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Una madre de Alejandro Palomas

Este documento proporciona información sobre la novela "Una madre" de Alejandro Palomas. Describe brevemente la trama de la novela, la cual cuenta la historia de Amalia y su familia en la noche de fin de año. También incluye información biográfica sobre el autor Alejandro Palomas, sus obras anteriores y los premios literarios que ha recibido.

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Una madre de Alejandro Palomas

Este documento proporciona información sobre la novela "Una madre" de Alejandro Palomas. Describe brevemente la trama de la novela, la cual cuenta la historia de Amalia y su familia en la noche de fin de año. También incluye información biográfica sobre el autor Alejandro Palomas, sus obras anteriores y los premios literarios que ha recibido.

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SELLO Ediciones Destino

COLECCIÓN Áncora y Delfín


FORMATO 13,3 x 23
Rústica con solapas

SERVICIO xx
Otros títulos de la colección Faltan unas horas para la medianoche. Por fin,
Áncora y Delfín después de varias tentativas, Amalia ha logrado a sus

Alejandro

Alejandro Palomas Una madre


65 años ver cumplido su sueño: reunir a toda la familia CORRECCIÓN: PRIMERAS
Darling para cenar en Nochevieja. Una madre cuenta la

Palomas Una madre


Gabriel Tallent historia de cómo Amalia entreteje con su humor y su DISEÑO 29/01/2019 DISEÑADOR
entrega particular una red de hilos invisibles con la
El abrazo del monstruo que une y protege a los suyos, zurciendo los silencios REALIZACIÓN

Félix J. Palma de unos y encauzando el futuro de los otros. Sabe que


EDICIÓN
va a ser una noche intensa, llena de secretos y
A mi amigo escocés mentiras, de mucha risa y de confesiones largo tiempo
Maria Barbal contenidas que por fin estallan para descubrir lo que
Alejandro Palomas (Barcelona, 1967)
CORRECCIÓN: SEGUNDAS
queda por vivir. Sabe que es el momento de actuar y es licenciado en Filología Inglesa y tiene
O calle para siempre no está dispuesta a que nada la aparte de su cometido. DISEÑO 31/01/2019 DISEÑADOR
un máster en poética por el New College
J. M. Guelbenzu de California. Ha compaginado sus
REALIZACIÓN
Una madre no es solo el retrato de una mujer incursiones en el mundo del periodismo
La sonrisa de los pájaros valiente y entrañable, y de los miembros de su familia con la poesía y con la traducción de
Lea Vélez que dependen de ella y de su peculiar energía para importantes autores. Como novelista ha CARACTERÍSTICAS
afrontar sus vidas, sino también un atisbo de lo que publicado, entre otras, El tiempo del
El aguijón la condición humana es capaz de demostrarse corazón, El secreto de los Hoffman, El alma IMPRESIÓN 4/1
del mundo y El tiempo que nos une, que le cmyk + Pantone 7500
Sílvia Soler y mostrar cuando ahonda en su mejor versión.
han valido importantes premios como
Vuelve El retrato de una ciudad acogedora y esquiva a partes el Nuevo Talento Fnac y la posición
Samuel Benchetrit iguales, de una familia unida por los frágiles lazos de
de finalista del Premio de Novela Ciudad PAPEL Estucado brillo doble cara
de Torrevieja y del Premio Primavera.
la necesidad y del amor y la mirada única de una
En 2016, su novela Un hijo recibió el PLASTIFÍCADO Brillo
Territorio Lovecraft mujer maravillosa en un momento extraordinario.
Premio Nacional de Literatura Juvenil.
Matt Ruff En sus novelas más recientes, Una madre, UVI -
Un perro y Un amor (Premio Nadal 2018),
El sueño de la razón retrata a una familia que ha enamorado RELIEVE -
Berna González Harbour a miles de lectores. Su obra, llevada
al teatro y próximamente al cine, BAJORRELIEVE -
Pepita ha sido traducida a veinte lenguas.
Pablo Carbonell STAMPING -
Twitter: @Palomas_Alejand
[Link]/PalomasAlejandro/
Instagram: @alejandropalomas FORRO TAPA -

