LA EUCARISTIA
CAPITULO 1
GENERALIDADES
¿Qué es la Eucaristía?
La Eucaristía, es un sacramento que contiene verdadera,
real y substancialmente al mismo Jesucristo, con su cuerpo,
sangre, alma y divinidad, bajo las especies de pan y vino.
Se dice: 1º. Que contiene al mismo Jesucristo, esto es, al
que nació de María Santísima y murió en la cruz; y lo
contiene entero, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
2º. Lo contiene: a) verdaderamente, y no sólo por la fe,
porque lo creemos así. b) Realmente, esto es en su realidad
y no como mero símbolo o figura. c) Substancialmente esto
es sólo con su poder y su gracia, como en los demás
sacramentos sino con su misma sustancia. Estos tres
términos los emplea el Concilio de Trento para condenar
diversos errores protestantes.
3º. Bajo las especies de pan y vino; porque en la Eucaristía
no percibimos a Cristo, sino sólo los accidentes que lo
ocultan.
Errores
A) Antes del protestantismo la presencia real de Cristo en
la Eucaristía fue negada aisladamente por algunos:
Berengario, en el siglo XII, quien se retractó; los Albigenses,
en el XIII, y Wideff. Según parece, precursor del
Protestantismo, en el XIV. Fueron errores aislados y de poca
trascendencia.
B) De los protestantes, unos niegan rotundamente la
presencia real de Cristo; otros la admiten pero con graves
errores.
1° Niegan la real presencia de Cristo: a) Zainglo, quien
enseñó que la Eucaristía es una mera figura de Cristo; b)
Calvino, para quien Cristo está en la Eucaristía por su poder,
pero no substancialmente; c) muchos otros protestantes que
enseñan que la Eucaristía es un simple símbolo de la pasión
de Cristo, o que éste sólo existe en ella por la fe, esto es,
porque lo creemos así.
2° Explican erróneamente la presencia real de Cristo en la
Eucaristía: a) Lutero, quien admite que en la Eucaristía
existen al mismo tiempo la sustancia del pan y la del vino
junto con el cuerpo de Cristo, error que hoy admiten muchos
protestantes. b) Osiandro, que admitió la impanación, o sea
la unión personal o hipostática entre el pan y el Cuerpo de
Cristo. c) Algunas sectas protestantes que admiten la
existencia de Cristo en la Eucaristía sólo cuando se recibe
en la Comunión, enseñando que no perdura en las Hostias
consagradas que se guardan después de la Misa.
Nombres y figuras de la Eucaristía. División del tratado
1° Eucaristía significa buena gracia, gracia excelente;
llamase así: a) porque contiene a Jesucristo, fuente de toda
gracia; b) porque por ella damos a Cristo debidas gracias por
sus beneficios.
La Eucaristía tiene muchos otros nombres. Se le llama: a)
Santísimo, o Santísimo Sacramento, a causa de su dignidad;
b) Pan de vida, Pan de los ángeles, sagrado Pan, por la
materia de dicho sacramento; e) Comunión, que significa
comunicación o participación, porque nos comunica o
participa el cuerpo de Cristo; d) Sagrada Mesa,
Sagrado Banquete, Sacramento del Altar, Sagrada Cena, por
el lugar en que se recibe o en que se instituyó.
2° Sus principales figuras son: a) el cordero pascual, cuya
sangre libro de la muerte a los israelitas; b) el sacrificio de
Melquisedec, quien ofreció a Dios pan y vino. c) el maná,
que mantuvo a los israelitas a través del desierto.
3° Podemos considerar a Cristo en la Eucaristía de tres
maneras: en cuanto en ella se contiene, se ofrece y se
recibe; a) En cuanto en ella se contiene Cristo. tenemos la
presencia real; b) En cuanto en ella se ofrece Cristo,
hallamos el sacrificio de la Misa; c) En cuanto en ella se
recibe Cristo, encontramos el sacramento de la Comunión.
Dividiremos pues, en estas tres partes, nuestro estudio.
CAPITULO II - LA PRESENCIA REAL
En la. Eucaristía está presente Nuestro Señor Jesucristo,
con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, oculto bajo las
especies de pan y vino.
Lo sabemos así, a) por las palabras con que prometió su
institución: b) por las palabras con que la instituyó; c) por la
enseñanza de San Pablo sobre el uso de ella; d) por la
doctrina de la Tradición y de la Iglesia.
a) En San Juan encontramos el discurso en que Jesús
prometió de modo claro y preciso la institución de la
Eucaristía; b) San Mateo, San Marcos y San Lucas nos
describen su misma institución; y c) San Pablo reprende a los
cristianos que hacen mal uso de ella. Consta de un modo tan
claro en la Escritura la institución de la Eucaristía, que ni el
mismo Lutero se atrevió a negarla.
1° La promesa de la Eucaristía
Cristo prometió la institución de la Eucaristía con estas
palabras. El día siguiente de la multiplicación de los panes
dijo a los judíos: "El pan que os daré es mi misma carne para
la vida del mundo". Aquellos admirados se preguntaban:
"¿Cómo puede darnos a comer su misma carne?". Jesucristo
insistió diciendo: "En verdad os digo que si no comiereis la
carne del Hijo del hombre, y no bebiereis su sangre, no
tendréis vida en vosotros, Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida".
Todo el capítulo VI de San Juan, desde el versículo 22
hasta el 72 es un largo discurso de Cristo, en que promete la
institución de la Eucaristía. Los judíos que no comprendían
cómo podían darles a comer su cuerpo, se escandalizaron y
decían: "Dura es esta doctrina y ¿quién puede escucharla?"
Y muchos de sus discípulos dejaron de seguirlo. Entonces
Jesús preguntó a los doce: "Y vosotros también quereis
retiraros?", y San Pedro le dio esta admirable respuesta:
"Señor, ¿a quién iremos? ¡Sólo tú tienes palabras de vida
eterna!” Se ve, pues, que Jesucristo, más bien que rectificar
sus palabras, permitió que muchos discípulos se le retiraran.
2° Institución de la Eucaristía
Cristo instituyó la Eucaristía de la siguiente manera: En la
última Cena, tomó pan en sus manos, lo bendijo, lo partió y lo
dio a sus discípulos diciendo: "Tomad y comed; este es mi
cuerpo". Tomó en seguida el cáliz con vino, lo bendijo y lo
distribuyó diciéndoles: "Bebed todos de él; esta. es mi
sangre. Haced esto en memoria mía". Así nos lo narran
San Mateo, San Lucas y San Marcos. (Mt. 26, 26. Luc. 21,
19, Mc. 14, 22).
Sobre estas palabras debemos advertir: a) Que las hemos
de tomar en su sentido natural. No dijo el Señor: "Esta es la
figura, o la imagen, o la virtud de mi cuerpo"; sino "este es mi
cuerpo", enseñando con evidencia su presencia real en la
Eucaristía; b) Si Cristo hubiera usado equívocos o palabras
figuradas, hubiera engañado a la Iglesia y a todos los fieles
de todos los siglos; lo que no podemos admitir.
Estas palabras tomadas en su sentido natural son tan
claras como las que más en el Evangelio. Por el contrario, si
se toman en sentido figurado, son tan difíciles de explicar,
que se han dado sobre ellas más de doscientas explicaciones
por los protestantes, encontrando cada quien deficiente la
interpretación de los demás. Así Lutero quiere que se
interprete: Aquí está mi cuerpo, (Junto con el pan); Zuinglio:
Esta es la imagen de mi cuerpo; Calvino: Esta es la virtud de
mi cuerpo, etc., etc.,
Tales interpretaciones son todas forzadas, y desfiguran el
sentido claro y natural de las palabras.
3° Uso de la Eucaristía
Si San Juan nos describe la promesa de la Eucaristía, y
los otros evangelistas su institución, San Pablo se refiere al
uso que ya en su tiempo hacían los cristianos de la
comunión. "Por ventura, pregunta a los Corintios, el cáliz de
bendición no es la participación de la sangre del Señor? ¿Y el
pan que partimos no es la participación del cuerpo de
Cristo?" (1 Cor. 10, 16).
En otro lugar reprocha con encendidas palabras a los que
se atreven a comulgar indignamente: "Examínese cada uno
antes de llegarse a comer este pan y a beber este cáliz,
porque el que lo come y bebe indignamente se come y se
bebe su propia condenación, por no respetar el cuerpo del
Señor". "El que come este pan o bebe de este cáliz
indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor"
(id. II, 26, 28). Es imposible expresarse con mayor claridad.
4° La Tradición y enseñanza de la Iglesia
La doctrina de todos los padres de la Iglesia es clara y
unánime sobre esta materia, Respecto a la enseñanza de la
Iglesia, bástenos decir que la Eucaristía ha sido en todo
tiempo el centro del culto católico, y citar estas palabras del
Concilio de Trento: "Si alguno niega que en la Eucaristía se
contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la
sangre de Cristo, juntamente con su alma y divinidad: y por
consiguiente todo Jesucristo, o afirma que sólo está en él
como un signo o figura, o por su poder, sea anatema"
Además la presencia real se prueba por la fe de los
cristianos de veinte siglos, y por numerosos milagros.
Conclusiones contra la doctrina protestante
No hay dogma más claramente comprobado en la
Escritura, ni creencia más arraigada en la Iglesia, ni práctica
más incorporada a la vida cristiana, desde los primeros
siglos, que la Eucaristía.
De donde deducimos tres consecuencias importantes:
1ª El libre examen lleva hasta las más infundadas
negaciones.
2ª El Protestantismo, cuando se trata de defender sus
errores, no vacila en afirmar lo contrario de lo que enseña la
Escritura; y de lo que la Iglesia universal creyó y profesó
constantemente durante 14 siglos.
3ª No cabe comparación entre las doctrinas protestantes,
múltiples, forzadas, contradictorias; y la doctrina católica, una
e invariable desde Cristo Y los Apóstoles.
Art. 2° MODO DE VERIFICARSE LA PRESENCIA REAL
En la Eucaristía encontramos muchos misterios. Ella ha
sido llamada por excelencia "el misterio de fe"; y el Concilio
de Trento nos alerta que "ha de ser creído con piedad, no
escudriñado con curiosidad”
Nuevamente hemos de repetir aquí que no creemos una
verdad porque la comprendamos, sino porque Dios nos la ha
revelado en forma que no da lugar a duda prudente.
Los teólogos se ocupan de los misterios que encierra la
Eucaristía, no para dar de ellos una explicación adecuada,
pero sí para probar que no hay para este dogma
contradicción ninguna con la razón humana.
Desgraciadamente no podremos muchas veces seguirlos en
su argumentación, porque ésta supone el conocimiento de
los más difíciles problemas de la filosofía.
Advirtamos por último que en la Eucaristía no podemos
juzgar por lo que nos dicten los sentidos, sino por las
enseñanzas de la fe.
Los cinco principales misterios de la Eucaristía son: a)
Cómo se convierten la hostia y el vino en el cuerpo de Cristo;
b) cómo permanecen los accidentes de pan y vino sin su
sustancia c) cómo está el cuerpo de Cristo en la Hostia; d)
cómo está Cristo entero bajo cada especie; y e) cómo está
presente a la vez en el cielo y en todas las hostias
Consagradas.
A) LA TRANSUBSTANCIACION
El primer milagro de la Eucaristía es la transubstanciación.
Esta consiste en el cambio o conversión de toda la sustancia
del pan en el cuerpo de Cristo, y de toda la sustancia del vino
en su sangre preciosa, en virtud de las palabras de la
consagración.
Como se ve, transubstanciación significa cambio de una
sustancia en otra.
