VSÉVOLOD GARSHIN
LA FLOR ROJA
Vsévolod Garshin
Nació el 14 de febrero de 1855 en Yekaterinoslav, Imperio ruso. Es reconocido como
uno de los mejores escritores de relatos de la edad de oro de la literatura rusa.
En 1877 se enlistó voluntariamente para participar del enfrentamiento bélico entre
Rusia y Turquía, conocido como la guerra de Oriente. Esta experiencia sirvió de base
para la creación de algunos de sus relatos, entre los que destacan Cuatro días (1877),
Cobarde (1879) y De las memorias del soldado Ivanov (1883). Sus obras poseen un
estilo sencillo y original, a través del cual muestra la compasión de sus personajes
con el otro. Asimismo, muchos de sus relatos han sido traducidos del ruso a lenguas
europeas.
Falleció el 5 de abril de 1888 en San Petersburgo, a la edad de 33 años.
La flor roja
Vsévolod Garshin
Juan Pablo de la Guerra de Urioste
Gerente de Educación y Deportes
Christopher Zecevich Arriaga
Subgerente de Educación
Doris Renata Teodori de la Puente
Asesora de Educación
María Celeste del Rocío Asurza Matos
Jefa del programa Lima Lee
Editor del programa Lima Lee: José Miguel Juárez Zevallos
Selección de textos: María Inés Gómez Ramos
Corrección de estilo: Claudia Daniela Bustamante Bustamante
Diagramación: Ambar Lizbeth Sánchez García
Concepto de portada: Melissa Pérez García
Editado por la Municipalidad de Lima
Jirón de la Unión 300, Lima
www.munlima.gob.pe
Lima, 2020
Presentación
La Municipalidad de Lima, a través del programa
Lima Lee, apunta a generar múltiples puentes para que
el ciudadano acceda al libro y establezca, a partir de
ello, una fructífera relación con el conocimiento, con
la creatividad, con los valores y con el saber en general,
que lo haga aún más sensible al rol que tiene con su
entorno y con la sociedad.
La democratización del libro y lectura son temas
primordiales de esta gestión municipal; con ello
buscamos, en principio, confrontar las conocidas
brechas que separan al potencial lector de la biblioteca
física o virtual. Los tiempos actuales nos plantean
nuevos retos, que estamos enfrentando hoy mismo
como país, pero también oportunidades para lograr
ese acercamiento anhelado con el libro que nos lleve
a desterrar los bajísimos niveles de lectura que tiene
nuestro país.
La pandemia del denominado COVID-19 nos plantea
una reformulación de nuestros hábitos, pero, también,
una revaloración de la vida misma como espacio de
interacción social y desarrollo personal; y la cultura
de la mano con el libro y la lectura deben estar en esa
agenda que tenemos todos en el futuro más cercano.
En ese sentido, en la línea editorial del programa, se
elaboró la colección Lima Lee, títulos con contenido
amigable y cálido que permiten el encuentro con el
conocimiento. Estos libros reúnen la literatura de
autores peruanos y escritores universales.
El programa Lima Lee de la Municipalidad de Lima
tiene el agrado de entregar estas publicaciones a los
vecinos de la ciudad con la finalidad de fomentar ese
maravilloso y gratificante encuentro con el libro y
la buena lectura que nos hemos propuesto impulsar
firmemente en el marco del Bicentenario de la
Independencia del Perú.
Jorge Muñoz Wells
Alcalde de Lima
LA FLOR ROJA
A la memoria de Iván Serguéievich Turguénev
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I
—¡En nombre de su alteza imperial, el soberano
emperador Pedro I, ordeno la inspección de este
manicomio!
Estas palabras fueron dichas con voz fuerte, clara y
estridente. El escribano del hospital, que había apuntado
al enfermo en el enorme y estropeado libro sobre la mesa
cubierta de tinta, no contuvo la sonrisa. Pero los dos
jóvenes que acompañaban al enfermo no se rieron: ellos
apenas se sostenían sobre las piernas después de dos días
sin dormir, solos con el loco, al que acababan de traer por
vía férrea. En la penúltima estación, el ataque de cólera
se había agudizado; de algún sitio sacaron una camisa de
fuerza y, habiendo llamado a conductores y gendarmes,
se la pusieron al enfermo. Así lo trajeron a la ciudad, así
lo llevaron al hospital.
Estaba furioso. Encima del traje gris desgarrado en
jirones durante la crisis, una cazadora de áspera loneta
con grandes agujeros ceñía su talle; las largas mangas,
atadas a la espalda, le apretaban contra el pecho los brazos
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en cruz. Los ojos inflamados, muy abiertos (llevaba diez
días sin dormir), echaban fuego con inmóviles brillos
abrasadores; un espasmo nervioso contraía el borde
del labio inferior; los revueltos cabellos crespos le caían
como una melena sobre la frente; con pasos rápidos y
firmes iba de un rincón al otro de la oficina, mirando con
ojos escrutadores el viejo armario con papeles y las sillas
de hule, y echando una mirada de vez en cuando a sus
compañeros de viaje.
—Llévenle a su sección. A la derecha.
—Yo sé, sé. Estuve aquí con ustedes el año pasado.
Inspeccionando el hospital.