Síguenos en PVP 18,90 € 10235755 Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
[Link] 1464 Imagen de la cubierta: © Collage de Gabriel Sanz Balfagón, cedido
[Link]/edicionesdestino por Ediciones Siruela, S.A., Madrid, 2018; Fotografía: © Olga
[Link] Ekaterincheva -Shutterstock GUARDAS -
[Link] Áncora y Delfín 9 788423 355334 Fotografía del autor: © Xavier Torres-Bacchetta

INSTRUCCIONES ESPECIALES
-
Una madre
Alejandro
Palomas

Ediciones Destino
Colección Áncora y Delfín
Volumen 1464

001-280 Una [Link] 5 28/01/2019 [Link]


© Alejandro Palomas, 2014

© Editorial Planeta, S. A. (2019)


Ediciones Destino es un sello de Editorial Planeta, S.A.
Diagonal, 662-664. 08034 Barcelona
[Link]
[Link]

Primera edición en Ediciones Destino: marzo de 2019

ISBN: 978-84-233-5533-4
Depósito legal: B. 4.178-2019
Impreso por Black Print
Impreso en España-Printed in Spain

El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloro
y está calificado como papel ecológico.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación


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Uno

Mamá había dicho que ella misma compraría las flores,


pero con tanto ajetreo se le ha olvidado pasar esta tarde
por la floristería y nos hemos quedado sin. Ahora cuenta
uvas a mi lado. Las arranca delicadamente del racimo
mientras escucha la radio que suena a tres bandas en el
pequeño apartamento: en el transistor que está en la enci-
mera de la cocina, en el que se ha dejado encendido en su
habitación y, por último, en el que tiene instalado en el
cuarto de baño y que raras veces apaga. Sentados a la mesa
del comedor, ella cuenta uvas y yo doblo las servilletas ro-
jas con estampados navideños mientras en el horno se en-
fría la crema de espárragos y un asado de algo que supues-
tamente debería ser pavo pero que parece otra cosa.
Al otro lado del ventanal es noche cerrada. En el sue-
lo, junto al sofá, duerme acurrucado Max. Tiene la cabe-
za apoyada en un pequeño charco de babas y da patadas
en sueños. Shirley, la perrita de mamá, duerme junto a él
en la cesta, tapada con su manta de cuadros.
Barcelona. Hoy es 31 de diciembre.
—Seremos cinco —‌dice mamá—. Eso sin contar a
Olga, claro. —‌Olga es la novia de Emma, o, como la lla-
ma Silvia cuando no tiene a Emma a tiro, «la añadida»,
de ahí que mamá siempre la cuente aparte. Y no es que
lo haga con desprecio. Simplemente cuenta como cuen-
tan las madres: los míos a un lado, los demás al otro.
Aquí mi sangre, allí lo que no la tiene—. Aunque tío

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Eduardo llegará un poco más tarde, porque su vuelo lle-
va retraso —‌aclara, apartando doce uvas y metiéndolas
en el primer bol. Luego sigue contando. Al ver que no
digo nada, para y me mira—. ¿Pasa algo?
Niego con la cabeza. Mamá está nerviosa e ilusiona-
da. Lleva así unas semanas, desde que tiene la certeza de
que esta noche estaremos todos. Por fin, después de tan-
tos intentos frustrados, los que somos su sangre nos sen-
taremos a la mesa a celebrar el fin de año y brindaremos
juntos. Es un gran día para ella y no lo disimula, porque
no sabe hacerlo. Desde que se divorció de papá, siempre
ha pasado algo, algo ha terminado torciéndose y la cena
de Nochevieja ha estado coja. La primera Navidad,
Emma se quedó colgada casi un mes en Argentina por-
que la compañía aérea en la que viajaba se había ido a la
quiebra, dejando al pasaje de todos sus vuelos en tierra.
Tío Eduardo fue el siguiente en faltar: decidió un año
más tarde irse a vivir a Lisboa y estaba por esas fechas a
la espera de recibir el par de contenedores llenos de mue-
bles que al parecer se habían perdido por el camino y que
por fin habían aparecido en Tánger. Y el año pasado nos
tocó a Max y a mí. El día 31 a mediodía, mientras jugaba
con él en el parque, su pelota rebotó contra un árbol y
salió despedida a la calle. Max hizo lo que jamás había
hecho hasta entonces: echó a correr tras la pelota como si
le fuera la vida en ello y al salir a la calle un 4x4 se lo llevó
por delante. Pasamos la noche en urgencias de la Facul-
tad de Veterinaria, él milagrosamente ileso, aunque en
observación obligada; yo con dos trankimazines en vena,
tumbado en una camilla entre Max y un shar pei con
cara de buda enfurruñado que no paraba de aullar por-
que al parecer tenía un no sé qué en los intestinos, así que
para mamá la cena fue de nuevo un mar de pocas luces y
muchas sombras.
Esta es, por fin, la noche de mamá, y ella lleva en
danza desde las seis de la mañana, tan emocionada que,
entre los nervios, la torpeza que la caracteriza y lo poco