La transubstanciación se verifica en el momento mismo en
que el sacerdote pronuncia sobre el pan y el vino las
palabras: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre". De manera
que después de estas palabras no existen ya ni la sustancia
del pan ni la del vino; sólo existen sus especies o apariencias
exteriores: olor, color, sabor, etc.
Precisando más este misterio, digamos que en la
Eucaristía:
1° No hay: a) aniquilamiento de la sustancia del pan,
porque ésta no destruye; b) ni creación del cuerpo de Cristo,
porque éste no es producido de la nada; c) ni aducción del
cuerpo de Cristo del cielo a la tierra.
2° Lo que hay es la conversión de toda la sustancia del
pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo, obrada por el
poder infinito de Dios.
Hablando con propiedad el Verbo divino bajó del cielo a la
tierra para la Encarnación,
pero no baja para la Eucaristía. En ésta hay una conversión
de una sustancia en otra, que se realiza en la tierra.
Tenemos en la naturaleza ejemplos de conversión de una
sustancia en otra; p. c. el alimento se cambia en nuestra
carne y sangre, y la semilla en el árbol. Pero en estos casos
no hay milagro, porque la transformación se hace lentamente,
y con el concurso de medios naturales.
Cristo no sufre en la Eucaristía ninguna mutación; toda la
mutación se realiza en el pan y en el vino; Cristo permanece
inmutable.
B) PERMANENCIA DE LOS ACCIDENTES
El segundo milagro de la Eucaristía es que los accidentes o
especies de pan y vino, a saber, el olor, color, sabor, peso,
figura, etc., permanecen sin estar apoyados en ninguna
sustancia.
Precisemos los términos: a) sustancia es el ser que existe
en sí mismo; p. e. un libro; b) Accidente es el ser que no
puede existir en sí mismo sino en otro: p. c. el color, olor,
extensión, etc.
Así es siempre una cosa la que es blanca o negra, olorosa,
grande o pequeña, etc. y al desaparecer la cosa,
desaparecen los accidentes que tenían asiento en ella.
En la Eucaristía los accidentes de pan y vino permanecen
sin estar apoyados en ninguna sustancia. En efecto, a) no
están apoyados en la sustancia de pan y vino que ya no
existen; b) tampoco pueden estarlo en el cuerpo de Cristo.
Permanecen, pues, separados de su sustancia por el poder
infinito de Dios que los sostiene.
La explicación más admitida entre los teólogos es que Dios
sostiene milagrosamente el accidente de cantidad; y que en
la cantidad se apoyan, sin necesidad de nuevo milagro, los
demás accidentes.
Advirtamos que las especies conservan sus cualidades
naturales, y siguen siendo sensibles, nutritivas, divisibles,
corruptibles, etc. Es decir, sufren las mismas alteraciones
que si fueran pan y vino.
C) COMO ESTA EL CUERPO DE CRISTO
El tercer milagro de la Eucaristía es cómo una pequeña
hostia contenga todo el cuerpo de Cristo.
Jesucristo no se encuentra presente en la hostia a la
manera de los cuerpos, sino a la manera de las sustancias;
a) los cuerpos ocupan extensión material; y así, a cada parte
del cuerpo corresponde una parte del lugar. P. c. el espacio
que ocupa mi pie no es mismo que el que ocupa mi mano; b)
La sustancia no ocupa extensión material; de modo que está
toda entera en cada parte del lugar. Así, la sustancia del
agua se encuentra tanto en una gota como en el océano.
Notas: 1ª El cuerpo de Cristo, enseña Santo Tomás, no
está localmente sino en el cielo. En la Eucaristía está como
las sustancias.
2ª El Catecismo romano declara: "No decimos que Cristo
esté en este Sacramento como grande o pequeño, que es lo
que pertenece a la cantidad, sino al modo de la sustancia.
Porque la sustancia del pan se convierte, no en la cantidad
pequeña o grande de Cristo, sino en su sustancia. Y nadie
duda que la sustancia se halla igualmente en un espacio
reducido que en uno grande".
3ª Por no tener Cristo en la Eucaristía extensión local, no
puede ni ejercer, ni sufrir aquellas operaciones que exigen
dicha extensión local, como conocer o ser conocido por
medio de los sentidos, moverse, etc.; pero sí puede hacer
uso de su inteligencia y voluntad, que no exigen extensión
local para sus operaciones.
Al dividirse la hostia está en cada fragmento de ella todo
Cristo.
Así como la sustancia del pan está lo mismo en un pan
grande que en una miga; y la sustancia del vino lo mismo en
un vaso de vino que en una gota de él; así Jesucristo está
todo entero en cada partícula consagrada de pan y de vino.
Esto lo demuestra la Escritura, pues Jesucristo consagró de
una vez todo el pan y todo el vino, y lo distribuyó a los
Apóstoles, diciéndoles: "Tomad y repartidlo entre vosotros".
(Mt. 26, 26).
Estas palabras indican con evidencia que todo Nuestro
Señor estaba completo en la parte del pan y del vino que le
correspondió a cada Apóstol.
D) CRISTO ESTA TODO BAJO CADA ESPECIE
No está únicamente el cuerpo de Cristo bajo la especie de
pan, ni únicamente su sangre bajo la especie de vino; sino
que tanto bajo la especie de pan, como bajo la de vino, está
Jesucristo entero, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Y
éste es el cuarto misterio de la Eucaristía.
El sacerdote consagra separadamente el pan y el vino; y
llama cuerpo de Cristo lo que está bajo la especie de pan, y
sangre de Cristo lo que está bajo la del vino, para representar
mejor la muerte de Cristo. Pero, como Cristo ya no puede
morir, es necesario que tanto en la hostia como en el cáliz
esté todo entero; sin que su cuerpo, su sangre, su alma y su
divinidad puedan ya separarse.
El cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Cristo están
presentes bajo cada especie por diversos motivos; a saber:
ya en virtud de las palabras de la consagración, ya por la
unión natural que hay entre las partes de un cuerpo vivo, ya
por la unión del Verbo divino con la naturaleza humana.
1° En virtud de las palabras de la consagración está en la
hostia el santo cuerpo de Cristo, y en el cáliz su sangre.
2° Por la unión natural propia del cuerpo vivo, están en la
hostia, junto con el cuerpo de Cristo, su sangre y su alma; y
está en el cáliz, junto con la sangre de Cristo, su cuerpo y su
alma.
3° Por último, por la unión con el Verbo, está en la hostia
y en el cáliz, junto con el cuerpo, la sangre y el alma de
Cristo, también su divinidad; pues Cristo no puede dejar de
ser Dios.
La unión del cuerpo con la sangre y el alma de Cristo se
llama natural, o de natural concomitancia, esto es, de natural
juntamiento: porque es natural al cuerpo vivo la unión con la
sangre y el alma.
La unión del cuerpo, sangre y alma de Cristo. o sea de su
naturaleza humana con el Verbo, se llama unión hipostática o
personal, como vimos en el dogma.
Las tres divinas personas se hallan en la Eucaristía; pues
como todas tres tienen una misma naturaleza, donde está la
una, están las otras.
E) CRISTO MULTIPLICA SU PRESENCIA
Jesucristo no deja de estar en el cielo cuando está en la
hostia, sino que está al mismo tiempo en el cielo y en todas
las hostias consagradas. Y éste es el quinto misterio de la
Eucaristía.
En el ciclo está con la cantidad y dimensiones naturales de
su cuerpo y en forma visible; en la Eucaristía a modo de las
sustancias y en forma invisible; pero de una manera viva.
substancial y real.
a) No es el cuerpo de Cristo el que se multiplica, sino su
presencia. No hay muchos Cristos; sino que un solo Cristo se
hace presente en varios lugares, como un mismo sol está
presente en los diversos puntos del globo.
b) Al partirse la hostia se parten únicamente las especies
sacramentales; el cuerpo de Cristo permanece entero en
cada fragmento.
EXCELENCIA Y CULTO DE LA EUCARlSTÍA
La Eucaristía es excelente sobre toda ponderación: a)
porque encierra realmente al mismo Jesucristo; b) porque es
el prodigio más portentoso del poder, amor y sabiduría de
Dios.
Por estar en ella Cristo realmente presente, merece culto
directo de adoración; y por eso ante ella doblamos la rodilla.
La Eucaristía se guarda en las iglesias para ser adorada
por los fieles, y llevada a los enfermos cuando fuere
necesario.
CAPITULO III
LA EUCARISTIA COMO SACRAMENTO
GENERALIDADES
En la Eucaristía encontramos las tres condiciones de todo
sacramento signo sensible, institución de Cristo, producción
de la gracia.
1° El signo sensible de la Eucaristía son las especies de
pan y de vino, que denotan el carácter de alimento de la
Eucaristía.
2° Cristo instituyó la Eucaristía en la última Cena,
momentos antes de su pasión. Quiso instituirla entonces, por
tres motivos: a) porque habiéndonos de abandonar con su
presencia terrena, quiso acompañarnos con su presencia
sacramental: b) para que tuviéramos un recuerdo perpetuo
de su pasión; c) porque el último recuerdo y palabras de un
moribundo se reciben con mayor respeto y amor.
3° La gracia propia de la Eucaristía es alimentar y
fortalecer nuestras almas, haciéndolas dignas de la vida
eterna: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida
eterna". (Juan, 6, 55).
Entre la Eucaristía y los demás sacramentos hay estas
diferencias: a) Los demás sacramentos sólo nos dan la
gracia; la Eucaristía, al mismo autor de la gracia; b) los
demás son transitorios, terminan en el acto que los produce;
la Eucaristía es permanente; c) la Eucaristía es a la vez sa-
cramento y el sacrificio de la nueva Ley.
ELEMENTOS DE LA EUCARISTIA
1° La materia es pan de trigo y vino de vid. Cristo escogió
esta materia para damos a comprender: a) que la Eucaristía
es el alimento de nuestras almas; y b) que así como el pan se
hace con la unión de muchos granos de trigo y el vino con la
unión de muchas uvas; así nosotros debemos vivir
íntimamente unidos con El y unos con otros.
Las hostias se hacen de pan sin levadura, en recuerdo de
la Cena del Señor, en que se empleó pan sin levadura, como
era uso tradicional entre los judíos.
No se puede utilizar la llamada harina del Norte para las
hostias, por venir mezclada con harina de maíz, papas, etc.
Hay también gran cantidad de vinos artificiales, que no son
de uva pura, y que no pueden usarse para la Misa. Hoy día
se imitan los vinos con tanta facilidad, que no queda otro
recurso que atenerse a la honorabilidad de la casa fabricante
y de la persona que los importa. Conviene, pues, comprarlos
en las Curias episcopales. Como se trata de la validez de un
sacramento debe procederse con estricta cautela.
2° La forma son las palabras de la consagración: "Este es
mi cuerpo, esta es mi sangre".
Aunque haya dos materias y dos formas, no hay sin
embargo, sino un solo sacramento, porque, como la comida y
bebida hacen una sola refección, así el cuerpo y el alma de
Cristo, un solo sacramento.
3° El ministro es el sacerdote, heredero por la ordenación
de los Apóstoles a quienes Cristo dijo: "Haced esto en mi
memoria". (Luc. 22, 19).
4° El sujeto es todo bautizado, aunque la Iglesia prohíbe
darla a los niños, dementes, sordomudos no instruidos y
pecadores públicos.
LA COMUNIÓN
A) SU NATURALEZA
Comunión es la recepción de Jesucristo, presente en la
Eucaristía, para ser nuestro mantenimiento espiritual.
Comunión significa unión común, comunicación; y denota la
unión íntima que se establece entre Cristo y nuestra alma.
En la comunión, el cuerpo de Cristo:
1° No es dividido, consumido o digerido por el que lo
recibe; sino que son las especies las que se dividen,
consumen y digieren.