—Lo sé todo, y será difícil engañarme —dijo el
enfermo.
Se volvió hacia la puerta. El guarda la abrió delante
de ellos. Con el mismo paso rápido, firme y decidido,
levantando alta la cabeza de loco, salió de la oficina y
casi corriendo torció a la derecha, hacia la sección de los
dementes. Los acompañantes apenas podían seguirlo.
—Llama. Yo no puedo. Me has atado los brazos.
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El conserje abrió las puertas, y los viajeros entraron
en el hospital.
Era un gran edificio de piedra construido a la
antigua con fondos del Estado. Dos grandes salas (una,
el comedor; la otra, un local común para los enfermos
tranquilos), un amplio corredor con puerta de cristal
que daba salida al jardín con parterre y dos decenas de
habitaciones individuales, donde vivían los enfermos,
ocupaban el piso inferior; en él también se habían
construido dos habitaciones oscuras, una forrada de
colchones, otra de tablas, en las que metían a los violentos;
y una habitación enorme y tenebrosa con bóvedas, los
baños. El piso superior lo ocupaban las mujeres. Un
ruido disonante, con aullidos y gemidos entrecortados,
se deslizaba desde allí. El hospital había sido construido
para ochenta personas, pero, como daba servicio a unas
cuantas provincias vecinas, en él se volvían locas hasta
trescientas. En pequeños cuartuchos había hasta cuatro
y cinco camas; en invierno, cuando no dejaban a los
enfermos salir al jardín y todas las ventanas con rejas de
hierro estaban cerradas herméticamente, en el hospital el
aire se volvía irrespirable.
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Al nuevo enfermo lo condujeron a la habitación donde
estaban los baños. Si a una persona sana podía causarle una
impresión agobiante, a una alterada, con la imaginación
exaltada, le causaba una mucho más agobiante. Era una
gran habitación abovedada, con un pegajoso suelo de
piedra, iluminada por una única ventana abierta en un
rincón; las paredes y las bóvedas estaban pintadas con
pintura al aceite roja oscura; a ras del suelo, ennegrecido
por la suciedad, había encajadas dos bañeras de piedra,
como dos hoyos ovalados llenos de agua. Una enorme
estufa de cobre con una caldera cilíndrica para calentar el
agua y un sistema completo de tuberías de cobre y grifos
ocupaban el rincón opuesto a la ventana. Todo tenía un
extraordinario carácter lóbrego y fantasioso para una
cabeza alterada, y el guarda encargado de los baños, un
ucraniano gordo y eternamente callado, aumentaba con
su lúgubre fisonomía la impresión.
Cuando llevaron al enfermo a esta terrible habitación
para bañarlo y, de acuerdo con el plan de tratamiento
del doctor jefe del hospital, aplicarle un gran emplasto
de cantáridas en la nuca, se horrorizó y se enfureció.
Pensamientos disparatados, a cual más monstruoso,
empezaron a girar en su cabeza. ¿Qué es esto? ¿La
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inquisición? ¿El lugar de la ejecución secreta donde sus
enemigos habían decidido acabar con él? ¿Tal vez el
mismísimo infierno? Por fin, se le vino a la cabeza que
esto podía ser algún tipo de experimento. Lo desnudaron
a pesar de la encarnizada resistencia. Con la fuerza
duplicada por la enfermedad se soltó con facilidad de las
manos de varios guardas, de manera que ellos cayeron
al suelo; al final, lo tumbaron entre cuatro y, sujetándolo
por los brazos y las piernas, lo metieron en el agua
templada. A él le pareció que estaba hirviendo, y en su
cabeza de loco brilló la idea inconexa y fragmentada de
un experimento con agua hirviendo y hierro candente.
Ahogándose por el agua y forcejeando febrilmente con
brazos y piernas, por donde lo sujetaban fuertemente
los guardas, voceó jadeando un discurso inconexo, del
cual es imposible hacerse una idea si no se escuchó en
el momento. En él había plegarias y maldiciones. Gritó
hasta que no pudo más, y al final, tranquilo, con ardientes
lágrimas, pronunció una frase absolutamente desligada
del discurso anterior:
—¡Gran maestro san Jorge! En tus manos dejo mi
cuerpo. Pero el espíritu, no. ¡Oh, no!
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Los guardas aún lo sujetaban, aunque se había
tranquilizado. El agua templada y la bolsa de hielo
puesta en la cabeza dieron sus frutos. Pero cuando,
casi inconsciente, lo sacaron del agua y lo sentaron en
un taburete para ponerle el emplasto de cantáridas, las
fuerzas restantes y los pensamientos demenciales le
hicieron explotar de nuevo.
—¿Por qué? ¿Por qué? —gritaba—. Yo no deseé nada
malo a nadie. ¿Por qué me van a matar? ¡O-o-ooh! ¡Oh,
Dios! ¡Oh, ustedes, atormentados antes que yo! A ustedes
ruego, libérenme…
El contacto ardiente en la nuca le hizo darse golpes
desesperadamente. La sirvienta no podía con él, y no
sabía qué hacer.
—No se puede hacer nada —dijo el soldado que
ejecutaba la operación—. Hay que limpiar.
Estas simples palabras conmocionaron al enfermo.