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que ve, llevamos un récord de damnificados adicionales
amontonados junto al cubo de la basura.
—Saca eso antes de que llegue Silvia, por favor, Fer
—‌me suplica con cara de angustia antes de sentarse con
las uvas a la mesa—. Ya sabes cómo se pone tu hermana
cuando rompo algo —‌añade al tiempo que mira de reojo
la bolsa con los restos de la lámpara de porcelana, tres
vasos, dos marcos de fotografías, una jarra de agua y una
tetera supuestamente china que hasta la fecha era la es-
trella de su colección de horrores en miniatura, cortesía
de un periódico que ella se niega a leer, pero que compra
«por los regalos».
Ahora me mira desde su lado de la mesa y de repente
hay en sus ojos tanta ilusión contenida, tantas ganas de
que la noche sea un éxito y de tenernos a todos aquí que,
a pesar del día que me ha dado, reprimo las ganas de
abrazarla y decirle que no se preocupe, que todo va a sa-
lir bien.
—¿Tú crees que les gustará? —‌pregunta por enési-
ma vez, volviéndose a mirar el horno—. Es que... estaba
pensando que a lo mejor es poca comida. Aunque, claro,
también están las dos ensaladas, y tío Eduardo seguro
que llega con algo del Duty Free. Y además quedan los
turrones que trajo Silvia el día de Navidad, y...
—Cálmate, mamá —‌la corto con suavidad—. Ha-
brá comida de sobra.
Debemos de haber tenido esta conversación al menos
una decena de veces en las últimas tres horas. ¿Llegará la
comida? ¿Será suficiente? ¿Les gustará? ¿Hace mucho
calor? ¿No sería mejor que bajáramos un poco la cale-
facción? ¿Encendemos ya las velas o esperamos a que
lleguen? ¿Y el aperitivo? Ah, ¿sin aperitivo?
¿Tú crees?... Preguntas. Mamá lanza preguntas al
aire como si fuera repasando los ingredientes de una re-
ceta que ya no permite demasiados retoques, porque la
hora es la que es y a estas alturas deben de estar todos en
camino. Sus preguntas esconden otras de distinto calado,