2° Permanece en nosotros: a) con su gracia mientras no
se peca mortalmente; b) corporalmente, mientras duran las
especies.
Desapareciendo las especies, desaparece el signo
.sensible y en consecuencia el sacramento.
La fórmula para la comunión es: "Que el cuerpo de Cristo
custodie tu alma hasta la vida eterna: Amén".
B) OBLIGACION DE COMULGAR
La comunión nos obliga por precepto divino y eclesiástico:
1° Cristo nos lo impuso claramente: "Si no comiereis mi
carne, y no bebiereis mi sangre, no tendréis vida en
vosotros”. (Juan, 6, 54),
2° La Iglesia nos obliga a comulgar por lo menos una vez
en el año, por Pascua de Resurrección, y en peligro de
muerte.
La primera comunión. El santo Viático
1° Obliga la primera comunión cuando el niño llega a la
edad de la razón, o sea, hacia los siete años.
Hay obligación de hacerla antes, si el niño con seguridad
llega al uso de la razón antes de alcanzar la edad.
Este deber recae sobre el niño y los que deben cuidar de
él: sus padres, o quienes hacen sus veces, confesor,
maestros y párroco.
Para ella basta el conocimiento de las verdades
fundamentales de la Religión; después el niño seguirá
aprendiendo el catecismo.
2° Llámase Viático la comunión que reciben los enfermos
en peligro de muerte. Se llama Viático, palabra que significa
avío, preparativo de viaje, porque es el mejor apresto al viaje
de la eternidad.
La fórmula del santo Viático es: "Recibe, hermano carísimo
el viático del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, para que te
defienda del enemigo maligno y te conduzca a la vida
eterna".
Nota: a) El viático puede recibirse varias veces en la misma
enfermedad. b) Para la comunión por viático es necesario
preparar una mesa decentemente cubierta, un vasito con
agua, y dos ceras encendidas. Después de la comunión el
sacerdote purifica los dedos en el vaso, y le da a tomar el
agua al enfermo. c) En la comunión por viático no obliga el
ayuno eucarístico.
Disposiciones para comulgar
Es necesario que nos dispongamos convenientemente a
comulgar, ya porque no puede haber acción más grande que
recibir el cuerpo de Cristo, ya porque de la disposición
depende el fruto que recibamos.
Las disposiciones necesarias son: por parte del alma, el
estado de gracia y la pureza de intención; y por parte del
cuerpo, el ayuno y la debida decencia.
C) DISPOSICIONES POR PARTE DEL ALMA
1ª Se requiere el estado de gracia, por ser la comunión
sacramento de vivos, y por el gran respeto que nos merece el
cuerpo de Cristo.
Quien ,comulga en pecado mortal, comete gravísimo
sacrilegio. "Quien come este pan o bebe el cáliz del Señor
indignamente, reo será del cuerpo y de la sangre del Señor, y
se come y se bebe su propia condenación “ (San Pablo I Cor.
11, 27 Y 29).
Quien está en pecado mortal debe confesarse antes de
comulgar, pues la Iglesia dispuso que en este caso no basta
el acto de contrición.
Por excepción, sólo en dos casos bastaría el acto de
contrición: a) Cuando hay urgencia de comulgar y falta el
confesor, como si alguno está en peligro de muerte y no hay
sacerdote, pero sí diácono que le lleve la comunión. b) Si ya
en el comulgatorio se acuerda de un pecado cometido
después de la última confesión, y no puede retirarse sin
escándalo o peligro de infamia..
Quien olvidó acusar un pecado mortal, puede comulgar,
aun varias veces porque este pecado ya está perdonado
indirectamente; pero debe acusarlo directamente en la
próxima confesión.
Quien tiene pecados veniales plenamente advertidos, o
pecados mortales dudosos, puede comulgar; conviénele, sí,
para mayor provecho, excitarse antes a la perfecta contrición.
2ª La pureza de intención consiste en acercamos a
comulgar, no por rutina, vanidad u otros móviles humanos;
sino por cumplir la voluntad de Dios, unirnos más
estrechamente a él, y remediar con esa celestial medicina
nuestras flaquezas y defectos.
Quien se acercara a comulgar en gracia de Dios, pero con
intención torcida, disminuiría mucho el mérito de su
comunión; y si el fin torcido fuera exclusivo, dañaría por
completo el mérito de ella, haciéndola infructuosa.
Disposiciones de conveniencia
Son principalmente dos: la preparación y la acción de
gracias.
1° La preparación a la comunión consiste en disponernos
a recibir dignamente al Señor en nuestra alma, procurando
excitar en ella afectos de fe viva, humildad, deseo, amor y
confianza.
Ayudan a excitar estos efectos las siguientes reflexiones: a)
¿Quién viene a mí? Cristo, mi Dios, mi creador. mi redentor;
animándome, en consecuencia una fe viva. b) ¿A quien
viene? A mí, pecador ingrato, lleno de miserias; excitándome
a sentimientos de humildad. e) ¿Cómo viene? Con gran amor
y ardiente deseo de unirse a mí; moviéndome a
corresponderle con amor y deseo. d) ¿Para qué viene? Para
enriquecerme con sus gracias, fortalecerme, consolarme:
excitándome a gran confianza en su misericordia.
2° La acción de gracias consiste en recogerse
interiormente, agradeciendo a Dios tan excelente beneficio; y
renovando en nosotros los sentimientos de fe, adoración,
amor, confianza, etc. .
"La acción de gracias, dice Santa Teresa, es el tiempo más
conveniente para negociar con Cristo". Es entonces cuando
está más dispuesto a darnos la abundancia de sus gracias; y
hemos de procurar aprovecharlo bien.
D) DISPOSICIONES DE PARTE DEL CUERPO
1° El ayuno eucarístico consiste en no haber comido ni
bebido nada desde las 12 de la noche anterior, excepto agua
natural, por respeto al sacramento. La obligación del ayuno
eucarístico es: a) grave, pues obliga bajo pecado mortal; b)
muy estricta, porque no admite parvedad de materia: Se
quebranta pues con muy pequeña cantidad de alimento o
bebida, o con cualquier remedio que se tome, aunque sea
inadvertidamente.
Para que una cosa quebrante el ayuno, se requiere: a) que
sea digerible; no lo quebranta, pues, una cuentecita que se
pase; b) que venga del exterior; no lo quebranta la saliva, la
sangre de las encías o algún residuo de alimento que quedó
entre los dientes; e) que se tome por modo de manjar, bebida
o remedio. No obstan, pues, a la comunión algún mosquito
tragado al respirar, o algunas gotas de agua ingeridas,
involuntariamente al enjuagar la boca.
Es permitido comulgar sin estar en ayunas; 1) cuando la
comunión se lleva por viático, esto es, a un enfermo que está
en peligro de muerte; 2) cuando hay necesidad de evitar
alguna profanación del sacramento; 3) por disposición
reciente de la Santa Sede, en ciertas circunstancias a saber:
a) Los enfermos pueden comulgar después de haber
recibido medicina o bebida, si por grave incomodidad -
reconocida por el confesor- no pueden permanecer
completamente en ayunas.
Como se ve, no se trata del viático o comunión en peligro
de muerte, en cuyo caso, no obliga el ayuno.
b) El que comulga en hora tardía, o después de un largo
camino o de un trabajo debilitante, puede tomar alguna
bebida hasta una hora antes de comulgar, en caso de que
sufra grave incomodidad -reconocida por el confesor- en
observar completamente el ayuno.
c) En las misas vespertinas puede comulgar quien se ha
abstenido de alimentos sólidos por tres horas, y de bebidas
por una hora antes.
Observaciones:
1) El permiso de tomar líquidos no se extiende a las
bebidas alcohólicas.
2) En los dos primeros casos es necesario que un
sacerdote aprobado para oír confesiones intervenga para
declarar que sí hay causa que excuse del ayuno.
2° El respeto debido a este sacramento exige que los que
lo reciben se presenten con limpieza y decencia en la
persona y vestidos.
Pecaría venialmente quien por negligencia se acercara con
notable desaseo o descuido en la persona o vestido. Peca
más gravemente la mujer que se presenta a comulgar con
vestidos deshonestos, porque ofende la divina majestad.
Modo de comulgar
Conviene acercarse a comulgar con los ojos bajos, las
manos juntas y sin precipitación. Quien se acerca al
comulgatorio hace genuflexión frente al altar, y se pone de
rodillas en el comulgatorio con la cabeza ligeramente
levantada y los ojos bajos. Al tiempo de recibir la sagrada
forma, abre moderadamente la boca, saca un poco la lengua,
y aguarda a que el sacerdote ponga en ella la hostia. Al
retirarse, hace genuflexión, deja humedecer un tanto la
sagrada forma y la pasa antes de que se disuelva en la
lengua. Escupir, pasada la hostia, no es pecado.
Defectos que deben evitarse al comulgar. Acercarse con
precipitación, empujarse y arrebatarse los puestos en el
comulgatorio, (En las comuniones numerosas, no deben
llegar todos al tiempo, porque la aglomeración viene a ser un
grave estorbo). Bajar mucho la cabeza, de modo que el
sacerdote dé la comunión a tientas; no abrir suficientemente
la boca, no sacar la lengua, o bien sacarla demasiado, cosas
fastidiosas, fácilmente el dedo del sacerdote se moja de
saliva; mover la cabeza y la boca al encuentro de la sagrada
forma, como si la fueran a morder, defecto bastante común y
molesto.
E) EFECTOS DE LA COMUNIÓN
1° En nuestra alma: El efecto principal es alimentada,
como el manjar material nutre nuestro cuerpo. “Mi carne es
verdadera comida y mi sangre verdadera bebida", (Juan,
6, 56) dice el Salvador. Además:
a) Nos une a Dios, con la unión más Íntima y estrecha.
b) Perdona los pecados veniales, por el aumento de
gracia que trae.
e) Preserva de los mortales, porque fortifica nuestra
alma.
d) Es fuente de paz y de consuelo para las almas que
la reciben con fervor, aunque este efecto no es
esencial y a veces Dios lo retira.
2° En nuestro cuerpo,
a) Debilita la concupiscencia, no directamente, sino
indirectamente, en cuanto "El aumento de la caridad
trae la disminución de la sensualidad", (San Agustín).
b) Es prenda de su resurrección y gloria futura. Así
dice Cristo: "El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día"
(Juan. 6. 55),
La comunión frecuente. Comunión espiritual
Siendo tan saludable la comunión, la Iglesia la recomienda
sobremanera; y no exige como condiciones indispensables
para la comunión frecuente y aún diaria, sino el estado de
gracia y la pureza de intención, Sin embargo, para que sea
más provechosa aconseja tres condiciones más: a) ausencia
de pecado venial plenamente deliberado (que se puede
borrar de muchos modos); b) preparación y acción de gracias
convenientes; c) consejo del confesor.
Si estas condiciones no se ponen en práctica, se llega
fácilmente a comuniones tibias, hechas por pura rutina, que
poco o ningún fruto dejan en el alma.
La comunión espiritual consiste en un vivo deseo de
recibir en espíritu a Cristo, cuando no podemos
sacramentalmente; acompañado de sentimientos de fe, amor,
humildad, confianza, etc.
CAPITULO IV - LA EUCARISTIA COMO SACRIFICIO
DEL SACRIFICIO EN GENERAL
Sacrificio en general es el ofrecimiento que se hace a Dios
de una cosa sensible, inmolada por el legítimo ministro, en
reconocimiento del supremo dominio de Dios sobre las
criaturas.