«¡Limpiar…! ¿Limpiar qué? ¿Limpiar a quién? ¡A mí!»,
pensó; y muerto de miedo cerró los ojos. El soldado
cogió por los dos extremos una áspera toalla y, apretando
fuerte, se la pasó rápidamente por la nuca, arrancándole
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el emplasto de cantáridas y la capa superficial de la piel,
dejándole una excoriación roja y desnuda. El dolor
resultante de esta operación, insoportable incluso para
una persona tranquila y sana, le pareció al enfermo
el final. Tiró desesperadamente con todo el cuerpo,
liberándose de las manos del guarda, y su cuerpo desnudo
rodó por las baldosas. Pensó que le habían cortado la
cabeza. Quería gritar y no podía. Lo llevaron al catre con
un desmayo que se convirtió en un profundo, mortal y
largo sueño.
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II
Recobró el conocimiento por la noche. Todo estaba
tranquilo; en la habitación grande contigua se oía la
respiración de los enfermos dormidos. En algún lugar
alejado, con voz monótona y rara, hablaba consigo mismo
un enfermo, al que habían metido en la habitación oscura
durante la noche; y arriba, en la sección de mujeres, un
contralto ronco cantaba una canción absurda. El enfermo
escuchó con atención estos sonidos. Sentía una terrible
debilidad y todos los miembros descoyuntados. El cuello
le dolía mucho.
«¿Dónde estoy? ¿Qué me pasa?», se le vino a la
cabeza. Y de pronto, con una claridad inhabitual, se le
representó el último mes de su vida, y comprendió que
estaba enfermo y de qué estaba enfermo. Recordó una
serie de pensamientos, palabras y actos disparatados que
le hicieron estremecerse todo él.
—¡Pero eso se acabó, gracias a Dios, se acabó!
—murmuró, y se durmió de nuevo.
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La ventana abierta con rejas de hierro daba a un
pequeño callejón entre los edificios grandes y la cerca.
Por este callejón no pasaba nunca nadie, y estaba
cubierto de una espesa maleza con cierto tipo de arbusto
salvaje y lilas, que florecían pomposamente en esta época
del año… Detrás de los arbustos, justo enfrente de la
ventana, se distinguía una elevada cerca; las altas copas
de los árboles del jardín grande, bañadas e impregnadas
por la luz lunar, miraban desde detrás de ella. A la
derecha se levantaba el edificio blanco del hospital con
ventanas y rejas de hierro iluminadas desde dentro; a
la izquierda, la pared blanca, brillante por la luna, del
depósito de cadáveres. La luz de la luna caía a través de
la reja de la ventana en el interior de la habitación, en el
suelo, e iluminaba parte de la cama y del atormentado y
pálido rostro del enfermo con los ojos cerrados; ahora
no había en él nada demencial. Era el sueño profundo y
pesado de un hombre extenuado, sin visiones oníricas,
sin el más mínimo movimiento y casi sin respiración. En
varias ocasiones se despertó un instante con la memoria
totalmente recobrada, como si estuviera sano, para
levantarse por la mañana con la misma locura de antes.
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III
—¿Cómo se siente? —le preguntó al día siguiente el
doctor.
El enfermo, que acababa de despertarse, aún estaba
entre las sábanas.
—¡Muy bien! —respondió, saltando de la cama,
calzándose las pantuflas y cogiendo la bata—.
¡Perfectamente! Solo una cosa: ¡mire!
Le mostró su nuca.
—No puedo mover el cuello sin sentir dolor, pero
eso no es nada. Todo está bien si lo entiendes; y yo lo
entiendo.
—¿Sabe dónde está?
—¡Por supuesto, doctor! Estoy en el manicomio. Pero
es que, si lo entiendes, esto categóricamente da igual.
Categóricamente da igual.
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El doctor lo miraba fijamente a los ojos. Su hermoso
rostro bien cuidado con barba dorada perfectamente
peinada y tranquilos ojos azules, que miraban a través de
unas gafas doradas, permanecía inmóvil e impenetrable.
Observaba.
—¿Por qué me mira tan fijamente? Usted no lee lo
que hay en mi alma —continuó el enfermo—, ¡pero yo
leo con claridad en la suya! ¿Por qué hace mal? ¿Por qué
cogió a este montón de infelices y los retiene aquí? A mí
me da igual: yo lo entiendo todo y estoy tranquilo, pero
¿ellos? ¿A fin de qué estas torturas? Al hombre que lo
consigue, que tiene en el alma una gran idea, una idea
esencial, a ese le da igual dónde vivir, qué sentir. Incluso
vivir o no vivir… ¿No?
—Puede ser —respondió el doctor, sentándose
en una silla en un ángulo de la habitación para ver
al enfermo, que caminaba rápido de un rincón a otro,
chancleteando las enormes pantuflas de piel de caballo
y agitando los faldones de la bata de celulosa con anchas
rayas rojas y grandes flores. El enfermero y el celador que
acompañaban al doctor continuaban de pie en posición
firme junto a la puerta.