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y solapan las que realmente la tienen así, sufriendo por
adelantado, entre la ansiedad y una emoción casi infantil
que no ha aprendido a controlar a pesar de los años: son
esos interrogantes que la atormentan y que ni ella ni nin-
guno de nosotros podemos resolver de antemano, por-
que algunas familias son así —‌somos así—, así de inten-
sas, así de imprevisibles y de arrebatadas; son esos
interrogantes que, si mamá se atreviera a darles voz, so-
narían así: «¿Tú crees que Silvia se comportará y no se
las tendrá con Olga? ¿Y que no empezará a hablar de
política y a cargar contra los bancos o contra tu padre y
tendremos la fiesta en paz? ¿Y tío Eduardo no nos con-
tará ninguna historia de esas cochinas de sus viajes que a
Olga la ponen así tan... tan...? Y dime que no se presen-
tará ningún vecino del edificio, como hace dos años,
cuando apareció el señor Samuel, el del 1.º C, con la po-
bre cubana mulata esa medio desnudita, preguntando si
teníamos una botella de ron, y la cubana que luego vol-
vió porque se quería quedar con nosotros y... ay, hijo,
dime que no».
Y es que, aunque desde que papá ya no está se han li-
berado muchos nudos y mucha tensión con los que afortu-
nadamente ya no nos toca lidiar y la cena de Nochevieja se
ha suavizado mucho, el fin de año es una fecha que a esta
familia se nos atraganta. Por eso llegamos tensos a esta no-
che, decididos, cada uno desde su rincón de vida, a corre-
gir en lo posible la intensidad del año anterior y pasar una
velada ligera, charlando tranquilamente de naderías y
compartiendo un sentido del humor en el que todos nos
reconocemos y que nos hace más familia, que nos habla
mejor de lo que somos juntos.
Hasta la fecha, los intentos han sido siempre fallidos.
A eso hay que sumarle que desde hace unas semanas
algo parece haber puesto en alerta a mamá. Está inquie-
ta, preocupada. Sin saberlo, barrunta cosas que todavía
le son ajenas, verdades todavía no perfiladas. Luces y
sombras. Está torpe. Hace más ruido.

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No imagina que quizá tenga razones para estarlo.
Razones que desconoce.
Todavía.
—No, no me pasa nada —‌respondo, intentando ol-
vidar la última cena en la que estuvimos todos y tío
Eduardo quiso sorprendernos con un «regalazo» (así lo
anunció él, golpeando con una cucharilla la copa de
champán, con tan mala suerte que la copa quedó hecha
trizas al tercer golpe y sembró de cristales el mantel). El
regalo en cuestión fueron unas carpetas de colores con
información detallada de cómo hacernos socios de Dig-
nitas, la sociedad esa de suizos que ayudan a suicidarse al
mundo. A la carpeta había adjuntado una copia del for-
mulario para redactar el testamento vital. Olga, católica
de la rama amarga donde las haya, se había puesto verde;
y Emma se había echado a llorar así, como llora ella, sin
hacer ruido, porque acababa de morírsele su perra Lúa y
de repente se sentía culpable ahora no me acuerdo de
qué. Luego los mayores habían bebido un poco de más, y
tío Eduardo se había caído por las escaleras (mamá vive
en un primero) y habíamos tenido que llamar a una am-
bulancia. Durante el trayecto al hospital no dejó de agi-
tar en el aire su copia del testamento vital mientras le
gritaba al enfermero, arrastrando las palabras como un
viejo beodo: «¡Sois todos unos asesinos y unos mariqui-
tas, pero conmigo no vais a poder! ¡Demonios, más que
demonios!».
Sí, dejando a Olga a un lado, seguimos siendo cinco.
Dos generaciones de hermanos: la de mamá —‌tío
Eduardo y ella— y la mía —‌Silvia, Emma y yo—, como
dos raíles en paralelo cruzando el tiempo, separados esta
noche por la mesa, los platos, las copas y las interpreta-
ciones múltiples de nuestra historia en común.
Sin papá. Sin los abuelos.
Ellos muertos. Él ido. Ausentes todos.
Y yo aquí, contando uvas con mamá como si nada,
temiendo —‌como ella— lo que quizá depare la noche

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en esta mesa puesta para siete. «Que nada se tuerza, por
favor, que nada se tuerza», la adivino pidiendo en silen-
cio, mientras recuerdo de pronto la confesión que hace
apenas cuarenta y ocho horas me ha hecho Silvia y cuyo
peso noto desde entonces sobre los hombros como una
segunda piel.
Y es que en mi radar particular palpita desde hace
unas horas una luz roja que conozco bien. Es una luz
que titila, cada vez más clara, en la pantalla rectangular
de mi mente, roja sobre fondo blanco como las servilletas
que ahora doblo.
A un lado de la mesa, mamá inspira hondo y saca
despacio el aire por la nariz. A este lado, yo la miro y la
siento cerca. Mamá es parte de mí, de lo que me gusta y
no me gusta tener conmigo.
«Es muchas cosas. A veces, demasiadas», pienso mien-
tras seguimos preparando la mesa y en la radio alguien se
ríe. Hablan de uvas, de años anteriores y de cosas que no
interesan nada. Lugares comunes. Huecos. Ruido navi-
deño.
Falta poco.
Deben de estar a punto de llegar.