Se dice: a) Ofrenda de una cosa sensible, para distinguirla
de la ofrenda que hacemos a Dios de nuestros pensamientos
y deseos. b) Inmolada, porque en el sacrificio ofrecemos a
Dios no el simple uso de la cosa, como en las demás
ofrendas, sino la misma cosa para ser inmolada, esto es,
destruida o alterada. e) Por el legítimo ministro: porque no
está permitido a cualquiera ofrecer sacrificios, sino al que ha
sido elegido para ello; pues el sacrificio no es un acto
privado, sino público. d) Hecha a Dios, porque es un acto de
culto de latría. e) En reconocimiento del supremo dominio de
Dios sobre todas las criaturas. Al destruir en su honor una
criatura queremos reconocerle su poder de vida y muerte
sobre nosotros.
En resumen, para el sacrificio se requiere: a) una víctima
ofrecida; b) un sacerdote; c) y la inmolación de la víctima en
reconocimiento del supremo dominio de Dios.
Su necesidad e importancia
El sacrificio es el acto más Importante y fundamental de la
Religión, pues no puede haber Religión sin el reconocimiento
del supremo dominio de Dios, y de nuestra dependencia de
El.
Nota. No ha existido ninguna Religión sin sacrificio. Esta
necesidad del sacrificio deriva de un doble motivo:
a) El hombre ha tenido la convicción de que Dios es el
dueño de todos los seres; y le ha manifestado esta
convicción sacrificando en su honor algunas criaturas, las
mejores y más apropiadas.
b) El hombre se mira reo de pecados y merecedor del
castigo de Dios; y ha buscado el modo de aplacarle
ofreciéndole la vida de seres inocentes, que ofrece en su
lugar. Este doble simbolismo del sacrificio es común a todos
los pueblos; y en consecuencia, emana de una revelación
primitiva.
Sacrificios de la antigua ley
En la Antigua Ley hubo sacrificios. Abel, Noé, Abraham,
Melquisedec y los Profetas ofrecieron sacrificios; y después
de Moisés la tribu sacerdotal de Levi fue designada por Dios
para este oficio. (Lev. Capítulos 1 a 8).
Estos sacrificios tomaban diversos nombres según el fin
que se proponían: a) Holocausto era el sacrificio para
reconocer el supremo dominio de Dios; en el holocausto la
víctima era totalmente consumida por el fuego.
b) La hostia por el pecado tenía por fin implorar
misericordia y perdón; una parte se quemaba, y otra era para
el sacerdote.
c) La hostia pacífica era el sacrificio de acción de gracias
por los beneficios recibidos, o de petición de algún favor. En
ella la víctima se partía en tres partes: una se quemaba, otra
para el sacerdote, y otra para el oferente.
Se ofrecían siempre animales mansos: bueyes, corderos,
machos cabríos y palomas, que no tuvieran mancha alguna.
Los antiguos sacrificios desaparecieron: a) porque no
tenían verdadera eficacia para borrar el pecado; b) porque no
eran sino sombra y figura del perfecto y perdurable sacrificio
de la nueva Ley.
Del sacrificio de la cruz
El sacrificio de la nueva Ley es el sacrificio de la Cruz
renovado diariamente en la Santa Misa.
El sacrificio de la Cruz fue verdadero sacrificio: porque en él
se realizaron las condiciones del sacrificio a saber: a) ofrenda
de una cosa sensible: la humanidad de Cristo; b) inmolación,
pues Cristo derramó su sangre y murió en la Cruz; c) ministro
legítimo, pues Cristo es sumo sacerdote; d) ofrecida a Dios
en reconocimiento de su soberano dominio, pues Cristo se
ofreció en cuanto hombre a su Padre, para satisfacer su
justicia ofendida.
Fuera del sacrificio de la Cruz, y de la Misa, que es su
renovación, no puede haber sacrificio verdaderamente eficaz;
pues sólo él tiene una víctima de valor infinito; y en
consecuencia, sólo él puede dar a Dios el honor y reparación
que merece, y procurar nuestra justificación.
DEL SACRIFICIO DE LA MISA
A) SU NATURALEZA
El sacrificio de la Misa es el sacrificio de la Nueva Ley, en
el cual se renueva, bajo las especies de pan y vino, el
sacrificio de la Cruz para aplicamos sus méritos.
El sacrificio de la Misa fue instituido en la última Cena,
cuando Cristo convirtió el pan y el vino en su cuerpo y
sangre, ordenando a los Apóstoles que hicieran otro tanto en
su memoria.
Que los Apóstoles celebraran la Santa Misa se desprende
de estas palabras de San Pablo: "Tenemos un altar del cual
no pueden comer los que sirven al tabernáculo", a decir, los
Judíos (Hebr. 13, 10). De donde resulta que los cristianos
tenían un altar, y en consecuencia un sacrificio, distinto del
de los judíos, que no podían participar de él.
El sacrificio de la Misa era necesario: a) para tener un
perpetuo recuerdo del sacrificio de nuestra Redención; b)
para que mediante él se nos apliquen los méritos del
sacrificio de la Cruz.
"Los efectos de la Pasión de Cristo para todo el mundo, la
Eucaristía los debe realizar para cada individuo", dice Santo
Tomás. De modo que en la Misa se aplican a cada hombre
los méritos que Cristo adquirió en la Cruz para la humanidad
en general.
Las principales diferencias entre la Eucaristía como
sacramento y como sacrificio son: a) la Eucaristía como
sacramento y como sacrificio ha sido instituida para el
alimento de nuestras almas; como sacrificio, para darle a
Dios la gloria y reparación debidas; b) como sacramento es
permanente; como sacrificio es una acción transitoria; c)
como sacramento, exige una sola especie (sólo la hostia se
nos da en la comunión y se guarda en el sagrario); como
sacrificio exige ambas especies.
B) LA MISA ES UN VERDADERO SACRIFICIO
Porque como tal fue anunciada
El sacrificio de la Misa fue anunciado por el Profeta
Malaquías con las siguientes palabras: "No está mi voluntad
con vosotros, dice el Señor de los ejércitos (dirigiéndose al
pueblo judío), ni recibiré sacrificio alguno de mano vuestra.
Desde donde nace el sol hasta el ocaso, grande es mi nom-
bre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a
mi nombre una hostia pura". (I, 10).
Esta profecía se refiere, y no puede referirse sino a la Misa.
En efecto: a) no se trata de los sacrificios de la Ley Mosaica,
puesto que Dios los desecha: "No está mi voluntad con
vosotros, ni recibiré sacrificio alguno de vuestra mano". b)
Tampoco de los sacrificios gentiles, puesto que habla de
"ofrenda pura". c) Ni del sacrificio de la cruz, pues éste se
verificó en un solo lugar; y el profetizado se verificará "en
todo lugar, desde donde nace el sol hasta el ocaso". d) Se
trata pues de la Santa Misa, en la cual se ofrece y sacrifica a
Dios en todos los lugares del mundo una ofrenda pura y sin
mancha.
Porque encierra los elementos de todo sacrificio
Encontramos en la Misa los elementos esenciales al
sacrificio:
a) Ofrenda de una cosa sensible: a saber el cuerpo y la
sangre de Cristo hechos sensibles bajo las especies
sacramentales,
b) Ministro legítimo. El principal es Jesucristo; sólo él
puede decir: "Este es mi cuerpo, esta es mi sangre". El
sacerdote es el ministro secundario que hace visiblemente
sus veces.
c) Inmolación. Cristo se inmola en la Misa místicamente, en
cuanto se presenta con carácter de víctima.
d) En honor de Dios. Porque la Misa es un acto de latría
para rendir al Altísimo homenaje de adoración.
Inmolación mística
La inmolación de Cristo en la Misa es mística, pues El no
puede ya padecer ni morir en realidad; y consiste: a) en que
se presenta como Víctima inmolada; b) en que aparece en
estado de muerte; c) en que la víctima se consume.
1° Se presenta: a) como víctima, porque se nos muestra
en estado de profunda humillación, muy distinto de su gloria
en el cielo; b) como víctima inmolada, porque aunque no
sufra en la Eucaristía muerte real, sí evoca y reproduce su
inmolación de antes.
2° Aparece en estado de muerte mística porque su cuerpo
aparece místicamente separado de su sangre, ya que en
fuerza de las palabras de la consagración, sólo su cuerpo
está presente en la Hostia; y sólo su sangre en el cáliz
consagrado.
En la Misa hay dos consagraciones diferentes; y hay
separación entre las dos especie. Y tiene tanta importancia
la representación sacramental de la muerte de Cristo por esta
separación mística entre su Cuerpo y su Sangre, que la
Iglesia nunca permite la consagración de una sola especie, ni
siquiera para darle comunión a un moribundo.
3° La víctima se consume, porque la santa comunión pone
fin a la existencia sacramental de Cristo.
Ya hemos visto en efecto que Jesucristo deja de existir
sacramentalmente, esto es, que desaparece su cuerpo, al
consumirse las especies.
LA MISA Y EL SACRIFICIO DE LA CRUZ
La Misa no es una renovación del sacrificio de la Cruz. El
Concilio de Trento enseña que el sacrificio de la Misa es
esencialmente el mismo de la Cruz, aunque hay diferencias
en el modo de ofrecerlo.
1° Es esencialmente el mismo, porque en ambos: a) es
una misma la víctima; b) uno mismo el sacrificador; Cristo en
cuanto Hombre-Dios; c) Unos mismos los fines: honrar y
desagraviar a Dios.
2° Las diferencias entre ambos sacrificios son tres
principales: a) Cristo en la Cruz se ofreció de modo cruento,
esto es, con derramamiento de sangre; en la Eucaristía de
modo incruento; b) en la Cruz se ofreció visiblemente y por si
mismo; en la Misa invisiblemente y por manos del sacerdote;
e) en la Cruz mereció en general por todos los hombres; en la
Misa aplica a cada persona en particular los frutos de su
muerte.
La Misa y la última Cena
Hay también íntima relación entre la Misa y la última Cena,
porque ésta fue la primera Misa, celebrada por el mismo
Cristo; y porque las demás Misas no son sino el cumplimiento
de las palabras que entonces pronunció: "Haced esto en mí
memoria”. (Luc. 22, 19).
La consagración del pan y del vino hecha en la última cena
tuvo principalmente carácter de sacramento porque lo que
pretendió especialmente fue darse como alimento; pero tuvo
también carácter de sacrificio. En efecto, si la víctima no fue
inmolada en ese momento, sí fue ofrecida para ser inmolada
en la Cruz. Esto se desprende claramente de las palabras de
Cristo: "Este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros.
Esta es mi sangre que será derramada por vosotros”. (Luc.
22, 19 y 20). Se ve pues, que su Cuerpo y su sangre tuvieron
ya carácter de víctima inmolada. y por eso si la Misa es la
renovación del sacrificio de la Cruz, la última Cena fue la
anticipación de él.
FINES DE LA MISA
Los fines de la Misa son:
a) Adorar a Dios reconociéndolo como Creador y Ser
Supremo;
b) Darle gracias por todos los beneficios recibidos de El;
e) Moverlo a perdonar los pecados con que lo ofendemos;
d) Pedirle los favores que necesitamos;
El sacrificio de la Misa se llama:
a) Latréutico, en cuanto rinde a Dios culto de adoración;
b) Eucarístico, en cuanto le da gracias;
e) Propiciatorio, de propiciar, aplacar, en cuanto lo mueve a
perdón;
d) Impetratorio, en cuanto nos alcanza favores.
Los dos primeros fines adoración y acción de gracias se
refieren directamente a Dios. La propiciación y la impetración
se refieren a nosotros, en cuanto nos alcanza perdón y
gracia.
Fin latréutico
El fin principal de la Misa es dar a Dios la adoración y
honra que le son debidas, reconociendo su infinita grandeza
y poder; y nuestra nada y dependencia de El.