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—¡Y yo la tengo! —exclamó el enfermo—. Y cuando
la encontré, me sentí regenerado. Desde entonces, las
sensaciones se hicieron más agudas, el cerebro trabaja
como nunca. Lo que antes alcanzaba tras un largo
camino de razonamientos y suposiciones, ahora lo
concibo intuitivamente. Alcancé realmente lo elaborado
por la filosofía. Me emociono con mi gran idea de que
el espacio y el tiempo son en esencia una ficción. Vivo
en todos los siglos. Vivo sin espacio, en todas partes o
en ninguna, como quiera. Y por eso todo me da igual,
que me retenga aquí o que me deje en libertad, estar libre
o atado. Me he dado cuenta de que aquí hay algunos
más como yo, pero para el resto de la masa semejante
situación es horrorosa. ¿Por qué no los libera? A quién
le hace falta…
—Usted dijo —le interrumpió el doctor— que usted
vive fuera del tiempo y del espacio. Sin embargo, es
imposible no estar de acuerdo en que usted y yo estamos
en esta habitación y en que ahora —el doctor sacó el
reloj— son las diez y media del 6 de mayo de 18**. ¿Qué
piensa sobre esto?
—Nada. Me da igual donde estar y cuándo vivir. Si a
mí me da igual, ¿no significa esto que yo estoy en todas
partes y siempre?
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El doctor se sonrió.
—Rara lógica —dijo, poniéndose en pie—. Tal vez esté
usted en lo cierto. Hasta luego. ¿Le apetece un cigarrillo?
—Se lo agradezco —se paró, cogió el cigarrillo y
mordisqueó nerviosamente un extremo del mismo—.
Esto ayuda a pensar —dijo—. Esto es el mundo, el
microcosmos. En un extremo los álcalis, en el otro los
ácidos… Tales son el equilibrio y la paz en los que se
neutralizan los principios opuestos. ¡Adiós, doctor!
El doctor siguió adelante. Gran parte de los enfermos
le esperaban tendidos en sus camas. Ningún jefe cuenta
con tanto respeto de sus subordinados como el psiquiatra
de sus locos.
Y el enfermo, al quedar solo, siguió caminando
impetuosamente de un rincón a otro de la celda. Le
trajeron té. Sin sentarse, de dos tragos vació una gran
taza y en un abrir y cerrar de ojos se comió un gran trozo
de pan blanco. Después salió de la habitación y durante
varias horas anduvo sin parar con su paso rápido y firme
de un extremo al otro de su edificio. El día era lluvioso,
y no dejaban a los enfermos salir al jardín. Cuando
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el enfermero se puso a buscar al nuevo enfermo, le
indicaron el final del pasillo; estaba parado, con la cara
pegada contra la puerta acristalada del jardín, mirando
fijamente las flores. Una extraña flor escarlata, un tipo de
amapola, había atraído su atención.
—Tenga la bondad de ir a pesarse —dijo el enfermero
tocándole los hombros.
Y cuando volvió hacia él el rostro, casi se echó para
atrás del susto: tanta rabia salvaje y odio ardían en sus ojos
dementes. Pero viendo al enfermero, inmediatamente
cambió la expresión de la cara y dócilmente lo siguió,
sin decir ni una palabra, como si estuviera inmerso en
una profunda meditación. Fueron al gabinete médico;
el propio enfermo se subió a la plataforma de pequeños
pesos decimales; el enfermero, una vez lo hubo pesado,
apuntó en un libro junto a su nombre 109 libras. Al día
siguiente fueron 107; el tercero, 106.
—Si sigue así, no sobrevivirá —dijo el doctor, y ordenó
que se le alimentara lo mejor posible.
Pero, a pesar de esto y del extraordinario apetito del
enfermo, adelgazaba día tras día, y el enfermero cada
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día apuntaba en el libro una cifra de libras menor que la
anterior. El enfermo casi no dormía y pasaba todo el día
en continuo movimiento.
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IV
Reconoció que estaba en el manicomio; reconoció
incluso que estaba enfermo. A veces, como la primera
noche, se despertaba en medio del silencio después de
todo un día de movimiento frenético, sintiendo agujetas
en todos los miembros y la cabeza terriblemente pesada,
pero completamente consciente. Tal vez la falta de
impresiones en el silencio de la noche y la penumbra,
tal vez la débil actividad del cerebro en la persona que
hacía un momento estaba dormida, hicieran que en
ese instante él comprendiera con claridad su situación
y fuera como si estuviera sano. Pero amanecía, con la
luz y el despertar de la vida en el hospital, de nuevo se
apoderaban del enfermo las impresiones; el cerebro del
enfermo no podía dominarlas y de nuevo enloquecía.
Su estado era una extraña mezcla de juicios correctos y
disparatados. Entendía que alrededor de él todos estaban
enfermos, pero al mismo tiempo veía en cada uno de
ellos a alguien oculto en secreto o algún rostro camuflado
que le resultaba familiar o sobre el que había leído u oído
hablar. El hospital estaba poblado por gentes de todos
los tiempos y todos los países. Había vivos y muertos.