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Dos

Mamá se vuelve a mirar hacia la cocina y entrecierra los


ojos. Hay demasiadas lámparas encendidas y la fotofobia
—‌la suya— no perdona. Un sesenta y cuatro por ciento
de discapacidad; eso es —‌entre otras muchas cosas—
mamá, aunque en la ONCE no la admitieron en su día
porque nos dijeron que la fotofobia no era certificable y
solo aceptaban a gente con discapacidad visual no menor
del sesenta y cinco por ciento. Cuando salimos de la con-
sulta del médico que la evaluó (un tipo infame con los
dientes marrones y una joroba como una colina galesa
que ni siquiera se levantó a saludarnos cuando entramos
y que no miró a mamá en ningún momento), nos senta-
mos en una terraza a tomar algo. Era agosto y hacía un
calor espantoso. Mamá estaba ausente, disfrutando de su
cerveza como una niña. El asfalto ardía. El aire también.
—Bueno —‌dijo por fin con los bigotes llenos de es-
puma y una sonrisa de felicidad que auguraba una de
esas salidas que Silvia no suele encajar bien y que tío
Eduardo, en su afán de sonar joven y al día, califica como
«de flipar»—. ¿Ves como no estoy tan mal?
La miré.
—No —‌dije con la mandíbula apretada—. Llevas
un año magnífico, la verdad. Solamente te han quitado
de la espalda dos melanomas, no ves tres en un burro y
vives en un piso de protección oficial para mayores de
sesenta y cinco con una perra minúscula que come klee-

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nex usados y una vecina llamada Eugenia que vende
Tupperware de extranjis y tira la basura al contenedor
por la ventana. Estás es-tu-pen-da, mamá. Todos esta-
mos estupendos. De hecho, somos la Familia Estupenda.
No sé por qué no nos han llamado de Informe Semanal
para el especial de verano.
Arrugó el morro un poco y luego se tomó un buen
trago de cerveza.
—Qué exagerado, hijo —‌replicó, negando con la ca-
beza—. Tienes rabia. Lo percibo. —‌Y poniendo los ojos
en blanco, añadió—: Es una corriente vibratoria que sien-
to aquí —‌remató, apoyándose los índices en el esternón.
Sí, tenía rabia. Y mucha. Contra el médico jorobado
de los ciegos, contra el calor demoniaco de ese mediodía
infernal y contra mí mismo por no ser capaz de tomarme
las cosas con el humor y la despreocupación de mamá.
«Debería volver a fumar», pensé en un arrebato de mal
genio mientras la veía mojar otra vez los bigotes en espu-
ma con cara de felicidad. No pude evitar soltarle un nue-
vo latigazo:
—Hay que ver, desde que sabes que solo tienes un
sesenta y cuatro por ciento de discapacidad te has vuelto
muy observadora, mamá.
—Ji, ji, ji. —‌La risilla, la suya, se convirtió en tos, y la
tos esparció un reguero de espuma por toda la mesa.
Cuando quiso coger una servilleta para limpiarla, la
mano barrió todo lo que encontró a su paso y la botella
salió disparada hacia la acera, rodando hasta la alcantari-
lla. Dos chicos repletos de tatuajes que estaban sentados
en el respaldo de un banco, intercambiando algo que no
eran cromos y escuchando una música rapera en un telé-
fono de esos que venden en los «paquis», se pusieron a
aplaudir.
—Qué monos —‌dijo mamá, saludándolos con la
mano. Ellos le sonrieron. Entre los dientes del de la iz-
quierda brillaron un par de fundas de oro y un brillante.
El de la derecha se colocó un porro en la boca y le dio una