Esta verdad debemos reconocerla exteriormente, y éste es
el fin del Sacrificio. La destrucción de una cosa en honor de
Dios equivale a reconocer su poder de vida y muerte sobre
nosotros.
La Misa se ofrece a solo Dios, por ser acto de latría. El
celebrarla en honor de María y de los Santos sólo indica que
se da gracias a Dios por los favores que les otorgó y se le
piden otros nuevos por su intercesión.
La Misa llena de manera perfectísima este deber de
adoración. En efecto, no es posible reconocer mejor la infinita
grandeza de Dios, ni su dominio supremo, que por el
sacrificio de la vida de un Hombre-Dios.
Fin Eucarístico
El fin eucarístico de la Misa consiste en que le da gracias
por todos los beneficios de orden natural y sobrenatural que
hemos recibido de El; y le procura alabanza por sus infinitas
perfecciones.
Beneficios de orden natural: la vida, la salud, la inteligencia
y demás facultades, el tiempo, etc. En el sobrenatural, la
Encarnación, Redención, Eucaristía, gracia, perdón,
sacramentos, derecho al cielo, fuera de muchas gracias y
favores de orden personal.
La Misa realiza de una manera excelente el deber de
agradecimiento, pues si los dones que recibimos de Dios son
valiosísimos, el agradecimiento que Cristo le tributa en la
Misa es infinito.
Unámonos con Cristo en la santa Misa para agradecerle a
Dios todos sus favores. San Agustín enseña que "El culto de
Dios consiste principalmente en mostrarnos agradecidos con
El”. Y San Ireneo, que "La Misa nos libra de ser ingratos
para con Dios".
En la Misa le rendimos igualmente a Dios un culto de
alabanza digno de El, reconociendo en especial su poder,
sabiduría y amor, que de modo tan patente lucen en la
Eucaristía.
Fin propiciatorio
La Misa es sacrificio propiciatorio en un doble sentido: en
cuanto perdona el pecado, y en cuanto satisface la pena
debida por él.
1º Sabemos que la Misa perdona los pecados por la
enseñanza de Cristo y de la Iglesia; a) Cristo entregó el cáliz
diciendo: "Esta es mi sangre que será derramada por la
remisión de los pecados" (Mt. 26, 28). Y el Concilio de Trento
enseña: "Aplacado el Señor por esta oblación, concediendo
la gracia y el don de la penitencia, perdona todos los
pecados, por grandes que sean". .
b) Muchos textos de la Escritura nos muestran la virtud
purificadora de la sangre de Cristo. Así dice San Pablo: "La
sangre de Cristo purifica nuestra conciencia". Y San Juan:
"Cristo es propiciación por nuestros pecados". (Hebr. 9, H - 1
Juan, 2, 2). .
2º Remite también la Misa la pena del pecado, pues los
méritos de Cristo, que en ella, se nos aplican, no tienen
limitación.
El Concilio de Trento enseña: "La Misa se ofrece por vivos
y difuntos para perdón y satisfacción de sus pecados”. A los
vivos les perdona los pecados, excitando en ellos la
contrición. A las benditas almas, no les puede perdonar los
pecados pues ya pasó para ellas el tiempo de remisión, pero
sí les perdona la pena temporal, disminuyendo el tiempo y los
sufrimientos del purgatorio.
Fin impetratorio
La Misa tiene eficacia para obtenernos gracias y favores,
porque Cristo, que en ella se inmola, “es siempre escuchado
en razón de su dignidad", como dice San Pablo. (Hebr. 5, 7).
Si nos prometió que lo que pidiéramos en su nombre, nos
lo concedería, mucho más lo que pidamos en unión de su
sacrificio. Este poder de la Misa es general; y para obtener
gracias particulares, debemos especificarlas.
MANERA DE OBRAR LA MISA ESTOS EFECTOS
La Misa puede obrar de diversos modos:
a) Por virtud propia, cuando la misma Misa nos concede lo
que le pedimos. Por virtud de impetración, cuando Dios
mediante la Misa se mueve a concedérnoslo.
b) Directamente, cuando nos concede la misma cosa
pedida. Indirectamente, cuando sólo lo realiza en ciertas
condiciones.
c) infaliblemente cuando obra su efecto en todo caso.
Condicionalmente; cuando sólo lo realiza en ciertas
condiciones.
Pues bien, la Misa obtiene por virtud propia estos cuatro
efectos; pues siendo de mérito infinito, no puede menos de
honrar a Dios, agradecerle y obtener perdón y gracias por sí
misma.
Por lo demás, a veces obra sus efectos directamente, a
veces indirectamente; unas veces infalible, otras
condicionalmente; como entramos a estudiarlo.
¿Cómo nos perdona las pecados y la pena de ellas?
1º El perdón de los pecados, a) no nos lo obtiene de modo
directo, como el sacramento de la penitencia; sino de modo
indirecto, en cuanto excita en nosotros sentimientos de
contrición.
De modo indirecto, pero muy eficaz. En efecto, la
contrición es un don sobrenatural, que no se nos da sino por
la oración y ninguna oración más eficaz para obtener la que
la Misa.
b) Tampoco nos lo obtiene infaliblemente, sino
condicionalmente, esto es, si no le ponemos óbice; porque
Dios no puede forzar nuestra voluntad; pero a quien la oye
arrepentido, no le niega el perdón.
2º El perdón de la pena temporal sí nos lo obtiene directa e
infaliblemente, pues no habiendo pecado mortal en el alma,
no hay óbice que impida la remisión de la pena.
Dios nos perdona la pena temporal en la medida que place
a su voluntad, que es sin duda determinada por nuestro
grado de fe, contrición y fervor. De modo que una Misa oída
con contrición y fervor perfectos, pueden remitirla por
completo.
¿Cómo nos alcanza gracias y favores?
La Misa nos obtiene la gracias que le pedimos, de modo
directo, pero no infalible; pues su logro depende de la clase
de bienes que le pidamos y de las disposiciones de la
persona.
Podemos pedir en la Misa dos clases de bienes:
espirituales y temporales y pedirlos para nosotros mismos y
para otras personas.
1º Respecto a los espirituales, la Misa nos alcanza
siempre gran número de gracias actuales, con las cuales
podemos obtener el perdón, aumento de gracia, fortaleza
contra las tentaciones, etc.
Pero no podemos pretender que nos alcance gracias para
las cuales no tenemos las debidas disposiciones, p. e. una
virtud heroica, una gran santidad, la seguridad de la
perseverancia, etc.
Podemos obtener también gran número de gracias
actuales, para otras personas, en especial para las que en
ella recomendamos; que les aprovecharán con tal que no las
rechacen con endurecido corazón.
2º Respecto a los bienes temporales, la Misa puede
obtenérnoslos, ya para nosotros, ya para otros, siempre que
no sean un obstáculo a nuestra salvación y a los designios de
Dios sobre nosotros.
a) Los bienes espirituales, como la gracia, el
arrepentimiento, la fortaleza, la buena muerte los debemos
pedir, en la misa de modo incondicional y con la certeza de
obtenerlos en proporción del fervor, humildad y confianza con
que los pidamos; b) Los bienes temporales, debemos
pedirlos condicionalmente, si son del agrado divino y no
hacerle a Dios cargos si no nos los concede, porque él sabe
mejor que nosotros lo que conviene a nuestra alma.
Podemos tener la seguridad de que Dios nos alcanza
siempre mediante la santa Misa gracias muy importantes; y
que si a veces no nos da lo que le pedimos, nos otorga en
cambio cosas que El ve nos son más necesarias para la
salvación.
Advirtamos que estos cuatro efectos que la misa produce por
virtud propia, podemos obtenerlos también por impetración.
Las oraciones del sacerdote y de los fieles hacen que la
Santa Misa produzca sus efectos con tanta mayor eficacia,
cuanto mejores sean sus disposiciones
Aplicación del fruto de la santa misa
Podemos considerar el fruto de la Misa en sí o en nosotros.
1º Considerado en sí mismo es infinito, "Cada vez que se
celebra la Misa se renueva la obra de la Redención",
Palabras del Misal: (Dominica IX de Pentecostés). Santo
Tomás igualmente nos enseña: "en cada Misa encontramos
todo el fruto de la pasión de Cristo".
2º Pero en cuanto recibido por los fieles no puede ser
infinito; ya porque la criatura es incapaz de recibir un efecto
infinito; ya porque en su aplicación obran otras dos
circunstancias, a saber la devoción con que se oye, y la
intención del sacerdote, que puede aplicar una parte del fruto
según su voluntad,
La circunstancia de ser limitado el mérito de la Misa debe
movernos a oír el mayor número de ellas; y la de que su fruto
se mide por las disposiciones del oyente, a oírla con la
mayor devoción y fervor.
¿Cómo se divide el fruto de la Misa?
El fruto de la Misa se divide en general, especial y
personal.
1º Del fruto general de la Misa participan todos los fieles
vivos y difuntos, pues en nombre de todos la ofrece el
sacerdote; pero los asistente participan de un modo más
abundante.
Cuando se oyen simultáneamente varias misas se
participa del fruto de todas, aunque no se atienda
formalmente a una, con tal de que en alguna forma se
coopere a las demás, p. e. uniendo la intención a la del
sacerdote.
2º El fruto especial pertenece a la persona por quien se
aplica la Misa.
3º El personal es exclusivo del celebrante.
El estipendio que se da al sacerdote no es el precio de la
Misa, que es el valor infinito; ni una limosna, como la que se
da a un pobre; sino retribución de justicia por su trabajo y la
aplicación del fruto especial del sacrificio.
¿Por quiénes puede aplicarse?
La Misa puede aplicarse por todos los fieles, vivos y
difuntos, justos y pecadores, a menos que estén separados
por la excomunión.
Se aplica: a) por los vivos, para que si son pecadores, se
conviertan; y si son justos perseveren y crezcan en la virtud.
b) Por las benditas ánimas, para que Cristo les aplique sus
méritos, y perdonada la pena de sus pecados, las introduzca
en el cielo.
La Misa de requiem no encierra en si mayor eficacia que
las otras para aliviar un difunto; pero tiene oraciones
especiales, que pueden obtener cierto mayor valor de
impetración.
EXCELENCIA DE LA SANTA MISA
La excelencia de la Misa deriva de que es una renovación
de la última Cena y del sacrificio de la Cruz. Esta sola
consideración nos prueba que no puede haber nada más
grande, más santo y más sublime; y movemos a oírla con
sumo respeto y piedad.
Debemos meditar con frecuencia estas palabras del
Concilio de Trento: “Necesariamente confesarnos que
ninguna otra cosa puede haber para el cristiano tan santa, ni
tan divina como este tremendo misterio, en que todos los
días se ofrece a Dios en sacrificio por los sacerdotes en el
altar aquella hostia vivificante por la que fuimos reconciliados
con Dios Padre”.
Si todo en la Religión gira al rededor del sacrificio,
fácilmente comprendemos cómo todo en el catolicismo gira al
rededor de la Eucaristía. Es de todo punto imposible que el
Protestantismo que niega la Eucaristía como sacramento y
como sacrificio, sea la verdadera religión cristiana.
Estima de la Santa Misa
Debemos estimar en mucho la santa Misa, porque no
puede haber nada más honroso para Dios, ni más
provechoso para nosotros.
a) Nada más honroso para Dios, pues le da honra digna de
El.
b) Nada más provechoso para nosotros, porque encierra
grande eficacia para mover a Dios a compasión y
misericordia, ya que encierra la misma sangre de su Hijo,
derramada por nosotros. Por su medio nos concede perdón y
perseverancia y toda suerte de gracias y favores.