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Había famosos y poderosos y soldados muertos en la
última guerra y resucitados. Se veía a sí mismo en una
especie de círculo mágico, encantado, que acumulaba
toda la fuerza de la tierra, y en su arrogante exaltación se
consideraba a sí mismo el centro del círculo. Todos ellos,
sus compañeros de hospital, se habían reunido aquí para
ocuparse de un asunto que a él vagamente se le figuraba
como una gigantesca empresa dirigida a aniquilar el mal
en la tierra. Él no sabía en qué iba a consistir, pero se
sentía con fuerza suficiente como para hacerlo. Podía leer
el pensamiento de las otras personas; veía en las cosas
toda su historia; los grandes olmos del jardín le contaban
la leyenda entera de lo vivido; el edificio, realmente
construido hacía bastante tiempo, lo consideraba una
construcción de Pedro el Grande y estaba seguro de que el
zar había vivido en él en la época de la batalla de Poltava.
Había leído esto en las paredes, en el enlucido que se
caía, en los trozos de ladrillo y azulejo que encontraba
en el jardín: toda la historia de la casa y el jardín estaba
escrita en ellos. Habitaba el pequeño edificio del depósito
de cadáveres con decenas y centenares de personas
muertas hacía mucho tiempo, y examinaba con atención
el ventanuco que se abría de su sótano a un rincón del
jardín, viendo en el reflejo irregular de la luz en el viejo,
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irisado y sucio cristal facciones conocidas que había visto
tiempos atrás en la realidad o en retratos.
Mientras tanto empezó a hacer buen tiempo,
despejado; los enfermos pasaban el día entero al aire
libre en el jardín. Su sección de jardín no era muy
grande, pero estaba cubierta de árboles y había por
todas partes, absolutamente por todas, flores plantadas.
El celador hacía trabajar en él a todos los que tenían
alguna capacidad de trabajo; se pasaban el día barriendo
y enarenando el sendero, desherbando y regando los
bancales de flores, pepinos, sandías y melones cavados
por ellos con sus propias manos. La esquina del jardín
se había cubierto con un frondoso guindo; a lo largo
de él se extendía una alameda de olmos; en el medio,
en una pequeña montaña artificial, estaba plantado el
macizo de flores más bonito de todo el jardín: flores
brillantes crecían en los límites de la glorieta superior,
y en el centro la embellecía una grande, voluminosa y
rara dalia amarilla con pintas rojas. Constituía el centro
de todo el jardín, elevada sobre él, y se podía apreciar
que muchos enfermos le atribuían algún significado
sobrenatural. Al nuevo enfermo también le pareció algo
no del todo corriente, una especie de talismán del jardín
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y del edificio. Todos los senderos habían sido plantados
también a mano por los enfermos. Allí había todo tipo
de flores de las que se encontraban en los jardincitos
pequeñorrusos1: altas rosas, brillantes petunias, arbustos
de buen tabaco con pequeñas flores rosas, menta, tagetes,
capuchinas y amapolas. Aquí mismo, cerca del soportal,
crecían tres matas de amapola de una especie singular,
mucho más pequeña que la común y diferenciada de
ella por un raro y brillante color escarlata. Era la flor
que había dejado estupefacto al enfermo cuando al día
siguiente del ingreso en el hospital contemplaba el jardín
a través de la puerta de cristal.
Cuando salió al jardín por primera vez, antes de nada,
sin bajar el escalón del porche, miró estas brillantes flores.
Solo había dos; casualmente habían crecido separadas
del resto y en un lugar no escardado, de manera que un
frondoso armuelle y una especie de malas hierbas las
rodeaban.
Un enfermo tras otro salía por las puertas, en las que
había apostado un guarda que daba a cada uno un grueso
gorro cónico blanco hecho de papel con una cruz roja
1 De 1796 a 1917, gran parte del territorio ucraniano era llamado Pequeña Rusia.
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sobre la frente. Estos gorros habían estado en la guerra y
habían sido comprados en una subasta. Pero el enfermo,
para sí mismo se entiende, dio a esta cruz roja un
misterioso significado. Se quitó el gorro y miró la cruz,
y después la amapola. Las flores estaban más brillantes.
—Él vence —dijo el enfermo—, pero veremos.
Y salió del porche. Mirando alrededor y sin percatarse
del guarda, que estaba detrás de él, atravesó el bancal y
alargó la mano hacia la flor, pero no se decidió a cogerla.
Sintió calor y punzadas en la mano estirada, y después en
todo el cuerpo, como si una especie de corriente de una
fuerza para él desconocida saliera de los rojos pétalos
y atravesara todo su cuerpo. Se acercó más y alargó la
mano hasta la misma flor, pero la flor, según le pareció
a él, se defendió, soltando un venenoso, mortal aliento.
La cabeza le daba vueltas; hizo un último esfuerzo
desesperado, y ya se había agarrado al tallo cuando de
pronto una mano fuerte se apoyó en su hombro. Era el
guarda, que le sujetaba.
—No se puede arrancar —dijo el viejo ucraniano—.
Y al bancal no entres. Aquí están muchos locos: si cada
uno cogiera una flor, acabarían con todo el jardín —dijo
convincente, sin soltarle el hombro.
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El enfermo lo miró a la cara, en silencio se libró de su
mano e inquieto se fue por el sendero. «¡Oh, infelices!
—pensó—. No ven, están tan ciegos que la defienden,
pero cueste lo que cueste acabaré con ella. No hoy, pero
mañana mediremos nuestras fuerzas. Y si muero, qué
más da…».