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calada que le debió de calcinar la mitad del cerebro—.
¿Ves como no estoy tan mal?
No pude evitar una sonrisa. En ese momento le sonó
el móvil, una especie de mamotreto con pantalla fosfo-
rescente y teclas como platos que le había traído tío
Eduardo de Hong Kong y del que cada vez que alguien
llamaba saltaba la voz de una china que declamaba a gri-
to pelado una página entera del I Ching.
—¡Eduardo! —‌gritó mamá cuando por fin pudo
contestar y la china dejó de salmodiar con voz metáli-
ca—. Sí, sí, sí. Estoy aquí con Fer, en una terracita. Sí.
No. Ah. Qué bien. No, no me han dado la subvención
porque me falta un punto. ¿A que es fantástico? Si es
que ya lo sabía yo. Estoy estupenda. Claro. Sí, celebrán-
dolo con una cerveza. Ay, no sabes los nervios que he
pasado, Eduardo. ¿Te imaginas que me meten en uno
de esos quioscos con un perro a vender rasca-rascas?
¡Con lo que me gusta a mí jugar a la lotería!
Cuando colgó, guardó el teléfono en su funda de piel
rosa de Bob Esponja y me miró.
—¿Te pasa algo?
Quise decirle que sí, que algo me pasaba, que había-
mos ido hasta allí con aquel calor que fundía las palme-
ras un 17 de agosto buscando algo y que ese algo era una
ayuda para que pudiera manejarse mejor en la vida; que
la respuesta buena era «sí, señora, hay ayuda» y que la
mala era «no, señora, no hay ayuda», pero la vi tan entu-
siasmada y tan feliz, protegiéndose los ojos con la mano
para poder ver algo y esa cara de no haber roto nunca un
plato, que mi respuesta fue:
—Cómo me gustaría que me gustara la cerveza.
Ella torció un poco la boca y suspiró.
—Mmm.... Todo es cuestión de intentarlo, hijo.
—‌Tomó un par de sorbos mientras desde el banco de los
dos adolescentes nos llegaba una nube tóxica de porro
que me llenó los ojos de lágrimas y en la que mamá ni
siquiera reparó—. A mí al principio, y te hablo de hace

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muchos años, no me gustaba, no había manera. Me daba
un asco... y ahora ya ves. —‌Tomó otro buen trago y re-
mató con—: Oye, a lo mejor podrías pedirle a Ingrid que
te hiciera reiki. Total, si trabaja con alcohólicos y con
animales, igual también trabaja con abstemios.
Tragué saliva. Ingrid es una amiga sueca de mamá.
Tiene cincuenta años y, además de trabajar en un turo-
perador de viajes de aventura a las ex repúblicas soviéti-
cas, está enamorada de Arundel, un chico veinticinco
años menor que ella al que estuvo viendo solo media
hora al día durante una semana —‌Ingrid estaba lesiona-
da porque en una sesión de chamanismo, el chamán le
había atizado con una especie de maraca de hierro en la
cadera y se la había desplazado un poco, y Arundel era
su fisio—. El chico en cuestión, que ya entonces estaba
casado y tenía un hijo, se había vuelto a Venezuela poco
después de terminar su máster en Barcelona y desde en-
tonces Ingrid ahorra como una posesa durante el año
para pasar el verano en alguna ONG de Caracas, porque
después de haber leído El secreto está convencida de que
el destino la llevará hasta Arundel y de que él la espera,
aunque el pobre todavía no lo sepa. Ingrid es además
maestra de reiki para animales de granja, pero no practi-
ca mucho porque hace unos meses realizó una práctica
con un semental de caballo árabe y el caballo intentó
montarla, y, como ella se resistió, el bicho le arrancó la
mitad del pelo.
—Mamá, Ingrid es una chiflada que un día aparece-
rá troceada en la hoguera de algún chamán de esos que
la fustigan en público. No fastidies.
Se llevó la mano a la mejilla y negó despacio con la
cabeza.
—¿Tú crees? Pobrecita, si es que es tan buena... ¿sa-
bes que no cobra a sus pacientes?
—No, pero no me extraña. De hecho, lo que me ex-
traña es que tenga pacientes.
—Y el otro día me contó que un señor le pidió si po-