Deberes para con la Eucaristía
Corresponden a los tres principales oficios de Cristo en el
altar:
a) Está como alimento; alimentémonos con El en la santa
comunión; b) está como víctima inmolada, asistamos a Misa
para participar de sus admirables efectos; c) está con su
presencia real, como amigo; hagámosle la Visita, para
corresponder a su amor. Y procuremos cumplir estos actos
con la mayor frecuencia y devoción que podamos
LA EUCARISTÍA
La eucaristía es el más excelente y sublime de todos los
sacramentos, el fin al que se ordenan todos ellos, el centro
de toda la vida cristiana, el medio más eficaz y poderoso para
remontarnos a las más altas cumbres de la unión con Dios.
Escuchemos al Doctor Angélico hablando de la excelencia
de la eucaristía:
«Hablando en absoluto, la eucaristía es el más excelente
de todos los sacramentos. La prueba es triple:
a) Por razón de lo que contiene.- La eucaristía contiene
substancialmente al mismo Cristo, mientras que los otros
sacramentos no contienen más que una virtud instrumental
recibida de Cristo por participación.
b) Por la relación de los sacramentos entre sí.- Todos los
otros sacramentos están ordenados a la eucaristía como a su
fin. El orden tiene por fin la consagración de la eucaristía; el
bautismo, la recepción de la misma: la confirmación
perfecciona al bautizado para que el respeto humano no le
retraiga de acercarse a tan excelso sacramento; la penitencia
y la extremaunción disponen al hombre para recibir
dignamente el cuerpo de Cristo; y, finalmente, el matrimonio
se relaciona con la eucaristía al menos por su simbolismo, en
cuanto que representa la unión de Cristo con la Iglesia, cuya
unidad está figurada en el sacramento de la eucaristía.
c) Por los ritos sacramentales.- La administración de casi
todos los sacramentos se completa en la eucaristía. Y así
vemos que los recién ordenados comulgan después de
ordenarse, y también los nuevos bautizados si son adultos».
La eucaristía, como es sabido, ofrece dos aspectos que se
complementan mutuamente. Se la puede considerar como
sacramento (la sagrada comunión) y como sacrificio (la santa
misa). Vamos a examinar por separado cada uno de estos
dos aspectos.
I. LA EUCARISTÍA COMO SACRAMENTO
1. Eficacia santificadora de la eucaristía
Entre todos los ejercicios y prácticas de piedad, ninguno
hay cuya eficacia santificadora pueda compararse a la digna
recepción del sacramento de la eucaristía. En ella recibimos
no solamente la gracia, sino el Manantial y la Fuente misma
de donde brota. Ella debe ser, en su doble aspecto de sa-
cramento y de sacrificio, el centro de convergencia de toda la
vida cristiana. Toda debe girar en torno a la eucaristía.
Omitimos aquí una multitud de cuestiones dogmáticas y
morales relativas a la eucaristía. Recordemos; no obstante,
en forma de breves puntos, algunas ideas fundamentales que
con viene tener siempre muy presentes:
1ª. La santidad consiste en participar de una manera cada
vez más plena y perfecta de la vida divina que se nos
comunica por la gracia.
2ª. Esta gracia brota- como de su Fuente única para el
hombre- del Corazón de Cristo, en el que reside la plenitud
de la gracia y de la divinidad.
3ª. Cristo nos comunica la gracia por los sacramentos,
principalmente por la eucaristía, en la que se nos da a sí
mismo como alimento de nuestras almas. Pero, a diferencia
del alimento material, no somos nosotros quienes asimilamos
a Cristo, sino Él quien nos diviniza y transforma en sí mismo.
En la eucaristía alcanza el cristiano su máxima cristificación,
en la que consiste la santidad.
4ª. La comunión, al damos enteramente a Cristo, pone a
nuestra disposición todos los tesoros de santidad, de
sabiduría y de ciencia encerrados en Él. Con ella, pues,
recibe el alma un tesoro rigurosa y absolutamente infinito que
se le entrega en propiedad.
5ª. Juntamente con el Verbo encarnado- con su cuerpo,
alma y divinidad-, se nos dan en la eucaristía las otras dos
personas de la Santísima Trinidad, el Padre y el Espíritu
Santo, en virtud del inefable misterio de la circuminsesión,
que las hace inseparables. Nunca tan perfectamente como
después de comulgar el cristiano se convierte en templo y
sagrario de la divinidad. En virtud de este divino e inefable
contacto con la Santísima Trinidad, eI alma y, por
redundancia de ella, el mismo cuerpo del critiano se hace
más sagrada que la custodia y el copón y aún más que las
mismas especies sacramentales, que contienen a Cristo -
ciertamente-, pero sin tocarle siquiera ni recibir de Él ninguna
influencia santificadora.
6ª. La unión eucarística nos asocia de una manera mis-
teriosa, pero realísima, a la vida íntima de la Santísima Trini-
dad. En el alma del que acaba de comulgar, el Padre
engendra a su Hijo unigénito, y de ambos procede esa
corriente de amor, verdadero torrente de llamas, que es el
Espíritu Santo. El cristiano después de comulgar debería caer
en éxtasis de adoración y de amor, limitándose únicamente a
dejarse llevar por el Padre al Hijo y por el Hijo al Padre en la
unidad del Espíritu Santo. Nada de devocionarios ni fórmulas
rutinarias de acción de gracias; un sencillo movimiento de
abrasado amor y de íntima y entrañable adoración, que
podría traducirse en la simple fórmula del Gloria Patri, et Filio,
et Espíritu Santo.
7ª. De esta forma, la unión eucarística es ya el cielo co-
menzado, el «cara a cara en las tinieblas» (sor Isabel de la
Trinidad). En el cielo no haremos otra cosa.
Estas ideas son fundamentales, y ellas solas bastarían,
bien meditadas, para damos el tono y la norma de nuestra
vida cristiana, que ha de ser esencialmente eucarística. Pero
para mayor abundamiento precisemos un poco más lo
relativo a la preparación y acción de gracias, que tiene
importancia capital para obtener de la eucaristía el máximo
rendimiento santificador.
2. Disposiciones para comulgar
Hay que distinguir una doble preparación: remota y
próxima.
A) Preparación remota.--El gran pontífice San Pío X, por
el decreto Sacra Tridentina Synodus, de 20 de diciembre de
1905, dirimió para siempre la controversia histórica sobre las
disposiciones requeridas para recibir la sagrada comunión. El
papa determina que para recibir la comunión frecuente y aun
diaria se requieren tan sólo las siguientes condiciones: a) es-
tado de gracia; b) recta intención (o sea, que no se comulgue
por vanidad o rutina, sino por agradar a Dios); c) es muy con-
veniente estar limpio de pecados veniales, pero no es absolu-
tamente necesario: la comunión ayudará a vencerlos; d) se
recomienda la diligente preparación y acción de gracias; e)
debe procederse con el consejo del confesor. A nadie que
reúna estascondiciones se le puede privar de la comunión
frecuente y aun diaria.
De todas formas, es evidente que las personas que
quieran adelantar seriamente en la perfección cristiana han
de procurar intensificar hasta el máximo estas condiciones.
Su preparación remota ha de consistir en llevar una vida
digna del que ha comulgado por la mañana y ha de volver a
comulgar al día siguiente. Hay que insistir principalmente en
desechar todo apego al pecado venial, sobre todo al
plenamente deliberado, y en combatir el modo tibio e
imperfecto de obrar, lo cual supone la perfecta abnegación de
sí mismo y la tendencia a la práctica de lo más perfecto para
nosotros en cada caso, habida cuenta de todas las
circunstancias.
B) Preparación próxima.- Cuatro son las principales
disposiciones próximas que ha de procurar excitar en sí el
alma ferviente, implorándolas de Dios con humilde y
perseverante insistencia:
a) FE VIVA.- Cristo la exigía siempre como condición
indispensable antes de conceder una gracia aun de tipo
material (milagro). La eucaristía es por antonomasia el
mysterium fidei, ya que en ella nada de Cristo perciben la
razón natural ni los sentidos. Santo Tomás recuerda que en
la cruz se ocultó solamente la divinidad, pero en el altar
desaparece incluso la humanidad santísima: «Latet simul et
humanitas». Esto exige de nosotros una fe viva transida de
adoración.
Pero no sólo en este sentido -asentimiento vivo al misterio
eucarístico- la fe es absolutamente indispensable, sino
también en orden a la virtud vivificante del contacto de Jesús.
Hemos de considerar en nuestras almas la lepra del pecado y
repetir con la fe vivísima del Leproso del Evangelio: «Señor,
si tú quieres, puedes limpiarme»; o como la del ciego de
Jericó -menos infortunado con la privación de la luz material
que nosotros con la ceguera de nuestra alma-: «Señor, haced
que vea».
b) HUMILDAD PROFUNDA.-Jesucristo lavó los pies de
sus apóstoles antes de instituir la Eucaristía para darles
ejemplo. Si la Santísima Virgen se preparó a recibir en sus
virginales entrañas al Verbo de Dios con aquella
profundísima humildad que la hizo exclamar: «He aquí la
esclava del Señor», ¿qué deberemos hacer nosotros en
semejante coyuntura? No
importa que nos hayamos arrepentido perfectamente de
nuestros pecados y nos encontremos actualmente en estado
de gracia. La culpa fue perdonada, el reato de pena acaso
también (si hemos hecho la debida penitencia), pero el hecho
histórico de haber cometido aquel pecado no desaparecerá
jamás. No olvidemos, cualquiera que sea el grado de
santidad que actualmente poseamos, que hemos sido
rescatados del infierno, que somos ex presidiarios de
Satanás. El cristiano que haya tenido la desgracia de cometer
alguna vez en su vida un solo pecado mortal debeda estar
siempre anonadado de humildad. Por lo menos, al acercarse
a comulgar, repitamos por tres veces con sentimientos de
profundlsimahumildad y vivísimo arrepentimiento la fórmula
sublime del centurión: «Domine, non sum dignus...»
c) CONFIANZA ILIMITADA.- Es preciso que el recuerdo de
nuestros pecados nos lleve a la humildad, pero no al
abatimiento, que seda una forma disfrazada del orgullo.
Jesucristo es el gran perdonador, que acogió con infinita
ternura a todos los pecadores que se le acercaron en
demanda de perdón. No ha cambiado de condición; es el
mismo del Evangelio. Acerquémonos a Él con humildad y
reverencia, pero también con inmensa confianza en su
bondad y misericordia. Es el Padre, el Pastor, el Médico, el
Amigo divino, que quiere estrechamos contra su Corazón
palpitante de amor. La confianza le rinde y le vence: no
puede resistir a ella, le roba el Corazón...
d) HAMBRE Y SED DE COMULGAR.- Es ésta la
disposición que más directamente afecta a la eficacia
santificadora de la sagrada comunión. Esta hambre y sed de
recibir a Jesús sacramentado, que procede del amor y casi
se identifica con él, ensancha la capacidad del alma y la
dispone a recibir la gracia sacramental en proporciones
grandísimas. La cantidad de agua que se coge de la fuente
depende en cada caso del tamaño del vaso que se lleva. Si
nos preocupáramos de pedirle ardientemente al Señor esta
hambre y sed de la Eucaristía y procuráramos fomentarla con
todos los medios a nuestro alcancc, muy pronto sedamos
santos. Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Jesús,
Santa Micaela del Santísimo Sacramento y otras muchas
almas santas tenían un hambre y sed de comulgar tan
devoradoras, que se hubieran expuesto a los mayores
sufrimientos y peligros a trueque de no perder un solo día el
divino alimento que las sostenía. Hemos de ver precisamente
en estas disposiciones no solamente un efecto, sino también
una de las más eficaces causas de su excelsa santidad. La
Eucaristía recibida con tan ardientes deseos aumentaba la
gracia en sus almas en grado incalculable, haciéndolas
avanzar a grandes pasos por los caminos de la santidad.