Paseó por el jardín hasta la noche, entablando
amistades y manteniendo extrañas conversaciones, en
las que cada uno de sus interlocutores escuchaba solo
respuestas a sus ideas disparatadas, expresadas con
palabras absurdas y misteriosas. El enfermo paseaba ora
con un compañero, ora con otro, y al final del día estaba
aún más convencido de que «todo estaba preparado»,
como se había dicho a sí mismo. Pronto, pronto se
desintegrarán las verjas de hierro, todos estos encerrados
saldrán de aquí y echarán a correr por todos los rincones
de la tierra y todo el mundo se estremecerá, se quitará
la vieja envoltura y aparecerá de nuevo una asombrosa
belleza. Casi se había olvidado de la flor, pero, al salir
del jardín y subir al porche, de nuevo vio, en la espesura
oscurecida y en la hierba que había empezado a cubrirse
de rocío, dos trozos de carbón encendido. Entonces el
enfermo se salió del grupo y, dando la espalda al guarda,
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esperó el momento oportuno. Nadie vio cómo saltó
a través del bancal, agarró la flor y apresuradamente
la ocultó en el pecho bajo la camisa. Cuando las hojas
frescas, cubiertas de rocío, tocaron su cuerpo, palideció
como la muerte y horrorizado abrió desmesuradamente
los ojos. Un sudor frío comenzó a cubrirle la frente.
En el hospital encendieron las lámparas. A la espera
de la cena, gran parte de los enfermos se tumbaron en
las camas, excepto algunos, inquietos, que caminaban
apresuradamente por los corredores y las salas. El
enfermo con la flor estaba entre ellos. Caminaba con
los brazos cruzados espasmódicamente contra el pecho:
parecía que quería aplastar, machacar la flor escondida
en él. Al encontrarse con otros, se alejaba de ellos,
temeroso de que le rozaran el borde de la ropa. «¡No se
acerquen, no se acerquen!», gritaba. Pero en el hospital
pocos prestaban atención a aquellas exclamaciones. Y él
caminaba cada vez más y más rápido, daba los pasos más
y más largos; anduvo una hora, dos, con exasperación.
—¡Te agotaré! ¡Te ahogaré! —decía sordamente y con
maldad.
A veces le rechinaba los dientes.
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En el comedor dieron la cena. Sobre las mesas sin
mantel del hospital pusieron unas cuantas escudillas
pintadas y doradas con gachas líquidas; los enfermos
se sentaron en los bancos; les dieron un trozo de pan
negro a cada uno. Comían con cucharas de madera ocho
personas de cada escudilla. Algunos, con alimentación
mejorada, les daban de comer aparte. Nuestro enfermo
se comió rápido su ración, llevada a su habitación por el
guarda que le había llamado; no se conformó con esto y
pasó al comedor común.
—Permítame sentarme aquí —dijo al guarda.
—¿Es que no ha cenado? —preguntó el celador,
echando una porción adicional de gachas en la escudilla.
—Tengo mucha hambre, y necesito reconstituirme.
Mi único apoyo es la comida; ya sabe que prácticamente
no duermo.
—Coma, buen hombre, a su salud. Tarás, dale una
cuchara y pan.
Se sentó cerca de uno de los tazones y se comió todavía
una gran cantidad de gachas.
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—Vale, está bien, está bien —dijo al fin el celador,
cuando todos habían acabado de cenar y nuestro enfermo
aún seguía con el tazón, con una de las manos negras de
gachas y la otra fuertemente apretada contra el pecho—.
Hártese.
—Ay, si usted supiera cuánta fuerza necesito, ¡cuánta
fuerza! Adiós, Nikolái Nikolaich —dijo el enfermo
levantándose de la mesa y apretando con fuerza la mano
del celador—. Adiós.
—¿Adónde va? —preguntó con una sonrisa el celador.
—¿Yo? A ninguna parte. Yo me quedo, pero puede ser
que mañana no nos veamos. Le agradezco su bondad.
Y otra vez apretó con fuerza la mano del celador. La
voz le temblaba, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Tranquilícese, hombre, tranquilícese —respondió
el celador—. ¿Por qué esos pensamientos tan sombríos?
Váyase a la cama y duerma bien. Le conviene dormir
más; si duerme bien, se recuperará pronto.
El enfermo sollozó. El celador se dio la vuelta para
ordenar a los guardas que recogieran lo más rápido
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posible los restos de la cena. Media hora más tarde, en el
hospital todos dormían, excepto un hombre, tumbado sin
desvestirse sobre su cama en la habitación de la esquina.
Temblaba como si tuviera fiebre y espasmódicamente se
apretujaba el pecho, totalmente impregnado, según le
parecía a él, del inauditamente mortal veneno.