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día hacerle reiki en... bueno, en las cositas, porque no le
funcionaba el... aparato, y a la muy boba no se le ocurrió
otra cosa que decirle que sí.
—¿Y?
—Pues que le puso las manos.
—¿Y?
—Pues que parece que funcionó.
—Mamá...
—Y se le hizo la cosa encima.
—¡Mamá!
—Ay, hijo, yo te cuento lo que ella me dice.
En fin. Que mamá no ve. A eso iba. Y menos cuando
hay exceso de luz. Y cuando no ve y, como ahora, está
sentada a una mesa, hay que ir vigilándola porque como
mueve las manos como las mueve, suele terminar todo
en el suelo. A veces, hasta ella.
—¿Quieres que apague alguna lámpara, mamá?
Parpadea y se mete una uva en la boca. Luego niega
despacio con la cabeza y se cubre los ojos con la mano a
modo de visera. Y dice:
—Me da en la nariz que a tu hermana le pasa algo.
Me encojo un poco. Cuando mamá empieza con uno
de sus «me da en la nariz», sé que no vamos a terminar
bien, porque algo empieza a no estar bien. Me pregunto
si sabe más de lo que dice y si lo que quiere es cotejar in-
formaciones. No, no puede ser que Silvia le haya conta-
do algo. A mamá no.
—Tengo dos hermanas, mamá —‌le digo, levantán-
dome a apagar la radio e intentando quitar hierro a su
comentario—. ¿De cuál de las dos estamos hablando?
—De Emma, claro.
Respiro más tranquilo.
—Ya, a Emma siempre le pasa algo.
Niega con la cabeza y chasquea la lengua.
—Qué cosas, ¿no? —‌dice, mientras pierde la mirada
en la ventana—. A Emma siempre le pasa algo y a Silvia
nunca le pasa nada. —‌Tiene razón. En su mecanismo

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mental de peculiar andamiaje caben verdades que a ve-
ces suenan como bofetadas y que a todos nos desarman.
Siempre ha sido así—. Y a ti... mmm... a ti ya podría em-
pezar a pasarte alguna cosita, ¿no, cariño? —‌remata,
volviéndose hacia mí.
Ya sabía yo que me iba a tocar. Y sé por qué lo dice.
Ella también.
No insiste. En la radio un famoso canta un villancico y
la entrevistadora cuenta una anécdota sobre una noche
suya de fin de año en Roma que incluye lentejas y bragas
rojas y que no tiene ninguna gracia. Son cerca de las nueve.
—Me gustaría que me gustara la Navidad —‌digo,
cambiando de tercio—. Aunque fuera un poco. Como a
la gente. A la gente normal, quiero decir.
Ella frunce el entrecejo e inclina un poco la cabeza.
Luego apaga la radio y se hace el silencio.
—Ya —‌dice—. A mí me gusta mucho. La Navidad,
digo. —‌Examina con atención una uva con la lupa que
lleva siempre encima y añade, como si hablara consigo
misma—: La gente normal, un poco menos.
Nos reímos, ella con esa risa tan contagiosa que a mí me
puede, y yo con la que tengo, que a veces llega y otras no.
—Esa parece una frase de tío Eduardo.
—Es que es una frase de tío Eduardo —‌dice con una
sonrisa. Desde mi iPhone no dejan de sonar timbres repe-
tidos. Hasta cuatro tonos distintos que se intercalan y que
a mamá le hacen mucha gracia: Facebook, Twitter, mails
y también los whatsapps, sobre todo los del grupo de pá-
del, que con las semanas ha ido creciendo y en el que aho-
ra intentan ponerse de acuerdo para jugar hasta treinta
personas. La gente no descansa, ni siquiera en fin de año.
—Acuérdate de poner copas de champán solo para
mí y para Silvia, ¿quieres? —‌dice mamá.
—¿Y para tío Eduardo no?
Niega con la cabeza.
—Ha dejado de beber. —‌Al ver que estoy a punto de
decir algo, levanta la mano—. O eso dice.

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001-280 Una [Link] 24 28/01/2019 [Link]

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