En realidad, cada una de nuestras comuniones debeda ser
mds fervorosa que la anterior, aumentando nuestra hambre y
sed de la eucaristía. Porque cada nueva comunión aumenta
el caudal de nuestra gracia santificante, y nos dispone, en
consecuencia, a recibir al Señor al día siguiente con un amor
no sólo igual, sino mucho mayor que el de la víspera. Aquí,
como en todo el proceso de la vida espiritual, el alma dehe
avanzar con movimiento uniformemente acelerado; algo as!
como una piedra, que cae con mayor rapidez a medida que
se acerca más al suelo.
La acción de gracias
Para el grado de gracia que nos ha de aumentar el
sacramento ex opere operato es más importante la
preparación que la acción de gracias. Porque ese grado está
en relación con las disposiciones actuales del alma que se
acerca a comulgar, y, por consiguiente, tienen que ser
anteriores a la comunión.
De todas formas, la acción de gracias es importantísima
también. (INo perdáis tan buena sazón de negociar como es
la hora después de haber comulgado», decía con razón a sus
monjas Santa Teresa de Jesús. Cristo está presente en
nuestro corazón, y nada desea tanto como llenarnos de
bendiciones.
La mejor manera de dar gracias consiste en identificarse
por el amor con el mismo Cristo y ofrecede al Padre, con
todas sus infinitas riquezas, como oblación suavísima por las
cuatro finalidades del sacrificio: como adoración, reparación,
petición y acción de gracias. Hablaremos inmediatamente de
esto al tratar del santo sacrificio de la misa, y allí remitimos al
lector.
Hay qué evitar a todo trance el espíritu de rutina, que este-
riliza la mayor parte de las acciones de gracias después de
comulgar. Son legión las almas devotas que ya tienen
preconcebida su acción de gracias -a base de rezos y
fórmulas de devocionario- y no quedan tranquilas sino
después de recitadas todas mecánicamente. Nada de
contacto íntimo con Jesús, de conversación cordial con Él, de
fusión de corazones, de petición humilde y entrañable de las
gracias que necesitamos hoy, que acaso sean
completamente distintas de las que necesitaremos mañana.
«Yo no sé qué decide al Señor», contestan cuando se les
inculca que abandonen el devocionario y se entreguen a una
conversación amorosa con Él. Y así no intentan siquiera salir
de su rutinario formulismo. Si le amaran de verdad y se
esforzasen un poquito en ensayar un diálogo de amistad,
silencioso, con su amantísimo Corazón, bien pronto
experimentarían repugnancia y náuseas ante las fórmulas del
devocionario, compuestas y escritas por los hombres. La voz
de Cristo, suavísima e inconfundible, resonaría en lo más
hondo de su alma, adoctrinándolas en el camino del cielo y
estableciendo en su alma aquella paz que «sobrepuja todo
entendimiento».
Otro medio excelente de dar gracias es reproducir en
silencio algunas escenas del Evangelio, imaginando que
somos nosotros los protagonistas ante Cristo, que está allí
realmente presente: «Señor, el que amas está enfermo» (las
hermanas de Lázaro: lo 11,3); «Señor, si quieres, puedes
limpiarme» (el leproso: Mt 8, 2); «Señor, haced que vea» (el
ciego de Jericó: Mc 10, 51); «Señor, dadme siempre de esa
agua» (la samaritana: lo 4, 15); «Señor, auméntanos la fe»
(los apóstoles: Lc 17, 5); «Creo, Señor; pero ayuda tú a mi
poca
fe» (el padre del lunático: Mc 9, 24); «Señor, enséñanos a
orar» (un discípulo: Lc 11, 1); «Señor, muéstranos al Padre, y
esto nos basta» (el apóstol Felipe: lo 14, 8); «Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (el apóstol San
Pedro: lo 6, 68). ¡Cómo gozará Nuestro Señor viendo la
sencillez, la fe y la humildad de los nuevos leprosos, ciegos,
enfermos e ignorantes, que se acercan a Él con la misma
confianza y amor que sus hermanos del Evangelio! ¿Cómo
será posible que deje de atendemos, si Él es el mismo de
entonces -no ha cambiado de condición- y nosotros somos
tan miserables y aún más que aquellos del Evangelio? Nada
hay que conmueva tanto su divino Corazón como un alma
sedienta de Dios que se humilla reconociendo sus llagas y
miserias e implorando el remedio de ellas.
DURACIÓN.- Es conveniente prolongar la acción de
gracias media hora por lo menos. Es una suerte de
irreverencia e indelicadeza para con el divino Huésped tomar
la iniciativa de terminar cuanto antes la visita que se ha
dignado hacemos. Con las personas del mundo que nos
merecen algún respeto no obramos así, sino que esperamos
a que den ellas por terminada la entrevista. Jesús prolonga
su visita a nuestra alma todo el tiempo que permanecen sin
alterarse sustancialmente las especies sacramentales, y
aunque no pueda darse sobre esto regla fija -depende de la
fuerza digestiva de cada uno-, puede señalarse una media
hora como término medio en una persona normal.
Permanezcamos todo este tiempo a los pies del Maestro
oyendo sus divinas enseñanzas y recibiendo su influencia
santificadora. Sólo en circunstancias normales y
extraordinarias -un trabajo o necesidad urgente, etc.-
preferiremos acortar la acción de gracias antes que prescindir
de la comunión, suplicando entonces al Señor que supla con
su bondad y misericordia el tiempo que aquel día no le
podamos dar. En todo caso,no debe desayunarse --si puede
hacerse sin grave incomodidad- sino después de media hora
larga de haber recibido la sagrada comunión.
4. La comunión espiritual
Un gran complemento de la comunión sacramental que
prolonga su influencia y asegura su eficacia es la llamada
comunión espiritual. Consiste esencialmente en un acto de
ferviente deseo de recibir la eucaristía y en darle al Señor un
abrazo estrechísimo como si realmente acabara de entrar en
nuestro corazón. Esta práctica piadosísima, bendecida y
fomentada por la Iglesia, es de gran eficacia santificadora y
tiene la ventaja de poderse repetir innumerables veces al día.
Algunas personas la asocian a una determinada práctica que
haya de repetirse muchas veces ([Link]., al rezo del avemaría
al dar el reloj la hora). Nunca se alabará suficientemente esta
excelente devoción; pero evítese cuidadosamente la rutina y
el apresuramiento, que lo echan todo a perder.
5. La visita al Santísimo
Es otra excelente práctica que no omitirán un solo día las
personas deseosa de santificarse. Consiste en pasar un ratito
-repetido varias veces al día si es posible- a los pies del
Maestro, presente en la eucaristía. La hora más oportuna es
el atardecer, cuando la lamparita del Santísimo empieza a
prevalecer sobre la luz de la tarde que se va. En esta hora
misteriosa, todo convida al recogimiento y al silencio, que son
excelentes disposiciones para oír la voz del Señor en lo más
íntimo del alma. El procedimiento mejor para realizar la visita
es dejar expansionarse libremente el corazón en ferviente
coloquio con Jesús. No hace falta tener letras ni elocuencia
alguna para ello, sino únicamente amar mucho al Señor y
tener con Él la confianza y sencillez infantil de un niño con su
padre amantísimo. Los libros pueden ayudar a cierta clase de
espíritus, pero de ningún modo podrán suplantar jamás la
espontaneidad y frescura de un alma que abra de par en par
su corazón a los efluvios de amor que emanan de Jesucristo
sacramentado.
II. LA SANTA MISA COMO MEDIO DE SANTIFICACIÓN
1. Nociones previas
Recordemos en primer lugar algunas nociones dog-
máticas.
1ª. La santa misa es sustancialmente el mismo sacrificio
de la cruz, con todo su valor infinito: la misma Víctima, la
misma oblación, el mismo Sacerdote principal. No hay entre
ellos más que una diferencia accidental: el modo de
realizarse (cruento en la cruz, incruento en el altar). Así lo
declaró la Iglesia en el concilio Tridentino.
2ª. La santa misa, como verdadero sacrificio que es, rea-
liza propísimamente las cuatro finalidades del mismo: ado-
ración, reparación, petición y acción de gracias.
3.11 El valor de la misa es en sí mismo rigurosamente in-
finito. Pero sus efectos, en cuanto dependen de nosotros, no
se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones
interiores.
2. Fines y efectos de la santa misa
La santa misa, como reproducción que es del sacrificio
redentor, tiene los mismos fines y produce los mismos
efectos que el sacrificio de la cruz. Son los mismos que los
del sacrificio en general como acto supremo de religión, pero
en grado incomparablemente superior. Helos aquí:
1º. ADORACIÓN.-El sacrificio de la misa rinde a Dios una
adoración absolutamente digna de Él, rigurosamente infinita.
Este efecto lo produce siempre, infaliblemente, ex opere ope-
rato, aunque celebre la misa un sacerdote indigno y en
pecado mortal. La razón es porque este valor latréutico o de
adoración depende de la dignidad infinita del Sacerdote
principal que lo ofrece y del valor de la Víctima ofrecida.
Recuérdese el ansia atormentadora de glorifIcar a Dios
que experimentaban los santos. Con una sola misa podían
apagar para siempre su sed. Con ella le damos a Dios todo el
honor que se le debe en reconocimiento de su soberana
grandeza y supremo dominio; y esto del modo más perfecto
posible, en grado rigurosamente infinito. Por razón del
Sacerdote principal y de la Víctima ofrecida, una sola misa
glorifica más a Dios que le glorificarán en el cielo por toda la
eternidad todos los ángeles y santos y bienaventurados
juntos, incluyendo a la misma Santísima Virgen María, Madre
de Dios. La razón es muy sencilla: la gloria que
proporcionarán a Dios durante toda la eternidad todas las
criaturas juntas será todo lo grande que se quiera, pero no
infinita, Dorque no puede serlo. Ahora bien: la gloria que Dios
recibe a través del sacrificio de la misa es absoluta y ri-
gurosamente infinita.
En retorno de esta incomparable glorificación, Dios se in-
clina amorosamente a sus criaturas. De ahí procede el
inmenso valor de santificación que encierra para nosotros el
santo sacrificio del altar.
Consecuencia.- ¡Qué tesoro el de la santa misa! ¡Y pensar
que muchos cristianos -la mayor parte de las personas
devotas- no han caído todavía en la cuenta de ello, y
prefieren sus prácticas rutinarias de devoción a su incor-
poración a este sublime sacrificio, que constituye el acto
principal de la religión y del culto católico!
2º. REPARAClÓN.- Después de la adoración, ningún otro
deber más apremiante para con el Creador que el de reparar
las ofensas que de nosotros ha recibido. Y también en este
sentido el valor de la santa misa es absolutamente
incomparable, ya que con ella ofrecemos al Padre la
reparación infinita de Cristo con toda su eficacia redentora.
«En el día, está la tierra inundada por el pecado; la
impiedad e inmoralidad no perdonan cosa alguna. ¿Por qué
no nos castiga Dios? Porque cada día, cada hora, el Hijo de
Dios, inmolado en el altar, aplaca la ira de su Padre y
desarma su brazo pronto a castigar.
Innumerables son las chispas que brotan de las chimeneas
de los buques sin embargo, no causan incendios, porque
caen al mar y son apagadas por el agua. Sin cuento son
también los crímenes que a diario suben de la tierra y claman
venganza ante el trono de Dios; esto no obstante, merced a
la virtud reconciliadora de la misa, se anegan en el mar de la
misericordia divina...»