33
V
No durmió en toda la noche. Arrancó esta flor
porque vio en esa acción la hazaña que estaba obligado a
realizar. Desde el primer vistazo a través de la puerta de
cristal, los pétalos escarlatas llamaron su atención, y le
pareció que en ese mismo momento había comprendido
completamente qué era lo que tenía que hacer en la
tierra. En esta brillante flor roja se había concentrado
todo el mal del mundo. Sabía que de la amapola se saca
el opio; puede ser que este pensamiento sobrecreciera y
alcanzara una forma monstruosa que le forzara a crear
una terrible visión quimérica. La flor a sus ojos significaba
en sí misma todo el mal; había absorbido toda la sangre
derramada inocentemente (por eso era tan roja), todas
las lágrimas, toda la hiel de la humanidad. Era un ser
terrible, misterioso, contrario a Dios, Ahrimán, que
había tomado un aspecto sencillo e inocente. Había que
arrancarla y matarla. Pero eso no era suficiente: había
que impedir que con su aliento vertiera todo su mal en
el mundo.
Por eso la había escondido en su pecho. Esperaba
que para por la mañana la flor hubiera perdido toda
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su fuerza. Su mal pasaría a su pecho, a su alma, y ahí
sería derrotado o vencería, en cuyo caso él perecería,
moriría, pero moriría como un honrado guerrero y
como el primer guerrero de la humanidad, porque hasta
el momento nadie se había atrevido a luchar contra todo
el mal del mundo de una vez.
—Ellos no lo han visto. Yo lo he visto. ¿Puedo dejarle
vivir? Mejor la muerte.
Y permanecía acostado, perdiendo fuerzas en una
guerra inexistente, quimérica, pero en cualquier caso
perdiendo fuerzas. Por la mañana el enfermero lo
encontró más muerto que vivo. Pero, a pesar de esto,
al cabo de un rato, la excitación lo reanimó y saltó de
la cama y comenzó a correr como antes por el hospital,
hablando con los enfermos y consigo mismo más alto
e incoherentemente que nunca. No le dejaban salir al
jardín. El doctor, al ver que su peso menguaba y que
no dormía y caminaba y caminaba, ordenó que se le
inyectara una gran dosis de morfina subcutánea. Él no
se opuso: por suerte, en ese momento sus dementes
pensamientos coincidieron con el sentido de esa
intervención. Se durmió enseguida. Cesó el frenético
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movimiento y desapareció de sus oídos el fuerte ruido
que lo acompañaba continuamente debido al compás de
sus pasos. Se adormeció y dejó de pensar en todo, incluso
en la segunda flor que era necesario arrancar.
Sin embargo, la arrancó a los tres días, ante los ojos
de un anciano que no alcanzó a llamarle la atención.
El guarda salió tras él. Con un fuerte grito triunfal, el
enfermo entró corriendo al hospital y, metiéndose en su
habitación, la escondió en el pecho.
—¿Por qué cortas las flores? —preguntó el guarda que
llegaba corriendo tras él.
Pero el enfermo, tumbado ya en la cama en su pose
habitual con los brazos cruzados, comenzó a decir tales
disparates que el guarda se limitó a quitarle en silencio
el gorro con la cruz roja que en su apresurada huida
había olvidado entregar, y se fue. Y la quimérica batalla
comenzó de nuevo. El enfermo sentía que el mal se retorcía
mediante flujos largos y rastreros, como serpientes, que
salían de la flor y lo enredaban, lo apretaban, le oprimían
las extremidades y le impregnaban todo el cuerpo con
su horrible sustancia. Lloraba y rezaba a Dios entre
maldiciones dirigidas a su enemigo. Al atardecer, la flor
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se había marchitado. El enfermo pisoteó la ennegrecida
planta, recogió los restos del suelo y los llevó al baño.
Tirando el ovillo verde deforme en la candente estufa
de piedra del rincón, contempló durante un buen rato
cómo su enemigo chisporroteaba, mudaba y por fin se
convertía en delicados copos níveos de ceniza. Sopló y
todo desapareció.
Al día siguiente, el enfermo empeoró. Terriblemente
pálido, con las mejillas hundidas, los ojos ardientes
profundamente hundidos en el interior de las órbitas, él,
que ya tenía un andar errático y tropezaba con frecuencia,
continuaba con su antiguo caminar y hablaba y hablaba
sin parar.
—No quisiera llegar a la violencia —dijo el doctor
jefe a su ayudante—. Pero es que es necesario parar esta
actividad. Hoy pesa noventa y tres libras. Si sigue así, en
dos días muere.
El doctor jefe se puso a pensar.
—¿Morfina? ¿Cloral? —dijo medio preguntando—.
Ayer la morfina ya no le hizo efecto.
—Ordene que lo aten, pero dudo que salga de esta.
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VI
Y ataron al enfermo. Yacía vestido con la camisa de
fuerza, en su cama, fuertemente atado con anchas bandas
de cañamazo a los travesaños de hierro de la cama. Pero
el movimiento frenético no disminuyó, sino que, por el
contrario, aumentó.
Durante muchas horas se esforzó obstinadamente
en librarse de sus ataduras. Al final, tirando con
fuerza, rompió una de las vendas, liberó las piernas y,
deslizándose por debajo de las otras, comenzó a pasearse
por la habitación con las manos atadas, voceando
salvajemente un discurso incomprensible.
—¡Ay, tú! —gritó el guarda que entraba—. ¡Qué
demonio viene en tu ayuda! ¡Gritsko! ¡Iván! ¡Vengan
rápido, que se ha soltado!
