos de las cosas que tenemos
en el ánimo. Porque los que mienten piensan, ciertamente, en las cosas que hablan, de tal manera que, aunque
ignoremos si dicen verdad, sabemos que tienen en el ánimo lo que dicen, a no ser que les suceda una de las
dos cosas que he dicho. Y si alguno, entre tanto, porfía que suceden tales cosas, y que cuando sucede una de
ellas se percibe, aunque otras muchas veces quede oculta, y que muchas veces me ha engañado oyéndole, no
le contradigo.
43. Y aquí sucede otro caso, muy común por cierto, y origen de muchas disputas y disensiones: cuando el que
habla expresa lo que piensa, es cierto, pero, con frecuencia, solamente para él mismo y para algunos otros;
pero no para su interlocutor y para algunos otros. Así, pues, puede decir alguno, oyéndole nosotros, que ciertos
animales superan en virtud al hombre; al momento no lo podemos sufrir, y con gran brío refutamos tan falsa y
perniciosa afirmación; y tal vez él llame virtud a las fuerzas físicas, y enuncie con este nombre lo que ha
pensado, y no mienta, ni se equivoque en realidad, ni, dando vueltas a otra cosa en la mente, haya ocultado las
palabras grabadas en la memoria, ni suene por equivocación de la lengua otra cosa de la que pensaba; sino
que llama con distinto nombre que nosotros a la cosa que piensa, sobre la cual nosotros asentiríamos si
pudiésemos ver su pensamiento, el cual no nos ha podido mostrar aún con las palabras dichas y las
explicaciones dadas.
Dicen que la definición puede remediar este error, de tal manera que si en esta cuestión definiese qué esvirtud,
aclararía, dicen, que la discusión no es sobre la cosa, sino sobre la palabra. Para conceder que esto es así,
¿puede encontrarse acaso un buen definidor? Y, sin embargo, se ha discutido mucho sobre la ciencia de definir,
que ni es oportuno tratar ahora ni siempre yo lo apruebo.
44. Paso por alto el que no oímos bien muchas cosas y luego discutimos sobre ellas larga y acaloradamente
como si las hubiésemos oído. Así, cuando poco ha expresaba yo la palabra «misericordia» en lengua púnica, tú
decías haber oído a los que conocen mejor esta lengua que significaba «piedad». Pero yo, contradiciéndote,
aseguraba habérsete olvidado lo aprendido, pues me había parecido que habías pronunciado «fe» y no
«piedad», estando como estabas tan junto a mí, y no engañando al oído estas dos palabras por su semejanza
del sonido. Sin embargo, pensé por mucho tiempo que ignorabas lo que te habían dicho, ignorando yo lo que
dijiste tú; pues, de haberte oído bien, de ninguna manera me parecería absurdo que un vocablo púnico
significara a la vez piedad y misericordia.
Esto sucede muchas veces; pero, como ya he dicho, dejémoslo a un lado, para que no parezca que calumnio la
negligencia del que oye o la sordera de los hombres. Más angustia causa, lo he dicho más arriba, el no poder
conocer los pensamientos de los que hablan, entendiendo clarísimamente sus palabras, y hablando nuestra
misma lengua latina.
CAPITULO XIV
CRISTO ENSEÑA DENTRO; FUERA, EL HOMBRE ADVIERTE CON PALABRAS
45. Pero mira cómo voy cediendo y admito que, cuando haya recibido en el oído las palabras aquel a quien son
conocidas, pueda también saber que el que habla ha pensado en las cosas que las palabras significan. ¿Acaso
por esto aprende si ha dicho verdad, que es lo que ahora buscamos?
¿Acaso pretenden los maestros que se conozcan y retengan sus pensamientos, y no las materias que piensan
enseñar cuando hablan? Porque ¿quién hay tan neciamente curioso que envíe a su hijo a la escuela para que
aprenda qué piensa el maestro? Una vez que los maestros han explicado las disciplinas que profesan enseñar,
las leyes de la virtud y de la sabiduría, entonces los discípulos juzgan en sí mismos mismos si han dicho cosas
verdaderas, examinando según sus fuerzas aquella verdad interior. Entonces es cuando aprenden; y cuando
han reconocido interiormente la verdad de la lección, alaban a sus maestros, ignorando que elogian a los
hombres doctos más bien que a doctores, si, con todo, ellos mismos saben lo que dicen. Mas se engañan los
hombres al llamar maestros a quienes no lo son, porque la mayoría de las veces no media ningún intervalo
entre el tiempo de la locución y el tiempo del conocimiento; y porque, advertidos por la palabra del profesor,
aprenden pronto interiormente, piensan haber sido instruidos por la palabra exterior del que enseña.
46. Pero en otro tiempo discutiremos, si Dios lo permitiere, de toda la utilidad de las palabras, que, bien
considerada, no es pequeña. Al presente ya te he advertido que no hemos de darles más importancia de la que
conviene, para que no sólo creamos, sino que comencemos a entender cuán verdaderamente está escrito por la
autoridad divina que no llamemos maestro nuestro a nadie en la tierra, puesto que el solo Maestro de todos
está en los cielos12.
¿Y qué quiere decir «en los cielos»? Eso lo enseñará aquel que por medio de los hombres y de sus signos nos
advierte exteriormente, a fin de que, vueltos a Él interiormente, seamos instruidos. Amarle y conocerle
constituye la vida bienaventurada, que todos predican buscar; mas pocos son los que se alegran de haberla
verdaderamente encontrado.
Pero dime tu parecer sobre todo esto que acabo de decir. Porque, si ves que es verdad lo que he dicho,
preguntado sobre cada uno de los juicios, hubieras dicho que lo sabías; ya sabes, pues, de quién has aprendido
esto, y no ciertamente de mí, puesto que, si te pregunto, responderías a todo. Si, al contrario, no conoces que
es verdad, no te hemos enseñado ni Él ni yo; yo, porque nunca puedo enseñar; Él, porque tú no puedes
aprender todavía.
Ad.: —Yo he aprendido con la incitación de tus palabras, que las palabras no hacen otra cosa que incitar al
hombre a que aprenda, y que, sea cualquiera el pensamiento del que habla, muy poco puede aprender a través
del lenguaje. Por otra parte, si hay algo de verdadero, sólo lo puede enseñar aquel que, cuando exteriormente
hablaba, nos advirtió que Él habita dentro de nosotros. A quien ya, con su ayuda, tanto más ardientemente
amaré cuanto más aprovecho en el estudio.
Sin embargo, quedo muy agradecido a tu discurso, tan prolongado, principalmente porque ha previsto y
refutado cuantas objeciones tenía dispuestas para contradecirte; y no has dejado nada de lo que me hacía
dudar, sobre lo que no me respondería así aquel oráculo secreto, según tus palabras afirmaban.