Claro que este efecto no se nos aplica en toda su plenitud
infinita (bastaría una sola misa para reparar, con gran sobre
abundancia, todos los pecados del mundo y liberar de sus
penas a todas las almas del purgatorio), sino en grado
limitado y finito según nuestras disposiciones. Pero con todo:
a) Nos alcanza -de suyo ex opere operata, si no le
ponemos obstáculos- la gracia
actual, necesaria para el arrepentimiento de nuestros
pecados. Lo enseña expresamente el concilio de Trento:
«Huius quippe oblatione placatus Dominus, gratiam et donum
paenitentiae concedens, crimina et peccata etiam ingentia
dimittit».
Consecuencia.- Nada puede hacerse más eficaz para
obtener de Dios la conversión de un pecador como ofrecer
por esa intención el santo sacrificio de la misa, rogando al
mismo tiempo al Señor quite del corazón del pecador los
obstáculos para la obtención infalible de esa gracia.
b) Remite siempre, infaliblemente si no se le pone obs-
táculo, parte al menos de la
pena temporal que había que pagar por los pecados en este
mundo o en el otro. De ahí que la santa misa aproveche
también a las almas del purgatorio. El grado y medida de esta
remisión depende de nuestras disposiciones.
Consecuencias.- Ningún sufragio aprovecha tan
eficazmente a las almas del purgatorio como la aplicación del
santo sacrificio de la misa. Y ninguna otra penitencia
sacramental pueden imponer los confesores a sus penitentes
cuyo valor satisfactorio pueda compararse de suyo al de una
sola misa ofrecida a Dios. ¡Qué dulce purgatorio puede ser
para el alma la santa misa!
3º. PETICIÓN.- «Nuestra indigencia es inmensa; necesita-
mos continuamente luz, fortaleza, consuelo. Todo esto lo en-
contramos en la misa. Allí está, en efecto, Aquel que dijo:
«Yo soy la luz del mundo, yo soy el camino, yo soy la verdad,
yo soy la vida. Venid a mí los que sufrís, y yo os aliviaré. Si
alguno viene a mí, no lo rechazaré».
Y Cristo se ofrece en la santa misa al Padre para
obtenernos, por el mérito infinito de su oblación, todas las
gracias de vida divina que necesitamos. Allí está «siempre
vivo intercediendo por nosotros», apoyando con sus méritos
infinitos nuestras súplicas y peticiones. Por eso, la fuerza im-
petratoria de la santa misa es incomparable. De suyo ex
opere operato, infalible e inmediatamente mueve a Dios a
conceder a los hombres todas cuantas gracias necesiten, sin
ninguna excepción; si bien la colación efectiva de esas
gracias se mide por el grado de nuestras disposiciones, y
hasta puede frustrarse totalmente por el obstáculo voluntario
que le pongan las criaturas.
«La razón es que la influencia de una causa universal no
tiene más límites que la capacidad del sujeto que la recibe.
Así, el sol alumbra y da calor lo mismo a una persona que a
mil que estén en una plaza. Ahora bien: el sacrificio de la
misa, por ser sustancialmente el mismo que el de la cruz, es,
en cuanto a reparación y súplica, causa universal de las
gracias de iluminación, atracción y fortaleza. Su influencia
sobre nosotros no está, pues, limitada sino por las
disposiciones y el fervor de quienes las reciben. Así, una
sola misa puede aprovechar tanto a un gran número de
personas como a una sola; de la misma manera que el
sacrificio de la cruz aprovechó al buen ladrón lo mismo que si
por él solo se hubiese realizado. Si el sol ilumina lo mismo a
una que a mil personas, la influencia de esta fuente de calor y
fervor espiritual como es la misa, no es menos eficaz en el
orden de la gracia. Cuanto es mayor la fe, confianza, religión
y amor con que se asiste a ella, mayores son los frutos que
en las almas produce».
Al incorporada a la santa misa, nuestra oración no sola
mente entra en el río caudaloso de las oraciones litúrgicas -
que ya le daría una dignidad y eficacia especial ex opere
operantis Ecclesiae-, sino que se confunde con la oración in-
finita de Cristo. El Padre le escucha siempre: «Yo sé que
siempre me escuchas», y en atención a Él nos concederá a
nosotros todo cuanto necesitemos.
Consecuencia.- No hay novena ni triduo que se pueda
comparar a la eficacia impetratoria de una sola misa. ¡Cuánta
desorientación entre los fieles en torno al valor objetivo de las
cosas! Lo que no obtengamos con la santa misa, jamás lo
obtendremos con ningún otro procedimiento. Está muy bien
el empleo de esos otros procedimientos bendecidos y
aprobados por la Iglesia; es indudable que Dios concede
muchas gracias a través de ellos; pero coloquemos cada
cosa en su lugar. La misa por encima de todo.
4.° ACCIÓN DE GRACIAS.- Los inmensos beneficios de
orden natural y sobrenatural que hemos recibido de Dios nos
han hecho contraer para con Él una deuda infinita de gratitud.
La eternidad entera resultaría impotente para saldar esa
deuda si no contáramos con otros medios que los que por
nuestra cuenta pudiéramos ofrecerle. Pero está a nuestra
disposición un procedimiento para liquidada totalmente con
infinito saldo a nuestro favor: el santo sacrificio de la misa.
Por ella ofrecemos al Padre un sacrificio eucarístico, o de
acción de gracias, que supera nuestra deuda, rebasándola
infinitamente; porque es el mismo Cristo quien se inmola por
nosotros y en nuestro lugar da gracias a Dios por sus
inmensos beneficios. Y, a la vez, es una fuente de nuevas
gracias, porque al bienhechor le gusta ser correspondido.
Este efecto eucarístico, o de acción de gracias, lo produce
la santa misa por sí misma: siempre, infalibiemente, ex opere
operato, independientemente de nuestras disposiciones.
Tales son, a grandes rasgos, las riquezas infinitas
encerradas en la santa misa. Por eso, los santos, iluminados
por Dios, la tenían en grandísimo aprecio. Era el centro de su
vida, la fuente de su espiritualidad, el sol resplandeciente
alrededor del cual giraban todas sus actividades. El santo
Cura de Ars hablaba con tal fervor y convicción de la
excelencia de la santa misa, que llegó a conseguir que casi
todos sus feligreses la oyeran diariamente.
Pero para obtener de su celebración o participación el má-
ximo rendimiento santificador es preciso insistir en las dispo-
,siciones necesarias por parte del sacerdote que la celebra o
del simple fiel que la sigue en compañía de toda la asamblea.
3. Disposiciones para el santo sacrificio de la misa.
Alguien ha dicho que para celebrar o participar dig-
namente en una sola misa harían falta tres eternidades: una
para prepararse, otra para celebrarla o participar en ella y
otra para dar gracias. Sin llegar a tanto como esto, es cierto
que toda preparación será poca por diligente y fervorosa que
sea.
Las principales disposiciones son de dos clases: externas
e internas.
a) Externas.- Para el sacerdote consistirán en el perfecto
cumplimiento de las rúbricas y ceremonias que la Iglesia le
señala. Para el simple fiel, en el respeto, modestia y atención
con que debe participar activamente en ella.
b) Internas.- La mejor de todas es identificarse con Je-
sucristo, que se inmola en el altar. Ofrecerle al Padre y ofre-
cerse a sí mismo en Él, con Él y por Él. Esta es la hora de pe-
dirle que nos convierta en pan, para ser comidos por nuestros
hermanos con nuestra entrega total por la caridad. Unión ín-
tima con María al pie de la cruz; con San Juan, el discípulo
amado; con el sacerdote celebrante, nuevo Cristo en la tierra
(«Cristo otra vez», gusta decir un alma iluminada por Dios).
Unión a todas las misas que se celebran en el mundo
entero. No pidamos nunca nada a Dios sin añadir como
precio infinito de la gracia que anhelamos: «Señor, por la
sangre adorable de Jesús, que en este momento está
elevando en su cáliz un sacerdote católico en algún rincón
del mundo».
La santa misa celebrada o participada con estas disposi-
ciones es un instrumento de santificación de primerísima ca-
tegoría, sin duda alguna el más importante de todos.
ARTICULO 6
LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
Es evidente que el sacramento de la unción de los
enfermos no se relaciona con nuestra vida cristiana a lo largo
de su desarrollo, pero tiene una importancia extraordinaria
para nuestra plena purificación antes de comparecer delante
de Dios en los umbrales de la eternidad, ya que está
encargado de extirpar por completo los rastros y reliquias de
los pecados y preparar al alma para su entrada inmediata en
la gloria. Escuchemos al P. Philipon explicando
hermosamente esta doctrina:
«Cristo ha pensado en todo. Se inclina sobre la frente del
niño desde su nacimiento para comunicarle por el bautismo
las primeras gracias de salvación; le acompaña a todo lo
largo de su existencia por la economía de los otros
sacramentos; y después, al llegar la tarde, la hora de la
partida, Cristo está allí todavía con un sacramento supremo
para ayudar al hombre que muere a abandonar la tierra en
cristiano.
Las Sagradas Escrituras nos recuerdan, en mil variadas
formas, la impresionante brevedad de la vida. «El hombre se
desvanece como una sombra». Por la mañana se levanta
jubiloso; por la tarde ha desaparecido sin dejar rastro. Ahí
está su habitación, su mesa de trabajo. Ahí está el lecho
donde todavía ayer reposó. Ahora, nada queda de él. «El
tiempo es corto..., la figura de este mundo pasa».
El cristiano que en el día de su bautismo veía abrirse ante
sí una larga vida, bien pronto se encuentra viejo y cerca de la
muerte. Su jornada de trabajo ha terminado. Ha llegado la
hora de partir. Piensa con amargura en los años de pecado,
en tantas gracias desperdiciadas: ¡hay siempre tantas en una
vida de hombre o de mujer! Su alma de bautizado, hecha
para las cumbres de la vida divina y para la amistad íntima
con Cristo, se ha arrastrado en la tibieza, con frecuencia en el
pecado. Apenas algunos raros períodos de fervor y de
fidelidad. Las gracias de la redención han pasado en vano
sobre esta alma: gracias del bautismo, de la confirmación y
del sacramento de la penitencia, gracias de tantas
comuniones eucarísticas, gracias del matrimonio o del
sacerdocio, sin contar todas las inspiraciones divinas, todos
los auxilios actuales, todas las mociones del Espíritu Santo
intenviniendo sin cesar, juntamente con el Padre y el Hijo,
para proteger esta vida de hijo de Dios, llamado a vivir cada
vez más íntimamente en la amistad de las tres divinas
personas, en compañía de todos los ángeles y santos.
¿Cómo no temblar, incluso al final de una vida
enteramente fiel? Se han visto santos temblando a la hora del
juicio de Dios. ¿Acaso no ha pedido Jesús a los suyos que
sean «perfectos como su Padre celestial? Abandonado a sus
solas fuerzas, el hombre se vería tentado de desesperación.
Pero en este momento supremo viene el mismo Cristo a traer
a sus fieles el alivio y confortación de su omnipotencia
redentora y de su presencia próxima. Ha instituido, para la
hora, de los últimos combates, un sacramento especial para
acabar en nosotros su obra de purificación, para sostener a
los «soyos» hasta el fin, arrancarles del poder invisible del
demonio e introducirles sin demora en la casa del Padre. La
unción de los enfermos es el sacramento de la partida. El
sacerdote está allí, en nombre de Cristo, a la cabecera del
enfermo, para perdonarle sus faltas y conducir su alma al
paraíso».
En efecto: según la doctrina de Santo Tomás, compartida
por gran número de teólogos -entre los que figuran San Al-
berto Magno, San Buenaventura, Escoto, Suárez, Gonet, San
Ligorío, etc.-, el sacramento de la unción de los enfermos dis-
pone al alma para su entrada inmediata en la gloria, o sea,
sin pasar por el purgatorio. Escuchemos al Doctor Angélico.