Los tres a la vez se lanzaron sobre el enfermo, y
comenzó la batalla, penosa para los atacantes y dolorosa
para la persona que se defendía, que gastaba el resto de
sus exiguas fuerzas. Por fin, lo tumbaron en la cama y lo
ataron más fuerte que antes.
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—¡Ustedes no saben lo que están haciendo! —gritaba
el enfermo, sin aliento—. ¡Morirán! He visto la tercera,
apenas abierta. Ahora ya está preparada. ¡Déjenme
terminar el asunto! ¡Es necesario matarla, matar! ¡Matar!
Entonces todo habrá acabado, todo habrá sido salvado.
Podría enviarlos a ustedes, pero esto únicamente puedo
hacerlo yo solo. Ustedes morirían al primer contacto.
—¡Calle, señor, calle! —dijo el guarda mayor, que se
había quedado de servicio al lado de la cama.
El enfermo de repente se calló. Había decidido engañar
a los guardas. Lo retuvieron atado todo el día y lo dejaron
de la misma manera por la noche. Una vez le hubo dado
la cena, el guarda extendió algo al lado de la cama y se
echó. Al minuto estaba profundamente dormido, y el
enfermo se puso a la tarea.
Encorvó todo el cuerpo para tocar el travesaño
longitudinal de hierro de la cama y, palpándolo con la
mano oculta en la larga manga de la camisa de fuerza,
comenzó a frotar rápido y fuerte la manga sobre el
hierro. Al cabo de un rato, la gruesa lona cedió y él liberó
el dedo índice. A partir de entonces la cosa fue más
rápida. Con una habilidad y flexibilidad absolutamente
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increíbles, incluso para una persona sana, deshizo el
nudo de la espalda que tensaba las mangas, desató la
camisa y después prestó atención durante un largo rato
a los ronquidos del guarda, pero el anciano dormía
profundamente. El enfermo se quitó la camisa y se soltó
de la cama. Era libre. Intentó abrir la puerta: estaba
cerrada por dentro, y la llave, probablemente, reposaba
en el bolsillo del guarda. Por temor a despertarlo, no
se atrevió a registrarle los bolsillos y decidió huir de la
habitación por la ventana.
Era una noche tranquila, templada y oscura; la
ventana estaba abierta; las estrellas brillaban en el
cielo negro. Las miró, distinguiendo las constelaciones
conocidas y alegrándose de que ellas, según le parecía a
él, le entendieran y compartieran sus ideas. Entornando
los ojos, vio los infinitos rayos que le enviaban, y su loca
decisión se acrecentó. Era necesario retirar la gruesa
barra de la verja de hierro, colarse por el estrecho agujero
hacia el callejón cubierto de arbustos, saltar la alta cerca
de piedra. Allí tendría lugar la última batalla, aunque
después llegara la muerte.
Probó a doblar la gruesa barra con las manos
desnudas, pero el hierro no cedía. Entonces, retorciendo
las resistentes mangas de la camisa de fuerza como una
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cuerda, la enganchó a la punta de lanza forjada al final de la
barra y colgó de ella todo el cuerpo. Después de esfuerzos
desesperados, casi agotadores de sus últimas fuerzas, la
punta de lanza se encorvó; se había abierto un estrecho
paso. Se metió a través de él; arañándose los hombros,
los codos y las rodillas desnudas, pasó entre los arbustos
y se paró ante el muro. Todo estaba tranquilo, las luces de
las lamparillas iluminaban débilmente desde el interior
de las ventanas del edificio grande; no se veía en ellas a
nadie. Nadie lo había visto; el anciano, de guardia al lado
de su cama, a buen seguro dormía profundamente. Los
rayos de las estrellas titilaban cariñosamente, penetrando
hasta su mismo corazón.
—Me voy con ustedes —susurró mirando al cielo.
Habiendo caído tras el primer intento, con las uñas
rotas, las manos y las rodillas ensangrentadas, se puso
a buscar un lugar más cómodo. Allí donde la cerca se
unía con la pared del depósito de cadáveres, de la cerca
y de la pared habían caído algunos ladrillos. El enfermo
los palpó y se aprovechó de ellos. Escaló la cerca, se
agarró a las ramas del olmo que crecía al otro lado y
silenciosamente bajó por el árbol a la tierra.
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Se lanzó hacia un lugar conocido cerca del porche.
La flor había oscurecido su cabeza, plegando los pétalos
y diferenciándose claramente en la hierba cubierta de
rocío.
—¡La última! —susurró el enfermo—. ¡La última! Hoy
victoria o muerte. Pero eso a mí ya me da igual. Esperen
—dijo mirando al cielo—, pronto estaré con ustedes.
Arrancó la planta, la deshizo, la aplastó y, sujetándola
en la mano, se volvió por el mismo camino a su habitación.
El anciano dormía. El enfermo, apenas hubo llegado a la
cama, cayó sobre ella sin sentido.
Por la mañana lo encontraron muerto. Su rostro estaba
tranquilo y luminoso; los rasgos exhaustos, con los labios
finos y los ojos cerrados profundamente hundidos,
expresaban una especie de orgullosa felicidad. Cuando
lo pusieron en la camilla, trataron de abrirle la mano y
quitarle la flor roja, pero la mano estaba entumecida, y se
llevó su trofeo a la tumba.
Año 1883
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